El uso del fuego en las huacas del Sol y de la Luna

Poca atención se ha brindado al estudio de las estructuras de combustión en los sitios urbanos del área andina central. Nuestro estudio se ha centrado en una muestra de las áreas de combustión registradas en casi 20 años de estudio en el complejo arqueológico huacas de Sol y de la Luna. Este estudio se ha iniciado con una propuesta de clasificación tipológica de dichas estructuras, así como una primera propuesta de su funcionalidad a partir del estudio contextual arquitectónico, los estudios etnohistóricos y etnográficos. Futuros análisis químicos y físicos, tanto de las estructuras como de los sedimentos asociados, así como ensayos experimentales, corroborarán o no esta primera propuesta.

Autores:
Feren Castillo Luján, Santiago Uceda Castillo y Ramiro Javier March

Introducción
1. Metodología de investigación
2. Tipología
2. 1. Las estructuras de combustión
2. 1. 1. Los Fogones
Tipo A: fogón tipo fosa
Subtipo A1: fogón tipo fosa simple
Subtipo A2: fogón tipo fosa de paredes verticales
Subtipo A3: fogón tipo fosa simple con borde
Subtipo A4: fogón tipo fosa de paredes verticales con borde
Tipo B: fogón de estructura rectangular
Tipo C: fogón adosado al muro
Subtipo C1: fogón adosado al muro sin borde
Subtipo C2: fogón adosado al muro con borde
Tipo D: fogón plano
Tipo E: fogón atípico o diverso
2. 1. 2. Los hornos
Tipo F: horno alfarero
Tipo G: horno orfebre
Subtipo G1: horno de fusión con chimenea
Subtipo G2: horno de fusión cerrado
Subtipo G3: horno de recocido
2. 1. 3. Los braseros
2. 2. Las concentraciones de ceniza
2. 3. Los testigos de incendio
3. Discusión y comentarios generales
3. 1. Los fogones permanentes y temporales
3. 2. Los hornos alfareros de Moche
3. 3. El uso de los hornos orfebres
3. 4. El fuego portátil
Conclusiones

 

Introducción

1En los estudios del urbanismo andino (500 a. C. – 1532 d. C.) se ha prestado poca atención a la información sobre el rol del fuego, tanto en la utilización doméstica como simbólica o artesanal. Sin embargo, este podría brindar información sobre los grupos sociales estudiados y la naturaleza de las ocupaciones mochicas en la zona urbana de las huacas del Sol y de la Luna, ya sea desde un punto de vista de su organización arquitectónica, funcional o estructural. Como es sabido, la utilización del fuego está estrechamente ligada a nuestra evolución desde un punto de vista biológico o cultural. El fuego tiene también un aspecto integrador en las relaciones sociales ya que el hombre se socializa a través de su utilización, la cual es compartida frecuentemente (Leroi-Gourhan, 1964; Levi-Strauss, 1964; Lieberherr, 2006; March, 2002; Wrhangham, 2009).

2Como fuente de energía ha permitido transformar la materia prima o la cocción de alimentos y bebidas alcoholizadas. Este también ha sido utilizado en la preparación de variados colores del ocre mineral en bruto que fue utilizado para pintar el cuerpo, la cerámica o las fachadas y pisos de los templos. Ha servido también para preparar los terrenos para las siembras y ha jugado sin duda un rol selectivo en cuanto a la explotación de plantas desde el descubrimiento de la agricultura. Finalmente, el fuego ha sido útil en la organización de actividades, así como en la integración del grupo al interior y exterior del hábitat contribuyendo a la domesticación del espacio y su organización (March, 2002), y ha determinado en cierta forma la organización arquitectónica del mismo (Gousdblom, 1992; Wright, 1966). Esta estructuración del espacio no responde solamente a las imposiciones técnicas de la utilización del fuego en el hogar sino que refleja la estructuración social de cada grupo humano (Bourdieu, 1980).

3El estudio de la utilización del fuego por parte de los grupos que habitaron las huacas del Sol y de la Luna puede darnos una valiosa información sobre los cambios sociales acontecidos dentro de los procesos históricos que previamente condujeron al pasaje de un estado teocrático a un estado secular (Uceda, 2010). Para ello, este artículo propone una primera propuesta tipológica a partir de la clasificación de las diversas áreas de combustión, teniendo en cuenta la forma y función de estos elementos hallados en el sitio.

1. Metodología de investigación
  • 1 Los estados arcaicos están íntimamente relacionados con la presencia de centros urbanos, muchas vec (…)

4Estudiar las áreas de combustión en el complejo arqueológico huacas del Sol y de la Luna implica una serie de problemas metodológicos a resolver, puesto que estas han sido elaboradas inicialmente para estudiar sociedades menos complejas (Leroi-Gourhan & Brézillon, 1972; Olive & Taborin, 1989; Bar-Yosef et al., 1996; Frère Sautor et al., 2003; March & Wunsch, 2003). La estructura social diferenciada en este sitio moche posee una mayor densidad de población que produce bienes1 y alimentos, con un control de la energía térmica mucho más sofisticado y que se aplica en relación con la calidad y cantidad de los productos necesarios para el funcionamiento del aparato estatal. Por ello, fue necesario adecuar el concepto de área de combustión para referirnos a los diversos espacios físicos en el que se ha desarrollado una combustión o donde se han documentado restos asociados a la misma (Soler, 2003). La realización de un inventario de las áreas de combustión requiere de una tipología previa que, como se sabe, no representará el estado final de la investigación sobre la historia que condujo a los tipos definidos. Esta tipología podrá ser modificada en función de los resultados analíticos y experimentales que se realizarán en una segunda etapa de este estudio.

5La investigación consistió en revisar el centenar de áreas de combustiónregistradas en diversos niveles de ocupación a lo largo de más de 15 años de investigación en el sitio (Castillo, 2012). De esta manera se propuso una clasificación en función de las características formales, como orientación, dimensiones, superficie de uso, contenido interno y externo, y la ubicación de cada estructura al interior de cada ambiente. Posteriormente se realizó el análisis y comparación con la iconografía moche, los datos etnohistóricos y etnográficos de viviendas rurales, y los estudios e hipótesis que han sido construidas previamente sobre estas estructuras por otros investigadores del mundo andino, interesados en el estudio de la energía térmica y su aplicación. De esta manera, nuestra muestra corresponde a diez conjuntos arquitectónicos del núcleo urbano; así como dos paramentos con evidencias de incendio del templo viejo de huaca de la Luna (fig. 1).

Figura 1 – Plano general del Complejo Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna

Figura 1 – Plano general del Complejo Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna

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6El Conjunto Arquitectónico 5 (CA5) fue excavado como muestra de análisis y se ubica al sur del núcleo urbano Moche (figs. 1 y 2). El resultado de la excavación permitió definir un nuevo subconjunto (CA5-SC5) y un área no definida para la ocupación del piso 2 (Meneses et al., 2012). El CA5-SC5 se caracteriza por ser un espacio para celebraciones y servicios. La muestra empleada está representada por fogones (fg) y concentraciones de ceniza (cc) con siete casos respectivamente, distribuidos en ocho ambientes: 5-13 (cc3 y cc4), 5-19 (fg14), 5-22 (fg9, fg10 y fg17), 5-26 (cc6), 5-28 (cc10), 5-30 (fg12 y cc8), 5-35 (fg11 y cc9) y 4-5 (fg16 y cc7). En el área no definida se emplearon los elementos registrados en los ambientes 5-6 (fg19, fg20 y cc2) y 5-7 (fg15).

Figura 2 – Plano del Conjunto Arquitectónico 5 (CA5)

Figura 2 – Plano del Conjunto Arquitectónico 5 (CA5)

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7Los Conjuntos Arquitectónicos 7 y 9 se ubican en el centro del núcleo urbano (figs. 1 y 3) y han sido excavados hasta definir el piso de la última ocupación —piso 1— (Chapdelaine, 1998; Armas et al., 2007). El primer conjunto —a pesar de no haber sido definido completamente— fue incluido en la muestra por presentar un horno orfebre (Ho1). Se trata de un caso único ubicado al interior del ambiente 7-14, que además sugieren su función como taller orfebre. Además se han registrado tres concentraciones de cenizas en los ambientes 7-5b (cc1), 7-8 (cc2) y 7-10 (cc3). El conjunto 9 fue definido en su totalidad y está compuesto por áreas de cocina, molienda, depósitos, vestíbulos, etc. La muestra está representada por siete fogones distribuidos en los ambientes 9-10 (fg1), 9-12 (fg2), 9-13 (fg3), 9-28 (fg4), 9-35 (fg5 y fg6) y 9-25b (fg7).

Figura 3 – Plano de los Conjuntos Arquitectónicos 7 y 9 (CA7 y CA9)

Figura 3 – Plano de los Conjuntos Arquitectónicos 7 y 9 (CA7 y CA9)

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8Al oeste de la avenida 1, en el sector central del núcleo urbano se han definido dos bloques arquitectónicos para la ocupación del piso 2 (figs. 1 y 4). El primer bloque —al sur— está conformado por los Conjuntos Arquitectónicos 27 y 30 (Chiguala et al., 2012), que a su vez se subdividen en cinco áreas de actividad complementarias (Uceda, 2010). En el área administrativa se han registrado cuatro fogones distribuidos en los ambientes 27-34 (fg11), 27-35 (fg3), 27-39 (fg4 y fg5). En el área de servicios se ha definido un solo fogón de grandes dimensiones al interior del ambiente 27-9 (fg6). En el taller orfebre se registró la presencia de hornos al interior del ambiente 27-30 (Ho1, Ho2 y Ho3) y otros contextos como yunques y desechos de fundición. El área residencial se caracteriza por presentar un patio con banquetas y cuatro cocinas, donde se han registrado fogones y concentraciones de ceniza distribuidos en los ambientes 30-34a/c/d (fg7a), 27-32 (fg8), 30-17 (cc1), 30-35 (cc2), 30-38 (fg7b), 30-20 (fg9a, fg9b y cc3) y 30-2a/b (fg8a y fg8b). El área residencial y de servicios presenta dos fogones al interior del ambiente 30-22 (fg4 y fg5).

Figura 4 – Plano de los Bloques Arquitectónicos 1 (CA27 y CA30) y 2 (CA35, CA17 y CA21)

Figura 4 – Plano de los Bloques Arquitectónicos 1 (CA27 y CA30) y 2 (CA35, CA17 y CA21)

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9El segundo bloque está conformado por los Conjuntos Arquitectónicos 35, 17 y 21 (Chiguala et al., 2007), a su vez se subdivide en seis áreas (Uceda, 2010). En el área de residencia y ritual se han registrado seis fogones en el ambiente 35-4 (fg2, fg5, fg7, fg8, fg9 y fg10), mientras en el área de servicios se definieron cuatro fogones al interior del ambiente 35-11/12 (fg18, fg19, fg20 y fg21). En el taller de abalorios de piedra se han registrado un fogón en el ambiente 17-10 (fg4) y dos concentraciones de ceniza en los ambientes 17-1b y 17-1d. En cambio, en el área de residencia o viviendas se han registrado dos fogones en los ambientes 17-30 (fg7) y 17-4f (fg9), además de tres concentraciones de cenizas registradas en los ambientes 17-8 y 17-9. En el área administrativa se ha definido un fogón en el ambiente 21-1; mientras en el taller alfarero se definieron un horno (Ho1) al interior del ambiente 21-3 y una concentración de ceniza (ambiente 21-2).

10En el sector norte del núcleo urbano, también se han definido dos bloques arquitectónicos (figs. 1 y 5), cuyas formas arquitectónicas son muy similares y se les asocia a celebraciones y servicios (Seoane et al., 2010; Gayoso, 2010). El bloque 3 está conformado por el Conjunto Arquitectónico 42 para la ocupación del piso 2. Para esta ocupación se han registrado cuatro concentraciones de ceniza en los ambientes 42-3, 42-5 y 42-16; asimismo se han definido seis fogones distribuidos en los ambientes 42-6 (fg15), 42-3 (fg16), 42-4b (fg17), 42-13 (fg18), 42-17 (fg19) y 42-40 (fg20).

Figura 5 – Plano de los Bloques Arquitectónicos 3 (CA42) y 4 (CA39/43)

Figura 5 – Plano de los Bloques Arquitectónicos 3 (CA42) y 4 (CA39/43)

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11El bloque 4 está conformado por el Conjunto Arquitectónico 39/43 para la ocupación del piso 3 (Meneses et al., 2011). Para esta ocupación se han definido once concentraciones de ceniza y catorce fogones distribuidos en los ambientes 39-6E (fg18, cc1, cc2 y cc3), 39-7 (fg12), 39-8 (fg8), 39-11 (fg15), 39-16 (fg19), 39-19 (cc4), 39-20 (fg16, fg17 y cc5), 39-27 (fg20, fg21 y cc6), 43-5b (cc7), 43-10 (fg22), 43-16 (cc8), 43-23 (fg23 y fg24), 43-31 (fg25), 43-32 (fg26), 43-44 (cc9), 43-52 (cc10 y cc1).

12Finalmente, en la muestra se han incluido dos casos únicos —hasta la fecha— de paramentos con evidencias de incendio, asociados a espacios ceremoniales del último edificio del Templo Viejo de huaca de la Luna. Ambos casos fueron registrados en los paramentos internos de los muros perimétricos este, tanto de la terraza 2 de Plaza 1 (Orbegoso et al., 2011), como de la plaza 2A (Chávarri & Mejía, 2011).

2. Tipología

13Las áreas de combustión analizadas corresponden a un total de 107 casos inmuebles (cuadro 1), divididos en tres clases: estructuras de combustión que hace referencia a la combustión in situ (65,4% del total), concentraciones de ceniza (32,7%) y testigos de incendio (1,9%).

Cuadro 1 – Distribución de los casos de estructuras de combustión (fogones, hornos y brasero), concentraciones de ceniza y testigos de incendio

Clase

Grupo

Tipo

Subtipo

#

Casos

Estructuras de Combustión

Fogón

Fosa

Simple

21

CA17 (fg4a y fg9), CA27 (fg4, fg5 y fg11), CA30 (fg4, fg5, fg8, fg9a y fg9b), CA35 (fg8, fg9, fg18, fg19 y fg21), CA39/43 (fg15 y fg23) y CA42 (fg16, fg17, fg18 y fg20)

De paredes verticales

5

CA39/43 (fg12, fg16, fg17, fg18 y fg19)

Simple con borde

8

CA5 (fg9, fg11 y fg12), CA9 (fg1 y fg2), CA27 (fg3), CA30 (fg7b) y CA35 (fg10)

De paredes verticales y borde

7

CA9 (fg4 y fg5), CA35 (fg2, fg5 y fg7), CA39/43 (fg8) y CA42 (fg15)

De estructura rectangular

4

CA9 (fg7), CA27 (fg6), CA30 (fg7a) y CA42 (fg19)

Adosado al muro

Sin borde

12

CA5 (fg10, fg16, fg17, fg19 y fg20), CA9 (fg3 y fg6), CA30 (fg8a y fg8b), CA35 (fg20) y CA39/43 (fg20 y fg21)

Con borde

2

CA5 (fg15) y CA21 (fg1)

Plano

5

CA5 (fg14) y CA39/43 (fg22, fg24, fg25 y fg26)

Atípico

1

CA17 (fg7)

Horno

Alfarero

Abierto

1

CA21 (Ho1)

Orfebre

De fusión con chimenea

1

CA7 (Ho1)

De fusión cerrado

1

CA27 (Ho1)

De recocido

2

CA27 (Ho2 y Ho3)

Brasero

Iconografía del mural de Pañamarca

Concentraciones de ceniza

35

CA5 (cc2, cc3, cc4, cc6, cc7, cc8, cc9 y cc10), CA7 (cc1, cc2 y cc3), CA30 (cc1, cc2 y cc3), CA17 (cc1, cc2, cc3, cc4 y cc5), CA21 (cc1), CA42 (cc1, cc2, cc3 y cc4), CA39/43 (cc1, cc2, cc3, cc4, cc5, cc6, cc7, cc8, cc9, cc10 y cc11)

Testigo de incendio

2

MPE de plaza 2A y MPE de terraza 2 de huaca de la Luna

2. 1. Las estructuras de combustión

14El concepto estructuras de combustión nace con el resultado de las investigaciones en el sitio de Pincevent (Leroi-Gourhan & Brézillon, 1972). El uso de este concepto permite abocar de manera general a las diferentes formas distribuidas y ordenadas particularmente por el hombre y que han sido alteradas por efecto de la combustión.

15A partir de otras investigaciones (Arteaga et al., 2001) se sugieren dos rasgos importantes que permiten identificarlas: (1) Alteración térmica del sustrato sedimentario delimitado y uniforme, marcado por una variación cromática y por el grado de compactación del sedimento; (2) Presencia de residuos de combustión, como cenizas, carbones y material cultural alterados térmicamente dispuestos en un grado de orden latente o evidente.

16Las estructuras de combustión son las más comunes y se dividen en tres grupos: fogones (65 casos), hornos (5 casos) y braseros, que a su vez nos permiten proponer ocho tipos (fig. 6). Los braseros corresponden a un tipo de fuego portátil o mueble que podría estar destinado a funciones diferentes según los casos; por estas razones no se los incluye en los análisis estadísticos.

Figura 6 – Esquema con secciones de los tipos de estructuras de combustión Tipo A. Fogón tipo fosa: fogón tipo fosa simple (A1), fogón tipo fosa de paredes verticales (A2), fogón tipo fosa simple con borde (A3) y fogón tipo fosa de paredes verticales con borde (A4); Tipo B. Fogón de estructura rectangular (B1); Tipo C. Fogón adosado al muro: fogón adosado al muro sin borde (C1) y fogón adosado al muro con borde (C2); Tipo D. Fogón plano (D1); Tipo E. Fogón atípico o diverso (E1); Tipo F. Horno alfarero (F1); Tipo G. Horno orfebre: horno de fusión con chimenea (G1), horno de fusión cerrado (G2) y horno de recocido (G3); Tipo H. Brasero (H1)

Figura 6 – Esquema con secciones de los tipos de estructuras de combustión Tipo A. Fogón tipo fosa: fogón tipo fosa simple (A1), fogón tipo fosa de paredes verticales (A2), fogón tipo fosa simple con borde (A3) y fogón tipo fosa de paredes verticales con borde (A4); Tipo B. Fogón de estructura rectangular (B1); Tipo C. Fogón adosado al muro: fogón adosado al muro sin borde (C1) y fogón adosado al muro con borde (C2); Tipo D. Fogón plano (D1); Tipo E. Fogón atípico o diverso (E1); Tipo F. Horno alfarero (F1); Tipo G. Horno orfebre: horno de fusión con chimenea (G1), horno de fusión cerrado (G2) y horno de recocido (G3); Tipo H. Brasero (H1)

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© F. Castillo

2. 1. 1. Los Fogones

17Los fogones son el grupo de estructurasmás común (fig. 7). Se trata de un fuego abierto estructurado y construido en un espacio diferenciado de la vivienda, llamado cocina. La cocina, como espacio contenedor, puede estar parcial o totalmente techada, con el fin de generar la ventilación y fluido del aire. Todos los casos presentaban relleno de cenizas y carbones, con fragmentos de cerámica, lítico y restos orgánicos.

Figura 7 – Porcentaje de las formas según subtipo registradas en el total de la muestra

Figura 7 – Porcentaje de las formas según subtipo registradas en el total de la muestra

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18Haciendo una división en nueve lados del ambiente contenedor (fig. 8), notamos que los fogones se distribuyen recurrentemente en la parte central (26,2%), seguido por el centro-este (24,6%), norcentral (13,8%), suroeste (10,8%), surcentral (9,2%) y centro-oeste (4,6%). Además, el 63,1% del total de la muestra no está adosado a un muro, mientras el 36,9% restante sí (fig. 9). Es notable, también, que el 67,7% de los casos están orientados de sur a norte, mientras el 32,3% restante está orientado de este a oeste (fig. 10).

Figura 8 – Distribución porcentual de los fogones al interior de los ambientes o espacios contenedores

Figura 8 – Distribución porcentual de los fogones al interior de los ambientes o espacios contenedores

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Figura 9 – Porcentaje de los fogones según su asociación a los muros del espacio contenedor

Figura 9 – Porcentaje de los fogones según su asociación a los muros del espacio contenedor

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Figura 10 – Porcentaje de los fogones según la orientación del eje mayor

Figura 10 – Porcentaje de los fogones según la orientación del eje mayor

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19Los fogones, a partir de su forma arquitectónica y corte de perfil, se pueden dividir en: fogón tipo fosa (tipo A), fogón de estructura rectangular (tipo B), fogón adosado al muro (tipo C), fogón tipo plano (tipo D) y fogón atípico o diverso (tipo E).

Tipo A: fogón tipo fosa

20Este tipo es el más común de la muestra estudiada, está representado con 41 casos, equivalente al 58,6% del total de estructuras de combustión. Se han identificado 5 subtipos a partir de sus formas arquitectónicas más resaltantes: (A1) fogón tipo fosa simple, (A2) fogón tipo fosa de paredes verticales, (A3) fogón tipo fosa simple con borde, (A4) fogón tipo fosa de paredes verticales con borde.

Subtipo A1: fogón tipo fosa simple

21Este subtipo generalmente está ubicado en el centro del ambiente contenedor. Presenta una planta variable de forma elíptica, ovoide o rectangular con bordes cortados. Vista de perfil se trata de una fosa cavada en el piso de forma cóncava, cuya profundidad varía entre los 0,05 y 0,10 m. Con respecto al eje mayor está orientado de sur a norte en el 85% de los casos, con algunas variables menores de este a oeste (fig. 6 y 11).

Figura 11 – Vista norte-sur de los fogones de subtipo A1 (fg18 y fg19) registrados en el ambiente 35-11/12

Figura 11 – Vista norte-sur de los fogones de subtipo A1 (fg18 y fg19) registrados en el ambiente 35-11/12

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22En la muestra se han identificado 21 casos, equivalentes al 30% (fig. 7; ver cuadro 1). En todos los casos el borde presenta alteración térmica, producto de la oxidación de los sedimentos por acción del calor, mientras la fosa presenta ceniza adherida a las paredes.

Subtipo A2: fogón tipo fosa de paredes verticales

23Este subtipo se diferencia del anterior por presentar una fosa de mayor profundidad (hasta 0,40 m). Particularmente son de planta rectangular con bordes cortados (figs. 6 y 12); sin embargo notamos casos tardíos, asociados a niveles superiores con planta elíptica u ovoide. Vista de perfil la fosa presenta las paredes ligeramente verticales con un fondo cóncavo. La totalidad de la muestra analizada está orientada de sur a norte; sin embargo, los fogones tardíos están particularmente orientados de este a oeste. Además en tres casos se ha definido áreas de evacuación de ceniza al sur. La muestra estudiada está representada por 5 casos, equivalentes al 7,1% (fig. 7; ver cuadro 1).

