Áspero Raymi 2026: La Ciudad Pesquera de Caral Celebra 21 Años de Investigación y Puesta en Valor Patrimonial

En 2026, el sitio arqueológico de Áspero, puerto pesquero de la civilización Caral (Supe Puerto, Barranca), celebra 21 años de investigaciones, conservación y difusión cultural bajo la gestión de la Zona Arqueológica Caral (ZAC). Las celebraciones del Áspero Raymi 2026 incluyen el tradicional Pago a la Cochamama, ferias gastronómicas, pasacalles y escenificaciones históricas. Tras más de dos décadas de labor, Áspero destaca por hallazgos trascendentales como la Dama de los Cuatro Tupus y la consolidación de infraestructuras piramidales como la Huaca de los Ídolos, consolidándose como un referente de arqueología social y turismo sostenible en la costa central del Perú.

Por: Arqueologia del Perú (arqueologiadelperu.com)

El sitio arqueológico de Áspero, considerado la emblemática ciudad pesquera de la civilización Caral, se viste de gala este 2026 para conmemorar el Áspero Raymi 2026, una festividad cultural y comunitaria que enmarca la celebración por los 21 años del inicio de los trabajos de investigación, conservación y difusión turístico-cultural liderados por la Zona Arqueológica Caral (ZAC), Unidad Ejecutora del Ministerio de Cultura.

Ubicado en el distrito de Supe Puerto, provincia de Barranca (Lima), el complejo monumental de Áspero emerge frente a las frías aguas del océano Pacífico como un testimonio excepcional de la complejidad socioeconómica y tecnológica alcanzada por la civilización más antigua de América hace más de 5,000 años (3000 – 1800 a. C.).

1. Dos Décadas y un Año de Recuperación Histórica en el Puerto de Supe

Antes del inicio de las intervenciones sistemáticas dirigidas por la Dra. Ruth Shady Solís en 2005, el sitio monumental de Áspero atravesaba por un crítico estado de vulnerabilidad, afectado por la acumulación de desechos urbanos, el huaqueo sistemático y el avance incontrolado de invasiones.

Durante estos 21 años de trabajo ininterrumpido, el equipo multidisciplinario de la Zona Arqueológica Caral ha logrado excavar, consolidar y poner en valor estructuras piramidales clave como la Huaca de los Ídolos, la Huaca de los Sacrificios y la Huaca Alta. Estos trabajos no solo permitieron frenar el deterioro del yacimiento, sino que transformaron radicalmente la relación entre la población local de Supe Puerto y su patrimonio milenario, convirtiendo a Áspero en un modelo regional de arqueología social y desarrollo sostenible.

2. Los Grandes Hallazgos que Redefinieron la Prehistoria Marítima

El dinamismo investigador en Áspero ha aportado evidencias fundamentales para comprender el modelo de desarrollo complementario entre el litoral y los valles interandinos del área norcentral del Perú:

  • La Dama de los Cuatro Tupus: Descubierta en la Huaca de los Ídolos, esta sepultura correspondiente a una mujer de la alta jerarquía social (de aproximadamente 40 a 50 años) confirmó el rol preponderante de la mujer en la estructura política y ceremonial de la civilización Caral hace 4,500 años. El ajuar funerario incluyó cuatro tupos o prendedores de hueso tallados con motivos de aves y monos, collares de valvas de Spondylus y una manta de tejido vegetal.

  • Redes de Intercambio y Tecnología Pesquera: Los hallazgos de redes de pescar elaboradas con fibra de algodón (proveniente de los valles del interior como Caral y Miraya), anzuelos de hueso, pesas de piedra y una inmensa variedad de restos malacológicos y de peces (anchovetas, choros, machas) demostraron la intensa especialización marítima de los pobladores de Áspero y su articulación comercial mediante trueque con las poblaciones agrícolas del valle de Supe.

  • Estatuillas Antropomorfas: Las estatuillas modeladas en arcilla no cocida halladas en contextos ceremoniales revelaron detalles inéditos sobre la vestimenta, peinados, pintura corporal y estratificación social de los antiguos habitantes del litoral.

3. Las Festividades del Áspero Raymi 2026: Identidad y Tradición Ancestral

El Áspero Raymi es la manifestación festiva anual donde convergen la ciencia arqueológica, la memoria colectiva y la identidad viva de la comunidad costera. En el marco de este 21.º aniversario, el programa de actividades integra ceremonias ancestrales, expresiones artísticas y oferta gastronómica tradicional:

El Pago a la Cochamama y a la Pachamama

Como acto central de la festividad, se realiza la tradicional ceremonia del Pago a la Cochamama (Madre Mar) y a la Pachamama, oficiada por chamanes y maestros ceremoniales locales. En este ritual se ofrecen productos del mar, chicha de jora, hojas de coca y semillas milenarias en agradecimiento por la abundancia de los recursos marinos y la protección del territorio costero.

Muestra Gastronómica y Artesanal

La población de Supe Puerto y los municipios de la provincia de Barranca participan activamente en ferias gastronómicas que rescatan insumos marinos consumidos desde tiempos precerámicos, combinados con la cocina tradicional norteña. Asimismo, artesanos locales exhiben réplicas de la iconografía de Caral y productos elaborados a base de fibras vegetales (junco y totora).

Escenificación y Pasacalle Cultural

Estudiantes de la provincia y elencos de danza presentan escenificaciones históricas sobre la vida cotidiana en Áspero, el intercambio de productos pesqueros por algodón del valle y la investidura de las autoridades ceremoniales de la Huaca de los Ídolos.

4. Impacto Socioeconómico y Turismo Sostenible

La puesta en valor de Áspero no se limita a la producción académica; constituye un verdadero motor de desarrollo económico local para la provincia de Barranca y el distrito de Supe Puerto. A través del circuito turístico condicionado por la ZAC, los visitantes pueden recorrer senderos interpretativos delimitados, acceder al centro de recepción de visitantes y apreciar la arquitectura monumental sin impactar los estratos arqueológicos.

El turismo de conservación en Áspero ha fomentado la creación de guías locales, la dinamización del sector restaurantero y hotelero en Barranca y la concientización escolar sobre el valor irremplazable del patrimonio cultural.

Guía Práctica para el Visitante
  • Ubicación: Distrito de Supe Puerto, Provincia de Barranca, Departamento de Lima (a aproximadamente 191 km al norte de Lima Metropolitana por la Panamericana Norte).

  • Acceso: Desde la Panamericana Norte (km 191), ingresar al desvío hacia Supe Puerto. Un ramal asfaltado y señalizado conduce directamente al centro de visitantes del sitio arqueológico.

  • Horario de Atención: Lunes a domingo de 9:00 a. m. a 4:00 p. m.

El Enigma Paleolítico de Pikimachay: La Reapertura Científica del Abrigo Rocoso que Desafía la Cronología Humana en los Andes

El reinicio de las excavaciones arqueológicas en la Cueva de Pikimachay (Pacaycasa, Ayacucho) en 2026, autorizado bajo la Resolución Directoral N.º 000032-2026 y liderado por el arqueólogo José Alberto Ochatoma Paravicino, marca un hito crucial en la revisión del poblamiento temprano del Perú y América del Sur. Descubierta científicamente en 1969 por Richard MacNeish, Pikimachay fue célebre por la controvertida «Fase Pacaicasa» (20,000 a. C.), hoy entendida mayoritariamente como geofactos. Sin embargo, los análisis modernos ratifican la presencia humana verificada en el «Complejo Ayacucho» entre los 17,700 y 16,600 años cal AP. La nueva intervención aplica tecnología arqueométrica de punta (microestratigrafía, AMS, ADN sedimentario) a la vez que promueve la infraestructura turística y el Centro de Interpretación local de la mano de Dircetur.

Por: Arqueologia del Perú

En el corazón de los Andes centrales, en la árida quebrada que bordea la cuenca del río Pongora en el distrito de Pacaycasa, provincia de Huamanga (departamento de Ayacucho), se yergue una imponente cavidad natural de 60 metros de profundidad. Su nombre en quechua sureño, Pikimachay (que se traduce literalmente como «Cueva de las Pulgas»), resuena desde hace más de cinco décadas como uno de los epicentros académicos más debatidos, fascinantes y trascendentales de la prehistoria americana.

En un hito histórico para la arqueología americana y la ciencia del poblamiento temprano, el Ministerio de Cultura del Perú ha autorizado formalmente el reinicio de las investigaciones arqueológicas en este icónico yacimiento mediante la Resolución Directoral N.º 000032-2026. Bajo la dirección científica del experimentado arqueólogo ayacuchano José Alberto Ochatoma Paravicino, un equipo multidisciplinario integrado por ocho especialistas de primer nivel ha retornado a las entrañas del abrigo rocoso para reexaminar sus enigmáticos estratos sedimentarios empleando tecnologías del siglo XXI.

Este ambicioso proyecto no solo representa una cruzada por desentrañar la antigüedad exacta de los primeros cazadores-recolectores que pisaron el continente sudamericano, sino que se enmarca dentro de una estrategia integral de puesta en valor patrimonial e impacto socioeconómico local. Con el respaldo de la Dirección Regional de Comercio Exterior y Turismo (Dircetur) de Ayacucho, liderada por Sinthia Caballero, las labores arqueológicas se ejecutan en paralelo con la habilitación de infraestructura turística sostenible, accesos viales, zonas de estacionamiento, miradores paisajísticos y la proyección de un moderno Centro de Interpretación. La meta es convertir este legendario refugio pleistoceno en un dinamizador del turismo científico e identitario para las comunidades aledañas de Pacaycasa y la región Ayacucho.

1. Contexto Geográfico y Geoecológico del Abrigo de Pikimachay

La cueva de Pikimachay se ubica a aproximadamente 20 a 25 kilómetros al norte de la ciudad de Huamanga (Ayacucho), en la margen derecha del río Pongora, a una altitud de 2,850 metros sobre el nivel del mar. Geológicamente, el abrigo se formó por la erosión diferencial y el colapso de estratos de toba volcánica y rocas calcáreas pertenecientes a las formaciones del Cenozoico tardío en la cordillera Occidental de los Andes peruanos.

El entorno semiárido actual, dominado por xerófitas, tunales (Opuntia ficus-indica), molles (Schinus molle), chamanas y agaves, contrasta notablemente con el paleoambiente existente durante el Pleistoceno final (hace más de 15,000 años). Durante los periodos glaciales e interglaciales del Cuaternario, la cuenca de Ayacucho albergaba una cobertura vegetal de matorral estepario y bosques montanos secos alimentados por los deshielos de las cumbres glaciares circundantes. Este mosaico ecológico proveía un hábitat ideal para una rica variedad de megafauna extinta y meso-fauna nativa, convirtiendo a la cueva de Pikimachay en un punto estratégico de refugio, oteo y campamento base para las primeras bandas humanas trasumantes que ascendieron desde los valles interandinos y la costa.

El interior de la cavidad cuenta con una amplia boca que permite el ingreso de luz natural durante gran parte del día, así como una protección eficaz contra las inclemencias del clima andino, como las lluvias torrenciales del verano y los vientos gélidos nocturnos. Su proximidad al río Pongora y a antiguos manantiales garantizaba el acceso continuo a recursos hídricos fundamentales para la supervivencia de cazadores y fauna por igual.

2. La Expedición MacNeish (1969-1970) y el Nacimiento del «Hombre de Pacaicasa»

Para comprender la magnitud de la reapertura de Pikimachay en 2026, es indispensable remontarse a finales de la década de 1960, cuando el prestigioso arqueólogo estadounidense Richard S. MacNeish (1918-2001), entonces director de la Robert S. Peabody Foundation for Archaeology, encabezó el emblemático Proyecto Arqueológico-Botánico Ayacucho-Huanta.

MacNeish, victorioso por haber documentado la domesticación temprana del maíz en el valle de Tehuacán (México), volcó su atención a los Andes centrales buscando rastrear los orígenes de la agricultura andina y los primeros asentamientos humanos de América del Sur. Entre 1969 y 1970, el equipo de MacNeish excavó en Pikimachay una secuencia estratigráfica de más de 4 metros de profundidad, identificando hasta cuatro estratos culturales principales que abarcaban desde el Pleistoceno Tardío hasta el Holoceno Temprano y Medio.

Las Fases Propuestas por MacNeish
  1. Fase Pacaicasa (20,000 a. C. – 13,000 a. C.):

    En los estratos más profundos (Capas XI y XII), MacNeish reportó el hallazgo de toscas lascas de toba volcánica, núcleos, spalls y hendidores de apariencia rudimentaria, junto a abundantes restos fósiles de megafauna extinguida del Pleistoceno, como el perezoso gigante (Megatherium y Scelidotherium), caballos americanos extintos (Equus andium), mastodontes (Cuvieronius) y félidos extintos (Smilodon). MacNeish dató mediante radiocarbono (C-14) sobre huesos animales asociados estos niveles en 20,000 a 22,000 años antes del presente. A partir de estos datos, postuló la existencia del «Hombre de Pacaicasa», proclamándolo como el habitante más antiguo documentado en el continente americano.

  2. Fase Ayacucho (13,000 a. C. – 11,000 a. C.):

    Ubicada inmediatamente sobre la Fase Pacaicasa (Capa h), presentó una industria lítica sensiblemente más definida, compuesta por raederas, punzones, bifaces en bajorrelieve y artefactos en hueso elaborado (como un hueso pélvico de perezoso extinguido tallado con perforaciones y un estilete de hueso de caballo). Esta fase estuvo igualmente asociada a megafauna tardía.

  3. Fase Huanta (11,000 a. C. – 9,000 a. C.):

    Caracterizada por la transición hacia proyectiles líticos más retocados y el uso intensivo de fauna de menor tamaño, reflejando el progresivo colapso de la megafauna pleistocénica.

  4. Fases Puente, Jaywa, Piki, Chihua y Cachi (8,000 a. C. – 2,000 a. C.):

    Pertenecientes al Periodo Arcaico Andino. En estos niveles superiores, la cueva pasó de ser refugio de cazadores nómadas a un sitio de incipiente domesticación vegetal (quinua, calabaza, gourds) y animal (cuyes o Cavia porcellus, evidenciados por corrales, camas de paja, coprolitos y abrigos de pastoreo).

3. El Gran Debate Científico: Criterios Antrópicos vs. Procesos Geológicos (Geofactos)

El anuncio de MacNeish en 1970 sobre una presencia humana de 20,000 años en Ayacucho sacudió a la comunidad científica internacional, desencadenando una acalorada controversia que duraría décadas. En la época predominaba el paradigma del «Clovis First» (que fijaba el poblamiento de América alrededor de los 13,000 años AP desde Beringia).

La Crítica Científica: Thomas Lynch, Augusto Cardich y Duccio Bonavia

Desde finales de la década de 1970 y a lo largo de los años 80, figuras estelares de la arqueología andina e internacional como Thomas Lynch, Augusto Cardich, Danièle Lavallée y Duccio Bonavia sometieron los hallazgos de Pacaicasa a una rigurosa reevaluación metodológica:

  • Ausencia de Restos Óseos Humanos y Fogones: Ningún fragmento esquelético humano ni alineamiento de fogón claro o estructuras habitacionales antrópicas fueron documentados en los niveles Pacaicasa.

  • Geofactos vs. Artefactos: Los críticos demostraron que las toscas «herramientas» de piedra de la Fase Pacaicasa estaban hechas exactamente de la misma toba volcánica que constituye el techo y las paredes de la cueva. El colapso natural de bloques de piedra desde el techo (eboulis), fracturados al impactar violentamente contra el suelo rocoso de la cueva, generaba bordes afilados y lascados que imitaban morfológicamente a la talla humana. Estos objetos fueron clasificados formalmente como geofactos o pseudoartefactos.

  • Tafonomía y Marcadores Antrópicos: La asociación entre las piedras fracturadas y los huesos de megafauna se explicó como una coincidencia estratigráfica provocada por la acumulación natural en el refugio (animales que ingresaban a morir, presas de grandes carnívoros o colapsos de techos sobre la fauna) y no por eventos de matanza (kill sites) o procesamiento antrópico sistemático.

Revaluación en el Siglo XXI y Consenso del Complejo Ayacucho

Nuevos estudios sobre las colecciones depositadas en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú (MNAAHP) y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) terminaron por descartar definitivamente la validez de la Fase Pacaicasa como evidencia antrópica.

Sin embargo, las revisiones radiocarbónicas avanzadas con Espectrometría de Masas con Aceleradores (AMS) aplicadas a los estratos inmediatamente superiores —correspondientes al Complejo Ayacucho— confirmaron que las piezas de radiolarita, basalto y hueso modificado presentaban improntas indudables de talla intencional. Las fechas corregidas para el Complejo Ayacucho situaron la presencia humana verificable en Pikimachay entre los 17,700 y 16,600 años cal AP (o entre 15,700 y 14,800 a. C.).

Este consenso consagró a Pikimachay no como una fantasía de 20,000 años, sino como una de las ocupaciones humanas verificadas más antiguas y sólidas de Sudamérica, situándola en el selecto grupo de yacimientos pre-Clovis junto a Monte Verde en Chile y Huaca Prieta en la costa norte del Perú.

3.1 Análisis Tipológico y Micro-Desgaste de la Industria Lítica del Complejo Ayacucho

Para profundizar en la naturaleza tecnológica de los primeros habitantes de Pikimachay, es fundamental examinar los artefactos que sí resistieron el escrutinio académico y que componen la colección del Complejo Ayacucho. A diferencia de las gruesas tobas angulares de Pacaicasa, las piezas del Complejo Ayacucho exhiben elecciones conscientes de materia prima. Los cazadores-recolectores del Pleistoceno tardío no se limitaron a recoger los bloques caídos del techo de la cueva; recorrieron las terrazas aluviales del río Pongora y los afloramientos cordilleranos cercanos para seleccionar nódulos de radiolarita, silícea, jaspe, basalto y andesita.

Entre los tipos tipológicos característicos identificados se encuentran:

  • Pasadores y Punzones de Hueso: Elaborados a partir de metápodos y costillas de camélidos extintos (Palaeolama) y equinos (Equus andium), pulidos con abrasivos minerales y raspadores de piedra para crear puntas agudas destinadas a la perforación de cueros y pieles.

  • Unifaces y Raederas Cóncavas: Lascas gruesas retocadas unifacialmente mediante percusión directa con percutor duro (piedra de río), diseñadas para labores de descarne, desollado y raspado de materia orgánica vegetal y animal.

  • Cuchillos Bifaciales Incipientes: Piezas de basalto y radiolarita con retoques marginales en ambos bordes, adaptadas para el corte de tendones, carne y tejidos blandos de la fauna pleistocénica.

  • Puntas de Proyectil Protocónicas: Formas foliáceas primitivas que anteceden cronológicamente a las renombradas puntas Paiján de la costa norte y a las puntas Lauricocha de la sierra central.

El análisis de micro-desgaste (use-wear analysis) realizado bajo microscopía estereoscópica y electrónica en laboratorios especializados reveló estrías longitudinales, micro-lascados de embotamiento y lustres orgánicos en los filos de varias herramientas de radiolarita del Complejo Ayacucho. Estos rastros microscópicos no pueden ser producidos por la acción pasiva del desprendimiento de rocas o por el pisoteo de la fauna (trampling), lo que constituye la prueba irrefutable del factor antrópico.

3.2 El Registro Paleontológico y la Paleo-Dieta Pleistocénica en la Cuenca de Ayacucho

La Cueva de Pikimachay funcionó no solo como campamento base estacional, sino como una cápsula del tiempo paleontológica que resguarda la transición bio-ecológica entre el Pleistoceno y el Holoceno. La megafauna que compartió el espacio geográfico con los primeros peruanos incluía especies monumentales y fascinantes que se extinguieron a raíz de la combinación del cambio climático post-glacial y la presión de caza humana.

  1. El Megaterio (Megatherium americanum y Scelidotherium):

    Perezosos terrestres gigantescos que podían alcanzar hasta seis metros de longitud y un peso superior a las tres toneladas. Dotados de garras curvadas e imponentes, estos herbívoros ramoneaban la vegetación arbustiva de la cuenca del Pongora. En Pikimachay se registraron fragmentos óseos con marcas de impacto térmico (exposición directa al fuego) y fracturas helicoidales características del procesamiento humano para la extracción de médula ósea (tuétano).

  2. El Mastodonte Andino (Cuvieronius hyodon):

    Pariente lejano de los elefantes modernos, adaptado a altitudes interandinas. Sus molares de crestas globulares (bunodontes) estaban adaptados para triturar vegetación dura y ramas. Los restos fósiles recuperados en las capas profundas de Pikimachay muestran astillamiento antrópico y consumo por parte de las bandas nómadas.

  3. El Caballo Americano (Equus andium / Amerhippus):

    Especie de équido autóctono de talla media que habitaba los pastizales semiáridos. A diferencia de los caballos introducidos por los españoles en el siglo XVI, este caballo primitivo era una presa codiciada por los cazadores del Complejo Ayacucho por su alto rendimiento calórico y la tenacidad de sus huesos para la confección de artefactos.

  4. El Tigre Dientes de Sable (Smilodon populator):

    El depredador tope de la cadena trófica pleistocénica. Aunque no existen evidencias de consumo directo del felino por los humanos, la presencia de sus caninos y huesos en estratos contemporáneos sugiere una feroz competencia interespecífica entre las bandas humanas y estos superdepredadores por el dominio de las cuevas y el acceso a las presas herbívoras.

  5. Meso-Fauna y Recursos Marinos Importados:

    Junto a la megafauna extinta, la dieta se complementaba con camélidos silvestres ancestros del guanaco y la vicuña (Lama gracilis), cervídeos (Odocoileus virginianus), vizcachas (Lagidium peruanum), zorros (Lycalopex culpaeus) y roedores menores. Sorprendentemente, en las capas del Complejo Ayacucho se hallaron pequeños fragmentos de valvas de moluscos marinos y conchas de abanico, lo que evidencia que estas bandas no estaban aisladas en la sierra, sino que mantenían redes de intercambio trasumante a larga distancia que conectaban la costa del Pacífico con la cordillera andina.

4. La Reapertura de 2026: La Misión Ochatoma y las Nuevas Fronteras Científicas

El reinicio de los trabajos en 2026 marca el comienzo de una nueva era científica para Pikimachay. Armados con metodologías de excavación microestratigráfica y arqueometría de vanguardia, el equipo liderado por el Dr. José Alberto Ochatoma Paravicino busca saldar las preguntas que la arqueología del siglo XX no pudo resolver.

Objetivos Clave de la Misión Arqueológica 2026
  1. Microestratigrafía y Micromorfología de Suelos: Analizar finas láminas delgadas de sedimento para discernir con absoluta precisión microscópica entre alteración antrópica (cenizas de fogón, micro-residuos de talla, materia orgánica procesada) y sedimentación eólica o coluvial natural.

  2. Datación Radiocarbónica de Precisión (AMS) y OSL: Obtener dataciones por Carbono-14 ultra purificado con ultrafiltración en colágeno de hueso, así como Luminiscencia Estimulada Ópticamente (OSL) para fechar directamente los granos de cuarzo de los estratos sedimentarios.

  3. Análisis de ADN Antiguo (aDNA) y Sedimentario (sedaDNA): La búsqueda de ADN ambiental humano y animal atrapado en la matriz de la cueva, lo que podría confirmar la presencia de grupos humanos y las especies faunísticas consumidas aun en ausencia de restos fósiles visibles.

  4. Residuo Químico en Herramientas Líticas: Análisis de almidones fósiles, fitolitos y ácidos grasos retenidos en los filos de los artefactos para determinar si fueron empleados para el faenamiento de carnes, curtido de pieles o procesamiento de tubérculos y plantas silvestres.

4.1 La Metodología de la Misión Ochatoma 2026: Arqueometría y Ciencia Espacial

El proyecto autorizado por la Resolución Directoral N.º 000032-2026 marca una ruptura cualitativa con respecto a las técnicas de la década de 1970. En lugar de grandes trincheras mecánicas o decapados gruesos, el equipo liderado por el Dr. José Alberto Ochatoma Paravicino aplica una metodología de arqueología de alta precisión:

  • Estaciones Totales Láser y Fotogrametría 3D: Cada artefacto, ecofacto, fragmento óseo y muestra de sedimento es georreferenciado tridimensionalmente con precisión milimétrica mediante escáners LiDAR terrestres y fotogrametría digital. Esto permite reconstruir virtualmente la cueva stratum por stratum y analizar la distribución espacial de las actividades humanas (áreas de talla, zonas de combustión, botaderos de basura).

  • Flotación Química y Micro-Cribado: Todo el sedimento extraído es sometido a procesos de flotación continua y cribado en agua con mallas de pulgada microscópica (hasta 0.5 mm), garantizando la recuperación de micro-restos botánicos (semillas, esporas, fitolitos), carbones microscópicos y huesos de diminuta fauna (cuyes, aves, reptiles) que escaparon a las excavaciones de MacNeish.

  • Geoarqueología y Análisis de Isótopos Estables: El estudio de isótopos estables de Carbono-13 ($^{13}C$), Nitrógeno-15 ($^{15}N$) y Estroncio ($^{87}Sr/^{86}Sr$) en las muestras de colágeno óseo animal permitirá reconstruir con precisión las variaciones de temperatura y humedad ambiental durante las glaciaciones, así como los patrones de movilidad geográfica de la fauna y las poblaciones humanas a lo largo del año.

  • Paleogenómica y ADN Sedimentario (sedaDNA): Una de las innovaciones más deslumbrantes de la misión 2026 es la extracción de micro-cadenas de ADN humano y ambiental directamente de la matriz de tierra sin necesidad de restos fósiles visibles. Esta tecnología, desarrollada para yacimientos paleolíticos en Eurasia, permitirá detectar qué grupos genéticos habitaron Pikimachay y qué patógenos o parásitos intestinales estaban presentes en la cueva hace más de 15,000 años.

5. El Contexto Macro: Pikimachay y el Mapa del Poblamiento Temprano de los Andes

El estudio de Pikimachay resulta incomprensible si no se integra dentro del marco comparativo de los grandes abrigos prehistóricos del territorio peruano:

  • Cueva del Guitarrero (Áncash): Investigada por Thomas Lynch en el Callejón de Huaylas, muestra ocupaciones líticas del Pleistoceno final (Guitarrero I, 13,000–12,000 a. C.) y evidencias tempranas de textiles y horticultura (frijol, pallar) en el Arcaico.

  • Cuevas de Lauricocha (Huánuco): Estudiadas por Augusto Cardich a más de 4,000 m s. n. m., famosas por albergar los entierros humanos con rituales funerarios más antiguos de la sierra peruana (c. 8,000–7,000 a. C.) y bifaces foláceos.

  • Cueva de Toquepala (Tacna): Destacada por su célebre galería de arte rupestre que representa escenas dinámicas de caza colectiva o «chaku» de guanacos silvestres (c. 9,000–7,600 a. C.).

  • Paiján (La Libertad / Ancash): Industria lítica costera caracterizada por delicadas puntas pedunculadas y los esqueletos humanos más antiguos de la costa peruana (c. 10,000–8,000 a. C.).

Pikimachay se sitúa en la cúspide cronológica de este entramado, funcionando como el eslabón primario de adaptación adaptativa de las poblaciones continentales a las elevadas e imponentes geometrías de la cordillera andina.

5.1 Cuadro Comparativo de los Principales Yacimientos del Periodo Lítico Andino

Para ofrecer a los lectores e investigadores de arqueologiadelperu.com una visión clara y didáctica del panorama cronológico del Perú primigenio, presentamos una matriz comparativa entre Pikimachay y los sitios clave del periodo cazador-recolector:

Yacimiento Ubicación Geográfica Altitud (m s. n. m.) Cronología Validada (cal AP / a. C.) Hallazgos Principales y Relevancia Investigadores Principales
Pikimachay (Ayacucho) Pacaycasa, Huamanga (Ayacucho) 2,850 m 17,700 – 16,600 cal AP (Complejo Ayacucho) Herramientas líticas de radiolarita, hueso trabajado, megafauna (Megatherium, caballo americano). Ocupación pre-Clovis. Richard MacNeish (1969), José Ochatoma (2026)
Huaca Prieta Chicama, La Libertad 10 m (Costa) 15,000 – 14,500 cal AP Herramientas sencillas de canto rodado, cestería teñida, restos de fauna marina y plantas procesadas. Junius Bird, Tom Dillehay
Cueva del Guitarrero Yungay, Callejón de Huaylas (Áncash) 2,580 m 13,000 – 12,000 a. C. (Guitarrero I) Industria lítica bifacial, cordelería, cestería y evidencias pioneras de horticultura (frijol, pallar). Thomas Lynch
Paiján Valles de Cupisnique y Chicama (La Libertad) 100 – 500 m 10,800 – 8,000 a. C. Puntas pedunculadas estilizadas, primeros restos óseos humanos completos (niño y mujer de Paiján). Rafael Larco Hoyle, Claude Chauchat
Lauricocha San Pedro de Chaulán (Huánuco) 4,000 m 8,000 – 7,000 a. C. Entierros humanos intencionales con deformación craneana artificial, pinturas rupestres, industria lítica foliácea. Augusto Cardich
Toquepala Ilabaya, Jorge Basadre (Tacna) 2,700 m 9,000 – 7,600 a. C. Galerías de arte rupestre en color rojo, negro y verde con escenas de chaku o cacería colectiva de camélidos. Miomir Bojovich, Emilio Gonzáles
6. Proyección Turística y Puesta en Valor: De Refugio Milenario a Polo de Desarrollo

Como remarca Sinthia Caballero, representante de la Dircetur Ayacucho, la intervención de 2026 responde a una visión holística que une la investigación pura con el desarrollo socioeconómico inclusivo. El proyecto no solo busca publicaciones en revistas indizadas, sino devolverle el patrimonio a la comunidad local.

Infraestructura y Circuito de Turismo Científico
  • Vías de Acceso y Miradores: Remodelación y señalización del sendero peatonal de 500 metros desde la carretera principal hasta la boca de la cueva, junto con miradores que permiten contemplar el amplio valle del río Pongora.

  • Centro de Interpretación de Pacaycasa: Una instalación didáctica dotada de réplicas a escala de la megafauna pleistocénica (como el megaterio y el tigre dientes de sable), dioramas hiperrealistas sobre la vida cotidiana de las bandas de cazadores, y exhibición de herramientas líticas.

