Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

RESUMEN:

El ordenamiento secuencial de los fenómenos sociales que se dieron a lo largo de la historia peruana es una de las principales tareas de los historiadores y arqueólogos. En el caso de la prehistoria andina (circa 12000 a.C.-1532 d.C.), los estudiosos del pasado y arqueólogos, han propuesto una serie de esquemas para organizar una infinitud de fenómenos sociales, a pesar, incluso, de carecer de fuentes escritas, como el caso de la arqueología precolonial peruana. Si bien se han propuesto importantes esquemas, muchos de ellos han sido superados por los nuevos datos de las investigaciones arqueológicas o, simplemente por su propuesta teórica subyacente, ya no dan cuenta de manera efectiva de los fenómenos sociales que esperaban organizar. En este ensayo se propone una nueva periodificación para la prehistoria peruana que abarca desde el temprano poblamiento de los Andes Centrales, hasta la caída del Imperio de los Incas. El objetivo inmediato de esta propuesta es organizar los fenómenos del pasado de una manera más coherente con respecto a los datos arqueológicos y las discusiones académicas más recientes.

Palabras clave: arqueología peruana, Andes centrales, cronología, periodos, etapas.

ABSTRACT

The sequential ordering of the social phenomena that occurred throughout Peruvian history is one of the main tasks of historians and archaeologists. In the case of Andean prehistory (ca. 12 000 BC-AD 1532), scholars interested in the past and archaeologists have proposed a series of schemes to organize an infinite number of social phenomena, despite even lacking written sources, as is the case of Peruvian pre-Colonial archaeology. Although important schemes have been proposed, many of them have been overcome by new data from archaeological research or, simply because of their underlying theoretical proposal, they no longer effectively account for the social phenomena they hoped to organize. This essay proposes a new periodization for Peruvian prehistory that spans from the early settlement of the Central Andes to the fall of the Inca Empire. The immediate objective is to organize the phenomena of the past in a more coherent way regarding to the most recent archaeological data and academic discussions that allows us to continue with the construction of Peruvian prehistory. Keywords: Peruvian archeology, central Andes, chronology, periods, stages.

Más allá de los horizontes y las etapas: Una propuesta de periodificación para la arqueología peruana

Beyond horizons and stages: A periodization proposal for peruvian archaeology

Henry Tantaleán [email protected]

https://orcid.org/0000-0002-3087-7968

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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Introducción

Desde el inicio de la arqueología como disciplina científica en el Perú, a finales del siglo XIX, una serie de investigadores ha contribuido a la definición y organización de las diferentes entidades sociales que se desarrollaron a lo largo del territorio del Perú (Isbell y Silverman, 2002; Silverman e Isbell, 2008). Incluso, este interés puede remontarse a un momento pre-disciplinario, cuando otros estudiosos comenzaron a estudiar los restos de sociedades que les antecedían (Rivasplata, 2015; Tantaleán, 2021, 2023). Sus esfuerzos, no solamente fueron empíricos, vale decir descripciones de sitios o artefactos, sino que también, se embarcaron en la creación de originales hipótesis y teorías sobre la naturaleza y el carácter de esas sociedades pasadas (Dillehay, 2008; Moore, 2014; Tantaleán, 2016). Con este fin, varios estudiosos del pasado propusieron y describieron marcos temporales o cronológicos para poder organizar su narrativa histórica.

De ese modo, la arqueología, cómo también hace la historia, ha planteado separaciones o divisiones de bloques de tiempo que, en el caso del mundo andino prehispánico, se aplican a más de 14000 años. Asimismo, tales propuestas cronológicas pretenden captar fenómenos sociales que se dan en un espacio bastante extenso y que cubren, en nuestro caso, gran parte de la zona andina, incluso más allá de las fronteras peruanas actuales, un territorio que se conoce en la literatura arqueológica como los Andes Centrales (Quilter, 2022). A la vez, también tienen el desafío de poder expresar las historias locales y regionales, por ejemplo lo que sucede en un solo valle de la costa o sierra peruana.

Con ese objetivo en mente, diversos arqueólogos desarrollaron una serie de sistemas cronológicos desde la fundación de la arqueología científica en el Perú a finales del siglo XIX. Así, por ejemplo, las publicaciones de Max Uhle (1902, 1903a, 1903b) establecieron una secuencia de momentos por los cuales habrían atravesado las antiguas sociedades andinas. Posteriormente, a lo largo de todo el siglo XX, investigadores como Julio César Tello (1921, 1923), Alfred Kroeber (1927), Gordon Willey (1945), Rafael Larco Hoyle (1948), Wendell Bennett (1946), William Strong (1948), Wendell Bennett y Junius Bird (1949), entre otros, plantearon, de acuerdo con su conocimiento de la arqueología andina y sus perspectivas teóricas, propuestas cronológicas para organizar los datos arqueológicos y las culturas que habían descubierto y/o estudiado (ver Lanning, 1963, pp. 22-27; Lumbreras, 1969, pp. 21-27, Ravines, 1970; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010, 93-146; Carmichael, 2019).

Sin embargo, en la actualidad dos son los sistemas de división del largo proceso prehistórico andino más utilizados: el de John Rowe (1962) y el de Luis Guillermo Lumbreras (1969) (Silverman, 2004, p. 11; Silverman e Isbell, 2008; Quilter, 2022, p. 32). En términos generales, el sistema de Rowe estableció la presencia de tres grandes periodos que denominó «horizontes», los cuales se caracterizan por la aparición y existencia de un estilo cerámico y/o arquitectónico que se extendió por gran parte de los Andes Centrales. Estos horizontes se relacionaron con los estilos Chavín, Wari e Inca, a los cuales denominó Horizonte Temprano, Horizonte Medio y Horizonte Tardío, respectivamente. A su vez, entre cada horizonte, Rowe reconoció la existencia de una serie de periodos intermedios (Rowe, 1962), los cuales se reconocían por los estilos que utilizaban las sociedades de una manera más local. A ellos los denominó Periodo Intermedio Temprano y Periodo Intermedio Tardío. Para la parte previa al primer horizonte u Horizonte Temprano, Rowe se valió principalmente de los trabajos de Edward Lanning, pero también de otros investigadores, proponiendo los periodos Precerámico e Inicial, siendo la ausencia o presencia de cerámica el principal indicador arqueológico de tales periodos (ver una versión más lograda en Menzel y Rowe, 1967).

Por su parte, el sistema de Lumbreras se caracterizó por la definición y explicación de etapas o estadios. Desde una perspectiva inspirada en el marxismo, Lumbreras trató de generar una narrativa histórica que tratase de captar y explicar los desarrollos socioeconómicos por los que habrían atravesado las sociedades prehispánicas de los Andes. Así, Lumbreras definió y caracterizó, yendo de lo más antiguo a lo más reciente, las etapas o estadios Lítico, Arcaico, Formativo, Culturas regionales, Imperio Wari, Estados Regionales e Imperio Tawantinsuyu (Lumbreras, 1969, en especial ver el Cuadro de la página 28). A pesar de que su propuesta trataba de evitar problemas previos que observó de anteriores sistemas cronológicos, sus etapas o estadios incorporaron una visión evolutiva y culturalista de las sociedades prehispánicas

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Como era de esperar, ambos sistemas cronológicos han sido criticados durante décadas (Stone-Miller, 1993; Ramón, 2005; Kaulicke, 2010; Swenson y Roddick, 2018, pp. 7-9; Carmichael, 2019; Vega-Centeno, 2020, entre otros). No obstante, hasta la fecha no han podido ser sustituidos pese a que han transcurrido más de 60 años desde sus propuestas originales. Incluso, han existido recientes intentos para actualizar tales sistemas cronológicos (ver, por ejemplo, Kaulicke, 2010; Shady, 2008; Lumbreras, 2019; Burger, 2019; Makowski, 2020), aunque no han estado exentos de críticas. En el mejor de los casos, simplemente se han actualizado/ cambiado las fechas o los nombres de los periodos o etapas propuestas, pero manteniendo la esencia teórica y metodológica incorporada por sus autores desde su génesis. Por tanto, debido a que existe una serie de críticas del aspecto teórico y metodológico, como también por el avance de la cronología absoluta y de nuevos y crecientes hallazgos en las últimas décadas, creemos que resulta necesario plantear una alternativa a los marcos cronológicos ya existentes.

Una propuesta de periodificación para los Andes Centrales prehispánicos[1]

A pesar de las críticas señaladas y de las probables falencias de ambos sistemas cronológicos, hay varias cuestiones que hemos tomado en cuenta, en tanto hay algunas fechas y fenómenos sociales que son innegablemente importantes, así como hitos históricos. Como nuestra propuesta también persigue explicar fenómenos sociales bastante amplios, tomamos como hitos más importantes, dentro de la prehistoria andina, a los grandes momentos o periodos de integración regional. Lo anterior quiere decir que, tomamos en cuenta esos momentos en los cuales gran parte de los Andes Centrales estuvieron unidos, articulados y/o conectados por una misma élite o élites económicas, políticas y/o religiosas y que dominaron o influenciaron a una gran área del territorio peruano y, como es de esperar, más allá de las fronteras nacionales actuales. Los indicadores arqueológicos que evidenciarán tales integraciones regionales y multirregionales, deberán estar interconectados y correlacionados materialmente, siendo la construcción de arquitectura (monumental, residencial de elite, comunitaria y funeraria) y la producción artesanal (cerámica, textil, metalurgia, lítica, etc.), las que guarden una similitud muy importante para una misma área o región.

De esta manera, en nuestra propuesta existen tres principales tipos de integración: económica, política y religiosa. Se puede dar una o varias de ellas simultáneamente, dependiendo de los desarrollos históricos en cada periodo. En ese sentido, tanto el sistema cronológico de Rowe como el de Lumbreras tomaron como base elementos de dichas integraciones regionales y los correlacionaron con lo que se conoce como las «culturas» Chavín, Wari e Inca.

Así, un elemento clave en nuestra propuesta es que podemos apreciar que, desde un centro principal en el cual reside una poderosa élite económica, política y/o religiosa, se ejerce una hegemonía y/o un control directo de grandes extensiones de territorios, pero, sobre todo, de las comunidades. En ese sentido, para nosotros, una entidad política regional comprende un valle o una serie de valles, generalmente dentro de una misma zona ecológica como puede ser la costa o la sierra como, por ejemplo, podría ser la entidad política chimú. Mientras que, cuando nos referimos a una integración multirregional, se trata de un conjunto mayor de valles e, incluso, de grandes y diversas zonas ecológicas como, por ejemplo, la costa norte o la sierra norte. Este fue el caso de la gran integración multirregional que desarrolló el Imperio inca (Covey, 2006; D´Altroy, 2015; Bauer, 2018).

Sin embargo, en Luis G. Lumbreras, se parte de la presunción que, desde un centro principal, ya sea Chavín de Huántar, Huari o Cusco, se controlaron las practicas sociales económicas, políticas y/o ideológicas de diferentes comunidades y sus territorios, lo cual se plasmaría en una homogeneidad en la arquitectura y artesanía de manera sincrónica. Si bien esto podría resultar más plausible para el último periodo con los incas, resulta menos claro para el caso de lo Wari y, sobre todo, para lo Chavín (Burger et al., 2019; Seki, 2023). De hecho, muchas veces, incluso con los incas, el control completo de los territorios no es muy evidente y, más bien, se trata de una serie de articulaciones, hegemonías o influencias de diferentes tipos e intensidades (Jennings, 2010; Makowski y Giersz, 2016; Isbell et al., 2018).

Asimismo, los periodos de integración multirregional son grandes momentos en los cuales una serie de asentamientos humanos se encuentran conectados bajo la predominancia de uno en particular. Por tanto, como se puede imaginar, estos asentamientos que se encuentran distribuidos a lo largo de una amplia zona de los Andes Centrales, no lo harán al mismo tiempo y con la misma intensidad. De este modo, se toma como punto de partida de inicio de este periodo, el momento en que el asentamiento principal comienza a establecer o ejercer relaciones económicas, políticas y/o ideológicas con mayor intensidad sobre varios sitios del área andina. De la misma manera, el final del periodo ocurre cuando el asentamiento principal deja de ejercer dominio, control y/o influencia sobre tales asentamientos y sus pobladores. Esta es la principal diferencia con las nociones de etapas y horizontes que tienden a generar una visión de unidad y homogeneidad de los fenómenos sociales sincrónicos. Por el contrario, lo que realmente sucede es que existe una diversidad de fenómenos sociales a lo largo de los Andes que, incluso, debido a la carencia de investigaciones arqueológicas, aún resultan difíciles de comprender y explicar.

Por tanto, para nosotros, a pesar de que aparentemente se aprecia una cierta homogeneidad durante estos grandes periodos de integración multirregional que estamos planteando, también evidenciamos que las entidades políticas regionales y locales aún mantienen muchos de sus rasgos, unidades y prácticas sociales económicas, políticas y religiosas propias (Silverman e Isbelll, 2008; Moore, 2014; Malpass, 2016; Tantaleán, 2021; Quilter, 2022). En realidad, observamos el proceso histórico prehispánico como una serie de periodos de autonomía local y/o regional y periodos de integraciones multirregionales. Por ello, nuestra propuesta toma en cuenta las prácticas sociales económicas, políticas e ideológicas que se expresan de maneras locales, regionales y multirregionales. La materialización de tales integraciones o autonomías se puede apreciar en la presencia de paisajes, arquitectura y producción artesanal dentro de los territorios durante cada periodo específico.

De hecho, existe una dinámica que oscila entre la integración y la autonomía debido a las fuerzas sociales que se encuentran distribuidas por el paisaje social a lo largo del tiempo. Esto se refleja en lo que políticamente se denomina la conformación de jerarquías que tienen su contraparte en las heterarquías (sensu Crumley, 1995). En realidad, esa tensión tanto dentro de las entidades políticas, como entre ellas, es lo que genera la historia cambiante y la conformación sincrónica de los paisajes económicos y políticos (Tantaleán, 2021; Stanish et al., e.p.).

Asimismo, se debe resaltar que la base para la existencia de todos estos fenómenos sociales amplios siempre será la unidad doméstica que, además de ser una unidad social, es también una unidad mínima laboral (Stanish, 1992; Tantaleán, 2006). A su vez, las unidades domésticas conforman comunidades, las cuales de manera colectiva enfrentaron sus desafíos ecológicos, sociales, económicos y políticos. Las comunidades a lo largo del tiempo y de acuerdo con su propia historia específica y prácticas sociales concretas, conformaron entidades políticas de diversa naturaleza y escala. A partir de tales entidades sociales podremos observar el surgimiento de estados y hasta imperios. Al final, como veremos, todo este proceso se fundamenta en las prácticas sociales y la organización de sus consecuentes relaciones económicas, políticas y religiosas.

También, debemos señalar que, en nuestra propuesta, hemos tratado de evitar las cargas evolucionistas de sistemas cronológicos previos, pues, esperamos no asumir de manera a priori una serie de características sociales que se darían dentro de un territorio dado y que impiden comprender la verdadera naturaleza de las trayectorias históricas particulares en su desarrollo y dimensión real. Asimismo, cuando los hay, hemos integrado los nuevos fechados radiocarbónicos y secuencias históricas y arqueológicas de muchas investigaciones recientes, lo que permite actualizar los sistemas cronológicos previos y brindar un panorama contemporáneo de la arqueología peruana. Adicionalmente, algunos fenómenos climáticos de impacto regional, como grandes periodos de sequías, son tomados en cuenta por su reconocida influencia en las sociedades andinas.

Como resultará evidente, es imposible captar y capturar toda la heterogeneidad y matices de las comunidades locales e integraciones regionales y multirregionales en cada periodo. Sin embargo, el objetivo principal de esta propuesta es generar un esquema sobre la aparición y desaparición de una serie de fenómenos y prácticas sociales que siguen siendo y serán discutidos por los arqueólogos en el futuro. De hecho, en paralelo o conviviendo con los grandes periodos de integración regional o multirregional, podremos encontrar una serie de comunidades y entidades políticas que se mantienen aisladas o conviven con dichos fenómenos sociales más extensos. Por lo tanto, cada uno de nuestros periodos prioriza o resalta la existencia de un fenómeno o fenómenos socioeconómicos y sociopolíticos dominantes, aunque no únicos, pero que sí, indiscutiblemente, transformaron a las comunidades y a los paisajes andinos, de una manera tal que es reconocible en el paisaje andino y en sus producciones materiales. No obstante, también existirán otros fenómenos sociales incluso diferentes pero paralelos, conviviendo con ellos o que los ignoran o rechazan. De hecho, su existencia también permite interesantes relaciones dialécticas entre tales entidades sociales de diferentes caracteres económicos y/o políticos.

Por tanto, para nosotros los periodos aquí propuestos resultan herramientas heurísticas para la explicación arqueológica. Vale decir, nuestra propuesta reúne una serie de hipótesis de trabajo con las cuales enfrentar y confrontar esos fenómenos arqueológicos prehispánicos que deben seguir siendo investigados. Por ello, los periodos propuestos suponen una primera entrada para comenzar a ubicar los diferentes fenómenos sociales de manera cronológica y comprender su propia naturaleza, y las relaciones dentro de cada propia entidad y con otras con las que convivieron.

