Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

RESUMEN:

El ordenamiento secuencial de los fenómenos sociales que se dieron a lo largo de la historia peruana es una de las principales tareas de los historiadores y arqueólogos. En el caso de la prehistoria andina (circa 12000 a.C.-1532 d.C.), los estudiosos del pasado y arqueólogos, han propuesto una serie de esquemas para organizar una infinitud de fenómenos sociales, a pesar, incluso, de carecer de fuentes escritas, como el caso de la arqueología precolonial peruana. Si bien se han propuesto importantes esquemas, muchos de ellos han sido superados por los nuevos datos de las investigaciones arqueológicas o, simplemente por su propuesta teórica subyacente, ya no dan cuenta de manera efectiva de los fenómenos sociales que esperaban organizar. En este ensayo se propone una nueva periodificación para la prehistoria peruana que abarca desde el temprano poblamiento de los Andes Centrales, hasta la caída del Imperio de los Incas. El objetivo inmediato de esta propuesta es organizar los fenómenos del pasado de una manera más coherente con respecto a los datos arqueológicos y las discusiones académicas más recientes.

Palabras clave: arqueología peruana, Andes centrales, cronología, periodos, etapas.

ABSTRACT

The sequential ordering of the social phenomena that occurred throughout Peruvian history is one of the main tasks of historians and archaeologists. In the case of Andean prehistory (ca. 12 000 BC-AD 1532), scholars interested in the past and archaeologists have proposed a series of schemes to organize an infinite number of social phenomena, despite even lacking written sources, as is the case of Peruvian pre-Colonial archaeology. Although important schemes have been proposed, many of them have been overcome by new data from archaeological research or, simply because of their underlying theoretical proposal, they no longer effectively account for the social phenomena they hoped to organize. This essay proposes a new periodization for Peruvian prehistory that spans from the early settlement of the Central Andes to the fall of the Inca Empire. The immediate objective is to organize the phenomena of the past in a more coherent way regarding to the most recent archaeological data and academic discussions that allows us to continue with the construction of Peruvian prehistory. Keywords: Peruvian archeology, central Andes, chronology, periods, stages.

Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

Beyond horizons and stages: A periodization proposal for peruvian archaeology

Henry Tantaleán [email protected]

https://orcid.org/0000-0002-3087-7968

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

.

Introducción

Desde el inicio de la arqueología como disciplina científica en el Perú, a finales del siglo XIX, una serie de investigadores ha contribuido a la definición y organización de las diferentes entidades sociales que se desarrollaron a lo largo del territorio del Perú (Isbell y Silverman, 2002; Silverman e Isbell, 2008). Incluso, este interés puede remontarse a un momento pre-disciplinario, cuando otros estudiosos comenzaron a estudiar los restos de sociedades que les antecedían (Rivasplata, 2015; Tantaleán, 2021, 2023). Sus esfuerzos, no solamente fueron empíricos, vale decir descripciones de sitios o artefactos, sino que también, se embarcaron en la creación de originales hipótesis y teorías sobre la naturaleza y el carácter de esas sociedades pasadas (Dillehay, 2008; Moore, 2014; Tantaleán, 2016). Con este fin, varios estudiosos del pasado propusieron y describieron marcos temporales o cronológicos para poder organizar su narrativa histórica.

De ese modo, la arqueología, cómo también hace la historia, ha planteado separaciones o divisiones de bloques de tiempo que, en el caso del mundo andino prehispánico, se aplican a más de 14000 años. Asimismo, tales propuestas cronológicas pretenden captar fenómenos sociales que se dan en un espacio bastante extenso y que cubren, en nuestro caso, gran parte de la zona andina, incluso más allá de las fronteras peruanas actuales, un territorio que se conoce en la literatura arqueológica como los Andes Centrales (Quilter, 2022). A la vez, también tienen el desafío de poder expresar las historias locales y regionales, por ejemplo lo que sucede en un solo valle de la costa o sierra peruana.

Con ese objetivo en mente, diversos arqueólogos desarrollaron una serie de sistemas cronológicos desde la fundación de la arqueología científica en el Perú a finales del siglo XIX. Así, por ejemplo, las publicaciones de Max Uhle (1902, 1903a, 1903b) establecieron una secuencia de momentos por los cuales habrían atravesado las antiguas sociedades andinas. Posteriormente, a lo largo de todo el siglo XX, investigadores como Julio César Tello (1921, 1923), Alfred Kroeber (1927), Gordon Willey (1945), Rafael Larco Hoyle (1948), Wendell Bennett (1946), William Strong (1948), Wendell Bennett y Junius Bird (1949), entre otros, plantearon, de acuerdo con su conocimiento de la arqueología andina y sus perspectivas teóricas, propuestas cronológicas para organizar los datos arqueológicos y las culturas que habían descubierto y/o estudiado (ver Lanning, 1963, pp. 22-27; Lumbreras, 1969, pp. 21-27, Ravines, 1970; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010, 93-146; Carmichael, 2019).

Sin embargo, en la actualidad dos son los sistemas de división del largo proceso prehistórico andino más utilizados: el de John Rowe (1962) y el de Luis Guillermo Lumbreras (1969) (Silverman, 2004, p. 11; Silverman e Isbell, 2008; Quilter, 2022, p. 32). En términos generales, el sistema de Rowe estableció la presencia de tres grandes periodos que denominó «horizontes», los cuales se caracterizan por la aparición y existencia de un estilo cerámico y/o arquitectónico que se extendió por gran parte de los Andes Centrales. Estos horizontes se relacionaron con los estilos Chavín, Wari e Inca, a los cuales denominó Horizonte Temprano, Horizonte Medio y Horizonte Tardío, respectivamente. A su vez, entre cada horizonte, Rowe reconoció la existencia de una serie de periodos intermedios (Rowe, 1962), los cuales se reconocían por los estilos que utilizaban las sociedades de una manera más local. A ellos los denominó Periodo Intermedio Temprano y Periodo Intermedio Tardío. Para la parte previa al primer horizonte u Horizonte Temprano, Rowe se valió principalmente de los trabajos de Edward Lanning, pero también de otros investigadores, proponiendo los periodos Precerámico e Inicial, siendo la ausencia o presencia de cerámica el principal indicador arqueológico de tales periodos (ver una versión más lograda en Menzel y Rowe, 1967).

Por su parte, el sistema de Lumbreras se caracterizó por la definición y explicación de etapas o estadios. Desde una perspectiva inspirada en el marxismo, Lumbreras trató de generar una narrativa histórica que tratase de captar y explicar los desarrollos socioeconómicos por los que habrían atravesado las sociedades prehispánicas de los Andes. Así, Lumbreras definió y caracterizó, yendo de lo más antiguo a lo más reciente, las etapas o estadios Lítico, Arcaico, Formativo, Culturas regionales, Imperio Wari, Estados Regionales e Imperio Tawantinsuyu (Lumbreras, 1969, en especial ver el Cuadro de la página 28). A pesar de que su propuesta trataba de evitar problemas previos que observó de anteriores sistemas cronológicos, sus etapas o estadios incorporaron una visión evolutiva y culturalista de las sociedades prehispánicas

.

Como era de esperar, ambos sistemas cronológicos han sido criticados durante décadas (Stone-Miller, 1993; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010; Swenson y Roddick, 2018, pp. 7-9; Carmichael, 2019; Vega-Centeno, 2020, entre otros). No obstante, hasta la fecha no han podido ser sustituidos pese a que han transcurrido más de 60 años desde sus propuestas originales. Incluso, han existido recientes intentos para actualizar tales sistemas cronológicos (ver, por ejemplo, Kaulicke, 2010; Shady, 2008; Lumbreras, 2019; Burger, 2019; Makowski, 2020), aunque no han estado exentos de críticas. En el mejor de los casos, simplemente se han actualizado/ cambiado las fechas o los nombres de los periodos o etapas propuestas, pero manteniendo la esencia teórica y metodológica incorporada por sus autores desde su génesis. Por tanto, debido a que existe una serie de críticas del aspecto teórico y metodológico, como también por el avance de la cronología absoluta y de nuevos y crecientes hallazgos en las últimas décadas, creemos que resulta necesario plantear una alternativa a los marcos cronológicos ya existentes.

Una propuesta de periodificación para los Andes Centrales prehispánicos[1]

A pesar de las críticas señaladas y de las probables falencias de ambos sistemas cronológicos, hay varias cuestiones que hemos tomado en cuenta, en tanto hay algunas fechas y fenómenos sociales que son innegablemente importantes, así como hitos históricos. Como nuestra propuesta también persigue explicar fenómenos sociales bastante amplios, tomamos como hitos más importantes, dentro de la prehistoria andina, a los grandes momentos o periodos de integración regional. Lo anterior quiere decir que, tomamos en cuenta esos momentos en los cuales gran parte de los Andes Centrales estuvieron unidos, articulados y/o conectados por una misma élite o élites económicas, políticas y/o religiosas y que dominaron o influenciaron a una gran área del territorio peruano y, como es de esperar, más allá de las fronteras nacionales actuales. Los indicadores arqueológicos que evidenciarán tales integraciones regionales y multirregionales, deberán estar interconectados y correlacionados materialmente, siendo la construcción de arquitectura (monumental, residencial de elite, comunitaria y funeraria) y la producción artesanal (cerámica, textil, metalurgia, lítica, etc.), las que guarden una similitud muy importante para una misma área o región.

De esta manera, en nuestra propuesta existen tres principales tipos de integración: económica, política y religiosa. Se puede dar una o varias de ellas simultáneamente, dependiendo de los desarrollos históricos en cada periodo. En ese sentido, tanto el sistema cronológico de Rowe como el de Lumbreras tomaron como base elementos de dichas integraciones regionales y los correlacionaron con lo que se conoce como las «culturas» Chavín, Wari e Inca.

Así, un elemento clave en nuestra propuesta es que podemos apreciar que, desde un centro principal en el cual reside una poderosa élite económica, política y/o religiosa, se ejerce una hegemonía y/o un control directo de grandes extensiones de territorios, pero, sobre todo, de las comunidades. En ese sentido, para nosotros, una entidad política regional comprende un valle o una serie de valles, generalmente dentro de una misma zona ecológica como puede ser la costa o la sierra como, por ejemplo, podría ser la entidad política chimú. Mientras que, cuando nos referimos a una integración multirregional, se trata de un conjunto mayor de valles e, incluso, de grandes y diversas zonas ecológicas como, por ejemplo, la costa norte o la sierra norte. Este fue el caso de la gran integración multirregional que desarrolló el Imperio inca (Covey, 2006; D´Altroy, 2015; Bauer, 2018).

Sin embargo, en Luis G. Lumbreras, se parte de la presunción que, desde un centro principal, ya sea Chavín de Huántar, Huari o Cusco, se controlaron las practicas sociales económicas, políticas y/o ideológicas de diferentes comunidades y sus territorios, lo cual se plasmaría en una homogeneidad en la arquitectura y artesanía de manera sincrónica. Si bien esto podría resultar más plausible para el último periodo con los incas, resulta menos claro para el caso de lo Wari y, sobre todo, para lo Chavín (Burger et al., 2019; Seki, 2023). De hecho, muchas veces, incluso con los incas, el control completo de los territorios no es muy evidente y, más bien, se trata de una serie de articulaciones, hegemonías o influencias de diferentes tipos e intensidades (Jennings, 2010; Makowski y Giersz, 2016; Isbell et al., 2018).

Asimismo, los periodos de integración multirregional son grandes momentos en los cuales una serie de asentamientos humanos se encuentran conectados bajo la predominancia de uno en particular. Por tanto, como se puede imaginar, estos asentamientos que se encuentran distribuidos a lo largo de una amplia zona de los Andes Centrales, no lo harán al mismo tiempo y con la misma intensidad. De este modo, se toma como punto de partida de inicio de este periodo, el momento en que el asentamiento principal comienza a establecer o ejercer relaciones económicas, políticas y/o ideológicas con mayor intensidad sobre varios sitios del área andina. De la misma manera, el final del periodo ocurre cuando el asentamiento principal deja de ejercer dominio, control y/o influencia sobre tales asentamientos y sus pobladores. Esta es la principal diferencia con las nociones de etapas y horizontes que tienden a generar una visión de unidad y homogeneidad de los fenómenos sociales sincrónicos. Por el contrario, lo que realmente sucede es que existe una diversidad de fenómenos sociales a lo largo de los Andes que, incluso, debido a la carencia de investigaciones arqueológicas, aún resultan difíciles de comprender y explicar.

Por tanto, para nosotros, a pesar de que aparentemente se aprecia una cierta homogeneidad durante estos grandes periodos de integración multirregional que estamos planteando, también evidenciamos que las entidades políticas regionales y locales aún mantienen muchos de sus rasgos, unidades y prácticas sociales económicas, políticas y religiosas propias (Silverman e Isbelll, 2008; Moore, 2014; Malpass, 2016; Tantaleán, 2021; Quilter, 2022). En realidad, observamos el proceso histórico prehispánico como una serie de periodos de autonomía local y/o regional y periodos de integraciones multirregionales. Por ello, nuestra propuesta toma en cuenta las prácticas sociales económicas, políticas e ideológicas que se expresan de maneras locales, regionales y multirregionales. La materialización de tales integraciones o autonomías se puede apreciar en la presencia de paisajes, arquitectura y producción artesanal dentro de los territorios durante cada periodo específico.

De hecho, existe una dinámica que oscila entre la integración y la autonomía debido a las fuerzas sociales que se encuentran distribuidas por el paisaje social a lo largo del tiempo. Esto se refleja en lo que políticamente se denomina la conformación de jerarquías que tienen su contraparte en las heterarquías (sensu Crumley, 1995). En realidad, esa tensión tanto dentro de las entidades políticas, como entre ellas, es lo que genera la historia cambiante y la conformación sincrónica de los paisajes económicos y políticos (Tantaleán, 2021; Stanish et al., e.p.).

Asimismo, se debe resaltar que la base para la existencia de todos estos fenómenos sociales amplios siempre será la unidad doméstica que, además de ser una unidad social, es también una unidad mínima laboral (Stanish, 1992; Tantaleán, 2006). A su vez, las unidades domésticas conforman comunidades, las cuales de manera colectiva enfrentaron sus desafíos ecológicos, sociales, económicos y políticos. Las comunidades a lo largo del tiempo y de acuerdo con su propia historia específica y prácticas sociales concretas, conformaron entidades políticas de diversa naturaleza y escala. A partir de tales entidades sociales podremos observar el surgimiento de estados y hasta imperios. Al final, como veremos, todo este proceso se fundamenta en las prácticas sociales y la organización de sus consecuentes relaciones económicas, políticas y religiosas.

También, debemos señalar que, en nuestra propuesta, hemos tratado de evitar las cargas evolucionistas de sistemas cronológicos previos, pues, esperamos no asumir de manera a priori una serie de características sociales que se darían dentro de un territorio dado y que impiden comprender la verdadera naturaleza de las trayectorias históricas particulares en su desarrollo y dimensión real. Asimismo, cuando los hay, hemos integrado los nuevos fechados radiocarbónicos y secuencias históricas y arqueológicas de muchas investigaciones recientes, lo que permite actualizar los sistemas cronológicos previos y brindar un panorama contemporáneo de la arqueología peruana. Adicionalmente, algunos fenómenos climáticos de impacto regional, como grandes periodos de sequías, son tomados en cuenta por su reconocida influencia en las sociedades andinas.

Como resultará evidente, es imposible captar y capturar toda la heterogeneidad y matices de las comunidades locales e integraciones regionales y multirregionales en cada periodo. Sin embargo, el objetivo principal de esta propuesta es generar un esquema sobre la aparición y desaparición de una serie de fenómenos y prácticas sociales que siguen siendo y serán discutidos por los arqueólogos en el futuro. De hecho, en paralelo o conviviendo con los grandes periodos de integración regional o multirregional, podremos encontrar una serie de comunidades y entidades políticas que se mantienen aisladas o conviven con dichos fenómenos sociales más extensos. Por lo tanto, cada uno de nuestros periodos prioriza o resalta la existencia de un fenómeno o fenómenos socioeconómicos y sociopolíticos dominantes, aunque no únicos, pero que sí, indiscutiblemente, transformaron a las comunidades y a los paisajes andinos, de una manera tal que es reconocible en el paisaje andino y en sus producciones materiales. No obstante, también existirán otros fenómenos sociales incluso diferentes pero paralelos, conviviendo con ellos o que los ignoran o rechazan. De hecho, su existencia también permite interesantes relaciones dialécticas entre tales entidades sociales de diferentes caracteres económicos y/o políticos.

Por tanto, para nosotros los periodos aquí propuestos resultan herramientas heurísticas para la explicación arqueológica. Vale decir, nuestra propuesta reúne una serie de hipótesis de trabajo con las cuales enfrentar y confrontar esos fenómenos arqueológicos prehispánicos que deben seguir siendo investigados. Por ello, los periodos propuestos suponen una primera entrada para comenzar a ubicar los diferentes fenómenos sociales de manera cronológica y comprender su propia naturaleza, y las relaciones dentro de cada propia entidad y con otras con las que convivieron.

De este modo, siguiendo lo previamente expuesto, en la tabla 1 hemos dividido a la época prehispánica peruana en los siguientes nueve periodos:

Tabla 1

Propuesta de periodificación para la época prehispánica en el Perú

Años aproximados

Periodos

Sitios arqueológicos representativos

1 400 d. C. – 1 532 d. C.

Tercera integración multirregional

Cusco, Machu Picchu, Choquequirao, Vilcashuamán, Huánuco

Pampa, Pumpu, Hatuncolla, Inkawasi de Cañete, Tomebamba, Pachacamac

1,000 d. C. – 1 400 a. C.

Entidades políticas autónomas tardías

Túcume, Batán Grande, Chan Chan, Kuélap, Armatambo, La Centinela de Tambo de Mora, Pucarani (Puno)

700 d. C. – 1 000 d. C.

Segunda integración multirregional

Huari, Pikillacta, Viracochapampa, El Castillo de Huarmey, Cerro Baúl

500 a. C. – 700 d. C.

Entidades políticas autónomas tempranas

Cerro Colorado, Huacas de Moche, Huaca Rajada-Sipán, Yayno, Complejo Maranga, Cahuachi

800 a. C. – 500 a. C.

Primera integración multirregional

Chavín de Huántar, Pacopampa, Kunturwasi, Ancón, Karwas

1 800 a. C. – 800 a. C.

Entidades políticas autónomas iniciales

Caballo Muerto, Sechín Alto, Garagay, Qaluyu

3 500 – 1 800 a. C.

Integraciones regionales prístinas

Caral, Áspero, Kotosh, La Galgada

6 000 – 3 500 a. C.

Comunidades sedentarias tempranas

Nanchoc, Huaca Prieta, La Paloma, La Yerba III

12 000 – 6 000 a. C.

Comunidades trashumantes primigenias

Amotape, Pampa de Paiján, Pachamachay, Pikimachay, Guitarrero

Fuente: Elaboración propia.

1. Periodo de las Comunidades Trashumantes Primigenias (12 000 a. C. – 6 000 a. C.)

Este es el primer periodo de la prehistoria andina. Inicia con la llegada de los primeros seres humanos al territorio andino y se relaciona con la creación y desarrollo de una serie de prácticas sociales económicas e ideológicas relacionadas con la subsistencia, enfocadas en la caza, la recolección, el marisqueo y la pesca. La trashumancia y/o la semisedentariedad, son las principales formas de vida social de estas comunidades. Con relación a la época geológica del Pleistoceno, el clima mejoró considerablemente con temperaturas más elevadas desde los 9600 a. C. en adelante, dando paso al Holoceno, que es la época geológica en la que vivimos (León, 2007, p. 42; Malpass, 2016, p. 22).

En general, los fechados más antiguos relacionados con cuerpos humanos en la costa norte, se aceptan como la evidencia más temprana de poblamiento en el territorio peruano. Así, un fechado realizado por Claude Chauchat y su equipo a partir de una muestra de carbón asociada directamente a un resto humano en el sitio de Pampa de los Fósiles 13, arrojó el rango de 10387 a. C. – 9458 a. C. (Chauchat, 2006, p. 200; León, 2007, p. 109). No obstante, los recientes hallazgos realizados por el equipo liderado por Tom Dillehay en los estratos arqueológicos más profundos del sitio arqueológico de Huaca Prieta en el valle de Chicama, proponen ocupaciones humanas más tempranas, en torno al 12 000 a. C. (Dillehay et al., 2012). Incluso, es posible que hayan existido ocupaciones humanas mucho más tempranas debido a la presencia de otros sitios en Sudamérica, donde hay evidencias de posibles artefactos hechos en piedra producidos por seres humanos. Es posible que, en los próximos años, nuevos hallazgos superen la antigüedad de tales fechados.

Por el momento, lo que sí sabemos es que los grupos humanos del periodo de las comunidades transhumantes primigenias ocuparon gran parte del territorio peruano desde el litoral hasta la selva baja. Sin embargo, donde las ocupaciones humanas de este periodo han sido mejor evidenciadas arqueológicamente es en la costa peruana, principalmente en la costa norte, especialmente en el departamento de La Libertad (Chauchat, 2006; Dillehay, 2017). Asimismo, una importante concentración de sitios arqueológicos de este periodo ha sido descubierta en la sierra central, en especial en las punas de Junín (Rick, 1980; Lavallée, 1995). No obstante, la costa central y la costa sur (Lima e Ica) también conservan algunos sitios resaltantes de este periodo, lo mismo que la sierra norte y sierra sur peruana, incluyendo el altiplano circunlacustre (ver León Canales, 2007 para una buena síntesis).

periodificación para la arqueología peruana
Figura 1. Cueva de Pikimachay, Ayacucho. Fuente: Cortesía de Juan Yataco.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos al Complejo Amotape, en la costa de Piura; Pampas de los Fósiles y Paiján, al norte del valle de Chicama; Quirihuac y La Cumbre, en el valle de Moche; Guitarrero, en el Callejón de Huaylas; Tres Ventanas, en la parte alta de la quebrada de Chilca; el Cerro Lechuza, en Pisco; las cuevas y los abrigos rocosos de las punas de Junín como Pachamachay; Lauricocha, en Huánuco; Pikimachay, en Ayacucho; Asana, en las alturas de Moquegua; el Sitio Anillo y Quebrada Tacahuay, en la costa de Moquegua; la cueva de Toquepala, en la sierra de Tacna; Quebrada de los Burros, en la costa de Tacna, y los sitios de las punas del altiplano puneño como Macusani.

Este periodo termina cuando algunos grupos sociales comienzan a sedentarizarse, es decir, cuando empiezan a vivir en asentamientos de manera permanente y, a la vez, se enfocan en una subsistencia basada en la horticultura, la pesca o la recolección intensiva. Asimismo, los grupos humanos cuentan con un número de miembros que les permite transitar de ser nómades a formar comunidades que construyen viviendas y habitan permanentemente en aldeas que sobrepasan las decenas de unidades domésticas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están relacionadas con las de subsistencia, aún no productora ni reproductora de especies botánicas y animales. Las prácticas sociales económicas se fundamentan en la explotación directa de los recursos naturales que se recolectan, cazan o pescan de la tierra y el mar. El grupo humano a veces se especializa en la explotación de algún tipo de recurso, pero, en general, los grupos humanos utilizan expeditivamente cualquier recurso natural que se encuentra a la mano para su reproducción social y realizan intercambios intermitentes con otros grupos humanos. Por tales tipos de prácticas sociales económicas, los grupos humanos están plenamente cohesionados y distribuyen inmediatamente los recursos apropiados de la naturaleza. No existe, por tanto, una acumulación colectiva o individual de recursos humanos o excedentes. La tecnología necesaria para sus prácticas sociales económicas se basa en el conocimiento profundo de la naturaleza de los nichos ecológicos, el clima, el comportamiento de las especies animales y vegetales y las fuentes de materias líticas. Especialmente su tecnología de producción de instrumentos estaba basada en la talla de rocas, pero, también existe una importante tecnología producida en huesos de animales. Podemos apreciar que existe una especialización de la producción de instrumentos líticos como las puntas líticas orientadas principalmente para la caza. En especial, la tradición de puntas paijanenses y de «cola de pescado», que está muy extendida en la costa peruana, mientras que, en la sierra, sobre todo en las punas, podemos apreciar una tradición de puntas foliáceas. Pero, en general, lo que más abundan son la industria de cantos rodados desbastados y de lascas retocadas. Una importante tradición de instrumentos hechos con huesos de animales también se ha podido reconocer en los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Debido al tipo de prácticas económicas de subsistencia directa, la alta movilidad y el número de personas del grupo, las prácticas y relaciones sociales políticas entre miembros de estas comunidades son prácticamente igualitarias. Sin embargo, existen líderes que basan su autoridad en la experiencia o la edad o alguna habilidad primordial concreta para la supervivencia del grupo. En colectivos de número reducido, hablamos de decenas de personas, no es necesaria una serie de instituciones políticas formales que vayan más allá del tabú, normas y castigos y recompensas comunales. Tales normas permiten la reproducción social del grupo. Por ejemplo, controlar la cantidad de miembros de la comunidad es un tema fundamental porque de ello depende la supervivencia del grupo y que los recursos puedan ser accesibles para todos. Como señala el antropólogo Marshall Sahlins (1977), es posible que, a diferencia de nuestra visión contemporánea que percibe a este periodo como de precariedad e inestabilidad económica, más bien se tratarían de «sociedades de la opulencia», en las cuales los miembros de tales grupos sociales gozaban de una serie de posibilidades materiales significativas para su vida, sobre todo, si uno las compara con otros periodos posteriores.

Prácticas sociales ideológicas

A través de la arqueología, hemos sido capaces de reconocer que, como sus antecesores de otras partes del mundo, estos grupos humanos en particular materializaban sus prácticas sociales ideológicas mediante la pintura de escenas de su vida cotidiana y de sus creencias en las paredes rocosas de abrigos o cuevas. Este tipo de evidencia arqueológica ha sido hallada y registrada, sobre todo, en cuevas de la puna de la sierra central del Perú, en muchas de las cuales habitaban temporal o permanentemente dichos grupos humanos. Asimismo, en algunas de tales cuevas o en las zonas costeras se han excavado enterramientos humanos, los cuales materializan la necesidad que tenían estos grupos humanos de cuidar a sus muertos y darles un espacio funerario acorde con sus creencias sobre la muerte.

