Max Uhle

Friedrich Maximiliano Uhle Lorenz (Dresden, Sajonia, Reino de Sajonia, 25 de marzo de 1856 – Loeben, Alta Silesia, Polonia,11 de mayo de 1944), conocido en el mundo de habla hispana como Federico Max Uhle, fue un arqueólogo alemán, cuyo trabajo en el Perú, Chile, Ecuador y Bolivia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX tuvieron un impacto significativo en la práctica de la arqueología de América del Sur. Fue el iniciador de la arqueología científica en el Perú, revalorando y difundiendo para el mundo el pasado preincaico, hasta entonces tratado como un simple y breve preludio del imperio incaico. Fue el primero en aplicar el método estratigráfico en las excavaciones de Pachacámac en 1896 y el primero en notar que la iconografíaTiahuanaco se había difundido desde la zona del lago Titicaca hasta gran parte del actual territorio peruano, observación que dio origen a la teoría del imperio tiahuanacota (hoy sabemos que se trata en realidad del estilo cultural huari). Fue también el descubridor de la cultura moche (que denominó Proto-Chimú) y el autor del primer esbozo de una cronología que partía desde las más antiguas culturas preincaicas conocidas hasta la época inca. Es autor de la teoría inmigracionista del origen de la cultura andina, que sostenía que esta se originó de los aportes venidos de Mesoamérica (México y América central), teoría que fue refutada por Julio C. Tello, defensor del carácter autóctono de dicha cultura. Ha sido llamado el padre de la arqueología científica peruana.

Biografía

Fue hijo de Friedrich Ernst Uhle y Anna Kunigunde Lorenz. Al terminar sus estudios escolares, ingresó en 1875 a la Universidad de Leipzig. Tras hacer su servicio militar, cursó un año en la Universidad de Gottingen para volver luego a Leipzig, donde estudió filología y se graduó de doctor en 1880 con una tesis sobre la antigua gramática china.

Pasó luego al Museo de Etnología de su ciudad natal como asistente del director, donde laboró de 1881 a 1888. Pasó a desempeñar igual función en el Museo de Etnología de Berlín, dirigido a la sazón por Adolf Bastian y que se estaba convirtiendo por esos años en un centro de estudios americanistas. Actuó como secretario asistente en el VII Congreso Internacional de Americanistas, efectuado en Berlín en 1888.

Por esos años empezó su interés por el pasado arqueológico de Sudamérica. Este interés nació al apreciar en los museos alemanes las variadas muestras de arte peruano precolombino. Por entonces, muchos coleccionistas peruanos habían vendido sus valiosas colecciones de antigüedades en Europa, para librarlas de la rapiña de los chilenos durante la guerra del Pacífico. Un amigo cercano, Alphons Stübel, que en 1875 había excavado en la necrópolis precolombina de Ancón, en la costa peruana, orientó definitivamente a Uhle hacia la arqueología precolombina.

Auspiciado por el Museo Etnológico de Berlín y el gobierno alemán, en 1892 viajó a Sudamérica para estudiar el área de difusión de la cultura quechua en dicho continente. Desde la Argentina pasó a Bolivia, interesado en las ruinas de Tiahuanaco o Tiwanaku, aunque no logró la autorización necesaria para excavar allí. En ese mismo año publicó Las ruinas de Tiahuanaco en las tierras altas del Antiguo Perú, con el fotógrafo e ingeniero B. von Grumbkow. Esta extensa obra es considerada la primera de carácter científico sobre dicho sitio arqueológico. Aprovechó también para estudiar a los uros, de las riberas del lago Titicaca. Pasó luego al Perú, llegando al Cuzco. Como fruto de esta labor publicó años después el trabajo La esfera de influencia del país de los Incas.

Se trasladó a Filadelfia, Estados Unidos, contratado por la Universidad de Pennsylvania, donde trabajó durante varios años. Allí se casó con Charlotte Grosse. Patrocinado por la Sociedad de Exploración Americana en Filadelfia preparó un nuevo viaje al Perú. También disfrutó del patrocinio de la señora Phoebe Hearst, la madre de William Randolph Hearst. En 1896 arribó a Lima, la capital del Perú. Su primera tarea fue remitir una relación acerca de su viaje a Bolivia y Perú, acompañando, además, un informe sobre el idioma de los uros (Bolivia), el cual fue publicado en el periódico Globus de Braunschweig, Alemania.

Llevó a cabo excavaciones en Pachacámac, en el valle de Lurín, al sur de Lima, donde usó por primera vez en América el método estratigráfico, técnica que permite evaluar la antigüedad de unos restos con relación a otros sobre la base de su posición en los estratos analizados. Luego de un largo trabajo volvió a Filadelfia para dar cuenta de sus resultados. Sobre estos estudios publicó en 1903 la magnífica obra titulada Pachacámac, que fue muy elogiado y todavía se utiliza como texto básico para el estudio de la arqueología sudamericana. Fue el primero en afirmar la expansión de la cultura tiahuanaco en territorio peruano, al observar en la cerámica, textiles y otros artefactos hallados en la costa peruana, diseños propios de dicha cultura, que hoy sabemos que en realidad se trata del estilo de la cultura huari. Recuperó miles de artefactos que incluyen cerámica, conchas, textiles, metales, objetos de madera y otros materiales vegetales y objetos construidos con materiales de origen animal como plumas, huesos y piel. Se concentró en la datación de estos artefactos, y estableció un sistema basado principalmente en el diseño textil.

