Los señores de los templos

Durante las dos últimas décadas, la investigación científica de las suntuosas tumbas de Sipán, San José de Moro, Batán Grande y Pashash ha vuelto a concentrar la atención de los arqueólogos en los líderes de los antiguos Andes. Esto ha originado un renovado interés por los palacios del mundo prehispánico. Pese a que el interés por las actividades cotidianas se ha desplazado hacia la vida de las élites, se ha dado poca importancia a los líderes que ejercieron su dominio antes de 200 d. de C. Ello se debe en parte a la ausencia de tumbas equivalentes en tamaño y riqueza a las de tiempos posteriores. Esta situación también refleja el reto que supone identificar a los líderes de esas épocas más antiguas, así como el problema de comprender cuán distinto pudo haber sido el liderazgo antes de la aparición de un estado completamente desarrollado. En las páginas siguientes resumiremos las evidencias existentes sobre los líderes andinos de los tres primeros milenios antes de Cristo y examinaremos las implicancias de esos descubrimientos. A lo largo del periodo estudiado, aquellos individuos que poseían autoridad parecen haber estado íntimamente ligados a los templos y a las actividades religiosas asociadas a los mismos (Fig. 1). De ahí el título de este capítulo.

Autor: Richard Burger

La autoridad en el periodo Precerámico Tardío (2700-1800 a. de C.) y sus antecedentes

En el escenario actual es difícil imaginar una sociedad sin líderes. Pero los antropólogos socioculturales, al estudiar las culturas de pequeña escala en todo el mundo, han documentado muchas en las que el liderazgo se encuentra intencionalmente disperso y nunca compromete a un solo individuo o familia. El etnógrafo francés Pierre Clastres ha explorado la ausencia de poder político entre los grupos nativos de las tierras bajas de Sudamérica, y afirma:

Ellos tenían una muy temprana premonición sobre el riesgo mortal que entraña la trascendencia del poder para el grupo y el reto que signifi ca para la propia cultura el principio de una autoridad que es externa y creadora de su propia legalidad.

¿Existieron esas sociedades relativamente igualitarias en el pasado prehispánico o corresponden a un desarrollo reciente, quizá incluso a la fantasía de académicos románticos?

Fig. 2. Mapa de ubicación de los principales sitios arqueológicos de los periodos Precerámico Tardío e Inicial.

Aunque las evidencias respecto de los periodos más tempranos de la prehistoria andina siguen siendo limitadas, varios proyectos se dedican al estudio del periodo Precerámico Medio (4500-2700 a. de C.), la época en la que aparecieron los primeros poblados en los Andes Centrales. Un conjunto de datos particularmente rico proviene de Paloma, donde docenas de viviendas fueron analizadas y más de un centenar de tumbas fueron recuperadas. Es significativa la ausencia de evidencias de la casa de un jefe o de la tumba de algún líder. Los hallazgos de Paloma se reflejan en otros sitios del mismo periodo y, al ser tomados en conjunto, resultan coherentes con un modelo de sociedad sin líderes poderosos.

El Precerámico Tardío o periodo Arcaico (2700-1800 a. de C.) está marcado por la aparición de vastos centros públicos con arquitectura monumental a lo largo de la costa y de la sierra del Perú. Centros como Caral, El Paraíso, Kotosh y La Galgada tienen pirámides con terrazas y plazas abiertas que rivalizan en tamaño con muchos centros administrativos posteriores (Figs. 2, 3). No obstante, una cuidadosa excavación de un amplio conjunto de construcciones en Caral, así como en El Paraíso y otros centros del periodo, ha demostrado que estas enormes edifi caciones y grandes plazas abiertas fueron construidas no solo por razones administrativas sino también como ambientes para actividades religiosas.

