El Periodo Transicional en San José de Moro

En los últimos años la comunidad de arqueólogos de la costa norte ha venido concentrando sus esfuerzos en la comprensión del origen, desarrollo y colapso de la sociedad Mochica (Proulx 1973, Wilson 1988, Castillo y Donnan 1994 a,b, Uceda y Mujica 1994, Shimada 1994, Bawden 1996, Castillo 2001 y Castillo en este volumen). Este último estadio es particularmente relevante, puesto que ha generado nuevas interrogantes respecto a lo que sucedió en esta región entre la caída de los estados Mochicas y el surgimiento de las entidades culturales que hoy conocemos como Lambayeque y Chimú. Cabe preguntarnos si existió un periodo de transición que pueda definirse claramente a través del registro arqueológico o si, por el contrario, el tránsito fue automático y de corta duración. Gracias a los estudios realizados en el centro ceremonial y funerario de San José de Moro en el valle de Jequetepeque desde 1991, creemos que podemos abordar esta interrogante desde una perspectiva regional que luego servirá para generalizar nuestra comprensión de este importante periodo.

 

El Periodo Transicional en San José de Moro
Del libro:
MOCHE: HACIA EL FINAL DEL MILENIO
Julio Rucabado Yong

Luis Jaime Castillo Butters

El objetivo principal de este artículo es presentar nuestro avance en el estudio de las evidencias arqueológicas registradas en San José de Moro correspondientes al periodo comprendido aproximadamente entre los años 750 y 900 d.C., al cual hemos venido denominando “periodo Transicional”. Abordaremos la caracterización de este periodo a partir de la información extraída del análisis de contextos funerarios, complementándola con datos obtenidos a partir del estudio estratigráfico de los montículos circundantes y de nuevos contextos vinculados al área central del cementerio.

Moche: hacia el final del milenio. Actas del Segundo Coloquio sobre la Cultura Moche

(Trujillo, 1 al 7 de agosto de 1999), Santiago Uceda y Elías Mujica, editores, T. I, págs. 15-42.

Lima, Universidad Nacional de Trujillo y Pontificia Universidad Católica del Perú, 2003.

INVESTIGACIONES PREVIAS

En el pasado, el problema del tránsito entre Mochica y Lambayeque o Chimú ha sido abordado desde diferentes puntos de vista, cada uno acorde con los paradigmas teóricos que definen las diferentes aproximaciones al estudio de los procesos culturales en el pasado y más directamente con las preguntas que los diferentes investigadores deseaban resolver (Castillo, en este volumen). Sin embargo, en la mayoría de los casos, estas aproximaciones se han visto limitadas por la cantidad y calidad del material arqueológico registrado.

Hasta el momento, a pesar de que se sigue postulando la expansión de Huari sobre la costa norte, no se tiene evidencia arqueológica definitiva que sirva para comprobar dicha hipótesis. Gracias al avance de las investigaciones en algunos sitios de la costa norte, se ha comenzado a caracterizar mejor la influencia que tuvieron las sociedades foráneas emergentes de la costa central y la sierra sur sobre las elites Mochica durante la primera mitad del Horizonte Medio (Menzel 1977, Castillo y Donnan 1994b, Castillo 2001). A inicios de este periodo los Mochicas ya habrían sufrido un debilitamiento estructural interno, por lo que la aparición de estilos “importados” no habría sido causa sino consecuencia de su debilitamiento, el cual puede ser interpretado como una estrategia ideológica de subsistencia aplicada por las elites debilitadas (Bawden 1996, Castillo 2001 y en este volumen).

Al otro extremo del periodo Transicional, nuestro conocimiento sobre las sociedades Lambayeque y Chimú se ha visto incrementado en los últimos años gracias a investigaciones dedicadas a develar el desarrollo de dichas entidades culturales en base a la evidencia registrada en sus zonas nucleares y periféricas (Ravines 1980, Moseley 1982, Mackey 1987, Moseley y Cordy-Collins 1990, Shimada 1995, Moore 1996, entre otros).

El conocimiento alcanzado acerca de las sociedades Mochica, Lambayeque y Chimú nos enfrenta a la paradoja de entender cabalmente los mecanismos que nos llevan desde la primera hacia las últimas. Es imprescindible encontrar una solución de continuidad que a la vez de cuenta del sustrato Mochica, que no desaparece, y de la influencia de las sociedades emergentes del Horizonte Medio. Recién en los últimos años ha sido posible realizar un estudio sistemático de este periodo de transición en base ya no a muestras poco representativas, hallazgos aislados e información descontextualizada o sin control estratigráfico, sino a través de una investigación arqueológica controlada en sitios que ofrecen la posibilidad de abordar el estudio de este periodo.

INVESTIGACIONES EN SAN JOSÉ DE MORO

Entre 1991 y 1995, y como parte del Proyecto Arqueológico San José de Moro, los estudios de montículos habitacionales realizados por Marco Rosas lograron aportar datos claves para definir estratigráficamente, dentro de la secuencia ocupacional del sitio, un conjunto de capas ubicadas entre el fin de la ocupación Mochica Tardío y el inicio de la ocupación Lambayeque, las cuales fueron denominadas “periodo Transicional” (Castillo y Donnan 1994b). La ocupación Transicional de dichos montículos estuvo caracterizada por la presencia de una serie de tipos cerámicos y alfares que “muestran claras reminiscencias del estilo e iconografía Mochica Tardío a la vez que despliegan rasgos estilísticos típicos de la posterior tradición alfarera Lambayeque” (Rosas y Castillo 1999). Destacan piezas domésticas moldeadas así como piezas reducidas, típicas de algunos alfares finos del periodo Mochica Tardío, vasos tipo kero de estilo Huari con bandas elevadas a la altura media superior del cuerpo, platos con decoración pictórica crema y ocre, así como platos con decoración impresa tipo “piel de ganso”. Dentro de la variedad formal de cántaros y ollas se observan nuevas variantes de cuellos y labios. En este periodo, la frecuencia de uso de tinajas, localmente conocidas como “paicas”, parece disminuir drásticamente en comparación con el periodo Mochica Tardío. A su vez, Rosas y Castillo logran reconocer cuatro alfares que por su mejor elaboración en forma, decoración y tratamiento de superficie pueden distinguirse de las piezas domésticas más simples. Así, tenemos: platos del estilo Cajamarca Costeño, cántaros con decoración impresa, vasos estilo Huari Norteño y botellas negras pulidas (Rosas y Castillo 1999). Estas formas, si bien no están ampliamente representadas en el corpus analizado de los cortes estratigráficos, han sido posteriormente registradas dentro del área del cementerio aledaño, tanto en las capas de relleno cultural como en contextos funerarios, lo que comprobaría su funcionalidad destinada al ritual funerario.

A partir de las excavaciones en área en la llanura funeraria de San José de Moro, hemos podido complementar el análisis estratigráfico antes mencionado con información de contextos funerarios contemporáneos. El cementerio no sólo nos ha sorprendido con una magnífica secuencia funeraria, sino que en las últimas temporadas de excavación nos ha permitido registrar complejas áreas de actividad ceremonial correspondientes a las ocupaciones Mochica y Transicional, caracterizadas por la presencia de superficies apisonadas delimitadas por alineamientos de adobes, llegando a formar en algunos casos espacios cerrados de planta cuadrangular. Estas superficies de barro endurecido se encuentran generalmente asociadas a huecos de postes y a grandes paicas semi-enterradas. En algunos casos los cuellos de las paicas están rodeadas por estructuras circulares construidas con varias hileras de adobes, alcanzando una altura de hasta 80 centímetros (Lám. 1.1a). Estas asociaciones nos llevan a pensar que los espacios arqueológicos registrados en San José de Moro podrían haber sido utilizados como áreas de producción, almacenamiento o repartición de algún tipo de líquido, posiblemente chicha (Castillo, en este volumen). El consumo masivo de líquidos asociados a ceremonias o festines antes, durante o después del entierro habría generado la necesidad de construir recipientes con suficiente capacidad para abastecer a una amplia concurrencia, así como la creación de espacios abiertos y techados que asegurasen una eficiente y cómoda repartición. En todos los casos, las superficies y las tinajas fueron cubiertas por capas de relleno. Este proceso sistemático hizo que el nivel del sitio se elevara considerablemente, llegando finalmente a cubrir íntegramente las tinajas. Sin embargo, no queda claro aún cuál es el origen de los materiales que se emplearon para cubrir sistemáticamente las áreas de actividad ceremonial ni podemos apuntar una interpretación del por qué de este proceso.

Se tiene registro de un gran relleno realizado durante el periodo Transicional que cubrió toda un área asociada a tinajas y estructuras circulares. El relleno incluía ceramios correspondientes a estilos de este periodo (Lám. 1.1b), depositados a manera de ofrendas alrededor de dichas estructuras, así como un camélido dispuesto sobre una de ellas. Cabe la posibilidad que este relleno sea parte de un evento de enterramiento ritual y no simplemente un acto de nivelación de superficies. La tradición del uso de tinajas reforzadas por estructuras circulares y los rellenos sistemáticos de las superficies se pueden rastrear al periodo Mochica, aunque para el periodo Transicional no se ha registrado aún evidencia de una continuación de dicho uso.

PATRONES FUNERARIOS

A fin de profundizar nuestros estudios sobre el periodo Transicional en San José de Moro, nos vemos en la necesidad de tipificar de manera detallada los rasgos principales vinculados al patrón funerario local, tomando como muestra un conjunto de 16 contextos

funerarios.

En la gran mayoría de entierros Transicionales se empleó como estructura funeraria una forma de foso ovoide simple, alargado y bastante estrecho por estar condicionado a la forma anatómica de los individuos (Lám. 1.2a, b). Estos fosos no exceden por lo general los 150 centímetros de profundidad, intruyendo algunas veces alineamientos de adobes, superficies apisonadas o estructuras circulares con tinajas del periodo Mochica. Estos fosos albergan a un solo individuo colocado en posición extendida dorsal sobre el fondo del foso y siguiendo en la mayoría de los casos la orientación suroeste-noreste (cabeza hacia el SO), típica de las costumbres mochicas. Se han presentado variantes norte-sur, este-oeste y oeste-este, así como un contexto con un individuo flexionado sentado.

La estatura promedio de los individuos adultos es de 155 centímetros. Dentro de la muestra no se ha detectado algún tipo de trauma o enfermedad que haya afectado a la población de forma recurrente.

Tan sólo dos contextos funerarios en foso han registrado entierros múltiples (M-U404, M-U411), caracterizados por presentar un alto índice de cerámica fragmentada y disturbamiento de los restos óseos humanos (presentaban rastros de haber sido quemados, práctica poco frecuente en las costumbres funerarias Transicionales) y animales asociados (camélidos y cuyes).

Si bien no todos los individuos inhumados dentro de los fosos funerarios presentan la misma cantidad y calidad de asociaciones, podemos indicar la presencia de cuentas y piruros de piedra y concha, piezas sencillas de cobre como agujas, pinzas y cuchillos, restos de roedores y camélidos, así como material cerámico de manufactura local y foránea destacando formalmente cántaros, botellas y platos. El material cerámico doméstico parece haber sido intencionalmente excluido del ajuar funerario de la mayoría de contextos (ver Contextos funerarios de elite). En algunos casos, los platos sirvieron como repositorio de ofrendas de alimento (patas y cabezas de camélidos o roedores completos). La distribución espacial de la cerámica al interior de los contextos no muestra un patrón uniforme. Estas pueden presentarse sobre los miembros inferiores del individuo, a ambos lados del cuerpo o incluso muy por encima del mismo. Una costumbre funeraria que cabe resaltar es el uso de fragmentería cerámica o de adobes, completos o tan sólo fragmentos, formando una especie de lecho para el individuo; en el primer caso, colocadas por debajo de las

Lám. 1.1a. La tradición de tinajas reforzadas por estructuras circulares se pueden rastrear al periodo Mochica. En la vista observamos un grupo de tinajas que fueron completamente tapadas con un relleno que contenía cerámica de estilo Transicional colocadas como ofrenda alrededor de una de las estructuras circulares.

Lám. 1.1b. Vasijas Transicionales halladas dentro del relleno que cubría el evento de uso de las tinajas antes mencionadas.

Lám. 1.2a. En la gran mayoría de entierros Transicionales se empleó como estructura funeraria una forma de foso ovoide simple, alargado y bastante estrecho por estar condicionado a la forma anatómica de los individuos.

Lám. 1.2b. Reconstrucción de la tumba Transicional M-U513.

articulaciones del individuo, mientras que en el segundo caso, a lo largo del cuerpo y siguiendo la orientación del mismo.

Por otro lado, y continuando con la tradición Mochica de entierros de elite (Alva 1993; Castillo y Donnan 1994; Narváez 1994; Donnan y Cock 1995, 1996, 1997a), se construyeron grandes estructuras funerarias a manera de cámaras de adobes destinadas para servir como repositorio que albergase a un número elevado de individuos (Fig. 1.1). Hasta el momento se han registrado cuatro de estas cámara funerarias (M-U44, M-U415, M-U613, M-U615). Morfológicamente, siguen ciertos cánones de construcción mochica, constituyéndose como estructuras subterráneas rectangulares, presentando una estructura de horcones y vigas transversales que soportan un techo de material vegetal, creando espacios bien delimitados que responden a diferencias de estatus de los individuos allí depositados. Sin embargo, las diferencias están marcadas por el uso de adobes de mayores dimensiones, la ausencia de hornacinas en las paredes internas de la cámara funeraria, así como la naturaleza y funcionalidad de la estructura ligada al número de individuos registrados en su interior y al número de eventos funerarios realizados.

Dentro de estas estructuras los individuos siguen los mismos patrones de distribución y orientación, aunque existen ciertas variantes que más adelante serán expuestas. Muchos de los individuos reciben un tratamiento más elaborado que los registrados dentro de los fosos. Pueden presentar un envoltorio de esteras o cañas, estar recubiertos o yacer sobre superficies que presentan una pigmentación rojiza. Las asociaciones ascienden en cantidad y mejoran su calidad. Se registran collares con cuentas y adornos de nácar, piedra o spondylus, piruros, piezas metálicas de cobre o cobre dorado como cuchillos, máscaras, brazaletes, entre otros adornos. De la misma manera, destaca una gran heterogeneidad estilística expresada en una variedad de formas (platos, botellas, cántaros, vasos, ollas, crisoles) y estilos cerámicos (ver Grupos Cerámicos, más adelante).

Las excavaciones en área así como los diversos pozos de cateo realizados a lo largo de siete temporadas de excavación demuestran que las evidencias de ocupación del periodo Transicional están presentes en casi toda la extensión del área del cementerio de San José de Moro (ver Castillo en este volumen). En el caso de actividades funerarias, éstas no presentan un patrón de distribución disperso sino más bien concentrado, siendo al parecer más restringido que la distribución mochica (Castillo, en este volumen).

En el caso de los entierros de elite en cámaras funerarias, al igual que en el periodo Mochica, se observa una fuerte nucleación de contextos llegando a presentarse superposiciones directas de estructuras (ver Contextos funerarios de elite, más adelante).

CERÁMICA TRANSICIONAL

Durante el periodo Transicional, San José de Moro se convierte en un cementerio con características muy particulares expresadas a través de contextos funerarios que incluyen especímenes cerámicos con una fuerte heterogeneidad estilística. El estudio

Fig. 1.1. Contexto funerario M-U615, entierro de elite en San José de Moro.

de los diferentes grupos cerámicos desarrollados durante este periodo es una de las mejores vías para tipificar la naturaleza del mismo. La muestra gira en torno a los hallazgos realizados en la zona funeraria e incluye algunas piezas de colecciones privadas. El material doméstico ha quedado casi totalmente excluido debido a su escasa presencia dentro de los contextos funerarios. Para fines de nuestro análisis hemos optado por comparar estilísticamente las piezas registradas en San José de Moro con aquellas producidas en otras zonas de la costa y sierra durante el periodo en cuestión. Nuestra clasificación deberá ser complementada en el futuro con un análisis ceramográfico que podrá corroborar el origen de manufactura de cada pieza. De lo anterior se desprenden los siguientes grupos:

GRUPO 1: Post Mochica

Conformado por piezas de manufactura, forma y decoración propios de la tradición Mochica, incluyéndose básicamente aquellos tipos recurrentes del periodo Mochica Tardío. Gracias a los últimos hallazgos dentro de un contexto funerario de elite (M-U615, ver Fig. 1.1), hemos logrado determinar la presencia de este conjunto cerámico y demostrar que, por lo menos a nivel de la elite local, existe una continuidad de ciertos tipos cerámicos mochicas durante el periodo Transicional. Entre los tipos más representativos tenemos tanto cerámica

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Fig. 1.2. Cerámica del Grupo 1, Post Mochica: a) cántaro con cuello efigie zoomorfo; b) botella de cuerpo ovoide vertical con asitas laterales; c) botella de doble cuerpo; d) vaso retrato; e) olla con cuello plataforma; y f) ollita con asas laterales.

funeraria de calidad intermedia,[1] como piezas domésticas: cántaros con cuello efigie zoomorfo, botellas de cuerpo ovoide vertical con asitas laterales y un botón central, botellas de doble cuerpo, vasos retratos, cántaros con asitas laterales, ollas con cuello plataforma, ollitas con asas laterales y crisoles, entre otras formas (Fig. 1.2 a-f).

GRUPO 2: Cajamarca Serrano y Costeño

El estilo Cajamarca de la sierra se expresa a través de piezas importadas caracterizadas por diseños típicos de la zonas altas aledañas, así como por el uso de bases trípode y pedestal y pasta caolín muy fina, correspondiendo a variantes estilísticas del periodo Cajamarca Medio (Terada y Matsumoto 1985) (Fig. 1.3a y b).

También se han registrado piezas de manufactura local con forma y/o decoración que muestran la influencia o derivación del estilo serrano antes mencionado. Esta variante estilística regional, denominada “Cajamarca Costeño” (Disselhoff 1958a, 1958b), posiblemente una de las de mayor recurrencia durante el periodo Transicional, se caracteriza por la presencia de platos con base anular, engobe crema y decoración pictórica, que bien puede presentar motivos circulares con líneas (Fig. 1.3 c), o líneas finas sinuosas que tienden a formar diseños en cruz o espiralados (Fig. 1.3 d) (sólo los platos de esta variante decorativa también suelen presentar engobe anaranjado). Si bien la iconografía muestra variantes locales que diferencian estas piezas de sus contrapartes serranas, cabe resaltar que el uso de arcillas anaranjadas muy finas así como el engobe crema y el acabado pulido de la superficie demuestran el afán por copiar tanto el estilo decorativo como el uso del caolín serrano. Platos de este estilo, aunque con variantes locales, han sido registrados en la zona de Batán Grande en Lambayeque (“Platos Sicán Pintados”) (Shimada 1982, 1985) y en el sitio de Ventanillas en el valle de Jequetepeque (“Lambayeque Rojo sobre Blanco”) (Ravines 1982). Tanto en San José de Moro (Castillo y Donnan 1994b, Rosas y Castillo 1999) como en Pampa Grande (Shimada 1982), se ha logrado detectar el origen de este estilo al final de la ocupación Mochica Tardío.

