Ciudad y Territorio de los Andes

Aparentemente, la pirámide y el complejo ceremonial de Dos Cabezas habrían nucleado una cierta concentración urbana. Las exploraciones arqueológicas del sitio han registrado una importante ocupación del Moche Temprano, que se concentra en los sectores al sur del asentamiento, aun cuando existen indicios de que esta se habría extendido también hacia los sectores al norte del sitio. Todas estas estructuras, al igual que la arquitectura monumental de las Huacas, fue construida utilizando los característicos adobes producidos con gaveras de caña. Algunas estructuras corresponden a funciones públicas, como es el caso de la Huaca E, si bien la mayoría corresponde a unidades domésticas y talleres, donde se hallaron una serie de implementos muy bien conservados, gracias al enterramiento por acarreo eólico luego de su abandono. De estas evidencias se puede deducir cierto nivel de especialización de sus habitantes, como es el caso del sector D, donde el ha-

Fig. 252. Dos Cabezas. Detalle de la decoración romboidal en relieve del muro oeste de la plaza ceremonial de la pirámide (Donnan y Cock 2000: fig. 7 y 8).

llazgo de redes, pesas, anzuelos de cobre y malleros para tejer redes, revelan la posible existencia de un barrio de pescadores (Donnan y Cock 1995). Pacatnamú

Fig. 253. Pacatnamú. Foto aérea del sector central de la ciudad en la que destaca el volumen de la Huaca 31, donde se registraron evidencias de ocupación Moche. Nótese los vestigios de la rampa central en su lado norte que se proyecta hacia la primera muralla interior del asentamiento (Servicio Aerofotográfico Nacional).

Este imponente sitio se ubica en el valle de Jequetepeque, al norte de la desembocadura del río del mismo nombre. El asentamiento se localiza sobre una terraza natural que termina en una suerte de península, limitada por los acantilados generados por la erosión del río por el lado este y

del mar por el lado oeste. Este especial emplazamiento con un dominio visual sobre el paisaje circundante, y con los acantilados que dificultan acceder al sitio desde el flanco del litoral o desde el valle, fue aprovechado hábilmente para limitar el acceso al sitio, mientras que del lado norte — por donde se conecta con la planicie— se construyeron sucesivamente y conforme la ciudad se expandía, líneas de gruesas murallas con portadas para controlar el ingreso.

Si bien el grueso de la ocupación más importante corresponde a la época Lambayeque y Chimú, las investigaciones realizadas en el sitio señalan evidencias de una ocupación más temprana correspondiente a la época Moche. De acuerdo a los trabajos conducidos por el equipo conducido por Donnan (Donnan y Cock 1986,

1997), existirían consistentes evidencias que indicarían que la construcción de las primeras pirámides y de otras estructuras, se habría iniciado por lo menos a partir de finales de la fase IV e inicios de la fase V de Moche. Se encontraron también en el sitio numerosos cementerios de la fase Moche Medio, lo que indicarían la presencia de una importante población moche, si no residente en el sitio, por lo menos afiliada a las actividades del aparente centro ceremonial como para ser enterrada en este. De otro lado, la presencia de muchas tumbas de elite correspondientes a esta fase, excavadas durante la década del 30 por

Ubbelohde-Doering, permitirían inferir la presencia de una clase social de alto status conduciendo alguna forma de entidad política en el valle, con sede principal en Pacatnamú (Castillo y Donnan 1994: 169).

Lamentablemente no tenemos una idea clara de cual pudo ser la configuración urbana y arquitectónica de Pacatnamú durante la ocupación Moche, la que puede subyacer oculta bajo las sucesivas ocupaciones posteriores, y que en su momento fue desdibujada por estas intervenciones más tardías. Una de las escasas evidencias de arquitectura monumental del periodo Moche está representada por la Huaca 31. Se trata de uno de los complejos con pirámide de mayor tamaño y con una posición destacada en el sector central del sitio (Hecker y Hecker 1985: Plano NR.III), donde las excavaciones pusieron al descubierto una serie de sectores en los cuales las construcciones chimú se habían realizado reutilizando otras anteriores de época Moche. También en la rampa, ubicada al norte de la pirámide, se registraron evidencias que demostrarían su remodelación tardía a partir de la estructura originaria construida por los moche (Donnan y Cock 1985: 70-74). Estas superposiciones son claramente definidas ya que las construcciones moche se caracterizan por el empleo de adobes paralelepípedos rectangulares, hechos con molde plano, mientras que los adobes más tardíos presentan la singularidad de haber sido hechos de formas diversas y sin la utilización de molde (ibid: 99).

