Ciudad y Territorio de los Andes

Más allá de los relatos míticos que nos remiten a leyendas fundacionales y a un posible origen altiplánico, la mayoría de los estudiosos del tema concuerdan en que los antecedentes de los Inkas deben de rastrearse en el período Intermedio Tardío, cuando en sus orígenes debieron constituir un señorío con dominios limitados a la región del Cusco, donde mantuvieron alternas relaciones de conflicto y alianzas con otros grupos étnicos allí establecidos, que finalmente se resolvieron favorablemente con su exitosa expansión inicial hacia las poblaciones quechuas de Apurímac y los señoríos del altiplano.

Es precisamente a partir de su enfrentamiento y victoria sobre los Chankas -para lo cual habrían gestado una serie de alianzas con las etnias vecinas- que los inkas del Cusco se constituirían bajo el liderazgo de Pachacutec en un estado con una impresionante dinámica de expansión territorial, que lo llevará a interesar no solamente el área de los Andes Centrales, sino también los territorios de lo que hoy son Ecuador, Bolivia, el noroeste de Argentina y el norte de Chile (Rostworowski 1988, Rowe 1946).

El Inka Pachacutec, principal artífice de esta expansión alrededor del 1440 d.C., es considerado además el gran reformador y organizador del estado Inka. Basta pensar en el desafío que representó la administración de las poblaciones, centros urbanos y territorios de lo que hoy son cinco países del área andina, para tener idea aproximada del excepcional grado de organización que debió alcanzar el estado Inka. Es de notable interés señalar que al Inka Pachacutec, como veremos más adelante, también se le menciona como el arquitecto de la remodelación del Cusco, proyectándola en su condición de capital del estado imperial (Betanzos 1987: 75-79).

Fig. 1. Mapa del Tahuantinsuyu

con la extensión del

Qhapaqñan

,

el sistema vial Inka (Hyslop 1992).

La organización social y económica del Tawantinsuyu, tenía al vértice de su estructura al Inka, quien como gobernante encarnaba simultáneamente los atributos del poder religioso y militar, en cuanto ser divinizado en su calidad de hijo del sol y, a su vez, jefe supremo de sus ejércitos. La clase gobernante provenía de las panaqa, un complejo sistema de linajes de la nobleza inka, organizado sobre la base de relaciones de parentesco, en las que intervenían aspectos de carácter

ancestral y dinástico. Existían en la burocracia del estado funcionarios dedicados a las múltiples actividades administrativas, desde aquellos de elevada jerarquía como los tokoyrikoq o tocricoc, inspectores del Inka o gobernadores provinciales, hasta aquellos dedicados a la supervisión de trabajos y aspectos específicos de la organización imperial, llamados kamayoq, como los quipu kamayoq, dedicados al registro contable y a la recopilación de las gestas memorables; los tampu kamayoq, que supervisaban el aprovisionamiento y la redistribución de los bienes almacenados en las qollqa, las instalaciones de depósitos asociadas a las ciudades y otros establecimientos Inka conectados mediante el sistema de caminos Inka.

Pero no se podría entender el Tawantinsuyu ni su rápido desarrollo, si es que no se considera la compleja y variable articulación que ejercía el poder imperial con relación a los poderes locales, de acuerdo a las singulares características y distintos niveles de organización política que estos presentaran en cada una de las regiones asimiladas a sus dominios. En este sentido, los curaca jugaban un papel clave en el manejo de los territorios conquistados, ya que ejercían el poder y la administración local, en su calidad de señores étnicos de las distintas poblaciones que habitaban las múltiples regiones que se encontraban bajo el dominio Inka. Las parcialidades administrativas estaban ordenadas en forma decimal, de modo que una pachaca correspondía a una población de cien familias, mientras que una huaranga a una de mil y unu o hunu a diez mil unidades domésticas (Murra 1980; Rostworowski 1988).

En la base de la estructura social se encontraban los runa, es decir la gente del común, fueran estos campesinos o simples pobladores de los centros urbanos, quienes se relacionaban en la producción comunal mediante sistemas de reciprocidad y ayuda mutua llamados minka y ayni. Los señores étnicos y el estado Inka disponían de la fuerza de trabajo de la población mediante la mita, un sistema de prestación de servicios y trabajo que podía estar destinado a la dotación de productos para los depósitos, a la construcción o mantenimiento de obras públicas, como sistemas de campos de cultivo, canales, caminos y puentes, o al trabajo en los campos, las minas o el servicio en los ejércitos.

