T’aqrachullo: El Enigma de la Fortaleza entre Abismos y su Nexo con la Mítica Ancocagua

En la inmensidad sobrecogedora del altiplano cusqueño, donde el viento implacable de la puna moldea los relieves y los cursos fluviales esculpen cañones de vértigo absoluto, se levanta uno de los testimonios arquitectónicos más imponentes, masivos y, paradójicamente, menos comprendidos de la historia andina prehispánica. T’aqrachullo, una monumental ciudadela de piedra que parece desafiar las leyes de la gravedad desde las cumbres de la provincia de Espinar, ha comenzado finalmente a revelar sus secretos al mundo, sacudiendo los cimientos de la arqueología tradicional peruana.

Durante generaciones, los flujos del turismo masivo y los principales proyectos de inversión científica han concentrado históricamente su atención en los valles cercanos al Cusco, el Valle Sagrado de los Incas y el icónico santuario histórico de Machu Picchu. Sin embargo, las minuciosas investigaciones de campo recientes y la sorpresiva atención de cadenas de difusión científica global —particularmente los reportajes internacionales publicados por National Geographic— están provocando un giro radical de los reflectores hacia el sur de la región Cusco. Este es un territorio altoandino donde cada bloque de piedra laja cuenta una historia de resistencia militar, adaptación ecológica extrema y majestuosidad compartida entre civilizaciones preíncas e incas.

Conocida localmente por algunos pobladores, comuneros y arrieros bajo el apelativo popular de la «Fortaleza de María» —debido a su estricta proximidad geográfica con el imponente sector homónimo dentro del espectacular sistema de fallas geológicas y cañones de la zona—, T’aqrachullo no representa simplemente un mirador fortificado o una avanzada militar periférica. Los datos acumulados en las últimas campañas de excavación demuestran de forma irrefutable que nos encontramos ante un complejo urbano, religioso, logístico y militar de gran envergadura que reescribe por completo nuestra comprensión de las fronteras del Tawantinsuyu, así como de las dinámicas de asimilación de las naciones autónomas que habitaron el antiguo Perú antes de la consolidación final del imperio de los incas.

El Cambio de Paradigma: La Arqueología en Manos Peruanas

El verdadero valor del proceso de rescate arqueológico que está experimentando T’aqrachullo en el siglo XXI no radica únicamente en la espectacularidad de sus estructuras de piedra o en la riqueza material oculta en sus estratos arqueológicos. Lo que verdaderamente marca un hito y un cambio de paradigma en la disciplina del país es que las complejas excavaciones, prospecciones y análisis científicos que han retirado la densa maleza de la puna de sus muros están siendo ejecutadas y lideradas de forma directa por investigadores y científicos peruanos.

Históricamente, gran parte de la narrativa oficial sobre el Imperio Inca y las sociedades andinas ha sido construida y filtrada a través de las crónicas coloniales de los conquistadores españoles que los desplazaron y desestructuraron, o mediante expediciones arqueológicas extranjeras de los siglos XIX y XX que a menudo extraían las piezas fuera de sus contextos originarios. Los incas, al no poseer un sistema de escritura alfabético occidental, dejaron su historia grabada en la distribución de sus espacios sagrados, en la tecnología de sus muros y en el interior de sus contextos funerarios.

En T’aqrachullo, cada nuevo muro consolidado, cada fragmento de cerámica catalogado y cada resto óseo analizado representa un acto monumental de reclamación histórica y cultural. Profesionales de la arqueología nacional, profundamente conectados con la herencia de la región, están asumiendo el rol protagónico en la reconstrucción del pasado andino. Esta labor no se limita al aislamiento de los laboratorios o los gabinetes científicos; por el contrario, los equipos de investigación mantienen un diálogo constante y activo con las comunidades campesinas locales que habitan bajo la sombra de la mesa, como Chaupimayo y el distrito de Suykutambo. Al compartir los hallazgos y explicar la trascendencia de la ciudadela a los descendientes directos de sus constructores, la arqueología cumple su función social más noble: devolver a las poblaciones locales su memoria histórica, su orgullo identitario y el protagonismo en la gestión y protección de su propia herencia cultural.

T’aqrachullo Fuente: NatGeo
Geografía del Abismo: El Entorno Estratégico de Suykutambo y el Cañón de la Fortaleza

Para comprender la verdadera magnitud de T’aqrachullo, es imperativo analizar el escenario geográfico y geológico en el cual fue edificado. La ciudadela no fue construida sobre una montaña cualquiera; se asienta de manera imponente sobre una gigantesca mesa barrida por el viento, en las cumbres de la provincia de Espinar, en el distrito de Suykutambo, elevándose a una altitud que oscila entre los 3,900 y los 4,100 metros sobre el nivel del mar [cite: 1, 2]. Esta ubicación sitúa al complejo en un ecosistema de puna seca, un territorio caracterizado por variaciones térmicas extremas, vientos constantes y una vegetación dominada por el ichu y arbustos rastreros, un paisaje que contrasta drásticamente con los valles fértiles y la ceja de selva donde se ubican centros ceremoniales más conocidos como Machu Picchu [cite: 2].

El emplazamiento de T’aqrachullo responde a una planificación militar y logística de orden superior. La meseta se eleva unos 300 pies de forma completamente vertical sobre el cauce del río Apurímac, justo en las inmediaciones donde convergen tres ríos importantes de la región, un nudo fluvial estratégico que actúa como un foso natural inexpugnable [cite: 1, 2]. Las paredes del cañón adyacente, conocidas localmente en el sector como el Cañón de los Tres Cañones, no solo ofrecían una barrera física insuperable contra cualquier intento de incursión enemiga, sino que además dotaban al asentamiento de un control visual absoluto sobre las rutas de tránsito que interconectaban el altiplano con los valles interandinos del sur del Cusco [cite: 2].

La Escala del Gigante Olvidado

Durante décadas, el manto del olvido y la vegetación silvestre ocultaron las verdaderas dimensiones de este baluarte de piedra. Las exploraciones y excavaciones sistemáticas lideradas por el Ministerio de Cultura han revelado que las ruinas de T’aqrachullo se extienden de manera orgánica a lo largo de un área que abarca aproximadamente 43 acres [cite: 1, 1]. Para poner esta escala en perspectiva científica, la extensión del complejo es aproximadamente cuatro veces más grande que la zona urbana y agrícola de la célebre ciudadela de Machu Picchu, ubicada a unas 140 millas al noroeste [cite: 1].

Esta enorme área arqueológica no se limita exclusivamente a la plataforma superior de la mesa. El planeamiento urbano prehispánico del sitio se distribuyó de forma vertical, abarcando una importante zona residencial y de servicios en la base misma de las formaciones rocosas colosales, así como el denso tejido arquitectónico de élite que corona la cima de la meseta [cite: 1, 2]. Esta dicotomía espacial demuestra que T’aqrachullo no fue un simple puesto de avanzada o un refugio temporal en tiempos de guerra, sino un centro de población masivo, un núcleo logístico permanente y un santuario de gran envergadura capaz de albergar y sustentar a una población numerosa bajo condiciones ambientales sumamente exigentes [cite: 2].

El Acceso Restringido: La Escalera tallada en la Roca

Uno de los elementos de ingeniería más fascinantes y que mejor ilustran el carácter exclusivo y defensivo de T’aqrachullo es su sistema de acceso. La meseta está resguardada por abismos colosales en casi la totalidad de su perímetro, lo que obligó a los antiguos constructores a depender de una única vía de entrada: una empinada, estrecha y escarpada escalera de piedra que rasga la cara misma del acantilado vertical desde el fondo del valle [cite: 1, 1].

Este sendero único funcionaba como un filtro de seguridad implacable. Cualquiera que intentara ascender a la cima quedaba completamente expuesto a las defensas de la ciudadela, haciendo que la entrada fuera fácilmente defendible por un puñado de guerreros situados en la parte superior. Las evidencias arqueológicas indican que este acceso no estaba destinado al uso de la población común de la región. Mientras que los comerciantes, pastores y transeúntes comunes de las redes viales andinas transitaban y se alojaban en el sector bajo, situado en la base de la formación, el acceso a la cima de la plataforma estaba estrictamente restringido a la nobleza inca, los administradores estatales y el cuerpo de sacerdotes dedicados al culto [cite: 1, 1].

El desgaste físico en los peldaños de esta imponente escalera cuenta una historia de siglos de actividad ininterrumpida. Debido a la ausencia total de fuentes de agua naturales y de tierras agrícolas fértiles en la superficie plana de la meseta, todos los recursos esenciales para la vida y el culto —desde el agua potable hasta los alimentos y los textiles sagrados— debían ser transportados de manera constante desde el fondo del valle. Este titánico esfuerzo logístico recayó sobre caravanas de llamas domesticadas, cuyos pesados e incesantes pasos a lo largo de las centurias dejaron huellas e indentaciones profundas y claramente visibles sobre los peldaños de piedra dura, un testimonio mudo de la intensa vida económica y religiosa que animó las alturas de T’aqrachullo [cite: 1].

La Línea del Tiempo de T’aqrachullo: Desde los Orígenes Wari y la Nación K’ana hasta la Hegemonía Inca

Para comprender cabalmente el entramado social, político y sagrado que define a T’aqrachullo, es indispensable realizar una inmersión profunda en su compleja estratigrafía cronológica. Las investigaciones científicas de las últimas décadas han desmantelado la idea de que este sitio fue una creación exclusivamente incaica. Por el contrario, los datos de campo acumulados estiman que la meseta y sus laderas registran una secuencia ininterrumpida de presencia y actividad humana que se extiende por aproximadamente 2,000 años, transformándolo en un fascinante palimpsesto de las civilizaciones más influyentes del sur andino [cite: 1, 1].

La Génesis del Sitio: El Horizonte Medio y la Presencia Wari

La historia arquitectónica y religiosa de T’aqrachullo hunde sus raíces en el Horizonte Medio (ca. 650–1000 d.C.) [cite: 1]. Durante gran parte del siglo XX, las teorías académicas convencionales afirmaban que el Imperio Wari —una poderosa civilización centralizada con base en Ayacucho— no había extendido su esfera de influencia directa de manera tan drástica hacia las provincias altas del sur de la región Cusco. Sin embargo, las exploraciones iniciales de superficie lideradas en la década de 1990 por las investigadoras peruanas Alicia Quirita y Maritza Candia comenzaron a resquebrajar este consenso al hallar tiestos y fragmentos cerámicos con una clara filiación estética y técnica wari [cite: 1].

Las excavaciones sistemáticas ejecutadas posteriormente por el Ministerio de Cultura del Perú bajo la dirección del arqueólogo Emerson Pereyra confirmaron estas sospechas de manera monumental. Al profundizar en los estratos inferiores, el equipo desenterró un imponente conjunto de ofrendas y entierros intactos pertenecientes a esta etapa formativa del santuario [cite: 1]. Entre los hallazgos más deslumbrantes destaca una tumba sellada que albergaba exquisitas estatuillas y figurinas aplanadas talladas en metal con la silueta de llamas, acompañadas de finas láminas de oro puro y piezas de crisocola —un mineral de tonalidades azul-verdosas sumamente codiciado en el mundo prehispánico— minuciosamente trabajadas para emular la sagrada e imponente figura del puma [cite: 1, 1]. Estos elementos demuestran que, ya bajo el dominio Wari, la mesa de T’aqrachullo no era un simple campamento de pastores, sino un espacio dotado de una profunda carga ritual, donde la élite regional depositaba manufacturas de alto valor simbólico.

T’aqrachullo. Fuente NatGeo
El Intermedio Tardío: El Pukara de la Nación K’ana

Con el colapso del sistema imperial Wari hacia el año 1000 d.C., los Andes centrales entraron en el periodo conocido como el Intermedio Tardío (ca. 1000–1450 d.C.) [cite: 1, 2]. Esta época estuvo profundamente marcada por una marcada fragmentación política, intensos conflictos interétnicos y una competencia feroz por el control de fuentes de agua estables y pastizales óptimos para la ganadería de camélidos en las zonas de altura. En este contexto de inestabilidad generalizada, la provincia alta de Espinar fue ocupada sólidamente por la nación K’ana [cite: 2].

Los K’anas eran un grupo étnico preínca caracterizado en las fuentes etnohistóricas por su temperamento marcial, su destreza en la economía ganadera de altura y su notable capacidad para adaptar soluciones arquitectónicas defensivas a los rigurosos ecosistemas de la puna seca [cite: 2]. Fue precisamente esta necesidad de supervivencia y soberanía territorial la que impulsó a los líderes K’anas a elegir la cumbre de los macizos rocosos de Suykutambo para fundar un imponente pukara o asentamiento fortificado [cite: 2]. Desde las alturas inexpugnables de la meseta, los vigías y guerreros K’anas poseían un dominio visual absoluto sobre todo el cañón y controlaban de manera estricta las vitales rutas comerciales que conectaban el altiplano de la cuenca del Titicaca con los valles interandinos septentrionales [cite: 2]. Durante esta fase, el urbanismo del sitio se expandió mediante la construcción masiva de recintos de planta circular y rectangular levantados con piedra laja local unida con argamasa de barro, diseñados para albergar a la población civil y a las guarniciones defensivas permanentes [cite: 2, 2].

T’aqrachullo. Fuente: NatGeo
El Horizonte Tardío: La Intervención e Integración Imperial Inca

Hacia mediados del siglo XV, el Horizonte Tardío irrumpió en la región con las campañas expansivas iniciadas desde el Cusco por el Estado Inca, bajo el liderazgo de soberanos como Pachacútec [cite: 1]. La historiografía y las detalladas evidencias materiales sugieren que la incorporación de la provincia de Espinar y de la nación K’ana al Tawantinsuyu no se produjo necesariamente a través de una cruenta guerra de exterminio, sino por medio de una serie de complejas y calculadas alianzas políticas, diplomáticas y matrimoniales [cite: 2]. Los gobernantes cuzqueños valoraban sobremanera la bravura y destreza militar de los guerreros K’anas, integrándolos rápidamente como un cuerpo de choque aliado en las sucesivas campañas de conquista del imperio hacia otras latitudes.

Una vez consolidada la anexión pacífica del territorio, los arquitectos e ingenieros del imperio intervinieron de forma monumental el tejido urbano preexistente de T’aqrachullo [cite: 2]. Respetando escrupulosamente el núcleo original de las construcciones K’anas, los incas superpusieron sus refinadas técnicas de aparejo de piedra, ampliaron masivamente los sistemas de andenería en las laderas para estabilizar los suelos frente a los deslizamientos y asegurar la agricultura de altura, y erigieron imponentes recintos administrativos y ceremoniales que asimilaron el sitio dentro del gran Qhapaq Ñan o sistema vial andino [cite: 2, 2]. Así, el complejo quedó integrado como un nudo logístico, espiritual y de control político absolutamente crucial dentro de la vasta región del Kuntisuyu, sirviendo como un nexo de comunicación directo con metrópolis tan distantes como Quito en la actual frontera norte o Santiago en el extremo sur [cite: 1, 2].

Arquitectura de Poder y Fe: Análisis Detallado de los Sectores Urbano, Militar y el Gran Templo Sagrado

La distribución espacial y la monumentalidad de las estructuras de T’aqrachullo constituyen un testimonio tangible de la sofisticada planificación urbana prehispánica, diseñada con el doble propósito de consolidar el control geopolítico de la región y albergar las más sagradas manifestaciones litúrgicas de las provincias altas [cite: 1, 2]. Las campañas de restauración del Ministerio de Cultura de las que formó parte el arqueólogo Emerson Pereyra han permitido catalogar cerca de 600 estructuras complejas distribuidas de manera orgánica a lo largo de crestas rocosas y abismos vertiginosos [cite: 1, 2]. Este extenso entramado constructivo se organiza a través de sectores claramente zonificados y especializados [cite: 2].

El Sector Residencial y Doméstico: La Base Social y Logística

La base demográfica y de servicios de la ciudadela se localiza estratégicamente tanto en las zonas bajas adyacentes a la mesa como en sectores intermedios de las laderas [cite: 1, 2]. Este sector doméstico destaca por una masiva concentración de recintos habitacionales de planta predominantemente circular y rectangular, una tipología que denota la herencia constructiva de la nación K’ana respetada y posteriormente refaccionada por la administración incaica [cite: 2]. Las paredes de estas viviendas están edificadas con piedra laja de origen local, unidas con una densa y resistente argamasa de barro y paja de la puna [cite: 2].

Intercaladas de forma regular entre los recintos residenciales, los arquitectos prehispánicos levantaron estructuras circulares de almacenamiento conocidas como qollqas [cite: 2]. Estos depósitos estatales eran indispensables para el acopio de productos nativos de altura, como tubérculos deshidratados (chuño) y granos andinos, destinados al sustento de las guarniciones militares y de los operarios dedicados al mantenimiento del complejo. En las laderas adyacentes, se despliega un intrincado sistema de terrazas y andenerías agrícolas que cumplían una doble función técnica de gran trascendencia: estabilizaban los suelos frente a los constantes deslizamientos del cañón y generaban microclimas aptos para la producción agrícola bajo condiciones climatológicas extremas [cite: 2].

Murallas y Sistemas Defensivos: El Pukara Inexpugnable

El carácter militar y de refugio fortificado de T’aqrachullo se hace evidente al analizar sus formidables perímetros de seguridad. Aunque la topografía natural de la mesa —con sus caídas de 300 pies verticales hacia el cauce del río Apurímac— proporcionaba una barrera física prácticamente insuperable, los flancos que presentaban mayor vulnerabilidad y suavidad en la pendiente fueron fuertemente protegidos por imponentes lienzos de murallas defensivas de mampostería [cite: 1, 2]. Estos gruesos muros de contención y murallas no solo impedían el ingreso de agentes externos en tiempos de guerra, sino que segregaban de forma estricta los flujos de tránsito cotidianos de la ciudadela [cite: 2].

El acceso hacia la zona noble y sagrada estaba fuertemente controlado a través de una angosta estructura de entrada al final de la empinada escalera tallada en el acantilado [cite: 1]. Las recientes investigaciones han sacado a la luz evidencias de que la guarnición defensiva de la fortaleza se encontraba permanentemente armada y abastecida para resistir asedios prolongados. En áreas estratégicas del perímetro defensivo se han desenterrado abundantes depósitos o caches con proyectiles esféricos de piedra seleccionada, puntas de lanza talladas en obsidiana negra y restos óseos de individuos masculinos que presentan fracturas y lesiones traumáticas ante-mortem, signos inequívocos de enfrentamientos bélicos violentos directos [cite: 1].

El Sector Ceremonial de Élite: El Corazón Sagrado de la Mesa

En la plataforma superior de la mesa, aislada del bullicio doméstico por la estricta restricción de tránsito, se alza el núcleo teocrático y administrativo de T’aqrachullo [cite: 1, 2]. En este espacio exclusivo, la calidad de la arquitectura sufre un salto técnico cualitativo asombroso: las rústicas construcciones de piedra laja dan paso a estructuras con un aparejo y un acabado notablemente superiores, caracterizadas por el empleo de nichos u hornacinas empotradas y vanos trapezoidales finamente labrados, elementos que representan la firma inconfundible de la arquitectura monumental de la élite incaica [cite: 2].

El descubrimiento más espectacular de este sector, consolidado en el año 2023, corresponde a las fundaciones de un Gran Templo de planta abierta orientado de forma precisa hacia las cumbres de los apus o montañas sagradas circundantes [cite: 1]. Los análisis arquitectónicos y estratigráficos demostraron que esta estructura principal fue edificada sobre las bases de plataformas rituales mucho más antiguas, confirmando la naturaleza ancestral del culto en la meseta mucho antes de la expansión cusqueña [cite: 1].

En el centro geométrico de esta gran plataforma ceremonial se localizan los restos de una icónica fuente o pileta sacramental vinculada al culto del agua y la fertilidad de la tierra [cite: 1]. La fuente cuenta con un elaborado canal labrado directamente sobre el suelo de piedra, diseñado para que las autoridades y sacerdotes vertieran libaciones rituales de chicha (bebida fermentada de maíz) de un vaso ceremonial a otro como ofrenda consagrada a los dioses y deidades de la naturaleza [cite: 1]. Durante estas solemnes ceremonias y observaciones astronómicas nocturnas bajo el firmamento de la puna, los sacerdotes de la alta nobleza incaica —ataviados con elaborados tocados, textiles polícromos y resplandecientes aplicaciones de metal— depositaban pepitas y fragmentos de oro puro en las junturas de los bloques de piedra de la fuente, mientras oraban y cantaban al compás de trompetas de caracola y tambores para asegurar la prosperidad del imperio [cite: 1].

Los Monumentos Funerarios: Las Chullpas Nobles

La sacralidad de T’aqrachullo se extendía de igual manera a su dimensión funeraria, configurándolo como un imponente centro de veneración de los ancestros. En los sectores periféricos y más elevados de la meseta se yerguen las chullpas, estructuras funerarias en forma de torres construidas con piedra laja destinadas exclusivamente a albergar las momias y los fardos funerarios de los miembros de la élite y la nobleza dominante [cite: 1].

La edificación de estos monumentos funerarios incaicos refleja un proceso de apropiación espiritual y reconfiguración del espacio sagrado de gran interés para los estudios arqueológicos. Los ingenieros incas levantaron estas complejas chullpas directamente sobre los cementerios y tumbas subterráneas de las civilizaciones precedentes, como los Wari. Los restos óseos de los antiguos habitantes enterrados allí siglos atrás fueron cuidadosamente exhumados de sus tumbas originales y trasladados de forma respetuosa hacia grandes fosas o tumbas comunales secundarias de carácter colectivo, permitiendo que la nueva clase gobernante imperial ocupara físicamente las posiciones espaciales de poder y culto a los muertos en la cima de la ciudadela [cite: 1].

El Tesoro Escondido: El Hallazgo de las Secuencias de Oro y la Conexión con la Mítica Ancocagua

A pesar de la imponente monumentalidad de sus estructuras de piedra laja, el verdadero punto de inflexión científica que obligó a la comunidad arqueológica internacional a reevaluar por completo la posición jerárquica de T’aqrachullo ocurrió una mañana de septiembre del año 2022 [cite: 1]. El arqueólogo peruano Dante Huallpayunca se encontraba realizando meticulosas labores de limpieza y raspado superficial de suelos en el interior de un recinto de piedra que, durante décadas, había sido empleado de manera rústica por los comuneros locales como un simple corral para alpacas [cite: 1]. De pronto, uno de sus asistentes de campo divisó un destello inusual entre la tierra compacta [cite: 1].

Lo que inicialmente comenzó como el hallazgo de una pequeña pieza aislada se transformó rápidamente en el desentierro de uno de los tesoros ceremoniales más masivos e importantes registrados en el sur andino en las últimas décadas: una impresionante colección oculta de casi 3,000 pequeñas lentejuelas o placas circulares perforadas (secuencias) manufacturadas en oro puro, plata y cobre [cite: 1]. Estos delicados discos metálicos, meticulosamente labrados a inicios del siglo XVI, no eran elementos utilitarios o de intercambio comercial; constituían adornos sagrados de alta costura diseñados exclusivamente para ser cosidos y fijados sobre los suntuosos textiles y vestimentas ceremoniales empleados por la suprema élite imperial y el cuerpo sacerdotal incaico durante las liturgias de Estado [cite: 1, 1]. El hallazgo demostró de forma irrefutable que T’aqrachullo no era una fortaleza periférica o un asentamiento rural aislado, sino un centro de inmenso poder político, económico y teocrático dentro del Tawantinsuyu [cite: 1].

