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Los Estados Panandinos: Wari y Tiwanaku

INTRODUCCIÓN.

Las investigaciones arqueológicas precolombinas sobre América señalan a Mesoamérica y los Andes centrales y sureños, actuales repúblicas andinas del Ecuador, Perú y Bolivia, como dos de las áreas nucleares que generaron los procesos culturales más complejos. Aquí la ciudad y el estado son las expresiones culturales y políticas más logradas en su evolución. Las otras regiones, próximas o distantes a estas dos áreas, alcanzaron poca complejidad, siendo el curacazgo en muy pocos lugares la organización política más alta y, más bien, la banda y la tribu, las formas más comunes de organización social y política.

Autor: Julián I. Santillana

En ambas áreas, en los primeros cinco siglos de nuestra era, la ciudad y el estado se manifestaron prístinamente, como producto de largos procesos autónomos de experimentación y descubrimiento. La singularidad frente a otros desarrollos civilizatorios del mundo fue la característica resaltante de ambos procesos. Hablamos de complejidad de una cultura para no utilizar términos usados frecuentemente como superioridad o inferioridad, que refieren más bien a una forma subjetiva y etnocéntrica de ver una sociedad.

Las culturas son sencillamente diferentes, no superiores ni inferiores, porque toda la cultura material e inmaterial es producto de la relación del hombre con determinado medio ambiente y de las relaciones entre sus integrantes. Los hombres amazónicos, andinos y costeños en el pasado ofrecieron eficaces respuestas a los múltiples retos que representaban las diversas ecologías de esta parte del mundo. Conocida y familiarizada primero, transformada y dominada después, los antiguos pobladores integraron la naturaleza para su beneficio.

La comparación cultural debe hacerse valorando la solución satisfactoria de las necesidades grupales y no por la presencia o ausencia de determinados elementos, como por ejemplo la escritura o la rueda, inventos que responden adecuadamente a realidades específicas. Las sociedades del Viejo Mundo con escritura y con rueda son tan complejas o “civilizadas” como los waris o inkas, culturas sin escritura y sin rueda, comparables sin embargo, en su complejidad sociopolítica y en la solución de sus necesidades, con otros procesos civilizatorios del Lejano y Cercano Oriente antiguos.

En el área nuclear andina, la complejidad de la sociedad es igual a civilización y, a diferencia del Viejo Mundo, donde la civilización es sinónimo de ciudad y estado, en nuestra región la civilización andina antecede al estado y la ciudad. Como dijera Service, la civilización no se asentó sobre el origen del estado. La complejidad de la sociedad andina se expresa de diversa manera. En la economía por el aprovechamiento racional y eficiente de los diversos recursos naturales, por el desarrollo de diferentes sistemas de cultivo como el riego, la tala y quemado o el barbecho; o también por el manejo de la ganadería altoandina como los activos renovables más preciados, exclusivamente en los ecosistemas de frío del Perú y Bolivia, cuyas fibras procesadas trascendieron lo estrictamente económico. La pesca y la recolecta de productos marinos fueron sólo formas de economía de subsistencia generalizada aunque, según Moseley, los recursos marinos de la costa peruana permitieron desarrollos culturales complejos.

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Mapa de territorios Wari y Tiwanaku. (Basado en Lanning 1967, Lumbreras 1969 y Moseley 1992).

La mano de obra especializada y a tiempo completo, y en muchos casos subvencionada por la entidad política, combinada con los grupos no especializados organizados eventualmente, sobre todo para la construcción o mantenimiento de las grandes obras públicas, lograron el desarrollo de la arquitectura y urbanismo, con la construcción de grandes y suntuosos templos, tumbas, palacios residenciales, centros urbanos y administrativos y desarrollo de la infraestructura vial. La especialización también se refleja en la fabricación de lujosas ropas y mantos y, finalmente, en la extracción, transformación y producción metalúrgica y artesanal en general. Estos logros materiales fueron posibles –en la mayoría de los casos– por la dinámica de progreso y cambio generada por la ideología y política, y al parecer, no por variables tecnoeconómicas como precondición sine qua non; “…las ideas y las instituciones –como tempranamente dijera Coe– explicarían esta evolución”.

Hoy sabemos que las culturas complejas emergieron tempranamente en los Andes, siendo la más representativa, de acuerdo a los datos arqueológicos contemporáneos, la cultura Valdivia, en el actual Ecuador que, como integrante de un proceso de complementariedad de esferas culturales andino-amazónicas, ha aportado sustantivos rasgos para la tradición religiosa de la sociedad prehispánica de los Andes centrales y sur centrales, como se infiere de los trabajos de Lathrap, Damp, Pearsall y Marcos. Sin embargo, el cambio cualitativo está en la institucionalización del ejercicio del poder y la religión que se profundizó en el Horizonte Medio (550-900 d.C.), época que trataremos en las páginas siguientes y que es fechada por otros arqueólogos entre el 550 y el 800 d.C. Es cierto que en muchos casos, durante el Horizonte Medio se trató de la institucionalización de prácticas de distinta índole que ya se venían dando en el período anterior y, en otros, de la invención de la estructura política y religiosa en su grado más alto. La etapa anterior al Horizonte Medio debe considerarse como de experimentación y descubrimiento de las estructuras básicas de la sociedad andina y el Horizonte Medio como la etapa final de las invenciones. Lo que sucede a partir de este Horizonte es la reinterpretación y reestructuración de los elementos estructurales de la cultura.

En las páginas que siguen abordaremos los rasgos más significativos de Wari y Tiwanaku, dos entidades políticas que se desarrollaron durante el Horizonte Medio. Por ser Wari la más compleja y la que mayor información tiene, se ha hecho un resumen introductorio sobre la cronología, expansión y estilos alfareros, para procurar que el lector no especializado se oriente en el tiempo y en el espacio sobre los logros sociopolíticos y los estilos alfareros. Este último tema no se desarrollará en el texto por no corresponder a la naturaleza del libro.

I WARI
CRONOLOGÍA, EXPANSIÓN Y ESTILOS ALFAREROS

Los temas centrales referidos para el Horizonte Medio en general y para el estado Wari en particular, se los debemos a los profesores D. Menzel y L. G. Lumbreras, quienes lúcidamente avizoraron muchos de los aspectos políticos y religiosos de aquella época. Algunos temas centrales que hoy preocupan y ocupan a los arqueólogos andinistas, ubicados cronológicamente en el Horizonte Medio, fueron esbozados inicialmente por ellos. Debemos sobre todo a Lumbreras agudos y visionarios aportes sobre el conjunto del fenómeno Wari. Creemos que las contribuciones que vienen dándose en la última década –sobre todo por William Isbell y su asociación de académicos– parten de la sistematización lograda en las décadas de los 60 y 70.

Wari es un fenómeno político estatal que sucede durante el Horizonte Medio entre los años 550 y 900 d.C. aproximadamente, y fue dividido por Menzel en las siguientes épocas:

Horizonte Medio 1A
Horizonte Medio 1B
Horizonte Medio 2A
Horizonte Medio 2B
Horizonte Medio 3
Horizonte Medio 4

La emergencia del estado panandino Wari se produce en la cuenca ayacuchana en base al crecimiento urbano y la experiencia administrativa logrados por la cultura local Warpa en las postrimerías del Período Intermedio Temprano poco antes de la aparición de Wari, cuando los contactos con la costa sur fueron intensos.

La época 1A se caracteriza por la aparición del estado y la ciudad asociados a la presencia de elementos míticos altiplánicos plasmados en las grandes vasijas ornamentales halladas en Qonchopata (Ayacucho), en las décadas de los 40 y los 70. El tema central mítico tiene semejanza con la imagen de la Portada del Sol de Tiwanaku. Los estilos alfareros ceremoniales predominantes son Qonchopata y Chakipampa A.

Los contactos con el altiplano se dieron también en el nivel de la arquitectura, como lo evidencia la construcción del templete semisubterráneo en Wari. Wari tuvo también colonias en la costa sur en Ica y Moquegua.

Vista posterior de la Puerta del Sol, 1877; fotografía de Georges B. von Grumbkow. Esta imagen sería publicada en Die Ruinenstaette von Tiahuanaco de Alfons Stübel y Max Uhle (Leipzig, 1892). La deidad representada en esta portada es muy semejante al tema central de la alfarería Wari.

En la época 1B, los cambios son dramáticos y la población de la ciudad crece merced al flujo migratorio rural. El estado Wari es más fuerte, poderoso y maduro y empieza la primera expansión por la sierra norte hasta el callejón de Huaylas (Honqo Pampa y Willcawaín) y Huamachuco, por la sierra sur hasta Cuzco (Pikillaqta), y consolida sus posiciones en la costa central y sur. Asimismo, en la costa norte hay evidencias en el valle de Santa. Se fundan, además, sitios como Wariwillka, Jincamoqo, Waywaka, todos ellos articulados por una gran red vial. Las construcciones Wari alteran las tradiciones urbanísticas locales, asimilando en algunos casos experiencias previas, como ocurre en la sierra norte. En la costa norte más septentrional no existen, sin embargo, evidencias materiales contundentes de filiación Wari, ausencia que permite que algunos investigadores cuestionen la injerencia Wari en la región.

Caracterizan a esta época los estilos alfareros Robles Moqo, Chakipampa B y muchos otros estilos menores que resultan de la influencia Wari en tradiciones locales. Pacheco, en Nazca, era probablemente una colonia con mucho prestigio.

En la época 2, el estado Wari pasó por una reestructuración política y experimentó una segunda expansión, que le permitió ocupar nuevas regiones del área andina central, resultando más poderoso y centralizado. La ciudad de Wari alcanza su máxima extensión y su máximo crecimiento poblacional. Se construyen nuevos sitios próximos a la ciudad como Jargampata en San Miguel y Azángaro en Huanta.

Destacan los siguientes estilos alfareros Wari: Viñaque, originario de Ayacucho, Atarco en Nazca y Pachacamac en la costa central. La dicotomía costasierra se pronuncia. De esta época 2 serían también las construcciones costeñas de Socos (Chillón), Conoche (Topará) y quizás La Cantera (Chincha); todas ellas de diseño ortogonal, predominante en la cerámica Viñaque. Durante la época 2B la expansión Wari alcanza hasta Cajamarca, La Libertad, Moquegua y Sicuani en el Cuzco.

Vasija Qonchopata con el tema de la “Deidad de los Báculos”. (Tomado de Cook 1994).

El sitio de Pachacamac desde la época 2A se convierte en un centro de mucho prestigio y durante la época 2B influye en la costa norte, en el sur (Ica) y en la sierra central (Huancayo). Quizás fue una entidad política con cierta independencia de Wari.

 

Sin embargo Wari, desde Ayacucho, mantiene su presencia en la costa central y sur y en todas las otras regiones ocupadas en las épocas 1 y 2A, aunque ella difiera en sus mecanismos.

Luego de la época 2B, Wari colapsa y se abandona la ciudad, perdiendo toda significación en las épocas 3 y 4. Esta última coincidiría con un período de desecamiento de las tierras serranas producto de un cambio climático. Colapsan también los centros provinciales. Desaparece la experiencia más significativa en el nivel político como estado panandino y como ciudad prístina en los Andes en el nivel urbanístico.

Pachacamac, sin embargo, mantuvo cierta importancia y prestigio en la época 3 y al parecer en Huarmey, según Menzel, surgió otro centro importante que conservó diseños Wari, de los que tampoco se apartaron las poblaciones en la costa sur y central con tendencia a una marcada tradición local propia.

ORÍGENES WARI

Las investigaciones arqueológicas sobre esta etapa de la historia andina son las que mayor discrepancia han generado, no estando ausentes las connotaciones de orden político. Ha habido también una revisión y una crítica permanentes de los modelos y las interpretaciones de los datos.

Al final, sin embargo, el fenómeno Wari resultaría ser un modelo para explicar los siguientes procesos culturales y muchos investigadores señalan que lo inka sirve para entender lo wari. Los wari serían por tanto el modelo para los inkas, planteamiento inicialmente sugerido también por Menzel.

Representación en cerámica de personaje en actitud de caminar, Qonchopata (Ayacucho), Horizonte Medio, época 1A. (Tomado de Menzel 1977).

En la región ayacuchana, escenario de la aparición de la ciudad y el estado Wari panandinos, no fue posible un sistema agrícola excedentario en ninguna de las etapas prehispánicas. Tampoco se desarrolló en la región un sistema religioso complejo y monumental antes de Wari. En otros procesos civilizatorios estos factores son hasta cierto punto determinantes para el surgimiento del estado; sin embargo su ausencia en el caso andino Wari singulariza el proceso.

 

El poco significado de estos factores en la región permitió, por el contrario, el desarrollo de aldeas aglutinadas de producción manufacturera y el aprendizaje de formas administrativas seculares durante el Período Intermedio Temprano, que al recibir el influjo religioso de cánones altiplánicos coadyuvarían al surgimiento de Wari.

Los orígenes Wari pueden explicarse entonces por la interacción diversa y recíproca de tres áreas de mucho prestigio y de desarrollo coetáneos como la región ayacuchana, la costa sur peruana y el altiplano peruano-boliviano, representadas por Warpa, Nazca y Tiwanaku Temprano. La relación entre cada una de ellas varía, destacando el desarrollo local Warpa, que con las características bastante críticas de su economía en general, empujará a que los ayacuchanos desarrollen en la costa sur formas de intercambio de productos y funden colonias simultáneamente. Además su bajo perfil religioso fue ventajoso en las perspectivas seculares.

Observaciones hechas por Rowe, Collier y Willey señalaron que en Wari la cerámica tenía rasgos Nazca, y predominantemente del entonces llamado “Tiwanaku costeño”. Bennett, con experiencia en trabajos de campo en Tiwanaku y Wari, anotó las diferencias existentes entre ambos centros y reconoció a la vez que compartían rasgos en la cerámica y arquitectura, asignándole al “Tiwanaku boliviano” una probable invasión directa que al fusionarse con tradiciones locales produjo el surgimiento del sitio Wari.

“Animal estrella” representado en cerámica, encontrado en las proximidades de Qonchopata, Ayacucho. Horizonte Medio, época 1A. (Tomado de Menzel 1977).

Sin embargo, fueron las investigaciones hechas en la década del 60 las que definieron a Wari y Tiwanaku como culturas independientes con raíces comunes, sobre todo los aportes de Lumbreras y Menzel. De esta manera quedó claro que los estilos alfareros y textiles que se encontraron en los Andes centrales no eran representaciones directas de Tiwanaku, y que más bien se trataba de una influencia Wari, que a partir de su núcleo central en Ayacucho se habría difundido por la costa, como lo había señalado precursoramente Larco en 1948. En los últimos tiempos, son muy meritorios los trabajos de A. Cook, quien con mucha rigurosidad define cuándo y en qué rasgos están presentes las relaciones entre Wari y el altiplano.

 

Menzel, además de reafirmar los contactos existentes entre Wari y Tiwanaku, señala puntualmente que los rasgos de Nazca 7 y 8 estaban presentes en Warpa. Posteriormente, Paulsen observó que esta relación cultural correspondía a aportes recíprocos, tanto en la arquitectura como en la cerámica, siendo la región ayacuchana la que aportó mayores y significativos elementos a Nazca, basado en las evidencias de Huaca del Loro, excavada por Strong en 1957. Parece ser que los ayacuchanos habían tenido colonias en la costa sur, pues no podría explicarse de otra manera el uso masivo de piedras como material constructivo nuevo, por un lado, y por otro, conceptos arquitectónicos también nuevos como los recintos circulares que abundan en sitios Warpa, como Ñawinpuquio, o en el mismo Wari. Otros sitios de avanzada podrían haber sido Pacheco y Tres Palos II, ambos en la costa sur.

La cerámica Warpa es en lo formal y lo cromático influenciada por Nazca y se percibe así desde Nazca 7 y 8 con el Warpa 3, 4 y 5, de acuerdo con Paulsen y Knobloch.

Según Lumbreras estos contactos resultan siendo parte de una larga tradición que viene desde el Horizonte Temprano, pero que en este momento resulta relevante por los cambios que se operan en el desarrollo alfarero y urbano administrativo. Habría por tanto una larga historia en la que se fue gestando y madurando una organización secular de pequeños centros urbanos antes que grandes centros ceremoniales y una experiencia administrativa jerarquizada también en los mismos niveles seculares, que se cristalizará con Wari. ¿Cómo fue este recorrido histórico? Aquí los planteamientos de un proceso bastante atípico.

Durante el Período Intermedio Temprano la región ayacuchana debe ser considerada como un área marginal frente a aquellas dominadas por los grandes centros ceremoniales que caracterizaron a la costa y la sierra norteñas, la costa central y sureña y el altiplano peruano-boliviano. Las manifestaciones religiosas fueron tenues, tanto en el período Inicial como en el Horizonte Temprano, cuando en las otras regiones estaban Huaca de los Reyes, Chavín de Huántar, Garagay o La Florida, entre otros grandes centros. Definitivamente, no se trató de un área privilegiada en arquitectura monumental religiosa en ningún período. No desarrolló modalidad religiosa de complejidad alguna ni tampoco recibió influencias de características monumentales. Lumbreras la define como marginal en las épocas de Chavín.

Vaso de la cultura Nazca con representación naturalista de un rostro humano, aproximadamente 300 d.C.

Esta marginalidad religiosa observada con óptica racional se encaminó ventajosamente a otro tipo de logros de orden secular, puesto que al estar libre de modelos que rigieran las formas de vida en general, pudo desarrollar por un lado un urbanismo temprano y, por otro, experiencias de gobernación administrativa más generalizadas, opuestas a la que ofrecía el sistema religioso.

 

Estos elementos deben ser considerados para entender el temprano y variado proceso de secularización que se manifiesta en el surgimiento de la ciudad y del estado. Esta perspectiva no desecha sin embargo otras variables complementarias en el surgimiento de Wari, que se explicaría por una causalidad multivariante, como dijera Flannery refiriéndose a los procesos estatales en general.

Por ello esta experiencia urbano-administrativa preestatal que le dieron quizás Ñawinpuquio, Churucana, Tantawasi, Simpapata y Tablapampa –entre otros pequeños centros poblacionales, productores y administrativos simples– es más importante para explicar la aparición de Wari, aunque muchos de estos pueblos (como Ñawinpuquio) fueron abandonados en la segunda mitad de la época 1 y otros absorbidos por la ciudad de Wari.

Los sitios arriba mencionados presentan un conjunto de rasgos arquitectónicos y urbanísticos novedosos que señalan un cambio sustancial. Los sitios crecen hasta tener grandes dimensiones, surgen las plazas, canchas, canales, vías de circulación internas de diversos tamaños y muros de cerramiento o muros divisorios. Se da la separación de los sitios en sectores diferenciados por las funciones que cumplen como áreas residenciales, talleres y áreas ceremoniales. Ñawinpuquio, trabajado por Lumbreras, presenta aún más: un mayor número de evidencias como residencias diferenciadas, áreas con fines religiosos, probablemente talleres, espacios abiertos y muros separando conjuntos arquitectónicos. Todo esto señalaría la gestación de una diferenciación cualitativa de la sociedad, cuyos nuevos rasgos de organización y especialización se materializan en la arquitectura descrita y en la cerámica.

Es posible también percibir una suerte de jerarquía de sitios tempranos, representados por algunos sitios Warpa cuyas dimensiones, proximidad o lejanía señalarían una relación de dependencia de varios sitios que reconocen el predominio de uno, como parece ocurrir con Tantawasi, para el valle norte de Huanta, que continuó funcionando en el Horizonte Medio –de acuerdo con Anders, quien encontró evidencias arquitectónicas Wari–, o Ñawinpuquio, en la cuenca de Huamanga, y algún otro sitio en la misma cuenca del actual sitio de Wari, dentro de la sugerencia que han hecho diferentes autores para la ocupación Warpa de la región.

Al final de Warpa hay cambios como el incremento de aldeas aglutinadas absorbiendo a las pequeñas, en una suerte de desruralización inicial de la región, que al abandonar el campo se concentraron formando macroaldeas para la producción alfarera, tecnológicamente más sofisticada y probablemente en serie.

Esa administración –como sistema– que requieren las ciudades la habrían tenido también a través de experiencias previas ad portas el Horizonte Medio. Su estructura secular regional habría sido, hasta cierto punto, determinante en la aparición del estado y la ciudad.

