En Perú existe una fruta dulce que ha sido testigo de momentos históricos, como el recibimiento que Atahualpa ofreció a Francisco Pizarro. Se trata del pacay, un alimento que no solo formó parte de la dieta de los incas, sino también de culturas preincaicas. En la actualidad, se le atribuyen propiedades que ayudan a mantener una dieta orientada a la pérdida de peso.
El Pacay: Joya Ancestral del Perú que Conquistó Paladares y la Historia
En el corazón de los valles peruanos, donde la historia se entrelaza con la exuberante naturaleza, florece una fruta singular: el pacay (Inga feuillei). Con una historia que se remonta a más de 11,000 años, este fruto dulce y de vaina alargada no solo alimentó a las civilizaciones preincaicas y al poderoso Imperio Inca, sino que también fue testigo de momentos cumbre como el encuentro entre el Inca Atahualpa y el conquistador español Francisco Pizarro. Hoy, el pacay emerge no solo como un delicioso manjar, sino también como un valioso aliado para la salud, despertando el interés de científicos y nutricionistas.
Un Legado Grabado en la Historia y el Arte
Conocido con nombres tan evocadores como pacae o guaba a lo largo y ancho de Latinoamérica, el pacay es mucho más que un simple alimento. Su presencia en cerámicas prehispánicas, meticulosamente elaboradas por culturas como la Moche y la Chimú, revela la profunda reverencia que estas sociedades sentían por este fruto. Estas representaciones artísticas sugieren que el pacay no solo era parte de su dieta cotidiana, sino que también poseía un significado cultural y posiblemente ritual.
El Dr. Elmo León, con la autoridad que le confiere su labor en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, ilumina esta conexión ancestral: «El pacay era un componente vital de la alimentación prehispánica. Su valor trascendía lo nutricional; era un elemento presente en sus ceremonias, su arte y su comprensión del mundo natural. Culturas como los Moche y Chimú conocían sus propiedades y lo integraban de manera integral en su vida.»
El Pacay en el Cruce de Dos Mundos: Un Obsequio con Implicaciones
La anécdota del Inca Atahualpa ofreciendo una canasta de pacay a Francisco Pizarro, relatada por el propio hermano del conquistador, Pedro Pizarro, pinta una imagen fascinante del contexto histórico. En aquel momento de incertidumbre y negociación, un obsequio como el pacay no era trivial. Representaba la riqueza de la tierra, la generosidad del gobernante y quizás un intento de establecer lazos. Esta escena subraya el estatus del pacay como un bien preciado y un símbolo de cortesía en la corte inca.
Desvelando los Secretos de su Poder Nutritivo y Medicinal
Más allá de su rica historia, el pacay se revela como una fuente de beneficios para la salud que la ciencia moderna está comenzando a explorar en profundidad:
Un aliado natural para el control de peso: Con un bajo aporte calórico, el pacay se convierte en un snack ideal para quienes buscan mantener una figura saludable sin renunciar a un toque dulce. Su pulpa, suave y ligeramente fibrosa, proporciona una sensación de saciedad que puede ayudar a controlar el apetito entre comidas. Fibra, la clave para una digestión saludable: El pacay es una fuente significativa de fibra, tanto soluble como insoluble. La fibra insoluble facilita el tránsito intestinal, previniendo el estreñimiento y promoviendo la regularidad. La fibra soluble, por su parte, contribuye a la sensación de plenitud y puede tener efectos beneficiosos en los niveles de colesterol y azúcar en sangre. El poder curativo en sus hojas y corteza: La sabiduría ancestral peruana ha transmitido el uso medicinal de otras partes del pacay:
Infusión de hojas: Tradicionalmente utilizada para aliviar dolores de cabeza y reducir el estrés y la ansiedad. Investigaciones preliminares sugieren la presencia de compuestos con propiedades relajantes en sus hojas.
Decocción de la corteza: Apreciada por sus propiedades antiinflamatorias, utilizándose como un remedio natural para aliviar dolores articulares y reumáticos. Estudios fitoquímicos podrían revelar los compuestos responsables de esta acción.
El Pacay Hoy: Un Tesoro por Descubrir
Hoy en día, el pacay sigue siendo apreciado en los mercados locales peruanos por su sabor único y su versatilidad en la gastronomía. Se consume fresco, directamente de la vaina, revelando su dulzura característica. Sin embargo, su potencial va mucho más allá del consumo directo. Chefs innovadores están explorando su uso en postres, jugos e incluso platos salados, buscando resaltar su sabor distintivo.
El pacay representa un puente entre el pasado y el presente, una joya natural que encierra siglos de historia y un potencial prometedor para la salud y la gastronomía. A medida que la ciencia continúa desvelando sus secretos, esta fruta ancestral peruana está lista para conquistar nuevos paladares y reafirmar su lugar como un tesoro invaluable de la biodiversidad andina. Su historia es un recordatorio de la profunda conexión entre las culturas ancestrales y la naturaleza, y un llamado a valorar y preservar estos regalos de la tierra.
«Más golosina que sustento»: El Pacae, un Dulce Legado Milenario del Perú
«Es fruta más de golosina que de sustento; porque aunque se coma un hombre una canasta de pacaes, no se satisface ni le causa hastío». Con estas palabras, el cronista Bernabé Cobo describía a mediados del siglo XVI el peculiar encanto del pacae (Inga feuillei), una leguminosa cuyo dulce fruto ha acompañado la historia del Perú durante miles de años.
