El templo de la luna
Si bien el paisaje y los pocos restos de edificios y terrazas situados en la cima del cerro son por sí mismos apreciables, no cabe duda de que el conjunto de cavernas de la ladera norte, que le da la espalda al santuario, es un monumento espectacular. Las cavernas están asentadas en los riscos de la cordillera, virtualmente sobre el río Urubamba, que corre a varios cientos de metros de profundidad en el cañón que rodea el cerro al cambiar su curso sur-norte en dirección contraria para formar una suerte de gran voluta. Muchas de las cavernas han sido embellecidas por el hombre y convertidas en recintos probablemente destinados a sepulturas. A las más notables se les conoce como el templo de la Luna. En realidad este nombre es arbitrario, al igual que los muchos nombres con los que se identifican otros sectores de Machu Picchu. Y es que aquí ni siquiera tuvo que haber un templo, aun cuando las formas y la ubicación de las cavernas dan noticia de una función antes ceremonial que doméstica, administrativa o militar. Varias de las cavernas están interconectadas. Existe una muy grande en la ruta que sube desde Mandorpampa. Se trata de una caverna apostada debajo de una gran roca, de manera similar al mausoleo real o a la cripta del Cóndor. Tiene unos siete metros de ancho, 12 m de largo y 2,5 m de alto, y el suelo plano. Sobre esta hay otra de tamaño similar y ambas están asociadas a corredores, escalones y pasajes intermedios. Las cavernas han sido acondicionadas con mucho cuidado: sus paredes internas son de sillería fina y presentan lujosos detalles, como nichos de triple jamba y altares labrados en la roca. Aparte de los mausoleos real y del Cóndor, estos son los más destacados. En las excavaciones realizadas por el equipo de Bingham, en las laderas norte y este del cerro, se hallaron alrededor de cinco cuevas que presuntamente fueron ocupadas para guardar cadáveres momificados. Lamentablemente, las cuevas que están asociadas al templo de la Luna no contienen ya restos, que probablemente fueron saqueados. Las que quedaron son pobres en acabados y escondían sólo cerámica rota. Se trata más bien de grietas que de cuevas.
Intihuatana
El intihuatana se encuentra en una de las explanadas del Templo de las Tres Ventanas en Machu Picchu, es uno de los mayores misterios de la cultura incáica. Diariamente centenares de turistas sienten la energía que emana de este monumento de piedra semejante a un obelisco en miniatura que parece concentrar toda la fuerza telúrica de la ciudadela de Machu Picchu. Se cuenta que el Intihuatana lo utilizaban para amarrar al Sol ya que era su padre y su Dios y no querían que se fuera; o, quizás, sólo pretendían alargar el día y estirar las horas de luz, para trabajar más horas en el campo abriendo surcos en los valles fértiles o cultivando los frutos de la mamapacha (madre Tierra). Así lo cuentan los hombres andinos desde Abancay (la tierra del Dios que habla) hasta las cumbres del Huascarán (el nevado más alto del Perú) al narrar esta vieja leyenda surgida en tiempos prehispánicos, cuando el mundo andino era dominada por el Inca. Se le atribuía el crecimiento de los cultivos y era el padre de Manco Capac y Mama Ocllo, los fundadores del imperio, por esa razón se levantaron numerosos templos y santuarios para adorarlo. Aún hoy, la leyenda del Intihuatana se recuerda en tierras cordilleranas. La narran decenas, cientos, quizás miles de hombres de todas las razas y naciones indígenas, quienes describen extraños monolitos que servían de “estacas” para el astro. Se cree que una de estas “estacas”, está localizada en la explanada del Templo de las Tres Ventanas de Machu Picchu, la colosal ciudadela inca protegida por el Inti o Sol, el dios todopoderoso que hasta 1911 – año en el que llegó el norteamericano Hiram Bingham – se dio maña para evitar las pisadas intrusas de los hombres de occidente. Intihuatana es el nombre de este peculiar obelisco. ¿Es sólo una coincidencia?, ¿una inocente homonimia? o ¿se trata de uno de los lugares en donde los incas pretendían amarrar al sol, tal como lo cuentan los hombres del ande, al narrar la vieja leyenda?. Más allá de las especulaciones, lo cierto es que el monolito atrae la admiración de los turistas que recorren el complejo arqueológico más visitado del Perú. Ellos posan sus manos o recuestan su frente en la irregular escultura, sintiendo una extraña energía, una inexplicable fuerza que emerge de cada una de sus cuatro aristas.
