El Q’eswachaka de Canas: ingeniería y tradición inca

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Foto: Xavier Desmier

Q’eswachaka de Canas

Ingeniería y tradición en las comunidades de Quehue

INDICE

PRESENTACIÓN
EL QHAPAQ ÑAN Y LOS PUENTES COLGANTES
EL QHAPAQ ÑAN EN LA TIERRA DE LAS CUATRO PARTES 

TECNOLOGÍA DE PUENTES 
PUENTES COLGANTES 
EL QHAPAQ ÑAN BAJO EL RÉGIMEN COLONIAL 
EL QHAPAQ ÑAN Y LOS PLANES DE DESARROLLO VIAL 
ECONOMÍA, ORGANIZACIÓN POLÍTICA E HISTORIA DE CANAS
PANORAMA ACTUAL DE CANAS Y QUEHUE 

Espacio
Economía
Servicios
Organización política
Comunidades campesinas
Justicia
Una demografía estable 
EL PUEBLO KANA Y SUS DESCENDIENTES 
Los kana bajo la administración colonial
a. Tributos y estrategias de sobrevivencia
b. De la etnia al común de indios  
c. Crisis y rebelión 
Canas en el período republicano: mistis y campesinos 
CALENDARIO FESTIVO DE CANAS 1
CALENDARIO RELIGIOSO-CATÓLICO 

La Virgen Asunta de Langui 
CALENDARIO RITUAL: FIESTAS DEL GANADO Y BATALLAS RITUALES EN EL DISTRITO DE QUEHUE
Tinku: las batallas rituales
Canciones 
EL PUENTE Q’ESWACHAKA: UNA TRADICIÓN RENOVADA
Apu Q’eswachaka 

Desde la otra orilla 
Q’eswachaka, cuerpo y memoria de Quehue 
Q’ESWACHAKA. INGENIERÍA Y TRADICIÓN ANDINA
La construcción de un nuevo puente 

Primer día. Encuentro de comuneros y la elaboración de las grandes sogas
Segundo día. Instalación de la estructura básica del nuevo puente 
Tercer día. Los chakaruwaq tejen el puente 
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

PRESENTACIÓN

La renovación anual del puente Q’eswachaka es una práctica que se celebra desde hace más de cinco siglos. Es un proceso que involucra mucho más que la construcción de una vía de comunicación. Ciertamente, el puente ha cedido su uso funcional de senda de tránsito para convertirse en un vehículo de identidad local que recrea una parte de la historia de los habitantes de las comunidades de Canas, en Cusco, que están involucradas en su reconstrucción y reafirma los valores culturales que les han sido legados a estos pobladores por generaciones. Es una celebración que renueva una cultura y sus saberes.

En este sentido, el Q’eswachaka es probablemente el último vestigio de la tecnología constructiva de puentes practicada por las culturas prehispánicas, documentada ya con asombro por las crónicas de los primeros españoles que llegaron a esta parte del continente. En efecto, el levantamiento de los grandes puentes colgantes sobre los caudalosos ríos o profundas quebradas de los Andes ha sido motivo de admiración durante siglos —al igual que lo es hoy en día—, tal y como lo demuestran los relatos de los viajeros norteamericanos y europeos que visitaron el Perú durante los primeros años de la República.

Ubicado en la provincia de Canas, región con uno de los mayores porcentajes de población indígena del Perú, el puente Q’eswachaka une dos laderas sobre el río Apurímac en el distrito de Quehue. La renovación de este puente responde a un inconmensurable despliegue de trabajo colectivo de los pobladores de las comunidades de Huinchiri, Chaupibanda, Choccayhua y Ccollana Quehue, todas estas situadas en el mencionado distrito.

En respuesta a uno de sus objetivos centrales —la conservación, investigación y difusión del patrimonio cultural inmaterial—, en 2009, el entonces Instituto Nacional de Cultura, hoy Ministerio de Cultura, le confirió al proceso de renovación del puente Q’eswachaka el reconocimiento de Patrimonio Cultural de la Nación, resaltando así su importancia, e inició un trabajo consensuado para llevar adelante las medidas necesarias para su salvaguardia. Cuatro años después, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura- UNESCO, inscribió los conocimientos, técnicas y rituales vinculados a la renovación anual del puente Q’eswachaka en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en virtud al expediente elaborado y presentado por el Ministerio de Cultura y las comunidades de Quehue. A partir de este reconocimiento todas las partes involucradas fortalecieron su compromiso para realizar acciones que permitan garantizar la continuidad de esta notable expresión cultural.