Esta vaina prodigiosa, que en el siglo XVII evocaba comparaciones con la suave blancura del algodón por su pulpa, ha sido mucho más que un simple capricho para el paladar. El Dr. Elmo León, del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, destaca su rol crucial tanto en la época prehispánica como durante los turbulentos años de la Conquista.
La presencia ancestral del pacae en tierras peruanas se revela en hallazgos arqueológicos sorprendentes. En el valle de Zaña, Lambayeque, se descubrieron restos del fruto adheridos a molares humanos, datando de un periodo asombroso: entre 7,142 a.C. y 5,802 a.C. Este descubrimiento subraya la larga y profunda relación entre las antiguas civilizaciones peruanas y esta dulce legumbre.
Como una ventana a sus costumbres y su entorno, las culturas prehispánicas plasmaron su mundo en la alfarería. Los Mochica y Chimú no fueron la excepción, inmortalizando la distintiva forma del pacae en vasijas y botellas, testimonio de su importancia cultural y quizás también ritual.
El encuentro de los conquistadores españoles con el pacae también dejó huella en las crónicas. Francisco Pizarro se topó con estos frutos en la bahía de San Mateo (actual Trujillo) durante su expedición de 1531. Años después, el cronista Pedro Pizarro narró cómo el inca Atahualpa, en un gesto de bienvenida y quizás de diplomacia, envió una canasta repleta de pacaes como obsequio al fundador de Lima. Incluso se ha documentado su cultivo en la capital, aunque con un propósito diferente: aprovechar su madera como leña.
El pacae, conocido también con los nombres de pacay, guabo, guamo o inga, ha tejido una rica historia en el tapiz del Perú. Desde ser considerado un regalo regio y un manjar para incas y conquistadores, hasta convertirse en un fruto que hoy disfrutamos en nuestras mesas, su legado perdura.
DATOS CLAVE DEL PACAE:
Presencia Ancestral: Evidencias arqueológicas confirman su consumo en diversas culturas prehispánicas como Caral, Chimú, Moche, Lima, Wari e Inca. Nombres Variados: Se le conoce por múltiples denominaciones a lo largo del territorio peruano y latinoamericano. Características Físicas: Su vaina dura puede medir entre 3 y 5 centímetros de largo y presenta tonalidades que van del amarillo oscuro al verde. Su pulpa blanca, de textura suave y sabor dulce, destaca por su alto contenido de agua. La semilla es lisa, dura y de color negro.
El pacae, con su sabor delicado y su historia fascinante, continúa siendo un testimonio vivo del rico patrimonio natural y cultural del Perú.
Pintura de Luis Montero (1828-1869) que representa a Atahualpa muerto.v Foto: Museo de arte de Lima
Un 16 de noviembre de 1532, los conquistadores españoles del Perú concertaron una reunión con Atahualpa, el último soberano inca.
El 15 de noviembre de 1532, Francisco Pizarro (1478-1541), el gobernador nombrado por el rey de España para ultimar la conquista del Perú, entró con sus tropas en la ciudad de Cajamarca, que se encontraba prácticamente desierta. Buscaba un encuentro decisivo con el soberano inca Atahualpa, quien preparaba su entrada triunfal en Cuzco tras haber resultado vencedor de la cruenta guerra de sucesión que le había enfrentado a su hermano Huáscar.
Atahualpa y su ejército, de unos 30.000 hombres, se habían concentrado a las afueras de Cajamarca con el fin de entrevistarse con los conquistadores españoles. Pizarro envió al campamento de Atahualpa una embajada compuesta por Hernando Pizarro, su hermano, y Hernando de Soto, que solicitaron al inca una audiencia con el gobernador. Atahualpa, infravalorando la fuerza de los españoles, aceptó, y el encuentro tuvo lugar el día siguiente, el 16 de noviembre.
Acusado de idolatría y rebeldía
Desde la plaza de Cajamarca, los españoles vieron avanzar la impresionante comitiva inca, de radiante colorido. Los conquistadores españoles le habían preparado una encerrona. Tan sólo le recibió el capellán, Vicente de Valverde. Sostenía una cruz y una Biblia y le hablaba al Inca de la necesidad de reconocer al emperador Carlos V y al único Dios. Atahualpa pidió al capellán el libro y lo arrojó al suelo diciendo que a él «no le decía nada». El capellán se retiró mientras Atahualpa profería amenazadoras exclamaciones.
Atahualpa pidió al capellán el libro y lo arrojó al suelo diciendo que a él «no le decía nada»
Los españoles lo apresaron y trasladaron a empujones al interior del palacio de la ciudad. Meses después, Atahualpa ofreció a Pizarro llenar una estancia de oro y plata a cambio de obtener la libertad. Sin embargo, y aunque pagó un gran rescate, fue procesado y condenado a morir en la hoguera, acusado de idolatría y rebeldía. Aunque se bautizó para evitar la hoguera, el 26 de julio de 1533 murió por garrote con el nombre de Francisco de Atahualpa. Su muerte significó el hundimiento definitivo del Imperio inca.
La caída del imperio inca
ku.edu
La llegada a Perú de los españoles se produjo después de dos viajes previos sin éxito. Para su tercer viaje, los socios Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque, un sacerdote, contaban con el permiso de la corona española, en un tratado firmado por la emperatriz Isabel de Portugal. Este tratado, llamado la Capitulación de Toledo, fue firmado el 26 de junio de 1529, y le dio a Pizarro la autorización para conquistar las tierras (que pasarían a llamarse Nueva Castilla), para evangelizar a los nativos, y para contribuir a la corona de España con un quinto de todas las riquezas que hallaran.
