Yayno: Cima del Mundo

Ciudadela Fortificada de la Tradicion  Recuay.

Si bien Raimondi la avizora y Tello la estudia parcialmente, la ciudadela de Yayno, ubicada en las recónditas alturas conchucanas, es uno de los asentamientos prehispánicos de menor visita científi ca. Una expedición financiada por National Geographic y la Academia Británica llegó recientemente a la cima donde reposa.

Desde las primeras décadas del siglo XX, las ruinas de Yayno (Pomabamba) han sido reconocidas en la arqueología andina. Su ubicación, al pie de la Cordillera Blanca, y el enorme esfuerzo que supuso su construcción, causó la admiración de Tello (1929: 29), quien visitó el sitio en 1919 y lo utilizó como base de su teoría sobre la distinta trayectoria de la civili- zación autóctona en el Perú. Sin embargo, el sitio no ha tenido las investigaciones sistemáticas que merece para aclarar su rol en la prehistoria andina. Presentamos los resultados preliminares del Proyecto Arqueológico Yayno-2006, que busca reestablecer la secuencia de ocupación, la organi- zación del espacio y las obras arquitectónicas del sitio. Se inician, de esta forma, las investigacio- nes para reconstruir el carácter y el surgimiento de la complejidad sociopolítica Recuay durante el primer milenio d.C.

Los antecedentes y las labores de 2006 Ubicado en la margen sur del valle de Pomabamba, Yayno reposa sobre un promontorio alto, a 4.170 msnm, en una zona formada por tributarios del Yanamayo originados en las vertien- tes orientales de la Cordillera Blanca, en la cuenca superior del Marañón. Su área de infl uencia contiene terrenos apropiados para una economía mixta: agrícola y ganadera. Terrazas agrícolas contiguas permitieron una densa población en zonas tan altas, ‘agrestes e inhospitalarias’ (Tello 1929: 29-30).

Califi cado como asentamiento tipo fortaleza o ciudadela (Tello 1929: 31), con funciones administrativas y ceremoniales (Kauffmann 2002: 487-488), Yayno tiene una extensión mayor a las 100 Has. Es evidente que el sitio tuvo carácter monumental, no sólo por su ubicación estratégica, sino por sus construcciones imponentes (Apolín G. 2004; Bartle 1981; Kinzl 1935; Ravines 2005; Soriano 1947), con testigos arqueológicos monumentales cada 30 hectáreas.

El montículo del sector monumental, ‘gigantesca pirámide’ (Tello 1929: 30), está formado por altas terrazas escalonadas y platafor- mas sobre las cuales erigieron un complejo de plazas, construc- ciones defensivas y otros conjuntos arquitectónicos, hasta la cima. La mayoría de edifi cios tiene acceso restringido, con pocas entradas, ventanas y rutas de ambulación. Más de 30 construcciones circu- lares cilíndricas fueron establecidas con muros concéntricos, formando ambientes periféricos en el interior. Tienen, cada una, diámetros que oscilan entre 15 y 25 m, con paredes altas que dan la impresión de ser torreones. Se puede identifi car, asimismo, más de una docena de recintos cuadrangulares, cada uno con plazuelas en el interior y habitaciones a los lados. El edifi cio más grande mide 30 m de ancho y 10 m de altura. Cabe destacar (Quebrada Los Cedros).

La cerámica es fina: más del 30% de la muestra es de pasta kaolinita fi na, con engobe rojo y pintura polícroma y/o negativa, en típicos diseños recuay (Grieder 1978).

Se encuentra en formas tipo cuencos (con bases anulares) y kancheros.

Recuperamos la cerámica fina en asociación con cerámica utilitaria (cántaros, ollas), sugiriendo que fueron usadas y depositadas coetáneamente. La cerámica se encuentra en los pisos de construcciones y en capas de relleno y caída. Si bien los análisis siguen en proceso, ya hay dos fechados en niveles de su ocupación tardía (asociados con Recuay Tardío): 670±40 d.C. y 690±50 d.C. (calibrados). Cabe notar que, hasta el presente, no tenemos evidencia de estilos tempranos como Chavín y Huarás Blanco sobre Rojo. Tampoco hay evidencia inca.

Las investigaciones confi rman que el sitio era un centro protour- bano recuay de alta importancia. Excavaciones en ambientes interiores de los conjuntos circulares y cuadrangulares descu- brieron morteros/chancadores, objetos cotidianos, basurales y fogones de función doméstica intensiva. Estos elementos indican que los edifi cios eran residenciales, aunque respondían a una orientación monumental por estar destinados a grupos de extensión considerable, organizados por parentesco, ocupación o estatus, quizás como linajes o ayllus. Indican la coexistencia de grupos segmentarios de varios tamaños que, juntos, consti- tuyeron la comunidad yayno. Aún no es claro si los conjuntos funcionaron como castillos (Tello 1929), para funciones rituales (Kauffmann 2002) o astronómicas (Apolín 2004). Protegidos por muros altos sin ventanas ni entradas, la vida social se centró en sus recintos.

Varios elementos arquitectónicos tenían un carácter defensivo: ubicación estratégica, muros monumentales y periféricos, otros con parapetos, fosos y trincheras, acceso restringido, agrupación de cuartos y conjuntos, recintos cerrados y murallas largas y paralelas. La evidencia enfatiza que el tipo de asentamiento más signifi cativo en el mundo recuay era la marca o aldea fortifi cada.

Estos patrones indican una forma de socialización que valori- zaba la guerra y la defensa. Las prácticas ceremoniales incluyeron fi gurines de animales (ofrendas), objetos de prestigio (hachas, metales, cuentas de piedras, conchas) y piruros de cerámica y de piedra que indican la importancia de la textilería. También se encontraron restos óseos animales, mayormente camélidos. Hasta el presente no se encuentra en el complejo mucha evidencia de interacción foránea ni de prácticas funerarias, que sí se ve en otros asentamientos recuay (Lau 2000; 2005).

Varios pozos produjeron restos de arquitectura más temprana, de diversas fases de construcción (muros, cimientos, pisos). Indican que la historia de construcción y uso del sitio es complejo, consistente en varios episodios de construcción, renovación y destrucción. Por la cerámica se puede notar que Yayno podría haber tenido varias fases de ocupación, quedando aún muchos de sus elementos en proceso de análisis. Podemos concluir que era una ciudadela muy grande y de función diversa, que no sólo cuenta con evidencia arquitectónica sino con una distribu- ción de artefactos que sugiere poder político y económico.

Es seguro señalar que surgieron facciones poderosas recuay en la zona de infl uencia yayno, probablemente organizada en forma de curacazgo o reino pequeño. Los más conocidos se desarrollaron en los alrededores de Cabana y de Huaraz. Pero otro foco fl oreció en las alturas de Pomabamba, con su centro en Yayno.

SHICRAS: Nueva manifestación del precerámico tardío

La costa central continúa revelando sus secretos. Recientes actos de huaqueo han dejado al descubierto un nuevo asentamiento, tan antiguo como Caral, en la zona denominada Pisquillo, cerca de Huaral. Se le ha venido a llamar los Shicras, en alusión a un tipo de cuerdas propias del norte chico. Arqueóloga del INC, tras visitar el lugar de manera oficial, nos ofrece el primer alcance especializado sobre este nuevo espacio para la refl exión arqueológica.

En el distrito de Aucallama, provincia de Huaral, afi ncado en el valle del río Chancay, 120 kilómetros al norte de Lima, nos encontramos con uno de los vestigios más maravillosos y antiguos de la civilización andina: Shicras. Si bien Horkheimer, en 1974, además de Agurto Calvo y Sandoval, en 1962, realizan los primeros trabajos en la zona y establecen un registro parcial del sitio arqueológico de Shicras, no llegan a identifi car plenamente sus ocupaciones más antiguas.

La historia del hallazgo del sitio arqueológico de Shicras se remonta al año 2002, cuando el arqueólogo Walter Tosso, en un trabajo de prospección y registro de sitios arqueológicos de Palpa y de la quebrada de Orcón, auspiciado por el Museo Amano, detecta una serie de excavaciones clandestinas en un área de la zona denominada Pisquillo. Un año después, en colaboración con la Universidad Libre de Berlín, el mencionado investigador realiza la prospección de la quebrada de Orcón y asigna al sitio arqueológico de Shicras el código PV 44-22.

