En el desarrollo de la celebración de la Expansión Territorial de Laredo, realizada el día 17 de junio por la Municipalidad de Laredo, se contó con las ponencias de Pablo Namay quien resumió la gestión de la creación política de Laredo. Por su parte el arqueólogo Daniel Castillo Benítez, toco el tema “Conociendo la Prehistoria de Laredo”, dio cuenta de un elemento recurrente dentro de este espacio territorial, todo indica que sus hombres en el pasado siempre se sobrepusieron a las desavenencias hidro climáticas de la naturaleza y su sentido de pertenencia les impulso a erigirse y luego expandirse.
Castillo, menciono el aporte de las investigaciones arqueológicas hasta la fecha, que reafirman la ocupación en el valle Santa Catalina desde los 12 mil años a.C., sostuvo que fueron los descendientes de los Cupisnique de Cerro Blanco (500 a.C.) que se desplazaron al valle Moche y edificaron Huacas del Sol y La Luna, decoraron sus pinturas murales el templo de Huaca de La Luna. Posteriormente cuando el fenómeno del niño destruyo completamente a los mochicas, a pesar de los sacrificios humanos, se desplazaron a la localidad de Galindo, donde se evidencian testimonios de cambios suscitados, indicadores diagnósticos que se fueron gestando en el valle de Santa Catalina y se ven reflejados posteriormente en Chan Chan.
Respecto al patrimonio e identidad, el arqueólogo fue puntual sobre la importancia de preservar los recursos arqueológicos y la necesidad existente de fomentar identidad en dicha jurisdicción a fin de tener un sentido de pertenencia con su pasado milenario. Preciso que la Ley de Municipalidades, establece que para uso turístico es prioridad la investigación, Conservación y Uso Social de los sitios arqueológicos, dichas actividades son de vital importancia para afianzar el desarrollo económico social de los pueblos, comparten ese sentir la actual gestión del alcalde Sergio Vílchez Neira que apuestan, que ello traerá impacto positivo para Laredo, entendiéndose que esta localidad es la despensa para el turista por estar estratégicamente inmediato a Trujillo y por mucho tiempo ha estado en el olvido.
Entre la afluencia de asistentes estuvieron los estudiantes de colegios locales invitados. El arqueólogo preciso respecto a la importancia de conocer este pasado, así como proyectarse con los recursos que aún se mantienen en pie, porque Laredo alberga un potencial de recursos que le permite ser una reserva para el turismo, sin embargo, se tiene que actuar hoy para no perderlos; sea por invasiones, ampliación de campos de cultivo o por actividades de huaqueo, menciono que hace 20 años que se ausento de Trujillo, que nada ha cambiado ni mejorado, solo se ofertan dos sitios; Chan Chan y huaca de la Luna, los turistas lo visitan en la mañana o en la tarde y por la noche abandonan la ciudad de Trujillo. Existe la necesidad de mayores inversiones por parte del estado y el empresariado, y se tiene que apostar por el turismo sostenible y solo un trabajo articulado podrá hacer de Laredo un referente turístico refirió el reconocido arqueólogo. Cabe destacar que Castillo es uno de los pocos arqueólogos que se proyecta a la comunidad y estudiantes.
La periodificación es un estratégico punto de intersección entre la propuesta teórica y la investigación empírica. Su historia resume bien los debates por los que ha atravesado la arqueología peruana. La variedad de periodificaciones postuladas y/o practicadas en el área central andina, las convierte en un privilegiado campo de estudio. Asumida la necesaria reciprocidad entre el avance de toda disciplina y el conocimiento de su historia, se plantea este recorrido por los principales sistemas de periodificación, los enfrentamientos entre tendencias y el panorama actual. No se trata de un enfoque teórico, antes bien historiográfico de un aspecto específico de la arqueología peruana. El objetivo es hacer una genealogía crítica y funcional, es decir presentar la génesis de los esquemas conceptuales actualmente utilizados, sus conexiones y límites.
Autor: Gabriel Ramón Joffré
Estadio
Cronología
Rasgos
Primeros agricultores
3000 (?)
– 1000 a. C.
En general costeños, sin cerámica. La información esencialmente provenía de Huaca Prieta. Con Tello, sostenían que aunque en la costa había evidencias del inicio de la cerámica, se trataba de reflejos serranos.
Cultistas
1000 a. C. – 0
Florecimiento repentino y abrupto, presencia de cerámica bien elaborada. Sin control agrícola completo de los valles. Las manifestaciones del motivo felínico sugieren un fuerte culto religioso y permiten hablar de un horizonte chavín.
Experimentadores
0 – 600
Escasamente vinculados al estadio previo, aunque la cerámica utilitaria, no decorada, mostraría la continuidad de población. Presencia del horizonte Blanco sobre Rojo permitiría sincronizar las manifestaciones culturales, aunque —a diferencia del Chavín— no indicaba uniformidad cultural.
Maestros artesanos
600 – 1000
Culminación tecnológica y artesanal, iniciada en el periodo previo. Sin horizonte estilístico y con profunda regionalización (Nazca, Moche).
Expansionistas
1000 – 1200
Caracterizado por la conquista como forma de dominio. Continuas guerras internas y desbarajuste de los sistemas hidráulicos. Presencia del horizonte Tiahuanaco (complejo: cerámica, textiles, lítico) vinculado al fenómeno expansionista. Luego aparecen estilos locales y en la costa norte el horizonte Negro, Blanco y Rojo.
Constructores
de ciudades
1200 – 1450
Aparecen estilos locales que van más allá de lo Tiahuanaco. En cada área principal hubo una cultura. Caracterizado por la presencia de pueblos planeados a gran escala.
Imperialistas
1450 – 1532
Imperio político y horizonte complejo (cerámica, arquitectura, técnicas, textilería, metalurgia). Se complementa con información etnohistórica.
En una entrevista concedida en 1997, un arqueólogo peruano relató una curiosa anécdota: tras sucesivas reediciones, los editores estadounidenses de su manual sobre arqueología andina le solicitaron (en 1992) que lo revisara. El autor pidió que dejaran de publicarlo. Esta renuncia pasaría desapercibida si no se tratara de un clásico local: De los pueblos, de las culturas y las artes del Antiguo Perú de Luis Lumbreras1. Esta síntesis fue un hito en la arqueología nacional y su impronta ha resultado decisiva en esta disciplina. Su eficacia estaba íntimamente vinculada a la propuesta de periodificación ensayada en trabajos anteriores (Lumbreras, 1969a) y consagrada en aquella publicación (Lumbreras, 1969b). Luego de tres décadas, e incluso después de la renuncia del propio autor, resulta significativo que el esquema planteado en este libro perdure prácticamente incólume como referencia para muchos especialistas —mayormente locales— dedicados a la historia de los Andes centrales prehispánicos. De los pueblos…. resultó de la estudiada organización de un gran corpus informativo en un esquema evolutivo, sintetizado en su multicitado cuadro cronológico. Sin obviar méritos intrínsecos, entre los diversos motivos para explicar la permanencia de esta propuesta, no puede descartarse la posterior desatención a este tópico. Complementariamente: es preciso interrogarse por el papel de la periodificación para la arqueología peruana actual, no como ornamento, antes bien como trama del razonamiento arqueológico.
Por tradición —y presupuesto— las investigaciones en el área andina se han centrado en determinados sitios o valles. De modo que la abundante información monográfica contrasta con la escasez de trabajos de síntesis (Bonavia, 1991: 6). Y cuando ocasionalmente aparecen, es obvio que pese a la abundante información ofrecida, suelen flaquear en su mecánica interna, es decir, en la nomenclatura y la periodificación. Esto opaca la relación entre corpus e hipótesis. Sin embargo, la importancia de la periodificación no se restringe a las obras generales, siendo relevante desde el grado cero de la investigación arqueológica. Para organizar la información obtenida por los más diversos medios (excavación, prospección, estudio de colecciones, etc.) los arqueólogos utilizan —tácita y/o explícitamente— categorías alusivas al tiempo y al espacio, que son las coordenadas de la periodificación (y de la arqueología). Se trata de un paso previo —imprescindible— a la síntesis, y de la columna vertebral de la disciplina, que permite clasificar significativamente las «culturas», explicar los «procesos» e identificar los «sistemas». Conviene entonces aludir a los motivos de la escasa atención al tema.
Al pasar de la época de las grandes síntesis (típicas de la denominada corriente histórico-cultural) a la de los problemas específicos (que caracteriza el enjambre de tendencias posteriores), se soslayó la periodificación, ya que había llegado el momento de analizar casos puntuales, de limitarse a las explicaciones sincrónicas2. Por lo menos en nuestro medio, la actitud asumida en este trance acarreó una falacia (que la atención a problemas determinados permite obviar su división temporal específica y comparada) y tuvo algunas consecuencias:
a. la permanencia (directa o indirecta) de las categorías planteadas en la primera época;
b. la falta de discusión respecto a los criterios de organización informativa al interior de cada sección específica (léase «cultura»)
c. la proliferación de híbridos que tratan de acoplar nueva información en categorías teórica (y prácticamente) enrarecidas.
Parte del indicado conflicto reside en la ausencia de perspectiva histórica elemental. Para plantear la discusión sobre esta herramienta conceptual en la arqueología peruana y ajustar algunos cabos, se ensayará su genealogía razonada. Pese a lo mucho que puede haberse modificado esta disciplina en las últimas décadas, la inclusión de «cuadros» o esquemas, es una constante. El espacio andino ha sido objeto de recurrentes periodificaciones, lo que permite trazar una historia particularmente densa de este tópico4. Dada su continuidad, la comparación de estos esquemas es útil para conocer ¿cómo?, ¿en qué?, e incluso ¿por qué? han variado las interpretaciones acerca del pasado andino5.
A grandes rasgos, podría decirse que en nuestro medio han primado dos formas de periodificar o clasificar temporalmente el material arqueológico: la evolutiva y la cronológica. Quienes optaron por la primera, han preferido los estadios para organizar sus investigaciones, ordenando sus categorías en base a criterios económicos o políticos. En el segundo caso, se considera al periodo como elemento organizativo clave, no otorgándole más valor que el estrictamente cronológico. No se trata de propuestas excluyentes, pero es preciso distinguirlas6. La falta de atención sobre este tema es causa y efecto de graves incongruencias, manifiestas en las investigaciones, en las publicaciones y especialmente en los guiones de los museos. Las recurrentes críticas a las incoherencias en la nomenclatura y la periodificación (Kroeber, 1942; Schaedel en Varios, 1959; Lumbreras, 1981: 22, inter alia) no han implicado —ni implican— desconocer su valor como instrumento metodológico.
1. Arqueólogos en busca de horizontes
Luego de una primera etapa principalmente dedicada a organizar las colecciones americanas de algunos museos de su tierra natal, y escribir un par de libros sobre el tema, Max Uhle (1856-1944) viajó a los Andes8. Entre los múltiples aportes de este sinólogo alemán, valga citar dos. Primero, la excavación sistemática en Pachacamac (1896-1897) que le permitió reconocer la superposición de tumbas, que sirvió de base para la primera secuencia cronológica estratigráficamente sustentada. Uhle corroboró su experiencia museográfica previa, distinguiendo entre el material Tiahuanaco e Inca, y ubicando entre ellos los estilos epigonales. En segundo lugar, al observar la relativa ubicuidad sincrónica de determinados estilos, acuñó el concepto de «horizontes cronológicos». Estos le sirvieron para organizar el material hallado durante sus excavaciones por el territorio andino (Uhle, 1902)9. Entre 1899 y 1900, con el apoyo de la Universidad de California, trabajó en los valles de Ica y Nazca al sur y de Moche en el norte. Así ratificó su propuesta y ubicó los estilos Proto Chimú y Proto Nazca antes de Tiahuanaco. Finalmente identificó poblaciones de «pescadores incultos» en distintas zonas de la costa, caracterizadas por la presencia de conchales. Todo esto permitió a Uhle (1970 [1910]) contar con sustento para su primera periodificación:
• Imperio Incaico
• Estilos Epigonales de Tiahuanaco
• Cultura Tiahuanaco
• Culturas Protoides (Proto Chimú, Proto Nazca)
• Pescadores primitivos del litoral
Entre los diversos debates académicos de Uhle, el menos tratado ha sido el que sostuvo con Philip A. Means, autor de varios libros de síntesis sobre el Perú10. Como respuesta a un ácido artículo —donde este historiador norteamericano crtiticaba su cuadro cronológico— Uhle decidió presentarlo y sustentarlo en detalle. En este documento no solo amplía la información sobre la costa central sino del área andina en general, en la que es posible distinguir la recurrencia de ciertas manifestaciones culturales (ver cuadro cronológico en Uhle, 1920: 458).
Dedicado a la arqueología, pero principalmente en paises vecinos (Chile, Ecuador), Uhle continuará defendiendo su esquema cronológico general, sin alterar sus rasgos esenciales (cf. 1955 [1939]). Complementariamente, la labor de organizar y estudiar las colecciones recolectadas durante sus excavaciones quedará en manos de Alfred L. Kroeber (1876-1960). Este antropólogo norteamericano y sus colaboradores (Anna Gayton, Lila O’Neale, William Strong) asumirán la publicación sistemática del material de Uhle, complementándola con expediciones al Perú. Uhle había delimitado los bloques mayores del pasado andino: Kroeber emprenderá el primer refinamiento de las cronologías relativas internas de estas grandes secciones, que nace precisamente del afán de clasificar el material publicado. Hacia 1930 su periodificación general comprendía cuatro segmentos: Periodo Temprano, Periodo Medio u Horizonte Epigonal-Tiahuanaco, Periodo Tardio, Periodo (u Horizonte) Inca. Esta clasificación que tenía como base el valle de Moche, permitía distinguir entre estilo y tiempo, y su utilidad hizo que se difundiera rápidamente. Curiosamente fue el propio Kroeber el primero en abandonarla en su último trabajo de síntesis (Rowe, 1959a: 3-4). En este libro, además de presentar su material y sus cronologías específicas, Kroeber (1944: 108) incluyó una sección conceptual, donde definía el estilo de horizonte (horizon style) como:
«[…] one showing definably distinct features some of which extended over a large area, so that its relations with other, more local styles serve to place these in relative time, according as the relations are of priority, consociation, or subsequence».
Paso seguido, Kroeber ubicaba los casos concretos. A los estilos de horizonte ya establecidos: Inca, Tiahuanaco (identificados por Uhle) y Chavín (por Tello), agregó el Negativo y —como posibilidadades— el Blanco sobre Rojo y el Nazca B-Y. Con base en estos marcadores estilístico-cronológicos elaboró un cuadro general más sofisticado (ver cuadro cronológico en Krober 1944: 112).
El tercer personaje de esta primera época es Julio C. Tello (1880-1947) quien en uno de sus primeros trabajos de síntesis propuso su Teoría andina de las tres épocas discutiendo lo que denominó Teoría de las importaciones culturales centroamericanas de Max Uhle. A Tello le interesaba resaltar el papel de la sierra en el proceso histórico andino. En tal sentido, indicó que antes que los pescadores costeños optaran por la agricultura, los pobladores de la selva ya habrían tenido ciertos cultivos, que luego difundieron a la sierra y finalmente al litoral. La civilización sería típicamente serrana, la costa, un área receptora de influencias. Las Tres grandes etapas o épocas derivadas de una misma cultura desarrollada en la sierra comenzaron con una Primera época megalítica o arcaica andina que, por el avance de su arte lítico y textil, habría durado más tiempo (10 siglos). Durante la Segunda época del desarrollo y diferenciación de las culturas del litoral, la civilización habría descendido a los llanos por las quebradas cisándinas, coexistiendo con las nuevas culturas Muchik y Nazca, derivadas de la arcaica andina (8 siglos). Finalmente, la Tercera época de las confederaciones tribales, se extendía hasta los incas (355 años) (Tello, 1929: 17-26). Posteriormente, el médico huarochirano ratificó su esquema, recalcando que mientras en la sierra se daba una especie de continuum cultural, los grandes yacimientos de la costa evidenciaban claras modificaciones (Tello, 1980 [1932]: 108). Los «troncos culturales» serranos se habrían propagado al litoral en sucesivos periodos. Las culturas de Chavín y Mantaro formaron el primer Horizonte o Estrato Inferior del Litoral. Las culturas de Cajamarca, Apurímac y Tiahuanaco unidas a las culturas locales formadas al impulso de las primeras constituyeron el Horizonte Medio. Junto con las culturas desarrolladas, la Inca formó el Estrato superior. Como corolario y sustento de su propuesta produjo un esquema, formalmente muy distinto a los anteriores, dividido en edades12 (ver cuadro cronológico en Tello, 1942 [1939]: lámina VII).
La comparación entre los tres cuadros precedentes permite observar una diferencia estructural: Uhle enfatizaba en la dinámica del proceso, Tello en la permanencia. El primero remarcó las subdivisiones, el segundo las soslayó (y confundió). Kroeber no es un punto medio, sino quién precisa e intensifica la ruta de pesquisa instaurada por Uhle, mientras trata de incorporar el caudal informativo obtenido por Tello, de cuyos criterios interpretativos difiere radicalmente (cf. Kroeber, 1942; 1944). Desde entonces, el término horizonte tiene significados opuestos. Para Uhle resulta de una unificación efímera, para Tello ratifica la unidad andina. Kroeber hace del estilo de horizonte una herramienta de trabajo, que le permitirá sintetizar la información existente y ratificar la trilogía clásica: Chavín, Tiahuanaco e Inca.
2. Consensos evolucionistas: la mesa redonda de Chiclín (1946), el proyecto Virú, y sus epígonos
Concluida esta etapa fundacional de las periodificaciones arqueológicas, aparece una nueva generación de investigadores. En el caso peruano se trata de la segunda, en la que destaca el ingeniero Rafael Larco Hoyle (1901-1966), y para los extranjeros, de la tercera. La intersección de ambas se dará en la Mesa Redonda de Chiclín, promovida conjuntamente por los miembros del proyecto del valle del Virú del Institute of Andean Research y Larco Hoyle, en agosto de 1946. Aunque la convocatoria incluía a las principales autoridades nacionales (Jorge Muelle, Julio Tello y Luis Valcárcel), de los peruanos solo participó el anfitrión. En la primera jornada, los arqueólogos norteamericanos presentaron informes parciales sobre sus investigaciones: Junius Bird (Descubrimientos Precerámicos), Donald Collier (Culturas Post Mochica en el Virú), James Ford (Muestreo de Superficie), Gordon Willey (Patrones de Asentamiento en el Virú), Wendell Bennett (Grupo Gallinazo), William Strong (Secuencia Estratigráfica del Virú) y W. Mc Bryde (Aspectos Geográficos del Virú). Al día siguiente, basándose en sus estudios de campo y el abundante material depositado en el museo de su hacienda, Larco presentó su secuencia para la costa norte que —de acuerdo al testimonio de Willey (1946a: 132-134)— salvo en ligeros detalles, coincidía con el cuadro presentado por Strong para el Virú. Según el propio autor la secuencia que expuso comprendía siete épocas: Pre-cerámica, Inicial Cerámica, Evolutiva, Auge, Fusional, Imperial, Conquista (Larco, 1948: 10).
No era la primera vez que Larco planteaba su periodificación. En 1938 (pp. 36-49) había publicado una cronología de las culturas costeñas, que esbozaba siete épocas, pero apenas caracterizadas. En 1946 distinguió más detalladamente Cupisnique, Salinar y Mochica, sin hacer mayores conexiones evolutivas. La secuencia que presentó en la Mesa Redonda de Chiclín sería actualizada con las investigaciones de Bird en el sitio de Huaca Prieta, y presentada en el Congreso de Americanistas (1950). Posteriormente, su periodificación se mantendrá (comparar Larco, 1948 y 1963). Sus épocas estaban principalmente basadas en la cerámica como elemento diagnóstico y divididas en periodos (inicial, medio y último) para realizar una mejor explicación de la «evolución de las culturas». Así, por ejemplo —indicaba Larco— la época evolutiva (que a grandes rasgos correspondería con el formativo de Willey) se iniciaba con la cerámica hecha en molde, sin el felino estilizado como motivo decorativo. En el periodo medio de esta época, el motivo felínico se convertía en elemento diagnóstico básico. Finalmente, en el último, desaparecía, siendo reemplazado por dibujos geométricos incipientes, aplicados con brocha sobre la cerámica sin engobe (Larco, 1963: 18).
Conviene volver a la discusión principal de la Mesa Redonda de Chiclín, ya que estuvo centrada en la periodificación, específicamente en la contraposición entre criterios cronológicos y evolutivos. Se intentaba aclarar si las épocas eran periodos de historia simultáneos en los distintos valles o si eran estadios de desarrollo en los que la contemporaneidad era puramente fortuita. Fue entonces que Willey resumió el rasgo básico de la concepción temporal del proyecto Virú. Debido a las particularidades del área andina, se podía establecer una gruesa equivalencia:
«[…] si las Épocas fueron niveles básicamente horizontales en una trama temporal, la proximidad entre los centros culturales del Antiguo Perú permitía un rápido intercambio, y las tendencias de desarrollo afectaban a todos los centros casi simultáneamente. Así, las Épocas u horizontes temporales parecían corresponder con niveles generales de desarrollo cultural dentro de la intensiva área cultural peruana» (Willey, 1946a: 134).
Se concluyó que la prehistoria peruana podía ser segregada en épocas horizontales significativas (significant horizontal Epochs), de las cuales las principales se aproximarían a las siete ya citadas. Los asistentes al evento resolvieron que el procedimiento válido para definir cualquier epoca histórica horizontal (horizontal historical Epoch) sería determinar una especie de «mínimo común denominador» para todas las culturas pertenecientes a ese periodo1.
Pocos meses antes de realizar la conferencia de Chiclín (1946), el Institute of Andean Research había iniciado el Proyecto del valle del Virú. La investigación intensiva —y fugaz— en el mencionado valle permitió trazar un cuadro completo de su historia cultural, surgiendo así la primera secuencia referencial —de corte evolutivo— de la arqueología peruana15. El ajuste conceptual complementario a la mencionada reunión fue el Simposio de Nueva York (17-19 de julio de 1947) donde participaron básicamente los mismos estudiosos16. Se presentaron algunas herramientas conceptuales, como la «co-tradición» (Bennett) o una revisión de los «horizontes» (Willey), algunos resultados puntuales, y ensayos de clasificación evolutiva específica (Strong) y general (Steward). En un momento que se realizaban grandes síntesis sobre los sistemas económico-sociales a nivel mundial, la costa norte, y específicamente la secuencia del valle del Virú, se convirtió en el modelo para interpretar la historia de toda el área andina. La secuencia local quedó automáticamente ajustada a los parámetros de una nomenclatura universal.
Un acontecimiento bibliográfico inmediatamente previo al proyecto Virú fue la publicación del Handbook of South American Indians, dirigido por Julian Steward. En su segundo volumen (1946) —una gran síntesis de la historia andina— habían publicado prácticamente todos los participantes de la Mesa de Chiclín. Aún más voluminosas resultaron las consecuencias editoriales: de toda la serie de publicaciones, cabe detenerse en Andean Culture History (1949) de Bennett & Bird, que consagra la proyección teórica del pequeño valle septentrional. Anteriormente Bennett (precisamente en el Handbook… 1946: 80) había planteado un esquema de síntesis, pero las marcadas diferencias respecto a la propuesta posterior dan cuenta de la impronta del mentado proyecto. La nueva periodificación insiste en el problema de distinguir entre lo cronológico (rasgos que permiten ubicar el material en un determinado momento) y lo evolutivo (rasgos que indican de qué tipo de sociedad se trata). Para organizar la información Bennett y Bird asumen dos tipos de horizontes: simples (caracterizados por un rasgo único, p.e. la cerámica o la textilería) y complejos (caracterizados por un conjunto de técnicas). Tales horizontes permitían sincronizar la información de distintos valles. Para situar cronológicamente las manifestaciones culturales de un valle bastaba con ubicar los horizontes (p.e. Inca o Tiahuanaco) y hacer comparaciones con la secuencia del Virú. La presencia de una serie de estilos horizontales en los Andes Centrales proporcionaba pruebas adicionales de su unidad cultural. El concepto de horizonte de estos arqueólogos norteamericanos contaba con un valor esencialmente homotaxial, cultural (ver cuadros cronológicos en Bennett & Bird, 1949: 112; 1960: 82-83). Considerado lo anterior, estos autores esbozaron la periodificación que se convertiría en prototipo de la tendencia evolucionista. Es preciso resumirla como se ve en el cuadro de la página siguiente.
