proyecto castillo huarmey
El Proyecto de Investigación Arqueológica Castillo de Huarmey (PIACH) es el primer programa de investigaciones multidisciplinarias con excavaciones arqueológicas en área en el sitio (fotografía Miłosz Giersz).

El complejo arqueológico Castillo de Huarmey se encuentra ubicado a 1 km al este de la ciudad de Huarmey, en el distrito y provincia de Huarmey, región Ancash. El monumento está situado en el extremo norte del valle ribereño, en la entrada de un pequeño barranco seco adyacente, a unos 4 km en dirección este desde el océano Pacífico. Castillo de Huarmey resulta ser el sitio más grande del Horizonte Medio en el sur de la costa norte del Perú. Su parte marcadamente monumental se localiza en la cima de un largo promontorio rocoso que se proyecta hacia el valle. Este promontorio rocoso está formado por sedimentos piroclásticos con rocas afanas en las que aparecen, entre otros tipos, pórfido con plagioclasas y cristales de olivina, y está rodeado por suelos antropogénicos y capas eólicas del desierto costero.

El sitio abarca cerca de 45 ha, mientras que su zona intangible está conformada por 17 ha de restos de arquitectura monumental rodeados por zonas funerarias y posibles sectores residenciales dispersos. Los complejos arquitectónicos son claramente multifuncionales e incorporan espacios para posibles actividades públicas, domésticas y rituales. La mayor parte de las construcciones son visibles en la superficie. Según el catastro publicado por Bonavia (1982: 439), la parte monumental del complejo, la que abarca el llamado «El Castillo» ha sido catalogada bajo el código PV35-79, mientras que los cementerios ubicados en las partes bajas del promontorio, que rodean al núcleo monumental, han sido agrupados por el autor citado (Bonavia 1982: 438-439) en diferentes sectores de sus cementerios PV35-77 y PV35-78. Con Resolución Directoral de la Nación No 854 del día 20 de diciembre del año 1999 se declaró Patrimonio Cultural de la Nación al Complejo Arqueológico Castillo de Huarmey, que comprende tanto el monumento «El Castillo», como la mayoría de cementerios prehispánicos adyacentes.

Las primeras referencias

La historia de las exploraciones del complejo Castillo de Huarmey va ligada a los relatos sobre trabajos pioneros del padre de la arqueología peruana, Julio C. Tello y sus primeras expediciones arqueológicas (Tello 1919). Según los relatos más conocidos, en junio de 1918, Julio C. Tello descubrió una serie de objetos finamente tallados de madera que estaban a la venta en Lima, objetos de una belleza y preservación fascinante y de clara procedencia prehispánica y que, según el vendedor, habían sido encontrados en el valle de Huarmey. Obsesionado con la peculiaridad de estos artefactos, Tello soñaba con organizar una expedición arqueológica con el fin de fundar un museo. El 8 de enero de 1919, el sueño del pionero de la arqueología peruana se hizo realidad (Dagget 2009). Su primera expedición partió de la capital hacia los valles de Huarmey y Culebras, donde hizo varios descubrimientos interesantes (Tello 1919), pero no logró encontrar el lugar de origen de los artefactos de madera que motivaron su excursión científica. Desafortunadamente su equipo tuvo que cambiar de planes y escapar a la sierra vecina debido a un virulento brote de peste bubónica (Dagget 2009: 20-21).

Tello, sin embargo, no olvidó el destino original de su primera expedición a pesar del refinamiento de su interés arqueológico por la cultura Chavín. Once años más tarde le encargó a Eugenio Yacovleff, su asistente, que continuara con la prospección inconclusa en el valle de Huarmey, recorriendo la zona en marzo de 1930, según los cuadernos inéditos depositados en el Archivo Tello (Yacovleff 1930). El mismo Tello visitaba este valle cuando viajaba entre Lima y Nepeña, mientras conducía sus investigaciones en Punkurí y Cerro Blanco. En uno de estos viajes –probablemente el viernes 27 de julio de 1934– el célebre arqueólogo peruano compró otro artefacto de gran rareza al administrador del Hotel Royal de Huarmey, en este caso un tambor de cuero curtido y pintado, procedente de uno de los cementerios prehispánicos del valle (Falcón Huayta y Martínez Navarro 2009). Este instrumento membranófono, decorado con la representación pintada de un personaje frontal que lleva dos varas o cetros en las manos y al que rodea un nimbo radiante, derivado del arte tiwanaku y wari, daba fe de la importancia que esta zona costera de Ancash tuvo durante el Horizonte Medio. Aunque en Huarmey durante las siguientes décadas no se ha efectuado trabajos arqueológicos concernientes al Horizonte Medio, su fama –impulsada por la aparición de vez en cuando de nuevos ejemplos de objetos de exquisito arte wari, provenientes del saqueo de sitios arqueológicos del valle– despertaba la imaginación de los estudiosos.

tambor de huarmey
Famoso tambor de Huarmey adquirido por Julio
C. Tello en 1934, proveniente probablemente de una de las tumbas saqueadas en Castillo de Huarmey. Constituye un raro ejemplo de instrumento membranófono del Horizonte
Medio (cortesía Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú; fotografía Miłosz Giersz).

Casi 50 años más tarde de la primera visita de Julio C. Tello al valle de Huarmey, Dorothy Menzel (1968: 196) propuso la hipótesis que sostenía que en la Época 3 del Horizonte Medio (775 a 850 d.C. según los estimados iniciales de la autora citada) en esta parte de la costa ancashina surgió un nuevo centro de poder y prestigio, donde se producía una alfarería impresa de molde con diseños derivados del repertorio wari. Lastimosamente, por ausencia de investigaciones sistemáticas, la hipótesis de Menzel quedó sin respaldo por otras décadas más. Todo parecería indicar que en los tiempos de las antes mencionadas prospecciones arqueológicas pioneras de Julio C. Tello, Castillo de Huarmey yacía olvidado bajo el polvo desértico y fue un monumento intocado debido a que los campos adyacentes eran manejados directamente por sus propietarios, quienes no permitían ninguna depredación ni que se levantara una vivienda cerca que pudiera hacerle daño (Bueno Mendoza 1979).

