Ciudad y Territorio de los Andes

Corrientemente se ha entendido como área cultural un territorio donde se registran determinadas tradiciones estilísticas en el repertorio de su cultura material. Sin embargo, estudiosos de esta problemática como Lumbreras (1981), sostienen que es preferible asumir una caracterización histórica de este término, que no esté por lo tanto referido exclusivamente a los aspectos estrictamente ”culturales”, si no que mas bien incorpore todas aquellas esferas relacionadas con el modo de vida y la evolución histórica de las formaciones económico sociales.

En este sentido, en un área histórico cultural, se debe percibir una unidad que es producto de la relación particular que instauran las sociedades con su medio ambiente específico, con el desarrollo de determinadas técnicas de producción, especialmente en el campo de la agricultura. Este proceso, en el caso de los Andes Centrales, presenta una definida impronta de unidad e integración en el marco de una notable diversidad.

Los Andes Centrales: su secuencia cronológica y cultural

El Área de los Andes Centrales comprenden gran parte del territorio de lo que es ahora el Perú, con un límite norte en el desierto de Sechura y la sierra de Piura; y al sur el nudo de Vilcanota y Arequipa. A las regiones que se encuentran más al sur, se les denomina área Centro Sur y corresponden al altiplano de la región circumlacustre del Titicaca, comprendiendo los desiertos costeros del extremo sur del Perú y del norte de Chile, y las punas de Bolivia (Lumbreras 1981).

En el caso de los Andes Centrales existen distintos planteamientos para definir su evolución histórica y la correspondiente secuencia de períodos culturales. En el presente texto asumimos dos propuestas como las principales, en cuanto son las mayormente aceptadas por los estudiosos de la materia, ya que además resumen e incorporan los aportes de distintos investigadores de la arqueología andina que trataron esta problemática.

1. ARQUITECTURA Y URBANISMO COMO TESTIMONIOS

En el caso de la secuencia propuesta por Rowe (1962) —establecida fundamentalmente sobre la base de sus investigaciones y de la secuencia estratigráfica obtenida en excavaciones arqueológicas en el valle de Ica— se privilegia los aspectos relacionados con la vigencia de determinados rasgos culturales y los cambios estilísticos, especialmente de aquellos que se aprecian en la producción cerámica. De esta manera, se propone un período Precerámico, que comprende tanto a las sociedades de cazadores y recolectores como a la época de las comunidades aldeanas de los primeros agricultores; le sucede un Período Inicial, referido a la época en que aparece inicialmente la cerámica; luego se establecen tres Horizontes, definidos sobre la base de la difusión y presencia en el área de los Andes Centrales de los rasgos estilísticos generados primero por el fenómeno Chavín (Horizonte Temprano), luego por el fenómeno Wari (Horizonte Medio), y finalmente por la expansión Inka con el imperio del Tawantinsuyo (Horizonte Tardío). Entre estos “horizontes” se dan dos períodos en que prevalecen los rasgos regionales, al cesar las influencias de carácter panandino. De este modo, se definen dos períodos “intermedios”, un primer período Intermedio Temprano entre los Horizontes Temprano y Medio y luego un período Intermedio Tardío entre los Horizontes Medio y Tardío (ver Cuadro 2).

Así mismo, tenemos la secuencia propuesta por Lumbreras (1981), que privilegia el distinto nivel de desarrollo y características de las formaciones sociales presentes en cada época. En este caso, se propone un período Lítico, que corresponde a la temprana época de los cazadores recolectores; le sucede el período Arcaico correspondiente a la aparición de las comunidades aldeanas precerámicas de los primeros agricultores; le suceden un período Formativo, que se inicia con la aparición de la cerámica (Formativo Inferior) y que, en las fases posteriores (Formativo Medio y Superior), corresponde a la época caracterizada por el fenómeno Chavín y el surgimiento de las “altas culturas”; el período de los Desarrollos Regionales Tempranos, caracterizado por el surgimiento de distintas formaciones regionales y la presencia de estados teocráticos; la Época Wari, para la que se propone el desarrollo de una primera formación de carácter imperial en el área andina; el período de los Estados Regionales Tardíos, caracterizado por el resurgimiento de las formaciones regionales y la presencia de distintos estados y señoríos; para concluir con la Época Inka, correspondiente al desarrollo del imperio del Tawantinsuyo (ver Cuadro 2).