GRUPO 3: Lambayeque Temprano Local

En este grupo podemos incluir piezas producidas localmente durante el periodo Transicional utilizando formas y/o decoración que muestran tanto elementos estilísticos de una constante influencia foránea como elementos locales presentes desde el periodo Mochica Tardío, formando los inicios de un nuevo estilo, tradicionalmente conocido como Lambayeque.

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Fig. 1.3. Cerámica del Grupo 2, Cajamarca Serrano y Costeño: a) y b) Cajamarca Medio (según Terada y Matsumoto 1985); c) plato con base anular, engobe crema y decoración pictórica, que bien puede presentar motivos circulares con líneas; d) líneas finas sinuosas que tienden a formar diseños en cruz o

espiralados.

Según los análisis del material cerámico de los montículos habitacionales, la producción de piezas reducidas formaría parte de una tendencia general al final de la tradición Mochica. Por otro lado, el registro funerario nos indica que se prosiguió con esta tendencia durante el periodo Transicional, produciéndose piezas reducidas que sirvieron de soporte a representaciones escultóricas zoomorfas y antropomorfas. Se han registrado cántaros con representaciones zoomorfas dispuestas mayormente sobre la parte superior del cuerpo de las vasijas, destacando loros, patos, monos, iguanas y lechuzas (Fig. 1.4a y b). Cabe resaltar que estas formas persisten en los estilos posteriores de la costa norte, incluso hasta en el Chimú-Inca (p.e. compárese con piezas en Lavalle 1989; Heyerdahl y otros 1996: 210, 214, 215; Mackey y Jaúregui 2001). También son frecuentes los cántaros con cuello efigie representando personajes antropomorfos con collares, orejeras y tocados que terminan en un velo que cubre la parte posterior del cuello (Fig. 1.4c). Algunos de estos cántaros presentan rostros antropomorfos que tienden a desarrollar una oreja de forma puntiaguda que posteriormente termina siendo asimilada por la representación del “Señor Lambayeque”, figura central de la iconografía Lambayeque (Lám. 1.3).

Otro tipo cerámico asimilado por la tradición alfarera local durante el periodo Mochica Tardío y que alcanza notoriedad durante el periodo Transicional es la botella de doble pico y asa puente. Inicialmente se registran piezas de este tipo con iconografía Mochica policroma y en la mayoría de los casos mezclada con motivos de estilos Huari. Sin embargo, los contextos funerarios de los “últimos” mochicas de San José de Moro presentan estas botellas con un acabado reducido y con representaciones incisas de cabezas de aves con un pico prominente (¿loro?) y un círculo en relieve en la parte superior del cuerpo de la vasija. Ya durante el Transicional, estas mismas botellas comienzan a presentar sobre el asa puente figuras modeladas representando semillas nectandras (Fig. 1.4d) (reemplazando a la representación de pallares observada en piezas policromas Mochica Tardío), figuras zoomorfas (iguanas, sapos) y/o antropomorfas. En este último caso son comunes las cabezas humanas con tocados en forma de nectandra, con bandas que rodean la cabeza desplegando motivos triangulares o romboidales rellenados con puntos (compárese con cuellos efigie registrados en Anders 1986: Fig. 7.53a), o con gorros de cuatro puntas similares a los registrados en Huari y Tiahuanaco (p.e. Shimada 1990, Fig. 12). Finalmente, este tipo de botella adquiere una base pedestal, sufre algunas variantes en el asa y los picos y aparecen elementos iconográficos del conocido estilo Lambayeque (p.e. Lavalle 1989; Shimada 1995, Figs. 77 y 117), considerado hasta hoy como un estilo originado en dicho valle norteño.

La presencia de motivos ornitomorfos en botellas Lambayeque Temprano de la zona de Lambayeque (Sicán Temprano según Shimada 1990), nos da la posibilidad de incluir dentro de este grupo cerámico a algunos cántaros que presentan en el cuello una figura ornitomorfa con pico prominente (¿loro?), comparables a las registradas en dicha región. En algunos casos, los cántaros llevan volutas pintadas de color crema o rojo en el cuerpo (Fig. 1.4e).

Otro tipo cerámico, original del estilo sureño de Viñaque (Menzel 1968: Fig. 24; Lavalle 1984: 149) y asimilado posteriormente en la costa norte, es una botella con cuerpo estrechado en la zona media, gollete corto y asas laterales. Esta forma derivó en piezas reducidas del

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Fig. 1.4. Cerámica del Grupo 3, Lambayeque Temprano Local: Cántaros con representaciones zoomorfas:

a) una iguana dispuesta sobre la parte superior del cuerpo y b) dos lechuzas gemelas; c) cántaro con cuello efigie representando un personajes antropomorfo con collares, orejeras y tocados que terminan en un velo que cubre la parte posterior del cuello; d) botella dobre pico y asa puente representando nectandras; e) cántaro en el cuello una figura ornitomorfa con pico prominente (¿loro?), con volutas pintadas de crema o rojo en el cuerpo; y f) botella con cuerpo estrechado en la zona ecuatorial, gollete corto y asas laterales.

estilo Lambayeque Temprano local (compárese con fragmentos “Sicán Temprano” en Shimada 1990, Fig.8; Shimada 1994, Fig. 10.2) y, finalmente, continuó en el estilo Lambayeque (Lavalle 1989: 92; Shimada 1990, Fig. 20) (Fig. 1.4f).

GRUPO 4: Casma Impreso Local

Este grupo está conformado por piezas de manufactura local con forma y/o decoración que incluye tanto elementos locales como foráneos, propios de una tradición estilística de los valles de la zona nor-central de la costa. Si bien tenemos ejemplos del uso de la técnica del moldeado impreso durante la tradición alfarera Mochica, recién durante el Transicional podemos observar una influencia del estilo Casma Impreso en la producción alfarera local. Destacan temas recurrentes como parejas radiantes copulando (Fig. 1.5a), felinos confrontándose (Fig. 1.5b) o personajes radiantes con báculos bajo un arco bicéfalo (Fig. 1.5c) (compárese con Carrión Cachot 1959; Donnan y Mackey 1978: 233 Fig.1). También se han registrado escenas marinas (Fig. 1.5d) y animales encrestados sobre lunas crecientes (Fig. 1.5e), lo que nos demuestra la continuidad de ciertos temas de la tradición iconográfica Mochica Tardío, más allá de la técnica usada para representarlos. Estos temas o motivos persistieron durante el Transicional para luego cristalizarse en la iconografía Lambayeque y Chimú (McClelland 1990, Mackey 2001b y en este volumen).

Al mismo tiempo, se comienza a utilizar una nueva técnica decorativa conocida como “piel de ganso”, asociada generalmente a botellas, cántaros y platos (compárese con Donnan y Mackey 1978, entierros EC6 y EC21 del periodo denominado por los autores como “Chimú Temprano”). En algunos casos, los motivos o escenas iconográficas impresas se acompañan de espacios rellenados con esta técnica decorativa (Fig. 1.5f).

GRUPO 5: Estilos Huari

Dentro de este grupo tenemos piezas importadas de diferentes estilos costeños y serranos. Gracias al registro de fragmentería y piezas de colecciones privadas de la región, cuyo origen conocido es San José de Moro, hemos logrado identificar la presencia estilística Atarco y Viñaque, básicamente en vasos y botellas policromas de un tipo de pasta anaranjada muy fina y diseños decorativos similares a los difundidos en la región andina septentrional (compárese con Menzel 1968: Fig.24; Cook 1994 lám. 13 y 14; Shimada 1994, Fig. 10.1; Gonzáles Carré y otros 1999, lám. s/núm.) (Lám. 1.4a).

También se ha registrado un tipo de botella en forma de gota (Fig. 1.6a), vasos con bandas elevadas en la parte superior del cuerpo (Fig. 1.6b; compárese con Gonzáles Carré y otros 1999, lám. s/núm) y un cántaro pequeño de cuerpo ovoide y cuello alto divergente (Fig. 1.6c; compárese con Lavalle 1984: 148; Gonzáles Carré y otros 1999: lám. s/núm). Si bien esta última forma sólo ha aparecido en un contexto funerario

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Fig. 1.5. Cerámica del Grupo 4, Casma Impreso Local: Cántaros con representación de diversos temas:

a) pareja radiante copulando; b) felinos confrontándose; c) personaje radiante con báculos bajo un arco bicéfalo; d) escena de pesca marina; e) animal encrestado sobre luna creciente; y f) cangrejo (nótese el uso de la decoración tipo “piel de ganso”).

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Fig. 1.6. Cerámica del Grupo 5, estilos Huari: a) botellas con cuerpo en forma de gota; b) vaso con banda elevada en la parte superior del cuerpo; c) botella reducida de cuerpo ovoide y cuello alto divergente.

Transicional, las anteriores también han sido registradas en contextos muy tardíos del periodo Mochica.

A través de este recuento de grupos cerámicos podemos confirmar la heterogeneidad estilística propia del periodo Transicional en San José de Moro. Sin embargo, creemos necesario exponer con mayor detalle algunos de los contextos funerarios más importantes descubiertos en las últimas temporadas de investigación. No sólo porque curiosamente uno de ellos (MU615, ver Fig. 1.1) engloba a casi todos estos grupos cerámicos antes descritos, sino porque además presentan características singulares que les confieren un estatus elevado dentro del conjunto funerario Transicional, brindándonos así la oportunidad de observar el comportamiento funerario de los grupos de poder durante este periodo.

CONTEXTOS FUNERARIOS DE ELITE

Entre 1995 y 1996, como parte de un proyecto de rescate arqueológico dirigido por el Proyecto Arqueológico San José de Moro en conjunción con el Instituto Nacional de Cultura – La Libertad, se recuperó información de dos contextos de elite Mochica Tardío cuyas estructuras funerarias se encontraron directamente superpuestas. Si además consideramos la distribución horizontal de los contextos de elite Mochica Tardío registrados al pie de la Huaca La Capilla durante las primeras temporadas de 1991 y 1992 (Castillo y Donnan 1994b), los cuales muestran una tendencia a la nucleación,

Lám. 1.3. Cántaro cuello-efigie de estilo Lambayeque Temprano Local, que muestra a través de sus rasgos formales e iconográficos la esencia de este periodo de tránsito cultural entre lo Mochica y lo Lambayeque.

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  a b

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  c d

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  e f

Lám. 1.4. a) Cerámica del Grupo 5: Estilos Huari; b) Adorno de nácar con representación de un felino sobre la luna creciente y c) Máscara, ambos procedentes de la tumba M-U615; d) Detalle de plato del estilo Cajamarca Costeño con marcas incisas post-cocción; e) Cántaro cuello efigie con marca incisa post-cocción en el hombro de la vasija; f) Cántaro con horadación en la cara anterior del cuerpo.

Fig. 1.7. Vista general del área de excavación donde fueron registrados dos contextos funerarios de elite

Transicionales, M-U613 (en la vista) y

M-U615, donde las estructuras se hallaron superpuestas.

podemos plantear una reutilización predeterminada del espacio funerario de elite tanto vertical como horizontal.

Ya en 1997, decidimos comprobar nuestra hipótesis para lo cual se determinó abrir una nueva área de excavación a unos pocos metros al oeste de la zona de los trabajos de rescate de 1995-96.

A lo largo de tres temporadas de investigación (1997-1999), esta área nos ha brindado una serie de contextos funerarios que ejemplifican la secuencia ocupacional funeraria del sitio. Si bien no aparecieron las esperadas tumbas de elite Mochica Tardío, se ubicaron dos contextos Transicionales con estructuras funerarias del tipo cámara de adobes. Las características particulares, que evidenciaban su potencialidad como tumbas de elite así como la recurrencia de una superposición estratigráfica directa de ambas estructuras, captaron nuestra atención (Fig. 1.7).

El contexto funerario más tardío (M-U613), una cámara funeraria de uso múltiple, había sido parcialmente saqueada en tiempos prehispánicos (Fig. 1.8). Sin embargo, su ubicación estratigráfica, el uso de fragmentería diagnóstica Transicional (con decoración “piel de ganso”) como parte del mortero de barro que unía a los adobes, así como el material recuperado del interior de la cámara nos indicarían su filiación

Fig. 1.8. El contexto funerario más tardío (M-U613), una cámara funeraria de uso múltiple, parcialmente saqueada en tiempos prehispánicos.

cronológica. La fragmentería cerámica registrada, una vez pegada, evidenció la presencia de platos de los estilos Cajamarca Serrano y Costeño (Grupo 2), así como piezas del componente Lambayeque Temprano local (Grupo 3).

En el relleno de la estructura se pudo registrar restos óseos disturbados y cerámica fragmentada. Sobre el piso yacían los restos removidos de individuos en posición extendida dorsal, orientados suroeste-noreste y asociados a piruros, cuentas de piedra y concha e incluso piezas metálicas (nariguera, pinza, muñequera, sonaja). Cabe resaltar el hallazgo de improntas de algún tipo de camilla de material vegetal sobre la cual yacían los individuos, además de la presencia de pigmentación roja sobre las mismas.

Directamente debajo de esta cámara funeraria y siguiendo la misma orientación apareció una nueva estructura de dimensiones considerablemente mayores. El nuevo contexto funerario, M-U615 (ver Fig. 1.1), a diferencia del anterior, presentaba evidencias de no haber sido profanado. Esto se comprobó al encontrar intactas las improntas de las vigas de algarrobo (?) que cruzaban de lado a lado la estructura. La presencia de estas vigas implicaba la existencia de un techo de material vegetal no preservado. Entre otras características que singularizaban el hallazgo tenemos, como parte de las técnicas constructivas, la utilización de adobes de grandes dimensiones (40 x 25 x 15 cm aprox.) y

Fig. 1.9. Reconstrucción de la estructura de adobes perteneciente al contexto funerario M-U615. Nótese el acceso por el noreste y la división del espacio al interior de la estructura. A la derecha, detalle de la estructura funeraria.

la presencia de fragmentos de ollas y tinajas entre los mismos. Destaca un acceso en declive hacia el interior de la cámara por el noreste y un grupo de adobes, cumpliendo algunos la función de reforzar la entrada a la cámara mientras que otros se usaron como un sello del acceso. Sobre este sello se registraron tres ceramios de estilos típicos del periodo Transicional.

La estructura funeraria presentaba una compleja distribución del espacio. Se pueden observar áreas divididas a través de plataformas tanto en el eje norte-sur (Zona A y B) como este-oeste (Zona C y D)[2] (Fig. 1.9).

La Zona A es una plataforma elevada ubicada al sur, opuesta a la zona de entrada (Zona B). Aquí se registraron casi la totalidad de individuos (un poco más de 50), entre infantes y adultos de ambos sexos.[3] La gran mayoría de los individuos se encontraron dispuestos de cúbito dorsal y orientados suroeste-noreste, con la cabeza hacia el suroeste. Muchos de ellos aparecieron completa o parcialmente disturbados. Revisando su ubicación espacial y considerando la superposición de los cuerpos, hemos podido observar que la totalidad de individuos no corresponde a un solo evento funerario. Por el contrario, la estructura debió haber permanecido abierta por un periodo relativamente prolongado sirviendo de repositorio para entierros múltiples durante varios eventos. De esta manera, la falta de espacio necesario para colocar nuevos individuos habría ocasionado una alteración al interior de la tumba.

Reconstruyendo el patrón de alteración se puede observar que algunos individuos, o parte de ellos, fueron movidos hacia la zona oeste de la cámara. Es muy probable que esto ocurriera antes de que los cuerpos previamente depositados estuvieran completamente desarticulados. Se han registrado miembros superiores e inferiores que si bien no se encontraban asociados a la zona toráxica o pélvica, presentaban una completa articulación.

Aquellos individuos que conformaron el primer evento funerario, ubicados directamente sobre el piso de la Zona A, aparecieron sobre restos de material vegetal que evidenciaría el uso de algún tipo de camilla. Entre el ajuar funerario asociado a estos individuos destacan artefactos de cobre y cobre dorado, piruros de piedra, adornos trabajados en nácar con representaciones de porras de lucha y el llamado “Animal lunar”, así como cuentas de piedra, concha spondylus o nácar (Lám. 1.4b).

Dos de los individuos llevaban directamente asociado a sus cuerpos un conjunto de piezas metálicas, destacando una máscara y dos tocados a manera de penachos (Lám. 1.4c). Además, uno de los individuos llevaba cerca a su mano derecha lo que al parecer habría sido una copa de cobre. Lamentablemente, ésta se encontró completamente aplastada y en un mal estado de conservación. Por otro lado, pegado al perfil sur de la cámara y extendidas de este a oeste sobre el piso de la plataforma se hallaron un grupo de láminas de cobre con forma de olas, escalonados y medias lunas, símbolos que nos remiten a la iconografía Mochica. Por encima de una de estas piezas se halló otra copa de cobre. Por su ubicación, sin una asociación directa con alguno de los individuos, es posible que hubiese sido removida de su lugar original, quizá de la mano de aquel individuo con máscara y penachos que carecía del objeto. La presencia de este tipo de ajuar metálico asociado con sólo un par de individuos nos indicaría la importancia de los mismos frente al resto de individuos enterrados en la misma estructura funeraria. De la misma manera, una comparación morfológica de estas piezas metálicas con las registradas en los contextos de elite Mochica Tardío nos brinda la posibilidad de demostrar que durante el periodo Transicional hubo una continuidad de la figura femenina de poder mochica, así como de una ideología vinculada a los pasajes marinos (McClelland 1990, Castillo 2001). Si bien aún no tenemos los resultados antropológico físicos del material osteológico registrado, la presencia recurrente de infantes sobre las piernas de los individuos adultos o subadultos y la de un feto dentro de una de las pelvis, así como el hallazgo de piruros, constante marcador de género femenino en las sociedades prehispánicas norteñas, nos brindan más indicios que bien podrían adelantarnos los resultados antropológico físicos.

No sabemos si el número total de eventos funerarios depende directamente del número de individuos principales asociados al ajuar metálico descrito. No se descarta la posibilidad de que muchos de los individuos “acompañantes” hayan sido depositados dentro de la estructura en diferentes momentos como entierros individuales. Un análisis más detallado de la deposición y superposición de los individuos nos ayudará a cuantificar y reconstruir los eventos funerarios.

La Zona B se encuentra contígua a la zona de entrada a la cámara funeraria. Aquí se encontraron cinco individuos que yacían decúbito dorsal y orientados en el eje noroeste-sureste, dos de ellos con la cabeza hacia el noroeste y tres hacia el sureste. Estos se encontraron con las piernas entrecruzadas, lo que nos podría indicar que fueron depositados a la vez. Se registraron restos de material vegetal por debajo de los cuerpos indicando la presencia de una posible camilla, similar a la registrada en la Zona A. Por debajo de estos individuos, y en contacto con el piso de la cámara se ubicó un conglomerado de fragmentos cerámicos correspondientes a piezas domésticas sin decoración (ollas, cántaros), mezclados con barro líquido. A su vez, por encima de estos individuos se hallaron ceramios que no han podido ser asociados directamente a ninguno de ellos. Parece ser que formarían parte de una remoción intencional posterior, aunque resalta la presencia de un grupo de ollas y cántaros.

