En las fronteras meridionales de Moche y Chimú

Resumen.

En el presente artículo presentamos los resultados de las investigaciones arqueológicas polaco-peruanas en la provincia de Huarmey, en la costa norte del Perú, llevados a cabo durante diez temporadas subsiguientes. A juzgar por los resultados de prospecciones y excavaciones sistemáticas, esta zona llegó a formar parte sucesivamente de varios mini sistemas-mundo antes de la conquista incaica. La investigación ha aportado evidencias novedosas al debate sobre las características de los estados Moche del Sur y las razones de su expansión, sobre la cronología y la modalidad de la conquista de la costa norte por parte del hipotético imperio Huari, y sobre las fronteras meridionales del reino Chimo.

Abstract.

Aretes de Oro – Cultura Chimú

The article presents the results of Polish-Peruvian archaeological research conducted in the province of Huarmey (Northcoast of Peru) for ten consecutive years. Judging from the results of archaeological surveys and excavations in this area, severalsmall (mini) independent political organisms had already been formed before the Inca conquest. This research gathered newevidence for the discussion on the character of Southern Moche states as well as their reasons for expansion, when and how theso-called Huari Empire conquerered the North coast and additionally on the issue of the Southern border of Chimor.

Palabras clave: Andes Centrales, Perú prehispánico, costa norte del Perú, arqueología de las fronteras y las zonas limítrofes.

Autores: Miłosz Giersz1, Krzysztof Makowski2 y Patrycja Prządka-Giersz3
1. Universidad de Varsovia, Instituto de Arqueología/ Centro de Estudios Precolombinos, calle Krakowskie Przedmieście 26/28, 00-927 Varsovia; correo-e: [email protected] .
2. Pontificia Universidad Católica del Perú, Departamento de Humanidades; correo-e: [email protected]
3. Universidad de Varsovia, Instituto de Estudios Inderdisciplinarios “Artes Liberales”, Centro de Investigación Sobre Culturas en Contacto, calle Dobra 72, 00-312 Varsovia; correo-e: [email protected]

INTRODUCCIÓN
Las investigaciones de las fronteras y las zonas limítrofes poseen gran importancia para el entendimiento de las sociedades complejas. Esas áreas, alejadas de sus núcleos culturales,frecuentemente se convierten en el escenario de intensa interacción socio política y difusión cultural(Elton 1996; Lattimore 1940, 1962). En términos generales, las fronteras se definen como líneas imaginarias que se trazan en los confines de una entidad política, y que la separan de la o las entidades vecinas o áreas despobladas, delimitando así el territorio en el que se ejerce el poder. Las fronteras pueden estar constituidas por elementos del terreno de difícil acceso (mares, lagos, ríos, montañas,etc.) o enmarcadas en la superficie por construcciones de función defensiva (por ejemplo la Gran Muralla de China o la muralla de Adriano en Northumbria, en el Reino Unido).

Como lo han demostrado varios estudios sobre las fronteras culturales en los Andes durante las épocas prehispánicas, sobre todo las fronteras del Tawantinsuyu (Bauer 1992; Combes y Saignes 1991; D’Altroy 1994, 2002; Dillehay y Gordon 1998; Hyslop 1990; Malpass 1993; Salomon 1986; Patterson 1986, 1987; Schjellerup 1997; Pärssinen y Siiriainen 2003; entre otros), en el ámbito andino,el concepto de la frontera no necesariamente comparte las mismas características. No existen claras demarcaciones fronterizas comparables con los ejemplos del Viejo Mundo y Asia. Sin embargo, existen casos comprobados de las fronteras fortificadas en tiempos prehispánicos, sobretodo en el límite oriental del Tawantinsuyu como es el caso de la frontera con Chiriguanos (Combes y Saignes 1991; D’Altroy1994; Hyslop 1990; Pärssinen y Siiriainen 2003; véase también los relatos de Cobo (1964 [1653]) y Sarmiento de Gamboa 1942 ([1572]). En general, las fronteras en los Andes prehispánicos eran más culturales que militares. La ideología religiosa cumplía un papel significativo en la demarcación delas tierras, basta recordar el sistema incaico de los ceques (Bauer 1992; Rowe 1979; Ziółkowski 1997;Zuidema 1964) o el alcance territorial del poder de las huacas del Tawantinsuyu (Demarest 1981;Szemiński 1987; Ziółkowski 1997; entre otros). Otro aspecto del mismo problema son los conceptos andinos de la frontera, el límite y la zona limítrofe, existentes en el pensamiento indígena del pasado, y la polivalencia semántica de esos términos, referidos a la frontera (saywa) y límite (tincuy pura, ticci).

LOS PROGRESOS METODOLÓGICOS DEL ESTUDIO DE LAS FRONTERAS Y LAS ZONAS LIMÍTROFES DEL PASADO

Desde el punto de vista metodológico, existen varios instrumentos para abordar el tema del estudio de las fronteras y las zonas limítrofes. En los últimos 20 años se nota un fuerte impacto de la teoría de sistema-mundo (world-system theory) en el campo de la arqueología y la prehistoria. Esta teoría,planteada originalmente por Immanuel Wallerstein (1974), y diseñada para el modelo del mundo capitalista, ofrece instrumentos especialmente aplicables a este tipo de estudio.El sistema-mundo capitalista, según Wallerstein (1974, 1990, 1991, 1992), no es homogéneo en términos culturales, políticos y económicos. Es un mundo lleno de conflictos que se mantiene en un estado de tensión permanente. Está caracterizado por profundas diferencias en el desarrollo cultural,acumulación del poder político y capital. Estas diferencias se manifiestan en una división duradera del mundo en un núcleo (core), la semi-periferia (semi-periphery) y la periferia (periphery).A raíz de las polémicas acerca la validez de las propuestas del sociólogo norteamericano para el estudio de las sociedades complejas pre capitalistas, se originaron varias modificaciones de la teoría original (Blanton y Feinman 1984; Chase-Dunn y Hall 1997; Kardulias y Hall 2008; Peregrine1999; Schortman y Urban 1999; Wallerstein 1990, 1991, 1992; entre otros). Las modificaciones más importantes conciernen al carácter de las relaciones entre el estado y el imperio por un lado y el sistema-mundo por el otro. En primera instancia, el modelo se aplicaría también a las sociedades pre estatales puesto que cualquier sociedad requiere de bienes e informaciones procedentes de las áreas que no puede controlar directamente, lo que impulsa las redes de interdependencia (Chase-Dunn yHall 1997; Peregrine 1999). En segunda instancia, conforme con los postulados de Wolf (1982) los sistemas-mundo pueden desarrollarse a partir de varios centros coetáneos y conexos. Algunos de ellos tienen características de ciudades-estado.

En su versión adaptada al estadio pre capitalista, el sistema-mundo se refiere a entidades políticas y socio económicas que por definición abarcan no solamente grandes territorios, sino también una serie de sistemas sociales interrelacionados que muchas veces constituyen civilizaciones. La estructura más importante –aunque ciertamente no la única– que mantuvo unificada a las antiguas sociedades complejas fue el intercambio (a través del comercio, el tributo y la entrega de regalos) de recursos básicos o escasos. El carácter y la intensidad de estas relaciones son los que definen a un sistema mundo, no los aspectos específicos de la organización cultural (Williams y Weigand 2004). En tal teoría, la periferia facilita la materia prima al (los) núcleo (s), mientras que este (os) último (s) domina(n) todo el territorio y controla (n) el mercado (o la redistribución de los bienes), las guerras, los enlaces entre diferentes linajes de elites y el intercambio de ideas e informaciones (Chase-Dunn y Hall1997:28; Trigger 1989:332).

Las aplicaciones recientes de la teoría del sistema-mundo a las sociedades complejas pre capitalistas demuestran que, en este caso, la división entre el núcleo y la periferia no es perentoria, pues en lugar de la centralización del poder en el núcleo, tan característico para el sistema-mundo capitalista, nos enfrentamos al problema de la ausencia de una fuerte jerarquización entre los diferentes elementos dela estructura, o la presencia de más de un núcleo (Chase-Dunn y Hall 1997:28; Smith y Berdan 2000).En su adaptación de la teoría del sistema-mundo a las sociedades pre capitalistas Chase-Dunn y Hall(1997:28) subrayan que el intercambio de bienes, la guerra, los matrimonios y el intercambio de idease información son cruciales para la reproducción de la compleja estructura interna formada por varios elementos e influyen, de forma decisiva, en los procesos que se ejecutan en las estructuras a nivel local.Los mismos autores diferencian cuatro niveles de redes de enlaces, basadas en los siguientes factores de interacción: 1) intercambio de bienes básicos; 2) intercambio de bienes escasos, de cierto prestigio;3) interacciones políticas y militares; 4) intercambio de información.

El sistema-mundo puede fundamentarse en todos esos niveles de interacción, que en la práctica funcionan mutuamente e integran el sistema. A consecuencia de tal definición del sistema-mundo,los cambios sociales y culturales en las periferias lejanas y zonas limítrofes se deben explicar por la intensificación de intercambios e interacciones.No obstante, la teoría de sistema-mundo no ha sido aceptada por todos los que estudian las sociedades complejas pre capitalistas. En la literatura del tema, encontramos una vasta crítica de la aplicación de ideas de Wallerstein a este campo de investigación (Blanton y Feinman 1984; Edens1992; Lightfoot y Martínez 1995; Schortman y Urban 1999; Schneider 1977; Stein 1999; Urban y Schortman 1992; entre otros).

La teoría de sistema-mundo, en sus recientes formas modificadas, ha sido aplicada a las diferentes culturas prehistóricas del mundo. Para dar un ejemplo, basta recordar los trabajos de Modelski yThompson (1999) acerca de las migraciones desde las zonas rurales hacia los centros urbanos en Asia y Europa, entre 4000 a.C. y 1500 d.C., o los estudios de Wells (1999) sobre el intercambio de bienes en el Imperio Romano. En el caso de las culturas prehispánicas del Nuevo Mundo, el concepto del sistema-mundo ha sido inicialmente aplicado en América del Norte y Mesoamérica (Blanton yFeinman 1984; Kepecs y Kohl 2003; Peregrine 1999; Smith y Berdan 2000; entre otros).

En el área centro andina, en cambio, la aplicación de la teoría de Wallerstein no goza de mucha popularidad y se limita principalmente al imperio Inca (Kuznar 1999; Stanish 1997), o algunas culturaspreincaicas usadas a manera de ejemplos en los estudios comparativos (Fagan 1999; Lemmen y Wirtz2003; La Lone 1994). A pesar de eso, en la literatura sobre las culturas prehispánicas centro-andinasexiste una larga discusión acerca del surgimiento de la civilización, la formación del estado y el problema de la urbanización (Collier 1955; Haas et al. 1987; Isbell 1988; Lumbreras 1986; Makowski2008d; Schaedel 1978, 1980; Shady 2003; Shimada 1994; entre otros). Estas polémicas se desprendían,en muchos casos, de los planteamientos ya clásicos de Childe (1954) y Carneiro (1970).

En su trabajo sobre Mesoamérica, Blanton y Feinman (1984) observaron que el intercambio alarga distancia de bienes de lujo, destinados exclusivamente para los miembros de la elite, en general,tenía fuertes implicaciones a nivel político y económico. Obviamente, ese intercambio no se puede explicar por la simple aspiración a tener acceso a bienes exóticos de prestigio por parte de grupos minoritarios de estatus alto. El prestigio y el estatus de una cierta región y sus elites se fundamentaban en el grado de habilidad de manipulación del flujo de recursos (bienes básicos y escasos), energía(mano de obra) y servicios (artesanos especializados) a una escala macro regional mediante el control  de las redes de reciprocidad. Este modelo suele ser muy dinámico y permite ver y analizar el problema del estrés y la rivalidad entre las unidades socio políticas dentro los núcleos (cores), y entre estos últimos y las zonas periféricas (Blanton y Feinman 1984:674). Algo semejante, según nuestra opinión,sucedía con las sociedades prehispánicas complejas de la costa norte del Perú, por lo menos desde el Horizonte Temprano.

EL CASO ANDINO

Siguiendo las pautas de Chase-Dunn y Hall (1997:43), el proceso de desarrollo de las sociedades sedentarias en el área centro-andina a partir de fines del IV milenio a.C. puede ser entendido como una paulatina integración que comprende avances, a veces bruscos, pero también retrocesos (Makowski2010b, 2012). Esta integración continúa hasta el presente sin haber logrado abolir diferencias, a veces abismales, entre las áreas nucleares de desarrollo, las semi-periferias y las periferias. Con la integración en sucesivos sistemas-mundo algunas áreas nucleares de desarrollo han colapsado emergiendo otras.

En la época prehispánica, las épocas definidas por Rowe (1962) como horizontes pueden interpretarse desde la perspectiva discutida como épocas de integración acelerada, las que se inician y terminan con crisis de reestructuración política, debido a la presión desde las periferias hacia las zonas nucleares.Hay un consenso general el cual sugiere que la integración norte-sur tomó particular fuerza durante el Horizonte Medio (600-1000 d.C.), anticipando las exitosas conquistas incas. Es también materia de consenso que los fenómenos culturales como Moche, Cajamarca, Recuay, Chimú y Lambaye que corresponden a fenómenos de integración a nivel local o subregional, a pesar de que las opiniones acerca del carácter preciso de las instituciones políticas y económicas, y el grado de centralización del poder, son muy divergentes (por ejemplo el caso Moche: Makowski 2010a). Los intereses de sus elites podían en unos casos coincidir con los intereses de las elites del sur (Huari), y en otros casos probablemente eran contradictorios lo que incentivaba conflictos bélicos.