Fue en 1531 que la tripulación española llegó a las costas de Tumbes (ciudad costeña del noroeste de Perú), y desde ahí se internó en el territorio del Tahuantinsuyo, llegando hasta Cajamarca en 1532. Allí se encontraba el Inca Atahualpa, hijo de Huaina Cápac, que en esos momentos se disputaba el trono con su hermano Huáscar, que gobernaba desde el Cuzco.
Los españoles eran pocos en número, pero contaban con armas de fuego y caballos. Así, organizaron una emboscada al Inca Atahualpa cuando se presentó en la plaza mayor de Cajamarca, acompañado de su séquito. Se dice que el cura (con la ayuda de un indio que hacía de intérprete) pidió al Inca convertirse a la religión católica y someterse al rey de España. El Inca desconocía estos términos, por lo que tiró la Biblia al suelo, lo que sirvió de pretexto para el ataque de los españoles. Atahualpa fue capturado y, para conseguir su libertad, le ofreció a Pizarro llenar un cuarto con oro hasta donde llegara la altura de su mano. El cuarto se llenó con oro, pero Atahualpa nunca consiguió su libertad; los conquistadores lo asesinaron en 1533.
Desde Cajamarca, los españoles se movieron hacia el Cuzco, centro del imperio incaico, conquistando los pueblos o consiguiendo el apoyo de los señores y de los grupos que se encontraban descontentos con el sistema establecido por los incas. Esto hizo que la conquista del Tahuantinsuyo no fuera una tarea difícil para los españoles.
La matanza en la que el minúsculo ejército de Francisco Pizarro capturó al emperador inca
Manuel Villatoro (abc.es)
Bárbaro para unos y valeroso combatiente para otros, lo que no se le puede negar a Francisco Pizarro (uno de los conquistadores más famosos de la Historia de España ) es su capacidad para hacerse con el dominio del Imperio Inca (ubicado aproximadamente en el actual Perú) con apenas dos centenares de hombres. En su camino hacia la fama, este extremeño atesoró grandes victorias. Sin embargo, sobre ellas resuena una cuyo aniversario se cumple precisamente hoy.
Y es que, fue un 16 de noviembre de 1532 cuando, tras idear una estrategia envidiable, el ya anciano Francisco Pizarro logró capturar a Atahualpa (décimo tercer emperador de los incas) en la plaza de la ciudad de Cajamarca . Todo ello, a pesar de que el español apenas contaba con centenar y medio de combatientes y, por su parte, el líder nativo sumaba un séquito de 40.000 hombres junto a él (una cifra que varía atendiendo a las fuentes).
El origen de esta batalla (en la que los incas no pudieron hacer frente al poder de los jinetes y la artillería de Pizarro) se remonta al año 1530 . Fue entonces cuando un cincuentón Francisco (el mismo hombre que había viajado al Nuevo Mundo en 1502 y que había participado en dos expediciones fallidas contra el Perú) partió desde Panamá con aproximadamente 180 combatientes y una treintena de jinetes (la mayoría de fuentes dicen 37 ) hacia Cajamarca: una de las ciudades más importantes del Imperio Inca.
¿Su objetivo? Oficialmente, poner orden en nombre del rey en la zona, donde se estaba librado una encarnizada lucha entre el emperador Atahualpa y su hermano Huáscar . Extraoficialmente: introducirse en el corazón del territorio para dominarlo.
A esa región llegó el viernes 15 de noviembre de 1532 bajo el paraguas de una supuesta entrevista personal con el mismo Atahualpa . ¿Un truco? Si, pero el emperador tampoco es que fuera demasiado sincero ya que, a pesar de que acudía a la zona supuestamente para hablar con Pizarro , tenía en su cabeza la idea clara de acabar con aquellos conquistadores que habían penetrado en su territorio con suma facilidad.
Un plan perfecto
El sábado 16 de noviembre Pizarro preparó a sus hombres. La misión no era fácil, pues sabía que Atahualpa llegaría cubierto por una infinidad de incas. Pero el premio al que aspiraban era para salivar: la conquista del uno de los imperios más poderosos del continente.
Francisco ordenó a sus hombres que estuvieran preparados para cualquier eventualidad. Al fin y al cabo, no sabía cómo serían recibidos por el emperador y la reacción que este tendría tras parlamentar con ellos en Cajamarca . «Decidió que tendría que actuar de manera espontánea. Llegado el momento tomaría una decisión de última hora sobre la estrategia a seguir, ser amable, huir o atacar», explica el investigador Kim Macquarrie en su obra « Los últimos días de los incas ».
En todo caso, estableció un orden de batalla concreto para -independientemente de lo que se le pasara por la cabeza a los incas- tratar de capturar a Atahualpa .
El plan lo ideó de forma que sus hombres pudieran esconderse en los tres edificios que flanqueaban la plaza de la ciudad (un cuadrado de 200 metros de largo por 200 de ancho al que solo se podía acceder por tres entradas ). Su objetivo era sencillo: contar con el factor sorpresa , atacar de improviso y hacerse con el emperador. Eso garantizaría la dispersión del ejército enemigo y les permitiría cobrar una importante suma a cambio de la vida del líder. Y el oro, amigos, era el oro.
Para empezar, Pizarro dividió a sus jinetes en tres g rupos. Cada uno de ellos de unos veinte hombres al mando respectivamente de Hernando de Soto , Hernando Pizarro y Sebastián de Benalcázar . Estas unidades (escondidas en los soportales de los edificios que rodeaban la plaza) serían las encargadas de servir como fuerza de choque principal y tratar de contener al enemigo. Algo nada descabellado si consideramos el miedo que todavía causaban los caballos entre la población.