De este modo, siguiendo lo previamente expuesto, en la tabla 1 hemos dividido a la época prehispánica peruana en los siguientes nueve periodos:

Tabla 1

Propuesta de periodificación para la época prehispánica en el Perú

Años aproximados

Periodos

Sitios arqueológicos representativos

1 400 d. C. – 1 532 d. C.

Tercera integración multirregional

Cusco, Machu Picchu, Choquequirao, Vilcashuamán, Huánuco

Pampa, Pumpu, Hatuncolla, Inkawasi de Cañete, Tomebamba, Pachacamac

1,000 d. C. – 1 400 a. C.

Entidades políticas autónomas tardías

Túcume, Batán Grande, Chan Chan, Kuélap, Armatambo, La Centinela de Tambo de Mora, Pucarani (Puno)

700 d. C. – 1 000 d. C.

Segunda integración multirregional

Huari, Pikillacta, Viracochapampa, El Castillo de Huarmey, Cerro Baúl

500 a. C. – 700 d. C.

Entidades políticas autónomas tempranas

Cerro Colorado, Huacas de Moche, Huaca Rajada-Sipán, Yayno, Complejo Maranga, Cahuachi

800 a. C. – 500 a. C.

Primera integración multirregional

Chavín de Huántar, Pacopampa, Kunturwasi, Ancón, Karwas

1 800 a. C. – 800 a. C.

Entidades políticas autónomas iniciales

Caballo Muerto, Sechín Alto, Garagay, Qaluyu

3 500 – 1 800 a. C.

Integraciones regionales prístinas

Caral, Áspero, Kotosh, La Galgada

6 000 – 3 500 a. C.

Comunidades sedentarias tempranas

Nanchoc, Huaca Prieta, La Paloma, La Yerba III

12 000 – 6 000 a. C.

Comunidades trashumantes primigenias

Amotape, Pampa de Paiján, Pachamachay, Pikimachay, Guitarrero

Fuente: Elaboración propia.

1. Periodo de las Comunidades Trashumantes Primigenias (12 000 a. C. – 6 000 a. C.)

Este es el primer periodo de la prehistoria andina. Inicia con la llegada de los primeros seres humanos al territorio andino y se relaciona con la creación y desarrollo de una serie de prácticas sociales económicas e ideológicas relacionadas con la subsistencia, enfocadas en la caza, la recolección, el marisqueo y la pesca. La trashumancia y/o la semisedentariedad, son las principales formas de vida social de estas comunidades. Con relación a la época geológica del Pleistoceno, el clima mejoró considerablemente con temperaturas más elevadas desde los 9600 a. C. en adelante, dando paso al Holoceno, que es la época geológica en la que vivimos (León, 2007, p. 42; Malpass, 2016, p. 22).

En general, los fechados más antiguos relacionados con cuerpos humanos en la costa norte, se aceptan como la evidencia más temprana de poblamiento en el territorio peruano. Así, un fechado realizado por Claude Chauchat y su equipo a partir de una muestra de carbón asociada directamente a un resto humano en el sitio de Pampa de los Fósiles 13, arrojó el rango de 10387 a. C. – 9458 a. C. (Chauchat, 2006, p. 200; León, 2007, p. 109). No obstante, los recientes hallazgos realizados por el equipo liderado por Tom Dillehay en los estratos arqueológicos más profundos del sitio arqueológico de Huaca Prieta en el valle de Chicama, proponen ocupaciones humanas más tempranas, en torno al 12 000 a. C. (Dillehay et al., 2012). Incluso, es posible que hayan existido ocupaciones humanas mucho más tempranas debido a la presencia de otros sitios en Sudamérica, donde hay evidencias de posibles artefactos hechos en piedra producidos por seres humanos. Es posible que, en los próximos años, nuevos hallazgos superen la antigüedad de tales fechados.

Por el momento, lo que sí sabemos es que los grupos humanos del periodo de las comunidades transhumantes primigenias ocuparon gran parte del territorio peruano desde el litoral hasta la selva baja. Sin embargo, donde las ocupaciones humanas de este periodo han sido mejor evidenciadas arqueológicamente es en la costa peruana, principalmente en la costa norte, especialmente en el departamento de La Libertad (Chauchat, 2006; Dillehay, 2017). Asimismo, una importante concentración de sitios arqueológicos de este periodo ha sido descubierta en la sierra central, en especial en las punas de Junín (Rick, 1980; Lavallée, 1995). No obstante, la costa central y la costa sur (Lima e Ica) también conservan algunos sitios resaltantes de este periodo, lo mismo que la sierra norte y sierra sur peruana, incluyendo el altiplano circunlacustre (ver León Canales, 2007 para una buena síntesis).

periodificación para la arqueología peruana
Figura 1. Cueva de Pikimachay, Ayacucho. Fuente: Cortesía de Juan Yataco.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos al Complejo Amotape, en la costa de Piura; Pampas de los Fósiles y Paiján, al norte del valle de Chicama; Quirihuac y La Cumbre, en el valle de Moche; Guitarrero, en el Callejón de Huaylas; Tres Ventanas, en la parte alta de la quebrada de Chilca; el Cerro Lechuza, en Pisco; las cuevas y los abrigos rocosos de las punas de Junín como Pachamachay; Lauricocha, en Huánuco; Pikimachay, en Ayacucho; Asana, en las alturas de Moquegua; el Sitio Anillo y Quebrada Tacahuay, en la costa de Moquegua; la cueva de Toquepala, en la sierra de Tacna; Quebrada de los Burros, en la costa de Tacna, y los sitios de las punas del altiplano puneño como Macusani.

Este periodo termina cuando algunos grupos sociales comienzan a sedentarizarse, es decir, cuando empiezan a vivir en asentamientos de manera permanente y, a la vez, se enfocan en una subsistencia basada en la horticultura, la pesca o la recolección intensiva. Asimismo, los grupos humanos cuentan con un número de miembros que les permite transitar de ser nómades a formar comunidades que construyen viviendas y habitan permanentemente en aldeas que sobrepasan las decenas de unidades domésticas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están relacionadas con las de subsistencia, aún no productora ni reproductora de especies botánicas y animales. Las prácticas sociales económicas se fundamentan en la explotación directa de los recursos naturales que se recolectan, cazan o pescan de la tierra y el mar. El grupo humano a veces se especializa en la explotación de algún tipo de recurso, pero, en general, los grupos humanos utilizan expeditivamente cualquier recurso natural que se encuentra a la mano para su reproducción social y realizan intercambios intermitentes con otros grupos humanos. Por tales tipos de prácticas sociales económicas, los grupos humanos están plenamente cohesionados y distribuyen inmediatamente los recursos apropiados de la naturaleza. No existe, por tanto, una acumulación colectiva o individual de recursos humanos o excedentes. La tecnología necesaria para sus prácticas sociales económicas se basa en el conocimiento profundo de la naturaleza de los nichos ecológicos, el clima, el comportamiento de las especies animales y vegetales y las fuentes de materias líticas. Especialmente su tecnología de producción de instrumentos estaba basada en la talla de rocas, pero, también existe una importante tecnología producida en huesos de animales. Podemos apreciar que existe una especialización de la producción de instrumentos líticos como las puntas líticas orientadas principalmente para la caza. En especial, la tradición de puntas paijanenses y de «cola de pescado», que está muy extendida en la costa peruana, mientras que, en la sierra, sobre todo en las punas, podemos apreciar una tradición de puntas foliáceas. Pero, en general, lo que más abundan son la industria de cantos rodados desbastados y de lascas retocadas. Una importante tradición de instrumentos hechos con huesos de animales también se ha podido reconocer en los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Debido al tipo de prácticas económicas de subsistencia directa, la alta movilidad y el número de personas del grupo, las prácticas y relaciones sociales políticas entre miembros de estas comunidades son prácticamente igualitarias. Sin embargo, existen líderes que basan su autoridad en la experiencia o la edad o alguna habilidad primordial concreta para la supervivencia del grupo. En colectivos de número reducido, hablamos de decenas de personas, no es necesaria una serie de instituciones políticas formales que vayan más allá del tabú, normas y castigos y recompensas comunales. Tales normas permiten la reproducción social del grupo. Por ejemplo, controlar la cantidad de miembros de la comunidad es un tema fundamental porque de ello depende la supervivencia del grupo y que los recursos puedan ser accesibles para todos. Como señala el antropólogo Marshall Sahlins (1977), es posible que, a diferencia de nuestra visión contemporánea que percibe a este periodo como de precariedad e inestabilidad económica, más bien se tratarían de «sociedades de la opulencia», en las cuales los miembros de tales grupos sociales gozaban de una serie de posibilidades materiales significativas para su vida, sobre todo, si uno las compara con otros periodos posteriores.

Prácticas sociales ideológicas

A través de la arqueología, hemos sido capaces de reconocer que, como sus antecesores de otras partes del mundo, estos grupos humanos en particular materializaban sus prácticas sociales ideológicas mediante la pintura de escenas de su vida cotidiana y de sus creencias en las paredes rocosas de abrigos o cuevas. Este tipo de evidencia arqueológica ha sido hallada y registrada, sobre todo, en cuevas de la puna de la sierra central del Perú, en muchas de las cuales habitaban temporal o permanentemente dichos grupos humanos. Asimismo, en algunas de tales cuevas o en las zonas costeras se han excavado enterramientos humanos, los cuales materializan la necesidad que tenían estos grupos humanos de cuidar a sus muertos y darles un espacio funerario acorde con sus creencias sobre la muerte.

2. Período de las Comunidades Sedentarias Tempranas (6000 a. C. – 3500 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la presencia de los primeros poblados sedentarios que permanecieron ocupados durante varias generaciones y en los cuales habitaron centenares de individuos. Asimismo, se encuentran las primeras expresiones de arquitectura comunitaria/corporativa, aunque de pequeña escala.

Aproximadamente en el milenio vI a. C., grupos de seres humanos comenzaron a habitar en espacios de la costa y sierra peruana de manera permanente. Este periodo correspondiente al Holoceno Medio coincide con un clima más cálido y que se conoce como el «Optimum Climaticum», que se inicia alrededor del 6900 a. C. (León Canales, 2007, p. 44). Los habitantes de este periodo, conocedores de su medio y habiendo experimentado con la horticultura y domesticación de plantas y animales previamente, fueron capaces de establecerse de manera permanente en un solo asentamiento a lo largo de las diferentes estaciones del año. Este es el surgimiento de las primeras aldeas fijas que fueron habitadas durante muchas generaciones. Incluso tales asentamientos fueron también cementerios de sus propios habitantes. Asimismo, aparecen pequeños espacios de reunión colectiva, una serie de edificios públicos que, por lo general, son denominados «templos» o «santuarios» pero que, también, podrían tener funciones políticas o, simplemente, ser espacios de reunión colectiva. En cualquier caso, ninguna de estas edificaciones excede la función de un espacio arquitectónico destinado a la reunión de un bajo número de autoridades o líderes de la misma comunidad o vecinas o de personajes relevantes del grupo. Asimismo, no integran algún tipo de manifestación de religión institucionalizada ni mucho menos coercitiva. Las tumbas conocidas de este periodo en ningún caso acusan un tipo de tratamiento o ajuar funerario que vaya más allá del cuidado y la atención que se le pueda ofrecer a un ser querido, o al respeto o autoridad que pueda ser dado a un líder comunal.

Los primeros poblados aldeanos sedentarios se focalizan en espacios ecológicos que permitieron la recolección de plantas y animales, la producción agrícola y/o la explotación de recursos marinos. En especial, los asentamientos conocidos se emplazan, sobre todo, frente al litoral de la costa peruana a lo largo de la gran extensión del territorio peruano. Además, cerca de ríos costeños y lomas también se han hallado sitios de este periodo, especialmente en la costa central. Asimismo, algunos asentamientos de la sierra han sido ubicados, en algunos casos sobre ocupaciones del periodo anterior, presenciando tales procesos de sedentarización como es el caso del abrigo rocoso de Telarmachay (Lavallée, 1995). Sin embargo, en general, los asentamientos registrados e investigados aún siguen siendo escasos, quizá, debido a problemas de conservación o a su reocupación por grupos humanos posteriores.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Nanchoc en el valle de Zaña, Huaca Prieta en el valle bajo de Chicama, Telarmachay en su fase v en Junín, La Paloma al norte de la quebrada de Chilca, Chilca (pueblo 1) en la quebrada del mismo nombre, los sitios Paracas 514 y Paracas 96 en la península epónima, La Yerba III en la desembocadura del río Ica y Pernil Alto en Palpa.

Este periodo culmina cuando aparecen asentamientos humanos que reflejan concentraciones regionales de comunidades e intercambios económicos y religiosos regionales, y aparecen las primeras evidencias de arquitectura monumental, las cuales marcan la existencia de un tipo de religión supracomunal y compleja.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se amplían para, además de la recolección, pesca y caza, incorporar plenamente la agricultura y la ganadería. Asimismo, se percibe una serie de intercambios a mediana distancia, que posibilita la complementación de la dieta alimenticia y la obtención de materias primas y artefactos gracias a otras comunidades vecinas. Las tecnologías principales se basan en la producción de embarcaciones y redes de pesca, principalmente de fibra de algodón. Aunque la agricultura todavía depende de las avenidas de aguas en los valles de la costa, a consecuencia de las lluvias en la sierra, estaría aún relacionada con instrumentos de madera y piedra. Evidentemente, dada la extensa lista de especies botánicas que se han reconocido en los yacimientos arqueológicos, se construyeron huertos y corrales para la reproducción de plantas y animales.

Huaca Prieta, Valle de Chicama
Figura 2. Huaca Prieta, Valle de Chicama. Fuente: Elaboración propia

Prácticas sociales políticas

Las comunidades de este periodo que concentran una importante cantidad de unidades familiares suponen que existió una coordinación en la habitación y organización del espacio y de las relaciones sociales. Evidentemente, existieron líderes comunitarios que se encargaban de gestionar las necesidades y la redistribución de las materias primas, los recursos y los bienes que se producían en la comunidad. Las relaciones sociales seguirían siendo de tipo igualitario, aunque con un grupo de personas que tiene cierta predominancia sobre el resto de la comunidad sin que esto llegue a generar una verdadera asimetría social o acumulación de poder económico con respecto al resto de los comuneros.

Prácticas sociales ideológicas

Lo que sabemos sobre las prácticas sociales ideológicas de estos grupos humanos es reducido debido a que su propia producción artesanal no expresa mayores evidencias del desarrollo de una ideología que haya quedado materializada. Por tanto, debieron tener creencias animistas y no necesitaron expresarse en soportes como la piedra o el hueso, sus principales materias para la producción de sus artefactos. Sin embargo, sí se han hallado algunos artefactos principalmente textiles y artefactos de hueso y de piedra, y mates y figurinas de barro que representan animales y seres antropomorfos, algunos de ellos evidencian algún sentido de dualidad o complementariedad. Por un lado, en este periodo no se reconoce una religión estandarizada que reitere un mensaje bien establecido o institucionalizado, mucho menos se observa algún tipo de religión coercitiva o violenta. Por otro lado, en este periodo las creencias relacionadas con la muerte se tornan más complejas. Principalmente tenemos que los individuos fallecidos son internados y enterrados dentro de los asentamientos, se les envuelve en textiles y se les acompañan algunos artefactos como líticos o artefactos utilizados en la producción. La necesidad de concentrarlos en un lugar de habitación supone la existencia de una concepción desarrollada con respecto a la muerte durante este periodo. Es posible que la práctica social de ofrecer cuidados y reverencias a los ancestros se haga mucho más importante durante este periodo como parecen indicar los enterramientos humanos excavados en las casas del sitio arqueológico de La Paloma.

3. Período de las Integraciones Regionales Prístinas (3500 a. C. – 1800 a. C.)

Este periodo se caracteriza por la aparición de los primeros asentamientos sedentarios que incorporan arquitectura monumental y que se interrelacionan de manera regional conectando valles y/o zonas ecológicas diferentes. Así, el milenio Iv a. C. es un momento crucial en el cual algunas aldeas o poblados comienzan a erigir arquitectura supradoméstica, es decir, se construyen, además de viviendas, talleres o espacios de producción, las primeras y más evidentes muestras de construcciones colectivas o corporativas que no son usadas para habitación, sino, más bien, para reuniones grupales y rituales al aire libre, pero también de manera secreta. El concepto de huaca, materializado en construcciones arquitectónicas, su fundación, vida, y enterramiento cíclico se hace muy evidente durante este periodo.

