Estado e Imperio en los Andes

1.1 Conceptos de Estado e Imperio en los Andes. 

La discusión sobre el surgimiento del Estado en los Andes tiene un precedente en los debates sobre las antiguas formaciones teocráticas andinas y las crisis que propiciaron su declive, a la que le siguió una época de caos hasta el surgimiento de nuevas formaciones económicas sociales. De acuerdo a Canziani (2012), en este contexto se dio el surgimiento de la sociedad estatal que conocemos como wari, en la que se desarrollaron nuevas formas de organización económica y social en los Andes.

“Estas nuevas formaciones económico sociales se verían expresadas —en términos del modelo de asentamiento— en ciudades o asentamientos urbanos donde lo central y sobresaliente ya no será el templo, en la forma de colosales montículos piramidales, sino más bien los complejos palaciegos de carácter político administrativo” (Canziani 2009: 293).

Desde épocas muy tempranas, los arqueólogos han estudiado el poder y la autoridad inherente en el surgimiento de los Estados, la división de la sociedad en clases jerárquicas, el desarrollo de la especialización del trabajo y la institucionalización de la propiedad privada. Estas características sociales describen el funcionamiento interno de una cultura y su evolución (Patterson y Orser 2004: 16). En los Andes centrales, estas características han sido abordadas desde ditintos enfoques y con distintas tendencias teóricas desde el surgimiento de las sociedades complejas desde la época del Precerámico Tardío y la caracterización de los tipos de sociedad, llámense “Estado” (Shady y Leyva, 2003) o Jefaturas compitiendo entre sí (Vega Centeno, 2005; Haas et al., 2004), así como los diferentes enfoques evolucionistas y procesuales y los clásicos estudios sobre Chavín como “Estado Teocrático”, de la cual se sustenta un posible nivel estatal (Tantaleán, 2011); así como los estudios y propuestas sobre las organizaciones sociopolíticas y los orígenes del Estado en Moche del norte y del sur (Castillo y Uceda, 2008). Hay un gran consenso en asociar la aparición del Estado con las clases sociales y la desigualdad, así como la ciudad y los centros urbanos. En esta propuesta, se destaca la posición de Lumbreras (2005: 255), quien define Estado como el resultado de la tarea humana del control de la producción de alimentos mediante la agricultura y la ganadería, rompiendo con la precariedad estructural del régimen económico del “Paleolítico” tal y como lo propuso Gordon Childe en su propuesta teórica de la ruptura entre la edad antigua hacia la sociedad neolítica (Childe, 2004a). Este debate de influencia marxista discute las condiciones de disolución de las características propias del neolítico o etapas formativas de la cultura, como el ascenso de la población y el incremento de la producción, en cuyas circunstancias se extendieron las redes de intercambio, las formas de administración del trabajo, la distribución y el consumo, jerarquizando a las personas de acuerdo a su participación en los procesos derivados de la complejización social (Patterson y Orser, 2004). Los sistemas políticos que incorporan a la ciudad en sus espacios son conocidos como “Estado”. Las implicaciones de este proceso de formación social basado en la división de clases están directamente relacionadas con el surgimiento de la ciudad y el consiguiente urbanismo, entendido como un proceso que separa espacialmente las actividades propias del campo (aldeas y producción agrícola) de las especializaciones de los nuevos centros de poder o centros urbanos. Como Lumbreras explica (2005: 270) un centro urbano no es únicamente una ampliación de la aldea, sino que es una entidad territorial diferenciada en su forma, y sus habitantes son personas con necesidades y funciones diferentes. En este sentido, es importante la adaptación del concepto de ciudad a partir de su etimología europea o asiática, pero tomando en cuenta el tipo de particularidades andinas en las acciones diferenciadas que realizan los habitantes en esta parte del mundo, en sus lugares públicos y particulares, cívicos, administrativos y residenciales. Es en estos espacios donde se configura “una nueva clase de gente” (Lumbreras, 2005: 271).