 

Las consideraciones arriba mencionadas de ninguna manera sugieren la exclusividad del origen estatal para Wari, pues es posible que administraciones protoestatales o estados no urbanos per se y de menor envergadura o escala debieron darse en el Período Intermedio Temprano, sobre todo en la costa norte y sur peruanos. Este tema, cuya discusión es de larga data, es muy sugestivo y muchos investigadores sostienen incluso que formaciones sociales estatales surgieron en el Horizonte Temprano y aun antes. Sin embargo, reafirmamos que ciertas condiciones presentadas en el área ayacuchana aceleraron la emergencia de la ciudad y el estado panandino juntos, cuya complejidad urbana y política no tiene precedentes, como analizaremos líneas adelante.

Continuidad histórica de la “Deidad de los Báculos”. (Tomado de Cook 1994).

Continuidad historica Deidad Baculos
Continuidad histórica de la “Deidad de los Báculos

Si bien lo religioso como expresión monumental o como sistema complejo de creencias no estuvo presente con fuerza en su gestión, Wari asimila un sistema religioso foráneo y lo repotencia, convirtiéndolo en medio eficaz para su desarrollo como estado conquistador.

Los wari no tuvieron los grandes centros ceremoniales u oráculos que existieron antes, por ejemplo en Chavín de Huántar o el mismo Tiwanaku. La construcción de templos no fue una característica wari; sí lo es su naturaleza secular. El estado Wari no es religioso en su naturaleza intrínseca, sino en su manifestación operativa. Aquella construcción registrada por Isbell al más puro estilo del templete semisubterráneo de Putuni, Tiwanaku, se abandona justo cuando Wari se torna en estado expansivo (1B) y se popularizan luego los temas religiosos en la cerámica, según Menzel.

Tiwanaku, por el contrario, sí obedece a un modelo de desarrollo donde lo religioso es consustancial desde sus orígenes. Y allí radica la diferencia con Wari, que repercute también en las políticas operativas de ambos estados. Los orígenes Tiwanaku son eminentemente religiosos y la naturaleza del estado Tiwanaku es teocrática, mientras Wari es un estado militarista disuasivo, persuasivo y conquistador por excelencia, y teocrático a posteriori. Según Cook, “…en Wari lo sobrenatural se combina con una jerarquía de figuras de elite, guerreros y cautivos”, mientras “…el repertorio (iconográfico) Tiwanaku enfatiza una serie de figuras sobrenaturales en cerámica o representaciones en grandes monolitos…” (Cook 1994: 180).

Tan decisivo fue el aspecto religioso que no sólo tiene que ver con los orígenes, sino también con el colapso de ambas sociedades. La emergencia y posterior copamiento territorial Wari están signados en la abrupta aparición en Ayacucho de la deidad de la Portada del Sol, aproximadamente por los años 550 d.C. y su colapso por los 800 d.C., cuando aún el estilo Wari se manifiesta de una u otra manera impregnando sus rasgos básicos. La presencia Wari de unos 300 años puede ser considerada como breve frente a Tiwanaku, que se desintegra recién hacia el 1200 d.C.

El prematuro colapso de Wari se explicaría porque el sistema de creencias asimilado no obedecía a una tradición local permanente o continua y la religiosidad altiplánica adoptada no se habría arraigadoen profundidad ni en el tiempo ni en el espacio en la sierra central y sureña no Tiwanaku.

Secuencia de los sacrificadores
Secuencia de los sacrificadores. (Tomado de Cook 1994).

Fue más fuerte el arraigo, incluso después del Horizonte Medio, en otras regiones como la costa, por ejemplo, pero no en Ayacucho; obviamente porque en regiones como la costa sur pudieron haber visto a la “Deidad de los Báculos” –o “Dios de las Varas”– de la Portada del Sol de Tiwanaku, semejante a un antiguo dios que ya tuvieron ancestros suyos en su tránsito por estas tierras desde Chavín al altiplano. Acaso la “Deidad de los Báculos” en Wari y Tiwanaku sea también un renacimiento religioso después de 300 años de hiatus que separan a Pukara (Período Intermedio Temprano) –cultura considerada como el antecedente más próximo de la imaginería religiosa– de los estados panandinos Wari y Tiwanaku. ¿Una religión reformada?

Por el contrario, Tiwanaku se originó en sociedades que durante los períodos anteriores tuvieron una matriz religiosa envolvente como Pukara, cuyas representaciones también pasan a Tiwanaku, que dura como dijimos más tiempo que Wari, aunque en un territorio mucho menor. Merece señalarse que de acuerdo con las últimas investigaciones, el hiatus entre Pukara, Wari y Tiwanaku se debería no a una discontinuidad de la tradición Pukara, sino más bien, según Cook, a la falta de mayores investigaciones, pues la ocupación Pukara no se reduce al lado norte del lago Titicaca, sino también abarca el lado sur, donde se asentara Tiwanaku –investigado por Mujica y Portugal–, así como los valles del Cuzco y la costa peruana y el norte chileno. Esta relación costa-sierra, por tanto, es anterior al Horizonte Medio, Wari y Tiwanaku IV, y la misma se corrobora con los hallazgos, por un lado, de implementos rituales como las tabletas para aspirar narcóticos en Niño Korin, en Kallijicho (Bolivia), en San Pedro de Atacama (Chile) y en las colonias tempranas en los valles de la costa del área centro sur.

Los rasgos Niño Korin encontrados en Bolivia y en la costa del área centro sur, según algunos investigadores, están ubicados entre Pukara y Wari y Tiwanaku, aparentemente intermediarios de rasgos culturales más próximos. Los sitios como Cerro Baúl, Cerro Mejía, entre otros en territorios de Moquegua y quizá también de Tacna, deben servir no sólo para ver la injerencia económica Wari, sino también los contactos con los altiplánicos en sus orígenes, ya que el diseño iconográfico del estilo alfarero Qonchopata de Ayacucho –según Cook– re- 200 a.C. – 200 d.C. (Pukara) vela una conexión temprana con la costa sur, para luego convertirse en diseños de la tradición Wari. Secuencia de los sacrificadores. (Tomado de Cook 1994).

La desintegración cultural Tiwanaku es entonces paulatina, probablemente porque la religión fue la fuerza integradora de la cultura y sus pobladores la practicaron con devota intensidad. El éxito de la conquista Tiwanaku fue religioso: construyó templos en los sitios a donde iba y perduró mucho tiempo tanto en el altiplano como en la costa del área centro sur, mientras que Wari en sus conquistas no privilegió las construcciones religiosas. Éste es el argumento central. Las investigaciones de la última década en Tiwanaku nos describen ciertos parecidos en algunos rasgos operativos con Wari, pero se trata en definitiva de entidades políticas estatales diferentes en su concepción que comparten algunos rasgos comunes.

Otras causales que pretenden explicar los orígenes Wari, como la base agrícola excedentaria, no son variables demostrables. La producción agrícola en la región ayacuchana siempre fue de subsistencia y nunca tuvo niveles reales de producción intensivos ni extensivos, aun incluso con el manejo complementario de otros pisos ecológicos.

Si bien hay referencias sobre la agricultura en el Período Intermedio Temprano para la región, no hay estudios que permitan una apreciación satisfactoria ni para el Período Intermedio Temprano ni para el Horizonte Medio sobre el volumen de tierras utilizadas en la agricultura, la tecnología empleada y menos sobre la organización y volumen de la producción. Sólo se cuenta con referencias generales sobre la existencia de canales de riego, andenes y algunas técnicas de represamiento. A este nivel de información, no es mucho lo que se puede decir.

La región nunca tuvo las condiciones edafológicas ni climatológicas para una producción agrícola excedentaria. Con todos los límites que plantea la analogía, en este caso entre las actuales circunstancias de la región y el pasado, los niveles de pluviosidad baja, evapotranspiración rápida y pequeño volumen de tierra aluvial, la agricultura ayacuchana en las épocas de Warpa y Wari sólo habría servido para la subsistencia poblacional. La significativa densidad poblacional evidenciada en casi trescientos sitios Warpa demuestra, es cierto, un eficiente manejo tecnológico agrario e hídrico, pero no sobrepasa los niveles de subsistencia. Precisamente los Warpa hacia fines del Período Intermedio Temprano aproximadamente habrían llegado a los límites de su producción agrícola ya que reorientan su patrón de asentamiento rural hacia pequeños núcleos, de cierta manera alejados de las chacras, y fundan centros aldeanos preferentemente productores de cerámica, aprovechando los recursos de arcilla y combustible que existen en la zona.

La producción alfarera especializada, en serie, y su distribución, es otro de los grandes desarrollos alcanzados en esta época. Lumbreras, citando a Arnold, sostiene que el área ayacuchana tiene muy buenas condiciones ambientales “por la gran variedad de arcilla, temperante y material combustible”. Esta especialización alfarera representa una adaptación a una tierra de pocas condiciones agrícolas.

Isbell plantea que a finales del Período Intermedio Temprano hubo un incremento poblacional significativo y que la administración aún no centralizada controlaba parte del sistema económico. Sin embargo, se habría producido el desecamiento del ambiente y en consecuencia se entró en una etapa de conflictos según Moseley, y de crisis, entre otras cosas por el desabastecimiento agrícola, debido a la baja producción. Las presiones sociales aldeanas y el cambio climático no fueron controlados y presionaron para que la autoridad ejerciera un “poder centralizado y jerárquico” sobre las aldeas Warpa en Wari.

En estas circunstancias y condiciones, aparecen en Ayacucho los primeros contactos con el altiplano, que según Lumbreras no son colonos ni invasores. Qonchopata es el sitio clave para entender los orígenes Wari y sus relaciones con el altiplano, por la presencia de una ideología religiosa poderosa y dominante en el Horizonte Medio. Sin embargo, en Qonchopata no existen otros rasgos religiosos vinculados al altiplano, como las tabletas para insuflar alucinógenos que se encuentran tanto en su área nuclear como en casi todos los sitios de su influencia, como Atacama. Las imágenes centrales Tiwanaku se encuentran en la cerámica, los textiles y esculturas de piedra y en muchas tabletas para insuflar alucinógenos. Parece ser que los ayacuchanos fueron selectivos al captar sólo algunos de los instrumentos de difusión religiosa, que se explican también por la mayor complejidad religiosa que predomina en Tiwanaku.

Los wari representan sus imágenes centrales en la cerámica y en los textiles. Los monolitos de Wari no son soportes para elaborar estas imágenes centrales. El tema central, que en Tiwanaku se representa en la escultura lítica, pasa en Wari a la cerámica polícroma, como la de Qonchopata en los cántaros cara-gollete.

El sitio de Qonchopata fue excavado por Tello y por A. Sandoval, y posteriormente por diferentes equipos de la Universidad de San Cristóbal de Hua-

Sector A de una comunidad de alfareros. Qonchopata,Ayacucho. (Tomado de Pozzi-Escot en Isbell y McEwan editores, 1991).

profesamente y enterradas después. En las vasijas se representa a la divinidad central de la Portada del Sol de Tiwanaku, pero hay variaciones en la representación de sus acompañantes (llamados “ángeles” por Menzel) y de la misma deidad central, que resultan sustantivas para la apreciación sobre el grado de independencia o no de la iconografía Qonchopata, respecto de Tiwanaku.

Lumbreras sostiene que “las figuras son estructural y temáticamente las mismas que las que aparecen en la Puerta del Sol, pero no sólo no son Tiwanaku, sino que responden a cánones ayacuchanos” (Lumbreras 1981: 36). Los wari centran su interés en la deidad principal y esta imagen destaca en la etapa expansiva, según demuestra Cook. Parece ser que los wari, además de selectivos, como señalamos líneas arriba, privilegiaron la deidad central desde un primer momento y tuvieron una captación diferente, reinterpretando éste y otros elementos de la iconografía Tiwanaku.

La imagen central se transforma en un ser más humanizado en sus rasgos, mientras que los acompañantes son transfigurados de aves antropomorfizadas a seres felínicos. Este opacamiento de los acompañantes parece intencional en Ayacucho, ya que en la costa sur, área de una relación más próxima y tal vez más fuerte con Tiwanaku, se reproduce con más fidelidad a los seres alados de perfil. Cook, de acuerdo a los datos del sitio de Wari, dice que con el correr del tiempo se ha producido una simplificación mayor.

En la tradición del arte simbólico Wari destacan las figuras zoomorfas y fitomorfas como tubérculos y maíz, asociadas al tema central como en el estilo Robles Moqo, en Pacheco y en las ofrendas encontradas en Maymi, donde las plantas y los animales son profusamente representados. Tanto en Pacheco como en Maymi se privilegia la representación de manga. Las diversas excavaciones realizadas nos re- plantas serranas, excepto el maíz, tanto de la sierra velan, por un lado, la presencia de áreas de ofrendas como de la costa, pero seguramente la representay, por otro, de áreas de residencia y talleres de alfareros estudiados por Lumbreras y Pozzi-Escot.

Sorprenden sobremanera las ofrendas encontradas tanto en pequeños recintos y otras en hoyos sin arquitectura. En el interior de ambos “pozos” se han encontrado fragmentos de vasijas grandes, rotas exción que se hace reproduce la variedad serrana por deducción asociativa. En el caso Wari sufre también algunas modificaciones esperadas: en las ofrendas de Pacheco, la divinidad central adquiere representaciones de un ser masculino y otro femenino, con una iconografía circundante de maíz, tarwi, ollucos, papas, añu, camélidos y felinos, referidos por Menzel, y algunos autores señalan que es una deidad esencialmente agrícola. No es casual que la deidad central se adoptara en épocas críticas de carestía de aguas, de desecamiento de las tierras, de falta de alimentos que agudizaron aún más los sempiternos problemas de la baja pluviosidad de la región. Pues bien, las evidencias materiales descritas señalan que hay una vertiente cultural procedente del altiplano sureño, que a la fecha no sabemos aún con certeza cómo se difunde.

Una hipótesis sugerente y nueva es la planteada por Lumbreras a partir de las evidencias encontradas en Cerro Baúl, enclave Wari en Moquegua, “…en el sentido de que, aun antes de que se generalizaran los rasgos Tiwanaku en Ayacucho (época 1 del Horizonte Medio) los pobladores de esta región portadores de la cerámica Okros y Chakipampa, estaban presentes en Tiwanaku y en contacto con esta cultura y no al revés. Esto implicaría que los elementos tiwanakenses de la cultura Wari, fueron adquiridos como consecuencia de contactos establecidos por los ayacuchanos en el área Tiwanaku, de donde tomaron los elementos ‘tiwanakoides’ que vemos representados en los estilos ayacuchanos de la época 2” (Lumbreras et al. 1982: 5). Pues entonces, aquí habrían entrado en contacto y tomado los elementos clásicos altiplánicos para Wari y, simultáneamente, de aquí los Tiwanaku tempranos habrían captado una arquitectura civil y formas administrativas de gobernación Wari. Y quizás incluso Cerro Baúl pudo ser un enclave ayacuchano anterior al Horizonte Medio en las épocas finales del Período Intermedio Temprano.

EL ESTADO WARI

Pocas y tempranas referencias existen sobre el uso de la categoría política de estado, en unos casos para referirse genéricamente a estados preincaicos, y en otros individualizando a los inkas y a los tiwanakus.

Posteriores publicaciones fueron registrando el término para referirse también a otras formaciones sociales como Wari y Chimú, utilizando incluso –en algunos casos– la categoría de imperio, como sinónimo de estado. Hoy tenemos un uso generalizado por el que casi todas las sociedades desde Chavín o antes, hasta los inkas, eran estados, imperios o estados imperiales.

Este uso indiscriminado se debe en muchos casos sólo a la costumbre. A pesar de los esfuerzos que en los últimos años se hacen para definir esta categoría, considero que hay dos problemas centrales no resueltos. Primero, la arqueología en el Perú aún no ha profundizado una metodología para identificar el dato arqueológico como correspondiente a una sociedad estatal y diferenciarlo de otras formaciones políticas como el curacazgo o la tribu, pues muchos de los indicadores de su cultura material –arquitectura monumental, almacenes, palacios, tumbas, etc.– asignados como estatales, aparecen también en sociedades desde el Precerámico Tardío hasta el Horizonte Inka. Como consecuencia de esto, el segundo problema corresponde a no saber cómo definir la categoría estado para sociedades preindustriales como la andina, pues la definición que se maneja tiene básicamente un componente teórico ideológico contemporáneo, o se basa en una analogía mecanicista con sistemas estatales preindustriales del Viejo Mundo. Precisamente estas dos cuestiones básicas no resueltas generan confusión y la posibilidad de usar arbitrariamente la categoría.

Sin embargo, asumimos que las proposiciones más reflexivas que se manejan son aún especulativas, útiles sólo en cuanto explican una modalidad política muy compleja. En general, el estado prehispánico andino, en razón a los datos que se tienen, no constituye aún una abstracción teórica sino una “categoría descriptiva” y operativa.

Los inkas primero y los wari después merecieron la atención de los estudiosos en la descripción como estados o imperios, por referirnos a las sociedades tratadas con mayor frecuencia. En el primer caso se basan mayormente en la información escrita y potenciada en los últimos años por los aportes arqueológicos. En el segundo, la fuente es básicamente arqueológica, aunque se usa la analogía con los inkas.

Proceso de excavación por la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga en Cheqowasi, Wari (Ayacucho). Obsérvese el aparejo rústico y las piedras labradas.

En el caso Wari, el tratamiento que se le ha dado como entidad política estatal pasa en primer lugar por los planteamientos hechos, con mucha visión, por el profesor Lumbreras en los últimos 25 años, identificando a Wari como un imperio poderoso, despótico, centralizado, conquistador, urbano y clasista. En 1987-1988, Lumbreras publicó “El estudio arqueológico del estado”, señalando que “…parte de una concepción teórica que liga al estado con las clases sociales y a éstas con la ciudad, dentro de una cadena causal que pone en el primer eslabón el surgimiento del fenómeno urbano, sin el cual no se pueden dar los otros; por lo tanto, si éste no existe, las diferencias entre unos individuos y otros, o la existencia de ámbitos de influencia de una cultura sobre otras, no están expresando contenidos clasistas ni existencia del estado” (Lumbreras 1987-1988:16:5). No obstante, diversas investigaciones sugieren también la existencia de estados no urbanos, incluso en los Andes, y las clases sociales pueden no ser tales, tema al que intentaremos aproximarnos más adelante.

En segundo lugar, el tratamiento de Wari como entidad política estatal pasa por los planteamientos de una discusión publicada en la Revista Andina del Cuzco el año 1985, la cual considero como el esfuerzo colectivo más logrado para definir las características del estado Wari. Aunque debo señalar que, como siempre ocurre en este tipo de debates, los autores expresan en sus descripciones más de “cómo deberían ser” que “cómo realmente son” las cosas. William Isbell fue quien centró la discusión sobre el tema en dicha publicación, aunque posteriormente ha afirmado que los términos “imperio” y “estado” referidos para Wari, deben considerarse provisionales.

Isbell presenta a discusión una propuesta sobre el origen del estado en Ayacucho, basada en un modelo de Wright y Johnson para el Cercano Oriente y postula “cuatro principales atributos” para el estado Wari: 1) “Administración jerárquica especializada” con oficinas y personal apropiado, que procesaría diversa información en base a registros, además de una jerarquía entre los sitios Wari. 2) Recolección de tributos para su mantenimiento. 3) División de clases sociales y 4) Una ideología estatal en base a “símbolos de autoridad jerárquica”.

Consideramos en principio válidas estas proposiciones, ya que se sustentan como modelo, en otras experiencias no andinas. Creemos también por principio que la singularidad de los procesos excluye o incrementa las variables. La ausencia o presencia de uno o más de estos atributos no impide que las sociedades se organicen en estados. Éste es el caso de la proposición de “clases sociales” en la argumentación del estado Wari. Creo que “clases sociales” es una proposición que no tiene argumentación fáctica en el caso andino prehispánico, porque percibo que algunos de sus rasgos definitorios están ausentes.

Lo que notamos es una diferenciación social jerarquizada. Se perciben trabajadores en general, muchos de ellos especializados y subvencionados –sobre todo los vinculados al culto y los sectores militares– que no participan directamente en la producción, y finalmente sectores gubernamentales administrativos. Esta representación social no propone clases sociales. En las sociedades andinas preindustriales las clases sociales no son consustanciales con el estado. Creemos que strictu sensu las tradiciones culturales de los grupos humanos andinos que participan en la producción ameritan se les considere mucho más que “fuerzas productivas”. Como dice Thompson, una clase social es también una formación cultural y económica. En las sociedades prehispánicas andinas, el ayllu, el parentesco, la reciprocidad, la redistribución y la etnicidad articulan y definen las relaciones sociales.