2. Período de las Comunidades Sedentarias Tempranas (6000 a. C. – 3500 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la presencia de los primeros poblados sedentarios que permanecieron ocupados durante varias generaciones y en los cuales habitaron centenares de individuos. Asimismo, se encuentran las primeras expresiones de arquitectura comunitaria/corporativa, aunque de pequeña escala.

Aproximadamente en el milenio vI a. C., grupos de seres humanos comenzaron a habitar en espacios de la costa y sierra peruana de manera permanente. Este periodo correspondiente al Holoceno Medio coincide con un clima más cálido y que se conoce como el «Optimum Climaticum», que se inicia alrededor del 6900 a. C. (León Canales, 2007, p. 44). Los habitantes de este periodo, conocedores de su medio y habiendo experimentado con la horticultura y domesticación de plantas y animales previamente, fueron capaces de establecerse de manera permanente en un solo asentamiento a lo largo de las diferentes estaciones del año. Este es el surgimiento de las primeras aldeas fijas que fueron habitadas durante muchas generaciones. Incluso tales asentamientos fueron también cementerios de sus propios habitantes. Asimismo, aparecen pequeños espacios de reunión colectiva, una serie de edificios públicos que, por lo general, son denominados «templos» o «santuarios» pero que, también, podrían tener funciones políticas o, simplemente, ser espacios de reunión colectiva. En cualquier caso, ninguna de estas edificaciones excede la función de un espacio arquitectónico destinado a la reunión de un bajo número de autoridades o líderes de la misma comunidad o vecinas o de personajes relevantes del grupo. Asimismo, no integran algún tipo de manifestación de religión institucionalizada ni mucho menos coercitiva. Las tumbas conocidas de este periodo en ningún caso acusan un tipo de tratamiento o ajuar funerario que vaya más allá del cuidado y la atención que se le pueda ofrecer a un ser querido, o al respeto o autoridad que pueda ser dado a un líder comunal.

Los primeros poblados aldeanos sedentarios se focalizan en espacios ecológicos que permitieron la recolección de plantas y animales, la producción agrícola y/o la explotación de recursos marinos. En especial, los asentamientos conocidos se emplazan, sobre todo, frente al litoral de la costa peruana a lo largo de la gran extensión del territorio peruano. Además, cerca de ríos costeños y lomas también se han hallado sitios de este periodo, especialmente en la costa central. Asimismo, algunos asentamientos de la sierra han sido ubicados, en algunos casos sobre ocupaciones del periodo anterior, presenciando tales procesos de sedentarización como es el caso del abrigo rocoso de Telarmachay (Lavallée, 1995). Sin embargo, en general, los asentamientos registrados e investigados aún siguen siendo escasos, quizá, debido a problemas de conservación o a su reocupación por grupos humanos posteriores.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Nanchoc en el valle de Zaña, Huaca Prieta en el valle bajo de Chicama, Telarmachay en su fase v en Junín, La Paloma al norte de la quebrada de Chilca, Chilca (pueblo 1) en la quebrada del mismo nombre, los sitios Paracas 514 y Paracas 96 en la península epónima, La Yerba III en la desembocadura del río Ica y Pernil Alto en Palpa.

Este periodo culmina cuando aparecen asentamientos humanos que reflejan concentraciones regionales de comunidades e intercambios económicos y religiosos regionales, y aparecen las primeras evidencias de arquitectura monumental, las cuales marcan la existencia de un tipo de religión supracomunal y compleja.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se amplían para, además de la recolección, pesca y caza, incorporar plenamente la agricultura y la ganadería. Asimismo, se percibe una serie de intercambios a mediana distancia, que posibilita la complementación de la dieta alimenticia y la obtención de materias primas y artefactos gracias a otras comunidades vecinas. Las tecnologías principales se basan en la producción de embarcaciones y redes de pesca, principalmente de fibra de algodón. Aunque la agricultura todavía depende de las avenidas de aguas en los valles de la costa, a consecuencia de las lluvias en la sierra, estaría aún relacionada con instrumentos de madera y piedra. Evidentemente, dada la extensa lista de especies botánicas que se han reconocido en los yacimientos arqueológicos, se construyeron huertos y corrales para la reproducción de plantas y animales.

Huaca Prieta, Valle de Chicama
Figura 2. Huaca Prieta, Valle de Chicama. Fuente: Elaboración propia

Prácticas sociales políticas

Las comunidades de este periodo que concentran una importante cantidad de unidades familiares suponen que existió una coordinación en la habitación y organización del espacio y de las relaciones sociales. Evidentemente, existieron líderes comunitarios que se encargaban de gestionar las necesidades y la redistribución de las materias primas, los recursos y los bienes que se producían en la comunidad. Las relaciones sociales seguirían siendo de tipo igualitario, aunque con un grupo de personas que tiene cierta predominancia sobre el resto de la comunidad sin que esto llegue a generar una verdadera asimetría social o acumulación de poder económico con respecto al resto de los comuneros.

Prácticas sociales ideológicas

Lo que sabemos sobre las prácticas sociales ideológicas de estos grupos humanos es reducido debido a que su propia producción artesanal no expresa mayores evidencias del desarrollo de una ideología que haya quedado materializada. Por tanto, debieron tener creencias animistas y no necesitaron expresarse en soportes como la piedra o el hueso, sus principales materias para la producción de sus artefactos. Sin embargo, sí se han hallado algunos artefactos principalmente textiles y artefactos de hueso y de piedra, y mates y figurinas de barro que representan animales y seres antropomorfos, algunos de ellos evidencian algún sentido de dualidad o complementariedad. Por un lado, en este periodo no se reconoce una religión estandarizada que reitere un mensaje bien establecido o institucionalizado, mucho menos se observa algún tipo de religión coercitiva o violenta. Por otro lado, en este periodo las creencias relacionadas con la muerte se tornan más complejas. Principalmente tenemos que los individuos fallecidos son internados y enterrados dentro de los asentamientos, se les envuelve en textiles y se les acompañan algunos artefactos como líticos o artefactos utilizados en la producción. La necesidad de concentrarlos en un lugar de habitación supone la existencia de una concepción desarrollada con respecto a la muerte durante este periodo. Es posible que la práctica social de ofrecer cuidados y reverencias a los ancestros se haga mucho más importante durante este periodo como parecen indicar los enterramientos humanos excavados en las casas del sitio arqueológico de La Paloma.

3. Período de las Integraciones Regionales Prístinas (3500 a. C. – 1800 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la aparición de los primeros asentamientos sedentarios que incorporan arquitectura monumental y que se interrelacionan de manera regional conectando valles y/o zonas ecológicas diferentes. Así, el milenio Iv a. C. es un momento crucial en el cual algunas aldeas o poblados comienzan a erigir arquitectura supradoméstica, es decir, se construyen, además de viviendas, talleres o espacios de producción, las primeras y más evidentes muestras de construcciones colectivas o corporativas que no son usadas para habitación, sino, más bien, para reuniones grupales y rituales al aire libre, pero también de manera secreta. El concepto de huaca, materializado en construcciones arquitectónicas, su fundación, vida, y enterramiento cíclico se hace muy evidente durante este periodo.

La extensión de los asentamientos de este periodo a lo largo del territorio peruano se amplía significativamente. En realidad, los mapas arqueológicos se cubren de numerosos puntos, indicando sitios de las integraciones regionales prístinas. Así, los valles de la costa peruana, principalmente relacionados con el litoral, tienen uno o varios sitios de este periodo. Asimismo, aparecen sitios arqueológicos en espacios geográficos como bahías o ensenadas aptas para la pesca y el marisqueo, lo mismo que en algunas zonas de lomas donde la recolección y la caza permiten la vida de manera permanente y a lo largo de generaciones. Según los estudios arqueológicos y paleoclimáticos, existiría una importante relación entre el aumento y la monumentalidad de sitios cercanos al litoral y una abundancia de recursos marinos relacionada con el inicio de fenómenos de El Niño (Richardson y Sandweiss, 2008). En ese sentido, el área denominada como Norte Chico (valles de Huaura, Supe, Pativilca y Fortaleza) sobresale por la gran cantidad de sitios de este periodo que contienen edificios de plataformas arquitectónicas con plazas circulares hundidas (Haas y Creamer, 2006; Shady et al., 2015).

De igual manera, en la sierra, en la puna y en los valles interandinos y quebradas de la zona montañosa se desarrollan asentamientos de este periodo. Entre los más resaltantes se encuentran los asociados a la denominada «tradición religiosa kotosh», la cual se caracteriza por asentamientos que incluyen la construcción y superposición de pequeñas estructuras cuadrangulares con banquetas, un fogón central y ducto de ventilación (Burger, 1992). Ejemplos de sitios dentro de esta tradición arquitectónica son Kotosh, Shillacoto, La Galgada, Piruru y Huaricoto. Adicionalmente, Cerro Ventarrón, ubicado en el valle de Lambayeque, también es un ejemplo extraordinario de un asentamiento de este periodo, donde se construyó arquitectura monumental y que, incluso, expresó materialmente sus prácticas ideológicas mediante murales polícromos (Alva Meneses, 2012).

Así, los asentamientos de este periodo han sido encontrados principalmente en la costa norte, costa central y costa sur del Perú. Asimismo, tenemos evidencias de este tipo de poblaciones en la sierra norte y en la sierra central. La sierra sur, como la del departamento de Puno, por el momento, no ha demostrado una importante cantidad de sitios de este periodo, aunque prospecciones arqueológicas recientes señalan su posible existencia (Stanish et al., 2014).

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Cerro Ventarrón en el valle de Lambayeque, Los Morteros y Salinas de Chao en el valle del mismo nombre, Primer Edificio de Sechín Bajo en el valle bajo de Casma, El Áspero y Caral en el valle de Supe, Bandurria en el litoral de Huacho, Kotosh y Shillacoto en Huánuco, Huaricoto en el Callejón de Huaylas, Piruru en la puna de Junín, La Galgada en la quebrada de Tablachaca en Áncash y El Paraíso en el valle bajo de Chillón.

El área monumental de Caral.
Figura 3. El área monumental de Caral. Fuente: Cortesía de la Zona Arqueológica Caral.

Este periodo culmina cuando aparecen las vasijas cerámicas en diferentes asentamientos del mundo andino, además, acompañada de una nueva forma de construcciones públicas que incorporan representaciones de seres extraordinarios en murales y artefactos. Asimismo, se establecen redes de asentamiento de manera local que unen uno o varios valles. Incluso, en algunos sitios como los del Norte Chico se ha detectado la ocurrencia de un evento climático relacionado con sequías y arenización de las zonas agrícolas y los canales que evidentemente impactaron en varias de las sociedades de esta zona (Sandweiss et al., 2009).

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo experimentan la aparición de los primeros proyectos hidráulicos en los valles costeros. Asimismo, en la sierra se debió haber generado una agricultura más extensiva contando seguramente también con sistemas de canales. De esta manera, las prácticas sociales económicas se convierten en prácticas de autosuficiencia básica, aunque amplía por otro lado la extensión de los intercambios a gran distancia. En realidad, estas prácticas sociales económicas son mixtas, compartiendo producción interna para el consumo y para el intercambio. Esta base económica supone una primera integración regional en algunos valles o conjuntos de valles como puede ser el caso del Norte Chico. La tecnología sigue siendo bastante básica y se siguen utilizando artefactos para la pesca, principalmente redes de algodón y palos excavadores para la agricultura. Además, la tecnología constructiva se hace significativa debido a que se construyen importantes obras comunitarias. Una valiosa producción de artefactos elaborados en concha y piedras se hace presente en varios de los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Evidentemente existen líderes dentro de estas comunidades, los cuales ocupaban las edificaciones anexas a las principales edificaciones corporativas de estos asentamientos. Sin embargo, la organización de la sociedad se encontraba regida por principios de cooperación y cohesión social, basada en el parentesco y en su relación con sus líderes y asentamientos. La generación de la noción de huaca por parte de los líderes y comunidades ayudó a la construcción y reproducción de una identidad política. No se puede hablar de grandes diferencias sociales debido a la inexistencia de evidencias arqueológicas que así lo atestigüen.

Prácticas sociales ideológicas

La religión de estas sociedades es poco representada en la arquitectura o los materiales arqueológicos. Pero, sin duda, existió una religión que debió ser de carácter animista; de esta manera, no necesitarían de la representación de seres extraordinarios de manera física. Lo más probable es que estas comunidades rindiesen culto a los «monumentos naturales» como cerros y a las crecientes huacas construidas por ellos y que iban poblando sus paisajes. También comienzan a aparecer algunos elementos como figurinas antropomorfas hechas en barro, como las recuperadas en Áspero o Caral, que pueden indicar el surgimiento de la reverencia hacia personajes de la misma sociedad (Shady et al., 2015). Aunque algunos de los enterramientos humanos descubiertos incorporan algunos bienes exóticos o artefactos de gran valor artístico, no se trata de una gran cantidad ni tampoco se percibe una fuerte inversión de fuerza de trabajo en la creación de las pocas tumbas halladas. En realidad, tales prácticas funerarias tan solo acusan creencias religiosas relacionadas con el culto a los ancestros. Sin embargo, hacia el final de este periodo sí podemos ver algunos cambios, por ejemplo, cuando en el sitio de La Galgada en Áncash se permite la inhumación de ciertos individuos dentro de cámaras funerarias asociadas a la arquitectura pública con ajuares mortuorios extraordinarios (Grieder et al., 1989).

4. Período de las Entidades Políticas Autónomas Iniciales (1800 a. C. – 800 a. C.)

Para los arqueólogos de todo el mundo, la aparición de la cerámica es un evento clave en la historia de la humanidad. No solo por las características materiales sino por la organización social para su producción y, sobre todo, por su uso en espacios domésticos y públicos. Ningún arqueólogo o arqueóloga evitaría asumir que el fenómeno de la aparición de la cerámica también está ligado en el mundo andino con el compartir, los festejos colectivos y los banquetes públicos en espacios como plazas, santuarios o huacas. Así, este periodo se inicia con la aparición de las primeras cerámicas en los Andes Centrales que se establece alrededor del 1800 a. C., con posibles apariciones más tempranas en la costa norte.

Las entidades políticas autónomas iniciales aparecen en varias áreas del territorio peruano. Sin embargo, en la costa norte y en la costa central serán donde más entidades políticas de este tipo se manifestarán. Así, en la costa norte destaca el fenómeno cupisnique con edificaciones monumentales entre las que resalta el complejo Caballo Muerto y, en especial, la Huaca de los Reyes en el valle medio de Moche. Más al sur, en el valle de Casma, tenemos al conjunto de edificaciones monumentales relacionado con la entidad política Sechín Alto. Concentrados en el valle bajo de Casma, se tratan de edificios monumentales coordinados espacialmente y construidos con adobes y piedras, y en algunos de los cuales se representaron personajes antropomorfos y zoomorfos en sus paredes principales. En la costa central sobresalen, por su monumentalidad y por presentar un patrón arquitectónico que se repite a lo largo de varios siglos, los denominados templos en U o, más recientemente, como la «cultura Manchay» (Burger, 2008).

Pero también otras regiones del Perú, principalmente la sierra norte y sierra central e, incluso, la sierra sur, presenciarán la aparición o producción de artefactos cerámicos en sus sitios arqueológicos. En general, la mayoría de yacimientos arqueológicos de este periodo en el territorio peruano incorporaron cerámica en sus prácticas sociales. La Amazonía posiblemente experimentó la aparición de cerámica mucho más temprano, quizá un milenio antes; sin embargo, al momento de escribir este ensayo no poseemos fechados absolutos para datar más tempranamente tal fenómeno en esta área del Perú. No obstante, las investigaciones de Donald Lathrap (1970) y otros autores posteriores han dejado claro que la cerámica también estuvo presente desde temprano en la Amazonía peruana (Clasby y Nesbitt, 2021). Por otro lado, aún no han sido localizado asentamientos extensos o monumentales en esta región, aunque trabajos en la selva de Ecuador y Bolivia señalan tal posibilidad.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Purulén en el valle bajo de Zaña, Huaca Collud en el valle de Lambayeque, Las Huacas y Montegrande en el valle medio de Jequetepeque, Puémape al sur de la desembocadura del río Jequetepeque, Caballo Muerto en el valle medio de Moche, Cerro Blanco y Huaca Partida en el valle de Nepeña, Sechín Alto en el valle de Casma, Las Haldas en el litoral de Casma, los templos en U de la cultura Manchay en los valles de la costa central, Marcavalle en el Cusco y Qaluyu en la cuenca noroeste del lago Titicaca.

Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín.
Figura 4. Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín. Fuente: Elaboración propia.

Este periodo termina con el ingreso en diferentes lugares del mundo andino de artefactos y arquitectura vinculadas con la primera gran integración multirregional andina, asociada a elementos materiales que inicialmente se relacionaron con la comunidad habitante del sitio de Chavín de Huántar alrededor de 800 a. C. De hecho, se ha hablado de un «Horizonte Chavín» (Burger, 2019) en el sentido que muchos elementos que se generaron o se hicieron visibles de manera regional en Chavín de Huántar, comenzaron a aparecer de manera consistente en diferentes lugares del territorio peruano. Sin embargo, también existen otros asentamientos que se van influenciando mutuamente.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se caracterizan por incorporar la agricultura como una de sus actividades fundamentales; proyectos hidráulicos en la costa y sierra permiten ampliar el terreno cultivable y la diversidad de especies botánicas. Sin embargo, aún se practican la caza y recolección como actividades complementarias. La ganadería de camélidos también se sigue manteniendo de forma complementaria, principalmente en la sierra. Además, aparecen los primeros indicios de especialización artesanal, entre los que sobresalen los ceramistas, los tejedores y los metalurgos. El intercambio económico se hace notable y se percibe en la amplia distribución de estilos locales acompañados de otros foráneos.

Prácticas sociales políticas

Muchas comunidades presentan formas de asentamiento similares a las del periodo anterior; se manifiestan como aglomeramiento de unidades domésticas. Sin embargo, también aparecen formas arquitectónicas públicas que definitivamente exceden el ámbito doméstico. Estas construcciones expresadas en diferentes patrones arquitectónicos, reflejan la existencia de élites locales que comienzan a controlar ciertas cantidades del trabajo de los comuneros y de la producción de subsistencia. Es el momento del surgimiento de verdaderos líderes políticos que auspician y dirigen ceremonias desde los edificios principales de cada asentamiento. De esta manera, podríamos estar ante la aparición de las primeras diferenciaciones sociales, aunque aún sin la capacidad ni la necesidad de las élites de establecer estrategias de control social coercitivas.

Prácticas sociales ideológicas

Durante este periodo, las comunidades adquieren la necesidad de construir espacios monumentales. La práctica reiterativa de rituales colectivos debió haber sido una causa importante y justificación suficiente para movilizar el trabajo colectivo de las diferentes comunidades y, a la vez, lograr su cohesión. Elementos iconográficos relacionados con animales extraordinarios como felinos, aves de presa, reptiles y ofidios aparecen de manera reiterativa en los principales asentamientos con santuarios o huacas. Esta misma iconografía también aparece en otros soportes como la cerámica, los textiles, los metales, el hueso y la piedra. Así, vemos que las comunidades ya establecen ciertos cánones artísticos, los cuales nos indican la existencia de cuerpos de especialistas religiosos encargados de diseñarlos y crearlos.

5. Período de la Primera Integración Multirregional (800 a. C. – 500 a. C.)

Este periodo inicia con las primeras apariciones de evidencias de una integración multirregional de carácter económico y religioso, que tiene el centro de Chavín de Huántar como uno de los principales y mayores asentamientos de la sierra norte peruana. Como señala Richard Burger (2019, p. 196), el periodo entre los 800 y 500 a. C. corresponde al cénit del fenómeno Chavín en los Andes centrales.

Sin embargo, esto no significa que la comunidad y la élite religiosa asentadas en Chavín de Huántar ejerzan un control directo y efectivo sobre todos los sitios relacionados. Pero, lo que sí es evidente es que se mantiene como una importante influencia o inspiración para ellos, la cual debió ser canalizada por las élites locales en cada región con diferentes niveles de apego. A su vez, algunos de estos sitios afiliados o relacionados con Chavín de Huántar debieron dispersar tales elementos relacionados hacia otros sitios del mismo periodo. En dirección inversa, muchos de los asentamientos de este periodo influyeron y/o participaron en los eventos y reuniones celebradas en Chavín de Huántar.

Dichos asentamientos se encuentran en la costa, cerca al litoral, sobre todo en los valles, y también en la sierra, especialmente en los valles interandinos, en lugares que se erigen como nodos de rutas de intercambio económico y religioso. Primordialmente, Chavín de Huántar se vinculó con asentamientos de la sierra norte (Cajamarca), costa norte (valles de Moche y Jequetepeque), costa sur (valles del Rímac y Lurín; valle de Ica y bahías de Paracas y de la Independencia), sierra central (Pasco, Junín) y sierra sur (Huancavelica y Ayacucho) del Perú.

Entre los sitios arqueológicos más significativos de este periodo están Chavín de Huántar; Kunturwasi, en el valle del Rio San Pablo; en Cajamarca; Pacopampa, en el valle del rio Chotano, también en Cajamarca; Karwa, en el litoral de la Bahía de la Independencia; Coyungo, en el valle del Río Grande en Ica; Atalla, en Huancavelica; y Campanayuq Rumi, en Ayacucho.

El área monumental de Chavín de Huántar.
Figura 5. El área monumental de Chavín de Huántar.

Este periodo termina cuando la influencia y hegemonía de Chavín y de los estilos contemporáneos asociados, desaparecen del mundo andino y, al mismo tiempo, o poco tiempo después, surgen una serie de identidades e integraciones políticas que cohesionan a las comunidades de uno o algunos valles, o áreas contiguas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están basadas en la agricultura, ganadería, pesca y recolección. Sin embargo, dada la integración económica, se observa un fuerte intercambio interregional con productos y artefactos que viajan desde zonas muy amplias del territorio peruano e, incluso, fuera de sus fronteras actuales, como en la parte norte, principalmente del actual Ecuador. La producción artesanal ya establecida en diferentes asentamientos también se hace muy importante durante este periodo y está interesantemente relacionada con la iconografía religiosa que acompaña a Chavín de Huántar y a otros sitios relevantes del periodo. Sobresalen la producción cerámica, litoescultórica, metalúrgica y textil.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, se hace evidente que existen líderes políticos y religiosos muy importantes. Ellos ocuparán y utilizarán la arquitectura más amplia y extensa de los asentamientos. También, aparecen las primeras tumbas suntuosas y con acumulación de materiales exóticos o altamente valorados. De hecho, muchas de estas tumbas se incorporan a las mismas edificaciones mayores de los asentamientos. Claramente, estamos ante líderes políticos y religiosos que controlan una cantidad importante de la producción de las comunidades locales y regionales. Asimismo, se establece la presencia de artesanos especializados. En general, se puede apreciar que la sociedad esta escindida en grupos sociales. El control social, sin embargo, se mantenía mediante la religión, a la que se podrá incorporar sacrificios humanos como medio de cohesión, pero también de coerción política.

Prácticas sociales ideológicas

Las prácticas religiosas están basadas en el culto a una serie de seres extrahumanos que dominan la cosmovisión de ese momento. Aunque no existe un patrón homogéneo que se respete en las diferentes áreas vinculadas con Chavín de Huántar, sí existen algunos seres extraordinarios que aparecen reiterativamente en diferentes áreas como, por ejemplo, el denominado «dios de los báculos» que fue representado en el mismo Chavín de Huántar, pero puede reproducirse con diferentes atributos y peculiaridades, como fue el caso de los seres análogos pintados en los textiles de Karwa, en la Bahía de la Independencia en Ica. Asimismo, se observa una gran dispersión de la representación en diferentes soportes, especialmente en la cerámica, de seres relacionados con el felino o sus atributos. En general, se puede decir que la religión local y multirregional consistía en el culto a una serie de personajes zoomorfos y antropomorfos que se vinculan e invocan a fuerzas naturales. Aparejado a lo anterior, se extiende en diferentes regiones de los Andes centrales la práctica de rituales de tipo chamánico que incorporan sustancias psicotrópicas, como la del cactus de San Pedro.

6. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tempranas (500 a. C. – 700 d. C.)

Este extenso periodo se caracteriza por el surgimiento de una serie de entidades políticas que emergen tras la desaparición de la influencia y desarticulación de las redes económicas y religiosas que tenían como eje principal al sitio de Chavín de Huántar. A su vez, aparecen algunas entidades políticas regionales que poseen su propia identidad cultural, y los primeros ejemplos de estados arcaicos.

Las diferentes sociedades de este periodo aparecen y se reproducen en gran cantidad en el territorio peruano. Prácticamente cada región del Perú incluye algún desarrollo social de este tipo. Sin embargo, podemos resaltar a la costa norte del Perú, principalmente entre los valles de Lambayeque a Nepeña o lo conocido como lo Moche; la costa central, principalmente en el valle del Rímac y reconocido como lo Lima; y en la costa sur, especialmente en la Bahía de Paracas, los valles de Chincha e Ica, lo relacionado con el fenómeno Paracas. A continuación, practicamente en la misma zona, surgirá lo conocido como Nazca. Asimismo, tenemos entidades políticas importantes en la sierra norte, principalmente en la sierra de La Libertad como Huamachuco, el Callejón de Huaylas y el Callejón de Conchucos que se vinculan a lo Recuay y, en la sierra sur del Perú, con lo Huarpa en Ayacucho y alrededor del lado occidental del lago Titicaca, lo que se denomina como Pukara.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Huaca Rajada-Sipán y Pampa Grande en el valle de Lambayeque, Pacatnamú en el valle bajo de Jequetepeque, Huacas del Sol y La Luna y Galindo en el valle de Moche, El Brujo en el valle bajo de Chicama, San José de Moro en el Rio Chamán, el Grupo Gallinazo en el valle bajo de Virú, Pañamarca en Nepeña, Chankillo en el valle de Casma, Marcahuamachuco en la sierra de La Libertad, Yayno en el Callejón de Conchucos, Huaca San Marcos y Huaca Pucllana en el valle bajo del Rímac, el Templo Viejo de Pachacamac en el valle bajo de Lurín, Cerro Colorado en la Bahía de Paracas, Huaca Santa Rosa en el valle bajo de Chincha, Ánimas Altas/Ánimas Bajas en el valle de Ica, Cahuachi en el valle del Rio Grande, Ñawinpukyo en Ayacucho y Pukará en la cuenca norte del Titicaca.