Estos cinco individuos debieron pertenecer al primer evento funerario, acompañando al grupo de personajes principales dispuestos sobre la Zona A. Esto se sustenta a partir de la ubicación de los cuerpos, así como por presentar evidencias de haber sido casi directamente aplastados. Al parecer quienes se dedicaban a colocar los cuerpos dentro de la estructura funeraria tuvieron que caminar sobre estos cinco individuos al momento de ingresar o salir del interior de la cámara para tratar de colocar a nuevos individuos en la Zona A.

Tanto la Zona C como la Zona D concentraron restos de camélidos (cráneos y patas) y roedores pequeños, así como un alto número de piezas cerámicas. Sin embargo, tan sólo algunas de éstas se encontraban en contacto directo con el piso, lo que nos permitiría asociarlas a los primeros eventos funerarios. Por otro lado, la mayoría de piezas se hallaban “flotando” en el relleno que cubría estas zonas. Estas formarían parte de aquellas piezas que fueron removidas de su posición original dentro de la Zona A. Esto se confirma con la presencia de piezas fragmentadas cuyas partes faltantes fueron ubicadas en la Zona A.

En cuanto a la cerámica registrada en todo el contexto, si bien ésta no presentaba la calidad de las piezas finas mochica, la cantidad (un poco más de 200 piezas) y la información estilística obtenida aportaba datos de suma valía. Además de una amplia variabilidad estilística también nos muestra la presencia de tipos domésticos a pesar de ser casi inexistentes en la muestra de contextos funerarios Transicionales.

Por otro lado, podemos encontrar platos, la mayoría del estilo Cajamarca Costeño, con marcas incisas post-cocción en la base, el fondo o en las paredes de la pieza. Los motivos son básicamente de carácter geométrico variando de un espécimen a otro (Lám. 1.4d). Estas marcas también han sido detectadas en los hombros de algunos cántaros del periodo Transicional en San José de Moro (Lám. 1.4e). Otros casos similares se han detectado en platos Cajamarca Serrano y en piezas de diversos estilos registrados en la zona ayacuchana (Gonzáles Carré y otros 1999; y en Anders, 1986, Fig. 7.60). Es muy probable que esta costumbre de marcar los platos Cajamarca Costeño fuera tomada a través de los contactos con las zonas serranas vecinas del Jequetepeque. Cabe resaltar la presencia de cántaros con horadaciones en la cara anterior del cuerpo (Lám. 1.4f). Casos similares se pueden observar en piezas del mismo periodo en otras áreas de la costa norte (p.e. Donnan y Mackey 1978: 233, Fig. 1, Colección Museo Larco). Esta costumbre tendría su origen en una vieja tradición Mochica, cuya finalidad fue la inutilización de las piezas destinadas a una función funeraria. Mientras que las botellas Mochica Tardío con representaciones pictóricas de línea fina (tipo cerámico que desaparece en el Transicional) perdían sus asas estribo, algunos cántaros eran horadados en la zona del cuerpo. Esta, al igual que muchas otras costumbres, perduraron en el tiempo a pesar del colapso estatal mochica.

INTERPRETACIÓN Y DISCUSIÓN

El periodo Transicional en San José de Moro ha podido ser definido a partir de estudios estratigráficos y funerarios, evidenciando un proceso de tránsito cultural expresado claramente en la utilización continua de un espacio ceremonial-funerario, principal foco del desarrollo Mochica Tardío dentro del valle de Jequetepeque.

Arqueológicamente, este periodo se manifiesta a través de un conjunto de capas culturales superpuestas, alternando la presencia de contextos funerarios, rellenos culturales y áreas de actividad ceremonial. Estilísticamente, podemos obtener una secuencia relativa que fecha al periodo dentro del Horizonte Medio 2 y 3 (Menzel 1968).

Mediante el análisis de las variables funerarias de los contextos registrados en San José de Moro, podemos abordar las diferencias político-sociales relativas a la población ligada al sitio durante este periodo. Se observa una clara división del conjunto funerario que podría estar indicándonos grupos de estatus diferenciados. El grupo de mayor estatus estaría conformado por aquellos individuos enterrados dentro de estructuras del tipo cámara de adobes con ofrendas que destacan en calidad y cantidad, incluyendo piezas con rasgos estilísticos “sobrevivientes” de la tradición Mochica Tardío así como piezas importadas. A diferencia de los entierros mochicas de elite, en este periodo éstos parecen seguir nuevas pautas funerarias, como el incluir varios entierros alrededor de personajes de importancia reutilizando la misma estructura funeraria. Asimismo, la desaparición de entierros en estructuras con forma de bota, típicas para personajes de estatus intermedio vinculados con la elite durante la época mochica (Castillo 2001), refuerzan la idea de una posible reestructuración de los vínculos entre los grupos de artesanos y especialistas diversos y los grupos de elite dominantes. En un grupo de estatus inferior tendríamos a individuos dentro de fosos asociados básicamente a un repertorio cerámico que incluye principalmente piezas de los grupos Lambayeque Temprano Local, Cajamarca Costeño y Casma Impreso Local. Por lo general, carecen de asociaciones metálicas aunque pueden recibir otro tipo de ofrendas como animales (camélidos y/o roedores), muñequeras o collares de cuentas de concha.

A nuestro parecer, el hallazgo y estudio de entierros de elite Transicionales constituye un importante paso para comprender el proceso de cambio y continuidad llevado a cabo en San José de Moro durante este periodo. A partir de la información obtenida, podemos argumentar que dentro del proceso de transición, las continuidades son mucho más latentes dentro de los entierros de elite mientras que el cambio se expresa con mayor nitidez en contextos de menor jerarquía.

A partir del registro de cámaras funerarias Transicionales superpuestas así como de la nucleación horizontal de entierros de elite Mochica Tardío, tenemos la posibilidad de proponer una predeterminación del espacio funerario y una reutilización constante del mismo por parte de los grupos de poder locales.

Mediante un análisis del contexto M-U615 se ha podido constatar que durante el periodo Transicional los grupos de poder, con la posible presencia de una figura femenina de alto estatus,[4] no colapsan a pesar de la caída del sistema estatal Mochica. Los integrantes de esta elite habrían necesitado sustentar su legitimidad dentro de un contexto de crisis generado por el colapso, para lo cual aplicaron una estrategia ideológica que mantuvo rasgos propios de la tradición local, sobreviviendo un sustrato cultural Mochica no-estatal. Al mismo tiempo, debieron reforzar los vínculos con las sociedades foráneas, proceso expresado desde el periodo Mochica Tardío a través de una presencia estilística foránea heterogénea que a partir del periodo Transicional se multiplica.

Finalmente, una vez definido este proceso de tránsito cultural en San José de Moro a través de las fuentes arqueológicas expuestas, cabe preguntarse sobre la posible materialización de este proceso en otros sitios contemporáneos. Estos sitios no expresarán necesariamente la presencia de los mismos estilos y costumbres funerarias registrados en San José de Moro. La validez del proceso se demostraría con el registro de los sustratos locales Mochica “sobrevivientes” al colapso estatal y que a la vez interactúan con las influencias foráneas, resultando la creación de un producto “renovado”, sea Lambayeque o Chimú.[5]

Nuestras futuras investigaciones en los diferentes valles norteños deberán contemplar tanto espacios funerario-ceremoniales como domésticos, así como los respectivos análisis arquitectónicos y trabajos de patrones de asentamiento. Sólo siguiendo una investigación integral del periodo en cuestión podremos llegar a responder nuestras preguntas iniciales tanto a nivel regional como macroregional.

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  1. El término “intermedio” aplicado a la cerámica de la tradición Mochica alude a diferentes tipos formales (platos, cántaros, botellas) que no llegan a presentar un acabado y decoración que podamos calificar como fino (botellas de asa estribo con deoración pictórica de línea fina), pero que a la vez no presentan un acabado burdo ni las huellas de uso asociadas a una función doméstica.

  2. Su morfología se asemeja a maquetas de barro halladas en los contextos de elite Mochica Tardío y en contextos de estatus intermedio (M-U314, M-U729). Estas representan plazas abiertas con banquetas laterales y una plataforma principal techada. Con el presente hallazgo funerario y la ubicación de un sitio Mochica Tardío cercano al actual pueblo de Guadalupe en el valle de Jequetepeque con una morfología similar (Dillehay 1999, comunicación personal), se responde a la interrogante sobre si estas maquetas eran representaciones a escala de espacios arquitectónicos reales (Castillo y Nelson 1997). Posteriormente, este plano de distribución interno se plasmaría en estructuras Lambayeque y Chimú. Es interesante observar cómo los individuos principales dentro de la estructura funeraria M-U615 se distribuyen sobre la zona más elevada de la cámara, de la misma forma como las plataformas principales de estos espacios arquitectónicos debieron albergar a ciertos personajes o grupos de estatus elevado en determinadas ceremonias.

  3. El análisis de los restos óseos se encuentra en proceso.

  4. Hay que tener en consideración que para el periodo Lambayeque en San José de Moro se han registrado muchos entierros de individuos femeninos, incluyendo uno de muy alto estatus (M-U508) (Nelson y otros 2000).

  5. En ambos estilos tardíos subyace un sustrato Mochica a través de lo que comúnmente se denomina arcaismo (p.e. las ofrendas en las tumbas reales de Huaca del Loro en Batan Grande). Mientras que la tumba este presenta una vasija escultórica con una divinidad mochica asociada a los Cerros, la tumba oeste presenta un textil con iconografía que nos remite a figuras de guerreros mochicas, que finalmente constituye una expresión ideológica de las elites que nos muestran su afán por remarcar sus orígenes ancestrales.

Los señores de los templos

Durante las dos últimas décadas, la investigación científica de las suntuosas tumbas de Sipán, San José de Moro, Batán Grande y Pashash ha vuelto a concentrar la atención de los arqueólogos en los líderes de los antiguos Andes. Esto ha originado un renovado interés por los palacios del mundo prehispánico. Pese a que el interés por las actividades cotidianas se ha desplazado hacia la vida de las élites, se ha dado poca importancia a los líderes que ejercieron su dominio antes de 200 d. de C. Ello se debe en parte a la ausencia de tumbas equivalentes en tamaño y riqueza a las de tiempos posteriores. Esta situación también refleja el reto que supone identificar a los líderes de esas épocas más antiguas, así como el problema de comprender cuán distinto pudo haber sido el liderazgo antes de la aparición de un estado completamente desarrollado. En las páginas siguientes resumiremos las evidencias existentes sobre los líderes andinos de los tres primeros milenios antes de Cristo y examinaremos las implicancias de esos descubrimientos. A lo largo del periodo estudiado, aquellos individuos que poseían autoridad parecen haber estado íntimamente ligados a los templos y a las actividades religiosas asociadas a los mismos (Fig. 1). De ahí el título de este capítulo.

Autor: Richard Burger

La autoridad en el periodo Precerámico Tardío (2700-1800 a. de C.) y sus antecedentes

En el escenario actual es difícil imaginar una sociedad sin líderes. Pero los antropólogos socioculturales, al estudiar las culturas de pequeña escala en todo el mundo, han documentado muchas en las que el liderazgo se encuentra intencionalmente disperso y nunca compromete a un solo individuo o familia. El etnógrafo francés Pierre Clastres ha explorado la ausencia de poder político entre los grupos nativos de las tierras bajas de Sudamérica, y afirma:

Ellos tenían una muy temprana premonición sobre el riesgo mortal que entraña la trascendencia del poder para el grupo y el reto que signifi ca para la propia cultura el principio de una autoridad que es externa y creadora de su propia legalidad.

¿Existieron esas sociedades relativamente igualitarias en el pasado prehispánico o corresponden a un desarrollo reciente, quizá incluso a la fantasía de académicos románticos?

Fig. 2. Mapa de ubicación de los principales sitios arqueológicos de los periodos Precerámico Tardío e Inicial.

Aunque las evidencias respecto de los periodos más tempranos de la prehistoria andina siguen siendo limitadas, varios proyectos se dedican al estudio del periodo Precerámico Medio (4500-2700 a. de C.), la época en la que aparecieron los primeros poblados en los Andes Centrales. Un conjunto de datos particularmente rico proviene de Paloma, donde docenas de viviendas fueron analizadas y más de un centenar de tumbas fueron recuperadas. Es significativa la ausencia de evidencias de la casa de un jefe o de la tumba de algún líder. Los hallazgos de Paloma se reflejan en otros sitios del mismo periodo y, al ser tomados en conjunto, resultan coherentes con un modelo de sociedad sin líderes poderosos.

El Precerámico Tardío o periodo Arcaico (2700-1800 a. de C.) está marcado por la aparición de vastos centros públicos con arquitectura monumental a lo largo de la costa y de la sierra del Perú. Centros como Caral, El Paraíso, Kotosh y La Galgada tienen pirámides con terrazas y plazas abiertas que rivalizan en tamaño con muchos centros administrativos posteriores (Figs. 2, 3). No obstante, una cuidadosa excavación de un amplio conjunto de construcciones en Caral, así como en El Paraíso y otros centros del periodo, ha demostrado que estas enormes edifi caciones y grandes plazas abiertas fueron construidas no solo por razones administrativas sino también como ambientes para actividades religiosas.

Ciertamente, el diseño y la construcción de estos vastos complejos requería de líderes que planearan y coordinaran las obras públicas, y que organizaran las actividades ceremoniales para las que estas edificaciones fueron concebidas, pero los arqueólogos han excavado en vano en pos de la tumba de un «Señor de Caral» o de una «Señora de La Galgada». A pesar de las excavaciones a gran escala hechas en cementerios de sitios del Precerámico Tardío como Río Seco y Bandurria, no se ha hallado a ningún individuo cuyo tratamiento mortuorio sugiera que él o ella fuera un líder prominente con poder coercitivo sobre el trabajo o los excedentes generados por los demás. Tal vez esto no deba sorprendernos. Clastres y otros especialistas han observado que incluso entre las sociedades nativas de Sudamérica que cuentan con líderes institucionalizados, «los privilegios del cacicazgo por lo general no residían en el plano material». En efecto, entre muchos grupos nativos de las tierras bajas de Sudamérica la exigencia de que los caciques fueran generosos evitaba que acumularan cualquier riqueza significativa que pudiera diferenciarlos de los demás miembros de la sociedad; de esta manera se reforzaba el ethos igualitario que seguía prevaleciendo en esas sociedades. Era la legitimidad de esos líderes, expresada a través de la ausencia de beneficios materiales derivados de su autoridad, lo que les permitía organizar proyectos de trabajo corporativo sin tener que recurrir a medidas de coerción.

Fig. 3. Conjunto de estructuras en Kotosh, Huánuco, uno de los sitios más importantes del Precerámico Tardío.

El sitio de La Galgada ha proporcionado evidencias que pueden arrojar cierta luz sobre la naturaleza del liderazgo durante el último periodo del tercer milenio anterior a Cristo. Aunque está situado a solo 1100 metros sobre el nivel del mar en la árida cuenca del río Tablachaca, tributario del Santa, sus construcciones ceremoniales son muy similares a las de la tradición religiosa Kotosh de la sierra y se asemejan a las cámaras rituales que hay en ese sitio y a las de Kotosh, Huaricoto y Piruru. Sin embargo, a diferencia de otros centros de la misma época ubicados en la sierra o en la costa, las cámaras rituales de La Galgada fueron reutilizadas como cámaras mortuorias luego de haber sido cubiertas por un nuevo —aunque similar— conjunto de construcciones ceremoniales. La mayoría de individuos enterrados en este sitio tenían menos de 4 o más de 40 años, y una cuarta parte de los mismos superaba los 50 años de edad. Puesto que solo un pequeño número de los pobladores que construyeron y realizaron actividades de culto en el sitio fueron enterrados allí, es probable que el grupo representado en las sepulturas proviniera de las principales familias de esa sociedad.

Fig. 4. Detalle de figurina de barro sin cocer de Áspero, valle de Supe. La figurina tiene cabellera larga y un collar sencillo. Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima.

Aun cuando los hombres y mujeres adultos enterrados en las cámaras de La Galgada pueden haber sido los líderes de esa sociedad, los bienes que los acompañaban no son especialmente notables. Por ejemplo, en las tumbas más antiguas, dos mujeres adultas llevaban gorros de algodón y estaban cubiertas con tiras de corteza, y el individuo masculino que las acompañaba se hallaba envuelto en una manta doble de algodón amarillo y había sido colocado sobre una red de fibras vegetales. A otra mujer le faltaba el manto de algodón de uso común pero tenía cuatro alfileres de hueso para el pelo, pedazos de carbón de antracita y de cristal de roca. Entre las tumbas más antiguas, este último entierro era particularmente elaborado. En las tumbas algo posteriores las ofrendas eran más usuales y con frecuencia incluían alfileres de hueso para el pelo con incrustaciones, collares de piedras talladas y conchas marinas junto con artefactos de piedras verdes parecidas a las turquesas. Aunque con el tiempo los elementos exóticos parecen tornarse más comunes, aumentan en todas las tumbas del sitio en lugar de concentrarse en unos pocos individuos. Por tanto, su presencia parece reflejar la creciente importancia de los intercambios a larga distancia para el grupo principal que vivió en el sitio, antes que la aparición de gobernantes muy poderosos. Las tumbas de La Galgada sugieren que el liderazgo de las sociedades del periodo Precerámico Tardío debe ser considerado, más bien, en términos de familias con riqueza y poder limitados, y que estaban vinculadas a la arquitectura religiosa.

Fig. 5. Figurina de estilo Cupisnique. El personaje tiene marcas en el rostro y luce un collar. Esta figurina más tardía que las de Áspero muestra mayor cuidado en los rasgos y la manufactura. Colección particular.

En la costa se descubrió una línea paralela de evidencias en las viviendas desenterradas en Caral, en el valle medio de Supe. Cada una de las principales pirámides estudiadas cuenta con un área habitacional adyacente que consiste en pequeños cuartos rectangulares interconectados. Su tamaño, construcción y distribución indican que cada complejo de viviendas sería apropiado para las actividades domésticas de una familia grande. Los artefactos asociados corroborarían tal interpretación. Más aún porque en La Galgada los complejos habitacionales solo podrían haber albergado a una pequeña parte de la sociedad responsable de la construcción de las enormes pirámides y plazas. Este patrón sugeriría que a un conjunto menor de la población se le permitía establecer su residencia al pie de los recintos arquitectónicos sagrados, mientras que la mayoría vivía en pequeños poblados o en asentamientos cerca de sus campos. También parece razonable asumir que el grupo que residía en el centro justifi caba su ubicación privilegiada por su relación especial con las actividades que desarrollaban allí y, tal vez, por su relación con las propias deidades. Los desechos de estas viviendas no indican que sus residentes tuvieran un estilo de vida diferente del que llevaban los demás miembros de la misma sociedad. En apariencia, el rol que se les atribuía como líderes religiosos les permitía coordinar actividades para el bienestar público, tanto en este mundo como en el próximo, pero era imposible que acumularan riquezas o un poder coercitivo.