Posteriormente, en el año 2005, se suscribe un convenio de cooperación interinstitucional entre la Municipalidad Provincial de Huaral y el Instituto Nacional de Cultura, en el que se prioriza la defensa del patrimonio cultural.

Gracias a esto, y a la colaboración del Museo Amano, se realiza una intervención de emergencia en el área afectada por el “huaqueo”, que ya había destruido una serie de estructuras, dejando al descubierto pequeños muros de adobes plano-convexos del periodo formativo. Asimismo, se podía observar un recinto conformado por varios elementos adosados y remodelaciones, las cuales constituirían la superposición de fases arquitectónicas correspondientes a diferentes periodos. En este mismo recinto, los muros interiores presentan revoque y nichos cubiertos por rellenos de tierra, además de la presencia de bolsas de vegetal (shicras) con piedras canteadas, todo lo cual demostraría el largo periodo de ocupación cultural desarrollado en este sitio a través del tiempo. Es frente a esta situación que se solicita la ‘intervención de emergencia’ ya mencionada, la misma que estuvo a cargo del arqueólogo Walter Tosso, y que contó, además, con la colaboración de los arqueólogos de la Subdirección de Conservación y Gestión del Patrimonio Arqueológico del Instituto Nacional de Cultura.

Modelo de cooperación Según sus propias palabras, Tosso refi ere que el trabajo efectuado en Shicras es producto de una Acción de Emergencia Arqueológica, que buscaba, en primera instancia, salvaguardar la integridad del sitio, y, de paso, constituirse en un modelo de proyecto de cooperación interinstitucional entre el Instituto Nacional de Cultura, la Municipalidad de Huaral y el Museo Amano. No se debe perder de vista, sin embargo, que el estudio de Shicras es parte de una propuesta integral dirigida a demostrar la importancia de este valle y la red de vínculos que mantuvo durante el periodo precerámico tardío con los valles costeros cercanos.

El trabajo de emergencia realizado como medida de mitigación de los daños ocasionados por el “huaqueo” arrojó una serie de evidencias concretas que brindaron nuevas luces para el estudio de los periodos más tempranos de la civilización andina. Los fechados radiocarbónicos obtenidos durante la investigación arrojan para Shicras una antigüedad que va de los 2900 a los 2500 años a.C. (precerámico tardío), estableciéndose así uno de los fechados más antiguos obtenidos hasta el momento para este periodo del desarrollo andino.

La temporada de campo 2006 en el sitio arqueológico de Shicras, realizada por el investigador Walter Tosso y el equipo conformado por los arqueólogos Yaneth Vásquez, Mario Ramos y Carlos Hidalgo, busca ampliar la información que se desprende del trabajo preliminar de emergencia.

Nuevas perspectivas Con el descubrimiento científi co de Shicras estamos ante una nueva perspectiva de estudio del periodo precerámico en el Perú, pues se nos ofrece un nuevo elemento de comparación y asociación con los sitios más tempranos de los valles costeños aledaños, como Caral, Chupacigarro, Miraya, y Bandurria, por ejemplo. Es posible entonces que estemos ante una red social interconectada que funcionó durante el periodo precerámico tardío en la costa central del Perú y que tuvo como protagonistas a grupos u organizaciones sociales sumamente complejas en constante contacto e intercambio cultural.

Walter Tosso señala que el fi n principal del proyecto es entender el proceso de cambio de las sociedades de jefaturas a sociedades complejas. Nos dice también que los paralelos realizados con los estudios de la Dra. Ruth Shady sobre los sitios del valle de Supe indicarían que se “habría generado una intensa interacción cultural entre los valles de la costa central durante el precerámico tardío”, lo cual podría sustentarse en el hecho de que los diferentes sitios arqueológicos estuvieron vinculados por las actividades realizadas en los centros ceremoniales de cada zona o valle.

De aquí resulta que las investigaciones concentradas en un centro ceremonial dan las mejores pautas para conocer si tales actividades estarían vinculadas a algún centro principal o si eran simplemente el resultado de la organización local.

Los trabajos realizados hasta el momento en el asentamiento arqueológico constituyen el preámbulo de un largo y sostenido trabajo de investigación proyectado hacia futuro por Tosso y su equipo de investigadores, teniendo, como propósito fi nal, determinar las relaciones sociales que tuvieron lugar durante el precerámico tardío y el inicio de las sociedades complejas en los Andes, objetivos que consolidarán aún más el conocimiento científi co de nuestra identidad.

Alejandra Peláez.
Arqueóloga INC

El palacio de la Luna

huaca_del_sol_y_la_luna_7Con los años y el paso de las labores de descubrimiento, conservación y de las investigaciones científicas, el complejo de las Huacas del Sol y de la Luna se ha convertido indiscutiblemente en uno de los más importantes atractivos culturales y turísticos del norte del Perú.

Una visita a sus riquezas y a quienes se encargan de su administración nos permite extraer importantes lecciones.

Una incursión por los encantos que encierra la Huaca de la Luna, el gran centro de la civilización Mochica Es el año 500 DC en la costa de lo que después de siglos se conocerá como el norte del Perú.

Desde distintos sectores de una urbe ubicada entre dos majestuosas construcciones, desde talleres de orfebrería, cerámica, metalurgia, cruzando plazuelas, calles y callejones estrechos, una gran multitud –es muy probable que superen las 10,000 personas– se ha acercado al frontispicio del gran centro ceremonial que rige sus vidas.

Reunidos en una amplia plaza que colinda con el lado norte de la huaca, frente a una fachada imponente que llega a medir en ciertos lugares hasta 290 metros de altura, hombres y mujeres miran asustados la visión de enormes criaturas –arañas, dioses milenarios, una divinidad sangrienta que cercena las cabezas de sus víctimas– que guardan el recinto.

Todos están a la espera de que por encima de esas figuras, en lo alto del templo, aparezca el gran sacerdote encargado de ofrendar a los dioses y a la tierra la sangre de los guerreros sacrificados al interior de la Huaca de la Luna en una ceremonia sólo reservada para ciertos privilegiados oficiantes.

«La gente que llegaba ahí debió verse apabullada con esta visión monumental», dice el arqueólogo Santiago Uceda, director –junto al restaurador Ricardo Morales– del Proyecto Huaca de la Luna, que realiza los trabajos de investigación, conservación y puesta en valor del actual complejo arqueológico: «Esos colores, esos iconos entre monstruosos e irreales eran lo que generaba ese manto de misterio y de horror que era, al final, lo que buscaban crear los arquitectos moches».

Y no es para menos.

Pararse frente a la entrada de la Huaca de Luna y presenciar, adheridos a sus muros, los motivos de la febril imaginación mochica es un espectáculo estético intenso y sobrecogedor.

Es marzo del año 2005 y estamos justo en el frontis del templo, observando los trabajos de restauración que se realizan en esta parte del complejo tras haber recorrido el interior de la huaca, atravesar sus corredores y observar los muros en los que la figura del «degollador» se repite una y otra vez como reflejado en una sala de espejos.

Nos han acompaña do el arqueólogo Ricardo Tello y el conservador Miguel Asmat, ambos trabajadores residentes en el área, quienes nos han ido explicando con mucha paciencia y generosidad la importancia de los vestigios arqueológicos, los nuevos alcances que aportan las investigaciones realizadas en el sitio y las labores de restauración y conservación que desarrolla el Proyecto para mantener en óptimo estado el monumento.

A lo largo de nuestra visita guiada una característica ha saltado a la luz con notoriedad: el criterio de conservación.

«El Proyecto respeta la condición de «obra de arte en actual estado de ruina» de la Huaca de la Luna», habíamos leído, antes de nuestro viaje, en la página web www.huacadelaluna.org.pe, «por eso el antiguo templo Moche no ha sido restaurado.

Es decir, allí no se han repuesto los muros que ya habían desaparecido, ni se han retocado los colores que estaban deteriorados».