Este periodo termina cuando el fenómeno social Wari hace evidente su presencia y/o influye en diferentes sociedades y territorios del actual Perú. Asimismo, alrededor del año 562 d. C., un decrecimiento en las lluvias y una consecuente sequía de cerca de tres décadas afectaron a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades, especialmente en la costa peruana (Shimada, 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Huaca de La Luna
Figura 6. Huaca de La Luna. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

Las comunidades de este periodo emprenden grandes proyectos hidráulicos, los cuales incrementan la producción agrícola, especialmente en la costa norte y central peruana. Asimismo, la especialización artesanal se expande y se diversifica como nunca antes, lo que supone el incremento exponencial de bienes y artefactos de alta calidad tecnológica y artística. También se concentran los intercambios económicos en ciertos puntos del territorio que ocupan estas sociedades, cristalizándose como verdaderos centros económicos. Materias primas exóticas aparecen de maneras diversas en varios sitios de este periodo. Las tumbas acusan una importante inversión de trabajo y acumulación de riquezas. Claramente estamos ante la aparición de las clases sociales en el antiguo Perú.

Prácticas sociales políticas

Es el momento del surgimiento de algunos de los verdaderos estados tal como se definen clásicamente en la antropología política. Los líderes o curacas controlan la producción de las comunidades y la distribuyen a su manera, siguiendo las diferentes posiciones sociales que establecen claras asimetrías sociales. Además de la religión, el control de la sociedad se realiza mediante la fuerza y es evidente la existencia de especialistas en el ejercicio de la violencia que controlan a la sociedad, pero también se enfrentan a otros grupos sociales fuera de los límites de control de cada entidad o asentamiento.

Prácticas sociales ideológicas

Cada una de las sociedades de este periodo genera una serie de religiones que ponen el énfasis en sus propias formas de comprender el mundo. Si bien existen similitudes en las creencias entre los grupos de la costa, cada uno de ellos desarrolla un panteón religioso particular. Lo mismo sucede con las comunidades de la sierra, que también desarrollan una cosmovisión muy particular. En términos generales, las religiones de las sociedades de este periodo ponen énfasis en seres antropomorfos con atributos de la naturaleza, pero con símbolos de poder terrenal. La práctica del sacrificio humano y de la ostentación de las cabezas trofeo se hace mucho más extendida y numerosa durante este periodo.

7. Período de la Segunda Integración Multirregional (700 d. C. – 1000 d. C.)

Este periodo tiene como protagonista a la entidad política wari, la cual, a partir de su control e influencia en gran parte de los Andes centrales, genera una integración económica, política y religiosa de muchas regiones (Makowski y Giersz, 2016; Isbell, 2018, p. 427; 2019). Durante este período, también en la sierra sur del Perú, los asentamientos wari conviven y/o se influencian por medio de sitios de origen tiwanaku.

En este caso, a diferencia del primer periodo de integración multirregional vinculado con Chavín de Huántar, las élites políticas y económicas residentes en la ciudad de Huari sí ejercen control efectivo sobre territorios bien acotados. Así tenemos evidencia arqueológica sólida de que la sierra norte y sur tuvieron asentamientos que controlaron zonas productivas, fuerza de trabajo y rutas de intercambio. Este el caso de Huamachuco y la zona sur del Cusco. Asimismo, tenemos evidencias claras de lo mismo en la costa norte, principalmente en el sitio de El Castillo de Huarmey. Otras evidencias indiscutibles se encuentran en el valle alto del Osmore, Moquegua, donde el sitio de Cerro Baúl es un indisputable centro administrativo wari. Igualmente, toda la región de Ayacucho contiene algún sitio wari e, incluso, la ceja de selva con el sitio de Espíritu Pampa supone una evidencia contundente del control directo de ciertas áreas del territorio de los Andes centrales por parte de las élites wari. Sin embargo, es importante señalar que, contemporáneas a esta explosión de sitios wari, existieron en el territorio andino otras comunidades y entidades políticas que también siguieron desarrollando sus propios proyectos económicos y políticos, tal como lo Moche en la costa norte o de lo Lima en la costa central. Además, varios desarrollos políticos de la zona de Puno continuaron activos como sociedades autónomas o relacionados con Tiwanaku. Algo semejante sucede en la costa del extremo sur del actual Perú donde el valle de Osmore contiene una serie de sitios tiwanaku que convivieron con los wari, como era el caso de Cerro Baúl, antes mencionado. Lo mismo se podría decir del fenómeno Cajamarca en la sierra norte, que conserva un alto grado de autonomía e, incluso, de interacción con Wari.

Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho.
Figura 7. Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho. Fuente: Elaboración propia.

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Huari, Conchopata y Azángaro en Ayacucho, Pikillacta y Huaro al sur de la ciudad del Cusco, Viracochapampa en la sierra de la Libertad, El Palacio en Cajamarca, El Castillo en el valle bajo del rio Huarmey, Espíritu Pampa en la ceja de selva del Cusco, Maymi en el valle bajo de Pisco, Pacheco y Huaca del Loro en Nazca, y Cerro Baúl en el valle del rio Osmore en Moquegua.

Este periodo acaba con la desaparición del control de zonas administradas por las élites wari desde sus centros provinciales o la ausencia de la influencia o existencia de la artesanía del estilo wari en los Andes. Asimismo, alrededor del año 1020 d. C., una sequía de varias décadas afecta a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades de este periodo (Shimada 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Prácticas sociales económicas

La producción agrícola se erigirá como la base principal de la economía de las sociedades integradas en torno a Wari. Para ello, también se fundarán nuevos asentamientos wari, los cuales ampliarán los proyectos hidráulicos y las áreas de cultivo. Los nuevos centros wari se ubican en lugares estratégicos desde la perspectiva de los recursos económicos y laborales. Asimismo, la economía basada en la agricultura intensiva se combina con la ganadería de camélidos y con la pesca en las zonas costeras. En general, se amplía la intensidad de las prácticas sociales económicas no solo en los sitios wari, sino también en otros contemporáneos que tienen más o menos relación con esa sociedad. Pero lo que sí es importante resaltar es que la especialización artesanal aumenta y muchos artefactos son intercambiados en diferentes lugares del actual territorio peruano, principalmente en los centros administrativos wari. Caminos que conectaban a varios de estos sitios son arterias principales para el traslado de personas y bienes a lo largo del territorio andino.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, existe una clase gobernante o élite que domina el paisaje político en gran parte de los Andes. Las élites wari controlan o influyen efectivamente a los grupos sociales mediante la religión y la coerción física. A la élite ayacuchana de la ciudad de Huari le siguen en jerarquía política una serie de élites wari directamente emparentadas con las familias «reales» y otras élites locales que se han aliado, se afilian o que imitan a la wari. Debajo de ellos, toda una burocracia se establece y cuerpos de especialistas aparecen y se asientan en los diferentes sitios wari. Asimismo, diferentes grupos de artesanos y productores sustentan la riqueza de las élites. Existen instituciones políticas que establecen las posiciones sociales de cada grupo dentro de la integración wari. En este periodo se han localizado mausoleos de grandes personajes y un conjunto de distintas tumbas que representan materialmente la posición social de sus miembros.

Prácticas sociales ideológicas

En la religión de este periodo se reconoce la presencia de seres antropomorfos con rasgos animales. Especialmente, los íconos relacionados con la influencia tiwanaku se hacen presentes en la producción artesanal wari, principalmente en los textiles y cerámica. Sin embargo, no existe un panteón muy estandarizado y, más bien, conviven muchos personajes, versiones de otros seres extrahumanos antiguos u otros que recién aparecen en este periodo. En general, podríamos señalar que existen seres extraordinarios que representan fuerzas naturales y supernaturales que están organizados dentro de un discurso religioso controlado, gestionado y dirigido por los especialistas religiosos desde Wari, pero también desde otros centros administrativos wari. El culto a los ancestros se puede evidenciar contundentemente en sitios como el mismo Huari, donde se enterraron a los líderes políticos en mausoleos hechos con grandes bloques de piedra.

8. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tardías (1000 d. C. – 1400 d. C.)

Este período se caracteriza por el resurgimiento o surgimiento de una serie de tradiciones y entidades locales y regionales tras la desaparición del dominio y/o influencia wari. Varias entidades políticas florecen principalmente en valles costeros e interandinos. Verdaderas ciudades aparecen y reúnen a miles de personas. Este periodo también coincide con lo que en Europa se conoció como la «Anomalía Climática Medieval», la cual se extendió entre el 1000 d. C. y el 1300 d. C. (Fagan y Durrani, 2021). En los Andes centrales este fue un periodo de severas sequías, pero también de intermitentes y violentos fenómenos de El Niño que afectaron de diferentes maneras a las comunidades de la costa y sierra peruana (Fagan, 2009).

Las principales entidades políticas de este periodo surgen desde los principales asentamientos, ya verdaderamente urbanos, en gran parte de la costa peruana, pero principalmente en el norte y centro. De este modo, en la costa norte, con mucha diferencia, destacan lo Lambayeque y lo Chimú. La entidad política Chimú, incluso, se extendió entre los valles de Motupe y Casma. En la costa norcentral veremos el surgimiento de los asentamientos vinculados con las tierras agrícolas en el valle de Chancay y cercanos, y en la costa central los sitios relacionados con lo conocido en la literatura arqueológica como lo Ychsma en los valles del Rímac y Lurín. En la costa sur hay algunos valles como Chincha, Ica o Nazca e, incluso el Osmore, donde también se generan extensos asentamientos y cementerios. En la sierra norte, lo Cajamarca sigue aún vigente y vibrante, y en la sierra central tenemos que el valle del Mantaro contiene una serie de comunidades integradas políticamente conocidas como Xauxa y relacionadas con la agricultura y la ganadería. Finalmente, la sierra sur observó el surgimiento de los «reinos altiplánicos» entre los que destacan lo Colla y lo Lupaca, ambos ubicados en lo que ahora es el departamento de Puno. En la ceja de selva del norte del país, lo Chachapoya dominará el paisaje político de este periodo.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Batán Grande, Túcume y Chotuna-Chornancap en Lambayeque; Chan Chan en el valle bajo de Moche; Kuélap en el departamento de Amazonas; el Gran Pajatén en el departamento de San Martín; Cerro El Purgatorio en el valle bajo de Casma; Pisquillo Chico y Lauri en el valle de Chancay; el Complejo Maranga, donde resalta la Huaca Tres Palos y Mateo Salado en el valle del Rímac; Armatambo al sur de la ciudad de Lima; las Pirámides con Rampa de Pachacamac; La Centinela de Tambo de Mora en el valle bajo de Chincha; Chiribaya Alta en el valle de Moquegua; Tantamayo en Huánuco; Tunanmarca en Junín; y Pucarani y Pucara de Juli en Puno.

Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.
Figura 8. Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.

Este periodo acaba con el control territorial o la influencia del Imperio Inca en gran parte de los Andes durante el siglo Xv.

Prácticas sociales económicas

En este periodo se regresa a las producciones locales enfocadas y distribuidas en regiones relativamente constreñidas a grandes zonas ecológicas como la costa y la sierra. Aunque también hay algunos casos de «archipiélagos» territoriales en estas sociedades (Murra, 1975). Sin embargo, la principal producción agrícola se realiza en los valles costeros con proyectos preexistentes o que se amplían, y en la sierra con agricultura en terrazas agrícolas o andenes. En la costa, la agricultura se convierte en la principal práctica social económica y en la sierra, esta actividad se encuentra bien complementada con la ganadería extensiva de camélidos. Las producciones artesanales se concentran en los artefactos necesarios para las élites locales y, en algunos casos, se conservan importantes tradiciones como la metalúrgica, la textil y la cerámica. Los intercambios se siguen realizando entre comunidades, pero se enfocan sobre todo en las entidades políticas locales.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo tenemos sociedades con relaciones sociales políticas muy variadas. Se observan desde verdaderos imperios como el Chimú hasta comunidades dispersas como las del altiplano cincum-Titicaca entre las que sobresalen lo conocido como Colla y Lupaca. Así, tenemos relaciones bastante jerárquicas y otras más laxas. Sin embargo, en algunas sociedades vemos que ciertas élites se han establecido y controlan gran parte de la producción comunal. Debido a esta diversidad, las estrategias políticas de control social van desde las religiosas hasta las coercitivas o una combinación de ambas.

Prácticas sociales ideológicas

Nuevamente, como ocurrió en el periodo de las Entidades políticas autónomas tempranas, las comunidades generan sus propias visiones del mundo en donde producen sus propias representaciones de sus divinidades o sujetos de culto. La iconografía representa variadas formas de expresión de sus religiones. Los personajes antropomorfos, algunos con rasgos animales, perviven en su religión. Muchas huacas florecen en el paisaje ritual andino hacia las cuales las comunidades se orientan, movilizan y rinden culto. Extensos cementerios en la costa peruana señalan que los rituales funerarios se vuelven importantes para las comunidades andinas de este periodo.

9. Período de la Tercera Integración Multirregional (1400 d. C. – 1532 d. C.)

Este es el último periodo de la época prehispánica y tiene como principal protagonista a la entidad política inca, la cual despliega una importante integración económica, política y religiosa en gran parte de la costa, sierra y ceja de selva del área andina (D’Altroy, 2003, p. 47; Bauer y Smit, 2019, p. 129). Desde el Cusco, el Estado inca se expandirá por gran parte de los Andes sudamericanos en cuestión de décadas, formando un verdadero imperio prehispánico que incorporó a una multitud de comunidades y grupos étnicos.

Con respecto a la extensión de los asentamientos vinculados directamente con las élites del Cusco, tenemos que prácticamente todo el territorio peruano, a excepción, por ahora, de la selva baja, tuvo algún asentamiento o influencia de los incas. En este caso, los incas seleccionaron la ocupación de ciertas zonas por razones económicas, políticas e ideológicas. Destaca la colocación de nuevos asentamientos en zonas no explotadas económicamente previamente y la reocupación de sitios o huacas con poder económico, político y religioso. Evidentemente, el Tawantinsuyu excede en su extensión al Perú y llega a ocupar áreas de los actuales países de Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina, constituyéndose como uno de los imperios antiguos más importantes del mundo.

Los sitios arqueológicos construidos por los incas, o que fueron intervenidos por ellos en su expansión, se encuentran dispersos por gran parte del Perú y otros países andinos de Sudamérica. Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a la ciudad del Cusco, Ollantaytambo, Pisac y Machu Picchu en el centro del antiguo Imperio Inca; Cabeza de Vaca en Tumbes; Paramonga en el valle de Fortaleza; el Templo del Sol y el Acllahuasi en Pachacamac en el valle bajo de Lurín; Tambo Colorado en el valle de Pisco; Inkawasi en el valle medio de Cañete; Quebrada de Vaca en el litoral de Arequipa; Hatuncolla, Chucuito y las Chullpas Incas de Sillustani y Cutimbo en Puno; Huánuco Pampa en la puna de Huánuco y Pumpu en Pasco.

Este periodo finaliza con el inicio de la caída del Imperio Inca a consecuencia de la llegada de los españoles al territorio andino en 1532.

El Coricancha en Cusco.
Figura 9. El Coricancha en Cusco. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

La base de la economía incaica fue la agricultura. Para ello, extensos proyectos hidráulicos y de construcción de andenes y campos de cultivo se dieron durante este periodo. Asimismo, la ganadería de camélidos se hace mucho más intensiva. Las producciones artesanales ven un gran desarrollo alimentado por las grandes rutas de intercambio de materias primas y por las propias necesidades de las élites incaicas y aliadas. Los especialistas florecen o son asimilados por las élites incas, lo cual se expresa en una amplia variedad de productos de alta calidad tecnológica y artística. Asimismo, muchos especialistas en la producción de alimentos son parte importante de la base económica. La misma fuerza de trabajo extraída mediante «mitas» es un importante insumo para la economía incaica. La gran red de caminos incas garantizó la circulación de los bienes y de fuerza de trabajo a lo largo de todo el Imperio.

Prácticas sociales políticas

En este caso, gracias a la arqueología y la etnohistoria sabemos de la existencia de una verdadera pirámide política encabezada por el Sapa Inca y seguido de sus familias reales, élites intermedias, burócratas y especialistas hasta llegar a los comuneros. La política estatal es ejercida mediante la coerción física, aunque se mantienen ciertas manipulaciones ideológicas basadas en la tradición y religiones precedentes. El aparato estatal inca creó una serie de instituciones políticas que establecieron y garantizaron la organización de la sociedad inca. Los gobernantes y sus familias reales ejercieron un control sobre la vida y muerte de las comunidades dominadas e integradas durante este periodo.

Prácticas sociales ideológicas

La religión incaica es animista. A pesar de que existen relatos etnohistóricos que afirman la representación de sus dioses. En realidad, salvo unas cuantas descripciones, no tenemos evidencias de una religión que plasmase sus divinidades en su cultura material. De esta manera, es posible que su religión estuviera basada en el culto a fuerzas sobrehumanas y fenómenos naturales. Asimismo, los ancestros como los antiguos Incas y sus mallquis, fueron objeto de culto por los linajes reales y sus seguidores. En general, en todo el territorio andino, muchas otras creencias precedentes se amalgamaron para crear una religión con múltiples personajes que proyectaban su fuerza y control sobre las actividades del ser humano. Los incas supieron articular estos oráculos o huacas muy bien dentro de su estructura religiosa, en la cual el sol era una de las divinidades principales y oficiales, aunque no la única.

Comentarios finales

Es imposible dar cuenta de todas las prácticas sociales inmersas en ese continuum histórico denominado prehistoria de los Andes Centrales. Pero, no por ello, tal empresa debería ser abandonada ni menospreciada. Un esfuerzo por comenzar a comprender tales prácticas sociales parte de una síntesis de los datos arqueológicos e históricos y de un empeño por tratar de comprender una serie de fenómenos sociales discretos que se han materializado en el territorio estudiado. La propuesta aquí esbozada trata de asumir tal desafío con los medios y materiales disponibles en este momento concreto.

Así, como hemos podido apreciar, la prehistoria andina se puede ver grosso modo como un constante juego de integraciones y desintegraciones, las cuales tenían como principales protagonistas a los líderes y gobernantes de cada entidad política. Esto no quiere decir que los otros agentes de la historia no hayan tenido nada que ver. Por el contrario, fueron parte fundamental de tal escenario social. Por ello, incluso cuando se daban tales integraciones económicas, políticas y/o ideológicas, las fuerzas centrífugas o de resistencia al control o hegemonía desde otras facciones políticas o comunidades, también estuvieron presentes y fueron el embrión de nuevos cambios sociales. La generación de estratos o clases sociales también fue un elemento importante en tales organizaciones políticas que, más allá de ordenar a los grupos sociales de acuerdo con su actividad laboral o estatus, supuso una cuota de control sobre sus vidas y sus producciones materiales. Por ello, la coerción muchas veces apareció como la manera más efectiva para disminuir tales tensiones sociales.

De toda esta historia prehispánica aquí esbozada, afortunadamente nos han quedado paisajes, monumentos, poblados, cementerios y artefactos arqueológicos que nos hablan de la gran diversidad social y étnica que se dio en los Andes peruanos prehispánicos. Esa riqueza es la que nos permite contar con una importante colección de las mejores obras de arquitectura y de arte de todo el mundo y que los arqueólogos no se cansan de estudiar.

Finalmente, es nuestro deseo que esta propuesta de periodificación ayude a organizar de manera más coherente los datos arqueológicos actuales, pero, sobre todo, espera proponer una manera de ver a la historia precolonial andina desde una perspectiva más dialéctica en la cual todos los actores de la escena histórica estén iluminados.

Referencias

Alva, Ignacio. (2012). Ventarrón y Collud. Origen y Auge de la Civilización en la Costa Norte del Perú. Lima: Ministerio de Cultura.

Bauer, Brian. (2018). Cuzco Antiguo. Tierra Natal de los Incas. Cusco: Centro Bartolomé de las Casas.

Bauer, Brian y Smit, Douglas. (2019). “Separando la Paja del Trigo”. Mitos Incas, Leyendas Incas y la Evidencia Arqueológica para el Desarrollo del Estado en la región del Cuzco. En Izumi Shimada (ed.), El Imperio Inka (pp. 125-148). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Bennett, Wendell. (1946). The Archeology of the Central Andes. En J. H. Steward (ed), Handbook of South American Indians, The Andean Civilizations, vol. 2. (pp. 61–142). Washington D.C: Smithsonian Institution Bureau of American Ethnology.

Bennett, Wendell y Junius Bird. (1949). Andean Culture History. Nueva York: American Museum of Natural History.

Burger, Richard. (1992). Chavín and the Origins of Andean Civilization. Londres: Thames & Hudson.

Burger, Richard. (2008). The Manchay Culture and the Coastal Inspiration for Highland Chavin Civilization. En William Conklin y Jeffrey Quilter (eds.), Chavin. Art, Architecture and Culture (pp. 85-105). Los Angeles: Cotsen Institute of Archaeology, UCLA.

Burger, Richard. (2019). Changing Interpretations of Early Central Andean Civilization. En Richard Burger, Lucy Salazar y Yuji Seki (eds.), Perspectives on Early Andean Civilization in Peru. Interaction, Authority, and Socioeconomic Organization During the First and Second Millenia BC (pp. 189-199). New Haven: Yale University Publications in Archaeology.

Burger, Richard; Salazar, Lucy y Seki, Yuji. (eds.). (2019). Perspectives on Early Andean Civilization in Peru. Interaction, Authority, and Socioeconomic Organization During the First and Second Millenia BC. New Haven: Yale University Publications in Archaeology.

Carmichael, Patrick. (2019). Stages, periods, epochs, and phases in Paracas and Nasca chronology: another look at John Rowe’s Ica valley master sequence. Ñawpa Pacha, 39(2), 145-179.

Chauchat, Claude. (2006). Prehistoria de la Costa Norte del Perú. El Paijanense de Cupisnique. IFEA/Patronato Huacas del Valle de Moche, Lima.

Clasby, Ryan y Jason Nesbitt (eds.). (2021). The Archaeology of the Upper Amazon. Complexity and Interaction in the Andean Tropical Forest. Gainesville: University Press of Florida.

Covey, Alan. (2006). How the Incas Built Their Heartland. State Formation and the Innovation of Imperial Strategies in the Sacred Valley, Peru. Ann Arbor: The University of Michigan Press.

Crumley, Carole. (1995). Heterarchy and the Analysis of Complex Societies. En Robert Ehrenreich, Carole Crumley y Janet Levy (eds.), Heterarchy and the Analysis of Complex Societies (pp. 1-6). Washington, D.C.: American Anthropological Association.

D´Altroy, Terence. (2003). The Incas. Malden: Blackwell.

D´Altroy, Terence. (2015). The Incas (segunda edición). Malden: Blackwell.

Dillehay, Tom. (2008). Latin American Archaeology in History and Practice. En Alexander Bentley, Herbert Maschner y Christopher Chippindale (eds.), Handbook of Archaeological Theories (pp. 165-185). Landham: Altamira.

Dillehay, Tom; Bonavia, Duccio; Goodbred, Steve Jr.; Pino, Mario; Vásquez, Víctor y Rosales, Teresa. (2012). A late Pleistocene human presence at Huaca Prieta, Peru, and early Pacific Coastal adaptations. Quaternary Research, (77), 418-423.

Dillehay, Tom. (ed.). (2017). Where the Land Meets the Sea: Fourteen Millennia of Human History at Huaca Prieta, Peru. Austin: University of Texas Press.

Fagan, Brian. (2009). El Gran Calentamiento. Como influyó el Cambio Climático en el Apogeo y Caída de las Civilizaciones. Barcelona: Gedisa.

Fagan, Brian y Nadia Durrani. (2021). Climate Chaos. Lessons on Survival From Our Ancestors. Nueva York: Public Affairs.

Grieder, Terence; Bueno, Alberto; Smith, Earle y Malina, Robert. (1989). La Galgada, Peru. A Preceramic Culture in Transition. Austin: University of Texas Press.

Haas, Jonathan y Creamer, Winifred. (2006). Crucible of andean civilization: the peruvian coast from 3000 to 1800 BC. Current Anthropology, 47(5): 745-775.

Isbell, William. (2018). Ayacucho and the Staff God Pantheon. Wari, Tiwanaku, and the Late SAIS Era. En William Isbell, Mauricio Uribe, Anne Tiballi y Edward Zegarra. (eds), Images in Action. The Southern Andean Iconographic Series (pp. 427-478). Los Angeles: Cotsen Institute.

Isbell, William y Helaine Silverman. (2002). Theorizing Variations in Andean Sociopolitical Organization. En William Isbell y Helaine Silverman (eds.), Andean Archaeology I. Variations in Sociopolitical Organization (pp. 3-11). Nueva York: Springer.

Isbell, William; Uribe, Mauricio; Tiballi, Anee y Zegarra, Edward (eds.). (2018). Images in Action: The Southern Andean Iconographic Series. Los Angeles: Cotsen Institute of Archaeology, UCLA.

Jennings, Justin. (2010). Beyond Wari Walls: Regional Perspectives on Middle Horizon Peru. Albuquerque: University of New Mexico Press.

Kaulicke, Peter. (2010). Las Cronologías del Formativo. 50 Años de Investigaciones Japonesas en Perspectiva. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú..