Dadas las limitaciones de transporte marítimo y terrestre a través de caravanas de llamas (Lamaglama), siendo las vías fluviales prácticamente inexistentes, los intercambios de materias primas preciadas pero de poco peso, de preformas (verbigracia obsidiana), así como de productos finales terminados, en particular vestidos, jugaron el papel primordial para entender la formación de los sistemas-mundo en los Andes Centrales. Los intercambios de productos a granel (por ejemplo maízo sal) tuvieron el papel menos relevante debido a las dificultades de transporte. Se necesitó de la infraestructura imperial –la obra de la administración inca– para remediar en parte estas limitaciones.Dada la importancia del trueque (o de control directo de varios pisos a manera de archipiélago; véase Murra 1972; entre otros) entre una multitud de pisos y zonas ecológicas, distantes entre sí no mucho más de un día a pie a través del desierto, las relaciones de parentesco consanguíneo y ceremonial entre los dirigentes tuvieron sin duda una relevancia particular. La intensidad y la eficiencia de estas relaciones se pueden inferir tentativamente del flujo de información (sobre todo correspondiente a la ideología religiosa) entre los núcleos y las periferias, que en el registro arqueológico se manifiesta mediante el patrón funerario, la arquitectura pública y las iconografías comparadas. Desde este punto de vista, es importante considerar que los diferentes sistemas de organización social no siempre pueden entenderse desde una perspectiva regional. De otro lado, recordando las críticas planteadas por Stein (1999) y Lightfoot y Martínez (1995), tampoco podemos exagerar el rol dominante del núcleo.Estamos convencidos de que el único modo de entender la naturaleza de una sociedad compleja delos Andes prehispánicos, con todos los mecanismos y procesos que la organizan, es mediante un estudio, tanto de los núcleos como de las periferias, y sobre todo dando el debido peso al problema de interacción y al tema de las fronteras y de las zonas limítrofes. Las características de la guerra y de la tecnología guerrera es sin duda el segundo aspecto crucial en el estudio de las fronteras.

Por otro lado, es necesaria una crítica constructiva de las múltiples cronologías en uso, puesto que las clasificaciones en las que se fundamentan condicionan también la percepción de los espacios culturales y políticos en la prehistoria, y por ende las interpretaciones de los mecanismos y de la envergadura de los procesos de integración. Por ejemplo, el espacio de interacción moche en el Periodo Intermedio Temprano se está definiendo en la literatura del tema a partir de la distribución de los rasgos formales de cerámica ceremonial con la decoración figurativa, polícroma, o escultórica,establecidos por Larco Hoyle (1948) a partir de los hallazgos hechos en los valles de Moche y de Chicama. Las variables de la clasificación de Larco se desprenden de la premisa que plantea que dicha cerámica fue producida por representantes de un solo grupo étnico del cual se reclutarían también las elites de un poderoso estado expansivo que tuvo su capital en las Huacas del Sol y de la Luna, “los mochica” (Castillo y Quilter 2010; Donnan 2010). El valor de esta clasificación como instrumento cronológico depende de un supuesto que no se ha confirmado, a saber que los cambios de las formas de la asa-estribo y en particular del gollete ocurrieron de manera simultánea o casi simultánea a lo largo de 700 km de la costa norte. Tal parece que estas variaciones atañen solo al centro de las Huacas Moche y de sus área de influencia en Chicama (Makowski 2010a). Siguiendo con el ejemplo, la hipótesis sobre el área de interacción chimú (Mackey y Klymyshyn 1990; Moore y Mackey 2008)está en cambio fundamentada con argumentos etno históricos (Rowe 1948), a los que se les busca respaldo en la distribución de la arquitectura con características comparables con las de Chan Chan.Hay serios problemas para fechar la expansión chimú hacia el norte a partir de las secuencias de cerámica (Koschmieder 2004, Makowski 2006; Tschauner y Wagner 2003).

EL CARÁCTER DE LA GUERRA EN LOS ANDES. ¿GUERRA RITUAL O GUERRA DE CONQUISTA?

La pregunta que acabamos de mencionar en el subtítulo está latente en las polémicas que se desataron desde los influyentes artículos de Topic y Topic (1987, 1997a, 1997b) hasta los recientes aportes de Arkush y Stanish (2005). Es una polémica que por cierto no atañe solo al mundo moche.El mismo problema se presenta en todas las partes de los Andes centrales y en todas las épocas para las que tenemos evidencias de violencia organizada. El aspecto que no está atendido, creemos, con el énfasis suficiente por la mayoría de los estudiosos en este debate es la relación entre la tecnología, la dimensión económica de la producción del armamento y del mantenimiento del guerrero, por un lado,y las características del enfrentamiento bélico por el otro. Estas variables repercuten necesariamente en la manera como la violencia institucionalizada se refleja en las evidencias materiales: el tipo y la existencia misma de las fortificaciones, las huellas en los campos de batallas, las lesiones registradas por la bioantropología, e incluso la imagen del conflicto que eventualmente aparece en la iconografía. Los estudiosos que toman en cuenta la dimensión tecnológica en sus estudios sobre la violencia institucionalizada, como Topic y Topic (1987) y D’Altroy (1994), suelen oponer el mundo andino a otros casos de la prehistoria e historia de sociedades preindustriales, y lo hacen enfatizando las particularidades de la cosmovisión andina. Si bien compartimos con estos autores la idea de queel mundo andino tiene varios rasgos particulares, creemos que las características de la violencia organizada y del conflicto bélico en los Andes guardan similitudes significativas con los casos registrados en otras partes del mundo. La distinción entre “batalla ritual” (ritual battle) y “guerra real”(real war) (Arkush y Stanish 2005:16), si bien correcta, no ayuda a poner en relieve estas similitudes y diferencias. Proponemos en su lugar hacer la distinción entre los ritos de preparación del guerrero que incluyen a menudo al combate o el duelo (este último tan bien conocido de las gestas medievales),la guerra en la que ambos adversarios siguen estrictas reglas normadas por las creencias religiosas (la guerra ritualizada; véase Ziółkowski 1997), y la guerra total. En esta última casi todo está permitido para lograr la derrota del enemigo, más allá del honor, del ethos guerrero y de la moral, a pesar deque la razón de las conquistas puede respaldarse con argumentos religiosos. Cabe resaltar que tanto la guerra ritualizada en nuestra definición, como la total, son guerras de conquista y defensa, e implican muertes y lesiones masivas.

Por la guerra total entendemos estas formas de operaciones bélicas en las que la existencia de armas de alto alcance, del armamento uniforme y sofisticado, ofensivo y defensivo, hacen primaren la contienda las estrategias en el manejo de cuerpos de ejército, debidamente adiestrados aunque no siempre profesionales, sobre la pericia, la valentía y la fuerza individual de cada uno de los combatientes. La astucia y la sorpresa sustituyen las reglas religiosas y el código del honor. El combate entre guerreros más fuertes –el mismo que a veces es un duelo entre dos– ya no decide sobre el resultado de la batalla, como ocurre a menudo en la guerra ritualizada.

La guerra total tanto en la antigüedad como en los tiempos modernos suele surgir condicionada por el desarrollo tecnológico. Nuevas armas hacen sustituir la fuerza individual por la eficiencia de cuerpos de ejército, que manifiesta su capacidad de diezmar al enemigo a distancia con proyectiles y gracias a estrategias ingeniosas. Su aparición pone fin a la vigencia del ethos guerrero y de sus valores centrales, a saber, el coraje, la audacia y la destreza individual en el manejo de las armas. Por supuesto desaparecen también a la larga los condicionamientos que vinculan el estatus del miembro de una elite aristocrática, la que a menudo se constituye en clase dominante, con la exitosa carrera del individuo como guerrero/caballero (Andrzejewski 2003 [1954]; Chaniótis y Ducrey 2002;Hamblin 2006).

ASPECTOS TECNOLÓGICOS Y ECONÓMICOS DE LA GUERRA EN LA COSTA NORTE PREHISPÁNICA DEL PERÚ

Una breve revisión de las fuentes arqueológicas entre artefactos e imágenes basta para concluirque el armamento y las fortificaciones moches no guardan significativas diferencias con las que seobservan en la época inca. A pesar de esta relativa sofisticación, todas las armas están concebidas para poner a prueba la fortaleza y el coraje de un combatiente individual que se enfrenta en el duelo mano a mano con el otro armado de manera similar. Las representaciones de combate y las características de fortificaciones conocidas sugieren que en el campo de batalla se alternaban dos formas de enfrentamiento, una que contemplaba el uso de proyectiles y la contienda cuerpo a cuerpo. En el caso de los proyectiles se trata por supuesto de flechas propulsadas con estólicas y eventualmente cantos rodados enviados al aire con hondas. En el enfrentamiento cuerpo a cuerpo se lucha con porras. Los guerreros de alto rango usaban porras estrelladas de cobre cuyo mango terminaba en punta revestida del mismo metal. El armamento defensivo, salvo escudos, es casi inexistente. Como bien lo observó Lechtman (1984, 1996) las aplicaciones de metal cumplen con un papel decorativo, enfatizando la posición social del guerrero. Hay indudables diferencias y de peso en cuanto al contexto tecnológico y socio-económico de esta clase de armamento y las sofisticadas armas que se relacionan con el advenimiento de la guerra total en la antigüedad, la que por cierto no logró eclipsar del todo las reglas de la guerra ritualizada. Basta recordar al respecto el ethos del hoplita espartano (Chaniótis y Ducrey 2002). Entre los descubrimientos tecnológicos anteriores al uso generalizado de la pólvora afines de la Edad Media, los que han sentado bases para diferentes formas de la guerra total, podemos enumerar:

– Espada de bronce, casco y formas de coraza de metal desde el fin del IV milenio a.C. en Mesopotamia.

– Carro de batalla que evoluciona notablemente con el uso de caballo como animal de tracción
desde los inicios del II milenio a.C.

– Máquinas de asedio de uso generalizado desde el II milenio a.C.
– Arco, en particular el arco reflexivo, y la ballesta, decisivas para la contienda durante la
Edad Media.

– Estribo cuyo uso desde el siglo III d.C. ha convertido a la caballería pesada y ligera en un
arma de mayor importancia táctica que la infantería.

Las nuevas tecnologías de guerra (Carman y Harding 1999; Hamblin 2006; McDermott 2006;Rice et al. 2003; Trigger 2003) que cambian el rumbo de la historia en el Mediterráneo Oriental, en Asia y posteriormente también en Europa romana y medieval se sustentan en redes comerciales alarga distancia. Estas redes funcionan además dentro de la economía de mercado de unos de los más extensos sistemas-mundo de sus épocas respectivas. Por la sofisticación tecnológica, y por el uso delas materias primas o productos exóticos y la gran cantidad de tiempo social invertido, el armamento completo de un guerrero o un soldado es muy caro. Lo financia directamente el estado o el costo se traslada a las comunidades que sostienen al guerrero de elite en sistemas socio-económicos similares en muchos aspectos al régimen señorial del feudalismo europeo, por ejemplo Siria y Anatolia en el Bronce Medio y Tardío (Moorey 1986).

Si comparamos el armamento arriba enumerado con el armamento andino resultan evidentes las diferencias no solo en el campo de tácticas y de estrategias de combate sino también las diferencias del orden político y social. Salvo el caso de puntas y cuchillos de obsidiana, el armamento andino fue producido por los guerreros mismos, o por especialistas locales, verbigracia, puntas líticas o porras vaciadas de cobre. Todos los hombres desde la edad determinada por los ritos de iniciación hasta la vejez podían y debían participar en la guerra, así como en las actividades ceremoniales relacionadas con la preparación para el conflicto. La posición social del individuo –según toda probabilidad– dependía en buen grado de su suerte en la guerra. Las características que acabamos de esbozar se desprenden de la comparación de las escenas rituales en la frondosa iconografía moche con las informaciones etnohistóricas (Hocquenghem 1978, 1987; Makowski 1996, 1997; Quilter 2002).

La formación de las sociedades guerreras

Los resultados de las investigaciones recientes confirman la validez de la hipótesis de Collier(1955) y de otros investigadores (Wilson 1988, 1995) quiénes planteaban que el surgimiento de una sociedad guerrera marcó el fin de la época chavín en la costa y en la sierra de los Andes Centrales y de hecho precedió el fenómeno Moche en la costa norte. La aparición de armas en los contextos funerarios en los últimos siglos de la era pasada es al parecer universal y precede a la difusión de las imágenes de guerreros y duelos. Las principales evidencias del cambio provienen de los contextos funerarios relacionados con los estilos cerámicos parcialmente emparentados por el uso ocasional de la pintura blanca sobre la superficie roja o marrón de los cuales Salinar-Puerto Moorin en lacosta, y Huarás así como Layzón en la sierra, son los más conocidos. Desafortunadamente pocos lugares de entierro de esta fase quedaron preservados de la codicia de huaqueros. Menos aún han sido sistemáticamente excavados. Una de las pocas excepciones son nuestras excavaciones en Tablada deLurín. Un 18 por ciento de los entierros masculinos contiene porras y/o estólicas (Makowski 2009a).Excepcionalmente se representa a los guerreros con armas, o hombres con tocados muy parecidos alos que llevan los cazadores de cabezas-trofeo en los soportes materiales de estilo Nazca. Instrumentos musicales, antaras y tambores suelen asociarse a las armas. Hay una relación al parecer directa entre estos cambios y la aparición de sitios fortificados en las cimas. En la parte meridional de la costa norte parece tratarse de templos fortificados y eventualmente de refugios (Ghezzi 2006, 2007, 2008a,2008b; Giersz y Prządka 2008, 2009; Wilson 1988, 1995). En la costa central hay asentamientos fortificados en las cimas que fueron habitados, a juzgar por las evidencias de almacenamiento de agua y de producción de alimentos. El complejo de Chankillo, desde varios puntos de vista excepcional, es hasta el presente el único complejo fortificado de cima excavado de manera sistemática. Ghezzi(2006, 2007, 2008a, 2008b) argumenta que no solo fue escenario de combates rituales, posiblemente representados en los modelos de terracota, sino que sirvió de refugio en los conflictos armados.Uno de estos conflictos puso fin a la existencia del templo fortificado de la cima. La configuración espacial de este asentamiento, que pudo haber sido una especie de capital de un organismo político capaz de controlar buena parte del valle, llama poderosamente la atención. El sistema defensivo protege el templo, el cual dominaba las áreas destinadas a multitudinarios eventos festivos. Desde estas últimas se observaba el desplazamiento del sol y de la luna con el probable fin de definir las fechas del inicio de las actividades ceremoniales. Es difícil no evocar paralelos con el Cuzco imperial y las actividades llevadas a cabo en sus plazas y en Sacsayhuamán según el calendario precisado mediante la observación de las sukankas. El castillo de Ampanu en el valle de Culebras,investigado por nuestro proyecto (Giersz y Prządka 2008, 2009; Prządka y Giersz 2003), es similar a Chankillo en varios aspectos, ha sido construido en la misma época y también podría haber sido un templo fortificado, de la misma manera que varias otras estructuras registradas por Wilson(1988, 1995) en los vecinos valles de Santa y Casma. Los complejos mencionados y la iconografía salinar, virú, recuay y moche proporcionan argumentos muy fuertes para descartar la hipotética secularización de la sociedad, la que varios investigadores (Collier 1955; Schaedel 1978; Shimada1994) relacionaban con el surgimiento de la sociedad guerrera. Por el contrario, la religión y el rito norman el comportamiento de cada miembro masculino de la sociedad, sistemáticamente preparado a través de iniciaciones y combates rituales para cumplir su papel de guerrero (Makowski 1996,2001, 2008a, 2008b, 2008c).

