Los Estados Panandinos: Wari y Tiwanaku

Los rasgos Niño Korin encontrados en Bolivia y en la costa del área centro sur, según algunos investigadores, están ubicados entre Pukara y Wari y Tiwanaku, aparentemente intermediarios de rasgos culturales más próximos. Los sitios como Cerro Baúl, Cerro Mejía, entre otros en territorios de Moquegua y quizá también de Tacna, deben servir no sólo para ver la injerencia económica Wari, sino también los contactos con los altiplánicos en sus orígenes, ya que el diseño iconográfico del estilo alfarero Qonchopata de Ayacucho –según Cook– re- 200 a.C. – 200 d.C. (Pukara) vela una conexión temprana con la costa sur, para luego convertirse en diseños de la tradición Wari. Secuencia de los sacrificadores. (Tomado de Cook 1994).

La desintegración cultural Tiwanaku es entonces paulatina, probablemente porque la religión fue la fuerza integradora de la cultura y sus pobladores la practicaron con devota intensidad. El éxito de la conquista Tiwanaku fue religioso: construyó templos en los sitios a donde iba y perduró mucho tiempo tanto en el altiplano como en la costa del área centro sur, mientras que Wari en sus conquistas no privilegió las construcciones religiosas. Éste es el argumento central. Las investigaciones de la última década en Tiwanaku nos describen ciertos parecidos en algunos rasgos operativos con Wari, pero se trata en definitiva de entidades políticas estatales diferentes en su concepción que comparten algunos rasgos comunes.

Otras causales que pretenden explicar los orígenes Wari, como la base agrícola excedentaria, no son variables demostrables. La producción agrícola en la región ayacuchana siempre fue de subsistencia y nunca tuvo niveles reales de producción intensivos ni extensivos, aun incluso con el manejo complementario de otros pisos ecológicos.

Si bien hay referencias sobre la agricultura en el Período Intermedio Temprano para la región, no hay estudios que permitan una apreciación satisfactoria ni para el Período Intermedio Temprano ni para el Horizonte Medio sobre el volumen de tierras utilizadas en la agricultura, la tecnología empleada y menos sobre la organización y volumen de la producción. Sólo se cuenta con referencias generales sobre la existencia de canales de riego, andenes y algunas técnicas de represamiento. A este nivel de información, no es mucho lo que se puede decir.

La región nunca tuvo las condiciones edafológicas ni climatológicas para una producción agrícola excedentaria. Con todos los límites que plantea la analogía, en este caso entre las actuales circunstancias de la región y el pasado, los niveles de pluviosidad baja, evapotranspiración rápida y pequeño volumen de tierra aluvial, la agricultura ayacuchana en las épocas de Warpa y Wari sólo habría servido para la subsistencia poblacional. La significativa densidad poblacional evidenciada en casi trescientos sitios Warpa demuestra, es cierto, un eficiente manejo tecnológico agrario e hídrico, pero no sobrepasa los niveles de subsistencia. Precisamente los Warpa hacia fines del Período Intermedio Temprano aproximadamente habrían llegado a los límites de su producción agrícola ya que reorientan su patrón de asentamiento rural hacia pequeños núcleos, de cierta manera alejados de las chacras, y fundan centros aldeanos preferentemente productores de cerámica, aprovechando los recursos de arcilla y combustible que existen en la zona.

La producción alfarera especializada, en serie, y su distribución, es otro de los grandes desarrollos alcanzados en esta época. Lumbreras, citando a Arnold, sostiene que el área ayacuchana tiene muy buenas condiciones ambientales “por la gran variedad de arcilla, temperante y material combustible”. Esta especialización alfarera representa una adaptación a una tierra de pocas condiciones agrícolas.

Isbell plantea que a finales del Período Intermedio Temprano hubo un incremento poblacional significativo y que la administración aún no centralizada controlaba parte del sistema económico. Sin embargo, se habría producido el desecamiento del ambiente y en consecuencia se entró en una etapa de conflictos según Moseley, y de crisis, entre otras cosas por el desabastecimiento agrícola, debido a la baja producción. Las presiones sociales aldeanas y el cambio climático no fueron controlados y presionaron para que la autoridad ejerciera un “poder centralizado y jerárquico” sobre las aldeas Warpa en Wari.

