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Arqueología Peruana: Precursores

INTRODUCCION

El Perú es un país que se reveló lentamente.

Sus viejas raíces se hicieron presentes sólo tras un largo proceso de revalorización y el progreso continuado de las técnicas y métodos de investigación antropológica.

Los primeros testimonios de su antigüedad lo dieron los “cronistas”, cronistas en el sentido de informadores de hechos que vieron y conocieron. Poco es lo que dicen y lo que traen con respecto al proceso cultural de los antiguos pueblos del Perú. Su obra es historiográfica y geográfica. Historia de los Mancos y Yupanquis; geografía del agreste país que conquistaron. Fuera de detalles circunstanciales o descriptivos de unos pocos “monumentos” pre-incaicos, nada dejaron porque nada vieron ni supieron de ellos.

El siglo XVIII es una configuración sofisticada del anterior, con una pérdida casi total en el interés por las “antiguallas”. La historiografía apócrifa y distante de la época repite las viejas noticias peruleras, y es que la libertad de viajar, aun con fines científicos, no existió en Europa antes del siglo XIX. Los extranjeros no podían cruzar las fronteras claustrales de América española sin exponerse a mil y un peligros.

Hubo, sin embargo, raras excepciones como la del padre Louis de Feuillée, que recorrió la costa del Perú entre 1709 y 1711; realizó importantísimas excavaciones en la zona de Ilo y Arica y reunió una vasta colección de piezas arqueológicas que remitió a Francia. Su obra: Journal des observationes phisiques, mathematiques et botaniques faites por l’ordre du Roi sur les cotes orientales de l’ Amérique Meridionale. . . depuis l’année 1707 jusques en 1712 (2 vols. París, 1713) constituye uno de los documentos arqueológicos casi ignorados en el presente siglo. El otro excavador de “gentilares”, iconoclasta y prearqueólogo, Amadeo Francois Frezier, también de principios de este siglo, nos ha dejado importantísima documentación sobre los cementerios indígenas y conchales de Tacna, Arica y Pisagua en su Relation du V oyage de la mer du Sud aux cotes du Chily et du Pérou, Fait pendant les années 1712, 1713 & 1714, par … M. Frezier, Ingenieur Ordinaire du Roy. (París, 1732).

Pero es a mediados de este siglo, “siglo ilustrado”, que renace el interés por el mundo americano, traducido en viajes marinos con pretexto científico-naturalista, en un anticuarismo desvariante y una reacción americana a las concepciones europeas del indio. Todo ello contribuyó indudablemente a fundamentar la naciente arqueología. Entre los primeros hay que mencionar necesariamente a Jorge Juan y Antonio de Ulloa, a Bourger que vino con La Condamine (1745); a Tadeo Haenke y a Felipe Bauza, autores de descripciones poco originales y finalmente a Joseph Dombey, el botánico que vino con Ruiz y Pavón, y que es acaso el primero que en el último tercio del siglo xvm trató de dar a conocer a Europa las obras de los antiguos peruanos.

Dombey, poco después de su llegada a Lima, visitaba las ruinas de Pachacamac y más tarde las huacas de la hacienda Torre Blanca, en el valle de Chancay, y por fin una gruta en las cercanías de Tarma. Remitió a Luis XVI varias cajas con 400 vasijas y un primoroso tejido de Pachacamac, que él bautizó con el pomposo nombre de “vestidura del Inca”, que dice le había costado 700 pesos. Des· pués de mil y una peripecias, la mitad de la colección y la preciosa vestidura pasaron al Museo Arqueológico de Madrid, donde la vio y estudió Jiménez de la Espada (véase sobre el particular su artículo: 11El Cumpi-uncu hallado en pachacamac”. Inca. Revista trimestral de estudios antropológicos. Organo del Museo de Arqueología de la Uníversidad Nacional Mayor de San Marcos. Vol. I, N9 4, pp. 904-928. Lima, octubre-diciembre, 1923), y la otra mitad fue al Museo del Louvre y des~és al del Trocadero, donde la estudió y describió el Dr. E. F. Hamy.

En lo que respecta a los europeos iluminlstas, que no vieron estas tierras y cuya obra es una fobia irracional contra los panegiristas del nuevo mundo, deben citarse a Cornelio de Pauw, al abate G. T. F. Reynal, a J. F. Marmontel, cuyas obras son más bien de interés histórico y anecdótico. Otros, como Robertson, o Juan Rinaldo Carli, autor de Cartas Americanas y uno de los principales reaccionarios europeos a la inferioridad o degeneración del americano, pese a su interés casi exclusiva.mente arqueológico, tampoco pueden considerarse entre los precursores de estos estudios.

De los peruanos anticuarios del siglo XVIll merecen especial mención el obispo de la Diócesis de Trujillo D. Jaime Baltazar Martínez de Compañón, el fundador de la Arqueología Peruana 1•

1 Para detalles sobre este ilustre prelado y su obra véase especialmente: SCHAEDEL, Richard: Martínez de Compañón, Founde.r of Peruvian Archaeology American Antiquity. Vol 15, NO 1, pp. 161-162. Menasha, Wis. 1949.

Su obra, inédita aún, constituye la primera enciclopedia ilustrada de las antigüedades del norte andino. Don Miguel Feijoó de Sosa, autor de una Relación Descriptiva de la Ciudad y Provincia de Trujillo del Perú (Madrid, 1763). Pedro Bravo de Lagunas, coleccionista limeño y propietario de un pequeño museo, cuyo inventario ha sido publicado por Martín Noel. José Ignacio de Lecuanda, autor de la Descripción de los partidos de la Intendencia de Trujillo, publicada en los volúmenes Il, ill y IV del Mercurio Peruano, la famosa revista limeña de la Sociedad Amantes del País. Las descripciones inéditas de algunas antigüedades del franciscano Francisco Rodríguez Tena. La Historia de la ciudad de Arequipa y de las siete provincias de su obispado, con relación de sus puertos, volcanes, ríos, feracidad de sus tierras, costumbres de sus primeros pobladores y conquistadores desde el cuarto Inca, de don Juan Domingo de Zamácola y Jáuregui. Finalmente los escritos geograficos de don Cosme Bueno; las descripciones de monumentos y ruinas, como las de Cuelap, de don José Hipólito Unanue, los estudios de Felipe de Pomanes y las Cartas histórico-críticas sobre cosas antiguas del Perú (Cádiz, 1764) de don Lorenzo Costa y Uribe.

Mención aparte merece don José Eusebio de Llano Zapata, erudito comentador y estudioso de las cosas del Perú. Algunas de sus apreciaciones como la que hiciera sobre los quipus 2 y tal vez el primer estudio sobre el tema, constituyen piezas fundamentales en la historia de la Arqueología Peruana.

2 Mendiburu, ha reproducido el texto de una de las cartas de Llano, que se ocupa de los “quipus”, en su Diccionario Histórico-Biográfico; (211 ed. Tomo VII, pp. 136- 137. Lima, 1933).

Las legendarias historias de los Incas de los días pre-arqueológicos del siglo XVIII, y del sinónimo de primitivo-americano-salvaje, se transformaron en el siglo XIX en el problema del hombre, entendido en el sentido naturalista como especie o raza y en el estudio sistemático de sus antigüedades. Se empezó a considerar el hecho de la existencia de pueblos anteriores al de los soberanos del Cuzco, y es frecuente encontrar en la bibliografía peruanista de estos años tímidas insinuaciones sobre este aspecto.

De comienzos de este siglo data la obra de Alexander von Humboldt, y sus observaciones de la “solidez, simetría y sencillez” de los edificios incas (Voyage aux regiones equinoxiales du Nouveau continent fait en 1799-1804. París, 1807- 1835). La de William B. Stevenson, A Historical and Descríptive narrative of twenty years’ residence in South America (Liverpool, 1825). La sugestiva memoria de nuestro compatriota don Francisco Barreda, Memoria sobre los sepulcros o huacas de los antiguos peruanos (Lima, 1927). El libro de Alcides D’Orbigny, L’homme américain de l’Amerique meridionále (París, 1849), que es sin disputa el mejor estudio de la etnografía de la América meridional; los seis volúmenes de Francis de Castelnau, Expedition dans les parties Centrales de l’ Amérique du Sud, de Río de Janeiro a Lima (París, 1850), el tercero de los cuales está dedicado a las antigüedades incaicas. El libro de William Bollaert, Antiquearian, ethnological and other researches in New Granada, Equador, Peru and Chile, with observations on the pre-incarial, incarial, and other monuments of peruvian nations (Londres, Trübuer and Co., 1860), plenamente arqueológico, como lo es también el último de mediados de este siglo: Antigüedades Peruanas, de

Mariano Eduardo de Rivero y Juan Diego de Tschudi. Como representantes de esta época no podemos olvidar a Clemente Markham, F. M. Leonce Angrand, Desjardins y Prescott, cuyas obras son clásicas en la bibliografía peruana.

La Arqueología Peruana alcanza ya su vigencia a mediados de este siglo. El trabajo fundamental lo inicia Ephraim George Squier, quien entre 1863 y 1865 explora sistemáticamente las ruinas más notables del Perú y Bolivia. Sus excavaciones en Pachacamac (1864) fueron las primeras en el actual territorio peruano, en las que se trató de aprovechar las asociaciones arqueológicas para reconstruir la cultura antigua y al igual que su artículo “Los monumentos primitivos del Perú comparados con los de otras partes del mundo”, en el que trató de establecer una cronología relativa de las chullpas de Puno y Bolivia, el primer ensayo de una cronología para la Arqueología Peruana.

Entre 1871 y 1872, Thomas G. Hutchinson hizo excavaciones en la costa peruana, éstas y su libro Two years in Perú with explorations of its Antiquities (London, 1873) son de escaso valor científico. Wilhelm Reiss y Alphons Stübel hicieron excavaciones en Ancón en 1874-75. Su libro The Necropolis of Ancon (Berlín, 1880-87) es el primer informe sistemático en la arqueología andina sobre una excavación en gran escala. Charles Wiener (1875-77) exploró la sierra peruana e hizo excavaciones en la costa por comisión del gobierno francés. Knut Hjalmar Stolpe excavó varias tumbas en las necrópolis de Ancón en 1884. Entre 1886 y 1888 Ernest W. Middendorf estudió las ruinas de la costa peruana e hizo cuatro viajes de exploración arqueológica a la sierra. En su libro Perú (1893-95) planteó el concepto de una Cultura Chavín a la que atribuyó las ruinas de Mojeque y Chancaillo. George Amos

Dorsey excavó, entre 1891 y 1892, 127 tumbas en las necrópolis de Ancón. Finalmente, Adolph Francis Alphonse Bandelier, trabajando bajo los auspicios del American Museum of Natural History, de New York, entre 1892 y 1898, estudió muchas ruinas en el Perú e hizo -excavaciones en Bolivia, Tiahuanaco y las islas de la parte sur del Lago Titicaca.

Las excavaciones de Uhle en Pachacamac, por cuenta de la Universidad de Pennsylvania, entre 1896 y 1897, marcan el inicio de la arqueología científica en el país. Su informe Pachacamac, publicado en 1903, registra la primera situación estratigráfica y la primera seriación estilística de la alfarería peruana.

Finalmente hay que citar a los peruanos y extranjeros que en una u otra forma contribuyeron durante esta segunda mitad del siglo XIX a cimentar la historia de la cultura andina, su arqueología vacilante los ubica entre los precursores pese a que muchos de ellos son verdaderos profesionales. Cabe destacar los nombres de Adolph Bastian (alemán); Arthur Baesler (alemán); T. Ber, J. Bertillon (franceses); J. Blake, Luis Carranza, Félix Cipriano Coronel Zegarra, Pablo Nicolás Chalon (francés); Pablo Federico Chalon, Manuel González de la Rosa, Emilio Gutiérrez de Quintanilla, E. T. Hamy (francés)¡ D. Longperier (francés)¡ Eugenio Larrabure y Unanue; José Mariano Macedo; M. Montgerier (francés); Gabino Pacheco Zegarra, Pablo Patrón, Mateo Paz Soldán, Nicolás F. de Piérola, José Toribio Polo, Robert Proctor, Jules Renauld (francés); M. Ridel (norteamericano); Eduard Seler (alemán) y T. Schobel (francés).

COMENTARIO

Los datos arqueológicos olvidados en los autores de los siglos XVIII y XIX son innumerables. Una solución es por eso tarea difícil, en la que la influencia personal del que la hace juega un rol determinante. Somos plenamente conscientes de ello.

En la Antología que presentamos, hemos tratado de lograr dos finalidades: buscar el testimonio refundido pero, sobre todo, mostrar como ha ido evolucionando paulatinamente la arqueología hasta llegar a la época científica. Es en el fondo una selección con sentido histórico.

Hay que admitir también que esta Antología no debe entenderse en el sentido literario. Aquí los textos no interesan por su forma, sino por el fondo y en el modo que contribuyen a dar una idea de la Arqueología Peruana del 700 y 800. Por eso hemos comenzado con un autor del siglo XVIII y hemos concluido con Bandelier y González de la Rosa cuya obra, si bien publicada a principios del presente siglo, pertenecen por sus ideas a la centuria anterior y, desde el punto de vista metodológico, representan la transición entre la época precientífica y la científica.

El trabajo de Llano Zapata Inscripciones, Me-dallas, Edificios, Templos, Antigüedades y Monumentos es la erudición de la época. Sus interpretaciones y los recursos comparativos resultan de

poco valor y en el fondo hasta ajenos al problema, sin embargo, la descripción que hace, por ejemplo, de las ruinas de Sacsahuamán, reviste un notable valor documental no sólo por la fecha en que fue escrita, sino por la objetividad de la misma.

El caso Ulloa es diferente; se lo cita muy a menudo entre los grandes viajeros que recorren América en el siglo XVIlI. Sin embargo, en él no encontramos el dato concreto y acucioso sino más bien la descripción amplia y la interpretación erudita. Su descripción no tiene el tecnicismo de Llano Zapata ni el detalle de Humboldt, pero su comprensión de los patrones de ocupación, lo sitúan entre los verdaderos precursores de este tipo de estudios. En lo que respecta a Pachacamac y su ubicación cronológica en una época anterior a los Incas constituyen mera intuición. A través de sus páginas se siente claramente un cierto desprecio hacia el indio y un desagradable espíritu de superioridad, que en el fondo no son más que una incomprensión del fenómeno aborigen.

Unanue representa un poco la apología de la antigua cultura peruana; en sus páginas resalta la admiración hacia lo indígena, tal vez como un modo de encontrar en estos valores aborígenes la fundamentación de una nueva Patria. No escapa sin embargo a algunos errores de la época, vg. la afirmación de que en el Perú precolombino se conoció el fierro.

Rivero y Ustariz marca un jalón importante en la historia de nuestra arqueología: no sólo es el primer Director del Museo Nacional, en 1826, sino también el primer autor de un verdadero manual de arqueología dedicado a nuestro territorio. Defendió con entusiasmo a la civilización indígena, con conocimiento de causa. Con todas las limitaciones propias del tiempo sus datos minuciosos anteceden en muchos lustros a la arqueología científica que impusiera Uhle a fines de 1800. La versión qe se publica en esta Antología, y que constituye uno de sus primeros artículos, es una contribución de importancia. La descripción de los objetos de metal y su estudio, descuidados aún hasta la fecha, son de singular interés. A excepción de algunos pocos autores anteriores que trataron el problema de los metales en América en forma ge· neral, como es el caso del Padre Barba y naturalmente los datos incidentales de los cronistas, los trabajos serios sobre metal vienen de fines de 1800 y comienzos del 900.

El vizconde de Sartiges es uno de los menos conocidos, entre los viajeros que recorrieron el Perú, a pesar de que Raúl Porras le dedicara un trabajo en 1947. Las zonas del territorio que él recorriera, se hallan entre las menos visitadas por sus contemporáneos. Si bien hay datos en los arqueólogos modernos sobre la zona de ceja de selva, un estudio sistemático de la arqueología de la misma aún queda por hacer. La descripción interesantísima que hace de Sartiges de Choquequirao, no es la primera, pero sí la que más tinte científico tiene antes de los trabajos de Bingham. Se le atribuyó al arqueólogo norteamericano su descubrimiento, pero González de la Rosa (1908) se encargó de demostrar que existen datos sobre el lugar desde 1778, en unas notas de Cosme Bueno 1• Las dificultades que el autor francés plantea para los trabajos en la zona selvática, son reales, no revisten exageración ni espectacularidad. Las descripciones arquitectónicas son buenas, aunque no

1 M. G. de la Rosa. A propos de la redécouvert de la ville antique de Choquéquirao sur la ríve droite de l’ Apurímac (Pérou). Joumal de la Societé des Américanistes, n. v. T. V., N9 2, pp. 5-8. París, 1908.

El trabajo de Bñllaert es poco conocido, fundamentalmente por falta de traducción. Sus descripciones de los entierros de Arica y Tarapacá son documentos importantes ya que, a pesar de que hay consideraciones absurdas, es uno de los primeros, acaso el primero, que ofrece evidencias claras de asociaciones arqueológicas. Y esto no es poca cosa.

José Toribio Polo es el representante erudito del siglo. Su obra reviste más bien un valor histórico que arqueológico, pero es de interés la revisión critica que él intenta para restablecer la verdad sobre el traslado de las momias de los incas hasta la capital, después de la Conquista, y cuyo hipotético hallazgo en el antiguo Hospital de San Andrés levantó más de una polémica, la última de las cuales ocupó las páginas de los periódicos limeños de 1937.

La obra de Squier ha sido ampliamente discutida y comentada y no merece la pena volver sobre ello. Como dijera Porras, es “la más importante y menos divulgada en el Perú sobre arqueología peruana” a pesar de que buena parte ha sido traducida y puesta al alcance de los especialistas. Nos ha parecido interesante reproducir la síntesis de la cultura antigua del Perú del viajero norteamericano, ya que ella es también la síntesis de su obra. Wiener ha sido criticado por su falta de veracidad, sobre todo en lo que se refiere a sus dibujos. En algunos casos es así. Pero el viajero francés pudo realizar un recorrido mayor que el de

Squier y logró conocer muchos lugares más, que hoy resultan de fundamental interés para el arqueólogo. Depurando un poco los datos, es posible obtener una documentación invalorable que no ha sido utilizada aún. Muchas de sus descripciones arquitectónicas son veraces y técnicas. El área, sobre la que nosotros presentamos el relato, es en realidad poco conocida, y es muy posible que las ruinas en las cercanías de Handoval, que él describe, puedan ser muy bien los restos chavinoides de Pacopampa, que en la actualidad están siendo estudiados. Sus datos de Chavín de Huantar no nos parecen de gran importancia; sus disquisiciones no tienen fundamentos sólidos. Es sin duda uno de los primeros que visita y describe el sitio, pero se olvida a menudo de que ya en 1800 había una buena cantidad de datos sobre aquéllo. Desde Rivero, Raimondi, Chalon, Tschudi, Cappa, Lorente, Markham, Macedo, Paz Soldán, hasta Larrabure, Middendorf y Polo. Es interesante remarcar, sin embargo, que en Wíener no encontramos la admiración de un Raimondi hacia la belleza del paisaje peruano, por lo contrario se siente una desadaptación al medio; el sufrimiento físico en la “lúgubre naturaleza” de la puna, y también la incomprensión hacia la “tristeza del indio”.

La obra de Middendorf, en su gran parte, sigue siendo desconocida para los peruanistas, por falta de traducciones. Su relato de Chavín de Huantar nos parece muy sugestivo sobre todo desde el punto de vista de la descripción del conjunto. Importantes son sus conclusiones sobre el origen “no-inca” de las ruinas y su interpretación en el sentido de que éstas no fueron, “ni castillo ni fortaleza”. Comprendió asimismo que había sin duda una relación directa entre “el lanzón” y la

“piedra del Jardín de la Exposición” que hoy llamamos “la estela Raimondi”.

Obra reveladora es la de Larrabure y Unanue, sobre todo desde el punto de vista de la antropología física (aunque no debemos olvidar que fue el primer peruano que hizo excavaciones en Colombia y estudios arqueológicos en la Argentina). Por eso hemos incluído sus apuntes sobre los “Chucos”. Sus descripciones y comentarios sobre las deformaciones craneanas son dignas, en verdad, de estar al nivel de los estudios recientes sobre el tema y es más aún, nos atreveríamos a pensar que algunos estudiosos modernos se han inspirado en él, sin ni siquiera mencionarlo. De todos modos es significativo que no figura en la bibliografía de dos obras fundamentales sobre la especialidad: Historia de la Medicina Peruana (Volumen I, La Medicina Incaica), de Lastres {Lima, 1951) ni en los dos tomos de la Osteología Culrural, de Weiss (Lima, 1958-1961).

Sobre la parte sur del departamento de Amazonas poco o nada se ha hecho desde que Bandelier lo recorriera y estudiara. Su inventario de ruinas es correcto y en más de una oportunidad hemos podido comprobar sobre el terreno la veracidad de sus aseveraciones. Con Bandelier ya estamos en la época científica de la Arqueología; no olvidemos que su estada en el Perú es contemporánea con la de Uhle. Sus descripciones de Cuelap son actuales y los dibujos que ofrece veraces, en sus términos generales, sin la pretensión del plano. Menciona el autor una “cerámica blanca” que aparece en las ruinas y se repite en todos los otros sitios de la región. Sobre este tipo de detalles le ha faltado -es cierto– una mayor precisión, pero también es verdad que no le fue permitido excavar, como él mismo lo explica. Probablemente se

trató de cerámica de estilo Cajamarca. Llama la atención que a pesar de su minucioso recorrido no encontrara huellas de restos de la época incaica, que sí existen en la localidad. Pero lo mismo le sucedió a Middendorf,

Para terminar hemos incluído el trabajo de González de la Rosa donde trata de sacar conclusiones de tipo cronológico utilizando los depósitos de guano en las islas del litoral. Es verdad que el autor no llega a conclusiones definitivas y hasta duda un poco de la posibilidad de lograr datos precisos, sin embargo sus cuestionarios, que fueran resueltos por funcionarios de la época que trabajaban en dichas islas, son de un valor inestimable. Le faltó a González de la Rosa un mayor conocimiento de los estilos cerámicos; con ellos hubiera llegado a conclusiones más valederas.

Hoy conocemos mejor la arqueología de las islas guaneras gracias al valioso trabajo de Kubler de 1948. Pero González de la Rosa fue el primero. Desde la época de Kubler nadie ha vuelto sobre el tema. No sabemos hasta qué punto se pueda trabajar -sobre el terreno, ya que las islas guaneras han sido prácticamente despojadas de su valioso contenido. Bien valdría la pena, sin embargo, averiguar más sobre el asunto.

JOSE EUSEBIO DE LLANO ZAPATA (Lima, 1721? – Cádiz, 1780)

Erudito autodidacta. Su nombre “no se halla inscrito en ninguna escuela pública, colegio, academia ni universidad, y esto es la que da justamente a su sabiduría un singular brillo”. A los 19 años publicó varias piezas interesantes para la medicina, física y literatura; y a los 25 había dado a luz las siguientes: Panegírico al obispo del Cuzco Morcillo, Verdadero modo de conservar la salud, Naturaleza y origen de los cometas, Irregularidad de Exiet y Transiet en los capítulos VI de Judith y Ll de Isaías, Observación diaria crítico-históricometeorológica, Paremiógrafo hispano latino, Filosofia moral de Séneca o el Catón Cordubense espurgado de muchos errores y ajustado a la debida mesura.

Viajó durante cinco años por los países sudamericanos, y finalmente se estableció en Cádiz, España, donde emprendió la importante tarea de organizar y perfeccionar sus célebres Memorias Histórico- Físicas, Critico-Apologéticas de la América Meridional.

Según el plan del autor, la obra debía comprender cuatro partes dedicadas a los 3 reinos de la Naturaleza, y a describir los cuatro grandes ríos

que bañan la América Meridional. El tomo I, que Zapata puso en manos del Comisario General Dn. Luis Milhau, y que éste dirigió al Ministro de Marina y de Indias, desde Cádiz, con fecha 26 de octubre de 1757, y que publicara Palma, junto con otros escritos menores, contiene 20 artículos: a) sobre minas de plata; b) minas de oro; c) del primer oro que se condujo a España luego que se descubrieron las Indias; d) promesa y rescate del Rey Atahualpa; e) presa del Cuzco; f) entierros y huacas; g) minas abandonadas y abuso de buscar tesoros enterrados; h) minas de hierro, acero, plomo, estaño, cobre y otros metales; i) minas de azogue; j) minas de diamantes, rubíes, esmeraldas, topacios, amatistas y otras piedras preciosas y cristales; k) criaderos y pesquería de perlas; 1) minas de piedra imán; m) minas de mármoles preciosos y tierras olorosas; n) lagos de sal petrificada y minas de sal de piedra; ñ) minas de sal de amoniaco, alumbre cristalino y de roca, nitro, azufre, antimonio, bórax y arsénico; o) lagunas, lagos y vertientes; p) volcanes, termas y fuentes de betunes; q) minas de exhaltaciones mortales, cuevas y grutas; r) caminos, acueductos y puentes, y s) inscripciones, medallas, edificios, templos, antigüedades y monumentos.

La obra de Llano Zapata es, para su tiempo, la de un verdadero precursor del americanismo, y pese a sus inherentes defectos, como dice el Padre Vargas Ugarte, fuerza es reconocer en él a uno de los más felices ingenios que ha producido nuestra patria.

Obras principales

1759 Preliminar y Cartas que preceden al Tomo I de las Memorias Histórico-Phisicas, Crítico-Apologéticas. . . Cádiz.

1904 Memorias Histórico-Físicas-Apologéticas de la América Meridional que a la Majestad del señor Don Carlos ID dedica don. . . Lima, Imprenta y Librería de San Pedro, Calle de San Pedro N9 388-617 pp.

1750 Relación del Auto particular de Fé que el Sto. Oficio . . . celebró. . . el día 19 de Octubre de 1749. Lima.

1747 Carta o Diario que escribe D …. a su más venerado amigo y docto Correspondiente el D. D. Ignacio Chirivoga y Daza. . . en que . . . le da cuenta de todo lo acaecido en esta capital. . . desde el viernes 28 de octubre de 1746 … hasta el 16 de febrero de 1747. Lima.

1748 Observación Diaria Crítico-Histórico-Meteorológica, contiene todo lo acaecido en Lima, desde el primero de marzo de 1747 hasta 28 de octubre del mismo . . . Lima.

1768 Carta Persuasiva al Sr. D. Ignacio de Escardón, sobre asunto de escribir la Historia Literaria de América Meridional, Cádiz.

1764 Breve Colección de varias cartas históricocrítico juiciosas que saca a luz y dedica al Sr. D. D. Joseph Morales de Aramburú y Montero. . . Cádiz.

INSCRIPCIONES, MEDALLAS, EDIFICIOS TEMPLOS, ANTIGOEDADFS Y MONUMENTOS •

Mi ánimo era suprimir este artículo: ha sido él la piedra en que han tropezado todos o los más de nuestros cronistas e historiadores. Les ha motivado este precipicio la falta de indagación o su mucha credulidad, en que no habrán tenido quizá pequeña parte la astucia y la malicia. Recomiendan ellas como dignas de veneración, algunas señales o impresiones humanas, que en nuestros países, presumen milagrosamente estampadas en losas y peñas. Colocan otras antigüedades según en aquellos tiempos el capricho de sus ideas se conformó mas con las noticias que derraman¡ confunden muchas, señalándoles principios más altos, que el que se ignora tuvieron aquellas gentes. Finjen no pocas al gusto y medida de sus pasiones y afectos, mezclan en las mas, todo lo que tiene aire de una im,aginada predicción o dulce sueño, que concilian el engaño, la mentira y la lisonja. Pero, porque de estos monumentos, aunque oscurecidos con tanta confusión y desorden, se puede sacar la utilidad que en estas materias me he propuesto, tocaré la materia. En ella refutaré (no de intento) las muchas fábulas, quimeras y ficciones, con que en este asunto han delirado y deliran los nuestros, interpretando y confundiendo hechos verdaderos y existentes, con razones tan débiles que solo estriban en cimientos de capricho, y torres de canje-

* Artículo XXII de sus Memorias de la América Meridional, descubierto y publicado por M. González de la Rosa en la Revista Peruana, Vol. II; pp. 376-381 y 393- 398. Lima, 1879.

turas mal fundadas, mientras más distantes los objetos. Los de buen juicio y mejor intención, me disculparán la que parece libertad, y no es sino sencillez de mi genio que ama la ingenuidad, aunque sea a costa de producirse mal contento. Debo hablar con ella, hallándome desnudo de pasión, y siendo imparcial a todo lo que no es verdad, y que difícilmente se ajusta a las leyes de la exactitud. Lo demás sería, siguiéndolos, caminar a oscuras, y nunca salir del caos a que precisamente han de conducir sus huellas y pisadas. Empezaremos por Lima o las tierras sujetas a su jurisdicción; después descendiendo de esta capital a los demás países de nuestro continente, buscaremos en ellos las antigüedades que en la dilatada carrera de los siglos hubiesen conservado el tiempo y la memoria, parte en las notables ruinas, que acredita la soberbia de aquellos monumentos. parte en obras existentes, que hacen ver la ventaja y destreza de los artífices que las levantaron, y parte en la tradición de aquellos tiempos, que hasta los nuestros se propaga, aun a pesar de las edades, la ignorancia y el desprecio.

En Calango, que es una población en la Costa del Sur, 15 leguas casi al sud-este de Lima, se halló una losa, en que estaban grabados unos caracteres, y otras figuras. Era ella de un mármol azul, listado de blanco y muy luciente; tenía de largo seis varas y media. Su colocación más levantada por la parte que hacia de cabecera. Llamábanla los indios Coyllur Suyana, que en lengua Quechua significa piedra donde se paraba la estrella. Dábanla también el nombre de YumiscaLanta-Caura, que en el idioma particular de aquella población, se interpreta, vestidura de la estrella. Querían dar a entender con estos nombres que conservaban en la tradición, que aquel sitio era

lugar consagrado, a que llamaban Estrella por las luces de doctrina y ejemplo que les comunicó en el principio, y lugar del castigo de fuego, que bajando del cielo redujo a cenizas a un hombre y una mujer, que con cierto exceso profanaban la piedra. Desde entonces mirado este sitio como el lugar más sagrado de aquellos contornos, instituyeron los indios una congregación o colegio de Moanes 1 que servían a los 37 adoratorios, donde hacían sacrificios al Sol y otras finjidas deidades. Con esta noticia, de orden de Don Gonzalo de Ocampo arzobispo de Lima, visitó este lugar el licenciado Duarte Fernández, y considerando que aquella losa y sus figuras eran el origen de la idolatría que allí ejercitaban los indios, en fuerza de la tradición, las hizo picar y romper, habiendo antes estampado los caracteres y signos que nos comunica el M. Calancha y que, como él afirma, sacó del diario 2 que escribió este visitador, y debe hallarse en el libro de visitas del Arzobispado de Lima, que corre desde el año de 1543 hasta el de 1625, 26 y 27.

Nuestros escritores, fundados en la tradición de los indios, y en las letras y cifras, han querido hacer aquella piedra cátedra, en que cierto varón santo manifestó a aquellas gentes los misterios de nuestra religión, que no entendieron. Y para que constase el hecho a los venideros siglos, dejó impreso su pie izquierdo en movimiento de quien huye, con los caracteres y signos que después se explicarán. Esto en la tradición de aquellas gentes

1 Así llamaban los Indios a los sacrificadores o sacerdotes.

2 Quizá se habrá confundido este diario con otros muchos papeles curiosos que en el Archívo de la Audiencia Ec ca. de Lima, han acabado el tiempo y los terremotos, sepultándolos sus ruinas, como me lo aseguró su cronista que he citado otra vez.

está envuelto con tantas oscuridades que es más que confusión su noticia. No se halla señal alguna de que en aquellas tierras se hubiese oído el Evangelio, ni que persona les hubiese anunciado la ley de gracia. Son unas conjeturas que desvanecen los mismos hechos que después pasaron. Se sabe constantemente que apenas oyeron los primeros ecos del Evangelio cuando le abrazaron aun en medio de los espantos de la guerra, y desórdenes que por común traen las mutaciones de los reinos y conquistas. Y siendo esto cierto, se debe seguir, o que los nuestros fueron más enérgicos en la predicación del Evangelio, o el apóstol que pretenden, menos celoso en la propagación de él, no habiendo hecho progreso alguno su eficacia, virtud y milagros. No es creíble esto, ni aun presumible. Mas que necedad es menester para su creencia, o dejarse llevar de la probabilidad, que entre en todo lo que no es sobrenatural y se pretende hacer creer, aunque pase por estravagancia y toque ya los limites de la vanidad y presunción. Por lo que toca a mí, no le encuentro resquicio ni sombra de verosimilitud, sino de una preocupación que más deprime, que exalta los verdaderos triunfos del sagrado Evangelio y su propagación.

Examinemos los caracteres y signos que nos representa la lámina grabada en la piedra. Los caracteres son ocho letras, que tienen toda la apariencia de griegas, aunque mal formadas. Los signos demuestran la impresión de un pie, entre dos que parecen llaves. Cerca de la una que es más pequeña, en línea casi paralela, se vé una ancla distintamente expresada, vecina a la huella; con solo la división de una linea, que corta el diámetro, se expresa una órbita que en figura espiral se divide en tres círculos que en disminución terminan en uno más pequeño, estando colocado el todo así

como se representa en esta lámina, que es la misma que nos da el citado M. Calancha. Vamos por partes y averigüemos qué significan las letras. Si ellas son legítimamente griegas, como se pretende, dan en la interpretación el año 4330. Esto significan las cuatro kappa, las tres eta, y la lambda mal grabada que nos ofrece la lámina, aunque no guardan método en la numeración. Alli se lee 2000, 2000, 30, 300, que hacen los 4330, que se ajustan colocando los números según el orden aritmético. Parecerá esto voluntariedad, pero no lo es, si se reducen los caracteres al valor que tienen las letras en la numeración griega, donde la kappa vale mil, la eta 100 :i, la lambda 30 4, y repitiéndose cuatro vcees la kappa, tres la eta, y una lambda, se hallará el año que hemos ajustado. Hasta ahora (no?) se ha dicho otro tanto de estos caracteres, aun habiéndose consultado en Lima todos los que se contemplaron al tiempo de su hallazgo más inteligentes en las antigüedades y lenguas. Examinado el año que nos dan los números, se sigue que la inscripción no fue obra de alguno de los apóstoles. El año de 4330, que es la época que señala, ya no existían en el mundo, habiéndose coronado casi dos siglos antes con el laurel del martirio. Y aunque se quisiera hacer autor

3 En vista de las dificultades tipográficas para reproducir los caracteres griegos que usa el autor, en esta versión nos hemos visto en la necesidad de sustituirlos por su nombre, tal como ya lo había hecho el propio Unanue cuando escribe lambda (N. de los Ed., 1970).

4 Esta letra no la tengo por el Ypsilon de los Griegos: si fuese tal el carácter, no tiene valor de número. La coma que se halla inversa, como medio círculo, e inmediata a su línea, hace ver esta y mal grabada, que entre los Griegos es lo mismo que 30, y cuando sea Ypsilon, poco importa a nuestra cuenta, lo que no tiene lugar en la numeración griega.

de aquellas letras a San Juan Evangelista, que sobrevivió a Cristo 68 años, y murió en Efeso 6, siendo emperador Trajano, a los 99 de su edad y 101 de la era cristiana, no se ajusta el tiempo con el de la inscripción que excede al nacimiento de este santo en 239 años y a la muerte en casi siglo y medio. Esto que digo es siguiendo el cómputo de Genebrando, que da la venida de Cristo por los años de 4089 °. No es esta opinión la más recibida. El exceso de 37 años sobre la más común la hace preferible a toda otra en el cotejo de esta inscripción; pero como para su probabilidad se necesita de más de siglo y medio, que no se encuentra en la más extendida cronología de aquellos tiempos, no se debe mirar la inscripción como monumento de la predicación de San Juan en aque-” llos países, ni menos de otro apóstol, habiéndoles sobrevivido más de medio siglo. Si en la inscripción se suprimiesen dos caracteres, esto es la eta y la lambda, que hacen 130 años, o si constase que en algún tiempo fue tierra firme con nuestras Indias el Estrecho de Anían, que las separa del Asia, sería probable que el santo evangelista que ilustró aquella parte del mundo con su predicación, preparó esta también, no habiéndola especificado en sus escritos, por juzgarla un continente, como lo sería si se probase lo segundo. Pero obstando a lo uno

5 El Monologio de los GriegOll, pone la muerte de este Santo Evangelista el día 6 antes de las Calendas de Octubre. Policrates obispo de Efeso, afirma lo mismo en una carla al pontífice Víctor; Eusebio y San Juan Crísóstomo hacen memoria de sus reliquias y sepulcro.

6 La opinión más común de la venida de N. S.

Jesucristo es la del año de 4052, a los 753 de la fundación de Roma, y 42 del tiempo de Augusto, siendo cónsules Cornelio Lentulio y Calpurnio Pison en el 49 año de la Olimpiada 149.

la cronología, y a lo otro el defecto de noticia, se debe creer que esta inscripción es supuesta y de ningún modo obra de San Juan, ni de otro apóstol alguno, como pretenden que sea de San Bartolomé o Santo Tomás, que murieron mas de medio siglo antes que el citado evangelista.

Siendo pues estos caracteres supuestos, deben serlo igualmente los demás signos y figuras que les acompañan. Ya se deja entender que con las llaves y el ancla, en que se simbolizan la sujeción y esperanza, quiso significar el que las grabó, la conversión y obediencia que manifestaron aquellas gentes a los primeros anuncios del Evangelio. Fue esta sin duda alguna industriosa inventiva de alguno de los operarios, que al principio de la conquista instruyó a los Indios en los rudimentos de la Fé. Querría hacer muy sensibles las verdades que les proponía, dándoselas a entender en la predicación, que en signos representativos les avisaba su futura redención. Hace ver esta artificiosa idea la fábrica moderna de los instrumentos que allí se representan. No eran así las llaves o anclas que usaban los antiguos. Las que no da la lámina son las mismas que los nuestros transportaron a aquellas tierras, que hasta hoy con corta diferencia se practican iguales. Además que el desorden de los caracteres, su impropiedad y confusión son pruebas manifiestas, que carecía de toda instrucción griega el autor de aquellas letras, que apenas las supo figurar ni formar sentido de dicción, repitiendo unas mismas confusamente en la inscripción. Por lo que hace a que los Indios adorasen a la piedra, dándole el nombre de estrella, no es otra cosa que atribuir ellos a la virtud de la piedra lo que era reflexión de algún astro, y de aquí la supersticiosa veneración a la losa que dio motivo a la industria del primero que grabó las letras, signos y figuras,

para convencerles en su misma idolatría de la verdad que debían creer como prevenida en la piedra que adoraban.

Con la impresión del pie se ha pretendido significar que el pretendido apóstol la dejó estampada en la piedra como testimonio de quien huía de la dureza de aquellas gentes. Esta huella, si no la grabaron los Indios, la figuró el mismo que inventó los caracteres y supo los símbolos. Y o estoy a lo primero por hallarse otras muchas en varias partes de nuestro continente. Así la interpretación es más arbitraria que simbólica. Pero, como para convencer a hombres rudos y faltos de instrucción como lo eran los Indios en su gentilismo, suelen tener mas poder las trazas ingeniosas que la fuerza de la verdad, buscó en ellos el industrioso operario toda la virtud y energía de la persuación, valiéndose de la vana creencia de los indios para asegurarles la fé que les proponía. Esto tuvo feliz efecto en aquellos hombres. Apenas quedó uno (hablo de los Indios de la costa del Perú) que no abrazase el Evangelio. Y hoy son tan industriosos en la religión Católica, que no se encuentran en ellos noticias ni reliquias de sus pasadas idolatrías, habiendo olvidado hasta su antiguo idioma, que solo se practica en las sierras y montañas. De manera que son tan españoles en la religión y el idioma, que a no distinguirles el color poco les diferencian las costumbres, rito e inclinaciones, como lo advertirán los que con alguna observación comunicasen los indios de los valles y costas del Perú, donde son felices los progresos de la corona española.

Encuéntrase otra piedra en el pueblo de Collana, de la provincia de Cajatambo, que dista de Lima 60 leguas al Este. Ella está colocada en un espacioso llano, y su figura es cuadrada. Se véen impresas en el medio huellas de pies izquierdo y derecho, a modo de un hombre que está plantado de pié, firme y derecho.

Cerca de la una huella se descubre un pequeño ahugero. El doctor Hernando de Avendaño que por decreto del príncipe de Esquilache, virrey del Perú, y auto de Don Bartolomé Lobo Guerrero, arzobispo de Lima, visitó los adoratorios de los gentiles, dejó escritas en sus libros las siguientes palabras, que copia el M. Calancha. “Es asentada tradición y antigüedad heredada en todos los indios de la Collana de Lampas y sus contornos, que en los antiquísimos tiempos, predicó un hombre que se llamaba apóstol, y les dijo el camino del cielo. Predicaba su vida en aquella piedra, en que dejó sus huellas estampadas, y allá concurría de todos los valles la multitud”. Este visitador, según sus palabras alegadas creyó dignas de veneración estas huellas, sin advertir que los indios de Calango, o por inclinación supersticiosa, o complacencia adulatica, habían propagado la devoción a aquellos vestigios humanos que había formado su artificio. Poca reflexión es menester para el conocimiento del engaño. Cotéjense los tiempos de las visitas, y se verá que la una invención dimanó de la otra.

Por los años de 1543 visitó los adoratorios el señor Duarte Fernández, e hizo picar la piedra de Calango. Por los de 1618 a 20 continuó estas visitas el doctor Hernando de Avendaño; mediaron entre estas visitas 75 años o más. Sobrado tiempo para entender no digo en la América¡ sino aun en todo el mundo, la impresión de Calango. Lo mismo digo de los de Chachapoyas y todas las demás que se encuentran en nuestras Indias que no son milagrosamente estampadas, sino grabadas por la industria de los mismos indios, o de algunos otros que luego que se oyeron en aquellas tierras las voces del Evangelio, quisieron con estas esterioridades, o inventándolas, o valiéndose de las que halló ya sigiladas, asignarles un apóstol contra la historia que nos da San Lucas, de estos sagrados mensajeros, ni tradición bastante en aquellos países, donde solo brillaban la luz de la razón y leyes de la naturaleza.

7 Pasaron en tiempo del señor Carlos V. y Felipe II, su. hijo, muchas de estas naciones las Indias, donde tuvieron y trabajaron varias minas que hasta hoy en ‘lo más interior del Perú retiene (en) una que otra, el nombre de la patria de su poseedor.

Medallas no han sido muchas, ni aun llegan a dos las que se han descubierto en nuestras Indias. Fue una de cobre, la que se encontró trabajándose una mina de oro en el reino de Tierra firme. Tenía unos caracteres que expresaban en abreviatura el nombre de César Augusto, y también representaba su rostro. Bastó esto para que Lucio Marineo y otros intentasen a despojar los españoles del glorioso y feliz descubrimiento de estas tierras, atribuyendo a los romanos el conocimiento de ellas. Pero esto fue una patraña de algún italiano 7, flamenco o alemán, que entrando a la mina sepultó la medalla en el sitio que consideró más cómodo para su hallazgo, como sucedió a pocos golpes que se dieron en una veta, que haría quizá y sin quizá, trabajar la industriosa malicia del que maquinaba estas mentiras. Casi lo mismo siente el señor Solórzano cuya autoridad es de gran peso para refutar esta quimera. Son sus palabras: “Lo de la moneda o m,edalla de Augusto que dice Lucio Marineo Siculo haberse hallado en las minas de oro de Panamá, de que toman argumento de que habían ya llegado allí los romanos, es cosa sin substancia y falaz; y que se pudo fingir echando allí aquella medalla, para oscurecer o disminuir con este pretesto algo de la gloria de España, como aun la reconocen los autores que siguen la contraria opinión. Y no es nuevo hacer en razón de estas medallas semejantes, como trayendo algunos ejemplos, lo muestra bien Tubias Hallero, en la oración que escribió contra los antiquaríos, Y fue célebre el de un portuguez, llamado Itemochardo, que escribía unos versos latinos en una piedra, imitando caracteres antiguos, que contenían como en profecía el descubrimiento que en el tiempo de don Manuel se había de hacer por los portugueses de la India Oriental en este sentido:

Volveránse las piedras y estas letras Se leerán por su orden cuando veas In el Poniente el rico del Levante

El Gange, el Indio, el Tajo en uno juntos Cosa que al verse causa maravilla Trocaran entre si sus mercancías.

Y la encerró en el promontorio que llaman Roca de Sintra, y después dio traza que se descubriese, como que allí cavaban y que la hallaron acaso, y leídos los versos traídos al rey, los tuvieron por sibilinos y aunque se descubrió la impostura, hay todavía quien trate de creerla o acreditarla”.

