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Inca Garcilazo de la Vega: Años de formación

Tumba de la Huaca Loro, Cultura Sipan, Arqueologia del Peru

EL INCA GARCILASO, como lo dice él mismo en varios pasajes de su obra,nació en el Cuzco el 12 de abril de 1539, hijo mestizo del Capitán español de ilustre alcurnia Garcilaso de la Vega y de la Palla o Princesa incaica Chimpu Ocllo. El nombre que se le impuso no fue el del padre, con el que ha pasado a la historia y a la gloria, sino el de algunos de sus antepasadospor la rama paterna: Gómcz Suárez de Figueroa. Su padrino de bautismo fue Francisco de Almendras, “hombre principal y rico” pero violento y tempestuoso, que acabó ajusticiado durante la rebelión de Gonzalo Pizarra;y su padrino de confirmación lo fue el ostentoso encomendero o “vecino”del Cuzco Diego de Silva, a quien se atribuye la Cróníca rimada de la Conquista de la Nueva Castilla y cuyo padre fue el famoso y ornamentado Feliciano de Silva, el autor de libros de caballerías citado y satirizado en el Quijote de Cervantes.

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Gómez Suárez de Figueroa, renombrado como Inca Garcilaso de la Vega a partir de 1563 (Cuzco, Gobernación de Nueva Castilla, 12 de abril de 1539 – Córdoba, España, 23 de abril de 1616), fue un escritor e historiador de ascendencia hispano-incaica nacido en el territorio actual del Perú.1​ Se le considera como el «primer mestizo biológico y espiritual de América»,o en otras palabras, el primer mestizo racial y cultural de América que supo asumir y conciliar sus dos herencias culturales: la indígena americana y la española, alcanzando al mismo tiempo gran renombre intelectual.​ Luis Alberto Sánchez lo describe como el «primer mestizo de personalidad y ascendencia universales que parió América». Se le conoce también como el «príncipe de los escritores del Nuevo Mundo», pues su obra literaria, que se ubica en el período del Renacimiento, se destaca por un gran dominio y manejo del idioma castellano.

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El Capitán y la Palla

Esta doble vertiente del niño mestizo y la trascendencia de los años en que le tocó venir al mundo, con la violenta y destructiva, pero al mismo tiempo fecunda y creadora, incorporación del Imperio de los Incas a la cultura de Occidente, a través de las armas, las creencias, los sentimientosy las normas de España, fueron sin duda decisivos para su formación espiritual.

Inca Garcilazo de la Vega – 1879

Su padre, el capitán Garcilaso de la Vega, nacido en Badajoz de Extremadura alrededor del año 1500, era una rama del árbol genealógico que ya había dado brillantes frutos en la literatura y las armas de Castilla. Por su madre, Blanca de Sotomayor, se hallaba entroncado con el ilustre Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, una de las voces líricas más puras de las letras de España; era sobríno de su homónimo Garcilaso el poeta toledano, renovador con Juan Boscán de la literatura en verso castellano; y era deudo también, aunque menos cercano, de Fernán Pérez de Guzmán, del Canciller Pero López de Ayala, de Gómez Manrique y del insigne Jorge Manrique, autor de las inmortales Coplas a la muerte de su padre. Como por el lado paterno tenía asimismo sangre del enamorado poeta y caballero Gard Sánchez de Badajoz, quiere decir que en el Capitán que pasó al Perú se unían los nombres más valiosos de la Edad Media y del Renacimiento en España y que en su retoño americano no era extraño que volvieran a lucir el refinamiento señoríl, la mesura, el gusto por la síntesis, la integración y la armonía.

En cuanto a Chimpu Odio, era hija de Huallpa Túpac y de la Palla Cusi Chimpu; y, por lo tanto, nieta del Emperador Túpac Inca Yupanqui, sobrína del insigne Huayna Cápac, bajo cuyo gobierno alcanzó el Imperio de los Incas su mayor extensión geográfica, y prima de los dos últimos Emperadores del Tahuantinsuyo, los medio hermanos y rivales Huáscar y Atahualpa.