Extracto de:
REPRESENTANDO EL IMPERIO: UNA VISIÓN DESDE LOS ENCLAVES
WARI DE WIRACOCHAPAMPA (LA LIBERTAD) Y PIKILLAQTA (CUSCO)
Tesis para optar el grado de Magíster en Arqueología con mención en Estudios Andinos.
Presentada por: NILS RAMIRO SULCA HUARCAYA

En el estudio de las sociedades antiguas existen diversas posiciones sobre la conceptualización y tratamiento del estado dependiendo de las particularidades culturales y goegráfico temporales de las mismas. Campagno argumenta una base de acciones a tomar en cuenta para caracterizar los estudios de Estado en sociedades antiguas para otras partes del mundo, en la cual propone que la existencia del Estado puede ser reconocida principalmente a partir de tres grandes caraterísticas: capacidad de coerción, capacidad de creación y capacidad de intervención (Campagno, 2015). De acuerdo a propuestas, en los Andes los estados antiguos (e.g. Wari, Chimú e Inca; entre otros un poco más discutibles) cumplieron con estas características. Sin embargo, la polémica se centra más bien en si estas sociedades tuvieron o no un carácter de imperio.

La Real Academia de la Lengua Española (RAE), define el término de “imperio” como: “Un conjunto de Estados o territorios sometidos a otro”[1]; y en otra acepción dice: “Organización política del Estado regido por un emperador” (Ibídem). El diccionario Léxico de Oxford define “imperio” como la “An extensive group of states or countries ruled over by a single monarch, an oligarchy, or a sovereign state”[2]. En este sentido, y de manera general, podríamos definir “imperio” como un sistema de organización política de nivel estatal que somete a otros estados o territorios con un aparato central de gobierno y toma de decisiones, al margen de la expansión (cantidad de territorio), durabilidad (cantidad de tiempo) y características (sometimiento de uno o más territorios). Para definir esta categoría política en una sociedad es necesario entonces un requisito escencial: que una sociedad de nivel estatal someta a una o más sociedades del mismo nivel. No existen categorías tipológicas dentro de los imperios (tales como imperios chicos, imperios grandes, o similares), toda vez que los casos en el mundo (Europa, África y Asia) son disímiles entre sí y cada uno de los ejemplos (imperio romano, bizantino, inca o el de Alejandro Magno) presentan cada uno numerosas particularidades adicionales. Para el caso andino, aunque no existen dudas respecto al carácter imperial de la sociedad Inca, no hay consenso para tipificar a la sociedad wari. Los trabajos de Lumbreras (1960, 1979, 1980) Isbell y Schreiber (1978), Isbell (1991), Ochatoma (2007) y Makowski y Giersz (2016), proponen a partir de las evidencias materiales, de que existió un imperio wari con características cronológicas y modalidad de dominio político dinámica en diversos lugares del imperio. De esta manera, se propone que existió por lo menos tres episodios o etapas del mismo: (a) surgimiento del Estado en Ayacucho y su rápida expansión hacia Cuzco, sierra de La Libertad y Moquegua (entre los 650 y 700 d.C. (cal.); (b) expansión hacia la sierra de Cajamarca y la costa norte entre los 750 y 850 d.C.; y (c) una época de posible formación de organismos políticos independientes o vasallos entre 900 y 1100 d.C., seguida del ocaso y abandono de la capital Wari en Ayacucho (Makowski y Giersz, 2016: 28). Se ha catalogado asimismo a lo wari como un imperio “en construcción” o “fallido” (Makowski y Giersz, 2016: 22), basado en una comparación de diferentes niveles de imperio del mundo con lo wari, la misma que no toma en cuenta las particularidades históricas y culturales del proceso social en los Andes.

Por otro lado, Bawden y Conrad (1982) y Shady (1988) plantearon que la sociedad wari no habría alcanzado el nivel de un imperio, sino que estaría ligado a una red de sociedades dedicadas al intercambio de productos que tenía diversos centros administrativos como puntos estratégicos a lo largo del territorio. Jennings (2010) ha planteado para el caso de la costa norte y para el sur (Arequipa) (Jennings, 2012) que además de la organización social wari, existió una especie de “globalización” de la religión influenciada por wari durante el Horizonte Medio. Fernandini (2015: 27) sugiere en este sentido, diferenciar el “fenómeno” wari (o “lo wari”) como una especie de moda religiosa que incentivó la “copias híbridas” o “emulaciones” múltiples de un “fenómeno” wari, de las fronteras físicas de la organización política wari (Fernandini, 2015: 27-28). Esta posición respalda la idea de Jennings (2010) que las apariciones de los objetos pertenecientes a este periodo en los espacios funerarios estarían relacionados a interacciones regionales de distintas escalas, y que la sociedad wari no habría impuesto un poder imperial hegemónico en toda el área. Sin embargo, diferentes hallazgos enfatizan la necesidad de mayores investigaciones para poder comprender la naturaleza de las relaciones de wari con los diferentes grupos y etnias a lo largo de los Andes. La ausencia de un único estilo imperial cerámico no necesariamente puede interprertarse como ausencia de la sociedad en diferentes niveles y/o de diferentes estrategias o tipos de hegemonía. Por ejemplo, los hallazgos en San José de Moro, correspondientes a finas vasijas del estilo Viñaque, Nievería y Chakipampa de la primera época del Horizonte Medio (1B), sugeriría un interés de los wari por unirse a las estrategias de poder de la sociedad Moche (Castillo 2000), pero la ausencia de cerámica wari en los sitios de Cerro Miraflores y Marcahuamachuco (muy cercanos a Wiracochapampa) no necesariamente implica lo contrario.