La Hipótesis de Reinhard: La Búsqueda de Ancocagua

Este asombroso descubrimiento material dotó de un peso científico renovado a una audaz teoría que había permanecido archivada durante casi tres décadas. En el año 1994, el renombrado antropólogo, arqueólogo de alta montaña y Explorador de National Geographic, Johan Reinhard, visitó la meseta por primera vez acompañado por la entonces estudiante de arqueología Alicia Quirita [cite: 1]. Reinhard se encontraba enfrascado en una persistente investigación histórica: localizar el emplazamiento exacto de una de las ciudadelas y santuarios más sagrados, enigmáticos e inexplorados de la literatura colonial, conocida en los textos bajo el nombre de Ancocagua [cite: 1, 1].

Las referencias sobre este místico oráculo procedían inicialmente de la Crónica del Perú, un tratado fundamental publicado en 1553 por el cronista español Pedro Cieza de León [cite: 1]. En su manuscrito, Cieza de León afirma taxativamente que el templo de Ancocagua figuraba de forma oficial como uno de los cinco centros ceremoniales y santuarios más importantes, venerados y ricos de todo el Imperio Inca, albergando un célebre oráculo y acumulando inmensas cantidades de oro y plata procedentes de las ofrendas imperiales [cite: 1, 1]. Sin embargo, las descripciones geográficas proporcionadas por la Crónica eran sumamente vagas, lo que impidió que los historiadores de los siglos XIX y XX pudieran determinar su paradero exacto.

El panorama de la investigación cambió drásticamente en el año 1987 con el descubrimiento fortuito en España de la parte que se consideraba perdida del manuscrito del cronista Juan de Betanzos, redactado originalmente en el siglo XVI [cite: 1]. Betanzos, un colono español que dominaba el idioma quechua por estar casado con una noble incaica, no solo corroboró la inmensa jerarquía religiosa de Ancocagua, sino que legó un relato detallado y desgarrador sobre los eventos militares que acontecieron en dicha fortaleza durante los últimos días de existencia del imperio [cite: 1].

El Relato de Betanzos: Asedio, Resistencia y Muerte en el Abismo

De acuerdo con las crónicas recuperadas de Betanzos, tras la captura y ejecución del inca Atahualpa en Cajamarca por las huestes comandadas por Francisco Pizarro en 1532, el control español sobre los Andes no se consolidó de manera pacífica [cite: 1]. Casi de inmediato, cruentas rebeliones y focos de resistencia armada estallaron en diversas provincias del imperio. Uno de los bastiones de resistencia más feroces e inexpugnables se organizó precisamente en el santuario de Ancocagua, descrito como una monumental ciudadela fortificada situada sobre una meseta escarpada e inaccesible en una región localizada al sur de la capital imperial del Cusco [cite: 1].

Decididos a aplastar de forma definitiva este peligroso levantamiento nativo, un batallón de caballería e infantería española liderado por uno de los hermanos de Francisco Pizarro marchó hacia las provincias altas con el objetivo de asaltar la fortaleza [cite: 1]. Sin embargo, al llegar a la base de las formaciones rocosas, los conquistadores descubrieron que las huestes incas rebeldes habían bloqueado por completo el único y estrecho sendero de acceso que conducía a la cima de la meseta [cite: 1]. Ante la imposibilidad material de realizar un asalto frontal debido al abismo vertical, el ejército español se vio obligado a establecer un riguroso cerco o sitio militar alrededor de la montaña, cortando de manera absoluta todo ingreso de suministros esenciales, agua potable y alimentos hacia la plataforma superior [cite: 1].

El desenlace de este asedio prolongado fue trágico. Tras semanas de privaciones extremas y ante la inminencia de la caída de sus defensas por el hambre y la sed, los desesperados defensores de la ciudadela tomaron una determinación radical: antes que rendirse y someterse a la esclavitud o el suplicio a manos de los invasores europeos, cientos de hombres, mujeres y niños residentes del santuario prefirieron arrojarse en masa desde los imponentes acantilados verticales hacia los abismos del cañón, hallando la muerte sobre las rocas del río Apurímac [cite: 1, 1]. Una vez que las tropas españolas lograron finalmente vulnerar los accesos saboteados, saquearon los templos, confiscaron los tesoros del oráculo y abandonaron el sitio, dejándolo sepultado bajo el manto del olvido histórico [cite: 1].

Las Evidencias del Conflicto Militar

Al contrastar estas sobrecogedoras narraciones históricas con los hallazgos físicos recuperados en las campañas de excavación dirigidas por Emerson Pereyra, las coincidencias científicas resultan abrumadoras. Además de la correspondencia exacta de la geografía de T’aqrachullo con la mesa descrita en las fuentes coloniales, el equipo de arqueólogos peruanos descubrió que el sendero principal de la escalera de piedra se encontraba obstruido y sepultado de forma artificial por una densa capa de entre seis y diez pies de bloques de roca colapsada [cite: 1]. Si bien inicialmente los investigadores consideraron que se trataba de un derrumbe natural fortuito, los análisis estructurales posteriores demostraron de forma contundente que los peldaños fueron saboteados y dinamitados de forma deliberada por los propios operarios incas con el fin de inhabilitar la subida ante una inminente invasión militar [cite: 1].

Esta hipótesis se ve fuertemente respaldada por el desentierro en los sectores residenciales y de murallas de numerosos entierros secundarios e individuos cuyos esqueletos presentan marcas claras de traumatismos perimortem causados por armas contundentes, lesiones infligidas de forma violenta en combate y una total ausencia de elementos o artefactos de filiación europea [cite: 1]. Si bien las investigaciones arqueológicas aún no han detectado vestigios materiales directos que denoten una ocupación o presencia prolongada de los conquistadores españoles en la meseta, este hecho concuerda perfectamente con la naturaleza del relato de Betanzos: un asedio externo, un saqueo relámpago de las riquezas del oráculo y el abandono inmediato de una fortaleza destruida y maldita por el suicidio colectivo de sus habitantes [cite: 1].

Guía de Exploración Científica y el Futuro del Patrimonio en las Provincias Altas

Para el investigador, estudiante o viajero enfocado en la exploración científica, adentrarse en el complejo arqueológico de T’aqrachullo constituye una experiencia tan profundamente gratificante como rigurosa y exigente desde el punto de vista físico y logístico [cite: 2]. Al encontrarse geográficamente apartado de los circuitos turísticos comerciales tradicionales del departamento del Cusco, la planificación de una expedición hacia este baluarte prehispánico requiere un ordenamiento meticuloso de la ruta, el equipamiento y los tiempos de aclimatación [cite: 2].

Planificación Logística y Rutas de Acceso

El complejo se ubica formalmente en los terrenos de la comunidad campesina de Chaupimayo, dentro del distrito de Suykutambo, perteneciente a la provincia de Espinar, en el sector meridional de la región Cusco [cite: 2]. El viaje se desglosa a través de las siguientes pautas logísticas y operativas fundamentales para garantizar una exploración exitosa [cite: 2]:

Aspecto Clave Detalle Operativo e Indicaciones Científicas
Altitud Operativa El complejo se despliega verticalmente en un rango comprendido entre los 3,900 y los 4,100 metros sobre el nivel del mar [cite: 2].
Ruta Terrestre Desde la ciudad de Cusco, se toma la vía terrestre hacia la ciudad de Yauri (capital de Espinar) en un viaje que toma entre 4 y 5 horas [cite: 2]. De Yauri, se continúa en vehículo hacia Suykutambo (1 hora aproximadamente) hasta el sector de Chaupimayo [cite: 2].
Tramo Peatonal En Chaupimayo se inicia la caminata de ascenso vertical a través de la icónica y empinada escalera de piedra laja tallada sobre el acantilado [cite: 1, 2].
Condiciones de Ingreso El acceso al sitio está gestionado de manera comunitaria directa por los comuneros locales, quienes aplican tarifas mínimas destinadas al mantenimiento básico [cite: 2].
Estacionalidad Óptima Se recomienda efectuar la exploración

estrictamente durante la temporada seca andina (de mayo a octubre), evitando las lluvias torrenciales de la puna [cite: 2].

Debido a la altitud extrema en la que se ejecutan los tramos de ascenso, es una pauta médica y de seguridad indispensable realizar un periodo previo de aclimatación física de al menos 48 horas en las ciudades de Cusco o Yauri para mitigar los efectos del mal de montaña o soroche [cite: 2]. El sendero peatonal exige una condición física moderada, calzado técnico de montaña con excelente agarre para roca laja suelta, vestimenta térmica por capas capaz de contener el intenso viento de la puna, protección contra la alta radiación solar y sistemas portátiles de hidratación [cite: 2]. Asimismo, se exhorta a los científicos y exploradores a realizar la prospección acompañados obligatoriamente por guías comunitarios locales para garantizar la seguridad y evitar cualquier daño accidental sobre los frágiles paramentos arqueológicos que aún no han sido plenamente consolidados por el Estado [cite: 2].

El Futuro del Patrimonio: Conservación, Museo de Sitio y Sostenibilidad

El incremento de la visibilidad científica internacional brindado a T’aqrachullo por plataformas de investigación global no representa un hecho aislado, sino el reflejo directo de un profundo cambio de paradigma en la geopolítica de la arqueología peruana [cite: 2]. Las provincias altas del Cusco, largamente postergadas en los manuales de historia oficial en favor de los monumentos del Valle Sagrado, están demostrando poseer una riqueza monumental que redefine por completo el equilibrio de poder y las fronteras de los estados prehispánicos [cite: 2].

Las excavaciones sistemáticas dirigidas por Emerson Pereyra concluyeron formalmente en el año 2024, dejando al descubierto que los arqueólogos apenas han retirado el velo científico sobre un poco más del 50% de la superficie total del complejo arqueológico [cite: 1]. El resto de la gigantesca meseta de 43 acres e intrincadas estructuras habitacionales ha sido dejado intacto de forma deliberada por el Ministerio de Cultura, reservando estos estratos y contextos arqueológicos sellados para que futuras generaciones de investigadores puedan abordarlos con tecnologías avanzadas y mejores métodos de análisis microestratigráfico [cite: 1, 1].

En el corto y mediano plazo, el verdadero desafío que afronta T’aqrachullo radica en articular un equilibrio armónico entre la investigación científica continua, la conservación física de los muros expuestos a la intemperie altoandina y el desarrollo de un modelo de turismo sostenible y de gestión comunitaria [cite: 2]. Uno de los anuncios más significativos y esperados por los investigadores es el proyecto estatal para impulsar la construcción de un moderno Museo de Sitio en la jurisdicción de Espinar [cite: 2]. Este espacio técnico tendrá como objetivo prioritario albergar, catalogar y exhibir bajo estrictas normas de conservación el inmenso universo de artefactos recuperados en el sitio: desde las miles de lentejuelas de oro, plata y cobre halladas por Dante Huallpayunca, hasta las finas vajillas ceremoniales K’ana e Inca, herramientas líticas y elementos funerarios [cite: 1, 2].

La implementación de este museo no solo garantizará la protección del patrimonio mueble contra el huaqueo y el tráfico ilícito de antigüedades, sino que se constituirá en el motor central para la educación patrimonial de las comunidades campesinas de Chaupimayo y Suykutambo, devolviéndoles el legítimo protagonismo en la gestión y usufructo de su herencia histórica [cite: 2]. Al restaurar y proteger estos muros sin alterar su esencia sagrada, T’aqrachullo se posiciona en el siglo XXI no como una ruina muerta del pasado, sino como un monumento vivo de identidad, ciencia y soberanía cultural andina [cite: 2].

Fuentes y Referencias Bibliográficas
  • Archivo Histórico de Arqueología del Perú. (2026). El despertar de Taqrachullo: La majestuosa ciudadela preínca e inca que desafía los límites del patrimonio andino en Espinar. Publicado originalmente en arqueologiadelperu.com.

  • National Geographic UK. (Edición de Junio, 2026). The Search for the Inca’s Lost Citadel (La búsqueda de la ciudadela perdida de los incas). Textos por Alejandro Muñoz; Fotografías por Arturo Rodríguez. Reportaje especial sobre las excavaciones del Ministerio de Cultura en T’aqrachullo y la hipótesis de la fortaleza de Ancocagua.

Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

RESUMEN:

El ordenamiento secuencial de los fenómenos sociales que se dieron a lo largo de la historia peruana es una de las principales tareas de los historiadores y arqueólogos. En el caso de la prehistoria andina (circa 12000 a.C.-1532 d.C.), los estudiosos del pasado y arqueólogos, han propuesto una serie de esquemas para organizar una infinitud de fenómenos sociales, a pesar, incluso, de carecer de fuentes escritas, como el caso de la arqueología precolonial peruana. Si bien se han propuesto importantes esquemas, muchos de ellos han sido superados por los nuevos datos de las investigaciones arqueológicas o, simplemente por su propuesta teórica subyacente, ya no dan cuenta de manera efectiva de los fenómenos sociales que esperaban organizar. En este ensayo se propone una nueva periodificación para la prehistoria peruana que abarca desde el temprano poblamiento de los Andes Centrales, hasta la caída del Imperio de los Incas. El objetivo inmediato de esta propuesta es organizar los fenómenos del pasado de una manera más coherente con respecto a los datos arqueológicos y las discusiones académicas más recientes.

Palabras clave: arqueología peruana, Andes centrales, cronología, periodos, etapas.

ABSTRACT

The sequential ordering of the social phenomena that occurred throughout Peruvian history is one of the main tasks of historians and archaeologists. In the case of Andean prehistory (ca. 12 000 BC-AD 1532), scholars interested in the past and archaeologists have proposed a series of schemes to organize an infinite number of social phenomena, despite even lacking written sources, as is the case of Peruvian pre-Colonial archaeology. Although important schemes have been proposed, many of them have been overcome by new data from archaeological research or, simply because of their underlying theoretical proposal, they no longer effectively account for the social phenomena they hoped to organize. This essay proposes a new periodization for Peruvian prehistory that spans from the early settlement of the Central Andes to the fall of the Inca Empire. The immediate objective is to organize the phenomena of the past in a more coherent way regarding to the most recent archaeological data and academic discussions that allows us to continue with the construction of Peruvian prehistory. Keywords: Peruvian archeology, central Andes, chronology, periods, stages.

Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

Beyond horizons and stages: A periodization proposal for peruvian archaeology

Henry Tantaleán [email protected]

https://orcid.org/0000-0002-3087-7968

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

.

Introducción

Desde el inicio de la arqueología como disciplina científica en el Perú, a finales del siglo XIX, una serie de investigadores ha contribuido a la definición y organización de las diferentes entidades sociales que se desarrollaron a lo largo del territorio del Perú (Isbell y Silverman, 2002; Silverman e Isbell, 2008). Incluso, este interés puede remontarse a un momento pre-disciplinario, cuando otros estudiosos comenzaron a estudiar los restos de sociedades que les antecedían (Rivasplata, 2015; Tantaleán, 2021, 2023). Sus esfuerzos, no solamente fueron empíricos, vale decir descripciones de sitios o artefactos, sino que también, se embarcaron en la creación de originales hipótesis y teorías sobre la naturaleza y el carácter de esas sociedades pasadas (Dillehay, 2008; Moore, 2014; Tantaleán, 2016). Con este fin, varios estudiosos del pasado propusieron y describieron marcos temporales o cronológicos para poder organizar su narrativa histórica.

De ese modo, la arqueología, cómo también hace la historia, ha planteado separaciones o divisiones de bloques de tiempo que, en el caso del mundo andino prehispánico, se aplican a más de 14000 años. Asimismo, tales propuestas cronológicas pretenden captar fenómenos sociales que se dan en un espacio bastante extenso y que cubren, en nuestro caso, gran parte de la zona andina, incluso más allá de las fronteras peruanas actuales, un territorio que se conoce en la literatura arqueológica como los Andes Centrales (Quilter, 2022). A la vez, también tienen el desafío de poder expresar las historias locales y regionales, por ejemplo lo que sucede en un solo valle de la costa o sierra peruana.

Con ese objetivo en mente, diversos arqueólogos desarrollaron una serie de sistemas cronológicos desde la fundación de la arqueología científica en el Perú a finales del siglo XIX. Así, por ejemplo, las publicaciones de Max Uhle (1902, 1903a, 1903b) establecieron una secuencia de momentos por los cuales habrían atravesado las antiguas sociedades andinas. Posteriormente, a lo largo de todo el siglo XX, investigadores como Julio César Tello (1921, 1923), Alfred Kroeber (1927), Gordon Willey (1945), Rafael Larco Hoyle (1948), Wendell Bennett (1946), William Strong (1948), Wendell Bennett y Junius Bird (1949), entre otros, plantearon, de acuerdo con su conocimiento de la arqueología andina y sus perspectivas teóricas, propuestas cronológicas para organizar los datos arqueológicos y las culturas que habían descubierto y/o estudiado (ver Lanning, 1963, pp. 22-27; Lumbreras, 1969, pp. 21-27, Ravines, 1970; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010, 93-146; Carmichael, 2019).

Sin embargo, en la actualidad dos son los sistemas de división del largo proceso prehistórico andino más utilizados: el de John Rowe (1962) y el de Luis Guillermo Lumbreras (1969) (Silverman, 2004, p. 11; Silverman e Isbell, 2008; Quilter, 2022, p. 32). En términos generales, el sistema de Rowe estableció la presencia de tres grandes periodos que denominó «horizontes», los cuales se caracterizan por la aparición y existencia de un estilo cerámico y/o arquitectónico que se extendió por gran parte de los Andes Centrales. Estos horizontes se relacionaron con los estilos Chavín, Wari e Inca, a los cuales denominó Horizonte Temprano, Horizonte Medio y Horizonte Tardío, respectivamente. A su vez, entre cada horizonte, Rowe reconoció la existencia de una serie de periodos intermedios (Rowe, 1962), los cuales se reconocían por los estilos que utilizaban las sociedades de una manera más local. A ellos los denominó Periodo Intermedio Temprano y Periodo Intermedio Tardío. Para la parte previa al primer horizonte u Horizonte Temprano, Rowe se valió principalmente de los trabajos de Edward Lanning, pero también de otros investigadores, proponiendo los periodos Precerámico e Inicial, siendo la ausencia o presencia de cerámica el principal indicador arqueológico de tales periodos (ver una versión más lograda en Menzel y Rowe, 1967).

Por su parte, el sistema de Lumbreras se caracterizó por la definición y explicación de etapas o estadios. Desde una perspectiva inspirada en el marxismo, Lumbreras trató de generar una narrativa histórica que tratase de captar y explicar los desarrollos socioeconómicos por los que habrían atravesado las sociedades prehispánicas de los Andes. Así, Lumbreras definió y caracterizó, yendo de lo más antiguo a lo más reciente, las etapas o estadios Lítico, Arcaico, Formativo, Culturas regionales, Imperio Wari, Estados Regionales e Imperio Tawantinsuyu (Lumbreras, 1969, en especial ver el Cuadro de la página 28). A pesar de que su propuesta trataba de evitar problemas previos que observó de anteriores sistemas cronológicos, sus etapas o estadios incorporaron una visión evolutiva y culturalista de las sociedades prehispánicas

.

Como era de esperar, ambos sistemas cronológicos han sido criticados durante décadas (Stone-Miller, 1993; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010; Swenson y Roddick, 2018, pp. 7-9; Carmichael, 2019; Vega-Centeno, 2020, entre otros). No obstante, hasta la fecha no han podido ser sustituidos pese a que han transcurrido más de 60 años desde sus propuestas originales. Incluso, han existido recientes intentos para actualizar tales sistemas cronológicos (ver, por ejemplo, Kaulicke, 2010; Shady, 2008; Lumbreras, 2019; Burger, 2019; Makowski, 2020), aunque no han estado exentos de críticas. En el mejor de los casos, simplemente se han actualizado/ cambiado las fechas o los nombres de los periodos o etapas propuestas, pero manteniendo la esencia teórica y metodológica incorporada por sus autores desde su génesis. Por tanto, debido a que existe una serie de críticas del aspecto teórico y metodológico, como también por el avance de la cronología absoluta y de nuevos y crecientes hallazgos en las últimas décadas, creemos que resulta necesario plantear una alternativa a los marcos cronológicos ya existentes.

Una propuesta de periodificación para los Andes Centrales prehispánicos[1]

A pesar de las críticas señaladas y de las probables falencias de ambos sistemas cronológicos, hay varias cuestiones que hemos tomado en cuenta, en tanto hay algunas fechas y fenómenos sociales que son innegablemente importantes, así como hitos históricos. Como nuestra propuesta también persigue explicar fenómenos sociales bastante amplios, tomamos como hitos más importantes, dentro de la prehistoria andina, a los grandes momentos o periodos de integración regional. Lo anterior quiere decir que, tomamos en cuenta esos momentos en los cuales gran parte de los Andes Centrales estuvieron unidos, articulados y/o conectados por una misma élite o élites económicas, políticas y/o religiosas y que dominaron o influenciaron a una gran área del territorio peruano y, como es de esperar, más allá de las fronteras nacionales actuales. Los indicadores arqueológicos que evidenciarán tales integraciones regionales y multirregionales, deberán estar interconectados y correlacionados materialmente, siendo la construcción de arquitectura (monumental, residencial de elite, comunitaria y funeraria) y la producción artesanal (cerámica, textil, metalurgia, lítica, etc.), las que guarden una similitud muy importante para una misma área o región.

De esta manera, en nuestra propuesta existen tres principales tipos de integración: económica, política y religiosa. Se puede dar una o varias de ellas simultáneamente, dependiendo de los desarrollos históricos en cada periodo. En ese sentido, tanto el sistema cronológico de Rowe como el de Lumbreras tomaron como base elementos de dichas integraciones regionales y los correlacionaron con lo que se conoce como las «culturas» Chavín, Wari e Inca.

Así, un elemento clave en nuestra propuesta es que podemos apreciar que, desde un centro principal en el cual reside una poderosa élite económica, política y/o religiosa, se ejerce una hegemonía y/o un control directo de grandes extensiones de territorios, pero, sobre todo, de las comunidades. En ese sentido, para nosotros, una entidad política regional comprende un valle o una serie de valles, generalmente dentro de una misma zona ecológica como puede ser la costa o la sierra como, por ejemplo, podría ser la entidad política chimú. Mientras que, cuando nos referimos a una integración multirregional, se trata de un conjunto mayor de valles e, incluso, de grandes y diversas zonas ecológicas como, por ejemplo, la costa norte o la sierra norte. Este fue el caso de la gran integración multirregional que desarrolló el Imperio inca (Covey, 2006; D´Altroy, 2015; Bauer, 2018).

