Los eficientes correos que hacian llegar los chasquis a los rincones del imperio incaico

Al igual que Roma y el Pony Express, la expansión del imperio incaico se vio favorecida por una extraordinaria red vial que permitió las comunicaciones rápidas y eficientes entre los distintos puntos del Tahuantinsuyo.

En el caso andino, la ausencia de caballos obligó a que los chasquis, un cuerpo de mensajeros expertos y disciplinados, transmitieran las noticias a pie. Su eficacia fue tal que los españoles los mantuvieron en servicio durante mucho tiempo después de la conquista.

Chaski es una palabra quechua que significa «recepción, aceptación, consentimiento». Sin embargo, en el contexto de los incas, se utilizaba para referirse a los mensajeros que transportaban información a través de la red vial del imperio.

El término para «mensajero» en general era kacha, pero en el caso de los incas, se utilizaba para referirse a los embajadores y/o emisarios personales de la realeza. Esta distinción la hace el Inca Garcilaso de la Vega, quien era un mestizo hijo de un conquistador español y una princesa inca.

En 1609, el mestizo Inca Garcilaso de la Vega publicó su obra Comentarios Reales de los Incas, un relato histórico y cultural de la civilización incaica. El capítulo VII de esta obra está dedicado a los chasquis, los mensajeros del imperio incaico. El relato de Garcilaso es una de las principales fuentes documentales sobre los chasquis, pero no es la única. El Primer nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, es otra importante fuente, ya que cuenta con ilustraciones que ofrecen un valioso testimonio visual de los chasquis.

Ilustraciones de Guamán Poma de Ayala en su libro Nueva coronica y buen gobierno: a la izquierda, un autorretrato (dominio público en Wikimedia Commons); a la derecha, fray Martín de Murúa -con quien tenía mala relación- golpeando a un indio (dominio público en Wikimedia Commons).

Los cronistas españoles Juan de Betanzos (explorador y cronista que formó parte de la expedición de Pizarro y Almagro, ejerciendo de intérprete gracias a que aprendió a hablar quechua), fray Martín de Murúa (un fraile mercedario doctrinero que además de quechua también aprendió aimara), Juan Polo de Ondegardo y Zárate, entre otros, proporcionan valiosa información sobre los chasquis, los mensajeros del imperio incaico.

Gracias a sus relatos, sabemos que los chasquis jugaron un papel importante en la formación y expansión del incanato. Mantenían informada a la cabeza del imperio de todo lo que sucedía en los distintos territorios, ya fuera información de otros o propia. Además, eran espías que recopilaban información sobre los enemigos del imperio.

Por estas razones, los chasquis eran considerados una figura singular y de gran importancia. Su oficio era reservado a los hijos de los curacas, los caciques locales de lealtad probada.

La red viaria inca(Imagen: Hayli en Wikimedia Commons)

Los chasquis eran mensajeros del imperio incaico que transmitían órdenes del Sapa Inca a los jefes políticos y militares de las provincias, y viceversa.

Para realizar su labor con rapidez, los chasquis contaban con una infraestructura viaria que mantenía comunicados los territorios del imperio con la capital. Además, eran físicamente muy aptos, ya que se les entrenaba desde la infancia en carrera, natación, conocimiento de rutas y vados, puentes y atajos.

Sin embargo, los chasquis eran humanos y, por tanto, limitados. Para compensar esta limitación, el servicio se realizaba mediante un sistema de postas: un chasqui recorría a la mayor velocidad posible la media legua (2,5 kilómetros) que tenía asignada. Esta era la distancia a la que se sucedían los tambos menores, construcciones atechadas que servían de almacenes, arsenales y albergues.

También existían tambos más grandes, situados a mayores distancias, como los del Qhapaq Ñan o Camino Real del Inca, que estaban a veinte o treinta kilómetros (una jornada a pie). Estos tambos se utilizaban para acoger tropas o brigadas de trabajadores en desplazamiento.

