Laurent Binet ha señalado que en su visita a la Feria del Libro de Lima descubrió la historia precolombina. (Foto: Daniel Mordzinski)
En su libro “Civilizaciones”, el escritor francés pone la historia de cabeza. Atahualpa, el último inca, en vez de ser capturado por Pizarro en Cajamarca, logra conquistar a Europa y sumarla como quinto suyo de su imperio. Tras obtener el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, Binet presenta su nueva novela en la plataforma digital del Hay Festival de Arequipa.
Vikingos en América, Cristóbal Colón capturado en las indias y Atahualpa como gran emperador del Viejo Mundo: al hablar de “Civilizaciones”, la más reciente novela del escritor francés Laurent Binet, varios son los críticos que han apelado a la palabra juego en su análisis. En efecto, “Civilization” es el título de un videojuego de estrategia diseñado por Sid Meier en 1991, que ha conocido diversas secuelas y en el cual el autor se inspira para replantear la historia y contarla de una manera muy diferente, aunque conservando siempre a sus reconocidos protagonistas. Sin embargo, cuando las noticias que nos llegan de Europa nos hablan de un maestro decapitado cerca de París por mostrar unas caricaturas de Mahoma, o de atentados terroristas en Viena reivindicados por el Estado Islámico, uno puede imaginar que, más allá de una intención lúdica, Binet también parece llevar a cabo una misión urgente: quitarle el poder simbólico a Occidente para hacer posible un diálogo horizontal entre culturas y religiones.
Como señala Binet en esta entrevista vía Zoom, su libro propone relativizar las relaciones entre Europa y América, Occidente y Oriente, así como nuestras diversas concepciones sobre dios y las religiones. Cuando escribe sobre cómo el culto al sol de los Incas pone en jaque a la religión católica, teniendo a Enrique VIII como principal aliado (deseoso de contar con un Acllahuasi al lado de la torre de Londres), el escritor francés intenta ofrecerle al lector una mirada extraña para obligarlo a reflexionar sobre estos temas desde una diferente perspectiva. “Sin duda, un mensaje del libro es relativizar la importancia de la religión, la visión que tenemos sobre dios. Con todos los atentados que estamos sufriendo recientemente en Europa, analizar el conflicto entre las religiones es muy importante”, afirma.
“Creo que es importante colocar a la religión en su dimensión histórica. Supongo que si los incas hubieran invadido Europa, la religión predominante sería el culto al Sol. Lo que no quiere decir que el Sol sería mejor que Cristo. Lo único cierto es que son los vencedores los que deciden. Los incas tenían una política de expansión mucho más cercana a la de los romanos, ninguno de ellos buscaban influir religiosamente en los pueblos bajo su dominio. Lo único que los incas hubieran exigido a los territorios conquistados es que se respetara la fiesta del Sol. Algo muy diferente sucede con el cristianismo y el islamismo, que son más bien religiones proselitistas. En ello radica su intolerancia”, afirma.
Cuando te entrevisté en Lima por tu novela “La séptima función del lenguaje”, recuerdo tu entusiasmo por visitar el interior del país. ¿Cómo fue tu investigación en el Cusco previa para escribir “Civilizaciones”?
Antes de conocer el Perú, había visitado en París una exposición sobre los Incas y los conquistadores, en la que descubrí la historia increíble de la captura del Inca Atahualpa en Cajamarca y la aventura de la conquista española. Luego, en mi primer viaje a Lima, cuando vine a presentar “HHhh”, me marcó mucho una visita al Museo Larco, donde vi piezas arqueológicas de las culturas prehispánicas increíbles, totalmente desconocidas para mí. Los quipus me resultaron fascinantes. Cuando regresé a París, hablaba del Perú y de los Incas a todo el mundo. Un amigo me hizo leer el libro del historiador Jared Diamond “Armas, Gérmenes y Acero” en el que se planteaba la pregunta de si Pizarro había capturado a Atahualpa, ¿por qué no podía haber ocurrido lo contrario? Es decir, Atahualpa capturando a Carlos V. Así se me ocurrió la idea del libro. Cuando regresé al Perú por segunda vez, viajé al Cusco, pero llegue también a Quito, de donde procedía Atahualpa. Ya había empezado a escribir el libro entonces.
