I huaqueo a gran escala de las tumbas en Poma y de su entorno ya estaba muy difundido cuando llegué al Perú por primera vez en 1973. Vine a trabajar en un proyecto arqueológico canadiense ubicado en Pampa Grande, la última capital de la entidad política Mochica —aproximadamente entre 600 y 700 d.C.—, en el valle de Lambayeque. El trabajo de campo en 1973 y 1975 dio lugar a un conocimiento más exacto de la organización socioeconómica de esta antigua urbe. También a una más cabal apreciación de su sofisticada organización y de los logros materiales de la cultura Mochica, incluyendo su avanzada metalurgia del cobre (p.e., Shimada 1978, 1982, 1994). Así como Kosok y Schaedel, quienes me habían precedido, quedé realmente muy impresionado por el extraordinario potencial económico y demográfico de la extensa y productiva región de Lambayeque. Una concentración sin igual de más de 30 montículos monumentales de plataformas de adobe, asi como la presencia de espléndidos canales intervalles en esta área, más que apoyar, simplemente, confirman este potencial. Algunos de estos montículos son los de mayor tamaño en lo que se refiera a construcciones prehispánicas de este tipo en Sudamérica. Y, como ya lo hemos manifestado, es un enigma el que la región de Lambayeque no haya sido investigada arqueológicamente a mayor profundidad ni por un largo tiempo. Estos veintiun años de trabajos en la zona, reforzaron mi convicción de que esta región fue el marco de muy importantes desarrollos culturales y que merece una especial atención arqueológica.
El Proyecto Arqueologico SICÁN: Una caracterización
CULTURA SICÁN : DIOS, RIQUEZA Y PODER EN LA COSTA NORTE DEL PERU
Autor: IZUMI SHIMADA
1995
Nuestro trabajo de investigación en Pampa Grande se basó estrictamente en el sitio y en su breve lapso de existencia. Esto, naturalmente, llevó a preguntas tales como ¿qué pasó después del abandono de Pampa Grande y el colapso de la entidad política Mochica hacia el 700 d.C.? Mi atención se orientó entonces a Sicán y a la cultura que surgió a su alrededor.
Mi primera visita al sitio fue en la primavera de 1973; un reconocimiento informal con los miembros del Centro de Estudios Arqueológicos de Lambayeque, dirigidos por el fallecido y siempre recordado Jorge Rondón, dejó una vívida impresión de los montículos monumentales de adobe asomándose a través del denso bosque de algarrobos, rodeados por los numerosos hoyos dejados por los huaqueros. Estos monumentos y la desconcertante cantidad de objetos de oro huaqueados de las tumbas, que ya había visto en el Museo de Oro del Penl, aludían la presencia de una cultura altamente desarrollada y poderosa, capaz de movilizar una gran cantidad de fuerza de trabajo y de adquirir recursos variados de lugares ya cercanos o lejanos, de su centro de poder político-religioso, incluyendo bienes suntuarios tales como pepitas de oro y esmeraldas. Además, en una primera impresión, asumí que el distintivo estilo Sicán manifestó la clara influencia del estilo Mochica, sugiriendo que el primero siguió muy de cerca, en el tiemPO, al segundo. Breves investigaciones previas de varios arqueólogos apoyaron estas impresiones (p.e., Bonavia 1974; Donnan 1972; Schaedel 1978).