Lumbreras (1974b; 2000; 2010a), quien realizó trabajos de campo en gran parte de los Andes, propone que los wari lograron controlar mediante conquistas militares un extenso territorio desde Cajamarca por el norte hasta Moquegua por el sur, imponiendo, además, su ideología religiosa que permitió una rápida expansión territorial. Del mismo modo, Isbell y Schreiber (1978) fundamentaron la existencia de un imperio que tenía como capital la ciudad de Wari en Ayacucho, teniendo como sustento la arquitectura pública, centros administrativos provinciales y locales, hallazgos con fines rituales y la difusión ideológica (importada desde el altiplano) plasmada en cerámica de uso ritual. Ochatoma a través de sus investigaciones en el centro administrativo secundario de Conchopata (2007) y en el mismo centro urbano de Wari, encontró diversos materiales culturales, como cerámica votiva, que se utilizó a modo de ofrenda donde se representaba al dios Wiracocha. Para Ochatoma (2007), dicha cerámica habría cumplido una función de devoción religiosa en la expansión del imperio wari; asimismo, otras representaciones son los guerreros, lo que hace pensar que los wari contaban con una fuerza militar que permitió la expansión territorial a través de diversos mecanismos de conquista, que pudieron haber sido tanto pacíficos como violentos.

En los trabajos de Isbell y Schreiber (1978) y Schreiber (2012) se propone la existencia del imperio wari basados en las siguientes características: (a) una metrópoli capital (Wari) con una red de sitios de menor jerarquía los cuáles presentan arquitectura pública de diferentes tamaños y con diferentes funciones (Conchopata, Azángaro, Jincamocco, Jargampata, Honcopampa, Cerro Baúl); (b) concentración de población rural en la capital Wari; (c) construcción de centros administrativos planificados fuera de la capital de Ayacucho (Wariwillca, Pikillaqta y Wiracochapampa); (d) hallazgos de cerámica ceremonial depositados en diferentes contextos, tanto en la capital como fuera de ella; (e) el uso de espacios residenciales, ceremoniales de depósito, talleres y la aplicación de una misma regla en el diseño de unidades patio (kanchas wari); y, por último, (f) la difusión de la ideología religiosa.

A diferencia del debate sobre si los wari fueron o no un imperio, existe un amplio consenso entre los investigadores sobre su estatus de sociedad con una organización sociopolítica de nivel estatal. Esto es aceptado a partir de los trabajos de Lumbreras (1974b), Isbell y Schreiber (1978), Canziani (2012), Makowski (2014) y Ochatoma (2007) quienes han estudiado el Estado wari a partir de elementos que evidencian la complejidad de su organización social y la jerarquía de sus instituciones políticas; la institucionalización de un culto religioso o una ideología centralizada, así como un patrón arquitectónico con uno o más criterios reguladores. En este sentido, la sociedad wari es considerada un Estado, porque allí se dio una institucionalización de desigualdades sociales; fue una sociedad donde las bases estructurales presentaron una división bastante clara entre productores y no productores, o entre clases sociales dominantes y dominadas. En Wari, un grupo minoritario de la sociedad se habría dedicado a tomar decisiones de manera institucionalizada sobre la población que se encontraba sujeta de ellas. Asimismo, de acuerdo a autores como Millaire (2010), a pesar de haber diferentes y múltiples conceptos y visiones de Estado, durante este proceso político se llega a controlar el uso institucionalizado de la fuerza en un aparato coercitivo y posiblemente militar (Lumbreras (1974b), Isbell (2001a), Canziani (2012) y Ochatoma (2007). Por otro lado, la sociedad wari ha sido estudiada de manera material en su capital (Ochatoma, et.al., 2015), donde se ha encontrado un complejo de estructuras rituales y seculares que confirman el uso de espacios religiosos institucionalizados dentro de un sistema estatal que se replica en diversos lugares de la metrópoli.