Figura 12 – Vista sur-norte del fogón de subtipo A2 (fg12) registrado en el ambiente 39-7

Figura 12 – Vista sur-norte del fogón de subtipo A2 (fg12) registrado en el ambiente 39-7

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Subtipo A3: fogón tipo fosa simple con borde

24Se trata de un fogón excavado en el piso que forma una fosa o cubeta de poca profundidad (posiblemente una variante del subtipo A1). La fosa tiene una planta variable, entre elíptica y rectangular cuyo eje mayor está orientado típicamente de sur a norte (figs. 6 y 13). Se ubica generalmente en el centro del ambiente contenedor y en la mayoría de casos presentan un área de evacuación de ceniza al sur.

Figura 13 – Vista norte-sur del fogón de subtipo A3 (fg11) registrado en el ambiente 5-35

Figura 13 – Vista norte-sur del fogón de subtipo A3 (fg11) registrado en el ambiente 5-35

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25Se han recuperado un total de ocho casos, equivalentes a 11,4% (fig. 7; ver cuadro 1). En todos los casos la fosa presenta dos filas de adobes asentadas sobre el piso del ambiente a lo largo del eje mayor de la fosa. Los adobes pueden estar dispuestos de cabeza y/o soga, de acuerdo al número de filas de adobes utilizado y están unidos con argamasa de barro y pachilla de fragmentos de cerámica. Los adobes pueden variar en tamaño y es muy típico notar el uso de adobes refractarios.

Subtipo A4: fogón tipo fosa de paredes verticales con borde

26Este subtipo arquitectónicamente es muy similar al subtipo A3, diferenciándose solo por la profundidad de la fosa, esto lo convierte en una variante del subtipo A2 (figs. 6 y 14). Este subtipo presenta el área de evacuación tanto al sur como al norte. Este subtipo está representado por 7 casos, equivalentes al 10% del total de la muestra (fig. 7; ver cuadro 1).

Figura 14 – Vista sur-norte del fogón de subtipo A4 (fg8) registrado en el ambiente 39-8

Figura 14 – Vista sur-norte del fogón de subtipo A4 (fg8) registrado en el ambiente 39-8

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Tipo B: fogón de estructura rectangular

27Se caracteriza por presentar una estructura rectangular de adobes dispuestos de cabeza asentados en una pequeña plataforma sobre el piso (figs. 6 y 15). Este fogón se ubica al centro del espacio contenedor, cuyo eje mayor está orientado generalmente de este a oeste. El interior de la estructura funciona como cámara de combustión (vista las alteraciones térmicas observadas sobre las paredes); mientras los bordes y fondo están parcialmente oxidados. En ninguno de los casos se han registrado áreas de evacuación de ceniza anexa. La muestra está compuesta por 4 casos, equivalentes al 5,7% (fig. 7; ver cuadro 1).

Figura 15 – Vista oeste-este del fogón de subtipo B1 (fg6) registrado en el ambiente 27-9

Figura 15 – Vista oeste-este del fogón de subtipo B1 (fg6) registrado en el ambiente 27-9

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Tipo C: fogón adosado al muro

28Este tipo fue diferenciado a partir de su asociación o adosamiento a los muros de los espacios contenedores. La asociación al muro es totalmente funcional, este funciona como chimenea y ayuda a evacuar los gases producidos en la combustión. Se han identificado catorce casos distribuidos en dos subtipos: (C1) fogón adosado al muro sin borde y (C2) fogón adosado al muro con borde

Subtipo C1: fogón adosado al muro sin borde

29Este subtipo se caracteriza por presentar una fosa poco profunda, particularmente de planta semicircular adosada a uno de los muros del ambiente que la contiene (figs. 6 y 16). La orientación de este subtipo es igual tanto de este a oeste como de sur a norte. Su asociación a los muros no es recurrente, puede estar en cualquiera de los cuatro muros que definan el espacio contenedor. El muro por lo general se encuentra oxidado, posiblemente por las altas temperaturas alcanzadas durante la combustión que hayan transformado el material o posiblemente se hayan empleado adobes refractarios. La muestra está conformada por doce casos, que equivalen al 17,1% del total de la muestra (fig. 7; ver cuadro 1).

Figura 16 – Vista norte-sur del fogón de subtipo C1 (fg17) registrado en el ambiente 5-22

Figura 16 – Vista norte-sur del fogón de subtipo C1 (fg17) registrado en el ambiente 5-22

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Subtipo C2: fogón adosado al muro con borde

30Este subtipo podría ser una variante del subtipo anterior. Se diferencia por presentar borde de adobes adosados al muro (figs. 6 y 17). Los 2 casos registrados en la muestra —2,9%— (fig. 7; ver cuadro 1), se encuentran adosados al muro norte del ambiente contenedor y su eje mayor está orientado de este a oeste. Al igual que el caso anterior, el muro presenta huellas de la acción del fuego (estado de oxidación y hollín).

Figura 17 – Vista sur-norte del fogón de subtipo C2 (fg15) registrado en el ambiente 5-7

Figura 17 – Vista sur-norte del fogón de subtipo C2 (fg15) registrado en el ambiente 5-7

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Tipo D: fogón plano

31Se trata de un tipo de fuego al aire libre, conocido actualmente como: fogata. Este tipo se caracteriza por estar sobre el piso del ambiente contenedor, que a menudo puede ser confundido como lentes de ceniza asociados a los rellenos de una ocupación. Sin embargo, se pueden distinguir al apreciar formas elípticas de suelo termo alterado, con orientación diversa y ubicados al centro del espacio contenedor (figs. 6 y 18).

Figura 18 – Vista sur-norte del fogón de subtipo D1 (fg14) registrado en el ambiente 5-19

Figura 18 – Vista sur-norte del fogón de subtipo D1 (fg14) registrado en el ambiente 5-19

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32Este tipo de fogón no está documentado en la mayor parte de la muestra, posiblemente fueron descritos como simples «quemas» asociadas al piso; sin embargo, hemos logrado identificar cinco casos, equivalentes al 7,1% (fig. 7; ver cuadro 1).

Tipo E: fogón atípico o diverso

33En esta categoría hemos optado por incluir a los fogones cuyas formas no se incluyen en los tipos anteriores. En la muestra se ha registrado un solo caso atípico (fig. 7; ver cuadro 1). Sin embargo, existen otros casos únicos registrados en otros conjuntos y sectores del sitio, que no han sido considerados en nuestra muestra.

34Se trata de una fosa de planta elíptica y corte cóncavo, cuyo eje mayor está orientado de este a oeste (figs. 6 y 19). Se diferencia por presentar adobes refractarios al interior de la cámara de combustión y por debajo del nivel del piso. Además tiene un adobe en la parte superior que forma una bóveda, posiblemente presentaba pequeñas aberturas en la parte superior que eran utilizadas para que salga la lumbre y dé directamente en las bases de las ollas. En el lado este se ubica la entrada de combustible, mientras en la parte contraria el área de evacuación de residuos.

Figura 19 – Vista este-oeste del fogón de subtipo E1 (fg6) registrado en el ambiente 27-9

Figura 19 – Vista este-oeste del fogón de subtipo E1 (fg6) registrado en el ambiente 27-9

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2. 1. 2. Los hornos

35Los hornos son un tipo de dispositivo empleado para alcanzar altas temperaturas que permiten transformar materiales como la arcilla, y para transformar elementos químicos sólidos como los metales. Los hornos son muy variados y están dispersos en todo el mundo. En nuestro caso, se han identificado dos tipos: horno alfarero (tipo F) y horno orfebre (tipo G).

Tipo F: horno alfarero

36Este horno se ubica en un espacio grande y abierto (posiblemente sin techar). La forma de la planta es generalmente circular con ligeras irregularidades en sus bordes por los procesos de posabandono (figs. 6 y 20). El horno presenta una cavidad no muy profunda y contiene un relleno de ceniza mezclado con material cultural de color grisáceo en sus límites y marrón rojizo en la parte central.

Figura 20 – Vista sur-norte del horno alfarero (Ho1), registrado en el ambiente 21-3

Figura 20 – Vista sur-norte del horno alfarero (Ho1), registrado en el ambiente 21-3

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37La muestra estudiada identificó un solo tipo de horno de alfarero Moche (Ho1) en el CA21, equivalente al 1,4% del total de la muestra (fig. 7; ver cuadro 1); sin embargo, la evidencia en el sitio —aún reducida— nos presenta un total de cinco casos distribuidos en los dos talleres alfareros (CA21 y TAM).

Tipo G: horno orfebre

38Los hornos orfebres son estructuras de combustión muy diversa diseñadas para soportar altas temperaturas (1000-1200 °C). En su interior tiene lugar la fusión o recocido del mineral en metal. La muestra incluye todos los casos —hasta la fecha— reportados para el sitio. Estos se encuentran distribuidos en el CA7 (Ho1) y CA27 (Ho1, Ho2 y Ho3). El presente estudio nos ha llevado a clasificarlos en horno de fusión con chimenea (G1), horno de fusión cerrado (G2) y horno de recocido (G3).

Subtipo G1: horno de fusión con chimenea

39Este horno está compuesto por una chimenea de forma circular cuya construcción se hizo posible superponiendo nueve filas de adobes de manera circular, obteniendo un diámetro de 0,55 m y una altura de 1,20 m (figs. 6 y 21). Cerca de la base, el horno presentaba una pequeña abertura, que estaba tapada por un adobe esculpido. En el mismo nivel de la abertura presenta fragmentos de cerámica entre los adobes que sirvieron para controlar la temperatura (Fraresso, 2007).

Figura 21 – Vista sur-norte del horno de subtipo G1 (Ho1), registrado en el ambiente 7-15

Figura 21 – Vista sur-norte del horno de subtipo G1 (Ho1), registrado en el ambiente 7-15

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40Internamente presentaba una capa de arena eólica de 0,60 m de espesor sobre una capa de arena mezclada con carbones de madera y pequeños fragmentos de mortero enrojecido por el calor. Los últimos 0,20 m eran más compactos, contuvieron más carbones y fragmentos oxidados de mortero mezclados con ceniza. El paramento interno de la estructura circular se encontraba altamente termo alterado, siendo más prominente en la parte inferior. Se trata de un caso único, equivalente al 1,4% (fig. 7; ver cuadro 1), registrado en el CA7 (Chapdelaine, 1998).

Subtipo G2: horno de fusión cerrado

41Este horno debió ser una pequeña fosa revestida por una gruesa capa de arcilla fina sin aditivos con una bóveda elaborada mediante aplicaciones sucesivas de paneles de arcilla y canales a manera de chimeneas en la parte superior (fig. 6). La presencia de fragmentos de cerámica de pasta gruesa con restos de metal en vitrificaciones respalda la hipótesis.

42Este subtipo no se ha conservado adecuadamente en el taller orfebre —CA27— (ver cuadro 1). Sin embargo debió tratarse de aquella estructura adosada al muro del ambiente 27-30. Este horno orfebre (Ho1) habría tenido la forma de aquellos registrados en Yécala (Makowski & Velarde, 1998) o Batán Grande (Shimada, 1994a).

Subtipo G3: horno de recocido

43Estos hornos están elaborados en el suelo, a manera de fogones del tipo fosa simple, de planta circular y pequeñas dimensiones (figs. 6 y 22). En la parte central de la estructura presentaban un adobe refractario. Estos hornos podrían confundirse con fogones, pero la presencia de restos de escoria, prills y toberas podría ayudar con su identificación. En la muestra podemos distinguir dos hornos de recocido en el taller orfebre Ho2 y Ho3, equivalentes al 2,4% del total de la muestra (fig. 7; ver cuadro 1).

Figura 22 – Vista sur-norte del horno de recocido (Ho2), registrado en el ambiente 27-30

Figura 22 – Vista sur-norte del horno de recocido (Ho2), registrado en el ambiente 27-30

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2. 1. 3. Los braseros

44Los braseros fueron recipientes inmuebles hechos de cerámica donde se contenían brasas para ser trasladadas a cualquier dirección. Estos fueron vasijas de cerámica como los cuencos semiesféricos de base pedestal con o sin agarraderas tipo anillo a la altura del borde.

2. 2. Las concentraciones de ceniza

45Las concentraciones de ceniza son acumulaciones de cenizas y/o carbones que en ocasiones se encuentran mezclados con restos orgánicos (óseos, malacológicos y vegetales) y no orgánicos (lítico, fragmentos de adobes quemados, metales y cerámica). Estos podrían tratarse de depósitos de cenizas frías provenientes de la limpieza de los fogones. En la muestra hemos determinado 35 casos (ver cuadro 1).

46Estas se diferencian de las estructuras de combustión por ser muy irregulares y podrían ser áreas de desechos, botaderos o evacuación de ceniza que se generan en los diferentes tipos estructurados o incluso áreas de actividades relacionadas con el uso de las cenizas (fig. 23). El estudio demuestra que las concentraciones de ceniza no presentan suelos claramente alterados térmicamente u oxidados; sin embargo existen muchos casos de fogones abandonados y convertidos en áreas de desechos, lo cual puede dificultar la identificación de estos en un principio. Un caso particular fue registrado en el CA5, en un principio se creía que era un fogón (cc10); sin embargo el análisis espacial nos indica que fue abandonado y convertido en área de desecho (fig. 2).

Figura 23 – Vista norte-sur de una concentración de ceniza (cc3) registrada en el ambiente 5-13

Figura 23 – Vista norte-sur de una concentración de ceniza (cc3) registrada en el ambiente 5-13

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47La mayoría de los casos corresponden a pequeños ambientes (depósitos) reutilizados como botadores. Sin embargo, un buen porcentaje corresponde a áreas de evacuación asociadas directamente a los fogones tipo fosa. Es importante registrar las áreas de evacuación como elementos independientes y distintos a la matriz de los fogones, pues el estudio arqueométrico podría revelarnos detalles sobre la microtemporalidad del depósito.

2. 3. Los testigos de incendio

48Los testigos de incendio son evidencias de paramentos oxidados o rasgos arquitectónicos quemados, tanto de espacios domésticos como de grandes edificios o templos. La muestra estudiada solo permitió identificar este tipo de evidencias en dos paramentos del Templo Viejo de Huaca de la Luna (ver cuadro 1). Los dos casos estudiados, a simple vista son totalmente distintos. El primero se trataría de una acumulación de combustible que permita consumirse totalmente como hojas o textiles. La quema «ritual» de estos desechos debió producir la alteración térmica del paramento (fig. 24). El segundo, en cambio, presenta evidencias de haberse quemado el techo (Gynerium sagitatum «caña brava»). Se puede apreciar in situ restos del techo quemado, así como improntas de cielo rasos totalmente oxidados (fig. 25).

Figura 24 – Vista sur-norte del testigo de incendio 2 registrado en la terraza 2 del último edificio del Templo Viejo de Huaca de la Luna

Figura 24 – Vista sur-norte del testigo de incendio 2 registrado en la terraza 2 del último edificio del Templo Viejo de Huaca de la Luna

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Figura 25 – Detalle del testigo de incendio 1 registrado en la plaza 2A del Templo Viejo de Huaca de la Luna

Figura 25 – Detalle del testigo de incendio 1 registrado en la plaza 2A del Templo Viejo de Huaca de la Luna

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49La quema de arquitectura ha sido reportada para otros sitios Moche como Pampa Grande (Shimada, 1994a) y Cao Viejo (Quilter, 2008), relacionándola al abandono o clausura de un edificio (Guffroy et al., 1994). Sin embargo, recientes investigaciones nos muestran que este tipo de quemas podrían ser interpretadas como un praxis ritual que connota actos de limpieza o purificación de los espacios arquitectónicos (Chávarri & Mejía, 2011).

3. Discusión y comentarios generales
3. 1. Los fogones permanentes y temporales

50Los fogones fueron empleados para la cocción de alimentos y elaboración de bebidas (chicha); además es posible que estos estén asociados a actividades complementarias como la de integrar las relaciones sociales de la familia en rituales de culto.

51Los fogones del tipo A son los más abundantes en nuestro estudio, por lo que optamos por hacer hincapié en el tamaño, según el eje mayor. El 31,7% de la muestra son medianos, entre 1,01 y 1,50 m, seguido por los pequeños menores a 1 m (26,8%), grandes entre 1,51 y 2 m (17,1%), muy grandes entre 2,01 y 2,50 m (14,6%) y en menor proporción extra grandes mayores a 2,51 m (9,8%). Estas proporciones nos hacen sugerir que existe una estandarización de este tipo entre el 1,01 m y 1,50 m. Con respecto al eje menor, se tomó en cuenta el ancho de la cámara de combustión. Este varía entre los 0,30 y 0,70 m y es irregular con respecto a la dimensiones del eje mayor. Existe la posibilidad de que mientras más ancha era la cámara, mayor era el tamaño de las vasijas que se empleaban en la cocción y, por lo tanto, empleaba más cantidad de combustible. Esto denota una alta producción de alimentos y/o bebidas.

52Los diferentes casos conservados de fogones del tipo A permiten identificar cuatro partes arquitectónicas: (1) La fosa, que funciona como cámara de combustión donde se coloca el combustible sólido (leña) y es quemada en el proceso de ignición; (2) Las estructuras de adobes, que sirven para sostener vasijas de gran tamaño y preparar alimentos y/o bebidas; (3) La entrada de combustible, es la parte por donde la persona puede avivar el fuego introduciendo más combustible o aire; (4) El área de evacuación, que se ubica al otro extremo de la entrada de combustible, por lo general sirve para evacuar la ceniza, restos de carbón o comida que se acumulan al interior de la cámara de combustión.

53Los fogones de Tipo B son poco comunes, pero imponentes al interior de las cocinas del núcleo urbano. Particularmente están asociados a cocinas con presencia de vasijas in situ de gran tamaño (tinajas), lo que sugiere su función exclusiva para la preparación de chicha; además sus dimensiones (mayores a 2 m de largo) respaldan su asociación a la producción masiva de bebidas.

54Con respecto a los fogones de Tipo C, doce casos fueron registrados en posibles áreas de cocción de alimentos y/o bebidas, mientras dos casos estuvieron asociados a un patio con banqueta, lo cual sugiere que fueron empleados como espacios temporales para calentar alimentos y/u otra actividades que deben ser aclaradas en futuras investigaciones.

  • 2 Las últimas investigaciones al interior del templo viejo de huaca de la Luna están reportando una d (…)

55Otro caso particular son los fogones de Tipo D, todos los casos registrados no estaban asociados a alguna cocina, sino a patios o antesalas. Esto sugiere la posibilidad de haber sido empleado como calefacción, alumbramiento u otra actividad desconocida. Sin embargo, no se puede descartar el uso secundario de cocción de alimentos hasta no realizar un estudio químico de los sedimentos que demuestren la ausencia de esteroles de animales (March et al., 1989). De esta manera nuestra propuesta ha sido elaborada desde una perspectiva netamente arquitectónica, cuya función específica deberá ser corroborada en futuras investigaciones analíticas2.

56A partir del trabajo etnográfico elaborado en cocinas modernas en los valles de Moche y Virú (Castillo, 2012), podemos sugerir que los fogones del subtipo A1, A2 y C1 serían fogones temporales y empleados en eventuales celebraciones para abastecer un mayor número de comensales o asistentes al interior de las residencias Moche. Estos debieron ser, en su estado original (antes del abandono), como los fogones del subtipo A3, A4 y C2 respectivamente. El dato etnográfico nos hace pensar que las cocineras preparaban el espacio donde colocarían sus fogones temporales, teniendo en cuenta la ventilación, iluminación y facilidad de circulación al interior de la cocina (fig. 26).

Figura 26 – Vista oeste-este de un fogón temporal registrado al exterior de una vivienda en el sector Huaca Larga (valle de Virú)

Figura 26 – Vista oeste-este de un fogón temporal registrado al exterior de una vivienda en el sector Huaca Larga (valle de Virú)

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57En el caso que la cocina contara con un fogón permanente, este sería el de mayor importancia y el que mayor grado de alteración térmica presente en los adobes a causa de la constante combustión (fig. 27). Sin embargo, es de notar en los fogones modernos que los adobes solo logran oxidarse en la cara interna de la cámara de combustión; mientras los fogones moches, en su mayoría, presentan los adobes totalmente oxidados.

Figura 27 – Vista oeste-este de un fogón permanente al interior de una vivienda en Virú Pueblo (valle de Virú)

Figura 27 – Vista oeste-este de un fogón permanente al interior de una vivienda en Virú Pueblo (valle de Virú)

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58¿Se puede sugerir un posible conocimiento, por parte de los Moche, del manejo y control del calor al emplear adobes refractarios? De ser así, habría que plantear la posibilidad de un espacio en la ciudad Moche destinado a la elaboración de adobes crudos y en menor escala quemados o refractarios. La evidencia en los hornos alfareros registrados hasta la fecha demuestra que fueron básicamente para cerámica ritual (Uceda & Armas, 1997) y abalorios (Chiguala et al., 2007), mas no para cocción de adobes. Otra alternativa podría ser la preparación de estos adobes al interior de los mismos fogones; esto deberá ser verificado en futuras investigaciones experimentales. Para finalizar el tema de los adobes refractarios, es evidente también la reutilización de estos en cámaras funerarias (Zavaleta et al., 2011) y como parte del montaje o remodelación de muros de las viviendas Moches (Meneses et al., 2012).

3. 2. Los hornos alfareros de Moche

59El trabajo etnográfico realizado en Mórrope (Shimada, 1994b) sugiere que los hornos suelen encontrarse en áreas cercanas, algunas veces adyacentes a sus talleres. Los hornos abiertos de Mórrope alcanzan temperaturas por encima de 800 a 850 °C con la que consiguen la cocción completa de grandes tinajas y pequeñas vasijas. La mayoría de talleres están diseñados para la manufactura de cerámica, pero existe la presencia y uso ocasional de fogones demarcados por adobes que sirven para calentar agua o para realizar actividades culinarias de pequeña escala.

60Las vasijas a oxidar deben ser transportadas desde un lugar cercano al horno para ser precalentadas colocándolas sobre un promontorio de estiércol seco o a lo largo de este. La carga del horno se logra colocando leña en el fondo del horno, luego van las vasijas precalentadas en posición vertical y cubiertas completamente con leños de zapote y algarrobo, en la base se colocan tiestos grandes y pesados, y en la cima solo tiestos pequeños y livianos. Finalmente, la capa de tiestos es cubierta por estiércol, dejando una abertura en los extremos del horno para fines de iluminación.

61Los hornos alfareros Moche presentan características similares a las reportadas en Mórrope. Esto respalda que estos hornos fueron abiertos y empleados para transformar objetos de arcilla en piezas de cerámica a gran escala (Uceda & Armas, 1997; Chiguala et al., 2007).

3. 3. El uso de los hornos orfebres

62Con respecto a los hornos de fusión,los cronistas reportan el uso de sopladores para abastecer de aire el horno donde se funden metales (Benzoni, 1968; De la Vega, 1991). Estos sopladores han sido materializados en la iconografía Moche (Donnan, 1998). El cuenco reportado se caracteriza por figuras modeladas dispuestas alrededor de una estructura en forma de cúpula hueca. Presenta tres personajes usando sopladores para introducir aire dentro del horno; mientras que el cuarto personaje está manipulando uno de los objetos que está encima de la cúpula. En la parte alta del horno se encuentran el carbón, dos objetos en forma de «T» que podrían ser preformas de tocados, lingotes o láminas de metal que están en proceso de fundición o recocido para el trabajo del laminado; además de otros dos objetos redondeados no identificados que podrían ser preformas de máscaras.

