El historiador español de la Conquista, Pedro Cieza de León, fue uno de los primeros en hablar de las líneas, cuando en 1547 informó de “cientos de líneas rectas que a menudo superan el kilómetro de longitud, grandes trapecios, espirales, triángulos, “plazas” y dibujos de animales y personas se reparten de forma caótica en el desierto.” (4) El cronista los interpretó como señales que los caminantes debían seguir. A su vez, el corregidor Luis Monzón quiso darles un sentido, y escribió en 1568 que las líneas eran “carreteras”. Era de esperar pues que a nadie se le ocurriera pensar en otra cosa… que hasta en el tercer milenio muchos confunden aún las líneas con tramos camineros. Durante siglos, sordo anonimato y borrosas leyendas parecían sepultar bajo toneladas de olvido este legado del pasado peruano. Por esta razón, los trazos y figuras de la pampa sólo comenzaron a llamar la atención gracias a los pilotos de las primeras líneas aéreas comerciales que volaron por cielos peruanos en los años 20. Y fue gracias a ellos que, en 1927, el arqueólogo Toribio Mejía Xespe, un destacado discípulo del llamado “Padre de la Arqueología Peruana”, el doctor Julio C. Tello, (5), se enteró por primera vez de la existencia de estos enigmáticos geóglifos. Cuenta María Reiche que los aviadores, en un principio, sólo llegaban a distinguir las figuras más visibles, es decir, triángulos, cuadriláteros, rectángulos, etc, ya que tenían mas dificultad para divisar otras figuras, tales como plantas, animales o seres humanos dibujados en la pampa -estamos hablando de aves, reptiles, monos, arañas, árboles, cactus, espirales, etc, etc…— que fueron posteriormente “desenterradas” del olvido, primero por Paul Kosok y luego por la doctora María Reiche, quien a la postre terminó quedándose para siempre en Nasca.
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Fue durante su época de escolar en Dresde cuando María supo del Perú… “Desde que en el colegio vi el mapa del Perú, y en él, el Lago Titicaca, en el primer atlas que llegó a mis manos, la ilusión de viajar a este maravilloso país se convirtió en un sueño que me acompañaría durante mi infancia y mi adolescencia.”
Al recordar su llegada al Perú, describe su viaje al Cusco… “Cuando tomé el primer tren hacia el Cusco, todo el viaje lo pasé en la plataforma, de comienzo a fin viendo al aire libre estos lindos paisajes. Ese fue el primer regalo que me dio el Perú.”
En una carta que le escribió a su madre, describe así su vida en la soledad: “…para hacer sus necesidades uno tiene que ir a la zona de las tumbas del frente, en las cuales los cráneos blancos y pálidos brillan con la luz de la luna. Se toma el agua de los canales de irrigación. Se tiene que cocer el agua. Para bañarse se va al río que en los tiempos secos se convierte solamente en un riachuelo…”
(Fragmentos extraídos del archivo personal de María Reiche).
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El doctor Paul Kosok (6), catedrático de la Universidad de Long Island (Nueva York), había llegado a Lima en 1939, justo cuando Europa comenzaba a ser desgarrada por la Segunda Guerra Mundial. En un principio, el motivo de su viaje eran los caminos incas y los canales de riego prehispánicos, pero terminaría encontrando otra cosa. Lo acompañaban su esposa e hijo. Poco después conoció a María Reiche, con quien entabló una gran amistad y de paso terminó interesándose por Nasca por esos designios que tiene el destino. Sus primeras impresiones sobre el antiguo Perú las publicó en la revista norteamericana “Natural History” (7), cuando en 1947 escribió un artículo de viajes donde detallaba que había viajado a este país andino “para explorar los caminos del Inca.” Y en el camino se detuvieron al sur de Palpa, donde divisaron unas extensas y multiformes líneas que se extendían hasta donde llegaba la mirada, las mismas que yacían a ambos lados de la carretera Panamericana, al pie de las estribaciones andinas.
