Los Estados Panandinos: Wari y Tiwanaku

Mucho tiempo antes, en los Andes centrales, los líderes religiosos representaron –probablemente– la especialización más temprana, cuyos roles van más allá de la dirección o ejecución del ritual. Ellos lograron que la religión y las prácticas ceremoniales coparan, si no todas, casi todas las esferas de la totalidad real o imaginaria del mundo precolombino. Las expresiones cotidianas de las culturas prehispánicas estuvieron, de una u otra manera, sacralizadas, mostrándonos cuán envolvente puede ser la esfera ideológica religiosa.

A través de la implantación del culto a la “Divinidad de los Báculos” –con seguridad, deidad agrícola– y, sobre todo, a través de las ofrendas y ceremonias propiciatorias, la curia Wari estaba segura de aplacar las catástrofes naturales, tales como sequías, inundaciones, heladas y epidemias, frecuentes en el mundo andino. Esto explicaría por qué las ofrendas Wari se difunden igual o más que la “Divinidad de los Báculos” en toda el área andina central.

Entierro del estilo Nievería en el valle del Rímac hacia los comienzos de la época wari, aproximadamente 600 d.C.

Si bien la emblemática deidad central encabeza el sistema religioso Wari y Tiwanaku, copando el interés de muchos investigadores, existen otras expresiones manifiestas de un complejo sistema de creencias en ambos centros. En una suerte de procesos sincrónicos, aparecen –en muchos casos– como prácticas comunes a ambos; en otros, sólo se evidencian en uno de los centros. Lo mismo sucede en cuanto se refiere al soporte en el cual se materializan algunas de las expresiones religiosas. Obviamente hay similitud y variedad en el ritual y culto.

Estas expresiones, de acuerdo con los actuales indicadores, serían el culto al ancestro, los sacrificios humanos, las ofrendas y el consumo de alucinógenos, entre otras. Por las evidencias existentes, me limitaré en el caso Wari a las ofrendas y, en el caso Tiwanaku, al consumo de alucinógenos.

El carácter integrador de la religión Wari lo percibimos tal vez más en el ritual de las ofrendas, en el cual sectores diferenciados de elite y populares se congregan y juntos realizan probablemente acciones propiciatorias. Así lo evidencian muchos sitios Wari, donde las ofrendas más significativas revelan –de acuerdo con Cook– los tres estilos cerámicos encontrados en un mismo contexto, que para Menzel y Wagner representan clases sociales.

Las investigaciones recientes corroboran que las ofrendas son los rituales más característicos y generalizados durante el Horizonte Medio; tales son los casos de Qonchopata, el de Ayapata en Caja, el de Maymi en Pisco, el de Cerro Amaru en Huamachuco, el de Pacheco en Nazca y el de Moraduchayoq en Wari, obviamente los encontrados en la costa norte, y quizás también el de La Victoria en Ocoña. Todas estas ofrendas representan de alguna manera formas de un mismo ritual hechas en pozos naturales o artificiales, en los que intencionalmente se rompieron vasijas, generalmente finas, para después enterrarlas. Asociados a estas vasijas se encuentran, en muchos casos, restos óseos humanos, también puestos intencionalmente, que sugieren sacrificios humanos, como por ejemplo los hallados por Brewster-Wray en Moraduchayoq, en la llamada área de las ofrendas. Los pozos ceremoniales en este caso están debajo de los pisos sellados de los recintos, tapados con piedras labradas planas que tienen orificios de diferente disposición. Los pozos van desde 1,18 hasta 1,92 m. Las paredes son enyesadas o revestidas de arcilla, y en algunos casos hay nichos de forma cilíndrica o rectangular.

 

Una característica importante que señala Cook a propósito de la alfarería encontrada en las ofrendas de Qonchopata y Moraduchayoq, es que en la primera se encuentra solamente aquella de estilo ceremonial, mientras que en Moraduchayoq, además de la ceremonial, se halla aquella de “elite utilitaria y popular”, que implicaría una complicación en el fechado, o se trataría de ofrendas de diversa naturaleza de la misma época. Estas ofrendas constituyen una tradición durante toda la existencia de Wari y en todas las regiones, que si bien tiene variaciones, como el caso de Ayapata con algunos rasgos más altiplánicos, no afecta lo sustantivo del culto.