63Los sopladores habrían avivado el fuego del horno a través de los tubos de caña revestidos con toberas de cerámica, esto con el fin de obtener altas temperaturas. El cuarto personaje tiene un objeto en las manos que posiblemente sirvió para retirar las piezas de metales y llevarlas al martillado. La presencia de otros cuencos con cúpula hueca en su interior descartan la idea de que el horno orfebre haya presentado esa forma (Donnan, 1998).

64Esta misma escena está representada en los murales asociados tanto en el tema complejo de Huaca Cao, complejo El Brujo (Franco & Vilela, 2003), como al reciento esquinero de la Plaza 1 de Huaca de la Luna (Tufinio, 2005). Cabe resaltar que la escena representada en la Huaca de la Luna no es lo suficientemente clara, pero guarda cierta similitud a la representada en la Huaca Cao.

65El análisis comparativo de ambas escenas nos demuestra que el personaje de la derecha está soplando a través de un tubo (posiblemente de caña) para avivar el calor dentro de una pequeña estructura en forma de cúpula. Mientras el personaje de la izquierda presenta el brazo izquierdo levantado como en posición de dar golpe. Estos personajes dan la clara impresión de ser el primero un metalurgista fundidor y el segundo un orfebre deformador (Fraresso, 2007).

66Las representaciones anteriormente descritas parecen ser similares, las tres representaciones enseñan personajes sopladores; además de un personaje orfebre deformador, el cual sugiere que se habría estado representado un horno de recocido, donde se calentaba el metal para ser luego deformado. En la muestra estos hornos están asociados a un horno de fundición cuya asociación al muro sugiere que fue ideal para los orfebres, puesto que habría sido el lugar más oscuro del ambiente y habrían mantenido una mejor lectura del metal fundido (Fraresso, 2010).

3. 4. El fuego portátil

67Hasta la fecha se desconoce el uso de recipientes especiales para este uso, es más, no se ha realizado un análisis del interior de las vasijas para deducir rasgos conservados de ceniza o quema antes del abandono. Partiendo de la información bibliográfica, se ha identificado una representación de uso de fuego portátil en la iconografía mural de la sociedad Moche.

68Se trata de un mural polícromo ubicado en el templo de Pañamarca, valle de Nepeña (Bonavia, 1961; 1985). A pesar de la destrucción que ha sufrido el sitio se pudo identificar una escena ritual de sacrificio humano que se describe a continuación.

69Esta escena representa una variante del tema de la presentación descrita con mucho detalle por Donnan (1975). Para nuestros fines solo vamos a detenernos en la escena del primer acompañante de la sacerdotisa que lleva la copa con la sangre del sacrificado (fig. 28). Es posible que lo que sostiene en la mano izquierda sea un cuenco con base anular, del cual desprende una flama y que el recipiente fuera empleado para sostener el fuego portátil a manera de braseros o sahumerios similares a los empleados por la sociedad Tiahuanaco (Berenguer, 2000). Los sahumadores Tiahuanaco fueron muy típicos y parte de la parafernalia alfarera junto con los keros y huaco-retratos; sin embargo en la sociedad Moche se desconoce o se ha investigado poco para saber si las actividades rituales estuvieron acompañadas de incensarios o sahumerios que le den un mayor realce.

Figura 28 – Detalle del acompañante 1 portando un brasero, iconografía mural del edificio de Pañamarca

Figura 28 – Detalle del acompañante 1 portando un brasero, iconografía mural del edificio de Pañamarca

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© Tomado de Bonavia (1985)

70La etnohistoria presenta detalles sobre incensarios empleados en ceremonias rituales de México (Acosta, 1590). El cronista menciona que los sacerdotes portaban un incensario en la mano lleno de brasa, el cual tomaba del brasero o fogón que ardía ante el altar, mientras en la otra mano llevaba una bolsa de incienso, con el cual incensaban a los ídolos con mucha recurrencia. Si bien es cierto, Acosta brinda detalles de la forma cómo eran utilizadas estas vasijas, no queda claro cuál fue el tipo o formas de estas.

71La portabilidad de estos objetos sugiere que debió ser un recipiente pequeño de pasta fina, cuya base pedestal fue propicia para sostenerla con una de las dos manos, mientras la otra mano quedaba libre para abastecer de pequeños carbones y/o incienso. El análisis en microscópico de la parte interior de los cuencos con hollín deberá corroborar la hipótesis; así como el cuidadoso registro de nuevas formas registradas en investigaciones posteriores.

72Posiblemente debieron existir otros medios de iluminación fija o portátil; estos podrían ser antorchas o lámparas encendidas con una mecha empapada en vegetales, grasas animales o aceites vegetales que no se han conservado hasta nuestros días (Lieberherr, 2006).

Conclusiones

73La variedad de formas de estructuras de combustión registradas en los diferentes componentes del complejo arqueológico huacas del Sol y de la Luna, nos ha permitido proponer un primer ensayo de tipología, estableciendo tres tipos básicos: los fogones, hornos y braseros. Siendo los fogones el más dominante, representado por el subtipo fosa. A estos tipos de estructuras de combustión debemos agregar dos categorías más, una son las áreas de desechos, a las que hemos denominado concentraciones de ceniza y, la segunda, son los testigos de incendio en arquitectura monumental.

74A partir del análisis contextual de las estructuras de combustión y los espacios arquitectónicos asociados, así como los estudios etnohistóricos y etnográficos de las comunidades campesinas de Moche y Virú, hemos propuesto una primera aproximación a las funciones de estos diversos tipos de estructuras de combustión. De este modo, hemos propuesto que los fogones tipo fosas han servido para la cocción de alimentos y producción de chicha; los hornos relacionados a la cocción de cerámica y un caso especial de horno con chimenea que habría funcionado para la fusión de metales; además de pequeños hornos de recocido. Asimismo debieron existir formas de fuego portátil como los braseros relacionados con ceremonias rituales. Esta primera aproximación deberá ser confirmada o modificada con estudios sobre los procesos de formación y transformación de estas estructuras mediante análisis físicoquímicos (CG_MS – CG_C_IRMS, difraccion de rayos X, espectrometría Mossbaüer, ICP-MS) (March, 2013; March et al., 2014). Estos deberán estar orientados a la caracterización de los elementos orgánicos e inorgánicos presentes, así como a definir las fases minerales, su estado de alteración y las temperaturas alcanzadas durante el funcionamiento de los fogones, estudios antracológicos (para definir la naturaleza de los combustibles y su modo de utilización) y micromorfológicos (Guffroy et al., 1994); así como ensayos experimentales que nos permitan definir su modo de funcionamiento y su función de una manera más precisa. Además de entender la duración de sus respectivas utilizaciones (March et al., 2010; 2014). Estudios que esperamos realizar en colaboración con la Universidad de Rennes 1 y el UMR 6566 del CNRS.

Bibliografía

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Notas

1 Los estados arcaicos están íntimamente relacionados con la presencia de centros urbanos, muchas veces del tipo ciudad. En las ciudades, una de las características fundamentales es la presencia de especialistas que requieren espacios y estructuras arquitectónicas específicas donde desarrollar sus actividades productivas. En este sentido, la presencia de estos artesanos especializados requiere además de estructuras de combustión muy variadas; por lo que esperamos encontrar en el registro arqueológico una mayor diversidad de estas estructuras, de acuerdo a las actividades de cada especialista. Es decir, esperamos que las estructuras de combustión para un ceramista que hace cocción reductora sean diferentes de aquel que hace una cocción oxidante; lo mismo debe ser para un metalurgista o un orfebre.

2 Las últimas investigaciones al interior del templo viejo de huaca de la Luna están reportando una diversidad de fogones planos y atípicos que merecen también su atención en futuras interpretaciones.

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Índice de ilustraciones
Título Figura 1 – Plano general del Complejo Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna
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Título Figura 2 – Plano del Conjunto Arquitectónico 5 (CA5)
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Título Figura 3 – Plano de los Conjuntos Arquitectónicos 7 y 9 (CA7 y CA9)
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Título Figura 4 – Plano de los Bloques Arquitectónicos 1 (CA27 y CA30) y 2 (CA35, CA17 y CA21)
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Título Figura 5 – Plano de los Bloques Arquitectónicos 3 (CA42) y 4 (CA39/43)
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Título Figura 6 – Esquema con secciones de los tipos de estructuras de combustión Tipo A. Fogón tipo fosa: fogón tipo fosa simple (A1), fogón tipo fosa de paredes verticales (A2), fogón tipo fosa simple con borde (A3) y fogón tipo fosa de paredes verticales con borde (A4); Tipo B. Fogón de estructura rectangular (B1); Tipo C. Fogón adosado al muro: fogón adosado al muro sin borde (C1) y fogón adosado al muro con borde (C2); Tipo D. Fogón plano (D1); Tipo E. Fogón atípico o diverso (E1); Tipo F. Horno alfarero (F1); Tipo G. Horno orfebre: horno de fusión con chimenea (G1), horno de fusión cerrado (G2) y horno de recocido (G3); Tipo H. Brasero (H1)
Créditos © F. Castillo
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Título Figura 7 – Porcentaje de las formas según subtipo registradas en el total de la muestra
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Título Figura 8 – Distribución porcentual de los fogones al interior de los ambientes o espacios contenedores
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Título Figura 9 – Porcentaje de los fogones según su asociación a los muros del espacio contenedor
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Título Figura 10 – Porcentaje de los fogones según la orientación del eje mayor
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Título Figura 11 – Vista norte-sur de los fogones de subtipo A1 (fg18 y fg19) registrados en el ambiente 35-11/12
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Título Figura 12 – Vista sur-norte del fogón de subtipo A2 (fg12) registrado en el ambiente 39-7
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Título Figura 13 – Vista norte-sur del fogón de subtipo A3 (fg11) registrado en el ambiente 5-35
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Título Figura 14 – Vista sur-norte del fogón de subtipo A4 (fg8) registrado en el ambiente 39-8
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Título Figura 15 – Vista oeste-este del fogón de subtipo B1 (fg6) registrado en el ambiente 27-9
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Título Figura 16 – Vista norte-sur del fogón de subtipo C1 (fg17) registrado en el ambiente 5-22
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Título Figura 17 – Vista sur-norte del fogón de subtipo C2 (fg15) registrado en el ambiente 5-7
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Título Figura 18 – Vista sur-norte del fogón de subtipo D1 (fg14) registrado en el ambiente 5-19
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Título Figura 19 – Vista este-oeste del fogón de subtipo E1 (fg6) registrado en el ambiente 27-9
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Título Figura 20 – Vista sur-norte del horno alfarero (Ho1), registrado en el ambiente 21-3
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Título Figura 21 – Vista sur-norte del horno de subtipo G1 (Ho1), registrado en el ambiente 7-15
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Título Figura 22 – Vista sur-norte del horno de recocido (Ho2), registrado en el ambiente 27-30
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Título Figura 23 – Vista norte-sur de una concentración de ceniza (cc3) registrada en el ambiente 5-13
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Título Figura 24 – Vista sur-norte del testigo de incendio 2 registrado en la terraza 2 del último edificio del Templo Viejo de Huaca de la Luna
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Título Figura 25 – Detalle del testigo de incendio 1 registrado en la plaza 2A del Templo Viejo de Huaca de la Luna
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Título Figura 26 – Vista oeste-este de un fogón temporal registrado al exterior de una vivienda en el sector Huaca Larga (valle de Virú)
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Título Figura 27 – Vista oeste-este de un fogón permanente al interior de una vivienda en Virú Pueblo (valle de Virú)
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Título Figura 28 – Detalle del acompañante 1 portando un brasero, iconografía mural del edificio de Pañamarca
Créditos © Tomado de Bonavia (1985)
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Fuente:
Referencia en papel
Feren Castillo Luján, Santiago Uceda Castillo y Ramiro Javier March, «El uso del fuego en el complejo arqueológico de las huacas del Sol y de la Luna, Perú. Un primer ensayo de tipología de las áreas de combustión», Bulletin de l’Institut français d’études andines, 44 (1) | 2015, 53-59.

Referencia electrónica
Feren Castillo Luján, Santiago Uceda Castillo y Ramiro Javier March, «El uso del fuego en el complejo arqueológico de las huacas del Sol y de la Luna, Perú. Un primer ensayo de tipología de las áreas de combustión», Bulletin de l’Institut français d’études andines [En línea], 44 (1) | 2015, Publicado el 08 mayo 2015, consultado el 09 septiembre 2025. URL: http://journals.openedition.org/bifea/7425; DOI: https://doi.org/10.4000/bifea.7425

Ricardo Morales Gamarra: “La historia me abrió el libro”

Reproducimos la entrevista a Ricardo Morales Gamarra, una eminencia de la restauración en el Perú y en el mundo. El Hoy Director del Proyecto Arqueológico Huacas de la Luna –la que inicio con su gran compañero Santiago Uceda Castillo– nos habla de sus vivencias y cómo se inició su fructífera vida en la arqueología peruana.

“La historia me abrió el libro” – Entrevista a Ricardo Morales

La historia me abrió el libro, y me dijo: «ingresa, este párrafo quizás es para ti”
Entrevista a Ricardo Morales Gamarra, director del proyecto arqueológico Huacas de Moche,
por la revista en linea CLIO

Hablar de Ricardo Morales nos llevaría varios artículos y publicaciones. No sabríamos si empezar mencionando que descubrió los relieves policromados de la huaca de la luna, hace ya treinta años, o que ha cruzado la cordillera de los andes cuatro veces, entre otras cosas.

A sus 74 años, este chalaco de herencia tarapaqueña y corazón trujillano, ha acumulado varios títulos en su formación académica y vida profesional. Es licenciado en Historia, tiene una maestría en Gestión Ambiental y un doctorado en Ciencias Biológicas (todos emitidos por la Universidad Nacional de Trujillo) y un título de “Especialización en conservación y restauración del patrimonio cultural”, por la Universidad de Alcalá (Henares, España). Además, ha realizado cursos de especialización profesional en: Conservación de sitios y monumentos arqueológicos, conservación de pintura mural, conservación de museos, investigación histórica y restauración del patrimonio cultural. Esto, más allá de mostrar el nivel profesional que tiene, demuestra su compromiso con el patrimonio de nuestro país y el trabajo que realiza para su gestión y uso social.

Sin duda, Ricardo Morales Gamarra es un referente de la arqueo-conservación nacional e internacional. Desde el año 1991 es director del Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna, uno de los sitios arqueológicos más representativos en el departamento de La Libertad y del norte del Perú. Esta entrevista nos permite conocer a la persona y al profesional a través de las anécdotas, que no muchos conocen, sobre el trabajo realizado en las huacas de Moche y otros proyectos importantes que ha desarrollado a lo largo de su carrera.

Ricardo Morales Gamarra en el muro de la deidad de las montañas, más conocido como Ai Apaec. Foto: Archivo Ricardo Morales Gamarra.
Ricardo Morales Gamarra en el muro de la deidad de las montañas, más conocido como Ai Apaec. Foto: Archivo Ricardo Morales Gamarra.

¿Cuál es la historia detrás del inicio y puesta en marcha del Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna?

Esa es una larga historia, me estás llevando a enero, febrero de 1980. Ese año hicimos unos trabajos ordenados por el INC (Instituto Nacional de Cultura – Sede Central). En ese tiempo yo trabajaba en el Instituto Nacional de Cultura de Trujillo y me ordenaron reabrir el espacio que había sido investigado por una expedición extranjera. Así lo hicimos y en ese subir y bajar de la huaca encontré un fragmento de relieve pintado por un color gris. Esta es una historia que muy pocos saben.

A raíz de ese trabajo, Elías Mujica me dijo: “Escribe una nota en la revista Histórica de la Católica”. Yo, muy obediente, lo hice. En ese proceso tuve, ¿qué se podría decir?, la fortuna o quizás un mal momento. Recibí críticas muy ácidas de parte de un distinguido arqueólogo. Hay dos publicaciones ese año, una que yo escribo y una donde me reviran, me dan como se dice criollamente “con palo”.

Posteriormente en el año 90, cuando se abren los trabajos en Huaca Cao Viejo (en el Brujo) y se ven los relieves Moche, estas personas entendieron que yo tenía razón. Sin embargo, yo me quedé callado, nunca reclamé ni dije nada. Estas son cosas con las que uno va ganando experiencia en la vida. En fin, nunca me he preocupado por la revancha. Solo me queda el recuerdo de lo que había significado para mí esa desabrida respuesta. Pero ese mismo año la historia me abrió el libro y me dijo ingresa, este párrafo quizás es para ti. Tuve la suerte de encontrar fragmentos de relieve policromados, al subir por el lado sur de la huaca, y ya no eran simplemente el color azul o gris, sino era un rojo con blanco y un negro con amarillo, intensos. Mis ojos se desorbitaron totalmente. Eso fue un 20 de octubre de 1990. Vamos a cumplir 30 años y voy a celebrarlo con bombos y platillos y todo lo demás.

Ese es el inicio, tuve la suerte de descubrir en el lado sur de la huaca de la luna un muro con relieves que dibujaban a quien después todos hemos conocido como la deidad mayor de las montañas. Este monstruo era felínico, de colmillos entrecruzados, de una mirada desorbitada y fiera, quizá perdido por el San Pedro que ha bebido (Ai Apaec). Pero lo interesante es cómo llego a este punto y me enfrento a una realidad. Yo no soy arqueólogo, soy conservador o arqueo-conservador, como me gusta llamarlo. En ese momento me pregunté: ¿cómo manejar esto?, aquí tenemos algo muy importante. Miré en trescientos sesenta grados en el panorama de Trujillo y encontré a una persona: Santiago Uceda. Conversé con él y lo invité a formar parte del proyecto y, entre los dos, armamos el equipo con otros profesionales.

Con Santiago diseñamos un plan muy, ¿qué les puedo decir?, ¿ambicioso?, pero convencidos que lo podíamos lograr y lo hicimos. Ya son treinta años prácticamente y hemos hecho la parte más importante que es el museo, la carretera de la panamericana a la huaca, que ha sido una gestión nuestra, disculpen la modestia, mi gestión, porque yo personalmente gestioné el presupuesto para la carretera a las huacas de Moche y realicé un convenio entre la Municipalidad de Moche, el Patronato de las Huacas y el Ministerio de Turismo. El resultado fue la construcción de la carretera enbloquetada, que es un ejemplo en todo el Perú. Disculpen la inmodestia nuevamente, pero eso de trabajar con asfalto en sitios arqueológicos no funciona. Los bloques de concreto son lo mejor, incluso para el centro histórico de Trujillo, pero hay veces que el asfalto nos llama más la atención. En fin, esa es la historia, mira cuanto me he dilatado para contar cómo comenzó la huaca de la luna.

Ricardo, sabemos que un sitio arqueológico implica muchos años de trabajo, incluso generaciones de profesionales interviniendo en el desarrollo del mismo, hay etapas que se cierran, otras que se abren y que en la gestión inicial del proyecto se plantean objetivos que con el tiempo van cambiando gradualmente. ¿Cuál fue el objetivo inicial del proyecto de la huaca?

El proyecto comienza en un nivel académico – científico y para nosotros era hacer un trabajo de arqueología y conservación de forma paralela. Comenzamos con once o doce personas, de las cuales tres aún están en el campo todavía con nosotros ya veintinueve años trabajando en la huaca. Lo que planteamos con Santiago fue una perspectiva arqueológica, es decir, las huacas de Moche, ¿qué función cumplieron?

Anteriormente algunos plantearon que entre la huaca de la luna y la huaca del sol no había nada, que en esa explanada no había nada. Fue un arqueólogo norteamericano, no voy a hablar con nombres, no es que no me acuerde, solo que creo injusto mencionarlo en una cuestión como esta. Del mismo modo, otro grupo que llegó a hacer después excavaciones encuentra que hay estructuras, que hay un posible uso doméstico, arquitectura doméstica, es decir una ciudad o una aldea. Entonces el primer objetivo fue tratar de buscar la respuesta a esta inquietud.

El segundo objetivo fue conocer: ¿cuál fue la función que cumplieron cada uno de los componentes arqueológicos? Por ejemplo: huaca del sol, huaca de la luna, ¿qué hay entre ellas?, ¿qué hay con la huaca de las estrellas o huaca de la cruz que está un poco al sur?, ¿qué otras huacas pueden haber existido en el entorno?

Y el tercer objetivo fue identificar la técnica constructiva. ¿Cómo se trabajaron los materiales?, ¿qué técnicas se emplearon?, ¿las técnicas evolucionaron en el tiempo o simplemente tienen un mismo patrón durante varios ciclos de ocupación?

Entonces fíjate, de estas tres simples preguntas, aparentemente simples preguntas, se comienza a trabajar el primer decenio. Nosotros tenemos una política, trabajar de 10 en 10 años. Algo importante de mencionar es que con Santiago, dijimos: “Bueno, hay que trabajar todos a una”, y comenzamos con un sueldo como cualquier otro, eso es muy importante decirlo, porque a veces piensan que uno está por la repartija, pero eso nunca ha habido.

Ricardo Morales y Santiago Uceda, la dupla que dió inicio a uno de los proyectos arqueológicos más grandes del norte peruano. Foto: Dante Piaggio.
Ricardo Morales y Santiago Uceda, la dupla que dió inicio a uno de los proyectos arqueológicos más grandes del norte peruano. Foto: Dante Piaggio.

¿Cómo obtuvieron el apoyo y presupuesto para iniciar con las excavaciones e investigaciones?

En 1992, con los objetivos ya definidos, tocamos la puerta de la fundación Ford y nos dieron 75 mil dólares con los cuales hicimos los trabajos de excavación en el muro sur, el flanco sur de la huaca, por donde ahora se sube y próximamente por ahí ya se va a bajar, pero esa será otra historia para el futuro inmediato.

Comenzamos a buscar plata para trabajar ese muro, entonces tocamos la puerta de la fundación y ahí encontramos a una dignísima persona, Antonio Muñoz Najar, un arequipeño que siempre nos regalaba Anís del Mono (Ricardo se carcajea con el recuerdo). Él tenía su comité de historiadores, ¡qué personajes! María Rostworowski, ¡imagínense! Marita nos ayudaba mucho y nos alegraba con su presencia y sus visitas, nos levantaba mucho la moral. También estaba Juan Ossio, un antropólogo que fue el primer ministro de cultura, y Duccio Bonavia, arqueólogo que también firmó a favor del proyecto y así nos dieron el dinero.

Por otro lado, a partir de enero o febrero de 1992, me acuerdo que hablé con Don Alfredo Pinillos Hoyle, él trabajaba en Pilsen Trujillo y gracias a su gestión nosotros empezamos a recibir dos mil soles mensuales que también nos ayudaron en el proyecto. Don Pepe Casinelli, que nos regalaba combustible de su grifo para cargar el bus que nos daba la universidad como transporte del equipo, durante 3 o 4 años nos regaló el diesel que nos permitió ir y regresar de la huaca todos los días. Incluso el 24 de junio de 1991, que aun siendo feriado decidimos ir a trabajar; y para suerte nuestra encontramos la primera tumba, que es el “Juancho”. Le pusimos así porque fue el 24 de junio.

