Los orígenes de la Civilización Andina

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Autor: Duccio Bonavia Berber

Desde principios del siglo pasado se aceptó en nuestro medio que agricultura y civilización iban juntas y que no podían desligarse la una de la otra, hasta que en la década de los años 40 Junius Bird al excavar en Huaca Prieta demostró que la agricultura antecedía en considerable cantidad de tiempo a la civilización. Sobre esta base Edward Lanning siguió trabajando en los años 50 y posteriormente en 1960 John H. Rowe delimitó los fines de los tiempos Precerámicos y el inicio del Horizonte Temprano, introduciendo entre ellos el nuevo estadio del Período Inicial. Es sólo a partir de entonces que se comenzó a descubrir los grandes conjuntos monumentales a los que nos referiremos más adelante y que cambiaron en forma dramática la visión que se tenía de los antecedentes de la Civilización Andina.

Para poder entender bien los orígenes de la Civilización Andina, es necesario retroceder en el tiempo hasta la llegada de los primeros hombres al territorio andino, hace aproximadamente doce mil años o más. Eran las épocas finales del Pleistoceno, cuando los glaciares que alcanzaron límites inferiores más bajos que hoy se estaban retirando. El continente, además, tenía otra figura pues el nivel del mar estaba más bajo y recién comenzaba a subir. De modo que las costas eran más anchas. Alcanzaría el nivel actual recién hacia principios de nuestra Era. El clima era aún seco y frío.

En las tierras altoandinas la deglaciación comenzó en el octavo milenio antes de Cristo y terminó hacia la mitad del sexto, lo que significó un aumento de la temperatura y de la humedad y una mayor pluviosidad. Pero las grandes lluvias terminaron aproximadamente a fines del segundo milenio antes de nuestra Era.

En la costa el cuadro fue diferente. Pues desde fines del Pleistoceno parece que la Corriente Peruana adquirió el curso que tiene hoy con las consecuencias que son conocidas. En otras palabras, desde principios del Holoceno nuestra costa ha sido árida. El único sector que fue diferente en los tiempos de transición del Pleistoceno al Holoceno fue el noroeste que por cambios que hubo en la forma de la costa y el efecto diferente que produjo la Corriente Peruana, permitió una mayor vegetación. Pero esto terminó entre el segundo y el tercer milenio antes de la Era Cristiana.

Las solas diferencias entre el cuadro actual de nuestra costa y la de aquello tiempos transicionales entre la época glacial y la postglacial fueron que los territorios costeros eran más extendidos pues el nivel del mar recién comenzaba a subir, los ríos traían más agua como consecuencia de los deshielos y la napa freática fue sin duda más alta, por eso la vegetación a los, bordes de los valles debió ser más exuberante que hoy. Pero por el resto el cuadro no debió ser muy diferente.

Dado que el hombre llegó durante esta transición climática, encontró en nuestro territorio los restos de la fauna pleistocénica, la que sin embargo se estaba extinguiendo por el cambio ambiental y hay muy pocos indicios que señalan que aquí él la haya matado. Ella desapareció por factores naturales.

Si bien es cierto que por falta de investigaciones aún no se puede escribir la historia definitiva de la llegada del hombre a nuestro territorio, todo está señalando hasta hora que éste fue bajando desde el Norte por los valles longitudinales de altura media de la cordillera andina y que fue conociendo la costa a través de los valles transversales costeros, que le sirvieron como vías naturales de descenso.

Estos primeros pobladores han dejado sus huellas en el Callejón de Huaylas, en la Cueva del Guitarrero y ellas corresponden justamente al momento en que el cambio climático se estaba produciendo. En la época de lluvias recogían las plantas que crecían alrededor de la cueva, sobre la margen izquierda del río Santa. Pero cuando la zona se volvía desolada y seca, los cazadores subían a las quebradas glaciares de las tierras más altas y allí cazaban.

Uno de los hechos importantes que se ha podido comprobar por medio de la basura que estos hombres nos han dejado, es que desde el inicio se hizo uso de una gran cantidad de productos vegetales, pues en los estratos correspondientes al octavo milenio antes de Cristo se ha encontrado restos de rizomas, tubérculos, calabazas, frutos como la lúcuma, el pacay, ají y varias cactáceas. Pero lo que es más importante aún, es que a lo largo del séptimo milenio ya este hombre había domesticado dos especies de fréjol e inmediatamente después, entre los 6000 y los 4000 años a.C. ya estaba comiendo maíz doméstico. Obviamente no se conocían aún los canales de regadío y la siembra se hacía al borde del río, aprovechando el limo aluvial que éste dejaba al salirse de madre.