La guerra y las estrategias de dominación

Existe en la actualidad un consenso entre todos los estudiosos del fenómeno Moche quiénes sometieron las fuentes iconográficas al análisis atento y sistemático (Bawden 1995, 1996, 2004; Bourget y Newman 1998; Castillo y Holmquist 2000; Donnan 1975, 1982, 1997; Donnan y McClelland 1999; Giersz et al. 2005; Hocquenghem 1987; Makowski 1994a, 1996, 1997, 1999, 2001, 2003; Quilter 2002): las imágenes de combate moches aluden a contiendas rituales y no a batallas en el marco de conflictos bélicos, como postulaba por ejemplo Wilson (1988). Makowski (1996, 1997, 2001; Giersz et al. 2005) ha comprobado que no se trata de un combate ritual sino de dos. Ambos conllevan a la captura de los derrotados quienes se convierten en víctimas de sacrificios y suplicios. En el combate principal los cautivos son forzados a correr desnudos por el desierto y cuesta arriba hacia la cima de las primeras estribaciones de los Andes. Los que dejan de correr son despeñados (Zighelboim 1995) y descuartizados por las mujeres en honor al Guerrero del Buho (Makowski 1994a, 1996; personaje D de Donnan 1975). Luego los restantes regresan corriendo al centro ceremonial de la costa. Los que caen son recogidos y llevados en litera para luego sacrificarlos con un corte en la yugular. Su sangre se ofrece a la deidad Guerrero del Águila (Makowski 1994a, 1996; personaje A de Donnan 1975). En el segundo combate los cautivos son sacrificados en las islas a las que se les lleva en embarcaciones de totora. La sangre de las víctimas se ofrece a la única deidad femenina, la Diosa del Mar y de la Luna (Makowski 1994a, 1996; personaje C de Donnan 1975) y al Mellizo Marino, una de las dos deidades de cinturón de serpientes. Este segundo combate conmemora un evento mítico profusamente ilustrado en la iconografía moche, entre otros en las paredes del edificio más reciente de la Huaca de la Luna: la rebelión del Guerrero del Búho y de la Diosa del Mar y de la Luna quiénes invaden la tierra al mando de vestidos, armas y objetos de tejer animados (Makowski 1996; Quilter 2002). Una de las variantes más complejas de combates rituales sugiere que en cada combate tomaban parte cuatro grupos de guerreros, dos en cada orilla del río. Un grupo venía del valle bajo y otro descendía del lado de la sierra. Es probable que cada uno de los combates haya tenido lugar en otro mes del año, como intuía Hocquenghem (1987).

De hecho algunos combates involucraban no solo a los habitantes de la costa sino también los de valle medio y alto, con vestidos y tocados conocidos de las representaciones en estilo Recuay (Makowski y Rucabado 2000). Estas fuentes iconográficas dejan poco lugar a duda que los combates ceremoniales se constituían en ceremonias centrales con finalidades múltiples: ritos en los que se somete a prueba jóvenes guerreros recién iniciados, ritos de propiciación y ante todo ritos de afirmación del orden político imperante (Hocquenghem 1987; Makowski 2008b). Es menester destacar que los máximos gobernantes mochicas se hacen sepultar con el atuendo de jefe guerrero y no con atributos del sacerdote (Makowski 1994a, 2005, 2008a, 2008b, 2008c).

El hecho de que los ritos de preparación de jóvenes y adultos para que adquieran y mantengan la destreza y el valor del guerrero se constituían en el eje central de organización de todas las ceremonias supra-comunitarias en el mundo Moche, y que sus elites se identificasen con la imagen del combatiente victorioso, ya de por sí es un indicio de que es una sociedad que vive en medio de la guerra latente y que se prepara para conflictos con los vecinos. La ausencia de imágenes de conquista no es un argumento fuerte para inferir la inexistencia de la guerra. Tampoco se conoce este tipo de iconografía en el Horizonte Tardío y nadie va negar por ello que los Sapan Inca de Cuzco hayan tenido éxito en las conquistas del vasto territorio del Tawantinsuyu. Desde nuestro punto de vista esta ausencia es uno de los indicadores de que la guerra moche carece del carácter de la guerra total. Creemos que los combates rituales y los eventos festivos relacionados servían para afirmar los lazos de parentesco ritual entre los ex-combatientes y afirmar lealtades entre jefes y grupos étnicos diversos. Han sido la base de las alianzas que permitían desplegar una notable fuerza militar cuando las circunstancias lo requerían, a veces bajo el mando de líderes exitosos. Nuestras investigaciones en los valles de Alto Piura (Makowski 1994b, 2008b; Makowski et al. 1994) y Culebras (Giersz 2007; Giersz y Prządka 2008, 2009; Makowski 2010a) confirman el éxito de las guerras de conquista emprendidas por grupos que usaban a diario la cerámica gallinazo mientras que los atuendos y la cerámica en estilo Moche Temprano les servían en contextos ceremoniales. En la rica iconografía de las vasijas escultóricas moche de Piura y en las vasijas vicús se retrata a los conquistadores vestidos con atuendos conocidos de las piezas en estilos Virú, Moche y Recuay, procedentes de los valles al sur de las Pampas de Paiján. En el valle de Culebras (fase Mango: Giersz 2007) como en el valle de Santa la conquista implica el abandono de los asentamientos fortificados de las cimas.

Los sustituyen residencias de elite como Quillapampa. Hay múltiples evidencias que tanto en Piura como en el valle de Culebras demuestran que el sistema de alianzas rituales que se sellaban en los centros ceremoniales de Vicús-Huaca Nima y de Pañamarca ha sido muy eficiente. Wilson (1988, 1995) ha calculado que el número de sitios fortificados conocidos como “castillos” había decrecido significativamente en el periodo de la Pax Mochica tanto en Santa como en Casma. Los sitios moches a lo largo de caminos tienen el carácter abierto sin fortificaciones de envergadura hasta por lo menos el siglo VIII d.C.

LA ORGANIZACIÓN ESPACIAL DE ASENTAMIENTOS MOCHE Y CHIMU, LAS RELACIONES CON LOS VECINOS Y LAS ESTRATEGIAS DEL PODER EN EL VALLE DE CULEBRAS

Gracias al cruce de información procedente de las prospecciones y las excavaciones arqueológicas polaco-peruanas efectuadas en el valle del río Culebras en los últimos diez años se podemos acercarnos al problema planteado en el presente artículo desde una perspectiva local. El ordenamiento de los datos de registro de prospección por fases previamente establecidas ha puesto en evidencia que la organización espacial de asentamientos, su carácter y las relaciones con los centros de poder cambian de manera sustantiva a lo largo del tiempo.

En los confines del dominio Moche

Durante mucho tiempo se ha creído que la frontera sureña de la cultura Moche fue el valle de Nepeña (Kosok 1965; Larco Hoyle 1938, 1939, 2001; Proulx 1968, 1982). Esta afirmación fue respaldada por el descubrimiento del templo de Pañamarca, situado en la parte media baja del dicho valle, y considerado como uno de los conjuntos arqueológicos más importantes e impresionantes construidos por los moches, comparable con la llamada Huaca de la Luna. Lo significativo es que es el único sitio monumental conocido en la parte meridional del supuesto estado Moche. El primero que discutió la posición de Nepeña como la frontera meridional del estado Moche y sostuvo que en verdad estaba más al sur fue Hans Horkheimer (1961). Este autor la situaba en el valle de Huarmey. Las investigaciones llevadas a cabo posteriormente, sobre todo en las últimas dos décadas, le dan la razón al citado arqueólogo alemán. Aunque posteriormente varios especialistas han sugerido identificar al valle de Huarmey como la frontera meridional del estado Moche (Bawden 1994, 1996; Bonavía 1982; Castillo y Donnan 1994; Makowski 1994b, 2010; Bonavía y Makowski 1999; Prümers 2000; Shimada 1982, 1994; Thompson 1966; Tabío 1977; entre otros), en muy pocos casos se ha publicado material moche procedente de esta región que respalde tal sugerencia. Resulta interesante que, si bien se han encontrado vestigios moches, tanto en el valle de Casma (Pozorski y Pozorski 1996; Tabío 1977; Tello 1956; Wilson 1995), como en el de Huarmey (Bonavía 1982; Prümers 2000; Tabío 1977), en ninguno de ellos se ha efectuado un proyecto arqueológico integral dedicado estrictamente a la cultura Moche. En general, la naturaleza exacta de la ocupación cultural durante el Periodo Intermedio Temprano en los valles costeros ubicados entre Nepeña y Fortaleza sigue siendo un enigma y objeto de varias especulaciones, no necesariamente fundamentadas por datos empíricos.

A raíz de varias hipótesis acerca de la organización política, el poder, la legitimidad y la estructura del supuesto estado (o estados) Moche, surgen las siguientes preguntas, consideradas como fundamentales para nuestro estudio: ¿Los valles de Casma, Culebras y Huarmey se incorporaron al estado Moche?, y si esto fue así, ¿en qué fases?, ¿qué tipo de relaciones políticas se establecieron con el probable principal centro regional en Pañamarca durante el Periodo Intermedio Temprano? En el fin del periodo Formativo se observaron importantes cambios culturales en todo el territorio de la costa norcentral del Perú que fuera afectado por el fenómeno religioso Chavín-Cupisnique. Durante este periodo surgieron nuevos centros de gran envergadura relacionados con una nueva y totalmente diferente modalidad de organización social, como San Diego en el valle de Casma (Pozorski y Pozorski 1987; Thompson 1961; Wilson 1995) o Huambacho en el valle de Nepeña (Chicoine 2004; Chicoine y Ikehara 2008; Proulx 1968, 1973, 1982, 1985). Por un lado, los contactos entre las poblaciones de la costa y la sierra parecen haber sido aún más fluidos que en los siglos anteriores. Por otro lado, la penetración gradual de poblaciones asentadas en las periferias del mundo Chavín-Cupisnique trajo nuevas tecnologías, crecimiento poblacional, nuevas instituciones de la guerra, irrigación y nuevos patrones de consumo relacionados con incremento de la producción agrícola y la difusión de camélidos. Alrededor de 300 años a.C. se produjeron los resultados de este recambio poblacional que puso fin a la civilización Chavín-Cupisnique. Se observa un fuerte cambio en el patrón de asentamiento. La aparición de fortificaciones en lugares estratégicos es una de las características más saltantes para la época (Willey 1953, 1974; Wilson 1988, 1995). En la zona ubicada entre los valles de Virú y Huarmey se presenta un fenómeno peculiar de imponentes recintos fortificados, ubicados siempre en lugares estratégicos, sobre todo en cimas de cerros que rodean los bordes de los valles. Estas “fortalezas”, como Chankillo en Casma (Collier 1962; Fung Pineda & Pimentel Gurmendi 1973; Ghezzi 2006; Pozorski y Pozorski 1987; Thompson 1961; entre otros) o Castillo de Ampanú en Culebras (Giersz y Prządka 2008; Giersz y Prządka-Giersz 2009; Prządka y Giersz 2003) cumplían el papel de templos, refugios en caso de conflictos y guerras, y posibles observatorios astronómicos; según los recientes hallazgos provenientes del sitio de Chankillo del valle de Casma, existen pruebas de la existencia de un sofisticado sistema calendárico basado en el registro de la salida y la puesta del sol en el horizonte dominado por las célebres Trece Torres de Chankillo (Ghezzi y Ruggles 2007). Los asentamientos de la época son por lo general pequeños y dispersos, con ambientes aglutinados e incluso compuestos de simples cortavientos, salvo el caso excepcional del sitio Cerro Arena en el valle bajo de Moche, con más de 2000 estructuras de piedra distribuidas sobre más de 2,5 km2 (Brennan 1980, 1982; Mujica 1975).