Evidentemente estas dos propuestas de secuencia cronológico cultural están referidas a los mismos procesos y eventos históricos. Estas columnas secuenciales, por lo tanto, deben ser consideradas como herramientas útiles a la definición y comprensión de lo que distingue y separa una época de otra. Aclarando que en este sentido no existen límites ni barreras precisas que marquen definidamente el inicio o fin de un período. Por lo tanto, es preciso señalar que estas herramientas así como tienen ventajas también pueden tener sus limitaciones, por ejemplo en su aplicación de región a región, donde se aprecia que los procesos no son necesariamente lineares ni homogéneos, ya que están sujetos a una serie de desigualdades en los distintos niveles y formas de desarrollo.

SECUENCIA CRONOLÓGICO CULTURAL

CRONOLOGÍA LUMBRERAS (1981) ROWE (1962)
10000 – 5000 a.C. LÍTICO PRECERÁMICO
5000 – 1800 a.C. ARCAICO
1800 – 500 a.C. FORMATIVO PERÍODO INICIAL
HORIZONTE TEMPRANO
500 – 700 a.C. DESARROLLOS REGIONALES TEMPRANOS INTERMEDIO TEMPRANO
600 – 1000 d.C. ÉPOCA WARI HORIZONTE MEDIO
1000 – 1450 d.C. ESTADOS REGIONALES Y SEÑORÍOS TARDÍOS INTERMEDIO TARDÍO
1450 – 1532 d.C. ÉPOCA INKA HORIZONTE TARDÍO

Cuadro 2

2

LOS ORÍGENES

De los cazadores recolectores al desarrollo de las

formaciones aldeanas

CUANDO SE HACE referencia a la época de los cazadores recolectores, generalmente nos vienen a la mente una serie de imágenes ampliamente difundidas en la bibliografía, que reducen estos primeros pobladores de los Andes a la condición de grupos sumamente primitivos, totalmente dependientes de lo que la naturaleza buenamente les proveía. Según esta visión algo simplista, estaríamos frente a grupos humanos que se desplazaban incesantemente a lo largo de un amplio territorio en persecución de la fauna salvaje. Inclusive, se ha llegado a plantear largos desplazamientos estacionales desde el área cordillerana a las lomas costeñas, siguiendo una supuesta migración estacional de los animales entre regiones bastante lejanas. De esta manera, los cazadores recolectores nos han sido presentados frecuentemente como seres totalmente supeditados a la fauna silvestre y, a partir de esta idea, asumimos inconscientemente que la condición de “salvajismo” derivaría de esta suerte de simbiosis con la animalidad.1

Sin embargo, las recientes investigaciones desarrolladas en las últimas décadas en el área de los AndesCentrales,acercadelosrecolectores ycazadores superiores del período Lítico, nos presentan una realidad bastante distinta. Estos nuevos datos permiten sostener que alrededor del 10,000 a.C. seregistralapresenciadegruposhumanosquetienen -no obstante su limitado nivel de desarrolloun conocimiento y un manejo complejo de la diversidad medioambiental; están provistos de un bagaje tecnológico que comprende una amplia gama de instrumentos de piedra, hueso, madera y fibras vegetales, muchas veces sofisticados en su forma y técnica de elaboración, como es el caso de las puntas de proyectil; conocen la utilización del fuego y sus múltiples aplicaciones; y por último, no son ajenos a la manifestación de determinadas tradiciones culturales.

Pero quizás uno de los aspectos más notables que se desprende del estudio de las nuevas evidencias de esta época, corresponde a la apreciación de que estos tempranos pobladores dieron lugar a distintos modos de vida, al enfrentar la diversidad medio ambiental y la variedad de recursos presentes en las diferentes regiones de los Andes Centrales. Estos distintos modos de vida, constituyen una clara expresión de los niveles de conocimiento desarrollados por estos primeros pobladores en el manejo y apropiación de los recursos disponibles en cada medio específico, lo que les permitió garantizar el sustento y la reproducción de sus poblaciones.2

  1. Este sesgo en el tratamiento del período de los cazadores recolectores también ha sido advertido críticamente por Uceda(1987: 14-7), al igual que la equivocada tendencia evolucionista de considerar los artefactos toscos o rudimentarios como “antiguos” y los más elaborados como más “recientes”, aislando estos instrumentos del análisis de sus asociaciones contextuales, lo que ha derivado en más de un craso error de interpretación.
  2. Algunos autores utilizan al definir este proceso el término “adaptación”, el que nos parece inapropiado ya que proponeuna suerte de dependencia pasiva de esta sociedades con relación a las condiciones ecológicas, oscureciendo así el hecho fundamental de que son los hombres y mujeres los agentes principales en la interacción que establecen con el medio y sus recursos, y que como tales son los protagonistas centrales de los constantes cambios que genera la evolución social.