«De las conquistas en todo el Nuevo Mundo tuvieron los indios que el caballo y el caballero eran todo una pieza, como los centauros de la época. […] Comúnmente los indios tienen grandísimo miedo a los caballos ; en viéndolos correr, se desatinan de tal manera que, por ancha que sea la calle, no saben arrimarse a una de las paredes y dejarle pasar», se explica en «Comentarios reales del Inca» (de Garcilaso de la Vega ).
Pizarro , por su parte, se ubicó en un edificio junto a una veintena (entre 20 y 24) de soldados. Una especie de guardia personal cuyo objetivo sería capturar a Atahualpa en el caso de que hubiera posibilidades. A su vez, otro nutrido grupo de infantería (aproximadamente otros 20) tendría que cortar la retirada del emperador cerrando las tres entradas que daban acceso a la plaza.
«En otro edificio de la plaza, Pizarro dispuso al artillero griego Pedro de Candía con sus cuatro cañones y ocho o nueve arcabuces, además del resto de la infantería.. Dado que la mayoría de los españoles estarían escondidos dentro de los edificios, siendo prácticamente imposible para ellos ver lo que ocurría en la plaza, el fuego de artillería sería la señal preestablecida para atacar», añade el hispanista en su obra.
Al igual que sucedía con los jinetes, la pólvora solía causar terror en los indios. Y eso a pesar de que, como ya explicó ABC en su momento, los arcos eran mucho más efectivos que los arcabuces .
Como explica José María González-Ochoa en su obra « Breve historia de los conquistadores españoles », Pizarro dio órdenes a todos sus hombres de quedarse quietos en espera de la señal de ataque (un disparo y el grito de « Santiago y cierra España »). Los únicos que deberían acudir al encuentro de Atahualpa serían Vicente de Valverde (fraile dominico de treinta y tantos) y su intérprete Felipillo .
Oficialmente, el religioso tendría que tratar de convencer al inca de que se convirtiera al cristianos (algo que, objetivamente, nadie consideraba viable). La batalla estaba servida.
La llegada a la plaza
El día 16, mientras los españoles esperaban con una mezcla de ansiedad y nerviosismo, Atahualpa hizo su llegada a Cajamarca acompañado (atendiendo a las diferentes fuentes) por entre 8.000 y 40.000 hombres . Cuando el sol se encontraba en lo más alto del cielo, el emperador ordenó partir hacia la plaza en busca de Pizarro.
Y lo hizo con una sonrisa sabiendo que su hermano -al que consideraba usurpador de una parte del Imperio- había caído presa de sus ejércitos. El día no podía empezar mejor. Ya solo le quedaba aniquilar a aquellos molestos invasores para poder reinar sin mayores dificultades en su extenso territorio.
Según explica en sus crónicas Pedro Pizarro (primo de Francisco), Atahualpa iba subido en una rica litera (la cual contaba con almohadas de pluma de papagayo) y rodeado por cientos de combatientes que formaban en falanges: «Dos mil indios iban delante de él, barriendo el camino [empedrado] por el que viajaba. […] Llevaban tal cantidad de servicio de mesa de oro y plata que era maravilloso verlo brillar bajo el sol […] Delante de Atahualpa iban muchos indios cantando y bailando».
En principio, la comitiva se detuvo en las afueras de la ciudad. Una mala noticia para los españoles, que habían preparado su trampa en el interior de la plaza. Por suerte, Pizarro solventó esta dificultad enviando a uno de sus hombres ( Pedro de Aldana ) hasta el campamento de Atahualpa . Este, a pesar de no tener ni idea de cómo debía comunicarse con aquellos indios, logró hacerles entender por señas que su jefe les esperaba para «parlamentar» dentro de la plaza. Picaron el anzuelo y, al poco, unos 600 indios accedieron a la construcción.
« Ochenta señores llevaban [al señor inca] sobre sus hombros , y todos llevaban uniformes muy ricos de color azul. El propio Atabilpa iba vestido muy ricamente, con su corona en la cabeza y un collar de grandes esmeraldas alrededor del cuello. Iba sentado sobre un pequeño asiento que tenía un suntuoso cojín», señalaba Miguel de Estete , otro de los combatientes que acompañó a los Pizarro en la expedición.
Mientras Atahualpa entraba en la plaza, algunos españoles se orinaron encima por el miedo. Y es que, aunque eran valientes y sabían que debían combatir, no estaban locos.
El fraile enfadado
Cuando Atahualpa llegó a la plaza, no había ningún enemigo a la vista. Tan solo pudo observar cuatro extraños cilindros de bronce (los cañones) que se hallaban en un extremo. La plaza parecía estar virgen de españoles. Y así fue hasta que, de un edificio cercano, salieron dos figuras. Una de ellas vestida con una túnica (el padre Valverde ) y el intérprete, Felipillo . El primero llevaba en su mano un crucifijo y un libro de oraciones (objeto que jamás habían visto los indios).
Tras acercarse al emperador, Valverde se dispuso a leerle el manifiesto que -por norma- tenía que proclamarse en todos y cada uno de los lugares se planeaban conquistar. Aquel documento era el llamado « Requerimiento ». Y en él se afirmaba (básicamente) que, o se rendían y daban todas sus posesiones a Carlos V , o se podían preparar para ser aniquilados.
Esto era lo que se prometía hacer en el manifiesto si los incas no se rendían: «Os certifico que, con la ayuda de Dios, entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y Su Majestad, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos , y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como Sus Majestades mandaren, y os daños que pudiéramos. ¡E insisto que las muertes y los daños que de ello siguiesen serán vuestra culpa !».
