A sus 97 años, la mente y el espíritu de Federico Kauffmann Doig permanecen tan lúcidos y activos como los de un joven explorador. Este arqueólogo, historiador e investigador peruano, reconocido mundialmente por sus contribuciones al estudio de las culturas Chavín y Chachapoyas, no solo sigue en plena producción, sino que continúa desentrañando los misterios de nuestro pasado ancestral.
En esta entrevista exclusiva, el doctor Kauffmann nos ofrece una mirada íntima a su incansable labor. Nos revela que actualmente se encuentra trabajando en la publicación de su obra monumental Cosmos Andino en tres tomos y en la reedición de sus volúmenes sobre Machu Picchu a cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, demostrando una energía envidiable y una dedicación que lo hace sentirse, en sus propias palabras, como un “detective del tiempo”.
Más allá de sus logros académicos, el Dr. Kauffmann comparte una anécdota asombrosa sobre la financiación de sus trabajos. Descubrirá la increíble historia de cómo sus 29 expediciones arqueológicas, muchas de ellas concentradas en la tierra de los antiguos Chachapoyas, fueron respaldadas por un personaje que él inicialmente creyó era un “hippie italiano”, y que resultó ser el Dr. Giancarlo Ligabue, un paleontólogo y magnate veneciano de incalculable apoyo para la arqueología peruana.
Su legado sigue creciendo: con una biblioteca en la Universidad de Piura y un Instituto de Estudios Arqueológicos e Históricos que lleva su nombre, la obra de Kauffmann Doig es un testimonio viviente de la grandeza del antiguo Perú.
A continuación, le presentamos la transcripción editada de esta invaluable entrevista:
🎙️ Transcripción de la entrevista a Federico Kauffmann Doig
Orador
Segmento en el video
Profesor Federico Kauffmann Doig
“La arqueología para mí es es mi vida, porque mi interés por conocer nuestro pasado es muy grande…”
Reportero/Narrador
“…a sus 97 años, sigue produciendo y desentrañando la historia del Perú. Federico Kauffmann Doig, arqueólogo, historiador e investigador peruano, acude diariamente a laborar en la edición de dos libros en los que está trabajando. Kauffmann es reconocido por sus grandes contribuciones a la historia de las culturas Chavín y Chachapoyas, y aún hay mucho más que descubrir y difundir de nuestro antiguo Perú.”
Profesor Federico Kauffmann Doig
“Sigo, a Dios gracias, ¿no? Pero también con empuje personal. Sigo trabajando. Por ejemplo, este libro está por publicarse: Cosmos Andino en tres tomos —Los Incas y sus ancestros milenarios—. Y después hay otro que estamos editando: los tres tomos de Machu Picchu que edité hace tiempo. Los reedita el Ministerio de Relaciones Exteriores, sorprendiendo con esa [gran iniciativa].”
Reportero/Narrador
“Con energía y dedicación para el estudio, Kauffmann Doig trabaja además en otra investigación sobre la Amazonía peruana. Dice que la arqueología y la historia es su pasión y lo ha hecho sentirse como un detective del tiempo.”
Profesor Federico Kauffmann Doig
“Y estamos muy orgullosos. En el caso del Perú, estamos muy orgullosos, porque nuestro pasado arqueológico, o sea, anterior a los españoles, era brillante en muchos aspectos, ¿no? Tenemos ahí el testimonio de ello: Machu Picchu, Kuélap; después en cerámica, en tejidos, ¡tejidos maravillosos que tenemos ahí!”
Reportero/Narrador
“A lo largo de su carrera, realizó 29 expediciones arqueológicas en el Perú y varias en el extranjero. Nos contó que la mayoría fueron financiadas por un personaje que creyó inicialmente era un ‘hippie italiano’ con quien se detuvo a conversar sobre la historia del Perú, y al que le expresó su deseo de investigar y excavar mucho más.”
Profesor Federico Kauffmann Doig
“A los 15 días viene una persona del consulado de Italia y me dice: ‘Doctor Kauffmann, tanto gusto. Acá le traigo un sobre. Aquí hay $4,000 para que haga usted la primera edición, porque usted me ha dicho que una primera costaría entre tres y cuatro.’ Y lo manda el Dr. Giancarlo Ligabue, que lo conoció usted hace unos días. Resulta que hablaba bastante bien el español… ¡era! Y el Dr. Giancarlo Ligabue, el mayor magnate de Venecia que auspicia aquí a [la investigación en el Perú]. Y eso me valió para que sucesivamente me financiara 14 expediciones, ¡imagínese! Y la mayor parte en tierra de los antiguos Chachapoyas.”
Reportero/Narrador
“El respaldo financiero del magnate veneciano, paleontólogo y explorador Giancarlo Ligabue, fue tan importante e invaluable como el apoyo familiar, en especial su esposa, que además de cuidar a sus cinco hijos es autora de los dibujos que plasmaba en sus libros. La obra de este gran arqueólogo, investigador, historiador y escritor ha sido reconocida en vida en la Universidad de Piura. No solo continúa trabajando como investigador, también se le tributa al crear la Biblioteca Federico Kauffmann con la colección de sus libros y biblioteca personal. Es también parte del Instituto de Estudios Arqueológicos e Históricos que lleva su nombre y que pronto será inaugurado en la Casona de Miraflores. Dejamos a Kauffmann terminando sus nuevos proyectos y recorriendo emocionado esos espacios que recuerdan al mundo su legado y su historia.”
Un Legado Imperecedero
La trayectoria de Federico Kauffmann Doig no es solo una crónica de hallazgos arqueológicos; es una lección de vida sobre la perseverancia y la pasión inagotable. A sus casi cien años, su dedicación a desentrañar el Cosmos Andino y a difundir la majestuosidad de sitios como Machu Picchu y Kuélap resalta la riqueza histórica del Perú que a menudo pasa desapercibida.
La fascinante historia de su financiamiento por parte de Giancarlo Ligabue subraya cómo la fe en el conocimiento y la investigación puede superar las barreras geográficas y económicas. La obra de Kauffmann, plasmada en sus libros y ahora institucionalizada en la Biblioteca y el Instituto que llevan su nombre, garantiza que su valioso trabajo continuará inspirando a futuras generaciones de historiadores y arqueólogos.
Sin duda, el Dr. Kauffmann Doig es un verdadero tesoro nacional vivo, cuya vida y obra nos recuerdan que el pasado andino sigue esperando ser explorado, comprendido y celebrado.
El video de la entrevista a Federico Kauffmann Doig
Galeria Fotográfica de la entrevista a Federico Kauffmann Doig
Unas de las actividades productivas más antiguas de la humanidad, incluso antes de la domesticación de las plantas, es nada menos que la práctica de organizar fibras vegetales en bellos tejidos; nos referimos a las actividades de cestería. Aunque en la actualidad representa una actividad económica relegada a las artesanías, en tiempos muy remotos de la humanidad fue crucial para la subsistencia y desarrollo cultural. Los registros arqueológicos más antiguos que se tienen provienen de los asentamientos paleolíticos de Moravia, República Checa, con una antigüedad que va de los 27000 a 29000 cal. AP. (Adovasio, 2010). Se trataba de impresiones en barro, donde se pudo identificar variedades de la técnica entrelazada; evidenciando un alto grado de desarrollo tecnológico alcanzado por la humanidad en sus inicios.
Autor: Rubén H. Buitron Picharde Jefe del laboratorio del Complejo Arqueológico El Brujo Fuente: Complejo Arqueológico El Brujo Título original: Actividades económicas del antiguo Perú: La Cestería
En el caso de los Andes sudamericanos, a la fecha, los reportes más tempranos de cestería y cordelería se encuentran en la cueva de Guitarrero (Fig.1), ubicado en el Callejón de Huaylas. Los fragmentos de cestería entrelazada y cordelería fueron datados entre los 12800 y 10600 cal. AP. (Jolie et al., 2011). Según sus investigadores, los artefactos en fibra vegetal fueron parte del equipamiento esencial para el internamiento y dominio de las zonas altoandinas, por parte de los primeros grupos que poblaron esta parte del continente.
Fig.1. Fragmentos de cestería con técnica entrelazada descubierta en la Cueva de Guitarrero (Jolie et al., 2011)
En relación a la franja costera andina, los reportes de cestería más antiguos se encuentran en los sectores pre monticulares de la Huaca Prieta, Valle de Chicama. Las últimas investigaciones (Dillehay et al., 2017) han reportado fragmentos de cestería en junco, elaborados mediante dos variantes de la técnica del entrelazado, fechados para los 10.600 y 11.159 años cal. AP. Debido a lo tupido y rígido de los fragmentos se plantea hipotéticamente que hayan servido como trampas, parte de cestos para pescar o a modo de petate para el piso. Lo cierto es que su importancia reside en su vínculo con las actividades económicas de subsistencia a inicios del desarrollo humano.
Para los 3 000 a.C. la cestería y cordelería ya contaban con un desarrollo importante y distribución en gran parte del territorio Andino, prueba de ello es el cementerio arcaico de Chilca, pueblo 1, ubicado al sur de la ciudad Lima. En este sitio se descubrió una aldea y un cementerio, donde los petates y bolsos eran los artefactos más usados en sus fardos funerarios (Fig.2). De igual forma que en épocas posteriores, la técnica del entrelazado, en sus variantes abierta y espiral son las que más predominan (Engel, 1988). Acá podemos evidenciar que estos artefactos ya cubrían otras necesidades de la vida social como elaboración de casas, almacenaje, prácticas funerarias e incluso se pudo identificar artefactos en fibra vegetal con forma de animales a modo de juguetes.
Fig.2. Patrón funerario en Chilca, Pueblo1. Nótese el uso normalizado de petates en sus fardos funerarios (Engel, 1988).
El progresivo desarrollo de las sociedades prehispánicas elevó la demanda de artefactos de cestería, otorgándole un gran valor a las áreas naturales donde se extraían las materias primas. Nos referimos principalmente a las lagunas y humedales, lugares donde se recolectaba y cultivaba el junco (Juncus), la totora (Schoenoplectus californicus) y diversas especias de eneas. Según María Rostworowski (2016), la demanda de estas plantas para la elaboración de petates y cestas fue tan intensiva que, en 1654, el cacique de Huamán (Trujillo) solicitaban, al gobierno español, derechos sobre varias lagunas pantanosas para el cultivo de juncos.
Como hemos podido ver, la cestería cumplió un rol muy importante en la vida de las sociedades prehispánicas; pero además representa el antecedente directo de los textiles tal como los conocemos, una vez que el algodón es domesticado allá por los7800 cal AP (Rossen, 2011). Un ejemplo de lo que decimos son los textiles de algodón descubiertos en la Huaca Prieta. Fueron elaborados mediante las mismas técnicas entrelazadas de la cestería y datan de los 6200 cal AP (Splitstoser et al., 2016).
En relación a los procesos productivos implicados en la cestería, se tuvo cuatro pasos principalmente:
– Recolección: Nos referimos a la extracción de la materia prima, ya sea cultivada o no. Según estudios sobre el manejo de estas plantas en poblaciones modernas de la costa peruana (Aponte, 2009), indican que las fibras pueden ser recolectadas en humedales casi todo el año, aunque los pobladores modernos evitan los meses de verano para evitar plagas. Su recolección puede ser manual mediante la extracción directa, pero suele dejarse los rizomas en el sustrato para que puedan volver a crecer.
– Secado: Una vez cortada la materia prima, eran transportados a puntos de secado. Las fibras deben perder toda humedad para que sean más ligeras y moldeables. Por ello, se expone al sol por algunos días. En este proceso pierden su color verde y obtienen ese color amarillo característico.
– Seleccionado: Antes de ser transportados para su posterior tejido, son seleccionados según tamaño, calidad de fibras y el tipo de uso que tendrá. Como señalamos líneas arriba, la cestería posee una variada gama de productos destinados a la construcción, practicas mortuorias, objetos de prestigio o simplemente como petates para el suelo. Una vez seleccionados son empaquetados y llevados para que el artesano pueda tejerlos.
– Tejido: Hace referencia al conjunto de conocimientos y trabajo manual invertido por el artesano. Las técnicas dependen mucho del tipo de artefacto que se desea elaborar, así como la variedad de técnicas que el grupo social dominaba.
Pero ¿Cuáles fueron las técnicas de manufactura más utilizadas? Según James Adovasio (2010), famoso especialista en el estudio de cestería, las técnicas se agruparon principalmente en 3:
Técnica en espiral. Consiste en colocación un elemento, la cual es enrollado sobre sí mismo y sujetado por una serie de puntadas que otorga consistencia al tejido (Fig.3). Este elemento puede estar compuesto por un grupo de fibras, torcidas e incluso trenzadas. Se suele utilizar para la elaboración de canastas, recipientes y envoltorios. Por ejemplo, esta técnica ha sido reportada, haciendo uso de sogas trenzadas de totora como elemento principal y cuerdas de cabuya para las costuras, a modo de envoltorio de los fardos de época Wari en la Costa Central (Cornejo, 2021; Flores, 2013)
Fig.3. Técnica en espiral (Modificado de Calo, 2008).
Técnica entrelazada: Ocurre cuando dos elementos horizontales móviles sujetan elementos verticales para conformar una estructura (Brugnoli & Hoces de la Guardia, 1998) (Fig.4). Esta técnica posee una cantidad importante de subvariantes que permiten elaborar diversos artefactos como petates, cestas, costureros y etc. Tanto en Guitarrero como en Huaca Prieta se descubrió una cantidad importantes de artefactos que presentan esta técnica, siendo una de las técnicas de cestería más usada en los Andes en épocas tempranas.
Fig.4. Técnica del entrelazado (Adovasio, 2010)
Técnica tejida: Se obtiene cuando se entrecruza elementos verticales y horizontales para conformar una estructura tupida y consistente (Fig.5). Al ser una técnica más versátil sirve para la elaboración de esteras, petates, tocados, coronas, recipientes, etc. De igual forma que en el entrelazado, esta técnica cuenta muchas varias entre los que destacan llanos y sargas.
Fig.5. Técnica tejida del tipo sarga (Adovasio, 2010)
Gran parte de los artefactos de cestería solían elaborarse con varias de estas técnicas (Fig.6); asimismo se tiene reportes de otras técnicas como el calado, trenzado, etc., pero que fueron trabajados en menor cantidad.
Fig.6. Fragmento de cesto descubierto en Huaca Prieta. Nótese el uso de las técnicas entrelazado y tejida (Bird et al 1985)
La cestería en el Complejo Arqueológico El Brujo
El Complejo Arqueológico El Brujo, se encuentra próximo a la desembocadura del rio Chicama, área geográfica favorecida por humedales. Incluso en la actualidad, en temporadas de lluvias, es común la aparición de pequeños humedales donde crecen totorales y juncos (Fig.7). Esto da a pensar que, en época prehispánica, las áreas de extracción de la materia prima para la cestería fueron mucho más extensas y probablemente ampliadas artificialmente con inundaciones controladas mediante canales.
Fig.7. Presencia de junco en la desembocadura de dos canales adyacentes a Huaca Prieta.
Al contar con áreas importantes de extracción y una ocupación humana de larga data, se entiende mejor el hallazgo de especímenes que superan los 10 000 de antigüedad para las fases pre monticulares de Huaca Prieta. Posteriormente, las investigaciones realizadas sobre el mismo montículo (Bird et al., 1985) concluyen que la cestería tejida y entrelazada tuvieron un grado de hegemonía hasta poco después del ingreso de los textiles de algodón. Las nuevas tecnologías entrantes como la cerámica, materiales de construcción más estables y principalmente los textiles de algodón restringieron su producción a petates, cestas y algunos artefactos de especiales.
En Huaca Cao, durante la época Mochica (200-700 d.C.), se ha reportado extensos petates rectangulares de junco, de más de 3 metros de largo, elaborados en técnica tejida del tipo sarga (2/1), que cubrían los fardos funerarios de la élite; tal como ocurrió en los fardos de la señora de Cao (Fig. 8) y dos de sus acompañantes (Mujica, 2007). Estas piezas se encuentran en los almacenes del CAEB y poseen atributos y acabados bastantes elaborados, lo cual estaría indicando que la cestería habría logrado un importante desarrollo tecnológico desde las épocas de Huaca Prieta.
Fig.8. Detalle del petate de junco que cubría el fardo de la Señora de Cao.
Para la época transicional (800-900 d.C.), se tiene un petate hallado en la base de la tumba 1-1995 (Franco et al., 2007). Lamentablemente no se tienen más evidencias de cestería en esta época, debido principalmente al huaqueo intensivo que han sufrido estas tumbas.
Afortunadamente, para época Lambayeque (900-1200 d.C.), se tiene reportado un cementerio. Se ubicó sobre los escombros del frontis norte de la Huaca Cao Viejo. Los entierros excavados han develado una gran variedad de artefactos en cestería como petates, costureros, bolsas y artefactos poco comunes como tocados. Esta variedad se debe, en buena medida, a que en el cementerio se enterró indistintamente a la población llana y la elite local. El manejo de técnicas es muy variado, destacando principalmente las sargas, los entrelazados y el calado, para los tocados.
Para épocas posteriores, se tiene pocas evidencias documentadas. Esto, debido que los asentamientos principales se encontraban fuera de El Brujo.
Como hemos podido ver, la cestería fue una actividad económica muy importante para la humanidad, representando uno de los pocos trabajos que se relaciona directamente con la extracción sostenible y preservación de los humedales. Este vínculo, incluso en la actualidad, hace que las poblaciones que resguardan aún estos conocimientos establezcan una relación de empatía con su medio, además de ser receptarías de conocimiento milenarios que lamentablemente se han ido perdiendo progresivamente. En ese panorama, la cestería representa una oportunidad y un legado que debemos fortalecer y resguardar para lograr un desarrollo integral y coherente de nuestra sociedad.
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De un modo general, casi todos los lugares considerados como sagrados o como centros religiosos, presentan fuentes, cisternas, y los llamados “baños” destinados a la realización de ritos y ceremonias religiosas ejecutadas en sus inmediaciones. Ejemplos excelentes de estas obras monumentales ofrecen Machu Picchu, Ollantaytambo, Tambomachay, Wiñaywayna, Quenco -que puede ser considerado entre las mejores y muy semejante en contenido plástico y simbólico con el de San Agustín y Saywite-, y otros, que se ilustran en la lámina VII.
Estas obras destinadas simbólicamente a la mayor producción del agua, estaban relacionadas con otros monumentos de la cultura aborigen: como intihuatanas, cámaras subterráneas, mauoleos, capillas, etc. Esta asociación, principalmente con pequeñas columnas o intihuatanas, está revelando que se tenía especial cuidado con el cómputo del tiempo, con la periodicidad de de¬terminados fenómenos, que interesaban al agricultor.
Las propias cisternas de Pachacárnac con canales a diferentes niveles y con un colector común, que era la mítica laguna de Urpiwachak, vinculadas a edificios sagrados como el templo de la Luna, deben ser consideradas, como también el acueducto megalítico de Cumbemayo, como monumentos sagrados relacionados con estas viejas prácticas rituales.
Por otro lado, ciertas aldeas antiguas, emplazadas en faldas de elevados cerros, estaban provistas de un sistema de represas, canales, y acueductos que conducían el agua hasta los niveles más bajos, manteniendo florecientes campos de cultivo. A veces se hicieron obras hidráulicas gigantescas, como la de establecer un canal ciñendo el propio nevado como en el de Koriyokpa, gracias al cual las aguas del deshielo han sido aprovechadas abundantemente, tanto en la antigüedad como en el presente. Se hallan, en las alturas de la margen izquierda del río Rímac, contigua a la población de Matucana. En esos sitios existían capillas y adoratorios para el culto. Se debe al dibujante del museo, don Pablo Carrera, una exploración cuidadosa del lugar en 1944, así como un dibujo panorámico de este importante sistema hidráulico, uno de cuyos aspectos parciales se muestra en la lámina IX.
Madres de la élite. La presencia de pintura facial y joyas, podrían indicarnos que estas madres formaban parte de la élite política social. Botella Mochica (1-800 d.C.).
Desde las antiguas crónicas y diccionarios Bertonio, (1612) 1984; Garcilaso, (1609) 1985; Guamán Poma (1612) 1980, se nos señala la importancia dada a la lactancia por los pobladores prehispánicos. La profusión de términos y la precisión de éstos son signos de ello. En el mundo andino prehispánico, la fiesta del corte de pelo o roto chico era a su vez la fiesta del destete (Lastres, 1951; Valdizán y Maldonado, 1922; González Carré y Galdo Gutiérrez, 1977). En esta celebración el niño recibía su nombre definitivo y era por primera vez diferenciado sexualmente por medio de la vestimenta. En definitiva, era incorporado activamente a su comunidad. Esto nos mostraría que se practicó una modalidad de destete que acontecía cuando el niño ya no requería física ni emocionalmente lactar (alrededor de los dos años de edad), modalidad difundida en todas las comunidades indígenas de América.
Las crónicas hacen referencia al uso de galactagogos por parte de las madres andinas, entre los cuales figuraban un cocido de quinua (Chenopodium quenoa) y unos gusanos llamados ñuñu quehua (Lastres, 1951). La quinua, como veremos posteriormente es usada actualmente con el mismo fin. Es interesante notar, que el nombre, “gusano”, podría traducirse como “el que estimula o coquetea con los senos.