Correr un par de kilómetros y medio puede parecer poco impresionante en la actualidad, pero debemos tener en cuenta que los chasquis incas lo hacían hace medio milenio, en un entorno andino con una altitud de hasta 3.399 metros sobre el nivel del mar. Esta altitud produce efectos negativos en el organismo, como el mal de altura, que puede provocar dolor de cabeza, taquicardia, náuseas e insuficiencia respiratoria.

Además, según el cronista Polo de Ondegardo, la distancia entre postas era mayor de lo que se suele pensar, de una legua y media (7,5 kilómetros). Esto significa que los chasquis debían recorrer una distancia mucho mayor que la que se suele imaginar.

En los tambos menores, situados a una distancia de media legua (2,5 kilómetros), esperaban varios compañeros del chasqui, entre cuatro y seis individuos. Uno de ellos relevaba al que acababa de llegar, que pasaba a descansar en una pequeña cabaña ad hoc denominada chasquihuasi (casa del chasqui). Los demás esperaban la posible venida de otros chasquis en una u otra dirección.

En el siguiente puesto se repetía la operación. Los relevos ya estaban preparados, ya que cuando un chasqui se aproximaba a la cabaña, la podía ver desde lejos debido a que se construían en sitios elevados con ese objetivo. Para anunciar su aproximación, hacía sonar un pututu (caracola grande).

El tambo de Conchamarca, ubicado en el Camino Inca a Machu Picchu/Imagen: D. Gordon E. robertson en Wikimedia Commons
El único tiempo que perdían los chasquis era el necesario para transmitir el mensaje. Este podía ser oral, en cuyo caso el relevo debía aprenderlo de memoria, o escrito en un quipu, un conjunto de cuerdas y nudos que codificaban la información.

Se desconoce si los chasquis sabían leer los quipus o si esta tarea era exclusiva de los quipucamayoc, los expertos en este sistema de escritura. Es posible que la respuesta dependiera de la naturaleza de los datos, ya que algunas fuentes indican que la información escrita en los quipus era incompleta y debía completarse con la parte oral que había memorizado el chasqui.

Los chasquis estaban de servicio las veinticuatro horas del día durante un mes, momento en el que eran sustituidos por un nuevo equipo. También trabajaban de noche, con buen tiempo o con mal tiempo. Si era necesario mejorar la visibilidad, encendían hogueras. Esto también se hacía si las noticias requerían una mayor rapidez, como en el caso de una invasión.

Guamán Poma de Ayala aporta curiosos datos sobre los chasquis, no solo sobre su velocidad, sino también sobre su organización y equipamiento.

«… hase de saber que el rey Inga tenía de dos maneras de correón en este reino: el primero que se llamaba churo mullo chasqui, correón mayor, que de más de quinientas leguas le traían caracoles vivos, que mulo (sic. Mullu) es caracol, de la mar de Novo Reino, éstos estaban a media legua; y correón menor se llamaba carochasque, estaba puesto a una jornada de cosa pesada. Y éstos correones han de ser hijos de principales, de caballeros fieles, y probado, ligeros como un game. A éstos lo pagaba y proveía el Inga como Señor y Rey y traían por señal en la cabeza un quitasol grande de plumas que le cubría toda la cabeza para que le viesen de lejos, y una trompeta que le llama uaylla quipa y daban un grito grandísimo y tocaba la trompeta, y por arma traía un chambi y una honda. Y ansí gobernaban la tierra estos dichos correones y eran libres de todo cuanto hay ellos como sus mujeres e hijos, padre, madre, hermanos y hermanas, y así de día y de noche nunca paraba en cada chasqui había cuatro indios diligentes en este reino.»

Los chasquis eran fácilmente reconocibles por el penacho de plumas blancas que llevaban en la cabeza. Viajaban ligeros, llevando solo el quipu y el pututu, y estaban armados con huaraca y champi para protegerse.