1.2 El concepto Centro y la arquitectura estatal

El concepto de “centro” involucra una connotación espacial. En las soceidades estatales andinas tales como la inca, el centro es impuesto con una connotación no solo estructural y económica, sino también simbólica. En este caso, los incas impusieron estruturas centrales en sus asentamientos capitales de provincia para presidir actividades importantes del calendario estatal, en donde se construían rasgos arquitectónicos tales como plazas y plataformas (o ushnus) (Staller, 2008; Aguilar, 2019). Estos están asociados a un reacomodo del mundo tal, un axis mundi desde donde se rendía culto no solo a las divinidades imperiales como el sol, sino a deidades regionales o locales como el Rayo, el Trueno, de acuerdo a sus estrategias locales y regionales de dominación y conquista (Pino, 2010; Ramón, 2014), desde donde los cultos y ceremonias y sacrificios pudieron iniciarse en este lugar. La monumentalidad de las plataformas no se observaba en la misma ciudad del Cusco, pero si en lugares provinciales de territorios conquistados, tales como Vilcashuaman, Huanuco Pampa , Choquerecuay y Pumpu, en donde el lugar elegido no representa necesariamente el centro geográfico, sino el elemento central funcional al concepto impuesto (Aguilar, 2019). Respecto a los Ushnus, Albornoz mismo mencionó que era necesario destruir dichos edificios por lo que representaban de manera pública, particularmente desde el Ushnu de Vilcashuaman, en la cual se relacionaba el rasgo arquitectónico no solo con la religión estatal impuesta, sino incluso con el recuerdo ideológico de las poblaciones sometidas hasta muchos años posteriores a la conquista hispana de los incas (Duviols, 1984: 202).

El lugar del asentamiento implica también un lugar importante en el paisaje religioso y sagrado. Tal cual los incas elegían lugares en relación a su lugar geográfico y sagrado, la elección de Wiracochapampa debió estar asociada al lugar muy sagrado de una divinidad mayor, que puede estar relacionada con el culto a Catequil, deidad sumamente importante para las sociedades en la sierra norte desde Huamachuco hasta Cajamarca. El lugar sagrado implica un lugar de conexión con lo ancestral (Kaulicke, 2008), y en la sociedad wari hubo un culto institucionalizado a los ancestros que se observa en diferentes lugares en el culto y construcción de diferentes tipos de chullpas tales como Willcawain (Paredes et al., 2001), Castillo de Huarmey en Ancash (Giersz, 2017), Cerro Amaru en Huamachuco (J. Topic, 1991), Espíritu Pampa en el Cusco (Fonseca, 2011), Monqachayuc (Pérez, 2001 y Ochatoma y Cabrera 2019) en la misma ciudad de Wari. En esta época, tanto la capital como los enclaves de Wiracochapampa y Pikillaqta están relacionados con las hondonadas, montañas, la lluvia y los ríos, con lo que se relaciona cerro-centro ceremonial, siendo a veces notorio las construcciones de plataformas encima de cerros, la cual les da un carácter de dualidad.

Una característica especial de la arquitectura ceremonial en los asentamientos es que presentan una posición estratégica al centro simbólico y funcional de los sitios, así como un diseño, como menciona Kaulicke (2008), “efectivista”, debido a que en estas se encuentran plazas, patios, iconografías que varían de acuerdo a su ubicación, canales subterráneos, entradas de luz y sombra, todo un conjunto de elementos de percepción multisensorial. Asimismo, se debe resaltar que los elementos arquitectónicos de exclusividad (restringidos), casi siempre se encontraba en la parte alta, o en las partes de más difícil acceso, donde pocos individuos habrían tenido acceso. Un centro ceremonial también puede ser visto como sector nuclear de una ciudad grande sin residencia alguna (Lanning, 1967).

