El Origen de la Civilizaciones Andinas – Historia del Perú

INTRODUCCIÓN.

Una de las mayores dificultades que la arqueología afronta es proponer una reconstrucción genuina de los pueblos que nos antecedieron, pues para lograrlo examina edificios y objetos incompletos que han resistido al paso del tiempo o a la obra destructiva del ser humano. Los arqueólogos son conscientes de estas limitaciones, pero pese a ellas se han escrito numerosas síntesis sobre el Perú prehispánico. Como se recordará, Felipe Guaman Poma de Ayala propuso en su obra El primer nueva crónica y buen gobierno una versión sobre los pueblos que ocuparon Perú antes del Tahuantinsuyo.

Las síntesis sobre el Perú antiguo son ventajosas en diversos sentidos, en la medida que ofrecen información de conjunto y global. En el siglo pasado éstas fueron escritas por viajeros ilustrados en materia geográfica e histórica, incluyendo en sus descripciones sobre flora, fauna y recursos naturales en general, lo referente a los monumentos arqueológicos. Este último aspecto fue tratado en el contexto de un interés orientado a poner de relieve aquellas ruinas que se consideraba espectaculares. Las descripciones abundan y hoy en día son fuente de consulta obligada pues una cantidad no precisada de restos prehispánicos ha desaparecido en los últimos 100 años.

Raúl Porras Barrenechea en su libro Fuentes históricas peruanas, publicado en 1954 y reeditado en 1963 por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, destaca que la tarea arqueológica en el siglo XIX consistía en recoger objetos representativos por su belleza para enriquecer los museos de Europa. Pero también reconoce que a pesar de la falta de preparación y el apresuramiento de los viajeros, existen apreciables aportes sobre el Perú prehispánico, constituyendo trabajos pioneros.

En efecto, fue una labor precursora que antecedió a M. Uhle, figurando en este contexto la obra de Mariano Eduardo de Rivero, quien en coautoría con J.J. Tschudi, publicó en 1851 Antigüedades peruanas, que se convirtió en texto de consulta en la segunda mitad del siglo XIX.

Clements R. Markham agregó a sus estudios sobre el quechua, los relacionados con la arqueología, en especial del Cuzco imperial, en su obra A Journey of the Ancient Capital of Peru, editada en 1856 en Londres.

William Bollaert a su vez contribuyó con Antiquarian, Ethnological and other researches in New Granada, Equador, Peru and Chile, with observations on the pre-incarial and other monuments of Peruvian nations, editado en Londres en 1860. Thomas J. Hutchinson publicó por su parte Two Years in Peru with Exploration of its Antiquities en 1873, Londres.

No podemos dejar de mencionar las excavaciones de A. Stubel y W. Reiss en Ancón, publicadas en Berlín en 1880-1887. El primero además estudió Tiahuanaco y juntamente con Uhle, quien aún no conocía América, publicaron en 1892 Die Ruinenstaette von Tiahuanaco. En 1880 apareció en París un amplio e ilustrado estudio de Charles Wiener, particularmente sobre aspectos etnográficos, arqueológicos y lingüísticos de Perú y Bolivia. Según Porras, fue el primero en señalar la existencia de Machu Picchu y Huayna Picchu, basado en testimonios que recogió en 1876 de pobladores de la región.

Otro estudioso que llegó en 1892 fue Adolfo Bandelier, un suizo que adoptó la nacionalidad americana y que se formó con L.H. Morgan. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, Porras le reconoce el mérito de tener un excelente conocimiento de las crónicas sobre el antiguo Perú. Sus esfuerzos se concentraron en el Altiplano peruanoboliviano, Tiahuanaco (Tiawanaku), pero también dedicó su tiempo a otros lugares tales como la costa central, costa norte, Chachapoyas y Chavín.

Además de los viajeros previamente mencionados, Porras dedica comentarios elogiosos a E. W. Middendorf y E. G. Squier. El primero se interesó en aspectos lingüísticos y arqueológicos, publicando en ambos casos amplios volúmenes. Es destacable su obra Perú. Observaciones y estudios del país y sus habitantes durante una permanencia de 25 años, en tres tomos, originalmente publicada en Alemania entre 1893-1895 y reeditada en 1973 por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El citado autor reconoce en el primer párrafo de su prólogo al volumen II que su recorrido por el Perú de ese entonces significó también conocer sus monumentos arqueológicos para así lograr un “juicio acerca de la naturaleza de la cultura de los pueblos que habían vivido antiguamente en esta región”. Middendorf no solamente reconoció la importancia de la costa en este contexto, sino también avizoró la relevancia y el significado del centro ceremonial de Chavín de Huántar.

