Sacerdotisas, Curanderas, Parteras y Guerreras: Mujeres en el Antiguo Perú

Los hallazgos arqueológicos en la costa norte peruana durante las últimas décadas han permitido constatar que el género femenino tuvo un peso muy importante en las estructuras regionales de poder. Se ha descubierto que las mujeres ocuparon cargos especiales en el mundo políticoreligioso, lo cual significa una importante contribución al actual análisis de la sociedad prehispánica en la costa norte del Perú. Este artículo analiza cuatro de estos cargos ocupados por mujeres de élite y argumenta que, posiblemente, tengan una vinculación directa entre ellos mediante un fuerte sentido de espiritualidad donde los mundos político, religioso y social aparecen fuertemente vinculados.

Titulo original:
SACERDOTISAS, CURANDERAS, PARTERAS Y GUERRERAS:
Mujeres de élite en la costa norte del Perú Antiguo
Autora:
Alicia Alvarado Escudero[1]
alicia_ales@hotmail.com
Universidad Pablo de Olavide

Abstract.
Archaeological findings on the Northern coast of Peru in recent decades, have allowed for bringing to light the important role played by women in the power structures in the coast. The acknowledgement that women occupied special positions in the political and religious worlds, means a significant contribution to the current analysis of pre-Hispanic society in the Northern coast of Peru. Therefore, this article looks at four of these positions occupied by elite women, and argues that they may be intertwined by means of a strong sense of spirituality in which the political, the religious and the social worlds can’t be dissociated from one another.

Introducción

A lo largo de la historia del Perú Antiguo las culturas precolombinas fueron desarrollando un sistema propio de creencias y costumbres en estrecha relación con el medio natural que las rodeaba. En este trabajo el protagonismo es para la costa norte del Perú, donde la unión del mar con el desarrollo cultural es evidente, tal y como se puede observar en el arte y en la mitología de la región. La costa norte peruana tiene más de 700 kilómetros de longitud y hasta 200 kilómetros de anchura en los que se suceden llanuras desérticas, colinas, cerros elevados y valles formados por ríos, además de una serie de cauces fluviales, casi siempre secos, que se activan en época de lluvias torrenciales durante el fenómeno de El Niño.

Dentro de la región cultural y geográfica de la costa norte cabe destacar dos zonas de diferente altura[2]: desde 0 a 500 metros sobre el nivel del mar se extiende la región natural Chala o Costa, donde el desierto predomina en el paisaje y donde los recursos marinos (anchoveta) o las aves (guanay) son de vital importancia para el mantenimiento y desarrollo cultural de la zona; la segunda región natural es la Yunga o Quebrada, que abarca desde los 500 a los 2.300 metros de altura sobre el nivel del mar. En el fondo de estos valles es donde se establecieron los campos de cultivo y los centros de población cuyas manifestaciones culturales serán continuadas en el tiempo.

El control de los recursos hidráulicos y la posterior domesticación de las plantas llevaron a la producción de un excedente que permitió la especialización y, por consiguiente, la diferenciación social junto con la creación de grandes centros ceremoniales. Entre el 1.500 a. C. y 500 d. C. surgieron las primeras civilizaciones, destacando en la costa norte la cultura Cupisnique, ubicada entre los valles de Santa y Lambayeque, predecesora de la cultura Chavín. Posteriormente, emergió la cultura Salinar en la parte alta del valle de Chicama, entre el 500 a. C. y el 100 d. C., y ya entre el 200 a. C. y 200 d. C. existió la Cultura Gallinazo en el valle de Virú (entre los valles de La Leche

y Santa). Todas estas culturas arqueológicas fueron sintetizadas en lo que posteriormente fue la cultura Mochica (100 d. C. – 700 d. C.), cuyos aportes ideológicos y restos arqueológicos son hoy de vital importancia para el entendimiento del papel de la mujer en la costa norte del Perú Antiguo, tanto en la fase de este desarrollo cultural, como en las posteriores culturas de Lambayeque (o Sicán) y Chimú, última etapa antes de la llegada del dominio incaico. Es en este momento, con el desarrollo de las primeras civilizaciones, cuando se empieza a apreciar una sociedad fuertemente estratificada y subordinada a un poder moral-teocrático, controlado por sacerdotes guerreros y sacerdotisas guerreras, que dominarán tanto el mundo terrenal como el divino.

El objetivo principal de este artículo es analizar y demostrar mediante un enfoque arqueológico y etnohistórico que las gobernantas de la costa norte del Perú ocuparon cuatro roles sociales fuertemente vinculados entre sí. Estos roles eran los de sacerdotisa, partera, curandera y guerrera. La concentración de estos cuatro roles en una sola figura femenina es demostrable a través de la existencia de ciertos elementos materiales que se repiten en diferentes yacimientos arqueológicos y en la iconografía de la región. Estos elementos son artefactos en forma de adornos, “metáforas de Poder” en palabras de T. Bray[3], que simbolizan la conexión entre el mundo sagrado y el terrenal. Por su papel mediador y sus funciones tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos, estos artefactos cargan un sentido especial (Camac).

