Alejandro von Humboldt y la arqueología americana

El papel desempeñado por Alejandro von Humboldt (fig. 1) en los estudios sobre la Arqueología Americana ha pasado a ser tema un tópico, que resulta obligado en cualquier aproximación historiográfica a este campo de estudios[1].

Alejandro von Humboldt (1769-1859)[2] era el menor de los dos hijos del matrimonio de Alejandro Georg von Humboldt, un alto funcionario de la Administración del Reino de Prusia, desposado con una viuda burguesa de origen hugonote, Maria Elizabeth Colomb. Su madre, en su Palacio de Tegel, les inculcó una esmerada formación liberal, próxima al ideario pedagógico de Rousseau, que les imprimió un espíritu cosmopolita y científico al servicio del progreso de la humanidad, formación que pasó a ser el modelo de la juventud intelectual germana.

Autor: Martín Almagro-Gorbea
Real Academia de la Historia, España
Articuloo publicado en: Del libro: La Arqueologia Ilustrada Americana. La Universidalidad de una Disciplina

El ambiente familiar, la formación y el espíritu próximo a la Revolución Francesa son elementos que compartía con su hermano Wilhelm (1767-1835), aunque desde la juventud uno y otro mostraron caracteres y vocaciones diferentes. Alejandro se orientó hacia las ciencias de la naturaleza y la tierra y Wilhelm hacia las humanidades, la teoría política, la educación y la lingüística. Ambos hermanos viajaron a España por distintos motivos, aunque se sentían extraños a sus gentes y su cultura, por no decir opuestos, por tradición familiar y por formación ideológica, aunque su experiencia hispana les permitió conocer la tradición científica y humanista de la Ilustración española, hecho no siempre valorado ni en su vida y ni en la Historia de la Cultura Española.

1. Retrato de Alexander von Humboldt por Rafael Ximeno y Planes durante su estancia México. Museo Manuel Tolsá, México (Foto: Luis Alvaz, Wikimedia Commons).

Alejandro fue el primero de los hermanos que vino a España[3], en la primavera de 1799.[4] Había sido invitado a participar en un viaje alrededor del mundo organizado por la Francia del Directorio, que no se llegó a realizar por falta de medios, como tampoco pudo hacer un viaje de estudio al Atlas por la inestabilidad política de Marruecos. Entonces decidió solicitar permiso al Rey de España para realizar un viaje a América, cuyas tierras eran muy poco conocidas, como evidencian los escasos relatos de viajes publicados en la Europa de la época[5], ya que la Corona española restringía el paso de extranjeros a América, por lo que sólo algunas expediciones científicas del siglo XVIII habían tocado en sus puertos.

El embajador de Sajonia en Madrid, Philippe von Forell, interesado por los estudios científicos, le ayudó a introducirse en la Corte. Era amigo de José Clavijo y Fajardo, bibliotecario del Real Gabinete de Historia Natural, así como de Cristian Herrgen, profesor de mineralogía de dicha institución y del Real Estudio de Mineralogía, por lo que Alejandro puede incluirse entre los especialistas alemanes en Minerología que vinieron a la España ilustrada, como los hermanos Christian y Conrad Heuland, comisionados para una expedición a Chile realizada de 1795 a 1800, Christian Herrgen, primer catedrático de mineralogía en España, y Johann Heinrich Thalacker, colector de minerales para el Real Gabinete de Historial Natural, además de los especialistas sajones que colaboraban en las minas de Almadén[6].

Alejandro von Humboldt exponía en su solicitud:

Teniendo un ardiente deseo de ver otra parte del mundo y de verla con la referencia de la física general, de estudiar no solamente las especies y sus caracteres, estudio que se ha hecho casi exclusivamente hasta hoy día, sino la influencia de la atmósfera y de su composición química sobre los cuerpos organizados; la formación del globo, las identidades de estratos en los países más alejados unos de otros, en fin, las grandes armonías de la Naturaleza, tuve el deseo de dejar por algunos años el servicio del Rey y de sacrificar una parte de mi pequeña fortuna al progreso de las Ciencias…[7]

Su objetivo científico era comprender el mundo natural, pues presuponía la unidad de todos los fenómenos y pretendía descubrir su interacción con el ser humano, objetivo que cristalizó en su obra cumbre, Cosmos, síntesis de su vida científica[8]. Para ello Humboldt llevaba consigo los más novedosos instrumentos científicos para determinar la posición astronómica, analizar la declinación y la inclinación magnéticas, la composición del aire, la presión atmosférica, la temperatura del mar, etc.

El 11 de marzo de 1799 von Forell escribió a Mariano Luis de Urquijo[9], Secretario de Estado desde 1798, que era un destacado reformista de la Ilustración, interesado por el progreso de las ciencias y que fue el impulsor desde la Real Academia de la Historia de la Real Cédula de 1803, que puede considerarse en Europa la primera legislación sobre Patrimonio Histórico[10]. Le pedía que hiciera llegar una memoria a Carlos IV para apoyar el viaje a América de Alejandro von Humboldt y Aimé Bonpland. La solicitud, gracias al apoyo de Urquijo, fue atendida por la corte española y el Rey les concedió pasaportes muy generosos y, lo que fue más importante, cartas de recomendación para viajar a América con sus instrumentos para que pudiera incrementar el conocimiento científico de la Naturaleza. También recibían el encargo, por escrito, de recolectar plantas y minerales para museos y jardines botánicos españoles[11], y permiso para estudiar las minas, cuyo interés económico tanto valoraba el gobierno español. Alejandro narra la visita:

Fui presentado a la corte de Aranjuez, en el mes de marzo de 1799. El rey se dignó acogerme con bondad. Le expuse los motivos que me inducían a emprender un viaje al nuevo continente y a las islas Filipinas, y presenté una memoria sobre esta materia al secretario de Estado. El caballero de Urquijo apoyó mi solicitud y logró allanar todos los obstáculos. El proceder de este Ministro fue tanto más generoso cuanto no tenía yo nexo ninguno personal con él. El celo que mostró constantemente para la ejecución de mis proyectos no tenía otro motivo que su amor por las ciencias. Es un deber y una satisfacción para mí consignar en esta obra el recuerdo de los servicios que me prestó.[12]

Humboldt comprendió la importancia de esta generosa colaboración que les garantizaba protección y ayuda en América, pues “Nunca había sido acordado a un viajero permiso más lato; nunca un extranjero había sido honrado con mayor confianza de parte del gobierno español”[13]. Alejandro declaró al Journal de Bordeaux que el viaje fue costeado por él, pero el Rey de España, además de los permisos, le proporciono un apoyo logístico que suponía una “considerable aportación económica”, con el consiguiente ahorro de costes, a lo que se añadía el apoyo de funcionarios y gentes locales al alojarles, acompañarlos y auxiliarles en las exploraciones. Además, su habilidad diplomática personal le ayudó a moverse en la sociedad aristocrática del Viejo Régimen para obtener las ayudas necesarias. Un ejemplo, que Humboldt comentó a David Friedländer, fueron “las ventajas de su alianza financiera con Iranda”, marqués de origen guipuzcoano del Consejo Real de Hacienda, que era uno de los comerciantes más ricos de España y controlaba una amplia red de negocios con ramificaciones en Europa y América, donde tenía mucha influencia[14]. Alejandro al instalarse en Madrid, escribió a Kunth el 4 de abril de 1799 que Iranda “le trataba como un padre y le facilitaría todo lo necesario para su viaje”.

El famoso viaje a América de Alejandro von Humboldt se ha descrito en numerosas ocasiones[15]. Zarpó en 1799 de La Coruña hasta las Canarias, donde ascendió al Teide para sus experimentos y donde se interesó por la población guanche[16]. En julio llegó al puerto de Cumaná, en Venezuela, y visitó la costa de la Guayana. En enero de 1800 partió de Caracas hasta Portocabello y, desde la fortaleza de San Carlos del Río Negro exploró este río y remontó el Orinoco hasta sus fuentes en las tierras de Esmeralda, descendiendo a continuación hasta su delta en la Guayana para regresar a Cumaná. Desde aquí partió para La Habana y permaneció tres meses en Cuba[17]. Al tener noticias de que pasaría por Chile y Perú el capitán Nicolas Baudin en su viaje alrededor del mundo, en marzo de 1801 fletó una pequeña goleta hasta Cartagena de Indias con la intención de alcanzar por el istmo de Panamá el Mar del Sur para encontrarse con Baudin y recorrer el Pacífico. Sin embargo, ya en Colombia, ascendió por el río Magdalena hasta Santa Fe de Bogotá, capital del Reino de Nueva Granada, donde conoció la magnífica colección botánica de José Celestino Mutis y con su ayuda recorrió la región hasta septiembre de 1801. Cruzó los Andes y por Popayán llegó a Quito en enero de 1802, donde durante un año realizó expediciones acompañado por Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre. Tras explorar la selva del Amazonas, a su regreso a través de los Andes vio la calzada del Inca, pasó por Cajamarca y Trujillo, visitó las ruinas chimúes de Chan Chan y llegó a Lima y Guayaquil antes de embarcar para Acapulco, desde donde, por Cuernavaca, llegó a México, que comparó con las más bellas ciudades de Europa, cuyas instituciones científicas y culturales, como el Colegio de Minería, el Jardín Botánico y la Real Academia de San Carlos, le impresionaron. Estudio y cartografió los territorios de Nueva España y embarcó en Veracruz rumbo a La Habana, donde recogió las colecciones dejadas en 1801 y, tras hacer escala en Filadelfia, volvió a Europa en 1804.