Anteriormente, en 1877, E. George Squier, un investigador calificado por muchos como el fundador de la arqueología en EE.UU. de América del Norte, publicó en Londres y Nueva York su obra Perú. Incidents of Travel and Exploration in the Lands of the Incas, reeditada por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1974 bajo el título Un viaje por tierras incaicas. Crónica de una expedición arqueológica (1863-1865). Estos estudios recibieron el beneficio de su experiencia previa investigando los restos arqueológicos de Mississipi y su permanente contacto profesional con el historiador William Prescott, quien anteriormente había publicado Ensayo sobre la civilización de los incas.

Squier no fue un improvisado en la materia y fundamentándose en los datos observados estaba convencido de que en el Perú existieron “varias civilizaciones separadas y distintas” que precedieron a los incas (Cap. I, pág. 3, versión castellana). Es igualmente significativo el reconocimiento de Squier de “que la civilización de los antiguos peruanos fue autóctona” y junto a los mexicanos alcanzaron un alto nivel de desarrollo con “imponentes sistemas de gobierno y religión” (Cap. XXVII, pág. 307). En las primeras dos décadas de este siglo, M. Uhle y J. C. Tello publicaron sus propias versiones sobre esta problemática, describiendo no solamente los rasgos más importantes de la civilización andina, sino también defendiendo enérgicamente sus planteamientos. Uhle estuvo convencido hasta el final de su vida de que las culturas protoides del litoral derivaron de un tronco mesoamericano. Tello, por su parte, delineó un derrotero este-oeste, desde las tierras bajas de la
cuenca del Amazonas, hasta el litoral Pacífico, el cual fue extensamente explicado en 1921 y sucesivamente ratificado en 1929 y 1942.

Max Uhle, sinólogo alemán. Uno de los fundadores de la arqueología científica en América y en el Perú (Fotografía tomada de folleto publicado por el Museo de Arte).

Para la mayoría de investigadores, ambos son los fundadores de la arqueología científica en el Perú, aunque no faltan aquellos que conceden ese mérito únicamente a J.C. Tello. Sin restar el aporte de nuestro connacional, debe recordarse que M. Uhle inició sus estudios en territorio peruano, específicamente en Ancón y luego en Pachacamac, a partir de 1896, después de una temporada de 3 años en Bolivia y Argentina. Estos comienzos coinciden en parte con el debate en torno al evolucionismo clásico o unilineal y su inaplicabilidad a escala universal. Uhle estuvo en la otra orilla del evolucionismo clásico al propugnar el difusionismo como la fuente del progreso social. Su posición teórica no debe sorprendernos pues tuvo un cercano vínculo laboral y profesional con A. Bastian, quien no solamente rechazaba el esquema generalizador de L.H. Morgan, sino también fue fundador del Museo Etnológico de Berlín. Uhle fue asistente de este museo entre 1888 y 1891 y su misión científica a América en noviembre de 1892, para estudiar el país de los quechuas, fue precisamente diseñada por A. Bastian. J.C. Tello inició formalmente sus estudios arqueológicos en el Perú en el año de 1913, al ser nombrado director de la Sección Arqueológica del Museo de Historia Natural, al acompañar a A. Hrdlicka para estudiar los valles de la costa central, desde Huaral hasta Mala. Ese año también marca el punto de partida concerniente a la preocupación de J.C. Tello por difundir el legado del antiguo Perú a través de la enseñanza en las aulas universitarias y por defender el patrimonio arqueológico. Curiosamente, M. Uhle ya no se encontraba en el Perú, pues desde 1912 hasta mediados de 1916 permaneció en Chile, excavando y organizando un museo arqueológico.

El fundamento de la propuesta de Tello descansa en el monogenismo entendido como una especie de creación propia, nativa, en interacción con las condiciones particulares de los Andes. J.C. Tello llamó por eso al Perú “región geo-étnica”, por cuanto es de suponer que un solo grupo étnico predominó a lo largo de su territorio y a través del tiempo. Por consiguiente, advirtió que las diferencias observadas en los estilos alfareros no deben ser vistas como parte de culturas independientes o exóticas.

Ambos, Uhle y Tello, propugnaron modelos basados en el difusionismo. Las investigaciones posteriores demostraron que sus planteamientos no resisten la más mínima verificación pues: a) Mesoamérica y los Andes centrales son expresiones independientes; b) Chavín de Huántar es la culminación, no el germen, de una experiencia sociopolítica preestatal; c) Chavín de Huántar adoptó logros costeños, sobre todo los diseños arquitectónicos en forma de U y los recintos circulares hundidos.