Incas conquistando Europa… el peruano que lee tu novela no puede evitar experimentar un sentimiento de ingenua revancha…
Los franceses nos identificamos mucho con la gente que ha sido derrotada. Mis abuelos perdieron la guerra contra los nazis y la generación de mis padres perdía siempre al fútbol con Alemania. A mí me encanta las sociedades que han enfrentado derrotas. No tengo nada contra los españoles, pero me encantó la idea de poder ofrecerle a los que perdieron la oportunidad de una revancha.
En general, no hay muchas novelas que apelan al recurso de la ucronía (la reescritura de la historia). Uno piensa en “El Hombre en el Castillo” de Phillip K. Dick, en la que los nazis vencen en la guerra. ¿Por qué crees que los escritores no suelen arriesgarse a desmantelar la historia? ¿Es que no saben después qué hacer con las piezas al desarmar su mecanismo?
Es eso lo que justamente me gustó del juego de construcción histórica. Poder satisfacer mi interés por la historia, pero también mi gusto de escritor. Es muy complicado, pero también muy excitante. Me permitió comprender muchas cosas. Por ejemplo, en este juego de estrategia, ¿cómo se puede conquistar un imperio con solo 200 personas? Había que ser un estratega para la guerra, pero también un diplomático, alguien con una enorme capacidad para negociar con los enemigos de tu enemigo. También hay que ser un aventurero, capaz de saber actuar en el momento indicado. Este juego de estrategia me permitió de comprender las organizaciones sociales, económicas, políticas, religiosas de los Incas y de la Europa del siglo XVI. Todo ello fue apasionante.
Al momento de repartir las cartas de la historia, planteas un terreno más parejo. En tu ficción, los vikingos ya habían expandido la plaga siglos antes, lo que permite a los americanos resistir con éxito a Colón. Asimismo, asumes que aprendimos de los vikingos los usos del arado, el caballo, y la rueda. ¿Crees que estas eran las tecnologías que permitieron la expansión de occidente?
A partir del libro de Diamond entendí que eran tres los factores determinantes que permitieron la conquista: el hierro, los caballos y las plagas. Mi trabajo como novelista era inventar cómo podía acoplar estas tres ventajas en beneficio de los Incas. Hay pruebas de que los vikingos hicieron breves incursiones por el norte de Canadá, pero esa presencia fue totalmente olvidada. Me preguntaba qué hubiera pasado si hubieran continuado aquel viaje más al sur de América. Me gusta pensar que el factor determinante de toda esta historia es el azar.
En tu novela, es el viaje de los vikingos el que se recuerda y más bien es el de Cristóbal Colón el que se olvida. En estos tiempos en que buscamos destruir la estatua de Colón, tú prefieres desmontarlas simbólicamente…
Pienso que Colón fue el responsable del cambio más profundo en la historia del mundo. Nunca se ha visto un personaje que haya cambiado la historia tan radicalmente. Pero no me parece que esté tan mal retirar las estatuas. Ustedes lo hicieron con la estatua de Pizarro, ¿verdad? Los españoles me preguntaban mucho por las estatuas de Colón derribadas, y yo les respondí que si tuvieran una estatua de Napoleón ubicada en la Plaza Mayor de Madrid, quizás también les molestaría. Pienso que es algo parecido la relación de la imagen de Colón en América.
Tu libro no es solo una ucronía, sino también una parodia de diferentes registros narrativos, como son las sagas nórdicas, los diarios de navegación y las crónicas de Indias. ¿Cómo fue el juego con aquellos textos históricos?
Son tres estilos profundamente diferentes. Por ejemplo, las sagas islandesas están repletas de frases cortas, y muy densas. Dicen muchas cosas en pocas líneas. Hay pocos detalles y van muy rápido. En los diarios de Colón, se habla mucho de Dios y se pregunta mucho por donde está el oro. Fue muy fácil imitarlo. De todas maneras, lo que hice fue insertar frases verdaderas en medio de mi novela, para crear un efecto de realidad máxima. Sucede lo mismo cuando pongo a conversar a Cervantes con Montaigne. Todas las respuestas del ensayista francés son verdaderas. Como un rompecabezas, tomaba partes de un libro y de otro para acoplarlas en mi novela para darles un nuevo sentido.