Los importantes cambios sociales ocurridos en los tres últimos siglos a.C. están aún más visibles en la iconografía. Desaparecen casi totalmente los motivos basados en la ideología religiosa Chavín Cupisnique, dando lugar a los motivos relacionados con la importancia de una nueva clase de elite guerrera. En la sierra, este cambio se manifiesta en la aparición de cerámica con decoración pintada blanco sobre rojo y desaparición de los motivos chavín (Burger 1992, 1998; Kaulicke 1994; Onuki 1995, 1999; Terada y Onuki 1985; entre otros). La diversidad de estilos de cerámica producida sin uso de molde ni paleta (Salinar/Puerto Morrín, Vicús Temprano, Layzón, Cajamarca Inicial, Virú Temprano, Huaraz Blanco sobre Rojo; entre otros), sugiere una marcada fragmentación política representada por comunidades locales con autoridades independientes, encontrándose en un estado de guerra permanente con el fin de ganar la hegemonía a nivel local. La zona de la costa norcentral, y los valles de Casma y Culebras en particular, cumplían un rol muy importante en este periodo, formando uno de los principales focos del poder en la zona; las “fortalezas” de Chankillo y Castillo de Ampanú son los centros fortificados más imponentes de la época en la escala interregional.

Aunque las verdaderas causas y fechas de la caída de los centros del poder de la época emparentada con las manifestaciones locales Salinar no son conocidas hasta la fecha, resulta claro que en los primeros siglos d.C. en toda la costa norte peruana, desde el valle de Piura hasta el de Huarmey, se ha logrado consolidar los estilos regionales. Este periodo, ubicado por la mayoría de los estudiosos aproximadamente entre 0 y 400 d.C., es conocido por varios nombres, según los valles: Gallinazo en el valle de Virú (Willey 1953), Suchimancillo en el valle de Santa (Wilson 1988), Cachipampa en el valle de Casma (Wilson 1995) o la fase Mango en el valle de Culebras (Giersz y Prządka 2008; Giersz y Prządka-Giersz 2009). Es cierto que durante esta época nacen dos principales tradiciones cerámicas, la de Virú-Gallinazo y la de Moche Temprano, esta última caracterizada por rasgos estilísticos de las fases I, II y algunas variantes de III de Larco. En la literatura del tema existen tres modelos para interpretar las culturas Virú- Gallinazo y Moche, así como las relaciones acaecidas entre ellas; el problema ha sido recientemente recopilado y ampliamente discutido por Makowski (2009a) en una síntesis del problema planteado. Recordemos que los modelos propuestos por Larco (Virú = dimensión étnica, competidores y súbditos de los moches), Ford, Strong y Evans (Gallinazo = dimensión temporal, cultura antecedente a la de Moche; cerámica de estilo Virú-Gallinazo desplaza estratigráficamente la del estilo Salinar-Puerto Morrín) y Willey (Virú-Gallinazo = dimensión política, un estado o la confederación de cacicazgos locales conquistados por los habitantes del vecino valle de Moche) están emparentados por la idea de que el estilo cerámico es un indicador fijo de la identidad política. La interpretación de Willey (1953:397) ha ganado mayor número de seguidores entre los estudiosos y fundamentó el conocimiento de los moches como un estado territorial enfocado en las conquistas de nuevos dominios.

A la luz de todas las evidencias resulta claro que no podemos diferenciar las culturas-estilos Virú- Gallinazo y Moche-Mochica como dos entidades de una ubicación cronológica totalmente distinta. Recientemente Makowski (2009b, 2010) presentó argumentos de peso para destacar definitivamente el escenario de dos pueblos, los Virú-Gallinazo y Moche-Mochica. El autor citado demostró en manera muy convincente que la alfarería del estilo Virú-Gallinazo consta en 90 por ciento de formas utilitarias (tinajones, ollas con y sin cuello, tazones con ralladores, cántaros, cuencos) y en tan solo 10 por ciento de cerámica ceremonial (botellas asa puente, gollete central y asa cinta, cancheros), mientras que la alfarería del estilo Moche consiste en aproximadamente 10 por ciento de en cerámica utilitaria (ollas con y sin cuello, cántaros chicos y medianos, cuencos y platos) y en aproximadamente 90 por ciento de en cerámica de formas estrictamente ceremoniales de botellas asa estribo, gollete central y asa puente, cántaros, cancheros y vasos acampanados, salvo para los lugares directamente asociados con un gran centro de producción alfarera, tan importante como la Huaca de la Luna. Según Makowski (2009a), esta observación, complementada por otros hallazgos de no menor peso, como la asociación recurrente y directa de componentes diagnósticos para ambas culturas-estilos en los mismos contextos arqueológicos, los semejantes patrones arquitectónicos y funerarios o analogías en la iconografía demuestran claramente que el estilo Virú-Gallinazo, que principalmente caracterizaba al pueblo guerrero responsable de la conquista del vasto territorio de la costa norte, se mantuvo vigente por más tiempo en la producción local con fines domésticos, mientras que el estilo Moche, representado casi exclusivamente por cerámica de uso ceremonial, fue un de objeto de identidad política de las nuevas elites moche de distinto origen, opinión que compartimos plenamente. Otros autores tratan de interpretar este fenómeno en forma mucho más radical. Según Donnan (2009) los estilos Moche Temprano y Virú-Gallinazo fueron dos expresiones de un mismo fenómeno cultural, una vinculada a las elites y otra al pueblo.

Los estudios acerca de la presencia virú-gallinazo y moche en la costa de Ancash han sido fuertemente influenciados por las propuestas de los miembros del Proyecto Virú. La mayoría de los estudiosos de la problemática de los patrones de asentamiento del Periodo Intermedio Temprano en los valles costeros ubicados entre Santa y Huarmey (Bonavia 1982; Daggett 1983, 1984, 1985; Proulx 1968, 1973, 1976, 1978, 1979, 1980, 1982, 1985, 2004; Wilson 1988, 1995) tomaron la secuencia cultural del valle de Virú como el principal y decisivo punto de referencia. Siguiendo la metodología basada en la prospección superficial de sitios no han creído conveniente emprender los avanzados estudios ceramológicos con el fin de crear sus propias matrices de abundancia, ni buscar un fundamento estratigráfico para sus propuestas. Como lo veremos en las páginas siguientes, varios de los autores citados excluyeron la cerámica utilitaria sin decoración, perdiendo así datos muy importantes y llegando a conclusiones diferentes.

Figura 1. Patrón de asentamiento prehispánico de la costa de la región de Ancash durante el Período Intermedio Temprano

En el valle del río Culebras, las evidencias arqueológicas correspondientes a la presencia moche fueron proporcionadas por las prospecciones y excavaciones efectuadas por el Proyecto de Investigación Arqueológica “Valle de Culebras”, dirigido por los autores del presente artículo, bajo el convenio entre la Universidad de Varsovia y la Pontificia Universidad Católica del Perú. Estas investigaciones consistieron en una minuciosa prospección del valle bajo y medio de Culebras y las quebradas confluentes, la revisión de colecciones privadas, así como en excavaciones arqueológicas de sitios-claves de la zona de investigación (Giersz 2007; Giersz y Prządka 2008; Giersz y Prządka-Giersz 2009, 2011; Giersz et al. 2004, 2005, 2006, 2008; Prządka y Giersz 2003; Prządka-Giersz 2009). A juzgar por las evidencias tanto cerámicas como por la arquitectura, la fase Mango (100-400 d.C.) del valle de Culebras se correlaciona de manera muy cercana con la fase Gallinazo del valle de Virú (Willey 1953), fase Suchimancillo del valle de Santa (Wilson 1988), o fase Cachipampa del valle de Casma (Wilson 1995). Como en otras partes de la costa norte junto con la cerámica virú- gallinazo aparecen en las colecciones muy escasos fragmentos de estilo Moche Temprano. El total de sitios de esta fase alcanza los 20, de los cuales 10 están distribuidos en la margen derecha y 10 en la margen izquierda del río Culebras. Entre los sitios se puede distinguir 2 asentamientos con arquitectura pública, 10 asentamientos de carácter aldeano, 5 cementerios y 3 puestos de vigilancia (Figura 1). A diferencia de las fases anteriores los hipotéticos centros locales de poder no tienen características de templos fortificados sino de residencias de elite de traza ortogonal. En ambos, tanto en el sitio Mango I (Pv34-51), como en Quillapampa I (Pv34-75), la primera fase constructiva corresponde a la arquitectura simple de quincha, a modo de un campamento provisional, que durante la segunda fase fue reemplazada por la arquitectura monumental de piedra con adobes de gavera lisa utilizados para pisos. En el caso de Mango I se trata de una estructura regular, de base rectangular, con ocho subdivisiones internas (Giersz y Prządka 2009:Fig. 12). El uso de muros de contención, sobre los cuales se levantan las estructuras, tiene paralelos en el patrón arquitectónico que es característico de la tradición Gallinazo (véase Bennett 1950, Willey 1953; entre otros). Hay que poner énfasis en el hecho que los templos y residencias de elite fortificadas en las cimas quedaron remplazados por un sistema de vigilancia de caminos de acceso al valle por una de las quebradas que llevan hacia el norte.

El pueblo que invade el valle de Culebras y construye sus propios palacios y centros ceremoniales, muy frecuentemente en lugares donde anteriormente se encontraban los centros y asentamientos de la fase Panteón (manifestación local de la cultura material Chavín; 1000-350 a.C.), tales como el sitio de Quillapampa I, es portador de la cultura material Virú-Gallinazo. En base al análisis del patrón de asentamiento y la distribución de los materiales muebles, no encontramos pruebas de la continuidad cultural entre los portadores de la cultura material Salinar de la fase Ampanú (300 a.C.-100 d.C.) y los Virú-Gallinazo/ Moche Temprano de la fase Mango, lo que respalda un escenario de la aparición de los grupos virú-gallinazos en forma de una “colonización” del área poco o nada poblada, y no una “conquista”. Los resultados del análisis ceramológico y la prueba estadística de correlación entre los diferentes alfares, demostró que el componente cerámico de la fase Ampanú (alfares A3 y A4 en Giersz 2007:55-60) es muy homogéneo y no guarda ninguna relación con los alfares de las tradiciones tecnológicas Virú-Gallinazo, Moche y Recuay (alfares A5-A15 en Giersz 2007:60-88).

Durante la fase Mango contamos diez sitios que podrían clasificarse, desde un punto de vista morfológico-funcional, como asentamientos (Pv34-25, Pv34-27, Pv34-35, Pv34-41, Pv34-54, Pv34- 60, Pv34-61, Pv34-85, Pv34-96 y Pv34-104). Entre ellos podemos distinguir dos grupos diferentes: los asentamientos primarios, en una extensión que sobrepasa una hectárea, y los asentamientos secundarios, o aldeas pequeñas, de menos de una hectárea de superficie. Sin embargo, la presencia moche en Culebras se manifiesta más en la fase subsiguiente de la cronología local.

Entre los siglos V y VI d.C. acontecen varias importantes transformaciones de orden político en el territorio del estado Moche Sur. La mayoría de los estudiosos está de acuerdo que los señores de los valles de Chicama y Moche se organizaron para formar el primer estado (Bawden 1994; Shimada 1994). Los centros moches en los valles arriba mencionados, como las Huacas del Sol y la Luna y Huaca Cao Viejo en el complejo El Brujo, adquieren en esta época las características urbanas y monumentales. Si bien existe el consenso de que el estado territorial Moche Sur logró en aquellos tiempos controlar el espacio entre Chicama y Huarmey, los mecanismos de este control son muy discutibles. La hipótesis principal de la existencia de una fase expansionista moche y la conquista militar, planteada originalmente por Willey (1953) y retomada por la mayoría de los mochicólogos que estudiaron la costa norcentral del Perú (Chapdelaine 2010, y en este volumen; Donnan 1973; Proulx 1982, 1985; Wilson 1988, 1995) toma mayor aceptación entre el público. Este escenario de conquista militar implica la suposición de que los vencedores construirán un centro regional mayor para dirigir o coordinar la dominada población autóctona. Según nuestra opinión, existen suficientes datos empíricos para replicar esta hipótesis. En primer lugar, no existen indicios claros e indudables que apoyen la existencia de un “ejército estatal” (Topic y Topic 1987). Es cierto que los datos iconográficos ilustran escenas de enfrentamientos y combates, pero estas tienen esencialmente carácter ritual (Donnan 1978; Hocquenghem 1987; Topic 1998; Topic y Topic 1997a, 1997b; entre otros). En segunda instancia, las recientes investigaciones efectuadas en los principales centros regionales moches fuera de la área núcleo, como Huancaco en el valle de Virú (Bourget 2003, 2010), no parecen sostener su rol geopolítico y demuestran un fuerte papel de las elites locales. En el valle de Culebras el reflejo de estas transformaciones se observa durante la fase Quillapampa (400-700 d.C.). La fase Quillapampa se caracteriza por la aparición de la cerámica Moche III y posteriormente de variantes locales de Moche IV en los contextos funerarios y en asociación con la arquitectura de elite. La cerámica utilitaria similar a gallinazo se sigue produciendo no sin ciertas transformaciones de formas y acabados. El número de sitios es similar al de la fase anterior (22: 8 están distribuidos en la margen derecha y 14 en la margen izquierda del río Culebras) y su distribución es también homogénea. Similar es también su organización espacial y sus características. Los 3 centros con arquitectura monumental pertenecen a la misma categoría que Mango, puesto que se trata de residencias de elite que se distribuyen entre 11 asentamientos aldeanos y 5 cementerios (Figura 1). No hay fortificaciones pero sí un sistema de vigilancia compuesto de tres atalayas que cuidan accesos al gran camino norte-sur que atraviesa las quebradas laterales y asimismo desde la parte media del valle, desde la sierra (Figura 2).

Ni los asentamientos aldeanos ni las hipotéticas residencias de elite tienen características defensivas, todos están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Una de estas residencias, ubicada en la margen izquierda del río Culebras, en la parte media-baja de la cuenca, en una loma de tierra al pie del cerro Gallinazo – el sitio Quillapampa I (Pv34-75) – fue excavada y ha revelado tener típico carácter de la arquitectura conocida del valle de Moche. Se trata de una estructura de horcones y quincha con el techo decorado con porras de cerámica que se levanta en la cima de una plataforma atarazada construida con muros de contención de piedra y con rampas de acceso. Una cámara funeraria moche se relaciona con uno de los episodios de uso. La residencia palaciega domina visualmente la parte media-alta del valle donde se ubica la mayoría de sitios moches con diferentes características y funciones: asentamientos rurales, talleres alfareros, cementerios y templetes de adobe (Giersz 2007:198-217). Frente a la residencia, del otro lado del valle desemboca al camino principal intervalle norte-sur.