Pedro Cieza de León, un cronista español del siglo XVI, describe a los chasquis como personas discretas que nunca revelaban el contenido de los mensajes que transportaban, ni siquiera bajo amenazas o sobornos.

Según un estudio realizado en la década de 1950 por el arqueólogo estadounidense Victor Wolfgang von Hagen, los chasquis eran capaces de correr un kilómetro en cuatro minutos y mantener ese ritmo durante otros cuatro minutos. Esto significa que, a base de relevos, un mensaje podía recorrer entre 15 y 20 kilómetros en una hora, o unos 300 kilómetros al día.

Los cronistas españoles dieron fe de ello. Polo de Ondegardo recoge en un informe:

«…afirman que desde Cuzco hasta Quito, que son quinientas leguas y la mayor parte tierra muy áspera, cuanto más tardaban de ida y vuelta eran veinte días, y es de creer porque después acá, cuando ha habido guerras y otras necesidades en la tierra, hemos usado nosotros de este remedio de los chasquis, lo cual como era orden vieja y estaba repartido y aún las casillas en la mayor parte están el día de hoy hechas, luego en mandándoselo, los ponen y algunas veces yo los he hecho poner, y no hay duda sino que entre día y noche debían de correr las cincuenta leguas que dicen (…) y he recibido cartas a razón de treinta y cinco leguas en sólo un día y una noche. Otras veces he visto llegar cartas de Lima al Cuzco en cuatro días, que son ciento veinte leguas, casi todas caminos accidentados y muy difíciles de caminar. «

Estatua policromada de un chasqui en el Museo de Correos de Lima/Imagen: Wikimedia Commons

Juan de Betanzos dice que el Sapa Inca recibía todos los mensajes en un plazo de cinco o seis días, mientras que Martín de Murúa pone un interesante ejemplo:

«Cuando el Ynga quería comer pescado fresco de la mar, con haber setenta u ochenta leguas desde la costa al Cuzco, donde él residió, se lo traían vivo y buyendo, que cierto parece cosa increíble en trecho y distancia tan larga, y en caminos tan ásperos y fragosos, porque lo corrían a pie y no a caballo, pues nunca los tuvieron hasta que los españoles entraron en esta tierra.»

Murúa añade que el décimo sapa inca, Túpac Yupanqui, a quien considera creador de los chasquis (en cambio, Pedro Sarmiento de Gamboa y Juan de Betanzos lo atribuyen respectivamente a su padre Pachacútec y su abuelo Viracocha Inca), dio orden de seleccionar «entre los indios los que fuesen más prestos y ligeros, y tuviesen más aliento en correr», pasando a detallar aspectos de su adiestramiento y capacidad:

… «y así los probaba, haciéndoles que caminasen corriendo por un llano y, después, que bajasen por una cuesta con la misma ligereza, y después subiesen una cuesta agria y fragosa, sin parar, y a los que en esto se señalaban y lo hacían bien, daba oficio de correos, y se ejercitaba cada día en la carrera. De suerte, que eran tan alentados que alcanzaban los venados y aun vicuñas, que son animales silvestres ligerísimos, que se crían en los páramos y desiertos más fríos.»y así los probaba, haciéndoles que caminasen corriendo por un llano y, después, que bajasen por una cuesta con la misma ligereza, y después subiesen una cuesta agria y fragosa, sin parar, y a los que en esto se señalaban y lo hacían bien, daba oficio de correos, y se ejercitaba cada día en la carrera. De suerte, que eran tan alentados que alcanzaban los venados y aun vicuñas, que son animales silvestres ligerísimos, que se crían en los páramos y desiertos más fríos.»

Asimismo, informa de que quien no corriera como era esperado recibía como castigo un porrazo en la cabeza o cincuenta golpes en la espalda o le rompían las piernas, seguramente por orden del Hatun Chasqui (Churo mullo chasqui, según Guamán Poma de Ayala) una especie de correo mayor que, no obstante, también otorgaba premios.