“Civilizaciones” en el Hay Festival Digital Arequipa
Laurent Binet presentará su obra este sábado 7 de noviembre a las 11:30 a.m. en el Hay Festival Digital Arequipa 2020. Las inscripciones están disponibles desde la página web www.hayfestival.org/arequipa o https://bit.ly/2HXzlUz
Booktrailer “Civilizaciones” de Laurent Binet
Fuente: El Comercio Enlace original de la Nota: https://elcomercio.pe/luces/libros/laurent-binet-en-el-hay-festival-de-arequipa-si-los-incas-hubieran-invadido-europa-la-religion-predominante-hoy-seria-el-culto-al-sol-entrevista-noticia
Autor de la nota: Enrique Planas Redactor de Luces y TV+ [email protected]
América destaca por su variada configuración topográfica y fisiográfica. Desde el Ártico hasta el cabo de Hornos cubre 14 481 km de longitud y en su parte más ancha alcanza 4 827 km. El componente fisiográfico más notable en el oeste de América del Norte es la cordillera Occidental, que incluye las montañas Rocallosas, cuencas desérticas, planicies, y las cadenas montañosas del Pacífico en el extremo oeste. Al sur, la Sierra Madre y la planicie de México forman, con las montañas Rocallosas, un solo rasgo fisiográfico. El límite de estas cordilleras está marcado por la cadena volcánica de Mesa Central. Más al sur, existe otra cadena que se desplaza de este a oeste y es visible en las Antillas Mayores del Caribe. En el este de América del Norte figuran los Apalaches que, a diferencia de las Rocallosas, constituyen una cadena muy erosionada y de menor altura. Ambas están separadas por las llanuras, el Escudo Canadiense y el Mississippi. Además, al este de los Apalaches existe una faja costeña que forma el golfo de México avanzando hasta la península de Yucatán (Willey 1966).
Autor: Jorge Silva Sifuentes Doctor en Antropología especialidad en Arqueología por la Universidad de Michigan
Contrastando con América del Norte y del Sur, el istmo de América Central es una franja con muchas islas, sobre todo entre Venezuela y La Florida. América del Sur en cambio presenta una cadena montañosa llamada Andes, que se extiende desde Venezuela hasta el sur de Chile. Está dividida por cordilleras que configuran valles, lagos y planicies. Al oeste surge el desierto costeño y al este la cuenca amazónica o tierras tropicales bajas con dos cadenas montañosas pequeñas: las montañas de Guayana y Brasil, situadas al norte y al sur del río Amazonas respectivamente (Willey 1966).
El clima es asimismo diferente. Desde Groenlandia hasta Alaska es sumamente frío y se le conoce como tundra polar o taiga. En la tundra no existen árboles propiamente, siendo observables solamente en el sub-Ártico con bosques de pinos y cipreses. A medida que nos desplazamos al sur de Alaska y Canadá el clima mejora, con estaciones definidas sobre todo en Estados Unidos. Pero más al sur, en México, América Central y del Sur, el clima es variado debido a la altitud, el relieve y la cercanía al Ecuador. América Central es calurosa y con tormentas. América del Sur exhibe diferencias entre el este y el oeste, con altas temperaturas, lluvias torrenciales (cuenca amazónica) y aridez (costa central de Perú).
Últimas investigaciones: Evidencia Geológica y Arqueológica.
Estrecho de Bering. Durante la glaciación Wisconsin (70 000- 10 000 antes del presente) el nivel del mar descendió más de 90 m en comparación al nivel actual. La zona rayada en el mapa (Haag 1973) corresponde al corredor que permitió conectar Asia y América por vía terrestre.
El estrecho de Bering fue la ruta principal por donde se pobló América. La geología refuerza este enunciado, en especial los estudios sobre la glaciación Wisconsin cuyas bajas temperaturas ocasionaron el descenso del nivel del mar, convirtiéndose el estrecho de Bering en un corredor de 2 000 km de ancho –llamado Beringia– que permitió el pase de Siberia (Asia Oriental) a Alaska y viceversa de seres humanos y animales, incluyendo tal vez grupos de las islas japonesas (Haag 1973, Jennings 1978).