Kroeber, Alfred. (1927). Coast and Highland in Prehistoric Peru. American Anthropologist, 29(4), 625-653.

Larco Hoyle, Rafael. (1948). Cronología Arqueológica del Norte del Perú. Buenos Aires: Sociedad Geográfica Americana.

Lathrap, Donald (1970). The Upper Amazon. Washington DC: Praeger.

Lavallée, Danièle. (ed.) (1995). Telarmachay. Cazadores y Pastores Prehistóricos de los Andes. Lima: Instituto Francés de Estudios Andinos.

León, Elmo. (2007). Orígenes Humanos en los Andes del Perú. Lima: Universidad San Martín de Porres.

Lumbreras, Luis G. (1969). De los Pueblos, las Culturas y las Artes del Antiguo Perú. Lima: Moncloa-Campodónico.

Lumbreras, Luis G. (2019). Pueblos y Culturas del Perú Antiguo. Lima: Petroperú.

Makowski, Krzysztof. (2016). Urbanismo Andino. Centro Ceremonial y Ciudad en el Perú Prehispánico. Lima: Apus Graph.

Makowski, Krzysztof y Giersz, Miłosz. (2016). El Imperio en Debate: Hacia Nuevas Perspectivas en la Organización Política Wari. En M. Giersz y K. Makowski (eds.), Nuevas Perspectivas en la Organización Política Wari (pp. 5-37).

Lima: Centro de Estudios Precolombinos e Instituto Francés de Estudios Andinos.

Makowski, Krzysztof y Miłosz Giersz (eds.) (2016). Nuevas Perspectivas de la Organización Políticas Wari. Lima: Centro de Estudios Precolombinos de la Universidad de Varsovia.

Malpass, Michael. (2016). Ancient People of the Andes. Ithaca: Cornell University Press.

Moore, Jerry. (2014). A Prehistory of South America. Ancient Cultural Diversity on the Least Known Continent. Boulder: University Press of Colorado.

Murra, John. (1975). Formaciones Económicas y Políticas del Mundo Andino. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Quilter, Jeffrey. (2022). The Ancient Central Andes. Segunda edición. Londres: Routledge.

Ramón, Gabriel (2005). Periodificación en arqueología peruana: genealogía y aporía. Bulletin de l’Institut français d’études andines, 34(1), 5-33.

Ravines, Rogger (1970). Introducción. En R. Ravines (ed.), 100 Años de Arqueología en el Perú (pp. 11-28). Lima: : Instituto de Estudios Peruanos y Petróleos del Perú.

Richardson, James y Sandweiss, Daniel. (2008). Climate Change, El Niño, and the Rise of Complex Society on the Peruvian Coast during the Middle Holocene. En Daniel Sandweiss y Jeffrey Quilter (eds.), El Niño. Catastrophism, and Culture Change in Ancient America (pp. 59-75). Washington D.C.: Dumbarton Oaks.

Rick, John. (1980). Prehistoric Hunters of the High Andes. Nueva York: Academic Press.

Rivasplata, Paula. (2015). La arqueología precientífica en el Perú en el siglo XVIII. Letras Históricas, (13), 221-252.

Rowe, John (1962). Stages and Periods in Archaeological Interpretation. Southwestern Journal of Anthropology, 18(1), 40–54.

Rowe, John y Menzel, Dorothy (eds.). (1967). Peruvian Archaeology. Selected Readings. Palo Alto: Peek Publications.

Sahlins, Marshall. (1977). Economía de la Edad de Piedra. Akal, Madrid.

Sandweiss, Daniel; Shady, Ruth; Moseley, Michael; Keefer, David y Ortloff, Charles. (2009). Environmental change and economic development in coastal Peru between 5,800 and 3,600 years ago. PNAS, 106(5), 1359–1363.

Seki, Yuji (ed.). (2023). New Perspectives on the Early Formation of the Andean Civilization. Osaka: National Myuseum of Ethnology.

Shady, Ruth. (2008). El Sistema Social de Caral y su Trascendencia: El Manejo Transversal del Territorio; la Complementariedad Social y Política; y la Interacción Intercultural. Nayra Kunan Pacha, 1(1), 19-90.

Shady, Ruth; Machacuay, Marco; Novoa, Pedro; Quispe, Edna y Leyva, Carlos. (2015). Centros Urbanos de la Civilización Caral: 21 Años Recuperando la Historia Sobre el Sistema Social. Lima: Zona Arqueológica de Caral.

Shimada, Izumi. (1994a). Los Modelos de la Organización Sociopolítica de la Cultura Moche. En Moche. Propuestas y Perspectivas. Actas del Primer Coloquio Sobre la Cultura Moche (pp. 359-387). Trujillo: Universidad Nacional de Trujillo.

Shimada, Izumi. (1994b). Pampa Grande and the Mochica Culture. Austin: University of Texas Press.

Silverman, Helaine (ed.) (2004). Introduction: Space and Time in the Central Andes. En H. Silverman (ed.), Andean Archaeology (pp. 1-15). Malden: Blackwell.

Silverman, Helaine y Isbell, William (eds). (2008). The Handbook of South American Archaeology. New York: Springer.

Stanish, Charles. (1992). Ancient Andean Political Economy. Austin: University of Texas Press.

Stanish, Charles; Chávez, Cecilia; LaFavre, Karl y Plourde, Aimée. (2014). The Northern Titicaca Basin Survey Huancané-Putina. Memoirs of the Museum of Anthropology Number 56. Ann Arbor: University of Michigan.

Stanish, Charles; Earle, Timothy; García Sanjuán, Leonardo; Tantaleán, Henry y Barrientos, Gustavo (e.p). Early monumentality, ritual and political complexity: Formative Peru and Copper Age Iberia. Current Anthropology (artículo aceptado).

Stone-Miller, Rebecca. (1993). An Overview of the ‘Horizon’ and ‘Horizon Style’ in the Study of Ancient American Objects. En Don Rice (ed.), Latin American Horizons (pp. 15–40). Washington DC.: Dumbarton Oaks

Strong, William D. (1948). Cultural Epochs and Refuse Stratigraphy in Peruvian Archaeology. En Wendell Bennett (ed.), A Reappraisal of Peruvian Archaeology (pp. 93-102). Menasha: Society for American Archaeology.

Swenson, Edward y Roddick, Andrew. (2018). Introduction. Rethinking Temporality and Historicity from the Perspective of Andean Archaeology. En Edward Swenson y Andrew Roddick (eds.), Constructions of Time and History in the Pre-Columbian Andes (pp. 3-40). Boulder: University Press of Colorado.

Tantaleán, Henry. (2006). Asentamientos y producción: la cuenca norte del Titicaca entre el siglo XII a.n.e. al III d.n.e. Revista Atlántica-Mediterránea de Prehistoria y Arqueología Social, (8), 109-137.

Tantaleán, Henry. (2016). Una Historia de la Arqueología Peruana. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, Universidad San Francisco de Quito,

Tantaleán, Henry. (2021). Los Antiguos Estados Andinos. Una Arqueología de las Formaciones Políticas del Perú Prehispánico. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Tantaleán, Henry (2023). El Pasado Excavado. Una Introducción a la Arqueología Peruana. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Tello, Julio C. (1921). Introducción a la Historia Antigua del Perú. Lima: Euforión.

Tello, Julio C. (1929). Antiguo Perú. Primera Época. Lima: Comisión Organizadora del Segundo Congreso Sudamericano de Turismo.

Uhle, Max. (1902). Types of Culture in Peru. American Anthropologist, (4), 753-759.

Uhle, Max. (1903a). Pachacamac: Report of the William Pepper, M.D., LL.D, Peruvian Expedition of 1896. Philadelphia: Department of Archaeology, University of Pennsylvania.

Uhle, Max. (1903b). Ancient South America Civilization. Harper’s Monthly Magazine, (107) 780-786.

Vega-Centeno, Rafael. (2020). Culturas, Estilos y Horizontes en la Cronología Andina. Una Revisión de Conceptos y Paradigmas. En Rafael Vega-Centeno y Jalh Dulanto (eds.), Los Desafíos del Tiempo, el Espacio y la Memoria. Ensayos en Homenaje a Peter Kaulicke (pp. 481-504). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

Willey, Gordon. (1945). Horizon styles and pottery traditions in Peruvian archaeology. American Antiquity, 11(1), 49-56.

Recibido: 20 de setiembre de 2023

Aceptado: 23 de octubre de 2023

Publicado: 19 de diciembre de 2023

Contribución del autor: El autor ha participado en la elaboración, el diseño de la investigación, la redacción del artículo y aprueba la versión que se publica en la revista. Financiamiento: Sin financiamiento. Conflicto de intereses: El autor no presenta conflicto de interés.

Correspondencia: [email protected]

  1. Una versión preliminar de esta sección fue publicada en Tantaleán (2023).

 

 

 

Estados militaristas andinos: Introducción

Incluso desde antes de su definición como una sociedad independiente de Tiwanaku, la arqueología relacionada con lo que se conoce como Wari (600 d.C-1000 d.C.) ha sido la base sobre la que se ha generado un importante debate especialmente con respecto a su naturaleza sociopolítica y socioeconómica. En este artículo, desde nuestra perspectiva arqueológica, queremos contribuir a darle sentido y contenido a lo conocido como Wari. En base a nuestro análisis de la materialidad social relacionada con lo Wari hemos encontrado empíricamente que este contiene una serie de manifestaciones de lo que podríamos llamar en nuestro mundo contemporáneo como un estado y hasta un imperio. Sin embargo también entendemos que la naturaleza de Wari se conforma adentro de un proceso histórico particular basado en condiciones materiales especiales que denominamos andinas. En este artículo desplegamos de la mejor forma posible algunos argumentos para darle mayor consistencia a dicha propuesta. Finalmente, utilizamos el caso de Wari para identificar a otros posibles estados militaristas en los andes centrales.

Abstract

Even before its definition as an independent society from Tiwanaku, archeology related to what is known as Wari (600 AD -1000 AD) has been the basis on which it has generated considerable debate especially regarding their sociopolitical and socioeconomic nature. In this article, from our archaeological perspective, we want to help give meaning and content to what is known as Wari. Based on our analysis of the social materiality related with Wari we found empirically that it contains a series of demonstrations of what we might call in our contemporary world as a state and even an Empire. However we also understand that the nature of Wari is formed in a particular historical process based on special materials conditions which we called Andean. In this article we display the best possible arguments to give some consistency to the proposal. Finally, we use the case of Wari to identify other possible militaristic states in the central Andes.

1. Introducción
En la organización político militarista de Wari, se establecieronn cabezas de región, así la administracion del imperio seria mas facil:

  • Viracocha: Pampa -Huamachuco
  • Pachacamac (Lima)
  • Vilca Huai (Huaraz)
  • Wuari Vilca (Huancayo)
  • Socos (Ica)
  • Cajamarquilla (Lima)
  • Piquillacta (Cusco)
  • Qoscopa (Arequipa)

 

Para la mayoría de los arqueólogos andinistas el sitio de Wari, en Ayacucho, en los Andes Centrales, representa la capital de un estado prehispánico que se desarrolló entre los siglos VI y XI d.C. Pese a ello, subsiste un problema ontológico cuando se le relaciona con el concepto de Imperio, lo cual ha generado una serie de discusiones académicas. Más aún, el desafío metodológico desde la arqueología, estribaría en establecer su carácter material y desde ahí inferir su naturaleza socioeconómica y sociopolítica. De esta manera, para efectos metodológicos, lo que persiste como un desafío es la manera en la que este estado se habría expandido materialmente a lo largo de los Andes Centrales y Centro Sur.

Desde la definición histórico cultural de Julio C. Tello (1970[1931]) con la que se inauguró la explicación de lo Wari pasando por el modelo de “imperio” de Luis G. Lumbreras (1974a) hasta el modelo de “emporio” de Ruth Shady (1988a), la discusión acerca del carácter de esta sociedad ha mantenido (pre)ocupados a una serie de investigadores durante las últimas ocho décadas. De este modo, lo Wari ha sido sujeto de una serie de discusiones en torno a su caracterización sociopolítica (Chirinos 2006, Bergh y Jennings 2012). De todas esas definiciones, la que quizá tomó mayor relevancia por su planteamiento original o, por lo menos, sirvió como contrapunto a otras perspectivas arqueológicas fue la de Luis Lumbreras (1974a) quien expresó que el extenso sitio de Huari 2 fue la capital de un Imperio que se extendió por medio del militarismo por un gran área de la sierra peruana e, incluso, llegó a la costa. Pese al tiempo transcurrido desde su planteamiento inicial y sus versiones más sofisticadas, todavía, la idea de Lumbreras sobre Wari no se ha modificado en esencia y esto se debería a que él vio a un estado Wari donde lo militar fue un importante medio de expansión de su territorio y el control de los recursos políticos, una explicación que se identifica con otros imperios, principalmente del Viejo Mundo (por ejemplo ver, Algaze 1993, Sinopoli 1994, Alcock et al. 2001), el principal lugar de procedencia de la mayoría de nuestros modelos y analogías que aplicamos a nuestros materiales arqueológicos en los Andes. Obviamente, y así lo reconoce Lumbreras sin mayor problema, existe una opción política en tal planteamiento y el contexto en el que surgió dicha propuesta y su propia formación familiar son elementos que no pueden ser desvinculados de tal propuesta. Sin embargo, más allá de la subjetividad inherente a una propuesta que necesita seguir siendo explorada y argumentada a través de las evidencias empíricas, es importante reflexionar en torno a la capacidad real o no de la sociedad Wari para expandirse efectivamente por el territorio andino. Claramente, en este artículo nosotros nos encontramos más cercanos a la propuesta de Lumbreras pero, sobre todo, cercanos al materialismo histórico que lo inspiró.

Así, en este artículo desde una perspectiva materialista histórica, retomamos el concepto de estado expansivo Wari, tratando de otorgarle una mayor consistencia a la propuesta lumbreriana. De este modo, siguiendo nuestro proyecto iniciado en base a Chavín de Huántar (Tantaleán 2011) y luego ampliado a otras sociedades que denominamos como “Estados Teocráticos Andinos” (Tantaleán 2012), en esta ocasión queremos explorar la definición de Wari como un Estado Militar Andino y, sobre todo el cómo podemos (como arqueólogos) establecer no solamente su forma sino, especialmente, su contenido. Para ello, procuramos establecer y hacer explícita nuestra forma de ver los materiales arqueológicos, y nos esforzamos en la presentación de diferentes indicadores arqueológicos para dar sustento a nuestra representación arqueológica de Wari como un estado expansivo andino. Aunque los arqueólogos andinistas han propuesto una serie de indicadores (Isbell 1985, Schreiber 2001, Finucane et al. 2007: 579), éstos aun nos parecen insuficientes para explicar una particularidad (por su propia universalidad) y una materialización del fenómeno Wari en su propia trayectoria histórica, así como su contexto histórico de formación y desarrollo.

 

Arquitectura Ceremonial y Espacios de Poder en los  Andes Centrales. Una Propuesta de Secuencia de  Desarrollo Temprano

Huaca Ventarrón

Se propone una secuencia de desarrollo de los espacios rituales entre el Período Arcaico Tardío y Formativo Medio de los Andes Centrales a partir del análisis de la organización espacial y la distribución territorial de los mismos. Se parte de una crítica a los enfoques tipológicos y cuantitativos, optando por un enfoque que enfatice el estudio del diseño arquitectónico y sus implicancias funcionales. La secuencia sugiere la existencia de espacios rituales originalmente pensados para congregar e identificar a unidades familiares que, a lo largo del tiempo, van incorporando componentes que sugieren la consolidación de entidades de alcance comunal y regional que, por lo general, engloban a las unidades de menor alcance.

 

 

Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse
Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima. [email protected]

A developmental sequence of ritual spaces is proposed for the Late Archaic and Middle Formative Periods of the Central Andes. This sequence is addressed through the analysis of the buildings’ spatial organization and territorial organization. Before explaining the sequence, I discuss classic typological an quantitative approaches to the study of early architecture in the Andes, noting the need to emphasize the architectural design and its functional implications. The proposed sequence reveals how ritual spaces originally congregated kinship units and through time, incorporate several components that indicate the development of communal an regional entities that tend to involve smaller-scale social units.
______________________________________________________________

Introducción
El manejo de la evidencia arquitectónica ha jugado un rol central en la caracterización de las sociedades centro-andinas, con una particular relevancia para el caso de los períodos tempranos (v.g., los períodos Arcaico Tardío (3000-1800 a.C.) y Formativo (1800-200 a.C.). Esta evidencia ha estado dominada por dos enfoques. Por un lado, ha existido un enfoque que se puede definir como tipológico, que pone énfasis en la identificación de formas arquitectónicas prototípicas y el registro de su distribución espacial y temporal. Por otro lado, ha existido un enfoque cuantitativo, que enfatizaba la medición del volumen de los edificios, partiendo de la premisa de que éste reflejaba de manera directa la escala del proceso constructivo y, de manera indirecta, la capacidad de convocatoria o control de los líderes o élites responsables de la conducción de la construcción. Se requería, en este caso, de técnicas de medición de los volúmenes arquitectónicos y, en aproximaciones más sofisticadas, de los elementos constructivos y sus requerimientos técnicos.

Figura 1. Conjuntos arquitectónicos del Período Arcaico Tardío: a. Montículo KT de Kotosh, b. Montículo Sur de La Galgada, c. Unidad 1 de El Paraíso, d. Conjuntos Arquitectónicos de Buenavista, e. Recintos al Sur de Plataforma Principal de Pampa de los Perros, f. Conjuntos Arquitectónicos de Cerro Lampay, g. Estructura Central de la Pirámide Mayor de Caral, h. Estructura Central del Templo del Anfiteatro de Caral, i. Edificio de la Fase 2 de Huaca Ventarrón

Los enfoques aquí mencionados han contribuido significativamente al conocimiento del fenómeno arquitectónico en los Andes. Gracias al enfoque tipológico, ha sido posible el registro de elementos arquitectónicos distintivos de los Andes como la plaza circular hundida (Williams 1972), el diseño de templos con planta en U (Williams 1971, 1980) o los recintos con banqueta y fogón central (Bonnier 1988), por poner algunos ejemplos. Por su parte, dentro del enfoque cuantitativo, se han dado varias contribuciones que han permitido abrir la discusión a las implicancias sociopolíticas del fenómeno arquitectónico (Haas 1987; Lanning 1967; Pozorski 1987; Shady et al. 2000). Ambos enfoques, sin embargo, presentan algunas limitaciones que es necesario poner en relieve.
La perspectiva tipológica puede en ciertas ocasiones sobredimensionar los aspectos formales de la arquitectura, dejando de lado la preocupación por cómo es que los elementos formales llegan a constituir espacios significativos. Esto se pone en evidencia cuando volúmenes geométricos son asumidos como “patrones arquitectónicos”. Por su parte, la perspectiva cuantitativa puede tender a reducir la complejidad del fenómeno arquitectónico a una sola variable (el volumen de construcción) sin tomar en cuenta la complejidad del proceso constructivo ni la naturaleza del diseño arquitectónico previo a dicho proceso. Dado el grado de simplicidad a que podía llegarse, no es casualidad que bajo ambos enfoques se hayan llevado a cabo caracterizaciones del fenómeno arquitectónico sobre la base de evidencia superficial, prescindiendo de información contextual proveniente de excavaciones.
A partir de estas consideraciones, presento una propuesta de caracterización de la arquitectura ceremonial temprana que parta de una evaluación de las implicancias de las funciones propias de este tipo de edificios. Se entiende por implicancias los factores derivados de la creación de un espacio destinado a acoger actividades rituales como son: el número y naturaleza de los participantes, la forma de acceder a los espacios, las posibles distribuciones al interior de los espacios y las instalaciones internas.

La propuesta considera, a su vez que, en tanto que se trata de espacios de congregación para actividades significativas, estos espacios se convierten en recursos identitarios para quienes participan de dichas actividades y, por lo tanto, el registro de su distribución y diseño permitiría establecer la escala de los grupos humanos congregados en ellos (familias, comunidades, regiones, etc.).

A partir de estos parámetros, se hará una revisión de las características de los centros ceremoniales de épocas tempranas de los Andes Centrales, que involucran los períodos Arcaico Tardío (3000-1800 a.C.), Formativo Temprano (1800-1200 a.C.) y Formativo Medio (1200-800 a.C.). El propósito es establecer una secuencia de cambios y continuidades en los espacios rituales que permita inferir o proponer diferentes estrategias de legitimación socio-política, como base para delinear los procesos sociales de éstas épocas.

El Período Arcaico Tardío: Templos familiares y templos comunales.
Recientes investigaciones en diferentes regiones de los Andes Centrales han permitido expandir nuestra idea sobre los edificios rituales de este período. Vamos a centrarnos en algunos casos emblemáticos para ensayar una caracterización.

El sitio de Kotosh es conocido por los recintos ceremoniales registrados en la fase Mito de este sitio (Izumi y Terada 1972) que Elizabeth Bonnier caracterizó a este tipo de edificios como recintos con piso a desnivel y fogón central (Bonnier 1988). En Kotosh, estos recintos fueron construidos sobre una plataforma escalonada que los contenía en sus diferentes niveles (Figura 1a). Burger (1993) ha sugerido que podría haber co-existido hasta 25 de estos espacios en el sitio. Por otro lado, las investigaciones de la Misión Japonesa en el valle del Huallaga permitieron registrar estructuras semejantes en los sitios de Wayra Jirka y Shillacoto (Izumi 1971), existiendo la posibilidad de que otros asentamientos homologos estén aún por identificarse en este valle.

El sitio de La Galgada, en el cañón de Tablachaca, presenta significativas semejanzas con Kotosh, más allá de los aspectos formales antes mencionados. En La Galgada (Figura 1b), tal como en Kotosh, existen dos montículos que contienen los recintos (en este caso, sólo en la cima) y, por otro lado, se trata de un sitio que coexiste con otros sitios que también cuentan con arquitectura pública asignable al Precerámico (Grieder et al. 1988).

Ambos casos, emblemáticos de la llamada Tradición Mito, revelan escenarios regionales fragmentados en asentamientos con edificios ceremoniales equivalentes en escala o complejidad, hecho que sugiere la existencia de unidades sociopolíticas autónomas unas de otras. Los espacios ceremoniales tendrían por lo tanto un rango de congregación local, usualmente relacionado con entidades comunales. Por otro lado, al interior de estos espacios, encontramos una sub-división en unidades arquitectónicas menores, de acceso autónomo y función homóloga (los recintos ceremoniales), susceptibles de considerarse como espacios rituales de grupos familiares (clanes, linajes, etc.).

Figura 2. Conjuntos arquitectónicos del Período Formativo Temprano: a. Ataúdes, b. Pendiente, c. Huaca Antigua de Montegrande, d. Huaca Grande de Montegrande, e. Arquitectura Intermedia Típica de Pampa de las Llamas – Moxeke, f. Huaca A de Pampa de las Llamas Moxeke

Nos encontraríamos por lo tanto ante edificios que revelan actividades rituales que involucran a los grupos humanos que componen una comunidad (v.g., grupos familiares) y que, a su vez, han concertado un espacio común que representa a dicha entidad. Puede, por otro lado, explorarse la posibilidad de que existan desigualdades (en recursos o poder) entre estos grupos a partir de la escala, calidad constructiva y ubicación de los recintos dentro del espacio comunal.

Recientes estudios en la costa central han revelado características semejantes para el Período Arcaico Tardío. A las evidencias del conocido sitio de El Paraíso, se han sumado ahora las de Buenavista y Pampa de los Perros dentro del valle medio y bajo del río Chillón, sugiriendo una distribución de asentamientos semejante a las consideradas para el Alto Huallaga o el cañón de Tablachaca. Por otro lado, las estructuras registradas en estos sitios presentan rasgos a tomar en cuenta.

En el caso de El Paraíso, se cuenta con un registro completo de la organización espacial de la Unidad 1, analizada por Jeffrey Quilter, quien concluye que ésta se compone en su cima por al menos seis estructuras compuestas, por lo general, de dos recintos articulados (Quilter 1985) (Figura 1c). La forma, disposición de accesos y tamaño de los recintos puede variar, existiendo sin embargo un patrón relativamente común de escala y diseño. Quilter encontró estructuras semejantes en la Unidad IV, quedando abierta la posibilidad de un número considerable de éstas en todo el sitio (Quilter 1985). Por su parte, los trabajos recientes del equipo de R. Benfer y H. Ludeña en el sitio de Buenavista han permitido el registro de por lo menos tres estructuras rituales que, como en el caso de El Paraíso, se componen de dos recintos articulados (Figura 1d), si bien en este caso pueden encontrarse elementos figurativos impresionantes como frisos y modelados de barro (Benfer et al. 2007). Por último, César Cornejo ha reportado la existencia de un montículo plataforma en el sitio de Pampa de los Perros (Figura 1e), en cuya primera terraza encontramos, una vez más, una serie de estructuras de dos recintos (Cornejo 2012).

Puede verse en estos registros que el valle del Chillón muestra la constitución de un patrón de estructuras rituales donde recintos de pequeña o mediana escala se articulan en espacios comunes formando probablemente centros de alcance comunal compartiendo el valle y que, a su interior, albergan espacios para grupos de base, razonablemente considerados como grupos familiares. Se trata, por lo tanto de una situación homóloga a aquella del Alto Huallaga, si bien en términos formales, se trata de estructuras que revelan identidades regionales particulares.
Si comparamos esta situación con aquella de la Costa Nor Central (valles de Fortaleza, Pativilca, Supe y Huaura), encontramos diferencias de otra índole. Por mucho tiempo, se consideró que en esta región existía un patrón de montículos-plataforma asociados con plazas circulares hundidas. Esta definición se basaba, como mencionamos antes, en registros superficiales (Williams y Merino 1979). Las excavaciones llevadas a cabo en los últimos años han permitido definir un patrón arquitectónico más preciso.