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Alejandro von Humboldt es un hijo de la era de las grandes expediciones, como las de La Condomine, en la que participaron Antonio de Ulloa y Jorge Juan (1735-1744), o las de Carsten Niebuhr (1761-1767), Louis Antoine de Bougainville (1766-1769), James Cook (1768-1771, 1772-1775, 1776-1780) y Alejandro Malaspina (1789-1794). Sus relatos fascinaron al joven Humboldt y suscitaron su afición romántica a las regiones tropicales, que habían idealizado Rousseau y Buffon y hacia las que se sintió atraido al leer obras de Haller, Mac Pherson y Goethe que recreaban la naturaleza y describían al hombre primitivo alejado de la civilización[18]. Alejandro de Humboldt representa el paradigma del viajero científico del siglo XIX y sus investigaciones y su gran viaje americano de exploración científica fueron el modelo para Charles Darwin,18 como éste reconoce, y despertó el interés por las exploraciones de antropólogos y arqueólogos franceses, ingleses, alemanes.

En su famoso viaje, además de estudiar la Naturaleza y la Geografía del Nuevo Mundo, se interesó también por comprender las culturas prehispánicas, que interpretó con su gran capacidad de análisis científico positivista, sustentado en su visión filosófica de la Historia del hombre y con la amplitud de visión que manifiesta su profunda cosmovisión, que recoge su obra cumbre, Kosmos. Además, para conocer mejor América leyó y estudió toda la bibliografía a su alcance, desde los primeros cronistas y misioneros del descubrimiento, como Bernardino de Sahagún, quien, como antropólogo, quizás le supera en metodología y experiencia de campo, hasta los relatos y compilacions de historiadores de Indias y escritores criollos e indígenas. En su Examen critique de l’histoire de la géographie du Nouveau Continent (Paris, 1836-1839) reconoce que “la lectura de las obras que contienen las narraciones de los conquistadores ha tenido para mí especial atractivo, y las investigaciones hechas en algunos archivos de América y en bibliotecas de diferentes partes de Europa me han facilitado el estudio de una rama descuidada de la literatura española”. Por ello, señala con toda razón el desconocimiento en Europa de esta bibliografía, hecho que contrasta con las numerosas citas de cronistas que ofrecen sus obras, tanto el Examen critique de l’histoire de la géographie du Nouveau Continent[19], como su gran síntesis Kosmos[20] y especialmente, en Vues des Cordillères et monumens des peuples indigènes de l’Amérique[21], por lo que esta obra, traducida por Bernardo Giner en 1878[22], constituye el primer libro científico europeo sobre América que incluía la tantas veces olvidada historiografía española.

Entre las lecturas que más le influyeron destaca, además de Bernardino de Sahagún, el jesuita José de Acosta (1540-1600), antropólogo y naturalista que viajó al Perú en 1571 y que analizó las costumbres, ritos y creencias de los indígenas de México y de Perú en su Historia natural y moral de las Indias[23], en la que ofrecía observaciones sagaces y lúcidas, como la de que los indígenas americanos habrían llegado a dicho continente a través de Siberia, que influyeron en Humboldt[24]. Además, en Madrid había entrado en contacto con Juan Bautista Muñoz[25], quien, como Cronista de Indias, custodiaba la documentación y cartografía sobre el Nuevo Mundo, en gran parte hoy conservada en la Real Academia de la Historia[26]. Pero es importante señalar, como observó con acierto Jaime Labastida[27], la distinta eficacia entre el trabajo de Humboldt y el que desplegaron, a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, los científicos hispanos que visitaron diversos sitios de la América española. Al margen de la mayor amplitud de visión de Humboldt, una diferencia fundamental fue que los numerosos trabajos de investigación hispanos, como los de José Celestino Mutis y Francisco José de Caldas en el Nuevo Reino de Granada; los de Martín de Sessé y José Mariano Mociño en el interior de la Nueva España y en sus límites septentrionales o los de Alejandro Malaspina en el Océano Pacífico, fueron para uso exclusivo de los funcionarios de la Corona y acabaron guardados y olvidados en archivos, mientras que Humboldt concibió y realizó su obra para darla a conocer y ponerla a disposición del mundo y de los científicos de la época. Aunque en alguna ocasión se ha llegado a tachar a Humboldt de haber plagiado a los sabios novohispanos o haber silenciado sus aportaciones, tesis que Labastida tacha de mezquina, pues considera que lo que hizo fue discriminar sus fuentes de información[28], es interesante recordar que Humboldt, en el capítulo dedicado al “Desarrollo de la idea del Cosmos en los siglos XV y XVI”, en el segundo tomo de su obra Cosmos, insiste en que los cronistas fueron los precedentes de lo que él llama física del globo, ya que consideraba que la Física es la ciencia que contempla todos los aspectos a la vez:

Cuando se estudian seriamente las obras originales de los primeros historiadores de la Conquista, sorprende encontrar en los escritores españoles del siglo XVI el germen de tantas verdades importantes en el orden físico…, la curiosidad impaciente de los primeros viajeros y de los que recogían sus narraciones, originó desde luego la mayor parte de las graves cuestiones que aún en nuestros días nos preocupan… El fundamento de lo que hoy se llama física del globo, prescindiendo de las consideraciones matemáticas, se halla contenido en la obra del jesuita José Acosta, titulada Historia natural y moral de las Indias, así como en la de Gonzalo Hernández de Oviedo, que apareció veinte años después de la muerte de Colón. En ninguna otra época, desde la fundación de las sociedades, se ha ensanchado tan repentina y maravillosamente el círculo de las ideas, en lo que se refiere al mundo exterior y a las relaciones del espacio…[29].

Humboldt, movido por ese interés de difundir la ciencia, no reparó en gastos y pagó de su peculio la edición de una obra de magnitud pocas veces igualada, pues los treinta títulos que forman el Voyage au régions équinoxiales du Nouveau Continent aúnan el rigor científico y la belleza y pulcritud tipográfica. Sin embargo, entre las obras que recogen su experienca americana, en especial en su interés por la arqueología americana, es fundamental su famoso y monumental libro Vues des cordilleres et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, publicado en Paris en 1810. Vues des Cordillères destaca por ser un libro de América en imágenes, espectacular por sus magníficas 69 láminas, hechas a partir de croquis personales, pero también tomadas de pintores locales, de manuscritos indígenas y de publicaciones previas[30]. Esta obra en folio mayor y con costosos grabados sigue la tradición de los libros con grabados de ciudades y tierras del Renacimiento[31] y de la Ilustración[32], así como los de estudio de antigüedades clásicas en Grecia[33] y en el sur de Italia[34], pero por su forma y su cultivo de lo pintoresco formalmente queda mas próximo del paisajista y orientalista inglés Thomas Daniell (1749-1840)[35]. En efecto, el gusto estético de Vues des cordilleres sigue el “pintoresquismo” surgido y teorizado en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII[36], fruto de una discusión filosófico-artística del concepto de “belleza” y de la distinción entre Naturaleza y Arte que tuvo gran repercusión en la teoría del Arte Romántico del siglo XIX. Paisajes y las ruinas enmarcadas en su paisaje se convirtieron en fuente inagotable de atracción pictórica para el gusto romántico, lo que influyó poderosamente y contribuyó a que el viaje ilustrado para formar las elites europeas del siglo XVIII conocido como “gran tour”[37], se convirtiera en un “viaje pintoresco” a remotos lugares para buscar restos arqueológicos de antiguas civilizaciones.

Algunos especialistas consideran una aportación de Humboldt el uso sistemático de lo que se ha llamado “arte científico”, eufemismo referente al uso de ilustraciones al servicio de la ciencia. En Europa el empleo de grabados con ilustraciones era habitual desde el Renacimiento y fueron mejoradas en la Ilustración, tanto en tratados de Geología, Botánica, Zoología, Medicina, Geografía, etc., como también en los estudios anticuarios, en especial desde los siglos XVII38 y XVIII, no sólo para ilustrar edificios y antigüedades como restos de cultura material39, sino también para las inscripciones40. En el creciente papel de la imagen en los estudios arqueológicos destaca la monumental publicación por Carlos III de Le Antichità di Ercolano Esposte entre 1757 y 1792 con los hallazgos de los de Herculano, Pompeya y Estabia. Esta obra, que se difundió por las cortes de toda Europa, puede considerarse el precedente de la también monumental Description de l’Egypte, en la que se publicaban los resultados de la Expedición Napoleónica a Egipto41, que sin duda influyó en la igualmente monumental obra de Alejandro von Humboldt. La técnica de ilustrar con grabados los estudios anticuarios pasó a ser utilizada para los monumentos prehispánicos y la mejora en las técnicas de ilustración gráfica del siglo XVIII permitieron transmitir las características de los monumentos precolombinos americanos mucho mejor que hasta entonces, pues en muchos casos predominaba la fantasía42. Humboldt representa los monumentos de los pueblos americanos para transmitir su significado cultural, pero, aunque se le considera el primero que ofreció a Europa una representación científica de los monumentos americanos43, hay que valorar el precedente de los anticuarios mexicanos, cuyas las ilustraciones literalmente “copia” en algunos casos (fig. 2)..

sance (London: 2003).