Y concluye que los españoles no desaprovecharon tan excelente servicio, manteniéndolo en activo como tal hasta 1613 -cuando empezaron a generalizarse en América caballos y mulas- bajo la dirección de la familia Galíndez de Carvajal, concesionaria del correo en las Indias:

«El día de hoy se ha continuado, por los Virreyes y gobernadores deste reino, este ministerio de chasquis, como necesarísimo para el buen gobierno y utilidad dél, y así le tienen sustituido en todos los caminos reales que hay desde la Ciudad de los Reyes, donde residen, por la Sierra, subiendo hasta Jauja, Guamanga, Andaguailas, Cusco, Collao, Chucuito y Huguiapó, Potosí y la Plata, y en el camino de la costa por Cañete, Yca, Lagasca, Camaná, Arequipa, y Arica, y así a abajo desde Lima hasta Paita y Quito, que ha sido un medio muy acertado para el reino y para los mercaderes y tratantes, y todo género de personas, saliendo cada mes el primer día, sin falta ninguna.»

Articulo basado en el obra del autor: Jorge Álvarez, publicado en www.labrujulaverde.com con el título original: Chasquis, los eficientes correos que comunicaban todos los rincones del imperio incaico.
Fuentes
Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los incas | Felipe Guamán Poma de Ayala, Nueva coronica y buen gobierno | Juan de Betanzos, Suma y narración de los Incas | Martín de Murúa, Historia general del Perú | Jorge F. Buján, Ciudades y territorio en américa del Sur del siglo XV al XVII | Gonzalo Lamana Ferrario (ed.), Pensamiento colonial crítico. Textos y actos de Polo Ondegardo | Juan Gargurevich Real, La comunicación imposible: información y comunicación en el Perú | Jean-Claude Valla, Los incas | Wikipedia

Machu Picchu no es la única ciudadela de Perú ni los incas lo hicieron todo

En coincidencia de eventos y opiniones vertidas recientemente acerca de las culturas precolombinas y su importancia en la cultura peruana, como por ejemplo las expresadas por el ilustre y recientemente fallecido arqueólogo peruano Santiago Uceda Castillo en la exposición “Perú antes de los incas” del Museo Quai-Branly-Jacques-Chirac, en París, Francia, que tiene la ambición de cambiar nuestra visión del Perú –la muestra estará hasta el 1ro de abril del 2018–, la versión digital del diario El País de España, ha publicado un artículo titulado «Los otros Machu Picchu «, el cual, y al igual que Uceda, describe la importancia de las culturas precolombinas en la formación y auge de la cultura Inca y ofrece alternativas interesantes e importantes de lugares arqueológicos que merecen la atención de los turistas e investigadores.

Los otros Machu Picchu

Ni Machu Picchu es la única ciudadela de Perú ni los incas lo hicieron todo. El país andino pone en valor otras construcciones grandiosas para diversificar el turismo. Aquí van tres de las mejores

Choquequirao
Hay dos errores recurrentes entre los viajeros a Perú. Creer que Machu Picchu es único. Y confundir la historia precolombina de Perú con la de los incas. El Imperio inca duró 100 años, desde 1438 hasta 1532, cuando Pizarro hizo preso a Atahualpa en Cajamarca. Imposible en tan corto periodo de tiempo aprender y desarrollar semejantes técnicas constructivas, agrícolas y de organización territorial como de las que hicieron gala los quechuas. En realidad los incas solo fueron la punta de un iceberg de más de 5.000 años de historia en los que sucesivos pueblos, desde los paracas a los huari, pasando por los mochicas, los chancas o los chimu fueron acumulando conocimientos y sabiduría para domesticar un territorio tan vasto. Los incas heredaron esos conocimientos y los mejoraron, pero digamos que el copyright no es completamente suyo. Por eso hay muchos machupicchus en Perú y no todos hechos por los incas. Estos son tres yacimientos arqueológicos de suma importancia que también deberías conocer:

Muralla de la ciudadela de Kuelap.
En marzo del año pasado el presidente Pedro Pablo Kuczynski inauguró el primer telecabina del país. La infraestructura -de 26 góndolas- permite a los visitantes acceder en 20 minutos a la ciudadela de Kuelap, ahorrando un viaje de 32 kilómetros por pistas de tierra que demoraba 90 minutos. Kuelap es la mayor ciudad conocida de la cultura chachapoyas, un pueblo que floreció en la ceja de selva en lo que hoy es el departamento de Amazonas, entre el siglo VIII y el XVI. Es decir, muchos antes de que aparecieran los incas. Fueron unos grandes maestros de la piedra y levantaron en un cerro de forma alargada a 3.000 metros de altitud, en el valle del río Utcubamba, afluente del Amazonas, la increíble ciudad-fortaleza de Kuelap. Nada más llegar impresiona la muralla de sillar de piedra caliza que rodea todo el conjunto. Tiene 20 metros de alta y se encuentra en buen estado de conservación. Tres estrechos pasadizos, por los que un hipotético ejército atacante hubiera tenido que pasar de uno en uno, dan acceso al interior.

Allí se despliegan las evidencias de más de 500 viviendas circulares, además de torreones, observatorios astronómicos, restos de viviendas de sacerdotes y nobles y el templo Mayor, en forma de cono truncado e invertido. Kuelap estuvo comida por la selva hasta 1843, cuando un funcionario enviado desde Lima se percató que aquella montaña de piedras era una construcción hecha por el ser humano.

Choquequirao en quechua significa «cuna de oro».
Le llaman la hermana de Machu Picchu, y de hecho no está muy lejos de esta. Es de origen inca y se eleva en otra montaña selvática del departamento de Cusco, a 169 kilómetros de la capital. Choquequirao, que en quechua significa «cuna de oro», fue un centro cultural y religioso. Probablemente más importante que Machu Picchu, solo que esta última está ahora excavada, accesible y puesta en valor, mientras que muchos secretos de Choquequirao están aún bajo la maleza. Y más importante aún: no hay carretera para llegar a ella; la única manera es a pie o en mula, salvando 63 kilómetros (entre ida y vuelta) desde la aldea de Cachora, un pueblito colonial de casas de adobe en la cuenca del río Apurimac. Esa inaccesibilidad ha mantenido a Choquequirao al margen del frenesí del turismo y hace de su visita una verdadera aventura, solo para viajeros con ganas de salir de rutas trilladas. Funcionó como una especie de puesto avanzado entre la selva amazónica y la capital del imperio, Cusco.

Se le considera también uno de los últimos bastiones de resistencia de los fieles a Manco Inca cuando los españoles sitiaron y tomaron Cusco en 1535. Quedan evidencias de lugares de culto, del complejo sistema de riego, de viviendas para sus casi 10.000 habitantes y, como en Machu Picchu, de los andenes que servía para cultivar y como soporte de las edificaciones.

Templo Mayor de Chavín de Huantar
Mil doscientos años antes de Cristo —contemporáneo por tanto de la Babilonia asiria y el Egipto faraónico—, creció en los Andes peruanos una civilización considerada la madre de todas las demás: Chavín. Su poder se extendía desde Lambayeque al norte, hasta Ayacucho e Ica, al sur (un territorio de más de 1.500 kilómetros de longitud).

El Lanzón, ídolo tallado en piedra en el interior de Chavín.
Las ruinas de lo que fue su capital pueden visitar aún en las cercanías de Chavín de Huantar, un pueblito encantador de la provincia de Huari, departamento de Áncash, en la vertiente este de la cordillera Blanca de los Andes, a 86 kilómetros de Huaraz. Para llegar hay que salvar el paso de Ka­huish, el segundo túnel de montaña más alto del mundo, situado a 4.516 metros de altitud. El yacimiento arqueológico no es tan espectacular como Kuelap o Choquequirao, pero lo que impresiona es su edad y la calidad de las estructuras. Se aprecia muy bien la gran plaza principal del conjunto y buena parte del templo Mayor, además de otras edificaciones menores.

