Ciudad y Territorio de los Andes

Es relevante notar que el complejo de Pañamarca presenta en el sector norte una gran plataforma escalonada, que pudo desempeñar el rol de una pirámide secundaria. De modo que también en este sitio se propondría una eventual dualidad, donde la pirámide al sur del complejo podría haber concentrado las funciones de carácter ceremonial, mientras que las plataformas y recintos al norte podrían haber privilegiado las actividades de índole política y administrativa. Además, entre los volúmenes de estas dos edificaciones mayores, se registra el desarrollo de otras plataformas menores y de amplios recintos cercados por altas murallas también construidas con adobes.46

Si bien en diversos sectores del sitio se observa una serie de evidencias que señalarían la superpo-

asociados podían reconocerse como correspondientes a los personajes que aparecen en las representaciones. Así, el Señor de Sipán fue identificado como una de las divinidades centrales que aparece recibiendo una copa con la sangre de los prisioneros sacrificados; mientras que la sacerdotisa de San José de Moro, aparece entregando la copa ceremonial. La “ceremonia del sacrificio”, consistía en un complejo ritual de sacrificios humanos de guerreros derrotados en combate y la posterior ofrenda de su sangre a una divinidad suprema. Hoy sabemos que este ritual comprendió todo el territorio Moche y se desarrolló a lo largo de los siglos de su larga vigencia. Sin embargo, es de gran significación notar que los personajes de la elite encarnaran a estos personajes míticos o divinos en la vida terrenal, lo cual da una dimensión del extraordinario nivel de poder que concentraban en sus manos y que era refrendado por el áurea que los divinizaba ante su pueblo. Es de destacar también que este ejercicio del poder y de los rituales que lo magnificaban se concentraba en los espacios arquitectónicos de los monumentos aquí reseñados.

46 A esto propósito, Schaedel (1951: 106) observa que la alta muralla que cierra el complejo en su lado noroeste, además de alcanzar como otras una altura de unos 7 m. presenta la peculiaridad de desarrollar un tratamiento almenado en la coronación del muro, lo cual sería otro rasgo propio de los edificios moche de especial importancia.

Fig. 245. Pintura mural hallada en el flanco oeste de la pirámide de Pañamarca, en la que se apreciaba un fragmento de la conocida escena del sacrificio (Reproducción de F. Caycho en Alva y Donnan 1993: fig 249).

sición de estructuras arquitectónicas —cuyos sellos aparentemente permitieron la conservación de los murales policromos antes de su reciente y lamentable destrucción— estas no han sido aún estudiadas, lo que podría permitir la posible identificación de las distintas fases que pudo tener la edificación en su historia. Si bien algunas de estas superposiciones fueron observadas en su momento por Schaedel (op. cit.), este supuso que las remodelaciones serían posteriores a época Moche y consecuencia de una supuesta ocupación “tiahuanacoide”. Esta hipótesis nos parece poco plausible, más aún si se establecen las analogías del caso con las características remodelaciones periódicas que se han documentado en las principales edificaciones moche.

Además de las estructuras principales con arquitectura monumental, que evidentemente habrían conformado el núcleo central del complejo, no está claro tampoco si es que en el entorno inmediato de éste se erigieron otro tipo de estructuras menores. Esta es otra de las interrogantes que las futuras excavaciones arqueológicas en el sitio deberían despejar, definiendo así que tipo de ocupación se habría dado en el sitio y que activi-

dades se habrían desarrollado en sus distintos sectores, en cuanto centro provincial moche en el valle. Es más, este tipo de investigaciones es de especial interés ya que, a partir del examen superficial del sitio y de los escasos restos de ocupación habitacional, Schaedel (1951: 110) planteó que este tipo de sitios no tendrían un auténtico carácter urbano, extendiendo erróneamente esta apreciación a otros centros moche de primer nivel como el de las Huacas del Sol y la Luna.[88]

En cuanto al emplazamiento territorial de Pañamarca, su ubicación es desde luego estratégica, ya que se encuentra en una posición central entre el valle bajo y el medio, es decir, del área que concentraba la mayor extensión de tierras con vocación agrícola. A este propósito, si consideramos que durante el Formativo la concentración poblacional se ubicaba en la parte alta, se puede deducir que el Estado Moche debió de introducir mejoras sustanciales en los sectores del valle bajo y medio, con miras a posibilitar la producción agrícola de estas tierras o por lo menos impulsando su extensión e intensificación en esta zona.