Algunos de estos elementos son: el tocado, el vestido, el velo, los aretes, los collares, las pulseras, la tiana, los tatuajes, la deformación craneo-dental, etc. Todos ellos son elementos representativos que permiten encontrar el vínculo de unión entre las cuatro actividades arriba mencionadas y demostrar así que las mujeres que gobernaron la costa norte antes de la llegada de los Incas ostentaron un poder sobrenatural que les permitía participar activamente en los rituales de sacrificio y en actividades de guerra (aunque fuera de forma figurada), jugando también un papel importante en actividades de chamanismo, con poderes adivinatorios y con dotes medicinales para atender los partos y curar a los heridos.

A lo largo de este artículo se analizan las cuatro funciones en tres apartados. En el primer epígrafe se justifica el poder sobrenatural de la sacerdotisa mediante la sacralidad que le otorga el mar al tener una vinculación directa con la divinidad femenina desde los primeros tiempos. En el segundo epígrafe se analiza la relación entre las sacerdotisas y su rol de curanderas y parteras, tal y como se ha podido observar a través de la arqueología. Por último, se estudia el rol de la sacerdotisa guerrera tras uno de los descubrimientos más controvertidos de la arqueología de género peruana, la Señora de Cao, demostrando que la Dama, más allá de su rol de sacerdotisa, tuvo un importantísimo peso en el mundo de la guerra ritual mochica. Con esta investigación se pretende ampliar y modificar la imagen de la mujer de élite andina en los momentos anteriores a la conquista.

El estado de la cuestión está de plena actualidad debido a que los últimos aportes arqueológicos han permitido relacionar a las mujeres halladas en los yacimientos arqueológicos con el Personaje Mítico Femenino[4]. El estudio iconográfico de este personaje ha sido estudiado desde finales de los años cincuenta por Duccio Bonavía; en los setenta por Alana Cordy-Collins, Chirstopher Donnan, Donna McClelland, Erwin Panofski y Patricia Lyon; en los años ochenta por Anne Marie Hocquenghem; y en los años noventa por, entre otros, Luis Jaime Castillo y Rengifo Chunga, recogiendo el testigo en la actualidad Ulla Holmquist, autora de una gran síntesis al respecto[5]. Este artículo quiere sumarse a esta tradición investigadora, analizando los elementos arqueológicos, iconográficos y etnohistóricos para relacionar al mismo personaje femenino divinizado que aparece en dibujos y modelados con las mujeres que aparecieron enterradas en los yacimientos de San José del Moro, el Brujo o Huaca Chotuna-Chornancap.

La influencia del mar en la divinidad femenina de la costa norte

El mar que baña las costas andinas es el punto de conexión entre la divinidad marina y el desarrollo político-religioso femenino en la costa norte del Perú. Desde los primeros estudios andinos, el ámbito marítimo es considerado un espacio sagrado y, a la vez, una fuente de abastecimiento de recursos para el mantenimiento del grupo humano. El mar es considerado como la madre de todas las aguas, tal y como menciona José de Acosta:

“También sacrificaban u ofrecían conchas de la mar, que llamaban mollo, y ofrecianlas a las fuentes y manantiales, diciendo que las conchas eran las hijas de la mar, madre de todas las aguas”[6]

Se relacionaba al mar con la fertilidad y, por extensión, con el género femenino, de ahí que el mar sea considerado por algunos estudiosos como “el vientre materno de donde vino el hombre[7] en la concepción del mundo cosmológico andino. Pero no sólo el mar, ya que sus islas incitaban también a una travesía por el espacio marino creando toda una serie de mitos que son representados por personajes femeninos en la cosmología costeña. Es por ello que existen multitud de representaciones iconográficas marítimas en las culturas Moche, Lambayaque y Chimú, que vinculan el mar con escenas de rituales donde la presencia femenina juega un rol decisivo como, por ejemplo, en las escenas de navegación mochica, donde la sacerdotisa navega sobre las aguas acompañando a los sacrificados, de lo que se hablará posteriormente.

El espacio marino en la costa es de vital importancia para la subsistencia del grupo humano, tanto por los recursos marinos que permiten alimentar a la población, como para irrigar las tierras de cultivo donde se desarrolla la agricultura. El mar y las islas, donde se encuentra el guano para fertilizar las tierras de cultivo, son una parte esencial para el desarrollo de toda la ideología que impregna la conducta costeña[8].

Desde los mitos de creación recogidos por los cronistas, ya se puede observar cómo el mar siempre está muy presente en la cosmología de la población del litoral, al interpretarlo como “(e)l cielo era el mar de arriba y el mar el cielo de abajo“. Porque “todo lo que hay arriba, lo hay abajo”[9].