38.Athanasius Kircher, Romani Collegii Societatis Jesu Musaeum Celeberrimum…, (Amstelodami: 1678).
39.Bernard de Montfaulcon, L’Antiquité expliquée et représentée en figures (Paris: 1719); Le comte de Caylus, Recueil d’antiquités égyptiennes, étrusques, grecques et romaines I (Paris: 1752).
40.Ludovico Antonio Muratori, Novus thesaurus veterum inscriptionum…, I (Mediolani: 1739).
41.AA. VV., Description de l’Egypte ou Recueil des observations et des recherches qui ont été faites en Egypte pendant l’expédition de l’armée française…, 23 tomos, (París: Edición Imperial 1809-1822); 2ª edición, 37 tomos, (Paris: Edición Panckoucke, 1821-1830).
42.Miguel Rojas-Mix, “Die Bedeutung Alexander von Humboldts für die künstlerische Darstellung Lateinamerikas”, Alexander von Humboldt. Werk und Weltgeltung, ed. Heinrich Pfeiffer (München: Alexander von Humboldt-Stiftung, 1969), 97-130.
43.Rojas-Mix, “Die Bedeutung…”, op. cit. 120.

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2.El templo de Xochicalco según Alzate (1791), Márquez (1804), Castañeda-Dupaix (en Baradère, 1834) y Humboldt (1816).

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La obra Vues des cordillères ofrece las láminas con un texto explicativo amplio y bien argumentado, en el que, además de los paisajes más pintorescos, reunió ruinas, restos arqueológicos y códices que consideró más interesantes para explicar el origen y la evolución de los pueblos indígenas de América, siempre relacionado con la naturaleza, el paisaje y el clima. Humboldt se sintió especialmente atraído por Nueva España, la actual México, pero también por las culturas inca y muisca. Reproduce tanto planos y vistas de monumentos y ruinas, como Mitla, Cholula y Xochicalco, como las mejores esculturas mayas y aztecas por él conocidas, todo lo cual, con su visión Winckelmaniana, muy de su época, analiza como “arte”.

3.Escultura de Chalchiuhtlicue de Tlatelolco, de la Colección de Guillermo Dupaix, hoy en el British Museum, según Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique.

En Vues des Cordillères Alejandro von Humboldt dedicó a las antigüedades 21 de las 69 láminas, que contrastan con la 20 dedicadas a la escritura jeroglífica maya y azteca, que tanto le atraían, aunque no llegó a diferenciarlos ni a descifrarlos. En esta selección, 12 grabados son de la cultura azteca, reflejo de su interés por Nueva España, pero también incluye 6 de la cultura inca, 1 maya de Palenque, que considera erróneamente un relieve de Oaxaca, 1 de Honduras y 1 muisca. En ellas reproduce planos y vistas de los monumentos y ruinas de Mitla, Cholula y Xochicalco (fig. 2)[38] y las mejores esculturas aztecas por él conocidas, entre las que destaca el “busto de una sacerdotisa azteca” de la colección personal de su amigo Guillermo Dupaix (fig. 3), sin duda el primer viajero-arqueólogo del México decimonónico, figura que relacionó, por sus ínfulas, con esculturas egipcias, además de las famosas esculturas descubiertas en 1790 y 1791 bajo la Plaza Mayor de México procedentes del Templo Mayor (fig. 4). Entre éstas, dedicó un amplio análisis al Calendario azteca o Piedra del Sol, en el que sigue fielmente a Antonio de León y Gama[39], mientras que consideró la Piedra de Tizoc una “piedra de sacrificios por donde corría la sangre. No sería extraño que, como se sacrificaban los prisioneros a los dioses, se hubiera adornado la piedra de sacrificios con los triunfos del rey”, lo que le llevó a compararla con los relieves de la Columna de Trajano[40], pues “es una piedra redonda de 3 pies de altura y adornada con figuras en todo su contorno; más o menos como la Columna de Trajano”. También se le permitió ver la Coatlicue, que estaba en la Universidad, pero que había sido reenterrada para evitar su adoración por los indios. Sin embargo, su interpretación es discutible y su calificación como “monstruoso ídolo” ha sido considerada una manifestación de eurocentrismo.

Visitó y describe la pirámide de Cholula y señala su relación con Teotihuacán, que no llegó a ver a pesar de su proximidad a México y en la pirámide de El Tajín, como en Xochicalco, sigue la descripción de Márquez, que las había tomado de Alzate[41] (fig. 2), y compara Tachín con la pirámide de Cayo Cestio en Roma, aunque relaciona sus nichos con el calendario. Con más detalle describe Mitla, gracias a los planos de Luis Martín y del Coronel Pedro Laguna. En pocas palabras, Humboldt dio una visión muy interesante para Europa por lo novedosa, aunque en ocasiones era mejorable, basada en los estudios anticuarios mexicanos reinterpretados desde su visión personal universal de perspectiva clasicocéntrica.

Atraído especialmente por las altas culturas mesoamericanas, se interesó en particular por el calendario de los antiguos nahuas tras ver en México los códices de la colección Boturini, interés retomado en Europa al estudiar los del Vaticano, el Códice Borgia, el Vindobonensis y el de Dresde. Humboldt advirtió que los nahuas medían simultáneamente el tiempo y el espacio y consideró que necesitaban medir con rigor el movimiento del Sol para establecer el tiempo de la siembra y la cosecha[42], por lo que concluyó que el calendario mexicano, como el egipcio, era el de un pueblo agrícola, pues suponía que los pueblos nómadas miden el tiempo por las lunaciones, mientras que los pueblos agrícolas se rigen de acuerdo con el movimiento aparente del Sol, hecho que no es del todo cierto, como evidencian el calendario semita o el calendario celta de origen indoeuropeo.

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Humboldt estaba especialmente interesado en conocer la tierra y la sociedad americana desde una perspectiva global, en especial los aspectos económicos, sociales y políticos, en los que destacaba al máximo nivel, pero en su viaje se sintió cada vez más atraído hacia las ciencias históricas. Este interés habría nacido, según Labastida, en los países andinos, pero se intensificó en Cuba y especialmente en Nueva España[43]. Humboldt, con su gran obra Vues des Cordillères[44], profundizó en el debate intelectual y científico surgido en Europa sobre la antigüedad de la población americana, debate que estimularon los crecientes hallazgos arqueológicos, la valoración de los manuscritos indígenas y las referencias coloniales, que permitían que el público europeo romántico, lleno de curiosidad por culturas exóticas, conociera cada vez mejor las antiguas civilizaciones americanas.

4.Piedra del Sol y escultura de la diosa Coatlicue descubiertas bajo la Plaza Mayor de México procedentes del Templo Mayor, según Antonio de León y Gama, 1792.

La obra refleja el interés de Alejandro von Humboldt por las culturas prehispánicas y, como se ha indicado, fue el primer libro científico europeo sobre América que incluía la historiografía española. Es la obra de un antropólogo, etnógrafo y arqueólogo que descubre la diversidad de culturas y lenguas americanas, analizadas con su formación humanista, con método comparativo positivista y, a la vez, descritas e ilustradas con cierto pintoresquismo proto-romántico. En sus estudios y observaciones durante su viaje fue capaz de recoger y sintetizar tal cúmulo de informaciones antropológicas, arqueológicas, lingüísticas y etnográficas que ha sido considerado con razón “padre fundador de la antropología y la arqueología americanistas”[45], pues tenía gran capacidad para hacer análisis profundos en cualquiera de estas ciencias y para difundir esos saberes. Su basta formación le permitió percibir la gran riqueza cultural americana que evidenciaban sus numerosas tradiciones y lenguas y, tras describirlas objetivamente y analizarlas por medio del método comparativo, era capaz de ofrecer una profunda visión sintética interdisciplinar de conjunto, muy superior a la de cualquier estudioso de su época, lo que es una de las claves de su clara superioridad intelectual.