Fig. 246. Representación de la escena del sacrificio en una pictografía de línea fina (Donnan y Mc Clelland 1999).

Posiblemente la ubicación de Pañamarca respondió también a la necesidad de localizar el más importante centro urbano del valle en un punto que, si bien se encontraba relativamente alejado del litoral, ofrecía la ventaja de ser fácilmente accesible desde los valles vecinos, especialmente desde el norte. Hasta el día de hoy existen caminos de herradura que corren por el desierto a unos 10 a 15 km. del mar, para ingresar al valle por estas entradas naturales que se localizan en proximidad de Pañamarca.[89]

Otros tipos de sitios en el valle de Nepeña

Coincidentemente con lo visto para el valle bajo del Santa, tampoco existen en el valle de Nepeña claras evidencias respecto a la presencia de sitios que se pudieran tipificarse como fortificaciones. El único caso con estas características es el sitio PV 31-60, que se localiza en la zona de acceso a la parte alta del valle (Proulx 1985: 95-99). Esta fortificación presenta un doble amurallamiento de planta rectangular algo irregular que encierra una plataforma baja. En todo caso, es de notar que también se registraron en este sitio evidencias de ocupación Recuay que, como se ha señalado, presenta una marcada presencia en esta parte alta del valle.

Se presentan también sitios con recintos rectangulares. El más importante parece corresponder a los complejos de recinto rectangular con montículo piramidal. Se trata del sitio denominado Huambacho Viejo (PV 31-103) ubicado en la margen sur del valle bajo. Se trata de un gran

recinto de unos 150 x 260 m con divisiones transversales por sectores y subdivisiones menores al interior de estos. El sector central presenta al sureste una plataforma piramidal de pequeñas proporciones, enfrentada a un patio hundido que se ubica al noroeste (ibid: 107-136). Otro complejo conformado por estructuras cercadas por 4 recintos rectangulares es el sitio PV 31-121(ibid: 141146), se localiza unos kilómetros al sureste de Pañamarca, del otro lado del río, en la margen sur del valle medio.

Se reporta que en el valle de Nepeña los sitios de vivienda correspondientes al período de ocupación Moche -o en todo caso aquellos con materiales afiliados a esta cultura- son notoriamente escasos, identificándose tan sólo cuatro, tres en la margen sur de la parte media y uno en la parte media (ibid: 278). Considerando las dimensiones del valle y su relativamente amplia disponibilidad de tierras agrícolas, así como la importante presencia de un centro de poder Moche de primer nivel en el valle como Pañamarca, sería impensable suponer que estos hallan sido los únicos sitios habitacionales del período. Es posible que la dificultad en identificarlos se pueda haber generado por problemas de conservación de los restos de muchos de ellos; pero quizás también por sesgos metodológicos en su registro, por ejemplo, al excluir sitios contemporáneos que no necesariamente pueden manifestar vestigios Moche sino más bien artefactos de factura local.

El valle de Nepeña y los límites sureños de Moche

Para comprender de modo cabal la presencia Moche en el valle de Nepeña, así como el patrón de asentamiento establecido y, especialmente, el rol de un centro urbano ceremonial de primera importancia como Pañamarca, debemos hacerlo en el contexto de la política de anexión y dominación territorial desarrollada por el Estado Moche en esta región de la costa norte. Este es el caso de Pañamarca, que si bien expresa de manera patente un carácter eminentemente ceremonial, no nos debe hacer perder de vista posibles funciones de índole político administrativa que pudieron desarrollarse en su entorno inmediato o dentro del propio complejo, como podrían estarlo indicando el despliegue de una serie de espacios asociados a la pirámide, como son los grandes cuartos, patios, plazas y otros recintos amurallados que componen el núcleo central del complejo. Esta suposición se sustenta en el hecho de que Pañamarca representó el principal sitio Moche en sus dominios sureños y, por lo tanto, en su condición de enclave provincial, debió de concentrar y resolver una serie de funciones propias de la administración no solamente del valle de Nepeña sino de sus relaciones con los territorios aún más al sur, especialmente con los próximos valles de Casma y Huarmey, que no contaron con un centro de esta naturaleza.