Entre los edificios más memorables, que nos presenta la antigüedad en nuestros países es la fortaleza 8 del Cuzco, la que merece ser maravilla del arte, y justo encomio de sus artefices. Está situado este gran castillo en Sacsa Huamán, que es un monte alto al septentrion de la ciudad. Es tan ele-

8 Fue obra de Pachacutec emperador 99 del Perú, que gastó medio siglo en su construcción. Descríbela y da su lámina Juan Ramista Ramusio.

vado por esta parte que la misma elevación le sirve de defensa ciñéndole solo un cerco grueso de cantería bien labrada. Tiene esta fortaleza más de 400 varas de largo. Cada hilera de piedras no guarda orden en la altura; pero todas muy iguales y tan unidas y ajustadas que no descubren la mezcla que las une. Frente de este muro se continúa la falda del cerro, con un espacioso llano que le forma una desecha y fácil bajada. En esta se levantaron otros tres muros, que pasa cada uno de 200 varas, y en forma de media luna llegan a unirse con el primero. Son las de este tan grandes, que sólo habiendo sabido los indios el arte de derretirlas y vaciarlas en moldes de aquel tamaño, puede hacerse creíble la conducción y colocación de máquinas tan poderosas. No falta por esto quien haya atribuido a artificio diabólico la perfección de esta obra, sus materáales y piedras. Es preciso confesar claramente ( dice Mr. Deslindes tratando de las órdenes singulares de piedras que se hallan en la Europa) “que el acogerse al demonio para explicar efectos físicos, aunque singulares, es querer ocultar la ignorancia bajo una máscara espaciosa”. Y aun se ha de confesar que el recurrir a hechiceros, encantadores y a individuos de este género es querer fomentar la credulidad pública, que las gentes de juicio deben de todos modos procurar disminuir, y si fuese posible, sofocar enteramente.

Cada muro tenía pues, una puerta en el medio, que cerrándose con una piedra llevadiza, se ajustaba de tal suerte que parecía de una pieza con el marco.

A la primera llamaron los indios Hui Puncu que significa “puerta del Arenal”. A la segunda Ac Huara Puncu que es puerta de Ac Hua que según Garcilaso era el nombre del artífice. Y a la

tercera Vira-cocha Puneu, que era la puerta consagrada al dios Viracocha. El espacio que intermedia en uno y otro muro son 30 piés, y en cada uno un antemural de mas de una vara con un terraplén que sube hasta lo alto. A distancia de estos tres muros se descubría una plaza más larga que ancha, con tres torreones fuertes en triángulo prolongado, conforme al sitio. El del medio tenía el nombre de Mayoc-Marca que se interpreta fortaleza redonda. Aquí se aposentaban los emperadores cuando visitaban este sitio. Por eso sus paredes y muros estaban adornados de varios árboles y animales formados de plata y oro, haciéndole la mayor comodidad una fuente de agua que brotaba en su recinto, y era subterráneamente traída de grande distancia. El segundo torreón se decía Pancau-Marca, y el tercero Saclla-Marca. Estos dos eran cuadrados y ofrecían espaciosas habitaciones a los que se acogían a su cubierto. Bajo de cada uno de estos torreones labraron a manera de sótanos muchos alojamientos que se comunicaban unos con otros por unas callejuelas subterráneas, que, cruzando de una parte a otra, formaban un intrincado laberinto. Estos subterráneos no eran de bóveda. Eran unas piedras largas cortadas a manera de vigas, que estribando sobre canes de piedras se estendían de parte a parte, y dejaban en hueco el pavimento del edificio.

Es tradición muy recibida que en estas viviendas subterráneas se ocultaban muy grandes tesoros. No dificulto su creencia y respecto de haber sido el Cuzco en tiempo de los Incas el emporio de las riquezas del Perú. Fuera de que tenemos una noticia que hace presumible la verdad de este depósito, pondré a la letra la relación del hecho que escribe Felipe de Pomares, y cita así el señor Pinelo. “Es cosa muy averiguada y recibida por verdadera, que en esta fortaleza está una casa secreta, donde hay un grandísimo tesoro, por estar en ella todas las estátuas de los Incas hechas de oro: y el día de hoy es viva una señora que ha estado dentro de esta casa, llamada doña María de Esquive!, mujer del último Inca que ha habido en esta ciudad, a quien yo le he oído decir cómo fue llevada a verla, y fue en esta manera. Que es· ta señora se casó con don Carlos Inca, el cual no hacía ostentación de tan gran señor como era, y doña María le deshonraba algunas veces, y le decía que había sido engañada en casarse con un indio pobre debajo de título de señor y de Inca, y tantas veces dijo esto que don Carlos una noche le dijo, señora, queréis ver si soy pobre o nó? pues vos veréis el tesoro que tengo, que no le tiene mayor rey ni señor en el mundo, y tapándole los ojos con un pañuelo, le dio dos o tres vueltas en torno, y luego tomándola de la mano, la llevó no mucho campas de tierra, y la destapó los ojos, y lo vio, y quedó espantada, porque dice no anduvo 200 pasos, y que bajó por unos escalones que no fueron muchos, y que cuando la destaparon, se halló en una sala grande cuadrada, y que en unos potros arrimados a las paredes, estaban todas estas figuras de los Incas, tan grandes como un muchacho de 12 años, y que eran muchas y todas de oro macizo, y había así mismo muchas vasijas de oro y de plata, como son cántaros, ollas, morteros y cubiletes, platos y escudíllas, y mutcas, que son unos vasos llanos a modo de cazuelas donde les daban la salva, que es hecha de pimientos, a los Incas. Finalmente ella díce que es uno de los mayores tesoros del mundo”. Esta relación no es presumible la fingiese un autor del carácter y juicio de Felipe de Pomares, ni menos es creíble hiciese tal impostura a una señora de calidad y virtud conocida como lo fue doña María Esquivel. Y o no soy fácil en creer noticias de esta naturaleza; pero, acompañando a su tradición fundamentos de hechos verídicos, es preciso sujetar la creencia a una más que posible credulidad, como lo es que don Carlos Inca. Príncipe de la estirpe de los monarcas de Perú, heredó de sus mayores la noticia de la boca de estos sótanos, y juntamente supo de las riquezas que se guardan en esta plaza que sin duda alguna fue el gazofilacio de los antiguos dominantes del Perú, y por este medio tuvo también noticia de ellas doña María de Esquive! su consorte, que comunicó el hecho a Felipe de Pomares, según se ha visto del expresado pasaje.

En lo llano y mas bajo de esta fortaleza, se ve una piedra desmedida, que los indios llaman Rumi Sayco, que se interpreta “piedra cansada”. Fingen los naturales que cansada es la piedra hasta llegar a aquel sitio, no pudiendo repechar la cumbre, donde estaba el edificio para que se había cortado, y conducía, lloró sangre, volviéndola inmoble las fatigas y el cansancio. Ella es cuadrada y de un pedernal tosco. Su mayor parte es sepultada bajo de la tierra. En una esquina está taladrada por dos partes. Estos taladros que son unos agujeros artificiosos, son para los indios los ojos por donde pretenden lloró sangre este desmedido resto de la montaña. Felipe de Pomares nos da su medida y el país de su producción: “Una piedra hay en esta era, en esta fortaleza, llamada Rumi Sayco, que fue llevada al Cuzco para poner en los edificios del palacio del Inca, que tiene sesenta pies de largo, tres y medio de grueso y cinco de ancho, que fue llevada desde la provincia de los Cañares, junto a Quito, 500 y mas leguas de camino; lleváronla cuatro indios con artificio; y es fama que, cuando la pusieron en el lugar, lloró sangre. Esta, que parece ficción, fue una máxima muy advertida, y política muy fina de los indios del Perú: atribuyendo ellos a la piedra las fatigas y sudores que les costó su conducción, quisieron dar a entender a sus monarcas, que no debían imponer a los vasallos leyes duras que repugnasen a las de la naturaleza y equidad, sino las más suaves que hiciesen felices su dominación y imperio”.

En el valle de Incay, que dista 13 leguas del cerco, hay un sitio que llaman Tambo, que como se ha dicho, significa meson. Aquí hubo una fortaleza que hizo inexpugnable su situación. Estaba ella en una quebrada entre dos grandes cerros, cuyas bocas habrán tajado a mano. Tenía grandes andelas de murallas, una sobre otras, y embutidas sobre las mismas piedras, figuras de animales y hombres eran de la misma materia, los hombres se figuraban armados de lanzas a manera de alabardas. Cieza, Herrera, y el señor Piñelo que hacen mención de esta fortaleza, pretenden que las ruinas sobre que se levantaron los edificios modernos, fueron obras de otros hombres anteriores a los indios. Esta es una opinión que no pasa de conjetura, y por eso improbable su verdad, no encontrándose vestigios, ni razones eficaces que convénzan lo contrario. Siete leguas de esta misma ciudad, en el pueblo de Cacha, se dejan ver hasta hoy los funestos despojos de un grande y disforme palacio. Sus ruinas acreditan la opulencia de aquel magnífico edificio.

ANTONIO DE ULLOA

(Sevilla, 12 de enero de 1716 – Cádiz, 5 de julio de 1795)

Matemático y marino. Enviado por el Rey de España, junto con Jorge Juan, participó en 1734 en la expedición francesa de la Academia de Ciencias de París, que debía realizar la medición de un grado del meridiano terrestre. Durante su permanencia en la América fue requerido por las autoridades españolas para defender las costas peruanas contra la escuadra inglesa comandada por George Anson (1740-1743). En este lapso, al igual que su compañero de viaje y ca-autor de sus principales obras, actuó como observador especial de la Corona, recorriendo todo el litoral peruano y chileno. Durante su viaje de regreso a España cayó prisionero de los ingleses; y al quedar liberado se le ascendió a Capitán de Fragata. En 1757 regresó a la América como comisionado para estudiar los adelantos científicos europeos que podrían beneficiar a España. Gobernador y Superintendente de las minas de azogues de Huancavelica (1758- 1763). Gobernador de Luisiana (1765). Gobernador de Florida (1766). Retornó a España en 1772, donde ocupó varios puestos oficiales, entre ellos el de Director General de la Armada.

Obras principales

17 48 ( con Jorge JUAN) . Relación Histórica del Viaje a la América Meridional hecho de orden de S. Mag. para medit· algunos grados de Meridiano terrestre y venir por ellos en conocimiento de la verdadera figura y magnitud de la tierra, con otras varias observaciones Astronómicas, y Plúsicas; por . . . 4 tomos. Madrid, por Antonio Martín.

1753 Relación circunstanciada del gobierno y superintendencia de la Real mina de azogues de la villa de Huancavelica.

1772 Noticias Americanas. Entretenimiento físico-histórico sobre la América meridional y la septentrional orientall. Madrid.

1826 (con Jorge JUAN). Noticias secretas de América. Sobre el estado naval, militar y político de los reynos del Perú y provincias de Quito, costa de Nueva Granada, y Chile: gobierno y régimen particular de los pueblos de indios: cruel opresión y extorsiones de sus corregidores y curas: abusos, escándalos, introducidos entre estos habitantes por los misioneros causa de su origen y motivo de su continuación por el espacio de tres siglos. Escritos fielmente según las instrucciones del Excelentísimo señor Marquez de la Ensenada, primer Secretario de Estado, y presentado en informe secreto a S.M.C. El señor D. Fernando VI, por . . . Londres, en la Imp. de R. Toyle.

DASE NOTICIA DE LAS ANTIGOEDADES DE LOS INDIOS, Y DE LAS COSAS QUE SE CONSERVAN DE ELWS •

l. Las memorias de los Indios del Perú, anteriores a su conquista se conservan en las poblaciones, edificios y muros en las guacas o entierros, y también en aquellas cosas que les eran de propio uso, como son herramientas o instrumentillos de que se servían para hacer sus obras, y en las figuras de ídolos que al modo de dixes acostumbraban; pero los que viven en su natural libertad por aquellas partes, y en las del Norte, no dan muestras de servirse, ni de fabricar con ningún fin figuras humanas ni de animales. Estas antiguas memorias de los que fueron sujetos al imperio de los Incas, ministran larga idea de los que eran aquellos pueblos, y del punto de civilidad a que habían llegado; distinguiéndose entre ellos y los que no lo estaban algún género de cultura, que sin apartarlos de las propensiones propias de la raza, hacen perceptibles la distancia que hay entre el hombre abandonado a la barbarie, a la desidia y al ocio, y el que subordinado a las leyes de una superioridad más instruida, adquiere conocimientos de racionalidad en las lecciones que aquella le ministra.

2. Los Indios del Perú civilizados tenían poblaciones en toda forma aún antes de ser sojuzgados por los Incas, y les daban aquellas distríbu

* Noticias Americanas. Entret~nimiento físico-histórico sobre la América Meridional y la septentrional oriental. Entretenimiento XX; pp, 280-293.

ciones que eran correspondientes, al género de comodidad que acostumbraban; y así entre ellos se conocía este adelantamiento, respecto de las otras naciones de la misma raza, que aún se mantienen sin tanta formalidad, reducidos a lo más preciso e indispensable. Esta mayor formalidad no se opone en nada a lo que se ha dicho en el Entretenimiento anterior sobre sus propiedades y propensiones, y principalmente la desidia; porque el carácter natural de una especie de gente es diverso de la más o menos perfección que den a las cosas que son indispensable para el uso, así como en la irracionalidad de los brutos se ven uno que con más instinto que otro, o con más propiedad, a nuestro modo de juzgar, dispone los nidos, hacen las cuevas y los parages en donde se han de recoger.

3. En el Perú se conservan bastantes vestigios de los palacios de los Incas, que son de otro orden y solidez que las obras de los Indios rústicos, o por mejor decir, que las que hicieron las naciones antes de ser reconquistadas por ellos; reconociéndose que entre las cosas que adelantaron, sujetándolas a reglas más metódicas, lo fue el edificar con algún género de suntuosidad; por esto pueden mirarse las habitaciones o viviendas de los Indios en tres clases: la primera la que les enseñó la necesidad desde los tiempos más remotos, reducido a unas cabañas o chozas en figura circular, como las que se han explicado en los anteriores Entretenimientos, y se hallan todavía entre el común de ellos y en las Punas, como también en las naciones de la parte del Norte, que no han reconocido ningún género de cultura: la segunda es la que se ve en los pueblos antiguos del Perú; y la tercera la que se practicó con las disposiciones y reglas que inventaron los Incas: en todas ellas hay alguna parte que guarda semejanza, aún que varían en la

figura de los edificios, en la altura y en las comparticiones interiores: los de la primera ‘especie no necesitan más explicación que las que se ha dado, siendo el método general que usan las naciones, que permanecen en la primera rusticidad en todas las partes del mundo.

4. Son bien comunes los vestigios que se conservan en el Perú de las poblaciones antiguas, y los hay en todas sus Provincias, infiriéndose por ello su crecido número antes de la conquista. Entre otros parajes que lo testifican son, a lo que parece, de los que estuvieron más poblados los Valles de las Capillas, por su propio nombre Guanquina y Guanca-Conaehí, y Topara, como ya queda en parte advertido. Así en las distancias que hay del parage que al presente llaman Capillas, hasta Topara, que es de 4 a 5 leguas, caminando hacia la sierra, se ven por uno y otro lado rastros de 15 ó 20 pueblos que allí había; y siguiendo hacia la parte opuesta, que es la que conduce al mar en la misma conformidad, al presente no hay población formal en aquellos parages, y sólo tal cual casa o rancho donde habitan Mulatos o Mestizos, y éstas están muy separadas unas de otras, siendo de cañas su construcción.

· 5. Las poblaciones estaban regularmente en las pendientes de los cerros que forman aquellos valles; y aunque en éstos hay bastante extensión, no la ocupaban, eligiendo los lugares elevados que dominasen, acaso para tener esta ventaja; y en caso de ser acometidos por los que les hacían la guerra, poderlos rechazar con más facilidad, y no estar expuestos a ser sorprendidos. También llevaban en ello la mira de que estuviesen sus pueblos ventilados y libres de los vapores que se levantan de las llanuras por donde corren los ríos, que eran las tierras que aprovechaban en sus sembrados, lo

cual debía hacerlas menos sanas que las otras que estaban con alguna elevación.

6. La capacidad de estas poblaciones era varia; pero regularmente se observa desde 300 pasos de largo en unas hasta 600, que era la de los mayores, siguiendo según corren los valles.’ Su ancho es de 80 a 100 pasos con corta diferencia: este ámbito ocupaban las casas, y separado de ellas, hacia la parte alta del cerro, se conservan los vestigios de fortalezas, no en todas, pero sí en las mayores, y hay apariencias de haber sido establecidas por los Incas después que sojuzgaron aquellas naciones, así por la circunstancia de dominarlas, como por su construcción, que es uniforme a la que se ve en las que se fabricaron por disposición de aquellos Soberanos, consistiendo en tres murallas, con sus terraplenes, las cuales están en forma de gradería, superiores unas a otras, con aquella altura que va tomando el terreno de los cerros de abaxo para arriba. Estos muros siguen las desigualdades que tienen los cerros por la parte exterior, y baxo de cada uno se reconoce haber estado rodeados de un foso.

7. La precisa disposición de las casas está desfigurada con las ruinas que causa el tiempo, pero se conoce bien que constaban de 3 ó 4 piezas habitables, siendo una de éstas la que destinaban para abrir en su suelo el panteón o sepulcro donde enterraban: las puertas de su entrada son pequeñas y estrechas, teniendo la altura cosa de una vara, o poco más, y dos tercios de ancho, como ya se dijo, siendo la única respiración que había en ellas; pues no acostumbran ventanas. Dentro de las piezas, en el grueso de las paredes, hacían unos nichos como alacenas, cuyo ancho era de dos tercias, su alto una, y de profundo una cuarta; de ordinario hacían dos contiguas, que distaban entre

sí vara y media o dos. Este uso fue general en toda la raza de los Indios; pues en las casas de los de la Luisiana y de todo el Norte lo siguen sin diferencia en los tamaños y en las disposiciones de hacer dos contiguas, como para que sirviesen de adorno en la pieza, al mismo tiempo que de comodidad, para poner aquellas pocas cosas usuales que tenían.

8. La materia de las paredes es de tierra en forma de tapias; pero no las hacían al modo de las de Europa: las suyas seguían a lo largo todo el que tenían las paredes; y cuando la extensión de éstas era demasiada, las hacían en dos o tres trozos. Los tapiales no tienen una misma altura, variando mucho en ello: el uno suele tener 3 pies, y el inmediato alto o bajo dos, o sólo uno; ni tampoco tienen la misma altura en todo su largo; por el un lado es de dos pies o algo más de alto, y luego va disminuyendo hasta finalizar el uno en el otro; pero esta desigualdad la suple el que está inmediato por la parte de arriba o por la de abajo de ella. Las más altas de estas paredes, compuestas de 4 ó 5 tapiales, no tienen más que dos varas o dos y media; y hallándose sin techos las casas, no puede saberse todo lo que tenían; pero juzgándolo por las puertas, y por la generalidad de no exceder en el tamaño algunas de las muchas que existen, se infiere ser ésta su altura regular: sobre ellas se levantaba la techumbre, que sería correspondiente a la figura de las casas cuadradas o cuadrilongas. El grosor de las paredes es algo menos de media vara; siendo dignas de reparo que sin otra fortaleza que ésta, y sin techumbre han resistido desde su construcción todo lo que ha corrido de tiempo hasta el presente.

9. Estos edificios que allí hacían de tapiales en otras partes eran de adobe; en otras de piedras

brutas ligadas con barro; en otras de madera, y en otras de cañas, correspondientes a los materiales que tenían más a la mano y a los climas que cada nación habitaba.

10. La misma especie de casas se halla en la parte alta del Perú, en donde tenían pueblos formales, bien que éstos no faltaban de las otras más simples, en figura redonda, al modo que todavía las hay en los lugares despoblados; y se extiende igualmente a ellos la práctica de los sepulcros subterráneos; pero con alguna más prolixidad que los de los valles de que se ha tratado; porque los enlucían por adentro con un género de composición tan dura y lustrosa, que quedaban muy lisas, e impenetrables a las humedades, no menos que a las savandijas que suelen criarse en tales lugares; infiriéndose de ello el particular cuidado que tenían en la conservación de los cadáveres.

11. Entre los edificios grandes en que se acredita la magnificencia y poder de los Soberanos del Perú, es de los principales el del valle de Pachacamac, nombre que entre ellos significa el Dios Supremo, indivisible y desconocido, o el Criador. Este se halla cerca del pueblo de Lurín, que dista de Lima 5 leguas. Al presente sólo existen de él ruinas, con algunos trozos que están en pie: hállase dividido en tres distintos parages, que consisten en un palacio, una fortaleza y un templo o adoratorio, reconociéndose en todos por aquel término que les permitía la rusticidad, un aire suntuoso y grande, que denota las ideas de los Soberanos que los hicieron fabricar.

12. Hacia la parte del mar, donde termina el valle de Pachacamac, en un parage elevado de arena están los vestigios del palacio, cuyos muros subsisten todavía hasta la altura de 4 a 5 varas, mirado por la parte exterior; pues por la de aden-

tro no es tanta su altura, Descúbrense en él varias habitaciones o viviendas; y a no hallarse comprendido debajo de una cerca, con la cual unen los murallones de las comparticiones interiores, y sin disposición de calles, podría discurrirse que más bien era población de palacio, por tener más de media legua de circuito; pero este ámbito no componía, a lo que denotan las señales, más que un edificio; y no puede formarse juicio de las distribuciones que tenia, porque se halla desfigurado en montones considerables de adobes, que se han quitado de las paredes, con el fin de descubrir entierros, y aprovecharse de las riquezas que se dice había ocultas, incitando a ello la noticia de haberse sacado algunas de consideración.

13. Como a 600 pasos de este palacio, sobre un cerro de arena como el antecedente, y siguiendo siempre hacia el mar, está la fortaleza, que también es de adobes, y consta de tres muros, más anchos que los del palacio, dispuestos en forma de gradería, de modo que el más interior domina al de afuera sucesivamente. Cada muro tiene su terraplén bien ancho, y la altura de ellos es muy competente, excediendo también la que subsiste a la del palacio: su capacidad es de un cuarto de legua en circuito, ocupando la cumbre del cerro con parte de su pendiente alrededor de él; distínguense todavía las viviendas de los que se mantenían en ella, y los nichos, que al parecer eran cuerpos de guardia, del mismo modo que los que tenían en las fortalezas de piedra que hacían los Incas en otras partes.

14. A una legua de la fortaleza, en la medianía de la pendiente de un cerro bien alto, al Sur del valle, está el templo nombrado Pachacamac, cuyas paredes exteriores subsisten en toda su altura, o poco menos; pero en lo interior se halla

muy deshecho, con el mismo motivo que hubo en los otros de buscar entierros. Su exterior es correspondiente en lo grande a la de las otras obras, sucediendo lo mismo en cuanto a la solidez. Por razón de la altura señorea los demás edificios, descubriendo con ventajas las llanuras de aquel país.

15. En todo esto se ofrecen varias cosas que notar, y son los adobes de que están hechas las obras, la elevación de los parages, la magnitud que les dieron, y las dificultades que vencieron para conseguirlas.

16. Los adobes son de distinto tamaño que los regulares, pues tienen dos tercias de largo, media vara de ancho, y una cuarta de grueso. La tierra de que se hicieron fue preciso llevarla del valle, mediante a que en los cerros donde están los edificios no hay más que arena muerta, y son totalmente áridos: su composición es tierra y arena, pero sin estar cocidos son de una dureza como piedra: se conservan sin rajarse, ni haberse deshecho con el tiempo, aún los que se hallan fuera de colocación en montones recibiendo la humedad de las garúas; lo cual da lugar a pensar que tuvieron algún particular método de trabarlos para que se endureciesen sin abrir rajas, cuyo secreto se ignora al presente, pues los que se fabrican en estos tiempos no tienen esta macicez y dureza, aun siendo menor su volumen.

17. Es reparable que teniendo allí cerca el valle de Pachacamac, fertilizado por el río del mismo nombre, y de la mucha amenidad, lo dejasen y fuesen a establecer el palacio y el adoratorio en la aridez de la arena, y en aquellos cerros donde la vista no tiene cosa que la recree. La causa de esto parece que fue el darles una situación ven· tajosa para que no pudiesen ser sorprendidos, mirando la seguridad de las personas de los Sobe-

ranos con preferencia a las comodidades y a la diversión: a esto se junta ser lo más ventilado y menos expuesto a enfermedades, pues en el valle, por razón de estar en bajo y de los vapores húmedos, del río, no son los aires tan puros y saludables como en las alturas, donde siempre corren los que son generales en aquellas costas.

18. La grandeza con que hicieron estos edificios no puede ser mayor, como lo dicen los dilatados recintos que ocupan el grosor extraordinario de los muros exteriores, que no tiene comparación con ninguno de los que se conocen de la antigüedad, principalmente en los palacios de más ostentación, y otros del uso civil, pues aun exceden al grosor que se da modernamente a los muros de fortificación. La igualdad con que están trabajados parece explica el designio de que hiciesen resistencia a lo más dilatado de los tiempos, y se mantuviesen contra sus ordinarios acaecimientos; como hubiera sucedido por muchos siglos si el deseo de buscar las riquezas que se juzgaban enterradas, no se hubiese empleado en demolerlos, anticipando su destrucción a lo que podían discurrir, los cuales fabricaron, y quedando para memoria aquellas partes de muros, disformes en sus proporciones, que indican lo que serían en las comparticiones interiores.

19. Para su fábrica, siendo de tanta magnitud, son sin número los adobes que se emplearon, y preciso conducirlos del valle, que dista algo más de media legua, venciendo además de la distancia las cuestas para ponerles en las alturas, agregándose al trabajo del transporte el de la precisión de llevar el agua para las mezclas de las obras, y para el crecido número de gente que se empleaba en ellas, pues en sus inmediaciones no la hay, ni indicios de que practicasen pozos, cuya

invención parece no conocían, por no encontrar señales de ellos en sus poblaciones; pero aun cuando no fuese así, allí no eran de uso por las circunstancias de los parages; y es de presumir que la llevaban del río, por ser la más inmediata. Este inconveniente subsistía después para el crecido consumo de aguada, que debían hacer los que se aposentaban en aquellos edificios, que a proporción de sus capacidades vendrían a componerse en vecindario capaz de formar una ciudad o grande población, por cuyo motivo se hacía preciso que se emplease un número muy cuantioso de Indios sólo en el ejercicio de conducir el agua; luego se agrega el correspondiente a los demás menesteres, y así hacen comprender estas circunstancias el gentío numeroso que había en aquellos países antes de haberse hecho la conquista; pues en la lentitud natural de ellos, y en la circunstancia de hacer los acarreos por lo más común a espaldas de Indios, tenían abundantemente para perfeccionar tales obras, y superar las dificultades que parece se acrecentaban de intento a fin de hacerlas más recomendables.

20. Descúbrense entre las mismas ruinas y en las demoliciones que se hacen osamentas de cadáveres en bastante porción, y muchas de las calaveras, conservando todavía el cabello, pedazos de vasijas de aquellas que eran de su uso, y entre estas cosas una gran red rota y consumida por partes, que a lo que se reconoce serviría para pescar, cuyo hilo es de pita, siendo estas cosas lo único que ha quedado después de las muchas piezas de alguna curiosidad, y de otras de valor que han sacado los que han tenido la ocupación de deshacer los edificios, cuyo embeleso aun no ha cesado, ejercitándose en él de tiempo en tiempo algunos que se aplican a continuar la demolición.

21. Por las tradiciones y noticias de aquellos tiempos eran este palacio, adoratorio y fortaleza las más considerables obras que se encuentran de su especie por aquellas partes; y así lo da a entender la extensión dilatada y solidez con que las dispusieron, haciendo ostentación del poder que tenían, y de su aplicación a grandes empresas, aunque sin gusto, apartándose de la limitación de luces que se notan generalmente en los Indios, cuyas ideas, por lo ordinario, están ceñidas a lo que piden las necesidades de la vida, sin trascender a suntuosidad ni magnificencia.

22. No se sabe con certeza quien fuese el autor de estas memorables obras; en lo común se tienen por de los Incas, y hay señas que lo persuaden; pero esto tiene la contra de que al tiempo de hacer ellos la conquista de aquel valle estaba ya en él establecido el culto al Dios Pachacamac, y edificado su templo, bien que éste podría haber sido ampliado y mejorado por los Incas, quienes, según las Historias de sus reynos, no dejaban de conocerlo, y lo veneraban interiormente como una de las deidades supremas; pero por no ser visible llevaba la opinión de que no correspondía hacer, respecto de él, las demostraciones exteriores que practicaban con el sol y con la luna. El Señor que dominaba en aquel y en los otros valles contiguos, llamado Cuismancu, tenía por el primero de los Dioses a Pachacamac, a quien reconoció por autor y mantenedor de todas las cosas, y en esta atención estaba erigido el templo en aquel valle, y debería atribuirse a Cuismancu, o a sus antecesores; pero la grandeza de los edificios, el método y orden en que estaban dispuestos, y su estructura, siendo en todo iguales a los que se fabricaron por orden de los Incas, sin otra diferencia que el material, hace prevalecer la conjetura de que sea obra

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suya éste de cuyos vestigios se trata, al menos en la ampliación y reedificación.

23. Se hace preciso recordar ahora lo que se advirtió antes tocante a la aptitud, discernimiento y alcances de los Indios antiguos por lo que dicen las Historias, y lo que se reconoce en sus monumentos, comparándolos con las cosas de los modernos. En aquellos había, según todas las noticias, religión, conocían idolatría, daban culto, y hacían sacrificios. Los Indios actuales son totalmente indiferentes en ello en tanto grado, que no se les encuentran señales que lo persuadan, ni de seguir rito alguno en su interior. Todavía subsisten naciones dilatadísimas en el Perú que no han sido sojuzgadas, y en ellas no se ve otra cosa más que una vida animal, sin que puedan percibirse señales que los diferencien; pero lo que se nota es, que en tratándose de culto interno interno de sujeción a cosas espirituales, deliran y lo tienen por superfluo, al modo que aquellas cosas que se hacen sin objeto o fin determinado.

24. Lo que de esto puede inferirse con más probabilidad es, como no pocos han pensado, que la raza de los Indios fue gente que por uno de los efectos raros de la Providencia pasasen allí de otra parte, del mismo modo que condujo los primeros pobladores, y los de las islas que están habitadas en medio de los mares; y que éstos, llevando instrucción de la idolatría dirigida al sol, la introduxeron allí, la cual no apartándose de lo aparente y exterior, halló disposición en ellos, porque son inclinados a todo género de actos de esta especie; y por aquí se propagó con facilidad, tanto más que sus fiestas han sido siempre acompañadas de la embriaguez y bailes, que es lo que más les agrada, y que aquel culto no les sujetaba a ocupar las ideas en los actos internos del alma, que miran con indi-

ferencia. Estos mismos les darían el modo de hacer grandes edificios; y abundando mucho el gentío lo dedicaban a fabricar los que se ven, practicándolo con la que había de sobra, cuya máxima siguieron los Incas para evitar que con la ociosidad cavilasen alborotos, y se sublevasen.

25. En esta forma los edilicios de Pachacamac, con otros diversos que se encuentran, no obstante lo que dicen los Historiadores, debe creerse que concurrieron a su fábrica los Incas en algún modo, y por esto fueron tan semejantes a los del Cuzco, a los del reino de Quito, y de otras partes donde se extendió el dominio, pues no les falta circunstancia, y así las comparticiones, en lo que puede alcanzarse a reconocer, los cuerpos de guardia, el orden de colocar los adobes, y los restantes requisitos, son los mismos que los que se reconocen en aquellos otros. Además de esto, el Señor de Pachacamac y de Rímac no podía ocupar un palacio tan disforme, y sólo para los Incas, con toda su comitiva, venía bien; porque no se tiene noticia que otros Soberanos, de los que había en aquellas partes, tuviesen familia, y séquito tan crecido, que necesitasen edificio de tanta magnítud para hospedarse.

26. Otro palacio semejante al antecedente hay en Herbay, que es la orilla meridional del río de Cañete, distando de Pachacamac 23 1/2 leguas: es de bastante magnitud, aunque no tanta como aquél, teniendo de largo 400 pasos, y el correspondiente ancho: su situación es sobre el barranco que forma el río, y está construido de árboles de igual tamaño a los otros: las paredes se mantienen en pie con la regular altura que tenían; pero en lo interior se halla demolido con igual motivo al que se dijo del otro.

27. También se conservan a retazos las paredes que acompañaban los caminos en el que conducía del Cuzco a Lima. De éstas se encuentran en distintos tránsitos de aquella larga distancia, manteniéndose en pie, sin que hayan hecho mella en ellas los incidentes del tiempo, pues en los tramos que se han arruinado ha sido por la diligencia de deshacerlas para aprovechar sus adobes en las fábricas modernas.

28. En la raza de los Indios es necesario distinguir los actos y operaciones del entendimiento de los que son de pura manipulación o industria: o por otro modo de aquellos en que trabaja el discurso de los que sólo se terminan a los sentidos: en los primeros son totalmente negados, torpísimos, y sin descernimiento ni comprehensión; dimanando de ello no hacerles impresión aquellas cosas que se les dicen para que conozcan la razón, y la distingan de lo que se opone a ella: no alcanzan a sentir lo que puede resultar de las malas operaciones y por esto obran sin reflexión, ni pensar más que en lo presente. Lo propio sucede en los asuntos de religión, oyen con serenidad cuanto se les dice; pero ni se les imprime, ni causa en sus ánimos novedad, de suerte que con la misma disposición reciben lo que se les anuncia de la verdadera, que de cualquier otra, porque ninguna mueve la voluntad, ni les sujeta a seguirla por razón de convencimiento y de formar idea, que de ello deben esperar una vida eterna. Si se quiere que concedan en alguna cosa, lo hacen sin dificultad; y si aquello mismo se les persuade a que lo nieguen, convienen sin repugnancia. Por ejemplo, se les dice que el diablo es malo: responden que no les ha hecho mal alguno, pero así será. Se les dice del mismo modo de uno de los Santos que es bueno; y responden igualmente que así será. Si esto se les

vuelve al contrario, conviene en la misma forma; sacándose de ello que ni uno ni otro hace efecto en sus ánimos,

29. De las cosas de este mundo ni desean ni esperan más de aquello preciso para el día, y en éstas el satisfacer la pasión de la embriaguez; de las del otro las ideas que puedan tener son muy débiles, y según ellas no necesitan hacer méritos para ir allá, porque no dan luz del modo en quela conciben, figurándose que en este mundo, como en aquél, todo es igual en la clase de hombres, y que el fin es uno mismo; conque por estas señales no penetrarse cual sea el fin que llevan en la idolatría estos que son civilizados, y la conservan, según el sentir vulgar, desde los tiempos de la Gentilidad: no se les ve sacrificar ni hacer ofrendas, ni otros actos que lo acrediten, ignorándose en que consiste la que se les atribuye.

30. Las cosas aparentes y actos exteriores ocupan todo su cuidado, y son en algunas obras industriosos; pero esto no es particular, ni arguye las mayores luces del entendimiento; pues de los animales se ve que disponen las obras para la conveniencia con tanta delicadesa, que trabaja el discurso de los hombres en imitarlas, y nunca lo consiguen con la perfección que ellos las hacen. Las redes de la araña indican la mayor industria y artificios; lo mismo sucede con los capullos de los gusanos, las casas de los castores dispuestas dentro del agua, y sin que les entre, ni moje ésta su delicado y suave pelo; la variedad de nidos de los pájaros, que no tiene fin, ni pueden imitarse, y muchas otras cosas que les enseña el instinto, y dicta la necesidad; por esto en las de los Indios puramente exteriores, aunque parezcan grandes no contienen cosa de discursivo por donde se perciba haber trabajado mucho el entendimiento, diferencián-

dose en lo más o menos grande, pero sin variarse, ni encontrarse adelantamiento de unas a otras; y así vista una, lo están todas. Los de la parte del Norte hacen pinturas en algunos cueros, que preparan al modo de gamuzas, pero en ello imitan aquellas figuras que tienen más presentes; y empleando una lentitud y paciencia sin igual, necesitan que la vista vaya corrigiendo lo que yerra el tino, y que les dé reglas que suplan por la falta de idea en lo que desean sacar, convenciéndose en ello ser en todo materiales.

JOSE HIPOLITO UNANUE PABON

(Arica, 13 de agosto de 1755 – Lima, 15 de julio de 1833)

Protomédico general. Catedrático de Prima en la Universidad de San Marcos en 1787; Médico Honorario de Cámara del Rey; Fundador del Colegio de Medicina de San Fernando (1808); Ministro de Hacienda en 1821; Presidente del Primer Congreso Constituyente en 1822; Ministro y Presidente del Consejo de Gobierno en 1826 y Benemérito a la Patria en grado eminente.

Fundador de la Sociedad Amantes del País y bajo el seudónimo de Aristo colaborador del Mercurio Peruano (1791-1794); publicó, además, desde 1793 a 1797, Guía Político, F,clesiástica y Militar del Perú, Discurso histórico del camino del Callao construido de orden del e:x.-celentísiino señor barón de Vallainar (Lima, 795. 353 pp. in folio) y Obse1-vaciones sobre el clima de Lima, que dedicó a don Gabriel Moreno, e imprimióse en Lima en 1806 y en Madrid en 1815.

Célebre por su saber, sus obras y su elocuencia, su contribución a la Arqueología Peruana, aunque limitada, refleja si no un verdadero conocimiento científico del problema, admiración por la obra que plasmaron los primitivos habitantes del país.

Obras principales

1914 Obras Científicas y Literarias del doctor D.

J. Hipólito Unanue. 2 vols. Barcelona, Tipografía La Académica, de Serra Hnos. y Russell.

Tomo I. Observaciones sobre el clima de Lima y su influencia en los seres organizados en especial el hombre. 4• ed. Madrid, 1914. 206 pp.

Tomo II. Higienización de Lima. Escritos varios.

Cartas. Juicios sobre la vida y obras del autor. Barcelona, 1914. VII, 501 pp.

IDEA GENERAL DE LOS MONUMENTOS DEL ANTIGUO PERU •

Apenas el hombre empieza a vivir cuando todo le anuncia su próxima ruina. Los elementos destinados a alimentarle se conjuran para su destrucción; y el mismo globo que habita no cesa, con violentas convulsiones, de intentar sacudirse de una carga que parece oprimirle. La inmortalidad, entre tanto, es la que más inquieta su corazón mortal. El deseo de sobrevivir a su caduca existencia y transmitir a la posteridad sus heroicos hechos

“‘ Obras Cientüicas y Literarias. Tomo Segundo; (Higien~ación de Lima, Escritos Varios, Cartas). Barcelona, 1914. pp. 194-199.

es un ídolo a quien ofrece los últimos holocaustos. Este entusiasmo, tan antiguo como el hombre, le ha hecho siempre buscar mil recursos, para eludir en cierto modo el término doloroso del hado inevitable y vengarse de sus insultos. Los aromas, el bálsamo, el cedro, el bronce y el mármol, por una parte; por la otra, las composiciones armoniosas, los recitados brillantes, los emblemas y las bellas imágenes, que tienen un imperio eficaz para atraer la atención y el asombro, han sido el obstáculo que la soberbia de los humanos ha opuesto a la voracidad del tiempo. De allí nacieron las momias, que se conservan millares de años, a pesar de su originaria corruptibilidad, los mausoleos que las cubren, los obeliscos, las pirámides, las estatuas y todos aquellos monumentos een que el cincel y el buril explayan sus primores para perpetuar la memoria póstuma del héroe y del poderoso. De este mismo principio emanó la poesía, la historia tradicionaria o cifrada en símbolos, todos los rasgos en que muestra el pincel su energía.

Estos preciosos trofeos de la vanidad y grandeza de los hombres y de las naciones, destinados a inmortalizar los triunfos del valor, de la virtud, o a veces del fanatismo, forman, sin duda, un objeto dignísimo de la consideración y estudio de un literato. Sin ellos, ¿cuál será la luz que nos esclarezca aquellos siglos de tinieblas, en que nacieron las monarquías, las artes y las ciencias, y se arreglaron las. costumbres? ¿Aquellos siglos en que la lira y el canto domaron los tigres feroces, los leones rabiosos y conmovieron los duros peñascos? Un poeta filósofo negaba la eternidad del mundo, sólo porque antes de la guerra de Tebas y destrucción de Troya no se encontraban poemas, ni monumentos en los que la fama hubiese sellado la memoria de aquellos insignes acaecimientos que ilus-

tran todas las edades 1• Aun en los tiempos posteriores y en las naciones que poseyeron el arte de escribir en toda su perfección, la falta de prensa para renovar las hojas carcomidas ha hecho indispensable la paleosofía, a fin de llenar los huecos que ellas dejan o comentar las fábulas que nos transmiten. ¿ Cuánto no ha servido a rectificar la cronología y la historia el examen de los jeroglíficos y enigmas del egipcio supersticioso, las ruinas de Palmira, las odas y retratos de los griegos, los bustos y pirámides de Roma, etc.?

Esta misma materia contraída al Perú, adquiere un nuevo grado de interés y preciosura, Desde su conquista, perdidos para siempre los archivos del Cuzco, Cajamarca y Quito; reducidos a polvo los frágiles quipos; alterada la tradición de los hechos memorables del reino, por la ignorancia o descuido de los depositarios, se ve un observador obligado a recurrir al cotejo, o llamémosle interpretación de los fragmentos y ruinas antiguas, para completar el imperfecto retrato que nos trazó Garcilaso de su antiguo imperio. Por este mismo camino pueden descifrarse las fábulas adoptadas por los demás historiógrafos en cuanto a su religión y policía. El estudio de los monumentos que erigieron los Peruanos para ostentar su poder y recordar su existencia; los recitados de sus glorias; las tradiciones y reliquias de sus antiguos usos y costumbre, que aun permanecen entre los indios modernos, que tenazmente conservan y recatan sus antiguallas; el reconocimiento de las obras que erigieron por magnificencia o por necesidad, ofrecen ciertamente una nueva luz capaz de esclarecer la obscuridad en que yace sumergida la parte histórica y civil de la monarquía peruana, en todo el

tiempo que precedió a su conquista. Por eso nuestra sociedad, persuadida de que sus indagaciones en esta línea deben remontarse hasta aquellos siglos, ha pensado valerse de semejantes recursos para desempeñarlas con acierto y proporcionar al Mercurio este nuevo mérito.

Si el furor de la codicia y ambición se hubiese contentado con desentrañar la tierra, multiplicadas e íntegras las memorias del antiguo Perú, sería más facil el delínearlo y más hermosa la copia. Pero la execrable hambre del oro llevó la desolación hasta los sepulcros que, siendo el último asilo de los mortales, no sirvieron ni aun a las cenizas, respetadas por el derecho de las gentes 1• No obstante, así como las iras de Cambises no pudieron impedir llegasen hasta nuestros días muchos restos inestimables de la sabiduría egipcia, tampoco han visto su última aniquilación los monumentos de los Incas. Sus ruinas nos rodean todavía, y en medio de su destrozo ofrecen materiales suficientes para computar las artes, ciencias y policía de su artífices.

1 Son inevitables los desórdenes y los estragos en las grandes conquistas; pero los del malvado Carbajal y su amigo Gonzalo Pizarro llegaron a un exceso inaudito. Este atormentó a muchos indios desgraciados, a fin de que le descubriesen el sepulcro del Inca Viracocha, en que se decía haber muchas riquezas. Encontrólo en el valle de Xaxahuana, seis leguas distante del Cuzco. Y no contento con saciar su codicia, despojándolo de sus riquezas, quemó el cadáver de aquel monarca, y dispersó sus respetables cenizas. Don Pedro de la Gasea, aquel virtuoso español, cuya memoria debería estar grabada en todos los edificios públicos del Perú, castigó éste y los demás atentados del pérfido Pizarra, haciéndole cortar la cabeza junto al mismo sepulcro que tan vilmente babia ultrajado. Los extranjeros, que se empeñan tanto en cubrir de horror la conquista del Perú, deberían cuando exageran la mala conducta de alguno, no olvidar el heroísmo y virtudes de aquel sabio Presidente y de otros muchos que, imitándolo, no sólo lavaron las manchas de la nación en esta parte, sino que la han ilustrado con su valor y con sus hazañas.

Los famosísimos obeliscos y estatuas de Tiahuanacu 1 y los mausoleos de Chachapoyas2, obras destinadas a competir en duración con la eternidad, no sólo por los sólido de su materia, sino también por los sitios en que fueron erigidos, muestran no menos su pericia en la escultura que su ambición a la inmortalidad. Este último deseo era transcendental a los sepulcros y los cadáveres, como lo testifica esa multitud de momias que después de tan. tos años y siglos se encuentran íntegras en las huacas: su examen nos enseñará quizá el método con que conseguían precaverse de la corrupción y vencer al tiempo destructor 1.