 

Esta observación es fundamental para comprender su pensamiento. El razonamiento de Alejandro von Humboldt basaba su explicación en la analogía y por tanto en la comparación, método tomado, en parte, de las Ciencias Naturales y, por otra parte, del método de la Lingüística Comparada, en el que tanto destacó su hermano Wilhelm para explicar el desarrollo histórico de las lenguas, mientras que también se percibe la influencia de la metodología utilizada por Winckelmann en su explicación racional de cómo surgen y evolucionan los estilos[46], modelo que sigue una curva gaussiana de nacimiento-desarrollo-apogeo-decadencia-desaparición, que, en última instancia, puede considerarse biológico. Para llevar a cabo su obra Humboldt recurrió a la arqueología y la paleontología, la antropología física, la geología, así como a la lingüística y la historia e intentó recoger todo tipo de material sobre las culturas precolombinas, bien restos arqueológicos, hallazgos paleontológicos o leyendas y tradiciones generales. Los datos lingüísticos que había recogido los remitió a su hermano Wilhelm, quien los estudió y puso a disposición de la comunidad académica, logrando de esta manera ampliar el conocimiento que se tenía sobre las lenguas indígenas.

Alejandro von Humboldt obtuvo de su experiencia americana una visión global, que difundió por la Europa de su época. En su obra, sus lecturas y observaciones personales le llevaron a analizar el origen y evolución de los pueblos indígenas de América y discute la supuesta inferioridad americana planteada por Buffon y otros autores. Humboldt participa en la “disputa del Nuevo Mundo” al criticar y refutar los reiterados prejuicios eurocéntricos tanto en el campo natural como moral y, a pesar de sus duras críticas[47], describe una imagen en el fondo positiva y atractiva de la naturaleza de las colonias españolas, que indirectamente es un argumento contra la idea de la supuesta inferioridad de América vigente en aquella época[48][49], lo que ha llevado a decir que no se alineaba con esa leyenda negra que corría por Europa.

En sus estudios de antropología, Humboldt se enmarca en una línea de investigación que desde Bernardino de Sahagún llega a nuestros días[50], pero su visión laica superó el prejuicio de atenerse a las Sagradas Escrituras que caracteriza a Bernardino de Sahagún (1499-1590)[51], Andrés de Olmos (c. 1485-1571)[52], José de Acosta (1540-1600)[53], Carlos de Sigüenza[54] o Lord Kingsborough (1795-1837) en el mundo anglosajón[55]. Además, frente a quienes sólo recogían hechos, Humboldt los integraba en un marco teórico sólido y coherente[56] y plantea la antigüedad del hombre americano, que, dentro de la unidad biológica y cultural del género humano, consideraba de origen asiático mongoloide, lo que mantenía una tesis ya espuesta por José de Acosta en el siglo XVI y seguida por algunos cronistas españoles. Con esta visión difusionista valoró las relaciones culturales entre Asia y las altas culturas de México y de Perú, según dedujo del análisis comparado de monumentos, jeroglíficos, instituciones, cosmogonías e ideas religiosas y del estudio de los cronistas españoles, entre los que destaca la influencia de José de Acosta[57]. Además, coincidía con los cronistas españoles al señalar que las ideas que caracterizan y dan personalidad a un pueblo proceden de sus raíces históricas[58], en un proceso evolutivo de “longue durée”, un concepto esencial en la Historia analizado por Fernand Braudel[59].

En su análisis de las culturas indígenas utiliza un “empirismo razonado” de evidente carácter positivista tomado de las Ciencias Naturales, pero su interpretación es compleja, pues oscila entre el difusionismo, al aceptar los orígenes asiáticos de la población americana y de algunos elementos de su cultura, y el evolucionismo, que utiliza para interpretar convergencias culturales no explicables por contactos humanos.

No puede desconocerse que el clima, la configuración del suelo, la fisonomía de los vegetales, el aspecto de una naturaleza risueña o salvaje influyen en el progreso de las artes…; influencia más sensible a medida que el hombre se encuentra más apartado de la civilización[60].

Humboldt aunaba el empirismo científico con el idealismo protoromántico para explicar la relación de los monumentos de las culturas americanas con el paisaje, no sin cierta visión pintoresquista propia del protoremánticismo (fig. 5), que no ofrece la calidad de los estudios anticuarios de la Ilustración. Su profunda comprensión de la relación entre paisajes y monumentos suponía iniciar una campo tan actual como la “Arqueología del Paisaje”. Él mismo señala:

5. Vista de la Pirámide de Cholula con el volcán de Orizaba al fondo en Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique.

Al presentar en una misma obra los groseros monumentos de los pueblos indígenas de América y los sitios pintorescos del pais montuoso que han habitado, creo reunir objetos cuyas relaciones no han escapado a la sagacidad de los que se dedican al estudio filosófico del espíritu humano… las costumbres de las naciones, el desarrollo de sus facultades intelectuales, el carácter particular impreso en sus obras dependen a de infinitas causas que no son puramente locales, por lo que no puede desconocerse que el clima, la configuración del suelo, la fisonomía de los vegetales, el aspecto de la naturaleza, risueña o salvaje, influyen en el progreso de las artes y en el estilo que distingue sus producciones, influencia más sensible a medida que el hombre se encuentra más apartado de la civilización[61].

 

En esta visión determinista respecto al medio natural, basadas en la relación entre naturaleza y “arte” entendido como manifestación de la cultura humana, influía su formación geográfica y naturalista, pero también la lectura de Winckelmann y Goethe[62] y, probablemente, su deseo de encontrar una explicación científica unitaria para el hombre dentro de la Naturaleza. Si no se comprende bien este contexto, parecería un manifiesto determinista ingenuo, pero Humboldt, con su perspicaz intuición, fruto de su amplia formación y bastos conocimientos, supo descubrir la profunda interrelación, hoy tan valorada, entre el medio ambiente, el hombre y su cultura, que se puede definir como el sistema por el que el hombre, según su mentalidad y capacidad tecnológica, obtiene del medio ambiente el máximo beneficio para mejorar su calidad de vida, definición no se puede considerar determinista.

Desde esa perspectiva de su peculiar visión universal, Humboldt interpretó el continente americano al intuir un “reino de la naturaleza” con personalidad propia relacionado con su personalidad cultural. Esta visión se basaba en el método comparativo para analizar y estudiar las culturas americanas y para comparar las culturas del Viejo y del Nuevo Mundo con una perspectiva universal[63], método del que Kirchhoff considera que fue el iniciador[64], lo que suponia un paso definitivo hacia la Arqueología como una ciencia universal que explica los orígenes de todos los pueblos de la tierra. Sus lecturas y observaciones personales le llevaron a creer en la antigüedad del hombre americano y en su origen mongoloide, siguiendo la tesis ya expuesta por José de Acosta, dentro de su visión sobre la unidad del género humano, visión difusionista que también se vislumbra en otras ocasiones al señalar relaciones con las culturas asiáticas en las altas culturas de Perú y México. De este modo se comprendía la personalidad de las culturas americanas a la vez que la unidad cultural de la humanidad. Sin embargo, aunque Humboldt mostró gran interés por la Arqueología en su amplia visión humanista sobre América, no debe olvidarse que su verdadero interés se concentraba en una visión general de la sociedad hispana y, dentro de ésta, en la organización social y política y los avances técnicos y científicos de las tierras americanas.

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Un análisis de la relación de Alejandro von Humboldt con la Arqueología Americana exige valorar su profunda formación clasicista con una concepción de la cultura greco-latina como modelo y su admiración por la difusión de la Cultura Clásica en México. Es un tema de evidente interés actual[65], muchas veces polémico por relacionarse con una interpretación de las culturas indígenas considerada “clasicocéntrica”, pero antes de hacer juicios de valor, hay que entender de forma adecuada la perspectiva de Humboldt.

Humboldt en sus interpretaciones y en la visión evolucionista de las culturas del mundo considera de la cultura clásica como modelo, como evidencia en numerosas ocasiones:

Los monumentos de aquellas naciones apartadas de nosotros por el transcurso de muchos siglos despiertan nuestro interés de dos diversas maneras. Si las obras de arte que llegan hasta nosotros pertenecen a pueblos de muy adelantada civilización, excitan nuestro entusiasmo por el genio con que están concebidas y por la armonía y la belleza de las formas; así el busto de Alejandro, encontrado en los jardines de los Pisones, se reputaría siempre como precioso resto de la Antigüedad, aunque su inscripción no indicara que son aquéllas las facciones del ilustre conquistador; y una piedra grabada, una medalla de los hermosos tiempos de Grecia, admiran al artista por la perfección del estilo, por lo acabado de la ejecución, sin que sea necesario que una leyenda o un monograma relacione tales objetos con época determinada de la historia. Es un magnifico privilegio que goza cuanto se ha producido bajo el cielo del Asia Menor y la Europa meridional[66].

Esta visión clasicista le lleva a ser menos comprensivo con la estética de las culturas americanas frente a la valoración de los restos prehispánicos por los anticuarios novohispanos, pues consideraba toscas las pinturas y esculturas prehispánicas por su alejamiento de los cánones clásicos[67], aunque defendía que algunas culturas prehispánicas americanas eran civilizaciones avanzadas, a la vez que como romántico asociaba a su carácter científico el placer de gozar de la Naturaleza y de interpretar los monumentos en su contexto medioambiental.