Para ponerlo en palabras de Miguel Asmat, que está a nuestro lado: «La metodología de nuestro trabajo es tratar de recuperar sólo la evidencia que se encuentra; no hay restituciones formales ni estéticas aquí; cabe la posibilidad de hacer una reintegración pero sólo a nivel de estructuras y sólo cuando estamos frente a la amenaza de que algo se puede caer».

Por ese motivo los enormes forados que han quedado como herencia de la época colonial y de los tiempos de la extirpación de idolatrías han sido dejados tal cual.

REINO DE ESTE MUNDO

Precisamente a través de uno de esos forados coloniales podemos observar las sucesivas fachadas que tuvo este centro religioso a lo largo de su existencia.

Durante muchos años la Huaca de la Luna creció en dimensiones por la sucesiva construcción de huacas que se fueron superponiendo, monumentos que fueron tapados en un momento con adobes y que resultaron contenidos por otras construcciones nuevas y más grandes, como si se tratase de un grupo de muñecas rusas, unas conteniendo a las otras.

«Las huacas se movían por un calendario ritual de los mochicas, una tradición», nos explica Ricardo Tello, «cada cierto tiempo ellos tenían que armar nuevos templos».

Hace un par de horas, apenas llegamos a la Huaca de la Luna –habilitada al turismo desde 1994 con sobresalientes resultados–, el mismo Ricardo nos informó que estábamos en el núcleo de un complejo de cerca de 60 hectáreas que constituye el área de una ciudad en la que moraban cerca de 15,000 habitantes.

Su apogeo, nos dijo, se dio entre los años 400 a 600 DC: «Esta ciudad estuvo formada por la Huaca de la Luna, que es el templo, la Huaca del Sol, que se supone se destinó a funciones administrativas, y las viviendas que están organizadas en bloques y que se articulan a lo largo de caminos o avenidas y callejones».

Después de la explicación subimos por una entrada abierta del lado opuesto de la fachada principal y nos topamos con la zona interior donde se realizaban los sacrificios humanos: vemos unas formaciones rocosas en las que se hallaron a más de 70 personas ofrecidas a los dioses.

«El ritual empezaba con la selección de los individuos a través de un combate entre guerreros de comunidades de la misma sociedad; los que perdían eran conducidos al templo para ser sacrificados, pero antes eran previamente preparados porque iban a ser el vínculo entre el mundo de los vivos y de los muertos», nos explicó Ricardo.

EL MURO DE LOS ENCANTAMIENTOS.

Hemos dejado atrás la fachada del templo porque preguntamos por el sonado hallazgo del muro que se ha encontrado intacto el año pasado y que se presentó a la prensa y al mundo en octubre del 2004.

Nuestros anfitriones nos han invitado a observar de cerca los trabajos de restauración en esa pared ubicada al lado izquierdo del frontispicio de la enorme huaca, un privilegio por ahora reservado a los trabajadores del proyecto.

Si desde lejos pudimos advertir una coreografía de elementos turbadora, de cerca seremos testigos de un universo de formas de una complejidad inédita en el arte mochica, una danza de pescadores, serpientes, guerreros, aves.

«El tema del muro es un misterio aún en términos de compresión», nos ilustrará Santiago Uceda en una entrevista realizada en Lima después de nuestro viaje.

«Nosotros hemos lanzado una hipótesis que es tentativa.

Pensamos que estas imágenes representan una visión cosmogónica del mundo moche, ligada como todas las visiones cosmogónicas del mundo antiguo, a mitos y ritos de creación que explican el porqué de todas las cosas.

El gran desafío es que no tenemos una historia escrita u oral que nos permita comparar ambos relatos».

Varias personas trabajan a estas horas en el muro nuevo y en otros muros de esta sección.

Sobre diferentes andamios de madera y protegidos por techumbres liberan partes de las paredes, conservan los colores, alejan la humedad de las estructuras.

Miguel Asmat nos ha contado los procedimientos de control que se toman para mantener los muros del interior del templo, los mecanismos de paravientos y el uso de cubiertas que impiden el impacto de la luz ultravioleta, de los cambios de temperatura y de otros agentes contaminantes.

Se trata de mecanismos que se modifican de acuerdo a los cambios de los agentes climáticos según un «monitoreo hidrotérmico», es decir un control permanente de humedad y temperatura.

Ahora, frente a la belleza de los nuevos muros exteriores, casi al final de nuestro recorrido por la huaca Miguel nos explica que en estas estructuras exteriores los retos de conservación son aun mayores: «Creíamos que la humedad estaba controlada porque los muros habían estado cubiertos por arena pero no fue así; la humedad producto de las lluvias se filtró a través de ésta dañando el muro.

Nuestra labor fue eliminar la humedad contenida en el muro y el relieve mediante una evacuación indirecta, sin intervenir el muro en sí.

Lo que hicimos fue retirar la arena húmeda, colocar adobes y con arena caliente lavada rellenar los espacios durante dos meses, de modo que esta arena absorbiera la humedad.

Y ahí ves los resultados».

Efectivamente, los muros parecen
haber vuelto a la vida.

No podemos dejar el complejo sin antes
dar un vistazo a los trabajos que se
realizan en la zona urbana, comprendida
entre la Huaca de la Luna y la del Sol:
asoman ahí callejuelas, casas, patios, estructuras
que saldrán a la luz con mayor
precisión cuando se retomen los trabajos
de excavación en este mes de mayo.

Estamos exhaustos.

A nuestro lado ha
estado siempre –además de Edwin Angulo,
fotógrafo estrella del INC La Libertad–
el conservador Rubén Salas.

Salas
es, junto al arqueólogo Jesús Briceño,
el encargado de monitorear a nombre del
INC la labor de los muchachos del proyecto
Huaca de la Luna.

«Las
supervisiones se realizan mediante visitas
semanales en las que se siguen las
especificaciones técnicas que constan en
el mismo proyecto tanto para las intervenciones
como en el mantenimiento del
monumento», señala satisfecho.

«El personal
que trabaja aquí es de primera y de
gran experiencia; muchos de ellos, incluso,
han laborado antes en el INC, así que
los conocemos muy bien.

Podemos decir
que los trabajos son excelentes».

Enhorabuena.

(Jeremías Gamboa, desde Gaceta INC)

Descubren una momia con tatuajes de la Cultura Moche en El Brujo, Trujillo, Peru

La momia mejor preservada que se conoce hasta ahora de la civilización precolombina Moche fue descubierta en Perú y data del siglo V, anunció un equipo de arqueólogos estadounidenses y peruanos.

La momia, de una mujer de unos 30 años según estiman los especialistas que presenta la piel bien preservada y cubierta en parte de tatuajes, fue encontrada en 2005 por un equipo arqueológico peruano en el antiguo sitio de ceremonias de El Brujo, ubicado en la costa del norte de Perú, cerca de Trujillo.

La mujer pertenecía probablemente a la élite y quizás era incluso una reina.

Cerca de la momia, que según los arqueólogos data del año 450 y que estaba envuelta de manera muy elaborada en cientos de metros de tela de algodón, los especialistas descubrieron el esqueleto de un adolescente ofrecido en sacrificio, además de ricos ornamentos, refinadas joyas de oro y piedras semi-preciosas.

Entre los objetos enterrados con la momia, los investigadores se sorprendieron de encontrar dos mazas de guerra y 23 disparadores de lanzas. Hasta ahora, tales símbolos bélicos se habían encontrado exclusivamente en tumbas de hombres entre los Moche, llamados Mochica.

«La cuestión es saber por qué la sepultura de una mujer era acompañada por armas», se preguntó el antropólogo John Verano de la estadounidense Universidad de Tulane (Luisiana, sur).

«Quizás era una guerrera, o las armas eran un símbolo de poder presentado como regalo funerario por los hombres», agregó el académico.

La momia, cuyo impresionante sarcófago de tela no tiene precedentes en la cultura Moche, descansaba cerca de la cumbre de la pirámide en ruinas de Huaca Cad Viejo.

Este lugar sobre el Océano Pacífico era conocido desde la conquista española, pero estuvo abandonado durante siglos hasta los recientes trabajos de excavación.