La práctica de la lactancia estuvo contemplada dentro de la religiosidad andina. Rostworowski (1986), describe como imagen central del templo de Pachacámac una mujer que amamanta a una zorra, hija de Añás, divinidad nocturna costeña**. Además, Cawillaca, otra divinidad femenina andina, “durante un año mas o menos crió sola a su hijo amamantándolo” (Taylor, 1987:57). En la época Inca encontramos referencias al templo de Poq’enkancha. Poq’e, según el diccionario de Lira (1945), significa calostro y kancha, lugar, recinto. De donde se podría inferir que el Poq’kancha era el lugar del principio u origen de la vida (Nolte, 1991). Estos datos señalan la importancia del calostro y la lactancia en la época prehispánica.
Un cronista indígena como Guamán Poma (1980), menciona, aunque sin extenderse, la existencia de una entidad sobrenatural vinculada a la lactancia. Esta es el duende Happi ñuñu. Happi significa “coger, agarrar” y ñuñu, “seno”. Este duende cogía con los senos a los niños lactantes, llevándoselos; lo que posiblemente fuese una forma de explicar la mortalidad infantil en la etapa de lactancia. Pero aún no contamos con suficiente información para sustentar esta hipótesis. (La etnia Aguaruna presentaba una forma distinta de relacionar lactancia y mortalidad infantil: cuando un niño moría, era enterrado con un pocillo que contenía leche materna.) [Raimondi, 1957]
La arqueología es otra fuente de información sobre los patrones de lactancia prehispánicos. Un sinnúmero de ceramios presentan escenas relacionadas con esta actividad. Carrión Cachot (ver Lastres, 1951) señala esta diversidad en ceramios para la costa norte. En uno de ellos, de la cultura Moche, se puede observar que el bebe se apoya en las piernas de la madre, quien las tiene cruzadas, sin tomarlo en sus brazos, de forma similar a lo descrito por Garcilaso (1985); esto indica la misma práctica en diferentes épocas.
En el material compilado por el doctor Kauffman (1987), de las culturas Vicús y Moche, la lactancia está asociada al coito, con preponderancia del coito anal. Cuando Garcilaso menciona la abstinencia sexual durante la lactancia, se está refiriendo posiblemente a la luz de esto último, a la abstinencia del coito vaginal. Entre el material arqueológico podemos observar la presencia de madres lactando en Chancay, Vicús y Moche, al igual que las hembras de algunos animales como venados, perras y llamas; estos ceramios no han sido revisados y analizados en profundidad para observar la posición, relaciones iconográficas, etc.
Fotos: Museo Larco
Texto extraído de la obra: LACTANCIA: UNA PRÁCTICA QUE TRASCIENDE LOS TIEMPOS Autor: Camino, Lupe
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Resumen: Como introducción al tema de la muerte y su relevancia en la historia del Antiguo Perú, el autor discute las fuentes (siglos XVI a XX), presenta una metodología para análisis e interpretación y una sínlesis de las evidencias y su significado. El tema de la muerte es de importancia crucial para la comprensión del Antiguo Perú, pero los estudios no cuentan con una base de datos que sea apropiada ni se ha logrado elaborar un marco teórico propio.
Autor: Peter Kaulicke* Título original:LA MUERTE EN EL ANTIGUO PERU Contextos y conceptos funerarios: una introducción * Pontificia Universidad Católica del Perú, Dpto. Humanidades, Apto. 1761, Lima 100. e-mai!: [email protected]
Abstract DEATH IN ANCIENT PERU. AN INTRODUCTION TO FUNERARY CONTEXTS AND CONCEPTS This paper is an introduction lo the subject of death and its relevance lo Ancient Peru ‘s hislory. The author discusses the available information (from 16‘• to 20’· cent.), and presents a methodology for analysis and interpretation followed by a synthesis of the evidence and their significan ce. The subject of death is of ulmost importance for the understanding of Ancient Peru, but aClual investigation does not work with a reliable data base and has not been able 10 produce an appropiate Iheoretical framework.
La confrontación con la muerte provoca reacciones diversas, pero su presencia permanente y universal conlleva a la necesidad de reflexiones mas transcendentales. De este modo la muerte individual se subordina a la muerte colectiva tal como la definición de persona depende de su engranaje social. Por regla también la sociedad percibe la muerte como crisis que peligra su afán de perpetuación ya que idealmente presume ser eterna . Precisamente por esta razón se prohibe la interpretación de un fin definitivo, como oposición o contradicción de la vida, últimamente como su negación . La muerte, al contrario, se percibe como un estado de transición, como otra faceta de la vida en condiciones extra o suprasociales, las cuales no impiden el reestablecimiento de relaciones con los sobrevivientes. En muchos casos este tipo de relación se considera ele-mental para el funcionamiento de la sociedad y de su entorno, su mundo, y es por ello que el funcionamiento de esta interacción depende de un complejo aparato ritual que implica idealmente a toda la sociedad. Ello se expresa en secuencias rituales cíclicas que no solamente se inician antes de la muerte física y culminan con la colocación final de los restos del individuo fallecido, sino se repiten constantemente durante un tiempo más o menos largo para memorizar los muertos convertidos en ancestros. Por tanto, la muerte forma parte esencial de la vida social, la determina en buen grado y su memorización conlleva a un concepto de historia propia.
Este aparato ritual requerido se expresa también materialmente tanto en la disposición y el tratamiento del muerto en estructuras y lugares específicos como en una multitud de objetos y representaciones relacionados con el tema que se utilizan en los rituales pertinentes. Estas evidencias materiales son particularmente importantes para la arqueología ya que este tipo de con-textos (entierros u contextos funerarios) suelen ser común en el mundo entero. Dado su inicio entre los homínidos arcaicos, anteriores a nuestra especie y frecuentes en el Paleolítico Superior con la presencia del hombre moderno, prácticamente se convierten en una de las características básicas de la condición humana.
El mundo andino, tanto anterior a la invasión europea en el siglo XVI como después, comparte evidentemente estas características básicas. Queda igualmente evidente que nuestra visión del pasado prehispánico en buen grado está condicionada por objetos extraídos de contextos funerarios, si bien mayormente sin control científico; la buena conservación de los restos nos provee de un conjunto extraordinariamente variado incluyendo una amplia gama de restos orgáni-cos (tejidos, madera, etc.). Provienen de toda el área centroandina con su alta diversificación ecológica y abarcan el considerable lapso de tiempo de más de 11 milenios. Como es de esperar, no existe una síntesis global de este material; en general la literatura pertinente es relativamente escasa en información precisa. Por ello se tratará a continuación tres aspectos; a) la documenta-ción a partir del siglo XVI i.e. la información sobre ritos funerarios, descripción de entierros y su contexto como conceptos de la muerte; b) el aspecto metodológico y teórico con el aparato analítico necesario para ordenar e interpretar esta documentación y c) un esbozo de síntesis diacrónica y sincrónica de contextos desde el Arcaico hasta el Incanato.
Esta tarea es ambiciosa y limitaciones de espacio prohiben un tratamiento exhaustivo o completo, por lo cual el presente trabajo se concentra en enfocar consideraciones básicas y en particular en enfatizar la problemática inherente tanto como las potencialidades del empleo de análisis apropiados en vez de especulaciones infundadas o de la extrema confianza en analogías indiscriminadas sin la debida contrastación con los datos arqueológicos pertinentes .
A. LAS FUENTES
Los siglos XVI y XVII
Por el hecho de no disponer de fuentes escritas directas o sea fuentes con anterioridad a la llegada de los europeos en el temprano siglo XVI, nuestra visión de una compleja cultura viva y desconocida depende enteramente de la contemporánea documentación española y de la sensibilidad de sus autores frente a un mundo nuevo. La fascinación que nos incita este hecho no corresponde al tipo de curiosidad del hombre renacentista quien se ve obligado a recurrir a comparaciones sea con su propia cultura sea con la del mundo mediterráneo de su tiempo o del pasado. Estas comparaciones también evalúan, definen la alteridad como conjunto de desvíos, de anormalidades cuya sola mención puede herir las susceptibilidades del Iector europeo, razón por la cual se recurre con frecuencia a omitir este tipo de información o se limita a resumirla sucintamente.
Ante esta documentación condicionada conviene un acercamiento cuidadoso en vez de aceptar aseveraciones pese a su reiteración constante . El tema de la muerte entra en esta óptica precisamente por el hecho que constituía un tema central tanto para el europeo como para la sociedad sometida. Cieza de León, quien llega al Perú poco después de la Conquista, describe las observaciones de sus viajes en una de las primeras crónicas (1984 [1553]) que gozaba de gran acogida en la Europa del siglo XVI ya que merece varias reediciones del original y su traducción al italiano (cf. Porras 1986: 283-284). En el capítulo LXIII (1984 [1553]: 196-198) detalla dife-rentes modos de enterramiento en costa y sierra ya que considera que junto con traje, idioma y otros rasgos constituyen las principales características étnicas. Pese a estas diferencias, sin em-bargo, percibe una especie de unidad de conceptos relativos a la muerte y al destino después de ella. Aranibar (1970), un buen conocedor de Cieza y de las fuentes tempranas, somete las fuentes a una crítica pormenorizada en relación a la necropampa, un tema frecuentemente aludido, que, según Aranibar, carece de una fundamentación comprobada. Como otros autores, Cieza sintetiza al recurrir a testimonios de los Andes septentrionales para explicar conceptos del área centroandina . Su uso del pretérito al referirse a costumbres pasadas no solamente indica que carece de testimonios directos sino podría referirse a una interpretación de lo hallado en los saqueos sistemáticos de contextos funerarios preincaicos de la costa . La síntesis «sincrónica»por ende se entremezcla con la «diacrónica» y contribuye a un crisol que refleja una imagen uniforme que se debe a la simplificación más o menos consciente .
Evidentemente el interés principal inicial se concentra en la capital del Tahuantinsuyu, el Cuzco. Cronistas muy tempranos como Sancho de la Hoz (1968 [1534]: 331) y otros describen el culto de figuras y «bultos» de los soberanos muertos y la gran atención que reciben. Estos bultos, aparentemente representaciones con cabello y uñas del fallecido, se convierten rápidamente en «momias» y éstas en mallquis, un término usado mas tardíamente en la Sierra Central (cf. Kaulicke 1998). Polo de Ondegardo y otros que contemplan un sistema desvanecido agregan a las formas sintéticas de Cieza, otra más, la de una fusión social. El culto a los muertos incaicos se reconoce por los mismos rasgos de los cultos análogos en las provincias, rasgos que facilitan el reconoci-miento de los indígenas. La extirpación de idolatría que recrudece notablemente a fines del siglo XVI se sirve de listas de estos rasgos en manuales para facilitar el reconocimiento del mal (cf. Duviols 1971, 1977, 1986; MacCormack 1991). Nuevamente surge la importancia de la venera-ción de los cuerpos disecados que parecen multiplicarse ad infinitum. A más de 100 años des-pués de la invasión europea esta extirpación llega a su punto culminante con una documentación muy detallada de una serie de procesos contra idólatras de la Sierra Central (Huertas 1981, Duviols 1986, Doyle 1988, Gose 1995). Esta información rica en descripciones de ritos, mitos y concep-tos en torno a la muerte enriquecen enormemente la comprensión de la ideología de sociedades serranas del Centro pero difícilmente sirven para explicar los ritos funerarios de la alta élite cuzqueña del siglo xv. Su veracidad además se reduce debido a difamaciones y otro tipo de interés personal tanto de los indígenas como de los interrogadores ante un clima de agresión y de clandestinidad.
Esta agresión en aumento contra la ideología de la sociedad sometida con el afán de controlarla mejor se nota igualmente en forma creciente en contra de los lugares de enterramiento. Desde sus primeras impresiones directas en Pachacamac y el Cuzco los españoles comienzan a creer en una fuente interminable de riquezas, básicamente en oro, que se concentra en las tum-bas de la élite. Sobre todo en la Costa Norte el saqueo constante llega a la formación de compañías, una especie de «minería» organizada, alentadas por el gobierno, las cuales reúnen ganancias enormes pero también causan daños considerables en los sitios arqueológicos (d. Zevallos 1994).
A este panorama tan complejo se agrega otro punto que es la extrema escasez de documentación gráfica. No se dispone de ilustración alguna de todas las riquezas de las que entusiastamente escriben los primeros cronistas, a la vez testigos oculares. Tampoco se ve la necesidad de ilustrar las primeras piezas que llegan a Sevilla pese a su exhibición pública y la admiración que suscitan. Ninguna de estas piezas, principalmelte de oro, se conserva al igual que las miles saqueadas en entierros ya que todas se funden casi inmediatamente. Las demás carecen de interés, se las queman o se destruyen por motivos de la extirpación de idolatría. Las ilustraciones de la crónica mencionada de Cieza son de manos de un artista europeo que europeíza la información a falta de modelos más apropiados y es uno de los primeros que crean una larga cadena de imágenes muy lejanas a la realidad andina. La Nueva Crónica de Guamán Poma de Ayala, compendio ricamente ilustrado y desconocido hasta 1908, se usa copiosamente desde su publicación en 1936 (Guamán Poma 1936) como conveniente ilustración del tiempo incaico que el autor no conoce personalmente. Una somera observación de sus láminas referentes a entierros (Guamán Poma 1980 (1615] 1: 262,264, 266, 268, 70) incluyen los de los incas y hace dudar de su autenticidad (Fig. 1 a-f). En todas aparece un esqueleto en una cavidad oscura de un edificio de piedra o de un árbol (Antisuyu). El muerto, aparentemente momificado, está sentado delante del edificio, objeto de una veneración por libación o por una procesión de dolientes. Se trata por ende de esquemas intercambiables en espacio y tiempo. En cierta forma es una visualización del texto más destinada a la distracción que a servir de documentación. Precisamente esta ausencia de documentación gráfica directa y la de la conservación de objetos i.e. el desconocimiento casi total del aspecto físico, de la cultura material, hace difícil su evaluación, particularmente desde el punto de vista arqueológico.
Un último punto, también de importancia para la arqueología, es el hecho de que casi toda la información se centra en la sierra; la costa está claramente marginada, casi todo se refiere a tiempos pasados aún en los documentos del siglo XVI, pero evidentemente se explota intensivamente con fines comerciales.
Los siglos XVIII y XIX
El siglo XVIII inicia una renovada apreciación del pasado prehispánico ya que llegan otros europeos, en particular franceses, que orientan su interés al estudio crítico y a la observación precisa del medioambiente y de otros elementos que incitan su curiosidad. Este espíritu crítico frecuentemente se convierte en ironía y burla; por otro lado lleva al afán de universalizar el conocimiento al formar enciclopedias, colecciones y museos .
Fig. 2.a. Entierro Contisuyo, b. entierro Chinchaysuyo, c. entierro inca, d. entierro Collasuyo, e. entierro Antisuyo, fiesta de difuntos (de Guamán Poma de Ayala 1980 [16151, 268 (293), 270 (295), 262 (287), 268 (~93), 266 y 268 (256).Uno de los primeros viajeros es Louis de Feuillée que visita el Perú entre 1709 y 1711. En 1713 publica su JournaL des observations physiques, plathématiques et botaniques faitespour L’ordre du Roi sur Les cotes orientales de L’Amerique’ MeridionaLe. Excava en 1I0 y envía una vasta colección de material arqueológico a Francia (cL Bonavia y Ravines 1970: 7-8),
Otro personaje que excava entre Tacna, Arica y Pisagua entre 1712 y 1714 es Franc;ois Frézier que publica en 1732 sus observaciones en ReLation du Voyage de La Mer du Sud auxCotes du Chily et du Pérou, fait pendant les années 1712,1713 & 1714 (cf, Buikstra 1995: 129), Un tercero es Joseph Dombey, quien se encuentra en el Perú entre 1778 y 1781. Excava en Huaura, Chancay y llega a Canta y Pasco. En 1779 realiza excavaciones en Pachacamac donde adquiere un tejido que se mantiene, descrito por Jimenez de la Espada (1923 [1895]),
Mientras tanto sigue, aunque reducida, la huaquería por un lado (cf, Zevallos 1994) y los procesos de extirpación de idolatría por otro (cf. Saloman 1986) tanto como la erudición teologizante como v. g. José Eusebio de Llano Zapata, quien escribe sus Memorias histórico-fisico-apologéticas de La América MeridionaL (Lima 1904) (cf. Bonavia y Ravines 1970: 23-41).
En su Relación Descriptiva de la Ciudad y Provincia de Truxillo del Perú (1984 [1763]) Miguel Feijóo de Sosa describe detalladamente la huaquería; José Ignacio de Lecuanda (1994 [1793]) informa sobre un entierro prehispánico de San Pablo que podría ser el mismo qúe Martínez Compañón ilustra en su famosa obra pictórica Truxillo del Perú (1991, láms. 12-13) (Fig. 2 a, b). En 108 láminas se aprecian planos, reconstrucciones del contenido de contextos funerarios y mate-rial arqueológico aparentemente proveniente de excavaciones (cf. Oberem 1953, Schaedel 1953). Esta obra pretende ser un Museo Histórico-Fíciso [sic}, Político y Moral deL Obispado delTruxillo del Perú (Ballesteros 1994:20-22). La documentación gráfica es tan precisa que aún sirve para reconocer cerámica, tejidos, metal, etc., según sus estilos respectivos.
El siglo XIX se inicia con la obra de Alexander van Humboldt Voyage aux régionsequinoxiaLes du Nouveau Continent en 1799-1804 (Paris 1807-1835) que contiene alguna in-formación arqueológica. En 1825 Stevenson publica A Historical and Descriptive Narrative of Twenty years’ Residence in South America. Describe detalladamente resultados de sus propias excavaciones en Supe (cf. Nuñez 1971b: 222-224; 1971a: LII-LIV) . Robert Proctor, un inglés que visita Chan Chan por 1823 precisa acertadamente la práctica de los huaqueros (cit. en Zevallos 1994:15).
Fig. 2. a, b. Entierro de individuo con vestido de plumas de frente y reverso; c. individuo en fosa con objetos asociados (de Martínez Compañón, «Trujillo del Perú», t. IX, fs . 12, 13 Y 17).
Particularmente importante es la contribución del suizo Johann Jakob von Tschudi que publi-ca las impresiones de su estadía en el Perú en Reiseskizzen aus den Jahren 1838-1842 (1963 [1846]). En su resumen presenta una síntesis del pasado prehispánico basado en estudios antropológico-físicos que sirven para clasificar los cráneos por tribus, acompañados por dibujos de cráneos de buena calidad, una revisión critica de las fuentes historiográficas, de estudios linguísticos y de los arqueológicos, incluyendo notas críticas sobre supuestos procesos de momificación artifi-cial (Tschudi 1963: 364-402). Muchas de estas observaciones reaparecen en la obra monumental Antigüedades Peruanas de Rivero y Ustariz y Tschudi (1851), acompañadas por un magnífico atlas con fardos funerarios y piezas arqueológicas. Las láminas son de gran calidad y precisión, en algunos casos solo comparables a la obra de Reiss y Stübel (1880-1887) (Fig. 3a, b).
En la segunda mitad del siglo XIX, obras del porte de Tschudi y D’Orbigny se hacen nu-merosas. Ephraim G. Squier, un diplomático norteamericano, es considerado frecuentemente como el primer arqueólogo en el Perú debido a su obra Incidents of TraveL and ExpLoration in theLand of the Incas (1974 [1877]). Como tantos otros excava tumbas y especula sobre su significa-do social e histórico, ilustra las piezas y anota observaciones acerca de la huaquería aunque su interés mayor se centra en la arquitectura y por consiguiente en la arquitectura funeraria que es medida y dibujada escrupulosamente. Esto último ha conllevado a merecer el epíteto de primer arqueólogo; Rowe (1956) inicia su catálogo de trabajos arqueológicos en el Perú con él, pero no deja de percibirse un tono ligeramente irónico, el cual se nota mucho más claramente en los trabajos de Marcoy (1872) y Wiener (1993 [1880]). Pese a ilustraciones copiosas, más de 1.100 grabados en el caso de Wiener, “el afán mayor parece residir en la diversión del lector (Figs. 4a, b).
Fig.3a. Cráneos deformados (de Rivera y Tschudi 1851, lám. V).
Fig. 3b. Individuo momificado (de Rivera y Tschudi 1851, lám. N).
Fig. 4a. «Corte de una tumba (huaca), en Ancón » (de Wiener 1993 (1880) : 47).
Wiener aparentemente es poco escrupuloso en la explotación de otras obras y méritos de los demás hasta tal punto que Riviale (1993) llega a la conclusión que el camino de Wiener «estaba entonces trazado: al diablo la verdad histórica, ¡viva la arqueología novelesca!» Marcoy (1873: 76-80) busca un episodio romántico como refugiarse en una chullpa durante una tempestad in-vernal lo que le motiva para disertar sobre los chullpas, su contenido y su importancia, enriqueci-do con un gráfico (ibid.: 78) que más parece representar momias de monjes en catacumbas euro-peos con el sentido de horror de la época que una documentación científica de fardos en el interior de una chullpa (Fig. 5a). Ante este tipo de publicaciones contrasta la obra monumental de Wilhelm Reiss y Alphons Stübel, Das Todtenfeld von Ancon in Perú. Ein Beitrag zur Kenntnisder Kultur und Industrie des Inca-Reiches (1880-87) en tres tomos en folio con 141 láminas en color de una precisión admirable (Figs. 6a, b, c, d). Es la documentación completa de sus excavaciones en Ancón de 1875 que incluye estudios especializados de material antropológico, botánico y zoológico; la colección de las piezas excavadas aún se conserva en Berlín (cf. Kaulicke 1983, 1997; Haas 1986).
