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Ciudad y Territorio de los Andes

1. ARQUITECTURA Y URBANISMO COMO TESTIMONIOS.

INTRODUCCIÓN.

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Luego de la publicación en 1989 de mi libro “Asentamientos Humanos y Formaciones Sociales en la Costa Norte del Antiguo Perú”, que concluía con el estudio de los asentamientos Moche, tenía pendiente el propósito de escribir una segunda parte que tratara de los notables desarrollos urbanos que florecieron luego con los estados Lambayeque y Chimú, como son los casos notables de las ciudades de Chanchán, Túcume, Pacatnamú, entre otros. Es decir, la idea era continuar en la lectura de la excepcional “columna de prueba” que constituye la costa norte del Perú para examinar las características, así como las continuidades y cambios, que presenta de forma consistente la evolución del proceso de desarrollo del fenómeno urbano en este territorio a lo largo de todas sus épocas.

CIUDAD Y TERRITORIO EN LOS ANDES
Contribuciones a la historia del urbanismo prehispánico
Autor: José Canziani Amico
PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ
Centro de Investigación de la Arquitectura y la Ciudad – CIAC
La edición de la pre ente publicación ha contado con el auspicio del
CONSORCIO DE UNIVERSIDADES FRANCÓFONAS DE BÉLGICA

Mientras tanto, los nuevos hallazgos y datos que aportaban los proyectos arqueológicos que se desarrollaron a partir de fines de los 80 e inicios de los 90, de manera creciente enriquecían pero también renovaban y ponían en discusión algunas de las interpretaciones sobre el proceso sostenidas en el libro recientemente publicado. Por otra parte, tanto mi participación en la docencia, como los estudios desarrollados personalmente en otras regiones, además de la costa norte, me proponían el reto de lograr una visión más global y unitaria del fenómeno de asentamiento en los Andes Centrales, sin dejar de lado por esto la valoración de la singularidad de los procesos regionales y la necesidad de compararlos o contrastarlos entre sí.

La ocasión de seguir profundizando en la problemática de la costa norte se dio al poco tiempo al recibir la generosa invitación de Santiago Uceda y Ricardo Morales, directores del flamante proyecto Arqueológico Huaca de la Luna, para incorporarme al equipo del proyecto como investigador asociado. Esta experiencia fue y sigue siendo para mi muy importante, ya que me permitió tener una visión directa de la problemática de un monumento tan emblemático como la Huaca de La Luna, el templo mayor de los Moche, y al mismo tiempo relacionarla con el estudio de la dinámica urbana del sitio de Moche. Mientras tanto, desarrollaba simultáneamente exploraciones y estudios sobre manejo del territorio, patrones de asentamiento y arquitectura en el valle de Chincha y otras regiones de la costa sur. Pienso que estas visiones simultáneas y cruzadas me han permitido apreciar similitudes y equivalencias, pero también subrayar las marcadas diferencias y contrastes existentes entre procesos que, no obstante su contemporaneidad, se caracterizaron por presentar soluciones y realidades bastante distintas entre sí.

Estas visiones e inquietudes que provenían de estas experiencias paralelas, me llevaron tanto a descartar el coronar el estudio de la “columna de prueba” con una segunda parte del libro, como también apuntalarla con una revisión revisada del mismo, tal como me sugerían algunos amigos ante el rápido agotamiento de la edición. Mas bien fue madurando en mi la necesidad de lograr un trabajo de mayor aliento, que no por esto perdiera de vista el enfoque regional, manteniendo la aproximación a lo singular, pero que al mismo tiempo pudiera correlacionar estas distintas experiencias en una visión amplia y contrastada, que permitiera ofrecer un panorama de lo que fue la evolución del urbanismo en los Andes Centrales a lo largo de diferentes épocas, en distintos contextos sociales y ámbitos territoriales.

Este proyecto personal comenzó a tomar cuerpo a mediados de los noventa, proponiéndome los temas a tratar, escribiendo apuntes y notas que ordenaba en una suerte de hoja de ruta que debía de recorrer. Y hablando de recorridos, el proyecto seguía madurando pero no tenía cuándo arrancar, hasta que en el 2000 —cuando transitábamos hacia el “nuevo milenio”— sufrí la rotura del mítico tendón de Aquiles y, al poco tiempo, la fractura más prosaica y dolorosa de la otra pierna! De modo que quedé reducido a una severa inmovilidad por un largo tiempo, lo que me dio la ocasión oportuna para iniciar la tantas veces proyectada redacción del texto que tenía en mente, alternando el resto del tiempo con la consulta de las múltiples fuentes bibliográficas que se me iban abriendo en el camino de la investigación. Fue de alguna manera esta sorpresiva “fractura histórica” —y la obligada convalecencia, a modo de beca— la que me permitió finalmente disponer del tiempo para empezar a echar a andar el libro. Luego, conforme la recuperación y la rehabilitación avanzaban, permitiéndome recuperar mi vida normal, la dedicación al libro necesariamente se resintió en cuanto al tiempo disponible, pero yo para esto ya había vuelto a andar y la marcha del libro se convirtió durante estos últimos años en un constante compañero de ruta.

El presente libro es producto de un trabajo de investigación que he desarrollado durante los últimos 6 años, si bien es fruto de más de dos décadas de investigación y docencia sobre el tema. El libro se propone ofrecer una visión de conjunto de las diferentes formas de asentamiento y manejo del territorio que realizaron las sociedades que habitaron los Andes Centrales desde los primeros cazadores recolectores hasta el imperio Inka, presentando de manera documentada el excepcional patrimonio urbanístico y arquitectónico del antiguo Perú en sus distintas expresiones regionales. Está compuesto por ocho capítulos. El primero corresponde a la introducción, tanto de las premisas teóricas y metodológicas, como de las características singulares del territorio de los Andes Centrales, que corresponde al variado escenario donde se desarrolló el proceso civilizatorio andino. Los capítulos del 2 al 8, abordan las diferentes épocas y períodos históricos, reseñando las formaciones sociales presentes, su relación con el espacio territorial y el manejo de sus recursos, así como los casos más representativos de sus formas de asentamiento y arquitectura. Para lo cual, se realiza en cada capítulo un recorrido por el territorio andino, región por región y de norte a sur, de manera de ofrecer una visión comparativa tanto de la unidad como de la notable diversidad del proceso. Finalmente, se desarrolla la correspondiente Bibliografía y el Index.

Una de las motivaciones centrales de este trabajo, como lo señala su título, ha sido contribuir al conocimiento de la historia del urbanismo prehispánico. Esta motivación se nutre de varias vertientes que tienen que ver con aspectos tanto teóricos y académicos, como de otros que tienen incidencia en la problemática contemporánea y en especial con la temática general del desarrollo territorial y el rol que en ello le corresponde a las formas de desarrollo urbano.

En cuanto a los aspectos teóricos, este trabajo se ha propuesto explorar y profundizar en el complejo y controversial tema del origen y evolución del fenómeno urbano en el Área de los Andes Centrales y su rol en el proceso civilizatorio protagonizado por las sociedades andinas. En cuanto a la problemática de nuestro desarrollo contemporáneo, somos concientes y estamos convencidos de la importancia del examen histórico del proceso de desarrollo urbano y territorial, en cuanto nos proporciona una serie de elementos que pueden servir de fuente de reflexión frente a la problemática contemporánea y que pueden aportar a la formulación de propuestas orientadas al desarrollo territorial. La lectura histórica del desarrollo territorial es de especial importancia, ya que puede contribuir a recuperar y renovar las formas de manejo racional y sostenible de nuestro complejo espacio territorial y sus recursos naturales; así como reevaluar el rol de las formas de asentamiento urbano con relación al manejo del medio ambiente y el desarrollo del medio rural.

Hoy está cada vez más claro que no es posible lograr el desarrollo de nuestro país sin superar los graves problemas que se advierten en la construcción de nuestra identidad nacional, frente a la urgente e impostergable necesidad de resolver la situación de pobreza en la que vive más de la mitad de nuestra población. Creemos que parte del reto de encontrar respuestas a esta problemática y de la búsqueda de soluciones a la misma, comprometen necesariamente la revaloración de nuestro rico y vasto patrimonio monumental, urbanístico y paisajístico, contribuyendo a los esfuerzos dirigidos a su investigación, conservación y puesta en valor. Aspectos que tienen especial relevancia en el desarrollo de circuitos de turismo cultural, que adquieren cada vez mayor importancia en el desarrollo económico tanto regional como nacional, pero también en la recuperación y valoración de una identidad cultural que constituye el nervio para lograr un desarrollo territorial armónico y sostenible.

A lo largo de los años de docencia que he desarrollado sobre temas de arquitectura prehispánica, principalmente en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y en la Universidad Católica (PUCP), he enriquecido mis conocimientos gracias a las diversas preguntas y cuestiones planteadas por mis estudiantes. Sin embargo, también he podido sentir en ellos las dificultades y la desorientación frente a una bibliografía muy amplia y difícil de alcanzar. Por esta razón, otro de los motivos para emprender este trabajo ha sido el desarrollar un texto de divulgación de nivel universitario, destinado a investigadores y estudiantes de Arquitectura y Urbanismo, pero también de Arqueología, Historia, y al público en general, que permita acceder a los alcances y resultados de esta investigación y, a través de ella, a un cúmulo de informaciones que se encuentran dispersas en múltiples estudios especializados de difícil acceso.

Además del manejo de los temas de mi especialidad, del análisis de complejos arqueológicos y de los desarrollos territoriales regionales que fueron objeto de estudio de mis investigaciones en estos últimos años —algunos de cuyos resultados se incorporan en este libro— la necesidad de ampliar la información, con miras a proporcionar una visión global de los temas propuestos en este trabajo, me permitió revisar y estudiar múltiples fuentes bibliográficas que enriquecieron mis conocimientos iniciales. De esta manera, más de 500 libros y artículos han sido consultados, a veces sólo para recabar algunos datos puntuales, pero mayormente para encontrar conceptos e ideas que han sido sustantivos para construir este trabajo. En muchos casos, esto obligó al acopio de información especializada, dispersa en publicaciones de circulación restringida, o depositada en viejas ediciones de los trabajos de los pioneros de la investigación arqueológica. Desde el punto de vista metodológico la investigación se propuso sistematizar esta vasta información y establecer la articulación de datos de diferente naturaleza que, en su conjunto, me permitieron construir hipótesis interpretativas y explicativas de la arquitectura, el fenómeno urbano y el manejo del territorio. En este mismo proceso, hemos también puesto a discusión crítica las hipótesis planteadas por otros investigadores, como una manera de asumir su validación, sometiéndolas a los mismos criterios de prueba y rigor que nos hemos impuesto con las propias.

Como se podrá apreciar, hemos hecho un importante esfuerzo para incorporar al texto del libro la mayor cantidad de ilustraciones posible, las que suman más de 500. Estas incluyen fotografías realizadas durante mis viajes, visitas y trabajos de campo en diferentes lugares o sitios arqueológicos, así como fotos aéreas y de otras fuentes. Se incluyen también mapas, planos y gráficos, que al igual que las fotografías, esperamos permitan a los lectores tener una imagen más precisa y completa de lo que pueden alcanzar a describir los textos.

Este largo proceso de análisis me ha permitido tener una nueva y más amplia visión de los temas aquí tratados desde el momento que comencé la investigación y la redacción de este libro. De esta manera, reconocemos la importancia de los múltiples aportes y datos de otros investigadores que han contribuido sustancialmente en la realización de este trabajo. Personalmente, el proceso de aprendizaje derivado de esta investigación ha sido para mi sumamente importante y estimulante. De cierta manera ha constituido para mí un excepcional viaje virtual, recorriendo los espectaculares paisajes que caracterizan los diversos territorios de nuestro país, a través del tiempo y las distintas épocas que constituyen la historia de las poblaciones que nos antecedieron en su construcción.

Agradecimiento

Soy por cierto tributario de arquitectos que iniciaron y fueron pioneros de la integración de la historia de la arquitectura peruana con la arqueología, como Emilio Harth Terré cuyos trabajos no han recibido la atención merecida y cuyos esforzados levantamientos de planos se publican frecuentemente sin los créditos correspondientes. El privilegio de integrar la Comisión de Arquitectura y Urbanismo del Instituto Nacional de Cultura del 2003 al 2005, con personalidades como el arquitecto Carlos Williams y luego con el arquitecto Santiago Agurto, me permitió renovar una vieja relación de amistad y respeto, y poder compartir sus experimentadas opiniones. En especial con el arquitecto Williams tuve ocasión de retomar nuestras reflexiones y discusiones que se iniciaron hace unos 20 años cuando aceptó generosamente asesorar mi tesis de revalidación. Recuerdo con aprecio su fina ironía y la modestia con la cual compartía generosamente sus conocimientos e inteligentes aproximaciones a temas de arquitectura y urbanismo, tanto del pasado como del presente. Hoy cuando ya no nos acompaña, me parece imprescindible destacar su papel pionero en la integración científica e interdisciplinaria entre la arquitectura y la arqueología, de lo cual son testimonio sus múltiples trabajos y aportes, muchos de los cuales son ponderados en nuestro trabajo.

A Sergio Staino, viejo amigo florentino, le agradezco haberme iniciado en el apasionante mundo de la investigación científica, la que dio lugar a mi primera colaboración en el encendido ensayo de “Los Orígenes de la Ciudad” en plena efervescencia post 68. Sigo siendo deudor de la generosa aproximación a la arqueología y sus postulados teóricos que me brindó desde mis exploraciones iniciales el Dr. Luis Guillermo Lumbreras. La vieja amistad con Elías Mujica, construida a lo largo de los comunes proyectos editoriales, del cual este libro es de alguna forma también una expresión, se ha proyectado a través de los nuevos derroteros abiertos por el Proyecto Arqueológico de la Huaca de La Luna. Mi agradecimiento debe extenderse al Dr. Craig Morris, quien aseguró el apoyo del Museo de Historia Natural de Nueva York a las investigaciones que tuve la oportunidad de desarrollar en el valle de Chincha, algunos de cuyos resultados se han incorporado en este libro. Su repentina desaparición mientras escribo estas páginas nos deja un enorme vacío, tanto por sus constantes y valiosos aportes a la arqueología andina, como por su amable e inteligente amistad. De John Hyslop guardo siempre un permanente recuerdo, en los que se entremezclan sus trabajos en Inkawasi en Cañete —cuando lo conocí— las largas y múltiples conversaciones sobre arqueología y en especial sobre el urbanismo Inka, su permanente búsqueda de innovaciones técnicas para el registro fotográfico de los sitios con globos o cometas, su generoso apoyo y difusión de mis primeros trabajos, su cálida y entusiasta personalidad y, no menos importante, nuestra común afición por las motocicletas!

Los trabajos de la Dra. María Rostworowski fueron para mi no sólo una imprescindible fuente de consulta, sino también su personalidad un ejemplo de pasión y persistencia en la investigación, su trato amical y su permanente curiosidad por nuestros trabajos ha sido un estimulo que agradecemos con afecto. A la Dra. Rosa Fung mi agradecimiento por sus valiosos comentarios y aportes que me ayudaron especialmente en el tratamiento del período Arcaico; igualmente a Santiago Uceda por sus comentarios y sugerencias en el tratamiento de la temática de los cazadores recolectores, sin olvidar por cierto la amistad construida a lo largo de estos años teniendo como centro los trabajos de investigación y puesta en valor en la Huaca de la Luna. A Luis Jaime Castillo por las discusiones sobre lo Moche, en especial sobre las fases tardías y las hipótesis alternativas de desarrollo que ofrecen los valles del Moche norteño, como el de Jequetepeque. Y en general mi agradecimiento a todos los “mochicólogos” con los cuales hemos tenido la oportunidad de alternar sobre la problemática Moche durante los eventos organizados por la Universidad Nacional de Trujillo y el proyecto Arqueológico de la Huacas del Sol y La Luna, y más recientemente por la Dumbarton Oaks, el Museo Larco y la Pontificia Universidad Católica.

Agradezco el apoyo del Instituto de Investigación de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes (INIFAUA) de la UNI, cuya colaboración me permitió organizar los materiales de este trabajo en un primer tramo de la investigación. La convocatoria de los arquitectos Frederick Cooper y Pedro Belaunde para incorporarme a la plana docente de la recientemente creada Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), me ha permitido profundizar mi labor docente y formar parte de un equipo de profesores cuya calidad personal y profesional ha contribuido a enriquecer mis conocimientos y a establecer recíprocas relaciones de colaboración y amistad. En especial agradezco al amigo Pedro Belaunde, Jefe del Departamento de Arquitectura y Urbanismo, su interés en lograr mi participación en los espacios de investigación generados por el Centro de Investigación de la Arquitectura y de la Ciudad (CIAC). Su perseverancia en el seguimiento de mis avances con el libro, así como su entusiasmo por el proyecto editorial del mismo, me han ayudado a mantener el curso y ha recuperarlo cuando este decaía, en esta suerte de “navegación en solitario” que implicaba los largos derroteros seguidos en esta investigación. Debo agradecer también sus gestiones con el Fondo Editorial de la PUCP, y las realizadas para recibir el apoyo, por intermedio del CIAC, del Consejo Interuniversitario de la Comunidad Francesa de Bélgica (CIUF), siendo el coordinador del programa para arquitectura del convenio PUCP-CIUF el arquitecto Andre De Herde. Apoyo que me permitió el impulso final para concluir la diagramación y avanzar la edición del presente libro.

A propósito de la búsqueda de las fuentes bibliográficas que no estaban a mi alcance, debo agradecer a muchos amigos y colegas, arqueólogos y arquitectos, cuya colaboración sería largo mencionar. Sin embargo, quiero destacar el apoyo recibido de los amigos del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y en especial de Virginia García, a cargo de la bien organizada Biblioteca del Instituto, por su eficiencia y extraordinaria rapidez en ubicar y poner a mi disposición obras que de otra forma seguramente me hubieran sido inalcanzables.

Debo agradecer a Aída Nagata su compromiso con el proyecto editorial de este libro. Su trabajo pulcro y minucioso acompañó los pasos iniciales de edición, antes de integrarse al Fondo Editorial y luego de su incorporación, donde felizmente se ha reencontrado con el libro asegurando la continuidad de un buen trabajo. Agradecimiento que hago extensivo a todos los demás integrantes del Fondo, cuyo trabajo en equipo ha superado los retos planteados por la edición del libro.

ARQUITECTURA Y URBANISMO COMO TESTIMONIO DE LA EDIFICACIÓN SOCIAL

Lo que ay que ver desto son los cimientos de los edificios y las paredes y cercas de los adoratorios, y las piedras dichas, y el templo con sus gradas, aunque desbaratado y lleno de heruazales, y todos los más de los depósitos derribados: en fin fue lo que no es. Y por lo que es juzgamos lo que fue.

EN EL CONOCIMIENTO e interpretación de la historia universal de las civilizaciones, un papel clave lo desempeña el estudio de la arquitectura y, especialmente, del urbanismo. Existe consenso por parte de los estudiosos del tema en asumir la emergencia del urbanismo como un elemento diagnóstico de primer nivel de los procesos civilizatorios. Esto no es novedad, mas si consideramos lo emblemático que ha sido para la humanidad el fenómeno urbano para identificar este proceso, tanto que de antiguo el término civilización deriva de la raíz latina civilitas, las comunidades urbanas que habitan en civitas o ciudades.

En el análisis de las formaciones precapitalistas, Marx y Engels establecieron una correspondencia entre los diferentes estadios de la evolución social y sus respectivas formas de asentamiento. En esta perspectiva, la ciudad constituía una variable fundamental que se asociaba a la aparición de las formaciones sociales clasistas y el Estado. Estos postulados fueron aplicados tiempo después por Childe en su proposición pionera de la arqueología como ciencia social.

Si postulamos que la arquitectura y la forma de asentamiento humano en el territorio, constituyen una expresión privilegiada en las que se plasma físicamente un conjunto significativo de actividades humanas —manifestando así la forma de organización social y los modos de vida— entonces el análisis de estos testimonios representará una herramienta de gran valor para examinar la sintomatología de este tipo de procesos sociales.

(Cieza de León 1984: 253). [1]

 

Tanto la arquitectura como los asentamientos incorporan ellos mismos la calidad de productos sociales. Por lo tanto su análisis funcional, formal y constructivo, permite explorar desde estas vertientes los procesos de especialización productiva, la división del trabajo y las formas de organización social. Bajo esta perspectiva, en el estudio de los procesos civilizatorios adquiere una importancia medular el análisis de la arquitectura pública y de los asentamientos urbanos, por la especial relevancia que asumen en el desarrollo de los procesos en cuestión.

La construcción de la civilización, la edificación social, económica, cultural, mítica se plasma en la arquitectura y en la propia forma de asentamiento, en el manejo y transformación del territorio. Por lo tanto la tarea que tenemos por delante no es solamente reconstruir la identidad material, física, de la edificación arquitectónica, sino especialmente su condición de continente de actividades sociales, y de la representación social que esta entrañó. Mediante este tipo de análisis la lectura de la arquitectura podrá expresar la edificación social y tendrá un papel fundamental en la reconstrucción histórica de los procesos sociales.

Pero, por otra parte, enfrentamos el reto mayor de reconstruir, recomponer, la identidad de la población de nuestro país con su invalorable patrimonio edificado, ya sea este arquitectónico, urbanístico o territorial y paisajístico. En cuanto consideramos que este es un requisito indispensable para garantizar su conservación y puesta en valor. Por esto, sostenemos también que la recuperación de este invalorable patrimonio debe constituirse en una imprescindible herramienta de desarrollo y en una fuente permanente de reflexiones acerca de nuestro futuro como país.

Limitar los complejos procesos sociales concentrándonos en el examen de las evidencias materiales y artefactuales, puede proporcionar una visión parcial o inclusive degradada de la realidad social. Este es especialmente el caso, por ejemplo, de las formaciones que no exhiben destacadas realizaciones culturales o arquitectónicas, como los cazadores recolectores, y cuyo equipamiento mayormente lítico puede aparentar una visión rudimentaria y primitiva de los mismos. Mientras que si incorporamos la dimensión espacial, asociando los contextos materiales a su modo de vida, y éste con sus correspondientes formas de asentamiento y el manejo territorial de sus recursos, tendremos una visión radicalmente distinta o por lo menos de mayor profundidad y valoración de los procesos sociales que se desarrollaban en ese entonces.

El planteamiento central de nuestro trabajo propone que el surgimiento y evolución del fenómeno urbano, y en especial de la ciudad, constituye una de las claves principales para el estudio del proceso civilizatorio. Donde el examen de la evolución del fenómeno urbano constituye una herramienta imprescindible para el análisis y definición de las particulares características que asume, en una región determinada, el proceso civilizatorio en cuestión.

Esto, a nivel universal, se debe a que el proceso de desarrollo de formaciones sociales complejas, y especialmente de aquellas que alcanzaron una organización estatal, tuvo como correlato el surgimiento y desarrollo de centros urbanos y posteriormente de ciudades. En los centros urbanos y ciudades se concentra el desarrollo de las más importantes actividades económicas y sociales, particularmente de aquellas de carácter especializado. Por esta razón, el estudio de la forma que adoptaron los asentamientos y el examen arqueológico de sus componentes, permitirá aproximarnos a la reconstrucción histórica de las formaciones sociales que les dieron origen y entender un aspecto crucial, como es el urbanismo, para el estudio del proceso civilizatorio en los Andes Centrales.

Uno de los objetivos centrales de esta investigación ha sido definir un panorama general del origen, evolución y desarrollo del fenómeno urbano en los Andes Centrales durante la época prehispánica. Para la consecución de este propósito se ha identificado, en cada una de las épocas del desarrollo histórico-cultural en los Andes Centrales, casos representativos que ilustren el desarrollo del fenómeno urbano y sus expresiones arquitectónicas más significativas.

A partir de este enfoque, se analiza la incidencia de los aspectos económicos, sociales y culturales, en el nivel de desarrollo del fenómeno urbano y las formas específicas que este asumió a través del tiempo. Paralelamente, se examina la unidad y la diversidad que se aprecia históricamente en el proceso de desarrollo urbano en el Área Central Andina, con el propósito de analizar comparativamente las manifestaciones del fenómeno de región a región, y explicar en cada caso las particularidades de su evolución.

Las premisas metodológicas de este trabajo mantienen una línea de continuidad, aunque con mayor énfasis descriptivo, con los postulados desarrollados en ensayos anteriores, donde hemos sostenido la importancia fundamental que tiene, en el análisis científico del fenómeno de asentamiento humano en el territorio, establecer la relación de correspondencia recíproca existente entre la formación económico social y su correspondiente forma de asentamiento (Staino y Canziani 1984, Canziani 1989). Esta correspondencia de carácter teórico corresponde en términos generales a entidades o categorías abstractas. Sin embargo, así como las formaciones económico sociales se presentan en la realidad de una manera concreta y específica, que se define y manifiesta en un determinado modo de vida, de la misma manera la forma de asentamiento, en cuanto categoría abstracta, se expresa de forma singular en un determinado modelo o patrón de asentamiento.

De esta propuesta resulta que así como en términos teóricos y generales establecemos las relaciones de correspondencia entre distintas formaciones sociales y sus correspondientes formas de asentamiento, al nivel de los procedimientos analíticos, debemos establecer la relación dialéctica de correspondencia entre los modos de vida y su concreción en específicos modelos o patrones de asentamiento (ver Cuadro 1).[2]

A lo largo de este trabajo examinaremos un conjunto de aspectos arquitectónicos y urbanísticos que consideramos diagnósticos y fundamentales para interpretar las características que asume en los Andes Centrales el proceso civilizatorio. Se ha sostenido con razón que si bien este proceso presenta singularidades y una identidad unitaria, que en términos generales permiten caracterizarlo como ‘andino’, también es necesario advertir que manifiesta una notable diversidad, como una marcada desigualdad en sus desarrollos de región a región y en el devenir de una época a otra, lo cual significa que este proceso no fue lineal ni continuo.

Bajo estas premisas, debemos notar una advertencia cautelar: tanto el ‘Estado’ como su correlato urbanístico, la ‘Ciudad’, no son, como muchas veces se supone equivocadamente, organismos únicos, creados por la humanidad en los inicios de la civilización y enriquecidos en el curso de los siglos. Por el contrario constituyen una serie de entidades diferentes, históricamente limitadas y determinadas por causas y circunstancias específicas (Staino y Canziani 1984).

Si asumimos la concepción del Estado, como la forma de organización política que regula las relaciones sociales, con el ejercicio del poder por parte de una clase social dominante, lo que aquí nos interesa no es tanto la ‘evolución’ del Estado en sí mismo, sino el cómo y el porqué se dan las condiciones sociales que hicieron y hacen posible su existencia, y cuales serían los elementos diagnósticos que nos pueden permitir inferir su presencia o ausencia. En este caso, utilizando los indicadores y las herramientas analíticas que nos proporciona la arquitectura y el urbanismo.

De los antecedentes historiográficos

Sin bien se dispone de una bibliografía relativamente amplia de estudios referidos al desarrollo de los procesos civilizatorios y su relación con la evolución de las formaciones urbanas, estos están mayormente concentrados en el examen de lo acontecido en el Viejo Mundo y, en especial, en el caso del Cercano Oriente (Egipto y Mesopotamia). Esta región cuenta con una amplia bibliografía que va desde los trabajos pioneros de Childe (1936, 1942) y Frankfort (1954), a estudios más recientes como los de Adams (1972), Manzanilla (1986) y Redman (1985).

Existen limitados estudios que examinan esta problemática en otras regiones donde se desarrollaron procesos civilizatorios originarios (India, China, Mesoamérica), así como existen trabajos de debate teórico con referencias comparativas a distintas regiones (Service 1984). Sin embargo, constatamos que en el caso de los Andes Centrales este tipo de trabajos es muy escaso.

Para el antiguo Perú, tenemos estudios que provienen mayormente del campo de la arqueología. Algunos con limitaciones teóricas y ya desactualizados en cuanto a documentación empírica (Rowe 1963; Schaedel 1966, 1972), otros con importantes aportes en cuanto a la evolución de los patrones de asentamiento en ciertos valles de la costa, entre los que destacan los de Willey (1953) en Virú y Wilson (1988) en el Santa. Algunas importantes contribuciones teóricas relacionadas con el examen de esta problemática se encuentran en Lumbreras (1981). En este panorama, que evidencia la ausencia de una visión temática de conjunto, desde el campo de la arquitectura y el urbanismo, disponemos de una primera aproximación general al tema de las formaciones urbanas en América en el clásico estudio sobre las ciudades precolombinas de Hardoy (1964); y de tan sólo una importante síntesis sobre la arquitectura y el urbanismo en el antiguo Perú en el trabajo publicado por Williams (1981) hace más de veinte años.

El autor, en colaboración con Sergio Staino, publicó un ensayo acerca de los orígenes de la ciudad y su rol en el proceso civilizatorio, en el que se examinaba comparativamente los casos de Sumer, Egipto y el Antiguo Perú (Staino y Canziani 1984). Posteriormente, publicó un estudio centrado en el examen de las formas de asentamiento en la costa norte, relacionado con la evolución de las formaciones sociales en dicha región, durante los períodos tempranos de la época prehispánica (Canziani 1989). A continuación, ha publicado una serie de artículos en revistas especializadas acerca de este tema, con referencia a determinados valles y épocas (Canziani 1992a, 1993, 2000, 2003a, 2003b), al manejo del espacio territorial en el área andina y en determinadas regiones de esta (Canziani 1991, 1995, 2002), o centrados en los monumentos que integran complejos urbanos (Canziani 1987, 1992a, 1992b, 2000, 2003a, 2004).

En estas dos últimas décadas en nuestro país se han desarrollado muchos proyectos arqueológicos, centrados tanto en el análisis de complejos urbanos como de los monumentos arquitectónicos que los integran. En muchos casos, los resultados de estas investigaciones han enriquecido y alterado sustancialmente la información preexistente, basada muchas veces en el examen superficial de los sitios. Justamente, uno de los propósitos de este trabajo ha sido revisar esta vasta bibliografía dispersa y especializada, sistematizar y articular la información documental pertinente, y divulgar sus nuevos alcances.

LOS ANDES CENTRALES[3]Geografía y medio ambiente

El área de los Andes Centrales, en cuanto a geografía y características medioambientales, constituye una de las áreas mundiales con mayor diversidad climática y biológica. Esto se debe, en primer lugar, a la presencia de la cordillera de los Andes la que asciende desde el nivel del mar, en el litoral de la costa del Océano Pacífico, hasta llegar al nivel de las montañas de nieves perpetuas, con nevados como el Huascarán cuya cumbre alcanza los 6,768 msnm, para luego descender nuevamente hacia las planicies de las selvas tropicales de la cuenca amazónica. De modo que el sólo factor altitud en un área que se encuentra en una zona tropical, genera múltiples y distintos pisos ecológicos, con las consiguientes variaciones climáticas, topográficas e hidrográficas. Por otro lado, el litoral marino de nuestras costas al Océano Pacífico se ve afectado por el fenómeno de enfriamiento de sus aguas por la corriente de Humboldt y el afloramiento de aguas frías provenientes de las profundas fosas marinas. De esta manera, el mar actúa como un condicionante que altera sustancialmente las características climáticas de nuestras regiones costeras.

En los territorios de la cordillera de los Andes Centrales se desarrollan una serie de valles, algunos corren transversales a esta como los valles costeños, descendiendo desde sus flancos occidentales hacia la costa, generando verdes oasis en esta zona desértica. Otros se desarrollan al interior, limitados por los pliegues y flancos de las estribaciones de la cordillera, formando los denominados valles interandinos, que se localizan mayormente en las zonas quechua, si bien algunos sectores de su trayecto pueden también ubicarse en la zonas correspondientes a las denominadas yungas orientales.

La presencia de la corriente fría de Humboldt frente a las costas peruanas y la riqueza de nutrientes que esta genera, favorece la existencia de altas concentraciones de plancton, que constituyen la base de una vasta cadena trófica que se caracteriza por una impresionante diversidad de especies y una alta densidad de la biomasa marina, constituida por centenares de especies de peces, moluscos, crustáceos, así como aves y mamíferos marinos.

Fig. 1. Mapa geográfico de los paisajes de los Andes Centrales (redibujado de Troll 1958).

Esta extraordinaria riqueza de recursos marinos —que hasta el día de hoy tiene una importancia fundamental en la economía de nuestro país— desempeñó un papel de enorme relevancia en cuanto fuente privilegiada de recursos alimenticios y productivos desde los tiempos de los primeros pobladores del litoral y a todo lo largo de las distintas épocas del proceso civilizatorio andino.

Pero la corriente fría de Humboldt también desempeña un papel clave con relación a las condiciones climáticas, especialmente en el caso de las regiones costeras, generando una serie de fenómenos que determinan sus condiciones desérticas,

Fig. 2. Paisaje de litoral marino en la caleta de Jihuay, Atiquipa (foto: Canziani).

Fig. 3. Paisaje de dunas en el desierto cerca de la playa Gramadal, Huarmey (foto: Canziani).

no obstante que estos territorios se encuentren en latitudes próximas a la línea ecuatorial y, por lo tanto, en un área propia de zonas lluviosas y de bosques húmedos tropicales. En nuestro caso, las grandes masas de aire húmedo transportadas por los vientos alisios entran en contacto con las aguas frías del mar, formando bancos bajos de niebla que se ubican entre los 200 a 600 metros de altura, provocando el fenómeno conocido como inversión térmica. Este fenómeno se produce porque por encima de la niebla está despejado y el sol calienta

Fig. 4. Paisaje de bosques de lomas y acumulación de niebla, en el cerro Cahuamarca, Atiquipa (foto: Canziani).

el aire, mientras que por debajo de las nubes y en proximidad del suelo las temperaturas son bastante más bajas. De esta manera se inhibe la precipitación de lluvias en las zonas costeras, de lo que deriva sus predominantes características desérticas.

Sin embargo, estas nubosidades típicas y persistentes en las regiones costeras durante el invierno (de junio a setiembre), producen ligeras precipitaciones de lluvia fina conocida como garúa. Estas precipitaciones son más frecuentes en zonas próximas al litoral y algo más elevadas o con barreras de cerros, donde dan origen a un fenómeno muy especial y único de la costa peruana: las lomas. Se trata de la formación de pastos y vegetación arbustiva en zonas normalmente desérticas y que se dan gracias a estas garúas, pero también debido a la propia condensación de la humedad contenida en las nubes, al entrar estas en contacto con la superficie fría de los suelos. En algunos casos, donde las condiciones son más propicias, se forman grandes extensiones de lomas que incluyen el desarrollo de áreas de bosques. En el desarrollo y reproducción de este fenómeno la vegetación desempeña un papel crucial, ya que las hojas y ramas de las plantas se convierten en elementos que multiplican el fenómeno de condensación, incrementando notablemente la precipitación del agua, además de disminuir su evaporación y favorecer su acumulación infiltrándola entre sus raíces.

Estas lomas con su abundante vegetación dan vida a una abundante fauna, entre la que se encuentran mamíferos como el guanaco, el venado, el zorro; aves como palomas, pericos, halcones y gavilanes; además de caracoles de tierra y muchos insectos. Este hecho, hizo de las lomas una zona especialmente rica en recursos y por lo tanto un lugar particularmente frecuentado por el hombre desde los tiempos de los primeros cazadores y recolectores. Sin embargo, hoy en día su frágil ecología está a punto de desaparecer debido a la persistencia de la deforestación y el sobre pastoreo iniciados en época colonial.

Según Pulgar Vidal (1996), en el territorio de los Andes Centrales tienen lugar ocho regiones naturales a las que asigna los nombres que asumen en la toponimia indígena: Chala, corresponde a las regiones del litoral costero; Yunga, al territorio de las zonas altas y cálidas de los valles occidentales, como también a ciertas zonas bajas y cálidas de los valles de las vertientes orientales entre los 500 y 2,300 msnm; Quechua, a las quebradas y valles interandinos que se localizan entre los 2,300 y 3,500 msnm; Suni o Jalca, a las estribaciones cordilleranas entre los 3,500 a 4,000 msnm; la Puna, a los territorios altoandinos y altiplánicos entre 3,500 y 4,500 msnm, ricos en pastos naturales; la Janca, a las zonas de glaciales y nieves eternas entre los 4,000 y 6,768 msnm; la Ruparupa o Ceja de Selva, a los flancos orientales de los Andes; y la Omagua, o Selva Baja, correspondiente a los bosques húmedos y tropicales de nuestra Amazonía. Sin embargo, otros estudiosos de nuestra geografía proponen la presencia, no solamente de las ocho regiones ya señaladas —que corresponderían mayormente a un corte transversal en las regiones centrales de este territorio— sino a muchas más subdivisiones ecológicas o ecorregiones (Brack 1986; Brack y Mendiola 2000).

Al respecto, algunos estudios geográficos destacan las marcadas diferencias territoriales y medio ambientales existentes en los Andes Centrales entre las regiones del norte, con aquellas del centro, como con las del sur. Las diferentes condiciones geográficas, orográficas y climáticas, que se presentan en estas distintas latitudes fueron graficadas en sendos cortes transversales tanto por Troll (1958) para los Andes en Sur América, como por Pulgar Vidal (1996) en cinco perfiles transversales, que atraviesan regiones del norte, centro y sur del

Fig. 5. Paisaje de zona de yunga oriental en el encañonamiento del río Marañón en la localidad de Balsas, en el límite entre los departamentos de Cajamarca y Amazonas (foto: Canziani).

Fig. 6. Paisaje de valle de zona quechua en los alrededores del Cusco (foto: Canziani).

Perú. A continuación resumimos de forma somera una breve descripción de las características que distinguen estas tres grandes regiones transversales que atraviesan los Andes Centrales.

En el caso de la región norte, las cordilleras no alcanzan una gran elevación y se desarrollan a una relativa distancia del litoral marino. Estas condiciones generan que los valles de los ríos que descienden desde el flanco occidental de los Andes, generen amplios abanicos aluviales formando extensas planicies sedimentarias, lo cual con el progresivo desarrollo de la irrigación artificial, permitirá su conversión en las mayores extensiones agrícolas de la costa peruana, sirviendo de sustento a los poderosos procesos civilizatorios que tendrán sede en esta región. Estas condiciones propicias al desarrollo agrícola se verán también favorecidas por una mayor humedad, derivada de la amplitud de las cuencas de los valles, así como por la mayor incidencia del régimen de lluvias, lo que deriva en los caudales generosos en sus ríos. Por otra parte, la atenuación de la corriente de Humboldt y la proximidad de las aguas cálidas del mar tropical al norte, o su eventual descenso hacia el sur con el desencadenamiento de eventuales fenómenos de El Niño, provocan lluvias en las zonas de costa

Fig. 7. Paisaje de planicies de puna en Qonococha, al fondo los nevados de la Cordillera Blanca (foto: Canziani).

Fig. 8. Cortes transversales esquemáticos en las regiones del norte, centro y sur del Perú (redibujado en base a Brack y Mendiola 2000; Pulgar Vidal 1996; y Troll 1958).

que propician el desarrollo de extensos bosques secos y el incremento del acuífero de la napa subterránea. En las zonas de sierra de las regiones del norte, los pasos de montaña son relativamente bajos facilitando las relaciones de transversalidad —tanto biológicas como humanas— entre la costa, la sierra y las regiones de la vertiente amazónica. Así mismo, la escasa altura de las montañas de las cordilleras del norte también derivan en la desaparición del piso ecológico de puna, que tanta importancia tiene en las regiones del centro y sobre todo en las del sur. En contrapartida se presentan zonas conocidas como páramo, con condiciones medio ambientales bastante distintas a las de la puna, aun cuando puedan corresponder al mismo piso altitudinal.

En el caso de la región central, los Andes presentan marcadas cadenas montañosas y alcanzan su mayor altitud. La distancia más próxima de la cordillera occidental con relación al litoral de la costa, deriva en la reducción de la extensión de los conos aluviales de sus valles; mientras que la menor extensión de sus respectivas cuencas deriva por lo general en la presencia de ríos con caudales algo más moderados, generando las condiciones para el desarrollo de valles agrícolas de mediana extensión. En las correspondientes regiones de sierra se generan amplios valles interandinos, como el Callejón de Huaylas o el del Mantaro. La altitud de las cordilleras y de los respectivos pasos de montaña dificultan relativamente la comunicación entre los valles interandinos, y entre estos y las

1. ARQUITECTURA Y URBANISMO COMO TESTIMONIOS

regiones costeras. Por otra parte, en estas regiones altoandinas asociadas a la cordillera de los Andes se desarrollan grandes planicies elevadas propias de los pisos ecológicos de puna.

En el caso de la región sur de los Andes Centrales se acentúan las condiciones de aridez y las situaciones de sequía son frecuentes con regímenes de lluvias irregulares y más escasas, especialmente en la vertiente occidental. Sus regiones costeñas se caracterizan por el desarrollo de extensos tablazos desérticos y la presencia de una cordillera marítima paralela al litoral, donde es común el desarrollo de vegetación de lomas. Los valles de esta región costeña son relativamente pequeños y cuentan con cuencas hidrográficas de limitada extensión, que se desarrollan mayormente en territorios de punas relativamente secas y sujetas a frecuentes sequías, y donde se originan ríos pequeños, cuyo escaso caudal se ve reducido aún más por procesos de evaporación e infiltración, siendo común que aun en época de lluvias sus aguas no lleguen a desembocar al mar perdiéndose en el desierto. Por lo tanto, estas regiones costeras presentan severas limitaciones al desarrollo agrícola, tanto como consecuencia de la escasez de agua, como de suelos adecuados para el cultivo. Mayormente las zonas de cultivo se limitan a algunos valles oasis como los de Ica y Nazca, que, por las razones antes expuestas, tienen además la singularidad de desarrollarse al pie de la cordillera y relativamente alejados del litoral. De otro lado, en las zonas altoandinas de esta región sur es dominante el piso ecológico correspondiente a la puna, donde el rol de la ganadería es preponderante, así como el de los cultivos andinos de altura. Los territorios de puna hacia el occidente son secos e inclusive áridos, mientras que los que se desarrollan hacia el oriente son más húmedos, ya que se benefician de las lluvias generadas por los vientos alisios del sur este que transportan masas de aire

Fig. 9. Campos agrícolas y canales de irrigación en el Valle medio de Chincha (foto: Canziani).

húmedo desde la Amazonia. Los valles interandinos propios de zonas quechua o yunga están presentes, si bien muchos de ellos son relativamente encajonados o con ríos que transcurren en profundos cañones, lo que dificulta o impide el aprovechamiento de sus aguas para fines agrícolas.

La interacción sociedad – medioambiente y las modificaciones territoriales

Para la cabal comprensión de las distintas formaciones sociales que se desarrollaron históricamente en las diferentes regiones de los Andes Centrales, es necesario ubicarlas en su correspondiente escenario paisajístico y medio ambiental. Como veremos más adelante, cada una de estas sociedades

Fig. 10. Hoyas de cultivo en la localidad de Chilca (foto: Canziani). interactuó de una manera específica con su medio, desarrollando especiales formas de manejo para hacer posible en ellas la producción y la explotación de sus particulares recursos, en el marco de sus propias estrategias de desarrollo económico y social. Esto llevó históricamente al establecimiento de distintos modos de vida y a la conformación de diferentes tradiciones culturales regionales.

Fig. 11. Acueductos subterráneos en la localidad de Cantalloc, Nazca (foto: S. Purin).

ecosistemas que caracterizan el territorio del Perú, como la necesidad de adecuarlos a las exigencias de diversos tipos de producción, para superar o atenuar las condiciones negativas o las limitaciones que estos presentaban por naturaleza al desarrollo de estas actividades productivas, dieron como resultado el despliegue de un extraordinario y variado corpus de Paisajes Culturales.[4]

Entre los paisajes culturales ligados al desarrollo de zonas de producción, podemos mencionar entre los principales los que se desarrollaron en la

terrazas en los promontorios de Punta Mulatos en la caleta de Ancón (foto: Canziani).

En el territorio del Antiguo Perú, a partir de la

revolución neolítica y el desarrollo inicial de la

producción agrícola, se constata la iniciación de

un proceso paralelo de modificación de las origina-

les características naturales del territorio, con el

propósito de acondicionarlo para servir de base a

distintos procesos productivos ligados principal-

mente a la agricultura.

Este proceso tiene la singularidad de caracteri-

zarse desde sus inicios no sólo por la amplia do-

mesticación de plantas y animales, sino que para-

lelamente va acompañado también por la

“domesticación” del territorio en cuanto medio

de producción. Tanto la extraordinaria diversidad

geográfica y climática de los medios ambientales y

costa desértica. Entre estos destacan los valles agrí-

colas generados mediante el despliegue de grandes

F

ig. 14. Reconstrucción hipo-

tética del manejo del territorio

de lomas en Atiquipa (Canziani

2002).

F

ig. 12. Terrazas de cultivo asociadas a sistemas de riego en las lomas

de Atiquipa (foto: Canziani).

F

ig. 13. Tendales para el secado de pescado formando sistemas de

1. ARQUITECTURA Y URBANISMO COMO TESTIMONIOS

Fig. 15.Terrazas agrícolas de formación lenta en la localidad de Picol, Cusco (foto: Canziani).

sistemas de irrigación artificial; los valles oasis donde se aplicaron sistemas de hoyas de cultivo, o se desarrollaron complejas formas de regadío que aprovecharon las aguas subterráneas, mediante el manejo de puquios y la construcción de galerías filtrantes, especialmente en la costa sur, donde se agudizan las condiciones de aridez y son escasas las fuentes de agua superficial; al igual que el manejo de los bosques de neblina en las zonas de lomas y el desarrollo de terrazas de cultivo irrigadas con el agua capturada de la niebla por los bosques; así como las lagunas y wachaques para el manejo

Fig. 16. Sistema de andenes agrícolas asociados a riego en la localidad de Laraos, Yauyos (foto: Canziani).

Fig. 17. Sistema de cultivo en camellones, conocidos también como waru waru en el altiplano puneño (foto: E. Mujica).

de la totora, o los tendales para el secado de pescado, presentes en distintos puntos del litoral.

Por otra parte, en la sierra y valles interandinos destacan las terrazas de formación lenta, para posibilitar el desarrollo de cultivos de secano en laderas de fuerte pendiente, lo que permitió generar suelos con menor gradiente y así mejorar la retención del agua de lluvia y disminuir la erosión. Sin embargo, frente a los constantes riesgos de sequías, y las notables ventajas de asegurar y controlar el desarrollo de los cultivos mediante la irrigación artificial, se desarrollaron extensos sistemas de andenes agrícolas, asociados a obras de canalización para posibilitar su riego. Mientras que en las zonas de puna, para lograr el desarrollo agrícola en una altitud que se encuentra en el límite de las posibilidades biológicas, y donde además los cultivos se encuentran expuestos a las frecuentes heladas y a la crítica alternancia de períodos de duras sequías o severas inundaciones, se desarrollaron sistemas de qochas, como también sistemas de camellones o waru waru; al igual que el despliegue de bofedales, generados mayormente mediante sistemas relativamente simples de riego o inundación de extensiones ubicadas en zonas de punas secas, para propiciar así el desarrollo de la vegetación y, de forma consecuente, favorecer las condiciones de pastura de camélidos, y hoy de vacunos y ovinos.

Estas diferentes modificaciones territoriales, por encima de su diversidad funcional, características paisajísticas, extensión y niveles de complejidad comprometidos, tienen en común la supera-

Fig. 18. Bofedales para la pastura de camélidos en las punas secas de Aguada Blanca, Arequipa (foto: Canziani).

ción de las limitaciones territoriales (climáticas, topográficas, de suelos, hidrográficas, etc.) para permitir o favorecer el desarrollo de las actividades productivas. En la mayoría de los casos se puede percibir que estas modificaciones, además de enfrentar las condiciones negativas, comportaron el aprovechamiento o mejoramiento de las condiciones positivas o favorables presentes en el medio natural.

Por lo tanto, se puede plantear que estas modificaciones territoriales tuvieron y aún tienen como aspecto común el propósito de generar, mejorar o ampliar las condiciones productivas del medio natural, garantizando a su vez la reproducción de las condiciones de base que aseguran la sostenibilidad de estos procesos.

Si bien las modificaciones territoriales fueron realizadas con herramientas relativamente sencillas, habrían comprometido una tecnología vasta y compleja que se caracterizaba por el despliegue de especiales formas de organización social de la producción.

En cuanto trascendentes medios e instrumentos de producción social de escala territorial, los paisajes culturales representan no solamente un importante patrimonio tecnológico, funcional al desarrollo territorial, sino también constituyen un referente relevante para las comunidades que los generaron o heredaron en cuanto se refiere a la constitución, conservación e, inclusive, la recuperación de su identidad cultural.

Los Andes Centrales en cuanto área cultural

Cuando en un conjunto de regiones localizadas en un determinado territorio geográfico, se aprecia que sus desarrollos culturales, por encima de sus diferencias regionales, comparten históricamente una serie de rasgos que definen una identidad, y donde además se aprecia una evolución en la que se pueden observar tanto continuidades como procesos de cambio, se entiende que estamos frente a lo que se define como área cultural.

Corrientemente se ha entendido como área cultural un territorio donde se registran determinadas tradiciones estilísticas en el repertorio de su cultura material. Sin embargo, estudiosos de esta problemática como Lumbreras (1981), sostienen que es preferible asumir una caracterización histórica de este término, que no esté por lo tanto referido exclusivamente a los aspectos estrictamente ”culturales”, si no que mas bien incorpore todas aquellas esferas relacionadas con el modo de vida y la evolución histórica de las formaciones económico sociales.

En este sentido, en un área histórico cultural, se debe percibir una unidad que es producto de la relación particular que instauran las sociedades con su medio ambiente específico, con el desarrollo de determinadas técnicas de producción, especialmente en el campo de la agricultura. Este proceso, en el caso de los Andes Centrales, presenta una definida impronta de unidad e integración en el marco de una notable diversidad.

Los Andes Centrales: su secuencia cronológica y cultural

El Área de los Andes Centrales comprenden gran parte del territorio de lo que es ahora el Perú, con un límite norte en el desierto de Sechura y la sierra de Piura; y al sur el nudo de Vilcanota y Arequipa. A las regiones que se encuentran más al sur, se les denomina área Centro Sur y corresponden al altiplano de la región circumlacustre del Titicaca, comprendiendo los desiertos costeros del extremo sur del Perú y del norte de Chile, y las punas de Bolivia (Lumbreras 1981).

En el caso de los Andes Centrales existen distintos planteamientos para definir su evolución histórica y la correspondiente secuencia de períodos culturales. En el presente texto asumimos dos propuestas como las principales, en cuanto son las mayormente aceptadas por los estudiosos de la materia, ya que además resumen e incorporan los aportes de distintos investigadores de la arqueología andina que trataron esta problemática.

1. ARQUITECTURA Y URBANISMO COMO TESTIMONIOS

En el caso de la secuencia propuesta por Rowe (1962) —establecida fundamentalmente sobre la base de sus investigaciones y de la secuencia estratigráfica obtenida en excavaciones arqueológicas en el valle de Ica— se privilegia los aspectos relacionados con la vigencia de determinados rasgos culturales y los cambios estilísticos, especialmente de aquellos que se aprecian en la producción cerámica. De esta manera, se propone un período Precerámico, que comprende tanto a las sociedades de cazadores y recolectores como a la época de las comunidades aldeanas de los primeros agricultores; le sucede un Período Inicial, referido a la época en que aparece inicialmente la cerámica; luego se establecen tres Horizontes, definidos sobre la base de la difusión y presencia en el área de los Andes Centrales de los rasgos estilísticos generados primero por el fenómeno Chavín (Horizonte Temprano), luego por el fenómeno Wari (Horizonte Medio), y finalmente por la expansión Inka con el imperio del Tawantinsuyo (Horizonte Tardío). Entre estos “horizontes” se dan dos períodos en que prevalecen los rasgos regionales, al cesar las influencias de carácter panandino. De este modo, se definen dos períodos “intermedios”, un primer período Intermedio Temprano entre los Horizontes Temprano y Medio y luego un período Intermedio Tardío entre los Horizontes Medio y Tardío (ver Cuadro 2).

Así mismo, tenemos la secuencia propuesta por Lumbreras (1981), que privilegia el distinto nivel de desarrollo y características de las formaciones sociales presentes en cada época. En este caso, se propone un período Lítico, que corresponde a la temprana época de los cazadores recolectores; le sucede el período Arcaico correspondiente a la aparición de las comunidades aldeanas precerámicas de los primeros agricultores; le suceden un período Formativo, que se inicia con la aparición de la cerámica (Formativo Inferior) y que, en las fases posteriores (Formativo Medio y Superior), corresponde a la época caracterizada por el fenómeno Chavín y el surgimiento de las “altas culturas”; el período de los Desarrollos Regionales Tempranos, caracterizado por el surgimiento de distintas formaciones regionales y la presencia de estados teocráticos; la Época Wari, para la que se propone el desarrollo de una primera formación de carácter imperial en el área andina; el período de los Estados Regionales Tardíos, caracterizado por el resurgimiento de las formaciones regionales y la presencia de distintos estados y señoríos; para concluir con la Época Inka, correspondiente al desarrollo del imperio del Tawantinsuyo (ver Cuadro 2).

Evidentemente estas dos propuestas de secuencia cronológico cultural están referidas a los mismos procesos y eventos históricos. Estas columnas secuenciales, por lo tanto, deben ser consideradas como herramientas útiles a la definición y comprensión de lo que distingue y separa una época de otra. Aclarando que en este sentido no existen límites ni barreras precisas que marquen definidamente el inicio o fin de un período. Por lo tanto, es preciso señalar que estas herramientas así como tienen ventajas también pueden tener sus limitaciones, por ejemplo en su aplicación de región a región, donde se aprecia que los procesos no son necesariamente lineares ni homogéneos, ya que están sujetos a una serie de desigualdades en los distintos niveles y formas de desarrollo.

SECUENCIA CRONOLÓGICO CULTURAL

CRONOLOGÍA LUMBRERAS (1981) ROWE (1962)
10000 – 5000 a.C. LÍTICO PRECERÁMICO
5000 – 1800 a.C. ARCAICO
1800 – 500 a.C. FORMATIVO PERÍODO INICIAL
HORIZONTE TEMPRANO
500 – 700 a.C. DESARROLLOS REGIONALES TEMPRANOS INTERMEDIO TEMPRANO
600 – 1000 d.C. ÉPOCA WARI HORIZONTE MEDIO
1000 – 1450 d.C. ESTADOS REGIONALES Y SEÑORÍOS TARDÍOS INTERMEDIO TARDÍO
1450 – 1532 d.C. ÉPOCA INKA HORIZONTE TARDÍO

Cuadro 2

2

LOS ORÍGENES

De los cazadores recolectores al desarrollo de las

formaciones aldeanas

CUANDO SE HACE referencia a la época de los cazadores recolectores, generalmente nos vienen a la mente una serie de imágenes ampliamente difundidas en la bibliografía, que reducen estos primeros pobladores de los Andes a la condición de grupos sumamente primitivos, totalmente dependientes de lo que la naturaleza buenamente les proveía. Según esta visión algo simplista, estaríamos frente a grupos humanos que se desplazaban incesantemente a lo largo de un amplio territorio en persecución de la fauna salvaje. Inclusive, se ha llegado a plantear largos desplazamientos estacionales desde el área cordillerana a las lomas costeñas, siguiendo una supuesta migración estacional de los animales entre regiones bastante lejanas. De esta manera, los cazadores recolectores nos han sido presentados frecuentemente como seres totalmente supeditados a la fauna silvestre y, a partir de esta idea, asumimos inconscientemente que la condición de “salvajismo” derivaría de esta suerte de simbiosis con la animalidad.1

Sin embargo, las recientes investigaciones desarrolladas en las últimas décadas en el área de los AndesCentrales,acercadelosrecolectores ycazadores superiores del período Lítico, nos presentan una realidad bastante distinta. Estos nuevos datos permiten sostener que alrededor del 10,000 a.C. seregistralapresenciadegruposhumanosquetienen -no obstante su limitado nivel de desarrolloun conocimiento y un manejo complejo de la diversidad medioambiental; están provistos de un bagaje tecnológico que comprende una amplia gama de instrumentos de piedra, hueso, madera y fibras vegetales, muchas veces sofisticados en su forma y técnica de elaboración, como es el caso de las puntas de proyectil; conocen la utilización del fuego y sus múltiples aplicaciones; y por último, no son ajenos a la manifestación de determinadas tradiciones culturales.