Sin embargo, la presencia moche en Culebras no se reduce a los sitios anteriormente mencionados. En todo el núcleo principal moche en la parte media-alta del valle encontramos diferentes sitios vinculados al culto como asentamientos rurales, talleres alfareros, cementerios, templetes de adobe, y un pequeña plataforma techada, ubicada encima de una pared vertical rocosa, situada al frente del sitio Quillapampa I, en margen opuesto del valle; un lugar ideal para el despeñamiento ritual con más de 200 m de caída libre (Giersz 2007:198-217).

De los 11 asentamientos de la fase Quillapampa, seis (54,5%) presentan una continuidad de ocupación de la fase Mango (Pv34-25, Pv34-27, Pv34-41, Pv34-54, Pv34-61, Pv34-104). Cinco (45,5%), en cambio, han sido fundados en la fase Quillapampa y durante las épocas siguientes seguían en uso, cumpliendo varios papeles, sobre todo el de cementerio. Entre los asentamientos es difícil distinguir aquellos primarios de los secundarios, pues la extensión de los sitios es más o menos uniforme y no supera una hectárea de superficie.

El patrón de asentamiento señala claramente que las sociedades que dominan el valle tienen una fuerte vocación agrícola y ocupan las pequeñas aldeas centradas alrededor de las mejores tierras de cultivo. Los sitios no tienen características defensivas y generalmente están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Los únicos sitios de carácter defensivo son los puestos de vigilancia, repartidos en lugares muy estratégicos. De hecho, dominan todo el fondo del valle medioalto y medio-bajo. El análisis GIS de cuencas de visibilidad sugiere una relación directa de los puestos investigados con el control de vías de comunicación intra e intervalle (Figura 2).

Figura 2. Análisis de la cuenca de visibilidad de las fortificaciones (puestos de vigilancia) y el centro público Pv34-75 de la fase Quillapampa en el valle del río Culebras

En el valle del río Culebras, el problema del fin de los moches está indudablemente relacionado con la influencia Huari en la sierra y la costa norte. Durante la fase Molino (700-850 d.C.) se nota una reconfiguración del patrón de asentamiento. La fase Molino se define en el valle del río Culebras por la brusca aparición de la cerámica sureña, ubicada por Menzel (1964) en el Horizonte Medio I y IIa, en el contexto de la cerámica provincial Moche Tardío. Hay que tomar en cuenta que la cerámica moche se sigue produciendo en el área sur hasta por lo menos el 850 d.C. y en el área norte hasta el 1000/1100 d.C. Se recomienda ver los ceramios moches de las tumbas lambayeque (Sicán Medio) de Batan Grande y transicionales de San José de Moro. Castillo (2000) interpreta a las importaciones e imitaciones de la cerámica chakipampa, ocros, viñaque, nievería y teatino como el resultado del funcionamiento de la nueva red de intercambios tejida por las elites en el contexto de la crisis política que anticiparía al ocaso de la cultura Moche. En el caso del valle de Culebras esta alternativa de interpretación no se condice con las evidencias registradas en vista de la magnitud y el carácter de cambios en la organización de asentamientos. Las residencias de elite moches quedan abandonado se convierten en cementerios. Por otro lado, aparecen nuevos centros locales de distinto patrón  arquitectónico, dominados por los recintos cercados de trazo ortogonal (Prządka y Giersz 2003:48, 49, 75, 76). Hay también un cambio notable en la ubicación de asentamientos. El área densamente poblada se traslada al valle medio-bajo y su centro se localiza cerca del pueblo moderno de Molino, donde también desemboca ahora la vía intervalle norte-sur de la época (Figura 3). El nuevo eje vial asegura la comunicación con el centro provincial huari en el Castillo de Huarmey. A partir de este periodo se inicia el crecimiento sostenido del número de sitios registrados: el total de sitios alcanza los 26, de los cuales 10 están distribuidos en la margen derecha y 16 en la margen izquierda del río: 2 centros públicos, 8 asentamientos, 15 cementerios y 1 sitio fortificado (Giersz y Prządka 2008:Fig. 16). Queda por lo tanto evidente que este es un periodo de relativa prosperidad. Por otro lado, la construcción de sitios fortificados sugiere la existencia de conflictos con las entidades políticas ubicadas al norte de Culebras. El incremento del número de asentamientos y su ubicación en el fondo del valle, y en las ubicaciones difíciles de defender indica a su vez que este sistema de defensa resultó efectivo.

Figura 3. Patrón de asentamiento prehispánico de la costa de la región de Ancash durante el Horizonte Medio

El cambio de patrón de asentamiento y la aparición de cerámica exótica huari en el contexto de construcción de nuevos centros administrativos, con edificios cercados de trazo ortogonal, parece implicar que una nueva autoridad de origen foráneo ha logrado imponerse y ejercer el poder de manera directa desde el cercano valle de Huarmey. En esta misma dirección apuntan los cambios en los comportamientos funerarios: necrópolis con las cámaras construidas sobre la superficie. Por otro lado, la predominancia de la cerámica de origen local, con la iconografía derivada de la tradición Moche, el probable uso continuo de adobes marcados y otros elementos arquitectónicos característicos para la costa norte y la tradición Moche en particular, la supervivencia de la práctica de enterrar los muertos en la posición extendida dorsal, y la intensificación de contactos con los valles vecinos mediante una nueva red de caminos intervalle norte-sur infieren aculturación gradual de la población y de los líderes locales como efecto de la adaptación a la nueva situación política.

En el cruce de los caminos chimú, casma e inca

Mientras que la frontera norte del dominio chimú está bien definida, gracias a las investigaciones efectuadas durante las últimas décadas, el límite de su hegemonía en la parte sur de la costa norte sigue siendo objeto de diferentes especulaciones, no necesariamente fundamentadas por los resultados de los trabajos arqueológicos. Como hemos mencionado anteriormente, según la fuente anónima del siglo XVII, el tercer rey de Chimor llamado Ñancenpinco llevó la conquista de las tierras hasta el valle de Santa. Kolata (1990) sitúa este momento alrededor del año 1200 d.C., luego de la supuesta derrota de la dinastía Sicán de Batán Grande. Durante la gran expansión del reino Chimor, iniciada en el siglo XIV d.C., las conquistas se extendieron también hasta el sur de la costa norte. A base de las fuentes etnohistóricas y la distribución de la cerámica ceremonial del estilo Chimú, varios especialistas sugerían que los soberanos de Chan Chan conquistaron la costa peruana hasta el valle de Chillón (Mackey y Klymyshyn 1990; Ravines 1980; entre otros), aunque recientemente algunos estudiosos prefieren hablar de “influencias” y/o “importaciones” chimú en la costa central, ubicando su frontera política sur en el valle de Huarmey (Dulanto 2008; Makowski 2006; Moore y Mackey 2008). Este problema se hace aún mayor en el contexto de la falta de investigaciones arqueológicas sistemáticas realizadas en los valles al sur de Casma, que podrían respaldar tales sugerencias.Mientras que la frontera norte del dominio chimú está bien definida, gracias a las investigaciones efectuadas durante las últimas décadas, el límite de su hegemonía en la parte sur de la costa norte sigue siendo objeto de diferentes especulaciones, no necesariamente fundamentadas por los resultados de los trabajos arqueológicos. Como hemos mencionado anteriormente, según la fuente anónima del siglo XVII, el tercer rey de Chimor llamado Ñancenpinco llevó la conquista de las tierras hasta el valle de Santa. Kolata (1990) sitúa este momento alrededor del año 1200 d.C., luego de la supuesta derrota de la dinastía Sicán de Batán Grande. Durante la gran expansión del reino Chimor, iniciada en el siglo XIV d.C., las conquistas se extendieron también hasta el sur de la costa norte. A base de las fuentes etnohistóricas y la distribución de la cerámica ceremonial del estilo Chimú, varios especialistas sugerían que los soberanos de Chan Chan conquistaron la costa peruana hasta el valle de Chillón (Mackey y Klymyshyn 1990; Ravines 1980; entre otros), aunque recientemente algunos estudiosos prefieren hablar de “influencias” y/o “importaciones” chimú en la costa central, ubicando su frontera política sur en el valle de Huarmey (Dulanto 2008; Makowski 2006; Moore y Mackey 2008). Este problema se hace aún mayor en el contexto de la falta de investigaciones arqueológicas sistemáticas realizadas en los valles al sur de Casma, que podrían respaldar tales sugerencias.

Sobre la base de los últimos trabajos realizados en esta parte del litoral peruano, se supone que alrededor de 1350 d.C. los chimús lograron expandir su dominio hasta el valle de Casma, donde construyeron su centro provincial de Manchán (Mackey 1987; Mackey y Klymyshyn 1990). Pero, como lo presumen Mackey y Klymyshyn, la conquista del Chimor al sur no fue uniforme en todo el territorio y se caracterizó por diversas estrategias de control político. Aunque el área entre los valles de Chao, Santa y Nepeña quedó bajo la influencia política directa de los señores de Chan Chan, en todo el territorio comprendido entre los valles de Virú y Casma no existen evidencias arqueológicas de la presencia de centros administrativos con claras características chimús (Mackey y Klymyshyn 1990; Moorey Mackey 2008; Topic 1990). El centro de Manchan, anteriormente considerado como la sede principal del poder chimú en el valle de Casma, se componía generalmente de una serie de estructuras aglutinadas dentro de las cuales se encontraban plazas amplias, pequeños depósitos y áreas identificadas como residencias de la elite local (Mackey 1987). Dentro de las estructuras aisladas, que se localizaban en la parte noroeste del sitio, solamente tres edificios poseían las características propias de arquitectura residencial de la elite Chimú. Se caracterizaban por la presencia de audiencias, sistemas laberínticos de accesos y patios con nichos y rampas. Dentro de dicho complejo aún no se han registrado las plataformas funerarias, lo cual según los investigadores del sitio indica que Manchan no tenía el estatus imperial (Moore y Mackey 2008). Además, como subraya Moore (1985, 1989), dentro del complejo principal de arquitectura monumental se encontraba una zona de viviendas con áreas de preparación de comida y áreas de producción artesanal (textiles, objetos de madera, chicha; entre otros). Como muestran las últimas pruebas arqueológicas del valle de Casma, aparte del caso de Manchan y de Quebrada de Santa Cristina no se han evidenciado otros sitios de origen claramente chimú y, asimismo, no se han aportado pruebas del cambio cultural, político y económico de la estructura local (Moore y Mackey 2008).

Figura 4. Patrón de asentamiento prehispánico en el valle del río Culebras durante los Períodos Tardíos (fases Ten Ten y Chacuas Jirca).

En el caso del valle de Culebras, las evidencias proporcionadas por el equipo polaco-peruano ponen una nueva luz en la discusión sobre el tema. La fase Ten Ten se caracteriza por la popularidad de un estilo local de cerámica que se distingue con facilidad de los anteriores, dadas las diferencias formales, en tecnología de confección y ante todo en la decoración mediante impresiones sucesivas de círculos con caña, rasgo propio del estilo Casma Inciso. No cabe duda que el pequeño valle de Culebras se ha convertido en esta fase en el centro político regional. No solo se duplica el número de asentamientos registrados (61) sino también se construye uno de los asentamientos con arquitectura pública más extensos en esta parte de la costa norte (Ten Ten), y se percibe asimismo una compleja organización espacial de asentamientos: 2 centros con arquitectura pública, 27 asentamientos, 19 cementerios y 13 sitios fortificados o puestos de vigilancia concentrados generalmente cerca de los centros públicos (Figura 4). Se nota que los poblados están distribuidos de manera homogénea y que la densidad ocupacional llegó a los límites sostenibles. La mayoría de los asentamientos se sitúan sobre las laderas elevadas de terrazas fósiles o en las entradas a las quebradas laterales, y se asocia con una nueva red de caminos. Ten Ten I (Pv34-74), con 100 hectáreas de extensión, ubicado en la margen derecha del río Culebras, en el valle medio-bajo, a unos 16 kilómetros de las orillas del mar y a una altura promedio de 250 msnm, ha sido sin duda construido como la capital de un organismo político regional. Ten Ten es un sitio multicomponente. Se distinguen cuatro sectores del sitio dependiendo de la naturaleza de relieve y el tipo y la función de la arquitectura registrada. El principal sector del sitio comprende un complejo monumental ubicado en la entrada de la quebrada Huaco. La mayor parte de este sector consiste en plataformas construidas con adobe sobre las cuales hay un sistema de estructuras con varias divisiones internas, de un carácter administrativo y residencial. Dentro de la monumentalidad de los edificios de barro se encuentran plazas y pirámides públicas (Figura 5).

Figura 5. Plano del sitio Ten Ten (Pv34-74), el primcipal centro prehispánico en el valle del río Culebras durante los Períodos Tardíos (fases Ten Ten y Chacuas Jirca).

En la luz de evidencias recuperadas en las excavaciones, puede sostenerse que el mayor crecimiento físico del sitio fue asociado con el proceso de desarrollo socioeconómico, que tuvo lugar en el siglo XV (en la fase Chacuas Jirca de la cronología local del valle de Culebras). Durante este periodo el sitio pudo ocupar un rol prominente, posiblemente bajo la influencia cultural y política del Imperio Inca. Se observa el surgimiento de talleres de producción, áreas de producción especializada, barrios de población dependiente y residencias de elite. Este proceso coincidió con la aparición de tres nuevos componentes cerámicos: la alfarería utilitaria derivada del clásico estilo Casma Inciso, y también la cerámica ceremonial de los estilos Chimú-Inca e Inca Polícromo.