El corredor se formó más de una vez durante la glaciación Wisconsin. Se sabe que entre los 25 000 y 10 000 años hubo un significativo avance glacial y dos de menor grado. Jennings enfatiza que definitivamente “la Beringia” se cerró luego de los 9 000 años. Sin embargo, la sola existencia del corredor no garantizó el éxito migratorio desde el noreste de Asia hacia Alaska. Sucede que al surgir dicho corredor aparecen también grandes masas de nieve en Alaska y Canadá y sólo habrían existido zonas refugio (o libres de hielo) en ciertas partes de Alaska. Así, la ruta al este o América quedaba bloqueada en lo que hoy se conoce como valle del río Puerco Espín, un tributario oriental del río Yukon, en Alaska. Puesto que esta barrera surgía con lentitud y no era obstáculo mayor al inicio de un avance glacial, pudo existir un corredor al sur, aunque al mismo tiempo había dos grandes mantos glaciales en Canadá: el Cordillerano, que se proyectaba al este, y el Lauréntida que iba en todas direcciones, desde su centro en la bahía Hudson.
Jennings postula que la migración Asia-Refugios de Canadá sucedió en tres ocasiones: a. Entre 52 000 y 54 000 años: Wisconsin Temprano. b. Hace 42 000 años: Primer avance del Wisconsin Medio. c. Entre 22 000 y 9 000 años: Wisconsin Tardío.
Puntas halladas en Norteamérica (Willey 1966). Sandia, Nuevo México: a-b; Clovis: c-d; Folsom de Lindenmeir, Colorado: e-g.
Jennings puntualiza que la tercera opción ofrece las mejores posibilidades de éxito migratorio, pues en dicha fase se produjo el avance glacial Woodford. William Irving (1985) revisó este tema, resumiendo en tres hipótesis la problemática de los habitantes más antiguos:
Hipótesis I: Sustentada por J. Griffin, V. Haynes, P. Martin, entre otros. Propone que los Clovis, o cazadores de mamuts o elefantes lanudos extinguidos, fueron los primeros pobladores de América hace 12 000 años. D. Meltzer (1989) ha reafirmado este postulado. Clovis sería un horizonte cultural extendido desde el norte de Alaska hasta Guatemala.
Hipótesis II: América se pobló entre 20 000 y 70 000 años atrás. Las evidencias provienen de Taima Taima, Venezuela, con puntas tipo “El Jobo” que se caracterizan por ser gruesas, con bases no preparadas, diferentes a las puntas de América del Norte, lo que demuestra la existencia de divergencia cultural pre-Clovis. Las puntas de Taima Taima se asocian, además, a una pelvis de mastodonte con más de 13 000 años. También figura el abrigo rocoso de Meadowcraft, a 45 km al suroeste de Pittsburg, Pennsylvania, con fechas de más de 19 000 años y utensilios simples y pequeños (Adovasio et al. 1975). El sitio de Old Crow en el Yukon, Alaska, concedió fechas de 29 000 años en huesos de mamut y caribú (Harington, Bonnichsen y Morlan 1975).
Tibia de caribú empleada como descarnador hace 27 000 años (izq.); despellejador en hueso de bisonte (der.). Artefactos encontrados en Old Crow, Yukon, Alaska (Canby 1979).
La segunda hipótesis es la más aceptable y exhibe el apoyo de restos significativos en América del Sur. Destacan los hallazgos de Niède Guidon (1986) en la Toca do Boquequirao da Piedra Furada, la Toca do Sitio do Meio y la Toca do Câldeirao dos Rodríguez I, en la región de Sâo Raimundo Nonato, estado de Piauí, noreste de Brasil. Las fechas alcanzan 50 000 años. Al respecto, Meltzer, Adovasio y Dillehay (1994) plantean más de una interrogante en torno a la antigüedad de esta cueva y a la autenticidad de las herramientas asignadas a la primera ocupación. Argumentan que el carbón encontrado en la cueva pudo resultar de incendios naturales. En cambio, la fase Serra Talhada (posterior a 10 400 antes del presente) sí contiene artefactos indiscutibles.
Hipótesis III: Considera fechas entre 80 000 y 150 000 años. W. Irving la desecha por no existir datos. Se apoya en el hecho de que el ser humano ya se había adaptado a ambientes muy hostiles, como la Siberia, 500 000 años atrás. En efecto, Yuri A. Mochanov encontró en el sitio Diring, río Lena, Siberia, herramientas de más de 500 000 años (Mammoth Trumpet, Vol. 9, Number 2, 1994, pp. 1,4-5).