La extensión de los asentamientos de este periodo a lo largo del territorio peruano se amplía significativamente. En realidad, los mapas arqueológicos se cubren de numerosos puntos, indicando sitios de las integraciones regionales prístinas. Así, los valles de la costa peruana, principalmente relacionados con el litoral, tienen uno o varios sitios de este periodo. Asimismo, aparecen sitios arqueológicos en espacios geográficos como bahías o ensenadas aptas para la pesca y el marisqueo, lo mismo que en algunas zonas de lomas donde la recolección y la caza permiten la vida de manera permanente y a lo largo de generaciones. Según los estudios arqueológicos y paleoclimáticos, existiría una importante relación entre el aumento y la monumentalidad de sitios cercanos al litoral y una abundancia de recursos marinos relacionada con el inicio de fenómenos de El Niño (Richardson y Sandweiss, 2008). En ese sentido, el área denominada como Norte Chico (valles de Huaura, Supe, Pativilca y Fortaleza) sobresale por la gran cantidad de sitios de este periodo que contienen edificios de plataformas arquitectónicas con plazas circulares hundidas (Haas y Creamer, 2006; Shady et al., 2015).

De igual manera, en la sierra, en la puna y en los valles interandinos y quebradas de la zona montañosa se desarrollan asentamientos de este periodo. Entre los más resaltantes se encuentran los asociados a la denominada «tradición religiosa kotosh», la cual se caracteriza por asentamientos que incluyen la construcción y superposición de pequeñas estructuras cuadrangulares con banquetas, un fogón central y ducto de ventilación (Burger, 1992). Ejemplos de sitios dentro de esta tradición arquitectónica son Kotosh, Shillacoto, La Galgada, Piruru y Huaricoto. Adicionalmente, Cerro Ventarrón, ubicado en el valle de Lambayeque, también es un ejemplo extraordinario de un asentamiento de este periodo, donde se construyó arquitectura monumental y que, incluso, expresó materialmente sus prácticas ideológicas mediante murales polícromos (Alva Meneses, 2012).

Así, los asentamientos de este periodo han sido encontrados principalmente en la costa norte, costa central y costa sur del Perú. Asimismo, tenemos evidencias de este tipo de poblaciones en la sierra norte y en la sierra central. La sierra sur, como la del departamento de Puno, por el momento, no ha demostrado una importante cantidad de sitios de este periodo, aunque prospecciones arqueológicas recientes señalan su posible existencia (Stanish et al., 2014).

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Cerro Ventarrón en el valle de Lambayeque, Los Morteros y Salinas de Chao en el valle del mismo nombre, Primer Edificio de Sechín Bajo en el valle bajo de Casma, El Áspero y Caral en el valle de Supe, Bandurria en el litoral de Huacho, Kotosh y Shillacoto en Huánuco, Huaricoto en el Callejón de Huaylas, Piruru en la puna de Junín, La Galgada en la quebrada de Tablachaca en Áncash y El Paraíso en el valle bajo de Chillón.

El área monumental de Caral.
Figura 3. El área monumental de Caral. Fuente: Cortesía de la Zona Arqueológica Caral.

Este periodo culmina cuando aparecen las vasijas cerámicas en diferentes asentamientos del mundo andino, además, acompañada de una nueva forma de construcciones públicas que incorporan representaciones de seres extraordinarios en murales y artefactos. Asimismo, se establecen redes de asentamiento de manera local que unen uno o varios valles. Incluso, en algunos sitios como los del Norte Chico se ha detectado la ocurrencia de un evento climático relacionado con sequías y arenización de las zonas agrícolas y los canales que evidentemente impactaron en varias de las sociedades de esta zona (Sandweiss et al., 2009).

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo experimentan la aparición de los primeros proyectos hidráulicos en los valles costeros. Asimismo, en la sierra se debió haber generado una agricultura más extensiva contando seguramente también con sistemas de canales. De esta manera, las prácticas sociales económicas se convierten en prácticas de autosuficiencia básica, aunque amplía por otro lado la extensión de los intercambios a gran distancia. En realidad, estas prácticas sociales económicas son mixtas, compartiendo producción interna para el consumo y para el intercambio. Esta base económica supone una primera integración regional en algunos valles o conjuntos de valles como puede ser el caso del Norte Chico. La tecnología sigue siendo bastante básica y se siguen utilizando artefactos para la pesca, principalmente redes de algodón y palos excavadores para la agricultura. Además, la tecnología constructiva se hace significativa debido a que se construyen importantes obras comunitarias. Una valiosa producción de artefactos elaborados en concha y piedras se hace presente en varios de los asentamientos de este periodo.

Prácticas sociales políticas

Evidentemente existen líderes dentro de estas comunidades, los cuales ocupaban las edificaciones anexas a las principales edificaciones corporativas de estos asentamientos. Sin embargo, la organización de la sociedad se encontraba regida por principios de cooperación y cohesión social, basada en el parentesco y en su relación con sus líderes y asentamientos. La generación de la noción de huaca por parte de los líderes y comunidades ayudó a la construcción y reproducción de una identidad política. No se puede hablar de grandes diferencias sociales debido a la inexistencia de evidencias arqueológicas que así lo atestigüen.

Prácticas sociales ideológicas

La religión de estas sociedades es poco representada en la arquitectura o los materiales arqueológicos. Pero, sin duda, existió una religión que debió ser de carácter animista; de esta manera, no necesitarían de la representación de seres extraordinarios de manera física. Lo más probable es que estas comunidades rindiesen culto a los «monumentos naturales» como cerros y a las crecientes huacas construidas por ellos y que iban poblando sus paisajes. También comienzan a aparecer algunos elementos como figurinas antropomorfas hechas en barro, como las recuperadas en Áspero o Caral, que pueden indicar el surgimiento de la reverencia hacia personajes de la misma sociedad (Shady et al., 2015). Aunque algunos de los enterramientos humanos descubiertos incorporan algunos bienes exóticos o artefactos de gran valor artístico, no se trata de una gran cantidad ni tampoco se percibe una fuerte inversión de fuerza de trabajo en la creación de las pocas tumbas halladas. En realidad, tales prácticas funerarias tan solo acusan creencias religiosas relacionadas con el culto a los ancestros. Sin embargo, hacia el final de este periodo sí podemos ver algunos cambios, por ejemplo, cuando en el sitio de La Galgada en Áncash se permite la inhumación de ciertos individuos dentro de cámaras funerarias asociadas a la arquitectura pública con ajuares mortuorios extraordinarios (Grieder et al., 1989).

4. Período de las Entidades Políticas Autónomas Iniciales (1800 a. C. – 800 a. C.)

Para los arqueólogos de todo el mundo, la aparición de la cerámica es un evento clave en la historia de la humanidad. No solo por las características materiales sino por la organización social para su producción y, sobre todo, por su uso en espacios domésticos y públicos. Ningún arqueólogo o arqueóloga evitaría asumir que el fenómeno de la aparición de la cerámica también está ligado en el mundo andino con el compartir, los festejos colectivos y los banquetes públicos en espacios como plazas, santuarios o huacas. Así, este periodo se inicia con la aparición de las primeras cerámicas en los Andes Centrales que se establece alrededor del 1800 a. C., con posibles apariciones más tempranas en la costa norte.

Las entidades políticas autónomas iniciales aparecen en varias áreas del territorio peruano. Sin embargo, en la costa norte y en la costa central serán donde más entidades políticas de este tipo se manifestarán. Así, en la costa norte destaca el fenómeno cupisnique con edificaciones monumentales entre las que resalta el complejo Caballo Muerto y, en especial, la Huaca de los Reyes en el valle medio de Moche. Más al sur, en el valle de Casma, tenemos al conjunto de edificaciones monumentales relacionado con la entidad política Sechín Alto. Concentrados en el valle bajo de Casma, se tratan de edificios monumentales coordinados espacialmente y construidos con adobes y piedras, y en algunos de los cuales se representaron personajes antropomorfos y zoomorfos en sus paredes principales. En la costa central sobresalen, por su monumentalidad y por presentar un patrón arquitectónico que se repite a lo largo de varios siglos, los denominados templos en U o, más recientemente, como la «cultura Manchay» (Burger, 2008).

Pero también otras regiones del Perú, principalmente la sierra norte y sierra central e, incluso, la sierra sur, presenciarán la aparición o producción de artefactos cerámicos en sus sitios arqueológicos. En general, la mayoría de yacimientos arqueológicos de este periodo en el territorio peruano incorporaron cerámica en sus prácticas sociales. La Amazonía posiblemente experimentó la aparición de cerámica mucho más temprano, quizá un milenio antes; sin embargo, al momento de escribir este ensayo no poseemos fechados absolutos para datar más tempranamente tal fenómeno en esta área del Perú. No obstante, las investigaciones de Donald Lathrap (1970) y otros autores posteriores han dejado claro que la cerámica también estuvo presente desde temprano en la Amazonía peruana (Clasby y Nesbitt, 2021). Por otro lado, aún no han sido localizado asentamientos extensos o monumentales en esta región, aunque trabajos en la selva de Ecuador y Bolivia señalan tal posibilidad.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Purulén en el valle bajo de Zaña, Huaca Collud en el valle de Lambayeque, Las Huacas y Montegrande en el valle medio de Jequetepeque, Puémape al sur de la desembocadura del río Jequetepeque, Caballo Muerto en el valle medio de Moche, Cerro Blanco y Huaca Partida en el valle de Nepeña, Sechín Alto en el valle de Casma, Las Haldas en el litoral de Casma, los templos en U de la cultura Manchay en los valles de la costa central, Marcavalle en el Cusco y Qaluyu en la cuenca noroeste del lago Titicaca.

Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín.
Figura 4. Bloques de piedra con grabados en Cerro Sechín. Fuente: Elaboración propia.

Este periodo termina con el ingreso en diferentes lugares del mundo andino de artefactos y arquitectura vinculadas con la primera gran integración multirregional andina, asociada a elementos materiales que inicialmente se relacionaron con la comunidad habitante del sitio de Chavín de Huántar alrededor de 800 a. C. De hecho, se ha hablado de un «Horizonte Chavín» (Burger, 2019) en el sentido que muchos elementos que se generaron o se hicieron visibles de manera regional en Chavín de Huántar, comenzaron a aparecer de manera consistente en diferentes lugares del territorio peruano. Sin embargo, también existen otros asentamientos que se van influenciando mutuamente.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo se caracterizan por incorporar la agricultura como una de sus actividades fundamentales; proyectos hidráulicos en la costa y sierra permiten ampliar el terreno cultivable y la diversidad de especies botánicas. Sin embargo, aún se practican la caza y recolección como actividades complementarias. La ganadería de camélidos también se sigue manteniendo de forma complementaria, principalmente en la sierra. Además, aparecen los primeros indicios de especialización artesanal, entre los que sobresalen los ceramistas, los tejedores y los metalurgos. El intercambio económico se hace notable y se percibe en la amplia distribución de estilos locales acompañados de otros foráneos.

Prácticas sociales políticas

Muchas comunidades presentan formas de asentamiento similares a las del periodo anterior; se manifiestan como aglomeramiento de unidades domésticas. Sin embargo, también aparecen formas arquitectónicas públicas que definitivamente exceden el ámbito doméstico. Estas construcciones expresadas en diferentes patrones arquitectónicos, reflejan la existencia de élites locales que comienzan a controlar ciertas cantidades del trabajo de los comuneros y de la producción de subsistencia. Es el momento del surgimiento de verdaderos líderes políticos que auspician y dirigen ceremonias desde los edificios principales de cada asentamiento. De esta manera, podríamos estar ante la aparición de las primeras diferenciaciones sociales, aunque aún sin la capacidad ni la necesidad de las élites de establecer estrategias de control social coercitivas.

Prácticas sociales ideológicas

Durante este periodo, las comunidades adquieren la necesidad de construir espacios monumentales. La práctica reiterativa de rituales colectivos debió haber sido una causa importante y justificación suficiente para movilizar el trabajo colectivo de las diferentes comunidades y, a la vez, lograr su cohesión. Elementos iconográficos relacionados con animales extraordinarios como felinos, aves de presa, reptiles y ofidios aparecen de manera reiterativa en los principales asentamientos con santuarios o huacas. Esta misma iconografía también aparece en otros soportes como la cerámica, los textiles, los metales, el hueso y la piedra. Así, vemos que las comunidades ya establecen ciertos cánones artísticos, los cuales nos indican la existencia de cuerpos de especialistas religiosos encargados de diseñarlos y crearlos.

5. Período de la Primera Integración Multirregional (800 a. C. – 500 a. C.)

Este periodo inicia con las primeras apariciones de evidencias de una integración multirregional de carácter económico y religioso, que tiene el centro de Chavín de Huántar como uno de los principales y mayores asentamientos de la sierra norte peruana. Como señala Richard Burger (2019, p. 196), el periodo entre los 800 y 500 a. C. corresponde al cénit del fenómeno Chavín en los Andes centrales.

Sin embargo, esto no significa que la comunidad y la élite religiosa asentadas en Chavín de Huántar ejerzan un control directo y efectivo sobre todos los sitios relacionados. Pero, lo que sí es evidente es que se mantiene como una importante influencia o inspiración para ellos, la cual debió ser canalizada por las élites locales en cada región con diferentes niveles de apego. A su vez, algunos de estos sitios afiliados o relacionados con Chavín de Huántar debieron dispersar tales elementos relacionados hacia otros sitios del mismo periodo. En dirección inversa, muchos de los asentamientos de este periodo influyeron y/o participaron en los eventos y reuniones celebradas en Chavín de Huántar.

Dichos asentamientos se encuentran en la costa, cerca al litoral, sobre todo en los valles, y también en la sierra, especialmente en los valles interandinos, en lugares que se erigen como nodos de rutas de intercambio económico y religioso. Primordialmente, Chavín de Huántar se vinculó con asentamientos de la sierra norte (Cajamarca), costa norte (valles de Moche y Jequetepeque), costa sur (valles del Rímac y Lurín; valle de Ica y bahías de Paracas y de la Independencia), sierra central (Pasco, Junín) y sierra sur (Huancavelica y Ayacucho) del Perú.

Entre los sitios arqueológicos más significativos de este periodo están Chavín de Huántar; Kunturwasi, en el valle del Rio San Pablo; en Cajamarca; Pacopampa, en el valle del rio Chotano, también en Cajamarca; Karwa, en el litoral de la Bahía de la Independencia; Coyungo, en el valle del Río Grande en Ica; Atalla, en Huancavelica; y Campanayuq Rumi, en Ayacucho.

El área monumental de Chavín de Huántar.
Figura 5. El área monumental de Chavín de Huántar.

Este periodo termina cuando la influencia y hegemonía de Chavín y de los estilos contemporáneos asociados, desaparecen del mundo andino y, al mismo tiempo, o poco tiempo después, surgen una serie de identidades e integraciones políticas que cohesionan a las comunidades de uno o algunos valles, o áreas contiguas.

Prácticas sociales económicas

Las prácticas sociales económicas de este periodo están basadas en la agricultura, ganadería, pesca y recolección. Sin embargo, dada la integración económica, se observa un fuerte intercambio interregional con productos y artefactos que viajan desde zonas muy amplias del territorio peruano e, incluso, fuera de sus fronteras actuales, como en la parte norte, principalmente del actual Ecuador. La producción artesanal ya establecida en diferentes asentamientos también se hace muy importante durante este periodo y está interesantemente relacionada con la iconografía religiosa que acompaña a Chavín de Huántar y a otros sitios relevantes del periodo. Sobresalen la producción cerámica, litoescultórica, metalúrgica y textil.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, se hace evidente que existen líderes políticos y religiosos muy importantes. Ellos ocuparán y utilizarán la arquitectura más amplia y extensa de los asentamientos. También, aparecen las primeras tumbas suntuosas y con acumulación de materiales exóticos o altamente valorados. De hecho, muchas de estas tumbas se incorporan a las mismas edificaciones mayores de los asentamientos. Claramente, estamos ante líderes políticos y religiosos que controlan una cantidad importante de la producción de las comunidades locales y regionales. Asimismo, se establece la presencia de artesanos especializados. En general, se puede apreciar que la sociedad esta escindida en grupos sociales. El control social, sin embargo, se mantenía mediante la religión, a la que se podrá incorporar sacrificios humanos como medio de cohesión, pero también de coerción política.

Prácticas sociales ideológicas

Las prácticas religiosas están basadas en el culto a una serie de seres extrahumanos que dominan la cosmovisión de ese momento. Aunque no existe un patrón homogéneo que se respete en las diferentes áreas vinculadas con Chavín de Huántar, sí existen algunos seres extraordinarios que aparecen reiterativamente en diferentes áreas como, por ejemplo, el denominado «dios de los báculos» que fue representado en el mismo Chavín de Huántar, pero puede reproducirse con diferentes atributos y peculiaridades, como fue el caso de los seres análogos pintados en los textiles de Karwa, en la Bahía de la Independencia en Ica. Asimismo, se observa una gran dispersión de la representación en diferentes soportes, especialmente en la cerámica, de seres relacionados con el felino o sus atributos. En general, se puede decir que la religión local y multirregional consistía en el culto a una serie de personajes zoomorfos y antropomorfos que se vinculan e invocan a fuerzas naturales. Aparejado a lo anterior, se extiende en diferentes regiones de los Andes centrales la práctica de rituales de tipo chamánico que incorporan sustancias psicotrópicas, como la del cactus de San Pedro.

6. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tempranas (500 a. C. – 700 d. C.)

Este extenso periodo se caracteriza por el surgimiento de una serie de entidades políticas que emergen tras la desaparición de la influencia y desarticulación de las redes económicas y religiosas que tenían como eje principal al sitio de Chavín de Huántar. A su vez, aparecen algunas entidades políticas regionales que poseen su propia identidad cultural, y los primeros ejemplos de estados arcaicos.

Las diferentes sociedades de este periodo aparecen y se reproducen en gran cantidad en el territorio peruano. Prácticamente cada región del Perú incluye algún desarrollo social de este tipo. Sin embargo, podemos resaltar a la costa norte del Perú, principalmente entre los valles de Lambayeque a Nepeña o lo conocido como lo Moche; la costa central, principalmente en el valle del Rímac y reconocido como lo Lima; y en la costa sur, especialmente en la Bahía de Paracas, los valles de Chincha e Ica, lo relacionado con el fenómeno Paracas. A continuación, practicamente en la misma zona, surgirá lo conocido como Nazca. Asimismo, tenemos entidades políticas importantes en la sierra norte, principalmente en la sierra de La Libertad como Huamachuco, el Callejón de Huaylas y el Callejón de Conchucos que se vinculan a lo Recuay y, en la sierra sur del Perú, con lo Huarpa en Ayacucho y alrededor del lado occidental del lago Titicaca, lo que se denomina como Pukara.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Huaca Rajada-Sipán y Pampa Grande en el valle de Lambayeque, Pacatnamú en el valle bajo de Jequetepeque, Huacas del Sol y La Luna y Galindo en el valle de Moche, El Brujo en el valle bajo de Chicama, San José de Moro en el Rio Chamán, el Grupo Gallinazo en el valle bajo de Virú, Pañamarca en Nepeña, Chankillo en el valle de Casma, Marcahuamachuco en la sierra de La Libertad, Yayno en el Callejón de Conchucos, Huaca San Marcos y Huaca Pucllana en el valle bajo del Rímac, el Templo Viejo de Pachacamac en el valle bajo de Lurín, Cerro Colorado en la Bahía de Paracas, Huaca Santa Rosa en el valle bajo de Chincha, Ánimas Altas/Ánimas Bajas en el valle de Ica, Cahuachi en el valle del Rio Grande, Ñawinpukyo en Ayacucho y Pukará en la cuenca norte del Titicaca.

Este periodo termina cuando el fenómeno social Wari hace evidente su presencia y/o influye en diferentes sociedades y territorios del actual Perú. Asimismo, alrededor del año 562 d. C., un decrecimiento en las lluvias y una consecuente sequía de cerca de tres décadas afectaron a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades, especialmente en la costa peruana (Shimada, 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Huaca de La Luna
Figura 6. Huaca de La Luna. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

Las comunidades de este periodo emprenden grandes proyectos hidráulicos, los cuales incrementan la producción agrícola, especialmente en la costa norte y central peruana. Asimismo, la especialización artesanal se expande y se diversifica como nunca antes, lo que supone el incremento exponencial de bienes y artefactos de alta calidad tecnológica y artística. También se concentran los intercambios económicos en ciertos puntos del territorio que ocupan estas sociedades, cristalizándose como verdaderos centros económicos. Materias primas exóticas aparecen de maneras diversas en varios sitios de este periodo. Las tumbas acusan una importante inversión de trabajo y acumulación de riquezas. Claramente estamos ante la aparición de las clases sociales en el antiguo Perú.

Prácticas sociales políticas

Es el momento del surgimiento de algunos de los verdaderos estados tal como se definen clásicamente en la antropología política. Los líderes o curacas controlan la producción de las comunidades y la distribuyen a su manera, siguiendo las diferentes posiciones sociales que establecen claras asimetrías sociales. Además de la religión, el control de la sociedad se realiza mediante la fuerza y es evidente la existencia de especialistas en el ejercicio de la violencia que controlan a la sociedad, pero también se enfrentan a otros grupos sociales fuera de los límites de control de cada entidad o asentamiento.

Prácticas sociales ideológicas

Cada una de las sociedades de este periodo genera una serie de religiones que ponen el énfasis en sus propias formas de comprender el mundo. Si bien existen similitudes en las creencias entre los grupos de la costa, cada uno de ellos desarrolla un panteón religioso particular. Lo mismo sucede con las comunidades de la sierra, que también desarrollan una cosmovisión muy particular. En términos generales, las religiones de las sociedades de este periodo ponen énfasis en seres antropomorfos con atributos de la naturaleza, pero con símbolos de poder terrenal. La práctica del sacrificio humano y de la ostentación de las cabezas trofeo se hace mucho más extendida y numerosa durante este periodo.

7. Período de la Segunda Integración Multirregional (700 d. C. – 1000 d. C.)

Este periodo tiene como protagonista a la entidad política wari, la cual, a partir de su control e influencia en gran parte de los Andes centrales, genera una integración económica, política y religiosa de muchas regiones (Makowski y Giersz, 2016; Isbell, 2018, p. 427; 2019). Durante este período, también en la sierra sur del Perú, los asentamientos wari conviven y/o se influencian por medio de sitios de origen tiwanaku.

En este caso, a diferencia del primer periodo de integración multirregional vinculado con Chavín de Huántar, las élites políticas y económicas residentes en la ciudad de Huari sí ejercen control efectivo sobre territorios bien acotados. Así tenemos evidencia arqueológica sólida de que la sierra norte y sur tuvieron asentamientos que controlaron zonas productivas, fuerza de trabajo y rutas de intercambio. Este el caso de Huamachuco y la zona sur del Cusco. Asimismo, tenemos evidencias claras de lo mismo en la costa norte, principalmente en el sitio de El Castillo de Huarmey. Otras evidencias indiscutibles se encuentran en el valle alto del Osmore, Moquegua, donde el sitio de Cerro Baúl es un indisputable centro administrativo wari. Igualmente, toda la región de Ayacucho contiene algún sitio wari e, incluso, la ceja de selva con el sitio de Espíritu Pampa supone una evidencia contundente del control directo de ciertas áreas del territorio de los Andes centrales por parte de las élites wari. Sin embargo, es importante señalar que, contemporáneas a esta explosión de sitios wari, existieron en el territorio andino otras comunidades y entidades políticas que también siguieron desarrollando sus propios proyectos económicos y políticos, tal como lo Moche en la costa norte o de lo Lima en la costa central. Además, varios desarrollos políticos de la zona de Puno continuaron activos como sociedades autónomas o relacionados con Tiwanaku. Algo semejante sucede en la costa del extremo sur del actual Perú donde el valle de Osmore contiene una serie de sitios tiwanaku que convivieron con los wari, como era el caso de Cerro Baúl, antes mencionado. Lo mismo se podría decir del fenómeno Cajamarca en la sierra norte, que conserva un alto grado de autonomía e, incluso, de interacción con Wari.

Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho.
Figura 7. Templo de Vegachayoqmoqo, ciudad de Huari, Ayacucho. Fuente: Elaboración propia.

Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a Huari, Conchopata y Azángaro en Ayacucho, Pikillacta y Huaro al sur de la ciudad del Cusco, Viracochapampa en la sierra de la Libertad, El Palacio en Cajamarca, El Castillo en el valle bajo del rio Huarmey, Espíritu Pampa en la ceja de selva del Cusco, Maymi en el valle bajo de Pisco, Pacheco y Huaca del Loro en Nazca, y Cerro Baúl en el valle del rio Osmore en Moquegua.

Este periodo acaba con la desaparición del control de zonas administradas por las élites wari desde sus centros provinciales o la ausencia de la influencia o existencia de la artesanía del estilo wari en los Andes. Asimismo, alrededor del año 1020 d. C., una sequía de varias décadas afecta a gran parte de los Andes centrales, condicionando el desarrollo de muchas sociedades de este periodo (Shimada 1994a, p. 382; 1994b, p. 124).

Prácticas sociales económicas

La producción agrícola se erigirá como la base principal de la economía de las sociedades integradas en torno a Wari. Para ello, también se fundarán nuevos asentamientos wari, los cuales ampliarán los proyectos hidráulicos y las áreas de cultivo. Los nuevos centros wari se ubican en lugares estratégicos desde la perspectiva de los recursos económicos y laborales. Asimismo, la economía basada en la agricultura intensiva se combina con la ganadería de camélidos y con la pesca en las zonas costeras. En general, se amplía la intensidad de las prácticas sociales económicas no solo en los sitios wari, sino también en otros contemporáneos que tienen más o menos relación con esa sociedad. Pero lo que sí es importante resaltar es que la especialización artesanal aumenta y muchos artefactos son intercambiados en diferentes lugares del actual territorio peruano, principalmente en los centros administrativos wari. Caminos que conectaban a varios de estos sitios son arterias principales para el traslado de personas y bienes a lo largo del territorio andino.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo, existe una clase gobernante o élite que domina el paisaje político en gran parte de los Andes. Las élites wari controlan o influyen efectivamente a los grupos sociales mediante la religión y la coerción física. A la élite ayacuchana de la ciudad de Huari le siguen en jerarquía política una serie de élites wari directamente emparentadas con las familias «reales» y otras élites locales que se han aliado, se afilian o que imitan a la wari. Debajo de ellos, toda una burocracia se establece y cuerpos de especialistas aparecen y se asientan en los diferentes sitios wari. Asimismo, diferentes grupos de artesanos y productores sustentan la riqueza de las élites. Existen instituciones políticas que establecen las posiciones sociales de cada grupo dentro de la integración wari. En este periodo se han localizado mausoleos de grandes personajes y un conjunto de distintas tumbas que representan materialmente la posición social de sus miembros.

Prácticas sociales ideológicas

En la religión de este periodo se reconoce la presencia de seres antropomorfos con rasgos animales. Especialmente, los íconos relacionados con la influencia tiwanaku se hacen presentes en la producción artesanal wari, principalmente en los textiles y cerámica. Sin embargo, no existe un panteón muy estandarizado y, más bien, conviven muchos personajes, versiones de otros seres extrahumanos antiguos u otros que recién aparecen en este periodo. En general, podríamos señalar que existen seres extraordinarios que representan fuerzas naturales y supernaturales que están organizados dentro de un discurso religioso controlado, gestionado y dirigido por los especialistas religiosos desde Wari, pero también desde otros centros administrativos wari. El culto a los ancestros se puede evidenciar contundentemente en sitios como el mismo Huari, donde se enterraron a los líderes políticos en mausoleos hechos con grandes bloques de piedra.

8. Período de las Entidades Políticas Autónomas Tardías (1000 d. C. – 1400 d. C.)

Este período se caracteriza por el resurgimiento o surgimiento de una serie de tradiciones y entidades locales y regionales tras la desaparición del dominio y/o influencia wari. Varias entidades políticas florecen principalmente en valles costeros e interandinos. Verdaderas ciudades aparecen y reúnen a miles de personas. Este periodo también coincide con lo que en Europa se conoció como la «Anomalía Climática Medieval», la cual se extendió entre el 1000 d. C. y el 1300 d. C. (Fagan y Durrani, 2021). En los Andes centrales este fue un periodo de severas sequías, pero también de intermitentes y violentos fenómenos de El Niño que afectaron de diferentes maneras a las comunidades de la costa y sierra peruana (Fagan, 2009).

Las principales entidades políticas de este periodo surgen desde los principales asentamientos, ya verdaderamente urbanos, en gran parte de la costa peruana, pero principalmente en el norte y centro. De este modo, en la costa norte, con mucha diferencia, destacan lo Lambayeque y lo Chimú. La entidad política Chimú, incluso, se extendió entre los valles de Motupe y Casma. En la costa norcentral veremos el surgimiento de los asentamientos vinculados con las tierras agrícolas en el valle de Chancay y cercanos, y en la costa central los sitios relacionados con lo conocido en la literatura arqueológica como lo Ychsma en los valles del Rímac y Lurín. En la costa sur hay algunos valles como Chincha, Ica o Nazca e, incluso el Osmore, donde también se generan extensos asentamientos y cementerios. En la sierra norte, lo Cajamarca sigue aún vigente y vibrante, y en la sierra central tenemos que el valle del Mantaro contiene una serie de comunidades integradas políticamente conocidas como Xauxa y relacionadas con la agricultura y la ganadería. Finalmente, la sierra sur observó el surgimiento de los «reinos altiplánicos» entre los que destacan lo Colla y lo Lupaca, ambos ubicados en lo que ahora es el departamento de Puno. En la ceja de selva del norte del país, lo Chachapoya dominará el paisaje político de este periodo.

Entre los sitios arqueológicos más representativos de este periodo tenemos a Batán Grande, Túcume y Chotuna-Chornancap en Lambayeque; Chan Chan en el valle bajo de Moche; Kuélap en el departamento de Amazonas; el Gran Pajatén en el departamento de San Martín; Cerro El Purgatorio en el valle bajo de Casma; Pisquillo Chico y Lauri en el valle de Chancay; el Complejo Maranga, donde resalta la Huaca Tres Palos y Mateo Salado en el valle del Rímac; Armatambo al sur de la ciudad de Lima; las Pirámides con Rampa de Pachacamac; La Centinela de Tambo de Mora en el valle bajo de Chincha; Chiribaya Alta en el valle de Moquegua; Tantamayo en Huánuco; Tunanmarca en Junín; y Pucarani y Pucara de Juli en Puno.

Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.
Figura 8. Fotografía aérea de Chan Chan tomada en 1931 por la Expedición Shippee-Johnson.

Este periodo acaba con el control territorial o la influencia del Imperio Inca en gran parte de los Andes durante el siglo Xv.

Prácticas sociales económicas

En este periodo se regresa a las producciones locales enfocadas y distribuidas en regiones relativamente constreñidas a grandes zonas ecológicas como la costa y la sierra. Aunque también hay algunos casos de «archipiélagos» territoriales en estas sociedades (Murra, 1975). Sin embargo, la principal producción agrícola se realiza en los valles costeros con proyectos preexistentes o que se amplían, y en la sierra con agricultura en terrazas agrícolas o andenes. En la costa, la agricultura se convierte en la principal práctica social económica y en la sierra, esta actividad se encuentra bien complementada con la ganadería extensiva de camélidos. Las producciones artesanales se concentran en los artefactos necesarios para las élites locales y, en algunos casos, se conservan importantes tradiciones como la metalúrgica, la textil y la cerámica. Los intercambios se siguen realizando entre comunidades, pero se enfocan sobre todo en las entidades políticas locales.

Prácticas sociales políticas

Durante este periodo tenemos sociedades con relaciones sociales políticas muy variadas. Se observan desde verdaderos imperios como el Chimú hasta comunidades dispersas como las del altiplano cincum-Titicaca entre las que sobresalen lo conocido como Colla y Lupaca. Así, tenemos relaciones bastante jerárquicas y otras más laxas. Sin embargo, en algunas sociedades vemos que ciertas élites se han establecido y controlan gran parte de la producción comunal. Debido a esta diversidad, las estrategias políticas de control social van desde las religiosas hasta las coercitivas o una combinación de ambas.

Prácticas sociales ideológicas

Nuevamente, como ocurrió en el periodo de las Entidades políticas autónomas tempranas, las comunidades generan sus propias visiones del mundo en donde producen sus propias representaciones de sus divinidades o sujetos de culto. La iconografía representa variadas formas de expresión de sus religiones. Los personajes antropomorfos, algunos con rasgos animales, perviven en su religión. Muchas huacas florecen en el paisaje ritual andino hacia las cuales las comunidades se orientan, movilizan y rinden culto. Extensos cementerios en la costa peruana señalan que los rituales funerarios se vuelven importantes para las comunidades andinas de este periodo.

9. Período de la Tercera Integración Multirregional (1400 d. C. – 1532 d. C.)

Este es el último periodo de la época prehispánica y tiene como principal protagonista a la entidad política inca, la cual despliega una importante integración económica, política y religiosa en gran parte de la costa, sierra y ceja de selva del área andina (D’Altroy, 2003, p. 47; Bauer y Smit, 2019, p. 129). Desde el Cusco, el Estado inca se expandirá por gran parte de los Andes sudamericanos en cuestión de décadas, formando un verdadero imperio prehispánico que incorporó a una multitud de comunidades y grupos étnicos.

Con respecto a la extensión de los asentamientos vinculados directamente con las élites del Cusco, tenemos que prácticamente todo el territorio peruano, a excepción, por ahora, de la selva baja, tuvo algún asentamiento o influencia de los incas. En este caso, los incas seleccionaron la ocupación de ciertas zonas por razones económicas, políticas e ideológicas. Destaca la colocación de nuevos asentamientos en zonas no explotadas económicamente previamente y la reocupación de sitios o huacas con poder económico, político y religioso. Evidentemente, el Tawantinsuyu excede en su extensión al Perú y llega a ocupar áreas de los actuales países de Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina, constituyéndose como uno de los imperios antiguos más importantes del mundo.