Junto con el surgimiento de las áreas de producción y de almacenamiento, se desarrolló el sector de viviendas residenciales, ubicado en el fondo de la quebrada, afuera del segundo gran muro de contención, en una ladera de regular pendiente (Sector D). Como mostraron las investigaciones realizadas dentro de esta zona, aparte de las viviendas se encontraban áreas techadas de producción especializada y depósitos subterráneos. Estas edificaciones corresponden a un único evento de construcción. Un fechado radiocarbónico (calibrado con 2σ Gd-15810: 370±60 BP) obtenido para la muestra de carbón recolectado del fogón del área doméstica ubicada en las terrazas, fue calibrado dando un lapso entre 1430-1650 d.C. El material relacionado con este momento de la ocupación se caracterizaba por la presencia de los alfares de la tradición estilística Casma y también la cerámica reducida del estilo Chimú-Inca. Entre las formas utilitarias predominaban ollas, cántaros medianos y grandes, así como las vasijas grandes de almacenamiento tipo tinaja. Cabe notar que este sector consta de un complejo más grande de la arquitectura doméstica del sitio, que ocupa un área de 4,79 ha y a juzgar por el conteo preliminar de unidades habitacionales en las terrazas, pudo haber sido habitado por alrededor de 100 familias. Sin embargo, para obtener las estimaciones más detalladas de la densidad de población prehispánica del lugar, sería necesario realizar excavaciones más extensas con el fin del reconocimiento de la función de terrazas de diferentes conjuntos.

Probablemente en la última etapa del desarrollo del sitio, surgieron dos complejos de arquitectura residencial en los sectores A y B. Se trata de las residencias de elite o palacios ubicados al pie de cerros, cuyos tamaños y diseños reflejan una notable fuerza de trabajo invertida en su construcción, y por lo mismo sus altos estatus. Todas estas estructuras fueron construidas durante un único episodio constructivo y parece que fueron ocupadas durante un periodo relativamente corto. El área total de arquitectura abarcó 8,7 ha. Los resultados de dos fechados radiocarbónicos provenientes de material botánico del relleno constructivo de la estructura principal del Sector A, han dado fechas muy tardías. Un fechado radiocarbonico calibrado con 2σ obtenido del relleno constructivo del Nivel 1 dio una edad que varía entre 1450-1700 cal d.C. Entre la fragmentería predominaban tiestos de cerámica reducida del estilo Chimú-Inca, entre estos cuencos y botellas, y también fragmentos de vasijas utilitarias como cántaros y escudillas.

A la luz de los datos expuestos e inferencias planteadas resulta claro que la supuesta presencia o influencia directa chimú en el sitio no tiene fundamentos firmes. La falta de cerámica y textiles del estilo Chimú, y los típicos elementos arquitectónicos de esta cultura como audiencias, patios con nichos y plataformas funerarias, entre otros, forma la base científica que sustenta nuestra hipótesis. Sin embargo, no podemos despejar la posibilidad que la población de Ten Ten mantenía contacto permanente con poblaciones de los valles del norte, con las cuales podrían estar relacionados por intercambios de recursos económicos.

Un aspecto importante es que el sitio durante su apogeo de crecimiento territorial se convirtió en un centro de producción artesanal. Aunque hasta ahora no se ha hallado algún horno en el sitio, existen evidencias que soportan la hipótesis de la producción de la cerámica del estilo Casma Inciso en este lugar. Entre el material recogido durante los trabajos se encontraron varios fragmentos de cerámica sin cocción o mal quemada, y también diferentes tipos de moldes. Además, durante las excavaciones se recuperó una muestra de herramientas usadas en el proceso de la producción de cerámica.

Otro aspecto importante de la economía del sitio lo constituyó la producción de textiles, cuya presencia en el material arqueológico fue muy numerosa. La colección abarcó tanto los textiles decorados como los textiles llanos. La principal materia prima de la cual han sido hechos los textiles recuperados fue el algodón, que forma aproximadamente el 90 por ciento de toda la muestra. Además fue evidenciado, pero en menor proporción, el empleo de fibra de camélido. Hemos registrado también algunos textiles en los cuales se utilizó tanto el algodón como la fibra de camélido. Con respecto a los colores de tejidos, predominan tonalidades naturales de las fibras como marrón, beige, blanca y crema, pero también se utilizaban los tintes que fueron empleados para obtener el repertorio más amplio de los colores. Entre los colores registrados destacan el verde, rojo y negro, pero el uso del último color fue menos frecuente en todo el material del sitio y aparece solamente en los textiles decorados. La evidencia arqueológica de numerosas valvas de Concholepas concholepas con huellas de diversos tipos de pigmento, puede indicar que los tintes fueron elaborados localmente. Además, hemos encontrado un telar de cintura envuelto en un tejido llano. Dentro del paquete se encontraron 20 instrumentos (en forma de varas) que se denominan rodillos y servían para separar dos secciones de la urdimbre. Las herramientas llevaban las huellas de uso, y en algunas de ellas fueron amarrados hilos alrededor de uno de sus extremos. Este tipo de telar fue comúnmente usado en los tiempos prehispánicos en diferentes regiones del territorio andino. Como mostraron los análisis efectuados, la mayoría de los textiles desde el punto de vista tecnológico y estilístico correspondía a la tradición de la costa norte de los periodos tardíos, con fuertes influencias locales. Entre los motivos destacan aves marinas estilizadas, olas escalonadas, serpientes bicéfalas y algunas formas geométricas.

En cuanto a la densidad de la población prehispánica de Ten Ten, en esta etapa de estudio es imposible dar una cifra exacta. Esto se debe generalmente a la falta de excavaciones arqueológicas amplias y sistemáticas en todas partes del sitio. Además, debido al carácter de la arquitectura del sitio, estamos muy lejos de la reconstrucción del número de habitantes por medio de la aplicación de uno de los modelos y algoritmos usados por diferentes investigadores para este tipo de cálculos. En el caso de Ten Ten, las zonas estrictamente habitacionales se concentran en dos sectores (A y D) en las laderas de cerros. Apoyándose generalmente en los conocimientos previos de cálculo de habitantes de estas zonas, el sitio en el momento de máximo apogeo pudo estar poblado por cerca de 150 a 200 familias.

Parece muy probable que el sitio adquirió un peso significativo en tiempos de los incas, posiblemente por ubicarse en el camino principal intervalle de la costa norte-sur. De acuerdo al avance de estudios en otros valles de la costa peruana, se puede considerar que los incas en su conquista se basaron en la centralización del poder de las organizaciones políticas regionales conquistadas para desarrollar su propia administración. En este contexto cabe subrayar que la cerámica del estilo Inca, tanto en Ten Ten, como en otros sitios de la costa norcentral y norte, es muy escasa y ningún detalle arquitectónico formal o tecnológico sugiere un parentesco directo con la tradición arquitectónica inca. Más bien se percibe una continuidad cultural desde la época anterior. Esta situación es muy parecida al caso de otros sitios de los periodos tardíos que se ubicaban en el camino principal costero del sistema vial incaico Capac Ñan, como Manchan del valle de Casma o Farfán del valle de Jequetepeque. Por otro lado, hay que notar que el desarrollo socioeconómico del centro del valle de Culebras fue posiblemente influenciado por el cambio climático que sucedió después de la ocurrencias del fenómeno El Niño alrededor del año 1460 d. C. (Salaverry Llosa 2006), cuando aparecieron condiciones climáticas favorables para el desarrollo de agricultura.

Figura 6. Análisis de la cuenca de visibilidad de las fortificaciones (puestos de vigilancia) ubicados alrededor del
centro Ten Ten (Pv34-74) en el valle del río Culebras.

Dada su localización, tamaño y la cantidad de estructuras de carácter tanto público como residencial, el sitio Ten Ten parece haber cumplido el papel del principal centro administrativo y residencia de la nobleza local respecto a esta parte de la costa peruana. De hecho, Ten Ten cuya área total alcanzó 100 ha, entre la cual la arquitectura ocupó 22,41 ha, supera en extensión a otros asentamientos contemporáneos de los valles de Culebras y Huarmey. Además, sobre los cerros que rodeaban el sitio, se ubicaban seis sitios satélites de los cuales se podría controlar visualmente la entrada del camino al valle de Culebras desde el sur y el norte. El carácter especial del Ten Ten cobra mayor significación frente al hallazgo de la presencia de los menores asentamientos del carácter habitacional, ubicados alrededor del sitio. El otro centro de la costa norcentral que se puede comparar con Ten Ten, en cuanto a la extensión, planificación, técnicas constructivas y el material cerámico es el sitio El Purgatorio localizado en el valle bajo de Casma. Con el sitio Ten Ten corresponden seis puestos de vigilancia con restos de estructuras defensivas y habitacionales ubicadas sobre los cerros vecinos. Un estudio de cuencas de visibilidad demostró que los puestos de vigilancia podrían cumplir el papel de control visual de tráfico de gente y bienes en el camino intervalle norte-sur entre los valles de Huarmey, Culebras, Río Seco y Casma (Figura 6). El fenómeno del surgimiento de las nuevas entidades políticas regionales que observamos en Culebras en el contexto del vertiginoso aumento de la densidad poblacional se manifiesta simultáneamente, entre los siglos IX y X d.C., en varios valles de costa norte y norcentral (Prządka-Giersz 2009).

CONCLUSIONES
La secuencia de cambios en la organización espacial de asentamientos que acabamos de presentar, lleva a una conclusión aparentemente paradójica: los sistemas defensivos, y en general la arquitectura relacionada con la violencia institucionalizada, como los templos fortificados, aparecen de manera contundente en los periodos de fragmentación política, al fin del Horizonte Temprano, en las fases finales del Horizonte Medio y en el Periodo Intermedio Tardío. Fenómeno similar observó Wilson (1988, 1995) en los valles de Casma y Santa. Esta es una paradoja aparente. Las fortificaciones andinas no cumplen las mismas funciones estratégicas que se espera de ellas en una guerra total, tanto antigua como moderna. Como hemos visto líneas arriba, por las características tecnológicas y por el alto impacto de normas y reglas rituales que rigen en el caso de un conflicto bélico, la suerte en el combate se decide en el enfrentamiento directo mano a mano. El ataque por la espalda o con armas de largo alcance (arco) parece estar reñido con el ethos guerrero. Las características de la ubicación y de la arquitectura de los templos fortificados y de las murallas sugieren que se pretende obtener efectos psicológicos más que tácticos sobre el adversario. Las murallas y los bastiones son símbolos de poderío y resultan útiles en el contexto de competencia por la hegemonía en el dominio del valle entre poblaciones vecinas. Su función táctica no es la más importante ni la única. En la asociación entre el lugar fuerte y la arquitectura ceremonial se materializa y se fija en el paisaje este particular sistema de convivencia y de formación permanente de jóvenes guerreros cuyos detalles revela la iconografía mochica. Los templos fortificados fueron al mismo tiempo lugares de combates rituales (tinkuy), refugios en el caso de asedio por invasores foráneos, lugares de culto y eventualmente residencias temporales del gobernante.

Resulta muy significativo que cuando el valle de Culebras quedó incorporado en la organización política Moche, hecho que ocurrió en la fase Mango, a más tardar en la transición hacia la fase Quillapampa, bastó un simple sistema de vigilancia para proteger a los asentamientos abiertos. A la luz de todos hallazgos mencionados, la frontera sur del estado Moche no tiene carácter del limes sino es un enclave al fin del camino, y posee las características de una zona limítrofe. El control de este camino y de la frontera no se ejercía por medio de un limes fortificado, tal como lo suponían Proulx (1968, 1973, 1976, 1978, 1979, 1980, 1982, 1985, 2004) y Daggett (1983, 1984, 1985) para el valle de Nepeña, sino mediante negociaciones políticas con las elites locales. Es de suponer en este contexto que la eficiencia del sistema de parentescos ceremoniales era el principal escudo contra los enemigos (Makowski 2010a). Nuestras investigaciones demuestran que los representantes de la cultura Moche tuvieron en primera instancia interés en conseguir el dominio de tierras fértiles y con abundante agua. Los asentamientos moches tanto en Culebras como en Huarmey tuvieron carácter aldeano. Con frecuencia únicamente se conservan cementerios y pueden ser registrados, dado el carácter perecible de la arquitectura residencial. Es significativo que hasta el presente no se ha localizado ni centros administrativos con la infraestructura de depósitos, ni grandes centros ceremoniales, como el de Pañamarca. En su lugar hay probables residencias de gobernadores gallinazo (¿moche temprano?) en Mango y Moche en Quillapampa (Giersz 2007). A partir de estas evidencias Makowski (2009b) sugirió que la frontera sur moche se defendía en base a alianzas selladas por la participación en rituales. Es durante la fase Quillapampa cuando se nota una fuerte centralización de los centros públicos y puestos de vigilancia en la cuenca media-alta del valle, en la frontera oriental del territorio dominado por los moches. Sin embargo, el principal objeto de esta reconfiguración podría ser el control de la ruta intervalle norte-sur y del posible reservorio de agua en la localidad de Laguna, así como la legitimización del poder y el prestigio en la supuesta frontera con los Recuay y sus aliados de la sierra. En cuanto a la naturaleza de la ocupación virú-gallinazo y moche en la costa norcentral del Perú, el patrón de asentamiento registrado por nosotros en el valle del río Culebras durante las fases Mango y Quillapampa señala claramente que las sociedades que dominan el valle tienen una fuerte vocación agrícola y ocupan las pequeñas aldeas centradas alrededor de las mejores tierras agrupadas en cinco zonas de hábitat. Contrastando el patrón de asentamiento del Periodo Intermedio Temprano en otros valles de la costa norcentral con el paisaje edáfico reconstruido a partir de los informes de la Oficina Nacional de Evaluación de Recursos Naturales (1972a, 1972b) se nota el mismo fenómeno de la presencia de varias agrupaciones de asentamientos centrados alrededor de las tierras aptas para el riego de la mejor calidad. Este último hallazgo contradice las críticas de Bonavia (1965:599), planteadas a la publicación de Horkheimer (1961) quien sospechaba que la presencia moche en los valles de la costa de Ancash se fundamentaba en el intenso cultivo de tierras. En estas críticas Bonavia sostenía que la presencia moche en esta zona del litoral peruano se limitaba a una ocupación esporádica y que las piezas del estilo Moche halladas allí representan tan solo objetos de cambio. Esta interpretación se introdujo a la literatura del tema y aún sigue en pleno uso (Proulx 2004; entre otros). Los patrones de asentamiento moche registrados por varios autores en los valles de Santa, Casma y Huarmey (Bonavia 1982; Chapdelaine 2010, y en este volumen; Wilson 1988, 1995; entre otros) muestran características muy similares. No hay sitios defensivos y generalmente los asentamientos están ubicados cerca del piso del valle, en áreas abiertas y no defendibles. Este patrón sugiere una Pax Mochica, es decir un periodo caracterizado por relaciones intravalle e intervalle pacíficas. Los únicos posibles enemigos de los moches del sur eran los grupos serranos, partidarios de la tradición Recuay. En el sur del valle de Huarmey, en las quebradas Las Zorras y Gramadal, y en el valle de Fortaleza, no se ha reportado vestigios representativos del Periodo Intermedio Temprano.