En esta misma línea, en el año 2010, el Ministerio de Cultura distinguió como Personalidad Meritoria de la Cultura a Victoriano Arizapana Huayhua y Eleuterio Callo Tapia, ambos chakaruwaq o maestros constructores encargados de la renovación del puente Q’eswachaka; posteriormente, en el año 2012, se reconoció con esta misma distinción a Cayetano Ccanahuire, comunero de Huinchiri y único paqo autorizado para realizar el ritual durante el levantamiento del puente. Estos reconocimientos, así como la publicación de esta investigación, forman parte de las medidas concretas que desarrolla el Ministerio de Cultura por la salvaguardia de los saberes que constituyen el patrimonio cultural inmaterial de nuestro país.

Es importante señalar también que el puente Q’eswachaka forma parte del Camino Inca o Qhapaq Ñan, una de las obras maestras de la arquitectura del Perú prehispánico. El puente, así como 250 kilómetros de caminos y más de 80 sitios arqueológicos situados en distintos tramos en nuestro territorio, forman parte de la declaratoria del Sistema Vial Andino como Patrimonio Mundial de la UNESCO.

El Q’eswachaka de Canas. Ingeniería y tradición en las comunidades de Quehue documenta las raíces y los rasgos de un proceso que, como hemos indicado, se ha logrado sostener por cientos de años, a pesar de los múltiples cambios propios del tiempo, no solo en la región cusqueña, sino a nivel nacional y global; y hace un recorrido por los procesos históricos que vivió la provincia de Canas, en general, y el distrito de Quehue, en particular, para buscar las causas materiales y los contextos sociales, económicos y culturales que han permitido la continuidad, desde tiempos prehispánicos, de una técnica constructiva ancestral y su celebración asociada. Así también, como marco explicativo de esta costumbre, el libro documenta el proceso de otras dos importantes festividades tradicionales de la región: la celebración de la fiesta de la Virgen Asunta de Langui y el Tupay Toqto, cuya presencia y persistencia en Canas permite ayudarnos a comprender las particularidades culturales de los habitantes de las alturas de Cusco.

Finalmente, deseamos resaltar que esta publicación es el resultado del trabajo conjunto de un grupo de profesionales de la Dirección de Patrimonio Inmaterial, del Qhapaq Ñan y de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco. Con esta investigación, el Ministerio de Cultura da a conocer el proceso histórico y la fuerza cultural de una sociedad que transmite su devenir a través de sus fiestas, costumbres y tradiciones.

Diana Alvarez-Calderón Gallo Ministra de Cultura

CAPÍTULO 1

EL QHAPAQ ÑAN Y LOS  PUENTES COLGANTES

Entre los grandes logros de la civilización andina, pocos se han ganado una admiración similar al de la red vial conocida hoy con el nombre de Qhapaq Ñan, “el gran camino”, una de las creaciones más asombrosas de la ingeniería y de la organización nativa. Red compuesta por numerosos caminos construidos tras milenios de ocupación humana y de estrategias de aprovechamiento de los recursos entre la costa marítima, los valles, la puna y la ceja de selva, el Camino Inca fue el medio que facilitó la ocupación de espacios difícilmente accesibles y la difusión de especies muy lejos de sus lugares de origen. El punto más alto de este desarrollo autóctono fue alcanzado por la organización política y social conocida como Tawantinsuyu, la “tierra de las cuatro partes juntas”, que integró a todas las sociedades prehispánicas de la región andina, lo que fue posible gracias a un complejo ordenamiento que permitió la administración de tan vasto territorio.

La implementación de estos caminos fue el resultado de una organización que supo canalizar una copiosa fuerza de trabajo, cuyos fundamentos eran los vínculos originales de cooperación y el contrato con el organismo estatal que controlaba y regulaba el acceso a los recursos. La célula base de tal organización era el ayllu: comunidad compuesta por familias unidas por una ascendencia común que trabajaban colectivamente un territorio y sus recursos. De este modo, el Tawantinsuyu garantizaba la disponibilidad y reproductibilidad de la mano de obra de los diversos pueblos que los incas lograron mantener bajo su control.