En estas circunstancias y condiciones, aparecen en Ayacucho los primeros contactos con el altiplano, que según Lumbreras no son colonos ni invasores. Qonchopata es el sitio clave para entender los orígenes Wari y sus relaciones con el altiplano, por la presencia de una ideología religiosa poderosa y dominante en el Horizonte Medio. Sin embargo, en Qonchopata no existen otros rasgos religiosos vinculados al altiplano, como las tabletas para insuflar alucinógenos que se encuentran tanto en su área nuclear como en casi todos los sitios de su influencia, como Atacama. Las imágenes centrales Tiwanaku se encuentran en la cerámica, los textiles y esculturas de piedra y en muchas tabletas para insuflar alucinógenos. Parece ser que los ayacuchanos fueron selectivos al captar sólo algunos de los instrumentos de difusión religiosa, que se explican también por la mayor complejidad religiosa que predomina en Tiwanaku.

Los wari representan sus imágenes centrales en la cerámica y en los textiles. Los monolitos de Wari no son soportes para elaborar estas imágenes centrales. El tema central, que en Tiwanaku se representa en la escultura lítica, pasa en Wari a la cerámica polícroma, como la de Qonchopata en los cántaros cara-gollete.

El sitio de Qonchopata fue excavado por Tello y por A. Sandoval, y posteriormente por diferentes equipos de la Universidad de San Cristóbal de Hua-

Sector A de una comunidad de alfareros. Qonchopata,Ayacucho. (Tomado de Pozzi-Escot en Isbell y McEwan editores, 1991).

profesamente y enterradas después. En las vasijas se representa a la divinidad central de la Portada del Sol de Tiwanaku, pero hay variaciones en la representación de sus acompañantes (llamados “ángeles” por Menzel) y de la misma deidad central, que resultan sustantivas para la apreciación sobre el grado de independencia o no de la iconografía Qonchopata, respecto de Tiwanaku.

Lumbreras sostiene que “las figuras son estructural y temáticamente las mismas que las que aparecen en la Puerta del Sol, pero no sólo no son Tiwanaku, sino que responden a cánones ayacuchanos” (Lumbreras 1981: 36). Los wari centran su interés en la deidad principal y esta imagen destaca en la etapa expansiva, según demuestra Cook. Parece ser que los wari, además de selectivos, como señalamos líneas arriba, privilegiaron la deidad central desde un primer momento y tuvieron una captación diferente, reinterpretando éste y otros elementos de la iconografía Tiwanaku.

La imagen central se transforma en un ser más humanizado en sus rasgos, mientras que los acompañantes son transfigurados de aves antropomorfizadas a seres felínicos. Este opacamiento de los acompañantes parece intencional en Ayacucho, ya que en la costa sur, área de una relación más próxima y tal vez más fuerte con Tiwanaku, se reproduce con más fidelidad a los seres alados de perfil. Cook, de acuerdo a los datos del sitio de Wari, dice que con el correr del tiempo se ha producido una simplificación mayor.

En la tradición del arte simbólico Wari destacan las figuras zoomorfas y fitomorfas como tubérculos y maíz, asociadas al tema central como en el estilo Robles Moqo, en Pacheco y en las ofrendas encontradas en Maymi, donde las plantas y los animales son profusamente representados. Tanto en Pacheco como en Maymi se privilegia la representación de manga. Las diversas excavaciones realizadas nos re- plantas serranas, excepto el maíz, tanto de la sierra velan, por un lado, la presencia de áreas de ofrendas como de la costa, pero seguramente la representay, por otro, de áreas de residencia y talleres de alfareros estudiados por Lumbreras y Pozzi-Escot.

Sorprenden sobremanera las ofrendas encontradas tanto en pequeños recintos y otras en hoyos sin arquitectura. En el interior de ambos “pozos” se han encontrado fragmentos de vasijas grandes, rotas exción que se hace reproduce la variedad serrana por deducción asociativa. En el caso Wari sufre también algunas modificaciones esperadas: en las ofrendas de Pacheco, la divinidad central adquiere representaciones de un ser masculino y otro femenino, con una iconografía circundante de maíz, tarwi, ollucos, papas, añu, camélidos y felinos, referidos por Menzel, y algunos autores señalan que es una deidad esencialmente agrícola. No es casual que la deidad central se adoptara en épocas críticas de carestía de aguas, de desecamiento de las tierras, de falta de alimentos que agudizaron aún más los sempiternos problemas de la baja pluviosidad de la región. Pues bien, las evidencias materiales descritas señalan que hay una vertiente cultural procedente del altiplano sureño, que a la fecha no sabemos aún con certeza cómo se difunde.