En 1898 retornó con una misión de la Universidad de California y para completar su visión de las culturas prehispánicas se consagró a explorar diversas ruinas de la costa peruana. Excavó en la huaca de la Luna (costa norte), aislando el estilo Moche, al que denominó Proto-Chimú. Los artefactos que encontró en el valle de Moche fueron fechados en base a la posición secuencial de estilos de cerámica inca. Esta datación temprana fue luego ampliada por el arqueólogo estadounidense Alfred Kroeber (su discípulo en Berkeley) y es uno de los puntos clave en la comprensión de la cronología preincaica en el Perú.

Luego subió a la sierra norte y excavó en Marcahuamachuco, Wiracochapampa y Cerro Amaru. En 1900, en el diario trujillano La Industria, dio a conocer una primera secuencia cultural a partir de sus excavaciones en Moche: Proto-Chimú, Tiahuanaco, Chimú e Inca. Posteriormente excavó en Chincha, Pueblo Nuevo y Tambo Colorado.

Retornó en 1901 a los Estados Unidos, llevándose todo el material acopiado, que hoy se encuentra en Berkeley. Se dedicó a la enseñanza de la arqueología americana en la Universidad de California y gracias al renovado apoyo de esta volvió por tercera vez al Perú en 1903. Esta vez excavó en los conchales de Ancón, Cerro Trinidad, Huaral Viejo, Supe, San Nicolás, descubriendo el estilo Blanco sobre Rojo en la cerámica. Años después publicó obras referentes a sus estudios en el Perú, entre ellas: Las ruinas de Moche (1913), Cronología sobre las antiguas culturas de Ica (1914) y The Nazca Pottery of Ancient Perú (1914).

En 1906 fue nombrado director de la sección Arqueológica del Museo Histórico de Lima. En 1912, disgustado por ciertas cuestiones surgidas con el gobierno peruano por el puesto que desempeñaba, se trasladó a Chile, en donde fue nombrado Director del Museo Arqueológico y Antropológico. Se dedicó a hacer excavaciones en el norte de Chile, (antiguo sur peruano), en Tacna, Arica, Pisagua y Calama. En 1917 fue el primero en describir científicamente las momias de Chinchorro. Los resultados de su labor los publicó en Los aborígenes de Arica (1917) y Arqueología de Arica y Tacna (1919).

En 1919 se trasladó al Ecuador, donde realizó estudios en Azuay, Loja, Cañar, Tumibamba y otros lugares. Allí se quedó hasta 1933, año en el que regresó a su patria, con una rica documentación acumulada a lo largo de cuatro décadas de incesante trabajo y con una visión completa de las culturas andinas. Acometió entonces la ardua tarea de elaborar una síntesis de sus investigaciones.

En 1939 regresó a Lima para participar en el XXVII Congreso Internacional de Americanistas, donde presentó sus importantes trabajos sobre Procedencia y origen de las antiguas civilizaciones americanas y La marcha de las civilizaciones. Por un tiempo volvió a radicar en el Perú, cuando en Europa se desencadenaba la Segunda Guerra Mundial y el Perú se alineaba junto a los aliados contra las potencias del Eje. Ello motivo a que fuera deportado, junto con otros alemanes. Su muerte acaeció en Loeben, en la Alta Silesia.

Principales obras

Die Ruinen von Tiahuanaco (1892), en colaboración con Alphons Stübel.
Pachacámac (1903).
La esfera de influencia del país de los incas (1908).
Las relaciones prehistóricas entre el Perú y la Argentina (1912).
Los orígenes de los incas (1912).
Die Ruinen von Moche (1913).
Die Muschelhügel von Ancón (1913).
Las fortalezas incaicas de Incallacta y Machupicchu (1917)
La arqueología de Arica y Tacna (1919).
Fundamentos étnicos y arqueológicos de Arica y Tacna (1922).
Los principios de las antiguas civilizaciones peruanas (1920).
Los principios de las civilizaciones en la sierra peruana (1920).
Las antiguas civilizaciones del Perú frente a la arqueología e historia del continente americano (1935).

John Rowe publicó en 1954, con auspicio de la Universidad de California, Berkeley y Los Ángeles, el libro titulado: Max Uhle, 1856-1944. A memoir of the Father of Peruvian Archaeology.. Este libro otorga información acerca de la vida y obra del sabio alemán, valora sus aportes teóricos e intelectuales relacionados con sus investigaciones arqueológicas y etnológicas en el antiguo territorio del Tahuantinsuyu (Perú, Chile, Argentina, Ecuador y Bolivia).