Los sitios arqueológicos construidos por los incas, o que fueron intervenidos por ellos en su expansión, se encuentran dispersos por gran parte del Perú y otros países andinos de Sudamérica. Entre los sitios arqueológicos más importantes de este periodo tenemos a la ciudad del Cusco, Ollantaytambo, Pisac y Machu Picchu en el centro del antiguo Imperio Inca; Cabeza de Vaca en Tumbes; Paramonga en el valle de Fortaleza; el Templo del Sol y el Acllahuasi en Pachacamac en el valle bajo de Lurín; Tambo Colorado en el valle de Pisco; Inkawasi en el valle medio de Cañete; Quebrada de Vaca en el litoral de Arequipa; Hatuncolla, Chucuito y las Chullpas Incas de Sillustani y Cutimbo en Puno; Huánuco Pampa en la puna de Huánuco y Pumpu en Pasco.

Este periodo finaliza con el inicio de la caída del Imperio Inca a consecuencia de la llegada de los españoles al territorio andino en 1532.

El Coricancha en Cusco.
Figura 9. El Coricancha en Cusco. Fuente: Elaboración propia.

Prácticas sociales económicas

La base de la economía incaica fue la agricultura. Para ello, extensos proyectos hidráulicos y de construcción de andenes y campos de cultivo se dieron durante este periodo. Asimismo, la ganadería de camélidos se hace mucho más intensiva. Las producciones artesanales ven un gran desarrollo alimentado por las grandes rutas de intercambio de materias primas y por las propias necesidades de las élites incaicas y aliadas. Los especialistas florecen o son asimilados por las élites incas, lo cual se expresa en una amplia variedad de productos de alta calidad tecnológica y artística. Asimismo, muchos especialistas en la producción de alimentos son parte importante de la base económica. La misma fuerza de trabajo extraída mediante «mitas» es un importante insumo para la economía incaica. La gran red de caminos incas garantizó la circulación de los bienes y de fuerza de trabajo a lo largo de todo el Imperio.

Prácticas sociales políticas

En este caso, gracias a la arqueología y la etnohistoria sabemos de la existencia de una verdadera pirámide política encabezada por el Sapa Inca y seguido de sus familias reales, élites intermedias, burócratas y especialistas hasta llegar a los comuneros. La política estatal es ejercida mediante la coerción física, aunque se mantienen ciertas manipulaciones ideológicas basadas en la tradición y religiones precedentes. El aparato estatal inca creó una serie de instituciones políticas que establecieron y garantizaron la organización de la sociedad inca. Los gobernantes y sus familias reales ejercieron un control sobre la vida y muerte de las comunidades dominadas e integradas durante este periodo.

Prácticas sociales ideológicas

La religión incaica es animista. A pesar de que existen relatos etnohistóricos que afirman la representación de sus dioses. En realidad, salvo unas cuantas descripciones, no tenemos evidencias de una religión que plasmase sus divinidades en su cultura material. De esta manera, es posible que su religión estuviera basada en el culto a fuerzas sobrehumanas y fenómenos naturales. Asimismo, los ancestros como los antiguos Incas y sus mallquis, fueron objeto de culto por los linajes reales y sus seguidores. En general, en todo el territorio andino, muchas otras creencias precedentes se amalgamaron para crear una religión con múltiples personajes que proyectaban su fuerza y control sobre las actividades del ser humano. Los incas supieron articular estos oráculos o huacas muy bien dentro de su estructura religiosa, en la cual el sol era una de las divinidades principales y oficiales, aunque no la única.

Comentarios finales

Es imposible dar cuenta de todas las prácticas sociales inmersas en ese continuum histórico denominado prehistoria de los Andes Centrales. Pero, no por ello, tal empresa debería ser abandonada ni menospreciada. Un esfuerzo por comenzar a comprender tales prácticas sociales parte de una síntesis de los datos arqueológicos e históricos y de un empeño por tratar de comprender una serie de fenómenos sociales discretos que se han materializado en el territorio estudiado. La propuesta aquí esbozada trata de asumir tal desafío con los medios y materiales disponibles en este momento concreto.

Así, como hemos podido apreciar, la prehistoria andina se puede ver grosso modo como un constante juego de integraciones y desintegraciones, las cuales tenían como principales protagonistas a los líderes y gobernantes de cada entidad política. Esto no quiere decir que los otros agentes de la historia no hayan tenido nada que ver. Por el contrario, fueron parte fundamental de tal escenario social. Por ello, incluso cuando se daban tales integraciones económicas, políticas y/o ideológicas, las fuerzas centrífugas o de resistencia al control o hegemonía desde otras facciones políticas o comunidades, también estuvieron presentes y fueron el embrión de nuevos cambios sociales. La generación de estratos o clases sociales también fue un elemento importante en tales organizaciones políticas que, más allá de ordenar a los grupos sociales de acuerdo con su actividad laboral o estatus, supuso una cuota de control sobre sus vidas y sus producciones materiales. Por ello, la coerción muchas veces apareció como la manera más efectiva para disminuir tales tensiones sociales.

De toda esta historia prehispánica aquí esbozada, afortunadamente nos han quedado paisajes, monumentos, poblados, cementerios y artefactos arqueológicos que nos hablan de la gran diversidad social y étnica que se dio en los Andes peruanos prehispánicos. Esa riqueza es la que nos permite contar con una importante colección de las mejores obras de arquitectura y de arte de todo el mundo y que los arqueólogos no se cansan de estudiar.

Finalmente, es nuestro deseo que esta propuesta de periodificación ayude a organizar de manera más coherente los datos arqueológicos actuales, pero, sobre todo, espera proponer una manera de ver a la historia precolonial andina desde una perspectiva más dialéctica en la cual todos los actores de la escena histórica estén iluminados.

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Recibido: 20 de setiembre de 2023

Aceptado: 23 de octubre de 2023

Publicado: 19 de diciembre de 2023

Contribución del autor: El autor ha participado en la elaboración, el diseño de la investigación, la redacción del artículo y aprueba la versión que se publica en la revista. Financiamiento: Sin financiamiento. Conflicto de intereses: El autor no presenta conflicto de interés.

Correspondencia: [email protected]

  1. Una versión preliminar de esta sección fue publicada en Tantaleán (2023).

 

 

 

Periodificación en Arqueología peruana: genealogía y aporía

La periodificación es un estratégico punto de intersección entre la propuesta teórica y la investigación empírica. Su historia resume bien los debates por los que ha atravesado la arqueología peruana. La variedad de periodificaciones postuladas y/o practicadas en el área central andina, las convierte en un privilegiado campo de estudio. Asumida la necesaria reciprocidad entre el avance de toda disciplina y el conocimiento de su historia, se plantea este recorrido por los principales sistemas de periodificación, los enfrentamientos entre tendencias y el panorama actual. No se trata de un enfoque teórico, antes bien historiográfico de un aspecto específico de la arqueología peruana. El objetivo es hacer una genealogía crítica y funcional, es decir presentar la génesis de los esquemas conceptuales actualmente utilizados, sus conexiones y límites.

Autor: Gabriel Ramón Joffré

Estadio

Cronología

Rasgos

Primeros agricultores

3000 (?)

– 1000 a. C.

En general costeños, sin cerámica. La información esencialmente provenía de Huaca Prieta. Con Tello, sostenían que aunque en la costa había evidencias del inicio de la cerámica, se trataba de reflejos serranos.

Cultistas

1000 a. C. – 0

Florecimiento repentino y abrupto, presencia de cerámica bien elaborada. Sin control agrícola completo de los valles. Las manifestaciones del motivo felínico sugieren un fuerte culto religioso y permiten hablar de un horizonte chavín.

Experimentadores

0 – 600

Escasamente vinculados al estadio previo, aunque la cerámica utilitaria, no decorada, mostraría la continuidad de población. Presencia del horizonte Blanco sobre Rojo permitiría sincronizar las manifestaciones culturales, aunque —a diferencia del Chavín— no indicaba uniformidad cultural.

Maestros artesanos

600 – 1000

Culminación tecnológica y artesanal, iniciada en el periodo previo. Sin horizonte estilístico y con profunda regionalización (Nazca, Moche).

Expansionistas

1000 – 1200

Caracterizado por la conquista como forma de dominio. Continuas guerras internas y desbarajuste de los sistemas hidráulicos. Presencia del horizonte Tiahuanaco (complejo: cerámica, textiles, lítico) vinculado al fenómeno expansionista. Luego aparecen estilos locales y en la costa norte el horizonte Negro, Blanco y Rojo.

Constructores

de ciudades

1200 – 1450

Aparecen estilos locales que van más allá de lo Tiahuanaco. En cada área principal hubo una cultura. Caracterizado por la presencia de pueblos planeados a gran escala.

Imperialistas

1450 – 1532

Imperio político y horizonte complejo (cerámica, arquitectura, técnicas, textilería, metalurgia). Se complementa con información etnohistórica.

En una entrevista concedida en 1997, un arqueólogo peruano relató una curiosa anécdota: tras sucesivas reediciones, los editores estadounidenses de su manual sobre arqueología andina le solicitaron (en 1992) que lo revisara. El autor pidió que dejaran de publicarlo. Esta renuncia pasaría desapercibida si no se tratara de un clásico local: De los pueblos, de las culturas y las artes del Antiguo Perú de Luis Lumbreras1. Esta síntesis fue un hito en la arqueología nacional y su impronta ha resultado decisiva en esta disciplina. Su eficacia estaba íntimamente vinculada a la propuesta de periodificación ensayada en trabajos anteriores (Lumbreras, 1969a) y consagrada en aquella publicación (Lumbreras, 1969b). Luego de tres décadas, e incluso después de la renuncia del propio autor, resulta significativo que el esquema planteado en este libro perdure prácticamente incólume como referencia para muchos especialistas —mayormente locales— dedicados a la historia de los Andes centrales prehispánicos. De los pueblos…. resultó de la estudiada organización de un gran corpus informativo en un esquema evolutivo, sintetizado en su multicitado cuadro cronológico. Sin obviar méritos intrínsecos, entre los diversos motivos para explicar la permanencia de esta propuesta, no puede descartarse la posterior desatención a este tópico. Complementariamente: es preciso interrogarse por el papel de la periodificación para la arqueología peruana actual, no como ornamento, antes bien como trama del razonamiento arqueológico.

Por tradición —y presupuesto— las investigaciones en el área andina se han centrado en determinados sitios o valles. De modo que la abundante información monográfica contrasta con la escasez de trabajos de síntesis (Bonavia, 1991: 6). Y cuando ocasionalmente aparecen, es obvio que pese a la abundante información ofrecida, suelen flaquear en su mecánica interna, es decir, en la nomenclatura y la periodificación. Esto opaca la relación entre corpus e hipótesis. Sin embargo, la importancia de la periodificación no se restringe a las obras generales, siendo relevante desde el grado cero de la investigación arqueológica. Para organizar la información obtenida por los más diversos medios (excavación, prospección, estudio de colecciones, etc.) los arqueólogos utilizan ­­—tácita y/o explícitamente— categorías alusivas al tiempo y al espacio, que son las coordenadas de la periodificación (y de la arqueología). Se trata de un paso previo —imprescindible— a la síntesis, y de la columna vertebral de la disciplina, que permite clasificar significativamente las «culturas», explicar los «procesos» e identificar los «sistemas». Conviene entonces aludir a los motivos de la escasa atención al tema.

Al pasar de la época de las grandes síntesis (típicas de la denominada corriente histórico-cultural) a la de los problemas específicos (que caracteriza el enjambre de tendencias posteriores), se soslayó la periodificación, ya que había llegado el momento de analizar casos puntuales, de limitarse a las explicaciones sincrónicas2. Por lo menos en nuestro medio, la actitud asumida en este trance acarreó una falacia (que la atención a problemas determinados permite obviar su división temporal específica y comparada) y tuvo algunas consecuencias:

a. la permanencia (directa o indirecta) de las categorías planteadas en la primera época;

b. la falta de discusión respecto a los criterios de organización informativa al interior de cada sección específica (léase «cultura»)

c. la proliferación de híbridos que tratan de acoplar nueva información en categorías teórica (y prácticamente) enrarecidas.

Parte del indicado conflicto reside en la ausencia de perspectiva histórica elemental. Para plantear la discusión sobre esta herramienta conceptual en la arqueología peruana y ajustar algunos cabos, se ensayará su genealogía razonada. Pese a lo mucho que puede haberse modificado esta disciplina en las últimas décadas, la inclusión de «cuadros» o esquemas, es una constante. El espacio andino ha sido objeto de recurrentes periodificaciones, lo que permite trazar una historia particularmente densa de este tópico4. Dada su continuidad, la comparación de estos esquemas es útil para conocer ¿cómo?, ¿en qué?, e incluso ¿por qué? han variado las interpretaciones acerca del pasado andino5.

A grandes rasgos, podría decirse que en nuestro medio han primado dos formas de periodificar o clasificar temporalmente el material arqueológico: la evolutiva y la cronológica. Quienes optaron por la primera, han preferido los estadios para organizar sus investigaciones, ordenando sus categorías en base a criterios económicos o políticos. En el segundo caso, se considera al periodo como elemento organizativo clave, no otorgándole más valor que el estrictamente cronológico. No se trata de propuestas excluyentes, pero es preciso distinguirlas6. La falta de atención sobre este tema es causa y efecto de graves incongruencias, manifiestas en las investigaciones, en las publicaciones y especialmente en los guiones de los museos. Las recurrentes críticas a las incoherencias en la nomenclatura y la periodificación (Kroeber, 1942; Schaedel en Varios, 1959; Lumbreras, 1981: 22, inter alia) no han implicado —ni implican— desconocer su valor como instrumento metodológico.

1. Arqueólogos en busca de horizontes
Luego de una primera etapa principalmente dedicada a organizar las colecciones americanas de algunos museos de su tierra natal, y escribir un par de libros sobre el tema, Max Uhle (1856-1944) viajó a los Andes8. Entre los múltiples aportes de este sinólogo alemán, valga citar dos. Primero, la excavación sistemática en Pachacamac (1896-1897) que le permitió reconocer la superposición de tumbas, que sirvió de base para la primera secuencia cronológica estratigráficamente sustentada. Uhle corroboró su experiencia museográfica previa, distinguiendo entre el material Tiahuanaco e Inca, y ubicando entre ellos los estilos epigonales. En segundo lugar, al observar la relativa ubicuidad sincrónica de determinados estilos, acuñó el concepto de «horizontes cronológicos». Estos le sirvieron para organizar el material hallado durante sus excavaciones por el territorio andino (Uhle, 1902)9. Entre 1899 y 1900, con el apoyo de la Universidad de California, trabajó en los valles de Ica y Nazca al sur y de Moche en el norte. Así ratificó su propuesta y ubicó los estilos Proto Chimú y Proto Nazca antes de Tiahuanaco. Finalmente identificó poblaciones de «pescadores incultos» en distintas zonas de la costa, caracterizadas por la presencia de conchales. Todo esto permitió a Uhle (1970 [1910]) contar con sustento para su primera periodificación:

• Imperio Incaico

• Estilos Epigonales de Tiahuanaco

• Cultura Tiahuanaco

• Culturas Protoides (Proto Chimú, Proto Nazca)

• Pescadores primitivos del litoral

Entre los diversos debates académicos de Uhle, el menos tratado ha sido el que sostuvo con Philip A. Means, autor de varios libros de síntesis sobre el Perú10. Como respuesta a un ácido artículo —donde este historiador norteamericano crtiticaba su cuadro cronológico— Uhle decidió presentarlo y sustentarlo en detalle. En este documento no solo amplía la información sobre la costa central sino del área andina en general, en la que es posible distinguir la recurrencia de ciertas manifestaciones culturales (ver cuadro cronológico en Uhle, 1920: 458).

Dedicado a la arqueología, pero principalmente en paises vecinos (Chile, Ecuador), Uhle continuará defendiendo su esquema cronológico general, sin alterar sus rasgos esenciales (cf. 1955 [1939]). Complementariamente, la labor de organizar y estudiar las colecciones recolectadas durante sus excavaciones quedará en manos de Alfred L. Kroeber (1876-1960). Este antropólogo norteamericano y sus colaboradores (Anna Gayton, Lila O’Neale, William Strong) asumirán la publicación sistemática del material de Uhle, complementándola con expediciones al Perú. Uhle había delimitado los bloques mayores del pasado andino: Kroeber emprenderá el primer refinamiento de las cronologías relativas internas de estas grandes secciones, que nace precisamente del afán de clasificar el material publicado. Hacia 1930 su periodificación general comprendía cuatro segmentos: Periodo Temprano, Periodo Medio u Horizonte Epigonal-Tiahuanaco, Periodo Tardio, Periodo (u Horizonte) Inca. Esta clasificación que tenía como base el valle de Moche, permitía distinguir entre estilo y tiempo, y su utilidad hizo que se difundiera rápidamente. Curiosamente fue el propio Kroeber el primero en abandonarla en su último trabajo de síntesis (Rowe, 1959a:  3-4). En este libro, además de presentar su material y sus cronologías específicas, Kroeber (1944: 108) incluyó una sección conceptual, donde definía el estilo de horizonte (horizon style) como:

«[…] one showing definably distinct features some of which extended over a large area, so that its relations with other, more local styles serve to place these in relative time, according as the relations are of priority, consociation, or subsequence».