También nos ayudó Julio Lau León, de su ferretería nos regalaba herramientas, serruchos, clavos, clavitos y alojamiento para los especialistas que nosotros traíamos, en su Hotel Continental. Esto no es un comercial, pero son personas que en un momento nos ayudaron. Andrés Arenas, de la librería Bolígrafo, nos regalaba todos los lapiceros, borradores, papel bond, papel milimetrado. Así nació el Proyecto Huaca de la Luna, no teníamos plata.

En el ‘94 Pilsen Trujillo pasa a ser Backus, y es ahí donde nos asustamos, dijimos: “Seguro que no van a continuar con el apoyo”; pero fue al contrario, duplicó el aporte que daba. Y así hemos ido creciendo; hemos tenido momentos duros, difíciles, pero ahora ya con la huaca consolidada tenemos fuerza para decir que no tenemos miedo, peores cosas hemos pasado. Ese mismo año, la fundación Ford se retira del Perú y nos quedamos sin su apoyo.

Con Santiago hemos pasado por todo, pero hemos sacado adelante a la huaca a pesar que algunas personas nos criticaban con petardos anónimos. Durante un año y medio con Santiago no cobrábamos nuestro mísero sueldo, pero teníamos el de la universidad, por ejemplo, y eso nos ayudó a seguir hasta que pudimos contar con organizaciones importantes como la World Monuments Fund, que al final nos ha dado un millón ochocientos mil dólares. Para que tengan una idea de la confianza de estas instituciones en un proyectito que podría generar desconfianza a muchos pero que, sin embargo, los resultados son los que hablan por uno.

¿A qué te refieres cuando mencionas “petardos anónimos”?

Cuando la Fundación Ford comenzó a apoyar nuestro trabajo en la huaca, empezaron a bombardearnos desde el interior de la facultad. Algunos personajes que no creían en nosotros hacían unos panfletos anónimos que llegaron a la fundación con el objetivo de que nos quiten el dinero. Esto ocasionó una visita de la fundación enviada de Estados Unidos para ver si era cierto que nosotros estábamos malogrando la huaca y robando cosas.

Estos pasajes uno los recuerda con mucha gratitud porque hay gente que piensa en hacer daño, pero no saben que te están haciendo un gran favor. Gracias a estos ataques arteros nació la idea de los “Coloquios de la Cultura Moche”. Tomamos una decisión e incluimos una política en nuestro proyecto: si nos atacan nunca les respondamos. Y nunca lo hemos hecho, solo respondemos con trabajo.

Ricardo Morales y Santiago Uceda, codirectores del Proyecto Arqueológico Huacas de Moche, con el equipo inicial en 1991. Foto: Libro "Huaca de la luna, templos y dioses moche", 2016.
Ricardo Morales y Santiago Uceda, codirectores del Proyecto Arqueológico Huacas de Moche, con el equipo inicial en 1991. Foto: Libro «Huaca de la luna, templos y dioses moche», 2016.

Este año el descubrimiento de la huaca cumple treinta años y 29 como proyecto en ejecución. ¿Actualmente cuáles son los objetivos?

Los objetivos van cambiando con el tiempo de acuerdo a cómo se van respondiendo las grandes preguntas que se generan, precisamente, como un problema científico, hipótesis y estas se transforman en objetivos; esa es la línea metodológica.

Nosotros tenemos un objetivo transversal: “lo moche”, donde no solo es huacas de Moche sino también Sipán y El Brujo. Entonces, ¿cómo nos encontramos horizontalmente?, ¿qué diferencias o cercanías hay entre ellos?, ¿qué características específicas encontramos?, ¿se puede hablar de un moche norte y un moche sur? Todo esto está en discusión.

El otro punto que tenemos que ver para el tercer coloquio es ¿cómo se transforman y se convierten los moche en un estado? Porque acá no hubo intervención externa, no es que vino una tribu de afuera y civilizó sobre lo que ya estaba civilizado por los moche, fueron ellos mismos. Los moche han sido unos grandes genios, no solo hay que verlos como grandes artesanos que han hecho alfarería excelente. La gente tiene que conocer que los grandes ingenieros hidráulicos han sido los moche y los nazca; y que los incas han aprendido de ellos.

Aquí también salta otra pregunta, ¿en qué momento colapsa el estado moche? Eso es lo que hay que discutir. ¿Qué factores ambientales han generado cambios brutales en la ideología, filosofía, religión y en la iconografía? Muchos de estos cambios los encontramos en sus expresiones artísticas. Por ejemplo, en la huaca de la Luna tenemos dos templos, en el viejo templo se le rinde culto a la deidad felínica hasta los 600 o 650, pero cuando nos trasladamos unos cien metros más arriba, al templo nuevo, ya no encontramos a esta deidad. Entonces, si la iconografía ha cambiado, algo tiene que haber generado ese cambio. El arte demuestra el constructo imaginario que ellos tenían. La interpretación iconográfica de los relieves de la huaca de la luna nos puede dar respuestas que, a manera de primicia se los comento, serán temas que incluiremos en el tercer coloquio.

La idea es seguir construyendo conocimiento. ¿Cuánto conocimiento hay en todos estos monumentos arqueológicos? No lo sabemos. Imagínense ustedes cuánto conocimiento podríamos obtener si excaváramos el 80% del complejo arqueológico, lo que hemos hecho hasta ahora no llega ni al 30%. Lo que hemos trabajado nosotros es la huaca de la luna, la huaca del sol apenas cuatro veces hicimos excavaciones y se volvió a cerrar. Además, falta trabajar la falda del cerro, está llena de arquitectura.

Esto último, en realidad, ya es para otra generación. Estos son proyectos de varias generaciones. Mi generación va terminando poco a poco, quizás en unos 5 o 10 años más tendrá que entrar otro equipo a la dirección; tienen que ser los chicos que ya se están formando con nosotros, que tengan esta mística que no se puede explicar y que sigan la línea dentro de la universidad y el Patronato Huacas de Moche. Lo importante es que mi generación ya marcó una huella, esa huella no se va a perder, pero quienes van a continuar deben seguir trabajando bien, si no, desde el otro mundo les vamos a jalar las patas. El trabajo es y debe continuar siendo organizado. En las huacas nunca se ha hecho una excavación que no responda a un problema de investigación.

Respecto al trabajo que se viene realizando en huaca de la luna y al trabajo que tú has realizado en el valle de moche. ¿Cuál ha sido el hallazgo o la gestión que más ha calado en ti o el que te ha dado más satisfacción personal? Debe haber uno al que le tengas personal aprecio y memoria.

El hallazgo principal, único e incomparable a todo lo que puede haber pasado, fue el hallazgo de los relieves el 20 de octubre de 1990, ese es el que da inicio al proyecto. Gracias a ese hallazgo se inicia el proyecto y con ello cambia la vida de mucha gente, incluida la mía.

Nos contaste como sucedió, pero nos gustaría saber, ¿cómo te sentiste?

Bueno, en ese momento sentí mucha emoción, es indescriptible, pero más recuerdo lo que pensé, el cerebro es más rápido que uno mismo y ahí en fracciones de segundos tuve una proyección rápida en el tiempo y me imaginé muchas cosas en ese momento y algunas las hicimos realidad, como el museo, por ejemplo.

Para que tengan idea estamos hablando de un muro que calculamos tenía veinte metros, entonces pensé: “esto tiene que ser descomunal”. ¿Qué habrá delante de este muro? Si aquí hay un muro entonces tiene que haber un patio, como se vio en Chan Chan. O sea, en ese momento la imaginación es muy rápida, uno vuela.

Ricardo en Los Pinchudos, Parque nacional del Río Abiseo. Foto: Archivo Ricardo Morales Gamarra.
Ricardo en Los Pinchudos, Parque nacional del Río Abiseo. Foto: Archivo Ricardo Morales Gamarra.
En cuanto a gestiones, de todas las que se han hecho, es el ingreso de la World Monuments Found la que más satisfacción me ha dado, porque eso tiene su partida en Los Pinchudos y Pajatén, en el parque Nacional Río Abiseo. Yo gané una beca de cuarenta y siete mil dólares de la World Monuments Found y conseguí ser auspiciado por Warren Church, que en ese tiempo estaba en la universidad de Colorado y consiguió de la National Geographic ocho mil dólares más para el proyecto. Es que la beca no da dinero para arqueología sino para conservación o investigación para la conservación, entonces armamos un equipo y nos fuimos a la selva. Estuvimos dos meses en la selva virgen, fue una experiencia gratísima.

Después de ello me invitaron a Sao Paulo para hacer la presentación de esos trabajos y ellos se quedaron cautivados con el monumento en plena selva virgen. Fue ahí que me comentan que querían apoyarme en un trabajo que yo tuviese. Entonces les presenté el proyecto de la huaca y es así como el 2002 ingresa la World Monuments Found, gracias a un trabajo anterior que hicimos en el año 2000.

Pero considero que lo más importante en toda la gestión fue la creación del Patronato Huacas del Valle de Moche, presidido por nuestro querido y siempre recordado maestro Alfredo Pinillos Hoyle, Don Fefe, un caballero. El equipo está formado por Alfredo Pinillos hijo, Tom Barger, Victor Urquiaga, Ricardo Ganoza, entre otras personas. Todos ellos han llegado a interiorizarse con el monumento, eso se ve en sus logros. Mucha gente me dice: “Oye pásame los estatutos del patronato”, al ver que funcionan. Pero eso no lo hacen los documentos sino la gente y es su trujillanismo la motivación que los impulsa. Esto es una lección. Son treinta años trabajando y nos siguen apoyando y eso creo que solo se puede traducir en una sola palabra: transparencia.

Tantas historias, anécdotas y recuerdos que nos estás contando solo nos hace preguntarnos: ¿Cómo empieza todo esto para ti? ¿Cómo es que llega el joven Ricardo Morales al mundo de la historia, la arqueología y el patrimonio en general? ¿Te imaginabas que llegarías a ser uno de los referentes en la historia del Perú y el mundo?

Bueno (Ricardo se carcajea). ¡No exageren! (Parece no creer lo que escucha). La historia es algo que siempre me ha atraído. He tenido una madre que supo sembrar muchas cosas en mí, pero yo también tenía inquietudes y siempre me ha gustado la aventura.

Yo, durante mi primer año de secundaria vivía en Pueblo Libre, en Lima, en la avenida San Martín, a unas cinco o seis cuadras del Museo Arqueológico de Pueblo Libre. Entonces para mí era muy fácil hacerme “la vaca”, no iba al colegio para irme al museo. Hasta ahora me acuerdo, hasta la puedo dibujar, siempre que voy busco esa maqueta, la maqueta de Machu Picchu y me paseaba por el museo. Ya la gente me conocía, me dejaban pasar. “A ese niño déjenlo pasar”, decían. Yo no pagaba, yo me acuerdo que iba con mi carnet de la Biblioteca Nacional para pasar, yo no tenía plata para pagar. Es más, ni sabía que se pagaba para ingresar a un museo. Ese museo lo conozco desde que tuve 13 años. Ya sabía distinguir algunos elementos.

Por otro lado, mi madre me llevaba a muestras. Me acuerdo mucho de una exposición francesa, en lo que ahora es el MALI. La Embajada Francesa hizo una exposición en el paseo Colón, que fue una maravilla. Me acuerdo perfectamente de todos los salones, eso lo tengo muy grabado en mi cerebrito, por eso es que quiero mucho a Francia, a pesar de que no he tenido la suerte de estudiar ahí.

Además, puedo decir que he tenido profesores como Alberto Pinillos, por ejemplo, que siempre me ha motivado e incentivado. Rafael Narváez Cadenillas, el doctor Jorge Zevallos Quiñones, personas importantes que uno no puede olvidar. Son personas y experiencias que van calando en ti sin que te des cuenta y se van consolidando en una plataforma. Entonces, cuando llega el momento en que uno se pregunta ¿qué hago yo aquí?, ya tienes esta plataforma sólida que te da el impulso para saltar.

Y la aventura siempre me ha llamado, como irme a la selva. Mi madre me decía: ¿a qué te vas allá arriesgando tu vida si puedes estar aquí tranquilo? Me lo decía, pero ella sabía que yo no iba a aceptar su negativa. Me he ido a Los Pinchudos tres veces, he cruzado la cordillera de los andes a caballo y en mula; no tienen idea como la condición humana sube a niveles de estratósfera total. Porque no es lo mismo ir en un helicóptero que cruzar a caballo y caminar en el fango. Como decía uno de los chicos que nos acompañaron: “Yo cargo mi caballo, pero no lo dejo”.

Todas esas cosas a uno lo fortalecen espiritualmente. Yo tengo ahorita 74 años y no me siento viejo. Yo sé que todavía tengo mucha cuerda para tirar duro hacia adelante. A los 75 me van a decir muchas gracias señor por los servicios prestados a la nación, pase usted al invernadero. ¡No! Es algo que nunca voy a aceptar, pues tengo mucho fuelle y mucho carácter para seguir trabajando. Además,  siempre me van a necesitar en otros sitios, de eso estoy seguro.

Ricardo, por tu profesionalismo y por tu experiencia es fácil caer en cuenta que debió haber otras ofertas, otras propuestas para dirigir proyectos nuevos, en otros lugares, pero has decidido permanecer aquí todo este tiempo. ¿Qué es lo que te mantiene en constante relación con la huaca, el museo, con Moche, con Trujillo?

Son sentimientos que a veces uno no los entiende. ¿Cómo uno puede haberse encariñado tanto con una tierra? Sí, he tenido varios ofrecimientos. En el 75, después de terminar mi trabajo con la Unesco en Cusco, me ofrecieron una dirección para quedarme. Me acuerdo que un amigo chileno, Abel Bubenik, me dijo: “Ricardo, ándate a Trujillo, que allá vas a ser cabeza de ratón y aquí cola de león”. Recuerdo mucho de ese consejo. De todas maneras quedarme en el Cusco iba a ser muy difícil. Me gusta la sierra, pero no para vivir en ella. Yo tengo que ver el mar, sino no vivo, tengo que sentir que está cerca.

La segunda invitación fue a Bogotá, ahí tengo aún la cartita. Me invitaron ya nombrado y todo para hacerme cargo del área de restauración en Bogotá y no acepté, con buen sueldo y todo, a pesar de la bronca que generé en una persona que fue mi mentor, un mexicano, Rodolfo Vallín Magaña.

La tercera fue en Nueva York, en el año 97. El sueldo era realmente atractivo, me ofrecieron un trabajo en restauración, pero no, tampoco. Ya por entonces yo tenía mi bebé de siete años y era difícil para mí alejarme más de lo que ya me había alejado, estuve cinco meses en Estados Unidos.

Dejar un sitio como Trujillo, que para mí es la sucursal del cielo, para irme a otro lugar no era posible. Los ofrecimientos han seguido. Tuve una invitación para Bolivia y la última fue de Costa Rica cuando fui a trabajar a un sitio que se llama Guayabo, al pie del volcán Torre Alba.

Pero hay algo en todos estos sitios que no hay y es la comida, ¡cierto ah! Además, yo diría que hay dos elementos que son muy importantes en mi formación: Uno es Chan Chan, trabajé trece años ahí, conozco Chan Chan como muchos, pero esos muchos no saben lo que yo conozco y no hablo necesariamente de lo arqueológico. Y el segundo reto importante fue la restauración del retablo mayor de la catedral, porque cuando recibimos los restos del retablo eran fragmentos y esculturas rotas. Fue una bonita experiencia y un reto porque significaba armar un gran rompecabezas sin tener referencias, eso también me motivó a dedicarme a la investigación.

Ahora que veo cómo van deformando el retablo siento que el Morales y el Gamarra, y cuidado con el Gamarra que es terrible, se me quieren salir. Mi madre fue tarapaqueña, ella fue de las familias que nunca se rindieron ante Chile y que prefirieron dejar todas sus propiedades para venirse. Entonces yo, siendo de esas heroicas familias tarapaqueñas y siendo a la vez muy duro, cuando digo las cosas fuertes soy bastante de “machete en mano”, porque defiendo lo mío. A mí nadie me puede levantar el dedo o acusar, yo no tengo rabo de paja. Más bien me pueden investigar como ya lo han hecho y no me van a encontrar nada. Prueba de ello es todo lo que he hecho, no solo Chan Chan y la huaca, es la catedral, es El Carmen, la casa del mariscal Orbegoso, la casa Risco.

Portada de la Casona Ramírez y Laredo, actual Café Casona Deza. Foto: Clío Cultura y Ciudadanía.
Portada de la Casona Ramírez y Laredo, actual Café Casona Deza. Foto: Clío Cultura y Ciudadanía.

La primera casa que restauramos en Trujillo fue la Ganoza Chopitea o Ramírez y Laredo. ¿Iglesias? ¡Ufff! ¿Cuántas? Belén, El Carmen, Huamán y Santa Rosa. Entonces creo que si Diosito toma en cuenta todo eso ya tengo seguro el ingreso. Me acuerdo cuando trabajaba en las pinturas murales de la casa Ganoza, pasaban los taxistas gritando ¡boten esa vejez! y hagan un edificio de diez pisos, nosotros jóvenes nos reíamos.

¿Cuántos metros cuadrados de pintura mural hemos descubierto y trabajado en Trujillo? Bueno, más de tres mil metros cuadrados. Actualmente estoy haciendo un estudio de eso.

¿Cómo es que tu constante formación académica ha sido un motor para tu desarrollo profesional?

Yo soy profesor, profesor formado en la Universidad Nacional de Trujillo. Mi promoción se llama Alberto Pinillos Rodríguez, en un reconocimiento al cariño que le alcanzamos a este digno profesor universitario.

Después he estudiado otras cosas, y dentro de ellas, la conservación. Estudié también bibliotecas, pero llegó un momento en la universidad en que tuve que decidirme. Un camino a la izquierda que eran las bibliotecas, tenía una plaza ya ganada en concurso y otra que era la restauración y la UNESCO me puso una beca, y me fui con la beca. Renuncié a la universidad, trabajaba en la facultad de medicina en el año 74.

La beca de UNESCO fue gracias a mis buenos rendimientos, no hay porque ocultarlo. Me dieron una beca, que creo fue muy generosa. Fueron tres en una: Estudié en Roma, en Madrid y en Bruselas. Gracias a esta beca triple pude abrir los ojos más de lo que los tenía, pero creo que finalmente en mi formación profesional han tenido mucho que ver mis estudios de maestría y doctorado en ciencias ambientales, ello me ha dado una visión más amplia, más holística de lo que es el monumento arqueológico. En realidad yo ya no veo al monumento arqueológico horizontalmente, en plano suelo, lo veo de forma vertical y antes que el monumento veo el medio ambiente.

Estoy convencido que los monumentos arqueológicos no se van a conservar si no hay una política estatal de prevención del medio ambiente que rodea el entorno inmediato del monumento arqueológico. Si mejoramos las condiciones ambientales, vamos a darle a ese enfermo, a ese viejo que está fatigado y vulnerable por todas las actividades que nosotros hacemos, mejores condiciones, entonces va a vivir más tiempo. La conservación lo que hace es mitigar el impacto del tiempo, de la naturaleza y de nosotros que somos unos bárbaros.

Decidí dedicarme a la restauración y trabajé en el plan maestro que generó Lucho Alva Castro y el Banco Central de Reserva. Formé parte del equipo que manejó el Proyecto de Chan Chan, el Proyecto de la Iglesia y Monasterio del Carmen y la catedral, en donde inauguramos el museo catedralicio el 29 de diciembre de 1997. Entonces creo que esta experiencia fue muy importante, aparte de la que ya había obtenido yo como jefe y en algún momento como Director de Patrimonio Cultural en el INC. La gestión, la capacidad de gestión que a mí no me la enseñaron en un aula, sino que la aprendí en el campo moviendo adobes, moviendo andamios, agarrando carretillas; tantas cosas. Ustedes me van a hacer llorar, que realmente son un recuerdo inmenso. Supongo que en algún momento tendré que escribir algo sobre todo esto.

Hay tantas experiencias, tantas anécdotas, como haber viajado a El Gran Pajatén tres veces, haber cruzado la cordillera de los andes una cuarta vez para ir a la laguna de los cóndores, participar en proyectos grandes como planes de manejo de Nazca, Pachacamac, Chavín, Túcume, Kuelap, Chan Chan (dos veces). Eso le da a uno un campo bastante rico de experiencias. Recordar todo lo que he hecho, me hace pensar: ¿por qué no vivir más tiempo?

Entrevista realizada por la plataforma virtual Zoom el lunes 25/05/2020 – 4:00 pm
Fuente: https://clio.pe

Cuando los muertos hablan en Moche

INTRODUCCIÓN.

La arqueología denomina indistintamente Moche o Mochica a una compleja cultura pre-inca, cuyo pueblo vivió en gran parte de la costa norte del actual Perú,desde inicios de nuestra era hasta mediados del siglo IX. Lo que hasta fi nes de la década de los 80sfue pensado como un Estado Moche monolítico y centralizado (Larco 1945), ha sido re-interpretadoen los últimos años como una serie de entidades políticamente independientes pero interrelacionadas por la ideología (Bawden 1995; Castillo y Donnan1994), cuya complejidad social se dio a diferentes niveles, en los diferentes territorios que los moches ocuparon (Castillo y Uceda 2008). Una de las variables en las que se observa las particularidades de las diferentes entidades políticas moches, es la de los patrones funerarios (Kaulicke 2001: 245).

Autores: Henry Gayoso Rullier y Santiago Uceda Castillo
Titulo originalCuando los Muertos Hablan en Moche. Los Patrones Funerarios en un Conjunto Arquitectónico del Núcleo Urbano

El complejo arqueológico Huacas del Sol y de la Luna es considerado como uno de los sitios moches más importantes, acaso la ciudad capital del denominado Estado Moche del Sur (Castillo y Donnan 1994). Éste habría ocupado los actuales valles de Chicama y Moche, ambos considerados como el área nuclear, desde donde los moches se habrían expandido, en su época de máximo esplendor, hacia los valles sureños de Chao, Virú, Santa y Nepeña. Los restos de la otrora ciudad de Huacas del Sol y de la Luna se ubican en la zona sur del valle de Moche, en su parte baja, a 6 kilómetros de la línea costera y a 5 kilómetros de la moderna ciudad de Trujillo. La ciudad se asienta al oeste del río Moche y al este del mítico Cerro Blanco. Si bien hubo estudios anteriores muy puntuales desde fi nes del siglo XIX (p.e. Uhle 1915; Topic 1977), el sitio se ha estudiado de manera intensiva y continua desde el año 1991, gracias al Proyecto Huaca de la Luna, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Trujillo. Los estudios del Proyecto han permitido establecer en el área arqueológica nuclear, que ocupa un espacio de aproximadamente 750,000 m2, tres elementos mayores: la Huaca del Sol, la Huaca de la Luna (ambos, sus edifi cios mayores) y el Núcleo Urbano.

