CUSCO | Los continuos hallazgos de restos líticos, en Huaro , un pueblito situado a tan sólo cuatro kilómetros de Andahuaylillas, en la provincia de Urcos, demostrarían que la historia que conocemos de nuestros antepasados ,Los Incas , va mucho más allá de lo que imaginamos, pues no solo éstos serían los protagonistas de la historia peruana y autores de las grandes construcciones que hasta hoy causan asombro por la forma en que fueron erigidas, como Sacsayhuamán y Ollantaytambo, donde encontramos piedras gigantes y perfectamente cortadas.
Según el antropólogo Renato Dávila Riquelme, gracias a estos hallazgos líticos, descubrieron que Cusco -como civilización- es mucho antes de lo que se creía, ya que tendría una antigüedad de hasta 15 mil años; y que nuestros antepasados conocían la rueda y que hasta utilizaron maquinarias y técnicas desconocidas para manipular a su antojo al duro elemento que hasta ahora resulta difícil manejar.
Estos petroglificos que dicho sea de paso son muy parecidos a los de la cultura Maya y de la Cultura Egipcia demostrarían que los antepasados de Los Incas tenían conocimiento de la escritura, pues los trazos realizados en las piedras a pesar de ser abstractos tienen mensajes metafísicos, de dualidades, de equilibrio, de fecundación y sabiduría, que por lo general lo representan con la serpiente, agregó el estudioso que día a día observaba los trazos grabados en material lítico y que especula cosas y trata de demostrar con pruebas otras teorías que existen sobre los orígenes del imperio Inca que a su entender solo es parte de una gran dinastía.
Los petroglificos elaborados cuidadosamente en sillares, con figuras abstractas como serpientes, espirales, etc., posiblemente al ser elaboradas y talladas, buscaban dejar rastros de su ciencia, cultura y organización social y religiosa además de mostrar la visión del cosmos y la vida que tenían en ese entonces.
Lo único cierto es que el hallazgo y estudio de estos restos líticos podrían aclarar los grandes misterios del imperio Preinca e Inca y tal vez revelar cosas que muchos desconoce sobre una de las culturas con mayor expansión en el continente americano.

Fortaleza de Kuélap y el culto sagrado de los Chachapoyas

Investigadores sostienen que este complejo arqueológico se constituía como un centro de administración de la producción de alimentos y del culto destinado a favorecerla.

La Fortaleza de Kuélap, ubicada a 3.000 m.s.n.m. (metros sobre el nivel del mar), es un templo de la cultura Chachapoyas, en el departamento de Amazonas.

El arqueólogo Federico Kauffmann Doig, su principal investigador, considera este lugar como un centro de administración de la producción de alimentos y del culto destinado a favorecerla; aunque otros investigadores plantean que se trata de una ciudadela fortificada con muros de piedra.

Esta obra de la civilización Chachapoya posee una muralla principal que protege la ciudad y alcanza los ocho metros de altura; además de puestos de vigilancia y tres estrechos ingresos, de los que se presume, sólo podían ser custodiados por un guerrero.

Kuélap significa ‘lugar frío’ porque a pesar de encontrarse en la selva peruana, tiene un clima templado, seco durante el día y con temperaturas muy bajas durante la noche.

Hoy, parte de la población da continuidad a la tradición Chachapoya que protege otros atractivos turísticos de Amazonas como la catarata de Gocta (la tercera más grande del mundo), el museo de Leymebamba, con sus 219 paquetes funerarios y un bosque nuboso que envuelve la Laguna de los Cóndores.

Entre las construcciones existentes de Kuélap destacan tres estructuras El Tintero, La Atalaya y El Castillo; en un complejo que pudo ser básicamente un santuario preinca en el que residía una poderosa aristocracia, encargada de la administración de la producción de los alimentos.

El departamento de Amazonas, se encuentra a 1.40 horas de vuelo de la ciudad de Lima.

Murallas de Kuélap fueron espacios funerarios de los Chachapoyas

Las grandes murallas de la fortaleza de Kuélap, ubicada en el departamento de Amazonas, fueron espacios funerarios de importancia de los antiguos chachapoyas, sostuvo Alfredo Narváez, director del proyecto de restauración y conservación del lugar, quien indicó que desde el 2004 encontraron allí entre 300 y 350 entierros humanos.

El especialista explicó  que los últimos hallazgos fueron registrados la semana pasada en la muralla oeste del sector Pueblo Alto, que se desplomó hace varios años y en cuya recuperación se trabaja en la actualidad.

«Al comenzar las obras de limpieza documentamos un conjunto de 26 individuos. Este nuevo hallazgo permite reforzar la idea de que todas las grandes murallas de Kuélap son espacios funerarios de importancia», manifestó.

Señaló que los restos humanos corresponden a adultos, que habrían sido pobladores y no autoridades al no haber sido enterrados con ofrendas significativas. Lo encontrado pasará a estudios de laboratorio para precisar su antigüedad.

«Son entierros secundarios; es decir, fueron desplazados de sus lugares originales para ser colocados de forma ritual en la muralla confirmando que el sitio no debe ser visto solo como fortaleza militar sino de importancia religiosa», remarcó.

Narváez recordó que desde hace seis años en que comenzaron a trabajar en Kuélap se halló entre 300 y 350 individuos enterrados, y no se descarta encontrar más conforme avancen las investigaciones.