Para comprender la dimensión urbana de los establecimientos Inka, es de especial interés destacar que los Inka también utilizaron el sistema de mita para la construcción del grueso de las edificaciones de sus centros urbanos provinciales, y sólo en el caso de la construcción de los edificios y estructuras principales, elaborados con cantería fina, debieron de recurrir a mano de obra calificada trasladada especialmente hasta el lugar. A su vez, este tipo de mita orientada hacia las entidades urbanas, aseguraba que las poblaciones de su correspondiente ámbito regional aportaran, por turnos, contingentes de mano de obra para la realización de una serie de servicios y procesos productivos que tenían lugar en estos establecimientos.

Los mitmaq (o mitimaes) eran grupos étnicos desplazados de sus lugares de origen, para ser ubicados en otras regiones tanto con fines políticos —en el sentido de debilitar o controlar la resistencia de regiones rebeldes— como con fines productivos, al movilizar a comunidades especializadas en determinadas actividades, o a enteras poblaciones para el desarrollo de obras públicas, la colonización y el manejo de la producción en zonas donde el estado emprendía proyectos de expansión agrícola. Por ejemplo, en el caso de Ayacucho y Abancay, los documentos coloniales dan cuenta de la presencia de una suerte de mosaico poblacional, compuesto por diversos grupos étnicos instalados allí por los inka desde

Fig. 2. Dibujo de Guamán Poma (1980: 309) de Qollqa, depósitos del Inka, en la que figura un quipu kamayoc rindiendo cuentas a Topa Inca Yupanqui.

muy diferentes regiones, con la finalidad de controlar el núcleo del área Chanka, tradicionalmente reacia a su dominación (Urrutia 1985).[168] Los mitmaq podían ser trasladados a miles de kilómetros de distancia de su tierra de origen, como sucedió con poblaciones huancavilca, tallanes o mochicas desplazadas de las costas del Ecuador y del norte del Perú a Abancay; o con cañaris del Ecuador y collas y aymaras del altiplano trasladados al valle de Yucay; al igual que el archipiélago étnico conformado por chilques del Cusco, carangas, collas, uros y soras, entre otros del altiplano, y chiles de Chile que fueron desplazados a las tierras del inka en Cochabamba, en las yungas orientales de Bolivia (Wachtel 1980-1981).[169]

Mientras que la categoría de los yana aparentemente correspondía a las personas sujetas a una prestación de carácter servil, que generalmente habían perdido su identidad étnica como consecuencia de guerras o la represión de rebeliones. Se supone que en este caso la prestación de trabajo o servicios era forzada por esta situación de origen, si bien no por esto se puede asumir que fueran “esclavos”. Es mas, para dar idea de la complejidad de estas categorías, existieron “yanas de privilegio” es decir gentes yana que por sus servicios al estado inka podían ser nombradas por éste como curacas o gobernadores de determinadas poblaciones (Murra 1980; Rostworowski 1988).

Finalmente, es de destacar que un instrumento fundamental de la administración Inka correspondía a la aplicación de un sistema de censos que contabilizaban a la población de acuerdo a criterios de género y grupo etario, que servían para contabilizar y evaluar la capacidad productiva de los distintos componentes y categorías en que se organizaba la fuerza de trabajo de las poblaciones provinciales y su capacidad de tributación. Estos censos poblacionales también incorporaban da-

tos sobre las tierras, los rebaños y la producción en general. Aparentemente estos censos se realizaban separadamente por provincias y el registro de la información estaba a cargo de los khipu kamayoc. La información recopilada se centralizaría en el Cusco, permitiendo al aparato del estado establecer sus diferentes políticas administrativas en el vasto territorio imperial (Murra 1980).