Pero quizás uno de los aspectos más notables que se desprende del estudio de las nuevas evidencias de esta época, corresponde a la apreciación de que estos tempranos pobladores dieron lugar a distintos modos de vida, al enfrentar la diversidad medio ambiental y la variedad de recursos presentes en las diferentes regiones de los Andes Centrales. Estos distintos modos de vida, constituyen una clara expresión de los niveles de conocimiento desarrollados por estos primeros pobladores en el manejo y apropiación de los recursos disponibles en cada medio específico, lo que les permitió garantizar el sustento y la reproducción de sus poblaciones.2

  1. Este sesgo en el tratamiento del período de los cazadores recolectores también ha sido advertido críticamente por Uceda(1987: 14-7), al igual que la equivocada tendencia evolucionista de considerar los artefactos toscos o rudimentarios como “antiguos” y los más elaborados como más “recientes”, aislando estos instrumentos del análisis de sus asociaciones contextuales, lo que ha derivado en más de un craso error de interpretación.
  2. Algunos autores utilizan al definir este proceso el término “adaptación”, el que nos parece inapropiado ya que proponeuna suerte de dependencia pasiva de esta sociedades con relación a las condiciones ecológicas, oscureciendo así el hecho fundamental de que son los hombres y mujeres los agentes principales en la interacción que establecen con el medio y sus recursos, y que como tales son los protagonistas centrales de los constantes cambios que genera la evolución social.

Nos parece necesario aquí subrayar la importanciateóricaymetodológicaquepresentaestefenómeno, especialmente en cuanto se refiere al tema central que nos interesa: la forma de asentamiento. Y es que, en el marco general del análisis

de una determinada formación económico social, podemos aproximarnos al examen empírico que esta asume en la concreción de distintos modos de vida, con características específicas y singulares. En especial, nos parece relevante señalar que se puede comprobar que a estos distintos modos de vida corresponderán, de manera consecuente, particulares formas (modelos o patrones) de asentamiento y manejo del espacio territorial. La formación social de los cazadores recolectores –relativamente simple frente a la creciente complejidad de las que posteriormente le sucederán– ofrece por esta misma razón, una serie de aspectos cuyo estudio nos permite la comprensión de algunos de los elementos fundamentales que regulan el desarrollo y evolución del fenómeno de asentamiento humano en el territorio desde sus primeros inicios.

La presencia de distintos modos de vida entre los cazadores recolectores del área central andina, emerge claramente de los datos y la relativamente amplia documentación que nos proporcionan los trabajos arqueológicos desarrollados en las últimas décadas. De esta manera, en distintos sitios de diferentes regiones, tanto de la sierra como de la costa, se ha constatado la existencia de culturas materiales bastante diferenciadas. Conforme se profundiza el estudio de los utensilios, herramientas y otros restos materiales de la actividad social de estos grupos, se establecen las condiciones que permiten que estos datos nos aproximen a la definición de distintos procesos de trabajo. Los que -examinados en el conjunto de sus interrelaciones- permiten, a su vez, configurar reconstructivamente procesos productivos generales, con características específicas en los distintos ámbitos regionales y a lo largo de la evolución temporal (Bate 1982).

Fig. 1. Mapa de ubicación de los principales sitios del período Lítico.

  1. Pampas de Paiján
  2. Quirihuac
  3. Ochiputur
  4. Casma
  5. Ancón
  6. Chivateros 7 Guitarrero
  7. Lauricocha
  8. Pachamachay
  9. Telarmachay 11 Pikimachay

De esta manera, podremos empezar a valorar cómo y cuanto estas diferencias al nivel de los procesos productivos están expresando el desarrollo de distintos modos de vida, es decir la ma-

nera particular en que estos grupos humanos desarrollaron sus actividades y formas de organización a lo largo del tiempo y del espacio, en relación con las singulares condiciones medio ambientales en las que actuaron. Es evidente que en el estudio y comprensión de los aspectos que caracterizan el modo de vida, un rol fundamental le corresponde al análisis de las particulares formas de asentamiento y de manejo del territorio.

El Paijanénse

Con fechados que se remontan inclusive al 13,000 antes del presente, se registran en la costa peruana desde Lambayeque hasta Ica, aunque con mayor énfasis en la Costa Norte y Central, la existencia de importantes sitios que documentan la presencia y actividad de bandas de recolectores cazadores. Estas poblaciones se identifican por la forma especial que asumen en la elaboración de puntas líticas de gran tamaño, que se caracterizan por ser alargadas y pedunculadas. El nombre de esta cultura deriva del lugar donde por vez primera se registró científicamente su presencia -en Paiján, al norte del valle de Chicama- y se le reconoce como Paijanense o tradición Paiján.

Se supone que las condiciones climáticas de los territorios de la Costa Norte no debieron ser muy distintas de las actuales. Sin embargo, muchos autores sostienen la posibilidad de que el ambiente haya sido algo más húmedo que el actual y quizás similar a las condiciones que se presentan en este territorio durante eventos como “El Niño”, cuando muchas quebradas se vuelven activas con la presencia de cursos de agua; se dan mayores extensiones cubiertas con pastos y bosques naturales; y las zonas de lomas habrían registrado una mayor densidad y verdor.

También se plantea la posibilidad de que esta época haya coincidido con el inicio de una fase de deglaciación que habría elevado progresivamente el nivel del mar, sumergiendo parte de la franja costera y, por lo tanto, los vestigios de ocupación que en ella se encontraban. Si esto fuera así, debemossuponerquemuchosdelossitioshoyregistrados se habrían localizado por lo menos unos 10 km. más alejados del litoral de lo que hoy se encuentran. De acuerdo a esta hipótesis, esta localización ubicaría muchos sitios en una zona ecológicapropiadelpiedemonteandino,loquepodría explicarenpartelapresenciadeunmedioaparentemente más húmedo en estos hábitat (Chauchat 1988: 58-60).

Prácticamente la totalidad de los sitios de ocupación correspondientes al paijanénse se encuentran ubicados a campo abierto. Este es un primer dato sumamente interesante, ya que relaciona de manera directa la forma de asentamiento con las condiciones del medio en que este se encuentra. Este caso nos revela como en un medio con un clima benigno y templado, los abrigos naturales (como las cuevas) no habrían tenido mayor importancia, a diferencia de lo que acontece en otros medios con condiciones climáticas bastante más severas. En algunos casos, se supone el desarrollo de paravientos en los campamentos, es decir, de estructuras simples en forma de medialuna destinadas a proteger de la molesta sensación de frío que genera la acción del viento (Gálvez y Becerra 1994). La posible existencia de este tipo de estructuras elaboradas, con materiales perecederos, podría haber sido una de las causas que generara las concentraciones de artefactos con límites en forma de medialuna que se detectan en la excavación de algunos campamentos (Uceda 1987: 21). En casos excepcionales, como en el sitio de Quirihuac, se ha documentado el aprovechamiento de ciertos abrigos rocosos, pero sintomáticamente en cuanto sitios que ofrecían un buen refugio y protección frente a la acción del sol abrasador propio de la Costa Norte.

Los investigadores que han abordado el estudio del paijanense, han observado la presencia de distintos tipos de sitios, espacialmente articulados entre sí. Tanto su localización como las evidencias de las diferentes actividades que en estos se realizaban, definen las características y función de estos sitios, que se identifican como campamentos, talleres y canteras. Los sitios del primer tipo están asociados a una amplia variedad de artefactos líticos y corresponden a lugares de asentamiento temporal de las bandas; mientras tanto, los últimos dos están asociados a la extracción de

Fig. 2. Abrigo de Quirihuac en el valle de Moche (Foto: Paul Ossa).

piedras y a las distintas fases de producción de los artefactos líticos (Chauchat 1988: 52-3).

Fig.3.Fasesdeelaboracióndeunapunta

dePaiján(segúnChauchat)ysecuencia

delaarticulaciónespacialdelcorrespon

diente proceso productivo (Canziani).

Las canteras son sitios donde se aprecia la extracción por parte de las gentes de Paiján de materia prima para la elaboración de distintos artefactos líticos. Si bien la actividad principal está destinada principalmente a la obtención de los bloques o “núcleos” adecuados para la producción de estos instrumentos, se observa que esto no excluye –especialmente en el caso de las puntas de proyectil– la realización de alguna de las fases subsiguientes de su proceso de elaboración en el mismo sitio de la cantera, cual es el caso de la confección de los artefactos denominados bifaciales o “pre-formas”. Estos materiales pre-elaborados eran luego trasladados a los talleres asociados a los campamentos, donde se les terminaba de elaborar. En algunos casos, como se ha documentado en Casma, se utilizaron herramientas líticas en forma de cuña, especialmente elaboradas para resolver la particular dificultad que presentaba la extracción de las rocas utilizadas como materia prima (Uceda 1992). Así mismo, en distintos ámbitos territoriales, se ha podido comprobar el manejo simultáneo de diferentes canteras con distintos tipos de rocas, lo que estaría indicando la selección de las materias primas preferidas o más adecuadas para la elaboración de los distintos tipos de artefactos (Becerra y Gálvez 1996).

En los talleres, ubicados con una relativa proximidad a los campamentos y asociados a estos en cuanto parte de un mismo sitio, se desarrolló el trabajo especializado destinado a la confección final –a partir de las “pre formas”– de dos tipos de instrumentos básicos en el equipamiento de las gentes de Paiján: las puntas de proyectil y lo que los arqueólogos denominan “unifaces”, tales como cuchillos, raederas, perforadores, etc. El relativo aislamiento de las gentes que realizaban en el taller este trabajo lítico, con relación al grueso de la banda presente en el campamento, podría ser explicado por la necesaria concentración que esta actividad implicaba, así como una prudente decisión para evitar la presencia de lascas y otros afilados descartes de la talla donde el grueso de la gente se encontraba circulando.

En los campamentos, se advierte la presencia de una gran variedad de instrumentos líticos, donde sin embargo son escasas las puntas de proyectil, tan frecuentes en los talleres donde eran producidas.3 Esto es algo totalmente lógico, si se piensa que este tipo de instrumentos se “consumen” en el desarrollo de la caza o la pesca; mientras que en los campamentos es de esperar que sean mucho más abundantes aquellos instrumentos destinados a la preparación de alimentos y a la transformación de determinados recursos, en el marco de los procesos de trabajo desarrollados por el grupo.

3. Es interesante notar, como bien señalan Chauchat et al. (1992), que las piezas que se hallan en estos talleres corresponden a aquellas que presentaron fallas o que se rompieron en el proceso de elaboración y que, por lo tanto, fueron descartadas.

En los campamentos, además de la evidencia de actividades relacionadas con la elaboración de instrumentos líticos y seguramente de otros implementos orgánicos de los cuales no han quedado rastros, destaca la presencia de una serie de fogones distribuidos en el espacio utilizado por la banda durante su asentamiento momentáneo. Es

Fig. 4. Mapa del valle de Moche y ubicación del campamento base de Cerro Ochiputur (Medina 1992).

interesante notar que, a partir del examen de la forma de los fogones y los restos asociados a estos, es posible inferir la función que estos cumplían (Medina 1992). Así aquellos que son excavados a una cierta profundidad y que contienen, además de carbón, restos quemados de caracoles terrestres, vegetales, huesos fragmentados, espinas de pescado y otros elementos orgánicos, habrían estado destinados a la preparación de alimentos; mientras que los que son superficiales y no están a asociados a este tipo de restos orgánicos, habrían cumplido una función destinada a proporcionar calor y luz a la gente del campamento durante la noche. Se reporta también en los campamentos la presencia de batanes y piedras de moler, lo que es de gran interés dado que podrían estar indicando el procesamiento en estos sitios de determinados recursos vegetales para su consumo, como podría ser el caso de la molienda de las semillas de algarroba para obtener su harina (Uceda 1987: 21-22).

No podemos dejar de mencionar las extraordinarias y relativamente frecuentes evidencias de enterramientos humanos que han sido hallados en asociación con campamentos paijanenses. En estos casos se ha documentado el desarrollo de ciertas prácticas funerarias que habrían implicado la posible presencia de petates como envoltorio, la cremación parcial de los cuerpos, al igual que la presencia de vértebras de pescado perforadas y cuentas de hueso, que habrían sido parte de collares u otros elementos de adorno corporal. Estos datos nos introducen a aspectos superestructurales y a otras dimensiones menos tangibles y, por cierto, poco exploradas del modo de vida de estos primigenios pobladores (Chauchat 1988; Chauchat y Lacombe 1984; Dricot 1979).

El análisis de los procesos de trabajo desarrollados por las gentes de Paiján y la articulación del conjunto de datos recuperados, permiten inferir reconstructivamente aspectos sustanciales de su modo de vida. Este es el caso de los procesos de trabajo relacionados con la elaboración de los instrumentos líticos que, como se ha visto, permiten reconstruir el desarrollo espacial de esta actividad, desde las canteras donde se extrajo la materia prima, a los talleres donde se realizó la elaboración final de los artefactos, e inclusive en el ámbito de los propios campamentos, donde se documenta su empleo o “consumo” en el desarrollo de determinados procesos productivos.

El proceso de elaboración de alimentos documenta la forma de consumo final de una serie de recursos relacionados con la subsistencia pero esto, a su vez, nos permite reconducirnos a los distintos espacios ecológicos donde estos recursos se localizaban y las formas de apropiación desarrolladas. En los campamentos paijanenses de la costa norte, la recurrente presencia de caracoles terrestres (scutalus sp.), nos indica su sistemática recolección en las zonas con una ecología de “lomas”, de donde con seguridad también se extraían leña y otros recursos naturales. Mientras que los abundantes y variados restos de peces documentan el manejo de distintos recursos ma-

Fig. 5. Plano del campamento base de Cerro Ochiputur (Medina 1992).

Figs. 6a y 6b. Foto y Plano de Enterramientos Paiján (Chauchat 1988: fig. 2.8).

rinos, si bien llama la atención la ausencia de los moluscos que serán tan populares posteriormente durante el período Precerámico. Por otra parte, los restos de pequeños vertebrados, reptiles y crustáceos, están indicando la explotación simultánea de una serie de recursos de los bosques y zonas arbustivas presentes en los cauces y márgenes de los valles, así como de los ríos y albuferas formadas en sus desembocaduras.

Dada la dificultad de conservación de los vestigios vegetales, no podemos descartar a priori la posible presencia en sitios paijanenses de algunas especies en proceso de domesticación, más aún si establecemos un análogo nivel de desarrollo respecto a otros sitios donde este proceso se ha documentado de forma excepcional, como es el caso de Guitarrero y de algunos abrigos de la Sierra Central, de los que trataremos más adelante.

El hecho de que en muchos de los campamentos se registre la presencia y consumo de una amplia y variada gama de recursos, nos está expresando claramente que durante el breve período de ocupación de este tipo de sitios se explotaron de manera combinada y simultánea –mediante la recolección, la pesca y la caza– una diversidad de recursos, para cuya obtención fue necesario el desplazamiento simultáneo desde los campamentos de integrantes de la banda a lo largo de un territorio relativamente amplio. En este sentido, se supone que ciertas zonas fueron visitadas repetida y frecuentemente a lo largo del tiempo, lo que se manifestaría en la relativa densidad de los depósitos arqueológicos encontrados en estos lugares.

Evidentemente, las estrategias desarrolladas por las gentes de Paiján para el manejo de una variada gama de recursos durante una o más temporadas, implicaron necesariamente una acertada ubicación de lo que se conoce como campamento base o principal, mientras que otros sitios –bajo la forma de campamentos secundarios– se encuentran en la proximidad de las zonas con determinado tipo de recursos, y revelan el paso o la presencia momentánea de parte del grupo para su apropiación, captura o recolección.

Finalmente, una hipótesis que debemos ponderar para el paijanense –dada la documentación del aprovechamiento combinado y simultáneo de diferentes ecosistemas, con niveles de especialización que permitían la apropiación de una amplia gama de recursos distintos– es que estos pequeños grupos pudieran haber generado ciertos niveles de sedentarismo, interrumpido quizás por breves desplazamientos en un territorio bien conocido de unos 30 km. de diámetro (Uceda: com. pers. 2003).

Los cazadores recolectores de las punas

Bastante diferente a la realidad que nos presentan los datos de la Costa Norte y Central peruana, es la que se perfila para los sitios de esta época en las regiones altoandinas o de puna. Para empezar, los principales sitios de la Sierra Central se encuentran localizados preferentemente en pisos ecológicos que se ubican entre los 3,500 a 4,500 m.s.n.m. y están constituidos mayormente por cuevas y abrigos rocosos. Como han señalado algunos investigadores, puede llamar la atención que encontrándose cuevas o abrigos relativamente más amplios y localizados en pisos ecológicos de menor altitud y por lo tanto con un clima bastante más benigno, como es el caso de muchos valles interandinos, estos no presenten una mayor

Fig. 7. Valle costeño hipotético, con ubicación de Campamento Base, talleres, canteras y sitios provisionales, con énfasis en el manejo diversificado de recursos, y la articulación “horizontal” del espacio territorial (Canziani).

ocupación durante el período de los cazadores recolectores. Una explicación plausible es que, a diferencia de estos, los sitios localizados en la puna se encontraban en una región donde se concentraba una gran cantidad de recursos y en especial, las grandes manadas de camélidos silvestres como la vicuña (Lama vicugna) y el guanaco (Lama guanicoe), que se sustentaban en los abundantes pastos naturales propios de la puna.

Fig. 8. Pintura rupestre de Lauricocha representando una caza de vicuña.

4. La recurrente terminación quechua machay, presente en la toponimia de muchos de los abrigos rocosos, significa precisamente “cueva”, por lo que se convierte en un excelente indicador para conocer las características de estos sitios y los atributos asignados a estos tradicionalmente por parte de las poblaciones locales.

De esta manera, las evidencias reunidas con el estudio de sitios en el área de las punas de Junín, como Panalauca, Pachamachay,4 Acomachay, Telarmachay, Uchcumachay, y de otros sitios en áreas aledañas como Lauricocha (Huánuco) o Cuchimachay (Lima), dan cuenta de la presencia de bandas de cazadores dedicados a la caza de camélidos, así como de venados y de otros mamíferos menores, lo que incluía también la recolección de frutos, tubérculos y raíces de plantas de las regiones altoandinas. El manejo de estos recursos estaba complementado con aquellos propios de entornos lacustres, con la captura de ranas, aves, peces y la recolección de plantas de estos medios. Esto no excluye el aprovechamiento de ciertos recursos propios de los valles interandinos, aunque se sostiene que para el caso de

la puna central estos no tendrían una mayor presencia (Rick 1988), a menos que se tratase de sitios ubicados en los límites de la puna y mucho más próximos a los valles, como sería el caso de Telarmachay y de los demás sitios presentes en la cuenca del Shaka (Lavallée et al. 1985; Lavallée

1997: fig. 1).

La abundante disponibilidad de animales para la caza, especialmente gracias a la presencia de grandes manadas de vicuñas y su permanencia en estaszonasdurantecasitodoelaño,habríapermitido tanto el desarrollo de las bandas, como también que estas gozaran de una creciente estabilidad. Inclusive, estas condiciones favorablesencuantoaladisponibilidaddecaza,hanservido de sustento al planteamiento de hipótesis que proponen el desarrollo de cierto grado de sedentarismo entre estos grupos.[5] En todo caso, la mayoría de los estudiosos coinciden en asumir la existencia de un modo de vida trashumante para estas poblaciones, lo que supone el desplazamiento de estas a lo largo de un territorio determinado, queestuvoreguladoporloscambiosclimáticosde los ciclos estacionales, acompañando el movimiento de las manadas y el aprovechamiento de los diversos recursos disponibles en las distintas temporadas.

En esta singular estrategia de manejo de los recursos, un rol fundamental desempeñaban las cuevas y abrigos rocosos, dado que representaban un importante refugio para las bandas frente a las agresivas condiciones climáticas. Esto es especialmente importante si consideramos que estas son regiones donde los cambios de temperatura son drásticos entre el día y la noche, al igual que son frecuentes las heladas, así como las lluvias y tempestades de nieve y granizo. Algunos de estos sitios, con un emplazamiento estratégico con relación a los recursos explotados y con determinadas condiciones favorables, se constituían en “campamentos base”, es decir lugares donde se concentraba el grueso de la banda y a partir de los cuales estas organizaban las partidas de caza y recolección, desplazándose hacia “campamentos provisionales” o apostaderos de caza para la realización de esta u otras faenas ligadas a la recolección.

Fig. 9. Reconstrucción hipotética de zona de puna y cabeceras de valle interandino, con ubicación de Campamento Base y sitios provisionales, con énfasis en el manejo diversificado de recursos, y la articulación “vertical” del espacio territorial (Canziani).

En la zona de puna estudiada por John Rick, en los alrededores de la cueva de Pachamachay

identificada como un campamento base, además de este tipo de sitio se ha podido registrar la presencia de otros dos tipos: los campamentos temporales, relacionados aparentemente con el desarrollodelacaza;yuntercertipodesitiosposiblemente ligados a una ocupación eventual durante la caza, como simple refugio o lugar de descanso entre lugares de desplazamiento de los cazadores. Lo interesante del caso es que la distribución de estos tres tipos de sitios responde a un patrón bastante definido, que estaría expresando unsistemaomodelodeasentamiento.Estosedesprende cuando se verifica que el campamento base (tipo 1), representado por el sitio de Pachamachay, se encuentra en una posición territorial central; mientras tanto los campamentos temporales (tipo 2) se distribuyen alrededor del campamento base, a una distancia de 5 a 8 km., relacionándose directamente con las zonas que presentarían las condiciones más propicias para desarrollar la caza de vicuñas, es decir, en las proximidades de las zonas donde se registra la mayor densidad de riachuelos, que constituyen los hábitatspreferidosporlasmanadasdeestoscamélidos. Por último, los del tercer tipo (tipo 3) se localizan relativamente próximos al campamento base y a

Fig. 10. Modelo de asentamiento en sitios de Puna con distribución de Campamentos Base y sitios provisionales (Rick 1988: fig. 1.20).

Fig. 11. Panorámica del abrigo de Telarmachay (Lavallée et al. 1985).

los de carácter temporal, o a lo largo de los trayectos entre estos (Rick 1983: fig. 30).

Significativamente, estos tres tipos de sitios presentan densidades marcadamente diferentes en cuanto se refiere a la presencia de artefactos líticos. Como es lógico, también se observa que mientras el campamento base presenta un amplio universo de artefactos, los campamentos provisionales o esporádicos exhiben puntualmente artefactos líticos funcionalmente asociados con la caza o el descuartizamiento de las presas de gran tamaño, para facilitar así su traslado al campamento base.

A este propósito, es interesante notar que así como los campamentos base representan el lugar donde se concentra el grueso de la banda y constituyen el centro desde donde esta despliega sus actividades de apropiación de los recursos en un determinado entorno territorial, estos sitios también se convierten en el centro donde se desarrollan y concentran una serie de procesos productivos. En algunos casos, se han observado evidencias de los esfuerzos destinados a la modificación de las características naturales de estos refugios, los que aparentemente estaban dirigidos a la generación de espacios que brindaran un habitat más confortable. Tal es el caso de Pachamachay, donde se ha documentado en distintas fases la colocación de postes alineados y la construcción de muretes en la boca de la cueva, conformando pequeños espacios donde se instalaron fogones (Rick 1983, 1988). Pero es en el sitio de Telarmachay –-gracias al desarrollo de una minuciosa y extensiva excavación de cada una de las capas de ocupación de los sucesivos pisos de este abrigo– donde se nos presentan una serie de datos relevantes. Tal es el caso de la distribución espacial del desarrollo de distintos procesos productivos dentro el refugio; la presencia de paravientos y fogones en su interior; y la extraordinaria documentación por medio del análisis del

Fig. 12. Corte estratigráfico del abrigo de Telarmachay (Lavallée et al. 1985).

material óseo, de un largo proceso evolutivo que habría conducido de la caza indiscriminada a la domesticación de los camélidos alrededor del

3,500 a.C. (Lavallée et al. 1985).

En efecto, en Telarmachay el sistemático registro de los fragmentos óseos y artefactos líticos depositados en las distintas capas del piso del abrigo, ha permitido inferir el desarrollo y distribución espacial de una serie de actividades y procesos productivos, como son la confección de determinados artefactos líticos, el destazado de los animales cazados, el curtido de las pieles o la preparación y consumo de alimentos, entre otras. De igual manera se definieron áreas asociadas a fogones en el interior del refugio, que presentaban una superficie relativamente limpia de fragmentos y que, coincidentemente, estaban demarcadas por concentraciones de piedras que señalaban el apuntalamiento de postes, destinados aparentemente al soporte de pieles tendidas a modo de paravientos, conformando una suerte de primitivas viviendas.

El análisis sistemático del material óseo de Telarmachay y su comportamiento en las diferentes capas de ocupación del refugio, revelaría que la mayor parte de los animales cazados correspondería a vicuñas. Pero lo más interesante sería que el examen de estos datos y su evolución a lo largo del tiempo, permitiría sostener la hipótesis de que en las épocas tempranas del sitio (aprox. 8 000 – 6 000 a.C.) se habría efectuado la caza indiscriminada de los individuos de las manadas; mientras que posteriormente se habrían ido afirmando patrones de caza que se concentraban de preferencia en los animales machos y maduros, protegiendo las hembras y juveniles. De esta manera, una estrategia destinada originalmente a garantizar la conservación y reproducción de las manadas, acompañada por el creciente manejo y conocimiento de los hábitos de las manadas, habría conducidopaulatinamentehacialageneracióndedos

Fig. 13. Foto del piso de uno de los niveles de ocupación del abrigo de Telarmachay (Lavallée et al. 1985).

nuevas especies de camélidos domésticos, como sonlaalpaca(lamapaco)ylallama(lamaglama).

Según Danièle Lavallée (1997) el abrigo de Telarmachay, no obstante su relevancia documental, no sería necesariamente un campamento base. Este rol posiblemente lo desempeñó Cuchimachay, un importante sitio que presenta una cueva amplia de más de cien metros cuadrados, a una altitud relativamente moderada por debajo de los 4,000 m.s.n.m. (Telarmachay se ubica cerca de los 4,500 m.s.n.m.) con una posición estratégica con relación a la apropiación de una amplia gama de recursos y como zona de confluencia de las rutas que ascienden desde los valles y quebradas de las partes bajas hacia las alturas de la puna. Estas singulares condiciones habrían pro-

Fig. 14. Croquis de la delimitación espacial, por medio de un paraviento, de un refugio que incorporaba fogones, correspondiente a uno de los niveles del abrigo de Telarmachay (Lavallée et al. 1985).

piciado una larga y densa ocupación, posiblemente durante gran parte del año. Si bien los depósitos arqueológicos han sido seriamente alterados por la cercana población de San Pedro de Cajas, se ha podido comprobar la presencia de abundantes desechos de fauna, talleres de elaboración de artefactos líticos, entre los que destaca el número de raspadores, evidenciando la importancia que tuvo en el sitio el curtido de pieles.

En el contexto de este espacio regional, donde Cuchimachay desempeñaba el rol central propio de un campamento base, Telarmachay habría sido tempranamente un sitio de ocupación temporal, para luego convertirse en uno de habitación con mayor densidad y frecuencia de ocupación, que no obstante su carácter secundario habría correspondido a un lugar de primera importancia para las faenas de caza y procesamiento de las presas. En este cuadro, se plantearía un modelo de asentamiento, donde además de Cuchimachay que habría operado como campamento base; tendríamos otros como Telarmachay, en su condición de lugares de habitación y de procesos productivos asociados a la caza; mientras otros corresponderían a emplazamientos temporales de caza, a canteras y a talleres de talla. Es interesante notar el señalamiento de que alrededor de Cuchimachay, estos sitios forman en el territorio una suerte de arco de no más de 10 km. de radio que corona las quebradas altas y la puna, cuyos vestigios posibilitan reconstruir el despliegue espacial de una serie de actividades y procesos productivos (Lavallée 1997).

Los cazadores recolectores de los valles interandinos

Para el estudio de sitios de cazadores recolectores en ecologías propias de valles interandinos, se cuenta con dos casos bastante representativos: Pikimachay en la cuenca de Ayacucho y Guitarrero en el Callejón de Huaylas. Sin embargo, es preciso advertir que estos sitios son bastante distantes entre sí, tanto geográficamente como en las evidencias de su cultura material.

Al mencionar el caso de Pikimachay, estudiado por el equipo dirigido por MacNeish, no entraremos en mérito a la discusión de los posibles artefactos líticos más tempranos, cuya validez –y de paso los fechados propuestos (entre 20,000 y 11,000 a.C.)– han sido seriamente cuestionados por entendidos en la materia (Rick 1988: 12-17). Interesa aquí más bien mencionar la propuesta

Fig. 15. Principales tipos de herramientas líticas de Telarmachay

(Lavallée et al. 1985).

planteada para esta zona, donde se ha sugerido el posibledesarrollodeunrégimendetrashumancia querevelaríadesplazamientosestacionales,enpos de la apropiación de los distintos recursos disponibles en la cuenca ayacuchana. Este movimiento estacional -que estaría sustentado más en un examendelascaracterísticasecológicasdelasdiferentes zonas, que en la propia evidencia empírica- se habría dado desde los campamentos ubicados en las partes bajas, a unos 2,800 m. de altitud, hasta aquellos localizados en las partes altas de los valles y en las punas que circundan a estos, entre los

3,300 a 4,000 m. de altitud.

En el caso de Guitarrero, estudiado por el equipo de Thomas Lynch (1980), a partir de las

Fig. 16. Modelo de asentamiento en sitios de Ayacucho con manejo estacional de recursos (McNeish 1978).

importantesevidenciasrecuperadasenesteabrigo -además de otros sitios que incluyen campamentosalairelibre,talleresycanteras-sepropone para los cazadores recolectores de esta zona, una estrategia que contempla el manejo estacional de los recursos de distintos pisos ecológicos, que van desde aquellos de altura propios de la puna, hasta aquellos presentes en las planicies aluviales del valle del Santa, generándose de este modo un desplazamiento transversal a la dirección de este. Sin embargo, se contempla también una posible trashumancia a lo largo de la cuenca del Callejón de Huaylas, que habría implicado un movimiento estacional desde las nacientes del río Santa, en zonas dominantemente de puna y con abundantes pastos naturales, para desplazarse río abajo hacia las zonas más bajas de la cuenca, caracterizadas por un clima progresivamente más seco y templado, como es el que corresponde a la localización del sitio de Guitarrero. En el manejo de este territorio por parte de los cazadores locales, no solamente se habrían utilizado los abrigos naturales existentes, como es el caso de la cueva de Guitarrero, ya que en el caso de Quishqui Puncu se da testimonio de que también existían sitios a campo abierto, donde no sería de descartar el empleo de paravientos o de otros recursos para mejorar la protección frente al medio ambiente, tal como se ha documentado en algunos refugios de puna.

En todo caso, los hipotéticos movimientos estacionales en esta región implicarían estrategias bastante diferentes entre sí, ya que en el primer caso el desplazamiento transversal hacia el Oeste, desde sitios como Guitarrero (2,580 m.) o Quishqui Puncu (3,040 m.) hasta las punas ubicadas sobre los 4,000 m. de altitud, significarían un trayecto relativamente corto de unos 10 a 30 km.; mientras que en el segundo caso, el desplazamiento longitudinal siguiendo el valle del Santa hacia las punas ubicadas al Sur representaría un recorrido de unos 100 km., por lo que se le considera menos factible.

En cuanto a los hallazgos arqueológicos de Guitarrero,sondelmayorinterésaquellosrelacionados con los materiales orgánicos excepcionalmente conservados gracias a las extraordinarias condicionesdesequedaddeestesitio.Deestamanera, las excavaciones en Guitarrero han permitido recuperar excelentes evidencias tanto del manejodelosrecursosbotánicos,comodelaexistencia de artefactos de madera, cuero y fibras vegetalesquenormalmentenosehanconservadoen losdemássitiosestudiados.Entrelosartefactos,se

Fig. 17. Foto de la Cueva de Guitarrero (Lynch 1980).

han recuperado herramientas líticas enfundadas conpieldevenadoaseguradaconcuerdas,amodo de enmangado, palos utilizados como barrenos para encender fuego, fragmentos de cuerdas y de tejidos de fibras vegetales, que podrían haber sido partesdecestosobolsas, asícomorestosdecontenedores de mate. Estos hallazgos documentan no sólo las técnicas y materiales empleados para su elaboración, sino también la utilización de diferentes artefactos en el desarrollo de determinados procesos productivos, baste pensar en la importanciayutilidaddesempeñadaporlasbolsasocestos en la actividad cotidiana de la recolección, o la de los mates en cuanto recipientes.

Entre los restos orgánicos se identificaron varias gramíneas, aparentemente llevadas al interior de la cueva para ser utilizadas como lechos; una gran cantidad de plantas silvestres empleadas para la provisión de fibras vegetales y la producción de tejidos y cuerdas; así como evidencias del consumo de frutos como el pacay (Inga sp.) y la lúcuma (Pouteria lucuma). Sin embargo, uno de los hallazgos más destacados en este sitio, ha sido el registro de la existencia de determinado tipo de cultígenos que corresponden a todas luces a especies domesticadas. Esto significaría que en el marco de la economía propia de sociedades de cazadores recolectores –al igual que se ha verificado para la puna con la domesticación de ciertos animales– se habría procesado también el lento tránsito hacia la domesticación de una serie de especies vegetales, como es el caso del frijol (Phaseolus vulgaris), pallar (Phaseolus lunatus), oca (Oxalis tuberosus), ullucu (Ullucus tuberosus), ají (Capsicum chinense), calabaza (Lagenaria siceraria), zapallo (Cucurbita spp.) y, algo más tarde, del maíz (Zea mays), que tanta importancia tendrán luego en el marco del desarrollo de las primeras

Fig. 18. Artefactos de la Cueva de Guitarrero (Lynch 1980).

sociedades agrícolas. En la documentación de este mismo proceso, en el abrigo de Pachamachay se identificó el consumo de los granos andinos de quinua (Chenopodium quinoa) y Cañihua (Chenopodium pallidicaule), si bien no se pudo definir si ya se trataba de especies domésticas.

Otras evidencias

Existe también para esta época un importante repertorio de arte rupestre, asociado con los abrigos naturales localizados en las regiones alto andinas. Es interesante notar que gran parte de estas pinturas están relacionadas con la representación de los animales cazados, mayormente camélidos, y también en ciertos casos de la propia caza como actividad.

Estas evidencias pueden ser de gran utilidad al brindarinformaciónnosolamentesobreeltipode animalescazados,sinotambiénsobreelgénerode armas y técnicas desplegadas en el desarrollo de la caza. En este sentido, en ciertas pinturas rupestres se puede apreciar claramente a grupos de cazadores ahuyentando a las manadas de vicuñas, quizás hacia un paso o desfiladero, donde los animales son emboscadas por otros cazadores que los enfrentan con sus armas. Evidentemente, este tipo de lectura no agota otras interpretaciones relacionadas con el posible significado de posesión territorial por parte de las bandas instaladas en una región determinada; ni las posibles finalidades de carácter ritual y propiciatorio que podrían haber tenido con relación a la abundancia de animales y el éxito de la caza.

Estos aspectos nos sugieren el papel no menos importante que desempeñaban los elementos ideológicos en la esfera superestructural de estas sociedades, si bien esta no deja mayores rastros y son sumamente escasas las evidencias materiales en las que se plasma su existencia. En este sentido, las propias puntas de Paiján -elaboradas con una forma bastante especial y desplegando una sofisticada tecnología- es muy probable que hayan representado, más allá de su evidente valor funcional, un importante elemento de identidad cultural, habiéndose sugerido también que podrían haber incorporado aspectos relacionados con el prestigio social (Chauchat et al. 1992).6

6. “…en el contexto Paijanense –tal como lo conocemos- ninguna actividad parece haber tenido tanta importancia económica como para justificar la suma enorme de conocimientos técnicos, adiestramiento y trabajo necesario para la talla de tal cantidad de estas grandes puntas. Nótese como elemento característico que se precisa una jornada completa para hacer un máximo de tres puntas, de las cuales cada una se puede romper al primer intento de uso. Se trata pues de una “sobre-inversión” clara en vista de una actividad cuyo valor reside en su prestigio o interés sociocultural más que en sus resultados económicos, aunque estos últimos no sean necesariamente despreciables (Chauchat et al. 1992: 19).

Hemos también señalado la especial disposición de los enterramientos en el caso de la cultura Paiján, y su asociación con ciertos elementos que evidencian el desarrollo incipiente de determinados rituales en el ámbito funerario. Sin embargo, es de destacar que en algunos abrigos de puna se ha documentado también una especial disposición de los difuntos. Este es el caso de Telarmachay (Lavallée et al. 1985: 313-322), donde se han hallado sendos enterramientos asociados a una amplia gama de ofrendas.7 Estas notables evidencias arqueológicas revisten una gran importancia, no solamente porque estarían señalando la construcción inicial del complejo ritual asociado coneltratamientodeltemadelamuerteydelculto de los ancestros, que tanta complejidad alcanzó en el mundo andino; si no también porque en el tema que nos ocupa, es relevante destacar que estos enterramientos están asociados y se realizan en losmismoslugaresdeasentamiento,esdecir,enel mismo suelo de los abrigos rocosos utilizados como refugio por los cazadores recolectores de la puna, asícomoenloscampamentosdelosgrupos paijanenses, lo cual no deja de tener una connotación muy especial. Es pues significativo que estas evidencias de arte rupestre como de los primeros rituales funerarios documentados, tengan lugar y se agreguen a la comprensión del complejo conjuntodeactividadesquesedesarrollanymanifiestan en los asentamientos más tempranos.

La transición de las sociedades cazadoras recolectoras a las aldeanas

A modo de sumario de este período, se pueden destacar algunos aspectos relevantes con relación a las formas de asentamiento y de manejo del espacio territorial. En primer lugar, se puede destacar el hecho de que, en el marco general de la formación social de los cazadores recolectores, se expresan en los Andes Centrales distintos modos de vida, que representan la concreción particular que asumen estas formaciones sociales en las condiciones específicas de su existencia material. Donde estos distintos modos de vida, en última instancia representan la expresión social del desarrollo de procesos productivos diferenciados, que responden a las singulares características de sus respectivos ámbitos regionales.

En segundo lugar y en cuanto a la forma de asentamiento se refiere, interesa señalar que si a la formación de cazadores recolectores corresponde, en términos generales, el nomadismo o la trashumancia, a los distintos modos de vida a su vez les corresponderá, en términos singulares, su expresión en la materialización de diferentes “modelos” (o patrones) de asentamiento y de manejo del territorio, tal como hemos podido comprobar al examinar brevemente los casos correspondientes a la Costa Norte y Central, las regiones de puna de la Sierra Central y de algunos valles interandinos.

Finalmente, el capitulo de la progresiva transición de las sociedades cazadoras recolectoras hacia el desarrollo de las sociedades sedentarias y aldeanas, que corresponden al período que se conoce como Arcaico o Precerámico con agricultura, no es demasiado claro y presenta aun muchos vacíos de información. Sin embargo, las diferencias apreciadas entre las diferentes regiones, especialmente entre aquellas costeñas y las altoandinas, aparentemente manifestarían su continuidad, tanto en la manera en que en estas se procesará la neolitización y el tránsito hacia el desarrollo de nuevas formaciones sociales; como también en las distintas formas que asumirá en estas el fenómeno de asentamiento.

Las sociedades altoandinas, que transitaron de la condición de cazadores recolectores a la de ganaderos y pastores, aparentemente mantuvieron un régimen de vida mayormente trashumante, ligado al desplazamiento que imponía el movimiento del ganado y el aprovechamiento de los mejores territorios de pastura; evidentemente esto no debería de excluir la creciente incorporación de algunos cultivos; ni descartar cierto rol que aún habrían tenido la caza y la recolección en el abastecimiento de subsistencias. Sintomáticamente, en este caso, no se habría producido un cambio sustancial con relación a las antiguas formas de asentamiento, al no haberse registrado hasta el momento vestigios arqueológicos de asentamientos aldeanos para estas fases, documentándose mas bien la continuidad de ocupación en muchos de los abrigos naturales que antes fueron el refugio de las bandas de cazadores. Sin embargo, cabe la posibilidad de que se hayan dado también asentamientos a campo abierto, con la construcción de viviendas dispersas, a modo de establecimientos estancieros, como los que hasta el día de hoy se asocian a poblaciones de pastores, y de los cuales la limitada investigación arqueológica desarrollada no habría aun encontrado los rastros.

7. Uno de estos enterramientos, que corresponde a una mujer adulta, estuvo asociado a una serie de ofrendas consistentes en una bola de ocre rojo, un conjunto de 11 artefactos líticos tallados, instrumentos de hueso y otros elementos que parecen corresponder a un ajuar estrechamente relacionado con la actividad del curtido de las pieles, y que posiblemente empleó en vida este personaje. Otro caso, correspondiente al enterramiento de un neonato, estuvo asociado con la ofrenda de un collar compuesto por 99 cuentas de piedra calcárea blanca en forma de discos, y de 18 colgantes de hueso pulidos y perforados en un extremo.

Encuantoalasregionescosteras,especialmente del área norteña y central, la creciente estabilidad y mayor permanencia de los campamentos y el consiguiente tránsito hacia la formación aldea-

na, se vería soportada fundamentalmente por la creciente orientación hacia la extracción de los abundantes recursos marinos del litoral, sin olvidar la creciente incorporación de una serie de cultígenos8 que tendrán un rol particular tanto en complementar las subsistencias, como en proveer nuevosrecursosparalaelaboracióndeutensiliosy nuevos instrumentos de producción. Algunas investigaciones desarrolladas en los valles de Casma (Uceda 1992) y Huarmey (Bonavia 1996) darían cuenta de sitios con fechados entre el 6,000 y 5,000 a.C. que presentan la ocupación de grupos que ya no manejan las tradiciones propias del paijanénse, destacando la ausencia o limitación en la presencia de puntas de proyectil y el desarrollo de una nueva industria lítica, que parece estar más

orientada hacia las actividades propias de la recolección, el marisqueo y una incipiente horticultura. Testimonio de estas actividades son los basurales asociados a los sitios, donde no sólo se encuentran las evidencias del consumo de este tipo de recursos marinos, como son los moluscos, sinotambiénlacrecientepresenciadeplantascultivadas. Sin embargo, lo limitado de las investigaciones no permite por el momento conocer cuales fueron las características de este tipo de asentamientos, mas allá de su ubicación que se relaciona estrechamente con el litoral marino, ciertas áreas de lomas, así como con las zonas bajas de los valles, sujetas a periódicas inundaciones y que en su momentofueronapropiadasparaelcultivosinrequerir de riego.

8. Los principales cultígenos presentes en los sitios de este período son el frijol (Phaseolus vulgaris), pallar (Phaseolus lunatus), canavalia (Canavalia ensiformis), ají (Capsicum sp.), calabaza (Lagenaria siceraria), zapallo (Cucurbita sp.), achira (Canna sp.), maní (Arachis hypogaea), frutos como pacae (Inga Feuillei ), palta (Persea americana) y, mucho más tarde, el algodón (Gossypium barbadense) y el maíz (Zea mays).

3

EL GERMEN DE LO URBANO

El proceso de neolitización, los primeros asentamientos aldeanos y el surgimiento de la arquitectura pública

monumental

DURANTE EL PERÍODO DENOMINADO Arcaico o también Precerámico con agricultura (Lumbreras 1981), que comprende los milenios que van del 5000 al 1800 a.C. se inicia en el área de los Andes Centrales el proceso definido universalmente como neolitización. Se trata del desarrollo de un conjunto de transformaciones trascendentales que implicaron la creciente incorporación y domesticación de plantas y animales por parte de las sociedades de está época; el despliegue de nuevas formas de manejo del espacio territorial y de los recursos allí presentes; el desarrollo de nuevos conocimientos e instrumentos de producción; y el surgimiento de nuevas formas de organización social. Todo este conjunto de profundos cambios económicos y sociales, que por su estrecha interdependencia no pueden ser asumidos como aspectos aislados unos de otros, dieron paso a la afirmación de nuevos modos de vida y a la generación de nuevas formas de asentamiento, especialmente en las regiones costeñas, donde un creciente proceso de sedentarización se expresa con la proliferación de los primeros asentamientos de tipo aldeano.

Aparentemente, la naturaleza de estos cambios fue distinta de región a región, e inclusive en el ámbito local de los distintos valles y cuencas, asumiendo el proceso un carácter desigual y diferenciado, en función de los recursos manejados; el nivel de desarrollo y participación de la producción agrícola o del pastoreo; las técnicas desplegadas en los diferentes procesos productivos; y las formas de organización social del trabajo presentes (Lanning 1964: 64, Fung 1988: 67). Una primera gran diferencia es observable en este proceso con relación a las regiones costeñas y las altoandinas. En las primeras, la temprana sedentarización estaría asociada al desarrollo de asentamientos aldeanos y luego al progresivo surgimiento en estos de una arquitectura pública, que anticipará el sorprendente e inédito desarrollo de complejos con edificaciones monumentales previos al conocimiento de la cerámica. Mientras tanto, para ciertas regiones altoandinas se nos propone un proceso, en este caso asociado a la presencia de poblaciones aún trashumantes o semi-nómades, que vería el temprano desarrollo de la arquitectura pública –en cuanto centro de identificación y articulación de las comunidades pastoriles– que antecedería a la paulatina sedentarización de estas, con el establecimiento de caseríos y luego de aldeas, muchas veces a partir de este núcleo original de índole aparentemente ceremonial (Lanning 1964: 73, Bonnier y Rozemberg 1988).

Los tempranos asentamientos aldeanos de la Costa

Las primeras fases de esta época, que datan del 5000 al 2500 a.C. han sido escasamente documentados por la investigación arqueológica. Sin embargo, los datos disponibles permiten suponer que las comunidades de las regiones costeñas de estos tiempos estaban ya orientadas a una economía que dependía fuertemente de la pesca y extracción de recursos marinos, combinada con la recolección en las lomas y el desarrollo de una incipiente horticultura.1 En cuanto a la forma de asentamiento, se estaría registrando en estas regiones el tránsito gradual de campamentos cada vez más prolongados, hacia el establecimiento de aldeas con una ocupación más estable y de mayor permanencia.

Un caso clásico de este tipo de asentamientos es el Chilca y el de La Paloma en la Costa Central. Se trata de asentamientos localizados relativamente próximos al litoral, donde sus pobladores se abastecían de los abundantes y variados recursos marinos que han sido documentados en los conchales y basurales asociados a estos sitios.

Pero estos también se encontraban ubicados en proximidad de zonas de lomas, que aseguraban la recolección de sus diversos recursos; así como de quebradas aluviales y afloramientos de agua que permitían el cultivo de algunas plantas.

En Chilca, las estructuras de vivienda se encontraban agrupadas de una forma bastante compacta y las que han sido documentadas arqueológicamente (Donnan 1964), corresponden a chozas de planta circular de unos 2.5 a 3 m. de

Fig. 19. Mapa de ubicación de los principales sitios del período Precerámico.

  1. Huaca Prieta
  2. Alto Salaverry
  3. Salinas de Chao
  4. Las Aldas
  5. Culebras
  6. Los Gavilanes
  7. Aspero
  8. Caral
  9. El Paraíso
  10. Asia
  11. Otuma
  12. San Nicolás
  13. La Esmeralda
  14. Huacaloma
  15. La Galgada
  16. Piruru
  17. Huaricoto 18 Kotosh.

1. Se conoce también a este período como Precerámico pre-algodón (Lumbreras 1981) ya que no solamente está ausente este cultivo y es de algún modo aún limitado el rol de la horticultura en las subsistencias, sino que también no se perciben los profundos cambios económicos, sociales y en la forma de asentamiento que se advierten en los sitios asociados a la presencia del algodón. Por esta razón, la presencia – ausenciadel algodón ha sido asumidaporlaarqueologíaandinacomo unindicadordiagnóstico de esta época de grandes cambios correspondiente al Precerámico Tardío.

Fig. 20. Plano de la excavación de una vivienda de Chilca

(Engel 1980: 25).

diámetro, cuya armazón fue hecha de troncos y ramas de árboles propios de la costa, como el sauce (Salix chilensis) y el huarango (Prosopis juliflora o Acacia macracantha?), además de cañas. En algunos casos, en la construcción se incluyeron costillares de ballena dispuestos horizontalmente en el perímetro interior de la choza, a modo de durmientes que permitían para asegurar su base y soportar la presión de la basura acumulada en su exterior, y que quizás también servían de poyo de asiento para sus habitantes (Engel 1988).

El único ingreso estaba conformado por haces de totora entretejida en forma de herradura, mientras que la cobertura se realizó mediante petates de totora tejida. Al parecer fueron estructuras con los pisos ligeramente excavados por debajo del nivel del terreno, lo que se incrementaba con el constante arrojo al exterior de la vivienda de las conchas y otros desperdicios. Aparentemente los fogones y las demás actividades relacionadas con la preparación de los alimentos se habrían desarrollado al exterior de estas viviendas. En este sentido, se han registrado batanes y manos de moler asociados con las viviendas, lo que estaría revelando que en el asentamiento se desarrollaba el procesamiento de determinados recursos agrícolas con fines alimenticios o productivos. Tanto en Chilca como en La Paloma se registraron múltiples enterramientos, para lo cual se dispuso los cuerpos extendidos y envueltos en petates de totora, sepultándolos con algunas

Fig. 21. Reconstrucción hipotética de vivienda de aldea de La Paloma (Engel 1980).

ofrendas bajo el piso de las viviendas, como en áreas de las aldeas especialmente destinadas a esta función, dando lugar a los testimonios más tempranos de cementerios (ibid.).

Este tipo de asentamientos, con aglomeraciones compactas de chozas de vivienda de características similares y los contextos arqueológicos asociados, estarían expresando la presencia de sociedades sustancialmente igualitarias, donde las divisiones sociales estarían determinadas exclusivamente por cuestiones de sexo y edad, y su correspondiente participación en los procesos productivos desplegados por el grueso de la comunidad. De otra parte, la cantidad de unidades de vivienda, así como la densidad de los cementerios y enterramientos hallados, pueden ilustrar el notable incremento poblacional que se estaría verificando con relación a épocas anteriores. Este incremento poblacional -notablemente favorecido por la sedentarización- sería el resultado de la provechosa integración representada por la extracción intensiva de recursos marinos; el desarrollo de una horticultura incipiente, y el mantenimiento de las viejas prácticas recolectoras, se vería confirmado también por la proliferación de un gran número de sitios aldeanos que han sido documentados arqueológicamente a lo largo de la Costa.

Los asentamientos aldeanos y el surgimiento de la arquitectura pública

En el desarrollo de las fases siguientes, durante el período conocido como Precerámico con algodón o Precerámico Tardío (2500 – 1800 a.C.), no obstante tratarse de un período de una menor duración, los cambios se aceleran drásticamente comprometiendo las distintas esferas de las formaciones sociales. En el caso de la costa, el énfasis en la pesca y extracción de recursos marinos, se ve progresivamente acompañado por un incremen-

to de las especies cultivadas y una creciente importancia de estas en la alimentación y la provisión de importantes insumos para la elaboración de instrumentos y el desarrollo de una serie de procesos productivos. Estos nuevos niveles en el desarrollo económico estarán acompañados por la aparición de nuevas formas de organización social en el seno de las comunidades, los que conducirán a un incipiente proceso de diferenciación social. Todo este complejo proceso se manifiesta de manera patente en la creciente extensión y densidad de los asentamientos aldeanos y, en especial, con el surgimiento y creciente importancia queasumirá en ellos la arquitectura pública.2

Además de la notable presencia del maíz (Zea mays) entre las nuevas plantas cultivadas y su ascendente participación en el complemento de la dieta alimenticia; la domesticación y cultivo del algodón (Gossipyum barbadense) desempeñará un rol especialmente importante en el incremento de la producción y en el desarrollo social y cultural de las sociedades costeñas de esta época. La fibra del algodón no sólo sustituirá progresivamente a otras fibras vegetales en la producción de los textiles, si no que tendrá repercusiones revolucionarias al incorporar su resistente fibra en la confección de redes y sedales para el desarrollo de la pesca, en cuanto actividad principal en la economía de las sociedades costeñas del período. Se desarrollaron así redes cada vez más eficientes, tanto por su tamaño, durabilidad y capacidad de pesca, tejiéndose distintos tipos de mallas adecuadas a los distintos tipos de especies presentes en los diversos ámbitos del litoral marítimo.3

Evidentemente este tipo de redes, que significaron una crucial innovación respecto a un instrumento de producción hasta ese entonces rudimentario, no solamente debieron de multiplicar la capacidad de pesca, sino también requerir formas especiales de trabajo mancomunado para su operación. De otro lado, una mayor disponibilidad de excedentes de la pesca habría requerido a

  1. Por arquitectura pública, consideramos todas aquellas edificaciones cuya función está referida a actividades de carácter especializado. Esta función se expresa tanto en la forma arquitectónica como en la propia producción constructiva, y se define científicamente mediante el análisis arqueológico de sus contextos y asociaciones. En este sentido, la arquitectura pública se diferencia claramente de la arquitectura doméstica que resuelve las funciones habitacionales y las actividades propias de núcleos familiares. Con el surgimiento de la arquitectura pública se constituye una nueva clase de arquitectura que abarca una amplia gama de funciones, sean estas de tipo ceremonial, político, administrativo, productivo, militar, etc. Lejos del equívoco que considera la arquitectura pública con relación a su capacidad de albergar una determinada cantidad de personas (público), el carácter de esta está definido sustancialmente por la calidad de las funciones especializadas que contiene, independientemente de las dimensiones físicas que estas requieran para su realización.
  2. En Huaca Prieta, por ejemplo, se hallaron redes bastante bien conservadas que mostraban diferentes tipos de mallas, lasque tenían como flotadores mates especialmente seleccionados por su forma esférica, cuyo cuello estaba obturado con una coronta de maíz, así como discos de piedra horadados al centro que servían de pesos (Bird et al. 1985).

