El 2025 pasará a la historia no solo por la cantidad de hallazgos, sino por la calidad de la información recuperada. La tecnología (LiDAR e Inteligencia Artificial) y los nuevos enfoques de género nos han regalado una visión del Perú antiguo mucho más compleja y fascinante.
A continuación, el resumen exhaustivo de los descubrimientos que marcaron la pauta este año.
Por: Jaime Briceño Lozada
1. La Reina de Pañamarca: Un trono para el poder femenino
Sin duda, la joya de la corona de este año. En el valle de Nepeña, el Proyecto Arqueológico Pañamarca desenterró una sala del trono con evidencias claras de haber sido usada por una mujer gobernante (no solo una sacerdotisa). Los murales asociados muestran a una mujer sentada en el trono recibiendo visitantes, y el desgaste en el adobe, junto con hallazgos de cabello humano y cuentas de piedra verde, confirman su uso real.
¿Por qué es importante? Rompe el techo de cristal en la arqueología Moche, donde usualmente se reservaba el poder político a los hombres.
En el sitio arqueológico de Los Paredones de la Otra Banda – Las Ánimas (Lambayeque), se halló un templo ceremonial del periodo Formativo. Lo impresionante son los frisos de barro que muestran figuras antropomorfas con cabeza de ave, rasgos felinos y garras de reptil/ave.
¿Por qué es importante? Es contemporáneo a la fase antigua de Caral y Ventarrón, sugiriendo que la iconografía religiosa compleja en el norte es más antigua de lo que creíamos.
Muy cerca de la Ciudad Sagrada de Caral, en el asentamiento de Chupacigarro, el equipo de Ruth Shady identificó un nuevo edificio piramidal y un geoglifo asociado. La estructura cuenta con grandes piedras («huancas») en las esquinas y escaleras centrales.
¿Por qué es importante? Refuerza la idea de un sistema urbano complejo en el valle de Supe e interacciones con el valle de Casma (por el estilo del geoglifo).
La colaboración entre la Universidad de Yamagata e IBM, utilizando modelos avanzados de IA, logró identificar 303 nuevos geoglifos figurativos en la pampa de Nazca en tiempo récord. Son figuras más pequeñas (tipo relieve) que muestran camélidos, escenas de decapitación y orcas con cuchillos, ubicadas cerca de antiguos senderos.
¿Por qué es importante? Casi duplica el número de geoglifos conocidos y sugiere que eran marcadores para caminantes a pie, no solo para dioses celestiales.
5. Gran Pajatén: Una metrópoli en la selva (LiDAR)
El World Monuments Fund reveló, gracias a la tecnología láser LiDAR, que el Gran Pajatén no está solo. Se detectaron más de 100 nuevas estructuras conectadas alrededor del sitio principal, revelando una red urbana densa oculta bajo la vegetación amazónica.
¿Por qué es importante? Cambia la escala demográfica de los Chachapoyas y su capacidad de urbanismo en selva alta.
Peñico (Barranca): Se reportó como un centro urbano de 3,500 años clave para el intercambio costa-sierra.
Hallazgos en Lima (Cálidda): Nuevos entierros de las culturas Lima e Ychsma hallados durante instalaciones de gas, demostrando que Lima sigue siendo una huaca viva bajo el asfalto.
En Áncash, un grupo de arqueólogos peruanos realizó el descubrimiento de finos murales que pertenecen a la cultura Mochica. El hecho ocurrió en la zona de Pañamarca, en el valle de Nepeña, ubicado en la provincia de Santa. “Son estructuras de barro, enlucidas con mortero de barro. Sobre ello se ha pintado una capa blanca. Encima de eso, a su vez, se han hecho las líneas de los dibujos”, señaló la arqueóloga Jessica Ortiz Zevallos.
La científica revela que, cuando los antiguos mochicas clausuraron algunos de los espacios, los cerraron con adobe. Un personaje de dos rostros, que sostiene en una mano plumas y en la otra una copa de la que beben aves, es uno de los hallazgos más interesantes. El muro descubierto es de dos metros de largo y un metro con ochenta de alto. Ortiz de Zevallos sentenció que el tipo de trabajo que desarrollan es muy cuidadoso para evitar que las condiciones climáticas afecten las estructuras.