Es así que, en 1977, decidí iniciar un nuevo proyecto en la región de Batán Grande con el objetivo a largo plazo de clarificar la evolución, la organización interna y los logros materiales de la Cultura Sicán. Estaba interesado en llegar a un cabal conocimiento de esta cultura. Mi meta era ambiciosa y decidí asignarle unos quince años a esta tarea. En esa época —e incluso ahora—, la mayoría de las investigaciones arqueológicas en los Andes no han mantenido sus esfuerzos e interés sobre un mismo tópico o área de investigación para alcanzar una cabal comprensión del mismo (Shimada 1990b, 1994: 27-28). Sentí que Sicán, por su complejidad y mis primeras apreciaciones, podría requerir una investigación sostenida, de largo plazo, incluso llegando a manejar una multitud de perspectivas analíticas. Junto con una futura investigación sobre el afamado oráculo de Pachacamac —cerca a la ciudad de Lima— considero este proyecto como una parte de mi meta profesional, orientada a definir la naturaleza y el rol del urbanismo y de los centros ceremoniales andinos prehispánicos.
Las metas y perspectivas anteriores nos llevaron a tener un enfoque regional, con un muestreo de múltiples sitios de diferente ubicación (p.e., capital versus periferia), carácter (p.e., residencial, industrial y ceremonial) y tamaño. Obviamente, también, a contar con un equipo de especialistas. Para investigar propiamente el amplio espectro de los fenómenos culturales en los cuales estamos interesados, necesitábamos ser eclécticos y trabajar cojuntamente con diversos especialistas. Inicialmente, un geólogo (Alan Craig de la Florida Atlantic University), una analista de restos animales y vegetales (Melody Shimada, del Centro para Invesigaciones Arqueológicas, Southern Illinois University) y una etnohistoriadora (Susan Ramírez, de la De Paul University) fueron integrados al Proyecto para trabajar con los arqueólogos. Los dos primeros participaron en el trabajo de campo para proveernos de un panorama exacto del contexto medioambiental de la Cultura Sicán y la forma cómo fue explotado para la subsistencia y demás requerimientos (p.e., Craig 1985; Craig y Shimada 1986; M. Shimada 1994; Shimada y Shimada 1985). Ramírez examinó los documentos históricos coloniales para obtener claves del destino de la gente Sicán bajo el dominio Chimú e Inca, así como de los sobrevivientes de la tradición cultural Sicán (p.e., Ramírez 1982, 1985). Más tarde, para llegar a nuevos datos y desarrollar metodologías apropiadas, dictaminadas por las cambiantes direcciones y tópicos de la investigación, otros especialistas (ver tabla 2) se unieron al equipo para aportar su experiencia. Por ejemplo, para la presente investigación, en cuanto a la tecnología y la organización de la producción de cobre arsenical y metales preciosos, se nos unieron en el trabajo de campo y de laboratorio aquí en Perú: Adon Gordus (especialista en la caracterización química del metal y otros materiales, de la Universidad de Michigan; Gordus y Shimada en prensa), Jo Ann Griffin (especialista en análisis y conservación de objetos de oro prehispánicos, Dallas; Griffin y Shimada 1994; Shimada y Griffin 1994), Laurence Le Ber (conservador de metal, Museo Hornimam, Londres; Le Ber 1994) y John F. Merkel (especialista en metalurgia antigua de la University College London; Merkel y Shimada 1988; Merkel et al. 1994, en prensa; Shimada y Merkel 1991, 1993).
Nuestro trabajo de campo comenzó con un reconocimiento general de los restos arqueológicos en el área central del valle de La Leche, seguido por excavaciones en una serie de sitios Sicán tales como centros metalúrgicos, asentamientos habitacionales y la capital. Además, diversas series de fotografías aéreas tomadas en diferentes épocas fueron sistemáticamente examinadas para apoyar nuestra prospección.