Las acciones realizadas para la recuperación de los espacios en Kuélap cuentan con el apoyo del Fondo Mundial de Monumentos (WMF, por sus siglas en inglés) y presupuesto del Plan Copesco.

«De parte del Estado se avanza con expedientes de proyectos para mejorar caminos de acceso, proyectos de señalización, y construcción del parador de visitantes y la sala de exhibición, coordinado entre el Plan Copesco y el gobierno regional Amazonas», culminó.

Encuentran geoglifo en forma de candelabro en cerro Campana de Trujillo, LaLibertad, Perú

Un geoglifo en forma de candelabro, posiblemente elaborado en la época preincaica, fue encontrado por el investigador Carlos Quiroz Moreno en el cerro Campana, localizado en la provincia de Trujillo, departamento de La Libertad.
Imagen satelital de geoglifo en forma de candelabro en el cerro Campana, en la provincia de Trujillo (La Libertad). Foto: Carlos Quiroz Moreno.
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Explicó que pudo divisar el hallazgo a través de imágenes satelitales, mientras realizaba un estudio sobre la biodiversidad en la zona. Luego de ello hizo un recorrido por el lugar, donde corroboró la existencia del geoglifo.

Precisó que mide 175 metros de alto y 130 metros de ancho, se encuentra en una colina de aproximadamente 345 metros en la parte norte del cerro, ubicado a 15 kilómetros de la zona urbana de Trujillo y en el límite con la provincia de Ascope.

“Muchos han mostrado su escepticismo, sin embargo, existen indicios que nos llevan a pensar que el geoglifo tuvo un importante significado para la cultura ancestral y no es una simple formación de la naturaleza”, declaró a la agencia Andina.

Refirió que en la parte baja de la colina, donde está el geoglifo, hay restos arqueológicos de un centro ceremonial. Allí se pueden apreciar algunos muros, piezas de cerámica y restos óseos, lo que sugiere la tesis de que en el lugar se hacían sacrificios humanos.

“Esto coincide con algunas ilustraciones de la cultura Moche denominadas ‘El sacrificio de la montaña´, en donde la escena graficada es similar a la encontrada. Además, este hecho se repite en la Huaca de la Luna”, comentó.

También señaló que en otras zonas del cerro han sido encontradas varias figuras de hombres tomados de la mano y con indumentaria preincaica, elaborados en base al adobe y que permanecen enterrados sobre las pampas.

Asimismo, dijo, alrededor del cerro han sido localizados caminos incas en donde aún se puede apreciar los muros de piedra que protegían posiblemente del viento a los caminantes.

Por parte, el director del Instituto Nacional de Cultura (INC) en La Libertad, Enrique Sánchez Maura, opinó que es necesario realizar trabajos de investigación en la zona y protegerla de personas dedicadas al saqueo de sitios arqueológicos.

“Conocíamos que en la zona hay muchos restos arqueológicos por estudiar, sin embargo, no contamos con el presupuesto necesario para hacerlo. No obstante, iniciaremos las gestiones para conseguirlo”, puntualizó.

El cerro Campana se encuentra a una altura de 996 metros sobre el nivel del mar, y algunos especialistas señalan que para las culturas prehispánicas era considerado importante dentro de sus creencias religiosas.

Hilos del pasado, patrimonio del futuro. Textiles de la Cultura Paracas

En medio de la adversidad, Ica mantiene la importancia de ser cuna de una de las civilizaciones prehispánicas más importantes: la cultura Paracas. Recientemente, el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú concluyó la restauración de 43 textiles pertenecientes a esta cultura, gracias al apoyo económico del Musée du Quai Branly de Francia.

Transcurría el segundo quinquenio de la década de 1920 cuando Julio C. Tello, entonces director del Museo de la Arqueología Peruana, marcaba un hito en la tradición arqueológica nacional con el hallazgo de importantes vestigios de la cultura Paracas (Ica), una civilización caracterizada por su alto desarrollo artístico y técnico que floreció a partir del 500 a.C. en la península del mismo nombre. Los primeros hallazgos sucedieron en 1925, cuando se descubrió un conjunto de fardos funerarios en los cementerios de Cerro Colorado y Arena Blanca. Pero el hallazgo más importante sucedió dos años después, cuando Tello y su equipo encontraron en un tercer cementerio, denominado Wari Kayán, un total de 429 fardos funerarios que contenían hasta 16 mantos, además de otras prendas como turbantes, paños, esclavinas y objetos de uso personal.

La importancia de estos tejidos radica en que pertenecen al periodo Paracas Necrópolis, caracterizado por una gran maestría en el uso del color y por la delicadeza en los diseños, debido a que eran bordados. Entre dichos textiles destacan 220 mantos ceremoniales elaborados en una tela llana sobre la cual se bordan los motivos decorativos en fibra de camélido teñido, en una perfecta armonía de colores.

En ellos se representan personajes sosteniendo báculos, cabezas trofeo o cuchillos ceremoniales y ataviados con ornamentos faciales, tocados y cinturones atados a la cintura que a la vez terminan en forma serpientes bicéfalas. En segundo orden, diseños naturalistas tomados tanto de flora y fauna, como aves, felinos, peces, frutos y flores. Actualmente, este material se conserva en un depósito espe-cialmente acondicionado del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú (MNAAHP), ubicado en Pueblo Libre.