Fig. 22. Valle costeño hipotético, con ubicación de aldeas y Centros Ceremoniales, con énfasis en el manejo diversificado de recursos, marisqueo y pesca, agricultura incipiente, y recolección, la articulación “horizontal” del espacio territorial entre sitios del litoral y del valle medio o alto (Can-

ziani).

su vez de técnicas de almacenamiento y conservación (tales como el tradicional secado y salado aún en vigencia en las caletas de nuestro litoral) y, a su vez, de nuevas formas de administración comunal que regularan la distribución y el consumo de estos alimentos. Como se puede apreciar, sólo con relación a este proceso productivo entre tantos otros, existe una concatenada y estrecha interdependencia entre las innovaciones en el ámbito de los recursos que se incorporan como materias primas; el despliegue de nuevas técnicas e instrumentos de producción; la ampliación en la escala de apropiación de los recursos naturales y la disponibilidad de excedentes; la mejora e incremento en el aprovisionamiento de subsistencias; sus repercusiones en el consecuente crecimiento poblacional y, por último, en el surgimiento y afirmación de nuevas formas de trabajo y de organización social.

No es pues casual que la arquitectura pública surja en este período, ya que constituye una notable expresión de los profundos cambios que se procesan en las esferas económica y social. Este nuevo tipo de edificaciones que se desarrollarán en los asentamientos, encuentran su explicación

Fig. 23. Mapa de ubicación de los principales sitios precerámicos de la Costa Norte (Canziani 1989).

en una creciente división del trabajo en el seno de las comunidades, y especialmente en la aparición de determinados niveles de especialización relacionados con la existencia y desarrollo de nuevos medios de producción, en el marco de la activación de un proceso de cambios revolucionarios de las relaciones sociales de producción (Lumbreras 1987, Canziani 1989: 52-59).

Las excavaciones desarrolladas a mediados de los años 40 por Junius Bird en el sitio de Huaca Prieta, en el valle de Chicama, ilustraron por primera vez la sorprendente riqueza de los vestigios correspondientes al Precerámico Tardío, permitiendo inferir la presencia de sociedades con un marcado sedentarismo y formas de organización cada vez más complejas, que además del cultivo o recolección de nuevas plantas y frutales como el algodón, la achira (Canna edulis), lúcuma, guayaba (Psidium guaba), y la ciruela del fraile (Bunchosia armeniaca); muestran un intenso aprovechamiento de los recursos marinos y el empleo de redes de pesca elaboradas con la resistente fibra del algodón. Con la misma fibra se desarrollaron tejidos con complejos y sofisticados motivos decorativos, que representan aves de presa, serpientes, cangrejos y otros seres marinos de elaborado diseño; así como mates burilados con representaciones zoomorfas y antropomorfas, que en conjunto parecen revelar tanto la presencia de una extraordinaria y naciente mitología, como el florecimiento de una singular concepciónestética(Bird 1948,1963; Bird et al.1985).

Huaca Prieta constituye un montículo de aproximadamente 125 m. de largo por 50 de ancho y unos 12 m. de alto, que sería producto de la sucesiva y prolongada acumulación de desechos por parte de sus ocupantes a lo largo de los siglos. En el perímetro del montículo, las excavaciones arqueológicas revelaron la existencia de grandes muros de contención de cantos rodados construidos en etapas sucesivas. Sobre la cima se hallaron

Fig. 24. Foto panorámica de Huaca Prieta.

Fig. 25. Corte de trinchera N – S excavada por Junius Bird en 1946

(Bird et al. 1985).

estructuras semi-subterraneas, compuestas por uno o dos pequeños recintos, que fueron identificadas como viviendas y que posteriormente habrían sido reutilizadas para una función funeraria (Birdetal.1985).Enuntrabajoanterior(Canziani 1989: 42-44), hacíamos una breve mención sosteniendo que los grandes muros registrados en las excavaciones de Huaca Prieta posiblemente fueron construidos con la participación mancomunada de sus pobladores y que se podría suponer que estos ya correspondían a algún tipo de arquitectura pública, mas aun cuando se los ligaba a los hallazgos que presentan una decoración y tratamiento extraordinarios.

En esta dirección, un reciente trabajo de Tellembach (1997: 167-170) propone la interesante hipótesis, en el sentido de que el montículo y los

Fig. 26. Foto de la trinchera N – S excavada por Junius Bird en 1946

(Bird et al. 1985)

Fig. 27. Textiles de Huaca Prieta (Bird et al. 1985).

grandes muros de contención de Huaca Prieta constituíanplataformasdealgunaformadearquitecturamonumental;dondelostextilesdecorados yotrasextraordinariasevidenciascorresponderían a ofrendas de carácter ritual. Para sustentar esta propuesta,se basa tanto en la interpretación de las asociaciones estratigráficas, como en establecer una serie de analogías con otros hallazgos significativosendistintosconjuntosdearquitecturamonumental de los períodos tempranos. En este sentido, se sostiene que las viviendas aparentemente no serían tales, si no mas bien “casas funerarias” algomástardíasy,porlotanto,intrusivasalaocupación precerámica del montículo.

Evidentemente, mas allá de la discusión de si las estructuras semisubterráneas de Huaca Prieta constituyen o no viviendas, esta edificación de

Fig. 28. Mates labrados de Huaca Prieta (Bird et al. 1985).

Fig. 29. Redes de Huaca Prieta con mates como flotadores y pesos de piedra (Bird et al. 1985).

posible carácter público monumental debió estar estrechamente ligada a la presencia de un asentamiento de tipo aldeano. En esta dirección, se puede apuntar la consistente acumulación de desechos del consumo de alimentos proveniente de contextos aparentemente “domésticos” y, sobre todo, la recurrente y estrecha asociación que revela la arquitectura pública con los diferentes asentamientos aldeanos del período estudiados en distintas regiones de la costa peruana.

Otro posible asentamiento de carácter aldeano se registró en el sitio de Huaca Negra, o Huaca Prieta de Guañape, ubicado en una zona del litoral adecuada para la pesca y en un área de la desembocadura del valle de Virú, donde la humedad natural habría permitido desarrollar algún tipo de cultivo en hoyas sin necesidad de riego. En este caso, se registraron dentro de la misma zona tres montículos, bastante más bajos que Huaca Prieta pero igualmente amplios, con conchales y acumulación de desechos correspondientes a una ocupación precerámica. En uno de los montículos excavado por Strong y Evans en 1946 y luego por Bird, se hallaron restos de viviendas que habrían sido también de tipo semisubterráneo. Los cuartos estaban en algunos casos conectados entre sí, medían en promedio 3 x 4 m. y fueron construidos con delgados muros de contención hechos de barro y salitre. Esta diferencia en la técnica constructiva con relación a Huaca Prieta, se explicaría por la notable ausencia de cantos rodados en los alrededores del sitio. No se registraron aquí estructuras que pudieran indicar la presencia de algún tipo de arquitectura pública (Willey 1953: 38-42).

Fig. 30. Alto Salaverry. Plano general del sitio (Pozorszki y Pozorszki 1977).

En el sitio de Alto Salaverry, localizado en el extremosurestedelvalledeMocheyaunos3km. de Punta Salaverry y del mar, se registró un asentamientoaldeanorelativamenteamplio,enelcual se identificó claramente, además de las edificaciones de vivienda, a dos estructuras correspondientes a arquitectura pública (Pozorski y Pozorski 1977). Las unidades de vivienda se encuentran en suelos cubiertos por basurales, son de planta irregular y están compuestas por uno o más cuartos semienterradosdentrodeloscualessedispusieron algunos fogones. Existe una primera estructura (E) que se diferencia drásticamente de las anteriores y que se caracteriza por presentar plataformas, amplios recintos y cuartos, dispuestos en el marco de un trazo rectilíneo con un ordenamiento cuasi ortogonal. La forma de esta estructura y sus características constructivas, sugieren alguna función decarácter público -quizás relacionada conactividades de tipo comunal- lo que no se contradice conelhallazgodedesechosenalgunosdeloscuartos y plataformas de dicha edificación.4

Una segunda evidencia de arquitectura pública en Alto Salaverry, se encuentra relativamente aislada con relación al grueso del asentamiento y corresponde a un pozo circular de 9 m. de diámetro y 1.80 m. de profundidad. Esta estructuraestáconformadaporunmurodecontención construido con piedras irregulares, dispuestas con la cara plana hacia el paramento, y presenta dos escalinatas contrapuestas. El piso,

que fuerevestido con piedras y enlucido conmortero fino al igual que los muros, muestra en el centro una perforación revestida de piedras. En el lado sur de la estructura se desarrolló un segundo muro de contención con trazo circular y concéntricoqueexhibíatambiénunapequeñaescalinata.

Este pozo circular sería el primer antecedente de una forma arquitectónica que maduraría duranteestetiempo,paraluegoalcanzarunagranrelevancia al ser incorporada al diseño espacial de importantes complejos ceremoniales del período

Fig. 31. Alto Salaverry. Plano de la estructura “E” (Pozorszki y Pozorszki 1977).

  1. Algunos investigadores que limitan su comprensión de la arquitectura pública, definiéndola simplemente por negación-es decir como toda aquella que no es doméstica- entran en serias dudas y cuestionamientos cuando en una estructura de aparentemente carácter público, encuentran contextos de basura o asociación con la preparación de alimentos (mal entendidos como atributo universal de lo “doméstico”). Esta visión esquemática y reduccionista no permite percibir que en una serie de estructuras públicas es común y corriente la preparación, consumo u ofrenda de alimentos, sin responder por esto a función doméstica alguna.

Formativo, tal como se puede apreciar en sitios de primer nivel de esta época posterior como Las Aldas, Chavín de Huantar, Kunturwasi, así tambiénsuespecialraigambreenmuchossitiosdelvalledelSanta,comoveremosenelsiguientecapítulo. Lo interesante del caso es que para esta especial forma arquitectónica se ha sugerido no solamente una función ceremonial, sino un posible uso astronómico de la misma, lo que haría que este tipo de estructura asuma la condición de instrumento de producción, ya que su propia forma estaría diseñada para instrumentar como herramienta en el desarrollo de esta función especializada.5

Pozos ceremoniales también han sido documentados en Las Salinas de Chao, un sitio localizado al sur oeste del valle bajo de Chao y al pie del Fig. 32. Alto Salaverry. Plano del pozo circular hundido (Pozorszki flanco norte del cerro Coscomba. El asentay Pozorszki 1977). miento se ubica en una zona desértica asociada a una antigua playa fósil,6 cuya presencia durante la ocupación del sitio explicaría su relación con la

Fig.33.Fotoaéreaoblicuadelas

SalinasdeChaoconevidencias

delaplayaFósil(SANenKosok

1965:

fig.

5).

  1. Los pozos circulares más elaborados presentan un sofisticado diseño en sus escalinatas contrapuestas, observándose queeltrazodelosescalonescorrespondenasegmentosdearcodelineadosdesdeelcentrodelcírculo,mientrasquelasalfardas(?)que limitan lateralmente las escalinatas lo son por radios que se proyectan desde este mismo centro. Las escalinatas contrapuestas forman un eje, el que usualmente estará alineado con el del complejo ceremonial en el cual está inscrito. Se ha sugerido la hipótesisdequeestaformahabríaservidoparalaobservaciónyregistrodelmovimientodelosastroscelestes(Lumbrerascom.pers.). Colocandounaestelauotroelementoverticalsepodríahaberregistradolacambianteorientacióndelasombraproyectadaporel sol naciente a lo largo del año y la posición de sus correspondientes solsticios; o registrar desde el punto de observación central la posición de salida u ocaso de ciertos astros con relación al muro circular. De esta forma, el pozo circular habría sido un instrumento fundamental para generar un calendario dirigido a la predicción de los cambios climáticos, aspecto este de primera importancia para el desarrollo de las actividades productivas y, en primer lugar, de aquellas relacionadas con la agricultura.
  2. La impronta de la playa fósil en lo que hoy es la Pampa de Las Salinas de Chao, constituye un espectacular testimonio delos drásticos eventos de levantamiento tectónico acontecidos en el litoral. La prospección arqueológica de la zona ha permitido establecer queel patrón de ocupación, con asentamientos alineadossobreelantiguoacantiladogeneradopor laerosión delmar, respondió a la extracción de recursos marinos en el paisaje de la antigua bahía, hasta que ésta se desecó provocando el abandono de los sitios (Alva 1986:49-50).

Fig. 34. Salinas de Chao. Plano general del sitio (Alva 1986).

explotación de los recursos marinos allí presentes. Pero en el caso de Las Salinas de Chao, los pozos circulares no aparecen aislados en el asentamiento sino asociados a una serie de templetes y a una densa trama de estructuras de aparente carácter habitacional (Alva 1986).

En este sitio, que posiblemente corresponda a las etapas finales del Precerámico, se presenta un avance significativo en cuanto se refiere al planeamiento de la arquitectura pública. Este es el caso de los templetes, construidos mediante terrazas ascendentes y adosadas a la ladera del cerro, que presentan algunas plataformas con brazos laterales definiendo atrios u otros espacios arquitectónicos con planta en forma de “U”; así como el desarrollo de escalinatas empotradas, organizadas a lo largo de los ejes de simetría de estas edificaciones; la incorporación de plazas rectangulares enmarcadas por un poyo perimetral que proporcionan la sensación de que estas sean hundidas, como se aprecia en la unidad “B”, o de los propios pozos circulares, tal como se observa en la unidad “A”, donde el pozo se ubica frente al templete pero ligeramente desalineado con el eje central de este. Este pozo adicionalmente presenta dos muros de trazo circular, concéntricos a la estruc-

Fig. 35. Salinas de Chao. Reconstrucción isométrica de los complejos B y C (Alva 1986).

Fig. 36. Salinas de Chao. Reconstrucción isométrica del complejo A (Alva 1986).

tura, que le confieren un aspecto sobreelevado (Alva 1986: 56-62).

Más al sur en la región de Casma y Huarmey, tendríamos algunos importantes sitios del período Precerámico representados por Las Aldas (Casma), Culebras y Los Gavilanes (Huarmey). En el caso de Las Aldas, existen evidencias de una consistente ocupación precerámica del sitio, pero no está del todo clara su correlación con la arquitectura ceremonial, que correspondería mayormente al período Formativo (Fung 1988: 88-89). En todo caso, no es de descartar que en asociación con la ocupación precerámica ya haya existido un antecedente de la arquitectura pública desarrollada posteriormente.

En el sitio de Culebras, que está localizado al sur y en la parte baja del valle del mismo nombre, sobre las laderas y cima de un cerro que domina el litoral, se identificó un extenso asentamiento aldeano que habría integrado una importante expresióndearquitecturamonumental.Enestecaso se registró el desarrollo de amplias plataformas conmurosdecontencióndepiedradecoradoscon nichos rectangulares, a las cuales se accedía por medio de una escalinata de proporciones monumentalesorientadahaciaelnorte.Lasplataformas mostraban esquinas redondeadas y sobre ellas existían cuartos o cámaras de planta cuadrangular que presentaban ductos revestidos de piedra bajo sus pisos. Algunos de estos rasgos, tales como las plataformas escalonadas y la escalinata central son de clara filiación costeña; mientras tanto otros como los nichos y los ductos subterráneos e inclusive, las esquinas redondeadas, pueden remitirse a la influencia y difusión de ciertos rasgos propios de la arquitectura pública alto andina, conocida como Tradición Mito (Lanning 1967, Fung

1988).

Los Gavilanes, constituye un sitio excepcional pues no corresponde a un asentamiento de tipo aldeano, si no mas bien a un sistema aparentemente destinado al almacenamiento y conservación de las cosechas de maíz, por parte de los pobladores del valle bajo de Huarmey durante el Precerámico Tardío. Según Bonavia (1982), en el sitio se registraron por lo menos 47 hoyos directamente cavados en la arena. Estos hoyos de forma irregular y de sección troncocónica, que presentan variaciones en sus dimensiones y alcanzan una profundidad de hasta 1.75 m. estaban revestidos con piedras irregulares colocadas en seco. Los restos botánicos recuperados, permiten inferir que se transportó desde los campos las plantas enteras, mientras que en el sitio probablemente las mazorcas fueron separadas de las plantas para su almacenamiento en los hoyos, utilizándose las hojas del maíz para revestir las paredes de los depósitos y cubrir los granos almacenados antes de sellar el hoyo cubriéndolo con arena. Se supone que este sistema de depósito permitió almacenar las cosechas de maíz conservándolas protegidas de la acción de insectos, roedores y otras plagas.

El sitio está ubicado en una posición estratégica, en un lugar desértico a poco más de 2 km. al norte del valle y relativamente protegido de la acción del viento. Es interesante notar que alrededor de los hoyos se halló una cantidad considerable de estiércol de llama, lo que da cuenta del uso temprano de estos camélidos y el importante rol que desempeño, ya desde estos tiempos, el manejo de caravanas de llamas en el transporte de una serie de recursos, ampliando considerablemente el radio de acción de las comunidades con relación a su espacio territorial.

Es importante destacar que en el sitio de Los Gavilanes no está ausente la arquitectura pública. En este caso, se trata de un pequeño edificio localizado en la parte alta de una de las colinas al sureste del sitio, donde se construyó una plataforma sobre laroca madre con un recinto de unos 4.5 m. de lado, en cuyo piso se dispuso de un fogón posiblemente asociado a alguna actividad ritual. La presencia de huellas y restos de postes permite inferir que pudo estar techada. Es de destacar por su especial significación, que en la construcción de la plataforma se empleara un particular sistema de construcción mediante bolsas de relleno tejidas con fibra de junco y cargadas de piedras conocidas como shicras (ibid: 60-66).

En el valle de Supe existen dos importantes sitios precerámicos. Uno de ellos es el de Aspero, que ha sido objeto de estudios a lo largo de varias décadas, mientras que en Caral (conocido anteriormente como Chupacigarro), a los exámenes de superficie desarrollados anteriormente le han seguido recientemente una serie de excavaciones arqueológicas que documentan a nivel preliminar datos de gran trascendencia.

El complejo de Aspero se ubica también en proximidad del océano en la margen norte del valle bajo de Supe y en proximidad de la bahía de Supe Puerto. Se trata de un sitio bastante extenso en el que destaca la presencia de por lo menos 7 montículos monumentales, además de otros montículos menores y evidencias de una densa ocupación habitacional. Dos de los principales montículos, Huaca de Los Idolos y Huaca de Los Sacrificios, fueron objeto de excavaciones revelando su particular naturaleza constructiva (Feldman 1980, 1985).

Fig. 38. Aspero. Plano general del sitio (Feldman 1980: fig. 9).

Fig. 37. Foto aérea oblicua del litoral y valle bajo de Supe. Al extremo derecho se aprecia la ubicación del sitio precerámico de Aspero (SAN en Burger

1995: fig. 5).

En efecto, en estos montículos se registró una secuencia de remodelaciones en las cuales los cuartos y recintos construidos sobre las plataformas de las fases más tempranas fueron sucesivamente rellenados, obteniéndose así plataformas más elevadas donde se construyeron nuevas edificaciones. En el caso de Huaca de Los Idolos, un montículo con una base de 30 por 50 m, el examen de uno de estos niveles, permite apreciar la organización arquitectónica de los recintos construidos sobre una plataforma de volumen troncopiramidal. En el frente principal del mon-

Fig. 39. Aspero. Reconstrucción hipotética de Huaca de los Ídolos (redibujada de Feldman 1980 por Canziani).

tículo, orientado hacia el Este, posiblemente se desarrollaba una amplia escalinata que permitía ascender al nivel superior de la plataforma, donde se encontraba un gran acceso que daba a un gran recinto rectangular (16 x 11 m.), desde el cual se accedía lateralmente y mediante una serie de pasajes a algunos recintos laterales y a lo que se supone constituía una cámara principal (5.1 x 4.4 m.) dispuesta en una posición central.

Esimportantedestacarqueestacámaracentral presentaba un único vano de acceso y que sus paramentos interiores lucían nichos, lo que unido a otrosrasgospermitesuponerciertasvinculaciones con la tradición Mito. Adicionalmente la cámara estaba dividida por un muro bajo y delgado con unangostovanoalcentroquepresentabaunescalonamiento en su parte superior, mientras que el

Fig. 40. Aspero. Corte con evidencias de una secuencia de superposiciones en la cámara central del Huaca de los Ídolos (Feldman 1980).

paramento del muro que daba hacia el acceso a la cámara presentaba un friso obtenido mediante bandas horizontales en relieve. Este recinto en su momento también fue rellenado y sellado bajo 5 pisos, aparentemente para construir nuevamente estructuras algo similares a la anterior (Feldman 1980: figs. 20 y 21). Es de notar que en la capa inferior de los rellenos se utilizó la modalidad de las bolsasdejuncorellenasconpiedras,observándose la particularidad de que estas fueron dispuestas en la capa inferior del relleno –lo que denotaría que con este procedimiento se dio inició al relleno del recinto- cubriéndolas luego con una capa de ripio y piedras pequeñas, para finalmente definir una capa de piso.

Fig. 41. Aspero. Ofrendas de figurinas de barro no cocido y plato tallado de madera (Feldman 1980).

Remarcando la especial importancia ritual de esta estructura central -que se manifiesta claramente en su ubicación espacial y tratamiento arquitectónico- dentro del mismo recinto se hallaron más de una docena de figurinas rotas hechas de barro blanco no cocido. De la misma manera, asociados a rellenos y bajo los pisos se hallaron, en aparente calidad de ofrendas, conchas de abanico, textiles, ornamentos plumarios, una fuente de madera tallada parcialmente quemada y un gran número de palillos tallados, además de semillas de algodón y hojas de achira.

Bajo uno de los pisos de Huaca de Los Sacrificiossehallarondosenterramientos,elprimerocorrespondía al de un adulto que no poseía ofrenda alguna, mas allá del envoltorio de tejido de algodón y estera. Mientras que el segundo correspondía a un neonato con la cabeza adornada con más de 500 cuentas de concha y envuelto en un fardo con dos textiles que presentaban bandas de color, finalmente sobre el enterramiento fue depositado un mortero de piedra de cuatro patas colocado boca abajo (ibid: 81). Estos hallazgos estarían revelando ciertas diferencias de status entre los miembros de la comunidad. De otro lado, la presencia de determinados bienes exóticos, cual es el caso de conchas de mullu (Spondylus), plumas de color y cuentas de piedra, estarían indicando no solamente el intercambio a distancia, si no también la demanda de bienes de carácter suntuario destinados a los rituales o que también podrían haber simbolizado elementos de prestigio entre los personajes de status más elevado.

Otro importante sitio en el valle de Supe es Caral,anteriormenteconocidocomoChupacigarro (Kosok 1965, Williams 1981, 1985). Este complejoselocalizaenlamargenizquierdadelvalleaunos25km.dellitoralyestáemplazadosobre una terraza desértica desde la que se domina el va-

Fig. 42. Caral. Foto aérea del sitio (SAN).

llemedio.Lasrecientesinvestigacionesdesarrolladas en el sitio dan cuenta de la existencia de unos 32 conjuntos arquitectónicos, identificándose 6 edificaciones piramidales de carácter monumental (Shady 1997).

En el sitio sobresalen dos edificaciones monumentales con montículos piramidales que integran grandes patios circulares hundidos; una al norte denominada “Templo Mayor” y otra al sur denominada “Templo del Anfiteatro”. La destacada presencia de estas dos edificaciones en ambos extremos del sitio podría responder a una organización dual del asentamiento, mas si se considera que comparten explícitamente algunos atributos formales, cual es el caso de los patios circulares que, coincidentemente, se presentan en posición contrapuesta al igual que la dirección de sus ejes de orientación.

Fig. 43. Caral. Plano general del sitio (Shady).

El “Templo del Anfiteatro”, se ubica en el extremo sur del complejo y presenta un imponente patio circular hundido de 29 m. de diámetro interior, con escalinatas contrapuestas alineadas con el eje de la edificación. El patio circular presenta plataformas escalonadas y banquetas concéntricas, cuyos muros de piedra muestran evidencias de enlucidos de barro pintados de blanco y amarillo. Esta estructura circular se conecta hacia el noreste con una plataforma alargada, que aparentemente servía de acceso al templo, mientras que se integra hacia el suroeste con un montículo piramidal enmarcado dentro de un gran recinto rectangular. La construcción piramidal presenta un espacio central, a modo de atrio flanqueado por dos recintos laterales, que da acceso a otro recinto en cuyo centro se halló un fogón ceremonial cerca del cual se encontraba una huanca.7 Siguiendo el eje del templo se encuentran dos escalinatas que conducen a las plataformas más elevadas del montículo donde se aprecian restos de algunos recintos distribuidos simétricamente. En diferentes sectores de esta edificación se pudieron observar superposiciones arquitectónicas, que en algunos casos implicaron hasta cinco eventos de enterramiento y construcción (ibid: 27-33).

En la esquina noreste del recinto que enmarca el montículo, se excavó una pequeña estructura que presentaba un diseño arquitectónico singular (ibid: 33). Se trata de un recinto cuadrangular que encierra un muro circular al centro del cual se registró un fogón ceremonial con dos ductos subterráneos de ventilación, lo que evidencia relaciones con la arquitectura de la tradición Mito que examinaremos más adelante.

En el sector al norte del complejo se encuentra el denominado “Templo Mayor”. Se trata también aquí de una estructura circular con un patio hundido de menor tamaño (19 m. de diámetro interior) adosado en este caso al sur de un montículo alargado y de mayor tamaño, que presenta en la parte superior un atrio con planta en “U”. Al igual que en el montículo anterior, el patio circular presenta un sistema de escalinatas contrapues-

ta y una escalinata conecta los distintos niveles de las plataformas del montículo. Aquí también se reportólapresencia deunagranhuancade1.7m. de alto en el atrio de la edificación, lo que permite advertir el uso recurrente de estas en cuanto elemento central de los recintos más importantes de estas construcciones ceremoniales (ibid: 54-55).

Tanto al este como al oeste de extenso espacio existente entre los dos montículos con patios circulares hundidos, se observa la presencia de por lo menos 4 montículos de regular tamaño. Estos se diferencian de los anteriores porque asumen una planta cuadrangular y un volumen de forma marcadamente piramidal. Dado que no se reportan aun excavaciones en estos montículos, no es posible conocer si estas diferencias responden a aspectos de carácter funcional o mas bien de índole temporal.

Si bien se reporta la presencia de diversos sectores residenciales (ibid: 41) la información proporcionada por la propia investigadora permite discutir la atribución de un carácter habitacional del sector “A” excavado. Este es el caso, cuando se señala que los recintos de este sector no habrían sido ajenos a la tradición de “enterramiento ritual”, al apreciarse sucesivos rellenos y remodelaciones asociadas a la icineración o disposición de ofrendas, lo cual incluye la presencia dentro de

7. Luego de que el sitio fuera identificado mediante el examen de las aerofotografías de la época, en la que llamaron la atención las singulares estructuras con pozos circulares, Kosok realizó una breve visita al lugar a fines de los años ’40. Entre otros detalles observó la existencia de un gran monolito o huanca, pero señala que este elemento estaba ubicado cerca del centro del patio circular del montículo sur (Templo del Anfiteatro) del complejo (Kosok 1965: 221).

Fig. 44. Caral. Reconstrucción del “Templo del Anfiteatro” en base a una foto aérea oblicua (El Comercio).

los rellenos de las fases tardías de bolsas de relleno o shicras. Otros datos relevantes serían la presencia en el centro de los recintos de fogones rituales, además de otros rasgos, entre los cuales se menciona la presencia de recintos con esquinas

Fig. 45. Caral. Plano del “Templo del Anfiteatro” (Shady).

curvadas; la aplicación de decoración mural y de pintura en los paramentos y pisos; así como la presencia de pequeñas plataformas de aparente carácter ritual cuyos rellenos están constituidos por shicras. Evidentemente muchas de las evidencias señaladas estarían apuntando hacia una función distinta a la residencial, lo que amerita una investigación más exhaustiva, ya que la sola dimensión reducida de los recintos no es elemento suficiente para calificar a estas estructuras como

Fig. 46. Caral. Conjunto de flautas hechas con huesos de pelícano con decoraciones incisas (Shady).

Fig. 47. Caral. Bolsas de relleno o Schicras utilizadas en la renovación de la arquitectura (Shady).

“habitaciones”, mas aun cuando se advierte que los eventos de relleno están asociados a la disposición de alimentos en calidad de ofrendas, por lo que tampoco se podría interpretar estas evidencias como “domésticas”.

Las investigaciones preliminares desarrolladas en Caral, al igual que en otros sitios correspondientes al Arcaico o Precerámico Tardío, plantean nuevas y extraordinarias evidencias acerca de la temprana manifestación de un incipiente urbanismo en la Costa de los Andes Centrales, especialmente en la región Norte y Nor Central. Sin embargo, opinamos que es inapropiado utilizar el término “ciudad” para denominar este tipo de sitios, ya que los asentamientos urbanos que califican como tales reúnen otro tipo de características que aquí obviamente aun no están presentes. Pero sobre esta problemática discutiremos mas adelante, al finalizar este capítulo.

Otro importante sitio en el valle de Supe es Piedra Parada. Williams (1981: 406-407), describe su arquitectura pública como un complejo con recintos rectangulares con subdivisiones, al cual se adosa la estructura de un pozo circular sin mayor integración con la edificación principal. Es sobre la base de estas características estilísticas, que el mismo autor propone a Piedra Parada como uno de los sitios tempranos dentro de una secuencia de evolución hipotética que, como él mismo señala, no está basada en excavaciones estratigráficas si no en apreciaciones formales. En cuanto a la forma de construcción, aquí también se reporta el empleo de las bolsas de relleno o shicras(Feldman 1980: 98-107, fig. 28; 1985: 84).

Mas al sur, ingresando ya a la Costa Central, existen también aldeas asociadas con arquitectura pública. Este es el caso de Bandurria en el valle de Huaura, donde el área habitacional se encuentra a unos 250 m. del montículo ceremonial que se localiza en proximidad del litoral. Sobre el montículo se halló una huanca (Williams 1981: 383-384), así mismo se halló en el sitio una figurina antropomorfa de barro no cocido (Fung 1988: fig. 3.2). Al norte del valle de Chancay se encuentra el sitio de Río Seco, que presenta cinco o seis montículos piramidales, dos de los cuales tienen unos 10 a 15 m. de diámetro y unos 3 m. de altura. Parece que aquí, al igual que en los sitios de Supe, se presentan plataformas con recintos interconectados con una cámara central, que también estarían sujetos a una secuencia de eventos de relleno y superposición arquitectónica. En este caso, los montículos estarían integrados a las zonas de ocupación habitacional (Lanning 1967: 70-71, Fung 1988: 77-79).

En la comarca de Lima se encuentra un sitio que por su importancia y extensión es de obligada referencia para el período. Se trata de El Paraíso, un amplio complejo que se encuentra en la margen izquierda del valle bajo del Chillón, y en proximidad de la desembocadura del mismo a 4.5 km. del mar, es decir, en una posición estratégica que habría permitido a su población tanto el desarrollo de actividades agrícolas en una amplia zona humedecida por las crecientes del río, como también la explotación de los recursos asociados con el vecino litoral marítimo.

El complejo presenta una serie de montículos, los mayores de los cuales configuran una disposición de planta en “U”: Esta conformación en “U” –de la que El Paraíso sería el antecedente más temprano en la Costa Central– es aún algo irregular, en parte quizás por el amoldamiento del sitio al relieve de los cerros, a partir de cuyas estribaciones se proyectan hacia el noreste los dos grandes brazos laterales. De esta manera, el lado norte del complejo queda abierto hacia el valle, mientras que hacia el sur se encuentran al pie de los cerros los montículos de los templos que debieron desempeñar un rol central dentro de esta forma de planeamiento.

Fig. 48. Paraíso. Foto aérea del complejo en “U” de El Paraíso (SAN). El volumen del templo se aprecia en el borde inferior de la foto. Se ha destacado el contorno de los edificios principales y las plazas.

Los dos grandes brazos encierran una enorme plaza rectangular que habría alcanzado una extensión de más de 500 m. en su eje noreste – suroeste y unos 170 m. de ancho. Estos montículos podrían estar entre las edificaciones más extensas del período, en especial el brazo el derecho que mide más de 500 m. de largo por unos 150 m. en su parte más ancha, aunque la altura sea tan sólo de unos 3 m. Sobre la superficie de estos se encuentran evidencias de una densa trama de estructuras que pudieron corresponder a habitaciones, pero dado que no han sido excavadas no sería de descartar que pudieran cubrir otras funciones asociadas con las actividades desarrolladas en los templos (Lanning 1967: 70-71).

En el interior del complejo en “U”, es decir en el lado cerrado de la plaza, se encuentra un montículo cuadrangular de unos 60 m. de lado, ligeramente desplazado hacia el este con relación al eje de la plaza. Si bien no ha sido excavada, esta edificación revela la presencia de recintos definidos por muros. Rasgos similares se apreciaban superficialmente en el montículo que se emplaza en el extremo suroeste del complejo y al interior de una quebrada lateral al valle, antes de que este fuera objeto de excavaciones y de una restauración por parte de Engel (1967). Observando con detenimiento las antiguas aerofotografías de 1944, se puede suponer que la ubicación de este templo, algo desplazada con relación a la del conjunto definido por los grandes brazos en “U”, podría haber correspondido a la organización de un conjunto menor conformado por una plaza, cuyos trazos todavía se perciben, y cuyo eje en este caso si coincidiría con el del templo. Si la organización espacial de este sector fue más temprana o en todo caso contemporánea con la del resto del con-

Fig. 49. Paraíso. Plano del edificio excavado y restaurado por Engel

(Engel)

junto, es una cuestión que el desarrollo de excavaciones en los distintos componentes del sitio debería de responder.

En cuanto al templo excavado por Engel

(op.cit.), este presenta plataformas escalonadas con muros construidos con bloques de piedras asentadas con barro, disponiendo las caras planas hacia el paramento, con rastros de haber sido enlucidos. Aquí también se hallaron evidencias de recintos rellenados con bolsas de piedra y que sirvieron como plataformas de base para erigir los recintos de las fases sucesivas, en una secuencia de 5 o 6 superposiciones arquitectónicas que no han sido bien definidas, ya que la excavación se concentró en la última fase. El cuerpo central de la edificación, presenta dos gruesos muros que se proyectan hacia el noroeste, encerrando una suerte de atrio en forma de “U”, con al centro una escalinata que permite ascender a un gran vano que da acceso a una cámara central de forma cuadrangular de unos 12 m. de lado. Este recinto presenta ciertos rasgos relacionados con la tradición Mito, ya que al centro se halla una depresión cuadrangular, pero en este caso con la particularidad de que sobre cada una de sus cuatros esquinas presenta lo que parecen ser fogones de sección cónica. Esta cámara central se encontraba interconectada por medio de corredores a una serie de recintos, a los cuales también se accedía desde distintos frentes de la edificación por medio de algunas escalinatas auxiliares, que también evidencian remodelaciones aparentemente asociadas con las distintas fases del edificio.

Otros sitios de la Costa Sur

En la Costa Sur Central, se han reportado algunos sitios correspondientes mayormente a asentamientos con estructuras habitacionales y cementerios. Este es el caso del sitio de Asia, una aldea ubicada en el valle bajo de Asia. Mientras que en la Costa Sur, sitios como Otuma, al sur de la península de Paracas, Casavilca y San Nicolás próximos a las desembocaduras de los ríos Ica y Nazca, respectivamente, se caracterizan por presentar pequeños montículos de conchales, donde además de algunos fragmentos de textiles de algodón y redes, así como del consumo de algunos frutos y plantas, se encuentra una notoria abundancia de puntas de proyectil hechas de obsidiana, que por lo que se sabe provienen de canteras ubicadas en la serranía de Huancavelica y Ayacucho (Lanning 1967: 72-73).

Un nuevo sitio que corresponde a estos mismo rasgos, denominado La Esmeralda, ha sido recientemente identificado en los niveles inferiores y por debajo de la ocupación Nasca del sitio de Cahuachi, en el valle de Nazca. En este caso, el área excavada expuso estructuras de viviendas hechas con postes y una suerte de quincha, asociadas con restos de calabaza, pallares, cuy (Cavia porcellus) y conchas de abanico (Argopecten purpuratus), así como una notable colección de cuchillos y puntas de obsidiana. Estos hallazgos parecen sugerir un modo de vida en el que se combinaba la pesca y recolección en el litoral, con una horticultura en las zonas inundables de los valles, y con la persistencia de la caza, sugerido por la consistente presencia de las puntas de proyectil (Isla 1990).

Lannig (op.cit.), al observar las claras diferencias existentes entre estos sitios y los ubicados en la costa Central y Norte, planteó la sugerente hipótesis de que en la Costa Sur habría persistido por mucho mayor tiempo un modo de vida propio de cazadores recolectores, lo que no excluiría el limitado cultivo de algunas plantas. En esta óptica, muchos de los sitios mas que asentamientos permanentes serían campamentos estacionales, de gentes que se estarían movilizando desde los pisos altoandinos asociados con la caza y la provisión de la obsidiana, hasta el litoral y los valles de la Costa Sur, donde las lomas también podrían haber sido frecuentadas y alojado campamentos invernales. En todo caso, resulta sintomático que en ninguno de los casos documentados en esta región tengamos noticia de la existencia de arquitectura pública, por lo menos en cuanto se refiere a aquella de carácter monumental

La Tradición Mito

Al igual que los hallazgos de Junius Bird en el sitio de Huaca Prieta abrieron un panorama inédito acerca de la complejidad que encerraba el período Precerámico, a mediados de los años 40, el descubrimiento de sitios precerámicos en la vertiente oriental de los Andes por parte de la Misión de la Universidad de Tokio, a inicios de los 60, abrió un nuevo e importante capitulo en el conocimiento del período y el temprano surgimiento de la arquitectura pública en esta región.

En efecto, en las excavaciones desarrolladas en los sitios de Kotosh, Wayrajirca y Shillacoto, localizados en el Alto Huallaga, se documentó por primera vez la presencia de edificaciones que pre-

Fig. 50. Principales sitios Precerámicos de la Sierra afiliados a la tradición Mito (Reelaborado de Bonnier por Canziani).

sentaban un elaborado diseño arquitectónico y una serie de rasgos relevantes que se replicaban en los edificios de las distintas fases, formando parte estos de una compleja secuencia de superposiciones. Es sobre la base de las peculiares características que presenta esta arquitectura pública de aparente carácter ceremonial, que se definió lo que se conoce como “Tradición Mito”. Posteriormente, otras investigaciones desarrolladas en si-

Fig. 51 – Kotosh. Plano general del sitio (Izumi y Terada?).

tios como La Galgada, Huaricoto y Piruru, han extendido el ámbito regional donde pudo desarrollarse y madurar este particular tipo de arquitectura. De otro lado, las investigaciones desarrollados en la Costa Nor Central y Norte permiten, como hemos ya visto, examinar la difusión de esta tradición en estas regiones y la incorporación de algunos de sus rasgos en la arquitectura monumental costeña.

Fig. 52 – Kotosh. Reconstrucción hipotética de la superposición de estructuras: el “Templo de los Nichitos” y el “Templo de la Manos Cruzadas” (Onuki?).

De los sitios excavados en el Alto Huallaga, a unos 2,000 m.s.n.m., destaca la ocupación precerámica de Kotosh y, en particular, las edificaciones correspondientes a las fases tempranas del período denominado “Mito”. En el sitio destacan dos grandes montículos, localizados uno al norte y el otro al sur, planteando una versión temprana de la organización del espacio ritual en los complejos ceremoniales. Los montículos están conformados por un conjunto de recintos cuadrangulares edificados sobre plataformas Las cámaras ceremoniales de 6 a 7 m. de lado se caracterizan por presentar los siguientes rasgos principales: un único acceso; un piso a dos niveles conformado por una banqueta perimetral que se interrumpe frente al acceso y enmarca el espacio cuadrangular con el piso más bajo; al centro de este espacio de menor nivel, se presenta un fogón ventilado por uno o más ductos subterráneos conectados con el exterior; los paramentos interiores e inclusive el frente de las banquetas presentan nichos de diferente forma y tamaño; los paramentos pueden ser decorados con cenefas horizontales e inclusive elementos escultóricos de barro, como las célebres “manos cruzadas”; finalmente, un rebajo del lado interior de la cabecera de los muros, revela que estos recintos estuvieron techados con una cobertura soportada por vigas.

Otro de los aspectos relevantes de esta tradición arquitectónica, es que luego de un determinado período de funcionamiento, estas edificaciones fueron rellenadas y selladas, generando así nuevas y más elevadas plataformas, sobre las que se levantaron nuevas edificaciones, muchas veces directamente sobre el emplazamiento de las anteriores. De esta manera, se generó una secuencia de superposiciones arquitectónicas en la que los edificios más antiguos, que se encuentran en los niveles inferiores, fueron en su momento enterrados por las edificaciones que se construían posteriormente sobre estas. Este proceso de enterramiento, que fue denominado “enterramiento del templo”, se realizó cubriendo con arena los paramentos de los recintos y sus elementos decorativos, para luego rellenarlos con piedras y sellar finalmente este relleno con un piso de nivelación de arcilla roja, sobre el que se edificaba el nuevo recinto, a partir de la construcción inicial del fogón y de sus ductos de ventilación. (Matsuzawa 1972: 176, Izumi y Terada 1972: 5).

Este es precisamente el caso de dos de las principales edificaciones expuestas por las excavaciones en Kotosh, denominadas el “Templo de Los Nichitos” y el “Templo de las Manos Cruzadas”. La más tardía de estas edificaciones es el “Templo de Los Nichitos” (ER-11), que mide interiormente unos 7.5 m. de lado, y presentaba en la grada del desnivel entre los dos pisos una serie de pequeños nichos, que debieron sumar 23 en total. En el paramento interior del muro parcialmente conservado, se pudo reconstruir la presencia de grandes nichos que se desarrollaban desde la base del muro, mientras que otros nichos más pequeños se ubicaban sobre una cenefa horizontal a 1 m. de altura del piso. El fogón central tenía un diámetro de 40 cm. y una profundidad de 60 cm. con la particularidad, en este caso, de contar con dos ductos de ventilación subterráneos, uno en el eje de la puerta –como es más frecuente- y el otro en diagonal, pasando por debajo de la esquina noreste del recinto.

El “Templo de Los Nichitos” fue construido luego de ser rellenada y sellada la estructura de un recinto más temprano denominado “Templo de Las Manos Cruzadas” (UR-22). Este recinto cuadrangular de unos 6.5 m. de lado en el interior, presenta también un único acceso orientado hacia el sur y los rasgos típicos de la arquitectura del período Mito. En este caso, el enterramiento total de la estructura permitió su mejor conservación, encontrándose los muros completos hasta su cabecera a más de 2 m. de altura sobre el piso, lo que permitió reconstruir el sistema de cobertura y conocer la extraordinaria decoración que presentaban sus paramentos. En el interior del recinto se presentan grandes nichos que llegan hasta el nivel del piso, mientras que otros más pe-

Fig. 53 – Kotosh. Reconstrucción isométrica del templo de las Manos Cruzadas, al que se le superpone el de Los Nichitos (derecha) (¿?).

Fig. 54 – Kotosh. Foto de la cámara con las manos cruzadas, cenefas y nichos (¿?).

queños se disponen sobre una cenefa horizontal que sobresalía de 15 a 20 cm. Por debajo de dos de estos nichos pequeños, dispuestos simétricamente en el muro opuesto a la portada de acceso, se realizó el extraordinario hallazgo de dos pares de brazos entrecruzados en alto relieve que fueron modelados en barro. Los muros del recinto, hechos de piedra asentada con barro, tenían de 80 a 100 cm. de espesor, con la particularidad de engrosarse hacia la cabecera de los muros, donde se generaba la grada interior para apoyo de la estructura de la cobertura. Los muros, tanto al interior como al exterior, presentaban vestigios de haber sido enlucidos finamente con arcilla de color marrón amarillento.

Es de destacar que tanto el Templo de Las Manos Cruzadas como el de Los Nichitos, emplazados sobre una plataforma de nivel medio, estuvieron asociados durante sus respectivas fases de actividad con otros recintos similares, que fueron construidos sobre una plataforma de nivel inferior con relación a aquella donde se erigieron los recintos principales. Estos recintos, que podría suponerse desempeñaron un papel complementario, tuvieron la orientación de sus portadas hacia el norte, es decir contrapuesta a las de los templos de mayor importancia, como fueron en su momento “Los Nichitos” y “Las Manos Cruzadas”. En las distintas fases, la conexión entre estos recintos y sus respectivas plataformas en los niveles medio e inferior, se realizaba mediante una serie de corredores y escalinatas. Cuando se procedía a la remodelación de los recintos, se generaba un nuevo nivel en la correspondiente plataforma, lo que estaba acompañado de la construcción o adosamiento de nuevos muros de contención y de remodelaciones en los pasajes y escalinatas, por lo que las superposiciones arquitectónicas no se reducían a los recintos si no que comprometieron también a estos componentes.

Cuando el templo de “Los Nichitos” estuvo en actividad, se encontraba asociado a un recinto complementario localizado al norte (ER-23), al cual se le superpuso en la misma ubicación una remodelación (ER-19), que amplió las dimensiones del recinto anterior. Mientras tanto, durante la época de actividad del templo de “Las Manos Cruzadas”, este estuvo asociado con dos recintos (ER-27 o “Templo Blanco” y 28), siempre localizados al norte y con los accesos orientados en la misma dirección, y los que también fueron objeto de remodelaciones con la superposición de nuevos recintos (ER-20 y 26 / 24). A este propósito, se ha observado que las remodelaciones y superposiciones que afectaron a los recintos principales ubicados en la plataforma de nivel medio, no fueron necesariamente simultáneas a las intervenciones que tenían lugar en los recintos de la plataforma inferior, por lo que pudo darse el caso de que algunos de estos pudieron estar asociados durante un cierto período de tiempo, primero al templo de “Las Manos Cruzadas” y luego al de “Los Nichitos” (Bonnier 1997).

Es importante señalar que bajo el templo de “Las Manos Cruzadas” se identificó también la existencia de un recinto enterrado aun más antiguo que no fue excavado (Izumi y Terada 1972: 304). Por otra parte, en algunos niveles inferiores, se identificaron estructuras más pequeñas, consistentes en pisos que presentaban el típico desnivel cuadrangular con fogón central, pero en este caso no estaban presentes muros que definieran el recinto. Se supone que estas estructuras, por su elaboración más rudimentaria y ciertas analogías con las evidencias tempranas de otros sitios que comparten la tradición Mito, pudieran representar evidencias de las fases iniciales del período Mito en el sitio de Kotosh (Fung 1988: 74, Bonnier 1997: 140-3).

Las periódicas remodelaciones y el consecuente enterramiento de las estructuras de carácter público, así como las propias características arquitectónicas de las edificaciones Mito de Kotosh, la reiteración y persistencia a lo largo del tiempo de los cánones arquitectónicos establecidos; sugerirían la presencia de una sociedad con un nivel de organización relativamente complejo, donde debieron definirse determinados niveles de especialización. En este sentido, la configuración espacial de los recintos, la presencia central de los fogones con sus elaborados sistemas de ventilación, así como el despliegue de nichos y de otros elementos decorativos al interior de estos, estarían expresando una función ceremonial restringida a un reducido número de miembros de la comunidad, para el aparente desarrollo de ofrendas y actividades rituales relacionadas con el fuego. Refuerzan esta interpretación los hallazgos de huesos de cuy y camélidos quemados, que fueron depositados en los nichos y pisos de los recintos, al igual que figurinas de barro representando seres humanos, frutos o tubérculos y pequeñas vasijas, asociados a los mismos contextos arquitectónicos.

La secuencia de remodelaciones, con sus correspondientes superposiciones arquitectónicas, condujeron así a la conformación de dos montículos prominentes con plataformas escalonadas, de modo que sus volúmenes debieron de constituirse en importantes hitos visuales en el paisaje circundante y, en cuanto tales, en referentes de identificación y veneración para las comunidades que participaban del culto.

La evidente complejidad de la organización social y los niveles de inversión destinados a estas construcciones -que presuponen la necesaria disponibilidad de excedentes- sugerirían una base económica con cierto nivel de desarrollo de las actividades agrícolas y ganaderas (Izumi y Terada 1972: 306). Sin embargo, no se han hallado vestigios de plantas, lo que puede ser explicado por la antigüedad del sitio y la relativa humedad que caracteriza a la zona. De otro lado, el análisis de los restos faunísticos señalaría que además de cuy (Cavia porcellus) posiblemente doméstico, el mayor porcentaje de estos corresponde a cérvidos y, en menor grado, a camélidos no necesariamente domésticos (posiblemente guanaco y vicuña), lo que en conjunto permite suponer que la caza aun desempeñaba un rol importante (Wing 1972).

Fig. 55 – Kotosh. Corte estratigráfico, en el que se aprecia la superposición de estructuras de las distintas fases (¿?).

La aparente ausencia de estructuras habitacionales asociadas al período Mito en el sitio de Kotosh, no permite plantear claras inferencias en cuanto al régimen de subsistencias de la población. En todo caso, debe de advertirse que los contextos de los hallazgos corresponden a plataformas y recintos asociados con funciones de aparente carácter ceremonial, por lo que la evidencia podría estar fuertemente condicionada por el tipo de ofrendas y actividades rituales desarrolladas y no necesariamente corresponder con el consumo alimenticio habitual de estos recursos. De otro lado, no se puede dejar de considerar la localización geográfica del sitio y el rol especial que pudo tener en cuanto punto intermedio de un corredor natural que conecta los territorios de las punas alto andinas con aquellos de los bosques húmedos propios de la vertiente oriental de los Andes o

“ceja de selva”.

Piruru, ubicado en el Alto Marañon y en la margen derecha del río Tantamayo (3,800 m.s.n.m), representa en sus niveles precerámicos un importante sitio para la comprensión de la posible evolución y surgimiento de la tradición arquitectónica Mito. En las excavaciones desarrolladas en la década de los ’80, se definieron cinco fases de ocupación precerámica, donde en la última se identificó una estructura asimilable a la tradición Mito de unos 9 m. de lado con fogón central y con los característicos pisos a desnivel presentes en Kotosh. Lo interesante del caso es que las cuatro primeras fases corresponderían a estructuras de un período anterior, Pre-Mito, donde la mayoría presenta un piso a un solo nivel y el fogón central, en algunos casos bien construido y con ductos de ventilación, en otros apenas delineado y sin ductos. Además en estas estructuras se observa una notable variedad de formas y rasgos, con recintos tanto circulares como rectangulares, limitados por muros de piedra; mientras que en otros casos estos están ausentes y los espacios alrededor de los fogones parecen haber sido a cielo abierto (Bonnier 1997). La estructura de época Mito tiene la particularidad no solamente de introducir en el sitio los rasgos característicos de esta tradición, si no también nuevas técnicas constructivas. Tal parece ser el caso de la construcción del recinto, que presentaba un grueso muro de piedra de unos 50 cm. de altura, que sirvió de sobrecimiento a una estructura de quincha realizada con un armazón de postes de aliso, reforzada con barro y enlucida (Bonnier 1988: 44-46).

Otro sitio relacionado con la tradición Mito es Huaricoto, ubicado en la parte central del Callejón de Huaylas y en la margen derecha del río Santa, a unos 2,750 m.s.n.m. En los niveles precerámicos del sitio se hallaron evidencias de fogones enmarcados por pisos a desnivel de forma rectangular. Los pisos fueron hechos con arcilla roja y posteriormente enlucidos con una de color amarillento. Fragmentos de arcilla con improntas de cañas hallados sobre el piso sugieren que algunos fogones pudieron haber estado enmarcados por un cerco hecho de quincha. Asociados a los pisos y fogones se hallaron huesos calcinados que pudieron ser de venado o camélido, lascas de cuarzo y conchas de moluscos de la costa, los que aparentemente fueron parte de ofrendas rituales “sacrificadas” al fuego de los fogones. Existen también aquí evidencias de superposiciones, generadas por el sello de los fogones con capas de arcilla, para luego proceder a la construcción de una nueva estructura con fogón (Burger y Salazar 1980).

Si bien en Huaricoto se encontraron evidencias de una plataforma asociada a la ocupación precerámica del sitio, es claro que en este caso, y aparentemente también en Piruru, no se encuentran los rasgos complejos y las características monumentales que presentan sitios como Kotosh y La Galgada, que habrían requerido del manejo de especialistas y formas de trabajo corporativo para la organización de los eventos constructivos. Mas bien, las características bastante más modestas y algo rústicas de las estructuras halladas en Huaricoto, así como en Piruru, sugerirían la presencia de pequeñas comunidades rurales, e inclusive grupos familiares, realizando estas estructuras para llevar a cabo los rituales afiliados a la tradición Mito (Burger y Salazar 1985, 1986).

Fig. 56 – Plano general de La Galgada (Grieder et al.).

El complejo de La Galgada se localiza a unos 1,100 m.s.n.m. en la margen izquierda de un estrecho valle formado por el río Tablachaca, un afluente del rió Santa a unos 80 km. de su desembocadura en el mar. Dado que el río Tablachaca forma un corredor natural en dirección noreste, esta ubicación es ciertamente especial, tanto por su equidistancia y relativa accesibilidad hacia el litoral del Pacífico, como hacia las serranías de la provincia de Pallasca y la propia cuenca del Alto Marañón. La posición del sitio es en este sentido central con relación a una posible red de conexiones que debió de articular tempranamente estas regiones. El sitio presenta un configuración claramente monumental y, al igual que en Kotosh, con un ordenamiento dual con dos montículos de gran tamaño, elmayor al Norte de unos 40 a 45 m. de lado, mientras que el menor de unos 20 a 25 m. de lado se encuentra unos 10 m. al Sur del primero. Esta disposición de los montículos genera un eje de ordenamiento Norte Sur, sin bien ambos montículos están organizados en un eje Este–Oeste, con sus respectivas escalinatas y frentes principales orientados hacia el Oeste.

En ambos montículos las excavaciones registraron una compleja secuencia de superposiciones arquitectónicas (Grieder et al. 1988). De manera similar a lo expuesto para Kotosh, en este caso los recintos con los rasgos típicos de la tradición Mito, también fueron construidos sobre plataformas y después de un cierto período de funcionamiento, sometidos al desmontaje de sus techos y rellenados, para volver a construir nuevas cámaras sobre las anteriores, elevando así sucesivamente el nivel de las plataformas. Sin embargo, en el caso de La Galgada, se da la particularidad de que muchos de los recintos enterrados fueron reutilizados como cámaras sepulcrales, para lo cual se construyeron pilares y rústicos muros de piedra que soportaron techos con vigas de piedra, disponiéndose estrechas galerías de acceso desde el nivel de las plataformas y recintos que estaban en ese momento en actividad. Esto revelaría una compleja concepción simbólica del espacio sacralizado, donde no solamente la vigencia de los edificios estaba sometida a un aparente ciclo calendárico –cuya finalización implicaba el enterramiento, y el inicio de uno nuevo la regeneración de la arquitectura- si no que también el espacio ritual de los seres vivos, asociado a las recintos en funcionamiento, estaba conectado con el de la muerte y el culto a los ancestros, alojados dentro de las cámaras ahora sepultas (Grieder 1997).