Paso seguido, Kroeber ubicaba los casos concretos. A los estilos de horizonte ya establecidos: Inca, Tiahuanaco (identificados por Uhle) y Chavín (por Tello), agregó el Negativo y ­—como posibilidadades— el Blanco sobre Rojo y el Nazca B-Y. Con base en estos marcadores estilístico-cronológicos elaboró un cuadro general más sofisticado (ver cuadro cronológico en Krober 1944: 112).

El tercer personaje de esta primera época es Julio C. Tello (1880-1947) quien en uno de sus primeros trabajos de síntesis propuso su Teoría andina de las tres épocas discutiendo lo que denominó Teoría de las importaciones culturales centroamericanas de Max Uhle. A Tello le interesaba resaltar el papel de la sierra en el proceso histórico andino. En tal sentido, indicó que antes que los pescadores costeños optaran por la agricultura, los pobladores de la selva ya habrían tenido ciertos cultivos, que luego difundieron a la sierra y finalmente al litoral. La civilización sería típicamente serrana, la costa, un área receptora de influencias. Las Tres grandes etapas o épocas derivadas de una misma cultura desarrollada en la sierra comenzaron con una Primera época megalítica o arcaica andina que, por el avance de su arte lítico y textil, habría durado más tiempo (10 siglos). Durante la Segunda época del desarrollo y diferenciación de las culturas del litoral, la civilización habría descendido a los llanos por las quebradas cisándinas, coexistiendo con las nuevas culturas Muchik y Nazca, derivadas de la arcaica andina (8 siglos). Finalmente, la Tercera época de las confederaciones tribales, se extendía hasta los incas (355 años) (Tello, 1929: 17-26). Posteriormente, el médico huarochirano ratificó su esquema, recalcando que mientras en la sierra se daba una especie de continuum cultural, los grandes yacimientos de la costa evidenciaban claras modificaciones (Tello, 1980 [1932]: 108). Los «troncos culturales» serranos se habrían propagado al litoral en sucesivos periodos. Las culturas de Chavín y Mantaro formaron el primer Horizonte o Estrato Inferior del Litoral. Las culturas de Cajamarca, Apurímac y Tiahuanaco unidas a las culturas locales formadas al impulso de las primeras constituyeron el Horizonte Medio. Junto con las culturas desarrolladas, la Inca formó el Estrato superior. Como corolario y sustento de su propuesta produjo un esquema, formalmente muy distinto a los anteriores, dividido en edades12 (ver cuadro cronológico en Tello, 1942 [1939]: lámina VII).

La comparación entre los tres cuadros precedentes permite observar una diferencia estructural: Uhle enfatizaba en la dinámica del proceso, Tello en la permanencia. El primero remarcó las subdivisiones, el segundo las soslayó (y confundió). Kroeber no es un punto medio, sino quién precisa e intensifica la ruta de pesquisa instaurada por Uhle, mientras trata de incorporar el caudal informativo obtenido por Tello, de cuyos criterios interpretativos difiere radicalmente (cf. Kroeber, 1942; 1944). Desde entonces, el término horizonte tiene significados opuestos. Para Uhle resulta de una unificación efímera, para Tello ratifica la unidad andina. Kroeber hace del estilo de horizonte una herramienta de trabajo, que le permitirá sintetizar la información existente y ratificar la trilogía clásica: Chavín, Tiahuanaco e Inca.

2. Consensos evolucionistas: la mesa redonda de Chiclín (1946), el proyecto Virú, y sus epígonos
Concluida esta etapa fundacional de las periodificaciones arqueológicas, aparece una nueva generación de investigadores. En el caso peruano se trata de la segunda, en la que destaca el ingeniero Rafael Larco Hoyle (1901-1966), y para los extranjeros, de la tercera. La intersección de ambas se dará en la Mesa Redonda de Chiclín, promovida conjuntamente por los miembros del proyecto del valle del Virú del Institute of Andean Research y Larco Hoyle, en agosto de 1946. Aunque la convocatoria incluía a las principales autoridades nacionales (Jorge Muelle, Julio Tello y Luis Valcárcel), de los peruanos solo participó el anfitrión. En la primera jornada, los arqueólogos norteamericanos presentaron informes parciales sobre sus investigaciones: Junius Bird (Descubrimientos Precerámicos), Donald Collier (Culturas Post Mochica en el Virú), James Ford (Muestreo de Superficie), Gordon Willey (Patrones de Asentamiento en el Virú), Wendell Bennett (Grupo Gallinazo), William Strong (Secuencia Estratigráfica del Virú) y W. Mc Bryde (Aspectos Geográficos del Virú). Al día siguiente, basándose en sus estudios de campo y el abundante material depositado en el museo de su hacienda, Larco presentó su secuencia para la costa norte que —de acuerdo al testimonio de Willey (1946a: 132-134)— salvo en ligeros detalles, coincidía con el cuadro presentado por Strong para el Virú. Según el propio autor la secuencia que expuso comprendía siete épocas: Pre-cerámica, Inicial Cerámica, Evolutiva, Auge, Fusional, Imperial, Conquista (Larco, 1948: 10).

No era la primera vez que Larco planteaba su periodificación. En 1938 (pp. 36-49) había publicado una cronología de las culturas costeñas, que esbozaba siete épocas, pero apenas caracterizadas. En 1946 distinguió más detalladamente Cupisnique, Salinar y Mochica, sin hacer mayores conexiones evolutivas. La secuencia que presentó en la Mesa Redonda de Chiclín sería actualizada con las investigaciones de Bird en el sitio de Huaca Prieta, y presentada en el Congreso de Americanistas (1950). Posteriormente, su periodificación se mantendrá (comparar Larco, 1948 y 1963). Sus épocas estaban principalmente basadas en la cerámica como elemento diagnóstico y divididas en periodos (inicial, medio y último) para realizar una mejor explicación de la «evolución de las culturas». Así, por ejemplo —indicaba Larco— la época evolutiva (que a grandes rasgos correspondería con el formativo de Willey) se iniciaba con la cerámica hecha en molde, sin el felino estilizado como motivo decorativo. En el periodo medio de esta época, el motivo felínico se convertía en elemento diagnóstico básico. Finalmente, en el último, desaparecía, siendo reemplazado por dibujos geométricos incipientes, aplicados con brocha sobre la cerámica sin engobe (Larco, 1963: 18).

Conviene volver a la discusión principal de la Mesa Redonda de Chiclín, ya que estuvo centrada en la periodificación, específicamente en la contraposición entre criterios cronológicos y evolutivos. Se intentaba aclarar si las épocas eran periodos de historia simultáneos en los distintos valles o si eran estadios de desarrollo en los que la contemporaneidad era puramente fortuita. Fue entonces que Willey resumió el rasgo básico de la concepción temporal del proyecto Virú. Debido a las particularidades del área andina, se podía establecer una gruesa equivalencia:

«[…] si las Épocas fueron niveles básicamente horizontales en una trama temporal, la proximidad entre los centros culturales del Antiguo Perú permitía un rápido intercambio, y las tendencias de desarrollo afectaban a todos los centros casi simultáneamente. Así, las Épocas u horizontes temporales parecían corresponder con niveles generales de desarrollo cultural dentro de la intensiva área cultural peruana» (Willey, 1946a: 134).

Se concluyó que la prehistoria peruana podía ser segregada en épocas horizontales significativas (significant horizontal Epochs), de las cuales las principales se aproximarían a las siete ya citadas. Los asistentes al evento resolvieron que el procedimiento válido para definir cualquier epoca histórica horizontal (horizontal historical Epoch) sería determinar una especie de «mínimo común denominador» para todas las culturas pertenecientes a ese periodo1.

Pocos meses antes de realizar la conferencia de Chiclín (1946), el Institute of Andean Research había iniciado el Proyecto del valle del Virú. La investigación intensiva —y fugaz— en el mencionado valle permitió trazar un cuadro completo de su historia cultural, surgiendo así la primera secuencia referencial —de corte evolutivo— de la arqueología peruana15. El ajuste conceptual complementario a la mencionada reunión fue el Simposio de Nueva York (17-19 de julio de 1947) donde participaron básicamente los mismos estudiosos16. Se presentaron algunas herramientas conceptuales, como la «co-tradición» (Bennett) o una revisión de los «horizontes» (Willey), algunos resultados puntuales, y ensayos de clasificación evolutiva específica (Strong) y general (Steward). En un momento que se realizaban grandes síntesis sobre los sistemas económico-sociales a nivel mundial, la costa norte, y específicamente la secuencia del valle del Virú, se convirtió en el modelo para interpretar la historia de toda el área andina. La secuencia local quedó automáticamente ajustada a los parámetros de una nomenclatura universal.

Un acontecimiento bibliográfico inmediatamente previo al proyecto Virú fue la publicación del Handbook of South American Indians, dirigido por Julian Steward. En su segundo volumen (1946) ­—una gran síntesis de la historia andina— habían publicado prácticamente todos los participantes de la Mesa de Chiclín. Aún más voluminosas resultaron las consecuencias editoriales: de toda la serie de publicaciones, cabe detenerse en Andean Culture History (1949) de Bennett & Bird, que consagra la proyección teórica del pequeño valle septentrional. Anteriormente Bennett (precisamente en el Handbook… 1946: 80) había planteado un esquema de síntesis, pero las marcadas diferencias respecto a la propuesta posterior dan cuenta de la impronta del mentado proyecto. La nueva periodificación insiste en el problema de distinguir entre lo cronológico (rasgos que permiten ubicar el material en un determinado momento) y lo evolutivo (rasgos que indican de qué tipo de sociedad se trata). Para organizar la información Bennett y Bird asumen dos tipos de horizontes: simples (caracterizados por un rasgo único, p.e. la cerámica o la textilería) y complejos (caracterizados por un conjunto de técnicas). Tales horizontes permitían sincronizar la información de distintos valles. Para situar cronológicamente las manifestaciones culturales de un valle bastaba con ubicar los horizontes (p.e. Inca o Tiahuanaco) y hacer comparaciones con la secuencia del Virú. La presencia de una serie de estilos horizontales en los Andes Centrales proporcionaba pruebas adicionales de su unidad cultural. El concepto de horizonte de estos arqueólogos norteamericanos contaba con un valor esencialmente homotaxial, cultural (ver cuadros cronológicos en Bennett & Bird, 1949: 112; 1960: 82-83). Considerado lo anterior, estos autores esbozaron la periodificación que se convertiría en prototipo de la tendencia evolucionista. Es preciso resumirla como se ve en el cuadro de la página siguiente.

El enfoque evolucionista de Bennett y Bird aprovechaba aspectos estilísticos, como los horizontes, para organizar la información. A la trilogía básica (Chavín-Tiahuanaco-Inca) sumaban otros horizontes de referencia (Blanco sobre Rojo y Negro, Blanco y Rojo). A eso le agregaban la supuesta homogeneidad intrínseca del área andina (co-tradición) para justificar la generalización de los estadios. Este manual tuvo un éxito inmediato, e incluso epígonos, aunque no faltaron las críticas18. En 1956 Geoffrey Bushnell retomará el esquema, añadiendo el hipotético periodo de los Cazadores tempranos y denominando —a la mexicana— Clásico al de los Maestros Artesanos. Al año siguiente, Alden Mason —inspirándose también en Steward (1948)— combinará más aún el cuadro: Incipiente (Preagrícola y Agrícola temprano), de Desarrollo (Formativo, Cultista y Experimental), Floreciente y Culminante (Expansionista, Urbanista e Imperialista)19. Estas últimas fueron solo algunas de las diversas nomenclaturas propuestas, y contribuyeron a una mayor confusión. Se ha observado que estas periodificaciones revelan la principal dificultad de usar estadios como formas de organizar la información, ya que se debe asumir sincronía de eventos semejantes en un área amplia con —supuesta— homogeneidad secuencial. Incluso carecen de coherencia interna: antes que por usar términos enteramente subjetivos (v.g. clásico), por mezclar criterios (artísticos, económicos, etc.) en una misma secuencia. (Lanning, 1967: 23).

Estadio

Cronología

Rasgos

Primeros agricultores

3000 (?)

– 1000 a. C.

En general costeños, sin cerámica. La información esencialmente provenía de Huaca Prieta. Con Tello, sostenían que aunque en la costa había evidencias del inicio de la cerámica, se trataba de reflejos serranos.

Cultistas

1000 a. C. – 0

Florecimiento repentino y abrupto, presencia de cerámica bien elaborada. Sin control agrícola completo de los valles. Las manifestaciones del motivo felínico sugieren un fuerte culto religioso y permiten hablar de un horizonte chavín.

Experimentadores

0 – 600

Escasamente vinculados al estadio previo, aunque la cerámica utilitaria, no decorada, mostraría la continuidad de población. Presencia del horizonte Blanco sobre Rojo permitiría sincronizar las manifestaciones culturales, aunque —a diferencia del Chavín— no indicaba uniformidad cultural.

Maestros artesanos

600 – 1000

Culminación tecnológica y artesanal, iniciada en el periodo previo. Sin horizonte estilístico y con profunda regionalización (Nazca, Moche).

Expansionistas

1000 – 1200

Caracterizado por la conquista como forma de dominio. Continuas guerras internas y desbarajuste de los sistemas hidráulicos. Presencia del horizonte Tiahuanaco (complejo: cerámica, textiles, lítico) vinculado al fenómeno expansionista. Luego aparecen estilos locales y en la costa norte el horizonte Negro, Blanco y Rojo.

Constructores

de ciudades

1200 – 1450

Aparecen estilos locales que van más allá de lo Tiahuanaco. En cada área principal hubo una cultura. Caracterizado por la presencia de pueblos planeados a gran escala.

Imperialistas

1450 – 1532

Imperio político y horizonte complejo (cerámica, arquitectura, técnicas, textilería, metalurgia). Se complementa con información etnohistórica.

3. Sincronizar conceptos: las mesas redondas de Lima (1953, 1958, 1959)

Es fácil imaginar la situación imperante a inicios de los cincuenta si ya una década antes, Kroeber (1944: 225-226) se quejaba de las disputas sobre nomenclatura. La Mesa Redonda sobre Terminología Arqueológica realizada en enero de 1953 estuvo dedicada a afrontar estas dificultades. Participaron especialistas nacionales (Jorge Muelle, Toribio Mejía, Augusto Soriano, Luis Valcárcel) y estadounidenses (Richard Schaedel, Louis Stumer, William Strong). Luego de esbozar una «Teoría de sistemas de clasificación», propusieron una serie de términos aplicables a las culturas de la costa y la sierra. La discusión se basó en los sistemas de Julio Tello (Tres Épocas) y Rafael Larco (Siete Épocas), considerando especialmente lo resuelto en Chiclín (1946). Para denominar las culturas se recurrió a dos criterios: étnico y sitio tipo. En caso de contar con evidencia histórica (p.e. crónicas) se aplicaba el primero y se utilizó en los grupos culturales posteriores a la influencia tiahuanacoide. El segundo servía en todos los demás casos y podía ser tanto el primer sitio donde se había identificado la cultura como donde se le encontraba exclusivamente (Varios, 1953). Con base en ambos criterios, se eliminó más de medio centenar de nombres de sitios y estilos costeños: 24 del norte, 23 del norcentro y 10 del sur. Eran patentes los problemas provocados por las periodificaciones apresuradas. Durante las sesiones de discusión, Muelle advirtió:

«Los términos arcaico y clásico son alusivos a estilos artísticos. Cuando los empleamos estamos aludiendo a una clasificación del material, debemos desterrarlos de la clasificación de la cultura». (Varios, 1953: 9)

«Cuando decimos Chavín clásico no [nos] estamos refiriendo a la clasificación político-económica sino al estilo». (Varios, 1953: 12)

Se adoptó dos sistemas paralelos: uno de criterio económico (Pre-agrícola, Agrícola Incipiente y Agrícola) y otro sociopolítico (Formativo, Florecimiento Regional, Gran Fusión, Reinos y Confederaciones, e Imperio). Aunque todavía muy condicionada por la información norcosteña, esta reunión permitió establecer una terminología uniforme. Desde entonces, las convenciones establecidas sirvieron de referencia para los informes de excavación, tanto en la denominación de los estilos como en la nomenclatura de las divisiones temporales20.