Proyecto cristalizado Según comenta Carmen Thays, jefa del área de Colecciones Textiles del MNAAHP, debido a la falta de presupuesto sólo ocho de los 220 mantos paracas habían podido ser restaurados hasta hace algunos años. Sin embargo, esta realidad cambió en el 2004, cuando el Musée du Quai Branly de Francia aceptó financiar con la suma de 68 mil euros un proyecto del MNAAHP para la restauración de 43 textiles, entre ellos 13 mantos. “El proyecto se desarrolló en un periodo de dos años, entre el 2005 y 2006. Se trabajó con un equipo estable de tres personas, pero también contamos con la ayuda de otros especialistas”.

Thays señala que la restauración de los tejidos se ha realizado con una técnica más compleja que la que se conocía en la época del hallazgo, basada en la mejor organización de los hilos respetando los colores y el diseño. “La conservación era muy incipiente en ese entonces. La antigua técnica consistía en usar una tela de tocuyo como soporte del textil. Sin embargo, con esta precisión no pretendemos poner en demérito el trabajo realizado por Tello, sino más bien resaltar la importancia de su labor como conservador y la preocupación que tuvo por poner en valor este material”.

Thays destaca que estos textiles son valiosos porque provienen de un contexto, es decir, de excavaciones arqueológicas. “Un contexto implica una forma distinta de aproximación a una cultura, muy distinta a un material obtenido de un huaqueo. La información es más rica, por más sencillas que sean las piezas”, explica.

Complejo Arqueológico Huaca San Borja

La puesta en valor de Huaca San Borja se inició con acciones de conservación y reforzamiento estructural, a través del convenio interinstitucional firmado entre el INC y la municipalidad del distrito en junio del 2000. El objetivo fue crear condiciones para la creación de un nuevo espacio de cultura viva, donde puedan difundirse los valores y sirva de marco para el desarrollo de actividades culturales y artísticas interinstitucionales. Paralelamente a los trabajos arqueológicos y de conservación se desarrolló una propuesta que permitiera su inserción a la comunidad.

En los años de manejo del proyecto se ha contado con el concurso del Taller Interdisciplinario de Ciencias Sociales de la Universidad de San Marcos (TICS), encargado de diseñar y organizar un estudio de impacto social y campañas de concientización dirigidas a la comunidad. De la misma manera es importante resaltar el apoyo del Patronato Huaca Pucllana en la implementación del sistema de iluminación, que permitirá no sólo reforzar las condiciones de seguridad en la zona, sino también visualizar los volúmenes arquitectónicos del monumento.

Las investigaciones arqueológicas en Huaca San Borja nos revelan su función como centro religioso y administrativo menor en el valle bajo del Rímac. También que formó parte de uno de los señoríos más importantes de la costa central, cuyas evidencias se conocen hoy como Complejo Arqueológico Limatambo. En este caso, el resultado de las investigaciones permitió complementar y correlacionar las excavaciones realizadas entre 1988 y 1993 por el arqueólogo Alberto Bueno, con nuevas evidencias y estudios que permitieron identificar los periodos de ocupación cultural y reconstruir el rol y las funciones para el que fue concebido el monumento.

Huaca San Borja corresponde, cronológicamente, al Intermedio Tardío, registrando ocupaciones inca, colonial y republicana.

Se define como una elevación piramidal trunca, de perfiles escalonados y planta ligeramente trapezoidal, construida en base a una serie de recintos con rellenos, a manera de cámaras, ejecutadas con la intencionalidad de ganar altura y volumen, confiriéndole estabilidad a través de muros adosados que rodean la estructura central. Este tipo de arquitectura ha permitido contener, al interior, una complejidad espacial que incluye recintos, pasadizos, vanos, patios, escalinatas y otros elementos arquitectónicos que denotan una circulación restringida, vinculada a la función pública del sitio.

El monumento mide, aproximadamente, 50 metros de largo por 40 de ancho y 6.50 de altura en su parte mejor conservada. El material constructivo predominante es la tapia, cumpliendo funciones de muro perimetral y de contención. Es importante destacar el uso, en los rellenos constructivos, de material proveniente de estructuras lima, como restos de adobitos traídos de las inmediaciones y de fragmentos de tapia reutilizados, además de cantos rodados y barro, depositados en bolsas tejidas de fibra vegetal (junco) tipo shicras.

 

 

 

El regreso de Huantille

Rodeada por edificios, casas y avenidas, Huantille, ubicada en el corazón de Magdalena del Mar, es una sobreviviente de la expansión urbana de la capital: un espacio que ha resistido no sólo la evolución del tiempo, sino también una invasión que por cerca de cincuenta años ocultó su importancia como una de las sedes principales del señorio Ychma, en el siglo XII aproximadamente.

Repasando un poco su historia nos remontamos a 1936, época en la cual —según consta en los archivos de Julio C. Tello— se inició en la capital una alarmante tendencia al derrumbe de los monumentos arqueológicos. Incluso, en 1941, se reglamentó la demolición de huacas con fines industriales y el material derruido era reutilizado por fábricas de adobe y ladrilleras. En el caso de Huaca Huantille se documenta que fue explotada por Víctor Lisandro Proaño y por Tomás Percivale, quienes entre 1941 y 1944, destruyeron paulatinamente las estructuras y el cementerio, que contenía una gran cantidad de fardos funerarios.