ECONOMÍA Y POLÍTICA

Desde luego, el éxito de cualquier sistema político social en períodos prehispánicos andinos se basó en la economía autosuficiente de sus segmentos sociales, organizados en unidades familiares y en ayllus. La vida cotidiana autosuficiente de las unidades familiares fue el punto inicial en el que las entidades políticas de diversa complejidad basaron sus expectativas de crecimiento y desarrollo. Esas formas sencillas de satisfacer las necesidades de alimentación, vivienda, mobiliario y vestido, son las que de una u otra manera constituyen la llamada economía doméstica.

Sin embargo, hubo otro nivel que competía más a la economía política, en el que la producción y la circulación de bienes superaban los niveles primarios referidos líneas arriba y manejados por principios geopolíticos estatales. Nos referimos a sociedades como Wari –sin moneda ni mercado–, caracterizadas por un control estratégico estatal que mono-

Tapiz wari, uno de los logros técnicos y estéticos en el Horizonte Medio. Los diseños reproducen figuras mitológicas.

poliza el abastecimiento, la producción y la distribución de los recursos esenciales.

Wari, que empleó distintos principios políticos de conquista y gobernación, utiliza en la economía diferentes modalidades complementarias entre sí: producción, tributación e intercambio. Con Wari la economía doméstica se transforma en economía política y se institucionalizan la producción y distribución, tornándolas seguras y permanentes. La fundación de colonias, las redes de intercambio de bienes a larga distancia, quizás el manejo de propiedades estatales, la tributación, la manufactura de bienes que se consumen internamente o se exportan fuera del núcleo central, configuran este carácter de la economía política nacional e internacional wari. Wari modificó la economía doméstica de las unidades familiares, de los ayllus y de las formaciones sociales protoestatales y estatales regionales, exhibiendo así una organización administrativa eficiente con modalidades operativas entre la política diplomática y la conquista militar, que coadyuvaron a su condición de estado panandino.

Dentro de este contexto el maíz, que en general dentro de la sociedad andina tiene múltiples implicancias en las esferas económicas, sociales, políticas y religiosas, fue para los wari el recurso más importante. Para el caso inka, Murra demostró que ade-

Cajamarquilla, en Lima, considerado por algunos investigadores como un centro wari en la costa.

más del maíz, el tejido también era uno de los bienes preferidos; ambos requerían incluso de mitas agrícolas y textiles organizadas por el estado.

En el caso Wari, hasta donde los datos demuestran, los tejidos sirvieron más como catecismo en la difusión religiosa y como símbolo de prestigio y poder, mientras que el maíz copó todas las esferas de funcionamiento de la sociedad. Fue un cereal estratégico para el estado Wari y un recurso integrador con todos los segmentos sociales con los que entablaba relaciones diversas. La administración política y religiosa del estado Wari tuvo en este grano la fuerza integradora, eficaz y sutil para una gobernabilidad exitosa, como lo explicitan las investigaciones llevadas a cabo por Brewster-Wray en Moraduchayoq, ya referidas cuando tratamos sobre la ciudad de Wari.

Considerando al maíz un recurso estratégico renovable, el estado instaló sus centros administrativos más importantes en valles templados, maiceros por excelencia, con la finalidad de ejercer el control a través de la producción directa; por ello se invirtió en infraestructura y mano de obra, como lo atestiguan los centros administrativos Wari asentados en ubérrimos valles: Carhuarazo, callejón de Huaylas, Huamachuco, San Miguel, Pampas-Qaracha y obviamente Pikillaqta (Cuzco), que controlaba probablemente el maíz de la mejor calidad. Los 508 recintos de construcción estandarizada de Pikillaqta, que describe McEwan, habrían servido para hospedar a trabajadores agrícolas levados temporalmente para laborar en las chacras estatales maiceras. El excedente agrícola Wari salía de los grandes valles contiguos a la ciudad capital y de las cuencas maiceras de sus provincias.

En el marco urbano, Wari organizó la producción artesanal, en la que una vez más vemos un nuevo modelo de “fábrica”, como Qonchopata por ejemplo, que luego también se percibirá entre los inkas. En este modelo la vivienda y el centro laboral del trabajador no estaban separados, sino que constituían conceptual y físicamente una unidad, construida alrededor de un patio o corredor dentro de un conjunto rectangular o cuadrangular.