Julio C. Tello, huarochirano nacido en 1880, impulsó la arqueología peruana a partir de la segunda década del siglo XX.

A las publicaciones de los fundadores de la arqueología en nuestro país, les suceden numerosos tratados sobre el antiguo Perú, sea en forma de monografías sobre determinadas culturas o como síntesis monumentales que intentan delinear las principales características de la civilización andina, desde sus primeros pobladores hasta el presente. A diferencia de los tiempos de Uhle y Tello, la dimensión diacrónica se ha profundizado pues, como veremos en el capítulo correspondiente, existen vestigios que sobrepasan los doce mil años de antigüedad.

 

Paralelos a los estudios de J.C. Tello, figuran los de Rafael Larco Hoyle, cuyo interés por la costa norte se materializó en el estudio de todos sus valles, identificando estilos alfareros y culturas que se superponen a través del tiempo, hasta los incas. Aunque se le vincula principalmente con la cultura Moche, cuya secuencia alfarera no ha sido aún rebatida al final de este siglo, Larco también ha contribuido al conocimiento del período Lítico gracias a sus descubrimientos de herramientas de piedra en Pampa de Los Fósiles y Paiján, en la zona de Trujillo. Por otro lado, a diferencia de Uhle y Tello, Larco planteó que la costa aportó significativamente al desarrollo de la civilización andina.

Asimismo destacan otros investigadores, sobre todo arqueólogos americanos, quienes simultáneamente a los estudios de Tello y Larco, se interesaron en diversos temas y lugares del mundo andino. Alfred L. Kroeber merece especial mención, sobre todo por su interés en la seriación de las culturas, la formación de peruanistas y sus balances sobre la problemática de los estudios prehispánicos expresados en sus obras Peruvian Archaeology, y A Reappraisal of Peruvian Archaeology, publicadas en EE.UU. en 1942 y 1948 respectivamente. J.H. Steward editó una compilación en 1946 titulada Handbook of South American Indians. The Andean Civilizations, dos volúmenes, con los auspicios de la Smithsonian Institution. A su vez, W. Bennett y J. Bird publicaron en 1949 la síntesis Andean Culture History.

En 1957, J.A. Mason publicó en Londres The Ancient Civilizations of Peru. En la década siguiente aparecen varias obras tales como Peru de G. H. S. Bushnell, publicado en 1963, en New York. En 1967 E. P. Lanning publicó Peru Before the Incas y en 1969 apareció en Lima el libro de L. G. Lumbreras De los pueblos, las culturas y las artes en el antiguo Perú, el cual ha sido reimpreso en idioma inglés. Ese mismo año, F. Kauffmann publicó en Lima su Manual de arqueología peruana.

En la década de 1970 se editaron nuevos estudios sobre las culturas peruanas, figurando, en 1971, el volumen II de An Introduction to American Archaeology. South America de G.R. Willey. Un año antes, con ocasión del Congreso Internacional de Americanistas celebrado en Lima, R. Ravines publicó una compilación a través del Instituto de Estudios Peruanos titulada 100 años de arqueología en el Perú. En 1975 R. S. MacNeish, T. C. Patterson y D. L. Browman publicaron The Central Peruvian Prehistoric Interaction Sphere, bajo los auspicios de Phillips Academy, Andover.

Años después, en 1980, J. Mejía Baca editó una monumental colección de 12 tomos titulada Historia del Perú. En 1988, R. Keatinge publica Peruvian Prehistory, a través de Cambridge Press. A comienzos de la presente década, en 1991, D. Bonavia publicó con los auspicios de Edubanco Perú: Hombre e historia. De los orígenes al siglo XV. Por su parte, en 1992, M. Moseley publicó en Londres The Incas and their Ancestors. The Archaeology of Peru. En 1993, D. Morales publicó un extenso libro titulado Historia arqueológica del Perú (Del paleolítico al imperio inca), como primer tomo del Compendio histórico del Perú editado por Milla Batres. En 1994, J. A. del Busto D. dirigió la colección Historia general del Perú, con los auspicios de Editorial Brasa. El primer volumen titulado Los orígenes de la civilización andina fue preparado por P. Kaulicke. El segundo y tercer volúmenes fueron preparados por R. Ravines y F. Silva Santisteban, respectivamente. Asimismo, en 1995, Cofide publicó una colección de cuatro volúmenes titulada Nuestra historia. En 1997 F. Silva Santisteban publicó Desarrollo político en las sociedades de la civilización andina, bajo el auspicio de la Universidad de Lima, que se agrega a la colección en tres tomos del citado autor, titulada Historia del Perú y publicada en 1983 por ediciones Búho.

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