En la década del 60 la zona norte de los terrenos de la huaca fue invadida y, posteriormente, sus ocupantes reconocidos como propietarios. En 1968, Huantille fue recortada, en su lado sur, por la Junta Nacional de Vivienda para construir un mercado, y para 1972, el alcalde de Magdalena, Alberto Yábar, planteó su demolición con el propósito de construir un centro cívico. En 1987, otro burgomaestre, Ricardo Flores, realizó el cercado de la zona arqueológica, sin embargo, no consideró reubicar a los invasores. El desgaste de Huantille se agravó debido al continuo paso de gente por el sitio, excavaciones clandestinas, la acumulación de basura y desmonte y la presencia de microcomercializadores de drogas y sujetos de malvivir, que la utilizaban como refugio.

Actualmente, la arquitectura del monumento es un misterio que permanece oculto bajo capas de rellenos superficiales, consecuencia del abandono que imperó durante muchas décadas. No obstante, gracias al Proyecto de Investigación y Puesta en Valor del Sitio, iniciado en el 2006 con recursos de la municipalidad de Magdalena del Mar y la asesoría técnica y logística del INC, Huantille ha empezado a mostrar una nueva cara.

Para emprender este proyecto se llegó a un acuerdo con las familias que habían instalado sus viviendas de manera ilegal. El municipio distrital entregó a cada una 3.500 soles como incentivo para dejar el lugar, medida poco usual en nuestro país pero que trajo buenos resultados, ya que los ocupantes desalojaron la zona de manera pacífica.

Marco Guillén, arqueólogo del INC, es el responsable del proyecto que, según se prevé, mostrará la majestuosidad de Huantille en cuatro meses. Detalla que en la presente etapa, cuya inversión es de 157.345 soles, se intervendrá a nivel de excavación arqueológica y conservación de estructuras.

“Esta excavación es la primera. Surge de la necesidad de poner a Huaca Huantille como eje integrador de la identidad cultural local. El objetivo es ofrecer al monumento una adecuada infraestructura que lo proteja de factores medioambientales y que permita a los visitantes recorrerlo sin daños”, comenta. Ya se vislumbran los muros de lo que fueron patios, recintos y pasadizos, construidos con bloques de barro denominados tapiales (con alto grado de arcilla y, en menor proporción, arena, guijarros y fragmentos de cerámica), así como secciones de escaleras por donde transitaron los antiguos pobladores de la ciudad. Asimismo, se ha encontrado una vasija de dos asas intacta y osamentas humanas, cuya antigüedad está pendiente de determinarse. Sin embargo, Guillén lamenta el irreparable daño sufrido por la huaca: de los 11 mil m2 documentados originalmente, hoy sólo se encuentra la tercera parte. “Las cinco huacas que tenía alrededor fueron demolidas por las ladrilleras y los invasores”, declara.

El proyecto para la puesta en valor de Huantille contempla una inversión total de 220 mil soles. El propósito municipal es integrarla a un circuito turístico formado por los malecones Grau y Castagnola, la Iglesia Corazón de María y el bulevar vecino de la calle 28 de Julio. En su segunda etapa, se incluye la realización de obras de acondicionamiento turístico y la implementación de un museo de sitio.

El Santuario de Pachacamac

Por más de 1500 años antes de la llegada de los españoles, el santuario de Pachacamac fue influencia primordial en el desarrollo de una cosmovisión andina multicultural, pero también el espacio desde donde se tomó gran parte de las decisiones políticas y económicas de la época. Ubicado en la margen derecha del río Lurín, en el kilómetro 31 de la Panamericana Sur, en Lima, su proceso de construcción y organización, que se cree tomó siglo y medio, nos indica que fue el eje de una religiosidad andina sólida y extensa. Sus primeras edificaciones datan del año 200 a.C., con el nacimiento de la cultura Lima, convirtiéndose desde sus inicios en un centro ceremonial de gran importancia. Los habitantes lima construyeron templos majestuosos, como el Templo Viejo, el Templo Pintado, el Templo de Urpiwachaq, todos realizados con adobitos y piedra.

En el Horizonte Medio, con la culminación de la cultura Lima y la llegada wari, Pachacamac asume una importancia ya no sólo local sino regional. En este proceso hay una coexistencia entre el Intermedio Temprano y formas culturales del Horizonte Medio, lo que determina la relación entre el santuario y las poblaciones más alejadas, tanto de la costa como de la sierra, desde donde se hacían peregrinaciones a la zona. Posteriormente, ya entre 1200 y 1400 d.C. se desarrolla la cultura Ychma, con quienes empieza a resaltar el esplendor del centro ceremonial, con un toque urbano aunado a sus características religiosas previas: se fortalece así el Templo Pintado y se construye los quince templos o pirámides con rampa que servirían como depósitos de bienes a ser utilizados como ofrenda o alimento de quienes llegaban durante las festividades.