Un aspecto que sí es sumamente relevante en la argumentación del estado Wari es aquella que nos ofrece la arquitectura secular que se encuentra en el mismo sitio Wari y en sus “provincias”.

Las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en el sector de Moraduchayoq en Wari, Azángaro, Pikillaqta, Jincamoqo y Jargampata entre las más recientes, evidencian la presencia novedosa de una arquitectura pública planificada preferentemente ortogonal, con sectores separados por muros que señalan por cierto funciones diferenciadas. También la construcción de sitios próximos o lejanos al núcleo Wari, tanto en la distribución de sus edificaciones como en su forma regular, demuestra organicidad en el desarrollo urbano y una política urbanística de sello estatal. Muchos de estos rasgos fueron asimilados por las posteriores sociedades andinas incluida la inka.

Abstrayendo estas evidencias, se deduce la presencia de una especie de oficinas administrativas, en conjuntos de recintos alargados articulados por espacios centrales a manera de patios que asociados con otros rasgos arquitectónicos como banquetas y otros bienes muebles, permiten señalar a su excavadora, Brewster-Wray, que este sector habría servido para realizar encuentros administrativos tanto entre los pobladores del sitio como probablemente con funcionarios de sus colonias, como podría sugerir el hallazgo de cerámica Pachacamac en el sitio, según Isbell.

Este tipo de centros sugiere la presencia de funcionarios estatales que habrían usado mecanismos contables de registro como los quipus inkas para procesar con seguridad activos fijos y renovables del sistema económico wari y emplearlos en la buena administración y logística del estado.

Se han encontrado algunos quipus –si bien no en contextos netamente administrativos– para la época Wari, como el registrado en Nazca por Conklin.

La presencia de quipus en el Horizonte Medio y Tardío refuerza más la singularidad del proceso andino, donde los sistemas mnemotécnicos son más relevantes para el manejo de la administración que, por ejemplo, la escritura, que postuló G. Childe para la definición de cualquier organización urbanoestatal. La escritura no se conoció en los Andes. Los estados preindustriales pudieron ser ágrafos, pero no carentes de sistemas contables codificados.

El estado Wari vendría a ser una entidad política panandina que dominó extensos territorios y mantuvo relaciones de distinto orden con otras formaciones tribales, protoestatales o estatales muy regionalizadas de naturaleza diferente, sobre todo en la costa norte y central.

CENTROS PROVINCIALES WARI

El éxito del sistema de gobierno Wari radicó en gran parte en el rol que desempeñaron sus centros administrativos construidos a distancias muy lejanas de la ciudad de Wari. El estado construyó una red de sitios claramente definidos al norte y sur del centro urbano, distintos en dimensión, complejidad y función. Pueden identificarse entre los sitios trabajados con mayor rigurosidad desde pequeñas construcciones a manera de tambos inkas, como sería Jincamoqo (de unas 4 ha, según Schreiber), hasta grandes instalaciones aglutinadas, como Pikillaqta (de unas 50 ha, de acuerdo con McEwan) en la frontera meridional serrana del Cuzco, o Wiracochapampa (con más de 30 ha, según Topic), en Huamachuco. También se conocen como centros administrativos los sitios Wari en el valle del Mantaro (Wariwillca) y en Ancash (Honqo Pampa), ambos instalados en posiciones estratégicas, controlando siempre recursos naturales y/o el acceso a poblaciones.

Estos centros administrativos fueron construidos cuando el estado Wari era ya una entidad política madura y corresponden al final de la época 1 y el transcurso de la época 2.

El modelo de articulación en las zonas costeñas es diferente a los empleados en gran parte de las regiones serranas. En consecuencia, Wari manejó

El centro provincial wari en Pikillaqta, Cuzco. El urbanismo wari de tipo administrativo se extendió prontamente por los diversos sitios que construyó esta unidad política.

Plano del sitio de Pikillaqta, Cuzco. En el sector noroeste obsérvese el conjunto de edificios, probablemente para guarniciones militares o trabajadores temporales, según McEwan. (Tomado de Isbell y McEwan, editores, 1991).

principios de gobernación diferentes, determinados o influidos por el grado de desarrollo de las formaciones culturales locales. Allí radica su habilidad.

La arquitectura Wari representativa de la planificación estatal en la sierra se encuentra en Pikillaqta, en Azángaro, y luego en Jincamoqo y Wiracochapampa, con funciones también diferentes de acuerdo con la jerarquía que tenían.

Pikillaqta

Fue probablemente el centro administrativo más importante y símbolo político estatal en el territorio meridional Wari, cuya filiación fuera señalada por Rowe sobre la base de la formaciones para el entendimiento de Pikillaqta, arquitectura semejante a la de Wari en Ayacucho. pues por un lado se desecharon muchas versiones Las posteriores investigaciones, primero por San- especulativas asignadas por los arqueólogos y, por ders y luego por McEwan, aportaron sustantivas in- otro, proporcionaron nuevos datos para explicar la función del sitio. Se trata de un centro fortificado que se construyó en las décadas finales del siglo VI y dejó de funcionar cuando Wari colapsó, alrededor del siglo IX d.n.e. Su ocupación fue intensa e ininterrumpida por unos 150 años.

El centro provincial wari en Pikillaqta, Cuzco. El urbanismo wari de tipo administrativo se extendió prontamente por los diversos sitios que construyó esta unidad política.

Representa el urbanismo planificado Wari por excelencia y se encuentra en la cuenca de Lucre, en un ambiente mesotérmico del curso del río Vilcanota en el Cuzco, territorio muy próximo a donde se deben haber encontrado Wari y Tiwanaku según Rowe. Es un lugar estratégico que controla el flujo de tres valles: al sur el valle medio alto del Vilcanota, por el noreste el valle medio bajo del Vilcanota y por el noroeste el valle de Quispicanchis, territorios maiceros estos dos últimos. Es el sitio más grande e importante entre muchos otros sitios Wari que hay en la cuenca. Sin duda, también residencia de la elite Wari, así como símbolo religioso, administrativo y político del estado en la región.

Fue construido planificadamente y refleja un concepto ortogonal Wari clásico, de acuerdo con Conklin e Isbell, donde son básicas las formas rectangular y cuadrada de los edificios, canchas y plazas. El acceso es restringido desde el exterior y la circulación interna es a través de calles y corredores por los que se accede a los conjuntos, también en forma restringida. Las grandes calles dividen los diferentes sectores del sitio, cuyos muros pasan los 12 m de altura.

La calle central de Pikillaqta.

McEwan señala dos funciones principales para Pikillaqta, la residencial y la ceremonial. Hay sectores residenciales habitados por grupos de elite, administradores y religiosos, y viviendas para la gente del común, que en este caso se trataría de personal de servicio, definidos por la “calidad de las construcciones y acabados de los pisos y también por las diferencias en el tipo y calidad de los artefactos” (McEwan 1983: 5). Muchos muros evidencian enlucido de yeso y edificaciones de dos pisos.

Destaca en todo el conjunto un sector donde la planificación y la uniformidad constructiva se expresan en grado máximo. Este sector –cerrado por muros periféricos– tiene 508 ambientes de acceso restringido y circulación interna rígida; muchos investigadores lo consideraron como el sector de las qolqas o depósitos estatales. Sin embargo, McEwan, al excavarlo, encontró indicadores de uso doméstico en 10 ambientes, lo que le permitió sugerir que se trataría de viviendas para guarniciones militares o trabajadores temporales.

La función ceremonial está representada por una construcción que tiene nichos en sus paredes y debajo del piso una ofrenda de cráneos humanos y objetos metálicos, que McEwan compara con una ofrenda similar encontrada en Moraduchayoq, como veremos en la descripción de la ciudad de Wari, y con el que Topic describe también para Wiraco

Wiracochapampa

La presencia wari en la región de Huamachuco obedece a una estrategia de control de acceso a recursos naturales y de gente pues, por su posición intermedia, podían desde allí fiscalizar territorios en el valle de Cajamarca y en los valles costeños del norte. Tal vez podría considerarse también como un punto intermedio en la ruta alternativa para el trafico de bienes exóticos del extremo norte costeño. Su o c u p a c i ó n habría sido intensa, aunque breve, según Topic, y sus pobladores no habrían alcanzado los objetivos de dominación estatal en la región, y quizás forzados por enfrentamientos habrían dejado el lugar de la construcción inconclusa del sitio–, o habrían sido desplazados por el poder y el prestigio de Cajamarca, que articuló territorios costeños muy ricos, como Lambayeque, de acuerdo con los datos proporcionados por Shimada.

Hay evidencias de presencia Wari en varios otros sitios en el valle, complementarias a Wiracochapampa. Wiracochapampa tiene una perspectiva arquitectónica wari, aunque poseería elementos significativos de tradiciones locales, como Marcahuamachuco, según postula Topic. Esto sería posible quizás sólo en la tecnología constructiva pero no en el concepto, ya que Wari es intrusivo en la región y su arquitectura es similar a los otros sitios Wari. La presencia Wari en la zona se da también en contexto religioso pues se ha encontrado una ofrenda en un “oráculo” local llamado Cerro Amaru. Finalmente, según los esposos Topic, hay también evidencias de depósitos.

El sitio se habría ocupado entre finales de la época 1B y las primeras décadas de la época 2A.

Jincamoqo

Mucho más clara se percibe la ocupación Wari en el valle del Carhuarazo, donde al igual que en otras cuencas de su hinterland serrano se construyeron varios sitios contemporáneos de relaciones complementarias, siendo Jincamoqo el más importante. Fue ocupado desde la época 1B hasta la época 2B, cuando colapsa el estado Wari.

 

Su presencia modificó el patrón de asentamiento en el valle pues los sitios wari están entre los 3 300 y 3 000 msnm, lo que se interpretaría, según Schreiber, como una intensificación de la producción de maíz mediante la construcción de andenes dirigida por los wari, quizás utilizando la experimentada mano de obra local como tributo laboral. Parte de esta producción pudo haberse almacenado en uno de los sitios wari en el valle, cuya característica formal sería diferente a las qolqas clásicas de la época inka, y llevada posteriormente a la ciudad de Wari en Ayacucho.

Azángaro

El sitio de Azángaro, por otro lado, es arquitectónica y urbanísticamente similar a Pikillaqta, y ambos son considerados modelos de planificación y administración estatal. Se encuentra en el valle de Huanta, muy próximo a la ciudad de Wari. Tiene 8 ha aproximadamente y es uno de los sitios más significativos de unos 12 que se han registrado en la cuenca de Ayacucho y Huanta. Corresponde a la época 2.

Las excavaciones llevadas a cabo por Anders no señalan especialización en la producción, ni uso do-

méstico en el sector central, señalado como depósito antes de la excavación, por su semejanza con el sector de Pikillaqta al que también se le asignó equivocadamente dicha función. Este sector tiene 340 pequeñas edificaciones de una regularidad arquitectónica sorprendente. Azángaro habría sido un sitio eminentemente ceremonial, de funciones calendáricas y rituales agrícolas manejados por mitayeros.

Azángaro habría sido gobernado bajo principios duales basados en la reciprocidad y no por una autoridad burocrática extremadamente centralizada, como señala Anders. Podría ser un nuevo modelo o principio de gobernación que aplicó el estado Wari, entre otros, que postulamos al inicio de este capítulo. En todo caso, estamos frente a nuevos manejos políticos con componentes ideológicos por parte del estado Wari. Si fuera así, podría ser una autoridad que emanaba del estado, o tal vez un enclave de la nobleza familiar Wari como sugieren algunos.

Colonias Wari: Cerro Baúl

Tal vez el ejemplo más contundente de la política colonial wari sea el sitio de Cerro Baúl, que expresa a la vez uno de los varios principios de gobernación que aplicó el estado en la mecánica de dominación y una de las formas operativas más eficaces para someter a los pueblos, utilizando la fuerza militar. El empleo de armas y conceptos de seguridad militar fue similar en los asentamientos Cerro Baúl y Cerro Mejía.

El escenario es el valle de Moquegua, territorio tradicionalmente ocupado y dominado por entidades políticas del altiplano del Titicaca; y en la época del Horizonte Medio por grupos de filiación tiwanaku, que son desplazados en parte por los wari. Sorprende por tanto que este valle costeño, muy próximo al altiplano, tradicionalmente territorio al que acudían altiplánicos para abastecerse de diferentes recursos costeños, sobre todo el maíz en el valle medio, haya sido también ocupado por ayacuchanos, procedentes de territorios muy distantes a Moquegua. Quienes han investigado el tema, como Lumbreras, Moseley y Watanabe, destacan el carácter intrusivo de Wari en Moquegua.

Cerro Baúl es un cerro de cima plana, definido en sus lados por farallones que lo cortan verticalmente. Su ubicación es estratégica y su ingreso se realiza sólo a tra- Plano del sitio de Cerro Baúl, Moquegua, colonia meridional wari. vés de un área controlada. Allí los wari  construyeron un conjunto de edificios rectangulares, cuadrangulares, circulares o en forma de D, entre plazas, patios y corredores. Todos estos elementos resaltan una planificación arquitectónica no tan lograda como en Pikillaqta, quizás por su temprana construcción, ya que ello sucedió en la época 1, en la primera expansión, que se evidencia por la cerámica ayacuchana Okros y Chakipampa. Tiene una extensión de más de 8 ha y su ocupación fue continua e intensa hasta la época 2, evidenciada por la cerámica Qosqopa y Viñaque, analizada por Lumbreras.

La ocupación intrusiva y militar se evidencia por el hallazgo de una cantidad significativa de puntas de proyectil y lascas de obsidiana, cuarcita y riolita, similares a las encontradas en la ciudad de Wari. Además, destruyeron y saquearon muchos templos y aldeas Tiwanaku en la región. A diferencia de otros sitios aquí se habría asentado un “gobernador militar”, como dice Isbell.

Destacan también los hallazgos de batanes que podrían haber servido para preparar alimentos según algunos autores, y para moler cobre, según otros. Se ha encontrado también crisocola (turquesa) y lapislázuli. Todo esto indicaría que los wari habrían estado procesando materiales de la región en talleres ubicados en Cerro Baúl. La presencia de materias primas en el sitio puede explicarse considerando a Cerro Baúl como un enclave, que entre otras funciones servía para el almacenaje previo y temporal de materiales antes de ser transportados a la ciudad de Wari en Ayacucho, y para que las piedras semipreciosas fueran transformadas en los talleres. En todo caso, los únicos sitios que se conocen para abastecerse de éstos y otros materiales se encuentran en Moquegua, Cuajone o tal vez en el norte chileno donde hay turquesa. Cerro Baúl habría sido también una de las primeras “paradas” en el sistema de abastecimiento a la ciudad de Wari.

Resumiendo, Cerro Baúl fue el núcleo de colonización más importante en la explotación de recursos naturales por los que se conquistó la región, diferenciándose de Tiwanaku que estaría en la región sobre todo para cultivar maíz en el valle medio, actividad que continuó incluso después del colapso Wari.

PRESENCIA WARI EN LA COSTA

La presencia Wari en la costa es bastante compleja y hay desacuerdo entre quienes investigan el tema, debido a la lectura e interpretación disímiles de los distintos tipos de evidencias que existen.

Las evidencias señalan presencia ayacuchana en la costa sur incluso desde el Período Intermedio Temprano y contactos continuos, intensos y adaptables a ciertas circunstancias durante todo el Horizonte Medio, aunque en las etapas finales de este Horizonte pareciera tener cierta independencia de Wari y reorientar sus contactos con entidades culturales costeñas. Identifica a esta época el estilo Atarco de fuertes vínculos con Tiwanaku. El problema se suscita cuando nos referimos a la presencia

Wari en la costa central y costa norte. A diferencia de la primera, donde se van conociendo sitios y alfarería de filiación Wari Clásico, en la costa norte están totalmente ausentes tanto los asentamientos como la cerámica Wari, a no ser que se trate de cerámica en contextos ceremoniales, como veremos más adelante.

Pues bien, hay suficientes indicadores en la costa que señalan cambios durante las épocas 1B y 2, como resultado de alguna forma de injerencia Wari que no corresponde a una conquista militar, principio político ejecutado en otras regiones. En la costa central y norteña los wari aplicaron otros mecanismos de gobernación –concordantes con la naturaleza compleja de las entidades políticas locales que diferían sustancialmente de otras regiones– como parte de los principios de la regionalización política estatal. La presencia Wari en dichas regiones es evidente, pero aún no sabemos cuáles fueron los mecanismos operativos que emplearon para su asimilación. Aparentemente, no anuló sus tradiciones culturales y pudo haber conservado incluso a las elites locales gobernantes, funcionando sobre la base de mecanismos de gobernación de principios bilaterales. No

Botella con representación de rostro humano, se habría tratado de estilo Wari-Pachacamac. una conquista ni de una invasión en el

modelo clásico Wari que muchos autores sugieren.

Por ahora, el estudio de la región septentrional costeña durante la época Wari es sumamente problemático debido a la ausencia de centros urbanos que, como sucede en las otras regiones Wari, son los únicos testimonios de la modalidad de gobernación directa del estado. Tan complejo es el asunto

Ejemplos de expresión alfarera de la cultura Wari en la costa central del Perú. A la izquierda vaso con representación de grecas y a la derecha, cabeza-trofeo.

Las investigaciones en el futuro pueden confirmar o no esta idea, o a la vez encontrar otras motivaciones como la metalurgia.

Otro punto importante por el cual se explicaría la ausencia de rasgos arquitectónicos Wari en la región, radica en la complejidad política de la costa norte cuyas sociedades, a diferencia de aquellas que predominaban en la extensa región serrana previa a la conquista –exceptuando quizás Cajamarca–, no eran entidades sociopolíticas débiles.

En el norte, Moche representaba una entidad política de señoríos segmentados según algunos autores, con una sólida ideología religiosa que integró y reforzó intereses comunes en torno quizás de Ai-apaec, e impidió así la incursión de una ideología Wari serrana, que intentaría una integración como la lograda a ese nivel en otras regiones conquistadas. Esto explicaría en parte por qué la alfarería Wari está más en sitios Moche a manera de ofrendas, como en los valles de Chicama y Moche (de acuerdo con Donnan y Mackey), e incluso en los valles más que los propios investigadores que trabajan el tema en la región tienen planteamientos opuestos.

Las evidencias Wari conocidas hasta hoy en el valle de Supe, con Chimu Capac, y quizás en Casma, con Purgatorio, resultan ser las más septentrionales de la representación arquitectónica y alfarera de filiación Wari.

La costa norte le permitía al estado Wari el acceso a tierras maiceras para los fines estatales y también a recursos marinos de utilidad ornamental y ritual, como el Spondylus, procedente de las aguas templadas de la costa ecuatoriana. Por la lejanía del núcleo central Wari y quizás también por la ausencia de variedades de maíz preferidas por los wari, consideramos, por ahora, que la primera motivación tiene relativa importancia para una incursión. al sur y al norte. Ello

también explicaría en parte la ausencia de sitios Wari de patrones clásicos ortogonales.

Sin embargo, a Wari le habría interesado copar las esferas de gobierno y administración, para lo cual no requería de asentamientos propios ni de cambios sustantivos en la cultura material local (alfarería Moche V y pintura mural, por ejemplo). Los cambios drásticos se dan en los nuevos mecanismos políticos con los que Moche se interna en su fase V, que se reflejan en los nuevos patrones de asentamiento, en los nuevos conceptos arquitectónico-urbanos de Pampa Grande y Galindo, y en las prácticas mortuorias y manejo de regiones diferenciadas entre el norte y sur del territorio moche; entre otros cambios según algunos autores. Creo entonces que Wari se introduce ideológicamente muy temprano en la región hasta probablemente finales de la época 2 cuando colapsa, pero continuó estimulando otros procesos culturales.

la posible utilización de “monedas de cobre”, que a manera de pequeñas láminas –naipes los llaman algunos–, se encuentran empaquetadas entre otros objetos en algunas tumbas; según Shimada, se habrían utilizado para el intercambio comercial con poblaciones de la costa ecuatoriana. Asociada a esta cultura se menciona frecuentemente la leyenda de Naymlap, que habría inaugurado una dinastía de gobernantes en la región lambayecana; sin embargo es difícil probar la historicidad de estos personajes.

En la costa central, a partir de la época 2, Pachacamac es el sitio más importante y el oráculo de mayor prestigio de un gran territorio. Su desarrollo tiene elementos Wari y quizás haya sido –como sugirió Rowe– una colonia de ayacuchanos que se afincaron en el sitio y mantuvieron –a pesar de que podría ser una entidad política independiente– vínculos con Wari. En Pachacamac tampoco se conoce, por ahora, la clásica arquitectura Wari. Los investigadores que tratan el tema reconocen que Pachacamac tuvo fuerte influencia en los valles circundantes y que dicho prestigio e influencia llegaron hasta Supe en la costa norte; hasta Ica en la costa sur y hasta Wariwillka en el valle del Mantaro en la sierra central.

