La ruta que los Incas hicieron para unir el Tahantinsuyo es hoy un patrimonio cultural.
El ‘Qhapaq Ñan’ es una extensa red de caminos que fue elaborada por nuestros antepasados. Ahora, jóvenes estudiantes del Perú recorren esta ruta con el fin de intercambiar culturas y conocer un poco más sobre las riquezas del país.
Con más de 60,000 kilómetros de camino, el Qhapaq Ñan o Camino Inca se abre paso en los países de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y Perú. En el 2014, fue nombrado por la Unesco como patrimonio mundial. Además, recibió el “Premio a las Buenas Prácticas en Gestión Pública”, organizado por Ciudadanos al día.
En nuestro país, fueron incorporados un total de 250 kilómetros de ruta, 82 sitios arqueológicos y 156 comunidades asociadas a su viabilidad. “Qhapaq Ñan tiene como fin poner en valorización el Camino Inca. Este nos da la opción de intercambiar nuestras diversidades y de ser una fuente de turismo”, explica Giancarlo Marcone, coordinador general del Qhapaq Ñan.
Sin embargo, no se le presta la atención debida y lo ideal es generar conciencia a la ciudadanía sobre ello. “Es importante generar participación a los pobladores. Tenemos que tener en cuenta que este patrimonio es de todos y que todos somos responsables ya que este nos permite entrar a un nivel de exploración”, indicó Marcone.
Acercar a la naturaleza. Qhapaq Ñan permite reconocer la diversidad y las riquezas del país. “El Camino Inca, como une varios poblados, ayuda a generar turismo. Pero los mismos ciudadanos tienen que darse cuenta que tienen que generar un turismo responsable porque muchas veces el Estado nos da la espalda”.
De esta manera, los pobladores de las comunidades locales cumplen un rol fundamental en la limpieza y conservación de los caminos prehispánicos. “Necesitamos, primero, hacerles llegar la información sobre los cuidados que se necesitan tener, estos se presentan ante las comunidades y luego este es validado por ellos mismos que tienen más contacto con la naturaleza”.
El Camino Inca se ha convertido en el eje de una integración sudamericana. El Camino Inca se ha convertido en el eje de una integración sudamericana. | Fuente: Ministerio de Cultura Escolares atraviesan esta ruta con el fin de conocer otras culturas. Escolares atraviesan esta ruta con el fin de conocer otras culturas. | Fuente: Ministerio de Cultura.
Seis países protegerán el Qhapaq Ñan tras designación como Patrimonio Mundial
Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú crearán una secretaría técnica para proteger el camino inca Qhapaq Ñan.
Crónica de una caminata que une a las dos ciudadelas más fastuosas de los incas: Choquequirao y Machu Picchu. Un gran esfuerzo que es recompensado con creces no solo por los monumentos históricos, sino por los paisajes de sobrecogedora belleza a la vera del camino.
Texto: Anthony Velarde Fotos: Walter Hupiú Fuente: Revista Rumbos de Sol y Piedra (www.rumbosdelperu.com)
Era mediodía de sol intenso en Cachora, pueblito apurimeño a 2900 metros sobre el nivel del mar, cuando de pronto el arriero que contratamos detuvo las mulas a un lado del camino para pedirnos una cerveza. Creímos que era una especie de ‘peaje’ a pagar por sus servicios o algo por el estilo, pero no. Contrariados pero pensando al fin en que todos teníamos derecho a una ‘chelita’ para refrescarnos accedimos al pedido… Y de repente zas y otra vez zas, vimos caer toda la cerveza sobre la tierra con una profunda pena, mientras nuestro arriero profería algunas palabras en quechua.
“Es el pago a la Pachamama, amigos. Si no es imposible seguir, hay que pedir permiso a la madre tierra”, nos decía Saturnino con voz de padre que intenta en vano consolar a sus vástagos.
Entre árboles y cóndores
La travesía se inició rumbo al norte en la parte baja Cachora, tierra de hermosos pisonay, esos árboles apurimeños descritos alguna vez por Arguedas en Los ríos profundos. Bordeamos un cerro que ascendía sin mostrar su pesadez. Todo es silencio, solo se escuchan nuestros pasos y apenas en la lejanía el discurrir del río Apurímac.
Nadie puede con el paso de los arrieros, ellos avanzan sin detenerse, están entrenados para estos caminos donde es necesario un corazón andino. Un corazón grande y resistente a la altura. No pasaba lo mismo con mi compañero, el fotógrafo, ni mucho menos conmigo. Cada paso nos recordaba nuestra condición de forasteros, nuestros reflejos urbanos se empecinaban en jugarnos una mala pasada, pero debíamos seguir.
El camino está rodeado por vegetación típica de sierra y sigue así hasta llegar al abra de Kapuliyoq, a 2955 metros de altura. Es un excelente mirador, incluso afinando la vista ya se aprecian las líneas de Choquequirao.
Es entonces que el camino desciende casi en espiral entre árboles cuajados de musgo y líquenes, bellas bromelias, y un cóndor cortando el aire cada vez más tibio. La fuerza se nos fue a borbotones en esa bajada que parecía no tener fin hasta que vimos los girasoles y los cultivos de pan llevar de Chiquisqa. Lugar donde pasamos la primera noche al igual que los otros viajeros, y las dos lindas francesas que acabamos de conocer. Con ese dejo tan romántico una de ellas nos dice que han preferido esta ruta alternativa para Machu Picchu antes que tomar el tren de Cusco.
Río hablador
Al día siguiente, nos levantamos muy temprano para seguir andando. Estábamos motivados y más felices que nunca, sentíamos dentro de nosotros esa fuerza inacabable de los chasquis andariegos para correr velozmente por cualquier lugar. Al parecer ese pago inicial a la Pachamama estaba dando sus resultados. Pero de pronto volvimos a perder el aliento: las francesas ya no estaban. “Seguro se fueron con el grupo que salió hace unas horas”, nos dijo un lugareño. “Así se van de madrugada, pues”. Ese breve silencio nos decía todo: nos ‘madrugaron’. Solo nos quedaba de consuelo el canto de las aves. El tucán, el tiqsi y la tulla. Pero las ansias y las ganas seguían intactas pues era el día en que conoceríamos Choquequirao.