Esta hipótesis se sustenta con datos de Valsequillo, San Diego y Calico, pero estos sitios tienen problemas de fechas y refuerzan más bien la hipótesis II. Valsequillo se halla en el norte de Puebla, México, y fue estudiado por J. Armenta e Irving Williams. Un grupo de huesos trabajados o con marcas fueron fechados entre 19 650 y 30 600 años de antigüedad, además de tres fechas mayores a 35 000 años (Armenta 1978). Otros sitios con fechas parecidas son Caulipán (Puebla), con 21 850 años según el RC-14, Hueyatlaco (Valsequillo) con fecha similar, Tlapacoya (México D.F.) y El Cedral en San Luis de Potosí (México) que alcanzan unos 24 000 años de antigüedad. En Nicaragua figura El Bosque, un sitio con más de 30 000 años. En California, San Diego es un sitio prometedor, pero Irving advierte que existen dudas sobre las asociaciones de las fechas y las herramientas. Actualmente es reestudiado por Reeves (Irving 1985).
Calico, en el desierto de Mojave, al este de California, es también un lugar controvertido. En la década de 1950 Simpson estudió el área del lago Manix, cerca de Calico, y encontró 4 000 posibles herramientas y 6 000 lascas que se denominan Complejo Lago Manix. Puesto que existían dudas sobre la autenticidad de tales herramientas, Payen aplicó el test Barnes para descartar dudas. Según este test una lasca obtenida por un tallador exhibe ángulos de plataforma pequeños pues así se logra controlar el tamaño y la forma de la lasca que se desprende del núcleo. Al ser aplicado el test se demostró que muchos objetos de Calico fueron obra humana, pero otros muestran fracturas naturales. R. Simpson, L. Patterson y C. Singer (1986) publicaron un análisis de los artefactos y fechas a base de torio-uranio, planteando una antigüedad de 200 000 años y relacionándolos con el Paleolítico del este de Asia.
Puntas tipo El Jobo.Taima Taima, Venezuela (Willey 1971).
La cuenca de Old Crow, un tributario del río Puerco Espín, en el norte de Yukon (Alaska), ha proporcionado información sobre restos de herramientas de hueso, destacando un descarnador hecho en tibia de Caribú y dos huesos de mamut fracturados intencionalmente por el ser humano. Una fracción de apatita tomada de la tibia fue sometida al RC-14, obteniéndose una antigüedad de 27 000 ± 3 000 años antes del presente. Los huesos de mamut también presentaron fechas similares (Jennings 1978:22).
En 1986 se publicó en Toronto una nota con nuevos fechados para la tibia de caribú de Old Crow, según la cual no tendría más de 3 000 años; las fechas discrepantes se explicarían por la contaminación de la parte inorgánica del hueso debido al carbonato de las aguas subterráneas. La nota en mención agrega también que otros huesos de mamut de Old Crow tienen entre 25 000 y 40 000 años (Newsletter, The Ontario Archaeological Society, pág. 3, May-Jun. 1986, Toronto).
Por datos de la localidad 15, situada sobre la ceniza volcánica o tephra de Old Crow, existirían objetos de hueso con fechas de hasta 80 000 años. También se halló una lasca delgada con plataforma preparada. En 1986 Morlan publicó fechas de 24 000 y 30 000 años para herramientas óseas de este lugar. Irving, Jopling y Beebe (1986) admiten la existencia de herramientas de hueso de mamut compuestas de lascas y raspadores, planteando que los primeros pobladores llegaron a esta zona hace 150 000 años.
En resumen, la hipótesis I se invalida por la existencia de asentamientos anteriores a Clovis y por la variedad de herramientas en América al momento de la presencia Clovis. Esto refuerza la hipótesis II pues existen varios sitios que sobrepasan los 30 000 años. La hipótesis III requiere de evidencias anteriores a 70 000 años.
Conclusiones
Puntas y raspadores hallados en América del Sur (Willey 1971). El Inga, Ecuador: a-f; El Inga, Ecuador, tipo Magallanes I: g-k; cueva Fell, Patagonia, tipo Magallanes I: l-n.
Se afirma que los primeros habitantes de América fueron cazadores a tiempo completo. Esta generalización es riesgosa toda vez que supone asumir que los recursos fueron los mismos a través del continente americano. Innegablemente, la caza fue predominante ahí donde abundaron los animales que por sus propias características eran fáciles de obtener. Según Jennings (1978:13) los paleoindios de América del Norte cazaron herbívoros hoy extinguidos, como el mamut, el buey almizclero, el caribú y el bisonte de cuernos largos. En el sur de EE.UU. hubo caballos, camélidos, tapires, pecarís y armadillos gigantes. En la Gran Cuenca hubo perezosos gigantes. El problema es que aún no se descubren restos concretos sobre caza de estos animales. Los elefantes son la excepción pues fueron descubiertos en asociación con actividad humana.