Los finos murales descubiertos en el sitio arqueológico de Pañamarca, provincia del Santa, en la región Áncash, tienen el potencial de demostrar mucho más sobre la identidad colectiva y las aspiraciones de la civilización preinca Moche, permitiendo comprender mejor sus rituales religiosos, vida política y jerarquía social.
La arqueóloga explicó que el trazo pertenece a la línea fina característica de la cerámica mochica y destacó que por una serie de hechos afortunados se ha conservado la pintura mural original prácticamente intacta.
“Son estructuras de barro, enlucidas con mortero de barro. Sobre ello se ha pintado una capa blanca. Encima de eso, a su vez, se han hecho las líneas de los dibujos”, refirió.
Manifestó que se tuvo la suerte de que los antiguos mochicas, al clausurar algunos de estos espacios, los taparon con adobes. Indicó que hay información del siglo XIX en que se descubrieron otras figuras y con el tiempo han desaparecido.
Importancia
“Estamos aportando significativamente a la parte central del trabajo al brindar una mirada de las perspectivas y prioridades de las personas que caminaron por este paisaje mucho antes que nosotros”, dijo Ortiz Zevallos.
Ortiz de Zevallos apuntó que el tipo de trabajo que desarrollan es muy cuidadoso para evitar que las condiciones climáticas afecten las estructuras o su decorado. Por ejemplo, se ha preferido dejar tapados algunos lugares para evitar la erosión.
No obstante, explicó que han dado con algunos diseños interesantes. Uno de ellos es el de un personaje de dos rostros, que sostiene en una mano plumas y en la otra una copa de la que beben aves.
El edificio en el que están excavando, denominado edificio con pilares, aparentemente tenía pinturas en todos los muros. Lo descubierto es de dos metros de largo y un metro ochenta de alto.
“Pañamarca fue un lugar de innovación y creatividad artística notable, donde los pintores elaboraron sus conocimientos sobre los cánones artísticos de maneras creativas y significativas, mientras que los habitantes de Nepeña establecieron su posición en el mundo moche del extremo sur”, señaló a su vez la profesora asociada de Historia del Arte y Arqueología Precolombina de la Universidad de Columbia y parte del proyecto arqueológico Lisa Trever.
La arqueología de la cultura Lambayeque está asociada a elementos que permiten entender y reconstruir su estructura sociopolítica, económica e ideológica, nos referimos a aspectos como: territorialidad, arquitectura monumental, relaciones comerciales, producción de bienes, jerarquía política y religiosa, rituales y consecuentemente la tradición oral (leyenda de Ñaymlap). A pesar de quienes discuten y cuestionan el valor de la tradición oral sobre Ñaymlap (Shimada 1995 y 2014a; Zuidema 1990), este relato se ha convertido en motivo de debate (Zevallos 1989), con pruebas arqueológicas cada vez más consistentes (Narváez 2011, 2014a y 2014b; Paredes 1987; Rucabado 2008, Fernández 2012, Wester 2013). No obstante, para reflexionar sobre la dinámica urbana regional y macroregional de esta sociedad y analizar los espacios arquitectónicos como escenarios sagrados, es indispensable examinar en la historia de la cultura Lambayeque y buscar argumentos en su pasado para entender a esta sociedad como el resultado y consecuencia de un proceso de continuidad y cambios.
En este contexto, el primer escenario que evaluamos está referido al territorio, un ámbito geográfico con superficie regular, de leves contrastes, con valles que discurren perpendicularmente en la región que garantizan la estabilidad del agua como el componente básico de la productividad agrícola y de la vida en general. Paralelamente, el litoral marítimo aseguró valiosos recursos no solo para la subsistencia sino para inspiración ideológica y mágico religiosa, como elemento de conexión con deidades ancestrales y finalmente el acceso al área andina y evidentemente al Marañón y Amazonia, que se convierten en los aspectos de mayor influencia que han generado la consolidación de la cultura Lambayeque.