1 Este pueblo, situado en los confines de la ciudad de La Paz, es, sin disputa, anterior a la monarquía de los Incas, aunque uno de éstos le dio el nombre que hoy tiene originado de haberle llegado alli un correo, cuya celeridad en el viaje había sido tan grande, que podía compararse a la de un veloz huanaco. El Inca, aludiendo este suceso, dijo al correo cuando se le presentó: Tia-Huanacu; siéntate huanaco; y para conservar la memoria de la ligereza del Cañari y bondad del monarca se subrogó este nombre al antiguo del pueblo. La formidable pirámide que hay en él y los colosos de piedra, con otra variedad de figuras humanas bien entalladas en la misma materia, aunque carcomidas por los años, indican ser monumento de alguna nación gigantesca, cuando no sean efectos de la misma verdad, que indujo a Alejandro a querer dejar unas estatuas colosales en los países subyugados de la India.

2 En la provincia de Chachapoyas se registran edificios en forma de conos, sustentando corpulentos bustos. Están colocados en las pendientes de los cerros y lugares tan inaccesibles, que sólo se pudieron haber fabricado descolgando con maromas el material y los artífices. Estos representan ser mausoleos de algunos caciques, o gente principal que, deseando perpetuar su memoria, no sólo quisieron asegurarse del tiempo, valiéndose de durísimos peñascos, sino también de la mano derribadora del hombre, colocándolos donde el temor del precipicio le impidiese acercarse.

El derribado pueblo de Pachacamac, los edificios del Cuzco y Quito, las fortalezas de Herbay y Xaxahuana, los caminos abiertos por en medio de las cordilleras, particularmente aquel para cuya fábrica igualó con los valles las más elevadas cumbres 2, manifiestan la instrucción de los indios antiguos en la arquitectura civil y militar.

Los socavones de Escamora, Chilleo y Abitanis, minerales de oro; los de Choquipiña y Pozco, de plata; Curahuara, de cobre; Carabuco, de plomo; y las magníficas labores de Ancoraim.es, de hierro, todos trabajados bajo el imperio de los Incas, dan una idea de su arquitectura subterránea y metalúrgica.

Los fragmentos de las grandes acequias de Lucanas, Condesuyos y otras infinitas, que en medio de los precipicios conducían las aguas desde los más profundos valles para regar las· altas cimas y retiradas campiñas; la curiosidad con que se miran rellenadas las quiebras de los cerros para aumentar el terreno cutivable; la utilísima costumbre (la

1 Algunos quieren que los indios, con sólo la diligencia de helar el cadáver, conseguían su conservación. Esta inferencia sería oportuna y justa, si únicamente en la Sierra y temperamentos fríos encontrásemos estas momias, y no estuviesen llenas de ellas las huacas de los valles y temperamentos cálidos.

2 Los autores de la Enciclopedia, en el artículo “América”, niegan haber en el Perú tal vereda. No hay otro modo de convencerlos sino que hagan un viaje, y verán los restos suntuosos que nos han quedado. Quisiéramos que unos filósofos que se glorian de tener por patria a todo el mundo, no fuesen tan falaces y enemigos de la verdad, desnudándose de las preocupaciones nacionales cuando lean a Garcilaso, a quien levantan mil testimonios.

Como los peruleros acostumbraban soterrarse con todos sus ajuares, sus sepulcros son un rico depósito de su pintura, manufacturas, instrumentos mecánicos de guerra, pesca, etc. Además de todo esto, los indios modernos conservan aun la industria de sus mayores, en los tejidos de Iliellas, anacos y ehuces, en la fundición de topos, en la fábrica de huaqueros, etc. 1•

De su antigua escritura se encuentran algunas señales entre los pastoreos, que usan de quipos 2, para dar cuenta del número, aumento o dis-

1 Se sabe que Uiclla es una manta de vara en cuatro muy fina y adornada con muchas labores, la que sirve de rebozo o mantilla a las indias. Los anacos son más grandes y se emplean en sus hábitos talares. Chuces, especies de alfombras. Topos, agujas de oro, plata u otro metal equivalente, con cabezas anchas, sólidas circulares o cuadradas en que están esculpidas varias efigies. Su destino es atracar por el pecho las llicllas y adornarlo. Huaqueros, cantarillos que, puestos con agua al fuego, el vapor que sale por su boca, figura el silbido.

2 Las Cartas peruvianas, de madame Grafigny, dieron motivo a un señor italiano de la Academia de la Crusca y a una Duquesa de la misma nación para escri-

bir un grueso volumen en cuarto, intitulado, Apología de /

los quipos. Después de ponerse en él lo que trae Garcilaso,

describe el autor con tanta confianza la gramática, el Dic-

cionario de los quipos, y, en fin, cuanto es relativo a la quipografía, que, desde luego, creeríamos había sido al-

gún Quipo-Camayu de los Incas, si por desgracia no fue-

ran erradas todas sus conjeturas.

minución de su ganado, sin olvidar los días ni horas en que sucedió la muerte de esta cabeza, nacimiento de la otra o robo de aquella. Una u otra deprecación con que invocaban el amparo de la deidad, puede dar idea de su oratoria. Pero de su poesía y música, han quedado muchísimos monumentos. Esta nación danzarina no ha olvidado los instrumentos de aire e inmensa variedad de alegres y vistosos bailes, que formaban las delicias de sus antepasados. Su tradición ha transmitido algunos idilios y odas, y muchísimas elegías que se aumentan y renuevan continuamente, así por los Arabicus 1 como por los españoles, encantados con la suavidad, ternura y dulcísima melancolía, que son el alma de estas composiciones.

Las ciencias que con mayor esmero cultivaron los Incas, fueron la astronomía y la medicina. Algunas columnitas erigidas para señalar los equinoccios y los solsticios¡ los nombres impuestos a los planetas; sus preocupaciones acerca de los eclipses; las observaciones que hacen del cielo para precaver sus sembrados del hielo y arreglar el tiempo, estos son unos datos por donde se pueden calcular sus progresos en la primera. Los conocimientos que tenían en la segunda, se ven encerrados en las prácticas populares de los serranos, y magisterio de los Ccamatas :.i_ sucesores de los antiguos Amautas.

1 Arabicus. Nombre de los poetas peruleros; de aquí nació el yaravies que se da a sus canciones elegiacas; el estilo, los afectos y peculiar música de ellas les dan una ventaja conocida sobre todos los cantos de las otras naciones, por lo que respecta a inflamar el corazón humano en los sentimientos de la piedad y el amor.

2 Son unos indios naturales de la provincia de Choque-Ccamata, sita en la Intendencia de La Paz que, a modo de los primeros médicos de la Grecia, discurren por

El gobierno de los caciques entre aquellos pueblos, en que son absolutos, su inflexible justicia, el orden y economía que observan, son ejemplares del de todo el Perú en los siglos de sus monarcas 1•

Si a todos estos fundamentos uniésemos el examen de la lengua quechua, se podrá conjeturar el grado de civilización a que ascendieron, aun la duración de su imperio. Las voces son los simulacros del pensamiento y la dulzura y gusto con que se delinean, o la viveza con que lo representan, siguen la razón de la edad y cultura del ingenio humano.

Con estos materiales pretendemos amenizar la parte histórica del Mercurio, destinada a subir hasta los tiempos heroicos del Perú. Esperamos que todos los amantes de las antiguallas nos auxilien, y que el hombre cuya curiosidad ansía con igual fuerza las prenociones de lo futuro que los recuerdos de lo pasado, reciba con agrado esta parte de nuestras tareas.

todo el reino cargados de hierbas, drogas, etc., curando empíricamente, y a veces con feliz suceso.

1 Es digna de leerse una cláusula del testamento del valeroso capitán Mancio Sierra de Leguizamo, aquel a quien en el repartimiento de los despojos del Cuzco cupo la imagen de oro del Sol, y la jugó en una noche. En ella se encarece el Gobierno y buena policía de los Incas. Puede verse en el padre Calancha, p. 98.

MARIANO EDUARDO DE RIVERO Y USTARIZ

(Arequipa, 12 de octubre de 1798-París, 6 de noviembre de 1857)

Ingeniero de minas. Realizó sus estudios en el Perú, Inglaterra, Francia y Alemania. En 1822 formó parte de un grupo de expertos contratados por el Gobierno de la Gran Colombia para realizar estudios geológicos. Por primera vez, de regreso al Perú, en 1825 es nombrado Director de Minería, Agricultura, Instrucción Pública y Museos. Prefecto departamental en varias oportunidades y Cónsul General del Perú en Bélgica.

Miembro correspondiente de varias sociedades científicas de Europa y América. Socio extranjero de las Antigüedades de Copenhague, de la Imperial Agricultura de Francia y del Instituto de Africa. Autor de numerosos tratados y ensayos científicos, alcanzó renombre junto a Juan Jacob Diego de Tschudi, con sus Antigüedades Peruanas, el primer manual de arqueología andina.

Obras principales

1827-28 (con Nicolás Fernández de Piérola) Memorial de Ciencias Naturales y de Industria Nacional y Extranjera.

1834 Los monumentos de los antiguos peruanos.

184 7 Esposición histórico-estadística sobre el departamento de Junín.

1851 (con Juan Diego de Tschudi) Antigüedades peruanas. 2 vols. Viena, Imprenta Imperial de la Cort.e y del Estado.

1857 Colecciones de Memorias Científicas, Agrícolas e Industriales, publicadas en distintas épocas. 2 vols. Bruselas, Imprenta de H. Goemaere, Calle de la Montaña, 52.

ANTIGOEDADES PERUANAS • Año de 1828

La historia de las naciones americanas que ofrece tanto interés a la lit.eratura moderna, está todavía envuelta en un caos que con dificultad pueden aclarar algunos datos importantes, para decimos con alguna probabilidad quienes fueron los primeros pobladores de est.e grande hemisferio. Por

* Memorias Científicas, Agricolas e Industriales, Vol. I, pp. 172-176. Bruselas, 1857.

las ideas que nos han trasmitido los historiadores sobre Quetzalcoatl, Bochica y Manco-Capac, hombres sagrados y misteriosos, sabemos que fueron los primeros que aparecieron en diferentes partes a dar leyes e introducir las costumbres que encontraron los conquistadores. Estos personajes se nos representan con vestiduras sacerdotales, adornados de virtudes y talentos. El primero vino de Panuco, ribera del golfo de México, y fue legislador de los Aztecas. Bochica, personaje blanco y barbudo, apareció en las cordilleras de Bogotá, de los llanos de Casanare, como legislador de los Muscas. MancoCapac, célebre por sus leyes y por el imperio que formó, es el escogido para reunir en sociedad a los dignos Peruanos.

La historia de estos ilustres seres se pierde en la oscuridad, y tan solo sus nombres, venerados por sus vasallos, merecieron conservarse en el archivo de sus quipos, como hombres justos y sabios a quienes debían tantos beneficios. Ignoramos en qué época, con qué señales y cuál era la nación de donde vinieron estas personas extraordinarias, y la imaginación sale fuera de sus limites cuando se quiere indagar el modo como se pobló este continente. Las teorías formadas sobre el particular por personas sagaces, no descubren otro deseo que el de llevar adelante las falsas tradiciones de los primeros conquistadores, pues estos con ideas muy mezquinas, y ebrios con el oro que encontraron olvidaron las investigaciones sobre un punto tan interesante, y no vieron en sus monumentos, que podían revelarnos algunas verdades, sino tesoros escondidos que buscaron para saciar su codicia, sin acordarse de que eran más preciosos y más interesantes que las grandezas que contenían. ¡ Infeliz nación la que hace consistir en los destrozos su grandeza y poderío!

Si creemos a los historiadores modernos que han descrito en novelas, himnos e historias, las grandezas, señorías y leyes del pueblo peruano, y si examinamos con alguna detención los restos de sus monumentos, nos persuadiremos con facilidad de que el imperio de los Incas contenía muchos millones, y que su civilización, bastante avanzada en comparación de los demás reinos, era debida a un sistema de gobierno consolidado y respetado por las leyes que regían. Los monumentos de Tiahuanaco, del Cuzco, sus grandes calzadas y acueductos, sus artes y sus leyes benéficas, hacen pensar, con algún fundamento, en la existencia de un reino anterior a los datos de los cronologistas. Mas todos los escritores han consagrado sus plumas a pintarnos con. colores exagerados su grandeza y magnanimidad; no habiendo querido ninguno tomarse el trabajo de describir el grado de civilización a que habían llegado por las artes y las ciencias, objeto de grande interés para los conocimientos humanos. Si juzgamos por las reliquias que vemos, y por lo que encontramos en sus huacas, no eran tan bárbaros y tan ignorantes en lo que es la arquitectura, fundición de metales y soldadura, alfarería, talla de piedras, construcción de caminos, acueductos y labor de los campos. Vese una prueba de esto en los suntuosos edificios, obeliscos, puentes, estatuas etc., cuyos restos son admirados por las pesadas masas que sin máquinas alzaban a puntos elevados. Los instrumentos de cobre y de piedra de que hacían uso, sus tintes permanentes 1, sus vasos de barro, y en fin las herramientas como hachas, tenazas, cinceles de cobre

1 Hay en el Museo de Madrid una túnica, sacada del palacio de Pachacama, que por lo fino de su tejido y lo bien que se conservan sus colores merece la atención del público.

y piedra etc., prueban hasta la evidencia los conocimientos que poseían en este ramo, y que nos lisonjerían si los tuviéramos hoy día, sobre todo el modo de soldar que en algunas figuras de oro y plata es tan permanente que primero se rompe el todo que despegarse.

Observamos también en las muchas figuras que poseemos tanto de oro como de plata, cobre, piedra y barro, la semejanza que tienen ellas con las de los egipcios, de los que han querido algunos calcular desciende el pueblo peruano.

Las figuras que copiamos aquí y a que hemos agregado dos adornos de oro fino para el brazo, hallamos en los sepulcros del Cuzco, y una llamita de plata, de una sola pieza, son pruebas convincentes de lo conocida que estaba el arte de labrar los metales. Las dos primeras son de oro, hechas según parece a martillo, huecas y sin soldadura visible, y representan una mujer desnuda, con el cabello trenzado en pequeñas simbas; vista de lleno y de perfil tiene de largo dos pulgadas siete líneas y de ancho siete líneas y pesa un castellano y cinco tomines y medio.

Las figuras 3~ y 4~ son de plata maciza fundida; representan dos indios desnudos con sus monteras en la cabeza, las manos sobre el pecho, mascando el acullico 1; tienen de largo dos pulgadas y siete líneas, y de ancho siete líneas y pesa cada una dos onzas. Se encontraron estas y las de oro en una huaca de Ulucmayo, departamento de Junín.

1 Acullico llaman a la cantidad de coca que mantienen en un carrillo para chuparla poco a poco. En el Cerro dan el mismo nombre los mineros a las horas de descanso de los operarios que trabajan en el interior de las minas y en las haciendas.

Estas figuras se nos dice representaban a los indios llamados opas, gente fea y estúpida a quien se consultaba como a oráculos; pero, según nuestro modo de pensar, creemos mas bien sean imágenes de los semi-dioses que se adoraban y ofrecían en las grandes fiestas al principal que era el sol.

La 5~ es la llamita de plata sólida fundida, del peso como de dos onzas.

La 6~ es también de oro: representa un indio sentado, con una toca que le cubre las espaldas, y una faja en la cabeza; mide de largo cinco pulgadas ocho líneas, de ancho tres pulgadas seis líneas y pesa como una onza: pertenece al señor D. Pío Tristán y se encontró en una huaca del Cuzco.

La figura 7~ representa una mujer sentada con las manos sobre las rodillas: tiene una toca sobre la cabeza y unos pendientes pegados más abajo de las orejas, le sale un tubo del espinazo, que le viene hasta el pescuezo, con el cual está pegado otro más corto que se comunica y sobresale por donde se echa el agua. Esta figura es toda de barro negro y se asemeja muchísimo a las estatuas egipcias.

Las figuras 8″ y 9~ son unos escudos de oro de unas cuatro pulgadas de diámetro, y de más de una onza de peso. Llevan unos agujeros en su centro para afianzarlos.

VIZCONDE EUGENE DE SARTIGES

(París, 1812? – 18 ?)

Eugene de Sartiges, por otro nombre E. S. de LA V ANDAIS, Secretario de la Embajada de Francia en Río de Janeiro, llegó al Perú, en la Corbeta “La Favorita”, en 1839. Después de una permanencia de aproximadamente un año, y tras recorrer diferentes puntos del interior, incluyendo el Alto Perú y La Paz, partió del Callao con destino a Río de Janeiro, en febrero de 1835.

De su vida y su obra es realmente poco lo que se conoce y fuera de algunas noticias incidentales que sobre su personalidad trazara Flora Tristán en sus célebres Peregrinaciones de una Paria (París, 1833-34), se sabe que el Vizconde viajaba por curiosidad y que había estado con anterioridad en Italia y los Pirineos.

Su obra que lleva el título de Voyage dans les Républiques de l’ Amérique du Sud y que aparece bajo el seudónimo de E. S. de Lavandais, se publicó fragmentariamente en los tomos IX y X de la Revue des Deux Mondes ( entregas del 15 de enero, 1 Q de marzo y junio de 1851), 17 años después de finalizado su viaje.

Obras principales

1947 Viaje a las Repúblicas de América del Sur (1834). En: Dos Viajeros Franceses en el Perú Republicano. Colección de Viajeros en el Perú. Lima, Ed. Cultura Antártica S. A. 5-180, pp. (Traducción de Emilia Romerc; Prólogo y notas de Raúl Porras Barrenechea).

LAS RUINAS DE CHOQUEQUIRAO *

Apenas llegamos a las ruinas no perdimos el tiempo y empleamos algunas horas en visitarlas. A cada paso encontrábamos vestigios de civilización, casas bien construídas, muros de sillar de piedra. Si se sigue la línea principal de casas, que desciende en gradería sobre los flancos de la montaña, se llega a una vasta plaza que tiene a un lado un palacio y al otro un pórtico o más bien un muro triunfal. Los indios derribaron los árboles que crecían en una de las alas del palacio, hicieron un techo de bambú y de cañas y allí establecimos nuestro campamento para los ocho días que intentábamos pasar en Choquequirao 1•

* Las Ruinas de Choquequirao. Viaje a las Repúblicas de América del Sur. E. de Sartiges, (E. S. de Lavandais), 1834. En: De Sartiges-Botmiliao. Dos Viajeros franceses en el Perú Republicano. Traducción de Emilia Romero; Prólogo y notas de Raúl Porras Barrenechea. Lima, Editorial Cultura Antánica, S. A. 1947; pp. 100- 104.

1 Choquequirao se halla en la margen derecha del río Apurimac, en una quebrada que desemboca en este río al Noreste del pueblo de Cachora, anexo de Curahuasi. La existencia de ruinas de una antigua ciudad incaica era

En mis proyectos para hacer excavaciones y levantar planos, no había contado con una de las consecuencias forzosas del abandono del terreno durante siglos: la vegetación que invade todo. No sólo las calles, sino las casas y las mismas paredes de las casas estaban cubiertas de plantas trepadoras. Imposible dibujar el conjunto de la ciudad. El terreno en todas partes estaba sostenido por terrazas que se extendían unas sobre otras y servían de terraplén para las casas. Las calles eran estrechas, sobre todo aquellas que atravesaban la ciudad en dirección de la pendiente de la montaña que formaba un arco profundo al norte. Detrás de la ciudad se elevaban rocas dentelladas cortadas a pico y cubiertas de nieve. Al este y al oeste, dos estribaciones de la montaña se extendían como dos brazos para ocultar y proteger esas ruinas. Al sur y a gran profundidad, corría el Apurímac. Un montículo de forma circular se destacaba de la ciudad y avanzaba como un promontorio por encima del Apurímac, La cima de ese montículo, llano y redondeado, estaba sostenida por· un muro de albañilería. Sin duda que ese era uno de los lugares destinados a los sacrificios y a la oración, que en

conocida por los habitantes de esa región del Apurímac, como consta de las descripciones hechas en el siglo XVIII por Cosme Bueno y Pablo José Oricain. De Sartiges mismo, cuenta que recibió informaciones del cura anticuario de Curahuasi y de los hacendados de la región. Pero, en realidad, la primera inspección hecha con criterio científico, es la de este viajero francés al que seguirían más tarde Angrand, Samanez Ocampo, Bingham y Uhle. Véase sobre estas ruinas el informe de don Carlos A. Romero al Instituto Histórico, publicado en la Revista Histórica de Lima en 1909, tomo r.v, págs. 87 a 103. La opinión popular sostiene que fue en los palacios y en las fortüicaciones de este lugar, donde se refugió Manco Inca después del sitio del Cuzco. Es la leyenda que recoge de Sartiges.

el país se conocen con el nombre de adoratorios del sol. La base de aquel montículo remataba uno de los lados de la gran plaza de Choquequirao. En frente se hallaba el palacio¡ a la derecha y a la izquierda había un precipicio. El pie del montículo estaba formado en toda su extensión ( dieciocho metros, treinta y dos centímetros), por el muro triunfal que bordeaba la gran plaza. Este muro, de arquitectura irregular, no tenía como abertura sino una puerta a la izquierda, delante de las gradas que conducían a la plataforma del adoratorio. El conjunto del monumento, cuya construcción y detalles eran muy esmerados, era de un orden arquitectónico de lo más extraño. Pertenecían empero a la época más moderna de la civilización peruana. La puerta abierta en el muro triunfal era de estilo egipcio.

Hicimos despejar la plaza y los edificios colindantes. Las diferentes construcciones al norte y al oeste de la plaza forman parte del mismo edificio y están reunidas por medio de puertas de comunicación. Se encuentra aquí, como en todas las antiguas ciudades del Perú, las casas dobles apoyadas sobre el mismo muro de separación y que no se comunican entre sí más que por las puertas exteriores que dan sobre el corredor que se extiende hasta el fondo del edificio. El primero y único piso que existe sobre esas casas está perfectamente marcado. Las vigas que forman el piso están sujetas en las paredes y sin los árboles que han crecido en medio de las habitaciones, sin duda subsistirían aún los restos del techo. El techo es inclinado y está apoyado sobre la pared medianera que separa cada doble casa. Los departamentos están enladrillados con grandes ladrillos de tierra cocida cubierta por un barniz negro fino y brillante. En cada departamento, hay muchos de aquellos nichos

que había visto por primera vez en las casas de la isla del Titicaca. Se ven sobre las paredes de esos nichos, huecos a distancias regulares que no pueden haber servido sino para sostener distintas series de tablas. No queda resto alguno de escalera que permita suponer que se llegaba al primer piso por el interior de los aposentos.

El edificio principal, que hace frente al muro triunfal de Choquequirao está formado por dos casas compuestas cada una por tres largos departamentos, de los cuales uno, el del medio, parece haber servido de antecámara. Se entra por dos corredores que siguen hasta el fondo del edificio, el uno a la derecha y el otro a la izquierda. A la derecha del cuerpo principal de la casa, hacia el centro de la gran plaza, se eleva un gran edificio cuyos tabiques interiores se han desplomado y al cual se entra por tres puertas. Un poco más lejos se encuentra un reservaría y un baño con grandes losas de piedra, paralelas al cuerpo principal. A lo largo de los corredores se extiende una gran sala, en la que nada indica cual fuera su primer empleo.

En materia de habitaciones particulares, el palacio de Choquequirao es lo que he visto de más completo entre los antiguos monumentos del Perú. Nos inicia en parte en la vida íntima de los antiguos habitantes del país y si no nos da idea de un gran confort en la vida material, por lo menos prueba que su manera de vivir estaba en relación con su cultura, es decir que habían pasado ya el estado de lucha contra las necesidades de la vida y que buscaban el bienestar. Las piezas enladrilladas, las antecámaras y los baños, pertenecen a una civillzación que puede ser aún joven, pero que marcha visiblemente hacia la virilidad.

Mientras que me ocupaba en dibujar las viejas casas de Choquequirao y en medir sus puertas

y ventanas, mis co-asociados excavaban en la tierra por donde quiera que creían reconocer huellas de algún entierro. Pero no había allí esas grandes y hermosas chulpas como en Atun-Colla o en Maicohamai. Los muertos estaban sepultados en huecos abiertos en las rocas y nada se enterraba con ellos, ni vasos, ni topos. Mis compañeros cavaron a través de una de las falsas puertas de la gran muralla triunfal que parecía sonar en hueco bajo los golpes de la azada. Detrás se hallaba la roca viva. Se sondeó en más de diez sitios y siempre inútilmente. Nada queda, pues, hoy para decirnos quiénes fueron los habitantes de esta ciudad que podía contener quince mil almas. ¡Nada para enseñarnos como fue su vida y su muerte! Como única huella de su existencia, osamentas sin mortajas ni vasos funerarios y un nombre apenas conservado por la tradición. En realidad, es una historia melancólica la de las antiguas poblaciones del Perú. Apenas han transcurrido trescientos años desde la conquista y las ciudades más magníficas han desaparecido dejando como pruebas de su existencia sólo vastas ruinas sin nombre.

La historia nos dice que, después del sitio del Cuzco, el Inca Manco, temiendo la cólera del marqués Francisco Pizarro que acudía de Lima para vengar la muerte de su hermano don Juan Pizarro, muerto de una pedrada en la fortaleza del Rodadero, se retiró a las montañas inaccesibles de la orilla derecha del Apurímac. Su familia, su corte, las gentes comprometidas y sus más devotos servidores le siguieron en su destierro. Sólo los sitios más escarpados les parecieron apropiados para librarse de la persecución de los españoles. Cortaron los senderos que podían conducir a su retiro, colocaron cuerpos de guardia en todas las crestas de las rocas y comenzaron a edificar ciudades. Los

españoles trataron en vano de acorralarlos en este último asilo. Vilcabamba, Chuquicancha, Choquequirao, reconocieron de este modo, durante largos años todavía, la autoridad de los descendientes de los Incas escapados a la matanza ordenada por el Inca Atahualpa y a los asesinatos legales de los españoles. En fin, el virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, llegó de España con instrucciones para obligar a los indios de grado o por fuerza a salir de sus rocas. Sayri Túpac, uno de los descendientes del Inca Huáscar, gobernaba tristemente su pequeño reino de rocas y de precipicios, El marqués envió una diputación a Sayri Túpac para proponerle que dejara su retiro y consintiera en recibir el bautismo, una pensión anual de 18,000 castellanos de oro y el marquesado de Oropesa, en el valle de Yucay. Los enviados tomaron la dirección de Santa Ana y no pudieron continuar su ruta porque encontraron cortados los caminos. Regresaron al Cuzco y pasaron el Apurímac. Llegaron frente a una ciudad en donde residía el Inca. La historia dice que es Vilcabamba, pero como según el relato de los enviados, la ciudad indígena se elevaba sobre la orilla derecha del Apurímac, frente a Curaguasi, es más probable que esa ciudad fuera Choquequirao. Avanzando hasta la orilla izquierda del Apurímac, los comisionados del virrey hicieron señales que fueron distinguidas por los indios. Estos últimos se acercaron y se entabló una discusión. Los enviados expusieron el objeto de su misión y trasmitieron las proposiciones formuladas por el virrey, según las órdenes de la Corte de España. El Consejo del Inca se reunió y declaró por voto unánime que entregar al Príncipe en manos de los españoles era entregarlo a la muerte. Los enviados retornaron al Cuzco con una negativa formal del Inca. El virrey no se desani-

mó. Escogió una nueva diputación compuesta en parte por nobles peruanos, partidarios o amigos de la familia de los Incas. Estos penetraron hasta Vilcabamba o Choquequirao, obtuvieron de Sairi Túpac que renunciara a su voluntario destierro y fuera a la ciudad sagrada del Sol. El desgraciado Príncipe pereció más tarde a manos de un soldado español, quien jugando con él a los bolos, le lanzó en un momento de ira la bola a la cabeza.

Es probable que en la época de la partida de Sayri Túpac fueran abandonadas esas ciudadesfortalezas situadas entre las montañas de la orilla derecha del Apurímac. Al decir adiós para siempre a su triste morada, los habitantes siguieron a su príncipe llevando todo cuanto tenían de objetos preciosos. Así se explica la ausencia completa de adornos y de utensilios antiguos en las ruinas de Choquequirao. Al cabo de algunos días, todos estábamos desilusionados, mis ca-asociados al no encontrar oro y yo al no poder llevar más que algunos fragmentos de vasos y dos o tres topos de cobre. Nuevas excavaciones hubieran quizá sido más felices, pero los víveres comenzaron a escasear y fue preciso pensar en la partida. Después de algunos días de marcha, más penosos aún que los de ida, estábamos de regreso en Yanama. Al día siguiente, sin tardar más, me despedí de mis compañeros de descubrimiento a quienes deseé mejor éxito en una segunda visita a Choquequirao y tomando el camino de los nevados de Yanama y del valle de Huadquiña atravesé de nuevo y sin accidente, la gran cordillera de Soray y del Salcantay. El 22 de julio me encontré gozoso en Mollepata, en el camino hacia Lima 2•

2 Mollepata se halla en el camino de Lima al Cuzco, a cuatro leguas de Limatambo y a diecisiete leguas del Cuzco, según Stiglich.

WILLIAM BOLLAERT

Marino inglés. Visitó el Perú hacia 1825, realizando excavaciones y exploraciones principalmente en la costa extremo sur. En 1854 retomó por se· gunda vez a la América, radicándose por varios meses en Tacna y Arica. En esta oportunidad y aprovechando la construcción del ferrocarril a Tacna y una parte del Morro, realizó investigaciones en los cementerios indígenas que por entonces estaban siendo destruidos.

Su obra reproduce con gran fidelidad y tlatos muy minuciosos los monumentos arqueológicos del área, describe los entierros y da las primeras noticias de pinturas rupestres en las cuevas del Morro. El libro, que adquirió gran popularidad en Inglaterra, sirvió asimismo para popularizar la existencia de huacas y momias americanas en Tacna y Arica. De allí, pues, que los compatriotas del autor, capitanes de buques, comerciantes, turistas, etc., hayan tomado más tarde tan vivo interés por buscar las antigüedades indígenas de estos sitios.

Obra principal

1860 Antiquarian, ethnological and other researches in New Granada, Equador, Peru and Chile, with observations on the pre-íncarial, incarial, and other monuments of peruvian nations. London, Trübuer and Co.

ARICA, TUMBAS Y CUEVAS DEL MORRO *

Frezier, quien visitó la costa en 1712, nos describe las huacas o tumbas antiguas de Ilo a Arica.

Los cuerpos, dice, están enteros y vestidos y a menudo se los encuentra con vasijas de oro y plata. Las tumbas cavadas en la arena a la hondura de un hombre y cercadas con piedras de campo, cubiertas con tejidos de caña, en los cuales hay una especie de ceniza o arena, así las he visto en mi primera visita en 1825. En 1854, volví otra vez cuando se estaba construyendo el ferrocarril a Tacna y una parte del Morro estaba excavado para llenar de tierra la orilla. En esta operación se descubrió un cementerio antiguo.

Las tumbas están cerca de la superficie alineadas en un cercado de piedras lisas. Los cuerpos estaban sentados, completamente disecados (no embalsamados), y envueltos en mantas de lana o algodón.

La temperatura era en extremo calurosa y mientras examinábamos estas tumbas, me enfermé

* Antiquarian, ethnological and other researchs . . . London, 1860. pp. 151-152.

de fiebre y terciana, muy común aquí y de muy mala calidad; no pude continuar mis pesquisas con el cuidado y atención que lo hacía antes.

Hice una colección de estas tumbas, los objetos están ahora en el British Museum. Estos consisten en vestidos de lana o algodón de varios colores, vasijas ordinarias de arcilla, pipas de caña, algunos otros artículos y un objeto color de oro semitransparente el cual se ha determinado ser el ojo de la jibia. Estos objetos no estaban introducidos dentro de la cabeza de la momia pero depositados dentro de la tumba como algo bonito, raro o como una cosa sagrada.

Rivero encontró en otras partes del Perú platos delgados de oro y plata pintados de diferentes colores.

Y puedo hacer aquí una advertencia como Rivero y Tschudi, que en las bocas de algunas momias se encuentra una rodaja de oro, plata o cobre.

M. Fariss que finalmente regresó del Perú con una sola colección de antigüedades, me informó que en Arequipa él había visto estos discos de oro con una cara humana, pintados, puestos en la boca, orejas y ventanas de la nariz. En Huamachuco encontré esas piezas redondas de metal perdidas en las tumbas.

Stevenson dice: cada pequeña pieza de oro que se ha introducido en esos cuerpos, se encuentra generalmente en sus bocas.

Gibbs observa que los alrededores de Arica están llenos de Huacas. Un amigo le escribió que en la parte baja de un monte, cerca de Tacna, hay un cementerio viejo de indios 1, donde notó grandes

1 Se refiere al cerro de La Cripta.

caracteres trazados en la arena. Se pueden leer si uno se coloca a una distancia de 15 a 20 millas.

Algunos pueden tener mil o mil doscientos pies. Estos son viejos recuerdos indios, escritura gigantesca y probablemente parecida a la de los “pintados de Tarapacá”.

JOSE TORIBIO POLO

(lea, 1841 – Lima, 1919)

Pedagogo e historiador. Cursó sus estudios en lea, Nasca y Lima. Profesor de la Escuela Normal Central . de Lima y de diversos colegios de la República. Participó como voluntario en el combate naval del Callao (1866) y en la batalla de Miraflores, durante la guerra con Chile (1881). Posteriormente emigró a Panamá donde residió algunos años. En 1884 ocupó el cargo de Sub-Director de la Biblioteca Nacional de Lima. Fue miembro fundador del Instituto Histórico del Perú y de la Sociedad Geográfica de Lima. Director de la Revista .Americana, quincenario limeño ilustrado, donde publicó varios artículos de índole arqueológica, principalmente sobre Chavín, y que posteriormente los reuniría en su monografía de 1900.

Su obra es variada y dispersa, sin embargo ha sido en el aspecto histórico y documental donde ha logrado justo renombre. Su contribución a la Arqueología Peruana, pese a ser débil y llena de grandes defectos de interpretación y análisis, no debe desestimarse totalmente.

Obras principales

1863 Apuntes sobre Trujillo y sus Obispos. En:

Odriozola. Documentos Literarios del Perú Tomo X.

1877 Las momias de los Incas. En: Odriozola.

Documentos Literarios del Perú. Tomo X, pp. 371-378.

1891 Memorias de los Virreyes del Perú Marqués de Mancera y Conde de Salvatierra, publicadas por . . . Lima, Imp. del Estado. XXI, 664 pp.

1891 Crítica del Diccionario Histórico-Biográfico del Perú del señor General Mendiburu. Lima, Imp. y Lib. de “El Comercio”. 83 pp. 1900 La Piedra de Chavín. Lima, Imp. y Lib. de San Pedro. 66 pp. + 2 láms.

1907 Luis Gerónimo de Oré. “Revista Histórica”.

Organo del Instituto Histórico del Perú. T. II, pp. 74-91. Lima.

1907 Bias Valera. “Revista Histórica”. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. II, pp. 544- 552. Lima.

1908 Un teólogo célebre. “Revista Histórica”.

Organo del Instituto Histórico del Perú. T. nr, pp. 6-28. Lima.

1913 Apuntes sobre las epidemias en el Perú.

“Revista Histórica”. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. V, pp. 50-109. Lima. 1917-35 Bibliografía Geográfica del Perú (Siglo XVI) . Sociedad Geográfica de Lima. Lima. 63 pp,

MOMIAS DE WS INCAS *

Existía en el Cuzco, metrópoli del Imperio Incásico, un magnífico edificio de piedra llamado Coricancha, que era, no solo una soberbia basílica erigida al Padre-Sol, –símbolo de Pacha1:Camac-, sino el panteón monumental de los monarcas peruanos. Allí, en dos hileras paralelas, y frente a frente, vestidos de gala y con sus insignias, estaban colocados los incas, desde Manco I hasta Huayna Capac, y las Coyas, desde Mama-Ocllo-Huaco hasta Rahua-Ocllo: sentados estas y aquellos en altas sillas de oro; como esperando que los Reyes sus hijos fueran a hacerle compañía; y como intentando desmentir a los que entonces fingían divina su estirpe, y los que después, en nombre de la crítica, quisieran combatir la realidad de su vida y su sucesión dinástica.

Pero luego que se supo en el Cuzco, en 1533, la invasión española, y el cortejo de crímenes y sangre que forman la conquista, esas momias venerables se trasladaron en secreto, para que no las profanasen, a las Catacumbas (chinccana) que había en la ciudad 1, y se escondieron también muy valiosos tesoros, que podían servir de pábulos a la rapacidad de ese puñado de audaces aventureros. Se creyó así hacer desaparecer el cebo del oro, que trajo al Perú una dominación secular, que cesase

• Manuel de ODRIOZOLA. Documentos Literarios del Perú. T. X., pp. 371-378.

1 “Desde esta fortaleza hasta el Convento de Santo Domingo, que hay más de diez cuadras, donde era el templo del sol, está labrada por debajo de tierra lo que llaman la chingana; que es Jo mismo que decir, donde se pierden o se esconden, o laberinto”. (Calancha, Crónica: t. I. pág. 500; I. II. Cap. 37).

de venir de Europa una multitud de mendigos avaros, sin escrúpulo y sin clemencia, y que los otros se volviesen a su tierra, contentos ya de su botín.

Mas inútil empeño: las débiles mujeres y las clases bajas y oprimidas conspiraban contra su familia y su Patria, y se aliaron al español: el Imperio había perdido en fuerza y unidad lo que adquiriera en extensión: los últimos Reyes olvidaron la moral y la política al buscar esposas entre sus hermanas; el gobierno iba dejando de ser paternal. . . la ambición dividió, y la espada destruyó y asoló . . . El destino había escrito con caracteres de fuego la ruina del Tahuantinsuyo; entre oleadas de sangre nos traía Pizarro del Oriente una nueva civilización: el pueblo conquistador debía a su vez ser conquistado.

Entonces el Cotopaxi anunció la caída del Imperio: los presagios siniestros se cumplieron: el sol quedó sin efigie, sin altares, ni sacerdocio; y los Incas, sus hijos predilectos, trocaron su sacro y regio cementerio por los lóbregos subterráneos del Cuzco.

Trascurridos apenas catorce años de la ocultación de esos cadáveres; cuando los dos Almagros dormían ya juntos en la misma sepultura; alzó Gonzalo Pizarro el pendón de la revuelta, hizo armas contra su rey, y procuró ceñir su frente con la corona. Para allegar tesoros se echó a buscar los soterrados con esas momias; dio tormento a los indios para arrancarles revelaciones; y encontró apenas en Saquisahuana, con el oro que buscaba, las entrañas de Huiracocha. El las redujo a cenizas; pero los indios las depositaron en una urna, enterrándolas sigilosamente.

Doce años más tarde, hacia 1559; el Corregidor del Cuzco Licenciado Polo de Ondegardo, tuvo un aviso seguro; y merced a él descubrió las mo-

mías de tres Incas, las de dos Coyas, y las cenizas de Huiracocha de que acabo de hablar.

Los cadáveres eran de Huiracocha, Yupanqui, Túpac-Yupanqui, Huaina Ccapac, Mama Rutu, mujer de Huirococha, y Mama-Ocllo, madre de Huaina-Ccapac. Ondegardo los mostró a los nobles, y entre estos a Garcilaso; no los destruyó, porque aun vivían sus nietos; y los mandó a Lima al viejo Marqués de Cañete, Virrey a la sazón, que acababa de dar su nombre al hospital de “San Andrés”; en uno de cuyos “Distritos solares”, o corralones interiores, fueron años después sepultados esos restos.

Aunque Ondegardo aparentó querer por este medio estirpar la idolatría de los indios, y acabar con sus recuerdos y tradiciones de nacionalidad e independencia, no hacía más acaso que ceder a las sugestiones de la avaricia.

Riquezas increíbles encerraban las tumbas, y sobre todo las de los Incas; y esto lo sabían muy bien los españoles. Pero el Corregidor sufrió chasco, y solo encontró seis momias, y no tesoros, escapándosele las otras, a pesar de exquisitas diligencias 1•

Antes de seguir, citaremos en confirmación de los grandes tesoros imperiales, lo que dicen el Secretario de Pizarro, Jerez, y el Contador Zárate sobre el tesoro de Huaina-Ccápac.

“En esta ciudad (el Cuzco) tiene muy ricos edificios; en ella tenía el Cuzco (Huaina-Ccápac) su tesoro, que eran 3 bohíos llenos de piezas de oro y cinco de plata, y cien mil tejuelos de oro que había sacado de las minas; cada tejuelo pesa cincuenta castellanos: esto había habido del tribu-

1 Conquista del Perú: 1534, Sevilla, f. (En la Biblioteca de autores españoles de Rivadeneyra: tomo 26).

to de las tierras que había señoreado” 1• Huáscar “tenía en su poder todas las riquezas y joyas de su padre” . . . “los tenía todos enterrados en parte donde persona del mundo no lo sabía, ni después acá se ha podido hallar, porque los llevó a enterrar y esconder con mucho número de indios que lo llevaron a cuestas, y en acabando de enterrar los mató a todos, para que no lo dijesen ni se pudiese saber. Aunque los españoles después de pacificada la tierra y agora, cada día andan rastrean- ‘ do con gran diligencia y cavando hacia todas aquellas partes donde sospechan que lo metió; pero nunca han hallado cosa alguna” 2•

Volviendo a las momias, las vieron: Garcilaso antes de irse a España en 1560; el P. José de Acosta en Lima en 1580, veinte años más tarde; y el jesuita chachapoyano Blas Valera, que se fue a España más de treinta años después que Garcilaso 11•

Como no disfrutamos por completo de las dos Relaciones del Oidor Ondegardo que cita Prescott 4,

1 A los incas Diego Sairi Túpac, muerto en 1563, y Pablo Túpac Amaru, degollado por Toledo en la plaza del Cuzco en Agosto de 1572, como recibieron el bautismo, se les sepultó en el templo de Santo Domingo del Cuzco. (González-Dávila-. Teatro eclesiástico de las Indias; t. II pág. 53).

2 Zárate–Historia del Perú: Cap VI.

El último Inca D. Carlos, hijo de D. Cristóval Paulla, mostró a Da. María de Esquive!, su esposa, el inmenso tesoro imperial, consistente en tejos, vasijas de oro, estatuas de los Incas &a.- Fue esto antes de 1575.- Prescott-Historia de la conquista del Perú, lib. l. cap. V.-Esta noticia conviene con la que se halla en Rivero y Tschudi, respecto a los recursos con que, en 1814, contaba Pumacahua para emancipar el Perú .. – Antigüedades Peruanas, pág. 312.

3 Comentarios reales del Perú, lib. III, cap. 20, y lib. Vlll, cap. 15.-Acosta-Historia natural y moral de las Indias, lib. VI, cap. 21.

4 Historia de la conquista del Perú, lib. I, pp. 5.

no conocemos todos los pormenores sobre el descubrimiento de las momias; · pero sí recogeremos los datos posibles del mismo descubridor, de Acosta, y de los escritores regnícolas Garcilaso y el Padre Calancha.

Ondegardo escribió en 1571: “Esta orden entendí yo, cuando descubrí el cuerpo de Pachacuti Yupanqui Inca, que fue uno de los que yo embié al Marqués a la ciudad de los Reyes que estaba embalsamado, é también curado, como todos vieron que hallé con él el ídolo principal de la provincia de Andahuailas, porque la conquistó éste, é la metió debajo del dominio de los Incas, quando venció a Barcubilca el señor principal de ella” 1• “Ansi parece que Guainacapa, que fue uno de los cuerpos de los señores que yo hallé embalsamados&. 2•

Acosta, que dispuso de las dos Relaciones manuscritas de Ondegardo, debió tomar de ellas algunos de los datos que consigna. “El cuerpo de Viracocha, dice, por la fama del gran tesoro enterrado con él, buscó Gonzalo Pizarra, y después de crueles tormentos que dio a nuestros indios, le halló en Saquixahuana, donde el fue después vencido y preso, y justiciado por el Presidente Gasea: mandó quemar el dicho Gonzalo Pizarra el cuerpo de el dicho Viracocha Inga, y los indios tomaron después sus cenizas, y puestas en una tinajuela le conservaron, haziendo grandíssimos sacrificios, hasta que Polo lo remedió con los demás cuerpos de Ingas, que con admirable diligencia y maña sacó de

1 Mendoza.- Colección de Documentos inéditos: tomo 17, pág. 65.-Esa relación sobre el gobierno del Perú en tiempo de los Incas es de Ondegardo indudablemente, aunque se ha publicado como anónima.

2 lb. pág. 90.

poder de los indios, hallándolos muy embalsamados y enteros, con que quitó gran summa de ydolatrías que les hacían” 1•

Sobre Huaina-Ccápac, que murió de 72 años de edad, dice Acosta: “Abrieronle, y las tripas y el corazón quedaron en Quito, por averlo el assi mandado, y su cuerpo se trajo al Cuzco, y se puso en el famoso templo del Sol”. . . La madre de este fue de gran estima: llamose Mama Ocllo. Los cuerpos desta y del Guaynacapa, muy embalsamados y curados, envió a Lima Polo, y quitó infinidad de ydolatrías que con ellos se hacían”.