Esta situación cambió drásticamente en la década de 1970. El terremoto del 31 de mayo de 1970 dañó la estructura del edificio monumental y probablemente –según sostienen los habitantes del lugar– expuso algunas tumbas intactas y su rico ajuar funerario, escondidas en el corazón de la plataforma de adobe y piedra. A partir de esta fecha el sitio fue saqueado por gavillas de buscadores de tesoros precolombinos a los que se conoce como huaqueros, e incluso por los pobladores del lugar, los cuales no solo depredaban las antiguas sepulturas sino que además extraían el material como si fuera una cantera, aprovechando los adobes, la tierra y las mismas vigas de madera. Las fotografías del complejo tomadas en 1979 por Frédéric André Engel (Prümers 1990, 2001) y Alberto Bueno Mendoza (1979) –cuyos originales deberían formar parte de la actual colección del Museo de Antropología y Agricultura Precolombina de la Universidad Nacional Agraria La Molina (antes llamado Centro de Investigación de Zonas Áridas, CIZA)– demuestran claramente que Castillo de Huarmey ya había sido dañado fuertemente por los excavadores clandestinos. Numerosos fragmentos de periódicos encontrados durante mis propias excavaciones sistemáticas realizadas en los escombros, confirman estas fechas tempranas de la depredación del sitio a gran escala.

Ernesto Tabío (1977) y Duccio Bonavia (1982) iniciaron sus investigaciones en la cuenca del valle de Huarmey y las zonas desérticas vecinas entre 1958 y 1960, casi tres décadas después de las prospecciones realizadas por Eugenio Yacovleff. Ambos visitaron el sitio. Parece que Bonavia lo hizo en diferentes ocasiones, siendo incluso testigo –en febrero de 1977– de la fuerte destrucción realizada por excavadores clandestinos (Bonavia 1982: 439). Las posteriores investigaciones llevadas a cabo por Donald Thompson (1966) y Hans Horkheimer (1965) en dicho valle no se centraron en los vestigios del Horizonte Medio y en «El Castillo» en particular. El sitio fue visitado y brevemente estudiado recién en 1979 por los ya mencionados Frédéric André Engel –quien preparó el primer croquis del sitio y lo documentó con fotografías (Prümers 2001: 291)– y Alberto Bueno Mendoza, quien publicó un artículo dedicado al problema de la «huaquería» ilícita (Bueno Mendoza 1979).

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Los textiles wari recogidos por Yoshitaro Amano, el famoso anticuario limeño y fundador del museo homónimo, son hasta la fecha los ejemplos más complejos y más finos provenientes de Castillo de Huarmey (cortesía Museo Amano; fotografía Miłosz Giersz).

Las primeras investigaciones en este lugar se limitaron a efectuar un reconocimiento de la superficie y a estudiar determinados artefactos arqueológicos conservados en colecciones de museos, cuya procedencia de Castillo de Huarmey había quedado comprobada. En 1963, el arqueólogo alemán Heinrich Ubbelohde- Doering realizó dos cortas visitas a este lugar animado por Yoshitaro Amano, fundador del museo limeño que lleva su nombre. Allí Ubbelohde-Doering logró reunir una amplia colección de tejidos, fragmentos de cerámica y artefactos de madera, depositados hoy en día en el Museum für Völkerkunde de Múnich. Estos materiales jamás fueron publicados ni tampoco existe un registro escrito o fotográfico en el mismo museo, excepción hecha por un catálogo de textiles recolectados en el valle de Huarmey y redactado por su esposa, Elsa Ubbelohde-Doering (Prümers 2001: 291).

William Conklin llevó a cabo un trabajo muy importante (Conklin 1979) cuando analizó la colección de textiles recogidos por Yoshitaro Amano, los cuales fueron depositados en el museo homónimo y que se asume provienen del Campanario y Castillo. A partir de la observación de las técnicas y de las representaciones iconográficas de los textiles, Conklin sostuvo que Castillo de Huarmey podría haber sido un importante centro sureño influido por los moche durante el Horizonte Medio, atribuyendo estos textiles –que indudablemente databan de la época wari– al estilo nativo mochica.

No obstante algunos fabulosos hallazgos fortuitos, Castillo de Huarmey jamás fue sometido a un estudio basado en la excavación sistemática de contextos arqueológicos primarios antes de que se organizara el Proyecto de Investigación Arqueológica Castillo de Huarmey, una iniciativa llevada a cabo por especialistas polacos y peruanos de la Universidad de Varsovia y de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en el marco de un acuerdo bilateral entre ambas instituciones y dirigida por mi persona a partir de su primera temporada iniciada a comienzos del año 2010. Se sabe, sin embargo, de algunos intentos previos, aunque infructuosos, de iniciar este tipo de estudios. Los aportes más importantes fueron efectuados por Heiko Prümers (Prümers 1990, 2001), quien entre 1985 y 1986 llevó a cabo una prospección intensiva del valle bajo de Huarmey y preparó un estudio monográfico de Castillo de Huarmey. El arqueólogo alemán lastimosamente no consiguió el respaldo institucional necesario para un convenio, lo que se requería para poder trabajar en un sitio con arquitectura monumental. Tuvo así que limitarse a analizar la colección de textiles que él mismo y Heinrich Ubbelohde-Doering recuperaran en las tumbas saqueadas alrededor de «El Castillo». Prümers (1990: 259-758) recolectó también materiales de superficie saqueados del sitio y limpió cinco pozos de huaqueros, recuperando restos interesantes de supuestos ajuares funerarios y reunió una nueva colección consistente, entre otros especímenes, de unos 1600 fragmentos de cerámica, 366 textiles y aproximadamente 1300 fragmentos de madera y mates pirograbados (entre ellos también varios utensilios de tejer como husos, piruros, ovillos, peines y espadas).

El Proyecto de Investigación Arqueológica Castillo de Huarmey (2010-2016)

Desde el año 2010, el complejo arqueológico Castillo de Huarmey se encuentra en un constante proceso de investigación llevado a cabo por los especialistas de la Universidad de Varsovia y la Pontificia Universidad Católica del Perú, en virtud de un compromiso institucional entre ambas instituciones y con participación de diversos expertos y diferentes instituciones peruanas y extranjeras. El Proyecto de Investigación Arqueológica Castillo de Huarmey (PIACH) consiste en la ejecución de un complejo programa de investigaciones multidisciplinarias, incluyendo la aplicación de modernas técnicas no destructivas y la realización de las primeras excavaciones arqueológicas en área del sitio, complementadas por estudios de artefactos y restos óseos con la aplicación de diversas técnicas arqueométricas y biogeoquímicas. Estos trabajos de investigación han brindado aportes cruciales al conocimiento del carácter de la presencia Wari en la costa norte del Perú, dando las primeras pruebas empíricas que respaldan antiguas hipótesis de Julio C. Tello y Dorothy Menzel sobre la importancia de la zona costera de Ancash en el imperio Wari.