  • Ecoturismo e Identidad: Integración de la Cueva de Pikimachay dentro del corredor turístico del norte ayacuchano, conectándola con el complejo arqueológico de la capital imperial Wari y el histórico pueblo artesanal de Quinua (escenario de la Batalla de 1824).

6.1 El Impacto Socio-Cultural de Pikimachay en la Identidad Ayacuchana

El proyecto de reapertura e investigación en Pikimachay no se restringe a las fronteras de la ciencia académica; toca las fibras más profundas de la memoria histórica y la identidad cultural de la región Ayacucho. A lo largo de las décadas, la narrativa del «Hombre de Pacaicasa» ha sido parte fundamental del currículo educativo escolar peruano y de la memoria colectiva del pueblo ayacuchano, generando un inmenso orgullo regional como cuna de la peruanidad.

Sin embargo, el desfase entre la importancia histórica proclamada en los libros de texto y el estado de abandono físico que sufrió el yacimiento durante finales del siglo XX y principios del XXI (afectado por la falta de infraestructura, basura en los alrededores y vandalismo) generó una deuda histórica con la comunidad. La intervención articulada entre el Ministerio de Cultura, la Dircetur Ayacucho, la Municipalidad Distrital de Pacaycasa y la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga (UNSCH) busca rectificar este panorama.

La musealización y acondicionamiento de Pikimachay como un centro de turismo científico de nivel internacional permitirá:

  1. Generación de Empleo Directo e Indirecto: Creación de guías de turismo locales capacitados (guiado comunal), puestos de artesanía local, servicios gastronómicos y hospedajes vivenciales en el distrito de Pacaycasa.

  2. Educación Patrimonial en Escuelas: Talleres didácticos y visitas guiadas para los colegios de Huamanga, Huanta y distritos rurales, promoviendo la conservación de la megafauna fósil y la protección de abrigos rocosos contra invasiones urbanas.

  3. Prensa y Ciencia Abierta: Apertura del sitio a investigadores internacionales, convirtiendo a Ayacucho en una parada obligatoria en las rutas globales de la antropología evolutiva y la arqueología americana.

7. Guía Práctica para el Visitante y Arqueoturista

Para aquellos viajeros, investigadores y amantes de la historia que deseen conocer de primera mano este fascinante santuario de la prehistoria andina:

Rutas y Transportes
  1. Tramo Lima – Ayacucho:

    • Vía Aérea: Vuelos directos de 45 minutos desde el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez hasta el Aeropuerto Teniente Coronel FAP Alfredo Mendívil Duarte en Huamanga.

    • Vía Terrestre: Buses interprovinciales desde Lima (Terminales de La Victoria o Lima Norte) con una duración aproximada de 8 a 10 horas cruzando la vía Los Libertadores. Tarifas promedio entre S/ 40 y S/ 90.

  2. Tramo Ayacucho – Pikimachay:

    • Transporte Público: Desde el Óvalo de La Magdalena en la ciudad de Ayacucho, abordar minivans o colectivos con dirección a Huanta o Pacaycasa (costo aproximado de S/ 8). Se debe indicar al conductor el desembarque en el paradero de ingreso a Pikimachay (aproximadamente 30 a 40 minutos de recorrido).

    • Caminata de Ascenso: Desde el paradero, se realiza una caminata ligera ascendente de aproximadamente 500 metros (30 minutos) por un sendero acondicionado con escalinatas y descansos.

    • Servicio Privado o Tours: Contratar excursiones guiadas o servicio de taxi privado desde Huamanga (S/ 80 a S/ 120 por ruta completa que suele incluir Wari y Quinua).

 

 

T’aqrachullo: El Enigma de la Fortaleza entre Abismos y su Nexo con la Mítica Ancocagua

En la inmensidad sobrecogedora del altiplano cusqueño, donde el viento implacable de la puna moldea los relieves y los cursos fluviales esculpen cañones de vértigo absoluto, se levanta uno de los testimonios arquitectónicos más imponentes, masivos y, paradójicamente, menos comprendidos de la historia andina prehispánica. T’aqrachullo, una monumental ciudadela de piedra que parece desafiar las leyes de la gravedad desde las cumbres de la provincia de Espinar, ha comenzado finalmente a revelar sus secretos al mundo, sacudiendo los cimientos de la arqueología tradicional peruana.

Durante generaciones, los flujos del turismo masivo y los principales proyectos de inversión científica han concentrado históricamente su atención en los valles cercanos al Cusco, el Valle Sagrado de los Incas y el icónico santuario histórico de Machu Picchu. Sin embargo, las minuciosas investigaciones de campo recientes y la sorpresiva atención de cadenas de difusión científica global —particularmente los reportajes internacionales publicados por National Geographic— están provocando un giro radical de los reflectores hacia el sur de la región Cusco. Este es un territorio altoandino donde cada bloque de piedra laja cuenta una historia de resistencia militar, adaptación ecológica extrema y majestuosidad compartida entre civilizaciones preíncas e incas.

Conocida localmente por algunos pobladores, comuneros y arrieros bajo el apelativo popular de la «Fortaleza de María» —debido a su estricta proximidad geográfica con el imponente sector homónimo dentro del espectacular sistema de fallas geológicas y cañones de la zona—, T’aqrachullo no representa simplemente un mirador fortificado o una avanzada militar periférica. Los datos acumulados en las últimas campañas de excavación demuestran de forma irrefutable que nos encontramos ante un complejo urbano, religioso, logístico y militar de gran envergadura que reescribe por completo nuestra comprensión de las fronteras del Tawantinsuyu, así como de las dinámicas de asimilación de las naciones autónomas que habitaron el antiguo Perú antes de la consolidación final del imperio de los incas.

El Cambio de Paradigma: La Arqueología en Manos Peruanas

El verdadero valor del proceso de rescate arqueológico que está experimentando T’aqrachullo en el siglo XXI no radica únicamente en la espectacularidad de sus estructuras de piedra o en la riqueza material oculta en sus estratos arqueológicos. Lo que verdaderamente marca un hito y un cambio de paradigma en la disciplina del país es que las complejas excavaciones, prospecciones y análisis científicos que han retirado la densa maleza de la puna de sus muros están siendo ejecutadas y lideradas de forma directa por investigadores y científicos peruanos.

Históricamente, gran parte de la narrativa oficial sobre el Imperio Inca y las sociedades andinas ha sido construida y filtrada a través de las crónicas coloniales de los conquistadores españoles que los desplazaron y desestructuraron, o mediante expediciones arqueológicas extranjeras de los siglos XIX y XX que a menudo extraían las piezas fuera de sus contextos originarios. Los incas, al no poseer un sistema de escritura alfabético occidental, dejaron su historia grabada en la distribución de sus espacios sagrados, en la tecnología de sus muros y en el interior de sus contextos funerarios.

En T’aqrachullo, cada nuevo muro consolidado, cada fragmento de cerámica catalogado y cada resto óseo analizado representa un acto monumental de reclamación histórica y cultural. Profesionales de la arqueología nacional, profundamente conectados con la herencia de la región, están asumiendo el rol protagónico en la reconstrucción del pasado andino. Esta labor no se limita al aislamiento de los laboratorios o los gabinetes científicos; por el contrario, los equipos de investigación mantienen un diálogo constante y activo con las comunidades campesinas locales que habitan bajo la sombra de la mesa, como Chaupimayo y el distrito de Suykutambo. Al compartir los hallazgos y explicar la trascendencia de la ciudadela a los descendientes directos de sus constructores, la arqueología cumple su función social más noble: devolver a las poblaciones locales su memoria histórica, su orgullo identitario y el protagonismo en la gestión y protección de su propia herencia cultural.

T’aqrachullo Fuente: NatGeo
Geografía del Abismo: El Entorno Estratégico de Suykutambo y el Cañón de la Fortaleza

Para comprender la verdadera magnitud de T’aqrachullo, es imperativo analizar el escenario geográfico y geológico en el cual fue edificado. La ciudadela no fue construida sobre una montaña cualquiera; se asienta de manera imponente sobre una gigantesca mesa barrida por el viento, en las cumbres de la provincia de Espinar, en el distrito de Suykutambo, elevándose a una altitud que oscila entre los 3,900 y los 4,100 metros sobre el nivel del mar [cite: 1, 2]. Esta ubicación sitúa al complejo en un ecosistema de puna seca, un territorio caracterizado por variaciones térmicas extremas, vientos constantes y una vegetación dominada por el ichu y arbustos rastreros, un paisaje que contrasta drásticamente con los valles fértiles y la ceja de selva donde se ubican centros ceremoniales más conocidos como Machu Picchu [cite: 2].

El emplazamiento de T’aqrachullo responde a una planificación militar y logística de orden superior. La meseta se eleva unos 300 pies de forma completamente vertical sobre el cauce del río Apurímac, justo en las inmediaciones donde convergen tres ríos importantes de la región, un nudo fluvial estratégico que actúa como un foso natural inexpugnable [cite: 1, 2]. Las paredes del cañón adyacente, conocidas localmente en el sector como el Cañón de los Tres Cañones, no solo ofrecían una barrera física insuperable contra cualquier intento de incursión enemiga, sino que además dotaban al asentamiento de un control visual absoluto sobre las rutas de tránsito que interconectaban el altiplano con los valles interandinos del sur del Cusco [cite: 2].

La Escala del Gigante Olvidado

Durante décadas, el manto del olvido y la vegetación silvestre ocultaron las verdaderas dimensiones de este baluarte de piedra. Las exploraciones y excavaciones sistemáticas lideradas por el Ministerio de Cultura han revelado que las ruinas de T’aqrachullo se extienden de manera orgánica a lo largo de un área que abarca aproximadamente 43 acres [cite: 1, 1]. Para poner esta escala en perspectiva científica, la extensión del complejo es aproximadamente cuatro veces más grande que la zona urbana y agrícola de la célebre ciudadela de Machu Picchu, ubicada a unas 140 millas al noroeste [cite: 1].

Esta enorme área arqueológica no se limita exclusivamente a la plataforma superior de la mesa. El planeamiento urbano prehispánico del sitio se distribuyó de forma vertical, abarcando una importante zona residencial y de servicios en la base misma de las formaciones rocosas colosales, así como el denso tejido arquitectónico de élite que corona la cima de la meseta [cite: 1, 2]. Esta dicotomía espacial demuestra que T’aqrachullo no fue un simple puesto de avanzada o un refugio temporal en tiempos de guerra, sino un centro de población masivo, un núcleo logístico permanente y un santuario de gran envergadura capaz de albergar y sustentar a una población numerosa bajo condiciones ambientales sumamente exigentes [cite: 2].

El Acceso Restringido: La Escalera tallada en la Roca

Uno de los elementos de ingeniería más fascinantes y que mejor ilustran el carácter exclusivo y defensivo de T’aqrachullo es su sistema de acceso. La meseta está resguardada por abismos colosales en casi la totalidad de su perímetro, lo que obligó a los antiguos constructores a depender de una única vía de entrada: una empinada, estrecha y escarpada escalera de piedra que rasga la cara misma del acantilado vertical desde el fondo del valle [cite: 1, 1].

Este sendero único funcionaba como un filtro de seguridad implacable. Cualquiera que intentara ascender a la cima quedaba completamente expuesto a las defensas de la ciudadela, haciendo que la entrada fuera fácilmente defendible por un puñado de guerreros situados en la parte superior. Las evidencias arqueológicas indican que este acceso no estaba destinado al uso de la población común de la región. Mientras que los comerciantes, pastores y transeúntes comunes de las redes viales andinas transitaban y se alojaban en el sector bajo, situado en la base de la formación, el acceso a la cima de la plataforma estaba estrictamente restringido a la nobleza inca, los administradores estatales y el cuerpo de sacerdotes dedicados al culto [cite: 1, 1].

El desgaste físico en los peldaños de esta imponente escalera cuenta una historia de siglos de actividad ininterrumpida. Debido a la ausencia total de fuentes de agua naturales y de tierras agrícolas fértiles en la superficie plana de la meseta, todos los recursos esenciales para la vida y el culto —desde el agua potable hasta los alimentos y los textiles sagrados— debían ser transportados de manera constante desde el fondo del valle. Este titánico esfuerzo logístico recayó sobre caravanas de llamas domesticadas, cuyos pesados e incesantes pasos a lo largo de las centurias dejaron huellas e indentaciones profundas y claramente visibles sobre los peldaños de piedra dura, un testimonio mudo de la intensa vida económica y religiosa que animó las alturas de T’aqrachullo [cite: 1].

La Línea del Tiempo de T’aqrachullo: Desde los Orígenes Wari y la Nación K’ana hasta la Hegemonía Inca

Para comprender cabalmente el entramado social, político y sagrado que define a T’aqrachullo, es indispensable realizar una inmersión profunda en su compleja estratigrafía cronológica. Las investigaciones científicas de las últimas décadas han desmantelado la idea de que este sitio fue una creación exclusivamente incaica. Por el contrario, los datos de campo acumulados estiman que la meseta y sus laderas registran una secuencia ininterrumpida de presencia y actividad humana que se extiende por aproximadamente 2,000 años, transformándolo en un fascinante palimpsesto de las civilizaciones más influyentes del sur andino [cite: 1, 1].

La Génesis del Sitio: El Horizonte Medio y la Presencia Wari

La historia arquitectónica y religiosa de T’aqrachullo hunde sus raíces en el Horizonte Medio (ca. 650–1000 d.C.) [cite: 1]. Durante gran parte del siglo XX, las teorías académicas convencionales afirmaban que el Imperio Wari —una poderosa civilización centralizada con base en Ayacucho— no había extendido su esfera de influencia directa de manera tan drástica hacia las provincias altas del sur de la región Cusco. Sin embargo, las exploraciones iniciales de superficie lideradas en la década de 1990 por las investigadoras peruanas Alicia Quirita y Maritza Candia comenzaron a resquebrajar este consenso al hallar tiestos y fragmentos cerámicos con una clara filiación estética y técnica wari [cite: 1].

Las excavaciones sistemáticas ejecutadas posteriormente por el Ministerio de Cultura del Perú bajo la dirección del arqueólogo Emerson Pereyra confirmaron estas sospechas de manera monumental. Al profundizar en los estratos inferiores, el equipo desenterró un imponente conjunto de ofrendas y entierros intactos pertenecientes a esta etapa formativa del santuario [cite: 1]. Entre los hallazgos más deslumbrantes destaca una tumba sellada que albergaba exquisitas estatuillas y figurinas aplanadas talladas en metal con la silueta de llamas, acompañadas de finas láminas de oro puro y piezas de crisocola —un mineral de tonalidades azul-verdosas sumamente codiciado en el mundo prehispánico— minuciosamente trabajadas para emular la sagrada e imponente figura del puma [cite: 1, 1]. Estos elementos demuestran que, ya bajo el dominio Wari, la mesa de T’aqrachullo no era un simple campamento de pastores, sino un espacio dotado de una profunda carga ritual, donde la élite regional depositaba manufacturas de alto valor simbólico.

T’aqrachullo. Fuente NatGeo
El Intermedio Tardío: El Pukara de la Nación K’ana

Con el colapso del sistema imperial Wari hacia el año 1000 d.C., los Andes centrales entraron en el periodo conocido como el Intermedio Tardío (ca. 1000–1450 d.C.) [cite: 1, 2]. Esta época estuvo profundamente marcada por una marcada fragmentación política, intensos conflictos interétnicos y una competencia feroz por el control de fuentes de agua estables y pastizales óptimos para la ganadería de camélidos en las zonas de altura. En este contexto de inestabilidad generalizada, la provincia alta de Espinar fue ocupada sólidamente por la nación K’ana [cite: 2].

Los K’anas eran un grupo étnico preínca caracterizado en las fuentes etnohistóricas por su temperamento marcial, su destreza en la economía ganadera de altura y su notable capacidad para adaptar soluciones arquitectónicas defensivas a los rigurosos ecosistemas de la puna seca [cite: 2]. Fue precisamente esta necesidad de supervivencia y soberanía territorial la que impulsó a los líderes K’anas a elegir la cumbre de los macizos rocosos de Suykutambo para fundar un imponente pukara o asentamiento fortificado [cite: 2]. Desde las alturas inexpugnables de la meseta, los vigías y guerreros K’anas poseían un dominio visual absoluto sobre todo el cañón y controlaban de manera estricta las vitales rutas comerciales que conectaban el altiplano de la cuenca del Titicaca con los valles interandinos septentrionales [cite: 2]. Durante esta fase, el urbanismo del sitio se expandió mediante la construcción masiva de recintos de planta circular y rectangular levantados con piedra laja local unida con argamasa de barro, diseñados para albergar a la población civil y a las guarniciones defensivas permanentes [cite: 2, 2].

T’aqrachullo. Fuente: NatGeo
El Horizonte Tardío: La Intervención e Integración Imperial Inca

Hacia mediados del siglo XV, el Horizonte Tardío irrumpió en la región con las campañas expansivas iniciadas desde el Cusco por el Estado Inca, bajo el liderazgo de soberanos como Pachacútec [cite: 1]. La historiografía y las detalladas evidencias materiales sugieren que la incorporación de la provincia de Espinar y de la nación K’ana al Tawantinsuyu no se produjo necesariamente a través de una cruenta guerra de exterminio, sino por medio de una serie de complejas y calculadas alianzas políticas, diplomáticas y matrimoniales [cite: 2]. Los gobernantes cuzqueños valoraban sobremanera la bravura y destreza militar de los guerreros K’anas, integrándolos rápidamente como un cuerpo de choque aliado en las sucesivas campañas de conquista del imperio hacia otras latitudes.

Una vez consolidada la anexión pacífica del territorio, los arquitectos e ingenieros del imperio intervinieron de forma monumental el tejido urbano preexistente de T’aqrachullo [cite: 2]. Respetando escrupulosamente el núcleo original de las construcciones K’anas, los incas superpusieron sus refinadas técnicas de aparejo de piedra, ampliaron masivamente los sistemas de andenería en las laderas para estabilizar los suelos frente a los deslizamientos y asegurar la agricultura de altura, y erigieron imponentes recintos administrativos y ceremoniales que asimilaron el sitio dentro del gran Qhapaq Ñan o sistema vial andino [cite: 2, 2]. Así, el complejo quedó integrado como un nudo logístico, espiritual y de control político absolutamente crucial dentro de la vasta región del Kuntisuyu, sirviendo como un nexo de comunicación directo con metrópolis tan distantes como Quito en la actual frontera norte o Santiago en el extremo sur [cite: 1, 2].

Arquitectura de Poder y Fe: Análisis Detallado de los Sectores Urbano, Militar y el Gran Templo Sagrado

La distribución espacial y la monumentalidad de las estructuras de T’aqrachullo constituyen un testimonio tangible de la sofisticada planificación urbana prehispánica, diseñada con el doble propósito de consolidar el control geopolítico de la región y albergar las más sagradas manifestaciones litúrgicas de las provincias altas [cite: 1, 2]. Las campañas de restauración del Ministerio de Cultura de las que formó parte el arqueólogo Emerson Pereyra han permitido catalogar cerca de 600 estructuras complejas distribuidas de manera orgánica a lo largo de crestas rocosas y abismos vertiginosos [cite: 1, 2]. Este extenso entramado constructivo se organiza a través de sectores claramente zonificados y especializados [cite: 2].

El Sector Residencial y Doméstico: La Base Social y Logística

La base demográfica y de servicios de la ciudadela se localiza estratégicamente tanto en las zonas bajas adyacentes a la mesa como en sectores intermedios de las laderas [cite: 1, 2]. Este sector doméstico destaca por una masiva concentración de recintos habitacionales de planta predominantemente circular y rectangular, una tipología que denota la herencia constructiva de la nación K’ana respetada y posteriormente refaccionada por la administración incaica [cite: 2]. Las paredes de estas viviendas están edificadas con piedra laja de origen local, unidas con una densa y resistente argamasa de barro y paja de la puna [cite: 2].

Intercaladas de forma regular entre los recintos residenciales, los arquitectos prehispánicos levantaron estructuras circulares de almacenamiento conocidas como qollqas [cite: 2]. Estos depósitos estatales eran indispensables para el acopio de productos nativos de altura, como tubérculos deshidratados (chuño) y granos andinos, destinados al sustento de las guarniciones militares y de los operarios dedicados al mantenimiento del complejo. En las laderas adyacentes, se despliega un intrincado sistema de terrazas y andenerías agrícolas que cumplían una doble función técnica de gran trascendencia: estabilizaban los suelos frente a los constantes deslizamientos del cañón y generaban microclimas aptos para la producción agrícola bajo condiciones climatológicas extremas [cite: 2].

Murallas y Sistemas Defensivos: El Pukara Inexpugnable

El carácter militar y de refugio fortificado de T’aqrachullo se hace evidente al analizar sus formidables perímetros de seguridad. Aunque la topografía natural de la mesa —con sus caídas de 300 pies verticales hacia el cauce del río Apurímac— proporcionaba una barrera física prácticamente insuperable, los flancos que presentaban mayor vulnerabilidad y suavidad en la pendiente fueron fuertemente protegidos por imponentes lienzos de murallas defensivas de mampostería [cite: 1, 2]. Estos gruesos muros de contención y murallas no solo impedían el ingreso de agentes externos en tiempos de guerra, sino que segregaban de forma estricta los flujos de tránsito cotidianos de la ciudadela [cite: 2].

El acceso hacia la zona noble y sagrada estaba fuertemente controlado a través de una angosta estructura de entrada al final de la empinada escalera tallada en el acantilado [cite: 1]. Las recientes investigaciones han sacado a la luz evidencias de que la guarnición defensiva de la fortaleza se encontraba permanentemente armada y abastecida para resistir asedios prolongados. En áreas estratégicas del perímetro defensivo se han desenterrado abundantes depósitos o caches con proyectiles esféricos de piedra seleccionada, puntas de lanza talladas en obsidiana negra y restos óseos de individuos masculinos que presentan fracturas y lesiones traumáticas ante-mortem, signos inequívocos de enfrentamientos bélicos violentos directos [cite: 1].

El Sector Ceremonial de Élite: El Corazón Sagrado de la Mesa

En la plataforma superior de la mesa, aislada del bullicio doméstico por la estricta restricción de tránsito, se alza el núcleo teocrático y administrativo de T’aqrachullo [cite: 1, 2]. En este espacio exclusivo, la calidad de la arquitectura sufre un salto técnico cualitativo asombroso: las rústicas construcciones de piedra laja dan paso a estructuras con un aparejo y un acabado notablemente superiores, caracterizadas por el empleo de nichos u hornacinas empotradas y vanos trapezoidales finamente labrados, elementos que representan la firma inconfundible de la arquitectura monumental de la élite incaica [cite: 2].

El descubrimiento más espectacular de este sector, consolidado en el año 2023, corresponde a las fundaciones de un Gran Templo de planta abierta orientado de forma precisa hacia las cumbres de los apus o montañas sagradas circundantes [cite: 1]. Los análisis arquitectónicos y estratigráficos demostraron que esta estructura principal fue edificada sobre las bases de plataformas rituales mucho más antiguas, confirmando la naturaleza ancestral del culto en la meseta mucho antes de la expansión cusqueña [cite: 1].

En el centro geométrico de esta gran plataforma ceremonial se localizan los restos de una icónica fuente o pileta sacramental vinculada al culto del agua y la fertilidad de la tierra [cite: 1]. La fuente cuenta con un elaborado canal labrado directamente sobre el suelo de piedra, diseñado para que las autoridades y sacerdotes vertieran libaciones rituales de chicha (bebida fermentada de maíz) de un vaso ceremonial a otro como ofrenda consagrada a los dioses y deidades de la naturaleza [cite: 1]. Durante estas solemnes ceremonias y observaciones astronómicas nocturnas bajo el firmamento de la puna, los sacerdotes de la alta nobleza incaica —ataviados con elaborados tocados, textiles polícromos y resplandecientes aplicaciones de metal— depositaban pepitas y fragmentos de oro puro en las junturas de los bloques de piedra de la fuente, mientras oraban y cantaban al compás de trompetas de caracola y tambores para asegurar la prosperidad del imperio [cite: 1].

Los Monumentos Funerarios: Las Chullpas Nobles

La sacralidad de T’aqrachullo se extendía de igual manera a su dimensión funeraria, configurándolo como un imponente centro de veneración de los ancestros. En los sectores periféricos y más elevados de la meseta se yerguen las chullpas, estructuras funerarias en forma de torres construidas con piedra laja destinadas exclusivamente a albergar las momias y los fardos funerarios de los miembros de la élite y la nobleza dominante [cite: 1].

La edificación de estos monumentos funerarios incaicos refleja un proceso de apropiación espiritual y reconfiguración del espacio sagrado de gran interés para los estudios arqueológicos. Los ingenieros incas levantaron estas complejas chullpas directamente sobre los cementerios y tumbas subterráneas de las civilizaciones precedentes, como los Wari. Los restos óseos de los antiguos habitantes enterrados allí siglos atrás fueron cuidadosamente exhumados de sus tumbas originales y trasladados de forma respetuosa hacia grandes fosas o tumbas comunales secundarias de carácter colectivo, permitiendo que la nueva clase gobernante imperial ocupara físicamente las posiciones espaciales de poder y culto a los muertos en la cima de la ciudadela [cite: 1].

El Tesoro Escondido: El Hallazgo de las Secuencias de Oro y la Conexión con la Mítica Ancocagua

A pesar de la imponente monumentalidad de sus estructuras de piedra laja, el verdadero punto de inflexión científica que obligó a la comunidad arqueológica internacional a reevaluar por completo la posición jerárquica de T’aqrachullo ocurrió una mañana de septiembre del año 2022 [cite: 1]. El arqueólogo peruano Dante Huallpayunca se encontraba realizando meticulosas labores de limpieza y raspado superficial de suelos en el interior de un recinto de piedra que, durante décadas, había sido empleado de manera rústica por los comuneros locales como un simple corral para alpacas [cite: 1]. De pronto, uno de sus asistentes de campo divisó un destello inusual entre la tierra compacta [cite: 1].

Lo que inicialmente comenzó como el hallazgo de una pequeña pieza aislada se transformó rápidamente en el desentierro de uno de los tesoros ceremoniales más masivos e importantes registrados en el sur andino en las últimas décadas: una impresionante colección oculta de casi 3,000 pequeñas lentejuelas o placas circulares perforadas (secuencias) manufacturadas en oro puro, plata y cobre [cite: 1]. Estos delicados discos metálicos, meticulosamente labrados a inicios del siglo XVI, no eran elementos utilitarios o de intercambio comercial; constituían adornos sagrados de alta costura diseñados exclusivamente para ser cosidos y fijados sobre los suntuosos textiles y vestimentas ceremoniales empleados por la suprema élite imperial y el cuerpo sacerdotal incaico durante las liturgias de Estado [cite: 1, 1]. El hallazgo demostró de forma irrefutable que T’aqrachullo no era una fortaleza periférica o un asentamiento rural aislado, sino un centro de inmenso poder político, económico y teocrático dentro del Tawantinsuyu [cite: 1].

La Hipótesis de Reinhard: La Búsqueda de Ancocagua

Este asombroso descubrimiento material dotó de un peso científico renovado a una audaz teoría que había permanecido archivada durante casi tres décadas. En el año 1994, el renombrado antropólogo, arqueólogo de alta montaña y Explorador de National Geographic, Johan Reinhard, visitó la meseta por primera vez acompañado por la entonces estudiante de arqueología Alicia Quirita [cite: 1]. Reinhard se encontraba enfrascado en una persistente investigación histórica: localizar el emplazamiento exacto de una de las ciudadelas y santuarios más sagrados, enigmáticos e inexplorados de la literatura colonial, conocida en los textos bajo el nombre de Ancocagua [cite: 1, 1].

Las referencias sobre este místico oráculo procedían inicialmente de la Crónica del Perú, un tratado fundamental publicado en 1553 por el cronista español Pedro Cieza de León [cite: 1]. En su manuscrito, Cieza de León afirma taxativamente que el templo de Ancocagua figuraba de forma oficial como uno de los cinco centros ceremoniales y santuarios más importantes, venerados y ricos de todo el Imperio Inca, albergando un célebre oráculo y acumulando inmensas cantidades de oro y plata procedentes de las ofrendas imperiales [cite: 1, 1]. Sin embargo, las descripciones geográficas proporcionadas por la Crónica eran sumamente vagas, lo que impidió que los historiadores de los siglos XIX y XX pudieran determinar su paradero exacto.

El panorama de la investigación cambió drásticamente en el año 1987 con el descubrimiento fortuito en España de la parte que se consideraba perdida del manuscrito del cronista Juan de Betanzos, redactado originalmente en el siglo XVI [cite: 1]. Betanzos, un colono español que dominaba el idioma quechua por estar casado con una noble incaica, no solo corroboró la inmensa jerarquía religiosa de Ancocagua, sino que legó un relato detallado y desgarrador sobre los eventos militares que acontecieron en dicha fortaleza durante los últimos días de existencia del imperio [cite: 1].

El Relato de Betanzos: Asedio, Resistencia y Muerte en el Abismo

De acuerdo con las crónicas recuperadas de Betanzos, tras la captura y ejecución del inca Atahualpa en Cajamarca por las huestes comandadas por Francisco Pizarro en 1532, el control español sobre los Andes no se consolidó de manera pacífica [cite: 1]. Casi de inmediato, cruentas rebeliones y focos de resistencia armada estallaron en diversas provincias del imperio. Uno de los bastiones de resistencia más feroces e inexpugnables se organizó precisamente en el santuario de Ancocagua, descrito como una monumental ciudadela fortificada situada sobre una meseta escarpada e inaccesible en una región localizada al sur de la capital imperial del Cusco [cite: 1].

Decididos a aplastar de forma definitiva este peligroso levantamiento nativo, un batallón de caballería e infantería española liderado por uno de los hermanos de Francisco Pizarro marchó hacia las provincias altas con el objetivo de asaltar la fortaleza [cite: 1]. Sin embargo, al llegar a la base de las formaciones rocosas, los conquistadores descubrieron que las huestes incas rebeldes habían bloqueado por completo el único y estrecho sendero de acceso que conducía a la cima de la meseta [cite: 1]. Ante la imposibilidad material de realizar un asalto frontal debido al abismo vertical, el ejército español se vio obligado a establecer un riguroso cerco o sitio militar alrededor de la montaña, cortando de manera absoluta todo ingreso de suministros esenciales, agua potable y alimentos hacia la plataforma superior [cite: 1].