En el caso del sitio de Cerro Lampay (Vega-Centeno 2005), encontramos una estructura compuesta por un recinto posterior y una antesala. Él primero es de unos 45 m2 de área, mientras que la antesala es de unos 144 m2. Un detalle significativo de esta estructura es que, además del acceso frontal y el que conecta a ambos espacios, existen accesos laterales simétricamente dispuestos, además de un acceso posterior. En un segundo momento, se adosó otra estructura que replica a la primera, aunque en menor escala (Figura 1.f.).

Los trabajos llevados a cabo en sitios de mayor escala y complejidad como Caral o Chupacigarro (Shady 1997, 2006) (Fig. 1g-h), en el vecino valle de Supe, han revelado que en la cima de los grandes montículos plataforma, existen estructuras análogas a aquella excavada en Cerro Lampay.

Una diferencia significativa entre las estructuras ceremoniales de esta región y aquellas del Huallaga, Tablachaca o el Chillón es que, en vez de existir un agregado de espacios, la escena ritual se reduce a un solo espacio (o dos) que, por otro lado, introducen un sistema de accesos más complejo, revelando un sistema de desplazamiento-congregación hacia el espacio ritual que regula grupos con mayores variables de estructuración. Es significativo, por otro lado, que en algunas estructuras de Caral como la Pirámide Mayor o el Templo del Anfiteatro, existan espacios rituales restringidos que consistan en recintos con fogón central y un solo acceso (Shady y Machacuay 2003, Shady et al. 2003) (Figuras 1g-h). Estos espacios, que recuerdan aquellos de Kotosh o La Galgada, bien pueden ser entendidos también como espacios rituales para grupos familiares pero, en este caso, se trataría de grupos con acceso a lugares restringidos. Estamos sin duda ante una manifestación de diferenciación social que se articula y contrasta con el espacio central antes descrito, que centraliza la actividad ritual en la estructura, sugiriendo que estamos ante un tipo de espacio ritual comunal, que resume la participación de las unidades familiares de base en su manejo dual de espacio o, eventualmente, en su distribución de pares de estructuras (significativamente asimétricas), sugiriendo la organización en mitades (Vega-Centeno 2005).

Desde esta perspectiva, centros de gran escala como Caral, Miraya, Lurinhuasi, San José o Caballete, pueden ser entendidos como centros regionales donde se estarían congregando y compartirían el espacio estructuras ceremoniales de distintas comunidades. Otros casos como Cerro Lampay, Cerro Blanco Norte o Cerro Blanco de supe sugerirían espacios comunales aislados.

Figura 3.Conjuntos arquitectónicos del Período Formativo Medio: a. Huaca de los Reyes, b. Cardal.

Trabajos recientes en el valle de Lambayeque, en el sitio de Ventarrón, han revelado una estructura de carácter ceremonial compuesta por una plataforma escalonada en cuya cima aparece un solo recinto (Alva 2010) (Figura 1i). Diversos elementos como el uso de contrafuertes para los muros de contención o pintura mural compleja, evidencian una tradición cultural diferenciada de aquellas e más al sur. Por otro lado, la organización centralizada y unitaria del espacio ritual sugiere una situación homóloga a la de la Costa Nor Central.

Puede decirse, a manera de síntesis preliminar, que durante el Período Arcaico Tardío la arquitectura ceremonial revela diferentes formas de estructuración del poder y de estructuración de las relaciones entre linajes al interior de las comunidades andinas. En algunos casos, se enfatiza aún el espacio autónomo de cada grupo, siendo posible la diferenciación entre éstos por la escala, elaboración o ubicación de los espacios, mientras que en otros casos existen ya grupos claramente diferenciados con acceso privilegiado a un nuevo espacio ritual comunal, cuyo diseño revela las formas en que la participación de los grupos es uniformizada.

Nuevos escenarios en el Formativo Temprano
El Período Formativo Temprano es conocido por la introducción de la cerámica y la construcción de nuevos complejos arquitectónicos en los Andes Centrales. Quizás las regiones mejor documentadas en este período son el valle medio del Jequetepeque y del valle de Casma.

En el Jequetepeque, registros de Ravines (1982), Tellenbach (1986) y, recientemente Tsurumi (2010), han revelado la coexistencia de asentamientos del Período Formativo Temprano en el valle medio; zona conocida como Tembladera. Al interior de estos asentamientos, se ha podido registrar la presencia de estructuras de carácter ceremonial cuya relativa uniformidad en escala y complejidad espacial sugiere que corresponderían a los espacios de unidades sociopolíticas homologas, probablemente de escala comunal. Rogger Ravines (1982) tipificó a estas estructuras como plataformas con recintos elevados, recintos que varían en número y disposición entre los sitios, sugiriendo que podría tratarse de espacios rituales correspondientes a grupos familiares semejantes a las observadas en casos del Período Arcaico Tardío (Figuras 2a-c).

En el sitio de Montegrande, sin embargo, se observa un importante cambio, al construirse en un segundo momento de la existencia del asentamiento la Huaca Grande, delante de la Huaca Antigua (representativa de los patrones antes descritos) (Tellenbach 1986). La Huaca Grande dispone en su cima de una organización dual, con agrupamientos simétricos de tres recintos alineados (Figura 2d.). Si bien los recintos sugieren, como en los casos anteriores, la existencia de unidades rituales de base, su disposición y estandarización numérica (en 2 grupos de 3) podrían sugerir, alternativamente, que representan a otro tipo de entidad o grupo social, transversal a los grupos familiares. En tal caso, el ámbito comunal y sus instituciones estaría siendo enfatizado por encima del ámbito familiar.
En el caso del valle de Casma, más allá de la notable escala de las estructuras, encontramos una estandarización del espacio ritual desde las unidades más pequeñas a otras más grandes, donde se dispone de un recinto central y recintos laterales, sintetizando una organización centralizada y, a la vez, dual del espacio ritual (Figura 2e), concordante con la organización de espacios de naturaleza comunal (Vega-Centeno 1995). Hay, por otro lado, ejemplos de elaboraciones mayores, como aquella de la Huaca A (Pozorski y Pozorski 1992, Vega-Centeno ms.).

En la Huaca A (Figura 2f.), la organización es de varios recintos pero, a diferencia de la aglomeración relativamente espontánea antes descrita, aquí encontramos un acceso dual a atrios y recintos centrales, junto con pasadizos que llevan a grupos de 4 recintos simétricos (siendo estos un total de 16 recintos). Posteriormente, se tiene un acceso a una plaza central, luego de la cual se accede a otros conjuntos prototípicos de atrio-recinto central – recintos laterales. Este nivel de elaboración sugiere que estamos ante una organización ritual que involucra a unidades mayores. Teniendo en cuenta además que Pampa de las Llamas – Moxeke es un sitio de escala y complejidad sin paralelos en el valle del río Casma, es razonable pensar que representa a una unidad política de alcance regional y, por lo tanto, la organización de la Huaca A reflejaría la organización ritual de las unidades locales (v.g., comunales) que reproducen las nociones de dualidad en una mayor escala.

A manera de resumen, los ejemplos aquí revisados nos sugieren que dentro del Período Formativo Temprano podemos encontrar una diversificación de las formas de organización de los espacios rituales, que incluye aquellas registradas para el Período Arcaico Tardío pero, además, incorpora modalidades cada vez más complejas donde la simbología de los números de espacios adquiere una relevancia creciente. Lejos de esperar, por lo tanto, un escenario uniforme para toda la región, es razonable considerar que la variedad de trayectorias y formas de organización se incremente conforme se incremente nuestro registro.

El Formativo medio y los centros regionales
El Período Formativo Medio es conocido por la existencia de complejos ceremoniales que, siendo a veces más pequeños que algunos del período anterior, suelen ser considerablemente más elaborados. Esto parece estar asociado a que, por lo general, en este período se suele encontrar uno o dos centros por región a diferencia de la profusión de los mismos en períodos anteriores.

Por ejemplo, en el caso del Jequetepeque, destaca la presencia de Limoncarro en el valle bajo (Sakai y Martinez 2010), Las Huacas en el valle Medio (Tsurumi 2010) y KunturWasi y Cerro Blanco en el valle Alto (Onuki 1995). En otros lugares, como Nepeña, tenemos la coexistencia de Cerro Blanco y Huaca Partida (Shibata 2010), mientras que en el valle de La Leche, tenemos a Huaca Lucía (Shimada et al. 1982), en Lambayeque a Huaca Collud (Alva 2010) y en Moche a Huaca de los Reyes (Figura 3a) (Pozorski 1975). En todos estos casos estamos ante conjuntos que elaboran el espacio sobre la base del esquema atrio-recinto central-recintos laterales, llegando a niveles de complejidad espacial notable. Estas características sugieren que estamos ante centros ceremoniales de alcance regional, donde la actividad ritual está mucho más centralizada y, a diferencia de lo de Huaca A, oblitera completamente la presencia de los espacios rituales de las comunidades de base al enfatizar un diseño unitario y complejo.

Es significativo que, mientras esto ocurre en la cota y sierra norte, en la Costa Central se aprecia un marco regional semejante a aquel del Formativo Temprano, con varios centros coexistentes en valles como el Chancay, Chillón, Rímac o Lurín y, donde sobre la forma en U con un espacio central, podemos encontrar otros espacios alternativos, con en el caso de Cardal (Figura 3b) (Williams 1980, Burger 1992).

Una vez más, al igual que en períodos anteriores, la diversidad de patrones arquitectónicos no responde únicamente a criterios formales sino a distintas formas de organización del espacio ritual, que revelan diferentes formas de elaboración de las estrategias y relaciones de poder.

Conclusiones y perspectivas
La revisión que se ha hecho del desarrollo de la arquitectura ceremonial temprana busca poner en relieve cómo es que esta refleja las formas en que las estrategias de legitimación de determinados grupos sociales a través de las actividades rituales se materializa. Nos revela también la forma gradual en la que aparecen espacios de culto supra-familiares y supracomunales y cómo es que éstos van reflejando diferentes grados de centralización y/o diferenciación. Se ha enfatizado además que, si bien puede reconocerse cierta tendencia a un incremento gradual de la escala de las entidades políticas y su grado de centralización, no se trata de ninguna manera de un desarrollo lineal o unidireccional y puede encontrar diferencias significativas entre regiones y a través del tiempo. Un escenario altamente dinámico e impredecible puede esperarse con nuevos hallazgos y caracterizaciones futuras.

Bibliografía

ALVA, I., 2010. Los Complejos de Cerro Ventarrón y Collud-Zarpán: del Precerámico al Formativo en el valle de Lambayeque. Boletín de Arqueología PUCP 12:97-118.

BENFER, R., B. OJEDA, H. LUDEÑA, N. DUNCAN y M. VALLEJOS, 2005. El Proyecto Buenavista 2002-2005: El templo más antiguo del mundo y las primeras culturas precerámicas. Conferencia presentada en el Colegio Nacional de
Arqueólogos, Lima. Documento Electrónico, http://rcp.missouri.edu/bobbenfer/index.html. Revisado el 3 de julio de 2012

BONNIER, E., 1988. Arquitectura Preceramica en la Cordillera de los Andes, Piruru Frente a la Diversidad de los Datos. Antropologica del Departmento de Ciencias Sociales 6:335-361.

BURGER, R. L., 1992. Chavin and the Origins of Andean Civilization. Thames and Hudson, Londres.

BURGER, R. L., 1993. Emergencia de la civilización en los Andes. Ensayos de Interpretación. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima.

CORNEJO, C., 2012. Pampa de los Perros y el Precerámico Final en la costa central del Perú. Tesis de Licenciatura, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima.

GRIEDER, T., A., BUENO, E. Earle SMITH y R. MALINA 1988. La Galgada, Peru. A Preceramic Culture in Transition. University of Texas Press, Austin.

HAAS, J., 1987. The Exercise of Power in Early Andean State Development. En J. Haas, S. Pozorski y T. Pozorski (eds.), The Origins and Development of the Andean State, 31-35, Cambridge University Press, Cambridge.

IZUMI, S., 1971. Development of the Formative Culture in the Ceja de Montaña of the Central Andes. En E. Benson (ed.), Dumbarton Oaks Conference on Chavin, Dumbarton Oaks, 49-72, Washington D.C.

IZUMI, S. y K. TERADA, 1972. Andes 4. Excavations at Kotosh, Peru. 1963 and 1966, University of Tokyo Press, Tokyo.

LANNING, E. P., 1967. Peru before the Inkas. Prentice Hall, New Jersey.

ONUKI, Y., 1995. Las excavaciones en Kuntur Wasi, Peru: La primera etapa, 1988-1990. Universidad de Tokyo, Tokyo.

 

  • Artículo extraído de la obra: LOS CENTROS POLÍTICOS CEREMONIALES O LAS CIUDADES

En las fronteras meridionales de Moche y Chimú

Resumen.

En el presente artículo presentamos los resultados de las investigaciones arqueológicas polaco-peruanas en la provincia de Huarmey, en la costa norte del Perú, llevados a cabo durante diez temporadas subsiguientes. A juzgar por los resultados de prospecciones y excavaciones sistemáticas, esta zona llegó a formar parte sucesivamente de varios mini sistemas-mundo antes de la conquista incaica. La investigación ha aportado evidencias novedosas al debate sobre las características de los estados Moche del Sur y las razones de su expansión, sobre la cronología y la modalidad de la conquista de la costa norte por parte del hipotético imperio Huari, y sobre las fronteras meridionales del reino Chimo.

Abstract.

Aretes de Oro – Cultura Chimú

The article presents the results of Polish-Peruvian archaeological research conducted in the province of Huarmey (Northcoast of Peru) for ten consecutive years. Judging from the results of archaeological surveys and excavations in this area, severalsmall (mini) independent political organisms had already been formed before the Inca conquest. This research gathered newevidence for the discussion on the character of Southern Moche states as well as their reasons for expansion, when and how theso-called Huari Empire conquerered the North coast and additionally on the issue of the Southern border of Chimor.

Palabras clave: Andes Centrales, Perú prehispánico, costa norte del Perú, arqueología de las fronteras y las zonas limítrofes.

Autores: Miłosz Giersz1, Krzysztof Makowski2 y Patrycja Prządka-Giersz3
1. Universidad de Varsovia, Instituto de Arqueología/ Centro de Estudios Precolombinos, calle Krakowskie Przedmieście 26/28, 00-927 Varsovia; correo-e: [email protected] .
2. Pontificia Universidad Católica del Perú, Departamento de Humanidades; correo-e: [email protected]
3. Universidad de Varsovia, Instituto de Estudios Inderdisciplinarios “Artes Liberales”, Centro de Investigación Sobre Culturas en Contacto, calle Dobra 72, 00-312 Varsovia; correo-e: [email protected]

INTRODUCCIÓN
Las investigaciones de las fronteras y las zonas limítrofes poseen gran importancia para el entendimiento de las sociedades complejas. Esas áreas, alejadas de sus núcleos culturales,frecuentemente se convierten en el escenario de intensa interacción socio política y difusión cultural(Elton 1996; Lattimore 1940, 1962). En términos generales, las fronteras se definen como líneas imaginarias que se trazan en los confines de una entidad política, y que la separan de la o las entidades vecinas o áreas despobladas, delimitando así el territorio en el que se ejerce el poder. Las fronteras pueden estar constituidas por elementos del terreno de difícil acceso (mares, lagos, ríos, montañas,etc.) o enmarcadas en la superficie por construcciones de función defensiva (por ejemplo la Gran Muralla de China o la muralla de Adriano en Northumbria, en el Reino Unido).

Como lo han demostrado varios estudios sobre las fronteras culturales en los Andes durante las épocas prehispánicas, sobre todo las fronteras del Tawantinsuyu (Bauer 1992; Combes y Saignes 1991; D’Altroy 1994, 2002; Dillehay y Gordon 1998; Hyslop 1990; Malpass 1993; Salomon 1986; Patterson 1986, 1987; Schjellerup 1997; Pärssinen y Siiriainen 2003; entre otros), en el ámbito andino,el concepto de la frontera no necesariamente comparte las mismas características. No existen claras demarcaciones fronterizas comparables con los ejemplos del Viejo Mundo y Asia. Sin embargo, existen casos comprobados de las fronteras fortificadas en tiempos prehispánicos, sobretodo en el límite oriental del Tawantinsuyu como es el caso de la frontera con Chiriguanos (Combes y Saignes 1991; D’Altroy1994; Hyslop 1990; Pärssinen y Siiriainen 2003; véase también los relatos de Cobo (1964 [1653]) y Sarmiento de Gamboa 1942 ([1572]). En general, las fronteras en los Andes prehispánicos eran más culturales que militares. La ideología religiosa cumplía un papel significativo en la demarcación delas tierras, basta recordar el sistema incaico de los ceques (Bauer 1992; Rowe 1979; Ziółkowski 1997;Zuidema 1964) o el alcance territorial del poder de las huacas del Tawantinsuyu (Demarest 1981;Szemiński 1987; Ziółkowski 1997; entre otros). Otro aspecto del mismo problema son los conceptos andinos de la frontera, el límite y la zona limítrofe, existentes en el pensamiento indígena del pasado, y la polivalencia semántica de esos términos, referidos a la frontera (saywa) y límite (tincuy pura, ticci).

LOS PROGRESOS METODOLÓGICOS DEL ESTUDIO DE LAS FRONTERAS Y LAS ZONAS LIMÍTROFES DEL PASADO

Desde el punto de vista metodológico, existen varios instrumentos para abordar el tema del estudio de las fronteras y las zonas limítrofes. En los últimos 20 años se nota un fuerte impacto de la teoría de sistema-mundo (world-system theory) en el campo de la arqueología y la prehistoria. Esta teoría,planteada originalmente por Immanuel Wallerstein (1974), y diseñada para el modelo del mundo capitalista, ofrece instrumentos especialmente aplicables a este tipo de estudio.El sistema-mundo capitalista, según Wallerstein (1974, 1990, 1991, 1992), no es homogéneo en términos culturales, políticos y económicos. Es un mundo lleno de conflictos que se mantiene en un estado de tensión permanente. Está caracterizado por profundas diferencias en el desarrollo cultural,acumulación del poder político y capital. Estas diferencias se manifiestan en una división duradera del mundo en un núcleo (core), la semi-periferia (semi-periphery) y la periferia (periphery).A raíz de las polémicas acerca la validez de las propuestas del sociólogo norteamericano para el estudio de las sociedades complejas pre capitalistas, se originaron varias modificaciones de la teoría original (Blanton y Feinman 1984; Chase-Dunn y Hall 1997; Kardulias y Hall 2008; Peregrine1999; Schortman y Urban 1999; Wallerstein 1990, 1991, 1992; entre otros). Las modificaciones más importantes conciernen al carácter de las relaciones entre el estado y el imperio por un lado y el sistema-mundo por el otro. En primera instancia, el modelo se aplicaría también a las sociedades pre estatales puesto que cualquier sociedad requiere de bienes e informaciones procedentes de las áreas que no puede controlar directamente, lo que impulsa las redes de interdependencia (Chase-Dunn yHall 1997; Peregrine 1999). En segunda instancia, conforme con los postulados de Wolf (1982) los sistemas-mundo pueden desarrollarse a partir de varios centros coetáneos y conexos. Algunos de ellos tienen características de ciudades-estado.

En su versión adaptada al estadio pre capitalista, el sistema-mundo se refiere a entidades políticas y socio económicas que por definición abarcan no solamente grandes territorios, sino también una serie de sistemas sociales interrelacionados que muchas veces constituyen civilizaciones. La estructura más importante –aunque ciertamente no la única– que mantuvo unificada a las antiguas sociedades complejas fue el intercambio (a través del comercio, el tributo y la entrega de regalos) de recursos básicos o escasos. El carácter y la intensidad de estas relaciones son los que definen a un sistema mundo, no los aspectos específicos de la organización cultural (Williams y Weigand 2004). En tal teoría, la periferia facilita la materia prima al (los) núcleo (s), mientras que este (os) último (s) domina(n) todo el territorio y controla (n) el mercado (o la redistribución de los bienes), las guerras, los enlaces entre diferentes linajes de elites y el intercambio de ideas e informaciones (Chase-Dunn y Hall1997:28; Trigger 1989:332).

Las aplicaciones recientes de la teoría del sistema-mundo a las sociedades complejas pre capitalistas demuestran que, en este caso, la división entre el núcleo y la periferia no es perentoria, pues en lugar de la centralización del poder en el núcleo, tan característico para el sistema-mundo capitalista, nos enfrentamos al problema de la ausencia de una fuerte jerarquización entre los diferentes elementos dela estructura, o la presencia de más de un núcleo (Chase-Dunn y Hall 1997:28; Smith y Berdan 2000).En su adaptación de la teoría del sistema-mundo a las sociedades pre capitalistas Chase-Dunn y Hall(1997:28) subrayan que el intercambio de bienes, la guerra, los matrimonios y el intercambio de idease información son cruciales para la reproducción de la compleja estructura interna formada por varios elementos e influyen, de forma decisiva, en los procesos que se ejecutan en las estructuras a nivel local.Los mismos autores diferencian cuatro niveles de redes de enlaces, basadas en los siguientes factores de interacción: 1) intercambio de bienes básicos; 2) intercambio de bienes escasos, de cierto prestigio;3) interacciones políticas y militares; 4) intercambio de información.

El sistema-mundo puede fundamentarse en todos esos niveles de interacción, que en la práctica funcionan mutuamente e integran el sistema. A consecuencia de tal definición del sistema-mundo,los cambios sociales y culturales en las periferias lejanas y zonas limítrofes se deben explicar por la intensificación de intercambios e interacciones.No obstante, la teoría de sistema-mundo no ha sido aceptada por todos los que estudian las sociedades complejas pre capitalistas. En la literatura del tema, encontramos una vasta crítica de la aplicación de ideas de Wallerstein a este campo de investigación (Blanton y Feinman 1984; Edens1992; Lightfoot y Martínez 1995; Schortman y Urban 1999; Schneider 1977; Stein 1999; Urban y Schortman 1992; entre otros).

La teoría de sistema-mundo, en sus recientes formas modificadas, ha sido aplicada a las diferentes culturas prehistóricas del mundo. Para dar un ejemplo, basta recordar los trabajos de Modelski yThompson (1999) acerca de las migraciones desde las zonas rurales hacia los centros urbanos en Asia y Europa, entre 4000 a.C. y 1500 d.C., o los estudios de Wells (1999) sobre el intercambio de bienes en el Imperio Romano. En el caso de las culturas prehispánicas del Nuevo Mundo, el concepto del sistema-mundo ha sido inicialmente aplicado en América del Norte y Mesoamérica (Blanton yFeinman 1984; Kepecs y Kohl 2003; Peregrine 1999; Smith y Berdan 2000; entre otros).

En el área centro andina, en cambio, la aplicación de la teoría de Wallerstein no goza de mucha popularidad y se limita principalmente al imperio Inca (Kuznar 1999; Stanish 1997), o algunas culturaspreincaicas usadas a manera de ejemplos en los estudios comparativos (Fagan 1999; Lemmen y Wirtz2003; La Lone 1994). A pesar de eso, en la literatura sobre las culturas prehispánicas centro-andinasexiste una larga discusión acerca del surgimiento de la civilización, la formación del estado y el problema de la urbanización (Collier 1955; Haas et al. 1987; Isbell 1988; Lumbreras 1986; Makowski2008d; Schaedel 1978, 1980; Shady 2003; Shimada 1994; entre otros). Estas polémicas se desprendían,en muchos casos, de los planteamientos ya clásicos de Childe (1954) y Carneiro (1970).

En su trabajo sobre Mesoamérica, Blanton y Feinman (1984) observaron que el intercambio alarga distancia de bienes de lujo, destinados exclusivamente para los miembros de la elite, en general,tenía fuertes implicaciones a nivel político y económico. Obviamente, ese intercambio no se puede explicar por la simple aspiración a tener acceso a bienes exóticos de prestigio por parte de grupos minoritarios de estatus alto. El prestigio y el estatus de una cierta región y sus elites se fundamentaban en el grado de habilidad de manipulación del flujo de recursos (bienes básicos y escasos), energía(mano de obra) y servicios (artesanos especializados) a una escala macro regional mediante el control  de las redes de reciprocidad. Este modelo suele ser muy dinámico y permite ver y analizar el problema del estrés y la rivalidad entre las unidades socio políticas dentro los núcleos (cores), y entre estos últimos y las zonas periféricas (Blanton y Feinman 1984:674). Algo semejante, según nuestra opinión,sucedía con las sociedades prehispánicas complejas de la costa norte del Perú, por lo menos desde el Horizonte Temprano.

EL CASO ANDINO

Siguiendo las pautas de Chase-Dunn y Hall (1997:43), el proceso de desarrollo de las sociedades sedentarias en el área centro-andina a partir de fines del IV milenio a.C. puede ser entendido como una paulatina integración que comprende avances, a veces bruscos, pero también retrocesos (Makowski2010b, 2012). Esta integración continúa hasta el presente sin haber logrado abolir diferencias, a veces abismales, entre las áreas nucleares de desarrollo, las semi-periferias y las periferias. Con la integración en sucesivos sistemas-mundo algunas áreas nucleares de desarrollo han colapsado emergiendo otras.

En la época prehispánica, las épocas definidas por Rowe (1962) como horizontes pueden interpretarse desde la perspectiva discutida como épocas de integración acelerada, las que se inician y terminan con crisis de reestructuración política, debido a la presión desde las periferias hacia las zonas nucleares.Hay un consenso general el cual sugiere que la integración norte-sur tomó particular fuerza durante el Horizonte Medio (600-1000 d.C.), anticipando las exitosas conquistas incas. Es también materia de consenso que los fenómenos culturales como Moche, Cajamarca, Recuay, Chimú y Lambaye que corresponden a fenómenos de integración a nivel local o subregional, a pesar de que las opiniones acerca del carácter preciso de las instituciones políticas y económicas, y el grado de centralización del poder, son muy divergentes (por ejemplo el caso Moche: Makowski 2010a). Los intereses de sus elites podían en unos casos coincidir con los intereses de las elites del sur (Huari), y en otros casos probablemente eran contradictorios lo que incentivaba conflictos bélicos.