Años de infancia

Los azares no sólo de la Conquista (puesto que el capitán Garcilaso llegó al Perú cuando ya se había ganado la tierra y el gobernador don Francisco Pizarra había quebrantado la impetuosa reacción del Inca Manco), sino de las guerras civiles de los conquistadores y del conflicto de estos mismos con los propósitos crecientes de centralización de la Corona, marcaron su huella inevitable en la formación de los hijos mestizos. En cuanto a Gómez Suárez, se sabe por él mismo que la primera lengua que habló fue el quechua, o “runa simi”, de su madre (“la lengua que mamé en la leche”), y que desde sus prímeros años aprendió a manejar los hilos trenzados y de colores de los “quipus”, que era la manera de contar de los Incas. En el hogar cuzqueño (la vieja casona que aún se conserva restaurada y que correspondió al capitán Garcilaso, al parecer en 1542, después del ajusticiamiento del almagrista Pedro de Oñate en el torbellino de las guerras civiles), el niño cuzqueño se sentía entrañablemente vinculado a su madre y escuchaba con apasionada avidez los relatos de sus parientes de sangre imperial en esos años del trágico ocaso del Incario. “De las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado su Impexrio y acabada su república. Estas y otras semejantes pláticas tenían los Incas y Pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: Trocósenos el reinar en vasallaje”

A los relatos orales de ellos (“después, en edad más crecida, me dieron larga noticia de sus leyes y gobierno”) se unía la emocionada imagen de lo que él podía observar por sí mismo. Todavía, hasta los doce o trece años de su edad, se conservaban, aunque descaecidas, algunas costumbres y fiestas del Imperio: las ceremonias viriles del “huaracu”, o iniciación militar de los jóvenes; las fiestas del “situa”, o de la purificación, mientras los espectadores comían el “sancu”, y esperaban que llegara la noche para ahuyentar a los malos espíritus con las antorchas llamadas “pancuncu”; el alegre barbecho en los bancales de Collcampata entre los gritos de “haylli”, que es triunfo o victoria. Más tarde fue la solemne visita a su deudo el Inca Sayri Túpac, que entró en el Cuzco después de su concierto con el Virrey Hurtado de Mendoza y quien le dio sus manos a besar y le hizo beber, como en un rito, un poco de “chicha” de maíz. Años después, y ya al salir del Cuzco, otra impresión profunda: las momias embalsamadas de los Incas que le hizo ver el licenciado Polo de Ondegardo como una sombra del poder imperial. Y en todo instante los paseos juveniles por el campo, el hallazgo de misteriosos tesoros escondidos, las correrías por entre las piedras gigantescas de la fortaleza de Sacsayhuaman, “cuyas grandezas son increíbles a quien no las ha visto, y al que las ha visto y mirado con atención le hacen imaginar, y aun creer, que son hechas por vía de encantamiento”.

La vinculación sentimental con su madre y con el mundo de su madre,tan decisiva en sus años infantiles, no afectó sin embargo su incorporación irreversible al mundo social y cultural que representaba su padre el Capitán.Es cierto que, como todos los conquistadores entonces, y más los que teníanfiguración política e importancia económica, el capitán Garcilaso se hallaba frecuentemente ausente de su casa cuzqueña. Unas veces eran las contiendasciviles, que les llevaban a cabalgar constantemente, a guerrear o a escapar. Enocasiones más pacíficas era la visita de sus encomiendas, para recoger losfrutos de sus tierras y vigilar el trabajo de sus indios. El pequeño mestizovio así cómo su padre partía aceleradamente a Lima cuando la rebelión de Gonzalo Pizarra; cómo el desaforado Hernando Bachicao cañoneaba su casa desde la fronteriza Catedral; cómo Diego Centeno, con las tropas realistas,hacía su entrada en el Cuzco antes de su derrota de Huarina; con qué boato Gonzalo Pizarra lucía su pendón de rebeldía y Francisco de Carvajal iba y venía en su mula bermeja con su albornoz morado que le cubría a la morisca;y cómo sólo unos meses después el Pacificador don Pedro de La Gasea celebraba desde el “corredorcillo largo y angosto” de la casa de Garcilaso lasfiestas por la victoria sobre el mismo Gonzalo en Xaquixahuana.