Ciertamente, el diseño y la construcción de estos vastos complejos requería de líderes que planearan y coordinaran las obras públicas, y que organizaran las actividades ceremoniales para las que estas edificaciones fueron concebidas, pero los arqueólogos han excavado en vano en pos de la tumba de un «Señor de Caral» o de una «Señora de La Galgada». A pesar de las excavaciones a gran escala hechas en cementerios de sitios del Precerámico Tardío como Río Seco y Bandurria, no se ha hallado a ningún individuo cuyo tratamiento mortuorio sugiera que él o ella fuera un líder prominente con poder coercitivo sobre el trabajo o los excedentes generados por los demás. Tal vez esto no deba sorprendernos. Clastres y otros especialistas han observado que incluso entre las sociedades nativas de Sudamérica que cuentan con líderes institucionalizados, «los privilegios del cacicazgo por lo general no residían en el plano material». En efecto, entre muchos grupos nativos de las tierras bajas de Sudamérica la exigencia de que los caciques fueran generosos evitaba que acumularan cualquier riqueza significativa que pudiera diferenciarlos de los demás miembros de la sociedad; de esta manera se reforzaba el ethos igualitario que seguía prevaleciendo en esas sociedades. Era la legitimidad de esos líderes, expresada a través de la ausencia de beneficios materiales derivados de su autoridad, lo que les permitía organizar proyectos de trabajo corporativo sin tener que recurrir a medidas de coerción.

Fig. 3. Conjunto de estructuras en Kotosh, Huánuco, uno de los sitios más importantes del Precerámico Tardío.

El sitio de La Galgada ha proporcionado evidencias que pueden arrojar cierta luz sobre la naturaleza del liderazgo durante el último periodo del tercer milenio anterior a Cristo. Aunque está situado a solo 1100 metros sobre el nivel del mar en la árida cuenca del río Tablachaca, tributario del Santa, sus construcciones ceremoniales son muy similares a las de la tradición religiosa Kotosh de la sierra y se asemejan a las cámaras rituales que hay en ese sitio y a las de Kotosh, Huaricoto y Piruru. Sin embargo, a diferencia de otros centros de la misma época ubicados en la sierra o en la costa, las cámaras rituales de La Galgada fueron reutilizadas como cámaras mortuorias luego de haber sido cubiertas por un nuevo —aunque similar— conjunto de construcciones ceremoniales. La mayoría de individuos enterrados en este sitio tenían menos de 4 o más de 40 años, y una cuarta parte de los mismos superaba los 50 años de edad. Puesto que solo un pequeño número de los pobladores que construyeron y realizaron actividades de culto en el sitio fueron enterrados allí, es probable que el grupo representado en las sepulturas proviniera de las principales familias de esa sociedad.

Fig. 4. Detalle de figurina de barro sin cocer de Áspero, valle de Supe. La figurina tiene cabellera larga y un collar sencillo. Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima.

Aun cuando los hombres y mujeres adultos enterrados en las cámaras de La Galgada pueden haber sido los líderes de esa sociedad, los bienes que los acompañaban no son especialmente notables. Por ejemplo, en las tumbas más antiguas, dos mujeres adultas llevaban gorros de algodón y estaban cubiertas con tiras de corteza, y el individuo masculino que las acompañaba se hallaba envuelto en una manta doble de algodón amarillo y había sido colocado sobre una red de fibras vegetales. A otra mujer le faltaba el manto de algodón de uso común pero tenía cuatro alfileres de hueso para el pelo, pedazos de carbón de antracita y de cristal de roca. Entre las tumbas más antiguas, este último entierro era particularmente elaborado. En las tumbas algo posteriores las ofrendas eran más usuales y con frecuencia incluían alfileres de hueso para el pelo con incrustaciones, collares de piedras talladas y conchas marinas junto con artefactos de piedras verdes parecidas a las turquesas. Aunque con el tiempo los elementos exóticos parecen tornarse más comunes, aumentan en todas las tumbas del sitio en lugar de concentrarse en unos pocos individuos. Por tanto, su presencia parece reflejar la creciente importancia de los intercambios a larga distancia para el grupo principal que vivió en el sitio, antes que la aparición de gobernantes muy poderosos. Las tumbas de La Galgada sugieren que el liderazgo de las sociedades del periodo Precerámico Tardío debe ser considerado, más bien, en términos de familias con riqueza y poder limitados, y que estaban vinculadas a la arquitectura religiosa.

Fig. 5. Figurina de estilo Cupisnique. El personaje tiene marcas en el rostro y luce un collar. Esta figurina más tardía que las de Áspero muestra mayor cuidado en los rasgos y la manufactura. Colección particular.