Humboldt reconoce que los indígenas americanos eran capaces de pintar y esculpir, “como los tártaros y mongoles”, pero los considera “incapaces de poseer ese sentimiento de lo bello” de la cultura clásica europea, por lo que la pintura y la escultura sólo eran artes mecánicas. Ese sentimiento clasicista, mal interpretado como europeo-céntrico, le llevó a afirmar que estos pueblos labraban “repugnantes figuras”, muy alejadas de las bellas proporciones clásicas, hecho también propio de los pueblos de Asia Oriental y, aunque admira la perfección de la escultura relivaria mexicana, con sus círculos concéntricos y divisiones de exactitud matemática y sus formas repetidas con orden y simetría, consideró que reemplazaban al sentimiento de lo bello en pueblos aún no completamente civilizados. De las pinturas mexicanas llega a decir: “son las cabezas enormes, constantemente delineadas de perfil, aunque el ojo está trazado como si la cara fuera de frente; excesivamente rechoncho el cuerpo, a la manera que los relieves etruscos, y los pies tan largos de dedos que más bien parecen garras de algún ave; indicios claros de la infancia del arte”[68].

Esta postura que muchos consideran clásico-céntrica, en la que tanto pesaba la visión de Winckelmann y la del mismo Goethe, ha sido justamente criticada, aunque sea característica de su tiempo y de su formación clasicista como han señalado entre otros Jaime Labastida y Helmut von Kügelgen[69], pero hay que saberla valorar sin incurrir en juicios anacrónicos. Esta formación clásica también explica su admiración por la colección de copias de las mejores esculturas clásicas de la Real Academia de San Carlos de México, “más bella y completa que ninguna de las de Alemania”, como reconoció con admiración Humboldt, quien, educado en las ideas de J. J. Winckelmann y en la excelencia del Arte Griego, quedó impresionado al encontrar en Méjico el Apolo de Belvedere, el grupo de Laocoonte y otras famosas estatuas de la Antigüedad, que todavía se conservan y admiran actualmente en la Academia de San Carlos[70] (fig. 6), lo que constituye un interesante capítulo, muchas veces olvidado, de la arqueología americana.

Detrás de esta visión clasicista de Alejandro von Humboldt hay una profunda concepción filosófica de la vida y del mundo estrechamente relacionada con su formación y, sobre todo, con los profundos valores sobre la concepción del hombre que refleja la ejemplaridad idealizada del Arte Griego en la Historia. Hay que saber valorar estos hechos para evitar juicios anacrónicos. No se debe olvidar que esta visión de Humboldt suponía una profunda concepción del arte, de la vida y del mundo, que la Historia del Arte ha mitificado en la ejemplaridad del Arte Griego por ser el resultado de la búsqueda racional de la perfección y de la belleza en la simetría o proporción entre las partes, de la que puede considerarse paradigma el famoso Cánon de Policleto, conocido por su Doríforo, como resultado de esa búsqueda racional de la perfección y belleza. Es un hecho esencial, muchas veces sobreentendido y no siempre comprendido. Geometría y matemática, ritmo y armonía, suponen una profunda conexión entre Arte y Filosofía, como ocurría entre la música y la filosofía pitagórica, pues el simbolismo racional de los números buscaba concertar las obras de arte con la naturaleza, no sólo la visible, sino con la armonía cósmica, que se tenía en cuenta no sólo en la teoría, sino también al construir los templos clásicos, siempre proporcionados y orientados de acuerdo con los augurios para que estuvieran conformes con el orden del Kosmos.

6. Patio neoclásico de la Real Academia de las Nobles Artes de San Carlos, en México.

Por ello, el realismo del Arte Griego no buscaba sólo el parecido formal, sino el módulo, el canon, el ritmo y las proporciones no visibles de la naturaleza, que ordenan el mundo y hacen que sea Kósmos, no Cháos, dentro de los mismos principios que inspiraron a Pitágoras. Los artistas griegos, en ocasiones en clara competencia entre ellos al intentar ser los mejores, buscaban la solución perfecta, según su propia personalidad, por lo que firmaban sus obras, prueba evidente de autoestima, y, desde época arcaica, escribían tratados de arte. La belleza en el Arte Clásico se basaba en estas ideas de simetría y proporción inspiradas en la naturaleza para alcanzar la perfección estética. Pero la belleza en el Arte se buscaba al mismo tiempo que la verdad en la Filosofía, el bien en la Ética y la democracia en la Política. Es un ideario clásico, no europeocéntrico, como en ocasiones se ha considerado. En una palabra, esta actitud suponía una profunda visión del mundo, ciertamente idealizada, que nunca ha tenido un desarrollo semejante en ninguna otra cultura humana. De ahí su carácter “clásico” y ejemplar, sin el cual no se explican ni la mentalidad ni la obra de Humboldt.

 

Esta digresión sobre la visión clasicista de Alejandro von Humboldt permite entender la revalorización del Arte Griego por los humanistas y artistas desde el Renacimiento como modelo vital, actitud que alcanza su auge en el siglo XVIII al predominar la idea de progreso basada en la imitación de lo “antiguo” como idealización de ese concepto ideal de lo bello y lo bueno que caracteriza el pensamiento de Winckelmann, quien, además, renovó los conocimientos anticuarios anteriores y dio a la Arqueología carácter científico al ofrecer una visión del Arte Griego, todavía seguida en la Arqueología Clásica actual, que estudia las leyes que rigen la belleza, a la vez que la seriación evolutiva de los estilos como instrumento de análisis histórico convirtió la Historia del Arte en verdadera Historia. Sin embargo, esta visión del Arte Clásico resulta, evidentemente, “clásico-céntrica”, y supone cierta sobrestima, por lo que Winckelmann y la estética neoclásica no fueron capaces de comprender la estética barroca ni el arte de otros pueblos, actitud que asumía que “fuera del Arte Clásico no hay salvación”, si se permite parafrasear el famoso dicho de Orígenes (In Jesu nave, 3,5: extra Ecclesiam nemo salvatur).

Fue esta ejemplaridad del Arte Clásico lo que indujo a Carlos III, el “Rey Arqueólogo”, a tener como pintor de corte a Rafael Mengs, el difusor de las teorías de Winckelmann, y a enviar a la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España la citada colección de copias de las mejores esculturas clásicas “más bella y completa que ninguna de las de Alemania” para mejorar la formación de las gentes y de la vida americana. Hasta fechas recientes pocas veces se entendía el entusiasmo que le suscita a Humboldt la Real Academia de San Carlos, creada por Carlos III en 1783 al recoger una iniciativa de las elites criollas encauzada por el virrey Bernardo de Gálvez[71], que fue la primera Academia del continente americano y la primera Colección o Museo de Arte en América. La estupenda colección comprendía copias de 325 esculturas clásicas[72], se empezó a formar una pinacoteca y Carlos III envío para su biblioteca los más importantes libros de antigüedades clásicas publicados en la Europa ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, entre ellos obras de Winckelmann, Vitrubio, Vignola, Mengs, Le Antichità romane de Piranesi, etc.[73]. La admiración de Humboldt se refleja en su Ensayo político sobre Nueva España:

Esta academia debe su existencia al patriotismo de varios particulares mexicanos y a la protección del ministro Gálvez. El gobierno le ha cedido una casa espaciosa, en la cual se halla una colección de yesos más bella y completa que ninguna de las de Alemania. Se admira uno al ver que el Apolo de Belvedere, el grupo de Lacoonte y otras estatuas aún más colosales han pasado por caminos de montaña que por lo menos son tan estrechos como los de San Gotardo (Suiza), y se sorprende al encontrar estas grandes obras de la antigüedad reunidas bajo la zona tórrida, y en una meseta que está a mayor altura que el convento del Gran San Bernardo”[74]. Y en otro lugar añade “La colección de yesos puesta en México ha costado al rey cerca de 40,000 pesos… y en el edificio de la Academia, o más bien en uno de sus patios, deberían reunirse los restos de la escultura mexicana y algunas estatuas colosales que hay de basalto y de pórfido, cargadas de jeroglíficos aztecas y que presentan ciertas analogías con el estilo egipcio e hindú. Sería una cosa muy curiosa colocar (en la Academia de San Carlos) estos monumentos de los primeros progresos intelectuales de nuestra especie, estas obras de un pueblo semibárbaro habitante de los Andes mexicanos, al lado de las bellas formas nacidas bajo el cielo de Grecia y de Italia”[75].