DÓNDE IRRADIA LO INEXPLICABLE
El Intihuatana está tallado en una mole de granito. Tiene forma de prisma y sus cuatro vértices señalan los puntos cardinales. El obelisco ocupa un área total de 8 metros con 60 centímetros y está localizado en una pequeña explanada, al costado del templo de las Tres Ventanas, un observatorio Inca de la ciudadela de Machupicchu. Un cúmulo de interrogantes rodean a la extraña escultura. Su origen y su finalidad todavía están cubiertos por el misterioso velo de la historia, aunque algunos investigadores sostienen que fue un adoratorio donde se “amarraba al Sol”, para que nunca dejara de brillar, pues, si su luz se extinguía, se acabaría la vida en las alturas. Sería el final de sus hijos. También hay quienes dicen que el Intihuatana era un reloj solar. El tiempo y las estaciones del año se calculaban de acuerdo a las sombras proyectadas por el sol, al posar sus rayos sobre la escultura de granito. Otros ven en él una señal de los seres del espacio, una huella de los extraterrestres que, de vez en cuando, se dignan visitar la tierra. En fin, incógnitas que le añaden un halo de misterio. No hay respuestas inapelables. La única certeza es que en el Intihuatana la energía fluye libremente, envolviendo a todos los visitantes, quienes, por simple curiosidad o en búsqueda de renovación espiritual, ascienden los 78 escalones de piedra labrada que conducen a la “estaca”, donde los Hijos del Sol pretendían amarrar a su padre y a su Dios. Así, nunca dejaría de brillar en su fastuoso imperio.
Intipuncu
Intipuncu, significa en quechua “Puerta del Sol” y se ubica a un kilómetro al sur-este de la ciudad inca. Corresponde a la ciudadela que protegía la ciudad, y se une a ella por un “inti ñan” o “Camino Real”. Llama la atención la presencia de altares o descansos litúrgicos, cual portadas, construidas a trechos o intervalos, a los que Bingham denominó “estaciones rituales”. Intipuncu es un importante recinto arqueológico, con ambientes y calzadas flotantes, conformado por las lozas que emergen como alerones del flanco de la montaña.
Es, antes que nada, el nombre de una montaña que llega a los 2795 m.s.n.m de altura y en cuya ladera norte sobresale un enorme promontorio rocoso sobre el que los antiguos peruanos construyeron la famosa ciudad. Por un abra de la montaña, a medio camino entre la cumbre y la ciudad, pasa el famoso camino inca que viene desde el lejano Ollantaytambo y que, luego de atravesar muchos pueblos incaicos en ruinas llega a Machupicchu. En ese abra se levanta unas pocas, sencillas y ruinosas construcciones actualmente conocidas como Inti Puncu ” Puerta del Sol”, por que en determinadas épocas del año, el sol, visto desde los más importantes edificios de Machupicchu, sale justamente por ese punto. Llegar al Inti Punku significaba llegar al final del camino Inca. De allí hasta la ciudad todo es descenso.
Y es fácil no tanto por el camino en si sino porque todos los viajeros que bajan desde este punto están hipnotizados por la visión de la gran ciudad que se levanta mas allá, y caminan casi sin darse cuenta. El paisaje es imponente. A la mano derecha se tiene el gracioso cerro Putukusi, debajo de el se encuentra el gran rió Vilcanota (o Urubamba) que ruge haciendo eco en las montañas mientras entra al Cañón de Urubamba. Por fin, al frente, una hermosa montaña puntiaguda con paredes verticales aparentemente invencibles, el Huayna Picchu.
Y enfrente de el la gran ciudad. A la mano derecha el gran cerro San Miguel y sus montes anexos. También se ve desde aquí el pico del cerro Machupicchu, que es la montaña donde se encuentra Inti puncu y la misma ciudadela. Las construcciones de Inti Puncu empequeñecidas ante tan vasto panorama, son sencillas. Allí están los restos de una casa que sin duda sirvió de control (algo como una aduana o una garita de control militar o un pequeño tambo) para todos los viajeros que tuvieran como ultima parada la ciudad de Machupicchu. Hay también hermosas andenerías y excelentes vistas de las nieves eternas de la cordillera oriental de los Andes.
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