En tales condiciones, era poco lo que se podía esperar de la educación de los niños mestizos. El mismo Gómez Suárez iba a contar más adelante que tuvo como ayo al siempre leal Juan de Alcahaza, que estudió las primeras letras castellanas en lo que se llamaba gráficamente el “beabá”, que pasóluego con varios sobresaltos por cinco o seis preceptores de latinidad, hastaque a él y a otros hijos de ”vecinos” les enseñó con más sosiego el canónigo Juan de Cuéllar, que soñaba con ver algunos de ellos en la Universidad de Salamanca. El hijo del capitán Garcilaso iba a decir después que no alcanzósino “una poca gramática” y que lo escaso que aprendió de la lengua latina fue “en el mayor fuego de las guerras de mi tierra, entre armas y caballos, pólvora y arcabuces, de que supe más que de letras”.

Años de mocedad
Si su infancia estuvo marcada esencialmente por las huellas indígenas, la mocedad de Gómez Suárez se halló más influida por la impronta española. El mayor reposo logrado después del triunfo del Pacificador sobre Gonzalo, la muerte violenta de los conquistadores de la tierra en el tumulto de las gueras civiles y el sofrenamiento de los encomenderos por la fuerza creciente de las autoridades y de las normas legales de la Corona, hicieron que la vida del Cuzco, y en general del Virreinato, fuera cada vez más una copia lejana pero firme de la vida de España. Todavía niño, Gómez Suárez tuvo una nueva muestra de esa separación entre dos mundos con los matrimonios casi simultáneos de sus padres. Atendiendo a sus propias conveniencias y a las recomendaciones de las Cédulas Reales, el capitán Garcilaso de la Vega contrajo enlace en 1549 con la dama española Luisa Marte! de los Ríos. La abandonada Chimpu Ocllo, ya bautizada con el nombre cristiano de Isabel, casó poco después -o fue casada~ con el modesto y desconocido Juan del Pedroche, posiblemente mercader o tratante y no soldado.

El hijo mestizo siguió viviendo en la casa paterna; y cuando de 1554 a 1556 el capitán Garcilaso fue Corregidor y Justicia Mayor del Cuzco, el mozo le sirvió de “escribiente de cartas” y pudo andar con desenfado entre los más prominentes encomenderos o “vecinos”. La tranquilidad y la holgura económica le permitieron deleitarse con los halagos más pacíficos de la aclimatación de plantas y animales. Ya en 1551 se había evadido un día de la escuela para ver los primeros bueyes, que roturaban el terreno en la explanada cercana a su casa donde se levantó después la iglesia de San Francisco. Así vio también las primeras vacas; recibió el primer asno, comprado por Garcilaso para obtener mulas de sus yeguas; apreció las primeras aceitunas; contempló los primeros espárragos; repartió las primeras uvas que su padre le hizo llevar de casa en casa y de las que gozó buena parte en el camino.

Y para adiestrarse en los usos de España, jugó cafüis en las fiestas del Apóstol Santiago y al jurarse por Rey a Felipe II, y se le grabó para siempre en el recuerdo la celebración solemne de la fiesta del Corpus.

El viaje a España

En mayo de 1559, al cabo de una enfermedad que le duró más de dos años “con largos crecientes y menguantes”, falleció en el Cuzco el capitán Garcilaso de la Vega. En su testamento, redactado dos meses antes, no sólo proveyó al cuidado de su esposa española, de sus dos hijas habidas en ella (que murieron al poco tiempo) y de una hija natural que tenía en España, sino previno a las necesidades del mozo mestizo Gómez Suárez. Con el encargo de velar por él y por su renta, a su concuñado el leonés Antonio de Quiñones, Garcilaso asignó especialmente “cuatro mil pesos de oro y de plata ensayada y marcada” para que el mozo fuera a estudiar a España, “porque así es mi voluntad por el amor que le tengo, por ser como es mi hijo natural y por tal le nombro y declaro”.