El enfoque evolucionista de Bennett y Bird aprovechaba aspectos estilísticos, como los horizontes, para organizar la información. A la trilogía básica (Chavín-Tiahuanaco-Inca) sumaban otros horizontes de referencia (Blanco sobre Rojo y Negro, Blanco y Rojo). A eso le agregaban la supuesta homogeneidad intrínseca del área andina (co-tradición) para justificar la generalización de los estadios. Este manual tuvo un éxito inmediato, e incluso epígonos, aunque no faltaron las críticas18. En 1956 Geoffrey Bushnell retomará el esquema, añadiendo el hipotético periodo de los Cazadores tempranos y denominando —a la mexicana— Clásico al de los Maestros Artesanos. Al año siguiente, Alden Mason —inspirándose también en Steward (1948)— combinará más aún el cuadro: Incipiente (Preagrícola y Agrícola temprano), de Desarrollo (Formativo, Cultista y Experimental), Floreciente y Culminante (Expansionista, Urbanista e Imperialista)19. Estas últimas fueron solo algunas de las diversas nomenclaturas propuestas, y contribuyeron a una mayor confusión. Se ha observado que estas periodificaciones revelan la principal dificultad de usar estadios como formas de organizar la información, ya que se debe asumir sincronía de eventos semejantes en un área amplia con —supuesta— homogeneidad secuencial. Incluso carecen de coherencia interna: antes que por usar términos enteramente subjetivos (v.g. clásico), por mezclar criterios (artísticos, económicos, etc.) en una misma secuencia. (Lanning, 1967: 23).
Estadio
Cronología
Rasgos
Primeros agricultores
3000 (?)
– 1000 a. C.
En general costeños, sin cerámica. La información esencialmente provenía de Huaca Prieta. Con Tello, sostenían que aunque en la costa había evidencias del inicio de la cerámica, se trataba de reflejos serranos.
Cultistas
1000 a. C. – 0
Florecimiento repentino y abrupto, presencia de cerámica bien elaborada. Sin control agrícola completo de los valles. Las manifestaciones del motivo felínico sugieren un fuerte culto religioso y permiten hablar de un horizonte chavín.
Experimentadores
0 – 600
Escasamente vinculados al estadio previo, aunque la cerámica utilitaria, no decorada, mostraría la continuidad de población. Presencia del horizonte Blanco sobre Rojo permitiría sincronizar las manifestaciones culturales, aunque —a diferencia del Chavín— no indicaba uniformidad cultural.
Maestros artesanos
600 – 1000
Culminación tecnológica y artesanal, iniciada en el periodo previo. Sin horizonte estilístico y con profunda regionalización (Nazca, Moche).
Expansionistas
1000 – 1200
Caracterizado por la conquista como forma de dominio. Continuas guerras internas y desbarajuste de los sistemas hidráulicos. Presencia del horizonte Tiahuanaco (complejo: cerámica, textiles, lítico) vinculado al fenómeno expansionista. Luego aparecen estilos locales y en la costa norte el horizonte Negro, Blanco y Rojo.
Constructores
de ciudades
1200 – 1450
Aparecen estilos locales que van más allá de lo Tiahuanaco. En cada área principal hubo una cultura. Caracterizado por la presencia de pueblos planeados a gran escala.
Imperialistas
1450 – 1532
Imperio político y horizonte complejo (cerámica, arquitectura, técnicas, textilería, metalurgia). Se complementa con información etnohistórica.
3. Sincronizar conceptos: las mesas redondas de Lima (1953, 1958, 1959)
Es fácil imaginar la situación imperante a inicios de los cincuenta si ya una década antes, Kroeber (1944: 225-226) se quejaba de las disputas sobre nomenclatura. La Mesa Redonda sobre Terminología Arqueológica realizada en enero de 1953 estuvo dedicada a afrontar estas dificultades. Participaron especialistas nacionales (Jorge Muelle, Toribio Mejía, Augusto Soriano, Luis Valcárcel) y estadounidenses (Richard Schaedel, Louis Stumer, William Strong). Luego de esbozar una «Teoría de sistemas de clasificación», propusieron una serie de términos aplicables a las culturas de la costa y la sierra. La discusión se basó en los sistemas de Julio Tello (Tres Épocas) y Rafael Larco (Siete Épocas), considerando especialmente lo resuelto en Chiclín (1946). Para denominar las culturas se recurrió a dos criterios: étnico y sitio tipo. En caso de contar con evidencia histórica (p.e. crónicas) se aplicaba el primero y se utilizó en los grupos culturales posteriores a la influencia tiahuanacoide. El segundo servía en todos los demás casos y podía ser tanto el primer sitio donde se había identificado la cultura como donde se le encontraba exclusivamente (Varios, 1953). Con base en ambos criterios, se eliminó más de medio centenar de nombres de sitios y estilos costeños: 24 del norte, 23 del norcentro y 10 del sur. Eran patentes los problemas provocados por las periodificaciones apresuradas. Durante las sesiones de discusión, Muelle advirtió:
«Los términos arcaico y clásico son alusivos a estilos artísticos. Cuando los empleamos estamos aludiendo a una clasificación del material, debemos desterrarlos de la clasificación de la cultura». (Varios, 1953: 9)
«Cuando decimos Chavín clásico no [nos] estamos refiriendo a la clasificación político-económica sino al estilo». (Varios, 1953: 12)
Se adoptó dos sistemas paralelos: uno de criterio económico (Pre-agrícola, Agrícola Incipiente y Agrícola) y otro sociopolítico (Formativo, Florecimiento Regional, Gran Fusión, Reinos y Confederaciones, e Imperio). Aunque todavía muy condicionada por la información norcosteña, esta reunión permitió establecer una terminología uniforme. Desde entonces, las convenciones establecidas sirvieron de referencia para los informes de excavación, tanto en la denominación de los estilos como en la nomenclatura de las divisiones temporales20.
1958 fue un año especialmente significativo para la periodificación. En Estados Unidos, se publicó Method and Theory in American Archaeology, y en Lima se realizaron dos encuentros sobre terminología arqueológica. El libro de Willey & Phillips (1970 [1958]) era un manual para la clasificación cultural, que incluía desde la definición de conceptos operativos hasta la proposición de una clasificación evolutiva continental. En la primera sección se plantea la diferencia entre horizonte y estilo de horizonte, considerando este último como una vía de acceso al primero, que debía ser más ampliamante definido. Caracterizaron al horizonte como «a primarily spatial continuity represented by cultural traits and assemblages whose nature and mode of occurrence permit the assumption of a broad and rapid spread», agregando que las unidades arqueológicas vinculadas por el horizonte eran solo apróximadamente contemporáneas (Willey & Phillips, 1970 [1958]: 33). En la sección dedicada a la síntesis cultural proponían los siguientes estadios: Lítico, Arcaico, Formativo, Clásico y Postclásico. El Lítico correspondía a los orígenes del poblamiento americano, el Arcaico a los cazadores, recolectores y pescadores del Holoceno, sin conocimiento de la cerámica, y teóricamente de la agricultura. El Formativo estaba conformado por los primeros grupos agricultores, generalmente poseedores de cerámica y el Clásico se vinculaba a la edificación de centros urbanos. Finalmente, el Post-Clásico aludía a los estados militaristas. Los primeros tres estadios se detectaban en toda América, los dos últimos solo en los Andes y Mesoamérica.
En enero del mismo año se realizaba en Lima un evento de signo opuesto: la Mesa Redonda de Ciencias Antropológicas (Varios, 1958). Fue entonces que Jorge Muelle, Eugene Hammel y Edward Lanning disertaron Sobre el concepto de horizonte en la arqueología peruana. En franca distancia con tendencias anteriores, calificaban a las secuencias evolucionistas apresuradas como «meta-arqueología». Como elemento ordenador para las clasificaciones proponían una redefinición del horizonte. Advertían que no se trataba de un fenómeno plenamente simultáneo, dado que era muy difícil la difusión instantánea de un estilo. El horizonte, podría representarse como una línea ligeramente inclinada. En sus términos,
«Horizonte es el plano imaginario que conecta un segmento dado de una columna estratigráfica con el segmento análogo de otras columnas en el esquema clasificatorio. La conexión se hace por la identificación de un mismo complejo morfológico». (Muelle et al., 1958: 73)22
Aunque la historia de este encuentro está apenas documentada, hay indicios de que entre las decisiones finales, se reconoció como marco organizativo básico, el cuadro cronológico de John Rowe, entonces denominado esquema «tempo-espacial»23.
En agosto de 1958, se efectuó la Mesa Redonda de Terminología Arqueológica en el marco del Segundo Congreso Nacional de Historia24. La ponencia principal estuvo a cargo de Richard Schaedel quien resumió las conclusiones de la Mesa de 1953 y defendió su vigencia. Para este arqueólogo norteamericano, el sistema de estadios (Steward, Strong, Willey) era indispensable para la comparación transcultural. Para la nominación de sitios insistió en aplicar los criterios ya acordados y en la necesidad de conciliar entre «subdivididores» (principalmente norteamericanos) y «sintetizadores» (mayormente peruanos). En seguida, se pasó a discutir la aplicabilidad de la nomenclatura evolutiva anteriormente aprobada. Si bien hubo diversas observaciones puntuales, la crítica más insistente fue de un alumno de Jorge Muelle: Luis Lumbreras. Resaltó la dificultad de utilizar el sistema sustentado por Schaedel para la Sierra Central, donde el orden de los estadios era distinto, y defendió la utilidad de la propuesta «tempo-espacial» de Rowe. Finalmente se aprobó una modificación específica en la nomenclatura (reemplazar el término Florecimiento por Configuración). Sin embargo, lo más significativo —ya que preludiaba posteriores debates— resultó el contrapunto Schaedel/Lumbreras defendiendo la secuencia evolutiva y el sistema de Horizontes e Intermedios, respectivamente (Varios, 1959: 30-34)25.
La evidente brecha entre ambas tendencias encontró un escenario idóneo en la Semana de Arqueología Peruana organizada por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en noviembre de 1959. En este hito académico perduraba la búsqueda de conceptos sistematizadores (no necesariamente evolutivos) para la arqueología andina. Lo marcante en tal sentido fue la ponencia de Rowe. Si bien su propuesta general ya se estaba difundiendo indirectamente, este arqueólogo norteamericano presentó entonces un ejemplo práctico de su metodología: explicó la seriación por semejanza del estilo nasca, realizada en colaboración con Lawrence Dawson. No se trataba ya de los «descubrimientos de sitios» o de las «secuencias regionales» de incógnito fundamento. Luego del recuento analítico de las clasificaciones previas de este estilo, Rowe planteaba una solución, es decir una secuencia cronológica relativa. Sin embargo, lo más novedoso era que explicaba su lógica interna. Esta secuencia se concatenaba a una mayor que estaban elaborando para el valle de Ica. En suma, la ponencia era el indicio de una tendencia, de una escuela. Sin embargo, el evento no fue unísono: permitió confrontar una nueva versión de la propuesta de los estadios (Choy) y la incipiente secuencia maestra (Rowe).
4. El Horizonte redefinido, desde Ica
Aunque la propuesta teórica consolidada de John Rowe debe fecharse en 1962, su aproximación documentada al tema podría remontarse a sus primeros ensayos de datación absoluta a partir de fuentes históricas (1945; 1948). Sus críticas a la tendencia evolutiva son inmediatas al proyecto Virú: aparecen bajo la forma de dos reseñas (1949; 1950) al libro de Bennett & Bird (1949). Su puntería estuvo dirigida a la periodificación, mejor dicho, a desmontar el cuadro sinóptico de sus colegas. Cuestionaba la extrapolación de la secuencia del Virú a los Andes, mostraba puntualmente como esta no se cumplía —especialmente en el sur andino— e indicaba una serie de contradicciones en el propio texto debidas a la impuesta homotaxialidad. Como solución para la síntesis, Rowe sugería la presentación de la secuencia nor-costeña, indicando sus diferencias con las —básicamente paralelas— de la sierra norte y la costa central, pasando luego a describir las secuencias —muy distintas— de la costa sur y Tiahuanaco. El impacto de esta reseña fue inmediato, sus consecuencias paulatinas.
En los diversos artículos de este arqueólogo norteamericano resulta evidente su distancia conceptual frente a la corriente imperante, que no se limita a la periodificación, sino que implica su complemento, el espacio (la definición de área cultural) y —en general— su percepción del pasado. En 1952 Rowe había iniciado con Dawson el mencionado proyecto de seriación de la cerámica paracas y nazca, al que luego se uniría Dorothy Menzel. En colaboración con otros especialistas —también de la Universidad de California (Berkeley)— viajarían recurrentemente a Ica para realizar estudios intensivos: desde el precerámico hasta la época colonial28. Esto le permitió trabajar en dos frentes. El específico, planteando una nueva cronología relativa del material cerámico de Ica. Para elaborar la secuencia del estilo nasca se utilizó como base colecciones de museos. La definición de las fases se sustentó en asociaciones funerarias y en fragmentos hallados en sitios domésticos. Identificados los extremos del estilo (Paracas y Huari), el método de clasificar fue la seriación por parecido, que no asumía a priori la dirección del cambio estilístico, como sí lo habían hecho sus colegas anteriores29. Establecida la secuencia preliminar, se le contrastó con las excavaciones más recientes y con 7 fechados radiocarbónicos. El resultado fue una secuencia de 9 fases (Rowe, 1960b). Para seriar el material paracas se aplicó un modelo semejante. Luego de diversos ajustes, la clasificación preliminar de 4 fases desembocaría en una más refinada —y corregida— de 10 (Rowe, 1957; Menzel et al., 1964)30. Los periodos posteriores de la misma secuencia (del Horizonte Medio al Horizonte Tardío) fueron sistematizados por Menzel (1964; 1971 [1961]; 1976, inter alia). La labor realizada en esta región fue complementada por trabajos paralelos, como la tesis de Edward Lanning (1960) que sirvió para definir el Periodo Inicial y la de Thomas Patterson (1966) sobre el Intermedio Temprano en la costa central.
En el ámbito general, Rowe (1960a [1959]; 1962) reformuló el sistema de referencia cronológica de toda el área andina31. A fin de evitar las dificultades presentadas por los estadios, propuso usar periodos para organizar la información arqueológica. Según su redefinición, estos no aludían a características culturales, servían como mera referencia cronológica —relativa— para organizar el material arqueológico. De este modo se podrían realizar distinciones claras entre estilo y tiempo, trama de la interpretación del proceso cultural32. La base comparativa sería la secuencia maestra de Ica, de inusitada minuciosidad, vinculable a otras áreas por criterios de contemporaneidad absoluta y relativa33. De acuerdo al método de seriación, se asumían los rasgos diagnósticos de la cerámica de esta zona como pauta para establecer una secuencia referencial para clasificar el material del área andina. Consecuentemente, se propuso:
• Horizonte Tardío
• Intermedio Tardío
• Horizonte Medio
• Intermedio Temprano
• Horizonte Temprano
• Periodo Inicial
Así, el Horizonte Temprano se iniciaba cuando las influencias estilísticas chavín se percibían en el valle de Ica. En la misma forma el Horizonte Tardío comenzaba con las primeras evidencias inca en el mencionado valle y no con la emergencia del estado inca en su área de origen. Esta periodificación se restringía a lo cronológico —o mejor dicho, reconocía su valor como paso previo imprescindible— de modo que los horizontes no significaban la generalización de patrones culturales (como en la definición de Kroeber o Willey) sino solo contemporaneidad, para lo cual se proponía una serie de formas de reconocimiento. Más citado que aplicado, desde fines de los cincuenta, el esquema de Rowe se convirtió en el armazón de las diversas investigaciones de arqueología peruana.
El alcance de los cambios producidos por esta escuela puede calibrarse considerando que no solo se trató de modificar la zona (del Virú a Ica) sino el concepto de referencia (de una secuencia homotaxial a una secuencia maestra). No fue únicamente una reformulación teórica del método de clasificación (de la tipología a la seriación por parecido, de lo cuantitativo a lo cualitativo) sino de su aplicación y contrastación intensiva durante aproximadamente dos décadas. Se buscó anular todo sesgo evolucionista que interfiriese el proceso de periodificación/clasificación cultural. En suma, de una forma distinta de formalizar/concebir el pasado.
5. El reflujo de los estadios
Corresponde a Emilio Choy (1915-1976) haber reorientado las propuestas evolucionistas. En su artículo de síntesis sobre La revolución neolítica en los orígenes de la civilización americana, presentado en la Semana de Arqueología de 1959, proponía dos clasificaciones. Primero, para el material de la costa norte (valles de Moche, Chicama, Virú) alude al Salvajismo (o Paleolítico), al Neolítico (que incluye Barbarie Inferior, Media y Superior) y a la Civilización, que se iniciaría con Mochica II y Gallinazo II. Su segunda propuesta abarcaba toda el área andina e incluía: Paleolítico, Mesolítico, Neolítico (o Agricultura Incipiente), División de Clases, Reyes Sacerdotales, Estado y Monarquías Confederativas (1960: 196-198). Antes que incorporar información inédita, Choy esbozo una explicación articulada del proceso. Los artículos de este autodidacta chalaco (1960, 1987 [1967], 1969) evidenciaban un uso del trabajo del arqueólogo australiano Gordon Childe para releer el material recopilado por el proyecto Virú34. Choy no llegó a desarrollar su propuesta, imbricándola detalladamente con material arqueológico. Tal labor quedaría en manos de otro participante de la Semana de Arqueología (1959).
Luego de algunos trabajos menores, en el artículo Acerca del desarrollo cultural en los Andes expuesto en la Mesa Redonda de Ciencias Prehistóricas y Antropológicas (13-18 de octubre de 1965), Lumbreras (1969a) esbozó una síntesis general. Propuso una división regional de los Andes y definió los «periodos» correspondientes para el Área Central: Lítico, Arcaico (temprano, medio, tardío), Formativo (inferior, medio, superior), Desarrollos Regionales, Expansión Wari, Estados Regionales e Imperio del Tawantinsuyo. Mientras los tres primeros se vinculaban a la propuesta de Willey & Phillips (1970 [1958]), descartaba el uso de los términos Clásico y Post-clásico, para recurrir a una denominación que incidiera en los rasgos locales. Complementariamente, (1969a: 150-152) propuso los siguientes segmentos evolutivos para toda el área andina: Estadio de los Recolectores, Estadio de los Agricultores Aldeanos (Arcaico, Formativo, Culturas Regionales) y Estadio de la Civilización.
El arqueólogo ayacuchano afirmaba que no era preciso contraponer periodos y estadios, dado que se les podía utilizar complementariamente. Sin embargo, en un giro total, arremetía ahora contra lo que consideraba «exceso antievolucionista» de Rowe, que lo habría llevado a variar el contenido de conceptos tales como el de «horizonte»:
«[…] fijándole no el sentido homotaxial que tenía desde su incorporación a la Arqueología andina, sino un tratamiento arbitrariamente “horizontal”, consistente en una línea de tiempo relativo que Rowe fija a partir de una columna de tiempo relativo que él y sus alumnos han establecido por métodos estilísticos en una región de los Andes (Ica)» (Lumbreras, 1969a: 149)
Para Lumbreras (1969a: 149), Rowe había «destruido totalmente la utilidad instrumental del concepto» horizonte. En tal sentido, describe una aparente paradoja: el periodo inca, denominado «Horizonte tardío», comenzaba, según Rowe, en 1476 de nuestra era, dado que el estilo Tacaraca A coincidía temporalmente con el inicio de la ocupación inca del valle de Ica. Sin embargo, la época inca de Ayacucho, cuya conquista antecedió a la de Ica, quedaría en el Intermedio Tardío y la última parte de Chimú se incluiría en el Horizonte Tardío ya que su conquista fue posterior. Como los participantes de la Mesa Redonda de Chiclín (1946), Lumbreras unificaba criterios evolutivos y cronológicos para el área central andina35. Su propuesta definitiva apareció en De los Pueblos, de las culturas…(1969b) donde reconocía tres grandes estadios: Recolectores: Lítico (15000-3000 a.C.), Arcaico (4000-1200 a.C.); Agricultores Aldeanos: Formativo (1200 a.C.-100 d.C.), Desarrollos Regionales (100-800 d.C.); Industriales Urbanos: Viejo Imperio (800-1200 d.C.), Estados Regionales (1200-1470 d.C.), Imperio Tawantinsuyo (1430-1532 d.C.) (ver cuadro cronológico en Lumbreras, 1969b: 28).
6. ¿Un nuevo consenso?
Aunque con una extraña fortuna crítica, el libro decisivo para la disciplina —y no solo en lo concerniente a la periodificación— había aparecido dos años antes. En Peru before the Incas, el arqueólogo norteamericano Edward Lanning (1930-1985) replanteó el sistema clasificatorio, proponiendo una fluida síntesis36. Entre las décadas de los cincuenta y sesenta, sus investigaciones en la costa, principalmente central, le habían permitido el conocimiento detallado del Periodo Inicial y del Precerámico.
Lanning organizó su manual aplicando las herramientas conceptuales presentadas por Rowe en sus artículos sobre periodificación, jerarquía de asentamientos y sistema de clasificación de sitios. Reconoció tres estadios generales, evidenciados por el material arqueológico: el Precerámico, el Inicial y el Cerámico. Para el último asumió la propuesta de su maestro y subdividió el primero en seis segmentos (Precerámico I al VI) con base en los trabajos realizados en colaboración con Patterson. Mientras los diversos horizontes e intermedios eran, por definición, simultáneos en toda el área andina central, el Periodo Inicial comenzaba en diversos momentos, dado que era el único plenamente determinado por un evento cultural: la introducción de la producción alfarera. Para evitar las dificultades acarreadas por la adopción de estadios demasiado rígidos, Lanning escoge ciertos rasgos diagnóstico/comparativos para explicar el proceso: Primeros Habitantes, Aldeas y Templos, Inicios de la Cerámica, Culto Chavín, Surgimiento de Ciudades, Primer Imperio, etc. De modo que, aprovechando la sistematización cronológica, podía incidir en la variabilidad cultural. Esto le permitió articular espacio, tiempo y sociedad, en un cuadro que imbrica —aún hoy— la mayor cantidad de secuencias locales (ver cuadro cronológico en Lanning 1967: 26-27).
Con la propuesta Rowe-Lanning (1962/1967) quedaron planteados los límites lógicos en los cuales se mueve aún la periodificación de la arqueología andina. Lanning es el primero que hace lo que actualmente se considera imprescindible en un trabajo de generalización. ¿Cómo se puede probar esto? A modo de ejemplo ilustrativo, cabe aludir a la periodificación propuesta por el historiador Pablo Macera (1978). Este autor parte por reconocer que en el territorio hoy denominado Perú, se dieron diferentes historias e indica que es posible proceder a su división cronológica. Como criterio de la periodificación manifiesta haber utilizado las relaciones de poder político y económico. Así, dentro de la época denominada Autonomía incluye: Primeras Sociedades Preclasistas (recolectores, cazadores, pescadores); Primeros Horticultores y Pastores; Formativos Andinos; Primeras Diversificaciones Regionales; Horizonte Medio (La expansión wari. Proceso de urbanización); Segunda Diversificación (los señoríos regionales) y Horizonte Tardío (incluida la expansión imperial inca). Pese a insistir —acertadamente— en los plurales (Formativos, Diversificaciones) e indicar que el horizonte chavín y el estadio Formativo, son entidades distintas, no sucede lo mismo con los periodos posteriores, ni —en general— con la estructura de su sistema de clasificación. Este valioso ensayo no incluye una clara distinción entre criterios evolutivos y cronológicos, por lo que el conjunto —simple y llanamente— no cuaja.