Al excavar el templo Mayor apareció un ídolo de cinco metros de altura tallado en piedra – el Lanzón- que una vez acabados los trabajos se dejó en el mismo lugar en el que sus constructores lo colocaron hace ya más de 3.200 años. Chavín de Huantar no está construido en un valle de suelos fértiles por lo que se cree que tuvo una función de centro ceremonial y de peregrinación. Otra visita inexcusable a ese otro Perú arqueológico que va más allá de Machu Picchu y los incas.

Fuente: El Pais – Blog de Viajes por Paco Nada
https://elpais.com/elpais/2018/02/15/paco_nadal/1518714483_305254.html

Arte Rupestre
ALTO DE LA GUITARRA
CUENCA DEL RIO MOCHE

El «Alto de la Guitarra» se encuentra ubicado en la margen izquierda de la cuenca del río Moche, al fondo de una amplia y árida quebrada fósil del mismo nombre, dista unas 4 horas de camino desde Cerro Blanco, comprensión de Quirihuac (aproximadamente a 30 km de la ciudad de Trujillo, Región La Libertad, Perú, Sudamérica).

En la conjunción de las faldas de dos cerros, a manera de una explanada, distribuidas al azar, se encuentran numerosas piedras de gran tamaño, de superficie más o menos lisa, en las cuales se encuentran esculpidas o grabadas diversas figuras como: reptiles, aves, mamíferos, antropomorfos, figuras geometricas. Se encuentran agrupadas por grupos de representación esquematica, naturales y complejas, huellas que perennizaron la actividad humana de la cultura Cuspisnique (fecha antes de Cristo 1800 a.C.), tambien los hay culturas posteriores que florecieron en esta parte de la costa norperuana y ocuparon los valle Moche y Virú, ambas cuencas unidas por gran camino que aùn existe en la actualidad.

Representacion aves

Existen representaciones antropomorfas, personajes de perfil, así como guerreros ataviados sosteniendo cabezas trofeos, el reconocido ojo Chavín también esta presente; la asociación de estructuras arquitectónicas las cuales condujeron a varios autores sostener que estas tenían la función ceremonial y que probablemente se realizaban allí ritos; de ser así las futuras investigaciones permitirán reconstruir la relación contemporaneidad y presencia de grupos del Formativo asentados en el valle Moche, así como las constantes representaciones que estos dejaron teniéndose en cuenta los motivos; hombre, felino y ave representaciones de estructura simbólica en la base religiosa.

Rocas de Gran tamaño

Las enigmáticas representaciones de huellas de pies grabados como quien asciende una enorme roca, nos versan de una vieja tradición representada con algunas variantes en diversos lugares del Perú; una de ellas es la piedra de San Bartolo de Ascope en el Valle de Chicama. Probablemente hubo narraciones, leyendas de héroes, deidades que reforzaron la superestructura social, permitiendo modelar la conducta de un pueblo hacia el dominio de la agreste naturaleza.

Representación antropomorfa

Otro petroglifo que llama la atención al visitante es la representación de un personaje con cabeza felinica y cola de pez el cual tiene en la mano derecha sujeta un pez, a sido relacionado a la filiación chavín, la peculiaridad de estos grabados ha permitido que varios autores lo traten en sus comparaciones, así mismo los guerreros y/o danzantes de estas manera el sitio es importante en la arqueología peruana ya que existen fecundos e innovadores diseños que dejara el antiguo indígena también existen gran variedad de círculos concéntricos, círculos radiados a manera de rueda, diversas figuras geométricas, así como la cadena trófica; nos revela la presencia de pequeños roedores especies hoy desaparecidas, comparable con otros lugares de nuestra región, la confección de un registro de los diversos sitios permitirá conocer las formas coincidentes e imitativas de yacimientos importantes así como aquellos lugares con escasas evidencias pero con similitud de diseños.