Fig. 4b. “Corte de una tumba (huaca) dellitoral.- Reconstitución de la pirámide funeraria.- Mausoleo princi-pesco» (de Wiener 1993 [1880J: 561).
Antonio Raimondi llega al Perú en 1850 y se interesa entre otros campos de estudios, por la arqueología, en la cual reconoce un gran valor y una probable profundidad histórica mayor que los Incas (Raimondi 1965 [1874 ]: 108-110). Otra obra monumental, quizá la última de esta línea en el siglo XIX, es la de Ernst W. Middendorf. Fuera de sus grandes aportes a la lingüística en seis tomos (Middendorf 1890-1891) publica sus observaciones acumuladas durante 25 años (1973-4 [1893-5]). Pese a su formación de médico, descubre su interés en estudios peruanistas ya en su primer viaje (1854-1862). De regreso en Alemania se dedica a estudios antropológicos para profundizar sus conocimientos con lo cual vuelve al Perú (1865-1871). Luego se dedica a estudios lingüísticos arqueológicos en Europa y emprende su tercera y última estadía peruana (1876-1888) (cf. Núñez 1973). Esta actitud de perfeccionamiento contínuo y específico hacia un profesionalismo en su propia leyes algo nuevo, ya que todas las personas referidas y muchas más eran profesionales de otros campos y para ellos el estudio de las antigüedades del Perú era un episodio colateral más o menos prolongado en sus vidas dedicadas a otros menesteres.
Siglo XX
Es la persona de Max Uhle la que cambia decisivamente el rumbo ya que introduce el estudio científico de los entierros bajo una perspectiva que cQrresponde al método de la prehis-toria europea cuya preocupación fundamental es la cronología. Con ello comprueba lo que estu-diosos como Raimondi, Middendorf y otros ya habían presentido: la profundidad histórica del Perú Antiguo. Uhle parte de los contextos comprobadamente incaicos y los compara con otros estilísticamente diferentes que estratigráficamente son anteriores. Mediante este procedimiento logra establecer una secuencia de cuatro periodos que sirven de base para la cronología actual-mente aceptada.
Fig. 5a. «Interior de una chullpa aymara» (de Marcoy 1872: 78).
Lamentablemente no puede publicar estos resultados en una documentación com-pleta, pero aún subsisten catálogos en los cuales se respetan los lotes diferenciados para cada entierro excavado al cual pertenecieron. Sus colecciones, basadas en múltiples excavaciones en Pachacamac (Uhle 1903), Moche (Uhle 1913a), Ancón (Uhle 1913c), lea (Uhle 1913b) y otros sitios arqueológicos, se conservan en los Estados Unidos, pero se mantienen inéditas hasta la fecha. Los estudios de Kroeber, Strong y Gayton (Strong 1925; Kroeber 1925, 1926a, b; Kroeber y Strong 1924; Gayton 1927; Gayton y Kroeber 1927) en base a estas colecciones enfatizan el aspecto estilístico, aceptan las conclusiones estratigráficas de Uhle, pero no publican las piezas respetando sus contextos y se limitan a la cerámica documentada selectivamente por medio de fotos sumamente reducidas que no permiten tener una idea ni siquiera aproximada de las caracte-rísticas específicas de ‘los contextos respetados y registrados por Uhle (cf. Kaulicke 1997: Il).
Este procedimiento sintético proviene de una formación más antropológica que prehistórica y se perpetúa por el hecho que Kroeber y Strong se dedican a estudios arqueológicos en el Perú hasta la década de los cincuenta . En sus publicaciones mantienen esta tendencia sintética en texto y documentación gráfica (Kroeber 1930, 1937, 1954; Strong 1957, Strong y Corbett 1943, Strong y Evans 1952; Strong, Willey y Corbett 1943, véase también Willey 1943, 1947). En buena parte pretenden realizar revisiones de los resultados de Uhle y/o aplicarlas a áreas no estudiadas por él. Los planos de arquitectura se reducen a croquis que distan mucho de la precisión de los de Uhle o de Bandelier (cf. Kosok 1965, cap. VIII, figs. 5, 6 [Bandelier], cap. V, figs. 5, 6 [Uhle]) hechos a fines del siglo pasado.
Fig. 5b. «Momia de indio aymara» (de Marcoy 1872: 79).
Fig. 6a. Fardo funerario. Posiblemente Horizonte Medio 4 (de Reiss y StübeI1880-87, t. l., lám. 14.)
Fig. 6b. Fardo funerario. Periodo Intermedio Tardío 1-3 (de Reiss y StübelI880-87, t. l., lám. 11); c. Vista lateral del fardo de la Fig. 6b (de Reiss y Stübel ibid., lám. 13); d. Cabeza postiza del mismo fardo: l. Vista de atrás con cubierta, 2. vista frontal sin cubierta, 3. vista de atrás sin cubierta (de Reiss y Stübel ibid., lám. 12).
El impacto de Uhle, gracias a su prolongada estadía en el Perú y su cargo como director del Museo de Historia (1906-1911), se extiende también a estudiosos peruanos. Horacio Urteaga, que acepta en gran medida la visión de Uhle, si bien no la entiende siempre, publica dos trabajos (Urteaga 1914 a, b) en los cuales se deja percibir aun el razonamiento del siglo pasado pero en su afán de reflexionar sobre los conceptos escatológicos del «indio», liga el pasado con el presente y presenta testimonios de los conceptos de la muerte vigentes incluso en comunidades contem-poráneas de la sierra para «comprobar» la vigencia de conceptos presentes en el siglo XVI y antes. Esta inclusión de datos etnográficos al respecto es valiosa aunque se trata en buena cuenta de ilustraciones de una convicción indigenista en vez de una supuesta permanencia temporal y conceptual.
Esta concepción se mantiene en Julio C. Tello que presenta datos etnográficos sumamen-te valiosos en sus trabajos Wira Kocha (1923) y Wallallo (Tello y Miranda 1923) bajo el concep-to de una continuidad ininterrumpida desde el pasado prehispán~co. En su larga vida científica (1913-1947) excava o manda excavar miles de entierros en Sierra y Costa sin que presente sus datos detalladamente. Aun su descubrimiento más espectacular, los centenares de fardos funera-rios de Paracas, reciben un trato generalmente sintético. La documentación gráfica se limita a fotos y acuarelas del desenfardelamiento de algunos de ellos (Tello 1928, 1929: 117-149) y se mantiene aún en las monografías póstumas de 1959 (Tello 1959) y de 1979 (Mejía y Tello 1979), aunque existen excepciones como los informes de Yacovleff y Muelle (1932, 1934) que destacan por proveer datos exactos y razonablemente completos. El propio Tello se preocupa en documen-tar como v. g. las tumbas de Katak, del departamento Ancash, de las cuales proviene una de las más importantes colecciones del estilo Recuay, actualmente en el Museo de Antropología de Berlín (Eisleb 1987), pero sólo una de las 148 estudiadas merece documentación gráfica y descripción en su publicación de 1929 (Tello 1929: 40-43). Hacia el fin de su vida Tello logra iniciar un proyecto de salvataje en Ancón que perdura después de su muerte. En estos trabajos se registran alrededor de 3.000 contextos, entre ellos un cementerio completo del Formativo, pero práctica-mente todo se mantiene inédito aunque subsisten los cuadernos de campo (cf. Kaulicke 1997, Segura, este volumen). Las síntesis que presenta (cf. Tello 1942: 668-670, 708-709) no se deben a análisis pormenorizados sino a comparaciones generales que en algo recuerdan las síntesis pre-sentadas con anterioridad al siglo XX. Si bien reconoce que el estudio de contextos funerarios tiene importancia para la arqueología, se limita a la atribución «étnica» del tratamiento del cuer-po (1942: 708-709). En comentario a un artículo traducido de Seler (Seler 1923 [1911]), Tello (1923: 376) no parece aceptar la secuencia cronológica de Uhle y, algo contradictoriamente, reclama «la precisión de la sucesión cronológica de las estratificaciones culturales mediante exploraciones y excavaciones sistemáticas» (cf. Kaulicke 1992: 855) aunque su propio esquema no difiere marcadamente del de Uhle con la excepción de su opinión divergente del origen, lo cual no es precisamente un argumento cronológico. Queda claro además que la cerámica y obje-tos de arte fechan la arquitectura aunque el procedimiento correcto debería ser lo inverso.
Rafael Larco Hoyle se ve más ligado a las ideas de Uhle acerca del estudio funerario. El número de entierros, básicamente en la Costa Norte entre los valles de Virú y Chicama, probable-mente supera largamente aquel obtenido por Tello. Su procedimiento consiste en una especie de «etnografía funeraria» ya que la síntesis de los contextos le permite caracterizar la vestimenta típica, subsistencia, artes, religión, aspectos políticos y los del ciclo vital incluidas practicas sexuales. En monografías sucintas (Larca 1944, 1945 a, b, c; 1962, 1946, 1948), con la excep-ción de un tratamiento algo mas detallado para los Cupisniques (Larca 1941), y con la ayuda de abundantes fotos presenta una visión de la cronología de la Costa Norte sustentándose en algunos ejemplos de superposiciones y/o de intrusiones. Con la excepción señalada, sin embargo, se bus-caría en vano una documentación detallada de estos contextos tanto en su distribución espacial y estratigráfica con perfiles y cortes de los contextos y sus características respectivas. Pese a ello su subdivisión de la cultura Mochica en cinco fases (Larca 1948) que carece de la documenta-ción respectiva se considera comprobada (Rowe 1962; Donnan 1965, 1976) al compararla con los entierros excavados por Uhle al pie de la Huaca de la Luna a pesar de quedarse igualmente inéditos (cf. Kaulicke 1992: 856-871). La atribución étnica arqueológica y su vínculo directo con la distribución étnica en los siglos XVI Y XVII se manifiesta claramente en un artículo poco conocido de Medina (1929-34) en el cual la información arqueológica desde el siglo pasado sirve más de pretexto que aclare el panorama. Por otro lado deja entrever el predominio de la historiografía sobre la arqueología.
También Villar Córdoba usa argumentos ajenos a la arqueología para atribuir étnicamente las estructuras funerarias de la sierra del departamento de Lima. Sus descripciones y sus dibujos, en cambio, pese a lo esquemático, son razonablemente claros en relación a estructuras que aun hoy en día resultan poco conocidas y representan un notable avance en la literatura algo reiterati-va acerca de las chullpas (o kullpis como prefiere Villar Córdoba) desde el siglo XVI (Villar Córdoba 1935: 142-146, 156-8, 298-332, láms. VI, VII, XXXIII-XXXV (figs. 48-50, 53-60) [arquitectura], 364-385, láms. XXXVI-LXII [cerámica]) (Figs. 7 a, b, c, d).
En la década del cincuenta, Frédéric Engel comienza a dedicarse al estudio de sitios del Arcaico a lo largo de la costa . En muchos de ellos excava un número indeterminado de contextos funerarios, pero su documentación es bastante desigual ya que en algunos casos presenta los da-tos en forma casi completa, en otros se contenta con breves síntesis (Engel 1957, 1960, 1970, 1980,1981). En 1963, sin embargo, publica una monografía sobre un conjunto importante de contextos funerarios con una documentación razonablemente completa (Engel 1963). La mayo-ría de estos contextos y los de otros sitios destacan por su excelente estado de conservación y servirían para múltiples estudios que lamentablemente no se efectuaron.
Uno de sus asistentes, Christopher B. Donnan (1964), descubre luego su afición por la cultura Mochica y publica una monografía sobre contextos funerarios en el valle de Moche (Donnan y Mackey 1978); también se dedica al estudio iconográfico de la cerámica en la cual reconoce temas relacionados con la muerte (Donnan y McClelland 1979). En los últimos años está vincu-lado con varios proyectos dedicados básicamente al estudio de contextos funerarios Mochica (Pacatnamú, Sipán, La Mina, San José de Moro, Dos Cabezas).
A partir de 1960, sin embargo, surge una nueva generación de arqueólogos, tanto nacio-nales como extranjeros, muy influenciada por enfoques ecológicos, económicos y socioeconómicos, en los cuales los aspectos religiosos no entran y la muerte solo interesa en su aspecto social. Aspectos cronológicos se resuelven con una fe ciega en el método del Carbono 14, la tipología cerámica se convierte en seriación tanto estilística como «estratigráfica» (por frecuencias en niveles artificiales) que abren el camino a la especulación desenfrenada. En el Perú la excavación de contextos funerarios adquiere el estigma de anticientífico con lo cual se deja el campo libre al huaquero y al tráfico internacional de antigüedades. Esta «negación de la muerte» aún se percibe en otras disciplinas como la etnohistoria en la cual rigen enfoques com-parables en el mismo tiempo; la antropología prácticamente ignora la muerte en su aspecto ritual o social en comunidades actuales de sierra y costa. Sólo en los últimos diez años el panorama parece cambiar nuevamente gracias a los hallazgos espectaculares en Sipán (Alva 1988, 1990, 1994; Alva y Donnan 1993), Sicán (Shimada 1995), Kuntur Wasi (Onuki 1995, este volumen) y San José de Moro (Donnan y Castillo 1992, 1994; Castillo 1996).
Si se trata de resumir brevemente lo expuesto para un lapso de casi 500 años queda evi-dente que la ocupación con la muerte ha sido intensiva y frecuentemente violenta. En el aspecto ideológico se trató los conceptos vigentes durante más de 200 años sin un verdadero afán de comprenderlos apropiadamente. A partir del siglo XVIII, la intolerancia eclesiástica es reemplazada por lo especulación libre que sigue en algo la lógica vigente en las comparaciones entre Viejo y Nuevo Mundo. Ya no preocupa tanto el destino del alma sino predominan las posibilidades de indagar sobre posición económica y condición étnica ante un transfondo que exalta lo exótico que divierte al publico. Este último aspecto ya se percibe en las crónicas del siglo XVI y revive en los relatos de viajeros de los siglos XVIII y XIX. Ciertamente la «arqueología novelesca» perdura o inclusive llega a nuevas cumbres en la actualidad.
Fig.7. a. Arquitectura y contextos fun erarios de la provincia de Canta, Dpto. Lima. a. Cantamarca, b. Chiprac (de Villar Córdoba 1935, figs. 43, 60).
Fig. 7. c. Cuevas, kul/pis y cistas sepulcrales, d. corte de kul/pi (de Vil/ar Córdoba 1935, láms. VI, Vll).
La segunda línea principal es la destrucción deliberada de contextos funerarios, a lo cual se suma la destrucción de objetos de culto de los muertos que culmina en el siglo XVI. A partir del siglo XVIII surge el interés en las antigüedades que se expresa en colecciones gigantescas formadas en la segunda mitad del siglo XIX y a la formación de museos, tanto nacionales como, sobre todo, en el extranjero junto a la cada vez más creciente demanda de un mercado internacio-nal de antigüedades que tiene que estar abastecido en la actualidad lo cual a su vez fomenta la huaquería y la destrucción generalizada de sitios arqueológicos: Ante esta implacable destruc-ción originada en el celo eclesiástico combinada con la fiebre del oro, pasando por la práctica de una diversión intelectual por las antigüedades al interés puramente comercial de tantos siglos, resulta sorprendente que aún quede algo intacto.
Un tercer aspecto es la documentación asombrosamente escasa pese a las intervenciones científicas constantes durante los últimos 100 años, en las cuales se registraron miles de contex-tos funerarios. La gran mayoría de ellos se ubican en la costa, mientras que la respectiva informa-ción anterior al siglo XX proviene de la sierra que se mantiene largamente incógnita en lo que a la arqueología se refiere, como se verá en la tercera parte de este trabajo.
Curiosamente los logros de la arqueología peruana se basan en buen grado en material e interpretación de este tipo de contextos. La cronología confía en el reconocimiento estilístico, frecuentemente hecho en base a estudios de colecciones sin procedencia conocida. Aún las pros-pecciones o excavaciones dependen en la atribución cronológica casi exclusivamente de la cerá-mica decorada que caracteriza los contextos funerarios, mientras ‘que el resto aparentemente re-sulta “infechable” (salvo por Carbono 14). La iconografía igualmente se basa en este material, normalmente fuera de su contexto original.
Este panorama algo sombrío, sin embargo, no debería llevar a la conclusión de que su estudio sea imposible por las limitaciones autoimpuestas sino, por el contrario, a enfocarlo des-de una perspectiva que permita hacer relucir su relevancia a través de un enfoque más científico lo que significa que se debería analizar los datos antes de emitir opiniones, interpretaciones, especulaciones, etc., que salen más bien sobrando, como queda claramente comprobado.
B. ANALISIS E INTERPRETACION
El contexto funerario es el único disponible en la arqueología en el cual el hombre en sí es el protagonista, no sus obras materiales o espirituales; el mismo se nos presenta en una situa-ción particular, es a la vez objeto y subjeto, VÍCtima de la muerte personal como subjeto de una parte materializada de rituales en una correlación material específica que refleja parcialmente el concepto de muerte en su tiempo. El contexto, por tanto, es a la vez concepto por lo cual convie-ne separar nítidamente ambos aspectos para no caer en burdas tautologías.
El término «contexto» implica un conjunto de objetos interrelacionados que fueron de-positados al mismo tiempo dentro de un espacio físico delimitado. Frecuentemente se le toma por un tipo de contexto al que se refiere como «contexto sellado» i.e. la colocación simultánea que no está interferida posteriormente por intrusiones o alteraciones de tipo cultural. El adjetivo «funerario» implica la función, lo cual significa que este contexto debería contener uno o varios individuos, sus restos o su reemplazo material (simulacro o cenotafio). Tanto el tratamiento de estos restos como su relación con los demás componentes del contexto deberían reflejar intencionalidad i.e. excluir una muerte accidental en condiciones extrasociales lo cual, sin em-bargo, representaría situaciones excepcionales cuyo registro arqueológico es poco probable. Una intencionalidad evidentemente incluye casos como sacrificios, entierros parciales o re~tos de actividades antropófagas siempre y cuando estos restos reciban un entierro formal.
Un contexto funerario normalmente se compone de tres elementos básicos: a) la estructura, b) el individuo y c) los objetos asociados.
La estructura
Se entiende por «estructura» el espacio físico que contiene los elementos b) y c). Este espacio es natural o artificial, subterráneo, a flor de tierra o aún sobreelevado o se trata de com-binaciones de éstas con o sin modificaciones. Con más frecuencia, sin embargo, son artificiales y subterráneas. En este caso se trata de excavaciones con o sin modificaciones espaciales como enlucido, enchapado de los paredes y/o del piso. Se trata de formas sencillas o compuestas. El término «estructura» es utilizado intencionalmente por ser neutral con el fin de evitar una serie de otros términos cuyo significado es poco preciso como «tumba», «entierro», «enterramiento», «sepulcro», etc.
Por su forma deberían precisarse en v. g. «fosas» que son excavaciones poco profundas (no mayor de un metro) y alargadas, mientras que «pozos» son cuadrangulares o cilíndricos de mayor profundidad. Casos más complejos incluyen lo que debería llamarse «arquitectura funera-ria» con el empleo de material constructivo que permite una mayor complejidad de su diseño y mayores dimensiones. En esta categoría entran construcciones a flor de tierra como las chullpas o cámaras cortadas en la roca viva.
Volviendo a las estructuras subterráneas, éstas se diferencian en tres elementos básicos:
la boca, b) la base y c) el relleno. La boca es el inicio de la fosa o del pozo i.e. coincide con la superficie existente en el momento de su excavación. Su reconocimiento es sumamente impor-tante ya que es el criterio esencial para poder relacionarlo con otras estructuras y determinar su posición cronológica. Evidentemente resulta fácil si intruye un piso sellado inmediatamente, pero una superficie natural se detecta con mayores problemas. En muchos casos el inicio conservado no coincide con la boca ya que ésta frecuentemente desaparece debido a erosión o posterior extracción de suelo antes de su estudio por el arqueólogo. En los Andes parece ser frecuente la relación entre contexto funerario y arquitectura que permite una mayor precisión cronológica aun en el caso de que las estructuras intruyan en arquitectura abandonada ya que esta última nece-sariamente es anterior.
La base coincide por regla con el nivel en el cual se ubican los restos humanos y cultura-les, frecuentemente lo único que se reconoce de la estructura lo cual evidentemente no define su posición cronológica. Un contexto profundo puede ser posterior o contemporáneo a otro relati-vamente superficial si su boca lo indica.
Finalmente, el relleno es, en forma evidente, producto final de la estructura. El material puede provenir del mismo desmonte de la excavación o puede corresponder a suelos estériles o capas con restos culturales (contemporáneos o anteriores al contexto). Además indica si se trata de una sola actividad °de una serie de ellas tanto seguidas como intercaladas o claramente poste-riores al contexto en sí.