El caso palmario de la vigencia del esquema Rowe-Lanning aparece entre los resultados del evento Críticas y perspectivas de la Arqueología Andina (Paracas, 1979). En este coloquio, Michael Moseley recapituló las incongruencias terminológicas precedentes. Indicó que al hacer periodificaciones se había incidido en términos basados en: Desarrollo (lítico, pre-cerámico, formativo, etc.); Períodos (temprano, intermedio, etc.) y Expansión de sitios o estilos arqueológicos (imperio wari, expansión tiahuanaco, etc.) (Lumbreras, 1981: 22). El detalle más signficativo fue el (nuevo) cambio experimentado por Lumbreras: luego de sus incisivas críticas (1969a), acababa recomendando el esquema Rowe-Lanning (!). Aceptada la dificultad de aplicar categorías evolutivas para toda el área andina, Lumbreras (1981: 22-24) planteaba usar la secuencia maestra, considerando que se trataba de criterios puramente cronológicos. Para explicar el pasado andino, sugería categorías comparativas como las usadas por Childe para el Viejo Mundo (orígenes de la agricultura, de la cerámica, de la formación urbana y del estado, etc.). Solo la adopción de criterios coherentes de clasificación evitaría una homogenización por decreto. Si en lo primero el modelo explícito era Rowe (1962), en esto último la referencia (tácita) era Lanning (1967).
7. Epílogo: los límites lógicos de la secuencia maestra
Desbrozado el panorama, quedan dos puntos por resolver: ¿qué críticas (serias) se han planteado al modelo Rowe-Lanning? y ¿cómo han procedido los periodificadores más recientes? Es preciso comenzar por el final.
Dentro del conjunto de textos dedicados a sintetizar el pasado prehispánico aparecidos en la década de los noventa, resulta pertinente referirse a cuatro casos muy distintos entre sí, a fin de ofrecer un panorama representativo: Duccio Bonavia (1991), Michael Moseley (1992), Daniel Morales (1993) y Peter Kaulicke (1994)38. En términos generales, Bonavia y Moseley coinciden en reconocer la utilidad del esquema Rowe-Lanning como elemento organizativo, aunque ambos realizan ciertas atingencias. En la senda de Lanning (1967), Bonavia propone un «esquema de desarrollo cultural» que acompaña a la columna cronológica ya establecida:
• Cazadores
• Recolectores
• De la caza a la agricultura (domesticación de plantas y animales, del villorrío al centro monumental)
• Primeras sociedades organizadas
• Culturas locales y regionales
• Primeros imperios andinos
• Renacimiento de las culturas locales y regionales
Por su parte Moseley hace breves observaciones sobre el fundamento de su periodificación y divide su texto basándose en la secuencia maestra. En ambos libros resulta patente la dificultad de lidiar con la sección anterior a la alfarería para la que no se cuenta con un adecuado sistema de periodificación. Sintomáticamente, en su cuadro cronológico Bonavia recurre a la propuesta de Lanning (seis periodos precerámicos) que él mismo había demolido en páginas anteriores (Bonavia, 1991: 107-108). Por su parte, Moseley divide esta sección en Lítico y Precerámico, basándose en cambios climáticos (!) (Moseley, 2001 [1992]: 107).
En los manuales de Morales y Kaulicke hay una posición totalmente distinta, y —significativamente— ninguno incluye cuadros cronológicos que resuman sus propuestas. En su libro, Morales (1993) mezcla los términos evolutivos y los propuestos por Rowe. Luego de referirse al Lítico, Arcaico (o Mesolítico andino) y Formativo pasa al Intermedio Temprano, Horizonte Medio e Intermedio Tardío. Esto provoca una serie de problemas, en la presentación de la información, pero sobre todo en la estructura interpretativa general, que anteriormente han sido evaluados en detalle (Ramón, 1994). La documentada síntesis de Kaulicke tiene un espectro temporal más preciso, pero procede de modo análogo40. El libro se dividide en Lítico, Arcaico y Formativo. Considerando que se trata del caso más elaborado de esta tendencia, conviene detenerse en su última sección. El autor justifica la elección del término Formativo «[…] por conveniencia ya que es de uso más frecuente por un gran número de arqueólogos nacionales y extranjeros» (1994: 259). Y, paralelamente, cuestiona el sistema de Rowe:
«El término “Horizonte”, en cambio, se presta a malentendidos ya que depende directamente de la precisión tanto cronológica como estilística de lo que se entiende por el estilo Chavín». (1994: 547)
Kaulicke incluso propone una periodificación parcialmente modificada de aquel estadio. Una de las «novedades» consiste en conceder al término Formativo un valor meramente cronológico y subdividirlo en secciones menores con las fechas respectivas: Temprano (1500-1000 a.C.), Medio (1000-600a.C.), Tardío (600-400a.C), Final (400-200a.C) y Epiformativo (200a.C.-100/200 d.C.)41. Según el autor «El término Formativo se emplea aquí sin connotaciones evolucionistas con el afán de simplificar la terminología ya que tiene un uso generalizado en la mayoría de los países latinoamericanos» (?) (Kaulicke, 1994: 547).
Esta incorporación terminológica va precedida de una revisión histórica del término, por lo cual sorprende el resultado. Por definición, el Formativo es un estadio, es decir una categoría evolutiva: quitarle «sus connotaciones evolucionistas» es simplemente mutilarlo. Esto es paradójicamente equivalente a usar un periodo como marcador evolutivo y sostener que se le ha retirado el «componente cronológico»42. De todo esto, resultan dos corolarios. Primero, al dividir el Formativo cronológicamente (Temprano, Medio, etc.) y atribuirle fechas se le convierte en un recipiente temporal. Sin embargo, cada una de las subdivisiones de este redefinido Formativo mantiene rasgos culturales propios (descritos por el autor a lo largo del libro) como —por ejemplo— que el Medio sea considerado como la «edad clásica» (Kaulicke, 1994: 554; 1998: 12). Cada sección resulta un estadio generalizado, retornando al problema del proyecto Virú. Segundo, si este Formativo retocado solo marca tiempo ¿por qué no utilizar las categorías ya existentes? precisamente podadas de connotaciones evolutivas, mejor definidas, y que además resultan muy parecidas en términos cronológicos (v.g. el Formativo Temprano corresponde apróximadamente al Periodo Inicial; y el Formativo Medio, Tardío y Final al Horizonte Temprano). Pese a todas las críticas realizadas a los especialistas centrados en la seriación alfarera, lo que definitivamente (sin aludir a las «excepciones») divide Arcaico y Formativo es la presencia de cerámica, lo que equivale al concepto de Precerámico-Periodo Inicial. Incluso esto último es más flexible, ya que se trata de un rango y no de una fecha exacta.
Lo curioso es que luego de realizar críticas razonables a las propuestas/secuencias anteriores, el autor vuelve a tomar como base de referencia una suerte de combinación opaca de secuencias cerámicas específicas (las excavaciones de la «Misión japonesa» en la sierra norte) para proyectar sus subdivisiones cronológico-estilísticas convirtiéndolas en secciones estadiales (Kaulicke, 1994: 277, 284, 547). Más aún —como ya se ha indicado— esta innovación carece de efecto práctico ya que la subdivisión es virtualmente la misma. Obviamente esta serie de incongruencias se trasluce en los detalles.
Por lo indicado, las críticas constructivas sobre periodificación, serán las que vayan hacia delante de la secuencia maestra. Existen diversas tendencias dentro de la arqueología peruana y latinoamericana actual, sin embargo la coordinación cronológica relativa a nivel nacional sigue siendo un imperativo permanente45. No parece que la periodificación se haya transformado aún en una cuestión de museo, o tal vez sí —en el sentido positivo—, ya que sigue marcando sus guiones, que son la forma básica de conexión entre los arqueólogos y el público. Sucede lo mismo con los manuales, que constituyen —largamente— el rubro más consumido de la disciplina46. A las críticas ya mencionadas (Mason, 1978 [1957]; Lumbreras, 1969a; Kaulicke, 1994, inter alia) debe agregarse una serie de observaciones aisladas pero no escasas. Estas van desde lo general hasta lo específico, y en este segundo rubro la mayoría está destinada al componente más temprano de la secuencia maestra: el Horizonte Temprano.
Según la escueta definición clásica, el Horizonte Temprano, es: «[…] the time from the first appearance of Chavín influence at Ica until polychrome slip painting replaces resin painting in that valley» (Rowe, 1962: 49). Al caracterizar la primera parte de este periodo, Menzel (1971 [1961]: 23-24) especificó más los elementos implicados:
«Para fines prácticos, el archivo arqueológico del valle de Ica comienza con el estilo de Cerrillos, que era aproximadamente contemporáneo con el clásico estilo Chavinoide (Curayacu) de la costa central (Lanning, MS.b). Dawson opina que es probable que eventualmente se llegue a descubrir una fase ligeramente anterior al estilo de Cerrillos con rasgos aún más semejantes a los Chavinoides de la costa central, por lo cual dicho estilo de Cerrillos podrá resultar contemporáneo con una última fase del estilo Curayacu C o con Curayacu D. Lanning ha calculado una antigüedad aproximada de 700 a 500 años A.C. para los estilos Curayacu C y D, sobre la base de las pruebas con el Carbono 14 utilizadas en relación a los estilos conexos de la costa del Norte».
Esta cita muestra cómo se compaginó el inicio del Horizonte Temprano. Sin una secuencia para el Periodo Inicial en Ica, Rowe (1959a: 9) decidió utilizar la información de la tesis de Lanning (1960) para la Costa Central, que mostraba la relación entre los estilos Cerrillos, Curayacu II y una variedad de Cupisnique, vinculados por detalles iconográficos chavín y rasgos técnicos de la cerámica. Según la síntesis posterior del propio Lanning (1967: 107) el trance estaba claramente marcado en Curayacu. Mientras en la ocupación del Periodo Inicial de este sitio hubo un estilo cerámico puro de la costa central y sin vasijas importadas, el Horizonte Temprano comenzaba con el súbito flujo de piezas típicas del estilo chavín indudablemente norteñas, y la proliferación de diseños mitológicos y patrones de textura (texturing devices) chavín en vasijas locales y artefactos óseos. Simultáneamente, apareció vajilla de intercambio no-Chavín de la costa sur y de la sierra. Los diseños mitológicos fueron usados por uno o dos siglos, pero luego solo perduraron los patrones de textura para decorar la superficie exterior de las vasijas, antes usados para el interior. Luego Lanning aludía a otros sitios donde se daba un fenómeno semejante. Resumiendo los hallazgos de sus colegas (Menzel et al., 1964; Rowe, 1962), indicaba que en Paracas los diseños mitológicos chavín habían perdurado un largo tiempo, e incluso, las modificaciones en los detalles de las figuras reflejaban los cambios en la escultura lítica de Chavín de Huántar, indicando contactos sucesivos (Lanning, 1967: 108).
Se ha aludido a esta serie de definiciones para mostrar diversos ángulos de un mismo concepto: el inicio del Horizonte Temprano, el lapso más conflictivo de la secuencia maestra. Esta articulación de distintas secuencias (Chavín de HuántarCurayacuOcucaje) puede ser lógicamente extrapolada, reconociendo los siguientes elementos:
a. el estilo chavín, que —justificando su denominación— se habría originado en el sitio epónimo y luego aparecería en Ocucaje.
b. la influencia chavín, este término implicaría la presencia alternativa y no excluyente de:
i) vasijas de Chavín de Huántar (con el estilo del mismo nombre),
ii) vasijas de manufactura local con rasgos chavín,
iii) vasijas de áreas intermedias (p.e. Curayacu) con la impronta chavín,
iv) vasijas locales con rasgos del estilo chavín de las áreas intermedias.
Aunque las variables pueden incrementarse exponencialmente (incluyendo zonas no-intermedias; otro tipo de rasgo diagnóstico en la cerámica [p.e. técnicas de producción, composición de pastas, etc.]; otro tipo de soporte [p.e. textiles, madera, hueso, etc.]) las mencionadas son suficientes para mostrar las múltiples aristas de esta definición y situar las críticas48.
Shelia y Thomas Pozorski plantearon dos tipos de cuestionamientos. Por un lado indicaron que era muy difícil relacionar el material del valle que excavaban (Moche) con el de la secuencia maestra (Burger, 1988: 108). En segundo lugar, negaron la existencia de un Horizonte Chavín, proponiendo que el Horizonte Temprano debía denominarse Periodo Temprano. Argumentaban que los componentes estilísticos ya existían desde hacía muchos siglos, y que la iconografía chavín no sería más que una variante del sistema ancestral (Pozorski & Pozorski, 1987). Lo primero —que ha sido recurrentemente mencionado por diversos autores— ya había sido contemplado en la propia definición de Rowe (1959a: 11- 12, que alude al caso del Altiplano), ya que es imposible que todas las áreas presenten piezas de intercambio directo. Precisamente esto permite ubicar las zonas donde hay vacíos por resolver, y en todo caso cabe recurrir a los fechados absolutos. El concepto de horizonte no asume que lo sucedido en Ica (presencia chavín) se repita en toda el área andina. Sobre la segunda crítica, Richard Burger (1989b: 552-555) ha compilado una serie de rasgos particulares, que le permiten sostener que el Horizonte chavín no es una quimera estilística. Este autor insiste en el valor heurístico del término, que funcionaria como un estilo de horizonte efectivo para reconocer el proceso cultural asociado.
Pese a trabajar con el esquema Rowe-Lanning, Burger ha sido uno de los más insistentes (y citados) críticos de la secuencia maestra. Su cuestionamiento alude al concepto de influencia chavín. Según Burger (1988: 109-110) las piezas de intercambio chavín llegaron varios siglos antes que la incorporación de los motivos iconográficos chavín en la cerámica del estilo paracas de Ocucaje, aunque no indica detalles del tipo de cerámica intrusiva. Este es uno de los corolarios de las opciones de influencia arriba mencionadas, e implicaría un reajuste de la definición, no su anulación49. En todo caso, Anne Paul (1991: 9) ha refutado la propuesta de Burger criticando sus referencias cronológicas y su interpretación50. En una revisión general de la secuencia paracas, Paul (1991: 8-11) ha actualizado el tema insistiendo en algunos tópicos claves. Primero, la sucesiva modificación de las fechas atribuidas al inicio del Horizonte Temprano por los propios miembros de la escuela de Berkeley, principalmente debido al refinamiento de los métodos de fechado absoluto. Segundo, ha presentado la reformulación de Sarah Massey, que implica: anular las dos primeras fases (por ausencia de testimonio alternativo y la escasa muestra en que se basaban) y comprimir las 8 fases restantes en solo cuatro51. Tercero, ha mostrado la vigencia general de la secuencia reformada a partir de su contrastación con fechados radiocarbónicos.
Si bien la discusión aquí planteada podría extenderse, lo anterior es suficiente para sustentar una conclusión específica: que ninguna de las críticas reseñadas afecta el valor instrumental del Horizonte Temprano, aunque siempre será necesario hacer una serie de precisiones empíricas y ajustes conceptuales. Se ha utilizado estos cuestionamientos para evidenciar la importancia heurística de este tipo de herramientas. Reconocida la arbitrariedad de toda secuencia y la formalización excesiva que todo cuadro cronológico implica, cabe insistir en su carácter aún imprescindible. Al tratar de definir un elemento puntual de una sección de la secuencia maestra, ha aflorado un conjunto de interrogantes que fueron planteadas hace más de cuatro décadas y siguen vigentes (en su doble calidad de hipótesis y problemas). En términos generales: de acuerdo a la información disponible, cualquier avance en periodificación relativa no puede dejar de incorporar lo ya realizado localmente, que no viene a ser más que la tendencia asociada a la secuencia maestra; incluso para refutarla. Lamentablemente, en nuestro medio, la tendencia de los estadios todavía no ha suscitado por si misma interrogantes de tal especificidad, antes bien las ha soslayado: superponiendo bloques de secuencias para «sintetizar», cuando son obvias las desventajas de tal procedimiento. Invirtiendo la proposición de uno de los autores tratados, la gracia del Horizonte Temprano (y de conceptos similares) reside justamente en que dependa de una serie de definiciones (estilísticas y cronológicas) precisas. Esto evitará el reflujo de generalizaciones que insisten en la falacia de concebir el todo sin haber aclarado las pautas para organizar los detalles, es decir (cuando menos) los criterios de periodificación.
En la arqueología, la cerámica paleteada es considerada característica de la costa norte del Perú, donde se la encuentra en ocupaciones comprendidas cronológicamente entre el Horizonte Medio y la época colonial. Se la reconoce por diseños impresos muy típicos, ybastante estudiados de forma tipológica. Es, por lo general, de un material relativamente burdo, relacionado con usos culinarios, el cual no ha recibido tanta atención como los ceramios finos correspondientes a esa época en esta región. Por otra parte, desde un punto de vista etnográfico, es comúnmente reconocido que la técnica del paleteado es tradicional de varios pueblos actuales del norte del Perú con alfareros en actividad.1
Autor: Catherine Lara
A primera vista, estos datos no evocan nada particular. Sin embargo, la mirada de la antropología de las técnicas revela que estas simples observaciones bien podrían ocultar pistas fascinantes sobre episodios menos conocidos de la historia del norte del Perú. El siguiente trabajo tiene como objetivo dar a conocer estas perspectivas, empezando con una presentación de la técnica del paleteado y de su relevancia desde la perspectiva de la antropología de las técnicas y el enfoque tecnológico. Se presenta luego un breve recuento de lo que sabe actualmente la arqueología y la etnografía sobre el paleteado en el Perú, a la vez que se formulan algunas preguntas levantadas por este panorama. Finalmente, se dan a conocer los avances obtenidos por quien suscribe en relación a estos interrogantes.
Figura 1. Material paleteado excavado por Bracamonte y sus colegas en Santa Rosa de Pucalá (valle de Lambayeque). A: Recipiente completo. B: Concavidades de percusión visibles en la pared interna (fotos: Catherine Lara).
Tecnología del paleteado
El proceso de fabricación de un ceramio, o cadena operativa, consta de seis acciones: captación y preparación de la materia prima, manufactura, acabado,
tratamiento de superficie, decorado y quema. El paleteado está asociado a la manufactura y, en ocasiones, también al decorado. La manufactura se divide en dos etapas. En la primera se forma el esbozo (equivalente al «borrador» del recipiente). A esta se la conoce también como manufactura primaria. Luego, se pasa al conformado, llamado manufactura secundaria, donde se le da al ceramio su forma geométrica final (Roux, 2019, p. 66).
Esta segunda etapa puede ser llevada a cabo a través de técnicas por presión o por percusión. El golpeado se encuentra entre las segundas. Como su nombre lo indica, permite formar las paredes de un recipiente al golpear simultáneamente su interior y exterior con la ayuda de percutores que pueden ser de diferentes tipos (Gosselain, 2010, p. 677). Se puede realizar cuando la pasta está húmeda todavía o también en estado de cuero, es decir, en un estado entre húmedo y seco. El paleteado es una variante del golpeado, que debe su nombre al tipo de percutor externo que se utiliza: una paleta, por lo general de madera.
¿Qué interés tiene enfocarse en una técnica como esta? Existen muchas técnicas y combinaciones de estas para fabricar cerámica. A primera vista se podría pensar que los alfareros escogen cualquiera de ellas de manera aleatoria y que aquello no es muy significativo. Sin embargo, los estudios de la antropología de las técnicas llevados a cabo en varias partes del mundo evidencian una realidad distinta. Dichas investigaciones han sacado a relucir que los alfareros tienden a unirse en grupos sociales (Lemonnier, 1993, p. 7) —también conocidos como comunidades de práctica (Lave y Wenger, 1991, p. 98)—. Estos se forman en torno a criterios de identificación social compartidos, definidos por ejemplo a partir del género, la etnia, el idioma, la categoría socio-política, religiosa y/o económica, etc. (Roux, 2019, p. 5). Dentro de estos grupos así definidos y autoidentificados, los ceramistas tienden asimismo a compartir las mismas combinaciones de técnicas para fabricar recipientes.
Si bien es cierto que para cada acción de la cadena operativa existe una cantidad limitada de técnicas, las combinaciones que se pueden hacer entre ellas, junto con el tipo de herramientas empleadas, la diversidad de materias primas y, desde luego, las formas y los diseños fabricados, hacen que cada cadena operativa sea única de cada grupo social. En el ámbito de las técnicas tradicionales, este fenómeno se debería al papel jugado por el aprendizaje (Roux, 2019, p. 4).
De hecho, de acuerdo a las observaciones realizadas en el campo de la antropología de las técnicas, el aprendizaje tiende a realizarse dentro de los grupos sociales, lo cual permite al tutor transmitir la técnica del grupo al aprendiz, lo cual contribuye a perpetuar la tradición colectiva de generación en generación. Desde luego, la cadena operativa puede cambiar con el tiempo, debido a préstamos, innovaciones o restricciones ligadas a materias primas, fenómenos históricos, etc. No obstante, la parte del proceso que con mayor dificultad cambiará con el tiempo es la manufactura, debido a los mecanismos cognitivos complejos que esta moviliza en el momento del aprendizaje. Este fenómeno se contrapone al aprendizaje de otras fases de la cadena operativa, como la preparación de la materia prima, la quema o el decorado, acciones que pueden variar con mayor facilidad, tal como lo demuestran numerosos ejemplos etnográficos en el mundo. Aquello explica que, en varias partes del planeta, se conozcan tradiciones de manufactura que han sobrevivido por siglos e inclusive milenios. En definitiva, las cadenas operativas, y en especial la manufactura, son diagnósticas de cada grupo de producción alfarera.
¿Qué implica aquello para el caso del paleteado peruano? El paleteado es una técnica de manufactura, es decir, forma parte de lo que se podría llamar el núcleo de la cadena operativa. Aquello implica que su amplia presencia a nivel espacial y cronológico no es aleatoria, sino que refleja la existencia de una tradición ligada, al menos, a un grupo social.
El paleteado en el Perú: estado de la cuestión
Arqueología
El primer fragmento paleteado encontrado en un contexto arqueológico y fechado por radiocarbono proviene del desierto de Sechura, más exactamente del sitio de Huaca Grande, excavado por Goepfert y colegas (comunicación personal). El fechado en cuestión evidencia una datación correspondiente al siglo VII d. C. Fuera de estos sitios, se ha encontrado abundante cerámica paleteada en diversos yacimientos del desierto de Sechura, en la península de Illescas y en el bajo Piura. De esta última zona proviene en su mayoría el material empleado en la definición de las primeras tipologías del paleteado propuestas por Christensen (1956), Lanning (1963), Richardson et al. (1990) y, en menor medida, Ravines (2008). Estas consideran básicamente dos fases divididas de distintas maneras dependiendo del autor: Sechura (Horizonte Medio) y Piura (de Intermedio Tardío a la época colonial). La cerámica que sustenta estas clasificaciones corresponde a material sin contexto o excavado en sitios domésticos o funerarios, y fechado de manera relativa.