Después de que Felipillo tradujera aquellas desafortunadas palabras (suponemos que no demasiado bien, pues Atahulpa no terminó de enfadarse), el fraile acercó a los morros de su sagrada majestad un libro de oraciones. Desconocemos también para qué, pues aquel personaje jamás había visto uno y desconocía hasta cómo se abría. En todo caso, al líder inca no debió gustarle que invadieran su espacio personal, pues le dio un sopapo al sacerdote.
A continuación se sucedió una conversación entre ambos que provocó el aumento de tensión:
Atahulpa – «Estoy bien instruído en lo que habéis hecho en el camino y de cómo habéis tratado a mis caciques y robado las casas».
Valverde – «Los cristianos no han hecho eso. Sino que habíendose algunos indios llevado sus efectos sin que el gobernador lo supiese, éste los ha despedido».
Atahualpa – «Pues bien. No me moveré de aquí hasta que todo me sea devuelto».
Tras alzarse sobre su litera, ordenó a los combatientes que le acompañaban que iniciasen el ataque . Valverde entró entonces en cólera. Los presentes dejaron escrito que, totalmente fuera de sí, se retiró hasta la posición de Pizarro e instó a gritos a sus compañeros a asesinar a aquellos infieles por haber mancillado la santas escrituras del Señor: «¡Salid, salid cristianos, arremeted contra estos perros enemigos que rechazan las cosas de Dios! ¡Ese jefe ha echado por tierra el libro de la Ley Divina! ¿No veis lo que ha ocurrido? ¿Por qué ser cortés y servil ante este arrogante perro, cuando las llanuras están llenas de indios? ¡Id y atacadle, pues yo os absuelvo!».
Se desata el caos
No había ya posibilidad de parlamento, así que Pizarro se limitó a dar la orden de ataque. A los pocos segundos, Pedro de Candía detonó sus cañones y, a base de bala y metralla (y entre un tremendo estruendo) empezó a aniquilar incas. Sus arcabuceros hicieron otro tanto y, apoyados en trípodes, comenzaron a llenar la plaza de humo con sus continuos disparos. El tronar fue brutal y, como cabía esperar, también lo fue el desconcierto de los enemigos .
Acto seguido, los jinetes espolearon a sus caballos para lanzarse contra la muchedumbre mientras, por su parte, los hombres de retaguardia cerraban las tres entradas a la plaza. Los incas habían quedado atrapados en una ratonera. «Los españoles empezaron a acuchillar , empalar , rajar , soltar hachazos y hasta a decapitar a cuantos indígenas tenían al alcance, utilizando sus afiladísimos puñales, lanzas y espadas», explica -por su parte- el hispanista.
La vista de los jinetes (enfundados en una coraza y acompañados de sus espadas) causó auténtico pavor entre los incas. De hecho, el terror cundió de tal manera que las primeras líneas de las formaciones se dieron la vuelta y -con gran empuje- iniciaron una retirada desesperada a cualquier precio. La avalancha fue tan grande que, en su intento desesperado por escapar, los hombres de Atahualapa aplastaron a los compañeros que estaban ubicados tras ellos . Decenas murieron asfixiados o bajo los pies de sus amigos mientras los españoles seguían avanzando hacia el emperador a base de espada.
Pizarro, al ataque
Pizarro tampoco se quedó atrás. Como bien explica el cronista Francisco de Jerez , se lanzó a la carga con sus hombres: «El gobernador se armó […] y con los españoles que con él estaban entró por medio de los indios; y con mucho ánimo, con los cuatro hombres que le pudieron seguir, llegó hasta la litera donde Atabilpa estaba, y sin temor le echó mano del brazo izquierdo, diciendo: “ Santiago ” [pero] no le podía sacar de las andas [la litera]». Bajo la litera, el líder español acabó con todo aquel dispuesto a seguir sujetando la silla de su señor.
Su furia llegó a ser tal que cercenó varias cabezas de nativos. Sin embargo, siempre había otro que ocupaba el lugar del primero para evitar que Atahualpa fuese capturado. «Continuaron de esta guisa mucho tiempo, luchando y matando indios hasta que, casi exhausto , un español intentó apuñalar a Atahualpa con su cuchillo. Pero Francisco Pizarro paró el golpe y al hacerlo el español que quería matar a Atahualpa hirió al gobernador en la mano», explica Pedro Pizarro en sus crónicas.
Parecía que no había forma de capturar vivo a Atahualpa . Sin embargo, la situación cambió drásticamente cuando siete jinetes -decididos como estaban a terminar de una vez con aquella batalla- se lanzaron en tropel contra la litera para ayudar a Pizarro. Tras acabar con los que se atrevieron a interponerse en su camino, lograron ubicarse cerca de la silla del líder inca y arremeter contra ella. La fuerza fue tanta que lograron finalmente volcarla .
Así fue como acabó todo ya que, aprovechando que el rey estaba en el suelo, los conquistadores españoles se lo llevaron hasta unos aposentos cercanos, donde lo encerraron.
Posteriormente, los jinetes iniciaron la persecución del ejército contrario. Dirigieron sus espadas especialmente contra aquellos que tenían ricos uniformes, por considerarlos los de mejor posición. «Los españoles los persiguieron por todas partes. […] No murió ningún español », explica Henri Lebrún en su obra « Historia de la conquista de Perú y de Pizarro ». Por el bando de Atahualpa las cifras son varias, pero se cree que unas 4.000 personas perdieron la vida.