Un último criterio de importancia es su forma y su orientación de eje ya que esto permite relacionarla con otras estructuras.
El individuo
Parte esencial del contexto es el o los individuos y su tratamiento. El término «indivi-duo» es preferible a otros como «muertos», «cadáveres», «esqueletos», etc., ya que es más neu-tral debido a que no se refiere a un estado particular del individuo. En primer lugar se diferencian varios tipos de tratamiento: primario, secundario y terciario. El individuo primario está represen-tado por el cuerpo completo en su conexión anatómica correcta que permite asumir que se trata de enterramiento directo Le. la persona no sufre modificaciones ni antes ni después de su muerte. Esto evidentemente no excluye procesos de conservación (embalsamiento, disecado) que no re-sultan en alteraciones. El tratamiento secundario, en cambio, presume un proceso previo antes de su entrada en la estructura definitiva. Este se refleja en cambios en la anatomía ósea, reordenamiento de los huesos y su selección en una disposición intencional final. Los reentierros no constituyen la regla en el Antiguo Perú aunque podrían ser algo más común que lo sugerido, debido a la documentación incompleta . Este tratamiento no debe confundirse con alteraciones post-mortem i.e. modificaciones tafonómicas o disturbaciones posteriores (intrusiones por otros contextos, erosiones, cortes por construcción, etc.). Finalmente, la variante «terciario» sigue al secundario v.g. en una secuencia como la siguiente: 1) entierro primario – 2) entierro de los huesos disco nexos – 3) incineración de los huesos – 4) entierro de las cenizas. La incineración (que podría ocurrir también en una etapa más temprana de la secuencia descrita) está escasamente documentada en contextos funerarios del área centroandina lo cual no implica su inexistencia o insignificancia.
En la variante «primario» se distinguen diferentes posiciones: extendido, flexionado y flexionado sentado. Bajo el término «extendido» se entiende el individuo echado sobre su vientre (extendido ventral) o su espalda (extendido dorsal) con sus extremidades formando un solo eje i.e. piernas extendidas juntas, cruzadas, ligeramente abiertas, etc., mientras que los brazos pueden estar extendidos también al costado del cuerpo, ligeramente o fuertemente flexionados o cruza-dos, lo cual permite reconocer una serie de variantes. «Flexionado» significa echado sobre el hombro izquierdo o derecho con las piernas flexionadas i.e. las rodillas acercándose al cuerpo en diferentes ángulos. Los brazos normalmente están flexionados en una serie de variantes . «Flexionado sentado» es una variante común en el área centroandina que difiere de la anterior en un eje vertical en vez de horizontal debido a una preparación especial del cuerpo que permite que se mantenga en esta posición. Acciones post-mortem llevan frecuentemente a una alteración de esta posición en el sentido que el tronco o todo el cuerpo cede en alguna dirección (hacia adelan-te, detrás o a los costados).
Estas posiciones permiten la observación de orientaciones diferenciadas en orientación del eje (v. g. N-S, lo que indica que el cráneo se ubica al norte) y «mirada», la dirección de la parte anterior del cráneo o, en el caso de un fardo funerario, su parte anterior. Casi por regla, el indivi-duo está protegido por un envoltorio de estera, tela o cuero y/o se encuentra dentro de receptácu-los tales como vasijas grandes (pithoi) u otros hechos de carrizo, madera o piedra (frecuente-mente llamados «ataúdes» o «sarcófagos» ),excepcionalmente se trata de estatuas antropomorfas de barro (Chachapoyas). Por este hecho se distinguen los eleme.ntos que acompañan al individuo en lo que se encuentra en contacto directo con el cuerpo o dentro del receptáculo (collares, anillos, objetos en la boca, cerámica u otros objetos).
Los objetos asociados
«Objetos asociados» nuevamente es un término más apropiado que «ofrendas» o «ajuar». Estos objetos no necesariamente se ubican en el mismo nivel que el individuo, pueden estar colo-cados en nichos, encima del individuo o de su receptáculo o encima de la cobertura de la estruc-tura. Tienen diversas características e incluyen animales parciales o enteros y hasta otros indivi-duos humanos, aunque en su gran mayoría son de cerámica. Frecuentemente se distingue cerámi-ca no funeraria y funeraria, ésta última elaborada exprofesamente para su función exclusiva de acompañar al individuo. Si bien es cierto que algunas formas aparecen poco en otros tipos de contextos, esta diferenciación resulta poco útil para la interpretación. Al contrario, en el ámbito peruano sirve de argumento para «descalificar» el contexto funerario en sí, ya que no permite la comparación con otros, lo cual carece de fundamento.
Como en los elementos a) y b), la orientación de las piezas y el tipo de su ubicación en el conjunto tanto como su posición son importantes para el análisis. Su orientación y posición se hace depender convenientemente del cuerpo del individuo (izquierda, derecha, cabeza, pies, costados, encima o debajo).
Hasta ahora sólo se ha considerado los contextos unipersonales (u orientados a un indivi-duo principal contemporáneo con los demás), pero existen también tanto bipersonales como múltiples. Con ello se presenta el problema de la coetaneidad: ¿se trata de individuos colocados al mismo tiempo o es una serie de eventos? Si no existen argumentos en favor de una colocación posterior (alteración dél relleno o de objetos asociados) puede tratarse de una pareja de adultos o de madre e hija(o) o de un adulto principal y otros subordinados. Estos últimos no necesariamente se encuentran en el mismo nivel que el primero. En los contextos múltiples se impone una secuencia de eventos. En estos casos la estructura normalmente posee rasgos que facilitan el acceso repetido como rampas, sellos reemplazables o coberturas movibles o reemplazables. El conjunto de los individuos probablemente constituye un grupo cohesionado lo cual debería refle-jarse en un tratamiento compartido con las variaciones del caso.
Como en los contextos unipersonales, podrían ocurrir reocupaciones posteriores de la estructura, eventos reconocibles por alteraciones en el relleno y características propias del trata-miento del individuo y de los objetos asociados.
Finalmente existen casos menos frecuentes como entierros parciales v. g. cráneos aisla-dos o en un grupo dentro de una estructura especial, conjuntos de individuos sacrificados en un espacio delimitado, entierros de animales o simulacros (cenotafios) que reemplazan al individuo pero frecuentemente imitan el aspecto exterior del tratamiento pertinente.
Normalmente los contextos funerarios no aparecen en forma aislada sino en grupos o complejos i.e. en número definido de contextos aislados espacialmente de otros dentro de un área definida, lo cual nuevamente lleva al problema de la interrelación cronológica ya que evi-dentemente contiene un contexto que inicia el grupo y otro que lo termina. Sería preferible usar el término «complejo funerario» en vez de «cementerio» ya que este último lleva connotaciones diferentes como queda claramente establecido en los conflictos documentados en la Colonia. Para esta comparación se tiene que asumir que a) cada contexto es un conjunto enteramente in-tencional i.e., tanto la estructura, el (los) individuo(s) y los objetos asociados obedecen a reglas en la gran mayoría o la totalidad de sus variantes y b) la secuencia es contínua, lo cual implica que la colocación de los individuos corresponde al ritmo de los decesos dentro de un grupo (o la totalidad) de la sociedad que refleja, lo cual, a su vez, indica relaciones generacionales e intergeneracionales.
Un siguiente paso es el establecimiento de las categorías de comparaciones iniciándose con las características más frecuentes y recurrentes lo cual se expresa en grupos orientacionales. Estos grupos se basan en una combinación del eje de la estrltctura con el eje y/o la mirada de los individuos correspondientes. Se puede ordenar y definir una combinación de los grupos de obje-tos asociados en lo que se entiende por «estratigrafía horizontal» lo cual exige un análisis porme-norizado de variantes que idealmente indicarían cambios a nivel de generación.
En otros casos existen superposiciones de contextos incluyendo intrusiones y consi-guientes disturbaciones más o menos graves en contextos anteriores que señalan con más clari-dad cambios desde «abajo» hacia «arriba».
En estas comparaciones se perciben recurrencias i.e. características reiteradas con fre-cuencia como también casos que son inversiones de la «norma» o excepcionales en algunos as-pectos. Esta «anormalidad», sin embargo, no lleva a la cuestionabilidad de la «norma» sino re-quiere una explicación apropiada ya que si se asume que existen «reglas» funerarias las excepcio-nes deberían reflejar un significado específico. Los «reglas» tienen que orientarse según catego-rías definidas. Una de las más obvias es aquella de la diferenciación por sexo i.e. el tratamiento diferencial (biritual) de mujeres y hombres. Tanto en el tratamiento de los individuos como en los objetos asociados y su ubicación en relación al individuo. La otra es la edad: los niños reciben un tratamiento diferente que los adultos, y los jóvenes uno diferente al de los seniles. Una tercera categoría es la cantidad y la calidad de los objetos asociados que a su vez puede reflejarse en variacio-nes más complejas de estructura y tratamiento del individuo: la «riqueza».
Todas estas categorías evidentemente son sociales, lo cual lleva a la convicción de que los análisis correspondientes concluyen en una reconstrucción social del grupo que ejecuta el entierro. Hipótesis de este tipo estaban en boga durante la «New Archaeology» cuyo impacto aún se percibe ya que algunos de los trabajos se han convertido en «clásicos» cuya citación es un deber ineludible en cualquier publicación relacionada con la muerte en su aspecto arqueológico (cf. Binford 1971; Saxe 1970; Tainter 1978; Goldstein 1976). El problema básico de ~stos enfo-ques, sin embargo, es la argumentación algo circular. Se presume una correlación de roles o categorías sociales reflejada en prácticas funerarias, por tanto el estudio de contextos funerarios permite deducir el carácter de la sociedad que los produce, la cual es desconocida por ausencia de otro tipo de datos empíricos.
Otra falla común es el empleo de estadísticas que tienden a producir síntesis tanto sin-crónicas como diacrónicas por unificar información de contextos cuya ubicación cronológica no está precisada. Con ello se entenderá que la preocupación por la cronología no es un fin en sí sino precondición para la comparación como queda explicado. También parece ser dudoso determinar «riqueza» por medio de cálculos cuantitativos.
Esto lleva a otro punto que es la definición de conceptos de la muerte. La definición «sociah> después de la muerte de ninguna manera es reflejo fiel del rol de la persona en vida sino adopta nuevas facetas al menos en aquellas personas cuya transformación en un ente nuevo es de interés para la sociedad la cual es responsable ritualmente que esto ocurra de forma correcta. En este sentido los contextos «ricos» son importantes no tanto por reflejar «riqueza» material sino riqueza a modo de información sobre la definición de este nuevo rol. Esta definición no solo se determina mediante el análisis del contenido de un contexto funerario especifico sino también de su entorno como ubicación de la estructura en relación a otras estructuras o construcciones tanto de carácter funerario como otras no domésticas y a características geográficas especiales.
Otra pauta es el estudio de aquellas piezas asociadas que dejan relacionarse con la muerte por el tema figurativo aludido. Probablemente no es exageración si se sostiene que el arte arcaico generalmente está condicionado por su vinculación con la muerte. Si esto es así conviene tam-bién el estudio de otras piezas que no necesariamente provengan de contextos funerarios. Estas constituyen analogías cercanas necesarias para obtener una visión razonablemente completa pero generalmente dependen de otras más generales de sociedades actuales o pasadas conocidas me-diante fuentes escritas propias (v. g. literatura funeraria del Antiguo Egipto) o modernos estudios etnográficos detallados de sociedades con rasgos comparables con lo que está sugerido por el conjunto arqueológico. Nuevamente, sin embargo, conviene aplicar estas analogías con el cuida-do debido para evitar que éstas traten el objeto por estudiar (el contexto o complejo funerario arqueológico) como pretexto para confirmar lo ya conocido.
Por lo que queda expuesto en la parte A, la metodología descrita se enfrenta a dificulta-des insuperables puesto que la ocupación con la muerte en su faceta arqueológica ha sido superfi-cial en toda regla; reflexiones generales bastaban para satisfacer la curiosidad, mientras que los arqueólogos de nuestro tiempo igualmente tienden a buscar soluciones fáciles que casi inevita-blemente se entrampan .en argumentos circulares, contentándose con conclusiones generales poco aptas para definiciones precisas hasta el punto que parece que se asustaran de la complejidad en vez de reconocer sus potencialidades explicativas.
Tratar de emprender una síntesis de la muerte en el Antiguo Perú ante este panorama adverso parece ser algo aventurado y condenado a la especulación. Estando conscientes de ello, se tratará de presentar una ante la convicción que una síntesis necesariamente tiene un importante componente especulativo que puede llevar a la definición de problemáticas nuevas y a la direc-ción en la cual se podrá llegar a avances significativos. Además de ello una síntesis de este tipo debe tener un carácter simplificador ya que se prohiben discusiones pormenorizadas de la validez de documentaciones e interpretaciones presentes en la literatura disponible.
C. LA MUERTE EN EL ANTIGUO PERU
A continuación se tratará de presentar una síntesis de la evolución del conjunto de datos referentes a la muerte (contextos y conceptos) en su orden cronológico respectivo, para lo cual se usará el siguiente esquema:
Periodo Arcaico (10.000-1500 a.e.)
Periodo Formativo (1500-200 a.e.)
Periodo Intermedio Temprano o Desarrollos Regionales (200 a.e.-600 d.e.)
Periodo Horizonte Medio (Wari)(600-1000 d.C.)
Periodo Intermedio Tardío (1000-1400 d.e.)
Horizonte Tardío (Inca)(1400 -1532 d.e.)
Para estos seis periodos se reconoce una subdivisión especial en Costa Norte, Central y Sur y Sierra Norte, Central y Sur (cf. Kaulicke 1994: 140-143).
El Periodo Arcaico
Los inicios del poblamiento del Perú esperan su clarificación básica. Después de un ha-ber pasado por un periodo de optimismo poco justificado de poder contar con indicios de ocupa-ción desde unos 20.000 años (cf. MacNeish, Berger y Protsch 1970), la mayoría de los sitios tempranos tienen edad postpleistocénica por fechados aceptados del Carbono 14 sin evidencias claras de una coexistencia del hombre con la megafauna. Chauchat (1992: 343) es enfático al respecto pese a que el Paijanense, que es su objetivo principal de estudio desde hace más de veinte años, cuenta con fechados bastante tempranos (10.500-8.000 a.p.) y a la presencia de evi-dencias cada vez más frecuentes de puntas “cola de pescado” (indicadores de un periodo Paleoindio del Pleistoceno Final). En otros países en los cuales existen sitios tempranos con megafauna, existen problemas relativos a lo evasivo de los restos óseos humanos (cf. Dillehay, este volu-men). Sólo dos individuos de paiján están descritos, ambos cerca de un fogón fechado en 10.200 ±180 a.p. (Chauchat 1992: 155-164), aunque más recientemente se hallaron cerca de 20 indivi-duos lamentablemente no presentados aún en detalle (Chauchat 1990: 46). En Lauricocha, Cardich excavó 11 individuos en el abrigo rocoso L-2. Al igual que los de Paiján son flexionados; llama la atención el tratamiento preferencial de los niños que reciben artefactos óseos, cuentas de collar, ocre o hierro especular (Cardich 1964-6: 99-118). Engel encuentra dos individuos bien conser-vados en la gruta Tres Ventanas (Alto Chilca), uno dentro de un manto de piel de camélidos sobre el cual estaba tendida una estera (Vallejos 1982: 26-30; Beynon y Siegel 1981).
Es evidente que esta muestra es insuficiente para permitir cualquier tipo de generaliza-ción. Esta situación, sin embargo, cambia drásticamente con el Arcaico Medio (8.00017.000-5.000 a.p.) lo cual parece notarse a nivel continental o aun bicontinental. En L’ Anse Amour (Labrador, con una antigüedad de más de 7.000 a.p.), un individuo está debajo de un gran túmulo de piedras; en Salt Springs (Florida), un complejo funerario con indivi~uos extendidos sobre tarimas con implementos líticos, tablas de madera con alto relieve y otros objetos, fecha en 6.830 a.p. (cf. Kaulicke 1994: 42), mientras que en Sudamérica destacan sitios como Las Vegas (Ecuador) don-de se registraron más de 192 individuos de diferentes edadés, fechados entre 8.000 y 7.000 a.p., que muestran tres tipos diferentes pero aparentemente contemporáneos de tratamiento: a) prima-rios, en fosas redondas u ovaladas con adornos corporales, pintura corporal ocre y orientaciones que sugieren diferenciación sexual; b) secundarios como individuos reenterrados en forma de paquetes rectangulares y c) contextos masivos secundarios de cráneos y huesos largos en áreas circulares (Stothert 1990).
Ante esta creciente complejidad generalizada no sorprende tanto la presencia de un fenó-meno que ha causado el desarrollo de una enorme literatura reciente, conocido como Chinchorro (cf. Guillén, este volumen) aunque se conoce ya desde trabajos de Uhle (1917, 1918, 1919). Básicamente se distribuye en la costa norte de Chile entre Arica y Tocopilla (Standen 1997, fig. 1) pero parece extenderse hasta la Costa Sur del Perú (Ho, cf. Wise 1991). Su ubicación cronológica depende casi exclusivamente de una tipología de los cuerpos preparados y de su fechado por Carbono 14, aunque generalmente se piensa que abarca todo el Arcaico Medio (7.000-5.000 a.p.) contándose con fechas tanto anteriores como posteriores, ya que su relación con áreas de activi-dad doméstica, talleres, etc. está poco establecida. El interés se centra en el complejo tratamiento de los cuerpos con la finalidad de obtener una momificación, aunque existen muchos casos de momificación natural ya que la extrema aridez lo facilita. El problema, entonces, reside en el significado de la manipulación compleja. En su estudio centrado en el sitio Morro 1, Standen (1997, basado en buena parte en su tesis de maestría aceptada en la Pontificia Universidad Cató-lica en 1991) muestra que estos aparecen en grupos (generalmente entre cinco y siete individuos) con orientación compartida. Su composición por edad señala que predominan individuos de corta edad (probablemente de sexo masculino) mientras que entre adolescentes y adultos no mayores de 30 años, predomina el sexo femenino (señalado, además de ello, por la presencia de faldellines [femenino] y taparrabos [masculino]). Individuos preparados con una capa de arena que cubre todo el cuerpo, en cambio, oscilan entre 13 y 40 años; el grueso de la población con momificación natural abarca todas las edades en porcentajes «normales» (cf. Standen 1997, Tablas 1 y 2, fig. 13). Esto sugiere que la momificación artificial se aplica a diferentes categorías de edad y sexo.
En su afán de buscar analogías, Rivera (1995: 61) menciona «momias» en Vanutua (antes Nuevas Hébridas , Melanesia) . En un artículo sugerente, Guidieri y Pellizzi (1981) se ocupan de-talladamente de este fenómeno que forma parte esencial de un complejo ritual prolongándose durante decenas de años. Los rambramb no son momias sino” maniquíes” con un cuerpo artifi-cial, coronado por su cráneo real sobremodelado con afán de imitar su apariencia en vida, pero enfatizando su rango social; estas figuras están reservadas para hombres de cierta edad. Aparecen acompañadas en actos nocturnos por otras pequeñas de apariencia remotamente antropomorfa (temes), destinadas a un público de mujeres. Estos actos se relacionan con el proceso de la ancestralidad, la fertilidad y el olvido paulatino. Aplicado al caso de Chinchorro a primera vista predominan las oposiciones, en hombres adultos (Vanatua) vs. niños/mujeres, simulacro de cuer-po vs. momificación completa a lo cual se agrega el afán de aparentar una similitud con la persona en Vanatua, mientras que en Chinchorro la parte más «personalizada», la cara, está cubierta por una especie de máscara con rasgos uniformizados. Pese a estas diferencias esta analogía anima a indagar sobre algunos problemas: 1) la momificación complicada implica una especie de separa-ción del cuerpo y su posterior rearmado; las partes internas como carne, cerebro y órganos inter-nos se retiran (¿consumiéndolas?) y son reemplazadas por una serie de rellenos de origen animal y vegetal. El producto final es una entidad nueva tanto interior como exteriormente; 2) este pro-ducto final probablemente está destinado para exhibiciones (posiblemente de carácter dramático, análogo a lo de Vanatua) en grupos . Mostny (1971: 46) menciona también estatuillas antropomorfas de greda en cuyo interior se encuentran restos de fetos tanto humanos como de animales, probablemente también usados en este tipo de ceremonias; 3) el uso prolongado (hay evidencias de daños por uso en las momias) implica que su entierro final es señal de descarte de objetos que perdieron su función ritual; su colocación en grupo podría significar que actuaban en conjunto (cf. Garfinkel 1994 para casos tempranos del Viejo Mundo) y 4) el predominio de niños (¿masculinos?) y adultos (¿jóvenes femeninos?) no implica mayor preocupación por el rango sino parece centrarse en el aspecto biológico de reproducción y fertilidad, el tratamiento prefe-rencial de niños es común en épocas anteriores. Este aspecto de reproducción se extiende a un nivel social generalizado, en el cual la identidad personal se subordina a la social; el despliegue ritualizado sirve para la cohesión del grupo. ¿Cómo se seleccionan las personas para ser someti-das a este proceso? ¿Es después de una muerte natural o violenta? Dada la probablemente alta tasa de mortalidad infantil y de mujeres gestantes se trata con más probabilidad de la muerte violenta, del sacrificio y quizá del consumo antropófago de las partes internas con lo cual se inicia el proceso ritual destinado al control de la permanencia física y asegurada de la sociedad.