Teoria Inmigracionista: De Origen Mesoamericano

Orígenes de la Civilización Peruana
Teoria Inmigracionista
De Origen Mesoamericano

Sustentado por Max Uhle (1856 – 1944),  “Pionero de la arqueología peruana.”
El Precursor de esta teoría fue don Antonio Raymondi (1824-1890).
Max Uhle sostuvo que el origen de la civilización se remitía a influencias culturales irradiadas de Mesoamérica de la cultura Maya.
La cultura se irradió a partir de la costa, expandiéndose a la sierra y demás lugares.
Pruebas: Semejanza en la cerámica peruana y mexicana
Consideraba a la cultura Mochica como la más remota expresión de la civilización peruana.

Max Uhle

Friedrich Maximiliano Uhle Lorenz (Dresden, Sajonia, Reino de Sajonia, 25 de marzo de 1856 – Loeben, Alta Silesia, Polonia, 11 de mayo de 1944), conocido en el mundo de habla hispana como Federico Max Uhle, fue unarqueólogo alemán, cuyo trabajo en el Perú, Chile, Ecuador y Bolivia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX tuvieron un impacto significativo en la práctica de la arqueología de América del Sur. Fue el iniciador de la arqueología científica en el Perú, revalorando y difundiendo para el mundo el pasado preincaico, hasta entonces tratado como un simple y breve preludio del imperio incaico. Fue el primero en aplicar el método estratigráfico en las excavaciones de Pachacámac en 1896 y el primero en notar que la iconografía Tiahuanaco se había difundido desde la zona del lago Titicacahasta gran parte del actual territorio peruano, observación que dio origen a la teoría del imperio tiahuanacota (hoy sabemos que se trata en realidad del estilo cultural huari). Fue también el descubridor de la cultura moche (que denominó Proto-Chimú) y el autor del primer esbozo de una cronología que partía desde las más antiguas culturas preincaicas conocidas hasta la época inca. Es autor de la teoría inmigracionista del origen de la cultura andina, que sostenía que esta se originó de los aportes venidos de Mesoamérica (México y América central), teoría que fue refutada por Julio C. Tello, defensor del carácter autóctono de dicha cultura. Ha sido llamado el padre de la arqueología científica peruana.

Los Incas establecieron un fuerte control sobre el santuario de Pachacamac, el cual no se restringió al aspecto religioso y administrativo sino también al tema político. Los habitantes de Pachacamac, accedieron a la cerámica Inca Imperial, Inca Local, Chimú Inca e Ica Chincha.

Parte de la modificación del santuario incluyó el uso extensivo de la pirámide con rampa Nº 1 (PCR 1), cuyos patios fueron utilizados constantemente, acumulándose una densa capa de deshechos.

Contrariamente a la costumbre costeña de limpiar los recintos públicos antes de abandonarlos, los patios de la PCR 1 presentan una abundante cantidad de deshechos del uso, lo cual significa que los Incas ya no realizaban el mantenimiento de los patios, sino que acumularon sus deshechos sobre el piso, por ende las pirámides habrían perdido su carácter sacro y se convirtieron en lugares públicos, tal vez para recibir a los peregrinos.

Durante el periodo Inca, Pachacamac incrementó sus relaciones con diversas partes del imperio.

Las poblaciones asentadas en el lugar recibieron cerámica de la capital del imperio Inca en Cusco, cerámica de estilos altiplánicos tal como ocurría con las elites cusqueñas en otras partes del imperio, así como cerámica con estilos de la costa norte, costa sur y costa central.

Estos estilos cusqueños y provinciales no son exclusivos de la PCR 1 pues han sido igualmente hallados por Max Uhle (1903), Julio C.Tello, William Strong (1943), Peter Eeckhout (2004), Régulo Franco (2004) e Izumi Shimada (2004) en las excavaciones realizadas en diferentes partes del santuario.

Una descripción detallada de la cerámica tardía de Pachacamac procedente de la PCR 3, fue realizada por Jane Felthan.

Formas típicas de cerámica inca, como el aríbalo, el plato y la taza, son utilizadas, siendo escasas en otras partes del valle, a excepción de la residencia de algún señor local que tiene este tipo de vasijas en número reducido.

Esto indicaría que el tipo de deshechos presentes en la PCR 1 corresponde a basura selecta, no precisamente de campesinos que hayan usado de mala forma este espacio, sino que representarían contextos de ceremonias y de banquetes muy importantes que se llevaban a cabo en Pachacamac durante el periodo Inca.

El dato arqueológico indicaría que la ocupación Inca no solo modificó el uso del santuario de Pachacamac, sino que incrementó las relaciones con otras zonas y creó una sociedad cusqueña en la costa con todos los elementos de la capital imperial y con cerámica muy fina y estandarizada en formas y decoración.

La Pirámide con Rampa Nº 1.

La PCR 1 es la de mayores dimensiones de todo el santuario. Es una estructura masiva de adobes, piedras y tapiales, ubicada a la vera de la calle Norte-Sur. Fue excavada y restaurada por Arturo Jiménez Borja.