La ocupación huari ha impuesto en el paisaje cultural del valle una marca muy distinta en comparación del dominio moche, lo que implica necesariamente diferencias en la estrategia del poder. Nuestros recientes y aún inéditos hallazgos en el Castillo de Huarmey aportan argumentos a favor de una exitosa conquista de Huarmey y Culebras por parte de los guerreros oriundos del sur. Las evidencias de Culebras sugieren asimismo, a título de hipótesis, que la administración huari haya convertido a este valle en la frontera fortificada durante la fase Molino (700-850 d.C.), quizás preparándose para la conquista del estado Moche.

Al comparar los mapas de asentamientos correspondientes a los periodos anteriores al inicio del Periodo Intermedio Tardío con los mapas de los periodos tardíos saltan a la vista diferencias relevantes. Desde el Horizonte Temprano hasta el fin del Horizonte Medio en la definición de Menzel (1964), la densidad ocupacional es relativamente baja y se limita a áreas particularmente privilegiadas por la abundancia de agua en puquiales activos todo el año, por los suelos y por la buena ubicación respecto al camino norte-sur intervalle. El mapa de aldeas y residencias de elite varía posiblemente en relación con los cambios coyunturales en el funcionamiento de puquiales que suelen secarse de manera alterna. Grandes avenidas de agua causadas por fenómenos de El Niño (ENSO por sus siglas en inglés) particularmente fuertes también afectan cíclicamente el mapa de suelos cultivables, hacen variar el recorrido del río y provocan eventualmente la aparición de nuevas fuentes y afloramientos de agua subterránea en la superficie. Es posible que uno de los eventos de esta naturaleza haya debilitado la presencia del estado Moche en el valle durante el siglo VII, facilitando el posterior avance huari.

Recién en la fase Ten Ten los recursos agrícolas y marinos de la cuenca son aprovechados al máximo lo que se desprende, entre otros factores, del aumento en 100 por ciento tanto del número total de sitios registrados como de la extensión de zonas residenciales. ¿Por qué el valle de Culebras fue escogido para fundar a Ten Ten, un gran centro regional, plenamente comparable con El Purgatorio del valle de Casma? Creemos que esto se debe en primera instancia a las ventajas que ofrece la geomorfología del valle. A diferencia del vecino valle de Huarmey, en Culebras amplias terrazas elevadas colindan con áreas de cultivo y con puquiales; el valle mismo se estrecha en varias partes creando una especie de lugar fuerte natural con los accesos fáciles de controlar. Los extensos campos del valle bajo de Huarmey están cerca, a escasas horas de camino a pie. La estrategia política y militar casma fue aparentemente exitosa. No contamos con evidencias de la presencia política chimú como en el valle de Casma. En todo caso, un eventual episodio de conquista por tiempo breve no ha dejado huellas materiales. Los pobladores de Culebras y de Huarmey han logrado mantener incólume no solo el dominio de los valles sino también su identidad cultural. Lo sugiere la sorprendente popularidad del estilo local de la cerámica utilitaria y ceremonial, el estilo Casma Inciso, que se mantiene vigente hasta el Periodo Transicional, a pesar de que su aspecto arcaico salta a la vista en comparación con finas obras de los alfareros chimúes e incas. Resulta de particular interés constatar que la conquista del valle por el Tawantinsuyu no ha implicado el traslado de alfareros mitmaquna y que no se producía localmente imitaciones provinciales de la cerámica de estilo Cuzco Polícromo. Esta particularidad guarda probablemente relación con la aparente ausencia de ushnus, canchas y kallankas en los centros administrativos de Ten Ten y de Chacuasjirca. El interés de la administración del imperio se focaliza en el control de recursos agrícolas (Ten Ten) y de la minería y metalurgia (Chacuasjirca).

Como se desprende de estas conclusiones, el valle de Culebras llegó a formar parte sucesivamente de varios mini sistemas-mundos antes de formar parte del Tawantinsuyu. La perspectiva metodológica que hemos adoptado ha sido útil para aportar evidencias novedosas en el debate sobre las características de los estados moches del sur y las razones de su expansión, sobre la cronología y la modalidad de la conquista de la costa norte por parte del hipotético imperio Huari y sobre las fronteras meridionales del reino Chimor.

AGRADECIMIENTOS
El presente artículo forma parte del proyecto «The evaluation and inventorying of the preColumbian heritage in danger using traditional and remote sensing techniques» financiado por el Centro Nacional de la Ciencia (NCN) en Polonia a través de la decisión No. UMO-2012/04/M/HS3/00562 y realizado gracias al convenio bilateral suscrito entre la Pontificia Universidad Católica del Perú en Lima y la Universidad de Varsovia.

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De Moche a Lambayeque: ¿Cómo entender el Cambio?

De Moche a Lambayeque: ¿Cómo entender el Cambio?
Autor: Krzysztof Makowski.
Pontificia Universidad Católica del Perú.

 

INTRODUCCIÓN: EL DEBATE SOBRE EL OCASO DE MOCHE Y EL FENÓMENO HUARI.

 

La obra de Rafael Larco Hoyle (1948) y en particular su método de definir el tiempo relativo – concebido, es menester recordarlo, en la época previa a la introducción de fechas C14 – han ejercido una poderosa influencia en los investigadores de la Costa Norte del Perú. El método se fundamenta en el paradigma de que todo cambio en la cultura material es gradual y se desprende de la interacción entre los estilos locales y foráneos. Los tipos y subtipos formales de botellas y de adobes, diagnósticos para un estilo, fueron inventados en los arboles de cada “cultura” en particular, se popularizaron, y luego quedaron paulatinamente remplazados por otros, en el marco del periodo de transición. Para Larco Hoyle, un estilo es la expresión material de la idiosincrasia de un grupo étnico. Por lo tanto, los artefactos de un estilo en particular, saturaban en su opinión de manera uniforme el espacio dominado consecutivamente por “los Moche”, y luego por “los Lambayeque” y por “los Chimúes”. Tanto Shimada (1985 y 1995 inter alia) como Donnan (2011; Donnan y Cock, 1986 inter alia) y Castillo (2003, 2009 y 2010) han usado los principios y paradigmas que acabamos de mencionar para definir respectivamente a las fases “Sicán” en el valle de la Leche, la fase “Chimú Temprano”, o subdividir el “Periodo Transicional” en la cuenca de Jequetepeque.

No obstante, los paradigmas de Larco (1948 inter alia) no resisten bien la crítica cuando se los confronta con las evidencias provenientes de las excavaciones sistemáticas recientes. En primera instancia, quedó en buena parte desvirtuada la relación directa entre el estilo de la cerámica decorada y la identidad étnica determinada. Los investigadores registran una diversidad de estilos co-existentes cuyo número se incrementa de manera vertiginosa a fines del Periodo Intermedio Temprano y durante el Horizonte Medio. La discusión sobre la relación entre los estilos Virú (Gallinazo) y Mochica (Moche) durante el Periodo Intermedio Temprano ilustra particularmente bien la crítica constructiva de los paradigmas de Larco (Millaire y Morlion, 2009). Se ha demostrado que ambos estilos suelen ser coexistentes, el primero define a las formas esencialmente utilitarias para la cocción y almacenaje, el segundo caracteriza a las vasijas de uso ritual, producidas por alfareros altamente especializados, al servicio del sistema del poder (Makowski, 2009, 2010a y 2010c). El estilo Sicán, tal como lo define Shimada (1985, 1995, 2009, 2014), cuenta entre los estilos de vajilla ceremonial, sofisticada en cuanto a la tecnología y acabado que remplazan al estilo Moche entre aprox. 800 y 1100 d.C. (Castillo et al., 2008; Castillo, 2009; Rucabado, 2008 a). La cerámica utilitaria la que también cambia de manera perceptible, tiene su propia historia. Las formas típicas para el periodo Moche sobreviven en el Periodo Transicional (Rosas, 2007). Por otro lado, se está reevaluando con argumentos válidos el modelo centralizado y burocrático de organización de la producción alfarera. Hasta el presente, los investigadores asumían que el estado siempre promovía y controlaba la producción de cerámica decorada y de otros objetos supuestamente suntuarios, y por ende eran los administradores o los señores locales quiénes imponían la manera de hacer los artefactos, las formas de recipientes y la iconografía. Recientemente se están acumulando las pruebas que la cerámica fue producida por grupos corporativos independientes, incluso en los tiempos del Imperio Inca (Tschauner 2001 y 2009; para la Costa Central cfr. Makowski et al., 2011).

Si bien el ocaso de la cultura Moche es un proceso relativamente largo, los cambios en el conjunto de la cultura material del área de Lambayeque se presentan de manera violenta y simultánea. Tanto en la secuencia de San José de Moro (valle Loco Chamán-Jequetepeque) como en la de Batán Grande (valle La Leche), luego del breve episodio marcado por la brusca aparición de vasijas en estilos sureños, se multiplican cambios que atañen múltiples aspectos de la religión, de la imagen del poder, de comportamientos funerarios, de la tecnología y también de la estética. Las transformaciones son tan variadas e intensas que de hecho se puede hablar de una de las más intensas rupturas en la continuidad cultural jamás registrada por arqueólogos en la Costa Norte.

Buena parte de los aspectos novedosos registrados en la cultura material concierne a la manera como las elites de poder han querido presentarse a sí mismas frente a la sociedad, de vida y después de la muerte, empezando por la residencia y los espacios arquitectónicos donde se manifestaba su poder y terminando en los atuendos. Las construcciones que pueden interpretarse como palacios (Pillsbury, 2004) y que después de la muerte del soberano se convertían en los mausoleos de linaje (Shimada, 1995 y 1996; Shimada et al., 2004; Elera, 2008;cfr. también Wester La Torre 2016, Wester La Torre et al . 2014, y este volumen) carecen de antecedentes estudiados Moche, salvo que se considere que la Huaca de la Luna haya tenido funciones palaciegas (Chapdelaine, 2006; Uceda, 2008). Los palacios-mausoleos Lambayeque tienen la forma de pirámides o plataformas escalonadas con el sistema de rampas de acceso a la cima que se encuentra ubicado en la parte media de la fachada. En la cima se encuentran amplias salas con techos sostenidos por varias columnas, y recintos rectangulares con típicos techos a doble agua. Las dos extremidades del techo se levantan gradualmente a medida que se acercan hacia los hastíales y están adornadas con una forma que se asemeja a la parte superior de las orejas del personaje del “huaco rey”. Cabe subrayar que este tipo de techo está representado sobre la cabeza del personaje, como si fuese su tocado, en algunas botellas escultóricas. Los entierros de cámara de elite no se situaban, como en el caso Moche al interior de volúmenes arquitectónicos sino al fondo de profundos pozos ubicados a lados de la rampa, al pie del edificio. En los rellenos se han registrado, en cambio, los entierros de fosa y cámara correspondientes a elites intermedias (Elera, este volumen). Las imponentes pirámides se construían consecutivamente una tras otra marcando el paisaje con estos imponentes símbolos del origen divino del poder. A juzgar por los resultados de excavaciones en Chotuna-Chornancap (Donnan, 2011; Wester La Torre, este volumen) y Batán Grande (Shimada, 1995) no hubo áreas residenciales, similares a la zona urbana de Huaca de la Luna (Chapdelaine, 2006; Uceda, 2008) en la proximidad. En cambio sí se registran recintos amurallados con residencias y talleres y artesanos (Donnan, 2011). Hay también áreas ceremoniales cercadas con pórticos con banquetas y tronos en la proximidad de las pirámides (Wester La Torre, este volumen). Un tipo de arquitectura residencial, directamente relacionada con la imagen del mítico fundador de la dinastía guarda ciertas similitudes con la arquitectura Huari. Se trata de un edificio de planta rectangular, dos o más pisos, entrada en la pared larga, ventanas ornamentales, almenas sobre el techo de forma típica para Lambayeque (Fig.1) . A juzgar por el arco de los cielos que se extiende sobre el palacio y soporta otra estructura en forma de audiencia, así como por la presencia de dos “nadadores” que suelen acompañar a la “deidad Sicán”, la vasija escultórica representa a los dos palacios del mítico Naylamp, el terrenal y el celestial.