En 1450, con el asentamiento de los incas, se establecen nuevos centros administrativos y se adecúan construcciones ya existentes a las nuevas necesidades. También se construyen monumentos religiosos, como el Templo del Sol, el Acllawasi, el Palacio de Taurichumbi, entre otros. Pachacamac se convierte de este modo en centro de reunión de peregrinos y representantes de poblaciones, quienes, desde aquí, bajo un estricto protocolo ceremonial, tomaban decisiones en cuanto a cuestiones económicas, sociales, alianzas, redistribución, etcétera. “Pachacamac fue el centro religioso y administrativo más importante, transformándose físicamente durante 1.500 años. No es raro que el valle de Lurín sea el mejor registrado, a nivel de geografía sagrada andina, por los extirpadores de idolatrías. Para María Rostworowski, Pachacamac no sólo es el principal ícono religioso de la costa central y posiblemente de toda la civilización andina, sino que su culto se ha identificado, con el tiempo, nada menos que con el Señor de los Temblores”, nos dice Marcelo Saco, subdirector del museo de sitio.

Saco define el actual Pachacamac como un centro de investigación continua, puesto que es la llave para entender la civilización andina. “La cosmovisión del hombre andino está explicada en el santuario, donde el visitante puede obtener diferentes experiencias, no sólo desde un punto de vista histórico y religioso, sino experimentando in situ los diferentes tipos de espacios, a escala humana. Por otro lado, este es un sitio que ha recibido muchas reconstrucciones, bajo criterios que vienen de los años 20: tenemos aquí toda la historia de la conservación en el país. Por su amplitud y la información que encierra, Pachacamac debe ser visto como uno de los sitios de mayor importancia del Perú”, enfatiza.

Proyectos a la vista
La dirección del santuario viene trabajando en un plan de manejo para el sitio, vale decir, un documento basado en estudios técnicos multidisciplinarios que describen las necesidades de Pachacamac. “Por la cantidad de visitantes que recibe diariamente, y por su importancia histórica, tenemos la visión de convertir a Pachacamac en una vitrina de gestión que atraiga al investigador y al estudiante. El manejo del sitio se debe dar en forma paralela a su estabilización, preservación y desarrollo, todo de manera sostenida y sustentable, lo cual le permitirá ser declarada patrimonio de la humanidad y gozar de los beneficios de ese nombramiento”, finaliza Saco

Puruchuco, clave de muchas incógnitas.

Por los años 60 la sociedad limeña y los visitantes extranjeros disfrutaron presenciando los espectáculos culturales de luces y sonido en el palacio de Puruchuco, ubicado muy cerca de la urbe, en el kilómetro 4.5 de la carretera central, dentro de la hacienda Vista Alegre, propiedad de la familia Isola. En este sitio, un asentamiento arqueológico muy bien conservado, se organizaban fiestas de danza, música y teatro, que representaban pasajes de la conquista en medio de ambientes iluminados. Se compartía, asimismo, las famosas tendidas, donde ilustres personajes de la ciudad eran invitados para disfrutar potajes de la cocina prehispánica. Por esos años Puruchuco estaba rodeado de bosques de molles y plantas nativas, de llamas y perros peruanos sin pelo, es decir, un entorno que permitía un imaginario viaje al pasado. En 1960, además, ya contaba con el primer museo de sitio de Latinoamérica, gracias a la gestión y trabajo de Arturo Jiménez Borja, médico —y arqueólogo por pasión— que trabajó en la puesta en valor del sitio desde 1953, con el apoyo del señor Isola y de otras instituciones del país. Dicha restauración le tomó siete años, y a pesar de que el estilo de la recuperación fue criticado, constituyó finalmente un aporte, pues el sitio ha conservado gran parte de sus estructuras en buen estado.

Pero, ¿qué fue Puruchuco?, ¿quiénes la habitaron? El imponente palacio construido a base de barro tuvo su auge en época inca. Su edificación, en las faldas del cerro León, data del 900 al 1100 d.C. y es atribuida al curacazgo Ychma. En el año 1400 es reconstruida por los incas, quienes toman el sitio de manera pacífica, consiguiendo convivir ambas sociedades bajo administración cusqueña. Desde Puruchuco se supervisaban los sembríos de una parte del valle del Rímac y se organizaban ofrendas al curaca. Debido a su estratégica ubicación, al inicio de la sierra, en Puruchuco, así como en otros emplazamientos tardíos, se utilizó terrazas y colcas para procesar y guardar alimentos como la papa, el maíz o el pescado, procedentes del dinámico intercambio de productos entre costa y sierra: prueba de ello son las valvas de spondillus provenientes de aguas ecuatoriales o las plumas de aves de la selva.

Gracias a la restauración, el palacio permite observar su organización. En el área principal, por ejemplo, también llamada “patio de las audiencias”, se realizaba el intercambio, redistribución, control de productos, ceremonias rituales o sesiones de narración oral, no sólo para la preservación de tradiciones sino también la difusión de noticias entre comunidades aledañas. En otro espacio se observan seis hornacinas triangulares de uso astronómico, donde podía controlarse el tiempo de rituales y sembríos. En las habitaciones, refieren las investigaciones, se hallaron pieles de animales para descanso de personajes importantes llegados al lugar. En la zona de los depósitos se ha encontrado restos de productos agrícolas, y en la cocina, finalmente, hay una adecuación para la crianza de cuyes. Resaltan también las puertas de doble jamba, características de la arquitectura inca.