Fue excavada entre 1958 y 1963, lográndose la restauración del edificio principal. Los trabajos de restauración iniciados por Jiménez Borja se realizaron en la calle norte sur, la plaza frontal o patio 1, las rampas, la plataforma superior, el patio posterior y cuatro depósitos sumamente grandes, los cuales fueron hallados vacíos.

Posteriormente, Jesús Ramos Giraldo (1999) realizó labores de conservación, principalmente en la pirámide anexa colindante a la calle norte-sur. Hay sectores de la pirámide que aún no han sido excavados.

Los datos relevantes sobre las excavaciones en PCR 1 han sido publicados por Jiménez Borja, quien plantea que ésta era la típica construcción cívica administrativa del periodo Intermedio Tardío del valle de Lurín, que cumplía las funciones de embajada de los curacas locales.

Esta propuesta estuvo basada en la crónica del padre Calancha, quien refiere que en Pachacamac vivían embajadores de los valles supeditados al santuario.

La colección.

La colección de cerámica recuperada por Jiménez Borja obra en el Museo de Sitio de Pachacamac. Algunas piezas enteras han formado parte de las exposiciones permanentes del museo.

Regulo Franco sin embargo, enuncia muchos postulados acerca de la función de las pirámides, partiendo del comentario de los materiales recuperados por Jiménez Borja.

Otra colección importante proviene del patio posterior. En ambos lugares han quedado depósitos de basura estratificada a manera de testigos; éstos oscilan entre 100 cm. en el patio delantero y 120 cm. en el patio posterior, e incluyen estratos superpuestos con capas de 30 a 40 cm. de espesor, conteniendo abundante material orgánico, cerámica, huesos de animales, moluscos, vegetales y textiles llanos.

Si asumimos que la PCR 1 es del periodo Intermedio Tardío, los basurales corresponden a su uso y abandono. No existen evidencias de pisos superpuestos que indiquen mantenimiento o remodelaciones de las PCR.

La cerámica incluye fragmentos (bordes, bases, decorados y asas) casi en su totalidad del periodo Inca. Los depósitos de la parte posterior fueron hallados vacíos.

La cerámica asociada.

La mayor parte de la cerámica fragmentada corresponde al periodo Inca y, a diferencia de otros sitios de la costa, la densidad de vajilla Inca Imperial y provincial es alta. Aparece también cerámica del estilo Ychma tardío, así como de otros estilos contemporáneos.

De acuerdo al registro del museo, ocho vasijas enteras proceden de la PCR 1, entre ellos se incluyen aríbalos, botellas de doble cuerpo estilo Chimú Inca, un cántaro globular de superficie alisada color marrón que representa un personaje con grandes orejeras, con los brazos y las piernas flexionadas, además de platos Inca, entre otros.

Dentro de la fragmentería y siguiendo la descripción de la cerámica Inca realizada por John Rowe (1944), así como de otros estilos contemporáneos, podemos distinguir los estilos Inca Imperial A y B, Cusco Llano, Cusco Bícromo, Cusco Polícromo Figurativo, Estilo Watanay Polícromo, Urcosuyo Polícromo, Inca provincial, Cerámica Inca del altiplano, Inca Local, Chimú Inca, Ica Chincha, Ichma Tardío, y estilo Puerto Viejo.

Las formas más frecuentes de cerámica Inca incluyen: aríbalos con diseños geométricos y de helechos; tazas de labio biselado, decoración externa con banda de color crema delineada en negro que se ubica a partir del labio. Además, cuerpo de fondo naranja y decoración de una banda a la altura del asa cintada horizontal.

La mayor variedad decorativa se encuentra en los platos, donde destacan platos con mango escultórico en forma de cabezas de pato, patas de camélido o asas cintadas.

La decoración interna, en muchos casos en fondo crema o naranja con diseños de bandas, incluye diseños geométricos.

A nivel de pastas, algunas vasijas habrían sido importadas del Cusco mientras que otras corresponden a imitaciones locales o regionales.

Dentro de la cerámica con formas Inca, existe una baja proporción de las llamadas ollas cáliz. Los fragmentos de aríbalos corresponden a diversos tamaños desde aquellos que superan el metro de altura hasta aquellos de pequeñas proporciones, algunos de los cuales presentan cara gollete.

El número de fragmentos es escaso, y corresponden a botellas negras pulidas con gollete tubular con apéndice, propios del estilo Chimú tardío.

Los ejemplares completos de este tipo corresponden a botellas de doble cuerpo con vaso comunicante y asa cintada, en cuyo remate del pico se desarrollan diseños escultóricos de felinos, personajes antropomorfos o escenas.

Si bien estas piezas tienen un acabado muy fino y han sido definidas como de estilo Chimú Inca, cabe precisar que no han sido reportadas en la costa norte, siendo más comunes en la costa central y la costa sur, y aparecen durante la expansión Inca.