Una hipótesis sugerente y nueva es la planteada por Lumbreras a partir de las evidencias encontradas en Cerro Baúl, enclave Wari en Moquegua, “…en el sentido de que, aun antes de que se generalizaran los rasgos Tiwanaku en Ayacucho (época 1 del Horizonte Medio) los pobladores de esta región portadores de la cerámica Okros y Chakipampa, estaban presentes en Tiwanaku y en contacto con esta cultura y no al revés. Esto implicaría que los elementos tiwanakenses de la cultura Wari, fueron adquiridos como consecuencia de contactos establecidos por los ayacuchanos en el área Tiwanaku, de donde tomaron los elementos ‘tiwanakoides’ que vemos representados en los estilos ayacuchanos de la época 2” (Lumbreras et al. 1982: 5). Pues entonces, aquí habrían entrado en contacto y tomado los elementos clásicos altiplánicos para Wari y, simultáneamente, de aquí los Tiwanaku tempranos habrían captado una arquitectura civil y formas administrativas de gobernación Wari. Y quizás incluso Cerro Baúl pudo ser un enclave ayacuchano anterior al Horizonte Medio en las épocas finales del Período Intermedio Temprano.

EL ESTADO WARI

Pocas y tempranas referencias existen sobre el uso de la categoría política de estado, en unos casos para referirse genéricamente a estados preincaicos, y en otros individualizando a los inkas y a los tiwanakus.

Posteriores publicaciones fueron registrando el término para referirse también a otras formaciones sociales como Wari y Chimú, utilizando incluso –en algunos casos– la categoría de imperio, como sinónimo de estado. Hoy tenemos un uso generalizado por el que casi todas las sociedades desde Chavín o antes, hasta los inkas, eran estados, imperios o estados imperiales.

Este uso indiscriminado se debe en muchos casos sólo a la costumbre. A pesar de los esfuerzos que en los últimos años se hacen para definir esta categoría, considero que hay dos problemas centrales no resueltos. Primero, la arqueología en el Perú aún no ha profundizado una metodología para identificar el dato arqueológico como correspondiente a una sociedad estatal y diferenciarlo de otras formaciones políticas como el curacazgo o la tribu, pues muchos de los indicadores de su cultura material –arquitectura monumental, almacenes, palacios, tumbas, etc.– asignados como estatales, aparecen también en sociedades desde el Precerámico Tardío hasta el Horizonte Inka. Como consecuencia de esto, el segundo problema corresponde a no saber cómo definir la categoría estado para sociedades preindustriales como la andina, pues la definición que se maneja tiene básicamente un componente teórico ideológico contemporáneo, o se basa en una analogía mecanicista con sistemas estatales preindustriales del Viejo Mundo. Precisamente estas dos cuestiones básicas no resueltas generan confusión y la posibilidad de usar arbitrariamente la categoría.

Sin embargo, asumimos que las proposiciones más reflexivas que se manejan son aún especulativas, útiles sólo en cuanto explican una modalidad política muy compleja. En general, el estado prehispánico andino, en razón a los datos que se tienen, no constituye aún una abstracción teórica sino una “categoría descriptiva” y operativa.

Los inkas primero y los wari después merecieron la atención de los estudiosos en la descripción como estados o imperios, por referirnos a las sociedades tratadas con mayor frecuencia. En el primer caso se basan mayormente en la información escrita y potenciada en los últimos años por los aportes arqueológicos. En el segundo, la fuente es básicamente arqueológica, aunque se usa la analogía con los inkas.

Proceso de excavación por la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga en Cheqowasi, Wari (Ayacucho). Obsérvese el aparejo rústico y las piedras labradas.

En el caso Wari, el tratamiento que se le ha dado como entidad política estatal pasa en primer lugar por los planteamientos hechos, con mucha visión, por el profesor Lumbreras en los últimos 25 años, identificando a Wari como un imperio poderoso, despótico, centralizado, conquistador, urbano y clasista. En 1987-1988, Lumbreras publicó “El estudio arqueológico del estado”, señalando que “…parte de una concepción teórica que liga al estado con las clases sociales y a éstas con la ciudad, dentro de una cadena causal que pone en el primer eslabón el surgimiento del fenómeno urbano, sin el cual no se pueden dar los otros; por lo tanto, si éste no existe, las diferencias entre unos individuos y otros, o la existencia de ámbitos de influencia de una cultura sobre otras, no están expresando contenidos clasistas ni existencia del estado” (Lumbreras 1987-1988:16:5). No obstante, diversas investigaciones sugieren también la existencia de estados no urbanos, incluso en los Andes, y las clases sociales pueden no ser tales, tema al que intentaremos aproximarnos más adelante.

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