Las momias de Huaquerones
La zona conocida como Puruchuco-Quebrada de Huaquerones fue delimitada por Jiménez Borja entre mediados de los años 50 y principios de los años 60 a partir de sus trabajos de restauración. Durante sus primeras investigaciones se realizaron hallazgos de tumbas que evidencian que Puruchuco fue un centro de paso y concentración de excedentes entre las zonas norte y sur. Esta afirmación es comprobada, entre 1999 y 2001, gracias a la intervención de arqueólogos subvencionados por la National Geographic Society, que descubren un gran cementerio inca, de aproximadamente ocho hectáreas de extensión, donde se encontraron alrededor de 2.000 fardos funerarios en peligro, y es que, encima de Huaquerones, ya estaba establecido el asentamiento humano Túpac Amaru de Ate-Vitarte.

De acuerdo a las investigaciones, hacia 1480 fue que los incas empiezan a reutilizar las estructuras dejadas por los antiguos residentes para despertar en otra vida. Para este fin, los cuerpos eran enterrados con sus mejores prendas: telares pintados, redes, tapices, plumería, gasas, lentejuelas, etcétera, así como llautas o vinchas, unkus o camisas, chullpas o bolsos, además de herramientas para el tejido y una serie de ofrendas, como cerámica típica cusqueña, animales, pieles o alimentos.

Actualmente, las momias de Puruchuco continúan ofreciéndonos datos sobre su propia historia, y, más aún, sobre el momento de la invasión española. Con el auspicio de National Geographic, se acaba de publicar en Washington un informe sobre el hallazgo del primer indicio documentado de uso de armas de fuego durante el enfrentamiento con los españoles: se trata de un joven soldado inca muerto por una herida de bala de arcabuz en el cráneo, descubrimiento que aclararía ese pasaje de nuestra historia.

Constante amenaza
Puruchuco recibe unos 17 mil visitantes al año entre turistas y escolares, pudiendo estos últimos, además de una visita guiada, realizar juegos didácticos en Puruchuquito, una recreación del palacio en miniatura. La arqueóloga Teresa Verástegui, directora del museo de sitio nos comenta que no sólo debe realizar propuestas para la ampliación del espacio, sino que debe lidiar constantemente con amenazas de invasiones y construcciones que impactarían el área que rodea el palacio. “Es necesaria la ampliación del museo: además de resguardar las piezas encontradas en Puruchuco, nos llegan objetos de los sitios arqueológicos cercanos y no tenemos espacios adecuados; las momias, por ejemplo, merecen una sala exclusiva y un laboratorio. Puruchuco vive ante constantes amenazas: por un lado está el asentamiento humano, que sigue creciendo, por el otro, el proyectos de prolongación viales, que si bien por ahora están paralizados podrían atravesar la zona arqueológica. Finalmente, cabe resaltar que el entorno arqueológico se vería afectado por la venta de la única área verde que nos hubiera dado referencia de las funciones de Puruchuco, y que, se dice, probablemente será utilizada para la construcción de viviendas. Puruchuco necesita un respiro y hay que rescatarlo”, finaliza Verástegui.

Resurrección de Mateo Salado

Considerado un importante enclave arqueológico, Mateo Salado es testimonio del cenit de la ocupación inca en Lima, aunque, se sabe, su construcción data del Intermedio Tardío. El INC se encuentra comprometido en la investigación, conservación y puesta en valor de este sitio, cuyos más de mil años de antigüedad serían pronto apreciados por el público, gracias a un singular plan que contempla, primero, el descubrimiento de su arquitectura, y, luego, la elaboración de un circuito de visitas completo.

Al pasar por la Plaza de la Bandera, un transeúnte desprevenido podría pensar que uno de sus lados limita con un cerro ubicado en medio de la ciudad. De hecho, en alguna época, esta zona fue conocida como Cinco Cerros, por los cinco montículos que sobresalen desde el fondo plano del valle. Se trata 13del Complejo Arqueológico Mateo Salado, ubicado en el Cercado de Lima y en los límites con los distritos de Breña y Pueblo Libre. Aunque actualmente se encuentra dividido por calles y viviendas modernas, antiguamente fue un gran complejo formado por cinco pirámides, cada una mayor a los 15 metros de altura, que destacaba enormemente entre los campos de cultivo que lo rodeaban. Probablemente fue construido alrededor del año 1000 de nuestra era y siguió siendo usado durante épocas posteriores a la conquista del Perú.

El más famoso habitante del complejo arqueológico fue Mateo Salade, inmigrante francés que vivió en esta zona a mediados del siglo XVI. En 1571, Salade fue apresado por la Santa Inquisición, que lo acusó de herejía y, extrañamente, de haber enloquecido, tan sólo porque se le veía, solitario, deambulando por la huaca, encerrado en sus pensamientos. Mateo Salade fue ejecutado en el primer auto de fe que celebrado en Lima, y la zona arqueológica donde vivió hoy lleva su nombre. En épocas posteriores, esta zona fue conocida también como Huaca Ascona, por encontrarse dentro de la hacienda del mismo nombre.