Fig. 57 – La Galgada: Corte estratigráfico del Montículo Norte (Grieder et al.).

El montículo Norte, habría estado asociado en su frente Oeste con una plaza circular de unos 18 m. de diámetro, encerrada por un muro circular de unos 2.5 m. de ancho. Este muro estaba hecho con cantos rodados y mortero de barro, por lo que se presume que corresponde a las fases tempranas del sitio, al igual que restos de pequeñas cámaras construidas con este mismo material. Las cámaras rituales de este período no tendrían desniveles en el piso y si lo presentaban, enmarcando con una grada el fogón, esta era de escasa altura, como se observa en el caso de la cámara F-12:B-2, que medía 2.30 por 2.85 m. y estaba provista de un ducto de ventilación subterráneo que pasaba bajo la puerta, así como de nichos sobre paramentos llanos sobre los que se aplicó enlucido y pintura blanca. Otra cámara de esta misma época (I-11:B-8), medía unos 3.80 m. de lado y presentaba nichos ligeramente trapezoidales. Todos estos recintos, al igual que la mayoría de los que se les superpondrán posteriormente, presentan una planta subrectangular, con los muros ligeramente curvados hacia el exterior y las esquinas redondeadas, mientras que las puertas y los ductos de ventilación que pasan bajo ellas se orientan tanto al Oeste como al Norte

(Grieder et al. 1988: 24-32).

Las fases posteriores al 2200 a.C. en el montículo Norte, están representadas por la presencia

Fig. 58 – La Galgada: Reconstrucción del desmontaje de una cámara para su enterramiento y conversión en una cripta funeraria (Grieder et al.).

de cámaras construidas con piedras canteadas. Estas, además del clásico fogón central, presentan una banqueta perimetral que se interrumpe frente al umbral de la puerta, que también presenta una grada para descender al nivel del piso donde se ubica el fogón. Los nichos se disponen con sus bases alineadas sobre una suerte de zócalo, generado por el adelgazamiento de la parte superior del paramento interior de las cámaras, o enmarcadas en una franja horizontal recesada que da forma a una cenefa horizontal. Para esta época se aprecia una organización espacial de los recintos, a partir de la disposición de una gran cámara central (9 x 12 m.) orientada al Oeste y con el piso ligeramente más bajo que un atrio a cielo abierto que se ubica frente a esta. Las cámaras laterales, de menor tamaño, se disponen sobre plataformas más elevadas en la parte posterior de la cámara central y en los lados al Norte y Sur de esta, perfilándose así una configuración que se aproxima a la forma en “U”. Finalmente, durante los inicios del Período Formativo, está conformación con planta en “U” será cada vez más evidente, cuando en la parte superior del montículo

Fig. 59 – La Galgada: Superposición de arquitectura de distintas fases en el plano del Montículo Norte (Grieder et al.).

Fig. 60 – La Galgada: Reconstrucción isométrica de las estructuras sobre el Montículo Norte (Grieder et al.).

la cámara central será sustituida por un atrio a cielo abierto, rodeado por una banqueta y plataformas más elevadas en tres de sus lados. En el centro de este atrio se ubicará un gran fogón ventilado siempre por ductos subterráneos, como último vestigio de la vigencia de una larga tradición frente a las innovaciones formales que se afirman con fuerza, quizás por el creciente prestigio de las emergentestradiciones arquitectónicas costeñas.

Las plataformas de los montículos fueron construidas con gruesos muros de contención que, al igual que las cámaras, tuvieron la particularidad de presentar las esquinas redondeadas. Estos muros de contención de las plataformas y las grandes escalinatas de acceso, muestran también una secuencia de remodelaciones y superposiciones que se correlacionan con los eventos constructivos que tienen lugar sobre la plataforma superior (op.cit. 44-50). El volumen monumental de estas edificaciones con sus plataformas escalonadas, posiblemente pintadas y decoradas con cornisas y frisos, al igual que el despliegue de las grandes escalinatas en el eje de los montículos, debieron de proyectar una impresionante visión del conjunto.

Dado que las excavaciones arqueológicas se centraron en las estructuras monumentales, no se tiene una idea general sobre que otro tipo de estructuras se encontraban en sus alrededores. Sin embargo, algunas excavaciones puntuales expusieron la presencia de algunos recintos de carácter

Fig. 61 – La Galgada. Detalle de Frontis con esquina redondeada y cenefa nichada (Grieder et al.).

doméstico en la proximidad de los montículos. Estas estructuras tienen planta oval y muros bajos de piedra, con pisos que presentan acumulaciones de basura y algunos posibles fogones, tanto al interior como al exterior de las viviendas. Aparentemente no se detectó evidencias de alguna otra actividad que no fuera la estrictamente doméstica y no se dispone de información acerca del tipo de consumo de subsistencias que se asociaba a estas (ibid: 19-22).

Sin embargo, de la excavación desarrollada en las estructuras de los montículos y de los hallazgos asociados con las tumbas, se reunió una considerable información que da cuenta de un amplio y variado manejo de recursos vegetales y de plantas cultivadas. Entre estos, el de fibras de especies sil-

Fig. 62 – La Galgada. Detalle de Frontis con cornisa con ménsulas

(Grieder et al.).

vestres, algunas posiblemente recolectadas en la misma zona como Puya, Tillandsia o el carrizo? (Typha sp.), empleados para elaborar cuerdas, hilos o cintas y utilizarlas en el tejido de bolsas, cestos y canastos que revelan una excelente manufactura; otras como la totora (¿?), que fueron ampliamente empleadas para tejer petates, podrían haber sido traídas desde pisos ecológicos más bajos o desde la propia costa. En cuanto a las especies cultivadas, existe un amplio registro de la presencia de algodón, tanto de semillas como de fibras en crudo, al igual que cuerdas, hilos y elaborados textiles confeccionados con su fibra, lo que hace presumir su cultivo y procesamiento en la zona. De otro lado, además de los mates ampliamente empleados en múltiples formas de contenedores, la abundante presencia de pallar, canavalia, frijol, ají, zapallo, y frutos como la ciruela del fraile, lúcuma, guayaba y palta, entre otros, nos proporcionan una idea general de la composición de la dieta alimentaria de la población (ibid: 125-151).

En un medio ecológico árido, como es el que caracteriza a la zona, se ha señalado que todas estas plantas requieren necesariamente de irrigación para su cultivo. Si bien se puede presumir que algunos de estos recursos hallan sido transportados al sitio desde otros lugares, tampoco se puede descartar la factibilidad del desarrollo de tempranos sistemas de irrigación artificial en una zona que presenta condiciones relativamente favorables, mas aún si se considera el bagaje tecnológico del que dan prueba los experimentados constructores que realizaron la notable arquitectura monumental de La Galgada.

Fig. 63 – La Galgada. Isometría reconstructiva de la fase final del montículo norte a inicios del Formativo (Grieder et al.).

Fig. 64 – La Galgada: Tumba de personajes de alto status

(Grieder et al.).

Llama la atención el escaso reporte de restos de fauna en el sitio. Aparentemente la mayoría de estas evidencias se vincula con las actividades ceremoniales que tenían lugar en los montículos y con las ofrendas funerarias de las tumbas. En este sentido, sólo se registraron algunos cuernos de venado, mientras que es notoria la total ausencia de restos de camélidos. Sin embargo, existen reveladoras evidencias de algunos elementos exóticos como conchas de moluscos provenientes del litoral del Pacífico, incluyendo algunos fragmentos de los ecuatoriales Strombus y Spondylus, así como de plumas de color que presumiblemente provendrían de la vertiente oriental de los Andes. De otro lado, como parte del ajuar funerario de los

Fig. 65 – La Galgada. Diseño proveniente de un textil correspondiente a una bolsa (Grieder et al.).

entierros hallados en las cámaras, se registraron objetos de piedra trabajados como adornos o cuentas de collares y pendientes, algunos de los cuales incorporaban piedras semipreciosas como la turquesa (ibid: 200).

Finalmente, las características de los entierros precerámicos de La Galgada y su especial disposición dentro de las cámaras funerarias de la arquitectura monumental; la profusión y elaborada calidad de las ofrendas –algunas de las cuales manifiestan claramente su condición de bienes de prestigio, al emplearse en ellas recursos exóticos provenientes de tierras lejanas– nos permiten inferir la presencia de determinados personajes o linajes familiares que gozaban de cierto status, en el marco de un proceso de diferenciación social que ya prelude el surgimiento de las sociedades complejas. Por otra parte, el enterramiento de estos personajes dentro de las edificaciones más representativas, debió tener una profunda connotación social y simbólica, ya que los ancestros de quienes tenían en la comunidad estas especiales condiciones de privilegio, se verían de cierta forma sacralizados al ser incorporados al aura de sus monumentos más emblemáticos.

El proceso de neolitización y las transformaciones en la forma de asentamiento

Los casos más representativos de los asentamientos precerámicos que hemos examinado, en los que destaca el surgimiento de una extraordinaria arquitectura pública, ofrecen un abundante material documental para discutir la problemática del proceso de neolitización en los Andes y sus repercusiones en la forma de asentamiento. Sobre esta importante problemática, se han planteado una serie de hipótesis interpretativas y se mantiene abierto un amplio debate sobre las mismas, dado que el tema es relevante para la comprensión del inicio del fenómeno urbano y del proceso civilizatorio en los Andes Centrales. Sería difícil aquí entrar en mérito a todas estas propuestas y discutirlas, sin embargo, en la medida que expongamos nuestra propia interpretación, haremos obligada referencia a algunas de las más importantes de estas.

Lo que nos interesa, en primer lugar, es abordar desde sus fases iniciales lo que Lumbreras (1981: 173) define como “sintomatología del fenómenourbano”ysuestrecharelaciónconelprocesodeintensosyprofundoscambiossocialesasociadosaloqueseconocecomorevoluciónneolítica (Childe 1982, Choy 1979). En este sentido, es preciso examinar los acelerados cambios que se manifiestan en la forma de asentamiento, a partir del proceso de sedentarización y especialmente en lo que se refiere al surgimiento de la arquitectura pública y sus implicancias. Estableciendo, paralelamente, las interrelaciones existentes entre los cambios en la forma de asentamiento y las transformaciones que se verifican en el seno de las formaciones sociales durante este período.

El sedentarismo, asumido muchas veces como indicadorclavedelaneolitización,hademostrado ser un fenómeno no necesariamente exclusivo de poblacionesagrícolas.Existeunagrancantidadde casos que muestran como comunidades de cazadores recolectores –bajo determinadas condicionesfavorablesoporlaaplicacióndeexitosasestrategias de explotación de los recursos naturales– desarrollan asentamientos sedentarios de tipo aldeano, con una notable inversión en sus instalaciones y donde, inclusive, no es ajena la presencia de arquitectura pública (Childe 1982: 92, Forde 1966, Redman 1990). Por lo tanto, podemos establecer que no es el mero sedentarismo, por sí sólo, el indicador que nos señale la existencia de un proceso de neolitización; de la misma manera que la arquitectura pública no es por sí sola expresióndelapresenciadeespecialistas,oexclusivadel fenómeno urbano (Lumbreras 1981: 169-173). En el caso de los sitios de la Costa Central y Nor Central, es evidente que el fenómeno de sedentarización se procesa con un fuerte componente basado en la explotación de los variados y abundantes recursos marinos. Sin embargo, este no es un componente exclusivo y menos aún constituiría por sí solo la base económica principal sobre la cual se desarrollaría el proceso civilizatorio, tal comohasidosostenidoporMoseleyyotrosinvestigadores (Moseley 1975, Feldman 1980, 1985), a partir de la más equilibrada tesis de Lanning (1967: 78-79, 94-95). A este propósito, hemos constatado como en estos asentamientos iniciales se establece una integración entre la explotación de los recursos marítimos y una agricultura incipiente, la que asume un esencial rol complementario,tantoenelabastecimientodeinsumosnecesarios para el desarrollo de los procesos productivos relacionados con la pesca, como en la composición de la dieta alimentaria de la población, para posteriormente asumir el rol principal en el desarrollo económico (Canziani 1989).

Este proceso, en términos generales, presenta diferencias con el que se da en las regiones altoandinas,dondelabaseproductivadelaneolitización está asociada al desarrollo de la ganadería y el pastoreo, a los que se integra una incipiente agricultura, que no excluye por esto la caza ni la recolección. Proceso que en este caso aparentemente no habría implicado en un primer momento el sedentarismo,sinomasbienlacontinuidaddelrégimen de trashumancia. Sobre la base de este modo de vida, se han presentado sugerentes hipótesis acerca del surgimiento previo de la arquitectura pública, que habría operado luego como catalizador de un paulatino proceso de sedentarización, dando paso a la aparición de las formaciones aldeanas (Bonnier y Rozemberg 1988).

Enelcasocosteño,enelmanejodelosrecursos marinos como en el de las plantas cultivadas, se constatalacrecienteincorporaciónydesarrollode nuevos conocimientos e instrumentos de producción.Porlotanto,enesteaspectodebeaplicarsela vieja proposición que sugiere examinar no tanto que se hace, si no mas bien el cómo se hace. En este sentido, no basta argumentar sobre la innegable importancia de los recursos marinos (Moseley 1975), cuando existe por ejemplo una radical diferenciaentrearponearpecesopescarlosconrudimentarios anzuelos, y capturarlos con redes como lashalladasenHuacaPrieta,yaquedelmanejode estos nuevos instrumentos se desprenden inferencias acerca de las formas de trabajo comprometidasenestosprocesosproductivos,lacrecientedisponibilidad de excedentes, el desarrollo de técnicas de conservación y almacenamiento, al igual que la solución de los requerimientos sociales para la organización de la producción y la administración de los bienes generados.

La domesticación y la creciente incorporación de plantas cultivadas al desarrollo de una incipiente agricultura, así como la necesaria experimentación referida al manejo de estos recursos y su cultivo; el desarrollo inicial de técnicas de riego y manejo de los suelos, debieron también estar asociados al desarrollo de nuevos conocimientos e instrumentos de producción. A este propósito, los tempranos sistemas de depósito de productos agrícolas, como los documentados en Los Gavilanes (Bonavia 1982), o las aparentes funciones de registro astronómico de las plazas circulares hundidas (Lumbreras 1987), nos proporcionan no solamente algunos importantes elementos para inferir el desarrollo de estos instrumentos, si no también evidencias de que, en algunos casos, la propia arquitectura pública asume la condición de instrumento de producción.

Del examen de los procesos productivos desarrollados para la explotación de los recursos marinos y laagricultura incipiente, así como dela generación de la base técnica que las haga viables, se infiere un proceso de creciente especialización en el ámbito de la organización social. Esta especialización es evidente también en el desarrollo de las manufacturas y en especial en el destacado arte textil que exhiben vestigios como los recuperados en Huaca Prieta y La Galgada. A su vez, el propio arte textil nos revela complejos cánones estéticos, en los que se plasma el desarrollo de iconos correspondientes a seres míticos supranaturales con atributos de aves, serpientes y seres marinos. Por lo tanto, también en este aspecto, podemos suponer que el manejo técnico y la elaborada concepción artística debieron estar limitados a un número reducido de personas, y mas aún si pensamos que estas manifestaciones artísticas tempranas constituyen la expresión de la construcción de complejas tradiciones religiosas, a cuya conducción y oficio debieron acceder solamente los iniciados en el culto.

A este creciente proceso de especialización no fue ajena la propia arquitectura pública. Esto se infiere tanto de su especial concepción arquitectónica y de su complejo planeamiento, así como de las particulares características técnicas de su producción, que la diferencian claramente de la arquitectura doméstica, además de requerir de la organización de formas especiales de trabajo para su construcción. De otro lado, si la arquitectura pública se caracteriza por servir de soporte al desarrollo de diversas actividades de carácter especializado y entre estas las de carácter ceremonial, la notable importancia que esta adquiere durante el Precerámico Tardío, nos proporciona uno de los mejores indicadores para leer el emergente proceso de especialización social.

Es mas, si consideramos que las tradiciones religiosas se manifiestan a traves de los rasgos y estilos de las tradiciones arquitectónicas que se perfilan en esta época (Fung 1988, 1999; Williams 1981, 1985), y que estas tradiciones arquitectónicas no se limitan al ámbito local, sino que interesan amplias regiones, también esta esfera de la actividad social apunta hacia la presencia de gentes con ciertos niveles de especialización. La notoria relación de las comunidades con un “espacio exterior” se ve corroborada también por las evidencias de un creciente nivel de intercambios y de interrelaciones, manifiesto tanto en el flujo de ciertos recursos, como de otros aspectos culturales, no necesariamente tangibles, que se movilizan con ellos.

La creciente especialización, derivada del manejo de los nuevos instrumentos de producción y las exigencias de los procesos productivos, habría significado un acelerado proceso de división social del trabajo en el seno de estas comunidades. La participación diferenciada de determinados miembros de esta en la producción, habría generado una incipiente diferenciación social dentro de las comunidades, y que pudo expresarse en determinadas diferencias de status y de acceso o posesión de ciertos bienes de prestigio, tal como lo sugieren ciertos enterramientos complejos en La Galgada y Aspero, y la relativa suntuosidad de sus ofrendas. Este proceso de diferenciación social –visto además en la perspectiva del surgimiento de las sociedades complejas que dan paso a la civilización andina– sería sustancialmente distinto a la “estratificación” propuesta para las llamadas jefaturas o cacicazgos, donde las diferencias de status tienen origen en otros aspectos circunstanciales, como en la simple disponibilidad de excedentes. La abundancia de excedentes, en este caso, no representa el elemento causal de esta diferenciación, como tampoco explica la supuesta emergencia de una “autoridad corporativa” y el surgimiento de una arquitectura pública que tempranamente revela rasgos monumentales.

Evidentemente, este es un tema de gran complejidad que no puede ser abordado unilateralmente, a partir del privilegio de uno u otro aspecto. Hemos introducido la problemática del surgimiento de la arquitectura pública, sosteniendo que durante este proceso se verifica una concatenadayestrechainterdependenciaentrelasinnovaciones en las técnicas e instrumentos de producción;laampliaciónenla escala de apropiación de los recursos naturales y la creciente disponibilidad de excedentes; la mejora e incremento en el aprovisionamiento de subsistencias; sus repercusiones en el consecuente crecimiento poblacional y, por último, en el surgimiento y afirmación de nuevas formas de trabajo y de organizaciónsocial.Aestepropósito, seleplanteaalas comunidades resolver la administración de los excedentes, cuando se requiere establecer el diferir y regular su consumo. Esto está referido tanto a las comunidades que combinan una economía de extracciónderecursosmarítimosconunaincipiente agricultura,comotambiénespecialmentealascomunidades en las que la producción agrícola comienza a adquirir un peso creciente.

Esconocidoqueelmanejodelosrecursosagrícolas por parte de una comunidad, requiere de medidas que permitan regular el consumo de los excedentesentreunacosechayotra,ademásdereservar una parte de estos para asegurar la simiente para un nuevo ciclo de cultivo. Esto implica establecer normas socialmente aceptadas y sancionadas, mediante la generación de mecanismos ideológicos e institucionales que remueven los viejos cimientos en los cuales se fundaban las relaciones sociales preexistentes. Este es el caso de las formas de propiedad, especialmente cuando las comunidades agrícolas establecen con el territorio una relación definida y excluyente sobre los medios e instrumentos de producción (Staino y Canziani 1984). Estos aspectos incidirán en la forma de organización de las comunidades, como en el incipienteprocesodediferenciaciónsocialqueseprocesa en su interior (Lumbreras 1987, 1994).

Finalmente, queremos señalar un aspecto relevante que puede tener algunas connotaciones con relación a la actual problemática del desarrollo y a la imposición de determinados modelos globales. En la prehistoria europea o del viejo mundo en general, se planteó como uno de los paradigmas de la neolitización el desarrollo de la manufactura de cerámica, mas aun tratándose del surgimiento de sociedades complejas. La experiencia de los Andes Centrales constituye un caso inédito a nivel universal, donde se demuestra que sociedades precerámicas no sólo generaron formas complejas de organización social, si no que además desarrollaron una extraordinaria arquitectura monumental.

De otro lado, las notables desigualdades que se aprecian en el proceso de neolitización, especialmente con la aparente perpetuación de los viejos modos de vida en muchas regiones de la costa sur y sierra sur de los Andes Centrales, permiten contrastar (por negación) las hipótesis planteadas y sus implicancias. En el caso de la costa sur, por ejemplo, no obstante la extraordinaria abundancia de los recursos marítimos, esta región presenta un proceso de neolitización algo marginal, que se explicaría a partir de una aparente ausencia de agricultura, o por el desarrollo de una limitada horticultura, mientras se mantendría el énfasis en una economía mayormente recolectora.

La escasa relevancia de la arquitectura pública y especialmente la inexistencia de aquella de carácter monumental en estas regiones, es a nuestro criterio muy significativa, ya que permite correlacionar su surgimiento –como expresión embrionaria del devenir del fenómeno urbano con la intensidad y el nivel de desarrollo alcanzado históricamente en el proceso de neolitización. Allí donde se afirmó la neolitización, con la aparición de sociedades complejas y se dio inicio a las transformaciones agrícolas que condujeron a modificar sustancialmente el paisaje territorial, se desarrollarán patrones de asentamiento donde el rol del fenómeno urbano será cada vez más significativo. Por esta razón serán las regiones nor central y norte de los Andes Centrales, donde el proceso de neolitización fue más intenso y acelerado, las que históricamente expresarán un desarrollo sostenido en esta dirección, y las que durante el posterior período Formativo serán el escenario privilegiado de un proceso civilizatorio, donde el urbanismo tendrá desarrollos emblemáticos con los extraordinarios centros ceremoniales que caracterizarán a esta época.

4

EL URBANISMO TEMPRANO

Los templos y centros ceremoniales del Formativo y las modificaciones iniciales del territorio

AL ABORDAR ESTA ÉPOCA, que aproximadamente va del 1800 al 500 a.C. hemos preferido utilizar el término “Formativo”, asumiendo la interpretación que de él hace Lumbreras, aun cuando son reconocibles ciertas indefiniciones en su manejo y el propio término ha sido objeto de discusión (Lumbreras 1969, 1981). Sin embargo, es preciso señalar que otros investigadores que otorgan mayor peso a los aspectos “culturales”, han optado por dividir el período en dos fases: el Período Inicial, entendido fundamentalmente como el referido al tiempo que va desde la introducción de la cerámica al inicio de la influencia Chavín; y el Horizonte Temprano, que de acuerdo a la definición de RoweVéase (1962) y Lanning (1967), corresponde al tiempo en que se manifiesta la difusión de los rasgos estilísticos asociados al apogeo del fenómeno Chavín (Bischof 1996).

Con seguridad el aspecto más sobresaliente de este período, lo constituye el surgimiento y difusión de una arquitectura de carácter monumental en la mayoría de los valles y cuencas de las regiones tanto costeras como altoandinas del norte y centro del Perú, aunque este fenómeno se proyecta también a los valles de la Costa Sur Central. Estos impresionantes templos se presentan conformando extensos complejos ceremoniales de gran envergadura y alto nivel de planeamiento. Pero es evidente también que este fenómeno no se presenta aislado, ya que se encuentra estrechamente aso-

ciado a la consistente presencia de asentamientos aldeanos que registran un considerable incremento en su número y extensión, así como cambios sustanciales en su forma de organización espacial.

A su vez, como consecuencia de la afirmación de lo que se ha definido como Revolución Neolítica,[6] existen claras evidencias que señalan el inicio de uno de los procesos más trascendentes que implicarán la paulatina modificación del paisaje natural. Nos referimos a la transformación de las características naturales de los valles, para generar en ellos zonas de producción que llevarán a la conformación de los valles agrícolas. Los instrumentos fundamentales para el desarrollo de estas transformaciones territoriales, más evidente en el caso de los valles costeros, están relacionados con la generación y despliegue de tecnologías de irrigación artificial. Este proceso está bastante bien documentado con el desarrollo de tempranos sistemas de canalización y riego, tal como se observa o infiere en los casos de Cumbemayo en la cuenca de Cajamarca, los valles de Jequetepeque (Eling 1987), Moche (Billman 1999), Virú (Willey 1953), Santa (Wilson 1988), y Chincha (Canziani 1992, Canziani y Del Aguila 1994). Este proceso comprende la modificación de los suelos del piso de los valles o la habilitación de aquellos que se ubican en algunas de sus quebradas laterales, generando tierras agrícolas que son progresivamente incorporadas a la producción.

Este fenómeno está asociado a un nuevo panorama en la distribución y localización de los sitios de ocupación. En algunos casos, como es el de Virú, se aprecia que la gran mayoría de los asentamientos (70%) se concentra en el cuello del valle, dándonos a entender que el grueso de la población del valle depende y está comprometida con la producción agrícola, concentrándose en la zona que ofrece las mejores condiciones hídricas y topográficas para establecer un sistema de irrigación con una tecnología relativamente simple (Willey 1953). En otros casos bastante diferentes, como es el de Chincha, se aprecia una alta concentración de los asentamientos en la parte baja del valle, si bien también una concentración algo menor se da en la parte media alta del mismo, donde se han registrado testimonios de los primeros canales de irrigación (Canziani 1992). En todo caso, de estas evidencias que registran el aumento del número de sitios en los distintos valles, se puede inferir un notable incremento poblacional, que como sostenía Childe (1982), es uno de los mejores indicadores del progreso social, en este caso asociado a la exitosa afirmación de la nueva economía agrícola.

Aparentemente este proceso sería —en términos arqueológicos— relativamente rápido y por lo tanto, negaría que se hubiera producido un tránsito lento y gradual hacia la economía agrícola, lo que se hubiera reflejado en una progresiva dispersión de los asentamientos aldeanos, ocupando el territorio de los valles desde la orilla del litoral

Fig. 66. Mapa de ubicación de los principales sitios del período Formativo. 1 Huaca Lucía,

  1. Morro Eten,
  2. Pacopampa,
  3. Udima,
  4. Purulén,
  5. Montegrande,
  6. Kunturwasi, 8 Huacaloma, 9 Cupisnique,
  7. Caballo Muerto,
  8. Punkurí,
  9. Cerro Blanco,
  10. Sechín Alto, Cerro Sechín,
  11. Moxeke,
  12. Las Aldas,
  13. Chavín de Huantar,
  14. Garagay, 18 La Florida,
  15. Cardal,
  16. Santa Rosa, Soto, Partida,
  17. Chongos,
  18. Paracas,

23Carhua,

  1. Chuchio,
  2. Cerrillos,
  3. Animas Altas, 27 Jauranga.

hasta alcanzar la parte media y alta de estos.[7][8] Más bien, las evidencias apuntan en casos como el de Virú, hacia un desarrollo en el cual en un determinado momento es notorio que el grueso de la población aparece asentada en aldeas agrícolas, que se concentran en las partes medias y altas de los valles. Aun en casos como el de Chincha, donde los cambios aparentemente no son tan radicales, se hace evidente que asistimos a la afirmación de nuevos patrones de asentamiento, donde además de los sitios aldeanos —muchas veces difíciles de localizar o poco estudiados— sobresalen las monumentales construcciones piramidales, que atestiguan la generosa inversión de los excedentes productivos asegurados por la nueva economía agrícola en este tipo de obras públicas.

Paralelamente, estos cambios sustantivos en los patrones de asentamiento vienen aparejados con una serie de importantes avances tecnológicos, como son aquellos relacionados con el manejo de los recursos agrícolas, la cerámica, el arte textil, la metalurgia, y el desarrollo de las técnicas constructivas. La afirmación y propagación de este novedoso e importante equipamiento técnico, revela en toda su amplitud el ejercicio de un creciente dominio sobre la naturaleza por parte de las poblaciones de las regiones involucradas, en mayor o menor grado, en este proceso.

Los avances registrados en el proceso de domesticación, con la extensión de los cultivos ya conocidos durante el Precerámico Tardío, la incorporación adicional de nuevos cultígenos y especialmente las evidencias de la difusión y adaptación de estos a distintos pisos ecológicos, dan una idea aproximada de la intensa propagación de recursos y conocimientos que se da entre distintas regiones durante esta época (Lumbreras 1981: 133-152). Dentro de este mismo proceso, los camélidos como la llama, cuyo aparente centro de domesticación se ubicaría entre la sierra

central y sur, comienzan a ser introducidos en la sierra norte, donde no habría mayores antecedentes acerca de la presencia de camélidos,3 y desde donde son aparentemente trasladados y adaptados a la vida en los territorios de las regiones costeras, es decir a un habitat radicalmente distinto del originario.

En cuanto se refiere a las manufacturas, la introducción de la cerámica (ca. 1800 a.C.) marca el inicio del período Formativo y es utilizada por consenso como un indicador fundamental en este sentido. La cerámica representa una importante innovación en cuanto se refiere a los patrones alimenticios, de almacenamiento e inclusive en los funerarios (Lanning 1967: 80). Efectivamente, la cerámica modifica y mejora sustancialmente los procesos de preparación de alimentos e inclusive de bebidas como la chicha, permitiendo además su empleo como vajilla para el consumo de estos; puede ser utilizada para almacenar agua u otros líquidos, granos o alimentos procesados para su conservación. Además de sus obvias repercusiones en la salubridad y mejora alimenticia, que debieron redundar en la calidad de vida y el crecimiento poblacional, debió tener también importantes implicancias en los patrones de asentamiento. Este es el caso de la localización de sitios que, por determinadas circunstancias o por los requerimientos del manejo de ciertos recursos, debieran establecerse relativamente lejanos de fuentes de agua, ya sea dentro de los valles o inclusive a decenas de kilómetros de estos, en zonas absolutamente desérticas,[9] ya que gracias a la cerámica dispusieron de facilidades para almacenar y transportar hasta allí los recursos vitales para la subsistencia de sus ocupantes y el desarrollo de sus diversas actividades, para lo cual la creciente disponibilidad de la llama como animal de carga debió ser un factor nada despreciable. [10]

Fig. 67. Valle hipotético con el inicio de la transformación agrícola mediante el desarrollo de sistemas de irrigación en el cuello del valle

(Canziani).

A su vez la cerámica, más allá de los requerimientos funcionales que dan lugar al desarrollo de una amplia gama de formas, representará en los Andes Centrales un medio extraordinario para la expresión artística, constituyendo con los textiles el soporte privilegiado para la representación estilizada de elementos de la naturaleza y, especialmente, de los dioses y seres mitológicos sobrenaturales que poblaban el universo ritual y religioso de estas sociedades. Esta vajilla fina que manifiesta una gran variedad de estilos decorativos, aparentemente será de uso reservado para los grupos sociales de cierto status o estará relacionada con actividades rituales, encontrándose asociada recurrentemente a ofrendas o en calidad de ajuar funerario.

Algo similar acontece con los textiles, donde la innovación representada por la introducción del telar se impone, permitiendo no solamente una intensificación de la producción, sino también desplegar nuevas tecnologías y recursos estéticos. En cuanto a la metalurgia, prácticamente desconocida durante el Precerámico, también presenta importantes avances con la presencia de pequeños utensilios o adornos de cobre y la aparición de extraordinarios ornamentos de oro, mayormente trabajados con la técnica del laminado y repujado, como son los hallados en Chongoyape, Lambayeque (Lechtman et al. 1976) y recientemente en Kunturwasi, Cajamarca (Kato 1994), donde formaban parte de un extraordinario ajuar funerario de personajes sepultados en las tumbas halladas en este templo.

Aun cuando examinaremos este aspecto al tratar los monumentos arquitectónicos más representativos, es importante señalar aquí las innovaciones en el campo de la tecnología de la construcción, ya que tanto en el manejo de la piedra como en el del barro —los materiales mayormente empleados en las construcciones del mundo andino— se registran importantes avances. En las edificaciones de piedra se aprecia entre los materiales constructivos la presencia de piedras canteadas y labradas, lo que indica que determinadas canteras fueron seleccionadas por el tipo y calidad de sus materiales, aunque algunas de estas se encontraran relativamente lejanas con relación a las obras de construcción, para extraer desde allí bloques de grandes dimensiones y notable peso. También se trabajaron bloques aplicando decoración escultórica en relieve en sus caras, cuando estos se destinaban al acabado de los paramentos de los templos, bajo la forma de estelas, zócalos o cornisas; así también en ciertos elementos arquitectónicos que componían portadas monumentales, tales como columnas, pilares y dinteles, o en otros componentes que constituían hitos o rasgos relevantes de la arquitectura ceremonial, con el tratamiento de formas escultóricas tridimensionales, como son las huancas, los obeliscos, las cabezas clavas, o esculturas sobrecogedoras como el célebre “Lanzón” de Chavín, enclavado en el núcleo central de las galerías subterráneas del Viejo Templo.

Si bien, como se verá, el manejo de la piedra no es ajeno a la arquitectura monumental costeña, evidentemente el barro tuvo desde esta época un papel privilegiado en las edificaciones de carácter público de estas regiones. Efectivamente, la incorporación del barro en cuanto material constructivo se presenta dando forma inicial a distintos tipos de adobes. A su vez, estos tipos de adobes se disponían en diversas formas de aparejo, para resolver tanto el relleno de los colosales volúmenes masivos de las plataformas de los montículos piramidales; la construcción de los muros de contención de las plataformas o los muros portantes de las edificaciones; e inclusive para conformar extraordinarias columnas y pilares. Pero el barro también fue utilizado magistralmente para modelar frisos, relieves figurativos o para dar vida a sorprendentes representaciones escultóricas con imágenes de bulto, tales como las descubiertas por el Dr. Julio C. Tello (1956) en los templos de Moxeke, Cerro Blanco y Punkurí en los valles de Casma y Nepeña.

Además de las sobresalientes técnicas constructivas que se despliegan para erigir las edificaciones monumentales, las propias características funcionales y formales hablan claramente de un proceso de especialización que debió involucrar también a quienes se desempeñaban como arquitectos y planificadores de estas imponentes obras públicas, además de aquellos operarios y artistas especializados en el desempeño de una serie de oficios y artes comprometidas con los distintos rubros de la construcción, acabado y decoración de este tipo de edificaciones.

Fig. 68. Mapa de distribución de sitios del Formativo superior en el valle de Virú (redibujado de Willey 1953 en Canziani 1989).

En resumen, el período Formativo representa una época en la que se inicia un intenso proceso de especialización productiva, que concierne fundamentalmente la solución de una serie de retos planteados simultáneamente por la afirmación de la nueva economía agrícola y los nuevos requerimientos sociales. En el consecuente proceso de división social del trabajo, se sustenta una emergente diferenciación social que tiene como protagonistas centrales a aquellos especialistas que resuelven los aspectos críticos para la reproducción del sistema económico y social, como son, la conducción del desarrollo, mantenimiento y administración de los sistemas de irrigación; la planificación y construcción de las obras públicas; la convocatoria y organización de la fuerza de trabajo participante en la ejecución de estas; la calendarización de las actividades agrícolas y el desarrollo de las actividades rituales que aseguraban el sustento ideológico del sistema en sí, y especialmente de las relaciones de reciprocidad asimétrica que se sustentaban en la autoridad y el ejercicio del poder por parte de este sector social que asumiría un dominio de tipo teocrático (Lumbreras 1987, 1994). Si además de estos argumentos, se aprecia el proceso en la perspectiva de su futura evolución, con la indudable presencia de los estados teocráticos que dominarán la escena de la posterior época de los Desarrollos Regionales Tempranos, es factible suponer que ya durante el Formativo se produjera la aparición de formaciones sociales de un incipiente carácter estatal.

Los estudios de los distintos procesos civilizatorios a nivel universal, plantean coincidentemente la manifiesta concentración de los sectores sociales crecientemente comprometidos con la especialización productiva en una nueva clase de asentamientos: los centros urbanos.[11] Los distintos tipos de centros urbanos, que surgen como expresión de estos diferentes procesos, en términos generales, manifiestan sus cualidades urbanas con la concentración inusitada y magnífica de arquitectura pública, que corresponde y está íntimamente asociada con las actividades especializadas desarrolladas en este tipo de edificaciones. De otro lado, no es ajeno a este fenómeno el relativo peso de la gravitación poblacional, ni la densidad o extensión física alcanzada por los tempranos centros urbanos que ejercerán la progresiva atracción de otros sectores sociales involucrados en la producción especializada o en proporcionar los diferentes servicios que la propia entidad urbana requiere para su funcionamiento. De esto último

se desprende también la creciente concentración de estructuras domésticas que conforman inclusive barrios o determinados sectores urbanos, si bien estos gravitan en torno al núcleo central constituido por las edificaciones públicas.

El área de los Andes Centrales, en el marco de sus propias particularidades y especificidades, no fue ajena a esta ley general del desarrollo histórico. Sin embargo, al igual que en los demás casos señalados como centros originarios de procesos civilizatorios, es preciso advertir que el proceso que dio lugar a la formación de entidades de carácter estatal, no debió de tener un curso de evolución lineal, de constante avance gradual y ascendente, ya que debieron de manifestarse distintos ensayos de diferente tipo y grado, ajustándose a las particulares condiciones locales y desarrollándose de acuerdo al bagaje histórico de cada región.

Por lo tanto, si examinamos la evidencia empírica recopilada para el período Formativo, asumiendo la existencia de una relación dialéctica de correspondencia recíproca entre las formaciones sociales de carácter estatal y el urbanismo, es evidente que el proceso que conducirá al surgimiento de las entidades de carácter estatal deberá presentar como correlato el desencadenamiento y desarrollo del fenómeno urbano. En este sentido, nos proponemos abordar en las secciones siguientes los testimonios y la problemática documentados en cada región o en las denominadas áreas de integración,[12] para establecer así una aproximación al surgimiento del fenómeno urbano que muestre en esta transición la diversidad de situaciones, sus características particulares y aparentes niveles de desarrollo. Para este propósito, presentaremos de manera resumida los casos más relevantes y los aspectos más destacados sobre esta problemática en las distintas regiones, procediendo en un recorrido de norte a sur.

Fig. 69. Mapa de los Andes Centrales con las posibles Zonas de Integración del Norte, Centro y Sur (redibujado de Lumbreras 1981).

La Costa y Sierra Norte

En la región norte del Perú, la amplitud de los valles costeños y la mayor abundancia del recurso agua debieron favorecer notablemente la afirmación de la agricultura. De otro lado, la relativa accesibilidad desde y hacia los valles interandinos de la zona de Cajamarca, debió de facilitar una fluida relación transversal que habría incluido las regiones orientales del curso superior del río Marañón. No es pues casual que los patrones arquitectónicos de los monumentos reseñados a continuación, revelen una estrecha relación entre la costa y sierra norteñas, como también fuertes influencias de lo que acontece más al sur entre Chavín y la costa nor central.

Los valles de Lambayeque

Fig. 70. Mapa de ubicación de los principales sitios formativos de la Costa y Sierra Norte (redibujado de Canziani

Entre los sitios con arquitectura monumental estudiados en la región de Lambayeque, sobresalen Huaca Lucía, Purulén y Montegrande en el valle de Jequetepeque. El sitio de Huaca Lucía se localiza en el valle del río La Leche, a unos 50 km del mar y en un medio correspondiente a bosque seco arbustivo, en el complejo de Batán Grande. Las excavaciones en el sector norte de uno de los tres montículos que comprende el sitio, han dado a conocer un importante centro ceremonial del Formativo, con una arquitectura monumental que presenta una especial técnica constructiva (Shimada et al. 1982: 109-210). Si bien las excavaciones estuvieron restringidas a lo que aparentemente correspondía al atrio de un templo, se ha podido estimar las dimensiones del edificio, que habría tenido una planta de 240 por 170 m y de 5 a 8 m de alto, con un volumen conformado por al menos dos plataformas escalonadas que presentaban las características esquinas redondeadas.

El atrio, orientado en dirección norte–noreste, exhibía una gran escalinata empotrada de 16 m de ancho con 23 escalones, que ascendía 5 m hasta alcanzar el nivel de la plataforma superior, donde se accedía a una estructura (el atrio propiamente dicho) con planta en “U” abierta hacia el norte y con un vano de acceso en el lado sur, flanqueado por banquetas que se ubicaban simétricamente a ambos lados de unas mochetas que demarcaban el umbral del vano. Dentro de este recinto se encontraba una impresionante columnata formada por una serie ordenada de 24 columnas. Estas columnas que tenían 1.20 m de diámetro estaban sorprendentemente elaboradas con discos de los mismos adobes cónicos utilizados para construir los muros, disponiendo en este caso los adobes con el vértice hacia el centro de la columna y sus bases hacia la superficie del fuste, que mostraba un fino enlucido y rastros de pintura rojiza. Se estima que estas columnas alcanzaron una altura entre los 3.50 y 4 m mostrando en la sección superior una suerte de capitel cuadrangular que presentaba una acanaladura que estuvo destinada a recibir las vigas que constituían la estructura del techo.

Se observaron también una serie de evidencias que señalaban que la edificación estuvo sujeta a una serie de remodelaciones, las que implicaron el enterramiento sucesivo de sus plataformas mediante el relleno con arena fina y la aplicación de sellos con capas de arcilla (ibid: 133-137). El hecho de que este sector del montículo hubiera sido

Figs. 71a y b. Huaca Lucía. Reconstrucción hipotética (Canziani 1989) y planta del Atrio (Shimada et al. 1982).

objeto de serias destrucciones mediante el movimiento de maquinaria pesada, quizás ha destruido valiosa información, que impidió a los investigadores percibir si estos enterramientos estaban asociados con una secuencia de remodelaciones de las edificaciones ubicadas sobre el nivel de la plataforma superior, como es el caso de la estructura del atrio.

El complejo de Purulén, se localiza en el bajo Zaña a escasos kilómetros del litoral y está compuesto por 15 montículos que presentan una orientación y configuración similar entre sí. Sus volúmenes se desarrollan sobre la base de una o dos plataformas de planta rectangular, con escalinatas empotradas alineadas con el eje principal de los montículos, frente a los cuales, por lo general, se desarrolla un patio o plaza hundida. El montículo excavado por Alva (1985, 1988), presentaba sobre una doble plataforma escalonada una plataforma superior con esquinas redondeadas frente a la cual se ubicaba un patio hundido. Este esquema replica sobre la plataforma principal la configuración típica del planeamiento de los montículos que —como también se aprecia en este caso— se enfrentan con plazas hundidas, dentro de un planeamiento de marcado desarrollo axial. La plataforma superior presentaba en el mismo eje una segunda escalinata y una cámara subterránea con hornacinas en sus paramentos.

Se reporta también para el sitio la presencia de una gran cantidad de estructuras de vivienda, construidas con materiales perecederos en los alrededores de los montículos y que contaban con depósitos subterráneos revestidos con barro. Este dato es relevante para el examen de la dinámica poblacional y el modo de vida de los sectores sociales que se concentran en torno a la arquitectura monumental.

Mas al sur, en el valle medio del río Jequetepeque y en la zona entre Montegrande y Tembladera, a más de 50 km del litoral y a unos 400 msnm, se han dado a conocer una serie de sitios con estructuras de tipo público correspondientes al período Formativo y que se localizan tanto en terrazas aluviales o en quebradas laterales al valle (Ravines 1982, Tellenbach 1986). Se trata de edificaciones constituidas por plataformas bajas que generalmente presentan frente a ellas una suerte de vestíbulo o plaza hundida, que en algunos casos es flanqueada por plataformas laterales, configurando un planeamiento en forma de “U”. Las plataformas tienen planta rectangular y presentan escalinatas empotradas dispuestas en el eje de las mismas. Sobre las plataformas existen evidencias de muros formando recintos abiertos por un lado, en forma de “U”. Huellas de postes en las plataformas y en los vestíbulos, indicarían que en ciertas zonas de los edificios existían estructuras que estaban techadas.

Aparentemente estos sitios estuvieron asociados al desarrollo de un manejo agrícola con sistemas de riego, y existen indicios que concentraban cierta cantidad de población que se alojaba en estructuras hechas con postes, quincha y otros ma-

Fig. 72. Huaca Lucía. Columnas elaboradas con adobes cónicos (Shimada et al. 1982,). En primer plano, al centro, la sección de un disco muestra la singular disposición radial de los adobes cónicos; a la derecha segmentos de dos capiteles caídos.

Fig. 73. Purulén. Reconstrucción isométrica de uno de los templos principales (Alva 1987).

teriales perecederos, apreciándose tan sólo los restos de sus cimientos y los fogones ubicados al centro de las viviendas (Ravines 1985: 145).

Montegrande uno de los principales sitios formativos del valle de Jequetepeque, afectado por el impacto de la construcción de la represa de Gallito Ciego a inicios de los años 80, fue objeto de excavaciones intensivas conducidas por Tellenbach (1986). El sitio, localizado a unos 52 km del mar, en las laderas de una quebrada lateral de la margen derecha del valle medio, se asentó distante un kilómetro de los campos de cultivo en un terreno eriazo de pendiente pronunciada.

Las excavaciones arqueológicas desarrolladas en área expusieron la presencia de tres plataformas principales de planta rectangular, cuyo eje mayor se desarrolla en sentido transversal a la pendiente y con sus frontis principales orientados hacia el sur, es decir, mirando hacia el valle. Las plataformas, que presentan las esquinas redondeadas, se enfrentan a pequeñas plazas hundidas o a explanadas desarrolladas sobre terrazamientos. En el caso del frente norte de la Huaca Grande, se documentó la presencia de hornacinas, distribuidas simétricamente a ambos lados de la escalinata central.

Compartiendo los cánones arquitectónicos de la arquitectura monumental del período en la región, estas plataformas presentan en el eje central de sus fachadas sendas escalinatas empotradas, si bien éstas tienen la particularidad de presentar una planta trapezoidal que se ensancha conforme ingresan en el cuerpo de las plataformas. Sobre las plataformas y dispuestos con simetría, se construyeron recintos con las esquinas redondeadas y que estuvieron aparentemente techados.

Las plataformas y las edificaciones sobre estas no fueron elaboradas con adobes cónicos sino con piedras y mortero de barro, siendo los rellenos de las plataformas de cascajo, piedras y tierra. Esta diferencia podría tener una explicación tanto en una opción cultural local, como en la relativa distancia de los suelos donde se podría disponer de barro para elaborar adobes.

En todo caso, es de resaltar la notable participación de materiales orgánicos en la construcción de otras estructuras menores que se emplazan con relativo orden en los alrededores de las plataformas y a los lados de las plazas y explanadas. Nos referimos a un serie de recintos de planta cuadrangular o rectangular, aparentemente techados, que se caracterizan porqué sus muros están mayormente constituidos por hileras de postes de madera alineados. Si bien de los postes solamente se ha conservado sus improntas en los pisos y en los cimientos de los muros, se puede suponer que fueron hechos de troncos de algarrobo, una especie relativamente abundante en esta zona ecológica. Otros componentes constructivos de estas estructuras menores fueron resueltos con tramas de quincha de carrizo y enlucidos de barro.

Fig. 74. Montegrande. Reconstrucción isométrica (Tellenbach 1986).

Tellenbach (ibid) denomina de forma genérica a estas estructuras menores como “casas”, un término con evidentes implicancias habitacionales o domésticas, y que podría sugerir una connotación aldeana para el grueso del asentamiento que se dispone alrededor de las plataformas. Sin embargo, entre los rasgos recurrentemente documentados por las excavaciones dentro de estos estructuras menores, tiene relevancia la presencia de fogones de gran tamaño, mayormente de forma cuadrangular que se disponen al centro de estos ambientes. Estas características especiales, como el que los fogones estén construidos con revestimiento de piedras y cuidadosamente acabados con enlucidos de barro, pone en cuestión que estos fogones estuvieran asociados a actividades domésticas. A nuestro parecer, estos rasgos como la distribución relativamente ordenada de estas estructuras menores alrededor de las plataformas, podrían estar mas bien sugiriendo el desarrollo en ellas de actividades complementarias a aquellas de aparente carácter ceremonial que tenían lugar en las edificaciones principales.

Los valles de Trujillo

El valle de Virú

Para introducirnos a la problemática que presentan los valles de la región durante esta época, la obra pionera de Gordon R. Willey (1953), dedicada al estudio de los patrones de asentamiento prehispánicos en el valle de Virú, constituye una obligada referencia. No obstante el tiempo transcurrido y las limitaciones propias de las prospecciones de superficie (Willey 1999), este notable

trabajo nos presenta un análisis fundamental acerca de la evolución de los patrones de asentamiento en este valle, con interesantes referencias comparativas respecto a la región y al área de los Andes Centrales.

En el caso del período que nos ocupa, el Formativo en el valle de Virú está definido por las distintas fases del período Guañape. La introducción inicial de la cerámica corresponde a la fase Guañape Temprano, para la cual se conoce apenas un sitio próximo al litoral, detectado mediante excavaciones [13] y que representa una reocupación del montículo precerámico conocido como Huaca Negra o Huaca Prieta de Guañape (ver Cap. 3). En cuanto a las fases Guañape Medio y Tardío, estas según Willey (1953: 43) corresponderían fundamentalmente a la vigencia de los estilos cerámicos asociados a Cupisnique y a Chavín, es decir al Formativo Medio. Del total de 18 sitios registrados en el valle asociados con el período Guañape, 14 se encuentran en el valle bajo y 4 en el sector medio y en el cuello del valle.

De los sitios ubicados en el valle bajo, dos se encuentran en proximidad del litoral (V-71 y 100) y pudieron —al igual que los anteriores sitios del precerámico localizados en este tipo de zona— aprovechar tanto la explotación de los recursos marinos como desarrollar una agricultura sin rie-

Fig. 75. Aldea dispersa V-83 del período Guañape (Willey 1953: 49).

go en las hoyas húmedas que se presentan entre las dunas ubicadas en la franja del litoral. Una concentración de sitios (V-171, 272, 302, 306, 309, 311) fue detectada también gracias al desarrollo de excavaciones en proximidad del cauce del río y otra importante agrupación (V-83, 84, 85, 127, 128) se encuentra al sur del valle, en las laderas que se encuentran al pie del Cerro Compositán. Dada la relativa lejanía del mar de estas agrupaciones, se puede inferir que las comunidades que poblaron estos sitios tenían en la agricultura su principal fuente de sustento, mediante el desarrollo de cultivos en las zonas de inundación del cauce del río o gracias al despliegue de pequeños canales de regadío, como también mediante hoyas de cultivo en zonas humedecidas por el afloramiento de la napa freática (Canziani 1989: 83). Al menos dos sitios ubicados al interior del cuello del valle (V-14 y 180) pueden ser representativos de asentamientos del período que, por su propia localización, serían sólo explicables con el desarrollo de actividades agrícolas mediante la implementación inicial de algún sistema de riego en esta zona del valle, que tanta trascendencia adquiría en los períodos inmediatamente subsecuentes, al concentrarse en ella la mayor parte de la producción agrícola y los asentamientos directamente asociados con esta actividad.

Las aldeas con restos superficiales presentan un patrón disperso, con un promedio de 25 a 30 viviendas que tienen de uno a seis cuartos cada una. Los muros de piedra de 40 a 50 cm de alto

Fig. 76. Aldeas aglutinadas (V-144, 202 y 203) del período Puerto Moorin temprano (Willey 1953: 76).

corresponderían a restos de los cimientos sobre los cuales se habrían dispuesto adobes o estructuras de materiales perecederos cuyos rastros han desaparecido por completo. Las casas están algo separadas entre sí y se disponen sin un orden aparente. En algunas de estas aldeas, como es el caso de V83, se aprecia estructuras de posible función pública constituidas por plataformas con muros de contención de piedra, que pudieron servir de base para edificios de carácter ceremonial o comunal. Estas plataformas se localizan en una posición prominente, en la cima de la colina en la que está asentada la aldea y en una posición central con relación a las viviendas que se ubican a su alrededor y en las partes más bajas (Willey 1953: 48-55).

Si bien en las excavaciones desarrolladas en los montículos bajos del sitio V-71 se hallaron evidencias de una aparente ocupación doméstica, esta se encontraría asociada a la presencia de la principal estructura pública documentada en el valle para este período. Se trata de la edificación conocida como Templo de Las Llamas, un recinto de planta rectangular de unos 16 x 19 m construido con muros de piedra de 65 a 80 cm de espesor y que alcanzaban unos 50 cm de alto. Se supone que estas estructuras corresponden a los cimientos de una edificación construida mayormente con adobes cónicos ya que se encontró evidencias de estos en el ingreso del recinto. Los muros de piedra presentan un acabado bastante rústico en sus paramentos, por lo que se puede pensar que estos, al igual que la parte superior de los muros, estuvieron terminados con un enlucido de barro. El edificio está orientado de Este a Oeste y presenta un ingreso hacia el Este, conformado por un estrecho pasaje en el que se desarrolla una escalinata con gradas de piedra y barro. Al interior del recinto se encontraban los restos de una plataforma de piedra adosada al centro del muro Norte, mientras que las trincheras excavadas por Strong y Evans (1952) a lo largo de los ejes del edificio pusieron al descubierto dos enterramientos de llamas al pie del muro Oeste, aparentemente sacrificadas como parte de algún ritual ofrendatorio.

Durante el Formativo Superior, que en el valle de Virú corresponde al período Puerto Moorin, también conocido en la región como Salinar, se aprecia una serie de cambios relevantes en la evolución del patrón de asentamiento. En primer lugar destaca la concentración de cerca del 70% de los sitios en la parte media alta correspondiente al cuello del valle. Esta marcada concentración en este sector del valle reflejaría según Willey (1953: 391-392) la afirmación de una economía agrícola desarrollada mediante irrigación artificial, donde se privilegia la zona que ofrece las mejores condiciones para la derivación de canales sin necesidad de obras de gran envergadura.

Por otra parte, el extraordinario incremento en el número de sitios correspondientes a este período —con cerca de 57 sitios de ocupación habitacional, además de otros 19 correspondientes a montículos ceremoniales, fortificaciones y cementerios— estaría reflejando el más notable crecimiento poblacional registrado en la historia prehispánica del valle. Muchas de las aldeas, especialmente las que se localizan en el sector medio alto, muestran un novedoso patrón con viviendas concentradas, que si bien continúan presentando una disposición irregular, tienen una mayor densidad de ocupación al registrarse un mayor número de viviendas en un área menor que las aldeas de tipo disperso.

La aparición de este nuevo patrón de aldeas concentradas se podría explicar en el contexto del establecimiento de un nuevo modo de producción, donde además del incremento de la población, la irrigación artificial y otras técnicas propias de una agricultura intensiva permiten que un territorio relativamente limitado soporte con su producción a una numerosa población (ibid.).

Fig. 77. Templo de las Llamas V-71 (Strong y Evans 1952).

Estas condiciones habrían permitido y a la vez obligado a un uso cada vez más racional del suelo, de modo de albergar la mayor cantidad de población sin afectar por esto las tierras que presentaban aptitudes agrícolas. A estos factores debieron agregarse también otros directamente derivados del desarrollo general de los procesos productivos y en particular con las formas de participación de las comunidades en las labores agrícolas, la producción dentro de las aldeas de ciertas manufacturas y el desarrollo de los procesos de transformación que están íntimamente asociadas con la actividad agrícola. Finalmente, la tendencia hacia la concentración en los patrones aldeanos pudo también ser estimulada, o inclusive producto de la creciente intervención de las emergentes entidades urbanas en el manejo de los recursos territoriales. En este sentido, así como estas conducían el desarrollo y administración de las obras públicas comprometidas con los sistemas de irrigación, quizás intervenían también en la localización y disposición de las aldeas, como parte de las estrategias desarrolladas para el control de la población y facilitar la convocatoria de su imprescindible fuerza de trabajo (Canziani 1989: 97-98).