Los reconocimientos de 1978 y 1979 revelaron varios aspectos importantes para la arqueología de la zona (Shimada 1981a, 1981 b, ,1982). En contraste a las evidencias hallada en todos los valles aledaños, fueron escasos los testimonios de agricultura prehispánica en Poma. A todo lo largo cle la costa el agua y la tierra cultivable han sido siempre muy solicitadas y la situación observada era notablemente peculiar. Particularmente, porque en Poma la calidad del suelo era excelente y por la presencia de un río de caudal constante. En vez de desarrollo agrícola, lo que encontramos fueron numerosos cementerios prehispánicos y una increible concentración de construcciones monumentales de adobe. Schaedel sugirió, tempranamente, que el pequeño valle de La Leche constituyó un par funcional del adyacente y extenso valle de Lambayeque. Y, este último, sirviendo como despensa del primero, vino a ser el marco del centro ceremonial y político durante el florecimiento Sicán hacia el año 1000 d.C. (195 la: 540).
Otro rasgo notable fue la ubicua presencia de restos metalúrgicos en nuestra área de estudio. Y, en lo que respecta al nombre del principal asentamiento moderno en el valle, Batán Grande, deriva del hecho que hubo numerosos batanes (grandes yunques de piedra [de 1 m. de diámetro aproximadamente]), los cuales en tiempos antiguos eran usados para moler el mineral y la escoria, con pesadas piedras llamadas chungos (fig. 6). Los residentes antiguos de Batán Grande aún recuerdan cómo, a principios de siglo, docenas de estas piedras fueron traidas de sitios arqueológicos cercanos para ser usadas en las casas en tareas domésticas, como por ejemplo para moler café y el ají, entre otras cosas. Hasta nuestra investigación, los actuales residentes desconocían la función original de estas piedras e ignoraban el origen del nombre de su pueblo.
Hablando a grosso modo, los restos metalúrgicos son escasos en los sitios arqueológicos del Nuevo Mundo. No obstante, la abundancia de batanes y de chungos, y de otros implementos, así como la cantidad de objetos de metal huaqueados de tumbas locales, señalaban la presencia de una importante tradición metalúrgica prehispánica en esta área.
Las excavaciones realizadas desde 1979 hasta 1983 en el pequeño sitio de la Huaca del Pueblo de Batán Grande (fig. 7), y en dos sitios más grandes -los cerros Huaringa y Sajino- en las afueras del mismo, dieron amplias evidencias de trabajos de fundición a gran escala, de cobre arsenical durante la era Sicán. Incluyendo aquí hileras de hornos bien preservados, que son las únicas estructuras de esa naturaleza excavadas hasta la fecha en el Nuevo Mundo (fig. 8; p.e., Epstein y Shimada 1984; Shimada 1987a; Shimada et al. 1982, 1983).

El cobre arsenical es un conjunto de aleaciones compuesto de varias mezclas de cobre y arsénico, un elemento químico venenoso. Típicamente, el producto que los metalurgistas Sicán obtuvieron contiene de 2% a 6% de arsénico y puede ser descrito como un tipo de bronce. Las aleaciones tienen un color plateado amarillento y una dureza, una maleabilidad y capacidad de fundición superiores. Ni más ni menos tampoco, que los mejores conocidos bronces de cobre y estaño producidos en varios lugares del Viejo Mundo, así como en el sur peruano y áreas vecinas (Lechtman 1979, 1980, 1981). Aunque los metales preciosos tienden a atraer más la atención del público, dentro de la historia de la tecnología prehispánica del Nuevo Mundo, puede decirse que la exitosa producción a gran escala de cobre arsenical fue lo que distinguió la metalurgia Sicán.

Nuestra investigación ha demostrado que los metalurgistas Sicán mezclaron deliberada y directamente malaquita —encontrada cerca a la superficie en los depósitos locales de cobre— y formas oxidadas de arsenopirita, como la scorodite (FeAsO -2H O), para producir cobre arsenical (Merkel y Shimada 1988; Merkel et al. 1994; Shimada, en prensa; Shimada y Klerkel 1991; compárese Lechtman 1976, 1991). Nuestra excavación también reveló que la fundición fue llevada a cabo en una serie de talleres relativamente pequeños, cada uno equipado con una hilera de 3 a 4 hornillos y juegos de batán y chungo. El combustibe era el carbón de algarrobo, árbol abundante localmente. La fuerza necesaria para fundir la carga en el horno a temperaturas de cerca de 1000-1100 0 C era provista por la capacidad pulmonar de varios hombres que probablemente invertían de dos a tres horas soplando, al mismo tiempo, a través de tubos (fig. 9). Aparentemente, el fuelle no fue conocido en el Nuevo Mundo. Con este limitado potencial para alimentar la temperatura del horno, no fueron capaces de fundir suficiente carga como para producir un lingote. En vez de eso, se formaban prills o pequeñas gotitas esféricas de metal —generalmente de 1 a 5 mm. de diámetro—, las cuales permanecían atrapadas en la viscosa escoria. Moliendo esta escoria se liberaban los prills, para luego ser recogidos y vueltos a fundir para formar lingotes planos convexos. Aunque cada horno de fundición tenía una capacidad solamente de 1.5 a 3.0 Its. aproximadamente, la alta productividad fue alcanzada a través del uso de numerosos hornos, en talleres contiguos construidos especialmente para tal modalidad de trabajo.
Sin embargo, aunque actualmente nos puede parecer ineficiente, esta tecnología de fundición persistió sin mayor cambio incluso después de las sucesivas conquistas del territorio Sicán por parte de los chimúes e incas. Así como la alquimia de la Edad Media en Europa o la primitiva fundición del hierro en Africa que continúa hasta hoy en día, aparentemente la fundición Sicán en su estadío inicial tuvo aspectos mágico-religiosos (p.e. Eliade 1956; Shimada, en prensa; Shimada y Merkel 1991; Van der Merwe y Avery 1988). La construcción de los hornos fue precedida por elaborados rituales y ofrendas (p.e., de fetos de llama; Shimada y Shimada 1985). Y, en el momento que dejaron de ser usados, los hornos recibieron más ofrendas -comida y/o bebida en vasijas de cerámicas-. Después de todo, el proceso de fundición implica una metamorfosis del mineral natural en una sustancia «nueva» totalmente distinta y valiosa llamada metal.