Fig. 1. Mapa General del sitio y detalle de ubicación del CA35.

La Huaca del Sol se ubica en el extremo oeste de la ciudad. Es una estructura piramidal de adobe que, en su último proyecto arquitectónico, llegó a tener 345 m de largo, 160 m de ancho y 30 m de altura máxima, siendo considerada una de las pirámides de barro más grandes de América. Huaca de la Luna, es un complejo arquitectónico compuesto por dos templos de adobe, ambos ubicados a los pies del Cerro Blanco, en el extremo este. El Templo Viejo, que está compuesto por dos plataformas y tres plazas, ocupa un espacio de 31.806 m2, donde su estructura mayor, la Plataforma I, destaca con sus 100 m de lado y 24 m de altura, con forma de pirámide escalonada, y su eje principal en sentido norte-sur. El Templo Nuevo, compuesto por una plataforma aterrazada y acaso una plaza, se ubica inmediatamente al este del Templo Viejo y su eje principal se orienta de este a oeste; los trabajos en este templo son aún iniciales. Los muros de ambos templos fueron primorosamente decorados con motivos iconográfi cos policromos. Finalmente, el Núcleo Urbano se halla en la planicie que separa las dos huacas, donde se ubicaron las áreas residenciales, de producción, de almacenaje, administrativas y de relaciones sociales recíprocas (fi gura 1). Prácticamente en todas las publicaciones sobre el sitio arqueológico, se menciona y describe tumbas moches. Sin embargo, el estudio específi co sobre sus prácticas funerarias se inició con el trabajo de Donnan y Mackey (1978), quienes publicaron un libro sobre patrones funerarios antiguos, a partir del análisis de tumbas excavadas en el valle de Moche, incluyendo las Huacas del Sol y la Luna; luego Tello, Armas y Chapdelaine (2003), hicieron un estudio comparativo de las prácticas funerarias moches, a partir de tumbas del Núcleo Urbano y de la Huaca de la Luna, excavadas entre 1991 y 1998.

Fig. 2. Fotografía aérea del CA35.

Para cumplir con el objetivo de la presente investigación, hemos tomado como muestra un grupo de tumbas registradas en el Conjunto Arquitectónico 35 (CA35). Este Conjunto tiene un área total de 495 m2; se ubica en la zona central del Núcleo Urbano, unos 120 metros al oeste del Templo Antiguo de Huaca de la Luna. Ha sido estudiado entre los años 2000 y 2005 (Tello et al. 2006; Tello et al. 2008; Tello et al. 2004; Tello et al. 2005; Seoane et al. 2006). Se ha excavado y registrado la mayor parte de su extensión, hasta el sexto piso de ocupación, salvo en el ambiente 35-5. En este ambiente se excavó hasta la capa estéril, 8 metros abajo, lográndose defi nir 13 pisos de ocupación cultural asociados a los estilos cerámicos Moche II, III y IV. Un muro grueso divide el CA35 en dos subconjuntos: el subconjunto 1, al este, ha sido defi nido como un área pública administrativa, mientras el subconjunto 2, al oeste, como un área residencial y de producción de chicha. Es probable que al menos durante el periodo Moche IV, el CA35 haya formado parte de un bloque arquitectónico complementado con los CAs 17 y 21 (Chiguala et al. 2006: 199), ambos identifi cados como talleres de producción artesanal, probablemente controlada por los habitantes del CA35. Los límites del CA35 no han variado en los últimos seis pisos de ocupación; por lo tanto, es muy probable que dicho Conjunto haya sido, a lo largo del tiempo, la residencia del mismo grupo social. De allí la relevancia del estudio de su variabilidad a través del tiempo (fi gura 2). Los resultados obtenidos nos han permitido establecer patrones de enterramiento típicamente moches (Donnan y Mackey 1978), pero también algunas variantes particulares. Algunas características observadas en nuestra muestra coinciden con las informaciones recuperadas por los cronistas sobre las costumbres de enterrar muertos, particularmente en los pueblos de la Costa Norte. LAS

TUMBAS Y SUS ASOCIACIONES

La muestra procedente de este Conjunto agrupó un total de 25 tumbas entre los pisos de ocupación 7 y 1, asociados a las fases estilísticas de cerámica Moche III y Moche IV (fi gura 3). A partir de fechas radiocarbónicas obtenidas para el Núcleo Urbano (Uceda et al. 2008), podemos decir que las tumbas asociadas a la fase estilística Moche III se ubican cronológicamente entre el 240 y el 600 d.C. Para esta fase, contamos con 18 tumbas. Las 7 tumbas Moche IV se ubican entre el 600 d.C. y el momento de abandono del sitio, hacia el 850 d.C. No se ha registrado tumbas anteriores al piso 7, menos aún asociadas a la fase estilística Moche II, probablemente debido a que el CA35 no ha sido excavado en su totalidad hasta el nivel estéril. Características estructurales de las tumbas Según las características constructivas, las tumbas del CA35 se clasifi can en tumbas de fosa y tumbas de cámara, siguiendo la clasifi cación previa hecha para las tumbas del Núcleo Urbano y Huaca de la Luna (Tello et al. 2003:154-155). Si hacemos un cruce entre las características constructivas de las tumbas, y el número de individuos que contienen, son cuatro los subtipos de tumbas identificados dentro de los límites del CA35: (1) las tumbas de Fosa de entierro Individual (FI); las tumbas de Fosa de entierro Grupal (FG); las tumbas de Cámara de entierro Individual (CI) y las tumbas de Cámara de entierro Grupal (CG).

Fig. 3. Correlación de las tumbas del CA35

Tumbas de fosa

Las tumbas de fosa son las más simples en términos estructurales. Para nuestra muestra contamos con 20 tumbas, de las cuales 18 son FI y 2 son FG (cuadro 1). Son hoyos que se excavan en el suelo, de dimensiones variables, generalmente oblongas. En algunos casos tienen la base en forma de «v», probablemente debido al tipo de herramienta utilizada para su excavación. Para su construcción, se tuvo que romper pisos de arquitectura y los rellenos de dichos pisos. La variable que parece determinar el tamaño de la fosa es el número de individuos que contiene, pues las fosas más grandes son del subtipo FG. Sin embargo, en el caso específi co de las tumbas FI, no es clara cual es la variable que determina el tamaño de la fosa aunque el rango o estatus, traducido en la cantidad de ofrendas, parece ser más importante que el tamaño del individuo (incluido edad y género). Por ejemplo, la tumba que contiene la mayor cantidad de cerámica (tumba 23), contiene un niño de entre 12 y 18 meses de edad, y la fosa mide 200 cm de largo por 150 cm de ancho y 62 cm de profundidad. La fosa de la tumba 11, que también contiene un infante de entre 8 y 16 meses de edad, tiene apenas 65 cm de largo por 37 cm de ancho y 30 cm de profundidad. La tumba del individuo de mayor estatura (tumba 20) tiene sólo una vasija de cerámica y mide 170 x 70 x 56 cm. Un ejemplo «clásico» de tumba de fosa es la Tumba 4 (fi gura 4), de subtipo FI. Está asociada al piso 3 (Moche III) y tiene como dimensiones: 170 cm de largo, 70 cm de ancho y 56 cm de profundidad. El cadáver se encontró en posición decúbito dorsal o supino, con la cabeza al sur y los pies al norte. El cráneo estaba ligeramente inclinado sobre el hombro izquierdo, mirando al oeste. Los miembros superiores e inferiores estaban extendidos. Se registró un efecto de pared en ambos lados del cuerpo, lo que indicaría la presencia de un ataúd al momento de su inhumación. Se trata de un adulto mayor, posiblemente una mujer. La estatura se estimó en 153,3 cm (± 3,82 cm). Sobre los pies se ubicó una botella. De la boca se recuperó una lámina gruesa de cobre; sobre la pelvis, una lámina delgada, asociada a la mano izquierda. Junto a la tibia izquierda, se ubicó un hueso de extremidad de camélido (Tello y Delabarde 2008: 133-134).

Cuadro1. Características constructivas de las tumbas del CA35.

Tumbas de cámara

Son las tumbas formalmente más complejas. Se denominan así porque su estructura está conformada por 4 muros de adobes construidos dentro de una fosa, sin que la altura de los muros llegue hasta la boca de dicha fosa. Los 4 muros forman una cámara de dimensión paralelepípeda. Puesto que el primer paso es excavar una fosa, también se tuvo que romper pisos de arquitectura, y los rellenos de dichos pisos, para su construcción. En nuestra muestra, se ha registrado 5 tumbas, de las cuales una es del subtipo CI (tumba 5), y las cuatro restantes son CG (cuadro 1).

Fig. 4. Dibujo de planta y fotografía de la tumba 4, de subtipo fosa individual.

Tres de las tumbas de cámara registradas en el CA35 (tumbas 9, 10 y 14; fase estilística Moche III) presentan un techo compuesto por un nivel de vigas de «algarrobo» (Prosopis pallida) o de «caña de guayaquil» (Guadua angustifolia) dispuestas a lo largo de la cámara descansando sobre las cabeceras de los muros norte y sur. Estas vigas a su vez soportaban un nivel de «caña brava» (Gynerium sagittatum), dispuesto de manera transversal a dichas vigas. Sobre el nivel de cañas, iba un nivel de adobes, para finalmente ser sellado por un relleno, es decir, un nivel de tierra de entre 20 y 97 cm de espesor, hasta alcanzar la boca de la matriz. Este relleno final estuvo generalmente compuesto por tierra y adobes, tanto enteros como fragmentados, muy compacto. Tello y Delabarde (2008: 147) asumen que el relleno fue humedecido y apisonado durante su depósito en la matriz. En los otros dos casos (tumbas 5 y 6, fase estilística Moche IV), las cámaras eran simplemente selladas por el mismo relleno de la tumba y un piso, sin arreglo de techo alguno (cuadro 1). Los adobes de los muros que configuraban las cámaras están dispuestos, en la mayoría de los casos, de soga, salvo en el caso de una cámara (tumba 10, fi gura 5) que tiene hornacinas en los muros este y oeste, donde los adobes están colocados tanto de soga como de canto. Las paredes de los muros de las cámaras estuvieron enlucidas con barro, sin evidencia de pintura. La base de las cámaras también era tratada mediante un apisonamiento compuesto por una capa de barro que descansaba sobre una capa de arena, o de arena y tierra.

Las dimensiones de las cámaras también varían, y no es clara ninguna variable que las determine. La cámara más pequeña (tumba 9), de subtipo CG, tiene en su interior 116 cm de largo por 60 cm de ancho y 88 cm de profundidad. La más grande (tumba 14), también del subtipo CG, tiene en su interior 226 cm de largo por 140 cm de ancho y 85 cm de profundidad.

Una tumba de cámara «clásica», desde el punto de vista formal, es la tumba 14. Se trata de una cámara de adobes construida dentro de una fosa excavada desde el piso 6. La fosa tiene 257 cm de largo por 178 cm de ancho y 125 cm de profundidad. Dentro de ella se habilitó la cámara, de 226 cm de largo por 140 cm de ancho y 85 cm de profundidad, cuya base estaba constituida por una capa de tierra apisonada de unos 5 cm de espesor. Dentro de ella se colocaron los cuerpos de tres individuos, de los cuales uno es el entierro original y los dos restantes, re-entierros. La cámara se rellenó con arena semi-compacta, mezclada con pedazos de piso, adobes quebrados y fragmentos de material cultural. La cámara presentó un techo compuesto por tres «cañas de guayaquil» dispuestas a lo largo sobre los muros norte y sur, sobre las cuales se colocó una trama de «caña brava» de manera transversal, para fi nalmente ser cubierto por una capa de adobes. Sobre este techo se colocó un relleno, compuesto de tierra y pedazos de adobe, hasta sellar la tumba (Tello en prensa: 179-184) (Figura 6).

Proceso de enterramiento

Los datos etnohistóricos proporcionados por los cronistas coloniales indican que, en el mundo andino, la muerte de una persona era un acontecimiento importante dentro de su familia y de su comunidad, y su importancia variaba según su posición social. La importancia social infl uía en el tiempo de duración del velatorio, dónde era enterrado, cómo y con qué era enterrado, la cantidad de asistentes a su sepelio, entre otros aspectos. Se desconoce en qué momento del velatorio el muerto era amortajado y/o colocado en un ataúd. De un dato proporcionado por Bartolomé de las Casas (1939 [1550], capítulo XV), respecto a que durante el velatorio «Ponenle cada dia ropa y vestidos nuevos sobre los que tiene, sin quitalle nada» se deduce a priori que la colocación del difunto en la mortaja y/o ataúd se debió hacer en las instancias finales.

Luego del velatorio, que podía durar varios días dependiendo de la clase social del difunto1, se procedía al entierro. El difunto era llevado por sus parientes y amigos en procesión hasta la sepultura, Según Bernabé Cobo (1964 [1653], capítulo VII), «Celebraban las obsequias acompañando al muerto sus parientes y amigos hasta la sepultura con cantares lúgubres, bailes y borracheras, que duraban tanto más tiempo cuanto era mayor la calidad del difunto».

En el caso de la tumbas de fosa, el proceso de enterramiento parece fácil de deducir. Uno o dos sepultureros cavaron la fosa hasta alcanzar las dimensiones deseadas 2. Luego se procedió a colocar el cuerpo del difunto (o difuntos), el ajuar funerario y ofrendas correspondientes. Finalmente, los sepultureros rellenaron la fosa con tierra hasta sellarla; incluso, se pudo sellar con un piso arquitectónico.

En el caso de las tumbas de cámara, los sepultureros cavaron una fosa hasta alcanzar las dimensiones deseadas y dentro de ella arreglaron la disposición de los 4 muros que dan forma paralelepípeda a la cámara. La disposición de los adobes dependerá de la presencia o no de hornacinas. Se niveló la base de la cámara con barro, a manera de piso, y se procedió a la deposición del cuerpo o cuerpos humanos, y las asociaciones correspondientes. Las tumbas de cámara Moche III del CA35 fueron rellenadas hasta la base de la cámara, luego de lo cual se colocó el techo, para fi nalmente rellenar el resto de la fosa hasta la boca. Las tumbas de cámara Moche IV fueron rellenadas hasta la boca de la matriz, sin colocar techo alguno.

Este proceso «clásico» presenta dos variantes en el CA35, defi nidas por cuerpos inhumados fuera de la cámara, pero dentro de la fosa3 (tumbas 5 y 6). En el caso de la tumba 5, el difunto-ofrenda se entierra primero, en la base de la matriz de fosa, luego se rellena con tierra y se elabora el piso de la cámara. Luego se construye la cámara, es decir sus 4 muros, y en su interior se deposita el cuerpo. En la tumba 6, el proceso es el mismo, con la diferencia de que en el interior de la cámara se depositan el entierro principal y más difuntos-ofrenda4.

Fig. 5. Tumba 10. a. Plano de parte de la cubierta; b. Plano de planta de restos óseos y cerámica en la cámara; c. Plano de ubicación de las hornacinas de la cámara; d. Reconstrucción isométrica de la cámara.
Fig. 6. Tumba 14. a. Plano de planta de la cubierta; b. Plano de planta de las osamentas y de la cerámica.

Asociaciones

Las asociaciones se pueden separar en aquellas que están en directa relación con el cuerpo (relación directa) de aquellas que no lo están (relación indirecta). De los cronistas obtenemos descripciones sobre las asociaciones que acompañaban a los difuntos de elite. Las tumbas de los difuntos más importantes incluían en su ajuar a sus mujeres, sirvientes, vestidos, ornamentos, objetos de cerámica, objetos de metal, armas, instrumentos de ofi cio, comida y chicha, etc. Tomaremos como ejemplo, la descripción que hace Bernabé Cobo, quien describe con qué se enterraba a los difuntos:

«… aderezados y compuestos de las vestiduras mas preciosas, de todas las joyas y arreos con que solían engalanarse cuando vivían, con las armas que usaban en la guerra, y en muchas partes con los instrumentos del ofi cio que habían ejercitado en vida, como, si era pescador, con las redes y demás adherentes; y a este modo de los otros ofi cios. Ponían sobre el cuerpo difunto de sus comidas y bebidas; y con los caciques y señores enterraban parte de sus criados y de las mujeres mas queridas; destos, unos ahogaban antes y los echaban muertos, y a otros, habiéndolos primero emborrachado, los metían vivos en la sepultura, a que muchos de su voluntad se ofrecían» (Cobo, op. cit., capítulo VII).

Asociaciones de relación directa

Aquí incluimos aquellos objetos que están en contacto directo con el cuerpo, como objetos en la boca, manos y/o sobre diferentes partes del cuerpo; máscaras, collares, orejeras, narigueras y otros ornamentos puestos en sus sitios correspondientes o al menos dentro de receptáculos como ataúdes o fardos (Kaulicke 2001: 91) (ver cuadro 3).

Cuadro 3. Asociaciones directas e indirectas en las tumbas del CA35.

Ornamentos de metal

Generalmente los ornamentos que forman parte de la indumentaria del difunto son de metal, principalmente cobre. Sólo en siete tumbas se han registrado ornamentos completos o casi completos de metal reconocibles. Entre los ornamentos reconocidos se encuentras restos de máscaras, narigueras, orejeras, colgantes, collares, cuchillos, así como partes de ornamentos no identifi cados, como cuentas, láminas y discos. La tumba más rica en ofrendas de metal es la tumba 9, asociada a la fase estilística Moche III, que registra 2 orejeras de oro, un collar conformado por 12 grandes conos de cobre dorado en forma de búho y una cuenta alargada de este mismo material; un par de láminas alargadas con agujeros, de cobre dorado; un conjunto de pequeños discos de cobre dorado; pequeños discos y cuatro pequeños objetos globulares debajo de la mano del individuo principal (Figuras 7 y 8).

Fig. 7. Vista en primer plano, in situ, de asociaciones de ornamentos del difunto principal de la tumba 9.
Fig. 8. Ornamentos de metal de la tumba 9. a. Orejeras de oro;
b. Colgante en forma de cono; c. Objeto laminar alargado con
agujeros.

Fragmentos de metal, cerámica y conchas

Fig. 9. Tumba 13. Asociaciones directas de fragmentos de
cerámica.

En algunos casos, se ha registrado la costumbre de colocar piezas de cobre (láminas y fragmentos de láminas delgadas y gruesas, piezas pequeñas enteras y fragmentadas, en algunos casos dobladas, etc.) en la boca del difunto, a veces envueltos en un fragmento de textil de algodón. Estas piezas habrían sido deliberadamente dobladas o rotas antes de ser colocadas en las tumbas. Según Donnan y Mackey (1978:86) esta costumbre «is an extensión of the Salinar and Gallinazo practice of placing metal objects in the mouth». Estos investigadores señalan que esta práctica es muy común en las culturas prehispánicas subsecuentes (Ibid.). Sin embargo, su signifi cado simbólico, al menos en el mundo mochica, es desconocido5. Esta costumbre fue practicada, a decir del Padre Calancha (1934 [1638], capítulo 12), hasta algunas décadas después de la conquista:

«En los primeros años de su conversion desenterravan los difuntos de las Iglesias o cementerios, para enterrarlos en sus guacas, o cerros o llanadas, o en su mesma casa, i entonces beven, baylan i cantan, juntandose sus deudos i allegados, i les ponian como antes oro i plata en la boca, y ropa nueva tras la mortaja, para que les sirva en la otra vida. Esta supersticion mando arrancar el Concilio segundo Limense del ano de 1567 (…)».

La boca no es la única parte del cuerpo donde se colocaban pequeños objetos o fragmentos de objetos de metal. También se colocaron en antebrazos, manos, tórax, pelvis, piernas y pies. Esta costumbre no discrimina edad ni sexo, pero si el rol funerario del difunto, al menos en el CA35: de 36 individuos, al menos 12 tenían metal en algunas de las partes del cuerpo señaladas, pero ninguno de ellos es un acompañante o difunto-ofrenda, por lo cual esta costumbre está asociada a los difuntos principales. Otra costumbre que parece ser análoga, es la de colocar fragmentos de cerámica en vez de metal, pero esto sólo se da, al menos en el 35, en tumbas de fosa (Figura 9). Existe un caso donde el difunto tiene en las manos valvas de concha (ver cuadro 3).

Cinabrio

Si bien el uso del cinabrio (sulfuro de mercurio) para fi nes funerarios estuvo muy difundido en la zona central andina, no es común a todos los contextos mortuorios. En las Huacas del Sol y de la Luna se ha registrado cinabrio en las osamentas, en los arreglos (ataúd, envoltorio) o en las ofrendas asociadas (cerámica, metal, mates) de algunas tumbas, así como en algunos contextos arquitectónicos rituales. Pero no es lo común. En el caso específi co del CA35, se detectó en dos tumbas: tumba 5 (radio derecho del individuo principal) y tumba 19 (cuello).

Otros

Además del material descrito, también se pueden encontrar en las tumbas objetos de piedra y hueso, principalmente en forma de cuentas que habrían formado parte de collares.

Asociaciones de relación indirecta

En este grupo incluimos ofrendas que, estando dentro de la estructura funeraria, están separadas del individuo aunque ordenados en relación a él (Kaulicke op. cit.). En este grupo destacan la cerámica y las ofrendas de animales, especialmente camélidos (ver cuadro 3).

Objetos de Cerámica

Se ha registrado en total 143 piezas de cerámica, completas o casi completas, asociadas a las fases estilísticas Moche III (79 piezas) y Moche IV (64 piezas). Las formas de cerámica más recurrentes son las botellas y los cántaros6. Prácticamente todo el grupo de vasijas son fi nas; la calidad de la cerámica es buena en términos generales. Sin embargo, la cerámica de las tumbas Moche III (Figura 10) es de mejor acabado que la de las tumbas Moche IV (Figura 11). Cualitativamente, las piezas de cerámica registradas son piezas fi nas, escultóricas y/o pictóricas, de uso restringido. En un sólo caso, el ajuar cerámico incluye una vasija de cerámica para uso doméstico: una olla (tumba 23, ocupada por un infante)7.

Fig. 10. Muestra de vasijas de cerámica de tumbas Moche III del CA35. a. Botella asa-estribo con decoración pictórica; b. botella asaestribo escultórica.; c. Cántaro con decoración pictórica; d. Cántaro con decoración escultórica; e. Cuenco; f. Canchero; g. Olla; h. Crisol; i. Miniatura que representa un vaso escultórico.

No se han hecho estudios específicos para determinar si los objetos cerámicos fueron elaboradas ex profeso para la tumba o son piezas de uso restringido usadas por el difunto en vida. En el estudio sobre las tumbas del Núcleo Urbano y Huaca de la Luna previamente mencionado, al hablar sobre el ajuar cerámico, Tello y colegas (2003: 163) aseguran que sólo algunos ceramios de la mejor calidad, que posiblemente formaban parte de los objetos personales del difunto, presentaron huellas de uso; en la mayoría de los casos, no presentaban evidencias de uso y se tratarían de vasijas fabricadas ex profeso para el entierro. La presencia de vasijas crudas en algunas tumbas Moche IV de Plataforma Uhle (Chauchat y Gutiérrez 2006, 2008) indicaría también una tendencia a elaborar piezas de cerámica estrictamente para fi nes funerarios.