Sin embargo, en Luis G. Lumbreras, se parte de la presunción que, desde un centro principal, ya sea Chavín de Huántar, Huari o Cusco, se controlaron las practicas sociales económicas, políticas y/o ideológicas de diferentes comunidades y sus territorios, lo cual se plasmaría en una homogeneidad en la arquitectura y artesanía de manera sincrónica. Si bien esto podría resultar más plausible para el último periodo con los incas, resulta menos claro para el caso de lo Wari y, sobre todo, para lo Chavín (Burger et al., 2019; Seki, 2023). De hecho, muchas veces, incluso con los incas, el control completo de los territorios no es muy evidente y, más bien, se trata de una serie de articulaciones, hegemonías o influencias de diferentes tipos e intensidades (Jennings, 2010; Makowski y Giersz, 2016; Isbell et al., 2018).

Asimismo, los periodos de integración multirregional son grandes momentos en los cuales una serie de asentamientos humanos se encuentran conectados bajo la predominancia de uno en particular. Por tanto, como se puede imaginar, estos asentamientos que se encuentran distribuidos a lo largo de una amplia zona de los Andes Centrales, no lo harán al mismo tiempo y con la misma intensidad. De este modo, se toma como punto de partida de inicio de este periodo, el momento en que el asentamiento principal comienza a establecer o ejercer relaciones económicas, políticas y/o ideológicas con mayor intensidad sobre varios sitios del área andina. De la misma manera, el final del periodo ocurre cuando el asentamiento principal deja de ejercer dominio, control y/o influencia sobre tales asentamientos y sus pobladores. Esta es la principal diferencia con las nociones de etapas y horizontes que tienden a generar una visión de unidad y homogeneidad de los fenómenos sociales sincrónicos. Por el contrario, lo que realmente sucede es que existe una diversidad de fenómenos sociales a lo largo de los Andes que, incluso, debido a la carencia de investigaciones arqueológicas, aún resultan difíciles de comprender y explicar.

Por tanto, para nosotros, a pesar de que aparentemente se aprecia una cierta homogeneidad durante estos grandes periodos de integración multirregional que estamos planteando, también evidenciamos que las entidades políticas regionales y locales aún mantienen muchos de sus rasgos, unidades y prácticas sociales económicas, políticas y religiosas propias (Silverman e Isbelll, 2008; Moore, 2014; Malpass, 2016; Tantaleán, 2021; Quilter, 2022). En realidad, observamos el proceso histórico prehispánico como una serie de periodos de autonomía local y/o regional y periodos de integraciones multirregionales. Por ello, nuestra propuesta toma en cuenta las prácticas sociales económicas, políticas e ideológicas que se expresan de maneras locales, regionales y multirregionales. La materialización de tales integraciones o autonomías se puede apreciar en la presencia de paisajes, arquitectura y producción artesanal dentro de los territorios durante cada periodo específico.

De hecho, existe una dinámica que oscila entre la integración y la autonomía debido a las fuerzas sociales que se encuentran distribuidas por el paisaje social a lo largo del tiempo. Esto se refleja en lo que políticamente se denomina la conformación de jerarquías que tienen su contraparte en las heterarquías (sensu Crumley, 1995). En realidad, esa tensión tanto dentro de las entidades políticas, como entre ellas, es lo que genera la historia cambiante y la conformación sincrónica de los paisajes económicos y políticos (Tantaleán, 2021; Stanish et al., e.p.).

Asimismo, se debe resaltar que la base para la existencia de todos estos fenómenos sociales amplios siempre será la unidad doméstica que, además de ser una unidad social, es también una unidad mínima laboral (Stanish, 1992; Tantaleán, 2006). A su vez, las unidades domésticas conforman comunidades, las cuales de manera colectiva enfrentaron sus desafíos ecológicos, sociales, económicos y políticos. Las comunidades a lo largo del tiempo y de acuerdo con su propia historia específica y prácticas sociales concretas, conformaron entidades políticas de diversa naturaleza y escala. A partir de tales entidades sociales podremos observar el surgimiento de estados y hasta imperios. Al final, como veremos, todo este proceso se fundamenta en las prácticas sociales y la organización de sus consecuentes relaciones económicas, políticas y religiosas.

También, debemos señalar que, en nuestra propuesta, hemos tratado de evitar las cargas evolucionistas de sistemas cronológicos previos, pues, esperamos no asumir de manera a priori una serie de características sociales que se darían dentro de un territorio dado y que impiden comprender la verdadera naturaleza de las trayectorias históricas particulares en su desarrollo y dimensión real. Asimismo, cuando los hay, hemos integrado los nuevos fechados radiocarbónicos y secuencias históricas y arqueológicas de muchas investigaciones recientes, lo que permite actualizar los sistemas cronológicos previos y brindar un panorama contemporáneo de la arqueología peruana. Adicionalmente, algunos fenómenos climáticos de impacto regional, como grandes periodos de sequías, son tomados en cuenta por su reconocida influencia en las sociedades andinas.

Como resultará evidente, es imposible captar y capturar toda la heterogeneidad y matices de las comunidades locales e integraciones regionales y multirregionales en cada periodo. Sin embargo, el objetivo principal de esta propuesta es generar un esquema sobre la aparición y desaparición de una serie de fenómenos y prácticas sociales que siguen siendo y serán discutidos por los arqueólogos en el futuro. De hecho, en paralelo o conviviendo con los grandes periodos de integración regional o multirregional, podremos encontrar una serie de comunidades y entidades políticas que se mantienen aisladas o conviven con dichos fenómenos sociales más extensos. Por lo tanto, cada uno de nuestros periodos prioriza o resalta la existencia de un fenómeno o fenómenos socioeconómicos y sociopolíticos dominantes, aunque no únicos, pero que sí, indiscutiblemente, transformaron a las comunidades y a los paisajes andinos, de una manera tal que es reconocible en el paisaje andino y en sus producciones materiales. No obstante, también existirán otros fenómenos sociales incluso diferentes pero paralelos, conviviendo con ellos o que los ignoran o rechazan. De hecho, su existencia también permite interesantes relaciones dialécticas entre tales entidades sociales de diferentes caracteres económicos y/o políticos.

Por tanto, para nosotros los periodos aquí propuestos resultan herramientas heurísticas para la explicación arqueológica. Vale decir, nuestra propuesta reúne una serie de hipótesis de trabajo con las cuales enfrentar y confrontar esos fenómenos arqueológicos prehispánicos que deben seguir siendo investigados. Por ello, los periodos propuestos suponen una primera entrada para comenzar a ubicar los diferentes fenómenos sociales de manera cronológica y comprender su propia naturaleza, y las relaciones dentro de cada propia entidad y con otras con las que convivieron.

De este modo, siguiendo lo previamente expuesto, en la tabla 1 hemos dividido a la época prehispánica peruana en los siguientes nueve periodos:

Tabla 1

Propuesta de periodificación para la época prehispánica en el Perú

Años aproximados

Periodos

Sitios arqueológicos representativos

1 400 d. C. – 1 532 d. C.

Tercera integración multirregional

Cusco, Machu Picchu, Choquequirao, Vilcashuamán, Huánuco

Pampa, Pumpu, Hatuncolla, Inkawasi de Cañete, Tomebamba, Pachacamac

1,000 d. C. – 1 400 a. C.

Entidades políticas autónomas tardías

Túcume, Batán Grande, Chan Chan, Kuélap, Armatambo, La Centinela de Tambo de Mora, Pucarani (Puno)

700 d. C. – 1 000 d. C.

Segunda integración multirregional

Huari, Pikillacta, Viracochapampa, El Castillo de Huarmey, Cerro Baúl

500 a. C. – 700 d. C.

Entidades políticas autónomas tempranas

Cerro Colorado, Huacas de Moche, Huaca Rajada-Sipán, Yayno, Complejo Maranga, Cahuachi

800 a. C. – 500 a. C.

Primera integración multirregional

Chavín de Huántar, Pacopampa, Kunturwasi, Ancón, Karwas

1 800 a. C. – 800 a. C.

Entidades políticas autónomas iniciales

Caballo Muerto, Sechín Alto, Garagay, Qaluyu

3 500 – 1 800 a. C.

Integraciones regionales prístinas

Caral, Áspero, Kotosh, La Galgada

6 000 – 3 500 a. C.

Comunidades sedentarias tempranas

Nanchoc, Huaca Prieta, La Paloma, La Yerba III

12 000 – 6 000 a. C.

Comunidades trashumantes primigenias

Amotape, Pampa de Paiján, Pachamachay, Pikimachay, Guitarrero

Fuente: Elaboración propia.

1. Periodo de las Comunidades Trashumantes Primigenias (12 000 a. C. – 6 000 a. C.)

Este es el primer periodo de la prehistoria andina. Inicia con la llegada de los primeros seres humanos al territorio andino y se relaciona con la creación y desarrollo de una serie de prácticas sociales económicas e ideológicas relacionadas con la subsistencia, enfocadas en la caza, la recolección, el marisqueo y la pesca. La trashumancia y/o la semisedentariedad, son las principales formas de vida social de estas comunidades. Con relación a la época geológica del Pleistoceno, el clima mejoró considerablemente con temperaturas más elevadas desde los 9600 a. C. en adelante, dando paso al Holoceno, que es la época geológica en la que vivimos (León, 2007, p. 42; Malpass, 2016, p. 22).

En general, los fechados más antiguos relacionados con cuerpos humanos en la costa norte, se aceptan como la evidencia más temprana de poblamiento en el territorio peruano. Así, un fechado realizado por Claude Chauchat y su equipo a partir de una muestra de carbón asociada directamente a un resto humano en el sitio de Pampa de los Fósiles 13, arrojó el rango de 10387 a. C. – 9458 a. C. (Chauchat, 2006, p. 200; León, 2007, p. 109). No obstante, los recientes hallazgos realizados por el equipo liderado por Tom Dillehay en los estratos arqueológicos más profundos del sitio arqueológico de Huaca Prieta en el valle de Chicama, proponen ocupaciones humanas más tempranas, en torno al 12 000 a. C. (Dillehay et al., 2012). Incluso, es posible que hayan existido ocupaciones humanas mucho más tempranas debido a la presencia de otros sitios en Sudamérica, donde hay evidencias de posibles artefactos hechos en piedra producidos por seres humanos. Es posible que, en los próximos años, nuevos hallazgos superen la antigüedad de tales fechados.

Por el momento, lo que sí sabemos es que los grupos humanos del periodo de las comunidades transhumantes primigenias ocuparon gran parte del territorio peruano desde el litoral hasta la selva baja. Sin embargo, donde las ocupaciones humanas de este periodo han sido mejor evidenciadas arqueológicamente es en la costa peruana, principalmente en la costa norte, especialmente en el departamento de La Libertad (Chauchat, 2006; Dillehay, 2017). Asimismo, una importante concentración de sitios arqueológicos de este periodo ha sido descubierta en la sierra central, en especial en las punas de Junín (Rick, 1980; Lavallée, 1995). No obstante, la costa central y la costa sur (Lima e Ica) también conservan algunos sitios resaltantes de este periodo, lo mismo que la sierra norte y sierra sur peruana, incluyendo el altiplano circunlacustre (ver León Canales, 2007 para una buena síntesis).

periodificación para la arqueología peruana
Figura 1. Cueva de Pikimachay, Ayacucho. Fuente: Cortesía de Juan Yataco.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos al Complejo Amotape, en la costa de Piura; Pampas de los Fósiles y Paiján, al norte del valle de Chicama; Quirihuac y La Cumbre, en el valle de Moche; Guitarrero, en el Callejón de Huaylas; Tres Ventanas, en la parte alta de la quebrada de Chilca; el Cerro Lechuza, en Pisco; las cuevas y los abrigos rocosos de las punas de Junín como Pachamachay; Lauricocha, en Huánuco; Pikimachay, en Ayacucho; Asana, en las alturas de Moquegua; el Sitio Anillo y Quebrada Tacahuay, en la costa de Moquegua; la cueva de Toquepala, en la sierra de Tacna; Quebrada de los Burros, en la costa de Tacna, y los sitios de las punas del altiplano puneño como Macusani.

Este periodo termina cuando algunos grupos sociales comienzan a sedentarizarse, es decir, cuando empiezan a vivir en asentamientos de manera permanente y, a la vez, se enfocan en una subsistencia basada en la horticultura, la pesca o la recolección intensiva. Asimismo, los grupos humanos cuentan con un número de miembros que les permite transitar de ser nómades a formar comunidades que construyen viviendas y habitan permanentemente en aldeas que sobrepasan las decenas de unidades domésticas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están relacionadas con las de subsistencia, aún no productora ni reproductora de especies botánicas y animales. Las prácticas sociales económicas se fundamentan en la explotación directa de los recursos naturales que se recolectan, cazan o pescan de la tierra y el mar. El grupo humano a veces se especializa en la explotación de algún tipo de recurso, pero, en general, los grupos humanos utilizan expeditivamente cualquier recurso natural que se encuentra a la mano para su reproducción social y realizan intercambios intermitentes con otros grupos humanos. Por tales tipos de prácticas sociales económicas, los grupos humanos están plenamente cohesionados y distribuyen inmediatamente los recursos apropiados de la naturaleza. No existe, por tanto, una acumulación colectiva o individual de recursos humanos o excedentes. La tecnología necesaria para sus prácticas sociales económicas se basa en el conocimiento profundo de la naturaleza de los nichos ecológicos, el clima, el comportamiento de las especies animales y vegetales y las fuentes de materias líticas. Especialmente su tecnología de producción de instrumentos estaba basada en la talla de rocas, pero, también existe una importante tecnología producida en huesos de animales. Podemos apreciar que existe una especialización de la producción de instrumentos líticos como las puntas líticas orientadas principalmente para la caza. En especial, la tradición de puntas paijanenses y de «cola de pescado», que está muy extendida en la costa peruana, mientras que, en la sierra, sobre todo en las punas, podemos apreciar una tradición de puntas foliáceas. Pero, en general, lo que más abundan son la industria de cantos rodados desbastados y de lascas retocadas. Una importante tradición de instrumentos hechos con huesos de animales también se ha podido reconocer en los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Debido al tipo de prácticas económicas de subsistencia directa, la alta movilidad y el número de personas del grupo, las prácticas y relaciones sociales políticas entre miembros de estas comunidades son prácticamente igualitarias. Sin embargo, existen líderes que basan su autoridad en la experiencia o la edad o alguna habilidad primordial concreta para la supervivencia del grupo. En colectivos de número reducido, hablamos de decenas de personas, no es necesaria una serie de instituciones políticas formales que vayan más allá del tabú, normas y castigos y recompensas comunales. Tales normas permiten la reproducción social del grupo. Por ejemplo, controlar la cantidad de miembros de la comunidad es un tema fundamental porque de ello depende la supervivencia del grupo y que los recursos puedan ser accesibles para todos. Como señala el antropólogo Marshall Sahlins (1977), es posible que, a diferencia de nuestra visión contemporánea que percibe a este periodo como de precariedad e inestabilidad económica, más bien se tratarían de «sociedades de la opulencia», en las cuales los miembros de tales grupos sociales gozaban de una serie de posibilidades materiales significativas para su vida, sobre todo, si uno las compara con otros periodos posteriores.

Prácticas sociales ideológicas

A través de la arqueología, hemos sido capaces de reconocer que, como sus antecesores de otras partes del mundo, estos grupos humanos en particular materializaban sus prácticas sociales ideológicas mediante la pintura de escenas de su vida cotidiana y de sus creencias en las paredes rocosas de abrigos o cuevas. Este tipo de evidencia arqueológica ha sido hallada y registrada, sobre todo, en cuevas de la puna de la sierra central del Perú, en muchas de las cuales habitaban temporal o permanentemente dichos grupos humanos. Asimismo, en algunas de tales cuevas o en las zonas costeras se han excavado enterramientos humanos, los cuales materializan la necesidad que tenían estos grupos humanos de cuidar a sus muertos y darles un espacio funerario acorde con sus creencias sobre la muerte.

2. Período de las Comunidades Sedentarias Tempranas (6000 a. C. – 3500 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la presencia de los primeros poblados sedentarios que permanecieron ocupados durante varias generaciones y en los cuales habitaron centenares de individuos. Asimismo, se encuentran las primeras expresiones de arquitectura comunitaria/corporativa, aunque de pequeña escala.

Aproximadamente en el milenio vI a. C., grupos de seres humanos comenzaron a habitar en espacios de la costa y sierra peruana de manera permanente. Este periodo correspondiente al Holoceno Medio coincide con un clima más cálido y que se conoce como el «Optimum Climaticum», que se inicia alrededor del 6900 a. C. (León Canales, 2007, p. 44). Los habitantes de este periodo, conocedores de su medio y habiendo experimentado con la horticultura y domesticación de plantas y animales previamente, fueron capaces de establecerse de manera permanente en un solo asentamiento a lo largo de las diferentes estaciones del año. Este es el surgimiento de las primeras aldeas fijas que fueron habitadas durante muchas generaciones. Incluso tales asentamientos fueron también cementerios de sus propios habitantes. Asimismo, aparecen pequeños espacios de reunión colectiva, una serie de edificios públicos que, por lo general, son denominados «templos» o «santuarios» pero que, también, podrían tener funciones políticas o, simplemente, ser espacios de reunión colectiva. En cualquier caso, ninguna de estas edificaciones excede la función de un espacio arquitectónico destinado a la reunión de un bajo número de autoridades o líderes de la misma comunidad o vecinas o de personajes relevantes del grupo. Asimismo, no integran algún tipo de manifestación de religión institucionalizada ni mucho menos coercitiva. Las tumbas conocidas de este periodo en ningún caso acusan un tipo de tratamiento o ajuar funerario que vaya más allá del cuidado y la atención que se le pueda ofrecer a un ser querido, o al respeto o autoridad que pueda ser dado a un líder comunal.

Los primeros poblados aldeanos sedentarios se focalizan en espacios ecológicos que permitieron la recolección de plantas y animales, la producción agrícola y/o la explotación de recursos marinos. En especial, los asentamientos conocidos se emplazan, sobre todo, frente al litoral de la costa peruana a lo largo de la gran extensión del territorio peruano. Además, cerca de ríos costeños y lomas también se han hallado sitios de este periodo, especialmente en la costa central. Asimismo, algunos asentamientos de la sierra han sido ubicados, en algunos casos sobre ocupaciones del periodo anterior, presenciando tales procesos de sedentarización como es el caso del abrigo rocoso de Telarmachay (Lavallée, 1995). Sin embargo, en general, los asentamientos registrados e investigados aún siguen siendo escasos, quizá, debido a problemas de conservación o a su reocupación por grupos humanos posteriores.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Nanchoc en el valle de Zaña, Huaca Prieta en el valle bajo de Chicama, Telarmachay en su fase v en Junín, La Paloma al norte de la quebrada de Chilca, Chilca (pueblo 1) en la quebrada del mismo nombre, los sitios Paracas 514 y Paracas 96 en la península epónima, La Yerba III en la desembocadura del río Ica y Pernil Alto en Palpa.

Este periodo culmina cuando aparecen asentamientos humanos que reflejan concentraciones regionales de comunidades e intercambios económicos y religiosos regionales, y aparecen las primeras evidencias de arquitectura monumental, las cuales marcan la existencia de un tipo de religión supracomunal y compleja.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se amplían para, además de la recolección, pesca y caza, incorporar plenamente la agricultura y la ganadería. Asimismo, se percibe una serie de intercambios a mediana distancia, que posibilita la complementación de la dieta alimenticia y la obtención de materias primas y artefactos gracias a otras comunidades vecinas. Las tecnologías principales se basan en la producción de embarcaciones y redes de pesca, principalmente de fibra de algodón. Aunque la agricultura todavía depende de las avenidas de aguas en los valles de la costa, a consecuencia de las lluvias en la sierra, estaría aún relacionada con instrumentos de madera y piedra. Evidentemente, dada la extensa lista de especies botánicas que se han reconocido en los yacimientos arqueológicos, se construyeron huertos y corrales para la reproducción de plantas y animales.

Huaca Prieta, Valle de Chicama
Figura 2. Huaca Prieta, Valle de Chicama. Fuente: Elaboración propia

Prácticas sociales políticas

Las comunidades de este periodo que concentran una importante cantidad de unidades familiares suponen que existió una coordinación en la habitación y organización del espacio y de las relaciones sociales. Evidentemente, existieron líderes comunitarios que se encargaban de gestionar las necesidades y la redistribución de las materias primas, los recursos y los bienes que se producían en la comunidad. Las relaciones sociales seguirían siendo de tipo igualitario, aunque con un grupo de personas que tiene cierta predominancia sobre el resto de la comunidad sin que esto llegue a generar una verdadera asimetría social o acumulación de poder económico con respecto al resto de los comuneros.

Prácticas sociales ideológicas

Lo que sabemos sobre las prácticas sociales ideológicas de estos grupos humanos es reducido debido a que su propia producción artesanal no expresa mayores evidencias del desarrollo de una ideología que haya quedado materializada. Por tanto, debieron tener creencias animistas y no necesitaron expresarse en soportes como la piedra o el hueso, sus principales materias para la producción de sus artefactos. Sin embargo, sí se han hallado algunos artefactos principalmente textiles y artefactos de hueso y de piedra, y mates y figurinas de barro que representan animales y seres antropomorfos, algunos de ellos evidencian algún sentido de dualidad o complementariedad. Por un lado, en este periodo no se reconoce una religión estandarizada que reitere un mensaje bien establecido o institucionalizado, mucho menos se observa algún tipo de religión coercitiva o violenta. Por otro lado, en este periodo las creencias relacionadas con la muerte se tornan más complejas. Principalmente tenemos que los individuos fallecidos son internados y enterrados dentro de los asentamientos, se les envuelve en textiles y se les acompañan algunos artefactos como líticos o artefactos utilizados en la producción. La necesidad de concentrarlos en un lugar de habitación supone la existencia de una concepción desarrollada con respecto a la muerte durante este periodo. Es posible que la práctica social de ofrecer cuidados y reverencias a los ancestros se haga mucho más importante durante este periodo como parecen indicar los enterramientos humanos excavados en las casas del sitio arqueológico de La Paloma.

3. Período de las Integraciones Regionales Prístinas (3500 a. C. – 1800 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la aparición de los primeros asentamientos sedentarios que incorporan arquitectura monumental y que se interrelacionan de manera regional conectando valles y/o zonas ecológicas diferentes. Así, el milenio Iv a. C. es un momento crucial en el cual algunas aldeas o poblados comienzan a erigir arquitectura supradoméstica, es decir, se construyen, además de viviendas, talleres o espacios de producción, las primeras y más evidentes muestras de construcciones colectivas o corporativas que no son usadas para habitación, sino, más bien, para reuniones grupales y rituales al aire libre, pero también de manera secreta. El concepto de huaca, materializado en construcciones arquitectónicas, su fundación, vida, y enterramiento cíclico se hace muy evidente durante este periodo.