El desenlace de este asedio prolongado fue trágico. Tras semanas de privaciones extremas y ante la inminencia de la caída de sus defensas por el hambre y la sed, los desesperados defensores de la ciudadela tomaron una determinación radical: antes que rendirse y someterse a la esclavitud o el suplicio a manos de los invasores europeos, cientos de hombres, mujeres y niños residentes del santuario prefirieron arrojarse en masa desde los imponentes acantilados verticales hacia los abismos del cañón, hallando la muerte sobre las rocas del río Apurímac [cite: 1, 1]. Una vez que las tropas españolas lograron finalmente vulnerar los accesos saboteados, saquearon los templos, confiscaron los tesoros del oráculo y abandonaron el sitio, dejándolo sepultado bajo el manto del olvido histórico [cite: 1].

Las Evidencias del Conflicto Militar

Al contrastar estas sobrecogedoras narraciones históricas con los hallazgos físicos recuperados en las campañas de excavación dirigidas por Emerson Pereyra, las coincidencias científicas resultan abrumadoras. Además de la correspondencia exacta de la geografía de T’aqrachullo con la mesa descrita en las fuentes coloniales, el equipo de arqueólogos peruanos descubrió que el sendero principal de la escalera de piedra se encontraba obstruido y sepultado de forma artificial por una densa capa de entre seis y diez pies de bloques de roca colapsada [cite: 1]. Si bien inicialmente los investigadores consideraron que se trataba de un derrumbe natural fortuito, los análisis estructurales posteriores demostraron de forma contundente que los peldaños fueron saboteados y dinamitados de forma deliberada por los propios operarios incas con el fin de inhabilitar la subida ante una inminente invasión militar [cite: 1].

Esta hipótesis se ve fuertemente respaldada por el desentierro en los sectores residenciales y de murallas de numerosos entierros secundarios e individuos cuyos esqueletos presentan marcas claras de traumatismos perimortem causados por armas contundentes, lesiones infligidas de forma violenta en combate y una total ausencia de elementos o artefactos de filiación europea [cite: 1]. Si bien las investigaciones arqueológicas aún no han detectado vestigios materiales directos que denoten una ocupación o presencia prolongada de los conquistadores españoles en la meseta, este hecho concuerda perfectamente con la naturaleza del relato de Betanzos: un asedio externo, un saqueo relámpago de las riquezas del oráculo y el abandono inmediato de una fortaleza destruida y maldita por el suicidio colectivo de sus habitantes [cite: 1].

Guía de Exploración Científica y el Futuro del Patrimonio en las Provincias Altas

Para el investigador, estudiante o viajero enfocado en la exploración científica, adentrarse en el complejo arqueológico de T’aqrachullo constituye una experiencia tan profundamente gratificante como rigurosa y exigente desde el punto de vista físico y logístico [cite: 2]. Al encontrarse geográficamente apartado de los circuitos turísticos comerciales tradicionales del departamento del Cusco, la planificación de una expedición hacia este baluarte prehispánico requiere un ordenamiento meticuloso de la ruta, el equipamiento y los tiempos de aclimatación [cite: 2].

Planificación Logística y Rutas de Acceso

El complejo se ubica formalmente en los terrenos de la comunidad campesina de Chaupimayo, dentro del distrito de Suykutambo, perteneciente a la provincia de Espinar, en el sector meridional de la región Cusco [cite: 2]. El viaje se desglosa a través de las siguientes pautas logísticas y operativas fundamentales para garantizar una exploración exitosa [cite: 2]:

Aspecto Clave Detalle Operativo e Indicaciones Científicas
Altitud Operativa El complejo se despliega verticalmente en un rango comprendido entre los 3,900 y los 4,100 metros sobre el nivel del mar [cite: 2].
Ruta Terrestre Desde la ciudad de Cusco, se toma la vía terrestre hacia la ciudad de Yauri (capital de Espinar) en un viaje que toma entre 4 y 5 horas [cite: 2]. De Yauri, se continúa en vehículo hacia Suykutambo (1 hora aproximadamente) hasta el sector de Chaupimayo [cite: 2].
Tramo Peatonal En Chaupimayo se inicia la caminata de ascenso vertical a través de la icónica y empinada escalera de piedra laja tallada sobre el acantilado [cite: 1, 2].
Condiciones de Ingreso El acceso al sitio está gestionado de manera comunitaria directa por los comuneros locales, quienes aplican tarifas mínimas destinadas al mantenimiento básico [cite: 2].
Estacionalidad Óptima Se recomienda efectuar la exploración

estrictamente durante la temporada seca andina (de mayo a octubre), evitando las lluvias torrenciales de la puna [cite: 2].

Debido a la altitud extrema en la que se ejecutan los tramos de ascenso, es una pauta médica y de seguridad indispensable realizar un periodo previo de aclimatación física de al menos 48 horas en las ciudades de Cusco o Yauri para mitigar los efectos del mal de montaña o soroche [cite: 2]. El sendero peatonal exige una condición física moderada, calzado técnico de montaña con excelente agarre para roca laja suelta, vestimenta térmica por capas capaz de contener el intenso viento de la puna, protección contra la alta radiación solar y sistemas portátiles de hidratación [cite: 2]. Asimismo, se exhorta a los científicos y exploradores a realizar la prospección acompañados obligatoriamente por guías comunitarios locales para garantizar la seguridad y evitar cualquier daño accidental sobre los frágiles paramentos arqueológicos que aún no han sido plenamente consolidados por el Estado [cite: 2].

El Futuro del Patrimonio: Conservación, Museo de Sitio y Sostenibilidad

El incremento de la visibilidad científica internacional brindado a T’aqrachullo por plataformas de investigación global no representa un hecho aislado, sino el reflejo directo de un profundo cambio de paradigma en la geopolítica de la arqueología peruana [cite: 2]. Las provincias altas del Cusco, largamente postergadas en los manuales de historia oficial en favor de los monumentos del Valle Sagrado, están demostrando poseer una riqueza monumental que redefine por completo el equilibrio de poder y las fronteras de los estados prehispánicos [cite: 2].

Las excavaciones sistemáticas dirigidas por Emerson Pereyra concluyeron formalmente en el año 2024, dejando al descubierto que los arqueólogos apenas han retirado el velo científico sobre un poco más del 50% de la superficie total del complejo arqueológico [cite: 1]. El resto de la gigantesca meseta de 43 acres e intrincadas estructuras habitacionales ha sido dejado intacto de forma deliberada por el Ministerio de Cultura, reservando estos estratos y contextos arqueológicos sellados para que futuras generaciones de investigadores puedan abordarlos con tecnologías avanzadas y mejores métodos de análisis microestratigráfico [cite: 1, 1].

En el corto y mediano plazo, el verdadero desafío que afronta T’aqrachullo radica en articular un equilibrio armónico entre la investigación científica continua, la conservación física de los muros expuestos a la intemperie altoandina y el desarrollo de un modelo de turismo sostenible y de gestión comunitaria [cite: 2]. Uno de los anuncios más significativos y esperados por los investigadores es el proyecto estatal para impulsar la construcción de un moderno Museo de Sitio en la jurisdicción de Espinar [cite: 2]. Este espacio técnico tendrá como objetivo prioritario albergar, catalogar y exhibir bajo estrictas normas de conservación el inmenso universo de artefactos recuperados en el sitio: desde las miles de lentejuelas de oro, plata y cobre halladas por Dante Huallpayunca, hasta las finas vajillas ceremoniales K’ana e Inca, herramientas líticas y elementos funerarios [cite: 1, 2].

La implementación de este museo no solo garantizará la protección del patrimonio mueble contra el huaqueo y el tráfico ilícito de antigüedades, sino que se constituirá en el motor central para la educación patrimonial de las comunidades campesinas de Chaupimayo y Suykutambo, devolviéndoles el legítimo protagonismo en la gestión y usufructo de su herencia histórica [cite: 2]. Al restaurar y proteger estos muros sin alterar su esencia sagrada, T’aqrachullo se posiciona en el siglo XXI no como una ruina muerta del pasado, sino como un monumento vivo de identidad, ciencia y soberanía cultural andina [cite: 2].

Fuentes y Referencias Bibliográficas
  • Archivo Histórico de Arqueología del Perú. (2026). El despertar de Taqrachullo: La majestuosa ciudadela preínca e inca que desafía los límites del patrimonio andino en Espinar. Publicado originalmente en arqueologiadelperu.com.

  • National Geographic UK. (Edición de Junio, 2026). The Search for the Inca’s Lost Citadel (La búsqueda de la ciudadela perdida de los incas). Textos por Alejandro Muñoz; Fotografías por Arturo Rodríguez. Reportaje especial sobre las excavaciones del Ministerio de Cultura en T’aqrachullo y la hipótesis de la fortaleza de Ancocagua.

Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

RESUMEN:

El ordenamiento secuencial de los fenómenos sociales que se dieron a lo largo de la historia peruana es una de las principales tareas de los historiadores y arqueólogos. En el caso de la prehistoria andina (circa 12000 a.C.-1532 d.C.), los estudiosos del pasado y arqueólogos, han propuesto una serie de esquemas para organizar una infinitud de fenómenos sociales, a pesar, incluso, de carecer de fuentes escritas, como el caso de la arqueología precolonial peruana. Si bien se han propuesto importantes esquemas, muchos de ellos han sido superados por los nuevos datos de las investigaciones arqueológicas o, simplemente por su propuesta teórica subyacente, ya no dan cuenta de manera efectiva de los fenómenos sociales que esperaban organizar. En este ensayo se propone una nueva periodificación para la prehistoria peruana que abarca desde el temprano poblamiento de los Andes Centrales, hasta la caída del Imperio de los Incas. El objetivo inmediato de esta propuesta es organizar los fenómenos del pasado de una manera más coherente con respecto a los datos arqueológicos y las discusiones académicas más recientes.

Palabras clave: arqueología peruana, Andes centrales, cronología, periodos, etapas.

ABSTRACT

The sequential ordering of the social phenomena that occurred throughout Peruvian history is one of the main tasks of historians and archaeologists. In the case of Andean prehistory (ca. 12 000 BC-AD 1532), scholars interested in the past and archaeologists have proposed a series of schemes to organize an infinite number of social phenomena, despite even lacking written sources, as is the case of Peruvian pre-Colonial archaeology. Although important schemes have been proposed, many of them have been overcome by new data from archaeological research or, simply because of their underlying theoretical proposal, they no longer effectively account for the social phenomena they hoped to organize. This essay proposes a new periodization for Peruvian prehistory that spans from the early settlement of the Central Andes to the fall of the Inca Empire. The immediate objective is to organize the phenomena of the past in a more coherent way regarding to the most recent archaeological data and academic discussions that allows us to continue with the construction of Peruvian prehistory. Keywords: Peruvian archeology, central Andes, chronology, periods, stages.

Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

Beyond horizons and stages: A periodization proposal for peruvian archaeology

Henry Tantaleán [email protected]

https://orcid.org/0000-0002-3087-7968

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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Introducción

Desde el inicio de la arqueología como disciplina científica en el Perú, a finales del siglo XIX, una serie de investigadores ha contribuido a la definición y organización de las diferentes entidades sociales que se desarrollaron a lo largo del territorio del Perú (Isbell y Silverman, 2002; Silverman e Isbell, 2008). Incluso, este interés puede remontarse a un momento pre-disciplinario, cuando otros estudiosos comenzaron a estudiar los restos de sociedades que les antecedían (Rivasplata, 2015; Tantaleán, 2021, 2023). Sus esfuerzos, no solamente fueron empíricos, vale decir descripciones de sitios o artefactos, sino que también, se embarcaron en la creación de originales hipótesis y teorías sobre la naturaleza y el carácter de esas sociedades pasadas (Dillehay, 2008; Moore, 2014; Tantaleán, 2016). Con este fin, varios estudiosos del pasado propusieron y describieron marcos temporales o cronológicos para poder organizar su narrativa histórica.

De ese modo, la arqueología, cómo también hace la historia, ha planteado separaciones o divisiones de bloques de tiempo que, en el caso del mundo andino prehispánico, se aplican a más de 14000 años. Asimismo, tales propuestas cronológicas pretenden captar fenómenos sociales que se dan en un espacio bastante extenso y que cubren, en nuestro caso, gran parte de la zona andina, incluso más allá de las fronteras peruanas actuales, un territorio que se conoce en la literatura arqueológica como los Andes Centrales (Quilter, 2022). A la vez, también tienen el desafío de poder expresar las historias locales y regionales, por ejemplo lo que sucede en un solo valle de la costa o sierra peruana.

Con ese objetivo en mente, diversos arqueólogos desarrollaron una serie de sistemas cronológicos desde la fundación de la arqueología científica en el Perú a finales del siglo XIX. Así, por ejemplo, las publicaciones de Max Uhle (1902, 1903a, 1903b) establecieron una secuencia de momentos por los cuales habrían atravesado las antiguas sociedades andinas. Posteriormente, a lo largo de todo el siglo XX, investigadores como Julio César Tello (1921, 1923), Alfred Kroeber (1927), Gordon Willey (1945), Rafael Larco Hoyle (1948), Wendell Bennett (1946), William Strong (1948), Wendell Bennett y Junius Bird (1949), entre otros, plantearon, de acuerdo con su conocimiento de la arqueología andina y sus perspectivas teóricas, propuestas cronológicas para organizar los datos arqueológicos y las culturas que habían descubierto y/o estudiado (ver Lanning, 1963, pp. 22-27; Lumbreras, 1969, pp. 21-27, Ravines, 1970; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010, 93-146; Carmichael, 2019).

Sin embargo, en la actualidad dos son los sistemas de división del largo proceso prehistórico andino más utilizados: el de John Rowe (1962) y el de Luis Guillermo Lumbreras (1969) (Silverman, 2004, p. 11; Silverman e Isbell, 2008; Quilter, 2022, p. 32). En términos generales, el sistema de Rowe estableció la presencia de tres grandes periodos que denominó «horizontes», los cuales se caracterizan por la aparición y existencia de un estilo cerámico y/o arquitectónico que se extendió por gran parte de los Andes Centrales. Estos horizontes se relacionaron con los estilos Chavín, Wari e Inca, a los cuales denominó Horizonte Temprano, Horizonte Medio y Horizonte Tardío, respectivamente. A su vez, entre cada horizonte, Rowe reconoció la existencia de una serie de periodos intermedios (Rowe, 1962), los cuales se reconocían por los estilos que utilizaban las sociedades de una manera más local. A ellos los denominó Periodo Intermedio Temprano y Periodo Intermedio Tardío. Para la parte previa al primer horizonte u Horizonte Temprano, Rowe se valió principalmente de los trabajos de Edward Lanning, pero también de otros investigadores, proponiendo los periodos Precerámico e Inicial, siendo la ausencia o presencia de cerámica el principal indicador arqueológico de tales periodos (ver una versión más lograda en Menzel y Rowe, 1967).

Por su parte, el sistema de Lumbreras se caracterizó por la definición y explicación de etapas o estadios. Desde una perspectiva inspirada en el marxismo, Lumbreras trató de generar una narrativa histórica que tratase de captar y explicar los desarrollos socioeconómicos por los que habrían atravesado las sociedades prehispánicas de los Andes. Así, Lumbreras definió y caracterizó, yendo de lo más antiguo a lo más reciente, las etapas o estadios Lítico, Arcaico, Formativo, Culturas regionales, Imperio Wari, Estados Regionales e Imperio Tawantinsuyu (Lumbreras, 1969, en especial ver el Cuadro de la página 28). A pesar de que su propuesta trataba de evitar problemas previos que observó de anteriores sistemas cronológicos, sus etapas o estadios incorporaron una visión evolutiva y culturalista de las sociedades prehispánicas

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Como era de esperar, ambos sistemas cronológicos han sido criticados durante décadas (Stone-Miller, 1993; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010; Swenson y Roddick, 2018, pp. 7-9; Carmichael, 2019; Vega-Centeno, 2020, entre otros). No obstante, hasta la fecha no han podido ser sustituidos pese a que han transcurrido más de 60 años desde sus propuestas originales. Incluso, han existido recientes intentos para actualizar tales sistemas cronológicos (ver, por ejemplo, Kaulicke, 2010; Shady, 2008; Lumbreras, 2019; Burger, 2019; Makowski, 2020), aunque no han estado exentos de críticas. En el mejor de los casos, simplemente se han actualizado/ cambiado las fechas o los nombres de los periodos o etapas propuestas, pero manteniendo la esencia teórica y metodológica incorporada por sus autores desde su génesis. Por tanto, debido a que existe una serie de críticas del aspecto teórico y metodológico, como también por el avance de la cronología absoluta y de nuevos y crecientes hallazgos en las últimas décadas, creemos que resulta necesario plantear una alternativa a los marcos cronológicos ya existentes.

Una propuesta de periodificación para los Andes Centrales prehispánicos[1]

A pesar de las críticas señaladas y de las probables falencias de ambos sistemas cronológicos, hay varias cuestiones que hemos tomado en cuenta, en tanto hay algunas fechas y fenómenos sociales que son innegablemente importantes, así como hitos históricos. Como nuestra propuesta también persigue explicar fenómenos sociales bastante amplios, tomamos como hitos más importantes, dentro de la prehistoria andina, a los grandes momentos o periodos de integración regional. Lo anterior quiere decir que, tomamos en cuenta esos momentos en los cuales gran parte de los Andes Centrales estuvieron unidos, articulados y/o conectados por una misma élite o élites económicas, políticas y/o religiosas y que dominaron o influenciaron a una gran área del territorio peruano y, como es de esperar, más allá de las fronteras nacionales actuales. Los indicadores arqueológicos que evidenciarán tales integraciones regionales y multirregionales, deberán estar interconectados y correlacionados materialmente, siendo la construcción de arquitectura (monumental, residencial de elite, comunitaria y funeraria) y la producción artesanal (cerámica, textil, metalurgia, lítica, etc.), las que guarden una similitud muy importante para una misma área o región.

De esta manera, en nuestra propuesta existen tres principales tipos de integración: económica, política y religiosa. Se puede dar una o varias de ellas simultáneamente, dependiendo de los desarrollos históricos en cada periodo. En ese sentido, tanto el sistema cronológico de Rowe como el de Lumbreras tomaron como base elementos de dichas integraciones regionales y los correlacionaron con lo que se conoce como las «culturas» Chavín, Wari e Inca.

Así, un elemento clave en nuestra propuesta es que podemos apreciar que, desde un centro principal en el cual reside una poderosa élite económica, política y/o religiosa, se ejerce una hegemonía y/o un control directo de grandes extensiones de territorios, pero, sobre todo, de las comunidades. En ese sentido, para nosotros, una entidad política regional comprende un valle o una serie de valles, generalmente dentro de una misma zona ecológica como puede ser la costa o la sierra como, por ejemplo, podría ser la entidad política chimú. Mientras que, cuando nos referimos a una integración multirregional, se trata de un conjunto mayor de valles e, incluso, de grandes y diversas zonas ecológicas como, por ejemplo, la costa norte o la sierra norte. Este fue el caso de la gran integración multirregional que desarrolló el Imperio inca (Covey, 2006; D´Altroy, 2015; Bauer, 2018).

Sin embargo, en Luis G. Lumbreras, se parte de la presunción que, desde un centro principal, ya sea Chavín de Huántar, Huari o Cusco, se controlaron las practicas sociales económicas, políticas y/o ideológicas de diferentes comunidades y sus territorios, lo cual se plasmaría en una homogeneidad en la arquitectura y artesanía de manera sincrónica. Si bien esto podría resultar más plausible para el último periodo con los incas, resulta menos claro para el caso de lo Wari y, sobre todo, para lo Chavín (Burger et al., 2019; Seki, 2023). De hecho, muchas veces, incluso con los incas, el control completo de los territorios no es muy evidente y, más bien, se trata de una serie de articulaciones, hegemonías o influencias de diferentes tipos e intensidades (Jennings, 2010; Makowski y Giersz, 2016; Isbell et al., 2018).

Asimismo, los periodos de integración multirregional son grandes momentos en los cuales una serie de asentamientos humanos se encuentran conectados bajo la predominancia de uno en particular. Por tanto, como se puede imaginar, estos asentamientos que se encuentran distribuidos a lo largo de una amplia zona de los Andes Centrales, no lo harán al mismo tiempo y con la misma intensidad. De este modo, se toma como punto de partida de inicio de este periodo, el momento en que el asentamiento principal comienza a establecer o ejercer relaciones económicas, políticas y/o ideológicas con mayor intensidad sobre varios sitios del área andina. De la misma manera, el final del periodo ocurre cuando el asentamiento principal deja de ejercer dominio, control y/o influencia sobre tales asentamientos y sus pobladores. Esta es la principal diferencia con las nociones de etapas y horizontes que tienden a generar una visión de unidad y homogeneidad de los fenómenos sociales sincrónicos. Por el contrario, lo que realmente sucede es que existe una diversidad de fenómenos sociales a lo largo de los Andes que, incluso, debido a la carencia de investigaciones arqueológicas, aún resultan difíciles de comprender y explicar.

Por tanto, para nosotros, a pesar de que aparentemente se aprecia una cierta homogeneidad durante estos grandes periodos de integración multirregional que estamos planteando, también evidenciamos que las entidades políticas regionales y locales aún mantienen muchos de sus rasgos, unidades y prácticas sociales económicas, políticas y religiosas propias (Silverman e Isbelll, 2008; Moore, 2014; Malpass, 2016; Tantaleán, 2021; Quilter, 2022). En realidad, observamos el proceso histórico prehispánico como una serie de periodos de autonomía local y/o regional y periodos de integraciones multirregionales. Por ello, nuestra propuesta toma en cuenta las prácticas sociales económicas, políticas e ideológicas que se expresan de maneras locales, regionales y multirregionales. La materialización de tales integraciones o autonomías se puede apreciar en la presencia de paisajes, arquitectura y producción artesanal dentro de los territorios durante cada periodo específico.

De hecho, existe una dinámica que oscila entre la integración y la autonomía debido a las fuerzas sociales que se encuentran distribuidas por el paisaje social a lo largo del tiempo. Esto se refleja en lo que políticamente se denomina la conformación de jerarquías que tienen su contraparte en las heterarquías (sensu Crumley, 1995). En realidad, esa tensión tanto dentro de las entidades políticas, como entre ellas, es lo que genera la historia cambiante y la conformación sincrónica de los paisajes económicos y políticos (Tantaleán, 2021; Stanish et al., e.p.).

Asimismo, se debe resaltar que la base para la existencia de todos estos fenómenos sociales amplios siempre será la unidad doméstica que, además de ser una unidad social, es también una unidad mínima laboral (Stanish, 1992; Tantaleán, 2006). A su vez, las unidades domésticas conforman comunidades, las cuales de manera colectiva enfrentaron sus desafíos ecológicos, sociales, económicos y políticos. Las comunidades a lo largo del tiempo y de acuerdo con su propia historia específica y prácticas sociales concretas, conformaron entidades políticas de diversa naturaleza y escala. A partir de tales entidades sociales podremos observar el surgimiento de estados y hasta imperios. Al final, como veremos, todo este proceso se fundamenta en las prácticas sociales y la organización de sus consecuentes relaciones económicas, políticas y religiosas.

También, debemos señalar que, en nuestra propuesta, hemos tratado de evitar las cargas evolucionistas de sistemas cronológicos previos, pues, esperamos no asumir de manera a priori una serie de características sociales que se darían dentro de un territorio dado y que impiden comprender la verdadera naturaleza de las trayectorias históricas particulares en su desarrollo y dimensión real. Asimismo, cuando los hay, hemos integrado los nuevos fechados radiocarbónicos y secuencias históricas y arqueológicas de muchas investigaciones recientes, lo que permite actualizar los sistemas cronológicos previos y brindar un panorama contemporáneo de la arqueología peruana. Adicionalmente, algunos fenómenos climáticos de impacto regional, como grandes periodos de sequías, son tomados en cuenta por su reconocida influencia en las sociedades andinas.

Como resultará evidente, es imposible captar y capturar toda la heterogeneidad y matices de las comunidades locales e integraciones regionales y multirregionales en cada periodo. Sin embargo, el objetivo principal de esta propuesta es generar un esquema sobre la aparición y desaparición de una serie de fenómenos y prácticas sociales que siguen siendo y serán discutidos por los arqueólogos en el futuro. De hecho, en paralelo o conviviendo con los grandes periodos de integración regional o multirregional, podremos encontrar una serie de comunidades y entidades políticas que se mantienen aisladas o conviven con dichos fenómenos sociales más extensos. Por lo tanto, cada uno de nuestros periodos prioriza o resalta la existencia de un fenómeno o fenómenos socioeconómicos y sociopolíticos dominantes, aunque no únicos, pero que sí, indiscutiblemente, transformaron a las comunidades y a los paisajes andinos, de una manera tal que es reconocible en el paisaje andino y en sus producciones materiales. No obstante, también existirán otros fenómenos sociales incluso diferentes pero paralelos, conviviendo con ellos o que los ignoran o rechazan. De hecho, su existencia también permite interesantes relaciones dialécticas entre tales entidades sociales de diferentes caracteres económicos y/o políticos.

Por tanto, para nosotros los periodos aquí propuestos resultan herramientas heurísticas para la explicación arqueológica. Vale decir, nuestra propuesta reúne una serie de hipótesis de trabajo con las cuales enfrentar y confrontar esos fenómenos arqueológicos prehispánicos que deben seguir siendo investigados. Por ello, los periodos propuestos suponen una primera entrada para comenzar a ubicar los diferentes fenómenos sociales de manera cronológica y comprender su propia naturaleza, y las relaciones dentro de cada propia entidad y con otras con las que convivieron.

De este modo, siguiendo lo previamente expuesto, en la tabla 1 hemos dividido a la época prehispánica peruana en los siguientes nueve periodos:

Tabla 1

Propuesta de periodificación para la época prehispánica en el Perú

Años aproximados

Periodos

Sitios arqueológicos representativos

1 400 d. C. – 1 532 d. C.

Tercera integración multirregional

Cusco, Machu Picchu, Choquequirao, Vilcashuamán, Huánuco

Pampa, Pumpu, Hatuncolla, Inkawasi de Cañete, Tomebamba, Pachacamac

1,000 d. C. – 1 400 a. C.

Entidades políticas autónomas tardías

Túcume, Batán Grande, Chan Chan, Kuélap, Armatambo, La Centinela de Tambo de Mora, Pucarani (Puno)

700 d. C. – 1 000 d. C.

Segunda integración multirregional

Huari, Pikillacta, Viracochapampa, El Castillo de Huarmey, Cerro Baúl

500 a. C. – 700 d. C.

Entidades políticas autónomas tempranas

Cerro Colorado, Huacas de Moche, Huaca Rajada-Sipán, Yayno, Complejo Maranga, Cahuachi

800 a. C. – 500 a. C.

Primera integración multirregional

Chavín de Huántar, Pacopampa, Kunturwasi, Ancón, Karwas

1 800 a. C. – 800 a. C.

Entidades políticas autónomas iniciales

Caballo Muerto, Sechín Alto, Garagay, Qaluyu

3 500 – 1 800 a. C.

Integraciones regionales prístinas

Caral, Áspero, Kotosh, La Galgada

6 000 – 3 500 a. C.

Comunidades sedentarias tempranas

Nanchoc, Huaca Prieta, La Paloma, La Yerba III

12 000 – 6 000 a. C.

Comunidades trashumantes primigenias

Amotape, Pampa de Paiján, Pachamachay, Pikimachay, Guitarrero

Fuente: Elaboración propia.

1. Periodo de las Comunidades Trashumantes Primigenias (12 000 a. C. – 6 000 a. C.)

Este es el primer periodo de la prehistoria andina. Inicia con la llegada de los primeros seres humanos al territorio andino y se relaciona con la creación y desarrollo de una serie de prácticas sociales económicas e ideológicas relacionadas con la subsistencia, enfocadas en la caza, la recolección, el marisqueo y la pesca. La trashumancia y/o la semisedentariedad, son las principales formas de vida social de estas comunidades. Con relación a la época geológica del Pleistoceno, el clima mejoró considerablemente con temperaturas más elevadas desde los 9600 a. C. en adelante, dando paso al Holoceno, que es la época geológica en la que vivimos (León, 2007, p. 42; Malpass, 2016, p. 22).

En general, los fechados más antiguos relacionados con cuerpos humanos en la costa norte, se aceptan como la evidencia más temprana de poblamiento en el territorio peruano. Así, un fechado realizado por Claude Chauchat y su equipo a partir de una muestra de carbón asociada directamente a un resto humano en el sitio de Pampa de los Fósiles 13, arrojó el rango de 10387 a. C. – 9458 a. C. (Chauchat, 2006, p. 200; León, 2007, p. 109). No obstante, los recientes hallazgos realizados por el equipo liderado por Tom Dillehay en los estratos arqueológicos más profundos del sitio arqueológico de Huaca Prieta en el valle de Chicama, proponen ocupaciones humanas más tempranas, en torno al 12 000 a. C. (Dillehay et al., 2012). Incluso, es posible que hayan existido ocupaciones humanas mucho más tempranas debido a la presencia de otros sitios en Sudamérica, donde hay evidencias de posibles artefactos hechos en piedra producidos por seres humanos. Es posible que, en los próximos años, nuevos hallazgos superen la antigüedad de tales fechados.

Por el momento, lo que sí sabemos es que los grupos humanos del periodo de las comunidades transhumantes primigenias ocuparon gran parte del territorio peruano desde el litoral hasta la selva baja. Sin embargo, donde las ocupaciones humanas de este periodo han sido mejor evidenciadas arqueológicamente es en la costa peruana, principalmente en la costa norte, especialmente en el departamento de La Libertad (Chauchat, 2006; Dillehay, 2017). Asimismo, una importante concentración de sitios arqueológicos de este periodo ha sido descubierta en la sierra central, en especial en las punas de Junín (Rick, 1980; Lavallée, 1995). No obstante, la costa central y la costa sur (Lima e Ica) también conservan algunos sitios resaltantes de este periodo, lo mismo que la sierra norte y sierra sur peruana, incluyendo el altiplano circunlacustre (ver León Canales, 2007 para una buena síntesis).

periodificación para la arqueología peruana
Figura 1. Cueva de Pikimachay, Ayacucho. Fuente: Cortesía de Juan Yataco.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos al Complejo Amotape, en la costa de Piura; Pampas de los Fósiles y Paiján, al norte del valle de Chicama; Quirihuac y La Cumbre, en el valle de Moche; Guitarrero, en el Callejón de Huaylas; Tres Ventanas, en la parte alta de la quebrada de Chilca; el Cerro Lechuza, en Pisco; las cuevas y los abrigos rocosos de las punas de Junín como Pachamachay; Lauricocha, en Huánuco; Pikimachay, en Ayacucho; Asana, en las alturas de Moquegua; el Sitio Anillo y Quebrada Tacahuay, en la costa de Moquegua; la cueva de Toquepala, en la sierra de Tacna; Quebrada de los Burros, en la costa de Tacna, y los sitios de las punas del altiplano puneño como Macusani.