En enero de 2010 especialistas polacos de la Universidad de Varsovia llevaron a cabo una prospección arqueológica integral del sitio, dando así inicio al primer proyecto de largo plazo con excavaciones arqueológicas en Castillo de Huarmey. La prospección comparó distintos métodos no destructivos: mapeo con GPS Cinemático en Tiempo Real (RTK) y Estación Total Robotizada, fotogrametría aérea de alta resolución con cometa, gradiometría de saturación y magnetometría de cesio y análisis espacial de la distribución de artefactos en superficie. Los datos que ésta arrojó se combinaron usando una base de datos de sistemas de información geográfica para registrar la arquitectura monumental de adobe, piedra y madera, y la vasta necrópolis colindante, para reflejar así la superficie subyacente del sitio y preparar un plan de manejo para siguientes etapas de la investigación de este complejo arqueológico tan importante (Bogacki et al. 2010, 2012).

Entre Julio y Septiembre de 2010 se emprendieron las primeras excavaciones arqueológicas en áreas delimitadas en base a los resultados de la prospección geofísica, con el fin de tener un conocimiento de la estratigrafía, fases constructivas, y principales componentes culturales del sitio (Giersz y Pimentel Nita 2011). Se efectuaron siete unidades de excavación, ubicadas en diferentes partes del conjunto arqueológico y se intervino la fachada sur del conjunto «El Castillo» (sector C2) y la fachada norte del conjunto arquitectónico, de menor altura y con patio cuadrangular, reconocido tentativamente como la «Plataforma Sur» (sector D2), fijándose en la documentación de vestigios arquitectónicos, técnicas de construcción aplicadas y relaciones estratigráficas entre ambos conjuntos mencionados (Unidad 1; Giersz y Pimentel Nita 2011: 23-26).

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Los afamados textiles hallados en los escombros de Castillo de Huarmey por Yoshitaro Amano, demuestran que las tejedoras de las antiguas costas ancashinas dominaban un amplio repertorio de técnicas y motivos iconográficos (cortesía Museo Amano; fotografía Miłosz Giersz).

La continuación de las excavaciones en el conjunto arquitectónico de la «Plataforma Sur» expuso parte de una amplia galería –con vestigios de bases de columnas– y la envergadura de todo el conjunto erigido en diferentes fases constructivas, con presencia de ofrendas dedicatorias de camélidos y humanos (Unidad 5; Giersz y Pimentel Nita 2011: 30-33), comprobando la complejidad de este conjunto, cortado en su parte sur por el camino local y las nuevas casas de los vecinos del sitio que invaden la zona intangible. En la misma temporada se intervino también los primeros vestigios de arquitectura funeraria ubicados en la parte norte de la cima del complejo monumental «El Castillo» (sector C2), tanto en forma de mausoleos, con múltiples recintos y cámara funeraria subterránea (Unidad 2), como en la ladera oriental, dentro del área de la última ampliación del conjunto «El Castillo» (Unidad 6), registrando –en ambas unidades– los primeros contextos funerarios intactos con rico ajuar funerario, pertenecientes a élites del Horizonte Medio (Giersz y Pimentel Nita 2011: 26-28, 34-34). Otra meta importante para la primera temporada de campo del PIACH fue también determinar la naturaleza de las anomalías geofísicas en el subsuelo, reportadas por gradiometría de saturación y magnetometría de cesio en las partes del sitio ubicadas directamente al norte de «El Castillo» y actualmente cubiertas por completo por tierra eólica relacionada con el movimiento de las dunas de arena del desierto (sector B2).

Estas excavaciones revelaron la presencia de ocupaciones posteriores al Horizonte Medio dentro del complejo arqueológico Castillo de Huarmey. Se expusieron restos de un recinto habitacional con paredes de quincha, zonas de producción de alimentos y fogones, así como una gran cantidad de materia orgánica (residuos orgánicos de basura) pertenecientes a los Períodos Intermedio Tardío y Horizonte Tardío (Unidad 3; Giersz y Pimentel Nita 2011: 28-29). Se pudo preparar también la tipología de las anomalías, características en la lectura del magnetómetro, comprobando el tipo de anomalías que corresponden a las zonas estériles, sin huellas de capas culturales (Unidad 4; Giersz y Pimentel Nita 2011: 29-30).

La última intervención arqueológica en la temporada 2010 se fijó en la parte noreste del montículo rodeado por tierras agrícolas modernas (sector B1), donde en la superficie se observaban algunos adobes pequeños y piedras grandes, y donde la prospección geofísica llevada a cabo con la ayuda de gradiómetros de saturación y magnetómetros de cesio reveló la presencia de arquitectura de adobe de trazo ortogonal, con varios recintos rectangulares encerrados por muros perimétricos y dispuestos alrededor de un supuesto patio central. Las excavaciones arqueológicas efectuadas comprobaron la existencia de arquitectura del Horizonte Medio de probable función de zona de producción y residencial, que cubría totalmente estratos de periodos mucho más tempranos, en los cuales se registró parte de un importante cementerio del Horizonte Temprano, con cinco de los primeros contextos funerarios excavados, dándonos nueva información sobre la cronología y complejidad del sitio arqueológico Castillo de Huarmey (Unidad 7; Giersz y Pimentel Nita 2011: 34-36).

Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la segunda temporada de trabajos de campo del PIACH, realizada entre agosto de 2012 y septiembre de 2013 bajo mi dirección, culminó con el gran hallazgo de la cámara funeraria intacta más grande entre todas las que se registraron hasta la fecha en Castillo de Huarmey, y perteneciente a las altas élites del Horizonte Medio. Se trata de una cámara subterránea que formaba la primera etapa de una construcción de un gran mausoleo y lugar de culto a los ancestros Wari en la costa norte peruana, a la cual dedicaré un capítulo especial del presente libro.

Además del sorprendente hallazgo de este fabuloso contexto funerario, compuesto por una cámara principal subterránea, una antecámara, relicarios y un complejo edificio dedicado al culto póstumo, en la misma unidad de excavación se hallaron otros restos de arquitectura funeraria como mausoleos en forma de torres-chullpas (Isbell 1997), de trazo regular y varios pisos, así como pasadizos que facilitaban el acceso a diferentes partes de este conjunto ceremonial (Unidad 8; Giersz y Pimentel Nita 2014: 53- 82). Durante la temporada 2012-2013, la intervención arqueológica permitió también esclarecer la envergadura del conjunto de la «Plataforma Sur» (sector D2), definiendo su límite sur (Unidad 9; Giersz y Pimentel Nita 2014: 83-90) y delimitando su esquina noreste, la que originalmente ha sido cerrada por un conjunto de inmensos muros de piedras con sistema de pasadizos y entradas restringidas (Unidad 11; Giersz y Pimentel Nita 2014: 114-122). En la misma temporada se continuó también con las excavaciones en el montículo rodeado por tierras agrícolas (sector B1), donde en la temporada anterior se hallaron contextos funerarios pertenecientes al Horizonte Temprano. Trece nuevos contextos funerarios registrados brindaron información valiosa sobre atípicos patrones funerarios relacionados a una variante local de la tradición Cupisnique (Unidad 10; Giersz y Pimentel Nita 2014: 91-113).