Otro de los aspectos trascendentes en la modificación del patrón de asentamiento en el período en cuestión y relacionado con la emergencia del fenómeno urbano en el valle de Virú, está constituido por la creciente presencia de estructuras de carácter público. Una gran parte de estas estructuras públicas están representadas por el registro de 14 montículos piramidales que por lo general presentan plantas rectangulares y plataformas escalonadas. La localización de estos montículos piramidales se verifica mayormente en la cabecera del valle, coincidiendo con la mayor concentración de asentamientos y de población en este sector; mientras que en otros casos algunos de estos de ubican en una posición central y equidistante con relación a diversas agrupaciones de sitios. Sobre la base de una serie de parámetros, que tienen que ver tanto con la localización, como con las dimensiones y características constructivas de estos montículos, se puede suponer la existencia de diferencias de carácter funcional y de orden jerárquico entre estos (Willey 1953: fig. 82; Canziani 1989: 87-90).

Otro aspecto sumamente novedoso, dentro de los tipos de arquitectura pública presentes en el valle de Virú durante este período, está representado por la presencia de reductos fortificados. Dos de los más importantes de estos están localizados en la parte baja del valle, uno en la cumbre del cerro Bitín (V-80) y el otro sobre el cerro del Piño (V-132) y están conformados por recintos amurallados que se desarrollan amoldándose a la topografía de la cumbre de estos cerros. La ubicación de estos sitios es estratégica, al habérselos establecido sobre dos puntos difícilmente accesibles que dominan la parte baja del valle, presidiendo una zona donde se ubican algunos sitios aldeanos en las cercanías del río y en las faldas de los cerros que limitan el valle hacia el sur.

Sobre la razón de la presencia de estas estructuras, se ha planteado algunas hipótesis explicativas, señalando las necesidades defensivas de este sector del valle que presenta amplios espacios abiertos y que, por lo tanto, es más desprotegido, además de contar con asentamientos bastante dispersos entre sí (Willey 1953: 392); como también en cuanto expresión de los posibles conflictos generados por la afirmación del poder ejercido por parte de una emergente clase dominante (Canziani 1989: 92, 99-100).

El valle de Moche

La evolución del patrón de asentamiento en el valle de Moche, durante el período Formativo, es en algo similar a lo registrado en el de Virú, especialmente en la tendencia a presentar una alta concentración de los sitios tempranos en el sector medio, correspondiente al cuello del valle. Efectivamente, se reporta que de los 214 sitios correspondientes a los distintos períodos anteriores a la época Moche, un 83% han sido registrado en el sector medio del valle de Moche (Billman 1999).

Fig. 78. Sitios formativos del valle de Moche durante el período Guañape medio

(Billman 1999).

Es también durante el período Cupisnique o Guañape [14] que en el valle se producen importantes cambios, con la introducción de la irrigación artificial, el desarrollo de obras públicas y la construcción a gran escala de arquitectura monumental. Si bien se supone que ya durante Guañape Temprano se habría introducido la irrigación artificial en el valle medio, sería durante las fases Guañape Medio y Tardío que la irrigación se expandiría proyectándose hacia el valle bajo (Moseley y Deeds 1982). Sin embargo, la localización que presentan 3 conjuntos monumentales de este período en la parte alta de este sector, como Caballo Muerto, Caña Huaca y Huaca Huatape, indicaría que las zonas cultivadas podrían haber estado limitadas a las tierras irrigables próximas al río. Para Guañape Temprano el principal monumento estaría representado por la Huaca Menocucho, mientras que durante el Guañape Medio lo sería el complejo de Caballo Muerto, y los sitios de Puente Serrano y Huaca Los Chinos constituirían centros secundarios (Billman 1999: 142-143). En cuanto a las subsistencias, se sugiere un intercambio de productos marinos, provenientes de sitios del litoral como Gramalote, y agrícolas que podrían haber sido producidos principalmente en los campos del cuello del valle. Adicionalmente, en los sitios del cuello del valle como Caballo Muerto, existe evidencia del consumo de venados y de llamas (Pozorski 1982).

Durante el Guañape Tardío, declinaría la construcción de arquitectura monumental, mientras que durante el posterior período Salinar aparentemente se abandona esta tradición y se verifican ulteriores modificaciones en el patrón de asentamiento. En efecto, durante el período Salinar la población se concentra en 8 agrupaciones de sitios habitacionales, con una clara tendencia a la localización de estos en lugares con características defensivas. Aparecen por vez primera también en el valle de Moche sitios de tipo fortificado. Para esta época pudo darse una ampliación de la irrigación hacia la margen sur del valle bajo, al igual que se sugiere una cierta autonomía entre las comunidades de las diferentes agrupaciones poblacionales (Ibid: 146).

Al finalizar esta época, durante el período Salinar correspondiente al Formativo Superior, sobresale en el valle de Moche el sitio de Cerro Arena, que si bien presenta evidencias de una arquitectura monumental relativamente modesta, sin embargo habría concentrado una notable población. Como veremos más adelante, la presencia de múltiples estructuras con variaciones marcadas en sus características formales y constructivas, manifestarían tanto diferencias funcionales como de orden social entre sus ocupante, lo que indicaría que este sitio bien pudo desempeñar un rol predominante en el territorio del valle.

El complejo de Caballo Muerto y Huaca de Los Reyes

En los valles de Trujillo la edificación más representativa del período Formativo y de la arquitectura Cupisnique corresponde con seguridad a la denominada Huaca de Los Reyes. Este sitio forma parte del Complejo Caballo Muerto, ubicado en la parte media del valle de Moche a unos 20 km del litoral, que está integrado por 8 montículos que en algunos casos asumen una planta en forma de “U”. Estos montículos se distribuyen en una extensión de más de 2 km de Norte a Sur y 1 km de Este a Oeste. Mientras la mayoría de los montículos se concentra al Sur del Complejo, la Huaca de Los Reyes que ocupa el área más extensa, se encuentra algo aislada en una posición central (Pozorski 1976: fig. 1).

El monumento tiene en su eje principal Este Oeste unos 240 m y 175 m de Norte a Sur y posee un elaborado planeamiento que organiza espacialmente todo el conjunto sobre la base de una armónica secuencia de plazas y patios a distintos niveles, en todos los cuales la planta en forma de «U» constituye el recurrente motivo de fondo. En efecto, la planta en “U” está presente tanto en el planeamiento general del conjunto, como en las distintas secciones y edificios que se disponen simé-

Fig. 79. Caballo Muerto. Plano general del complejo (Pozorski 1976).

Fig. 80. Huaca de Los Reyes. Plano general (Pozorski 1976).

tricamente respecto al eje principal. orientado de Este a Oeste o con relación a ejes transversales de Norte a Sur. Es igualmente interesante notar que los frentes de las plataformas que ascienden hacia la plaza superior presentan esquinas redondeadas.[15]

A lo largo del eje principal se organiza una secuencia de 3 plazas cuadrangulares, las que reducen progresivamente sus dimensiones espaciales y restringen su acceso conforme se asciende a los niveles más elevados, mediante una sucesión de plataformas que culminan en la cúspide del edificio donde debió de encontrarse el lugar central del culto. Mientras que la primera plaza (I) es abierta y está simplemente demarcada por el alineamiento de cantos rodados, las siguientes (II y III) se caracterizan por ser hundidas, en cuanto están delimitadas por poyos, y se desarrollan al interior del conjunto, enmarcadas por las edificaciones presentes en sus lados. El acceso a los atrios frontales, como al de los edificios laterales, se realizaba a través de columnatas de gruesos pilares cuadrangulares y pilastras ordenadas en hileras — que conformaban atrios hipóstilos— lo que indica que estos espacios debieron de estar techados. Los pilares lucían en los frentes que daban a las plazas decoraciones en alto relieve, al igual que los nichos o paneles presentes en los muros de los recintos que formaban los brazos laterales de los

atrios con planta en “U”. El motivo representado reiteradamente es el de personajes erguidos, de los cuales lamentablemente tan sólo se conserva restos de los pies y piernas y en algunos casos de la banda que les ceñía la cintura con colgantes en forma de serpientes. Casi todos estos personajes están dispuestos con los pies apoyados sobre pedestales o flanqueados por relieves con diseños que representan cabezas con colmillos entrecruzados y atributos de serpientes. Es de destacar que estos frisos presentan un tratamiento artístico que los emparenta estrechamente con lo que se conoce como estilo Chavín.

En el caso del frontis de la segunda plataforma, cuyo frente Este da a la plaza II y presenta una escalinata central, se registraron grandes nichos dispuestos simétricamente a ambos lados que contenían grandes figuras escultóricas de bulto, representando cabezas felínicas hechas de piedra y barro, finamente enlucidas y que posiblemente fueron pintadas. En dos de los pequeños templos laterales (C y C’), los muros frontales de los recintos que formaban los brazos laterales de sus atrios, presentaban restos de representaciones escultóricas de felinos erguidos en posición lateral, de los cuales se conservaban parte de las patas con garras y las colas enroscadas con terminación en forma de serpientes (Pozorski 1976, Watanabe 1979).

Se ha señalado que este edificio habría sido

construido en distintas fases y al respecto existen

una serie de importantes evidencias que dan tes-

timonio de superposiciones arquitectónicas. Este

es el caso de la escalinata que asciende de la plaza

II al atrio que da ingreso a la plaza III sobre la

segunda plataforma, bajo la cual se encontró el

desarrollo casi completo de una escalinata de una

fase precedente. En la cima de la plataforma su-

perior (F) se observó que las estructuras de la últi-

ma época fueron construidas luego de rellenar

recintos de una época anterior, asociados a los

cuales se halló evidencias de postes cubiertos por

haces de cañas recubiertas con mortero de barro,

de lo que se deduce que formaban parte de co-

lumnas para el soporte de algún tipo de cobertura.

Inclusive muchos de los frisos de barro, muestran

también evidencias de superposición en sus res-

pectivos basamentos con representaciones

escultóricas y los pies de los personajes asociados

a sus correspondientes pisos, en los que se apre-

cian evidentes cambios estilísticos (Pozorski 1976).

Fig. 81. Huaca de de Los Re-

yes. Reconstrucción hipotética

1989).

Canziani

(

Fig. 82. Huaca de Los Reyes.

Foto de detalle de relieves de

dos fases distintas superpues-

tos en la base de un pilar

Pozorski 1976 en Morris y

(

Von Hagen 1998).

Fig. 83. Huaca de Los Reyes. Foto de una cabeza escultórica de felino, alojada en un gran nicho del frontis del templo (Pozorski 1976 en Morris y Von Hagen 1998).

En el examen de este magnifico monumento, como del Complejo de Caballo Muerto en conjunto, se extraña una mayor información acerca de los contextos asociados al asentamiento. Aparentemente, la dificultad radica en que toda esta área habría sido cubierta por depósitos aluviales que alcanzan hasta 4 m de espesor, lo que complica la percepción de la presencia de otras estructuras menores asociadas a los montículos. En todo caso, se ha señalado la existencia de evidencias de ocupación doméstica temprana en las laderas de los cerros aledaños al complejo (ibid: 249).

Cerro Arena

Se trata de uno de los sitios más sobresalientes y extensos correspondientes al período Salinar, que cronológicamente se desarrolló entre fines del Cupisnique y el inicio de Gallinazo y Moche. El sitio se ubica en la margen sur del valle bajo de Moche, a unos 7.5 km del mar, y se localiza en las laderas y sobre promontorios rocosos que se proyectan desde los cerros próximos hacia el valle. Esta localización parece que estuvo asociada al manejo del riego y de los campos de cultivo que se desarrollaban en este sector de la margen sur, en las inmediaciones del sitio. Al mismo tiempo, constituye una posición estratégica que ofrece un acceso directo a pasos naturales de las rutas que se dirigen hacia el valle de Virú y el sur. Sin embargo, las peculiares características del lugar elegido para el asentamiento, llaman a considerar la posible búsqueda de una zona relativamente protegida con fines defensivos.

Cerro Arena corresponde a una sola ocupación y comprende una extensión de unas 200 ha donde se localizan unas 2,000 estructuras. Sin embargo, es de notar que en la distribución espacial de estas se observa un patrón altamente disperso, de la que resulta una baja densidad en la ocupación del suelo. A su vez, se aprecia que en ciertos sectores y especialmente en la zona central del sitio, se presentan algunos niveles de agregación, al registrarse en ellos una mayor aglutinación de las estructuras (Mujica 1975, 1984; Brennan 1978, 1982).

La gran mayoría de las estructuras de Cerro Arena corresponden a una función habitacional y sus muros de piedra comparten una similar técnica constructiva de mampostería. Sin embargo, llama la atención de los investigadores la notable variedad de formas, tamaños, grado de complejidad y diferencias de acabado que estas exhiben (Mujica 1984). Efectivamente, si bien todas las estructuras se conformaron con muros de piedra, existen diferencias marcadas que van desde las construidas de forma rústica hasta aquellas que presentan muros con bloques de piedra de mayor tamaño con aparejos cuidadosamente concertados, así como paramentos enlucidos y pisos de barro muy bien ejecutados.

De la misma manera, si en un extremo tenemos estructuras pequeñas, con escasos ambientes y plantas de forma oval o irregular; en el otro tenemos aquellas que tienen un área notablemente mayor, muchos ambientes con una distribución compleja, y cuyas plantas ortogonales manifiestan ciertos niveles de planificación en su diseño. Así mismo, estas últimas estructuras presentan varias banquetas finamente enlucidas, facilidades de almacenamiento y habrían dispuesto de techos bien elaborados. Mientras que las estructuras pequeñas, rústicas y de planta oval contaron con limitadas facilidades y habrían tenido simples techos cónicos cubiertos con paja (Mujica 1975, Brennan 1978).

Fig. 84. Cerro Arena. Estructura B-1 de aparente función pública (Mujica 1975).

Estas evidencias, que expresan claramente diferentes maneras de resolver las correspondientes edificaciones residenciales, estarían señalando marcadas diferencias sociales. De esta manera, la mayoría de las estructuras —que presentan modestas dimensiones y acabados rústicos— se presume habrían albergado al grueso de la población; mientras que algunas otras —con mayor área y cantidad de ambientes, planeamiento elaborado y mejores acabados— habrían servido de residencia a algunos sectores de la población con diferentes niveles de status, que posiblemente formaban parte de una elite. Sintomáticamente este último tipo de estructuras se localiza en zonas centrales del asentamiento, y en lugares prominentes o algo más elevados con relación al resto, transmitiendo una posición de dominio.

Es de destacar que entre estas dos clases de estructuras, habría una tercera compuesta por estructuras que tendrían un regular tamaño y también buenos acabados; pero en las cuales no se registra evidencias de actividad doméstica, por lo que se presume que podrían haber respondido a alguna función pública, de posible carácter comunal (Brennan 1978). Así mismo, sobre la cima de uno de los promontorios que se localiza en una posición central y elevada del sitio, se construyó una serie de plataformas escalonadas, generando una edificación de corte piramidal que habría cumplido una aparente función ceremonial (Mujica 1975).

Finalmente, es de destacar que en el conjunto de la cerámica asociada a la ocupación del sitio se documenta un importante componente, estrechamente relacionado con la vecina serranía de Cajamarca (Mujica 1984). Si a este dato relevante, se le agrega que la mayoría de las estructuras de Cerro Arena presenta evidencias de la quema y desplome de sus techos, cubriendo así vasijas y otros enseres domésticos que en su momento no fueron retirados de sus ambientes (Mujica 1975), podemos percibir algunos indicios acerca del contexto inestable que habría caracterizado a esta época. La aparente inexistencia en el valle de entidades políticas centralizadas y la posible presencia de desplazamientos poblacionales de carácter foráneo, darían lugar a un cuadro en el que no debiera de extrañarse situaciones conflictivas, como las que podrían explicar la súbita destrucción y el abandono definitivo de Cerro Arena.

El valle bajo del Santa

A diferencia de la localización de los sitios durante el período Precerámico, donde de los 36 sitios registrados 24 se ubican asociados al litoral y sólo 12 al interior del valle, durante el período Formativo de los 54 sitios identificados todos menos uno se encuentran en el sector medio y alto del valle bajo del Santa (Wilson 1988). Deducir, a partir de estos datos, el abandono de las actividades extractivas de los recursos marítimos o su de-

Fig. 85. Arena. Estructura C-4 de posible función doméstica (Mujica 1975).

sarrollo por parte de las mismas comunidades asentadas al interior del valle parece poco verosímil, y por lo tanto se podría suponer que este tipo de sitios no ha sido detectado o ha desaparecido por la deposición de material aluvial y las labores agrícolas desarrolladas por siglos en la parte baja del valle y en proximidad de la que debió ser la línea de playa en ese entonces. En todo caso, el aspecto más contundente que trasciende de los datos recopilados, es que durante esta época el grueso de la población estaba asentada al interior del valle del Santa y tenía su sustento en el desarrollo de la agricultura con irrigación artificial.

Otro dato importante es que se diversifican notablemente los tipos de sitios, ya que de los 54 registrados 24 corresponden a sitios habitacionales, 21 a fortificaciones, 8 a complejos cívico ceremoniales y 1 a cementerio (ibid: 100). La mayoría de los sitios habitacionales son aglutinados y presentan conjuntos de cuartos de trazo algo ortogonal, si bien no es de excluir que algunas de estas estructuras estén asociadas a alguna función pública. Con seguridad el aspecto más saltante

Fig. 86.Sitios Formativos en el valle bajo del Santa (Wilson 1988: fig. 166).

del patrón de asentamiento en el valle es la presencia y gran número de fortificaciones. Por lo general, estas fortificaciones fueron construidas en puntos elevados y cuyas condiciones topográficas los hacen fácilmente defendibles, Se encuentran distribuidas en estrecha relación con los asentamientos habitacionales, apreciándose una especial concentración en una zona central con relación a los sectores ocupados en el valle, donde inclusive se presentan en mayor número que los asentamientos habitacionales.

Las fortificaciones presentan una arquitectura impresionante y a primera vista revelan sus marcados rasgos defensivos. Se caracterizan por estar ubicadas en la cumbre de cerros o aprovechando los puntos escarpados de estos; desarrollan murallas de piedras y rocas de 1 a 2 m de grosor y de 2 a 4 m de alto; presentan parapetos y baluartes en las esquinas o flancos de los recintos fortificados; generalmente los accesos son indirectos o laberínticos; contienen en su interior estructuras que pudieron cumplir también funciones ceremoniales o residenciales; en los exteriores se aprecian fosos secos asociados a murallas que impiden o dificultan la aproximación de los atacantes y facilitan la acción defensiva de los ocupantes de la fortificación. La densidad y localización de los sitios fortificados en los sectores del valle y su estrecha asociación con los sitios de habitación, permite hipotetizar que estos estuvieron dirigidos mas que a resolver conflictos entre las comunidades del valle a enfrentar incursiones de oblaciones externas al mismo (ibid: 104-110, 323-324). Se puede suponer, en este caso en particular, que el manifiesto énfasis orientado a la erección de estas imponentes edificaciones militares —en cuanto obra pública representativa— asumiría también un singular rol de identificación simbólica y expresión de poder en el ámbito de sus respectivas comunidades.

Fig. 87. Estructura fortificada 45 (Wilson 1988: fig.41).

Fig. 88. Estructura fortificada 52 (Wilson 1988: fig. 44).

Evidentemente la realidad del Valle bajo del Santa, con relación a la temprana presencia de la guerra y los enfrentamientos bélicos, despierta más de una interrogante por resolver, en especial por la destacada magnitud que asume en este valle la presencia de una arquitectura militar en la cual se manifiesta una impresionante inversión social. Una de las explicaciones a este especial énfasis en las fortificaciones, que no encuentra parangón en los demás valles de la región, bien pudo residir en la permanente y generosa dotación de agua que ofrece el valle del Santa, lo que habría permitido el desarrollo de una agricultura intensiva, a diferencia de los valles vecinos que presentan mayores restricciones al respecto. Estas condiciones especialmente favorables para el desarrollo de la agricultura de riego bien pudieron incitar incursiones desde los valles vecinos, o inclusive desde la serranía de la zona, destinadas al saqueo de sus cosechas o a la apropiación de las tierras, obligando a sus pobladores a desarrollar estos impresionantes sistemas defensivos.

De otro lado, los sitios con arquitectura cívico ceremonial están construidos tanto con adobes cónicos como con piedra y están representados por sitios que presentan desde simples plataformas hasta complejos que integran además de plataformas, patios circulares hundidos, recintos de distinto tipo y plazas. En todo caso, es de notar que en el valle del Santa estos elementos arquitectónicos muchas veces son integrados o combinados dentro de un ordenamiento sui generis, si se les compara con los rígidos cánones arquitectónicos que revelan otros complejos ceremoniales de la época en la región. Este es el caso del principal complejo ceremonial del valle (SVP-CAY-5), en el cual se aprecia por una parte una plataforma (A) con recintos dispuesto en planta en “U” alrededor de un atrio con escalinata, que se asocia en un mismo eje con una plaza y un patio circular hundido con escalinatas contrapuestas (B); mientras que sobre una plataforma de menor altura (C) se desarrollan algunos recintos y un patio circular hundido de menores dimensiones y con el eje contrapuesto al anterior (Wilson 1988: fig. 52).

En cuanto a la posterior ocupación del período Salinar en el valle bajo del Santa, durante este período, no se aprecian mayores modificaciones con relación al patrón de asentamiento precedente. Muchos de los antiguos sitios fortificados mantienen su ocupación al igual que en el caso de los centros cívico ceremoniales. Uno de los principales centros ceremoniales del período, el complejo de Huaca Yolanda (Ibid: fig. 162), presenta una

Fig. 89. Complejo ceremonial SVP-CAY-5 (Wilson 1988: fig.51).

conformación sobre la base de plataformas, terrazas con recintos y un patio circular hundido, que manifiesta una aparente continuidad con relación a las tradiciones de la arquitectura monumental más tempranas del valle.

La Sierra Norte

En la cuenca de Cajamarca, además del célebre acueducto de Cumbemayo, se encuentran una serie de sitios con arquitectura monumental del período Formativo, la mayor parte de los cuales han sido investigados durante las dos últimas décadas por la Misión de la Universidad de Tokio. Este es el caso de los sitios de Layzón y Huacaloma, en la misma cuenca y de Kuntur Wasi y Cerro Blanco, que se encuentran en el flanco occidental de los Andes, en las cabeceras de la cuenca del valle del Jequetepeque. La mayoría de los sitios corresponden a la ocupación de los períodos formativos Huacaloma Temprano (ca. 1500-1000 a.C.), emparentado con el Guañape Temprano de la Costa Norte, y Huacaloma Tardío (1000-500 a.C.), correspondiente al Cupisnique de la Costa Norte y Chavín; así como al período transicional denominado Layzón (500-250 a.C.) (Matsumoto 1994). Huacaloma

El conjunto arqueológico de encuentra ubicado en el mismo fondo del valle de Cajamarca, a unos 2,700 msnm. La primera ocupación del sitio correspondería al período Huacaloma Temprano y está asociada a construcciones en las que resulta notable la presencia de rasgos emparentados con la tradición Mito, tales como pequeños recintos con o sin fogón, uno de los cuales exhibía pequeños nichos en sus muros; además de observarse evidencias de continuas superposiciones. Si bien durante esta primera ocupación se habrían levantado algunas plataformas bajas, es durante el Huacaloma Tardío que se procede a la construcción de la arquitectura monumental de una pirámide con plataformas. Las edificaciones precedentes son cubiertas con estratos de tierra amarilla, registrándose en la historia de esta nueva edificación hasta 3 superposiciones arquitectónicas, que finalmente dan forma a una pirámide con plataformas escalonadas que alcanza 109 m en dirección noreste-suroeste y 119 m de noroeste a sureste y de 5 a 7.5 m de alto. La presencia, además del montículo central conocido como Huacaloma, de otros montículos que se disponen a ambos lados de éste, permite suponer que todo el complejo podría haber tenido una disposición con planta en forma de “U” (Terada 1982a, 1982b, 1985; Matsumoto 1994).

En el frente principal del edificio, orientado hacia el noroeste, se desarrollaban 4 terrazas y al centro de la más baja se ubicaba una gran escalinata que tenía 10 m de ancho. En el frente del lado noreste, se ubicó un ingreso lateral de 1.2 m y 2.0 m de alto que daba acceso a una galería con escalinata que permitía ascender internamente hacia las plataformas superiores de la edificación. Debido a que durante la fase Layzón la arquitectura monumental habría sufrido una violenta destrucción, que dio término a la función ceremonial del sitio para dar paso a una ocupación habitacional, no ha sido posible rescatar alguna información acerca de las posibles estructuras que se encontraban sobre las plataformas del templo. Sin embargo, sobre la base de los numerosos frag-

Fig. 90. Sitios Formativos de Cajamarca (Redibujado de Matsumoto 1994: fig. 2).

Fig. 91. Huacaloma. Reconstrucción del edificio de la fase Huacaloma tardío (Matsumoto 1994: fig. 11).

mentos de pintura mural y de relieves pintados con diseños de felinos y serpientes, se puede inferir que estas edificaciones estuvieron embellecidas con este tipo de decoración mural (Matsumoto 1994: 181).

Layzón

El sitio de Layzón destaca entre otros sitios similares, como Kolguitín, Corisolgona, Santa Apolonia, Agua Tapada y Cerro Ronquillo, que se localizan sobre la cumbre de los cerros que rodean y dominan la cuenca de Cajamarca (Williams y Pineda 1983, Seki 1994). El sitio está ubicado unos 9 km al sur de la ciudad de Cajamarca y se localiza sobre la cima de un cerro a unos 3,200 msnm, es decir unos 250 m de altitud con relación al fondo de la cuenca

La primera ocupación del sitio correspondería al Huacaloma Tardío, donde se desarrollan 6 plataformas escalonadas que descienden hacia la ladera Oeste del cerro, que es la menos pronunciada. Mientras que la plataforma superior ubicada al Este fue afectada a raíz de la posterior remodelación del templo durante la ocupación del período Layzón, se ha podido apreciar que las plataformas inferiores fueron labradas en la roca natural del cerro compuesta por afloramientos de tufo, tanto horizontalmente definiendo el piso de estas, como también verticalmente para dar forma al talud de los desniveles que las delimitan. Las plataformas tienen unos 70 m de largo y entre 10 a 20 m de ancho. Las tres plataformas inferiores presentan escalinatas también labradas en la roca y se alinean a lo largo del eje central del monumento orientado de Oeste a Este. Es de destacar, que la base del paramento de roca labrada que se encuentra al lado de la primera escalinata presenta diseños grabados. En las plataformas superiores se ha podido observar que sobre la base de la roca natural labrada se levantaron muros de contención hechos con bloques canteados de tufo (75 x 35 x 45 cm) dispuestos en un aparejo concertado. No se ha podido establecer si existieron o que tipo de estructuras pudieron haberse desarrollado sobre las plataformas ya que estas fueron seriamente afectadas durante la ocupación Layzón (Seki 1994: 145-148).

A diferencia de Huacaloma y otros sitios del período Huacaloma Tardío, donde la posterior ocupación del período Layzón implicó no solamente severas alteraciones de la arquitectura monumental preexistente sino también el abandono de la función ceremonial que en estos se desarrollaba, en el caso del sitio de Layzón se mantuvo por un tiempo la función ceremonial. Durante el período Layzón, además de la destrucción parcial de las plataformas inferiores, la construcción se centró sobre las dos plataformas superiores del sitio donde se erigieron nuevos muros de contención, utilizando piedras canteadas de arenisca asentados con mortero de barro. Aparentemente, el viejo eje Oeste Este habría sido substituido por uno orientado de Sur a Norte, aunque esta suposición está fundada básicamente en el hallazgo de una escalinata central adosada en el frente Sur de la plataforma superior (Ibid: 154). La plataforma principal o superior tuvo una planta cuadrangular de 40 m de lado con las esquinas redondeadas. Sobre esta plataforma se desarrollaba una estructura circular con muros concéntricos de unos 10 m de diámetro y al lado de esta un fogón circular. En la esquina noroeste de la siguiente plataforma, en el nivel inferior, se definió una pequeña plataforma rectangular también con esquinas redondeadas que contiene en la parte central un fogón limitado por una estructura con forma de “U”. Adicionalmente, la siguiente plataforma presenta en la esquina noroeste dos estructuras o plataformas circulares contiguas de 15.6 m de diámetro, mientras que otra plataforma similar de planta circular se ubicaba en la esquina suroeste. En varios puntos de estas plataformas se detectaron sistemas de desague destinados aparentemente al drenaje de las plataformas en caso de lluvia (ver Terada y Onuki 1985: fig. 12).

Fig. 92. . Layzón. Planta y reconstrucción hipotética (Terada y Onuki 1985).

Kuntur Wasi de 12 m y 8.4 m de alto. En este caso se ha estimado la existencia de unos 32 peldaños, mientras Se ubica en el cerro La Copa, en la cuenca alta del que a ambos lados de la escalinata y al pie de los Jequetepeque, a 2,300 msnm. Si bien las fases más muros laterales que la contienen, se observó la tempranas del sitio corresponderían al Huacaloma existencia de dos canaletas de 35 cm destinadas al Tardío (fase Idolo), aparentemente es en la fase desague de la plataforma (ibid: 203-205). Kuntur Wasi, en la que se construye y da forma a Sobre la plataforma principal se encontraron la arquitectura monumental del templo. Se seña- evidencias de una serie de estructuras. En primer la que la cerámica de esta fase no tiene mayor lugar, la escalinata principal conducía a un sector correlato con la cuenca de Cajamarca sino más flanqueado por dos plataformas bajas, al que le bien con el Cupisnique de Jequetepeque y ciertas seguía un patio hundido cuadrangular de 23.5 x similitudes con Janabarriu de Chavín. Finalmente, 23 m de lado y 1 m de profundidad que presenta en la fase correspondiente al período Layzón se escalinatas en sus 4 lados. Es interesante notar que registraría la destrucción y abandono del sitio un monolito, grabado en su lado frontal con la

(Kato 1994). imagen de la divinidad del jaguar, fue hallado in

El conjunto arquitectónico de Kuntur Wasi situ formando la última grada de una de estas estiene una orientación noreste suroeste y presenta calinatas (ibid: fig. 15), habiéndose detectado en una plataforma superior o principal asentada so- trabajos anteriores, desarrollados en este mismo bre una plataforma inferior. Esta plataforma infe- sector, otros 2 monolitos grabados con un diseño rior de 140 m de frente y 41 m de ancho, presen- semejante, que pudieron haber cumplido una funta un gran muro de contención con al centro, y ción similar como parte de las otras escalinatas en el mismo eje del templo, una escalinata de 11 (Carrión Cachot 1948, Kato 1994: 222-223). Este m de ancho y 6 m de alto, que se supone debió de patio hundido habría presentado lateralmente dos tener unos 20 peldaños. Siguiendo el eje princi- plataformas enfrentadas en un eje transversal al pal, sobre esta primera plataforma se encontraron del templo, sobre las que se observaron evidenvestigios de un patio hundido cuadrangular, cu- cias de patios hundidos menores y vestigios de un yos muros estaban construidos con grandes lajas atrio con pilares en lo que debió ser el frontis de de granito blanco. La plataforma principal ten- una de estas plataformas. Continuando por el eje dría unos 145 m de ancho y 170 m de largo y está del templo, enfrentado al patio hundido y al cencontenida por 3 muros que forman un escalona- tro de la plataforma principal, se encontraba una do de 3.4, 2,9 y 2.1 m de alto respectivamente. plataforma central de 24.5 m de largo y 15.5 de Para ascender a la cima de la plataforma principal ancho. Al lado sureste de esta se encontraba otra se desarrolló una segunda escalinata que tiene el plataforma baja con patios hundidos a ambos lamismo eje y también 11 m de ancho con un largo dos. En el probable caso de que las estructuras

Fig. 93. Kunturwasi. Vista panorámica del sitio y de las terrazas escalonadas sobre las cuales se levanta el templo (Canziani).

Fig. 94. Kunturwasi. Reconstrucción isométrica del edificio de la fase Kunturwasi (Kato 1994).

registradas sobre la plataforma principal hubieran estado dispuestas con un ordenamiento simétrico, se supone que estas tendrían sus equivalentes en el flanco opuesto del eje, de lo que resulta la reconstrucción de un planeamiento general con planta en forma de “U” (ibid: fig. 1).

Por último, es interesante resaltar que a la espalda de la plataforma central y alineado con el eje general del templo, se registró un patio circular hundido de 15.6 m de diámetro y 2.1 m de profundidad, que presentaba escalinatas contrapuestas en este mismo eje. El hallazgo de fragmentos de enlucido con restos de pintura policroma, sugiere que el paramento de este patio circular presentaba este tipo de acabado (ibid: 205-212).

Un hallazgo extraordinario durante las investigaciones desarrolladas en Kuntur Wasi, corresponde a una serie de tumbas asociadas con ofrendas excepcionales de adornos de oro, cerámica, conchas de caracolas de Strombus grabadas, piedras talladas, cuentas de mullu (Spondylus) y de piedras semipreciosas, así como otros objetos de prestigio. Siete de estos enterramientos fueron depositados al emprender la construcción de la plataforma central de la fase Kuntur Wasi, para lo cual se cubrió con una enorme cantidad de rellenos las estructuras de la fase Idolo, que correspondían a los antiguos patio hundido y plataforma central y que sirvieron de especial repositorio para las tumbas. (ibid: 213-220). El rico ajuar funerario que acompaña a 4 de estos entierros —3 hombres y una mujer de edades relativamente avanzadas— permite suponer que se trataría de personajes de alto status, ya sea por su propia condición social o por sus especiales prerrogativas relacionadas con las actividades rituales desarrolladas en el

Fig. 95. Kunturwasi. Elemento escultórico en piedra dispuesto en el eje del templo con representación de ser supranatural (Canziani).

Fig. 96. Kunturwasi. Pectoral de oro hallado como parte del ajuar funerario de personajes de elite enterrados en el templo (fuente ?).

templo.[16] De otro lado, la única tumba que tiene una forma distinta, se registra aislada y al centro de un recinto de una plataforma secundaria, y corresponde a un personaje fornido que presenta una perforación en el cráneo y estaba asociado a un ajuar funerario relativamente sencillo en el cual estaban excluidos los objetos de oro y cerámica. El conjunto de estos elementos, lleva a suponer que esta tumba corresponde a un personaje sacrificado en el marco de un ritual fundacional, que tuvo lugar al iniciar la construcción del nuevo edificio (ibid: 220).

Cerro Blanco

A 1.5 km al noreste de Kuntur Wasi se encuentra el sitio de Cerro Blanco, emplazado a 2,275 msnm también sobre la cima de un cerro que ha sido terraplenada en dirección norte-sur. Las excavaciones registraron la existencia de los restos de una edificación compuesta por 4 plataformas, posiblemente con escalinatas en el frente norte. La ocupación registraría 3 fases correspondientes a las definidas en la cuenca de Cajamarca, es decir Huacaloma Temprano, Huacaloma Tardío y Layzón. Se hallaron también evidencias de tumbas asociadas a ofrendas similares a las observadas en Kuntur Wasi, como vasijas de cerámica y una gran cantidad de cuentas de lapislázuli, turquesa y de conchas de Spondylus, que al parecer hacían parte de collares y pectorales. Entre estos elementos destaca una plaqueta cuadrangular de concha de Spondylus con un rostro tallado con rasgos chavinoides (Onuki y Kato 1988). De este conjunto de evi-

dencias se puede inferir que, también aquí, estos artefactos constituían parte de un excepcional ajuar funerario de personajes de alto status.

El canal de Cumbemayo

Al Oeste de la ciudad de Cajamarca se encuentra una de las más notables evidencias de sistemas tempranos de irrigación: el célebre canal de Cumbemayo. Este tiene su origen en las faldas de los cerros conocidos como Cumbe a una altitud de 3,555 msnm captando las aguas que discurren de estos y que naturalmente fluirían hacia la cuenca del Jequetepeque, es decir hacia la vertiente del Pacífico, de no ser porque esta extraordinaria obra hidráulica las deriva hacia la cuenca de Cajamarca y por ende, hacia la vertiente oriental del Amazonas. El canal tiene un recorrido de 9,100 metros y concluye en unos reservorios al pie del Cerro Santa Apolonia a 2,800 msnm (Petersen 1969).

A lo largo de su desarrollo el canal presenta 3 tramos diferenciados. El primer tramo parte de la toma y es el más impresionante, tiene unos 850 m de longitud y se caracteriza por estar finamente labrado en la roca volcánica que aflora en el sitio. Las dimensiones de la sección del canal van de 35 a 50 cm de ancho y de 30 a 65 cm de profundidad y se desarrolla en gran parte al centro de un andén, con el propósito aparente de hallar la pendiente adecuada o superar zonas accidentadas. Existen zonas con un trazo zigzagueante que parecen responder a la necesidad de aminorar la velocidad del caudal, así como pequeños túneles que perforan grandes rocas que se interponían en el trayecto del canal. Un segundo tramo, de más de 2,600 m va desde el término del canal labrado en la roca y ha sido excavado en la ladera de los cerros, hasta alcanzar el abra de la divisoria continental (3,150 msnm). Mientras que el tercer tramo, con una longitud de 5,650 m desciende desde el abra hasta llegar a un sistema de reservorios.

Fig. 97. Canal de Cumbemayo. Foto de detalle del canal tallado en la roca (Burger 1995: fig. 101).

Además de su importante función, al incrementar el abastecimiento de agua de la cuenca de Cajamarca, el canal de Cumbemayo está asociado a una serie de estructuras de aparente carácter ceremonial, e inclusive las propias paredes del canal presentan relieves labrados, cuyos diseños corresponderían al período Formativo. Se ha sugerido que una serie de sitios de esta época estarían concatenados a lo largo de un eje ritual asociado al trayecto del canal. De esta manera, desde las obras de derivación del Cumbemayo se articularían los conjuntos ceremoniales de Layzón, Hualanga Orco, Agua Tapada y Santa Apolonia, todos ellos con vestigios correspondientes al Formativo (Williams y Pineda 1983).

Los datos disponibles acerca del manejo de los recursos y las formas de organización social, presentes durante esta época en la cuenca de Cajamarca son aún bastante fragmentarios y preliminares. Sin embargo, la presencia de importantes obras hidráulicas como la del canal de Cumbemayo permiten inferir una creciente importancia de la economía agrícola en la región. De otro lado, como indicador del desarrollo desigual que el proceso presenta en los Andes Centrales, en esta región se registra hasta bien entrado el Formativo una importante contribución de la caza del venado en el aprovisionamiento de las subsistencias; mientras que la introducción de la ganadería de camélidos y su consumo alimenticio habría sido un fenómeno relativamente tardío en comparación a lo que acontece más al sur (Seki 1994: 158).[17] De otro lado, el impresionante ajuar funerario asociado a las tumbas halladas en Kuntur Wasi y Cerro Blanco, esta-

rían manifestando un proceso acelerado de diferenciación social que expresaría la presencia de sociedades complejas, promotoras de la magnitud y calidad alcanzadas por la arquitectura monumental en la región.

Sin embargo, no queda muy claro el evento de Layzón, cuando gran parte de los centros ceremoniales son abandonados o sujetos a procesos de destrucción por parte de sus ocupantes. Se puede suponer la disgregación de las elites asociadas con el funcionamiento de los centros ceremoniales y la crisis del sistema religioso que los sustentaba y que permitía la integración de la población, como consecuencia de profundos cambios en el modo de vida, relacionados con la afirmación de una economía agro pecuaria (Seki 1994, Matsumoto 1994). Sin embargo, la ausencia de mayores datos y especialmente de aquellos relacionados con la problemática de la evolución de los patrones de asentamiento —donde se vincule los sitios de aparente función pública, con las características y contextos que presentan los sitios habitacionales contemporáneos— impide una mayor profundidad en el análisis sin arriesgar planteamientos especulativos.

Pacopampa

Se trata de un sitio bastante representativo del Formativo de la sierra nor peruana, unos 200 km al norte de Cajamarca, ubicado en la provincia de Chota. El sitio está emplazado sobre la cima de un cerro a 2,140 msnm y corresponde a una estructura de tipo piramidal conformada por 3 plataformas escalonadas, con el frente principal orientado hacia el Este. Se señala (Silva Santisteban 1985, Rosas y Shady 1970) que ocupa un área de cerca de 600 por 200 m y tendría una serie de rasgos arquitectónicos que lo vinculan con Chavín de Huantar, cual es el caso de la presencia de plazas rectangulares hundidas, escalinatas, canales de drenaje, columnas y cornisas líticas que presentan evidencias de talla, igualmente la presencia de monolitos tallados fue reportada en 1939 por Rafael Larco Hoyle, quien dio las primeras referencias sobre el sitio.

Las limitadas excavaciones desarrolladas por Rosa Fung (1976) se concentraron en la plaza cuadrangular hundida y un recinto ubicados sobre la tercera plataforma superior del templo. La plaza cuadrangular sobre la tercera plataforma tendría poco más de 30 m de lado y dos escalinatas contrapuestas de 4 m de ancho en sus lados al Este y Oeste. Se señala que el paramento de los muros de la plaza estaba construido con grandes piedras dispuestas verticalmente, a modo de ortostatos, y separadas entre sí de 1 a 2 m por un espacio en el que se dispusieron piedras en posición horizontal. Mientras que el muro Este de la plataforma superior, que tendría una extensión de unos 120 m y una altura de 3 m en las partes mejor conservadas, está constituido por grandes bloques de 2 a 3 m de largo dispuestos horizontalmente, separados por hiladas horizontales de piedras menores que miden de 50 a 80 cm de largo. Las piedras de los muros están acuñadas por piedras pequeñas o pachillas. De otro lado, las excavaciones en el área de estructuras sobre la tercera plataforma reveló la presencia de dos canaletas de drenaje revestidas con lajas de piedra. Es interesante notar que estas dos canaletas corresponden a dos fases distintas y estarían señalando una evidencia preliminar de la existencia de superposiciones arquitectónicas. En cuanto a las columnas y cornisas o dinteles, que se encuentran dispersos sobre la superficie de la tercera plataforma, podrían haberse relacionado con estructuras asociadas a la plaza cuadrangular hundida, de un modo semejante al que presenta la portada del Templo Nuevo de Chavín de Huantar (ibid: 139-140).

En lo que respecta a la secuencia del sitio, Fung (op.cit.) plantea 6 fases, la más temprana de las cuales (AB) se relacionaría con la cerámica Torrecitas-Chavín, un estilo que se supone anterior al Chavín clásico.

Los valles de Casma y Nepeña

Es innegable que en la Costa Nor-Central, los valles de la región de Casma presentan una realidad única y destacada durante el período histórico que nos ocupa. La gran cantidad de complejos ceremoniales, su alto grado de concentración en el territorio y las inusitadas dimensiones colosales alcanzadas por muchos de estos, ha llamado la atención de los estudiosos de la arquitectura monumental temprana y de los procesos iniciales que manifiestan el surgimiento de las primeras formaciones de carácter estatal.

Se puede inferir de esta realidad, que la implementación de la economía agrícola fue en la región extraordinariamente exitosa, tanto como para generar la disponibilidad de ingentes cantidades de excedentes productivos, que no sólo permitieran invertir notables recursos en la erección de estos colosales complejos, sino también sustentar el surgimiento y desarrollo de una compleja estructura social, que se manifiesta de manera patente en las extraordinarias características de su consistente urbanismo temprano. Es posible suponer que en este fenómeno regional intervinieran favorablemente la conjunción de diversos factores de índole geográfico, histórico, económico y social. Entre estos, el que los valles relativamente pequeños de la región, como son los de Casma y Sechín presentaran las condiciones más idóneas para la implementación de un sistema de irrigación artificial, cuyo desarrollo fuera factible a partir del bagaje tecnológico disponible, sin el requerimiento de grandes obras públicas de canalización y que, al mismo tiempo, no obligara a un sistema de administración de riego demasiado complejo, tal como el que exigirían valles de mayores proporciones. Estas favorables condiciones económicas debieron de reforzarse notablemente con la integración de una provechosa explotación de los recursos marinos, cuya variedad y abundancia en la zona es ampliamente reconocida.

Fig. 98. Sitios Formativos de Casma (Pozorski y Pozorski 1987).

Por otra parte, durante esta época la región debió constituir el centro de articulación de una serie de interrelaciones entre las regiones al norte, este y sur, con la difusión e intercambio no solamente de valiosos recursos sino de tecnologías, conocimientos e ideas, que unidas a la existencia de un favorable substrato histórico en la región, hicieron que aflorara en Casma el más notable proceso de desarrollo de esos tiempos. Esta situación especial de los valles de Casma, en cuanto centro de articulación de diferentes tradiciones regionales, se puede percibir claramente también en la variedad formal de su arquitectura monumental, que nos muestra una extraordinaria síntesis de distintas tradiciones arquitectónicas, al igual que en el desarrollo de los patrones y materiales constructivos de sus edificaciones.

Fig. 99. SMonumentos arqueológicos de los valles de Sechín y Casma según Tello (1956: fig. 2).

La gran mayoría de los complejos se encuentran localizados en la parte media de los valles de Casma y Sechín, entre 15 a 20 km del litoral. Esta ubicación confirma también la importancia de la agricultura en la economía de estas sociedades, dado que los sitios principales están instalados en la zona más amplia y que concentra las mejores tierras productivas de estos valles. Una excepción especial es la del sitio de Las Aldas, cuyo complejo ceremonial se encuentra localizado en el litoral. Este tipo de sitios, ligados al litoral, independientemente de la función ceremonial o habitacional que tuvieran —como aparentemente es el caso de los ubicados en Punta El Huaro y en la bahía de Tortugas— ilustran la existencia de una serie de asentamientos asociados al manejo de los recursos marinos y de las vecinas lomas, y que dependieron para su subsistencia de las fuentes de agua de los valles y del intercambio o abastecimiento de los productos agrícolas que en ellos se producían, y posiblemente también de otros como cerámica y textiles. En contrapartida, testimonio de estas relaciones se encuentran también en los sitios asentados en los valles, donde es abundante y recurrente la evidencia del consumo de productos marinos. (Fung 1972, Pozorski y Pozorski 1987) Las Aldas

Este importante sitio formativo se ubica en estrecha proximidad del litoral marino, unos 20 km al suroeste del valle de Casma, en una zona desértica y aparentemente alejada de fuentes de aprovisionamiento de agua. El sitio presenta una extensa área con densos basurales y vestigios de ocupación que corresponden tanto al período Precerámico como al Formativo, sin embargo la edificación central del templo presenta las características finales correspondientes a esta última ocupación. Las relativamente buenas condiciones de conservación del templo y el hecho de que no haya sido mayormente disturbado por ocupaciones posteriores, permite una buena aproximación a los rasgos principales que caracterizan la arquitectura monumental casmeña de este período.

El templo presenta un definido ordenamiento axial que alinea 4 plazas consecutivas y culmina en el montículo piramidal —que se encuentra al sur oeste del complejo— a lo largo de más de 400 m. Tanto al Este como al Oeste del templo se encuentran otros montículos menores que, con sus plataformas en forma de “U”, parecen replicar en menor escala los rasgos dominantes de su arquitectura. El montículo del templo ha sido construido aprovechando la existencia de un promontorio natural que ha sido incorporando a su volumen, generando plataformas escalonadas mediante el desarrollo de muros de contención y rellenos constructivos. Las plataformas escalonadas presentan a su vez plataformas laterales, definiendo así una secuencia ascendente de atrios con planta en forma de “U” y escalinatas centrales, que per-

miten el ascenso hasta la cima. De esta manera, la cúspide del templo culmina asomándose dramáticamente sobre un brusco acantilado que se eleva sobre el mar y domina el paisaje del litoral. Al pie de la pirámide y en dirección nor este, se desarrolla la secuencia de las 4 plazas limitadas por el alineamiento de dos ejes paralelos separados unos 70 m entre sí. Un primer gran patio tiene planta cuadrangular y está rodeado por sus 4 lados por un grueso bordo sobreelevado, lo que produce la sensación de que este espacio es “hundido”; la siguiente plaza es de planta rectangular y aparentemente ha sido simplemente nivelada y delimitada por un simple muro o alineamiento de piedras. Es notable la presencia en esta plaza, en posición alineada con el eje central y desplazada hacia el sur de esta, de un pozo circular hundido de unos 18 m de diámetro que presenta dos escalinatas contrapuestas con la clásica forma definida en otros sitios del Precerámico final.[18] Le sigue el desarrollo de una tercera plaza, también en este caso con un muro perimétrico, pero con la presencia de dos accesos alineados con el eje del complejo; finalmente se delinea una cuarta y última plaza de planta cuadrangular, al igual que la anterior. Se ha advertido también que, continuando

Fig. 100. Plano de Las Aldas (Pozorski y Pozorski 1987).

Fig. 101. Las Aldas. Vista panorámica del litoral marino desde la plataforma superior del templo, cuyo talud se aprecia en la esquina inferior izquierda de la fotografía (Canziani).

con los dos ejes paralelos que delimitan la secuencia de plazas, se proyecta por más de un kilómetro hacia el noreste el trazo de un camino que se orienta hacia el valle de Casma. Se puede suponer que este constituía una suerte de camino ceremonial para quienes, llegando desde el valle, se aproximaban al templo (Fung 1972: 32).

Se han establecido para este complejo distintas fases de ocupación y claras evidencias de superposiciones arquitectónicas. Este es el caso de las excavaciones desarrolladas en la primera plataforma inferior y en una de las plataformas laterales del montículo, que permitieron establecer que fueron construidas con la técnica de las bolsas de junco rellenas de piedras y cascajo (shicras), estos datos —unidos a las asociaciones estratigráficas— permitirían suponer que estas estructuras corresponderían al final del Precerámico o a la primera fase con cerámica. La estratigrafía también revelaría que el pozo ceremonial e, inclusive, las plazas corresponderían a una intervención tardía, luego de que el templo tuviera un largo tiempo de funcionamiento (ibid.)

Cerro Sechín

Este es un sitio bastante conocido arqueológicamente, a partir de su descubrimiento por Julio C. Tello en 1937 (Tello 1956) y de las diferentes hipótesis e interpretaciones que se han planteado acerca de su función y el arte de su pintura mural y grabados escultóricos en piedra.

La plataforma correspondiente al edificio principal se ubica en el flanco norte y al pie de las laderas del Cerro Laguna que se eleva 265 msnm constituyéndose en un hito dominante en esta zona del valle de Sechín. La plataforma presenta una planta cuadrangular de unos 53 m de lado con las esquinas redondeadas y se estima que debió de tener poco más de 4 m de alto. Posiblemente, del lado Sur de la plataforma se debieron desarrollar otras estructuras que le otorgaban una altura algo mayor (Samaniego, Vergara y Bischof 1985). La planta de la plataforma principal, deli-

Fig. 102. Las Aldas. Vista ha-

cia el norte del templo en la

que se aprecia la secuencia de

plazas (Canziani).

mientras que las gradas de trazo curvilíneo corresponden a secciones de arco, trazadas desde el mismo centro del círculo. Adicionalmente, como es el caso de Las Aldas, pueden también desarrollarse muros concéntricos al círculo, que lo enmarcan y resaltan aun más la sensación de espacio “hundido”.

Fig. 103. Plano de Cerro Sechín (Samaniego et al. 1985).

mitada por un muro de contención revestido por bloques de piedras grabadas, corresponde a una de las fases finales de la edificación ya que existen una serie de evidencias de superposiciones con relación a edificios anteriores.

La edificación más antigua correspondería a un conjunto de estructuras dispuestas con una planta en forma de “U” y construidas con adobes cónicos sobre una pequeña plataforma escalonada, que en ese entonces alcanzaba unos 34 m de lado. El elemento central de esta composición, lo constituye una cámara de planta cuadrangular y esquinas redondeadas, a la cual lateralmente se adosaron recintos cuyos frentes presentaban pilastras. Estas estructuras, que se disponen a manera de brazos laterales, definen un atrio al que se accedía mediante una escalinata ubicada en el eje central del frontis de la plataforma. Llama la atención que esta escalinata presente un desarrollo bipartito, al estar dividida por una profunda ranura que marca físicamente el eje central de todo el conjunto. Aparentemente existían en la parte sur de la plataforma estructuras dispuestas en un nivel más elevado ya que la cámara central, además del acceso central, presenta un vano en su lado Oeste que conduce a una escalinata, que permitía ascender hacia una terraza y a otras estructuras lamentablemente destruidas.

Estos edificios de adobe presentan un fino enlucido en barro e importantes evidencias de acabado con pintura y decoraciones con pintura mural. Este es el caso del recinto central y de los laterales que exhiben un acabado rosado al exterior

Fig. 104. Plano del edificio temprano de Cerro Sechín (Maldonado 1992: fig. 4).

Fig. 105. Vista del edificio temprano de Cerro Sechín, donde se aprecia la esquina curvada de la cámara central con evidencias de pintura mural y a la derecha, un bloque constructivo de adobes cónicos correspondiente a un sello de época posterior (Canziani).

y azul plomizo al interior, mientras que a ambos lados del acceso a la cámara central se encuentra la evidencia de pintura mural, representando dos felinos dispuestos simétricamente mirando hacia la entrada y que fueron pintados directamente sobre el enlucido de arcilla amarillenta en negro sólido, con las garras en tono naranja rojizo y blanco en las uñas, mientras que el resto del muro fue pintado de rosado. Otras importantes evidencias del acabado del templo se encontraron en uno de los pilares, cuyo frente tiene un motivo inciso en bajo relieve y pintado sobre el enlucido, con la representación de un personaje que es arrojado de cabeza en un aparente rito de sacrificio; al igual que la representación de peces en el frente de las plataformas correspondientes a la tercera fase de la edificación (ibid: 173-178).

Importantes y reveladoras evidencias de posteriores remodelaciones con diversas superposiciones arquitectónicas se observan con la presencia de rellenos constructivos de adobes cónicos y, especialmente, con el hallazgo de 4 escalinatas superpuestas —todas con la junta demarcando el eje central— cada una de las cuales debió corresponder a las distintas fases de renovación y funcionamiento en la historia de la edificación ceremonial, al estar aparentemente asociadas con el ascenso a los distintos niveles que alcanzaron sucesivamente los respectivos pisos superiores en la plataforma principal. Además del crecimiento vertical de la plataforma principal esta se extendió progresivamente horizontalmente en todos sus frentes, aumentando sustancialmente el área de la misma. Si bien la configuración en “U” de las estructuras dispuestas sobre la plataforma parece que se mantuvo durante las distintas fases, el frontis principal tuvo un tratamiento diferenciado con relación al primer edificio, que presentaba originalmente pilares y ambientes parcialmente abiertos en la fachada, ya que durante las posteriores fases la tendencia habría sido la de resaltar el carácter macizo de la plataforma, para culminar finalmente con el revestimiento lítico de la misma (Maldonado 1992, Fuchs 1997).