T. Lynch (1983:111) comparte la posición de Jennings pero agrega que se desconoce la técnica de caza. Posiblemente los animales fueron acorralados o se les mató cuando estaban en los arroyos o zonas pantanosas. El citado autor concede mayor importancia a la caza de elefantes en el Nuevo Mundo pues restos de estos animales aparecen en Taima Taima (Venezuela), Tagua Tagua y Monte Verde (Chile). Otro animal preferido fue el caballo, cuyos restos fueron recuperados en dichos sitios, excepto en Monte Verde. Aclara Lynch que en América del Sur los animales más importantes para la subsistencia fueron los caballos y los osos hormigueros, pero con el correr del tiempo la alimentación derivó a consumo de camélidos y venados, sobre todo en la región andina de Perú. Añade que los pobladores de América del Sur se alimentaron con aves del tipo Tinamidae, representadas por el tinamou (parecido a la perdiz) y el ñandú, según lo testifican los restos de la cueva El Guitarrero (callejón de Huaylas), Chobshi (Ecuador) y Los Toldos (Argentina). Por otro lado, Lynch admite que los sudamericanos practicaron la recolección de plantas y mariscos para complementar su alimentación.
Bryan (1986 a y b), a diferencia de Lynch, plantea que los primeros pobladores de América llevaron un modo de vida menos especializado y más diversificado. La caza de grandes herbívoros (elefantes, bisontes antiguos) fue la excepción antes que la norma, supeditada a hechos coyunturales. El citado autor no niega que unos grupos cazaron grandes herbívoros, sobre todo en Alaska, donde el ambiente estepario y de tundra requiere consumir proteínas. Agrega, sin embargo, que los grupos costeños del Pacífico Norte tuvieron acceso a pescado, mariscos, aves, mamíferos marinos, incluso plantas. En otras palabras, los primeros habitantes de Beringia se adaptaron a la costa antes que al interior. No es pues generalizable la caza de grandes herbívoros en todo el continente. El único sitio en América del Sur con datos de matanza de mastodontes es Taima Taima, Venezuela, con 13 000 años de antigüedad. Pero los habitantes coetáneos de las savannas de Bogotá (El Abra, Tibitó) no parecen haberlos cazado. Éstos, como los de Monte Verde, aprovecharon otros recursos (Dillehay 1984, 1989). En Patagonia, con un ambiente similar a los grandes llanos de EE.UU., los seres humanos que llegaron hace 13 000 años a esta zona cazaron animales pequeños y aves.
A estos problemas se añaden también la migración Asia-América, la migración una vez en América y los tipos humanos desde el punto de vista biológico. Éstos son realmente parte de una investigación mayor cuyo obstáculo principal es la virtual ausencia de especímenes óseos estratigráficamente documentados. Recientemente T. Dillehay (1997:59-61) hizo una revisión de las migraciones Asia-América y por la variedad de herramientas encontradas cabría la posibilidad de la ocurrencia de grupos distintos y migraciones también diferentes.
Uno de los problemas que Dillehay aborda es el relacionado con el tipo humano específico que alcanzó América. Citando datos obtenidos por estudios genéticos los restos más antiguos sugieren semejanzas con grupos del sur de Asia, antes que con tipos físicos del noreste de Asia o Siberia. En este sentido, la hipótesis de las “tres migraciones”, según la cual América fue poblada solamente por tres oleadas de migrantes de ascendencia mongoloide luego de los 10 000 a.C., provenientes del noreste de Asia y Siberia, fue puesta en tela de juicio en base a mediciones craneales hechas en muestras del Arcaico Temprano de América del Norte y del Sur. En consecuencia, América fue también poblada por grupos no mongoloides, lo que significaría que hubo una ola migratoria anterior a los 10 000 a.C.
Dillehay propone tentativamente, en base a la diversidad de las herramientas líticas, que hubo también varias y diferentes migraciones, aunque esa diversidad sugiere igualmente la sustitución de poblaciones. Concluye a manera de hipótesis, que un grupo no mongoloide, tipo robusto, vinculado al sur de Asia y el Pacífico Sur, fue el primero en ingresar a América antes de los 10 000 a.C., y luego fue asimilado por grupos asiáticos mongoloides tipo grácil.