Destaca la alfarería que representa a un ser mítico conocido

En la región de Lambayeque, durante el Horizonte Medio, donde según Shimada convergen elementos diversos como Moche, Wari, Cajamarca y elementos locales, el problema cultural es más complejo aún, pero se reconoce el impulso decisivo de Wari. Hacia el 850 d.C. florece la cultura Sicán según Shimada, que no es sino la cultura Lambayeque. Batán Grande fue el núcleo religioso más importante, con un número significativo de grandes monumentos. Caracteriza a esta cultura una vasija llamada “Huaco Rey”. Merece destacarse el gran desarrollo metalúrgico alcanzado por esta sociedad la posible utilización de “monedas de cobre”, que a manera de pequeñas láminas –naipes los llaman algunos–, se encuentran empaquetadas entre otros objetos en algunas tumbas; según Shimada, se habrían utilizado para el intercambio comercial con poblaciones de la costa ecuatoriana. Asociada a esta cultura se menciona frecuentemente la leyenda de Naymlap, que habría inaugurado una dinastía de gobernantes en la región lambayecana; sin embargo es difícil probar la historicidad de estos personajes.

En la costa central, a partir de la época 2, Pachacamac es el sitio más importante y el oráculo de mayor prestigio de un gran territorio. Su desarrollo tiene elementos Wari y quizás haya sido –como sugirió Rowe– una colonia de ayacuchanos que se afincaron en el sitio y mantuvieron –a pesar de que podría ser una entidad política independiente– vínculos con Wari. En Pachacamac tampoco se conoce, por ahora, la clásica arquitectura Wari. Los investigadores que tratan el tema reconocen que Pachacamac tuvo fuerte influencia en los valles circundantes y que dicho prestigio e influencia llegaron hasta Supe en la costa norte; hasta Ica en la costa sur y hasta Wariwillka en el valle del Mantaro en la sierra central.

Destaca la alfarería que representa a un ser mítico conocido como el “Grifo de Pachacamac”, que tiene diversas representaciones. Esta divinidad ornitomorfa reflejaría cambios a través del tiempo –de acuerdo con Menzel–, cuyos orígenes estarían en Qonchopata, aunque otros le asignan mayores rasgos Tiwanaku. Algunos investigadores sugieren que Cajamarquilla es el sitio-tipo Wari; sin embargo, quienes han excavado el sitio, lo ubican en una posición cronológica más bien correspondiente al Período Intermedio Temprano, existiendo –según Shady– hasta la época 2 del Horizonte Medio, en que decae con Nievería. Solamente existiría una pequeña construcción de filiación Wari. ¿Se trata de una reocupación Wari durante el Horizonte Medio, inaugurando un nuevo modelo de incursión política, o Cajamarquilla mantuvo cierta independencia de Wari? Pero aparte de Cajamarquilla, hay evidencias Wari en Ancón y en los últimos años se han encontrado sitios Wari en las partes medias y altas de valles como Socos en el Chillón, registrados por Isla y Guerrero, de la misma manera que en Topará y Chincha en el sur chico.

COLONIAS WARI EN LA SELVA

El bosque tropical de los Andes orientales ha jugado un rol trascendental en el desarrollo civilizatorio de la región, a tal punto que no se puede hablar de cultura andina sin reconocer las grandes contribuciones en diferentes aspectos de las poblaciones de la cuenca amazónica. No sólo por haber aportado especies de plantas que forman parte de la dieta alimenticia de las sociedades sudamericanas, sino también por haber complementado significativamente la formulación ideológica de la cultura andina. El ritual religioso andino asimiló prácticas chamanísticas, entre ellas el uso de un conjunto de plantas alucinógenas de la selva tropical.

El consumo de estas drogas en diversas ceremonias fue común, desde épocas anteriores al Horizonte Temprano, en las culturas costeñas, serranas y amazónicas.

Durante el Horizonte Medio, su uso era generalizado, por lo menos en el territorio Tiwanaku, tal como lo testimonian las tabletas para aspirar narcóticos encontradas en muchos sitios estudiados por Torres y Berenguer. En el caso Wari, a la fecha, no hay evidencia de artefacto alguno que nos lleve a pensar en un uso ceremonial de drogas alucinógenas selváticas que demuestre el interés por estos recursos. Sin embargo, el empeño Wari por acceder a la selva se nota en la ocupación de la selva alta ayacuchana del río Apurímac, a 600 msnm como promedio, probablemente para tener acceso directo a la coca manejando plantaciones desde sitios Wari como Vista Alegre y Palestina, investigados por S. Raymond.

La coca tiene una importancia trascendental en la vida cotidiana y ceremonial de la cultura andina y su producción y distribución han sido manejadas por las elites gobernantes. Si bien su domesticación se produjo en los Andes orientales, se cultivaba también en la costa, de acuerdo con Lathrap y Rostworowski.

Vista Alegre y Palestina se construyen siguiendo el patrón arquitectónico clásico Wari, similar a sus centros administrativos grandes. Estos dos sitios articulaban otros sitios más pequeños en el valle. Raymond dice que Vista Alegre y Palestina tienen una extensión de entre 15 y 30 ha, mientras que el otro grupo de sitios pequeños llega hasta una hectárea.

La costa y la selva alta formaron parte de los territorios no serranos que permitieron a los wari la complementariedad necesaria para un funcionamiento exitoso del estado. Como dice el profesor Bonavia, las colonizaciones estatales Wari en la selva son las primeras en crear el sistema y los inkas lo hacen más extensivo.

Vista Alegre está en la margen izquierda del río Apurímac y Palestina en la margen derecha, mediando entre ellos unos 20 km de distancia. La arquitectura de ambos sitios no está bien conservada, sin embargo Raymond ha podido encontrar cimientos y pequeños muros de piedra que configuran un patrón típicamente Wari, de conjuntos cuadrangulares y edificios de formas ortogonales, comparables con la arquitectura conocida para la ciudad de Wari. La alfarería encontrada en estos sitios data del Horizonte Medio, que en algunos casos sugiere conexiones probables con Jargampata, otro sitio Wari en la sierra de San Miguel, y con el núcleo central de la cuenca ayacuchana.

Finalmente, Raymond reporta la evidencia de un espécimen de obsidiana en Palestina, señalando el carácter intrusivo de gente serrana wari en la región. Además, dice el autor, se habrían construido estos sitios para controlar la producción de la coca, probablemente del algodón y proveerse de otros recursos llamados exóticos, como pájaros, plumas, monos, plantas alucinógenas y patas de tapir.

Obviamente, la costosa inversión asumida por el estado al colonizar un territorio de difícil acceso, evidencia por un lado el poder centralizado y la administración eficiente de la entidad política y, por otro lado, la gran importancia de la región, generosa en bienes de gran trascendencia, sobre todo para coadyuvar el complejo sistema de creencias Wari, uno de los pilares en que se sustentaba la política e ideología estatales.

LA CIUDAD DE WARI

Otro de los logros importantes en el Horizonte Medio es el surgimiento de la ciudad como la expresión más compleja y alta del urbanismo andino. Este urbanismo se cristaliza con Wari, que posteriormente influenciará en conceptos, patrones y tecnologías tanto a las culturas del Período Intermedio Tardío como a las del Horizonte Inka.

Igual que en el caso del estado, la ciudad ha sido concebida desde diversas perspectivas, y el uso del término responde más a la costumbre que a criterios sistemáticos y objetivos. Por ello, en el caso de los Andes centrales, se habla indiferenciadamente de ciudad para referirse a cualquier centro urbano antes y después del Horizonte Medio.

La ciudad de Wari podría ser el único ejemplo –de acuerdo a los datos actuales– que pueda definirse como tal, en todos los tiempos y regiones prehispánicos del área andina. Sus atributos se aproximan más hacia una definición ortodoxa y clásica de lo que era una ciudad en otras áreas civilizatorias del Viejo y Nuevo Mundo. Frecuentemente se presenta a Chan Chan y al Cuzco y Huánuco Pampa inkaicos como ejemplos de ciudad para los Andes prehispánicos. Sin embargo, el Cuzco es más una capital sagrada, como bien lo definió Rowe, que una ciudad strictu sensu. Huánuco Pampa sería análoga a Pikillaqta, y Chan Chan sería también una capital sagrada. Wari y Cuzco podrían ser comparados sólo en algunos aspectos como, por ejemplo, el manejo de los espacios a partir de conceptos abstractos y sagrados, y por haber servido de residencia a las elites gobernantes. Quizás todo esto sea una modalidad de connotaciones particulares andinas.

Como manifestación prístina, la ciudad de Wari ha atravesado por un proceso evolutivo desde pequeñas concentraciones aldeanas de desarrollo inorgánico en sus primeros tiempos, hasta la planificación dirigida por el estado que se expresa en la construcción de grandes sectores de formas regulares dentro de un sistema orgánico de crecimiento en los tiempos de plenitud de su desarrollo. Así lo demuestran las sucesivas construcciones, tanto en su crecimiento horizontal como en su superposición, rediseñando espacios y construyendo nuevas y planificadas edificaciones.

Este crecimiento relativamente rápido de Wari hace que su arquitectura refleje una variación sustantiva por las remodelaciones hechas en relación a otros centros Wari como Azángaro, Pikillaqta o Jincamoqo, donde la arquitectura se acomoda a una definida política estatal. Las experiencias adquiridas en las campañas de conquista incentivaron la modificación de los patrones citadinos ayacuchanos por la planificación urbana provincial, para un mejor sistema de gobernación. El estado Wari asume la planificación para lograr innovaciones más significativas tanto en los conceptos urbanísticos como en la tecnología constructiva. La plenitud de la ciudad de Wari se alcanza en la época 2.

Los criterios para asignarle a Wari la categoría de ciudad se basan en su gran extensión y alta densidad poblacional, su compleja organización interna, cotidiana y pública y, finalmente, en su posición estratégica en la geopolítica estatal. Sin embargo, considero que estos rasgos son poco relevantes, pues se ajustan a criterios clásicos más o menos universales. La ciudad andina tendría más bien aspectos abstractos que la perfilan hacia un modelo urbano distinto.

La ciudad de Wari se encuentra en los linderos de Huanta, cubre un área de unas 2 000 ha sobre un terreno ligeramente en declive en la prolongación oriental de las estribaciones de una cadena montañosa donde se ubica la pampa de la Quinua, escenario de la batalla de Ayacucho, a unos 25 km al norte de la actual ciudad de Ayacucho. Es un área entre los 2 900 y 2 600 msnm. Tierra árida, clima de buen temple, con fuentes de agua muy escasas que determinaron su uso sólo a partir de pequeñas obras hidráulicas. El núcleo urbano tiene unas 400 ha, donde están concentrados los restos arquitectónicos y cerámicos. En la actualidad se observa que el sitio ha sufrido una transformación significativa por la apertura de chacras para el cultivo temporal, el huaqueo, la construcción de carreteras, el derrumbamiento de los muros por el paso del tiempo y el crecimiento de plantas xerofíticas, que no permiten siquiera el levantamiento planimétrico completo del sitio.

Las evidencias arqueológicas señalan una ocupación continua desde el Horizonte Temprano, cuyos escasos restos se hallan en diferentes puntos del sitio, pero que en ningún caso representan grandes y monumentales construcciones.

El crecimiento de la ciudad como tal, con sucesivas ampliaciones, remodelaciones o cambios de diferente orden debió darse entre los años 550 d.C., que corresponderían al final del Período Intermedio Temprano hasta el Horizonte Medio, época 2, alrededor del 800 d.C.

Lumbreras plantea que a finales del Período Intermedio Temprano grupos de pobladores warpa se afincaron en ciertos sectores de lo que posteriormente sería la ciudad. Se trata de pequeñas construcciones aglutinadas a manera de aldeas, con una estructura interna que refleja cambios arquitectónicos. Se presume, de acuerdo con Isbell, que estas aldeas se agremiaron formando el principio de la ciudad como parece suceder en el lado suroeste, donde se evidencian las construcciones. No conocemos a la fecha ni la dimensión ni el número de pobladores de este sitio para esta época. Si bien se señala que se construyeron templos, éstos no fueron la matriz de las edificaciones, debido a la naturaleza secular del desarrollo cultural de esta región.

Se trataría de aldeas cuyos pobladores eran originalmente agricultores que se desplazaron y reorientaron sus actividades sustancialmente a la producción manufacturera.

En general, en las aldeas Warpa destacan las construcciones circulares como las de Ñawinpuquio, que evidencian muros y pisos pintados, edificios rectangulares y muchos muros anchos y delgados.

Entrada ya la época 1A, Wari crece como ciudad, incrementándose su población como resultado de nuevas migraciones de zonas próximas y distantes, animadas entre otras razones por su atractivo y prestigio crecientes. Se amplía su extensión con las nuevas edificaciones de diferente naturaleza y función. Se trazan nuevos conjuntos definidos por muros de cerramiento o calles rectas y angostas, como los del lado sur de la ciudad, excavados por diferentes investigadores. Creo que de aquí parte el concepto de canchón, que décadas más tarde será un concepto de uso generalizado en la planificación y construcción de la ciudad.

La planificación se refleja también en la construcción de obras públicas de mediana envergadura como canales de abastecimiento de agua y drenaje, que los arqueólogos han encontrado por debajo de los pisos de las edificaciones de la ciudad. Otras obras, en este nivel, debieron darse con la construcción de andenerías a pequeña escala en las estrechas y áridas laderas y quebradas en la periferia de la ciudad. Ambas obras debieron realizarse para la satisfacción de nuevas necesidades en vista del crecimiento poblacional del sitio.

Las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en las décadas del 70 y del 80 por Isbell y sus colegas, especialmente en Moraduchayoq, más las realizadas por equipos de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga y el Instituto Nacional de Cultura, representan hoy por hoy los registros más significativos, ya que nos permiten visualizar sobre todo la secuencia constructiva y algunos rasgos sobre su función, que sirven, desde mi punto de vista, para explicar las etapas constructivas de toda la ciudad.

Vista parcial de las cámaras funerarias en Cheqo Wasi en la ciudad de Wari (Ayacucho), excavadas por la Universidad San Cristóbal de Huamanga. Estas cámaras fueron reservadas a la elite wari.

En la ciudad también se construyeron áreas específicas para el enterramiento de diversos sectores sociales, que se diferencian entre sí por la arquitectura sepulcral, sobresaliendo las del sector de Cheqo Wasi por su arquitectura megalítica: se trata de cámaras funerarias semisubterráneas, de varios niveles en muchos casos, donde se habría enterrado a los gobernantes y a la nobleza Wari, y depositado objetos suntuarios de diversa índole traídos de lejanas distancias.

Durante esta primera época, la extensión de la ciudad debió alcanzar las 100 ha. Los investigadores señalan la existencia de construcciones circulares a manera de talleres-almacenes donde se habrían producido bienes suntuarios.

Destaca también, en esta etapa inicial, la construcción de templos de variado patrón arquitectónico en los que, por un lado, se utilizaron sillares pulidos como en Moraduchayoq, o, por otro lado, templos donde se combinó este aparejo con el pircado y el enlucido, como en Vegachayoq Moqo.

La evidencia más significativa y contundente en la ciudad de Wari del contacto –de algún tipo– con el altiplano, lo encontramos en el sector de Moraduchayoq, durante la primera fase constructiva, en la que se erigió un templete semisubterráneo similar al de Putuni en Tiwanaku, que a Isbell y otros les sugiere la presencia de constructores tiwanaku. Se trata de un templo semisubterráneo, construido de sillares pulidos. Esta edificación es conceptual y tecnológicamente, hasta hoy, la más altiplánica encontrada en la ciudad de Wari y está fechada para los inicios de Wari, 1A. Las otras construcciones que presentan evidencias de sillares están en el templo de Vegachayoq Moqo (donde sólo aparecen a manera de una hilada que remata la parte superior del llamado templo en forma de D) y en Cheqo Wasi, que es de mayor diversidad. Sospecho que en estos casos se trata de construcciones ligeramente algo más tardías que el templete semisubterráneo.

Hay muchos otros elementos arquitectónicos cuyas semejanzas son muy marcadas entre Wari y Tiwanaku, tanto en concepto como en tecnología, sobresaliendo, por cierto, los rasgos de la tradición más antigua del altiplano. Sin embargo, estas manifestaciones deben considerarse en Wari como una percepción laica de los ayacuchanos de la arquitectura altiplánica predominantemente religiosa. Por ello no son una copia, sino una adaptación que resulta tener muchas variaciones; aun si aceptáramos que fueron “…trabajadores o soldados Tiwanaku que construyeron monumentos a los inicios del Horizonte Medio (IA) como una forma de tributar a la victoriosa nueva capital…” (Isbell 1991: 306), lo que confirmaría la tesis sostenida por Lumbreras de vencidos tiwanakus traídos de Moquegua.

Resulta sumamente interesante, por otro lado, pensar en que el templete semisubterráneo tiene una corta duración, de más o menos 50 años. ¿Por qué se rellenan y se construyen nuevas edificaciones de naturaleza no religiosa? Esta clausura coincide con la expansión del estado y la reconstrucción de la ciudad con predominio de la arquitectura secular, viviendas, residencias palaciegas y edificios administrativos. El sistema religioso del nuevo estado expansivo privilegia la “Deidad de los Báculos”, la imagen central del culto, sagrado símbolo que encabeza las conquistas. Los templos, al parecer, se restringen en la ciudad a tener un perfil secundario. El proyecto religioso inicial basado en los templos, quizá oráculos, en el que según Isbell, Wari era el centro ceremonial durante el Horizonte Medio 1A, fue abortado por la transformación secular que sufrió el estado en la época 1B.

Debo destacar, por otro lado, que el nuevo sistema de creencias Wari, si bien no se basa más en los templos, adopta entre otras, una práctica nueva, la del culto al ancestro, sin antecedentes en la región, cuyas tumbas corresponderían a las encontradas fundamentalmente en Cheqo Wasi. Se trataría de otro elemento tomado del sur.

En este segundo momento (época 1B), Wari alcanza un crecimiento que cubre un porcentaje significativo del perímetro actual, que correspondería también a gran parte de las diversas edificaciones que hoy se observan, sobre todo en el lado sur de la ciudad.

La población continúa creciendo, producto del flujo migratorio de los valles cercanos como Huanta o el mismo valle de Ayacucho, quizá también por la presencia de gentes llegadas de regiones distantes, tal vez de Cajamarca –cuyo estilo alfarero tiene mucho prestigio–, de la costa central y sur, entre otros luga-res, sea por razones administrativas, de intercambio y/o por el prestigio de los pequeños templos todavía existentes.

Durante esta época, la planificación urbana marca el crecimiento de la ciudad. Para esto se formaliza la planimetría ortogonal como concepto y se introducen nuevos patrones como los grandes sectores, que sirvieron para dividir la ciudad entera, y que a su vez comprendían un grupo de conjuntos rectangulares, cuadrangulares o trapezoidales donde se construyeron los edificios.

Los elementos arquitectónicos que definieron la estructura básica de estos nuevos patrones fueron: calles largas y pequeñas, anchas y angostas, y muros de cerramiento periféricos.

Como parte de la nueva estructura que va adquiriendo la ciudad, están presentes también las plazas o simples espacios abiertos a manera de patios y galerías. La forma de los edificios es predominantemente rectangular. El enlucido con estuco y el pintado de las paredes y pisos es común, utilizándose los colores amarillo, blanco y rojo claro.

Las tumbas de Cheqo Wasi constituyeron verdaderas cámaras funerarias subterráneas, de varios niveles en muchos casos.