El Complejo Arqueológico Mateo Salado es uno de los sitios arqueológicos más grandes de Lima Metropolitana. Con más de 16.000 metros cuadrados, es lo suficientemente grande como para albergar tres veces el Estadio Nacional. En épocas prehispánicas, Mateo Salado se encontraba conectado con el Complejo Maranga (esta última ubicada actualmente dentro del Parque de las Leyendas) a través de un camino amurallado ya desaparecido. Las noticias de este camino y el parecido de Mateo Salado con otras zonas arqueológicas de Lima nos ayudan a entender nuestra ciudad como un espacio vivo, con edificios públicos, casas, caminos, áreas de cultivo y templos que eran cuidados y visitados por sus habitantes.

La construcción de este complejo parece datar del Intermedio Tardío (1000-1470 d.C.). Hay evidencias, sin embargo, de que esta zona continuó siendo habitada durante la época inca (1470-1532 d.C.) y los primeros años de la Colonia. Las excavaciones arqueológicas desarrolladas en años anteriores nos han permitido conocer que los edificios han sufrido remodelaciones, posiblemente origiHupiúnadas en las necesidades cambiantes de los distintos habitantes.

matGracias a los trabajos realizados por Maritza Pérez Ponce, del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, se ha recuperado evidencia que nos hace pensar que el Complejo Arqueológico Mateo Salado era en esencia un centro ceremonial, atendido por una pequeña cantidad de gente que vivía de manera permanente en el sitio. Su influencia debió ser de gran importancia en el valle del Rímac, ya que la veneración relacionada a este centro no fue eliminada por los incas al conquistar el valle. De hecho, los incas mantuvieron más bien a Mateo Salado dentro de las huacas a las que se les rendía homenaje en la zona.

Mateo Salado y su reciente puesta en valor
Cada una de las huacas de Lima nos cuenta una historia. Con el paso de los años ha ido disminuyendo el volumen de su voz, quedando reducidas muchas de ellas a lo que hoy nos parecen cerros solitarios y espacios vacíos. No nos damos cuenta del parecido entre las huacas y los edificios modernos en los que hoy vivimos, que albergan nuestras preocupaciones y alegrías de cada día. Si nos ponemos a pensar en la historia de nuestras casas, en quiénes vivían antes en ellas y cuáles fueron sus historias, nos daremos cuenta que el pasado nos rodea y sigue presente en nuestra actualidad.

Más de mil años después de su construcción, Mateo Salado sigue siendo testigo de nuestra historia. Este año el INC pone en marcha la primera etapa del Proyecto de Investigación, Conservación y Puesta en Valor del Complejo Arqueológico Mateo Salado, como un esfuerzo institucional, sustentado en el apoyo económico del gobierno central por más de un millón de soles, para revalorar nuestro patrimonio arqueológico y ponerlo al servicio de la comunidad. El proyecto ha sido entendido por el INC como un esfuerzo de largo plazo. Para el periodo 2007-2008 se plantea una primera temporada de trabajos en los que el objetivo principal será descubrir la arquitectura, hoy cubierta, del sitio, además de estabilizar las estructuras expuestas para su preservación y presentación al público, mediante la elaboración de un circuito de visita y material informativo. Sin duda alguna, Mateo Salado se convertirá en foco de interés para la comunidad, recibiendo a nuevos visitantes y volviendo a contar su historia para deleite de todos los peruanos.

Por mucho tiempo abandonado, en medio del trazado indiferente de las avenidas Universitaria, Riva Agüero y Venezuela, el Complejo Arqueológico Maranga, con sus más de cincuenta pirámides, empieza a renacer. Tras su reciente nombramiento como Patrimonio Cultural de la Nación por el INC, los trabajos para su puesta en valor avanzan fi rmes gracias a la participación del patronato del Parque de las Leyendas y del Municipio de Lima.

Este es uno de los pocos casos en que los animales han opacado un conjunto arqueológico. Hay que pasar indiferentes ante ellos para poder apreciar la maravilla arqueológica que encierra el Parque de las Leyendas. El curacazgo Maranga habitó esta parte de Lima y han quedado, gracias a la generosidad del tiempo, muestras de la arquitectura, cerámica, textiles y contextos funerarios.

Si desde un helicóptero mirásemos el complejo se podrían notar dos sectores diferenciados: el amurallado, que encierra la Huaca La Palma y el Palacio Inca; y el sector extramuros, formado por inmuebles administrativos, como las huacas Tres Palos, San Miguel, Cruz Blanca y La Cruz. Esas son algunas de un total de 52 que se distribuyen en las 97 hectáreas del parque. Sin embargo, sólo la Cruz Blanca y un sector de una muralla están habilitados para recibir visitas. Junto a Lucénida Carrión, jefa de la División de Arqueología, recorrimos cinco sitios que fueron habitados por marangas (1100-1476 d.C.), aunque también por sucesivas oleadas de pobladores incas (1450-1532 d.C.).

Troncos que dan la hora “En un día despejado, desde aquí se puede ver el Morro Solar y el entorno de Lima,” dice Lucénida al llegar a la cima de la Huaca Tres Palos. En su cúspide hay 96 agujeros, 48 a cada lado, que serían los rastros de un antiguo reloj solar, según planteamiento de la arqueóloga Josefi na Ramos de Cox. Ella hizo una prueba: colocó en cada poza un tronco, comprobando que la proyección de sus sombras hacía posible el control del tiempo.