Hacia la muerte
Después de la toma de Cajamarca y la victoria contra los incas, Pizarro mantuvo preso a Atahualpa , aunque simulando que era su huésped. En un intento de escapar, el emperador prometió al extremeño pagar su libertad. Según las crónicas, prometió llenar «de oro una sala que tiene veinte y dos pies en largo y diez y siete en ancho, llena hasta una raya blanca que está a la mitad del alto de la sala, que será lo que dijo de altura de estado y medio, y dijo que hasta allí henchiría la sala de diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelas, y otras piezas, y que de plata daría todo aquel bohío dos veces lleno, y que esto cumpliría dentro de dos meses».
Pizarro aceptó, pero cuando vio cumplidos sus deseos de oro se negó a liberar a Atahulpa. Con todo, envió a 60 de sus hombres junto a su hermano Fernando para relatarle al monarca español lo sucedido y entregarle su parte de las riquezas. Un número inconmensurable, en palabras de los expertos. Posteriormente hizo un juicio al inca en el que él y otros tres oficiales ejercieron como jueces. En principio, se le condenó a ser quemado vivo , pero antes de fallecer abrazó la religión cristiana. Al final, tras ser bautizado se le conmutó la pena y terminó siendo ahorcado.
Laurent Binet ha señalado que en su visita a la Feria del Libro de Lima descubrió la historia precolombina. (Foto: Daniel Mordzinski)
En su libro “Civilizaciones”, el escritor francés pone la historia de cabeza. Atahualpa, el último inca, en vez de ser capturado por Pizarro en Cajamarca, logra conquistar a Europa y sumarla como quinto suyo de su imperio. Tras obtener el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, Binet presenta su nueva novela en la plataforma digital del Hay Festival de Arequipa.
Vikingos en América, Cristóbal Colón capturado en las indias y Atahualpa como gran emperador del Viejo Mundo: al hablar de “Civilizaciones”, la más reciente novela del escritor francés Laurent Binet, varios son los críticos que han apelado a la palabra juego en su análisis. En efecto, “Civilization” es el título de un videojuego de estrategia diseñado por Sid Meier en 1991, que ha conocido diversas secuelas y en el cual el autor se inspira para replantear la historia y contarla de una manera muy diferente, aunque conservando siempre a sus reconocidos protagonistas. Sin embargo, cuando las noticias que nos llegan de Europa nos hablan de un maestro decapitado cerca de París por mostrar unas caricaturas de Mahoma, o de atentados terroristas en Viena reivindicados por el Estado Islámico, uno puede imaginar que, más allá de una intención lúdica, Binet también parece llevar a cabo una misión urgente: quitarle el poder simbólico a Occidente para hacer posible un diálogo horizontal entre culturas y religiones.
Como señala Binet en esta entrevista vía Zoom, su libro propone relativizar las relaciones entre Europa y América, Occidente y Oriente, así como nuestras diversas concepciones sobre dios y las religiones. Cuando escribe sobre cómo el culto al sol de los Incas pone en jaque a la religión católica, teniendo a Enrique VIII como principal aliado (deseoso de contar con un Acllahuasi al lado de la torre de Londres), el escritor francés intenta ofrecerle al lector una mirada extraña para obligarlo a reflexionar sobre estos temas desde una diferente perspectiva. “Sin duda, un mensaje del libro es relativizar la importancia de la religión, la visión que tenemos sobre dios. Con todos los atentados que estamos sufriendo recientemente en Europa, analizar el conflicto entre las religiones es muy importante”, afirma.
“Creo que es importante colocar a la religión en su dimensión histórica. Supongo que si los incas hubieran invadido Europa, la religión predominante sería el culto al Sol. Lo que no quiere decir que el Sol sería mejor que Cristo. Lo único cierto es que son los vencedores los que deciden. Los incas tenían una política de expansión mucho más cercana a la de los romanos, ninguno de ellos buscaban influir religiosamente en los pueblos bajo su dominio. Lo único que los incas hubieran exigido a los territorios conquistados es que se respetara la fiesta del Sol. Algo muy diferente sucede con el cristianismo y el islamismo, que son más bien religiones proselitistas. En ello radica su intolerancia”, afirma.
Cuando te entrevisté en Lima por tu novela “La séptima función del lenguaje”, recuerdo tu entusiasmo por visitar el interior del país. ¿Cómo fue tu investigación en el Cusco previa para escribir “Civilizaciones”?
Antes de conocer el Perú, había visitado en París una exposición sobre los Incas y los conquistadores, en la que descubrí la historia increíble de la captura del Inca Atahualpa en Cajamarca y la aventura de la conquista española. Luego, en mi primer viaje a Lima, cuando vine a presentar “HHhh”, me marcó mucho una visita al Museo Larco, donde vi piezas arqueológicas de las culturas prehispánicas increíbles, totalmente desconocidas para mí. Los quipus me resultaron fascinantes. Cuando regresé a París, hablaba del Perú y de los Incas a todo el mundo. Un amigo me hizo leer el libro del historiador Jared Diamond “Armas, Gérmenes y Acero” en el que se planteaba la pregunta de si Pizarro había capturado a Atahualpa, ¿por qué no podía haber ocurrido lo contrario? Es decir, Atahualpa capturando a Carlos V. Así se me ocurrió la idea del libro. Cuando regresé al Perú por segunda vez, viajé al Cusco, pero llegue también a Quito, de donde procedía Atahualpa. Ya había empezado a escribir el libro entonces.