El fardo funerario estaba decorado con un gran rostro bordado, que nunca antes se había visto en una momia moche, según los investigadores. «He visto muchos fardos funerarios de momias, pero éste era enorme, y obviamente simboliza su estatus», dijo Verano en un comunicado.

Los arqueólogos no pudieron determinar cómo murió la mujer, pero sí que tuvo al menos un hijo. Otras tres tumbas la acompañaban, incluida la del adolescente sacrificado. Los científicos planean desenvolver todas las momias y extraer su ADN para descubrir si son parientes.

Se informarán detalles del descubrimiento en la edición de junio de la revista National Geographic, que patrocinó parte de la investigación.

La civilización Moche prosperó entre el siglo I y VIII después de Cristo en los valles costeros del norte de Perú.

Dos mil años atrás, anónimos habitantes de la costa central edificaron con barro el centro religioso más importante de esta parte del mundo. Hoy el Santuario de Pachacamac atraviesa su hora crucial: el restablecimiento de un adecuado Museo de Sitio.  Las piezas que se presenta en este artículo nunca han sido mostradas al público.

A lo lejos, el santuario se divisa impreciso y muestra sus estructuras y piramides como si emergieran del desierto de Lurín, cargadas del mismo magnetismo que atraía a los antiguos peruanos. Dicen que en un zorros, peces y otros animales.  También cuentan que el lugar se llenó de la sangre de miles de individuos sacrificados como ofrendas para aquellas deidades avizoras.

La ciudadela de Pachacamac fue un enclave sagrado no sólo para los yungas o habitantes de la costa, sino para muchas culturas y sociedades prehispánicas. Fue erigido y concebido por los hombres de la cultura Lima como el gran centro de peregrinación, el aposento del oráculo, el hogar de aquel dios a quien se atribuía la capacidad de dar vida a todo lo existente. Las ceremonias realizadas en su honor se llevaron a cabo durante casi dos mil años.

Con el tiempo las edificaciones fueron consolidándose gracias al aporte de las culturas Wari, Ychma y, finalmente, Inca. A pesar de introducir sus propias deidades, estos pueblos jamás le dieron la espalda a la devoción por el Señor de los Temblores, Pachacamac, hacedor del universo. La grandeza arquitectónica de la reserva arqueológica más importante del litoral peruano, es un tema que se desplaza por el imaginario y se desarrolla en las páginas de los principales investigadores.

HOMBRES DE BARRO

La inquietud por saber qué anónimos personajes habitaron al pie de los grandiosos templos durante las épocas de peregrinación, fue una exigencia determinante para que, desde el año 2003, el Proyecto Arqueológico Pachacamac, que dirige el reconocido arqueólogo norteamericano Izumi Shimada, desentrañe los secretos que aún guarda el enigmático complejo. A Shimada también se le atribuyen exhaustivos estudios y reveladoras tesis sobre la cultura Lambayeque y Sicán.

“Nos interesa descubrir cuál fue la organización social de la población que llegó y cómo se mantuvieron en este sitio”, comenta.  “Estamos haciendo excavaciones en la Plaza de los Peregrinos –280 m de largo y 200 m de ancho– que es básicamente una construcción inca. Sin embargo, opinamos que esta plaza esconde gran cantidad de restos anteriores”.

De los avances de su metódico sondeo, se conjetura que el paisaje y funcionamiento del lugar fueron distintos antes de la llegada de los incas. La intención de Shimada y su equipo es complementar la actual visión que se tiene del lugar –reforzada por diversos documentos históricos.

“Nuestra hipótesis es que en el santuario se realizaban diversas actividades. Por un lado, se brindaban ofrendas, pero también existían talleres y viviendas”, señala. Estas conclusiones son refrendadas por esclarecedores hallazgos de objetos y elementos utilizados en la cotidianidad de los remotos habitantes: construcciones de quincha, gran cantidad de figurines –básicamente de estilo Chancay–, basura de todo tipo, restos humanos y de alimentos, pescados, semillas, piedras y cántaros que hoy se encuentran en un proceso de análisis químico.

Pero no es todo. También “hay una zona de cementerio y restos que indican que aquí se realizaban sacrificios. La idea que ahora tenemos de Pachacamac es mucho más compleja”, indica el arqueólogo. “Estamos investigando sobre la procedencia de los peregrinos que, aparentemente, llegaron de distintos lugares de la costa central para quedarse por un tiempo. También indagamos sobre la relación de los asentamientos con el Templo del Sol y otros lugares sagrados”.
Trabajo por delante, el proyecto arqueológico espera configurar plenamente el valor del santuario a la luz de sus próximos descubrimientos.

EL FUTURO DEL ORÁCULO

Hoy el complejo religioso tiene un lugar en la mente y en las agendas de trabajo de un grupo de profesionales y técnicos del INC, quienes velan por su protección y su futuro. El nuevo director del Museo de Sitio Pachacamac, Marcelo Saco, lo tiene clarísimo. La idea es consolidar al conjunto arqueológico como un foco que dinamice la zona. Ya se han puesto manos a la obra y las instancias involucradas comienzan a dar forma a lo que próximamente podría ser un eje cultural, turístico y económico.

“Lurín es uno de los valles de mayor impacto en el Perú. Está siendo urbanizado y pronto la ciudad se expandirá por aquí”, comenta Saco. “He ahí la importancia de empujar el proyecto del museo de sitio que, enmarcado en un adecuado plan de manejo, activaría el desarrollo ordenado del valle gracias a su potencial. Un museo en Pachacamac necesita un plan que proteja y ayude a recuperar el santuario, y que resguarde los sitios arqueológicos del valle medio y bajo de Lurín”.

Pocos saben que el futuro del sitio es materia de varias mesas de trabajo, las cuales reúnen a personal del INC y autoridades de la zona con el fin de establecer criterios, ubicar necesidades y recoger puntos de vista para elaborar el Plan de Manejo. Este es un requisito indispensable para que Pachacamac forme parte de la Lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO.

“La idea es implementar un plan operativo para administrar el complejo en las tareas de investigación, conservación, puesta en valor e interacción con el entorno”, explica Saco. Asimismo, “establecer lineamientos mediante los cuales sea sostenible una gestión eficiente en concordancia con el desarrollo local, regional y de los distritos implicados en la expansión turística y defensa del complejo”.

Por lo pronto, son puntas de lanza de la actual administración del conjunto arqueológico temas clave como: la protección de la zona intangible, la puesta en valor y preservación de los monumentos, así como el proceso de conservación y restauración de piezas invalorables –textiles, cerámica, material orgánico– que, después de muchos años, están en manos de un equipo técnico joven y entusiasta.

La nueva mirada y el interés del INC para consolidar el gran proyecto se manifiestan en la voluntad de remodelar los espacios de exhibición, la implementación de laboratorios, almacenes y gabinetes con las condiciones ambientales y de trabajo idóneas.

También se proyecta el establecimiento de una correcta señalética, el reforzamiento de la seguridad, el asesoramiento y la especialización en lenguas extranjeras para los guías, e incluso la apuesta por un proyecto de alumbrado.

El camino es largo. Varias instancias del INC (Dirección de Arqueología, Dirección de Museos, Dirección de Defensa del Patrimonio, Dirección de Sitios de Patrimonio de la Humanidad, Dirección de Paisaje Cultural) trabajan coordinadamente y en estrecha relación con la Dirección de Museos, que lleva la batuta del proyecto.

El objetivo es la creación de un soporte idóneo para la investigación –aún hay vetas no estudiadas en el sitio–, y el logro de convenios y beneficios a partir de la cooperación técnica. Se busca así una dinámica de servicio turístico que apelea las necesidades de todo tipo de visitantes –extranjeros, estudiantes, escolares, profesionales, etcétera–, que contemple la preservación de la reserva arqueológica, y la participación de la comunidad a través de gobiernos locales, empresas y comités populares, en el proceso de manejo sostenible.