Otras evidencias sobre la naturaleza del liderazgo del periodo Precerámico Tardío se desprenden de las escasas representaciones de los propios líderes. En El Áspero, en el valle de Supe, se encontraron numerosas figurinas de arcilla sin cocer que representan a personajes adultos vestidos con indumentaria destacada (Figs. 4, 5). Estas figurinas solo aparecen ligadas a la arquitectura de los templos, por ejemplo, al menos trece de las figurillas de arcilla gris blancuzca sin cocer estaban enterradas entre dos pisos de un pequeño cuarto en la Huaca de los Ídolos. Más de un centenar de figurillas similares a aquellas de Áspero se han descubierto en Caral, también en contextos ceremoniales. Resulta tentador verlas como representaciones de los líderes de la sociedad, pero en ellas no se advierte ningún interés por hacer un retrato, aspecto que se mantiene a nivel rudimentario y genérico, aunque hay cuidado en representar los tocados característicos, los peinados, los collares de cuentas y las vestimentas. Estos elementos fácilmente identificables de los atuendos y estilos personales pueden ser considerados como emblemas de su estatus. El descubrimiento de raros collares de piedra rectangulares y biconcoidales, como los que lucen las figurinas de Áspero, sugiere que las imágenes de arcilla cruda representan los verdaderos elementos de la indumentaria que usaban selectos miembros de la sociedad. Asimismo, resulta significativo que las figurinas de arcilla sin cocer representen tanto a hombres como mujeres. Este patrón es coherente con las tumbas de La Galgada estudiadas, al igual que con los estrechos vínculos físicos entre las figurinas y la arquitectura ceremonial.

Otro raro ejemplo de iconografía figurativa relacionada con esta discusión son las litoesculturas que decoran la terraza inferior de Cerro Sechín, ubicado en la parte baja del valle de Casma. No existe consenso en torno a si datan del periodo Precerámico Tardío o del comienzo del periodo Inicial. Estas litoesculturas representan una escena histórica o mítica en la que varios guerreros victoriosos se dirigen hacia la entrada del templo, separados por los cadáveres mutilados o pedazos de los cuerpos del grupo derrotado. De los cientos de esculturas, solo una pequeña fracción representa a los guerreros triunfantes en lugar de los muertos o víctimas mutiladas. En el arte prehispánico del Perú, la jerarquía de la condición social se expresaba usualmente a través de la escala, indumentaria y/o colocación de las representaciones humanas, de modo que es significativo que todos los guerreros victoriosos tengan aproximadamente el mismo tamaño, lleven tocados similares de forma cónica y punta plana, usen taparrabos iguales, luzcan el mismo peinado y estén descalzos. La mayoría de ellos llevan mazas que parecen bastones o porras. Dada la semejanza entre los guerreros, no es fácil localizar al líder de esta partida de guerra triunfante. No obstante, las dos fi guras que aparecen guiando a la procesión podrían ser consideradas como de una condición especial debido a su ubicación. Ambas portan elaborados bastones y una de ellas resulta única por cuanto está adornada con cabezas decapitadas que cuelgan de su cintura (Fig. 6).

Fig. 6. Muro de la terraza interior de Cerro Sechín. Entre los litoesculturas destaca un guerrero que sostiene un mazo ceremonial en la mano y lleva como adorno dos bandas con cabezas trofeo.

Creemos que la forma en que estos guerreros victoriosos están representados en estas tallas alude a una sociedad en la que los principios de jerarquía política y social todavía no se han desarrollado. Los líderes apenas se destacan y, en el único caso notorio, la jerarquía está determinada por los símbolos de una hazaña personal, representada aquí por las cabezas trofeo colgantes, antes que por llamativos emblemas del atuendo u otros símbolos, muy comunes en épocas posteriores. Las litoesculturas de Cerro Sechín presentan un fascinante contraste con las escenas de guerreros victoriosos de una cultura ulterior como Moche. En esas imágenes se representan numerosas diferencias en la indumentaria de los distintos guerreros y las escenas a menudo terminan con la presentación de los individuos derrotados ante un ostentoso líder moche, cuya categoría está señalada por su notable vestimenta y porque se encuentra sentado por encima de los demás sobre una pirámide escalonada.

El periodo Inicial y sus líderes (1800-800 a. de C.)
Fig. 8. Collar del líder de Cardal, elaborado distancia o a los artesanos especializados, ni tampoco supone control sobre el trabajo con dientes de un mamífero marino. Museo de la Nación, Lima.

Durante el segundo milenio anterior a Cristo, la agricultura cobró mayor intensidad y la población aumentó con rapidez. Los valles costeños y serranos llegaron a poblarse más densamente, aun cuando la mayoría de los habitantes seguía residiendo en pequeños poblados y asentamientos. Los centros públicos fueron más comunes pero la escala de sus construcciones empequeñeció con respecto a los impresionantes monumentos del periodo Precerámico Tardío. Probablemente no existe ningún otro periodo en la prehistoria de los Andes Centrales que tenga tantos y tan grandes complejos piramidales como el periodo Inicial, y hacia el final del segundo milenio anterior a Cristo no era inusual que un mismo valle de la costa central contara con diez o más centros, cada uno con sus propias pirámides con terrazas y vastas plazas abiertas. No obstante, la suposición de que este florecimiento de la construcción fuera supervisado por líderes poderosos no ha sido confirmada.

No se han encontrado tumbas notables de líderes prominentes, como tampoco se han desenterrado palacios reales. Por el contrario, parece que el patrón del liderazgo se concentraba en familias selectas con poder limitado y un lazo estrecho con la arquitectura religiosa que predominaba en sus centros cívicoreligiosos. En muchos aspectos, el periodo Inicial se asemeja al patrón del Precerámico Tardío que hemos abordado previamente, a pesar de que en ciertas áreas hay indicios de brotes de divergencia en relación con ese patrón.

Los trabajos arqueológicos en los centros de la cultura Manchay en los valles de Chancay, Chillón, Rímac y Lurín, en la costa central, han encontrado evidencias que son particularmente relevantes para considerar un liderazgo que precedió a la aparición del estado. Al menos nueve centros en forma de «U» fueron construidos en las zonas bajas y medias del valle de Lurín durante el periodo Inicial, pero solo tres de estos —Mina Perdida, Cardal y Manchay Bajo— han sido investigados hasta ahora en profundidad. Aunque la construcción piramidal comenzó en los albores del periodo Inicial en Mina Perdida y a mediados del mismo en Manchay Bajo, no se han hallado mayores evidencias de ocupación en estos sitios que no fuesen las de una residencia estacional, en la época anterior al periodo Inicial Tardío. Sin embargo, hacia 1100 a. de C. sus residentes vivían en moradas compuestas por varios cuartos pequeños, con cimientos de piedra y construcciones superiores con materiales perecibles.

Fig. 7. Orejeras de hueso del líder de Cardal. de animales que fueron varados por la marea y no cazados, pero la ausencia de joyas

El número de habitantes nunca sobrepasó unos pocos centenares. Las viviendas de Mina Perdida y Cardal estaban localizadas detrás de la arquitectura ceremonial y unas escaleras traseras deben de haberles dado un fácil acceso a los ambientes de las terrazas y las cumbres de las pirámides. Como en La Galgada y Caral, estos ocupantes constituyeron probablemente un subgrupo de especial prestigio dentro de una sociedad más grande. Sin embargo, los desechos de sus viviendas sugieren que la dieta y las actividades diarias podrían haber sido similares a las de aquellos residentes en los pequeños asentamientos cerca de sus campos de cultivo. Las familias que habitaban los centros en forma de «U» pueden haber sido los líderes de sus comunidades, pero tallaban sus propias herramientas de hueso, separaban laboriosamente sus semillas de algodón y hacían sus amuletos con las piedras del lugar. Pocos de sus bienes provenían de fuera del valle y la mayoría se obtenían en el litoral y los hábitats de la parte baja del valle, a pocas horas de distancia de los sitios. En Cardal, donde varias viviendas han sido estudiadas, se han hallado pocas diferencias entre las edificaciones y los artefactos vinculados a las mismas. Las tumbas se encuentran dentro y alrededor de las viviendas, pero los muertos eran enterrados en fosas modestas sin arquitectura funeraria y casi ningún objeto funerario.

 

Fig. 9. Botellas asa estribo de estilo Cupisnique. Otras similares fueron encontradas en contextos ceremoniales y funerarios. Colección Enrico Poli, Lima.

Depender de evidencias negativas resulta frustrante y el fracaso en cuanto al descubrimiento de tumbas notables o residencias palaciegas puede ser poco convincente, aun cuando exista concordancia con otras fuentes de evidencias como la iconografía. Por esta razón, el hallazgo de un cementerio en la cumbre de la pirámide central de Cardal es de especial interés, ya que se esperaría que los individuos enterrados allí proporcionen una visión exenta de ambigüedades de los líderes de este centro del periodo Inicial. En la última fase de construcción del sitio, el atrio fue enterrado ritualmente bajo un nuevo relleno de piedras y se construyó encima otro casi idéntico; justo antes de que esto sucediera, un conjunto de fosas funerarias fue excavado en el suelo del atrio medio. En las tumbas yacían hombres y mujeres de varias edades, incluso adultos mayores de 50 años, y también niños.Varios de los dieciséis individuos enterrados en este emplazamiento ventajoso carecían de ofrendas, pero otros estaban acompañados por uno o dos objetos de uso diario como husos y ollas de cocina.

 

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Fig. 10. Botella asa estribo de estilo Cupisnique que presenta la transformación de un rostro humano en un rostro sobrenatural. Museo Larco, Lima.

Un hombre mayor enterrado en medio del grupo de tumbas se diferenciaba porque llevaba un collar con trece caninos de león marino perforados y adornos redondos para las orejas tallados en huesos de ballena (Fig. 7). Si juzgamos por los adornos personales, este individuo puede ser un raro ejemplo de un líder del periodo Inicial, quizá uno de los poquísimos sujetos de esa categoría jamás desenterrados por un arqueólogo. El emblema de autoridad que ostenta y el hecho de que sea llevado exclusivamente por él son datos ilustrativos. Tanto el collar como las orejeras pertenecen a mamíferos marinos conocidos por su gran tamaño y fuerza (Fig. 8). El collar nos recuerda a aquellos hechos de dientes de jaguar que usaban los líderes de los bosques tropicales de Sudamérica y a aquellos otros confeccionados con garras de oso que llevaban los líderes de los bosques templados de Norteamérica. En ambos casos, los materiales eran cuidadosamente escogidos para refl ejar las cualidades espirituales que el líder buscaba encarnar, al igual que para exhibir sus hazañas personales como cazador. En el caso de Cardal, los huesos de ballena empleados en las orejeras probablemente provenían de animales que fueron varados por la marea y no cazados, pero la ausencia de joyas o artefactos elaborados con huesos de ballenas en otras tumbas o entre los desechos indica que el uso de este material era una prerrogativa del líder.24 La posesión de los peculiares collares y orejeras no implica un acceso a las redes de comercio de larga distancia o a los artesanos especializados, ni tampoco supone control sobre el trabajo de otros. Por último, este aparente líder de Cardal se asemeja a los otros por haber sido enterrado junto con un instrumento de uso diario que fue empleado durante su vida, en este caso un punzón de hueso que era requerido para la confección de alfombras o textiles. Así, mientras que el líder de Cardal puede haber jugado un rol clave al coordinar la construcción de este complejo piramidal de 14 metros de altura, el contenido de su tumba también revela que estaba comprometido con las actividades habituales de subsistencia, junto con el resto de la comunidad.

Fig. 11. Botella asa estribo de estilo Cupisnique, con forma de fruto y cabezas de serpientes que caen sobre su cuerpo. Colección Enrico Poli, Lima.

A primera vista, las evidencias de Cardal coinciden con la imagen de un liderazgo temprano asociado a un subgrupo de familias y quizá vinculado por el parentesco a la organización y administración de los centros religiosos que eran el núcleo de la vida social y política de estas sociedades de pequeña escala. También encajan adecuadamente con la aparente incompatibilidad entre el liderazgo y las ventajas materiales y el rechazo societal al liderazgo coercitivo y a los símbolos ligados al mismo. La identificación del líder primario con un hombre de edad avanzada también es coherente con la mayoría de modelos antropológicos de liderazgo no coercitivo en las sociedades anteriores al estado. Asimismo, existen indicios de que en Cardal pueden haberse producido tensiones que socavaran el patrón de un liderazgo cuyo poder residía fundamentalmente en la ausencia de poder. El cementerio sobre la cumbre del sitio fue creado mediante el traslado de tumbas ya existentes desde el lugar de su entierro original hasta el atrio, una ubicación que poseía una carga simbólica. ¿Intentó así el grupo líder extender o reafi rmar su autoridad? ¿Fue esta reubicación de los muertos en

Fig. 13. Botella asa estribo de estilo Tembladera. El personaje principal es un individuo masculino, cuyo cuerpo yace sobre dos frutos. Colección Enrico Poli, Lima.

la cumbre de la pirámide un rechazo de los líderes a la costumbre habitual de la sociedad de sepultarlos en las viviendas? ¿Se buscaba formular una declaración simbólica al colocar a los ancestros de los nuevos líderes más cerca de los dioses que de los seres terrenales? ¿Se pretendía situar aparte al liderazgo, usurpando físicamente áreas que antes habían estado reservadas para los rituales religiosos? El registro arqueológico de Cardal aún está lejos de ser concluido, pero estas posibilidades son intrigantes, sobre todo por el abandono del sitio y de otros centros del valle de Lurín y sus adyacentes hacia fi nes del periodo Inicial. ¿El declive de los centros de Manchay estuvo relacionado con una crisis en el liderazgo tradicional de los complejos en forma de «U»?

Fig. 12. Botella de estilo Tembladera. Es un personaje femenino, con un cántaro sobre la cabeza y decoración incisa sobre la túnica. Colección Enrico Poli, Lima.

En otros lugares de la costa, las evidencias de líderes del periodo Inicial son difíciles de localizar. En el valle de Casma, donde se encuentra la mayor concentración de sitios con arquitectura pública del periodo, no se ha hallado tumbas notables o residencias pala ciegas, pese a los amplios estudios y excavaciones realizados desde la época de Tello.

Más al norte, en los valles de Moche y Chicama, en el corazón de la cultura Cupisnique, la excavación de numerosas tumbas del periodo Inicial que llevaron a cabo Rafael Larco y arqueólogos posteriores muestra un patrón ligeramente distinto al de la costa central.

Aunque la mayoría de individuos fueron enterrados en fosas sin alinear, estuvieron acompañados por un rango más amplio de bienes funerarios, entre los cuales los adornos personales y los objetos exóticos eran más comunes, así como cestos y estupendos ceramios (Fig.9). Algunos fueron enterrados con anillos de hueso tallado que lucían en tres, cuatro e incluso cinco dedos, aretes de hueso tallado con incrustaciones de conchas y turquesas, y faldas hechas con miles de cuentas (Fig. 15).

Estos artículos estaban relativamente difundidos y quienes los usaban fueron enterrados en fosas simples, con solo dos o tres vasijas de cerámica. En suma, estas tumbas parecen avalar la existencia de gente próspera con más acceso a redes de intercambio de larga distancia que los pobladores de la costa central, pero no corroboran la presencia de líderes poderosos (Fig. 11).

Algunas vasijas de cerámica de la cultura Cupisnique parecen mostrar líderes, o a sus míticos antepasados, y resulta interesante considerar estas representaciones. Por ejemplo, una clásica botella cupisnique con asa en forma de estribo presenta a un adulto con un peinado característico, orejeras y taparrabo; sus lazos con el mundo sobrenatural se hacen patentes por los elaborados símbolos religiosos tallados en su espalda. La iconografía de la pieza sugiere la habilidad del personaje para trascender la esfera de la experiencia y entrar en el mundo sobrenatural. Un tema similar se encuentra en una famosa botella cupisnique con asa en forma de estribo cuya imagen está dividida entre un rostro humano por un lado y un rostro con rasgos de jaguar por el otro (Fig. 10).

Fig. 15. Pectoral de hueso con incrustaciones de conchas de estilo Cupisnique. Museo Larco, Lima.

El característico estilo Tembladera del valle medio del Jequetepeque fue contemporáneo a la alfarería cupisnique clásica y se hallaba estrechamente relacionado con ésta; sus vasijas muestran a menudo hombres ricamente vestidos y mujeres que llevan unos impresionantes pectorales de cuentas de piedras semipreciosas y un complejo peinado. Pero, aun cuando estas representaciones parecen realistas, con frecuencia tienen fi guras sobrenaturales en la espalda o incluyen motivos religiosos en la indumentaria del personaje, lo que sugiere que las fi guras humanas desempeñaban el rol de líderes religiosos. Un rasgo distintivo de muchas de estas piezas de Tembladera es que la fi gura humana toca un instrumento musical semejante a una ocarina o una quena. La asociación de los líderes tempranos con los instrumentos musicales se vuelve aún más común en el Horizonte Temprano y se explica por la función especializada que cumplía la música como elemento central del ceremonial religioso y no de la vida profana.

Otro interesante aspecto de las representaciones de Tembladera es que reparte su énfasis entre hombres y mujeres adultos (Figs. 12, 13); en algunos casos esto se resalta al mostrarse a los dos juntos en la misma pieza. Unas cuantas vasijas de Tembladera presentan fi guras femeninas sosteniendo a bebés, lo que refuerza la idea de que debemos pensar sobre el liderazgo del periodo Inicial en términos de grupos familiares que incluyen hombres, mujeres y niños (Fig. 14). También vale la pena anotar que algunas de las tumbas del valle medio del Jequetepeque tuvieron forma de torres de mampostería con cámaras internas; aunque habían sido profanadas, al parecer por lo menos algunos entierros eran colectivos. Este es un dato significativo pues se trata de un patrón que se relaciona con el descrito para La Galgada, mientras que en otras tumbas había solo hombres o mujeres adultos enterrados individualmente. Basándose en la arquitectura funeraria y las ofrendas, Yuji Seki concluyó que en La Bomba y Montegrande «los individuos enterrados posiblemente pertenecieron al grupo sacerdotal de dicha sociedad». Puesto que en esas tumbas los restos corresponden tanto a hombres como mujeres, se podría implicar que el liderazgo religioso en esa área no estaba limitado a los varones.

Fig. 17. Trompeta de Strombus de Kuntur Wasi, Cajamarca. Tiene incisiones decorativas en estilo Chavín.