Dadas las limitaciones de transporte marítimo y terrestre a través de caravanas de llamas (Lamaglama), siendo las vías fluviales prácticamente inexistentes, los intercambios de materias primas preciadas pero de poco peso, de preformas (verbigracia obsidiana), así como de productos finales terminados, en particular vestidos, jugaron el papel primordial para entender la formación de los sistemas-mundo en los Andes Centrales. Los intercambios de productos a granel (por ejemplo maízo sal) tuvieron el papel menos relevante debido a las dificultades de transporte. Se necesitó de la infraestructura imperial –la obra de la administración inca– para remediar en parte estas limitaciones.Dada la importancia del trueque (o de control directo de varios pisos a manera de archipiélago; véase Murra 1972; entre otros) entre una multitud de pisos y zonas ecológicas, distantes entre sí no mucho más de un día a pie a través del desierto, las relaciones de parentesco consanguíneo y ceremonial entre los dirigentes tuvieron sin duda una relevancia particular. La intensidad y la eficiencia de estas relaciones se pueden inferir tentativamente del flujo de información (sobre todo correspondiente a la ideología religiosa) entre los núcleos y las periferias, que en el registro arqueológico se manifiesta mediante el patrón funerario, la arquitectura pública y las iconografías comparadas. Desde este punto de vista, es importante considerar que los diferentes sistemas de organización social no siempre pueden entenderse desde una perspectiva regional. De otro lado, recordando las críticas planteadas por Stein (1999) y Lightfoot y Martínez (1995), tampoco podemos exagerar el rol dominante del núcleo.Estamos convencidos de que el único modo de entender la naturaleza de una sociedad compleja delos Andes prehispánicos, con todos los mecanismos y procesos que la organizan, es mediante un estudio, tanto de los núcleos como de las periferias, y sobre todo dando el debido peso al problema de interacción y al tema de las fronteras y de las zonas limítrofes. Las características de la guerra y de la tecnología guerrera es sin duda el segundo aspecto crucial en el estudio de las fronteras.

Por otro lado, es necesaria una crítica constructiva de las múltiples cronologías en uso, puesto que las clasificaciones en las que se fundamentan condicionan también la percepción de los espacios culturales y políticos en la prehistoria, y por ende las interpretaciones de los mecanismos y de la envergadura de los procesos de integración. Por ejemplo, el espacio de interacción moche en el Periodo Intermedio Temprano se está definiendo en la literatura del tema a partir de la distribución de los rasgos formales de cerámica ceremonial con la decoración figurativa, polícroma, o escultórica,establecidos por Larco Hoyle (1948) a partir de los hallazgos hechos en los valles de Moche y de Chicama. Las variables de la clasificación de Larco se desprenden de la premisa que plantea que dicha cerámica fue producida por representantes de un solo grupo étnico del cual se reclutarían también las elites de un poderoso estado expansivo que tuvo su capital en las Huacas del Sol y de la Luna, “los mochica” (Castillo y Quilter 2010; Donnan 2010). El valor de esta clasificación como instrumento cronológico depende de un supuesto que no se ha confirmado, a saber que los cambios de las formas de la asa-estribo y en particular del gollete ocurrieron de manera simultánea o casi simultánea a lo largo de 700 km de la costa norte. Tal parece que estas variaciones atañen solo al centro de las Huacas Moche y de sus área de influencia en Chicama (Makowski 2010a). Siguiendo con el ejemplo, la hipótesis sobre el área de interacción chimú (Mackey y Klymyshyn 1990; Moore y Mackey 2008)está en cambio fundamentada con argumentos etno históricos (Rowe 1948), a los que se les busca respaldo en la distribución de la arquitectura con características comparables con las de Chan Chan.Hay serios problemas para fechar la expansión chimú hacia el norte a partir de las secuencias de cerámica (Koschmieder 2004, Makowski 2006; Tschauner y Wagner 2003).

EL CARÁCTER DE LA GUERRA EN LOS ANDES. ¿GUERRA RITUAL O GUERRA DE CONQUISTA?

La pregunta que acabamos de mencionar en el subtítulo está latente en las polémicas que se desataron desde los influyentes artículos de Topic y Topic (1987, 1997a, 1997b) hasta los recientes aportes de Arkush y Stanish (2005). Es una polémica que por cierto no atañe solo al mundo moche.El mismo problema se presenta en todas las partes de los Andes centrales y en todas las épocas para las que tenemos evidencias de violencia organizada. El aspecto que no está atendido, creemos, con el énfasis suficiente por la mayoría de los estudiosos en este debate es la relación entre la tecnología, la dimensión económica de la producción del armamento y del mantenimiento del guerrero, por un lado,y las características del enfrentamiento bélico por el otro. Estas variables repercuten necesariamente en la manera como la violencia institucionalizada se refleja en las evidencias materiales: el tipo y la existencia misma de las fortificaciones, las huellas en los campos de batallas, las lesiones registradas por la bioantropología, e incluso la imagen del conflicto que eventualmente aparece en la iconografía. Los estudiosos que toman en cuenta la dimensión tecnológica en sus estudios sobre la violencia institucionalizada, como Topic y Topic (1987) y D’Altroy (1994), suelen oponer el mundo andino a otros casos de la prehistoria e historia de sociedades preindustriales, y lo hacen enfatizando las particularidades de la cosmovisión andina. Si bien compartimos con estos autores la idea de queel mundo andino tiene varios rasgos particulares, creemos que las características de la violencia organizada y del conflicto bélico en los Andes guardan similitudes significativas con los casos registrados en otras partes del mundo. La distinción entre “batalla ritual” (ritual battle) y “guerra real”(real war) (Arkush y Stanish 2005:16), si bien correcta, no ayuda a poner en relieve estas similitudes y diferencias. Proponemos en su lugar hacer la distinción entre los ritos de preparación del guerrero que incluyen a menudo al combate o el duelo (este último tan bien conocido de las gestas medievales),la guerra en la que ambos adversarios siguen estrictas reglas normadas por las creencias religiosas (la guerra ritualizada; véase Ziółkowski 1997), y la guerra total. En esta última casi todo está permitido para lograr la derrota del enemigo, más allá del honor, del ethos guerrero y de la moral, a pesar deque la razón de las conquistas puede respaldarse con argumentos religiosos. Cabe resaltar que tanto la guerra ritualizada en nuestra definición, como la total, son guerras de conquista y defensa, e implican muertes y lesiones masivas.

Por la guerra total entendemos estas formas de operaciones bélicas en las que la existencia de armas de alto alcance, del armamento uniforme y sofisticado, ofensivo y defensivo, hacen primaren la contienda las estrategias en el manejo de cuerpos de ejército, debidamente adiestrados aunque no siempre profesionales, sobre la pericia, la valentía y la fuerza individual de cada uno de los combatientes. La astucia y la sorpresa sustituyen las reglas religiosas y el código del honor. El combate entre guerreros más fuertes –el mismo que a veces es un duelo entre dos– ya no decide sobre el resultado de la batalla, como ocurre a menudo en la guerra ritualizada.

La guerra total tanto en la antigüedad como en los tiempos modernos suele surgir condicionada por el desarrollo tecnológico. Nuevas armas hacen sustituir la fuerza individual por la eficiencia de cuerpos de ejército, que manifiesta su capacidad de diezmar al enemigo a distancia con proyectiles y gracias a estrategias ingeniosas. Su aparición pone fin a la vigencia del ethos guerrero y de sus valores centrales, a saber, el coraje, la audacia y la destreza individual en el manejo de las armas. Por supuesto desaparecen también a la larga los condicionamientos que vinculan el estatus del miembro de una elite aristocrática, la que a menudo se constituye en clase dominante, con la exitosa carrera del individuo como guerrero/caballero (Andrzejewski 2003 [1954]; Chaniótis y Ducrey 2002;Hamblin 2006).

ASPECTOS TECNOLÓGICOS Y ECONÓMICOS DE LA GUERRA EN LA COSTA NORTE PREHISPÁNICA DEL PERÚ

Una breve revisión de las fuentes arqueológicas entre artefactos e imágenes basta para concluirque el armamento y las fortificaciones moches no guardan significativas diferencias con las que seobservan en la época inca. A pesar de esta relativa sofisticación, todas las armas están concebidas para poner a prueba la fortaleza y el coraje de un combatiente individual que se enfrenta en el duelo mano a mano con el otro armado de manera similar. Las representaciones de combate y las características de fortificaciones conocidas sugieren que en el campo de batalla se alternaban dos formas de enfrentamiento, una que contemplaba el uso de proyectiles y la contienda cuerpo a cuerpo. En el caso de los proyectiles se trata por supuesto de flechas propulsadas con estólicas y eventualmente cantos rodados enviados al aire con hondas. En el enfrentamiento cuerpo a cuerpo se lucha con porras. Los guerreros de alto rango usaban porras estrelladas de cobre cuyo mango terminaba en punta revestida del mismo metal. El armamento defensivo, salvo escudos, es casi inexistente. Como bien lo observó Lechtman (1984, 1996) las aplicaciones de metal cumplen con un papel decorativo, enfatizando la posición social del guerrero. Hay indudables diferencias y de peso en cuanto al contexto tecnológico y socio-económico de esta clase de armamento y las sofisticadas armas que se relacionan con el advenimiento de la guerra total en la antigüedad, la que por cierto no logró eclipsar del todo las reglas de la guerra ritualizada. Basta recordar al respecto el ethos del hoplita espartano (Chaniótis y Ducrey 2002). Entre los descubrimientos tecnológicos anteriores al uso generalizado de la pólvora afines de la Edad Media, los que han sentado bases para diferentes formas de la guerra total, podemos enumerar:

– Espada de bronce, casco y formas de coraza de metal desde el fin del IV milenio a.C. en Mesopotamia.

– Carro de batalla que evoluciona notablemente con el uso de caballo como animal de tracción
desde los inicios del II milenio a.C.

– Máquinas de asedio de uso generalizado desde el II milenio a.C.
– Arco, en particular el arco reflexivo, y la ballesta, decisivas para la contienda durante la
Edad Media.

– Estribo cuyo uso desde el siglo III d.C. ha convertido a la caballería pesada y ligera en un
arma de mayor importancia táctica que la infantería.

Las nuevas tecnologías de guerra (Carman y Harding 1999; Hamblin 2006; McDermott 2006;Rice et al. 2003; Trigger 2003) que cambian el rumbo de la historia en el Mediterráneo Oriental, en Asia y posteriormente también en Europa romana y medieval se sustentan en redes comerciales alarga distancia. Estas redes funcionan además dentro de la economía de mercado de unos de los más extensos sistemas-mundo de sus épocas respectivas. Por la sofisticación tecnológica, y por el uso delas materias primas o productos exóticos y la gran cantidad de tiempo social invertido, el armamento completo de un guerrero o un soldado es muy caro. Lo financia directamente el estado o el costo se traslada a las comunidades que sostienen al guerrero de elite en sistemas socio-económicos similares en muchos aspectos al régimen señorial del feudalismo europeo, por ejemplo Siria y Anatolia en el Bronce Medio y Tardío (Moorey 1986).

Si comparamos el armamento arriba enumerado con el armamento andino resultan evidentes las diferencias no solo en el campo de tácticas y de estrategias de combate sino también las diferencias del orden político y social. Salvo el caso de puntas y cuchillos de obsidiana, el armamento andino fue producido por los guerreros mismos, o por especialistas locales, verbigracia, puntas líticas o porras vaciadas de cobre. Todos los hombres desde la edad determinada por los ritos de iniciación hasta la vejez podían y debían participar en la guerra, así como en las actividades ceremoniales relacionadas con la preparación para el conflicto. La posición social del individuo –según toda probabilidad– dependía en buen grado de su suerte en la guerra. Las características que acabamos de esbozar se desprenden de la comparación de las escenas rituales en la frondosa iconografía moche con las informaciones etnohistóricas (Hocquenghem 1978, 1987; Makowski 1996, 1997; Quilter 2002).

La formación de las sociedades guerreras

Los resultados de las investigaciones recientes confirman la validez de la hipótesis de Collier(1955) y de otros investigadores (Wilson 1988, 1995) quiénes planteaban que el surgimiento de una sociedad guerrera marcó el fin de la época chavín en la costa y en la sierra de los Andes Centrales y de hecho precedió el fenómeno Moche en la costa norte. La aparición de armas en los contextos funerarios en los últimos siglos de la era pasada es al parecer universal y precede a la difusión de las imágenes de guerreros y duelos. Las principales evidencias del cambio provienen de los contextos funerarios relacionados con los estilos cerámicos parcialmente emparentados por el uso ocasional de la pintura blanca sobre la superficie roja o marrón de los cuales Salinar-Puerto Moorin en lacosta, y Huarás así como Layzón en la sierra, son los más conocidos. Desafortunadamente pocos lugares de entierro de esta fase quedaron preservados de la codicia de huaqueros. Menos aún han sido sistemáticamente excavados. Una de las pocas excepciones son nuestras excavaciones en Tablada deLurín. Un 18 por ciento de los entierros masculinos contiene porras y/o estólicas (Makowski 2009a).Excepcionalmente se representa a los guerreros con armas, o hombres con tocados muy parecidos alos que llevan los cazadores de cabezas-trofeo en los soportes materiales de estilo Nazca. Instrumentos musicales, antaras y tambores suelen asociarse a las armas. Hay una relación al parecer directa entre estos cambios y la aparición de sitios fortificados en las cimas. En la parte meridional de la costa norte parece tratarse de templos fortificados y eventualmente de refugios (Ghezzi 2006, 2007, 2008a,2008b; Giersz y Prządka 2008, 2009; Wilson 1988, 1995). En la costa central hay asentamientos fortificados en las cimas que fueron habitados, a juzgar por las evidencias de almacenamiento de agua y de producción de alimentos. El complejo de Chankillo, desde varios puntos de vista excepcional, es hasta el presente el único complejo fortificado de cima excavado de manera sistemática. Ghezzi(2006, 2007, 2008a, 2008b) argumenta que no solo fue escenario de combates rituales, posiblemente representados en los modelos de terracota, sino que sirvió de refugio en los conflictos armados.Uno de estos conflictos puso fin a la existencia del templo fortificado de la cima. La configuración espacial de este asentamiento, que pudo haber sido una especie de capital de un organismo político capaz de controlar buena parte del valle, llama poderosamente la atención. El sistema defensivo protege el templo, el cual dominaba las áreas destinadas a multitudinarios eventos festivos. Desde estas últimas se observaba el desplazamiento del sol y de la luna con el probable fin de definir las fechas del inicio de las actividades ceremoniales. Es difícil no evocar paralelos con el Cuzco imperial y las actividades llevadas a cabo en sus plazas y en Sacsayhuamán según el calendario precisado mediante la observación de las sukankas. El castillo de Ampanu en el valle de Culebras,investigado por nuestro proyecto (Giersz y Prządka 2008, 2009; Prządka y Giersz 2003), es similar a Chankillo en varios aspectos, ha sido construido en la misma época y también podría haber sido un templo fortificado, de la misma manera que varias otras estructuras registradas por Wilson(1988, 1995) en los vecinos valles de Santa y Casma. Los complejos mencionados y la iconografía salinar, virú, recuay y moche proporcionan argumentos muy fuertes para descartar la hipotética secularización de la sociedad, la que varios investigadores (Collier 1955; Schaedel 1978; Shimada1994) relacionaban con el surgimiento de la sociedad guerrera. Por el contrario, la religión y el rito norman el comportamiento de cada miembro masculino de la sociedad, sistemáticamente preparado a través de iniciaciones y combates rituales para cumplir su papel de guerrero (Makowski 1996,2001, 2008a, 2008b, 2008c).

La guerra y las estrategias de dominación

Existe en la actualidad un consenso entre todos los estudiosos del fenómeno Moche quiénes sometieron las fuentes iconográficas al análisis atento y sistemático (Bawden 1995, 1996, 2004; Bourget y Newman 1998; Castillo y Holmquist 2000; Donnan 1975, 1982, 1997; Donnan y McClelland 1999; Giersz et al. 2005; Hocquenghem 1987; Makowski 1994a, 1996, 1997, 1999, 2001, 2003; Quilter 2002): las imágenes de combate moches aluden a contiendas rituales y no a batallas en el marco de conflictos bélicos, como postulaba por ejemplo Wilson (1988). Makowski (1996, 1997, 2001; Giersz et al. 2005) ha comprobado que no se trata de un combate ritual sino de dos. Ambos conllevan a la captura de los derrotados quienes se convierten en víctimas de sacrificios y suplicios. En el combate principal los cautivos son forzados a correr desnudos por el desierto y cuesta arriba hacia la cima de las primeras estribaciones de los Andes. Los que dejan de correr son despeñados (Zighelboim 1995) y descuartizados por las mujeres en honor al Guerrero del Buho (Makowski 1994a, 1996; personaje D de Donnan 1975). Luego los restantes regresan corriendo al centro ceremonial de la costa. Los que caen son recogidos y llevados en litera para luego sacrificarlos con un corte en la yugular. Su sangre se ofrece a la deidad Guerrero del Águila (Makowski 1994a, 1996; personaje A de Donnan 1975). En el segundo combate los cautivos son sacrificados en las islas a las que se les lleva en embarcaciones de totora. La sangre de las víctimas se ofrece a la única deidad femenina, la Diosa del Mar y de la Luna (Makowski 1994a, 1996; personaje C de Donnan 1975) y al Mellizo Marino, una de las dos deidades de cinturón de serpientes. Este segundo combate conmemora un evento mítico profusamente ilustrado en la iconografía moche, entre otros en las paredes del edificio más reciente de la Huaca de la Luna: la rebelión del Guerrero del Búho y de la Diosa del Mar y de la Luna quiénes invaden la tierra al mando de vestidos, armas y objetos de tejer animados (Makowski 1996; Quilter 2002). Una de las variantes más complejas de combates rituales sugiere que en cada combate tomaban parte cuatro grupos de guerreros, dos en cada orilla del río. Un grupo venía del valle bajo y otro descendía del lado de la sierra. Es probable que cada uno de los combates haya tenido lugar en otro mes del año, como intuía Hocquenghem (1987).

De hecho algunos combates involucraban no solo a los habitantes de la costa sino también los de valle medio y alto, con vestidos y tocados conocidos de las representaciones en estilo Recuay (Makowski y Rucabado 2000). Estas fuentes iconográficas dejan poco lugar a duda que los combates ceremoniales se constituían en ceremonias centrales con finalidades múltiples: ritos en los que se somete a prueba jóvenes guerreros recién iniciados, ritos de propiciación y ante todo ritos de afirmación del orden político imperante (Hocquenghem 1987; Makowski 2008b). Es menester destacar que los máximos gobernantes mochicas se hacen sepultar con el atuendo de jefe guerrero y no con atributos del sacerdote (Makowski 1994a, 2005, 2008a, 2008b, 2008c).

El hecho de que los ritos de preparación de jóvenes y adultos para que adquieran y mantengan la destreza y el valor del guerrero se constituían en el eje central de organización de todas las ceremonias supra-comunitarias en el mundo Moche, y que sus elites se identificasen con la imagen del combatiente victorioso, ya de por sí es un indicio de que es una sociedad que vive en medio de la guerra latente y que se prepara para conflictos con los vecinos. La ausencia de imágenes de conquista no es un argumento fuerte para inferir la inexistencia de la guerra. Tampoco se conoce este tipo de iconografía en el Horizonte Tardío y nadie va negar por ello que los Sapan Inca de Cuzco hayan tenido éxito en las conquistas del vasto territorio del Tawantinsuyu. Desde nuestro punto de vista esta ausencia es uno de los indicadores de que la guerra moche carece del carácter de la guerra total. Creemos que los combates rituales y los eventos festivos relacionados servían para afirmar los lazos de parentesco ritual entre los ex-combatientes y afirmar lealtades entre jefes y grupos étnicos diversos. Han sido la base de las alianzas que permitían desplegar una notable fuerza militar cuando las circunstancias lo requerían, a veces bajo el mando de líderes exitosos. Nuestras investigaciones en los valles de Alto Piura (Makowski 1994b, 2008b; Makowski et al. 1994) y Culebras (Giersz 2007; Giersz y Prządka 2008, 2009; Makowski 2010a) confirman el éxito de las guerras de conquista emprendidas por grupos que usaban a diario la cerámica gallinazo mientras que los atuendos y la cerámica en estilo Moche Temprano les servían en contextos ceremoniales. En la rica iconografía de las vasijas escultóricas moche de Piura y en las vasijas vicús se retrata a los conquistadores vestidos con atuendos conocidos de las piezas en estilos Virú, Moche y Recuay, procedentes de los valles al sur de las Pampas de Paiján. En el valle de Culebras (fase Mango: Giersz 2007) como en el valle de Santa la conquista implica el abandono de los asentamientos fortificados de las cimas.

Los sustituyen residencias de elite como Quillapampa. Hay múltiples evidencias que tanto en Piura como en el valle de Culebras demuestran que el sistema de alianzas rituales que se sellaban en los centros ceremoniales de Vicús-Huaca Nima y de Pañamarca ha sido muy eficiente. Wilson (1988, 1995) ha calculado que el número de sitios fortificados conocidos como “castillos” había decrecido significativamente en el periodo de la Pax Mochica tanto en Santa como en Casma. Los sitios moches a lo largo de caminos tienen el carácter abierto sin fortificaciones de envergadura hasta por lo menos el siglo VIII d.C.

LA ORGANIZACIÓN ESPACIAL DE ASENTAMIENTOS MOCHE Y CHIMU, LAS RELACIONES CON LOS VECINOS Y LAS ESTRATEGIAS DEL PODER EN EL VALLE DE CULEBRAS

Gracias al cruce de información procedente de las prospecciones y las excavaciones arqueológicas polaco-peruanas efectuadas en el valle del río Culebras en los últimos diez años se podemos acercarnos al problema planteado en el presente artículo desde una perspectiva local. El ordenamiento de los datos de registro de prospección por fases previamente establecidas ha puesto en evidencia que la organización espacial de asentamientos, su carácter y las relaciones con los centros de poder cambian de manera sustantiva a lo largo del tiempo.

En los confines del dominio Moche

Durante mucho tiempo se ha creído que la frontera sureña de la cultura Moche fue el valle de Nepeña (Kosok 1965; Larco Hoyle 1938, 1939, 2001; Proulx 1968, 1982). Esta afirmación fue respaldada por el descubrimiento del templo de Pañamarca, situado en la parte media baja del dicho valle, y considerado como uno de los conjuntos arqueológicos más importantes e impresionantes construidos por los moches, comparable con la llamada Huaca de la Luna. Lo significativo es que es el único sitio monumental conocido en la parte meridional del supuesto estado Moche. El primero que discutió la posición de Nepeña como la frontera meridional del estado Moche y sostuvo que en verdad estaba más al sur fue Hans Horkheimer (1961). Este autor la situaba en el valle de Huarmey. Las investigaciones llevadas a cabo posteriormente, sobre todo en las últimas dos décadas, le dan la razón al citado arqueólogo alemán. Aunque posteriormente varios especialistas han sugerido identificar al valle de Huarmey como la frontera meridional del estado Moche (Bawden 1994, 1996; Bonavía 1982; Castillo y Donnan 1994; Makowski 1994b, 2010; Bonavía y Makowski 1999; Prümers 2000; Shimada 1982, 1994; Thompson 1966; Tabío 1977; entre otros), en muy pocos casos se ha publicado material moche procedente de esta región que respalde tal sugerencia. Resulta interesante que, si bien se han encontrado vestigios moches, tanto en el valle de Casma (Pozorski y Pozorski 1996; Tabío 1977; Tello 1956; Wilson 1995), como en el de Huarmey (Bonavía 1982; Prümers 2000; Tabío 1977), en ninguno de ellos se ha efectuado un proyecto arqueológico integral dedicado estrictamente a la cultura Moche. En general, la naturaleza exacta de la ocupación cultural durante el Periodo Intermedio Temprano en los valles costeros ubicados entre Nepeña y Fortaleza sigue siendo un enigma y objeto de varias especulaciones, no necesariamente fundamentadas por datos empíricos.

A raíz de varias hipótesis acerca de la organización política, el poder, la legitimidad y la estructura del supuesto estado (o estados) Moche, surgen las siguientes preguntas, consideradas como fundamentales para nuestro estudio: ¿Los valles de Casma, Culebras y Huarmey se incorporaron al estado Moche?, y si esto fue así, ¿en qué fases?, ¿qué tipo de relaciones políticas se establecieron con el probable principal centro regional en Pañamarca durante el Periodo Intermedio Temprano? En el fin del periodo Formativo se observaron importantes cambios culturales en todo el territorio de la costa norcentral del Perú que fuera afectado por el fenómeno religioso Chavín-Cupisnique. Durante este periodo surgieron nuevos centros de gran envergadura relacionados con una nueva y totalmente diferente modalidad de organización social, como San Diego en el valle de Casma (Pozorski y Pozorski 1987; Thompson 1961; Wilson 1995) o Huambacho en el valle de Nepeña (Chicoine 2004; Chicoine y Ikehara 2008; Proulx 1968, 1973, 1982, 1985). Por un lado, los contactos entre las poblaciones de la costa y la sierra parecen haber sido aún más fluidos que en los siglos anteriores. Por otro lado, la penetración gradual de poblaciones asentadas en las periferias del mundo Chavín-Cupisnique trajo nuevas tecnologías, crecimiento poblacional, nuevas instituciones de la guerra, irrigación y nuevos patrones de consumo relacionados con incremento de la producción agrícola y la difusión de camélidos. Alrededor de 300 años a.C. se produjeron los resultados de este recambio poblacional que puso fin a la civilización Chavín-Cupisnique. Se observa un fuerte cambio en el patrón de asentamiento. La aparición de fortificaciones en lugares estratégicos es una de las características más saltantes para la época (Willey 1953, 1974; Wilson 1988, 1995). En la zona ubicada entre los valles de Virú y Huarmey se presenta un fenómeno peculiar de imponentes recintos fortificados, ubicados siempre en lugares estratégicos, sobre todo en cimas de cerros que rodean los bordes de los valles. Estas “fortalezas”, como Chankillo en Casma (Collier 1962; Fung Pineda & Pimentel Gurmendi 1973; Ghezzi 2006; Pozorski y Pozorski 1987; Thompson 1961; entre otros) o Castillo de Ampanú en Culebras (Giersz y Prządka 2008; Giersz y Prządka-Giersz 2009; Prządka y Giersz 2003) cumplían el papel de templos, refugios en caso de conflictos y guerras, y posibles observatorios astronómicos; según los recientes hallazgos provenientes del sitio de Chankillo del valle de Casma, existen pruebas de la existencia de un sofisticado sistema calendárico basado en el registro de la salida y la puesta del sol en el horizonte dominado por las célebres Trece Torres de Chankillo (Ghezzi y Ruggles 2007). Los asentamientos de la época son por lo general pequeños y dispersos, con ambientes aglutinados e incluso compuestos de simples cortavientos, salvo el caso excepcional del sitio Cerro Arena en el valle bajo de Moche, con más de 2000 estructuras de piedra distribuidas sobre más de 2,5 km2 (Brennan 1980, 1982; Mujica 1975).