Existen otros elementos en el ordenamiento espacial del sitio que podrían presumir antecedentes tempranos originados en la ocupación moche. Como se verá más adelante con detalle en el capítulo correspondiente, los complejos típicos de Pacatnamú presentan recurrentemente un patrón definido por la ubicación y orientación de sus componentes básicos (pirámide con rampa, patio frontal, plataformas laterales con rampa, altares y recintos amurallados). Pues bien, si advertimos que la rampa de época Moche de la Huaca 31 está orientada al norte y que debió conectar la plataforma con un patio en la misma dirección, se puede suponer que algunos de los rasgos típicos de los complejos podrían haberse establecido tempranamente durante la ocupación moche. De otro lado, estos rasgos se enmarcan en los patrones de ordenamiento espacial característicos de la arquitectura monumental moche que, como se ha visto, por lo general ubican las edificaciones piramidales al sur, conectándolas con plazas o patios ubicados al norte. De modo que los frontis principales de las edificaciones piramidales se desarrollan orientados al norte, al igual que las rampas que descienden de estas a las plazas. Este mismo modelo de ordenamiento podía haber sido implantado tempranamente por los moche en Pacatnamú y perpetuado con variantes en las ocupaciones posteriores del sitio.

San José de Moro

San José de Moro representa uno de los sitios más destacados del Moche Tardío en el valle de Jequetepeque. Las recientes excavaciones conducidas por Castillo y Donnan han planteado la presencia de un complejo de aparente función ceremonial, donde se revela una intensa actividad funeraria. En el sitio se define la presencia de una serie de montículos arqueológicos de escasa altura, algunos de estos corresponderían a funciones ceremoniales, mientras que otros podrían haber estado asociados a fines habitacionales por parte de la población congregada en el lugar. Lamentablemente la erosión, el huaqueo y las construcciones modernas impiden en la actualidad tener

Fig. 254. San José de Moro. La tumba M-U30, que correspondería a un niño o niña de la elite Moche. Nótese la disposición de los cuerpos de dos mujeres jóvenes a los pies del sarcófago y la especial ubicación de ‘maquetas’ arquitectónicas en las hornacinas de la cámara funeraria (Donnan y Castillo 1994: Lam. XIII).

una idea clara acerca de la forma que asumieron estos montículos y la configuración original del sitio. En todo caso, el examen de los perfiles estratigráficos permite suponer que algunos de estos montículos aparentemente ceremoniales, elaborados con muros de contención de adobe, estuvieron asociados a pisos correspondientes a patios o plataformas bajas en los cuales se excavaron las tumbas y se procedió a su enterramiento (Castillo y Donnan 1994a). En algunas zonas del sitio se han registrado áreas de planta rectangular delimitadas por muros de adobe que presentan apisonados, en los cuales se observan hoyos de postes y tinajas semienterradas aparentemente destinadas a contener chicha. Se sugiere que estas áreas podrían haber sido utilizadas para

la producción, almacenamiento y reparto posiblemente de chicha, asociadas a las ceremonias que se desarrollaban como parte de los rituales funerarios en el sitio (Rucabado y Castillo 2003).