En cuanto a la configuración del territorio y su entorno, este se convierte en un componente básico sobre el cual actúa el hombre para transformarlo y aprovecharlo; a pesar de ello existen condiciones climáticas o fenómenos que ejercen fuerte influencia en la distribución del territorio; en el caso singular de la costa norte del Perú (Figura 1), lo constituyen las corrientes marinas de Humboldt de aguas frías y la corriente marina El Niño de aguas cálidas. Hechas estas precisiones con respecto al territorio y a la geografía de la costa, es necesario examinar el panorama arquitectónico en el contexto de la historia regional, macro regional y la influencia que esta ha recibido a lo largo de los siglos. Las evidencias sobre el periodo Arcaico o Preceramico con agricultura (Lumbreras 1981), fueron inicialmente documentadas en el norte peruano en huaca Prieta en la parte baja del valle de Chicama y presentadas en 1948 por Junius Bird, los resultados que muestra su trabajo pionero, certifican la ausencia de cerámica y una evidente actividad extractiva en el océano Pacifico como consecuencia de la proximidad con el litoral, así como arquitectura de piedra construida por cantos rodados y domesticación de plantas y animales, asociados a nuevas formas de organización, proceso que ha venido en llamarse: Neolitizacion (Lumbreras op. cit).
Posteriormente, con las investigaciones de Tom Dillehay (1992), en el sitio de Nanchoc ubicado en la cabecera del valle de Zaña, donde registró montículos con estructuras simples de probable uso ritual, asociados a grupos de cazadores no especializados y horticultores incipientes de una antigüedad de 8000 a 5000 años antes del presente (Dillehay op. cit.), se convierten en valiosas evidencias para certificar la antigua data de la ocupación en la región Lambayeque, con un modelo de asentamientos dispersos en el Arcaico Tardío, hacia un modelo de organización más compleja que tiene su máxima expresión en el valle de Supe en el sitio Caral (Figura 2) perteneciente al Formativo Inicial, y que es considerado como el escenario físico social para el surgimiento y consolidación de la ciudad y estado más antiguo del nuevo mundo (Shady 2003).
La expresión física de los edificios en Caral revela de manera indiscutible que estamos ante uno de los paisajes culturales más antiguos de América precolombina, cuya configuración permite reconocer el desarrollo de actividades ceremoniales, comerciales, productivas, estructura política, desarrollo de arte (música), que expresan a una sociedad altamente organizada. Esta investigación abrió las puertas para el entendimiento sobre lo que sucedió al final del Arcaico e inicio del Formativo en los Andes centrales, sobre todo en un escenario poco explorado como es la arquitectura publica monumental y de función ceremonial. La concentración de importantes asentamientos entre la costa y el valle medio en lugares como Caral, Vichama, Bandurria, Végueta, Las Shicras, Áspero, etc., constituyen un claro indicador de como este territorio se convirtió en el escenario ideal para este desarrollo que encuentra en la arquitectura y en su entorno la expresión material del paisaje sagrado (Shady 2003).
Al abordar esta compleja combinación de elementos urbanos y ceremoniales, tiene sentido en varios aspectos reflexionar sobre la perspectiva de la arquitectura como escenario simbólico (Shimada 2014a:53-54), es decir cuando esta revela un mensaje como el caso de la forma del puma para el Cuzco (Shimada 2014a [Gasparini y Margolies 1980; Hyslop 1990; Rowe 1968 y Zuidema 1983]), o como el símbolo de la montaña y la ola, tan recurrentemente representado en el arte Mochica y Lambayeque que alude al tema del poder y el agua (Bock 2003 y 2012). Un aspecto que hay que destacar en la arquitectura temprana de Lambayeque, es que se ha documentado científicamente un templo perteneciente al Formativo Inicial, se trata de un singular centro ceremonial cuya construcción ubicada en la parte baja del cerro Ventarrón en la margen norte del rio Reque, el mismo que corresponde a un edificio pintado de varias fases, con típicos rasgos de arquitectura publica y convertido en el reflejo del discurso religioso de la época (Alva Meneses 2012). El funcionamiento de este extraordinario edificio, estuvo vinculado no solo a actividades rituales de elevado contenido ideológico, sino que la población desarrolló una agricultura con algodón, usó productos traídos de la zona amazónica y mantuvo una conexión con el litoral del Pacífico, que en suma revelan la existencia de un centro simbólico con culto al fuego, arquitectura con murales policromos con escenas de cacería de venado –llamado mural del venado cautivo- (Alva Meneses op. cit.), que lo convierten en un centro religioso de especial valor único en su género en la costa norte del Perú.