Continuamos descendiendo hacia Playa Rosalina, a 1600 metros de altura, con dirección al río Apurímac, el “Río Hablador”, el río de Arguedas. Sabíamos que teníamos una larga jornada puesto que Choquequirao está sobre los 3050 metros. En Rosalina cruzamos por un puente colgante, donde empezaría esa subida interminable. Nos esperaba un camino en zigzag como si hubiese sido trazado por una inmensa culebra.
Pasamos por Santa Rosa, otro caserío apto para acampar, donde se puede saborear un poco de aguardiente en una destilería artesanal. Las piernas nos temblaban pero ya estábamos cerca en esa zona boscosa a punto de llegar al campamento de Marampata, donde yacían cuerpos regados en busca de tregua con la naturaleza. Luego de cuatro horas de subida, nos merecíamos un largo descanso antes de desplegar nuestros pies rumbo a Choquequirao.
Al fin, Choquequirao
Cuando por fin pisamos Choquequirao tuvimos la certeza de que era mucho más que un complejo arqueológico enclavado en la abrupta ceja de montaña. Estábamos en un sitio realmente mágico. Tal vez más asombrados que Hiram Bingham, en 1909, al divisar esos magníficos andenes que bajan en cascada y se pierden en el bosque (más del 60% por ciento de Choquequirao está cubierto por la vegetación).
Más que buscar una respuesta empezamos a experimentar esa sensación que motivó a los incas a construir ciudadelas tan perfectas en rincones insospechados. Subimos a la plaza principal y recorrimos cada espacio permitido como el Ushnu o templo ceremonial, desde donde se tiene un mejor panorama y se alcanza la certidumbre de la magia que recorre estas montañas, resguardadas por los nevados Ampay y Pumasillo.
A la mañana siguiente nos enrumbamos al famoso sector VIII, denominado “Las llamas de Choquequirao”, donde se aprecian auquénidos grabados sobre la piedra de los andenes. Son 138 terrazas donde se han encontrado 28 figuras que corresponden a diseños antropormorfos, zoomorfos y geométricos.
Por siglos Choquequirao permaneció oculta en la región de Vilcabamba. Este asentamiento fue construido en los últimos años del Tahuantinsuyo y durante la Colonia fue ocupado por los rebeldes liderados por Túpac Amaru I.
Dejamos Choquequirao, pero no pudimos dejar de voltear innumerables veces, porque es un lugar infinitamente hermoso. El viaje continuó con el eterno “sube y baja”. A diferencia de los bosques que rodean Choquequirao, el paisaje se tornó árido, quieto y apenas poblado del tarwi andino, la chillka y la paja brava. Al fondo de la quebrada, puede verse el Yuraqmayu (Río Blanco).
Al llegar, nos dimos un baño mientras el sol ardía sin piedad. Al otro lado del río trepamos a un cerro con todas las características de un bosque de nubes con coloridos gallitos de las rocas y curiosos tucanes volando de un lado a otro. Descansamos en Maizal, donde la luna regaló unos efectos adormecedores. Una espesa y húmeda neblina nos obligó a cerrar la carpa y esperar al día siguiente sumidos en un profundo sueño.
Maravilla mundial
De Maizal partimos temprano y cruzamos el abra de San Juan sobre los 4100 metros de altura. Aquí no hay mosquitos que molesten, pero sí muchas minas abandonadas; algunas las exploramos ingresando hasta cierta parte. Según algunos pobladores, estas minas fueron propiedad de la familia Romainville, quienes las explotaron hasta la década del ochenta.
A las cinco de la tarde llegamos al poblado de Yanama, que lucía varias casas de piedra, una escuela pública, un kiosco, una cancha de fútbol y un milagroso teléfono. Acampamos, cenamos, y conversamos. Nuestra tertulia se extendió hasta la media noche bajo la luz incandescente del lamparín a gas.
Por la mañana nos alejamos del pueblo por una explanada de suave pendiente, envueltos por campos de cultivo y bosques de eucaliptos y, horas más tarde, estábamos rodeados de matorrales de ichu, thola y champas de yareta (vegetación característica de la puna). A nuestra izquierda, se perfilaba la cadena del “Pumasillo”, una hilera de nevados que se levantan sobre los 5 mil metros de altura. Almorzamos al pie del último paso, el abra de Yanama, a 4690 metros sobre el nivel del mar, el más alto del recorrido: otro paradero para observar el plácido vuelo de los cóndores.
Nada es suficiente, este es un camino de extraordinaria belleza. El Salkantay, el segundo nevado más alto del departamento del Cusco (6271 m.), está frente a nosotros y nos saluda mostrándonos el camino. A estas alturas, ya nos habíamos olvidado del cansancio y el dolor en nuestros pies: bajamos corriendo para sumergirnos nuevamente en la lujuriosa vegetación. Aparece el caserío de Totora, pero no nos detenemos y seguimos nuestros poseídos pasos durante tres horas más.
Por partes desfilábamos sobre un sendero muy estrecho que discurría entre profundos abismos. Luego de muchos vericuetos llegamos a Collpapampa, un pequeño paraje de mucha belleza. Este es, sin duda, el preludio de los grandes bosques amazónicos. Aquí los mosquitos volvieron al ataque.
Nos detuvimos en un inesperado kiosco para aplacar nuestra sed con una cerveza. Muchos niños acuden a nuestro paso para regalarnos frutas a cambio de nada. Sin apenas sentirlo entramos a Playa Sahuayaco, la tierra del café, donde la mayoría de grupos termina su recorrido subiendo a un vehículo que los lleva en 40 minutos hasta Santa Teresa, a un paso de Machu Picchu. Pero nosotros queríamos llegar a esta emblemática ciudadela como antes lo hicieran los incas: por pequeños senderos que van adelgazando entre las montañas.
Es cierto, en arquitectura el viejo y querido Machu Picchu tiene mayor prestancia que Choquequirao, pero en lo que respecta a la magnificencia del paisaje, esta última ciudadela gana por algunos puntos. Pero nada de esto nos importaba mientras, paso a paso, cruzábamos un puente inca. Las nubes parecían hervir bajo nuestros pies. El río Urubamba era una vaga serpiente marrón rodeando al esqueleto de esta gran urbe.
Guía del viajero
¿Cómo llegar?