La extensión de los asentamientos de este periodo a lo largo del territorio peruano se amplía significativamente. En realidad, los mapas arqueológicos se cubren de numerosos puntos, indicando sitios de las integraciones regionales prístinas. Así, los valles de la costa peruana, principalmente relacionados con el litoral, tienen uno o varios sitios de este periodo. Asimismo, aparecen sitios arqueológicos en espacios geográficos como bahías o ensenadas aptas para la pesca y el marisqueo, lo mismo que en algunas zonas de lomas donde la recolección y la caza permiten la vida de manera permanente y a lo largo de generaciones. Según los estudios arqueológicos y paleoclimáticos, existiría una importante relación entre el aumento y la monumentalidad de sitios cercanos al litoral y una abundancia de recursos marinos relacionada con el inicio de fenómenos de El Niño (Richardson y Sandweiss, 2008). En ese sentido, el área denominada como Norte Chico (valles de Huaura, Supe, Pativilca y Fortaleza) sobresale por la gran cantidad de sitios de este periodo que contienen edificios de plataformas arquitectónicas con plazas circulares hundidas (Haas y Creamer, 2006; Shady et al., 2015).

De igual manera, en la sierra, en la puna y en los valles interandinos y quebradas de la zona montañosa se desarrollan asentamientos de este periodo. Entre los más resaltantes se encuentran los asociados a la denominada «tradición religiosa kotosh», la cual se caracteriza por asentamientos que incluyen la construcción y superposición de pequeñas estructuras cuadrangulares con banquetas, un fogón central y ducto de ventilación (Burger, 1992). Ejemplos de sitios dentro de esta tradición arquitectónica son Kotosh, Shillacoto, La Galgada, Piruru y Huaricoto. Adicionalmente, Cerro Ventarrón, ubicado en el valle de Lambayeque, también es un ejemplo extraordinario de un asentamiento de este periodo, donde se construyó arquitectura monumental y que, incluso, expresó materialmente sus prácticas ideológicas mediante murales polícromos (Alva Meneses, 2012).

Así, los asentamientos de este periodo han sido encontrados principalmente en la costa norte, costa central y costa sur del Perú. Asimismo, tenemos evidencias de este tipo de poblaciones en la sierra norte y en la sierra central. La sierra sur, como la del departamento de Puno, por el momento, no ha demostrado una importante cantidad de sitios de este periodo, aunque prospecciones arqueológicas recientes señalan su posible existencia (Stanish et al., 2014).

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Cerro Ventarrón en el valle de Lambayeque, Los Morteros y Salinas de Chao en el valle del mismo nombre, Primer Edificio de Sechín Bajo en el valle bajo de Casma, El Áspero y Caral en el valle de Supe, Bandurria en el litoral de Huacho, Kotosh y Shillacoto en Huánuco, Huaricoto en el Callejón de Huaylas, Piruru en la puna de Junín, La Galgada en la quebrada de Tablachaca en Áncash y El Paraíso en el valle bajo de Chillón.

El área monumental de Caral.
Figura 3. El área monumental de Caral. Fuente: Cortesía de la Zona Arqueológica Caral.

Este periodo culmina cuando aparecen las vasijas cerámicas en diferentes asentamientos del mundo andino, además, acompañada de una nueva forma de construcciones públicas que incorporan representaciones de seres extraordinarios en murales y artefactos. Asimismo, se establecen redes de asentamiento de manera local que unen uno o varios valles. Incluso, en algunos sitios como los del Norte Chico se ha detectado la ocurrencia de un evento climático relacionado con sequías y arenización de las zonas agrícolas y los canales que evidentemente impactaron en varias de las sociedades de esta zona (Sandweiss et al., 2009).

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo experimentan la aparición de los primeros proyectos hidráulicos en los valles costeros. Asimismo, en la sierra se debió haber generado una agricultura más extensiva contando seguramente también con sistemas de canales. De esta manera, las prácticas sociales económicas se convierten en prácticas de autosuficiencia básica, aunque amplía por otro lado la extensión de los intercambios a gran distancia. En realidad, estas prácticas sociales económicas son mixtas, compartiendo producción interna para el consumo y para el intercambio. Esta base económica supone una primera integración regional en algunos valles o conjuntos de valles como puede ser el caso del Norte Chico. La tecnología sigue siendo bastante básica y se siguen utilizando artefactos para la pesca, principalmente redes de algodón y palos excavadores para la agricultura. Además, la tecnología constructiva se hace significativa debido a que se construyen importantes obras comunitarias. Una valiosa producción de artefactos elaborados en concha y piedras se hace presente en varios de los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Evidentemente existen líderes dentro de estas comunidades, los cuales ocupaban las edificaciones anexas a las principales edificaciones corporativas de estos asentamientos. Sin embargo, la organización de la sociedad se encontraba regida por principios de cooperación y cohesión social, basada en el parentesco y en su relación con sus líderes y asentamientos. La generación de la noción de huaca por parte de los líderes y comunidades ayudó a la construcción y reproducción de una identidad política. No se puede hablar de grandes diferencias sociales debido a la inexistencia de evidencias arqueológicas que así lo atestigüen.

Prácticas sociales ideológicas

La religión de estas sociedades es poco representada en la arquitectura o los materiales arqueológicos. Pero, sin duda, existió una religión que debió ser de carácter animista; de esta manera, no necesitarían de la representación de seres extraordinarios de manera física. Lo más probable es que estas comunidades rindiesen culto a los «monumentos naturales» como cerros y a las crecientes huacas construidas por ellos y que iban poblando sus paisajes. También comienzan a aparecer algunos elementos como figurinas antropomorfas hechas en barro, como las recuperadas en Áspero o Caral, que pueden indicar el surgimiento de la reverencia hacia personajes de la misma sociedad (Shady et al., 2015). Aunque algunos de los enterramientos humanos descubiertos incorporan algunos bienes exóticos o artefactos de gran valor artístico, no se trata de una gran cantidad ni tampoco se percibe una fuerte inversión de fuerza de trabajo en la creación de las pocas tumbas halladas. En realidad, tales prácticas funerarias tan solo acusan creencias religiosas relacionadas con el culto a los ancestros. Sin embargo, hacia el final de este periodo sí podemos ver algunos cambios, por ejemplo, cuando en el sitio de La Galgada en Áncash se permite la inhumación de ciertos individuos dentro de cámaras funerarias asociadas a la arquitectura pública con ajuares mortuorios extraordinarios (Grieder et al., 1989).

4. Período de las Entidades Políticas Autónomas Iniciales (1800 a. C. – 800 a. C.)

Para los arqueólogos de todo el mundo, la aparición de la cerámica es un evento clave en la historia de la humanidad. No solo por las características materiales sino por la organización social para su producción y, sobre todo, por su uso en espacios domésticos y públicos. Ningún arqueólogo o arqueóloga evitaría asumir que el fenómeno de la aparición de la cerámica también está ligado en el mundo andino con el compartir, los festejos colectivos y los banquetes públicos en espacios como plazas, santuarios o huacas. Así, este periodo se inicia con la aparición de las primeras cerámicas en los Andes Centrales que se establece alrededor del 1800 a. C., con posibles apariciones más tempranas en la costa norte.

Las entidades políticas autónomas iniciales aparecen en varias áreas del territorio peruano. Sin embargo, en la costa norte y en la costa central serán donde más entidades políticas de este tipo se manifestarán. Así, en la costa norte destaca el fenómeno cupisnique con edificaciones monumentales entre las que resalta el complejo Caballo Muerto y, en especial, la Huaca de los Reyes en el valle medio de Moche. Más al sur, en el valle de Casma, tenemos al conjunto de edificaciones monumentales relacionado con la entidad política Sechín Alto. Concentrados en el valle bajo de Casma, se tratan de edificios monumentales coordinados espacialmente y construidos con adobes y piedras, y en algunos de los cuales se representaron personajes antropomorfos y zoomorfos en sus paredes principales. En la costa central sobresalen, por su monumentalidad y por presentar un patrón arquitectónico que se repite a lo largo de varios siglos, los denominados templos en U o, más recientemente, como la «cultura Manchay» (Burger, 2008).

Pero también otras regiones del Perú, principalmente la sierra norte y sierra central e, incluso, la sierra sur, presenciarán la aparición o producción de artefactos cerámicos en sus sitios arqueológicos. En general, la mayoría de yacimientos arqueológicos de este periodo en el territorio peruano incorporaron cerámica en sus prácticas sociales. La Amazonía posiblemente experimentó la aparición de cerámica mucho más temprano, quizá un milenio antes; sin embargo, al momento de escribir este ensayo no poseemos fechados absolutos para datar más tempranamente tal fenómeno en esta área del Perú. No obstante, las investigaciones de Donald Lathrap (1970) y otros autores posteriores han dejado claro que la cerámica también estuvo presente desde temprano en la Amazonía peruana (Clasby y Nesbitt, 2021). Por otro lado, aún no han sido localizado asentamientos extensos o monumentales en esta región, aunque trabajos en la selva de Ecuador y Bolivia señalan tal posibilidad.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Purulén en el valle bajo de Zaña, Huaca Collud en el valle de Lambayeque, Las Huacas y Montegrande en el valle medio de Jequetepeque, Puémape al sur de la desembocadura del río Jequetepeque, Caballo Muerto en el valle medio de Moche, Cerro Blanco y Huaca Partida en el valle de Nepeña, Sechín Alto en el valle de Casma, Las Haldas en el litoral de Casma, los templos en U de la cultura Manchay en los valles de la costa central, Marcavalle en el Cusco y Qaluyu en la cuenca noroeste del lago Titicaca.

Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín.
Figura 4. Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín. Fuente: Elaboración propia.

Este periodo termina con el ingreso en diferentes lugares del mundo andino de artefactos y arquitectura vinculadas con la primera gran integración multirregional andina, asociada a elementos materiales que inicialmente se relacionaron con la comunidad habitante del sitio de Chavín de Huántar alrededor de 800 a. C. De hecho, se ha hablado de un «Horizonte Chavín» (Burger, 2019) en el sentido que muchos elementos que se generaron o se hicieron visibles de manera regional en Chavín de Huántar, comenzaron a aparecer de manera consistente en diferentes lugares del territorio peruano. Sin embargo, también existen otros asentamientos que se van influenciando mutuamente.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se caracterizan por incorporar la agricultura como una de sus actividades fundamentales; proyectos hidráulicos en la costa y sierra permiten ampliar el terreno cultivable y la diversidad de especies botánicas. Sin embargo, aún se practican la caza y recolección como actividades complementarias. La ganadería de camélidos también se sigue manteniendo de forma complementaria, principalmente en la sierra. Además, aparecen los primeros indicios de especialización artesanal, entre los que sobresalen los ceramistas, los tejedores y los metalurgos. El intercambio económico se hace notable y se percibe en la amplia distribución de estilos locales acompañados de otros foráneos.

Prácticas sociales políticas

Muchas comunidades presentan formas de asentamiento similares a las del periodo anterior; se manifiestan como aglomeramiento de unidades domésticas. Sin embargo, también aparecen formas arquitectónicas públicas que definitivamente exceden el ámbito doméstico. Estas construcciones expresadas en diferentes patrones arquitectónicos, reflejan la existencia de élites locales que comienzan a controlar ciertas cantidades del trabajo de los comuneros y de la producción de subsistencia. Es el momento del surgimiento de verdaderos líderes políticos que auspician y dirigen ceremonias desde los edificios principales de cada asentamiento. De esta manera, podríamos estar ante la aparición de las primeras diferenciaciones sociales, aunque aún sin la capacidad ni la necesidad de las élites de establecer estrategias de control social coercitivas.

Prácticas sociales ideológicas

Durante este periodo, las comunidades adquieren la necesidad de construir espacios monumentales. La práctica reiterativa de rituales colectivos debió haber sido una causa importante y justificación suficiente para movilizar el trabajo colectivo de las diferentes comunidades y, a la vez, lograr su cohesión. Elementos iconográficos relacionados con animales extraordinarios como felinos, aves de presa, reptiles y ofidios aparecen de manera reiterativa en los principales asentamientos con santuarios o huacas. Esta misma iconografía también aparece en otros soportes como la cerámica, los textiles, los metales, el hueso y la piedra. Así, vemos que las comunidades ya establecen ciertos cánones artísticos, los cuales nos indican la existencia de cuerpos de especialistas religiosos encargados de diseñarlos y crearlos.

5. Período de la Primera Integración Multirregional (800 a. C. – 500 a. C.)

Este periodo inicia con las primeras apariciones de evidencias de una integración multirregional de carácter económico y religioso, que tiene el centro de Chavín de Huántar como uno de los principales y mayores asentamientos de la sierra norte peruana. Como señala Richard Burger (2019, p. 196), el periodo entre los 800 y 500 a. C. corresponde al cénit del fenómeno Chavín en los Andes centrales.

Sin embargo, esto no significa que la comunidad y la élite religiosa asentadas en Chavín de Huántar ejerzan un control directo y efectivo sobre todos los sitios relacionados. Pero, lo que sí es evidente es que se mantiene como una importante influencia o inspiración para ellos, la cual debió ser canalizada por las élites locales en cada región con diferentes niveles de apego. A su vez, algunos de estos sitios afiliados o relacionados con Chavín de Huántar debieron dispersar tales elementos relacionados hacia otros sitios del mismo periodo. En dirección inversa, muchos de los asentamientos de este periodo influyeron y/o participaron en los eventos y reuniones celebradas en Chavín de Huántar.

Dichos asentamientos se encuentran en la costa, cerca al litoral, sobre todo en los valles, y también en la sierra, especialmente en los valles interandinos, en lugares que se erigen como nodos de rutas de intercambio económico y religioso. Primordialmente, Chavín de Huántar se vinculó con asentamientos de la sierra norte (Cajamarca), costa norte (valles de Moche y Jequetepeque), costa sur (valles del Rímac y Lurín; valle de Ica y bahías de Paracas y de la Independencia), sierra central (Pasco, Junín) y sierra sur (Huancavelica y Ayacucho) del Perú.

Entre los sitios arqueológicos más significativos de este periodo están Chavín de Huántar; Kunturwasi, en el valle del Rio San Pablo; en Cajamarca; Pacopampa, en el valle del rio Chotano, también en Cajamarca; Karwa, en el litoral de la Bahía de la Independencia; Coyungo, en el valle del Río Grande en Ica; Atalla, en Huancavelica; y Campanayuq Rumi, en Ayacucho.

El área monumental de Chavín de Huántar.
Figura 5. El área monumental de Chavín de Huántar.

Este periodo termina cuando la influencia y hegemonía de Chavín y de los estilos contemporáneos asociados, desaparecen del mundo andino y, al mismo tiempo, o poco tiempo después, surgen una serie de identidades e integraciones políticas que cohesionan a las comunidades de uno o algunos valles, o áreas contiguas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están basadas en la agricultura, ganadería, pesca y recolección. Sin embargo, dada la integración económica, se observa un fuerte intercambio interregional con productos y artefactos que viajan desde zonas muy amplias del territorio peruano e, incluso, fuera de sus fronteras actuales, como en la parte norte, principalmente del actual Ecuador. La producción artesanal ya establecida en diferentes asentamientos también se hace muy importante durante este periodo y está interesantemente relacionada con la iconografía religiosa que acompaña a Chavín de Huántar y a otros sitios relevantes del periodo. Sobresalen la producción cerámica, litoescultórica, metalúrgica y textil.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, se hace evidente que existen líderes políticos y religiosos muy importantes. Ellos ocuparán y utilizarán la arquitectura más amplia y extensa de los asentamientos. También, aparecen las primeras tumbas suntuosas y con acumulación de materiales exóticos o altamente valorados. De hecho, muchas de estas tumbas se incorporan a las mismas edificaciones mayores de los asentamientos. Claramente, estamos ante líderes políticos y religiosos que controlan una cantidad importante de la producción de las comunidades locales y regionales. Asimismo, se establece la presencia de artesanos especializados. En general, se puede apreciar que la sociedad esta escindida en grupos sociales. El control social, sin embargo, se mantenía mediante la religión, a la que se podrá incorporar sacrificios humanos como medio de cohesión, pero también de coerción política.

Prácticas sociales ideológicas

Las prácticas religiosas están basadas en el culto a una serie de seres extrahumanos que dominan la cosmovisión de ese momento. Aunque no existe un patrón homogéneo que se respete en las diferentes áreas vinculadas con Chavín de Huántar, sí existen algunos seres extraordinarios que aparecen reiterativamente en diferentes áreas como, por ejemplo, el denominado «dios de los báculos» que fue representado en el mismo Chavín de Huántar, pero puede reproducirse con diferentes atributos y peculiaridades, como fue el caso de los seres análogos pintados en los textiles de Karwa, en la Bahía de la Independencia en Ica. Asimismo, se observa una gran dispersión de la representación en diferentes soportes, especialmente en la cerámica, de seres relacionados con el felino o sus atributos. En general, se puede decir que la religión local y multirregional consistía en el culto a una serie de personajes zoomorfos y antropomorfos que se vinculan e invocan a fuerzas naturales. Aparejado a lo anterior, se extiende en diferentes regiones de los Andes centrales la práctica de rituales de tipo chamánico que incorporan sustancias psicotrópicas, como la del cactus de San Pedro.

6. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tempranas (500 a. C. – 700 d. C.)

Este extenso periodo se caracteriza por el surgimiento de una serie de entidades políticas que emergen tras la desaparición de la influencia y desarticulación de las redes económicas y religiosas que tenían como eje principal al sitio de Chavín de Huántar. A su vez, aparecen algunas entidades políticas regionales que poseen su propia identidad cultural, y los primeros ejemplos de estados arcaicos.

Las diferentes sociedades de este periodo aparecen y se reproducen en gran cantidad en el territorio peruano. Prácticamente cada región del Perú incluye algún desarrollo social de este tipo. Sin embargo, podemos resaltar a la costa norte del Perú, principalmente entre los valles de Lambayeque a Nepeña o lo conocido como lo Moche; la costa central, principalmente en el valle del Rímac y reconocido como lo Lima; y en la costa sur, especialmente en la Bahía de Paracas, los valles de Chincha e Ica, lo relacionado con el fenómeno Paracas. A continuación, practicamente en la misma zona, surgirá lo conocido como Nazca. Asimismo, tenemos entidades políticas importantes en la sierra norte, principalmente en la sierra de La Libertad como Huamachuco, el Callejón de Huaylas y el Callejón de Conchucos que se vinculan a lo Recuay y, en la sierra sur del Perú, con lo Huarpa en Ayacucho y alrededor del lado occidental del lago Titicaca, lo que se denomina como Pukara.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Huaca Rajada-Sipán y Pampa Grande en el valle de Lambayeque, Pacatnamú en el valle bajo de Jequetepeque, Huacas del Sol y La Luna y Galindo en el valle de Moche, El Brujo en el valle bajo de Chicama, San José de Moro en el Rio Chamán, el Grupo Gallinazo en el valle bajo de Virú, Pañamarca en Nepeña, Chankillo en el valle de Casma, Marcahuamachuco en la sierra de La Libertad, Yayno en el Callejón de Conchucos, Huaca San Marcos y Huaca Pucllana en el valle bajo del Rímac, el Templo Viejo de Pachacamac en el valle bajo de Lurín, Cerro Colorado en la Bahía de Paracas, Huaca Santa Rosa en el valle bajo de Chincha, Ánimas Altas/Ánimas Bajas en el valle de Ica, Cahuachi en el valle del Rio Grande, Ñawinpukyo en Ayacucho y Pukará en la cuenca norte del Titicaca.

Este periodo termina cuando el fenómeno social Wari hace evidente su presencia y/o influye en diferentes sociedades y territorios del actual Perú. Asimismo, alrededor del año 562 d. C., un decrecimiento en las lluvias y una consecuente sequía de cerca de tres décadas afectaron a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades, especialmente en la costa peruana (Shimada, 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Huaca de La Luna
Figura 6. Huaca de La Luna. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

Las comunidades de este periodo emprenden grandes proyectos hidráulicos, los cuales incrementan la producción agrícola, especialmente en la costa norte y central peruana. Asimismo, la especialización artesanal se expande y se diversifica como nunca antes, lo que supone el incremento exponencial de bienes y artefactos de alta calidad tecnológica y artística. También se concentran los intercambios económicos en ciertos puntos del territorio que ocupan estas sociedades, cristalizándose como verdaderos centros económicos. Materias primas exóticas aparecen de maneras diversas en varios sitios de este periodo. Las tumbas acusan una importante inversión de trabajo y acumulación de riquezas. Claramente estamos ante la aparición de las clases sociales en el antiguo Perú.

Prácticas sociales políticas

Es el momento del surgimiento de algunos de los verdaderos estados tal como se definen clásicamente en la antropología política. Los líderes o curacas controlan la producción de las comunidades y la distribuyen a su manera, siguiendo las diferentes posiciones sociales que establecen claras asimetrías sociales. Además de la religión, el control de la sociedad se realiza mediante la fuerza y es evidente la existencia de especialistas en el ejercicio de la violencia que controlan a la sociedad, pero también se enfrentan a otros grupos sociales fuera de los límites de control de cada entidad o asentamiento.

Prácticas sociales ideológicas

Cada una de las sociedades de este periodo genera una serie de religiones que ponen el énfasis en sus propias formas de comprender el mundo. Si bien existen similitudes en las creencias entre los grupos de la costa, cada uno de ellos desarrolla un panteón religioso particular. Lo mismo sucede con las comunidades de la sierra, que también desarrollan una cosmovisión muy particular. En términos generales, las religiones de las sociedades de este periodo ponen énfasis en seres antropomorfos con atributos de la naturaleza, pero con símbolos de poder terrenal. La práctica del sacrificio humano y de la ostentación de las cabezas trofeo se hace mucho más extendida y numerosa durante este periodo.

7. Período de la Segunda Integración Multirregional (700 d. C. – 1000 d. C.)

Este periodo tiene como protagonista a la entidad política wari, la cual, a partir de su control e influencia en gran parte de los Andes centrales, genera una integración económica, política y religiosa de muchas regiones (Makowski y Giersz, 2016; Isbell, 2018, p. 427; 2019). Durante este período, también en la sierra sur del Perú, los asentamientos wari conviven y/o se influencian por medio de sitios de origen tiwanaku.

En este caso, a diferencia del primer periodo de integración multirregional vinculado con Chavín de Huántar, las élites políticas y económicas residentes en la ciudad de Huari sí ejercen control efectivo sobre territorios bien acotados. Así tenemos evidencia arqueológica sólida de que la sierra norte y sur tuvieron asentamientos que controlaron zonas productivas, fuerza de trabajo y rutas de intercambio. Este el caso de Huamachuco y la zona sur del Cusco. Asimismo, tenemos evidencias claras de lo mismo en la costa norte, principalmente en el sitio de El Castillo de Huarmey. Otras evidencias indiscutibles se encuentran en el valle alto del Osmore, Moquegua, donde el sitio de Cerro Baúl es un indisputable centro administrativo wari. Igualmente, toda la región de Ayacucho contiene algún sitio wari e, incluso, la ceja de selva con el sitio de Espíritu Pampa supone una evidencia contundente del control directo de ciertas áreas del territorio de los Andes centrales por parte de las élites wari. Sin embargo, es importante señalar que, contemporáneas a esta explosión de sitios wari, existieron en el territorio andino otras comunidades y entidades políticas que también siguieron desarrollando sus propios proyectos económicos y políticos, tal como lo Moche en la costa norte o de lo Lima en la costa central. Además, varios desarrollos políticos de la zona de Puno continuaron activos como sociedades autónomas o relacionados con Tiwanaku. Algo semejante sucede en la costa del extremo sur del actual Perú donde el valle de Osmore contiene una serie de sitios tiwanaku que convivieron con los wari, como era el caso de Cerro Baúl, antes mencionado. Lo mismo se podría decir del fenómeno Cajamarca en la sierra norte, que conserva un alto grado de autonomía e, incluso, de interacción con Wari.

Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho.
Figura 7. Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho. Fuente: Elaboración propia.

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Huari, Conchopata y Azángaro en Ayacucho, Pikillacta y Huaro al sur de la ciudad del Cusco, Viracochapampa en la sierra de la Libertad, El Palacio en Cajamarca, El Castillo en el valle bajo del rio Huarmey, Espíritu Pampa en la ceja de selva del Cusco, Maymi en el valle bajo de Pisco, Pacheco y Huaca del Loro en Nazca, y Cerro Baúl en el valle del rio Osmore en Moquegua.

Este periodo acaba con la desaparición del control de zonas administradas por las élites wari desde sus centros provinciales o la ausencia de la influencia o existencia de la artesanía del estilo wari en los Andes. Asimismo, alrededor del año 1020 d. C., una sequía de varias décadas afecta a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades de este periodo (Shimada 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Prácticas sociales económicas

La producción agrícola se erigirá como la base principal de la economía de las sociedades integradas en torno a Wari. Para ello, también se fundarán nuevos asentamientos wari, los cuales ampliarán los proyectos hidráulicos y las áreas de cultivo. Los nuevos centros wari se ubican en lugares estratégicos desde la perspectiva de los recursos económicos y laborales. Asimismo, la economía basada en la agricultura intensiva se combina con la ganadería de camélidos y con la pesca en las zonas costeras. En general, se amplía la intensidad de las prácticas sociales económicas no solo en los sitios wari, sino también en otros contemporáneos que tienen más o menos relación con esa sociedad. Pero lo que sí es importante resaltar es que la especialización artesanal aumenta y muchos artefactos son intercambiados en diferentes lugares del actual territorio peruano, principalmente en los centros administrativos wari. Caminos que conectaban a varios de estos sitios son arterias principales para el traslado de personas y bienes a lo largo del territorio andino.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, existe una clase gobernante o élite que domina el paisaje político en gran parte de los Andes. Las élites wari controlan o influyen efectivamente a los grupos sociales mediante la religión y la coerción física. A la élite ayacuchana de la ciudad de Huari le siguen en jerarquía política una serie de élites wari directamente emparentadas con las familias «reales» y otras élites locales que se han aliado, se afilian o que imitan a la wari. Debajo de ellos, toda una burocracia se establece y cuerpos de especialistas aparecen y se asientan en los diferentes sitios wari. Asimismo, diferentes grupos de artesanos y productores sustentan la riqueza de las élites. Existen instituciones políticas que establecen las posiciones sociales de cada grupo dentro de la integración wari. En este periodo se han localizado mausoleos de grandes personajes y un conjunto de distintas tumbas que representan materialmente la posición social de sus miembros.

Prácticas sociales ideológicas

En la religión de este periodo se reconoce la presencia de seres antropomorfos con rasgos animales. Especialmente, los íconos relacionados con la influencia tiwanaku se hacen presentes en la producción artesanal wari, principalmente en los textiles y cerámica. Sin embargo, no existe un panteón muy estandarizado y, más bien, conviven muchos personajes, versiones de otros seres extrahumanos antiguos u otros que recién aparecen en este periodo. En general, podríamos señalar que existen seres extraordinarios que representan fuerzas naturales y supernaturales que están organizados dentro de un discurso religioso controlado, gestionado y dirigido por los especialistas religiosos desde Wari, pero también desde otros centros administrativos wari. El culto a los ancestros se puede evidenciar contundentemente en sitios como el mismo Huari, donde se enterraron a los líderes políticos en mausoleos hechos con grandes bloques de piedra.

8. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tardías (1000 d. C. – 1400 d. C.)

Este período se caracteriza por el resurgimiento o surgimiento de una serie de tradiciones y entidades locales y regionales tras la desaparición del dominio y/o influencia wari. Varias entidades políticas florecen principalmente en valles costeros e interandinos. Verdaderas ciudades aparecen y reúnen a miles de personas. Este periodo también coincide con lo que en Europa se conoció como la «Anomalía Climática Medieval», la cual se extendió entre el 1000 d. C. y el 1300 d. C. (Fagan y Durrani, 2021). En los Andes centrales este fue un periodo de severas sequías, pero también de intermitentes y violentos fenómenos de El Niño que afectaron de diferentes maneras a las comunidades de la costa y sierra peruana (Fagan, 2009).

Las principales entidades políticas de este periodo surgen desde los principales asentamientos, ya verdaderamente urbanos, en gran parte de la costa peruana, pero principalmente en el norte y centro. De este modo, en la costa norte, con mucha diferencia, destacan lo Lambayeque y lo Chimú. La entidad política Chimú, incluso, se extendió entre los valles de Motupe y Casma. En la costa norcentral veremos el surgimiento de los asentamientos vinculados con las tierras agrícolas en el valle de Chancay y cercanos, y en la costa central los sitios relacionados con lo conocido en la literatura arqueológica como lo Ychsma en los valles del Rímac y Lurín. En la costa sur hay algunos valles como Chincha, Ica o Nazca e, incluso el Osmore, donde también se generan extensos asentamientos y cementerios. En la sierra norte, lo Cajamarca sigue aún vigente y vibrante, y en la sierra central tenemos que el valle del Mantaro contiene una serie de comunidades integradas políticamente conocidas como Xauxa y relacionadas con la agricultura y la ganadería. Finalmente, la sierra sur observó el surgimiento de los «reinos altiplánicos» entre los que destacan lo Colla y lo Lupaca, ambos ubicados en lo que ahora es el departamento de Puno. En la ceja de selva del norte del país, lo Chachapoya dominará el paisaje político de este periodo.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Batán Grande, Túcume y Chotuna-Chornancap en Lambayeque; Chan Chan en el valle bajo de Moche; Kuélap en el departamento de Amazonas; el Gran Pajatén en el departamento de San Martín; Cerro El Purgatorio en el valle bajo de Casma; Pisquillo Chico y Lauri en el valle de Chancay; el Complejo Maranga, donde resalta la Huaca Tres Palos y Mateo Salado en el valle del Rímac; Armatambo al sur de la ciudad de Lima; las Pirámides con Rampa de Pachacamac; La Centinela de Tambo de Mora en el valle bajo de Chincha; Chiribaya Alta en el valle de Moquegua; Tantamayo en Huánuco; Tunanmarca en Junín; y Pucarani y Pucara de Juli en Puno.

Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.
Figura 8. Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.

Este periodo acaba con el control territorial o la influencia del Imperio Inca en gran parte de los Andes durante el siglo Xv.

Prácticas sociales económicas

En este periodo se regresa a las producciones locales enfocadas y distribuidas en regiones relativamente constreñidas a grandes zonas ecológicas como la costa y la sierra. Aunque también hay algunos casos de «archipiélagos» territoriales en estas sociedades (Murra, 1975). Sin embargo, la principal producción agrícola se realiza en los valles costeros con proyectos preexistentes o que se amplían, y en la sierra con agricultura en terrazas agrícolas o andenes. En la costa, la agricultura se convierte en la principal práctica social económica y en la sierra, esta actividad se encuentra bien complementada con la ganadería extensiva de camélidos. Las producciones artesanales se concentran en los artefactos necesarios para las élites locales y, en algunos casos, se conservan importantes tradiciones como la metalúrgica, la textil y la cerámica. Los intercambios se siguen realizando entre comunidades, pero se enfocan sobre todo en las entidades políticas locales.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo tenemos sociedades con relaciones sociales políticas muy variadas. Se observan desde verdaderos imperios como el Chimú hasta comunidades dispersas como las del altiplano cincum-Titicaca entre las que sobresalen lo conocido como Colla y Lupaca. Así, tenemos relaciones bastante jerárquicas y otras más laxas. Sin embargo, en algunas sociedades vemos que ciertas élites se han establecido y controlan gran parte de la producción comunal. Debido a esta diversidad, las estrategias políticas de control social van desde las religiosas hasta las coercitivas o una combinación de ambas.

Prácticas sociales ideológicas

Nuevamente, como ocurrió en el periodo de las Entidades políticas autónomas tempranas, las comunidades generan sus propias visiones del mundo en donde producen sus propias representaciones de sus divinidades o sujetos de culto. La iconografía representa variadas formas de expresión de sus religiones. Los personajes antropomorfos, algunos con rasgos animales, perviven en su religión. Muchas huacas florecen en el paisaje ritual andino hacia las cuales las comunidades se orientan, movilizan y rinden culto. Extensos cementerios en la costa peruana señalan que los rituales funerarios se vuelven importantes para las comunidades andinas de este periodo.

9. Período de la Tercera Integración Multirregional (1400 d. C. – 1532 d. C.)

Este es el último periodo de la época prehispánica y tiene como principal protagonista a la entidad política inca, la cual despliega una importante integración económica, política y religiosa en gran parte de la costa, sierra y ceja de selva del área andina (D’Altroy, 2003, p. 47; Bauer y Smit, 2019, p. 129). Desde el Cusco, el Estado inca se expandirá por gran parte de los Andes sudamericanos en cuestión de décadas, formando un verdadero imperio prehispánico que incorporó a una multitud de comunidades y grupos étnicos.

Con respecto a la extensión de los asentamientos vinculados directamente con las élites del Cusco, tenemos que prácticamente todo el territorio peruano, a excepción, por ahora, de la selva baja, tuvo algún asentamiento o influencia de los incas. En este caso, los incas seleccionaron la ocupación de ciertas zonas por razones económicas, políticas e ideológicas. Destaca la colocación de nuevos asentamientos en zonas no explotadas económicamente previamente y la reocupación de sitios o huacas con poder económico, político y religioso. Evidentemente, el Tawantinsuyu excede en su extensión al Perú y llega a ocupar áreas de los actuales países de Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina, constituyéndose como uno de los imperios antiguos más importantes del mundo.

Los sitios arqueológicos construidos por los incas, o que fueron intervenidos por ellos en su expansión, se encuentran dispersos por gran parte del Perú y otros países andinos de Sudamérica. Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a la ciudad del Cusco, Ollantaytambo, Pisac y Machu Picchu en el centro del antiguo Imperio Inca; Cabeza de Vaca en Tumbes; Paramonga en el valle de Fortaleza; el Templo del Sol y el Acllahuasi en Pachacamac en el valle bajo de Lurín; Tambo Colorado en el valle de Pisco; Inkawasi en el valle medio de Cañete; Quebrada de Vaca en el litoral de Arequipa; Hatuncolla, Chucuito y las Chullpas Incas de Sillustani y Cutimbo en Puno; Huánuco Pampa en la puna de Huánuco y Pumpu en Pasco.

Este periodo finaliza con el inicio de la caída del Imperio Inca a consecuencia de la llegada de los españoles al territorio andino en 1532.

El Coricancha en Cusco.
Figura 9. El Coricancha en Cusco. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

La base de la economía incaica fue la agricultura. Para ello, extensos proyectos hidráulicos y de construcción de andenes y campos de cultivo se dieron durante este periodo. Asimismo, la ganadería de camélidos se hace mucho más intensiva. Las producciones artesanales ven un gran desarrollo alimentado por las grandes rutas de intercambio de materias primas y por las propias necesidades de las élites incaicas y aliadas. Los especialistas florecen o son asimilados por las élites incas, lo cual se expresa en una amplia variedad de productos de alta calidad tecnológica y artística. Asimismo, muchos especialistas en la producción de alimentos son parte importante de la base económica. La misma fuerza de trabajo extraída mediante «mitas» es un importante insumo para la economía incaica. La gran red de caminos incas garantizó la circulación de los bienes y de fuerza de trabajo a lo largo de todo el Imperio.

Prácticas sociales políticas

En este caso, gracias a la arqueología y la etnohistoria sabemos de la existencia de una verdadera pirámide política encabezada por el Sapa Inca y seguido de sus familias reales, élites intermedias, burócratas y especialistas hasta llegar a los comuneros. La política estatal es ejercida mediante la coerción física, aunque se mantienen ciertas manipulaciones ideológicas basadas en la tradición y religiones precedentes. El aparato estatal inca creó una serie de instituciones políticas que establecieron y garantizaron la organización de la sociedad inca. Los gobernantes y sus familias reales ejercieron un control sobre la vida y muerte de las comunidades dominadas e integradas durante este periodo.

Prácticas sociales ideológicas

La religión incaica es animista. A pesar de que existen relatos etnohistóricos que afirman la representación de sus dioses. En realidad, salvo unas cuantas descripciones, no tenemos evidencias de una religión que plasmase sus divinidades en su cultura material. De esta manera, es posible que su religión estuviera basada en el culto a fuerzas sobrehumanas y fenómenos naturales. Asimismo, los ancestros como los antiguos Incas y sus mallquis, fueron objeto de culto por los linajes reales y sus seguidores. En general, en todo el territorio andino, muchas otras creencias precedentes se amalgamaron para crear una religión con múltiples personajes que proyectaban su fuerza y control sobre las actividades del ser humano. Los incas supieron articular estos oráculos o huacas muy bien dentro de su estructura religiosa, en la cual el sol era una de las divinidades principales y oficiales, aunque no la única.

Comentarios finales

Es imposible dar cuenta de todas las prácticas sociales inmersas en ese continuum histórico denominado prehistoria de los Andes Centrales. Pero, no por ello, tal empresa debería ser abandonada ni menospreciada. Un esfuerzo por comenzar a comprender tales prácticas sociales parte de una síntesis de los datos arqueológicos e históricos y de un empeño por tratar de comprender una serie de fenómenos sociales discretos que se han materializado en el territorio estudiado. La propuesta aquí esbozada trata de asumir tal desafío con los medios y materiales disponibles en este momento concreto.

Así, como hemos podido apreciar, la prehistoria andina se puede ver grosso modo como un constante juego de integraciones y desintegraciones, las cuales tenían como principales protagonistas a los líderes y gobernantes de cada entidad política. Esto no quiere decir que los otros agentes de la historia no hayan tenido nada que ver. Por el contrario, fueron parte fundamental de tal escenario social. Por ello, incluso cuando se daban tales integraciones económicas, políticas y/o ideológicas, las fuerzas centrífugas o de resistencia al control o hegemonía desde otras facciones políticas o comunidades, también estuvieron presentes y fueron el embrión de nuevos cambios sociales. La generación de estratos o clases sociales también fue un elemento importante en tales organizaciones políticas que, más allá de ordenar a los grupos sociales de acuerdo con su actividad laboral o estatus, supuso una cuota de control sobre sus vidas y sus producciones materiales. Por ello, la coerción muchas veces apareció como la manera más efectiva para disminuir tales tensiones sociales.

De toda esta historia prehispánica aquí esbozada, afortunadamente nos han quedado paisajes, monumentos, poblados, cementerios y artefactos arqueológicos que nos hablan de la gran diversidad social y étnica que se dio en los Andes peruanos prehispánicos. Esa riqueza es la que nos permite contar con una importante colección de las mejores obras de arquitectura y de arte de todo el mundo y que los arqueólogos no se cansan de estudiar.

Finalmente, es nuestro deseo que esta propuesta de periodificación ayude a organizar de manera más coherente los datos arqueológicos actuales, pero, sobre todo, espera proponer una manera de ver a la historia precolonial andina desde una perspectiva más dialéctica en la cual todos los actores de la escena histórica estén iluminados.

Referencias

Alva, Ignacio. (2012). Ventarrón y Collud. Origen y Auge de la Civilización en la Costa Norte del Perú. Lima: Ministerio de Cultura.

Bauer, Brian. (2018). Cuzco Antiguo. Tierra Natal de los Incas. Cusco: Centro Bartolomé de las Casas.

Bauer, Brian y Smit, Douglas. (2019). “Separando la Paja del Trigo”. Mitos Incas, Leyendas Incas y la Evidencia Arqueológica para el Desarrollo del Estado en la región del Cuzco. En Izumi Shimada (ed.), El Imperio Inka (pp. 125-148). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Bennett, Wendell. (1946). The Archeology of the Central Andes. En J. H. Steward (ed), Handbook of South American Indians, The Andean Civilizations, vol. 2. (pp. 61–142). Washington D.C: Smithsonian Institution Bureau of American Ethnology.

Bennett, Wendell y Junius Bird. (1949). Andean Culture History. Nueva York: American Museum of Natural History.

Burger, Richard. (1992). Chavín and the Origins of Andean Civilization. Londres: Thames & Hudson.

Burger, Richard. (2008). The Manchay Culture and the Coastal Inspiration for Highland Chavin Civilization. En William Conklin y Jeffrey Quilter (eds.), Chavin. Art, Architecture and Culture (pp. 85-105). Los Angeles: Cotsen Institute of Archaeology, UCLA.

Burger, Richard. (2019). Changing Interpretations of Early Central Andean Civilization. En Richard Burger, Lucy Salazar y Yuji Seki (eds.), Perspectives on Early Andean Civilization in Peru. Interaction, Authority, and Socioeconomic Organization During the First and Second Millenia BC (pp. 189-199). New Haven: Yale University Publications in Archaeology.

Burger, Richard; Salazar, Lucy y Seki, Yuji. (eds.). (2019). Perspectives on Early Andean Civilization in Peru. Interaction, Authority, and Socioeconomic Organization During the First and Second Millenia BC. New Haven: Yale University Publications in Archaeology.

Carmichael, Patrick. (2019). Stages, periods, epochs, and phases in Paracas and Nasca chronology: another look at John Rowe’s Ica valley master sequence. Ñawpa Pacha, 39(2), 145-179.

Chauchat, Claude. (2006). Prehistoria de la Costa Norte del Perú. El Paijanense de Cupisnique. IFEA/Patronato Huacas del Valle de Moche, Lima.

Clasby, Ryan y Jason Nesbitt (eds.). (2021). The Archaeology of the Upper Amazon. Complexity and Interaction in the Andean Tropical Forest. Gainesville: University Press of Florida.

Covey, Alan. (2006). How the Incas Built Their Heartland. State Formation and the Innovation of Imperial Strategies in the Sacred Valley, Peru. Ann Arbor: The University of Michigan Press.

Crumley, Carole. (1995). Heterarchy and the Analysis of Complex Societies. En Robert Ehrenreich, Carole Crumley y Janet Levy (eds.), Heterarchy and the Analysis of Complex Societies (pp. 1-6). Washington, D.C.: American Anthropological Association.

D´Altroy, Terence. (2003). The Incas. Malden: Blackwell.

D´Altroy, Terence. (2015). The Incas (segunda edición). Malden: Blackwell.

Dillehay, Tom. (2008). Latin American Archaeology in History and Practice. En Alexander Bentley, Herbert Maschner y Christopher Chippindale (eds.), Handbook of Archaeological Theories (pp. 165-185). Landham: Altamira.

Dillehay, Tom; Bonavia, Duccio; Goodbred, Steve Jr.; Pino, Mario; Vásquez, Víctor y Rosales, Teresa. (2012). A late Pleistocene human presence at Huaca Prieta, Peru, and early Pacific Coastal adaptations. Quaternary Research, (77), 418-423.

Dillehay, Tom. (ed.). (2017). Where the Land Meets the Sea: Fourteen Millennia of Human History at Huaca Prieta, Peru. Austin: University of Texas Press.

Fagan, Brian. (2009). El Gran Calentamiento. Como influyó el Cambio Climático en el Apogeo y Caída de las Civilizaciones. Barcelona: Gedisa.

Fagan, Brian y Nadia Durrani. (2021). Climate Chaos. Lessons on Survival From Our Ancestors. Nueva York: Public Affairs.

Grieder, Terence; Bueno, Alberto; Smith, Earle y Malina, Robert. (1989). La Galgada, Peru. A Preceramic Culture in Transition. Austin: University of Texas Press.

Haas, Jonathan y Creamer, Winifred. (2006). Crucible of andean civilization: the peruvian coast from 3000 to 1800 BC. Current Anthropology, 47(5): 745-775.

Isbell, William. (2018). Ayacucho and the Staff God Pantheon. Wari, Tiwanaku, and the Late SAIS Era. En William Isbell, Mauricio Uribe, Anne Tiballi y Edward Zegarra. (eds), Images in Action. The Southern Andean Iconographic Series (pp. 427-478). Los Angeles: Cotsen Institute.

Isbell, William y Helaine Silverman. (2002). Theorizing Variations in Andean Sociopolitical Organization. En William Isbell y Helaine Silverman (eds.), Andean Archaeology I. Variations in Sociopolitical Organization (pp. 3-11). Nueva York: Springer.

Isbell, William; Uribe, Mauricio; Tiballi, Anee y Zegarra, Edward (eds.). (2018). Images in Action: The Southern Andean Iconographic Series. Los Angeles: Cotsen Institute of Archaeology, UCLA.

Jennings, Justin. (2010). Beyond Wari Walls: Regional Perspectives on Middle Horizon Peru. Albuquerque: University of New Mexico Press.

Kaulicke, Peter. (2010). Las Cronologías del Formativo. 50 Años de Investigaciones Japonesas en Perspectiva. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú..

Kroeber, Alfred. (1927). Coast and Highland in Prehistoric Peru. American Anthropologist, 29(4), 625-653.

Larco Hoyle, Rafael. (1948). Cronología Arqueológica del Norte del Perú. Buenos Aires: Sociedad Geográfica Americana.

Lathrap, Donald (1970). The Upper Amazon. Washington DC: Praeger.

Lavallée, Danièle. (ed.) (1995). Telarmachay. Cazadores y Pastores Prehistóricos de los Andes. Lima: Instituto Francés de Estudios Andinos.

León, Elmo. (2007). Orígenes Humanos en los Andes del Perú. Lima: Universidad San Martín de Porres.

Lumbreras, Luis G. (1969). De los Pueblos, las Culturas y las Artes del Antiguo Perú. Lima: Moncloa-Campodónico.

Lumbreras, Luis G. (2019). Pueblos y Culturas del Perú Antiguo. Lima: Petroperú.

Makowski, Krzysztof. (2016). Urbanismo Andino. Centro Ceremonial y Ciudad en el Perú Prehispánico. Lima: Apus Graph.

Makowski, Krzysztof y Giersz, Miłosz. (2016). El Imperio en Debate: Hacia Nuevas Perspectivas en la Organización Política Wari. En M. Giersz y K. Makowski (eds.), Nuevas Perspectivas en la Organización Política Wari (pp. 5-37).

Lima: Centro de Estudios Precolombinos e Instituto Francés de Estudios Andinos.