Unos meses después, el 20 de enero de 1560, se cumplió su propósito. Gómez Suárez salió del Cuzco, avanzó por la pampa de Anta, cruzó el río Apurimac, atravesó los Andes, llegó a la costa del Pacífico, pasó por el santuario tradícional de Pachacámac, se detuvo unos días en Lima, la ciudad de Los Reyes (cuyo hermoso trazo le agradó, pero que le decepcionó por encontrarla hecha de barro, con calor y mosquitos, a diferencia de las casas de piedra y el clima frío pero seco del Cuzco). En el puerto de Lima, el Callao, vendió el caballo que lo había llevado; se embarcó rumbo a Panamá; cruzó el istmo; volvió a embarcarse en Nombre de Dios, sobre el Caribe; tocó en Cartagena y posiblemente después en La Habana; y luego de un viaje tempestuoso por el Atlántico arribó a las Azores, para navegar días más tarde y llegar a Lisboa. De Portugal pasó en seguida a España; llegó por mar a Sevilla; al parecer fue a Extremadura a visitar a sus parientes; y a poco siguió a Montilla, en las cercanías de Córdoba, donde residía su tío paterno el capitán Alonso de Vargas, casado con doña Luisa Ponce de León, hermana del licenciado Francisco de Argote (que iba a ser padre del poeta Luis de Góngora y Argote). Don Alonso y su esposa lo recibieron cordialmente, y su estancia en Montilla, aunque no lo pensara, iba a durarle por treinta años.

Pero lo que más le interesaba entonces era el reconocimiento oficial de los servicios prestados por el capitán Garcilaso en América y las mercedes que por ello y por la sangre imperial de su madre consideraba que le correspondían. Para intentarlo fue a Madrid, donde acababa de establecerse la Corte y donde pasó al parecer todo el año de 1562 y una parte de 1563 en el empeño, que iba a resultar vano, de conseguir la situación y las rentas que esperaba. Cuando creía que iba a lograrlo, el Consejo de Indias desbarató sus pretensiones alegando que el capitán Garcilaso había salvado al rebelde Gonzalo Pizarra al cederle su caballo en la batalla de Huarina. En vano el mozo pretendió aclarar y justificar la actitud de su padre en aquel día. Lope García de Castro, que formaba parte del Consejo (e iba a ser Gobernador del Perú), le detuvo diciéndole -con frase que para el futuro historiador resultaba un sarcasmo— que lo que estaba escrito por los historiadores no podía negarse.

Decepcionado entonces, por un momento pretendió volver al Pení. Por esos mismos días, cuando vivía pobremente en Madrid, había entrado en relación con los Padres mercedarios que solicitaban permiso para que fueran veinte religiosos a reforzar sus conventos peruanos y ofrecían “información acá (es decir en Madrid) con gente de allá” (es decir del Pení). Uno de los testigos fue Gómez Suárez, quien no sólo hizo una elogiosa información sino demostró por primera vez su precisa y cabal exactitud: lo que había visto y le constaba, lo que conocía con certeza, lo que escuchó decir “aunque de cierto no lo sabe” y lo demás “de que no tiene noticia”.