Este centro ceremonial del Formativo inicial, asociado al valle y a una elevada montaña como paisaje, constituye la más clara y remota evidencia del vigoroso surgimiento del urbanismo temprano en Lambayeque,y muestra como los grandes centros de culto están inspirados en armonía con el paisaje.
Centros ceremoniales de esta magnitud, que emergen en los años siguientes en esta región como: Purulén, Corbacho, Guayaquil, Huaca el Toro, El Búho, El Águila, Chumbenique, Poro Poro y Udima en el valle de Zaña, Morro Eten, Collud en el valle de Reque, Raca Rumi en Chongoyape, Huaca Lucia en el valle La Leche y Boliches en el valle de Olmos, todos ellos como parte del explosivo apogeo que toma la religiosidad y que se expresa en edificios y parajes que son centros del poder político y culto religioso, escenarios sagrados para los rituales durante los 1500 años a.C. Esta época asociada a una agricultura desarrollada, con técnicas alfareras y sofisticadas obras orfebres, así como jerarquías sociales y una estructura sociopolítica estrictamente religiosa y de fundamento teocrático, asociada tradicionalmente con una deidad ancestral que se configura como la divinidad felínica con atributos de serpiente, ave rapaz y ser humano, conocida como: Falcónida. Esta imagen aparece frecuente y recurrentemente representada en la arquitectura así como en la producción material.
En los Andes centrales existen extraordinarias evidencias que permiten demostrar que la arquitectura monumental se convierte en esta época en el escenario público principal para asegurar la presencia de la elite sacerdotal que transmite la liturgia y conduce los rituales. En la región norte de los Andes, existen casos concretos, como son los centros ceremoniales de: Montegrande, Kuntur Wasi excavados por la misión japonesa dirigida por Yoshio Onuki (Onuki 1997), Pacopampa investigado bajo la dirección de Yuji Seki (Seki et. al. 2010 y Seki 2014), Poro Poro y Udima excavado por Walter Alva y Susana Meneses (Alva 1985), posteriormente en una nueva temporada por Walter Alva y Emma Eyzaguirre (2012), Purulén (Alva 1985), Templo El Rollo en el rio Paltic (Wester et. al. 2000), La Congona excavado por Walter Alva y Emma Eyzaguirre (2013), Morro Eten y Poemape excavados por Carlos Elera (1993 y 1998). Todos estos centros ceremoniales concebidos en un espacio sagrado vinculados al agua, con un modelo arquitectónico que es el reflejo de la arquitectura con planta en “U”, plaza delantera cuadrangular, acceso mediante escalinata empotrada ubicada al centro del edificio principal (Figura 3).