La dimensión ética y la ejemplaridad que tenía el Arte Clásico para Humboldt se evidencian en su Ensayo político sobre el Reyno de Nueva España, donde destaca la acertada política de educación ilustrada desarrollada en América, en la que la formación clásica era un pilar fundamental, pues en la Academia se enseñaba arquitectura, pintura, escultura y grabado dentro de orientaciones marcadamente neoclásicas, sin atender a las clases sociales:

La enseñanza que se da en la Academia es gratuita,… La Academia trabaja con fruto en propagar entre los artistas el gusto de la elegancia y belleza de las formas. Todas las noches se reúnen en grandes salas, muy bien iluminadas…, centenares de jóvenes, de los cuales unos dibujan al yeso o al natural, mientras otros copian diseños de muebles, candelabros u otros adornos de bronce (inspirados en los dibujos de Pompeya y Herculano). En esta reunión (cosa bien notable en un país en que tan inveteradas son las preocupaciones de la nobleza contra las castas) se hallan confundidas las clases, los colores y razas; allí se ve el indio o mestizo al lado del blanco, el hijo del pobre artesano entrando en concurrencia con los de los principales señores del país. Consuela, ciertamente, el observar que bajo todas las zonas el cultivo de las ciencias y artes establece una cierta igualdad entre los hombres, y les hace olvidar, a lo menos por algún tiempo, esas miserables pasiones que tantas trabas ponen a la felicidad social[76].

No se puede resumir mejor el éxito de la política ilustrada de la Corona de España, en la que la formación clásica tenía un papel tan destacado, pero estas frases también prueban cómo Humboldt, siguiendo a Winckelmann, entendía la ejemplaridad del Arte Clásico y cómo estas ideas habían llegado a México de forma paralela a un nuevo concepto de la Arqueología. Alejandro sabía valorar la importancia de la educación, pues su hermano Wilhelm fue el gran reformador de la enseñanza alemana[77] y, además, esta alabanza del funcionamiento de la Academia de San Carlos es especialmente válida por venir de un espíritu ilustrado rusoniano, contrario a la tradición española.

Humboldt se interesó incluso por la financiación de la Academia y admira los efectos de la renovación neoclásica impulsada desde la misma, pues considera a México la “ciudad de los palacios”, ya que era la primera ciudad de América y una de las más bellas del mundo.

Las rentas de la Academia de las Bellas Artes de México son de 24,500 pesos, de los que el gobierno da 12,000, el cuerpo de mineros mexicanos cerca de 5,000 y el consulado, o junta de los comerciantes de la ciudad, más de 3,000. No se puede negar el influjo que ha tenido este establecimiento en formar el gusto de la nación… con buenos edificios que podrían figurar muy bien en las mejores calles de París, Berlín y Petersburgo. El señor Tolsá, profesor de escultura en México, ha llegado a fundir allí mismo una estatua ecuestre de Carlos IV. Y es obra que, exceptuando el Marco Aurelio de Roma, excede en primor y pureza de estilo cuanto nos ha quedado de este género en Europa”, obra de tamaño colosal para que destacara en el centro de la gran plaza del Zócalo[78].

Las actividades de la Academia no se reducían a la enseñanza. En su famoso Ensayo político sobre Nueva España señala cómo “desde fines del reinado de Carlos III y durante el de Carlos IV, el estudio de las ciencias naturales ha hecho grandes progresos no sólo en México, sino también en todas las colonias españolas…”[79]. Por ello, cuando Humboldt llegó a México en 1803, a pesar de sus observaciones y críticas bastante agudas con la labor de España en América, se quedó admirado de la labor cultural desarrollada, hecho que hasta fechas recientes solía pasar desapercibido. Humboldt denominó a Méjico la “ciudad de los palacios”, pues había llegado a ser en esa época la primera ciudad de América y una de las mayores y más bellas del mundo. Su admiración la expresa al decir que: “Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México. Citaré sólo la Escuela de Minas,… el Jardín Botánico y la Academia de pintura y escultura conocida con el nombre de Academia de las Nobles Artes”[80]. Además, en México atrajeron particularmente su atención los notables avances de las artes y las ciencias durante la Ilustración, que cristalizaron en el reinado de Carlos IV y en sus publicaciones y en su correspondencia ofrece una imagen muy positiva de la investigación desarrollada en España y en las capitales virreinales[81], que contrasta con la tradición de la Leyenda Negra asumida por Europa, logros científicos que supo utilizar para sus estudios y que eran en su época casi completamente desconocidos.

Esta visión de Humboldt permite comprender cómo la Corona de España desarrolló en el siglo XVIII una política de estado de gran alcance, dirigida al desarrollo económico y social, cuyo interés por la Antigüedad y la Historia eran consecuencia de una ideología que pretendía equiparar la Corona de España al Imperio Romano como imperio universal, garante de la paz y de la cultura[82]. Alejandro von Humboldt no parece advertir esta política, aunque sí admiró sus resultados, que contribuyeron a impulsar el desarrollo económico y la aparición del Neoclasicismo, poco antes de que España, con la Invasión Napoleónica, perdiera el puesto de potencia cultural hasta entonces había mantenido.

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En este contexto debe enmarcarse el papel de Alejandro von Humboldt en los inicios de la Arqueología Americana. Frente a su visión clasicista de la Arqueología, en ocasiones criticada, se debe reconocer que Humboldt abrió una nueva etapa[83], pues contribuyó de manera decisiva a interpretar la Arqueología Americana y difundirla por el mundo, ya que en este proceso la Arqueología anticuaria del siglo XVIII, que partía de sus raíces clásicas desde el Renacimiento, se convirtió en la actual ciencia arqueológica de carácter universal. Pero este papel de Humboldt en la Arqueología Americana no se podría entender sin el notable desarrollo alcanzado a lo largo del siglo XVIII por los estudios anticuarios en la América hispana, como ocurría con otros saberes, como la Botánica, la Mineralogía o la Cartografía. Por ello, para valorar este proceso, es interesante conocer el estado de los estudios de Arqueología en América antes de la llegada de Humboldt.

Ya desde el siglo XVI, en México y en otras cortes virreinales había círculos eruditos, de médicos, farmacéuticos, profesores de universidad, arquitectos e ingenieros que cultivaban humanidades y ciencias. Este ambiente alcanzó su auge en el siglo XVIII con la Ilustración, por lo que no sorprende el notable desarrollo de la Arqueología en la América Hispana y, en concreto en México, en especial tras el descubrimiento de Herculano y Pompeya por Carlos III, el “Rey Arqueólogo”[84]. Este ambiente también explica la creación de la Real Academia de San Carlos, que fue la primera Academia del continente americano y también el primer museo o colección pública de Arte en América, junto a algunos precedentes de particulares[85]. A ello se añadían la organización de crecientes estudios arqueológicos y de las primeras expediciones científicas en América para estudiar antigüedades y ruinas indígenas, impulsadas por las autoridades y por la propia corona, en especial en la zona maya, en México y en Veracruz, siguiendo la tradición ilustrada en España de viajes de estudio de antigüedades clásicas del Marqués de Valdeflores, Pérez Bayer o José de Cornide[86]. También en este contexto el jesuita Francisco Xavier Clavigero y el italiano Lorenzo Boturini proyectaron crear un “Museo de Antigüedades Mexicanas”, idea que asumió Humboldt en su Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España[87] para que se pudieran ver y comparar las obras del Nuevo Mundo y de la Cultura Clásica, pues consideró que las colosales esculturas prehispánicas descubiertas en la Plaza Mayor de México debían exhibirse junto a las copias de esculturas clásicas de la Academia de San Carlos[88]. Eran novedosas ideas, pioneras en América, que seguían la tradición de los estudios arqueológicos clásicas de Europa, —y en especial de España—[89], por lo que impresionaron favorablemente a Humboldt, al facilitarle mucho su trabajo, lo mismo que expediciones arqueológicas como la Real Expedición Anticuaria, realizadas por su amigo Guillermo Dupaix[90].