De Gómez Suárez a Garcilaso de la Vega

A mediados del año, el 27 de junio de 1563, el mestizo cuzqueño obtuvo el permiso para el viaje. La parte pertinente de la Cédula que favorecía a varios solicitantes decía textualmente; “y den {permiso) para que los oficiales de Sevilla dejen pasar al Perú a Gómez Suárez de Figueroa, hijo de Garcilaso de la Vega que sirvió en aquella tierra, dando información en forma”. Pero no se sabe aún por qué motivo, si porque a la postre se le denegó la licencia, si porque entre tanto zarpó la flota, si porque luego el que partió fue el propio García de Castro que había negado sus reclamos, o si decidió tentar suerte en otros campos, lo cierto es que el mozo se quedó y volvió a Montilla a cobijarse en el apoyo de Alonso de Vargas. Poco tiempo después se produce otro cambio muy significativo. En una partida de bautismo, tal vez por una momentánea indecisión, el Gómez Suárez que actúa de padrino figura como “Gómez Suárez de la Vega”. Cinco dís más tarde, el 22 de noviembre, aparece el mestizo como “Garcilaso de la Vega”; o sea el nombre ilustre de su padre el Capitán, del héroe del romance “Cercada está Santa Fe” y de su deudo el poeta toledano que, como en el ideal renacentista, vivió sus pocos años “tomando ora la espada ora la pluma”.

Así pareció también que iba a ocurrir con el nuevo Garcilaso, “que por otro nombre se llamaba Gómez Suárez de Figueroa en el tiempo que estuvo y residió en el Nuevo Mundo, Indias y Tierra Firme del mar Oceano’. Efectivamente, la rebelión de !os moriscos en las Alpujarras de Granada, encabezados por Aben Humeya y a la muerte violenta de éste por Aben Abó, determinó que los nobles andaluces formaran mesnadas señoriales para que apoyaran a las fuerzas del Rey, puestas al mando del gallardo don Juan de Austria después de la renuncia del Marqués de Mondéjar, Una de e~as mesnadas fue la del Marqués de Priego, señor de la villa de carácter feudal de Montilla, y en ella intervino de modo eficaz el mestizo Garcilaso. Su actuación no fue muy prolongada; sólo duró unos meses, de marzo a d.iciem• bre de 1570. Pero obtuvo los cuatro despachos o “conductas” de Capitán, como su padre (dos de Felipe II y dos de don Juan de Austria), de las que se iba a preciar toda su vida.

El cambio de mundo

En cambio, terminada la guerra y vuelto ya a Montilla, colgó la espada para tomar la pluma definitivamente.

Esta orientación ya invariable de su vida se debió, sin duda, a su propia vocación, pero a ella también contribuyeron circunstancias externas. En primer término, y en lo más cercano para él, el fallecimiento de su tío Alonso de Vargas, a quien acompañó en sus últimos instantes en uno de los paréntesis de su campaña contra los moriscos. Don Alonso dejó sus bienes por sus días a su viuda doña Luisa; pero a la muerte de ésta debían pasar a su hermana Isabel de Vargas y a su sobrino el joven Garcilaso. Este siguió viviendo en la casa familiar; y desde entonces su posición social y económica ascendió, pudo dedicarse a “hacer y criar caballos’ y fue una figura cada vez más notoria y apreciada en la tranquila villa montillana, Por otra parte, en su tierra nativa del Perú se realizaba también entonces una transformación fundamental: el paso definitivo de la etapa gallarda y Je empresa individual de la Conquista a la organización centralizada y rigurosamente estatal del Virreinato. Las Ordenanzas del Virrey Toledo, sus minuciosas y precisas medidas, su dura represión de los Incas que aún mantenían cierta sombra imperial en el refugio boscoso de Vilcabamba, la cruel ejecución de Túpac Amaru y la persecución y destierro de los Incas varones y los mestizos de sangre real, habían cancelado totalmente, de un lado, el mundo de la Conquista y, de otro, el del T ahuantinsuyo o del Incario. Como el mestizo Garcilaso pertenecía al mundo de la Conquista por su padre y al del Tahuantínsuyo por su madre, como no tenía encomiendas que heredar ni cargos oficiales que pudiera aspirar en el Perú, y como, por las medidas contra los mestizos reales, no hubiera podido entonces volver aunque quisiera, quedó retenido por completo en España. Otra triste noticia le llegó, que acabó de cortarle los lazos familiares con su tierra peruana. A fines de noviembre de 1571 falleció en el Cuzco su madre· Chimpu Odio, que en su disposición testamentaria aparece con el nombre cristiano y el apellido español de “Isabel Suárez”. El joven Garcilaso debió de sentir con emoción que había terminado en el Perú la etapa que fue suya y se había iniciado otra en la que ya no iba a poder encajar. En cierta manera, de otro lado, en Montilla se reproducían para él, a la distancia, ciertos aspectos de su vida en el Cuzco. El ambiente rural; la cría de caballos; los censos sobre las tierras, que eran como un reflejo de las cobranzas en las encomiendas; la casa señorial, que le recordaría la casona cuzqueña en la que su padre el Capitán sentaba a veces sesenta invitados a su mesa; hasta la rebelión de los moriscos en la sierra, como un eco amainado de la rebelión de los Incas en los Andes; todo ello tenía cierta resonancia familiar. En todo caso, el reposo obligado, el amplio tiempo para la lectura y la comunicación con doctos religiosos, determinaron –como iba a decir años después- que fuera como “soldado que perdido por mala paga y tarde se ha hecho estudiante”.