La migración mejor documentada de Alaska a Patagonia correspondería a grupos que fabricaron puntas de lanza tipo Clovis con fechas de 11 000 años antes del presente. Añade el autor que no existen datos contundentes sobre migraciones anteriores a esa fecha. Por otro lado, Horai (1993:44), sobre la base de información filogenética recogida de nativos americanos, plantea que hubo cuatro grupos asiáticos distintos que corresponden a migraciones diferentes producidas entre los 21 000 y 14 000 años antes del presente. En tal sentido, los rasgos físicos de los pobladores de América no son necesariamente homogéneos, a pesar de descender de un tronco asiático.
La barrera formada por la unión de dos mantos glaciales continentales aisló Alaska del resto de América del Norte durante 8 000 años. El descenso del nivel del mar dejó expuesta Beringia, convirtiendo Alaska en una extensión de Siberia. El Ártico y la América del Norte temperada se unificaron al iniciarse el retiro final de los dos mantos de nieve del este y del oeste (Anderson 1973).
Jennings (1978:16,17) describe a los nativos americanos considerando rasgos generales compartidos, caracterizándolos como individuos gruesos, bronceados, de ojos oscuros, cabellos lacios y gruesos, con escasa pilosidad. Las mujeres llevan frecuentemente la “mancha mongólica” en el torso, la cual desaparece en la pubertad. El tipo de sangre es O y no existe A2, B, Du y r. La calvicie y el cabello gris por la edad son también raros. Tampoco se encuentra en la sangre nativa la célula anómala sickle o de la anemia, que se presenta con gran frecuencia entre los africanos. También los nativos son propensos a contraer las enfermedades euroasiáticas más comunes, tales como resfrío, sarampión y tuberculosis. Es sorprendente la ausencia de inmunidad en los nativos con relación a estos males, evidencia utilizada para apoyar la hipótesis del largo aislamiento sucedido en el Nuevo Mundo.
En cuanto al proceso migratorio una vez en América R. MacNeish advierte en la Introducción a Early Man in America, que su total entendimiento será difícil pues varió debido a las condiciones ecológicas y a las tradiciones culturales. El citado autor presenta, tomando en cuenta ese argumento, tres posiciones que resumimos a continuación.
La primera es la “migración rápida”, propuesta por E. Lanning, T. Patterson, R. Solecki y V. Haynes. Ellos postularon que el desplazamiento desde Alaska a Patagonia se hizo en 2 000 años, entre los 14 000 y 12 000 a.C. Según este modelo una banda de 30 a 60 cazadores-recolectores avanzó un promedio de 6 kilómetros por año. Para confirmar este modelo es necesario encontrar herramientas similares en sitios distantes pero contemporáneos.
La segunda posición, llamada “proceso de filtración por grupos pequeños”, fue defendida por Giddings, Roberts y Anderson. Según Giddings (en MacNeish 1973) el Ártico fue poblado por cazadores que evolucionaron lentamente, pero a la vez aprovecharon al máximo el ambiente frío de la zona. Corresponde a grupos de escasa movilidad cuyo avance al sur fue muy lento.
La tercera explicación, sustentada por Mac- Neish (1973), se llama “complejo de adaptación” y consiste en que varios grupos se adaptaron al noroeste de Canadá y Alaska desplazándose a la costa noroeste del Pacífico, al Ártico, los bosques del centro, y al área cordillerana de las montañas Rocallosas. En cada una de estas regiones el cambio cultural de los grupos fue rápido, pues los pobladores debieron abandonar sus hábitos previos e inventar otros. De esa manera surgieron varias tradiciones culturales que avanzaron al sur adaptándose constantemente a diversos ecosistemas. Esta tercera explicación, que no excluye a las anteriores, ayudaría a entender la presencia de materiales culturales diferentes en América.
Por su parte Gruhn (1988) y A. Bryan, en una entrevista concedida en 1993 a Mammoth Trumpet, proponen una “ruta costeña” y un desplazamiento humano lento en la medida que existían zonas radicalmente distintas en recursos naturales. En este modelo la migración al sur fue siguiendo la línea costera con incursiones al interior. Consideramos que a esta ruta se agregan la correspondiente a la zona montañosa y la parte oriental de América. Lo más probable es que los grupos humanos que avanzaron hacia el sur aprovecharon las zonas que ofrecían recursos alimenticios relativamente fáciles de obtener sin importar la región en la que se encontraban. En muchos casos habría bastado hallarse en el momento y lugar precisos.
