Las fuentes etnohistóricas y la arqueología de montaña en el estudio de los escenarios incaicos en altas cumbres

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Resumen
El artículo se centra en el análisis de fuentes etnohistóricas vinculadas con las montañas sagradas andinas, que resultan relevantes para el estudio arqueológico de los santuarios de altura de época Inca. Entre las variables analizadas se incluyen la visibilidad y altitud de los picos, la presencia de nieve, el nacimiento de ríos en sus laderas, entre otras. La información volcada en los documentos escritos coloniales es contrastada con la evidencia recogida en prospecciones arqueológicas en altura y con datos etnográficos, los cuales contribuyen a profundizar la comprensión del fenómeno de la adoración a las montañas en el mundo andino.
Palabras claves: Montañas, Andes, santuarios, Inca, etnohistoria, arqueología.

Abstract
This paper focuses on the analysis of ethnohistorical sources about sacred mountains that are relevant to the study of the mountaintop shrines of the Inca civilization. Variables analyzed include the visibility and altitude of the peaks, the presence of snow, the origin of streams, etc. The information collected from the written documents is contrasted with data documented in high altitude archaeological surveys, and with the ethnographic data, in order to contribute to an in depth understanding of mountain worship in the Andes.
Keywords: Mountains, Andes, shrines, Inca, ethnohistory, archaeology.

Autor: Constanza Ceruti (constanzaceruti@hotmail.com)
Artículo originalmente publicado en la Revista Haucaypata Nro.8 (https://sites.google.com/site/revistahaucaypata/home)

Introducción

Imagen 1. El nevado de Quehuar en la Puna de Salta (© Constanza Ceruti).

Las montañas tienen la capacidad simbólica de vincular al cielo con la tierra, produciendo una ruptura en el mundo profano y constituyéndose en aberturas hacia el mundo sobrenatural. Su dimensión de verticalidad evoca la trascendencia y las rocas, que las conforman, connotan la permanencia imperturbable que desafía el paso del tiempo (Eliade 1967).

Si bien las montañas han sido y siguen siendo universalmente veneradas, el fenómeno incaico de sacralización del paisaje montañoso mediante santuarios construidos en las cumbres más altas de los Andes es único en el mundo. No existen santuarios en las cimas de los Himalayas, donde las montañas sagradas para hindúes y budistas tibetanos son veneradas por circunambulación de la base (ver Bernbaum 1990: 7-13). En los volcanes mexicanos, los adoratorios Postclásicos se encuentran emplazados
en alturas más modestas (ver Montero García 2004) y evidencian un registro material menos complejo que el de sus contemporáneos andinos.

Imagen 2. Constanza Ceruti descubriendo una momia inca en la cima del Llullaillaco (© Constanza Ceruti).

Los picos de los Andes son considerados la fuerza vital controladora del clima y dispensadores del agua para la fertilidad de ganados y cosechas; al ser los glaciares los que dan origen a los ríos y las nubes, que se congregan en torno a las cumbres, las que originan las tormentas. Así estos fenómenos naturales convergen para sustentar la difundida creencia que vincula a los nevados con la fertilidad de los campos (Reinhard 1983) en el sistema simbólico andino, donde los espíritus de los ancestros, que moran en las cimas, envían la lluvia o la sequía, como premio o castigo al comportamiento ritual de las comunidades. Los pobladores aymaras del Altiplano boliviano los llaman Achachilas; en tanto que los quechuas de la sierra peruana los invocan como Apus (Marzal 1992). Por otra parte, la montaña entraña peligros y esconde fuerzas que pueden desatarse causando desgracias y calamidades. En especial los volcanes activos, capaces de sembrar devastación y muerte en sus alrededores. En las erupciones volcánicas y demás catástrofes naturales se pone de manifiesto la contracara del papel sustentador y fertilizador característico de la cosmovisión andina (ver Ceruti 2001).

Las distintas creencias relacionadas con la sacralidad de la montaña andina encuentran su manifestación ritual en un conjunto diverso de prácticas de adoración, propiciación y apaciguamiento, que han sido definidas como constitutivas de una auténtica “orolatría” (Hammerly Dupuy 1947: 180). Hace cinco siglos, como parte de sus prácticas orolátricas, los Incas fueron los primeros en construir adoratorios en las cumbres más altas de la cordillera andina, a más de 5000 msnm, enfrentando los rigores extremos del entorno de alta montaña y dando origen a un fenómeno único en la historia de la humanidad: los santuarios de altura.

Imagen 3. Volcán Llullaillaco (© Constanza Ceruti).