Por esos tiempos otro grupo humano estaba viviendo en la cueva de Lauricocha y si bien es cierto que allí no se ha encontrado evidencias de domesticación de plantas, no cabe duda que ya se practicaba el sedentarismo y en ello pudieron haber influido de alguna manera los camélidos que tienen sentido de territorialidad.

Algo semejante sucedió en el abrigo de Telarmachay, siempre en la Sierra Central, donde los arqueólogos han podido establecer que los cazadores – recolectores a partir del sexto milenio antes de Cristo comenzaron a especializarse en la cacería prefiriendo a los camélidos sobre los otros animales hasta que, en el quinto milenio, se logró la domesticación de la alpaca y probablemente de la llama. Más al Sur la ecología fue sin duda diferente, con una diversidad climática más marcada entre sequedad y humedad, entre frío y calor. Es el caso del área de Ayacucho donde hay una diferencia muy notable entre las zonas altas de las cadenas montañosas y el fondo de los valles. Allí a partir del sexto milenio antes de nuestra Era, los cazadores – recolectores se organizaron para poder explotar los recursos del desierto y del área húmeda. Fue en ésta que se hicieron los primeros intentos hortícolas con la domesticación de plantas.

Mientras esto sucedía en las serranías, en la costa el cuadro era diferente. Y si bien es cierto que tenemos grandes vacíos, pues no se han hecho estudios de esta naturaleza en muchas zonas costeras, a lo largo de buena parte de la faja litoral, por lo menos entre los departamentos de Lambayeque e Ica, se desarrolló una cultura conocida por los especialistas como Complejo Chivateros. Fueron básicamente cazadores-recolectores que al bajar a la costa por primera vez, tuvieron que enfrentarse con un fenómeno para ellos nuevo: el mar. Poco a poco se adaptaron a este medio y comenzaron a utilizar los recursos terrestres y marinos. Y si bien hasta ahora no se ha podido encontrar restos vegetales entre la basura que dejaron, se puede suponer que molían algún tipo de grano, pues allí han quedado sus morteros de piedra.

Uno de los errores que se comete muy a menudo es el no entender que las épocas que establecen los estudiosos de la historia, no son más que instrumentos de trabajo pero que en realidad la segmentación que se ha creado es artificial, dado que la acción humana desde que se comenzó a distinguir de la de los otros animales, es decir se convirtió en historia, es una continuidad hasta los tiempos de hoy. Y si en los textos de historia se establecen fechas y acontecimientos para definir una etapa de esta historia y separarla de otra, esto en el fondo es ficticio y desde el punto de vista arqueológico es imposible encontrar los indicios que lo señalen.

Lo que es evidente es que desde que el hombre pisó nuestro territorio, si bien es cierto que tenía como actividad económica más importante a la cacería, hizo uso de productos vegetales. Lo que será muy difícil de establecer con certeza es cuándo se pasó de la recolección a la siembra.

Pues bien, este encasillamiento artificial de la historia, que desafortunadamente se repite sin explicación en los colegios y hasta en los centros superiores de estudios, ha contribuido a que se perdiera la verdadera perspectiva de la realidad y algunos lectores se habrán preguntado como es posible que los cazadores-recolectores hayan tenido la capacidad de dedicarse al mismo tiempo a la horticultura, es decir a un estadio primitivo de la agricultura. Es que se ha olvidado que los hechos que llevan al hombre a descubrir la posibilidad de domesticar a las plantas, no fue un evento sino un proceso. Y un proceso muy largo. Y en esto son justamente las sociedades cazadoras-recolectoras las que jugaron un rol determinante. Sin ese sistema de vida, probablemente la historia humana

no hubiera alcanzado el desarrollo que tiene.

  • 1 Aldine Publishing Company, Chicago.
  • 2 1992, American Society of Agronomy, Inc., Crop Science Society of America, Inc., Madison

 