El arqueólogo estadounidense comenzó a recorrer y observar aquellas increíbles figuras geométricas (rectángulos, trapecios, triángulos), que habían sido trazadas minuciosamente con sólo apartar la tierra y piedras oscuras de las más claras, separando o limpiando los guijarros del desierto, empujándolos uniformemente. Vio que “las líneas corren directamente como una flecha, en varias direcciones, algunas veces con una extensión de unas pocas yardas, otras alcanzando muchas millas. Varias son líneas paralelas y parecen finos caminos (40 cm) o anchas pistas (105 m. de ancho)”. (8)
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María siempre sintió que “algo” la estaba llevando a cumplir con un destino, a juzgar por sus palabras: “Todo se desarrolló desde entonces, mi vida raras veces ha sido dura, porque yo tenía que cumplir mi destino. Es así que durante todos estos años me he dedicado por completo al estudio de las Líneas y Figuras en el Gran Tablero de las Pampas de Nasca desde que en 1938 conocí a Julio C. Tello y fui traductora y asistente en la conservación de fardos funerarios descubiertos por el Dr. Tello y, a partir de 194,1 el Dr. Paul Kosok de quien fui igualmente su traductora me sugiriera estudiarlas. Dada mi formación en las ciencias matemáticas y por la naturaleza y función que, en mi opinión, tienen estos dibujos, he desarrollado mis estudios e investigaciones bajo la óptica de esta disciplina. Sin embargo, considero que hay algo que es importante mencionar, es el hecho que en forma paralela directa o indirectamente, mientras realizaba mis investigaciones, fui aprendiendo mucho acerca de la cultura andina, en especial la nasquense, la pasada y la presente. Conocerla y valorarla se convierte en una ventaja importante para quien pretende develar el secreto de las Pampas. La gente aquí es muy buena observadora de la tierra y del firmamento. Y no sólo se trata de la historia de este pueblo, sino también de su idiosincrasia y su filosofía de la vida, sus inquietudes y sus limitaciones, su lucha contra la naturaleza adversa y sus logros, la armonía en su arte y su dedicación a la ciencia y la ingeniería.”
(Fragmento extraído del archivo personal de María Reiche).
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2.2. El gran calendario celeste
Kosok plasmó el fruto de sus observaciones en tablero o pizarrón, donde trazó tentativamente la proyección de los supuestos “caminos”; así vio como uno de los dibujos iba adquiriendo los contornos de un pájaro. Este diseño lo consiguió siguiendo trecho por trecho un extraño sendero que iba ora a un lado, ora al otro, daba vueltas, trazaba círculos, hasta que se topó… con el lugar de donde había comenzado a seguir el extraño “camino” de guijarros. Hizo lo mismo con otras líneas, y así llegó a un punto donde partían numerosas líneas, y fue testigo de uno de los fenómenos más insólitos que había visto: la puesta del Sol en la misma dirección que indicaba una de estas líneas. “Un momento más tarde –comenta Kosok— recordé que era el 21 de junio (de 1941), el día del Solsticio de Invierno en el Hemisferio Sur, el día mas corto del año, y el día cuando el Sol sale por el Norte y muere en el Oeste. Junto con mi esposa –indica— encontramos la llave del enigma.” (7)
Sobre el terreno, Kosok fue el primero en sospechar del valor científico y arqueológico de las líneas de Nasca. Aquel día, en que vio como el Sol se ponía justo al otro extremo de una larguísima línea trazada en el suelo pedregoso, se convenció de la posible utilidad astronómica de aquella línea. María Reiche, quien tomó la posta dejada por Kosok, comprobaría poco después que este descubrimiento no era nada casual, sino el fruto de una observación concienzuda de los antiguos peruanos, quienes trazaban en el suelo los derroteros de los astros. La estudiosa describe el solsticio del verano meridional, el día más largo del año, cuando habla de otro fenómeno que ella misma presenció: “El 21 de diciembre, el Sol baja al lado de dos líneas. Dentro de los siglos 1 y 6 a. de C., el Sol bajó por un tiempo exactamente sobre la línea de arriba (ver Figura 14). Si ésta hubiese sido utilizada para la observación del solsticio, tendría que haber sido dentro de este intervalo. También puede haber sido observado el último punto de luz, entonces ésta línea pertenecería a un tiempo entre 350 y 950 AD. La línea de abajo (ver Figura 14a), observándose al Sol al tocar el horizonte, podía haber marcado el solsticio entre 800 y 1400 AD. La segunda línea. La segunda posibilidad de una observación del último punto de luz, tiene que descartarse habiendo éste recién ahora llegado a coincidir con la línea. Vistos contra la luz, los bordes de las líneas parecen irregulares. Sin embargo es posible fijarlos dentro de un margen de cinco centímetros. Los largos de las dos líneas son 800 y 425 metros.” (8)
Figura 14a. El sombrero de María. Foto del segundo solsticio de verano descrito líneas arriba por María Reiche en su libro “El Secreto del Desierto” (1949). Para lograr esta toma, la autora de la misma colgó su sombrero de un palo, como para señalar la línea en medio de la penumbra.