Gavazzi (2010) indica que la arquitectura ceremonial no solo involucra elementos solos o aislados, sino cuerpos esenciales y elementales agregados, capaces de contener en su estructura una gran variedad de referencias para las que fueron construidos. La gama de componentes juega un papel muy importante en relación al medio geográfico, por lo que existe un lazo dual que no permite la separación arquitectura-paisaje. En consecuencia, el dualismo es indispensable en la arquitectura andina, donde áreas geográficas y barrios urbanos indican dos dimensiones que se encuentran en permanente comunicación.

Se debe tener en cuenta, además, que el centro ceremonial juega un papel importante con cada componente arquitectónico en relación al medio geográfico. Los elementos como puertas, ventanas, hornacinas, escaleras, rampas, lugares de descanso o recorridos ayudan a comprender mejor la funcionalidad del espacio analizado.

Podríamos decir, entonces, que el centro simbólico (que en las ciudades de

Wiracochapampa y Pikillaqta constituyen los centros geográficos de los núcelos urbanos) debieron estar también asociados un centro ceremonial donde se cumplieron funciones de culto, dirigido por una clase especialista.

1.2.1 Palacio

El término “palacio” ha sido utilizado de manera concurrente en el mundo prehispánico del área andina, denominándose de esta forma a espacios arquitectónicos donde residían personajes de alta clase social que gobernaba a una sociedad. Los diversos investigadores, especialmente los arqueólogos, han identificado estructuras “palaciegas”, ya sea en sociedades complejas, Estados o imperios. Pero ¿qué características específicas en cuanto a la arquitectura debería tener una estructura para ser considerada palacio?, ¿qué elementos empíricos deberían contar para considerar dicha categoría?, ¿será apropiado el uso del término “palacio” en el área andina? Dichas interrogantes suelen no ser pertinentes si se siguen conceptos occidentales en la identificación de estructuras denominadas “palacios” en el área andina.

Hacia el año de 1998, se llevó a cabo en Washington un simposio denominado “Palaces of the Ancient new World”, donde se realizaron diversas charlas sobre la concepción del uso de esta categoría en los espacios arqueológicos. En los siguientes párrafos, se brindará algunos conceptos de esta terminología.

Para Quilter (2004), los palacios serían lugares muy concurridos donde diversos rangos sociales estarían involucrados en una gran diversidad de actividades, como la producción artesanal y el servicio militar. En estas, se realizarían, además, grandes fiestas y banquetes, donde cortesanos, solicitantes y otras personas socializarían con los personajes de alto rango.

Por su parte, Pillsbury y Evans (2004) mencionan que los palacios son residencias complejas de gobernantes que se encuentran a cargo de una sociedad compleja. Son residencias privadas, pero juegan un papel público por estar a cargo de un personaje importante. En su mayoría, estos presentan un acceso restringido, contienen grandes instalaciones de almacenamiento, presentan jardines y obras hidráulicas y, sobre todo, el ambiente tenía un vínculo muy cercano a lo divino.

Manzanilla, quien comparte de manera similar el concepto de palacio con los investigadores anteriores y tomando en cuenta las características de los grandes palacios egipcios, menciona que “…un palacio puede ser definido como la residencia de un gobernante, la sede de un gobierno, el sitio donde se concentra el tributo, la representación material del poder político” (2001: 157). No obstante, además, tiene que contar con diversos ambientes como dormitorios, cocinas, áreas de almacenamiento, salas de audiencia y espacios de servicio. Para el caso de Mesopotamia, hacia principios del tercer milenio a.C., aparecieron las primeras estructuras seculares denominadas “palacios” durante el periodo Jemdet Nasr, como Uqair, Uruk y Jemdet Nars; contenían sectores domésticos y una sala donde se encontraba el trono (Eridú, Kish y Eshnunna). Estas presentaban dos niveles conformados por corredores que proporcionaban aire y luz (Manzanilla, 2001).

En cuanto a Mesoamérica, Manzanilla propone que, para el periodo del horizonte clásico, se daba la expansión de la vida urbana, siendo Teotihuacan una gran ciudad, donde se diferencian diversos tipos de construcciones que fueron habitadas por grupos sociales. Estas presentaban diferentes magnitudes y decoraciones. Teotihuacan, entonces, pudo presentar dos tipos de arquitectura palaciega: las moradas de los gobernantes y sus cortes (como el Cercano Oriente y en Egipto), y los palacios administrativos y de toma de decisiones (2001: 176).