Una de las raras muestras del liderazgo en la sierra durante el periodo Inicial Tardío procede de La Capilla, un sector del gran centro público de Pacopampa, en el norte de Cajamarca. En este sitio los arqueólogos encontraron una amplia construcción oval excavada en la roca. Daniel Morales afirma que es una residencia que tal vez fue ocupada por los especialistas religiosos que se encargaban de las actividades del templo Entre los desechos asociados a la construcción, unos huesos humanos cortados y quemados seguían en abundancia a los huesos de venado, lo que sugiere que el canibalismo puede haber sido una de las prerrogativas del liderazgo en esa área. Entre los artefactos ligados a la vivienda se hallaban figurinas de cerámica hueca con pelo hasta los hombros y cerquillo corto, patillas, orejas alargadas en forma rectangular y largas túnicas parecidas a cushsmas. Dados su naturalismo y el cuidado puesto en el vestido y peinado, pueden haber sido representaciones de líderes religiosos o de sus ancestros semimíticos.

Varios casos de la sierra parecen demostrar que los líderes del periodo Inicial usaban su autoridad y prestigio para acumular mayor riqueza, en mayor grado que sus similares costeños, pero como en Pacopampa, estos líderes poderosos se mantuvieron estrechamente vinculados a la vida de los templos. En La Galgada, por ejemplo, los entierros del periodo Inicial aún eran múltiples. Incluían a hombres, mujeres y niños, pero entre las ofrendas había piezas importadas como un pendiente de ámbar perforado, una vasija de cerámica foránea decorada con serpientes bicéfalas y un fragmento de meteorito. La arquitectura de la tumba consistía en enormes muros de piedra techados con vigas horizontales de pared a pared y piedras cortadas que tenían hasta un metro de largo. En términos de la labor que demandó la construcción de esta galería de tumbas, aparte de los muros de contención, y considerando la calidad y rareza de los bienes funerarios, daría la impresión de que los líderes del sitio estuvieran comenzando a apropiarse del trabajo de sus seguidores con fi nes particulares, además del objetivo público de efectuar rituales y levantar una construcción ceremonial. Un patrón similar parece haber surgido en el valle del Huallaga, en el centro religioso de Shillacoto, donde fue construida una gran tumba sobre la superficie, con el interior pintado de rojo, en el periodo Inicial Temprano. Como en La Galgada, la tumba era para un grupo de por lo menos siete individuos. La construcción de grandes edificaciones de mampostería de carácter mortuorio en sitios del valle medio de Jequetepeque y del valle del Huallaga para honrar a prominentes grupos familiares nos remite a una de las modalidades de legitimación de los derechos políticos más comunes usadas por los líderes andinos en la prehistoria tardía de los Andes.

El Horizonte Temprano (800-200 a. de C.)
Fig. 16. Monolito que representa a un personaje sobrenatural. Kuntur Wasi, Cajamarca.

La aparición de líderes verdaderamente poderosos en los Andes Centrales debe de haber ocurrido durante el Horizonte Temprano, en conjunción con el desarrollo del culto chavín y su amplia esfera de interacción tanto en la sierra como en la costa del Perú. Es posible que estos líderes hayan sido sacerdotes especializados y capaces de transformar su autoridad en los asuntos sobrenaturales en un medio de control del trabajo de la comunidad y en una habilidad para acumular riqueza personal. La evidencia más importante de ese desarrollo es la proliferación de tumbas individuales llenas de ofrendas compuestas por elaboradas joyas de oro, alfarería importada, pigmento de cinabrio y otros artículos raros y valiosos. Por desgracia, las grandes tumbas del Horizonte Temprano en Zaña, Lambayeque, Huarmey, Ica y otros lugares de la esfera chavín o de su ámbito de influencia han sido saqueadas. Sus evidencias subsisten a través de las historias de los huaqueros y de las coronas de oro, telas pintadas y otros emblemas de riqueza y poder que albergan los museos y colecciones privadas en todo el mundo.

 

Afortunadamente, un grupo de tumbas del Horizonte Temprano pertenecientes a los primeros líderes del centro serrano de Kuntur Wasi no cayó en manos de los saqueadores. Ocho de estas tumbas fueron excavadas por un equipo de la Universidad de Tokio dirigido por Yoshio Onuki. En el sitio predominan las plataformas de mampostería, plazas abiertas y trazadas con piedras y grandes esculturas de piedra con representaciones de temas religiosos (Fig. 16). Pese a que el centro fue establecido en el periodo Inicial Tardío (conocido localmente como la fase Ídolo), todas las tumbas notables que se encontraron datan de las fases del Horizonte Temprano local que se denominan Kuntur Wasi (800-500 a. de C.) y Copa (500-250 a. de C.). Todas fueron halladas en la cumbre del complejo del templo, en hondos pozos excavados dentro de las plataformas con fachada de piedra. Luego de los entierros, las tumbas fueron selladas y cubiertas por construcciones posteriores. En un temprano proyecto dirigido por Julio C. Tello en los años 1946-1947 también se descubrió una tumba valiosa. En total, las nueve tumbas de Kuntur Wasi contenían preciosos objetos de metal y otros artículos de valor. Todas albergaban entierros individuales de hombres y mujeres adultos. El contenido de las mismas implicaba que los difuntos habían acumulado poder y riqueza considerable durante sus vidas, y Onuki interpretó que dichos sujetos fueron los líderes del centro.

Fig. 18. Vista del Templo Nuevo de Chavín de Huántar, Ancash.

Cuatro tumbas se encontraban dentro de la alta plataforma central, junto al eje central del sitio, mientras que otras cuatro estaban en una plataforma de la cumbre más pequeña, al sur. Las diferencias en ubicación y contenido sugirieron a Onuki que probablemente existió en el sitio una organización jerárquica de liderazgo sacerdotal. Por otro lado, estas tumbas muestran una inversión de trabajo mayor que en las fosas del periodo Inicial: los pozos tienen un promedio de 2,5 metros de profundidad, 1,5 metros de diámetro, y todos cuentan con una cámara lateral al fondo del hoyo. Ningún individuo tenía menos de 30 años y varios contaban con 60 o más años, una cifra muy superior a la edad promedio en el Horizonte Temprano o en cualquier otro periodo prehispánico. Entre los muertos de la fase Kuntur Wasi había cuatro hombres y una mujer; de la siguiente fase Copa, apenas se hallaron dos tumbas notables y estas pertenecían a un hombre y una mujer adultos. De ahí que si las tumbas encontradas en la cumbre del sitio pertenecieron a los líderes es posible concluir que la longevidad, antes que el género, fue un factor importante para determinar el liderazgo en el Horizonte Temprano.

 

Fig. 19. Detalle de la plaza circular del Templo Viejo de Chavín y sus fri

Las investigaciones recientes sobre sociedades complejas han puesto énfasis en la relación entre la acumulación de riqueza y la habilidad para ejercer el poder, aunque manteniendo la legitimidad. Por lo general, los objetos que encarnan el poder pueden ser reconocidos a pesar de las diferencias culturales porque reflejan altos niveles de control —directo o indirecto— de los recursos económicos, del trabajo o del conocimiento tecnológico. Jonathan Kenoyer ha resumido cuatro supuestos útiles para identificar los objetos de valor: 1) Los artículos raros o exóticos tienen mayor valor que las materias primas disponibles a nivel local. 2) El valor de un objeto se incrementa con la cantidad de trabajo requerida para su producción. 3) Los procesos tecnológicos que implican numerosas etapas, altos grados de destreza y/o conocimiento técnico especializado aumentan el valor de un objeto. 4) Una vez que un artículo ha sido aceptado como un símbolo de riqueza dentro de una sociedad, las élites intentarán restringir el acceso a las materias primas o al conocimiento con el fi n de limitar su producción y controlar su uso.

 

Los artículos desenterrados de los pozos de las tumbas de Kuntur Wasi encajan bien con la definición y principios articulados por Kenoyer. Como se adelantó, muchos de los objetos de estas tumbas eran artículos raros o exóticos. Por ejemplo, uno de los entierros contenía trompetas hechas de conchas de caracol Strombus, una materia prima cuya fuente más próxima es la cálida corriente marina que baña las costas de Ecuador (Fig. 17). Varias de las otras tumbas incluían cientos de cuentas de conchas Spondylus que también provenían de aguas profundas distantes del litoral ecuatoriano, a unos 300 kilómetros al noroeste. Igualmente, los difuntos fueron cubiertos con cinabrio, un pigmento que se obtiene a partir de raros depósitos de sulfato de mercurio, una sustancia poco común y cuya probable fuente es la mina Santa Bárbara próxima a la ciudad de Huancavelica, que está ubicada a unos 700 kilómetros al sur de Kuntur Wasi. Otros artículos como los pendientes de piedras y cuentas fueron elaborados con piedras semipreciosas y relativamente raras como calcedonia, jaspe, crisocola y esteatita, cuyas fuentes aún no han sido identificadas. También se hallaron miles de cuentas confeccionadas con conchas del Pacífico que eran traídas desde las playas ubicadas a 80 kilómetros al oeste.

Fig. 20. Laja tallada de Chavín de Huántar, en la que se representa uno de los personajes sobrenaturales con rasgos de felino, típicos de este estilo. Museo Nacional Chavín, Ancash.

Además, en estas tumbas de Kuntur Wasi abundaban los artefactos de oro y plata; su presencia implica el control de un gran volumen de trabajo al igual que de individuos con habilidades especializadas y un conocimiento tecnológico esotérico. Los preciados objetos de metal de las tumbas principales constituyen las joyas que usaban los líderes fallecidos. Eran comunes sobre todo las coronas, las orejeras, los collares y los pendientes de oro, y en algunos casos también las narigueras (véase p. 255, Fig 3). El oro es un mineral raro que solo puede obtenerse mediante un tedioso proceso minero o de recolección; luego debe ser laboriosamente transformado en adornos valiéndose de una tecnología especializada que supone martillar delgadas láminas, cortar, moldear y soldar. La cantidad de objetos y la variedad de técnicas utilizadas en los artefactos de oro de Kuntur Wasi y otros sitios afines implicaba controlar una labor considerable o los recursos para adquirir el oro nativo, así como las habilidades especializadas y el conocimiento necesario para producir estas joyas.

 

Por último, las tumbas de Kuntur Wasi contenían finas botellas de cerámica y otras vasijas, algunas de las cuales no eran de producción local. En suma, todas las tumbas, ya fueran de varones o mujeres, albergaban mucha más riqueza que la que ha sido encontrada en cualquier otro sitio del Precerámico Tardío o del periodo Inicial.

Dada la repentina aparición de desigualdades materiales, vale la pena considerar el contexto de la situación. Todas las tumbas eran parte física de la arquitectura ceremonial del templo de Kuntur Wasi. Además, muchos de los objetos preciados ostentaban imágenes del mundo mítico y sobrenatural que constituía el foco de las actividades religiosas del centro monumental. Aparentemente, los líderes de Kuntur Wasi tenían la prerrogativa de llevar objetos de oro, plata y piedra con las imágenes de los dioses y de los héroes míticos de su cultura. Si se toma en cuenta la presencia de las trompetas de Strombus, es probable que los artículos de las tumbas fueran realmente usados o portados durante las ceremonias de aquel centro serrano. Al ser enterrados con esos objetos, los líderes fallecidos llegaban a estar vinculados para siempre con las poderosas fuerzas sobrenaturales representadas en los elementos que componían su indumentaria.

Fig. 21. Una de las deidades principales de Chavín de Huántar. Nótese que porta una concha tropical en cada mano (Strombus sp. —pututu— y Spondylus sp.). Museo Nacional Chavín, Ancash.

Las tumbas de Kuntur Wasi y su ubicación son un testimonio del uso del conocimiento religioso y de la autoridad en el Horizonte Temprano que legitima un tipo de poder coercitivo ausente en épocas anteriores. Resulta significativo que en ninguna de ellas hubiera armas o herramientas de irrigación, piezas que se podría haber esperado hallar si las hazañas militares o el control del agua hubieran sido la base de su creciente autoridad. Asimismo, no había ofrendas humanas, un hecho que indica que el poder coercitivo de estos líderes tempranos se encontraba por debajo del que ejercieron los gobernantes de los posteriores estados andinos. También destacan por su ausencia las herramientas de uso cotidiano que prevalecían en las tumbas del periodo Inicial en Cardal. Si los líderes de esta época estuvieron alguna vez comprometidos con actividades mundanas de subsistencia como la agricultura, eso no es algo que se desprenda del examen de sus tumbas.

Existe la posibilidad de deducir datos adicionales sobre el carácter y las vidas de los líderes del Horizonte Temprano a partir del registro arqueológico de Chavín de Huántar, que está ubicado en el valle de Mosna, a 3150 metros sobre el nivel del mar (Fig. 18). Pese a que no se ha excavado ninguna tumba de élite en este famoso centro, hay evidencias de que valiosos objetos de metal, análogos a aquellos encontrados en Kuntur Wasi, fueron saqueados en algún momento antes de 1941. En 1975 se recobraron fragmentos de oro y de joyas hechas con conchas Spondylus en las supuestas residencias de la élite situadas al oeste del núcleo del templo. Uno de los rasgos únicos de Chavín de Huántar es la profusión de imaginería figurativa en cientos de tallas en piedra y otros materiales (Fig. 20). Es posible interpretar que algunas de estas esculturas representan a los líderes del centro o a sus míticos predecesores. Puesto que en muchas culturas tradicionales el sacerdote se convierte en el ancestro mítico durante las ceremonias, esta distinción resultaría insignificante. En cualquier caso, estas representaciones proporcionan una visión de las vestimentas, actividades y fuentes de autoridad de los líderes que no puede ser inferida a partir de contextos funerarios como los de Kuntur Wasi.

Fig. 22. Cuchara de oro y plata de estilo Chavín. Fue elaborada con las técnicas de martillado y soldado, y representaría a un sacerdote que toca un pututu (Strombus sp.). Colección Dumbarton Oaks, Washington, D.C. a) Vista anterior. b) Vista posterior.

Las esculturas que rodean el lado oeste de la Plaza Circular del Templo Viejo conforman un grupo particularmente sugerente (Fig. 19). Tomadas en conjunto, parecen mostrar una procesión de sacerdotes con sus atavíos o de sus míticos ancestros, los cuales convergen en pares repetidos sobre las escaleras que conducen a la fachada del Templo Viejo. Se puede conjeturar que este conjunto de litoesculturas proporciona el fuero mítico para los rituales que eran ofi ciados por los sacerdotes en la Plaza Circular. Las piedras mejor preservadas muestran fi guras antropomorfas con bocas con colmillos, manos como garras y patas de animales. Una de las parejas duplicadas lleva coronas y trompetas de concha de Strombus. Estos dos objetos vinculan a las fi guras con la parafernalia sacerdotal enterrada junto con los líderes de Kuntur Wasi y también con las trompetas de Strombus halladas al lado de la Plaza Circular de Chavín de Huántar, en la Galería de las Caracolas. También resultan interesantes las representaciones escultóricas de elementos perecibles del atuendo de los líderes, como un tocado que incluía una cola de jaguar colgante o una elaborada capa de plumas de aves, que sobresalía y estaba adosada a la espalda del sacerdote.

A través de la representación de los elementos exóticos de la vestimenta que llevaban los míticos antepasados de los dirigentes, las esculturas de piedra de la Plaza Circular legitimaban el control que ejercían los líderes tempranos de Chavín sobre los artículos raros y exóticos. Aparentemente, estas esculturas no solo muestran figuras antropomorfas que sostienen trompetas de Strombus, sino también conchas Spondylus enteras.51 Tal vez la expresión artística más poderosa y que justifica el vínculo cosmológico de los líderes de Chavín con los valiosos artículos exóticos sea una escultura que decora el Templo Nuevo y no la Plaza Circular. La famosa escultura denominada La Medusa representa a la principal deidad Chavín, según Rowe,52 con una concha Spondylus en una mano y una trompeta de Strombus en la otra; así, pues, se recurría a estas raras conchas para encarnar los principios del dualismo dinámico y de la armonía societal (Fig. 21). En una escultura ligeramente posterior, la célebre Estela de Raimondi, la deidad tiene báculos en ambas manos. No es descabellado sugerir que el par de conchas exóticas de aguas ecuatorianas, al igual que el par de elaborados báculos, eran los emblemas de la autoridad suprema de las deidades y, por extensión, de la potestad de sus representantes, los líderes sacerdotales.

Una de las esculturas mejor preservadas de la Plaza Circular muestra una figura antropomorfa con colmillos que sostiene un báculo que se parece a un tallo del cactus alucinógeno San Pedro (Fig. 19). La imagen es particularmente importante porque alude a otra fuente de autoridad de los líderes religiosos: el control de los alucinógenos y la habilidad inherente para transformarse en jaguares y águilas arpías con el fi n de ejercer su influencia en el orden sobrenatural en nombre de los integrantes de su comunidad.

Este poder de transformación de los sacerdotes bajo la influencia de alucinógenos parece haber sido el tema principal de las cabezas clavas que se proyectan en las cornisas exteriores del muro superior del templo (Fig. 23). Estas tallas líticas muestran las distintas etapas del proceso de transformación: 1) cabezas humanas alteradas por un reciente consumo de estas sustancias y con una ligera indicación de descarga mucosa debido a la irritación nasal causada por éstas; 2) rostros semihumanos con significativas transformaciones ocasionadas por la incorporación de elementos animales y con una fuerte descarga mucosa que indica el impacto del alucinógeno; 3) transformación total del rostro humano en la cabeza de un jaguar o de un águila.

Los líderes religiosos de los bosques tropicales de Sudamérica continúan consumiendo sustancias psicotrópicas para convertirse en felinos o grandes aves, al igual que los curanderos modernos de la costa y sierra del Perú.55

Fig. 23. Cabeza clava de Chavín de Huántar que representa a un personaje con rasgos antropomorfos. Museo Nacional Chavín, Ancash.

Otro detalle interesante de las cabezas clavas es su representación de un llamativo mechón, que al parecer constituía el peinado usual de los sacerdotes de Chavín. Este mismo peinado se observa en la efigie animal que adorna una cuchara de oro para inhalar perteneciente a la colección Dumbarton Oaks, lo que permitió que esta fi gura fuera identificada como la de un líder chavín (Fig. 22).56 Este objeto único, atribuido a Chavín de Huántar, constituye una soberbia muestra de artesanía y su uso probablemente estuvo reservado para las ceremonias más importantes, cuando se necesitaba aspirar alucinógenos. En el extremo de la cuchara se observa a un sacerdote soplando una trompeta de concha Spondylus de plata mientras se acuclilla sobre un taburete hecho con tejido de esterilla. Los taburetes bajos fueron importantes símbolos de autoridad prehispánicos, tanto en el imperio inca como en los antiguos Andes del norte. La cuchara, un objeto compuesto de oro y plata, suministra el primer indicio de que los taburetes bajos pueden haber estado vinculados al liderazgo en los Andes Centrales durante el Horizonte Temprano. Si los taburetes eran hechos con materiales perecibles como la fi bra de esterilla, tal como implica la pieza de la colección Dumbarton Oaks,entonces es imposible que subsistiera algún ejemplo de los mismos en un medio ambiente como el de la sierra. La fi gura sacerdotal del utensilio tiene una cabeza de águila de estilo Chavín grabada en la espalda, quizá para hacer referencia al proceso de transformación que facilitaba la inhalación de los alucinógenos colocados en la cuchara de oro.