La reconstrucción anterior del proceso de fundición Sicán fue sucesivamente probada en el campo usando réplicas de hornos; entre ellos uno de 600 años de antigüedad, en Cerro Huaringa (fig. 9). Este hecho proveyó información valiosa a cerca de los altos costos en trabajo y materiales de una fundición y de cómo operaron los hornos.
En resumen, hacia fines de 1983, demostramos que a mediados del siglo X d.C. los antiguos Sicán desarrollaron exitosamente una tecnología y una industria de fundición de cobre arsenical. Como es de esperarse, con el inicio de la fundición de bronce a gran escala, el cobre, soporte anterior de la metalurgia norperuana, fue permanentemente reemplazado (p.e., Lechtman 1979; Shimada y Merkel 1991). Inclusive las herramientas de piedra y hueso fueron gradualmente sustituidas por los implementos de cobre arsenical. Así, la cultura Sicán Medio (900-1100 d.C.) fue verdaderamente la precursora de la «Edad de Bronce» para el norte del Perú.

Sus productos de cobre arsenical incluyeron lo que bien podría ser la moneda primitiva, localmente llamada naipes, la que se cree fue usada por los comerciantes especializados (fig. 10; p.e., Shimada 1985a, 1985b, 1987b). Los naipes son objetos en forma de I, delineados y cortados a partir de láminas martilladas de cobre arsenical (típicamente de 3.5% a 4.3% de arsénico aproximadamente). Y, como han sido hechos a mano, presentan ciertas variaciones; pero como conjunto parecen haber sido igualados en cuanto a tamaño y forma. De este modo, se ha identificado cinco tamaños distintos, siendo el más pequeño de 2.8 cms. de ancho por 4.5 cms. de largo, y el más grande de aproximadamente 8.5 cms. por lado. El grosor de la lámina de metal se incrementa más o menos en proporción al tamaño. Aunque creemos que los naipes de cada tamaño fueron uniformados en cuanto al peso, la corrosión de los especímenes excavados hace difícil clarificar este punto. La hipótesis de que la entidad política Sicán verdaderamente produjo los naipes y los usó para adquirir bienes exóticos de tierras distantes, bien puede explicar gran parte del poder político y la riqueza económica inferidos a partir de las construcciones monumentales y los bienes funerarios huaqueados.

(aprox. del 750 al 900 d.C.) basta el Sicán Tardío (aprox. del 1100 al 1375 d.C.). La forma básica de la vasija incluye una base anular apedestalada, cuerpo redondo pico
troncocónico, tiene una fuerte continuidad en el tiempo, mientras que sus proporciones relativas, así como la decoración, muestran notables cambios. El cambio más drástico es la abrupta desaparición de la
cabeza de la deidad Sican en la base del gollete en épocas de Sicán Tardío.
Junto con el trabajo de campo ya descrito, se llevó a cabo una serie de reconocimientos y excavaciones intensivos en Poma. En sitios como las huacas Lucía, Soledad y La Merced (fig. 11), el trabajo de campo demostró que las ocupaciones Sicán eran precedidas por las de culturas más tempranas, incluyendo Cupisnique —localmente llamada Chólope—, Gallinazo y Mochica (p.e., Shimada 1981a, 1994; Shimada y Maguiña 1994). Hacia el final de la campaña de 1983 ésta y otras excavaciones en Poma, y en el interior, mostraron una larga y prominente ocupación humana en la región de Batán Grande, comenzando hacia el 2000 a.C. (tabla 1). Con más de 100 fechados radiocarbónicos (tabla 3) y una larga estratigrafía y secuencias arqueomagnéticas —cubriendo juntas desde el año 1000 a.C. a la época colonial aproximadamente—, la de Batán Grande, como una totalidad, quizás es la región arqueológica mejor fechada de los Andes. (figs. 12-13).