Sobre Inca Yupanqui añade: “La casa de éste, y criados y mamaconas, que servían su memoria, halló el Llcendiado Polo en el Cuzco, y el cuerpo halló trasladado de Patallacta a Totocache, donde se fundó la parroquia de San Bias. Estaba el cuerpo tan entero y bien aderezado con cierto betún, que parecía vivo. Los ojos tenía hechos de una telilla de oro, tan bien puestos que no le hacían falta los naturales, y tenía en la cabeza una pedrada, que le dieron en cierta guerra. Estava cano, y no le faltava cabello, como si muriera aquel mismo día, aciendo mas de sesenta o ochenta años que avia muerto. Este cuerpo con otros de Ingas embió dicho Polo a la ciudad de Lima, por mandato del Virrey Marques de Cañete, que para desarraigar la ydolatña del Cuzco fue muy necesario, y en el hospital de San Andrés que fundó el dicho Marques, han visto muchos españoles este cuerpo con los demás aunque ya están maltratados y gastados”.

La batalla en que Huiracocha salió herido en la cabeza fue la de Yahuarpampa, contra los chon-

1 Historia natural y moral de las Indias: Lib. VI, cap. 20 y 22 de la edición de Sevilla, hecha en 1590.

cas o poc-ras encabezados por Anco-huallu: el año de su muerte, según la cronología vulgar, fue el de 1483, cosa de 76 años antes de descubrir su cuerpo Ondegardo; y las sustancias empleadas para el embalsamiento parecen ser el molle (schinus molle) y el copei o copal (clusia alba) antisépticos poco estudiados.

Acerca de este último hecho cedamos la palabra al Contador real Agustín de Zárate:

“Queman (los indios) leña de árboles que huelen muy bien, que allí se crían; y en rompiéndoles la corteza destila de ellos un licor, cuyo olor trasciende tanto, que da fastidio, y si con él untan algún cuerpo muerto, y se lo echan por la garganta jamás se corrompe” 1•

Son curiosos los pormenores de Garcilaso en orden a esas momias.

Nos dice que pesaban poco; que las llevavan en brazos o en hombros, de casa en casa, en el Cuzco, envueltas en una sábana; que los dedos de Huaina Ccápac eran como un palo; que tan enteros estaban los cuerpos, que no les faltaban cabello, ceja ni pestaña; y que tenían las manos cruzadas delante del pecho, la derecha sobre la izquierda, y los ojos bajos como que miraran al suelo 2•

Tócale ahora su turno al noticioso padre Calancha, que pone siempre la moraleja al lado de la historia y que fue tan inclinado a lo maravilloso.

Dice lo siguiente:

“En el (sepulcro) de este Inca Viracocha se uvo de encerrar gran suma de tesoro, pues Gonzalo Pizarro ocasionado de la gran fama que avia

1 Historia del Perú: cap. VI.-Rivadeneyra, Biblioteca: t. 26, p. 465.

2 Comentarios reales: lib. V, cap. 29, la. parte.

de este entiero, dio crueles tormentos a muchos indios porque le dijeran donde estaba: allóle en Saxahuana, seis leguas del Cuzco, i sacando el tesoro quemó el cuerpo, cuyas cenizas guardaron los indios, y puestas en una tinajuela le adoraban. Estas cenizas y otros cuerpos envió el Licenciado Polo á Lima, en tiempo del primer marqués de Cañete, i están en un corral del Ospital de San Andrés, con que se escusaron las adoraciones que de sus Reies hazian los vasallos, i es mui de ponderar que junto al mesmo entierro de este Inga justició á Gonzalo Pizarro, i le cortó la cabeza el Licenciado Gasea, para que viese su muerte, en el mismo lugar, por quien atormentó á los indios, i así ejecutó Dios el castigo, donde Pizarro ejecutó su codicia. Decían los indios avia Dios castigado á este Rei Inga, permitiendo que le quemasen sus uesos, porque con soberbia se avia puesto el nombre de su Dios, llamándose Viracocha; i siendo Dios de las aguas, ríos y fuentes, le castigó con fuego, teniendo su ídolo nombre de agua” 1•

Las momias pues, que hacía 1590 estaban “maltratadas y gastadas”, según Acosta, fueron a parar a un corral de San Andrés, antes de 1638; cuando Calancha escribió sobre ellas, sin hacer mención de su entierro.

No se vuelve a hablar más a este respecto en los escritores que conocemos, hasta que el P. jesuita Pedro Murillo y Velarde casi copia a Acosta, en su Geografía histórica de la América, publicada en Madrid en 1735: (pág 243).

Fue de este padre, o del cronista Calancha, de quien tomó quizá Córdova Urrutia la noticia de que a esos cadáveres se les dio sepultura en uno

1 Crónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú, Barcelona 1638: lib. I, cap. 15, pág. 97, párrafo 49.

de los distritos solares interiores del Hospital de San Andrés 1•

Es muy probable que de esto tratase ex profeso, en la Historia de Lima, el P. Bernabé Coba; cuya autoridad, según Quintana, es irrecusable en lo tocante al Nuevo Mundo 2• Pero esa historia dormirá en los archivos de España, mientras los gobiernos del Perú no quieran ocuparse un poco más de las letras.

Al practicarse algunas reparaciones en San Andrés, para nivelar el terreno, en Octubre de 1868 3, se encontró un cadáver con fracmentos de vestiduras moradas: el cabildo eclesiástico nombró una comisión para que se reconociese si era de un Obispo; y los afectos a lo extraordinario no trepidaron en declarar, unos que era osamenta de un santo, y otros de un inca. Y en verdad, que fijándose en todos los accidentes, parecía el cadáver de uno de los Obispos muertos en Lima, fuera de su diócesis, que no alcanzaron a ser depositados en las bóvedas de los Conventos, por no ser frailes, o en la de la catedral. Entre estos recuerdo ahora a D. Pedro de la Peña, Obispo de Quito, y D. Sebastián de Lartaun, del Cuzco, muertos en 1583; a D. Juan Pérez Concha, de la Paz, que falleció en 1680; a D. José Cuero y Caicedo, de Quito, que murió en 1815. . . Pero para acertar con el nombre, se necesitaba indagar donde fueron sepultados. Tarea difícil para nosotros, que no podríamos decir el sitio en que yacen D. Bernardino Ruiz, Montea-

1 Estadística de Lima: tom. I, pág 52.- Tres épocas del Perú, por id.-Año 1556.

2 Vida de Pizarro.- En la Biblioteca de Rivadeneyra: tom. 19, pág. 340, nota 2a.

3 Véase “El Comercio” de 29 de Octubre de 1868, núm. 9947; y “El Nacional”, núm. 983: en la sección de crónica.

gudo, Rodríguez de Mendoza, Berindoaga, y cien mas contemporáneos. Pero ese cadáver, por suposición recta, por su estado, por los vestidos violáceos, y por todo podía afirmarse con seguridad que no era de ningún Inca. Debió ser pues, de un Obispo, acaso muerto en el mismo Hospital, y enterrado en el suelo por humildad: la circunstancia de no hallarse dentro de la iglesia, puede provenir de reconstrucción de esta después de alguna ruina.

Habiéndose encontrado recientemente gran copia de restos humanos que se calculan de mil a mil quinientos cuerpos, entre dos paredes del mismo hospital, se ha vuelto a hablar de las momias de los incas; como si estas hubiesen pasado de seis y sin recordar su enterramiento en un corral. Y a ha refutado esta suposición mi estimable amigo el Sr. Dr. Teodorico Olaechea pero creo que él y todos tenemos que renunciar a la esperanza de que aparezcan en Lima las momias de los incas.

Conservadas insepultas por los españoles durante algunos años, desde que las enviaron del Cuzco, sólo como objeto de curiosidad y cual si se tratara de los esqueletos para las clases de anatomía, “gastadas y medio destruídas”, fueron arrojadas a un hoyo; en un corral, por que los gentiles no podían reposar en cuerpo bendito. Alli el tiempo y la humedad habían concluido la obra de los hombres. Esas momias no irán, como las de los Reyes de Egipto, a enriquecer los Museos de Europa y a servir de estudio al etnógrafo y al anticuario. De cuan altivos y poderosos Monarcas, “hijos del sol” no queda ya sino el polvo: y aunque se conserve su nombre en el gran panteón de la historia, es envuelto en la doble niebla que forman el pasado y las ficciones de adulación y de la poesía.

Mientras tanto ¿ de donde previenen aquellos cadáveres acumulados en San Andrés? El espacio

entre las paredes se dejó intencionalmente y con el designio de que sirviese de osario? Cual era entonces la planta del edificio y que transformaciones viene sufriendo desde su ereción?

Las preguntas son más curiosas que interesantes: pero no hay por qué inventar guerras fabulosas; ni matanzas secretas y en masa, para explicar la existencia de tales despojos. Quizá se depositaron allí lentamente, en el transcurso de los años, los que morían en el Hospital; o fue este acaso el triste y rápido efecto de un terremoto o de una peste; fenómenos no raros en las tres centurias del coloniaje, y que hicieron muchas víctimas en la hermosa ciudad de Pizarra.

Lima, Enero de 1877.

EPHRAIM GEORGE SQUIER

(Bethlehem, New York, 17 de julio de 1821- New York, 1888)

Ingeniero civil. Diplomático en Honduras y Nicaragua, entre 1848 y 1860, año en que tuvo que abandonar el cargo a consecuencia de una ceguera parcial que comprometió seriamente su salud. Llegó al Perú en 1863, con cargo semejante, y entre los comisionados del Presidente Lincoln, para arreglar diferendos entre concesionarios norteamericanos y el gobierno peruano, sobre embarques clandestinos de guano.

Su obra es eminentemente arqueológica, desteñida de especulaciones, describe los monumentos con claridad y precisión ilustrándolos con planos y croquis que constituyen tal vez lo más valioso de toda ella.

Squíer inició sus investigaciones en el valle del Missisipi, en 1842, luego dirigió su interés a Nicaragua y otras regiones centroamericanas. Entre sus principales publicaciones sobre esta área se cuentan: Antiguos monumentos del valle del Missisipi, Washington, 1848; Nicaragua, New York, 1851. Nicaragua, sus monumentos (2 vols.), New York y Londres, 1852. Las antigüedades del estado de New York, Buffalo, 1851. Waykna, Aventu-

ras en la costa de los Mosquitos ( escrita bajo el seudónimo de Manuel A. Bard), New York, 1851. Además numerosos artículos en revistas especializadas y de público más amplio como Harper’s New Monthly Magazin, de New York.

En el Perú, realizó investigaciones durante 2 años, de los tres que permaneció en el país. Durante este tiempo escribe “es posible que yo hayo recorrido más territorio que ninguno de mis predecesores en la misma actividad. Llevaba conmigo la cinta de medir, el compás, el lápiz y la cámara fotográfica, conociendo que sólo los planos cuidadosos con secciones, elevaciones, dibujos y vistas, pueden llenar adecuadamente las rigurosas demandas de la ciencia moderna”.

De regreso a Lima, después de sus investigaciones en el altiplano boliviano y área del Cuzco, era portador de gran cantidad de material entre colecciones de objetos de arte y arqueológicos, dibujos, planos, fotografías, apuntes de viajes, etc., la mayoría de los cuales se encuentran aún inéditos en Washington.

Su libro, Pero, lncidents of travel and explorations in the Land of the Incas, apareció 12 años después en Londres y Boston, en ediciones simultáneas, y constituye sólo un resumen de sus investigaciones en el Perú. “Estos materiales, escribirá al fin, mostrarán no solamente que existieron varias civilizaciones distintas y aisladas en el Perú, sino que algunas de ellas son más antiguas que la incaica”.

Obras principales.

1877 Peru; incidents of travel and explorations in the land of the Incas. New York, Harper & Brothers, Publishers.

1927 Perú, Exploración e incidentes de Viaje en la tierra de los Incas. Traducción del inglés por Federico Ponce de León. Cuzco, Edito· rial H. G. Rozas. 169 pp.

LA CIVILIZACION INCAICA•

En este capítulo presentaré un breve resumen de las conclusiones a que he arribado acerca de la antigua civilización del Perú, en especial de los In· cas, como resultado del estudio de sus monumentos aun existentes. Los conquistadores españoles encontraron en América naciones muy avanzadas en las artes, que construyeron grandes obras de utilidad pública, y que alcanzaron admirable organización política y religiosa. Entre éstas habían dos mucho más adelantadas que todas las demás: los mexicanos, que ocupaban la elevada meseta de Ana· huac, y los Peruanos, diseminados en los valles y declives de los Andes. Prescott, siguiendo a los cronistas españoles, ha narrado la historia de la caída de estos imperios, pero este derrumbamiento fue tan repentino y tan completo, que los cronistas apenas tuvieron tiempo para relatar los acontecí-

• Cap. XXVII, (Conclusión). Perú, Exploración e Incidentes de Viaje en la tierra de los Incas. Traducción del inglés por Federico Ponce de León. Cuzco, Editorial H. G. Rozas, 1927. pp. 158-166.

mientas de que fueron testigos presenciales y tuvieron poco sociego o quizás inclinación para investigar cuidadosamente su política civil y religiosa. Esta labor les ha tocado a los estudiosos y arqueólogos posteriores.

Que la civilización de los antiguos peruanos fue autóctona, no admite duda razonable. Doquiera que encontramos sus vestigios, sea en los bolsones de la Sierra sea en los valles que descienden a la Costa, presenta caracteres peculiares y distintivos. Me he esforzado en mostrar hasta qué punto y de qué modo, estas peculiaridades fueron causadas por los caracteres físicos de la región. En la época en que los Incas estuvieron capacitados para comenzar el sistema de conquistas que dió por resultado el establecimiento de su imperio, parece que la civilización avanzaba casi igualmente en todas las regiones de Sud América donde las condiciones naturales no eran contrarias a su desarrollo. La superioridad de los Incas era más aparente que real, o mejor dicho, sus rasgos superiores eran el fruto de su nueva condición y relaciones más bien que el de una superioridad innata. La guerra no crea facultades militares que no preexisten en tiempo de paz: y los Incas no iniciaron su política de conquistas antes de mostrarse como hombres de Estado, y cuando se pusieron en contacto con las otras tribus, demostraron que ya se habían hecho fuertes.

No cabe duda de que en tiempos muy remotos, habían muchas pequeñas tribus aisladas ~nclaustradas como debían estar- en los valles angostos y bolsones 1 cerrados. Algunos autores han

1 Parece que es el autor quien ha introducido en el tecnicismo geográfico la palabra castellana “bolsón” para indicar los valles anchos cercados por montañas como los del Cuzco, Anta, Abancay. &, – N. del T.

tratado de dividir estas numerosas tribus en Chinchas de la Costa y Quechuas, Huancas y Aimaras del Interior. D’Orbigny, el mejor de estos autores, divide la población indígena de lo que fue el Imperio Incaico, en Quechuas y Aimaras; de los que los primeros ocupaban el territorio comprendido entre el río Andasmayo al norte de Quito y el río Maule en Chile, y los segundos una sección transversal que incluyendo la hoya del lago Titicaca llegaba hasta la Costa, separando así en dos el territorio de los Quechuas. Pero aun cuando hace la citada división nos dice que los Quechuas y Aimaras, “considerados sus caracteres físicos y morales”, pertenecen a una misma familia y que sus respectivas lenguas no son sino dialectos de un idioma común.

No estoy preparado para admitir la exactitud de tales generalizaciones, aun cuando reconozco las grandes diferencias que ciertamente existían entre ellos 1• Estas diferencias son tan grandes, que no pueden referirse únicamente a la influencia del clima y otras condiciones físicas; pueden muy bien remontarse a diferencias de raza. Los Quechuas y Aimaras eran, por cierto, indios, y ambos indios de Sud América, distintos de los aborígenes de la América del Norte. Pero diferían entre ellos tanto como los Franceses y Alemanes; y ambos diferían grandemente de los actuales indígenas degenerados de la Costa. Existía, ciertamente, alguna mezcla entre las varias razas y familias y cierto predominio del quechua que era la lengua de los Incas; pero esto no es bastante para conformarse con los relatos que tenemos de los persistentes esfuerzos de

1 Y a se ha visto que el autor no es precipitado, ni mucho menos dogmático en sus juicios. – N. del T.

los Incas, para asimilar todos los pueblos que caían bajo su dominación. Podemos comprender cómo las varias leyendas históricas resultaron contradictorias y aparentemente irreconciliables, si reconocemos el peso total de todas las condiciones que hemos indicado y presuponemos que las diferentes porciones que posteriormente constituyeron el Imperio Incaico, habían alcanzado independientemente cierto grado de desarrollo que con el transcurso del tiempo, reaccionó sobre las demás. Supongamos, por ejemplo, que una familia o tribu, establecida en el bolsón del Cuzco, consiguió un poder preponderante al mando de jefes locales, y que finalmente rebasó sus antiguas estrechas fronteras, sometió otras tribus a su gobierno y asumió la hegemonía sobre ellas. Evidentemente, en este caso, dos grupos de tradiciones habrían surgido en una población así constituída, y estas tradiciones se habrían localizado en dos distintas épocas. Aquellas, con el tiempo, tenderían naturalmente a confundirse, porque la raza predominante procuraría atribuirse los grandes hechos de las demás, y a la larga sería difícil decir dónde concluyó la historia de un pueblo y comenzó la de otro. De esta manera podemos explicar, siquiera en parte las contradiciones en la historia legendaria del Perú y las diferencias acerca de la sucesión de los Incas según las relaciones de Garcilaso de la Vega y Montesinos, el primero de los cuales enumera catorce soberanos Incas, cuya dinastía comenzó el siglo once; en tanto que el segundo menciona ciento y un señores que ciñeron el llauto imperial, cuyo reinado se remonta a quinientos años del Diluvio. En otras palabras, parece evidente que la historia legendaria de los varios principados, si así podemos llamar a los que constituyeron el Imperio incaico, es una cosa, y la del Imperio mismo, otra muy dife-

rente. La primera es muy antigua y se remonta en el pasado tanto, probablemente, como la de otro pueblo cualquiera del globo, mientras que la segunda es comparativamente moderna.

Quizás las tradiciones de los Incas fueron conservadas con tanto celo como las de otra nación cualquiera que dependiese exclusivamente de los medios orales de perpetuación. Estaban confiadas al cuidado de los amauttas o sabios que las enseñaban en las escuelas de Quito. Probablemente son correctas en lo substancial en cuanto se refieren a la historia comparativamente moderna de los Incas y su imperio propiamente dicho: la sucesión de los reyes y sus conquistas. Pero no es seguro de ninguna manera que ellas fueran relatadas con fidelidad a los cronistas españoles, a través de quienes han llegado a nosotros, o que estos cronistas se hubieran esmerado en consignar los hechos tales como les fueron transmitidos. No hay manera, por ejemplo, de saber con certidumbre que Garcilaso, quien es nuestra principal autoridad, haya tenido buenas fuentes de la pureza de los relatos que nos ha dado: porque debe tenerse presente que los quipos, o cordones anudados, que eran empleados para registrar los datos, eran un invento muy elemental e inadecuado para perpetuar fechas y números. Eran, a lo sumo, recursos nemotécnicos, auxiliares de la memoria, comparables al almanaque de muecas de Robinson Crusoe o a la cuenta en palotes- de un mozo de cervería analfabeto. Aunque tuvieran un significado numérico (lo cual no es evidente) eran en otros respectos inferiores a los símbolos pictóricos más rudos de los Indios Norteamericanos, y más aun a las inscripciones de los Mexicanos o los signos probablemente silabo-fonéticos de los aborígenes Centro-Americanos.

Dada la ausencia virtual de todo documento escrito, el estudio de los monumentos arquitectónicos de los peruanos resulta de la más grande importancia para la investigación de su historia y civilización. Y por cierto, tales monumentos, son de un inmenso valor, pues, muestran claramente el progreso de las artes en casi todas sus ramas. Así existen restos que evidencian cuánto pudieron avanzar en la arquitectura. Sus reservorios y acueductos nos dan un conocimiento profundo del progreso de la agricultura. Sus puentes, caminos y tambos nos dicen de los medios de comunicación. Las fortalezas y otras obras públicas muestran que sus gobernantes disponían del trabajo de una población grande e industriosa. Y la ausencia de restos de habitaciones de la clase popular nos revela concluyentemente cuál era la condición de las masas. Estos monumentos muestran igualmente el adelanto que puede llamarse científico. Tenemos, por ejemplo, los medios que empleaban para determinar los solisticios y el paso del sol por los cielos. De la situación y carácter de las grandes fortalezas, como las de Ollantaytambo y Pisac, podemos deducir mucho de la condición militar del imperio. .Algunos relatos vagamente transmitidos por la tradición asumen un carácter histórico cuando descubrimos ruinas de esta o aquella población que tal o cual inca construyó o derribó y de las obras públicas que se les atribuyen. Las fortificaciones, siendo de primera clase, se encuentran naturalmente cerca de las fronteras del imperio o en la dirección de dónde podía esperarse un ataque. Las ruinas dan también mucha luz sobre la vida y costumbres y sobre la organización política, social y familiar. Sabemos cómo los crímenes eran castigados por las cárceles artificiosamente construídas: cómo se ejecutaba a los malhechores, por

los restos que inequívocamente muestran el objeto de su construcción 1• La ubicación de las ciudades y las señales de las manzanas de las mismas muestran cuán apiñada vivía la población en casas estrechas. Quedan restos que indican el carácter general del menaje doméstico y la estructura de sus tejidos. Las chulpas y las tumbas evidencian su creencia en una vida futura. En estas y otras mil materias, el Perú nos ofrece un ancho campo y confío en que mis estudios y exploraciones proporcionarán una valiosa ayuda para ulteriores investigaciones 2• No es demasiado esperar que una labor paciente en este terreno capacitará a un futuro estudioso para reconstruir el extinguido Imperio de los Incas. Cuanto ya sabemos es suficiente para despertar el deseo de conocer más.

Sería curiosa aunque quizás inútil una especulación acerca de cuál habría sido el futuro del Perú si el Imperio no hubiera sido destruido por la conquista Española. Los monumentos muestran que las fortalezas, ciudades, puentes y caminos estaban en plena construcción cuando ocurrió aquel funesto acontecimiento. I le llamo funesto porque en tiempo de los Incas el gobierno, la protección de la vida, las facilidades para la consecución de la felicidad, eran mejores que después de la Conquista y mejores que hoy. El progreso material estaba mucho más avanzado que ahora. Había mayores facilidades para la comunicación, la agricultura estaba más extendida, había más manu-

1 En la plaza de San Cristóbal del Cuzco, puede verse unos monolitos que se dice son cepos o cangas. N. del T.

2 En efecto, han sido ampliamente utilizados y consultados por todos los autores extranjeros y en especial por los miembros de la expedición de Yale. Esperamos que la presente versión será igualmente aprovechada por los estudios de habla castellana. – N. del T.

facturas, menos pauperismos y menos VICIOS y por qué no decirlo, la religión era más pura y más útil. Mas, un hecho aciago enlutó el porvenir del Imperio. En el reinado de Huayna Cápac alcanzó aquél su más grande extensión. Pudo él decir, con más razón que Alejandro, “qué lástima, que no haya más mundos que conquistar”! Pero su sensible desvío de las prescripciones de sus padres, hizo que tuviera un hijo en la hija del rey sometido de Quito y otro en su esposa y hermana, en la ciudad sagrada y capital. Su vano empeño de dividir el gobierno del imperio entre el fruto de su amor y el heredero legítimo del llautu escarlata, entre Atahuallpa y Huáscar, desencadenó la guerra civil y facilitó una conquista que ni la aparición de los caballos ni el dominio aparente del trueno y del rayo hubieran logrado de otro modo.

Apenas si podemos conjeturar hasta qué punto esta guerra civil, sin la intromisión de los españoles, hubiera cambiado la condición social y política del imperio. Parece probable que no habría terminado con algo peor que la división del largo y angosto territorio, el establecimiento de dos grandes principados, cada uno de los cuales habría evolucionado por sí solo en un grado tal, que si se tiene en cuenta el progreso alcanzado durante los tres siglos precedentes, habría colocado la civilización peruana en el primer lugar entre las aborígenes de América. Lo único que habría faltado habría sido un lenguaje escrito para colocar al Perú al nivel de las naciones más avanzadas de Oriente.

No es probable que el imperio hubiera podido extenderse considerablemente más allá de las fronteras que tenía en tiempos de Huayna Cápac, a no ser que los Incas del Cuzco hubieran encadenado a los Chibchas y Muiscas de Colombia al carro de

sus conquistas; porque parece que nunca pudieron guerrear con éxito contra los salvajes que habitaban los bosques al pie de los Andes o extender sus dominios en las vastas y fértiles llanuras más abajo de su país montañoso. El hacha yanqui que ha triunfado sobre los bosques de todo un continente fue una herramienta que ellos no alcanzaron. Cómo se hubiera desarrollado en estos llanos sin fin, tan próximos y tan remotos al mismo tiempo, un pueblo que surgió en regiones en que cada palmo de terreno capaz de producir una mata de maíz o un puñado de quinua no se desperdiciaba, es un problema que nunca tendrá solución.

Cabe preguntar, qué antigüedad debe atribuirse a los monumentos y restos que se han descrito? Quedan todavía vastas y primorosas construcciones, arruinadas, es verdad, pero que evidencian grande habilidad y trabajo. ¿De qué época datan?. Fueron por supuesto, el resultado de una evolución gradual; fueron los últimos jalones del progreso. Pero, ¿ dónde están los demás jalones, dónde los monumentos anteriores que marquen los grados antecedentes de la evolución? Y a falta de todo esto, puede interrogarse con aire de triunfo más aparente que real, “¿no fueron aquellas obras, edificadas, inspiradas o sugeridas, por un pueblo exótico plenamente desarrollado, por inmigrantes o maestros de centros de civilización distantes y más antiguos, de civilizaciones de las cuales no sería ésta más que una copia, un reflejo o una caricatura?”.

Yo respondería a esto, sin adelantar aún una hipótesis ni mucho menos proponiendo una teoría, y ciertamente sin dogmatismo alguno, existen algunas evidencias aunque no muchas en el Perú de un pasado más antiguo y comparativamente más rudo. Al par que los estupendos y maravillo-

sos restos de Tiahuanacu -ruinas tan primorosas y admirables como las de Asiria, Egipto, Grecia o Roma- hay otras comparables con las de Stonehengue, y las de Carnac, en Bretaña, que son consideradas como las más antiguas en la historia de los monumentos.

Los rudos círculos solares de Sillustani, al pie mismo de algunos de los más bellos y arquitectónicamente más maravillosos monumentos aborígenes de América, son indistinguibles similares de los círculos solares de Inglaterra, Dinamarca y Tartaria. Trasládense a F.scandinavia y será muy penetrante el ojo crítico que encuentre la más pequeña diferencia con los del lugar.

Es verdad que no hay sino pocas y escasas huellas de cuidades antiguas en el Perú y que podríamos generalizar que la civilización incaica, o aquella que la produjo, fue nueva o trasplantada. Pero debemos recordar que la extensión arable y cultivable del país, era, como es aún, escasa, y que bajo el benéfico gobierno de los Incas la población resultó superabundante. La extrema sabiduría de los Incas se esforzó para proporcionar terreno y sustento al número grande y siempre creciente de sus súbditos, y como ya lo hemos visto, economizaron en toda forma la preciosa tierra. Sólo una reverencia muy profunda, una superstición muy honda, pudo haber impedido a este pueblo, el más práctico y utilitario de América al mismo tiempo que el más progresista, que barriera con las ruinas, rudas y extrañas, de un pueblo más antiguo, aunque fuera su progenitor, para dar campo y libertad al suyo propio, enseñándole a proporcionar al suelo agua y abonos, así como el padre Sol le enviaba luz y calor. La única nación moderna que por su política, su agresividad, su adaptabilidad, y sobre todo, su poder de asimilación, así como su

completo desdén de tradiciones y vejeces, en todo comparable al pueblo incaico, es el nuestro 1• ¿Están todavía los más antiguos cementerios atravesados en nuestro camino? ¿ Respetaríamos los monumentos si estuvieran en pugna con nuestro concepto de la utilidad? Supongamos entonces que nuestro crecimiento fuera rápido o por lo menos gradual, pero que estuviera restringido por montañas y desiertos; ¿respetaríamos los monumentos públicos o privados de nuestros mayores? En el Perú sólo es extraño que se conserven aún tantos restos de una remota antigüedad, cuando allí, más que en ningún país del mundo, las necesidades de la población exigían la utilización de todo palmo de terreno apto para el cultivo o la construcción de habitaciones.

No me atrevería a señalar fechas, ni siquiera eras, para la civilización peruana, mucho menos para su origen. Pero sí puedo afirmar que existen en el Perú monumentos que coinciden en carácter aunque no en edad, con aquellos que por veredicto universal de la ciencia son considerados como los más antiguos del Viejo Mundo. I puedo agregar que si no existen hoy muchos más de éstos es porque la extensión habitable del territorio era tan reducida, que se impuso necesariamente su remoción y substitución por otros más apropiados para una población posterior y más numerosa. Todo lo que puede afirmarse hoy con seguridad es que estos monumentos son antiguos y muy antiguos; pero hasta qué punto, es algo que por lo menos al presente, no puede asegurarse. I además, que no hay dato alguno que valga sobre que en un período

1 El pueblo yanqui. No obstante, el misoneismo, es un defecto que se atribuye, no sin razón, a los indígenas actuales de nuestro país. – N. del T.

cualquiera conocido de la humana historia, hubieran los antepasados de los peruanos inmigrado de ultramar, o que su civilización hubiera sido importada por otra raza cualquiera. Aun presumiendo que la especie humana procediera de una pareja única y que su centro original estuviera en las mesetas de Armenia, y de ahí se hubiera dispersado por todo el globo, todavía permanecería evidente que el período de su llegada al Perú antecede a todo recuerdo humano. El esfuerzo por hacerlos hindúes, porque inti sea el nombre del Sol en quechua e India signifique lo mismo en hindostano, es simplemente absurdo 1•

1 Entre estos esfuerzos pueden contarse los del padre Gregorio García en su voluminoso ”Origen de los Indios de América”, (Madrid, 1729), el del señor Loayza sobre que Manco Cápac es japonés y otras tesis sobre “el mongolismo”, sin que nosotros los creamos absurdos. Damos a continuación una lista de libros y monografías acerca de nuestro País, que por estar publicados en inglés y en revistas científicas, casi en su totalidad, son poco conocidos entre nosotros. – N. del T.

ERNEST W. MIODENDORF

(Keilham, 31 de diciembre de 1830 – Berlín, 1909?)

Médico. Llegado al Perú en 1855, se establece en Arica como médico de una empresa norteamericana encargada de la ejecución de obras públicas. En 1862 retorna a Alemania por tres años. Regresa al Perú en 1865, radicándose en Lima donde ejerce su profesión. En 1871 vuelve nuevamente a Alemania y entre 1876 y 1888 lo encontramos por tercera vez en el Perú, dedicado ya exclusivamente a los estudios lingüísticos y arqueológicos. Se alejó definitivamente del país en 1888.

Obras principales

1890-92 Die einheimischen Sprachen Perus. 6 vols.

Leipzig, F. A. Brockhaus.

El título y contenido de cada uno de estos volúmenes es:

Vol. I. Das runa-simi oder die Keshua-sprache wie sie gegenwartín in der provinz Cuzco gesprochen wird. Leípzig, F. A. Brockhaus, 1890. VII, 339 pp.

Vol. II. Worterbuch des Runa-Simi oder KeshuaSprache, Leipzig, F. A. Brockhaus, 1890. VII, 857 pp.

Vol. III. Ollanta, ein Drama der Keshua-Sprache übersetzt und mit Anmerkungen. Leipzig, F. A. Brockhaus, 1890. VI, 393 pp.

Vol. IV. Dramatische und Lyrische Dichtungen der Kesbua-Sprache, gesammelt und übersetzt mit erklarenden Anmerkungen. Leipzig, F. A. Brockhaus, 1891. IV, 316 pp.

Vol. V. Die Aimara-Sprache. Leipzig, F. A.

Brockhaus, 1891. VII, 306 pp.

Vol. VI. Die Muchik oder die Chimu-Sprache.

Leipzig, F. A. Brockhaus, 1892. VII, 222 pp.

1893-95 Peru. Beobacbtungen un studien übar des land und seine Bewohner wahrend eines 25 Jiihrigen Aulenthalts. 3 vals. Berlín, Robert Oppenheim (Gustav ‘Sohmidt) . El título y contenido de cada uno de los volúmenes es:

Vol. I. Lima. Berlín, 1893. 638 pp.

Vol. II. Das Küstenland. Berlín, 1894. 424 pp. Vol. m. Das Hocbland von Peru, Berlín. 1895.

604 pp.

Chavín es una ciudad pequeña de 950 habitantes, situada a la orilla izquierda del río, que más abajo se llama Pukcha, pero aquí, según el pueblo, se llama río de Chavín. El pueblo se halla en un ensanchamiento del valle formado por la desembocadura de un afluente, a 3,170 m. sobre el nivel del mar. El río Pukcha en esta región corre de sur al norte, paralelamente con el río Santa del cual está separado por la Cordillera Blanca; pero pronto da la vuelta hacia el este para desembocar en el Marañón después de una corta distancia. Desde Chavín hay otro paso a través de la Cordillera que va directamente a Huaraz, se dice que este camino es menos cómodo que el Paso de Cahuish por el que nosotros habíamos atravesado la sierra. Las construcciones del pueblo son pobres como casi todas de los pueblos de la sierra. Las casas ni siquiera están cubiertas con tejas y hasta en la plaza se ven techos de paja. En todo caso se dice que Chavín sería uno de los pueblos de mejor aspecto en la región, y los indios de la vecindad vienen para comprar sus mercancías en las pocas tiendas que existen aquí.

Descansamos un poco en la casa de nuestro compatriota y le hicimos contarnos como había llegado a este rincón perdido del país, como se había casado con una hija de este pueblo, y como se había domiciliado allí, se le veía feliz con su si-

* “Chavín de Huantar”, I. Das Hochland von Mittel-Peru.

Peru Beobachtungen und studie.n über das Iand und seine bewohner. Vol. m, pp. 94-104. Berlín, 1895. Traducción de Traute K. de Hofmester. Seminario RivaAgüero, Universidad Católica del Perú.

tuación. Cuando escuchó la causa de nuestra inesperada visita, se puso a nuestra disposición inmediatamente para acompañarnos a las ruinas, un ofrecimiento que acepté encantando, porque estaba ávido de convencerme cuantos de esos antiguos edificios de los cuales escuché tanto, todavía existían, y cuyo estudio era el fin principal de mi viaje.

Las ruinas de las cuales, cuando llegamos, ya habíamos visto una parte desde lejos, se hallan al lado izquierdo del río, en el límite sur del pueblo, y son conocidas con el nombre de “el castillo”. Pensando en los extensos y dispersos restos de los que habían sido edificios muy grandes, hoy día sólo poco ha sobrevivido, tan poco que es difícil formarse una idea de la forma y extensión de todo. Nuevas casas, patios y vallados se levantaron dentro y encima de los antiguos restos, así que en muchos sitios no es posible observar la planta de ellos. Tratamos en lo siguiente de dar el lector una idea de los resultados de la inspección y añadimos como ilustración un plano que bajo esas condiciones naturalmente tiene que limitarse a indicaciones de la planta, y en el que se indica por líneas punteadas los sitios en donde los límites de los viejos edificios están cubiertos por los nuevos edificios. Las ruinas pertenecen a un templo y a un palacio, y esa parte que todavía se ha conservado y que normalmente se llama el castillo, precisamente pertenece al templo. Los escombros de los antiguos edificios se hallan entre el lado izquierdo del valle y el río, un poco más elevado que el fondo del valle, sobre un montículo de tierra que es demasiado bajo para que se le llame una colina; las ruinas tienen una extensión de 250 pasos en dirección de sur a norte y miden en su lado superior o lado del sur, más o menos casi igual que el ancho. Del camino que bajamos sube luego una pe-

queña pendiente, senda entre boscajes y muros, donde uno se encuentra sobre un llano plano; eso era la plataforma del antiguo templo (fig. I-A), mide 110 pasos de largo y 90 pasos de ancho. En este edificio hay varios patios y vallados de bajos muros hechos de pedazos de piedra sin unir, para encerrar ganado. El edificio forma un rectángulo y consiste de muros que no son completamente verticales sino inclinados hacia adentro en forma de terraplén, cuyo interior no contiene cuartos o salas sino que está rellenado con piedras y tierra formando una sólida masa; de esos muros todavía existe la esquina sur-este así como también un pedazo bajo de la esquina nor-este. Para ver esos restos del muro se tiene que bajar de la plataforma y hay que mirarlos desde una colina de ruinas que está situada en dirección al río.

Las piedras usadas para la construcción son grande sillares en parte calizo-pizarra sacadas de las capas mencionadas del valle, parcialmente granito. Los planos y cantos de los sillares de granito todavía está lisos y afilados, pero las piedras de caliza que sin duda fueron también labradas, están parcialmente muy atacadas por el clima. Entre las piedras se encontraba una capa de argamasa y barro. La parte superior del muro de una altura de 11-12 metros, se había desplomado, y no hay ni una huella de cornisa o de un parapeto. La mayor parte de este muro está destruido y las piedras han sido usadas por los habitantes del pueblo para construir sus viviendas, porque en los cimientos de las casas en Chavín se nota en todas partes grandes sillares antiguos. Además de los nuevos muros arriba indicados y casas construidas con los antiguos escombros de la plataforma, encima de ésta se encuentra un pequeño pero muy interesante residuo del tiempo antiguo, lo que parece

demostrar el carácter de la construcción como sitio consagrado a la adoración del dios. Más cerca a la pared sur que al centro, se encuentra un pequeño recinto encerrado (fig. 1-G) de sillares muy compactos, los únicos restos antiguos de muros que se puede descubrir en la plataforma. La pared tiene un grosor de 1.30 m. y mide 8.50 m. al cuadrado. Una entrada de 1.20 de ancho va del este al interior del recinto que está repartido por el sur y por el norte por dos pedazos de muros que sobresalen en dos partes iguales; la esquina sur-oeste de la pared se ha desplomado. Para este recinto completamente aislado que está rodeado de muros de piedras muy grandes, no determinamos dar otra explicación, que éste había servido como santuario donde se había puesto al dios o ídolo del templo. También se dice que en esta región se había encontrado la piedra que después fue transportada a Lima con grandes gastos de dinero y de esfuerzo y que actualmente está colocada en el Jardín del Palacio de la Exposición. Más adelante nos referiremos a esa piedra que también es de importancia para las conclusiones sobre la probable edad del edificio.

En la pared oriental del templo que mira al río se extiende una ancha terraza moderadamente elevada (Fig. 1-C). Parece que en el centro de la pared se hallaba la entrada principal. Allá se abre un barranco parcialmente cubierto con maleza (Fig 1-H) en sus lados hay una albañilería irregular. Ahora se ve solamente fragmentos de piedra metidos en barro, mientras que los sillares !abrados con los cuales esa antigua escalera estuvo revestida, igualmente como aquellas de las paredes exteriores, fueron extraídos y usados para otras construcciones. A la terraza se le une otro recinto rectangular (Fig. 1-D), de igual ancho que el tem-

plo que se extiende cerca de la orilla del río, y que parece era un patio. La parte media de éste se halla de 5 a 6 pies más abajo: una depresión cuadrangular del piso, que era o un jardín o un depósito de agua, porque en la mitad de este, donde se nota un montón de sillares, se abría una cañería, que ahora en verdad está cubierta pero aún bien visible. Este patio en los lados estaba limitado por edificios rectangulares (Fig. 1-F) que forman una acumulación de ruinas de una altura de 5 a 6 metros, pero aislados restos de muros aún en pie prueban que su lado exterior tenía sillares. En dirección norte del templo, es decir, valle abajo, y solamente a poca distancia de éste, se hallaba otro edificio (Fig. 1-G), que también era de forma rectangular, pero más extenso que el antes mencionado, sin embargo solamente en dos lados, donde aquí y allá todavía se encuentran restos de muros, se puede observar y calcular aproximadamente la dirección y el largo de éstos. El largo mide 150 pasos, pero sobre el ancho en dirección al río no se puede averiguar nada cierto, por los edificios nuevos, cercos y muros. En el punto más alto de esas masas de escombros amorfos se encuentra una capilla. Esa parte del edificio antiguo puede haber sido un palacio para el señor del país o viviendas para los sacerdotes y servidores del templo. No parece haber sido ni castillo ni fortaleza, porque por su situación y alrededores no servía para edificio defensivo.

Tanto como debajo de las ruinas del palacio, como sobre todo debajo de las ruinas del templo, se encuentran galerías subterráneas, las que tienen la altura igual al tamaño de un hombre, están casi siempre bien construidas con pequeños sillares, van formando varios ángulos que de vez en cuando se amplifican en cuartitos o en celdas. Las

entradas a las galerías de las que se dice que antes existían más, están medio cubiertas por tierra y piedras caídas, así que para entrar uno tiene que andar a gatas, están más altas, así que uno puede andar bien sin inclinarse, están ventiladas y en ningún lugar se nota el aire pesado y con olores desagradables. Lo más interesante de esas galerías laberínticas se encuentra debajo de las ruinas del templo. La entrada de ésta estuvo casi tapada con paja de maíz y escombros cuando la visité. Hicimos que algunos jóvenes indígenas agrandasen el orificio para poder entrar. Después de una corta distancia la galería que al principio era ancha, volteaba a la izquierda y se hacía bastante estrecha, así que solamente un hombre podía andar; en este lugar los muros tampoco están bien unidos y las piedras no son labradas como en otros sitios. Después de haber andado una distancia de 30 metros, un poco inclinados, se amplificaba la galería a un recinto pequeño, cuyo techo parecía haber estado apoyado en un pilar de piedra. De este estrecho recinto iban galerías en rectángulo a los dos lados, las que sin embargo, en una profundidad de dos metros se terminaban, sin tener salida. La galería continuaba en el interior en dirección del acceso. El pilar que sostiene el techo llamado por los nativos: la huanca, es de irregular forma multilateral. (Fig. II). Está cubierta con figuras grabadas y arabescos terminándose en cabezas de culebra, que en conjunto muestra una grotesca cara humana. El canto romo de la parte delantera forma la nariz, debajo de la cual en los dos planos anchos de los lados, está grabada una boca con afilados dientes y grandes y agudos colmillos. La parte más baja del pilar es trilateral, los dos lados delanteros son anchos, el lado de atrás es estrecho, la parte superior que forma el cuello es

cuadrangular, y encima de ésta se ve grabada otra vez dentadura afilada y colmillos. El dibujo que añadimos que se hizo a la luz débil de una vela, quiere ilustrar en cierto modo la descripción indicada arriba. Comparemos entonces este pilar con la piedra en el Jardín del Palacio de la Exposición, de la que hay una fotografía al final del primer tomo de esta obra, y a la que tenemos que referirnos. Es una estela de granito de una altura de 1.90 m., de un ancho de 0.90 m. y de un espesor de 0.15 m; en el plano muy liso en el que está representada, con líneas exactamente trabajadas, una figura humana, enana y deforme, estilizada de un modo grotesco, con grandes y afilados dientes y colmillos, pies con garras y con cetros en las manos. En la cabeza se levanta un sobrepuesto cuádruplo de ornamentos consistente de quijadas con grandes colmillos y serpientes que en lugar de pelos salen de la cabeza en forma de rayos. Hay tanta semejanza en las figuras grabadas en esta piedra con las del pilar que la suposición es casi evidente que ambas sean representaciones del mismo objeto, es decir, divinidad que se adoraba en tiempos remotos en el templo.

Que el edificio en cuyo interior se encuentran galerías, era un templo y no castillo o fortaleza, como se pensaba simplemente, resulta de la forma <le una pirámide ancha y despuntada que siempre es igual en templos peruanos, y la que está formada por una sólida masa de tierra acumulada, de la existencia de una escalinata, de la característica celda sobre la plataforma; en fin, el descubrimiento de los ídolos de los cuales uno estuvo probablemente determinado para la adoración del público y el otro para la adoración en secreto; es evidente que en las estrechas galerías subterráneas sólo muy pocas personas hubieron podido asistir a

ceremonias religiosas de cualquier tipo. Que se trataba aquí de sacrificios parece comprobarlo un recipiente encontrado en las galerías, un plato circular de un diámetro de 0.60 (Fig. ill), de piedra dura de color oscuro, la que se sostiene en cuatro pies labrados en la misma piedra, y posiblemente ha sido un recipiente para recoger la sangre. Este recipiente está en poder del Dr. D. Manuel Zevallos en Huallanca, en cuya casa yo lo vi unos días después y lo dibujé.