Dado que la importancia de la presencia inca en la historiografía colonial fue producto de la percepción europea, que solo conoció este período tardío de la civilización andina, mucho se ha discutido sobre su importancia real en el desarrollo de la cultura andina. Por lo pronto, se puede decir que los incas tuvieron una influencia relevante en el aspecto administrativo y en la distribución étnica de diversas regiones. Se ha definido usualmente a la administración inca como centralista, carácter que debe atribuirse a su rápida expansión sobre un territorio tan amplio y variado. El área geográfica abarcada por la administración cusqueña estaba ordenada teniendo como eje la ciudad del Cusco; en concreto, una de las esquinas de la plaza Hauk’aypata, en lo que es actualmente la Plaza de Armas.[1] Desde este punto partían, distribuidos en sentido cardinal, cuatro caminos que conformaban las vías principales de acceso a cada suyu o región. Hacia el noreste estaba el Chinchaysuyu, nombre que provenía del señorío costeño de Chincha, principal aliado de los incas en esta región y cuyo límite se encontraba en el río Angasmayo, en el extremo sur de la actual Colombia. En dirección al sudeste partía un camino hacia el Collasuyu, el área más extensa del dominio inca, denominado así por el señorío Colla, que llegaba en la sierra hasta la actual provincia de Tucumán (Argentina) y, con una desviación, hasta el río Maule en la mitad del Chile actual, a más de 250 kilómetros al sur de Santiago, capital de este país. Un tercer camino, que partía hacia el noreste, se dirigía al Antisuyu, llamado así por su posición respecto del Cusco[2] y que incluía la región amazónica que fuera ocupada por los incas.[3] Hacia el sudoeste, el camino partía hacia los valles interandinos del sur, en los actuales departamentos de Arequipa, Moquegua y Tacna, que conformaban el Contisuyu o región del poniente. Dada la orientación geográfica de la administración, el área de los suyu era desigual, pues mientras que el Chinchaysuyu y el Collasuyu abarcaban en su gran extensión a sociedades de una gran variedad étnica y cultural, el Contisuyu era una región mucho menor que agrupó a sociedades históricamente vinculadas a los desarrollos altiplánicos.

El camino que surcaba el Chinchaysuyu y el Collasuyu en dirección NO/SE a lo largo de la región montañosa, conformaba lo que ha sido llamado Camino Longitudinal de la Sierra,[4] verdadera columna vertebral a través de la cual se establecieron los principales puntos de administración del Tawantinsuyu. Paralelo a este camino se trazó una ruta de una misma longitud a lo largo de la costa marítima, el Camino Longitudinal de la Costa, que unía a una serie de prósperos desarrollos de diversa extensión. Ambos caminos estaban conectados por ramales transversales que servían como conexión entre uno y otro.

Los cuatro suyu constaban de jurisdicciones, generalmente establecidas a partir de las sociedades originarias, aunque también de territorios habitados por mitmakuna, poblaciones trasladadas de regiones muy lejanas. Las jurisdicciones mayores eran llamadas wamani, palabra que los españoles tradujeron como “provincia”. La administración inca organizaba a toda esta población tributaria en múltiplos progresivos de diez

(chunka), cien (pachaka), mil (waranga), diez mil (chunka waranga), cien mil (pachaka waranga) y un millón (hunu), estando cada grupo coordinado por dos administradores que se encargaban de la mitad de cada conjunto de tributarios (pichka chunka, pichka pachaka, y así sucesivamente). La unidad de tributarios, conocida como waranga, abarcaba en muchos casos la extensión poblacional de un grupo étnico o una sección del mismo. Tal distribución hacía viable el sistema de tributación por trabajo conocido como mita, cuyo fin era la construcción y mantenimiento de las obras públicas.

Uno de los fines de esta organización era la administración de los recursos disponibles, con los cuales se mantenían las campañas militares, las obras públicas y, en especial, las relaciones de reciprocidad y redistribución entre el Estado y las poblaciones sometidas. El Estado proveía el sustento para mantener la mano de obra a partir de los recursos recaudados y redistribuidos a lo largo de diversas instancias de gobierno y de los pueblos tributarios, en tanto que la población, organizada en ayllus o unidades mayores derivadas de aquellos, era monitoreada para el desarrollo de obras específicas como caminos, puentes y otras edificaciones a cargo de maestros y conocedores en tecnología nativa. A cambio,

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