De Cusco a Cachora son 3 horas en promedio de viaje, en el terminal terrestre el costo hacia Abancay es de 20 soles en empresas como Tepsa o Wari . El bus lo dejará en el desvío hacia Cachora donde deberá abordar un taxi. Puede alquilar una movilidad particular un día antes si quiere llegar más rápido.
¿Qué llevar?
Se recomienda llevar zapatillas de trekking, bolsa de dormir, casaca para lluvia, ropa para noches heladas, medias gruesas, linterna con baterías extra, harta agua y sencillo en soles. Así como bloqueador, repelente, cámara digital, lentes y sombrero de sol, ropa de baño y bastón de caminar.
Tips
*El recorrido de Choquequirao a Machu Picchu es exigente por lo que hay que estar bien de salud y en buenas condiciones físicas.
*Al llegar a la ciudad de Cusco (3,400 msnm) basta dormir un par de horas, caminar despacio, comer ligero y beber mucho líquido.
*En el pueblo de Cachora se contrata arrieros que cobran 60 soles por día (30 por su servicio y 30 por mula).
*No hay señal para celulares desde Kapuliyoc por lo que sería recomendable avisar a sus familiares y apagar su equipo para no gastar batería, ya que varios lugares no cuentan con fluido eléctrico.
Debes saber que…
Fue Juan Arias Díaz, quien en 1710 dio las primeras luces sobre Choquequirao, luego vendrían Eugene De Sartiges, Charles Wiener y el mismo Bingham, entre otros. Casi todos hicieron lo mismo: cavar pisos y romper paredes en busca de oro. Después de todo, Choquequirao significa ‘cuna de oro’.
Algo más…
La ubicación estratégica de Choquequirao le permite contar con ecosistemas tan dispares como las nieves eternas, a 6000 metros de altitud, y los tórridos valles tropicales a poco más de 1800, en medio de pajonales altoandinos, bosques enanos de altura y la selva alta.
124 kilómetros separan el valle de Apurímac y Choquequirao con el valle Urubamba y Machu Picchu.
Nuevas secciones de camino y sitios Inca fueron identificadas y registradas por especialistas del Qhapaq Ñan – Sede Nacional del Ministerio de Cultura en las provincias de Abancay y Antabamba en la región Apurimac, como parte de las actividades de actualización y registro de Camino Inca
De acuerdo al equipo técnico del Área de Investigación y Registro del Qhapaq Ñan, en el distrito de Curahuasi, el Camino Inca que proviene de Cusco cruzaba el río Apurímac (límite de los departamentos de Cusco y Apurímac), lugar donde se encuentran las bases del Puente Maucachaca seguido del túnel Inca, luego pasaba por el sitio Inca Racaracay dirigiéndose hacia el sitio Inca Sayhuite y Tamburco en Abancay. Este tramo se proyecta hacia el oeste pasando por Cochacaxas, Curamba, Andahuaylas, Uranmarca, llegando hasta Vilcashuamán en Ayacucho.
En el distrito de Huaquirca, provincia de Antabamba, el camino está definido por muros de contención y de cerco. Tiene un ancho aproximado de tres a cuatro metros y se encuentra asociado al sitio Inca de Puya Puya, y el acueducto Inca de Inkapercca en Lucrepampa, construido por medio de cinco plataformas superpuestas de manera escalonada.
Finalmente, se debe resaltar el paisaje cultural asociado, la gran cantidad de terrazas de cultivo y andenes que rodean al Camino Inca y a las poblaciones de Huaquirca, Antabamba y Matara, lo cual denota la importancia agrícola de esta región para los Inca.
Los Apus convencen al viento y a las nubes para que castiguen, con su aliento arrebatado y sus gotas de tormenta, a los extraños andariegos que intentan cruzar sus dominios de altura y sus tierras agrestes; entonces, la ira proverbial y milenaria de los dioses de montaña, se convierte en un rugido atronador que estremece las pampas y quebradas, también el alma y el corazón de la gente.
El Inka Naani es una intensa travesía pedestre. Foto: Luis Yupanqui.
Y se hace difícil continuar. Bruma, viento y lluvia, gotas heladas que se filtran por los resquicios de la ropa, senderos de piedra que se disfrazan de fango y se tornan resbalosos. Solo queda detenerse y tratar de congraciarse con los Apus, como lo hicieron los antiguos, como lo siguen haciendo los hombres del Ande, como lo hicimos nosotros.
Siete llamas para el Apu
Cuentan las voces de la memoria colectiva que el mismísimo ‘Hijo del Sol’, tuvo que enfrentarse a la enjundia de las montañas y cochas que tutelan las comunidades, los pastos y las aguas que circundan al gran Inka Naani, un legado histórico, legendario y kilométrico, que serpentea en las alturas aparentemente inhóspitas de Áncash y Huánuco.
Escenarios bucólicos en una ruta ancestral. Foto: Luis Yupanqui.
No es un consuelo, pero en la angustia de la borrasca reconforta saber que el inca, el poderoso señor del Tahuantinsuyo, lloró de impotencia en el abra Waga (4,358 m.s.n.m.), cuando el Apu Angurajay –ofendido por la construcción del camino y por el incumplimiento de una promesa del gobernante- le dio la ‘bienvenida’ con una proverbial tempestad que impedía el paso de su fastuoso séquito.
Un puma en el dintel de una de las puertas del complejo arqueológico de Huánuco Pampa. Foto: Luis Yupanqui.
El Angurajay había advertido que sólo autorizaría el uso de la vía, si le ponían barbas (reforestaban) a sus faldas. El cusqueño aceptó la propuesta, pero por diversos motivos no honró su palabra. La apocalíptica granizada fue la forma de protestar de la rencorosa montaña, su manera de dejar en claro la infinita precariedad del hombre frente a su inmenso poder.
Un pago a la tierra y las montañas para pedir su protección y cuidado. Foto: Luis Yupanqui.
Dicen que fue tanta la desesperación de los quechuas, que uno de los sacerdotes se atrevió a increparle al engreído del Sol su falta de respeto y cortesía hacia los dioses. Ante semejante y devastadora circunstancia, se decidió que la única manera de aplacar el enfado del irascible Apu, era ofrendar siete llamas en una ceremonia ritual.