Asimismo, se registran cántaros y botellas con decoración tricolor estilo Chincha, fragmentos de cántaros cara gollete, estilo Puerto Viejo, y escudillas negro sobre crema y Cerámica Ichma, la cual corresponde al estilo Ichma tardío e incluye cántaros llanos que con diseños escultóricos de manos sosteniendo conchas (spondylus); en otros casos sostienen perros sin pelo o monos; hay cántaros pequeños de cuello recto y base cónica.

Aparecen figurinas y esculturas de sapos o de personajes ricamente ataviados que deben pertenecer a cántaros, además de varios fragmentos de cántaros cara gollete representando algunas veces animales.

Estas formas son bastante escasas en otras colecciones. Además hay fragmentos de tazas de color negro con decoración incisa y pintura roja.

También se da cuenta sobre el hallazgo de un taller de alfarería evidenciado por el descubrimiento de moldes de cerámica pertenecientes a figurinas y pulidores de piedra entre otros asociados al patio principal.

Si bien la cerámica local Ychma no es muy variada en su decoración y morfología, la llegada de vasijas importadas incrementó el prestigio del santuario, especialmente de las élites Incas que gobernaban política e ideológicamente desde el santuario. Aríbalos, tazas, ollas y platos Inca aparecen en ínfima cantidad en los palacios Inca del valle de Lurín (Panquilma y Pueblo Nuevo) y del valle del Rímac.

Rommel Ángeles Falcón

Max Uhle (1856 – 1944)

Friedrich Maximiliano Uhle Lorenz (Dresde, 25 de marzo de 1856 — Loben, 11 de mayo de 1944) fue un arqueólogo alemán, cuyos trabajos, a comienzos del siglo XX, tuvieron un gran impacto en el desarrollo de la arqueología en Sudamérica.

Max Uhle nació en Dresde, Alemania, ingresó del colegio en 1875 y en el verano siguiente ingresó a cursar estudios en la Universidad de Leipzig. En el otoño cumplió un año de servicio militar, el cual moldeó y cuadró su carácter. En 1876 estudió en la Universidad de Göttingen por un año. Hacia 1877 regresa a Leipzig, donde permaneció hasta graduarse de doctor en filosofía en 1880. Este grado fue en la especialidad lingüística , adoptando como tema de tesis la Gramática Medieval China. John H. Rowe (1954) ha señalado que el tema giró mayormente en tomo al interés de ciertos profesores consejeros más que en la preferencia de estudiantes, pues Uhle nunca más volvió a tratar el tema.

En el año de 1888 Uhle dejó el Museo de Dresden para convertirse en asistente del Museo de Berlín, donde conoce y se interesa por los materiales arqueológicos sudamericanos, pues este museo conserva en sus depósitos las colecciones de los geólogos Reiss y Stübel; dicho museo funcionaba bajo la dirección de Adolf Bastian. Uhle permaneció cuatro años en Berlín (1888-1891), acrecentando sus estudios al revisar los materiales andinos que poseía este museo, en donde concluye un artículo sobre Tiahuanaco.

Durante la convocatoria al VII Congreso Internacional de Americanistas, realizado en Berlín, 1888, fue designado Secretario Asistente; en el evento alterna con Luschan, Seler, Steinen y otros prestigiosos internacionalistas de su época. Max Uhle fue encargado de preparar la presentación del Congreso y el libro correspondiente de ponencias y trabajos. Vuelto a Alemania, Adolph Bastian (1826-1905) fundador del Museo de Berlín, tiene el acierto de comisionar a Uhle para viajar a América del Sur con la misión de investigar la difusión de la cultura quechua y los derroteros de los Incas. Es el descubridor de la cultura Moche y Nazca.

Viaje a Sudamerica

Max Uhle se traslada a Bélgica y se embarca para América del Sur en el Puerto de Amberes el 14 de noviembre de 1892, rumbo a Buenos Aires, a cuyo puerto arriba el mismo año con 36 años de edad; luego de su corta estadía en la ciudad bonaerense, pasó al Cuzco, siguiendo, en cierto modo, el área de influencia de la cultura incaica. Los años 1892-1893 los dedicó a visitar sitios arqueológicos de Bolivia.

En los años de trabajo en el Museo de Berlín Uhle tuvo la oportunidad de observar y estudiar materiales Tiwanaku en las colecciones del Museo, cuyos objetos culturales despertaron su interés, por ello intenta trabajar en este gran sitio originario, pero la situación política demasiado inestable en el país altiplánico, le impide cristalizar su proyecto.

Contratado y apoyado por la Universidad de Pensilvania en 1895, prepara el viaje a Lima, ciudad a la que arriba en 1896; su primera tarea es remitir una relación acerca de su viaje a Bolivia y Perú, acompañando, además, un informe sobre el idioma de los Uros (Bolivia), el cual fue publicado en el periódico Globus de Braunschweig, Alemania.

En el Perú Max Uhle inicia sus trabajos arqueológicos en Ancón y Pachacámac el mismo año de su llegada; el trabajo de campo en este último famoso sitio arqueológico lo alterna con reconocimientos y visitas cortas a otras zonas arqueológicas de los valles del Chillón, Rímac y Pachacámac (Lurín), que en los años finales del siglo XIX y principios del siglo XX se irán extendiendo con mayor amplitud a otros territorios del país.