Existen multitud de estos mitos que representan a las divinidades con una clara influencia marina. Esta relación entre mar y divinidad se puede observar, por ejemplo, en el mito de Wiracocha recogido por Sarmiento de Gamboa; en el de Pachacamac[10] recogido por Antonio de Calancha; en el del dios Con (dios del agua en la costa peruana) estudiado por María Rostworowski[11]; o en el dios mediador mochica Ai-Apaec, nombrado por Rafael Larco con la palabra muchik y que destaca por ser descendiente de la divinidad primordial nocturna por parte paterna (condición expresada en su cabeza felina y en su diadema) y descendiente de la divinidad femenina subterránea por parte materna (representada a su vez en el cinturón de serpiente bicéfala y en sus orejeras con cabeza serpentina)[12]. La estrecha relación de este dios con el espacio marino puede observarse en sus representaciones, donde aparece luchando con el cangrejo, el caracol marino Strombus (véase la fig.1), el erizo marino, el pez globo o la divinidad ancestral de las profundidades marinas y oscuras, el dios degollador.

Figura 1: Dios Ai-Apaec saliendo del Strombus. Botella gollete asa estribo escultórica – ML003208, Museo de Larco

Estos son sólo algunos ejemplos de divinidades supremas que tienen una estrecha vinculación con el mar, las aguas y el mundo de abajo o subterráneo, considerado como un espacio de dominio femenino. En el mundo andino el mar es interpretado como origen y morada de los primeros dioses andróginos, creadores de ambos sexos[13]. Es por ello que no resulta raro observar, al analizar la iconografía que se recoge en los murales y ceramios precolombinos, principalmente en la iconografía Mochica y Chimú, cómo ésta aparece constantemente relacionada directamente con los rituales y los personajes encargados de realizarlos, como por ejemplo el Personaje Mítico Femenino de la cultura Mochica.

Hasta tiempos recientes los especialistas habían considerado que el dios Supremo en la cultura Lambayeque o Sicán era Naylamp, un dios masculino. Pero las más recientes investigaciones, y el descubrimiento de la Sacerdotisa de Chornancap, ponen en cuestión esta hegemonía masculina al encontrar en la vestimenta de esta gran señora, junto con su tocado y el ajuar que le acompaña, una enorme similitud con la Diosa Suprema Femenina de Lambayeque, en cuyas representaciones se puede observar una vinculación directa con la Luna y el Mar[14]. Éste último inspira las representaciones lambayecanas de la ‘ola ornitomorfa’ y la ‘ola geométrica’ que forman parte de una complejidad iconográfica que, junto con el sol y la luna, son elementos esenciales de la cosmovisión de esta cultura y de otras, como se analizará más adelante.

En la mitología Chimú, aunque la Luna es la divinidad principal (adorada como Shi), el mar (al que llaman Ni), las islas y las rocas (Alaecpong) tienen un papel importantísimo en el mundo funerario. Los Chimú creían que el alma de los difuntos iba hasta la orilla del mar desde donde era transportada por los lobos marinos hacia las islas donde descansarían para siempre[15]. Además, el mar y los viajes a través de él hacia la costa norte eran constantes y aparecen vinculados a los héroes fundadores de las dinastías de los gobernantes, que arribaban a las tierras por mar para instalarse en su nuevo territorio de dominación, siendo éste el caso de Taykanamo o de la Leyenda de Naylamp, recogidos en la cultura Lambayeque.

Posteriormente, con la llegada de los Incas, el mar comienza a tomar un cariz mucho más femenino, al ser considerado como una diosa con nombre propio, la Mamacocha[16]. Era considerada la hija de la Luna y venerada a lo largo de todo el litoral, proclamada ‘madre de todas las aguas’, es decir, madre del mar, de los arroyos, de los ríos y de los manantiales que descienden por las montañas. Así queda recogido por Juan Pérez Bocanegra en su Ritual formulario:

“Dizes a las fuentes, y a las lagunas, y a los manantiales, adorandolas y haziendoles bailes, y vistiendolas como muger en vn cantarillo, y dandoles de comer: O madre fuente, laguna o manantial, dame agua sin cessar, orina sin parar?”[17]

Se le rendía culto a las aguas en todas sus formas para conseguir que su diosa les propiciase una buena navegación y una próspera pesca. Es en esta vinculación con todo tipo de aguas donde se puede encontrar su relación con la fertilidad, que también se podría explicar al tomar forma de lluvia que cae sobre los cultivos haciendo germinar las plantas y propiciando con ello la creación de una nueva vida:

“No llouiendo, y secandose tu chacra, sueles adorar las nuues, y dezirles rogando: O madre mar, del cabo del mundo llueue, y rocia pues te adoro?”18

En conclusión, el mar es considerado como un espacio sagrado, morada de las deidades y origen del poder sobrenatural que detentaría la élite en la costa norte. Se relaciona, además, con los gobernantes que vienen de él a las tierras donde fundarán sus grandes señoríos y destaca una vinculación especial con la feminidad, por la relación existente entre el agua y la fertilidad y por ser el lugar de donde provienen los animales acuáticos, necesarios para el sustento alimenticio de los grupos humanos costeños.

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