Al analizar la configuración, emplazamiento y distribución de estos centros ceremoniales del Formativo en la costa y sierra norte del Perú, debemos reflexionar si cada uno de estos centros fue autónomo y sirvieron como centros sociopolíticos religiosos de un grupo social (Burger y Salazar 2014:308), o es que pueden ser interpretados como lugares sagrados o huacas conmemorativas de ancestros y fuerzas míticas y/o supernaturales responsables de la prosperidad de la comunidad (Burger y Salazar op. cit.). Otro elemento que es necesario destacar, especialmente en los edificios del periodo Formativo en la Sierra norte del Perú, es que la gran mayoría están asociados a una ubicación estratégica en una ladera plana de la montaña, mirando al escenario donde se ubica un rio o cauce de una quebrada, y estos a su vez tienen en el interior de la construcción monumental principal una trama de canales subterráneos (Onuki 1997, Seki et. al. 2010 y Seki 2014; Alva 1985, Wester et. al. 2000), que se articulan como un tejido que genera la circulación del agua, en una mágica escena de culto al agua y a su vez a la fertilidad agrícola. Esta trama de canales subterráneos da la idea que el edificio se constituye en un centro que genera el agua, la misma que se precipita hacia el exterior como parte del ritual simbólico al agua elemento sagrado. Casos que podemos citar son: Kuntur Wasi, Pacopampa (Figura 4), El Rollo y Udima por citar los más reconocidos. Este breve recuento de los grandes centros ceremoniales del periodo Formativo en el norte (costa y sierra), permiten demostrar que el rasgo de escenario sagrado no solo estaba marcado por la monumentalidad de la construcción, sino que estos se asocian a una geografía o paisaje sagrado. Las ceremonias religiosas más importantes se desarrollaban en estos lugares, donde la elite sacerdotal transmite su discurso con una liturgia que se mezcla con gestos, acciones y ornamentos que contribuyen a legitimar los rituales, el poder y la naturaleza sagrada de estos espacios arquitectónicos en el cual su entorno formo parte del ámbito ceremonial.
Dos elementos complementan esta reflexión, el primero es que en esta época surge un singular y peculiar estilo de cerámica fina (Chavín y Cupisnique), que se convierte en el espacio donde el discurso ritual es transmitido por la clase sacerdotal a la población; el segundo es el impresionante despliegue para lograr bienes confeccionados en oro, plata y platino que deslumbran por su calidad tecnológica pero que revelan en superficie un conjunto de imágenes religiosas de extraordinario impacto, prueba de ello son los materiales provenientes de Chongoyape, Corbacho, Kuntur Wasi, El Rollo (Figura5) y Pacopampa. Sin duda estos materiales certifican la especialización y elevada productividad, y se convierten en la señal del prestigio de la compleja estructura sociopolítica que emerge en esta época y que va a mantenerse con ciertos cambios en el siguiente milenio.
Hacia los primeros años de la era cristiana, durante el periodo conocido como Desarrollos Regionales Tempranos o Periodo Intermedio Temprano (Lumbreras 1981 y Rowe 1962), desarrollado entre los años 500 a.C. hacia 850 d.C., se producen profundos cambios en los Andes centrales, que son el resultado de un proceso de deterioro, extinción o declinación del sistema político y religioso instaurado en el Formativo, producto también del crecimiento poblacional, el insospechado aumento de la productividad agrícola, pero sobre todo el surgimiento de entidades políticas marcadamente regionales con legítimas aspiraciones de independencia e identidad propia (Canziani 2012: 179). Esta época, plenamente caracterizada por notables resultados artísticos, especialmente en cerámica, metales, textiles y arquitectura monumental, de carácter administrativo y residencial, constituye la verdadera época clásica o conocida como la época de los maestros artesanos (Lumbreras 1969). Un importante elemento para este proceso lo constituye sin duda el manejo profesional del agua, a través de sistemas de riego masivo que incorporó grandes extensiones de campos que elevaron la productividad y transformaron la base económica de las sociedades de dicha época (Canziani op. cit.), y que alteraron sensiblemente el paisaje del bosque costero.