La textilería es otra de las áreas manufactureras que los wari llevaron a la excelencia artística empleando diferentes técnicas. Lumbreras sostiene que el centro manufacturero de tejidos se encontraba en la ciudad de Wari, pero, con seguridad, tejedores oficiales debieron existir también en los centros administrativos. La materia prima, como la lana, la obtuvieron de los ambientes de puna circundantes a la cuenca ayacuchana, donde habrían existido rebaños de camélidos, mientras que el algodón, también usado en los textiles, con seguridad habría sido abastecido de enclaves existentes en la selva del valle del río Apurímac, o a través del intercambio con los valles costeños. El recurso tintorero, que posibilitó el uso de distintos colores con sus respectivos matices, también fue explotado en la región ayacuchana, gracias a la cochinilla, un parásito adherido a las pencas de la tuna, que proporcionaba el color rojo; el aliso, el amarillo, el añil, el azul, eran otros tintes usados, que combinados con los distintos colores naturales de la lana lograron textiles de una gran calidad cromática.

Todos los investigadores coinciden en que el tapiz Wari es el más representativo, por ser el más logrado técnica y estéticamente, por sus colores, su finura y sus motivos iconográficos algo abstractos. Su calidad y su mensaje señalan un patrón estándar dirigido, sin intervención de la libre creación del tejedor. Los tapices, que se encuentran en contextos especiales distribuidos en distintas regiones, incluida la costa, están hechos de lana y algodón, correspondiendo la trama a la lana y la urdimbre al algodón. De algún modo, estilísticamente, hay representaciones que recuerdan mucho a los textiles Tiwanaku. Los diseños reproducen figuras mitológicas, cóndores, pumas y cabezas humanas.

La metalurgia fue otra de las actividades significativas en Wari. Se trabajó el oro, el cobre y el bronce con técnicas como el vaciado, forjado, laminado, martillado y repujado, usándose instrumentos como el punzón y el cincel, entre otros. Probablemente el desarrollo metalúrgico corresponda a experiencias más sureñas, por una tradición altiplánica anterior en la región, o tal vez continuaron de alguna manera la experiencia metalúrgica evidenciada en Waywaka, Andahuaylas (investigada por Grossman), correspondiente a períodos bastante tempranos.

Los hallazgos más sorprendentes de los materiales e instrumentos descritos líneas arriba proceden de las excavaciones en Qonchopata realizadas por Pozzi-Escot y analizadas por Ríos. Algunos otros indicadores proceden de Aqo Wayqo, también en Ayacucho, excavados por Ochatoma. Las excavaciones en Qonchopata evidencian un taller especializado que produjo utensilios, fundamentalmente tupus, similares a los conocidos en tiempo de los inkas, hechos en cobre y oro. Su número es significativo y sugiere un taller que fabricaba preferentemente estos objetos, que se distribuirían en todos los territorios de su esfera de influencia, pues los tupus y otros instrumentos encontrados en Huamachuco, Jarganpata y Azángaro son similares. La materia prima, sin lugar a dudas, debió provenir de otras regiones, quizás de la costa sur, en Moquegua, y tal vez más al sur.

Los talleres de producción alfarera, como los de Qonchopata en Ayacucho –estudiados por Lumbreras y Pozzi-Escot– y Maymi en Pisco –estudiado por Anders–, se orientaron hacia la producción de vasijas ceremoniales y para uso de elites. Evidentemente, el sector donde excavó Vescelius en 1970 debió ser otro de los talleres más importantes en esta línea de producción especial. Hay otros, como el de Aqo Huayqo, excavado por Ochatoma, que son de menor envergadura y de producción más doméstica. Las evidencias sugieren una producción alfarera en manos de familias de artesanos sedentarios que comparten sus residencias con sus talleres, y que además dicha producción no habría requerido de un grupo numeroso de gentes especializadas dedicadas a esta tarea, como se percibe de los trabajos en Maymi.

Tampoco existe la especialización interna en este proceso productivo, ya que una misma familia de alfareros realizaba todas sus etapas, quizás encargándose incluso del abastecimiento de arcilla y pigmento, pues por ejemplo, en el caso de la cuenca de Huanta y Ayacucho, se encuentra –de acuerdo con Arnold, citado por Lumbreras– toda la gama de materia prima que requiere la producción alfarera.

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