Este periodo termina cuando algunos grupos sociales comienzan a sedentarizarse, es decir, cuando empiezan a vivir en asentamientos de manera permanente y, a la vez, se enfocan en una subsistencia basada en la horticultura, la pesca o la recolección intensiva. Asimismo, los grupos humanos cuentan con un número de miembros que les permite transitar de ser nómades a formar comunidades que construyen viviendas y habitan permanentemente en aldeas que sobrepasan las decenas de unidades domésticas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están relacionadas con las de subsistencia, aún no productora ni reproductora de especies botánicas y animales. Las prácticas sociales económicas se fundamentan en la explotación directa de los recursos naturales que se recolectan, cazan o pescan de la tierra y el mar. El grupo humano a veces se especializa en la explotación de algún tipo de recurso, pero, en general, los grupos humanos utilizan expeditivamente cualquier recurso natural que se encuentra a la mano para su reproducción social y realizan intercambios intermitentes con otros grupos humanos. Por tales tipos de prácticas sociales económicas, los grupos humanos están plenamente cohesionados y distribuyen inmediatamente los recursos apropiados de la naturaleza. No existe, por tanto, una acumulación colectiva o individual de recursos humanos o excedentes. La tecnología necesaria para sus prácticas sociales económicas se basa en el conocimiento profundo de la naturaleza de los nichos ecológicos, el clima, el comportamiento de las especies animales y vegetales y las fuentes de materias líticas. Especialmente su tecnología de producción de instrumentos estaba basada en la talla de rocas, pero, también existe una importante tecnología producida en huesos de animales. Podemos apreciar que existe una especialización de la producción de instrumentos líticos como las puntas líticas orientadas principalmente para la caza. En especial, la tradición de puntas paijanenses y de «cola de pescado», que está muy extendida en la costa peruana, mientras que, en la sierra, sobre todo en las punas, podemos apreciar una tradición de puntas foliáceas. Pero, en general, lo que más abundan son la industria de cantos rodados desbastados y de lascas retocadas. Una importante tradición de instrumentos hechos con huesos de animales también se ha podido reconocer en los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Debido al tipo de prácticas económicas de subsistencia directa, la alta movilidad y el número de personas del grupo, las prácticas y relaciones sociales políticas entre miembros de estas comunidades son prácticamente igualitarias. Sin embargo, existen líderes que basan su autoridad en la experiencia o la edad o alguna habilidad primordial concreta para la supervivencia del grupo. En colectivos de número reducido, hablamos de decenas de personas, no es necesaria una serie de instituciones políticas formales que vayan más allá del tabú, normas y castigos y recompensas comunales. Tales normas permiten la reproducción social del grupo. Por ejemplo, controlar la cantidad de miembros de la comunidad es un tema fundamental porque de ello depende la supervivencia del grupo y que los recursos puedan ser accesibles para todos. Como señala el antropólogo Marshall Sahlins (1977), es posible que, a diferencia de nuestra visión contemporánea que percibe a este periodo como de precariedad e inestabilidad económica, más bien se tratarían de «sociedades de la opulencia», en las cuales los miembros de tales grupos sociales gozaban de una serie de posibilidades materiales significativas para su vida, sobre todo, si uno las compara con otros periodos posteriores.

Prácticas sociales ideológicas

A través de la arqueología, hemos sido capaces de reconocer que, como sus antecesores de otras partes del mundo, estos grupos humanos en particular materializaban sus prácticas sociales ideológicas mediante la pintura de escenas de su vida cotidiana y de sus creencias en las paredes rocosas de abrigos o cuevas. Este tipo de evidencia arqueológica ha sido hallada y registrada, sobre todo, en cuevas de la puna de la sierra central del Perú, en muchas de las cuales habitaban temporal o permanentemente dichos grupos humanos. Asimismo, en algunas de tales cuevas o en las zonas costeras se han excavado enterramientos humanos, los cuales materializan la necesidad que tenían estos grupos humanos de cuidar a sus muertos y darles un espacio funerario acorde con sus creencias sobre la muerte.

2. Período de las Comunidades Sedentarias Tempranas (6000 a. C. – 3500 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la presencia de los primeros poblados sedentarios que permanecieron ocupados durante varias generaciones y en los cuales habitaron centenares de individuos. Asimismo, se encuentran las primeras expresiones de arquitectura comunitaria/corporativa, aunque de pequeña escala.

Aproximadamente en el milenio vI a. C., grupos de seres humanos comenzaron a habitar en espacios de la costa y sierra peruana de manera permanente. Este periodo correspondiente al Holoceno Medio coincide con un clima más cálido y que se conoce como el «Optimum Climaticum», que se inicia alrededor del 6900 a. C. (León Canales, 2007, p. 44). Los habitantes de este periodo, conocedores de su medio y habiendo experimentado con la horticultura y domesticación de plantas y animales previamente, fueron capaces de establecerse de manera permanente en un solo asentamiento a lo largo de las diferentes estaciones del año. Este es el surgimiento de las primeras aldeas fijas que fueron habitadas durante muchas generaciones. Incluso tales asentamientos fueron también cementerios de sus propios habitantes. Asimismo, aparecen pequeños espacios de reunión colectiva, una serie de edificios públicos que, por lo general, son denominados «templos» o «santuarios» pero que, también, podrían tener funciones políticas o, simplemente, ser espacios de reunión colectiva. En cualquier caso, ninguna de estas edificaciones excede la función de un espacio arquitectónico destinado a la reunión de un bajo número de autoridades o líderes de la misma comunidad o vecinas o de personajes relevantes del grupo. Asimismo, no integran algún tipo de manifestación de religión institucionalizada ni mucho menos coercitiva. Las tumbas conocidas de este periodo en ningún caso acusan un tipo de tratamiento o ajuar funerario que vaya más allá del cuidado y la atención que se le pueda ofrecer a un ser querido, o al respeto o autoridad que pueda ser dado a un líder comunal.

Los primeros poblados aldeanos sedentarios se focalizan en espacios ecológicos que permitieron la recolección de plantas y animales, la producción agrícola y/o la explotación de recursos marinos. En especial, los asentamientos conocidos se emplazan, sobre todo, frente al litoral de la costa peruana a lo largo de la gran extensión del territorio peruano. Además, cerca de ríos costeños y lomas también se han hallado sitios de este periodo, especialmente en la costa central. Asimismo, algunos asentamientos de la sierra han sido ubicados, en algunos casos sobre ocupaciones del periodo anterior, presenciando tales procesos de sedentarización como es el caso del abrigo rocoso de Telarmachay (Lavallée, 1995). Sin embargo, en general, los asentamientos registrados e investigados aún siguen siendo escasos, quizá, debido a problemas de conservación o a su reocupación por grupos humanos posteriores.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Nanchoc en el valle de Zaña, Huaca Prieta en el valle bajo de Chicama, Telarmachay en su fase v en Junín, La Paloma al norte de la quebrada de Chilca, Chilca (pueblo 1) en la quebrada del mismo nombre, los sitios Paracas 514 y Paracas 96 en la península epónima, La Yerba III en la desembocadura del río Ica y Pernil Alto en Palpa.

Este periodo culmina cuando aparecen asentamientos humanos que reflejan concentraciones regionales de comunidades e intercambios económicos y religiosos regionales, y aparecen las primeras evidencias de arquitectura monumental, las cuales marcan la existencia de un tipo de religión supracomunal y compleja.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se amplían para, además de la recolección, pesca y caza, incorporar plenamente la agricultura y la ganadería. Asimismo, se percibe una serie de intercambios a mediana distancia, que posibilita la complementación de la dieta alimenticia y la obtención de materias primas y artefactos gracias a otras comunidades vecinas. Las tecnologías principales se basan en la producción de embarcaciones y redes de pesca, principalmente de fibra de algodón. Aunque la agricultura todavía depende de las avenidas de aguas en los valles de la costa, a consecuencia de las lluvias en la sierra, estaría aún relacionada con instrumentos de madera y piedra. Evidentemente, dada la extensa lista de especies botánicas que se han reconocido en los yacimientos arqueológicos, se construyeron huertos y corrales para la reproducción de plantas y animales.

Huaca Prieta, Valle de Chicama
Figura 2. Huaca Prieta, Valle de Chicama. Fuente: Elaboración propia

Prácticas sociales políticas

Las comunidades de este periodo que concentran una importante cantidad de unidades familiares suponen que existió una coordinación en la habitación y organización del espacio y de las relaciones sociales. Evidentemente, existieron líderes comunitarios que se encargaban de gestionar las necesidades y la redistribución de las materias primas, los recursos y los bienes que se producían en la comunidad. Las relaciones sociales seguirían siendo de tipo igualitario, aunque con un grupo de personas que tiene cierta predominancia sobre el resto de la comunidad sin que esto llegue a generar una verdadera asimetría social o acumulación de poder económico con respecto al resto de los comuneros.

Prácticas sociales ideológicas

Lo que sabemos sobre las prácticas sociales ideológicas de estos grupos humanos es reducido debido a que su propia producción artesanal no expresa mayores evidencias del desarrollo de una ideología que haya quedado materializada. Por tanto, debieron tener creencias animistas y no necesitaron expresarse en soportes como la piedra o el hueso, sus principales materias para la producción de sus artefactos. Sin embargo, sí se han hallado algunos artefactos principalmente textiles y artefactos de hueso y de piedra, y mates y figurinas de barro que representan animales y seres antropomorfos, algunos de ellos evidencian algún sentido de dualidad o complementariedad. Por un lado, en este periodo no se reconoce una religión estandarizada que reitere un mensaje bien establecido o institucionalizado, mucho menos se observa algún tipo de religión coercitiva o violenta. Por otro lado, en este periodo las creencias relacionadas con la muerte se tornan más complejas. Principalmente tenemos que los individuos fallecidos son internados y enterrados dentro de los asentamientos, se les envuelve en textiles y se les acompañan algunos artefactos como líticos o artefactos utilizados en la producción. La necesidad de concentrarlos en un lugar de habitación supone la existencia de una concepción desarrollada con respecto a la muerte durante este periodo. Es posible que la práctica social de ofrecer cuidados y reverencias a los ancestros se haga mucho más importante durante este periodo como parecen indicar los enterramientos humanos excavados en las casas del sitio arqueológico de La Paloma.

3. Período de las Integraciones Regionales Prístinas (3500 a. C. – 1800 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la aparición de los primeros asentamientos sedentarios que incorporan arquitectura monumental y que se interrelacionan de manera regional conectando valles y/o zonas ecológicas diferentes. Así, el milenio Iv a. C. es un momento crucial en el cual algunas aldeas o poblados comienzan a erigir arquitectura supradoméstica, es decir, se construyen, además de viviendas, talleres o espacios de producción, las primeras y más evidentes muestras de construcciones colectivas o corporativas que no son usadas para habitación, sino, más bien, para reuniones grupales y rituales al aire libre, pero también de manera secreta. El concepto de huaca, materializado en construcciones arquitectónicas, su fundación, vida, y enterramiento cíclico se hace muy evidente durante este periodo.

La extensión de los asentamientos de este periodo a lo largo del territorio peruano se amplía significativamente. En realidad, los mapas arqueológicos se cubren de numerosos puntos, indicando sitios de las integraciones regionales prístinas. Así, los valles de la costa peruana, principalmente relacionados con el litoral, tienen uno o varios sitios de este periodo. Asimismo, aparecen sitios arqueológicos en espacios geográficos como bahías o ensenadas aptas para la pesca y el marisqueo, lo mismo que en algunas zonas de lomas donde la recolección y la caza permiten la vida de manera permanente y a lo largo de generaciones. Según los estudios arqueológicos y paleoclimáticos, existiría una importante relación entre el aumento y la monumentalidad de sitios cercanos al litoral y una abundancia de recursos marinos relacionada con el inicio de fenómenos de El Niño (Richardson y Sandweiss, 2008). En ese sentido, el área denominada como Norte Chico (valles de Huaura, Supe, Pativilca y Fortaleza) sobresale por la gran cantidad de sitios de este periodo que contienen edificios de plataformas arquitectónicas con plazas circulares hundidas (Haas y Creamer, 2006; Shady et al., 2015).

De igual manera, en la sierra, en la puna y en los valles interandinos y quebradas de la zona montañosa se desarrollan asentamientos de este periodo. Entre los más resaltantes se encuentran los asociados a la denominada «tradición religiosa kotosh», la cual se caracteriza por asentamientos que incluyen la construcción y superposición de pequeñas estructuras cuadrangulares con banquetas, un fogón central y ducto de ventilación (Burger, 1992). Ejemplos de sitios dentro de esta tradición arquitectónica son Kotosh, Shillacoto, La Galgada, Piruru y Huaricoto. Adicionalmente, Cerro Ventarrón, ubicado en el valle de Lambayeque, también es un ejemplo extraordinario de un asentamiento de este periodo, donde se construyó arquitectura monumental y que, incluso, expresó materialmente sus prácticas ideológicas mediante murales polícromos (Alva Meneses, 2012).

Así, los asentamientos de este periodo han sido encontrados principalmente en la costa norte, costa central y costa sur del Perú. Asimismo, tenemos evidencias de este tipo de poblaciones en la sierra norte y en la sierra central. La sierra sur, como la del departamento de Puno, por el momento, no ha demostrado una importante cantidad de sitios de este periodo, aunque prospecciones arqueológicas recientes señalan su posible existencia (Stanish et al., 2014).

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Cerro Ventarrón en el valle de Lambayeque, Los Morteros y Salinas de Chao en el valle del mismo nombre, Primer Edificio de Sechín Bajo en el valle bajo de Casma, El Áspero y Caral en el valle de Supe, Bandurria en el litoral de Huacho, Kotosh y Shillacoto en Huánuco, Huaricoto en el Callejón de Huaylas, Piruru en la puna de Junín, La Galgada en la quebrada de Tablachaca en Áncash y El Paraíso en el valle bajo de Chillón.

El área monumental de Caral.
Figura 3. El área monumental de Caral. Fuente: Cortesía de la Zona Arqueológica Caral.

Este periodo culmina cuando aparecen las vasijas cerámicas en diferentes asentamientos del mundo andino, además, acompañada de una nueva forma de construcciones públicas que incorporan representaciones de seres extraordinarios en murales y artefactos. Asimismo, se establecen redes de asentamiento de manera local que unen uno o varios valles. Incluso, en algunos sitios como los del Norte Chico se ha detectado la ocurrencia de un evento climático relacionado con sequías y arenización de las zonas agrícolas y los canales que evidentemente impactaron en varias de las sociedades de esta zona (Sandweiss et al., 2009).

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo experimentan la aparición de los primeros proyectos hidráulicos en los valles costeros. Asimismo, en la sierra se debió haber generado una agricultura más extensiva contando seguramente también con sistemas de canales. De esta manera, las prácticas sociales económicas se convierten en prácticas de autosuficiencia básica, aunque amplía por otro lado la extensión de los intercambios a gran distancia. En realidad, estas prácticas sociales económicas son mixtas, compartiendo producción interna para el consumo y para el intercambio. Esta base económica supone una primera integración regional en algunos valles o conjuntos de valles como puede ser el caso del Norte Chico. La tecnología sigue siendo bastante básica y se siguen utilizando artefactos para la pesca, principalmente redes de algodón y palos excavadores para la agricultura. Además, la tecnología constructiva se hace significativa debido a que se construyen importantes obras comunitarias. Una valiosa producción de artefactos elaborados en concha y piedras se hace presente en varios de los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Evidentemente existen líderes dentro de estas comunidades, los cuales ocupaban las edificaciones anexas a las principales edificaciones corporativas de estos asentamientos. Sin embargo, la organización de la sociedad se encontraba regida por principios de cooperación y cohesión social, basada en el parentesco y en su relación con sus líderes y asentamientos. La generación de la noción de huaca por parte de los líderes y comunidades ayudó a la construcción y reproducción de una identidad política. No se puede hablar de grandes diferencias sociales debido a la inexistencia de evidencias arqueológicas que así lo atestigüen.

Prácticas sociales ideológicas

La religión de estas sociedades es poco representada en la arquitectura o los materiales arqueológicos. Pero, sin duda, existió una religión que debió ser de carácter animista; de esta manera, no necesitarían de la representación de seres extraordinarios de manera física. Lo más probable es que estas comunidades rindiesen culto a los «monumentos naturales» como cerros y a las crecientes huacas construidas por ellos y que iban poblando sus paisajes. También comienzan a aparecer algunos elementos como figurinas antropomorfas hechas en barro, como las recuperadas en Áspero o Caral, que pueden indicar el surgimiento de la reverencia hacia personajes de la misma sociedad (Shady et al., 2015). Aunque algunos de los enterramientos humanos descubiertos incorporan algunos bienes exóticos o artefactos de gran valor artístico, no se trata de una gran cantidad ni tampoco se percibe una fuerte inversión de fuerza de trabajo en la creación de las pocas tumbas halladas. En realidad, tales prácticas funerarias tan solo acusan creencias religiosas relacionadas con el culto a los ancestros. Sin embargo, hacia el final de este periodo sí podemos ver algunos cambios, por ejemplo, cuando en el sitio de La Galgada en Áncash se permite la inhumación de ciertos individuos dentro de cámaras funerarias asociadas a la arquitectura pública con ajuares mortuorios extraordinarios (Grieder et al., 1989).

4. Período de las Entidades Políticas Autónomas Iniciales (1800 a. C. – 800 a. C.)

Para los arqueólogos de todo el mundo, la aparición de la cerámica es un evento clave en la historia de la humanidad. No solo por las características materiales sino por la organización social para su producción y, sobre todo, por su uso en espacios domésticos y públicos. Ningún arqueólogo o arqueóloga evitaría asumir que el fenómeno de la aparición de la cerámica también está ligado en el mundo andino con el compartir, los festejos colectivos y los banquetes públicos en espacios como plazas, santuarios o huacas. Así, este periodo se inicia con la aparición de las primeras cerámicas en los Andes Centrales que se establece alrededor del 1800 a. C., con posibles apariciones más tempranas en la costa norte.

Las entidades políticas autónomas iniciales aparecen en varias áreas del territorio peruano. Sin embargo, en la costa norte y en la costa central serán donde más entidades políticas de este tipo se manifestarán. Así, en la costa norte destaca el fenómeno cupisnique con edificaciones monumentales entre las que resalta el complejo Caballo Muerto y, en especial, la Huaca de los Reyes en el valle medio de Moche. Más al sur, en el valle de Casma, tenemos al conjunto de edificaciones monumentales relacionado con la entidad política Sechín Alto. Concentrados en el valle bajo de Casma, se tratan de edificios monumentales coordinados espacialmente y construidos con adobes y piedras, y en algunos de los cuales se representaron personajes antropomorfos y zoomorfos en sus paredes principales. En la costa central sobresalen, por su monumentalidad y por presentar un patrón arquitectónico que se repite a lo largo de varios siglos, los denominados templos en U o, más recientemente, como la «cultura Manchay» (Burger, 2008).

Pero también otras regiones del Perú, principalmente la sierra norte y sierra central e, incluso, la sierra sur, presenciarán la aparición o producción de artefactos cerámicos en sus sitios arqueológicos. En general, la mayoría de yacimientos arqueológicos de este periodo en el territorio peruano incorporaron cerámica en sus prácticas sociales. La Amazonía posiblemente experimentó la aparición de cerámica mucho más temprano, quizá un milenio antes; sin embargo, al momento de escribir este ensayo no poseemos fechados absolutos para datar más tempranamente tal fenómeno en esta área del Perú. No obstante, las investigaciones de Donald Lathrap (1970) y otros autores posteriores han dejado claro que la cerámica también estuvo presente desde temprano en la Amazonía peruana (Clasby y Nesbitt, 2021). Por otro lado, aún no han sido localizado asentamientos extensos o monumentales en esta región, aunque trabajos en la selva de Ecuador y Bolivia señalan tal posibilidad.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Purulén en el valle bajo de Zaña, Huaca Collud en el valle de Lambayeque, Las Huacas y Montegrande en el valle medio de Jequetepeque, Puémape al sur de la desembocadura del río Jequetepeque, Caballo Muerto en el valle medio de Moche, Cerro Blanco y Huaca Partida en el valle de Nepeña, Sechín Alto en el valle de Casma, Las Haldas en el litoral de Casma, los templos en U de la cultura Manchay en los valles de la costa central, Marcavalle en el Cusco y Qaluyu en la cuenca noroeste del lago Titicaca.

Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín.
Figura 4. Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín. Fuente: Elaboración propia.

Este periodo termina con el ingreso en diferentes lugares del mundo andino de artefactos y arquitectura vinculadas con la primera gran integración multirregional andina, asociada a elementos materiales que inicialmente se relacionaron con la comunidad habitante del sitio de Chavín de Huántar alrededor de 800 a. C. De hecho, se ha hablado de un «Horizonte Chavín» (Burger, 2019) en el sentido que muchos elementos que se generaron o se hicieron visibles de manera regional en Chavín de Huántar, comenzaron a aparecer de manera consistente en diferentes lugares del territorio peruano. Sin embargo, también existen otros asentamientos que se van influenciando mutuamente.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se caracterizan por incorporar la agricultura como una de sus actividades fundamentales; proyectos hidráulicos en la costa y sierra permiten ampliar el terreno cultivable y la diversidad de especies botánicas. Sin embargo, aún se practican la caza y recolección como actividades complementarias. La ganadería de camélidos también se sigue manteniendo de forma complementaria, principalmente en la sierra. Además, aparecen los primeros indicios de especialización artesanal, entre los que sobresalen los ceramistas, los tejedores y los metalurgos. El intercambio económico se hace notable y se percibe en la amplia distribución de estilos locales acompañados de otros foráneos.

Prácticas sociales políticas

Muchas comunidades presentan formas de asentamiento similares a las del periodo anterior; se manifiestan como aglomeramiento de unidades domésticas. Sin embargo, también aparecen formas arquitectónicas públicas que definitivamente exceden el ámbito doméstico. Estas construcciones expresadas en diferentes patrones arquitectónicos, reflejan la existencia de élites locales que comienzan a controlar ciertas cantidades del trabajo de los comuneros y de la producción de subsistencia. Es el momento del surgimiento de verdaderos líderes políticos que auspician y dirigen ceremonias desde los edificios principales de cada asentamiento. De esta manera, podríamos estar ante la aparición de las primeras diferenciaciones sociales, aunque aún sin la capacidad ni la necesidad de las élites de establecer estrategias de control social coercitivas.

Prácticas sociales ideológicas

Durante este periodo, las comunidades adquieren la necesidad de construir espacios monumentales. La práctica reiterativa de rituales colectivos debió haber sido una causa importante y justificación suficiente para movilizar el trabajo colectivo de las diferentes comunidades y, a la vez, lograr su cohesión. Elementos iconográficos relacionados con animales extraordinarios como felinos, aves de presa, reptiles y ofidios aparecen de manera reiterativa en los principales asentamientos con santuarios o huacas. Esta misma iconografía también aparece en otros soportes como la cerámica, los textiles, los metales, el hueso y la piedra. Así, vemos que las comunidades ya establecen ciertos cánones artísticos, los cuales nos indican la existencia de cuerpos de especialistas religiosos encargados de diseñarlos y crearlos.

5. Período de la Primera Integración Multirregional (800 a. C. – 500 a. C.)

Este periodo inicia con las primeras apariciones de evidencias de una integración multirregional de carácter económico y religioso, que tiene el centro de Chavín de Huántar como uno de los principales y mayores asentamientos de la sierra norte peruana. Como señala Richard Burger (2019, p. 196), el periodo entre los 800 y 500 a. C. corresponde al cénit del fenómeno Chavín en los Andes centrales.

Sin embargo, esto no significa que la comunidad y la élite religiosa asentadas en Chavín de Huántar ejerzan un control directo y efectivo sobre todos los sitios relacionados. Pero, lo que sí es evidente es que se mantiene como una importante influencia o inspiración para ellos, la cual debió ser canalizada por las élites locales en cada región con diferentes niveles de apego. A su vez, algunos de estos sitios afiliados o relacionados con Chavín de Huántar debieron dispersar tales elementos relacionados hacia otros sitios del mismo periodo. En dirección inversa, muchos de los asentamientos de este periodo influyeron y/o participaron en los eventos y reuniones celebradas en Chavín de Huántar.

Dichos asentamientos se encuentran en la costa, cerca al litoral, sobre todo en los valles, y también en la sierra, especialmente en los valles interandinos, en lugares que se erigen como nodos de rutas de intercambio económico y religioso. Primordialmente, Chavín de Huántar se vinculó con asentamientos de la sierra norte (Cajamarca), costa norte (valles de Moche y Jequetepeque), costa sur (valles del Rímac y Lurín; valle de Ica y bahías de Paracas y de la Independencia), sierra central (Pasco, Junín) y sierra sur (Huancavelica y Ayacucho) del Perú.

Entre los sitios arqueológicos más significativos de este periodo están Chavín de Huántar; Kunturwasi, en el valle del Rio San Pablo; en Cajamarca; Pacopampa, en el valle del rio Chotano, también en Cajamarca; Karwa, en el litoral de la Bahía de la Independencia; Coyungo, en el valle del Río Grande en Ica; Atalla, en Huancavelica; y Campanayuq Rumi, en Ayacucho.

El área monumental de Chavín de Huántar.
Figura 5. El área monumental de Chavín de Huántar.

Este periodo termina cuando la influencia y hegemonía de Chavín y de los estilos contemporáneos asociados, desaparecen del mundo andino y, al mismo tiempo, o poco tiempo después, surgen una serie de identidades e integraciones políticas que cohesionan a las comunidades de uno o algunos valles, o áreas contiguas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están basadas en la agricultura, ganadería, pesca y recolección. Sin embargo, dada la integración económica, se observa un fuerte intercambio interregional con productos y artefactos que viajan desde zonas muy amplias del territorio peruano e, incluso, fuera de sus fronteras actuales, como en la parte norte, principalmente del actual Ecuador. La producción artesanal ya establecida en diferentes asentamientos también se hace muy importante durante este periodo y está interesantemente relacionada con la iconografía religiosa que acompaña a Chavín de Huántar y a otros sitios relevantes del periodo. Sobresalen la producción cerámica, litoescultórica, metalúrgica y textil.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, se hace evidente que existen líderes políticos y religiosos muy importantes. Ellos ocuparán y utilizarán la arquitectura más amplia y extensa de los asentamientos. También, aparecen las primeras tumbas suntuosas y con acumulación de materiales exóticos o altamente valorados. De hecho, muchas de estas tumbas se incorporan a las mismas edificaciones mayores de los asentamientos. Claramente, estamos ante líderes políticos y religiosos que controlan una cantidad importante de la producción de las comunidades locales y regionales. Asimismo, se establece la presencia de artesanos especializados. En general, se puede apreciar que la sociedad esta escindida en grupos sociales. El control social, sin embargo, se mantenía mediante la religión, a la que se podrá incorporar sacrificios humanos como medio de cohesión, pero también de coerción política.

Prácticas sociales ideológicas

Las prácticas religiosas están basadas en el culto a una serie de seres extrahumanos que dominan la cosmovisión de ese momento. Aunque no existe un patrón homogéneo que se respete en las diferentes áreas vinculadas con Chavín de Huántar, sí existen algunos seres extraordinarios que aparecen reiterativamente en diferentes áreas como, por ejemplo, el denominado «dios de los báculos» que fue representado en el mismo Chavín de Huántar, pero puede reproducirse con diferentes atributos y peculiaridades, como fue el caso de los seres análogos pintados en los textiles de Karwa, en la Bahía de la Independencia en Ica. Asimismo, se observa una gran dispersión de la representación en diferentes soportes, especialmente en la cerámica, de seres relacionados con el felino o sus atributos. En general, se puede decir que la religión local y multirregional consistía en el culto a una serie de personajes zoomorfos y antropomorfos que se vinculan e invocan a fuerzas naturales. Aparejado a lo anterior, se extiende en diferentes regiones de los Andes centrales la práctica de rituales de tipo chamánico que incorporan sustancias psicotrópicas, como la del cactus de San Pedro.

6. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tempranas (500 a. C. – 700 d. C.)

Este extenso periodo se caracteriza por el surgimiento de una serie de entidades políticas que emergen tras la desaparición de la influencia y desarticulación de las redes económicas y religiosas que tenían como eje principal al sitio de Chavín de Huántar. A su vez, aparecen algunas entidades políticas regionales que poseen su propia identidad cultural, y los primeros ejemplos de estados arcaicos.

Las diferentes sociedades de este periodo aparecen y se reproducen en gran cantidad en el territorio peruano. Prácticamente cada región del Perú incluye algún desarrollo social de este tipo. Sin embargo, podemos resaltar a la costa norte del Perú, principalmente entre los valles de Lambayeque a Nepeña o lo conocido como lo Moche; la costa central, principalmente en el valle del Rímac y reconocido como lo Lima; y en la costa sur, especialmente en la Bahía de Paracas, los valles de Chincha e Ica, lo relacionado con el fenómeno Paracas. A continuación, practicamente en la misma zona, surgirá lo conocido como Nazca. Asimismo, tenemos entidades políticas importantes en la sierra norte, principalmente en la sierra de La Libertad como Huamachuco, el Callejón de Huaylas y el Callejón de Conchucos que se vinculan a lo Recuay y, en la sierra sur del Perú, con lo Huarpa en Ayacucho y alrededor del lado occidental del lago Titicaca, lo que se denomina como Pukara.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Huaca Rajada-Sipán y Pampa Grande en el valle de Lambayeque, Pacatnamú en el valle bajo de Jequetepeque, Huacas del Sol y La Luna y Galindo en el valle de Moche, El Brujo en el valle bajo de Chicama, San José de Moro en el Rio Chamán, el Grupo Gallinazo en el valle bajo de Virú, Pañamarca en Nepeña, Chankillo en el valle de Casma, Marcahuamachuco en la sierra de La Libertad, Yayno en el Callejón de Conchucos, Huaca San Marcos y Huaca Pucllana en el valle bajo del Rímac, el Templo Viejo de Pachacamac en el valle bajo de Lurín, Cerro Colorado en la Bahía de Paracas, Huaca Santa Rosa en el valle bajo de Chincha, Ánimas Altas/Ánimas Bajas en el valle de Ica, Cahuachi en el valle del Rio Grande, Ñawinpukyo en Ayacucho y Pukará en la cuenca norte del Titicaca.