Cien kilómetros de Esperanza
Las jornadas son intensas, distintas e inolvidables en el Inka Naani (camino inca, en el quechua de la región), un sendero de más de 100 kilómetros que remonta montañas, se burla de los precipicios y se viste de existencia y esperanza. Pasos de barro, pasos de piedra. Pasos que te acercan a las portadas y paredes de piedra de Huánuco Pampa, la imponente capital del Chinchaysuyo (provincia de Dos de Mayo, Huánuco).
Llamas cargueras. Foto: Luis Yupanqui.
Los pobladores muestran sus trabajos a los caminantes. Foto: Luis Yupanqui.
Cerros sagrados, lagunas mitológicas
Despertar antes que el gallo; bueno, si es que hay algún gallo cerca. Partir con premura para sacarle la vuelta a la lluvia. Mirar por última vez las desvencijadas casas de adobe de Soledad de Tambo, Taparaco o Isco; el desolado patio de la escuela de San Cristóbal de Tambo, las chacras sembradas con papa, cebada o arveja en todas las comunidades, y también las cumbres enhiestas que parecen otear a los peregrinos del Inka Naani.
Soledad de Tambo es el punto de partida de la caminata. Foto: Luis Yupanqui.
Escuchar las leyendas y mitos narrados con maestría por Basilio Trujillo Zorrilla, el guía vivaz y elocuente; sentir el misticismo en las cercanías de los cerros sagrados y en las riberas de la laguna Sacracocha, rebelde, corajuda, partida en dos por el embrujado hondazo del inca.
Gozar cada paso cuando el sendero es amplio y corre mansito al lado del Taparaco, un río robusto de tormenta; odiarlo en los tramos empantanados como la bajada a Ayash, un pueblo sombrío, tenso, en conflicto con la actividad minera; sufrirlo en la pendiente escalonada que conduce a Waga y en el interminable descenso final a Colpa, un periplo que machaca las rodillas.
Huánuco Pampa y el silencio de los Apus
Y a pesar del cansancio y del ardor de las ampollas, se avanza a Huánuco Pampa o Huánuco Marka, también Huánuco Viejo. Qué importa el nombre ahora, sólo quieres estar ahí, respirar hondo y sentirte bien en aquella ciudad magnífica, edificada durante el mandato de Túpac Yupanqui.
Descanso en una escalera de piedra. Foto: Luis Yupanqui.
Afanes arqueológicos bajo un cielo copado de nubes. Y vas del acllawasi al ushnu, y de allí al área residencial, y ves unos pumas de piedra y una puerta trapezoidal. Me detengo. Llueve. Barro otra vez -ya no importa- ya no estoy en el Inka Naani y sus kilométricas jornadas. Busco refugio y espero que el cielo se calme solito, sin hojitas de coca, sin ayuda de los Apus.
Una experiencia única en los caminos andinos. Foto: Luis Yupanqui.
En Rumbo
Llegar: De Lima a Huaraz por una vía asfaltada (407 kilómetros). El viaje dura ocho horas aproximadamente. De Huaraz a Huari hay 150 kilómetros de distancia. Las unidades salen de la calle Huaraz. Llevar: Ropa abrigadora, poncho de lluvia, suficiente agua para la caminata, botas de trekking, bolsa de dormir.
Recibe el nombre de Q’eswachaka: un puente de cuerda hecha de paja sobre el río Apurímac, en los Andes. / XAVIER DESMIER
Antes de la llegada de los españoles a América, los incas levantaron un inmenso imperio, unido gracias a una vasta red de caminos. Gran parte fue cubierta y olvidada, hoy, los países andinos, con Perú a la cabeza, tratan de recuperar su trazado, patrimonio de la humanidad, repleto de tradiciones ancestrales.
Bajo el efecto del calor, el corazón de un cordero recién sacrificado explota con un ruido sordo. El fuego de un brasero encendido por el chamán devora las ofrendas depositadas en el suelo, sobre una terraza natural, a lo largo de un cañón polvoriento de tonos rojizos, en los Andes peruanos. Maíz, granos de coca, vino y dulces que el sacerdote andino (paqo en quechua) ofrece a la Madre Tierra durante una ceremonia con cinco siglos de antigüedad: la reconstrucción anual del Q’eswachaka, el último puente de cuerda inca del mundo. “Desde la fabricación de esta obra, mucho antes de la llegada de los españoles, en 1532, nuestras divinidades nos han empujado a deshacerla y rehacerla una vez al año bajo pena de castigos como el granizo y el rayo”, explica con voz lastimera Cayetano Ccanahuire, un sexagenario de pequeña talla y rostro curtido. Inclinado sobre las llamas, a más de 3.700 metros de altitud, este paqo reza día y noche para evitar accidentes durante los tres días de la reconstrucción. A su alrededor, los campesinos quechua se reúnen antes de tensar sobre el río Apurímac, cuyo cauce desemboca en el Amazonas, seis gruesas cuerdas de paja. A continuación las atan a unas viejas bases de piedra, creando así la estructura de este puente de 28 metros de largo.
En lo alto del cañón, un grupo de mujeres vestidas con telas multicolores y coronadas con un sombrero de estilo bombín conversan arrodilladas, retorciendo las cuerdas de paja que servirán para el tejido de las estructuras laterales del puente. Obsoleto hoy día tras la edificación hace medio siglo de una obra cercana más moderna, el evento continúa reuniendo, cada mes de junio, a cerca de un millar de herederos del imperio inca obligados a tomar el relevo para poder escapar de las penas divinas.
“Hace una década, el puente no pudo ser renovado por el desgaste de las bases de piedra. Ya sea por acción divina o no, estos campesinos sufrieron a continuación una granizada”, cuenta la antropóloga Ingrid Huamaní, quien participa en el Proyecto Qhapaq Ñan. Se trata de una iniciativa del Gobierno peruano cuya ambición es exhumar la antigua red vial de los incas, de la cual forma parte el puente. El Qhapaq Ñan (camino real en quechua) peinaba el imperio inca (Tahuantinsuyu), dividido en aquella época en cuatro grandes regiones –Chinchaysuyu, Cuntisuyu, Collasuyu y Antisuyu–, y se adentra actualmente en seis países: Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Un entramado de caminos de más de 23.000 kilómetros, según cálculos del arqueólogo estadounidense John Hyslop en 1992, aunque hallazgos recientes lo estiman en mucho más: solo en Perú, unos 25.000 kilómetros de vías. Varios tramos ya han sido restaurados. El trabajo conjunto de los seis países propició en junio de 2014 el reconocimiento de algunos tramos como patrimonio de la humanidad por la Unesco: 5.200 kilómetros (1.200 de ellos en Perú).