Como consecuencia de este proceso, aparecen colosales construcciones de adobe y barro en forma de estructuras escalonadas, tronco piramidales, edificios elevados de lados inclinados, con rampas de acceso asociados a grandes plazas, algunos de ellos con fachadas decoradas con relieves policromos con escenas religiosas complejas donde deidades, líderes, ídolos y ancestros presiden estas fachadas como distintivo del carácter sagrado y venerable de estos monumentos, donde las elites ejercían el poder que se reafirmaba y legitimaba en los rituales presididos por sacerdotes y sacerdotisas (Castillo 2000 y 2003) y (Uceda 2000), que formaban parte de una clase distinguida que tiene el privilegio de usar todo un conjunto de bienes para sus ceremonias y que accede en forma exclusiva a la liturgia más selecta de la religiosidad de esta época. Otro aspecto fundamental es la aparición de pequeños ejércitos a manera de una elite militar, cuyos integrantes forman parte también de la nobleza gobernante. Existen evidencias que en el entorno de estos centros ceremoniales, residían los más expertos artesanos encargados de confeccionar los bienes más finos y valiosos que usaban las elites (Uceda 2000). Un elemento muy importante que debe remarcarse, es que los cambios drásticos que se operaron en esta época tienen visible repercusión en el escenario ideológico donde aparece un nuevo discurso o libreto cargado de imágenes y escenas, en las que deidades mayores y menores protagonizan e interactúan en solemnes actos que tienen singular impacto en la vida de la sociedad y que se convierten en el vehículo más dinámico para lograr el sometimiento y/o convencimiento de la población hacia la elite que se halla en la cúspide de la estructura jerárquica. Aparece una “nueva cosmovisión” (Canziani 2012), que marco con mayor énfasis las diferencias sociales entre aquellos que gozan del poder y controlan los recursos bajo un sistema institucionalizado calificado como Estado (Castillo 2000, Uceda 2000, Shimada 2014a, Canziani 2012 y Makowski 2008), frente a quienes se hallan al servicio de la clase gobernante.
Los grandes edificios que se construyeron, especialmente en la costa norte durante la época Mochica, fueron el reflejo del poder que habían logrado las elites, el control de la productividad, solvencia económica para el desarrollo de obras públicas, pero sobre todo el convencimiento que habían obtenido en las comunidades adyacentes. Estas construcciones fueron escenarios para grandes ceremonias instauradas en un calendario ceremonial, fueron también lugar para la concentración masiva de grupos que presencian y participan de ceremonias claves como sacrificios humanos (Bock 2012) y culto a los muertos. Las plataformas de adobe y barro fueron también espacios sagrados para el enterramiento de los señores y de su linaje más próximo, donde eran sepultados con sus bienes, patrimonio político y religioso con el que arriban al inframundo; casos conocidos son los documentados en las tumbas de: Sipán (Alva 1994 y 1999), San José de Moro (Castillo 1993, 1996 y 2000), Huaca Cao (Franco 2008), Ucupe Pueblo (Bourget 2008), Sacerdote Guerrero del valle de Virú (Strong y Evans 1952), La Mina (Narváez 1994), tan solo por citar los casos donde ha existido una excavación arqueológica científica.
La arquitectura monumental en la costa norte durante la época Mochica, estuvo expresada en reconocidos edificios como: Huacas El Sol y La Luna, Galindo, Huancaco, Pañamarca, Mocollope, Huaca Cao, Dos cabezas, Pacatnamu, San José de Moro, Ucupe Pueblo, Sipán , Pampa grande (Figura 6), Santa Rosa de Pucala, Huaca Bandera de Pacora, entre otras, que mantienen características comunes como edificios elevados mayormente de lados inclinados, con grandes rampas de acceso, plataformas superpuestas, fachadas decoradas, recintos techados, altares, tronos, escaleras que conectan recintos a desnivel; todos estos articulados bajo un claro y definido diseño y concepto simétrico y volumétrico. La idea generalizada de estos monumentales espacios arquitectónicos, es que fueron destinados principalmente para actividades rituales que transmiten el poder de los gobernantes, algunas de estas ceremonias eran públicas y otras privadas o restringidas. Así mismo, se estima que en algunos de estos lugares se emplazaban exclusivas residencias para la realeza, es decir, que podían tratarse de palacios o templo-residencia.
No obstante, es importante destacar que en varios casos se ha documentado arqueológicamente que estos escenarios fueron destinados también para el enterramiento de la elite sacerdotal, lo que significa la función de templo-mausoleo y espacio para que estos dignatarios vivan por siempre convertidos algunos de ellos en ancestros recordados y venerados. Un importante fundamento y complemento que justifica a este despliegue en la construcción de estos edificios, lo constituye en la época Mochica la difusión de conocidas escenas o temas, plasmados en el arte Mochica (Donnan 1975), en las que destacan impresionantes ceremonias como La Presentación, El Entierro (solo por citar los más emblemáticos), que debieron demandar de grandes escenarios y espacios arquitectónicos, que se convierten en lugares sagrados donde se reafirma la religiosidad y se consolida el poder de la clase gobernante. Hay que destacar que la arquitectura cumple un rol fundamental en esta composición iconográfica donde aparece representada como escenario sagrado.