Investigación

Escribe el Dr. Eloy Linares Málaga (1964:23): «Su fama de arqueólogo crece; por eso la Universidad de California le encarga nuevas exploraciones en el norte del Perú. Uhle recorre los valles de Moche, Chicama, Jequetepeque, Virú y Santa; excava cerca de las huacas del Sol y La Luna; visita la ciudad de Chanchán y las ruinas de Marcahuamachuco”.

Los años 1898 y 1899 viaja a los EE.UU. por dos años y regresa al Perú, ahora patrocinado por la Universidad de California. Con renovados recursos e interés trabaja el año 1900 en varios sitios del valle de Lima (Rinconada de Ate, Trapiche, Nievería, Cajamarquila, Zavala, San Isidro (Gualamarca), Armatambo, etc.). Viaja al norte para realizar excavaciones en los monumentos del Sol y La Luna en Moche; en 1901 publica un artículo en la Industria de Trujillo sobre Moche.

Del norte pasa al sur del país donde explora los sitios arqueológicos de La Centinela y Tambo de Mora, los montículos de Hoja Redonda y Alvarado (Chincha), explora sectores del litoral de la Península de Paracas (Cerro Tres Cruces), por la quebrada de Pisco reconoce Tambo Colorado y llega hasta Huaytará y, finalmente, en este viaje recorre Chulpaca y Ocucaje en Ica.

Los años 1902 y 1903 regresa nuevamente a los EE.UU. para dictar cátedra en la Universidad de California, en cuya estadía aprovecha para ejecutar excavaciones en montículos cercanos a Berkeley (Emerville). En la segunda mitad de 1903 y parte de 1904 se encuentra trabajando nuevamente en Ancón contando con los auspicios económicos de la señora P.A. Hearst, desde cuya bahía decide avanzar a explorar sitios en el valle de Chancay (Puerto de Chancay y Cerro Trinidad) y los sitios de Aspero y Puerto Supe. Los conchales que exploró en Puerto Supe han desaparecido en la actualidad bajo obras modernas. De regreso a Lima explora los cementerios de la Isla San Lorenzo.

El año 1905 emprende nuevas exploraciones y reconocimientos en Puno, Cusco, Arequipa, Chala, Chaviña y Acari (Conventillo, Warato y Lomas), Nazca y Palpa (Kakatilla, La Mancha, Poroma, Tambo del Perro, Estaquería y Nanaska).

El gobierno del presidente José Pardo y Barreda expide un Decreto Supremo el 6 de mayo de 1905, autorizando la organización y funcionamiento del Museo de Historia Nacional bajo la dependencia del Instituto Histórico del Perú. Gracias a esta medida se inaugura dicho museo el 28 de julio de 1906, contando con la dirección del Dr. Max Uhle, contratado por seis años.

EI flamante director del Museo de Historia Nacional inicia sus labores inmediatamente y con mucho apego a las antigüedades arqueológicas del país. Para incrementar los materiales arqueológicos del Museo reinicia excavaciones en los sitios de Lima y alrededores; excava en los, cementerios, antes explorados, de la Isla San Lorenzo; excava un cementerio arqueológico en Bellavista, Callao y explora la extensa zona arqueológica de Makatampu, situada entre la avenida Colonial y Argentina, ahora completamente desaparecida. AI mismo tiempo recepciona e integra o compra colecciones de personajes limeños y familias interesadas en fomentar y apoyar el, funcionamiento del Museo Nacional. Uhle entonces trabaja fichando, identificando, organizando y agrupando cronológica y estilísticamente los materiales y datos en el Museo para montar las exhibiciones del Ministerio de Justicia y de la Sociedad Geográfica de Lima. Entre 1908 y 1910 lo encontramos nuevamente en el campo: está excavando en los grandes montículos de Arámburu y Concha, de la zona arqueológica ubicada en la actual Ciudad Universitaria de San Marcos.

Envidias e indisposiciones ajenas a su voluntad hicieron que se alejara del Museo; de esta manera el Dr. Uhle hace entrega del patrimonio arqueológico del Museo Nacional consistente en 9.271 especímenes a la Comisión del gobierno presidida por el Dr. Carlos Wiesse el 29 de diciembre de 1911.

Invitado por la Universidad de Chile, viaja a este país, donde permanece hasta 1919, a partir del cual se traslada al Ecuador por invitaci6n de Jacinto Jijón y Caamaño. EI año 1933 regresa a Alemania y lo acoge el Instituto Iberoamericano de Berlín, donde redacta artículos, procesa datos y arregla documentos relacionados con cuarenta años de trabajos (Linares Wlaga 1964: 34).

Por iniciativa del Dr. Luis E. Valcárcel, la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos organizó un Jubileo en su honor (1935), donde participaron instituciones y autores de países europeos y americanos. En su discurso, Valcárcel expresó que: “Este homenaje significa también que la conciencia del Perú no olvida ni podrá olvidar jamás a cuantos abrazan la ingrata tarea de investigador incomprendido y de continuo calumniado y sabe reconocer el mérito por encima de todo». La Revista del Museo Nacional, tomo IV, Nº1, publicó por medio de la pluma del Dr. Valcárcel el merecido Jubileo.