Este periodo termina cuando el fenómeno social Wari hace evidente su presencia y/o influye en diferentes sociedades y territorios del actual Perú. Asimismo, alrededor del año 562 d. C., un decrecimiento en las lluvias y una consecuente sequía de cerca de tres décadas afectaron a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades, especialmente en la costa peruana (Shimada, 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Huaca de La Luna
Figura 6. Huaca de La Luna. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

Las comunidades de este periodo emprenden grandes proyectos hidráulicos, los cuales incrementan la producción agrícola, especialmente en la costa norte y central peruana. Asimismo, la especialización artesanal se expande y se diversifica como nunca antes, lo que supone el incremento exponencial de bienes y artefactos de alta calidad tecnológica y artística. También se concentran los intercambios económicos en ciertos puntos del territorio que ocupan estas sociedades, cristalizándose como verdaderos centros económicos. Materias primas exóticas aparecen de maneras diversas en varios sitios de este periodo. Las tumbas acusan una importante inversión de trabajo y acumulación de riquezas. Claramente estamos ante la aparición de las clases sociales en el antiguo Perú.

Prácticas sociales políticas

Es el momento del surgimiento de algunos de los verdaderos estados tal como se definen clásicamente en la antropología política. Los líderes o curacas controlan la producción de las comunidades y la distribuyen a su manera, siguiendo las diferentes posiciones sociales que establecen claras asimetrías sociales. Además de la religión, el control de la sociedad se realiza mediante la fuerza y es evidente la existencia de especialistas en el ejercicio de la violencia que controlan a la sociedad, pero también se enfrentan a otros grupos sociales fuera de los límites de control de cada entidad o asentamiento.

Prácticas sociales ideológicas

Cada una de las sociedades de este periodo genera una serie de religiones que ponen el énfasis en sus propias formas de comprender el mundo. Si bien existen similitudes en las creencias entre los grupos de la costa, cada uno de ellos desarrolla un panteón religioso particular. Lo mismo sucede con las comunidades de la sierra, que también desarrollan una cosmovisión muy particular. En términos generales, las religiones de las sociedades de este periodo ponen énfasis en seres antropomorfos con atributos de la naturaleza, pero con símbolos de poder terrenal. La práctica del sacrificio humano y de la ostentación de las cabezas trofeo se hace mucho más extendida y numerosa durante este periodo.

7. Período de la Segunda Integración Multirregional (700 d. C. – 1000 d. C.)

Este periodo tiene como protagonista a la entidad política wari, la cual, a partir de su control e influencia en gran parte de los Andes centrales, genera una integración económica, política y religiosa de muchas regiones (Makowski y Giersz, 2016; Isbell, 2018, p. 427; 2019). Durante este período, también en la sierra sur del Perú, los asentamientos wari conviven y/o se influencian por medio de sitios de origen tiwanaku.

En este caso, a diferencia del primer periodo de integración multirregional vinculado con Chavín de Huántar, las élites políticas y económicas residentes en la ciudad de Huari sí ejercen control efectivo sobre territorios bien acotados. Así tenemos evidencia arqueológica sólida de que la sierra norte y sur tuvieron asentamientos que controlaron zonas productivas, fuerza de trabajo y rutas de intercambio. Este el caso de Huamachuco y la zona sur del Cusco. Asimismo, tenemos evidencias claras de lo mismo en la costa norte, principalmente en el sitio de El Castillo de Huarmey. Otras evidencias indiscutibles se encuentran en el valle alto del Osmore, Moquegua, donde el sitio de Cerro Baúl es un indisputable centro administrativo wari. Igualmente, toda la región de Ayacucho contiene algún sitio wari e, incluso, la ceja de selva con el sitio de Espíritu Pampa supone una evidencia contundente del control directo de ciertas áreas del territorio de los Andes centrales por parte de las élites wari. Sin embargo, es importante señalar que, contemporáneas a esta explosión de sitios wari, existieron en el territorio andino otras comunidades y entidades políticas que también siguieron desarrollando sus propios proyectos económicos y políticos, tal como lo Moche en la costa norte o de lo Lima en la costa central. Además, varios desarrollos políticos de la zona de Puno continuaron activos como sociedades autónomas o relacionados con Tiwanaku. Algo semejante sucede en la costa del extremo sur del actual Perú donde el valle de Osmore contiene una serie de sitios tiwanaku que convivieron con los wari, como era el caso de Cerro Baúl, antes mencionado. Lo mismo se podría decir del fenómeno Cajamarca en la sierra norte, que conserva un alto grado de autonomía e, incluso, de interacción con Wari.

Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho.
Figura 7. Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho. Fuente: Elaboración propia.

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Huari, Conchopata y Azángaro en Ayacucho, Pikillacta y Huaro al sur de la ciudad del Cusco, Viracochapampa en la sierra de la Libertad, El Palacio en Cajamarca, El Castillo en el valle bajo del rio Huarmey, Espíritu Pampa en la ceja de selva del Cusco, Maymi en el valle bajo de Pisco, Pacheco y Huaca del Loro en Nazca, y Cerro Baúl en el valle del rio Osmore en Moquegua.

Este periodo acaba con la desaparición del control de zonas administradas por las élites wari desde sus centros provinciales o la ausencia de la influencia o existencia de la artesanía del estilo wari en los Andes. Asimismo, alrededor del año 1020 d. C., una sequía de varias décadas afecta a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades de este periodo (Shimada 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Prácticas sociales económicas

La producción agrícola se erigirá como la base principal de la economía de las sociedades integradas en torno a Wari. Para ello, también se fundarán nuevos asentamientos wari, los cuales ampliarán los proyectos hidráulicos y las áreas de cultivo. Los nuevos centros wari se ubican en lugares estratégicos desde la perspectiva de los recursos económicos y laborales. Asimismo, la economía basada en la agricultura intensiva se combina con la ganadería de camélidos y con la pesca en las zonas costeras. En general, se amplía la intensidad de las prácticas sociales económicas no solo en los sitios wari, sino también en otros contemporáneos que tienen más o menos relación con esa sociedad. Pero lo que sí es importante resaltar es que la especialización artesanal aumenta y muchos artefactos son intercambiados en diferentes lugares del actual territorio peruano, principalmente en los centros administrativos wari. Caminos que conectaban a varios de estos sitios son arterias principales para el traslado de personas y bienes a lo largo del territorio andino.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, existe una clase gobernante o élite que domina el paisaje político en gran parte de los Andes. Las élites wari controlan o influyen efectivamente a los grupos sociales mediante la religión y la coerción física. A la élite ayacuchana de la ciudad de Huari le siguen en jerarquía política una serie de élites wari directamente emparentadas con las familias «reales» y otras élites locales que se han aliado, se afilian o que imitan a la wari. Debajo de ellos, toda una burocracia se establece y cuerpos de especialistas aparecen y se asientan en los diferentes sitios wari. Asimismo, diferentes grupos de artesanos y productores sustentan la riqueza de las élites. Existen instituciones políticas que establecen las posiciones sociales de cada grupo dentro de la integración wari. En este periodo se han localizado mausoleos de grandes personajes y un conjunto de distintas tumbas que representan materialmente la posición social de sus miembros.

Prácticas sociales ideológicas

En la religión de este periodo se reconoce la presencia de seres antropomorfos con rasgos animales. Especialmente, los íconos relacionados con la influencia tiwanaku se hacen presentes en la producción artesanal wari, principalmente en los textiles y cerámica. Sin embargo, no existe un panteón muy estandarizado y, más bien, conviven muchos personajes, versiones de otros seres extrahumanos antiguos u otros que recién aparecen en este periodo. En general, podríamos señalar que existen seres extraordinarios que representan fuerzas naturales y supernaturales que están organizados dentro de un discurso religioso controlado, gestionado y dirigido por los especialistas religiosos desde Wari, pero también desde otros centros administrativos wari. El culto a los ancestros se puede evidenciar contundentemente en sitios como el mismo Huari, donde se enterraron a los líderes políticos en mausoleos hechos con grandes bloques de piedra.

8. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tardías (1000 d. C. – 1400 d. C.)

Este período se caracteriza por el resurgimiento o surgimiento de una serie de tradiciones y entidades locales y regionales tras la desaparición del dominio y/o influencia wari. Varias entidades políticas florecen principalmente en valles costeros e interandinos. Verdaderas ciudades aparecen y reúnen a miles de personas. Este periodo también coincide con lo que en Europa se conoció como la «Anomalía Climática Medieval», la cual se extendió entre el 1000 d. C. y el 1300 d. C. (Fagan y Durrani, 2021). En los Andes centrales este fue un periodo de severas sequías, pero también de intermitentes y violentos fenómenos de El Niño que afectaron de diferentes maneras a las comunidades de la costa y sierra peruana (Fagan, 2009).

Las principales entidades políticas de este periodo surgen desde los principales asentamientos, ya verdaderamente urbanos, en gran parte de la costa peruana, pero principalmente en el norte y centro. De este modo, en la costa norte, con mucha diferencia, destacan lo Lambayeque y lo Chimú. La entidad política Chimú, incluso, se extendió entre los valles de Motupe y Casma. En la costa norcentral veremos el surgimiento de los asentamientos vinculados con las tierras agrícolas en el valle de Chancay y cercanos, y en la costa central los sitios relacionados con lo conocido en la literatura arqueológica como lo Ychsma en los valles del Rímac y Lurín. En la costa sur hay algunos valles como Chincha, Ica o Nazca e, incluso el Osmore, donde también se generan extensos asentamientos y cementerios. En la sierra norte, lo Cajamarca sigue aún vigente y vibrante, y en la sierra central tenemos que el valle del Mantaro contiene una serie de comunidades integradas políticamente conocidas como Xauxa y relacionadas con la agricultura y la ganadería. Finalmente, la sierra sur observó el surgimiento de los «reinos altiplánicos» entre los que destacan lo Colla y lo Lupaca, ambos ubicados en lo que ahora es el departamento de Puno. En la ceja de selva del norte del país, lo Chachapoya dominará el paisaje político de este periodo.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Batán Grande, Túcume y Chotuna-Chornancap en Lambayeque; Chan Chan en el valle bajo de Moche; Kuélap en el departamento de Amazonas; el Gran Pajatén en el departamento de San Martín; Cerro El Purgatorio en el valle bajo de Casma; Pisquillo Chico y Lauri en el valle de Chancay; el Complejo Maranga, donde resalta la Huaca Tres Palos y Mateo Salado en el valle del Rímac; Armatambo al sur de la ciudad de Lima; las Pirámides con Rampa de Pachacamac; La Centinela de Tambo de Mora en el valle bajo de Chincha; Chiribaya Alta en el valle de Moquegua; Tantamayo en Huánuco; Tunanmarca en Junín; y Pucarani y Pucara de Juli en Puno.

Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.
Figura 8. Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.

Este periodo acaba con el control territorial o la influencia del Imperio Inca en gran parte de los Andes durante el siglo Xv.

Prácticas sociales económicas

En este periodo se regresa a las producciones locales enfocadas y distribuidas en regiones relativamente constreñidas a grandes zonas ecológicas como la costa y la sierra. Aunque también hay algunos casos de «archipiélagos» territoriales en estas sociedades (Murra, 1975). Sin embargo, la principal producción agrícola se realiza en los valles costeros con proyectos preexistentes o que se amplían, y en la sierra con agricultura en terrazas agrícolas o andenes. En la costa, la agricultura se convierte en la principal práctica social económica y en la sierra, esta actividad se encuentra bien complementada con la ganadería extensiva de camélidos. Las producciones artesanales se concentran en los artefactos necesarios para las élites locales y, en algunos casos, se conservan importantes tradiciones como la metalúrgica, la textil y la cerámica. Los intercambios se siguen realizando entre comunidades, pero se enfocan sobre todo en las entidades políticas locales.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo tenemos sociedades con relaciones sociales políticas muy variadas. Se observan desde verdaderos imperios como el Chimú hasta comunidades dispersas como las del altiplano cincum-Titicaca entre las que sobresalen lo conocido como Colla y Lupaca. Así, tenemos relaciones bastante jerárquicas y otras más laxas. Sin embargo, en algunas sociedades vemos que ciertas élites se han establecido y controlan gran parte de la producción comunal. Debido a esta diversidad, las estrategias políticas de control social van desde las religiosas hasta las coercitivas o una combinación de ambas.

Prácticas sociales ideológicas

Nuevamente, como ocurrió en el periodo de las Entidades políticas autónomas tempranas, las comunidades generan sus propias visiones del mundo en donde producen sus propias representaciones de sus divinidades o sujetos de culto. La iconografía representa variadas formas de expresión de sus religiones. Los personajes antropomorfos, algunos con rasgos animales, perviven en su religión. Muchas huacas florecen en el paisaje ritual andino hacia las cuales las comunidades se orientan, movilizan y rinden culto. Extensos cementerios en la costa peruana señalan que los rituales funerarios se vuelven importantes para las comunidades andinas de este periodo.

9. Período de la Tercera Integración Multirregional (1400 d. C. – 1532 d. C.)

Este es el último periodo de la época prehispánica y tiene como principal protagonista a la entidad política inca, la cual despliega una importante integración económica, política y religiosa en gran parte de la costa, sierra y ceja de selva del área andina (D’Altroy, 2003, p. 47; Bauer y Smit, 2019, p. 129). Desde el Cusco, el Estado inca se expandirá por gran parte de los Andes sudamericanos en cuestión de décadas, formando un verdadero imperio prehispánico que incorporó a una multitud de comunidades y grupos étnicos.

Con respecto a la extensión de los asentamientos vinculados directamente con las élites del Cusco, tenemos que prácticamente todo el territorio peruano, a excepción, por ahora, de la selva baja, tuvo algún asentamiento o influencia de los incas. En este caso, los incas seleccionaron la ocupación de ciertas zonas por razones económicas, políticas e ideológicas. Destaca la colocación de nuevos asentamientos en zonas no explotadas económicamente previamente y la reocupación de sitios o huacas con poder económico, político y religioso. Evidentemente, el Tawantinsuyu excede en su extensión al Perú y llega a ocupar áreas de los actuales países de Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina, constituyéndose como uno de los imperios antiguos más importantes del mundo.

Los sitios arqueológicos construidos por los incas, o que fueron intervenidos por ellos en su expansión, se encuentran dispersos por gran parte del Perú y otros países andinos de Sudamérica. Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a la ciudad del Cusco, Ollantaytambo, Pisac y Machu Picchu en el centro del antiguo Imperio Inca; Cabeza de Vaca en Tumbes; Paramonga en el valle de Fortaleza; el Templo del Sol y el Acllahuasi en Pachacamac en el valle bajo de Lurín; Tambo Colorado en el valle de Pisco; Inkawasi en el valle medio de Cañete; Quebrada de Vaca en el litoral de Arequipa; Hatuncolla, Chucuito y las Chullpas Incas de Sillustani y Cutimbo en Puno; Huánuco Pampa en la puna de Huánuco y Pumpu en Pasco.

Este periodo finaliza con el inicio de la caída del Imperio Inca a consecuencia de la llegada de los españoles al territorio andino en 1532.

El Coricancha en Cusco.
Figura 9. El Coricancha en Cusco. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

La base de la economía incaica fue la agricultura. Para ello, extensos proyectos hidráulicos y de construcción de andenes y campos de cultivo se dieron durante este periodo. Asimismo, la ganadería de camélidos se hace mucho más intensiva. Las producciones artesanales ven un gran desarrollo alimentado por las grandes rutas de intercambio de materias primas y por las propias necesidades de las élites incaicas y aliadas. Los especialistas florecen o son asimilados por las élites incas, lo cual se expresa en una amplia variedad de productos de alta calidad tecnológica y artística. Asimismo, muchos especialistas en la producción de alimentos son parte importante de la base económica. La misma fuerza de trabajo extraída mediante «mitas» es un importante insumo para la economía incaica. La gran red de caminos incas garantizó la circulación de los bienes y de fuerza de trabajo a lo largo de todo el Imperio.

Prácticas sociales políticas

En este caso, gracias a la arqueología y la etnohistoria sabemos de la existencia de una verdadera pirámide política encabezada por el Sapa Inca y seguido de sus familias reales, élites intermedias, burócratas y especialistas hasta llegar a los comuneros. La política estatal es ejercida mediante la coerción física, aunque se mantienen ciertas manipulaciones ideológicas basadas en la tradición y religiones precedentes. El aparato estatal inca creó una serie de instituciones políticas que establecieron y garantizaron la organización de la sociedad inca. Los gobernantes y sus familias reales ejercieron un control sobre la vida y muerte de las comunidades dominadas e integradas durante este periodo.

Prácticas sociales ideológicas

La religión incaica es animista. A pesar de que existen relatos etnohistóricos que afirman la representación de sus dioses. En realidad, salvo unas cuantas descripciones, no tenemos evidencias de una religión que plasmase sus divinidades en su cultura material. De esta manera, es posible que su religión estuviera basada en el culto a fuerzas sobrehumanas y fenómenos naturales. Asimismo, los ancestros como los antiguos Incas y sus mallquis, fueron objeto de culto por los linajes reales y sus seguidores. En general, en todo el territorio andino, muchas otras creencias precedentes se amalgamaron para crear una religión con múltiples personajes que proyectaban su fuerza y control sobre las actividades del ser humano. Los incas supieron articular estos oráculos o huacas muy bien dentro de su estructura religiosa, en la cual el sol era una de las divinidades principales y oficiales, aunque no la única.

Comentarios finales

Es imposible dar cuenta de todas las prácticas sociales inmersas en ese continuum histórico denominado prehistoria de los Andes Centrales. Pero, no por ello, tal empresa debería ser abandonada ni menospreciada. Un esfuerzo por comenzar a comprender tales prácticas sociales parte de una síntesis de los datos arqueológicos e históricos y de un empeño por tratar de comprender una serie de fenómenos sociales discretos que se han materializado en el territorio estudiado. La propuesta aquí esbozada trata de asumir tal desafío con los medios y materiales disponibles en este momento concreto.

Así, como hemos podido apreciar, la prehistoria andina se puede ver grosso modo como un constante juego de integraciones y desintegraciones, las cuales tenían como principales protagonistas a los líderes y gobernantes de cada entidad política. Esto no quiere decir que los otros agentes de la historia no hayan tenido nada que ver. Por el contrario, fueron parte fundamental de tal escenario social. Por ello, incluso cuando se daban tales integraciones económicas, políticas y/o ideológicas, las fuerzas centrífugas o de resistencia al control o hegemonía desde otras facciones políticas o comunidades, también estuvieron presentes y fueron el embrión de nuevos cambios sociales. La generación de estratos o clases sociales también fue un elemento importante en tales organizaciones políticas que, más allá de ordenar a los grupos sociales de acuerdo con su actividad laboral o estatus, supuso una cuota de control sobre sus vidas y sus producciones materiales. Por ello, la coerción muchas veces apareció como la manera más efectiva para disminuir tales tensiones sociales.

De toda esta historia prehispánica aquí esbozada, afortunadamente nos han quedado paisajes, monumentos, poblados, cementerios y artefactos arqueológicos que nos hablan de la gran diversidad social y étnica que se dio en los Andes peruanos prehispánicos. Esa riqueza es la que nos permite contar con una importante colección de las mejores obras de arquitectura y de arte de todo el mundo y que los arqueólogos no se cansan de estudiar.

Finalmente, es nuestro deseo que esta propuesta de periodificación ayude a organizar de manera más coherente los datos arqueológicos actuales, pero, sobre todo, espera proponer una manera de ver a la historia precolonial andina desde una perspectiva más dialéctica en la cual todos los actores de la escena histórica estén iluminados.

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Recibido: 20 de setiembre de 2023

Aceptado: 23 de octubre de 2023

Publicado: 19 de diciembre de 2023

Contribución del autor: El autor ha participado en la elaboración, el diseño de la investigación, la redacción del artículo y aprueba la versión que se publica en la revista. Financiamiento: Sin financiamiento. Conflicto de intereses: El autor no presenta conflicto de interés.

Correspondencia: [email protected]

  1. Una versión preliminar de esta sección fue publicada en Tantaleán (2023).

 

 

 

Album: Taqrachullo

Explora la majestuosidad del Sitio Arqueológico de Taqrachullo, una impresionante fortaleza de piedra ubicada a más de 3,900 metros de altitud en el distrito de Suyckutambo, provincia de Espinar (Cusco). Este complejo, famoso por sus imponentes estructuras construidas al borde de cañones y su herencia vinculada a los K’anas y al Imperio Inca, ha capturado la atención del país tras su reciente viralización en redes sociales.

Compartimos este álbum fotográfico para que admires la belleza de sus muros y recintos, recordando siempre la importancia de un turismo responsable para protegerlo del huaqueo. Si quieres conocer a fondo su historia, cómo llegar y los últimos planes de conservación del Ministerio de Cultura, te invitamos a revisar los artículos y enlaces sobre Taqrachullo que tenemos publicados aquí en arqueologiadelperu.com.

El despertar de Taqrachullo: La majestuosa ciudadela preínca e inca que desafía los límites del patrimonio andino en Espinar

Ubicado en los confines de la provincia de Espinar, Cusco, el complejo arqueológico de Taqrachullo ha emergido del olvido para posicionarse como uno de los hallazgos e hitos patrimoniales más fascinantes del sur andino, capturando incluso la atención de la comunidad científica internacional y de publicaciones globales como National Geographic. Esta imponente ciudadela de piedra, erigida originalmente por la nación K’ana y expandida posteriormente por los Incas, se asienta sobre formaciones rocosas colosales a más de 3,900 metros sobre el nivel del mar, en el distrito de Suykutambo. Su diseño arquitectónico y su estratégica ubicación han llevado a investigadores y cronistas a compararla con Machu Picchu, ganándose el apelativo popular de la «Fortaleza de María» debido a su proximidad con el imponente cañón homónimo. El presente artículo ofrece un análisis profundo sobre la verdadera historia de este complejo, detallando su evolución cronológica desde el Intermedio Tardío, la complejidad de sus estructuras defensivas y residenciales, las recientes iniciativas estatales para la creación de un museo de sitio, y las pautas logísticas indispensables para adentrarse en uno de los secretos mejor guardados de la arqueología cusqueña.

Introducción: El enigma pétreo de los Andes altos

En la inmensidad del altiplano cusqueño, donde el viento de la puna moldea el paisaje y los ríos esculpen cañones de vértigo, se levanta uno de los testimonios arquitectónicos más imponentes y menos comprendidos de la historia andina. Taqrachullo, una monumental ciudadela de piedra que desafía la gravedad desde las cumbres de la provincia de Espinar, ha comenzado a revelar sus secretos al mundo. Aunque el turismo masivo ha concentrado históricamente su atención en el Valle Sagrado y el santuario de Machu Picchu, las investigaciones y la reciente atención de cadenas internacionales como National Geographic están girando los reflectores hacia el sur de la región Cusco, un territorio donde la piedra cuenta una historia de resistencia, adaptación y majestuosidad preínca e inca.

Conocida localmente por algunos pobladores y arrieros como la Fortaleza de María —debido a su cercanía al sector homónimo dentro del espectacular sistema de cañones de la zona—, Taqrachullo no es simplemente un mirador fortificado. Se trata de un complejo urbano, religioso y militar de gran envergadura que reescribe la comprensión de las fronteras del Tawantinsuyu y de las naciones que habitaron el antiguo Perú antes de la consolidación del imperio de los incas.

El origen K’ana y la asimilación Inca: Cronología de un baluarte

Para entender la verdadera dimensión de Taqrachullo, es necesario retroceder en el tiempo, específicamente al periodo del Intermedio Tardío (aproximadamente entre el 1000 y el 1450 d.C.). Antes de que los incas expandieran sus dominios fuera del valle del Cusco, la provincia alta de Espinar estaba habitada por la nación K’ana, un grupo étnico preínca caracterizado por su carácter guerrero, su destreza en la ganadería de altura y su arquitectura adaptada a los ecosistemas de puna seca.

Los K’anas eligieron la cima de estos macizos rocosos en el actual distrito de Suykutambo no por un capricho estético, sino por una estricta necesidad estratégica. En una época marcada por intensos conflictos interétnicos y la búsqueda del control de recursos hídricos y pastizales, Taqrachullo nació como un pukara o asentamiento fortificado. Desde sus alturas, los antiguos habitantes poseían un control visual absoluto de las rutas que conectaban el altiplano con los valles interandinos.

Hacia el siglo XV, durante el Horizonte Tardío, el incario inició su campaña de consolidación expansionista. La historiografía y las evidencias arqueológicas locales sugieren que la anexión de los K’anas al Tawantinsuyu no se dio necesariamente mediante una guerra de exterminio, sino a través de complejas alianzas políticas y matrimoniales, dada la valía de los guerreros K’anas como aliados militares de los soberanos cusqueños.

Una vez integrado el territorio, los arquitectos imperiales intervinieron Taqrachullo. Respetando el núcleo original preínca, los incas superpusieron sus técnicas de aparejo de piedra, ampliaron los sistemas de andenería para la agricultura de altura e incorporaron recintos administrativos y ceremoniales que consolidaron al sitio como un nudo logístico crucial en las redes de comunicación del Kuntisuyu.

Arquitectura entre abismos: La estructura del complejo

El complejo arqueológico de Taqrachullo se distribuye de manera orgánica a lo largo de crestas rocosas, adaptándose con precisión milimétrica a las irregularidades del terreno. La primera impresión que ofrece a los investigadores y visitantes es su sobrecogedora similitud visual con las ciudadelas construidas en la ceja de selva, lo que ha motivado comparaciones periodísticas con Machu Picchu, a pesar de pertenecer a un entorno geográfico y ecológico radicalmente distinto.

El asentamiento se compone de diversos sectores claramente diferenciados mediante un planeamiento urbano prehispánico:

  • Sector Residencial y Doméstico: Caracterizado por recintos de planta circular y rectangular que albergaban a la población local y a las guarniciones militares. Las paredes están edificadas con piedra laja de la zona, unidas con argamasa de barro.

  • Sector Ceremonial y de Élite: En las zonas más elevadas y de difícil acceso se aprecian estructuras con un acabado arquitectónico notablemente superior, donde destacan hornacinas y vanos trapezoidales típicamente incas, destinados probablemente al culto de las deidades tutelares (los apus) y a las autoridades administrativas.

  • Murallas y Sistemas Defensivos: El perímetro del sitio aprovecha los abismos naturales del cañón, pero en los flancos vulnerables se erigieron imponentes lienzos de murallas defensivas que restringían y controlaban rigurosamente el acceso.

  • Andenerías y Almacenamiento: En las laderas adyacentes se despliegan terrazas agrícolas que servían tanto para estabilizar los suelos frente a los deslizamientos como para el cultivo de productos nativos de altura, complementadas con estructuras destinadas a depósitos o qollqas.

Un museo de sitio para salvaguardar la historia de Espinar

A medida que el valor de Taqrachullo cobra relevancia en la agenda pública, las autoridades locales de la provincia de Espinar y el Ministerio de Cultura del Perú han comenzado a articular esfuerzos para su puesta en valor integral. Uno de los anuncios más significativos y esperados por la comunidad científica y los habitantes de la zona es el proyecto para impulsar la construcción de un museo de sitio en la jurisdicción.

El objetivo prioritario de este espacio museístico será albergar, conservar y exhibir de forma técnica los numerosos hallazgos recuperados durante las sucesivas campañas de excavación y prospección arqueológica en el área. Entre los objetos rescatados se encuentran piezas de cerámica de filiación K’ana e Inca, herramientas líticas, restos óseos que ilustran las prácticas funerarias de la época y artefactos de metal que evidencian el intercambio comercial y cultural que sostenía esta fortaleza con otras regiones del área centro-sur andina.

La implementación de este museo no solo garantizará la protección del patrimonio mueble contra el huaqueo y el tráfico ilícito, sino que se constituirá en el eje motriz para la educación patrimonial de las comunidades locales de Chaupimayo y Suykutambo, devolviéndoles el protagonismo en la gestión de su propia herencia histórica.

Guía del viajero científico: Cómo llegar y qué se necesita

Para el visitante interesado en la arqueología y la exploración, acceder a Taqrachullo constituye una experiencia tan gratificante como exigente. Al encontrarse alejado de los circuitos turísticos convencionales, el viaje demanda una planificación meticulosa.

Aspecto Detalle Logístico
Ubicación Comunidad de Chaupimayo, Distrito de Suykutambo, Provincia de Espinar, Región Cusco.
Altitud Aproximadamente entre 3,900 y 4,100 metros sobre el nivel del mar.
Ruta de Acceso Desde la ciudad del Cusco, se viaja por vía terrestre hacia la ciudad de Yauri (capital de Espinar), en un trayecto que toma entre 4 y 5 horas. Desde Yauri, se continúa en vehículo hacia el distrito de Suykutambo (1 hora aproximadamente) hasta el sector del Cañón de los Tres Cañones o la comunidad de Chaupimayo, desde donde se inicia la caminata de ascenso.
Costo de Ingreso Actualmente el acceso es libre o gestionado de manera comunitaria por tarifas mínimas de mantenimiento local, pero se recomienda verificar normativas vigentes con la DDC Cusco.
Mejor Época Durante la temporada seca en los Andes (de mayo a octubre), lo que evita las lluvias torrenciales que dificultan el ascenso por senderos empinados.
Recomendaciones fundamentales para la visita

Dada la altitud extrema, es indispensable un periodo previo de aclimatación en Cusco o Yauri para evitar el mal de montaña (soroche). Los senderos que conducen a la cima de la ciudadela exigen una condición física moderada, calzado de montaña con buen agarre, ropa técnica para mitigar el intenso viento de la puna, protección solar y suficiente hidratación. Asimismo, se exhorta a los viajeros a realizar la exploración acompañados por guías locales para garantizar la seguridad y evitar dañar las frágiles estructuras arqueológicas que aún no han sido consolidadas.