La temporada 2014-2015 se centró únicamente en la continuación de las excavaciones arqueológicas en las inmediaciones del gran mausoleo hallado en la temporada anterior en la parte monumental del conjunto «El Castillo» (sector C2). En 2014 el programa pionero de investigaciones no destructivas ejecutado en el marco del PIACH, ha sido complementado por un complejo registro de la arquitectura prehispánica, aplicando un equipo escáner 3D y la tecnología HDS, en virtud de un acuerdo institucional entre el Laboratorio de Escaneo y Modelado 3D de la Universidad Tecnológica de Breslavia, la empresa privada Leica Geosystems Poland y el PIACH. Gracias a la implementación de tecnología de punta se pudo exponer la presencia de las diferentes fases cronológicas de la arquitectura allí presente, también se logró entender el sistema de comunicación entre los diferentes conjuntos, registrar el sistema de acceso a la cima del espolón rocoso mediante las escalinatas monumentales, así como reconocer la presencia de sofisticados rituales de clausura de los espacios sagrados mediante el cierre ritual que incluía clausuras de escalinatas y pasillos, depósito y quema de ofrendas y el tapado de la arquitectura con gruesas capas de relleno y barro (Giersz 2016; Giersz y Pimentel Nita 2016).

Una parte importante de los estudios del PIACH son también los estudios bioarqueológicos y zooarqueológicos, que incluyen tanto los estudios convencionales de restos óseos (Więckowski 2014) como diferentes análisis especializados, entre ellos análisis de diferentes isótopos estables (δ13C, δ15N, δ18O, 87Sr/86Sr y 20nPb/ 204Pb) –tanto de los restos humanos (Knudson et al. 2017) como de camélidos (Tomczyk 2016; Tomczyk y Giersz 2016)–, análisis de micro-desgaste dental (Juszczyk 2017) y estudios paleogenéticos (Więckowski et al. 2016).

Sectorización del complejo arqueológico Castillo de Huarmey

Unos de los primeros retos para el Proyecto de Investigación Arqueológica Castillo de Huarmey en la primera temporada de trabajos de campo en el año 2010 fue la delimitación del área del complejo arqueológico Castillo de Huarmey, con la finalidad de elaborar el primer plano integrado por diferentes sectores bien definidos. La prospección de locación y altitud de elementos en la superficie fue llevada a cabo por Wiesław Małkowski, un experto de la Universidad de Varsovia en la prospección geodésica con la ayuda de dos receptores GPS Topcon HiPer PRO integrados de doble frecuencia (L1, L2). Localmente, la conexión de los sensores fue lograda mediante la banda de radio UHF. Las posiciones fueron registradas en el sistema de coordenadas Universal Transverse Mercator (UTM), zona 17L, de acuerdo al elipsoide referencial World Geodetic System 1984.

La Luna como objeto liminal en la concepción del tiempo indicativo entre los incas

Resumen
En este trabajo se presentan aspectos relacionados con la observación y la percepción de la Luna en los Andes prehispánicos. Nos centramos en el periodo Inca, exponiendo evidencia proveniente de fuentes coloniales y sus posteriores reinterpretaciones. La intención es contrastar los datos manejados con la teoría de los ritos de paso a partir de la noción del tiempo social indicativo. Los resultados indican la existencia de un concepto cíclico del tiempo, relacionado con aspectos liminales y cualitativos de la actividad humana, en especial, relativo a los ciclos agrícolas. Se discuten conceptos del mes sideral y sinódico dentro de la estructura del calendario del Cuzco. Concluimos en la existencia de relaciones significativas entre el ciclo sinódico lunar y la concepción del tiempo indicativo entre los incas, mediado por los conceptos de separación, margen y agregación.

Palabras claves: ciclos lunares, ritos de paso, tiempo indicativo, Tawantinsuyu.

Abstract
This paper presents aspects related to the observation and perception of the Moon in the prehispanic Andes. We focus on the Inca period, showing evidence mainly from colonial sources and its subsequent interpretations. Our aim is to contrast available data with the rites of passages based on the notion of indicative social time. The results indicate the existence of a cyclic conception of time, associated with liminal and qualitative social aspects of human life, linked specifically to agricultural cycles. Also, we present concepts of sidereal and synodic lunar cycles within the calendar system of Cuzco. We conclude with the existence of significant social relations between the synodic lunar cycle and the conception of indicative time among the Incas, mediated by the concepts of separation, margin and aggregation.

Keywords: lunar cycles, rites of passage, indicative time, Tawantinsuyu.

Autor: Ricardo Moyano
[email protected]

Introducción

Mama Quilla, diosa inca de la fertilidad

El propósito de este ensayo es presentar algunos aspectos centrales del ciclo lunar entre los incas(1). Para ello se introduce el concepto del tiempo social indicativo, desarrollado por Nilsson (1920), Scaglion y Condon (1979), Pauketat y Emerson (2008) y Iwaniszewski (2009), para contextualizar el fenómeno del cambio a una escala social. Desde el punto de vista de la teoría de los ritos de paso (Turner 1984, 1988 y 2008 y Van Gennep 1982), las fases lunares se explican por el carácter sincrónico de la separación, margen y agregación de la Luna. La cual es clasificada socialmente en 2, 3 ó 4 partes y vinculada directamente con los ciclos agrícolas.Para los aficionados de la observación del cielo, la Luna resulta en extremo interesante, pues a simple vista deja ver un sinnúmero de detalles topográficos. Las regiones oscuras, bautizadas por Galileo como “maría” (mares) corresponden a mesetas oscuras cubiertas de basaltos, originada por antigua actividad volcánica. Mientras que las regiones claras se corresponden con zonas de montaña salpicada por impactos meteóricos, llamadas “terrea” (Ianiszewski 2010: 137). En términos comparativos, generalmente es asociada como la pareja del Sol, vinculándosele con ciclos menstruales, actividades agrícolas, periodos de gestación, crecida y retroceso de cuerpos de agua, augurios meteorológicos, entre otros. Al menos en los Andes, se le relaciona con una calidad femenina, por ejemplo Quilla o Mara entre los grupo quechua-aymaras del Perú y Bolivia(2). En ambos casos, se le asocia también con la palabra mes.