En tanto Morris (2013: 249), se basa sobre el concepto de palacio descrito por los diccionarios, donde se señala que un palacio es un lugar donde reside un gobernante. Sin bien es cierto que el palacio cumple una función civil, Morris le quita importancia en comparación a estructuras de carácter ceremonial o simbólico, las cuales son focos de poder y autoridad, a menos que el palacio presente una construcción monumental. Morris, desde el caso inca, trata de identificar los diversos palacios que existieron a lo largo del Tawantinsuyo, contando con herramientas de primera mano como las crónicas. Lamentablemente, menciona Morris que los españoles no dejaron descripciones suficientes de las actividades que se desarrollaron en estos ambientes.

Martín de Murúa es uno de los pocos cronistas que describe de forma casi completa las características de un palacio inca ubicado en el Cusco, que pudo haber pertenecido a Huayna Cápac. Murúa menciona:

Tenía este gran palacio dos grandes principales puertas, una a la entrada del zaguán y la otra adentro, de donde se veía lo más digno de obra tan famosa de cantería; a la entrada de esta (primera) puerta había dos mil indios soldados, de guarda, con su capitán, y guardaba un día, y después entraba otro con dos mil; y así de la multitud de los cañares y Chachapoyas, que era cierta gente de guerra…se hacía la guarda a la persona del Inga;…En medio desta puerta y de la otra más interior había una grande y extendida plaza, hasta la que entraban todos los que acompañaban al Inga, y pasaba el Inga y los señores principales orejones, los cuatro de su consejo, que eran muy privados, hasta la segunda puerta; en la segunda puerta había también guarda, y era de indios naturales desta dicha ciudad del Cuzco y parientes del Inga, y de quien él se fiaba más, y eran los que tenían cargo de criar y enseñar a los hijos de los principales de todo este Reino, que iban a servir al Inga y a estar con él en su Corte cuando muchachos…Junto a esta segunda puerta estaba la armería y flechas del palacio real del Inga, y a la puerta della estaban cien capitanes aprobados en guerra; poco más adelante estaba otra gran plaza o patio para los oficiales del palacio y servicio ordinario, y después entraban más adentro, donde estaban las salas y piezas a donde el Inga vivía. Y esto era todo lleno de deleites, porque tenían diversas arboleadas y jardines, y los aposentos eran muy grandes y labrados con maravillosos artificios (Murúa, 1946: 161-166).

La descripción que realiza Murúa nos muestra las características que debió tener un palacio inca, al menos podría tratarse de uno de varios tipos de palacio, dependiendo del espacio geográfico y, podría decirse, de los gustos de cada gobernante, teniendo en cuenta que cada palacio haya sido desocupado a la muerte de un inca, ya que estos posiblemente no hayan sido reocupados por un antecesor; por el contrario, habrían sufrido constantes remodelaciones.

Finalmente, Murúa (1946) propone una doble funcionalidad del palacio. Integrando la función administrativa para el caso inca (Huanucopampa, Tambo colorado), describe que estas fueron residencias reales y estructuras creadas para la representación del Estado, donde se realizaban diversos actos políticos, administrativos, religiosos y de reciprocidad económica. En tal sentido, estos espacios no solo acogieron al Sapa Inca, sino a un gran grupo político.

Makowski (2016) realiza una crítica exhaustiva a la propuesta de Morris sobre la aplicación de un fragmento de crónica de Murúa para realizar la identificación de espacios palaciegos. Asimismo, menciona que las estructuras palaciegas que se pueden identificar en el imperio Inca no se diferencian de manera clara a otras estructuras ceremoniales o administrativas, como sí se podrían diferenciar en un ámbito ibérico de donde inicialmente se toma dicha categoría. En tal sentido, Makowski parte desde los orígenes de la palabra “palacio”, que provendría del latín “palatium”, como denominación del lugar desde donde se ejercía el poder, difundiéndose ampliamente por casi toda Europa con el canon arquitectónico carolingio y la renovación del imperio romano. Las características de un “palatium” carolingio descritas por Makowski presentan una gran sala con columnas y aula palatina (sala de reuniones del rey con sus señores). Los palacios eran entonces construidos en diversas partes del territorio conquistado para albergar las estancias de los emperadores o reyes desde donde se atendían las necesidades de las provincias.