Los ídolos encontrados en las ruinas de Chavín además son pruebas, que esos edificios no provienen de la época ·de los Incas porque los templos construidos por los Incas eran consagrados al Sol y por eso no podían tener otros dioses. Sin embargo, los Incas no podían extirpar las anteriores creencias religiosas en los pueblos que ellos habían sometido bajo su imperio, pero implantaron en todos sitios el servicio al Sol y destruyeron inexorablemente todos los sitios de culto consagrados a otros dioses. Respetaron solamente dos templos, aquel en el valle de Lurín y un segundo cerca de Cacha en el valle de Vilcanota, porque estos no eran ídolos sino que estaban consagrados al dios más elevado al que ellos mismo reconocían además del Sol, y que en la costa fue adorado con el nombre de Pachacámac y en la sierra con el de Huiracocha. Lo que además habla contra los incas como constructores de Chavín es que aquí se ha empleado un tipo especial de construcción. Tales muros como aquellos que se encuentran en Chavín, los Incas no construyeron en ninguna parte, porque además de las ya mecionadas peculariedades de su estilo vistas en el segundo tomo, el estilo que se distinguió por sus construcciones de piedra muy bien ensambladas. En sus obras más antiguas los muros están formados por piedras desiguales, poli-

gonales pero cuidadosamente ajustadas, después usaron sillares colocados en forma lineal sin argamasa visible. En el transcurso de este viaje tendremos seguramente la oportunidad de mostrar ejemplo de esto y más tarde encontraremos nuevas pruebas de este estilo de construcción en obras públicas. Pero aquí en Chavín la ensambladura es suelta, las piedras grandes están puestas sobre capas gruesas de argamasa o barro. En fin, si creyese que los edificios de Chavín son obra de los Incas, sería para contestar la pregunta: entonces quién los había destruído? Antes de la llegada de los españoles los Incas fueron los últimos señores del Perú, entonces hubieran destruído sus propias obras. Pero los españoles no destruyeron ningún edificio intencionalmente. Revolvieron la tierra donde sospechaban encontrar oro pero dejaron sin tocar los muros en que no hubieran podido hallar tesoros. Sólo donde podían usar los materiales para sus propios fines derribaban los antiguos muros, como con la fortaleza Huarcu en el valle de Cañete que usaron para construir el muelle del Callao, o como en Cajamarca y Tiahuanaco donde construyeron sus iglesias. Pero aquí, en este valle remoto, donde sobre todo llegaron solo pocos españoles, no se ve tal empleo. Todo señala más bien que las mismas manos que en el valle del Santa casi no dejaron ni una piedra sobre la otra en las colinas de Pumacayan y Tumsacaica, y que en el valle de Casma dispersaron los grandes sillares del templo de Mojeque, y que también destruyeron los muros de Chavín, y estos no podían haber sido otros sino los señores del Cuzco.

Los Incas no parecen haber procedido con esa suavidad y tolerancia en la sumisión de esta región, igualmente como después en la guerra contra los Chimus, lo que Garcilaso de la Vega afirma tan-

tas veces en honor de los Incas. También se encuentran algunas indicaciones sobre la causa de su ira en relatos de los cronistas, sin embargo, no por Garcilaso de la Vega sino por las memorias del cronista Montesinos que contienen muchas improbabilidades y absurdos y cuyos testimonios, en algunos puntos, no pueden ser negados. Los Chancas, que vivían entre Andahuaylas y Ayacuchc, eran los más peligrosos oponentes de los reyes del Cuzco y en una insurrección amenazaron la capital. Fueron vencidos por el entonces príncipe heredero, el posterior Inca Huiracocha, que perdonaba y daba la vida al valiente cacique de ellos, Hanko Huallu. Sin embargo los vencidos tomaron su yugo indignamente y cuando el Inca estaba ocupado en sus campañas, los Chancas, según Garcilaso de la Vega, abandonaron sus domicilios y atravesaron la Cordillera al mando de Hanko Huallu para establecerse en la pendiente al este, en la región del actual Moyobamba. Montesinos describe esa huída un poco distinto. En una campaña de los Incas contra Huaylas en el valle del Santa, ellos tuvieron que tomar parte del ejército y habían puesto sus mejores hombres. Pero el Inca desconfiaba de ellos y en secreto mandó a su capitán la orden de rodear y matar a los Chancas durante la noche en su campamento. Sin embargo este plan traidor fue frustrado porque los Chancas, avisados a tiempo, evadieron la destrucción por su rápida huída, no fueron alcanzados, el rey de los vecinos Conchucos les dio su hospitalidad y protección. Pero el rey Cuismanco de los Conchucos que también era aliado y amigo de los Chimus, residía en Chavin y probablemente también en el valle del Santa, contra el que era la campaña de los Incas, ya era una provincia del imperio.

Como ya se hizo referencia en la descripción del templo de Mojeque, la construcción de tal obra, el traer y levantar tan inmensas piedras hubiera sido imposible para un limitado número de habitantes de un solo valle, y lo mismo se puede decir respecto a las construcciones de Chavín. Estas solamente podían haber sido realizadas por el trabajo, durante años, de centenares de hombres y suponen la existencia de un numeroso pueblo que ya había hecho un progreso muy considerable en su cultura. Lo que nos indica que las tumbas raras en las alturas de Sipa, cerca de Andamayo, cuyas piedras inmensas se habían tenido que traer desde largas distancias y que también exigía la cooperación de una gran masa de gente, las tenemos que poner en relación con los edificios de Chavín y hay que decirnos: que en tiempos remotos, mucho tiempo antes que los Incas acrecentasen su imperio con esa región, entre ambas Cordilleras y entre la corriente superior del río Marañón, en los valles que reunidos se llamaban Conchucos, y probablemente mucho más hacia el norte, vivía un pueblo civilizado cuyas íntimas relaciones con las tribus de los valles de la costa hasta ahora sin embargo no están probadas, pero que son muy probables.

Chavín fue un sitio principal de los soberanos de este imperio, pero no la capital para la que no había suficiente espacio en el estrecho valle. Pero los reyes probablemente lo prefirieron como paradero por las mismas causas por las que los reyes del Cuzco prefirieron el valle de Yucay: por la belleza de la región y por el suave y sano clima. Chavín se halla 150 m. más alto que Huaraz, pero el aire es mucho más caliente; porque en el valle del Santa la Cordillera Negra no deja pasar el aire cálido de la costa mientras que en Chavín el frío de

la Cordillera está moderado por los vientos que soplan del hondo valle del Marañón.

El idioma de los habitantes de esas regiones, donde toda la población indígena y también los más oscuros mestizos están usando el quechua, era en tiempos de su independencia otro idioma, y algunas palabras mezcladas con el idioma de los Incas, como muchos nombres de pueblos y cerros indican que aquí el aymara fue antes el idioma predominante, y los nombres de Chavín y Huari, un pueblo principal en la provincia, son palabras aymara, como la palabra tullpa, racu, matu y algunas otras 1• También las chullpas o tumbas en forma de pequeñas torres, que se encuentran cerca de Tarica, las que encontraremos después en el valle del río Marañón, hablan en favor del hecho, que el pueblo establecido antes aquí pertenecía a la raza de los aymaras.

Regresando de las ruinas pasamos otra vez sobre un pequeño puente, que ya habíamos atravesado en nuestra llegada, pero sin prestarle atención, aunque como entonces escuchamos es una de las curiosidades del lugar.

Poco abajo de las ruinas desemboca un afluente al lado izquierdo, el Chango o Chuncu, en el río de Chavín. En el lugar donde cruza la carretera, el río corre en un lecho formado por paredes de piedra hechas por el hombre, tienen un ancho de

1 Chavín es un nombre que se encuentra varias veces en Pl Perú, por eso el sitio donde se encuentran las ruinas se llama Chavín de Huántar para distinguirlo. La palabra Chavín es una mala pronunciación de la palabra Aymara CHAPI, la zarza, el locativo (prescripción de lugar ¿dónde?) cha pi-na o chapin, en la zarza, Huari significa una vicuña, tulipa el fogón, racu barniz, matu la frente. Todas esas palabras no tienen sentido en el idioma Quechua.

tres metros, allí hay un puente formado por lajas o vigas de piedra. Son 4 lajas en total, las dos lajas que se encuentran en el medio miden 6.50 ro. de largo y 0.40 m. de ancho. Las dos exteriores son un poco más cortas y por eso están sostenidas en las dos orillas por sillares metidos debajo. Este puente proviene de tiempos remotos y se llama el puente Inca o también Rumí-chaca, puente de piedra. En el parapeto proveniente de tiempos más modernos, se encuentran dos esculturas antiguas. Una de estas ilustra una cara humana. La otra una cabeza de león. Dos esculturas similares se encuentran metidas en las paredes de una casa. Quizá han sido adornos de las puertas del templo o palacio.

En la ciudad encontramos otra vez a los bailarines indios que ya habíamos visto en la mañana. Ellos continuamente estaban en movimiento. Iban de casa en casa para mostrar sus uniformes movimientos, pedían limosna o un trago de chicha por su baile. Esa costumbre se parece a una de algunos pueblos alemanes que se llama de los cantores del dia de año Nuevo. La música que acompañaba al baile, la hacían con silbatos y tambores. En la procesión realizada en la tarde en honor de San Pedro, cargaban además de la imagen de este santo, todas aquellas imágenes que los indios traían de sus cerros. Cada grupo de bailarines bailaba delante de la imagen de su comunidad, yendo de espaldas con las caras mirando a la imagen. El camino delante de las andas lo sembraban con flores.

La chicha de Chavín, de la que en esa oportunidad se tomaron grandes cantidades, es famosa en esa región y merece esa fama. La bebida que nos sirvieron en la casa de nuestro compatriota y

que había sido preparada por su esposa, era lo mejor que yo había probado hasta entonces.

A la mañana siguiente visité otra vez las ruinas y en la tarde fuí a la ladera derecha del valle para mirar de allí todo el complejo. Hay un puente que cruza el río. Pero este puente es muy torcido y se veía tan ruinoso que bajamos y conducimos a nuestras mulas con mucho cuidado a la otra orilla. Son puentes muy inseguros. Consisten de 4 a 6 troncos que a ambos lados están sostenidos por una base. Sobre los troncos se pone pedazos de madera o ramas que se amarran a los troncos con cuerdas de fibra y se les cubre con tierra. Un tal puente aunque esté deteriorado no puede caerse de golpe sino que se nota por las grietas y las inclinaciones que necesitan urgentemente repararse.

EUGENIO LARRABURE y UNANUE

(Lima, 19 de enero de 1844 – Lima, 12 de mayo de 1916)

Diplomático. Secretario de la Legación en España y Encargado de Negocios en 1879. Ministro de Relaciones Exteriores en 1883 y 1892. Ministro de Fomento y Obras Públicas en 1894. Ministro Plenipotenciario en Brasil en 1905 y Primer Vice-Presidente de la República entre 1908 y 1912.

Redactor y editor de La República (1871-72); Director de El Peruano (1877) y colaborador de El Ateneo y El Correo del Perú, donde publicó sus Estudios Literarios, Ensayos meritorios de critica difícil y sagaz. Fue Presidente del Ateneo de Lima y del Instituto Histórico del Perú y Miembro Correspondiente de las Academias Españolas de la Lengua y la Historia.

Entre sus obras principales figuran su Historia del Descubrimiento y Conquista del Perú, destruída durante el incendio de su casa en 1895 y sus Monografías Histórico-Americanas, que se imprimieron para celebrar el cuarto centenario del descubrimiento de América.

1874 1893 1914

Cañete; Apuntes geográficos, históricos, estadísticos y arqueológicos. Lima. Monografías Histórico-Am.ericanas. Lima. Les archives des indes et la bibliotheque colombine de Seville. Reseignements sur leurs rechesses bibliographiques et sur l’ exposition d’anciens documents relatives a l’ Amerique, París.

Manuscritos y Publicaciones. 3 tomos. Lima, Imp. Americana.

Tomo I. Literatura y Crítica Literaria. Lima, Imp.

Americana, 1934. 598 pp.

Tomo 11. Historia y Arqueología. Lima, Imp. Americana, 1935. 692 pp.

(Contenido: Cronología incaica. Ccapacuna. Población del Tahuantinsuyu. Lenguas indígenas. Caminos del antiguo Perú. Viracocha. Los chucos o deformación de la cabeza entre los peruanos. El quipu. El uso de orejeras en el antiguo Perú. La poesía entre los Incas. El nacimiento de Atahuallpa. Arqueología peruana. Las chulpas de Umayo. La fortaleza de Paraínonga. Hattun-Cañar. Huánuco Viejo. Ruinas prehistóricas de la provincia de Cañete. Villca-huasi. Cerro Azul. Canchari. Fortaleza de Chuquimancu o Hungará. Palacio de Herbay. Muralla de Huarcu. Incahuasi. La conquista de Chile por los peruanos. Las civilizaciones antiguas del Perú y la titulada cultura calchaqui) .

Tomo ill. Historia y Arqueología (continuación).

Lima, Imp. Americana, 1936. 667 pp.

134

(Contenido: Notas sobre prehistoria colombiana. Depósitos arqueológicos de Colombia. Cristóbal Colón en el descubrimiento de América. El Archivo de Indias y la Biblioteca Colombina de Sevilla).

WS CHUCOS O DEFORMACION DE LA CABEZA ENTRE LOS PERUANOS *

I

Pocas cosas hay en el Tahuantinsuyo que exiten tanto la curiosidad, como la disposición de comprimir o deformar las cabezas de las criaturas. La craneología ofrece extrañas muestras, sacadas de los sepulcros, de hombres desarrollados con una configuración singular debida a esa práctica. Y aún pudiéramos dudar con algunos escritores si la deformidad fue anterior a la muerte del individuo u obra posterior del terreno, si no existieran disposiciones de la Iglesia cristiana, desde que se estableció en el Perú, condenando aquella costumbre y si no encontrásemos además algunos esqueletos de niños que conservan dos tablillas ceñidas estrechamente al cráneo por medio de una faja.

Tres causas se señalan a dicha práctica: 19 la superstición; 2~ el propósito de corregir la obra de la naturaleza, a fin de prevenir en el pueblo toda tentativa de rebelión, y 39 la creencia de que así los hombres eran más sanos y más adictos al

“‘ Manuscritos y Publicaciones; Historia y Arqueología. Tomo II, pp. 111-121. Lima, 1935.

trabajo. Pero creo que las dos primeras fueron las principales. Voy a presentar los datos que encuentro en algunas fuentes históricas sobre tan interesante materia.

Entre las supersticiones de los indios, de que se hizo referencia en el Concilio Provincial reunido en Lima en 1567, bajo la dirección del primer Arzobispo de Lima, fray Gerónimo de Loayza, se hizo expresa mención de la deformación craneana, en los términos siguientes:

“Los Collas y Puquinas, y otras naciones de Indios, usan formar las cabezas de los niños en diversas figuras con mucha superstición. En algunas partes las hazen muy largas (que llaman, caitohoma) adelgazándolas, y haciéndolas que venga al molde de unos como bonetes que llaman Chucu, angostos y luengos. En otras partes hazen las cabezas llanas y anchas de la frente, que llaman Paltoma. Y demás del daño que hazen a los niños con esta violencia, usan ciertos sacrificios al Sol y a los Idolos”.

En 1582, se insistió en la observación de los acuerdos del enunciado Concilio de 1567 y entre las resoluciones que se mandó cumplir en forma enérgica, se halla una que ordena:

“Que la superstición de amoldar las cabezas de los muchachos de ciertas formas que los indios llaman caito-uma y Palta-‘IIIDBt del todo se quiten. Y a los sacerdotes se manda que trabajen en corregir semejante abuso, tan pernicioso; y a los jueces seglares se encarga y pide que hagan ejemplar castigo de los hechiceros que tal hazen”.

En cartas sinodales de otros arzobispos, se dictaron posteriormente disposiciones análogas, recomendando a los visitadores eclesiásticos y a los curas que persiguiesen la antigua costumbre de amoldar las cabezas de las criaturas.

El Virrey don Francisco de Toledo, que tan solícito se mostró en dictar disposiciones de buen gobierno y en que desapareciesen muchas prácticas perniciosas del antiguo Imperio, también se ocupó del particular, dictando al efecto en Arequipa, con fecha 6 de noviembre de 1575, entre otras Ordenanzas, una por la que mandaba, “que ningún indio ni india apriete las cabezas de las criaturas recién nacidas, como lo suelen hazer para hazerlas más largas, porque de averlo hecho se les ha recrecido, y recrece daño, y vienen a morir de ello; y de esto tengan gran cuidado Justicias, Sacerdotes y Alcaldes, y Caciques en que no se haga” 1•

Una relación oficial de 1586 dice que los collas o aimarás, “traían en la cabeza hasta poco después de la conquista unos que llamaban en su lengua chucos. . . apretaban (la cabeza) a los niños recién nacidos tan reciamente, que se la ahusaban y adelgazaban alta y prolongada lo más que podían, para memoria que habían las cabezas de tener la forma alta del volcán de donde salieron … ” En efecto, según la tradición, los habitantes de dicha provincia salieron del Collahuata. Sus vecinos los cabanas, por una superstición parecida ataban en sentido contrario las cabezas de sus hijos, a fin de hacerlas chatas y muy anchas. “Relación de la Provincia de los Collahuas, hecha por su corregidor don Juan de Ulloa”.

1 “Tomo Primero de las Ordenanzas del Perú”, coordenadas por el licenciado Tomás de Ballesteros. Lima, 1685. Título IX, Ordenanza VIII.

Ambas formas eran, respectivamente, las que se conocían bajo las denominaciones quechuas de zayto-uma y palta-uma y corresponden, hasta cierto punto, a la clasificación de microcéfalos y macrocéfalos establecida por los fisiólogos. Pero como en algunos lugares los indios no se sirvieron de tablillas, sino de cuerdas únicamente, resultó una tercera clase de cabezas de forma casi triangular, o bien con extrañas protuberancias. Otro escritor indígena, que asegura estar bien informado de las cosas de sus paisanos, explica de esta suerte el origen de aquella extraña y bárbara costumbre: “Este mismo Inca (Manco Ccapac) había mandado que atasen las cabezas de las criaturas, para que sean simples y sin ánimo¡ porque los indios de gran cabeza y redonda suelen ser atrevidos para cualquier cosa, mayormente son inobedientes”. Y agrega que Lloque Yupanqui tercer Inca, “también había mandado que todas las naciones a él sujetas atasen las cabezas de las criaturas para que sean largas y quebrantadas de frente, y que fuesen obedientes”. No es éste el único analista que trae semejante versión; pero juzgo innecesario multiplicar las citas.

I I

Por consiguiente, es indudable que el hecho existió. Respecto de su antigüedad y topografía, no es fácil designarlas, con perfecta seguridad. La materia es nueva considerándola bajo el punto de vista de la investigación crítica e histórica; pero sí podemos sentar algunas bases que sirvan de punto de partida a futuras y más extensas disquisiciones.

Desde luego, la deformación artificial de la cabeza, se usó en Asia entre los mongoles, en Java, Taití y otras islas de la Oceanía, y aún se pretende que se practicó en Rusia, Hungría, Bélgica, Francia y varios países más de Europa, en tiempos muy remotos. En cuanto a la América, hallamos que la misma costumbre existía bastante generalizada en distintos pueblos del Norte, como los nahuas de la Florida, en México, en el Ecuador, en Colombia, en las Antillas y en la América Central, especialmente en Yucatán, en las costas del Pacífico y aún en la Patagonia 1•

Casi no hay antiguo escritor que se ocupe de nuestro continente, que deje de hacer referencia y dar detalles sobre tan rara y perniciosa práctica.

Fray Bartolomé de las Casas, observa que los indios de ciertas tribus de Guatemala lo mismo que varios de Tierra Firme, para parecer fieros en la guerra y atemorizar a sus enemigos, tenían por costumbre deformarse las cabezas desde pequeños, “hacense, dice, las cabezas y las caras, por industria de las parteras o de las mismas madres cuando las criaturas son tiernas o chiquitas, empinadas y hacen las frentes anchas. Algunos las tienen empinadas y las frentes cuadradas y llanas como los de esta isla (La Española o Haití), otros como los mexicanos y algunos como los del Perú o los de la Florida las tienen de figura de martillo o de navío, dije algunos del Perú porque propiamente en esta provincia tienen propia costumbre de formar con industria las cabezas, con lías o vendas de algodón o lana por dos o tres años a las criaturas desde que nacen que los empinan las cuales quedan como figura de coroza o mortero. Los lucayos de Cuba y Jamaica las tienen como las nuestras” 2•

Sobre esta misma costumbre entre los quimbayas de Colombia y los caraques del Ecuador,

1 Thurnam. “Cranea Británica”. – Smith ”Report”. 1859. – M. de Nadaillac. “L’ Amérique Préhistorique”. – Adair. “Hist. of the American Indians”. – Bancroft. “The Natives Races”, Tomo I, Il y IV – Cieza de León. Primera parte de la “Crónica del Perú”. Cap. I, etc.

2 “Historia Apologética de las Indias Occidentales”.

Cap. XXXIV.

trata Cieza de León, diciendo fray Pedro Simón, de los panches, del primero de esos países, que “tenían rostros horribles, feos y feroces con las frentes y colodrillos chatos y aplanados, puesta así con artificio, porque en naciendo la criatura le ponen una tablilla en el colodrillo y otra en la frente y atándolas por los extremos aprietan ambas partes y hacen subir la cabeza hacia arriba y queda aplanada la frente y el colodrillo; con que les quedan las cabezas muy feas” 1

Igual noticia trae Oviedo y Valdez en su “Historia de las Indias”, respecto de los indios caribes de la Domínica y Puerto Rico, los que para la deformación del cráneo empleaban vendas, agregando que esta práctica era seguida sobre todo con los hijos de los principales de las tribus.

I, este cronista, trascribe una curiosa información, tomada ante escribano por el P. Bobadilla a Chicoyatonai, Misesboy, Cipat y otros caciques de los indios caliñas de Honduras, en que éstos explican los procedimientos empleados para efectuar las deformaciones y la razón de su uso. He aquí el fragmento de uno de esos interrogatorios:

“¿ Como no teneis vosotros la cabeea de la hechura de los chripstianos?

“Respondieron:

“Cuando los niños nascen tienen las cabecas tiernas e hacenselas como vees que las tenemos con dos tolondrones a los lados dividiendo e queda por medio de la cabeea un gran hoyo de parte a parte, porque nuestros dioses dixeron a nuestros pasados que ansi quedabamos hermosos y gentiles hombres e las cabecas quedan mas recias para las cargas que se llevan en ellas . . . “.

1 “Noticias Historiales”.

En el Perú, el uso de los chucos, o más propiamente chucus, ( debiendo advertir que tomo esta palabra en la acepción convenida, pues en realidad, según Cieza, el término chueu, lo empleaban los Collas para designar sus tocados: “unos bonetes a manera de morteros hechos de su lana”, significando también, en forma ya generalizada, cualquier adorno que cubre la cabeza de los indios, así como remiendo, &.) no parece provenir de los Incas sino de los aimarás. Suponer que fue invención, como otras muchas cosas, del Emperador Manco Ccapac, no parece ser sino la rutina seguida constantemente por algunos escritores, de atribuir cuantos usos y costumbres existieron en el antiguo Perú a los soberanos cuzqueños. En los alrededores del famoso lago Titicaca es donde se ha presentado mayor número de casos de deformaciones artificiales de la cabeza; y no sé si hasta puede atribuirse a aquella práctica, observada sin interrupción durante varias generaciones, la forma prolongada “a manera de mitra” que se nota en los cráneos de dicha raza. Estos cráneos aimarás tienen mucha analogía con los macrocéfalos encontrados en Crimea (Rusia), hasta el extremo de que es fácil confundirlos; pero mientras se ha descubierto algunos de los primeros, en los cuales hay una proyección de 90 milímetros detrás del opístrión, en los europeos esa misma proyección hasta ahora no alcanza a 70 milímetros.

Los Incas, por lo general tan prudentes como sabios legisladores, no se afanaron sin embargo en proscribir aquel uso; y lo que sólo fue al principio un motivo de superstición en el Collao, convirtiose, bajo la autoridad de los Señores del Cuzco, en medida cruel de gobierno contra sus mismos poderosos rivales que inventaron en el antiguo Perú ese amoldamiento del cerebro humano.

Cieza de León y Garcilaso de la Vega aseguran que idéntica práctica existía entre los habitantes de Manta (Ecuador). “En naciendo la criatura, dice el primero, le abajaban la cabeza y después la ponían entre dos tablas, liada de tal manera, que cuando era de cuatro o cinco años, quedaba ancha o larga y sin colodrillo; y ésto muchos lo hacen, y no contentándose con las cabezas que Dios le da quieren ellos darles el talle que mas les agrada: y así unos la hacen ancha y otros larga. Decían ellos que ponían destos talles las cabezas, porque serían mas sanos y para mas trabajo”. En cuanto a Garcilaso, refiere que cuando fue a la conquista el Inca Huayna Ccapac, “poníanles (los habitantes de aquella provincia a las criaturas) una tablilla en la frente y otra en el colodrillo, y se las apretaban de día en día, hasta que eran de cuatro a cinco años, para que la cabeza quedase ancha de un lado a otro, y angosta de la frente al colodrillo” 1• Y la costumbre, apesar de los esfuerzos de la Iglesia a fin de proscribirla, se conservó en el reino de Quito hasta el siglo xvm, según nos informa el conocido Padre Gumilla:

“Los Entablillados, dice, nación poco distante de los Mojos de Quito, lo mismo es nacer la criatura, que ponerle la cabeza en prenza, entre dos tablas, la una sobre la frente para arriba y la otra en la parte opuesta, y están atadas hasta que resulta una cabeza de mitra episcopal”.

Pero si encontramos los chucos en sitios muy distantes del Collao y hasta en las costas del Pacífico, debiose indudamente su propagación a las invasiones anteriores -del pueblo aimará y a las transmigraciones que éste se vio obligado a hacer bajo el poder de los Incas.

1 “Comentarios Reales”. Parte I, Lib. IX, Cap. VIII.

Y no sólo fue en las costas de Quito donde se extendió esa costumbre. En efecto, entre los cráneos extraídos de las ruinas de Ancón y enviados por el Cónsul Hutchinson a la sociedad Antropológica de Londres, también se observaron deformidades artificiales, según el informe presentado por el profesor Busk en la Junta de 19 de Abril de 1873, y ellas no podían ser producidas sino por la compresión de las cabezas desde edad muy temprana. Observaciones iguales se han hecho por otras sociedades científicas, con cráneos procedentes del Perú 1•

Felizmente, esa superstición de los aimarás primero, y el refinamiento de previsión legislativa de los Incas después, no alcanzaron a generalizarse en todo el Perú. El uso de los chucos, aunque se descubre en diversos puntos del territorio, parece circunscribirse en una sola raza indígena. Es natural que tan bárbara y cruel costumbre repugnase a los antiguos peruanos y encontrase poderosa resistencia entre los padres; como así mismo que a medida que fue creciendo y consolidándose el Imperio, se juzgase inútil ese medio de asegurar la completa tranquilidad interior. ¿Ni cómo era posible que los Incas, insaciables en su espíritu de conquista y que necesitaban formar buenos guerreros para ensanchar sus dominios, hiciesen ex-

1 Mr. Broca posee en sus laboratorios más de sesenta muestras procedentes de Ancón; y en Lima mi distinguido amigo, el doctor don Manuel A. Muñiz, ha comenzado a formar una colección · que promete ser muy interesante.

La colección Muñiz fue destruída en Lima, durante una revolución, el año 1895. Como la casa en que estaba este museo fue incendiada completamente en medio del combate que se sostuvo en las calles de la capital, no ha quedado un solo ejemplar de ese rico museo.- (Nota del Editor).

tensiva semejante disposición a todos los pueblos del Tahuantinsuyu? Así, lo más probable es que se limitase a los hijos del Collao, dispuestos siempre a sacudir el yugo de sus dominadores.

III

Ahora bien, ¿ dé bese al uso de los chucos la forma de cono truncado que afectan los cráneos aimarás? Las modificaciones físicas introducidas con esas tablillas, ¿influyeron realmente en las condiciones morales de dicha raza? ¿Bajo qué formas fisiológicas y en qué proporciones? ¿ Esa costumbre creó en los niños una predisposición a las afecciones cerebrales y a la microcefalia que conduce al idiotismo? He aquí una serie de estudios muy interesantes; pero que por su naturaleza no me atrevo a tocar, pues salen de la órbita de mis trabajos 1•

Al hablar, en el artículo correspondiente, del número de habitantes del Perú pre-histórico, he indicado aquel uso como una de las causas de despoblación; pero no será demás agregar que independientemente de dicha causa, es muy notable la cantidad de cadáveres de niños que se encuentran en las sepulturas, sobre todo en la costa. Es cierto que cuando se examinan las costumbres de todos los pueblos del Nuevo Mundo, espanta el número de criaturas que morían víctimas de la superstición y de la barbarie: el Perú era tal vez el país donde la mortalidad era menor, sin exceptuar al mismo México, donde se ensangrentaban los adoratorios con frecuentes sacrificios; pero aún así es preciso confesar que el mal alcanzó proporciones

1 Véase H. Unanue, “Obras Científicas y Literarias”.

Barcelona, tomo. II, pág. 270.

realmente colosales. El viajero Wiener que hizo algunas excavaciones en la necrópolis de Ancón, dice a este respecto que el número de niños muertos de corta edad representa una cifra muy considerable; y que en el cementerio perteneciente a las clases pobres, sólo encontró 32 adultos sobre 157 momias, algunas de las cuales tenían sutura frontal.

Aparte de los motivos que he indicado, durante el régimen colonial muchos indios dejaban morir a sus hijos, o los enterraban vivos, por librarlos de los abusos de los corregidores y encomenderos, y más aún porque no los llevasen a las célebres minas de azogue de Huancavelica, que devoraron una parte de la población indígena: de allí esa multitud de cadáveres de niños, cuidadosamente embalsamados y cubiertos de adornos que están revelando, en el esmero que los rodea, el sacrificio que tuvieron que hacer los padres. Esto duró, poco más o menos, desde mediados del siglo XVI hasta principios del XVIII.

De suerte que la infancia ha estado sometida en el Perú, desde mucho tiempo atrás, aunque en condiciones inferiores a los demás países del Nuevo Mundo, a influencias destructoras. Estas eran, el uso de chucos, que mataba a unos y degradaba a otros; el exceso de bebidas alcohólicas; las transmigraciones; el olvido de las reglas higiénicas; y, finalmente, el terror que infundían los trabajos de minas.

CHARLES WIENER

(Austria ? – Río de Janeiro, 1919)

Viajero francés. Miembro de la Sociedad Francesa de Arqueología y Numismática y de la Sociedad Filológica de París. Profesor del Liceo Condorcet. Llegó al Perú en 1875, enviado por el Ministerio de Educación Pública de Francia, con motivo de la Gran Exposición Universal de París, y ante la cual el Gobierno peruano lo nombró su representante.

Después de haber recorrido el país durante dos años (1875.;1877), retornó a París, llevándose consigo aproximadamente 4,000 especímenes entre etnográficos y arqueológicos, que posteriormente pasarían a integrar los fondos del Musée Ethnographique de París.

Wiener alcanzó cierta celebridad con la publicación de Pérou et Bolivie, que sin constituir una obra eminentemente científica, esta avalorada por sus numerosos grabados, planos y croquis de monumentos antiguos que aun pueden servir de guía. Además, visitó y excavó lugares poco conocidos hasta entonces, y gracias a la fotografía y a su espíritu observador reveló datos que yacían ignorados.

Obras prineipales

187 4 Essai sur les Institutions Poli tiques, Religieuses, Economiques et sociales de L’Empire des Incas. París, Librairie Maisonneuve & Cie, 104 pp. + V láms.

1880 Pérou et Bolivie. Récit de voyage, suivi d’ etudes archéologiques et ethnographiques et de notes sur l’ecriture et las langues des populations indiennes. París, Librairie Hachette et Cie. 796 pp.

EXPEDICION CIENTIF1CA FRANCESA AL PERU Y BOLIVIA POR M. WIENER 1875-1877″‘

Introducción

El primer Ministro de Instrucción pública me ha hecho el honor, en 9 de Julio de 1875, de encargarme con la importante misión, de explorar el antiguo Imperio de los Incas en el alto y bajo Perú.

La comisión de viajes y misiones que funciona en el ministerio, y que ha sido establecida a consecuencia de una proposición, hecha por M.

* Le Tour du Monde, París. Nos. 887 y 888. Traducido por D. Pretzner y publicado en El Siglo. Periódico Científico-Literario de la Sociedad “Amantes del Saber”. Año IV, Nos. 44, 45, 47, 48 y 49; y, Año V, Nos. 51, 52, 53, 56 y 58. Lima, junio de 1878 a agosto de 1879.

Edouard Charton en la asamblea nacional, el 15 de Diciembre de 1873, había juzgado de suma importancia el estudio de la antigüedad de esas vastas regiones, de elevar a los antiguos civilizados de la América meridional sobre el nivel de personajes de ficción y de continuar, en fin, la obra principiada por los Castelnau y los D’Orbigny.

Los datos científicos que me han sido dado reunir durante una exploración de dos años, constituirán una monografía de la antigua sociedad autóctona que, antes de la conquista española, tuvo su morada entre el quinto y décimo-quinto grado de latitud sur, sobre los vertientes, los valles y mesetas de la cordillera de los Andes.

Las siguientes líneas no se refieren sino a un episodio de mi viaje, que había sido precedido de una exploración arqueológica de la provincia de Santa Catalina, en el Brasil; de una exploración de más de seiscientas leguas en la costa, desde Lima hasta Trujillo; de allá hasta Cajamarca; y de esta residencia del último Inca, Atahualpa, hasta la frontera del departamento de Ancash.

Refiriendo este episodio, volveré a recorrer una centena de leguas al través de este hermoso país, a la vez magestuoso como lúgubre.

Estas páginas no pueden aspirar a ninguna pretención literaria; pues, así como varios dibujos que las acompañan fueron amenudo trazados en medio de fuertes aguaceros; sirviéndome de mesa, el pomo del arzon de mi silla, y de abrigo contra la lluvia, el poncho sostenido sobre mi cabeza por el arriero.

Mis recuerdos, redactados en circunstancia poco halagüeñas, podrán bien producir el efecto de un mosaico, cuya composición artística deja mucho que desear, y mas de un lector encontrará sin duda que este trabajo no es bastante explicito.

La única compensación que por el gran defecto puede ofrecer, es una sincera relación de los hechos que el lector en seguida hallará con la mas escrupulosa exactitud.

DE HANDOV AL A CORONGO

Mi primera noche en Handoval.- Ruinas del cerro Chucana.- Fiestas del Rosario.- Cabana.Arquitectura India.- Ruinas del Pashash.- Curiosos bajo-relieves.- Procedimientos técnicos del artista.- Salida por Corongo.- Obras antiguas de utilidad pública.- La puna de Tuctubamba.- Llegada a Corongo.-

Handoval ha sido para mí una verdadera sorpresa.

Venía de Pallasca, y me había figurado que este era el lugar más triste de la tierra.

Pero Handoval me hizo cambiar de opinión, y creo que no hay nada que se le pueda comparar, en cuanto a miseria humana y tristeza.

Que triste cuadro para un extranjero que llega extenuado de fatiga y de hambre, el de diformes masas de adobes, secados por el sol de abril y trasformadas en masa húmeda por las lluvias de Octubre: el de los techos podridos, en forma de pan de azúcar; de los corrales con paredes agujereadas, en que unos cochinitos negros se entregan a todas las impropiedades de su impura raza; el de algunas figuras de hombres y mujeres, más disparatados aun que todo el resto; y sobre todo el de un cielo desesperado que derramaba sobre este pobre país gruesas lágrimas en señal de duelo y desconsuelo.

Pregunté por el tambo, nombre que se da a las posadas que existen en ciertas pequeñas ciudades privilegiadas del Perú.

Desgraciadamente se me contestó con el sempiterno manan cansho (no hay nada). La desesperación del viajero en esos casos crece de punto: bien se puede dormir en el camino en campo raso, pero no es posible hacerlo en la calle de un pueblo.

Si en Europa misma las pequeñas poblaciones de las provincias no dejan de tener sus inconvenientes para el transeunte¡ cuan terrible no será necesariamente su situación en la cordillera de los Andes en donde, para expresarnos así, se halla una sociedad, muy restringida, aislada del resto del mundo¡ en donde todos los recursos de la vida son casi exclusivamente el producto del trabajo personal que ningún cambio de afuera, viene a aumentar; y en donde, al fin ninguna ambición que nos es inherente llega a estimular al individuo para mejorar su suerte! Uno se acostumbra a la pobreza en esos pequeños lugares, de tal manera que, verdaderamente no aspiran a mejorar de condición. La valerosa e inconsciente indiferencia con la cual todo el mundo se contenta allá con su suerte, tiene algo que no deja de agradar al europeo; haciéndole olvidar gustosamente la falta de simpatía que amenudo encuentra, no es debido, sino a una cierta timidez, mas lógica en sus consecuencias como al principio se manifiesta, que esas pobres gentes os rehusan la hospitalidad y os exponen a veces, a experimentar el hambre; a causa del miedo que tienen de ofrecer al extranjero un plato mal preparado y de pésimo gusto.

En vano fueron mis esfuerzos de encontrar hospedaje para la noche. El cura se había ido al pueblo de Tauca para enterrar a uno de sus feligreses; el gobernador asistía un bautismo en Cabana y el Teniente Gobernador, con el juez de Paz, no podían tampoco atender a mi pedido por hallarse ambos en un completo estado de embriaguez.

Viendo, pues, esas buenas gentes de Handoval que las autoridades no me dieron un alojamiento en sus propias casas, juzgaron, probablemente, que fuese indigno de que ellos mismos me lo franquearan. No hubo medio de conseguir mi objeto; a todas mis instancias, opusieron la más fría indiferencia, escuchando, bajo el umbral de sus chozas, mis súplicas, sin dejar en nada; mientras tanto, vino la noche, llovía; y el viajero se hallaba en la calle, expuesto a la intemperie; y sin saber adonde dirigir sus pasos.

Tomé una pronta resolución, y me puse otra vez en marcha. Cuando el forastero está solo, y los Indios se hallan en número, no es prudente fiarse a esta singular raza; principalmente cuando saben que la autoridad está durmiendo, y no les ve.

A algunos pasos del lugar, preparaba una bonita India algunas papas heladas y negras que se comen en el interior, y son conocidas bajo el nombre de chuno,

Detuve mi bestia y pedí a la belleza de matiz oscura que me vendiese algunas para el arriero y para mí. Con un aire de desconfianza me miró de hito en hito, amarrando pronto las papas en el trapo sobre el cual se hallaban extendidas: manan canchu me decía, con mucho aplomo.

Perdí, al fin, la paciencia; y, brincando de la bestia, me llenaba los bolsillos con papas, tapando la puerta a la India. Después le di una moneda de cuatro reales, representando casi veinte veces el valor del comestible que me había apropiado.

La pobrecita, que, tal vez no había tenido desde mucho tiempo, tanta plata en sus manos, se sonreyó, diciéndome: “Que Dios se lo pague, mi amo”.

Nos pusimos otra vez en camino, avanzando la noche rápidamente; y, apenas a un cuarto de legua de la aldea, ya pudimos distinguir, mediante los primeros rayos de la luna, la forma angular de una gran ruina.

Los vivos nos- habían rehusado los hospitalidad … Veamos, si no la obtendremos en la solitaria mansión de los peruanos, muertos desde hace cuatro siglos.

Al fin llegamos allá. Era una paseana que servía de albergue para la noche a los arrieros que se ocupan en el trasporte de minerales de Hualgayoc y de Pasacancha a la costa.

Aunque la paseana no estaba ocupada por ningún huésped, fue, sin embargo recibido por el ladrido de perros que habían establecido allí su bien abrigado campamento. Con ‘mi chicote me deshize pronto de ellos; los perros huyeron; y con indecible satisfacción ocupé el lugar de los cuadrúpedos. Descargamos nuestras mulas, que no tardaron en olfatear el suelo y de revolcarse en la tierra, remedio natural para sus mataduras, por falta de cualquier otro.

Desde la mañana no había tomado ningún alimento. Me serví un poco de tafia para restaurar, en algo, mis fuerzas; pero desde luego fue molestado por un zumbido en las orejas; y, echándome sobre mi asiento, vi, en la semi-embriaguez producida por una extrema fatiga que se parecía a una pesadilla, a mi arriero remover una masa de basura y sacar de ella algunas mazorcas.

Con estas hizo una candela en medio de la paseana, y, soplando el fuego, su figura bronceada asumía, al reflejo de la llama, los tintes de un fierro candente. Al fin me despertó mi buen Gaspar, anunciándome estar listo el chupe.

El chupe, plato nacional muy recomendable con los ingredientes que en Lima se agrega, consistía esta noche, simplemente, de unas papas heladas y amargas como la quinua, asasionada con un poco de ají (el pimiento del país). No teníamos más sal.

Comimos sin embargo, con buen apetito este guiso, espresión primitiva de ese arte, del cual fue maestro y víctima Vattel; pero en el fondo del plato encontré, no sin horrorizarme, algunos pedacitos de mazorca que el muy oficioso Gaspar había puesto adentro, a guiso de legumbres.

Extendido sobre mi pellón, con la cabeza apoyada sobre la silla, contemplaba bien pronto las chispas que se esparcían en la estancia, oyendo el ruido de la lluvia que caía sobre el techo, mientras que mis mulas se confortaban con la yerba que tapisaba las ruinas, y que Gaspar roncaba sobre su lecho de hojas secas.

Al despertar el día siguiente, el primer objeto que se me presentaba, fue un enorme sombrero negro, de forma cuadrada, que se delineaba justamente encima de mi cara.

Era el singular tocado del Cura, que había venido a darme los buenos días; habiendo sabido por la crónica de la aldea que un taita había ido el día antes al cerro Chucana.

El excelente sujeto me ofreció la hospitalidad en su casa, constituyéndose además mi guía al través de las ruinas, en cuya inmediación había pasado la noche.

Handoval no ha sido siempre la pobre aldea que hoy día representa. La ciudad antigua, situada al sud-este de la aldea actual era de un aspecto grandioso, como todos los monumentos que las autóctones legaron a sus ingratos descendientes. Encima de las techadumbres resaltaban, en bajo re-

lieve, figuras de hombres, especie de sátiros, esculpidos en la piedra. En esos remotos tiempos se trabajaba, y se sabía vivir. Las fiestas y regocijos públicos, tenían un objeto más definido que en la actualidad. Existía, sobre todo, un cierto orden de cosas, y no el absoluto desorden que hoy día parece reinar: existía entonces, un libro mayor con la relación exacta del Debe y Haber; y de cuya realidad me enseñó el Cura un ejemplar curioso, incrustrado en el granito.

Según la leyenda fueron registrados, en otros tiempos, por medio de granos de diferentes colores, las contribuciones de todos los habitantes de Huamachuco; representando cada color una tribu especial.

El edificio se parece a una fortaleza con dos torrecitas cuadradas en los extremos de la diagonal, estando la plataforma dividida en campos cuadrados y oblongos, separadas entre sí, por pa- · redes. Los diferentes pisos de este especie de almacén tenían la particularidad de elevar el décuplo el valor del grano que allí se hallaba; de manera que un grano en una división, indicaba un valor de contribución, céntuplo al de otra.

Volviendo con mi afable guía a Handoval, me dijo en el camino, que le esperaban en el pueblo a celebrar la misa de Santa Rosa. Acababa de gozar de estas fiestas de la misma Santa Rosa en Pallasca. Durante tres días y tres noches los incansables bailarines precedidos del tambor, la quena y zampoña, habían turbado mi sueño, y preciso es decirlo, hasta el resto de buen humor que aun me quedaba. Al dejar Pallasca, creí que esos regocijos públicos tan ruidosos, con su obligatorio acompañamiento de cohetes, habían, al fin, llegado a su término. He aquí la razón, porque no participé, sino a medias, de la alegría del Cura, quien me aseguró que esta fiesta había conservado en Handoval un carácter local, muy pronunciado, que no podía menos que agradarme.

En efecto esto era la pura verdad. Apoyado en la puerta de la iglesia, asistí al curioso espectáculo de costumbres indígenas, y el cual se ha hecho concordar con el calendario católico, a fin de conciliar las costumbres del vencido con las del vencedor.

Unos cincuenta hombres más o menos, con una media docena de músicos, habían llevado un carnero delante la puerta de la iglesia, bailando alrededor del animal, el que un hombre, adornado con un chal rojo y armado con una hacha, tenía en la mano.

Terminada la danza, el animal fue muerto por el hombre del chal, con gran satisfacción de los asistentes. Una gran mancha de sangre en el cementerio, indica el lugar del suplicio, alrededor del cual las danzas principian otra vez uniéndose, al sonido destemplado de la flauta y del pito, el de la campana de la iglesia. El carnero fue puesto sobre las espaldas de un robusto campesino, y, precedido del ejecutor que ostenta la hacha ensangrentada, se pone en marcha esa singular procesión; se detiene delante todas las puertas y se dirige al fin, a la casa del mayordomo quien hizo los gastos de la fiesta por devoción a Santa Rosa.

Durante todo el día continuaron las danzas y cantos. A lumbre del fuego que se apagaba se vio de noche, extendidos en el suelo sin distinción, hombres, mujeres y niños, ebrios de dicha y de ron, proferiendo a veces, en su sueño pesado, los mas extraños alaridos y vociferaciones. A la vista de esos regocijos, que se prolongan por días enteros, de esta alegría postiza, danzas sin intérvalos y cantos interminables, no he podido menos que experimentar un cierto disgusto, mezclado con una especie de admiración.