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(1) En palabras de Gurvitch (1964:32), el tiempo cíclico configura un tiempo replegado en sí mismo, continuo y cualitativo, correspondiendo más bien al tiempo de comunidades arcaicas (pensamiento mágico-religioso) donde el pasado, presente y futuro se encuentran interconectados en todo momento.
(2) La relación Luna femenina y Sol masculino es cultural. Quedando ampliamente demostrado en el trabajo de Lévi-Strauss (2008: 206-207), donde además de ejemplos, se plantea la importancia del mito y el contexto de uso de la lengua como determinantes del género de los astros. Por ejemplo, en algunas regiones de los Andes, Venus como estrella de la mañana tiene género masculino, pues acompaña a la Luna en el cielo. Por oposición, adquiere una connotación femenina -como estrella de la tarde- al aparecer por un lapso de tiempo no muy largo tras la puesta de Sol (Arnold et al. 2007: 309).
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El tiempo como categoría social indicativa, se relaciona con la capacidad humana de vincular un hecho concreto con una cualidad específica. Es decir, con una secuencia cualitativa de eventos que siguen un orden establecido, no importando la extensión del mismo. Desde un punto de vista histórico, antecedería al tiempo calendárico, resaltando ante todo la condición cualitativa de la concepción del tiempo. De allí, que entender el significado social de la Luna, equivale a interpretar el contexto en el cual se desenvuelve la misma práctica social. En otras palabras, y como una categoría analítica, resultado de las inter-relaciones entre los seres humanos, y de éstos, con el resto de agentes (sociales) que les rodea.El tiempo indicativo no se relaciona con duraciones específicas, sino con eventos dentro de un sistema nemotécnico, que concibe al mismo como una estructura simbólica, incluyendo conceptos del tiempo cotidiano como son la noche y el día, el mes y el año, entre otros (Lucas 2005). En este sentido, estudiar el tiempo equivale a conocer las categorías sociales implícitas en un sistema social clasificatorio o calendario. Un ejemplo clásico es el calendario mesoamericano de 260 días. Al respecto,Iwaniszewski (2005) señala la existencia de un sistema de cómputo basado en 20 días (signos) combinado con 13 numerales conocido como tzolkin entre los mayas y tonalpohualli entre los nahualtecos. Este sistema interpretativo presentaría una lógica a-causal relacionada más bien con la sincronicidad de eventos dentro de un sistema mántico-adivinatorio, vinculándose con una especie de oráculo numérico que marca intervalos de tiempo cada 7, 9, 13, 20, 36, 52, 65, 80, 91 y 104 días (Iwaniszewski 2005: 102-103).La Luna como un parámetro social del tiempo, en estricto rigor, sólo es útil en la medida que funcione a la par con otros parámetros indicativos como pueden ser los ciclos migratorios de los animales, la crecida de los ríos o los periodos de siembra y cosecha de la producción agrícola. Por lo cual, y para efectos de este trabajo, un calendario de horizonte sólo se vinculará con 3 ó 4 fechas importantes, no incluyendo intervalos regulares, sino momentos indicativos dentro de una cuenta de días (Nilsson 1920) (3). A continuación se esbozan los aspectos centrales de la teoría de los ritos de paso, para luego centrase en el caso de la observación lunar entre los incas y sus aspectos relacionados con los ciclos agrícolas(4).

Los ritos de paso

La teoría de los ritos de paso (Turner 1984, 1988 y 2008 y Van Gennep 1982), define a los rituales como unidades discontinuas, cíclicas y transicionales que intentan en todo momento reducir el peligro y la incertidumbre al interior de una comunidad, incluyendo tres características o fases:-Separación (ritos preliminares): corresponde a la segregación de los individuos de su medio cotidiano.

-Margen (limen, en latín umbral): refiere a la existencia de un momento fuera del tiempo social (5).

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(3) Un calendario además de un sistema clasificatorio, corresponde a la representación colectiva del universo en términos de conceptos como el espacio y el tiempo, es decir, reflejo de las distintas visiones de mundo y los conceptos de identidad social (Iwaniszewski y Vigliani 2010: 253).

(4) Con respecto a los ciclos agrícolas y los tiempos indicativos, Scaglion y Condon (1979) señalan los tabúes sexuales entre los Abelam de Papúa y Guinea relacionados con la producción del ñame, refiriendo en específico a los ritmos de natalidad dentro del año determinados por periodos de abstinencia sexual durante la siembra y periodo de crecimiento del tubérculo.

(5) Estos ritos de paso se celebran en momentos críticos de la vida de los seres humanos o de una comunidad, los que no superan esta etapa se convierten por tanto en sujetos socialmente marginados. Dese el punto de vista calendárico, el umbral funcionaría como una especie de pivote marcando un momento crítico en la secuencia de acontecimientos (Iwaniszewski 2009: 211, 217).
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-Agregación (post-liminal): reincorporación del individuo a un estado relativamente estable.

luna_fig1Desde este punto de vista, los rituales funcionaran como marcadores sociales o puntos de vista con respecto a una especie de tiempo social marcado por la discontinuidad. Dando lugar a la creación de mecanismos estructurales que disminuyen la incertidumbre entre un estado y otro estado, ocasionando con ello un flujo temporal de eventos sincrónicos y a-sincrónicos (Iwaniszewski 2009: 229).

Según Geist (introducción, Turner 2008: 7), este tipo de rituales incluyen la transición de un individuo/grupo social de la visibilidad a la invisibilidad estructural y viceversa. Donde la fase preliminar se caracteriza por un tiempo-espacio estructurado, seguido por una disolución social que lleva a la liminalidad y a la anti-estructura (communitas), para llegar a una fase post-liminal que incluye la agregación y la resolución del conflicto social (espacio-tiempo estructurado) (Turner 2008: 9).

De acuerdo con Iwaniszewski (2009), los ritos de paso también pueden referir al inicio y fin de los ritmos ambientales, ciclos estacionales, así como movimientos recurrentes de cuerpos celestes, por ejemplo ciclos del Sol, la Luna, etc. Semejando ritmos naturales de la vida de los seres humanos, como son: el nacimiento, la pubertad, la madurez y la muerte. Siguiendo las ideas de Turner (1984, 1988, 2008), él plantea que estos ritos de paso se convierten en marcadores simbólicos de identidad, justificando categorías y divisiones sociales ya existentes. Desde este punto de vista, las categorías sociales existentes se reafirman o re-configuran a partir del modelo espacio-temporal clasificatorio a partir de las recurrencias del medio ambiente socializado.