Normalmente, las ofrendas de cerámica en las tumbas de fosa, tanto Moche III como IV, oscilan entre 1 y 4 piezas. Los dos casos excepcionales son las tumbas 7B y 23 (9 piezas cada una). La tumba 23 contiene 1 olla, 1 botella asa-estribo escultórica, 2 cántaros y 5 miniaturas8. Esta tumba es la única en donde se registran una olla y miniaturas. Es en las tumbas de cámara donde se ha hallado la mayor cantidad de cerámica por tumba; en líneas generales, el número de piezas de cerámica en este tipo de tumba es muy variable, y no guarda relación con el número de individuos que la ocupan. Por ejemplo, la tumba 5 posee la mayor cantidad de ajuar cerámico, contando con 44 piezas de cerámica, y solamente fue ocupada por un individuo dentro de la cámara, y una ofrenda humana bajo la misma, la cual no posee cerámica asociada. Sin embargo, la tumba de cámara 14, que fue ocupada por 3 individuos, sólo contó con 8 vasijas asociadas.

Casi todas las tumbas tenían vasijas de cerámica. Sin embargo, cinco no contuvieron vasijas de cerámica como parte de su ajuar funerario (tumbas 13, 18, 19, 21 y 22)9. En los 5 casos se trata de tumbas de fosa ocupadas por infantes, de las cuales tres pertenecen a un mismo piso de ocupación (tumbas 18, 19 y 22, piso 4). Estos infantes, en 4 casos, presentaron fragmentos de cerámica doméstica en asociación directa al cuerpo, aparentemente de manera análoga a la costumbre de colocar láminas o fragmentos de láminas de metal, como ya se ha visto.

Fig. 11. Muestra de piezas de cerámica de tumbasMoche IV del CA35.
a. Botella de asa lateral;
b. Cántaro con aplicación
escultórica; c. Cántaro
con decoración pictórica;
d. fl orero; e. cuenco;
f. canchero; g. silbato;
h. pututo; i. piruro.

Ofrendas de animales

Catorce tumbas presentan ofrendas de animales, de las cuales 12 son ofrendas de camélido; en un caso es un roedor (probablemente un «cuy», Cavia porcellus) y en otro caso es un pescado no identificado. Las partes de camélido que se ofrendan de manera más común son el cráneo, mandíbula, vértebras, costillas y extremidades. Parece que ciertas ofrendas de animales no habrían cumplido una función alimenticia en el marco ideológico funerario moche, como ya fue observado por Donnan y Mackey (1978: 210), en base a la pobreza del contenido de carne de las ofrendas de camélido. Recientemente, Nicolás Goepfert analizó una muestra de ofrendas de animales registradas en tumbas de la Plataforma Funeraria Uhle, al oeste del templo viejo de Huaca de la Luna. Corroboró lo observado por Donnan y Mackey y sugiere, haciendo uso de datos iconográficos y etnográficos, una función de psicopompa, «es decir, que el animal ayuda a llevar el alma del muerto al inframundo» (Goepfert 2008: 240). Al menos este parece ser el caso para las ofrendas de camélido, animal que es representado en la iconografía transportando esqueletos en el mundo de abajo.

Adicionalmente, se puede encontrar en algunas tumbas otras piezas como piedras trabajadas y pedazos de cuarzo.

LOS INDIVIDUOS ENTERRADOS Y SU TRATAMIENTO

En total, son 36 los individuos enterrados en las diferentes tumbas registradas en el CA35.

Orientación

La orientación predominante es la S-N, típica de los entierros moches en el sitio, en la cual el cuerpo está enterrado a lo largo de la matriz, con la cabeza al sur y los pies al norte; sin embargo, se han registrado 4 casos en los cuales el cuerpo está orientado en sentido E-W. La predominancia de la orientación S-N es recurrente para cada piso de ocupación. La orientación del cráneo parece ser irrelevante, pues se han registrado casos en que el individuo está con la mirada al frente, así como al este o al oeste (cuadro 2).

Posición

La posición más común del cadáver es decúbitodorsal o supina (DD), con las extremidades superiores e inferiores extendidas. En la mayoría de los casos, las extremidades superiores están recogidas a la altura de la pelvis, y las extremidades inferiores recogidas a la altura de los pies, uno sobre el otro. Sin embargo, existen algunas variantes en la posición de manos y los pies. Las manos pueden estar también paralelas a los costados, a la altura del fémur; recogidas ambas sobre el tórax; o una bajo el cuerpo y otra sobre la pelvis. Las extremidades inferiores pueden estar también extendidas con los pies paralelos, o ligeramente fl exionadas.

La posición DD, con 21 casos de los 36 registrados, equivale al 60% del total de difuntos del CA35. La preferencia por esta posición es constante para cada uno de los pisos de ocupación. Son menos comunes los casos de posición decúbito dorso-lateral o de costado (DDL, izquierda y derecha), decúbito ventral o prono (DV), posición sentada fl exionada (SIT) y posición decúbito ventro-lateral derecha, con las piernas hiper-fl exionadas (DVLd) (ver cuadro 2).

Cuadro 2. Características biológicas y de tratamiento del difunto de las tumbas del CA35.

La posición DV no es aplicada en ninguna de las tumbas de la fase estilística Moche III de nuestra muestra, sólo en las tumbas Moche IV. En los tres casos registrados, los individuos están en tumbas de cámara y en calidad de acompañantes, como difuntosofrenda. En dos casos, boca abajo y en un caso con el cráneo mirando al norte (fi gura 12a).

La posición DDL (de costado) se aplica en 3 tumbas de infantes del subtipo FI (Moche III) y una tumba de adulto de sexo masculino, de subtipo FG (Moche IV). No parece haber ningún tipo de relación entre esta posición y variables como género, fase estilística Moche, tipo de tumba u orientación (figura 12b). De igual modo, en el resto de tumbas del Núcleo Urbano, registradas hasta el momento, se han hallado en esta posición tanto infantes como adultos de ambos sexos, en las fases estilísticas Moche III y Moche IV, tanto en tumbas de fosa como de cámara, orientados en sentido S-N, aunque también en sentido E-W (ver Tello et al. 2003:153, cuadro 5.1).

Fig. 12. Tipos de posiciones de difuntos, no típicos, registrados en el CA35. a. Decúbito ventral (DV); b. Decúbito dorso-lateral (DDL); c. Decúbito ventro-lateral derecho con piernas hiper-fl exionadas (DVLd); d. Sentados (SIT).

Las posiciones SIT y DVLd son aún menos comunes dentro de las prácticas funerarias moches10 y son casos únicos, hasta el momento, en el Núcleo Urbano. El caso del individuo colocado en posición DVLd, corresponde a la tumba 6, la cual se describirá a detalle más adelante (fi gura 12c). El caso de los individuos sentados (SIT) corresponde a la tumba 9 (figura 12d). Esta tumba se ubica en el ambiente 35-5. Es del tipo cámara, conformada por adobes que delimitaban un espacio rectangular de 116 cm de largo por 60 cm de ancho y 88 cm de altura, orientado en sentido sur-norte. La profundidad de la cámara tiene evidentemente que ver con la forma de enterramiento. Al interior se encontraron los restos de dos individuos, ambos colocados en posición sentada, con las piernas fl exionadas. El individuo 1 era un hombre adulto de entre 30 y 35 años de edad, de unos 162,2 cm de estatura (± 3,42 cm) se encontraba sentado de frente hacia el norte, recostado en el muro sur de la cámara. Los miembros superiores se extendían junto al cuerpo y se unían en la pelvis, mientras que los inferiores se recogían hacia el tórax. Las improntas de textiles en los huesos, reducidas a polvo marrón, demuestran que el cuerpo fue depositado dentro de un envoltorio. El cuerpo del individuo 2 corresponde a una mujer joven, de entre 15 y 20 años de edad, con unos 140,9 cm (± 3,82 cm) de estatura. El cuerpo se halló en el extremo norte de la cámara, apoyando la espalda en el muro este, inclinado hacia el lado izquierdo. Al igual que el individuo 1, el cráneo estaba inclinado hacia abajo debido a un deslizamiento de su posición original. Los miembros superiores se hallaron retraídos hacia el tórax, pero con los codos retirados del cuerpo; los miembros inferiores estaban flexionados, pero hacia abajo, permitiendo que las rodillas se separen y sobresalgan hacia arriba, mientras que el pie derecho se superponía al izquierdo (Tello 2003: 176).

Número de individuos por tumba

Tanto las tumbas de fosa como las de cámara, pueden poseer un único individuo (de entierro individual) como una cantidad mayor (de entierro grupal). Los dos casos de tumbas de fosas de entierro grupal (tumbas 7A y 7B) son tumbas dobles, es decir, poseen sólo dos individuos11. Las cámaras de entierro grupal pueden poseer dos (tumbas 5,9 y 10), tres (tumba 14) o cuatro (tumba 6) individuos. En los casos de tumbas grupales, tanto de fosa como de cámara, aparentemente nos hallamos ante entierros múltiples, aunque al menos un caso parece ser un entierro colectivo (tumba 14)12.

Atributos paleodemográficos

Fig. 13. Gráfi co sobre periodo de vida y sexo de los difuntos del
CA35.

El grupo de 36 individuos enterrados en las tumbas del CA35 incluye 2 fetos (5,56%), 17 infantes (47,22%) y 17 adultos (47,22%). Tal como se observa en el cuadro 2 y fi gura13, hay dos no natos o fetos, ambos registrados en una tumba de fosa grupal (tumba 7B, fase estilística Moche III, piso 4). Los dos tienen entre 7 y 9 meses lunar in utero. La presencia de una vasija de cerámica escultórica, que representa una curandera, es sugerente, y podría tener relación con la mujer que intervino en el parto fallido de uno o los dos fetos (Tello y Delabarde 2008: 141).

Hay 17 infantes cuyas edades oscilan entre los 6 meses y los 10-14 años. Aunque están presentes en todos los tipos de tumba de la muestra, es en las fosas individuales donde su presencia es abrumadoramente mayoritaria. No se dan casos en que la posición del cuerpo del infante sea DV, SIT o DVLd. Dentro del grupo de los adultos, hay cierto equilibrio en cuanto al género. De los 17 adultos identifi cados, 7 son mujeres, 8 son hombres y en 2 casos el género no se ha podido determinar. También hay un equilibrio en cuanto a su presencia según el tipo de tumba. Las edades oscilan entre los 15-20 años y los 40-55 años. Las mujeres son bastante jóvenes, pues sus edades oscilan entre 15-20 y 18-25 años; mientras que en el caso de los hombres, las edades oscilan entre 18-25 y 40-55 años. Las tallas de los individuos de sexo masculino oscilan entre 160 y 168 cm mientras que las de las mujeres, entre 140 y 153 cm. En nuestra muestra no existen tumbas con difunto de sexo femenino orientado en sentido E-W. Esta afi rmación preliminar se hace extensiva al resto de tumbas del Núcleo Urbano.

Envoltorio

Fig. 14. Caso atípico de uso de tinaja como ataúd. Tumba 23.

La preservación de elementos de origen orgánico es mala debido a la altura de la capa freática, pero sobre todo al uso del espacio en el Periodo Chimú como terreno de cultivo. Esto ha impedido que se conserven componentes como el ataúd, los envoltorios o mortajas, y el vestido. Sin embargo, se conservan algunas evidencias, como por ejemplo las improntas, la descomposición en espacio colmado de la osamenta, o efecto de pared en los huesos, que indican que los cuerpos estuvieron envueltos en textiles y/o dentro de ataúdes de cañas, la igual que en tumbas moches de otras zonas. Al menos en 11 de las 25 tumbas, esta evidencia es clara. En todos los casos de las tumbas de cámara, al menos el individuo considerado el difunto principal presenta evidencias de envoltorio y/o ataúd. En un único caso, la evidencia sugiere que el cuerpo fue depositado desnudo. Es el caso del individuo 2 de la tumba 9, del subtipo CG, una mujer que fue colocada sentada, acompañando a un hombre, también sentado.

Un caso atípico de «ataúd» es aquel de la tumba 23, del subtipo FI. Es una fosa de 150 cm de largo por 200 cm de ancho por 62 cm de profundidad, la cual fue sellada por una torta de barro. Dentro de la fosa se halló una vasija grande carente de borde y fragmentada, tapada por la base convexa de otra vasija. Dentro de ella se acomodó el cuerpo de un infante de menos de 6 meses de edad, «como dentro de un útero» (Tello et al. 2005: 234). Se hallaron ofrendas tanto en la fosa como en el interior de la vasija que contenía el cuerpo del infante. El ajuar cerámico está compuesto por objetos de cerámica, objetos de metal, y en menor medida de otros materiales, además de ofrendas de animales (fi gura 14).

Actores funerarios: principales y acompañantes

En las tumbas de entierro grupal registradas en el CA35 se pueden identifi car dos tipos de actores: el difunto principal y difunto-ofrenda o acompañante.

Los difuntos principales son los muertos que han motivado el ritual funerario. Puesto que tienen la capacidad de ocasionar la muerte de otras personas para que los acompañen en su viaje al mundo de los ancestros, se suponen personas del más alto nivel de la elite. Existen algunos aspectos que confl uyen para identifi carlos dentro de una tumba de entierro grupal. El primero es la orientación y disposición del cuerpo; en el caso moche, el cuerpo que se encuentre en sentido sur-norte, decúbito dorsal extendido, podría ser el difunto principal. Un segundo aspecto a tener en cuenta son las asociaciones. El difunto principal lleva asociaciones directas e indirectas siempre, mientras que los difuntos-ofrenda, como veremos más adelante, no. Las asociaciones indirectas son colocadas, claramente, en dirección al difunto principal.

Los difuntos-ofrenda o acompañantes son inmolados como parte del ritual funerario de entierro, para acompañar a los difuntos principales al mundo de los ancestros; son ofrendas humanas. Dentro de nuestra muestra, al menos 5 individuos presentan evidencias de ser ofrendas humanas. Estos se encontraron inhumados en las tumbas de cámara 5, 6 (Moche IV) y 9 (Moche III). En el caso de la tumba 5, una ofrenda humana fue colocada debajo de la cámara mientras el entierro principal se encontraba dentro de la misma.

El individuo considerado ofrenda, una mujer, se encontraba en posición decúbito ventral, ubicado bajo el muro este de la cámara y no tenía ninguna asociación, aunque posiblemente fue inhumado con un envoltorio. En el caso de la tumba 6, una ofrenda humana fue colocada debajo de la cámara, y dos más fueron colocadas dentro de la cámara, junto al entierro principal. Las posiciones de los individuos ofrenda son sugerentes. El individuo-ofrenda que se halló bajo la cámara, de sexo masculino, se encontró en posición decúbito ventro-lateral derecha con los brazos flexionados y las piernas hiperflexionadas, y el muro oeste de la cámara pasaba por encima de su pelvis; su cuerpo se halló sin asociación alguna. Uno de los individuos-ofrenda depositados dentro de la cámara es un adulto de sexo femenino, que se ubicó al costado derecho del individuo principal, en la misma orientación (S-N), pero decúbito ventral y fl exionado. Los miembros inferiores estaban hiperflexionados hacia el abdomen, con las rodillas al nivel del tórax y los pies por debajo del miembro derecho del individuo principal. Esto sugiere que el individuo fue arrojado y que las piernas fueron flexionadas para permitir el depósito del individuo principal. La mayoría de las conexiones están preservadas y la organización de los huesos muestra que no hubo perturbación al momento del depósito de los otros cuerpos, por lo tanto sería un depósito simultáneo. Para Tello y Delabarde (op. cit.), la posición es característica, más de una ofrenda, que de un entierro moche. El otro individuo-ofrenda es un niño de entre 4 y 5 años de edad. Se localizó a los pies del individuo principal, en posición decúbito ventral y estaba dispuesto con la cabeza hacia el noreste y los pies al suroeste. Los miembros inferiores se encontraron extendidos y pasaban debajo de la pierna derecha del individuo 1. Esta forma de enterramiento tampoco es común para los moches y se parece a la inhumación de los otros individuos-ofrenda. Todas las ofrendas materiales de la tumba se encuentran asociadas al difunto principal, inhumado al final (figura 15).

Fig. 15. Tumba 6. a. Plano de planta de difunto principal y difuntosofrenda, así como sus asociaciones; b. Plano de planta de difunto ofrenda (individuo 4) bajo la cámara.

En el caso de la tumba 9, la ofrenda humana fue colocada dentro de la cámara, junto al difunto principal. Las posiciones de ambos, son poco ortodoxas, pues se encontraban sentados. El difunto-ofrenda es un adulto de sexo femenino, y su osamenta no mostraba rastros de ningún tipo de envoltorio y no presentaba asociaciones. A partir de la diferencia en el tratamiento del los cuerpos, Tello asume que el hombre sería el personaje principal de la tumba, mientras que la mujer habría sido sepultada desnuda como acompañante. Como ajuar funerario se registró vasijas de cerámica, ornamentos de metal y ofrendas de camélido (Tello en prensa). Todas las asociaciones correspondían al individuo considerado el entierro principal. Manipulación post-entierro En el CA35 hay evidencias de manipulación posterior al entierro, realizada por los mismos moches. Este es el caso de las tumbas 7-A, 14 y 23, consideradas re-entierros, y las tumbas 5 y 10, donde se ha desenterrado la tumba, manipulado los huesos, y vuelto a enterrar.

Re-entierros

La tumba 7-A, de subtipo FG y fi liación Moche IV, ha sido interpretada por sus investigadores (Tello y Delabarde 2008: 140-141) como un re-entierro. Esta ocupada por un adulto de sexo masculino y un infante. Al adulto se le halló sin ningún hueso de la mano izquierda, y los huesos de los pies estaban incompletos; también se registró una perturbación en la organización de la osamenta. Además, al levantar el sacro, se registró dos carpos de la mano derecha de otro individuo adulto. Los huesos faltantes se habrían perdido antes de ser depositado el cadáver en la tumba, aunque no hay ninguna explicación lógica para la presencia de los carpos del otro adulto. La osamenta del niño también se halló con algunas alteraciones: la mayoría de los elementos del tórax y de la cintura pélvica estaban desplazados, las costillas se encontraron en paquete, y el fémur derecho se registró al lado izquierdo, mientras que el izquierdo al lado derecho. Algunos fragmentos de la pelvis se ubicaron hacia los miembros inferiores. Puesto que los cuerpos presentan algunas conexiones preservadas, Tello y Delabarde (2008: 141) sugieren que «el enterramiento se realizó cuando la descomposición del cuerpo no era total (…)».

La tumba 14, de subtipo CG, asociado a la fase estilística Moche III, presenta clara evidencias de re-entierro. En su contexto primario debió ser una tumba individual de un adulto de sexo masculino, que luego se reabrió para colocar dos re-entierros de infantes. Mientras la osamenta del adulto se encontraba articulada, algunos huesos de los infantes, como por ejemplo el cráneo y las extremidades superiores e inferiores, se extendían fuera de sus posiciones anatómicas, de lo cual se deduce que estos habrían sido traídos de otro lugar cuando sus tejidos blandos ya estaban decompuestos (Tello en prensa: 182) La tumba 23, es una tumba FI, donde el cuerpo de un infante fue depositado dentro de una vasija grande, posiblemente una tinaja y esta a su vez, dentro de la fosa. El esqueleto se encontraba en posición DD, pero sus huesos no se encontraban en posición anatómica, lo que indicaría que el cuerpo fue depositado parcialmente descompuesto dentro de la vasija.

Estos son ejemplos que indicarían la costumbre de desenterrar difuntos enterrados en lugares distantes, y que se re-entierran en la ciudad. La práctica de reenterramientos ha sido registrada en otros contextos moches. En la Huaca Cao Viejo, en el Complejo Arqueológico El Brujo (valle de Chicama), se registró una tumba de cámara con evidencias de remoción de la osamenta del personaje principal, remoción de ofrendas, rotura de ofrendas, desplazamiento de parte del ajuar afuera de la tumba y desarticulación de los esqueletos que acompañaban al personaje principal, el cual debió ser re-enterrado en otro lugar, como ha sido registrado en una tumba de cámara en Huaca Cao Viejo (valle de Chicama) (ver Franco et al. 1998, 2003: 165).

Sin embargo, existe la posibilidad de que no se traten de re-entierros sino de entierros primarios de difuntos que fueron trasladados, luego del velatorio, desde lejos del lugar de entierro. Nelson y Castillo (1997) registraron que la osamenta de la mayor parte de los individuos enterrados en tumbas del periodo Moche Medio, en San José de Moro (valle de Jequetepeque) estuvo desarticulada en zonas como el cráneo, los pies, las costillas y vértebras. Estos investigadores aseguran que cuando se depositaron los cuerpos en las tumbas, estos se encontraban en un avanzado proceso de descomposición, y que esto se debería a un prolongado ritual funerario pre-entierro de algunas semanas de duración, incluido el traslado desde zonas distantes a San José de Moro.

Entierro-desentierro-entierro

La tumba 9, es de subtipo CG y está asociada con cerámica de la fase estilística Moche III. Las evidencias que indican manipulación post-mortem son las siguientes: (1) el centro del relleno de la tumba estaba más suelto, compuesto por arena, y dicho espacio se reducía conforme se ingresaba a la cámara; (2) el techo de adobes y algarrobo había sido removido y cortado; (3) el muro este de la cámara fue parcialmente destruido. Para Tello (en prensa: 174) este proceso tuvo por fi nalidad «depositar o extraer algún elemento de la tumba». Las osamentas de los dos individuos que ocupan la cámara están completas y no presentan huellas visibles de manipulación por lo que se podría suponer que la tumba se re-abrió con la fi nalidad de darle de comer y beber al difunto principal, proceso que incluyó la manipulación del ajuar. Al menos existe evidencia de un cántaro que fue introducido en la tumba «después que se sella la cámara» (Tello en prensa: 177).

Fig. 16. Tumba 10. a. Restos óseos disturbados del primer nivel; b. Restos óseos disturbados del segundo nivel.

La evidencia sobre la costumbre de desenterrar las tumbas para darles de comer a los difuntos y renovar su ropa, dentro de un periodo de tiempo establecido, ha sido registrada por diferentes cronistas, a lo largo de los llanos y la sierra andina (p.e. Francisco de Ávila 1987 [1598], capítulo 28; Cieza de León 1946 [1553], capítulo LXIII; Calancha 1934 [1638], Capitulo 12; Las Casas 1939 [1550], capítulo XV). Por ejemplo, Cieza de León dice que «… usaron en los tiempos pasados de abrir las sepulturas [el subrayado es nuestro] y renovar la ropa y comida que en ellas habían puesto». En el mismo sentido, Francisco de Ávila señala como «… decían a propósito de la fi esta de Todos los Santos que los huiracochas también ofrecían comida de la misma manera que ellos solían hacer a sus cadáveres y a sus huesos [el subrayado es nuestro]; y así, en los tiempos antiguos, llevaban toda clase de comida, toda muy bien preparada, diciendo: ¡Vamos a la iglesia! ¡Demos de comer a nuestros muertos!».