Makowski, Krzysztof y Miłosz Giersz (eds.) (2016). Nuevas Perspectivas de la Organización Políticas Wari. Lima: Centro de Estudios Precolombinos de la Universidad de Varsovia.

Malpass, Michael. (2016). Ancient People of the Andes. Ithaca: Cornell University Press.

Moore, Jerry. (2014). A Prehistory of South America. Ancient Cultural Diversity on the Least Known Continent. Boulder: University Press of Colorado.

Murra, John. (1975). Formaciones Económicas y Políticas del Mundo Andino. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Quilter, Jeffrey. (2022). The Ancient Central Andes. Segunda edición. Londres: Routledge.

Ramón, Gabriel (2005). Periodificación en arqueología peruana: genealogía y aporía. Bulletin de l’Institut français d’études andines, 34(1), 5-33.

Ravines, Rogger (1970). Introducción. En R. Ravines (ed.), 100 Años de Arqueología en el Perú (pp. 11-28). Lima: : Instituto de Estudios Peruanos y Petróleos del Perú.

Richardson, James y Sandweiss, Daniel. (2008). Climate Change, El Niño, and the Rise of Complex Society on the Peruvian Coast during the Middle Holocene. En Daniel Sandweiss y Jeffrey Quilter (eds.), El Niño. Catastrophism, and Culture Change in Ancient America (pp. 59-75). Washington D.C.: Dumbarton Oaks.

Rick, John. (1980). Prehistoric Hunters of the High Andes. Nueva York: Academic Press.

Rivasplata, Paula. (2015). La arqueología precientífica en el Perú en el siglo XVIII. Letras Históricas, (13), 221-252.

Rowe, John (1962). Stages and Periods in Archaeological Interpretation. Southwestern Journal of Anthropology, 18(1), 40–54.

Rowe, John y Menzel, Dorothy (eds.). (1967). Peruvian Archaeology. Selected Readings. Palo Alto: Peek Publications.

Sahlins, Marshall. (1977). Economía de la Edad de Piedra. Akal, Madrid.

Sandweiss, Daniel; Shady, Ruth; Moseley, Michael; Keefer, David y Ortloff, Charles. (2009). Environmental change and economic development in coastal Peru between 5,800 and 3,600 years ago. PNAS, 106(5), 1359–1363.

Seki, Yuji (ed.). (2023). New Perspectives on the Early Formation of the Andean Civilization. Osaka: National Myuseum of Ethnology.

Shady, Ruth. (2008). El Sistema Social de Caral y su Trascendencia: El Manejo Transversal del Territorio; la Complementariedad Social y Política; y la Interacción Intercultural. Nayra Kunan Pacha, 1(1), 19-90.

Shady, Ruth; Machacuay, Marco; Novoa, Pedro; Quispe, Edna y Leyva, Carlos. (2015). Centros Urbanos de la Civilización Caral: 21 Años Recuperando la Historia Sobre el Sistema Social. Lima: Zona Arqueológica de Caral.

Shimada, Izumi. (1994a). Los Modelos de la Organización Sociopolítica de la Cultura Moche. En Moche. Propuestas y Perspectivas. Actas del Primer Coloquio Sobre la Cultura Moche (pp. 359-387). Trujillo: Universidad Nacional de Trujillo.

Shimada, Izumi. (1994b). Pampa Grande and the Mochica Culture. Austin: University of Texas Press.

Silverman, Helaine (ed.) (2004). Introduction: Space and Time in the Central Andes. En H. Silverman (ed.), Andean Archaeology (pp. 1-15). Malden: Blackwell.

Silverman, Helaine y Isbell, William (eds). (2008). The Handbook of South American Archaeology. New York: Springer.

Stanish, Charles. (1992). Ancient Andean Political Economy. Austin: University of Texas Press.

Stanish, Charles; Chávez, Cecilia; LaFavre, Karl y Plourde, Aimée. (2014). The Northern Titicaca Basin Survey Huancané-Putina. Memoirs of the Museum of Anthropology Number 56. Ann Arbor: University of Michigan.

Stanish, Charles; Earle, Timothy; García Sanjuán, Leonardo; Tantaleán, Henry y Barrientos, Gustavo (e.p). Early monumentality, ritual and political complexity: Formative Peru and Copper Age Iberia. Current Anthropology (artículo aceptado).

Stone-Miller, Rebecca. (1993). An Overview of the ‘Horizon’ and ‘Horizon Style’ in the Study of Ancient American Objects. En Don Rice (ed.), Latin American Horizons (pp. 15–40). Washington DC.: Dumbarton Oaks

Strong, William D. (1948). Cultural Epochs and Refuse Stratigraphy in Peruvian Archaeology. En Wendell Bennett (ed.), A Reappraisal of Peruvian Archaeology (pp. 93-102). Menasha: Society for American Archaeology.

Swenson, Edward y Roddick, Andrew. (2018). Introduction. Rethinking Temporality and Historicity from the Perspective of Andean Archaeology. En Edward Swenson y Andrew Roddick (eds.), Constructions of Time and History in the Pre-Columbian Andes (pp. 3-40). Boulder: University Press of Colorado.

Tantaleán, Henry. (2006). Asentamientos y producción: la cuenca norte del Titicaca entre el siglo XII a.n.e. al III d.n.e. Revista Atlántica-Mediterránea de Prehistoria y Arqueología Social, (8), 109-137.

Tantaleán, Henry. (2016). Una Historia de la Arqueología Peruana. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, Universidad San Francisco de Quito,

Tantaleán, Henry. (2021). Los Antiguos Estados Andinos. Una Arqueología de las Formaciones Políticas del Perú Prehispánico. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Tantaleán, Henry (2023). El Pasado Excavado. Una Introducción a la Arqueología Peruana. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Tello, Julio C. (1921). Introducción a la Historia Antigua del Perú. Lima: Euforión.

Tello, Julio C. (1929). Antiguo Perú. Primera Época. Lima: Comisión Organizadora del Segundo Congreso Sudamericano de Turismo.

Uhle, Max. (1902). Types of Culture in Peru. American Anthropologist, (4), 753-759.

Uhle, Max. (1903a). Pachacamac: Report of the William Pepper, M.D., LL.D, Peruvian Expedition of 1896. Philadelphia: Department of Archaeology, University of Pennsylvania.

Uhle, Max. (1903b). Ancient South America Civilization. Harper’s Monthly Magazine, (107) 780-786.

Vega-Centeno, Rafael. (2020). Culturas, Estilos y Horizontes en la Cronología Andina. Una Revisión de Conceptos y Paradigmas. En Rafael Vega-Centeno y Jalh Dulanto (eds.), Los Desafíos del Tiempo, el Espacio y la Memoria. Ensayos en Homenaje a Peter Kaulicke (pp. 481-504). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Willey, Gordon. (1945). Horizon styles and pottery traditions in Peruvian archaeology. American Antiquity, 11(1), 49-56.

Recibido: 20 de setiembre de 2023

Aceptado: 23 de octubre de 2023

Publicado: 19 de diciembre de 2023

Contribución del autor: El autor ha participado en la elaboración, el diseño de la investigación, la redacción del artículo y aprueba la versión que se publica en la revista. Financiamiento: Sin financiamiento. Conflicto de intereses: El autor no presenta conflicto de interés.

Correspondencia: [email protected]

  1. Una versión preliminar de esta sección fue publicada en Tantaleán (2023).

 

 

 

Album: Taqrachullo

Explora la majestuosidad del Sitio Arqueológico de Taqrachullo, una impresionante fortaleza de piedra ubicada a más de 3,900 metros de altitud en el distrito de Suyckutambo, provincia de Espinar (Cusco). Este complejo, famoso por sus imponentes estructuras construidas al borde de cañones y su herencia vinculada a los K’anas y al Imperio Inca, ha capturado la atención del país tras su reciente viralización en redes sociales.

Compartimos este álbum fotográfico para que admires la belleza de sus muros y recintos, recordando siempre la importancia de un turismo responsable para protegerlo del huaqueo. Si quieres conocer a fondo su historia, cómo llegar y los últimos planes de conservación del Ministerio de Cultura, te invitamos a revisar los artículos y enlaces sobre Taqrachullo que tenemos publicados aquí en arqueologiadelperu.com.

El despertar de Taqrachullo: La majestuosa ciudadela preínca e inca que desafía los límites del patrimonio andino en Espinar

Ubicado en los confines de la provincia de Espinar, Cusco, el complejo arqueológico de Taqrachullo ha emergido del olvido para posicionarse como uno de los hallazgos e hitos patrimoniales más fascinantes del sur andino, capturando incluso la atención de la comunidad científica internacional y de publicaciones globales como National Geographic. Esta imponente ciudadela de piedra, erigida originalmente por la nación K’ana y expandida posteriormente por los Incas, se asienta sobre formaciones rocosas colosales a más de 3,900 metros sobre el nivel del mar, en el distrito de Suykutambo. Su diseño arquitectónico y su estratégica ubicación han llevado a investigadores y cronistas a compararla con Machu Picchu, ganándose el apelativo popular de la «Fortaleza de María» debido a su proximidad con el imponente cañón homónimo. El presente artículo ofrece un análisis profundo sobre la verdadera historia de este complejo, detallando su evolución cronológica desde el Intermedio Tardío, la complejidad de sus estructuras defensivas y residenciales, las recientes iniciativas estatales para la creación de un museo de sitio, y las pautas logísticas indispensables para adentrarse en uno de los secretos mejor guardados de la arqueología cusqueña.

Introducción: El enigma pétreo de los Andes altos

En la inmensidad del altiplano cusqueño, donde el viento de la puna moldea el paisaje y los ríos esculpen cañones de vértigo, se levanta uno de los testimonios arquitectónicos más imponentes y menos comprendidos de la historia andina. Taqrachullo, una monumental ciudadela de piedra que desafía la gravedad desde las cumbres de la provincia de Espinar, ha comenzado a revelar sus secretos al mundo. Aunque el turismo masivo ha concentrado históricamente su atención en el Valle Sagrado y el santuario de Machu Picchu, las investigaciones y la reciente atención de cadenas internacionales como National Geographic están girando los reflectores hacia el sur de la región Cusco, un territorio donde la piedra cuenta una historia de resistencia, adaptación y majestuosidad preínca e inca.

Conocida localmente por algunos pobladores y arrieros como la Fortaleza de María —debido a su cercanía al sector homónimo dentro del espectacular sistema de cañones de la zona—, Taqrachullo no es simplemente un mirador fortificado. Se trata de un complejo urbano, religioso y militar de gran envergadura que reescribe la comprensión de las fronteras del Tawantinsuyu y de las naciones que habitaron el antiguo Perú antes de la consolidación del imperio de los incas.

El origen K’ana y la asimilación Inca: Cronología de un baluarte

Para entender la verdadera dimensión de Taqrachullo, es necesario retroceder en el tiempo, específicamente al periodo del Intermedio Tardío (aproximadamente entre el 1000 y el 1450 d.C.). Antes de que los incas expandieran sus dominios fuera del valle del Cusco, la provincia alta de Espinar estaba habitada por la nación K’ana, un grupo étnico preínca caracterizado por su carácter guerrero, su destreza en la ganadería de altura y su arquitectura adaptada a los ecosistemas de puna seca.

Los K’anas eligieron la cima de estos macizos rocosos en el actual distrito de Suykutambo no por un capricho estético, sino por una estricta necesidad estratégica. En una época marcada por intensos conflictos interétnicos y la búsqueda del control de recursos hídricos y pastizales, Taqrachullo nació como un pukara o asentamiento fortificado. Desde sus alturas, los antiguos habitantes poseían un control visual absoluto de las rutas que conectaban el altiplano con los valles interandinos.

Hacia el siglo XV, durante el Horizonte Tardío, el incario inició su campaña de consolidación expansionista. La historiografía y las evidencias arqueológicas locales sugieren que la anexión de los K’anas al Tawantinsuyu no se dio necesariamente mediante una guerra de exterminio, sino a través de complejas alianzas políticas y matrimoniales, dada la valía de los guerreros K’anas como aliados militares de los soberanos cusqueños.

Una vez integrado el territorio, los arquitectos imperiales intervinieron Taqrachullo. Respetando el núcleo original preínca, los incas superpusieron sus técnicas de aparejo de piedra, ampliaron los sistemas de andenería para la agricultura de altura e incorporaron recintos administrativos y ceremoniales que consolidaron al sitio como un nudo logístico crucial en las redes de comunicación del Kuntisuyu.

Arquitectura entre abismos: La estructura del complejo

El complejo arqueológico de Taqrachullo se distribuye de manera orgánica a lo largo de crestas rocosas, adaptándose con precisión milimétrica a las irregularidades del terreno. La primera impresión que ofrece a los investigadores y visitantes es su sobrecogedora similitud visual con las ciudadelas construidas en la ceja de selva, lo que ha motivado comparaciones periodísticas con Machu Picchu, a pesar de pertenecer a un entorno geográfico y ecológico radicalmente distinto.

El asentamiento se compone de diversos sectores claramente diferenciados mediante un planeamiento urbano prehispánico:

  • Sector Residencial y Doméstico: Caracterizado por recintos de planta circular y rectangular que albergaban a la población local y a las guarniciones militares. Las paredes están edificadas con piedra laja de la zona, unidas con argamasa de barro.

  • Sector Ceremonial y de Élite: En las zonas más elevadas y de difícil acceso se aprecian estructuras con un acabado arquitectónico notablemente superior, donde destacan hornacinas y vanos trapezoidales típicamente incas, destinados probablemente al culto de las deidades tutelares (los apus) y a las autoridades administrativas.

  • Murallas y Sistemas Defensivos: El perímetro del sitio aprovecha los abismos naturales del cañón, pero en los flancos vulnerables se erigieron imponentes lienzos de murallas defensivas que restringían y controlaban rigurosamente el acceso.

  • Andenerías y Almacenamiento: En las laderas adyacentes se despliegan terrazas agrícolas que servían tanto para estabilizar los suelos frente a los deslizamientos como para el cultivo de productos nativos de altura, complementadas con estructuras destinadas a depósitos o qollqas.

Un museo de sitio para salvaguardar la historia de Espinar

A medida que el valor de Taqrachullo cobra relevancia en la agenda pública, las autoridades locales de la provincia de Espinar y el Ministerio de Cultura del Perú han comenzado a articular esfuerzos para su puesta en valor integral. Uno de los anuncios más significativos y esperados por la comunidad científica y los habitantes de la zona es el proyecto para impulsar la construcción de un museo de sitio en la jurisdicción.

El objetivo prioritario de este espacio museístico será albergar, conservar y exhibir de forma técnica los numerosos hallazgos recuperados durante las sucesivas campañas de excavación y prospección arqueológica en el área. Entre los objetos rescatados se encuentran piezas de cerámica de filiación K’ana e Inca, herramientas líticas, restos óseos que ilustran las prácticas funerarias de la época y artefactos de metal que evidencian el intercambio comercial y cultural que sostenía esta fortaleza con otras regiones del área centro-sur andina.

La implementación de este museo no solo garantizará la protección del patrimonio mueble contra el huaqueo y el tráfico ilícito, sino que se constituirá en el eje motriz para la educación patrimonial de las comunidades locales de Chaupimayo y Suykutambo, devolviéndoles el protagonismo en la gestión de su propia herencia histórica.

Guía del viajero científico: Cómo llegar y qué se necesita

Para el visitante interesado en la arqueología y la exploración, acceder a Taqrachullo constituye una experiencia tan gratificante como exigente. Al encontrarse alejado de los circuitos turísticos convencionales, el viaje demanda una planificación meticulosa.

Aspecto Detalle Logístico
Ubicación Comunidad de Chaupimayo, Distrito de Suykutambo, Provincia de Espinar, Región Cusco.
Altitud Aproximadamente entre 3,900 y 4,100 metros sobre el nivel del mar.
Ruta de Acceso Desde la ciudad del Cusco, se viaja por vía terrestre hacia la ciudad de Yauri (capital de Espinar), en un trayecto que toma entre 4 y 5 horas. Desde Yauri, se continúa en vehículo hacia el distrito de Suykutambo (1 hora aproximadamente) hasta el sector del Cañón de los Tres Cañones o la comunidad de Chaupimayo, desde donde se inicia la caminata de ascenso.
Costo de Ingreso Actualmente el acceso es libre o gestionado de manera comunitaria por tarifas mínimas de mantenimiento local, pero se recomienda verificar normativas vigentes con la DDC Cusco.
Mejor Época Durante la temporada seca en los Andes (de mayo a octubre), lo que evita las lluvias torrenciales que dificultan el ascenso por senderos empinados.
Recomendaciones fundamentales para la visita

Dada la altitud extrema, es indispensable un periodo previo de aclimatación en Cusco o Yauri para evitar el mal de montaña (soroche). Los senderos que conducen a la cima de la ciudadela exigen una condición física moderada, calzado de montaña con buen agarre, ropa técnica para mitigar el intenso viento de la puna, protección solar y suficiente hidratación. Asimismo, se exhorta a los viajeros a realizar la exploración acompañados por guías locales para garantizar la seguridad y evitar dañar las frágiles estructuras arqueológicas que aún no han sido consolidadas.

El futuro del patrimonio en las provincias altas del Cusco

La visibilidad internacional brindada por plataformas científicas globales a Taqrachullo no es un hecho aislado, sino el reflejo de un cambio de paradigma en la arqueología peruana. Las provincias altas de Cusco, largamente relegadas en los manuales de historia tradicional a favor de la arquitectura del centro del ombligo del mundo, demuestran poseer una riqueza monumental que redefine la geopolítica del periodo prehispánico.

El verdadero desafío que afronta Taqrachullo en los próximos años radica en equilibrar la investigación arqueológica continua, la conservación física de sus estructuras expuestas a la intemperie altoandina y el desarrollo de un turismo sostenible y comunitario. La comunidad de Chaupimayo y el distrito de Suykutambo ven en su ciudadela no solo un motivo de orgullo identitario, sino una oportunidad genuina de desarrollo económico. Proteger este legado, investigar sus muros sin destruirlos y narrar su historia con el rigor que merece es una tarea colectiva que apenas ha comenzado a dar sus frutos más prometedores.

Galeria Fotográfica

Los eficientes correos que hacian llegar los chasquis a los rincones del imperio incaico

Al igual que Roma y el Pony Express, la expansión del imperio incaico se vio favorecida por una extraordinaria red vial que permitió las comunicaciones rápidas y eficientes entre los distintos puntos del Tahuantinsuyo.

En el caso andino, la ausencia de caballos obligó a que los chasquis, un cuerpo de mensajeros expertos y disciplinados, transmitieran las noticias a pie. Su eficacia fue tal que los españoles los mantuvieron en servicio durante mucho tiempo después de la conquista.

Chaski es una palabra quechua que significa «recepción, aceptación, consentimiento». Sin embargo, en el contexto de los incas, se utilizaba para referirse a los mensajeros que transportaban información a través de la red vial del imperio.

El término para «mensajero» en general era kacha, pero en el caso de los incas, se utilizaba para referirse a los embajadores y/o emisarios personales de la realeza. Esta distinción la hace el Inca Garcilaso de la Vega, quien era un mestizo hijo de un conquistador español y una princesa inca.

En 1609, el mestizo Inca Garcilaso de la Vega publicó su obra Comentarios Reales de los Incas, un relato histórico y cultural de la civilización incaica. El capítulo VII de esta obra está dedicado a los chasquis, los mensajeros del imperio incaico. El relato de Garcilaso es una de las principales fuentes documentales sobre los chasquis, pero no es la única. El Primer nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, es otra importante fuente, ya que cuenta con ilustraciones que ofrecen un valioso testimonio visual de los chasquis.

Ilustraciones de Guamán Poma de Ayala en su libro Nueva coronica y buen gobierno: a la izquierda, un autorretrato (dominio público en Wikimedia Commons); a la derecha, fray Martín de Murúa -con quien tenía mala relación- golpeando a un indio (dominio público en Wikimedia Commons).

Los cronistas españoles Juan de Betanzos (explorador y cronista que formó parte de la expedición de Pizarro y Almagro, ejerciendo de intérprete gracias a que aprendió a hablar quechua), fray Martín de Murúa (un fraile mercedario doctrinero que además de quechua también aprendió aimara), Juan Polo de Ondegardo y Zárate, entre otros, proporcionan valiosa información sobre los chasquis, los mensajeros del imperio incaico.

Gracias a sus relatos, sabemos que los chasquis jugaron un papel importante en la formación y expansión del incanato. Mantenían informada a la cabeza del imperio de todo lo que sucedía en los distintos territorios, ya fuera información de otros o propia. Además, eran espías que recopilaban información sobre los enemigos del imperio.

Por estas razones, los chasquis eran considerados una figura singular y de gran importancia. Su oficio era reservado a los hijos de los curacas, los caciques locales de lealtad probada.

La red viaria inca(Imagen: Hayli en Wikimedia Commons)

Los chasquis eran mensajeros del imperio incaico que transmitían órdenes del Sapa Inca a los jefes políticos y militares de las provincias, y viceversa.

Para realizar su labor con rapidez, los chasquis contaban con una infraestructura viaria que mantenía comunicados los territorios del imperio con la capital. Además, eran físicamente muy aptos, ya que se les entrenaba desde la infancia en carrera, natación, conocimiento de rutas y vados, puentes y atajos.

Sin embargo, los chasquis eran humanos y, por tanto, limitados. Para compensar esta limitación, el servicio se realizaba mediante un sistema de postas: un chasqui recorría a la mayor velocidad posible la media legua (2,5 kilómetros) que tenía asignada. Esta era la distancia a la que se sucedían los tambos menores, construcciones atechadas que servían de almacenes, arsenales y albergues.

También existían tambos más grandes, situados a mayores distancias, como los del Qhapaq Ñan o Camino Real del Inca, que estaban a veinte o treinta kilómetros (una jornada a pie). Estos tambos se utilizaban para acoger tropas o brigadas de trabajadores en desplazamiento.

Correr un par de kilómetros y medio puede parecer poco impresionante en la actualidad, pero debemos tener en cuenta que los chasquis incas lo hacían hace medio milenio, en un entorno andino con una altitud de hasta 3.399 metros sobre el nivel del mar. Esta altitud produce efectos negativos en el organismo, como el mal de altura, que puede provocar dolor de cabeza, taquicardia, náuseas e insuficiencia respiratoria.

Además, según el cronista Polo de Ondegardo, la distancia entre postas era mayor de lo que se suele pensar, de una legua y media (7,5 kilómetros). Esto significa que los chasquis debían recorrer una distancia mucho mayor que la que se suele imaginar.

En los tambos menores, situados a una distancia de media legua (2,5 kilómetros), esperaban varios compañeros del chasqui, entre cuatro y seis individuos. Uno de ellos relevaba al que acababa de llegar, que pasaba a descansar en una pequeña cabaña ad hoc denominada chasquihuasi (casa del chasqui). Los demás esperaban la posible venida de otros chasquis en una u otra dirección.

En el siguiente puesto se repetía la operación. Los relevos ya estaban preparados, ya que cuando un chasqui se aproximaba a la cabaña, la podía ver desde lejos debido a que se construían en sitios elevados con ese objetivo. Para anunciar su aproximación, hacía sonar un pututu (caracola grande).