Efectivamente, en una de las últimas fases del templo, se procedió a una ulterior ampliación de la plataforma, la que fue revestida con un muro lítico compuesto por piedras grabadas. Los motivos representados confluyen hacia la portada central en el frontis Norte, donde se ubicaron recurrentemente las escalinatas centrales del templo, y remata a ambos flancos de esta con dos altos

Fig. 106. Escalinatas superpuestas en el frontis de Cerro Sechín, cada una correspondiente a los sucesivos niveles alcanzados por la plataforma del templo en la secuencia de remodelaciones de diferentes épocas (Canziani).

monolitos verticales grabados con el diseño de una suerte de estandarte, en otros monolitos verticales se representan guerreros de perfil, todos desfilando en dirección a la portada central, intercalados entre estos otros bloques tienen grabados representando cuerpos humanos seccionados así como cabezas, extremidades mutiladas, que parecen representar en conjunto el desfile victorioso de guerreros asociado al sacrificio de los vencidos. Resulta revelador que este desfile de guerreros se inicie a partir de las jambas de una portada que se encuentra al centro del frente sur de la plataforma y que daba acceso a una galería subterránea, como si se plasmara un desfile real que quizás se iniciaba con la salida de los guerreros desde esta galería para dirigirse en direcciones opuestas y alcanzar finalmente la portada central de acceso al templo (Fuchs 1997).

Justamente, para permitir la circulación en los frentes de los lados Sur, Este y Oeste, se desarrolló un pasaje perimétrico que separaba, a su vez, la plataforma principal de plataformas laterales con esquinas rectangulares y escalinatas centrales y de dos plataformas cuadrangulares de esquinas redondeadas que se dispusieron a ambos lados en su extremo Norte, conformando en el conjunto general una planta en “U” (Samaniego, Vergara y Bischof 1985: fig. 2). Si bien no se conocen mayores datos sobre la existencia de otras estructuras en el sector Norte, que pudieran haber correspondido al desarrollo de plazas u otras estructuras típicas de los complejos casmeños, no sería de descartar que estas también se hubieran dado, especialmente si se considera las observaciones hechas por el Dr. Tello (1956: 104) al describir el sitio y notar al Norte de este una extensa explanada, a modo de plaza, donde nota la presencia de una depresión de unos 80 m de lado y de 3 m de profundidad, como si se tratara de una especie de reservorio.

Moxeke

Este importante sitio se localiza en una amplia quebrada lateral de la margen derecha del valle de

Fig. 107 a. Monolito del frontis de Cerro Sechín representando un guerrero (Tello 1956: fig. 57). Fig. 107b. Monolito del frontis de Cerro Sechín ubicado en el flanco de la portada de acceso y que parece representar un estandarte que encabezaba el desfile de los guerreros (Tello 1956: fig. 53).

Casma, a unos 18 km del mar. En los dos extremos del asentamiento destacan dos grandes montículos monumentales: la Huaca de Moxeke al suroeste y la Huaca “A” al noreste. Estos dos monumentos están alineados y comparten un mismo eje orientado 41º noreste que alcanza más de 1,500 m de longitud y que, a su vez, constituye el centro del marcado ordenamiento axial que presenta el complejo en todo su conjunto.[19] Entre los dos montículos principales se genera un vasto espacio, que está demarcado lateralmente por dos ejes paralelos al eje central, a lo largo de los cuales se alinean una serie de montículos y edificaciones menores que se disponen frente a frente a unos 600 m. de distancia entre sí. En este extenso espacio central, aparentemente libre de edificios, se aprecian vestigios de grandes plazas cuadrangulares (Tello 1956: 49-53, fig. 2; Pozorski y Pozorski 1989: fig. 1).

El montículo de Moxeke se ubica al suroeste y es el mayor en volumen, con unos 160 por 170 m de lado y unos 30 m de alto. Presenta una planta rectangular con esquinas redondeadas y una secuencia de plataformas escalonadas. En el frontis principal del lado noreste, las plataformas generan sucesivos entrantes o atrios, definidos por brazos laterales, en cuyo eje central se observó la existencia de una serie de escalinatas. Quizás el hallazgo más

Fig. 108. Plano general de Moxeke (Pozorski y Pozorski 1987).

espectacular reportado por el equipo dirigido por el Dr. Julio C. Tello, fueron las esculturas antropomorfas de gran tamaño alojadas en gigantescos nichos, en el nivel de la tercera plataforma de la esquina norte del montículo, las que estaban intercaladas con paneles decorados con relieves. Tanto los relieves como las esculturas fueron finamente enlucidas con barro y pintadas con rojo, azul, blanco y negro (Tello 1956: 60-64).

Fig. 109. Vista panorámica hacia el norte del complejo desde la pirámide de Moxeke. Sobre la línea de los cultivos relativamente recientes, que han desdibujado las plazas, se aprecia el volumen de la Huaca ‘A’ (Canziani).

En cuanto a los materiales constructivos, existen evidencias tanto del empleo de la piedra como de los adobes cónicos. De acuerdo a lo reportado por las excavaciones del Dr. Tello, se puede suponer que las fases más tempranas de la edificación

Fig. 110. Plano de la pirámide de Moxeke (Tello 1956: fig. 25).

fueron construidas con adobes cónicos y que a una de estas se asociaría el acabado de la tercera plataforma con los grandes ídolos y la decoración polícroma. En este caso —como en la escalinata central y el vestíbulo— Tello observó claramente que los ídolos fueron cubiertos intencionalmente con el agregado de nuevas estructuras, las que aparentemente estaban asociadas al empleo de piedras y al revestimiento del edificio con bloques megalíticos (ibid: 56-64; fig. 25). La pirámide de Moxeke, por lo tanto, no sería ajena a la difundida tradición de las superposiciones arquitectónicas, que implicaban el sucesivo relleno y sello de las estructuras que culminaban su vigencia, para sobre estas erigir las nuevas estructuras que conformarían una versión renovada de la edificación monumental.

Fig. 111. Distribución de los ídolos escultóricos en la esquina noroeste del frontis de la pirámide de Moxeke (Tello 1956: fig. 27).

La Huaca “A” se localiza en el otro extremo del sitio, hacia el interior de la quebrada y a unos 1,300 m. de la pirámide de Moxeke. Su plataforma, de planta cuasi cuadrangular, tiene 135 por 120 m de lado y unos 12 m de alto y, en sus lados de los extremos al suroeste y noreste, se le adosan sendas plazas cuadrangulares hundidas. Adicionalmente la plaza hundida ubicada al noreste presenta el adosamiento de una plataforma baja en la cual se hallaron evidencias de que en ella se encontraba inscrito un pozo circular hundido.

Fig. 112. El Dr. Julio C. Tello al pie de uno de los grandes ídolos (IV) expuesto por sus excavaciones en el frontis de la pirámide de Moxeke (Burguer 1995: figs. 3).

El planeamiento de la arquitectura que se encuentra sobre la plataforma es bastante complejo y denso, desarrollándose a partir de un esquema planificado de simetría bipartita y contrapuesta, con relación a los ejes longitudinal y transversal de la plataforma. A lo largo del eje longitudinal de la plataforma “A” —que coincide con el eje principal del sitio— se ubican los frontis principales, que están orientados de forma contrapuesta mirando hacia las plazas hundidas. El acceso a estos atrios, desde las respectivas plazas hundidas,

Fig. 113. El ídolo (III) del frontis de la pirámide de Moxeke (Burguer 1995: figs. 66).

Fig. 114. Plano de la Huaca ’A’ de Moxeke (Pozorski y Pozorski 1987).

se resolvía mediante largas escalinatas centrales. A partir de estos atrios contrapuestos, se ingresaba a amplias cámaras o recintos que presentan esquinas redondeadas y nichos, las que, a su vez, se encuentran flanqueadas por otras cámaras de rasgos similares pero de menor tamaño, en cuya agregación se percibe recurrentemente un ordenamiento que define plantas en forma de “U”. Este patrón es remarcado por la progresiva elevación ascendente de los niveles de los recintos que conforman los respectivos brazos laterales de estas composiciones en forma de “U”. Al centro se encuentra un gran patio rodeado de banquetas, a partir del cual y ordenándose simétricamente a lo largo de un eje transversal, se organizan dos atrios contrapuestos (al noroeste y sureste) con sus respectivas series de cámaras que repiten básicamente la misma forma de disposición en “U” (Pozorski y Pozorski 1987: 30-45; Pozorski y Pozorski 1989: Fig. 5). De las 46 cámaras con nichos y cenefas, 38 presentan esquinas redondeadas (ibid. 1989: fig. 8), expresando un fuerte parentesco con las que caracterizan a la tradición Mito, con la salvedad de que aparentemente no presentan las clásicas banquetas interiores ni el fogón central. Cabe preguntarse si estas cámaras, especialmente las de grandes dimensiones, estuvieron techadas como corresponde a las están afiliadas a esta tradición. Una reconstrucción puede ayudarnos a establecer hipotéticamente cuales recintos pudieron estar techados y cuales constituyeron espacios libres o áreas de circulación.

Fig. 115. Vista desde el suroeste de la Huaca “A” con la plaza hundida en primer plano (Canziani).

Las excavaciones desarrolladas en la Huaca A, registraron en los atrios de los frontis noreste y suroeste la existencia de banquetas y de frisos decorativos en relieve que se conservaban tan sólo en la base de los paramentos exteriores de los recintos centrales (Pozorski y Pozorski 1994: fig. 4). En cuanto al sistema constructivo, aparentemente la plataforma fue hecha con piedra y mortero de barro, sin embargo la presencia de adobes cónicos lleva a suponer que estos también fueron utilizados en la construcción de los muros de los recintos. En los acabados de las estructuras se aplicó finalmente un fino enlucido de barro y pintura blanca a los muros y pisos (Pozorski y Pozorski 1989: 20).

Los montículos y edificaciones menores alineados a ambos flancos del eje central del sitio, aparentemente también tuvieron una función de carácter público y presentan construcciones sobre plataformas bajas, con el característico ordenamiento con un recinto o cámara central con esquinas redondeadas, a veces con dos brazos laterales formando un atrio con planta en “U”, siempre dentro de un esquema de simetría bilateral (Ibid 1989: fig. 6 y 7). Estas edificaciones parecen estar asociadas a otras de aparente carácter residencial y de cierto nivel de status, ya que presentan orientación y características constructivas similares a la arquitectura pública menor. Mientras que otros sectores revelarían una ocupación doméstica de bajo status y se caracterizan porque se concentran aisladamente de la arquitectura pública; sus estructuras son más pequeñas e irregulares; y constructivamente presentan cimientos de piedra que posiblemente servían de base a estructuras de quincha u otros materiales perecederos (Pozorski y Pozorski 1987: 36-38).

En Moxeke se puede advertir un magnífico ordenamiento urbanístico cuya compleja configuración elabora de manera magistral el modelo de planeamiento axial propio de los complejos casmeños de la época, presentando además la singular variante de emplazar a los dos edificios principales a los extremos del eje principal que organiza espacialmente el asentamiento.[20] A su vez, estos dos edificios exhiben una impresionante arquitectura monumental, cuya configuración es radicalmente distinta. En este contrapunto dual, tenemos por una parte una construcción piramidal, cuya configuración formal, acabados y rasgos decorativos podrían estar señalando una función predominantemente política ceremonial; mientras que la especial configuración de la Huaca

A presenta rasgos formales muy especiales, con un denso despliegue de cámaras dispuestas en un intrincado ordenamiento simétrico. A partir de la constatación de esta diversidad arquitectónica, se puede deducir que los respectivos edificios debieron responder a funciones bastante distintas entre sí. Esta diferenciación se pudo manifestar tanto en el ámbito de las actividades ceremoniales desarrolladas en la pirámide de Moxeke y en la Huaca A, o quizás —como se ha sugerido recientemente— pudiera la primera haber concentrado las actividades ceremoniales, mientras la segunda pudiera haber respondido a determinadas funciones de carácter político administrativo, planteándose la posibilidad de que las estructuras de la Huaca A sirvieran para fines de almacenamiento (Pozorski y Pozorski 2000).[21] En todo caso, el planeamiento complejo con ejes de simetría contrapuestos y desarrollo modular que exhibe la Huaca “A”, constituiría uno de los casos más tempranos y extraordinarios de planificación integral en el diseño arquitectónico.

De otro lado las edificaciones públicas de carácter menor, localizadas a lo largo del eje del sitio, podrían estar indicando el desarrollo de actividades segregadas a personajes de menor rango, en cuanto espacios de tratativa o acopio de bienes, y por lo tanto quizás supeditados funcionalmente a las actividades desarrolladas en los edificios públicos de mayor jerarquía (ibid.). De la diferencias morfológicas y funcionales apreciadas en las edificaciones públicas de Moxeke, se puede deducir una organización social compleja y jerarquizada, con la presencia de diferentes estamentos cumpliendo diferentes actividades especializadas. La relevante presencia de una serie de elementos novedosos como los aquí reseñados podrían estar señalando la temprana presencia de una formación de carácter estatal, una de cuyas sedes privilegiadas debió ser evidentemente Moxeke.

Sechín Alto

Fig. 116. Sechín Alto. Foto aérea (Servicio Aerofotográfico Nacional).

Se trata del complejo de mayor envergadura presente en los valles de Casma, cuyo eje principal supera los 1,500 m y está presidido por una monumental pirámide, cuya envergadura la hace la mayor construida en el Perú y América del Sur. Efectivamente, su planta cubre un área de 250 por 300 m con unos 35 m de alto, de lo que resulta un volumen colosal de aproximadamente 1’350,000 m3. Está pirámide, no obstante encontrarse bastante erosionada, muestra claras evidencias de plataformas escalonadas y la sucesión de una serie de atrios dispuestos en forma de “U” en el frontis principal orientado hacia el noreste y a los cuales se debió de acceder mediante amplias escalinatas. Las plataformas que se encuentran en su base muestran paramentos megalíticos construidos con gigantescos bloques de piedra canteada, mientras que las partes altas y el núcleo central están constituidos por estructuras de adobes cónicos que, se presume, podrían corresponder a las fases tempranas de la edificación (Tello 1956: 79-83, Fung y Williams 1977, Pozorski y Pozorski 1987).

Fig. 117. Sechín Alto. Plano general (Pozorski y Pozorski 1987).

En la parte posterior de la pirámide y separada de esta por un corredor, se encuentra una plataforma alargada de planta rectangular (250 x 50 m), sobre la cual se erigieron tres estructuras que revelan también una disposición con planta en “U”. Frente a la pirámide principal se desarrollan, a lo largo del eje central del sitio, un conjunto de plazas que comprenden un área de unos 1,100 m por 400 m de ancho, que se encuentran flanqueadas por montículos menores o delimitadas por plataformas laterales y pequeñas estructuras piramidales que replican o componen configuraciones en forma de “U”. Dentro de las plazas y alineados a lo largo del mismo eje central del complejo, se encuentran las evidencias de por lo menos tres grandes pozos circulares hundidos que van de 50 a 80 m de diámetro (Fung y Williams 1977: 114-116).

Existen otros complejos no menos importantes que sería extenso detallar, y que ilustran tanto la persistencia de los patrones arquitectónicos y urbanísticos de la región de Casma; como también la

Fig. 118. Sechín Alto. Detalle de los rellenos constructivos elaborados con adobes cónicos (Canziani).

Fig. 119. Sechín Alto. Paramentos líticos elaborados con grandes bloques de piedra canteada en el frontis de la pirámide (Canziani).

variabilidad e inusitada riqueza formal que cada uno de estos conjuntos despliega en su planteamiento específico. Este es el caso de TaukachiKonkán, que se ubica en proximidad de Sechín Alto en una quebrada lateral de la margen derecha del río Sechín. Tanto su orientación como el ordenamiento general del conjunto parecen replicar muchas de las características de Sechín Alto. La pirámide principal tiene una estructura escalonada con plataformas laterales más elevadas lo que genera una disposición con atrios en “U” en los distintos niveles. También presenta, como Sechín Alto, una plataforma posterior separada de la principal por un estrecho corredor. Frente a este grupo de estructuras (Taukachi), que aparentemente correspondieron al núcleo de las edificaciones principales del complejo, se encuentran evidencias de plazas y pozos ceremoniales hundidos alineados a lo largo del eje principal del sitio. A semejanza del planteamiento dual de Moxeke, al otro extremo del sitio se encuentra otro núcleo importante de edificaciones (Konkán). Sin embargo se advierten también algunas variantes, como es el caso de esta última agrupación que parece ordenarse siguiendo tanto un eje lateral, paralelo al principal, como otro transversal orientado al sureste, a lo largo del cual se ordena una pirámide secundaria con plataformas dispuestas en “U” y dos pozos ceremoniales que se encuentran frente a esta (Ibid: 116-118).

Fig. 120. Taukachi – Konkán. Plano general (Pozorski y Pozorski 2000).

.

Recientes trabajos en el sector de Taukachi, al oeste del complejo, revelan que el montículo mayor estuvo divido en tres secciones: la primera al este habría presentado una plazoleta o gran patio; la segunda con un atrio con columnatas que daban acceso a cámaras con nichos y columnas dispuestas con un planteamiento en “U”, similar al de la Huaca A en Moxeke, mientras que el frontis de estas cámaras hacia la plazoleta también estaba flanqueado por una columnata; finalmente, la tercera sección al oeste con ambientes dispuestos también en “U” alrededor de un espacio central y que presentarían evidencias de acabados menos cuidados y de la preparación de alimentos (Pozorski y Pozorski 2000: fig. 6). [22]

Sechín Bajo presenta una pirámide con el característico escalonamiento de plataformas dispuestas con planta en “U” y con la recurrente orientación 32º noreste, frente a la cual se presenta una extensa plaza y dos pozos ceremoniales. La Cantina presenta una plataforma principal ubicada en el extremo suroeste del complejo, a la cual se le adosa una plataforma baja en la parte posterior; mientras que a lo largo del eje principal orientado 41º hacia el noreste —al igual que Moxeke— se suceden tres plazas cuadrangulares que incrementan sus dimensiones conforme se distancian de la plataforma principal. El complejo tiene la particularidad de encontrase al centro de un gran recinto amurallado que lo circunscribe. Algo

diferente se nos presenta el complejo de Pallka, en la margen izquierda de la parte media del valle de Casma, con una orientación Este -Oeste y una pirámide de planta rectangular con plataformas escalonadas y ascendentes de Este a Oeste en la cual se observan restos de recintos y de patios hundidos; mientras que adosada a la esquina suroeste se halla una plataforma baja en la cual se halla inscrito un pozo ceremonial.

Cerro Blanco y Punkurí en Nepeña

En el valle de Nepeña, unos 30 km al norte del valle de Casma, se encuentran dos notables sitios formativos: Cerro Blanco y Punkurí que se localizan en el llano aluvial del valle medio, que constituye la zona agrícola más extensa e importante del valle. Estos dos sitios, si bien no alcanzan lejanamente las colosales dimensiones de los complejos del valle de Casma, reúnen excepcionales

Fig. 121. Cerro Blanco. Plano general del complejo y ubicación del atrio excavado por Tello (Bishof 1997: fig. 14).

evidencias que permiten enriquecer la apreciación de las sorprendentes características de estos complejos ceremoniales y su arquitectura monumental. Cerro Blanco ocupa un sitial importante en la arqueología peruana ya que fue excavado a inicios de los años 30 por Julio C. Tello y fue posteriormente objeto de estudios y de la atención de otros destacados investigadores. El complejo presenta una planta con forma en “U” orientada hacia el noreste, con unos 200 m de largo y 190 m de ancho, con el cuerpo central ubicado al suroeste. Aparentemente el planteamiento podría haber sido asimétrico, ya que es notable que el brazo del lado sureste tiene mayores dimensiones. Este montículo hoy en día se encuentra separado del resto del complejo por el paso de una carretera y fue en él que se descubrieron casualmente evidencias de estructuras con relieves, lo que posteriormente dio lugar a los trabajos desarrollados por el equipo del Dr. Tello.

Fig. 122. Cerro Blanco. Plano y cortes del atrio lateral (Bischof 1997: fig. 15).

El área excavada, relativamente pequeña con relación a la extensión del sitio corresponde a un pequeño atrio lateral que se abre en dirección a la plaza central del complejo. Lo extraordinario del área expuesta por las excavaciones es que pusieron a la luz un sofisticado arte mural acabado con pintura policroma, que no solamente representaba seres míticos y motivos con el clásico estilo de Chavín, sino que este tratamiento se enmarca en la clara intención de “zoomorfizar” el atrio, mediante la elaborada decoración con relieves de sus elementos arquitectónicos. Con esta finalidad, en el frontis del atrio se dispuso en una posición central una pequeña plataforma baja decorada mediante relieves con los atributos que corresponderían a la mandíbula superior de este ser mítico con rasgos propios de un caimán o lagarto. Los muros centrales y laterales del atrio, de baja altura y con un tratamiento escalonado sirvieron para la representación por ambas caras del rostro del ser, mientras que la cabecera de los muros al igual que los paramentos de los muros posteriores incorporaron motivos referidos a garras, fauces o plumaje, de esta manera la arquitectura del atrio y sus relieves buscó de expresar las fauces y la compleja corporeidad de la divinidad (Bischof 1997).

Para la construcción de los muros se empleó piedra canteada y guijarros unidos con mortero de barro, luego los muros recibieron un enlucido de barro marrón. Las incisiones que delinean los relieves fueron ejecutadas sobre una capa adicional de enlucido, utilizando una técnica de excisión de notable plasticidad muy similar a la que caracteriza a la cerámica de estilo Chavín. Una vez realizadas las incisiones, que revelan una gran destreza y pleno dominio de los temas representados por parte de sus artífices, los relieves fueron pintados de forma policroma con rosado, rojo oscuro, naranja, blanco y negro (Ibid).

Fig. 123. Cerro Blanco. Relieves modelados en barro con la imagen del ser supranatural representado en los muros interiores y exteriores del atrio lateral (Bischof 1997: fig. 7).

Punkurí

Este sitio se ubica igualmente en el piso del valle medio de Nepeña y a poco más de 5 km al noreste de Cerro Blanco al que aparentemente antecedió cronológicamente. Se trata de un montículo de planta cuadrangular en el cual las excavaciones del Dr. Tello definieron la presencia de tres plataformas que formaban parte un atrio de unos 25 m de largo (Larco 2001: fig. 19-20). El atrio, limitado lateralmente por muros inclinados a modo de “rampas”, presentaba en su eje central escalinatas de acceso. La escalinata entre la segunda y tercera plataformas se caracterizaba por tener una planta trapezoidal y por hallarse en ella una gran cabeza de felino modelada en barro y pintada. La disposición de la cabeza hecha en bulto, al igual que los dos bloques inferiores donde se han representado las extremidades anteriores con las garras levantadas, en una posición central con relación a la escalinata restringe el paso sin impedirlo, evidenciando la intención amenazante del ídolo felínico, cual si fuera un fiero custodio del ingreso a los sectores más sacros del templo, que debieron encontrase sobre las plataformas más elevadas (Tello 1967).

Fig. 124. Punkurí. Plano y

corte del atrio del templo

(

Larco 2001: fig.

20).

Recientes estudios del sitio han permitido establecer por lo menos 3 grandes secuencias de remodelaciones asociadas a superposiciones arquitectónicas (Vega Centeno 1999). En el marco de esta lectura, se puede suponer que el hallazgo de un entierro frente al ídolo felínico[23] habría for-

Fig. 125. Punkurí. Felino escultórico modelado en barro en la escalinata central del templo (Larco 2001: fig. 22).

mado parte de un ritual ofrendatorio en el momento de levantar la segunda plataforma, que selló las estructuras que hacían parte de la primera plataforma. Algunos de los paramentos de los muros estuvieron decorados con relieves incisos y modelados, los que fueron pintados con diversos colores. Igualmente, cabe destacar que en el frente Este del atrio se hallaron evidencias de un pórtico lateral, cuyo vano estaba flanqueado por dos columnas levantadas sobre muretes bajos que delimitaban el acceso. De otro lado, la construcción de las estructuras se habría realizado sobre la base de adobes cónicos en las fases tempranas, a los que se le habrían superpuesto estructuras construidas con adobes plano convexos.

Chankillo

Este monumento no está claramente fechado, sin embargo algunos estudiosos presentan argumentos para ubicarlo a fines del Formativo, o inclusive

a inicios del período subsiguiente (Fung y Pimentel 1973). El sitio, presenta características extraordinarias y una inserción espectacular en el paisaje desértico, caracterizado por la presencia de promontorios rocosos cuyas elevaciones dominan la margen izquierda del valle de Casma, unos 20 km al sureste de su desembocadura en el mar.

Los amurallamientos de esta excepcional edificación se desarrollan alrededor de una de estas elevaciones. Las tres murallas exteriores presentan en planta un trazo concéntrico de forma oval. La primera muralla externa, que encierra todo el complejo, tiene en el eje longitudinal norte-sur unos 320 m y alcanzaría unos 280 m en la parte más ancha del ovalo, que corresponde al sector sur del mismo.[24] Adicionalmente, en la zona central se desarrollan dos amurallamientos circulares, cada uno compuesto por dos murallas también concéntricas, mientras que hacia el sur se ubica un recinto de planta rectangular subdividido por muros de trazo ortogonal.

La primera y segunda muralla son las de mayor grosor y superan los 6 m de ancho. Este notable grosor habría sido logrado de una forma singular, al construir tres muros paralelos separados entre sí, para luego proceder a rellenar los dos espacios de separación entre los muros con piedras sueltas y cascajo. Los muros son de piedra y mortero de barro, habiéndose dispuesto los bloques con la cara plana hacia el paramento, con la ayuda de pequeñas cuñas de piedra o pachillas. En algunas partes de las murallas, donde los paramentos se conservaron protegidos de la erosión, se evidencia que fueron acabadas aplicándoles un enlucido de barro y pintura amarilla (ibid: 74).

Otro aspecto extraordinario de Chankillo lo constituye sus especiales sistemas de acceso para trasponer las murallas. En el caso de la primera como de la segunda muralla —las de mayor espesor— los accesos forman galerías que atraviesan el ancho de las murallas y presentan techos elaborados con vigas labradas de algarrobo. Pero estos accesos no son directos ya que fueron hábilmente restringidos mediante diferentes soluciones. En el caso de los 5 accesos de la primera muralla, se antepuso un muro de cierre, mientras que la proyección a ambos lados de dos machones generaban un obligado recorrido laberíntico. En el caso de los 4 accesos de la segunda muralla, el recorrido

Fig. 126. Chankillo. Foto aérea oblicua (Bridges 1991: 90).

de la galería se prolongó mediante el agregado de dos machones a los cuales se les antepuso un muro en forma de ‘C’.[25] La tercera muralla era de menor grosor y altura y se superaba mediante 3 corredores que contenían escalinatas, mientras que el acceso a las murallas circulares del sector central se resolvía mediante escalinatas y pasajes con un trazo en forma de ‘Z’.

Un detalle interesante documentado en algunas de las portadas de acceso, es la presencia de cajuelas o pequeños nichos en las que se aloja un vástago de piedra vertical (ibid: Fotos 2-5). Estas cajuelas se disponen a ambos lados de las jambas de las portadas y se supone que pudieron haber servido para asegurar algún sistema de cierre de las mismas. Sin embargo, el hecho de que estas se encuentren

dispuestas en el paramento exterior de las murallas plantearía la interrogante sobre el hecho de que el cierre, en este caso, debía de realizarse necesariamente desde el exterior de las murallas.

Los evidentes atributos defensivos de

Chankillo y su posición estratégica dan cuenta del término “fortaleza” con el cual se conoce popularmente al sitio. Sin embargo, la extraordinaria calidad de su planeamiento y construcción, la notable cantidad de recursos invertida en su erección, así como la proximidad de otras edificaciones que se encuentran al Este del sitio —como los enigmáticos 13 torreones de difícil asignación funcional— no descartarían la posibilidad de que el complejo tuviera una función de índole ceremonial, quizás combinada con la de carácter defensivo.

Chavín de Huántar

Chavín de Huántar, enclavado en el corazón de los Andes Centrales, representa un sitio emblemático de la arqueología andina y un referente obligado para los estudiosos del período Formativo, en cuanto es el centro de un fenómeno que si bien no puede restringirse al complejo monumental, innegablemente tuvo en este su principal centro propulsor. Por lo tanto, el estudio de un sitio de tanta relevancia constituye una clave central para el esclarecimiento de su problemática y no menos enigmática realidad. En este sentido, Chavín de Huántar es el centro de un extenso debate que ha eslabonado por décadas la temática, por cierto polémica, de los orígenes de la civilización en los Andes y el rol preponderante desempeñado por Chavín en este proceso. (Lumbreras 1989). Dada la extensa bibliografía disponible sobre este importante complejo monumental, nos limitaremos aquí a tratar algunos de sus aspectos más relevantes.

Chavín de Huántar tiene una localización muy especial, ubicado a 3,180 msnm en el Callejón de Conchucos, un estrecho valle separado de la Costa por dos importantes cadenas montañosas, la Cordillera Blanca y la Cordillera Negra, e igualmente de la Amazonía por la cadena Central y Oriental. Sin embargo, Chavín constituye un punto estratégico que representa un “nudo de caminos” que conducen y articulan con relativa facilidad (en los términos correspondientes a esa época) las regiones orientales de Huánuco, el Alto Huallaga y la cuenca del Marañón y, a través de esta vía, la Amazonía; los valles altoandinos de la región Nor Central y Norte que conducen a la cuenca de Cajamarca y, desde allí, a la Costa Norte y a los valles de La Libertad y Lambayeque; cruzando hacia el Oeste las dos cordilleras, se puede acceder a las cuencas de los valles de Casma o, más al sur, a las de los ríos Fortaleza, Pativilca y Huaura que dan acceso hacia los valles de Lima. Evidentemente esto hace de Chavín un ámbito muy especial que puede dar a entender su localización puntual en un estrecho valle, como es el de Conchucos, cuya modesta capacidad productiva evidentemente no puede explicar el esplendor monumental de este extraordinario complejo arqueológico.

Fig. 127. Chavín de Huántar y sitios asociados en sus inmediaciones en el Callejón de Conchucos (Burger 1995: 190).

Chavín de Huántar, en este punto neurálgico de los Andes Centrales, se convirtió en el principal oráculo de su tiempo. Como consecuencia de ello, no solamente fue el centro de irradiación de trascendentes influencias durante el Formativo, también fue el centro donde confluyeron ideas, técnicas y estilos desde diferentes y lejanas regiones, como posiblemente las gentes que de ellas provenían, portando en largos peregrinajes los dones y ofrendas a sus dioses y, por su intermediación, a los sacerdotes y oficiantes que operaban en sus templos. Como bien dice Lumbreras (1989: 2223), en Chavín se amalgaman las conquistas de los antiguos agricultores de la vertiente oriental, el dominio técnico y conocimiento astronómico de las sociedades costeñas, con la recia vitalidad de los pastores llakuash de las punas altoandinas. De otro lado, es verosímil que muchos de estos contactos e intercambios —documentados en una gran variedad de productos exóticos de carácter suntuario y de sofisticada elaboración— se generaran en una amplia esfera de interacción, que pudo muy bien tener como protagonistas a una serie de lejanos centros ceremoniales, tanto de la costa como de la propia sierra, tal como ha sido sugerido a propósito de los materiales hallados en la galería de Las Ofrendas.

Chavín de Huántar tendría un rol especialmente significativo en el Área de Integración Central

Fig. 128. Chavín de Huántar. Plano general (Redibujado de Lumbreras 1971: fig. 2).

(Lumbreras 1981) con estrechas relaciones con los valles costeños de Casma, Supe y la comarca de Lima, sin olvidar los de la vertiente oriental de los Andes; al igual que contactos de mayor distancia —y no por esto de menor peso— con la Costa norte y los valles de la cuenca de Cajamarca, al igual que con Paracas en la Costa Sur. Estas relaciones y contactos están bien documentados, como hemos visto con la presencia e intercambio de recursos exóticos y, especialmente, de productos elaborados como la cerámica. Pero también estas relaciones e influencias se perciben en la organización espacial y en la propia arquitectura, donde muchos de los rasgos, recursos técnicos y formales presentes en Chavín de Huántar, encuentran estrechas afinidades con la arquitectura monumental presente en estas otras regiones.[26] Sin embargo, la arquitectura de Chavín al igual que su arte escultórico, innegablemente revela tam-

bién un carácter único e inigualable, no solamente por su sobresaliente y refinada ejecución, sino por sus singulares atributos que manifiesta un proceso creativo propio y original, por cuanto no presenta claros antecedentes ni términos de comparación directa fuera de su contexto específico (Lumbreras 1989: 91-114).

Fig. 129. de Huántar. Reconstrucción hipotética del centro ceremonial visto desde el este.

Aparentemente, las edificaciones más antiguas del complejo de Chavín de Huántar corresponden al sector que se denomina “Templo Viejo”, un conjunto de estructuras que presentan una planta en “U” abierta hacia el Este, en cuyo atrio se inscribe una plaza circular hundida de 21 m de diámetro con escalinatas contrapuestas y alineadas siguiendo el eje principal del edificio. Las plataformas masivas que conforman el cuerpo central y los brazos laterales están recorridas internamente por galerías subterráneas. La más importante se aloja dentro del cuerpo central y está alineada con el eje principal del templo. En su interior se encuentra enclavada la celebre escultura monumental llamada “Lanzón” de Chavín, con la representación de un ser supranatural de rasgos fieros que correspondería a una época temprana, de acuerdo a la secuencia de la litoescultura propuesta por John Rowe (1967). Las excavaciones conducidas por Lumbreras (1989) en el atrio del Templo Viejo documentaron las características excepcionales de la arquitectura de la plaza circular, cuyos para-

Fig. 130. Chavín de Huántar. Plano del Atrio del Viejo Templo (Lumbreras 1989: fig. 12).

mentos fueron revestidos con lápidas talladas con representaciones de felinos y de personajes antropomorfos, algunos desfilando tocando pututos o sosteniendo en sus manos el cactus del San Pedro, de conocido efecto alucinógeno. Además se excavaron y definieron las características de la galería de “Las Ofrendas”, al Norte, y parcialmente de “Las Caracolas”,[27] al Sur, ubicadas dentro de la terraza que se construyó para enmarcar la plaza circular. Estos trabajos permitieron a Lumbreras establecer que la plaza circular y la plataforma que la enmarca, así como las galerías asociadas, constituirían una remodelación más tardía del atrio del Templo Viejo.

Fig. 131. de Huántar. Detalle de la escalinata oeste de la plaza circular en el Atrio del Viejo Templo (Canziani).

Fig. 132. Chavín de Huántar. Vista del frontis del Templo Nuevo en el cual se aprecia los adosamientos al brazo sur del Viejo Templo de las sucesivas ampliaciones constructivas (Canziani).

Este señalamiento, como otros en dirección similar, abren una serie de perspectivas sobre el desarrollo y secuencia de las superposiciones arquitectónicas desde las fases más tempranas del sitio.[28] En el caso de Chavín de Huántar destaca la particularidad de que estas superposiciones se realizan tanto en sentido vertical, pero principalmente en el sentido horizontal, con el adosamiento de nuevas secciones a las plataformas originales en los distintos eventos de remodelación.

Si bien se postulan una serie de hipótesis sobre la evolución y desarrollo urbanístico del complejo monumental, la mayoría de investigadores coincide en apreciar que el llamado Templo Nuevo surge a partir de un nuevo planeamiento, que habría tomado forma mediante el agregado de por lo menos dos grandes ampliaciones que progresivamente se adosaron a la plataforma original del brazo Sur del Templo Viejo, transformándola así en el cuerpo central de un renovado planteamiento en el que se reitera la disposición de la planta en “U” y el ordenamiento axial (Rowe 1967). Este nuevo atrio es mucho más amplio que el anterior y está definido por una primera terraza, delimitada en sus lados Norte y Sur por las plataformas F y E, y en la que se inscribe una plaza cuadrangular hundida de unos 50 m de lado con escalinatas al eje de sus cuatro lados. Hacia el Oeste se desarrolla una segunda terraza más elevada y al pie de

la plataforma del Templo Nuevo, a la que se accede por medio de una gran escalinata alineada con el nuevo eje principal y que está materialmente dividida por este en dos mitades que se elaboraron en dos distintos tonos de piedra.

Sobre la segunda terraza se desarrolla lo que parece haber sido una pequeña plaza hundida que se encuentra frente a la Portada de las Falcónidas. Esta daba acceso —mediante un sistema de escalinatas y pasajes incorporados a una suerte de gran zócalo de la plataforma— a las galerías interiores del Templo Nuevo. La Portada de Las Falcónidas, además de sus escalinatas, presenta dos columnas cilíndricas monolíticas y un gran dintel que fueron labrados finamente con motivos de aves rapaces antropomorfas. Al igual que en el caso de la gran escalinata, en la ejecución de la Portada de Las Falcónidas también de dividió el lado sur, elaborado con piedras blancas de arenisca, del lado norte realizado con piedras calcáreas oscuras. lo que evidencia el marcado significado simbólico de la organización dual del espacio del templo. La plataforma del Templo Nuevo alcanzó en su base 70,9 m en el frente Este y 72.6 m en el del lado Sur, con una altura que se estima en unos 12 a 15 m (Rowe 1967, Lumbreras 1989, Rick et al. 1998).

Rick et al. (1998: 194) señalan en este caso, como en el del Viejo Templo, el desarrollo de un rígido planteamiento simétrico, que se distor-

Fig. 133. Chavín de Huántar. Plano de planta, elevación y corte de la Portada de las Falcónidas en el eje central del Templo Nuevo (Rowe 1967).

sionaría tan sólo ante la eventualidad de reutilizar estructuras preexistentes. Sin embargo, Lumbreras (1989: 26-28) sugiere la evolución del complejo a partir de un posible esquema original que no excluye la asimetría, en el cual al Viejo Templo se le habría agregado una plataforma en el lado noreste (D) y, a una cierta distancia un brazo al sureste (E). Este último brazo se incorporaría luego al desarrollo del planteamiento en “U” del Templo Nuevo, desempeñando el rol de brazo sur del nuevo atrio y de la plaza cuadrangular inscrita en él. Queda poco clara la posición de la terraza al Este del atrio del Viejo Templo, a menos que fuera parte de la remodelación posterior del mismo que plantea Lumbreras y que habría luego servido, mediante su proyección al Este, como brazo Norte del nuevo atrio del Templo Nuevo.[29]

Los recientes trabajos del equipo conducido por Rick, dirigidos al levantamiento de planos mucho más precisos y detallados de los edificios de Chavín, al igual que al examen de la secuencia de adosamientos observables en las juntas de los

paramentos exteriores, como en el interior de las galerías, les ha permitido plantear una revisión de la secuencia asumida tradicionalmente. Es especialmente interesante la hipótesis propuesta en el sentido de que la sección (NEA), correspondiente a la esquina noreste del brazo sur del Viejo Templo, podría representar la edificación más antigua del complejo. Bajo esta hipótesis, se señala que la edificación original podría haber tenido la configuración de una plataforma de planta cuasi cuadrangular, de 39.4 m en el lado Norte y 34.7 m en el Este, con una portada principal en su frente Norte, correspondiente a la denominada Galería de la Escalinata (ibid.). Bajo este concepto, se sugiere que las estructuras más antiguas podrían no haber conformado necesariamente una planta en “U” e inclusive haber tenido una orientación dirigida hacia el Norte, de modo tal que la planta en “U” y la orientación dominante hacia el Este del Templo Viejo podrían haber sido resultantes de una evolución posterior. Estas interesantes hipótesis, que convalidan en gran parte las propuestas anteriormente establecidas, tienen la virtud de ofrecer un análisis más fino de la secuencia evolutiva del complejo en sus fases tempranas, lo que ofrece una promisoria veta de investigación.

La técnica constructiva de las plataformas de Chavín de Huántar, reviste una serie de aspectos singulares en su concepción, como también en dar solución a los problemas estructurales planteados por las propias características constructivas de las plataformas y frente a las condiciones ambientales locales de relativa humedad, lo que hace de este monumento un caso bastante distinto con relación a obras semejantes desarrolladas en la Costa. Las plataformas de Chavín fueron construidas mediante muros de contención de grandes dimensiones, cuyos paramentos presentan un marcado talud con el propósito de resistir los empujes laterales de los voluminosos rellenos constructivos que contienen. Por otra parte, dentro de los rellenos de las plataformas se planificó la generación de una intrincada red de galerías, mediante la construcción de muros de contención paralelos que formaron pasajes, cubiertos con grandes vigas o losas de piedra y que luego, con la posterior disposición de los rellenos constructivos, quedaron incorporadas dentro de las plataformas asumiendo la condición de “subterráneas”.

Fig. 134. Chavín de Huántar. Plano general con indicación de la posible secuencia de evolución a partir de un edificio

(NEA) aún más temprano que el Viejo Templo de planta en U (Rick et al. 1998).

Estas galerías, además de las diversas funciones que cumplieron y que examinaremos más adelante, permitieron aligerar la masa estructural de los rellenos y por lo tanto la presión lateral ejercida por estos sobre los muros de contención. Paralelamente, estas galerías estuvieron complementadas con una compleja red de ductos de ventilación que las conectaban entre sí y con el exterior, permitiendo así airear estos espacios interiores y reducir significativamente la incidencia de la humedad en el cuerpo de las plataformas. Además de este sistema de ventilación, en el interior de las plataformas se diseñó un complejo sistema de ductos de drenaje cuya función era eliminar el agua que pudiera infiltrarse en las galerías y en los propios rellenos constructivos. Esta estrategia combinada de ventilación y drenaje, estuvo diseñada aparentemente para controlar el nivel de humedad en el volumen de las plataformas, ya que de saturarse estas de agua se hubieran generado empujes laterales de tal magnitud que los muros de contención no hubieran estado en condiciones de resistir, con el consiguiente riesgo de colapso del edificio.

En cuanto a los rellenos constructivos, los autores que han examinado el monumento señalan genéricamente que estos están constituidos por piedras y barro o tierra. Sin embargo, una observación detenida permite advertir que estos no han sido dispuestos desordenadamente, lo que sería propio de la acción de “vaciar” un relleno y que da como resultante la mezcla aleatoria de los materiales. Por el contrario, en el caso de los rellenos constructivos de las plataformas se observa claramente que los materiales han sido dispuestos concertadamente en este tipo de estructuras. Se aprecia así que piedras seleccionadas por su tamaño mediano han sido empleadas como elemento constructivo, disponiéndolas en hiladas sucesivas, a la vez que se les incorporaba los morteros de barro y tierra, lo que permite sostener que en los rellenos constructivos de Chavín se empleó una técnica similar a la empleada en las pirámides costeñas, si bien en estas se trataba de adobes.

Las galerías de los templos de Chavín de Huántar aparentemente cumplieron funciones diversificadas en el contexto de las actividades rituales que en ellos tenían lugar. En algunos casos, como es el de la galería del Lanzón, estas sirvieron para alojar la principal imagen del culto, en otros como repositorio de ofrendas rituales de diverso tipo y naturaleza, tal como se desprende de los hallazgos en las galerías de Las Ofrendas y de Las Caracolas. Además de otras funciones rituales a las que solamente debieron de acceder un limitado número de iniciados, ciertas galerías y sus cámaras laterales pudieron también servir como depósitos de distinto tipo de bienes o como lugares de enterramiento.

Fig. 135. Chavín de Huántar. Vista (arriba izquierda) del sistema de relleno constructivo de tipo estructural de las plataformas; en primer plano, muro de contención de sillares labrados con el clásico aparejo Chavín de ritmo alterno. Nótese en la parte inferior del paramento la salida de un ducto de ventilación o drenaje (Canziani).
Fig. 136. de Huántar. Representación desplegada de las imágenes de las aves supranaturales labradas en la superficie de las columnas líticas enfrentadas en la Portada de las Falcónidas (Rowe 1967: figs. 8 y 9).

Los paramentos exteriores de las plataformas fueron realizados con bloques de piedra labrados, con las caras planas y pulidas y los ángulos cortados a escuadra. Estos se dispusieron en un aparejo de hiladas horizontales que presentan una alternancia regular en su grosor, con una hilada delgada seguida de otra de mayor altura o, más frecuentemente, alternando dos hiladas delgadas con una alta. Esta alternancia modular en el aparejo genera una textura y ritmo que contribuye a enaltecer las calidades propias de los paramentos finamente labrados (Lumbreras 1989: 25). Especialmente en la sección inferior del Templo Nuevo, es notable el contraste que presenta el acabado rústico de sus paramentos, de lo que se infiere que estos no estaban destinados a tener una presentación “cara vista” sino, más bien, debieron ser posteriormente enchapados con lápidas o cubiertos por estructuras arquitectónicas que le fueron adosadas, cómo es el caso del gran zócalo asociado a la portada de Las Falcónidas (Rowe 1967: figs. 3 y 4). La sección superior de las plataformas incorporó en sus paramentos representaciones escultóricas llamadas “cabezas clavas”, las que estaban dispuestas horizontalmente siguiendo un módulo de distribución regular, predispuesto en el ordenamiento del aparejo. Sobre estas, y como parte del remate superior de las plataformas se desarrollaba una cornisa formada por grandes bloques de piedra labrada dispuestas en voladizo, que presentaban tanto el canto como la superficie inferior finamente decoradas con relieves tallados.

En cuanto a la posible extensión del sitio, y la existencia de sectores residenciales o con arquitectura pública de menores dimensiones, se reconoce que hubo un sector al norte del río Wacheqsa, el que aparentemente estaba comunicado con el sector ceremonial en la margen sur mediante un puente de piedra constituido por grandes losas monolíticas. Efectivamente, al realizarse excavaciones para la realización de obras de cimentación de viviendas modernas, se han puesto a la luz múltiples evidencias de edificaciones, restos de murallas, así como fragmentos de cerámica, basurales e, inclusive, galerías subterráneas, lo que testimonia que gran parte del área hoy cubierta por el moderno poblado de Chavín de Huántar, en los sectores conocidos como Hanabarrio y Ura-barrio distantes 1 km ente sí, estuvieron ocupados por una importante población contemporánea a los templos de Chavín (Lumbreras 1989: 18-19, Burger 1995: 159-164).

Finalmente, existen una serie de evidencias poco exploradas que relacionan al complejo de Chavín de Huántar con su espacio territorial a nivel local e incluso regional. Este es el caso de los trabajos efectuados por el Dr. Julio C. Tello y su equipo, donde se documentó de manera preliminar la existencia de muchos sitios locales relacionados estrechamente con la cultura Chavín, otros a mayor distancia eslabonados a lo largo de la cuenca del río Mosna en los que se registra la presencia de elementos arquitectónicos o escultóricos afiliados claramente al arte lítico de Chavín (Tello 1960, Burger 1995).

Estos datos permiten suponer que existieron en el ámbito local como regional algunos asentamientos de relativa importancia, en cuanto se presume que comprendieron edificios públicos o arquitectura monumental y que, por esta razón, debieron de tener un rol específico y significativo en las estrategias de manejo territorial, desde aquellos aspectos vinculados con la proyección y convocatoria ritual que un centro ceremonial de esa especial naturaleza desplegaba; hasta aquellos comprometidos con aspectos productivos, el acceso a los recursos naturales presentes y las vitales relaciones con la población asentada en las zonas relativamente próximas al complejo de Chavín de Huántar y que debieron ser convocadas a prestar su imprescindible fuerza de trabajo, tanto en las construcciones monumentales como en su operación y mantenimiento.

De otro lado, si el oráculo de Chavín de Huántar desplegó una marcada atracción y la convocatoria de peregrinos desde las regiones aledañas, algunos de estos sitios como otros aún por reconocer en las rutas naturales de acceso al sitio, bien pudieron ser parte de una red de asentamientos destinados al soporte de su movilización, así como al predecible desarrollo de las actividades rituales de pasaje previas al ingreso al espacio sagrado del templo (Lumbreras com. pers. 2000).

Los valles de Lima y la Costa Central

En la comarca de Lima destaca un área nuclear conformada por los valles del Chillón, Rímac y Lurín, cuyos conos aluviales se entrecruzan generando una amplia extensión de tierras aptas para el desarrollo de la agricultura de irrigación. Este conjunto de valles —antes de su progresiva destrucción en las últimas décadas a raíz del compulsivo crecimiento urbano de Lima— constituía una de las más importantes unidades de producción agrícola de la costa peruana. A este conjunto de valles, formados por el Chillón, Rímac y Lurín, puede agregarse el de Chancay, unos 30 km más al norte. Otro conjunto de valles se da en la zona nor central, conformado por los valles de Fortaleza, Pativilca, Supe y Huaura. Al sur de esta región existen pequeños valles poco explorados para el período en cuestión, como el de Chilca, Mala y Asia, mientras que, aún más al sur, el de Cañete puede adscribirse a importantes valles de la región sur central, como los de Chincha, Pisco e Ica.

Es notable apreciar que estas unidades geográficas, generadas por la integración o proximidad de los valles y, a su vez, separadas entre sí por vastos llanos desérticos, se pueden percibir también en los rasgos formales que comparten, de zona a zona, los complejos monumentales del período Formativo. Así, mientras que en los valles de Chancay, Chillón, Rímac y Lurín, es definitivamente dominante el patrón de los grandes templos en ‘U’ y sus singulares atributos (Williams 1985); en los valles de Fortaleza, Pativilca, Supe y Huaura, de la zona nor central, la arquitectura monumental además de presentar una menor escala, manifestaría una abierta diversidad de patrones (VegaCenteno et al. 1998). Esto, por cierto, no excluye que ciertos complejos de esta última zona también compartan rasgos muy similares a los que caracterizan a los templos en ‘U’ de los valles de Lima, o que incorporen patios circulares hundidos como un componente destacado, lo que señalaría que esta zona nor central, así como asimila las influencias que le llegan del sur, no excluye las influencias que provendrían de Casma y la costa norte (ibid.).

Entre los principales complejos en ‘U¨ de los valles de Lima, cuyo temprano antecedente podría considerarse el complejo precerámico de Paraíso, destacan La Florida, Garagay y San Antonio en el Rímac; Huacoy, Chocas y Pampa de Cueva en el Chillón; Mina Perdida, Parka, Cardal y Manchay Bajo en el de Lurín; y el de San Jacinto en el valle de Chancay. Expondremos a continuación las características más destacadas de algunos de estos complejos, a partir de los trabajos de investigación realizados en ellos.

La Florida

Se localiza en la parte media del valle del Rímac y se ubica en su margen derecha, a 2.5 km del río y

Fig. 137. Mapa de la Costa Central con la ubicación de los principales complejos con planta en “U” (Redibujado de Williams 1980).

a unos 12 km de su desembocadura en el mar. Constituiría el complejo con planta en ‘U’ más grande del valle del Rímac. La orientación del complejo es de 37º noreste (algo similar a Garagay con 32º noreste), y tiene la particularidad de mirar hacia los cerros que limitan este sector del valle, rodeando el emplazamiento del sitio. Si bien no disponemos de las medidas de los montículos que conforman el complejo, algunas de estas pueden ser reconstruidas a partir de las fotografías aéreas del SAN 1944, donde se aprecia que el montículo central tiene un largo de unos 300 m y un ancho de unos 150 m. De otro lado, se señala que se tiene una altura de unos 17 m en la parte central más elevada; mientras que los brazos laterales alcanzarían unos 500 m de largo y unos 3 a 4 m de altura. De esta manera, se puede estimar que la gran plaza encerrada dentro de la planta en ‘U’ tenía la considerable amplitud de 300 por 500 m equivalente a unas 15 Ha (Patterson 1985).

El montículo principal exhibe algunos de los atributos típicos de los templos en ‘U’ de la comarca de Lima. Presenta en la parte central una plataforma cuadrangular más elevada con forma de pirámide trunca, flanqueada a ambos lados por plataformas ligeramente más bajas, a modo de alas. La plataforma central presenta en el frente supe-

Fig. 138. Foto aérea de inicios de los años ’40 del complejo de La Florida (Servicio Aerofotográfico Nacional).

rior una marcada depresión, que responde a la existencia de un atrio cuadrangular, al cual se accedía mediante una amplia escalinata que se originaba en el vestíbulo ubicado en la base de la pirámide. Este vestíbulo tiene también planta cuadrangular y se genera con el desarrollo de gruesos muros, que se proyectan desde la base de la pirámide hacia la plaza, mientras que el muro de cierre presentaría un gran vano o portada central de acceso desde la plaza. Todos estos elementos arquitectónicos, es decir el atrio sobre la pirámide, la escalinata, el vestíbulo y la portada de acceso a este, se ordenan siguiendo el eje principal del complejo. Mientras que, desde los extremos de las alas del montículo principal, se proyectan en ángulo recto los largos brazos que limitan los lados de la plaza.

Patterson (op.cit: fig.4), ilustra la estratigrafía de un corte ubicado en la base de las estructuras correspondientes a la plataforma central y el ala noroeste. En este corte se aprecia claramente una secuencia de superposiciones verticales y de adosamientos horizontales, que responderían tanto al propio proceso constructivo como a la secuencia de remodelaciones que habrían tenido lugar en el complejo ceremonial. Es así como se observa en la base del corte el desarrollo de un relleno constructivo, hecho con cantos rodados y

Fig. 139. Reconstrucción isométrica de Huaca La Florida (Patterson 1985: fig. 3).

Fig. 140. Huaca La Florida. Corte estratigráfico en la base del ala norte y la plataforma central (Patterson 1985: fig. 4).

cascajo, que fue sellado con una capa de arcilla de 40 cm de espesor. Este relleno habría operado como una plataforma de nivelación y cimentación para la posterior construcción de muros de contención que presentan un acentuado talud. A su vez, estos muros hechos de piedra con mortero de barro, habrían servido para la disposición de los rellenos de piedras y ripio que constituyeron los volúmenes de las plataformas. Se observa también que posteriormente se agregaron otros muros de similares características, que sirvieron para contener los sucesivos rellenos que se fueron adosando en el curso de la ampliación de los volúmenes preexistentes. Es importante notar que en el examen de la superposición de pisos —en un área de actividad que en algún momento funcionó adosada a la base del montículo— se hallaron evidencias de ocupación asociadas a la presencia de estructuras elaboradas con quincha.

Garagay

También se ubica en la margen derecha del valle del Rímac, a unos 2.5 km del río y a 6 km del mar. El eje de orientación del complejo es de 32º noreste. El montículo principal en este caso alcanza 385 m de largo, 155 m de ancho y 23 m de alto en la parte central. El ordenamiento de la planta en ‘U’ del complejo fue aparentemente asimétrico, con los brazos bastante más cortos y con volúmenes bastante diferentes, ya que el brazo noroeste tendría 260 m de largo, 115 m deancho máximo y 9 m de altura; mientras que el del lado sureste, que se encuentra separado del montículo principal, tiene 140 m de largo, 40 m de ancho máximo y 6 m de altura. De esta forma, la plaza principal tendría a lo largo del eje del complejo solamente unos 250 m mientras que a lo ancho alcanzaría unos 450 m. Otra particularidad de Garagay es la presencia de un patio circular hundido que se ubica en la plaza, a unos 90 m de distancia y frente al montículo del brazo sureste.

A semejanza de La Florida, el montículo principal presenta un cuerpo central, en forma de pirámide trunca cuadrangular más elevado, con dos alas laterales más bajas y angostas. También aquí se proyectan desde la base del montículo principal los apéndices que delimitaron un área a modo de vestíbulo en la zona central del frontis de la pirámide. Igualmente, una ancha escalinata conectaba el acceso desde el vestíbulo hacia un atrio cuadrangular dispuesto sobre el cuerpo central, y cuya excavación reveló importantes características de su forma y acabado, con la notable presencia de frisos y relieves policromos (Ravines e Isbell 1975).