La traducción de los Diálogos de Amor

La primera obra literaria que emprendió fue la difícil vers1on al castellano de una obra de vasta figuración renacentista: los Diálogos de Amor, escritos en italiano por el neoplatónico judío portugués Judah Abarbanel, o León Hebreo. No se sabe cómo ni cuándo aprendió Garcilaso el italiano (sólo cuenta que mejoró su latín el teólogo montillano Pedro Sánchez de Herrera). Pero lo cierto es que se deleitó con “la dulzura y suavidad’ de los Díálogos, que, como Boscán con la traducción del Cortesano de Castiglione, lo que empezó por recreo y deleite terminó en trabajo de cuidado y de lima, y que por años y años, puliendo y corrigiendo sus tres o cuatro borradores, se dedicó a traducir la obra, que ofreció a Felipe II como una primicia del Perú.

La afirmación de lo peruano es constante en ésa y en una posterior dedicatoria al mísmo Rey. (Garcilaso es “de la familia y sangre de los Incas”; su padre fue “conquistador y poblador” en el Perú; las mercedes que se le otorguen serán recibidas por “universal favor” en el Cuzco). Y si en la pri• mera dedicatoria, fechada en Montilla el 19 de enero de 1586, aparece por primera vez con el título de “Inca”, la traducción se imprimió en Madrid, por Pedro Madrigal, en 1590, con el muy expresivo título de La traduzion del Indio de los tres Dialogas de Amor de León Hebreo.

¿Qué es lo que pudo inducir a Garcilaso a un trabajo tan inesperado? ¿Por qué se aficionó y por qué tradujo a León Hebreo, que por lo demás ya había sido traducido al español en dos oportunidades: por Guedella Yahia (edición de Venecia, 1568) y por Micer Carlos Montesa (Zaragoza, 1584); aunque no consta que Garcilaso hubiera conocido esas versiones? ¿Qué afinidad pudo encontrar con el armonioso despliegue metafísico del neoplatónico judío? Cuando se lo preguntó un maestrescuela de la Catedral de Córdoba, él contestó sencillamente, con discreta ironía, que había sido sólo “temeridad soldadesca”. Pero puede decirse que en León Hebreo encontró Garcilaso una semejanza con su gusto nativo por la sutileza intelectual, la discriminación y los distingos. (“Que no se confunda lo uno con lo otro”, iba a decir más tarde en una de las frases más repetidas de sus Comentarios). Y sobre todo pudo hallar, no sólo un modelo intelectual, sino un afán de integración, un gusto por el equilibrio de neta raíz renacentista, la persecución de un ideal de “orden y concierto” que representaba, desde el punto de vista de la forma, la noble tendencia a integrar lo disímil, como desde el punto de vista de la raza en él reconocía “prendas de ambas naciones”: la de la sangre indígena y la sangre española.