La complejidad de prácticas funerarias también se nota en el Arcaico Medio del Perú. Engel excavó una serie de sitios, entre los cuales La Paloma (Chilca) es el mejor estudiado y en el cual se hallaron más de 200 individuos. Predomina el carácter de grupo claramente asociado a chozas que luego se abandonan y se demuelen, convirtiéndose en estructura funeraria . Los indivi-duos en su interior (existen otros en las afueras) varían en cuanto a sexo y edad, hay individuos adultos de ambos sexos, presencia de hombre con mujer o niño, niños en grupos o solos. Reciben tratamiento primario, son flexionados y la orientación predominante es al Norte. Una variedad de objetos asociados reflejan ciertas preferencias por sexo; los niños reciben tratamiento especial con mayor número de objetos asociados (Engel 1980; Quilter 1989). Pese a la relación unidad doméstica-individuos en grupos, ésta no necesariamente refleja estructuras familiares, sino pa-rece permitir otro tipo de agrupamientos, tal como la choza utilizada para estos fines evidente-mente deja de ser doméstica. La documentación algo deficiente y lo reducido del área excavada no permite un estudio más detallado.
Otros casos interesantes son los contextos funerarios del Alto Zaña (Rossen 1991) en los cuales se percibe un tratamiento que refleja una manipulación intensiva del cuerpo como acumulaciones de huesos fragmentados, cráneos aislados y huesos largos, rotos intencionalmente, además de un tratamiento primario lo cual no excluye la posibilidad de prácticas antropófagas.
En la Sierra Central continua la práctica de inhumaciones en abrigos rocosos. Lavallée (Julien et al. 1981, Lavallée et al. 1985 : 313-322) excava tres individuos en flexión extrema dentro de fosas poco profundas; a un adulto femenino le falta el cráneo, un niño tiene un collar de perlas perforadas de piedra calcárea y 18 colgantes de hueso pulido. Esta ausencia del cráneo podría relacionarse con su extracción intencional; en Jaywamachay y Puentemachay (Ayacucho) se hallaron cráneos aislados, uno de ellos envuelto en tela (MacNeish et al. 1981: 73,96).
En el Arcaico Final, entre Huánuco y la costa norcentral, existen una serie de sitios que exhiben arquitectura formalizada . Comparten características como nichos y fogón hundido con ducto subterráneo, aparentemente para funciones no domésticas. Estas construcciones se rellenan y se vuelve a construir encima de ellas siguiendo el mismo modelo (Izumi y Sono 1963; Izumi y Terada 1972) lo cual fue bautizado como enterramiento ritual (cf. Onuki 1994: 81-83) en el cual se reconoce el afán de la renovación i.e. se establece una analogía con la muerte biológica y la regeneración como concepto (cf. Kaulicke 1994: 245). Esta analogía se confirma con la con-versión de la arquitectura abandonada y superpuesta en cámaras funerarias como en el caso de La Galgada. Ahí trata de grupos de individuos, fuertemente flexionados y con una gran cantidad de objetos como cestos de algodón , recipientes de calabaza, mortero de piedra, collares de concha (entre ellos Spondylus),con varios de ellos decorados con motivos figurativos . Son grupos de tres individuos (un hombre con dos mujeres, que superan los cincuenta años y tres mujeres, entre ellas una joven con un embrión, estas últimas extendidas en vez de flexionadas) todos con orien-tación compartida (Grieder et al. 1988; para un resumen más detallado cf. Kaulicke 1994). En un trabajo publicado recientemente, Grieder (1997: 110-111) menciona una soga torcida de algodón de unos 16 metros de largo que se inicia en la boca de la estructura y lleva al piso interpretada como cordón umbilical. Los objetos asociados que llevan decoración (cf. también Huaca Prieta, Bird et al. 1985) reflejan motivos que se hacen frecuentes luego en el Formativo, pero su número reducido no permite una interpretación en relación a la muerte. Esto, sin embargo, cambia con Cerro Sechín, Casma, Dpto. Ancash, si se acepta la edad atribuida por Bischof (Samaniego et al. 1985) y Fuchs (1997). Se trata de un edificio de barro, remodelado varias veces, enterrado debajo de una plataforma cuyos paramentos están adornados con unos 400 bloques líticos con relieves de motivos básicamente antropomorfos. Estos bloques están ordenados en conjuntos y mitades: una occidental con 14 y una oriental con el mismo número . Cada conjunto consiste de cuatro ortostatos (bloques alargados) y tres filas verticales de tres bloques más pequeños cada una (con un total de 12 bloques); asimismo cada conjunto se inicia y termina con un personaje completo, entre ambos aparecen personajes incompletos, sobre todo cabezas, brazos, piernas y también las partes internas como órganos y columnas vertebrales. Todo ~l programa se inicia en el cerro que abraza la construcción en una forma de U y termina en ambos lados de un acceso principal en el frontis septentrional. La alusión a la muerte es clara y enfatizada aún por el sol que ilumina sus fachadas en una secuencia: «nace» en el Oriente y «muere» en el Occidente (el mar), los persona-jes completos nacen en el cerro (oscuro), «crecen» y se completan en el norte, iluminado durante todo el día. Lo completo y lo incompleto se complementan lo cual se expresa en una serie de principios, en los cuales la cabeza juega un papel principal. En los personajes que se ubican en los costados del acceso principal se ilustra y se concentra el principio elemental; el oriental se ve «rearmado» en todas sus articulaciones como suma de las partes corporales, mientras que del ombligo del oriental salen dos cordones gigantescos que lo «parten» en dos mitades verticales como suma de los cordones que salen de las partes aisladas del cuerpo. El líquido (probablemente la sangre) del interior se complementa con lo sólido exterior (para una discusión más detallada, cf. Kaulicke 1995). Este concepto, expresado en un lenguaje corporal, refleja ideas concretas y relativamente complejas al final del Arcaico las cuales deberían aclararse en el Formativo.
2. El Periodo Formativo
Esta complejidad esperada se confronta con los conocidos problemas de la destrucción generalizada, particularmente en la Costa Norte, cierto desinterés de los arqueólogos en la exca-vación de estos contextos y reticencia en la publicación de los datos. A raíz de ello se presenta un panorama oscuro sólo parcialmente iluminado por detalles incompletos (para una revisión gene-ral cf. Kaulicke 1994: 333-367). Grandes áreas carecen completamente de datos, lo cual vale para la sierra en particular, y para muchos valles costeños. Parece, sin embargo, que se puede diferenciar entre complejos funerarios dentro y fuera del asentamiento. Los primeros no consti-tuyen complejos (cementerios) por lo cual hacen pensar en funciones específicas.
Un grupo importante es aquel de los contextos dedicatorios normalmente asociados a arquitectura no doméstica . Uno de los más tempranos (quizá aún en el Arcaico Final), es una mujer sacrificada asociada «a una concha caracol, un pañito recamado con laminillas de turquesa y un mortero provisto de su respectivo pisón» (Tello 1944: 332-333, lám. I1I). Se encuentra den-tro de un pozo en una plataforma delante de una escalera, la que está inhabilitada por una escultura de felino (d. Vega Centeno 1995 : figs. 27-29,26,27,29,39,40). Morteros de este tipo, lamen-tablemente todos sin contexto conocido, parecen concentrarse en la costa norcentral (Casma a Jequetepeque), algunos de ellos con decoración que hacen alusión a la temática de Cerro Sechín (d. Vega Centeno 1995: 114-135, figs. 65-73).
En Jequetepeque, Tellenbach (1986: 272-274, láms. 86, 130-132) excavó varios contex-tos funerarios en una de las dos construcciones monumentales de Montegrande (Formativo Tem-prano) que señalan el final de la ocupación. «Torres funerarias» o construcciones circulares visualmente señalan el abandono, pero lamentablemente están destruidas en su totalidad (cf. Ravines 1982: 171-176). Seki (este volumen) halló varias estructuras asociadas a arquitectura, probable-mente relacionadas con la ocupación final. Este trabajo es importante porque sugiere que lo que parecía ser uno de los más de 50 cementerios atribuidos al Formativo en el valle por Alva (1986) no solamente es producto de una serie de ocupaciones sino que éstas se relacionan directa o indirectamente con la arquitectura.
Durante el Formativo Medio hay otros casos. En Ñanañique, Chulucanas, Dpto. Piura, Guffroy (Guffroy y Baraybar 1994) excava restos óseos humanos, muchos de ellos quemados y asociados a fogones con restos alimenticios. Se hallan en estado bastante incompleto, algunos junto a objetos de cerámica o conchas marinas, tratándose en su mayoría de adultos de ambos sexos. Por regla se ubican en contextos que indican el inicio de construcciones y probablemente reflejan rituales en los cuales se queman individuos o sus restos y animales aunque las frecuentes fracturas intencionales no excluyen prácticas antropófagas. Burger y Salazar-Burger (1980: 31) excavaron un depósito con carbón, hueso tallado, antara de cerámica y un fragmento de cráneo humano, por encima de otro con huesos humanos triturados. En Chavín, Burger (1984: 31-32) encontró otro depósito en una plataforma con cuatro cráneos humanos, una botella, un plato y fragmento de otra botella en diferentes estilos cerámicos de la Costa Norte y de Kotosh (Huánuco). Los cráneos pertenecen a dos hombres, una mujer y un niño.
Otro depósito ritual, el más importante de todo el Form,ativo, se ubica en la Galería de las Ofrendas, en una plataforma que incluye una plaza circular hundida del Templo Antiguo de Chavín. Juntamente con una impresionante cantidad de cerámica, objetos lítico y óseos, se encontraron huesos fragmentados y frecuentemente calcinados de animales (sobre todo camélidos) y huma-nos (un total de 3.520 fragmentos). Estos últimos son bastante incompletos, predominan huesos de la mano, tórax y pies y pertenecen a unos cinco indiviQuos de ambos sexos (tres adultos, jóve-nes y niños) (Lumbreras 1993, Baraybar 1993). Finalmente conviene citar a Tello (1960: 84, 88) quien descubrió en 1934 un «filón conteniendo restos humanos y de llama o venado junto con fragmentos de cerámica negra y roja» debajo del Edificio E del Complejo monumental de Chavín, lo cual puede indicar ritos anteriores a la construcción.
En Kotosh (periodo Kotosh, Formativo Medio temprano), tres individuos sin cráneo fue-ron enterrados debajO del piso de una estructura ceremonial mientras que existe un cráneo aisla-do en una cista (sitio Shillacoto) (Izumi y Terada 1972: 308).
En la Costa Central, Burger excavó contextos en el relleno entre el Templo Medio y Tardío de Cardal, valle de Lurín, Dpto. Lima, con fosas de individuos de diferentes edades y obje-tos asociados . Otros más al sur, como los de Huaca Grande en Omas (Engel 1987: 90, fig. lB 4c-e), aparentemente corresponden a tres fases de construcción y más al sur, en Palpa, Dpto. lea, Mejía (1972) describe cadáveres humanos descuartizados y un cráneo envuelto en hojas de caña así como cabezas-trofeo en estructuras de Mollake (posiblemente Formativo Medio). En Hacha, valle de Acarí, también existen individuos sin cráneo (de mujer cubierto de un manto) y grupos de cráneos aislados (Riddell y Valdez 1988: 9-10).
Finalmente en el Formativo Tardío, las estructuras funerarias en contextos arquitectóni-cos adquieren un status nuevo ya que contienen individuos flexionados sentados en vez de echa-dos, frecuentemente dotados de indumentaria extraordinariamente rica. Onuki (1995, este volu-men) ha ubicado seis pozos con cámara lateral en Kuntur Wasi, Dpto. Cajamarca, que reflejan fielmente las estructuras ubicadas por Larco en Chicama (Larco 1941, fig. 5). Onuki sostiene la hipótesis interesante de que se trata de un patrón de plataforma (funeraria) con patio delantero frecuentemente asociado al inicio de un canal. Aparecen en grupos de a dos (en un caso dos «parejas») o aislados. El tratamiento muy particular de la cabeza, las coronas delante de las caras, orejeras, pendientes y narigueras de oro y hasta collares de piedras formando un gorro (B-Tm 1), todo cubierto con abundante pigmento de cinabrio, señala la importancia destacada de esta parte del cuerpo, reafirmando en cierto sentido la importancia de los cráneos aislados. La profusa de-coración de estas piezas áureas y su cantidad también parecen marcar diferencias significativas que podrían reflejar status definido y diferenciado. Si bien en su mayoría son adultos masculinos de avanzada edad, existe el caso de una mujer cuyo tratamiento parece obedecer a reglas birituales (inversión de orientación, uso de Spondylus en vez de Strombus, piedras semi preciosas y esca-sez de objetos de oro). Este tipo de contexto se prolonga a la fase siguiente, Copa, que es la última de la ocupación del sitio en su función de centro ceremonial. Los dos contextos conoci-dos hasta ahora no bastan aún para definir bien diferencias o continuidades con los anteriores.
Otro tipo de contextos del mismo sitio, aparentemente exclusivos para niños, está en relación a los canales que parecen tener significado ritual particular durante las fases Kuntur Wasi y Copa (Onuki, comunicación personal). Las plataformas funerarias de Kuntur Wasi proba-blemente también existen en Piura (Macanche) y Lambayeque (Chongoyape) aunque no cuentan con documentación precisa por tratarse de contextos saqueados.
Shady (1983) describe contextos funerarios asociados a otro centro ceremonial algo más al norte, Pacopampa. En algunos casos son individuos incompletos y calcinados, todos impregna-dos de pigmento rojo, delante de la plataforma superior.
En otro centro de la sierra surcentral, Wichqana, Opto. Ayacucho, en el piso delante del paramento frontal de la plataforma del edificio principal, se ubica una serie de hoyos circulares, cada uno con un cráneo orientado hacia la plataforma que muestran evidencias de haberse separa-do del tronco con implementos cortantes (Lumbreras 1975: 63-64). Estos ejemplos bastarán para demostrar las características principales de contextos funerarios relacionados con la arqui-tectura. El problema de los cementerios es más difícil por la ausencia de documentación detalla-da. Como queda demostrado por Seki (este volumen) su relación con arquitectura no se excluye de ninguna manera. Elera excavó algunos contextos en el éxtenso complejo funerario de Morro Eten, Opto. Lambayeque, lamentablemente muy disturbado. Parecen existir reglas de orientación W-E con el cráneo hacia el Oeste, el mar, posición extendida dorsal y cobertura de esteras con objetos asociados diversos como cerámica decorada, espátulas óseas, conchas con pigmento, espejo de antracita, objetos de oro y pigmentación con hematita. Un camino elevado y recto que va hacia el mar y el contorno geográfico anima al autor a comparar el nacimiento del Sol en el cerro y su muerte en el mar cuando tiñe de rojo la superficie de rocas oxidadas con los contextos funerarios y conceptos relacionados (cf. abajo Cerro Sechín) (Elera 1986). Un individuo adulto masculino probablemente asociado a dos niños con orientación compartida se interpreta como chamán por el carácter de sus objetos asociados (Elera 1994a). Otro complejo funerario en el litoral es Puémape, cerca de la desembocadura del río seco Cupisnique al sur del Jequetepeque, estudiado por el mismo autor (Elera y Pinilla 1992, Elera 1994b: 238-244) a los que se suman otros como Supe, Ancón, Karwas y probablemente muchos más, lamentablemente muy poco co-nocidos por ausencia o escasez de documentación precisa, lo cual no impide preveer la existencia de reglas de orientación, posición y tratamiento del individuo, etc.
Otra fuente de información son las representaciones figurativas que tienden a multipli-carse desde el Formativo Medio. Un tema principal es la cabeza, normalmente en perfil con y sin rasgos felínicos (presencia de colmillos). Aparece aisladamente o en grupos, pero también en articulaciones de seres míticos (v. g. Obelisco Te 110 ), grupos en sacos llevados por otro per-sonaje mítico que lleva otro agarrándola por los cabellos (Limoncarro, valle de Jequetepeque), en forma de cabezas-clavas en la arquitectura (Chavín de Huántar) o en combinación híbrida con cuerpos antropo o zoomorfos (cf. Salazar Burger y Burger 1984, Alva 1986, Larco 1941, Kaulicke 1994: 442-446). Estas relaciones le confieren un poder transformador: se convierte de humano en «monstruo», de felino a ave, pez o serpiente y de su boca, fosas nasales, apéndice supranasal brotan plantas (v. g. Obelisco Tello, cf. cabezas de Cerro Sechín. Un ceramio extraordinario de Cayaltí, Zaña (Elera 1994b, figs. 2-5) presenta un personaje antropomorfo en actitud de autodegollarse. Tello (1918, 1923) probablemente es el primero en relacionar este concepto con cabezas-trofeo y su transformación después de la muerte (cf. Kaulicke 1994: 442-446). Pero este término cabeza-trofeo es un préstamo de la etnografía moderna y se refiere a una práctica común entre muchos horticultores del mundo como en Melanesia (v. g. Zegwaard 1967, Helfrich 1996: 161-177) y la Amazonia (v. g. Murphy 1958, Zerries 1980: 175-209, Taylor 1985, cf. Chaumeil, este volumen). Implica la muerte violenta de un miembro de otro grupo cuya cabeza sirve para rituales de iniciaciones con connotación de fertilidad, mientras que el cuerpo está consumido con frecuencia. Esta relación entre adquisición de cabeza- canibalismo- conflicto institucionalizado y ritualizado podría reflejarse en algunos de los casos descritos del Formativo lo cual implicaría que las víctimas no pertenecen al mismo grupo. Pero la etnografía también enseña que el culto de la cabeza y el canibalismo tienen dos facetas: una practicada en el interior del grupo (endo-) y otro en relación con otros (exo-). Frecuentemente se practican ambos aspec-tos en la misma sociedad lo cual lleva a conceptos opuestos pero complementarios. El manejo de reliquias, no necesariamente el cráneo, establece un vínculo entre vivos y muertos, estos últimos convertidos en ancestros. Si conceptos semejantes pudieron existir desde el Arcaico Medio, parece que a partir del Formativo Tardío el concepto del ancestro se cristaliza en personajes divinizados que desde el interior de espacios construidos manejan el control del agua, antes bajo el poder exclusivo de seres míticos presentados v. g. en el Lanzón y el Obelisco Tello de Chavín de Huántar (cf. Kaulicke 1994: 454-476). Bajo diferentes formas, este concepto perpetúa la convicción de que la vida requiere de la muerte y su transformación hacia su regeneración y renovación depende de un complejo aparato ritual para el cual no solamente existen reglas para el tratamiento funera-rio en casos de una muerte natural sino esta muerte es socialmente reglamentada. Ancestros son hombres y quizá mujeres que antes del deceso han terminado un proceso de preparación para su ancestralidad, en parte por la edad que ostentan; mientras que otro grupo, los niños siguen desem-peñando papeles relacionados con la regeneración quizá por encontrarse al otro extremo entre vida y muerte cf. arriba Chinchorro). Durante el Arcaico, como durante el Formativo, la muerte se nos presenta en una complejidad asombrosa, probablemente muy simplificada aún por la infor-mación tan incompleta. Es indudablemente una preocupación central de las sociedades existentes en este lapso tan largo, el cual no solamente trata de resolver el problema de la muerte individual y social sino que involucra su mundo; la arquitectura y el paisaje c~ltural se renuevan cíclicamente como se renueva la sociedad. Otro ciclo fundamental, el del agua, se controla mediante ancestros y sacrificios y su funcionamiento depende de fuerzas supranaturales que igualmente requieren ser controladas para el bien de la sociedad. Es por ello poco sórprendente que las representacio-nes figurativas se concentren en objetos ritual izados y espacios sagrados, en los que se reitera constantemente este tema central, en numerosas variantes. Si se ha tratado los periodos Arcaico y Formativo algo exhaustivamente, tiene su justificación por constituir la base para la compren-sión de los periodos siguientes, para los cuales bastarán algunas consideraciones generales si-guiendo las mismas pautas. Por razones de espacio no se puede realizar un tratamiento detallado.
3. Periodo Intermedio Temprano (Desarrollos Regionales)
Este periodo se conoce bajo diferentes términos que tienen en común que su base factual está formada por miles de piezas provenientes de saqueos de contextos funerarios indocumentados ya que varios de los estilos o culturas gozan de la preferencia de los coleccionistas y del público en general como Moche o Mochica, Nazca, yicús o Recuay. Es por ello que se ha generado una extensa literatura basada en criterios histórico-culturales e iconográficos ante un desconoci-miento casi completo de los contextos originales. Esta situación ha cambiado drásticamente en cuanto a la cultura Mochica. Desde los hallazgos de Uhle (1913a) en la Huaca de la Luna, los contextos excavados por Strong (Strong y Evans 1952) en Virú y algunos descritos por Donnan y Mackey (1978), los últimos diez años han producido una cantidad enorme de datos y de contextos que han revolucionado la visión de esta cultura, particularmente en cuanto al aspecto funerario. Esta enorme cantidad, mucho de ella aún no convenientemente presentada, prohibe una síntesis detallada, por lo cual sólo se presentan algunos aspectos.