Incas conquistando Europa… el peruano que lee tu novela no puede evitar experimentar un sentimiento de ingenua revancha…
Los franceses nos identificamos mucho con la gente que ha sido derrotada. Mis abuelos perdieron la guerra contra los nazis y la generación de mis padres perdía siempre al fútbol con Alemania. A mí me encanta las sociedades que han enfrentado derrotas. No tengo nada contra los españoles, pero me encantó la idea de poder ofrecerle a los que perdieron la oportunidad de una revancha.
En general, no hay muchas novelas que apelan al recurso de la ucronía (la reescritura de la historia). Uno piensa en “El Hombre en el Castillo” de Phillip K. Dick, en la que los nazis vencen en la guerra. ¿Por qué crees que los escritores no suelen arriesgarse a desmantelar la historia? ¿Es que no saben después qué hacer con las piezas al desarmar su mecanismo?
Es eso lo que justamente me gustó del juego de construcción histórica. Poder satisfacer mi interés por la historia, pero también mi gusto de escritor. Es muy complicado, pero también muy excitante. Me permitió comprender muchas cosas. Por ejemplo, en este juego de estrategia, ¿cómo se puede conquistar un imperio con solo 200 personas? Había que ser un estratega para la guerra, pero también un diplomático, alguien con una enorme capacidad para negociar con los enemigos de tu enemigo. También hay que ser un aventurero, capaz de saber actuar en el momento indicado. Este juego de estrategia me permitió de comprender las organizaciones sociales, económicas, políticas, religiosas de los Incas y de la Europa del siglo XVI. Todo ello fue apasionante.
Al momento de repartir las cartas de la historia, planteas un terreno más parejo. En tu ficción, los vikingos ya habían expandido la plaga siglos antes, lo que permite a los americanos resistir con éxito a Colón. Asimismo, asumes que aprendimos de los vikingos los usos del arado, el caballo, y la rueda. ¿Crees que estas eran las tecnologías que permitieron la expansión de occidente?
A partir del libro de Diamond entendí que eran tres los factores determinantes que permitieron la conquista: el hierro, los caballos y las plagas. Mi trabajo como novelista era inventar cómo podía acoplar estas tres ventajas en beneficio de los Incas. Hay pruebas de que los vikingos hicieron breves incursiones por el norte de Canadá, pero esa presencia fue totalmente olvidada. Me preguntaba qué hubiera pasado si hubieran continuado aquel viaje más al sur de América. Me gusta pensar que el factor determinante de toda esta historia es el azar.
En tu novela, es el viaje de los vikingos el que se recuerda y más bien es el de Cristóbal Colón el que se olvida. En estos tiempos en que buscamos destruir la estatua de Colón, tú prefieres desmontarlas simbólicamente…
Pienso que Colón fue el responsable del cambio más profundo en la historia del mundo. Nunca se ha visto un personaje que haya cambiado la historia tan radicalmente. Pero no me parece que esté tan mal retirar las estatuas. Ustedes lo hicieron con la estatua de Pizarro, ¿verdad? Los españoles me preguntaban mucho por las estatuas de Colón derribadas, y yo les respondí que si tuvieran una estatua de Napoleón ubicada en la Plaza Mayor de Madrid, quizás también les molestaría. Pienso que es algo parecido la relación de la imagen de Colón en América.
Tu libro no es solo una ucronía, sino también una parodia de diferentes registros narrativos, como son las sagas nórdicas, los diarios de navegación y las crónicas de Indias. ¿Cómo fue el juego con aquellos textos históricos?
Son tres estilos profundamente diferentes. Por ejemplo, las sagas islandesas están repletas de frases cortas, y muy densas. Dicen muchas cosas en pocas líneas. Hay pocos detalles y van muy rápido. En los diarios de Colón, se habla mucho de Dios y se pregunta mucho por donde está el oro. Fue muy fácil imitarlo. De todas maneras, lo que hice fue insertar frases verdaderas en medio de mi novela, para crear un efecto de realidad máxima. Sucede lo mismo cuando pongo a conversar a Cervantes con Montaigne. Todas las respuestas del ensayista francés son verdaderas. Como un rompecabezas, tomaba partes de un libro y de otro para acoplarlas en mi novela para darles un nuevo sentido.
“Civilizaciones” en el Hay Festival Digital Arequipa
Laurent Binet presentará su obra este sábado 7 de noviembre a las 11:30 a.m. en el Hay Festival Digital Arequipa 2020. Las inscripciones están disponibles desde la página web www.hayfestival.org/arequipa o https://bit.ly/2HXzlUz
Booktrailer “Civilizaciones” de Laurent Binet
Fuente: El Comercio Enlace original de la Nota:
https://elcomercio.pe/luces/libros/laurent-binet-en-el-hay-festival-de-arequipa-si-los-incas-hubieran-invadido-europa-la-religion-predominante-hoy-seria-el-culto-al-sol-entrevista-noticia
Autor de la nota: Enrique Planas
Redactor de Luces y TV+ [email protected]
La zona central andina de la América del Sur es uno de los ámbitos más ricos en vestigios de importantes civilizaciones antiguas en todo el mundo. En la antigüedad existieron en esta zona varias culturas muy desarrolladas que, desde muchos siglos antes del comienzo de nuestra era fueron apareciendo y desapareciendo y superponiéndose unas a otras, hasta llegar a confluir todas en una sola, que se convertiría en una de las más importantes civilizaciones de todos los tiempos: el imperio Inca.