En las proximidades a las grandes construcciones se ha documentado por ejemplo en Huaca de La Luna (Figura 7), residencias de elite en un área denominada núcleo urbano, estas corresponden a complejos asentamientos planificados con espacios diferenciados en cuyo interior reside un personaje de estatus privilegiado (Tello 1998), (Armas et. al. 2000),( Montoya et. al. 2000) y (Uceda 2008).
El vestigio se llama Pueblo Viejo, está ubicado en Chimbote y tiene al menos cinco mil años de antigüedad, vestigio espectacular de lo que podría ser similar a Caral y Bandurria.
El área de proyectos Arqueológicos y Turísticos de la Municipalidad Provincial del Santa (Ancash), descubrió el sitio arqueológico, en la cuenca del río Lacramarca, del distrito de Chimbote.
Se calcula que este vestigio tiene una antigüedad de al menos cinco mil años y que, por sus características, guarda similitud con los restos arqueológicos de Caral, tal como lo confirmó a ese medio la arqueóloga Ruth Shady, directora del Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe, quien manifestó que esta civilización tiene relación hasta la provincia del Santa y que según opinión del arqueologo Régulo Franco es impresionante.
Alberto Jorge Estrada, coordinador del área municipal de Proyectos Arqueológicos y Turísticos, indicó que el lugar tiene una extensión aproximada de cinco hectáreas y su infraestructura es predominantemente de piedra.
Las evidencias observadas hasta el momento dan cuenta de un centro ceremonial con una construcción piramidal de 15 metros de altura, una plaza cuadrangular y frente a ella un anfiteatro circular hundido.
“Esto nos da una visión de que podría estar relacionada con la civilización Caral, por las características de su estructura, y su antigüedad, que sería de unos 5,000 años”, manifestó el funcionario.
Dijo que, como paso inicial, se levantó información de todo lo encontrado, con apoyo del arqueólogo Régulo Franco, de la Fundación Wiese, y luego se buscará gestionar presupuesto para un proyecto de investigación y puesta en valor.
“Lo que hemos visto nos ha sorprendido gratamente. Estamos ante lo que podría ser un destino arqueológico de importancia para la provincia, un potencial turístico que incluso puede adherirse a la Ruta Moche”, remarcó.
Refirió que, al parecer, hubo presencia de huaqueros en la zona, pero al tratarse de una construcción de piedra no pudieron excavar a profundidad, lo que hubiera pasado si eran estructuras de adobe.
Pueblo Viejo se encuentra en una zona seca y árida, a dos horas de viaje por tierra desde Chimbote, capital del Santa
A este descubrimiento arqueológico, se suma el hallazgo de un ceramio retrato de un dignatario de la cultura Chimbote ancestral tardía, en Palamenco, similar al Señor de Sipán. Estos descubrimientos se efectuaron en el marco del proyecto Identidad Chimbote, el cual contó con el asesoramiento de la Fundación Wiese.
Datos de Interes:
Chimbote es una ciudad de la costa nororiental del Perú, capital de la Provincia del Santa, en el extremo noroeste del Departamento de Ancash. Se ubica a orillas del Océano Pacífico en la bahía El Ferrol, en la desembocadura del río Lacramarca.
Chimbote es conocido por la actividad portuaria que en ella se lleva a cabo, así como por ser sede importante de la industria pesquera ysiderúrgica del país, además de eje comercial de esta parte del país. A mediados del siglo XX, llegó a ser el puerto pesquero con mayor producción en el mundo.
El territorio en el que actualmente se ubica Chimbote ha sido sucesivamente poblado por las culturas moche, wari, recuay, chimú e inca. Lo atestimonian los centros arqueológicos de Punkurí, Pañamarca, Huaca San Pedro, El Castillo, San José de Moro, entre otras. Se piensa que una misma etnia pobló estas tierras, los Mayao, pero los aborígenes fueron luego dispersados y diezmados al acontecer la Conquista de América.