La inciativa del gobierno peruano persigue exhumar la antigua red vial de los incas
Ninguna de las naciones ha lanzado una iniciativa tan ambiciosa como la peruana, con el Proyecto Qhapaq Ñan. Financiado con un tercio de los ingresos generados por el Machu Picchu (ocho millones de euros), los fondos han ayudado a restaurar las bases y las escaleras de piedra que descienden al puente Q’eswachaka desde lo alto del cañón, permitiendo a los campesinos mantener viva su tradición, igualmente inscrita desde 2013 en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.
Si bien hace cinco siglos era necesario marchar un centenar de kilómetros desde Cuzco, la antigua capital imperial, para llegar al puente, en la actualidad se toma una ruta asfaltada, parcialmente construida sobre la red inca. “Varias vías modernas están superpuestas sobre los caminos precolombinos, ya que la mayoría de las veces no han sido apreciados en el pasado como tesoros arqueológicos”, explica Marcelino Soto. Desde el jeep se observa un sendero bordeado por muros de piedra que serpentea la ladera de la montaña. “Ahora, cuando se traza una nueva ruta, se verifica minuciosamente que ninguna porción del Qhapaq Ñan esté amenazada, y tanto el Ministerio de Transportes como el de Cultura tienen que aprobar las obras”, precisa el arqueólogo, cuyo acento en español revela que el quechua –10 millones de hablantes– es su lengua materna.
Un idioma milenario que usaban los comerciantes de la costa y que sería adoptado por los incas, quienes hablaban el puquina, explica Pablo del Valle, antropólogo de la Unesco. “Esta lengua les resulta muy práctica cuando Pachacútec [el reformador del mundo, en quechua], noveno soberano inca, comienza la expansión del imperio, en el siglo XV. Gracias al juego de alianzas con tribus a menudo quechuahablantes, este pueblo, que ignoraba la existencia de la rueda, la escritura y la moneda, pudo levantar en menos de un siglo uno de los imperios más grandes conocidos en aquella época. Un territorio cuatro veces mayor a la superficie de España con 12 millones de habitantes”, continúa este cuzqueño, en el interior de uno de los restaurantes de estilo colonial de la plaza de Armas, en Cuzco. Como la mayoría de las construcciones del casco antiguo, este edificio de arcadas y grandes balcones de madera ha conservado los muros de piedra de una antigua edificación inca. Desde esta plaza, punto kilométrico cero del Qhapaq Ñan, partían las cuatro rutas principales en dirección a las cuatro grandes provincias (suyus).
En la antigua región del Chinchaysuyu, 350 kilómetros al norte de Lima, capital del país, los arqueólogos Guido Casaverde y Alfredo Bar recorren el mar de arena del desierto en el valle de Casma en busca de tramos de viejas vías que conduzcan hasta la sierra. En esta zona costera, la temperatura alcanza niveles caniculares a pesar del invierno austral. El cielo luce tonalidades amarillentas, y la arena fina, levantada por una ligera brisa, golpea el rostro. Guiados por fotografías aéreas con más de 30 años e imágenes de satélite actuales, los expertos descubren repentinamente una ruta de unos 10 metros de ancho. Tras una duna colosal, la vía centenaria se muestra intacta, delimitada por unos pequeños muros de piedra de apenas una decena de centímetros de altura.
Una de las zonas mejor conservadas del llamado Camino del Inca; al fondo, Machu Picchu, erigido en el siglo XV a casi 2.500 metros de altitud. / XAVIER DESMIER
A diferencia de la mayoría de los senderos de montaña, este no está empedrado; en el litoral, los incas se limitaban a aplanar el suelo arenoso. “Para identificar nuevos caminos, estudiamos la cartografía de los siglos XIX y XX, así como las obras de época. Tal es el caso de la Ordenanza de Tambos, que nos ha permitido descubrir esta nueva ruta costera. En este documento de 1543, Cristóbal Vaca de Castro, gobernador de Perú, exigía a los hacendados el buen mantenimiento de los caminos y albergues de época imperial”, explica el arqueólogo limeño Alfredo Bar. “En este texto, el español informa de la presencia de tambos [albergues] en los valles de Huarmey, Casma y Nepeña. Tres emplazamientos que siguen una proyección de sur a norte y que nos hacen suponer la existencia de un camino que los conecta”, añade, al tiempo que extrae un pequeño GPS plateado de su chaleco polvoriento para registrar la localización precisa de la vía.
A sus pies, grupos de piedras dispuestas en círculos trazan una línea de cerca de un kilómetro y continúan el camino hacia el tambo de Manchán, hoy sitio arqueológico, según las imágenes de satélite que muestra Guido Casaverde. “Estas rocas, abandonadas en el sendero, servían a la formación de los laterales de granito que bordean la ruta. Cada kilómetro habría sido construido en menos de una jornada por una treintena de obreros. En cambio, las secciones más complejas, como las de la sierra, con muros de contención de varios metros, sistemas de drenaje pluviales y empedrados, necesitarían hasta dos semanas para una misma porción”, detalla mientras recoge una piedra rosada y desgastada. Pulida por el agua de un río, esta era empleada como un martillo para fragmentar el granito. Según el arqueólogo, tal ruta sería, pues, uno de los últimos ejes trazados por los incas en tiempos del desembarco de Francisco Pizarro en Perú, en 1532. La llegada del explorador detiene la expansión del imperio y de la red de carreteras, que resultó útil en la colonización. Gracias a estas vías, los conquistadores llegaron rápidamente a las montañas y destronaron a Atahualpa, último soberano inca.
Bajo el Virreinato de Perú (1542-1821), los colonos continúan explotando el Qhapaq Ñan. Así lo revelan los vestigios de alfarería colonial hallados sobre el sendero. A los pies de unas colinas anaranjadas, Guido Casaverde colecta numerosas piezas perdidas por los jinetes españoles cuando galopaban sobre estas rutas. Acariciando los bordes de una de las cerámicas, muestra las huellas de un torno de alfarero. Y descubre las jarras de época precolonial cerca de un pequeño campamento inca. Una suerte de área de reposo constituida por un cubreviento de piedra semicircular donde unos transeúntes dejaron en otra época los restos de un banquete de maíz y marisco.