Fue a fines de 1965 que Sol Tax, uno de los antropólogos más notables del siglo pasado, convocó a una gran cantidad de expertos en un Simposio para analizar las sociedades cazadoras. Como resultado de esta reunión Richard B. Lee e Irven de Vore en 1968 publicaron un libro muy importante: Man the HunterEl hombre como cazado1. Allí se demostró que en realidad los cazadores-recolectores hacen mucho más uso de plantas silvestres de lo que se creía. Quizá uno de los mejores ejemplos es de los Bosquimanos Kung de Bostwana, en África que fueron estudiados por Lee y que demostró que el 60% de la dieta de este grupo humano es a base de plantas. Otro caso es el de los indígenas Australianos que sabemos que han recolectado más de 400 especies de plantas que corresponden a 250 o más géneros. Jack R. Harían, que fue otro de los grandes estudiosos de estos fenómenos, en su libro seminal Crops & Man2, cuyo primer termino es muy difícil de traducir, pues puede significar desde la recolección hasta la siembra y el cultivo y que justamente por eso es muy significativo y no tiene una contraparte exacta en castellano, ha escrito que no es exagerado afirmar que los grupos humanos cazadores-recolectores tuvieron todos los conocimientos necesarios para practicar la agricultura y sencillamente no lo hicieron. En este sentido hay una serie de evidencias etnográficas que demuestran que algunos grupos aborígenes no solo recolectaban las plantas para utilizarlas, sino que sembraban las semillas de las plantas silvestres, como fue el caso de los indígenas de Nevada que fueron estudiados por J. Downs o los Paiute de California que según los ha descrito J. H. Steward, primero dispersaban las semillas y luego irrigaban el terreno. Pero ninguno de ellos domesticó las plantas. Es por eso que Harían ha sido categórico en afirmar que los recolectores no sólo han sido, sino que siguen siendo «botánicos profesionales».

Es que los cazadores-recolectores durante su largo deambular por más de dos millones de años por todas partes del mundo en la búsqueda de su presa, tuvieron la oportunidad no sólo de probar los frutos de muchas plantas o sus hojas y maderas para múltiples fines, sino que en forma inconsciente fueron llevando a cabo una selección de aquellos que les eran útiles, y aprendiendo a no emplear los dañinos o los que no los podían ayudar en sus necesidades. Se instruyeron también por medio de la observación – y no olvidemos que el hombre mal llamado «primitivo» es mucho más observador que el hombre de la ciudad – del ritmo estacional del crecimiento de las plantas. Y a lo largo de este proceso, se generó en forma totalmente natural una relación hombre – planta que es sin duda uno de los más grandes sucesos de la historia de la humanidad. Pues al llevar al campamento los frutos o partes de las plantas que fueron recolectando durante su faena de caza para el uso de sus familiares, las semillas encontraron en los alrededores del campamento por primera vez un terreno mucho más fértil que el natural, debido a la basura que estos hombres eliminaban. Los ancianos y las mujeres que pasaban una buena parle del tiempo en el campamento, pues las cacerías obligaban a los varones a quedarse lejos por largos períodos de tiempo, les permitieron observar el brote y el crecimiento de las plantas y asociarlos a las estaciones del año en que estos fenómenos se daban. De modo que cuando el hombre por diferentes causas, que no es el momento de discutir ahora, tuvo que dedicarse al cultivo de las plantas y a su domesticación, tenia los conocimientos rudimentarios para iniciar este proceso. Este se produjo de diferentes maneras en diversas áreas geográficas del mundo: hoy se cree que fueron por lo menos siete. Una de ellas, y sin duda entre las más importantes, el Área Andina Central.

Ahora bien sólo conociendo a fondo el territorio andino se podrá entender este fenómeno, pues la movilidad de las primeras bandas debió ser muy grande y sin darse cuenta el hombre fue llevando las plantas que necesitaba de una ecología a otra. No debemos olvidar que el Perú es uno de los países del mundo que tiene la mayor diversidad ecológica. Leslie Holdridge que hizo uno de los estudios más importantes sobre este tema, estableció que en el mundo hay 103 zonas de vida y cuando su discípulo Joseph Tosi hizo el estudio del territorio andino, logro establecer que de éstas en el Perú había 84 y 17 de carácter transicional. De modo que en sus movimientos el hombre, en forma inconsciente, fue llevando las plantas de un medio a otro, propiciando de esta manera adaptaciones en el proceso de la domesticación.

Es uno de nuestros estudios escribimos que fueron sin duda las montañas las que probablemente incentivaron este proceso. En efecto, ellas ofrecen las condiciones óptimas para la diferenciación de especies y variedades porque conservan ecotipos diversos y promueven al mismo tiempo las diversificaciones de las variedades. Las montañas, además, son excelentes aisladores, pues ofrecen diferentes rangos de condiciones variables, valles aislados, en fin todos los requisitos previos esenciales para una evolución rápida de las plantas, tantos silvestres como cultivadas. Algo de esto ya lo había intuido Nicolai Vavilov, en 1926.