El tambo de Conchamarca, ubicado en el Camino Inca a Machu Picchu/Imagen: D. Gordon E. robertson en Wikimedia Commons
El único tiempo que perdían los chasquis era el necesario para transmitir el mensaje. Este podía ser oral, en cuyo caso el relevo debía aprenderlo de memoria, o escrito en un quipu, un conjunto de cuerdas y nudos que codificaban la información.

Se desconoce si los chasquis sabían leer los quipus o si esta tarea era exclusiva de los quipucamayoc, los expertos en este sistema de escritura. Es posible que la respuesta dependiera de la naturaleza de los datos, ya que algunas fuentes indican que la información escrita en los quipus era incompleta y debía completarse con la parte oral que había memorizado el chasqui.

Los chasquis estaban de servicio las veinticuatro horas del día durante un mes, momento en el que eran sustituidos por un nuevo equipo. También trabajaban de noche, con buen tiempo o con mal tiempo. Si era necesario mejorar la visibilidad, encendían hogueras. Esto también se hacía si las noticias requerían una mayor rapidez, como en el caso de una invasión.

Guamán Poma de Ayala aporta curiosos datos sobre los chasquis, no solo sobre su velocidad, sino también sobre su organización y equipamiento.

«… hase de saber que el rey Inga tenía de dos maneras de correón en este reino: el primero que se llamaba churo mullo chasqui, correón mayor, que de más de quinientas leguas le traían caracoles vivos, que mulo (sic. Mullu) es caracol, de la mar de Novo Reino, éstos estaban a media legua; y correón menor se llamaba carochasque, estaba puesto a una jornada de cosa pesada. Y éstos correones han de ser hijos de principales, de caballeros fieles, y probado, ligeros como un game. A éstos lo pagaba y proveía el Inga como Señor y Rey y traían por señal en la cabeza un quitasol grande de plumas que le cubría toda la cabeza para que le viesen de lejos, y una trompeta que le llama uaylla quipa y daban un grito grandísimo y tocaba la trompeta, y por arma traía un chambi y una honda. Y ansí gobernaban la tierra estos dichos correones y eran libres de todo cuanto hay ellos como sus mujeres e hijos, padre, madre, hermanos y hermanas, y así de día y de noche nunca paraba en cada chasqui había cuatro indios diligentes en este reino.»

Los chasquis eran fácilmente reconocibles por el penacho de plumas blancas que llevaban en la cabeza. Viajaban ligeros, llevando solo el quipu y el pututu, y estaban armados con huaraca y champi para protegerse.

Pedro Cieza de León, un cronista español del siglo XVI, describe a los chasquis como personas discretas que nunca revelaban el contenido de los mensajes que transportaban, ni siquiera bajo amenazas o sobornos.

Según un estudio realizado en la década de 1950 por el arqueólogo estadounidense Victor Wolfgang von Hagen, los chasquis eran capaces de correr un kilómetro en cuatro minutos y mantener ese ritmo durante otros cuatro minutos. Esto significa que, a base de relevos, un mensaje podía recorrer entre 15 y 20 kilómetros en una hora, o unos 300 kilómetros al día.

Los cronistas españoles dieron fe de ello. Polo de Ondegardo recoge en un informe:

«…afirman que desde Cuzco hasta Quito, que son quinientas leguas y la mayor parte tierra muy áspera, cuanto más tardaban de ida y vuelta eran veinte días, y es de creer porque después acá, cuando ha habido guerras y otras necesidades en la tierra, hemos usado nosotros de este remedio de los chasquis, lo cual como era orden vieja y estaba repartido y aún las casillas en la mayor parte están el día de hoy hechas, luego en mandándoselo, los ponen y algunas veces yo los he hecho poner, y no hay duda sino que entre día y noche debían de correr las cincuenta leguas que dicen (…) y he recibido cartas a razón de treinta y cinco leguas en sólo un día y una noche. Otras veces he visto llegar cartas de Lima al Cuzco en cuatro días, que son ciento veinte leguas, casi todas caminos accidentados y muy difíciles de caminar. «

Estatua policromada de un chasqui en el Museo de Correos de Lima/Imagen: Wikimedia Commons

Juan de Betanzos dice que el Sapa Inca recibía todos los mensajes en un plazo de cinco o seis días, mientras que Martín de Murúa pone un interesante ejemplo:

«Cuando el Ynga quería comer pescado fresco de la mar, con haber setenta u ochenta leguas desde la costa al Cuzco, donde él residió, se lo traían vivo y buyendo, que cierto parece cosa increíble en trecho y distancia tan larga, y en caminos tan ásperos y fragosos, porque lo corrían a pie y no a caballo, pues nunca los tuvieron hasta que los españoles entraron en esta tierra.»

Murúa añade que el décimo sapa inca, Túpac Yupanqui, a quien considera creador de los chasquis (en cambio, Pedro Sarmiento de Gamboa y Juan de Betanzos lo atribuyen respectivamente a su padre Pachacútec y su abuelo Viracocha Inca), dio orden de seleccionar «entre los indios los que fuesen más prestos y ligeros, y tuviesen más aliento en correr», pasando a detallar aspectos de su adiestramiento y capacidad:

… «y así los probaba, haciéndoles que caminasen corriendo por un llano y, después, que bajasen por una cuesta con la misma ligereza, y después subiesen una cuesta agria y fragosa, sin parar, y a los que en esto se señalaban y lo hacían bien, daba oficio de correos, y se ejercitaba cada día en la carrera. De suerte, que eran tan alentados que alcanzaban los venados y aun vicuñas, que son animales silvestres ligerísimos, que se crían en los páramos y desiertos más fríos.»y así los probaba, haciéndoles que caminasen corriendo por un llano y, después, que bajasen por una cuesta con la misma ligereza, y después subiesen una cuesta agria y fragosa, sin parar, y a los que en esto se señalaban y lo hacían bien, daba oficio de correos, y se ejercitaba cada día en la carrera. De suerte, que eran tan alentados que alcanzaban los venados y aun vicuñas, que son animales silvestres ligerísimos, que se crían en los páramos y desiertos más fríos.»

Asimismo, informa de que quien no corriera como era esperado recibía como castigo un porrazo en la cabeza o cincuenta golpes en la espalda o le rompían las piernas, seguramente por orden del Hatun Chasqui (Churo mullo chasqui, según Guamán Poma de Ayala) una especie de correo mayor que, no obstante, también otorgaba premios.

Y concluye que los españoles no desaprovecharon tan excelente servicio, manteniéndolo en activo como tal hasta 1613 -cuando empezaron a generalizarse en América caballos y mulas- bajo la dirección de la familia Galíndez de Carvajal, concesionaria del correo en las Indias:

«El día de hoy se ha continuado, por los Virreyes y gobernadores deste reino, este ministerio de chasquis, como necesarísimo para el buen gobierno y utilidad dél, y así le tienen sustituido en todos los caminos reales que hay desde la Ciudad de los Reyes, donde residen, por la Sierra, subiendo hasta Jauja, Guamanga, Andaguailas, Cusco, Collao, Chucuito y Huguiapó, Potosí y la Plata, y en el camino de la costa por Cañete, Yca, Lagasca, Camaná, Arequipa, y Arica, y así a abajo desde Lima hasta Paita y Quito, que ha sido un medio muy acertado para el reino y para los mercaderes y tratantes, y todo género de personas, saliendo cada mes el primer día, sin falta ninguna.»

Articulo basado en el obra del autor: Jorge Álvarez, publicado en www.labrujulaverde.com con el título original: Chasquis, los eficientes correos que comunicaban todos los rincones del imperio incaico.
Fuentes
Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los incas | Felipe Guamán Poma de Ayala, Nueva coronica y buen gobierno | Juan de Betanzos, Suma y narración de los Incas | Martín de Murúa, Historia general del Perú | Jorge F. Buján, Ciudades y territorio en américa del Sur del siglo XV al XVII | Gonzalo Lamana Ferrario (ed.), Pensamiento colonial crítico. Textos y actos de Polo Ondegardo | Juan Gargurevich Real, La comunicación imposible: información y comunicación en el Perú | Jean-Claude Valla, Los incas | Wikipedia

El renacer de las rutas sagradas del imperio inca

imperio-inca-rutas-sagradas-1
Recibe el nombre de Q’eswachaka: un puente de cuerda hecha de paja sobre el río Apurímac, en los Andes. / XAVIER DESMIER

Antes de la llegada de los españoles a América, los incas levantaron un inmenso imperio, unido gracias a una vasta red de caminos. Gran parte fue cubierta y olvidada, hoy, los países andinos, con Perú a la cabeza, tratan de recuperar su trazado, patrimonio de la humanidad, repleto de tradiciones ancestrales.

Bajo el efecto del calor, el corazón de un cordero recién sacrificado explota con un ruido sordo. El fuego de un brasero encendido por el chamán devora las ofrendas depositadas en el suelo, sobre una terraza natural, a lo largo de un cañón polvoriento de tonos rojizos, en los Andes peruanos. Maíz, granos de coca, vino y dulces que el sacerdote andino (paqo en quechua) ofrece a la Madre Tierra durante una ceremonia con cinco siglos de antigüedad: la reconstrucción anual del Q’eswachaka, el último puente de cuerda inca del mundo. “Desde la fabricación de esta obra, mucho antes de la llegada de los españoles, en 1532, nuestras divinidades nos han empujado a deshacerla y rehacerla una vez al año bajo pena de castigos como el granizo y el rayo”, explica con voz lastimera Cayetano Ccanahuire, un sexagenario de pequeña talla y rostro curtido. Inclinado sobre las llamas, a más de 3.700 metros de altitud, este paqo reza día y noche para evitar accidentes durante los tres días de la reconstrucción. A su alrededor, los campesinos quechua se reúnen antes de tensar sobre el río Apurímac, cuyo cauce desemboca en el Amazonas, seis gruesas cuerdas de paja. A continuación las atan a unas viejas bases de piedra, creando así la estructura de este puente de 28 metros de largo.

En lo alto del cañón, un grupo de mujeres vestidas con telas multicolores y coronadas con un sombrero de estilo bombín conversan arrodilladas, retorciendo las cuerdas de paja que servirán para el tejido de las estructuras laterales del puente. Obsoleto hoy día tras la edificación hace medio siglo de una obra cercana más moderna, el evento continúa reuniendo, cada mes de junio, a cerca de un millar de herederos del imperio inca obligados a tomar el relevo para poder escapar de las penas divinas.

puente-inca-qeswachaca-982

“Hace una década, el puente no pudo ser renovado por el desgaste de las bases de piedra. Ya sea por acción divina o no, estos campesinos sufrieron a continuación una granizada”, cuenta la antropóloga Ingrid Huamaní, quien participa en el Proyecto Qhapaq Ñan. Se trata de una iniciativa del Gobierno peruano cuya ambición es exhumar la antigua red vial de los incas, de la cual forma parte el puente. El Qhapaq Ñan (camino real en quechua) peinaba el imperio inca (Tahuantinsuyu), dividido en aquella época en cuatro grandes regiones –Chinchaysuyu, Cuntisuyu, Collasuyu y Antisuyu–, y se adentra actualmente en seis países: Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Un entramado de caminos de más de 23.000 kilómetros, según cálculos del arqueólogo estadounidense John Hyslop en 1992, aunque hallazgos recientes lo estiman en mucho más: solo en Perú, unos 25.000 kilómetros de vías. Varios tramos ya han sido restaurados. El trabajo conjunto de los seis países propició en junio de 2014 el reconocimiento de algunos tramos como patrimonio de la humanidad por la Unesco: 5.200 kilómetros (1.200 de ellos en Perú).

La inciativa del gobierno peruano persigue exhumar la antigua red vial de los incas

Ninguna de las naciones ha lanzado una iniciativa tan ambiciosa como la peruana, con el Proyecto Qhapaq Ñan. Financiado con un tercio de los ingresos generados por el Machu Picchu (ocho millones de euros), los fondos han ayudado a restaurar las bases y las escaleras de piedra que descienden al puente Q’eswachaka desde lo alto del cañón, permitiendo a los campesinos mantener viva su tradición, igualmente inscrita desde 2013 en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.

Si bien hace cinco siglos era necesario marchar un centenar de kilómetros desde Cuzco, la antigua capital imperial, para llegar al puente, en la actualidad se toma una ruta asfaltada, parcialmente construida sobre la red inca. “Varias vías modernas están superpuestas sobre los caminos precolombinos, ya que la mayoría de las veces no han sido apreciados en el pasado como tesoros arqueológicos”, explica Marcelino Soto. Desde el jeep se observa un sendero bordeado por muros de piedra que serpentea la ladera de la montaña. “Ahora, cuando se traza una nueva ruta, se verifica minuciosamente que ninguna porción del Qhapaq Ñan esté amenazada, y tanto el Ministerio de Transportes como el de Cultura tienen que aprobar las obras”, precisa el arqueólogo, cuyo acento en español revela que el quechua –10 millones de hablantes– es su lengua materna.

Un idioma milenario que usaban los comerciantes de la costa y que sería adoptado por los incas, quienes hablaban el puquina, explica Pablo del Valle, antropólogo de la Unesco. “Esta lengua les resulta muy práctica cuando Pachacútec [el reformador del mundo, en quechua], noveno soberano inca, comienza la expansión del imperio, en el siglo XV. Gracias al juego de alianzas con tribus a menudo quechuahablantes, este pueblo, que ignoraba la existencia de la rueda, la escritura y la moneda, pudo levantar en menos de un siglo uno de los imperios más grandes conocidos en aquella época. Un territorio cuatro veces mayor a la superficie de España con 12 millones de habitantes”, continúa este cuzqueño, en el interior de uno de los restaurantes de estilo colonial de la plaza de Armas, en Cuzco. Como la mayoría de las construcciones del casco antiguo, este edificio de arcadas y grandes balcones de madera ha conservado los muros de piedra de una antigua edificación inca. Desde esta plaza, punto kilométrico cero del Qhapaq Ñan, partían las cuatro rutas principales en dirección a las cuatro grandes provincias (suyus).

En la antigua región del Chinchaysuyu, 350 kilómetros al norte de Lima, capital del país, los arqueólogos Guido Casaverde y Alfredo Bar recorren el mar de arena del desierto en el valle de Casma en busca de tramos de viejas vías que conduzcan hasta la sierra. En esta zona costera, la temperatura alcanza niveles caniculares a pesar del invierno austral. El cielo luce tonalidades amarillentas, y la arena fina, levantada por una ligera brisa, golpea el rostro. Guiados por fotografías aéreas con más de 30 años e imágenes de satélite actuales, los expertos descubren repentinamente una ruta de unos 10 metros de ancho. Tras una duna colosal, la vía centenaria se muestra intacta, delimitada por unos pequeños muros de piedra de apenas una decena de centímetros de altura.

puente-inca-qeswachaca-1032Una de las zonas mejor conservadas del llamado Camino del Inca; al fondo, Machu Picchu, erigido en el siglo XV a casi 2.500 metros de altitud. / XAVIER DESMIER

A diferencia de la mayoría de los senderos de montaña, este no está empedrado; en el litoral, los incas se limitaban a aplanar el suelo arenoso. “Para identificar nuevos caminos, estudiamos la cartografía de los siglos XIX y XX, así como las obras de época. Tal es el caso de la Ordenanza de Tambos, que nos ha permitido descubrir esta nueva ruta costera. En este documento de 1543, Cristóbal Vaca de Castro, gobernador de Perú, exigía a los hacendados el buen mantenimiento de los caminos y albergues de época imperial”, explica el arqueólogo limeño Alfredo Bar. “En este texto, el español informa de la presencia de tambos [albergues] en los valles de Huarmey, Casma y Nepeña. Tres emplazamientos que siguen una proyección de sur a norte y que nos hacen suponer la existencia de un camino que los conecta”, añade, al tiempo que extrae un pequeño GPS plateado de su chaleco polvoriento para registrar la localización precisa de la vía.

A sus pies, grupos de piedras dispuestas en círculos trazan una línea de cerca de un kilómetro y continúan el camino hacia el tambo de Manchán, hoy sitio arqueológico, según las imágenes de satélite que muestra Guido Casaverde. “Estas rocas, abandonadas en el sendero, servían a la formación de los laterales de granito que bordean la ruta. Cada kilómetro habría sido construido en menos de una jornada por una treintena de obreros. En cambio, las secciones más complejas, como las de la sierra, con muros de contención de varios metros, sistemas de drenaje pluviales y empedrados, necesitarían hasta dos semanas para una misma porción”, detalla mientras recoge una piedra rosada y desgastada. Pulida por el agua de un río, esta era empleada como un martillo para fragmentar el granito. Según el arqueólogo, tal ruta sería, pues, uno de los últimos ejes trazados por los incas en tiempos del desembarco de Francisco Pizarro en Perú, en 1532. La llegada del explorador detiene la expansión del imperio y de la red de carreteras, que resultó útil en la colonización. Gracias a estas vías, los conquistadores llegaron rápidamente a las montañas y destronaron a Atahualpa, último soberano inca.

Bajo el Virreinato de Perú (1542-1821), los colonos continúan explotando el Qhapaq Ñan. Así lo revelan los vestigios de alfarería colonial hallados sobre el sendero. A los pies de unas colinas anaranjadas, Guido Casaverde colecta numerosas piezas perdidas por los jinetes españoles cuando galopaban sobre estas rutas. Acariciando los bordes de una de las cerámicas, muestra las huellas de un torno de alfarero. Y descubre las jarras de época precolonial cerca de un pequeño campamento inca. Una suerte de área de reposo constituida por un cubreviento de piedra semicircular donde unos transeúntes dejaron en otra época los restos de un banquete de maíz y marisco.

Desde la época imperial, los campesinos quechua no han cesado de cuidar los caminos en algunas zonas

Rápidamente, la red de carreteras fue perdiendo su sentido comunitario. “En tanto que los paisanos incas limpiaban y reparaban ellos mismos las secciones del camino cercanas a sus hogares, los hacendados dieron prioridad al cuidado de sus terrenos privados, distribuidos por la corona”, explica Alfredo Bar, quien lamenta que los senderos precolombinos hayan caído en el abandono. Cuando la Ordenanza de Tambos se establece, como un primer intento de preservar el Qhapaq Ñan, los terratenientes delegan en los autóctonos tal mantenimiento a cambio de una retribución.

puente-inca-colgante-rio-pampasDesafortunadamente, los nativos fueron explotados en semejantes trabajos, igual que en la extracción de oro. “Un mineral considerado por los incas como una lágrima del Sol, divinidad suprema de su panteón. Pero que toma otro valor con la llegada de los españoles”, recuerda Bar, inclinado sobre un foso cavado a menos de 100 metros de la ruta recién hallada, de camino al Cerro del Antival, a 10 kilómetros del océano Pacífico. La búsqueda de oro, cinco siglos más tarde, sigue haciendo estragos: este pozo se revela como una de las numerosas prospecciones ilegales de Perú. La nueva fiebre dorada amenaza el Qhapaq Ñan: los mineros destruyen las huellas de los senderos precolombinos. “El hallazgo de una simple pepita compromete nuestro trabajo y nuestra seguridad”, dice el arqueólogo. “Los buscadores de oro nos perciben como una amenaza dispuesta a arrebatarles su preciado El Dorado. ¡Incluso han llegado a hacer retroceder a algunos de nuestros colegas efectuando disparos de advertencia!”, exclama antes de tomar la Panamericana, ruta que conecta, de Alaska a Argentina, las Américas anglosajona y latina.

En la costa, la construcción de este eje moderno ha permitido aliviar los senderos precolombinos, contribuyendo a su preservación. Y a su olvido: apartados, es aquí donde los arqueólogos tienen más dificultades para detectar las centenarias vías. En cambio, a más de 3.000 metros de altitud, los caminos ancestrales permanecen ocupados por rebaños de llamas y de alpacas, camélidos de pelaje espeso. Aparecen, custodiados por sus pastores, cerca de la laguna Puray, al pie de Chinchero. Por el camino que bordea este pueblo, construido sobre restos arqueológicos, el olor a tierra recién removida impregna la atmósfera. A golpe de machete, un puñado de obreros retira la vegetación que crece entre los empedrados. Supervisados por los arqueólogos, otros preparan mortero según la receta de los incas –tierra, arcilla y cactus–, para reemplazar y fijar las piedras que faltan en este tramo que llega al Machu Picchu. Desde 2001, numerosos caminos son regularmente mantenidos por equipos que dependen del Gobierno, uniéndose a los campesinos que no han cesado de hacerlo desde la época imperial.

Durante tres jornadas, los campesinos quechuas de la provincia de Canas recolectan y fabrican a mano las cuerdas del puente con fibras vegetales de la zona. / XAVIER DESMIER

El Proyecto Qhapaq Ñan vio la luz, sobre todo, para ayudar a estas comunidades, atrayendo el turismo a las zonas quechua, donde la población vive de ingresos muy modestos. No obstante, la iniciativa es a menudo impopular debido a las expropiaciones, cuenta la antropóloga Frecia Escalante: “Varios cultivos se sobreponen ahora a ciertos tramos del Camino del Inca. Podemos recuperar los terrenos no cultivados aplicando la Ley de Patrimonio. En cuanto a las otras parcelas, los propietarios no aceptan cederlas voluntariamente”, explica, tras sus gafas de sol, esta cuzqueña. Confía en que, en el futuro, los recalcitrantes terminen por aceptar, cuando el turismo se desarrolle en las zonas bordeadas por el Qhapaq Ñan.

Algunos viajeros visitan ya el tramo que conecta Xauxa y Pachacamac. Una sección costera de 230 kilómetros que atraviesa el yacimiento de Huaycán de Cieneguilla. En el valle de Lurín, 40 kilómetros al este de Lima, esta antigua ciudad de casas geométricas y pasajes estrechos y polvorientos fue pacíficamente ocupada por los incas. Aquí levantaron palacios administrativos, con muros espesos de más de seis metros e imponentes ventanas. “Este pueblo, el cual constituye una puerta de entrada a los Andes, se revela como uno de los centros de control más importantes establecidos por los incas a lo largo de la red vial”, explica Camila Capriata, una joven arqueóloga. “Cuando los incas pusieron bajo su dominio otras poblaciones, se apropiaron de sus rutas añadiéndolas a su red de caminos”. Así consiguieron conectar, por primera vez, diferentes centros de producción, administrativos y religiosos con más de 2.000 años de antigüedad.

Y es este segmento del Qhapaq Ñan, así como otros cinco tramos, además del puente Q’eswachaka y la plaza de Armas de Cuzco, los que han recibido recientemente el reconocimiento de la Unesco en el territorio peruano. “En cuanto a las diferentes secciones de la red vial, cada país ha seleccionado las mejor conservadas dentro de sus fronteras. Para inscribir un bien cultural, este debe estar circunscrito geográficamente. Pero el Qhapaq Ñan es una obra de la cual ignoramos su extensión. Nuestra ambición es continuar identificando y restaurando tramos para inscribirlos sucesivamente”.