No obstante, es comúnmente reconocido que el «alma mater» del paleteado se encuentra más al este, en el valle de Piura (Christensen, 1956, pp. 95, 105; Lanning, 1963, p. 177), y al norte, en los valles del Pariñas y Chira (en especial en los sectores de Sullana y Amotape; ver también Lothrop, 1948, p. 59). En ese sector se encuentra el sitio de Colán, en donde se halló bastante material paleteado de la fase Piura, es decir, la más tardía (Lanning, 1963, p. 177).
Saliendo del extremo norte hacia el sur y siguiendo un orden cronológico, está la zona de Batán Grande, en donde el paleteado apareció entre 750 y 800 d. C. La técnica se considera firmemente establecida en el área de Lambayeque hacia 900 d. C. (Bankes, 1988, p. 546; Cleland y Shimada, 1994, p. 323). A partir de un análisis iconográfico detallado de material paleteado excavado en Huaca del Pueblo, Huaca Las Ventanas, Huaca La Botija y Tambo Real, Cleland y Shimada (1994, p. 327) establecieron una tipología estilística cronológica en tres fases. El trabajo de Matsumoto et al. (2012) en la Gran Plaza de la capital de Sicán Medio, en el valle de la Leche, propone un complemento analítico a esta propuesta.
El material paleteado de La Leche y Lambayeque del periodo sicán-lambayeque fue principalmente encontrado en áreas colectivas de preparación y consumo de alimentos, así como en tumbas. Vasijas paleteadas fueron halladas también en sitios como Chornancap (Wester, 2016, p. 419), Sipán (Chero, 2015, p. 213), y en Huaca Santa Rosa de Pucalá, aunque en este último caso, al parecer, en su mayoría en contextos chimú (como veremos más adelante), al igual que en el taller investigado por Tschauner en el sitio Pampa de los Burros (Tschauner, 2009, p. 277).
San José de Moro, más adelante hacia el sur, cuenta asimismo con cerámica paleteada contemporánea a los periodos sicán-lambayeque y chimú (Prieto, 2008, p. 124). En la Huaca de la Luna, algunos contextos chimú poseían especímenes de cerámica paleteada
(ver Habetler, 1998, p. 40; Seoane et al., 2010, p. 305), aunque era relativamente escasa en comparación con
la elaborada mediante la técnica del moldeado. Hayashida (1999, p. 344), por su parte, encontró talleres en el valle de la Leche (en los sitios Tambo Real y La Viña) en los cuales para la época inca se fabricaba cerámica paleteada.
Más al norte, hacia Tumbes, existen también referencias de hallazgos de cerámica paleteada en al menos seis sitios (Christensen, 1956, pp. 61-63; Pajuelo, 2006, pp. 39, 42; Taylor, 2011, p. 21), coetáneos principalmente a los periodos sicán-lambayeque y chimú. No obstante, de forma global, se observa que la cerámica paleteada en Tumbes es limitada y localizada, (Pajuelo, 2006, p. 51).
Respecto a la tipología y la variabilidad tipológica, por lo general (es decir, tanto en las tipologías del extremo norte como en la de Lambayeque) las formas que se encuentran en el paleteado corresponden a ollas para cocinar (redondas con bordes incurvados), cántaros/ tinajas y urnas (Matsumoto et al., 2012). Por otra parte, las tipologías morfoestilísticas de Christensen (1956), Lanning (1963) y Richardson et al. (1990) parecen encontrarse en todo el extremo norte, mientras que los diseños reportados por Cleland y Shimada (1994, 1998) en sicán-lambayeque se encuentran también en Sechura, al menos en Huaca Grande y Huaca Amarilla, aunque quizás con una menor presencia de los diseños que estos autores llaman logográficos, simbólicos de la hegemonía sicán-lambayeque.
En San José de Moro, Prieto (2008, p. 124) nota cambios diacrónicos entre el paleteado del periodo sicán-lambayeque, caracterizado por diseños diversos y complejos, y el de la época chimú, mucho más sencillo en su repertorio decorativo. Esta simplicidad en los dise-
ños es señalada también por Hayashida (1999, p. 344) en Tambo Real y La Viña del valle de La Leche. Sería necesario averiguar si la tendencia se halla también en otros sitios. Otro hecho relevante es la aparición de cerámicas negras (ahumadas) paleteadas en el periodo chimú, reportadas, por ejemplo, en Sechura
(Ravines, 2008, p. 66) y en Huaca de la Luna (Meneses et al., 2010, p. 78). Este fenómeno demuestra una adaptación de la producción paleteada a los cánones estéticos dominantes en la alfarería chimú.
Como se observa, la aparición y expansión del paleteado en el Perú es bastante repentina. Cleland y Shimada (1998, p. 135) proponen una explicación a este fenómeno en lo referente al periodo sicán-lambayeque. De acuerdo a ellos, la obtención de concha Spondylus, principalmente proveniente del Ecuador, estaba al centro de la estrategia de expansión política y económica de Sicán (Cleland y Shimada, 1994, p. 336). Por este motivo, la producción metalúrgica y agrícola habría llegado a acaparar la mayoría de las fuerzas productivas de este grupo (Cleland y Shimada, 1998, pp. 113, 135), en perjuicio de otros sectores como la alfarería. Consiguientemente, los sicán-lambayeque habrían apelado a ceramistas procedentes de Piura asociados a un grupo conocido en las fuentes etnohistóricas bajo el nombre de Tallán. Este se caracterizaba por el uso de la técnica paleteada (ver Christensen, 1956, p. 385), lo cual explicaría la expansión de este tipo cerámico en ese momento (Cleland y Shimada, 1998, p. 113).
Por otra parte, tanto en el periodo sicán-lambayeque (Cleland y Shimada, 1998, p. 141) como durante el Chimú en el valle medio de Lambayeque (Tschauner, 2009, p. 277), la producción de cerámica paleteada habría sido independiente, es decir, habría estado apartada del control de las élites. Dicho de otra manera, de acuerdo a Prieto (2008, p. 129), la población seguía abasteciéndose con los mismos alfareros productores de cerámica paleteada de forma autónoma a lo que estuviera pasando en el entorno político. Prieto (2008, p. 127) sugiere que en San José de Moro se podría haber desarrollado la modalidad adicional de los alfareros itinerantes. Para la época inca, la situación cambia un poco, al menos de acuerdo a las investigaciones de Hayashida (1999, p. 347) en los sitios de Tambo Real y La Viña (valle de La Leche). Estos son interpretados como centros administrativos para alfareros especialistas movilizados por los incas en el marco de su política de manufactura de bienes estatales.
Acerca de los sitios de producción, vale la pena recalcar que se han encontrado talleres sicán-lambayeque (Fernández y Sánchez, 2014, p. 322), chimú (Tschauner, 2009, p. 269) e incas (Hayashida, 1999, p. 334) con huellas de fabricación de cerámica paleteada. Llama la atención el que, en la época sicán-lambayeque, pero sobre todo en las chimú e inca, estos talleres evidencien la producción conjunta de cerámica moldeada. Este fenómeno ha sido interpretado como correspondiente a diversos niveles de especialización, aunque se podría pensar en otros motivos, por ejemplo, la diversificación de técnicas de acuerdo a criterios de género (Ramón, comunicación personal). Etnografía
El sobrevuelo de la literatura etnográfica sobre el norte del Perú permite observar que actualmente existen al menos cuatro variantes de paleteado en el país, obtenidas por la combinación entre variaciones en la manufactura y el uso de diferentes herramientas.
En la primera, practicada en Áncash (Ramón, 2008, p. 413), la base únicamente es formada mediante la técnica del modelado, es decir, se la crea a partir de una sola bola de arcilla que se ahueca con el puño y se estira luego con los dedos y las manos. Para elaborar el cuerpo y el borde, se emplea la técnica del rollo, que consiste en formar cordeles o rodetes de arcilla. Luego de un periodo de secado, se procede a paletear el conjunto. Este paleteado se realiza con una paleta de madera para las paredes externas y, para la parte interna, con un percutor de cerámica conformado por un disco sujetado a un mango, llamado broquel, contendor o tucllu. En el Perú, este objeto se lo encuentra solo en la zona de Áncash.
La segunda variante, usada en Áncash también, consiste en formar la base y el cuerpo de manera conjunta con la técnica del modelado (sin el enrollado). Una vez que esta primera forma o esbozo se deja secar un poco, se procede al paleteado, aplicado con una paleta de madera en la pared externa y con un canto rodado a manera de yunque en la interna. Estas herramientas se usan también para las dos últimas variantes.
En la tercera se empieza por la elaboración de una tortilla modelada, que se paletea enseguida (es decir, en estado húmedo) para formar la base y el cuerpo del recipiente. Para elaborar el cuello y el borde se acude a la técnica del enrollado. Luego se deja secar el recipiente en formación de nuevo para volver a paletearlo. Esta combinación de técnicas se practica en Áncash, Cajamarca y Simbilá (así como en otros lugares de la Costa) (Bankes, 1988, p. 549; Camino, 1982, p. 45).
Finalmente, en la cuarta variante, practicada en Mórrope (Shimada, 1994, p. 304) y Cajamarca (Ravines, 1989, p. 93), el esbozo conjunto de la base y el cuerpo es formado con moldes convexos (es decir, mediante la técnica del moldeado). Por su parte, el cuello o borde es fabricado por enrollado y el paleteado se realiza al último.
¿Qué indica este panorama desde el enfoque tecnológico? En primer lugar, que estamos ante cuatro cadenas operativas diferentes, caracterizadas por cuatro combinaciones de manufactura distintas. Aquello señala potencialmente la presencia de cuatro comunidades de práctica o grupos sociales diversos.
En segundo lugar, respecto a la manufactura (y también a las herramientas), que algunas de estas variantes se encuentran a la vez en la costa y en la sierra, lo cual podría indicar un fenómeno de movilidad de los grupos de un espacio hacia otro. Al respecto, se conocen casos de alfareros itinerantes de épocas más actuales que decidieron establecerse en lugares distintos de las zonas de las que procedían, lo cual dio lugar a la aparición de las técnicas de su lugar de origen en sus nuevas zonas de residencia (Sabogal Wiesse, 1982, p. 48). Por otra parte, se sabe también que el norte del Perú fue el escenario de traslados de poblaciones mitmakuna en la época inca. Este fenómeno también podría explicar la presencia de una misma tradición en espacios geográficos alejados.
Si la situación se presenta de esta forma en la actualidad, es posible que fenómenos semejantes se hayan producido en épocas precolombinas, en torno a situaciones de cambio, o que se hayan propiciado posibles movimientos de poblaciones u objetos a lo largo de la existencia del paleteado en lo que hoy es el Perú. Como se vio, la tipología decorativa y morfológica de la cerámica paleteada ha sido bastante estudiada, al igual que las pastas y los tratamientos de superficie. Todo aquello, al igual que las herramientas, proporciona informaciones imprescindibles sobre factores políticos o históricos. El resto de la cadena operativa, incluso otros procesos vinculados a la manufactura, ha sido mucho menos estudiado, a pesar de que, como se vio, se trata de un aspecto capaz de aportar datos significativos desde el enfoque tecnológico.
El objetivo de quien suscribe es, en los próximos años, examinar distintos conjuntos de cerámica paleteada de la costa norte asociados a los periodos sicán-lambayeque, chimú e inca, así como a contextos variados, de manera que sea posible rastrear sus cadenas operativas (con especial interés en lo referente a la manufactura). Se comenzó ya con el análisis de dos conjuntos. A continuación, se presentan los avances de estos primeros estudios.
Figura 2. Material paleteado excavado por Goepfert y colegas (Programa Arqueológico Desierto de Sechura). A: Granos insertos. B: Microarrancamientos (fotos: Catherine Lara).
Avances en Sechura y Lambayeque
El primer conjunto de cerámica paleteada examinado proviene de las excavaciones de Goepfert y sus colegas en Sechura (de los sitios de Huaca Amarilla y Huaca Grande), y el segundo, de las cuencas media y baja del valle de Lambayeque (de Huaca Santa Rosa de Pucalá y Huaca El Chorro, espacios excavados por Bracamonte y su equipo).
Huaca Amarilla y Huaca Grande son esencialmente sitios habitacionales (con residencia para élites) y también funerarios. Su ocupación habría iniciado en el Intermedio Temprano, con un desarrollo más marcado en el Intermedio Tardío (Goepfert et al., 2018, pp. 25, 29). La muestra de cerámica paleteada está conformada por aproximadamente 4700 fragmentos y 20 vasijas completas. Debe recalcarse que el material paleteado representa aquí el 95 % de la cerámica encontrada en el lugar.
Las investigaciones de Bracamonte y sus colegas en Lambayeque (Bracamonte, 2015, p. 146) atribuyen una función ceremonial y de cementerio de élite a Santa Rosa, mientras que El Chorro sería al parecer un sitio funerario. El corpus de ceramios paleteados encontrado aquí está compuesto por 46 vasijas en total, de las cuales la mayoría proviene de Santa Rosa (Figura 1). En lo que se refiere a la asociación cultural de estos contextos, se la desconoce en la mayoría de casos relativos a El Chorro. En cambio, en Santa Rosa, la mayoría de vasijas paleteadas se vincula a contextos chimú, con algunos recipientes representativos del periodo sicán-lambayeque también.
En lo que va del estudio, de manera preliminar, la cadena operativa de estos materiales de Sechura y Lambayeque parece ser bastante similar, al menos en lo relativo a las combinaciones ligadas a la manufactura. Se dio inicio a los análisis petrográficos del material de Sechura, para rastrear las operaciones técnicas ligadas a la recuperación y preparación de la materia prima. Este trabajo está siendo realizado por el equipo del doctor Ioannis Iliopoulos (University of Patras, Grecia).
Respecto a la manufactura, el material examinado evidencia el uso de dos técnicas distintas para el esbozo; primero de la base, y luego del cuerpo y borde o cuello. Para determinar si la técnica empleada para la base es el modelado o el moldeado, es necesario seguir revisando los materiales (también compararlos con referentes etnográficos). Se sabe, en cambio, que los cuerpos y los cuellos o bordes de los ceramios fueron esbozados mediante la técnica del enrollado. A escala macroscópica, esto es lo que indica el tipo de roturas horizontales alargadas características, así como la presencia de resaltes y fisuras. Microscópicamente, la porosidad presenta asimismo cierta sinuosidad (aunque limitada por la percusión del paleteado aplicado, como se verá más adelante).
En lo que se refiere al conformado o manufactura secundaria de las bases y el cuerpo, la identificación conjunta de cinco tipos de huellas confirma la aplicación del paleteado. Se insiste en lo de «presencia conjunta», pues tomada cada una de estas huellas de forma separada pueden referirse a técnicas diferentes. A escala macroscópica, tenemos en primer lugar la presencia de concavidades de percusión en las paredes internas y externas (Figura 1). Dentro de estas concavidades, se pueden ver también crestas, que indican que el percutor estaba húmedo en el momento del golpeado.
En segundo lugar, a escala microscópica, las paredes de las vasijas evidencian granos insertos (es decir, hundidos en la pasta) y microarrancamientos —un
tipo de pequeños agujeros causados por el desprendimiento de inclusiones bajo el efecto de la percusión (Figura 2)—. Otro rasgo indicador del paleteado es la disposición subparalela de los vacíos visibles en los perfiles de los fragmentos correspondientes. Adicionalmente, se pudo determinar que el paleteado fue realizado cuando la pasta estaba en estado de cuero, pues la microtopografía de las paredes (es decir, la topografía vista a escala microscópica) es compacta, lo cual es propio del trabajo en pastas coriáceas.
Este paleteado probablemente buscó darle su forma globular al recipiente y también decorar los cuerpos mediante el uso de paletas con diseños grabados. Efectivamente, la observación microscópica de los diseños revela un trazo nítido asociado a una microtopografía compacta, lo cual indica —como vimos— una acción realizada cuando la pasta estaba en estado de cuero. Un aspecto que falta por precisar aquí es la naturaleza de los percutores internos y externos empleados. A nivel etnográfico y arqueológico, hemos visto que hay varias posibilidades, pero no queda claro aún cuál o cuáles de estas corresponden al paleteado precolombino, y si hay alguna variación al respecto dependiendo de las zonas y/o épocas.
Con relación al acabado, que permite regularizar las paredes alisándolas, se pudo determinar que se realizó después del paleteado (las estrías de alisado aparecen encima de los diseños). Gracias a la microtopografía compacta nuevamente, se infiere que este alisado fue hecho en estado de cuero. Por otra parte, sus estrías son bastante gruesas, lo cual indica que el alisador estaba húmedo. En el tratamiento de la superficie se observa la aplicación de engobe; aquí un revestimiento de origen mineral, por lo general de color rojo, destinado también a impermeabilizar las paredes.
En cuanto a la quema, el perfil de los fragmentos evidencia en gran mayoría núcleos gruesos de color gris y márgenes finos color naranja, lo cual indica que los recipientes fueron retirados poco tiempo después del inicio de la fase de oxidación. Sobre el material de Sechura más particularmente, los avances en los estudios petrográficos parecen señalar una quema a baja temperatura, posiblemente en estructuras de cocción al aire libre.
Las formas principales son las ollas y cántaros. En Sechura, las primeras presentan una gran diversidad en los tipos de bordes, que contrasta con los casos de Santa Rosa y El Chorro, en donde, desde luego, la muestra es menor. Se observa un fenómeno parecido respecto al repertorio decorativo. Finalmente, sobre el uso de estos ceramios, notamos que la mayoría presenta por lo general huellas de tizne y hollín, lo cual revela su paso por estructuras de quema. En el material de Santa Rosa y el Chorro, en uno de los recipientes, se han podido identificar huesos pequeños; en otros, huellas blancas en las paredes, todo lo cual coincide con las observaciones realizadas en campo sobre los contenidos alimenticios señalados en el caso de estas vasijas. En el material de Sechura, se pudo llevar a cabo análisis de almidones en algunas vasijas paleteadas, que revelaron huellas de maíz, fréjol, pimiento y yuca en las paredes de algunas ollas. Este conjunto de informaciones confirma sin lugar a dudas la función culinaria de estos recipientes.
A manera de conclusión
El objetivo de la presente investigación es terminar el análisis de estas muestras y replicar el estudio a conjuntos adicionales, principalmente de la costa norte,
con el fin de llegar a un mapeo arqueológico de técnicas. A nivel diacrónico, este trabajo permitiría evidenciar posibles vínculos entre la tradición precolombina y prácticas actuales, es decir, contribuir al conocimiento de la historia de los grupos potencialmente involucrados. A nivel sincrónico, la definición de este mapa tecnológico podría complementar los estudios ya realizados sobre el desarrollo y la difusión del paleteado. Una de las preguntas que sigue sin respuesta, por ejemplo, es aquella del contexto de la aparición del paleteado en lo que hoy es el Perú. Llama la atención que el boom, por así decirlo, de esta técnica ocurra justamente en un momento de intensificación de intercambios con el sur de Ecuador, especialmente en relación a la obtención de concha Spondylus. Y resulta sugerente que justamente en el sur de Ecuador el paleteado exista hoy en día, mientras que el golpeado (equivalente al paleteado, pero con otras herramientas) se practica desde al menos el primer siglo antes de Cristo. ¿Acaso existe algún vínculo entre las tradiciones cerámicas por percusión de estos espacios y las incesantes interacciones que han mantenido desde el periodo de los primeros poblamientos? De manera global, estas son las perspectivas que la presente investigación proyecta explorar, en continuidad con los trabajos ya existentes sobre estos temas, los cuales nos recuerdan siempre que las fronteras actuales no significan mucho en términos cronológicos. ¿Qué mejor año que el del Bicentenario para destacar este legado posiblemente plurimilenario y compartido que es la tradición paleteada?
Agradecimientos
Agradezco a las personas e instituciones siguientes por permitir la realización y difusión de la presente investigación: el Comité Organizador del VIII Congreso Nacional de Arqueología (en particular a la magíster
María Belén Gómez de la Torre, a Natalia Cisneros del Río y a Carla Márquez); la Dirección General de Patrimonio Arqueológico Inmueble del Ministerio de Cultura del Perú; N. Goepfert (CNRS); S. Vásquez (Universidad Nacional de Trujillo); B. Gutiérrez (Universidad Nacional de Trujillo/ BGL Consultores); I. Iliopoulos (University of Patras, Grecia); G. Ramón (PUCP); M. Bell (PUCP); E. Bracamonte (Museo Tumbas Reales, Lambayeque); T. Bray (Wayne State University); S. Robles (del taller de cerámica Santé); Red de Centros Culturales Europeos en el Perú —Eunic—; MSH Mondes (University Paris Nanterre).
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Este artículo examina el diseño arquitectónico esculpido compuesto por una kallanka, una piedra labrada/enfatizada y una plaza en varios asentamientos Inka,y analiza como este diseño materializaba aspectos de la ideología del estado Inka. Una kallanka es una larga y publica estructura rectangular con numerosas puertas abriendo sobre una plaza. La plaza exhibe una piedra especial que podía quedarse tal cual, sin modificación, o al contrario presentarse tallada en un asiento.En la mayoría de los casos,la roca enfatizada era parte del concepto complejo del usnu que muchas veces tenía la forma física de una plataforma arquitectónica. Usnus podían ser asientos de un gobernante o asientos del Sol. La coincidencia filosófica entre la piedra y el usnu evoca varias asociaciones simbólicas. Este diseño existía en Cusco y también en diversas haciendas reales y ciudades elegidas en las fronteras del imperio Inka.Además las rocas enfatizadas eran relacionadas a espacios neutrales y a centros sagrados.Esto demuestra que gobernantes Inka usaron el diseño de manera personal para legitimar su autoridad política.
Did The Inka Copy Cusco? An Answer Derived From an Architectural-Sculptural Model
Autor: Jessica Joyce Christie
East Carolina University
.
In this essay, I discuss the possible political meanings of an architectural sculptural pattern found at many Inka settlements. It was developed in Cusco but was used in many parts of the empire to publicize Inka state ideology. This pattern consists of a plaza, a kallanka or kallanka-like buildings, and a carved or uncarved foregrounded rock.A kallanka is a long rectangular hall with numerous doors opening onto a plaza. The plaza exhibits a large rock or boulder which had
particular symbolic significance in state ritual, and could be slightly modified to elaborately sculpted.
The essay presents three major arguments: The first is that the Inka used the architectural pattern of a plaza, a kallanka, and a foregrounded rock (in the text often referred to as “the pattern”) deliberately and selectively to establish links with the capital. Such connections with Cusco were constructed at many royal estates and outlying border towns, which were marked in that way as neutral spaces and centers where the Inka state was symbolically present. The second claim I make in order to contribute to a better archaeological understanding of Inka sculpted rocks is that some carved rock, wak’as (carved rock shrines), functioned as usnus (usnus were masonry platforms or stones and functioned as seats; they will be defined in more depth below). Thirdly, I argue that individual emperors used the pattern selectively and sometimes also modified it, especially the usnu/rock, according to their own likings.
The Physical and Ethnographic Evidence: The Pattern at Cusco, the Capital
The archetypal example of the pattern in focus existed in the center of Cusco itself. I try to describe it below using colonial chronicles and secondary sources. There is no absolute certainty of what Inka Cusco looked like.The city was burnt by the Inka themselves when they attempted to reconquer their capital from Spanish occupation in 1535. The Spanish residents rebuilt Cusco as a Spanish colonial city (Rowe 1990). Thus, only eyewitnesses who saw the capital before 1535 constitute reliable sources of what Inka Cusco looked like. To reconstruct Inka Cusco, John Rowe (1967) uses five such eyewitness accounts, records of the distribution of house lots to Spanish settlers in 1534, as well as some archaeological data. The main plaza had two sectors, Awkaypata and Kusipata, which were separated by the Huatanay or Saphy River. I use the term “plaza”to mean an open space where people gathered in the context of an Inka settlement. Depending upon the type of settlement and its surrounding geography,plazas could be large open spaces,as in the capital,or more intimate courtyards, as in some royal estates.Victor Angles Vargas (1988:79–88) discusses the names and spellings of the two sections of the main plaza in Cusco. The Spanish writers spelled Awkaypata and Kusipata in a number of different ways due to their lack of understanding and interest in the Quechua language.The two names translate as “place of crying” (Awkaypata) and “place of rejoicing” (Kusipata) (Angles Vargas 1988:81–82; see also Cornejo Bouroncle 1946). Angles Vargas relates the names to Inka ritual practices. Many ceremonies began with ritual crying and grieving in the northeastern or Awkaypata sector and ended with a celebration, dancing, and feasting in the southwestern or Kusipata sector thus setting up a clear dichotomy between names and functions of both sectors.