La ocupación Inca de las cumbres de los Andes comenzó a revelarse en hallazgos accidentales o resultantes de la depredación intencional por huaqueo. En 1954, buscadores de tesoros excavaron la tumba de un niño a 5400 msnm, en el nevado de El Plomo cercano a la ciudad de Santiago de Chile. Durante la realización de trabajos viales en las inmediaciones de Iquique se descubrieron accidentalmente los restos de dos individuos femeninos con ajuar incaico en la cima del cerro Esmeralda. Recientemente, dichos hallazgos han sido analizados en mayor profundidad por el Dr. Thomas Besom como parte de sus investigaciones sobre el culto a las montañas y los sacrificios humanos entre los Incas (Besom 2013).

En la cordillera central argentina se efectuaron las primeras excavaciones de rescate con la intervención de arqueólogos, luego de haber sido descubiertos accidentalmente por montañistas. Gracias a la labor del Dr. Juan Schobinger, fueron recuperados dos cuerpos parcialmente expuestos en superficie: un individuo masculino adulto, a 6100 msnm, en el cerro El Toro (Schobinger 1966), y un niño con ajuar suntuario, a 5300 msnm, en el contrafuerte Pirámide del Aconcagua (Schobinger 2001).

El desarrollo de investigaciones arqueológicas sistemáticas, durante más de veinte años en volcanes del sur del Perú, ha puesto de manifiesto la densidad y complejidad de los enterratorios incaicos en alta montaña. Bajo la dirección del Dr. Johan Reinhard y del profesor José Antonio Chávez se recuperaron cuatro ofrendas humanas en el nevado de Ampato; se excavaron tres enterratorios en el volcán Pichu Picchu y un enterratorio femenino en el nevado Sara-Sara (véase Reinhard y Ceruti 2010). Asimismo, la autora de este texto colaboró en el descubrimiento y rescate de un conjunto de seis sacrificios humanos y ajuar en la cima del activo volcán Misti (5822 msnm), montaña tutelar de la ciudad de Arequipa (Reinhard y Ceruti 2010 y Ceruti 2013).

Imagen 4. El Monte Mercedario acorazado por glaciares que dan origen a ríos (© Constanza Ceruti).

Asimismo, la suscripta ha codirigido junto con el Dr. Johan Reinhard diversas campañas de investigación arqueológica a montañas del noroeste de Argentina. La primera excavación profesional en altura en esta región reveló que el nevado de Quehuar, de 6130 msnm (imagen 1) había sido dotado de una elaborada arquitectura ceremonial sobre elevada y homenajeado con el sacrificio y entierro de un individuo juvenil de sexo femenino (Reinhard y Ceruti 2006). Lamentablemente, la arquitectura del sitio y el fardo funerario se encontraron severamente dañados como consecuencia de actividades de huaqueo realizadas décadas atrás. También trabajamos en el nevado de Chañi, con sus abruptos dientes de granito que se elevan a casi 6000 msnm, exponiendo la arquitectura de un elaborado complejo ceremonial incaico y re-localizando la tumba de un infante removido en 1905 (Ceruti 2007). En la cima del volcán Llullaillaco, donde se encuentra emplazado el sitio arqueológico más elevado del planeta, descubrimos y pusimos a resguardo los cuerpos congelados de una doncella, una niña (imagen 2) y un niño sacrificados en tiempos de los Incas y considerados las momias mejor conservadas que se conocen hasta la fecha (Ceruti 2003a y Reinhard y Ceruti 2010).
Esta investigadora, además, ha realizado numerosas tareas de reconocimiento arqueológico en montañas del norte de Argentina y Chile, que han resultado en la documentación preliminar de santuarios de altura desconocidos para el mundo científico.

Tratándose usualmente de montañas que alcanzan frecuentemente los 6000 msnm, llegar a la cumbre ha requerido enfrentar temperaturas cercanas a los 30 grados bajo cero, vientos de 100 kilómetros por hora, el riesgo de tormentas eléctricas, la escasez de oxígeno y una presión atmosférica que equivale a la tercera parte de la que se experimenta habitualmente a nivel del mar.

Imagen 5. Monte Aconcagua la máxima altura de America, desde cuya cima de divisa el Pacífico (© Constanza Ceruti).