La mayoría de los contextos se asocian a la arquitectura. La arquitectura monumental aparentemente obedece a sistemas de renovación cíclica en la cual aparecen contextos funerarios (cf. Huaca de la Luna, Uceda et al. 1994: 276; Uceda 1997b) en rellenos de los estadios interme-dios. En el caso de Sipán (Alva 1994, Alva y Donnan 1993), se trata de plataformas funerarias superpuestas. Estos diferentes edificios sirven de receptáculo para contextos funerarios extraor-dinarios. Probablemente cada uno presenta un complejo funerario con un contexto central y principal y otros dependientes algo menores, a los cuales se suman repositorios de cerámica, metal, camélidos y hombres. Cada contexto en si es complejo ya que es un arreglo que involucra objetos en diferentes niveles encima (y a veces debajo) del individuo, otros aparecen en grupos dentro de nichos o se asocian a acompañantes dentro de una especie de dramaturgia complicada. Gracias a esta superposición se reconocen las variantes diacrónicas. Entre el primer personaje importante del edificio que inicia la serie hasta el último también documentado existen paralelos en v. g. ¿estandartes? (cf. Alva y Donnan 1993, figs. 206 Y 62), sonajeras (ibid., figs. 228 y 121), pro-tectores coxales (ibid., figs. 230 Y 122), collares (ibid., figs. 213 y 95) y nariguera (ibid., figs . 220 y 75) a lo que se suma un tercer contexto, lamentablemente saqueado (antepenúltimo) (ibid. , figs. 23-31, 33, 35, 45, 46) lo cual establece una secuencia probablemente corta que podría re-flejar la genealogía de una alta élite estructurada . Los motivos presentes en los objetos se centran en algunos personajes, en particular el llamado «degolladof», que lleva una cabeza humana corta-da en su mano izquierda; numerosos ceramios de prisioneros que aparentemente esperan su turno en los nichos para ser despachados por manos del individuo principal convertido en ancestro. Miembros cortados y personas dentro y fuera (repositorios) del contexto indican que no se trata solamente de alegorías. Sacrificios en gran escala se han documentado en la Huaca de la Luna (Bourget 1997). En Vicús se registraron restos óseos de niños de corta edad en vasijas dentro de hoyos sellados por ceniza, cerámica rota y huesos quemados de animales como inicio de la reno-vación de una estructura (Kaulicke 1991).
Gracias a un número importante de contextos se reconoce que existen varios tipos de estructuras como fosas sencillas, cámaras rectangulares sencillas y complejas y pozos con cáma-ra lateral (cf. Donnan 1995). Desde Piura hasta Moche prevalece la orientación N-S (cabeza en el sur) en posición extendida dorsal dentro de la cual hay variantes probablemente significativas lo que vale también para la orientación (cf. Kaulicke 1992); desde Virú hacia el sur podrían existir otras variantes (E-O).
Un aspecto algo inesperado es la frecuencia de alteraciones en la conexión anatómica del esqueleto y la presencia de partes de otros individuos (Uhl.e 1913a; Donnan y Mackey 1978, Ubbelohde-Doering 1983; Hecker y Hecker 1984, 1990, 1992; Verano 1997; Nelson y Castillo, este volumen) lo cual implica que las muertes físicas de los individuos en un solo contexto no coinciden, sino se extienden sobre un tiempo relativamente Íargo conectado con el ritual funera-rio. Por otro lado, parece indicar la presencia de reliquias probablemente retiradas de otros con-textos anteriores o aún guardadas paro este fin. Todo ello refleja una cohesión social en una especie de memoria «materializada».
Cabe anotar que existe una tendencia a considerar a los contextos, particularmente los más complejos, como una especie de «ilustración» de estudios iconográficos en el sentido de ·reconocer personajes de los cuales de presume que sus roles están transferidos a los individuos reales (Alva y Donnan 1993; Donnan y Castillo 1992, 1994; Castillo 1996; Mogrovejo 1995; Uceda 1997b). Esta argumentación algo directa y circular convendría más después de un análisis exhaustivo de los contextos y sus recurrencias relevantes. Lo mismo vale para la reconstrución «social» en jerarquías de complejidad de los contextos. Sería preferible establecer criterios ar-queológicos de lo que sería en el caso específico «clase media», «realeza», «guerreros-sacerdotes», etc., sin olvidarse de variantes diacrónicas y síncronicas.
Un último aspecto de gran relevancia es la enorme cantidad de piezas con representacio-nes figurativas tanto modeladas como pintadas, incisas, etc. en una multitud de soportes como cerámica, metal, tejidos, huesos, concha, madera y hasta en forma de tatuajes sobre piel humana (Pacatnamú Elb, Ubbelohde Doehring 1983: 84-85). Si bien la mayoría de éstas carece de con-textos y proveniencia confiable, se puede asumir con cierta seguridad que la gran mayoría fue extraída de contextos funerarios, en cierta manera debido a su ausencia o escasez en otro tipo de contextos. Existe un nutrido conjunto de trabajos que se ocupan de su estudio (cf. bibliografías en Arsenault 1994; Uceda y Mujica 1994: 501-547; en particular Hocquenghem 1987; Donnan y Clelland 1979; Bourget 1995). Su probable o asegurada proveniencia y la presencia frecuente de representaciones explícitamente relacionadas con la muerte hace preguntar si no se trata de la mayoría o quizá la totalidad del corpus iconográfico que gira alrededor de este mismo tema i.e. los ritos funerarios antes, durante y después de la muerte física, su enterramiento y, en particular, la transformación del muerto en ancestro, lo cual hace partícipes a un gran número de seres míticos.
Temas como «el mundo al revés», «transportes», luchas, actividades entre vivos y muertos, inclu-yendo las prácticas sexuales (cf. vasijas con el tema en MXIl , Ubbelohde Doering 1983, figs. 52,1) sin mayor esfuerzo entran en el tema; los sacrificios humanos (cf. Sipán) comprobadamente forman parte del ritual funerario. También se justifica la presencia de animales nocturnos, migratorios, necrófagos o aquellos que suelen mudar de piel como indicadores de muerte, ferti-lidad y regeneración. Pese a ello no existe aún un esfuerzo sintético que ordene esta rica infor-mación en su probable secuencia ritual y esotérico-escatológica con ello poder acercarse más al concepto de la muerte que tanto preocupaba a las sociedades Mochica. Además de ello es eviden-te que este tipo de análisis debería contrastarse con los contextos funerarios documentados, en particular los más complejos los cuales suelen proveer más información correspondiente.
Pero información de este tipo no sólo caracteriza la Costa Norte, sino vale también para la Costa Sur, donde existe la gran «contraparte» iconográfica al Mochica, el igualmente o aún más cuaittioso corpus iconográfico Nasca, a lo cual se suman los famosos tejidos de lo~ fardos de Paracas. Estos últimos constituyen un grupo significativo, el cual, sin embargo, no fue estudiado apropiadamente, en particular en lo que concierne al individuo, su tratamiento, posición, sexo y edad y los objetos asociados fuera de los tejidos. Estos últimos forman varios capas de envoltorios de telas burdas intercaladas con series de telas finamente bordadas, lo cual podría corresponder a una secuencia ritual prolongada y, por tanto, su temática de enormes cantidades de figuras podría relacionarse con el proceso de la regeneración o transformación paulatina (cf. Tello 1959; Tello y Mejía 1979; Dwyer y Dwyer 1975; Paul 1990, 1991). Sin poder entrar en detalle, resalta la relación entre plantas, su crecimiento y seres míticos, así como animales específicos (entre to-dos ellos destacan collares que pueden reemplazar al individuo) y multitud de cabezas-trofeo tambien relacionadas con seres míticos, aparentemente personas muertas. Esta proliferación de imágenes, pese a sus diferencias representacionales comparado con los Mochica invitan a com-paraciones, búsqueda de paralelos y a indagar más en el mismo problema presentado en forma algo diferente, pero igualmente fascinante.
Pese a muchos contextos funerarios excavados de la «cultura» del estilo Nasca, la docu-mentación es tan pobre que contrasta desfavorablemente con lo Mochica lo cual podría llevar a conclusiones apresuradas. El hecho de que no exista información de contextos complejos no implica que tales contextos no existan. Aparentemente el sido La Muña, en el valle de Palpa, Opto. lea, contiene contextos monumentales quizá en una especie de pataformas funerarias, pero este complejo como tantos otros ha sido intensamente destruido y no ha merecido estudio cien-tífico aún.
Las cabezas-trofeo, tan frecuentes en la iconografía, también existen in natura, algunas veces en contentos funerarios (Tello 1918; Proulx 1971; Neira y Coelho 1972-3; Baraybar 1987; Silverman 1993: 213-226; Browne et al. 1993).
Aún menos conocida resulta la cultura Recuay pese a la espectacularidad de sus restos arqueológicos. En Pashash, Grieder (1978) excavó una construcción, llamada «templo funerario» por el autor, en cuyos compartimientos interiores existen restos de individuos humanos y unas cámaras debajo del piso con gran número de objetos. Pese a la existencia de un individuo en posición extendida no parece tratarse de un contexto claramente funerario sino de varios reposi-torios y complejos, probablemente contiguos a un contexto funerario principal (para prácticas funerarias cf. Tello 1942: 661-668) .
El arte lítico bastante desarrollado incluye estatuas antropomorfas sentadas que posiblemen-te presentan individuos muertos ( fardos funerarios), asociadas frecuentemente a cabezas-trofeo (cf. Tello 1929, figs. 40-45, 1942: 658-661). Pese a que se ignore su proveniencia no es de excluir que se trata de estatuas funerarias que parecen existir para la cultura Nasca también.
La extraordinaria cerámica Recuay, frecuentemente figurativa, escultórica y pictórica, presenta muchas escenas que se comparan con las de la cerámica Mochica. Carrión Cachot (1955: 67-73) interpreta un grupo de piezas, caracterizadas como paccha por ella y relacionadas con el culto del agua. Se aprecian bailes, procesiones, duelo, aves necrófagas con el cadáver y unión sexual, en las cuales se reconoce temas relacionados con la muerte compartidos con aquellos de Mochica y Nasca. En todos ellos también hay cierto afán de representar escenografías sea por arreglo de varias piezas en un contexto sea por las escenas en una sola pieza (para Nasca, cf. Tello 1931). Tello (1942: 673-676) presenta una interpretación bastante original de la cerámica Recuay que “conduce al investigador a suponer que es la sangre o lo babeza do la víctima sacrificada, la que por algún proceso mágico, se encarna en el molusco» como «dragones conchados» .. . «sím-bolos y agentes de los poderes de la Naturaleza que controlan al mundo animal y humano” (ibid).
Esta relación con el agua es muy específica en los ejemplos presentados por Carrión Cachot que incluyen representaciones del fardo cuyo pene está convertido en paccha (cf. relación canal/ plataforma funeraria o documentos del siglo XVI d. Kaulicke 1998).
4. Horizonte Medio
Para este periodo predomina la interpretación política, la necesidad arqueológica de com-probar la hipótesis de un megaestado con su capital en Wari,cerca de la ciudad de Ayacucho, capital del departamento del mismo nombre.
Tello trabajó ahí como primer arqueólogo en 1942 (d. Carrión Cachot 1948, Fig. 7) donde descubre «mausoleos megalíticos construídos con grandes losas en roca volcánica en Wari Wakaurara», sin publicar sus resultados. Benavides (1984, 1991) estudia estas cámaras en el sec-tor Cheqo Wasi donde ubica una serie de ellas dentro de edificios mayores tanto rectangulares como circulares en las cuales fueron enterrados más de cien individuos frecuentemente cubier-tos de pigmento rojo, probablemente cinabrio, muchas veces en grupos como cráneos con huesos largos . Por su construcción espacial y la cantidad de objetos encontrados a pesar de la destruc-ción generalizada junto con la cantidad de individuos, hacen pensar en lugares para individuos de alto rango. También en otros sectores como Moraduchayoc aparecen cráneos con tupus de cobre debajo de los pisos y repositorios de objetos de lujo en un conjunto arquitectónico interpretado como residencias de la alta elite (Brewster-Wray 1983: 126-127) y en 17 cavidades de una mura-lla además de otros en nichos del sector Vegachayoq Moqo (Bragayrac 1991).
En el área de Cuzco, McEowan (1991) excava cráneo~ debajo de un piso en Pikillacta, pero la evidencia más precisa está presentada detalladamente por Zapata (este volumen) en la cima del cerro Batan Urqu que es un complejo funerario con contextos funerarios de diferentes tipos en cuyo centro se ubica el contexto principal lamentáblemente saqueado. Como en Wari, parece tratarse de varios eventos estratigráficamente discernibles en los cuales se sacrificaron y quemaron muchos camélidos, otros alimentos y problemente también seres humanos. Aparente-mente presenta un complejo dedicado a un personaje de alto rango.
En Cerro de los Corrales, Huamachuco, Topic (1991: 155) describe un posible mausoleo muy huaqueado. A juzgar por su reconstrucción (ibid., fig. 7) se trata de una construcción grande y compleja.
En la Costa Norte existen cámaras grandes en San José de Moro que siguen la tradición Mochica (Donnan y Castillo 1992,1994, Castillo 1996). Después del ocaso del Mochica Tardío se establece la cultura Lambayeque o Sicán, famosa por las grandes cantidades de piezas de oro saqueadas de contextos funerarios suntuosos de La Poma, Batán Grande, en Lambayeque. Shimada (1995) excavó unos 20 contextos funerarios diferentes junto con sacrificios de mujeres relacio-nados con la construcción de arquitectura monumental (d. Higueras 1987). Un contexto de la alta élite fue registrado entre 1991 y 1992. Se trata de un pozo cuadrangular de 12 metros de profundidad. El personaje principal estaba acompañado de cuatro individuos femeninos rodeado de aproximadl!mente 1,2 toneladas de objetos asociados en diferentes niveles con siete nichos al fondo del pozo. Shimada (ibid.: 70) ve «todo el proceso de este entierro como una operación coreográfica perfectamente montada que tomó bastante tiempo». Por primera vez se puede apre-ciar la gran complejidad y la enorme cantidad de objetos que caracterizan contextos de este tipo.
Un segundo contexto, también intacto, fue excavado en 1995 (Shimada 1995/6: 23-27); como el primero en el ángulo de la Plataforma Norte y el cuerpo principal de la Huaca Loro, tratándose de su contraparte occidental. Tiene un pozo rectangular (10 por 6 metros) de 15 me-tros de profundidad y consiste de dos cámaras. La superior tiene dos filas de seis pozos rectangu-lares, todos con 18 mujeres jóvenes en posición sentada, pero con huesos faltantes o desarticula-dos (d. Mochica). Telas grandes pintadas y con armazón de carrizo cubren los pozos. ‘ En nichos hay otras mujeres jóvenes en posición sentada juntas con tela, cerámica, pescado y pigmentos. En la cámara central se ubica el individuo principal sentado y cubierto en buena parte por cinabrio. Su cara está detrás de una máscara, lleva una corona, tocado elaborado y varios pectorales de piedra semipreciosa, Spondylus y guantes. Está rodeado entre otros objetos con nueve cráneos y 82 conjuntos de huesos largos de camélidos y ceramios. En dos nichos hay otros dos individuos femeninos.
En la Costa Central el interés en contextos funerarios data del siglo pasado, lo cual, en el caso de Ancón , permite intentar una síntesis pese a lo incompleto de la documentación (Kaulicke 1997). De esta manera se distingue tres fases claras con diferencias marcadas en las estructuras funerarias ; posición extendida ventral (orientación regular con diferencia biritual seguida por flex ionados sentados con individuos (normalmente niños) suplementarios y luego contextos múl-tiples de flexionados sentados. Particularmente interesante es la probabilidad que forma y cabeza postiza de los fardos antropomorfos no solamente cambian claramente en el tiempo sino parecen exhibir diferencias entre sitios . Probablemente se trata de una transformación del individuo en un ancestro depersonalizado, ya que el individuo desaparece debajo de las envolturas, Además de ello se invierte la orientación de sur al norte. Todo ello indica que existen reglas funerarias esta-blecidas aunque su disposición en áreas mayores no se entiende por ausencia de documentación correspondiente. Ya que ésta, en el caso de Ancón, se encuentra en los cuadernos de campo origi-nales que se conservan en el Museo de Antropología, Arqueología e Historia de Lima se inició un programa para recuperar esta documentación y editarla (cf. Segura, este volumen).
Para el valle de Supe, más hacia el norte, se rescataron algunos datos, importantes por la ausencia generalizada de información (cf. Cárdenas y Hudtwalcker, este volumen); los trabajos de Uhle en Chimu Cápac lamentablemente han sido tratados incompletamente (cf. Menzel 1977).
De esta zona proviene una cerámica con motivos estampados que fue analizada detallada-mente por Carrión Cachot (1959). Las representaciones se dejan agrupar en escenas (normal-mente hay dos para cada vasija) que se inician con un ser con todas las caraterísticas de un fardo funerario con cabeza postiza que se encuentra en el centro de una gigantesca serpiente enrollada
rodeada por seres fantásticos. En el reverso está figurando en una unión sexual (ibid., fig . 5). Hay escenas de sacrificio, luchas y una conversión de seres en plan~as. Estas versiones, probablemen-
te relacionadas con conceptos escatológicos tambien existen en telas, según Uhle en contacto con los fardos y en tabletas o «estandartes» en Ancón y otros sitios. Todo este importante mate-rial tampoco ha sido publicado fuera de excepciones a modo de «ilustraciones».
Periodo Intermedio TardíoyHorizonte Tardío
Resulta algo difícil resumir estos periodos ya que existe una desproporción marcada entre la literatura entre los siglos XVI y XIX Y lo que fue proporcionado durante este siglo por parte de los arqueólogos. Esto hace que la historiografía predomina claramente sobre la arqueo-logía. No es posible hacer una síntesis de los contextos funerarios incaicos, lo cual no depende de la ausencia de trabajos arqueológicos pertinentes sino por la documentación deficiente o au-sente. La documentación de la arquitectura funeraria ciertamente es más rica en lo que concierne el tiempo anterior a nuestro siglo y es precisamente esta arquitectura la que muestra una diversi-ficación enorme que se origina en el Horizonte Medio o antes. Fuera de las imprecisamente ca-racterizadas chullpas que aún se conservan bien en algunos casos (cf. Gisbert 1994) existen cons-trucciones complejas como las ciudadelas de Chan Chan que contienen formalmente una plata-forma funeraria grande con filas de pozos que aún contienen restos de mujeres jóvenes y objetos asociados; el contexto principal evidentemente está saqueado (cf. Ravines 1980: 211-242) . Cabe preguntarse si estos «palacios o ciudadelas» no sirvieran en buenas parte de sus instalaciones para fines del culto funerario también. Construcciones más modestas pero complejas se registran también para otras zonas (Wurster 1989). Otras áreas se conocen casi exclusivamente a través de los productos de la huaquería. Una de éstas es Chancay, conocida por sus telas finas y su atractiva cerámica. Sólo recientemente se cuenta con información más precisa (Cornejo 1985, Murro et al., este volumen). Sus contextos funerarios presentados preliminarmente en este volumen, mues-tran individuos suplementarios a un individuo principal, sacrificios de llamas y niveles de cerámi-ca y alimentos que paulatinamente llegan a cubrir el fardo . En algunos casos fardos de perros se encuentran encima del fardo. Se sabe por datos etnohistóricos de la zona (Duviols 1976: 47-48) que los perros servían de guías para los muertos, su asociación con contextos funerarios aún data del Formativo y es muy común en la cultura Mochica y Nasca, Recuay y otras. De este modo el mito está figurado en el contexto como parece también haber una especie de “escenografía”, para usar el término de Tello, en el sentido de agrupaciones intencionales de ceramios figurativos.
Este arreglo aún queda más claro con un hallazgo reciente en las excavaciones de la Huaca de la Luna proveniente de contextos huaqueados Chimú (Uceda 1997a). Pese a este saqueo par-cial fue posible recuperar una maqueta entera con 26 personajes in situ y algunas escenas. Clara-mente se trata de ritos relacionados con fardos funerarios ya que están presentes. Como en tantos otros contextos más tempranos y contemporáneos (cf. Chancay) aparecen músicos, chicheros con sus vasijas, fardos con sus envoltorios, cargadores con un elemento ovalado (¿transporte de fardos?), personas con monos, mujeres con niños, llamas y prisioneros . Con razón Uceda (1997) llama la atención a la semejanza con «idolillos» encontrados en contextos arquitectónicos de varios sitios Chimú. La misma arquitectura de la maqueta se deja comparar con la de Chan Chan y otros sitios, lo cual confirma la importancia crucial de estos ritos y el significado predo-minantemente funerario de buena parte de la arquitectura monumental de Chan Chan.
Otro aspecto menos esperado se presenta con algunos objetos en colecciones tempranas como la de Gretzer que contiene mucho material de la Costa Central, entre ello un fardo que no contiene un individuo sino un puma en posición flexionada con brazaletes de oro, lámina de oro en la boca, collares y plumas en forma de manto, tocado, y ornamento de corona en la cola con abundantes semillas de Nectandra (Baessler 1902-1903, cf. Fig. 8). Este tratamiento de animales, en este caso un felino, abren nuevas perspectivas acerca de la relación entre humanos y algunas clases de animales.