Las excavaciones desarrolladas en el sitio permitieron documentar importantes características de la arquitectura del complejo. Es el caso del atrio sobre el cuerpo central, que tenía una planta cuadrangular de 24 m de lado, con el acceso abierto hacia el norte y orientado hacia la plaza. Dentro del atrio y al centro de este, se desarrollaba un patio hundido cuadrangular rodeado de terrazas escalonadas que lo enmarcan, mientras que el muro que delimitaba el atrio presentaba dos escalinatas contrapuestas, alineadas en un eje transversal, que debieron permitir acceder lateralmente desde el atrio a la cima de la pirámide. Las terrazas escalonadas revelaron hoyos con ofrendas y evidencias de la instalación de postes, los que debieron sostener techos que servían de protección

Fig. 141. Garagay. Isometría del atrio y diseño parcial de los relieves que lo decoraban (Ravines e Isbell 1975).

para los frisos y relieves policromos que adornaban los paramentos del atrio, formando paneles con motivos correspondientes a seres supranaturales con rasgos zoomorfos y antropomorfos modelados en barro (ibid).

Es importante notar que las excavaciones en el atrio revelaron la existencia de por lo menos 3 fases de superposición arquitectónica, asociadas con sendas remodelaciones de este espacio ritual y que comprometieron el desmontaje parcial de los muros del atrio, el relleno sucesivo del área con la consiguiente superposición de nuevos pisos, muros decorados con relieves policromos e, inclusive, de las escalinatas laterales.

En cuanto a las características constructivas, los muros fueron realizados con piedra y mortero de barro y los rellenos constructivos con piedras sueltas cascajo y barro dispuestos en capas alternas. Para las fases tardías se añade la presencia de pequeños adobes hemiesféricos. En el caso de las plataformas, se aprecia en algunos sectores un tratamiento escalonado de los volúmenes, logrado mediante la construcción de muros de contención de piedra de escasa altura (Ibid: 258-259, fig. 12). estribaciones de los cerros que limitan el valle en este sector. Si bien hoy en día los montículos del sitio se encuentran rodeados por campos de cultivo, en la época de su ocupación esta habría sido una zona eriaza, ubicada bastante por encima de las tierras que habrían estado bajo riego en ese entonces. Los trabajos arqueológicos desarrollados en el sitio han puesto al descubierto algunos de sus rasgos más destacados, contribuyendo así al mejor conocimiento de las peculiares características de los complejos en ‘U’ de la región de Lima (Burger y Salazar Burger 1992; Burger 1993).

En el caso de Cardal, el complejo se orienta 17º nor este y el cuerpo central mide 130 m de largo, 45 m de ancho y alcanza un altura máxima de 12 m.. A diferencia de La Florida y Garagay el cuerpo central de Cardal no presenta en su volumetría los rasgos marcados de estos, con una pirámide elevada al centro, ya que en este caso la parte más elevada está notoriamente desplazada hacia la esquina sur este y, por lo tanto, no corresponde al eje del atrio y del complejo. Este cuerpo central se encuentra unido en su esquina sur este

Fig. 142. Mapa del valle de Lurín con la ubicación de los principales complejos del período Formativo (Burger y Salazar 1992: fig. 1).

Cardal

Se trata de uno de los principales y mejor conservados complejos en ‘U’ del valle de Lurín. El sitio se ubica sobre la margen izquierda del valle bajo a unos 13 km del mar y a menos de un kilómetro del río. Se localiza en una ladera al pie de las

con el brazo oriental, que tiene la notable particularidad de ser el más voluminoso del conjunto, con unos 240 m de largo, unos 70 m de ancho y una altura de unos 15 m. Mientras tanto, el brazo occidental está separado de la plataforma central por una abertura de 75 m, siendo algo menor en sus dimensiones, con unos 100 m de largo, 50 m de ancho y 8 m de altura. La construcción de estas plataformas fue realizada en base a piedras irregulares, mortero de barro y cascajo.

Fig. 143. Cardal. Plano general del templo en U (Burger y Salazar 1992: fig. 2).

La planta en ‘U’ del complejo encierra una amplia plaza, pero en este caso se ha comprobado que este espacio estuvo compuesto de varios arreglos y estructuras especiales. Una plaza central de planta rectangular y algo elevada con relación al nivel del terreno se dispuso al sur, inmediatamente frente al cuerpo central y los brazos oriental y occidental. Para nivelar este espacio se conformó una terraza, mediante la construcción de muros bajos de contención y la disposición de rellenos compuestos por piedras de campo, para luego ser sellados con un piso, al que luego se le superpuso otro en una aparente remodelación posterior.[30]Al norte de la plaza, en el extremo de la planta en ‘U’ del complejo, se dispusieron simétricamente y a ambos lados de un posible camino ceremonial, dos patios circulares hundidos inscritos en plataformas cuadrangulares y, algo más al norte, dos recintos cuadrangulares. Estas intervenciones corresponderían a las fases tardías del complejo, al igual que otros pozos circulares que se dispusieron al pie de la plataforma central y sobre la plataforma oriental (Burger y Salazar Burger 1992, fig. 2).

Nos parece relevante apreciar que, así como en el complejo de Cardal se pueden percibir ejes transversales (ibid.: 131), uno de los cuales estaría asociado a la evidente depresión correspondiente a un gran atrio en el brazo oriental, esta pirámide —que supera en altura y volumen al propio cuerpo central— se orienta mirando hacia el río y se “opone” al complejo de Manchay Bajo, ubicado en la margen opuesta. Coincidentemente también este último complejo presenta, en sentido contrapuesto, el brazo occidental con un volumen notablemente mayor, orientado hacia el río y el centro del valle y, por lo tanto, mirando hacia Cardal.

Si bien se han señalado similitudes y diferencias de Cardal con relación a los complejos en ‘U’ de los valles del Rímac y Chillón (ibid.), debemos advertir que en este caso notoriamente no existen rastros de estructuras correspondientes al vestíbulo cuadrangular, que tanta relevancia formal presenta en Garagay o La Florida, anteponiéndose a la escalinata central que conduce al atrio, y como elemento de transición entre la plaza y el atrio sobre la pirámide. Aparentemente, en este caso se accedía al atrio de la plataforma central directamente desde el nivel de la plaza, mediante una amplia y empinada escalinata de 6.5 m de ancho. El muro del frontis del atrio estaba antecedido por un rellano y, a ambos lados del vano de acceso central, presentaba simétricamente frisos en relieve con evidencias de pintura roja y blanca, formando bandas horizontales representando fauces con dientes entrecruzados y colmillos protuberantes, que remataban en labios abiertos hacia el acceso central. Este sería otro caso notable en que la arquitectura formativa de los espacios sagrados recibió un tratamiento zoomorfizado, al exhibir los atributos de un ser supranatural, tal como se observó anteriormente en el templo de Cerro Blanco de Nepeña.

Fig. 144. Cardal. Corte estratigráfico en el eje del atrio, con el registro de las superposiciones arquitectónicas (Burger y Salazar 1992: fig. 3).

A diferencia de Garagay, el interior del atrio de Cardal no presenta evidencias de decoración mural, ni pisos escalonados y su tratamiento es bastante austero, destacando además de las 3 escalinatas que debieron conducir hacia la cima y otros espacios rituales, la presencia de una cornisa sobresaliente y redondeada, que recorría el remate superior de los muros que delimitaban el atrio (ibid. fig.5). Una marcada semejanza con los demás complejos en ‘U’ estudiados, reside en la existencia de una serie de superposiciones arquitectónicas. En este caso se constató procesos sucesivos de relleno, asociados con la renovación de la arquitectura que comprometieron el recinto del atrio, el rellano de su frontis y la escalinata central de acceso. De esta manera se ha documentado la existencia de 4 escalinatas superpuestas, la superior asociada al atrio tardío, dos intermedias con el atrio medio y una escalinata en un nivel inferior aparentemente relacionada con un atrio de una fase temprana, sin que esto excluya la posibilidad de la presencia de un mayor número de remodelaciones arquitectónicas de fases más tempranas (ibid.: 127, fig.3).[31] Este proceso de sucesivas remodelaciones arquitectónicas también caracterizó al complejo de Mina Perdida, tal como se puede observar en el corte del montículo central, en la zona correspondiente al atrio y que permite constatar una secuencia de rellenos constructivos y de escalinatas superpuestas.

En Cardal, especial importancia tiene el hallazgo en las inmediaciones del lado sur del montículo central, es decir en la parte posterior del complejo, de construcciones rústicas asociadas a la deposición de basura que contenía restos de mariscos, pescados, mamíferos marinos, venados y aves, así como de ollas llanas y fragmentos de figurinas, lo que hace presumir que se trataría de estructuras domésticas. Estas presentan muros bajos de piedra, que pudieron ser complementados con construcciones elaboradas con materiales perecederos, a modo de quincha. Algunas de estas estructuras pudieron funcionar como viviendas, otras para facilitar el almacenamiento, o como espacios libres, a modo de patios, para desarrollar la preparación de los alimentos y otras actividades

productivas asociadas a las unidades domésticas. La ampliación en área de este tipo de excavaciones y el examen de otros posibles sectores anexos al complejo, podrían profundizar aún más el cono-

Fig. 145. Cardal. Vista de las excavaciones con la exposición de las escalinatas superpuestas que conducían hacia el atrio (Burger 1995: fig. 51).

Fig. 146. Reconstrucción hipotética del atrio correspondiente al Templo Medio (Burger y Salazar 1992: fig. 5).

cimiento de las características y modo de vida de los pobladores que estuvieron estrechamente vinculados con las actividades desplegabas en estos complejos (Burger 1993: 95-6; 1995: 72)

En el caso del valle de Lurín llama la atención la concentración de los complejos en ‘U’ en un sector del valle bajo y su aparente contemporaneidad. Así entre Cardal y Mina Perdida media una distancia de 5 km mientras que Manchay Bajo se encuentra frente y a la vista de Cardal, en la margen opuesta del valle, a poco más de 1 km de distancia (Burger 1992: 99). No entraremos aquí en mérito a las hipótesis que plantean la correspondencia de estos complejos con la presencia de distintas organizaciones comunales y la dificultad de adscribirlos a la presencia de una organización estatal.[32] A este propósito, distintos autores (Burger 1995, Ravines e Isbell 1975, Silva 1992) han planteado la dificultad de detectar en los valles la presencia de sitios formativos correspondientes a asentamientos aldeanos. Sin embargo,

esta realidad puede estar obliterada a causa tanto del posible empleo de materiales perecederos en este tipo de asentamientos, como por la ocurrencia de posteriores depósitos aluviales, el laboreo agrícola y la reciente expansión urbana. Una reveladora muestra, en este sentido, la proporciona el acucioso y metódico trabajo de rescate desarrollado en las excavaciones de las ladrilleras de Huachipa, una llanura aluvial en la margen derecha del Rímac y a unos 25 km del litoral. Lo que permitió a Palacios (1988) registrar en la zona la consistente presencia de asentamientos aldeanos e inclusive plantear su evidente relación con la edificación del cercano complejo en ‘U’ de San Antonio, a partir de la recurrente asociación de los materiales cerámicos registrados en ellos.

Por otra parte, en los tres valles de la comarca de Lima existe el registro de sitios tanto monumentales como no, que están ubicados en la parte media de estos y relativamente alejados del litoral, si bien algunos revelan importantes evidencias de la incorporación de recursos marinos en el consumo de las subsistencias. Tal es el caso de Huanchipuquio, Cocayalta, Pucará y Checta en el Chillón, entre 60 a 80 km del mar (Silva 1992, 1998); y de Malpaso, Chillaco y Palma en el de Lurín, a más de 50 km del mar (Burguer 1993, 1995). De otro lado, sitios formativos ubicados en el litoral, como Ancón y Curayacu, exhiben un amplio consumo de productos agrícolas provenientes de los valles. Estos datos permiten reconstruir un patrón de intercambio y articulación entre los asentamientos relacionados con la explotación de los recursos marinos, aquellos del valle bajo y los demás ubicados en el valle medio o chaupi yunga, ligados al desarrollo de la producción agrícola en distintas zonas ecológicas. Un marco sugerente para ahondar la investigación en torno a esta problemática, lo presenta Rostworowski (1989) documentando la existencia, en tiempos prehispánicos tardíos, de una aparente articulación y complementariedad “horizontal” existente entre comunidades de agricultores y pescadores en el territorio de los valles de la Costa Central peruana. Estos mecanismos de articulación y complementariedad, que supusieron determinados niveles de especialización productiva, pudieron tener sus tempranos antecedentes durante esta época.

Nos parece plausible suponer que en este sistema de articulación, los complejos en ‘U’ —ubicados preponderantemente en la parte baja de los valles hubieran tenido un papel clave, estableciéndose en zonas estratégicas de estos territorios, tanto por su posición intermedia entre el litoral y la parte media de los valles; como por su localización central respecto a las áreas agrícolas habilitadas en ese entonces, con el desarrollo inicial de sistemas de irrigación artificial. Así mismo, las actividades ceremoniales desplegadas en los complejos en ‘U’ debieron jugar un importante rol integrador y de cohesión social, imprescindible para la operación de estos mecanismos de articulación; al igual que debieron constituirse en un elemento dinamizador de la convocatoria y movilización social, tan necesaria para la realización de las obras públicas comprometidas con la producción agrícola o de las que correspondían a la propia erección de los centros ceremoniales.

Evidentemente, la riqueza y magnitud de los complejos en ‘U’, como la propia problemática de los patrones de asentamiento, no se condice con las limitadas investigaciones desarrolladas hasta la fecha sobre el Formativo en la Costa Central. Este problema es aún más notorio en el caso de los valles al norte de Lima, si bien en algunos de ellos se constata la presencia de una extraordinaria arquitectura monumental. Este es el caso de San Jacinto y de otros importantes complejos en ‘U’ que se localizan en el valle de Chancay, a más de 10 km del litoral. El complejo de San Jacinto es el mayor de todos y presenta una enorme plaza principal cuadrangular que alcanza 550 m de lado y cuya superficie fue aparentemente nivelada (Williams 1980, 1981). El cuerpo del montículo central alcanza unos 350 m de largo por 150 m de ancho; mientras que los brazos laterales alcanzan 350 m en el del lado norte y 450 m en el del sur. Trabajos preliminares desarrollados en el sitio han observado la presencia de un vestíbulo abierto hacia la plaza, similar al que exhiben La

Florida, Garagay y Huacoy, como también algunas zonas con una posible ocupación doméstica en la parte posterior del complejo tras el montículo central y en proximidad del extremo oeste del brazo sur (Carrión 1998).

Paracas en los valles de la Costa Sur Central

Hace por lo menos unos 2500 años la cultura Paracas floreció en la Costa Sur Central del Perú, llegando a constituirse en una de las culturas prehispánicas de mayor trascendencia en la historia andina. Sin embargo, de esta cultura especialmente conocida por su impresionante y sofisticado arte textil, es muy poco lo que se conoce acerca de su formación social y modo de vida, que desarrollaron tempranamente en los valles oasis de esta región, en la que se extreman las condiciones de aridez de la costa peruana.

El Proyecto Arqueológico Chincha, con el desarrollo de investigaciones acerca de los patrones de asentamiento y las transformaciones territoriales que se sucedieron históricamente en éste valle, busca establecer los pasos necesarios para encontrar respuestas a estas y otras interrogantes y, de esta manera, ofrecer una aproximación que proporcione una visión integral sobre esta importante cultura formativa [33] que, más allá de la belleza de los artefactos de su cultura material, nos introduzca tanto al conocimiento de su complejidad social como de los aspectos relativos a la vida cotidiana de sus habitantes.

En esta dirección, los estudios preliminares desarrollados en Chincha permiten señalar con claridad que en este valle se concentró, no solamente la mayor cantidad de asentamientos correspondientes a esta cultura, sino también de su más destacada expresión, con la presencia de impresionantes complejos con arquitectura monumental. Además, estos estudios muestran una serie de aspectos novedosos acerca de esta cultura, como son el desarrollo de poblados de aparente carácter rural; así como la evidencia de trascendentes modificaciones territoriales ligadas al desarrollo de la irrigación artificial y la afirmación de la economía agrícola (Canziani 1992).

Fig. 147. Mapa de la Costa Sur con la ubicación de los principales sitios del Formativo (Redibujado de Wallace).

Si articulamos estos datos con el marcado crecimiento poblacional que se habría producido en el valle durante esta época, a partir de la proliferación de sitios con ocupación Paracas, podemos inferir la presencia de una sociedad que habría logrado dominar un medio sumamente complejo y desarrollar una economía ampliamente

excedentaria, a través del manejo combinado de los recursos agrícolas y marinos. La sociedad Paracas habría generado así las condiciones de base que explicarían el paralelo desarrollo de una creciente especialización productiva y el surgimiento de una impresionante arquitectura monumental. [34]

El descubrimiento del sitio de Paracas en la península del mismo nombre y las intensas excavaciones desarrolladas entre los años 1925 y 1930 en sus necrópolis, permitieron a Julio C. Tello definir la existencia de dos fases sucesivas: la más antigua que denominó Paracas Cavernas y la más reciente como Paracas Necrópolis (Tello 1959, Tello y Mejía 1979). En el caso de Cavernas, las tumbas eran excavadas en pozos profundos en forma de bota; la cerámica se caracteriza por su decoración incisa, la aplicación de pintura policroma post cocción, es decir después de horneada la pieza, como también por el empleo de la decoración “negativa”; mientras que los textiles son relativamente sobrios en su decoración. En el caso de Necrópolis, las tumbas correspondían a grandes cámaras o recintos funerarios donde se depositaron los fardos; la cerámica se hace mas fina y monocroma, desarrollándose piezas escultóricas; mientras los célebres mantos del período Necrópolis[35] revelan un extraordinario arte textil, con finos lienzos de algodón y lana bordados magistralmente con intensos colores, representando personajes míticos o seres supranaturales. En ambos casos, las diferencias en cuanto a la calidad de los fardos y las ofrendas asociadas a ellos, hacen pensar que los enterramientos correspondieron a distintos rangos sociales.

Fig. 148. Núcleos habitacionales y necrópolis Paracas en la falda norte de Cerro Colorado en la península de Paracas (Tello y Mejía 1979: fig. 81).

Las investigaciones del Dr. Tello y su equipo reportaron en el sitio la presencia de una serie de estructuras arquitectónicas de características bastante sencillas y aparentemente de función doméstica [36] —algunas de ellas reutilizadas por las gentes Necrópolis como recintos funerarios— y que, en todo caso, no correspondían a una arquitectura pública de tipo monumental (Tello y Mejia Xespe 1979). Estos datos, como también la virtual ausencia de posibilidades de producción agrícola en el área de la península, el sofisticado ajuar y status de los personajes enterrados en el santuario, contrastados con la presencia de notables complejos monumentales en el valle de Chincha, permite plantear la hipótesis de que estos personajes de elite provendrían de este valle y del de Pisco, donde se encontraban sus principales centros poblados y habían desarrollado una sólida base económica ampliamente excedentaria, a partir del desarrollo de la agricultura de riego (Lumbreras com. pers. 1987).

Los Complejos Piramidales del valle de Chincha

En la parte baja del valle de Chincha se registran una serie de grandes edificaciones y complejos compuestos por montículos piramidales. Estos asentamientos se encuentran localizados formando núcleos a lo largo del valle bajo y en proximidad del litoral, ocupando tanto el sector al norte del río Chico; el sector central entre este río y el Matagente; así como el sector que se encuentra al sur de este último río. Posiblemente este patrón de ubicación, que presenta una marcada concentración por sectores en el valle bajo, haya respondido al manejo de los recursos agrícolas y marinos propios de esta zona, así como a la existencia de alguna forma de organización política del espacio territorial que desconocemos.

Lo que si es del todo evidente al examinar estos sitios arqueológicos, es que los complejos responden a un ordenamiento recurrente que los organiza a lo largo de precisos ejes que corren de Este a Oeste. Esta orientación dominante es incorporada al trazo de cada una de las edificaciones piramidales que integran los complejos, ca-

Fig. 149. Tumbas Paracas del período Cavernas (arriba) y del perío- racterizando los distintos componentes arquitecdo Necrópolis (abajo) (Tello y Mejía 1979). tónicos que estas presentan. Contradiciendo la apreciación de algunos investigadores, que diferencian lo Paracas Cavernas de lo Paracas Necró-

Fig. 150. Mapa de ubicación de los sitios del período Formativo en el valle de Chincha (Proyecto Arqueológico Chincha. Dibujo de Canziani 1992).

polis (Topará), considerándolas como dos sociedades y culturas distintas, estos complejos y sus edificaciones monumentales expresan en su arquitectura una notable continuidad, tanto en la concepción y ordenamiento general, como también en las características de los materiales y técnicas constructivas desplegadas en ellos.

Fig. 151. Plano general del com-

plejo Soto (Canziani 1992).

Las características de esta arquitectura monumental se aprecian más claramente en algunos complejos mejor conservados, como es el caso de las Huacas Soto (PV.57- 24, 25 y 26) o del Complejo San Pablo con Huaca Partida (PV.57- 09), a partir de lo cual se presume también que estos serían más tardíos, es decir Necrópolis o Topará. [37]Sin embargo, un examen detallado de edificaciones presumiblemente más tempranas (Cavernas), tal es el caso de Huaca Santa Rosa (PV.57-87), Huaca Alvarado (PV.57-10), La Cumbe (PV.5702) y Huaca Limay (PV.57-103), revela que estas comparten los rasgos sustanciales de esta tradición arquitectónica, si bien es de notar que estos montículos piramidales se encuentran aparentemente aislados de otras edificaciones monumentales y, por lo tanto, no se percibe que ellos hayan conformado complejos.

Los Complejos Soto y San Pablo

En el sector Sur del valle bajo y al Sur del río Matagente, existen dos grandes complejos que muestran con mayor claridad este singular ordenamiento urbanístico, se trata del complejo Soto y del complejo San Pablo. Esto se debe en gran parte a su relativo buen estado de conservación, lo que de paso permite apreciar algunas de las características que definen su arquitectura monumental.

El Complejo Soto registra tres grandes montículos alineados en un eje de orientación EsteOeste que alcanza una distancia de cerca de 1 km Es interesante notar que los montículos PV.5724 y 26, ubicados a ambos extremos del complejo, aparentemente compartieron el mismo eje longitudinal, a pesar de la gran distancia que los separa, mientras que el montículo PV.57-26 se encuentra desplazado algo mas de 100 m al norte de este eje. Todos los montículos de este complejo comparten una planta rectangular cuyo eje mayor coincide con el del ordenamiento general.

En el caso del Complejo San Pablo se mantienen a grandes rasgos las características más saltantes de esta forma de planeamiento, si bien el ordenamiento aquí es algo más amplio y extenso, alcanzando el eje longitudinal en dirección EsteOeste más de 1,300 m. Los montículos de este complejo también presentan la característica planta rectangular y la orientación dominante. La mayoría de montículos no se encuentran en un buen estado de conservación, a excepción de la Huaca Partida (PV.57-9) que ofrece aún una impresionante visión de lo que fue la arquitectura de este tipo de monumentos.

Dado que aún no se han realizado excavaciones arqueológicas en estos sitios, no estamos por el momento en condiciones de establecer —tal como suponemos— si es que en los alrededores de la arquitectura monumental se concentraron otro tipo de estructuras, tanto públicas como domésticas. Este tipo de examen será de suma importancia en el futuro, ya que nos permitirá conocer el modo de vida y el grado de especialización productiva de sus habitantes y, de esta manera, aproximarnos a los niveles de complejidad social y de desarrollo urbano alcanzados por la sociedad Paracas.

La arquitectura de los montículos piramidales

Dentro del complejo Soto, la Huaca PV.57-26 es la que más claramente presenta los rasgos que identifican a esta singular tradición arquitectónica del período Formativo. La planta rectangular de la edificación tiene unos 200 m de largo por unos 70 m de ancho, alcanzando en la cúspide al Oeste una altura de cerca de 15 m. El montículo, al igual que los demás, está conformado por volúmenes masivos de corte troncopiramidal, realizados ín-

Fig. 152. Mapa del complejo San Pablo, en el que destaca Huaca Partida (9). (Canziani 1992: fig. xx).

Fig. 153. Foto aérea oblicua de la Huaca Soto (26) vista desde el norte (Canziani).

tegramente con pequeños adobes hechos a mano, mediante el despliegue de una particular técnica constructiva que detallaremos más adelante.

La volumetría exhibe una secuencia de plataformas ascendentes de Este a Oeste, donde la edificación alcanza su punto más alto. Esta organización axial se torna compleja al contener las plataformas una serie de patios hundidos de planta cuadrangular. Los lados que limitan al Norte y Sur estos patios aparentemente presentan el mismo nivel, mientras que al Este y Oeste están definidos por plataformas transversales de mayor altura, si bien recurrentemente la ubicada al lado Oeste de cada patio es la más alta.

Las características de la arquitectura de esta edificación y la secuencia ascendente antes señalada, al igual que la función aparentemente ceremonial a la que debió estar destinada, nos llevan a plantear el posible desarrollo de un tránsito ritual desde el extremo ubicado al Este, en que debió de encontrarse el atrio muy próximo al nivel del terreno, para llegar al sector Oeste correspondiente al lugar más elevado y sacro del templo. Este recorrido axial atraviesa la serie de patios hundidos, que replantean en pequeña escala esta misma dirección y secuencia ascendente. Esta hipótesis interpretativa se vería reforzada por las características del todo similares que exhibe la Huaca Partida en el complejo San Pablo con 270 m de largo, 75 a 85 m de ancho y unos 20 m en la parte más alta (Canziani 1992: 94) así como otras edificaciones de la misma época Paracas en el valle, que comparten recurrentemente los atributos arquitectónicos de esta tradición.

Fig. 154. Perspectiva reconstructiva del complejo Soto, con las Huacas 26 y 25 vistas desde el sureste (Canziani 1992: fig. xx).

Fig. 155. Foto aérea oblicua de la Huaca Partida (9) vista desde el norte (Canziani).

Esta temprana tradición arquitectónica de la cultura Paracas aparentemente no tendría antecedentes fuera de la región ya que, como hemos visto, durante ésta misma época en la costa central estaba en plena vigencia la tradición de los templos en forma de «U» (Williams 1985).[38] Mas bien, podría tomar cuerpo la posibilidad de que esta tradición sureña, impulsada por los paracas, tuviera alguna influencia en el proceso de cambios que se impone en el ordenamiento de los centros urbano teocráticos de la costa central durante las primeras fases del período Intermedio Temprano, donde se afirmaron patrones urbanísticos y arquitectónicos bastante similares a los que caracterizaron a Paracas (Canziani 1987, 1992).

Conociendo mejor los rasgos más destacados de esta tradición arquitectónica de la costa sur, hemos examinado con mayor detenimiento otros montículos menos conservados que se encuentran en el valle y que corresponden a la misma época Paracas y posiblemente a sus fases tempranas conocidas como Cavernas. Quizás la información más notable es la que nos proporciona la Huaca Santa Rosa (PV.57-87), que se ubica en una posición central con relación al valle bajo y donde se registraron en superficie abundantes materiales culturales del período Paracas Cavernas. Luego

de un detenido examen, hemos podido comprobar que esta gigantesca Huaca —si bien está afectada por un avanzado proceso de destrucción— también manifiesta el partido arquitectónico tradicional de la época, lo que representa un dato bastante significativo dado que este monumento constituye uno de los montículos piramidales aparentemente más tempranos del valle y, a la vez, el que presenta las dimensiones más grandiosas.

La Huaca Santa Rosa muestra la típica planta rectangular orientada Este-Oeste, que alcanza alrededor de 430 m de largo y de 140 a 170 m de

Fig. 156. Croquis del plano general de Huaca Santa Rosa (87) (Canziani).

Fig. 157. Vista desde el sur del sector central de Huaca Santa Rosa (87) hoy cubierta por construcciones modernas (Canziani).

ancho, con una altura en la parte más alta de unos 25 m. En algunos cortes se puede observar su sistema constructivo en base a adobes pequeños, terrones de barro e inclusive cantos rodados en los rellenos. Se aprecian también evidencias claras del escalonamiento ascendente hacia el Oeste de sus plataformas originales, algunas de las cuales conservan aún los paramentos enlucidos de los grandes muros de contención. Por su ubicación central y las colosales dimensiones de su volumen, esta huaca debió de constituirse con certeza en una suerte de Templo Mayor durante la vigencia de la cultura Paracas en el valle.

Considerando que se trata del montículo artificial de mayor envergadura construido en el valle durante la época prehispánica, y tomando en cuenta que corresponde a una de las fases más tempranas de Paracas identificadas en este, presumimos que esta grandiosa edificación debe contener en su núcleo interior las primeras evidencias del surgimiento de esta tradición arquitectónica, si consideramos que en ella también es recurrente la práctica de sucesivas remodelaciones y superposiciones constructivas. Estas condiciones especiales señalarían al sitio como el lugar ideal para concentrar futuras investigaciones acerca de la problemática Paracas. Lamentablemente, y por absurdo que parezca, ésta Huaca está hoy mayormente ocupada por construcciones que corresponden al moderno poblado de Santa Rosa. Las condiciones que exhibe hoy este grandioso monumento Paracas y la ignorancia inadvertida de quienes se asientan sobre él —como si se tratara de un cerro más— ilustra suficientemente el penoso tratamiento que padecen muchos de los más importantes monumentos de nuestro país. Huaca Alvarado (PV.57-10)

Fig. 158. La misma vista desde el sur del sector central de Huaca Santa Rosa (87) en una antigua fotografía de Max Uhle tomada a inicios del siglo pasado (Kroeber 1942).

La primera referencia científica a la cultura que mucho después se conocería como Paracas, se debe a Max Uhle quien en 1900 realizó trabajos arqueológicos en el valle de Chincha. Uhle, dedicado mayormente a investigar los monumentos tardíos del valle y a la excavación de las tumbas asociadas a estos, encontró que las Huacas Alvarado y Santa Rosa presentaban la particularidad de mostrar una cerámica de un estilo muy distinto al

Fig. 159. Huaca Alvarado (10 ). Evidencias en el flanco norte de adosamientos de muros elaborados con terrones de barro que muestran múltiples aplicaciones de enlucido (Canziani).

de las épocas tardías, al igual que una arquitectura muy diferente, hecha ya no de tapia sino en base a pequeños adobes. Uhle (1924), concluyó que estos restos debían de corresponder a una civilización muy antigua.

En su descripción de la Huaca Alvarado, Uhle (1924: 81) señalaba que el montículo alcanzaba “unos 18 m. de altura en su angosto extremo Oeste”, lo que hace pensar que presentaba rasgos concordantes con los patrones arquitectónicos de la época Paracas en el valle de Chincha. Si bien actualmente este sector Oeste se encuentra seriamente afectado por construcciones modernas, en las aerofotos de 1942 se observa que correspondía a una plataforma elevada de orientación Este Oeste, con el eje desplazado hacia el borde Sur del complejo y que debió alcanzar unos 220 m de largo por unos 70 m de ancho. Esta plataforma alargada y elevada al Oeste estuvo conectada con otra cuadrangular y baja al Este, que aun se conserva y que tiene unos 115 m de Este a Oeste por unos 100 m de Norte a Sur y de 6 a 8 m de altura. A su vez, las fotos aéreas revelan que esta plataforma cuadrangular presentaba dos montículos, en forma de apéndices alargados, que se proyectaban hacia el Este, a modo de brazos de una ‘U’, a menos que pudiera tratarse de los restos correspondientes al recinto de un atrio que, como hemos visto, se ubica recurrentemente al Este de las edificaciones de esta tradición.

El montículo está construido con adobes en forma de cuña y terrones. En algunos sectores se aprecian superposiciones arquitectónicas. Tal es el caso de algunos cortes en su esquina Nor Oeste, donde se observa una secuencia de rellenos, construidos con hiladas sucesivas de terrones de barro y adobes en forma de cuña. Estos rellenos constructivos corresponden a plataformas superpuestas y están asociadas a una serie de paramentos que se adosan sucesivamente. Estos paramentos exhiben la repetida aplicación de varias capas de un fino enlucido de barro (Canziani 1992: 98-99). La Cumbe (PV.57-03)

Se trata de un gran montículo de planta rectangular en forma de plataforma cuasi cuadrangular que mide 180 m de Este a Oeste y 150 m de Norte a Sur, conformado por varias terrazas escalonadas, ascendentes hacia el Oeste. El monumento está ubicado sobre el acantilado que limita el Norte del valle bajo. El hecho de que el sitio estuviera asociado a cementerios tardíos, y que sobre algunas de sus terrazas presente recintos de tapial y adobes, propios de la época Chincha-Inka, llevó a Uhle a suponer que esta edificación correspondiera al santuario de Chinchay Camac considerado en las crónicas como uno de los hijos del ídolo de Pachacamac. Estos datos han conducido a asociar en la literatura arqueológica a la Cumbe como un sitio exclusivamente afiliado al período Chincha-Inka en el valle de Chincha.

Sin embargo, el propio Uhle notó que los rellenos con los que estaba construida la plataforma estaban hechos con cantos rodados. Estos datos, unidos a la presencia de cerámica temprana en superficie y, especialmente, ciertos rasgos arquitectónicos relacionados con la orientación EsteOeste; el desarrollo de terrazas escalonadas y ascendentes hacia el Oeste; y la existencia de depresiones correspondientes a patios hundidos sobre la plataforma (el principal con unos 45 m de lado y una profundidad de 3 m con relación a la terraza en que se ubica); nos llevaron a plantear la posibilidad de que se tratara de una edificación del período Formativo, reocupada tardíamente. Recientemente hemos hallado —en algunos cor-

Fig. 160. Croquis de La Cumbe (3) (Canziani).

Fig. 161. Vista aérea oblicua con en primer plano las plataformas escalonada de La

Cumbe (3) en las que destaca, al centro, el principal patio hundido. Al fondo se aprecia el complejo tardío de La Centinela de Tambo de Mora (1) (Canziani).

tes que se ubican estratigráficamente en el basamento de los rellenos constructivos de La Cumbe— una considerable deposición de cerámica del clásico estilo Paracas Cavernas, lo que estaría confirmando esta hipótesis, al igual que la observación de los típicos aparejos de esta tradición en los rellenos constructivos de lo que debió ser la base de la edificación. Estos datos permiten suponer que el grueso de la edificación corresponde a esta época temprana, con remodelaciones menores y bastante posteriores durante los períodos Chincha y Chincha-Inka.

Este importante hallazgo podría estar indicando no solamente que este santuario y sus dioses tendrían profundas y tempranas raíces en la historia del valle, sino también que La Cumbe habría sido —con su impresionante volumen y estratégico emplazamiento— el más destacado centro ceremonial Paracas en el sector Norte del valle bajo, solamente superado en jerarquía dentro del valle por la Huaca Santa Rosa.

De otro lado, es interesante notar que los cánones arquitectónicos impuestos por estas notables edificaciones piramidales fueron asumidos e incorporados a una arquitectura de aparente función pública, pero de una escala menor y a veces rústica en sus acabados, tal como la que se ha registrado en los márgenes al Sur del valle medio. Estos montículos relativamente pequeños y de escasa altura, como los de Cerro del Gentil (PV.57-59), Chococota (PV.57-63) y Pampa del Gentil (PV.57-64), presentan la tradicional planta rectangular, la orientación Este-Oeste y la presencia de patios hundidos, si bien no necesariamente asumen un marcado desarrollo ascendente hacia el Oeste. Estos montículos se encuentran consistentemente asociados a materiales culturales Paracas Cavernas, lo que se refleja también es las características constructivas que exhiben. Este tipo de arquitectura pública se encuentra a veces aislada o formando pequeños complejos y, en algunos casos, asociada a poblados de aparente carácter rural. Es preciso señalar que en estos mismos sectores y en casi toda la extensión del valle es notoria la ausencia de una arquitectura pública de carácter monumental como la observada en el valle bajo (Canziani 1992).

Las remodelaciones arquitectónicas en los monumentos Paracas

Un aspecto sumamente interesante y que relaciona la arquitectura Paracas con las difundidas tradiciones andinas de la arquitectura ceremonial temprana, está referido a la observación de la existencia en muchos de estos edificios de una serie de remodelaciones y consecuentes superposiciones arquitectónicas.

Fig. 162. Huaca Partida (9). Evidencias de superposiciones arquitectónicas en el corte ubicado en el sector Este del montículo (Canziani 1992: fig.13).

Este es el caso de un corte profundo en la Huaca Partida, donde se puede apreciar claramente una secuencia de muros, banquetas y pisos, posteriormente cubiertos por rellenos constructivos destinados a la reedificación de estos mismos elementos en el marco de distintos eventos de remodelación del edificio. Pero quizás los datos más interesantes provienen de la Huaca PV.5725 del complejo Soto donde, en un corte diagonal producido por el trazo de un canal moderno, ha sido posible registrar una secuencia de por lo menos 5 o 6 remodelaciones sucesivas que modificaron las características originales de lo que aparentemente constituía el atrio de esta edificación. En este caso, a los muros perimétricos del patio del atrio –que estuvieron enlucidos y pintados de blanco– se les adosó interiormente nuevos muros, banquetas y posteriormente rellenos de plataformas. Estas intervenciones paulatinamente fueron restringiendo el espacio original del patio y al mismo tiempo modificando las formas de acceso y circulación asociadas a éste. Como es el caso de un vano que daba acceso a un ambiente con banqueta y que, cuando éste espacio fue rellenado para dar forma a una plataforma, se alojó en el una escalinata destinada a superar la diferencia de nivel generada.

Fig. 163. Plano de planta de la plataforma Este de la Huaca 25 con

evidencias de superposiciones arquitectónicas, correspondientes a

la secuencia de remodelaciones de un patio hundido (Canziani 1992:

fig. 8).

Es importante notar que en los casos señalados, aparentemente se busca mantener el partido arquitectónico original. Lo que se puede apreciar al observar que las sucesivas remodelaciones conservan en grandes rasgos la disposición de los elementos arquitectónicos y la distribución espacial

Fig. 164. Reconstrucción hipotética de la secuencia de superposiciones arquitectónicas en el patio hundido de la plataforma Este de la Huaca 25 (Canziani 1992: fig. 9).

de los distintos ambientes. Este hecho, permite suponer una constante en los aspectos funcionales y en la concepción arquitectónica primigenia. En todo caso, este es un aspecto sujeto a un mayor estudio, que será posible profundizar solamente al abordar la excavación arqueológica de estos monumentos.

Materiales y técnicas constructivas

El material constructivo dominante en las edificaciones del período Paracas es el adobe de pequeñas dimensiones hecho a mano y que presenta una característica forma de cuña, al tener una base irregular de forma elíptica y un típico adelgazamiento hacia el vértice. La disposición de estos adobes en el aparejo de los rellenos es bastante singular, ya que son colocados en posición vertical sobre una capa de mortero de barro sin aplicar éste en los intersticios entre los adobes, para luego disponer una nueva capa de mortero y una nueva hilada horizontal de adobes y así sucesivamente, hasta alcanzar la altura deseada en el relleno de las plataformas, que son selladas superiormente con un piso siempre de barro.

Estos mismos adobes se emplearon para la erección de muros mediante la técnica de «doble cara», disponiendo los adobes en posición horizontal, con las bases hacia ambos paramentos y rellenando el interior con una mezcla de barro y de terrones del mismo material. Una técnica similar se observa en la terminación de las plataformas, con la disposición horizontal de los adobes y con las bases definiendo la superficie de los paramentos que, luego del enlucido, en algunas ocasiones presentan también evidencias de pintura blanca de acabado final.

Fig. 166. Reconstrucción de la forma de elaboración de los adobes empleados en la arquitectura monumental Paracas (Canziani 1992: fig.16).

Fig. 165. Típico aparejo constructivo propio de la tradición Paracas en el lado norte de la Huaca 25 del Complejo Soto (Canziani).

Los Poblados de carácter rural

En la parte media alta del valle de Chincha, se ha registrado la existencia de una serie de asentamientos de aparente carácter rural. Estos se localizan en una posición estratégica, sobre las terrazas naturales que limitan las márgenes del valle y desde donde se dominan los campos de cultivo del piso del valle y transcurren los más elevados canales de riego.

Estos extensos poblados revelan una notable concentración de pequeñas estructuras de posibles viviendas con cimientos de piedra y que pudieron ser construidas con paredes de quincha. Este el caso del sitio Pampa del Gentil (PV.5764) y de PV.57-140. En estos poblados, si bien se aprecia una tendencia a establecer patrones de trazo ortogonal, no se puede encontrar las características propias de un asentamiento planificado, sino que parecen ser producto de una progresiva agregación de estructuras en las que se advierte también la existencia de superposiciones arquitectónicas, producto de una aparente ocupación continua durante varios períodos.[39]

La forma y dimensiones de estas estructuras, además de las características antes señaladas, nos llevan a suponer su aparente carácter doméstico. Estos elementos, unidos a la ausencia o presencia puntual de una arquitectura pública de posible función especializada, nos conducen a plantear el aparente carácter rural de estos asentamientos que dominan desde puntos estratégicos los campos de cultivo del piso del valle. [40]

Fig. 167. Foto aérea oblicua

del sitio Pampa del Gentil (64)

visto

desde

el

norte

(

Canziani

).

Dado que este tipo de poblados no está presente en el valle bajo, es posible suponer que los sitios de habitación relacionados con los productores agrícolas de estos sectores, deben de rastrearse más bien en una gran cantidad de sitios que se caracterizan por constituir pequeños montículos bajos, cuyos materiales constructivos y asociaciones cerámicas los afilian al período Paracas. Esta constatación permitiría plantear una hipótesis de trabajo acerca de la posible existencia de dos formas de ocupación del espacio entre el valle bajo y el medio. En el primero, se concentraría la arquitectura pública monumental representada por los grandes montículos piramidales y sus extensos complejos; mientras que el asentamiento de la población rural podría presentar un patrón de distribución disperso, conformado por pequeñas unidades familiares a modo de estancias o caseríos. En contrapartida, en el valle medio la pobla-

Fig. 168. Foto aérea oblicua del sitio 140 visto desde el oeste (Canziani).

ción rural privilegiaría un patrón de concentración, favorecido por la disponibilidad natural de mesetas y tabladas en los márgenes del valle que limitan los campos bajo cultivo. En este último caso, es sugerente suponer que la relativa lejanía de los complejos de aparente función ceremonial ubicados en el valle bajo, habría sido resuelta integrando a los poblados rurales del valle medio pequeñas estructuras que absolvieran localmente esta función, a modo de “capillas”.

Sistemas de irrigación y cultivo

Finalmente, un novedoso e impactante hallazgo logrado durante la exploración del valle, ha sido el registro de una serie de evidencias correspondientes a canales que formaban parte de antiguos sistemas de irrigación, asociados directamente con campos de cultivo abandonados. Estas evidencias están relacionadas consistentemente con materiales culturales del período Paracas Necrópolis, lo que nos permite sostener que por lo menos desde este período —hace unos 2500 años— había ya empezado el largo proceso que condujo a la conformación inicial del valle agrícola en el sector medio del valle de Chincha, con la consecuente modificación del paisaje territorial y la generación de una importante zona de producción.

Las características extraordinarias de estas notables obras públicas y de los sistemas de campos de cultivo, constituyen un invalorable testimonio del avanzado desarrollo agrícola alcanzado por las gentes de la cultura Paracas y, en especial, del despliegue de estrategias adecuadas para el manejo de un recurso escaso como el agua, en un valle relativamente árido como es el de Chincha (ONERN 1970). De otro lado, la presencia de este tipo de infraestructura permite suponer la existencia de formas complejas de organización social, que hicieron posible su ejecución, mantenimiento y administración por parte de las sociedades que ocuparon el valle tempranamente (Canziani y del Aguila 1994).

Fig. 169. Foto aérea oblicua del sitio 142, ubicado en una quebrada lateral al cauce del río, en la que se aprecia los canales superiores y los sistemas de campos de cultivo (Canziani).

Las evidencias documentadas con relación a la época Paracas en el valle de Chincha, son de una riqueza tal que, aún en el nivel preliminar de nuestros estudios, ya nos proponen una nueva visión de esta sociedad mayormente conocida por su espléndido arte textil. Los sistemas agrícolas desarrollados tempranamente testimonian la progresiva modificación de las condiciones naturales de un valle desértico de la costa peruana, para iniciar la conformación de un importante valle agrícola y la exitosa afirmación de una economía basada en su explotación. De otro lado, la extensión de los asentamientos rurales, la complejidad del incipiente urbanismo y, en especial, de la arquitectura monumental asociada a este, constituyen en conjunto un insospechado testimonio que nos permitirá aproximarnos científicamente al conocimiento de esta sociedad, desde los niveles generales de la organización económica y social hasta aquellos particulares relacionados con las formas de vida cotidiana.

En especial las características y atributos de la arquitectura monumental Paracas, nos remiten al desarrollo de actividades especializadas de distinta índole, tanto de carácter ceremonial como productivo. La enorme cantidad de trabajo invertida en la construcción de sus notables volúmenes; la persistencia de determinadas concepciones arquitectónicas a lo largo del tiempo; nos conducen a tener una idea aproximada de los niveles de especialización, poder y organización alcanzados por la sociedad Paracas y, en especial, por su emergente clase dirigente de base urbana.

Asentamientos Paracas en los valles de Pisco e Ica.

Muchos sitios Paracas han sido reportados en estos tres valles al sur de Chincha, pero lamentablemente es bastante limitada la información disponible acerca de las características que presentan los asentamientos y la arquitectura presente en ellos, lo que dificulta la posibilidad de establecer comparativamente similitudes y diferencias de valle a valle, con miras a lograr una visión integral, a nivel regional, del fenómeno Paracas.

En el valle medio de Pisco, a unos 15 km del mar, el sitio de Chongos presentaría interesantes evidencias de una superposición en sus ocupaciones del período Cavernas y Necrópolis. En el sitio, ubicado en la margen izquierda y sobre unas laderas áridas por encima de los campos de cultivo, se observan pequeños montículos y recintos construidos tanto con pequeños adobes como con cantos rodados. Algunos recintos parecen definir espacios vacíos a modo de canchas, otros presentan subdivisiones interiores y parecen estar asociados a funciones domésticas, por su asociación con la presencia de grandes basurales. Los muros de estas construcciones son bajos, lo que lleva a suponer que correspondían a las bases de estructuras de quincha. Si bien se sostiene que la arquitectura de las dos fases de ocupación temprana tendría un estrecho parecido, tanto en las técnicas constructivas como en la organización del espacio, sería factible discernir diferencias de detalle en aquellas zonas que han sido excavadas (Peters 1988). [41]

El valle de Ica ha tenido un rol muy importante en la definición de la tradición Paracas a raíz de los abundantes sitios y cementerios tempranos, que por décadas han sido objeto de la acción depredadora de los huaqueros, y especialmente en mérito de los estudios arqueológicos que se plantearon el ordenamiento de una secuencia estratigráfica y estilística de su cerámica (Menzel, Rowe y Dawson 1964). Sin embargo, es notable constatar que entre los asentamientos Paracas de este valle no se encuentran complejos con la complejidad de los registrados en Chincha, ni montículos piramidales comparables en envergadura con los observados en este valle.[42]

Fig. 170. Cerrillos. Recons-

trucción del edificio con pla-

taformas escalonadas conecta-

das mediante escalinatas y

Corte en el que se aprecia el

registro de las superposiciones

arquitectónicas correspon-

dientes a distintas fases

(

Wallace

).

Entre los sitios del valle medio de Ica, destaca Cerrillos, que se localiza en las laderas de la margen izquierda del extremo norte del valle, donde se inicia el despliegue de las mejores tierras de este oasis agrícola. El sitio ha venido siendo reexaminado por Wallace a partir de sus primeros trabajos desarrollados en él hace más de cuarenta años, cuando sus excavaciones contribuyeron a aportar materiales asociados con las fases más tempranas de Paracas, en las que se percibe notables influencias de Chavín provenientes desde el norte (Wallace 1962).

El sitio presenta una compleja estratigrafía, donde se evidencia una secuencia de superposiciones, generada por sucesivos eventos de remodelación arquitectónica que abarcarían un período de ocupación desde el 800 al 200 a.C. La edificación monumental se caracteriza por presentar terrazas escalonadas, cuyo desarrollo incorpora la pendiente de la ladera donde se asentó el edificio. Las terrazas se realizaron mediante muros de contención de piedras de campo y rellenos de cascajo, cuyos paramentos y pisos fueron acabados con arcilla. En una de las fases se registraron muros hechos con adobes en forma de terrón, igualmente enlucidos cuidadosamente con arcilla. Parapetos bajos delimitaban las terrazas, que se interconectaban entre sí mediante escalinatas, dispuestas tanto en posición posiblemente central como lateral en sus diferentes niveles. Sobre el flanco norte de las terrazas escalonadas se levantaron cámaras de planta cuadrangular, cuyas puertas presentaban umbrales elevados (Wallace com. pers. 2003).

De los trabajos de prospección desarrollados en el valle bajo de Ica resulta que los sitios tempranos Paracas (Ocucaje fases 3 – 4) se concentrarían al norte del sector de Callango y Chiquerillo. Son sitios relativamente pequeños que ocupan menos de 1 Ha. de extensión y corresponderían a sitios de habitación. Estos sitios de habitación tendrían continuidad en su ocupación durante la fase 8, en la que Animas Bajas constituiría el sitio más importante, con una extensión de unas 60 Ha y donde se reporta la presencia de siete montículos de planta rectangular y algunas elevaciones de tierra donde se observan los cimientos de estructuras hechas con pequeños adobes y abundantes deshechos de ocupación. Los montículos —que de acuerdo al plano publicado presentan una orientación Este Oeste— fueron construidos con pequeños adobes moldeados a manos en forma de “grano de maíz” y “redondos”. Sobre la cima de estas plataformas se definieron por medio de muros una serie de recintos y corredores, mientras que también se observó el desarrollo de rampas para conectar ambientes a distinto nivel (Massey 1991: 320-321, fig. 8.2.). En contraste a lo que se verifica en Callango, la ocupación en el sector de Ocucaje durante esta fase sería comparativamente menor y con asentamientos mucho más simples.

La fase 9 de Ocucaje representarían un momento de crecimiento regional en el valle bajo y medio de Ica, mientras que surgen nuevas formas de arquitectura monumental y se registran cambios en las técnicas y materiales constructivos. Surgirían complejos más extensos y se podría apreciar ciertas diferencias jerárquicas ente estos. Sobre la base de estos patrones de asentamiento, se propone la confirmación de una posible unificación política en el valle que Menzel, Rowe y Dawson (1964) propusieron a partir de la homogeneidad presente en las manifestaciones estilísticas de la cerámica durante esta fase, y cuyo centro debería de ubicarse en Ocucaje. Sin embargo, en este caso se señala que las evidencias apuntarían más bien a pensar que este centro se encontrara en el sector de Callango y que podría haber sido el sitio conocido como Animas Altas (Massey 1991: 323).

Animas Altas, sería el sitio más grande y complejo del valle de Ica durante este período, con una extensión aproximada de 100 Ha. En el sitio destaca la presencia de 13 montículos rectangulares que comparten una orientación Norte-Sur, con la parte más elevada hacia el Norte. Sobre el lado Norte de los montículos se encuentran muros que definen recintos y estrechos corredores, mientras que del lado Sur enfrentan a pequeños patios. Algunos montículos están asociados y en proximidad de estructuras de depósito, formadas por hileras de cubículos cuadrangulares.

El sector Norte del sitio está dominado por una plaza rectangular rodeada por estructuras con recintos y otras con dos o tres hileras de depósitos semisubterráneos, que alcanzan de 50 a 60 m de largo. En el extremo Este del sitio se encuentra un pequeño montículo en cuyos muros interiores, que formaban una planta en “U”, se halló la notable evidencia de que estaban decorados con figuras incisas que presentan 12 versiones distintas de la representación de personajes con atributos felínicos o de lo que se identifica también como el ser oculado cuyo estilo correspondería al Paracas Cavernas (Massey 1983; 1991: figs. 8.3, 8.4).

Otro caso de arquitectura monumental en el valle bajo de Ica, se registraría en el sitio D-12, que presenta una estructura rectangular construida con adobe. En este caso, el extremo Sur sería el más elevado, donde se observa la presencia de recintos; mientras que hacia el Norte se desarrollarían dos terrazas escalonadas descendentes. Se sostiene que su arquitectura asemejaría en la forma a la de los montículos piramidales de Chincha (Cook 1999), si bien la descripción alcanzada es sumamente escueta y no proporciona mayores detalles de los aquí reseñados, lo que nos impide hacer un examen comparativo como el propuesto.

Fig. 171. Animas Altas. Relieves murales representando seres supranaturales y entre ellos al denominado “ser oculado” (Massey 1991: fig. 8.3).

En cuanto a la distribución espacial de los asentamientos, en su relación con el manejo de los recursos, se puede apreciar que estos se concentran en aquellas zonas del valle de Ica que presentan depósitos aluviales fértiles asociados con la disponibilidad de agua, ya sea mediante el riego o el manejo de la napa freática superficial por medio del cultivo en hoyas. El jalonamiento de sitios Paracas en la parte más baja del valle hasta su desembocadura en el mar, revelaría tanto el aprovechamiento de pequeños oasis para el cultivo como la existencia de una ruta natural hacia el mar como fuente de abastecimiento de recursos marítimos, cuyas evidencias son abundantes en los sitios al interior del valle. De otro lado, la orientación del río y del valle de Ica que transcurre de Norte a Sur, habría facilitado la comunicación con la región de Nazca al Sur y con el valle de Pisco hacia el Norte,[43]mientras que el acceso hacia la costa desértica al Sur de la Bahía de la Independencia podría haber utilizado rutas alternas a traves de las Lomas de Amara (Cook 1999). Sin embargo, la comunicación entre los sitios del valle medio de Ica y los de la Bahía de la Independencia, como Chuchio y Karwa, habría representado una fatigante travesía de más de 50 km por uno de los desiertos más áridos del mundo, a través del extenso Tablazo de Ica, cuyos inhóspitos parajes transcurren en gran parte por encima de los 500 msnm.

Otros asentamientos Paracas en el litoral al Sur de la península

Además de los destacados sitios de Cerro Colorado, Wari Kayan, Arena Blanca o Cabezas Largas, asociados a las célebres necrópolis de la península (Tello y Mejía 1979), existen otros sitios paracas jalonando prácticamente todo el litoral de la bahía de Paracas, como son Puerto Nuevo, La Puntilla y Disco Verde. Se trata de sitios constituidos por montículos con conchales y restos de ocupación aparentemente doméstica. Algunos de estos (tal es el caso de Disco Verde, Puerto Nuevo) habrían reportado cerámica de fases pre-Cavernas. De otro lado, la localización y contextos de estos asentamientos establecen su estrecha relación con la apropiación de recursos marinos, para lo cual en algunos casos su ubicación podría haber considerado la existencia de ciertas facilidades, como la proximidad de afloramientos de agua salobre en las hoyadas que hasta el día de hoy se aprecian.