Aproximadamente a partir del año 1200 a. C. comienzan a desarrollarse las primeras culturas en la zona de la costa norte del actual Perú. Es en esta época cuando empiezan a surgir los primeros indicios del nacimiento de núcleos poblacionales, pequeñas aldeas que configuran los primeros antecedentes del urbanismo andino. Con el correr de los años, los centros religiosos se van transformando en populosos núcleos urbanos que albergan residencias, mercados, y órganos administrativos, políticos y religiosos. La economía de estos centros se apoyaba primordialmente en el desarrollo y control de grandes extensiones territoriales dedicadas a la economía agrícola y la ganadería, mientras que el mantenimiento específico de los órganos de poder residía en un sistema de tributación del pueblo que incluiría no sólo la aportación de materias primas sino también de la prestación de labores en obras públicas, o prestando servicios a las clases dirigentes.
Se estima que estas clases llegaron a tener riquezas extraordinarias, hecho comprobado con los hallazgos arqueológicos, especialmente de tumbas de señores de la cultura Moche, entre otros. Precisamente esta cultura fue una de las más importantes de la era pre incaica, habiéndose iniciado en la zona de los valles de Chicama y Moche, para luego, alrededor del año 200 a. C. comenzar a expandirse hacia otros valles. Otras civilizaciones de importancia comenzaron a aparecer en diferentes zonas desde el norte de Perú hasta la actual Bolivia, que con el correr de los siglos desarrollarían las bases de la cultura incaica. Pueblos como la civilización Moche, Tiawanaku, Nazca y Chimú, dejaron todo su bagaje cultural como herencia a aquellos que se encargarían de llenar su espacio y desarrollar una cultura que iba a ocupar el lugar, político y territorial, de todas ellas, llegando a convertirse en una de las más importantes civilizaciones de todos los tiempos.
El Imperio inca (quechua Tawantinsuyu, a veces castellanizado Tahuantinsuyo) fue la etapa en que la civilización Inca logró su máximo nivel organizativo y se consolidó como el estado prehispánico de mayor extensión en América. Abarcó los territorios andinos y circundantes desde San Juan de Pasto, al norte, hasta el río Maule, al sur; actualmente territorios del sur de Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia, hasta el centro de Chile y el noroeste de Argentina. El Tawantinsuyu (nombre original que tuvo el imperio) significa en quechua: «las cuatro regiones» y proviene de la división en suyos que tuvo: ‘Chinchay Suyu o Chinchasuyo al norte, Qulla Suyu o Collasuyo al sur, Antisuyu o Antisuyo al este y Contisuyu o Contisuyo al oeste. La capital del Imperio fue la ciudad de Cuzco (conocida como el «ombligo del mundo«), por ser el centro de desarrollo de la etnia Inca desde sus inicios y su fundación -según la tradición- por Manco Cápac.
Luego de este periodo de apogeo el imperio entraría en declive por diversos problemas, siendo el principal la confrontación por el trono entre los hijos de Huayna Cápac: los hermano Huáscar y Atahualpa, que derivó incluso en una guerra civil. Finalmente Atahualpa vencería en1532, sin embargo su ascenso al poder coincidiría con el arribo de las tropas españolas al mando de Francisco Pizarro; estas capturarían al Inca y luego lo ejecutarían. Con la muerte de Atahualpa en 1533 culmina el Imperio Inca, sin embargo, varios incas rebeldes, conocidos como los «Incas de Vilcabamba«, continuarían la lucha contra los españoles hasta 1572cuando fue capturado y decapitado el último de ellos: Túpac Amaru I.
La municipalidad provincial de Cajamarca y el Plan Copesco invertirán unos dos millones de nuevos soles en la ejecución de dos proyectos de conservación y acondicionamiento del Cuarto del Rescate, ubicado en el Centro Histórico de la ciudad norandina, informó hoy una autoridad regional.
Los trabajos de conservación de la estructura lítica del monumento y el mejoramiento del entorno urbano arquitectónico, que abarca las cuadras diez y seis de los jirones El Comercio y Belén, respectivamente, se iniciarán en agosto tras culminar la actualización de costos del expediente técnico y llevar a cabo el proceso de licitación.
Carla Díaz García, directora regional de Cultura, explicó que se trata de dos proyectos importantes que permitirán la puesta en valor del Cuarto del Rescate, un monumento muy valioso para los cajamarquinos y el país.
La estructura ha sufrido daños, alteraciones y usos inadecuados que han hecho que la piedra se debilite, y su recuperación requiere de un tratamiento bastante delicado, indicó.
“No podemos decir que ha estado descuidado, lo que sucede es que arrastra estos problemas desde hace muchos años, antes de que pasara a la administración del desaparecido Instituto Nacional de Cultura”, sostuvo.
Recordó que cuando pasó a la institución empezó el proceso de recuperación, aunque con ciertas limitaciones debido al alto costo de la operación.
«El problema del Cuarto del Rescate es que se encuentra en un lugar cerrado y eso impide una adecuada evaporación de la humedad, además propicia la acumulación de gases y la contaminación», explicó.
La Dirección Regional de Cultura (DRC) planteó al municipio de Cajamarca la intervención sostenible del recinto y continuar la etapa de liberación de las construcciones aledañas que asfixian a la estructura lítica.
El Cuarto del Rescate fue escenario de uno de los episodios más trascendentales de la historia americana, cuando un grupo de españoles, al mando del conquistador Francisco Pizarro, tomó preso al inca Atahualpa.
Según las crónicas, Atahualpa llenó el Cuarto del Rescate una vez de oro y dos veces de plata hasta donde alcanzó su mano. Una marca en el muro de piedra señala hasta dónde se llenó el recinto.