Mientras tanto, la ciudadela permanece silente, sabia y sagrada, a la espera de su porvenir. A la espera de que la gente arribe de distintas partes del mundo para rendirle pleitesía y demostrarle su respeto. Centro de peregrinación también en el siglo XXI, Pachacamac ha despertado y está entre nosotros con nuevos bríos y más fuerza que nunca.

(José Carlos Picón)

Chan Chan: A toda costa

Los resultados que arrojó el monitoreo practicado por los trabajadores del Instituto Nacional de Cultura La Libertad y el proyecto de irrigación Chavimochic no dejaban lugar a dudas: la napa freática del complejo arqueológico de Chan Chan –ese remanente acuífero depositado en el subsuelo y que había aflorado al suelo de la ciudad Chimú– estaba creciendo en razón de cinco centímetros al mes.

«Llegaron los patos silvestres y creció la vegetación acuática», dice Ana María Hoyle, directora de la Dirección de Arqueología del INC y ex directora del INC La Libertad, «se volvió un espectáculo paisajístico maravilloso, formidable para el ecoturismo, pero trajo un severísimo problema para Chan Chan».

Y no era para menos: una de las riquezas más representativas del país y Patrimonio Mundial por la UNESCO corría peligro.

Alertada por el fenómeno, Hoyle inició una serie de acciones encaminadas a alertar a la sociedad civil sobre el peliagudo problema y a extraer la napa del lugar.

El panorama, sin embargo, no era sencillo.

«No hay logística adecuada en Trujillo.

Abrir una zanja de drenaje cuesta por encima de los 100,000 dólares –algo impensable para nosotros– y además había que destruir arquitectura monumental; la otra opción era bombear el agua, pero SEDALIB no tenía el motor necesario y la Compañía de Bomberos de La Libertad no tenían mangueras suficientemente largas para lograr el cometido».

Así, pues, El INC coordinó con las autoridades competentes de la UNESCO.

Éstas propusieron realizar una Campaña a nivel mundial que se iniciaría con un Seminario internacional destinado a reunir el aporte técnico suficiente para la propuesta de un plan de Mitigación que solucione el problema puntual de la napa freática.

Sin ese aporte delineado técnicamente será muy difícil que el organismo internacional obtenga los fondos necesarios para rescatar Chan Chan.

EL PLAN DE TODOS LOS DÍAS.

Pero, ¿es imprescindible realizar este tipo de acciones? ¿Las armas metodológicas y técnicas no se pueden generar dentro de nuestro país? Lamentablemente la respuesta tiene varios sesgos.

Y ello se debe a la situación absolutamente sui generis que detenta, histórica, arquitectónica, ambiental y geográficamente, la ciudad de Chan Chan, el monumento de mayor envergadura construido en adobe de América continental y acosado por fuerzas naturales tan complejas como las que se ciernen sobre la costa nor peruana.

Desde que en los años sesenta empezaran las labores de investigación a través del Patronato de Arqueología y durante las labores interdisciplinarias posteriores de profesionales del Instituto Nacional de Cultura La Libertad –investigación científica, conservación y presentación para uso turístico de distintas áreas del complejo según los criterios de intervención de los organismos competentes internacionales, e incluso acciones judiciales e intersectoriales para retirar del monumento a las 220 familias que habían dispuesto casas, fábricas, tierras de cultivo y ganadería en la zona del complejo– se tuvo presente la vulnerabilidad del material con que fue construido Chan Chan y su resistencia frente a la acción de diversos factores entre los que destaca el intemperismo, es decir la acción conjunta del los vientos, la humedad nocturna y las esporádicas y devastadoras lluvias que destruyen lentamente las estructuras de tierra y carcomen los cimientos de Chan Chan.

Hay armas para enfrentar estos problemas, por supuesto, y éstas han sido desarrolladas paulatinamente por los técnicos del INC La Libertad, pero aun sin solución definitiva, debido a la complejidad de la problemática.

Así, pues, la creación de un conjunto de criterios específicos para encarar las condiciones absolutamente particulares de Chan Chan era imperiosa y se materializaron a través de un Plan de Manejo –esa herramienta de gestión tan necesaria para la conservación seria de los valores de un complejo arqueológico de tal magnitud– que fue producto de un evento internacional.

En efecto, en el año 1996 Ana María Hoyle emprendió la misma estrategia que ahora se piensa emplear para encontrar la solución técnica al problema de la napa freática: «Organizamos con el ICCROM, CRATerre y el Instituto de Conservación Getty (GCI)- proyecto TERRA, y con la contribución del WHC de UNESCO, un curso internacional para la conservación y el manejo de los sitios del patrimonio cultural, tanto históricos y arqueológicos, construidos en tierra.

Allí se impartió la metodología para la elaboración para planes de manejo para sitios del patrimonio cultural inmueble que reunían estas características.

Chan Chan fue el objeto de estudio del cónclave, tanto por su significación mundial y su condición de Patrimonio Mundial en Peligro como porque ahí se iniciaron y desarrollaron los trabajos de conservación en adobe más avanzados de la región».

Luego de realizado el evento, llamado «Curso Panamericano sobre la Conservación y el Manejo del Patrimonio Arquitectónico Histórico Arqueológico de Tierra, PAT 98», y con la metodología en la mano, se inició la elaboración del Plan Maestro de Conservación y Manejo del Complejo Arqueológico Chan Chan, también con el apoyo financiero de la UNESCO, del grupo TERRA y el trabajo humano y profesional de expertos locales y del Instituto Nacional de Cultura La Libertad y la consultora internacional Carolina Castellanos.

El equipo interdisciplinario, más de cuarenta personas, se puso manos a la obra.

El Plan reunió el análisis de la problemática del sitio; la definición de los valores del monumento que debían ser conservados para las siguientes generaciones y que se inspira en la carta de Burra (carta de recomendación de la UNESCO); los principios y criterios de intervención –hasta dónde, cuándo y cómo intervenir sobre las estructuras del complejo–; los objetivos y finalmente el plan de acción final para solucionar o atender o neutralizar los problemas analizados e identificados.

El Plan de Manejo, que salió a la luz en enero del 2000 y fue aprobado por Decreto Supremo N° 003-2000 ED, tiene una vigencia de diez años y es la herramienta principal para el actual manejo de Chan Chan.

Comprende siete programas con 134 proyectos de investigación arqueológica, arquitectónica, química, de conservación y puesta en valor, y ha sido el marco dentro del cual se han realizado una serie de proyectos de investigación, conservación, de emergencia y de mitigación por el fenómeno del Niño en los últimos cuatro años.

Ha permitido a los responsables del Instituto Nacional de Cultura La Libertad entender la compleja red que rodea a este Patrimonio Cultural de la Humanidad.

ENEMIGOS AL ACECHO.

Chan Chan está desplegado en una terraza aluvial de suave pendiente y a una distancia del mar de sólo 1,000 metros: el palacio más cercano al litoral se encuentra a 14 metros de altura mientras que el extremo opuesto del complejo se erige a 44 metros sobre el nivel del mar.

Esto facilita la acción permanente y erosiva de los vientos alisios, más aun cuando escasea vegetación alta que modere su velocidad.

Por ello los paramentos del sector sur del complejo se encuentran muy deteriorados.

Existe además una pérdida de estabilidad vertical en los muros y plataformas de Chan Chan debido a la superposición de construcciones arquitectónicas realizadas por los hombres Chimú; hay estructuras superiores que poseen mayor peso que las inferiores y en ciertas zonas, incluso, hay defectuosos rellenos en el subsuelo, lo cual pone en entredicho la estabilidad de las estructuras.

«La calidad de la albañilería es importante», agrega Hoyle.

«Las construcciones de Chan Chan no tienen la misma calidad de trabajo.

Si bien éstas fueron supervisadas por arquitectos e ingenieros Chimú, el trabajo dependía de campesinos que tributaban con mano de obra y que no dominaban de igual manera el oficio; por ello hay fragmentos mejor edificados que otros, lo cual se manifiesta cuando sobrevienen los sismos y algunos colapsan».

Pero no sólo los movimientos terráqueos; las lluvias cíclicas que trae consigo el Fenómeno El Niño son dos factores determinantes en la conservación de la arquitectura de tierra nor costeña.