Otras esculturas de Chavín de Huántar y sitios aledaños incluyen representaciones que pueden corresponder a los líderes del templo o a sus míticas contrapartes, sosteniendo armas como cuchillos, lanzas, garrotes, estólicas, dardos e incluso sangrantes cabezas trofeo.Algunas de estas mismas figuras llevan instrumentos musicales o bien otras piezas de la parafernalia ceremonial. Por ejemplo, una escultura de Pojoc tallada con un estilo que recuerda al de la Plaza Circular, muestra una fi gura que sopla una trompeta mientras porta una honda tejida. Dada la ubicación de los centros del Horizonte Temprano bajo la esfera de influencia de Chavín, resulta difícil sostener que la guerra fuera un factor significativo de la vida cotidiana o del surgimiento de un liderazgo poderoso. No obstante, las batallas rituales en los escenarios ceremoniales o las incursiones ocasionales en pos de víctimas para sacrificios pueden haber sido componentes del liderazgo temprano y es probable que la presencia de armas en las representaciones de Chavín tenga algún nexo con esa posibilidad. La presencia de huesos cortados y quemados en la Galería de las Ofrendas llevó a Luis Lumbreras a insinuar que se cometía canibalismo en un ambiente ceremonial de Chavín de Huántar y que, si ese era el caso, la procura de víctimas para el sacrificio y consumo podía haber estimulado el desarrollo de algunos de los más violentos temas del arte chavín.

La ubicación de las residencias de los líderes de Chavín aún no se ha determinado, pero los desechos encontrados en la zona residencial, en las laderas situadas al oeste del templo, aumentan las probabilidades de esta área. Una pequeña excavación desenterró allí parte de una vivienda con altos muros de piedra en lugar de los usuales cimientos bajos, un hecho coherente con los desperdicios de alto nivel asociados a la morada. Otra posible área de residencia son los oscuros cuartos del interior del templo. Los sacerdotes kogi de Colombia adiestraban a sus iniciados durante años en casas sin ventanas, así que la ausencia de luz en estos entornos podría haber sido intencional y no un obstáculo para su uso.

Buena parte de la arquitectura de Chavín de Huántar está consagrada a la creación de ambientes llenos de misterio, aunque su depurado estilo artístico parece haber puesto obstáculos a propósito, con el fi n de impedir una fácil interpretación de la imaginería (Fig. 24). Las edificaciones y esculturas del templo sugieren la existencia de una cosmología esotérica que solo podía ser totalmente comprendida por los especialistas religiosos. Esta conclusión concuerda con otras evidencias que indican que había una especialización en campos como la metalurgia y la hidráulica. Asimismo, tampoco hay indicios de una división entre un liderazgo religioso y otro profano. Por el contrario, todas las evidencias apuntan a que los líderes de Chavín de Huántar y centros afines como Kuntur Wasi fueron los sacerdotes especializados en el control de las actividades del templo. No es absurdo proponer la existencia de un grupo de líderes religiosos en el Horizonte Temprano, considerando que hubo especialistas religiosos de gran poder y prestigio en la etapa prehispánica tardía de los Andes, los cuales subsistieron durante las épocas colonial, republicana y moderna, tanto en los Andes como en los bosques tropicales de las tierras bajas del este.

Reflexiones finales
Fig. 25. Figurina antropomorfa proveniente de Puémape, costa norte. Nótese que está vestida con túnica y taparrabo, y tiene un collar. La indumentaria de la élite religiosa de los periodos tempranos se fue defi niendo con el paso del tiempo. Museo Nacional Chavín, Ancash.

A lo largo de estas líneas hemos mostrado que el carácter del liderazgo evolucionó lenta pero significativamente durante los tres milenios que configuran el Precerámico Tardío, el periodo Inicial y el Horizonte Temprano (Fig. 25). Antes de este último periodo, el liderazgo parece haberse concentrado en ciertos grupos de parentesco asociados con las actividades ceremoniales necesarias para asegurar la prosperidad y el bienestar de la unidad social más amplia. Aunque estos líderes tuvieron la capacidad de organizar proyectos sofisticados y de escala considerable, asumían las responsabilidades rituales además de sus actividades diarias de subsistencia y su estilo de vida difería poco del que llevaban los otros miembros de su comunidad. No hay indicios de que fueran capaces de emplear su prestigio como líderes para acumular riqueza o para apropiarse del trabajo de los demás en beneficio personal. Aunque existen ciertas señales de esfuerzos en pos de lograr una mayor concentración del poder durante el segundo milenio anterior a Cristo, estos no parecen haber alcanzado un éxito duradero. Solo con la aparición del culto chavín durante el primer milenio anterior a Cristo surgen sólidas evidencias de los líderes. Así, las pruebas de la existencia de dirigentes poderosos asoman mucho tiempo después de la construcción arquitectónica monumental de centros como Caral y Sechín Alto.

Como en épocas precedentes, los líderes del Horizonte Temprano se hallaban estrechamente vinculados a los templos que constituían el foco de la vida comunitaria.

Sin embargo, durante este periodo los líderes parecen ser sacerdotes especializados e iniciados en un mundo de conocimientos esotéricos que no era accesible al gran público. Su autoridad estaba basada en su relación especial con lo sobrenatural y fue apuntalada mediante el control de artículos exóticos, sustancias alucinógenas, y nuevas y sofisticadas tecnologías. Este nuevo poder les permitió acumular una considerable riqueza y apropiarse del trabajo de los demás para su beneficio personal. Es probable, aunque no una coincidencia, que estos cambios societales fundamentales ocurrieran en conjunción con la aparición y expansión de una nueva cosmología ligada al culto chavín. Se puede establecer la hipótesis de que un aspecto del nuevo sistema religioso era la justificación ideológica de las desigualdades materiales y el poder coercitivo. Aun cuando es posible que los líderes religiosos del Horizonte Temprano hayan cumplido también un rol en la organización de incursiones guerreras, probablemente fue secundario en relación con sus responsabilidades religiosas.

Al analizar las evidencias de las fases tempranas de los Andes Centrales resulta de interés que los roles en el liderazgo temprano puedan haber sido asumidos tanto por hombres como mujeres a lo largo de los tres milenios sometidos a consideración. La existencia de jerarquías religiosas paralelas para especialistas religiosos masculinos y femeninos en el periodo prehistórico tardío ha sido destacada por Irene Silverblatt, al igual que la presencia de deidades masculinas y femeninas en el Horizonte Temprano, de modo que esto quizá no deba sorprendernos.

Aunque los estudios tradicionales sobre la aparición de líderes religiosos en Sudamérica a menudo han puesto énfasis en la transición del chamanismo a los sacerdotes institucionalizados, nuestra interpretación del registro arqueológico sugiere que se produjo un cambio mucho más significativo: un grupo de dirigentes con poder limitado y cuya autoridad se apoyaba en el parentesco se convirtió en un grupo de líderes con un poder superior y cuya autoridad estaba basada en conocimientos religiosos esotéricos y en el control de las materias primas y nuevas tecnologías, emblemáticas de su elevada posición. Los sacerdotes tenían creencias y prácticas que en ciertos aspectos recuerdan a los chamanes históricos y modernos, pero la institucionalización de su rol societal guarda escasas similitudes con los chamanes descritos por la literatura etnográfica moderna. En efecto, individuos con roles semejantes a los de los chamanes pueden haber coexistido con los especialistas religiosos, pero tendrían que haber actuado en una esfera socioeconómica distinta y ejercido un poder mucho menor.

Fig. 24. Friso inferior de la plaza circular de Chavín que representa a un felino sobrenatural. Las manchas sobre su cuerpo lo relacionarían con el jaguar. Museo Nacional Chavín, Ancash.

Uno de los aportes de los tempranos líderes andinos fue el establecimiento de varias de las convenciones de riqueza y autoridad que se mantuvieron hasta la llegada de los españoles. Por ejemplo, la especial importancia del oro, la plata, las telas fi nas, el cinabrio y las piedras verdes fue determinada en el Horizonte Temprano y estos objetos perduraron durante los siguientes dos milenios como símbolos de riqueza, al igual que el uso de coronas, orejeras, narigueras, trompetas de concha Strombus y báculos, los cuales permanecieron como importantes símbolos de autoridad hasta bastante después de la desaparición de Chavín. De hecho, todos estuvieron presentes en el imperio Chimú. Aun cuando muchos de los símbolos y convenciones del liderazgo temprano subsistieron, la base religiosa y exclusiva de la autoridad que caracterizaba a los Andes en su fase temprana disminuyó con el tiempo, sin desaparecer nunca del todo.

 

 

Chotuna-Chornancap: Escenarios Sagrados y Rituales Funerarios

La arqueología de la cultura Lambayeque está asociada a elementos que permiten entender y reconstruir su estructura sociopolítica, económica e ideológica, nos referimos a aspectos como: territorialidad, arquitectura monumental, relaciones comerciales, producción de bienes, jerarquía política y religiosa, rituales y consecuentemente la tradición oral (leyenda de Ñaymlap). A pesar de quienes discuten y cuestionan el valor de la tradición oral sobre Ñaymlap (Shimada 1995 y 2014a; Zuidema 1990), este relato se ha convertido en motivo de debate (Zevallos 1989), con pruebas arqueológicas cada vez más consistentes (Narváez 2011, 2014a y 2014b; Paredes 1987; Rucabado 2008, Fernández 2012, Wester 2013). No obstante, para reflexionar sobre la dinámica urbana regional y macroregional de esta sociedad y analizar los espacios arquitectónicos como escenarios sagrados, es indispensable examinar en la historia de la cultura Lambayeque y buscar argumentos en su pasado para entender a esta sociedad como el resultado y consecuencia de un proceso de continuidad y cambios.

En este contexto, el primer escenario que evaluamos está referido al territorio, un ámbito geográfico con superficie regular, de leves contrastes, con valles que discurren perpendicularmente en la región que garantizan la estabilidad del agua como el componente básico de la productividad agrícola y de la vida en general. Paralelamente, el litoral marítimo aseguró valiosos recursos no solo para la subsistencia sino para inspiración ideológica y mágico religiosa, como elemento de conexión con deidades ancestrales y finalmente el acceso al área andina y evidentemente al Marañón y Amazonia, que se convierten en los aspectos de mayor influencia que han generado la consolidación de la cultura Lambayeque.

En cuanto a la configuración del territorio y su entorno, este se convierte en un componente básico sobre el cual actúa el hombre para transformarlo y aprovecharlo; a pesar de ello existen condiciones climáticas o fenómenos que ejercen fuerte influencia en la distribución del territorio; en el caso singular de la costa norte del Perú (Figura 1), lo constituyen las corrientes marinas de Humboldt de aguas frías y la corriente marina El Niño de aguas cálidas. Hechas estas precisiones con respecto al territorio y a la geografía de la costa, es necesario examinar el panorama arquitectónico en el contexto de la historia regional, macro regional y la influencia que esta ha recibido a lo largo de los siglos. Las evidencias sobre el periodo Arcaico o Preceramico con agricultura (Lumbreras 1981), fueron inicialmente documentadas en el norte peruano en huaca Prieta en la parte baja del valle de Chicama y presentadas en 1948 por Junius Bird, los resultados que muestra su trabajo pionero, certifican la ausencia de cerámica y una evidente actividad extractiva en el océano Pacifico como consecuencia de la proximidad con el litoral, así como arquitectura de piedra construida por cantos rodados y domesticación de plantas y animales, asociados a nuevas formas de organización, proceso que ha venido en llamarse: Neolitizacion (Lumbreras op. cit).

Posteriormente, con las investigaciones de Tom Dillehay (1992), en el sitio de Nanchoc ubicado en la cabecera del valle de Zaña, donde registró montículos con estructuras simples de probable uso ritual, asociados a grupos de cazadores no especializados y horticultores incipientes de una antigüedad de 8000 a 5000 años antes del presente (Dillehay op. cit.), se convierten en valiosas evidencias para certificar la antigua data de la ocupación en la región Lambayeque, con un modelo de asentamientos dispersos en el Arcaico Tardío, hacia un modelo de organización más compleja que tiene su máxima expresión en el valle de Supe en el sitio Caral (Figura 2) perteneciente al Formativo Inicial, y que es considerado como el escenario físico social para el surgimiento y consolidación de la ciudad y estado más antiguo del nuevo mundo (Shady 2003).

La expresión física de los edificios en Caral revela de manera indiscutible que estamos ante uno de los paisajes culturales más antiguos de América precolombina, cuya configuración permite reconocer el desarrollo de actividades ceremoniales, comerciales, productivas, estructura política, desarrollo de arte (música), que expresan a una sociedad altamente organizada. Esta investigación abrió las puertas para el entendimiento sobre lo que sucedió al final del Arcaico e inicio del Formativo en los Andes centrales, sobre todo en un escenario poco explorado como es la arquitectura publica monumental y de función ceremonial. La concentración de importantes asentamientos entre la costa y el valle medio en lugares como Caral, Vichama, Bandurria, Végueta, Las Shicras, Áspero, etc., constituyen un claro indicador de como este territorio se convirtió en el escenario ideal para este desarrollo que encuentra en la arquitectura y en su entorno la expresión material del paisaje sagrado (Shady 2003).

Al abordar esta compleja combinación de elementos urbanos y ceremoniales, tiene sentido en varios aspectos reflexionar sobre la perspectiva de la arquitectura como escenario simbólico (Shimada 2014a:53-54), es decir cuando esta revela un mensaje como el caso de la forma del puma para el Cuzco (Shimada 2014a [Gasparini y Margolies 1980; Hyslop 1990; Rowe 1968 y Zuidema 1983]), o como el símbolo de la montaña y la ola, tan recurrentemente representado en el arte Mochica y Lambayeque que alude al tema del poder y el agua (Bock 2003 y 2012). Un aspecto que hay que destacar en la arquitectura temprana de Lambayeque, es que se ha documentado científicamente un templo perteneciente al Formativo Inicial, se trata de un singular centro ceremonial cuya construcción ubicada en la parte baja del cerro Ventarrón en la margen norte del rio Reque, el mismo que corresponde a un edificio pintado de varias fases, con típicos rasgos de arquitectura publica y convertido en el reflejo del discurso religioso de la época (Alva Meneses 2012). El funcionamiento de este extraordinario edificio, estuvo vinculado no solo a actividades rituales de elevado contenido ideológico, sino que la población desarrolló una agricultura con algodón, usó productos traídos de la zona amazónica y mantuvo una conexión con el litoral del Pacífico, que en suma revelan la existencia de un centro simbólico con culto al fuego, arquitectura con murales policromos con escenas de cacería de venado –llamado mural del venado cautivo- (Alva Meneses op. cit.), que lo convierten en un centro religioso de especial valor único en su género en la costa norte del Perú.

Este centro ceremonial del Formativo inicial, asociado al valle y a una elevada montaña como paisaje, constituye la más clara y remota evidencia del vigoroso surgimiento del urbanismo temprano en Lambayeque,y muestra como los grandes centros de culto están inspirados en armonía con el paisaje.

Centros ceremoniales de esta magnitud, que emergen en los años siguientes en esta región como: Purulén, Corbacho, Guayaquil, Huaca el Toro, El Búho, El Águila, Chumbenique, Poro Poro y Udima en el valle de Zaña, Morro Eten, Collud en el valle de Reque, Raca Rumi en Chongoyape, Huaca Lucia en el valle La Leche y Boliches en el valle de Olmos, todos ellos como parte del explosivo apogeo que toma la religiosidad y que se expresa en edificios y parajes que son centros del poder político y culto religioso, escenarios sagrados para los rituales durante los 1500 años a.C. Esta época asociada a una agricultura desarrollada, con técnicas alfareras y sofisticadas obras orfebres, así como jerarquías sociales y una estructura sociopolítica estrictamente religiosa y de fundamento teocrático, asociada tradicionalmente con una deidad ancestral que se configura como la divinidad felínica con atributos de serpiente, ave rapaz y ser humano, conocida como: Falcónida. Esta imagen aparece frecuente y recurrentemente representada en la arquitectura así como en la producción material.

En los Andes centrales existen extraordinarias evidencias que permiten demostrar que la arquitectura monumental se convierte en esta época en el escenario público principal para asegurar la presencia de la elite sacerdotal que transmite la liturgia y conduce los rituales. En la región norte de los Andes, existen casos concretos, como son los centros ceremoniales de: Montegrande, Kuntur Wasi excavados por la misión japonesa dirigida por Yoshio Onuki (Onuki 1997), Pacopampa investigado bajo la dirección de Yuji Seki (Seki et. al. 2010 y Seki 2014), Poro Poro y Udima excavado por Walter Alva y Susana Meneses (Alva 1985), posteriormente en una nueva temporada por Walter Alva y Emma Eyzaguirre (2012), Purulén (Alva 1985), Templo El Rollo en el rio Paltic (Wester et. al. 2000), La Congona excavado por Walter Alva y Emma Eyzaguirre (2013), Morro Eten y Poemape excavados por Carlos Elera (1993 y 1998). Todos estos centros ceremoniales concebidos en un espacio sagrado vinculados al agua, con un modelo arquitectónico que es el reflejo de la arquitectura con planta en “U”, plaza delantera cuadrangular, acceso mediante escalinata empotrada ubicada al centro del edificio principal (Figura 3).

Al analizar la configuración, emplazamiento y distribución de estos centros ceremoniales del Formativo en la costa y sierra norte del Perú, debemos reflexionar si cada uno de estos centros fue autónomo y sirvieron como centros sociopolíticos religiosos de un grupo social (Burger y Salazar 2014:308), o es que pueden ser interpretados como lugares sagrados o huacas conmemorativas de ancestros y fuerzas míticas y/o supernaturales responsables de la prosperidad de la comunidad (Burger y Salazar op. cit.). Otro elemento que es necesario destacar, especialmente en los edificios del periodo Formativo en la Sierra norte del Perú, es que la gran mayoría están asociados a una ubicación estratégica en una ladera plana de la montaña, mirando al escenario donde se ubica un rio o cauce de una quebrada, y estos a su vez tienen en el interior de la construcción monumental principal una trama de canales subterráneos (Onuki 1997, Seki et. al. 2010 y Seki 2014; Alva 1985, Wester et. al. 2000), que se articulan como un tejido que genera la circulación del agua, en una mágica escena de culto al agua y a su vez a la fertilidad agrícola. Esta trama de canales subterráneos da la idea que el edificio se constituye en un centro que genera el agua, la misma que se precipita hacia el exterior como parte del ritual simbólico al agua elemento sagrado. Casos que podemos citar son: Kuntur Wasi, Pacopampa (Figura 4), El Rollo y Udima por citar los más reconocidos. Este breve recuento de los grandes centros ceremoniales del periodo Formativo en el norte (costa y sierra), permiten demostrar que el rasgo de escenario sagrado no solo estaba marcado por la monumentalidad de la construcción, sino que estos se asocian a una geografía o paisaje sagrado. Las ceremonias religiosas más importantes se desarrollaban en estos lugares, donde la elite sacerdotal transmite su discurso con una liturgia que se mezcla con gestos, acciones y ornamentos que contribuyen a legitimar los rituales, el poder y la naturaleza sagrada de estos espacios arquitectónicos en el cual su entorno formo parte del ámbito ceremonial.