El futuro del patrimonio en las provincias altas del Cusco

La visibilidad internacional brindada por plataformas científicas globales a Taqrachullo no es un hecho aislado, sino el reflejo de un cambio de paradigma en la arqueología peruana. Las provincias altas de Cusco, largamente relegadas en los manuales de historia tradicional a favor de la arquitectura del centro del ombligo del mundo, demuestran poseer una riqueza monumental que redefine la geopolítica del periodo prehispánico.

El verdadero desafío que afronta Taqrachullo en los próximos años radica en equilibrar la investigación arqueológica continua, la conservación física de sus estructuras expuestas a la intemperie altoandina y el desarrollo de un turismo sostenible y comunitario. La comunidad de Chaupimayo y el distrito de Suykutambo ven en su ciudadela no solo un motivo de orgullo identitario, sino una oportunidad genuina de desarrollo económico. Proteger este legado, investigar sus muros sin destruirlos y narrar su historia con el rigor que merece es una tarea colectiva que apenas ha comenzado a dar sus frutos más prometedores.

Galeria Fotográfica

Deconstruyendo a la Arqueología Peruana: Una Introducción al Estudio de las Mujeres del Presente y del Pasado

¿Quiénes son las mujeres en nuestras sociedades? Cuando uno extiende la pregunta, la principal vinculación que surge es la maternidad o el desarrollo de actividades de cuidado, es decir, roles y funciones impuestas por una sociedad patriarcal, no obstante, ¿es ello, lo único que hacemos y somos las mujeres?
Desde mediados del siglo XVIII el feminismo, de nacimiento occidental, viene luchando por la creación de una sociedad donde ejercer todos nuestros derechos y cubrir nuestras necesidades como ciudadanas e individuos que exceden la mera reproducción biológica y cultural. Las editoras consideramos que si este libro puede ser definido en dos palabras son: osadía y memoria.
Este libro está empapado de osadía, debido a que la propuesta teórica que moldeó el simposio que dio paso a esta publicación, desborda los limites clásicos de la arqueología peruana, y hace un llamado para atender las problemáticas expuestas por la epistemología feminista de los 1970’s, e incorpora las reinvindicaciones de la última ola del feminismo multivocal. Pero, sobre todo, osadía por parte de las autoras y autores de los artículos, quienes en muchos casos han pasado por procesos de introspección de su práctica académica, profesional o personal en arqueología, y exponen situaciones o puntos de vista poco o nada mencionados en la literatura local de nuestra ciencia.

Deconstruyendo a la Arqueología Peruana:
Una Introducción al Estudio de las Mujeres del Presente y del Pasado
Lady Santana Quispe
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Email: [email protected]
Carito Tavera Medina
Universidad Nacional Mayor de San Marcos / Instituto Peruano de Estudios.
Email: [email protected]

Las editoras iniciamos este proyecto con una idea inicial: (1) exponer y problematizar el papel y las historias de las mujeres que son parte de la arqueología peruana, objetivo inicial que evidentemente fue excedido, como se pudo apreciar en el programa del evento.

Así mismo, el propio proceso de organización del simposio nos autocuestionó, generando la necesidad de (2) visibilizar la pluralidad de experiencias y espacios donde las arqueólogas participan a lo largo de su formación y desarrollo profesional, así como, problematizar sobre las características y dinámicas que se establecen en los mismos. Finalmente, el último aporte fue (3) la introducción de estudios que abordaban problemáticas del espectro de la arqueología de género o de la arqueología feminista.

El desarrollo del simposio tenía un fin último, el mismo que las organizadoras entendimos desde el primer momento, la producción de un libro. Este proyecto editorial permitiría poner en la agenda de la arqueología peruana la necesidad de (re)construir las historias de las mujeres que forman parte de ella. Esto atiende a que la historia de nuestra arqueología aún carece de los relatos, vivencias y aportes del otro 50% de sus participantes: las arqueólogas1.

Cabe señalar que esta no fue una elección al azar, sino que respondió a una reflexión ya antes expuesta por Margarita Díaz-Andreu hace 8 años en el epílogo del libro “Historia de la Arqueología en el Perú del Siglo XX”, pero que no había encontrado una verdadera respuesta académica y práctica hasta ahora. Debido a la suma de nuevos objetivos en la constitución del simposio, pudimos evidenciar que este libro se convertiría en un testimonio y agenda para las futuras generaciones que decidieron abordar la arqueología desde el enfoque de los estudios de género.

Así, este es el primer proyecto editorial publicado en el Perú y desde la arqueología peruana que busca integrar en el más amplio espectro, los estudios de género en nuestra disciplina. Sin embargo, nos preguntamos si ya entrado el siglo XXI, en el caso de la arqueología peruana, ¿es válido el enunciado de Perrot (2009)? Nos cuestionamos, si aún es posible señalar, que escribir sobre las historias de las mujeres de la arqueología peruana y del mundo prehispánico ¿es sacarlas del silencio? Al encontrarnos en plena segunda década del tercer milenio, ¿es posible que las mujeres aún nos encontremos silenciadas desde la perspectiva arqueológica e histórica de esta ciencia? Y como en un juego de palitroques ¿cómo ello afecta en la construcción de las identidades de las niñas y mujeres del presente?

Nosotras consideramos que aún existen muchas historias que aguardan ser recuperadas, oídas e integradas en nuestra memoria social. Es cierto que en los últimos 30 años la arqueología peruana ha brindado luces del papel de las mujeres del mundo prehispánico (Pradka, 2019; Wester, 2018; Franco 2017, Shady, 2017; Sandoval, 2009; Donnan y Castillo, 1994; entre otras). Dichas construcciones han permitido cuestionar la visión totalitaria de un poder masculino en las sociedades de los Andes precoloniales. Los hallazgos de estas mujeres acompañadas por elementos históricamente reconocidos por la arqueología andina como elementos de poder y riqueza han dado luces de otros roles no contemplados previamente. De esta forma, Las Sacerdotisas y Damas se han convertido en personajes excepcionales de las élites indígenas locales de cada sociedad. No obstante, estos estudios no han sido enunciados desde la propuesta de la arqueología femenista, la misma que hace una crítica estructural a la reconstrucción e interpretación del papel de las mujeres.

La problemática que subyace en el excepcionalísimos de estas mujeres “poderosas” se contradice con la poca o inexistente literatura arqueológica que aborde las condiciones históricas de las otras mujeres del mundo andino. Cabe mencionar que a lo largo de más de 100 años de arqueología peruana no existe un solo proyecto arqueológico que posea un eje teórico-metodológica con enfoque de género2 o como principal objetivo la reconstrucción de las dinámicas de género de una sociedad en particular (Conkey, 2003; Conkey y Spector, 1984; Gero, 1991). Entiéndase que cuando hablamos de dinámicas o relaciones de género, estas trascienden al conjunto de las mujeres, e incluye temas como las masculinidades, enfoque que no posee ningún tipo de abordaje en la actualidad.

En lo que respecta a la historia de las mujeres de la arqueología peruana, se suele decir que no se ha escrito sobre ellas. Sin embargo, al revisar de forma minuciosa la bibliografía preexistente es posible hallar un número interesante de aportes (Tavera y Santana, 2021, pp. 146-147). Tales aportes poseen una característica particular: la concentración en “las figuras icónicas femeninas” de nuestra disciplina. La construcción de referentes femeninos basados en el sacrificio, rectitud, extremo grado de minuciosidad y el ser las únicas destacadas de su generación, ocultan en sí los impactos de vivir en una sociedad patriarcal. De esta forma, resaltar a las sobrevivientes de esos tiempos, sin realizar una lectura crítica, es romantizar el machismo, clasismo, racismo y dinámicas de abuso de poder, al que muchas mujeres de nuestra arqueología se han visto expuestas en su vida cotidiana.

La arqueología es una de esas ciencias que ha caracterizado su objeto de estudio bajo la lupa de estereotipos definidos por una sociedad patriarcal. Es en este camino que se generó una tradicional distinción biológica entre hombres y mujeres que básicamente está, y continúa, basada, en características de superioridad, fuerza, agresividad en contraposición a pasividad, subordinación y dependencia (Ferro, 2017). Así mismo, se basa en el binomio cultura versus naturaleza, la primera, “desarrollada” por los hombres, mientras que la segunda, encarnada en las figuras femeninas. Todo lo anterior lo podemos apreciar en la gran diversidad de mitologías, incluida las sociedades andinas. Esta situación permitió que se construyan discursos androcéntricos que tienen efectos no solo sobre el objeto de estudio, sino dentro del marco metodológico de las investigaciones y sobre las personas que las llevan a cabo. Se trata de una forma de producir conocimiento que ha erigido y marcado la construcción de una identidad
masculina y femenina (Alarcón, 2010).

Es en este escenario, e influenciada por el feminismo que se abría paso a nivel mundial, que la arqueología feminista llega para quedarse. Se abre entonces un camino de reflexión y crítica en torno a la epistemología y ontología desarrollada y practicada por una arqueología tradicional (Engelstad, 2007; Conkey, 1993; Conkey y Gero, 1997; Conkey y Gero, 1991). Esta arqueología feminista, generó una ruptura “en el orden hegemónico impuesto históricamente, ocasionando malestar entre las personas e instituciones conservadoras y proclives hacia el mantenimiento del orden patriarcal”
(Alarcón, 2012, p. 35).

La reconfiguración de la forma de hacer arqueología es una de las banderas de la arqueología feminista y pretende obtener una visión histórica y objetiva de lo que fue el pasado y de las dinámicas del presente (Cintas, 2012). La arqueología feminista reveló y revela, aquella distorsión androcéntrica de la realidad arqueológica, detecta la invisibilidad de la mujer ocasionada por estas prácticas y aquellos prejuicios sexistas que engloban los discursos y explicaciones de las sociedades del pasado. Finalmente, la arqueología feminista analiza incisivamente el origen y los efectos “epistemológicos, políticos y culturales de esta desigualdad de la mujer en el pasado y el presente de la arqueología” (Navarrete, 2010, p. 76).

Pero existe también, una arqueología de género, la misma que ha cobrado relevancia y es considerada una visión derivada de la arqueología feminista (Cruz Berrocal, 2009, p. 26). La arqueología de género ha desarrollado cuestionamiento en torno a ofrecer información sobre las mujeres y los diversos géneros que coexistieron en las sociedades que nos precedieron. Sin embargo, el planteamiento inicial, es decir, el epistemológico y ontológico, no cambia. Y es que esto estaría relacionado a la concepción de que todo lo que no se dice ni se presenta, está siendo invisibilizado, por lo que es necesario trazar investigaciones que rescaten información sobre las mujeres a lo largo de la historia (Masdival Fernández, 2007). No obstante, se trata de una arqueología fundamentalmente empirista, que acumula información de las mujeres y sus actividades. De tal manera se crea, entonces, una “ilusión” de poseer una documentación total (Cruz Berrocal, 2009), la misma que le ha generado una gran popularidad. Sin embargo, esta forma de asumir la investigación, le ha valido para ser criticada y cuestionada, en la medida que no se discute los parámetros establecidos por la arqueología tradicional y sus construcciones teóricas (Conkey y Gero, 1997; Bender, 2000; Conkey, 2003; Engelstad, 2007).

Y es que si algo caracteriza al feminismo, y en este caso a la arqueología feminista, es su compromiso teórico, epistemológico y, en especial, político. El camino está trazado, no solamente para hacer visible a las mujeres en la historia, sino, también, para reconfigurar nuestra manera de hacer arqueología, de pensarla y presentarla. Sus implicancias, como lo hemos expresado, ponen en relieve la marginalidad con la que han sido tratadas las mujeres, pero también es una herramienta de pensamiento crítica a la ciencia en general (Cruz Berrocal, 2009; Conkey y Gero, 1991; Gero y Conkey, 1991). Así mismo, las nuevas corrientes feministas nos hacen un llamado a cuestionar el cómo se han reconstruido las identidades de género desde la arqueología, entiéndase ello como una crítica directa al binarismo imperante, así como el ímpetu de dar paso al estudio de las masculinidades desde nuestra ciencia.

Sea la arqueología feminista o de género, el contexto nos muestra que la realidad sigue siendo compleja y nos depara un largo andar. Aquel que, como menciona Margarita Sánchez (2014), encuentra a quienes le niegan a nuestra disciplina la pertenencia de una arqueología feminista. Tal vez porque se cuestiona la forma de cómo se practicó y presentó la arqueología, o porque esta, al igual que el feminismo de otras ciencias, pretende y se encuentra en el trabajo de romper el orden hegemónico y dominante que instaura una sociedad patriarcal y androcentrista.

En ese sentido, consideramos importante la incorporación transversal de la teoría feminista a la arqueología peruana ya que permite llevar adelante reinvindicaciones polìticas y cientìficas. Por tanto, y debido a que dicho tema no está agotado, y, evaluando que su expansión y discusión ha sido de poco impacto en la arqueología peruana (Tavera y Santana, 2021; Santana, 2019; Tavera, 2019; Pacheco, 2019; Arroyo, 2019; Cabrera, 2019; Artzi, 2016), es significativo iniciar este largo camino, y así lo empezamos a través de un simposio, ahora materializado en este libro.

Este simposio, no fue el primer espacio creado para hablar de problemáticas semejantes al interior de nuestra disciplina. Si hacemos el ejercicio de retroceder en el tiempo, podremos ver que, en 2012 se realizó la mesa redonda “Mujeres y Poder en los Andes Prehispánicos” organizado por la arqueóloga Sofía Chacaltana y el arqueólogo Luis Jaime Castillo en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Asimismo, el Ministerio de Cultura en la semana del Qhapaq Ñan realizó en junio de 2018 el simposio y conversatorio “Arqueólogas; Investigaciones y experiencias”. A este le siguió el evento “Mujeres en la Arqueología: Pasado, Presente y Futuro Contribuciones a la Praxis Arqueológica en el Perú” llevado a cabo en el Museo de Arqueología, Antropología e Historia del Perú en agosto de 2018.

A diferencia de las anteriores reuniones, “Mujeres del Pasado y del Presente: Una Visión desde la arqueología peruana” fue el resultado de un espacio que comenzó a gestarse a mediados de 2017 a raíz de vivencias personales de las editoras y de la búsqueda de respuestas a las distintas realidades históricas que las mujeres de nuestro campo han afrontado. El nombre del simposio evocaba la creación de una narrativa que conecte las historias de las diversas mujeres, entendiéndolas como actrices activas y también importantes de los procesos históricos de las sociedades prehispánicas. Estas “mujeres del pasado” pasan a ser visibilizadas por los aportes de aquellas mujeres del presente, arqueólogas que las estudian desde los objetos.

De esta forma, el título del evento tuvo como finalidad generar un continuum histórico con los aportes e historias de las arqueólogas, haciendo expresa la existencia de dos niveles: el individual y el colectivo. Se hizo explícita la necesidad de emplear la pluralidad, de tal manera que converjan las diversidades identitarias individuales y grupales.

En ese camino, vimos por conveniente generar un espacio de diálogo que permitiese, por primera vez, construir y, en algunos casos, reconstruir las historias y aportes de las mujeres en nuestra disciplina para con la sociedad peruana, desde nuestras propias voces. En esta línea, cabe resaltar que la construcción de la historia de la disciplina, y como lo menciona Margarita Díaz-Andreu (2013), es una historia androcéntrica que requiere nuevas versiones y enfoques no excluyentes.

Por tanto, el simposio que se realizó en 2019, del cual se desprenden los aportes de este libro, buscó visibilizar e incorporar en la narrativa histórica los procesos por los que han pasado las mujeres en su incorporación en el campo de la arqueología peruana desde su nacimiento como ciencia. De esta manera, se relataron las oportunidades que han tenido y tienen las mujeres en espacios académicos y profesionales como las aulas, centros de investigación, museos, etc. Asimismo, presenta las dificultades que han afrontado y cómo han logrado superarlas para seguir adelante con sus carreras. Este ejercicio nos permitió presentar parte de las voluntades epistemológicas y metodológicas que subyacen al trabajo y esfuerzo realizado por cada una de las mujeres que fueron y son parte del campo de la arqueología peruana.

Nuestro proyecto editorial se une a otros proyectos relacionados a los estudios de género y lucha feminista que han sueurgido en los últimos 5 años desde la arqueología latinoamericana. Ejemplo de ello es el libro “De Arqueología Hablamos las Mujeres” (Cordero, 2018) gestado desde la realidad arqueológica ecuatoriana. De esta forma, se hace evidente un proceso de generación de ideas y movimientos contemporáneos a nuestra realidad nacional, donde las mujeres buscan visibilizar de forma cada vez más constante sus problemáticas como agentes sociales, reclamando su espacio en la sociedad.

Sin embargo, debemos manifestar y considerar que no todas las participantes que formaron parte de este evento poseen esta misma postura polìtica y científica, debido a las vivencias personales, así como a los contextos de origen y formación profesional. Cada una de nosotras pertenecemos a contextos históricos sociales diferentes en los cuales se desarrolló y desarrolla la arqueología peruana.

Bajo este mismo lineamiento, la decisión de incorporar a pares varones en este proyecto, responde a una clara convicción, y es que más allá del tema puntual de las relaciones de género en arqueología, se busca abordar un problema social latente desde hace décadas, y que debe buscar respuestas y soluciones a través de la participación conjunta. De lo contrario caeríamos en la misma percepción unilateral y sesgada que tanto criticamos.

“Mujeres del Pasado y del Presente: Una visión desde la Arqueología Peruana”, simposio de carácter internacional, estuvo conformado por 10 mesas temáticas. Dos de las mesas fueron los resultados de convocatorias abiertas; (1) “Concurso de Ensayos” (6 de febrero 2019) que tuvo dos preguntas a modo de ejes reflexivos: ¿Cómo la arqueología feminista o de género puede enriquecer la ciencia arqueológica? y ¿cómo percibes o percibiste las relaciones de género durante tu formación en la carrera? Así mismo, se realizó la convocatoria de ponencias (2) “Estudio de las Mujeres en el Pasado” (17 de febrero 2019) donde se solicitó la presentación de investigaciones relacionadas a las problemáticas abordadas por las arqueologías de género y feminista.

Es así que, el evento contó con 39 ponencias de colegas nacionales e internacionales y se realizó los días 26, 27 y 28 de junio de 2019 en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) gracias al apoyo incondicional de la entonces Vicedecana de Investigación y Posgrado, la Dra. Ruth Shady Solis.

Durante los días que se realizó el simposio fue posible contar con la exposición temporal “Mujeres detrás del badilejo”, que fue producto de la creación colectiva del equipo de voluntarios y voluntarias del simposio. Dicha exposición cobró vida gracias al compromiso y desprendimiento de Zenaida Portalino y Patricia Calvay, ambas egresadas de la escuela de Historia del Arte de la UNMSM. Fueron ellas quienes planificaron y dirigieron el montaje de la exposición, eligiendo materiales, adaptándolos al limitado presupuesto y espacio que se poseían, pero sin que eso limitara el objetivo de la exposición.

Tal como fue pensada, “Mujeres detrás del badilejo” buscó exponer la diversidad de mujeres que son parte de la arqueología peruana. El proceso de creación previa al montaje de la exposición permitió comprender que la arqueología peruana no responde a la práctica científica efectuada sólo por personas de nacionalidad peruana. Por el contrario, la arqueología peruana se ha construido gracias a los aportes de científicas de diversas partes del mundo, implicando el intercambio cultural y científico para ambas partes, claro está, no siempre en las mismas condiciones materiales ni sociales. Sin embargo, este proceso de creación intergeneracional permitió analizar desde distintos ángulos e intereses los aportes de las arqueólogas. Ello dio paso al reconocimiento de nichos académicos y profesionales que las arqueólogas han ido creando y consolidando.

Así mismo, nos permitió analizar el impacto social e histórico que han tenido los aportes teóricos-metodológicos de arqueólogas como Dorothy Menzel en relación a la concepción cronológica del mundo andino, por solo dar un ejemplo. O de forma más contemporánea como la figura de Ruth Shady ha acercado el interés y entendimiento de la arqueología a las esferas del público no especializado, llegando incluso a consolidarse como un referente de científica nacional para niñas, adolescentes y mujeres peruanas. Asimismo, en esta exposición se incorporaron fotografías que retrataban a colegas de distintas generaciones y espacio de formación en sus distintas facetas de su vida profesional. Adicionalmente, sumamos las fotos de las panelistas de este evento, con el fin de evidenciar los diferentes campos de la arqueología en los que las mujeres se desarrollan en la actualidad .

 

Un panorama de la teoría arqueológica en el Perú de comienzos del siglo XXI

Imagen de excavación creada con inteligencia artificial.

En este artículo presentamos un panorama de la teoría arqueológica desarrollada en el Perú de las últimas dos décadas. Con ese objetivo, en primer lugar, se plantea el lugar y naturaleza de la teoría en la práctica arqueológica peruana. En segundo lugar, se describen sintéticamente los contextos políticos y económicos en los cuales se ha desarrollado la práctica arqueológica de los últimos años. En tercer lugar, se describe un panorama de las teorías arqueológicas utilizadas en nuestro país, enfocándonos en los principales temas de estudio desarrollados. En cuarto lugar, se revisan otros tópicos teóricos relevantes que se han desarrollado en la arqueología peruana. Finalmente, se dejan planteados algunos temas que merecerían mayor desarrollo teórico en la arqueología peruana.

Palabras clave: Teoría, arqueología peruana, evolucionismo, historicismo-cultural, procesualismo, posprocesualismo.

An overview of the archaeological theory in Peru in the early Twenty-first Century

ABSTRACT

In this article, we present an overview of the archaeological theory developed in Peru in the last two decades. For that purpose, first, the place and nature of the theory in Peruvian archaeological practice is considered. Secondly, the political and economic contexts in which the archaeological practice of recent years has developed are briefly described. Third, an outlook of the archaeological theories used in our country is described, focusing on the main developed topics of study. Fourth, other relevant theoretical topics that have been developed in Peruvian archaeology are reviewed. Finally, some issues that deserve further theoretical development in Peruvian archaeology are introduced.

Keywords: Theory, Peruvian archaeology, Evolutionism, Cultural Historicism, Processualism, Post-Processualism.

Juio 2020 Discursos del Sur revista de teoría crítica en Ciencias Sociales 4(5):201-243
Julio 2020 4(5):201-243
DOI:10.15381/dds.v0i5.18150
Licencia CC BY-NC-SA 4.0
Autor:
Henry Tantaleán
Universidad Nacional de San Marcos

La teoría arqueológica surge de nuestra aproximación reflexiva y sistemática a la realidad de nuestro objeto de estudio: los restos arqueológicos. En ese proceso intelectual y práctico, la teoría arqueológica previamente generada por los investigadores, y la que hemos incorporado en nuestra experiencia, nos proporciona una serie de modelos, conceptos y categorías (cuestiones de orden ontológico) que nos posibilitan generar formas de comprensión de las sociedades pasadas para producir conocimiento (cuestiones de orden epistemológico).

De hecho, consciente o inconscientemente todos los arqueólogos y arqueólogas utilizan elementos de teorías arqueológicas al entrar en un diálogo inevitable con los restos materiales bajo su estudio. De la dialéctica generada en este encuentro se producen las explicaciones arqueológicas. Dichas síntesis son las que nos ofrecen una certidumbre temporal sobre los fenómenos sociales que estamos investigando y, a la vez, nos permite reconocer causalidades y regularidades.

Como era de esperar, debido a la gran cantidad de vestigios arqueológicos, su complejidad y monumentalidad temprana, el territorio peruano no ha estado exento del desarrollo y aplicación de teorías arqueológicas. Casi desde el mismo inicio de la disciplina científica, a finales del siglo XIX, las más innovadoras teorías de su momento formaron parte de las explicaciones y narrativas del pasado prehispánico.

También, como en gran parte del mundo, a lo largo del siglo XX muchas otras teorías arqueológicas, especialmente las hegemónicas, han llegado de la mano de investigadores extranjeros, pero también han sido incorporadas por investigadores nacionales formados o influenciados por ese pensamiento científico. Como describiremos y detallaremos más adelante, las principales aproximaciones, tendencias, escuelas o posiciones teóricas arqueológicas como el evolucionismo, historicismo cultural, marxismo, procesualismo y posprocesualismo han surgido y sido desarrolladas por los investigadores para dar cuenta de los fenómenos arqueológicos. Aparentemente todas esas teorías arqueológicas, en la manera en que Bruce Trigger (2006) las había planteado en su famoso Historia del pensamiento arqueológico, también han estado presentes en la arqueología peruana.

Obviamente, la intensidad con la que dichas teorías arqueológicas han impactado en la práctica arqueológica en el Perú ha sido diferente a la de otras partes del mundo. Especialmente porque dentro del concierto de los países que generan y aplican las nuevas teorías arqueológicas, principalmente el mundo anglosajón, Perú resulta ser un país periférico dentro de la academia arqueológica internacional (Dillehay, 2008, p. 168). Asimismo, los contextos históricos, especialmente políticos y económicos, han condicionado o apoyado el desarrollo de ciertas teorías arqueológicas. Afortunadamente existe una importante descripción y reflexión sobre el desarrollo de las teorías arqueológicas en el Perú en una perspectiva general y de largo aliento que nos permite entender cómo se han realizado dichas aplicaciones teóricas (Asensio, 2018; Tantaleán, 2016; López-Hurtado 2014; Tantaleán y Astuhuamán, 2013; Shimada y Vega-Centeno, 2011; Herrera, 2008; Dillehay, 2008; Burger, 1989; Schaedel y Shimada 1982). Por tanto, resulta innecesario abundar en esta cuestión.

Sin embargo, a comienzos del siglo XXI, principalmente por ser un periodo muy reciente, pero sobre todo por tener una importante cantidad de arqueólogos y arqueólogas trabajando en el Perú, se hace todo un reto establecer cuáles son las principales tendencias teóricas en la práctica de la arqueología peruana contemporánea. No obstante, existen algunos elementos comunes en las investigaciones que podemos utilizar para proponer un panorama de dichas teorías, especialmente tomando como base los principales temas abordados en la arqueología peruana.

Así, en este artículo se realiza un esbozo de la teoría arqueológica desarrollada y/o aplicada en la arqueología peruana en las últimas dos décadas. Para ello, se utilizan los recientes trabajos publicados por arqueólogos y arqueólogas peruanos y extranjeros en las principales áreas geográficas donde estos se ha desarrollado con mayor intensidad y visibilidad. Como veremos, el desarrollo y aplicación de teorías arqueológicas se presenta desigual para el territorio peruano.

Las teorías arqueológicas

En la actualidad, el estudio y el análisis del desarrollo y aplicación de las teorías arqueológicas son un campo de estudio por derecho propio en la literatura científica a nivel mundial (Urban y Shortmann, 2019; Harris y Cipolla, 2017; Preucel y Mrozowski, 2010; Bentley et al., 2009; Moro Abadía, 2007; Trigger, 2006, 1989; Jones 2001; Johnson, 1999; Preucel y Hodder, 1996; Dark 1995; Ucko, 1995; Yoffee y Sherrat, 1993; Hodder 1992, 1991, 1986; Shanks y Tilley 1987a, 1987b; entre otros). Asimismo, desde unas décadas atrás existen diversas reuniones científicas en las cuales se discute la teoría arqueológica y su práctica. Así, a nivel mundial, desde 1977, el Theoretical Archaeology Group (TAG) ha reunido a investigadores para discutir la teoría arqueológica en el mundo anglosajón (Jones y Johnson, 1990). Una iniciativa que se ha propagado por diferentes partes del mundo (Crossland y Flemming, 2014). En Latinoamérica, desde 1998 hasta la actualidad, la Reunión de Teoría Arqueológica en América del Sur (TAAS) ha contribuido a la discusión de la teoría en y desde los países latinoamericanos.

De este modo, la teoría arqueológica es un importante campo de estudio y merece un lugar dentro de las discusiones sobre la práctica de la arqueología, sobre todo en el Perú, un lugar lleno de restos arqueológicos que han sido, son y serán explicados a la luz de las teorías arqueológicas. Sin embargo, ¿qué entendemos como teorías arqueológicas?

Las teorías arqueológicas, como otras teorías desarrolladas o aplicadas en otras disciplinas del conocimiento humano, se originaron de la observación directa de la realidad de estudio específica. En el caso de nuestra disciplina, las teorías arqueológicas se originaron de la observación de la realidad arqueológica, concretamente de los restos materiales producto de la actividad humana de la cual, muchas veces, no tenemos información escrita. Por tanto, el objetivo del desarrollo o aplicación de teorías arqueológicas es la reconstrucción de las prácticas sociales que dejaron como resultado a los restos arqueológicos. Como señala Trigger (2006, p. 28; la traducción es nuestra): “En la actualidad, existe una tendencia creciente a ver a la teoría arqueológica como un subconjunto de la teoría antropológica (o ciencia social) que aborda cómo el comportamiento y las creencias humanas están relacionadas con la cultura material y como la cultura material influye en el comportamiento humano”.

También para los autores de un libro recientemente publicado, la teoría arqueológica se trata del: “[…] cómo organizamos nuestras interpretaciones, cómo reconocemos y definimos el dato [arqueológico]; las diferentes preconcepciones, ideas y creencias que nosotros llevamos al diálogo con otra persona” (Harris y Cipolla, 2017, p. 2; la traducción es nuestra).

Asimismo, Matthew Johnson (1999, p. 217; la traducción es nuestra) problematizaba la definición de la teoría arqueológica de la siguiente manera:

Mi definición preferida [de teoría arqueológica] es “el orden en el que colocamos los hechos”, en parte porque es una definición breve y accesible, en parte porque me parece laxa en lugares precisos y permite la coexistencia de diferentes perspectivas teóricas dentro de tal definición (aunque no todas, lo debo admitir). Más importante y fundamental, esta definición pone atención en la forma en que los datos y la teoría están relacionados dialécticamente. En otras palabras, “datos” y “teoría” tienen que ser comprendidos como parte de una totalidad mayor en la cual la naturaleza de una no puede ser comprendida sin la otra.

Sin embargo, también como señalaba Johnson (1999, p. 217; la traducción es nuestra): “La manera en que uno define la teoría, por tanto, depende del punto de vista teórico de uno mismo”. De esta manera, no existirá una sola manera de definir a la teoría arqueológica, pues la misma teoría arqueológica también está influenciada y conceptualizada por la propia posición teórica de su practicante. Aún con todo, resulta evidente de la lectura de las definiciones alcanzadas previamente y de otras definiciones de teoría arqueológica que existe una serie de coincidencias y elementos comunes en las variadas maneras de definirla.