La liminalidad crea entonces entes sociales sumisos y ajenos a cualquier posición social y status, por ejemplo el especialista fuera del momento mismo del ritual. Este individuo, sufre una especie de muerte social – momentánea – donde se acentúa su “vulnerabilidad y desnudez” que busca la regeneración del mismo como ser transicional (no-determinado), sometiéndose al mismo ritual, la autoridad y los intereses comunes (Turner 1984: 106, 121 y 1988: 102-103). Durante este periodo, los iniciados – o especialistas – serán forzados a reflexionar sobre su sociedad y las relaciones que sostienen “ellos” con sus nociones del universo. En una especie de comunicación sacra, donde los neófitos adquieren cierto grado de abstracción sobre su medio cultural, con matices de la sociedad como punto de referencia (Turner 1984: 117, 120).

Siguiendo a Iwaniszewski (2009: 211), podríamos decir que estos ritos de paso cumplirían al menos tres funciones: 1) catártica, relacionada con canalizar y aliviar las angustias; 2) cognitiva, vinculada con los conceptos que usa la sociedad para construirse a sí misma; y 3) operativa o el método que permite actuar a un individuo o grupo social de manera coherente.

La liminalidad se representaría por espacios como la noche y la luna, las cavernas, los túneles, las cabañas y las tumbas. Van Gennep (1982: 28-31) llama a este tipo de rituales de “entrada” refiriendo a la metáfora de atravesar pórticos o umbrales de paso hacia los espacios sagrados. Donde intervienen divinidades “guardianes del umbral”, por ejemplo los Mallkus o cerros sagrados andinos a través de la ofrenda o “pago ritual”, para obtener y/o agradecer por el agua y la fertilidad de la tierra (Castro y Varela 1994: 102-103) (6).

En el caso andino, estos ritos de paso tendrían una manifestación concreta en el sacrificio humano de la capac hucha u “obligación real” realizado por los incas, generalmente en la cumbre de los grandes nevados y huacas del estado. Allí, la víctima sacrificial experimenta los tres momentos del ritual: la separación, el margen y la agregación. El objetivo final de cumplir las obligaciones reales se relacionan con: la propiciación de los fenómenos meteorológicos, el culto solar, la reafirmación de las relaciones de reciprocidad entre los distintos gobernantes y el Inca, la celebración de alguna fiesta, la anexión de alguna región al Tawantinsuyu, o la sacralización y posterior incorporación (agregación) de una huaca local al sistema de huacas estatales.

Tanto en la capac hucha como en otros rituales realizados en las altas cumbres, el rito de paso constituye el hecho mismo de preparar, realizar y culminar la ceremonia en condiciones que se vinculan necesariamente con la preparación, sacralización, ejecución y aceptación del ritual. Constituyendo en sí misma, la expresión del poder político y la coerción social llevada por los incas a su máxima expresión en las provincias conquistadas (Moyano 2010: 106) (7).

En lo que refiere a eventos astronómicos y ritos de paso, Iwaniszewski reconoce la existencia de una especie de continuidad temporal relacionada con el transcurso del tiempo. Estos refieren generalmente al cambio de las estaciones del año, los meses lunares y los días. Socialmente se vinculan con ciclos de la naturaleza, así como con el inicio y el fin del día, el crecimiento de las plantas, los ciclos rituales del maíz, etc. La clasificación social de este tipo de actividades se determinará socialmente y por ende tendrá un carácter arbitrario vinculado con más bien con la estructura social que con las características físicas del evento (2009: 213-214). Con respecto a la Luna, estos ciclos (indicativos) serán evidentes a partir del fenómeno de sus fases, en particular el momento de invisibilidad “luna oscura” que separa la última Luna menguante del mes anterior con la primera Luna creciente del mes siguiente.

Siguiendo las ideas del mismo autor, los ritos liminales realizados durante esta especie de umbral aseguraran simbólicamente la continuidad del ciclo y por ende la del orden social establecido. Otros ejemplos pueden ser asociados a los solsticios, salidas heliacas de estrellas y planetas, entre otros, donde se incluyen representaciones del tiempo amanera de: a) péndulo o discontinuo, b) cíclica o de flujo y c) sincrónica o de lógica causal (Iwaniszewski 2009: 115-116, 229).

La Luna entre los incas

luna_fig1Para un observador del cielo las fases lunares son el ciclo más obvio de registrar. Éstas coinciden con los periodos fértiles de las hembras, así como con actividades agrícolas de siembra, el riego, la poda y las cosechas, de allí el carácter femenino – no exclusivo – en gran parte de las culturas, por ejemplo la Quilla entre los quechuas o la Mara entre los aymaras, asociándose directamente con la palabra mes (de una Luna a otra Luna). El Inca Garcilaso de la Vega en sus “Comentarios Reales de los Incas”, ofrece antecedentes sobre la sincronía de los meses lunares con el año solar, lo que se conseguía por medio de la observación de los solsticios, asegurando: “Porque contaron los meses por lunas, como luego diremos, y no por días y, aunque dieron a cada año doze lunas, como el año solar ecceda al año lunar como en onze días, no sabiendo ajustar el un año con el otro, tenían cuenta con el movimiento del Sol por los solsticios, para ajustar el año y contarlo, y no con las lunas. Y desta manera dividían el un año del otro rigiéndose para sus sembrados por el año solar, y no por el lunar” (Garcilaso de la Vega [1609] 1945: 111, en Bauer y Dearborn 1998: 57).

El ciclo de las fases o sinódico (figura 1) tiene una duración moderna de 29.5305 días (Steele 2000: 9), iniciando arbitrariamente después de dos o tres días de invisibilidad (margen o limen), cuando la Luna aparece por el Oeste cerca de donde se está ocultando el Sol, como una delgada creciente al atardecer. Este fenómeno ocurre con una distancia angular de +/-13° con respecto al Sol en el ocaso (8).