Con estos datos se debería volver a mirar la documentacion del siglo XVI concerniente a la importancia de la muerte para los Incas. En la literatura reciente se comienza a aceptar datos que sugieren la relevancia transcendental del culto de los ancestros para los incas (cf. Gose 1993, 1996 a, b; Gélinas 1995; Salomon 1995; Duviols 1978, 1979, 1986; Kaulicke 1998) aunque este aspecto normalmente no aparece en síntesis modernas en las cuales prevalecen aspectos socioeconómicos y políticos (Rostworowski 1988, Pease \992, Silva Santisteban 1994, Silva 1995). Si se compara la lógica de estos conceptos con lo que· se presenta aquí de épocas anterio-res aparecen muchos hacen sospechar que la separación de los incas de su pasado es doble, una hecha por ellos mismos y otra por los cronistas indigenista encabezados por Garcilaso de la Vega. Pero aún por ello resulta artificial y, en el caso que nos concierne, inexistente. La capaccocha, el sacrificio ritual y cíclico de niños está confirmada arqueológicamente tanto en Huanchaco, cerca de Trujillo (Donnan y Foote 1978) como en los hallazgos de niños sacrificados en las alturas de las montañas (cf. Gentile 1996). Sería interesante seguir la interpretación de Uhle (1908) acerca de las rocas esculpidas en los alrededores del Cuzco (cf. Hyslop 1990) como lugares de culto para los «bultos» de los incas y las «intihuatanas» como altares.
CONCLUSIONES
Desde el siglo XVI, pese a dificultades de comprensión por parte de los españoles , queda claro que la muerte desempeñaba un papel fundamental en la sociedad incaica. Al reconocer este hecho y combatirlo violentamente se percibe una cierta semejanza de conceptos ya que para los europeos la muerte igualmente era omnipresente y poderosa. Es por ello evidente que resulta imposible o extremadamente artificial el intento de separar el aspecto funerario de otros de im-portancia social o ideológica . Aún el arte incaico, con sus múltiples estatuas y su mantenimiento de un culto prolongado con la parafernalia ritual correspondiente, estaba embuido de este tema, si bien su aspecto físico ya no nos es asequible.
El cambio de actitud que se inicia en el siglo XVIII aparenta ser más científica y «obje-tiva», niega este rol central de la muerte y toma lo funerario como «curiosidad» o como conve-niente «ilustración» historiográfica ya que los siglos XVI y XVIII eran hostiles a la visualización gráfica de todo lo concerniente al «otro». Las especulaciones acerca de la «atribución étnica» o al «status social» incitadas a raíz de las «divertidas» excavaciones de los restos humanos y sus objetos asociados inician el camino a la «negación de la Muerte» y su reducción a un transfondo pintoresco de relatos de viajeros destinados a un público europeo. La aplicación del aparato analítico de las ciencias naturales y a la evaluación «objetiva» de lo observado en los siglos XVIII y XIX subyacen fundamentalmente a la misma lógica que prevalece en muchos trabajos modernos. La enorme masa de material sin o con proveniencia y contextos conocidos, acumulada sobre todo en los últimos cien años, hacen preguntarse porqué se ha avanzado tan poco en su ordenamiento y comprensión y porqué se insiste tanto en recurrir a explicaciones que no distan mucho de aquellos reiteradas durante los cinco siglos de confrontación con el mundo andino. Una de las razones evidentemente reside en el hecho que no se pretende conocer y otra en que se pretende saber sin haberse confrontado seriamente con el tema. Ambas actitudes persisten en la actualidad aún entre aquellos que se consideran especialistas en el tema, pero evidentemente impiden avances más allá de lo ya supuestamente conocido.
Queda claro, por tanto, que una documentación cuidadosa y su disposición mediante publicaciones que presenten los datos completos, tanto en descripción como ilustración gráfica, constituye el primer paso, por más reducido que sea su aporte. Es conveniente que éstas empleen una terminología y convenciones gráficas compartidas para evitar malentendidos. En este nivel también deberían participar expertos de disciplinas afines, capaces de analizar todo lo que sea posible para aumentar o completar la base de datos disponible al arqueólogo. Sólo con esta base razonablemente completa (v.g. excavación de todo un complejo funerario y su documentación completa) se puede emprender análisis que puedan llevar a resultados precisos bajo la premisa que existen «reglas» tratándose de contextos ritualizados. Estas «reglas» no son obvias sino se «visualizan» solo después del análisis pormenorizado de un gran número de contextos compara-bles. Esta comparabilidad a su vez es precondición de su validez; obviamente resulta inútil en-frentar material que no corresponde ni en tiempo (idealmente la relación debería ser generacional o aún intergeneracional) ni en espacio (idealmente debería tratarse de contextos de un solo com-plejo funerario sin reocupaciones claramente discontínuos). Fechados C14 y seriación estilística sin control cronológico independiente no pueden reemplazar este postulado.
En el esbozo de síntesis quedó evidente que estas «reglas» no se dejan definir adecuada-mente, lo cual no significa que no existan. En los pocos casos para los cuales se dispone de más material éstas se vilumbran claramente (v.g. reglas de orientación para Mochica y Lima).
En primer lugar llama la atención la «visibilidad» de la muerte. En los Andes Centrales el vínculo entre arquitectura (¿ritual?) y contextos funerarios constituye una línea que parece originarse en el Arcaico Medio y sigue hasta la llegada de los europeos. La ciclicidad de las construcciones se asocia claramente a conceptos de muerte y regeneración reservados a miembros muer-tos de la misma sociedad y a su vez refleja conceptos de temporalidad. Las construcciones funerarias, en toda regla, son visibles como referencias en el espacio con ubicaciones y funciones definidas que probablemente cambian con el tiempo. No solamente caracterizan el panorama de la Sierra (como podría concluirse por la lectura de las fuentes tempranas) sino abundan también en la Costa (si bien no en la forma de las visiones fantasiosas de Wiener, cf. Fig. 4b). Esto invalida evidentemente la objeción de un supuesto carácter especial de los contextos funerarios que impide su vinculación con otros tipos de contextos. Al contrario, queda cada vez más clara su presencia y su alta complejidad (a más tardar desde el Formativo Tardío, pero probablemente desde antes) aunque falta aún su vinculación espacial tanto en relación a otros edificios de un sitio o a fenómenos naturales (río, cerro o mar) o sus manifestaciones culturales correspondientes (cana-les, plataformas monumentales).
Otro aspecto fundamental es la transformación tanto física como conceptual del individuo después de la muerte. Desde el Arcaico Medio el cuerpo está sometido a una serie de manipulaciones (momificación artificial, destrucción [¿evidencia de antropofagia?], retiro de partes corporales post-mortem [sobre todo cráneo o cabeza] y más tarde su «transformación» física en ancestros mediante envolturas antropomorfas).
Desde el Arcaico Medio la cabeza o el cráneo adquiere relevancia fundamental sea en forma de reliquias sea como «cabezas-trofeo» obtenidas de los «otros»; sobre todo en el Formativo y el Periodo Intermedio Temprano del Sur. La sangre (¿o reemplazo de cinabrio y polvo de Spondy/us? con su probable connotación con semen yagua) y lo incompleto (cráneo o cabezas, partes externas e internas del cuerpo como parcialización corporal causada por la muerte) son momentos necesarios para asegurar o posibilitar una regeneración (también expresada en el coito) mediante transformación en ancestro antropomorfo, «monstruo» o planta antropomorfa, cf. conceptos del siglo XVII descritos en Salomon 1995).
Los arreglos complejos que ostentan los contextos «ricos» a partir del Periodo Interme-dio Temprano (¿o aún antes?), sin embargo, esconden una información detallada y compleja que debería ser cuidadosamente cotejadá con la información quizá más detallada aún de los abundan-tes ejemplos iconográficos, los cuales parecen esconder visualizaciones del destino del muerto en el más allá, su viaje con las peripecias peligrosas que implica, y su transformación final.
Persisten aparentemente algunos roles como los hombres adultos a seniles (quizá muje-res también en edades correspondientes) que eventualmente adquieren status de ancestros (¿y oráculos como en el tiempo incaico?), adultos jóvenes hombres (preferentemente víctimas sa-crificadas) y mujeres (acompañantes y/o sacrificadas) así como niños (status especial desde el Arcaico Temprano hasta Inca, cf. capacocha).
Finalmente queda claro también que este estudio tiene sus implicancias para una reevaluación de la fuentes etnohistóricas. El concepto de la muerte de los Incas no puede haber sido muy diferente del de aquellos pueblos que les precedieron en el tiempo.
Queda mucho por aclarar, pero ya se vislumbra la gran potencialidad que ofrecería un replantainiento hacia un acercamiento global al problema, menos prejuicioso o presuntuoso y más científico, y últimamente respetuoso, por más trabajoso sea este camino.
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Fotografía del 18 de diciembre de 2019 cedida por la Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lam del complejo arqueológico de Santa Rosa de Pucalá en el departamento de Lambayeque, en el norte de Perú. EFE/Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lambayeque del Ministerio de Cultura
Los vestigios de las distintas civilizaciones que habitaron el Antiguo Perú continúan saliendo a la luz en el norte del país con el hallazgo esta vez de un cementerio de la élite moche y un nuevo templo de la civilización huari, anunció este jueves el Ministerio de Cultura.
Los descubrimientos se realizaron en el completo arqueológico de Santa Rosa de Pucalá, ubicado a pocos kilómetros de la Huaca Rajada, el templo donde en 1987 se encontró al Señor de Sipán, el primer gran gobernante del Antiguo Perú y el soberano más célebre de los moche, comparado con Tutankamón por su fastuosa tumba llena de oro.
En Santa Rosa de Pucalá fueron desenterradas recientemente 24 tumbas de los moche, que habitaron el lugar entre los siglos II y V, pero también un edificio religioso de los huari, el primer gran imperio del Antiguo Perú, predecesor de los incas, que también ocupó el norte del territorio peruano después de los moche.
Precisamente el interés de los arqueólogos peruanos era reunir más evidencias e información de la presencia en la norteña región de Lambayeque de los huari, un pueblo cuyo origen está a unos mil kilómetros al sur, en la actual región andina de Ayacucho.
TEMPLOS GEMELOS
Fotografía del 18 de diciembre de 2019 cedida por la Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lam del complejo arqueológico de Santa Rosa de Pucalá en el departamento de Lambayeque, en el norte de Perú. EFE/Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lambayeque del Ministerio de Cultura
Los investigadores repararon primero en el templo huari, construido con forma de “D” probablemente entre los años 800 y 850, a semejanza de otro con las mismas características descubierto el año pasado en el mismo lugar.
“Esto es importantísimo porque nos habla de una mayor temporalidad de estos elementos”, comentó durante la presentación de los hallazgos el arqueólogo Edgar Bracamonte, director del proyecto de investigación en Santa Rosa de Pucalá.
El especialista indicó que han podido determinar el momento exacto en que llegaron al lugar los primeros inmigrantes de la sierra andina, procedentes de la norteña región de Cajamarca, y el tiempo que coexistieron con los moche.
UN EXTENSO CEMENTERIO
Después sacaron a la luz “un extenso cementerio” donde hay algunas tumbas que son contemporáneas al Señor de Sipán pero con “un patrón distinto”.
“Se trata de una elite diferente, lo que nos habla que no se trata de un solo grupo, sino de grupos diversos. Hay dos tumbas importantísimas. Una tiene una vasija de cerámica y otra un centro de cobre similar al de Sipán, y eso nos indica el rango de estos individuos”, detalló Bracamonte.
NIÑOS SEPULTADOS CON ESCULTURAS
descubren cementerio de la elite moche
Otras tumbas son de niños que fueron sepultados junto a grandes esculturas de cerámica que fueron calificadas por el especialista como “muy interesantes”.
En los últimos días se han encontrado con una gran cámara funeraria construida con adobe y cubierta con vigas, igual que en las tumbas del Señor de Sipán, pero los trabajos en ese recinto están todavía en una fase inicial.
La excavación arqueológica contó con la asesoría del director de Museo Tumbas Reales de Sipán, Walter Alva, célebre por descubrir la sepultura del Señor de Sipán en 1987.
Alva destacó que Santa Rosa de Pucalá presenta una secuencia de ocupación de distintas civilizaciones durante 3.000 años. “Seguimos encontrando mucha información para reconstruir la verdadera historia de Lambayeque”, indicó el reputado arqueólogo.
NUMEROSAS OFRENDAS
descubren cementerio de la elite moche
Los contextos funerarios también contenían vasijas miniatura, huesos de camélido, objetos de hueso tallado, restos vegetales, cántaros, ollas, botellas y objetos metálicos como pinzas, discos, mazas recortadas y dobladas.
Los hallazgos fueron realizados por arqueólogos y estudiantes de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, la Universidad Nacional de Trujillo y la Universidad San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho, con financiación del Museo Tumbas Reales de Sipán, la Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lambayeque y el apoyo logístico de la Empresa Niágara.
La profunda observación, la inteligencia y la lucidez; conocer lo visible, intentar comprender los mecanismos internos, entender que la naturaleza es la energía, la fuerza, la vida en su integral acepción, la tarea de adaptarse, para acompañarla, para acompasarse con ella y las eficientes decisiones, intentan resumir la cosmovisión y la plenitud de una filosofía de vida admirable: la de los ANDINOS.
Los engranajes que lograron mover la rueda de su historia, de nuestra historia, tuvieron un eje el APRENDER y APLICAR el conocimiento adquirido, es un mecanismo de la inteligencia humana que permite administrar, desarrollar y progresar con los recursos que nos han otorgado sumados a los que la naturaleza nos ha prodigado.
Todos los que nacemos en este territorio somos andinos, los que nacimos en la costa, sierra y Amazonía, seamos de la costa, de las cumbres o de la montaña y los llanos; y, de ahí el por que de nuestra memoria colectiva: corre el mismo hilo aunque con sus variantes y viene con el devenir de la historia; y, antes –las culturas del Antiguo Perú- como hasta ahora: somos Andinos.
La Cosmovisión Andina, la forma de los andinos de ver el mundo comprendía la dualidad (arriba – abajo, día – noche, varón – mujer), la tripartición (mundo de las divinidades, mundo del presente, mundo de los ancestros) y la cuatripartición (cuatro puntos cardinales y otros); sustentándose en los Principios Andinos de Reciprocidad (solidaridad), Intercambio (de productos de diversos pisos ecológicos), Redistribución (tributación guardada en depósitos y luego repartida en momentos de crisis) y su eje transversal la RACIONALIDAD (priorizar el Bien Común sobre el interés personal), el trabajo de la Mita (trabajo colectivo para obras comunales, templos, caminos, u otros en beneficio del Estado), la Minka (trabajo colectivo para la comunidad o recíproco, canales de regadío, tierras de cultivo para fines sociales) y el Ayni (reciprocidad familiar). Todo un sistema que les llevó a vivir, sino en tranquilidad en armonía con lo divino, el universo, los seres vivos y los ancestros.
A quien conoce la Cosmovisión y los Principios Andinos NO le queda la menor duda que la “Defensa Civil” estuvo inherente en nuestro ancestral mundo andino. Palabras como PREVENCIÓN, EMERGENCIA, MITIGACIÓN, CONSTRUCCIÓN PARA EL DESARROLLO desconozco si las usaron, pero si estoy segura por las evidencias y los restos dejados, que si las aplicaron y pudieron menguar los momentos de crisis ambientales, fundamentalmente los Eventos del Niño, cuya periodicidad fue más larga en el pasado pero que la conocieron muy bien y legaron a generaciones siguientes el conocimiento, manejo y los principios rectores que lograron disminuir los efectos catastróficos.
Esas evidencias las podemos observar en la ubicación estratégica de sus templos (Huacas), ciudades, de sus cementerios, de sus sistemas hidráulicos, los reservorios –como Mampuesto en Trujillo, La Pichona en Ascope-, del manejo de sus valles ampliando la frontera agrícola y manteniendo un equilibrio ecológico con el cuidado ribereño, el sistema dual de sembrío, los ciclos agrícolas, y los grandes y numerosos depósitos para albergar granos, textiles, y otros –como en el caso de Chan Chan-, para poder dar alimentos y ropa necesaria para momentos de crisis; o, tener siempre tambos cada trecho almacenando alimentos, ropas y sandalias.
El observar a los nobles guerreros Moche, quienes en tiempo de crisis hacían sus luchas duales rituales para dar lo mejor de sí: la vida misma, (nobleza que exigía a no realizar asesinatos rituales de mujeres o niños o personas que no fueran guerreros); ellos se ofrendaban a sus divinidades, porque entendían el verdadero significado del sacrificio: dar lo mejor de sí mismo y eso es la vida en tiempos de crisis; es un encuentro de emociones cuando uno ve los calcos de la disposición final de los cuerpos genuflexos de estos nobles guerreros, los que sólo se pueden ver de lo alto.
Es también notoria la exigencia de la EFICIENCIA de sus profesionales -cuyas obras son tangibles- hubo especialización en el trabajo; y, por supuesto si se está dedicado constantemente a una sola disciplina entonces los aciertos (eficiencia) es mayor y las equivocaciones las menos; en ese pasado hasta hace poco más de 500 años, si algún profesional cometiese negligencia las SANCIONES los esperaban con SEVERIDAD por haber causado la muerte o el sufrimiento a otra u otras personas. Por ejemplo si un Oquetupluc (médico) por cometer negligencia moría su paciente, era atado al cadáver quien yacía bajo tierra y el médico sobre él, totalmente desnudo y expuesto a los embates de la naturaleza hasta que muriese, tal como Antonio de la Calancha exhibe en la Coronica Moralizadora.
Podríamos citar tantos ejemplos de su Racionalidad, el Mampuesto cerca a Trujillo, en inmemorable tiempo fue un reservorio de agua del que partían canales que derivaban el agua hacia las zonas agrícolas, agua que venía de la quebrada de San Ildefonso y cuyos canales han sido tapados y puestos en desuso –como el Wichansao- en “razón” de la ampliación de la ciudad actual y con ello disminuyendo la frontera agrícola y al mismo tiempo ocasionando los desastres que ahora vemos.
La red hidráulica denominada ahora Canal Intervalles, nos muestra que en el pasado el agua no sólo era un bien preciado o temido (según sea el caso), sino que era aprovechado, la naturaleza y los seres humanos juntos y en armonía. Esta red de aproximadamente 112 km traía al valle de Moche agua del río Chicama, hecha después de haber estudiado la gradiente, la mecánica de fluidos, de realizar cálculos matemáticos y en fin controlar las variables adecuadas. Cuando uno recorre esta obra portentosa, una se da cuenta la ética de los ingenieros y cuando un trazo era incorrecto se corregía, así tenemos fragmentos del canal que fueron abandonados porque no habrían realizado los cálculos correctamente, o porque hubiese una falla “estructural”, pero no insistían en usarlo para que no afectase el bien común.
Si bien la perfección no existe, la proximidad al equilibrio o tal vez al “paraíso”, radica en hacer bien lo que elegimos por vocación, y aún si fue coyuntural la disciplina que tuvimos que estudiar debemos preocuparnos en hacer bien nuestro trabajo porque de ello dependerá el bienestar de la comunidad que al mismo tiempo es nuestro bienestar.
Ya no existe la sanción que pasaría un ingeniero, un arquitecto, un Oquetupluc (médico), un LLapchillulli (sastre), un Occhocalo (cocinero), un Niñatingue (copero) y tantos otras profesiones y oficios, no tenemos que pasar por el cepo, los nobles guerreros no tendrán ahora que inmolarse, y no creamos que porque pasó el tiempo o porque nadie nos vio cometer un ilícito, no viene tarde o temprano la justicia, ella siempre llega, pero de todo corazón espero que nuestra conciencia sea la rectora de nuestros actos y que ellos sean hechos con toda la ciencia y la conciencia del que seamos capaces para brindar a la comunidad lo mejor que al fin y al cabo es la que heredarán tus hijos y los míos.
Este es el momento –que en medio del desastre- nos permite empezar con pie derecho a través del trabajo interdisciplinario, y poniendo toda nuestra voluntad y todo nuestro conocimiento al servicio del Estado, entendiendo con claridad que ustedes y quien suscribe somos el Estado, así cobrará sentido el lema: DEFENSA CIVIL, TAREA DE TODOS, PARA EL BIENESTAR DE TODOS.
En el Antiguo Perú siempre tuvimos tecnología de punta, veamos, si ésta es definida como la práctica del conocimiento científico para satisfacer las necesidades; o, los conocimientos adquiridos que permiten fabricar objetos y modificar el entorno; o, toda tecnología de avanzada e innovadora; y, si en la RAE la tecnología es definida como el “conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico”: entonces, en todos los sentidos, siempre tuvimos innovadora tecnología “de punta”.
Perplejos, nos quedamos los estudiantes ganadores del concurso Misión Cupisnique, al escuchar al Dr. Jacques Pelegrin cuando explicó las implicancias de construir la Industria Lítica hace 12 mil años atrás, elaborar una PUNTA DE PROYECTIL era pura TECNOLOGÍA DE PUNTA.