¡Qué molesto no debe ser este modo de divertirse, y que dañino el exceso de la bebida, después de un baile de quince horas, ejecutado en campo raso!

Sin embargo no deja de ser interesante para el viajero, y de importancia para el arqueólogo, este curioso espectáculo, que nos da la medida de las antiguas costumbres de los indios, conservadas hasta nuestros tiempos.

Contento y confortado, después de haber pasado una noche agradable, en casa del Cura, me puse el domingo, por la mañana en camino para Cabana.

Cabana no está separada de Handoval sino por un cerro considerable que tiene casi una legua de subida y una de bajada.

En el sendero que conduce, en zigzag, sobre la cima, encontré gran número de indios; los hombres con burros cargados de tafia, y las mujeres con “el fruto bermejo de su amor” tendido al hombro, aprovechando el tiempo para hilar algodón, lo que les da un cierto aire de la edad media, en concordancia con la humildad que manifiestan, siempre que no se les pide nada, o aun cuando algo se quiere conseguir de ellas; viéndose, entónces, e::1 la absoluta necesidad de ceder.

Fui advertido por una pequeña nota, leída en la obra de Raimondi, “el mas valiente y el mas sabio viajero del Perú”, sobre la existencia de algunas ruinas, situadas cerca de Cabana; pero me ha sido reservado encontrar allá huellas arqueológicas de una importancia muy superior a las que me habían sido señaladas.

Permítaseme, desde luego, decir dos palabras acerca de la arquitectura india.

Un americanista, que, teniendo más imaginación que verdadera ciencia, ha dicho que el carácter principal de la arquitectura peruana, consiste en carecer de cualquier carácter.

¡ Qué singular error!

No se puede negar que según la concepcion del arte monumental moderno, estos edificios no dejan de ostentar un cúmulo de pobreza arquitectónica.

Es verdad que la gran línea horizontal sobre la cual el ojo descansa con gusto, no es interrumpida por ningún accidente, que en las grandes paredes derechas no vemos sino puertas de pequeñas dimensiones, y que las ventanas son muy escasas.

Tampoco se puede negar que no hay ni siquiera alguna columna para animar esta desnudez, ninguna estatua para interrumpir la monotonía, y ningún friso para dar realce a esas superficies planas. ¿ Pero no se halla expresado en esta extrema simplicidad un fin artístico, incoDSci.ente tal vez, aunque palpable y de gran efecto?

En el arte indígena de esa época trasluce, de una manera sorprendente, el carácter de una nación que se siente con bastante vigor para oponer su fuerza individual al poder majestuoso de la estructura de los Andes.

Ella ha sido, en efecto, de un tal desprendimiento, tan segura de la superioridad de su gusto, firme en su propósito y altanera en sus planes, que no titubeaba de corregir, si se me permita esta expresión, las u-regularidades del mundo físico.

La gran línea horizontal de sus monumentos, presenta un contraste notable con las crestas volcánicas de los Andes, cuyas formas atrevidas, a la vez que infinitamente caprichosas, parecen aislar mil cimas secundarias de la cadena principal de la cordillera, en detrimento de su unidad y grandeza.

En cambio, ella ha sabido oponer el plano unido y sin relieve, de sus templos, a las profundas arrugas que surcan las vertientes de las cadenas de los Andes, minando a menudo su solidez. Su aparato produce el efecto de un mosaico, armonioso en su monotonía, en medio del caos pintoresco de la naturaleza que parece haberle enseñado ese arte, como por antítesis.

Este modo de construcción, su tipografía, las dificultades de la ejecución, y de que el vulgo mismo está penetrado, la antigüedad de esas ruinas, el papel de víctima que sus autores desempeñan en la historia . . . todas esas reflecciones, aumentan la veneración por estas obras, y encarecen su valor.

Si se nos pregunta, sin embargo, si esos monumentos producen en realidad un efecto sorprendente, nos hallaríamos en el caso de no poder dar una contestación afirmativa.

La frente del observador no se inclina con respetuosa admiración delante de un monumento, sino cuando su aspecto es de altas dimensiones, atrayendo a primera vista, la atención del viajero, quien, desde luego, se afana en buscar la altura, al dirigir sus miradas hacia arriba para medirla.

Empero las dimensiones de los más notables monumentos peruanos, son para expresarme así, excesivamente limitadas. A una cierta distancia ya del monumento, cuando las proporciones de su ancho y largo pueden solamente dar una idea exacta de la magnitud del edificio, no se distingue casi la masa colosal de su estructura. Y, sin embargo, hallándonos al pie del monumento, nos asombra la inmensidad de sus contornos.

Un arte más delicado, aunque se hubiera aplicado a obras de menos bulto, no habría dejado por eso de producir los más sorprendentes efectos.

Este bosquejo general de la arquitectura peruana, es aplicable a los monumentos de Cabana, que se levantan sobre el cerro de Pashash.

Son los mismos muros derechos y sin adornos como lo hemos visto en Huamachuco o Cajamarca.

Sin embargo las ruinas de Cabana se distinguen de una manera muy particular, de todas las otras, que hasta hoy día se nos han presentado.

Las paredes interiores se hallan adornadas con bajo-relieves, y considerando el gran número de los que han sido arrancado de su lugar primitivo para servir de adorno a las casitas de la moderna aldea, podemos con razón· alegar que anteriormente las salas de esos antiguos templos debían haber estado cubierto del todo con dichos adornos.

El valor arqueológico de estas obras, sobrepasa naturalmente, en mucho, el interés artístico que ofrecen. Son por lo general bajo-relieves en el plano, quiere decir, bajo-relieves cuyos rasgos característicos, de más nota, se encuentran en un mismo plano.

Tres días hemos pasado para dibujar los más importante de ellos, no pudiendo menos que admirar su originalidad y ejecución.

Los objetos del dibujo son, en extremo variados: siendo, a veces, alegorías o representaciones simbólicas, y, a veces, también imitaciones de la naturaleza.

En uno de esos bajo-relieves hallé, por primera vez, una huella muy curiosa de ese culto del Sol del que tanto se ha hablado.

El rostro de esta divinidad indiana, se halla representado por el escultor, mediante un grabado sobre un hermoso pórfiro bruno-encamado, la frente ceñida con el emblema regio, en medio de cuatro animales fabulosos que gravitan alrededor de un círculo, probablemente sagrado.

Esta piedra se halla ahora en la iglesia de Cabana. Acomodada en la pared, como a un metro del suelo y a mano derecha del altar mayor, la representación del Dios-Sol, constituye el único adorno, verdaderamente curioso, del interior de la Iglesia. Varios otros bajo-relieves que en otros tiempos adornaban al templo de Pashash, han sido aceptadas por el arquitecto católico para servir de adorno a la torre de su obra cristiana.

¡Ojalá todos los españoles hubiesen estado animados de un respeto análogo por las obras antiguas! ¡Cuántos hechos, desconocidos hoy a la historia, no se hallarían al alcance de la ciencia; cuantas dudas veríamos aclaradas, y cuantos errores disipados!!

Desgraciadamente toman los habitantes un cuidado especial de embarrar sus casas y de blanquearlas para que no quede ningún vestigio de las antiguas esculturas.

He tenido que rasgar la cal; y este fue un trabajo pesado y costoso: pues esas buenas gentes me hicieron comprender que tenía que pagar al contado mi curiosidad arqueológica.

No he tenido sin embargo, razón de quejarme de este gasto; poco a poco descubrí cerca de treinta de esas obras, incrustadas en las paredes de las casitas encima de las puertas, en medio de los muros, y, a veces también, en el piso que conduce al principal.

Apesar de los grandes defectos de esos trabajos, uno no deja de sentir cierta admiración simpática por su autor.

Este pobre artista ha sabido vencer las dificultades que ofrece el granito, la diorita y el pórfiro, sin poseer formones de acero o instrumentos indispensables.

“Gutta cavat lapidem no vi, sed saepe cadendo”.

Cabana poseía en otros tiempos no solamente obras de escultura, sino también obras de cerámica, y de las cuales encontramos varios ejemplares.

Además de algunos vasos, de una elegancia muy remarcable, citaremos con especialidad un vaso doble, que había merecido, gracias a un sistema muy ingenioso de tuvos capilares, de tierra cocida, el nombre de vaso mágico.

El dos de Octubre salí de Cabana y me puse en camino para Corongo. A una distancia de legua y media al Sur-Este de Pashash, pasamos un sitio, llamado el cerro de las tres acequias.

Dos canales se encuentran en este lugar cruzándose entre dos cimas. El uno conduce agua para Handoval, el otro, para Cabana. El ingeniero ha construido un muro, de dos metros de espesor por treinta y siete de longitud, entre los dos cerros.

Existe una corriente de agua, de un metro y medio de ancho, sobre el plan superior de este baluarte.

Cerca de la base hay una perforación que permite a la segunda acequia pasar por este túnel y descender a Handoval sobre la vertiente opuesta.

Sobre dos pisos de esta obra hidráulica subsiste un tercer canal, actualmente sin agua. Después de haber levantado el plan de estas acequias, me puse en marcha.

A las seis de la mañana, llegamos a la puna de Tutubamba. Esta alta planicie tiene ocho leguas de longitud, hallándose a cuatro mil setencientos cincuenta y un metros sobre el nivel del mar, a la altura casi del Monte Blanco que tiene cincuenta y nueve metros más.

El cielo, los filones de agua, los pequeños lagos que se hallaban estancados a derecha e izquierda en nuestro camino, todo parecía ser de color gris, de este color bastardo que en realidad no existe, y al que se ha adpotado con razón por el color de luto.

Es imposible describir lo que hay de lúgubre en esta naturaleza, y reproducir la profunda melancolía que nos oprime el alma, en medio de esta desolación.

Para comprenderlo bien es preciso haber visto una puna, la inmensidad de estos terrenos cubiertos de una yerba raquítica, sin sabor ni color; es preciso haber experimentado el soplo de su brisa frígida, el resplandor de su sol y de sus relámpagos, y el ruido espantoso de los truenos; es preciso haber pasado días enteros en esas interminables soledades, con el pecho oprimido por falta de aire, y la mula extenuada como para caerse a cada momento, es preciso, decimos, haber pasado por todas esas peripecias para formarse una idea exacta de una alta meseta de los Andes.

j Cuán grande no se nos presenta, entonces la obra del antiguo civilizador de esas regiones! Como se llegue fácilmente a apreciar el valor e importancia de esa victoria que el hombre de genio, desconocido hoy, obtuvo en la lucha con la naturaleza rebelde, en un suelo inhospitalario y a menudo inaccesible, sobre un conjunto de insuperables dificultades!

He aquí, pues, la gran hazaña del indio venciendo los más gigantescos obstáculos de nuestro globo.

Como a las cuatro de la tarde, descendimos a ciertos lugares donde el frío era menos intenso. A trescientos metros de bajada, la puna se trasformaba en pampa. Las playas de la laguna de Tuc-

tucocha, que se extienden hasta a una y media legua, son muy accidentadas, y sobre las colinas, convertidas, en otros tiempos, en plata-formas, mediante esos labradores que hoy día son tratados como salvajes, vemos conservado hasta ahora las huellas de esos trabajos sorprendentes. Los gradines tienen cerca de dos metros de altura dependiendo su anchura de la inclinación de la vertiente. Para servirme de un término geométrico, cada una de estas plata-formas es un catéto de un triángulo rectángulo, cuya hipotenusa es el declive del cerro, y cuyo otro cateto forma el muro de apoyo del que acabamos de hablar.

La pampa está cubierta de unas yerbas bastante altas, aunque secas y marchitadas apesar de la proximidad de la laguna. Antiguamente se cultivaba sobre esas plataformas la Oca, ( especie de papa dulce), pero; hoy no encontramos ninguna huella de cultura.

En medio de un terreno accidentado se desciende por mil vueltas.

A la izquierda rugía el río de Corongo; y la única prueba de la existencia del indio moderno, nos fue dado por medio de chositas, en forma de líos de paja o de un gran nido inverso. Los pastores, arquitectos de estos tristes palacios de la pampa, encuentran allá un albergue, durante la noche con sus mujeres, sus hijos y perros. Esta melancólica familia forma en este reducto, más poético que práctico, un triste cuadro; e involuntariamente se pregunta uno, cómo es posible que cuatro seres vivientes puedan penetrar en esta guarida, desprovista de una puerta, para montar allá un guardia, sin fin, ni tregua.

El sol ya iba a desaparecer cuando llegamos a Corongo, En este pueblo no se habla sino el quichua. Pasamos en medio de calles derechas con habitaciones bajas. Delante de cada puerta se cocinaba en un brasero encendido, que con sus llamas purpúreas nos hizo ver, hombres, mujeres y niños, acurrucados alrededor de la marmita. La familia con sus perros éticos miraban el chupe con un aire de avidez contemplativa, no dignándose siquiera de mirar al extranjero, pájaro bastante raro en esas comarcas.

Pasando un bello puente de piedra, que data de la época de los españoles, nos dirigimos a la casa del Gobernador, llamado Isaguirre, un bello tipo de la raza india, quien nos recibió con benevolencia, y tuvo cierto aire de grandeza en su melancolía natural. La tristeza es además un signo característico del indio. Siempre está triste; así en la Iglesia como al ensillar su caballo y montado en él; así cuando bebe, baila como cuando corteja a su querida. Su canción de amor no es sino un gemido, y a veces cuando la alegría se apodera de él, la manifiesta también con un aire triste y melancólico.

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DE CORONGO A ANDAMAYO Fortalezas del Huaullong.- Manufactur~ de Urcon.- Culto del Sol y Catolicismo.- Creencias de los indios.- La hospitalidad en el Perú

Al salir de Corongo tuvimos que trepar uno de esos cerros monstruosos que solamente se encuentran en la cordillera de los Andes.

Para hacer las siete leguas que separan a U rcon de Corongo hemos tenido que caminar once horas.

Caseríos insignificantes que de tiempo en tiempo se nos presentaban, grandes panoramas de extraordinaria profundidad, cerros negros de resplandiente nevada, los sonidos de una música bizarra que el viento nos trajo a veces de una cierta distancia, y la que parecía estar en armonia con el carácter singular de los Andes, oído de lejos, aunque, de cerca, no deja de tener algo de fastidioso y de monótono. . . he aquí una descripción sucinta de lo que nuestra jornada nos ofreció de notable.

La meseta está cubierta de nieve, columbrándose los muros de antiguas fortalezas en esta faja blanca con tanta claridad como si se hallasen sobre una hoja de papel; así que en menos de dos horas tenia ya levantado el plano de ellas.

Su importancia resalta a primera vista. Delante de mí se eregía, sombría y magestuosa, la cordillera. Un paso ancho parecía penetrar en este gigantesco baluarte. A derecha e izquierda de esa abra vemos avanzándose a poderosos espolones de la cadena principal ( chain mere) que van a juntarse en la cúspide sobre la cual estuve parado, y, que el ingeniero indígena había elegido como el mejor punto de fortificación.

Después de haberme saciado con la expléndida vista de este paraje, monté sobre mi mula y me puse otra vez, en marcha.

Estuve verdaderamente extasiado. El camino era de bajada, conduciendo a regiones menos fríjidas, mediante varios puentes que en nada merecían que se les dé este calificativo.

La oscuridad aumenta con tal rapidez que casi creí, por un rato, haber perdido el camino.

A la entrada de la noche, al fin, el furioso ladrido de los perros, nos anunciaba la proximidad de la hacienda, fin de nuestra jornada.

Urcon es, en efecto, una de las haciendas más curiosas del Perú por el ensayo de un establecimiento industrial que allá se ha practicado.

El Sr. Terry se ocupa en la manufactura de paños en dicho lugar, con los que viste gran número de individuos del ejército.

Cuando a 150 leguas de la costa, detrás de una veintena de inaccesibles cerros que se elevan hasta las nubes sin otras vías de comunicación que vertijinosos senderos sobre los que la misma mula no transita sino con paso inseguro, cuando después de esos obstáculos insuperables llega uno en presencia de grandes máquinas Europeas, agitando brazos de fierro y de acero, cuando se ve en fin al hábil ingeniero europeo sacar ventaja del furibundo torrente y a cien Indios trabajando seriamente. . . por mas escéptico que uno fuese entonces, volvería derrepente a creer en milagros.

Fui recibido admirablemente. Tan luego que se tuvo noticia del objeto de mis viajes, me fueron enseñadas varias antigüedades, encontradas por el Sr. Terry en las excabaciones que hizo practicar sobre el Huaullong. Componianse estas de algunas hermosísimas huacas (poteries) como también de un aparato para la contabilidad del tributo en granos (comptoir) del cual hemos encontrado la primer muestra en Handoval, además de varios otros objetos ejecutados en granito.

En el interior de la antigua capilla, hoy día en ruina, existe un gran pedazo de pórfiro azulejo, escultado con gran esmero.

Los dibujos que se hallaban sobre esta piedra vinieron a corroborar una idea que, desde tiempos me había ya preocupado, a saber el pasaje o la transición del culto del Sol al del cristianismo. El medio ingenioso, puesto en práctica por los misioneros en su obra de lenta conversión, se manifiesta aquí de una manera palpable. Compárese esta obra con la piedra de la Iglesia de Cabana, y encontraremos no solamente el mismo gusto y procedimiento técnico, sino aun la misma concepción. En el mismo círculo en que el rostro del Sol se halla delineado vemos escrito el nombre de Jesús, y lo que es aun mas extraño, reproducidas parcialmente, las líneas que representan los dientes del sol de Cabana; aunque al suprimir las facciones del rostro, se le ha dado una forma absolutamente incomprensible.

En cuanto al marco, está formado por medio de alegorías cristianas, habiéndose rrellenado los vacíos con axiomas del cristianismo que por el indio del siglo XVI, no han sido sino unas bizarras arabescas, arabescas misteriosas que hasta el indio y el cholo de hoy, no se saben explicar mejor que sus antepasados.

Tuve una buena ocasión de formar una idea del carácter particular de las creencias del indio durante el trayecto de Urcon a Andamayo viajando en compañía de un indio y de una india. Estos hacían un viaje de setenta leguas al través de la cordillera, con el objeto de descubrir mediante la intervención de San Juan de Sihuas, al ladrón de dos burros que habían constituído su única fortuna.

Deseándole el mejor éxito en su singuar romería, di algunos cigarrillos al marido y un par de tijeras a la mujer, lo que me agradecieron manifestando cierta sorpresa.

En seguida apliqué las espuelas a la mula y abandoné rápidamente el paso de la cordillera.

I I I

DE ANDAYMAYO A CHAVIN DE HUANTAR

De Andaymayo a Huayopuquio.- Un concierto en Pomabamba.- Incendio en Asnucacha.San Luis.- Una noche sobre la puna.- Huari.Viaje a Chavín a lo largo del Tunguragua.- Entre Chavín y Recuay.-

Mis amables huéspedes de Andaymayo me habían prevenido que tendría mucho que sufrir en las provincias desoladas de Pomabamba, de Dos de Mayo y de Huamalíes; me habían dicho también que vale mas estar en el desierto que en los lugares poblados y que hasta los salvajes eran más recomendables que los Indios civilizados de los caseríos de la cordillera real.

Al separarse de mí en Motobamba el señor Augusto Cisneros, hijo del venerable Don Gerónimo, me había rogado por última vez, el no arriesgar mi vida por lo que él llamaba una vana gloria.

No conocía, ni mi carácter ni mi modo de proceder, al hablarme de esta manera. Estaba resuelto a llevar a cabo mi propósito, acomodándome a las circunstancias y a la índole de los moradores de esos países; poniendo en juego cualquier medio para el logro de mis fines; ora las-buenas maneras, ora la dura voz de mando; el chicote y hasta el revólver, si fuese necesario; pues la duda y los temores del hijo de mi huésped no hacían mas que robustecer mi voluntad, y dar más incremento a mi resolución. Para desvanecer, en fin, la impresión que las afectuosas y conmovedoras instancias de mi joven amigo han producido involuntariamente, sobre mi espíritu, traté de preocuparme sobre manera de los accidentes del camino; no habiendo hecho en ninguna parte tantos apuntes.

Entre Andaymayo y Huayopuquio, fin de mi primera estancia, no vi nada, digno de llamar la atención.

Durante esta jornada no se presentó ningún objeto de cualquier interés; pero, en cambio, no he dejado de experimentar bastantes disgustos.

La mula de carga cayó sobre el suelo resvaledizo y, aunque pudo levantarse, quedaba seriamente maltratado el vientre, perdiendo mucha sangre.

Este accidente dio lugar a una escena bastante característica, cuando llegué como a las cinco de la tarde a Pomabamba, capital de la provincia del mismo nombre.

Me hallaba en la plaza grande que está rodeada de chocitas. Al lado de la iglesia se encuentra una casa de un piso, con un balcón, hallándose en tal estado de ruina que según el dicho de, no sé que poeta “no se vino para bajo, por no saber de que lado caerse”.

Halláse en el umbral de la puerta, mascando su coca gravemente, medio sentado y medio acurrucado, un cholo macilente y grande, vestido con un poncho sucio, un pantalón roto y con los pies descalzos.

No era otro sino el sub-prefecto de Pomabamba.

El viajero desemboca en la plaza, montado sobre una mula elegante, aunque en extremo, canzado. La mula de carga cojea notablemente.

El sub-prefecto mira al extranjero sin decir nada; disimulando de esta manera el vacío de su intelectualidad.

Y o.-Buenos dias, señor sub-prefecto. El sub-prefecto.- Bueno!

Yo.-Sr. sub-prefecto, he aquí una orden, fir-

mada por el Sr. Ministro de gobierno, recomendando a todas las autoridades del departamento que me protejan en caso de necesidad.

El sub-prefecto.–Sabe Ud. con quien habla? Y o (impacientado).- Pero ciertamente, señor sub-prefecto.

El sub-prefecto (levantándose a toda su altura).- Pues señor, sepa Ud. que es preciso darme el tratamiento de Useñoría.

Yo (con aire burlesco y un acento respetuoso).- En bien, pues, dése prisa, U señoría; buscadme una mula, y, sobre todo, no dejeis en volver pronto, a fin que Useñoría nos ayude a cargar.

Mascando su coca he aquí a su señoría en busca de la mula.

Mientras su señoría, semejante a Diógenes, inspeccionaba los corrales para descubrir a un animal, que sobrepasara el nivel ordinario de los habitantes de Pomabamba, me sentaba sobre un banco delante de una casa.

Dos Indios, de un tipo bien caracterizado, cantaban a algunos pasos un yaraví, dedicado a alguna belleza del lugar. Uno de los dos acompañaba la letra con una harpa en forma de esqueleto; el otro bebía a la salud de la bella, vaciando repetidas veces el mate que no se canzaba en rellenar, inmediatamente, con chicha.

Esta escena no se ve con frecuencia en los lugares habitados por el Indio.

El Español canta, amorosamente, bajo la ventana de su bella, a una distancia platónica y de alta conveniencia.

El Indio canta para su propio placer en el umbral de su choza, amorosamente también, pero abrazando a su bien-amada.

El canto del Español, es la esperanza de una pasión; el canto del Indio, un triunfo, sin gloria.

La mula me fue entregada. Era un esqueleto, cubierto con un pellejo, agujereado en varios lugares. Tan luego le hizo cargar; remitiendo, con un aire significativo, los dos soles (10 francos) que me pidieron por el trascurso de una legua, de Pomabamba a la hacienda de Huayopuquio.

Una hora después entramos en esa hacienda, propiedad del Sr. Cisneros; reconociendo yo en la amabilidad con la cual fue recibido por el mayordomo de la chacra, el efecto que las órdenes bondadosas del propietario habían producido.

El día siguiente, al echar una mirada este buen hombre en mi albun y viendo el croquis del sepulcro de Pasacancha, me dijo haber visto idénticos en Piscobamba, a una pequeña jornada de la hacienda.

Una vez, la conservación empeñada en este terreno, supe, después, que en Vilcabamba, a dos leguas solamente de Huyopuquio, sobre la cima de un cerro muy elevado, se encontraban pedrones de los Gentiles.

Aunque la descripción, en estremo confusa, no me permitía formar una idea exacta de la naturaleza de esos monumentos antiguos, aproveché, sin embargo, de esta coyuntura para recorrer esta región, totalmente desconocida en cuanto al punto de vista arqueológico, habiendo sido; además, impedido de continuar mi marcha, a causa de la cojera de mi mula.

Mi trabajo fue inmensamente recompensado.

Cinco días de penosos esfuerzos, y de carreras fantásticas sobre senderos, sin nombre, han enriquecido mi album con numerosos dibujos, y mi borrador con valiosísimas anotaciones.

Entre los grupos de rocas que me fueron indicados por el mayordomo del señor Cisneros, hay uno que merece especial atención.

Se compone de tres enormes valdosas de granito, en posición recta, y perfectamente orientadas, dirigiéndose hacia el Este, el Sur y el Norte. Al rededor de estos se hallan recostadas varias otras valdosas, de menor dimensión y aunque no, con simetría, al menos con cierta regularidad.

Sobre la derecha del camino de Huayopuquio a Vilcabamba, en Chulloue, he trazado un templo, de una arquitectura de lo más singular. Es un tronco de cono a seis gradines. Situado en medio de la plata-forma, algo encorbada de una colina, su silueta se dibuja con precisión, y hasta con elegancia, sobre el fondo azul húmedo del cielo.

La misma Piscobamba no me ofreció ningún recuerdo arqueológico, digno de notar.

La fachada Sur de la plaza se llama aún hoy día Palacio del Inca; aunque desde hace mucho tiempo, la hoz primitiva del Indio, no ha dejado de remover este suelo, antes sagrado.

En las paredes de las casas modernas se ve parte de las piedras del edificio que en otros tiempos sirvió de albergue a los señores del país distinguiéndose, en medio de los adobes de las construcciones recientes, por la regularidad de sus formas.

No he encontrado en ese lugar mas que un sepulcro, parecido en su forma al de Pasacancha. Desgraciadamente se halla esta bella urna funeraria rota en varios pedazos. Sobre uno de los fragmentos una Indiecita machucaba su maíz; dos cochinitos devoraban con avidez en el fondo del antiguo vaso su mezquina ración.

Pasé la noche en la casa de un gran señor, el bodeguero del lugar.

Mil bizarras fábulas contaban allá sobre la existencia de túneles, por medio de los cuales los Incas habrían atravesado las cordilleras.

Quién declaraba conocer la entrada; quien la

salida, sobre vertiente opuesta de los Andes; un otro hasta pretendía, haber caminado dos, tres y aun cuatro leguas en ellos.

¡ Qué cuadro del maravilloso poder del Inca, de la antigua grandeza del país, de las sorpresas ocultas aún en el misterioso fondo de esos cerros inexplorados -y parecidos a los cuentos de mil y una noche!

Ah! cuán estraño no fue la noche que pasé con los notables del lugar, sobreexitados por el ron y la charla; haciendo alarde ·de un tiempo que ya no existe, de una civilización poco conocida, hechos que ignoran, de personajes ficticios y de hazañas que exajeran! ¡Que mezcla singular de reminiscencias cristianas e incasiaquias! Tupac Yupanqui, travestido por esos romanceros homéricos, en Napoleón el Grande; la letra de un yaraví, amoldado a la ária desfigurada de un Vals de Strauss que se oye vibrar sobre una guitarra, al través de la ventana de la hacienda; una sardina de San-Nazario, en fin, que se hace pasar con un vaso de chicha del país.

De repente salen como por enjalme, no sé de que bolsillo, unos dados, cuyos puntos negros brillan al través de la lumbre incierta de una mecha.

Tan luego exaltanse las figuras, y lanzan los ojos ávidas miradas.

Los tostones y los pesos parecen salir de bajo de la tierra; una mula, después un campo, se ponen como apuesta, y pierdese una chacra en una jugada. Se arma una reyerta; las cuchillas se agitan y, en medio de la algazara, un grito desgarrador se hace oir. En un abrir y cerrar los ojos huyen todos; y ya no se oye mas que los alaridos quejumbrosos de un herido, que yace en el suelo.

Después de una interrupción que ha principiado con alegría y cuyo fin fue, tal vez, el asesi-

nato de un desgraciado por otro que lo es aún en mas alto grado, el lúgubre silencio que reina en esos lugares reducidos, reasume sus derechos habituales.

Regresé a Huayopuquio, siguiendo mi viaje, después de un descanso de una semana.

El camino era infernal, viéndome ya obligado en la primera jornada a descargar cinco veces la bestia de carga, en los mas peligrosos desfiladeros. El sendero que se extendía a lo largo del flanco, casi vertical, de la cordillera, era limitado a la derecha por unas rocas negruscas, y a la izquierda por el abismo.

Al medio día pasamos un caserío llamado Llumpa.

Hay allá una chichería; y la joven propietaria de ese establecimiento que nos despacha el nectar indiano, me dijo con suma gracia que, en su opinión, me encuentra ser muy caballero.

Aprovechando inmediatamente esas disposiciones favorables respecto a mi persona, me adelanté a pedirle un poco de avena para mis bestias, y vi que sus sentimientos no eran sino platónicos: haciéndose la sorda; y tuve que apretar, otra vez, la barriga a mis pobres mulas, continuando mi ruta, sin desensillar.

Como a las cinco de la tarde llegué sobre la cúspide del monte Seccha.

A la derecha de las honduras, rujía el Río Yaccma (mas arriba Llurma); a la izquierda el Ajuchaca. Sentada sobre una roca, esperaba la mula de carga que con mucho trabajo subía a la cuesta.

Sobre la ria derecha del Yaccma, se levanta la cadena de Santo Toribio, la cual, a no dudar, no deja de ser muy escarpado; bien que por una ilusión óptica que no me encargo de explicar, tenía

el aire de elevarse casi verticalmente, desde el abismo hasta las nubes. Grandes rocas grises se destacan sobre un fondo verdusco; y un sendero se eleva en mil zigzags caprichosos hasta a un millar de metros, encima del torrente espumoso. Existe allá una estancia rodeada de algunos campos de oca; pequeño paisaje encantador, pegado a este muro de la cordillera.

Preguntase el espectador. ¿Como es posible que esas casitas puedan sostenerse en ese sitio, sin caer en el abismo?

¡Y como viven esas gentes, en tan encumbrada altura, con un horizonte tan limitado! Sin embargo, este horizonte tan limitado, este horizonte cuyo límite son sus propios campos, ¿no abrigaría, acaso, bajo su bóveda aplastada, una verdadera felicidad?

La suerte del Indio parece ser, a primera vista, digna de lástima; pero yo estoy firmemente persuadido que esos caballeros de color oscuro, no tienen ninguna razón para quejarse.

Hemos tratado hasta ahora del Indio acomodado como cualquier otro ciudadano (l’lndien bourgeois). Réstanos ahora decir dos palabras sobre el Indio de la estancia.

En estos caseríos, completamente aislados, no teniendo el Indio la menor idea de las ventajas de la civilización, mal podría echarlas de menos; y creo, al contrario, que si se le colocara en medio de los mil placeres que nuestro estado social nos brinda, los rechazaría bien pronto, como cosas poco cómodas y poca divertidas, muy lejos de equivaler su manera de vejetar.

El Indio es, pues, muy feliz en su estancia. En tanto, que por cualquier motivo de utilidad pública no se le destroce a chicotazos o con la culata; en tanto, que la tierra le rinda maíz y papas -que no serán de su gusto sino cuando sean corrompidas por la helada-; en tanto que, acurrucado perezosamente delante su choza, pueda mascar su coca, cantar y balancearse al sonido destemplado de la quena; en tanto al fin, que le es dado echarse a dormir, ébrio de chicha y de ron, y despertar al lado de su buena pareja. . . no dejará nunca, a su modo de ver, de disfrutar realmente la mas grande dicha.

Menos curioso que Adán, jamás es descontento. Nada desea, nada le hace falta. Todo es alegría para él; festeja el nacimiento de su propio hijo, como el de los próceres de todos sus compadres, con sendas libaciones, en reconocimiento del favor que Dios Taita le ha hecho. Con igual ahinco celebra la muerte de su hijo, bebiendo también a mas no poder; pues tiene en adelante un ángel especial en el cielo que ruega por él; contando ahora con la intervención del Indiecito, en la gloria, para que la Santísima Virgen del Carmen le haga beber aún por mucho tiempo, permitiéndole que engañe con la mayor humildad, aunque de la manera mas completa posible, a los taitas, bastante cándidos para dejarse engañar.

A poca distancia de Santo Toribio iba a sorprendernos la noche.

San Luis que debía haber sido el fin de nuestra jornada, no se dejaba ver; pero, viendo algunas luces al otro lado del torrente, y llegando cerca de un puente, le pasamos a todo riesgo.

El primer Indio que se nos presentó estaba arrodillado delante de su Cabana, resando un ave maría, e interrumpió su oración para comunicarnos el nombre armonioso del lugar. Estábamos en Asnacancha, a dos leguas, al norte de San Luis, y en la imposibilidad de continuar nuestra ruta; pues, antes de todo, nos precisaba buscar un abrígo a causa de la lluvia que amenazaba caer, encontrar algún alimento para nosotros y pasto para los animales.

Empero las barracas de Asnacancha presentaban esta tarde un aspecto, poco común: Todos los habitantes estaban arrodillados delante de sus chozas, resando en alta voz; y en todas las casitas había un mecha encendida en una vasija de cebo. Pregunté por la causa de ese gran lujo de iluminación y supe, entonces, que se había declarado un incendio, en una casa al otro extremo de la aldea. No he podido menos que sonreirme a la extraña ocurrencia de esas buenas gentes: de encender cirios para apagar el fuego.

Continuando mi ruta, pude ver, en una de las vueltas del sendero, la choza que estaba ardiendo. La paja húmeda del techo producía una humareda negra y espesa, al través de la cual se veía voltejear la llama rojiza. Varias mujeres bailaban al rededor de la hoguera, con crucifijos e imágenes de la virgen. Supe, con gran asombro, que dentro de la choza dormía una india con su criatura el dulce sueño de los ébrios.

Entré cautelosamente en la casa, sacando primero al niño y después a la mujer¡ la paja del techo me cayó sobre la espalda y no tuve mas tiempo que para arrojar mi poncho y mi sombrero, después de lo cual, sano y salvo, lavé con un poco de aguardiente la frente de la chola y del muchacho que con tiempo ha de ser también un borrachín. Esta mujer que Dios –el Dios proverbial de los borrachos- ha creado a su imagen, una vez vuelta en sí, no supo hacer otra cosa que principiar su nueva existencia, profiriendo una interjección formidable. . . mientras que el chico gritaba, a mas no poder.

Sobreviniendo la noche pedí un hospedaje a los Indios hasta el día siguiente; el Alcalde me declaró que la casa donde entra uno que ha estado en el fuego, tiene infaliblemente que ser devorada por las llamas! ¡Que hacer pues!

He aquí lo que he sacado · de mi atolondrada acción que de veras no me pesa; – perder un poncho, un sombrero y tener además que pasar la noche a la luna de Paita.

No nos quedaba otra cosa que hacer que ponernos en marcha para San Luis a las tres y media a.m. extenuado y hambriento, adonde llegamos una hora mas tarde.

El camino de San Luis a Huari, no nos ofreció nada de notable, fuera de algunos vestigios de la antigua ruta de los Incas.

Trozos considerables, muy bien conservados, vimos ya sobre la pampa de Y amo bamba, en la Hacienda de Angasmarca, a seis leguas de Huamachuco. ·

La antigua calzada atravieza aún el espacio de ocho leguas en línea recta, en un terreno generalmente plano; bien que las mas notables ondulaciones no la hacen desviar de su dirección.

Entre San Luis y Huari, tocaba las vertientes de las cordilleras; hallándose a cada cincuenta pasos ciertas obras de canalización, para impedir que los fuertes aguaceros de esas regiones, capaz de convertir por algunas horas a los flancos de las cordillera en una catarata de varias leguas de distancia, no destruyan la obra maestra del inteligente ingeniero autóctono. Aun hoy día se ven las ruinas de las casas de posta, sobre esta ruta, distribuídas en distancias muy desiguales, aunque de una disposición perfectamente lógica.

En terreno chato, esas casas del correo del Inca, están generalmente casi a la distancia de un kilómetro y medio una de otra; pero en los declives los intervalos que las separan, dependen de la inclinación del cerro; aproximándose las casitas tanto mas, cuanto mayor es el declive de la bajada. Sobre inclinaciones abruptas, he contado ochenta pasos entre dos estaciones.

Existe una leyenda que se ha perpetuado de padre a hijo, hasta a los Indios modernos, según la cual tenía el Inca en Cajamarca la costumbre de comer el pescado fresco que le fue traído por el correo imperial, desde Huanchaco, cerca de Trujillo,

Tomando en consideración que el viajero provisto de buenas bestias, necesita, hoy día, al menos cinco días para trascorrer esa misma distancia, uno está tentado a creer que la leyenda no merece ser tomada al pie de la letra.

Pero, después de haber estudiado los restos de las rutas imperiales, el sistema de los antiguos correos se nos presenta, al fin, en su ingeniosa simplicidad; disipando toda duda, en cuanto al hecho que acabamos de referir.

En cada una de las casitas de posta vivía uno o varios de los chasqui (correos). En el momento en que salió el primero, el pito agudo de una quena o de cualquier otro instrumento de viento, dio la señal convenida al segundo, para que se mantuviera en guardia desde ese momento¡ y así lo hicieron en seguida los otros. Recordando el hecho que las guaridas de los correos estaban muy cerca, unas de otras, sobre las vertientes de las cordilleras, es muy probable suponer de que todas las distancias debían haber sido trascorridas a paso de carrera, y con una velocidad, siempre igual.

¿No vemos, hoy mismo, que no es una sola locomotora la que sirve para trenes de gran velocidad en su trayecto total? Se calcula el número de horas, durante el cual puede la presión del va-

por, sin renovarse el agua de los calderos, mantener al tren en la velocidad requerida; y habiendo previsto el momento y el sitio, la locomotora, al agotarse sus fuerzas, es inmediatamente, sin pérdida de tiempo, reemplazada por otra, provista de una cantidad de agua suficiente para la continuación del viaje.

Por medio de un raciocinio análogo, el ingeniero de puentes y calzadas, el Post-Master general del Imperio de los Incas, había comprendido a calcular con exactitud la fuerza de resistencia de los pulmones del Indio, y establecido, en su consecuencia, las respectivas remudas.

Obtuvo de este modo un correo que atraviesa, a la carrera, las más grandes distancias. Supo, así mismo, corregir la debilidad del individuo, para no agotarse sus fuerzas, prodigando con provecho su número. La experiencia me ha enseñado que la distancia de un kilómetro puede ser trascorrida por un Indio en cuatro minutos. Reducimos ahora las 59 leguas coloniales, de a 8 kilómetros casi, del camino actual, a la mitad, o a menos aún, del camino mas recto del Inca; ya que las rutas son trazadas en el día con grandes sinuosidades para evitar los accidentes del terreno; admitimos aún que las 29 leguas y media de la antigua ruta de Huanchaco a Cajamarca representan casi 236 Km. que han sido hechos en 944 minutos o en quince horas y tres cuartos. . . y podemos avanzar, como un hecho conforme a la mas grande probabilidad, que el correo, saliendo de Huanchaco después de la primera pezca de la mañana, casi a las 4, entregaba el pescado fresco al cocinero de Su Magestad en Cajamarca a las 7 de la tarde. No cabe además la menor duda que este sistema de comunicación rápida no haya servido bajo los soberanos indígenas a fines mas importantes que a la remesa de pescados; aunque el Indio gloton no conservase sino memoria de la leyenda que se refiera a comilonas.

El sistema de correos que los soberanos indígenas empleaban para establecer una comunicación rápida al través de su imperio, ensanchó sobre manera su poderío.

Disponiendo de estos telégrafos, el Inca pudo llegar a ser el mandatario incontestable, de una inmensa región de la América Meridional.

Todos estos pueblos no han sido vencidos por la fuerza, sino, después de haber sido vencidas también, las distancias, mediante las ingeniosas combinaciones de su espíritu inventivo.

Era sobre las huellas de su camino, que yo hice mi entrada a Huari, dos días después, de· haber dejado a San Luis, y me alojé en la hospitalaria casa del señor Lestaneta.

Era justamente el día del santo de mi huésped; los criados emborrachándose hacían una música, en pugna con el sentido común; invocando, en sus canciones religiosas, a un cristo agonizante, vestido con una larga túnica, delante de uno de esos santuarios de familia, tan comunes en el Interior, lleno de llores de seda, mariposas de papel dorado, perros de porcelana, burros de cartón, huevos de madera, muñecas vestidas a la europea representando a los santos en el paraíso; todo reunido en una vidriera, & la cual miraban con respeto religioso, enseñándola con orgullo al extranjero.

La Subprefectura de Huari, menos pobre y mas pintoresca que las que desde Cajamarca se me presentaron, posee en el muro de cintura de su cementerio una piedra antigua, en figura de una cabeza, en bajo relieve y aunque de forma repugnante no deja de ser interesantísima; pues cosa rara, su tamaña boca servía en otros tiempos, para dar salida a una antigua acequia.

Hoy día la acequia está sin agua, habiendo sido incrustada la cabeza en el muro, sin otro objeto que el de servir de ornamento con poca armonía con la construcción de las casas o de los monumentos del lugar.

De Huari a Chavín de Huantar, el camino es relativamente bueno tirándose a lo largo de la orilla del Tunguragua (alto Marañón) en su trayecto admirablemente pintoresco.

En la mitad del camino, cerca de un sitio, se me presentó otra huella de la antigua ruta de los Incas; dirigiéndose hacia el SE., mientras que mi camino me llevaba al S., al pueblo de Chavín.

Hacia la tarde, avistamos el valle encantador de Chavín. Mi arriero se me había adelantado; y los benévolos habitantes del lugar se disputaban el honor de alojarme. Durante toda esta expedición me ha caído en suerte, o una extrema miseria o una abundancia abrumadora; aunque desgraciadamente la primera se presentaba con más frecuencia que la última.

Mucho se ha hablado del castillo de Chavín; de sus misteriosos subterráneos y de sus galerías secretas. El mismo Rivero ha ofrecido de ellas una descripción romanesca y sentimental mas que seria y arqueológica, en un pasaje citado por PazSoldán.

He aquí pues lo que yo he visto: – La topografía del valle de Chavín de Huantar, consiste, en dos planos superpuestos uno al otro. El inferior se halla a once metros bajo del nivel del Tunguragua; el superior a treinta metros encima del mismo, ambas trabajadas por los antiguos habitantes, y son de una remarcable igualdad.

Estas plataformas, separadas en el día poruna rápida pendiente, fueron sostenidas antes por medio de uno de esos muros, que ya hemos visto en menor escala, sobre las colinas o gradines de Tuctubamba. Como en medio del valle, que tiene cerca de una legua de largo por una media legua de ancho, el río Mariash o río Castillo, procediendo de los cerros del oeste, se arroja en el Tunguragua. El antiguo Castillo erijido sobre el plano inferior del valle y apoyándose contra la pendiente del plano superior, se halla a doce metros encima de este torrente.

Es probable que antes, el castillo había sobre pasado el nivel del plano superior; hallándose hoy en su nivel por haberse caído los pisos superiores. El falso nombre de subterráneo que se ha dado, proviene de la más completa oscuridad que reina en el interior a causa de la falta de ventanas y puertas en los enormes muros del recinto. Este interiores de una construcción completamente regular; cruzándose en ángulos derechos, corredores de casi dos metros de alto por ochenta centímetros de largo y comunicando entre si los paralelos fuera de las transversales por medio de conductos de cuarenta centímetros de alto por igual número de largo.

Dos clases de porte manteau de piedra, a iguales distancias, en medio de pequeños nichos, forman la frisa de estas g~erías construidas de piedra de pizarra (Schístes) y bastante bien trabajadas. He podido recorrer dos de estos pisos, aunque supe que existen en todo cinco; lo que no deja de ser exacto, concordando bastante bien, con la altura del muro del recinto. Sin embargo no fue posible encontrar un sitio que pudiese dar lugar a que se sospechase una entrada a los pisos inferiores.

En la segunda esquina, entrando por el lado sur, existe un pilar que sostiene el techo; y este pilar, de forma bastante extraña, representa un prisma irregular, cubierto por tres lados de bajosrelieves en el plano.

No cabe duda que la repetida reproducción de estos singulares dibujos, no es debida meramente a la fantasía del pintor, sino a algún otro fin místico.

El castillo se hallaba, en otros tiempos, en medio de un jardín o plataformas, rodeado de canales de piedras bien unidas, estando las plata-formas provistas con acequias que caían en cascadas de una terrasa a otra, por medio de grandes cabezas de piedra granito.