Fotografía del 18 de diciembre de 2019 cedida por la Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lam del complejo arqueológico de Santa Rosa de Pucalá en el departamento de Lambayeque, en el norte de Perú. EFE/Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lambayeque del Ministerio de Cultura
Los vestigios de las distintas civilizaciones que habitaron el Antiguo Perú continúan saliendo a la luz en el norte del país con el hallazgo esta vez de un cementerio de la élite moche y un nuevo templo de la civilización huari, anunció este jueves el Ministerio de Cultura.
Los descubrimientos se realizaron en el completo arqueológico de Santa Rosa de Pucalá, ubicado a pocos kilómetros de la Huaca Rajada, el templo donde en 1987 se encontró al Señor de Sipán, el primer gran gobernante del Antiguo Perú y el soberano más célebre de los moche, comparado con Tutankamón por su fastuosa tumba llena de oro.
En Santa Rosa de Pucalá fueron desenterradas recientemente 24 tumbas de los moche, que habitaron el lugar entre los siglos II y V, pero también un edificio religioso de los huari, el primer gran imperio del Antiguo Perú, predecesor de los incas, que también ocupó el norte del territorio peruano después de los moche.
Precisamente el interés de los arqueólogos peruanos era reunir más evidencias e información de la presencia en la norteña región de Lambayeque de los huari, un pueblo cuyo origen está a unos mil kilómetros al sur, en la actual región andina de Ayacucho.
TEMPLOS GEMELOS
Fotografía del 18 de diciembre de 2019 cedida por la Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lam del complejo arqueológico de Santa Rosa de Pucalá en el departamento de Lambayeque, en el norte de Perú. EFE/Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lambayeque del Ministerio de Cultura
Los investigadores repararon primero en el templo huari, construido con forma de “D” probablemente entre los años 800 y 850, a semejanza de otro con las mismas características descubierto el año pasado en el mismo lugar.
“Esto es importantísimo porque nos habla de una mayor temporalidad de estos elementos”, comentó durante la presentación de los hallazgos el arqueólogo Edgar Bracamonte, director del proyecto de investigación en Santa Rosa de Pucalá.
El especialista indicó que han podido determinar el momento exacto en que llegaron al lugar los primeros inmigrantes de la sierra andina, procedentes de la norteña región de Cajamarca, y el tiempo que coexistieron con los moche.
UN EXTENSO CEMENTERIO
Después sacaron a la luz “un extenso cementerio” donde hay algunas tumbas que son contemporáneas al Señor de Sipán pero con “un patrón distinto”.
“Se trata de una elite diferente, lo que nos habla que no se trata de un solo grupo, sino de grupos diversos. Hay dos tumbas importantísimas. Una tiene una vasija de cerámica y otra un centro de cobre similar al de Sipán, y eso nos indica el rango de estos individuos”, detalló Bracamonte.
NIÑOS SEPULTADOS CON ESCULTURAS
descubren cementerio de la elite moche
Otras tumbas son de niños que fueron sepultados junto a grandes esculturas de cerámica que fueron calificadas por el especialista como “muy interesantes”.
En los últimos días se han encontrado con una gran cámara funeraria construida con adobe y cubierta con vigas, igual que en las tumbas del Señor de Sipán, pero los trabajos en ese recinto están todavía en una fase inicial.
La excavación arqueológica contó con la asesoría del director de Museo Tumbas Reales de Sipán, Walter Alva, célebre por descubrir la sepultura del Señor de Sipán en 1987.
Alva destacó que Santa Rosa de Pucalá presenta una secuencia de ocupación de distintas civilizaciones durante 3.000 años. “Seguimos encontrando mucha información para reconstruir la verdadera historia de Lambayeque”, indicó el reputado arqueólogo.
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Los contextos funerarios también contenían vasijas miniatura, huesos de camélido, objetos de hueso tallado, restos vegetales, cántaros, ollas, botellas y objetos metálicos como pinzas, discos, mazas recortadas y dobladas.
Los hallazgos fueron realizados por arqueólogos y estudiantes de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, la Universidad Nacional de Trujillo y la Universidad San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho, con financiación del Museo Tumbas Reales de Sipán, la Unidad Ejecutora 005 Naylamp Lambayeque y el apoyo logístico de la Empresa Niágara.