En el siglo XVII cabe recordar las exploraciones de Carlos de Sigüenza y Góngora en Teotihuacan[91]. Ya en el siglo XVIII la expedición de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, de 1735 a 1746 al Ecuador, ya se preocupó por los restos arqueológicos y el ilustrado obispo de México Francisco Antonio Lorenzana (1766-1772) se interesó por Texcoco, pero el caso más llamativo y destacado es la ciudad maya de Palenque, la “Pompeya americana”, situada en las selvas de la actual provincia de Chiapas. En 1773, Ramón de Ordoñez hizo visitar Palenque a Esteban Gutiérrez de la Torre e informó al Capitán General de Guatemala, para quien esos descubrimientos eran “dignos de todo mi cuidado y honor de la Nación”, por lo que envió a José Antonio Calderón en 1784, seguido de la expedición científica dirigida por el arquitecto Antonio Bernasconi para documentar el yacimiento en 1785, cuyos dibujos y mapas se conservan en el Archivo de Indias y en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, completados por la de Antonio del Río en 1787, la de Luciano Castañeda en 1807 y en 1808 la de Guillermo Dupaix (1746-1818), que hay que destacar. Dupaix, junto al dibujante Luciano Castañeda, fue comisionado por orden directa de Carlos IV de 1805 a 1808 para una Real Expedición Anticuaria que debía estudiar y documentar los hallazgos de Palenque y de otros yacimientos y monumentos de Nueva España, como se había hecho en Pompeya y en diversas partes de España, por lo que se conservan los manuscritos y 145 láminas. Visitaron Orizaba, Cholula y Xochicalco, Xochimilco, el lago de Chalco y Oaxaca y en el último viaje, Tehuantepec y las grandes ruinas mayas de Palenque[92]. Dupaix, que puede considerarse el fundador de la arqueología maya, es el primer exploradorarqueólogo del México decimonónico y su expedición alcanzó gran popularidad en el siglo XIX. Los trabajos en Palenque quedron inéditos y sirvieron para el primer libro dedicado al yacimiento, Descriptions of the Ruins of an Ancient City, discovered near Palenque[93], publicado en Londres en 1822, que publicó la documentación de la expedición hispana y sirvió como obra de referencia obligada de la arqueología americanista, como ocurrió en España con las expediciones de estudio de las antigüedades árabes organizada por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, publicada como Las Antigüedades Árabes de España (Madrid, 1787) tras la aparición de la obra de Henry Swinburne Travels through Spain in the years 1775 an1776 in which several monuments of roman and Moorish architecture are illustrated by accurate drawings taken on the spot (London, 1779). Una actividad semejante, siempre inspirada en el estudio de las ruinas en Europa, es la exploración de Diego Ruiz que descubrió El Tajín y la expedición de José Antonio de Alzate a Xochicalco[94] y la misma actividad se observa en otros territorios americanos de la Corona de España, como en el santuario inca de Pachacamac, el más importante de la Costa Central de Perú, descubierto y estudiado en el siglo XVIII[95].

Igualmente sorprende la calidad de los estudios realizados en México para leer los signos mayas y aztecas y documentar sus principales monumentos, ampliamente utilizados por Humboldt, que recuerdan el uso conjunto de Arqueología y Epigrafia en ruinas clásicas como Pompeya. Cabe señalar, aunque son bien conocidos, los trabajos de Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790 (México, 1792), traducido al italiano como el Saggio dell’Astronomia, Cronologia, e mitologia degli antichi Messicani (Roma, 1804), con un buen estudio del calendario azteca, y de José Antonio Alzate, Descripcion de las antiguedades de Xochicalco… (México, 1791). Particularmente destacado es Pedro José de Márquez, que escribió, entre otras obras sobre arqueología mexicana, Due Antichi Monumenti di Architettura Messicana (Roma, 1804), gracias a las cuales se conocieron en Europa la Piedra del Sol, la Coatlicue y las pirámides de El Tajín y de Xochicalco[96]. El análisis de Márquez de los monumentos precolombinos estaba influenciado por la tradición anticuaria clásica, que tanto le atrajo y que cultivó con brillo desde su llegada a Italia hacia 1780. Las obras de Márquez sobre antigüedades precolombinas hacen que sea el primer autor en difundir en Europa la arqueología precolombina mexicana, como un claro precedente de Alejandro von Humbolt, mientras que las obras de otros jesuitas, como Clavigero, Cavo y Fábregat, interesadas igualmente por la cultura indígena, tienen un carácter histórico sin la orientación arqueológica propia de las antigüedades clásicas que ofrecen las publicaciones de Márquez, con una interpretación “anticuaria” en la que estética, arquitectura y epigrafía constituían la base del texto. Pedro José Márquez (1741-1820), uno de los jesuitas expulsados por Carlos III, tuvo que abandonar Nueva España y se trasladó a Italia, donde se interesó por los estudios de antigüedades. Visito las colecciones del cardenal Borgia y del cardenal Cospi en Bolonia, que actualmente se conservan en el Museo Pigorini de Roma, entre las que destacaban los códices de Cospi y Borgia. Instalado en Roma, se incorporó al círculo ilustrado José Nicolás de Azara, que era el embajador de España. Sus estudios le dieron gran prestigio y pasó a ser miembro de la Accademia Romana di Archeologia, de la Accademia di San Luca in Roma, de la Accademia di Belle Arti di Bologna y de la Accademia di Belle Arti di Firenze, además de académico honorífico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Humboldt indica en su Diario que, en su estudio de las impresionantes esculturas procedentes del Templo Mayor descubiertas en 1790 y 1791 bajo la Plaza Mayor de México, la Coatlicue, la Piedra de Tizoc y la Piedra del Sol, sigue la interpretación de Antonio de León y Gama[97] y de Guillermo Dupaix. Esta utilización por Humboldt de los estudiosos mexicanos ha sido en algún caso criticada sin dejar de reconocer sus méritos[98], pues algunos investigadores, como José Alcina, consideran que usó excesivamente dichos estudios, ya que, aunque en su estancia en México visitó Cholula, se ha señalado su aparente desinterés por visitar yacimientos tan importantes como Teotihuacán o Xochicalco, en los que se limitó a utilizar las publicaciones de ilustrados hispano-mexicanos José Antonio Alzate104 y Pedro José de Márquez105, cuya ideología enciclopedista, nacionalista y enaltecedora de las culturas indígenas les llevaba a leer los signos mayas y aztecas y a documentar sus principales monumentos, siguiendo el modelo de la nueva tradición de estudios originaria de la Arqueología Clásica, tan prestigiada desde los descubrimientos de Herculano y de Pompeya.

Este desarrollo de la arqueología encaja en la autorizada opinión de Humboldt sobre la sociedad novohispana y sobre los notables avances de la ciencia española durante la Ilustración, que cristalizaron en el reinado de Carlos IV. Humboldt ofrece repetidas veces en sus publicaciones y en su correspondencia una imagen muy positiva de la investigación desarrollada en España y en las capitales virreinales, en especial en México, como ha señalado Jorge Arias de Greiff106, con logros científicos casi completamente desconocidos en la Europa de su época.

La Arqueología se había visto impulsada por los descubrimientos de Hercuano y Pompeya por Carlos III, el “Rey Arqueólogo”107, quien favoreció estos estudios en todos los reinos de la Corona de España, abriendo nuevos horizontes fuera del campo de la Arqueología Clásica108. En este contexto, se comprende la importancia que tuvo para Humboldt el descubrimiento de la Arqueología americana. Su desarrollo, al margen del mundo europeo, hacían que este campo de estudio fuera independiente de la tradición clásica al rebasar de forma radical el marco del mundo europeo, lo que suponía un paso definitivo para que esta nueva ciencia se convirtiera en una ciencia histórica universal, dirigida a estudiar el pasado de cualquier pueblo de la tierra109, proceso que, de forma indirecta, confluía con los estudios de arqueología comparada que iniciaba Humboldt. Este nuevo marco geográfico supuso un nuevo marco conceptual, pronto captado por Humboldt, quien le dio el impulso definitivo que condujo a la extensión de esta ciencia como estudio del pasado histórico de toda la humanidad, basada en la cultura material considerada como documento histórico. De este modo, se rompía el marco y la concepción clásica de estos estudios, que rápidamente se extendieron a nuevos campos, como las antigüedades fenicias y árabes en España y a las antigüedades prehistóricas de cualquier territorio de la Corona Española, como las culturas prehispánicas en América, lo que suponía la transformación de la Arqueología en una ciencia de carácter universal. Sin embargo, aunque se abría un horizonte en el que la Arqueología pasaba a ser la ciencia que estudia el origen de todos los pueblos de la tierra, Humboldt, en su visión evolutiva de las culturas del mundo, mantuvo siempre a la cultura greco-latina como modelo, lo mismo que mantenía el valor de los cánones clásicos[99], al defender el carácter de civilización avanzada de algunas culturas prehispánicas americanas. Esta visión “clásico-céntrica” ha sido criticada, aunque esa crítica puede, a su vez, ser considerada anacrónica, ya que, como hemos señalado, era característica de su tiempo y de la formación clasicista recibida por Humboldt[100]. Además, a este desarrollo de la arqueología se asoció el inicio de la legislación arqueológica para proteger ruinas y monumentos como Patrimonio Nacional, gracias a la Real Cédula de 1803[101], dentro de una política ilustrada desarrollada por la Corona de España en el siglo XVIII que contribuyó de forma decisiva al desarrollo económico y a la aparición del Neoclasicismo[102], aunque estas brillantes iniciativas se vieron truncadas con la Invasión Francesa en España y las guerras de independencia en América.

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Se puede recapitular brevemente la visión actual sobre Alejandro von Humboldt y la Arqueología Americana. En su famoso viaje a América de 1799 a 1804, el sabio alemán entró en contacto con la arqueología americana y con los pioneros hispanos que iniciaban su desarrollo y logró una visión de síntesis gracias a su amplia formación y cultura, basada en innumerables lecturas y afirmada en la experiencia de sus viajes y en sus discusiones con otros estudiosos gracias a su interculturalidad.