La tumba 10, es de subtipo CG y fi liación Moche III. Las evidencias que indican manipulación post-mortem son varias. La cubierta de adobes rota es la primera evidencia. Una segunda evidencia es las características del relleno: hacia el centro y parte superior, el relleno estaba conformado por tierra con pedazos de adobes, de consistencia compacta, mientras que los extremos y la base estuvieron rellenados con material semicompacto, conformado por arena y algunas concentraciones de tierra, que sería el relleno original. La tercera evidencia está conformada por las osamentas: se identifi caron tres individuos dentro de un depósito de huesos perturbados, los cuales, en algunos casos están en paquete o preservando conexiones anatómicas. En la fosa, pero fuera de la cámara (primer nivel, fi gura 16a), se encontró los miembros inferiores de un niño; dentro de la cámara (segundo nivel, fi gura 16b) se hallaron los huesos de los adultos, pero sin los huesos de la pelvis y el cráneo, lo cual impidió determinar el sexo. El orden en que se hallaron las vasijas tanto dentro como fuera de la cámara, fue muy particular «y estaría indicando que el ajuar funerario también fue disturbado. Es muy posible que se sacaran y/o ingresaran elementos, incluso los ceramios del primer nivel podrían haber estado originalmente dentro de la cámara» (Tello y Delabarde 2008: 154). Este es un proceso tafonómico diferente al de la tumba 9. Belkis Gutiérrez (2008) nos ofrece una primera interpretación de este tipo de contextos. Ella reporta procesos de alteración post-entierro en la Plataforma Uhle, ubicada al pie de la Huaca de la Luna. Según Gutiérrez hay un orden pre-establecido que se inicia con el entierro primario, luego el desentierro del mismo, generalmente cuando el cuerpo está parcialmente articulado. En dicho desentierro, se remueve una parte del cuerpo, o la mayor parte del mismo, quedando algunos huesos como prueba de que el cuerpo estuvo en la cámara. El ritual termina con el re-entierro «sin inhumación, es decir se sella la tumba manipulada dejándola casi vacía»; esto entierros habrían estado ligados a eventos El Niño (Gutiérrez 2008: 248). ¿A dónde se llevan los huesos extraídos? Se han registrado casos en diferentes zonas del complejo arqueológico donde se han hallado partes de cuerpos humanos enterrados en contextos no funerarios. Por ejemplo, en el CA39, Seoane y co-autores reportan el hallazgo de 2 cráneos así como dos miembros inferiores en conexión anatómica en una zona de almacenes (ambiente 6); igualmente extremidades humanas de al menos una mujer y dos adolescentes en otra zona de almacenamiento (ambiente 13), también anatómicamente articulados (Seoane et al. 2007: 183).

Siguiendo las evidencias de la tumba 10, quisiéramos sugerir otra posibilidad de interpretación a la propuesta de Gutiérrez. Podría ser que la osamenta fue sacada de la tumba para cumplir algún ritual donde esta fue manipulada, luego de lo cual fue re-depositada. En el lapso de tiempo entre la extracción de la osamenta y su re-entierro, la manipulación de los huesos pudo ocasionar el desprendimiento y pérdida de algunos de ellos, por lo que al re-enterrarse, los cuerpos se encontraron incompletos. Margarita Gentile reporta, gracias a un documento etnohistórico, la práctica de desenterrar muertos en 1784, en la ciudad boliviana de Cochabamba. Aún cuando esta ciudad está muy lejana de la costa norte del Perú, los datos que proporciona Gentile son muy interesantes. Por ejemplo, cuando habla de la práctica de desenterrar muertos dice que:

«Hasta la tarde brindan y se convidan unos a otros, en el atrio de la iglesia. Luego pasan al camposanto y comienzan a desenterrar los cadáveres enterrados el año anterior, tarea que dura hasta la noche. Después dichos cadáveres son depositados en la iglesia, en féretros, pero las calaveras, y parece que parte de algunos cuerpos, se llevan envueltos en mantas, llamadas también aquí quepes y llicllas (…), a las casas de los alfereces. Allí se baila ‘cargados a las espaldas los huesos, para que también se festejen, y alegren los difuntos’ Al día siguiente, al medio día, los alfereces encabezaban una procesión llevando las calaveras adornadas con fl ores, sostenidas en pañuelos (telas o paños pequeños). Luego sacan los féretros que estaban dentro de la iglesia, adornados con guirnaldas de fl ores, y salen todos en procesión alrededor del camposanto precedidos por un sacerdote con capa negra y otros con túnicas de mangas anchas, acompañados de muchas velas y los alfereces con sus pendones distintivos. El último acto público es el entierro en el interior de la iglesia, posiblemente en una fosa común (…) ya que en esta circunstancia no cabe pensar que se pudiera respetar ninguna manda testamentaria referida al lugar de entierro …» (Gentile 1994: 72-73).

Al respecto, Gentile (1994: 74) sostiene que se trata de una ceremonia «para rogar por el agua necesaria para las chacras…», donde se compromete a los difuntos «a ser buenos intermediarios a cambio de un festejo». Gentile (ibid.) añade que «No hay que perder de vista tampoco que, en los Andes en general, los difuntos no entran en tal categoría sino hasta los tres años de fallecidos, de manera que al año, como en este caso, todavía no se han ido del todo (para expresarlo de alguna forma». La procesión de los alfereces llevando las calaveras adornadas con fl ores «retrotrae sin esfuerzo a las escenas representadas en huacos mochicas y nasca».

SÍNTESIS Y COMENTARIOS FINALES

La información arriba presentada, complementada con los cuadros 1, 2 y 3, nos permite hacer un análisis sincrónico y diacrónico, a partir del cual sintetizar y discutir algunos aspectos interesantes, ligados a rasgos particulares de cada piso de ocupación y variantes temporales, para finalmente acercarnos a conocer parte de la identidad social de los difuntos del CA35.

Sobre el tratamiento del difunto

En líneas generales, dentro de cada piso de ocupación, la posición predominante de los cuerpos es decúbito dorsal extendido, con la cabeza orientada al sur y los pies al norte. Estos rasgos funerarios son considerados típicos de Moche (Ubbelohde-Doering 1967: 22; Donnan y Mackey 1978: 63, 86, 208; Donnan 1995; Armas et al. 2003: 156; Castillo 2003: 90-91), aunque se observan algunas variantes particulares, que también se han visto en otros contextos del complejo arqueológico y en otros sitios moches de la Costa Norte. Desconocemos cual es la razón por la cual los enterradores optan algunas veces por colocar los cuerpos orientados en sentido este-oeste13, o en posición DDL o SIT. Cualquier intento de explicación a la luz de los datos que disponemos, sería mera especulación. Sin embargo, es sugerente el hecho de que la posición DV se asocia en nuestra muestra sólo a difuntos-ofrenda, en tumbas de cámara Moche IV. En el resto del Núcleo Urbano sólo se ha registrado una tumba (Moche III de subtipo FG) con dos individuos en esta posición, sin mayores asociaciones e identificados también como difuntos-ofrenda.

A este punto del análisis, dos aspectos generales llaman la atención: las particularidades sincrónicas y las variantes temporales.

a) Particularidades sincrónicas

El piso 6 (Moche III), que reportó cinco tumbas, muestra como rasgo común la ausencia de la costumbre de colocar fragmentos de metal, cerámica, o malacológico, en asociación directa con el cuerpo del difunto, salvo en un caso. Esta costumbre se observa recién como una constante a partir del piso 5, y pudo ser retomada de las culturas Salinar y Gallinazo (Donnan y Mackey 1978). El piso 4 (Moche III) es muy peculiar, pues sólo presenta tumbas del tipo fosa y ocupadas por infantes (a excepción de una tumba de fetos) de entre 9 y 24 meses de edad, sin vasijas de cerámica como parte de sus asociaciones. No hay ninguna tumba de adultos. El piso 2 (Moche IV) muestra como rasgo común el patrón de enterramiento en las tumbas de cámara, con una ofrenda-humana por debajo de dicha cámara y sin techo.

b) Variantes temporales

Las tumbas de fosa no presentan alguna variante signifi cativa entre piso y piso, o entre fases estilísticas. Sin embargo, la forma estructural y de enterramiento como variable comparativa, nos lleva a pensar de manera preliminar que las tumbas de cámara Moche III constituye un grupo funerario diferente al grupo Moche IV. Mientras que en Moche III, los difuntos y ofrendas se colocan dentro de la cámara, se rellenan y luego se techan, para fi nalmente rellenar hasta la boca de la tumba, con manipulación post entierro; en Moche IV, un difunto-ofrenda se coloca debajo de la cámara (rasgo para el cual no hay antecedentes en el sitio), y dentro de la cámara el personaje principal, algunas veces con ofrendas-humanas también al interior; luego se procede a rellenar la tumba hasta la boca, sin elaborar techo alguno, y sin manipulación post-entierro.

Sobre la identidad de los difuntos

Las tumbas que, dentro de un conjunto arquitectónico debidamente delimitado, están asociadas al mismo piso de ocupación, son relativamente contemporáneas y los individuos que las ocupan podrían haber formado grupos consanguíneos o de otro tipo de nexo social. Mario Millones afirma que «existe un corolario a los entierros como «decodificadores de parentesco» y éste es que efectivamente, se encuentren en la unidad residencial y que representen al grupo doméstico, o por lo menos abstraigan una coherencia de éste» (Millones 1996: 51). En el mismo sentido, Kaulicke sostiene que para reconocer grupos sociales hay que partir de la hipótesis de que «los individuos que comparten una afinidad consanguínea o de otro tipo de nexo social están enterrados en espacios contiguos. Además de ello compartirán otros rasgos como posición, tipo de asociación y, sobre todo, la orientación» (Kaulicke 2001: 93).

Si tenemos en cuenta lo sostenido por Millones y por Kaulicke, y que los individuos de la muestra están enterrados dentro de los límites del mismo conjunto arquitectónico, comparten patrones de enterramiento y semejanzas de estilo en las asociaciones, se infiere que dichos individuos formaban parte del mismo grupo social. La evidencia es contundente al señalar que dichos individuos pertenecían a la elite14 del grupo al momento de su muerte. Las diferencias estructurales (tumbas de fosa versus tumbas de cámara) y de asociaciones entre cada tumba, indicarían diferencias de estatus al interior del grupo, toda vez que el tratamiento mortuorio del individuo es consistente con la posición social que ocupó en vida (O’Shea 1984: 36). Estas diferencias obedecerían a los diferentes roles que pudieron cumplir los difuntos durante su vida y hasta antes de su muerte, en el marco de las relaciones sociales y de producción, algo que Saxe (1970: 7) ha llamado identidades sociales.

¿Fue el mismo grupo social el que habitó el Conjunto Arquitectónico durante toda su historia ocupacional? Parece que fue el mismo durante la vigencia de la fase estilística Moche III, puesto que la arquitectura interior no presenta cambios signifi cativos ni tampoco los patrones funerarios. Pero, ¿siguió este mismo grupo habitando el conjunto durante la fase estilística Moche IV? Las diferencias de entierro entre las tumbas de cámara Moche III y Moche IV nos ofrecen dos posibilidades de interpretación: (1) Si habría sido el mismo grupo, y estas diferencias de entierro se habrían dado por cambios en la estructura social de los residentes, dentro de la sociedad moche (Uceda 2007); o (2) hubo un cambio de grupo social residente en dicho conjunto arquitectónico durante la fase estilística Moche IV, donde estos nuevos residentes habrían realizado los cambios arquitectónicos observados por Tello (2008: 447), ampliando el número de habitaciones pero en espacios más reducidos y especializados. Futuros análisis de ADN nos permitirán optar por una de estas dos posibilidades.

Lo que no queda claro aún es el nexo del grupo social, es decir, si este involucra una agrupación familiar o de linajes unidas por un nexo de parentesco, o de personas que comparten un origen común; ni tampoco el tamaño del grupo social. Los estudios en el sitio para la fase estilística Moche III son muy limitados. Nuestra visión para la siguiente fase estilística es más clara, pues ya en otras publicaciones hemos sostenido que los habitantes de los conjuntos arquitectónicos del Núcleo Urbano, durante la vigencia de la fase estilística Moche IV, formarían parte de diferentes grupos corporativos (grupos de fi liación familiar que poseen grupos no familiares adscritos a él) (Uceda 2007: 42) o parcialidades (Gayoso 2007: 154, 162) y que las actividades desarrolladas al interior de un conjunto arquitectónico son efectuadas por algunos de sus miembros bajo la administración de su elite mayor. Dichas actividades o roles conferían a los miembros que las ejecutaban un estatus mayor en relación a los demás miembros del grupo social. Lo que no queda claro aún es si los señores de los conjuntos arquitectónicos son señores de parcialidades o de estratos de la misma unidad.

Edad y género versus estatus y división sexual del trabajo

En los pisos donde hay tumbas de hombres adultos, mujeres adultas y niños, las tumbas de los hombres adultos son las que poseen una mayor cantidad de ofrendas, en especial cerámica y metales. En el mismo sentido, en 4 de las 5 tumbas de cámara el personaje principal es un hombre adulto; en la otra es una mujer adulta. Sin embargo, contamos también con tumbas de fosa de niños o de mujeres adultas con mayor cantidad de asociaciones que algunas tumbas de fosa de hombres adultos. Esto indica que si bien el poder fue ejercido por los miembros adultos masculinos de la sociedad mochica, mujeres y niños pudieron obtener mayor rango o estatus social que algunos hombres, pero este rango se habría adquirido por el grado de parentesco que tuvieron con los hombres adultos que detentaban el poder. Uno de nosotros llegó a la misma conclusión en un trabajo anterior, al afi rmar que «por las ofrendas de cerámica y metales, los hombres tuvieron un mayor estatus entre los pobladores del Núcleo Urbano que las mujeres y niños» (Uceda 2007: 31).

No existen asociaciones que sirvan como indicadores de género y de división sexual del trabajo, como si sucede en otros sitios arqueológicos. Por ejemplo, en San José de Moro (valle de Jequetepeque) los piruros y otros elementos del hilado y el tejido, están asociados a tumbas de mujeres, mientras que los elementos de trabajo de metal están asociados a tumbas de hombres; puesto que el hilado y el tejido fueron actividades asociadas tradicionalmente al sexo femenino, mientras que la metalurgia se asocia al sexo masculino, su presencia en las tumbas son indicadores de género y de división sexual del trabajo. En el CA35, se encontraron como asociación directa sólo 2 piruros en dos tumbas diferentes: una tumba de fosa de un infante y una tumba de cámara, asociado a una mujer. Las evidencias encontradas en otros contextos funerarios del sitio indican una presencia pareja de piruros en tumbas de hombres y mujeres. Esto nos llevó a meditar, en el caso de Huacas del Sol y de la Luna, «si efectivamente la presencia del piruro en una tumba es un indicador de actividad productiva realizada en vida del individuo o nos encontramos frente a un signifi cado ideológico que se escapa a nuestro entendimiento» (Gayoso 2007: 152).

Los difuntos-ofrenda

Finalmente, queremos señalar dos criterios que se podrían utilizar para identifi car un difunto-ofrenda en los contextos funerarios del sitio, a partir de las evidencias en el CA35. Un primer criterio podría ser la posición del cuerpo – que no es decúbito dorsal – aunque esta no es determinante; este criterio parece débil aunque no por eso debemos dejarlo de lado. Lo que sí parece determinante es la carencia de asociaciones, en especial aquellas de relación directa con el individuo. Por ejemplo, ningún difunto-ofrenda presenta láminas de metal en la boca u otras partes del cuerpo. Las tumbas con difuntos-ofrenda se encuentran tanto en la estilística Moche III como en la fase estilística Moche IV, asociadas a tumbas de cámara. En la fase estilística Moche III sólo una tumba de cámara presenta un difunto ofrenda, mientras que en la fase estilística Moche IV hay una tumba con 3 difuntos ofrenda, uno de ellos colado debajo de la cámara. Aunque la evidencia de la muestra es estadísticamente baja, esto corroboraría la idea propuesta por uno de nosotros (Uceda 2007) en el sentido de que entrada la fase estilística Moche IV, la elite urbana adquiere mayor poder que la elite religiosa, la cual se traduce en un mayor acceso a los recursos, entre ellos, las vidas humanas.

Queda pendiente un estudio a mayor escala de los patrones funerarios en el sitio y en el valle que nos permitirían enriquecer el conocimiento sobre las particularidades del sitio, del valle, así como del moche sureño en relación a otros grupos políticos moches.

CONCLUSIONES

1. Las tumbas excavadas en el CA35 son típicas de la cultura moche, pues guardan el patrón de enterramiento conocido para esta cultura. El porqué se escoge en algunos casos una orientación o posición diferente a la moche es una respuesta que se obtendrá a la luz de una mayor cantidad de datos.

2. Las tumbas corresponden a individuos de la elite moche, pero de estatus variable. Esta variabilidad se debería a los diferentes roles cumplidos en vida por los difuntos, o por su relación de parentesco con personas de roles importantes dentro de las actividades sociales, políticas y económicos del grupo social al cual pertenecieron. El segundo argumento explicaría el alto número de entierros de infantes.

3. Aquellos cuerpos identifi cados como difuntosofrenda corresponderían a sirvientes. Por lo tanto, no se tratarían de miembros de la elite, pero si de miembros del mismo grupo social, posiblemente por adscripción.

4. Los contextos identifi cados como re-entierros o entierros de difuntos de procedencia lejana, podrían indicar que no necesariamente todos los muertos vivieron en el CA35, pero si que pertenecían al grupo social que operaba en dicho conjunto. La necesidad de enterrarse en este conjunto tendría que ver con el hecho de yacer dentro de un sitio considerado sagrado (cercanía al templo y al divino Cerro Blanco), es decir, por cuestión de ideología o de prestigio. Este hecho permitiría abrir una nueva visión sobre las relaciones entre las elites urbanas y grupos no urbanos a los cuales pudieron estar ligados, en el sentido de grupo corporativo o parcialidad.

5. Las diversas interpretaciones vertidas sobre las evidencias de manipulación post entierro no son del todo excluyentes. Existe la posibilidad de que este comportamiento con los muertos sea aún mucho más compleja, y obedezca a diferentes rituales, por lo que tanto las interpretaciones planteadas por Gutiérrez como las nuestras se apliquen para el caso del sitio, en diferentes situaciones o contextos. Vemos que las fuentes de información etnohistórica, arqueológica y etnográfica se complementan con la evidencia del CA35 como en el resto del sitio, y nos permiten observar una rica y compleja relación entre vivos y muertos en el mundo moche y andino.

 

Pie de página

  1. Mientras mayor estatus o rango social tenía el difunto, más días se le velaba, como lo señala Pedro de Cieza de León (1946[1553], Capítulo LXII): “Y guardaron, y aun agora lo acostumbran generalmente, que antes que los metian en las sepulturas los lloran cuatro o cinco o seis dias, o diez, segun es la persona del muerto, porque mientras mayor señor es, mas honra se le hace y mayor sentimiento muestran, llorandolo con grandes gemidos y endechandolo con musica dolorosa, diciendo en sus cantares todas las cosas que sucedieron al muerto siendo vivo”. Esto se confirma cuando, por ejemplo, Pablo José de Arriaga (1968 [1621], capítulo VI) señala que en algunos pueblos de los llanos (la costa) el muerto se velaba por 10 días. Francisco de Ávila (1987 [1598], capítulo 27) dice que “en los tiempos muy antiguos, cuando un hombre moría, velaban su cadáver durante cinco días”. Ambos cronistas basan la duración del velatorio en la importancia del difunto. Así, el difunto descrito por Arriaga parece describir el velatorio de un individuo de elite, probablemente un principal o un curaca, mientras Ávila parece señalar el velatorio de un individuo del común.
  2. Se desconoce el tipo de instrumento que utilizaron para tal fi n. Para el caso de las tumbas del Periodo Mochica Medio de San José de Moro, en el valle de Jequetepeque, Martín del Carpio (2008: 91) sostiene que “El proceso de cavado del pozo de acceso y la cámara debió hacerse con un instrumento de cobre o madera, una especie de palo cavador que, por las improntas halladas en las tumbas, debió tener un ancho de hoja de unos 15 cm”. Esta labor, según del Carpio, se pudo realizar en unas pocas horas.
  3. Según Tello y Delabarde (2008) las evidencias son claras para afi rmar que se trata de un mismo evento de entierro, y no de entierros diferentes superpuestos.
  4. Hay un caso en que uno de los ocupantes de la tumba está fuera de la cámara, pero dentro de la fosa de la tumba por encima de la cámara, pero es un contexto alterado por los moches, por lo cual se desconoce si originalmente esa fue la disposición de los cuerpos: es el caso de la tumba 10.
  5. En la zona mesoamericana, los mexicas colocaban en la boca de los cadáveres de los señores y nobles una piedra verde
    llamada chalchihuitl simulando su corazón (Murillo 2002: 61, 74).
  6. En total son 138 vasijas (43 botellas, 74 cántaros, 10 floreros, 3 cancheros, 2 cuencos, 1 olla, 5 miniaturas), 2 piruros, 2 instrumentos musicales (1 pututo y 1 silbato) y una cuchara con mango escultórico. Los floreros son vasos de borde acampanulado; los cántaros mencionados son pequeños, del tipo jarra; los cancheros son cuencos de borde cerrado con mango; el piruro es un volante de huso; el pututo es una trompeta con forma de caracol.
  7. Las ollas y tinajas están tradicionalmente asociadas a la cocción de alimentos y la chicha (cerveza de maíz); las tinajas también se habrían usado para el almacenamiento de la chicha.
  8. Originalmente estas piezas fueron definidas como crisoles, por su pequeño tamaño (Tello et al. 2005: 235-236).
  9. Sólo hemos considerado en este punto las tumbas intactas. Las tumbas 1, 2, 15 y 24 tampoco tuvieron cerámica al momento de ser excavadas, pero se registraron completamente disturbadas por huaqueros, con lo cual la presencia o no de cerámica en su contexto original es desconocida.
  10. La posición sentada es reportada por Max Uhle (en Tello 2003: 176) cerca de Huaca de la Luna, donde encuentra, a 4 metros de la superfi cie, tanto tumbas individuales como grupales en esta posición, pero podrían ser tumbas chimúes intrusas, pues según Donnan y Mackey (1978: 242-366) la posición sentada es común en entierros chimúes registrados en las Huacas del Sol y de la Luna. Chauchat y Gutiérrez (2006) reportan una tumba de tipo FG, de transición Moche II-III, en la Plataforma Funeraria Uhle, al pie de la Huaca de la Luna.
  11. Hasta el momento, no se registrado ninguna tumba de fosa grupal (FG) en el Núcleo Urbano que contenga más de dos individuos.
  12. En la teoría de la antropología forense y ciencias afi}nes, los entierros múltiples implican inhumación simultánea de los difuntos que ocupan una tumba, que por lo general son individuos que acompañan a un personaje principal; mientras que los entierros colectivos identifi can a tumbas donde las inhumaciones no son simultáneas, y tienen un periodo de utilización largo (ver p.e. Alfonso y Alesan 2003: 15).
  13. Donnan y Mackey (1978: 208) sugieren una relación entre la orientación del cuerpo y el sitio arqueológico para el caso Moche IV. Mientras que en sitios como Huanchaco, Huacas del Sol y de la Luna o Pacatnamu, la orientación sur-norte es predominante; en el caso del valle de Santa, en el sitio de Pampa Banca, los cuerpos están generalmente orientados en sentido oeste-este.
  14. No hay tumbas de sirvientes en el CA35, al menos dentro del rango de difuntos principales. Los únicos individuos enterrados que se podrían considerar sirvientes son los difuntos-ofrenda. Incluso las tumbas más sencillas tienen asociaciones que implican cierta capacidad de acceso a recursos socialmente restringidos a la elite. Por ejemplo, la tumba FI 16 no posee mayor asociación que tres vasijas de cerámica, sin embargo una de ellas es una botella de asa estribo con representación iconográfica, y las otras dos son cántaros tipo jarra. La tumba FI 20 posee un individuo con fragmentos de cerámica en asociación directa y una sola vasija, pero de buena calidad: es una botella asa estribo con representación en alto relieve de la cacería del venado. La tumba FI 18 posee fragmentos de cerámica en asociación directa al cuerpo del difunto y ofrendas de camélidos. Dentro de este grupo de elite enterrado en el CA35 se observan diferencias. Por ejemplo, si tomamos en cuenta las características formales de las tumbas, aquellos individuos enterrados en tumbas de cámara tendrían un mayor status. Por añadidura, las tumbas de fosa, más simples, parecen estar asociadas a individuos de menor status. Dentro del grupo de las ofrendas, creemos que las ofrendas humanas tienen un mayor valor, por lo que aquellos enterrados en cámara con ofrendas humanas, tienen mucho mayor status aún. A priori, una mayor cantidad y calidad de las ofrendas de cerámica y metales indicarían también un mayor status.