Personaje con semillas Botella de asa estribo de estilo mochica (200-850 d.C.) con representación de personaje que sostiene un grupo de semillas de nectandra. MALI
De las culturas peruanas prehispánicas, la Moche es una de las más sobresalientes por la magnitud de sus construcciones, los avances tecnológicos y la calidad de sus obras artísticas. La cultura Moche se desarrolló entre los años 100 y 800 D.C., cuando en la costa sur vivían los Nasca y en el altiplano del Titicaca los Tiwanaku. Fue, sin duda, un período de gran desarrollo en el Perú antiguo, ubicado entre las culturas pan andinas de Chavín y el Imperio Wari.
Territorio Moche
En su periodo de mayor apogeo, la cultura Moche abarco una gran extension de la costa peruana, desde Piura por el norte hasta el rio Huarmey por el sur.
Entre sus principales centros urbanos se eucuentran: Loma Negra, Sipán, Pampa Grande, San José de Moro, Pacatnamú, Dos Cabezas, La Mina, El Brujo, Mocollope, Galindo, Huacas de Moche, Huacas de la Cruz, Huancaco, Guadalupito, Pampa de los Incas y Pañamarca.
La capital de esta civilizacion estaba ubicada en las Huacas de Moche, este complejo se situa sobre la margen izquierda del rio Moche en el distrito del mismo nombre, provincia de Trujillo, departamento de La Libertad.
Principales Caracteristicas
Los Moche fueron eximios agricultores y grandes constructores de obras de irrigación. La riqueza de nuestros valles norteños se la debemos a ellos, ya que expandieron considerablemente las tierras agrícolas. Asimismo, alcanzaron un alto grado de perfección en todas sus manifesta-ciones, sin embargo destacan nítidamente como ceramistas, orfebres y constructores de ciudades. Su cerámica es bícroma, predominando los colores rojo sobre crema. Las formas más usuales son vasijas cerradas de cuerpo globular, asa estribo y gollete. Los famosos “huaco retratos” son las vasijas emblemáticas de los Moche. En orfebrería trabajaron el oro, la plata, el cobre y el bronce. Los objetos elaborados no fueron sólo de uso ritual, sino que además los emplearon en armas y herramientas para la agricultura.
En su arquitectura destacan dos tipos de construcciones: la monumental, en la que predomina el uso del adobe con recintos decorados con murales polícromos y la urbana, en la cual predomina el uso de la piedra con barro, así como la quincha, barro mezclado con caña brava.
Indice Temático
Principales Culturas
Costa Norte
Moche
PAÑAMARCA
Un Complejo Ceremonial Administrativo
Edificada sobre la cima de un cerro del mismo nombre, en el valle de Nepeña el cual está ubicado a varios kilometros de la costa, la Fortaleza de Pañamarca , se encuentra limitando por el Norte con Chimbote, por el Sur con Casma.
Pañamarca comprende de una arquitectura o construcción monumental de fifliación Moche identificandose por los restos encontrados perteneciente a la fase IV. El edificio escalonado está orientado hacia el noreste, conformado por plataformas superpuestas hechas a base de piedra y mortero de barro.
Este lugar fué edificado con muros altos en diversos niveles, adaptandose a las ondulaciones de naturaleza rocosa originalmente estos estubieron enlucidos y pintados, vale mencionar que hay algunas publicaciones de investigadores que visitaron el lugar como Middendorf, los cuales nos dan a conocer un explendido mural el cual fuera destruido por el sismo de 1970.
El mural presentaba una extraordinaria tonalidad con colores usuales y muy utilizados por los Moches, entre ellos : blanco, rojo, azul, negro, azulino. La escena muestra una iconografia, los cuales nos permiten entender a los Moche y comparar con otras muestras; identificandose a personajes de alto rango de esta sociedad militarista a la vez expresan un sentido ritual y ofrendario de los Moche. En Pañamarca aún quedan vestigios de muros enlucidos y pintados que esperan una mayor investigación y conservación.