Su formación científica interdisciplinar de naturalista, su espíritu abierto, su conocimiento de la bibliografía española y su contacto directo con monumentos y paisajes le llevaron desde el estudio de la Naturaleza y la Geografía del Nuevo Mundo a conocer las culturas prehispánicas. Su obra asocia la documentación pintoresquista de monumentos y paisajes y el gozo de la Naturaleza propio de época romántica con un carácter científico que le llevó a una valoración casi determinista de la interrelación del hombre y su cultura con el medio ambiente para comprender la personalidad de las culturas.

Para llevar a cabo su obra recurrió a la Arqueología y la Paleontología, la Antropología Física, la Geología y la Lingüística e intentó recoger todo tipo de material sobre estas culturas precolombinas, desde restos arqueológicos y manuscritos a leyendas y tradiciones. Sus estudios parten de su perspicaz intuición, basada en su gran capacidad de análisis científico, siempre sustentado en su filosófica cosmovisión global de la historia del mundo y del hombre recogida en su obra cumbre, Kosmos. Su método científico pretendía integrar los múltiples datos en una síntesis teórica científica positivista, sistema tomado de las ciencias naturales que aplicó al estudio de las culturas. Este espíritu científico apoyado en la razón buscaba las leyes de la naturaleza y de la sociedad, en la creencia de que ciencia, ética y estética forman un todo, lo que explica su admiración por el mundo clásico, a la vez que por el ideario democrático romántico. Por ello, Humboldt, mucho más que un arqueólogo, debe ser considerado un humanista ilustrado con profundo sentido de servicio a la sociedad a través de la ciencia. En una palabra, este desarrollo de la ciencia iba parejo del ideario neohumanista ilustrado, basado en el valor del ser humano y la veneración de la naturaleza y la razón, que desplazan las creencias religiosas tradicionales, a lo que añadía su capacidad de difusión de sus conocimientos por todo el mundo gracias a sus publicaciones y cartas, que representan un enorme esfuerzo personal.

Humboldt recogió los datos que ofrecían monumentos, hallazgos, códices y observaciones personales y fue capaz de integrarlos en una visión sólida con un marco teórico coherente que les daba valor científico. Atraido por el origen y antigüedad de la población americana, su trabajo científico abrió un nuevo método comparativo, como ha señalado Kirchhoff, al comparar las culturas americanas con las civilizaciones del Viejo Mundo basándose en un “empirismo razonado” sin caer en una visión meramente especulativa de la Historia, —como la de Hegel—, superando la interpretación de los restos prehispánicos desde la cosmovisión bíblica de los anticuarios novohispanos.

El razonamiento de Alejandro von Humboldt se basaba en la analogía y la comparación, observación fundamental para comprender su pensamiento. Su trabajo abrió un nuevo método científico comparativo en el análisis de las culturas americanas al comparar las civilizaciones del viejo y del nuevo mundo basándose en un “empirismo razonado”[103]. Su método científico pretendía integrar los hechos en una síntesis teórica objetiva, utilizando instrumentos científicos y cálculos matemáticos, sistema tomado de las ciencias naturales que aplicó al estudio de las culturas. Su espíritu científico apoyado en la razón buscaba las leyes de la naturaleza y de la sociedad, con la creencia de que ciencia, ética y estética forman un todo. Este método, que basaba toda explicación en la analogía y por tanto en la comparación, estaba tomado, en parte, de las Ciencias Naturales y, por otra parte, del método de la Lingüística Comparada con el que su hermano Wilhelm explicaba el desarrollo histórico de las lenguas, mientras que, al mismo tiempo, evidencia un claro influjo de Winckelmann en su explicación histórica de cómo surgen y evolucionan estilos y culturas[104].

Su estudio de las altas culturas americanas refleja cierto difusionismo por considerarlas llegadas de Asia, pero asociado a cierto evolucionismo al señalar convergencias que no son explicables por la difusión cultural. La obra arqueológica de Humboldt es americanista, pero con una visión de las culturas clasicocéntrica, que, por tanto, se ha considerado eurocentrista, como indican sus numerosos comentarios sobre la “completa ignorancia de las proporciones del cuerpo humano y gran rudeza e incorrección de forma” en las representaciones indígenas, a pesar de defender el carácter de civilizaciones avanzadas para algunas culturas prehispánicas.

Como resumen, Alejandro von Humboldt, tras su viaje a la América hispana, ofreció a la ciencia europea una gran síntesis sobre el Nuevo Mundo que representa el nacimiento del conocimiento enciclopédico moderno de la tierra y del hombre asociado al impulso dado a campos especializados, como Geografía, Geología, Botánica, Antropología e Historia en una visión que hoy denominaríamos interdisciplinar. En ella ofrece una primera visión de conjunto de la Arqueología Americana, que pasó a ser la referencia más segura y fiable para las investigaciones del siglo XIX, pero aún tuvo mayor trascendencia la nueva visión de la Arqueología como ciencia que estudia el pasado de todas las poblaciones de la humanidad. Por ello, ha sido juntamente considerado el iniciador de la Arqueología Americana, a lo que añadía ser su principal difusor gracias a sus impresionantes publicaciones y cartas.

Notas

boldt a la antropología mexicana”, Revista de la Universidad de México 26, no. 3 (1971): 9-15; “Introducción” de la edición de Vistas de las Cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América de Alexander von Humboldt (México: 1995), 19-71.

104. Alzate, Suplemento a la Gazeta.., op. cit.
105. Márquez, Sobre lo bello…, op. cit.
106. Arias de Greiff, “Humboldts Begegnung…”, op cit.
107. Almagro-Gorbea, “Carlos III y Pompeya…”, op. cit.; López Luján, “Noticias de Herculano…”, op. cit.
108. Almagro-Gorbea y Maier Allende, eds., De Pompeya al Nuevo Mundo…, op. cit. 187 s., 205 s., 217 s., 229 s., 245 s., 255 s.
109. Almagro-Gorbea y Maier Allende, eds., De Pompeya al Nuevo Mundo…, op. cit.
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  61. . Humboldt, Vistas de las Cordilleras…, op. cit. 53, citado en Rebok et al., “Wilhelm y Alexander von Humboldt…”, op. cit. 292.
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  74. . Humboldt, Atlas géographique…, op. cit..
  75. . Humboldt, Ensayo político sobre el reino…, op. cit.
  76. . Humboldt, Ensayo político sobre el reino…, op. cit. 80. Es interesante comparar estas palabras con las de su hermano Wilhelm a Georg Forster en su viaje al París revolucionario en 1789: “Se acerca la hora en que la gente apreciará la valía de un hombre no por el rango que tenga o por su cuna o por la causalidad, ni por su poder o riqueza, sino sólo por su virtud y sabiduría”.
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  107. . Hernán Cortés, Cartas de Relación de la Conquista de América (México: Editorial Nueva España, s.f.).
  108. . J. Maler, “Un primoroso ropaje de plumas”, en Anales del Museo Nacional de México, III (México: 1886).
  109. . Moritz Thausing, Alberto Durero (1888).
  110. . Ignacio Bernal, Historia de la arqueología en México (México: Porrúa, 1979).
  111. . Ibíd.
  112. . Paz Cabello, Política investigadora de la época de Carlos III en el área maya (Madrid: Ediciones de la Torre, 1992); Matos Moctezuma, Historia de la arqueología…, op. cit. 1ª pte.
  113. . Francisco Javier Clavijero, Historia antigua de México, colección “Sepan cuántos…”, no. 29 (México: Porrúa, 1976).
  114. . Matos Moctezuma, Historia de la arqueología…, op. cit.
  115. . William Bullock, Six Months Residence and Travels in Mexico (London: J. Murray, 1824). El catálogo llevó por título A description of the unique exhibition called Ancient Mexico collected on the spot in 1823, by the assistance of the Mexican Goverment, and now open for public inspection at the Egyptian Hall, Piccadilly (London: 1844).
  116. . Carlos María Bustamante, “Al Exmo, Señor Don Lucas Alamán”, en Descripción histórica y cronológica de las dos Piedras…, (México: INAH, 1990), 1-4.
  117. . Luis Castillo Ledón, El Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, 1825—1925 (México: Talleres Gráficos del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, 1924).
  118. . Matos Moctezuma, Historia de la arqueología…, op. cit.; ver Leonardo López Luján, “Las otras imágenes de Coyolxauhqui”, Arqueología Mexicana, no. 102 (2010): 48-54.
  119. . Isidro Ignacio Icaza, Reglamento para el Museo Nacional, aprobado por el Excelentísimo Presidente de los Estados Unidos Mexicanos (México: 1826). Ver Eduardo Matos Moctezuma, “Del Gabinete de Antigüedades al MNA, La identidad desenterrada”, en Museo Nacional de Antropología, 50 Aniversario (Barcelona: Talleres Syl, 2014), 53-69.
  120. . Matos Moctezuma, Historia de la arqueología…, op. cit.
  121. . Ibíd.
  122. . Claudia Barragán, “Cronología del Museo Nacional de México al Museo Nacional de Antropología (18251964)”, en Museo Nacional de Antropología, 50 Aniversario (Barcelona: Talleres Syl, 2014), 221-268.