Estas excavaciones también han revelado que la notable importancia económica y religiosa de Poma se dieron hacia el año 1000 a.C. Por ejemplo una excavación en 1989, a lo largo del Canal Poma, reveló un centro principal de producción cerámica de 3000 años de antigüedad, con docenas de hornos tecnológicamente eficientes (fig. 14; la más grande concentración de hornos prehispánicos documentada en toda Sudamérica), a unos pocos kilómetros de distancia del contemporáneo y monumental Templo de las Columnas de la Huaca Lucía, y de numerosos asentamientos habitacionales (Shimada et al. 1990, 1994; Wagner et al. 1994a, b).
Curiosamente, en el momento del abandono hacia el 700-750 a.C., el Templo de las Columnas fue cuidadosa y totalmente sellado, enterrado bajo tres capas sucesivas de arena limpia, alcanzando 8 ms. de altura (Shimada 1981a, 1981 b, 1982, 1986; Shimada et al. 1982). Así, las colosales columnas —1.2 ms. de diámetro originalmente, y de aproximadamente 4 ms. de alto— y la escalera central —de 16 ms. de ancho y de 23 escalones— se conservaron hasta hoy en día en un excelente estado (figs. 15,16). Esta costumbre del «enterramiento ritual de los templos» o huacas se ha registrado en varios sitios vecinos de la Costa y la Sierra. En Poma, esta costumbre, junto con la tradición de construir montículos monumentales con plataformas de carácter religioso, persisitió hasta la época de la conquista española, mientras que en otras partes de los Andes, al establecer Wari su imperio hacia los 700-800 d.C., este ritual se perdió. El reemplazo de los montículos por grandes áreas amuralladas, como aquellas que predominan en la capital Chimú de Chan Chan, han sido interpretadas tradicionalmente como el principio de una forma secular de control social, político y de integración.


En este sentido, la capital Sicán Medio de Sicán, un área en forma de T de unos 1.6 kms. en su eje Norte-Sur y 1 km. en su eje Este-Oeste, representa una notable excepción. Nuestras excavaciones en la cima y alrededor de las bases de los montículos monumentales de adobes, en Sicán, sugieren que fueron construidos en un tiempo relativamente corto, hacia los años 900 y 1000 d.C. aproximadamente, para actividades ceremoniales. No fueron erigidas áreas amuralladas de escala similar como las ciudadelas en Chan Chan. Algunos de los montículos —p.e., las huacas El Corte y El Moscón— sólo alcanzan de 7 a 12 ms. de altura y tienen forma de T, con una amplia rampa ubicada en el centro para un acceso directo a la alargada cima (fig. 17). Otras pirámides son mucho más grandes y tienen forma trunca, llegando a tener bases de 80 por 100 ms. de lado y cerca de 40 ms. de altura (p.e., las Huacas Loro y Rodillona; fig. 18). A la cima se llega a través de una rampa amurallada relativamente estrecha, empinada y zigzagueante. La Huaca Las Ventanas parece ser un caso transicional entre estas dos formas básicas de acceso, mientras que en la Rodillona, un montículo en forma de T, fue construido en uno de los lados de la pirámide trunca.
Ahora bien, todas las huacas tienen estructuras auxiliares a su alrededor, incluyendo lo que parecen ser depósitos de almacenamiento al sur del montículo de la Huaca El Corte y talleres de metal en el sector noreste, en el caso de Las Ventanas. Cada uno de los montículos descrito en El Corte y Las Ventanas es, en realidad, parte de un complejo arquitectónico en forma de U -abierto al oeste; donde Huaca La Botija ocupa la parte intermedia
Los dos complejos están perfectamente alineados y juntos forman el eje Este-Oeste de Sicán. Tanto el montículo de El Corte como el de Las Ventanas tienen dos fases constructivas principales y, probablemente, fueron construidas como pares. Su primera fase representa una de los complejos monumentales más tempranos del período Sicán Medio.