Figure 1 Cusco: Main plaza of Awkaypata and Kusipata with the possible location of the usnu.
Adapted from Zuidema 1980.
The feature of greatest interest in this essay is the foregrounded rock (its Cusco version was the usnu). Nobody knows exactly what the usnu looked like or where in the main plaza it stood because the descriptions by the chroniclers are not consistent (see, for instance, D’Altroy 2002:115, 329; Bauer and Dearborn 1995:36). Tom Zuidema (1980) argues that there were two usnus used for solar observations in Inka Cusco. The concept of the usnu was extremely complex and some carved rocks shared some of its aspects. Due to this complexity, I discuss the Cusco usnu and its relevance for interpreting modified rocks in the second section of this essay.
The third feature of the pattern is the kallanka. Awkaypata was lined by several kallankas (see Bauer 2004:111–135; D’Altroy 2002:117).A kallanka is generally defined as a great hall or long structure with a gabled roof supported by a row of pillars set along the entire length of the long axis that has numerous door openings facing a plaza (Gasparini and Margolies 1980:196). Garcilaso de la Vega provides the most detailed description of the Cusco kallankas (1963:198, 260–262). He talks about four great halls or kallankas, the largest of which was the Qasana compound situated at the northwest corner of Awkaypata.
In many Inka houses, there were great halls [kallankas] measuring two hundred paces in length and 50 to 60 paces in width; each hall was one undivided open space where they held their festivals and dances when rainy weather did not allow them to celebrate in the plaza outside. In the city of Cozco, I counted four such halls which were still standing when I was a boy. One was in Amarucancha, among the houses belonging to Hernando Pizarro, where today the college of the Santa Compañía de Jesus stands; the other was in Cassana where my schoolmate Juan de Cillorico has his shops now; and the third one stood in Collcampata among the houses that belonged to Inca Paullu and his son don Carlos who was also my schoolmate. This hall was the smallest of the four, and the largest was the one at Cassana, which could hold three thousand people: this seems incredible as it was wood that had to cover and vault such vast spaces. The fourth great hall is the one that today serves as the Catholic Cathedral (Garcilaso de la Vega 1963:198).
Thus according to Garcilaso, the four kallankas differed in size. Size is one of the issues that has plagued a scholarly definition of kallanka in the recent literature (Gasparini and Margolies 1980:196, 210). There are many large and small rectangular buildings with unpartitioned interior space and numerous entryways opening onto plazas. But how long does such a building have to be in order to classify as a kallanka? In this essay, I disregard the debate about size, since there is no agreement about it and use the term kallanka in a general sense that includes any hall-like structure with multiple doors in the long side facing a plaza.
Garcilaso (1963:198) also says that kallankas sheltered ceremonies and spectators in case of inclement weather. Gasparini and Margolies (1980:199–201) discuss how the uses of kallankas were always public but likely differed depending upon the location and rank of a settlement within the Inka empire.According to ethnographic evidence,some kallankas—including the one that,according to Garcilaso,stood on the site of today’s Cathedral—functioned as audience and council houses.In conquered and administered territories away from the Cusco heartland, kallankas probably served multiple functions.At times,they may have provided shelter for public events during rainy weather. At other times, they may have been used as temporary lodgings for armies and mit’ayuq laborers (individuals who were relocated for a period of time to serve coerced rotational labor service to the Inka state (see D’Altroy 2002:327). The latter was also suggested by Craig Morris (2004b:22–23; Morris and Thompson 1985), who excavated one of the two kallankas at Huanuco Pampa and found no evidence of continuous or permanent occupation in that building.
A final intriguing question with regard to kallankas is whether they constitute a specifically Inka building type—which is what most scholars assume—or whether they, perhaps, had pre-Inka prototypes. William Isbell (2006:54–60) reconstructs the Central Mound or Main Platform on the east side of the Vegachayoq Moqo Palace complex at Huari as a terraced platform with a row of pilasters on the lower terrace. These pilasters supported a sloping roof, the other side of which rested on top of a wall originally composed of finely cut ashlars which marked the top of the building. He argues that this structure would have closely resembled an Inka kallanka and faced the courtyard of the U-shaped palace complex. There was no usnu at Vegachayoq Moqo,and thus the architectural design would not be an example of the pattern under discussion. If the Wari indeed erected kallankas, it would be another case of Inka appropriation of an earlier building form.
Returning to Cusco, kallankas lining the main plaza Awkaypata were in the Qasana compound, on the east side where today the Cathedral stands, as well as within the Amarukancha and Hatunkancha compounds (for a detailed description and reconstruction of the Cusco main plaza, see Hyslop 1990:34–44; Bauer 2004:111–135; Rowe 1967) (Figure 1).
The pattern of a special rock, kallanka/s, and a large plaza was repeated throughout the empire at numerous Inka settlements that had different functions,such as royal estates, administrative centers, border towns, and the new capital in exile,Vilcabamba the Old. It is however absent from other settlements that have the same functions. I address possible explanations for this below, when discussing specific examples. In general,the pattern may show up at any settlement where the Inka state had a presence and Inka identity was publicly performed.Its absence may be explained simply by the lack of archaeological excavation and by the geographic particularities of some sites.
The Pattern at Royal Estates
The earliest case is Juchuy Qosqo, Wiraqocha Inka’s estate, which is situated high above Calca overlooking the Urubamba Valley. The center of Juchuy Qosqo is laid out around the Main Plaza.
A kallanka building constructed on a terrace overlooks the plaza from the south. And on the west side, the plaza is fronted by two square, two-story structures built of finely-fitted stone masonry up to the second level above which the walls continue in adobe. In the southwestern corner of the plaza, below the kallanka, and next to the access steps to the upper terraces,sits a prominent and very intriguing sandstone boulder. Kendall, Early, and Sillar (1992:199) describe it as “a massive irregular column . . . sitting on a pedestal of the exposed natural surface of the site before terrace leveling and building took place.” They observed slow erosion processes underneath the boulder and think that the Inka arranged stones around its base. Kendall, Early, and Sillar (1992:199) offer two interpretations: first, the boulder seems to visualize deliberate alignments of light and shadow on the June solstice
Figure 2 Juchuy Qosqo: Plan of central area.
Adapted from Kendall, Early, and Sillar 1992.
sunrise; second, postulating that the stones around the boulder’s base may constitute the remains of a circular wall, they argue that the boulder might have been the base of a Sunturwasi and that their Sector I,occupied by the buildings around Plaza A2 (turned into a reservoir in the 19th century), functioned as a palace complex. A Sunturwasi is a round structure with a doorway and three windows that has a conical, thatched roof. It was one of the facilities in a royal palace (see the drawing by Guaman Poma de Ayala (1987:333).
The association of the sandstone boulder with solsticial alignments and with a Sunturwasi that is proposed by Kendall,Early,and Sillar is intriguing since Zuidema (1980:318–321) has demonstrated that the Sunturwasi in Cusco was one of the structures needed to conduct solar observations. In the morning of October 30 and February 13,the days when the sun passes through zenith in Cusco,the tall round tower of the Sunturwasi functioned as a gnomen when observed from the two usnus and cast a line of shadow pointing to the sunset on August 18 and April 23 when the sun crosses anti-zenith or nadir in Cusco (see Zuidema’s drawings 1980:318, 319, 320). Kendall, Early, and Sillar (1992:199) vaguely describe a play of light and shadow at sunrise on the June solstice that seems to aim at the boulder. Obviously, the scenarios at the Sunturwasi in Cusco and at the speculative Sunturwasi at Juchuy Qosqo are not the same. However, one might wonder whether any type of association of a foregrounded rock in the pattern with solar alignments may evoke a link with the model in Cusco.The close proximity between the sandstone boulder and the palace complex assumed to be in Sector I further reinforces the parallel with Cusco. The boulder also constitutes another wak’a with all its symbolic connotations and mediating qualities (see below).
Juchuy Qosqo represents a case which brings up a crucial issue with regard to chronology. The chronicles make it very clear that Wiraqocha Inka built Juchuy Qosqo and that his son Pachakuti gave central Cusco its present form. Would that mean that Juchuy Qosqo predates the archetypal model of the pattern under discussion? Can we ascertain under which ruler the Cusco usnu was erected? So far, precise ethnohistoric and archaeological data are lacking and we can only give general answers.Maria Rostworowski (1999:6–8) offers an ethnohistoric reconstruction of pre-Inka Cusco: the village of Acamama was situated between the Saphy and Tullumayo Rivers and contained a quadripartite division into four districts as well as a dual division equivalent to the hanan(upper) and hurin (lower in physical and symbolic respects) concept. The origin myth of the Ayar brothers speaks of the transformation of some of the brothers into powerful stone wak’as. Data of this nature allow for the general argument that certain fundamental spatial divisions of Cusco and belief structures, such as the metaphorical quality of stone, existed in pre-Inka and early Inka times. This brings me to argue that the boulder at Juchuy Qosqo constituted an important stone wak’a symbolizing the pan-Andean sacred essence of stone material (see below under stone ideology). It was certainly not a stone usnu, a feature which was formalized by Pachakuti in the process of rebuilding Cusco and during the expansion of the Inka state. Bauer (2004:74–78) presents an archaeological reconstruction of Cusco during the Killke Period (or Early Inka; time period and culture in the Cusco basin immediately preceding the development of the Inka state) before imperial expansion took place: he documents numerous locations within the city where Killke deposits (mostly ceramics, but also building foundations) have been found. Thus, archaeological data point to an extensive Killke settlement at the site of the later Inka capital; however, these data cannot (yet?) tell us what this settlement looked like and whether it had an usnu and kallankas.
Some of Pachakuti’s private properties exhibit the pattern and Machu Picchu is the most explicit example.There is a kallanka overlooking a plaza with a carved rock on a lower terrace.In this case,the terrace construction creates the open space of an asymmetrical plaza. The rock is often referred to as the Ceremonial Rock (see Wright and Valencia Zegarra 2001:6–12). Unlike Awkaypata and Kusipata, which mark the very center of Cusco, this plaza is situated outside the wall which features the official entrance gateway to Machu Picchu. The pattern did not have to be
Figure 3 Machu Picchu: Plaza, kallanka, and carved rock, commonly known as the “Ceremonial Rock.”
Plan drawing by Jessica Christie.
manifest inside and in the center of settlements. Indeed, the material evidence of large numbers of potsherds from drinking vessels found in the plaza (Wright and Valencia Zegarra 2001:12) suggests that drinking chicha was a common activity.The consumption of chicha was and is an important component of Andean feasting and ritual and it seems very reasonable to argue that Pachakuti organized such festivities for agricultural workers who did not live inside the perimeter wall of his estate and for other local people from the surrounding area (Salazar 2004:47). The Ceremonial Rock was beautifully sculpted into platforms and steps and could have functioned as a seat and altar during such rituals.
Wright and Valencia Zegarra (2001:8–10) note that some round rocks strewn around this boulder sculpture come from the Urubamba River to make the sacred river which gushes deep below and the watery underworld present.Furthermore,this carved rock appears to be an example par excellence of an usnu. I discuss this below.
Figure 4 Machu Picchu: Carved rock known as the “Ceremonial Rock.”
Photo by Jessica Christie.
Vitcos, another royal estate of Pachakuti,is situated on a flattened ridge and has a small plaza lined by kallanka-like buildings.From this possible palace complex,an Inka road led south to another terraced hill which holds the building group that encloses the sculpted Yurak Rumi Rock (see Lee 2000). Vitcos demonstrates the architectural sculptural features of the pattern—a modest plaza, kallanka-like structures,and a special sculpted rock—but their spatial alignment is disconnected. Therefore Vitcos may not share the pattern which would align it with Pisaq and Ollantaytambo, two additional and very important estates of Pachakuti located in the Urubamba Valley. Pisaq is divided into numerous sectors which crown the mountain ridge line overlooking the valley and the contemporary town of Pisaq.In this case, the topography was not conducive for elaborating the pattern since the ridge locations do not provide sufficient space to construct large plazas. Ollantaytambo as well had different sectors, one in the flat valley bottom of the Patakancha River and the other on the hillside which contains the famous so-called Sun Temple. There would certainly have been space for the pattern but the Inka apparently did not use it here. This impression is based upon the structures and spaces visible today. But Ollantaytambo has been remodeled more often than Pachakuti’s other estates: Manqo Inka used it as a military fortress; the late Inka architectural style of the ‘Araqhama Sector; and the contemporary town which occupies and sits on top of part of the Inka site. Jean-Pierre Protzen (1993:50–53) has shown that there was indeed a plaza opening within the kancha zone and he thinks this plaza was
Figure 5 Callachaca: Sector F, T-shaped plaza group, plan.
Drawing by Susan Niles.
bounded by kallankas. This area has been built over with houses and if there ever was a sacred rock, it has disappeared. Therefore the pattern cannot be documented for Ollantaytambo.
Amaru Thupa Inka, Pachakuti’s oldest son who was supposed to become emperor according to the system of succession, used the same architectural pattern in his estate at Callachaca.Callachaca spreads in several sectors over the hillsides east of Cusco. The one of interest is Susan Niles’ Sector F (Niles 1987:fig.1.3, 106–114). What she calls the T-shaped Plaza Group is a plaza in the form of a thick-stemmed T which is fronted by two partly preserved kallanka-like halls in the north and by a rock outcrop in the south.
The rear walls of the kallankas were built into a hill and their doorways open onto the plaza. The outcrop exhibits several manmade modifications which Niles describes as nooks and elaborations of natural crevices some of which evidence high skills of craftsmanship. She interprets the resulting chamber-like open spaces as tombs. On its south side, the outcrop has at least one seat-like sculpture facing south across the Huatanay Valley which means away from the plaza. Further, this sculpture is not visible from the plaza.Therefore,while it could well have functioned as a seat or throne,its ritual context was most likely unrelated to the T-shaped plaza. Chinchero, the well documented estate of Thupa Inka Yupanki, offers another case of our pattern. Here it focuses on Structure 11 and several carved rocks which form
Figure 6 Chinchero: Plan of Great Plaza area.
Adapted from Alcina Franch 1976.
the southeastern corner of the Great Plaza (for a detailed analysis of the architecture, see Alcina Franch 1976:100–114).
Structure 11 was built over a natural outcrop resulting in a pyramidal volume which consists of four platform levels. The carved outcrop Pumaccacca constitutes the focal point of Structure 11 and sits approximately at its center. It towers about six meters above the level of the Great Plaza and Alcina Franch (1976:106) likens its form “to an eruption of the mountain coming out of its interior, which turns over on the outside and overflows.” I think this verbal image may well describe part of the sacred character the Inka saw in this rock. The carvings are vertical and horizontal cuts forming planes and two sculpted pumas with crossed legs.
Pumaccacca has to be understood in relation to four other carved rocks situated nearby: first is a smaller rock with a seat-like carving which is located at the foot of Structure 1 and in the southeastern corner of the Great Plaza (Figure 6); the second and third sculpted rocks sit on the third platform; the fourth carved boulder is on top of the outcrop on and around which Structure 11 was built.
Structure 11 with Pumaccacca and the four additional carved rocks is situated in the southeast corner of the Great Plaza (Figure 6). The south side of the Plaza is lined by Structures 1, 2, and 3. In particular, Structures 1 and 3 form long rectangles
which open to the Plaza with six (Structure 1) and seven (Structure 3) double-jamb windows or entryways (see Figure 6). Structure 1 measures 48 meters in length, Structure 2is 17.80meters,and Structure 3is 42meters long (Gasparini and Margolies 1980:214). They are built on a terrace and their floor level is higher than that of the plaza and therefore access is accomplished from the short lateral sides via two passageways between the buildings. They exhibit the general diagnostics of kallankas and I think at least Structures 1 and 3 fall into this category. The elevated level and the lateral access to the Chinchero kallankas might have made it difficult for large numbers of people to enter at one time but the elevation is low enough that the openings to the plaza could as well have been used as doorways.
Thus the setting and formal elements of Pumaccacca as well as some of the associated smaller carved rocks make them excellent candidates for the pattern with the type of usnu that functioned as elevated throne of the ruler. These issues will be explored in greater depth in Section Two.
Wayna Qhapaq’s well documented estate at Urubamba and Yucay also used the pattern,though in a diminished form,in the palace complex of Quispiguanca.Niles and Robert Batson (Niles 1999) investigated the standing architectural remains, placed them in context, and documented them in a number of plan and reconstruction drawings, some of them in color.
The drawings illustrate that the monumental entrance to Quispiguanca lay on the east side of the complex between two gatehouses. Once the visitor had passed through the portal, he or she stood in the main plaza in the middle of which sat a
pronounced white boulder and a possible platform construction.North of this plaza, there were two symmetrical kancha compounds facing each other across an open space.On the side toward the open space,each kancha was fronted by a kallanka and two small rectangular buildings occupied the middle of the open space. Niles (1999: fig.6.2, 171–176), who shows that the unmodified white boulder is not at the exact center point of the plaza, argues that it was accompanied by another structure, possibly a platform,which marked the precise midpoint.The latter probably functioned as a shrine. It is now topped by a Catholic chapel located at the east end of the present cemetery and therefore cannot be reconstructed.Niles also thinks that water may have been channeled through the midline of the plaza, over or around the rock and its shrine, and on to the south terrace wall. Today water drops down the south terrace façade of the palace and during Wayna Qhapaq’s time, it would have been collected in an artificial lake described in the documents (Villanueva Urteaga 1971:38). In 2003, INC (Instituto Nacional de la Cultura) was excavating at Quispiguanca.
The Quispiguanca example reinforces our pattern with a foregrounded but uncarved rock. The fact that we have no idea whether there truly was an adjacent structure and if so, what it looked like, opens doors to speculation. It simply seems reasonable to suggest that given the central position of the white boulder and its possible companion structure,the two served as a focal point for ritual activity.This ritual activity could have been primarily political and related to the usnu concept, and it is conceivable that Wayna Qhapaq sat on the speculative platform overseeing events on the plaza.Or the rituals might have been religious in nature,during which offerings were brought to the boulder and water.
The cases discussed above represent royal estates of Inka rulers presented in a chronological order and situated in a reasonable vicinity to Cusco. We have seen that the pattern using a sculpted rock is most strongly developed on the properties of 176
Pachakuti and his sons Thupa Inka and Amaru Thupa Inka while his father Wiraqocha Inka and Wayna Qhapaq used uncarved boulders.Let us now look at governance sites and administrative centers further away from Cusco to investigate where the pattern is present.Royal estates can be closely connected with individual rulers and remained the properties of their panacas (royal lineages composed of the descendants of the deceased ruler but excluding the son who became the new ruler). Governance and administrative sites are more problematic because historical and archaeological data do not always clearly link them with specific rulers, and because they typically experienced various rebuilding phases and are often partly covered by present-day towns. Further, the number of cases I present can by no means claim to be a complete list of all Inka sites with the pattern. My goal is to introduce a representative sample to build a solid argument that the pattern this study is investigating is indeed meaningful and was deliberately employed in a significant number of Inka settlements.
The Pattern at Outlying Governance Sites and Administrative Centers
An example far away from the capital is the immense sculpted outcrop of Samaipata in Bolivia. It is not entirely clear whether the Inka settlement of Samaipata was constructed during the reigns of Pachakuti, Thupa Inka Yupanki, or Wayna Qhapaq. The crucial point is that it has a Great Plaza faced by a kallanka and overlooking both is the gigantic outcrop.
Figure 9 Samaipata: Plan view of site.
Drawing by Albert Meyers.
Figure 10 Samaipata: Carved outcrop, south side, niches and seats above.
Photo by Jessica Christie.
Among many other carvings, the south side of the rock displays a long row of sculpted seats from which spectators could have observed events in the plaza. Thus, in this case,the foregrounded rock could have served as an usnu for a number of individuals. Indeed,Albert Meyers (1998:67) has called the carved outcrop a giant usnu.
While this remains a possibility, it is also a great oversimplification of the complicated case of Samaipata.The outcrop exhibits a large number of sculptures serving a variety of purposes, for example, the long canals with the rhomboid pattern versus the seats and niches. Albert Meyers (1997) distinguishes two phases in the process of carving and elaborating the rock: in the first phase, the Inka would have sculpted the canals, seats, and steps.When integrated into ritual performance, these works would have forced the participants to look down or to orient themselves toward the rock and the earth.In the second phase,Inka artisans cut the niches into the north and south sides of the outcrop, added the possible temple walls to the south side as well as the L-shaped wall with niches on top of the rock. During ritual performance, participants would now face the niches which might have been filled with figurines or mummies. Their vision would expand further toward the horizon and mountain peaks and would no longer remain static and earth-bound. According to Meyers (1997), this view toward the horizon line and the sky and the use of transportable objects is characteristic of a conquest society. There is also the issue of distance.Anybody sitting on the carved rock seats would not be able to recognize specific actors and events held on the plaza without the use of binoculars.
Nevertheless, it seems legitimate to argue that the monumental presence of the giant outcrop always loomed above the ritual participants in the plaza as a constant reminder of the symbolic and mediating qualities associated with the essence of stone in Andean worldview (see more below). As an afterthought, it is intriguing that Albert Meyers and Cornelius Ulbert (1997) documented a plaza containing a stepped platform with a stairway facing a kallanka at the northern complex of the site of La Fortaleza located some 50 km air-line distance east of Samaipata. This constitutes a clear example of the pattern under discussion: a plaza,a kallanka, and a foregrounded rock that has been replaced by an usnu construction.
Inkallaqta was another settlement located far to the south,east of Cochabamba, in the area of the ancient Pocona in what is now Bolivia (Gasparini and Margolies 1980:207–212).Roberto Teran (cited by Gasparini and Margolies 1980:210) notes that it was built by Thupa Inka between 1463 and 1472. Inkallaqta has a very large kallanka measuring 78 meters long by 26 wide and covering an area of 2028 square meters.The façade fronting the plaza exhibits twelve narrow doorways.Between the sixth and the seventh doors are the remains of a small stepped platform which has been identified as an usnu (see Zuidema 1980 above). Thus, the Inkallaqta case shows an interesting play of scale: a miniature usnu abutting an exceptionally large kallanka. A variant of the pattern under discussion appears to be present in that Inkallaqta has a small stepped platform instead of the foregrounded rock.
Going north, an important administrative center in the northern highlands situated on the qhapaq nan (north-south imperial road) was Huanuco Pampa, which was investigated by Craig Morris (Morris and Thompson 1985). Huanuco Pampa has a large plaza with a dominant usnu platform near its center (Hyslop 1990:27, 203–206,215–218;Morris 2004b:42–56).Elite architecture borders the east side of the plaza, which is known as Sector IIB. The entrance to this elite sector passes between two kallankas (Gasparini and Margolies 1980:201–206). Sector IIB is composed of a series of patio enclosures used for feasting with increasingly restricted access as one moves from the plaza to the inner patios. The gateways leading to the individual enclosures are aligned with the usnu platform in the plaza. Again, a variant of the pattern is present with the centrally situated usnu in the large plaza and two kallankas forming the main entrance to the elite Sector IIB. Yet the usnu is a masonry platform and not a carved rock.