 

 

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En memoria de Santiago Uceda Castillo

santiago evaristo uceda castillo
Santiago Uceda

Santiago Uceda Castillo (12 Octubre 1954 – †14 enero 2018). Personalidad Meritoria de la Cultura Peruana, trascendió como un investigador excepcional de la cultura moche, dejando una huella imborrable en la comunidad científica nacional e internacional. Su arduo trabajo y dedicación lo convirtieron en un referente obligado para comprender la riqueza y complejidad de esta antigua civilización.

Arqueólogo de profesión y profesor principal de la Universidad Nacional de Trujillo, Uceda Castillo no solo se dedicó a la investigación, sino que también compartió su conocimiento con las nuevas generaciones, formando a innumerables profesionales que hoy en día continúan su legado.

Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y director del Proyecto Arqueológico Huacas de Moche, Uceda Castillo lideró proyectos de gran envergadura que permitieron ampliar significativamente nuestro conocimiento sobre la cultura moche. Su pasión por la arqueología y su compromiso con la preservación del patrimonio cultural lo convirtieron en un ejemplo a seguir para todos aquellos que se dedican a esta noble disciplina.

En este artículo, compartimos un texto escrito por su hermano Manuel, en conmemoración de un nuevo aniversario de su nacimiento. A través de estas palabras, podemos vislumbrar la profunda admiración y el cariño que su hermano sentía por él, así como la enorme trascendencia que tuvo su obra en el ámbito de la arqueología peruana.

 

FELIZ DÍA EN EL CIELO

Por: Manuel Uceda Castillo
facebook.com/manuel.ucedacastillo

Es costumbre en nuestra familia, recordar el natalicio de nuestros familiares con una misa, estén o no con vida. Hace algunos años atrás, pague la celebración de una misa en una Iglesia ubicada en San Borja para recordar el natalicio de mi padre quien había partido al encuentro de sus padres, asistimos a la misa, los hermanos que residíamos en Lima y nuestra familia más cercana, en la homilía el cura molesto nos dijo que a una persona fallecida no se le debía celebrar su natalicio, yo quiero creer que solo es o fue dicho cura, quien piensa o pensaba que cuando una persona fallece ya no se debe recordad su natalicio en este mundo y solo debemos recordar el nacimiento a su nueva vida.

Con el perdón del cura y todos los que piensan así, debemos decir que el nacimiento de un ser humano en este mundo, marca el inicio de su vida, llena de tristeza, penurias sinsabores, odios, venganzas y todos los sentimientos que empobrecen al alma de un ser humano, pero también esta lo bueno, lo importante, lo grandioso lo maravilloso lo noble lo amable, lo amoroso, lo cariñoso, lo amigable, lo sencillo, lo alegre, lo honesto, lo honrado, que es o fue la persona que no solamente compartió con sus familiares, amigos, discípulos y condiscípulos estos invaluables sentimientos y valores, sino que nos ha dejado un gran legado histórico.

Un día como hoy, 12 de octubre de 1954, nace en Santiago de Chuco, Santiago E. Uceda Castillo, que no solamente trajo alegría y felicidad a la familia con su primer llanto, sino que trajo el inicio de un camino pletórico de éxitos, logros personales y luego profesionales, los cuales llenan de orgullo a la familia, a los amigos entrañables, a nuestra tierra Santiago de Chuco y al Perú, por todos los reconocimientos y premios internacionales logrados.

Quienes conocieron a Santiago Uceda, recordaran al niño inteligente, vivaracho, amigable y comunicativo, para quien, era lo mismo compartir una conversación entretenida y amena con un niño de su edad, que, con un adulto; las personas que conocían a Santiago como poseedor del arte de la conversación, no dudaban en llamarlo para conversar, cuando Santiaguito como lo llamaban paseaba por las calles inclinadas de nuestro pueblo, silbando alguna tonada que había escuchado.

Las interminables horas de conversación con los adultos se hacían tan cortas porque, no solamente disfrutaban de su inteligencia y locuacidad, así como de sus relatos que fluían de su imaginación, virtud de la que hizo uso en todos los actos de su vida, tanto familiar, como profesional.

Cuando Santiago tenia entre ocho a nueve años, llego a la casa muy contento y nos comunicó que había conseguido trabajo, Carmen mi hermana mayor, le inquirió por el trabajo, donde queda y que haces en el trabajo, Santiago respondió orgullosamente, lijo carros. El mencionado “trabajo” lo obtuvo Santiago (solo por un día), por su don de comunicación con las personas y fundamentalmente por su sencillez, porque él no hacía distingo de las personas por su posición económica o social, a todos los trataba con la misma naturalidad, aprecio y respeto, como solo un hombre con grandeza espiritual lo hace.

Un hombre inteligente, soñador grande de espíritu, debe instruirse y prepararse para afrontar la vida y hacer realidad sus objetivos, metas y sus sueños. Santiago lo hizo destacando sobre sus compañeros de promoción. Primer puesto en los seis años de instrucción primaria. Primer puesto y puesto de honor en los cinco años de estudios en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo. Primer puesto en su formación profesional en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Trujillo. Destacado estudiante de Post grado en la UNIVERSITE DE BORDEAUX, donde obtuvo primero el grado de Magister D.E.A. – Geologie Du Quaternaire y luego el Doctorado de Estado en Ciencias, reconocido por el gobierno francés como el grado más alto que un estudiante puede aspirar.

Celebramos hoy día 12 de octubre, el nacimiento de quien desempeño diferentes cargos públicos y académicos con la transparencia, honestidad y honradez que su grandeza exigía. Gracias hermano a nombre de toda la familia por haber desempeñado tus cargos con la pulcritud que nos enorgullece, ahora que vivimos una vorágine de corrupción.

Natalia, mis hijos José, Emerson, Sheila, Erick y Lizet y mis nietos Heinrich, Salvador, Bruno, Flavia, Santino y Camila, celebramos tu cumpleaños y tu legado histórico como investigador de la Cultura Mochica y Moche, celebramos tus éxitos y premios obtenidos para el Perú, así mismo, celebramos tu inmortalidad por tu obra y tu legado.
Un abrazo de toda mi familia hasta donde te encuentres que sabemos estas con nuestra querida y amada Ninoshka.

Fuente: Post publicado en Facebook: https://www.facebook.com/SantiagoUcedaCastillo/posts/2158804081035012

 

Santiago Uceda Castillo

El “patio de las serpientes” en Huaca de la Luna, Trujillo, Perú

El pasado 26 de enero se llevó a cabo la presentación del descubrimiento: “El Patio de las serpientes” en la Plataforma Uhle. Vista desde afuera de la Plataforma, ya se puede notar su sacralidad e importancia a través del decorado de los muros perimetrales del patio. Al oeste observamos a un personaje visto de perfil que se repite a lo largo del muro en procesión hacia el sur, se trataría de la “Divinidad Búho”, considerado como oficiante de funciones rituales relacionadas con el sacrificio humano.

Ya en la fachada del patio, se viene descubriendo relieves tipo volutas. Dentro de la Plataforma Uhle, nos invade la vista una segunda ola de decoración mural tanto al sur como este que refuerzan la idea del tema central del sacrificio en la plaza. Al sur tenemos representaciones de serpientes con cabeza de zorro enmarcados en recuadros a lo largo del muro, lo cual inmediatamente lo relacionamos con: a) los ríos o la lluvia fecundadora de los campos que asegura la cosecha y la reproducción de la comunidad a nivel material y b) escenas relacionadas con el sacrificio de prisioneros.

De otro lado, llama la atención la presencia de 20 pozos al pie del muro sur del patio. Todos se encuentran enlucidos y formados desde el piso de la plaza. No tenemos indicios claros de la función de estos pozos debido a que aún no han sido excavados en su totalidad. Al este, observamos a dos personajes antropomorfizados acostados, uno encima de otro y mirándose como una especie de enfrentamiento. Ambos presentan en su rostro un hocico prominente, con cabellos en forma de volutas y portan un cuchillo ceremonial o tumi en la mano derecha. Todo dentro de escaques que se repiten a lo largo del muro.

Otro dato que impresiona es la gran cantidad de tumbas registradas en la plataforma, 37 tumbas fueron registradas por Max Uhle y 20 tumbas por el equipo dirigido por el arqueólogo francés Claude Chauchat, todas asociadas al estilo alfarero Moche I al V. El patio norte de este conjunto arquitectónico, fue un espacio de importancia sacra, donde probablemente se realizaban rituales funerarios.

Para la temporada noviembre 2016 – junio 2017 se ha planteado la construcción de cubiertas provisionales para dos sectores de huaca de la Luna; una para el conjunto arquitectónico 18 (C.A 18), ubicado al oeste de la huaca y el núcleo urbano moche, y el otro, para el escalón 1 del muro este de plaza 1 en huaca de la Luna.

La primera cubierta que se viene ejecutando es la del conjunto arquitectónico 18,debido a la exposición de las estructuras arquitectónicas que se encuentran en proceso de investigación arqueológica y de conservación, para su presentación a la prensa local y su posterior exposición a la visita turística. Por ello fue necesario, antes de la construcción de la cubierta provisional, ejecutar cubiertas temporales, con la finalidad de proteger las estructuras arquitectónicas con pintura y relieves con iconografía moche (muro sur y este), de las inclemencias climáticas como los rayos solares, vientos, lluvias, entre otros.

Dichas cubiertas temporales fueron acondicionadas de modo tal que fueran desmontadas con facilidad para los diversos fines de la investigación arqueológica, como el registro fotográfico con drones, y así obtener un registro panorámico del área de excavación. Ya para finalizar las excavaciones, se dio inicio a la ejecución de las cubiertas provisionales o tradicionales diseñadas para el C.A 18, empezando por el la cubierta que protegerá el muro sur del conjunto. Dicha cobertura está diseñada con una orientación de sur a norte y abarca desde la cobertura existente en Plataforma Uhle.

Excavaciones en la ladera oeste del Cerro Blanco 2016-2017, Huacas de Moche, Trujillo, Perú

Las excavaciones en la Ladera Oeste del Cerro Blanco se vienen realizando desde la quincena de noviembre. Para ello se han proyectado la excavación de dos unidades.

La excavación de la primera unidad (de 1,205 m2) está permitiendo identificar diversos conjuntos arquitectónicos y vías de circulación.

Los resultados pre eliminares han permitido completar la arquitectura del Sector C del Conjunto Arquitectónico 57 (CA57-SC) y su límite este con el Callejón 16 (orientado de sur a norte). El CA57-SC se trataría de un espacio administrativo, por la presencia de un pequeño patio hundido rodeado de pequeños ambientes a manera de depósitos. Al sur se registró el Callejón 15 en forma de “L” invertida, el cual culmina en un espacio abierto, al cual se ha denominado: Plaza 10-NUM. La plaza presenta una rampa en la esquina sureste que conducía a unos ambientes anexos, cuyo grado de conservación es pésimo.

Al norte de la plaza se ha definido otra vivienda (CA58) con abundante presencia de área de cocción de alimentos, posiblemente se haya tratado de un área doméstica.

Al oeste del Callejón 15 se ha registrado parte del Conjunto Ladera Sur (excavado inicialmente en el año 2000). Se trataría de un espacio con ambientes a desnivel, área de almacenamiento, banquetas para descanso y al cual se accedía a través de una escalera; posilemente se trate de la residencia principal.

La Unidad 2 ubicada al norte, de 35 m2, en el ambiente 57-15 del Conjunto Arquitectónico 57, se realizó con la finalidad de excavar las estructuras de combustión evidenciadas parcialmente la temporada pasada.

Excavación de área de combustión en Cerro Blanco, Huacas de Moche, Trujillo, Perú

En el marco del Master Internacional Arqueología Sudamericana: modelización, experimentación y técnicas analíticas (sciences, technologie, santé, mention modélisation, spécialité systèmes complexes naturels et industriels) de la Universidad Nacional de Trujillo y Université de Rennes 1.

Los alumnos del curso “Complejidad e historia del fuego”, dictado por el reconocido investigador argentino Ramiro Javier March, realizaron sus prácticas en técnicas de excavación, muestreo y analíticas de concentraciones de cenizas y fogones registrados en los Conjuntos Arquitectónicos 57 y 58 de la Ladera Oeste del Cerro Blanco.

La excavación estuvo co-dirigida por ex alumnos de la primera promoción del mencionado master –actualmente investigadores del Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna– y especialista en análisis de residuos inorgánicos, micro vestigios y antracología.

La práctica consistió en la excavación minuciosa de fogones con la novedosa técnica en cruceta, propuesta por el Dr. Ramiro March. Los análisis del material recuperado serán realizados en los próximos meses.

Nuevos importantes hallazgos en Huaca de la Luna, Trujillo, Perú

Nuevos hallazgos se realizaron en la Huaca de la Luna en el denominado «Patio» Uhle». El considerado edificio religioso y ceremonial de la cultura Mochica, se ubica en el distrito de Moche en la provincia de Trujillo, departamento de La Libertad en Perú y corresponde a la reconocida Ruta Moche. Se trata de una «nueva» Plaza ceremonial, ubicada bajo las faldas de la Huaca de la Luna.

Los co-directores del proyecto arqueológico Huacas del Sol y la Luna, Santiago Uceda Castillo y Ricardo Morales Gamarra mostraron el Muro Este con rastros de un decorado en relieve del Degollador y el Demonio Marino; en el Muro Sur 21 representaciones de serpientes; tres tumbas excavadas (siete quedan para ser excavadas en el futuro), así como 20 pozos cuya función aún está por ser investigada.

“Son el conocido como el Dios de las Montañas (el Degollador o Decapitador) y el Demonio Marino, que se enfrascan en una pelea. Se ve que el ganador será el Dios Degollador por la posición dominante encima como ha sido representado”, apuntó en el mismo lugar el investigador Zavaleta Paredes.

Cabe destacar que arqueólogos y conservadores también vienen realizando trabajos de restauración de murales donde se aprecian imágenes de serpiente y el «Dios Degollador».

El importante hallazgo es una plaza ceremonial asociada a una plataforma funeraria que forma parte de lo que ellos llaman Moche IV, y que data aproximadamente del año 650 después de Cristo, revelaron los arqueólogos del proyecto

El hallazgo se produjo al lado norte de la huaca de la Luna, en la denominada Plaza Ceremonial Uhle, que tiene 53 metros de largo por 20 metros de ancho, y estaba cercada por muros policromados de aproximadamente tres metros de altura. Tenía un corredor, una banqueta esquinada, tres accesos y un altar.
En esta plaza se encontraron tres tumbas que aún se encuentran en proceso de excavación, pero que habrían pertenecido a personajes de la élite moche, informó en la víspera el arqueólogo residente Enrique Zavaleta Paredes.
En el proceso de excavación de la denominada tumba uno se pueden ver 20 vasijas, parte de los restos óseos del personaje, pero se espera que se puedan hallar joyas y otros objetos, lo cual advierten que se trataba de alguien muy importante.
En la tumba dos se encontró hasta ahora los restos óseos de un joven de entre 18 y 20 años, al que se le ha encontrado tres objetos de cobre, y la tercera tumba hasta el momento se ha desenterrado parte de una vasija en forma de un búho, pero apenas es la primera fase de la excavación.
“Esta es la primera vez que encontramos una plaza asociado a una plataforma funeraria, porque representa todo un reto para poder explicar todo ello. Tendremos que acudir a información etnográfica, bibliografía y cronistas para encontrar respuestas”, indicó Enrique Zavaleta Paredes.
El arqueólogo preciso que en la plaza se han encontrado 10 tumbas, pero solo tres son las que se van a excavar en esta oportunidad.
Muros policromados
De los cuatro muros que rodeaban la plaza, el muro sur posee pinturas policromadas que representan el combate entre dos deidades: el dios Aiapaec y el dios Marino. En la figura se observa que el primero se encuentra encima del segundo, lo que representa la superioridad del Dios moche.
En el muro oeste se encontró relieves de 21 serpientes que estaban decoradas con varios colores. Según Zavaleta, la serpiente estaba asociado al tema de la fertilidad, así como la sangre de los propios muertos que estaba asociada a darle vida a la tierra para prospere, para que haya más cultivos.
Pozos misteriosos
Lo que aún es un misterio para los arqueólogos son los 20 pozos que se han encontrado al costado del muro con relieves de serpientes, debido a que todos estaban vacíos y solo uno presenta sus paredes quemadas, por lo que aún se desconoce cuál habría sido el motivo por el que se hicieron esos huecos en esa parte de la plaza. Cada pozo tiene un metro de profundidad por 60 centímetros de diámetro.
Más turismo
Este nuevo descubrimiento formará parte del nuevo circuito turístico de Huaca de la Luna, y será el primer lugar que los turistas vean de todo este complejo arqueológico, informó Santiago Uceda, codirector del Proyecto Huacas del Sol y la Luna.
“Este proyecto de investigación es financiado con canon minero de la Universidad Nacional de Trujillo, cuyo presupuesto es de un millón 200,000 soles, que permite trabajar desde noviembre del 2016 a marzo del 2017, en proyectos arqueológicos en tres puntos, y uno de ellos es esta plaza ceremonial”, informó.
Uceda agradeció también el apoyo del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, a través del Plan Copesco, El Ministerio de Cultura, la World Monuments Fund, la empresa Backus y la Municipalidad Provincial de Trujillo que ha ayuda con 90,000 soles.
Por su parte, Ricardo Morales, codirector del Proyecto Huacas del Sol y la Luna, informó que entre enero y diciembre del año 2016, la Huaca de la Luna recibió 134,000 turistas lo que significó un crecimiento de 8 por ciento respecto al 2015.
“Esperamos que con estos importantes hallazgos el número de visitantes aumente, ya que los moche aún tiene mucho que mostrar al mundo y esto es prueba de ello”, anotó.
Huacas del Sol y de la Luna: Consolidación estructural  en la terraza 1 de la Plaza 1 (Anastilósis)

La evaluación físico mecánica de los elementos arquitectónicos que conforman la Terraza 1 de la Plaza 1, nos permitieron identificar los factores de deterioro y su nivel de degradación. Los principales problemas encontrados fueron: el desgaste de la arquitectura a causa de los fenómenos naturales y antrópicos, los cuales han generado inestabilidad en las estructuras de adobes.

Ante esta problemática se procedió a intervenir este sector mediante la técnica de anastilósis. Proceso delicado, prolongado y complejo, el cual consiste en retirar los elementos constructivos afectados por desfases, fracturas o asentamiento del muro. La metodología aplicada para el desmontaje fue en base a un sistema de codificación alfanumérico para cada hilada de adobe. Las letras indican la hilada, y los números la cantidad de adobes correspondientes a la misma. Se codificó un total de 8 hiladas de adobe que corresponden correlativamente a las letras A – H, y en su conjunto se desmontó 250 adobes, lo que hace referencia a un área de 2, 00 m3.

Durante este proceso fue necesario llevar un detallado registro gráfico en papel milimetrado; así como realizar calcos en papel celofán de las hiladas de adobe; y la realización del registro fotográfico y fílmico, a fin de no alterar la disposición origi-nal de los adobes en cuanto a su forma de asiento. Mediante este procedimiento se ha solucionado el problema estructural y recuperado la vertical del paramento.

 

Escribe: Conserv. Miguel Asmat Valverde
Fuente: Boletin del Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna

Huacas del Sol y de la Luna: La Leyenda

Cuenta la leyenda que durante la “era de los gentiles”, dos hermanos, habitantes del lugar, encontraron una pequeña serpiente de dos cabezas a la que adoptaron, llevándosela a vivir con ellos. Este animal no era una serpiente común, era un demonio que crecía día a día, de manera exponencial, conforme se alimentaba. Cuando la serpiente alcanzó el tamaño de un hombre, los habitantes del pueblo obligaron a los hermanos a deshacerse de ella, pues ponía en peligro no sólo la vida de los animales que criaban, sino la de los mismos vecinos. Muy a su pesar, los hermanos condujeron a la serpiente hasta el mar donde, con engaños, la abandonaron. La serpiente, al darse cuenta de que había sido abandonada, inició el viaje de regreso a la casa de los hermanos.

En su camino, el ofidio de dos cabezas fue comiéndose todo lo que encontraba a su paso, incluidos hombres y animales grandes, como las llamas, ganando cada vez más y más tamaño. Uno de los vecinos del pueblo, la vio venir a lo lejos y dio la alarma en el pueblo. Todos sus habitantes emprendieron una huida que los llevó hasta las faldas del cerro que ahora se conoce como cerro Blanco.

En el momento en que la serpiente de dos cabezas llegó a ponerse a tiro para devorarlos, el cerro Blanco se abrió y por él entraron todos los pobladores de la aldea, cerrándose a su paso. Cuando el peligro pasó, los hombres salieron desde las entrañas de la montaña tras lo cual esta se cerró. La línea negra que atraviesa el cerro Blanco sería la cicatriz que quedó tras esta experiencia sobrenatural. Viendo que este cerro era mágico y que el dios de la montaña les había ayudado a ocultarse de la serpiente, los hombres construyeron en su honor el templo que ahora conocemos como la Huaca de la Luna y vivieron a sus pies, fundándose la ciudad que ahora los arqueólogos y conservadores tratan de entender, desentrañando sus secretos para el mundo.

 

Fuente: Huacas del Sol y de la Luna