Estas observaciones logradas tanto por el arqueólogo estadounidense como por la matemática alemana hicieron que se viera la posibilidad de que las figuras gigantescas dibujadas en su tablero podrían corresponder a un gran calendario diseñado por los antiguos peruanos para la observación de los solsticios y equinoccios. Para Kosok no había la menor duda de que estaba en lo cierto. Poco después, la propia María Reiche confirmó la relación existente entre estas líneas y figuras y el firmamento. Muchas de ellas parecían coincidir con las posiciones extremas del orto y ocaso de la Luna, el Sol y otros astros, determinando los solsticios y equinoccios, la aparición de determinada estrella, etc.
En un principio, María Reiche había establecido que la pampa de Nasca, con sus líneas y figuras, abarcaba un área de 350 km2, pero después, con nuevas observaciones, pudo determinar que se extendía hasta los 520 kilómetros cuadrados, y quizás más -pues se llegó a la conclusión de que este enorme “escaparate” astronómico incluía las llanuras de Ingenio, Palpa y Socos-, y que algunas líneas parecían “escaparse” de la meseta para perderse en el árido paisaje en varias direcciones. Además, en su entorno, la existencia de cientos de petroglifos dice a las claras cuán importante fue este lugar en la cosmovisión andina.
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¿Qué es un solsticio, un equinoccio, un orto?
Según el “Diccionario de la Real Academia Española”, en su edición correspondiente al año 1970, solsticio, como el que estamos describiendo, es una voz latina (solstitium) que hace referencia a la época en que “el Sol se halla en uno de los dos trópicos, lo cual sucede del 21 al 22 de junio para el de Cáncer (Norte), y del 21 al 22 de diciembre para el de Capricornio (Sur)”. Por la forma como el Sol “se mueve” (en realidad es la Tierra moviéndose en torno al Sol), “el solsticio de invierno, que hace en el hemisferio boreal el día menor y la noche mayor del año, y en el hemisferio austral todo lo contrario.” Lo que María Reiche nos está mostrando aquí es el llamado “solsticio vernal”, el de verano en el hemisferio austral (Sur), que hace el día más largo y la noche más corta del año, mientras que en el hemisferio boreal (Norte) ocurre todo lo contrario.
Equinoccio, por su parte, es una voz latina (aequinoctium) que hace referencia “a la época en que, por hallarse el Sol sobre el Ecuador, los días son iguales a las noches en toda la Tierra, y esto se verifica anualmente del 20 al 21 de marzo y del 22 al 23 de septiembre.” El “retraso” cíclico de este fenómeno astronómico fue conocido en la antigüedad como la “Precesión de los equinoccios”, es decir “el movimiento retrógrado de los puntos equinocciales o de intersección del Ecuador con la Eclíptica, en virtud del cual se anticipan un poco de año en año las épocas de los equinoccios o el principio de las estaciones”. Este fenómeno, casualmente, parece haber sido uno de los que más preocuparon a los antiguos peruanos, a juzgar por las observaciones realizadas por la doctora Reiche en Nasca.
Finalmente, orto (del latín orthus), no es otra cosa que la salida o aparición del Sol o de otro astro por el horizonte. Es el momento en que éstos “rompen” o “rayan el alba” como se dice habitualmente.
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