Para lograrlo pasaba por diversos procesos, desde encontrar la materia prima en las mejores canteras de riolita o cuarcita, trasladar el núcleo hacia el Taller, donde el núcleo era percutado y luego de varias horas de trabajo lograr una singular y famosa Punta de Proyectil “Paijanense”, antes de que se incruste entre la piel y el músculo de algún venado cola blanca u otro ser vivo del que luego íbamos a aprovechar absolutamente todo: desde la carne hasta la piel. Él mencionaba cómo después de años de práctica y esfuerzo consiguió en el Taller Experimental hacer una punta de proyectil capaz de alcanzar el logro ancestral y por supuesto no fue nada fácil (si no, eh ahí un reto). (ver también Chauchat 2006, Prehistoria de la costa norte del Perú).
Simultáneamente, la tecnología y las técnicas siguieron siendo de “punta” en cuanto evolucionaron en otros aspectos que tendría como fruto el gran desarrollo de nuestras ancestrales civilizaciones, desde la textilería hasta la metalurgia, desde la cerámica hasta los puentes colgantes, desde la medicina hasta la ingeniería.
Observar la naturaleza e imitar los procesos para aprender de ella y llegar a ser civilizados fue una sola idea, de ahí que la germinación y obtención del copo de algodón, y la siembra horticultora y el uso del algodón pardo nativo del país fue el “hilo de la madeja” para obtener las preciadas prendas, pasando por inventos como el telar y sus variantes, para lograr hermosos mantos, camisetas, faldellines, tocados, gorros u otros primorosos y útiles objetos que llevaron sobre sus cuerpos para aliviarlos de las temperaturas extremas, lucir bellas combinaciones y estar a la moda y a las que se sumaron otros elementos naturales que luego de la domesticación y la aplicación de genética animal en nuestros camélidos, obtuvieron finísima lana especialmente de la vicuña.
La idea de lo útil y lo bello definitivamente siempre fue una constante como veremos otras en el camino del mundo andino.
La genética vegetal aplicada paralelamente al paso de la horticultura a la agricultura también constituyó tecnología innovadora, el trastocar el carácter venenoso de algunas plantas como la yuca y tornarla comestible es un ejemplo de ello; o el mejorar las características de un teocinte de raíz venenosa en un maíz comestible de granos grandes y deliciosos, realmente es una maravilla; así como la diversidad de plantas que donamos al mundo entero como el frijol, la papa, el tomate, la papaya, el cacao, la lúcuma, la palta, entre tantos otros alimentos. Por supuesto que la ampliación de los valles y la frontera agrícola también fue producto de la original ingeniería hidráulica, cuyo sistema de redes de canales y acequias, como si fuera un sistema circulatorio, mantuvo “vivo” todo el terreno que es irrigado por él, fue un ejemplo tangible que aún visualizamos en diversos lugares del país, especialmente memorable en la costa norte que dio lugar a grandes estados, como el Chimú, con sistemas admirables como el canal intervalles saliendo del río Chicama hacia el valle de Moche, o las reservas de la Pichona, en La Libertad, o el sistema hidráulico del Taymi, y el Racarrumi en Lambayeque.
La vida y la matemáticas están imbricadas ineludiblemente, desde la astronomía, el periplo del sol, los ciclos agrícolas, hasta la exactitud del recodo de un canal hidráulico para que la energía y la potencia del agua pueda ser llevada de un valle a otro y distribuida perfectamente por los valles y extender la frontera agrícola; así como, contabilizar hasta el último grano almacenado y poder dejarlo listo y al servicio de la comunidad en todos los momentos especialmente los aciagos de crisis.
Entonces, la contabilidad ya existía? -me preguntó con peculiar agudeza un estudiante-, pues si! espeté, se desconoce exactamente el momento inicial pero sí quedó registrado en las láminas del cronista Felipe Guamán Poma de Ayala, -que desde ya el significado de su nombre es por demás interesante: “Halcón Puma”, tal vez por las características de esos hermosos seres vivos: agudeza, cálculo, exactitud entre otros aspectos-; en una de las láminas de su obra “La Nueva Corónica i Buen Gobierno” muestra al sabio quipucamayoc con la Yupana (nuestra calculadora andina) y el Quipu (registro minucioso), pues aquí en el mundo andino, la matemática se usó especialmente en tener contabilizado y calculado todo, y la muy importante tarea de “archivar” la historia ancestral para el aprendizaje y beneficio de las siguientes generaciones, y es que el orden natural lleva a que la ciencia esté al servicio de la humanidad y eso se refleja en la cosmovisión andina.
En relación a la metalurgia, los Chimú la tuvieron como uno de sus destacados conocimientos, tan es así que la técnica insondable de la tumbaga es decir el uso de 90 % de cobre y 10 % de oro, logrando aflorar externamente este último noble metal, pareciendo que la joya era oro puro, es simplemente uno de sus sofisticados conocimientos. Es también fabulosa la descripción que se hace de los tesoros que obtuvo Garci Gutierrez de Toledo, en la huaca Yamollochuan indicando que una de las primorosas joyas que vio fue una mariposa de oro pero tan fina y delicada y de maravillosa tecnología que puesta en el aire las alitas de esa prenda se batían al contacto con el céfiro. (Ravines:1980 Chan Chan metrópoli Chimú).
En otros aspectos muy importantes para la organización, los antiguos peruanos construyeron de acuerdo a las características geomorfológicas y topográficas de nuestro territorio, los rumi chaca o puentes de piedra, los huaros u oroyas, y los puentes colgantes dobles, que facilitaban el paso entre abismos, o de una rivera a otra sobre los ríos, ejemplos que podemos ver en el camino de Piura a Ayabaca y a Huancabamba; o, en Arancay y en Carás en la región Ancash (Regal Los puentes del Antiguo Perú).
Y los caminos tan singulares que desde épocas inmemoriales, hicieron para una mejor administración de los recursos de nuestras antiguas civilizaciones cómo los podemos observar adyacente a Chiquitoy viejo en La Libertad o el ancho camino que parte de Las Haldas cerca de Casma en Ancash y que se dirige en un eje este – oeste, trasladando diversos recursos hacia diferentes pisos ecológicos.
Debemos considerar entonces, que la tecnología de punta en nuestro Antiguo Perú tuvo un punto de partida, su filosofía de vida: la COSMOVISIÓN ANDINA, la que permitió organizar, prevenir, progresar y civilizar, esperando sólo ser estudiada, observada, y aplicada en lo que sea necesario en la actualidad, para salvaguardar a sus descendientes: los actuales peruanos y continuar contribuyendo con la humanidad entera.
En el Perú “hasta los dioses coitean” escribió una vez el polémico pero notable psiquiatra peruano Artidoro Cáceres Velásquez .
“Sus gestos y sus rostros demuestran placer y su comportamiento se engarza con lo natural y terrenal . Disfrute pleno de su sexualidad con técnicas y aditamentos que señalan la importancia de este comportamiento . No podría ser de otra manera en culturas que vivieron “naturalmente” y crearon tantas y tantas demostraciones de arte, tecnología y sistemas sociales de convivencia altamente humanas…”
Aquí recreamos la forma de vida y las costumbres de unos pueblos cuyos protagonistas en nada tuvieron que envidiar a otras civilizaciones de otras latitudes del mundo .
Autor: Carlos Gamero Esparza .
Artículo publicado también en la Revista Vivat Academia bajo el título “La sexualidad en el Perú pre-colombino. Kamasutra Indiano”
Introducción
1 .El “arte erótico” no era ajeno al Antiguo Perú 1 .1 .Una insólita iconografía “reproductiva”
2 .”…la primera representación erótica en el mundo…” 2 .1 . Antropomorfia de Eros al derecho y al revés 2 .2 . Los huacos retratos eran los libros del antiguo Perú ] 2 .3 . La “moda” mochica 2 .4 . Un Eros arácnido… y una teoría sobre el fin de los mochicas 3 . La historia “inexistente” 3 .1 . Enfoque moderno de un viejo asunto 3 .2 . Condenando el pasado 3 .3 . Al encuentro del origen “perdido” 3 .3 .1 .Consideraciones “non sanctas” 3 .3 .2 .Kinsey: una vista de médico a la arqueología peruana 3 .3 .3 .La humanidad de la arcilla I 3 .3 .4 .La humanidad de la arcilla II 4 .Templos de la fertilidad andina 4 .1 .”Inca Ullu”: los falos del Collao 4 .2 .Q’enqo, otro adoratorio de la fecundidad 5 . El servinacuy, matrimonio “de a mentiras” 6 .Pampayrunas: prostitutas del incario 6 .1 . Sodomía ritual 7 . ¿Quién les enseñó este arte a los aborígenes peruanos? (habla Kauffmann Doig) 8 . Epílogo 8 .1 . Extirpadores de idolatrías y otros diablos… vade retro 9 . ¿Sabía usted qué… 10 . Para saber más 11 . Notas 12 . Fuentes 13 . Origen de las imágenes 14 . Recortes 14 .1 . Museo en Perú es ejemplo de que los primeros pobladores de nuestro continente sí sabían de erotismo .
Introducción
El título de este reportaje no es otra cosa que el nombre de una de las obras de este acucioso investigador del comportamiento humano que es Artidoro Cáceres Velásquez (1) (Nota 1) Para él, el antiguo Perú es una verdadera caja de sorpresas y las sociedades que fundaron las viejas culturas andinas crearon un mundo de relaciones humanas que difiere totalmente de los conceptos de sociedad que después fueron impuestos por los europeos llegados a estas tierras . La sexualidad en el antiguo Perú fue una de las grandes manifestaciones culturales en sus viejos reinos y señoríos, donde cada cual tenía su manera particular de concebir la vida y sus creencias . Por ello queda justificado aquello de “Kamasutra indiano” como subtítulo de este trabajo . Descubramos, pues, lo desconocido e insólito de esta tierra maravillosa y única . Dejemos que ellas, las culturas del Perú antiguo, nos hablen desde el fondo del tiempo . Dejemos que ellos, los hombres y mujeres de ébano, hijos e hijas del Sol y del maíz, nos cuenten su historia de oro y terracota .
1 . El “arte erótico” no era ajeno al Antiguo Perú “
Agotados los conceptos de la Antropología, meditaciones de teólogos, argumentos e hipótesis de los psiquiatras, sociólogos y cuantos se han aventurado filosofar sobre sus funciones, el sexo, como la vida, continua siendo un misterio. Rafael Lacro Hoyle, en su libro CHECAN, revela este aspecto del Perú desconocido. Con un fondo eminentemente científico, presenta conclusiones resultantes de un estudio profundo de los ceramios eróticos .
” “Las representaciones eróticas en el antiguo Perú alcanzan su esplendor (…) con la cultura Mochica, no sólo por el volumen sino sobre todo por la habilidad artística expresada en cada una de ellas . Con un profundo conocimiento de anatomía, el artista Mochica esculpe fragmentariamente el cuerpo humano y acabadas representaciones de los genitales, el acto sexual y el parto . En todas las piezas se muestra a la perfección el detalle: elaboradas con maestría no se limitan simplemente a reproducir, son verdaderos retratos psicológicos .
1 .1 . Una insólita iconografía “reproductiva”
El antiguo peruano fue hombre eminentemente religioso, temeroso de las fuerzas de la naturaleza, adorador de los astros, supersticioso y fetichista, y además un gran creativo como pocos . En pocos países del mundo se pueden encontrar unas manifestaciones culturales tan impregnadas de humanidad, con su cuota de mito, magia y rito, sin desprenderse de la tierra donde se nace, se vive y se muere, la vieja “Mamapacha” (Nota 2) que les prodigaba el alimento y el abrigo. Eran pueblos que prosperaban siempre alrededor de un valle o a orillas del mar, a veces ingeniándoselas de forma admirable para vencer la adversidad de un medio hostil; fueron personas que se instalaron en estas regiones atraídas por la necesidad de encontrar el sustento; fueron pueblos dedicados a la agricultura, la domesticación de animales y el comercio, incluso eran pescadores y navegantes, y lograron desarrollar sociedades urbanas y teocráticas muy complejas que, además, ejercían una influencia militar y política sobre sus vecinos más débiles, a quienes sojuzgaban y reducían a la servidumbre… hasta que el pueblo sometido se le rebelaba o eran conquistados por otro más poderoso .
Por este motivo en el Perú es frecuente escuchar a los historiadores y arqueólogos hablar de lapsos de tiempo o “periodos” para señalar las épocas en que surgieron estos pueblos, se desarrollaron, alcanzaron su apogeo, entraron en decadencia, y finalmente desaparecieron; así se dice, por ejemplo, que hubo un horizonte “Formativo” o “Temprano”, que es el más antiguo, luego un periodo “Intermedio” y, finalmente, otro “Tardío” (Ver cuadro de la figura 1a más abajo) . De esta forma tenemos una cronología entendible para una historia supuestamente sin escritura (Nota 3) .
Figura 1a. Las Edades y los Horizontes del Antiguo Perú
La historia del antiguo Perú es como un enorme rompecabezas cuyas piezas son los hallazgos arqueológicos y el estudio e interpretación de los testimonios dejados por estos pueblos . Un trozo de tela, un hueso de animal convertido en instrumento musical, una piedra tallada o un dibujo rupestre pueden decirnos muchas cosas . Por fortuna las condiciones medioambientales –como la sequedad del clima en la zona andina o la aridez en los desiertos costeros— han permitido la preservación de muchos restos humanos sepultados en tumbas donde los yertos despojos realizan su viaje al mas allá rodeados de todo aquello que amaron en vida: el ajuar funerario donde, a la manera del antiguo Egipto, no podía faltar ni la chicha de jora –bebida fermentada hecha a base de maíz— ni sus prendas favoritas.
Es en este contexto que los restos materiales de las viejas culturas son prácticamente la única forma de saber cómo eran los antiguos creadores de estas civilizaciones andinas peruanas, y entre estos, las manifestaciones artísticas plasmadas en la piedra, la arcilla y cualquier materia prima susceptible de ser tallada, moldeada, esculpida, forjada, o bien teñida, pintada o dibujada. Y la cerámica fue, entonces, una de las modalidades de expresión artística más recurridas, y con ella nos dejaron una historia viva .
Figura 1b. Distribución geográfica de las culturas precolombinas en el Perú. Ilustración del portal “Culturas del Perú Precolombino”.
En el “Museo Brüning” (2) de Lambayeque (ciudad de la región Lambayeque, muy cerca de Chiclayo, en el norte del Perú) se conserva una curiosa estatuilla de oro atribuida a la cultura Vicús (3) con indudables rasgos femeninos: la “Venus de Frías” . Esta figura, como otras, es hueca, lo que ha hecho suponer a los arqueólogos que debió tratarse de objetos de culto . En el caso de la famosa “Venus”, se piensa que pudo estar dedicada a un culto a la fertilidad o feminidad, algo que parece repetirse en diversas manifestaciones culturales a lo largo de la geografía peruana precolombina.
________________________________ Una “Venus” peruana Llamada también la Venus de Frías, representa a una mujer desnuda trabajada en oro repujado, martillado y soldado por mitades . Se advierte cierto movimiento para la cabeza y para las manos . Parece que las manos descansaban en algún objeto en cuyo caso la estatuilla formaba parte de un conjunto . Los rasgos de la estatuilla son notoriamente femeninos a pesar de sus anchos hombros y angostas caderas . Dos argollas penden de las orejas y los ojos son enormes .
Figura 2. La figura de Frías
La figura de Frías Estatuillas parecidas se han encontrado en Quimbaya (Colombia),lo cual viene a confirmar una influencia cultural llegada del norte, que también se hace presente en la forma de las tumbas . Para el arqueólogo Lumbreras, la estatuilla de Frías es importada . En el “Arte y la Vida Vicús” dice: “sin lugar a duda fue hecha en Esmeraldas (Ecuador) o en Tumaco (Colombia) pues pertenece al estilo Tolita precisamente de la época de los Desarrollos Regionales” . El arqueólogo Kauffmann Doig, la da como “perteneciente al círculo Vicús”, y sólo semejante a las de Colombia . (El Perú Antiguo) .
Pese a estos criterios de que la estatuilla es importada y no una manifestación del arte piurano antiguo, se la ha declarado Patrimonio Prehispánico Cultural del Departamento de Piura con la Resolución Directoral 005-82DRP del Instituto Nacional de Cultura, Filial Piura . La figurilla ha estado durante mucho tiempo en el “Museo Brünning” de Lambayeque . El 20 de Noviembre de 1956, el conservador del Museo, don Oscar Fernández de Córdova, la decomisó de unos huaqueros que la ofrecían en venta y la llevó al Museo . La estatuilla que es toda de oro, pesa 60 gramos y mide 153 mm de alto . Se construyó con oro laminado de 22 quilates .
El Director del Museo Walter Alva -descubridor de la tumba del Señor de Sipán– la consideraba perteneciente al estilo de Frías El antropólogo Luis Chaparro Frías, Director del Patrimonio Cultural de Piura, con admirable constancia, por muchos años estuvo reclamando para Piura, la estatuilla .
En 1999, aprovechando que el Ministerio de Educación era ocupado por el sullanero Felipe García Escudero, redobló las gestiones y al fin obtuvo que el 30 de Septiembre de ese año, la valiosa obra retornase a Piura con otras 61 piezas arqueológicas . Como era de suponer, el arribo de la figurilla, dio origen a un acto de gran solemnidad en él que estuvo presente el Ministro de Educación . Nota: El texto de este recuadro y la ilustración han sido extraídos del sitio Web del investigador peruano Reynaldo Moya (4) . _____________________ Más abajo de Lambayeque, a unos 200 kilómetros al sur de la ciudad de Lima, se encuentra la península de Paracas (Ica) (5) . Aquí, entre las arenas del desierto, en los años 20, el arqueólogo Julio C . Tello, considerado el padre de la arqueología peruana (6), hizo un sensacional descubrimiento: miles y miles de fardos funerarios sepultados en verdaderas ciudades de los muertos, a las que bautizó como “Paracas Necrópolis” y “Paracas Cavernas” (5) . En una de estas tumbas colectivas, que el Carbono 14 fechó en 300 a . de C . , es decir, casi contemporáneos a los mochica y antecesores de los nasca, Tello encontró una momia que estaba envuelta por un curioso manto policromo que ha sido identificado por Artidoro Cáceres como una muestra de arte erótico en esta árida región .
“. . existe una simbología sumamente importante –explica Cáceres— representando la maternidad, la herencia, la concepción; según creen algunos investigadores peruanos . En la parte inferior (del manto policromo) una cabeza de niño, encima una de adulto . A un lado y hacia arriba, una serie de cabezas menores que van completándose y perfeccionándose hacia abajo y que proceden desde arriba, de otra cabeza adulta y celeste . Al lado y paralelamente, otra hilera que comienza en otra cabeza de tinte rojo y que se continúa hacia abajo con cuatro figuras redondeadas . Éstos podrían ser óvulos, los anteriores espermatozoides . Más hacía afuera, otra figura que representa a un animal (¿filogenia?) y, a la periferia, 3 elementos en forma de pera o coniformes (¿espermatozoides?) ¿Qué representa realmente esta figura? -se pregunta este autor— En la probabilidad interpretativa hay lugar a la fantasía . ” (1)
Figura 3. Un manto de Paracas similar a éste llamó la atención del doctor Artidoro Cáceres. La figura, de vivísimos colores, tejida con una técnica depurada, se ha mantenido inalterable al paso del tiempo. El “desfile de cabezas” y el personaje que adornan esta imagen resultan por cierto evocadores. Espécimen 382-10 (detalle), “Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú” de Pueblo Libre (Lima). Foto de Anne Paul.
Regresando de nuevo al norte peruano, pero esta vez a la zona andina central, entre el Callejón de Huaylas y la provincia de Huari (Ancash), nos topamos con los vestigios de un pueblo que, alrededor del segundo milenio A .C ., extendió sus dominios desde el Pacífico a la región amazónica, ocupando buena parte del actual territorio peruano . Aquí es frecuente encontrar esculturas monolíticas pétreas de la civilización de Chavín (7), considerada una de las más viejas de América . Se trata de estatuas de rasgos masculinos . Hay estudiosos que ven en ellas falos (Nota 4) que apuntan al cielo (casualmente el mismo tipo de esculturas fálicas que también se encuentran esparcidos por la región del lago Titicaca, en Puno, cerca la frontera con Bolivia, atribuidas a la cultura Tiahuanaco . (8) (Ver en el capítulo: 4 .Templos de la fertilidad andina, el subcapítulo 4 .1 .”Inca Ullu”: los falos del Collao .)
También hay figuras líticas talladas de Chavín y de Recuay –cultura que siguió a Chavín— que muestran órganos femeninos. . ¿otra vez un culto a la fertilidad… o a la feminidad? El hecho de que esta iconografía “reproductiva”, como las ya vistas, de índole masculina, se repita trascendiendo el tiempo y el espacio en todo el antiguo Perú hace presumir al doctor Cáceres que tales esculturas pudieron haber tenido alguna finalidad ritual relacionada con la fertilidad, dado que siempre se las ubica en lugares prominentes, como en la cima de un cerro, por ejemplo . (Nota 4)