La expansión territorial inka

Si bien se ha señalado la necesidad de disponer de excedentes productivos para satisfacer los distintos requerimientos de las relaciones de reciprocidad, así como las crecientes demandas de rentas por parte de la nobleza de las panaqa, como uno de los mecanismos centrales que podrían explicar la dinámica de la expansión territorial (Rostworowski 1988); otros estudiosos como Rowe (1946, 1967) enfatizaron los requerimientos de prestigio y empoderamiento de los líderes de la nobleza o panaqa, como una posible explicación de las sucesivas campañas de conquista. Es muy posible que estos aspectos no fueran excluyentes entre sí, sino más bien interdependientes y confluyentes en la dinámica de estos procesos de conquista. En todo caso, si bien las causas de la expansión territorial y el desarrollo de la formación imperial inka no son aun del todo claras, es un hecho innegable que el estado inka abarcó de manera muy rápida, en una o dos generaciones,[170] un vasto territorio de más de 5,500 km. de extensión, comprendiendo bajo sus dominios a múltiples pueblos y naciones, con lenguas, tradiciones, usos y costumbres muy distintos entre sí, que es precisamente lo que caracteriza de manera universal a las formaciones imperiales.

Es lógico que esta expansión se diera por etapas teniendo como centro la región del Cusco, y así lo refieren las antiguas crónicas asignando sucesivamente a Pachacutec, Tupac Yupanqui, Huayna Capac los honores de las respectivas campañas militares (Rostworowski 1988; Rowe 1946). En este proceso de expansión, la estrategia habría sido la de proceder mediante sucesivas avanzadas militares, acompañadas de tratativas diplomáticas, donde la guerra habría sido el último recurso. Luego de la pacificación de la región recién anexada, se habría procedido a consolidar el dominio sobre la misma, estableciendo ciudades y centros administrativos como aspecto clave para garantizar su control por parte del estado; mientras se desarrollaba paralelamente la infraestructura vial que aseguraba su conexión con la capital y su articulación con otros centros inka, permitiendo el desplazamiento de tropas y funcionarios, así como de las poblaciones y recursos movilizados. Aparentemente, sólo una vez que se superaba esta etapa se realizaban los preparativos para una nueva avanzada sobre nuevos territorios por conquistar. Por su propia lógica, este proceso debe haber generado fronteras provisionales que fueron variando con el transcurrir del tiempo, ya que estas se desplazaban cada vez más hacia el norte o hacia el sur conforme progresaban las sucesivas anexiones.

A este propósito, se puede destacar que la expansión Inka aparentemente habría seguido una estrategia similar a la de sus antecesores Wari, en el sentido de privilegiar su desplazamiento a lo largo de los ejes cordilleranos y de los valles interandinos. Esta estrategia ofrecía innegables ventajas, dado que los inka no sólo se desplazaban por espacios ecológicos semejantes a los propios, sino que se enfrentaban con una fuerza poderosa y disciplinada a naciones relativamente dispersas y sin una organización de tipo estatal, lo que les aventajaba frente a una eventual resistencia. Una vez consolidada su presencia y alianzas en las regiones altoandinas, recién entonces procedían a incursionar a la conquista de los valles costeños y de las prósperas sociedades establecidos en ellos, desplegando sus fuerzas en las cabeceras de los valles en el caso de que éstas ofrecieran una eventual resistencia. De esta manera, estados costeños relativamente poderosos fueron enfrentados individualmente, quizás valle por valle, asegurando su sometimiento ‘pacífico’ o su desarticulación en caso que su rebeldía o poder atentara contra el establecimiento de la pax inka.

Es interesante notar que así como los inka aplican tácticas diferenciadas en su expansión territo-

Fig. 3. Mapa del Tahuantinsuyu con las posibles fases de expansión territorial alcanzadas por los Inka bajo la conducción de Pachacutec, Topa Inca y Huayna Capac, según Rowe (1946: Mapa 4).

rial, según las condiciones existentes en las regiones en las que intervienen, también establecen en estas diferentes estrategias en lo que se refiere al emplazamiento y características de sus asentamientos principales (Menzel 1959; Morris 1973). Mientras en las regiones altoandinas establecen sus centros de acuerdo a modelos definidos para la administración provincial; en el caso de los valles costeños donde existen ciudades y centros urbanos, estos cuando son funcionales a la presencia inka son mayormente mantenidos con determinados niveles de autonomía, limitándose las intervenciones inka a la inserción de algunas edificaciones o a la remodelación de determinados sectores del asentamiento, o inclusive, a una simple adecuación de ciertos edificios preexistentes, tal como hemos ya señalado en el capítulo anterior.

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