Como decíamos líneas arriba, en esta época el templete semisubterráneo de Moraduchayoq se cubrió y dio pase a la construcción de un conjunto arquitectónico o canchón con nuevos elementos. El área fue delimitada como un conjunto en base a calles circundantes. Las edificaciones están dentro de un sector trapezoidal y rectangular que es el más grande; destacando los patios y los edificios rectangulares construidos alrededor. Esta característica marcaría una etapa significativa en la construcción de la ciudad, puesto que la llamada por Isbell “arquitectura celular ortogonal” se convierte en el patrón generalizado. Este conjunto tiene 5 mil metros cuadrados aproximadamente. Los datos arqueológicos recuperados en Moraduchayoq indican que en este sector se realizaban actividades administrativas de rango medio. Aquí, como en otras áreas administrativas, religiosas y residenciales, se observan nichos en los muros que en unos casos contienen ofrendas, bienes de uso doméstico y, en otros, restos de lumbre

Los sectores de Moraduchayoq, Cheqo Wasi, Mongachayoq, etc. corresponden al lado sur de la ciudad, caracterizado porque el ancho y la altura de los muros de sus construcciones son de menores dimensiones. En este lado también están concentrados los espacios ceremoniales, como templetes y cámaras funerarias que no se encuentran aparentemente en el lado norte de la ciudad. Observaciones hechas por otro lado en la parte norte de la ciudad, que corresponden a diferentes sectores –que van desde Capillapata hasta Canterón y Robles Moqo–, señalan una diferencia sustantiva, como la gran dimensión de sus conjuntos, sus grandes edificaciones o sus conjuntos rectangulares o trapezoidales de hasta 400 m de largo como el de Capillapata, por ejemplo, correspondientes a la época 2. Se trataría, al parecer, de la última remodelación de la ciudad, en la que habría algunos sectores inconclusos. Dada la magnitud del área construida y el tamaño de los recintos, como los grandes canchones que en muchos casos pasan de los 400 m de largo, o las grandes plazas, Isbell presume que era “el centro de la autoridad política”. La ciudad habría ocupado un área de 400 ha e incrementado su población, calculada entre los 30 y 50 mil habitantes. Esta demografía urbana de ninguna manera modifica la naturaleza rural de la sociedad en el Horizonte Medio. Tampoco ningún otro tipo de centro urbano anterior o posterior a Wari habría cambiado la composición mayoritariamente campesina de la sociedad andina. Los centros urbanos en los Andes prehispánicos tuvieron en general corta duración y su composición poblacional fue flotante, mientras que el patrón rural, por el contrario, siempre fue constante, cualquiera haya sido el sistema político vigente

Las construcciones son de piedra, de muros de dos caras y argamasa de barro; hay evidencias de que muchas edificaciones tuvieron varios pisos como Ushpa Qoto. Los muros altos son de forma trapezoidal, más anchos en la base y angostos en la parte superior, alcanzan los 3 m de ancho en su base y más de 10 m de altura, como en el conjunto de Capillapata. El uso de las piedras labradas a manera de sillares o losas de forma rectangular, cuadrada o semicircular se reduce y se mantiene en áreas ceremoniales como cámaras funerarias.

Además de los sectores que hemos señalado, existen otros más como Turquesayoq, Ushpa Qoto, Yanapunta, Galvezchayoq, Campanayoq, todos ellos con visibles atributos que los diferencian el uno del otro. Se les llama también barrios. En cada uno de ellos se encuentran materiales diagnósticos que señalarían el tipo de actividades realizadas. Por ejemplo, en Turquesayoq, se encuentran en la superficie cuentas de collares, fragmentos de crisocola y otros pedazos de adornos; o en Yanapunta donde abundan fragmentos de obsidiana y algunas puntas; o la presencia de un número significativo de moldes y figuras humanas moldeadas encontrados por G. Vescelius en 1970 en Ushpa Qoto, que señalan con seguridad un taller depósito; o la presencia en distintos sectores de cámaras subterráneas, de edificaciones circulares, galerías subterráneas y de zonas donde se concentran fragmentos de cerámica como otros probables talleres o depósitos. Estos hallazgos sin embargo, son sólo indicadores hasta el momento.

En fin, Wari representa la primera ciudad en los Andes, de la que por falta de más excavaciones sistemáticas no tenemos mayor información sobre las características exactas de gran parte de sus sectores.

Finalmente, merece destacarse la posición estratégica de la ciudad de Wari, que se ubica en una región de fácil acceso hacia la costa central y sur por el oeste, a la ceja de selva de la cuenca del Apurímac por el este, y que es un punto intermedio en la comunicación con la sierra norte y sur andinos. Esta red de acceso está evidenciada por la presencia de asentamientos Wari a la vera de los caminos oficiales o, en ausencia de ellos, por la presencia de cerámica que señala un flujo intenso en aquellos tiempos. Cabe recordar que si bien los linderos de la frontera Wari en los que se ejercita soberanía plena corresponden a Cajamarca, Cuzco y Moquegua, la presencia Wari se constata más allá de esos territorios, sobre todo en la cerámica o en pequeños asentamientos. Sin embargo, no sabemos aún qué carácter tiene esta presencia, aunque algunos rasgos fueron descritos cuando nos referimos a la presencia Wari en dichas regiones.

Calle central en el centro provincial urbano wari de Wiracochapampa, La Libertad.[/caption

Wari fue el centro administrativo principal que dirigió la articulación económica, social y política con las naciones conquistadas. También reguló, a través de la religión y la fuerza militar disuasiva, las formas de conducta de las culturas dominadas.

La distribución de sitios arqueológicos alrededor de Wari en la cuenca ayacuchana nos revela un patrón de asentamiento relacionado con la urbe. De acuerdo a quienes han trabajado en el área, se trata de sitios con arquitectura planificada y con funciones de regulación administrativa. La distancia a que se encuentran en relación a Wari, la dimensión de sus construcciones y la variedad de objetos recuperados en ellos nos hablan de su importancia jerárquica.

Un análisis del patrón de asentamiento en otras cuencas: Pikillaqta (Cuzco), Jincamoqo (sierra sur ayacuchana) y Wiracochapampa (sierra norte) nos muestra grandes centros administrativos que controlaban también regiones internas a través de otros sitios Wari más pequeños en complejidad y extensión. De hecho, reproducen lo que Wari es para la cuenca ayacuchana, pero a la vez, respetando la primacía y la sujeción a la ciudad de Wari.

SISTEMA DE CREENCIAS

Entre los años 550 y 800 d.C. aproximadamente, se produjeron grandes y trascendentales cambios en los Andes centrales y centro sur, siendo Wari y Tiwanaku las culturas que identifican estas transformaciones. El conjunto de estos cambios fue explicado por los arqueólogos dentro de los marcos de la evolución cultural, conservando las nociones históricas de progreso y etapas que el racionalismo evolucionista inicial había planteado. Los cambios prehispánicos fueron paulatinos, siempre de menos a más y en momentos históricos específicos, en los que la ideología religiosa fue decisiva.

Mucho tiempo antes, en los Andes centrales, los líderes religiosos representaron –probablemente– la especialización más temprana, cuyos roles van más allá de la dirección o ejecución del ritual. Ellos lograron que la religión y las prácticas ceremoniales coparan, si no todas, casi todas las esferas de la totalidad real o imaginaria del mundo precolombino. Las expresiones cotidianas de las culturas prehispánicas estuvieron, de una u otra manera, sacralizadas, mostrándonos cuán envolvente puede ser la esfera ideológica religiosa.

A través de la implantación del culto a la “Divinidad de los Báculos” –con seguridad, deidad agrícola– y, sobre todo, a través de las ofrendas y ceremonias propiciatorias, la curia Wari estaba segura de aplacar las catástrofes naturales, tales como sequías, inundaciones, heladas y epidemias, frecuentes en el mundo andino. Esto explicaría por qué las ofrendas Wari se difunden igual o más que la “Divinidad de los Báculos” en toda el área andina central.

Entierro del estilo Nievería en el valle del Rímac hacia los comienzos de la época wari, aproximadamente 600 d.C.

Si bien la emblemática deidad central encabeza el sistema religioso Wari y Tiwanaku, copando el interés de muchos investigadores, existen otras expresiones manifiestas de un complejo sistema de creencias en ambos centros. En una suerte de procesos sincrónicos, aparecen –en muchos casos– como prácticas comunes a ambos; en otros, sólo se evidencian en uno de los centros. Lo mismo sucede en cuanto se refiere al soporte en el cual se materializan algunas de las expresiones religiosas. Obviamente hay similitud y variedad en el ritual y culto.

Estas expresiones, de acuerdo con los actuales indicadores, serían el culto al ancestro, los sacrificios humanos, las ofrendas y el consumo de alucinógenos, entre otras. Por las evidencias existentes, me limitaré en el caso Wari a las ofrendas y, en el caso Tiwanaku, al consumo de alucinógenos.

El carácter integrador de la religión Wari lo percibimos tal vez más en el ritual de las ofrendas, en el cual sectores diferenciados de elite y populares se congregan y juntos realizan probablemente acciones propiciatorias. Así lo evidencian muchos sitios Wari, donde las ofrendas más significativas revelan –de acuerdo con Cook– los tres estilos cerámicos encontrados en un mismo contexto, que para Menzel y Wagner representan clases sociales.

Las investigaciones recientes corroboran que las ofrendas son los rituales más característicos y generalizados durante el Horizonte Medio; tales son los casos de Qonchopata, el de Ayapata en Caja, el de Maymi en Pisco, el de Cerro Amaru en Huamachuco, el de Pacheco en Nazca y el de Moraduchayoq en Wari, obviamente los encontrados en la costa norte, y quizás también el de La Victoria en Ocoña. Todas estas ofrendas representan de alguna manera formas de un mismo ritual hechas en pozos naturales o artificiales, en los que intencionalmente se rompieron vasijas, generalmente finas, para después enterrarlas. Asociados a estas vasijas se encuentran, en muchos casos, restos óseos humanos, también puestos intencionalmente, que sugieren sacrificios humanos, como por ejemplo los hallados por Brewster-Wray en Moraduchayoq, en la llamada área de las ofrendas. Los pozos ceremoniales en este caso están debajo de los pisos sellados de los recintos, tapados con piedras labradas planas que tienen orificios de diferente disposición. Los pozos van desde 1,18 hasta 1,92 m. Las paredes son enyesadas o revestidas de arcilla, y en algunos casos hay nichos de forma cilíndrica o rectangular.

 

Una característica importante que señala Cook a propósito de la alfarería encontrada en las ofrendas de Qonchopata y Moraduchayoq, es que en la primera se encuentra solamente aquella de estilo ceremonial, mientras que en Moraduchayoq, además de la ceremonial, se halla aquella de “elite utilitaria y popular”, que implicaría una complicación en el fechado, o se trataría de ofrendas de diversa naturaleza de la misma época. Estas ofrendas constituyen una tradición durante toda la existencia de Wari y en todas las regiones, que si bien tiene variaciones, como el caso de Ayapata con algunos rasgos más altiplánicos, no afecta lo sustantivo del culto.

ECONOMÍA Y POLÍTICA

Desde luego, el éxito de cualquier sistema político social en períodos prehispánicos andinos se basó en la economía autosuficiente de sus segmentos sociales, organizados en unidades familiares y en ayllus. La vida cotidiana autosuficiente de las unidades familiares fue el punto inicial en el que las entidades políticas de diversa complejidad basaron sus expectativas de crecimiento y desarrollo. Esas formas sencillas de satisfacer las necesidades de alimentación, vivienda, mobiliario y vestido, son las que de una u otra manera constituyen la llamada economía doméstica.

Sin embargo, hubo otro nivel que competía más a la economía política, en el que la producción y la circulación de bienes superaban los niveles primarios referidos líneas arriba y manejados por principios geopolíticos estatales. Nos referimos a sociedades como Wari –sin moneda ni mercado–, caracterizadas por un control estratégico estatal que mono-

Tapiz wari, uno de los logros técnicos y estéticos en el Horizonte Medio. Los diseños reproducen figuras mitológicas.

poliza el abastecimiento, la producción y la distribución de los recursos esenciales.

Wari, que empleó distintos principios políticos de conquista y gobernación, utiliza en la economía diferentes modalidades complementarias entre sí: producción, tributación e intercambio. Con Wari la economía doméstica se transforma en economía política y se institucionalizan la producción y distribución, tornándolas seguras y permanentes. La fundación de colonias, las redes de intercambio de bienes a larga distancia, quizás el manejo de propiedades estatales, la tributación, la manufactura de bienes que se consumen internamente o se exportan fuera del núcleo central, configuran este carácter de la economía política nacional e internacional wari. Wari modificó la economía doméstica de las unidades familiares, de los ayllus y de las formaciones sociales protoestatales y estatales regionales, exhibiendo así una organización administrativa eficiente con modalidades operativas entre la política diplomática y la conquista militar, que coadyuvaron a su condición de estado panandino.

Dentro de este contexto el maíz, que en general dentro de la sociedad andina tiene múltiples implicancias en las esferas económicas, sociales, políticas y religiosas, fue para los wari el recurso más importante. Para el caso inka, Murra demostró que ade-

Cajamarquilla, en Lima, considerado por algunos investigadores como un centro wari en la costa.

más del maíz, el tejido también era uno de los bienes preferidos; ambos requerían incluso de mitas agrícolas y textiles organizadas por el estado.

En el caso Wari, hasta donde los datos demuestran, los tejidos sirvieron más como catecismo en la difusión religiosa y como símbolo de prestigio y poder, mientras que el maíz copó todas las esferas de funcionamiento de la sociedad. Fue un cereal estratégico para el estado Wari y un recurso integrador con todos los segmentos sociales con los que entablaba relaciones diversas. La administración política y religiosa del estado Wari tuvo en este grano la fuerza integradora, eficaz y sutil para una gobernabilidad exitosa, como lo explicitan las investigaciones llevadas a cabo por Brewster-Wray en Moraduchayoq, ya referidas cuando tratamos sobre la ciudad de Wari.

Considerando al maíz un recurso estratégico renovable, el estado instaló sus centros administrativos más importantes en valles templados, maiceros por excelencia, con la finalidad de ejercer el control a través de la producción directa; por ello se invirtió en infraestructura y mano de obra, como lo atestiguan los centros administrativos Wari asentados en ubérrimos valles: Carhuarazo, callejón de Huaylas, Huamachuco, San Miguel, Pampas-Qaracha y obviamente Pikillaqta (Cuzco), que controlaba probablemente el maíz de la mejor calidad. Los 508 recintos de construcción estandarizada de Pikillaqta, que describe McEwan, habrían servido para hospedar a trabajadores agrícolas levados temporalmente para laborar en las chacras estatales maiceras. El excedente agrícola Wari salía de los grandes valles contiguos a la ciudad capital y de las cuencas maiceras de sus provincias.

En el marco urbano, Wari organizó la producción artesanal, en la que una vez más vemos un nuevo modelo de “fábrica”, como Qonchopata por ejemplo, que luego también se percibirá entre los inkas. En este modelo la vivienda y el centro laboral del trabajador no estaban separados, sino que constituían conceptual y físicamente una unidad, construida alrededor de un patio o corredor dentro de un conjunto rectangular o cuadrangular.

La textilería es otra de las áreas manufactureras que los wari llevaron a la excelencia artística empleando diferentes técnicas. Lumbreras sostiene que el centro manufacturero de tejidos se encontraba en la ciudad de Wari, pero, con seguridad, tejedores oficiales debieron existir también en los centros administrativos. La materia prima, como la lana, la obtuvieron de los ambientes de puna circundantes a la cuenca ayacuchana, donde habrían existido rebaños de camélidos, mientras que el algodón, también usado en los textiles, con seguridad habría sido abastecido de enclaves existentes en la selva del valle del río Apurímac, o a través del intercambio con los valles costeños. El recurso tintorero, que posibilitó el uso de distintos colores con sus respectivos matices, también fue explotado en la región ayacuchana, gracias a la cochinilla, un parásito adherido a las pencas de la tuna, que proporcionaba el color rojo; el aliso, el amarillo, el añil, el azul, eran otros tintes usados, que combinados con los distintos colores naturales de la lana lograron textiles de una gran calidad cromática.

Todos los investigadores coinciden en que el tapiz Wari es el más representativo, por ser el más logrado técnica y estéticamente, por sus colores, su finura y sus motivos iconográficos algo abstractos. Su calidad y su mensaje señalan un patrón estándar dirigido, sin intervención de la libre creación del tejedor. Los tapices, que se encuentran en contextos especiales distribuidos en distintas regiones, incluida la costa, están hechos de lana y algodón, correspondiendo la trama a la lana y la urdimbre al algodón. De algún modo, estilísticamente, hay representaciones que recuerdan mucho a los textiles Tiwanaku. Los diseños reproducen figuras mitológicas, cóndores, pumas y cabezas humanas.

La metalurgia fue otra de las actividades significativas en Wari. Se trabajó el oro, el cobre y el bronce con técnicas como el vaciado, forjado, laminado, martillado y repujado, usándose instrumentos como el punzón y el cincel, entre otros. Probablemente el desarrollo metalúrgico corresponda a experiencias más sureñas, por una tradición altiplánica anterior en la región, o tal vez continuaron de alguna manera la experiencia metalúrgica evidenciada en Waywaka, Andahuaylas (investigada por Grossman), correspondiente a períodos bastante tempranos.

Los hallazgos más sorprendentes de los materiales e instrumentos descritos líneas arriba proceden de las excavaciones en Qonchopata realizadas por Pozzi-Escot y analizadas por Ríos. Algunos otros indicadores proceden de Aqo Wayqo, también en Ayacucho, excavados por Ochatoma. Las excavaciones en Qonchopata evidencian un taller especializado que produjo utensilios, fundamentalmente tupus, similares a los conocidos en tiempo de los inkas, hechos en cobre y oro. Su número es significativo y sugiere un taller que fabricaba preferentemente estos objetos, que se distribuirían en todos los territorios de su esfera de influencia, pues los tupus y otros instrumentos encontrados en Huamachuco, Jarganpata y Azángaro son similares. La materia prima, sin lugar a dudas, debió provenir de otras regiones, quizás de la costa sur, en Moquegua, y tal vez más al sur.

Los talleres de producción alfarera, como los de Qonchopata en Ayacucho –estudiados por Lumbreras y Pozzi-Escot– y Maymi en Pisco –estudiado por Anders–, se orientaron hacia la producción de vasijas ceremoniales y para uso de elites. Evidentemente, el sector donde excavó Vescelius en 1970 debió ser otro de los talleres más importantes en esta línea de producción especial. Hay otros, como el de Aqo Huayqo, excavado por Ochatoma, que son de menor envergadura y de producción más doméstica. Las evidencias sugieren una producción alfarera en manos de familias de artesanos sedentarios que comparten sus residencias con sus talleres, y que además dicha producción no habría requerido de un grupo numeroso de gentes especializadas dedicadas a esta tarea, como se percibe de los trabajos en Maymi.

Tampoco existe la especialización interna en este proceso productivo, ya que una misma familia de alfareros realizaba todas sus etapas, quizás encargándose incluso del abastecimiento de arcilla y pigmento, pues por ejemplo, en el caso de la cuenca de Huanta y Ayacucho, se encuentra –de acuerdo con Arnold, citado por Lumbreras– toda la gama de materia prima que requiere la producción alfarera.

Las excavaciones sistemáticas en estos dos sitios, Qonchopata y Maymi, nos hablan de una tecnología sencilla y de un aprovechamiento racional y eficiente de recursos y mano de obra en la producción alfarera.

Merece destacarse la destreza empleada en la fabricación de una vasija efigie de felino encontrada en Maymi. Esta vasija fue hecha ensamblando diferentes partes, cada una de ellas hecha en un molde distinto. Anders dice que esta técnica no está registrada en ningún caso en los períodos prehispánicos.

Fue usada también la técnica del modelado, la más común en todas las culturas, con hábil manejo del plato alfarero, conocido como tilla. La decoración se lograba pintando los motivos previamente a la cocción dando como resultado una cerámica polícroma, principalmente. Utilizaron pinceles hechos con cabellos humanos, con mangos de caña, y quizá también plumas y lana de camélidos.

La productividad fue, por su lado, muy elevada, de acuerdo con los trabajos en Qonchopata, donde el volumen de la fragmentería y los instrumentos de trabajo es considerable. Si bien la función de las vasijas está más o menos clara, no se conocen aún los sistemas de acopio de las materias primas, ni la distribución de las vasijas producidas en contextos estatales.

De hecho, las líneas de producción económica descritas líneas arriba no agotan la diversidad de bienes elaborados Sin embargo, son aquellas de las que se tiene mayor información sobre la base de las excavaciones realizadas. En la ciudad de Wari y en algunos centros provinciales se encuentran diferentes especímenes que señalan una producción diversificada, como cuchillos y puntas de obsidiana, pequeñas estatuillas de turquesa y monolitos, cuyas asociaciones merecen ser encontradas y exigen la realización de análisis técnicos y estilísticos para profundizar estas otras líneas de producción no doméstica en las que estaba directamente interesado el estado Wari.