Los restos arqueológicos de esta cultura se encuentran esparcidos en una superficie considerable del camino de la parte alta, expuestos a las inclemencias meteorológicas, especialmente del sol, viento y lluvias; poniendo en peligro los grabados por la constantes erosiones naturales y humanas. El medio ambiente reinante es sumamente árido durante el año; las quebradas, laderas y terrenos ondulantes, están cubiertas de herbazales y flora xerofítica, secuencia de las tórridas lluvias del reciente fenómeno de El Niño.

Representación personaje

Estos testimonios, grabados en piedras visuales se constituyen un genero especifico dentro de la arqueología; un verdadero registro histórico, sus posibilidades de información van mas allá de los restos materiales.

Indicamos algunos antecedentes del lugar: don Manuel Acosta Gutierres, extinto campesino de origen huamachuquino que vivió en el lugar de cerro Blanco, fue guía para muchos visitantes, proporcionó las primeras informaciones verbales, las cuales fueron expuestas al mundo científico destacando entre ellos Hans Horkheimer, Luis Torres Alva, entonces Inspector del Instituto Nacional de Cultura de La Libertad, quien expuso en el «II Congreso del Hombre y la Cultura Andina» (1974). En 1985, el Sr. Torres condujo al Alto de La Guitarra al Embajador Cubano Antonio Nuñez Jiménez, quien incluye calcos de los grabados pétreos en su libro «Petroglifos del Perú».

Según versiones del trujillano Alvaro Trelles (comunicación verbal de mayo de 1997), el renombrado periodista y fotógrafo Gustavo Álvarez Sánchez, en la década del 70, entre otros aspectos de interés arqueológico, publicó en el diario La Industria de Trujillo varios artículos relacionados con el arte rupestre del departamento de La Libertad, incluyendo los grabados del Alto de la Guitarra.

Representación antropomorfa

Para entender las culturas que ocuparon el Alto de la Guitarra es necesario comprenderlas dentro de un desarrollo propio y autogenerado de lo que fue la matriz para alcanzar la alta cultura; indudablemente, esto va mas allá de ser simples representaciones simbólicas, decorativas o artísticas; los aspectos temáticos nos conducen a penetrar en la nebulosa que cubrió el pensamiento social de aquel entonces, lo cual es muy difícil de descifrar.

La variedad de seres representados en las piedras y los misterios que los grabados encierran, constituyen un «lugar sagrado» de petroglifos con testimonios de los seres a quienes rendian culto o adoraban. Las representaciones lineales de diversos figuras zoomorfas y antropomorfas supera los restos materiales, puesto que tras ella está el pensamiento del hombre, su vida espiritual, su visión general del entorno, la relación con la vida, la muerte, sus deidades, y otros grados de simbolización ideológica.

Representación antropomorfa

Las evidencias en el Alto de la Guitarra se hallan asociados a caminos, estructuras arquitectónicas acentuando su procedimiento y elaboración: en su mayoría estos petrograbados están tallados con la técnica superficial, otros están realizados con la técnica del raspado superficial, hay un mínimo que presenta otra modalidad de elaboración. Actualmente las rocas tienen una pátina de color rojo intenso que de alguna forma está deteriorando las lineas talladas.

El acceso al lugar es difícil, tanto por la topografía accidentada del terreno como por lo lejos del centro poblado «Cerro Blanco»; sin embargo, por la plástica de sus diseños consideramos que constituye un poderoso atractivo turístico de carácter especializado y una fuente de investigación arqueológica que ayude a desentrañar los mensajes y misterios Cupisniques, así como para aumentar el bagaje de conocimientos de la culturas de la costa norte del Perú.
Textos: Daniel Castillo Benitez