Existen por demás indicios crecientes de que la presencia Moche en los valles de Casma, donde anteriormente se adujo que no habría evidencias en tal sentido (Collier 1960: 415, Thompson 1962a: 198, citados por Proulx 1973: 40), no habría sido tan intrascendente, si bien no se presenta ningún centro local o arquitectura que pudiera ser afiliada a moche (Wilson 1995). Esta apreciación toma aún más cuerpo si se considera que se ha documentado en el valle de Huarmey una presencia Moche mucho más importante de lo que se había supuesto, si bien pareciera que esta no estuvo asociada al desarrollo de complejos con arquitectura monumental. Este es el caso del registro de por lo menos una decena de sitios, ubicados mayormente en la parte media y media alta del valle, y que corresponden tanto a estructuras con evidencias de ocupación moche o a cementerios y enterramientos consistentemente asociados con cerámica de este estilo (Bonavia 1982: 415-447).

Esta proyección de Moche hacia los valles del sur, tomando como punto de partida el valle de Nepeña y Pañamarca, podría también ser sugerida por la presencia de sitios Moche con recintos rectangulares como PV 31-121 y 103, cuyas características parecen corresponder al desarrollo de funciones de tipo administrativo, más aún cuando estos se encuentran localizados en la margen izquierda, en lugares de acceso natural al valle desde el sur y donde existen vestigios de antiguos caminos. Si estos intercambios y desplazamientos se dieron además con la conducción de caravanas de llamas, es factible analizar si este tipo de sitios pudo resolver tempranamente funciones algo similares a las que desempeñarían mucho más tarde los tampu de la red vial inca (Hyslop 1984).

La ocupación Moche en los valles norteños

Hasta hace unas décadas se postulaba, al igual que para los valles sureños de la región, una expansión del Estado Moche desde los valles nucleares de Moche y Chicama hacia los valles norteños de Lambayeque e inclusive, aún más al norte, en el valle de Piura. En el caso de los valles de Jequetepeque y Lambayeque, esta suposición estaba basada en datos dispersos y no sistematizados, que daban cuenta de la presencia en estos valles de algunos sitios con ocupación moche tardía (Shimada 1985), así como en las evidentes influencias de Moche en la cerámica de la cultura Vicús, dando lugar al estilo conocido como Moche-Vicús (Lumbreras 1987c).

El hallazgo en 1987 de las tumbas reales de Sipán en el sitio de Huaca Rajada por parte del equipo conducido por Walter Alva (Alva y Donnan 1993, Alva 2001), no solamente dio un impresionante giro acerca de la complejidad de la organización social moche y los extraordinarios niveles de poder concentrados en sus personajes principales, sino que también dio cuenta de una importante ocupación temprana en los valles de Lambayeque, a juzgar por los rasgos estilísticos de los múltiples artefactos que constituían los fastuosos ajuares funerarios de las tumbas.

Fig. 247. La Mina. Reconstrucción de la tumba Moche de elite hallada en el valle bajo del Jequetepeque (Narvaez 1994: fig. 2.5).

De modo que la investigación arqueológica de las tumbas de los señores de Sipán dio un primer y relevante indicio de la temprana y consistente presencia de Moche en Lambayeque, demostrando que esta se sustentaba en la existencia de una sólida estructura de poder social y económico local, cuya conducción debió corresponder a los señores principales enterrados en la plataforma funeraria de Sipán. De esta manera, las hipótesis que planteaban la posibilidad de desarrollos locales fuertemente emparentados con los moche de los valles de Trujillo al sur (Lumbreras 1988: com. pers.) asumieron mayor fuerza, planteando la posible presencia de entidades políticas moche en los valles de la región norteña, con determinados márgenes de autonomía e integradas entre sí por una serie de aspectos étnicos y culturales (Donnan y Castillo 1994). Las investigaciones en esta dirección se vieron reforzadas con el hallazgo en Jequetepeque de una temprana tumba Moche de elite en el sitio de La Mina, finamente decorada en su interior con pintura mural policroma y asociada a un conjunto excepcional de ceramios Moche (Narváez 1994: fig. 2.5). Posteriormente, se ha producido en el complejo de Dos Cabezas el hallazgo de una importante ocupación, también del Moche Temprano, en este caso asociada a un asentamiento con arquitectura monumental y tumbas de elite (Donnan 2001, 2003).

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