Con las palabras de León Hebreo, el Inca podría haber dicho también que sabía ascender de lo particular al arquetipo y que distinguía las dos caras o rostros del alma. “La primera cara, hacia el entendimiento, es la razón intelectiva, con la cual discurre con universal y espiritual conocimiento, sacando fuera las formas y esencias intelectuales de los particulares y sensibles cuerpos … ; la segunda cara, que tiene hacia el cuerpo, es el sentido, que es el conocimiento particular de las cosas corpóreas”. Quién sabe si muchos de los llamados errores de Garcilaso no son tales, sino deliberadas modificaciones de las cosas concretas, hechas con un espíritu de superior ordenación, con el empeño íntimo de “sacar fuera las esencias”, aun sacrificando a veces el detalle de las cosas particulares.

El paso a Córdoba

En 1591, afianzada ya definitivamente su condición de escritor y establecida su modesta pero tranquila situación económica, el Inca Garcilaso dejó Montilla para trasladarse a vivir en la cercana y prestigiosa ciudad de Córdoba.

Tenía algún dinero, porque había muerto su tía la viuda del capitán Alonso de Vargas, y por lo tanto le tocó recibir la herencia de éste; y con la venta de unas casas y unos censos impuestos sobre bienes de los marqueses de Priego disfrutaba de un seguro pasar, aunque acostumbraba quejarse de que le faltaban “haciendas de campo y casas de poblado”. Por entonces, o poco antes, ha de haber nacido su hijo Diego de Vargas, tenido en su criada Beatriz de Vega o de la Vega y cuya existencia sólo ha venido a desrubrirse hace unos años. Por caminos menudos tuvo también entonces una vinculación económica con el prodigioso poeta Luis de Góngora. Córdoba le permitió además un más fácil acceso a los libros y un mayor contacto con doctos amigos.

Fue así como proyectó dos empresas literarias, una descartada al poco tiempo y la otra en cambio realizada. La primera fue la revisión de las Lamentaciones de Job, interpretadas artificialmente a lo amoroso por el galante y dramático poeta Garcí Sánchez de Badajoz, deudo lejano suyo. El jesuita Juan de Pineda solicitó a Garcilaso que devolviera las Lamentaciones, en prosa, a su sentido espiritual, en un empeño que al cabo se frustró por razones circunstanciales, o simplemente porque perdió interés en ello.

La segunda labor fue la historia de la expedición de Hernando de Soto a la Florida, que pensó dedicar a otro pariente, Garcí Pérez de Vargas; ya que los presuntos capítulos iniciales, desglosados, forman la Relación de la descendencia del famoso Garcí Pérez de Vargas con algunos pasos de historia dignos de memoria, información de carácter genealógico, fechada en Córdoba el 5 de mayo de 1596, que se conserva manuscrita en la Biblioteca Nacional de Madrid (ms. 18.109).

La Florida del Ynca

La idea de escribir la historia de la jornada a la Florida puede haberle venido desde sus meses de Madrid, cuando encontró allí al viejo soldado Gonzalo Silvestre, quien después de participar en la frustrada expedición pasó al Perú, donde fue compañero del capitán Garcilaso de la Vega. Vuélto a encontrar Silvestre en Córdoba, que tullido de bubas y de heridas se había retirado a la cercana villa de Las Posadas, Garcilaso acudió donde él para escuchar los copiosos relatos del hazañoso y malhumorado combatiente y servirle –como él mismo declara- de redactor o de escribiente. Consta que allí fue a verlo Garcilaso en 1587 y 1589. Fue en realidad una decisión muy oportuna, porque Gonzalo Silvestre, achacoso por las viejas heridas y la edad, falleció en el verano de 1592.