Pero al mismo tiempo hay que recordar que este fenómeno se estaba dando dentro de un marco geográfico en el que, al desaparecer la fauna pleistocénica, quedaron en realidad muy pocos animales grandes para cazar; básicamente cérvidos y camélidos. De modo que estos hombres que tenían una experiencia en la técnica de la caza transmitida de padres a hijos de por lo menos tres millones de años, debieron diezmar muy rápidamente la fauna que encontraron en este continente y se vieron obligados a poner en práctica esos conocimientos sobre el mundo vegetal que habían acumulado durante todo este tiempo, pero que nunca habían utilizado. Además la convivencia con los camélidos, lo hemos dicho, favoreció sin duda el sedentarismo precoz y la domesticación animal. Desde nuestro punto de vista, todo esto apoyó y facilitó el proceso agrícola que se produjo inmediatamente después.

Cuando el hombre bajó a la costa debió modificar sus costumbres, pues sólo en las lomas costeras estacionales y en los bordes de los valles podía encontrar animales para cazar. Pero en los fondos de los valles, en los depósitos de limo aluvial que anualmente iban depositando los ríos durante sus crecidas, pudo comenzar a poner en práctica sus conocimientos sobre las plantas que había podido observar durante su largo vagar por el mundo. No cabe duda que al comienzo fueron pocas las plantas que empezó a usar y que los frutos que obtuvo fueron pequeños y con cosechas reducidas. Este inicio no debió ser fácil, pues las plantas que él traía consigo debían también adaptarse al nuevo medio. Esto se puede deducir a partir del análisis que se ha hecho en los yacimientos tempranos y donde se ha podido constatar que prácticamente no hay plantas costeras que hayan sido sometidas al proceso de domesticación. La mayoría provienen de los valles interandinos de altura media, algunas de las tierras altas y otras incluso de las tierras bajas de la selva. El gran geógrafo alemán Carl Troll que conoció profundamente nuestros Andes, decía que una de las más grandes conquistas de los agricultores andinos es haber sabido capitalizar estas marcadas diferencias geográficas, aprovechando al máximo las cualidades adaptativas de las diferentes plantas a los diferentes pisos altitudinales por medio de la selección y de la hibridación.

Una época que no está aún clara, es justamente la que se refiere a los tiempos en los que el hombre deja definitivamente la economía de la cacería y la recolección para dedicarse a la agricultura. En la Costa Nor-central tenemos pruebas que nos muestran cómo los grupos humanos se establecen cerca de la costa y como no tienen aún suficientes conocimientos sobre el mar ni los instrumentos para explotarlo, se dedican a recolectar mariscos, pero al mismo tiempo es evidente un inicio de la horticultura. Se comienza a ver claramente la relación que se establece entre el hombre y las plantas. Además no cabe duda que la movilidad siguió siendo muy grande y las relaciones con los grupos serranos fue continua. Este proceso sin duda fue facilitado por la geografía costera, es decir los valles transversales. Pero ellos al mismo tiempo crearon desarrollos locales, pues si bien los contactos longitudinales no fueron una barrera infranqueable, los desiertos entre los valles dificultaron las comunicaciones.

Estas bandas semisedentarias que vivieron en la costa, fueron sin duda más grandes que las anteriores y por los estudios que hizo Carlos Williams sabemos que formaban varias unidades de viviendas. Los villorrios que nos han dejado presentan formas diferentes, algunos fueron dispuestos en hileras, otros en círculo o en semicírculo. Lo que es evidente es que a partir del año 3000 a.C. el proceso de cambio cultural es mucho más rápido y marcado.

Para este tipo de estudios, los arqueólogos se tropiezan con ciertos problemas que son insolubles. Y para entender esto hay que recordar lo que dijimos al principio con respecto al marco geográfico y a los cambios que éste sufrió a lo largo del tiempo. Señalamos que a fines del Pleistoceno el mar comenzó a subir de nivel y hacia los años 4000/5000 a. C. estaba aproximadamente 4 m por encima del actual y alcanzó el de hoy sólo a principios de nuestra Era. De modo que este proceso ha destruido los campamentos que el hombre dejó cerca de la playa en este lapso de tiempo.

Uno de los aspectos que le permiten a los arqueólogos deducir información sobre una cantidad variada de actividades, es sin duda la arquitectura, pero no tanto como elemento per se, sino la forma en la que ésta está organizada, es decir lo que los especialistas llamamos los patrones de asentamiento, cuyo estudio fuera introducido en el Perú en la década de los años 40 del siglo pasado por Gordón Willey. La transformación de los patrones urbanos en los tiempos precerámicos ha sido impresionante y dramática. Pues es en estos tiempos que apareció en los Andes una arquitectura a gran escala, que en algunos aspectos tendrá influencias incluso en tiempos posteriores y ello nos plantea un problema. Es que en realidad hasta ahora nadie ha encontrado o ha podido demostrar cuales son los antecedentes que permitieron el desarrollo de este fenómeno.

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