En la costa se descubrió una línea paralela de evidencias en las viviendas desenterradas en Caral, en el valle medio de Supe. Cada una de las principales pirámides estudiadas cuenta con un área habitacional adyacente que consiste en pequeños cuartos rectangulares interconectados. Su tamaño, construcción y distribución indican que cada complejo de viviendas sería apropiado para las actividades domésticas de una familia grande. Los artefactos asociados corroborarían tal interpretación. Más aún porque en La Galgada los complejos habitacionales solo podrían haber albergado a una pequeña parte de la sociedad responsable de la construcción de las enormes pirámides y plazas. Este patrón sugeriría que a un conjunto menor de la población se le permitía establecer su residencia al pie de los recintos arquitectónicos sagrados, mientras que la mayoría vivía en pequeños poblados o en asentamientos cerca de sus campos. También parece razonable asumir que el grupo que residía en el centro justifi caba su ubicación privilegiada por su relación especial con las actividades que desarrollaban allí y, tal vez, por su relación con las propias deidades. Los desechos de estas viviendas no indican que sus residentes tuvieran un estilo de vida diferente del que llevaban los demás miembros de la misma sociedad. En apariencia, el rol que se les atribuía como líderes religiosos les permitía coordinar actividades para el bienestar público, tanto en este mundo como en el próximo, pero era imposible que acumularan riquezas o un poder coercitivo.

Otras evidencias sobre la naturaleza del liderazgo del periodo Precerámico Tardío se desprenden de las escasas representaciones de los propios líderes. En El Áspero, en el valle de Supe, se encontraron numerosas figurinas de arcilla sin cocer que representan a personajes adultos vestidos con indumentaria destacada (Figs. 4, 5). Estas figurinas solo aparecen ligadas a la arquitectura de los templos, por ejemplo, al menos trece de las figurillas de arcilla gris blancuzca sin cocer estaban enterradas entre dos pisos de un pequeño cuarto en la Huaca de los Ídolos. Más de un centenar de figurillas similares a aquellas de Áspero se han descubierto en Caral, también en contextos ceremoniales. Resulta tentador verlas como representaciones de los líderes de la sociedad, pero en ellas no se advierte ningún interés por hacer un retrato, aspecto que se mantiene a nivel rudimentario y genérico, aunque hay cuidado en representar los tocados característicos, los peinados, los collares de cuentas y las vestimentas. Estos elementos fácilmente identificables de los atuendos y estilos personales pueden ser considerados como emblemas de su estatus. El descubrimiento de raros collares de piedra rectangulares y biconcoidales, como los que lucen las figurinas de Áspero, sugiere que las imágenes de arcilla cruda representan los verdaderos elementos de la indumentaria que usaban selectos miembros de la sociedad. Asimismo, resulta significativo que las figurinas de arcilla sin cocer representen tanto a hombres como mujeres. Este patrón es coherente con las tumbas de La Galgada estudiadas, al igual que con los estrechos vínculos físicos entre las figurinas y la arquitectura ceremonial.

Otro raro ejemplo de iconografía figurativa relacionada con esta discusión son las litoesculturas que decoran la terraza inferior de Cerro Sechín, ubicado en la parte baja del valle de Casma. No existe consenso en torno a si datan del periodo Precerámico Tardío o del comienzo del periodo Inicial. Estas litoesculturas representan una escena histórica o mítica en la que varios guerreros victoriosos se dirigen hacia la entrada del templo, separados por los cadáveres mutilados o pedazos de los cuerpos del grupo derrotado. De los cientos de esculturas, solo una pequeña fracción representa a los guerreros triunfantes en lugar de los muertos o víctimas mutiladas. En el arte prehispánico del Perú, la jerarquía de la condición social se expresaba usualmente a través de la escala, indumentaria y/o colocación de las representaciones humanas, de modo que es significativo que todos los guerreros victoriosos tengan aproximadamente el mismo tamaño, lleven tocados similares de forma cónica y punta plana, usen taparrabos iguales, luzcan el mismo peinado y estén descalzos. La mayoría de ellos llevan mazas que parecen bastones o porras. Dada la semejanza entre los guerreros, no es fácil localizar al líder de esta partida de guerra triunfante. No obstante, las dos fi guras que aparecen guiando a la procesión podrían ser consideradas como de una condición especial debido a su ubicación. Ambas portan elaborados bastones y una de ellas resulta única por cuanto está adornada con cabezas decapitadas que cuelgan de su cintura (Fig. 6).

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