Further south and also located along the qhapaq nan was the administrative center of Vilcaswaman which Cieza de León (1959:126) describes as the geographical middle or center of the Inka empire because the distance from Quito to Vilcaswaman was said to equal the distance from Vilcaswaman to Chile. According to Cieza de León (1959:126–127), Pachakuti began construction at Vilcaswaman and Thupa Inka enlarged it and commissioned additional buildings.Although the features of the pattern are not well preserved, it is clearly present: in what used to be the Inka plaza stands an usnu which originally consisted of five stepped platforms. This usnu was set into a walled compound and accessed through probably three double-jamb doorways (Gasparini and Margolies 1980:271–277). The surviving central door opens directly to the single stairway which leads to the top
Figure 11 Vilcabamba the Old: Reconstruction of Central Sector.
Drawing by Vincent Lee.
platform of the usnu where a cube-like stone block with two precisely cut seats still stands. It represents a wonderful merging of the usnu concepts of the stacked platforms and the sculpted stone seats.The remains of a large kallanka-type structure are found behind the usnu. What makes Vilcaswaman further so important is the fact that two detailed descriptions of its usnu and how it was used have survived (see below).
Chronologically the latest example is Vilcabamba the Old documented by Vincent Lee (2000). Vilcabamba was Manqo Inka’s last refuge where he built a new capital that was likely inspired by the layout and the divisions of Cusco (Lee 2000:413; Christie 2006a). Nicole Delia Legnani (2005:36) has reinforced that Vilcabamba was envisioned as a new Cusco and new Inka center of Qhapaq status in her reading of the Titu Cusi manuscript: for example, because Manqo Inka transferred the Sun idol Punchaw from Cusco to Vilcabamba. Punchaw had been commissioned by Pachakuti and embodied the belief that the Inka were descendants of Inti, the Sun, and it was further coupled with the Inka’s sacred right of territorial expansion. Given the fact that the entire site is covered by dense jungle, the surveying and mapping work Lee undertook is absolutely remarkable. At the same time,as INC excavations are now being conducted (in 2005),some of his plans may have to be altered. It appears that Vilcabamba the Old was divided into a physically Upper and Lower Sector of buildings.Roughly in between these sectors entered the main road from the southeast: it passes by fountains which have run dry, crosses a
Figure 12 Vilcabamba the Old: Foregrounded boulder.
Photo by Jessica Christie.
stream, and after being squeezed in tightly between Building Groups 14 and 15, it opens into the main plaza.This plaza is bordered by Groups 16 and 17 in the southwest and northeast and by a long kallanka hall in the northwest. Lee (2000:413) interprets Groups 14 and 16 as hanan (upper) and 15 and 17 as hurin (lower) sectors in the context of the plaza.On the northeast side of the kallanka and connected to it by a wall sits a large unmodified boulder.
It measures nearly eight by twelve meters across and five meters high and Lee (2000:413) thinks it may be oriented “toward the ushnu-like platform of Group 16.” I find this association too speculative since the platform of Group 16 is really a terrace accessed by a short stairway, whose other function is that of a platform foundation for a kancha formation of houses. The prominence of the boulder and its connection with high-status architecture are unquestionable.
It has to be repeated that Vilcabamba is situated in deep lowland jungle, a natural environment unfamiliar to the Inka. High mountains are absent and their symbolic connotations most likely poorly understood by local people. Therefore, it is significant that Manqo Inka placed or left the boulder (I assume this was the original position of the large block) in such a prominent spot. I suggest his intention was to replicate the architectural pattern used by his predecessors, which I have been documenting. The claim articulated by the plaza-kallanka-special rock configuration was that Vilcabamba was meant to be a new version of Cusco and a royal property.
Relationships between Carved Rock Wak’as and Usnus
The most tantalizing and complex element of the pattern is without a doubt the special rock. Its archetypal Cusco version was known as the usnu or possibly two usnus (Zuidema 1980). There remains much confusion in the literature about what the usnu(s) looked like and where exactly it/they stood because the accounts by the chroniclers are fragmentary and inconsistent on this issue. In this section, I first reconstruct what we know about the Cusco usnu and show which foregrounded rocks in the pattern may most closely resemble it in physical form.Secondly,I address conceptual aspects of stone as a material in Andean worldview which may link the formally different rock wak’as and usnus of the pattern on a symbolic spiritual level.
In Cusco, Betanzos describes the usnu as “a stone made like a sugarloaf pointed on top and covered with a strip of gold” (1996:47–49). Associated with it or next to it was a stone font or basin for holding liquids. Around this stone font, the people of Cusco buried gold statuettes representing the most important lords of each lineage in the city. “In the middle of the font they put the stone that represented the Sun” (Betanzos 1996:48). This was meant as an offering to the Sun, mirroring the social organization of Cusco and its history. It might very well have constituted a parallel to the zeq’e system (a radial system of forty-one imagined lines defined by shrines/wak’as) which had its center in the Qorikancha (the Inka Temple of the Sun) and each radiating zeq’e was maintained by a Cusco lineage. In this manner, the two symbolic centers of Cusco, the usnu and Qorikancha, merged.
It is significant that Betanzos clearly distinguishes between the stone or gold statue representing the Sun which was kept in the Sun Temple and the stone usnu in the plaza. He explains (Betanzos 1996:48) that the stone (usnu) in the plaza was for the common people to worship while the statue of the Sun in the temple was for the lords. The ceremony during which this Sun statue was placed on the font was a symbolic performance of the discourse between the ruler and his subjects. When the Sun stood upon the font or basin made to hold liquids which could be drained through underground channels, it became the symbolic axis mundi or world axis connecting the vertical divisions of the cosmos. This was the role appropriated by the Inka ruler for himself and acted out when he sat on any usnu.His subjects stood and perhaps were grouped around him like the gold statuettes they had buried in the ground. I suggest such a symbolic context was paramount for the architectural pattern under discussion and that it provided the stage background for similar interactions between the ruler and commoners at many other settlements.
In three authoritative publications,John Hyslop (1990:69–101),Zuidema (1980), and F. M. Meddens (1997) have discussed the Cusco usnus, other usnus, and the complex symbolic connotations associated with them. They conclude that usnus could assume a number of material forms: they could be stone pillars, stone seats, stone basins or fonts linked to underground channels, platforms, or truncated pyramids. Depending on their forms, usnus could have a variety of functions. Hyslop (1990:70–72) focuses on usnu platforms and observes that they are rare to absent in the immediate Cusco region but common in conquered territories. He implies that the concept of the personified axis mundi as defined in Cusco functioned as a state symbol and was exported to the outlying regions of the empire.As explained above, the axis mundi could be called into presence interchangeably by the Sun idol placed upon the font or by the ruler seated on an usnu platform in the main plaza. Thus usnu platforms and/or seats brought together Inka nobility who would assume the elevated position on the usnus and common and non-Inka peoples who occupied the great plazas.When the ruler took his position upon the usnu, he oversaw rituals and military reviews, addressed his army, and perhaps also spoke justice in the role of a judge (see Gasparini and Margolies 1980:271). In reference to the Cusco example, the usnu may have stood precisely between the Awkaypata and Kusipata plaza sectors. In the greater context of the capital, the whole main plaza constituted the dividing line between the hanan (upper) and hurin (lower) divisions and the four roads of the empire departed from it to the four suyus (quarters of the empire). The dualistic and quadripartite structures of Inka social and political organization may well have been reflected in the Awkaypata—Kusipata division and performed and dramatized on the usnu (see Rostworowski 1983:130–179).
Zuidema (1980:357) emphasizes the idea that the usnu symbolizes an opening in the ground through which the earth sucks in rain water;this aspect of the usnu takes on material substance in the basin and drainage system as well as in the canalized Saphy River if indeed it stood on top of it. Angles Vargas (1988:76–77) and others place the usnu exactly in between the Awkaypata and Kusipata sectors on top of the canalized Saphy River. In this interpretation, it had direct access to underground waterways and its mediating qualities were physically brought out by its very position between Awkaypata and Kusipata.
But the usnu also marks an observation point of the Sun (Zuidema 1980: 318–331). At least a dozen chroniclers mention the existence of sets of small towers or stone pillars on the eastern and western horizons of Cusco (Bauer and Dearborn 1995:67–100, Hyslop 1990:61–62). One point of observation may have been the usnu in the Awkaypata plaza.The Anonymous Chronicler (in Bauer and Dearborn 1995:35) describes the four western pillars and states that:
When the sun reached the first pillar they prepared for the general planting and began to plant vegetables in the heights, as slower [to mature], and when the sun reached the two pillars in the middle,was the point and the general time of the planting in Cuzco, and it was always in the month of August. It is in this way that, to take the point of the sun between the central two pillars they had another pillar in the middle of the plaza, [a] pillar of well worked stone one estado in height, in a suitable indicated place, that they called usnu, and from there they watched the sun between the two pillars,and when it was exactly there,it was the time for sowing in the Cuzco Valley and its region.
While the Anonymous Chronicler states that sunset between the western central pillars was observed from the usnu, he does not say who watched it. We might assume that he implies the ruler seated on the Cusco usnu.Dearborn (2000) makes the interesting argument that the distances between the pillars which the Anonymous Chronicler provides are much too wide to specify a precise date. According to Dearborn’s calculations,the Sun would appear to set between the central pillars for nearly a week as seen from the usnu in mid-August.The large separation of the pillars also allowed most of the people gathered in Awkaypata/Kusipata to watch the sunset and not exclusively the ruling Inka on the usnu.Dearborn concludes that the primary objective of solar observation from the Cusco usnu was not astronomical in the sense of fixing a precise date, but ritual, meaning that all the people in the plaza watched the Sun set. Dearborn’s argument gives important insights into the discourse between the ruler and common people as it was acted out at the usnu in the context of watching the Sun, who himself was an Inka deity and the progenitor of the ruling Inka dynasty. Zuidema (1980:331) observes that on four important dates in each year, the Sun and the Moon stood exactly above at zenith and below at nadir of the Cusco usnu, reversing their positions between noon and midnight. This alignment further imparts the usnu a role of central axis between the underworld and the sky.Meddens (1997:10) stresses the roles of different usnus as seats of the Sun or of the Inka ruler.
One important issue in the usnu discussion which bears upon the pattern under study is the question of its origin. Zuidema (1978 cited by Hyslop 1990:72) thinks that the usnu as a platform developed from the seat of the Sun or the stone set in the Awkaypata plaza of Cusco. In this scenario, the Cusco usnu would represent the earliest prototype for all later usnus and this line of reasoning would best support my argument in this essay. However, Santiago Agurto (cited by Hyslop 1990:72–73) has linked the usnu platform as an architectural form with pre-contact Andean coastal traditions in which buildings were commonly constructed from solid masses.Inka architecture,on the other hand,does not usually emphasize solid buildings. The hypothesis that solid buildings from the north coast inspired usnu platforms fits well with the observation that these platforms are rare in the immediate Cusco area but are found in outlying settlements established during the Inka state’s expansion often after the coast had been conquered. The origin of the usnu as a stone-basin-drain complex may be a separate matter. Examples of these features are fewer than the platform since their documentation requires archaeological excavation.Known Inka cases include Cusco,the platform in Vilcaswaman (Meddens 1997:5), and one of the platforms framing the lower plaza of Sayhuite. John Staller (N.d.) sees the stone-basin-drain aspect of the usnu as a concept tied to pan-Andean concerns with structure versus fluidity and the ritual use of liquids and drains.
The debate of the origin of the usnu affects this discussion because if the Cusco example truly constitutes the earliest prototype of the usnu, my argument stands on solid ground. If the usnu concept developed in the wake of Inka conquest and state expansion, then my argument is considerably weaker. I think that the usnu concept evolved from the shared pan-Andean symbolic associations surrounding stone.Most likely, there had been some kind of rock wak’a in the Cusco plaza before the rebuilding of the city under Pachakuti took place. Pachakuti and his successors devised the usnu as a special category of foregrounded rocks and as a state symbol and manifestation of Inka stone ideology.The formal vocabulary of the usnu was expanded from a single stone to include the basin and drain complex, seats, and the solid platform.
It appears that there were many different types of usnus and various functions they could fulfill. Each individual usnu did not play all its possible roles and I think that many carved rocks and particularly those which fall in the pattern under discussion shared aspects of the usnu as defined by Hyslop, Zuidema, and Meddens. In my view, Inka carved, sacred, and foregrounded rocks constituted a category much broader than usnus, and some of them exemplified the usnu concept as defined above. For example, the cases from Machu Picchu and Chinchero display carved seats or platforms which relate them to the usnu platform.Evidence for libation rites exists at many rocks in the form of sculpted channels; some examples include Samaipata,Kenko Grande,and Sayhuite.I don’t feel comfortable calling the foregrounded rocks in this study outright usnus; for instance,Carolyn Dean (2006) rightfully pointed out that usnu is one of the terms all too often “abused”by scholars to quickly designate any platform in any Inka plaza and that this term must be more critically used and more carefully defined. Yet they all share the material of stone with the Cusco usnu and more or less formal features,which justifies the conclusion that they had similar functions in the context of ritual performance.As I will argue below, the material essence of stone and its underlying symbolic qualities were the crucial bond that linked the Cusco usnu with all foregrounded rocks.
At Machu Picchu,the Ceremonial Rock was beautifully sculpted into platforms and steps and could well have functioned as an usnu during rituals (Figure 4). Indeed, the material evidence of large numbers of potsherds from drinking vessels found in the plaza (Wright and Valencia Zegarra 2001:12) suggests that drinking chicha was a common activity. The consumption of chicha was and is an important component of Andean feasting and ritual and it seems very reasonable to argue that Pachakuti organized such festivities for agricultural workers who did not live inside the walls of his estate and other local people from the surrounding area (Salazar 2004:47). Wright and Valencia Zegarra (2001:8–10) note that some round rocks strewn around this boulder sculpture come from the Urubamba River to metaphorically make the sacred river and the watery underworld present at the
Figure 13 Guaman Poma de Ayala, 398: Manqo Inka seated on the Cusco usnu.
rock and in the plaza.It is well conceivable that Pachakuti would have used the Ceremonial Rock as an usnu: when he had taken seat on the platform, he mediated in ritual between the lower cosmological layers and his father the Sun on behalf of his subjects who would have gathered around him in the plaza. Rituals of this nature brought to life before the eyes of local people aspects of state ideology which had been devised in Cusco, and that is what the pattern under study is all about. Guaman Poma de Ayala (1987:377, 391, 407) drew the royal usnu three times in a similar form as a stepped pyramid: Guaman’s page 398 illustrates Manqo Inka during his coronation ceremony on the stepped usnu in Cusco; page 374/384 shows Atawallpa seated on a stepped usnu in Cajamarca and Guaman’s page 369 depicts a stepped structure in the background of a scene with Wayna Qhapaq in Cusco.
At Chinchero, Pumaccacca and some of the nearby smaller carved rocks may have been used in a similar fashion as usnus in the form of elevated thrones of the ruler. When seated on one of the platforms of Pumaccacca, Thupa Inka Yupanki could have easily overseen and commanded events in the plaza. More mysterious are the two sculpted pumas. In the rare cases in Inka rock art where figurative imagery occurs, the puma is most frequently represented. This could be due to the general pan-Andean belief that the feline was charged with special powers.We know that Pachakuti wore a puma skin when he went to war (Salazar 2004:36). However, in this case,Pumaccacca could be an attempt to copy Pumaurqu,the place of emergence and origin of the Inka, and transfer it to Chinchero. Pumaurqu located south of Cusco in the Province of Paruro is a much larger and taller outcrop. Its top surface is similarly carved into seats, planes, and platforms and displays two pumas. While very speculative, Thupa Inka might have intended to align himself with this powerful origin place and especially with Manqo Qhapaq, the first mytho-historical ruler in the Inka dynasty. We know that Pachakuti, his father, ordered Pumaurqu be turned into a wak’a and that he most likely commissioned the carvings (after Sarmiento de Gamboa 1942:107). The origin places, Tampu T’oqo and Pacariqtambo,mentioned by Sarmiento de Gamboa have been identified with the sculpted outcrop of Pumaurqu and the nearby Inka settlement Maukallaqta (Bauer 1992: 109–123; Christie and Staller 2004). It is conceivable that Pachakuti’s son wanted to re-create his own Pumaurqu at his personal estate of Chinchero. If this line of reasoning holds true, it would add another significant symbolic layer to the complex concept of the usnu. Meddens (1997:10) interprets pumas, and especially those portrayed on usnus,as forces controlling water and fertility.His reasoning is derived from the rich iconography of the sculpted Sayhuite stone, which includes felines and channels for liquids.
Vilcaswaman represents a third case in which a sculpted rock is clearly part of an usnu. The whole usnu construction consists of a stepped platform with a single stairway surrounded by a compound wall which possibly had four doorways (Gasparini and Margolies 1980:112–116, 271–277). On top of the platform still stands a cube-like stone block sculpted into two seats with armrests. Two unique sources bring to life and validate the ritual spaces and performances at the usnu in the context of the pattern for Vilcaswaman. The earlier writer is Cieza de León who closely describes the plaza and its usnu:
To one side of this plain,toward the rising sun,there was a shrine for the Lord-Incas, of stone,from which small terraces emerged,about six feet wide,where other enclosures came together, and at the center there was a bench where the Lord-Inca sat to pray,all of a single stone so large that it was eleven feet long and seven feet wide,with two seats cut for the aforesaid purpose. They say this stone used to be covered with jewels of gold and precious stones to adorn this place they so venerated and esteemed, and on another stone, not small, now in the middle of this square, like a baptismal font, was where they sacrificed animals and young children (so they say), whose blood was offered up to the gods (1959:126–127).
The second source is part of a description of the province of Vilcaswaman made by Corregidor Don Pedro de Carabajal in 1586:
There was a plaza large enough to hold more than twenty thousand men, which the Inka ordered to construct by hand and to accomplish this, he had to drain a large water pond. In front of the House of the Sun, there was a platform fenced in by a stone wall five estados high; it had a stairway of finely cut stones which facilitated theatrical effects so that the Inka could disappear and walk up to be seen; and on top stood two large stone thrones covered with gold where the Inka and his wife were seated like in a stand and from there they worshipped the sun; and when the Inka sat on the usnu, his whole guard protected the doors with utmost watchfulness; and there the Inka sat below a great canopy of the most colorful feathers, and the support posts upon which rested the roof were of gold, and 12 old captains of the Inka’s panaca carried the canopy. In their language, this canopy is called achigua. . . . He continues to describe sacrifices made to major deities for the wellbeing of the Inka and his family (Jimenez de la Espada 1965:218–219).
The two text passages cited bring together the material forms of the usnu as platform and carved stone seat and they dramatize ritual practices of mediation through the persona of the ruler at the center of Vilcaswaman, which itself was viewed as a symbolic center of the empire. It is of great interest that Cieza de León and Don Pedro de Carabajal describe two seats/thrones on top of the usnu platform and that the very stone block with the two carved seats has indeed survived. Who occupied the second throne? Was it the qoya, the Inka’s wife, as Don Pedro de Carabajal suggests, or did the two seats unite the two functions of the usnu: throne and altar, political and religious, secular and sacred (Gasparini and Margolies 1980: 269)? The Vilcaswaman usnu has to be included as a significant case study in any reconstruction of events surrounding usnus.
The variation of the pattern has most likely to do with the complexity of the usnu. The Cusco usnu was an upright stone, a seat, and a stone font with drainage channels.Perhaps the Inka evoked the concept of the usnu by one or a combination of the above features: Juchuy Qosqo uses the upright stone only while Samaipata shows a combination of all the elements and more. Most variation seems to have occurred with the seat. The seat could be a bench typically carved out of a boulder as at Machu Picchu or Chinchero; but it could also be a small or large masonry platform as at Inkallaqta and Huanuco Pampa or combine both as at Vilcaswaman. I speculate that the choice of the seat feature may have been due to the availability of a boulder suitable for sculpting, and to the intended ritual requirements for which the seat was to be used. For example, royal estates were closely tied to individual rulers and their plazas were relatively small. The carved stone seats/usnus at Machu Picchu and Chinchero probably acted as thrones for Pachakuti and Thupa Inka from which they addressed their people and directed ceremonies.Huanuco Pampa, on the other hand, was a fairly remote administrative center where the ruler was rarely present.State officials had to address and control the local populace.It is possibly for these reasons that they needed a very large plaza with a large seat turned into a masonry platform from which several leaders could direct and control a large audience.
So far, I have focused on formal and visual resemblances between the Cusco usnu,Guaman Poma de Ayala’s drawings,and certain case studies of the pattern.On a more general level, what links together usnus and all foregrounded rocks in the pattern is the fact that they all functioned as wak’as and were made of stone.I argue that first and foremost,all the special rocks which fall under the pattern were wak’as with all their symbolic connotations and mediating qualities addressed by many writers. Frank Salomon (1998:7–17; Salomon and Urioste 1991:16–19) examines wak’as from a linguistic perspective through the language in the Huarochiri manuscript written in Quechua. He shows that wak’as, like people, plants, and animals, pass through several states of being:“from kinetic, fleshy, fast-changing . . . toward static, hard, slow-changing” (1998:9). As the actions of a being become more energetic and powerful, it moves from a soft biotic state to a hard state full of permanence. Since this process appears to be the same for wak’as, people, plants, and animals, it follows that they all would be subject to similar life forces and animating essences, thus establishing a clear parallel between wak’as and humans. The final states of permanence are visualized in deified mountains, other land features, and rock wak’as. In Andean thought, there is a continuum from transitory to durable modes of being, the latter being materialized by stone, mountains, and sculpted rock wak’as. It implies that the rock wak’as had not always been hard and timeless but had passed through softer,more pliable material stages.It probably did not matter whether a boulder was sculpted or not—what mattered was the material essence and quality of stone which manifested its permanent and timeless state of existence. Cesar Paternosto (1996:179–186) discusses these qualities under the term tectonic, which includes all that is related to construction but also refers to the earth’s crust and the geological formations which gave rise to the Andean landscape. Stone wak’as belong to both aspects of the tectonic. At the same time, though, not all natural stones were wak’as. Those foregrounded in the pattern under discussion were thoughtfully selected, some were carved, and deliberately placed into a specific architectural and spatial context meaning that in many cases the rocks stood there first and architectural space (plaza,kallanka) was designed around them.The differing states of being for humans and the natural world were brought into relationship through ritual at the rock wak’as and in the adjoining plazas and kallankas. While the ritual participants—people and wak’as—interacted asymmetrically with the wak’as being the more durable and hence more powerful, ritual activities mediated between the multiple and complex inhabitants of the cosmos and states of existence, made them understandable, and reinforced coherence (see also Allen 1998:25).
Maarten van de Guchte (1990:237–271) superbly explores the complex layers of the concept wak’a based upon ethnographic and linguistic sources. He notices that while Spanish writers in the 16th century tended to focus on wak’as as objects,in the 17th century, there was a greater interest in the processual and ritual characteristics of wak’as and they are treated in the literature as living dynamic forces charged with spiritual powers. Wak’as can be material movable objects or localized features in a landscape, such as a building or water source. Wak’as can make sounds and speak in human languages and have relations with weather phenomena and the celestial bodies and wak’as may have unusual physical features which separate them from normal people and natural objects.Wak’as in all these categories lively interact with humans and we recall Guaman Poma’s (1987:253) well known drawing of Thupa Inka addressing a group of wak’as many of which are carved stones. All such discourse between wak’as and humans,between the landscape and humans is based on the principle of reciprocity central to Andean thinking. Reciprocity (ayni) cements Andean social and economic lives in the form of a vertically-organized trade system between altitude zones and reciprocity was fundamental in the political obligations between the Inka state and its subjects (Stone-Miller 2002:15–16). Reciprocity also characterizes the relations between man/nature and man/supernatural beings and always invokes mediation and dialogue rather than dominance. Of course, the concept of wak’a goes far beyond rocks; the latter only constitute a subgroup of wak’as and the foregrounded/sculpted boulders in the pattern only make up a small group of all rock wak’as.