La erosión pluvial y su intensidad se puede observar en las superficies rugosas de los muros y en las profundas huellas que corren de las partes altas de los muros hasta los suelos.

Por último tenemos la acción del gran enemigo, el hombre, quien ha realizado una condenable actividad de maltrato a las estructuras desde tiempos de la Colonia -mediante cédulas reales que permitían el saqueo a «compañías de explotación de huacas»- hasta bien entrada la República, a través de concesiones oficiales a principios del siglo pasado para la realización de faenas agrícolas.

Existen dos carreteras, un camino colonial y una autopista que horadan el territorio del complejo y además, en la actualidad, la expansión urbana de la ciudad de Trujillo ha terminado por cercar la ciudad prehispánica.

Además, el sitio fue paulatinamente invadido con granjas agropecuarias, campos agrícolas, establecimientos nocturnos, talleres de mecánica, viviendas, entre otros, que ocupaban cerca de 600 hectáreas de la zona intangible de Chan Chan.

La acción del Instituto Nacional de Cultura no se dejó esperar.

Ejecutó diversas acciones de defensa y, en acción conjunta con la Procuraduría de Educación, realizó diversos procesos judiciales coactivos para la demolición de instalaciones indebidas en la zona intangible de Chan Chan pertenecientes a 220 ocupantes ilegales, no sin antes convocar a la Municipalidad Provincial de Trujillo para que dispusiera lotes de viviendas que alentaran la reubicación pacífica y voluntaria de los ocupantes indicados, medida a la que muchos de éstos se acogieron.

Con estas acciones el Instituto Nacional de Cultura recuperó cerca de 400 hectáreas de la zona intangible de Chan Chan.

El problema de la napa freática, sin embargo, se mantiene sin solución.

La Dirección Regional de Cultura de La Libertad está trabajando con organismos locales a través de un comité multisectorial que por estos días realiza el análisis de campo y prepara la documentación técnica sobre la problemática así como las alternativas de solución para ser discutidas en el Seminario Internacional que se desarrollará con el Comité del Patrimonio Mundial de UNESCO.

«Hay posibilidades de que hayan fuentes subterráneas desconocidas debajo de la ciudad; quizás un río seco que está empezando a tener actividad por debajo de Chan Chan.

Es más, hay posibilidades de la existencia bolsones de agua», acota Ana María Hoyle.

Su preocupación es compartida.

El llamado de alerta de la Procuraduría, que ha convocado la atención a los titulares de los ministerios de Agricultura y de Comercio Exterior y Turismo, así como al presidente del Gobierno Regional de La Libertad sobre los problemas que aquejan a Chan Chan, debería contribuir a llamar la atención de la sociedad en su conjunto para coordinar esfuerzos a fin de rescatar esta riqueza de nuestro país a toda costa.

El Caballito de Totora: Caballero de los mares

El caballito de totora, la milenaria embarcación que ha sido instrumento para la pesca y sobrevivencia del hombre costeño así como un gran aliado en su relación con el mar, es ahora Patrimonio Cultural de la Nación.

El Caballero la sabiduría con la que los antiguos pescadores peruanos dominaron el mar.

Con el paso del tiempo han presenciado también cómo estos mismos hombres transmitieron su sapiencia y técnica a generaciones que han mantenido las mismas costumbres hasta el presente.

En la antigüedad, de cara a la aridez del desierto, el mar desbordaba sus riquezas y planteaba una serie de retos a los pobladores, entre ellos la constitución de una ruta de navegación y otra de pesca.

El antiguo hombre costeño o yunga sorteó esos obstáculos y se volvió ducho en el arte de interactuar con el mar.

En esa empresa jugó un papel capital el caballito de totora.

Desde siempre la nave fue construida con la totora que los pescadores cultivaban en lagunillas costeñas o humedales cercanos al mar.

Se verifica, a la luz de las investigaciones arqueológicas, que dichas chalupas –compuestas por dos pares de envolturas de tallos de la planta que, amarradas con una fibra por ambos lados, forman una proa delgada y levantada en punta–, fueron representadas en objetos de barro y cerámica correspondientes a las culturas Mochica, Chimú y Chancay.

Así, se concluye que la navegación practicada sobre estas barcazas se desarrolló por toda la costa, desde el norte (Huanchaco, Trujillo) hasta el sur (Pisco, en Ica).

Según María Rostworowski, la difusión de este medio de transporte fue mayor, ya que «los pescadores y gente que vivían del mar tenían libertad de movimiento y el hábito de navegar con gran facilidad a lo largo de la costa».

Esto, sin duda, por la necesidad de intercambiar productos como el pescado seco y el mullu o spondylus.

Ya en la Colonia, sus funciones se fueron ampliando considerablemente.

Según Rostworowski, un dato registrado por la etnohistoria manifiesta que por la pericia de los navegantes y su facilidad sobre los caballitos de totora, éstos «recibieron la tarea de vigilar las costas de posibles ataques de corsarios y tenían un puesto de vigilancia en el islote frente al templo de Pachacámac y en caso de alerta navegaban hasta el Callao a dar aviso».

Actualmente la tradición perdura y los pescadores y usuarios de la embarcación surcan los mares con la destreza que otorga miles de años acumulados en el arte de cabalgar sobre las olas.

Conquistaron las corrientes y aún hoy, cuando son tumbados por la fiereza del mar, lo remontan «al galope» pues continúan siendo excelentes nadadores.

Igualmente, la pesca se realiza a través de dos técnicas ancestrales: el azuelo y la red.

Y aun cuando la tradición se mantiene intacta sólo en las playas del norte –en muchas de Lambayeque y en Huanchaco, La Libertad, donde todavía existen diferencias entre los estilos de construcción– un nuevo impulso le ha otorgado plena vigencia.

El 27 de agosto del 2003, mediante Resolución Directoral Nacional N° 648/INC del Instituto Nacional de Cultura fechada el 27 de agosto del 2003, se declaró al Caballito de Totora Patrimonio Cultural de la Nación y expresión de la Cultura Viva que identifica a la población del litoral norte del Perú.

Así pues, se ha reconocido con justicia una manifestación señera de aquella vasta sabiduría que refuerza el sentimiento de identidad regional y nacional.

El segundo centro arqueológico más reconocido de la capital peruana se enfrenta al crecimiento desmesurado de una ciudad que ha cercado sus estructuras y lo ha llevado a insertarse en la dinámica vertiginosa del desarrollo urbano Corrían los años cincuenta y una corriente fresca iluminó las artes y las letras locales, expandiendo la visión de los sectores enterados de la capital.

Si bien ya habían surgido influyentes corrientes intelectuales que se detenían en la condición del hombre del ande, fue a partir de esos años que intelectuales limeños con aspiraciones a construir una obra moderna entendieron que ésta se tenía que apoyar en el conocimiento del legado andino.

Jorge Eduardo Eielson, Fernando de Szyszlo o José Casals fueron algunos de los puntales de esta transformación estética en la que un centro arqueológico ubicado a pocos kilómetros de la ciudad jugó un papel dorsal: Puruchuco.

«Su importancia», señala Luis Guillermo Lumbreras, arqueólogo y director del Instituto Nacional de Cultura, «radica en haberle descubierto a los ojos no especializados que un sitio arqueológico podía estar entero, atraer visitas y ser susceptible de ser recorrido».

Fue gracias al esfuerzo tenaz de Arturo Jiménez Borja, quien emprendió la reconstrucción y posterior posicionamiento de este lugar, que la población de Lima dejó de percibir lo prehispánico como algo del «interior» del país.

¿Pero qué eran en realidad estos vestigios arqueológicos? ¿Cuál fue su importancia histórica? Sabemos que Puruchuco fue uno de varios palacios que existieron en el valle de Lima entre los siglos XIV y XV –por eso el visitante encuentra en él una serie de salas, recibos y otros espacios en los que se presume las personas cumplían una vida cortesana–, la casa de una persona importante, un «curaca» relacionado al cacicazgo de Lati y subordinado al señorío Ischma, que administraba la zona desde Pachacamac y Cusco.