Finalmente, otro rasgo distintivo de la economía política Wari fue el tributo laboral y la subvención estatal para la producción agrícola y manufacturera, rasgos de los cuales sabemos muy poco aún. Podría ser otra modalidad de producción complementaria, distinta a aquella controlada por el estado en los centros manufactureros que existieron en la ciudad de Wari, Qonchopata y quizá también en algunos otros centros administrativos. Parece ser que las aldeas wari, además de desarrollar su vida en los niveles de autosuficiencia, produjeron diferentes bienes como parte de la obligación que habrían tenido –no sabemos si toda la aldea o cada familia– como tributarios del estado; ello porque en muchas aldeas wari, sobre todo en la cuenca ayacuchana, se observan algunos indicadores que sugieren esta modalidad y podrían no ser de producción especializada. Los bienes que se observan parecen ser parte de los bienes que el estado recibía de determinadas aldeas. Futuras investigaciones nos aclararán esta probable nueva modalidad.

II  TIWANAKU

pricipales sitios tiwanacu
Principales sitios Tiwanaku. (Basado en Kolata 1993 y Moseley 1992).

Indudablemente, el altiplano peruano-boliviano ha sido uno de los escenarios más significativos donde se gestaron los procesos económicos, sociales e ideológicos más complejos, de profunda y dramática repercusión en las formaciones sociales andinas, desde los inicios de nuestra era hasta la época inkaica, en la cual los soberanos inkas reclamaban ser descendientes de fundadores procedentes de estas tierras cercanas al “ritisuyu” o región de nevados.

Con mucha razón Lumbreras definió este espacio como un área cultural separada de la andina central. El área centro sur irradió rasgos culturales que articularon procesos históricos incluso fuera de sus fronteras, y además en ella se domesticaron camélidos y plantas tuberosas y gramíneas de trascendencia económica y logística para los pueblos andinos.

La cuenca del lago Titicaca corresponde a un ecosistema frío, de puna húmeda, sobre los 3 800 msnm, de altiplanicies cubiertas de ichu, forraje que posibilita el pastoreo y el desarrollo de tierras aprovechables para la agricultura de altura. Fue ocupada desde tiempos precerámicos y es la cuenca donde surgió Tiwanaku, fenómeno cultural muy importante para explicar muchos eventos, sobre todo durante el Horizonte Medio, al norte de donde se desarrolló Wari. Sin lugar a dudas, A. Posnansky, W. Bennett y C. Ponce, después del pionero estudio de Stubel y Uhle, fueron quienes, en sus respectivas épocas, sentaron las bases para el conocimiento de la cultura Tiwanaku.

Tiwanaku y Wari, dos entidades políticas diferentes, pero al parecer de ancestros culturales comunes, tuvieron desarrollos coetáneos entre los 550 y 900 d.C.; ambas correspondientes a las etapas más complejas de los desarrollos en sus áreas respectivas. Tanto para Wari como para Tiwanaku, esta época representó la madurez del estado.

Algunos investigadores que han tratado el problema Tiwanaku indican su primogenitura de “estado imperial” sobre cualquier entidad, incluido Wari. A la fecha no hay suficientes evidencias para esta tipificación, habiéndose hecho algunas interpretaciones sesgadas de los pocos datos que existen. Tanto Wari como Tiwanaku tuvieron procesos paralelos y muchos rasgos similares en su gestación. Lo que sucede es que en el altiplano la lectura iconográfica señala una continuidad de los personajes y símbolos, desde la llegada del “Dios de las Varas”, en las épocas finales del Horizonte Temprano. Esto quiere decir que mil años antes de que apareciera repentinamente –con Wari– el mismo personaje en la región ayacuchana, los altiplánicos ya lo habían asimilado como un sistema religioso.

Cronológicamente, la época conocida como Tiwanaku III o Temprano correspondería a una formación preestatal, que territorialmente se limitaba a la parte sur del lago (cultura Qeya), con una duración aproximada de entre 400 a 500 años (0-550 d.C.). El Tiwanaku IV o Clásico correspondería a una formación estatal panandina contemporánea a Wari (550-900 d.C.), mientras el Tiwanaku V o Decadente correspondería a una época que va del 900 al 1200 d.C., cuando se produjo su colapso.

EL CENTRO RELIGIOSO DE TIWANAKU

En 1974, Lumbreras definió el sitio de Tiwanaku como un gran centro de culto, foco de peregrinaciones, desde donde se diseminó un movimiento religioso, según Menzel. Por otro lado, Kolata afirma que fue una “ciudad de patricios”, además de lugar símbolo de la autoridad religiosa y política; finalmente, Cook define Tiwanaku como una ciudad de sacerdotes y símbolo para la conversión.

Todos reconocen la naturaleza religiosa del sitio y, sin lugar a dudas, Tiwanaku refleja la herencia del viejo patrón religioso Chavín. La arquitectura religiosa del templo con los característicos patios hundidos, pirámides, cabezas clavas, presencia del “Dios de los Báculos”, etc. que se ven en Tiwanaku, ya se encontraba en Chavín, como nos recuerdan Rowe y Williams, entre otros.

Gracias a los hallazgos de Carwa y a las comparaciones de las estructuras formales de Chavín, Pukara y Tiwanaku, sabemos que al altiplano alcanzó un culto religioso de raigambre. Lo que aún no sabemos es cómo llegó y quiénes llevaron no sólo la imagen central o “Dios de las Varas”, sino también los conceptos, las formas y las técnicas para la construcción de los templos.

Si vemos el sitio de Tiwanaku desde una perspectiva analítica estaremos frente a una representación física, en una escala mayor, de lo que en sus tiempos fueron Pukara y tal vez Chiripa. Con Tiwanaku estamos no sólo frente a una continuidad religiosa, sino ante la presencia de patrones arquitectónicos, productivos, residenciales y de composición social que reflejan un mismo concepto y una modalidad operativa sagrada de profundas raíces en el altiplano.

El sitio de Tiwanaku se encuentra en el lado sur del lago Titicaca, a 3 840 msnm, con un promedio poblacional que según algunos no excedía los 20 mil habitantes y un área aproximada de 300 ha. A la fecha sabemos que se componía de un conjunto de sectores diferenciados entre sí, tanto por sus funciones como por su estructura formal. Cada uno de ellos es percibido como estructuras independientes, en algunos casos definidas como conjuntos amurallados, y en otros como montículos artificiales. Se sabe que Ti-

Los sectores monumentales son llamados hoy Kalasasaya, templete semisubterráneo, Akapana, Puma Punku, Kori Kala, Putuni y sitios de menor monumentalidad, como Chunchukala, Laka Kollu y La Karana. Como capital sagrada, articulaba –en el lado sur del lago– un conjunto de centros de segunda importancia como Lukurmata y Pajchiri, construidos siguiendo un mismo eje norte sur y con el mismo “sello” signado por las estructuras conocidas como Kalasasaya. En el lado norte del lago se han ubicado pequeños sitios Tiwanaku cuyas funciones aún no conocemos.

Los conjuntos monumentales reflejan una rígida planificación y una misma tecnología constructiva. La arquitectura se caracteriza por la presencia de formas y elementos repetitivos como plataformas, pirámides, patios hundidos o muros de cerramiento como los del Kalasasaya. Se emplea arcilla, grava, piedras labradas como sillares y adobes para armar los muros, utilizando en muchos casos clavijas de cobre para unir internamente los bloques de piedra. Destacan también las gárgolas y canales de diferentes dimensiones y tipos.

Akapana sobresale por su mayor dimensión y altura frente a los otros conjuntos y quizás haya sido el centro ceremonial más importante de Tiwanaku. Tiene 203 m de largo por 192 m de ancho y 16,50 m de altura. Investigaciones llevadas a cabo en la década de los 80 por Manzanilla y Kolata demostraron que se trata de un montículo artificial, construido sobre la base de 7 plataformas aterrazadas y superpuestas, cuyos muros tienen cada cierto tramo –a manera de enchapes o muros de revestimiento– piedras labradas como pilares, que funcionan como soportes estructurales. Levantamientos topográficos, magnéticos y electrónicos realizados

wanaku se construyó en diferentes etapas, aunque no está clara su secuencia constructiva.

Parte delantera de la Puerta del

Sol de Tiwanaku tal como lucía en el siglo XIX. La imagen procede de Die Ruinenstaette von Tiahuanaco de Alfons Stübel y Max Uhle (Leipzig, 1892). La “Deidad de los Báculos” que aparece en la parte central superior de la puerta se remonta al “Dios de las Varas” de la estela Raimondi de Chavín.

Ubicación de los principales sectores del centro religioso de Tiwanaku. (Tomado de Kolata 1993).

por instituciones bolivianas y mexicanas definieron que Akapana tiene una forma “semejante a la mitad de una cruz andina”. Su estructura formal está compuesta por un patio hundido, monolitos, colectores y canales de drenaje. Según el profesor Ponce, Akapana se construyó durante Tiwanaku III y continuó funcionando con algunos agregados durante Tiwanaku IV y V. Merece destacar que en la cima se encuentran un patio hundido, recintos probablemente residenciales de la elite sacerdotal, áreas de ofrendas –algunas de ellas anteriores a la época Clásica o IV–, restos de conchas marinas, metales y vasijas para la liturgia como vasos y sahumadores.

El otro sector monumental importante y más conocido es el llamado Kalasasaya, en el que actualmente se encuentra la famosa Portada del Sol, aunque algunos investigadores señalan que su sitio original habría sido Puma Punku, construido durante Tiwanaku IV. Kalasasaya es de forma rectangular, amurallado, de unos 130 por 120 m, y frente al acceso principal se ubica el templete semisubterráneo, otra de las estructuras sobresalientes del lugar.

Finalmente, Putuni destaca por su patio hundido, similar al de Wari, y por su palacio de cuartos multicolores, excavado por Kolata, al cual se accedía por una portada muy fina. Este palacio habría sido una lujosa residencia de la elite sacerdotal.

Pues bien, Tiwanaku probablemente haya sido el lugar sagrado donde se ubicaban los templos, realizaban sacrificios, depositaban ofrendas, residían linajudas elites sacerdotales, administradores, gentes al servicio de dioses y sacerdotes; emplazamiento de edificios donde se consolidaban las relaciones de dependencia a través de la hospitalidad y redistribución; y lugar de residencia-taller de grupos especializados en la manufactura de objetos suntuarios, como los alfareros de Chajijawira –sitio investigado por C. Rivera–, litoescultores y metalurgistas que trabajaban el oro, el cobre arsenical y el bronce.

SISTEMA DE CREENCIAS

La deidad principal de Tiwanaku es aquella conocida como la “Deidad de los Báculos”, que representaría a un dios celestial que podría ser el Tunupa de los aymaras tardíos, asociado al rayo y al trueno, según Conrad y Demarest. Otros investigadores ven en dicha imagen a la deidad solar, y otros más creen que sería la primigenia imagen de Wiracocha, tema que hemos referido al abordar la religión Wari. La representación más lograda aparece en la llamada Portada del Sol, donde la imagen principal aparece en alto relieve, rodeada de 3 hileras de seres alados en bajo relieve. De su cabeza salen cabellos a manera de rayos y es la misma figura que los wari captan, transforman y difunden.

Otro tema que resulta trascendental en el conjunto del sistema de creencias Tiwanaku es el relativo al consumo de alucinógenos, asunto al que recién se va dando la debida importancia, ya que a partir de él se puede entender, por un lado, el grado de complejidad de la entidad política Tiwanaku y, por otro, la preponderancia que en ella tuvo la esfera religiosa en la naturaleza del Estado, rasgos importantes en el paralelo que tratamos de establecer entre Tiwanaku y Wari.

La información actual señala que en el altiplano este consumo ya se efectuaba antes de Tiwanaku Clásico o IV, manteniéndose después de dicha fase. Cook encuentra estos rasgos ya en Pukara y los hemos visto también en los datos proporcionados para Niño Korin, respecto a los orígenes Wari y Tiwanaku, además de las evidencias en Atacama entre los 400 y 1 000 d.C. aproximadamente. El consumo de alucinógenos en Tiwanaku se sustenta en la existencia de tabletas para aspirar narcóticos y por las representaciones en algunas esculturas de piedra, como los monolitos de Bennett y Ponce, entre otros, donde el personaje central sostiene en una de sus manos una de estas tabletas, según Berenguer.

La liturgia Tiwanaku, centrada en el culto al “Dios de los Báculos”, incluiría el consumo de alucinógenos, asociado en varias ocasiones a esta deidad. Mientras Berenguer y Cook ven en los personajes de perfil portando varas –como aquellos de la Portada del Sol– a chamanes enmascarados en trance, por otro lado, tanto las investigaciones de los autores mencionados como las de Torres y Llagostera señalan una relación entre chamán y sacrificador (personajes alados de perfil), y sostienen además que el consumo no sería exclusivo del “chamán sacrificador”, sino que también el sacrificado participaría de éste, pues muchas de estas tabletas se encuentran en tumbas con cuerpos decapitados.

El número de tabletas registradas hasta hoy es aproximadamente de 600. La mayoría procede de la costa del área centro sur y están hechas en madera, piedra y hueso. Sus dimensiones van desde 10 por 3 cm hasta 18 por 7 cm, aunque seguramente otras escapan a este rango. Browman afirma que fueron fabricadas en Tiwanaku y luego transportadas, como parte de los objetos suntuarios, a regiones como la costa del Pacífico.

luego continuar con Cupisnique, Chavín, Pukara y Tiwanaku; según el mismo Lathrap esta práctica uniformiza el sistema de creencias en un área extensa que va desde las Antillas hasta Atacama y los trópicos amazónicos. Los enclaves Tiwanaku en el oriente boliviano del Chapare habrían abastecido, además de hojas de coca, de plantas alucinógenas como la semilla de la anadenanthera o el parica, que definieron un perfil litúrgico Tiwanaku distinto y con seguridad mucho más complejo que el de Wari.

POLÍTICA Y ECONOMÍA

Tiwanaku, como entidad política, representa un estado en manos de una teocracia pacífica que no habría apelado en sus conquistas a la modalidad militar, de acuerdo a la información que a la fecha existe, aunque parece que esta idea contradice las experiencias registradas por la historia universal, que no evidencian teocracias pacíficas.

Lo que al parecer sucede en Tiwanaku, entre los 400 y 500 d.C. aproximadamente, es un reforzamiento del poder teocrático, en base a una religión de mucho prestigio y a una mayor centralización del poder. El dominio territorial y soberanía que ejerció sobre regiones en la costa, sierra y bosque tropical fue la continuación de un modelo ampliado pre-Tiwanaku de complementariedad económica y de tráfico de comerciantes llameros, estudiado por Murra, Stanish, Mujica y Browman; una tradición que siguió vigente en esta época y no varió nunca en la economía de las sociedades altiplánicas.

La diversificación de la economía Tiwanaku se expresa en las actividades agrícolas, ganaderas y artesanales. La importancia, el volumen y el consumo asignados o logrados en estas actividades varían sustantivamente y ayudan, a su vez, a entender la naturaleza política o doméstica de su sistema económico. En la agricultura manejaron diversas regiones, sobre todo la cuenca sur del lago Titicaca, aunque la presencia de sitios Tiwanaku en el lado norte sugiere algún tipo de aprovechamiento agrícola. En segundo lugar, las zonas intermedias de los valles serranos, como Cochabamba, y en tercer lugar los valles occidentales de la costa del área centro sur.

Debo mencionar, sin embargo, que Tiwanaku también tuvo acceso a tierras tropicales y subtropicales en el lado oriental boliviano, según Estévez, aunque aquí se debió tratar sobre todo del manejo de chacras de coca y quizás de maíz.

El conocimiento de la importancia asignada por los tiwanaku a la agricultura en la cuenca del Titicaca, sin lugar a dudas, se lo debemos a los trabajos de Kolata y su equipo, quienes han demostrado que el altiplano es un espacio que manejado técnica y racionalmente permite una agricultura intensiva. Sin embargo, lo que no es convincente aún es el cálculo del volumen de chacras que el autor asume para estimar una altísima producción agrícola que realmente corresponda a cualquiera de las épocas significativas de Tiwanaku.

Actualmente, por falta de una metodología adecuada, es difícil confiar en los fechados y asociaciones para establecer la filiación de una chacra prehispánica, lo que es más difícil aún en el caso de la cuenca del Titicaca, donde no sólo hay una especial continuidad de las ocupaciones, sino que además la densidad poblacional es siempre alta, lo cual hace posible que se produzcan modificaciones permanentes del paisaje natural.

De otro lado, la agricultura no fue la actividad que sustentó el manejo de las relaciones de intercambio interregional, pues la economía agrícola Tiwanaku es básicamente doméstica, sustentada en los sembríos de tubérculos como papa, oca, etc. y gramíneas como quinua, kañiwa, etc.

La agricultura del maíz escapa al nivel del uso doméstico y está más bien vinculada –como entre los wari e inkas– a satisfacer requerimientos ceremoniales. La demanda de este grano fue cubierta estableciendo colonias en regiones de clima templado y con riego, como los valles medios costeños y los interandinos, tal como antes lo habían hecho los pukara.

La coca, por otro lado, tiene una producción, circulación y consumo mucho más restringidos, debiendo abastecerse del oriente boliviano. La producción debió ser muy controlada y quienes se encargaban de su circulación debieron ser misioneros comerciantes o estar directamente vinculados a las elites religiosas.

Si se pudiera definir la acumulación de riqueza en la economía Tiwanaku, ésta estaría sustentada en el manejo de grandes rebaños de camélidos y en la manufactura de sus fibras. La textilería financió la economía política de la sociedad Tiwanaku, con artículos producidos en sitios como Tiwanaku y otros núcleos de la cuenca del Titicaca. La producción de tapices polícromos tejió redes de intercambio y subvencionó el prestigio y poder de elites locales de la costa sur, ya que las evidencias textiles halladas en estas regiones proceden de tumbas de gente de alto rango.

Tan importante fue la explotación de camélidos que sus rebaños formaron parte de todas las esferas en que funcionaron la familia, el linaje y la entidad política; y la base económica sobre la cual se organizó la sociedad Tiwanaku se encuentra en la ganadería de altura, antes que en la agricultura, aún excedentaria.

Al margen de las diversas opiniones de los investigadores en relación al peso específico de las diferentes actividades económicas, la sociedad Tiwanaku integró con eficacia los diferentes sistemas productivos, de tal manera que la importancia de ambos recursos –agrícolas y ganaderos– se ve reflejada en la iconografía de la estela Bennett que, como dice Kolata, citando a Zuidema, uniría agricultura, pastoreo y calendario, aunque este último aspecto aún es poco conocido.

El colapso Tiwanaku se produjo, según una de las hipótesis más sugerentes, debido a una baja en la productividad agrícola, consecuencia de un cambio climático drástico que causó una sequía en gran parte de la región andina central y centro sur. Tal sequía se habría iniciado alrededor del 950 d.C. y fue muy drástica después del año 1100 d.C.; la pluviosidad media se recuperó alrededor del 1300 d.C. Esta precisión en la variación del cuadro climático se la debemos a las investigaciones realizadas por la glacióloga Thompson en las capas de hielo del nevado Qelqaya, ubicado entre el Cuzco y Tiwanaku, y ha servido para que arqueólogos como Moseley, Kolata y Shimada, entre otros, expliquen los cambios políticos y sociales suscitados en aquellos tiempos. La sequía habría afectado, en primer lugar, a los campos de cultivo de la costa sur y, posteriormente, a aquellos de la cuenca del altiplano. Este fenómeno, según Kolata, habría producido el abandono y el colapso de Tiwanaku.

III CULTURAS REGIONALES TARDÍAS

Mapa de las culturas regionales tardías más significativas (varios autores).

INTRODUCCIÓN
El colapso de Wari primero y de Tiwanaku después debió ser catastrófico para los pueblos andinos. Quizás la mayoría de los pueblos interandinos estuvo al borde de una parálisis generalizada y estructural, en gran parte acentuada por la sequía de finales del siglo XI, que se prolongó por unos 200 años. Este colapso podría considerarse también como un caso de involución cultural prolongada. En toda la región andina se produjo una reorientación en los patrones culturales. La mayoría de los pueblos se organizó en pequeñas y dispersas aldeas, caracterizadas por un patrón de asentamiento que privilegió la seguridad. Su ubicación estuvo preferentemente en las partes altas de las cuencas, en las punas o en el límite de la zona quechua con la puna, probablemente por ser espacios con mayor humedad o más próximos a las fuentes de agua, y sus suelos afectos a una menor evapotranspiración.

Copar pastizales y terrenos de cultivo debió ser motivo de permanentes de difícil acceso. Ello explicaría la “pax incaica” que conflictos que conllevaron a que las aldeas fueran se impusiera desde el Cuzco, dominando a régulos fortificadas en unos casos o construidas en lugares o sinchis que dirigían estas pequeñas entidades políticas existentes en los Andes centrales por unos 500 años aproximadamente, después de la caída de Wari hasta las primeras décadas del siglo XV.