La información del veterano soldado era indispensable, porque Garcilaso no había estado en la Florida, ni había alcanzado a Hernando de Soto, muerto al borde del río Mississippi cuando el Inca no tenía sino tres años de edad. “Por lo cual, viéndome obligado de ambas naciones, porque soy hijo de un español y de una india –escribe el Inca-, importuné muchas veces a aquel caballero escribiésemos esta historia”, con el temor constante de que “si alguno de los dos faltaba perecía nuestro intento, porque, muerto yo, no había de tener quien le incitase y sirviese de escribiente y faltándome él no sabía yo de quién podía haber la relación que él podía darme”. Así a menudo inquiría y escuchaba, tomaba notas, cotejaba otras fuentes. Le estimulaba sin duda, además, su familiaridad por esos años con el ilustre Ambrosio de Morales, verdadero dechado para los historiadores españoles, que había vuelto a Córdoba a pasar sus últimos días y allí acogió al mestizo cuzqueño y “tomó por suyos sus trabajos”. Llegaron también a sus manos dos relaciones manuscritas de dos testigos presenciales de la expedición de Soto a la Florida: las Peregrinaciones que le envió Alonso de Carmona y una Relación de Juan Coles que encontró donde un impresor de Córdoba, medio comida “de polilla y ratones”. Garcilaso rehizo su historia, la dio por concluida al finaliza~ el ario de 1592; pero sólo pudo verla impresa trece años después, en 1605, y no en Madrid sino en Lisboa, la amena capital de Portugal, Reino no sólo vecino sino incorporado entonces a España por Felipe II.

La obra apareció con el título expresivo de La Florida del Y nea. Obra que pertenece, dt:sde luego, fundamentalmente a la historia, basada en el relato vivo y el recuerdo copioso de uno de los protagonistas de la brava jornada, robustecida con la confrontación de otras fuentes escritas, La Florida del Y nea tiene también mucho de labor líteraria. La hay no solamente por el concepto clásico de la ejempL:iridad y del fin de provecho, por la necesidad de salvar del olvido hechos y personajes, por la elocuencia de arengas y discursos, por las efigies de los “claros varones”, sino porque, sin desnaturaJiz¡¡r lo esenciRl de la historia, Garcilaso anima su relato con expresivos adornos novelescos.

Son escenas de novela bizantina al principio, con pérdidas, encuentros, naufragios, reconciliaciones, desventuras. Por paisajes insólitos, por entre arcabucos y pantanos, bajo los rayos de un sol agobiante, desfilan los bravos caballeros, triunfadores del sueño y la fatiga, para ganar un Reino, dominar a un cacigur;- o complacerse en la arrogancia de arrancarle laureles a la gloria. En otras partes, lo que se manifiesta es el gusto de las narraciones al estilo de las novelas italianas. Por las aguas tranquilas navegan canoas y bajeles, mientras bate las velas un dulce y fresco viento; o en el reposo de las luchas hay escenas <le fiestas, enaltecidas por “la lindeza de la gala”. Pero lo que da mayor intriga v atracción ¡¡{ relato es el carácter de idealizaciones v aventuras que en éÍ se desenvuelve como en los libros de caballerías. AIÍí están los ritos del combate, las promesas del señor a la dama (en pleno tremedal americano) b gallardía de los mozos (séilo un soldado, Juan Mateas del Almendral, peina car.as), los saludos corteses, las descripciones de templos y palacios, las “cosas de cnrnntamiento”, los desafíos, los regalos. Juan de Añasco y sus treinta seguidores parten en busca de la Señora Viuda; Diego de Guzmán pierde al juego a la hija del cacique de l\’aguate y luego decide no entregarla y se fuga con ella para seguir la vida de los ir.dios; Pedro de Atienza enfer a en el camino, pete no quiere desmontar sino fallecer sobre d ;aballo.

De este modo el Inca Garcilaso, criado “entre armas y caballos en el Cuzco, pero forjado en el estudio en sus “rincones de soledad y pobreza” cordobeses, alcanza una admirable madurez literaria. Si la traducción de los Diálogos de Amor había sido un homenaje al espíritu de orden y armonía y al humanismo del Renacimiento, la composición de La Florida se puede considerar como un tributo a sus lecturas literarias y una manera de adiestrarse para estar pronto a más altas empresas. En su largo proceso de preparación, acendrado en más de sesenta años, Garcilaso neCesitaba enseño rearse de los procedimientos de la historia y de los artificios literarios para componer su ubra fundamental sobre la tierra en que él había nacido: el Perú

 

 

 

 

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