Con las diferentes propuestas metodológicas vertidas líneas arriba, surge la siguiente interrogante: ¿estas características arquitectónicas podrían ser válidas para la aplicación de estructuras denominadas palacio en la época wari? A lo largo del análisis del presente trabajo, podremos de una u otra forma consensuar los diversos puntos de vista y las evidencias registradas para el caso del Horizonte Medio.

1.2.2 Espacios ceremoniales

Los templos cumplieron la función de espacios ceremoniales con usos mágico-religiosos, bajo el control de personas especializadas (sacerdotes). Carrillo (1984) sostiene que el templo representa la casa de la divinidad, donde se realizaban actividades religiosas. Constituye la esencia espacial del subsistema religioso y como tal cabe relacionarlo con el entorno (tomado de Ochatoma et al., 2015). Se debe destacar que los templos para el área andina no presentan un único tipo arquitectónico, por lo que la aplicación del término “templo” puede ser de uso abierto e interpretativo.

Existe un consenso entre los investigadores de la sociedad wari (Isbell y Schreiber 1978, Meddens y Cook, 2001; Ochatoma y Cabrera 2015) en que los espacios rituales se dieron en los espacios en forma de “D”, los cuales tuvieron un uso ceremonial. Cook (2001) menciona que “estos edificios estaban destinados a complejos cultos estatales tratándose quizá de la “morada ritual de determinados gobernantes o de su linaje y, en algunos casos, también de su mausoleo” (2001a: 53). Todos los espacios en forma de “D” identificados dentro y fuera de la capital de Wari presentan un solo acceso, por donde posiblemente ingresaban personajes relacionados a las actividades de culto. Cabe destacar que existe un pequeño atrio a las afueras de estas estructuras, donde habrían sido congregados personajes relacionados al poder.

Estas estructuras se encuentran en diversos sitios. En la ciudad de Wari en el sector Vegachayuq Moqo, que cuenta con tres estructuras; en el sector Monqachayuq, donde se encuentran dos estructuras de este tipo (ver Figura 3); en el sector de Capillapata, con tres estructuras; y en el sector Sullucruz, donde se encuentra una. Fuera de la ciudad de Wari, pero dentro de Ayacucho, se identificaron cuatro sitios con estruturas en forma de “D”: en Conchopata (ver Figura 4), posiblemente contemporánea a las de wari; Ñahuimpuquio, con una estructura en forma de “D” de la época Warpa (Intermedio Temprano) (Bautista, 2000) (ver Figura 5); en el sitio de Huanca Qasa (Doi, 2019), donde se observa asimismo una estructura en forma de “D” de la época Warpa; el sitio de Muyo Orqo en Huamanga, con una estructura de la época wari (Berrocal, 1991) (ver Figura 6); el sitio de Yaco en el valle de Chicha Soras (Sucre, Ayacucho), con una estructura en forma de “D” de la época wari (Meddens y Cook, 2001); y a lo largo del territorio andino, en sitios como Cerro Baúl (Moquegua) donde se encuentran dos estructuras (Williams e Isla, 2002); Espíritu Pampa en Vilcabamba (Cusco), con cuatro estructuras (ver Figura 7) (Fonseca, 2011); Honcopampa en en el Callejón de Huaylas (Áncash), con dos estructuras; El Palacio (Cajamarca), con una estructura; Inticancha (La Libertad), con dos estructuras; Santa Rosa de Pucalá (Lambayeque) con una estructura (ver Figura 8); y el más reciente registrado en Nasca (Ica), en el sitio de Huaca del Loro, en donde se registra una estructura (Aldo Noriega, comunicación personal). De esta manera, podemos inferir que la sociedad wari estaba sumamente ligada al aspecto ceremonial en gran parte del territorio a partir del uso y dispersión de los templos en forma de “D” (Isbell, 2000).

Sin embargo estos espacios fueron utilizados desde la época Warpa, en una continuidad cultural que se observa en sitios como Ñawimpuquio, la misma que estuvo igualmente destinada para espacio ceremonial (Bautista, 2000: 636) (ver Figura 9). El templo en forma de “D” en el sitio de Huanca Qasa, ubicado en San José de Ticllas – Ayacucho (ver Figura 10) corresponde igualmente a un espacio construido desde la época Warpa. Esta estructura se emplaza sobre un terreno llano debajo de la cumbre del cerro del mismo nombre (Doi, 2919).

Meddens y Cook (2001) mencionan que los edificios en forma de “D” formarían parte de la estructura administrativa del Estado, teniendo una doble función: política y religiosa. Es el lugar apropiado donde los mallkis, sacerdotes wari, demostraban su poder político y económico en ceremonias en honor a sus antepasados.