El año 1936 el Museo Nacional de Cultura Peruana, dirigido por el Dr. Luis E. Valcárcel, en nombre del Ministerio de Educación Pública, le rinde en vida un justo homenaje.

El XXVII Congreso Internacional de Americanistas de 1939 fue celebrado en Lima y México para el estudio comparativo de las civilizaciones de Anahuac y los Andes, además de sus posibles interconexiones e interrelaciones mutuas. El Perú lo invita a participar en las sesiones del Congreso, en las cuales expuso dos ponencias: “Procedencia y Origen de las Antiguas Civilizaciones Americanas” y “La Marcha de las Civilizaciones”, en las que se admira su experiencia en el tratamiento de los temas. El Perú lo condecoró con la Orden del Sol.

Retorno al Perú

El Dr. Max Uhle retorna al Perú en 1940, el mismo año en que el Perú le declara la guerra a Alemania, en el marco de la segunda Guerra Mundial. El Dr. Jorge C. Muelle, considerado el más técnico de los arqueólogos peruanos, recordaba que el sabio alemán fue detenido junto con otros alemanes en el Hotel Los Ángeles de la comarca de Chosica. El Dr. Eloy Linares Málaga (Linares Málaga 1964: 35) concluye: “Fue así que la segunda conflagración mundial oscureció su vida y no se llegó a saber de él hasta mediados de mayo del año 1944, cuando el cable anunciaba la desaparición del sabio a la avanzada edad de 88 años”.

En Estados Unidos varias universidades norteamericanas y sus museos han ido publicando las colecciones de Uhle depositadas en sus fondos museales.

El Dr. John H. Rowe publicó en 1954, por la Universidad de California, Berkeley y Los Ángeles, el libro titulado: Max Uhle, 1856-1944. A memoir of the Father of Peruvian Archaeology. University of California Publications in American Archaeology and Ethnology. Vol. 46, Nº1, 134 pp. Este libro condensa datos del autor, otorga información acerca de la obra de Uhle, valora sus aportes teóricos e intelectuales al ponderar sus investigaciones arqueológicas y etnológicas en el antiguo territorio del Tawantinsuyu (Chile, Argentina, Ecuador y Bolivia) y no solamente el Perú; aportó además, para el tiempo de publicación del libro, la bibliografía más completa sobre el sabio alemán.

Wikipedia

El segundo centro arqueológico más reconocido de la capital peruana se enfrenta al crecimiento desmesurado de una ciudad que ha cercado sus estructuras y lo ha llevado a insertarse en la dinámica vertiginosa del desarrollo urbano Corrían los años cincuenta y una corriente fresca iluminó las artes y las letras locales, expandiendo la visión de los sectores enterados de la capital.

Si bien ya habían surgido influyentes corrientes intelectuales que se detenían en la condición del hombre del ande, fue a partir de esos años que intelectuales limeños con aspiraciones a construir una obra moderna entendieron que ésta se tenía que apoyar en el conocimiento del legado andino.

Jorge Eduardo Eielson, Fernando de Szyszlo o José Casals fueron algunos de los puntales de esta transformación estética en la que un centro arqueológico ubicado a pocos kilómetros de la ciudad jugó un papel dorsal: Puruchuco.

«Su importancia», señala Luis Guillermo Lumbreras, arqueólogo y director del Instituto Nacional de Cultura, «radica en haberle descubierto a los ojos no especializados que un sitio arqueológico podía estar entero, atraer visitas y ser susceptible de ser recorrido».

Fue gracias al esfuerzo tenaz de Arturo Jiménez Borja, quien emprendió la reconstrucción y posterior posicionamiento de este lugar, que la población de Lima dejó de percibir lo prehispánico como algo del «interior» del país.

¿Pero qué eran en realidad estos vestigios arqueológicos? ¿Cuál fue su importancia histórica? Sabemos que Puruchuco fue uno de varios palacios que existieron en el valle de Lima entre los siglos XIV y XV –por eso el visitante encuentra en él una serie de salas, recibos y otros espacios en los que se presume las personas cumplían una vida cortesana–, la casa de una persona importante, un «curaca» relacionado al cacicazgo de Lati y subordinado al señorío Ischma, que administraba la zona desde Pachacamac y Cusco.

La mansión de Puruchuco, que data de finales de la época preinca y del periodo de esplendor incaico, resultó el emplazamiento desde el cual este señor dominó el valle inmediato, buena parte de lo que actualmente es Vitarte, la vasta zona que el día de hoy se encuentra detrás del Estadio Monumental y que se conoce como Puruchuca y la parte alta del actual cerro Mayorazgo, sitio denominado Paredones y en el cual se aposentaba un grupo de pobladores más antiguo, el mismo que salió a la luz en el año 2002, cuando el arqueólogo Guillermo Cock descubrió en ese lugar cerca de 2,000 momias.