Dos elementos complementan esta reflexión, el primero es que en esta época surge un singular y peculiar estilo de cerámica fina (Chavín y Cupisnique), que se convierte en el espacio donde el discurso ritual es transmitido por la clase sacerdotal a la población; el segundo es el impresionante despliegue para lograr bienes confeccionados en oro, plata y platino que deslumbran por su calidad tecnológica pero que revelan en superficie un conjunto de imágenes religiosas de extraordinario impacto, prueba de ello son los materiales provenientes de Chongoyape, Corbacho, Kuntur Wasi, El Rollo (Figura5) y Pacopampa. Sin duda estos materiales certifican la especialización y elevada productividad, y se convierten en la señal del prestigio de la compleja estructura sociopolítica que emerge en esta época y que va a mantenerse con ciertos cambios en el siguiente milenio.

Hacia los primeros años de la era cristiana, durante el periodo conocido como Desarrollos Regionales Tempranos o Periodo Intermedio Temprano (Lumbreras 1981 y Rowe 1962), desarrollado entre los años 500 a.C. hacia 850 d.C., se producen profundos cambios en los Andes centrales, que son el resultado de un proceso de deterioro, extinción o declinación del sistema político y religioso instaurado en el Formativo, producto también del crecimiento poblacional, el insospechado aumento de la productividad agrícola, pero sobre todo el surgimiento de entidades políticas marcadamente regionales con legítimas aspiraciones de independencia e identidad propia (Canziani 2012: 179). Esta época, plenamente caracterizada por notables resultados artísticos, especialmente en cerámica, metales, textiles y arquitectura monumental, de carácter administrativo y residencial, constituye la verdadera época clásica o conocida como la época de los maestros artesanos (Lumbreras 1969). Un importante elemento para este proceso lo constituye sin duda el manejo profesional del agua, a través de sistemas de riego masivo que incorporó grandes extensiones de campos que elevaron la productividad y transformaron la base económica de las sociedades de dicha época (Canziani op. cit.), y que alteraron sensiblemente el paisaje del bosque costero.

Como consecuencia de este proceso, aparecen colosales construcciones de adobe y barro en forma de estructuras escalonadas, tronco piramidales, edificios elevados de lados inclinados, con rampas de acceso asociados a grandes plazas, algunos de ellos con fachadas decoradas con relieves policromos con escenas religiosas complejas donde deidades, líderes, ídolos y ancestros presiden estas fachadas como distintivo del carácter sagrado y venerable de estos monumentos, donde las elites ejercían el poder que se reafirmaba y legitimaba en los rituales presididos por sacerdotes y sacerdotisas (Castillo 2000 y 2003) y (Uceda 2000), que formaban parte de una clase distinguida que tiene el privilegio de usar todo un conjunto de bienes para sus ceremonias y que accede en forma exclusiva a la liturgia más selecta de la religiosidad de esta época. Otro aspecto fundamental es la aparición de pequeños ejércitos a manera de una elite militar, cuyos integrantes forman parte también de la nobleza gobernante. Existen evidencias que en el entorno de estos centros ceremoniales, residían los más expertos artesanos encargados de confeccionar los bienes más finos y valiosos que usaban las elites (Uceda 2000). Un elemento muy importante que debe remarcarse, es que los cambios drásticos que se operaron en esta época tienen visible repercusión en el escenario ideológico donde aparece un nuevo discurso o libreto cargado de imágenes y escenas, en las que deidades mayores y menores protagonizan e interactúan en solemnes actos que tienen singular impacto en la vida de la sociedad y que se convierten en el vehículo más dinámico para lograr el sometimiento y/o convencimiento de la población hacia la elite que se halla en la cúspide de la estructura jerárquica. Aparece una “nueva cosmovisión” (Canziani 2012), que marco con mayor énfasis las diferencias sociales entre aquellos que gozan del poder y controlan los recursos bajo un sistema institucionalizado calificado como Estado (Castillo 2000, Uceda 2000, Shimada 2014a, Canziani 2012 y Makowski 2008), frente a quienes se hallan al servicio de la clase gobernante.

Los grandes edificios que se construyeron, especialmente en la costa norte durante la época Mochica, fueron el reflejo del poder que habían logrado las elites, el control de la productividad, solvencia económica para el desarrollo de obras públicas, pero sobre todo el convencimiento que habían obtenido en las comunidades adyacentes. Estas construcciones fueron escenarios para grandes ceremonias instauradas en un calendario ceremonial, fueron también lugar para la concentración masiva de grupos que presencian y participan de ceremonias claves como sacrificios humanos (Bock 2012) y culto a los muertos. Las plataformas de adobe y barro fueron también espacios sagrados para el enterramiento de los señores y de su linaje más próximo, donde eran sepultados con sus bienes, patrimonio político y religioso con el que arriban al inframundo; casos conocidos son los documentados en las tumbas de: Sipán (Alva 1994 y 1999), San José de Moro (Castillo 1993, 1996 y 2000), Huaca Cao (Franco 2008), Ucupe Pueblo (Bourget 2008), Sacerdote Guerrero del valle de Virú (Strong y Evans 1952), La Mina (Narváez 1994), tan solo por citar los casos donde ha existido una excavación arqueológica científica.

La arquitectura monumental en la costa norte durante la época Mochica, estuvo expresada en reconocidos edificios como: Huacas El Sol y La Luna, Galindo, Huancaco, Pañamarca, Mocollope, Huaca Cao, Dos cabezas, Pacatnamu, San José de Moro, Ucupe Pueblo, Sipán , Pampa grande (Figura 6), Santa Rosa de Pucala, Huaca Bandera de Pacora, entre otras, que mantienen características comunes como edificios elevados mayormente de lados inclinados, con grandes rampas de acceso, plataformas superpuestas, fachadas decoradas, recintos techados, altares, tronos, escaleras que conectan recintos a desnivel; todos estos articulados bajo un claro y definido diseño y concepto simétrico y volumétrico. La idea generalizada de estos monumentales espacios arquitectónicos, es que fueron destinados principalmente para actividades rituales que transmiten el poder de los gobernantes, algunas de estas ceremonias eran públicas y otras privadas o restringidas. Así mismo, se estima que en algunos de estos lugares se emplazaban exclusivas residencias para la realeza, es decir, que podían tratarse de palacios o templo-residencia.

No obstante, es importante destacar que en varios casos se ha documentado arqueológicamente que estos escenarios fueron destinados también para el enterramiento de la elite sacerdotal, lo que significa la función de templo-mausoleo y espacio para que estos dignatarios vivan por siempre convertidos algunos de ellos en ancestros recordados y venerados. Un importante fundamento y complemento que justifica a este despliegue en la construcción de estos edificios, lo constituye en la época Mochica la difusión de conocidas escenas o temas, plasmados en el arte Mochica (Donnan 1975), en las que destacan impresionantes ceremonias como La Presentación, El Entierro (solo por citar los más emblemáticos), que debieron demandar de grandes escenarios y espacios arquitectónicos, que se convierten en lugares sagrados donde se reafirma la religiosidad y se consolida el poder de la clase gobernante. Hay que destacar que la arquitectura cumple un rol fundamental en esta composición iconográfica donde aparece representada como escenario sagrado.

En las proximidades a las grandes construcciones se ha documentado por ejemplo en Huaca de La Luna (Figura 7), residencias de elite en un área denominada núcleo urbano, estas corresponden a complejos asentamientos planificados con espacios diferenciados en cuyo interior reside un personaje de estatus privilegiado (Tello 1998), (Armas et. al. 2000),( Montoya et. al. 2000) y (Uceda 2008).

 

Autor: C Wester La Torre

Las sacerdotisas de San José de Moro

Tumba de élite de la Octava Sacerdotisa de San José de Moro

Desde 1991 el Proyecto Arqueológico San José de Moro ha venido investigando el desarrollo, colapso y reconstitución de las sociedades complejas en la parte norte del valle de Jequetepeque (Figuras 1, 2 y 3); es decir, la larga y detallada sucesión de procesos culturales por los que atravesó el sitio y la región a lo largo de las sucesivas ocupaciones Mochica, Transicional, Lambayeque y Chimú (Figura 4). En los dieciséis años de trabajo del proyecto, las investigaciones han enfatizado las excavaciones estratigráficas conducidas en San José de Moro, a través de las cuales se han estudiado múltiples aspectos de su historia ocupacional, en particular las prácticas rituales y funerarias. A partir del año 2000 se ampliaron las investigaciones a otros sitios arqueológicos en la región, principalmente aquellos que fueron contemporáneos con las ocupaciones registradas en San José de Moro y que tuvieron funciones análogas o complementarias. Este esfuerzo, sumado a los de otros investigadores, ha permitido examinar aspectos insospechados de las sociedades precolombinas que se desarrollaron en el valle de Jequetepeque y estudiar los complejos procesos culturales que configuraron la región.

Figura 1. Mapa de la Costa Norte del Perú con la ubicación de los principales sitios arqueológicos Mochicas, en la región Mochica Sur y en las tres áreas de desarrollo de la región Mochica Norte.

San José de Moro (SJM), ciertamente, es un sitio arqueológico singular tanto por la riqueza de los artefactos y contextos que encontramos allí, como por su disposición estratigráfica. En él abunda evidencia de su importancia como centro ceremonial regional al que acudían personas de todo el valle de Jequetepeque para celebrar rituales muy elaborados, particularmente entierros de miembros de la élite y rituales de culto a los ancestros (Castillo 2000a, 2004). Relacionados con la evidencia funeraria, hemos encontrado artefactos y contextos que indican que existió una producción masiva de chicha y de alimentos que habrían servido para darle sustento a las poblaciones que asistían y participaban en los rituales. Coincidiendo con el colapso Mochica en Jequetepeque (aproximadamente en el año 850 d.C.) se multiplican las evidencias de que SJM fue parte de una red de interacción e intercambio que cubría prácticamente todos los andes centrales, lo que ex-plica la alta frecuencia, en las tumbas y otros contextos ceremoniales, de artefactos provenientes de Cajamarca, Chachapoyas, Ayacucho y la Costa Central y Sur. Los ritos que se celebraban, que incluía una versión de la «Ceremonia del Sacrificio» (Donnan 1975), seguramente fueron escenificados alrededor de la Huaca La Capilla, la estructura más grande del sitio, que data de la ocupación Mochica (Figura 3). El presupuesto carácter regional de los rituales que se celebraban en SJM nos llevó, a partir del año 2000, a una ampliación de la escala y ámbito de investigación, no sólo con excavaciones de gran dimensión en el sitio (Figura 3), sino con investigaciones de sitios contemporáneos en el resto del valle y de otros correspondientes con el periodo Mochica Tardío (Figura 2).

San José de Moro es una extensa colina de aproximadamente 150 hectáreas de extensión formada entre dos brazos del río Chamán, 5 km al norte de la ciudad de Chepén, en el departamento de La Libertad (Figuras 2 y 3). Su superficie se eleva aproximadamente siete metros sobre los terrenos de cultivo que la circundan y, sobre ella, se encuentran numerosos montículos de diferente configuración que fueron producidos por actividades domésticas, durante las ocupaciones Chimú y Lambayeque, y ceremoniales, durante las ocupaciones Mochica y Transicional (Figuras 3 y 4). Tanto los montículos como las áreas que los rodean presentan una densa estratigrafía que en algunos casos alcanza los ocho metros de capas superpuestas correspondientes a casi 1000 años de ocupación continua.

Figura 2. Mapa del Valle de Jequetepeque con la ubicación de los principales sitios ocupados durante los Periodos Mochica, Transicional, Lambayeque y Chimú

El valle medio y bajo del Jequetepeque es una de las regiones más estudiadas del Perú, tanto en su arqueología, como en su historia y geografía. Durante el período virreinal se estableció allí una serie de poblados sobre las bases de antiguos asentamientos prehispánicos. San Pedro, Pacasmayo, Jequetepeque, Guadalupe y Chepén son mencionados en censos y visitas coloniales, así como por los primeros exploradores y viajeros. Más aún, poblados más pequeños como Pueblo Nuevo, Pacanga y Chérrepe también figuran en los documentos (Cock 1986; Martínez de Compañón [1782] 1978; Ramírez 2002; Figura 2). De esta época destaca el trabajo del padre agustino Antonio de la Calancha, quien vivió en el monasterio de Guadalupe y reportó una serie de aspectos importantes acerca de la naturaleza, historia y tradiciones del valle (Calancha [1638] 1974).

Las investigaciones arqueológicas en el valle de Jequetepeque se iniciaron en la década de los años treinta, con los trabajos de Heinrich Ubbelohde-Doering (1983) y sus discípulos Hans Disselhoff (1958) y Wolfgang y Gisella Hecker (1990). En 1965 Paul Kosok incluyó vistas aéreas de los sitios arqueológicos más importantes del valle de Jequetepeque en su estudio sobre la vida, la tierra y el agua en elPerú. Don Óscar Lostanau y don Óscar Rodríguez Razetto, el primero por sus observaciones y trabajos de preservación, el segundo por su colección y ambos por el apoyo a los investigadores, contribuyeron al desarrollo de la arqueología jequetepecana. En la década del setenta, a raíz de la construcción de la represa Gallito Ciego, Rogger Ravines (1982) hizo un catastro de los sitios arqueológicos que iban a ser afectados y se realizaron excavaciones en algunos de ellos, como Monte Grande (Tellenbach 1986). En la misma época, David Chodoff condujo las primeras excavaciones estratigráficas en área en SJM (Chodoff 1979). Una aproximación complementaria, en la que se evaluó la relación entre los recursos y los sitios arqueológicos, fue el estudio de los sistemas de irrigación precolombinos hecho por Herbert Eling (1987), quien situó el origen de los sistemas complejos de irrigación en época Mochica, anticipando la complejidad organizativa del valle. Varios estudios de los patrones de asentamiento se han llevado a cabo, entre los que destacan el de los esposos Hecker (1990) y el que Tom Dillehay y Alan Kolata (Dillehay 2001) han realizado últimamente para todo el valle. Los trabajos de Christopher Donnan han sido los más extensos y sostenidos en el valle, con excavaciones en Pacatnamú, La Mina, San José de Moro, Dos Cabezas y Mazanca (Donnan y Cock 1986, 1997; Narváez 1994; Donnan y Castillo 1992; Donnan 2001, 2006). En los últimos años, las investigaciones se han incrementado. Merecen destacarse los trabajos de Carlos Elera en Puémape (1998), Carol Mackey en el Algarrobal de Moro (1997) y Farfán (2005), William Sapp en Cabur (2002), Edward Swenson en San Ildefonso y otros sitios (2004), Marco Rosas en Cerro Chepén (2005), Ilana Johnson en Portachuelo de Charcape (Johnson, en prensa), Scott Kremkau en Talambo, entre otros (Figura 2).

Figura 3. Plano de San José de Moro con indicación de los montículos y las áreas excavadas entre 1991 y 2007.

En el contexto de estas investigaciones, el Proyecto Arqueológico San José de Moro se ha distinguido por ser un esfuerzo sostenido, abocado al estudio de uno de los pocos sitios que combinan las funciones de cementerio y de centro ceremonial y que aún preservan amplios sectores intactos. Las excavaciones en esta área han producido, hasta la fecha, datos novedosos respecto a las prácticas rituales y funerarias de las sociedades Mochica, Transicional y Lambayeque. La estratigrafía del sitio es singular no sólo por su densidad, sino porque contiene artefactos que permiten construir una secuencia cronológica compleja y detallada de más de mil años. Asimismo, desde el PASJM se han propiciado investigaciones en otros sitios del valle, incluyendo excavaciones en Portachuelo de Charcape (Johnson, en prensa; Mauricio 2006), prospecciones intensivas en la parte norte del valle de Jequetepeque (Ruiz 2004) y exploraciones para ubicar fuentes de arcillas y calcitas (Rohfritsch 2006).

La investigación arqueológica del valle de Jequetepeque ha abordado todos los periodos de ocupación y problemas tan diversos como las prácticas funerarias de individuos de diferente rango social (Castillo y Donnan 1994a; Donley 2004), los patrones de asentamiento (Dillehay 2001), la arquitectura monumental (Donnan 2001), el desarrollo de la tecnología cerámica (Rohfritsch 2006) o la identidad de los metalurgistas (Fraresso 2007, en prensa). A diferencia de lo que ha ocurrido en otros valles de la costa norte del Perú, en Jequetepeque las investigaciones arqueológicas han sido realizadas por varios grupos de investigación y, por lo tanto, desde diversas aproximaciones, metodologías y perspectivas.

Figura 4. Secuencia cronológica del Valle de Jequetepeque con ejemplares cerámicos representativos de los periodos y fases de la secuencia ocupacional de San José de Moro.

En los años que han trascurrido desde que se iniciaron las investigaciones en San José de Moro muchas cosas han cambiado en el entorno social en el que se realiza el proyecto, en el contexto de otras investigaciones sobre la cultura Mochica y en nuestros propios intereses de investigación. La arqueología de la costa norte del Perú ha tenido, a partir del hallazgo y excavación de las tumbas de Sipán en 1987, un desarrollo sorprendente. Decenas de excavaciones de diferente magnitud, duración y énfasis se han multiplicado en toda la región (Figura 1). Se han estudiado, por ejemplo, los patrones de ocupación a través de prospecciones intensivas prácticamente en todos los valles de la costa norte; se ha triplicado el número de contextos funerarios registrados arqueológicamente; se han documentado miles de metros cuadrados de estructuras y espacios habitacionales; y se han expuesto más pinturas murales y relieves polícromos que todos los que existían antes del inicio de este desarrollo. Como consecuencia de esto, las publicaciones de artículos, libros y tesis han aumentado en número y calidad. Nuestro conocimiento acerca de las sociedades antiguas de la costa norte se ha multiplicado hasta tal punto que podemos abordar con cierta seguridad temas como las evoluciones regionales de los estados Mochicas o el papel de su ideología en la construcción de estrategias de poder, las formaciones políticas y las estrategias de control y legitimación. Si bien una gran mayoría de estos trabajos se ha centrado en el estudio de esta sociedad y el mayor énfasis ha sido dado a lo espectacular y monumental, es decir, a los grandes templos decorados con pinturas murales (Uceda 2001; Franco et al. 2003) y a las ricas tumbas de élite (Alva 2004; Donnan 2001; Donnan y Castillo 1992; Narváez 1994; Tello et al. 2003; Williams 2006), también se han multiplicado los estudios de comunidades rurales (Billman 1996; Billman et al. 1999; Gummerman y Briceño 2003), de la dieta (Gumerman 1991), de la tecnología y producción (Uceda y Armas 1997; Fraresso, en prensa; Carcedo 1998; Rengifo y Rojas, en prensa; Uceda y Rengifo 2006; Rohfritsch 2006), de los contextos domésticos (Uceda, en prensa), de la cerámica utilitaria (Gamarra y Gayoso, en prensa) y de la demografía (Chapdelaine 2003).