Los importantes cambios sociales ocurridos en los tres últimos siglos a.C. están aún más visibles en la iconografía. Desaparecen casi totalmente los motivos basados en la ideología religiosa Chavín Cupisnique, dando lugar a los motivos relacionados con la importancia de una nueva clase de elite guerrera. En la sierra, este cambio se manifiesta en la aparición de cerámica con decoración pintada blanco sobre rojo y desaparición de los motivos chavín (Burger 1992, 1998; Kaulicke 1994; Onuki 1995, 1999; Terada y Onuki 1985; entre otros). La diversidad de estilos de cerámica producida sin uso de molde ni paleta (Salinar/Puerto Morrín, Vicús Temprano, Layzón, Cajamarca Inicial, Virú Temprano, Huaraz Blanco sobre Rojo; entre otros), sugiere una marcada fragmentación política representada por comunidades locales con autoridades independientes, encontrándose en un estado de guerra permanente con el fin de ganar la hegemonía a nivel local. La zona de la costa norcentral, y los valles de Casma y Culebras en particular, cumplían un rol muy importante en este periodo, formando uno de los principales focos del poder en la zona; las “fortalezas” de Chankillo y Castillo de Ampanú son los centros fortificados más imponentes de la época en la escala interregional.

Aunque las verdaderas causas y fechas de la caída de los centros del poder de la época emparentada con las manifestaciones locales Salinar no son conocidas hasta la fecha, resulta claro que en los primeros siglos d.C. en toda la costa norte peruana, desde el valle de Piura hasta el de Huarmey, se ha logrado consolidar los estilos regionales. Este periodo, ubicado por la mayoría de los estudiosos aproximadamente entre 0 y 400 d.C., es conocido por varios nombres, según los valles: Gallinazo en el valle de Virú (Willey 1953), Suchimancillo en el valle de Santa (Wilson 1988), Cachipampa en el valle de Casma (Wilson 1995) o la fase Mango en el valle de Culebras (Giersz y Prządka 2008; Giersz y Prządka-Giersz 2009). Es cierto que durante esta época nacen dos principales tradiciones cerámicas, la de Virú-Gallinazo y la de Moche Temprano, esta última caracterizada por rasgos estilísticos de las fases I, II y algunas variantes de III de Larco. En la literatura del tema existen tres modelos para interpretar las culturas Virú- Gallinazo y Moche, así como las relaciones acaecidas entre ellas; el problema ha sido recientemente recopilado y ampliamente discutido por Makowski (2009a) en una síntesis del problema planteado. Recordemos que los modelos propuestos por Larco (Virú = dimensión étnica, competidores y súbditos de los moches), Ford, Strong y Evans (Gallinazo = dimensión temporal, cultura antecedente a la de Moche; cerámica de estilo Virú-Gallinazo desplaza estratigráficamente la del estilo Salinar-Puerto Morrín) y Willey (Virú-Gallinazo = dimensión política, un estado o la confederación de cacicazgos locales conquistados por los habitantes del vecino valle de Moche) están emparentados por la idea de que el estilo cerámico es un indicador fijo de la identidad política. La interpretación de Willey (1953:397) ha ganado mayor número de seguidores entre los estudiosos y fundamentó el conocimiento de los moches como un estado territorial enfocado en las conquistas de nuevos dominios.

A la luz de todas las evidencias resulta claro que no podemos diferenciar las culturas-estilos Virú- Gallinazo y Moche-Mochica como dos entidades de una ubicación cronológica totalmente distinta. Recientemente Makowski (2009b, 2010) presentó argumentos de peso para destacar definitivamente el escenario de dos pueblos, los Virú-Gallinazo y Moche-Mochica. El autor citado demostró en manera muy convincente que la alfarería del estilo Virú-Gallinazo consta en 90 por ciento de formas utilitarias (tinajones, ollas con y sin cuello, tazones con ralladores, cántaros, cuencos) y en tan solo 10 por ciento de cerámica ceremonial (botellas asa puente, gollete central y asa cinta, cancheros), mientras que la alfarería del estilo Moche consiste en aproximadamente 10 por ciento de en cerámica utilitaria (ollas con y sin cuello, cántaros chicos y medianos, cuencos y platos) y en aproximadamente 90 por ciento de en cerámica de formas estrictamente ceremoniales de botellas asa estribo, gollete central y asa puente, cántaros, cancheros y vasos acampanados, salvo para los lugares directamente asociados con un gran centro de producción alfarera, tan importante como la Huaca de la Luna. Según Makowski (2009a), esta observación, complementada por otros hallazgos de no menor peso, como la asociación recurrente y directa de componentes diagnósticos para ambas culturas-estilos en los mismos contextos arqueológicos, los semejantes patrones arquitectónicos y funerarios o analogías en la iconografía demuestran claramente que el estilo Virú-Gallinazo, que principalmente caracterizaba al pueblo guerrero responsable de la conquista del vasto territorio de la costa norte, se mantuvo vigente por más tiempo en la producción local con fines domésticos, mientras que el estilo Moche, representado casi exclusivamente por cerámica de uso ceremonial, fue un de objeto de identidad política de las nuevas elites moche de distinto origen, opinión que compartimos plenamente. Otros autores tratan de interpretar este fenómeno en forma mucho más radical. Según Donnan (2009) los estilos Moche Temprano y Virú-Gallinazo fueron dos expresiones de un mismo fenómeno cultural, una vinculada a las elites y otra al pueblo.

Los estudios acerca de la presencia virú-gallinazo y moche en la costa de Ancash han sido fuertemente influenciados por las propuestas de los miembros del Proyecto Virú. La mayoría de los estudiosos de la problemática de los patrones de asentamiento del Periodo Intermedio Temprano en los valles costeros ubicados entre Santa y Huarmey (Bonavia 1982; Daggett 1983, 1984, 1985; Proulx 1968, 1973, 1976, 1978, 1979, 1980, 1982, 1985, 2004; Wilson 1988, 1995) tomaron la secuencia cultural del valle de Virú como el principal y decisivo punto de referencia. Siguiendo la metodología basada en la prospección superficial de sitios no han creído conveniente emprender los avanzados estudios ceramológicos con el fin de crear sus propias matrices de abundancia, ni buscar un fundamento estratigráfico para sus propuestas. Como lo veremos en las páginas siguientes, varios de los autores citados excluyeron la cerámica utilitaria sin decoración, perdiendo así datos muy importantes y llegando a conclusiones diferentes.

Figura 1. Patrón de asentamiento prehispánico de la costa de la región de Ancash durante el Período Intermedio Temprano

En el valle del río Culebras, las evidencias arqueológicas correspondientes a la presencia moche fueron proporcionadas por las prospecciones y excavaciones efectuadas por el Proyecto de Investigación Arqueológica “Valle de Culebras”, dirigido por los autores del presente artículo, bajo el convenio entre la Universidad de Varsovia y la Pontificia Universidad Católica del Perú. Estas investigaciones consistieron en una minuciosa prospección del valle bajo y medio de Culebras y las quebradas confluentes, la revisión de colecciones privadas, así como en excavaciones arqueológicas de sitios-claves de la zona de investigación (Giersz 2007; Giersz y Prządka 2008; Giersz y Prządka-Giersz 2009, 2011; Giersz et al. 2004, 2005, 2006, 2008; Prządka y Giersz 2003; Prządka-Giersz 2009). A juzgar por las evidencias tanto cerámicas como por la arquitectura, la fase Mango (100-400 d.C.) del valle de Culebras se correlaciona de manera muy cercana con la fase Gallinazo del valle de Virú (Willey 1953), fase Suchimancillo del valle de Santa (Wilson 1988), o fase Cachipampa del valle de Casma (Wilson 1995). Como en otras partes de la costa norte junto con la cerámica virú- gallinazo aparecen en las colecciones muy escasos fragmentos de estilo Moche Temprano. El total de sitios de esta fase alcanza los 20, de los cuales 10 están distribuidos en la margen derecha y 10 en la margen izquierda del río Culebras. Entre los sitios se puede distinguir 2 asentamientos con arquitectura pública, 10 asentamientos de carácter aldeano, 5 cementerios y 3 puestos de vigilancia (Figura 1). A diferencia de las fases anteriores los hipotéticos centros locales de poder no tienen características de templos fortificados sino de residencias de elite de traza ortogonal. En ambos, tanto en el sitio Mango I (Pv34-51), como en Quillapampa I (Pv34-75), la primera fase constructiva corresponde a la arquitectura simple de quincha, a modo de un campamento provisional, que durante la segunda fase fue reemplazada por la arquitectura monumental de piedra con adobes de gavera lisa utilizados para pisos. En el caso de Mango I se trata de una estructura regular, de base rectangular, con ocho subdivisiones internas (Giersz y Prządka 2009:Fig. 12). El uso de muros de contención, sobre los cuales se levantan las estructuras, tiene paralelos en el patrón arquitectónico que es característico de la tradición Gallinazo (véase Bennett 1950, Willey 1953; entre otros). Hay que poner énfasis en el hecho que los templos y residencias de elite fortificadas en las cimas quedaron remplazados por un sistema de vigilancia de caminos de acceso al valle por una de las quebradas que llevan hacia el norte.

El pueblo que invade el valle de Culebras y construye sus propios palacios y centros ceremoniales, muy frecuentemente en lugares donde anteriormente se encontraban los centros y asentamientos de la fase Panteón (manifestación local de la cultura material Chavín; 1000-350 a.C.), tales como el sitio de Quillapampa I, es portador de la cultura material Virú-Gallinazo. En base al análisis del patrón de asentamiento y la distribución de los materiales muebles, no encontramos pruebas de la continuidad cultural entre los portadores de la cultura material Salinar de la fase Ampanú (300 a.C.-100 d.C.) y los Virú-Gallinazo/ Moche Temprano de la fase Mango, lo que respalda un escenario de la aparición de los grupos virú-gallinazos en forma de una “colonización” del área poco o nada poblada, y no una “conquista”. Los resultados del análisis ceramológico y la prueba estadística de correlación entre los diferentes alfares, demostró que el componente cerámico de la fase Ampanú (alfares A3 y A4 en Giersz 2007:55-60) es muy homogéneo y no guarda ninguna relación con los alfares de las tradiciones tecnológicas Virú-Gallinazo, Moche y Recuay (alfares A5-A15 en Giersz 2007:60-88).

Durante la fase Mango contamos diez sitios que podrían clasificarse, desde un punto de vista morfológico-funcional, como asentamientos (Pv34-25, Pv34-27, Pv34-35, Pv34-41, Pv34-54, Pv34- 60, Pv34-61, Pv34-85, Pv34-96 y Pv34-104). Entre ellos podemos distinguir dos grupos diferentes: los asentamientos primarios, en una extensión que sobrepasa una hectárea, y los asentamientos secundarios, o aldeas pequeñas, de menos de una hectárea de superficie. Sin embargo, la presencia moche en Culebras se manifiesta más en la fase subsiguiente de la cronología local.

Entre los siglos V y VI d.C. acontecen varias importantes transformaciones de orden político en el territorio del estado Moche Sur. La mayoría de los estudiosos está de acuerdo que los señores de los valles de Chicama y Moche se organizaron para formar el primer estado (Bawden 1994; Shimada 1994). Los centros moches en los valles arriba mencionados, como las Huacas del Sol y la Luna y Huaca Cao Viejo en el complejo El Brujo, adquieren en esta época las características urbanas y monumentales. Si bien existe el consenso de que el estado territorial Moche Sur logró en aquellos tiempos controlar el espacio entre Chicama y Huarmey, los mecanismos de este control son muy discutibles. La hipótesis principal de la existencia de una fase expansionista moche y la conquista militar, planteada originalmente por Willey (1953) y retomada por la mayoría de los mochicólogos que estudiaron la costa norcentral del Perú (Chapdelaine 2010, y en este volumen; Donnan 1973; Proulx 1982, 1985; Wilson 1988, 1995) toma mayor aceptación entre el público. Este escenario de conquista militar implica la suposición de que los vencedores construirán un centro regional mayor para dirigir o coordinar la dominada población autóctona. Según nuestra opinión, existen suficientes datos empíricos para replicar esta hipótesis. En primer lugar, no existen indicios claros e indudables que apoyen la existencia de un “ejército estatal” (Topic y Topic 1987). Es cierto que los datos iconográficos ilustran escenas de enfrentamientos y combates, pero estas tienen esencialmente carácter ritual (Donnan 1978; Hocquenghem 1987; Topic 1998; Topic y Topic 1997a, 1997b; entre otros). En segunda instancia, las recientes investigaciones efectuadas en los principales centros regionales moches fuera de la área núcleo, como Huancaco en el valle de Virú (Bourget 2003, 2010), no parecen sostener su rol geopolítico y demuestran un fuerte papel de las elites locales. En el valle de Culebras el reflejo de estas transformaciones se observa durante la fase Quillapampa (400-700 d.C.). La fase Quillapampa se caracteriza por la aparición de la cerámica Moche III y posteriormente de variantes locales de Moche IV en los contextos funerarios y en asociación con la arquitectura de elite. La cerámica utilitaria similar a gallinazo se sigue produciendo no sin ciertas transformaciones de formas y acabados. El número de sitios es similar al de la fase anterior (22: 8 están distribuidos en la margen derecha y 14 en la margen izquierda del río Culebras) y su distribución es también homogénea. Similar es también su organización espacial y sus características. Los 3 centros con arquitectura monumental pertenecen a la misma categoría que Mango, puesto que se trata de residencias de elite que se distribuyen entre 11 asentamientos aldeanos y 5 cementerios (Figura 1). No hay fortificaciones pero sí un sistema de vigilancia compuesto de tres atalayas que cuidan accesos al gran camino norte-sur que atraviesa las quebradas laterales y asimismo desde la parte media del valle, desde la sierra (Figura 2).

Ni los asentamientos aldeanos ni las hipotéticas residencias de elite tienen características defensivas, todos están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Una de estas residencias, ubicada en la margen izquierda del río Culebras, en la parte media-baja de la cuenca, en una loma de tierra al pie del cerro Gallinazo – el sitio Quillapampa I (Pv34-75) – fue excavada y ha revelado tener típico carácter de la arquitectura conocida del valle de Moche. Se trata de una estructura de horcones y quincha con el techo decorado con porras de cerámica que se levanta en la cima de una plataforma atarazada construida con muros de contención de piedra y con rampas de acceso. Una cámara funeraria moche se relaciona con uno de los episodios de uso. La residencia palaciega domina visualmente la parte media-alta del valle donde se ubica la mayoría de sitios moches con diferentes características y funciones: asentamientos rurales, talleres alfareros, cementerios y templetes de adobe (Giersz 2007:198-217). Frente a la residencia, del otro lado del valle desemboca al camino principal intervalle norte-sur.

Sin embargo, la presencia moche en Culebras no se reduce a los sitios anteriormente mencionados. En todo el núcleo principal moche en la parte media-alta del valle encontramos diferentes sitios vinculados al culto como asentamientos rurales, talleres alfareros, cementerios, templetes de adobe, y un pequeña plataforma techada, ubicada encima de una pared vertical rocosa, situada al frente del sitio Quillapampa I, en margen opuesto del valle; un lugar ideal para el despeñamiento ritual con más de 200 m de caída libre (Giersz 2007:198-217).

De los 11 asentamientos de la fase Quillapampa, seis (54,5%) presentan una continuidad de ocupación de la fase Mango (Pv34-25, Pv34-27, Pv34-41, Pv34-54, Pv34-61, Pv34-104). Cinco (45,5%), en cambio, han sido fundados en la fase Quillapampa y durante las épocas siguientes seguían en uso, cumpliendo varios papeles, sobre todo el de cementerio. Entre los asentamientos es difícil distinguir aquellos primarios de los secundarios, pues la extensión de los sitios es más o menos uniforme y no supera una hectárea de superficie.

El patrón de asentamiento señala claramente que las sociedades que dominan el valle tienen una fuerte vocación agrícola y ocupan las pequeñas aldeas centradas alrededor de las mejores tierras de cultivo. Los sitios no tienen características defensivas y generalmente están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Los únicos sitios de carácter defensivo son los puestos de vigilancia, repartidos en lugares muy estratégicos. De hecho, dominan todo el fondo del valle medioalto y medio-bajo. El análisis GIS de cuencas de visibilidad sugiere una relación directa de los puestos investigados con el control de vías de comunicación intra e intervalle (Figura 2).

Figura 2. Análisis de la cuenca de visibilidad de las fortificaciones (puestos de vigilancia) y el centro público Pv34-75 de la fase Quillapampa en el valle del río Culebras

En el valle del río Culebras, el problema del fin de los moches está indudablemente relacionado con la influencia Huari en la sierra y la costa norte. Durante la fase Molino (700-850 d.C.) se nota una reconfiguración del patrón de asentamiento. La fase Molino se define en el valle del río Culebras por la brusca aparición de la cerámica sureña, ubicada por Menzel (1964) en el Horizonte Medio I y IIa, en el contexto de la cerámica provincial Moche Tardío. Hay que tomar en cuenta que la cerámica moche se sigue produciendo en el área sur hasta por lo menos el 850 d.C. y en el área norte hasta el 1000/1100 d.C. Se recomienda ver los ceramios moches de las tumbas lambayeque (Sicán Medio) de Batan Grande y transicionales de San José de Moro. Castillo (2000) interpreta a las importaciones e imitaciones de la cerámica chakipampa, ocros, viñaque, nievería y teatino como el resultado del funcionamiento de la nueva red de intercambios tejida por las elites en el contexto de la crisis política que anticiparía al ocaso de la cultura Moche. En el caso del valle de Culebras esta alternativa de interpretación no se condice con las evidencias registradas en vista de la magnitud y el carácter de cambios en la organización de asentamientos. Las residencias de elite moches quedan abandonado se convierten en cementerios. Por otro lado, aparecen nuevos centros locales de distinto patrón  arquitectónico, dominados por los recintos cercados de trazo ortogonal (Prządka y Giersz 2003:48, 49, 75, 76). Hay también un cambio notable en la ubicación de asentamientos. El área densamente poblada se traslada al valle medio-bajo y su centro se localiza cerca del pueblo moderno de Molino, donde también desemboca ahora la vía intervalle norte-sur de la época (Figura 3). El nuevo eje vial asegura la comunicación con el centro provincial huari en el Castillo de Huarmey. A partir de este periodo se inicia el crecimiento sostenido del número de sitios registrados: el total de sitios alcanza los 26, de los cuales 10 están distribuidos en la margen derecha y 16 en la margen izquierda del río: 2 centros públicos, 8 asentamientos, 15 cementerios y 1 sitio fortificado (Giersz y Prządka 2008:Fig. 16). Queda por lo tanto evidente que este es un periodo de relativa prosperidad. Por otro lado, la construcción de sitios fortificados sugiere la existencia de conflictos con las entidades políticas ubicadas al norte de Culebras. El incremento del número de asentamientos y su ubicación en el fondo del valle, y en las ubicaciones difíciles de defender indica a su vez que este sistema de defensa resultó efectivo.

Figura 3. Patrón de asentamiento prehispánico de la costa de la región de Ancash durante el Horizonte Medio

El cambio de patrón de asentamiento y la aparición de cerámica exótica huari en el contexto de construcción de nuevos centros administrativos, con edificios cercados de trazo ortogonal, parece implicar que una nueva autoridad de origen foráneo ha logrado imponerse y ejercer el poder de manera directa desde el cercano valle de Huarmey. En esta misma dirección apuntan los cambios en los comportamientos funerarios: necrópolis con las cámaras construidas sobre la superficie. Por otro lado, la predominancia de la cerámica de origen local, con la iconografía derivada de la tradición Moche, el probable uso continuo de adobes marcados y otros elementos arquitectónicos característicos para la costa norte y la tradición Moche en particular, la supervivencia de la práctica de enterrar los muertos en la posición extendida dorsal, y la intensificación de contactos con los valles vecinos mediante una nueva red de caminos intervalle norte-sur infieren aculturación gradual de la población y de los líderes locales como efecto de la adaptación a la nueva situación política.

En el cruce de los caminos chimú, casma e inca

Mientras que la frontera norte del dominio chimú está bien definida, gracias a las investigaciones efectuadas durante las últimas décadas, el límite de su hegemonía en la parte sur de la costa norte sigue siendo objeto de diferentes especulaciones, no necesariamente fundamentadas por los resultados de los trabajos arqueológicos. Como hemos mencionado anteriormente, según la fuente anónima del siglo XVII, el tercer rey de Chimor llamado Ñancenpinco llevó la conquista de las tierras hasta el valle de Santa. Kolata (1990) sitúa este momento alrededor del año 1200 d.C., luego de la supuesta derrota de la dinastía Sicán de Batán Grande. Durante la gran expansión del reino Chimor, iniciada en el siglo XIV d.C., las conquistas se extendieron también hasta el sur de la costa norte. A base de las fuentes etnohistóricas y la distribución de la cerámica ceremonial del estilo Chimú, varios especialistas sugerían que los soberanos de Chan Chan conquistaron la costa peruana hasta el valle de Chillón (Mackey y Klymyshyn 1990; Ravines 1980; entre otros), aunque recientemente algunos estudiosos prefieren hablar de “influencias” y/o “importaciones” chimú en la costa central, ubicando su frontera política sur en el valle de Huarmey (Dulanto 2008; Makowski 2006; Moore y Mackey 2008). Este problema se hace aún mayor en el contexto de la falta de investigaciones arqueológicas sistemáticas realizadas en los valles al sur de Casma, que podrían respaldar tales sugerencias.Mientras que la frontera norte del dominio chimú está bien definida, gracias a las investigaciones efectuadas durante las últimas décadas, el límite de su hegemonía en la parte sur de la costa norte sigue siendo objeto de diferentes especulaciones, no necesariamente fundamentadas por los resultados de los trabajos arqueológicos. Como hemos mencionado anteriormente, según la fuente anónima del siglo XVII, el tercer rey de Chimor llamado Ñancenpinco llevó la conquista de las tierras hasta el valle de Santa. Kolata (1990) sitúa este momento alrededor del año 1200 d.C., luego de la supuesta derrota de la dinastía Sicán de Batán Grande. Durante la gran expansión del reino Chimor, iniciada en el siglo XIV d.C., las conquistas se extendieron también hasta el sur de la costa norte. A base de las fuentes etnohistóricas y la distribución de la cerámica ceremonial del estilo Chimú, varios especialistas sugerían que los soberanos de Chan Chan conquistaron la costa peruana hasta el valle de Chillón (Mackey y Klymyshyn 1990; Ravines 1980; entre otros), aunque recientemente algunos estudiosos prefieren hablar de “influencias” y/o “importaciones” chimú en la costa central, ubicando su frontera política sur en el valle de Huarmey (Dulanto 2008; Makowski 2006; Moore y Mackey 2008). Este problema se hace aún mayor en el contexto de la falta de investigaciones arqueológicas sistemáticas realizadas en los valles al sur de Casma, que podrían respaldar tales sugerencias.

Sobre la base de los últimos trabajos realizados en esta parte del litoral peruano, se supone que alrededor de 1350 d.C. los chimús lograron expandir su dominio hasta el valle de Casma, donde construyeron su centro provincial de Manchán (Mackey 1987; Mackey y Klymyshyn 1990). Pero, como lo presumen Mackey y Klymyshyn, la conquista del Chimor al sur no fue uniforme en todo el territorio y se caracterizó por diversas estrategias de control político. Aunque el área entre los valles de Chao, Santa y Nepeña quedó bajo la influencia política directa de los señores de Chan Chan, en todo el territorio comprendido entre los valles de Virú y Casma no existen evidencias arqueológicas de la presencia de centros administrativos con claras características chimús (Mackey y Klymyshyn 1990; Moorey Mackey 2008; Topic 1990). El centro de Manchan, anteriormente considerado como la sede principal del poder chimú en el valle de Casma, se componía generalmente de una serie de estructuras aglutinadas dentro de las cuales se encontraban plazas amplias, pequeños depósitos y áreas identificadas como residencias de la elite local (Mackey 1987). Dentro de las estructuras aisladas, que se localizaban en la parte noroeste del sitio, solamente tres edificios poseían las características propias de arquitectura residencial de la elite Chimú. Se caracterizaban por la presencia de audiencias, sistemas laberínticos de accesos y patios con nichos y rampas. Dentro de dicho complejo aún no se han registrado las plataformas funerarias, lo cual según los investigadores del sitio indica que Manchan no tenía el estatus imperial (Moore y Mackey 2008). Además, como subraya Moore (1985, 1989), dentro del complejo principal de arquitectura monumental se encontraba una zona de viviendas con áreas de preparación de comida y áreas de producción artesanal (textiles, objetos de madera, chicha; entre otros). Como muestran las últimas pruebas arqueológicas del valle de Casma, aparte del caso de Manchan y de Quebrada de Santa Cristina no se han evidenciado otros sitios de origen claramente chimú y, asimismo, no se han aportado pruebas del cambio cultural, político y económico de la estructura local (Moore y Mackey 2008).