Entre los enterramientos de la fase que nos ocupa, destacan aquellos correspondientes a personajes de elite que fueron sepultados en cámaras con un rico ajuar funerario. El mayor interés de estos hallazgos reside en la extraordinaria revelación de que algunas de estas tumbas correspondían a mujeres de alto rango, cuyo ajuar y parafernalia revela que fueron sacerdotisas, al exhibir los mismos atributos y rasgos que corresponden a los personajes femeninos representados recurrentemente en la denominada “escena del sacrificio” (Donnan y Castillo 1994). [90]

Estos datos tienen un valor extraordinario, al revelar que los personajes míticos recurrentemente representados con rasgos supranaturales y divinizados en la iconografía del arte moche, eran personificados en determinados rituales y ceremonias por seres de carne y hueso, por cierto miembros de la elite social moche. La encarnación divina por parte de personajes de la nobleza moche, como es el caso de las sacerdotisas sepultadas en San José de Moro, revela en toda su magnitud el enorme peso que tuvo la dimensión ideológica y ritual en el mundo moche y, en particular, el avasallador sustento que esta ofrecía al poder y autoridad ejercidos por los integrantes de la elite gobernante, a lo largo de los siglos y de las múltiples regiones que integraron su vasto territorio.

Las tumbas de elite moche en San José de Moro se caracterizan por presentar una planta rectangular, por estar recurrentemente orientadas de norte a sur, y por presentar en la cara interior de los muros este, oeste y sur la ordenada disposición de hornacinas.[91] Se ha podido reconstruir que una vez dispuestos el cuerpo del personaje principal y de los otros acompañantes posiblemente sacrificados, así como las múltiples ofrendas, se cubría el foso de la tumba con un relleno que era soportado por el techo de la cámara, que estaba construido con postes y vigas de algarrobo. Entre las diversas ofrendas presentes en las cámaras funerarias de elite, nos interesa en particular destacar dos aspectos notables: la presencia de “maquetas” arquitectónicas y el hallazgo de cerámica y otros elementos exóticos al mundo moche como parte del ajuar funerario.

Las maquetas arquitectónicas fueron dispuestas tanto dentro de las hornacinas como sobre el piso de las tumbas. Fueron realizadas con barro crudo y claramente constituyen representaciones ideales de complejos arquitectónicos de un cierto status. Si bien todas las maquetas son distintas, tienen en común el representar como modelo complejos de planta rectangular cercados por una muralla perimétrica con un acceso central. En el interior presentan un patio o plaza rodeada por banquetas y al frente del acceso una plataforma más elevada, sobre la que se emplazan estrados o podios. Algunas zonas de estos espacios, especialmente la plataforma elevada, se representan cubiertos por techos soportados por columnas o postes. A partir de los patios y en la parte posterior de estos, se desarrollan vanos y corredores que dan acceso a la representación de cuartos o recintos menores (Castillo et al. 1997). Nos parece sintomático que estas representaciones arquitectónicas —bastante próximas a la configuración de espacios reales, como son algunos de los complejos presentes en Galindo o Pampa Grande— sean depositadas en las tumbas de elite, como si se quisiera dotar simbólicamente a los difuntos de sus espacios naturales de actividad, donde estos ejercían su poder y autoridad.[92]

En cuanto a la inclusión de ofrendas “exóticas” en las tumbas de elite, nos parece relevante destacar la presencia de ceramios afiliados a las tradiciones estilísticas e iconográficas de Cajamarca (Sierra Norte), Nievería y Pachacamac (Costa Central) así como de Wari, además de piezas de cuchillos de obsidiana provenientes de la sierra sur central, lo que estaría indicando interacciones e intercambio a grandes distancias, e igualmente una notable inversión por parte de la elite en adquirir este tipo de bienes suntuarios y de alto prestigio, que habrían estado restringidos a su uso exclusivo (Castillo y Donnan 1994: 135-136). Pero también nos parece importante destacar que la inclusión de este tipo de objetos exóticos -como bienes personales y luego como parte del ajuar funerario- estaría evidenciando una crisis en los fundamentos ideológicos y religiosos, hasta ese entonces rígidos y excluyentes de lo foráneo. Esto reviste un grado aún más sintomático si se considera que algunos de los personajes enterrados eran no sólo miembros destacados de la elite, sino además oficiantes de los principales cultos y ceremoniales moche. Bajo este punto de vista, habría que considerar la posibilidad de que mediante esta singular apertura a elementos revestidos con una innegable carga ideológica extraña —pero con un creciente prestigio en regiones que alcanzaban un predominio seguramente amenazador del orden reinante— estos objetos de prestigio expresaran de modo subliminal la nece-

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