En la sierra no se dio un desarrollo que legitime la tradición cultural tan acentuado como en las épocas wari, ni aun en la cuenca ayacuchana, salvo quizás en la cuenca de Lucre en el Cuzco, donde la influencia del urbanismo Wari es fuerte y se percibe en Choquepuquio. La cuenca occidental del lago Titicaca sería también una excepción.

En la costa no hubo una atomización de las sociedades como la que se dio en la sierra. Surgió más bien un conjunto de sociedades de mayor estabilidad y complejidad, a tal punto que podríamos hablar de entidades políticas estatales regionales como el llamado “reyno del Chimor” o el “señorío de Chincha” y, de acuerdo a los datos actuales, las más complejas sociedades del Período Intermedio Tardío en el área andina.

Si bien contamos con información etnohistórica y arqueológica sobre las épocas finales de este período, poco sabemos aún de la naturaleza y carácter de las culturas sobre todo en la sierra y ceja de selva.

La orfebrería fue una de las actividades más desarrolladas en la costa norte peruana. En la ilustración una máscara laminada en oro perteneciente a la cultura Lambayeque, aproximadamente 1300 d.C.

En suma, la información existente nos muestra un panorama cultural heterogéneo y desigual. Debemos al profesor Rowe la visión histórica de conjunto sobre las sociedades regionales. Con seguridad la regionalización de las culturas fue el rasgo más característico de aquel período, y si bien lo regional siempre subyace aun en los grandes horizontes culturales, este período del Intermedio Tardío marca el clímax de lo local como forma natural de desenvolvimiento de las sociedades andinas. La diversidad cultural fue la única representación histórica real que se dio –y al parecer se sigue dando– en el área andina. Los chavín, los waris y los inkas habrían sido sólo proyectos de integración no logrados y, de modo similar, los estilos predominantes habrían sido sólo representaciones fenoménicas y efímeras.

En las páginas siguientes describiremos brevemente los desarrollos culturales regionales más significativos que se dieron en la costa y sierra del antiguo Perú y que cuentan con información relevante concerniente a los rasgos económicos, políticos, ideológicos y sociales. Como en el capítulo anterior, debido a la extrema especialización que implican los estilos alfareros de este período, dejaremos de lado su descripción.

DESARROLLOS REGIONALES COSTEÑOS
Costa norte: Chimú

La costa norte del antiguo Perú fue el territorio donde se desarrolló Chimú, considerado como el estado regional más complejo durante el Período Intermedio Tardío. Corresponde a una entidad política que desde Chan Chan manejó un territorio eminentemente costeño desde Tumbes, en el extremo norte peruano, hasta Barranca, en el sur, con posibles efectos culturales hasta el valle del Chillón, totalizando unos 1 000 km de extensión de norte a sur. Los límites naturales por el este fueron los primeros contrafuertes de la cordillera Occidental andina, que no impidieron que los chimú mantuvieran contactos de diferente índole con entidades políticas serranas asentadas en Cajamarca y la sierra liberteña, sobre todo en las épocas finales del desarrollo chimú. Las fronteras sureñas, de acuerdo a las actuales investigaciones, dejan algunas dudas. La débil evidencia de materiales culturales chimú al sur del valle de Huarmey sugiere que el estado Chimú no había culminado el control de estos territorios o que se trataba de un área con un desarrollo independiente, que sólo mantuvo algún tipo de intercambio con la región metropolitana Chimú.

Plano general de Chan Chan, capital del estado Chimú, La Libertad. (Tomado de Ravines et al. 1980).

Llama la atención la multiplicidad de lenguas que se hablaba en la región, de acuerdo a la reconstrucción lingüística hecha en base a documentos escritos desde el siglo XVI. Ello sugiere que antes, durante y después del llamado reino del Chimor, la existencia de una heterogeneidad de pueblos y culturas era la constante histórica de la región. La conquista y el dominio ejercido sobre dichos pueblos debieron ser también diversos, representados por el gobernante asentado en Chan Chan y jefes regionales de unidades menores, dirigiendo tal vez uno o dos valles desde centros administrativos de prestigio como el de Farfán en el valle de Jequetepeque.

La densidad poblacional en todo el territorio Chimú se estima en unos 500 mil habitantes, de los cuales entre 20 y 30 mil corresponderían a la población urbana asentada en Chan Chan, según Kent Day y Schaedel; y el resto serían fundamentalmente pobladores rurales, distribuidos en pequeños centros urbanos, aldeas y viviendas de unidades familiares dispersos en los valles.

La información arqueológica señala dos momentos en el desarrollo chimú. El primero va desde 1100 d.C. hasta las primeras décadas del 1300 d.C. aproximadamente, cuando Chimú es una manifestación cultural focalizada en el valle de Moche y áreas circundantes; en un segundo momento se torna un estado expansivo llamado reino del Chimor –integrando valles hasta el extremo norte peruano y por el sur quizás hasta la costa central–, entre los años 1350 y 1470 d.C. aproximadamente, cuando –según el profesor Rowe– Chimú es vencido por los inkas. Diezmada la población son trasladados al Cuzco el gobernante chimú, algunos miembros de la elite y especialistas, sobre todo orfebres. Rowe agrega que parte del inmenso botín de guerra capturado a los chimú fue destinado por Pachacutec en el Cuzco a la fabricación de estatuas del creador Wiracocha, del Sol, Mama Ocllo y frisos del Coricancha.

Los orígenes chimú no son muy claros aún; sin embargo, al igual que los de Lambayeque, están asociados a una narración escrita registrada por documentos históricos entre los siglos XVI e inicios del XVII. El más relevante es la Historia anónima, que le permitió a Rowe esbozar la historia cultural chimú. Taycanamo sería el fundador de la dinastía y Minchancaman el último soberano y conquistador por excelencia, personaje también presente en las épocas de fuertes contactos y alianzas con unidades políticas de Cajamarca y en el enfrentamiento con los inkas, quienes lo derrotaron no obstante su tenaz resistencia.

La historicidad de esta dinastía aún no tiene su comprobación arqueológica, aunque en los últimos años algunos arqueólogos tienden esforzadamente a correlacionar eventos y sitios mencionados en los documentos escritos con la evidencia arqueológica.

Vista parcial de Chan Chan, considerada la ciudad de barro más grande del antiguo Perú. Los chimú utilizaron en su arquitectura principalmente el adobe.

De hecho Chimú no sólo fue heredera de la tradición Moche y de elementos foráneos como Wari, sino también de Lambayeque, que durante el interregnum producido después del colapso de Pampa Grande y la sociedad Moche tuvo roles protagónicos, que con seguridad articularon –desde Batán Grande– a diferentes regiones costeñas, incluido por cierto el núcleo Chimú, no sólo estilísticamente, sino económica y políticamente.

 

a) Sociedad y composición poblacional

Las evidencias arqueológicas en general y la documentación etnohistórica muestran a la sociedad chimú como una entidad marcadamente estratificada. Las diversas ocupaciones, productivas o no, señalan una gran complejidad social. La población chimú se componía de un primer grupo de gobernantes, sacerdotes, militares y administradores de rangos superiores salidos de la nobleza, afincados en la metrópoli monumental de Chan Chan y los centros urbanos menores de los valles norteños. Un segundo grupo correspondía a quienes producían los diversos artículos que consumía toda la sociedad. Ellos eran por un lado los trabajadores metropolitanos que producían bienes ornamentales y no ornamentales: orfebres, tejedores, constructores, pintores, etc. Su producción era eminentemente urbana, vivían tanto en los solares nativos de las llamadas ciudadelas de Chan Chan o en su periferia, como lo evidencian los registros arqueológicos que produjeron, según Topic, un porcentaje significativo de la producción artesanal. Estos trabajadores debieron haber estado también en los núcleos provinciales como el sitio Pampa de Burros en el valle de Lambayeque, que según Tschauner representaba un especializado taller de alfareros de producción a gran escala. Dirigidos y subvencionados por el estado, estos trabajadores producían bienes con el sello estilístico oficial.

Por otro lado había también trabajadores fuera del área metropolitana dedicados a la producción agrícola, a las actividades pesqueras en el litoral o al manejo de corrales de camélidos, etc., quienes además de trabajar en estas actividades debían hacerlo para satisfacer sus necesidades cotidianas. Existió finalmente una actividad terciaria, desarrollada por gentes de servicio en las diversas instituciones del estado y en las residencias de los gobernantes y sus familiares: Moseley calculó que unas tres mil personas vivían en los canchones de las ciudadelas o detrás de sus murallas, sirviendo a una nobleza minoritaria de unas seis mil personas aproximadamente.

Seguramente hubo otro contingente de trabajadores –de servicio o no– que periódicamente llegaban a Chan Chan a colaborar en el funcionamiento, construcción o, quizás también en la producción como parte de sus obligaciones con el estado y el soberano. Aquí debemos incluir al sector especializado de intermediarios que a manera de mercaderes hicieron posible la circulación de bienes a larga distancia, uniendo la región septentrional de la costa norte del Perú y la costa sur del Ecuador con la región de Chincha en la costa sur peruana. El intercambio de bienes a larga distancia no habría sido en esta época monopolio de los chinchanos, aunque éstos fueron el grupo más significativo y exitoso entre los “comerciantes andinos”.

Gracias al estudio de documentos escritos como los del padre Calancha y la Gramática de Carrera, realizado también por Rowe, percibimos que la estructura social chimú era estratificada y jerarquizada. Estos documentos dan un conjunto de nombres que especifican categorías, rangos y funciones. La jerarquía estaba encabezada por el soberano, gran señor llamado Ciquic, seguido por jefes regionales, tal vez los curacas

llamados Alaec. Vienen después los Fixl, equivalentes –según algunos investigadores– a

b) Religión y política

Como vimos en el capítulo referente a Wari, la religión es un rasgo muy importante para explicar, en mayor o menor medida, el desarrollo de las sociedades andinas.

Una vasija chimú con representación zoomorfa, aproximadamente 1300 d.C.

En el caso Chimú, algunos arqueólogos vienen manejando en la actualidad una idea muy sugerente según la cual –en base al culto del ancestro– se impulsó un modelo político de gobernación y expansión territorial con resultados muy exitosos.

 

Conrad y Demarest creen que este modelo fue posteriormente asimilado por los inkas, aunque otros autores sugieren que éstos tuvieron un sistema político totalmente distinto. Conrad ha llamado a esta modalidad la institución de “la herencia partida” o “herencia dual”, por la cual el heredero del gobierno sólo recibía el cargo político de gobernante con sus deberes y derechos, mientras que las propiedades y “fuentes de rentas del difunto” pasaban a la corporación de sus descendientes en calidad de depositarios o administradores, ya que el propietario seguía siendo el gobernante muerto.

La analogía con los inkas vendría a ser el mallqui y la panaca real. De esta manera cada gobernante chimú que asumía la dirección del estado tenía que construir su propio palacio (ciudadela) y poblarlo con su parentela más directa. También tenía que hacerse de nuevas propiedades y nuevas rentas para su administración en base a la conquista de nuevos valles. Consecuentemente, cada gobernante impulsaría la construcción de una nueva ciudadela y la anexión de nuevas tierras cada vez más lejos del núcleo central Chimú.

La ciudadela era el símbolo de poder, lugar de administración y lugar del sepulcro sagrado del gobernante. Por tanto funcionaba permanentemente, tanto en vida del gobernante como después de su muerte, poblada por parientes, administradores y gentes de servicio. Esto habría obligado a que cada gobernante organizase su propia estructura administrativa con nuevos funcionarios y nuevas oficinas. El gobernante difunto debió tener atributos divinos y su culto se habría convertido en uno de los más importantes y significativos ritos practicados. De allí que la plataforma sepulcral donde se encontraba la tumba del rey ocupara uno de los lugares centrales de la ciudadela. Asociados a la tumba real de planta arquitectónica en forma de T, que se mantenía abierta para las diferentes ceremonias, se construyeron compartimientos donde se enterraba a las personas sacrificadas que acompañaban al soberano y se depositaban ofrendas de diferente índole.

Parece ser también que periódicamente se seguía ofrendando al divino ancestro, ya que las plataformas contiguas evidenciaban muchas más ofrendas. Según los investigadores, esta modalidad de “herencia partida” debió darse en la época expansiva chimú, ya que en sus inicios no hay indicadores de su funcionamiento e, inclusive, las primeras ciudadelas habrían sido ocupadas por más de un gobernante chimú. Sea como fuere, todos los investigadores reconocen la madurez y complejidad política chimú que habría servido de alguna manera –según Rowe– como modelo al sistema político de los inkas e influido en algunos rubros de su sistema de producción y en la planificación urbana.

El mundo religioso chimú se basaba además en el culto a deidades dispuestas o concebidas jerárquicamente, siendo la Luna (Si) una de las mayores, por encima del Sol; seguidos por las constelaciones y el mar. Tenían además sus huacas y santuarios. Los rituales y ceremonias, al parecer, copaban gran parte de la vida de los chimú y de los pueblos anexados.

c) Chan Chan

Fue la capital del estado Chimú y representa el más grande centro urbano prehispánico de arquitectura de barro de las Américas. Se compone de un área nuclear que aglutina 10 grandes conjuntos urbanos llamados ciudadelas, de unos 6 km2, y de un Rivero y Tschudi serían las últimas construidas, ya en las épocas finales de Chimú. La ciudadela tiene un patrón arquitectónico rectangular estándar, de grandes dimensiones, definido por muros de cerramiento, cuya trama interna se articula sobre la base de los siguientes elementos: patios cuadrangulares chicos y grandes, recintos chicos y grandes y plataformas funerarias.

El acceso era restringido desde el exterior y debía hacerse por una sola entrada angosta. En el interior se circulaba a través de corredores, patios y rampas, bajo el control administrativo de las audiencias.

Una de las ciudadelas tipo fue Rivero, el probable solar cortesano de Minchancaman. Tiene construcciones residenciales para el gobernante y su familia, áreas de oficinas administrativas, depósitos que quizás almacenaban parte del tributo –y que vendrían a ser el fondo de riqueza–, áreas de ofrendas, pozas de agua para la ceremonia y la recreación llamadas “huachaques”, plataformas de entierros que albergaban centenares de ellos y el mausoleo central.

Diseño ortogonal de Chan Chan, debido a la influencia wari.

Así como los inkas “hicieron de la piedra un culto”, los chimú consiguieron con el barro las más logradas construcciones arquitectónicas y elaboraron “arabescos de gran gusto y frisos modelados en relieve en la superficie de las paredes”, usando el mismo adobe de la construcción; y “es probable además que muchas de las paredes estuvieran pintadas” (Rowe 1970). Las decoraciones de las paredes representan figuras geométricas, de aves y peces. Además del barro, en la construcción de Chan Chan se empleó madera, paja, totora, cantos rodados y arena.

 

Plano de la ciudadela Rivero, en Chan Chan. Para algunos autores, como Kent C. Day, puede ser considerada como modelo de los otros recintos de la ciudad chimú. (Tomado de Bonavia 1991).

Chan Chan encabezó la jerarquía de sitios chimú, seguido por centros urbanos regionales. El control administrativo fue posible también por el desarrollo de un sistema vial bien organizado desde Chan Chan, que la unió transversal y longitudinalmente con los centros administrativos urbanos, rurales y ceremoniales de todo el territorio chimú. Muchos de estos caminos, como señalan algunos investigadores, fueron antiguas sendas reutilizadas y a su vez usadas posteriormente por los inkas. A través de esta red fluían bienes, tributarios, administradores y funcionarios que difundían cultura e imponían la política chimú.

d) Economía chimú

Todas las investigaciones hechas sobre Chimú reconocen que se desarrolló en una región privilegiada para la agricultura y que los valles costeños ocupados por los chimú representaron el mayor porcentaje de tierras agrícolas irrigadas en todo el antiguo Perú. La ingeniería de riego fue uno de los logros tecnológicos que dio implicancias políticas al riego administrado. Se proyectaron y construyeron masivamente canales de riego de grandes dimensiones y variados usos gracias a la mita, destacando aquellos que unían dos o más valles, como el canal La Cumbre, que quizás irrigó tierras del valle de Chicama con aguas llevadas del contiguo valle de Moche. Aparentemente, los canales de riego sirvieron también para organizar la población de los valles en la perspectiva de una relación fluida desde los centros rurales articulados con la administración metropolitana de Chan Chan. Los canales llevaban agua que irrigaba tierras de las aldeas, de los caciques, de los nobles y del mismo estado.

Vista de un “huachaque” (poza de agua) de Chan Chan. Los “huachaques” habrían servido para ceremonias y recreación de la elite.

El complejo sistema de riego hizo posible la agricultura extensiva e intensiva, así como la existencia de cultivos estacionales y permanentes. Se organizaron cultivos especializados para la alimentación y el ceremonial, como el maíz (al parecer, de dos cosechas anuales), y para la industria, como el algodón de diferentes colores. Dichos sembríos se complementaron con los de otras plantas alimenticias, como el frejol, la calabaza, el camote, el ají, la caigua, el maní, la yuca y las plantas frutales, como el ciruelo, el lúcumo, la guanábana, etc. Merece destacarse que la dieta alimenticia complementaria se basaba en el consumo de pescado y mariscos, y que, según Pozorski, el consumo de la carne de llama también fue importante.

El manejo de la economía y las finanzas chimú estaba en manos de administradores nobles afincados en Chan Chan, que organizaron, controlaron y manejaron la circulación de bienes de los centros urbanos y rurales, la mano de obra, la producción, el almacenamiento y la distribución. La prestación de trabajo rotativo y temporal y la entrega de bienes caracterizaron el sistema tributario, en tanto que la construcción de sitios administrativos en los valles de Chicama, Moche, Virú y Chao habría servido fundamentalmente para la administración de la producción agrícola.

Al parecer, la necesidad de incrementar los recursos empujó a consolidar la administración jerárquica del valle de Moche y de los próximos y ubérrimos valles, mediante la construcción de centros rurales como El Milagro de San José, Katuay y Quebrada del Oso, según Keatinge.

El acceso a la ciudad de Chan Chan era restringido y en el interior se circulaba a través de corredores, patios y rampas. Friso en Chan Chan. Decoración representando figuras geométricas de peces y aves.

De acuerdo con las investigaciones arqueológicas, después de dominar los valles circundantes a Moche, los chimú asimilaron en su esfera económica y política a los valles norteños de Jequetepeque, Zaña y Lambayeque. Por ejemplo construyeron en Jequetepeque centros de acopio de recursos agrícolas y minerales, así como centros de control político y religioso, como los de Farfán, Pacatnamu y Talambo.

 

Sin duda, la ocupación chimú del valle de Lambayeque debió tener, además de su importancia económica, trascendencia histórica, pues los chimú se asentaron en uno de los escenarios más significativos por el impulso de sus desarrollos culturales. Esta característica histórica de la región habría permitido un tratamiento especial que dio como resultado la introducción de pocos cambios culturales, incluyendo el repoblamiento de antiguos asentamientos de filiación Lambayeque. Al norte de estos valles se han ubicado también sitios chimú, de los que conocemos muy poco.

La expansión chimú al sur del núcleo central es variada, menos monumental que la del norte, donde las terrazas, las pirámides y los muros circundantes caracterizaron su arquitectura. Huarmey sería el valle límite de la administración chimú otorgada a caciques regionales para fines sobre todo de tributación agrícola. Al sur de Huarmey, la presencia chimú es tenue y las pocas evidencias que existen no permiten afirmar por ahora que se trate de un territorio administrado por centros urbanos chimú.

Otra actividad importante que implica un desarrollo técnico y artístico es la producción artesanal. La metalurgia alcanzó un alto nivel de excelencia expresado en la diversidad de piezas logradas. Igualmente, se trabajaron piedras semipreciosas, conchas, turquesas, madera, tejidos, cerámica y tejido plumario, que exportaban a diferentes regiones del antiguo Perú. El tejido basado en plumas –arte probablemente heredado de los moche– refleja, quizás al igual que la metalurgia o más que ella, un trabajo especializado y fino. La alta tecnología metalúrgica alcanzada por Chimú se debe a sus antiguos contactos con Lambayeque, que a su vez sirvieron para que los inkas aprovecharan esta vieja herencia.

Costa central

Decoración geométrica y figurativa en un cántaro chancay, aproximadamente hacia 1400 d.C.