Figura 4. Patrón de asentamiento prehispánico en el valle del río Culebras durante los Períodos Tardíos (fases Ten Ten y Chacuas Jirca).

En el caso del valle de Culebras, las evidencias proporcionadas por el equipo polaco-peruano ponen una nueva luz en la discusión sobre el tema. La fase Ten Ten se caracteriza por la popularidad de un estilo local de cerámica que se distingue con facilidad de los anteriores, dadas las diferencias formales, en tecnología de confección y ante todo en la decoración mediante impresiones sucesivas de círculos con caña, rasgo propio del estilo Casma Inciso. No cabe duda que el pequeño valle de Culebras se ha convertido en esta fase en el centro político regional. No solo se duplica el número de asentamientos registrados (61) sino también se construye uno de los asentamientos con arquitectura pública más extensos en esta parte de la costa norte (Ten Ten), y se percibe asimismo una compleja organización espacial de asentamientos: 2 centros con arquitectura pública, 27 asentamientos, 19 cementerios y 13 sitios fortificados o puestos de vigilancia concentrados generalmente cerca de los centros públicos (Figura 4). Se nota que los poblados están distribuidos de manera homogénea y que la densidad ocupacional llegó a los límites sostenibles. La mayoría de los asentamientos se sitúan sobre las laderas elevadas de terrazas fósiles o en las entradas a las quebradas laterales, y se asocia con una nueva red de caminos. Ten Ten I (Pv34-74), con 100 hectáreas de extensión, ubicado en la margen derecha del río Culebras, en el valle medio-bajo, a unos 16 kilómetros de las orillas del mar y a una altura promedio de 250 msnm, ha sido sin duda construido como la capital de un organismo político regional. Ten Ten es un sitio multicomponente. Se distinguen cuatro sectores del sitio dependiendo de la naturaleza de relieve y el tipo y la función de la arquitectura registrada. El principal sector del sitio comprende un complejo monumental ubicado en la entrada de la quebrada Huaco. La mayor parte de este sector consiste en plataformas construidas con adobe sobre las cuales hay un sistema de estructuras con varias divisiones internas, de un carácter administrativo y residencial. Dentro de la monumentalidad de los edificios de barro se encuentran plazas y pirámides públicas (Figura 5).

Figura 5. Plano del sitio Ten Ten (Pv34-74), el primcipal centro prehispánico en el valle del río Culebras durante los Períodos Tardíos (fases Ten Ten y Chacuas Jirca).

En la luz de evidencias recuperadas en las excavaciones, puede sostenerse que el mayor crecimiento físico del sitio fue asociado con el proceso de desarrollo socioeconómico, que tuvo lugar en el siglo XV (en la fase Chacuas Jirca de la cronología local del valle de Culebras). Durante este periodo el sitio pudo ocupar un rol prominente, posiblemente bajo la influencia cultural y política del Imperio Inca. Se observa el surgimiento de talleres de producción, áreas de producción especializada, barrios de población dependiente y residencias de elite. Este proceso coincidió con la aparición de tres nuevos componentes cerámicos: la alfarería utilitaria derivada del clásico estilo Casma Inciso, y también la cerámica ceremonial de los estilos Chimú-Inca e Inca Polícromo.

Junto con el surgimiento de las áreas de producción y de almacenamiento, se desarrolló el sector de viviendas residenciales, ubicado en el fondo de la quebrada, afuera del segundo gran muro de contención, en una ladera de regular pendiente (Sector D). Como mostraron las investigaciones realizadas dentro de esta zona, aparte de las viviendas se encontraban áreas techadas de producción especializada y depósitos subterráneos. Estas edificaciones corresponden a un único evento de construcción. Un fechado radiocarbónico (calibrado con 2σ Gd-15810: 370±60 BP) obtenido para la muestra de carbón recolectado del fogón del área doméstica ubicada en las terrazas, fue calibrado dando un lapso entre 1430-1650 d.C. El material relacionado con este momento de la ocupación se caracterizaba por la presencia de los alfares de la tradición estilística Casma y también la cerámica reducida del estilo Chimú-Inca. Entre las formas utilitarias predominaban ollas, cántaros medianos y grandes, así como las vasijas grandes de almacenamiento tipo tinaja. Cabe notar que este sector consta de un complejo más grande de la arquitectura doméstica del sitio, que ocupa un área de 4,79 ha y a juzgar por el conteo preliminar de unidades habitacionales en las terrazas, pudo haber sido habitado por alrededor de 100 familias. Sin embargo, para obtener las estimaciones más detalladas de la densidad de población prehispánica del lugar, sería necesario realizar excavaciones más extensas con el fin del reconocimiento de la función de terrazas de diferentes conjuntos.

Probablemente en la última etapa del desarrollo del sitio, surgieron dos complejos de arquitectura residencial en los sectores A y B. Se trata de las residencias de elite o palacios ubicados al pie de cerros, cuyos tamaños y diseños reflejan una notable fuerza de trabajo invertida en su construcción, y por lo mismo sus altos estatus. Todas estas estructuras fueron construidas durante un único episodio constructivo y parece que fueron ocupadas durante un periodo relativamente corto. El área total de arquitectura abarcó 8,7 ha. Los resultados de dos fechados radiocarbónicos provenientes de material botánico del relleno constructivo de la estructura principal del Sector A, han dado fechas muy tardías. Un fechado radiocarbonico calibrado con 2σ obtenido del relleno constructivo del Nivel 1 dio una edad que varía entre 1450-1700 cal d.C. Entre la fragmentería predominaban tiestos de cerámica reducida del estilo Chimú-Inca, entre estos cuencos y botellas, y también fragmentos de vasijas utilitarias como cántaros y escudillas.

A la luz de los datos expuestos e inferencias planteadas resulta claro que la supuesta presencia o influencia directa chimú en el sitio no tiene fundamentos firmes. La falta de cerámica y textiles del estilo Chimú, y los típicos elementos arquitectónicos de esta cultura como audiencias, patios con nichos y plataformas funerarias, entre otros, forma la base científica que sustenta nuestra hipótesis. Sin embargo, no podemos despejar la posibilidad que la población de Ten Ten mantenía contacto permanente con poblaciones de los valles del norte, con las cuales podrían estar relacionados por intercambios de recursos económicos.

Un aspecto importante es que el sitio durante su apogeo de crecimiento territorial se convirtió en un centro de producción artesanal. Aunque hasta ahora no se ha hallado algún horno en el sitio, existen evidencias que soportan la hipótesis de la producción de la cerámica del estilo Casma Inciso en este lugar. Entre el material recogido durante los trabajos se encontraron varios fragmentos de cerámica sin cocción o mal quemada, y también diferentes tipos de moldes. Además, durante las excavaciones se recuperó una muestra de herramientas usadas en el proceso de la producción de cerámica.

Otro aspecto importante de la economía del sitio lo constituyó la producción de textiles, cuya presencia en el material arqueológico fue muy numerosa. La colección abarcó tanto los textiles decorados como los textiles llanos. La principal materia prima de la cual han sido hechos los textiles recuperados fue el algodón, que forma aproximadamente el 90 por ciento de toda la muestra. Además fue evidenciado, pero en menor proporción, el empleo de fibra de camélido. Hemos registrado también algunos textiles en los cuales se utilizó tanto el algodón como la fibra de camélido. Con respecto a los colores de tejidos, predominan tonalidades naturales de las fibras como marrón, beige, blanca y crema, pero también se utilizaban los tintes que fueron empleados para obtener el repertorio más amplio de los colores. Entre los colores registrados destacan el verde, rojo y negro, pero el uso del último color fue menos frecuente en todo el material del sitio y aparece solamente en los textiles decorados. La evidencia arqueológica de numerosas valvas de Concholepas concholepas con huellas de diversos tipos de pigmento, puede indicar que los tintes fueron elaborados localmente. Además, hemos encontrado un telar de cintura envuelto en un tejido llano. Dentro del paquete se encontraron 20 instrumentos (en forma de varas) que se denominan rodillos y servían para separar dos secciones de la urdimbre. Las herramientas llevaban las huellas de uso, y en algunas de ellas fueron amarrados hilos alrededor de uno de sus extremos. Este tipo de telar fue comúnmente usado en los tiempos prehispánicos en diferentes regiones del territorio andino. Como mostraron los análisis efectuados, la mayoría de los textiles desde el punto de vista tecnológico y estilístico correspondía a la tradición de la costa norte de los periodos tardíos, con fuertes influencias locales. Entre los motivos destacan aves marinas estilizadas, olas escalonadas, serpientes bicéfalas y algunas formas geométricas.

En cuanto a la densidad de la población prehispánica de Ten Ten, en esta etapa de estudio es imposible dar una cifra exacta. Esto se debe generalmente a la falta de excavaciones arqueológicas amplias y sistemáticas en todas partes del sitio. Además, debido al carácter de la arquitectura del sitio, estamos muy lejos de la reconstrucción del número de habitantes por medio de la aplicación de uno de los modelos y algoritmos usados por diferentes investigadores para este tipo de cálculos. En el caso de Ten Ten, las zonas estrictamente habitacionales se concentran en dos sectores (A y D) en las laderas de cerros. Apoyándose generalmente en los conocimientos previos de cálculo de habitantes de estas zonas, el sitio en el momento de máximo apogeo pudo estar poblado por cerca de 150 a 200 familias.

Parece muy probable que el sitio adquirió un peso significativo en tiempos de los incas, posiblemente por ubicarse en el camino principal intervalle de la costa norte-sur. De acuerdo al avance de estudios en otros valles de la costa peruana, se puede considerar que los incas en su conquista se basaron en la centralización del poder de las organizaciones políticas regionales conquistadas para desarrollar su propia administración. En este contexto cabe subrayar que la cerámica del estilo Inca, tanto en Ten Ten, como en otros sitios de la costa norcentral y norte, es muy escasa y ningún detalle arquitectónico formal o tecnológico sugiere un parentesco directo con la tradición arquitectónica inca. Más bien se percibe una continuidad cultural desde la época anterior. Esta situación es muy parecida al caso de otros sitios de los periodos tardíos que se ubicaban en el camino principal costero del sistema vial incaico Capac Ñan, como Manchan del valle de Casma o Farfán del valle de Jequetepeque. Por otro lado, hay que notar que el desarrollo socioeconómico del centro del valle de Culebras fue posiblemente influenciado por el cambio climático que sucedió después de la ocurrencias del fenómeno El Niño alrededor del año 1460 d. C. (Salaverry Llosa 2006), cuando aparecieron condiciones climáticas favorables para el desarrollo de agricultura.

Figura 6. Análisis de la cuenca de visibilidad de las fortificaciones (puestos de vigilancia) ubicados alrededor del
centro Ten Ten (Pv34-74) en el valle del río Culebras.

Dada su localización, tamaño y la cantidad de estructuras de carácter tanto público como residencial, el sitio Ten Ten parece haber cumplido el papel del principal centro administrativo y residencia de la nobleza local respecto a esta parte de la costa peruana. De hecho, Ten Ten cuya área total alcanzó 100 ha, entre la cual la arquitectura ocupó 22,41 ha, supera en extensión a otros asentamientos contemporáneos de los valles de Culebras y Huarmey. Además, sobre los cerros que rodeaban el sitio, se ubicaban seis sitios satélites de los cuales se podría controlar visualmente la entrada del camino al valle de Culebras desde el sur y el norte. El carácter especial del Ten Ten cobra mayor significación frente al hallazgo de la presencia de los menores asentamientos del carácter habitacional, ubicados alrededor del sitio. El otro centro de la costa norcentral que se puede comparar con Ten Ten, en cuanto a la extensión, planificación, técnicas constructivas y el material cerámico es el sitio El Purgatorio localizado en el valle bajo de Casma. Con el sitio Ten Ten corresponden seis puestos de vigilancia con restos de estructuras defensivas y habitacionales ubicadas sobre los cerros vecinos. Un estudio de cuencas de visibilidad demostró que los puestos de vigilancia podrían cumplir el papel de control visual de tráfico de gente y bienes en el camino intervalle norte-sur entre los valles de Huarmey, Culebras, Río Seco y Casma (Figura 6). El fenómeno del surgimiento de las nuevas entidades políticas regionales que observamos en Culebras en el contexto del vertiginoso aumento de la densidad poblacional se manifiesta simultáneamente, entre los siglos IX y X d.C., en varios valles de costa norte y norcentral (Prządka-Giersz 2009).

CONCLUSIONES
La secuencia de cambios en la organización espacial de asentamientos que acabamos de presentar, lleva a una conclusión aparentemente paradójica: los sistemas defensivos, y en general la arquitectura relacionada con la violencia institucionalizada, como los templos fortificados, aparecen de manera contundente en los periodos de fragmentación política, al fin del Horizonte Temprano, en las fases finales del Horizonte Medio y en el Periodo Intermedio Tardío. Fenómeno similar observó Wilson (1988, 1995) en los valles de Casma y Santa. Esta es una paradoja aparente. Las fortificaciones andinas no cumplen las mismas funciones estratégicas que se espera de ellas en una guerra total, tanto antigua como moderna. Como hemos visto líneas arriba, por las características tecnológicas y por el alto impacto de normas y reglas rituales que rigen en el caso de un conflicto bélico, la suerte en el combate se decide en el enfrentamiento directo mano a mano. El ataque por la espalda o con armas de largo alcance (arco) parece estar reñido con el ethos guerrero. Las características de la ubicación y de la arquitectura de los templos fortificados y de las murallas sugieren que se pretende obtener efectos psicológicos más que tácticos sobre el adversario. Las murallas y los bastiones son símbolos de poderío y resultan útiles en el contexto de competencia por la hegemonía en el dominio del valle entre poblaciones vecinas. Su función táctica no es la más importante ni la única. En la asociación entre el lugar fuerte y la arquitectura ceremonial se materializa y se fija en el paisaje este particular sistema de convivencia y de formación permanente de jóvenes guerreros cuyos detalles revela la iconografía mochica. Los templos fortificados fueron al mismo tiempo lugares de combates rituales (tinkuy), refugios en el caso de asedio por invasores foráneos, lugares de culto y eventualmente residencias temporales del gobernante.

Resulta muy significativo que cuando el valle de Culebras quedó incorporado en la organización política Moche, hecho que ocurrió en la fase Mango, a más tardar en la transición hacia la fase Quillapampa, bastó un simple sistema de vigilancia para proteger a los asentamientos abiertos. A la luz de todos hallazgos mencionados, la frontera sur del estado Moche no tiene carácter del limes sino es un enclave al fin del camino, y posee las características de una zona limítrofe. El control de este camino y de la frontera no se ejercía por medio de un limes fortificado, tal como lo suponían Proulx (1968, 1973, 1976, 1978, 1979, 1980, 1982, 1985, 2004) y Daggett (1983, 1984, 1985) para el valle de Nepeña, sino mediante negociaciones políticas con las elites locales. Es de suponer en este contexto que la eficiencia del sistema de parentescos ceremoniales era el principal escudo contra los enemigos (Makowski 2010a). Nuestras investigaciones demuestran que los representantes de la cultura Moche tuvieron en primera instancia interés en conseguir el dominio de tierras fértiles y con abundante agua. Los asentamientos moches tanto en Culebras como en Huarmey tuvieron carácter aldeano. Con frecuencia únicamente se conservan cementerios y pueden ser registrados, dado el carácter perecible de la arquitectura residencial. Es significativo que hasta el presente no se ha localizado ni centros administrativos con la infraestructura de depósitos, ni grandes centros ceremoniales, como el de Pañamarca. En su lugar hay probables residencias de gobernadores gallinazo (¿moche temprano?) en Mango y Moche en Quillapampa (Giersz 2007). A partir de estas evidencias Makowski (2009b) sugirió que la frontera sur moche se defendía en base a alianzas selladas por la participación en rituales. Es durante la fase Quillapampa cuando se nota una fuerte centralización de los centros públicos y puestos de vigilancia en la cuenca media-alta del valle, en la frontera oriental del territorio dominado por los moches. Sin embargo, el principal objeto de esta reconfiguración podría ser el control de la ruta intervalle norte-sur y del posible reservorio de agua en la localidad de Laguna, así como la legitimización del poder y el prestigio en la supuesta frontera con los Recuay y sus aliados de la sierra. En cuanto a la naturaleza de la ocupación virú-gallinazo y moche en la costa norcentral del Perú, el patrón de asentamiento registrado por nosotros en el valle del río Culebras durante las fases Mango y Quillapampa señala claramente que las sociedades que dominan el valle tienen una fuerte vocación agrícola y ocupan las pequeñas aldeas centradas alrededor de las mejores tierras agrupadas en cinco zonas de hábitat. Contrastando el patrón de asentamiento del Periodo Intermedio Temprano en otros valles de la costa norcentral con el paisaje edáfico reconstruido a partir de los informes de la Oficina Nacional de Evaluación de Recursos Naturales (1972a, 1972b) se nota el mismo fenómeno de la presencia de varias agrupaciones de asentamientos centrados alrededor de las tierras aptas para el riego de la mejor calidad. Este último hallazgo contradice las críticas de Bonavia (1965:599), planteadas a la publicación de Horkheimer (1961) quien sospechaba que la presencia moche en los valles de la costa de Ancash se fundamentaba en el intenso cultivo de tierras. En estas críticas Bonavia sostenía que la presencia moche en esta zona del litoral peruano se limitaba a una ocupación esporádica y que las piezas del estilo Moche halladas allí representan tan solo objetos de cambio. Esta interpretación se introdujo a la literatura del tema y aún sigue en pleno uso (Proulx 2004; entre otros). Los patrones de asentamiento moche registrados por varios autores en los valles de Santa, Casma y Huarmey (Bonavia 1982; Chapdelaine 2010, y en este volumen; Wilson 1988, 1995; entre otros) muestran características muy similares. No hay sitios defensivos y generalmente los asentamientos están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Este patrón sugiere una Pax Mochica, es decir un periodo caracterizado por relaciones intravalle e intervalle pacíficas. Los únicos posibles enemigos de los moches del sur eran los grupos serranos, partidarios de la tradición Recuay. En el sur del valle de Huarmey, en las quebradas Las Zorras y Gramadal, y en el valle de Fortaleza, no se ha reportado vestigios representativos del Periodo Intermedio Temprano.

La ocupación huari ha impuesto en el paisaje cultural del valle una marca muy distinta en comparación del dominio moche, lo que implica necesariamente diferencias en la estrategia del poder. Nuestros recientes y aún inéditos hallazgos en el Castillo de Huarmey aportan argumentos a favor de una exitosa conquista de Huarmey y Culebras por parte de los guerreros oriundos del sur. Las evidencias de Culebras sugieren asimismo, a título de hipótesis, que la administración huari haya convertido a este valle en la frontera fortificada durante la fase Molino (700-850 d.C.), quizás preparándose para la conquista del estado Moche.

Al comparar los mapas de asentamientos correspondientes a los periodos anteriores al inicio del Periodo Intermedio Tardío con los mapas de los periodos tardíos saltan a la vista diferencias relevantes. Desde el Horizonte Temprano hasta el fin del Horizonte Medio en la definición de Menzel (1964), la densidad ocupacional es relativamente baja y se limita a áreas particularmente privilegiadas por la abundancia de agua en puquiales activos todo el año, por los suelos y por la buena ubicación respecto al camino norte-sur intervalle. El mapa de aldeas y residencias de elite varía posiblemente en relación con los cambios coyunturales en el funcionamiento de puquiales que suelen secarse de manera alterna. Grandes avenidas de agua causadas por fenómenos de El Niño (ENSO por sus siglas en inglés) particularmente fuertes también afectan cíclicamente el mapa de suelos cultivables, hacen variar el recorrido del río y provocan eventualmente la aparición de nuevas fuentes y afloramientos de agua subterránea en la superficie. Es posible que uno de los eventos de esta naturaleza haya debilitado la presencia del estado Moche en el valle durante el siglo VII, facilitando el posterior avance huari.

Recién en la fase Ten Ten los recursos agrícolas y marinos de la cuenca son aprovechados al máximo lo que se desprende, entre otros factores, del aumento en 100 por ciento tanto del número total de sitios registrados como de la extensión de zonas residenciales. ¿Por qué el valle de Culebras fue escogido para fundar a Ten Ten, un gran centro regional, plenamente comparable con El Purgatorio del valle de Casma? Creemos que esto se debe en primera instancia a las ventajas que ofrece la geomorfología del valle. A diferencia del vecino valle de Huarmey, en Culebras amplias terrazas elevadas colindan con áreas de cultivo y con puquiales; el valle mismo se estrecha en varias partes creando una especie de lugar fuerte natural con los accesos fáciles de controlar. Los extensos campos del valle bajo de Huarmey están cerca, a escasas horas de camino a pie. La estrategia política y militar casma fue aparentemente exitosa. No contamos con evidencias de la presencia política chimú como en el valle de Casma. En todo caso, un eventual episodio de conquista por tiempo breve no ha dejado huellas materiales. Los pobladores de Culebras y de Huarmey han logrado mantener incólume no solo el dominio de los valles sino también su identidad cultural. Lo sugiere la sorprendente popularidad del estilo local de la cerámica utilitaria y ceremonial, el estilo Casma Inciso, que se mantiene vigente hasta el Periodo Transicional, a pesar de que su aspecto arcaico salta a la vista en comparación con finas obras de los alfareros chimúes e incas. Resulta de particular interés constatar que la conquista del valle por el Tawantinsuyu no ha implicado el traslado de alfareros mitmaquna y que no se producía localmente imitaciones provinciales de la cerámica de estilo Cuzco Polícromo. Esta particularidad guarda probablemente relación con la aparente ausencia de ushnus, canchas y kallankas en los centros administrativos de Ten Ten y de Chacuasjirca. El interés de la administración del imperio se focaliza en el control de recursos agrícolas (Ten Ten) y de la minería y metalurgia (Chacuasjirca).

Como se desprende de estas conclusiones, el valle de Culebras llegó a formar parte sucesivamente de varios mini sistemas-mundos antes de formar parte del Tawantinsuyu. La perspectiva metodológica que hemos adoptado ha sido útil para aportar evidencias novedosas en el debate sobre las características de los estados moches del sur y las razones de su expansión, sobre la cronología y la modalidad de la conquista de la costa norte por parte del hipotético imperio Huari y sobre las fronteras meridionales del reino Chimor.

AGRADECIMIENTOS
El presente artículo forma parte del proyecto «The evaluation and inventorying of the preColumbian heritage in danger using traditional and remote sensing techniques» financiado por el Centro Nacional de la Ciencia (NCN) en Polonia a través de la decisión No. UMO-2012/04/M/HS3/00562 y realizado gracias al convenio bilateral suscrito entre la Pontificia Universidad Católica del Perú en Lima y la Universidad de Varsovia.

BIBLIOGRAFĺA
Andrzejewski, Stanisław
2003 [1954] Military organization and society. London – New York: Routledge Publishers.
Arkush, Elizabeth, y Charles Stanish
2005 Interpreting conflict in the ancient Andes. Implications for the Archaeology of warfare. Current
Anthropology 46(1): 3-28.
Bauer, Brian S.
1992 The development of the Inca State. Austin: University of Texas Press.
Bawden, Garth
1994 La paradoja estructural: la cultura Moche como ideología política. En Moche: Propuestas y
perspectivas, editado por Santiago Uceda y Elías Mujica, pp. 389-412. Lima: Universidad Nacional de
la Libertad, Instituto Francés de Estudios Andinos, Asociación peruana para el fomento de las ciencias
sociales.
1995 The structural paradox: Moche culture as political ideology. Latin American Antiquity 6(3): 255-
273.
1996 The Moche. Cambridge-Massachussetts: Blackwell Publishers.
2004 The Art of Moche Politics. En Andean Archaeology, editado por Helaine Silverman, pp. 116-129.
Malden-Oxford-Carlton: Blackwell Publishers.
Bennett, Wendell C.
1950 The Gallinazo Group Virú Valley, Peru. Yale University Publications in Anthropology Number 43.
New Haven: Yale University Press.
Blanton, Richard, y Gary Feinman
1984 The Mesoamerican World-System. American Anthropologist 86(3): 673-692.
Bourget, Steve
2003 Somos diferentes: dinámica ocupacional del sitio Castillo de Huancaco, valle de Virú. En Moche:
hacia el final del milenio. Actas del Segundo Coloquio sobre la cultura Moche, Tomo I, editado por Santiago
Uceda y Elías Mujica, pp. 65-123. Lima: Universidad Nacional de Trujillo, Pontificia Universidad Católica.
2010 The Case of Huancaco, Virú Valley. En New Perspectives on Moche Political Organization, editado
por Jeffrey Quilter y Luis Jaime Castillo B., pp. 201-251. Washington, D.C.: Dumbarton Oaks Research
Library and Collection.
Bourget, Steve, y Margaret E. Newman
1998 A toast to the ancestors: Ritual warfare and culture. Baessler Archiv 70: 85-106.
Bonavia, Duccio
1982 Los Gavilanes. Mar, desierto y oasis en la historia del hombre. Lima: Corporación Financiera de
Desarrollo, Instituto Arqueológico Alemán.
Bonavia, Duccio, y Krzysztof Makowski
1999 Las pinturas murales de Pañamarca: un santuario mochica en el olvido. Íconos 2: 40-54.
Brennan, Curtis T.
1980 Cerro Arena: Early cultural complexity and nucleation in North Coastal Peru. Journal of Field
Archaeology 7(1): 1-22.
1982 Cerro Arena: origins of the urban tradition on the Peruvian North Coast. Current Anthropology
23(3): 247-254.
Burger, Richard L.
1992 Chavín and the origins of Andean Civilization. London: Thames & Hudson.
1998 Excavaciones en Chavín de Huantar. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.
Carman, John, y Anthony Harding (editores)
1999 Ancient warfare: Archaeological perspectives. Phoenix Mill: Sutton.