Fig. 1- Botella de asa puente escultorica, ACE 914 Museo del Banco Central de Reserva, Lima (fotografía de Juan Pablo Murrugarra, cortesía del Museo del Banco Central de Reserva)

Junto con estas formas de residencias palaciegas aparecen repentinamente en el registro nuevos símbolos del poder, la mayoría de ellos de origen exótico. Cambian todos los componentes principales del atuendo de gobernantes (Shimada y Montenegro, 1993; Shimada, 1995 y 1996; Rucabado, 2008; Elera, 2008; Wester La Torre, este volumen). Los cascos y tocados gurativos Moche quedan remplazados por las gorras de cuatro puntas (Fig. 2) . La copa Moche está sustituida por un aquilla o un quero (Fig. 3). Tanto la gorra como el quero tienen su origen en el área cultural en la que posteriormente se gestará la cultura Tiahuanaco y llegan a Lambayeque como parte del fenómeno Huari. También el cuchillo ceremonial – tumi adopta la forma sureña (Fig. 4), diferente del implemento de sacrificio Moche. Finalmente el cambio más notorio concierne a la iconografía religiosa. La gran variedad de escenas de carácter y estructura narrativa Moche (Hocquenghem, 1987; Makowski, 2002 y 2010a; Makowski et al., 1996; Golte, 2009) fue remplazada por la repetición de un solo motivo altamente convencional. La imagen a la que nos referimos representa a un personaje humano vestido de un unku, de frente y de cuerpo entero, o sólo su cara, la que posee siempre dos rasgos distintivos, los ojos “en coma”, de felino o búho, y las orejas puntiagudos o cuadradas. En algunas variantes se trata de una deidad con pico y alas de ave, en otras es un ser humano enmascarado (Carcedo, este volumen). Este motivo emblemático para el estilo “Sicán” y la cultura Lambayeque, aparece en las botellas de uno sólo pico o de doble pico asa-puente, en los famosos cuchillos ceremoniales (Fig. 4), en las pinturas murales como las de Ucupe (Alva y Alva 1983), en las andas decoradas (Fig. 5), en los vasos y en las máscaras de oro, recubiertas con cinabrio (Fig. 6). El motivo adorna también a los vestidos y las orejeras (Fig. 7 y 8). En este contexto no cabe duda la intención política. Los fundadores de la nueva dinastía quisieron de manera consciente romper con las tradiciones ancestrales y presentarse a los súbditos como representantes de un gran poder de origen foráneo. No es casual, sin duda, que los principales símbolos de la “realeza sagrada” – el tocado y los implementos de sacrificio – imitan a los símbolos “imperiales” Huari. No obstante en la construcción de la imaginería del “señor y dios de Lambayeque”, probablemente Naylamp, se ha usado tanto las convenciones Huari como ciertos diseños figurativos Moche. El personaje adopta rasgos de las deidades masculinas del mar y de la noche, Guerrero del Búho y Mellizo Marino (Makowski et al., 1996; Makowski, 2005; Rucabado, 2008). Estos dioses rectores de la fertilidad de las tierras y de la abundancia de la pesca suelen lucir vestidos y tocados foráneos, en particular los atuendos de los pueblos de la Sierra, también en la tradicional iconografía Moche. Es menester recalcar que el dios supremo Lambayeque es una deidad del cielo, que se desplaza en litera pero no se identifica directamente ni con el Sol ni con la Luna, a juzgar por la famosa representación pintada proveniente de una de las cámaras funerarias reales (Shimada, 1995, Fig. 119; Elera, 2008, Fig. 5).

Fig. 2 – Botella de doble cuerpo con personaje con ojos alados y gorra de cuatro puntas. Museo Oro del Perú – Armas del Mundo, Fundación Miguel Mujica Gallo, Lima (fotografía de Daniel Giannoni, cortesía de la Fundación Miguel Mujica Gallo)

Las transformaciones y rupturas en la tradición no se circunscribieron al estrecho círculo de la cultura de élites en la cima de poder. Se impuso un estilo de vida, una organización social, y una visión del más allá, distinta de la que imperaba durante varios siglos (Johnson y Zori, 2011). Hay muchos indicios que grupos étnicos foráneos, procedentes de Cajamarca (Rosas 2007, 2010), dela Costa Centro-Norte y quizás también de otros confines del sistema-mundo Huari (Makowski, 2010b; Makowski et al. , 2011; Makowski y Giersz 2016) han conseguido el derecho de asentarse en las fértiles tierras de Lambayeque y hacer uso de sus habilidades e incluso conquistar el poder. Algunos linajes de los advenedizos han logrado someter a la región remplazando a los señores Moche.

Queda por definir en cuánto y cómo estos cambios se relacionan con la expansión del hipotético imperio Huari. Desde el punto de vista del autor una rápida conquista y el control de los territorios por medio de estrategias hegemónicas durante un tiempo breve (Jennings, 2006; Makowski, 2004 y 2010b; Makowski y Giersz 2016) dejan huellas diferentes que un dominio prolongado y de carácter territorial que habitualmente se atribuía al imperio ayacuchano. Los cambios dramáticos que acabamos de describir corresponden bastante bien con el escenario de una rápida expansión imperial que no ha logrado consolidar sus conquistas pero ha dejado una huella imborrable: un nuevo panorama social y político. He aquí algunos de los indicios de la presencia foránea en Lambayeque desde los inicios del Periodo Transicional (Lambayeque Temprano o Sicán Temprano). Existe un consenso entre los investigadores acerca de que entre el siglo VIII y IX d.C. se había iniciado un continuum de transformaciones que afectaron a todos los aspectos de la cultura: el repertorio formal de vasijas utilitarias y ceremoniales de uso común (Moche tardío: Castillo et al.,2008; Rosas, 2007) cambió de manera sustancial, y también varias tecnologías complejas, como la alfarera (Cleland y Shimada, 1992, 1994 y 1998), la metalúrgica (Merkel et al ., 1994; Shimada, 1996; Shimada et al ., 2007), y la textil. Aparecieron nuevas formas de arquitectura residencial (Rosas, 2007) y de arquitectura pública (Swenson, 2004 y 2008; Dillehay et al., 2009), reproducida a menudo en forma de maquetas (Castillo et al., 2011). La adopción de nuevas tecnologías se relaciona directamente con la notable pericia en la imitación de formas y estilos foráneos. En la metalurgia cabe destacar la producción de bronce arsenical, antes desconocida (Merkel et al ., 1994; Shimada, 1996, Carcedo, este volumen). En cuanto a la cerámica, la lista de estilos foráneos es larga: Piura, Cajamarca, Nievería, Teatino, Chakipampa, Ocros, Viñaque, Casma impreso de molde. Los hechos indican que artesanos foráneos se han hecho presentes en Lambayeque junto con las elites deseosas de mostrar tanto su origen en las tierras lejanas, real o imaginario, como poner en evidencia la amplitud de redes de sus contactos políticos.

Fig. 3 – Quero -The Metropolitan Museum of Art, Jan Mitchell and Sons Collection, regalo de Jan Mitchell, 1991 (fotografía cortesía del Metropolitan Museum of Art)
Fig. 4 – Tumi – The Metropolitan Museum of Art, Jan Mitchell and Sons Collection,regalo de Jan Mitchell, 1991 (fotografía de Justin Kerr, cortesía del Metropolitan Museum of Art)
Fig. 5 – Parte trasera de una anda. Museo Oro del Perú – Armas del Mundo, Fundacion Miguel Mujica Gallo, Lima (fotografía de Daniel Giannoni, cortesía de la Fundación Miguel Mujica Gallo)

Los resultados de estudios recientes sobre los comportamientos funerarios Moche Final y Lambayeque (aprox. 800-1100 d.C.) sugieren que durante un buen tiempo se sepultaron lado a lado individuos y poblaciones que seguían ritos diferentes. Algunos mantenían vigentes varios principios del ritual ancestral mochica, otros, en cambio, optaron por introducir costumbres difundidas en la Sierra, pero desconocidas en la Costa Norte. Es probable que el ritual tradicional Moche se mantuviera vigente por más tiempo en poblaciones de menor estatus. Gradualmente, los entierros individuales de cúbito dorsal, en envoltorios y sarcófagos, típicamente Moche, quedaron remplazados por entierros múltiples, primarios en posición sentada, y segundarios (Shimada et al., 2004; Rucabado, 2008, Bernuy, 2008). Esta transformación no fue de matices. Se desprende de ella una imagen ideal que diere de la cosmovisión Moche. Los rituales funerarios Lambayeque ponían énfasis en armar los lazos entre los miembros de familias extensas y linajes. Asimismo, los grupos e individuos manifestaban por medio de las imágenes presentes en los ajuares funerarios algún nexo, algún parentesco consanguíneo o ritual con el linaje gobernante. Lo sugiere la recurrencia de la imagen del dios-señor Lambayeque en los entierros correspondientes a tres de los cuatro niveles socio-económicos que establece Shimada (Shimada et al., 2004). Son asimismo los entierros que contienen ofrendas de metal, incluyendo el bronce arsenical.

Fig. 6 – Máscara de oro recubierta con cinabrio. The Metropolitan Museum of Art, regalo y legado de Alice K. Bache
(fotografía cortesía del Metropolitan Museum of Art)

ESTRATEGIAS DE PODER MOCHE Y LAMBAYEQUE: UNACOMPARACIÓN

La magnitud de cambios que marca el fin del Periodo Moche y el inicio del Periodo Lambayeque, no encuentra en la opinión del autor explicaciones plausibles en coyunturas internas, sea en el ajuste de la ideología del poder o en los nuevos gustos cosmopolitas de elites emergentes. Las evidencias que acabamos de describir en el acápite anterior sugieren que grupos advenedizos han logrado conquistar y mantener el control político de Lambayeque a fines del Periodo Moche. Es probable que las relaciones políticas entre los señoríos proto-muchik y proto-quingnam hablantes, ubicados respectivamente al Norte y al Sur de las Pampas de Paiján, no hayan sido buenas y esta animadversión facilitó la conquista desde la Sierra, quizás por los corredores de Jequetepeque y Olmos. En todo caso, los nuevos gobernantes adoptaron estrategias políticas distintas en comparación con las que fueron desarrolladas por las elites Moche. Las diferencias son notorias. A juzgar por la iconografía y la arquitectura pública el sistema político Moche fue inclusivo y respetuoso de la diversidad. Los guerreros y los sacerdotes ostentan orgullosos sus orígenes diferentes que se expresan en tocados, vestidos y decoración corporal, a veces también en el tipo de armas, cuando están representados en la decoración mural, en la cerámica ceremonial o en los adornos de metal y textiles (Makowski, 2005; Makowski y Rucabado, 2000). En lugar de poner énfasis en la imagen y en las hazañas del gobernante supremo, el arte figurativo Moche Tardío hace un despliegue de recursos y convenciones narrativas para difundir y perennizar el contenido de los rituales supracomunitarios y de los mitos que ofrecían el sustento a los comportamientos ceremoniales. La imagen del gobernante humano o deificado brilla por su ausencia (Woloszyn, 2008). La remplazan representaciones de grupos corporativos. Las secuencias narrativas de mayor complejidad provienen significativamente del nal de la historia de la cultura Moche, de San José de Moro (Makowski, 2002; Mc Clelland et al., 2007; Castillo, 2009). Pareciera que la sociedad acechada por sus vecinos se esforzaba por materializar y difundir de manera cada vez más amplia los contenidos de sus costumbres y de sus mitos. Similar inversión de tiempo social y de la pericia técnica se observa en el arquitectura del Periodo Moche Tardío, claramente destinada a rituales multitudinarios que se realizaban tanto en los centros político-religiosos como Pampa Grande (Shimada, 1994) como en recintos de uso comunitario dispersos en el paisaje (Swenson, 2006).

Casi inmediatamente después de la conquista y de la toma de poder, los nuevos gobernantes impusieron su marca en el paisaje construyendo pirámides escalonadas con rampa. A diferencia de los templos Moche que tuvieron formas similares, estos edicios no fueron levantados laboriosamente durante varios siglos para honrar a las deidades tutelares de la comunidad, sino construidos de manera rápida y eciente, como prueba de origen divino de una sola familia reinante (Shimada, 1995; Elera, 2008; Shimada 2014). La pompa fúnebre de los miembros de la familia real ponía en evidencia el parentesco directo entre los descendientes de Naylamp y la deidad ordenadora o animadora del mundo. El mensaje de la unidad en diversidad ha desaparecido de la iconografía. El frondoso repertorio de seres sobrenaturales y seres humanos luchando, muriendo en sacricio, corriendo, jugando o cazando grandes mamíferos del mar y tierra (Hocquenghem, 1987; Makowski et al., 1996; Makowski, 2005) quedó remplazado por un icono emblemático y sus acólitos antropo- o zoo-morfos (Carcedo, este volumen). Como se ha mencionado anteriormente, esta imagen evocaba según toda probabilidad al fundador de la dinastía y a su deidad tutelar. Solo en casos excepcionales (Narvaez 2014) una variedad de personajes míticos, incluyendo un femenino, asoma debajo de la máscara. Esta variedad no desvirtua lo esencial de mensaje: los lazos de parentesco expresados por medio de atuendo y rasgos corporales que vinculan a todos los ancestros sobrenaturales.

Fig. 7 – Orejera con el motivo emblemático del estilo “Sicán”. Dallas Museum of Art, regalo de Mr. y Mrs. Eugene McDermott (fotografía cortesía del Dallas Museum of Art)
Fig. 8 – Orejeras con el motivo emblemático del estilo “Sicán”. Minneapolis Institute of Arts, The William Hood Dunwoody Fund (fotografía cortesía del Minneapolis Institute of Art)

 

Referencias Citadas:

 

 

Fuente: Academia.edu (https://goo.gl/URfkwi)
De la obra: «De Moche a Lambayeque» en: Antonio Aimi, Krzysztof Makowski y Emilia Perassi (eds.) LAMBAYEQUE. Nuevos Horizontes de la arqueología peruana: 157-175, Ledizioni, Milan 2017