
representativos del arte de las culturas Tiwanaku y Wari, como este caso de una enorme urna de estilo Robles Moqo hallada en el sitio Pacheco (fotografía José Miguel Helfer Arguedas).
Durante la segunda mitad del primer milenio de la era cristiana, en el periodo conocido en la arqueología peruana bajo el nombre de Horizonte Medio (Rowe 1962), llegaron a su apogeo dos principales estados prehistóricos. Uno se asentó en las orillas del lago Titicaca, en la actual Bolivia, donde estableció su capital en el sitio de Tiahuanaco. El otro se ubicó en la sierra central del Perú y estableció su sede principal en el sitio de Huari, cerca de lo que ahora es la ciudad de Ayacucho. Ambos desarrollaron grandes centros urbanos, sofisticados gobiernos estatales y un sistema de expansión imperial que les permitió dominar un amplio territorio, el que abarcaba a los actuales Perú (desde Piura y Cajamarca hasta Moquegua) y Bolivia (incluyendo los bosques tropicales de Cochabamba), norte de Chile (al menos hasta San Pedro de Atacama) y noroeste de Argentina (además de la zona de La Aguada en las provincias de Catamarca y La Rioja). Este proceso de desarrollo cultural está relacionado –según la mayoría de estudiosos– a la evolución de los sistemas políticos y al surgimiento de los primeros estados prehispánicos andinos de carácter imperial.
No cabe duda de que este periodo fue un momento de cambio determinante en la prehistoria de la región andina. La nueva ideología oriunda del sur de los Andes, donde los pueblos mantenían una dinámica cultural y costumbres bastante diferentes de las desarrolladas por las sociedades del centro y norte del Perú, se plasma en el nuevo paradigma mortuorio ligado al culto a los ancestros, así como en el arte, en el que se expresaba su sistema de creencias y cosmovisión mediante una original iconografía llena de símbolos religiosos y políticos, utilizando para ello el arte lítico, textil y alfarero. En todo el territorio andino aparecen las túnicas (uncus) decoradas con imágenes estilizadas y los vasos ceremoniales (keros) empleados para brindar con chicha durante las festividades masivas. Diversos objetos de cerámica decorados con diseños polícromos, las famosas gorras de cuatro puntas, variados adornos de metal como alfileres (tupus), artefactos de obsidiana y la metalurgia del bronce y plata, materializan la nueva ideología religiosa y el nuevo poder político. La visión de dos grandes civilizaciones, Wari y Tiwanaku, y las relaciones entre sus centros primarios, Huari y Tiahuanaco1, íntimamente emparentadas por medio de un complejo y característico arte visual y su iconografía, ha sido foco de debate entre los investigadores desde los trabajos pioneros en dichos sitios (Isbell y McEwan 1991; Glowacki 1996; Isbell 2008; Janusek 2008; entre otros).
Orígenes altiplánicos
Tratando de rastrear los orígenes de este fenómeno cultural, las evidencias apuntan al peculiar e importante proceso de desarrollo formativo acontecido en uno de los más duros e inhóspitos ecosistemas andinos: el Altiplano. La cuenca del lago Titicaca y sus llanuras alto andinas jugaron un rol primordial en el surgimiento y posterior difusión de la nueva tradición que, en su apogeo, durante el Horizonte Medio, se manifestó en casi toda el área de los Andes Centrales. En este sentido, el impresionante y monumental sitio Tiahuanaco, ubicado en la cuenca meridional del lago Titicaca sobre los 3880 msnm, la hipotética capital del Estado altiplánico, se debe entender como el fruto de un largo proceso cultural y socioeconómico iniciado en esta zona durante el período Formativo (Stanish 2003; Hastorf 2008). El antecedente Tiwanaku más importante en la cuenca del lago Titicaca es la cultura Pucará (250 a.C. – 380 d.C.), con sus propios antecedentes en las tradiciones Qaluyo (1400 a. C.) y Cusipata (o Pucará Inicial; 500 a.C. – 200 a. C.). La cultura Pucará ha sido relativamente poco estudiada y se la conoce sobre todo a través de los hallazgos registrados en el sitio del mismo nombre, ubicado en la cuenca noroccidental del lago en el actual departamento de Puno, en el Perú (Valcárcel 1925; Franco Inojosa 1940).
El complejo arqueológico de Pucará es sin duda el centro político y religioso de carácter monumental más antiguo de la civilización altiplánica. Comprende diferentes estructuras de piedra y tierra que se extienden en un área de 500 hectáreas aproximadamente, conteniendo seis pirámides escalonadas. La más grande de ellas, llamada Qalasaya, tiene una extensión de 300 m de un lado, 315 m del otro y una altura de 30 m. Al pie de ella se ubica una plataforma baja con el característico patio hundido de planta cuadrangular (55 m por lado), con paredes revestidas de lajas de piedra trabajadas, muy parecida a otra registrada en el extremo sur del lago, en el sitio de Chiripa (Hastorf 1999).

Autor: Miłosz Giersz
Extracto de la Obra: Castillo de Huarmey – Un centro del Imperio Wari en la Costa Norte del Perú
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