1958 fue un año especialmente significativo para la periodificación. En Estados Unidos, se publicó Method and Theory in American Archaeology, y en Lima se realizaron dos encuentros sobre terminología arqueológica. El libro de Willey & Phillips (1970 [1958]) era un manual para la clasificación cultural, que incluía desde la definición de conceptos operativos hasta la proposición de una clasificación evolutiva continental. En la primera sección se plantea la diferencia entre horizonte y estilo de horizonte, considerando este último como una vía de acceso al primero, que debía ser más ampliamante definido. Caracterizaron al horizonte como «a primarily spatial continuity represented by cultural traits and assemblages whose nature and mode of occurrence permit the assumption of a broad and rapid spread», agregando que las unidades arqueológicas vinculadas por el horizonte eran solo apróximadamente contemporáneas (Willey & Phillips, 1970 [1958]: 33). En la sección dedicada a la síntesis cultural proponían los siguientes estadios: Lítico, Arcaico, Formativo, Clásico y Postclásico. El Lítico correspondía a los orígenes del poblamiento americano, el Arcaico a los cazadores, recolectores y pescadores del Holoceno, sin conocimiento de la cerámica, y teóricamente de la agricultura. El Formativo estaba conformado por los primeros grupos agricultores, generalmente poseedores de cerámica y el Clásico se vinculaba a la edificación de centros urbanos. Finalmente, el Post-Clásico aludía a los estados militaristas. Los primeros tres estadios se detectaban en toda América, los dos últimos solo en los Andes y Mesoamérica.

En enero del mismo año se realizaba en Lima un evento de signo opuesto: la Mesa Redonda de Ciencias Antropológicas (Varios, 1958). Fue entonces que Jorge Muelle, Eugene Hammel y Edward Lanning disertaron Sobre el concepto de horizonte en la arqueología peruana. En franca distancia con tendencias anteriores, calificaban a las secuencias evolucionistas apresuradas como «meta-arqueología». Como elemento ordenador para las clasificaciones proponían una redefinición del horizonte. Advertían que no se trataba de un fenómeno plenamente simultáneo, dado que era muy difícil la difusión instantánea de un estilo. El horizonte, podría representarse como una línea ligeramente inclinada. En sus términos,

«Horizonte es el plano imaginario que conecta un segmento dado de una columna estratigráfica con el segmento análogo de otras columnas en el esquema clasificatorio. La conexión se hace por la identificación de un mismo complejo morfológico». (Muelle et al., 1958: 73)22

Aunque la historia de este encuentro está apenas documentada, hay indicios de que entre las decisiones finales, se reconoció como marco organizativo básico, el cuadro cronológico de John Rowe, entonces denominado esquema «tempo-espacial»23.

En agosto de 1958, se efectuó la Mesa Redonda de Terminología Arqueológica en el marco del Segundo Congreso Nacional de Historia24. La ponencia principal estuvo a cargo de Richard Schaedel quien resumió las conclusiones de la Mesa de 1953 y defendió su vigencia. Para este arqueólogo norteamericano, el sistema de estadios (Steward, Strong, Willey) era indispensable para la comparación transcultural. Para la nominación de sitios insistió en aplicar los criterios ya acordados y en la necesidad de conciliar entre «subdivididores» (principalmente norteamericanos) y «sintetizadores» (mayormente peruanos). En seguida, se pasó a discutir la aplicabilidad de la nomenclatura evolutiva anteriormente aprobada. Si bien hubo diversas observaciones puntuales, la crítica más insistente fue de un alumno de Jorge Muelle: Luis Lumbreras. Resaltó la dificultad de utilizar el sistema sustentado por Schaedel para la Sierra Central, donde el orden de los estadios era distinto, y defendió la utilidad de la propuesta «tempo-espacial» de Rowe. Finalmente se aprobó una modificación específica en la nomenclatura (reemplazar el término Florecimiento por Configuración). Sin embargo, lo más significativo —ya que preludiaba posteriores debates— resultó el contrapunto Schaedel/Lumbreras defendiendo la secuencia evolutiva y el sistema de Horizontes e Intermedios, respectivamente (Varios, 1959: 30-34)25.

La evidente brecha entre ambas tendencias encontró un escenario idóneo en la Semana de Arqueología Peruana organizada por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en noviembre de 1959. En este hito académico perduraba la búsqueda de conceptos sistematizadores (no necesariamente evolutivos) para la arqueología andina. Lo marcante en tal sentido fue la ponencia de Rowe. Si bien su propuesta general ya se estaba difundiendo indirectamente, este arqueólogo norteamericano presentó entonces un ejemplo práctico de su metodología: explicó la seriación por semejanza del estilo nasca, realizada en colaboración con Lawrence Dawson. No se trataba ya de los «descubrimientos de sitios» o de las «secuencias regionales» de incógnito fundamento. Luego del recuento analítico de las clasificaciones previas de este estilo, Rowe planteaba una solución, es decir una secuencia cronológica relativa. Sin embargo, lo más novedoso era que explicaba su lógica interna. Esta secuencia se concatenaba a una mayor que estaban elaborando para el valle de Ica. En suma, la ponencia era el indicio de una tendencia, de una escuela. Sin embargo, el evento no fue unísono: permitió confrontar una nueva versión de la propuesta de los estadios (Choy) y la incipiente secuencia maestra (Rowe).

4. El Horizonte redefinido, desde Ica

Aunque la propuesta teórica consolidada de John Rowe debe fecharse en 1962, su aproximación documentada al tema podría remontarse a sus primeros ensayos de datación absoluta a partir de fuentes históricas (1945; 1948). Sus críticas a la tendencia evolutiva son inmediatas al proyecto Virú: aparecen bajo la forma de dos reseñas (1949; 1950) al libro de Bennett & Bird (1949). Su puntería estuvo dirigida a la periodificación, mejor dicho, a desmontar el cuadro sinóptico de sus colegas. Cuestionaba la extrapolación de la secuencia del Virú a los Andes, mostraba puntualmente como esta no se cumplía —especialmente en el sur andino— e indicaba una serie de contradicciones en el propio texto debidas a la impuesta homotaxialidad. Como solución para la síntesis, Rowe sugería la presentación de la secuencia nor-costeña, indicando sus diferencias con las —básicamente paralelas— de la sierra norte y la costa central, pasando luego a describir las secuencias —muy distintas— de la costa sur y Tiahuanaco. El impacto de esta reseña fue inmediato, sus consecuencias paulatinas.

En los diversos artículos de este arqueólogo norteamericano resulta evidente su distancia conceptual frente a la corriente imperante, que no se limita a la periodificación, sino que implica su complemento, el espacio (la definición de área cultural) y —en general— su percepción del pasado. En 1952 Rowe había iniciado con Dawson el mencionado proyecto de seriación de la cerámica paracas y nazca, al que luego se uniría Dorothy Menzel. En colaboración con otros especialistas —también de la Universidad de California (Berkeley)— viajarían recurrentemente a Ica para realizar estudios intensivos: desde el precerámico hasta la época colonial28. Esto le permitió trabajar en dos frentes. El específico, planteando una nueva cronología relativa del material cerámico de Ica. Para elaborar la secuencia del estilo nasca se utilizó como base colecciones de museos. La definición de las fases se sustentó en asociaciones funerarias y en fragmentos hallados en sitios domésticos. Identificados los extremos del estilo (Paracas y Huari), el método de clasificar fue la seriación por parecido, que no asumía a priori la dirección del cambio estilístico, como sí lo habían hecho sus colegas anteriores29. Establecida la secuencia preliminar, se le contrastó con las excavaciones más recientes y con 7 fechados radiocarbónicos. El resultado fue una secuencia de 9 fases (Rowe, 1960b). Para seriar el material paracas se aplicó un modelo semejante. Luego de diversos ajustes, la clasificación preliminar de 4 fases desembocaría en una más refinada —y corregida— de 10 (Rowe, 1957; Menzel et al., 1964)30. Los periodos posteriores de la misma secuencia (del Horizonte Medio al Horizonte Tardío) fueron sistematizados por Menzel (1964; 1971 [1961]; 1976, inter alia). La labor realizada en esta región fue complementada por trabajos paralelos, como la tesis de Edward Lanning (1960) que sirvió para definir el Periodo Inicial y la de Thomas Patterson (1966) sobre el Intermedio Temprano en la costa central.

En el ámbito general, Rowe (1960a [1959]; 1962) reformuló el sistema de referencia cronológica de toda el área andina31. A fin de evitar las dificultades presentadas por los estadios, propuso usar periodos para organizar la información arqueológica. Según su redefinición, estos no aludían a características culturales, servían como mera referencia cronológica —relativa— para organizar el material arqueológico. De este modo se podrían realizar distinciones claras entre estilo y tiempo, trama de la interpretación del proceso cultural32. La base comparativa sería la secuencia maestra de Ica, de inusitada minuciosidad, vinculable a otras áreas por criterios de contemporaneidad absoluta y relativa33. De acuerdo al método de seriación, se asumían los rasgos diagnósticos de la cerámica de esta zona como pauta para establecer una secuencia referencial para clasificar el material del área andina. Consecuentemente, se propuso:

• Horizonte Tardío

• Intermedio Tardío

• Horizonte Medio

• Intermedio Temprano

• Horizonte Temprano

• Periodo Inicial

Así, el Horizonte Temprano se iniciaba cuando las influencias estilísticas chavín se percibían en el valle de Ica. En la misma forma el Horizonte Tardío comenzaba con las primeras evidencias inca en el mencionado valle y no con la emergencia del estado inca en su área de origen. Esta periodificación se restringía a lo cronológico —o mejor dicho, reconocía su valor como paso previo imprescindible— de modo que los horizontes no significaban la generalización de patrones culturales (como en la definición de Kroeber o Willey) sino solo contemporaneidad, para lo cual se proponía una serie de formas de reconocimiento. Más citado que aplicado, desde fines de los cincuenta, el esquema de Rowe se convirtió en el armazón de las diversas investigaciones de arqueología peruana.

El alcance de los cambios producidos por esta escuela puede calibrarse considerando que no solo se trató de modificar la zona (del Virú a Ica) sino el concepto de referencia (de una secuencia homotaxial a una secuencia maestra). No fue únicamente una reformulación teórica del método de clasificación (de la tipología a la seriación por parecido, de lo cuantitativo a lo cualitativo) sino de su aplicación y contrastación intensiva durante aproximadamente dos décadas. Se buscó anular todo sesgo evolucionista que interfiriese el proceso de periodificación/clasificación cultural. En suma, de una forma distinta de formalizar/concebir el pasado.

5. El reflujo de los estadios
Corresponde a Emilio Choy (1915-1976) haber reorientado las propuestas evolucionistas. En su artículo de síntesis sobre La revolución neolítica en los orígenes de la civilización americana, presentado en la Semana de Arqueología de 1959, proponía dos clasificaciones. Primero, para el material de la costa norte (valles de Moche, Chicama, Virú) alude al Salvajismo (o Paleolítico), al Neolítico (que incluye Barbarie Inferior, Media y Superior) y a la Civilización, que se iniciaría con Mochica II y Gallinazo II. Su segunda propuesta abarcaba toda el área andina e incluía: Paleolítico, Mesolítico, Neolítico (o Agricultura Incipiente), División de Clases, Reyes Sacerdotales, Estado y Monarquías Confederativas (1960: 196-198). Antes que incorporar información inédita, Choy esbozo una explicación articulada del proceso. Los artículos de este autodidacta chalaco (1960, 1987 [1967], 1969) evidenciaban un uso del trabajo del arqueólogo australiano Gordon Childe para releer el material recopilado por el proyecto Virú34. Choy no llegó a desarrollar su propuesta, imbricándola detalladamente con material arqueológico. Tal labor quedaría en manos de otro participante de la Semana de Arqueología (1959).

Luego de algunos trabajos menores, en el artículo Acerca del desarrollo cultural en los Andes expuesto en la Mesa Redonda de Ciencias Prehistóricas y Antropológicas (13-18 de octubre de 1965), Lumbreras (1969a) esbozó una síntesis general. Propuso una división regional de los Andes y definió los «periodos» correspondientes para el Área Central: Lítico, Arcaico (temprano, medio, tardío), Formativo (inferior, medio, superior), Desarrollos Regionales, Expansión Wari, Estados Regionales e Imperio del Tawantinsuyo. Mientras los tres primeros se vinculaban a la propuesta de Willey & Phillips (1970 [1958]), descartaba el uso de los términos Clásico y Post-clásico, para recurrir a una denominación que incidiera en los rasgos locales. Complementariamente, (1969a: 150-152) propuso los siguientes segmentos evolutivos para toda el área andina: Estadio de los Recolectores, Estadio de los Agricultores Aldeanos (Arcaico, Formativo, Culturas Regionales) y Estadio de la Civilización.

El arqueólogo ayacuchano afirmaba que no era preciso contraponer periodos y estadios, dado que se les podía utilizar complementariamente. Sin embargo, en un giro total, arremetía ahora contra lo que consideraba «exceso antievolucionista» de Rowe, que lo habría llevado a variar el contenido de conceptos tales como el de «horizonte»:

«[…] fijándole no el sentido homotaxial que tenía desde su incorporación a la Arqueología andina, sino un tratamiento arbitrariamente “horizontal”, consistente en una línea de tiempo relativo que Rowe fija a partir de una columna de tiempo relativo que él y sus alumnos han establecido por métodos estilísticos en una región de los Andes (Ica)» (Lumbreras, 1969a: 149)

Para Lumbreras (1969a: 149), Rowe había «destruido totalmente la utilidad instrumental del concepto» horizonte. En tal sentido, describe una aparente paradoja: el periodo inca, denominado «Horizonte tardío», comenzaba, según Rowe, en 1476 de nuestra era, dado que el estilo Tacaraca A coincidía temporalmente con el inicio de la ocupación inca del valle de Ica. Sin embargo, la época inca de Ayacucho, cuya conquista antecedió a la de Ica, quedaría en el Intermedio Tardío y la última parte de Chimú se incluiría en el Horizonte Tardío ya que su conquista fue posterior. Como los participantes de la Mesa Redonda de Chiclín (1946), Lumbreras unificaba criterios evolutivos y cronológicos para el área central andina35. Su propuesta definitiva apareció en De los Pueblos, de las culturas…(1969b) donde reconocía tres grandes estadios: Recolectores: Lítico (15000-3000 a.C.), Arcaico (4000-1200 a.C.); Agricultores Aldeanos: Formativo (1200 a.C.-100 d.C.), Desarrollos Regionales (100-800 d.C.); Industriales Urbanos: Viejo Imperio (800-1200 d.C.), Estados Regionales (1200-1470 d.C.), Imperio Tawantinsuyo (1430-1532 d.C.) (ver cuadro cronológico en Lumbreras, 1969b: 28).

6. ¿Un nuevo consenso?
Aunque con una extraña fortuna crítica, el libro decisivo para la disciplina —y no solo en lo concerniente a la periodificación— había aparecido dos años antes. En Peru before the Incas, el arqueólogo norteamericano Edward Lanning (1930-1985) replanteó el sistema clasificatorio, proponiendo una fluida síntesis36. Entre las décadas de los cincuenta y sesenta, sus investigaciones en la costa, principalmente central, le habían permitido el conocimiento detallado del Periodo Inicial y del Precerámico.

Lanning organizó su manual aplicando las herramientas conceptuales presentadas por Rowe en sus artículos sobre periodificación, jerarquía de asentamientos y sistema de clasificación de sitios. Reconoció tres estadios generales, evidenciados por el material arqueológico: el Precerámico, el Inicial y el Cerámico. Para el último asumió la propuesta de su maestro y subdividió el primero en seis segmentos (Precerámico I al VI) con base en los trabajos realizados en colaboración con Patterson. Mientras los diversos horizontes e intermedios eran, por definición, simultáneos en toda el área andina central, el Periodo Inicial comenzaba en diversos momentos, dado que era el único plenamente determinado por un evento cultural: la introducción de la producción alfarera. Para evitar las dificultades acarreadas por la adopción de estadios demasiado rígidos, Lanning escoge ciertos rasgos diagnóstico/comparativos para explicar el proceso: Primeros Habitantes, Aldeas y Templos, Inicios de la Cerámica, Culto Chavín, Surgimiento de Ciudades, Primer Imperio, etc. De modo que, aprovechando la sistematización cronológica, podía incidir en la variabilidad cultural. Esto le permitió articular espacio, tiempo y sociedad, en un cuadro que imbrica —aún hoy— la mayor cantidad de secuencias locales (ver cuadro cronológico en Lanning 1967: 26-27).

Con la propuesta Rowe-Lanning (1962/1967) quedaron planteados los límites lógicos en los cuales se mueve aún la periodificación de la arqueología andina. Lanning es el primero que hace lo que actualmente se considera imprescindible en un trabajo de generalización. ¿Cómo se puede probar esto? A modo de ejemplo ilustrativo, cabe aludir a la periodificación propuesta por el historiador Pablo Macera (1978). Este autor parte por reconocer que en el territorio hoy denominado Perú, se dieron diferentes historias e indica que es posible proceder a su división cronológica. Como criterio de la periodificación manifiesta haber utilizado las relaciones de poder político y económico. Así, dentro de la época denominada Autonomía incluye: Primeras Sociedades Preclasistas (recolectores, cazadores, pescadores); Primeros Horticultores y Pastores; Formativos Andinos; Primeras Diversificaciones Regionales; Horizonte Medio (La expansión wari. Proceso de urbanización); Segunda Diversificación (los señoríos regionales) y Horizonte Tardío (incluida la expansión imperial inca). Pese a insistir —acertadamente— en los plurales (Formativos, Diversificaciones) e indicar que el horizonte chavín y el estadio Formativo, son entidades distintas, no sucede lo mismo con los periodos posteriores, ni —en general— con la estructura de su sistema de clasificación. Este valioso ensayo no incluye una clara distinción entre criterios evolutivos y cronológicos, por lo que el conjunto —simple y llanamente— no cuaja.

