Las piedras de plastilina

Para darle un acabado con una textura símil-piedra, basta cubrir cada

«almohadilla» con una delgada capa de tierra seca y los terrones de la misma

tierra, al hundirlos sobre el hormigón blando, imitan perfectamente los huecos

naturales de la piedra. Al cabo de un par de días, una vez ya fraguado el

hormigón, se limpia la tierra y los terrones con un chorro de agua a presión.

De esta forma se puede imitar la textura de la piedra con sus huecos, grietas y

vetas dándole un realismo impresionante. Por ejemplo: la veta que atraviesa

en diagonal la gran piedra central en una de las fotos, no es más que la unión

de la hormigonada de un día con la del día siguiente. Al cabo de una semana ya

se puede desmontar el muro y retirar las planchas. Para eliminar el brillo

artificial dejado por las planchas metálicas, quizá los incas no habían tenido

más remedio que «repiquetear» con algo muy duro todos los lados de cada una

de las piedras, lo justo para hacerlas ásperas pero sin quitarles grosor.

10.1.4. La construcción del muro

Preparados ya todos los bloques, puede empezarse el montaje del muro en su

posición y emplazamiento definitivos. Pero aquí es, sin duda, donde se plantea

el principal problema: conseguir encajar el muro con el suelo. Para ello hay que

hacer una base de elaboración más tosca y con piedras no necesariamente tan

pulidas, que permita alinear y nivelarla primera hilera de bloques prefabricados

del muro. Hasta hoy, este detalle se había interpretado como que los incas

construían sus muros aprovechando edificaciones ya existentes de culturas

anteriores. ¡En realidad podría tratarse de una fase más del mismo muro en su

proceso de montaje!

Una vez conseguido el alineado y nivelación de la primera hilera de bloques de

piedra, el resto del muro encaja a la perfección. No hace falta probar los

diferentes bloques ni una sola vez, porque, por su ejecución, ya se sabe de

antemano que encajan a la décima de milímetro. Aun así, cuando alrededor de

una piedra de gran tamaño coinciden varias más pequeñas, la suma de los

grosores de las interseparaciones pueden llegara producir un desfase de 1’5

mm, que no es mucho, evidentemente, pero sí lo suficiente corno para

descompensar el resto del muro que va encima. Quizá la mejor forma de evitar

ese desfase es hacer los muros con piedras de gran tamaño (cuanto más

grandes, menos separaciones y, en consecuencia, también menos desfase).

Pero leyendo la obra de los cronistas de la época de la colonización,

encontramos otra posible solución para corregir ese desfase: los incas -en

ocasiones puntuales- aplicaban entre piedra y piedra una fina capa de arcilla.

Aparentemente esa fina capa serviría sólo para evitar el roce y mejorar el

efecto asísmico del muro, pero también podría tener la doble función de llenar

el hueco dejado por las planchas de separación. Éste es el modo que tenían los

incas de prefabricar un muro recto, pero ¿y los muros curvos?, ¿y las esquinas?

, ¿y los portales en forma trapezoidal?, ¿y las piedras de gran tamaño? Si para

hacer un muro recto es necesario prefabricarlo en horizontal sobre un suelo

plano, evidentemente para hacer un muro curvo hay que prefabricarlo sobre un

suelo abombado o en forma de montañita. Para hacer una esquina

simplemente hay que levantar los dos extremos de dos secciones de un muro

hasta formar un ángulo de 45º con el suelo y llenar la separación

redondeándola (en posición horizontal, una esquina redondea da también sale

sola y sin esfuerzo). Para reproducir un portal, ventana o nicho de forma

trapezoidal sólo es necesaria una sencilla labor de encofrado en dos fases. Y,

finalmente, el secreto de las piedras de gran tamaño (y aquí está la última

parte del ‘truco’) consiste en dejar la piedra hueca por debajo cuando se

prefabrica, con lo que se aligera enormemente su peso para su posterior

manipulación, y una vez ya montada en el muro, en su posición definitiva, seencofra por detrás y se llena. El resultado final es como la materialización de

una metáfora: una sola persona, vulgar y corriente, sin más ayuda que una

palanqueta y en muy poco tiempo, es capaz de hacer, mover, colocar y encajar

a la décima de milímetro un enorme bloque que puede sobrepasar la tonelada.

Si hubiese contado con la ayuda de sólo un par de personas más o de una grúa,

con este método habría podido hacer incluso piedras el doble de grandes y

pesadas.

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