There may have been another interesting link between the foregrounded rocks in our pattern, usnus, and Inka origin places. There were two main Inka origin stories told with certain variations by many chroniclers, which have been extensively debated in the literature (see,for example,Christie 2006b; Christie and Staller 2004; Salles-Reese 1997; Urton 1990, 1999). In the cosmic origin myth,Wiraqocha created the sun, the moon, and the stars on the Island of the Sun in Lake Titicaca. They are said to have come forth from two pronounced natural holes in a sacred rock outcrop.
This rock outcrop was the focal point of an important Inka sanctuary which people from all parts of the Andes visited in annual pilgrimages. Next Wiraqocha formed humans and painted them in the manner of the dress they were supposed to wear. He sent his newly created people away underground to wait for his call to come up out of springs, caves, rocks, and other similar places. Such places called pacarinas became the unique locations of origin of individual lineages. In the specific Inka origin myth, there was an important place with the name Pacariqtambo, to the south of Cusco,with a nearby mountain called Tampu T’oqo which displayed three windows or caves. The ancestors of the Inka who are represented as four brothers and four sisters in the chronicles emerged from the central window.Tampu T’oqo is known today as the sculpted outcrop Pumaurqu. Pumaurqu is a gigantic outcrop associated with caves, carved boulders, and a few modest Inka buildings around its bottom. Its top surface is sculpted into seats, platforms, and planes, as well as two pumas.The leader and principal figure among the ancestors was brother Ayar Manqo. They left Tampu T’oqo together with local people from the area searching for fertile land on which they would settle. When they arrived at the valley of Cusco, they recognized through miraculous signs that this should be their home. They took possession of it and Ayar Manqo founded the capital and became the first Inka ruler Manqo Qhapaq.
This digression was necessary to show how important stone and rocks—carved as well as uncarved—were in Inka and pan-Andean origin mythology. There may have been a conceptual link between the rocks in the origin stories, usnus, and the foregrounded rocks in the pattern we are investigating. Betanzos and Pedro Pizarro (1978:91) clearly say that one aspect of the usnu in the principal plaza of Cusco was that it functioned as a seat of the sun.Meddens (1997:10),in his discussion of usnus, differentiates between one type of usnu that was the seat of the sun and another type which was the seat of the ruler. He (1997:10) further points out that Inka rulers as well as the sun could literally be represented by certain idols which were understood as their brother images or huauques (wauq’es). Such huauques were mentioned by Spanish writers and specific huauques of Inka rulers have been identified (Van de Guchte 1996). Andean people appear to have believed that the spirit and essence of the ruler entered his brother or double image. The idol Punchaw stationed in the Qorikancha seems to have represented the sun in a similar way.At the beginning of time, when the sun first came out of the opening in the large rock formation on the Island of the Sun,it rested or sat on the stone for a moment in time.Perhaps the sun was made to rest or sit in a similar fashion on the usnu in Cusco when the Inka people placed the idol of the Sun on it (see above Betanzos 1996:48).This ritual act may be understood as an attempt to re-create the origin place in the center of Cusco.The main message of this ritual was to center the sun and its origin in Cusco. Since the Inka ruler was respected as the son of the sun, it would be appropriate for both the ruler and its supernatural father, to occupy equal usnus (see the two carved seats at Vilcaswaman). It is very interesting that Ramos Gavilan as well as Bernabe Cobo (cited by Bauer and Stanish 2001:230–231) mention a large stone basin placed directly in front of the Sacred Rock on the Island of the Sun into which priests poured the corn beer or chicha for the Sun to drink. Bauer’s and Stanish’ excavations (2001:231) exposed the remains of a stone canal which drained liquids away from the Sacred Rock. This seems to indicate that those aspects of the usnu which deal with liquid offerings and drainage were present in the Sanctuary area and that the Island of the Sun had—at least conceptually—an usnu. According to Zuidema (1980:357), this very aspect of an opening in the ground, where the earth absorbs rain water and other liquids, is the central theme of the Inka usnu.
An implicit connection with the origin place Pumaurqu may have been established by Thupa Inka through his carved rock in Chinchero which exhibits seats and platforms as well as two puma figures. Thupa Inka may have envisioned to symbolically transfer the origin site of the Inka dynasty to his personal estate.
The Use of the Pattern by Individual Emperors
In Inka Studies, it is often considered a risky endeavor to attribute specific settlements, buildings, or even masonry and ceramic styles to individual emperors because the accounts of the Spanish writers are not consistent and archaeological data are often inconclusive (D’Altroy 2002:45–47, 53–55, 109; Meyers 1997). Nevertheless,based upon the broad consensus in the chronicles that Pachakuti redesigned Cusco as the capital of the Inka empire and the documentary evidence which attributes the royal estates discussed above to specific rulers, I will dare to link certain consistencies and changes within the pattern to the preferences of individual emperors.
As discussed above, the archetypal model of the pattern plaza-kallankaforegrounded/carved rock originated in Cusco. I have treated this pattern as if it was formed in the course of Pachakuti’s reconstruction of the capital although it is impossible to say what exactly the Cusco usnu looked like and when exactly it was built given the available data. Wiraqocha Inka created a basic copy at his estate of Juchuy Qosqo by integrating the large sandstone boulder in between the plaza, kallanka, and palace complex. Pachakuti commissioned the carving of rocks (Christie N.d., 2003b) and his examples of the pattern in Machu Picchu and Vitcos display finely sculpted boulders. Amaru Thupa Inka’s estate at Callachaca exhibits another case of our pattern including an outcrop that has few carvings while Thupa Inka seems to have followed the elaborate sculptural style of his father.
At his royal estate at Chinchero,he created an impressive group of sculpture,architecture, and open space designed around a carved outcrop. The seat-like carvings charged this outcrop with concepts of an usnu and the sculpted pumas harkened back to the Inka origin place Pumaurqu, thus transforming the outcrop into a formidable seat of power. Wayna Qhapaq used the pattern in his palace complex of Quispiguanca at Urubamba and Yucay.The foregrounded rock is a white uncarved boulder centrally displayed.These chronological comparisons may suggest that the pattern was employed in its most elaborate forms during the reigns of Pachakuti and Thupa Inka. I have presented evidence elsewhere (Christie N.d., 2003b), that Pachakuti in particular promoted the carving of rocks and that Thupa Inka maintained this same strategy.This reasoning extends to Samaipata,which was founded during the reigns of these two monarchs and/or Wayna Qhapaq’s. The case of Samaipata is truly unique and based on its formidable geological conditions: a giant outcrop towering above the plaza with kallanka.The great variety of carvings imply numerous religious ritual and political functions. Other governance sites at great distances from Cusco, such as Inkallaqta and Huanuco Pampa, exhibit platform usnus instead of foregrounded rocks. At Vilcabamba the Old, the pattern is simple and reduced, using a large unmodified boulder. However, given the location of Vilcabamba the Old in the lowland jungle where mountain peaks are nonexistent and the symbolic qualities of the apus and stone perhaps poorly understood, the prominence of the huge boulder standing next to the kallanka is no less conspicuous.
This brief rerun of the examples discussed earlier was meant to bring out the individual nature of each case study. While there was the general overarching pattern, each occurrence is unique and perhaps personal in the way it was interpreted and manipulated by specific rulers. Other examples are the result of an adaptation to geologic conditions, such as Samaipata and to some extent Callachaca. I believe our pattern speaks to the individuality and artistic creativity of Inka rulers and artisans in the way they adapted a specific design to local land formations and changing political contexts. This is why it has been so challenging and difficult to define clear models and patterns in Inka culture in general. For example, scholars have been unable to agree on issues such as what are the identifying features of an Inka palace or royal estate architecture or patterns and meaning of Inka urban design (see Christie 2006a; Hyslop 1990; Kendall 1985; Morris 2004a,2004b; Protzen 2000). Perhaps we should concentrate more on the individuality of Inka design, approach case studies from a local context, and from the local direction find the point at which individuality and personal interpretation was balanced and counteracted by state control.It is this often subtle interplay and balancing act between local expression and state power, the very principle of reciprocity or ayni, that makes the study of Inka culture so fascinating.
Conclusions
The examples analyzed above have demonstrated that the combination of architectural and sculptural/natural features plaza-kallanka-foregrounded rock forms a recurring pattern. In some cases, the special rock had the form of an usnu with a seating area and thus functioned as a place where the ruler appeared in a prominent and elevated position. Guaman Poma de Ayala (1987:391, 407, 377) represented Atawallpa and Manqo Inka seated on usnus in Cajamarca and Cusco as well as a stepped platform as part of an architectural setting in a scene during the reign of Wayna Qhapaq (Figure 13). In these three drawings, the usnu is a stepped pyramidal stone with four platforms, but it is by no means certain that this was the historically correct form of the Cusco usnu. The carved rocks at Chinchero, Machu Picchu, and Vilcaswaman may have been used as similar royal thrones. Yet, such a context does not explain the entire pattern since other cases, for example, Quispiguanca and Vilcabamba were not carved as seats. What linked all the foregrounded rocks in the pattern together was that they were wak’as and consisted of stone and the symbolic qualities associated with it.
Finally, relationships of the highest order may have been called up by the rocks and boulders in our pattern.The examples discussed include Cusco,the capital,five royal estates: Juchuy Qosqo, Machu Picchu, Chinchero, Callachaca, Quispiguanca, the outlying governance sites of Samaipata, Inkallaqta, Huanuco Pampa, and Vilcaswaman as well as the new capital in exile Vilcabamba. One fundamental concept that qualified Cusco as the capital and elevated it to the center of the empire was that the division of the four quarters of Tawantinsuyu originated from its main plaza Awkaypata.More specifically,Zuidema (1980:326) interprets Molina’s description of the citua festival in the way that the four-partite division indeed began at the usnu. The document of the visit by Damian de la Bandera in the valley of Yucay in 1558 states that this valley was the personal property of Wayna Qhapaq (“como recamara suya”—like his private room) and that therefore the Indians who lived there did not belong to any suyu (Villanueva Urteaga 1971:94).Witnesses Lucas Chico and Martin Cutipa, mitimaes from the Yucay Valley, confirmed that neither this valley nor Wayna Qhapaq’s properties were ever part of any of the four provinces into which the empire was divided (Villanueva Urteaga 1971:129–131). For Damian de la Bandera, this was important because yanaconas and camayos traditionally maintained and worked the personal estates of the ruler and were thus exempt from tribute to the state and de la Bandera wanted to change that by taxing them. In the context of this study, it establishes an intriguing political parallel between Cusco and the royal estates: they all may have been considered neutral spaces, types of centers, and certain origin places. The division of the four quarters started in Awkaypata and possibly at the Cusco usnu itself. I suggest that the pattern of plaza-kallanka-foregrounded rock at the royal estates evoked similar ideas. While plazas and kallankas generally have practical functions, the special rocks are clearly the most powerfully charged feature in the pattern.As discussed elsewhere (Christie N.d., 2003a, 2003b; Niles 1992), on the most basic level, stone and rocks have the symbolic quality of mediating between the underworld (ukhu pacha), the world of man (kay pacha),and the upper world (hanan pacha) because bedrock reaches deep inside the earth and stone in the form of the Andean mountains towers high above the human world in the realm of the apus or mountain deities.Some of the stepped carvings may reproduce the man-made terraces on the mountain slopes.But I think in the context of royal estates, the rocks in the pattern may have another level of meaning beyond their functions as seats/thrones and mediators between the vertical divisions of the cosmos.Going back to the discussion of wak’as above,these special boulders and sculpted rocks may call up different states of being and meanings which we as Westerners understand as disparate but which in the mind of Andean people were related. It should be recalled that Salomon (Salomon and Urioste 1991:19) recognizes clear correspondences between the organization of wak’as and human social structure. I speculate to summarize such interrelations as follows: Cusco-ruler-center-plaza and kallankas for people-stone usnu-libations for ukhu pacha, offerings to hanan pacha-royal estates-ruler-plaza and kallankas for peoplestone wak’as. I think the administrative centers with usnu platforms covered above may be included even though the symbolic associations presented here apply most directly to stone wak’as and only in a secondary sense to usnu platforms. Ritual in the plazas, kallankas, and at the stones brought these interrelations alive through performance and acted them out. I argue that the pattern articulated formal, ideological, and conceptual parallels with Cusco, the center—a link that underlined the high status of royal estates as well as of any other settlement using the pattern.These associations would have been most appropriate and even necessary for Vilcabamba, which Manqo Inka pronounced the new capital.
Thus the discussion has demonstrated that the pattern of a plaza-kallankaforegrounded rock in Inka settlements was indeed meaningful. It brought up numerous ideas about Inka political power grounded in cosmology since some of the sculpted and foregrounded rocks display features of an usnu and all of them fall into the category of wak’as charged with powerful animating essences. The great variety of contexts and ideas which could be brought up by the special rocks had to be dramatized and explained in rituals conducted in the plaza and kallanka.Through ritual performances most likely led and presided over by the Inka ruler, ambiguities with regard to worldview were cleared away and order was instituted. While not all of the occurrences of the pattern are identical in their material form—they may vary in layout, elements of an usnu, distances between the diagnostic features, and elaboration of the rocks—, they evoked similar concepts and thought structures.
Acknowledgments
I would like to express my thanks and gratitude to Dr. Jean Muteba Rahier, Editor of JLACA and to his Managing Editor,Christi Navarro,as well as to the anonymous reviewers who helped me with inexhaustible commitment to improve my manuscript and make it acceptable to JLACA’s readers. I also thank Kelly Adams at East Carolina University for digitally altering many of my images and for her great patience and reliability.
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Queshuachaca (en quechua, Q’ichwachaka, pronunciación local: [q’eswɐˈt͡ʃɐkɐ] o [q’eʃwɐˈt͡ʃɐkɐ]) es un puente de cuerda construido a base de fibra vegetal (ichu) que se encuentra en el distrito de Quehue, provincia de Canas en el departamento del Cuzco a 3700 msnm cruzando el río Apurímac. La existencia de este puente data desde la época inca y su mantenimiento y renovación se realiza mediante un rito ejecutado por las comunidades de Huinchiri, Chaupibanda, Ccollana Quehue y Choccayhua.
El puente mide 28 metros de largo y 1.20 metros de ancho, su estructura está básicamente de tiras largas de ichu trenzado.
Los glosarios especializados por temáticas son una herramienta indispensable para la realización de registros, inventarios y catalogación de bienes culturales y patrimoniales; un lenguaje normalizado permitirá nombrar a las cosas, los objetos, los elementos de un bien de una misma forma, por lo que técnicos y expertos utilizarán un lenguaje común en sus tareas, aportando con ello en la especialización y mejoramiento de la calidad del trabajo técnico.
Uno de los temas que mayor interés genera es el arqueológico, por ello ponemos a su consideración el Glosario de Arqueología y temas afines, que conjuga la terminología específica de la arqueología y las categorías de otras disciplinas que se relacionan. Este material del autor José Echeverría Almeida y publicado por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador, sin duda es una herramienta que ayudara a entender la terminología usada en este campo de las ciencias sociales. Nuestro agradecimiento al autor y al INPC por tan valioso material.
Introducción:
El adobe es una forma tradicional de mampostería no reforzada que ha sido usada desde tiempos ancestrales. Sin embargo, las construcciones de adobe presentan elevada vulnerabilidad sísmica debido a su baja resistencia a tracción, a la elevada fuerza inercial movilizada y a su comportamiento frágil. En efecto, la observación post-sismo muestra que las construcciones de adobe sufren repetitivamente grandes daños, ej.. Teniendo en cuenta que los ensayos experimentales de mampostería son costosos, una buena forma de analizar su comportamiento es a través del modelamiento numérico. Sin embargo, una cantidad mínima de experimentos debe ser realizada para permitir la calibración y validación de los modelos. Por otro lado, la mampostería de adobe se caracteriza por presentar una elevada variabilidad en sus propiedades mecánicas, aspecto que tiene que ser considerado tanto en los experimentos como en la simulación numérica. En el caso de construcciones arqueológicas la variabilidad geométrica se incrementa, la cual puede ser original, o asociada a procesos de degradación del material por su exposición en el tiempo. Las construcciones masivas de adobe en Perú son un ejemplo evidente de esta variabilidad.
El presente artículo estudia la caracterización del material que constituye el sistema estructural de uno de los complejos arqueológicos de tierra más emblemáticos del Perú: La Huaca de la Luna . La Huaca se construyó entre los años 100 y 650 D.C. y se encuentra localizada en la costa norte del país, a 8 kilómetros del centro de la ciudad de Trujillo. Este sitio arqueológico fue uno de los templos más importantes de la cultura pre-i ca Mochica I-IX D.C.) [7] y es particularmente importante en la actualidad por su fachada decorada muy bien preservada y su sistema de construcción con templos superpuestos en sucesivos periodos.
Las construcciones patrimoniales de adobe en Perú, y en particular la Huaca de la Luna por su ubicación en la costa norte, están altamente expuestas a la acción de los sismos así como a fenómenos meteorológicos, ej. el Niño. Este estudio es parte de un análisis integral de la seguridad símica del monumento y contribuye con la caracterización del sistema de albañilería de adobe arqueológico. Asimismo, en este estudio se proponen propiedades mecánicas del sistema de albañilería que serán de utilidad para los futuros trabajos de análisis numérico predictivo en este monumento.
Titulo original del artículo:
Análisis mecánico de albañilería arqueológica de adobe bajo cargas de compresión uniaxial: El caso de Huaca de la Luna .
Autores:
Eduardo Ramírez Mijail Montesinos Rui Marques
Ricardo Morales
Santiago Uceda
Paulo B. Lourenço
Rafael Aguilar
ABSTRACT
This article presents an experimental and numerical study for the mechanical characterization under uniaxial compressive loading of the adobe masonry of one of the most emblematic archaeological complex i Pe u, Huaca de la Lu a (100-650AD). Compression tests of prisms were carried out with original material brought to the laboratory. For measuring local deformations in the tests, displacement transducers were used which were complemented by a digital image correlation system which allowed a better understanding of the failure mechanism. The tests were then numerically simulated by modelling the masonry as a continuum media. Several approaches were considered concerning the geometrical modelling, namely 2D and 3D simplified models, and 3D refined models based on a photogrammetric reconstruction. The results showed a good approximation between the numerical prediction and the experimental response in all cases. However, the 3D models with irregular geometries seem to reproduce better the cracking pattern observed in the tests.
La campaña experimental se desarrolló en el laboratorio de estructuras de la Pontificia Universidad Católica del Perú – PUCP. La caracterización mecánica se realizó utilizando componentes originales de la mampostería de adobe en la Huaca de la Luna. Estos materiales fueron recolectados exclusivamente para el presente estudio durante un trabajo especial de excavación arqueológica, conforme se muestra en la Figura 1.
abc
Figura 1.Vista general de Huaca de la Luna y sus paredes: (a) Fachada Norte, (b) bloques de adobe usados para la caracterización mecánica y (c) proceso de extracción del mortero.
Para la caracterización de la mampostería se construyeron 3 prismas de 210x320x770 mm3 siguiendo las recomendaciones establecidas en el RNE – E080 [8] y en HB 195-2002 [9]. En cada prisma se emplearon 5 unidades de adobe que se unieron con mortero de 2.5 cm de espesor aproximadamente. Debido a que los adobes originales de la Huaca presentan una gran variabilidad dimensional, los prismas que se construyeron en laboratorio presentaron una geometría irregular (ver Figura 2).
(a) Prisma #01 Prisma #02 Prisma #03(b)(c)
Figura 2. Preparación de los prismas para la caracterización mecánica: (a) colocación del mortero, (b) construcción de prisma de adobe y (c) aspecto de los prismas antes del ensayo.
El ensayo de compresión uniaxial se realizó por control de desplazamientos a una velocidad de 0.25 mm/min de forma tal que se alcance la falla en aproximadamente 30 minutos, conforme se sugiere en EN 1052-1[10]. Para evitar concentraciones de esfuerzos en la zona de contacto del equipo con el prisma se utilizó una capa de arena y una plancha de madera como material de transición [9]. Se midieron las deformaciones locales utilizando LVDTs fijados en las dos caras laterales de los prismas, como se puede observar en la Figura 3a-b. Adicionalmente, para el ensayo del tercer prisma se empleó un equipo de medición óptica de deformaciones a través de correlación de imagen digital (ARAMIS) con una precisión de hasta 0.005% [11]. Para este efecto, se analizó con este equipo una superficie de 200×160 mm2 pintada en una de las caras frontales (Figura 3c).
(a)(b)(c)
Figura 3.Instrumentación de prismas de adobe para el ensayo de compresión: (a) LVDTs en la cara frontal, (b) LVDTs en la cara posterior y (c) área con pintura en escala de grises para el análisis con el ARAMIS.
En los ensayos se observa la aparición de grietas paralelas a la dirección de la carga. Se observó que las grietas aparecen primero en los extremos que están en contacto con los cabezales del equipo, lo cual es probablemente debido a que en esta zona se haya producido una concentración de esfuerzos, a pesar de la colocación de la capa de arena y plancha de madera. En la Figura 4 se observa la evolución de las grietas durante el ensayo de compresión en el prisma #3 (los números indican la secuencia de aparición). Las grietas se originan en la zona de contacto con el equipo (grietas 1, 2, 3 y 5). Una grieta en la zona central (grieta 4) empieza en la junta de mortero y luego se propaga a las unidades conforme avanza el ensayo. La grieta 6 se genera en una cara lateral del prisma y se propaga verticalmente. Luego, se siguen generando grietas en la junta de mortero (grieta 7). Debido al progreso de la grieta 4, se produce la grieta 8 que presenta una longitud considerable. No se logró registrar la aparición y evolución del resto de grietas debido a que cuando se alcanzó la carga máxima estas se propagaron súbitamente en todo el espécimen.
Figura 4. Evolución de grietas en el prisma 03: (a) vista frontal, (b) vista posterior y (c-d) caras laterales.
El análisis de los resultados del ensayo con control óptico de deformaciones confirma lo observado y muestra que las grietas se originan en el mortero cuando el sistema aún presenta un comportamiento elástico y se encuentra aproximadamente al 20% de la carga máxima (Figura 4b). Por otro lado, la aparición de grietas en los adobes coincidió con el inicio de la etapa no lineal en el prisma, al 95% de la carga máxima aproximadamente (Figura 4c). Durante el transcurso de la etapa no lineal, las grietas se propagan tanto en el mortero como en el adobe (Figura 4d). Se observó además que existe una interacción entre mortero y adobe durante el ensayo que se manifiesta en que el mortero sufre grandes deformaciones longitudinales y transversales (similar a lo reportado en [12]). Las deformaciones transversales (perpendiculares a la carga) producen tracción en las unidades de adobe, dando origen a las grietas verticales. El proceso descrito de formación de grietas se puede observar en la Figura 5.