Desde la época imperial, los campesinos quechua no han cesado de cuidar los caminos en algunas zonas
Rápidamente, la red de carreteras fue perdiendo su sentido comunitario. “En tanto que los paisanos incas limpiaban y reparaban ellos mismos las secciones del camino cercanas a sus hogares, los hacendados dieron prioridad al cuidado de sus terrenos privados, distribuidos por la corona”, explica Alfredo Bar, quien lamenta que los senderos precolombinos hayan caído en el abandono. Cuando la Ordenanza de Tambos se establece, como un primer intento de preservar el Qhapaq Ñan, los terratenientes delegan en los autóctonos tal mantenimiento a cambio de una retribución.
Desafortunadamente, los nativos fueron explotados en semejantes trabajos, igual que en la extracción de oro. “Un mineral considerado por los incas como una lágrima del Sol, divinidad suprema de su panteón. Pero que toma otro valor con la llegada de los españoles”, recuerda Bar, inclinado sobre un foso cavado a menos de 100 metros de la ruta recién hallada, de camino al Cerro del Antival, a 10 kilómetros del océano Pacífico. La búsqueda de oro, cinco siglos más tarde, sigue haciendo estragos: este pozo se revela como una de las numerosas prospecciones ilegales de Perú. La nueva fiebre dorada amenaza el Qhapaq Ñan: los mineros destruyen las huellas de los senderos precolombinos. “El hallazgo de una simple pepita compromete nuestro trabajo y nuestra seguridad”, dice el arqueólogo. “Los buscadores de oro nos perciben como una amenaza dispuesta a arrebatarles su preciado El Dorado. ¡Incluso han llegado a hacer retroceder a algunos de nuestros colegas efectuando disparos de advertencia!”, exclama antes de tomar la Panamericana, ruta que conecta, de Alaska a Argentina, las Américas anglosajona y latina.
En la costa, la construcción de este eje moderno ha permitido aliviar los senderos precolombinos, contribuyendo a su preservación. Y a su olvido: apartados, es aquí donde los arqueólogos tienen más dificultades para detectar las centenarias vías. En cambio, a más de 3.000 metros de altitud, los caminos ancestrales permanecen ocupados por rebaños de llamas y de alpacas, camélidos de pelaje espeso. Aparecen, custodiados por sus pastores, cerca de la laguna Puray, al pie de Chinchero. Por el camino que bordea este pueblo, construido sobre restos arqueológicos, el olor a tierra recién removida impregna la atmósfera. A golpe de machete, un puñado de obreros retira la vegetación que crece entre los empedrados. Supervisados por los arqueólogos, otros preparan mortero según la receta de los incas –tierra, arcilla y cactus–, para reemplazar y fijar las piedras que faltan en este tramo que llega al Machu Picchu. Desde 2001, numerosos caminos son regularmente mantenidos por equipos que dependen del Gobierno, uniéndose a los campesinos que no han cesado de hacerlo desde la época imperial.
Durante tres jornadas, los campesinos quechuas de la provincia de Canas recolectan y fabrican a mano las cuerdas del puente con fibras vegetales de la zona. / XAVIER DESMIER
El Proyecto Qhapaq Ñan vio la luz, sobre todo, para ayudar a estas comunidades, atrayendo el turismo a las zonas quechua, donde la población vive de ingresos muy modestos. No obstante, la iniciativa es a menudo impopular debido a las expropiaciones, cuenta la antropóloga Frecia Escalante: “Varios cultivos se sobreponen ahora a ciertos tramos del Camino del Inca. Podemos recuperar los terrenos no cultivados aplicando la Ley de Patrimonio. En cuanto a las otras parcelas, los propietarios no aceptan cederlas voluntariamente”, explica, tras sus gafas de sol, esta cuzqueña. Confía en que, en el futuro, los recalcitrantes terminen por aceptar, cuando el turismo se desarrolle en las zonas bordeadas por el Qhapaq Ñan.
Algunos viajeros visitan ya el tramo que conecta Xauxa y Pachacamac. Una sección costera de 230 kilómetros que atraviesa el yacimiento de Huaycán de Cieneguilla. En el valle de Lurín, 40 kilómetros al este de Lima, esta antigua ciudad de casas geométricas y pasajes estrechos y polvorientos fue pacíficamente ocupada por los incas. Aquí levantaron palacios administrativos, con muros espesos de más de seis metros e imponentes ventanas. “Este pueblo, el cual constituye una puerta de entrada a los Andes, se revela como uno de los centros de control más importantes establecidos por los incas a lo largo de la red vial”, explica Camila Capriata, una joven arqueóloga. “Cuando los incas pusieron bajo su dominio otras poblaciones, se apropiaron de sus rutas añadiéndolas a su red de caminos”. Así consiguieron conectar, por primera vez, diferentes centros de producción, administrativos y religiosos con más de 2.000 años de antigüedad.
Y es este segmento del Qhapaq Ñan, así como otros cinco tramos, además del puente Q’eswachaka y la plaza de Armas de Cuzco, los que han recibido recientemente el reconocimiento de la Unesco en el territorio peruano. “En cuanto a las diferentes secciones de la red vial, cada país ha seleccionado las mejor conservadas dentro de sus fronteras. Para inscribir un bien cultural, este debe estar circunscrito geográficamente. Pero el Qhapaq Ñan es una obra de la cual ignoramos su extensión. Nuestra ambición es continuar identificando y restaurando tramos para inscribirlos sucesivamente”.
La Gran Ruta inca sigue reuniendo, cinco siglos después, las culturas del antiguo Tahuantinsuyu. Y países como Perú y Chile, quienes se disputan desde hace tiempo sus espacios marítimos, colaboran hoy en la búsqueda de esos caminos que les unen más allá de sus fronteras.
The Qhapaq Ñan project has transferred the maintenance and restoration works, to be conducted on seven stretches of the Andean roads system, to the Archaeological Monuments and Sites Management Section attached to Cusco’s Decentralized Directorate of Culture (DDCC).
The tasks to be developed are: Restoring the pre-Hispanic Paqlachapata-Lacco-Abra de Ccorao path and the Paqlachapata-Vía Circunvalación sub-stretch.
According to the DDCC, restoration works on the Totora Paqcha archaeological site, the Chinchero-Urquillos Pre-Hispanic trail and Qespiwanka and Ninamarka archaeological sites will also be executed.