Cook (2001a) propone que los componentes internos de los templos en “D”(que solo poseen algunas edificaciones), tales como los nichos, estarían dispuestos para albergar a los mallkis. Al igual que durante el Horizonte Tardío las momias serían parte de la vida social, política y religiosa, pues eran tratadas como personas vivientes hasta el punto de cambiarles la vestimenta y brindarles comida y bebida (Cook, 2001a). Se habla mucho sobre este tipo de edificaciones debido a las múltiples investigaciones que se realizaron en su interior y a los diversos hallazgos, como cerámica rota intencionalmente, chontas quemadas, restos óseos carbonizados, utilización de pigmentos llamativos y, en algunos casos, pilares hechos de puzolana que habrían servido como un reloj astronómico relacionado a eventos calendáricos (Ochatoma et al., 2015). El estudio de la tradición de espacios en forma de “D” y su dispersión con la expansión wari permitirá comprender interrogantes sobre la forma de la conquista y la institucionalización estatal de la religión en wari.

1.2.3 Espacios domésticos

Para la Arqueología, el concepto de espacios domésticos está enmarcado en el área sujeta a diversas actividades de un grupo de personas que tienen vínculos familiares o no. Las actividades desarrolladas podrían estar vinculadas a labores de cocina, de manufactura de cerámica, textilería, peletería, fabricación de armas de guerra, lugar de descanso, etc. Para Lastell (1972, citado en Manzanilla, 1986), existen tres criterios básicos para definir grupo doméstico: (a) la residencia, (b) las actividades compartidas (que son universales) y (c) el parentesco (en el caso que existan sirvientes, visitantes y huéspedes).

En tal sentido, Morelos (1986) argumenta que las unidades habitacionales seguirían dos procesos sociales: (a) el uso y consumo del espacio y de productos diversos para la subsistencia familiar y (b) la transformación de la materia prima, de la cual se obtienen diversos productos destinados a diversos ámbitos sociales.

Morelos continúa su interpretación indicando que la unidad habitacional es la base económica fundamental que se interrelaciona con otros espacios para formar conjuntos urbanos que, inclusive, se reproducen en espacios rurales. En estas se desarrollan actividades de autoconsumo y de consumo social, las cuales tanto su tamaño y su forma son variables, ya que “…reflejan la posición dentro de la formación socioeconómica de sus habitantes” (Morelos 1986: 200).

Manzanilla (1986a) argumenta que un área de actividad es el lugar donde ocurren determinadas actividades repetidas que van dejando huella; se identifica por el hallazgo de una concentración de materias primas, instrumentos y desechos (Manzanilla 1986a: 11, 1993: 15). Acota que las unidades habitacionales son “…el reflejo de la unidad doméstica como unidad básica de residencia, producción y consumo” (1986a: 464). Esta autora señala además que un “grupo doméstico está formado por los individuos que comparten el mismo espacio físico para comer, dormir, crecer, procrear, trabajar y descansar. Los tres criterios básicos para definir este concepto son” la residencia, las actividades compartidas y el parentesco (Manzanilla 2004: 82).

De acuerdo a Obregón (2012), quien realiza un interesante estudio sobre la artectura doméstica en Antioquia (Colombia) el grupo doméstico constituye la unidad fundamental de toda estructura social y su definición se encuentra, por supuesto, vinculada espacialmente a las áreas o lugares de habitación. Basado en análisis de diversos teóricos sobre el universo doméstico, basa su aporte en la síntesis de autores como Casten y Hugh Jones: “Family and household are basic units of analysis in studies of demography and kinship; economic anthropology deals whit the physical and mental activities implied by the notion of ʻhousekeepingʼ, treating the household as a basic unit of production and consumption” (Carsten y Hugh-Jones 1995: 4). Tal como lo señalan Ashmore y Wilk, households) “are fundamental elements of human society, and their main physical manifestations are the houses their members occupy. Households embody and underlie the organization of a society at is most basic level” (Ashmore y Wilk 1988: 1). De esta manera resumimos que los espacios domésticos constituyen un indicador para poder comprender diversos aspectos demográficos, económicos, sociales, relacionándolos con la identidad en un sentido amplio y sumamente importantes para poder definir el concepto de ciudad.

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