La mansión de Puruchuco, que data de finales de la época preinca y del periodo de esplendor incaico, resultó el emplazamiento desde el cual este señor dominó el valle inmediato, buena parte de lo que actualmente es Vitarte, la vasta zona que el día de hoy se encuentra detrás del Estadio Monumental y que se conoce como Puruchuca y la parte alta del actual cerro Mayorazgo, sitio denominado Paredones y en el cual se aposentaba un grupo de pobladores más antiguo, el mismo que salió a la luz en el año 2002, cuando el arqueólogo Guillermo Cock descubrió en ese lugar cerca de 2,000 momias.

UN ESCENARIO INEVITABLE

Durante años la ciudad de Lima ha venido desarrollándose en progresión geométrica.

La actual megápolis terminó abrazando hasta la asfixia a Puruchuco, hoy presa de una situación álgida e inevitable: uno de los brazos del cerro que acoge el complejo arqueológico impide el paso de la avenida Javier Prado Oeste, una de las arterias viales más grandes de la capital y que de estar operativa uniría 14 distritos, beneficiando a más de cuatro millones de habitantes.

El Instituto Nacional de Cultura entiende que es necesario sintonizar las condiciones del crecimiento moderno de la ciudad con su misión principal: proteger el patrimonio cultural de la nación.

Por ello ha establecido un conjunto de condiciones para la continuación de las obras de habilitación de la avenida, exigiendo que se implementen una serie de trabajos de protección y estudio de los restos arqueológicos.

«Lo que hacemos es salvar la memoria histórica», señala Lumbreras, «la carretera ya está hecha y ello no es algo en lo que hayamos tenido ingerencia; la población ya ha avanzado hasta cincuenta metros de distancia del sitio arqueológico; entonces se trata de impedir que éste continúe siendo destruido.

Frente a la presencia inevitable de la ocupación urbana, lo que debemos hacer es salvaguardar los testimonios que se pueden perder y que ahora peligran debido a la presencia de una pista de alta velocidad, del tránsito, de una sede de gran concentración como es el Estadio Monumental».

Así pues, según resolución del INC, el paso vial procederá sólo si el equipo de arqueólogos contratados por la Municipalidad de Ate, entidad responsable de la obra, redelimita, señaliza y pone hitos en la zona de Puruchuco y Huaquerones, realiza un trabajo de rescate arqueológico en el espolón –por donde pasará la pista– y de evaluación de las zonas de influencia al paso de la avenida, consolida las estructuras arquitectónicas que se encuentran en las inmediaciones, habilita un camino asfaltado hacia el museo de sitio y construye almacenes adecuados para poner a buen recaudo los bienes recuperados en los procesos de rescate y evaluación arqueológicos.

Así las cosas, el primero de marzo un equipo comandado por el arqueólogo Guillermo Cock dio inició a su labor científica bajo la atenta supervisión de los organismos técnicos del INC.

En ese marco, el 5 de marzo, mientras se realizaba labor de cateo en el sector de influencia 57A, Cock y su equipo encontraron 26 fardos funerarios pertenecientes a un cementerio prehispánico.

LOS MUERTOS ENSEÑAN

El hallazgo es de una importancia similar a los descubrimientos de tumbas hechos por Max Uhle y Julio C.

Tello –que sentaron las bases de la historia antigua del Perú– pero esta vez los restos, que pertenecen básicamente a las épocas Ishma e Inca, permitirán extraer conocimientos que resultaban impensables hace algunos años.

«Ahora, gracias a la tecnología, a través del estudio de restos humanos podemos extraer información sobre los índices de nutrición de los antiguos peruanos», señala Lumbreras, «saber qué comían, por qué desarrollaron ese tipo específico de musculatura o de tamaño, qué cadenas de consanguinidad guardaban entre ellos, con qué medicinas se curaban, a qué niveles de mortalidad se sometían».

Si se toma en cuenta que los trabajos previos en Puruchuco, realizados entre los años 1953 y 1964, no registraron ni documentaron los hallazgos arqueológicos, generando una carencia muy grave de la memoria histósarica, lo que se acaba de rescatar es casi como la primera piedra de un real esfuerzo científico.

«Comenzamos a saber recién quiénes realmente vivían en ese lugar y cuanto más información tengamos reconstruiremos mejor cómo era esa zona de la Lima antigua», acota Lumbreras.

Un nuevo horizonte, entonces, se abre para el estudio de aquella porción de nuestra historia.

Los bienes culturales que se extraigan de estas labores arqueológicas previas a las obras civiles servirán para potenciar el valor de Puruchuco, que podrá pasar de un eficiente museo de sitio a un completo centro de investigación con amplia presencia en la vida académica y científica del país.

Los primeros pasos están dados.

Los trabajos que se hacen por estos días siguen su marcha y desde luego no sólo no pondrán en riesgo nuestro patrimonio sino que asegurarán su más sólido resguardo, dado que esta vez se registran todos los eventos arqueológicos y se cuida cada uno de los eslabones del proceso de ampliación de la Javier Prado.

«Nos falta ver el proyecto final de ingeniería que tienen y el trazo exacto de la avenida de modo que podamos medir su influencia sobre el cementerio encontrado», señala Ana María Hoyle, arqueóloga del INC encargada de supervisar los trabajos de Guillermo Cock.

«Hasta que no terminen esta etapa de rescate del espolón y de evaluación de las zonas de influencias, emprendan y concluyan con la reestructuración y estabilización de la arquitectura asociada al complejo y cumplan a cabalidad con todos los requerimientos que hemos impuesto no se va a empezar ninguna obra».

Puruchuco, pues, se encuentra en buenas manos.

Pachacamac – Ciudad de Dios

Desde hace dos mil años, mientras los primeros cristianos esparcían sobre el mundo conocido la fe que siglos después tendría como epicentro la ciudad de Roma, sede de peregrinación y culto, generaciones de anónimos hombres de una costa incognoscible para los europeos edificaban con barro el centro religioso más importante e influyente de aquello que mucho después sería conocido como el nuevo mundo.

El santuario llevaba el mismo nombre de la divinidad temible y avizora que lo inspiraba, un Señor de los Temblores cuya ira se manifestaba en los más destructivos movimientos terráqueos y cuyo conocimiento del futuro abarcaba la eternidad: Pachacamac, al que sus fieles, en sus trances místicos, llamaban Pachacoyochi.

En efecto, Pachacacamac, el santuario arqueológico ubicado actualmente a apenas 31 kilómetros de Lima, la céntrica capital del país, tuvo para nuestra América o para los hombres que la poblaron hace ya algunos siglos la misma importancia que para los musulmanes La Meca o para los actuales cristianos El Vaticano.

O acaso más.

La ciudadela enclavada en el desierto era estratégica para contener la ira del dios mediante los oficios y para conocer de primera fuente lo que deparaba el destino a los hombres.

Pachacamac era un oráculo poderoso y una divinidad impía.

La fama de ambas características se extendió rápidamente por todo el continente.

Por todo ello su culto se mantuvo intacto a pesar de los cambios históricos que acaecieron sobre el Perú antiguo, tal como explican María Rostworowski y Antonio Zapata: «Dominar las fuerzas telúricas le valió una amplia difusión en todo el espacio del antiguo Perú.

Pachacamac no fue solamente un dios local sino que se levantó hasta alcanzar la categoría de panandino.

Peregrinos de cuatro partes del mundo entonces conocido lo visitaban en grandes ocasiones, cuando se cumplían sus principales rituales.

En esas circunstancias miles de personas, incluyendo numerosos curacas y principales acudían al santuario de Pachacamac a rendirle tributo.

Sus poderes le valieron una larga continuidad histórica.

De hecho, fue venerado por mil quinientos años, desde comienzos de nuestra era hasta la llegada de los españoles».

El dios de los Yungas –u hombres de la costa–, entonces, no declinó jamás ante la fuerza de divinidades como Wiracocha o el Sol; sólo empezó a eclipsar ante la labor de los extirpadores de idolatrías españoles.

Su santuario fue respetado por todas las civilizaciones que se aposentaron en la zona durante los quince siglos previos a la llegada de Francisco Pizarro y sus huestes.