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(6) Van Gennep resalta el hecho que este tipo de rituales se realice en zonas elevadas, como los portezuelos montañosos o los caminos en la montaña (1982: 31-32).
(7) En términos calendáricos el sistema de cabañuelas puede incluirse dentro de este conjunto de prácticas liminales, pues consiste en la predicción de las condiciones climáticas a partir de los primeros días de un mes, precisamente el mes de agosto e inicio de las actividades agrícolas (Zuidema 1997).
(8)Esta distancia se corresponde a algo más que la proyección de una mano empuñada (igual a +/-10°) en el cielo a manera de un clisímetro artesanal.
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Desde el punto de vista de la observación del cielo, la Luna iniciará su ciclo desde su primera creciente (día 1), manteniéndose sólo por algunos minutos en el cielo. Dando paso a periodos más largos de visibilidad hasta alcanzar el día 7, una diferencia de 90° con respecto al Sol, coincidiendo con su posición más alta en el cielo en cuarto creciente (la mitad del disco). A medida que la Luna crece en el cielo (fase llena, día 15) ésta sale progresivamente más temprano y grande, en dirección opuesta al ocaso solar. En la segunda mitad del ciclo o menguante, sólo es visible a altas horas de la noche y primeras de la mañana, finalizando el ciclo en pleno día, hasta desaparecer por completo (Aveni 2005: 98-100).

En lo que respecta a la forma de contar por la fase de la Luna, el Inca Garcilaso de la Vega ([1609] 1960) asegura que los incas tomaron en cuenta el tiempo que transcurría de una Luna nueva a otra Luna nueva, describiendo también una división en cuartos, posiblemente influenciado por el modelo occidental de las semanas de siete días:

“Contaron los meses por lunas de una luna nueva a otra, y así llaman al mes quilla, como la luna; dieron sus nombres a cada mes, contaron los medios meses por la creciente y menguante de ella, contaron las semanas por los cuartos, aunque no tuvieron nombre para los días de la semana” (Figura Garcilaso de la Vega [1609, Lib. II, Cáp. XXIII, pág. 74], en Ziolkowski y Sadowski 1992:66).

En lo que refiere a la importancia agrícola de la Luna, Pedro Cieza de León en “Crónica General del Perú” [1553-1554], entrega buenos antecedentes sobre como los incas miraban el Sol, la Luna y el uso de algunas “torrecillas pequeñas” para conocer la duración del año a las que llamaban guata:“Conociendo la buelta quel sol haze y las crecientes y menguantes de la luna. Contaron el año por ello, al qual llaman guata y lo hazen de doze lunas (…) y usaron unas torrezillas pequeñas, que oy están muchas por los collados del Cuzco” ([1554] 1985: 78, en Bauer y Dearborn 1998: 43).

luna_fig2En lo que respecta a los meses de agosto y septiembre (figura 2), primero el Cronista Anónimo vincula la existencia de “cuatro pilares” con la cuenta de los meses lunares y la fecha de la siembra en algún momento del mes de agosto: “La luna del mes de Agosto llamauan Tarpuyquilla. Este mes no entendían en otra cosa más desembrar, (…) y este mes de Agosto entraua el Sol por medio de las dos torrecillas, de las quatro que por los Yngas estaua señalado…” (Cronista Anónimo [ca. 1570] 1906: 158, en Bauer y Dearborn 1998: 52).

Y luego, Guamán Poma de Ayala se refiere a los festejos de la reina dentro del mes lunar de septiembre (Cituaquilla): “Dízese este mes Coya Raymi por la gran fiesta de la luna. Es coya y señora del sol; que quiere dezir coya, rreyna, raymi, gran fiesta y pascua, porque de todas las planetas y estrellas del cielo es rreyna, coya, la luna y señora del sol […] Y ací fue fiesta y pascua de la luna y se huelgan muy mucho en este mes, lo más las mugeres y las señoras coyas y capac uarmi [señora poderosa], ñustas [princesa], pallas [mujer noble, gallana] (a), aui [campesina] y los capac omis [señoras aymaras], uayros [?] y otras prencipal mugeres deste rreyno. Y conbidan a los hombres” (Guamán Poma de Ayala 1615: 253 [255] 1980).

De acuerdo con Zuidema (1989), agosto y septiembre tenían especial importancia desde el punto de vista calendárico para los incas. Desde el Cuzco, entonces se realizaba la observación del Sol en su puesta para los días del anticenit (agosto 18 y abril 26), fechas que indican el momento de la siembra y cosecha ritual, marcándose por un conjunto de pilares en cerro Picchu (al poniente) observados desde el ushnu de plaza de Haukaypata. Según el Cronista Anónimo ([ca. 1570] 1906), estos pilares se distanciarían a 200 pasos (los exteriores) y a 50 pasos (los interiores), marcando las fechas de: agosto 3, agosto 18 y septiembre 2 (Bauer y Dearborn 1998: 93) (9).

Otro ciclo lunar menos utilizado en el estudio de los calendarios corresponde al mes sideral (del latín sidus, estrella) con una duración moderna de 27.3216 días (Steele 2000: 9). Éste corresponde al paso de la Luna por el mismo sector del cielo, por ejemplo si vemos a la Luna transitar por la constelación de las Pléyades, estará en la misma posición 27.3 días después, pero en una fase y hora distinta. La fracción obliga al observador a tener en cuenta el tercio de día (8 horas) de diferencia, es decir, si la primera observación se realiza a media noche, la siguiente será cercana a las 8 am, 27 días y fracción después, resultado en extremo difícil de observar, pues el Sol ya ha salido y han dejado de ser visibles las estrellas. Una solución fue seguramente manejar un ciclo mayor de tres meses siderales, igual a 82 días (3 x 27.3 = 81.9), que permite ver a la Luna (ligeramente desfasada) en una misma constelación y a la misma hora, a intervalos de tiempo sidéreo conocidos (Aveni 2005: 102).

Zuidema (1980, 1982 y 2011) a partir del calendario lunar sideral, propone una aproximación al sistema de ceques del Cuzco. Este autor, supone la existencia de un calendario de 328 días (igual al número aproximado de huacas), organizado en 12 meses sidéreos (12 x 27.3 = 327.6), pudiendo descomponerse en factores de 8 y 41, que corresponden al número promedio de la semana andina y al número de ceques del Cuzco, respectivamente. Este calendario, se complementaría con la cuenta solar gracias a la observación del periodo de invisibilidad de las Pléyades, cercano a 37 días, entre el 13 de mayo y el 9 de junio, vinculado con la cosecha y almacenamiento del maíz en la altitud del Cuzco (Zuidema 1980, 1982 y 2011). Por desgracia, se desconocen fuentes escritas que refieran a este tipo de calendario, por cuanto queda propuesto a manera de hipótesis alterna a la cuenta sinódica de días con referente lunar.