The Qhapaq Ñan project, attached to the DDCC, has invested in the development of projects, which comprise restoration, conservation and valuing of the areas.
It also seeks for raising people’s awareness by promoting and spreading information regarding these sites.
He aquí un hecho fresco para compartir con los niños que visitan Machu Picchu en Perú- el lugar probablemente nunca habría sido descubierto sin la ayuda de un niño como ellos.
Vea usted, después de dos años de investigación para determinar la ubicación de la “Ciudad Perdida de los Incas” y recaudar dinero para su expedición, el intrépido historiador y explorador americano Hiram Bingham se adentró en la selva peruana en 1911 con un sombrero de ala colocado firmemente en su cabeza y nada más que una conjetura en cuanto a saber donde estaría el lugar. Finalmente sólo se dio cuenta que se encontraba en el lugar, gracias a la ayuda de un niño de 11 años de edad, un muchachito quechua del lugar.
“Es bastante me dejó sin aliento”, escribió Bingham acerca de su primer encuentro con los vestigios arqueológicos en 1911 en lo alto de los Andes. “¿Qué podría ser este lugar?”
Un siglo más tarde todavía no estamos muy seguros de por qué este lugar fue construido en un lugar que prácticamente toca el cielo -los niños seguramente encontrará convincente este misterio. Nadie está muy seguro cuando fue construido Machu Picchu, conjeturas lo sitúan en torno a 1450- o por qué fue abandonada un siglo después. Los investigadores todavía no están seguros de cuál podria haber siso la función original: un lugar de culto, una propiedad real, un observatorio astronómico? Y nadie puede decir con certeza qué fue de sus habitantes originales.
Es por eso que Machu Picchu es “uno de esos lugares que más impresionan”, manifiesta el editor de National Geographic Traveler, Barton Lewis, que ha estado visitando el lugar desde la década de 1960. “No importa cuáles son sus expectativas, es más de lo que imaginan. Los incas eran el resultado final de 5.000 años de civilización que se inició al mismo tiempo que Egipto y Mesopotamia. A causa de la conquista y la enfermedad, sin embargo, eran sólo alrededor de 100 años. Pero dejaron este sitio sin perturbaciones lo que es simplemente increíble “.
Aproximadamente un tercio de los vestigios arqueologicos han sido reconstruidos y es fácil imaginar cómo la ciudad debe haberse visto en tiempos de los Incas, que se aferra a la cima de una loma verde esmeralda en la selva tropical. Una plaza principal, flanqueada por casas de piedra, templos, talleres, zonas de baño, y un palacio real, rodeado a su vez por terrazas de piedra donde se cultivaron maíz y otros cultivos. Se estima que la población no fueron más de 1,000 en cualquier momento dado. Aunque los templos reconstruidos son los edificios más impresionantes, la estructura más importante de Machu Picchu es el Intihuatana o ” Reloj solar”, una construcción de piedra, abstracto, misterioso, que los sacerdotes antiguos pudieron haber utilizado para estudiar los cielos y hacer predicciones astrológicas.
El Templo del Cóndor, muestra a los niños cómo la gran piedra en medio de la estructura ha sido tallado para asemejarse a la cabeza, cuello y plumas de un pájaro andino enorme, y cómo las rocas detrás se forman como alas extendidas de cóndor. Y mirando hacia abajo en el Templo del Sol, señalar la Ventana de la Serpiente, que según la leyenda fue utilizado para admitir serpientes al santuario.
Parte de la diversión de Machu Picchu es llegar allí. Casi todo el mundo usa el ferrocarril que recorre una vía estrecha desde el Cusco al Valle de Urubamba. Puede bajar del tren en la marca del kilometro 82 y recorrer el Camino Inca (26 millas) -la ruta de caminata más célebre en toda América del Sur-o continuar en el tren hasta el pueblo de Aguas Calientes, donde los autobuses lo llevaran por una serie de curvas pronunciadas hasta la la cima de la montaña donde encontrará al fabuloso y enigmatico Machu Picchu.
Si sus hijos no desean hacer todo el recorrido que incluye el Camino del Inca, una alternativa es desembarcando en el lugar marcado como Kilometro 104 y caminar las últimas cuatro o cinco horas de la ruta (8,75 millas).
“Es es la mejor manera de ingresar a Machu Picchu”, dice Lewis. “Usted recorrerá por escalinatas de piedra muy empinadas, casi tendrá que subir con las manos. En la cima hay un arco de piedra. Mirará hacia abajo y verá la ciudadela abajo y tendrá una vista asombrosa. ”
Debido a su remota y elevada ubicación, Machu Picchu requiere un poco de preparación, especialmente si la va a visitar con niños. Si el tiempo lo permite, tome unos días para aclimatarse a la altitud del lugar que oscila entre los 6.700 y 12.000 pies sobre el nivel del mar.
“Cuando uno ve Machu Picchu por primera vez que tiene que pararse y tratar de sentirse dentro”, dice Lewis. “Incluso sin conocer el fondo, la cosmología, o la historia, es increíblemente impresionante. Cuanto más se observa y ve, más uno se pregunta respecto a este santuario. ¿Cómo estas personas hicieron esto? Y para qué? ”
Datos rápidos:
Machu Picchu fue construida en dos líneas de falla geológica por lo que no es ajeno a los terremotos. Cuando se dan estos movimiento, las piedras rebotan como si estuvieran bailando y luego vuelva a su lugar. Es a causa de esta obra de ingeniería que el sitio sigue en pie hasta hoy en día.
Hiram Bingham creyó que había descubierto la ciudad perdida de Vilcabamba, a pesar de que ahora sabemos que era Machu Picchu. Sin saberlo, él también había viajado a través de Vilcabamba en 1911.
Tip para entrar: El cobro por entrar a Machu Picchu es una tarifa fija sin importar la hora que llegue al sitio. Asegúrese de llegar temprano para obtener el máximo provecho de su dinero.
La intihuatana es considerada una construcción religiosa del Imperio incaico. Es una escultura monolítica labrada en piedra granítica, de dimensiones de 1 a 2 metros de altura y 2 metros de diámetro. Su forma parte de una base con distintos niveles y en la parte superior se eleva un saliente de aspecto cúbico donde 4 de sus caras indican a una de las principales direcciones geográficas:norte, este, sur y oeste.