Figura 5. Formación de grietas: (a) estado inicial, (b) primeras grietas en la junta de mortero, (c) primera grieta en ladrillo de adobe y (d) propagación de las grietas durante la etapa no-lineal. (El color azul indica mínima deformación en el espécimen mientras que el rojo representa una grieta completamente abierta)
A partir del registro de la fuerza aplicada y de las deformaciones medidas mediante los LVDTs se obtuvieron las curvas esfuerzo deformación, que junto a la forma de falla de los prismas permiten evaluar el comportamiento a compresión uniaxial de la albañilería (Figura 6). El esfuerzo máximo a co p esió p o edio σmáx) fue de 0.36 MPa con un coeficiente de variación (CV) de 15%, y la deformación unitaria promedio para el esfuerzo máximo fue de 0.0035 mm/mm con un CV de 12%. Utilizando el criterio propuesto por [13] se obtuvo un módulo de elasticidad promedio (E) de 107 MPa con un CV de 28%. La relación entre el módulo de elasticidad y la resistencia a compresión E/σmáx de 297 se encuentra dentro del rango propuesto por Tomaževič [14], que varía entre 200 y 1000. No fue posible obtener la respuesta completa post-pico, debido a que cuando las grietas atravesaban la superficie de apoyo de los LVDTs lo que ocasionó su desprendimiento de los prismas. Los parámetros mecánicos obtenidos en los ensayos se muestran en la Tabla 1.
Tabla 1. Propiedades mecánicas de los prismas de adobeFigura 6. Curvas esfuerzo-deformación del (a) prisma 01, (b)prisma 02, (c) prisma 03 y (d) envolvente
El análisis de los componentes de la albañilería a partir de las imágenes captadas por el equipo de video-correlación muestra que el mortero alcanza deformaciones hasta 12 veces más que el adobe, como se observa en la Figura 7b, lo que podría indicar que el comportamiento global del sistema depende fuertemente de la calidad del mortero. La influencia del mortero en el comportamiento resulta notoria al comparar la deformación medida en la albañilería con el LVDT y con el sistema de correlación de imagen digital, una vez que el LVDT cubre una menor extensión de mortero. La longitud inicial del LVDT era de 320 mm, a lo largo de la cual cerca del 80% era adobe y el resto mortero. En el caso de la longitud analizada con el ARAMIS (100 mm) el 70% aproximadamente era adobe. A pesar de la buena correspondencia de resultados, dicha diferencia podría ser el parámetro que genere que la curva de esfuerzo-deformación obtenida del ARAMIS tenga una menor pendiente y aparentemente mayores deformaciones, como se observa en la Figura 7. Aunque el comportamiento post-pico sea semejante, el mortero presenta mayores ductilidad y tasa de deformación plástica que las unidades de adobe. La ductilidad calculada en el mortero es igual a 2.08 mm, mientras que en el adobe es sólo de 0.08 mm, por otro lado, en la albañilería se estimó una ductilidad de 1.45 mm. El coeficiente de Poisson se calculó también en base a las mediciones realizadas con el equipo de correlación de imagen digital. En este caso se consideró estimar la componente horizontal de deformación a lo larga de una línea diagonal de forma tal que se consiga medir la deformación de la albañilería.
Figura 7. Comportamiento de la albañilería y sus componentes bajo cargas de compresión: (a) desfase entre el sistema de correlación óptico y los LVDTs y (b) componentes de la albañilería durante el ensayo de compresión.
La influencia del mortero en el comportamiento resulta evidente al comparar los resultados experimentales obtenidos a partir de los LVDTs y del sistema ARAMIS, como se mencionó anteriormente. Además, es importante recordar que los LVDTs no lograron registrar el comportamiento post-pico completamente, lo que por un lado produce que el desfase mostrado en la Figura 7a sea aún más evidente, pero por otro lado indica también la utilidad del sistema de medición de deformaciones sin contacto.
MODELACIÓN NUMÉRICA
La modelación numérica se desarrolló considerando modelos continuos de elementos finitos y asumiendo un material homogéneo. El comportamiento del material se representó usando el modelo total strain crack model disponible en DIANA [15]. El comportamiento a compresión fue descrito por una tendencia parabólica, mientras que en tracción se consideró una ley de decrecimiento exponencial. Parte de las propiedades empleadas en el modelo se obtuvieron de los ensayos experimentales. Sin embargo, debido a que no se realizaron ensayos de tracción, fue necesario recurrir a la literatura cuando no se disponía de información experimental. Se asumió la resistencia a tracción ft como fc/10, según lo propuesto en [16, 17]. Para el cálculo de la energía de fractura en compresión se consideró un factor de ductilidad µ(relación entre energía de fractura y resistencia a la compresión) igual a 1.6 mm [18]: µfc = 0.576 N/mm. Para la energía de fractura en tracción se consideró µ igual a 0.029 mm de acuerdo a recomendaciones mostradas en [19].
Adicionalmente, se realizó un análisis paramétrico de las energías de fractura en compresión y tracción, para verificar que los valores empleados sean los más apropiados. Los valores de energía de fractura a compresión y tensión a emplear se seleccionaron considerando el criterio de obtener una respuesta más estable y con mayor similitud al comportamiento observado en los ensayos de compresión de prismas. Las propiedades utilizadas para la mampostería se resumen en la Tabla 2. La densidad utilizada fue la reportada en un informe técnico del proyecto arqueológico Huaca de la Luna [20]. Para el ajuste de la respuesta a compresión en función de la energía de fractura a tracción (Figura 8a), el mayor valor se tomó de Tarque [4]. En el resto de casos se tomaron los valores límites del rango propuesto por Angelillo [19] y su valor recomendado con base en la ductilidad de las unidades a tracción. En cuanto a la energía de fractura a compresión, el mayor valor corresponde a los datos experimentales en Almeida [21]. Los valores intermedios se encuentran al multiplicar la resistencia a compresión por un factor de ductilidad igual a 1.6 mm [18] y 1.0 mm [17]. Finalmente, el menor de los valores se determinó haciendo uso de la regresión lineal propuesta en [21], para la determinación de la energía de fractura a compresión con base en la resistencia a compresión.
Figura 8. Comportamiento a compresión del prisma #2 con análisis paramétrico de la (a) energía de fractura de tensión y (b) energía de fractura a compresiónTabla 2. Propiedades del adobe usadas para los modelos numéricos
En el análisis se consideraron cuatro tipos de modelos: dos usando elementos tipo lámina y dos utilizando elementos sólidos. En el primer caso se utilizaron elementos tipo shell de 8 nodos en estado plano de esfuerzo, CQ16M [15]. Con referencia al prisma #1 en la Figura 7a, se construyó un primer modelo con elementos cuadriláteros regulares. Después, a partir de un modelo 3D del prisma obtenido mediante reconstrucción fotogramétrica (Figura 9b), se tomó una sección representativa del prisma para desarrollar un modelo con elementos lámina, ver Figura 7c. En una fase posterior se emplearon elementos sólidos con 20 nodos, CHX60 [15]. También en este caso, se modeló un prisma regular, y otro considerando el modelo obtenido de la reconstrucción fotogramétrica (Figura 9d). La Figura 10 muestra todos los modelos geométricos considerados. En ninguno de los casos se consideró modelar la interacción entre el prisma y el equipo de compresión, se restringieron los desplazamientos en la base del prisma.
Figura 9. Generación de mallas:(a) fotografía del prisma #1, (b) modelo 3D obtenido de la reconstrucción fotogramétrica, (c) modelo de elementos finitos 2D y (d) modelo 3D usando elementos sólidos.
El ensayo de compresión fue simulado aplicando un desplazamiento en la extremidad superior del modelo. El método de solución utilizado fue el Newton-Raphson Modificado en conjugación con la técnica de line-search, de modo a obtener un compromiso entre la carga computacional y la precisión de los resultados. Los resultados de la simulación numérica de los ensayos de compresión se muestran en la Figura 11. Se observa, en general, una buena aproximación a la respuesta general de los varios prismas ensayados. Es evidente que al considerar una geometría más detallada con elementos sólidos se consiguen resultados más cercanos a los experimentales, en especial con respecto a la predicción del modo de falla. Por otro lado, el costo computacional al emplear elementos sólidos es mucho más alto comparativamente a los modelos 2D y la respuesta obtenida de ambos no difiere notablemente. Cuando se simplifica la geometría, la predicción sigue aproximando mínimamente la respuesta experimental (Figura 11 d).
Figura 10. Modelos con elementos finitos: (a) 2D en estado plano de esfuerzo y (b) sólidos. (Prisma #1 al #3, y geometría simplificada, de izquierda a derecha en ambos casos)Figura 11. Diagramas esfuerzo-deformación de los prismas. Resultados experimentales y numéricos.
Las curvas obtenidas de las simulaciones numéricas presentan en general una buena aproximación en la parte lineal de la respuesta experimental. Sin embargo, las curvas no logran reproducir completamente la respuesta y denotan una falla abrupta tras alcanzar el pico, aunque el patrón de agrietamiento tenga en todos los casos bastante similitud a lo registrado en los ensayos (Figura 12a-
c). Por otro lado, para el prisma #3 se consiguió continuar el análisis aún después de la carga máxima, y se logró reproducir un mecanismo de falla muy similar al experimental (Figura 12d).
El patrón de agrietamiento se logró reproducir únicamente en los modelos con elementos sólidos. La formación de grietas se inicia debido a una concentración de esfuerzos en los extremos de los especímenes. Cuando la etapa lineal termina, se propagan grietas verticales desde los extremos hacia el centro del espécimen. Este comportamiento se debe principalmente a la energía de fractura de tensión. En el caso de los prismas #1 y #2, la formación de grietas se da desde el extremo superior hacia el centro, mientras que en el prisma #3 se inician en la base.
Figura 12. Patrones de grietas obtenidos de los ensayos experimentales y modelos numéricos.
DISCUSIÓN
En la literatura se encuentra que las unidades de albañilería muestran una rigidez y resistencia mayor que la albañilería misma [21]. Esta característica se confirmó también durante el ensayo de compresión del prisma #3 mediante las lecturas con el equipo de correlación de imagen digital en donde es evidente que la deformación de las unidades es varias veces menor que la del sistema de mampostería. Esto demuestra que el mortero tiene una elevada influencia en el comportamiento de los prismas ante cargas de compresión. Un factor que posiblemente haya influenciado en el comportamiento del mortero es que fue re-moldeado con agua en laboratorio para la fabricación de los prismas. Es probable que por el proceso de fabricación (y un secado abrupto) el mortero haya perdido rigidez a comparación del que se encuentra en el centro arqueológico, el cual tiene un tiempo de curado de alrededor de 1500 años. Esta hipótesis podría explicar la razón por la que el valor del módulo de elasticidad encontrado es menor que el obtenido en [17] en el cual se realizaron ensayos de caracterización in-situ. A pesar de ello, el orden de magnitud de estos valores es semejante.
Las curvas esfuerzo-deformación experimentales evidencian que para este tipo de mampostería la ubicación apropiada del sistema que mide las deformaciones locales es fundamental para una correcta caracterización. Como se observó, existe diferencia en las deformaciones medidas en diferentes posiciones, ya que el sistema está compuesto de materiales que tienen propiedades distintas. En este caso, para la comparación numérica se decidió utilizar las propiedades registradas por los LVDTs puesto que había más ensayos disponibles con este sistema y que las deformaciones registradas por dichos instrumentos corresponden a una longitud inicial que representa bien el sistema de albañilería.
Los resultados obtenidos de los modelos numéricos propuestos presentan aceptable correlación con los experimentales. En general, se consiguió aproximar el comportamiento a compresión de los prismas. Usando lo modelos sólidos se aproximó hasta el 88% de la carga máxima (prisma #2) y en el caso más desfavorable se llegó al 86% (prisma #1). Por otro lado, con los modelos geométricos más simples de elementos shell, se llegó al 99% de la carga máxima en el prisma #1 y al 85% en el prisma #3. Ambos modelos reproducen satisfactoriamente el comportamiento de los especímenes ensayados, en especial en la predicción del esfuerzo de rotura.
Con respecto a las deformaciones, se logró una aproximación aceptable, aunque no tan robusta como en el caso de los esfuerzos. El mejor resultado obtenido de los modelos 2D presenta un error de 7% (prisma #1) con respecto a la deformación correspondiente a la carga pico, mientras que en el caso menos favorable el error es de 39% (prisma #2). En cuanto a los modelos sólidos, se consiguieron resultados similares, siendo 4% el menor error (prisma #1) y 30% el mayor (prisma #3).
El análisis paramétrico de la energía de fractura en tracción y compresión permitió verificar los valores más adecuados para modelar el comportamiento a compresión de los prismas de adobe. En general, la variación de la energía de fractura a tracción no tuvo una gran influencia en la respuesta esfuerzo-deformación. Debido a esto, el criterio para la selección de este parámetro se basó en la aproximación de los mecanismos de falla (Figura 12) que diferían notablemente al variar esta propiedad. Por otro lado, la influencia de la energía de fractura en compresión es mayor. Cuando se emplearon valores en el rango más bajo presentado en [17, 21], no se consiguió reproducir el comportamiento no lineal adecuadamente y además el error en la predicción de la carga máxima de compresión fue mayor. Por el contrario, al adoptar una energía de fractura mayor a partir de Almeida [20], las incursiones en el régimen no lineal fueron mucho más extensas, siendo los niveles de deformaciones aparentemente excesivos, a excepción del prisma #1.
CONCLUSIONES
Mediante el análisis de deformaciones del prisma #3 en particular se determinó el proceso de formación de grietas durante el ensayo de compresión. Es notable resaltar que el mortero presenta agrietamiento a esfuerzos reducidos, mientras que el adobe inicia el agrietamiento cerca de la carga máxima. Estos resultados se pueden aplicar directamente en la inspección de construcciones similares a la Huaca de la Luna, que debido a sus dimensiones podrían alcanzar grandes esfuerzos de compresión. Se debe tener especial cuidado cuando se encuentren grietas en las unidades de adobe en zonas en que exista una gran concentración de esfuerzos de compresión, puesto que estas se podrían encontrar en un régimen inelástico cercano al colapso. Sin embargo, es necesario realizar una campaña experimental más extensa que incluya el análisis detallado de la formación de grietas para corroborar estas primeras observaciones.
Los modelos propuestos muestran una aceptable relación con los resultados experimentales. Las propiedades de resistencia y deformación en la rotura se aproximan bastante a los obtenidos en los ensayos, además que presentan un mecanismo de agrietamiento similar. Sin embargo, es necesario complementar la campaña experimental con una mayor cantidad de ensayos de caracterización, en especial de la interface unidad-mortero. Es posible que, mediante el uso de una aproximación de meso-modelación, se pueda reproducir la respuesta con mayor aproximación. También se debe prestar especial atención a los modelos de material escogidos, en particular al que gobierna el comportamiento a compresión. En la presente investigación no se profundizaron otros modelos, pero es posible que otros describan de mejor forma el comportamiento de la mampostería de adobe.
En general, los modelos con elementos en estado plano de esfuerzo llegaron a desarrollar un mayor esfuerzo resistente a compresión, posiblemente debido a que no se presentó la misma concentración de esfuerzos que en los modelos sólidos. Esto resulta más evidente al observar que existe una gran concentración de esfuerzos en los extremos de los prismas, que es por donde aparecen primero las grietas.
AGRADECIMIENTOS
Los autores agradecen a la Dirección de Gestión de la Investigación DGI PUCP por el financiamiento del proyecto de investigación 89-2014 dentro del cual se enmarca este trabajo. Se agradece también a CONCYTEC por el financiamiento de los alumnos de maestría (primer y segundo autor) a través de su programa de becas para estudios de posgrado. Finalmente, se agradece al Laboratorio de Estructuras y al Laboratorio de Materiales PUCP por la disponibilidad de sus instalaciones y equipos.
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thesis, University of Minho, Guimarães.
Análisis mecánico de albañilería arqueológica de adobe bajo cargas de
compresión uniaxial: El caso de Huaca de la Luna
Eduardo Ramírez 1, Mijail Montesinos1, Rui Marques 2, Ricardo Morales 3, Santiago Uceda3, Paulo B. Lourenço 2,
Rafael Aguilar 1
1 Department of Engineering, Civil Engineering Division. Pontificia Universidad Católica del Perú-PUCP (PERU)
{jeramirezc; mijail.montesinos; raguilar}@pucp.pe
2 Department of Civil Engineering. ISISE, University of Minho (PORTUGAL) [email protected], [email protected]
3 Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Trujillo (PERU) [email protected], [email protected]
En coincidencia de eventos y opiniones vertidas recientemente acerca de las culturas precolombinas y su importancia en la cultura peruana, como por ejemplo las expresadas por el ilustre y recientemente fallecido arqueólogo peruano Santiago Uceda Castillo en la exposición “Perú antes de los incas” del Museo Quai-Branly-Jacques-Chirac, en París, Francia, que tiene la ambición de cambiar nuestra visión del Perú –la muestra estará hasta el 1ro de abril del 2018–, la versión digital del diario El País de España, ha publicado un artículo titulado «Los otros Machu Picchu «, el cual, y al igual que Uceda, describe la importancia de las culturas precolombinas en la formación y auge de la cultura Inca y ofrece alternativas interesantes e importantes de lugares arqueológicos que merecen la atención de los turistas e investigadores.
Los otros Machu Picchu
Ni Machu Picchu es la única ciudadela de Perú ni los incas lo hicieron todo. El país andino pone en valor otras construcciones grandiosas para diversificar el turismo. Aquí van tres de las mejores
Choquequirao Hay dos errores recurrentes entre los viajeros a Perú. Creer que Machu Picchu es único. Y confundir la historia precolombina de Perú con la de los incas. El Imperio inca duró 100 años, desde 1438 hasta 1532, cuando Pizarro hizo preso a Atahualpa en Cajamarca. Imposible en tan corto periodo de tiempo aprender y desarrollar semejantes técnicas constructivas, agrícolas y de organización territorial como de las que hicieron gala los quechuas. En realidad los incas solo fueron la punta de un iceberg de más de 5.000 años de historia en los que sucesivos pueblos, desde los paracas a los huari, pasando por los mochicas, los chancas o los chimu fueron acumulando conocimientos y sabiduría para domesticar un territorio tan vasto. Los incas heredaron esos conocimientos y los mejoraron, pero digamos que el copyright no es completamente suyo. Por eso hay muchos machupicchus en Perú y no todos hechos por los incas. Estos son tres yacimientos arqueológicos de suma importancia que también deberías conocer:
Muralla de la ciudadela de Kuelap. En marzo del año pasado el presidente Pedro Pablo Kuczynski inauguró el primer telecabina del país. La infraestructura -de 26 góndolas- permite a los visitantes acceder en 20 minutos a la ciudadela de Kuelap, ahorrando un viaje de 32 kilómetros por pistas de tierra que demoraba 90 minutos. Kuelap es la mayor ciudad conocida de la cultura chachapoyas, un pueblo que floreció en la ceja de selva en lo que hoy es el departamento de Amazonas, entre el siglo VIII y el XVI. Es decir, muchos antes de que aparecieran los incas. Fueron unos grandes maestros de la piedra y levantaron en un cerro de forma alargada a 3.000 metros de altitud, en el valle del río Utcubamba, afluente del Amazonas, la increíble ciudad-fortaleza de Kuelap. Nada más llegar impresiona la muralla de sillar de piedra caliza que rodea todo el conjunto. Tiene 20 metros de alta y se encuentra en buen estado de conservación. Tres estrechos pasadizos, por los que un hipotético ejército atacante hubiera tenido que pasar de uno en uno, dan acceso al interior.
Allí se despliegan las evidencias de más de 500 viviendas circulares, además de torreones, observatorios astronómicos, restos de viviendas de sacerdotes y nobles y el templo Mayor, en forma de cono truncado e invertido. Kuelap estuvo comida por la selva hasta 1843, cuando un funcionario enviado desde Lima se percató que aquella montaña de piedras era una construcción hecha por el ser humano.
Choquequirao en quechua significa «cuna de oro».
Le llaman la hermana de Machu Picchu, y de hecho no está muy lejos de esta. Es de origen inca y se eleva en otra montaña selvática del departamento de Cusco, a 169 kilómetros de la capital. Choquequirao, que en quechua significa «cuna de oro», fue un centro cultural y religioso. Probablemente más importante que Machu Picchu, solo que esta última está ahora excavada, accesible y puesta en valor, mientras que muchos secretos de Choquequirao están aún bajo la maleza. Y más importante aún: no hay carretera para llegar a ella; la única manera es a pie o en mula, salvando 63 kilómetros (entre ida y vuelta) desde la aldea de Cachora, un pueblito colonial de casas de adobe en la cuenca del río Apurimac. Esa inaccesibilidad ha mantenido a Choquequirao al margen del frenesí del turismo y hace de su visita una verdadera aventura, solo para viajeros con ganas de salir de rutas trilladas. Funcionó como una especie de puesto avanzado entre la selva amazónica y la capital del imperio, Cusco.
Se le considera también uno de los últimos bastiones de resistencia de los fieles a Manco Inca cuando los españoles sitiaron y tomaron Cusco en 1535. Quedan evidencias de lugares de culto, del complejo sistema de riego, de viviendas para sus casi 10.000 habitantes y, como en Machu Picchu, de los andenes que servía para cultivar y como soporte de las edificaciones.
Templo Mayor de Chavín de Huantar Mil doscientos años antes de Cristo —contemporáneo por tanto de la Babilonia asiria y el Egipto faraónico—, creció en los Andes peruanos una civilización considerada la madre de todas las demás: Chavín. Su poder se extendía desde Lambayeque al norte, hasta Ayacucho e Ica, al sur (un territorio de más de 1.500 kilómetros de longitud).
El Lanzón, ídolo tallado en piedra en el interior de Chavín.
Las ruinas de lo que fue su capital pueden visitar aún en las cercanías de Chavín de Huantar, un pueblito encantador de la provincia de Huari, departamento de Áncash, en la vertiente este de la cordillera Blanca de los Andes, a 86 kilómetros de Huaraz. Para llegar hay que salvar el paso de Kahuish, el segundo túnel de montaña más alto del mundo, situado a 4.516 metros de altitud. El yacimiento arqueológico no es tan espectacular como Kuelap o Choquequirao, pero lo que impresiona es su edad y la calidad de las estructuras. Se aprecia muy bien la gran plaza principal del conjunto y buena parte del templo Mayor, además de otras edificaciones menores.
Al excavar el templo Mayor apareció un ídolo de cinco metros de altura tallado en piedra – el Lanzón- que una vez acabados los trabajos se dejó en el mismo lugar en el que sus constructores lo colocaron hace ya más de 3.200 años. Chavín de Huantar no está construido en un valle de suelos fértiles por lo que se cree que tuvo una función de centro ceremonial y de peregrinación. Otra visita inexcusable a ese otro Perú arqueológico que va más allá de Machu Picchu y los incas.
Fuente: El Pais – Blog de Viajes por Paco Nada
https://elpais.com/elpais/2018/02/15/paco_nadal/1518714483_305254.html
En el lado norte del conjunto amurallado de Chayhuac An, del que se estima sea el primer palacio de Chan Chan, fueron hallados esculturas de madera, cetro del mismo material, vasijas de metal, telares, vestigios de caracoles marinos, todas ellas anexadas a una plataforma funeraria de ese importante sitio arqueológico.
El Ministerio de Cultura informa que doce piezas de cobre fueron devueltas voluntariamente por el ciudadano norteamericano Charles Llewellyn, a la dirección del museo Tumbas Reales de Sipán en Lambayeque, luego de 28 años de haberlas adquiridas en Lima, época de gran actividad de tráfico de bienes culturales.
Desde la Dirección General de Defensa del Patrimonio Cultural, se precisa que los bienes culturales devueltos corresponden a 11 representaciones de cabezas de búho de pequeño tamaño, que probablemente fueron utilizadas como sonajeros o cascabeles pertenecen al estilo de la cultural Mochica y un disco de cobre con representaciones zoomorfas y trabajadas por el sistema de metal vaciado presentando rasgos típicos de la cultura Lambayeque.
El área de Registro y Catalogación del museo Tumbas Reales de Sipán viene elaborando las fichas técnicas de los bienes culturales para su incorporación formal a los bienes custodiados por la institución u el cumplimiento de su ingreso al Registro Nacional.