luna_fig3La Luna por efecto de la inclinación de su órbita con respecto a la eclíptica, igual a 5˚09’, puede alcanzar puntos sobre el horizonte un poco más al Norte y al Sur que el Sol durante los solsticios. A ello, se suma un leve bamboleo con un periodo de 173.31 días, que deriva en que la línea de intersección de ambos plano o “línea de los nodos”, no este fija, sino que tiene un movimiento de precesión cada 18.61 años (figura 3). Como consecuencia, dentro de un mes la Luna ejecuta un movimiento sobre el horizonte, similar al del Sol durante el año, pero con la diferencia que sus extremos no serán fijos, sino que varían no sólo cada mes, sino también dentro del ciclo nodal. Como resultado la Luna no tendrá dos, sino cuatro detenciones lunares o “lunisticios” dentro de cada ciclo nodal. Las declinaciones extremas serán igual al valor de la eclíptica 23˚26’ + 5˚09’ al Norte y al Sur, es decir, +28˚35’ y -28˚35’ o lunisticios mayores (valor moderno) (figura 4). Donde la Luna llena en el solsticio de invierno toma el lugar del Sol en el solsticio de verano y a la inversa. Los lunisticios menores ocurrirán cuando la Luna alcance valores de – 5˚09’, al norte y al sur de la eclíptica, igual a +18˚17’ y -18˚17’, casi nueve años y medio más tarde (valor moderno). La Luna estará una media de unos siete años en cada par de lunisticios y unos dos o tres viajando entre ellos (Belmonte 1999: 268-269 y Aveni 2005: 104-105).

luna_fig4Este fenómeno, pudo haber sido conocido con los incas en la medida que éstos se iban desplazando cada vez más al sur del trópico de Capricornio, alcanzando latitudes cercanas a los 28.5°S en la ubicación de los ushnus de Viña del Cerro o el Shincal de Quimivil, Norte de Chile y NW de Argentina, respectivamente. Hoy este fenómeno se conoce como una “Luna llena supertropical” y de acuerdo con Ianiszewski (2010) y Moyano (2012), pudo haber determinado la posición geográfica de estos sitios incas en el Collasuyu (figura 5).

La diferencia de 5°09’ con respecto a la eclíptica explica el fenómeno de los eclipses. Éstos se producen cuando existe una distancia angular de la Luna con respecto al nodo menor a 4.6° (eclipse total). El intervalo entre dos pases sucesivos de la Luna a través del mismo nodo se conoce como mes dracónico de 27.2122 días (Steele 2000: 10). Entre dos y siete eclipses ocurren al año, en conjuntos de uno a tres y separados por 173 días. Como estos se sincronizan con los eclipses solares, ocurren en secuencias de uno solar, o solar, lunar y solar.

luna_fig5Con respecto a este tipo de fenómenos, sólo contamos con la referencia de Felipe Guamán Poma de Ayala, quien señala: “Meses y años y domingos que contauan los Yngas en este rreyno, que los filósofos y astrólogos antigos contauan la semana dies días y treynta días un mes. Y ancí, por ésta, se seguía y se seruía con ella y conocía por las estrellas lo que abía de pasar el año, que bien sabía que el sol estaua en más alto grado que la luna y se ponía de encima de ella y se sangrentaua. Y ancí escuricía y creyýan que abía de murir y escoricir y caer en tierra el clips de la luna y ancí hazían gritar a la gente y a los perros y tocauan tanbores y alborotarse la gente” (1615: 235 [237] 1980).

Desde la perspectiva teórica que intentamos desarrollar, este fenómeno pudiera ser reconocido como un momento indicativo, quizás “único” entre los observadores del cielo en tiempos incas. No obstante, entrega pistas interesantes para hablar al menos de un sistema de observación sistemática que tomaba en cuenta la posición del Sol y la Luna en el cielo en determinadas épocas del año.

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(9) Ziolkowski y Lebeuf (1993), retoman la descripción del Cronista Anónimo e intentan proponer un modelo de predicción de eclipses a partir de la posición de la Luna en el horizonte poniente del Cuzco. Para ello se fijan en dos aspectos centrales de la geometría de los pilares en Picchu: 1) Que la diferencia (δ) entre los pilares de agosto 18 y septiembre 2, es igual a 5°10’, distancia cercana a la inclinación de la órbita con respecto a la eclíptica. 2) Que la diferencia angular de los pilares exteriores (18°10’ y 7°38’) sea igual a 10°32’, es decir, dos veces la misma distancia. Como consecuencia, si se observa la oscilación de la parada menor de la Luna cerca de este pilar, se puede deducir la variación de la inclinación lunar. Esto puede ocurrir para los días cercanos a febrero 13 y octubre 30 (paso cenital del Sol), cuando la Luna cruza por los pilares centrales, donde la distancia es igual a 2°30’. Diferencia similar al promedio entre una puesta y otra de la Luna en esta parte de la eclíptica y al tamaño aproximado de la sombra que la Tierra proyecta hacia la Luna en los eclipses.
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Comentarios finales

La Luna, al igual que otros objetos del cielo, fue percibida de una manera social entre los incas. Para ellos simbolizaba a la Quilla o esposa del Inti-Sol, por ende disfrutaba de un lugar importante dentro del panteón de deidades. Desde el punto de vista de la teoría social del tiempo, la Luna constituye un claro ejemplo del tiempo indicativo, pues destaca momentos o fases claros dentro de ciclos mayores, como el Saros y Metónico, en relación al año solar. Ahora bien, si adoptamos una posición desde la teoría de los ritos de paso, la Luna además se explica a partir de los conceptos de separación (fase menguante), margen (invisibilidad) y agregación (fase creciente), incluyendo la división en 2, 3 ó 4 fases claramente marcadas con una extensión total de 29.53 días (mes sinódico). Constatándose además, la existencia de una relación directa entre estos ciclos menores y los rituales agrícolas, en particular para los meses de agosto y septiembre (en la latitud del Cuzco), que coincidían más o menos con dos meses lunares después del solsticio de junio (invierno). Lo que marcaba además el inicio de las actividades agrícolas, con el anticenit (nadir) en fechas cercanas al 18 de agosto. En este contexto, la Luna constituye entonces parte de una matriz interpretativa o calendárica, que intentaba amortiguar la incertidumbre social y organizar con ello las actividades cotidianas relacionadas con la estabilidad productiva de los incas. En otras palabras, un sistema nemotécnico asociado a la simbología de sus fases, que incluso pudo ser llevado al fenómeno de los eclipses, como alegoría del nacimiento, plenitud y muerte de una astro utilizado bajo los parámetros de un oráculo astronómico en tiempos del Inca.

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Artículo originalmente publicado en : Revista Haucaypata Número 4