Las montañas consideradas sagradas ofrecen notable diversidad en su apariencia. En la cordillera occidental hay localidades arqueológicas de altura que han sido construidas en conos volcánicos de mayor elevación y articuladas con santuarios “satélite” en cerros volcánicos de menor envergadura. Tal es el caso de los santuarios en las cimas de los cerros Toco, Juriques y Laguna Verde, en torno al volcán Licancabur (Ceruti 2005). La cordillera oriental presenta numerosos sitios de altura en picos rocosos abruptos como el Chañi y en nevados con cimas redondeadas, como el Acay (Ceruti 2007). Incluso encadenamientos pertenecientes al sistema orográfico de las sierras Pampeanas, como los nevados de Famatina (Ceruti 2010), han sido objeto de adoración en los confines orientales del sur del imperio Inca. La cordillera principal cuyana concentra evidencias arqueológicas en las laderas de los colosales montes Mercedario (Ceruti 2003b) y Aconcagua (Ceruti 2006).

Siendo tan extensa la gama de tipos montañosos escalados ritualmente por los Incas, cabe analizar la relevancia que pudieron llegar a tener, tanto en sus implicancias estéticas como en sus efectos condicionantes para la ascensión, variables tales como la altitud, la accesibilidad, la presencia de nieve, la actividad volcánica y la visibilidad de las cumbres. Dichos factores hubieron de jugar un rol preponderante en la selección de las montañas consideradas más sagradas y en la construcción de los escenarios ceremoniales de los Incas. Entre los objetivos del presente artículo se cuenta ponderar dichas variables a la luz de los criterios expuestos en las fuentes etnohistóricas, caracterizando a la montaña andina en su aspecto sagrado.

Las montañas sagradas de los Incas en los documentos etnohistóricos y en la evidencia arqueológica

El concepto de huaca, como receptáculo de lo sagrado en la cosmovisión andina revela una perspectiva en donde lo religioso se manifiesta en íntima compenetración con la naturaleza. Dicha característica de la espiritualidad originaria de los Andes se ve subrayada en el uso de la categoría “templo” que hace el cronista mestizo Blas Valera para la definición de lugares sagrados en el paisaje, entre los cuales se enumera específicamente a las cimas de las montañas: “Dos maneras de tenían de templos, unos naturales y otros artificiales. Los naturales eran cielos, elementos, mar, tierra, montes, quebradas, ríos caudalosos, fuentes y manantiales, lagos o lagunas hondas, cuevas, peñas vivas tajadas, cumbreras de montes, todas las cuales cosas fueron por ellos reverenciadas” (Anónimo [1590] 1992: 56).

Imagen 6. El Misti, volcán activo que corona la ciudad de Arequipa (© Constanza Ceruti).

Muchos son los comentarios en las fuentes históricas referidos a la veneración de las altas montañas nevadas de los Andes dentro del territorio ocupado por el imperio Inca. En las crónicas de Matienzo se enfatiza la gran altura de las montañas andinas como requisito para ser consideradas sagradas y consecuentemente convertidas en escenarios ceremoniales: “Las que verdaderamente se dicen huaca, y por otro nombre vilca, son oráculos y adoratorios que comúnmente están en cerros muy altos” (Matienzo [1567] 1967: 129).

Aparentemente el prestigio ritual de las montañas aumentaba en directa proporción a la altura de sus cimas (Polia 1999: 159). En las creencias andinas actuales, la altura de una montaña se relaciona proporcionalmente con el poder del espíritu que en ella mora, en razón de la vastedad del panorama que éste es capaz de abarcar desde la cima (Morote Best 1956: 302). El máximo exponente de un escenario ceremonial a gran altura es el santuario de la cima del volcán Llullaillaco, ubicado a 6715 msnm, en el noroeste de Argentina (sobre el límite con Chile), el cual es considerado el sitio ceremonial más elevado del mundo (imagen 3). En montañas aún mas altas, tales como los montes Aconcagua (6962 msnm) o Mercedario (6.770 msnm), situados en el oeste de Argentina, no he encontrado vestigios prehispánicos en las cimas. En ambos casos, los escenarios ceremoniales fueron construidos a menor altura, en portezuelos o en las laderas de las montañas, pudiendo haber estado el acceso a las cimas bloqueado por la presencia de glaciares (véase Ceruti 1999 y 2003b).

A veces no es la altura absoluta de la montaña sino el desnivel relativo con respecto a la base, el factor determinante para que la cumbre de un cerro haya sido elegida con fines rituales. Existen montañas que apenas superan los 5000 msnm y que ostentan importantes santuarios de altura, como el cerro Morado en el extremo norte de Argentina, que se levanta a más de 2 mil metros sobre la localidad de Iruya, en el seno de una región de intensa ocupación Inca.

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