El caso palmario de la vigencia del esquema Rowe-Lanning aparece entre los resultados del evento Críticas y perspectivas de la Arqueología Andina (Paracas, 1979). En este coloquio, Michael Moseley recapituló las incongruencias terminológicas precedentes. Indicó que al hacer periodificaciones se había incidido en términos basados en: Desarrollo (lítico, pre-cerámico, formativo, etc.); Períodos (temprano, intermedio, etc.) y Expansión de sitios o estilos arqueológicos (imperio wari, expansión tiahuanaco, etc.) (Lumbreras, 1981: 22). El detalle más signficativo fue el (nuevo) cambio experimentado por Lumbreras: luego de sus incisivas críticas (1969a), acababa recomendando el esquema Rowe-Lanning (!). Aceptada la dificultad de aplicar categorías evolutivas para toda el área andina, Lumbreras (1981: 22-24) planteaba usar la secuencia maestra, considerando que se trataba de criterios puramente cronológicos. Para explicar el pasado andino, sugería categorías comparativas como las usadas por Childe para el Viejo Mundo (orígenes de la agricultura, de la cerámica, de la formación urbana y del estado, etc.). Solo la adopción de criterios coherentes de clasificación evitaría una homogenización por decreto. Si en lo primero el modelo explícito era Rowe (1962), en esto último la referencia (tácita) era Lanning (1967).

7. Epílogo: los límites lógicos de la secuencia maestra
Desbrozado el panorama, quedan dos puntos por resolver: ¿qué críticas (serias) se han planteado al modelo Rowe-Lanning? y ¿cómo han procedido los periodificadores más recientes? Es preciso comenzar por el final.

Dentro del conjunto de textos dedicados a sintetizar el pasado prehispánico aparecidos en la década de los noventa, resulta pertinente referirse a cuatro casos muy distintos entre sí, a fin de ofrecer un panorama representativo: Duccio Bonavia (1991), Michael Moseley (1992), Daniel Morales (1993) y Peter Kaulicke (1994)38. En términos generales, Bonavia y Moseley coinciden en reconocer la utilidad del esquema Rowe-Lanning como elemento organizativo, aunque ambos realizan ciertas atingencias. En la senda de Lanning (1967), Bonavia propone un «esquema de desarrollo cultural» que acompaña a la columna cronológica ya establecida:

• Cazadores
• Recolectores
• De la caza a la agricultura (domesticación de plantas y animales, del villorrío al centro monumental)
• Primeras sociedades organizadas
• Culturas locales y regionales
• Primeros imperios andinos
• Renacimiento de las culturas locales y regionales

Por su parte Moseley hace breves observaciones sobre el fundamento de su periodificación y divide su texto basándose en la secuencia maestra. En ambos libros resulta patente la dificultad de lidiar con la sección anterior a la alfarería para la que no se cuenta con un adecuado sistema de periodificación. Sintomáticamente, en su cuadro cronológico Bonavia recurre a la propuesta de Lanning (seis periodos precerámicos) que él mismo había demolido en páginas anteriores (Bonavia, 1991: 107-108). Por su parte, Moseley divide esta sección en Lítico y Precerámico, basándose en cambios climáticos (!) (Moseley, 2001 [1992]: 107).

En los manuales de Morales y Kaulicke hay una posición totalmente distinta, y —significativamente— ninguno incluye cuadros cronológicos que resuman sus propuestas. En su libro, Morales (1993) mezcla los términos evolutivos y los propuestos por Rowe. Luego de referirse al Lítico, Arcaico (o Mesolítico andino) y Formativo pasa al Intermedio Temprano, Horizonte Medio e Intermedio Tardío. Esto provoca una serie de problemas, en la presentación de la información, pero sobre todo en la estructura interpretativa general, que anteriormente han sido evaluados en detalle (Ramón, 1994). La documentada síntesis de Kaulicke tiene un espectro temporal más preciso, pero procede de modo análogo40. El libro se dividide en Lítico, Arcaico y Formativo. Considerando que se trata del caso más elaborado de esta tendencia, conviene detenerse en su última sección. El autor justifica la elección del término Formativo «[…] por conveniencia ya que es de uso más frecuente por un gran número de arqueólogos nacionales y extranjeros» (1994: 259). Y, paralelamente, cuestiona el sistema de Rowe:

«El término “Horizonte”, en cambio, se presta a malentendidos ya que depende directamente de la precisión tanto cronológica como estilística de lo que se entiende por el estilo Chavín». (1994: 547)

Kaulicke incluso propone una periodificación parcialmente modificada de aquel estadio. Una de las «novedades» consiste en conceder al término Formativo un valor meramente cronológico y subdividirlo en secciones menores con las fechas respectivas: Temprano (1500-1000 a.C.), Medio (1000-600a.C.), Tardío (600-400a.C), Final (400-200a.C) y Epiformativo (200a.C.-100/200 d.C.)41. Según el autor «El término Formativo se emplea aquí sin connotaciones evolucionistas con el afán de simplificar la terminología ya que tiene un uso generalizado en la mayoría de los países latinoamericanos» (?) (Kaulicke, 1994: 547).

Esta incorporación terminológica va precedida de una revisión histórica del término, por lo cual sorprende el resultado. Por definición, el Formativo es un estadio, es decir una categoría evolutiva: quitarle «sus connotaciones evolucionistas» es simplemente mutilarlo. Esto es paradójicamente equivalente a usar un periodo como marcador evolutivo y sostener que se le ha retirado el «componente cronológico»42. De todo esto, resultan dos corolarios. Primero, al dividir el Formativo cronológicamente (Temprano, Medio, etc.) y atribuirle fechas se le convierte en un recipiente temporal. Sin embargo, cada una de las subdivisiones de este redefinido Formativo mantiene rasgos culturales propios (descritos por el autor a lo largo del libro) como —por ejemplo— que el Medio sea considerado como la «edad clásica» (Kaulicke, 1994: 554; 1998: 12). Cada sección resulta un estadio generalizado, retornando al problema del proyecto Virú. Segundo, si este Formativo retocado solo marca tiempo ¿por qué no utilizar las categorías ya existentes? precisamente podadas de connotaciones evolutivas, mejor definidas, y que además resultan muy parecidas en términos cronológicos (v.g. el Formativo Temprano corresponde apróximadamente al Periodo Inicial; y el Formativo Medio, Tardío y Final al Horizonte Temprano). Pese a todas las críticas realizadas a los especialistas centrados en la seriación alfarera, lo que definitivamente (sin aludir a las «excepciones») divide Arcaico y Formativo es la presencia de cerámica, lo que equivale al concepto de Precerámico-Periodo Inicial. Incluso esto último es más flexible, ya que se trata de un rango y no de una fecha exacta.

Lo curioso es que luego de realizar críticas razonables a las propuestas/secuencias anteriores, el autor vuelve a tomar como base de referencia una suerte de combinación opaca de secuencias cerámicas específicas (las excavaciones de la «Misión japonesa» en la sierra norte) para proyectar sus subdivisiones cronológico-estilísticas convirtiéndolas en secciones estadiales (Kaulicke, 1994: 277, 284, 547). Más aún —como ya se ha indicado— esta innovación carece de efecto práctico ya que la subdivisión es virtualmente la misma. Obviamente esta serie de incongruencias se trasluce en los detalles.

Por lo indicado, las críticas constructivas sobre periodificación, serán las que vayan hacia delante de la secuencia maestra. Existen diversas tendencias dentro de la arqueología peruana y latinoamericana actual, sin embargo la coordinación cronológica relativa a nivel nacional sigue siendo un imperativo permanente45. No parece que la periodificación se haya transformado aún en una cuestión de museo, o tal vez sí —en el sentido positivo—, ya que sigue marcando sus guiones, que son la forma básica de conexión entre los arqueólogos y el público. Sucede lo mismo con los manuales, que constituyen —largamente— el rubro más consumido de la disciplina46. A las críticas ya mencionadas (Mason, 1978 [1957]; Lumbreras, 1969a; Kaulicke, 1994, inter alia) debe agregarse una serie de observaciones aisladas pero no escasas. Estas van desde lo general hasta lo específico, y en este segundo rubro la mayoría está destinada al componente más temprano de la secuencia maestra: el Horizonte Temprano.

Según la escueta definición clásica, el Horizonte Temprano, es: «[…] the time from the first appearance of Chavín influence at Ica until polychrome slip painting replaces resin painting in that valley» (Rowe, 1962: 49). Al caracterizar la primera parte de este periodo, Menzel (1971 [1961]: 23-24) especificó más los elementos implicados:

«Para fines prácticos, el archivo arqueológico del valle de Ica comienza con el estilo de Cerrillos, que era aproximadamente contemporáneo con el clásico estilo Chavinoide (Curayacu) de la costa central (Lanning, MS.b). Dawson opina que es probable que eventualmente se llegue a descubrir una fase ligeramente anterior al estilo de Cerrillos con rasgos aún más semejantes a los Chavinoides de la costa central, por lo cual dicho estilo de Cerrillos podrá resultar contemporáneo con una última fase del estilo Curayacu C o con Curayacu D. Lanning ha calculado una antigüedad aproximada de 700 a 500 años A.C. para los estilos Curayacu C y D, sobre la base de las pruebas con el Carbono 14 utilizadas en relación a los estilos conexos de la costa del Norte».

Esta cita muestra cómo se compaginó el inicio del Horizonte Temprano. Sin una secuencia para el Periodo Inicial en Ica, Rowe (1959a: 9) decidió utilizar la información de la tesis de Lanning (1960) para la Costa Central, que mostraba la relación entre los estilos Cerrillos, Curayacu II y una variedad de Cupisnique, vinculados por detalles iconográficos chavín y rasgos técnicos de la cerámica. Según la síntesis posterior del propio Lanning (1967: 107) el trance estaba claramente marcado en Curayacu. Mientras en la ocupación del Periodo Inicial de este sitio hubo un estilo cerámico puro de la costa central y sin vasijas importadas, el Horizonte Temprano comenzaba con el súbito flujo de piezas típicas del estilo chavín indudablemente norteñas, y la proliferación de diseños mitológicos y patrones de textura (texturing devices) chavín en vasijas locales y artefactos óseos. Simultáneamente, apareció vajilla de intercambio no-Chavín de la costa sur y de la sierra. Los diseños mitológicos fueron usados por uno o dos siglos, pero luego solo perduraron los patrones de textura para decorar la superficie exterior de las vasijas, antes usados para el interior. Luego Lanning aludía a otros sitios donde se daba un fenómeno semejante. Resumiendo los hallazgos de sus colegas (Menzel et al., 1964; Rowe, 1962), indicaba que en Paracas los diseños mitológicos chavín habían perdurado un largo tiempo, e incluso, las modificaciones en los detalles de las figuras reflejaban los cambios en la escultura lítica de Chavín de Huántar, indicando contactos sucesivos (Lanning, 1967: 108).

Se ha aludido a esta serie de definiciones para mostrar diversos ángulos de un mismo concepto: el inicio del Horizonte Temprano, el lapso más conflictivo de la secuencia maestra. Esta articulación de distintas secuencias (Chavín de HuántarCurayacuOcucaje) puede ser lógicamente extrapolada, reconociendo los siguientes elementos:

a. el estilo chavín, que —justificando su denominación— se habría originado en el sitio epónimo y luego aparecería en Ocucaje.

b. la influencia chavín, este término implicaría la presencia alternativa y no excluyente de:

i) vasijas de Chavín de Huántar (con el estilo del mismo nombre),

ii) vasijas de manufactura local con rasgos chavín,

iii) vasijas de áreas intermedias (p.e. Curayacu) con la impronta chavín,

iv) vasijas locales con rasgos del estilo chavín de las áreas intermedias.

Aunque las variables pueden incrementarse exponencialmente (incluyendo zonas no-intermedias; otro tipo de rasgo diagnóstico en la cerámica [p.e. técnicas de producción, composición de pastas, etc.]; otro tipo de soporte [p.e. textiles, madera, hueso, etc.]) las mencionadas son suficientes para mostrar las múltiples aristas de esta definición y situar las críticas48.

Shelia y Thomas Pozorski plantearon dos tipos de cuestionamientos. Por un lado indicaron que era muy difícil relacionar el material del valle que excavaban (Moche) con el de la secuencia maestra (Burger, 1988: 108). En segundo lugar, negaron la existencia de un Horizonte Chavín, proponiendo que el Horizonte Temprano debía denominarse Periodo Temprano. Argumentaban que los componentes estilísticos ya existían desde hacía muchos siglos, y que la iconografía chavín no sería más que una variante del sistema ancestral (Pozorski & Pozorski, 1987). Lo primero —que ha sido recurrentemente mencionado por diversos autores— ya había sido contemplado en la propia definición de Rowe (1959a: 11- 12, que alude al caso del Altiplano), ya que es imposible que todas las áreas presenten piezas de intercambio directo. Precisamente esto permite ubicar las zonas donde hay vacíos por resolver, y en todo caso cabe recurrir a los fechados absolutos. El concepto de horizonte no asume que lo sucedido en Ica (presencia chavín) se repita en toda el área andina. Sobre la segunda crítica, Richard Burger (1989b: 552-555) ha compilado una serie de rasgos particulares, que le permiten sostener que el Horizonte chavín no es una quimera estilística. Este autor insiste en el valor heurístico del término, que funcionaria como un estilo de horizonte efectivo para reconocer el proceso cultural asociado.

Pese a trabajar con el esquema Rowe-Lanning, Burger ha sido uno de los más insistentes (y citados) críticos de la secuencia maestra. Su cuestionamiento alude al concepto de influencia chavín. Según Burger (1988: 109-110) las piezas de intercambio chavín llegaron varios siglos antes que la incorporación de los motivos iconográficos chavín en la cerámica del estilo paracas de Ocucaje, aunque no indica detalles del tipo de cerámica intrusiva. Este es uno de los corolarios de las opciones de influencia arriba mencionadas, e implicaría un reajuste de la definición, no su anulación49. En todo caso, Anne Paul (1991: 9) ha refutado la propuesta de Burger criticando sus referencias cronológicas y su interpretación50. En una revisión general de la secuencia paracas, Paul (1991: 8-11) ha actualizado el tema insistiendo en algunos tópicos claves. Primero, la sucesiva modificación de las fechas atribuidas al inicio del Horizonte Temprano por los propios miembros de la escuela de Berkeley, principalmente debido al refinamiento de los métodos de fechado absoluto. Segundo, ha presentado la reformulación de Sarah Massey, que implica: anular las dos primeras fases (por ausencia de testimonio alternativo y la escasa muestra en que se basaban) y comprimir las 8 fases restantes en solo cuatro51. Tercero, ha mostrado la vigencia general de la secuencia reformada a partir de su contrastación con fechados radiocarbónicos.

Si bien la discusión aquí planteada podría extenderse, lo anterior es suficiente para sustentar una conclusión específica: que ninguna de las críticas reseñadas afecta el valor instrumental del Horizonte Temprano, aunque siempre será necesario hacer una serie de precisiones empíricas y ajustes conceptuales. Se ha utilizado estos cuestionamientos para evidenciar la importancia heurística de este tipo de herramientas. Reconocida la arbitrariedad de toda secuencia y la formalización excesiva que todo cuadro cronológico implica, cabe insistir en su carácter aún imprescindible. Al tratar de definir un elemento puntual de una sección de la secuencia maestra, ha aflorado un conjunto de interrogantes que fueron planteadas hace más de cuatro décadas y siguen vigentes (en su doble calidad de hipótesis y problemas). En términos generales: de acuerdo a la información disponible, cualquier avance en periodificación relativa no puede dejar de incorporar lo ya realizado localmente, que no viene a ser más que la tendencia asociada a la secuencia maestra; incluso para refutarla. Lamentablemente, en nuestro medio, la tendencia de los estadios todavía no ha suscitado por si misma interrogantes de tal especificidad, antes bien las ha soslayado: superponiendo bloques de secuencias para «sintetizar», cuando son obvias las desventajas de tal procedimiento. Invirtiendo la proposición de uno de los autores tratados, la gracia del Horizonte Temprano (y de conceptos similares) reside justamente en que dependa de una serie de definiciones (estilísticas y cronológicas) precisas. Esto evitará el reflujo de generalizaciones que insisten en la falacia de concebir el todo sin haber aclarado las pautas para organizar los detalles, es decir (cuando menos) los criterios de periodificación.

 

Fuente; https://journals.openedition.org/bifea/5567