Fueron los hombres de la cultura Lima, a comienzos de nuestra era, quienes iniciaron la edificación del santuario.

Los huari, algunos siglos después, y los habitantes del señorío Yschma luego de que la influencia huari declinara, respetaron el centro religioso tanto como el imperio inca.

Cada grupo humano lo afirmó y lo administró en su momento, añadiéndole estilos arquitectónicos, modelos de gestión, diversos mitos y relatos que finalmente hicieron del actual complejo arqueológico un muestrario de lujo para entender las mutaciones y estadios del vasto recorrido cultural que el hombre prehispánico trazó en estas tierras.

Para el afortunado visitante Pachacamac supone un viaje temporal fascinante a través de edificaciones erigidas con varios siglos de distancia.

La Huaca de los Adobitos (típicas del Intermedio Temprano), el Templo Viejo (cuya remodelación corresponde a la expansión del horizonte Huari), el Templo Pintado (que según Rostworowski corresponde al Intermedio tardío) y el Templo del Sol o el Aclla Huasi de las Mamacunas, de construcción eminentemente incaica y muestra más «moderna» de este complejo arqueológico, se suceden ante la vista del atento visitante como elementos de un palimpsesto en que se manifiestan los alcances de la mentalidad prehispánica y su paulatino desarrollo.

Pachacamac es, por estas mismas características, una verdadera joya para los investigadores y estudiosos de ese recorrido cultural en la historia del Perú.

LA CIUDAD AHORA

Hoy, acosada por el paso del tiempo pero sobre todo por la amenaza constante de invasiones sobre su zona arqueológica, declarada «intangible» mediante Resolución Ministerial N° 740-83-DE del 4 de julio de 1983, el complejo religioso continúa siendo una de las más importantes reservas arqueológicas con las que cuenta el país.

Pachacamac es visitado, según estadísticas del Museo de Sitio –órgano fundado el 21 de noviembre de 1965 por el doctor Arturo Jiménez Borja con el fin de preservar y exponer el santuario y los numerosos materiales encontrados durante las investigaciones– por un promedio de 75,000 visitantes por año.

Su importancia histórica no es menor de la que detentan Chan Chan o el complejo Sipán en la costa del Perú; sin embargo en torno a ella no existe una atención turística similar a la que rodea a lo complejos anteriores.

Ello, ciertamente, bajo cierta perspectiva, resulta difícil de entender.

En el mes de febrero, un grupo nutrido de invasores –cerca de 2,000 personas– intentó asentarse una vez más en el sector noroeste del complejo, parte de la «zona intangible» que en el momento de esplendor de la ciudadela era el espacio en que descansaban o esperaban turno y purificación los viajeros que acudían al oráculo en pos de revelación.

El Instituto Nacional de Cultura emprendió rápidas medidas para frenar este intento.

Gracias al apoyo de la Policía Nacional del Perú se logró desalojar a los invasores.

La atención de la prensa y la opinión pública general sirvió para que el INC hiciera un llamado enérgico a la sociedad civil a fin de unir esfuerzos y recuperar e impulsar el santuario de Pachacamac.

Inmediatamente se procedió a realizar una jornada de limpieza en la zona y a plantear soluciones para cercar el área amenazada por los invasores.

Por otro lado el Museo de Sitio de Pachacamac tiene nueva responsable.

Ella es Luisa Díaz, quien en el año 2001 integró la Comisión del Plan de Manejo del Santuario de Pachacamac y es una de las principales propulsoras de una acción sostenida en torno a la problemática de este patrimonio nacional.

A través de ella se pondrán en ejecución una serie de pasos en el corto, mediano y largo plazo.

Pocos saben que Pachacamac forma parte de la llamada Lista Indicativa de la UNESCO, suerte de lista de espera de aquellos monumentos que podrían ingresar a la selecta Lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad –a la que ya pertenecen Machu Picchu, Chan Chan, el Centro Histórico de Lima y las Líneas de Nazca–, con lo que ganaría una serie de beneficios de cooperación técnica, inversión e interés a nivel mundial.

Para ello es necesario contar con un Plan de Manejo, un documento valioso que reúne el plan operativo para administrar el complejo en las tareas de investigación, conservación, puesta en valor e interacción con el ecosistema, y que establezca los lineamientos mediante los cuales sea sostenible una gestión eficiente en concordancia con el desarrollo local, regional y de los distritos implicados en la expansión turística del santuario.

El Plan de Manejo de Pachacamac y su ingreso en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad es el objetivo medular de la estrategia.

Los pasos previos se han emprendido ya, a través de una serie de mesas de trabajo entre personal técnico del INC y las autoridades de la zona, a fin de recoger puntos de vista, necesidades y criterios para plantear un primer esbozo de ese plan operativo que se verá cristalizado más adelante en un documento de trabajo inicial: los Lineamientos.

Para el INC es fundamental integrar a los sectores cercanos al santuario –gobiernos locales, empresas, comités populares– a participar de este trabajo en pos de un manejo equilibrado y sostenible del complejo arqueológico.

Para ello se estudian diversas maneras de relación fluida y sostenida con el entorno.

Una de las ideas centrales es potenciar la zona aun no cercada del santuario a través de la dotación de una infraestructura cultural al servicio de la comunidad, donde un nuevo museo será el eje dinamizador.

Las ideas empiezan a implementarse paso a paso.

Mientras tanto la ciudadela permanece allí, silente, inmutable, a la espera de que una vez más la gente acuda a ella desde distintos puntos del mundo conocido.

Porque Pachacamac sólo ha estado durmiendo un sueño de siglos.

Los arqueólogos e historiadores del Perú cumplen su labor sin descanso.

Frecuentes descubrimientos los obligan a investigar y actualizar nuestra historia.

Prueba indiscutible de ello es el reciente hallazgo de las «Momias de Chiribaya», encontradas en la localidad de Cocachacra, provincia de Islay, Arequipa, durante el mes de febrero.

Dos cuerpos.

Una mujer de unos 40 años, en posición flexionada, tiene el cabello recogido en trenzas, la piel del rostro intacta y uno de los ojos abierto.

Acaso lo que más ha llamado la atención de los expertos es que sus órganos internos, apreciados a través de una rasgadura que tiene en el abdomen, se encuentran desecados.

La niña lleva un ajuar funerario: cuatro bolsitas rellenas de coca, una cuchara de madera, un huso o puska, un peine, unos ovillos de hilo de diferentes colores, una wiqchuña (instrumento para tejer), una cajita de madera con tres divisiones en su interior y un pellejo o cuero de alpaca.

El lugar del hallazgo, Cocachacra, significa «huerto de coca».

Es una localidad ubicada a 94 kilómetros de la ciudad de Arequipa cuya geografía está salpicada de lomas y cerros surcados por el río Tambo y en la que se desarrolló la cultura Chiribaya, que cronológicamente se ubica en el periodo intermedio tardío, entre los años 1,100 y 1,300 D.

C.

No son muchos los datos que tienen de esta civilización preincaica; sin embargo, a la luz de los nuevos descubrimientos, los arqueólogos tienen herramientas importantes para reconstruir la vida y costumbres de estos antiguos peruanos.

Los cuerpos fueron hallados durante los trabajos de construcción de aulas en el colegio María Reiche.

La tumba, construida a dos metros de la superficie, posee forma circular y paredes revestidas con cantos rodados unidos con barro.

Gracias al aviso de un vecino se encontró, en la misma zona, restos óseos y textiles que prueban la existencia de un cementerio prehispánico.

Los mismos pobladores relataron al personal del INC – Arequipa que varios años atrás, mientras construían sus viviendas, encontraron evidencias arqueológicas que fueron quemadas o enterradas en el cementerio moderno de Cocachacra.

Caso insólito: una de las vecinas de la calle Progreso guardó en su vivienda el fardo funerario de una niña encontrado en esas mismas zanjas.

Si bien los medios de comunicación bautizaron el hallazgo como las «Momias de Chiribaya», los especialistas se refieren a ellas como «cuerpos desecados».

Según explicaron, mientras en el antiguo Egipto se extraían los órganos internos de los muertos, en el mundo andino éstos eran conservados gracias a técnicas avanzadas.