Poco antes de la conquista inka, el territorio entre Pativilca y Cañete albergó a un número significativo de centros poblacionales. Al parecer se trataba de grupos sociales asentados e identificados con espacios demarcados por el sistema de riego en los valles altos, medios y bajos, como puede desprenderse de los documentos etnohistóricos del siglo XVI. De allí la proliferación de nombres que señalan indiscriminadamente como señoríos a cada uno de estos grupos sociales, que más bien podrían ser grupos independientes y pequeños dirigidos por régulos o jefes. Entre estos grupos, los que adquieren importancia son los collique en el Chillón bajo y medio y los canta en el Alto Chillón, Maranga y Surco en el Rímac, Ichma en Lurín, Guarco en Cañete y lo que los arqueólogos han convenido en llamar cultura Chancay en el valle del mismo nombre, representada por el estilo alfarero “Chancay negro sobre blanco”.

 

Lamentablemente, la información arqueológica es escasa aún, aunque algunos logros específicos de Chancay hacen de dicha cultura la más conocida. Se manifiesta desde Huaura hasta la parte baja del Chillón y tiene como núcleo central el valle de Chancay, donde se encuentran los sitios arqueológicos más representativos y los objetos culturales diagnósticos. Sin embargo debemos recordar que este territorio, en la última época del Período Intermedio Tardío, era considerado ya como territorio chimú, aunque seguramente no consolidado. Según algunos investigadores, Chancay debió ser una sociedad densamente poblada, a juzgar por el gran número de sitios y la dimensión de sus cementerios. Los sitios representativos son Pisquillo Chico y Lauri, como centros administrativo-ceremoniales; Pancha la Huaca, como complejo palacio-residencial; y Tronconal, como un pequeño asentamiento, de acuerdo con las categorías planteadas por Krzanowski.

Los chancay, quienes se desarrollaron durante el Período Intermedio Tardío, fueron reconocidos tejedores, sobresaliendo principalmente por sus gasas, como la que se muestra en la ilustración.

Si bien todas las sociedades de la costa central tienen rasgos comunes como el uso del barro en tapiales y adobes para la construcción de estructuras piramidales o núcleos horizontales de muros anchos y altos, Chancay se diferencia de todas ellas por tres rasgos que la definen como un desarrollo cultural más logrado. Primero, un sistema ceremonial y cosmológico complejo, materializado de la mejor manera en sus prácticas mortuorias y caracterizado por el tratamiento de los fardos funerarios, las réplicas de cabezas puestas en éstos, los rostros embadurnados de pintura, las ofrendas, la deformación craneana, las muñecas y las máscaras. Segundo, la producción alfarera, que se caracteriza por su plasticidad, elegancia y sobriedad, sobre todo en sus cántaros llamados popularmente “chinos”. Tercero, la textilería, de gran logro tecnológico y artístico, pudiendo considerársela como creadora e innovadora en muchos aspectos. Destacan las llamadas gasas, los bordados y las telas pintadas y entre los materiales el algodón y la lana.

Son varios los estudios arqueológicos llevados a cabo en el valle del Chillón. Al parecer, durante este período hubo un permanente flujo de diferentes grupos asentados en las diferentes ecozonas del valle. Dillehay dice que no existía organización estatal alguna en el Chillón y que grupos costeños y serranos evidenciados en Huancayo Alto usufructuaban la chaupi yunga, como parte de un sistema llamado de “especialización económica” por M. Rostworowski, basado en el cultivo de la coca. Marcus y Silva, por otro lado, afirman que en el Chillón existían varios curacazgos que se disputaban, al parecer, el control de la chaupi yunga.

Costa sur

rutas chincha intercambio economico
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Durante el Período Intermedio Tardío se desarrolló en el valle de Chincha una entidad política conocida como “el reyno de Chincha”, que integró valles contiguos. Dispersos en el valle se encuentran los asentamientos más grandes y significativos que, de acuerdo con los reconocimientos arqueológicos hechos por Wallace entre 1957-1958, y por Morris y Santillana en 1984, habrían concentrado a la población más numerosa entre los valles costeños del sur del Perú en este período. Sus construcciones son estructuras piramidales y canchones hechos de tapiales, destacando dos núcleos: la Centinela de Tambo de Mora –que formaba un conjunto mayor con La Cumbe y la huaca Tambo de Mora– y más al sur el complejo de la Centinela de San Pedro, ambos en el valle bajo. Muchos de los montículos tienen frisos en plano relieve y pintura mural, que indican su importancia como conjuntos ceremoniales y residenciales.

Menzel y Rowe llaman a la Centinela de Tambo de Mora “la capital del reyno”, de la cual partían varios caminos radiales ceremoniales –como señala Wallace– para unir sitios y valles. A decir verdad, casi todos los montículos que componen estos complejos arquitectónicos tienen una tardía ocupación inka, identificable por pequeñas construcciones de adobes paralelepípedos, en contraste con las construcciones locales hechas de tapiales. Sin embargo, la principal ocupación inka se encuentra en el lado suroeste de la Centinela, ocupando 2 de las 40 ha que debió tener originalmente la Centinela de Tambo de Mora.

Las condiciones naturales del valle indican una alta productividad agrícola, que debió ser la base de la economía de subsistencia de la sociedad Chincha. Las excavaciones realizadas evidencian un alto porcentaje de consumo de maíz, frutas y variados recursos marinos, de acuerdo con Sandweiss. Sin embargo, la actividad económica, que habría tenido implicancias políticas diversas parece haber sido el intercambio a larga distancia, integrando territorios que iban desde la costa ecuatoriana hasta la región del Collao en el altiplano peruano-boliviano, utilizando embarcaciones para enlazar la costa y caravanas de llamas para unir las cuencas interandinas. Esta actividad fue originalmente chinchana y, luego de la presencia inka en la zona, alrededor de 1476, se habría integrado a la economía del imperio y mantenido no sólo los rubros referentes al tráfico de bienes, sino también el status de los ricos y poderosos señores locales.

El flujo de bienes transportados por los chinchanos se encuentra registrado en un documento de la época colonial temprana, estudiado por María Rostworowski, que alude a una numerosa población diferenciada por la actividad desarrollada: mercaderes, pescadores, agricultores, artesanos y gente de servicio. Los mercaderes traficaron con el mullu (concha Spondylus, considerada símbolo y alimento de los dioses) y esmeraldas traídas de territorio ecuatoriano. Del Collao transportaron cobre y lana, y de Chincha pescado seco. Esta información no ha sido demostrada arqueológicamente aún, pero de hecho el documento sugiere que se trataba de una entidad política regional rica y poderosa, de importancia trascendental en la economía inka, cuyo gobernante, “el señor de Chincha”, era objeto de atenciones similares a las del inka. Ejemplo de su participación en el protocolo es su presencia, conducido en litera como Atahualpa, en la fatídica tarde del 16 de noviembre de 1532, cuando Francisco Pizarro tomó la plaza inka de Cajamarca.

DESARROLLOS REGIONALES EN LOS VALLES INTERANDINOS

En la sierra norteña de Cajamarca y Huamachuco se habrían desarrollado entidades políticas llamadas señoríos. Según algunos investigadores, el más importante parece ser el de Cajamarca, que antes del Período Intermedio Tardío tenía enclaves de tributarios en la costa y mantenía relaciones diversas y ventajosas con Huamachuco. A este señorío cajamarquino se le conoce como Cuismanco, cuya capital habría sido Tantarica, en Contumazá, según Sachún. Sus integrantes se asentaron en las partes altas de los cerros, donde construyeron centros poblados defensivos. En las épocas finales se aliaron con los chimú.

La cuenca del Mantaro, en la sierra central, estuvo densamente poblada cuando los inkas conquistaron la región alrededor de 1460. El conocimiento que tenemos de esta región se lo debemos sobre todo a las investigaciones arqueológicas realizadas a partir de los 70 por Browman, Matos, Parsons, Hastings, Hastorf, Le Blanc, Daltroy, Levine y Earle.

Sitio huanca de Unpamalca. Patrón arquitectónico aglutinado, característico del Período Intermedio Tardío, en la sierra central. (Tomado de Earle et al. 1987).

Algunos autores dividen esta cuenca en dos regiones. Por un lado, una que va desde las punas de Junín hasta Tarma; y por otro, la que va desde Jauja hasta Huancayo. En esta ultima región se asentaron los huanca, que representaron a una entidad política del tipo de jefatura incipiente (más bien tribal desarrollada) y construyeron los asentamientos más grandes fechados para este periodo. De ellos se cuenta con abundante información etnohistórica y arqueológica. Los huanca dominaron las punas, el valle medio aluvial y desarrollaron relaciones de diversos tipos con la ceja de selva. La agricultura, pastoreo y el intercambio regional formaban las bases de la economía de los pueblos.

Los estudios de Le Blanc en el valle de Yanamarca de la región de Jauja y del proyecto arqueológico Mantaro Alto de la Universidad de California han mostrado un conjunto de sitios de diversos tamaños, entre los que destacan Hatunmarca (130 ha), Tunamarca (32 ha) y Unpamalca, con una población promedio de 12 000, 8 000 y 3 500 pobladores, respectivamente. Parecen ser los núcleos más importantes, que a su vez integraron administrativamente pequeños sitios. Hatunmarca debió ser el núcleo más representativo de la cultura Huanca Tardío, que no sólo se diferencia por el tamaño, la densidad de su población y la trama urbana, sino también por la aparición de una arquitectura pública, ausente en las pequeñas aldeas de características más domésticas, lo que señalaría un incipiente desarrollo político especializado.

Después de la conquista y pacificación inka (1460) se produjeron cambios drásticos y significativos en la región, tanto en el orden político como en el administrativo, y se incorporó como una región económica del Tawantinsuyu.

La destreza guerrera huanca sirvió para que posteriormente fuese el grupo de vanguardia asimilado a las huestes españolas en la guerra contra los inkas.

Más al sur, en las cuencas del Pampas y del Apurímac, en partes de los departamentos de Ayacucho, Apurímac y Huancavelica, se produjo una “anomia estructural” después del colapso wari. Tiempo después, según algunos investigadores, se desarrolló en la región el señorío chanca.

La celebridad de los chancas se debe a las referencias existentes en las crónicas que les asignan un rol decisivo en el surgimiento del estado inka con Pachacutec, después de que los chancas, en expansión al sureste, atacaran el Cuzco y fueran derrotados por los oficiales de Wiracocha.

Sitio chanca en Arqalla, Ayacucho. Edificios rústicos de planta circular. (Tomado de González Carré 1992).

Los documentos escritos señalan también a la laguna de Choclococha en Castrovirreyna (Huancavelica), como el origen de los fundadores míticos en tiempos primordiales, que posteriormente poblaron toda la región. Al parecer, el territorio entre Vilcashuamán y Andahuaylas fue el núcleo central. Hasta donde tenemos información, en esta región se encuentran efectivamente los asentamientos más grandes y numerosos de esta sociedad. No está muy claro aún si estaba organizada políticamente en una confederación, y más bien parecen ser grupos tribales disociados pertenecientes a un mismo grupo étnico, dirigidos por jefes guerreros en su acepción plena. El resto del territorio, fuera del área nuclear anteriormente señalada, aparece ocupado por pequeñas y dispersas aldeas desarticuladas entre sí, sin organización ni representación política alguna y con una débil estructura de relaciones sociales. Todo esto se colige a partir de la observación de los asentamientos, las estructuras arquitectónicas, la lectura de las fuentes escritas primarias y secundarias y los restos culturales muebles que se conocen gracias a los investigadores de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.

El grupo poblacional más significativo se habría asentado en lo que hoy es Andahuaylas y, según Sarmiento de Gamboa –citado por varios investigadores–, eran gobernados por Uscovilca y Ancovilca, curacas llamados genéricamente sinchis, quienes estaban al frente de dos territorios: Hananchancas y Hurinchancas.

Las aldeas constan de edificaciones de planta circular y canchones rectangulares, y se encuentran protegidas por muros circundantes, preferentemente entre los 2 000 y 4 000 msnm. Según González, se han reconocido unos 350 asentamientos de filiación chanca.

La agricultura, el pastoreo y la producción de objetos artesanales debieron ocupar la vida cotidiana doméstica de los chancas, que les permitía el autoabastecimiento. Sobre la base de los pioneros estudios del profesor Lumbreras, los arqueólogos González, Pozzi-Escot y otros han identificado “grupos cerámicos” correspondientes a “los grupos étnicos que integraron la nacionalidad chanca” (González et al. 1987), llamados Tantaorqo, Qashisqo, Arqalla, Ayaorjo e Inkachanca. A decir de Macera, quizá existieron tradiciones culturales diversas en el territorio chanca.

Según las investigaciones de Rowe y Rostworowski, en la región del Cuzco, en el periodo anterior a la emergencia inka, existían varios grupos humanos, al parecer del tipo tribal, que vivían en permanente rivalidad. Se reconoce a los ayarmacas como los más poderosos, quienes disputaban la primacía de la región con los grupos asentados en la cuenca del Huatanay y el Lucre. Al parecer, el primigenio grupo inka se habría gestado en la región a partir de un pequeño curacazgo y Rowe ha señalado que durante este período se desarrolló el estilo alfarero Killke. Posteriormente, el mismo Rowe, más Dwyer, Kendall y González, nos hablan también de construcciones Killke, tanto en la parte alta como en la baja de los valles. Muchos de los sitios construidos en la cima de los cerros están fortificados y sus edificaciones son de planta circular, ovalada y rectangular. Parece ser que algunas estructuras Killke en el Cuzco primigenio fueron remodeladas por los inkas.

Sobre la vida económica y política hay muy poca información. Sin embargo, los asentamientos ubicados en las partes bajas de los valles y la asociación de la cerámica Killke con andenes, sobre todo del valle del Urubamba, muestran que la economía agrícola debió ser de algún modo excedentaria.

La producción alfarera, mientras tanto, exhibe más bien un bajo desarrollo tecnológico y artístico. Es de factura tosca, aunque tiene una dispersión geográfica que abarca los valles de Anta, Paruro, Quispicanchis y Urubamba. Como decíamos en la introducción de este capítulo, a diferencia de la región ayacuchana, que colapsó totalmente después del desarrollo Wari, la región del altiplano del Titicaca mantuvo en cierta manera, en tiempos post Tiwanaku, la tradición cultural de la región, a pesar de los cambios climáticos drásticos que la afectaron.

Durante el Período Intermedio Tardío, la región altiplánica estuvo densamente poblada por pequeñas etnias representadas por entidades políticas de cierta complejidad, conocidas como “reynos lacustres” o “reynos y señoríos aymaras”. Estas entidades fueron posteriormente incorporadas por los inkas.

En realidad, se trata de una región, quizás la única, donde la heterogeneidad étnica es bastante grande, aunque se reconoce a collas, lupaqas y pacajes como las etnias más importantes ubicadas en el entorno del lago Titicaca, en el territorio llamado Urcusuyu. El lado oriental se llamaba Umasuyu. Otros grupos ocuparon territorios desde Canchis y Canas por el norte hasta Potosí por el sur, aunque estas representaciones étnicas podrían ser el resultado del posterior ordenamiento inka de la región. Merece destacarse el predominio linguístico en la región de las lenguas aymara y puquina. Los aymaras vendrían a ser los antiguos tiwanakus del Horizonte Medio.

Como la mayoría de las sociedades prehispánicas de este periodo, existe mayor información etnohistórica que arqueológica, de allí que haya una tendencia hacia la generalización limitante en la descripción de las sociedades andinas prehispánicas. Sin embargo, los collas y los lupaqas, de alguna manera, han sido objeto de estudios interdisciplinarios. Hatunqolla –intensamente investigada por C. Julien– fue el asiento principal de los collas, o quizás su capital, como lo sugieren algunos investigadores, y Chucuito el de los lupaqas. Muy próximo a Hatunqolla se encuentra Sillustani, sitio caracterizado por las más logradas chullpas o construcciones funerarias, de planta circular o cuadrangular, construidas como torres. Hatunqolla y Chucuito habrían sido a la vez núcleos que encabezaron otros centros menores construidos con fortificaciones dentro y fuera de la cuenca del altiplano.

BIBLIOGRAFÍA
Para Wari se sugieren los fundamentales trabajos de Dorothy Menzel, La cultura Huari (1968b); Luis Guillermo Lumbreras, “El imperio Wari” (1980); William Isbell, “El origen del estado en el valle de Ayacucho” (1985) –cuyos planteamientos son comentados por diferentes investigadores y respondidos por el mismo autor– y “Huari Administration and the Orthogonal Cellular Architecture Horizon” (1991); y Anita Cook, Wari y Tiwanaku: entre el estilo y la imagen (1994). Complementan este trabajo los libros de William Isbell y Gordon McEwan, Wari Administrative Structure. Prehistoric Monumental Architecture and State Government (1991) –diferentes autores analizan el área central Wari, los sitios provinciales y algunos aspectos de la conexión con Tiwanaku– y de R.M. Czwarno et al., Nature of Wari. A Reappraisal of the Middle Horizon Period in Perú (1989).

Para Tiwanaku están los trabajos de Wendell Bennett, “Excavations at Tiahuanaco” (1934) –también en versión castellana, 1956–; Carlos Ponce Sanginés, Tiwanaku: Espa-

cio, tiempo y cultura (1972); Alan Kolata, Tiwanaku: Portrait of an Andean Civilization (1993); Dwight Wallace, “Tiwanaku as a Symbolic Empire” (1980). Una publicación complementaria importante es la revista Gaceta Arqueológica Andina Nº 18-19 (1990), en la que algunos investigadores escriben sobre la ocupación Tiwanaku en los valles occidentales del área centro sur.

Una evaluación resumida sobre el problema de la ciudad prehispánica se encuentra en las hojas introductorias del libro editado por Rogger Ravines, Chan Chan, metrópoli chimú (1980) y, del mismo autor, sobre el problema del estado, véase el libro Panorama de la arqueología andina (1982).

Para la costa se sugieren los trabajos fundamentales de John Rowe, “El reino del Chimor” (1970); Michael Moseley y A. Cordy-Collins, The Northern Dynasties Kingship and Statecraft in Chimor (1990); Rogger Ravines, Chan Chan, metrópoli chimú (1980); Hans Horkheimer, “Chancay prehispánico, diversidad y belleza” (1970); Andrzej Krzanowski, Estu-

dios sobre la cultura Chancay, Perú (1991); María Rostworowski, Etnia y sociedad: costa peruana prehispánica (1977); Dorothy Menzel y John Rowe, “The role of Chincha in late pre-hispanic Peru” (1966).

Para los valles interandinos se sugieren los trabajos de

Fernando Silva Santisteban, “El reino de Cuismanco” (1982); Timothy Earle et al., “Archaelogical field research in the upper Mantaro, Perú. Investigations of inka expansion and exchange” (1987); Luis Guillermo Lumbreras, “Los reinos post-Tiwanaku en el área altiplánica” (1974) y Las fundaciones de Huamanga. Hacia una prehistoria de Ayacucho (1975); Enrique González, Los señoríos chankas (1992); John Rowe, Inca culture at the time of Spanish conquest (1946); María Rostworowski, Ensayos de historia andina. Elites, etnia, recursos (1993); y Garci Diez de San Miguel, Visita hecha a la provincia de Chucuito en el año 1567 (1964).

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La dualidad era un concepto presente en la organización del espacio, de la sociedad y de la política. La visita de Garci Diez de San Miguel (1567) habla de los gobernantes lupaqas paralelos, llamados Cari y Cusi, quienes eran poseedores de miles de llamas y alpacas, y organizaron políticamente su

territorio en Anansaya y Urinsaya. La economía política de estos señoríos refleja con más precisión la tradición altiplánica del control de pisos ecológicos –que viene desde Pukara y Tiwanaku– de manejar un sistema de agricultura de altura de gramíneas y tubérculos, sobre la base de qochas y camellones, de granos en los valles templados costeños e interandinos, y de aprovechamiento de tierras húmedas en el oriente. El pastoreo, la textilería y el intercambio de bienes fueron en realidad la base de la existencia de los pueblos, sin descuidar la producción alfarera. La ganadería de altura manejó, muy especialmente, la economía política de estos señoríos y, al parecer, como sugiere Moseley, la intensificación del pastoreo fue una respuesta a la baja producción agrícola.

Estos señoríos colonizaron tierras en la costa sur meridional, en el oriente boliviano (Cochabamba) y en el noreste de Argentina. Los lupaqa habrían colonizado territorios a manera de enclaves en Arequipa, Moquegua y el este boliviano, como se infiere del estudio realizado por Lumbreras. Similares hechos sucedieron con los collas, quienes también ocuparon valles costeños e interandinos.

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