Lucénida menciona que aún no se ha determinado el por qué del número de hoyos, pero sobre sus formas ovaladas y rectangulares señala que guardan relación con las constelaciones y el cosmos. Esta estructura se mantuvo mientras fue templo principal maranga, pero al recibir la ocupación inca los agujeros fueron cubiertos, empleándose el lado este de la huaca como depósito de alimentos o tambo. La última ocupación estuvo formada por viviendas de españoles, dispuestas en la parte superior en forma de L. En el Parque de las Leyendas los proyectos arqueológicos se desarrollan a fi nes de los sesenta y son retomados en 1992 por la arqueóloga Inés del Águila, hasta el ingreso de Lucénida Carrión en 1993. El Parque, a pesar de contar con un patronato, es una institución dependiente del Ministerio de la Mujer (y desde este año del Municipio de Lima). Más allá del tema administrativo, nunca se ha contado con un presupuesto procedente de esas entidades para desarrollar el trabajo arqueológico. Más bien, gracias a los ingresos que obtienen del público, sus autoridades consiguen el monto para los proyectos. “Nos hemos presentado en diferentes concursos para tratar de adquirir recursos. Siempre nos califi can con un excelente, pero nunca ganamos. Al parecer, no hemos encontrado algo espectacular para los empresarios”, dice Lucénida. Por ahora trabajan con un grupo de ocho arqueó- logos, además de voluntarios y practicantes de las universida- des, que brindan mano de obra a cambio de experiencia.

Entierros y cruces Como si se tratara de una obra civil, la Huaca San Miguel tiene maderas y carretillas por todas partes. Los arqueólogos se encuentran en etapa de restauración luego de haber excavado por un año, desde julio del 2003. En su interior encontraron cuartos con muros en color blanco y amarillo ocre, además de corredores y escaleras. La especialista señala que en medio de las múltiples hornacinas incas se halló el contexto funerario de un hombre de 40 años con un tatuaje en una de sus muñecas y otro en una pierna, y también con evidentes signos de osteoartri- tis, enfermedad producida por cargar peso excesivo. El segundo hallazgo narrado por Lucénida corresponde a la Dama de los Batanes: una mujer enterrada sobre dos piedras y dos manos de moler. El tercero es de un infante, cuyo fardo aún no ha sido estudiado. Sobre la arquitectura, la arqueóloga refi ere que se han determinado muros que sirven de base para todo el conjunto.

“Es una estructura que antes no se había visto: representa un indicio de planifi cación en Lima”, señala.

Otra de las huacas encontradas al interior de la muralla se denomina Cruz Blanca. En su ingreso han colocado una representación de Chayavilca, el último curaca del señorío de Maranga. Los visitantes pueden recorrerla y familiarizarse con sus construcciones, excavadas en 1960. Entre los hallazgos hay hornacinas empotradas a lo largo de muros que forman habita- ciones. En el 92 se hizo la primera puesta en valor, un trabajo arduo que culminó en el 2000. Este es un sitio en el que se han colocado plantas nativas y carteles que explican el trueque, la pesca, la función de los tejedores y la alfarería, pues la idea no es que sólo se habiliten las huacas, sino que cuenten con elementos que las integren dentro de una época y sus costumbres.

La cuarta huaca fuera de la muralla es La Cruz. Aquí no se ha realizado investigación, así que nos desviamos para llegar al lado este de una muralla llamada ‘55E’, con 540 metros de largo y cinco de altura. En el 2000 los operarios hicieron los trabajos de conservación y restauración de 117 de esos metros. Aquí se identifi caron estructuras de adobitos de la cultura Lima y, entre ellas, varios individuos enterrados como parte del relleno. “No se encontraron armas, razón por la que se descarta haya sido una muralla defensiva”, asegura Lucénida.

Cruzando imaginariamente la muralla, que tiene varios momentos constructivos, llegamos a un lugar que estuvo entre palmeras. De ahí el nombre de Huaca La Palma, colindante con la escuela de chalanes del Parque. Desde aquí se divisan los montículos que aún no han sido excavados pero que ya tienen código o nombre. Una de ellas es la Huaca Ernst Midden- dorf, situada, cronoló- gicamente, en la cultura Lima, y cuyo nombre es un homenaje al médico alemán que, infl uen- ciado por Humboldt, recorrió nuestro país entre 1859 y 1862, además del complejo Maranga en 1886, que logró ver intacto. Al regresar la mirada sobre La Palma, Lucénida destaca frisos en relieve restaurados en el 2000: en la parte inferior, un muro con cruces esca- lonadas o chacanas y en la parte alta, aparecen aves marinas encerra- das en rombos, ambas de la época inca.

Recorrer las huacas del Parque de las Leyendas resulta caótico por las distancias que separan unas de otras, sin embargo conocerlas es esencial para aproxi- marnos a la antigua historia de Lima. Su excavación y habilitación ha exigido un cambio de mentalidad no sólo de parte de los trabajadores del Parque, sino también de las autoridades municipales. No obstante, falta convencer al ciudadano común, que asocia el Perú prehispánico con localidades de provincias. Ahí apunta Lucénida y su proyecto de crear un gran circuito turístico arqueológico dentro del Parque: “Los limeños piensan que Lima no ha tenido historia, pero no saben que aquí han estado los grandes arquitectos de la época prehispánica”. Sobre ello, las construcciones que esconde el zoológico hablan por sí solas.