La Gran Ruta inca sigue reuniendo, cinco siglos después, las culturas del antiguo Tahuantinsuyu. Y países como Perú y Chile, quienes se disputan desde hace tiempo sus espacios marítimos, colaboran hoy en la búsqueda de esos caminos que les unen más allá de sus fronteras.

 

Escribe: LOLA PARRA CRAVIOTTO
Fuente: El Pais

Los últimos años del imperio inca

Con «Inca», el realizador y escritor español Borja Cardelús se adentra en la compleja sociedad del pueblo originario de los Andes de una forma hasta ahora inédita: la novela histórica, que pese a la fascinante trama que conforman los últimos años del imperio antes de la llegada de los españoles, nunca había sido abordada desde la ficción.

Su fascinación y conocimiento de la civilización incaica comenzó con otro libro, «Cápac Ñan. El gran camino inca», que escribió como parte de una serie sobre los grandes corredores ecológico-culturales de América Latina. La edición se publicó hace tres años.

Para hacerlo tuvo que «investigar muchísimo la vida de los incas, y hubiera querido meter en ese libro todo lo que había investigado, pero no hubo sitio y pensé que se podía hacer una novela», explica Cardelús. Pero además, porque no había ninguna novela histórica sobre los incas. «Ha habido varias sobre los aztecas, tampoco demasiadas, hay sobre la llegada de los españoles, pero sobre la riquísima vida de los incas no había nada y esto fue el segundo estímulo».

El libro abarca los últimos tiempos en la vida de Huayna Capac, el nieto del fundador del imperio inca, Pachacutec, y quien amplía y consolida la conquista que había iniciado su abuelo. Y también la lucha por la sucesión que se produjo tras su muerte entre dos de sus hijos, uno legítimo y el otro bastardo, para finalizar con la llegada de los españoles y la caída del Tahuantisuyo (el imperio inca).

«Era una sociedad fascinante de la que no se conocía nada, fascinante tanto por su mundo, la sociedad, las leyes que los regían como por la cantidad de conflictos internos que hubo en la última época de los incas. Hubo una cantidad de conjuras, golpes de Estado, asesinatos incluso, que desde luego componían una novela que parece de ficción pero es real», señala Cardelús, autor de numerosos documentales y libros sobre temas de naturaleza españoles y americanos, como «Crónicas Paralelas de Iberoamérica», «Luces de la Cultura Hispana» o «La huella de España en Estados Unidos».

Uno de los elementos fundamentales de «Inca» es que toda la trama se basa en hechos reales que Cardelús fue componiendo, como en un rompecabezas, de su lectura de las diversas fuentes dispersas que existen sobre la civilización incaica. «Excepto los complementos indispensables para hacer la novela, los personajes que pongan carne a la historia, todo es real. Todos los personajes, todos los acontecimientos, por extraños, por extraordinarios que parezcan, son reales».

«Los españoles, cuando tomaron el Tahuantisuyo, se quedaron impresionados con lo que había y tomaron muchísimos testimonios de gente que lo había vivido y lo dejaron en sus crónicas», añade, ya que los incas no tenían escritura.

El problema es que estas crónicas están dispersas en diferentes lugares, en Lima, en el Archivo de Indias de Sevilla o en Madrid, en castellano antiguo y con lagunas que hay que completar. «Quizá por ello no se había hecho una novela aún», señala el autor, para quien la obra es también su primera incursión en el género de novela histórica.

Borja Cardelús

Por ahora, el libro se edita solamente en España, aunque ya hay negociaciones con editoriales peruanas para publicarlo allí, donde para Cardelús es donde más repercusión debería tener, porque «aporta muchísima información dispersa» que hasta ahora solamente está en ensayos de especialistas y en las propias fuentes de aquella época.

«Inca» abre una puerta a este mundo surgido a partir de Pachacutec, que fue quien reformó todas las bases de lo que iba a ser el imperio inca: la administración, las leyes, el clero. Y puso los cimientos para la expansión posterior.

Un territorio que iba de Colombia a Chile y Argentina. «El río Maule, en Chile, fue donde se estableció la frontera», así como en el territorio argentino debido a que estaba despoblado y los incas necesitaban gran cantidad de mano de obra para su organización social. El problema fue que llegado a un punto el imperio era demasiado grande para ser gobernado, incluso pese a la extraordinaria red de comunicación y transporte que crearon los incas.

«Los personajes pedían una novela», explica Cardelús, sobre todo tres de los principales del libro: la madre de Atahualpa, hijo bastardo de Huayna Capac, que maniobró a favor de su hijo; la hermana de Huáscar, el hijo legítimo, que manejó los hilos por su hermano, con menos luces y demasiado impulsivo; y el régulo (señor) de una de las naciones conquistadas, que no se resignó al sometimiento y urdió la manera de liberarse del imperio.

LOS AMAUTAS DEL IMPERIO INCA Los sabios anónimos

Estudio. Esta es una de las ilustraciones de Guaman Poma de Ayala que es estudiada por el investigador inglés.

William Burns Glynn ensaya un homenaje a los amautas y a los quipucamayocs, los encargados de transmitir conocimiento, los primeros, y de leer e interpretar el mensaje guardado en los quipus, los segundos. Él es uno de los propulsores de la teoría de que este sistema fue más que una forma de contabilidad, era un mecanismo que transmitía conocimiento.

Experto. William Burns es uno de los pocos investigadores especializados en el estudio de los quipus precolombinos.

WILLIAM Burns se queda pensativo cuando se le pregunta cómo se imaginaba que eran los amautas quipucamayocs; luego con una sonrisa afirma: «Los imagino como un grupo de personas de inteligencia superior que busca soluciones para satisfacer las necesidades de su pueblo».

Burns acababa de culminar su conferencia El mundo de los amautas, en el Museo de la Nación. En su charla hizo una recopilación de sus investigaciones en torno a los quipus, partiendo de la conclusión de que éstos contenían mensajes. En su discurso resalta que el Estado Inca fue extraordinariamente organizado y que, de acuerdo con su teoría, contaba no solo con un método de escritura y de contabilidad a través de los quipus y las yupanas– sino también con una sofisticada manera de transmitir las ideas, y en este punto el aporte de los amautas y los quipucamayoc fue importante.

«Es en el seno de esas civilizaciones prehispánicas que esclarecidos sabios llamados amautas, con sus saberes y experiencias en diversos campos del conocimiento humano, contribuyeron a la organización histórica del antiguo Perú», afirma Burns sin perder la sonrisa, mientras es felicitado por el público.

Hace una pausa y retoma la conversación para comparar la importancia de estos maestros en la vida del imperio con la que ejercieron en su tiempo los siete sabios de la antigua Grecia: Cleóbulo de Lindos, Solón de Atenas, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene y Misón de Quene.

En el caso de los amautas, eran personas dedicadas a la educación formal de los hijos de los nobles y del Inca. Instruían a los futuros gobernantes normas morales, religiosas, históricas y formas de gobierno en el Imperio. También enseñaban matemáticas y conocimientos sobre la tierra y el universo (cosmovisión andina). El investigador inglés airma que los amautas transmitían por vía oral valiosa información que consideraban debían conocer los nobles.

Uncu. O poncho inca, contiene diseños geométricos o tocapus.

El quipucamayoc era el especialista en elaborar, «leer» y archivar los quipus. Estaba dotado de una memoria prodigiosa. Apoyaba a los administradores de collcas, a los agrimensores para distribuir la tierra, a los cobradores de impuestos, para el control de los contribuyentes y los ingresos fiscales; a los astrólogos para predecir la época de la siembra y de la cosecha.

Informaba al Inca sobre: los impuestos obtenidos, nacimientos, matrimonios y defunciones; cifras de producción y cosechas; hombres en capacidad de formar parte del ejército, entre otros. Los detalles, presentados en quipus, se enviaban a la capital imperial para que el Inca, en posesión de estos valiosos datos, determinase su política general.

Fue tan sofisticado el sistema de interpretación de los quipus que los incas formaron escuelas donde enseñaban a leerlos. Los amautas fueron los responsables de esta labor, que estaba dedicada exclusivamente a los jóvenes nobles, de sangre ilustre, que formaban parte del entorno familiar del Inca.

Burns sitúa a estos personajes por encima de otras clases sociales y cree que el secreto de su conocimiento está en los quipus y en los más de 40 años de trabajo ha logrado identificar un alfabeto de diez consonantes. Para veriicar su hipótesis redujo las 16 consonantes quechuas en sus sonidos. Encuentra que aunque hay 16 de ellas, pueden reducirse a diez sonidos sin perder el signiicado del mensaje.

Con la ayuda de algunos dibujos elaborados a mano, precisa que la clave para traducir una letra en un número está en uno de los sonidos predominantes de cada numeral: Juk es igual a 1 («uno» se dice «Juk» en quechua) en que la letra J representa 1; iskay igual a 2 («dos» se dice «Iskay» en quechua) en que la semivocal «ay» está para 2; kimsa es igual a 3, en que «m» representa 3. El resultado final de esta conversión es: 1=j; 2=w (y); 3=m; 4=t; 5=r; 6=s; 7=q (k); 8=p; 9=n; 10=ch. (21).

Basa su trabajo en el estudio de la Nueva Coronica y Buen Gobierno del cronista indio Felipe Guaman Poma de Ayala. En los dibujos sobre los emperadores incas, identifica los símbolos que guardan los nombres de los gobernantes, estos se ubican en los tucapos de sus uncus.

En estos uncus aparecen algunas cintas verticales u horizontales llamadas tucapo. Los mismos símbolos del uncus aparecen también en antiguos jarrones y vestidos. Los tucapos fueron prohibidos por el virrey Toledo, temía que en ellos se llevaran mensajes.

Burns Glynn determinó que la clave para descifrar los caracteres está en leer los signos que se usan en los tucapos de todos los emperadores Incas. Esto es posible desde que los dibujos están acompañados por nombres que son a menudo muy cortos. Precisa que este tipo de escritura se hizo de la derecha a la izquierda y viceversa, de la cima al fondo y al revés. Una palabra también podía escribirse en zigzag u otras formas interrumpidas.

El estudioso inglés va más allá y ensaya hipótesis de cómo el quechua se usó como una clase de idioma matemático. Esta vez utiliza como sustento el dibujo de Guaman Poma sobre el quipucamayoc. Allí vemos al contador inca que sostiene un quipu entre los brazos extendidos. Debajo, en la esquina derecha, aparece una yupana (yupai significa «contar») –el ábaco inca– con una configuración numérica.

Burns no cree ser merecedor de los homenajes recibidos. «Soy admirador de la cultura inca. Ellos fueron los verdaderos sabios», remarca. En síntesis, el investigador cree que el Inca fue un imperio eficiente que administró sabiamente un vasto territorio y para ello utilizó un sistema de lenguaje tridimensional, que no solo transmitía palabras, sino conceptos, ideas. En resumen, una forma de conceptualizar la vida. Su cosmovisión.

 

Fuente: Variedades – El Peruano

Imperio Inca: Época estatal, gran expansión

Época estatal: gran expansión

Con Pachacútec se inicia el modelo imperial, Amaru Inca YupanquiTúpac Inca YupanquiHuayna Cápac.
Luego de la fundación del Imperio Inca por parte de Manco Cápac y durante esos cien años de expansión y consolidación del imperio, se puede observar tres partes definidas: la consolidación y primera expansión, la segunda expansión y la tercera expansión.

La primera expansión corresponde a los Sapa Incas Sinchi Roca y Lloque Yupanqui.

La segunda expansión, se da durante los gobiernos de los Sapa Incas Mayta Cápac, Cápac Yupanqui, Inca Roca, Yáhuar Huácac y Viracocha Inca.

Finalmente la tercera expansión, estuvo a cargo de Pachacútec Inca Yupanqui, el más grande conquistador Inca, Túpac Inca Yupanqui y Huayna Cápac Inca Yupanqui.

Y según parece, los príncipes (auquis) Huáscar y Atahualpa, se enfrascaron en una guerra civil, hasta la llegada de los españoles.

Reinado de Pachacútec

Durante su gobierno se produjo el mayor crecimiento del imperio. Inauguró el periodo imperial, porque los incas se convirtieron en emperadores al anexionar numerosos pueblos. Pachacútec mejoró la organización del estado, dividiendo el imperio en cuatro regiones o suyus. Por el norte, sometió a los huancastarmas, hasta llegar a la zona de los cajamarcascañaris (Ecuador). Por el sur sometió a los collaslupacas, que ocupaban la meseta del altiplano. Organizó a los chasquis e instituyó la obligatoriedad de los tributos.

  • Imperio Histórico (fase de expansión):
– Dinastía Hanan Cuzco: 1438 – 1471.

Reinado de Túpac Yupanqui

Fue un destacado militar que logró importantes victorias durante el gobierno de su padre Pachacútec. En 1471 asumió el trono y amplió las fronteras del imperio hacia el sur, llegado hasta llegar al río Maule en Chile. También sometió a algunos pueblos del altiplano y del norte argentino. Sofocó la resistencia de los chachapoyas y avanzó por el norte hasta Quito, luchando con el feroz pueblo chimu. Quiso incursionar en la selva, pero una rebelión de los collas lo obligó a desviarse hacia el Collao. Mejoró la recaudación de los tributos y nombró nuevos gobernantes visitadores (tucuy ricuy). Murió en 1493.

  • Imperio Histórico (fase de expansión):
– Dinastía Hanan Cuzco: 1471 – 1493.

Reinado de Huayna Cápac

(El último INCA)

Se le considera el último gran emperador del incario. Durante su gobierno, continuó la política de su padre, Túpac Inca Yupanqui, en cuanto a la organización y fortalecimiento del estado. Para conservar los territorios conquistados tuvo que sofocar en forma sangrienta continuas sublevaciones. Derrotó a los chachapoyas y anexionó la región del golfo de Guayaquil, llegando hasta el río Ancasmayo(Colombia). Estando en Quito, enfermó gravemente y falleció en 1525. Algunas cronicas españolas postulan que además amplió las fronteras del imperio más hacia el sur, y que incluso habría llegado hasta el río Biobío en Chile; aunque este límite más austral no ha sido comprobado arqueológicamente, y no es aceptado históricamente. Con su muerte se inició la decadencia del imperio.

  • Imperio Histórico (fase de expansión):
– Dinastía Hanan Cuzco: 1493 – 1525.

Crisis de sucesión

La costumbre, tradición y las leyes Incario, establecían que el trono del Inca sucesor, debería ser ocupado por su descendiente directo, por el hijo del actual Emperador en una Coya (hermana del Soberano). A falta del heredero legitimo debía ocupar el trono el hijo del Inca en una Palla (princesa real del Cuzco). A falta de los herederos legítimos, podían reclamar el trono los hijos de los Incas procreados en Ñustas.

Huayna Cápac había nombrado como heredero desde antes a Ninán Cuyuchi (hijo de la Coya Mama-Cussi-Rimay) mas éste resultó enfermo de la viruela y murió muy joven en la ciudad de Quito. Entonces, a falta de heredero legitimo debía ocupar el trono, el hijo del Inca en una Palla (princesa real del Cuzco) y dos fueron nada menos que los pretendientes: Manco-Inga-Yupanqui (hijo en la Palla Civi-Chimpo-Rontosca), que murió sorpresivamente asesinado, quedando su otro hijo, Huáscar, cuya madre la Palla Rahuac-Ocllo había gobernado el Cuzco durante la ausencia de Huayna-Cápac. A falta de los herederos legítimos, podían reclamar el trono, los hijos de los Incas procreados en Ñustas y de esta manera, apareció Atahualpa.

Antes que muera de viruela el Inca Huayna Cápac, los asesores, caciques y generales de la región de Quito que le rodeaban durante la enfermedad, consiguieron que Huayna Cápac formula un testamento verbal. Huayna Cápac mandó a reunir a sus principales colaboradores y les expresó su última voluntad, que prescribía:

  • Que su hijo Atahualpa fuese reconocido como Señor de Quito y que su hijo Huáscar se le reconociese como Inca de los territorios situados al sur de la región de Tumbes, hasta el río Maule en Chile.
  • Que su cuerpo fuera trasladado al Cuzco y su corazón depositado en un vaso de oro; este debía quedar en Quito como ofrenda a esta ciudad, ya que le tuvo mucho cariño y simpatía.

Los hermanos HuáscarAtahualpa se disputan el trono poco antes de la llegada de los españoles.

Reinado de Huáscar

Huáscar no estuvo de acuerdo con el testamento de Huayna Cápac ,ya que se creía con derecho de heredar todo el Imperio Inca según las leyes, costumbres y tradiciones incarios. Huascar se enfrentó en 1531 después de muchos años de paz a su medio hermano Atahualpa, quien también se consideraba legítimo heredero del trono en la región de Quito. Muy pronto importantes regiones del imperio fueron sacudidas por sangrientas batallas entre tropas cusqueñas y quiteñas, que terminaron con la victoria final de los últimos. Huáscar fue tomado prisionero y muerto posteriormente por orden de Atahualpa.
  • Imperio Histórico (fase de expansión):
– Dinastía Hanan Cuzco: 1525 – 1532.

Reinado de Atahualpa

Hijo de Huayna Cápac con la noble inca Tocto Ocllo Coca. Tras la muerte de su padre, se apoderó de la región norte de Tumbes llamada Quito y aunque reconoció la sucesión de ‘[Huáscar]], apoyado por la nobleza quiteña se coronó Rey de Quito (1525-1532). Sus tropas, dirigidas por ChalcuchímacQuisquis, derrotaron al ejército cusqueño en la batalla de Cotabamba (Apurímac) y entraron triunfantes alCuzco. Enterado de la victoria, Atahualpa marchó a Cajamarca para ser coronado inca. En el trayecto fue aclamado por los pueblos del norte. Sin embargo, al llegar a Cajamarca, fue tomado prisionero por los españoles en la batalla de Cajamarca. Era el año 1532. Este hecho marcó el fin del Imperio Incaico.

En contra de lo pensado, Atahualpa (que gobernó de facto entre 1532 – 1533), no forma parte de la capaccuna al nunca ceñir lamascaipacha. Por lo tanto es impropio llamarle Sapa Inca, como algunas veces se le titula. Quito fue incendiada por completo por el general Rumiñahui en 1534, antes de la llegada de los españoles a la ciudad en busca de los tesoros del imperio, y fundada nuevamente por el español Sebastián de Benalcázar sobre las cenizas del pueblo inca el 6 de diciembre de 1534.

 

Imperio Inca: época pre-estatal: formación

Capac Yupanqui

Se denomina preestatal a esta etapa, porque en ningún momento surgió en sí una sólida idea de estado o nación inca; sino aún existía la idea andina de considerarse una macroetnia, si bien esto cambiaría al extenderse significativamente el territorio de la etnia luego del reinado de Cápac Yupanqui y sus diversas conquistas. El fin de este periodo coincide con el fin de la dinastía de los gobernantes Urin Cuzco (Rurin Qusqu).

Esta época es de escasa movilidad; se tienen pocas noticias de sus sucesivos reinados: Sinchi Roca, quien habría gobernado desde 1230 a 1260 sin conseguir una expansión significativa en el entonces reino cusqueño; Lloque Yupanqui, que culminaría su gobierno en 1290 con el mérito de llegar a concretar diversas alianza con distintos pueblos circundantes a los incas;Mayta Cápac reconocido por su victoria ante los acllahuiza y que culminaría su reinado alrededor de 1320; y Cápac Yupanqui, el primer conquistador, a quien se debe la victoria ante loscondesuyo. Este período habría durado aproximadamente 80 años, iniciándose aproximadamente en 1230 d.C. (año en que comienza el reinado de Sinchi Roca), hasta 1350 d.C. (año en que culmina con el gobierno de Cápac Yupanqui).

Una visión etnohistórica más general de este período describe que los incas llegaron al Cuzco alrededor del siglo XIII d.C. y, en el siglo siguiente, lograron imponerse a las poblaciones más cercanas al valle cusqueño. Desde su llegada al Cuzco, los incas se habrían mezclado con algunos de los pueblos que habitaban el lugar y expulsado a otros. Habrían organizado su predominio al hacer alianzas con distintos curacas estableciendo relaciones de parentesco y al enfrentarse en guerras. A estas prácticas, que continuaron, se sumaron otras como el acopio de excedentes y mano de obra y la práctica de la redistribución. Para entender esta situación habría que considerar, además, que el prestigio religioso que acompañó a losincas fue la piedra angular de la eficacia de todos los mecanismos de expansión que emplearon en esta época.

Se denomina preestatal a esta etapa, porque en ningún momento surgió en sí una sólida idea de estado o nación inca; sino aún existía la idea andina de considerarse una macroetnia, si bien esto cambiaría al extenderse significativamente el territorio de la etnia luego del reinado de Cápac Yupanqui y sus diversas conquistas. El fin de este periodo coincide con el fin de la dinastía de los gobernantes Urin Cuzco (Rurin Qusqu), quienes vieron en Cápac Yupanqui a su último representante.

Capac Yupanqui: Biografía

Cápac Yupanqui (Qhapaq Yupanki) fue el quinto gobernador del Curacazgo del Cuzco, entró al poder mediante un golpe de estado por parte de su primo Tarco Huamán. Cápac Yupanqui resultó ser un aguerrido gobernante, y también muy maquiavélico.

Origen

Fue hijo de Curu Yaya, hermana de Mayta Cápac, primo de Tarco Huamán. Para asegurar su trono mató a 9 hermanos de Tarco, a otros les hizo jurar lealtad. Sin embargo fue más benevolente con Tarco Huamán pues sólo lo mandó a gobernar a los conquistados señoríos de Anta y Cuyo.

Gobierno

Durante su reinado, derrotó a algunas pequeñas etnias como los Cuntis, agregando de esta manera unos pocos kilómetros cuadrados a sus dominios. La reputación del señorío inca iba creciendo, tanto así que el señorío Quechua, de Abancay les envió dos embajadores a solicitar ayuda para enfrentar al poderoso estado (casi imperio) Chanca. Cápac aceptó y envió a su primo Tarco a capturar 1000 avecillas de la selva y del altiplano para ser quemadas en rituales militares.

En el gobierno de Cápac Yupanqui el señorío inca seguía siendo pequeño ante los Ayamarcas, y un diminuto señorío en comparación con el poderoso estado Chanca.

El estado Chanca era ya temido por lo Ayamarcas (quienes se habían recuperado de las guerras civiles que Lloque Yupanqui generó entre ellos), y se proyectaba a la toma de toda la región cuzqueña, incluyendo a los incas y ayamarcas. Por tal situación ambos buscaron una alianza, y se reflejó cuando el rey de Ayamarca obsequió a Cápac Yupanqui una esposa llamada Curi Hilpay.

Cápac Yupanqui nunca se enfrentó al poderoso estado Chanca, pues murió envenenado antes de que estos llegaran al Cuzco.

Muerte

Cusi Chimbo, una de las esposas de Cápac Yupanqui lo envenenó antes de que este si quiera nombrase un sucesor. Esto, fue parte de un complot organizado por Inca Roca.

Obras

Alianza con los Ayamarcas.

Aportó unos pocos kilómetros al pequeño señorío inca.