Así pues, se hace obligado, al escribir desde una experiencia vital, formación y posición teórica arqueológica concreta, una definición de la teoría arqueológica. Por tanto, aquí definimos a la teoría arqueológica como el conjunto de generalizaciones, modelos, conceptos y categorías que surgen del diálogo constante entre los investigadores-arqueólogos y la evidencia arqueológica.[1]

En el caso de la arqueología, a lo largo de su historia y dependiendo de sus contextos históricos de desarrollo, muchas otras teorías (y, por supuesto, metodologías imbricadas) desarrolladas en otros campos de estudio fueron integradas para dar cuenta de los fenómenos arqueológicos. De esta manera, la biología, física, antropología, sociología, historia, etc., fueron disciplinas científicas que contribuyeron en diferentes intensidades para formar lo que conocemos como teorías arqueológicas. Incluso la experiencia personal de cada investigador contribuyó a generar las teorías arqueológicas. Así, las teorías arqueológicas existen en tanto la práctica de los arqueólogos y arqueólogas que las han ido utilizando, contrastando, desechando o mejorando con respecto a la realidad arqueológica estudiada. Por tanto, en términos operativos y prácticos, las teorías arqueológicas son medios para aproximarnos inicialmente de una manera reflexiva, sistemática y dinámica a la comprensión de nuestro objeto de conocimiento: las sociedades humanas pasadas.

Como hemos señalado, diferentes autores (Renfrew y Bahn, 2000; Willey y Sabloff, 1980) han tratado de establecer cuáles fueron las principales teorías desarrolladas en la arqueología. Pese a la diversidad, siguiendo a diferentes autores (Urban y Schortman, 2019; Johnson, 1999; Trigger, 2006, 1989; Lull y Micó, 2002-2001, 1998, 1997), podríamos establecer que a lo largo de su historia los arqueólogos y arqueólogas se pueden relacionar con cinco grandes tendencias teóricas: evolucionismo social, historicismo-cultural, marxismo, procesualismo y posprocesualismo.

El evolucionismo social fue la primera teórica científica que surgió en la arqueología a finales del siglo XIX (Trigger, 2006). Se basó en la teoría de la evolución biológica planteada por Charles Darwin que para la antropología se tradujo como evolucionismo social, desarrollado principalmente por Lewis Morgan. Si bien previamente existía una ideología del progreso humano y que investigadores como Herbert Spencer y otros plantearon visiones evolucionistas sociales (Harris, 1979, p. 93), la publicación de Ancient Society en 1877 por Morgan estableció un corpus de datos etnográficos que soportaban su conocida escala de evolución humana de salvajismo, barbarie y civilización. Investigadores que trabajaron en el Perú como George Dorsey o Max Uhle estuvieron influenciados por esta teoría. Su influencia teórica en la arqueología se percibe, sobre todo, en la manera gradual y progresista en la que se comprende el cambio social.

Por su parte, el historicismo-cultural es una teoría arqueológica que resalta las particularidades de cada “cultura” (Trigger, 2006, p. 232). Su lógica histórica supone que los cambios sociales se dan por factores externos al “organismo social”, en este caso la cultura. Aunque el concepto de cultura se desarrolló en Europa Central a finales del siglo XIX, esta teoría fue desarrollada, principalmente, en Europa Occidental y los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Su principal representante en este último país fue el antropólogo Franz Boas (Trigger 2006:279). Esta propuesta encontró entre sus máximos exponentes en el Perú a Alfred Kroeber y a Julio C. Tello. Sin embargo, pese a su antigüedad, muchos de los elementos ontológicos y epistemológicos sobreviven hasta la actualidad (Dillehay, 2008, p. 168, 170).

Otras de las teorías relevantes para la arqueología es el marxismo (Urban y Schortman, 2019; Bentley y Maschner, 2009). En la práctica arqueológica, esta teoría se fundamenta principalmente en los textos que explican la historia de las sociedades generados por Karl Marx, Frederic Engels y sus seguidores. Esta teoría utiliza varias de las ideas y conceptos surgidos en el marxismo, en especial su perspectiva materialista y dialéctica del mundo y la sociedad. Uno de sus principales practicantes en Europa fue Gordon Childe (Trigger, 2006, p. 344). En los Estados Unidos también se desarrolló esta tendencia teórica y existen arqueólogos como Randall McGuire o Thomas Patterson quienes hicieron explícita su perspectiva teórica marxista en la arqueología. En el Perú, sus máximos exponentes en la arqueología fueron Emilio Choy (1979) y Luis G. Lumbreras (1974). Incluso, Lumbreras junto con otros colegas latinoamericanos fundaron la denominada Arqueología Social Latinoamericana, la cual tuvo cierta influencia en la arqueología peruana (Dillehay, 2008, p. 167). Sin embargo, la arqueología marxista en el Perú retuvo elementos evolucionistas, histórico-culturales y, a la vez, asimiló aportes del procesualismo.

Por otra parte, el procesualismo es una renovación teórica del evolucionismo social al cual se le dotó de una epistemología cientificista, se le añadieron visiones economicistas de la sociedad y se le incorporó importantes innovaciones metodológicas (Trigger, 2006; Johnson, 1999). Surgido del neoevolucionismo de la década de 1960 desarrollado por antropólogos norteamericanos como Leslie White y Julian Steward, el procesualismo tuvo entre sus principales líderes en la arqueología a Lewis Binford, Kent Flannery y David Clarke. En el Perú, el procesualismo se incorporó tempranamente a finales de la década de 1970 gracias a investigadores como Timothy Earle, Kent Flannery y Joyce Marcus, entre otros (Burger, 1989, p. 43). Para finales de la década de 1990, Michelle Hegmon (2003, p. 214) encontró dentro del procesualismo norteamericano tres perspectivas explícitas: i) ecología evolutiva, ii) arqueología conductual y iii) arqueología darwinista, también llamada arqueología evolutiva.

Sin embargo, a inicios de la década de 1980, el procesualismo ya había recibido críticas importantes por parte del posprocesualismo (Hodder, 1986) y, en algunos casos, dichas críticas fueron tomadas en cuenta y se asumieron nuevos elementos antes no considerados que sofisticaron el procesualismo clásico (García, 2012, p. 98). Así, en la arqueología procesualista comenzaron a aparecer elementos de la teoría de la agencia (Giddens, 1979; Bourdieu, 1977), estudios de cultura material (Miller y Tilley, 1996; Miller, 1986), neomarxismo (Bourdieu 1977; Foucault, 1977; Althusser, 1971), poscolonialismo (Spivak, 1999; Bhabha, 1994; Said, 1978), género (Butler, 1993; Moore, 1988; Leacock 1981), y simbolismo y ritual (Rappaport, 1999; Turner, 1969) que enriquecieron esta tendencia. Incluso, para inicios del siglo XXI se llegó a establecer la existencia de un “procesualismo plus” (Hegmon, 2003) y, más recientemente, de un “neoprocesualismo” (García, 2012). En el Perú, dado el impacto que la arqueología procesualista ha tenido en las investigaciones, hemos observado como en las últimas décadas también ha ido sofisticándose, diversificándose e incorporando perspectivas humanistas. Como en el caso de otras perspectivas teóricas, pese a plantearse como un cambio paradigmático, muchos elementos del historicismo cultural perviven en sus explicaciones sociales.

Como hemos señalado arriba, en la década de 1980 surgió el denominado posprocesualismo que tuvo entre sus principales influencias a la filosofía posmoderna, el postestructuralismo, la teoría crítica y el marxismo estructuralista. El posprocesualismo surgió como una perspectiva crítica principalmente a la arqueología procesualista y su cientificismo. Sus principales impulsores fueron los británicos Ian Hodder, Michael Shanks, Christopher Tilley y Julian Thomas. En realidad, a diferencia de las teorías arqueológicas previas, en el posprocesualismo coexisten una diversidad de enfoques teóricos. En el Perú, la arqueología posprocesual no tuvo un impacto importante y lo que más bien se puede percibir es que algunos investigadores tomaron elementos de esta aproximación arqueológica y los incorporaron en sus propias posiciones teóricas. Incluimos aquí a las nuevas propuestas teóricas influenciadas por la filosofía fenomenológica (Heidegger, 1973; Merleau-Ponty, 1962), la antropología simétrica (Latour, 1993), los nuevos materialismos (Gell, 1998; Miller, 1987) y el perspectivismo amerindio (Viveiros de Castro, 2010; Descola, 2005). Como veremos, en el Perú esta perspectiva teórica, aunque tardíamente, ha empezado a ser deslizada muy recientemente en algunas investigaciones arqueológicas.

Como hemos observado, no obstante tales demarcaciones teóricas, hacemos hincapié en que más que teorías, “tradiciones” o “escuelas” arqueológicas monolíticas usadas por los investigadores, más bien lo que existen son una serie de “posiciones teóricas”, como ya ha planteado previamente Manuel Gándara (1993).[2] Como se verá, en general los arqueólogos y arqueólogas que investigan en el Perú como los de otros países, desarrollan posiciones teóricas, a veces explícitamente —aunque, por lo general, implícitamente— y que se pueden alejar o acercar de las teorías arqueológicas principales (por ejemplo: el evolucionismo, el historicismo cultural, el marxismo o el procesualismo mencionados). En este punto, vale la pena señalar que lo que hace este artículo es tratar de rastrear que teorías arqueológicas generales o posiciones teóricas fueron las que inspiraron y marcaron más profundamente a los investigadores en ciertos momentos. Como señala nuevamente Gándara (1993, p. 11): “[…] no hay, normalmente, ejemplos ‘puros’ de una posición [teórica]. Esto significa que, salvo quizá por los originadores y campeones de una position teórica, la mayoría de sus seguidores suelen incorporar, con un eclecticismo a veces no detectado o asumido, elementos de otras posiciones”.

En general, lo que podemos reconocer en un rápido análisis de las posiciones teóricas al uso en los Andes centrales es que existe una predominancia en aplicar elementos de una o varias teorías a la hora de hacer un trabajo de investigación. Por tanto, en este panorama identificamos los componentes teóricos más evidentes utilizados o hechos explícitos por los investigadores en una publicación concreta con respecto a un tema de investigación específico. Así, lo que se observa es que, a pesar que en términos cronológicos algunas de dichas teorías deberían haber sido superadas, refutadas o cambiadas por otras más novedosas (un cambio de paradigma, sensu Kuhn), muchos autores aun incluyen dentro de sus explicaciones arqueológicas algunos elementos de teorías precedentes.

Sin embargo, antes de ver los temas desarrollados en la arqueología peruana que nos interesan y sus implicaciones teóricas, vale la pena contextualizar históricamente como se ha dado el desarrollo de la arqueología peruana en los últimos veinte años. Creemos necesario esto porque comprendemos que los arqueólogos y las arqueólogas habitamos en un mundo en el que las situaciones históricas y las ideologías contemporáneas condicionan nuestro trabajo arqueológico.

El desarrollo de la arqueología peruana en las últimas dos décadas

El cambio de siglo trajo al Perú una nueva época de mayor democracia y florecimiento económico. La caída del gobierno de Alberto Fujimori en noviembre de 2000 y la asunción de Valentín Paniagua como presidente transitorio marcó un nuevo tiempo en el cual se democratizaron las formas de pensamiento, especialmente político, y se consolidó una mejor situación macroeconómica sobre la base de las políticas económicas neoliberales establecidas e impulsadas en la década de 1990. En realidad, el Perú se había alineado con los poderes económicos globales y, especialmente, con las políticas económicas de los Estados Unidos y los países europeos occidentales (Klein, 2007).

En este nuevo ambiente político y económico, una serie de reformas en la educación superior generaron la posibilidad de un incremento en el número de arqueólogos y arqueólogas peruanos. Sin embargo, también supuso el incremento de su orientación hacia un pensamiento más conservador con relación a posiciones más críticas como las que se observaron en universidad nacionales como San Marcos en la década de los 1980 e inicios de la década de 1990 (Bonavia y Matos, 1992). En realidad, la década de 1990 observó el desmantelamiento de la intelligentsia (sensu Gramsci) progresista en las universidades públicas, así como la potenciación de visiones más conservadoras. A su vez, en el Perú se dio el ingreso de una gran cantidad de investigadores norteamericanos y de otras nacionalidades que establecieron las escuelas teóricas principalmente vinculadas con las versiones más avanzadas del procesualismo norteamericano. Como ejemplo de la importancia de dicha tendencia teórica en la arqueología peruana, solo basta revisar el contenido de los diferentes números publicados por el Boletín de Arqueología PUCP en las últimas décadas.

Como parte de este proceso de neoliberalización de la profesionalización de la arqueología, la aparición de la denominada “arqueología de contrato”, sin duda, generó un nuevo fenómeno profesional y metodológico dentro de la disciplina. Ahora muchos arqueólogos y arqueólogas, sobre todo de las nuevas generaciones, podían dedicarse a trabajar y obtener una buena remuneración sin necesidad de formarse en la investigación arqueológica y, más bien, prestando servicios técnicos para resolver problemas vinculados con la gestión del patrimonio cultural.

Asimismo, el crecimiento de la burocracia estatal relacionada con el patrimonio cultural y, finalmente, la posibilidad de contar con un Ministerio de Cultura generó un espacio para la inclusión de profesionales en arqueología en la estructura estatal. Nunca tantos arqueólogos y arqueólogas peruanos habían trabajado en agencias del Estado que se dedicaban a la gestión y protección del patrimonio cultural en el Perú. Visto desde la perspectiva de que la investigación arqueológica pura es mínimamente financiada por las entidades estatales peruanas y que tenemos cerca de 1900 arqueólogos y arqueólogas colegiados en el país, estamos realmente ante un cambio sustancial en la forma en la que se hace la arqueología, sobre todo si la comparamos con la del siglo pasado.

Finalmente, otro pequeño grupo de arqueólogos y arqueólogas pudo afiliarse a instituciones de investigación principalmente de universidades extranjeras para poder desarrollar su carrera en la arqueología. Como consecuencia de ello, muchos jóvenes arqueólogos y arqueólogas han podido acceder a estudios de posgrado y han posibilitado su formación dentro de escuelas teóricas de otros lugares del mundo y su posterior aplicación en sus investigaciones en su país de origen. La creciente participación de arqueólogos y arqueólogas peruanos en reuniones académicas de la especialidad en los Estados Unidos y Europa es un buen pulso de la inclusión de investigadores peruanos en el “sistema-mundo” arqueológico, tomando prestado el concepto desarrollado por Inmanuelle Wallerstein.

Como veremos a continuación, arqueólogos y arqueólogas peruanos y extranjeros han concentrado sus esfuerzos en explorar y explicar los fenómenos sociales prehispánicos tomando en cuenta dichas posibilidades para la investigación y, sobre todo, la atracción inherente a ciertos problemas de investigación arqueológica.

Un panorama de las teorías arqueológicas en el Perú contemporáneo

En este artículo se realiza un esbozo de la teoría arqueológica generada y aplicada en la arqueología peruana en las últimas dos décadas. Para ello, se utilizan los recientes trabajos de arqueólogos y arqueólogas peruanos y extranjeros en las principales áreas geográficas donde estos se ha desarrollado con mayor intensidad. Como veremos a continuación, el desarrollo y aplicación de teorías arqueológicas se presenta desigual para el territorio peruano. Así, debido al importante trabajo arqueológico realizados desde finales de la década de 1980, la costa norte del Perú (departamentos de La Libertad y Lambayeque) es, de lejos, el área más beneficiada con el desarrollo y aplicación de importantes contribuciones teóricas.

Adicionalmente, dado el evidente centralismo del Estado peruano, será en Lima donde se generen importantes aproximaciones teóricas en la arqueología peruana. Al existir tres universidades con escuelas de Arqueología, disponer de un importante número de arqueólogas y arqueólogos profesionales y estudiantes de pregrado y posgrado, encontrarse las principales agencias del

Estado relacionadas con el patrimonio cultural que también generan explica ciones y trabajos arqueológicos, al ser el lugar donde se realizan las principales reuniones académicas y conferencias, y localizar otro importante número de instituciones privadas de investigación vinculadas con la arqueología, esta ciudad ha aportado considerablemente a la incorporación de la teoría en la práctica arqueológica.

Aunque con menor desarrollo en cuanto a la incorporación de arqueólogos y arqueólogas con publicaciones con desarrollo teórico, áreas geográficas como la costa sur también han contribuido en este despliegue, especialmente, en los departamentos de Ica y Moquegua (Dulanto y Bachir Bacha, 2017; Tantaleán y Stanish, 2017; Sakai et al., 2014; Bachir Bacha y Dulanto, 2013; Korpisaari y Chacama, 2012; Reindel y Wagner, 2009; Ziółkowski et al., 2009; Owen y Goldstein, 2001). Por su parte, la sierra sur, teniendo a Cusco como principal ciudad y antigua capital de los incas, ha desarrollado tímidamente algunas explicaciones arqueológicas a pesar de la gran concentración de yacimientos arqueológicos. Otro espacio de importancia para las aplicaciones teóricas se encuentra en Ayacucho y la causa es que muy cercana a la ciudad de Huamanga, capital del departamento y donde existe una importante escuela de Arqueología en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, floreció la ciudad prehispánica de Huari, capital del Imperio wari. En el caso de Arequipa, al haber desaparecido en 1999 la escuela de Arqueología de la Universidad Católica de Santa María, se perdió una importante tradición de investigadores locales. Afortunadamente arqueólogos y arqueólogas de las misiones polacas en el Perú (Wołoszyn et al., 2019; Ziółkowski et al., 2009) y otros investigadores como el equipo liderado por Justin Jennings y Willy Yépez (2012) han llenado ese vacío del trabajo arqueológico en la zona.

Por su parte, la sierra norte, principalmente en el departamento de Cajamarca, ha quedado postergada debido a una falta de interés de los arqueólogos y arqueólogas nacionales, a pesar de que en las últimas décadas existen trabajos importantes como los de la misión japonesa enfocados en el periodo Formativo (Kaulicke y Onuki, 2009, 2008; Onuki e Inokuchi, 2011). No obstante, es necesario reconocer otras contribuciones para periodos prehispánicos posteriores (Toohey, 2011). Asimismo, los sitios de la sierra de La Libertad, concretamente los relacionados con la formación social Huamachuco, recibieron el interés de arqueólogos y arqueólogas norteamericanos (por ejemplo: John y Theresa Topic, 2000). No es posible dejar de mencionar aquí a los trabajos en el sitio de Chavín de Huántar, enclavado en el callejón de Conchucos, en el departamento de Áncash, donde una tradición de arqueólogos y arqueólogas, siguiendo la estela del mismo Tello, ha desarrollado una investigación arqueológica importante y sobre la que comentaremos sus aportes teóricos más adelante. En esa misma área, vale la pena mencionar los trabajos de George Lau (2012) enfocados en la sociedad Recuay, los cuales han generado aproximaciones teóricas innovadoras en la arqueología peruana.

Por su parte, en la sierra central se ha observado un exiguo desarrollo en la explicitación de la teoría arqueológica aplicada a las investigaciones. Todo ello, a pesar de que lugares como el valle del Mantaro fueron un “laboratorio” de investigación arqueológica en la década de 1970 y 1980 para el desarrollo de trabajos pioneros como el Upper Mantaro Archaeological Research Project (UMARP), fuertemente influenciados por el paradigma procesualista. En la actualidad, salvo algunas investigaciones esporádicas de arqueólogos y arqueólogas peruanos, no existe mayor contribución de trabajos con algún tipo de propuesta teórica más allá de la descripción de los restos arqueológicos.

El altiplano de la cuenca del Titicaca y que, para el territorio peruano, se refiere al departamento de Puno, también ha sido objeto de contados esfuerzos en el desarrollo teórico dentro de la investigación arqueológica. Allí se puede establecer que principalmente la posición teórica más importante desarrollada en la investigación arqueológica es la procesualista, pero que ha sido sofisticada con aportes de otras perspectivas teóricas contemporáneas (Aldenderfer, 2012; Klarich, 2005; Stanish, 2003).

Finalmente, observamos un escaso desarrollo teórico en los estudios arqueológicos de la Amazonia peruana. Salvo algunos trabajos importantes realizados en la ceja de selva, específicamente en el departamento de Amazonas (Church y Guengerich, 2017; Ruiz Estrada, 2010; Schjellerup, 2009; Kauffmann y Ligabue, 2003), no existen proyectos de investigación arqueológica en gran parte de la selva baja. Una de las posibles causas de la poca relevancia que se le concede a esta área geográfica peruana tendría que ver no solamente con la baja visibilidad de los sitios arqueológicos, sino también con una perspectiva instalada en la investigación peruana sobre la necesidad de realizar hallazgos extraordinarios vinculados con la riqueza y monumentalidad de las sociedades del pasado, cuestión que desalienta a muchos investigadores donde las condiciones de vida, traslado, estadía y trabajo son difíciles y la recompensa en términos de prestigio es menor. Aun así, recientes trabajos arqueológicos de “arqueología de contrato”, impulsados por las actividades de extracción petrolera y minera, han posibilitado la presencia de arqueólogos y arqueólogas. Sin embargo, la literatura disponible en la ac tualidad es mínima y carece de una fuerte orientación hacia alguna teoría arqueológica reconocible. Sobre todo, se trata de trabajos de índole descriptiva.

Así, para no abundar en lo que terminaría siendo una historia de la investigación arqueológica en el Perú contemporáneo y su relación con las teorías arqueológicas presentes, en este articulo hemos propuesto una serie de temas de investigación y proyectos arqueológicos que combinan importantes sitios arqueológicos y/o zonas arqueológicas y los temas vinculados a la explicación de su existencia y desarrollo social. De esta manera, esperamos lograr un panorama de la teoría arqueológica en el Perú.

Tomando en cuenta lo anterior y siendo conscientes de la manera desigual en que se ha incorporado la teoría arqueológica por los investigadores en el territorio peruano en las dos últimas décadas, en este artículo nos enfocaremos de manera cronológica en los siguientes temas y sus implicancias teóricas:

El Norte Chico y el periodo Arcaico Tardío

Chavín de Huántar y el Horizonte Temprano

–   La costa norte y la sociedad moche – Huari y el fenómeno imperial andino – Cusco y los estudios incaicos.

Como mencionamos previamente, en este artículo áreas geográficas como la costa sur, el altiplano circum-Titicaca, la sierra central, la sierra norte y sus fenómenos sociales pasados no serán abordados. A los lectores interesados, podemos remitirlos a textos que han profundizado esos temas previamente (Dulanto y Bachir-Bacha, 2017; Vega-Centeno, 2017; Bachir-Bacha y Dulanto, 2013; Flores y Tantaleán, 2013) y a recientes síntesis de la arqueología peruana (Malpass, 2016; Moore, 2014; Quilter, 2014; Silverman e Isbell, 2008). Más bien, complementaremos este articulo con otros temas que han sido motivo de interés reciente y que han implicado o implicarán el desarrollo y aplicaciones de teorías arqueológicas (etnoarqueología, arqueología colonial y/o histórica, arqueología de la muerte, arqueología del paisaje, estudios de género y/o feministas, estudios decoloniales y subalternos, nuevos materialismos, ontologías andinas y entanglement).

Para finalizar, comentaremos sobre cuáles son los temas que no se han teorizado lo suficiente o deberían comenzar a hacerse de manera más profunda (arqueología de las sociedades cazadoras-recolectoras, arqueología de la unidad doméstica, arqueología industrial, arqueología urbana, arqueología de los desaparecidos y la violencia reciente, etc.). El objetivo es que se pueda tomar en cuenta estas aproximaciones teóricas no solamente porque estén de moda o sean novedosas sino, principalmente, para llenar vacíos en la comprensión de fenómenos significativos socialmente en la arqueología peruana.

Principales áreas, fenómenos sociales y tendencias arqueológicas en la arqueología del Perú reciente
El Norte Chico y el periodo Arcaico Tardío

Dos grandes proyectos arqueológicos cambiaron la forma de ver la arqueología de los valles del denominado Norte Chico: el Proyecto Arqueológico del Norte Chico (PANC), liderado por Jonathan Haas y Winifred Creamer, y el Proyecto Caral (PEACS), dirigido por Ruth Shady. En el caso del PANC, sus directores Haas y Creamer (2006, p. 746) han hecho explícito que su perspectiva teórica es la del procesualismo, pero a la que recientemente se le han incorporado algunos elementos teóricos posprocesuales (Haas y Creamer, 2012). Sus explicaciones del fenómeno monumental generado en el Norte Chico durante el periodo Arcaico Tardío (3000-1800 a. C.) plantean que estaríamos ante el surgimiento de “sociedades complejas”, quizá en el umbral de sociedades de tipo “jefatura”, que habrían evolucionado desde sociedades más simples. Se expresa la capacidad de los líderes para organizar la economía de subsistencia con base en la agricultura.

Por su parte, Ruth Shady (2006a, 2006b) ha seguido a lo largo de sus diferentes publicaciones una aproximación histórico-cultural con algunos elementos tomados del marxismo. En su caso, la arqueóloga peruana prefiere plantear que Caral fue una suerte de “cultura matriz de la civilización andina”, recordando a las propuestas de Tello con respecto a Chavín. Sin embargo, conceptos como clases sociales y Estado, inspirados en una ontología marxista, están presentes en sus explicaciones arqueológicas (Shady et al., 2015, pp. 8-17).

Una tercera propuesta procesualista, aunque con elementos posprocesuales, se puede reconocer en las publicaciones de Rafael Vega-Centeno (2017, 2010). En su caso, el ritual encarnado principalmente en la arquitectura sería un elemento importante para el surgimiento de sociedades complejas tempranas y, especialmente, la existencia de una serie de comunidades en esta región que se encontraban en competencia. Vale decir, en los valles del Norte Chico una serie de comunidades con diferentes niveles de complejidad social coe xistieron, un escenario en el que el poder político iba fluctuando y no se llegó a constituir una verdadera integración política.

Chavín de Huántar y el Horizonte Temprano

Además del viejo debate sobre el origen y naturaleza de Chavín, que se puede remontar al mismo Julio César Tello (1943), en la actualidad existen dos grandes propuestas para la explicación de la existencia de Chavín de Huántar: la de Richard Burger y la de John Rick (Conklin y Quilter, 2008). Ambas propuestas desarrolladas por dichos investigadores norteamericanos, plantean escenarios diferentes con respecto al surgimiento y reproducción de las elites de Chavín. La propuesta de Burger, basada en sus trabajos en la década de 1970 en el sitio mismo, propone una perspectiva más cercana al establecimiento de un “ciudad-Estado” o una “jefatura compleja” en Chavín de Huántar. Su propuesta principalmente se desarrolla desde una perspectiva teórica históricocultural que está matizada con elementos procesuales y neomarxistas (Burger 2014, 2008).

Por su parte, la propuesta de John Rick (2013), procedente de una matriz teórica procesual, establece una perspectiva también neoevolucionista combinada con conceptos como “ritual”, “liderazgo”, “autoridad” y “prestigio” (Rick, 2015, 2008). Así, para Rick, los líderes religiosos de Chavín de Huántar utilizaron estrategias psicológicas y chamánicas para controlar a los grupos sociales que se relacionaban con este centro ceremonial. Su propuesta es que Chavín fue una “sociedad compleja”, una versión un poco más matizada de procesualismo. Adicionalmente, la propuesta marxista de Lumbreras (1989), a pesar de su antigüedad, sigue siendo influyente y, por ejemplo, aparece matizada en la propuesta de Rick.

Además de la investigación en el sitio mismo de Chavín de Huántar, otros investigadores, muchos de ellos estudiantes de Burger, han extendido sus investigaciones a otras zonas de los Andes centrales relacionadas con el fenómeno Chavín y el Horizonte Temprano. De esta manera, sitios como el complejo Caballo Muerto en el valle de Moche (Nesbitt, 2012), Campanayuq Rumi en Ayacucho (Matsumoto, 2010), Atalla en Huancavelica (Young, 2017) y Huayurco en la ceja de selva en Jaén (Clasby, 2014) también han sido investigados. En estas investigaciones, los autores combinan elementos teóricos del historicismo cultural, procesualismo y posprocesualismo.

La costa norte y la sociedad moche

De lejos, la región geográfica peruana con mayor cantidad de investigaciones y publicaciones es la costa norte y, en especial, las investigaciones relacionadas con la sociedad moche. Desde las propuestas histórico-culturales y evolutivas de Rafael Larco Hoyle en la primera mitad del siglo XX, la idea de un Estado moche ha permanecido en la mente de investigadores e investigadoras nacionales y extranjeros. Sin embargo, desde 1987 en adelante, una importante cantidad de investigaciones en la costa norte ha generado tal cantidad de datos arqueológicos que las viejas propuestas de Larco Hoyle han tenido que ser naturalmente cuestionadas (Castillo 2013, p. 182; Chapdelaine, 2010). En general, la arqueología de la costa norte ha experimentado un crecimiento en el número de voces de arqueólogos y arqueólogas peruanos y extranjeros que tienen algo que decir con respecto a los Moche (Castillo et al., 2008; Uceda y Mujica, 2003; Uceda y Mujica, 1994). Sin embargo, el procesualismo practicado por investigadores extranjeros parece dominar fuertemente el escenario teórico hasta la actualidad (Quilter y Castillo, 2010; Millaire y Morlion, 2009; Castillo et al., 2008; Uceda y Mujica, 2003;). Asimismo, en los últimos años han surgido propuestas explicativas inspiradas en elementos teóricos tomados del posprocesualismo (Quilter y Koons, 2012; Swenson, 2012). En paralelo, arqueólogos y arqueólogas peruanas, desde visiones fundamentadas en el historicismo cultural con algunos préstamos teóricos del procesualismo, también han tratado de explicar el mundo moche (Castillo et al., 2008; Millaire y Morlion, 2009; Uceda y Mujica, 2003). Asimismo, una fuerte inspiración de la historia del arte, especialmente sobre el estudio iconográfico, sigue estando muy presente en la arqueología moche (Castillo, 2013, p. 175).