En contraposición al alineamiento Este-Oeste de las huacas El Corte-Las Ventanas, está el eje Norte-Sur formado por las construcciones de las huacas Loro y La Merced. La plataforma norte de Loro, de unos 150 ms. de largo, no solamente está construida a lo largo del eje central de la huaca sino que, también, está perfectamente orientada Norte-Sur. Los restos estructurales visibles a ambos lados del actual curso del río La Leche sugieren que, originalmente, las huacas Loro y La Merced estuvieron arquitectónicamente unidas la una con la otra.
Las estructuras piramidales truncas de las huacas Rodillona y Soltillo -o Santillo- se ubican hacia el noroeste de la intersección de los ejes descrito líneas arriba. Esta última tiene una larga plataforma en el lado norte, del mismo modo que la Huaca Loro. Sin embargo, las técnicas y los rasgos de construcción hallados en ambas huacas, son idénticas o similares a aquellas encontradas en otras edificaciones monumentales de Sicán Medio, en Sicán.

Creemos que Sicán sirvió como capital religiosa y política de la Cultura Sicán Medio con el agregado, sin paralelo, de los templos monumentales y las estructuras formales asociadas para este período de tiempo. Fue el centro religioso más prestigioso en el norte del Perú, eclipsando a Pachacamac. Sin embargo, no fue un centro poblacional. La capital con templos, altares y tumbas fue terreno sagrado y parece haber tenido un número relativamente pequeño de residentes: miembros de la élite y sus servidores. Los que trabajaron los metales preciosos muy bien pueden haberse trasladado desde asentamientos residenciales, cercanos al perímetro de la capital, como la Huaca Arena.
El volumen de estos montículos monumentales fue logrado por el entretejido sobrepuesto de cámaras contiguas de adobe, rellenadas de manera práctica con variedad de materiales (Cavallaro y Shimada 1988; Shimada y Cavallaro 1986, en prensa). Los desechos y otros sustratos de relleno provienen de distintos contextos; así por ejemplo encontramos excremento de llamas, tiestos —probablemente de los hornos—, arena de las dunas, y escoria, fragmentos de moldes de lingotes y otros desechos de los centros metalúrgicos. Cada cámara fue
construida con adobes hechos en moldes y asentados sobre una oruesa capa de mortero. Aquellos, varían en tamaño, forma, color y textura, por la calidad de la tierra utilizada, así como en las marcas impresas o incisas, lo que probablemente indica que fueron trabajados en diferentes lugares.
Más del 90% de los adobes usados en las estructuras Sicán Medio —en Sicán— tienen marcas (fig. 19). De manera muy semejante a la ampliamente difundida y persistente tradición de donación de materiales —p.e., baldosas para el piso y piedras para las paredes—, con el nombre del donante inscrito en ellos, para la construcción de los templos o iglesias en el Viejo Mundo; marcas que pueden simbolizar a los protectores o favorecedores de los templos como, también, referirse a estructuras públicas. Muchas de las más de 220 marcas identificadas (fig. 20) son representativas en su carácter —p.e., pala de madera, vasijas de doble pico, naipes, tumi— y pueden, muy bien, estar identificando el producto o la actividad principal del donante. El tumi, la X y otras marcas encontradas en los adobes, igualmente se encuentran en la base de los platos Sicán, hechos en molde.




Las excavaciones en las cimas de los montículos en Sicán, han demostrado la función ceremonial de los mismos (fig. 21). Todos se caracterizan por presentar formal y gradualmente un complejo de terrazas ascendentes, una impresionante serie de docenas de columnas pintadas y regularmente espaciadas, además de paredes perimetrales decoradas con murales polícromos de imágenes religiosas. La apariencia original de la cima de los montículos de las huacas El Moscón y El Corte, debe haberse parecido a los templos en miniatura que decoran la parte posterior de la bien preservada litera de madera —estilo Sicán Medio—, que se encuentra en el Museo de Oro del Perú (fig. 22). En otras palabras, estos montículos fueron diseñados para la realización de rituales que, probablemente, afirmaban los valores y prioridades sociedades e ideológicas existentes.
Autor: IZUMI SHIMADA
Fuente: CULTURA SICAN : DIOS, RIQUEZA Y PODER EN LA COSTA NORTE DEL PERU
El Proyecto Arqueologico SICÁN: Una caracterización
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