Nos parece necesario aquí subrayar la importanciateóricaymetodológicaquepresentaestefenómeno, especialmente en cuanto se refiere al tema central que nos interesa: la forma de asentamiento. Y es que, en el marco general del análisis

de una determinada formación económico social, podemos aproximarnos al examen empírico que esta asume en la concreción de distintos modos de vida, con características específicas y singulares. En especial, nos parece relevante señalar que se puede comprobar que a estos distintos modos de vida corresponderán, de manera consecuente, particulares formas (modelos o patrones) de asentamiento y manejo del espacio territorial. La formación social de los cazadores recolectores –relativamente simple frente a la creciente complejidad de las que posteriormente le sucederán– ofrece por esta misma razón, una serie de aspectos cuyo estudio nos permite la comprensión de algunos de los elementos fundamentales que regulan el desarrollo y evolución del fenómeno de asentamiento humano en el territorio desde sus primeros inicios.

La presencia de distintos modos de vida entre los cazadores recolectores del área central andina, emerge claramente de los datos y la relativamente amplia documentación que nos proporcionan los trabajos arqueológicos desarrollados en las últimas décadas. De esta manera, en distintos sitios de diferentes regiones, tanto de la sierra como de la costa, se ha constatado la existencia de culturas materiales bastante diferenciadas. Conforme se profundiza el estudio de los utensilios, herramientas y otros restos materiales de la actividad social de estos grupos, se establecen las condiciones que permiten que estos datos nos aproximen a la definición de distintos procesos de trabajo. Los que -examinados en el conjunto de sus interrelaciones- permiten, a su vez, configurar reconstructivamente procesos productivos generales, con características específicas en los distintos ámbitos regionales y a lo largo de la evolución temporal (Bate 1982).

Fig. 1. Mapa de ubicación de los principales sitios del período Lítico.

  1. Pampas de Paiján
  2. Quirihuac
  3. Ochiputur
  4. Casma
  5. Ancón
  6. Chivateros 7 Guitarrero
  7. Lauricocha
  8. Pachamachay
  9. Telarmachay 11 Pikimachay

De esta manera, podremos empezar a valorar cómo y cuanto estas diferencias al nivel de los procesos productivos están expresando el desarrollo de distintos modos de vida, es decir la ma-

nera particular en que estos grupos humanos desarrollaron sus actividades y formas de organización a lo largo del tiempo y del espacio, en relación con las singulares condiciones medio ambientales en las que actuaron. Es evidente que en el estudio y comprensión de los aspectos que caracterizan el modo de vida, un rol fundamental le corresponde al análisis de las particulares formas de asentamiento y de manejo del territorio.

El Paijanénse

Con fechados que se remontan inclusive al 13,000 antes del presente, se registran en la costa peruana desde Lambayeque hasta Ica, aunque con mayor énfasis en la Costa Norte y Central, la existencia de importantes sitios que documentan la presencia y actividad de bandas de recolectores cazadores. Estas poblaciones se identifican por la forma especial que asumen en la elaboración de puntas líticas de gran tamaño, que se caracterizan por ser alargadas y pedunculadas. El nombre de esta cultura deriva del lugar donde por vez primera se registró científicamente su presencia -en Paiján, al norte del valle de Chicama- y se le reconoce como Paijanense o tradición Paiján.

Se supone que las condiciones climáticas de los territorios de la Costa Norte no debieron ser muy distintas de las actuales. Sin embargo, muchos autores sostienen la posibilidad de que el ambiente haya sido algo más húmedo que el actual y quizás similar a las condiciones que se presentan en este territorio durante eventos como “El Niño”, cuando muchas quebradas se vuelven activas con la presencia de cursos de agua; se dan mayores extensiones cubiertas con pastos y bosques naturales; y las zonas de lomas habrían registrado una mayor densidad y verdor.

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