Antes de llegar de la villa al castillo hay que pasar un puente antiguo, echado, por un ingeniero, sobre el río Mariash. Este puente se compone de tres baldozas de un largo medio, de seis metros, reposando sobre pilares de sólida construcción¡ hallándose este puente aun en perfecto estado, j qué idea tan atrevida, la de colocar enormes piedras de una orilla a otra, en lugar de servirse de árboles o albañilería (poutres) más o menos bien ejecutados! Sobre un lado del puente tracé un curiosísimo bajo relieve y en casa del cura algunos lindos modelos de cerámica antigua. De Chavín no me faltaban mas que casi doce leguas, para llegar a Recuay, situado sobre la vertiente occidental de la cordillera, en el callejón de Huaraz.

En Lima, en casa del Dr. Macedo, propietario del mas hermoso museo, de antigüedades peruanas, vi algunos curiosísimos huacos, que provenían de ese sitio y me creí ya favorecido de la suerte que me ha traído a este lugar. Pero el único fruto de una escursión penosa de tres días, durante los cuales pasé y repasé la “cordillera brava” a una altura de 5,090 metros con un frío y una temperatura como en el polo-norte, fue, haber encontrado dos pequeños ejemplares de la cerámica de Recuay.

DE CHAVIN DE HUANTAR A BAAOS

Las Punas.- Una noche en las Punas.- Chavín de Pariarea.- El camino de los Incas.- Las esculturas en las grutas.- Escabaciones.- Colpa Huánuco viejo.- Una tempestad.

Este pobre país perdido de Chavín de Huantar me había sido muy simpático. Cómo unos veinte hombres a caballo me hicieron la escolta hasta un punto donde dos o tres troncos de árboles formaban un puente, que apenas podía soportar dos o tres hombres. Descargan las mulas y llevan las sillas y proviciones a hombros sobre la otra parte del río Tunguragua; haciendo entrar por fuerza a los animales, uno por uno, en el torrente furioso después de haberlas amarrado con lazos en las dos orillas. Y o fui el último en pasar el puente y se me colmaba como a un luchador antes de entrar en la arena, o a un soldado antes de su entrada en campaña.

Sin embargo yo partí con el corazón lleno de gozo. Principiaba a conocer al Perú mejor que la mayor parte de sus habitantes lo conocen. Acostumbrado desde diez meses, a luchar de viva fuerza contra el cielo y la tierra del Perú, no me dejaba mas arredrar de ninguna dificultad, diciéndome, suceda lo que suceda, me esforzaré a vencer una tras otra, siempre que no sea acosado sino una a una.

Me puse en camino y vi desde luego el pésimo estado del camino, teniendo que desmontar y andar a pie la subida de Chalyahuaco hasta el cerro Coliash, principio de la puna.

El aire frío y húmedo penetraba en mis huesos, helando las gotas de sudor sobre mi frente; y continué así la ruta en mi mula con gran precaución; pues el terreno estaba lleno de pequeños charcos y atolladeros, en donde la mula casi se pierde.

A una legua de Coliash vimos algunas ruinas en muy mal estado; pasando el resto del día y el siguiente en la monotonía, propia a las punas.

Mi mula con su trotecito hizo aproximativamente 78 kilómetros en dos días o sea casi diez leguas de marcha cuotidiana en once horas. Perdí un día en una desviación hacia el norte para registrar las ruinas de Chavín de Pariarca últimos vestigios de una gran ciudad. La tercera noche en la puna fue mas ruda que la primera. Con dificultad puede uno acostumbrarse a un clima semejante, con un frío que penetra en los tuétanos, los labios ensangrentados, el cuerpo entumecido y hasta la misma inteligencia sumerjida en un tamaño estupor. Al tercer día despertamos bajo una espesa capa de nieve, que durante la noche había caído.

Cerca de Tarapaco hallamos otra vez la ruta del Inca, que nos llevaba a regiones menos rigurosas. La antigua calzada, perfectamente conservada en ciertos sitios, se parece a una ancha faja gris en medio de un terreno cubierto de una yerba amarillenta y marchitada. No dejé de examinar las ruinas que en estos parajes se encuentran.

Como a las tres p.m. llegamos a las orillas de un río, cuyo nombre es desconocido, siguiendo la calzada, a partir de este punto, los caprichosos movimientos del curso de las aguas.

En ciertos sitios inaccesibles de las cordilleras se presentaban grutas, que generalmente servían para la última morada del hombre. Así como las movibles arenas de la costa, ocultando todo rastro de la necrópolis indiana, se ponen al abrigo contra cualquiera profanación, así también esas grutas, erigidas a ciento o a doscientos metros sobre el nivel del valle, no son menos protejidas por su situación inaccesible contra todo ataque. Pero ¿como se ha podido trasportar allá los muertos? ¿Porqué camino llegaba el indio, sobre un muro de piedras casi verticales, hasta esa altura?

A esto no hay sino una explicación. Los que corrían con los funerales bajaban sobre una capa inclinada del Schiste, teniendo buen cuidado de romper tras de ellos el estrecho sendero por el cual habían llegado a este sitio.

Colocando al muerto bien en una gruta natural o en una caverna que abrian, continuaban después a efectuar su peligrosa bajada, rompiendo siempre tras ellos la piedra que lo sostuvo, hasta que llegaban al valle, después de haber dejado al muerto en su morada inaccesible.

En mi gran anhelo de explorar una de esas grutas me hice bajar por medio de un lazo sostenido por dos indios, vecinos de Taparaco. Llegado de esta manera a la altura de la tumba, vi que en parte estaba cerrada por .baldozas de Schiste, amontonadas a la entrada, descubriendo desde luego dos cráneos y en el fondo una momia acurrucada. Todo vestigio de una vestidura o mortaja había desaparecido; a pesar que su señoría pagana, estaba allí bien seca y aun bastante sólida.

Después de haber pasado unas cuerdas al través de la órbita de los cráneos que amarré a la cintura, me apoderaba de la momia y di la señal a mis indios de hizarme.

Apenas me vieron los indios con la momia en la mano, soltaron la soga, por el susto que les influía la vista de los objetos, y me pusieron en inminente peligro. Me agarré con las manos crispadas a las piedras; la momia cayó en el abismo, haciéndose mil pedazos; y con el auxilio de los indios logré escalar el borde del precipicio. Es mucho el miedo que esta pobre gente tiene a las momias; creyendo que los gentiles molestados en sus sepulcros, tienen la costumbre de abrazar al indio y que sucumbe infaliblemente bajo el soplo mortal de este abrazo.

Uno me dijo que su padre, al to~ a una momia, se le había introducido un hueso en las carnes; causando una inflamación, seguida de la muerte; un otro aseguraba que en el momento que la cabeza de la momia iba a pasar el borde del precipicio, abrió la boca, y, si no hubiese caído al abismo, les habría lanzado irremediablemente una maldición.

En seguida me dirijí al fondo del valle para continuar mi camino, y después de tres días de marcha llegamos a Colpa donde nos hicieron pagar muy caro un miserable hospedaje, en un establo. El chupe para mí y mis hombres, la alfalfa casi podrida para mis bestias que no pudieron comerla, me costaron casi tanto como una comida excelente habría costado en el café Anglais; circunstancia que no dejaba de inquietarme, por no tener mas que unos sesenta soles en mi bolsillo; estando aún cincuenta leguas de Tarma.

Colpa está en el fondo de una garganta del mismo nombre; y, cosa rara una escalera de piedras en algunos sitios aún bien conservados, lleva a unas ruinas situadas sobre una puna que se halla a 963 m. encima del valle.

Esta imponente avenida prepara al viajero de una manera particular para el espectáculo que va a ofrecerse a su mirada.

El antiguo templo es un terraplén orientado; no teniendo sino un gradin que se eleva sobre una vereda bordada con piedras bien labradas. Se llega a la fachada principal por medio de cuatro pórticos ornados con dos pumas, las cuales velan, como el esfinje egipcio, sobre la ruta sagrada. A derecha e izquierda de estas puertas, se levantan ruinas de palacios imperiales, compuestos de vastos salones rodeados de nichos, termas, galerías y, en fin, de todo el espacio indispensable a la mas brillante corte para desarrollar su lujo y poderío. Un viejo lugarejo de Colpa me había enseñado una galería secreta, llamada: la Horca de las mujeres, donde había en los muros dos cavidades, para recibir los senos de la víctima, suspendida en un aparato.

He pasado cuatro días en esta región dibujando sus ruinas, levantando planos, siguiendo las huellas de la antigua ciudad, con la esperanza de encontrar las fortificaciones que en tiempos pasados defendían ese lugar; morada de un rey que se veneraba como a un dios.

Después de haber vuelto de una última expedición, establecimos la cuarta noche nuestro campamento contra un muro del templo, pero un fuerte aguacero nos hizo pasar una noche de las más terribles; a las cinco a. m. nos pusimos en marcha; llegando a las tres p. m. en un estado lastimoso a Baños, donde la mujer del gobernador, me preparó una magnífica cama, comodidad harto rara en las cordilleras, y de la cual en tres meses de viaje, desde mi salida de Trujillo, no había disfrutado sino dos veces: en Huamachuco y Andamay.

El sueño vino pronto a apoderarse de nosotros, y mi fantasía me presentaba como en entre-sueños, todas las peripecias que he pasado, las altas cimas de las cordilleras, las profundas grietas y sendas escarpadas, contenidas en una completa galería de la historia del Perú, en un museo, en realidad, que ofrece al curioso parisiense la ocasión de hacer el viaje al través de este país, tan poco conocido sin estar expuesto a ningún peligro: ni a ventisqueros por la derecha, o a un abismo por la izquierda; ni  a la mula que corcobea o al indio que os traicione; ni al frío de los Andes que os hiela el alma o al sol de los trópicos, que os tuesta; pudiendo así admirar con holgura esas bizarras estátuas colosales, prueba innegable de las aptitudes del indio por la arquitectura y la escultura, con los obeliscos ornados de bajo relieves que se erijan en medio de los salones, junto con mil otras maravillas del tiempo de los Incas. Desde esta noche dí mi misión por terminada, diciéndome: “qué significa una de ” esas expediciones en el inmenso movimiento cien” tífico del mundo?” nada; o bien, muy poca cosa.

ADOLPH FRANCIS ALPHONSE BANDELIER

(Berna, Suiza, 6 de agosto de 1840 – Sevilla, 19 de marzo de 1914)

Antropólogo. Después de Squier, el verdadero promotor de los estudios arqueológicos en el Perú, la figura de Adolfo Bandelier adquiere en el siglo XIX un relieve especial como investigador americanista insigne y como preclaro viajero de todas las regiones del Perú. ·

Entre 1870 y 1888 realizó investigaciones en Nuevo México y México, principalmente en las regiones de Pecos, Chihuahua y Cholula. Su primer libro, editado por el Peabody Museum, corresponde a esta zona.

En julio de 1892 Bandelier visitó el Perú con el objeto de hacer investigaciones arqueológicas e históricas bajo el patrocinio del filántropo Henry Villard, de Nueva York. Recorre los valles de Lima, Chillón y Lurín. Realiza excavaciones en Cajamarea y Surco; y explora Cajamarca y Chachapoyas. Los materiales y colecciones reunidos por entonces, fueron donados posteriormente, en abril de 1894, por Villard al American Museum of Natural History de Nueva York; y Bandelier continuó sus trabajos en el Perú y también en Bolivia bajo los auspicios de esa institución.

Bandelier contrajo segundas nupcias en Lima, en diciembre de 1893. En julio de 1894 se dirige a Bolivia e inicia sus estudios en el altiplano, permaneciendo durante tres meses y medio en las islas del Titicaca y Coati. Estuvo de regreso a Lima en 1895, para retomar nuevamente a Bolivia en octubre de 1896, permaneciendo allí hasta 1898. En 1903 volvía a los Estados Unidos después de más de 10 años de investigaciones en el Alto y Bajo Perú. En 1904 la Universidad de Columbia lo llamó a dictar un curso especial. Luego en 1906 ingresó a la Hispanic Society, en donde preparó su obra definitiva sobre las islas del Titicaca y Coati.

Obras principales

1904 Aboriginal myths and traditions concerning the island of Titicaca, Bolivia. American Anthropologist. Vol. VI, pp. 197-239. Lancaster, Pa.

1904 Aboriginal trephining in Bolivia. American Anthropologist. Vol. VI, pp. 440446. Lancaster, Pa.

1904 The cross of Carabuco in Bolivia. American Anthropologist. Vol. VI, pp. 599-628. Lancaster, Pa.

1904 On the relative antiquity of Ancient Peruvian burials. Bulletin American Museum Natural History. Vol. XX, pp. 217-226. New York.

1905 The truth about Inca civilization. Harper’s Montly Magazine. Vol. CX, N9 568, pp. 632- 640. New York.

1905 The aboriginal ruins át Síllustaní, Pení.

American Anthropologist. Vol. VII, pp. 250- 270. Lancaster, Pa.

1905 The basin of Lake Titicaca. Bulletin of American Geographical Society. Vol. XXXVIII, pp. 449-460. New York.

1906 Uber trepanieren under den heutigen Indianers Bolivias. XIV lnternationaler Amerikanisten-Kongress, Stuttgart, 1904:. ler. Halfte, pp. 81-89. Berlín-Stuttgart, Leipzig,

1910 The islands of Tiiticaca and Koati. New York, Hispanic Society. XVIII, 358 pp.

1911 The ruins at Tiahuanaco. Proceedings American Antiquarian Society. Vol. XXI, pp. 218-265. Worcester.

RESTOS ARQUEOLOGICOS: LAS CELEBRADAS RUINAS DE KUELAP, DE MACRO, A YMARABAMBA, TSCHUSIDN, CHAUAR Y PUMACOCHA•

Limitado, por falta de fuentes documentales, a cualquier testimonio que las ruinas aborígenes pudieran proporcionar, comencé en el punto más lejano hacia el norte (en las vecindades de la capital) , dirigiendo mis pasos al Marañón y recorriendo así la pequeña área que podía examinar.

Oí hablar de ciertas minas situadas al este o al norte de la capital, que me fue imposible visitar. Me indicaron ruinas en Cam Djian 1• Las

(•) Los indios y las ruinas aborígenes cerca de Chacha-

poyas en el norte del Perú, (Traducción del inglés por Emilia Romero). Chaski. Organo de la Asociación Peruana de Arqueología. Vol. I, N9 2, pp. 13-59.

1 Carndjian se halla cerca de Molino-Pampa a diez millas al noroeste de Chachapoyas. Se aseguraba que estas ruinas carecían de muros protectores. La palabra es para mí ininteligible, ni mis informantes pudieron explicarla en quichua.

describían como una agrupación de casas de piedra circulares, sobre una elevada cresta cubierta por denso monte. Decían que entre los restos, había morteros de piedra y otros utensilios desparramados (Fig. IX b), y aseguraban que un gran mortero o batán redondo provenía de aquel lugar. En Yauh-Can 2 existe otra población en ruinas.

Cerca de la capital tuve noticias de Quid-JiJic. Dicen que también existen ruinas en los depósitos de sal de Bituya. Ví cerca de Levanto, una estructura irregularmente poligonal, y construída de piedra, primorosamente cortada y colocada. Se asegura que es “Inca” como todo lo que en las ruinas exhibe una construcción más cuidadosa en el occidente de Sud América.

Una de las causas que me indujeron a visitar Chachapoyas fue que, en 1892, aparecieron en Lima sugerentes relatos (de fuente oficial) de las ruinas de Kuélap. No es mi costumbre correr tras de lo sensacional, pero los informes ofrecían razones para visitar una región, por entonces aun de difícil acceso y, en comparación, poco conocida. Aproveché de Kuélap como de un pretexto para reconocer el país. Al llegar a Chachapoyas, las autoridades reconocieron mis intenciones como legítimas (punto importante, pues el gobierno acababa de promulgar un decreto insensato sobre investigaciones de antigüedades, que se puso en eje-

2 Yauhcan se dice que se halla cerca de Longuita al lado oeste del Utcubamba, cerca de cuatro millas al oeste de Kuelap en línea directa. Todas mis distancias las doy según el Atlas del Perú por A. Raimondi, fol. 7 y 12, e indican líneas rectas. Por los senderos, debido a lo quebrado del terreno y de la superficie, son mucho mayores. Las ruinas de Yauhcan aseguran que están sepultadas por alto monte. No encuentro etimología en quichua o aimara para la palabra; pero podría ser también Llanean.

cución únicamente contra mí y desde entonces no se ha vuelto a oír hablar) y recuerdo aquí con gratitud, la amabilidad y amistad del Prefecto de Amazonas, el ya fallecido Don José Alayza, de su secretario Don Leopoldo Pérez y del Sub- Prefecto Don Manuel Arce. Si hubiera de mencionar a todos aquellos a quienes debo hospitalidad y ayuda eficiente en Chachapoyas, así entre las autoridades como entre los residentes allí ( como Don José Revoredo, por ejemplo), la lista sería muy extensa. Abandoné Chachapoyas para dirigirme a Kuélap el 14 de setiembre de 1893.

Descendí a la estrecha y larga garganta del Utcubamba, (Fig. I b), tributario del Marañón. El fondo está cubierto de hermosa vegetación y en parte con cultivos. A ambos lados se levantan cumbres estupendas. A veces farallones desnudos, o bien taludes cubiertos de monte o con maleza que comenzaba a reverdecer. Sobre zona montuosa se extendía la fria puna o Jalea en donde crece la papa. En el fondo, se ve de vez en cuando caña de azúcar y café, naranjos y otras frutas tropicales en profusión. Mirando hacia arriba, se puede distinguir tres zonas diferentes de vegetación, por miles de pies.

Orillamos las empinadas laderas durante varias horas y descendimos de nuevo a la garganta, en Sargento, grupo de chozas construidas con caña y madera, en donde se cultiva el café, siempre que lo permite la limitada extensión del fondo. Arboles y lozana maleza cubren todos los sitios que no se limpian constantemente. En el monte se hallan algunas pocas e informes aglomeraciones, que se distinguen con dificultad y que pueden haber sido pequeñas casas, andenes o contrafuertes para contener el suelo del talud.

Trataré después de las ruinas de Macro, a poca distancia del pueblo de Tingo. Al dejar Tingo y cruzar el rio en su orilla occidental, empieza una subida larga y muy empinada, sobre una ladera casi desnuda, rocosa y escarpada en muchos sitios. La perspectiva hacia el río que corre abajo, produce vértigo. La subida requirió dos horas íntegras. En la cumbre perdimos la vista del río y descendimos a una cuenca montuosa con algunas secciones cultivadas. Sobre esta se levanta una alta cordillera que sostiene una Mesa cubierta de selva y delineada con un alto muro de piedra. Esta pared que a la distancia parece casi ciclópea, forma parte de las ruinas llamadas de Kuelap. Sin embargo, los indios la llaman Malea, corrupción de Marca, que significa casa en quichua, y pueblo o establecimiento en aymara. Muchos también le aplican el término español de muro ª. Esta Mesa (según Raimondi tiene 3.072 metros o 10.076 pies sobre el nivel del mar. Como la altura de Chachapoyas ha sido determinada en 2.328 metros o 7. 735 pies, se desprende que las ruinas se hallan 2.300 pies más arriba que la ciudad o sea a 4.000 pies sobre el nivel del río Utcubamba •. Como después noté, son perfectamente visibles desde el sendero entre el Marañón y Chachapoyas.

3 Torres Rubio, Arte &ca (fol. 159) tiene “el alto o sobrado de una casa”. Tschudi, Worierbuch (pág. 374) define la palabra como “aldea”. En Aymará, Marca es “pueblo”. Bertonio, Vocabulario (1, fol. 387; 11,217).

4 Raimondi, El Pení {Vol. ll, pág. 528), da para las ruinas de Malea, según Werthemann, 2938 metros o 9637 pies. En el Atlas {fol. 12) tiene 3072 metros. Tingo está colocado por Werthemann a 1742 metros o 5714 pies de aquí que la diferencia entre las ruinas y el Utcubamba es de 4362 metros. No puedo garantizar la seguridad de estos números, por no haber podido encontrar qué instrumentos fueron usados.

En la cuenca al pie de estas alturas coronadas de ruinas, está situada la pequeña casa de madera de la Hacienda. El monte oercano cubre otras ruinas. Son estructuras circulares de piedra, algunas de las cuales excavamos y obtuvimos unos cuantos morteros rotos, batanes y ollas de cerámica toscamente decorada, que se parece a la alfarería negra, blanca y roja tan común en las ruinas de casas pequeñas en Nuevo México. Este lugar se llama Lirio. La palabra puede ser española y designa los Amaryllis que abundan en el boscaje y son de notable tamaño y matiz. Ciertamente no es quichua, por lo menos originalmente. Cierto número de términos españoles se han deslizado dentro del lenguaje, pero no he oído esta palabra entre ellos. El establecimiento primitivo en “Lirio” parece haber sido de proporciones moderadas.

Un extenso talud, tedioso para subir, conduce del edificio de la Hacienda a las ruinas principales, a las que ( como se ha manifestado) se les da diferentes nombres ”Kuelap”, ”Malea” y “Muro”. Me inclino a creer que el primero es el verdadero, pero no hay certidumbre. El nombre se aplicó a la Hacienda en la quinta década del siglo dieciocho 5• En el censo de 1591, “Conilap” y “Conlap” aparecen con el número de los indios tributarios de cada lugar 6• Conila se halla cerca de Luya, nueve millas

5 En el folleto titulado Bienes de la Beneficencia de la Capital del Departamento de Amazonas (Lima, 1876, pág. 72 a 76) encuentro citados los dos siguientes documentos:

Entre los años 1740 y 1744 – Venta a censo por pagar cada tercio 40 pesos por la hacienda de Coélap a Juan José Franco, por los Reverendos Padres de la Merced.

Entre 1826 y 1830. – Ceai6n. Juan Manuel y Juan José ()yarce, de la hacienda de Cuélap a la Merced.

6 Relación de los Indios tributarios (pág. 55 a 56).

al oeste de Chachapoyas, y probablemente es la Conilap de 1591. La otra es mencionada en conexión con Levanto y pudiera corresponder a KueJap 7• Si es así, el lugar tenía 113 indios tributarios o sea, cerca de cuatrocientos habitantes. Es muy dudoso que, en aquel tiempo, hubiera un establecimiento en Mesa.

Oí una historia según la cual Kuelap estaba habitada en el tiempo en que llegaron los españoles por primera vez. Pero la tendencia general de la tradición se inclina a indicar que las ruinas son de una población abandonada antes de aquel tiempo.

Nos dicen también, que las gentes de Kuelap se hallaban en guerra con las de Levanto y Huanca,

7 (Ibidem) .-En la segunda parte del Libro de Cabildos de Lima ( vol 11), este documento está publicado con el extraño título de Relación de las Encomiendas existentes en el Perú cuando practicó la visita e hizo el reparto genreal el Virrey D. Francisco de Toledo (pág. 137 a 151). El editor asegura que es éste el documento contenido en el Volumen I (sería el VI} de los Documentos inéditos, y en el Volumen II de las Memorias de los Virreyes y Audiencias que han gobernado el Perú (Madrid, 1871, pág. 311, etc.). No puedo explicarme la importante diferencia en el título. La Nota en los últimos dos volúmenes dice que la copia es del MS. en el Volumen IV de los MSS. del Marqués del Risco y que el volumen también contiene la “visita” de Toledo. Es o un imperdonable error de Muñoz de cuya pluma proviene la nota, o el editor del Libro de Cabildos ha cometido una equivocación imperdonable. La reputación de Juan Bautista Muñoz, su proligidad y excepcional familiaridad con los archivos de su país, hace muy improbable que haya confundido el censo de 1591 con el de Toledo de dieciséis años atrás, y esto arroja una grave duda también sobre los cambios que el editor del Libro de Cabildos ha hecho como “correcciones” en las dos publicaciones. Así en lugar de “Conilap” (pág. 149} pone “Canilap”. Luya se halla más hacia el norte de Kuelap que Chacha poyas.

Fig. 111 Plano y seccione, tra~veruJes de Kuelap.

y constantemente en desventaja, hasta que erigieron grandes muros. Después de esto se mantuvieron en lo suyo. Un indio de Tingo, hombre muy anciano, me refirió que los habitantes de “Malea” eran brujos llamados “Ualqui Shaos” y que del pueblo de Quemia, situado quince millas al oeste, hacia el sur cerca del Marañón, venía un poderoso hechicero, un “Chimal Ualquí” que de un brinco, saltaba a la cumbre de una empinada altura llamada Incupuy, a corta distancia al sur de Kuelap y con ruinas de antiguos edificios. Un segundo brinco lo hacía aterrizar en la garganta de Sircach en la base meridional de Malea, desde donde saltaba hasta la cima de la Mesa, en donde la gente estaba dormida con los pies extendidos y mataba a todos con un martillo. Esto es genuino folklore indígena. No escuché ninguna tradición que atribuyera las ruinas a los Incas. La tendencia de estos relatos, fuera de uno que dice que “Malea” fue tomado por los españoles, es que Kuelap estaba ya abandonada en los tiempos de la conquista. Considerando la naturaleza del lugar y su posición dominante, seguramente habrían hecho mención de ella los primitivos relatos españoles, si hubiera sido ocupada en 1535 o posteriormente.

La altura de las ruinas sobre la Hacienda, según Werthemann, es de cerca de setecientos pies. Como se ha dicho, el farallón se ve claramente desde el sendero de Chachapoyas. Por sendero quiero decir el “camino” oficial a esta población, desde las orillas del Marañón. Aunque ese “camino” se extiende cerca de cuatrocientos pies más abajo y está cinco millas más lejos, con cimas que se interponen, las ruinas de Kuelap se elevan aun sobre ellas.

El plano y las secciones anexas dan una idea de la forma y dimensiones de este risco. (Fig. ill).

Es un trapezoide irregular, de gran extensión, de norte a sur, de diecinueve mil pies, y su máxima anchura (de este a oeste). de quinientos pies. Los lados de esta “Mesa” son verticales. En el este, su altura varía entre cincuenta y uno y veinte pies, siendo la mayor elevación de D. a B. Hacia el extremo sur el muro baja considerablemente, también hacia el norte, en donde, en F, termina en un ángulo sobre el que reposa una estructura cuadrangular a modo de torre. La superficie se inclina de oeste a este y tanto en su tercio septentrional como en el meridional una fila superior de rocas se eleva sobre la parte occidental de la superficie. Ambas filas de la Mesa están tan densamente cubiertas de monte que hube de abrirme paso a través de ellas con machete. Los árboles están cubiertos con parásitos, las matas obstruyen cada paso y gruesas trepadoras forman una maraña casi impenetrable. Con la ayuda de los indios, penetré dentro de este laberinto de vegetación, en muchos sitios y en toda dirección. Fuera de las plantas espinosas o venenosas, mis indios parecían temer sólo al gato montés a causa de su irritación cuando se siente sorprendido. Dicen que el puma frecuenta la Mesa ocasionalmente, y notamos su proximidad algunas veces en las noches, pero durante mi estada en las ruinas ( que fue de siete dias) los únicos vertebrados que ví, fueron unos pocos pájaros. En cuanto las lluvias han comenzado, dicen que la selva pulula de insectos dañinos. Molestaban únicamente las garrapatas y grandes hormigas rojas que más de una vez me obligaron a cambiar de sitio mi teodolito. En Lirio, en el curso de las excavaciones, un par de enormes arañas (mygale) aparecieron junto con los restos de cerámica, y causaron viva impresión entre mis compañeros, lo que mostraba que los pequeños monstruos no eran del gusto de estas gentes.

Este farallón es una fortaleza natural. (Fig.IV a). La ladera occidental de la cordillera es sumamente empinada; la bajada y la subida son igualmente trabajosas y no desprovistas de peligro. Está cubierta con la misma clase de selva que la plataforma y desciende por más de mil pies hasta el fondo, en donde corre un arroyo de agua permanente. Esta garganta se llama Sicsij, y no es sino una estrecha hondonada, como todos los llamados “valles” en esta región. Copio de mi diario, del 16 de setiembre de 1893:

“El lugar es seguro, muy adecuado para la observación, pues domina vastas extensiones que se componen del acostumbrado laberinto de estrechas y profundas quebradas, laderas escarpadas y crestas boscosas o desnudas. No hay picos agudos en ninguna dirección. Un yermo de cordillera y garganta; aquí y allá trechos de campos y chozas aisladas”.

El frente occidental del farallón está circundado, como los otros lados, por una pared. (Fig. m y V, 1 y 2). Su elevación en B, es de treinta y nueve pies y desciende gradualmente en talud hacia los extremos norte y sur. Así, la masa de la roca está protegida por una cubierta de piedra de diferente altura, con un perímetro de 4.100 pies, de los cuales 1840 corresponden al lado oriental y 1800 al occidental y 366 al meridional, mientras el extremo norte forma casi una punta. Este muro no es de circunvalación; está construído contra y no sobre la roca y consiste en una armazón exterior hecha de paralelepípedos de piedra primorosamente cortados y de tamaño desigual, del grosor de cerca de tres pies, detrás de la cual está un relleno de ripio de dos o tres pies de ancho en la base y de dos a ocho pies en la cúspide. En total representa unos 760.000 pies cúbicos de albañilería.

Son dos las razones ‘para cubrir los lados de un gran farallón con una armazón de albañilería. Primero, para prevenir el escalamiento de la Mesa; y segundo para prevenir la desintegración de los riscos por la lluvia. El exterior del muro está cuidadosamente tratado, y una ligera argamaza de barro unió en un principio los bloques. En algunos sitios ésta ha desaparecido debido a las lluvias torrenciales que han puesto en peligro algunas partes de la Mesa, en el curso de los siglos.

De este modo, con su cumbre hecha casi inaccesible, la Mesa requería sitios o un mecanismo para la subida. La naturaleza proporcionó estos medios. En A (Fig. m y a Fig. VI) en el lado oriental, un corte profundo penetra en el cuerpo del farallón, extendiéndose hacia el occidente, en una distancia de 202 pies. Esta hendidura natural forma un pasaje estrecho que puede subirse rápidamente. En A tiene una profundidad de 48 pies, mientras que 202 pies más lejos emerge sobre la superficie de la plataforma. Casi al frente, en B. (Fig. nr y b, Fig. VI) un corte similar penetra desde el oeste cerca de 112 pies; tiene 39 pies en la entrada occidental y sale sobre la plataforma a 50 pies del pasaje oriental, de manera que hay dos estrechos planos inclinados que cortan la Mesa. Ambos son naturalmente desiguales y están ahora obstruídos, en parte por desperdicios y en parte por la vegetación que ha penetrado en todas partes. Un corte similar, también natural, en el lado oriental del farallón, se abre en C. (Fig. ll) pero es corto y menos profundo. Se puede, pues, llegar a la plataforma por una subida general en dos puntos por el este y en un sitio por el oeste. Puede

V -Detalles de la estructura del muro de Kuelap.

también llegarse por el extremo norte pero con dificultad considerable E.

Este pasaje A tiene diversos anchos. (Fig. IV, b) . En la entrada y por sesenta y cuatro pies hacia adentro, tiene ocho pies en la base adelgazándose hasta cuatro arriba; entonces sigue una abertura de cincuenta y ocho pies, debido al natural deterioro; el resto empieza con un ancho de cuatro pies y se adelgaza hacia una salida superior en donde las paredes artificiales se encuentran en la cima, formando una larga entrada (Fig. VI, l; V, 4).

La entrada desde el oeste tiene un ancho de diez pies en la parte exterior, estrechándose gradualmente hacia el extremo superior (Fig. V, 2 y VI, 2).

Ambos pasajes están cubiertos con paredes semejantes a aquellas que hacen frente al farallón. (Fig. V, 1, VI y VII). En el extremo superior, el pasaje oriental estaba cerrado en un principio. Una entrada trapezoide de seis pies de alto, de ocho pies en la base y poco más de dos en la parte superior, fue cortada en la roca y forrada con albañilería. (Fig. V, 3). Los pasajes son hendiduras naturales, forradas con piedra para impedir los dañosos efectos de la erosión.

La superficie de la Mesa, como ya se ha explicado, es desigual y ondulada. Estas ondulaciones no pudieron ser más que indicadas en el plano, pues estaban sepultadas en el denso monte. La inclinación general es de oeste a este, pero se nota también una de norte a sur. Además, hay encima, como se ha dicho ya, una fila de rocas de diversa altura. Al norte de las entradas, se ha despejado un cuadrángulo sobre la Mesa, de cerca de treinta pies de ancho. (Fig. ill). En esta área, los edificios pueden estudiarse con menos dificultad.

Como lo indica la tradición, Kuelap no era simplemente un lugar de refugio en caso de peligro: estaba habitada permanentemente y era una población fortificada, habiendo sido aumentada artificialmente su solidez natural. Hay casas esparcidas sobre toda la Mesa. En el espacio despejado pude localizar cuarenta y en lo que pude examinar de las secciones boscosas, deben haber unas trescientas habitaciones más. Esto daría, para la tribu que vivía en Kuelap, una población de no más de dos mil almas o seiscientos guerreros. Este número de indios podía ser formidable en una posición casi inexpugnable. Me refirieron una tradición según la cual Kuelap reunía 11.000 hombres armados en sus guerras con los indios de Huanca y Levanto, pero esta afirmación, además de provenir de una fuente que no inspiraba confianza 8, es completamente absurda.

Las casas en Kuelap eran estructuras circulares de modestas dimensiones. (Fig. m, VI y VIII), variando el diámetro exterior de las que yo medí, entre 20 y 29 pies. (Véase planos). Sus paredes, de piedras quebradas mezcladas con barro, pocas veces tenían más de 18 pulgadas de grueso. No quedan restos de techos. Estas casas están, las más de las veces, reducidas a un círculo que se eleva unos pocos pies sobre el suelo. Están aisladas y también en grupos de· dos o tres. (Fig. IX a). Las excavaciones descubrieron el piso rústico de tierra pisoneada, con losas de piedra encajadas ocasionalmente. El suelo de la plataforma es muy delgado y no se debe buscar habitaciones subterráneas, pues los indios carecían de medios para remover la roca sólida.

8 Se dice que está contenido en un documento en Trujillo.

También medí estructuras circulares que se hallan sobre una base maciza. Una de estas bases estaba a seis pies sobre el suelo y tenía un diámetro exterior de 28 pies. Sobre ella se elevaba propiamente la habitación, que medía 24 pies de través, exteriormente. Otra tenía una base de cuatro pies de alto, pero su diámetro era de 50 pies y el de la estructura superior, 28 pies. Adyacentes a estas se hallaban dos círculos más pequeños que medían respectivamente 16 y 19 pies de través y que parecían anexos. En estos edificios y cerca de ellos, encontramos morteros toscos de piedra, batanes, dientes de venado y cerámica del tipo ya mencionado. También fragmentos de losas chatas para moler o molinos de mano, como aquellos que se usan en toda la costa occidental del Perú. Ningún vestigio de metal o de instrumentos de piedra, ni pedernal ni obsidiana. Me hablaron de la existencia de hachas de metal, pero sin mostrarme ejemplares. Es más que probable que muchos artefactos saldrán a luz investigando las ruinas cubiertas por la maleza (que no pude hacer debido a la prohibición). Las tribus de la selva del Amazonas (al igual de muchos indios de la selva del Perú y Bolivia) usan hoy hachas de piedra 9, y es casi cierto que las tribus sedentarias también las poseen. Todo material perecedero ha desaparecido. En torno de los bordes de las sólidas bases de las casas, un círculo de planchas que sobresalen forman una tosca carniza. (Véase diagramas). En el denso monte de la parte norte de la plataforma, me dirigí a un grupo de edificios circulares, uno de los cuales tenía una comiza hecha de mosaicos en rombos. (Véase, Fig. X b) . El trabajo de piedra de este edificio ( el perímetro del cual era poco

9 Yo después vi algunos de ellos.

diferente del de los otros) estaba tan bien hecho como sobre las grandes paredes y vi otros que mostraban una manufactura igualmente cuidadosa.

En mi excursión a través del monte y la maleza no vi ninguna estructura que pareciera servir para un propósito ceremonial. Encontré una casa rectangular, muy pequeña y otra (sumamente rudimentaria) con los extremos redondeados. La torre (En F, Fig. ID y Fig. vm, 4 y 4 a) es cuadrangular y mide 24 por 25 pies y es una masa sólida; parece, por su posición, haber sido un miradero. Debo observar que los términos “circular” y “rectangular” deben ser comprendidos aproximativamente. Las casas nunca son exactamente circulares y la torre es un rectángulo aproximado.

La torre (3, 3 a, 3 b, Fig. VIII) se halla, como se ha dicho, sobre una eminencia de la selva, y la vegetación sobre su cumbre es baja, de modo que se puede tener una buena perspectiva desde ella, no extensa, sin embargo, como desde F. (Fig. ID). Es un cono truncado, invertido, siendo su diámetro en la cumbre de 46 pies en la base de 40 pies y la altura de 15 pies. Recuerda su forma las torres de Sillustani al sudoeste del Perú cerca del lago Titicaca. La masa de este edificio es de ripio y una armazón de paralelepípedos de piedra bien cortados y colocados la forra hasta un grosor de dos pies. Contra esta estructura y conduciendo hacia su nivel superior, se halla un plano inclinado de tierra. Catorce pies adentro de donde este plano inclinado llega a la cumbre, una abertura, da más de tres pies cuadrados, da acceso a una cisterna en forma de botella que va hacia abajo a través de toda la estructura y aun unos pocos pies más abajo. (Fig. VIII, 3 b). Es como los cuartos subterráneos en forma de botella, para depósito, encontrados en las ruinas de Cajamarquilla

cerca de Lima, también como las cámaras en las torres de Sillustani. Esta cisterna está forrada con muy buena albañilería, cuidadosamente hecha y con las piedras encajadas muy junto. En ella se había juntado el agua de las lluvias que caían por entonces en el lugar. Esta cámara parecía una cisterna y la torre está colocada como para recibir la lluvia desde cualquier dirección.

La fotografía adjunta no sólo da idea de la delicadeza de la albañilería, sino también muestra la única clase de tallado que vi en las ruinas. Representa la cabeza de un hombre y, probablemente hasta dos cabezas, en relieve. La figura (o figuras) son muy rudimentarias pero tienen el mérito de mostrar el tocado. De propósito coloqué al capataz de mis trabajadores, el indio Pedro Huamán de Tingo, al pie, para demostrar como este adorno se parece al de los indios de Chachapoyas de la actualidad. Son tan notablemente parecidos, que hacen sospechar que el tallado puede ser reciente. (Véase fig. X a).

La sugerencia de que esta torre es quizá una cisterna, nos lleva a la cuestión del aprovechamiento de agua. Por lo que se sabe hasta 1893, no se ha encontrado agua permanente en la Mesa. La densa vegetación absorbe toda la humedad y no se pueden formar charcos en la superficie. Tampoco se encontraron fuentes o manantiales. Cuando Kuelap fue habitada, la vegetación no cubría la meseta en masas tan densas como hoy, y si se limpiara por completo, quizá saldrían a luz albercas que contuvieran suficiente agua de lluvia para la población, como en Acoma en Nuevo México. Hay un manantial pequeño de agua perenne que corre en la garganta de Sicsij al pie occidental de la Mesa. La bajada es larga y difícil, pero los indios aun la hacen, y también los blancos y mestizos cuando

cazan y no es más empinada ni más elevada que la de Barranca, de la cual las mujeres de la población de San Mateo Ozolco en México Central extraían el agua para sus menesteres domésticos en 1881. Aun sí Kuelap (como declara la leyenda) se hallaba en guerra con las tribus de la vecindad y a veces hostigada firmemente, esta lucha no podía tomar las proporciones de un sitio prolongado Incursiones repetidas y fatigosas, discontinuadas y reasumidas hasta que fuese posible una sorpresa o un asalto, eran las únicas operaciones militares de que eran capaces los indígenas en los tiempos primitivos. Por meses y quizá por años, las mujeres de la Mesa hubieron de descender a Sicsij sin ser molestadas; una partida hostil pudo hallarse en acecho y enseguida pudo obligar a la gente a retroceder y conservar reservas de agua en la plataforma, hasta que el enemigo fuese arrojado o retrocediera espontáneamente. En estas cordilleras densamente boscosas, las celadas y sorpresas (poco practicadas en las alturas estériles) constituían la táctica principal, como sucede hoy entre las tribus errantes de la selva.

No es probable que los indios de la Mesa pudiesen practicar la agricultura en ninguna forma. Hay escaso sitio para ello. Es probable que sembraran en las laderas o en el valle. Hay un grupo de casas redondas fuera del gran muro oriental y las ruinas de Lirio pueden ser las habitaciones ocupadas durante el sembrío y la cosecha 10• Hay un cierto número de edificios circulares, solos o en grupos, diseminados entre el monte, en las laderas y crestas cercanas a las ruinas, pero el establecimiento sobre la Mesa es el único grande y compacto.

10 Como los “pueblo de verano” de los indios de Nuevo México.

Al Sud Sudeste de la Mesa se extiende una cordillera más baja, recubierta sólo con matorral y llamada Shundur. Shundur puede ser una corrupción de Suntur o Suntu, que significa en quichua, un montón 11, nombre dado a veces a las casas circulares con techos cónicos de paja 12• El gobernador de Tingo que me acompañó en el viaje a Kuelap me sugirió esta explicación. Aunque no hay montes en Shundur, las ruinas allí están más deterioradas que aquellas de la Mesa. Constan de cerca de veinte edificios redondos como aquellos descritos, y de una pared que corre a lo largo del extremo inferior del declive meridional desde el E. S. E., hasta el O. N. O., por cerca de 1660 pies. En su terminación oriental voltea hacia el norte y arriba de la ladera por cerca de 300 pies hacia la cresta, sobre la cual están agrupadas las casas. Entre el extremo sudoccidental de Kuelap y Shundur hay una depresión y la pared de la última está colocada en forma de proteger el pequeño establecimiento desde el oeste, a donde es posible acercarse a lo largo del extremo de la garganta de Sicsij. Esta pared está reducida a poco más que un contrafuerte. No es posible decidir si Shundur fue un anexo de Kuelap, un establecimiento independiente o que fue abandonado previa.mente. No encontramos nada que revele su edad relativa y ningún artefacto fuera de los fragmentos de cerámica acostumbrados.

Las grandes paredes de Kuelap también han comenzado a desmoronarse. En muchos sitios se

11 Torres Rubio, Arte (fol. 100). En Aymara, Suntur Uta lo da Bertonio (Vocabulario, II pág. 328): “Casa que tiene el techo quebrado sin moxinete”).

12 Comparar E. G. Squier, Perú (1877, pág. 302 y sig.).

desploman como consecuencia de su desintegración. La lluvia constantemente arrastra la argamaza de las junturas y la vegetación penetra a través del muro o corroe las fisuras con raíces y enredaderas. (Fig. VII). En los pasajes que entran al farallón viniendo del este, árboles de dos pies de diámetro han perforado la albañilería. El hombre ha contribuido a esta destrucción. En muchos sitios, el exterior ha sido destrozado en busca de tesoros. Este vandalismo reveló, que a lo largo de toda la pared, a cinco o seis pies del suelo, existen nichos funerarios cerrados con bloques de piedra. Vi muchos de estos nichos y obtuve en algunos cráneos humanos y huesos. Todo lo demás había sido extraído, aunque pude saber que jamás se había encontrado algo más que restos humanos. No se me permitió abrir ninguno,

Los nichos eran de diferentes tamaños y por lo general suficientemente espaciosos para un cuerpo en cuclillas. Cuanto a los cráneos, me remito a la lámina adjunta así como para los demás artefactos que obtuve en la región de Amazonas. (Fig. IX, b).

El gobernador de Tingo, Tuestas, me dijo que cuando aun era muchacho, había visto la ladera oriental de Kuelap cubierta de cráneos y esqueletos. Esta exposición me fue hecha sosteniendo una tradición según la cual la Mesa estuvo habitada cuando Alonso de Alvarado llegó por primera vez a Chachapoyas y que los españoles, cuando si· tiaron Kuelap, habían muerto de hambre 13• Tambien me aseguró que habían tomado cierto número de “momias” 14 de la ladera oriental de las rui-

13 Esto es una invención manifiesta.

14 Todos los cadáveres encontrados en las tumbas que se suponen antiguas se llaman “momias” en el Perú.

nas. Es curioso que, mientras los restos humanos se han desintegrado casi por completo, en los nichos bien protegidos, han permanecido intactos en el suelo delgado de la ladera por cerca de tres siglos y medio.

Por lo tanto, las gentes de Kuelap practicaban la sepultura en nichos, en la gran pared que cubre el perímerto del farallón, por lo menos en la mayoría de los casos. Más abajo ( como pronto tendré ocasión de demostrarlo) se usaban cuevas con el mismo propósito. Pero alrededor de Kuelap no hay cavidades naturales ni he oído hablar de que existieran artificiales. Sólo puedo sospechar, según lo que vi después, que los cadáveres eran colocados en cuclillas y posiblemente de través, como en muchos entierros aimaras.