En el caso peruano, uno de los líderes de los estudios de la sociedad moche, Santiago Uceda, quien investigó en el importante sitio de Huacas de Moche, desarrolló explicaciones basadas en el historicismo cultural combinadas con algunos elementos procesualistas, marxistas y posprocesualistas (Uceda 2018, 2010; Uceda y Rengifo. 2006). Por su parte, Luis Jaime Castillo (2010, 2003), quien ha investigado intensivamente el sitio de San José de Moro, ha utilizado marcos teóricos más relacionados con los estudios procesualistas con influencias del posprocesualismo.

Huari y el fenómeno imperial andino

La sociedad wari, uno de los Estados prehispánicos más importantes de la sierra sur del Perú, ha sido sujeto de interpretaciones teóricas desde Julio C. Tello en adelante. A pesar de ello, desde los trabajos de William Isbell en la década de 1980, o las investigaciones de grupos de arqueólogos ayacuchanos durante esa misma década, se puede apreciar que a nivel teórico se han conservado los elementos fundamentales en las propuestas de la explicación de la naturaleza y dinámica del sitio y su expansión. En la actualidad, el debate sigue manteniendo las ideas básicas surgidas en esa época como la propuesta de Isbell (2018) dentro de una matriz teórica procesual con elementos posprocesuales y la de Lumbreras (2007), principalmente marxista, aunque con herencias teóricas del historicismo-cultural.

Debido a la naturaleza expansiva y su impronta en diversas regiones de los Andes centrales como la costa y sierra del Perú, diferentes arqueólogos y arqueólogas que han investigado en dichas zonas han generado propuestas vinculadas al carácter del Estado wari (Isbell et al., 2018; Giersz y Makowski, 2013; Bergh, 2012; Castillo y Jennings, 2012; Jennings, 2011; Kaulicke e Isbell, 2001, 2000). Un rápido vistazo a esa legión de arqueólogos y arqueólogas plantea que, en general, sus perspectivas teóricas surgen principalmente de matrices teóricas procesualistas, aunque también incorporan elementos del historicismo-cultural, marxismo y posprocesualismo.

Cusco y los estudios incaicos

La sociedad inca posee una importante documentación histórica que permite generar aproximaciones teóricas más matizadas. En general, la aproximación ha sido más histórica que arqueológica desde los primeros intentos explicativos de Luis E. Valcárcel y, especialmente, los de John Rowe. En la actualidad, la producción científica sobre los incas es inmensa y se podría decir que casi todas las escuelas teóricas han estado y siguen presentes en la explicación de este fenómeno social prehispánico. Aunque vale la pena mencionar que las teorías procesualistas siguen siendo las más prominentes, especialmente por la gran cantidad de arqueólogos y arqueólogas norteamericanas que se han dedicado al estudio de esa sociedad (Kaulicke et al., 2004, 2003, 2002). Como vimos, esta es una tradición que se podría remontar a la época del desarrollo del UMARP. Adicionalmente, vale la pena mencionar que una serie de perspectivas en los estudios de los incas desde la “arqueología simétrica” u ontologías andinas también han irrumpido en los estudios incas (Bray, 2015).

Por la parte peruana, en los últimos años el programa Qhapaq Ñan ha posibilitado el conocimiento extensivo y detallado de asentamientos y caminos incas como nunca. Es notorio que, gracias a sus principales investigadores, una importante influencia procesualista norteamericana se ha deslizado en la explicación de los incas. Especialmente el uso de tecnologías avanzadas en la relevación de datos y una analítica cuantitativa, desde un cientificismo muy cercano a la revolución procesualista de la década de 1970, se puede percibir en los nuevos estudios.[3] Aun así, dada la combinación de diferentes especialistas con diferentes formaciones teóricas y metodológicas, los estudios del proyecto Qhapaq Ñan plantean un escenario teórico muy diverso.

A la vez, dicho desarrollo desplegado por parte del programa Qhapaq Ñan ha posibilitado que otros arqueólogos y arqueólogas peruanos se interesen y se mantengan en la investigación, generándose una verdadera explosión en los estudios sobre los incas. Importantes revistas como Cuadernos de Investigación del Qhapaq Ñan, Inka Llaqta o Haucaypata dan cuenta de dicho avance en las investigaciones sobre los incas y pueden ser un importante pulso de las posiciones teóricas contemporáneas. Aun con todo, la perspectiva etnohistórica sigue siendo la más importante a la hora de explicar la formación social incaica.

Otros temas teóricos recientemente desarrollados en la arqueología peruana

Además de los grandes temas y zonas geográficas en las cuales los estudios arqueológicos han impactado profundamente y han dejado una importante impronta en la literatura arqueológica, en esta sección se señalan una serie de temas que han sido estudiados recientemente en el Perú y que han incorporado propuestas teóricas novedosas y que, en los próximos años, seguramente seguirán ampliándose y profundizándose. Asimismo, en estas nuevas aproximaciones teóricas, las nuevas metodologías y tecnologías han ofrecido sustento para la comprobación de sus hipótesis y explicaciones sociales.

Etnoarqueología

La etnoarqueología como subdisciplina dentro de la arqueología fue definida como tal en la década de 1960 en los Estados Unidos, dentro de la arqueología procesualista, y tuvo como principal impulsor a Lewis Binford (Politis, 2004, p. 6; 2002, p. 73). En el caso del Perú, previamente a este desarrollo teóricometodológico existió una importante tradición de estudios etnográficos y, como ejemplo de este campo vinculado a la arqueología, podríamos señalar los trabajos de Donald Collier (1967[1959]), Warren DeBoer y Donald Lathrap (DeBoer y Lathrap 1979; DeBoer 1974) o los de Kent Flannery, Joyce Marcus y Robert Reynolds (1989). Más adelante, otros trabajos explícitamente etnoarqueológicos son los de Melissa Hagstrum (1989), Isabelle Druc (1996), Lawrence Kuznar (1995, 1990) o los de Bill Sillar (2000), entre otros (también ver Sillar y Ramón, 2016). Asimismo, la existencia de una importante corriente antropológica vinculada con los pueblos productores de cultura material en los Andes ha permitido su desarrollo (Arnold, 1993; Allen, 1988; Isbell, 1978). En la actualidad, existen algunos trabajos como los que continúa realizando Isabelle Druc (2013) o los más recientes de Gabriel Ramón (2013) que han permitido conocer más en detalle las producciones artesanales, especialmente cerámica, y poder utilizarlas como analogías para la explicación de los contextos arqueológicos del pasado.

Arqueología colonial e histórica

Desde sus inicios y durante gran parte del siglo XX, la arqueología andina ha sido principalmente prehispánica. Más allá de que la etnohistoria ha socorrido a los arqueólogos y arqueólogas para la explicación de fenómenos prehispánicos y que existieron algunos estudios pioneros sobre las épocas históricas (Cárdenas, 1973, 1971, 1970; Rice y Smith, 1989), recién en estos últimos años se han generado un grupo importante de investigadores enfocados en las épocas históricas. En ese sentido, la época colonial temprana ha sido beneficiada por una serie de estudios arqueológicos (Traslaviña et al., 2016a, 2016b; Quilter, et al., 2010; Rice, 2014, 2012; Wernke, 2013; Bauer y Coello, 2007). En algunos de estos estudios, se puede apreciar que las perspectivas teóricas se vinculan a un procesualismo sofisticado que incluye muchos elementos posprocesuales (por ejemplo: VanValkenburgh, 2016; Wernke, 2016). Pero, sobre todo, se puede observar una importante incorporación de teorías sociales arqueológicas (principalmente posprocesuales), antropológicas, sociológicas e históricas contemporáneas (por ejemplo: Chase 2016; Murphy y Boza 2016). No obstante este avance en los estudios de época históricas tempranas, aún quedan por desarrollar más investigaciones arqueológicas enfocadas en contextos arqueológicos del siglo XIX y XX e, incluso, en tiempos contemporáneos (González-Ruibal, 2019).

Arqueología de la muerte

A pesar que existe una tradición de estudios bien desarrollada de estudios sobre contextos funerarios en los Andes centrales (Dillehay, 1995), recién en las últimas décadas ha surgido una serie de nuevos enfoques teóricos explícitos con relación al estudio de la muerte. Así, se han dado investigaciones que mediante metodologías novedosas ahora pueden plantear escenarios muchos más complejos que los de décadas atrás. De este modo, además de un desarrollo especializado en la bioantropología, la revolución del ADN y de los análisis de isotopos estables han permitido explicar fenómenos sociales sobre la base de contextos funerarios de manera mucho más precisa y detallada. Estudios novedosos de bioantropología como los de John Verano (2016) o Tiffiny Tung (2012), entre otros, permiten comprender fenómenos relacionados con los contextos funerarios y restos de sacrificios humanos. Así también, los estudios de ADN, en especial del mitocondrial, han permitido entender las dinámicas poblacionales, la movilidad de los grupos sociales en el territorio, las descendencias y las relaciones sociales dentro y afuera de las comunidades prehispánicas (Fehren-Schmitz et al., 2011; Lewis et al., 2007; Shimada et al., 2004;). Asimismo, importantes estudios incorporando análisis de isotopos de estroncio y oxígeno han permitido comprender los orígenes y los desplazamientos de individuos en el paisaje prehispánico andino (Knudson et al., 2009; Knudson et al., 2004).

Más allá de dichos avances metodológicos, en muchos de los casos, la perspectiva teórica dominante en la arqueología de la muerte en el Perú es la procesualista, aunque muchas veces incluyendo elementos posprocesualistas (Klaus y Toyne, 2016: Eeckhout y Owens, 2015a [p. 7], 2015b; Shimada y Fitzsimmons, 2015). Adicionalmente, en los últimos años algunas propuestas explicativas inspiradas, primordialmente en el posprocesualismo y en el “giro ontológico” en arqueología, han comenzado a aparecer en los estudios relacionados con la muerte (Muro et al., 2019; Spence-Morrow y Swenson, 2019).

Arqueología del paisaje

La arqueología del paisaje es un tema de estudio que ha tenido un importante desarrollo en los Estados Unidos, Inglaterra y para el mundo iberoamericano, especialmente en España (David y Thomas, 2008; Ashmore y Knapp, 1999; Criado-Boado 1999). En el Perú, uno de los primeros artículos desarrollando explícitamente esta perspectiva fue el de Peter Kaulicke y asociados (2003). Más adelante, una serie de esfuerzos han sido realizados para incorporar el paisaje dentro de la explicación de los fenómenos sociales andinos (Lane y Herrera 2005; Herrera 2003). La perspectiva fenomenológica, principalmente la desarrollada en arqueología por Christopher Tilley (1994), también se incorporó al estudio de los paisajes y espacios sociales andinos (Nair, 2015; Isbell y Vranich, 2004). Recientemente, un volumen editado en el Perú por Luis Flores Blanco (2018) reúne una importante cantidad de capítulos relacionados con esa temática. Sin embargo, podemos ver en esa misma publicación que, para el caso peruano, varias perspectivas teóricas cohabitan en dicha aproximación al estudio del paisaje y, muchas veces, cada una de ellas tiende a ser teóricamente ecléctica (por ejemplo: Farfán, 2018; Flores, 2018; Herrera, 2018).

Arqueología de género y/o feminista

En parte como respuesta a una situación de androcentrismo en la sociedad y academia arqueológica peruana, un grupo de investigadoras ha comenzado a exigir su visibilidad e inclusión dentro de las explicaciones del pasado. Aunque ya Irene Silverblatt (1987) y Joan Gero (1999, 1992) expresaban su influencia de las teorías feministas, solo será en los últimos años cuando estudios explícitamente feministas o de género se han incorporado a la literatura arqueológica peruana (Artzi, 2019; Chacaltana, 2019; Santana, 2019; Tavera, 2019). Debido a que la arqueología feminista y de género tiene un importante desarrollo no solamente en los Estados Unidos sino especialmente en Europa, las maneras en que este enfoque se están desarrollando en el Perú todavía no permiten establecer cuáles son sus orientaciones teóricas específicas. En este punto, las aproximaciones señaladas parecen poseer una influencia muy importante de la arqueología feminista norteamericana de la década de 1970 en adelante (Conkey y Spector, 1984), pero también con elementos teóricos tomados de las arqueologías posprocesuales y marxistas.

Arqueologías decoloniales y subalternas

En gran medida, gracias a las reuniones de Teoría Arqueológica de América del Sur (TAAS) y sus consecuentes publicaciones, la arqueología sudamericana ha incorporado una serie de desarrollos relacionados con la teoría decolonial, inspirada por intelectuales como Enrique Dussel, Walter Mignolo o Aníbal Quijano (Verdesio, 2014). Como vimos, a pesar de que el Perú es uno de los que menos arqueólogos y arqueólogas aporta a dichas reuniones, su exposición a dichas perspectivas teóricas ha impactado en sus ideas. En el presente, los estudios sobre otras narrativas, la deconstrucción de los discursos oficiales y la arqueología de los grupos subalternos está formando una importante manera de ver las explicaciones arqueológicas e históricas en el Perú.

Nuevos materialismos y entanglement

Como señalamos, en la década de 1990 y, especialmente, a comienzos del siglo XX, se dio un importante desarrollo en los estudios de cultura material (Miller, 2005; Miller y Tilley, 1996). Asimismo, gracias a la inspiración de Bruno Latour se desarrolló una “arqueología simétrica” en Europa y los Estados Unidos (González-Ruibal, 2007; Olsen, 2007; Shanks, 2007; Witmore, 2007). En el Perú, esta influencia se dio tardíamente y de manera específica en algunos arqueólogos y arqueólogas expuestos a esos debates, especialmente en los Estados Unidos e Inglaterra. De entre esos avances más recientes, algunos arqueólogos y arqueólogas peruanos, que justamente estudiaron en la Universidad de Stanford con Ian Hodder, han desarrollado una perspectiva relacionada con su propuesta de entanglement (Hodder, 2012) y la han aplicado a casos arqueológicos andinos (Fernandini, 2018, 2016). De hecho, Hodder visitó al Perú hace unos años y explicó su, entonces, nueva perspectiva en Lima. Sin embargo, su influencia parece haber sido mínima en una ecología arqueológica dominada por los estudios histórico-culturales y procesualistas.

Perspectivismo amerindio y ontologías andinas

Finalmente, con el “giro ontológico” en la antropología y arqueología (Alberti 2016; Viveiros de Castro 2010; Descola, 2005; Kohn, 2015) muchos arqueólogos y arqueólogas, especialmente norteamericanos y ahora peruanos, han comenzado a explorar las ontologías andinas como forma de aproximarse a las sociedades del pasado (Lozada y Tantaleán, 2019; Fernandini y Muro, 2018; Bray, 2015; Weismantel, 2015, 2013; Lau, 2012; Sillar, 2009). En el medio académico peruano esto ha sido impulsado también porque existen grupos de estudios filosóficos como Chaupi Atoq que han analizado sistemáticamente el Manuscrito de Huarochirí (Depaz, 2015), una importante obra de principios del siglo XVII que permitiría acceder a la cosmovisión indígena y prehispánica. Desde la misma arqueología peruana, varios investigadores han utilizado dicho manuscrito para comprender las percepciones andinas del paisaje y la materialidad (Chase, 2016; Bray, 2015).

Temas por desarrollar en la arqueología peruana

Para finalizar este artículo, en esta sección señalamos un conjunto de temas que han sido escasamente explorados y que pensamos deberían ser desarrollados e integrados a la arqueología peruana como parte de su práctica y de su debate teórico contemporáneo.

Arqueología de las sociedades cazadoras-recolectoras

Los Andes peruanos han tenido una importante contribución con respecto al conocimiento del poblamiento temprano y de las sociedades cazadores recolectoras o del periodo precerámico. Estudios como los de Frederic Engel, Thomas Lynch, Richard McNeish, Augusto Cardich o James Richardson III fueron pioneros y consistentes durante la segunda mitad del siglo XX (Ortiz, 2017). Sin embargo, a comienzos del siglo XXI se pueden contar con los dedos de la mano a los especialistas interesados en la investigación de este extenso periodo. Si bien Duccio Bonavia formó un grupo de estudiante peruanos, este no parece haber llegado a consolidarse. Lo mismo se puede aplicar a la escuela francesa liderada en el Perú por Danielle Lavallée y Claude Chauchat. Por otra parte, arqueólogos como Daniel Sandweiss, Mark Aldenderfer, Tom Dillehay, Kurt Rademaker, entre otros, han generado y conducido sus propios proyectos de investigación sobre el tema, especialmente influenciados por la teoría procesualista. A estos recientes estudios se les puede añadir los últimos de Danièle Lavallée y Michèle J ulien (2012). Pese a los avances llevados por colegas extranjeros, pocos arqueólogos y arqueólogas peruanas han desarrollado sus propios proyectos de investigación y, menos aún, han desarrollado una propuesta propia influenciada por otras teorías al uso. Excepciones son los trabajos de Elmo León (2007) y Juan Yataco (2013), con publicaciones enfocadas en análisis de colecciones, o los de Luis Salcedo (2019), con datos arqueológicos procedentes principalmente de trabajos de “arqueología de contrato”. Pero, en general, las aproximaciones empiricistas, descriptivas y/o funcionalistas son las que siguen predominando en los escasos estudios sobre esta temática (Ortiz, 2017; Kaulicke y Dillehay, 2011).

Arqueología de la unidad doméstica

Desde finales de la década de 1980 se dio un impulso a la “arqueología de la unidad doméstica” en el Perú (Aldenderfer, 1993; Stanish, 1989; Bawden, 1982). Sin embargo, pocos estudios se han enfocado específicamente en este tipo de contextos arqueológicos (Nash, 2009). Debido a que existe una fuerte tendencia a estudiar contextos de elites, las unidades domésticas han sido marginadas en las reconstrucciones de las sociedades prehispánicas. Su potencial es importante para reconocer a los grupos productores y/o dominados de las sociedades prehispánicas.

Arqueología industrial y arqueología urbana

Como señalábamos, a pesar de que hay un desarrollo muy reciente de la arqueología histórica, aún quedan por trabajar en las arqueologías de nuestra contemporaneidad. A pesar de que muchos de esos estudios ya se han venido desarrollando en Chile, Argentina y Brasil, en el Perú aún no existe una significativa cantidad de arqueólogos y arqueólogas interesados en los periodos históricos recientes. Se torna de inmediata necesidad debido a que los estudios históricos, con todas las virtudes que puedan tener, no se enfocan directamente en la cultura material o los cuerpos de los sujetos de dichas sociedades.

Arqueología de los desaparecidos y la violencia reciente

Finalmente, un grupo de investigadores formados en arqueología forense han generado un pequeño colectivo interesado en la violencia durante el conflicto de las décadas de 1980 y 1990 (Estrada y Mayta, 2020; Baraybar y Mora, 2014). En ese sentido, esta investigación persigue la recuperación de la memoria histórica, en especial el reconocimiento de la violencia cometida por los grupos subversivos y del Estado peruano cuando se vio involucrado. Aunque un conjunto de dichos investigadores estuvo influenciado originalmente por la arqueología social impulsada por Luis G. Lumbreras, en la actualidad siguen procedimientos estándares de la antropología y arqueología forense y están más orientados hacia la búsqueda de justicia social, especialmente de la reivindicación las víctimas que padecieron violencia en los tiempos del conflicto interno (Baraybar y Mora, 2016, p. 468; Bolaños, 2016).

Comentarios finales

En las últimas dos décadas se ha dado un notable crecimiento en el número de investigaciones arqueológicas en el Perú. Asimismo, existe una importante cantidad de arqueólogos y arqueólogas peruanos formados en estudios de pregrado en el país y otros tantos con estudios de posgrado en el extranjero. De dicha masa crítica de estudiosos del pasado y la larga herencia de teorías arqueológicas que han convergido en los Andes, en la actualidad tenemos un importante conjunto de posicionamientos teóricos que son aplicados a la explicación de la prehistoria e historia de los Andes.

Sin embargo, también se puede apreciar que, en general, las investigaciones realizadas por arqueólogos y arqueólogas peruanos resultan en la generación y descripción de datos bajo perspectivas empiricistas e histórico-culturales. En realidad, se puede notar que muchas veces la teoría arqueológica es una cuestión que no reviste mayor relevancia para los investigadores nacionales. En el mejor de los casos, debido a su exposición directa o indirecta a investigadores extranjeros, algunos arqueólogos y arqueólogas peruanos han incorporado ciertos elementos de las teorías que utilizan sus colegas de otras partes del mundo.

Como en muchas partes de Latinoamérica, la perspectiva teórica más desarrollada y consistente en la arqueología peruana es la que se relaciona con las propuestas de los proyectos arqueológicos norteamericanos. Esto sucede principalmente porque dichos proyectos poseen importantes financiamientos que les permiten prolongar su permanencia y contactos con colegas peruanos. Incluso, gracias a esta dinámica y los apoyos de sus instituciones de origen, algunos de sus colegas peruanos pueden incorporarse directa o indirectamente a la academia norteamericana, principalmente de influencia procesualista. Sin embargo, en las últimas dos décadas también se aprecia el crecimiento en el número de arqueólogos y arqueólogas extranjeros con perspectivas teóricas críticas y posprocesuales.

Asimismo, aunque en los Andes centrales se desarrolló una arqueología social inspirada en el marxismo (Lumbreras 1974), en la actualidad pocos arqueólogos se adscriben a dicha perspectiva teórica. Incluso en ese reducido grupo de investigadores, un número reducido participa en verdaderos programas arqueológicos que desarrollan dicha perspectiva teórica de manera consistente. Una excepción serían los proyectos arqueológicos en el Perú liderados por investigadores procedentes de la Universidad Autónoma de Barcelona (Castro-Martínez et al., 2016; De la Torre, 2012). No obstante, la influencia de estos grupos de investigación en los arqueólogos peruanos aún es poco visible. Lo que sí es evidente es que la formación que han tenido ciertos investigadores que fueron influenciados por la arqueología social, especialmente la peruana, les ha permitido incorporarse en otros grupos de investigación en los cuales han aportado con la generación de nuevos datos o en la propuesta de prácticas novedosas relacionadas con la gestión del patrimonio cultural o la arqueología forense.

Por otra parte, aunque el posprocesualismo y los estudios de cultura material fueron trascendentales para la crítica y el giro hacia visiones más radicales de los restos materiales y las sociedades que los crearon, en el Perú dicho debate llegó tardíamente y no influyó en los investigadores nacionales en su momento de mayor desarrollo. Para cuando finalmente esta perspectiva teórica ingresó al Perú, los principales actores de dicha propuesta posprocesual ya habían retornado a teorías más científicas o habían sofisticado sus narrativas. Una hipótesis es que esto se debió a que, en su momento, los investigadores extranjeros que trabajaban en el Perú fueron ajenos/esquivos a las críticas posprocesuales de la década de 1980 y 1990. A la vez, la falta de exposición de los arqueólogos y arqueólogas peruanos a los debates arqueológicos del mundo anglosajón los privó de la posibilidad de incorporarse en tal debate. Todo ello estuvo agravado porque la literatura en la que se ventilaban dichas discusiones académicas apareció en lengua inglesa y no fue accesible en el Perú.

Como hemos visto en este artículo, en la actualidad el panorama teórico arqueológico peruano se encuentra densamente poblado por perspectivas teóricas ya clásicas como el historicismo-cultural, el marxismo, el procesualismo, pero también con un incremento importante en el uso de elementos teóricos surgidos a partir del posprocesualismo. Como es de esperar, la teoría arqueológica en el Perú seguirá siendo utilizada e incorporada en las diferentes y diversas investigaciones arqueológicas. Aunque la presencia de la teoría arqueológica muchas veces es invisibilizada o infravalorada, supone un elemento fundamental y significativo para comprender profundamente los fenómenos sociales del pasado en esta parte del mundo.

Arqueología Peruana

La arqueología peruana es un estudio de las culturas antiguas del Perú, que es importante para comprender la historia del país y su herencia prehispánica. El primer período importante en la cronología arqueológica del Perú es el período «pre-cerámico«, que se divide en dos períodos: «pre-cerámico temprano» (12.000 a 5.000 A.C.) y «pre-cerámico». Durante el período «pre-cerámico temprano», los asentamientos humanos eran nómadas que vivían en cuevas y se dedicaban a la caza y la recolección. Decoraban las cuevas con pinturas rupestres.

Julio César Tello (1880-1947), un médico y antropólogo peruano, es considerado el «padre de la arqueología peruana». Sus estudios sobre las culturas prehispánicas fueron rigurosos y utilizaron métodos adecuados, y convenció a otros de que era la única manera de comprender el Perú actual. 

  
¿Qué arqueólogos destacados hay en la historia del Perú?

 

Algunos de los sitios arqueológicos más importantes del Perú:
Caral: Un viaje al corazón de la civilización más antigua de América

Caral, ubicada en la provincia de Barranca, al norte de Lima, no es solo una ciudad, es un portal hacia el pasado, un viaje a los inicios de las civilizaciones americanas. Con más de 5000 años de historia, se erige como la cuna de la cultura andina, un testimonio de la ingeniosa arquitectura y el desarrollo social de una civilización que floreció hace milenios.

Huaca del Sol y La Luna: Un viaje a través del tiempo y la cultura

En la costa norte de Perú, a solo cinco kilómetros al sur de Trujillo, se encuentra un lugar que emana misticismo y grandeza: la Huaca del Sol y la Luna. Este complejo arqueológico, considerado uno de los santuarios más importantes del país, transporta a los visitantes a través del tiempo, revelando los secretos de una civilización fascinante.

Pachacámac: Un coloso de adobe que desafía al tiempo

Pachacámac, imponente y majestuoso, se erige como uno de los sitios arqueológicos más impresionantes del Perú. Ubicado en el distrito de Lurín, al sur de Lima, este complejo milenario nos transporta a la época prehispánica, revelando la grandiosidad de la cultura Ichma y su profunda conexión con el cosmos.

Sipán: Un viaje al corazón del poder y la opulencia

En las tierras fértiles de Lambayeque, al norte del Perú, se encuentra un lugar que encierra los secretos de uno de los personajes más poderosos del Antiguo Perú: Sipán. El descubrimiento de la tumba del Señor de Sipán, realizado por el eminente arqueólogo Walter Alva, cautivó al mundo entero, revelando la magnificencia de una civilización que floreció hace milenios.

Más que un simple entierro, la tumba del Señor de Sipán era un microcosmos de poder, riqueza y simbolismo. Rodeado de un séquito de nobles, guerreros y servidores, este gobernante mochica ostentaba lujosas ofrendas que reflejaban su estatus y su conexión con el mundo divino

El Brujo: Un viaje a los orígenes de la cultura Mochica

En el corazón del valle del río Chicama, al norte de Perú, se encuentra un lugar que nos transporta a los albores de la civilización andina: el Complejo Arqueológico El Brujo. Ubicado en el distrito de Magdalena de Cao, en La Libertad, este enclave milenario alberga huacas imponentes como la Huaca Cortada, la Huaca Cao y la Huaca Prieta, que alguna vez fueron centros neurálgicos de la cultura Mochica, una de las más importantes del Antiguo Perú.

complejo arqueologico el brujo
complejo arqueologico el brujo
¿Que es la arqueologia del Peru?

La arqueología del Perú es una disciplina que se dedica a estudiar las sociedades antiguas que habitaron el territorio peruano. A través del análisis de restos materiales como cerámicas, textiles, herramientas, construcciones y huesos, los arqueólogos reconstruyen la historia, las costumbres, las creencias y las formas de vida de estas civilizaciones prehispánicas.

¿Por qué es tan rica la arqueología peruana?

Perú es considerado uno de los centros de origen de la civilización en América, junto con Mesoamérica. Su diversidad geográfica, desde la costa desértica hasta la selva amazónica, y su variedad climática, han favorecido el desarrollo de una gran cantidad de culturas, cada una con sus propias características y expresiones artísticas.

¿Cual es la importancia de la Arqueologia Historica Andina?

La arqueología histórica andina es una disciplina fundamental para comprender la compleja y rica historia de las sociedades andinas, tanto prehispánicas como coloniales y republicanas. Su importancia radica en varios aspectos:

1. Reconstrucción de la historia:
Continuidades y cambios: Permite identificar procesos de continuidad y cambio cultural a lo largo del tiempo, revelando cómo las sociedades andinas se adaptaron a diferentes contextos históricos.
Interacciones culturales: Facilita el estudio de las interacciones entre las culturas prehispánicas y las sociedades coloniales y republicanas, mostrando cómo se produjo la mezcla y transformación cultural.
Historia local: Contribuye a la construcción de historias locales más detalladas, complementando las narrativas nacionales.
2. Comprensión de las sociedades andinas:
Organización social: Permite analizar la organización social, económica y política de las sociedades andinas en diferentes momentos históricos.
Cosmovisión: Ayuda a comprender la cosmovisión andina y su relación con el entorno natural y social.
Adaptación al cambio: Revela cómo las sociedades andinas se adaptaron a los cambios ambientales y a las nuevas tecnologías.
3. Preservación del patrimonio cultural:
Identidad cultural: Fortalece la identidad cultural de los pueblos andinos al conectarlos con su pasado.
Valorización del patrimonio: Promueve la valorización y protección del patrimonio arqueológico y cultural.
Turismo sostenible: Contribuye al desarrollo de un turismo sostenible basado en el conocimiento y la valoración del patrimonio.
4. Diálogo intercultural:
Puente entre pasado y presente: Establece un puente entre el pasado y el presente, facilitando el diálogo intercultural.
Descolonización del conocimiento: Contribuye a descolonizar el conocimiento y a visibilizar las perspectivas andinas.
5. Desarrollo de políticas públicas:
Planificación territorial: Informa la planificación territorial y el desarrollo de políticas públicas que tengan en cuenta el patrimonio cultural.
Gestión de riesgos: Permite evaluar los riesgos asociados a desastres naturales y conflictos sociales, y desarrollar estrategias de prevención y mitigación.

Peru, cuna de una de las seis civilizaciones más antiguas del mundo

El Perú es considerado la cuna de una de las seis civilizaciones más antiguas del mundo, junto con Mesopotamia, Egipto, el Valle del Indo, China y Mesoamérica. Esta afirmación se sustenta en el descubrimiento de la civilización Caral, ubicada en la costa central peruana, cuya antigüedad se estima en unos 5000 años.

Perú es un tesoro arqueológico que guarda las huellas de civilizaciones milenarias que han contribuido de manera significativa al desarrollo de la humanidad. La arqueología peruana sigue revelando nuevos descubrimientos que enriquecen nuestra comprensión del pasado y nos permiten valorar aún más nuestra herencia cultural.