UN ESCENARIO INEVITABLE

Durante años la ciudad de Lima ha venido desarrollándose en progresión geométrica.

La actual megápolis terminó abrazando hasta la asfixia a Puruchuco, hoy presa de una situación álgida e inevitable: uno de los brazos del cerro que acoge el complejo arqueológico impide el paso de la avenida Javier Prado Oeste, una de las arterias viales más grandes de la capital y que de estar operativa uniría 14 distritos, beneficiando a más de cuatro millones de habitantes.

El Instituto Nacional de Cultura entiende que es necesario sintonizar las condiciones del crecimiento moderno de la ciudad con su misión principal: proteger el patrimonio cultural de la nación.

Por ello ha establecido un conjunto de condiciones para la continuación de las obras de habilitación de la avenida, exigiendo que se implementen una serie de trabajos de protección y estudio de los restos arqueológicos.

«Lo que hacemos es salvar la memoria histórica», señala Lumbreras, «la carretera ya está hecha y ello no es algo en lo que hayamos tenido ingerencia; la población ya ha avanzado hasta cincuenta metros de distancia del sitio arqueológico; entonces se trata de impedir que éste continúe siendo destruido.

Frente a la presencia inevitable de la ocupación urbana, lo que debemos hacer es salvaguardar los testimonios que se pueden perder y que ahora peligran debido a la presencia de una pista de alta velocidad, del tránsito, de una sede de gran concentración como es el Estadio Monumental».

Así pues, según resolución del INC, el paso vial procederá sólo si el equipo de arqueólogos contratados por la Municipalidad de Ate, entidad responsable de la obra, redelimita, señaliza y pone hitos en la zona de Puruchuco y Huaquerones, realiza un trabajo de rescate arqueológico en el espolón –por donde pasará la pista– y de evaluación de las zonas de influencia al paso de la avenida, consolida las estructuras arquitectónicas que se encuentran en las inmediaciones, habilita un camino asfaltado hacia el museo de sitio y construye almacenes adecuados para poner a buen recaudo los bienes recuperados en los procesos de rescate y evaluación arqueológicos.

Así las cosas, el primero de marzo un equipo comandado por el arqueólogo Guillermo Cock dio inició a su labor científica bajo la atenta supervisión de los organismos técnicos del INC.

En ese marco, el 5 de marzo, mientras se realizaba labor de cateo en el sector de influencia 57A, Cock y su equipo encontraron 26 fardos funerarios pertenecientes a un cementerio prehispánico.

LOS MUERTOS ENSEÑAN

El hallazgo es de una importancia similar a los descubrimientos de tumbas hechos por Max Uhle y Julio C.

Tello –que sentaron las bases de la historia antigua del Perú– pero esta vez los restos, que pertenecen básicamente a las épocas Ishma e Inca, permitirán extraer conocimientos que resultaban impensables hace algunos años.

«Ahora, gracias a la tecnología, a través del estudio de restos humanos podemos extraer información sobre los índices de nutrición de los antiguos peruanos», señala Lumbreras, «saber qué comían, por qué desarrollaron ese tipo específico de musculatura o de tamaño, qué cadenas de consanguinidad guardaban entre ellos, con qué medicinas se curaban, a qué niveles de mortalidad se sometían».

Si se toma en cuenta que los trabajos previos en Puruchuco, realizados entre los años 1953 y 1964, no registraron ni documentaron los hallazgos arqueológicos, generando una carencia muy grave de la memoria histósarica, lo que se acaba de rescatar es casi como la primera piedra de un real esfuerzo científico.

«Comenzamos a saber recién quiénes realmente vivían en ese lugar y cuanto más información tengamos reconstruiremos mejor cómo era esa zona de la Lima antigua», acota Lumbreras.

Un nuevo horizonte, entonces, se abre para el estudio de aquella porción de nuestra historia.

Los bienes culturales que se extraigan de estas labores arqueológicas previas a las obras civiles servirán para potenciar el valor de Puruchuco, que podrá pasar de un eficiente museo de sitio a un completo centro de investigación con amplia presencia en la vida académica y científica del país.

Los primeros pasos están dados.

Los trabajos que se hacen por estos días siguen su marcha y desde luego no sólo no pondrán en riesgo nuestro patrimonio sino que asegurarán su más sólido resguardo, dado que esta vez se registran todos los eventos arqueológicos y se cuida cada uno de los eslabones del proceso de ampliación de la Javier Prado.

«Nos falta ver el proyecto final de ingeniería que tienen y el trazo exacto de la avenida de modo que podamos medir su influencia sobre el cementerio encontrado», señala Ana María Hoyle, arqueóloga del INC encargada de supervisar los trabajos de Guillermo Cock.

«Hasta que no terminen esta etapa de rescate del espolón y de evaluación de las zonas de influencias, emprendan y concluyan con la reestructuración y estabilización de la arquitectura asociada al complejo y cumplan a cabalidad con todos los requerimientos que hemos impuesto no se va a empezar ninguna obra».

Puruchuco, pues, se encuentra en buenas manos.