Se descubrió en una de las casas, algo así como un banco o asiento de piedra, un tosco pilote apoyado contra uno de los lados. En otra, había sido tapiada una puerta de dos pies de ancho demostrando que el abandono del edificio tuvo lugar sin prisa. Muchos de los morteros y batanes estaban rotos y los fondos de algunos recipientes estaban perforados, como si hubieran sido “muertos”, como hacen los indios de Nuevo México con la cerámica que ya no sirve. La historia que me relataron, de que Kuelap fue abandonada como consecuencia de una epidemia, puede haberse originado a causa de los esqueletos que el gobernador de Tingo vio esparcidos sobre la ladera, puede también derivar alguna confirmación de los signos mencionados anteriormene, los cuales en Nuevo México, servirían para probar un abandono lento y gradual.

Circula también una historia entre los habitantes blancos y mestizos, y es que cuando se construía la gran pared, aquellos que se negaron a tra-

bajar fueron emparedados vivos. Estos es con toda claridad un “mito de observación” 15•

Está manifiesto que Kuelap fue una población de aborígenes agricultores que residían en el farallón por seguridad. Este aspecto no es excepcional en la región, aunque Kuelap es el. ejemplo más notable que se conoce. Todas o casi todas las antiguas ruinas se hallan mirando el fondo del río, y más de una muestra restos de una plataforma cubierta de albañileria, semejante a Kuelap. La naturaleza del terreno obligó al indígena a morar sobre las laderas y las crestas. No podía limpiar el fondo cubierto de monte con herramientas de piedra o cobre, y quemar la selva no reportaba provecho alguno¡ seis meses más tarde todo habría estado nuevamente cubierto de vegetación. Además, las corrientes que riegan los valles son torrentes, sujetos a crecientes súbitas y perjudiciales. Para escapar de ellas, los nativos tenían que vivir en las vertientes y las crestas.

Parece, por lo poco que he podido informarme acerca de las primeras expediciones españolas en el distrito de Chachapoyas, que sus habitantes estaban divididos en tribus independientes, algunas de las cuales en un principio formaron una confederación contra los europeos. Mientras no había peligro exterior, estas tribus guerreaban una con otras con frecuencia 16• De aquí que las precauciones contra la agresión, más que otra cosa, determinaron la elección de un sitio para vivir.

15 E. B. Tyler, Early History of Mankind ( 1878, Cap. XI).

16 Garcilaso de la Vega, Cementarios (Vol. I, fol. 199) Primeros Descubrimientos y CA>nquistas de los Cbachapoyas (págs. V, VI, XII). También Juan de Alvarado, Memoria de las Cosas primeras {pág. XV, etc).

Las historias y tradiciones son muy contradictorias acerca del último destino de Kuelap. El mismo indio anciano que me refirió la historia de la muerte de sus habitantes por un brujo de Quemia, también aseguraba que la gente había sido exterminada por una epidemia! No todos, pues al misfo tiempo hablaban de sobrevivientes que se retiraron a Conilo, Chiringote 17 y Santo Tomás de Quillay! El sitio no está mencionado con su nombre en ningún documento primitivo accesible a mí, ni he encontrado descripción alguna que recuerde aun débilmente Kuelap, o alguna afirmación que ayude a inferir que los españoles la vieron. Algo tan sobresaliente, sin embargo, no podía escapar a la atención, si hubiera sido habitado en 1536 18• De aquí deduzco (hasta obtener alguna otra información) que el lugar fue abandonado antes de que cualquier hombre blanco visitara Chachapoyas.

El crecimiento de árboles en Kuelap, no permite formarse un criterio acerca de la fecha aproximada de su abandono. Los árboles, como se sabe, crecen con gran rapidez en los trópicos.

Bajé de Kuelap por otra trocha. Al pasar cerca de la empinada elevación de Incupuy pude distinguir las ruinas de su cumbre, pero no las visité. Parecían más pequeñas que las de Kuelap y aseguran que los edificios se parecen a ésta última, en cuanto a su construcción. Pero las tempestades barrían la región y habría costado mucho

17 Chiringote está al sur de Kuelap y cerca de Leymebam ba, Quillay a medio camino entre los dos lugares. Conilo al norte y al oeste de Chachapoyas. Tal diseminación es por supuesto posible, pero no hay evidencia de ella.

18 No puedo encontrar nada que recuerde Kuelap, ni en el documento de Alvarado, ni en Cieza ni en Herrera.

tiempo y trabajo abrirse paso a través del monte y la maleza. Así pues, regresé a Tingo, para de allí visitar las ruinas diseminadas a lo largo de la garganta del río Utcubamba.

En Tingo las alturas retroceden del río por corta distancia, pero pronto se aproximan de nuevo formando una estrecha entrada con rocas verticales sobre el oeste, declives muy empinados sobre el este, cubierto densamente con plantas espinosas. Sobre este lado y cerca de una milla más abajo del río de Tingo las ruinas de Macro se ven desde la trocha. La fotografía anexa está tomada de la orilla opuesta. (Fig. II a). El plano muestra 21 casas circulares (Fig. XI, 1) construídas contra la ladera que es casi vertical. (Fig. XI, 1 a). Las medidas son sumamente difíciles. Algunas de las casas tienen una decoración que se encuentra en la madera de Kuelap y representada en la Fig. X. b, rombos en trabajo de mosaico rudimentariamente ejecutados. El tamaño de las casas no es diferente de las de Kuelap, Shundur y Lirio, ni tampoco su construcción. Macro puede haber amparado en las inmendiaciones unas cien almas. Su elevación sobre el valle y las rocas perpendiculares en su espalda, hacen difícil un ataque, pero puede con facilidad ser privada de agua. Copio de mi diario de 24 de Setiembre de 1893:

“Pasamos a lo largo del río, más abajo de Magdalena, después de cruzar la corriente sobre el puente cubierto. Caña de azúcar en pequeños trechos, muchos naranjos y las chozas habituales … luego trepamos por las laderas cubiertas con vegetación espinosa y achaparrada, luego dimos vuelta por un elevado . risco; después de torcer alrededor de algunas empinadas y abruptas alturas, nos detuvimos en un trecho de caña de azúcar sobre la orilla derecha, sobre la cual, en la ladera muy

empinada cubierta con cactos y otras plantas espinosas, también con maguey, se elevaban tres filas de estructuras redondas, la más baja de las cuales se halla a una elevación de 195 pies sobre las orillas del río. Fue pesado trepar esta ladera, pues cada paso debía ser abierto con machete. Al llegar encontramos que las ruinas eran tres filas superpuestas de casas circulares, algunas de un piso, otras de dos pisos, exactamente iguales a aquellas de Malea y otras que ya había visto. Plegánlose a la naturaleza del terreno, la forma circular ha sido preservada exteriormente. . . o algunas ca· sas están unidas como para presentar un frente ligeramente ondulado. Todas las paredes están bien construídas y tienen el grosor usual de dieciocho pulgadas. Pequeños nichos en las paredes, sin ventanas, pero en un sitio una Olla estaba emparedada como para servir de nicho, y una piedra esculpida también hundida en la pared, representaba la cara y parte de un cuerpo humano”.

“Tres de las casas de la fila superior, tienen un borde de mosaicos en forma de rombo, pero no vimos nada más de importancia, ni aun trozos de cerámica. Algunos de los cuartos están en parte excavados en la roca y una pared delgada de piedra ha sido colocada contra la superficie natural. Las casas están claramente, en parte, sobre una plataforma o base que sirve de subestructura y cimiento. . . Sobre las alturas del lado opuesto del río, hay diseminadas casas circulares y yendo hacia Magdalena encontramos muchas de la misma descripción sobre las laderas hacia el río y descendiendo del pueblo”.

Desde Tingo seguí el río de Utcubamba nuevamente hasta Sargento, en donde permanecí cuatro días, aprovechando los intervalos entre las tempestades para examinar las ruinas de la vecindad.

Cerca de una milla de Sargento y sobre un hacinamiento de chozas modernas que llevan el nombre extraño de Oclél 11\ están las ruinas de Aymara-Bamba. Este nombre es interesante y significa “llanura de los aymaras”. Se levantan sobre una ladera graduada cerca del fondo (Véase Fig. Xl, 2 y 2 a) y comprende cerca de veinte casas redondas, algunas de las cuales se encuentran en una quebrada que forma el límite septentrional del antiguo establecimiento. A través de él, así como a través de la quebrada meridional, han sido levantados, represas o contrafuertes que recuerdan los diques en los lechos de los torrentes de Sonora (al norte de México) y se llaman “Banquitos”. Muchas de las casas, sin embargo, se hallan en una colina entre ambas quebradas. La parte más alta de las ruinas es de 185 pies sobre el valle. Aquí vi cierto número de “Batanes” 20 y obtuve una piedra de moler muy bien hecha. Los fragmentos de cerámica eran exactamente iguales a los de Kuelap, negros y blancos o sin líneas decorativas.

A una hora de cansada subida sobre esta ruina, sobre una cresta estrecha a cerca de mil pies sobre el fondo, sepultadas en densa maleza, están las ruinas a que se da el nombre de Tsbu-Shin, pero que son mejor conocidas por Shivanu Cunga. (Fig. XI, 3). Este último tiene una palabra quichua: Cunga, que significa un punto o cresta que puede pasarse, y es apropiada para el sitio. Parece ser el nombre más reciente. Tshuschin no es quichua. Me remito al plano para tener una idea del

19 Esta palabra no puedo encontrarla ni en quichua ni en aunara.

20 Batán es la palabra común en el Perú y en Sud América occidental, en general, para un molino a mano y es sustituto del Metate mexicano.

lugar. Las casas circulares, en número de cuarenta, se hallan sobre una meseta estrecha y alargada, protegida por un muro de piedra imitando en menor escala la pared de Kuelap. Tiene sólo cuatro pies de alto y está construido más para prevenir que se desmorone la tierra que se halla atrás, que como defensa. En un lugar de esta pared vi un plano inclinado partido, como aquellos de la costa peruana en Sur, Pachacamac y Chan-chan. (Fig. XII, 4). Esta doble subida, cada sección de la cual es de cerca de 14 pies de largo y de cinco pies de alto (siendo la primera inclinación más baja que el muro) conduce a una meseta sobre la cual se hallan las casas. En su extremo meridional y algo abajo está una estructura angular (Véase Fig. XII, 1) también de piedra, mejor construida que las casas redondas y que sugiere un origen español por su patio que se parece a un cementerio. Tiene una ventana y algunos nichos y en uno de estos encontré los restos de lo que la gente me había dicho que era una “momia”. Sólo habían quedado unos huesos y pedazos de una tela azul oscura. El cráneo había desaparecido. Por su tamaño parecían ser los restos de una mujer y tuve la impresión de que habían sido colocados después del abandono del lugar; quizá con propósitos de brujería. Sobre el pasado de estas ruinas que formaban un establecimiento dos veces mayor que Macro y Aymara-Bamba, no pude saber nada. La gente aseguraba que la estructura cuadrangular había sido una iglesia, afirmación a la cual las apariencias daban algún apoyo. La cerámica es idéntica a la de Kuelap y otros puntos de la vecindad. Tshushin es probablemente el lugar en el cual, según me dijeron, se había encontrado alfileres de cobre y cucharas de cobre.

Al norte de Tshushin y a plena vista de estas ruinas, pero algunos cientos de pies más arriba, unas lomas circulares coronan una elevación densamente cubierta de herbaje, a la que se le da el nombre de Pucará. Pucará, es tanto quichua como aymara y designa un lugar de seguridad, no necesariamente fortificado o amurallado, sino una posición naturalmente fuerte, habitada u ocupada. Estas ruinas se hallan, efectivamente, en una situación notablemente favorable para la defensa y observación. No tan elevada como Kuelap, pero dominando un extenso panorama, goza, además, la ventaja de tener aguas perennes. No pude, debido a un fuerte aguacero, visitar el lugar íntegro. La Pucará principal conserva aún porciones de defensas contra la roca; el trabajo de piedra es aún mejor que el de la gran pared de Kuelap, y sobre la cima se encuentran los residuos de unas veinte casas redondas y de algunas cuadrangulares; también de cercados cuadrangulares conectados con las casas. (Fig. XII, 2 y 3). La segunda Pucará está más alta que la primera y en ella se veía, íntegra, una de las paredes laterales. Mide 22 pies de largo, tiene dos pies de alto en la parte superior y el grueso de cinco pies en un lado. El número de casas es también de 20. Al noroeste de éstas, separada de ellas por una profunda hendidura, se halla una tercera sobre una colina y, no muy lejos, están los residuos de una pared circular. Estos cuatro grupos parecen haber formado un conglomerado. Los fragmentos de cerámica (que son los únicos artefactos que noté) eran de la misma clase que los de Kuelap.

Mientras estuve en Sargento, oí hablar de una “momia” en una cavidad natural cerca del fondo, en Aymara-bamba. Estaba tan destruída que sólo se pudo conservar el cráneo y pedazos del vestido. Estos pedazos representan una cubierta externa de tosco algodón semejante a las de las antiguas tumbas de la costa; un pedazo de vestido, negro y blanco, y una faja de dos colores. Después supe que en la vecindad abundan las cavidades naturales y resquebrajaduras usadas antiguamente como tumbas. Muchas de ellas son de difícil acceso y es natural que los indígenas hayan recurrido a ellas. El fondo era montuoso y las laderas continuamente barridas por lluvias torrenciales, de manera que los huecos en las rocas, hendiduras y grietas eran los únicos sitios en donde se podían conservar los cadáveres. No estoy seguro, sin embargo, de que los restos encontrados cerca de Aymara-bamba sean antiguos. Los tejidos son sospechosamente parecidos a los de la costa. Si se encontraran en mayor número, eso podría tal vez indicar que los primitivos habitantes usaban el mismo vestido que los de la costa peruana. Obtuve también unas pocas piezas de cerámica entera, pero eran, con sólo una o dos excepciones, de las orillas del Marañón, al oeste. Dos de ellas recuerdan la antigua cerámica plástica de la costa. Una tiene un barniz verdoso que puede ser debido a calentamiento subsecuente. Estas vasijas se hallaban en manos de particulares y habían servido para usos domésticos por muchos años. No es improbable que soportaran un nuevo cocimiento accidental. (Fig. IX, b).

Abandoné Chachapoyas el 11 de Octubre. El tiempo no permitía posteriores exploraciones y además, me llamaban de la costa, con noticias importantes.

Durante mi camino hacia Chachapoyas, en Setiembre, medí en Chauar 21, entre Leymebamba y

21 Chhahuar, según Torres Rubio, Arte y Vocabulario ( fol. 79), significa una especie de fibra, también cáñamo de lino. Tschudi, Worterbuch (pág. 234); “una especie

Suta, algunas ruinas, que están muy deterioradas. Parecían ser muros del tipo de aquellos de Pucará, construídos contra la ladera de un cerro boscoso. No ví artefactos. Las menciono aquí, ya que el camino que tomé a mi regreso se desviaba del camino real antes de llegar a Suta. El grupo que me acompañaba, que dirigía el Prefecto en persona, cruzó el río en Lepe-cancha hacia el lado oeste y pasamos la primera noche en la Hacienda de Sumén en una garganta cubierta por la vegetación habitual. El valle es excesivamente estrecho y los campos de trigo, maíz y cebada son simples pedazos. En Sumén me mostraron una cavidad natural, muy arriba, en el lado opuesto, la que decían que contenía “momias”. Aquí también me repitieron la historia del abandono de Kuelap a consecuencia de la venida de los españoles. Se hablaba de restos antiguos, en especial de cavernas y casas erigidas contra las rocas, propósitos confirmados por los numerosos riscos que asoman a lo largo de las cumbres. Aseguran que Santo Tomás de Cuillay es un sitio en donde las cavernas habitadas están mejor representadas y el Prefecto insistía en que lo acompañara a unas minas de oro abandonadas en esa vecindad. Cuillay 22 se halla sobre una meseta sobre una profunda hendidura y tenía, entonces, mil habitantes, en su mayor parte indios; con una iglesia y algunas casas más grandes de piedra y de corteza de la que los indios hacen sus cuerdas”. Por lo tanto fibras de toda clase.

22 Santo Tomás de Quillay se halla, según Raimondi, Mapa del Perú (fol. 12), a 2691 metros (9482 pies) sobre el nivel del mar. El nombre puede ser de Quilla, “luna” en quichua. En Aimará Quillay es el nombre de una planta muy usada para limpiar y llamada en el Perú Tarsana. Raimondi, Elementos de Botánica (Lima, 1857), dice que es Quillaya se smegmademCNr.

adobe, en tanto que la mayoría son chozas. Me señalaron las cavernas desde la población; están sobre el borde de un risco del frente y parecen ser unas doce vecinas unas de otras. Para visitarlas hubiese requerido más tiempo del que podía disponer, mejor estado de salud y menor lluvia. Fuimos a las llamadas minas, algunas de las cuales eran antiguas explotaciones abandonadas cuando los españoles fueron expulsados del Perú. Fueron nuevamente trabajadas por un corto período, hace cincuenta años, por un inglés a quien la gente del pueblo arrojó fuera. Treinta años después, se hizo otro intento con capital nacional, pero también fracasó. El oro está incrustado en cuarzo y el porcentaje es calculado tan diversamente que no vale la pena repetirlo. De Santo Tomás regresé al Marañón, a Balsas, por vía de Gollón, dejando hacia el este las ruinas de Puma-Cocha. Dicen que estas ruinas son Inca. Su aspecto general no está de acuerdo con esta opinión, ni tampoco se parecen a Kuelap. Lo que ví viniendo a Chachapoyas fue un valle pequeño cubierto de fino césped y flanqueado por cerros empinados cubiertos con helechos y maleza baja. Un límpido arroyo corre a través del valle y las ruinas están diseminadas sobre la ceja de los cerros más bajos. Parecen casas de piedra cuadrangulares con cercados, con paredes cuidadosamente construídas, pero no de la albañilería perfectamente ajustada característica de los edificios Incas. Una colina baja y sin forma se encuentra en el fondo del valle. Puma-cocha se halla cerca del borde de la vegetación arbórea y recibí la impresión de que no había sido un establecimiento de mucha importancia 23• El Dr. Mid-

23 “Pomacocha” está mencionada en la Relación de 1591 (pág. 56) con 127 indios tributarios o 450 almas.

dendorf visitó Chachapoyas pocos años antes de mi viaje a Amazonas, exclusivamente en busca de los restos de los Incas, y me aseguran que regresó desilusionado, sin haber encontrado rastro alguno de la arquitectura Inca. Tuve la misma impresión.

Es verdad que la choza o casa circular de piedra y barro, con techo de paja se usa hoy 24• Las habitaciones en Kuelap y otros lugares son del mismo tipo, de aquí que los indios actuales o copiaron la arquitectura de antecesores desconocidos o pertenecen al mismo tronco. La casa circular es común en la vieja Puna del Perú y Bolivia y en este último país parece ser un tipo tan antiguo como el cuadrangular. En Amazonas el cuadrangular ha reemplazado al redondo. Todavía, en Bolivia central, la forma redonda se da en su mayor parte a las dependencias o despensas y a anexos de la propia habitación.

Mi viaje de Santo Tomás a Gollón hube de hacerlo a través de un ángulo de la Jalea o Puna y en medio de una tempestad de lluvia, granizo y cellisca. Constantemente estábamos en una densa nube. Subsistía el temporal cuando descendimos a la templada y hermosa garganta en donde se encuentra la hacienda de Gollón. No tuve noticia de que hubiesen ruinas en la vecindad. Después de cruzar quebradas arboladas, subimos a un espolón de los lados, en donde el sendero corre a lo largo de algunos de los más horrorosos precipicios que he visto. Las paredes son, por cientos de pies, tan lisas como de albañilería y la senda a menudo es a duras penas lo suficientemente ancha para permitir el paso de un caballo o mula. Me sentí decididamente aliviado cuando acabamos de salvar estos trechos que dan vértigo, y cuando la cresta de Cachaconga, también peligrosa por la roca que se desintegra y su empinamiento, quedó atrás. Desde su cumbre vimos de nuevo el precipicio por el que corre el río Marañón por lo menos seis pies abajo 2is. El descenso a sus orillas en Balsas se hizo en cuatro horas. Nos hallábamos en el camino natural hacia la costa 28•

24 En el pueblo de Jalea, sobre Suta.

Balsas es una aldea y, como indica lo anterior, está en una profunda garganta, sobre las orillas del cenagoso y rápido Marañón. Su elevación sobre el mar es (según Raimondi) sólo de tres mil pies 27 ¡ el clima es cálido. Prevalecen las plantas espinosas, altos Cereus abundan tanto como en la parte superior del río Yaqui, en Sonora. No pude menos de recordar vívidamente las gargantas de Yaqui en Durazo y Guassavas, cuando vi los matorrales y Cactus arboríferos de esta parte del Marañón y la analogía es recalcada por la temperatura y el escenario. En el norte, o lado del Amazonas, en donde se halla Balsas, el fondo se ensancha algo más; en el otro lado hay escaso sitio para el cultivo, pero lo hay en Acequia, aunque con · mucho menos terreno a nivel. Cerca de Balsas, se cultiva coca de inferior calidad. El Marañón corre a través de precipicios semejantes en una distancia considerable y hay pocos establecimientos en sus orillas hasta el Pongo de Manseriche ( en donde entra a la cuenca propia del Amazonas), más de dos grados al norte y cerca de un grado al este 28• Aunque oí hablar de ruinas en las largas y profundas quebradas, parece que no hay ninguna de importancia, lo que también debe inferirse de las primitivas descripciones. Pero me aseguraron que existían ruinas en la inmediata vecindad de Balsas y, por lo tanto, procedí a examinarlas.

25 Raimondi, Mapa (fol. 12), sitúa Tambo Viejo a 1913 metros o 6274 pies sobre Balsas en el Marañón.

26 Había entonces un plan para cambiar el curso de aquel camino o sendero a Gollón, pero me opuse a esto con firmeza.

27 948 metros, Mapa del Perú (fol. 12).

Encontré que ninguno de los edificios parecían ser de manufactura Inca, pero eran superiores a lo que ya había visto en Chachapoyas, y más bien se parecían a la llamada “iglesia” en Tshushin. En las laderas existen restos de antiguas terrazas y sobre las crestas, estructuras cuadrangulares y construidas con piezas de duro granito con cristales de feldespato, que es la roca que allí existe. Me remito a los planos y diagramas adjuntos. (Fig. XIII) . Inmediatamente encima del río hay una depresión (1 y 1 a. Fig. XIII) semejante a un doble tanque de cuatro pies y forrada con una pared interior de piedra. La separación está hecha por una doble pared llena con ripio, del ancho de ocho pies. Los fragmentos de cerámica que se encuentran alrededor de las ruinas se parecen a los de los otros sitios de Amazonas, pero hay, además, vajilla acanalada y alguno con decoraciones que representan formas extrañas humanas y de animales. Esta última recuerda la cerámica plástica que obtuve en Sargento y que me aseguraron provenía de Mendan.

Con respecto a la edad de las estructuras es probable que no preceden en muchos años al período de la Conquista. Se sostiene basándose en la autoridad de un sacerdote que administraba “Reque”, una población de la costa, en donde una de las lenguas de la costa se hablaba en 1644, que ese mismo idioma era usado por los indios de Balsas quienes serían descendientes de los indios de la costa trasferidos al Marañón menos de doscientos años antes de 1644, a consecuencia de las incursiones de !os Incas sobre sus poblaciones 29• Si esta afirmación fuera confirmada por otro conducto, valdría la pena buscar el origen de algunos nombres locales a lo largo o cerca del Marañón, entre las lenguas de la costa del Perú. Nombres como Tupeng, Mendan y otros parecidos, no parecen ser quichuas. No he podido averiguar hasta qué distancia más allá del Marañón, pueden haber llegado las anunciadas “colonias” de la costa.

28 Borja, en la boca del Pongo, se halla en 49 28’30” de Lat. Sur y a 77° 50’40” de Long. Oeste, según Werthemann. Raimondi, Perú (Vol. 11, 415).

Dejé Balsas el 20 de Octubre, regresando pausadamente a Cajamarca en cinco días. Fuertes lluvias y demora de las recuas, me detuvieron en Celendín por dos días, durante los cuales no fue posible efectuar ningún trabajo en el campo. Mi viaje en el departamento de Amazonas había sido solamente un reconocimiento, que probó que en esta sección del Perú septentrional, existía un rico campo para la investigación arqueológica y etnológica. Pero, aun cuando se lleven a cabo tales investigaciones, el resultado será dudoso, hasta que se puedan obtener documentos que contengan mucha mayor información detallada (por supuesto auténtica) sobre los indios de Chachapoyas en su primitiva condición, de la que por ahora se conoce. Sin el apoyo de información documental, el pasado de un pueblo y su cultura queda siempre sujeta a conjeturas, por lo menos en cierta extensión.

29 Femando de la Carrera, Arte de la Lengua Yunga de los valles del Obispado de Trujillo &ca, 1644 (reimpreso en Lima, 1880, pág. 9), menciona “la doctrina de los Balsas del Marañón” como una colonia “Yunga” o yunga de tiempos no muy anteriores a la llegada de Pizarro.

New York City, Febrero, 12, 1907.

MANUEL GONZALEZ DE LA ROSA

(Lima, 18 ? – Lima, 19 ? )

Presbítero. Erudito americanista. Su obra no ha sido lo suficientemente valorada; sin embargo, desde el punto de vista arqueológico e histórico representa la mejor y más cabal contribución peruana de fines de siglo. González de la Rosa manejó con acierto los documentos históricos y los materiales arqueológicos. Conoció bastante bien la bibliografía peruanista extranjera y supo extraer de ella acertadas enseñanzas. Su obra y sus comentarios críticos dejan entrever claramente sus ideas con respecto a la antigüedad y sucesión de las culturas peruanas.

Descubridor y conocedor de gran número de fuentes en los archivos de Europa, donde radicó varios años, inició sin mayor éxito, dada su falencia económica, la publicación del Señorío de los Incas, de Cieza de León, la Historia de la Fundación de Lima, del Padre Bernabé Cobo, la Historia del Origen y Genealogía de los Reyes Incas, de Fray Martín de Morúa, y otras más.

Obras principales

1869 Vida de la V. Sierva de Dios Antonia Lucía del Espíritu Santo, Fundadora del Monasterio de Nazarenas. Lima.

1907 El Padre Valera primer historiador peruano. Revista Histórica. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. Il, pp. 180-199, Lima.

1907 La Leyenda de Jauja. Revista Histórica. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. II, pp. 553-561. Lima.

1908 Estudio de las antigüedades halladas bajo el huano. Revista Histórica. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. m, pp. 39-45. Lima.

1908 A propos de la redécouverte de la ville antique de Choquéquirao sur la rive droite de l’Apurimac (Pérou). Journal de la Societé des Americanistes. N. S. T. V, N9 2, pp. 5-8. París.

1908 Les dcux Tiahuanaco, leurs problemas et leur solution. XVI Internationaler Amerikanisten-Kongress, Vol. I, pp. 405-428. Stuggart.

1908 La vida en Lima en 1711 o historia de wi robo sacrílego. Revista Histórica. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. m, pp. 62- 79.Lima.

1909 Ensayo de cronología incana. Revista Histórica. Organo del Instituto Histórico del Perú. T. IV, pp. 41-54. Lima. .

ESTUDIO DE LAS ANTIGÜEDADES PERUANAS HALLADAS BAJO EL HUANO •

Desde hace largos años, cuando comenzamos los estudios históricos, que hoy continuamos, después de una forzosa interrupción, pensamos que una de las cuestiones primordiales que había que dilucidar era la relativa a la antigüedad de la civilización peruana. Para conseguir este objeto creímos, y seguimos creyendo, que uno de los medios más adecuados era el estudio de los artefactos y restos humanos encontrados bajo las capas de huano, por cuanto éstas han necesitado muchos siglos para cubrir los objetos que se han encontrado aun a más de 30 metros de profundidad, en todas las islas.

Vamos a consignar aquí los datos que desde entonces logramos reunir a este respecto, algunos de los cuales nos fueron remitidos por los mismos gobernadores de las islas, a quienes habíamos sometido una serie de preguntas en 1869 y 1872.

La exportación del huano comenzó en 1841 y entonces las islas contenían unos 40 millones de toneladas, si no más, pues por razones de todos conocidas siempre se ha disimulado la verdad a este respecto. Cinco años después, en 1846, Mr. Jorge Peacok, persona fuy competente, calculó una existencia de 33’170, 795 toneladas. Sea de ello lo que fuere, y para no entrar en detalles fastidiosos, que no son de este lugar, nos contentaremos con decir, que para formarse una idea aproximada de la cantidad de huano que había en las islas,

• Revista Histórica. Organo del Instituto Histórico del Perú. Tomo III, pp. 39-45. Lima, 1908.

basta saber que multitud de buques cargaban sin cesar el famoso abono, que no se ha agotado sino al cabo de más de 46 años. La cifra exacta no es conocida sino por los consignatarios y seguramente es muy superior.

Esta enorme cantidad de huano cubría totalmente las islas de Chincha y las de Guañape, Macabi y Lobos, las primeras a corta distancia del poderoso señorío de Chincha y las otras frente a Virú y la costa del Gran Chimú. Las capas de huano tenían hasta 150 metros de altura en muchos puntos, y nótese que hasta a 30 de profundidad se han encontrado algunos de los objetos que vamos a mencionar: las capas superiores son, pues, más recientes.

¿En cuánto tiempo se han formado?

Veamos ahora lo que se ha encontrado bajo el huano y comencemos por los datos oficiales que nos han suministrado los gobernadores de las islas de Guañape. D. Ambrosio Heros me escribía:

“En Guañape y Macabí se han encontrado, a algunos metros de profundidad, en los cortes de huano, algunas antigüedades de los indios, como: huacos de oro y plata macizos y en planchas; herramientras muy finas, de varios metales, para tejer; largas franjas de plata, muy delgadas, con animales en relieve; huacos de barro, chicha, maíz, trozos de bayeta amarilla, huevos de aves petrificados, esqueletos de pájaros-niños, potoyuncos y lobos”.

La carta de D. José María García es aún más explícita y metódica, pues nos contestaba a Londres lo siguiente, con fecha Guañape, 21 de abril de 1873: suprimimos las preguntas, pues se comprenden por el tenor de las repuestas:

“A la primera pregunta diré: que en esta isla del Sur sólo se han encontrado ídolos y utensilios de madera negra y chonta, los primeros represen-

tanda un hombre en cuclillas, con los brazos cruzados sobre el pecho y descansando en la cabeza cuadrada en un palo redondo, de 8 centímetros de diámetro y de metro y medio de largo: los demás han sido bastones largos o varas, algunos tallados, y canaletes, que son una especie de remos cortos con pala ancha, tallada ésta con figuras de distinta clase de pescados. Iguales figuras tienen los postes en que descansan los ídolos a que U. se refiere. En las de Macabí, según informes, se han encontrado vasijas de barro de distintas dimensiones, y las pequeñas representando pájaros y otras figuras, las mismas que aparecen en la obra del Sr. Rivera, Antigüedades peruanas; ollas, y en éstas figuras de oro de lámina, y aún máscaras del mismo metal; piezas de género de algodón se han hallado una inmensa cantidad, que hasta ahora se ven, pero todo podrido, y un gran número de momias, todas sin cabeza y del sexo femenino. De madera de chanta negra también se han hallado algunas cosas y bastones, algunos de éstos de 60 a 90 centímetros de largo por 5 de diámetro, con un extremo aguzado y el otro redondo.

“A la segunda pregunta diré: que en estas islas (del S.) no se han visto huesos humanos, según informes pero en las de Macabí lo que dejo expuesto anteriormente. De animales, como lobos y pájaros, se encuentran en todos los depósitos de huano, en la superficie y a distintas profundidades. Hachas de piedra, no tengo noticia que se haya encontrado alguna; pero de madera negra y de chanta, varias clases de herramientas.

“A la tercera satisfaré diciendo: que los ídolos que se sacaron de esta isla del Sur estaban a 3 ó 4 metros de profundidad, en puro huano, y en Macabí a mayor y menor distancia, lo mismo que los demás objetos. Lana, no sé que se haya en-

contrado alguna, y algodón en rama ninguno, sino el género mencionado antes.

“A la cuarta diré: que por medio de los banqueros Dreyfus podría U. obtener datos seguros y precisos, pues sus ingenieros han estado midiendo la cantidad de huano de estas islas y desde abril de 1871 hallaron en esta del Sur 475,000 toneladas(?)

“A la quinta contestaré: que a pocas leguas de la parte de costa que está al frente de las islas, se encuentran los mismos objetos, en mayor cantidad, principalmente de alfarería, y en general en éstas, ahora mismo se sacan muchos huaqueros del Valle de Chimú, en donde hay lo que llaman huacas. Concluiré exponiendo a U. que en los cerros de huano se ven unas fajas horizontales de cinco o más metros de espesor, de distintos colores, etc”.

Los interesantes datos que preceden merecen meditarse mucho y todos se refieren a los objetos hallados poco antes, siendo gobernador el Sr. García, persona muy seria y fededigna. El ingeniero Josías Harris llevó buena parte de ellos a Londres y los presentó a la Sociedad Etnográfica en noviembre de 1870. Los periódicos Athenaewn y Nature publicaron algunos pormenores que confirman lo dicho por el Sr. García.

Allí leemos que los objetos se encontraron a 27 pies bajo el huano en la isla del Sur 1 y en la del Norte a 40 pies, donde había una caverna que se extendía hacia abajo otro tanto, y donde hay señales de haber sido habitada por el hombre, pues se hallaron allí dos cántaros con dibujos, dos aretes de oro, y un manojo de hierbas medicinales

1 El Sr. García dice 4 metros y el Sr. Harris, que pareció vio la excavación, dice 27 y 40 pies: hay que explicar esta contradicción.

envueltas en un trapo. Aparte de estas cosas se encontró una capa de trapos de cinco pies de espesor y de más de una milla de largo, cosa realmente extraordinaria.

Si de Guañape pasamos a las islas de Chincha, veremos que las antigüedades encontradas son aún más numerosas, siendo mayor su superficie, y habiéndose extraído de ellas la mayor cantidad de huano desde 1841. Muy pocos son los que se han dado cuenta de la importancia de estos hallazgos y no se han cuidado de consignarlos por escrito, aunque raros lo han hecho y de lo poco que nos han dejado vamos a copiar algunos datos curiosos.

En estas islas, en que la profundidad del huano era de 100 a 200 pies, se encontraron en 1867 muchos objetos preciosos, y entre ellos 8 láminas de plata repujada, que representaban peces de distintas especies, que el conocido capitalista inglés Mr. Enrique Swayne envió al muy notable peruanista de Nueva York E. G. Squier, En la carta que a éste dirigía de Lima aquél, le explicaba así como se habían encontrado estos objetos bajo el huano:

“Aprovecho de la primera oportunidad para remitir a Ud. unos pescaditos de plata que ha descubierto en el huano de las islas de Chincha uno de mis amigos, capitán de un buque costanero. Creo que contribuirá a demostrar la remota antigüedad de los primitivos habitantes de este país. Dicho amigo, el capitán italiano D. Juan Pardo, vio sacar del huano, al mismo tiempo que los pescados, un cuerpo de mujer, sin cabeza, la que después se encontró a cierta distancia del esqueleto. Cubrían el pecho y costillas láminas de oro muy delgadas, y todo era digno de conservarse cual preciosa reliquia de la antigüedad. Pero los operarios se repartieron el oro y lo vendieron a los capitanes de

los buques que cargaban huano, y arrojaron el cuerpo al mar” 1•

Muchos otros objetos se han encontrado que se conservan en los principales museos, especialmente en Hamburgo, donde hay una buena colección, descrita en la Revista de Etnología de Berlín, año 187 4.

Conviene ahora hacer algunas observaciones acerca de estos descubriemientos y su significación histórica.

Ante todo, hay que lamentar que en tiempo oportuno no se haya cuidado de tomar notas minuciosas acerca de la multitud de objetos encontrados durante más de cuarenta años, indicando con precisión la profundidad a que se halló cada objeto, lo que es de importancia capital para fijar su antigüedad.

Es evidente que las capas estratificadas de huano, se han formado paulatinamente en una serie de siglos que casi no podernos calcular, y no es · por tanto, lo mismo hallar en un precipicio a 45 pies, como el señor Davis en Guañape, un ídolo de madera en una como casucha de piedra, casi en la superficie, que hallar a muchos metros de profundidad cadáveres, láminas de oro, telas y otros objetos de arte, que revelan la presencia del hombre civilizado en una época mucho más remota.

Ya que antes no se han estudiado los objetos encontrados a diversas profundidades, hasta llegar al suelo de las islas, hoy que éste se halla a descubierto, deberían hacerse excavaciones que serían de la mayor importancia para fijar la primera época de la aparición del hombre en la costa del Perú, dada la enorme antigüedad del huano.

1 Squier. Antiquities from the huano Islands, p. 52. (Artículo de una Revista arqueológica de N. Y. 1872.Es lástima que el Sr. Swayne no haya indicado la profundidad y otros detalles).

Los objetos hallados provienen de la costa, que sólo dista de diez a doce millas, y donde se han hallado otros semejantes, que son por lo me· nos de la misma época y revelan el grado de civilización de los Chimús y los Chinchas. Estos se hallaban bastante adelantados, pues eran ya escultores en madera muy dura como la chonta, trabajaban el oro y tejían telas.

Los cadáveres de mujeres decapitadas, numerosos en Guañape principalmente, prueban que en la costa eran muy antiguos los sacrificios de doncellas, como entre los Collas, a las que adornaban con joyas y planchas de oro, antes de degollarlas.

Las islas eran consideradas como un cementerio sagrado, rodeado de misterio, y por eso eran preferidas para sepultura de las víctimas, que bajo el huano permanecían incorruptas. Toda otra hipótesis nos parece improbable, tratándose sólo de restos de mujeres ataviadas y todas decapitadas.

Tanto este hecho, como el de haberse hallado una espesa capa de cinco pies de telas carcomidas que cubrían más de una milla, prueban que ésa era la superficie del huano hallada entonces por el hombre, y que la formación de otras capas superiores, de algunos metros, sobre los antiguos cementerios, es muy posterior, y supone una época en la que los indios dejaron de frecuentar las islas.

Si los restos hallados provienen de los sacrificios que se encontraban sólo a 3 ó 4 metros bajo el huano, según el señor García, hay que suponer que son de una época relativamente moderna; pero en todo caso, anterior al año 1532, en que llegaron los españoles, y más probablemente, antes que los incas dominaran en la costa y suprimieran dichos sacrificios.

En materia tan dudosa podemos suponer que la inhumación no pudo efectuarse sino a mediados del siglo XV, a más tardar; luego, la capa de 3 ó 4 metros que cubría esos restos en 1870, ha tradado en formarse unos cuatro siglos por lo menos, y más bien más, en una sola isla. La proporción es mayor en las capas inferiores, pues la superficie va aumentando de la pequeña cima a la base de los cerros de huano.

Suponiendo, pues, una altura máxima de 150 a 200 metros y sólo 40 millones de toneladas en todas las islas, podemos concluir, que el huano es tan antiguo como la civilización egipcia. Dejamos a los matemáticos, que posean datos más exactos que los nuestros, la determinación de la cifra más exacta, y a los antropólogos toca hoy hallar las huellas del hombre primitivo anterior a la existencia del huano.

París, 30 de enero de 1908.

INDICE

Introducción Comentario

Pág. 7 15

José Eusebio de Llano Zapata Inscripciones, medallas, edificios, templos,

antigüedades y monumentos . . . . . . . . . . . 26

Antonio de Ulloa

Dase noticia de las antigüedades de los indios y

de las cosas que se conservan de ellos . . . . 45

José Hipólito Unanue Pabón

Idea general de los monumentos del antiguo

Perú . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62

Mariano: Eduardo de Rivero y Ustariz Antigüedades peruanas

72

Vizconde Eugene de Sartiges

Las ruinas de Choquequirao . . . . . . . . . . . . . . 78

239

William Bollaert

Arica, tumbas y cuevas del Morro . . . . . . . . 86

José Toribio Polo

Momias de los Incas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91

Ephraim George Squier

La Civilización Incaica . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105 Ernest W. Middendorf

Las ruinas de Chavín . . . . . . . . . . . . . . . . . . 119 Eugenio Larrabure y Unanue

Los chucos o deformación de la cabeza entre

los peruanos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135

Charles Wiener

Expedición científica francesa al Perú y

Bolivia por M. Wiener . . . . . . . . . . . . . . . . 148

Adolph Francis Alphonse Bandelier

Restos arqueológicos: las celebradas ruinas

de Kuélap, de Macro, Aymara-Bamba, Tschushin, Chauar y Pumacocha . . . . . . . . 195

Manuel González de la Rosa

Estudio de las antigüedades peruanas halladas

bajo el huano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 231

CASA DE LA CULTURA DEL PERU Director: Antonio Cornejo Polar

DEPARTAMENTO DE PUBLICACIONES Jefe: Francisco Izquierdo Ríos

DIAGRAMACION Estudio Túpac Amaru

EDICIONES DE LA CASA DE LA CULTURA DEL PERU 1968

1 Mariano Iberico Notas sobre el paisaje de la Sierra

2 Manuel Scorza Poesía contemporánea del Perú

(Antología)

3 Hermann Buse Machu Piccbu (Antología)

4 Juan Ríos Ayar Manko (Teatro)

5 Abelardo Gamarra Cien años de vida perdularia

6 Rubén Vargas La Casa de Jarava o de Pilatos (Historia

Ugarte de la Casa de la Cultura del Perú)

1964

7 —- Visita hecha ,11 la Provincia de Chucuito

por Garci Diez de San Miguel en el año 156’1

Versión paleográfica de Waldemar Espinoza Soriano

8 Honorio Delgado Cultura Personal y Cultura Nacional

9 Héctor Velarde Humorismo y propulsión a chorro

1965

10 Mariano Iberico Estudio sobre la metáfora

1966

11 Varios Mesa redonda sobre el monolingiiismo

quechua y aimara y la Educación en el Perú

12 —- Libro del Cabildo de la Ciudad de San

Juan de la Frontera de Huamanga 1539-154’7

Descifrado por Raúl Rivera Serna

1969

13 Ricardo Palma La Casa de Pilatos

14 Varios Primer Encuentro de Narradores Peruanos

15 Julián Huanay El retoño (Novela)

16 Francisco Izquierdo La Literatura Infantil en el Perú Ríos

17 Mario Florián Antología Poética

18 Felipe Guamán Nueva Crónica y Buen Gobierno (Selec-

Poma de Ayala ción)

Versión paleográfica de Franklin Pease G.

Y.

19 Sebastián Salazar Alférez Arce, Teniente Arce, Capitán Ar-

Bondy ce … (Novela)

20 Francisco Miró Humanismo y Revolución

Quesada

21 Augusto Salazar Entre Escila y Caribdis: Reflexiones sobre

Bondy la vida peruana

1970

22 Wáshington Delgado Un mundo dividido (Poesía 1951-1970)

23 —– Arqueología Peruana: Precursores

Selección, Introducción, Comentario y Notas de Duccio Bonavia y Rogger Ravines

24 Luis Felipe Guerra Presentación de la Filosofía

25 —– Mitos, leyendas y cuentos peruanos Selección y Notas de José Maria Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos

26 Josafat Roe! Introducción al Folklore Peruano

En prensa

27 Inca Garcilaso Cuentos, leyendas y tradiciones Selección de Luis Alberto Ratto

TALLERES GRAFICOS P. L. VILLA.NUEVA S.A.

Jirón Yauli 1440 – 50- Chacra Ríos

La Casa de la Cultura del Perú publica

• Arqueología Peruana: Precursores, selección comentada y anotada por Duccio Bonavia y Rogger Ravines, advirtiendo que se ha mantenido en la obra la fidelidad de los textos transcritos de los autores escogidos.

Duccio Bonavia, nacido en Italia en 1935, es peruano por nacionalización. Terminó sus estudios, doctorándose en Arqueologia, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Ha realizado investigaciones en la costa,

sierra y ·selva del territorio nacional. Autor de estudios soJ>re la cerámica de Puerto Viejo (1959), el maíz precerámico (1963), el catastro de los monumentos del.Valle de Lima (1963), el es· tilo Teatino (1963), la ‘arqueología-de, la ceja de selva (1964, 1966, 1967, 1968), la arqueología de Lurín. (1965), las ruinas del Abiseo (1968).

Actualmente es Sub-Director del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima, encargado de la Becclón. Investigaciones de la Casa de la Cultura del Perú y profesor ··de Arqueología de la Universidad de

San Marcos. ·

Rogger Ravines nació en Cajamarca eÍ año 1942. Arqueólogo.

Obras prín.cipales: AUarería doméstica de Huaylacucho (1963), Ambo: a new preceramic site (1965), Ccacca!liripi rurani mankata (1966), A Pre-Columbian wound (1967), .t\r· queología del Valle de Cajamarca (1968), El Abrigo de Yanamachay, un yacimiento temprano de Huánuco Viejo ( 1969), Un Depósita de Ofrendas en la Sierra Central (1968), El M,Hgo de Caru y sus .relaciones con otros sitiós tempranos del sur d8″1>erú (1967), Fechas radiocarb6nicas para el Perú (1967).

Es Jefe de Investigaciones del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Lima.

EDICIONES DE LA CASA DE LA CULTURA DEL PERU A··

.

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