Intihuatana es un término quechua que significa “donde se ata (o amarra) el sol (inti)”, y se cree que servía como calendario astronómico para definir las estaciones según la sombra que daba el sol a la base de esa piedra.
De las intihuatanas que quedan, los más conservados se hallan en los sitios arqueológicos de Písac y Machu Picchu. En Machu Picchu el monolito forma parte del grupo intihuatana junto con 4 terrazas y 2 recintos del tipo huayrona, dentro del sector sagrado construido sobre un montículo natural dándole un aspecto de tronco piramidal y en cuya cima se encuentra dicho grupo intihuatana.
Para muchos visitantes de Perú, Machu Picchu es la principal atracción. Pero Perú es desde un punto de vista ecológico, topográficamente, e históricamente un país rico que sería un desperdicio de viajar todo ese camino sin desviarse un día extra o tres para apreciar algunas de otras maravillas que posee este extraordinario país.
1. Canotaje en el río sagrado
Los Andes son generosos con las aguas bravas, es producto inevitable de las pendientes pronunciadas que canalizan el agua del deshielo de los glaciares en cañones estrechos. Como resultado, el Perú es un lugar fantástico para hacer rafting. Un lugar popular para remar, es el río Urubamba, que el Inca habría venerado como una deidad, se realiza a través del Valle Sagrado cerca de Cusco y, finalmente, los vientos en una forma de omega te llevan alrededor de Machu Picchu. Un viaje típico es el tramo Chuquicahuana, un hermoso rincón del Alto Urubamba, que cuenta con rápidos de clase III y se puede hacer en un día de viaje desde Cusco. (Evitar el río abajo en el Urubamba, que pasa a través de una sección contaminada del río.) Los Palistas más aventureros pueden hacer frente a la aguas bravas clase IV-V del río Apurímac. La traducción de su nombre- “Gran Orador” -Ofrece una indirecta de los rugientes rápidos que le esperan.
2. Caminata Cañon del Colca
Nadie está completamente seguro de la profundidad del Cañón del Colca, pero los científicos han determinado que la distancia desde el borde al fondo es de más de 10.000 pies- el doble de profundidad del Gran Cañón. El Colca también es generalmente conocido como uno de los lugares más bellos del mundo. El inmenso espacio dentro de esas paredes imponentes está lleno de algunos de los paisajes más espectaculares de América del Sur: valles vírgenes, terrazas agrícolas pre-colombinas que siguen en uso, volcanes inactivos, y oasis verdes. La vicuña, primo más pequeño de la llama, es algo loco que puedes ver aquí. La vista obligada de la visita del Colca, sin embargo, es el cóndor andino majestuoso, un ave cuyas poblaciones están disminuyendo pero que aun se pueden ver en la montaña llamada Cruz del Cóndor. Es posible llegar al Colca por tierra desde Cusco, pero la forma más fácil es tomar un vuelo de 45 minutos a Arequipa, que también pasa a ser la más encantadora ciudad del Perú.
3. Visita la Fauna del Parque Nacional del Manu
Probablemente no hay viaje que mejor ilustra los diversos ecosistemas del Perú que están apilados uno encima de otro en la transición de las frias alturas andinas de Cusco es la exuberante selva amazónica del Parque Nacional del Manu. Esta biosfera, cuya preservación fue posible gracias a su lejanía, es posible visitarla sólo en un viaje en avión de 45 minutos de distancia desde Cusco (o por carretera, de 8 a 24 horas o más, si el tiempo lo permite, además de un viaje de 45 minutos a la zona reservada). La mayoría de los viajes dentro de Manu se hace por barco, que permite vistas de una de las franjas más conservados del mundo de selva tropical, que incluye más de 15.000 especies de plantas. Manu es más conocido, sin embargo, por su variedad siperior de vida animal: jaguares, tapires, lobos de río, 13 clases de monos, y por lo menos un millón de especies de insectos diferentes. Manu es en particular una visita obligada para los observadores de aves, ya que allí se encuentran más de un millar de especies de aves (diez por ciento del total de lo que se pueden encontrar en los EE.UU. y Canadá juntos) que viven dentro de las fronteras del Manu.
4. Sobrevolar las Líneas de Nasca
Un viaje a Machu Picchu casi siempre requiere de conexiones en Lima, vibrante capital costera de Perú. Una vez allí, se puede facilmente organizar un corto vuelo para ver las Líneas de Nasca, que rivalizan con Machu Picchu como maravilla más grande del antiguo Perú. ¿Pero porqué la necesidad de una perspectiva aérea? Es pues debido a la inmensidad de los geoglifos que aparecen como si hubieran sido grabadas en el suelo: arañas, llamas, peces, monos, y más, algunos de ellos se extienden a más de 600 metros de diámetro. (Su extensión era desconocida hasta la década de 1930, cuando los pilotos comenzaron a volar a través del desierto de Nasca.) El propósito original de las imágenes grabadas en el suelo. Sigue siendo uno de los grandes misterios del mundo, a veces se citan a extraterrestres como su fuente, pero generalmente se cree que las líneas han sido creadas por la gente de Nasca hace entre mil y dos mil años, como parte de un ritual religioso.
5. Ciclismo por los Andes
Dos cosas nunca son escasas en los Andes: caminos de tierra y descensos empinados. Es por eso que la zona cercana a Machu Picchu y Cusco es primordial para el ciclismo de montaña. Es posible organizar su propia gira de dos ruedas, pero usando un guía local le dará acceso a un vehículo de apoyo (crucial en una zona donde son prácticamente desconocidas las tiendas de bicicletas), el conocimiento local del sistema de carreteras a menudo confuso de Perú, y, en caso de que desee apoyo, un vehículo para portear su bicicleta hasta ascensiones brutales de la zona, para que pueda disfrutar de sus vacaciones en vez de jugar a Lance Armstrong. Algunos de los mejores viajes que se incluyen son el Valle de Lares; Valle Sagrado y ruinas Inca ruinas, que se extiende desde Pisac hasta Ollantaytambo; y un día, altímetro-que revienta de una milla más de descenso a partir del pase del Abra Málaga, a 13.000 pies. Algunos proveedores de equipos incluso ofrecen carreteras alternas de viajes desde Cusco hasta lugares muy cercanos a Machu Picchu.