Muchas de las preguntas y objetivos que Christopher Donnan y Luis Jaime Castillo se plantearon hace 16 años, al iniciarse el Proyecto Arqueológico San José de Moro (PASJM), como, por ejemplo, el contexto de la cerámica de línea fina o las modalidades funerarias de bota y cámara en el Periodo Mochica Tardío, se absolvieron y resolvieron a medida que progresó la investigación (Castillo y Donnan 1994a) o fueron abordados y desarrollados cabalmente por otros proyectos, por ejemplo, a través de los trabajos de Swenson (2004) y Rosas (2005). Pero casi inevitablemente las respuestas a las preguntas y las soluciones a los problemas generaron nuevas preguntas y nuevos problemas. Hay que señalar, finalmente, que este proyecto no se ha realizado al margen de otros programas de investigación abocados en la comprensión de la evolución de las sociedades de la costa norte del Perú. En común con muchos de estos esfuerzos está el interés por contribuir a la construcción de la identidad regional y nacional y con el desarrollo sostenible de las comunidades con las que trabajamos. Esta comunidad de intereses científicos es particularmente más intensa con el Proyecto Arqueológico Huaca de la Luna, con el que hemos compartido experiencias, intereses, recursos y alumnos. Formar a los estudiantes peruanos y extranjeros en un ambiente internacional de cooperación, así como a los jóvenes investigadores, ha sido parte de la razón de ser de este proyecto desde que se inició y continuará siendo uno de sus principales fines.

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Fuente: Proyecto Arqueológico San José de Moro
Extracto del artículo: “Ideología y Poder en la Consolidación, Colapso y Reconstitución del Estado Mochica del Jequetepeque El Proyecto Arqueológico San José de Moro (1991 – 2006)”
Autores: Luis Jaime Castillo B., Julio Rucabado Y.1, Martín del Carpio P., Katiusha Bernuy Q., Karim Ruiz R.2, Carlos Rengifo Ch., Gabriel Prieto B. y Carole Fraresso3
Publicado en: Ñawpa Pacha 29. Berkeley, Institute of Andean Studies, 2009.

Retiran pacíficamente instalaciones precarias de San José de Moro

La Dirección Desconcentrada de Cultura La Libertad anunció que con el apoyo de las municipalidades de la provincia de Chepen, distrito de Pacanga  y del Centro Poblado San José de Moro, se procedió al retiro pacífico y voluntario  de pobladores que habían ampliado sus viviendas en la zona intangible de San José de Moro.

“Durante los últimos 4 meses hemos sostenidos acciones firmes para la  recuperación de varios sitios arqueológicos invadidos por personas y grupos organizados; en esta oportunidad con apoyo de las autoridades de gobierno local de la zona, se ha logrado que la población se retire de parte de la zona intangible de manera voluntaria”, manifestó María Elena Cordova Burga – Directora de la Dirección Desconcentrada de Cultura de La Libertad.

Esta jornada se realizó durante dos días y no fue necesaria la presencia de efectivos policiales, ni de ningún agente de seguridad de la zona. Solo bastó la participación de los representantes de la Dirección Desconcentrada de Cultura de La Libertad y representantes de las municipalidades antes mencionadas quienes supervisaron los trabajos previamente coordinados con los pobladores.

Como avance de este proceso se logró recuperar más de 4600 metros cuadros que eran ocupados por instalaciones precarias como corrales, cercos para pequeños establos y plantaciones  que estaban dentro de la zona intangible San José de Moro, muy cercanos al sector monumental del sitio. Fue necesario el uso de un cargador frontal y volquete para la limpieza de 840 m2 (se retiró más de 40 m3 de basura y desmonte).

“Pese a las dificultades iniciales, destacamos la actitud pacífica y participante de los pobladores cuyas instalaciones precarias fueron retiradas con el apoyo de personal obrero de la Municipalidad Distrital de Pacanga”, resaltó Maria Elena Cordova.

El Ministerio de Cultura prevé continuar con el retiro voluntario de las instalaciones pendientes en coordinación con los órganos de gobierno local y la población involucrada.

 Acciones previas: el 4 de julio del presente año, se realizó la primera reunión de coordinación en la Municipalidad de Chepen; posteriormente, las  autoridades convocaron, el domingo 16 de agosto, a los pobladores de San José de Moro para dialogar sobre esta problemática que afecta al sitio arqueológico y a las propias familias que ocupan los terrenos de la zona intangible.

En las reuniones previas, los representantes del Sector Cultura liderados por la directora de la Dirección Desconcentrada de Cultura de La Libertad, María Elena Córdova Burga expusieron a la población y autoridades, en el coliseo municipal de San José de Moro, la importancia y valores patrimoniales del sitio arqueológico invocando adoptar acciones conjuntas para su defensa y protección.

Es importante resaltar la participación decidida del Alcalde Provincial, Nelson Kcomt Che, el Alcalde Distrital de Pacanga, Telésforo Medina Ortiz, y el Agente Municipal de San José de Moro, Juan Aquilino Palacios Huangal quienes ratificaron su compromiso de continuar trabajando para la protección y defensa del Patrimonio Cultural.

El descubrimiento de la tumba de una sacerdotisa Moche en San José de Moro

El complejo arqueológico San José de Moro sorprende a los peruanos. En julio del 2013, un grupo de investigadores descubrió una impresionante cámara funeraria en la que hace 1.200 años fueron enterrados los restos de una poderosa mujer que gobernó durante el período Moche Tardío B (750 u 800 después de Cristo).

Los obreros, arqueólogos y estudiantes de todas partes del mundo que trabajan en diferentes unidades de excavación empezaron a inquietarse hace dos semanas cuando se toparon con un relleno de tierra en forma de L y un conjunto de adobes sueltos que luego identificaron como parte de la entrada principal de la cámara funeraria.

El joven arqueólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) Julio Saldaña entendió que estaban frente a algo especial y que ese sector signado con el número 211 era un lugar dedicado al culto de los ancestros, en cuyo alrededor los súbditos mochicas dejaron múltiples evidencias como cántaros de diferentes tamaño y cocinas para la elaboración de chicha.

Enterado de esto Luis Jaime Castillo, director del proyecto arqueológico San José de Moro, dispuso intensificar la extracción de cientos de toneladas de relleno. Su entusiasmo era desbordante porque en una zona contigua, el año 2009, había descubierto la tumba de un sacerdote y en el 2007 halló la tumba de una sacerdotisa acompañada por seis mujeres.

En esos días, el ánimo de los arqueólogos alcanzó su más alto nivel cuando una de las jóvenes estudiantes de la Universidad de Harvard de Estados Unidos empezó a desenterrar un idolillo de cerámica que fue depositado con los restos de un bebe. Posiblemente sería una ofrenda o sacrificio posterior al entierro principal.

Fueron momentos intensos para todos los participantes del proyecto de investigación, especialmente para los extranjeros. Frases de asombro y de felicitación no dejaban de retumbar en diferentes idiomas.

AJUAR FUNERARIO
Cuando las pequeñas herramientas tocaron los 5 metros de profundidad aparecieron decenas de objetos de cerámica, ubicados en grupos que ocupaban casi todos los sectores de la cámara funeraria.

Unos centímetros más abajo, las hábiles manos del experimentado Julio Ibarrola y de otros seis colaboradores, que desde hace 23 años trabajan en el complejo sagrado, encontraron la primera gran evidencia que confirmó el descubrimiento de una sacerdotisa.

Era una finísima pieza de cerámica polícroma, genialmente diseñada con iconografía moche, en la que se colocó una corona de plata y cobre dorado, en forma de penacho, ubicada a la altura de la cabeza del personaje de élite.

En el sector principal de la cámara funeraria y mientras los arqueólogos continuaban excavando, se desenterró el esqueleto de una persona adulta. En ese momento, la mayoría se preguntaba si era un gobernante o una mujer de la élite.

Minutos más tarde la duda quedó despejada cuando debajo de una fina capa de arena y a la altura de la cintura se encontró una copa ceremonial, un pequeño cuchillo (tumi) y piezas de spondylus de regular tamaño en cada una de las manos de la mujer noble.

También forman parte del ajuar una serie de objetos metálicos como placas y otras ofrendas que se colocaron a la altura de los pies.

La cámara funeraria, cuyo proceso de excavación continúa, tiene muros pintados de rojo y amarillo y algunos nichos dispuestos en las paredes que han sido adornadas con ceramios como botellas y cuencos.

FIGURA DE PODER
Luis Jaime Cisneros, director del proyecto, asegura que el penacho de metal, la copa ceremonial y otros ornamentos del ajuar revelan que se trata de una sacerdotisa. Sin embargo, señaló que el género del ancestro tendria que ser corroborado mediante análisis de antropología física de los restos óseos que se encuentran deteriorados por la humedad del terreno.

La tumba hallada era la octava sacerdotisa del complejo arqueológico San José de Moro. Para ese entonces la última, signada con el número U1525, apareció hace seis años.

El doctor Cisneros recuerda que en esta parte de La Libertad priman los entierros de sacerdotisas, lo cual implica que esta parte del valle costero estuvo dominado por poderosas mujeres de la sociedad mochica, tal como ocurrió en el Brujo y varios siglos después en Chornancap (cultura Lambayeque).

Los siguientes días de excavación nos revelarían qué contenían los nichos y qué significan las maquetas y algunos diseños arquitectónicos que también aparecieron en tumbas similares.

El arqueólogo Cisneros cree que San José de Moro fue un cementerio sagrado, considerado el centro de peregrinación de otros sectores como San Idelfonso, Huaca Colorada y Cerro Chepén, cuyos habitantes llegaban para dejar ofrendas y realizar ritos ceremoniales en honor a sus muertos.

ZONA DE ESTUDIO
MUJERES PODEROSAS
Gary Urton, catedrático principal de la Universidad de Harvard, opina que el hallazgo de la sacerdotisa revela que en el período Moche Tardío reinó un grupo de mujeres.

DE TODO EL MUNDO
San José de Moro es la escuela de campo de importantes universidades del mundo como Harvard y Yale. También llegan estudiantes de Canadá, México y Francia.

 

Fuente: El Comercio, Peru21

Trabajos arqueológicos revelan legado mochica en San José de Moro

A lo largo de diez años, el proyecto arqueológico San José de Moro ha estudiado las zonas de San Ildefonso y Cerro Chepén, Huaca Partida y Pacanga Vieja, en Lambayeque, revelando escenas de sacrificios humanos de hace más de mil quinientos años.

En este trabajo se han encontrado tumbas funerarias femeninas que demuestran el poder de las mujeres en la sociedad moche. Esta y otras revelaciones trae el libro San José de Moro y la arqueología del valle del Jequetepeque, de Luis Jaime Castillo.

También una gran cantidad de material wari que demuestra su relación entre esta cultura del sur y los mochicas, así como un trabajo sobre la dieta de los pobladores originarios. Las conclusiones son posibles gracias a la gran riqueza en la zona de restos óseos, cerámica, orfebrería, textiles, entre otros.

“Es un libro amistoso, que busca prescindir del argot del arqueólogo”, explica el autor, quien asimismo revela que primero se pensó en las imágenes y luego en el texto. Y es que el libro, en un formato cómodo y edición bilingüe, apunta a un mercado masivo.

La iniciativa San José de Moro se inició poco tiempo después de la de Sipán, casi en paralelo con El Brujo. Los tres proyectos del norte guardan una preocupación por el progreso de la comunidad, como relata el libro.

“Nos hemos comprometido con la población para un desarrollo sostenible. Por ejemplo, hemos organizado en la comunidad un taller de reproducción de cerámica moche, trabajada con las mismas técnicas prehispánicas”, aclara el arqueólogo.

Además de las consecuencias positivas para el turismo, estas reproducciones se están exportando. “Esperamos ver cómo esto contribuye a las comunidades, pero también entendemos que es la mejor forma que la población se comprometa con el sitio histórico y lo preserve”, agrega Castillo.

Por otro lado, en el año 2000 se comenzó a construir un Sistema Modular de Museos alrededor de puntos estratégicos de la localidad con la idea de transformarla en una comunidad museo. Más alcances masificados gracias a la valiosa publicación.

Sobre la política de retorno de nuestras piezas patrimoniales, Castillo afirma que sería más conveniente un intercambio temporal con patrimonio de otros países.

“Tenemos una posibilidad única para que los museos del mundo reconozcan que exhiben piezas peruanas, que son propiedad del Perú. Sin embargo, ¿dónde las vamos a mostrar en nuestro país?”, reflexiona.

Ante ello, el arqueólogo prefiere que, luego del reconocimiento, se hagan trueques temporales.

“Las piezas peruanas deben poder venir a exhibiciones temporales, pero es más interesante que lleguen de visita objetos de otros países, por ejemplo, una colección de cuadros expresionistas, que acá no tenemos”, concluye.

Descubren sitio arqueológico en Pueblo Viejo, Chimbote

El vestigio se llama Pueblo Viejo, está ubicado en Chimbote y tiene al menos cinco mil años de antigüedad, vestigio espectacular de lo que podría ser similar a Caral y Bandurria.

El área de proyectos Arqueológicos y Turísticos de la Municipalidad Provincial del Santa (Ancash), descubrió el sitio arqueológico, en la cuenca del río Lacramarca, del distrito de Chimbote.

Se calcula que este vestigio tiene una antigüedad de al menos cinco mil años y que, por sus características, guarda similitud con los restos arqueológicos de Caral, tal como lo confirmó a ese medio la arqueóloga Ruth Shady, directora del Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe, quien manifestó que esta civilización tiene relación hasta la provincia del Santa y que según opinión del arqueologo Régulo Franco es impresionante.

Alberto Jorge Estrada, coordinador del área municipal de Proyectos Arqueológicos y Turísticos, indicó que el lugar tiene una extensión aproximada de cinco hectáreas y su infraestructura es predominantemente de piedra.

Las evidencias observadas hasta el momento dan cuenta de un centro ceremonial con una construcción piramidal de 15 metros de altura, una plaza cuadrangular y frente a ella un anfiteatro circular hundido.

“Esto nos da una visión de que podría estar relacionada con la civilización Caral, por las características de su estructura, y su antigüedad, que sería de unos 5,000 años”, manifestó el funcionario.

Dijo que, como paso inicial, se levantó información de todo lo encontrado, con apoyo del arqueólogo Régulo Franco, de la Fundación Wiese, y luego se buscará gestionar presupuesto para un proyecto de investigación y puesta en valor.

“Lo que hemos visto nos ha sorprendido gratamente. Estamos ante lo que podría ser un destino arqueológico de importancia para la provincia, un potencial turístico que incluso puede adherirse a la Ruta Moche”, remarcó.

Refirió que, al parecer, hubo presencia de huaqueros en la zona, pero al tratarse de una construcción de piedra no pudieron excavar a profundidad, lo que hubiera pasado si eran estructuras de adobe.

Pueblo Viejo se encuentra en una zona seca y árida, a dos horas de viaje por tierra desde Chimbote, capital del Santa

A este descubrimiento arqueológico, se suma el hallazgo de un ceramio retrato de un dignatario de la cultura Chimbote ancestral tardía, en Palamenco, similar al Señor de Sipán. Estos descubrimientos se efectuaron en el marco del proyecto Identidad Chimbote, el cual contó con el asesoramiento de la Fundación Wiese.

Datos de Interes:

Chimbote es una ciudad de la costa nororiental del Perú, capital de la Provincia del Santa, en el extremo noroeste del Departamento de Ancash. Se ubica a orillas del Océano Pacífico en la bahía El Ferrol, en la desembocadura del río Lacramarca.

Chimbote es conocido por la actividad portuaria que en ella se lleva a cabo, así como por ser sede importante de la industria pesquera ysiderúrgica del país, además de eje comercial de esta parte del país. A mediados del siglo XX, llegó a ser el puerto pesquero con mayor producción en el mundo.

El territorio en el que actualmente se ubica Chimbote ha sido sucesivamente poblado por las culturas moche, wari, recuay, chimú e inca. Lo atestimonian los centros arqueológicos de Punkurí, Pañamarca, Huaca San Pedro, El Castillo, San José de Moro, entre otras. Se piensa que una misma etnia pobló estas tierras, los Mayao, pero los aborígenes fueron luego dispersados y diezmados al acontecer la Conquista de América.

Los Moche

Personaje con semillas
Botella de asa estribo de estilo mochica (200-850 d.C.) con representación de personaje que sostiene un grupo de semillas de nectandra.
MALI

De las culturas peruanas prehispánicas, la Moche es una de las más sobresalientes por la magnitud de sus construcciones, los avances tecnológicos y la calidad de sus obras artísticas. La cultura Moche se desarrolló entre los años 100 y 800 D.C., cuando en la costa sur vivían los Nasca y en el altiplano del Titicaca los Tiwanaku. Fue, sin duda, un período de gran desarrollo en el Perú antiguo, ubicado entre las culturas pan andinas de Chavín y el Imperio Wari.


Territorio Moche

En su periodo de mayor apogeo, la cultura Moche abarco una gran extension de la costa peruana, desde Piura por el norte hasta  el rio Huarmey por el sur.

Entre sus principales centros urbanos se eucuentran: Loma Negra, Sipán, Pampa Grande, San José de Moro, Pacatnamú, Dos Cabezas, La Mina, El Brujo, Mocollope,  Galindo, Huacas de Moche, Huacas de la Cruz,  Huancaco, Guadalupito, Pampa de los Incas y Pañamarca.

La capital de esta civilizacion estaba ubicada en las Huacas de Moche, este complejo se situa sobre la margen izquierda del rio Moche en el distrito del mismo nombre, provincia de Trujillo, departamento de La Libertad.


Principales Caracteristicas

Los Moche fueron eximios agricultores y grandes constructores de obras de irrigación. La riqueza de nuestros valles norteños se la debemos a ellos, ya que expandieron considerablemente las tierras agrícolas. Asimismo, alcanzaron un alto grado de perfección en todas sus manifesta-ciones, sin embargo destacan nítidamente como ceramistas, orfebres y constructores de ciudades. Su cerámica es bícroma, predominando los colores rojo sobre crema. Las formas más usuales son vasijas cerradas de cuerpo globular, asa estribo y gollete. Los famosos “huaco retratos” son las vasijas emblemáticas de los Moche. En orfebrería trabajaron el oro, la plata, el cobre y el bronce. Los objetos elaborados no fueron sólo de uso ritual, sino que además los emplearon en armas y herramientas para la agricultura.

En su arquitectura destacan dos tipos de construcciones: la monumental, en la que predomina el uso del adobe con recintos decorados con murales polícromos y la urbana, en la cual predomina el uso de la piedra con barro, así como la quincha, barro mezclado con caña brava.