De otro lado, la exploraciones del equipo conducido por el Dr. Tello, reportaron la presencia de extensos sitios ubicados al Sur de la península de Paracas. Entre estos destacan Chuchio y Karwa (o Carhua) que se encuentran frente a la Bahía de la Independencia, en una zona absolutamente desértica, localizados respectivamente a más de 30 y 40 km al Sur de Paracas y entre 50 y 45 km al Oeste del valle medio de Ica. En la superficie de estos sitios se observaron montículos con acumulación de grandes basurales con conchas marinas, que presentan restos visibles de habitaciones subterráneas o semisubterráneas, asociados a cerámica incisa y policroma del estilo Cavernas y con la presencia de enterramientos de fardos funerarios similares a los de la península (Tello y Mejía Xesspe 1979: 92).

Fig. 172. Carhua. Foto aérea del sitio visto desde el oeste (Bridges 1991: 52

La ubicación estratégica de estos sitios con relación a la explotación de una gran variedad de recursos marinos,[44] supondría que fueron una fuente muy importante de aprovisionamiento para

los sitios al norte de la península, así como para los del valle de Ica. Para esto debió articularse un sistema de intercambio, no solamente para el transporte de los productos del mar, sino también para su propia y vital dotación de agua, alimentos agrícolas y otros productos manufacturados, para lo cual el manejo de hatos de llamas pudo haber tenido un papel imprescindible.[45]

Si bien estos sitios del litoral hasta la fecha han sido poco estudiados, no parecen limitarse exclusivamente a la función habitacional de los pescadores que debieron ser sus más numerosos moradores, ya que desde su descubrimiento reportaron importantes vestigios, como la presencia de vajilla fina del estilo Cavernas y enterramientos similares a los de las necrópolis de Paracas (ibid). Posteriormente, el sitio de Karwa ha sido señalado como fuente de proveniencia de impresionantes textiles pintados con motivos chavinoides, lamentablemente extraídos por excavaciones clandestinas. Por lo tanto, no sería de extrañar que sitios de esta naturaleza reporten en el futuro la existencia de algún tipo de arquitectura pública, tal como se puede suponer a partir de la percepción del especial ordenamiento que presentan algunos de los montículos que conforman estos asentamientos y la propia calidad extraordinaria de ciertos hallazgos.

Fig. 173. Chuchio. Vista de

una plataforma al borde de un

acantilado que domina el mar,

que presenta un gran muro de

contención construido con

cantos rodados dispuestos en

hiladas

horizontales

(

Canziani

).

En este sentido, en el sitio de Chuchio pudimos apreciar la presencia de pequeñas cámaras subterráneas excavadas sobre una plataforma natural, posiblemente destinadas a una función funeraria. Estas fueron acabadas interiormente con muros de contención hechos de bloques de caliche y techadas con vigas de piedra y troncos. Sin embargo, nos pareció más extraordinario apreciar al Sur del sitio y sobre un elevado acantilado, cortado verticalmente unos 100 m sobre el mar, un gran muro de contención hecho de cantos rodados de 30 a 40 cm de diámetro. Este muro de contención, que forma una larga plataforma orientada Este Oeste de unos 40 m de largo, aprovechando en parte el relieve natural del terreno, presenta en el tramo próximo al abismo su mejor estado de conservación. En este sector, donde el muro alcanza unos 4 m de alto, se puede apreciar que fue construido mediante la disposición de los cantos en hiladas horizontales, posiblemente asentándolos con una mezcla de algas y tierra salitrosa, una técnica que es de uso común en las construcciones de este tipo de sitios.

Esta inusitada inversión constructiva, en un terreno de alto riesgo, se ve magnificada al observarse que los cantos rodados empleados en su construcción son ajenos al terreno del sitio y provienen del fondo de playa, por lo tanto su acarreo hasta la obra representó varios cientos de metros de recorrido, en gran parte de brusco ascenso, lo que implicó —estimando el considerable peso de los cantos— contar con el esfuerzo de una o más personas para el transporte de cada uno de estos. La ubicación dramática de esta plataforma, cuyo extremo Oeste remata directamente sobre el abismo, unida al espectacular dominio que ofrece del paisaje marino, llevarían a pensar en una función pública, quizá relacionada con el establecimiento de un adoratorio destinado al ejercicio de algún culto al mar, un universo prolífico en recursos pero también la inquietante morada de muchos de los seres supranaturales que animaron la cosmovisión de los Paracas.

Finalmente, la presencia Paracas en Nazca y más al sur parece atenuarse, especialmente en lo que se refiere a la presencia de arquitectura monumental. Los materiales afiliados a esta tradición se han reportado limitadamente en los valles de la región y es bastante somera la información acerca de los posibles asentamientos asociados (Silverman 1991). Sin embargo, las recientes investigaciones emprendidas por Reindel e Isla (Reindel et al. 1999), con excavaciones arqueológicas en el sitio de Jauranga (Palpa), vienen demostrando la presencia de asentamientos con población Paracas, cuya cultura material constituye una notable evidencia de insospechado vigor al sur de la región de Ica. Esta novedosa información les permitiría postular también que los geoglifos más tempranos, trazados en las faldas de las laderas que limitan el valle de Palpa, corresponderían a las tempranas poblaciones Paracas asentadas en el valle.

5

LAS PRIMERAS CIUDADES

De los centros ceremoniales al surgimiento de los centros urbano teocráticos

EN LOS ANDES CENTRALES durante el período de los Desarrollos Regionales Tempranos (500 a.C. – 700 d.C.), como su denominación lo señala, se verifica el surgimiento de desarrollos culturales con características marcadamente regionales, en las que se expresa una creciente autonomía y la generación de tradiciones culturales con identidades bien definidas y diferenciadas entre sí. A partir de los avances logrados durante el Formativo y especialmente con la creciente afirmación de la agricultura, se produjo una relación de estrecha interdependencia de las distintas sociedades con las peculiares condiciones medio ambientales de las diversas regiones en que estaban asentadas. En este sentido, se constata que el ámbito territorial de estos desarrollos culturales correspondió a uno o más valles oasis en el caso de las sociedades costeñas, o a hoyas hidrográficas de los valles interandinos en el caso de la serranía.

Se trata de un período ampliamente reconocido por sus notables y extraordinarias manifestaciones artísticas, especialmente de aquellas que provienen de la cerámica, la textilería y la orfebrería, lo que motivó que algunos estudiosos denominaran a esta época como “clásica” o como “período de los maestros artesanos” (Lumbreras 1969: 149-151).

Especialmente en la Costa Norte y Central, se desarrollaron ambiciosos proyectos de irrigación que permitieron ampliar notablemente el desarrollo de la agricultura, con el manejo de los cultivos de regadío en la mayor parte del territorio de los valles. Estos logros dieron paso a una nueva realidad económica, caracterizada por la cre-

ciente disponibilidad de excedentes productivos. Esta multiplicada capacidad de producción y la mayor dotación de recursos estuvo asociada a una mayor especialización y división social del trabajo, sirviendo de soporte a procesos de desarrollo urbano desconocidos hasta ese entonces.

Surgieron así centros urbanos y ciudades dominados por colosales montículos piramidales, desde donde las elites dominantes encabezadas por sacerdotes ejercían el poder, apoyadas por destacamentos de guerreros que se supone también formaban parte integrante de la nobleza gobernante. Pero existen muchas evidencias de que en este tipo de asentamientos residían también los más destacados maestros artesanos, que estaban dedicados a la producción especializada de finas manufacturas. Por esta razón, entre las ruinas de estos centros urbano teocráticos[46] no sólo se encuentran las estructuras correspondientes a los monumentales templos, los fastuosos palacios, depósitos y viviendas, sino que también los arqueólogos encuentran una apreciable presencia de talleres donde se ha comprobado la actividad especializada de sus habitantes, dedicados a la elaboración de cerámica, tejidos, implementos de metal y joyas de orfebrería, adornos y collares de cuentas de piedras semipreciosas o de conchas exóticas, así como de otros tantos productos de uso suntuario o ritual.

Como veremos más adelante, en la producción de la estructura física de los centros urbanos y de los complejos monumentales, se asiste a una serie de mejoras técnicas que van desde la propia elaboración de los materiales constructivos —cual es el caso de los adobes que finalmente serán producidos con molde— hasta la afirmación de nuevas formas de organización del trabajo en la construcción. Estos avances, en su conjunto, evidencian un alto grado de especialización en el campo de la construcción, que aparentemente ya no sólo toca a los diseñadores y conductores de estas grandiosas obras públicas, sino que también habría comprometido a quienes lideraban los equipos de obreros a cargo de la ejecución de estas.[47]

Fig. 174. – Mapa con los territorios de las diferentes culturas regionales y la ubicación de los principales sitios del período.

  1. Sipán
  2. Pampa Grande
  3. San José de Moro
  4. Pacatnamú
  5. Dos Cabezas
  6. El Brujo
  7. Mocollope
  8. Moche
  9. Galindo
  10. Grupo Gallinazo
  11. Huancaco
  12. Pampa de Los Incas
  13. Pañamarca
  14. Cerro Trinidad
  15. Cerro Culebra
  16. Maranga
  17. Pucllana
  18. Pachacamac
  19. La Muña
  20. Ventilla
  21. Cahuachi (Canziani).

Otro tipo de modificaciones se percibe con la afirmación de nuevos patrones de ordenamiento de los centros urbanos y en los atributos formales que se imponen en la arquitectura monumental del período. Paralelamente, se registra la declinación o extinción de algunas formas arquitectónicas que tuvieron una larga e importante tradición. Este es el caso de la organización espacial rígidamente simétrica, dominante en el ordenamiento axial de muchos de los antiguos complejos del Formativo; como también de ciertos componentes arquitectónicos que antaño tuvieran una figuración central, como sucede con el abandono de

los pozos ceremoniales o patios circulares hundidos, y de las cámaras o recintos con hogar central, cuyos lejanos orígenes se remontaban al Arcaico Tardío. Evidentemente, estos drásticos cambios no son exclusivamente de índole formal ya que representan, más bien, la expresión de las nuevas funciones que absolverán los centros urbanos teocráticos y su arquitectura pública. Estas transformaciones, a su vez, nos advierten de los cambios que debieron de producirse en la esfera superestructural, como parte de la nueva cosmovisión que debió acompañar el surgimiento de estas nuevas formaciones sociales.

Es evidente que este proceso de cambios también implicó fuertes transformaciones en las formas de organización social. Tanto la extraordinaria riqueza que se observa en el ajuar funerario de algunos enterramientos, frente a la extrema sencillez de otros; así como las propias representaciones escultóricas o pictográficas en la cerámica, especialmente en el caso de Moche, dan cuenta de fuertes diferencias sociales. La presencia de clases sociales claramente diferenciadas, así como la documentación de notables desarrollos urbanos, constituyen claros indicadores para inferir que muchas de estas sociedades se desarrollaron definitivamente en el marco de una organización política de carácter estatal (Lumbreras 1987b; Canziani 2003a, 2004).

En todo caso, este proceso evolutivo no es, como muchas veces se ha supuesto, homogéneo y lineal. Mas bien las evidencias conocidas dan luces acerca de la existencia de una notable desigualdad y discontinuidad. En la Costa Central y, especialmente, en la Costa Norte el proceso se desarrolla de forma generosa y manifiesta un espectacular apogeo de las formaciones sociales teocráticas y de los correspondientes centros urbanos, algunos de los cuales trascienden al nivel de ciudades. De otro lado, el proceso en la Costa Sur Central y Sur es aparentemente bastante más austero y contenido. Inclusive se percibe que en la costa este fenómeno no trasciende al sur del área de Nasca, donde así como durante el Formativo se desconoce la presencia de centros ceremoniales, para esta época tampoco se registrarían asentamientos de nuevo tipo (urbanos), lo que lleva a suponer que las sociedades de estas regiones mantuvieron un modo de vida fuertemente relacionado con la pesca, la recolección, y con un

manejo agrícola bastante limitado, lo que habría estado aparejado con la persistencia de formas de organización de carácter tribal y de asentamientos de tipo aldeano. Las desigualdades antes señaladas entre las distintas regiones de la costa peruana, se explicarían con el mayor o menor grado de desarrollo de la producción agraria como base de la economía social, lo que se acentúa marcadamente entre el “norte fértil” y el “sur árido” (Lumbreras 1999).

Por otra parte, que los procesos no son lineales y que pueden estar sujetos a marcadas discontinuidades, lo podemos constatar claramente en ciertos valles como los de Casma o el de Chincha, donde los extraordinarios desarrollos registrados durante el Formativo no presentan continuidad, manifestándose un desarrollo urbano menor y un evidente decaimiento de la inversión en la construcción de arquitectura pública monumental. De otro lado, algo similar se verificaría en las regiones altoandinas —a excepción del altiplano circumlacustre con Tiwanaku— ya que el desarrollo formativo registrado en la sierra de Cajamarca y con Chavín no presentaría continuidad o un desarrollo urbano ulterior. Esta es evidentemente una problemática que merecería una mayor exploración, dada la importancia de las interrogantes que se nos plantean. Una hipótesis viable sería la que propone que en estas regiones altoandinas se habría impuesto una auto limitación en la dotación de excedentes productivos, a partir de las condiciones técnicas de la producción agropecuaria, que se resuelve mayormente en el ámbito de la organización comunal del trabajo y de un modo sustancialmente autosuficiente. Estas condiciones limitarían la especialización en el campo de la producción y, por ende, inhibirían los elementos causales de la diferenciación social, resolviéndose las relaciones de producción en el marco de la organización comunal, donde priman la reciprocidad y los lazos de parentesco (Golte 1980, Mayer 2004). Por consiguiente, en estos contextos no existirían requerimientos que sustenten la presencia de un aparato estatal y, como reflejo consecuente, se explicaría la manifiesta ausencia del desarrollo de asentamientos de carácter urbano. [48]

La viabilidad de la hipótesis antes expuesta, se vería reforzada en su contrastación por el postulado que sostiene que el proceso de desarrollo urbano y su sostenibilidad, requieren de la existencia de un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas; que este sea capaz de asegurar la disponibilidad de ingentes cantidades de excedentes; que permitan una creciente división social del trabajo y desligar de la producción directa de alimentos a una porción importante de la población, para que esta se dedique principalmente al desarrollo de actividades especializadas, sean estas de producción de servicios, manufacturas, instrumentos de producción, o comercio (Lumbreras 1981:170-173). De acuerdo a esta proposición, la explicación de la manifiesta desigualdad y discontinuidad que se evidencia en el proceso entre las diferentes regiones de los Andes Centrales, tendría causas que deberían de rastrearse en los aspectos antes señalados y específicamente en la ausencia de estas condiciones, o en el mayor o menor nivel de desarrollo alcanzado por estas en los respectivos contextos históricos y regionales.

A este propósito, es relevante tomar en cuenta que a partir de la década de los ’50 una serie de estudiosos norteamericanos (Schaedel 1951, 1972; Rowe 1963; Lanning 1967) propusieron una visión del proceso que implícitamente planteaba una suerte de dicotomía en la cual, de un lado, en la Costa Sur se habría dado supuestamente el desarrollo de un urbanismo temprano; mientras que del otro y en contrapartida, la Costa Norte se habría caracterizado por la supuesta presencia de centros ceremoniales “vacíos”, es decir donde más allá de los montículos piramidales no habría existido una mayor concentración poblacional y donde la dinámica del urbanismo se impondría tan sólo a partir del Horizonte Medio. Como veremos más adelante, está cada vez más claro lo erróneo de estas proposiciones, si bien algunos estudiosos -con diferentes enfoques y matices- han persistido en ello o construido argumentos teóricos a partir de bases que hoy en día resultan bastante discutibles.[49]

Evidentemente, este debate trae a colación la problemática que se propone el examen de la interrelación existente entre clases sociales, Estado y fenómeno urbano, que fue inicialmente propuesta por Gordon Childe (1982, 1985) y que en el caso de los Andes Centrales ha concertado la atención de diversos estudiosos que se han ocupado del tema (Choy 1979; Lumbreras 1968, 1981, 1987a, 1987b, 1994; Staino y Canziani 1984; Canziani 1989, 2003a, 2003b, 2004). En

este capítulo haremos algunos apuntes sobre esta problemática, y como se manifiesta en las diferentes regiones, fundamentalmente a partir de las características que presentan los asentamientos del período, especialmente los centros urbano teocráticos.

Los desarrollos urbanos Gallinazo y Moche en la Costa Norte

Una vez concluido el período Formativo en la Costa Norte, se manifiesta el surgimiento de la cultura Gallinazo, conocida también como Virú por su importante desarrollo en este valle, previo a la ocupación Moche. Por lo que conocemos de Gallinazo, especialmente a partir de las investigaciones desarrolladas en el valle de Virú (Bennett 1950, Willey 1953), esta fue una sociedad con una economía basada principalmente en la agricultura, que estuvo asociada a una notable expansión de los sistemas de irrigación, lo que le permitió aumentar notablemente las tierras de cultivo, extendiéndolas prácticamente a todos los suelos disponibles en el valle de Virú.

En cuanto a las características de su forma de organización política, parece que los gallinazo durante sus fases tardías habrían logrado generar una estructura de carácter estatal. En el valle de Virú, precisamente donde la cultura Gallinazo habría alcanzado su apogeo, significativamente se observa un complejo patrón de asentamiento que presenta una variedad de tipos de sitios, entre los que destaca el desarrollo de un notable centro urbano, como es el llamado Grupo Gallinazo. Es interesante notar que el urbanismo de Gallinazo podría representar un antecedente al desarrollo que alcanzará la cultura Moche en este aspecto. Sin embargo, es preciso tomar en cuenta que el desarrollo de Gallinazo tardío, habría sido en buena medida contemporáneo con las fases de Moche temprano y medio, por lo que ambas experiencias urbanas debieron de coexistir en este lapso de tiempo.

Fig. 175. Valle hipotético de la Costa Norte o Central, en el que se ilustra la ampliación del manejo agrícola a las zonas medias y bajas del valle, mediante el desarrollo de grandes canales de irrigación en ambas márgenes (Canziani).

Moche, por su parte, representa el desarrollo más destacado de las formaciones teocráticas del período. Esta cultura no sólo nos ha legado el esplendor de sus extraordinarias y sofisticadas manufacturas, sino también la evidencia de que fue artífice de la construcción de una magnífica arquitectura monumental, que se desarrolló en el marco de impresionantes centros urbanos. Sabemos también que los Moche dieron cuerpo a una compleja y jerarquizada formación social, que por varias centurias ocupó el vasto territorio de la Costa Norte, desarrollando el manejo de sus valles agrícolas y dando vida a formas de organización política que posibilitaron la generación de entidades que lograron consolidar un manifiesto dominio intervalles.

Aún queda mucho por investigar con relación a esta temática, sin embargo parecen tener creciente aceptación las hipótesis que sugieren una cierta diferenciación regional, por lo menos política, entre los Moche norteños y los sureños. Entre los primeros se encontrarían los que poblaron los valles de Lambayeque, con límite sur en el valle de Jequetepeque y con proyecciones hacia el Norte en Piura. Mientras que entre los del Sur, tendríamos los que ocuparon los valles “nucleares” de Moche y Chicama, y que con la expansión Moche hacia el Sur, dominaron los valles de esta región hasta Nepeña, con posibles proyecciones aún más al sur hasta el valle de Huarmey. En el primer caso, se supone la presencia de entidades políticas con cierta autonomía a nivel de valles o de sectores de estos; mientras que en la región sureña es muy posible se diera la conformación de una entidad estatal centralizada y de carácter expansivo, que se anexó nuevos territorios y poblaciones mediante la dominación o conquista militar de los valles al sur de Moche (Moseley 1992, Castillo y Donnan 1994).

La existencia de esta diferenciación regional entre los Moche del Sur y los del Norte, habría tenido la particularidad de inscribirse en el marco de una extraordinaria unidad cultural, claramente perceptible en distintas manifestaciones de su cultura material, especialmente en la representación iconográfica, y debió involucrar otros aspectos culturales como una lengua común y una tradición religiosa compartida. Lo notable de esta identidad cultural es que no solamente se extendió a lo largo de cientos de kilómetros de la Costa Norte, integrando las poblaciones de sus respectivos valles oasis, sino que también tuvo una extraordinaria vitalidad, manteniéndose vigente durante una larga época que comprende varios siglos de duración.

Más adelante examinaremos el comportamiento de esta perspectiva de diferenciación regional, tanto en el ámbito de la arquitectura monumental como en el de los patrones de asentamiento documentados. Igualmente, examinaremos este aspecto con relación a la forma en que se manifiestan los procesos de abandono o transformación de los asentamientos urbanos moche, lo que se verifica durante la crisis que afectó su fase tardía, y que aparentemente se vio agudizada por las presiones externas que se manifestarían durante el Horizonte Medio a raíz del desencadenamiento del fenómeno Wari.

La cultura Gallinazo y su modelo de asentamiento en el valle de Virú

Esta cultura, conocida también como Virú, se desarrolló en la Costa Norte luego de Salinar y antecede el posterior desarrollo de la cultura Moche. Sin embargo, es importante aclarar que el estilo cerámico asociado a Gallinazo aparentemente sobrevivió como parte de la vajilla utilitaria durante mucho más tiempo y por lo tanto no es extraño que se le encuentre coexistiendo en sitios con ocupación Moche, tanto en los valles de Trujillo como en aquellos de Lambayeque.

Sin embargo, parece que fue en el valle de Virú, inmediatamente al sur de Trujillo, donde la cultura Gallinazo alcanzó su mayor desarrollo. Efectivamente, en la parte baja de este valle se encuentra un extenso complejo de plataformas y montículos piramidales de adobe conocido como Grupo Gallinazo, que aparentemente constituía una suerte de “capital” de esta sociedad en el valle y donde Bennett desarrolló excavaciones en los años 30 y luego en los 40 (Bennett 1950). Adicionalmente se reporta información de otros tipos de sitios presentes en el valle, como son: complejos ceremoniales con edificaciones piramidales; estructuras fortificadas conocidas como “castillos”; otras del tipo “palacio”; además de grandes casas aisladas; aldeas y asentamientos habitacionales; además de cementerios (Willey 1953).

Fig. 176 . Ocupación Gallinazo en el valle de Virú (redibujado de Willey 1953 en Canziani 1989)

Este conjunto de tipos de sitios, su ubicación y articulación espacial, permitieron a Willey (ibid: 378-382, fig. 84) plantear una serie de sugerentes hipótesis acerca de las singulares características del patrón de asentamiento de Gallinazo Tardío en el Valle de Virú. A diferencia de lo que aconteció durante el precedente período Puerto Moorin o Formativo Superior, donde se dio una marcada concentración en la parte media alta del valle, la ocupación Gallinazo, manifiesta más bien una baja ocupación de este sector y un importante desplazamiento hacia el valle bajo y medio. En el valle bajo el Grupo Gallinazo además de tener un rol protagónico como posible sede de una autoridad central, debió de incorporar bajo su órbita otros asentamientos de la margen norte del valle bajo. En la margen sur del valle bajo, como en el valle medio, otros centros de menor rango pudieron cumplir una función similar con relación a la población asentada en estos sectores. Mientras tanto, en el sector del cuello del valle, esta función pudo ser cubierta por cuatro “castillos” fortificados y un complejo ceremonial localizado en una posición central, los que además garantizaban el control estratégico de una zona clave para el manejo del sistema de irrigación del valle (Canziani 1989).

El Grupo Gallinazo

El Grupo Gallinazo se encuentra en la parte norte del valle bajo de Virú, en una zona que debió ser marginal al área bajo cultivo en ese entonces, por su baja calidad de suelos debido a su relativa proximidad a la franja del litoral marino. Presenta una notable extensión, que alcanza por lo menos 2 km. a lo largo de su eje principal orientado de norte a sur, si consideramos el área de mayor concentración, pero que si comprende otros montículos más dispersos, llegaría a alcanzar una extensión de hasta 4 km. [50] El Grupo Gallinazo está conformado por unos 30 montículos, aparente-

Fig. 177 . Plano general del Gru-

po Gallinazo (redibujado de

Bennett 1950 en Canziani 1989).

mente amorfos y de contornos indefinidos debido a la intensa erosión. Sin embargo, las excavaciones realizadas en ellos revelaron que estaban constituidos por plataformas con estructuras arquitectónicas y que, en algunos casos, sirvieron también de base para la erección de volúmenes piramidales. En otros casos se trataba de simples montículos producto de la acumulación de tierra y de deshechos de ocupación, lo que revelaría su aparente función habitacional, asociada a construcciones realizadas con materiales perecederos.

Como sostuvo Bennett (1950), al igual que Willey (1953), el Grupo Gallinazo no presenta evidencias aparentes de una planificación global. Sin embargo, un análisis somero permite apreciar que existió una evidente búsqueda de organización espacial, la que a partir de la reiterada orientación de las estructuras arquitectónicas se extiende a la disposición de los montículos y las plataformas, como también al nivel del ordenamiento general del complejo en dirección norte sur. Igualmente se perciben ciertos niveles de planificación sectorial, verificables en el planeamiento de las estructuras expuestas por las excavaciones, donde la apariencia amorfa y desordenada que presenta el sitio en superficie parece ser más bien el producto de la intensa erosión que ha sufrido. Finalmente, se puede inferir la existencia de una zonificación y jerarquización de las estructuras, con la presencia de plataformas que incorporan grandes volúmenes piramidales y otras que por sus acabados, decoración mural y características, parecen corresponder a edificios públicos de función especializada; mientras que otros montículos con plataformas compuestas por cuartos y otros recintos con evidencias domésticas, podrían ser asignados a una función residencial asociada a sectores de la población con un cierto status social; por último, generalmente en la periferia del sitio, otros montículos que presentan evidencias de ocupación y escasos restos arquitectónicos, podrían haber correspondido a zonas habitacionales resueltas con materiales perecederos y ocupadas por sectores sociales dependientes de la elite urbana o por trabajadores del campo asimilados al núcleo urbano del asentamiento (Canziani 1989: 118-120).

En cuanto a las estructuras arquitectónicas identificadas en los montículos, se aprecia que la organización espacial del complejo orientada de norte a sur es reiterada en estas, tanto en la propia orientación de las plataformas, como en el trazo de los muros de los recintos y corredores. Las estructuras excavadas revelaron patrones fuertemente concentrados, donde se advierte el dominio de un persistente patrón ortogonal, generado por los muros trazados siguiendo los ejes cardinales. Tal como se observa, por ejemplo, en el sector excavado del montículo V-155A, donde las estructuras mantienen un patrón constante en su orientación en las superposiciones arquitectónicas, que corresponden a las diferentes fases de ocupación del sitio, desde el Gallinazo Temprano al Tardío (Bennett 1950: fig. 11).

Estas superposiciones arquitectónicas, asociadas a las distintas fases de Gallinazo, también per-

Fig. 178 . Vista de la pirámide principal de la Huaca Gallinazo (V-59) desde el montículo V-157 ubicado al Este

(Canziani 1989).

Fig. 179 . Plano del sitio V-152 – 153 del Grupo Gallinazo (Willey 1953: fig. 141).

mitieron observar la evolución y los cambios que se aprecian en las técnicas y los materiales constructivos. Así en la fase I, se desarrolla una especie de “tapia”, elaborándose los muros con barro compactado. En la fase II, aparecen adobes moldeados a mano de distintas formas (esféricos, hemiesféricos, etc.). Posteriormente, en la fase III o Gallinazo tardío, aparecen los adobes paralelepípedos rectangulares, elaborados con moldes de caña, que dejan sus características improntas en las caras de los adobes; a los que siguen los de moldes llanos, hechos aparentemente con gaveras de madera. Es característico también de las construcciones masivas de Gallinazo, que los rellenos de adobe de los volúmenes de las pirámides, presenten la inserción horizontal de vigas rústicas de algarrobo, que debieron operar como una suerte de “amarres” de refuerzo estructural en los rellenos constructivos. Esta técnica peculiar se observó también en la principal construcción piramidal del sitio, denominada Huaca Gallinazo (V-59) que se emplaza sobre el montículo más extenso (400 x 200 m.), mientras que la pirámide en sí presenta una base de 70 x 65 m. elevándose unos 20 m. por encima del nivel del terreno.

Son de destacar en la arquitectura Gallinazo muchos ejemplos de decoración mural en bajo relieve, con motivos entrelazados que parecen representar serpientes o peces, pero también en sus principales edificios usualmente se encuentran cenefas y frisos obtenidos mediante una particular disposición de los adobes dejando espacios vacíos, logrando así bandas decorativas horizontales que repiten especiales formas geométricas. Estos muros estaban finamente enlucidos y pintados de amarillo, aunque se incluye de forma alterna también el negro, verde, rojo y blanco (ibid:38). Estos motivos decorativos están presentes mayormente en los muros de contención de plataformas y, tanto por su posición como orien-

Fig. 180. Plano y Corte de las estructuras excavadas en el sitio V-155 A del Grupo Gallinazo (Bennett 1950).

Fig. 181. A- Abobe del tipo “bola” modelado a mano correspondiente al Gallinazo Medio; B. Adobe elaborado con molde de caña, del

Gallinazo Tardío (Canziani).

tación, es posible que constituyeran el especial acabado de los frontis de los principales edificios públicos, que estuvieron asociados a las estructuras piramidales del Grupo Gallinazo (Canziani 1989: 116-117).

Si bien el Grupo Gallinazo, no ha merecido nuevas investigaciones que continuaran las iniciadas por Bennett entre las décadas de los 30 y 40, los datos recuperados en ese entonces permiten inferir que nos encontramos frente a un importante centro urbano, lo cual fue destacado tanto por el propio Bennett (1950) como por Willey (1953) en su célebre trabajo sobre los patrones de asentamiento prehispánicos en el valle de Virú. Si bien estos investigadores hicieron mayor énfasis sobre los aspectos cuantitativos, relacionados con la extensión del sitio y la estimación de los miles de cuartos contenidos en sus estructuras, con proyecciones sobre su posible población,[51] también destacaron la importancia de la arquitectura monumental de función pública aglutinada en torno a las edificaciones piramidales; además de advertir la presencia de estructuras semisubterráneas y cubículos posiblemente destinados a servir de depósitos; así como de la existencia de una clara diferenciación entre las estructuras residenciales, especialmente en la fase tardía de Gallinazo, lo que podría servir de indicador de que los pobladores de este centro urbano pertenecieran a clases sociales distintas (Bennett 1950: 117).

Las evidencias recuperadas señalarían que el notable desarrollo urbano registrado en el Grupo Gallinazo, habría estado aparejado con el logro de uno de los más altos niveles en la explotación

Fig. 182 . Frisos de decoración mural en relieve, expuestos en los sitios V-59 (a) y V-152 (b-f) del Grupo Gallinazo (Bennett 1950).

de los recursos agrícolas del valle de Virú. Esto habría sido posible gracias a la construcción del principal sistema de canales en ambas márgenes de éste, lo que permitió la irrigación de la mayor parte de los suelos del piso del valle y el desarrollo en ellos de una agricultura intensiva. Esto habría redundado en el crecimiento poblacional y en el notable incremento de los sitios habitacionales (Willey 1953: 393). La propia concentración poblacional residente en el Grupo Gallinazo, mayormente desligada de las labores del campo, sería impensable sin la existencia de una economía ampliamente excedentaria que permitiera el sustento de este complejo urbano.

Hemos ya visto como durante el Formativo se iniciaron este tipo de modificaciones territoriales, concentrándose en ese entonces el sistema de irrigación en el cuello del valle de Virú, mientras que en la parte media y baja se debieron desarrollar tan sólo pequeñas obras de canalización a partir de puntos aparentes en el cauce del río, o con el simple manejo de zonas húmedas mediante la agricultura de hoyas. Sin embargo, durante el período Gallinazo habría tenido lugar la culminación de una obra pública sumamente ambiciosa, la que interesó prácticamente toda la superficie del valle, requiriendo para ello del despliegue de una enorme energía en fuerza de trabajo y de un notable compromiso técnico. Según Willey (1953: 362-365), se habrían construido durante esta época dos canales principales que bordeaban ambas márgenes del valle, a partir de sendas bocatomas ubicadas en el cuello del valle. Al establecerse el trazo de estos canales se debió prever que inclusive comprendieran la irrigación de las tierras del valle bajo, manteniendo la pendiente adecuada de los canales y, al mismo tiempo, la mira en lograr la cota más alta para el límite superior de los terrenos bajo cultivo. Este notable logro de época Gallinazo no sería superado en la historia sucesiva del valle y solamente en tiempos recientes este límite ha sido ampliado, con la entrada en operación del Proyecto Chavimochic,[52] cuya realización ha significado la intervención de maquinaria pesada y todo el potencial de la tecnología moderna disponible en un megaproyecto de esa envergadura.

La clara preeminencia del Grupo Gallinazo, con relación a otros posibles complejos ceremoniales y centros urbanos secundarios presentes en el valle durante este período, estaría expresando la posible existencia de un sistema político centralizado y, al mismo tiempo nos sugiere su condición de “capital” de una estructura estatal Gallinazo. En un trabajo anterior, advertíamos que el Grupo Gallinazo presentaba determinados niveles de ordenamiento y planificación urbana; así como la existencia de una zonificación y jerarquización de las distintas estructuras presentes, desde aquellas de evidente carácter público hasta aquellas de función habitacional. De estos datos se puede inferir la presencia en el sitio de una población urbana dedicada a actividades especializadas, además de que la composición de esta habría correspondido a distintas clases sociales (Canziani 1989: 118-121). Esta hipótesis, que plantea la existencia de una entidad estatal y de su correlato urbanístico en el Grupo Gallinazo, se vería reforzada si ampliamos el análisis a las implicancias de las importantes obras públicas desarrolladas en el territorio del valle –como es principalmente el sistema de irrigación desplegado- y más si examinamos esta problemática en el contexto del patrón de asentamiento establecido en el valle, y que comprende otro tipo de sitios, como son los “castillos”, “palacios”, casas aisladas, aldeas, sitios habitacionales y cementerios. Asentamientos que, en su conjunto, revelan un marcado ordenamiento jerárquico y una definida organización del espacio territorial y de la población residente en él.

Los “Castillos” fortificados

En el cuello que cierra la parte media del valle, los gallinazo construyeron unas edificaciones monumentales de características especiales, las que se encuentran dispuestas estratégicamente y en posiciones naturalmente defendidas. Se trata de grandes construcciones que dominan el paisaje, al estar emplazadas sobre promontorios rocosos o sobre los cerros que bordean las márgenes de las tierras de cultivo del valle. Este tipo de edificaciones, conocidas popularmente como “castillos” —por su destacado volumen y presencia prominente— contaban además con murallas y otras obras defensivas. Estos rasgos específicos, la posición dominante de sus emplazamientos y su ubicación estratégica, permiten inferir que posiblemente tenían como función central controlar y defender el sector neurálgico del valle donde se localizaban las bocatomas de los canales principales, es decir, de un sector que desempeñaba un papel clave para el manejo del sistema de irrigación y, por ende, de vital importancia para la administración de la producción agrícola del valle.

Willey (op.cit.) reporta la presencia de 4 de estas edificaciones: los “castillos” de Tomaval (V51) y San Juan (V-16) en la margen derecha o Norte del Valle; además de los de Napo (V-68) y de Sarraque (V-73-74) en la margen sur. De estos los más representativos son los de Tomaval y Sarraque, si bien cada uno presenta singulares diferencias en su emplazamiento y características arquitectónicas, que a continuación reseñamos.

En la construcción de estos monumentos se ha empleado una técnica similar a la que está presente en los montículos piramidales gallinazo, es decir mediante volúmenes masivos de adobe, cuyas plataformas incorporan vigas de algarrobo a manera de amarres estructurales. Sin embargo, una característica particular de estas edificaciones, es la de presentar en la construcción de sus plataformas de base grandes muros de contención hechos de piedra con mortero de barro. Sobre el fundamento de estas plataformas con muros de contención de piedra, se construyeron las plataformas que culminaban en los recintos y demás estructuras de adobe edificados en la parte superior. No es tampoco ajena a estas edificaciones la tradicional práctica de las superposiciones arquitectónicas, apreciándose en muchos cortes de sus ruinas el adosamiento de sucesivas secciones constructivas, sobre anteriores muros de contención o plataformas enlucidas y pintadas de amarillo ocre, lo que revela que en algún momento de su historia estas superficies fueron tratadas como parte de sus fachadas, para luego quedar cubiertas por las posteriores remodelaciones.

En todos los casos, también se advierte que se ha aprovechado al máximo la topografía de la cima de los cerros o promontorios rocosos que fueron seleccionados para su emplazamiento. Estos relieves naturales fueron hábilmente incorporados al volumen de las edificaciones, reduciendo significativamente la inversión constructiva y, al mismo tiempo, logrando potenciar la impresión de magnífica solidez y grandeza que proyectan sus siluetas en el paisaje circundante.

Tanto en el “castillo” de Tomaval como en el de Sarraque, es de destacar el notable esfuerzo desplegado en estas edificaciones, no solamente por la enorme cantidad de adobes y de otros materiales empleados en su construcción; si no también por la inversión adicional de trabajo que significó el desplazamiento de estos materiales hasta las cimas en que tenían lugar las obras, al igual que la intrepidez demostrada por sus constructores en enfrentar el desafío planteado al erigir estas colosales edificaciones en esas accidentadas y vertiginosas elevaciones naturales. Posiblemente el más espectacular en este sentido es el “castillo” de Sarraque, ya que está construido sobre la cumbre

Fig. 183 . Castillo de Tomaval. Vista desde el oeste (Canziani).

Fig. 184. Castillo de Sarraque. Vista desde el valle del flanco oeste de las edificaciones del “Castillo” emplazadas sobre la cresta del cerro. En primer plano, se aprecia un muro de fortificación de adobe que bloquea un acceso natural al sitio (Canziani).

del espolón del cerro del mismo nombre, que se eleva más de 100 metros por encima del piso del valle. Ingeniosamente se construyeron sus volúmenes arquitectónicos siguiendo la alargada cresta de la cumbre, de modo que el edificio multiplicaba el impacto visual ofrecido por sus dos frentes, expuestos sólo a la vista transversal tanto desde el valle medio al suroeste, como desde la quebrada de Huacapongo y el valle medio alto al noreste. Es de destacar que estas edificaciones muestran aún vestigios de pintura de color amarillo ocre, como acabado final de sus muros enlucidos, lo que debió magnificar aun más el destacado acento visual de sus volúmenes, mediante el manejo del contraste cromático del color encendido frente a los grises y sepias de los cerros del paisaje de fondo.

Fig. 185 . Castillo de Sarraque. Vista de la margen sur del valle desde lo alto del sitio. Nótese el muro de contención de piedra construido en el escarpado como basamento de las edificaciones del “Castillo” (Canziani).

Es de notar que estos edificios si bien tenían preeminencia y un lugar destacado en el paisaje no estaban del todo aislados, ya que en sus alrededores y a una cierta distancia de su entorno inmediato, se han hallado evidencias de canales de riego y de estructuras aparentemente habitacionales, posiblemente construidas con materiales perecederos y dispuestas sobre terrazas en las laderas de los cerros que rodean los sitios. En otro caso, se encuentra en la inmediata proximidad del “castillo de San Juan (V-16) una aldea de tipo “irregular” (V-63). Estas áreas habitacionales estuvieron protegidas por murallas perimetrales, además de las que estaban directamente asociadas a las fortificaciones de los “castillos”. En el caso del “castillo” de Sarraque, además de estas áreas habitacionales, tiene especial relevancia la presencia del llamado “Palacio” de Sarraque (V-75), un importante edificio conformado por plataformas escalonadas de adobe masivo, sobre las que existen restos de una serie de recintos y que se localiza en la base de la ladera del cerro, conectándose con el “castillo” por medio de una cresta que desciende desde la cumbre donde este se encuentra. De esta manera, el sitio de Sarraque presenta en su conjunto una manifiesta diferenciación funcional: posibles áreas habitacionales o de producción en las laderas; una estructura de posible función administrativa o residencial de elite, cual es el “palacio”, asociado además al canal principal sur que corre al pie del sitio; y una estructura fortificada como es el “castillo”, dominando desde lo alto todo el asentamiento, cumpliendo una función militar que podría haber estado también asociada a otras de carácter ceremonial (Willey 1953: 111; Canziani 1989: 126).

A su vez, Willey (1953: 136-139) describe el sitio V-77, ubicado a campo abierto, como un gran complejo conformado por plataformas con montículos y recintos de aparente función ceremonial y administrativa, el cual estaba dominado por una pirámide y que, por encontrarse al centro del área delimitada por estos 4 “castillos”, bien pudo jugar el papel de sitio central, nucleando tanto a los complejos dominados por los “castillos” como al “palacio” y otros sitios habitacionales que se ubicaron en este sector del valle (ibid: 381-382).

Es importante señalar que en el caso de un sitio tradicionalmente considerado como la posible “capital” provincial moche en el valle de Virú (Willey 1953) -nos referimos al complejo de Huancaco (V-88-89)- los resultados de las recientes investigaciones arqueológicas conducidas por Bourget (2003), están cuestionando esta caracterización. Ya que las nuevas evidencias señalarían que el núcleo central de este complejo, y especialmente el sector sur denominado V-89, aparentemente siguió operando como un “palacio” gallinazo, aún cuando la presencia moche en el valle es innegable. Sobre esta interesante problemática trataremos más adelante, cuando abordemos la ocupación moche en el valle de Virú.

Las aldeas y otros sitios habitacionales

Entres los sitios habitacionales gallinazo, las aldeas conocen un incremento de tamaño con relación a las de los períodos precedentes. Además en estas se afirma como dominante un patrón aglutinado, generado por la tendencia a la concentración de sus estructuras, las que también se caracterizan por un ordenamiento más regular. Esta regularidad puede estar referida a la existencia de ciertos niveles de planificación que se pueden deducir a partir de la distribución ordenada de los cuartos con relación a un patio o a un recinto de mayores dimensiones, así como por cierto predominio de la ortogonalidad en su trazo. Este patrón aldeano se puede apreciar claramente en las márgenes del valle, en quebradas laterales como en terrenos que se encontraban por encima de los campos de cultivo; mientras que en el valle bajo este tipo de asentamientos mayormente se localizaban en el piso del valle, formando montículos en los cuales es difícil apreciar claramente el ordenamiento de las posibles estructuras habitacionales.

Los sitios habitacionales registrados en el valle medio, presentan cimientos de piedra y sus muros pudieron realizarse tanto con adobes como con quincha. A partir de los cimientos que definen las unidades domésticas, Willey (1953: 106-131) señala que estos sitios presentan de 30 a 100 cuartos, lo que revelaría también un incremento de la población que las aldeas albergaban en ese entonces.

Como parte de los asentamientos rurales se identificaron también en la parte media alta del valle algunas grandes casas aisladas (ibid: 112113). Estas están compuestas por uno o dos cuartos principales a los que se les adosan otros cuartos más pequeños o depósitos. Sobre la base de sus similitudes con los modelos de casas de elite representadas profusamente en la cerámica Gallinazo, se presume que este tipo de construcciones estuvieron destinadas a albergar a personajes principales o a funcionarios, dedicados ya sea a la supervisión de las labores agrícolas como a la administración del sistema de irrigación.

Otros escasos ejemplos, podrían corresponder a pequeños complejos e instalaciones posiblemente relacionadas con el desarrollo de actividades administrativas en el ámbito rural. Este es el caso del sitio V-39 que fue registrado por Willey (ibid: 116, fig. 22) como la única aldea “regular”, pero que a nuestro juicio -por su ordenamiento compacto y los rasgos de sus recintos, que en gran parte parecen corresponder a depósitos- más bien presenta características propias de un pequeño complejo rural (Canziani 1989: 128). Otros casos similares, que podrían estar reflejando la presencia de la administración estatal en el medio rural, como son V-18 y V-219, corresponden a complejos de planta rectangular cercados por muros perimétricos y que presentan en su interior terrazas, subdivisiones y diversos recintos (ibid: 114-116).

Fig. 186 . Mapa de la Costa Norte con las zonas norteña y sureña de la cultura Moche, con la localización de los principales sitios (redibujado de Canziani 1989).

En la arqueología del valle de Virú, se ha sostenido que el desarrollo de la cultura Gallinazo se interrumpiría bruscamente con la presencia Moche en el valle. De acuerdo a esta lectura el aparente reemplazo de la cerámica local por otra con los atributos propios de la cultura Moche, estaría señalando tanto el final de Gallinazo como el inicio de la dominación Moche, que en el valle se conoce como el período Huancaco (Willey 1953: 397). Entre las modificaciones más saltantes que se producirían al inicio de esta etapa, destacaría el abandono del antiguo gran centro urbano teocrático del Grupo Gallinazo, donde no se registran evidencias de una posterior reocupación, ni remodelaciones que pudieran estar asociadas con este nuevo período. De esta manera, el abandono del Grupo Gallinazo podría estar reflejando el colapso de la organización del Estado Gallinazo, así como la desarticulación o sometimiento de la clase dominante local bajo la administración provincial que los moche habrían ejercido en este valle, al igual que en otros valles ubicados aún más al sur. Pero estos son temas cuya discusión abordaremos al examinar la expansión sureña de Moche y las modificaciones en los patrones de asentamiento que se verifican en estos valles.

Moche

Los antecedentes relativos al surgimiento de la sociedad Moche en el valle del mismo nombre se remontan a la época Gallinazo sin embargo, en este caso como en el Chicama, lamentablemente no se cuenta aún con un análisis detallado de la evolución de los patrones de asentamiento como el que documentara Willey (1953) para el valle de Virú. En todo caso, algunos trabajos que abordan esta problemática nos proporcionan ciertos datos preliminares que pueden ser útiles al respecto (Billman 1999, 2002).

De acuerdo a esta información, en el valle de Moche, luego de la finalización del Formativo Superior correspondiente a Salinar, se inicia el período de ocupación Gallinazo, para el cual se registraría el abandono de ciertas zonas del valle, presentándose la concentración de los sitios entre el valle medio bajo, el cuello del mismo y la confluencia de los ríos Moche y Sinsicap. Podría suponerse que durante Gallinazo se dio la presencia de una entidad política unificadora con sede en el sitio de Cerro Oreja, si bien otra entidad menor pudo tener sede en el sitio de Pampa de Santa Cruz en el litoral de Huanchaco.

Se supone que durante esta época no se daría una expansión sustancial del área agrícola del valle, si bien si se apreciaría una cierta recuperación de la inversión destinada a la construcción de arquitectura monumental, mayormente concentrada en el sitio de Cerro Oreja. Sin embargo, la naturaleza de esta arquitectura sería relativamente similar a la del período anterior, en cuanto parece haber estado estrechamente ligada al manejo de la elite, pero sin un mayor despliegue formal orientado a la comunicación y convocatoria de la población.

Una explicación a esta configuración, en cuanto se refiere a la distribución de los sitios y a la ocupación del espacio en el valle, podría encontrar respuesta en la presencia de conflictos, generados por la posible incursión en el valle de comunidades provenientes de los valles vecinos o desde la serranía. Los argumentos de sustento de esta explicación se basarían en el aparente abandono de amplias áreas del valle; la concentración y ubicación de los sitios en áreas naturalmente protegidas; y el renovado énfasis en la construcción de fortificaciones y de defensas en muchos de los sitios (Billman 1999: 150-153). Para este mismo período se señala una fuerte interacción de muchos sitios con comunidades de la serranía, a partir de una consistente presencia de cerámica de esta proveniencia en la mayoría de asentamientos localizados en el valle medio alto, lo que podría también ser explicado por la presencia directa —vía la colonización o mediante la ocupación forzada— de poblaciones de la serranía en estos sectores del valle de Moche. Esta situación se prolongaría hasta el Gallinazo Tardío y el contemporáneo surgimiento del Moche temprano (Billman et al. 1999).

Mientras que posteriormente, a partir de las fases tempranas de Moche, el desarrollo de una entidad política unificada con renovado poder, le habría permitido consolidar su dominio sobre el valle medio, para luego hacerlo extensivo a todo el territorio de este. En este proceso la nueva sede del poder se habría constituido en el sitio de las Huacas del Sol y la Luna, donde se encuentran evidencias de la preexistencia de un asentamiento gallinazo de características poco definidas, ya que fue desdibujado por la posterior ocupación moche del sitio.

A partir de este momento histórico, la población del valle bajo el liderazgo del naciente Estado moche desplegará el desarrollo de una serie de importantes obras públicas, fundamentalmente aquellas comprometidas con la construcción y manejo de los canales principales, permitiéndole extender el desarrollo de la agricultura de riego en la mayor parte de su superficie. Esta transformación crucial le permitirá al Estado disponer de una generosa fuente de excedentes productivos y desarrollar otras obras públicas fundamentales para la administración y el sustento del poder, cual es el caso de la grandiosa arquitectura monumental presente en sus principales centros urbanos.

Moche se constituye así en uno de los Estados con el más alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de su tiempo en los Andes Centrales, con una economía, que combina exitosamente la producción agraria y la intensificación de la producción de manufacturas, lo que se traduce en una acentuada división social del trabajo y marcados niveles de especialización productiva. Esta sólida base económica, a la que habría que añadir la pesca y otras actividades productivas complementarias, da lugar al desarrollo de una estructura social compleja y altamente jerarquizada.

Pero este formidable poder económico del Estado es indesligable de la estructuración de un sistema ideológico altamente persuasivo, cuyo poder se manifiesta y transmite a traves de la arquitectura monumental y del arte de sus sofisticadas manufacturas, se exalta reiteradamente en sus rituales y ceremonias. Un poder ideológico que debió ser capaz de convocar a la población a la realización de grandiosas obras públicas, como a participar de hazañas guerreras. Este poder manifiesta su estremecedora fuerza en la encarnación de sus divinidades míticas por parte de los miembros de la elite —que de este modo fueron sacralizados en la vida y en la muerte— al igual que en la disposición de vidas humanas para su sacrificio en el clímax de ciertos rituales, o para servir de acompañantes en las tumbas de elite a la muerte de sus señores.

No es tampoco ajeno a las esferas del poder del Estado moche, el arte de la guerra y el ejercicio bélico de la fuerza, ya que está ampliamente documentada la presencia de guerreros y su posible adscripción a la nobleza que conducía los destinos del Estado teocrático. La presencia de un aparato militar en el seno del Estado, no sólo habría servido de soporte para consolidar su poder en el valle sino que, en su momento, también habría adquirido un rol de especial importancia durante su posterior expansión hacia los territorios de los valles que se encuentran en la región al sur de Moche.[53]

Esta nueva realidad, generada por la afirmación de la formación social Moche, se reflejaría en el plano territorial con un patrón de asentamiento que presenta una amplia distribución de los sitios en toda la extensión del valle. De otro lado, se percibe una marcada organización jerarquizada de los asentamientos, entre los que sobresale ampliamente el centro principal correspondiente a la ciudad Moche de las Huacas del Sol y la Luna.

La ciudad Moche de las Huacas del Sol y la Luna

El Cerro Blanco representa un destacado hito natural entre el valle bajo y medio de Moche, su volumen piramidal de granito se eleva resplandeciente unos 500 m. por encima del nivel de valle, mientras la superficie de sus faldas es surcada dramáticamente por negros afloramientos tectónicos de magma volcánico. Estas singulares características naturales y paisajísticas y su incuestionable localización estratégica, dominando con su mole la margen Sur del valle de Moche, debieron de atraer de siempre la atención de sus moradores ancestrales y ser un lugar llamado a convertirse en sede privilegiada de sucesivas ocupaciones. Efectivamente, en la parte media de su empinada ladera orientada al Oeste, se hallaron evidencias de una especial y temprana ocupación Salinar, correspondiente al Formativo superior (Bourget 1997b), mientras que en la planicie que luego ocupó el Complejo de las Huacas del Sol y la Luna, se encontraron diversas evidencias correspondientes a una ocupación Gallinazo, que fueron cubiertas por las construcciones de la larga ocupación Moche del sitio (Moseley 1992).

Fig. 187 . Mapa del valle de

Moche con la ubicación de la

ciudad Moche de las Huacas

del Sol y la Luna y otros sitios

Moche (Canziani).

Es evidente que esta singular aura del Cerro Blanco no fue ajena a los Moche y es sugerente suponer que en la selección de la localización del sitio principal de esta cultura, este hito natural debió asumir el rol de cerro tutelar o Apu, en un marco propio de las tradiciones correspondientes a la cosmovisión andina.[54] Esto lo identifica en sí mismo como un centro de actividad cere-

Fig. 188. Plano general de la ciudad de Moche (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

monial y objeto de rituales propiciatorios asociados con sacrificios, incluyendo los humanos. A este propósito, es de destacar que en el complejo de la Huaca de la Luna, la construcción de la Plataforma II incorporó de una forma muy especial en su patio central un afloramiento de roca natural, que semeja una pequeña replica del Cerro Blanco. La sacralización de este elemento natural, especialmente adscrito a la arquitectura ceremonial del complejo, es refrendado por los multiples hallazgos correspondientes a diversos eventos de sacrificios humanos llevados a cabo en sus inmediatos alrededores (Bourget 1997a, 1998; Bourget y Millaire 2000; Verano 1998).

El complejo arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna —cuyos notables volúmenes dominan hasta el día de hoy el paisaje del valle— se emplaza al pie del Cerro Blanco a unos 6 km del litoral, en la margen izquierda del valle y en una ubicación de transición entre el valle bajo y el valle medio, lo que también refleja la proyección estratégica del sitio con relación a los sectores del valle que concentran la mayor extensión de tierras agrícolas.

Para los viandantes que en época Moche se aproximaran a este notable centro urbano, capital de una de las más poderosas organizaciones estatales regionales, el impacto visual de las construcciones piramidales debió ser aún mucho mayor que el actual, ya que estas edificaciones estuvieron pintadas con colores llamativos como el rojo y el amarillo ocre. Sin embargo, quizás la mayor impresión debió darse al ingresar a esta ciudad de poco más de 100 ha.10 que se asentaba sobre una extensa explanada y tener la visión de la aglomeración de los edificios públicos, los palacios y viviendas de la elite, los talleres destinados a la producción de distintas manufacturas, las instalaciones de almacenamiento, además de los barrios donde se ubicaban las viviendas de los artesanos, los siervos y el conjunto de pobladores urbanos supeditados a las diferentes actividades que tenían lugar en la ciudad o que se congregaban en esta bajo el mandato de los principales dignatarios de la elite urbana. Por encima de esta densa trama de estructuras, ordenada por el trazo de calles y angostos pasajes, y a ambos extremos de la ciudad se erguían, con sus siluetas omnipresentes, las dos enormes edificaciones construidas íntegramente con adobes, al Oeste la mole colosal de la Huaca del Sol en proximidad del río Moche, y al Este la Huaca de la Luna al pie del Cerro Blanco, expresando una forma de ordenamiento dual del espacio urbano, en el que se asociada las dos principales edificaciones de la ciudad a estos dos trascendentes hitos geográficos.

La Huaca del Sol

Fig. 189. Vista aérea oblicua

desde el sur de la Huaca del

Sol (Bridges 1991).

º0 Esta estimación comprende, tanto la extensión actual del sitio con evidentes vestigios arqueológicos de la época, como también el área destruida de la Huaca del Sol y aquellas aledañas que presumiblemente debieron encontrarse frente al flanco Oeste de este monumento, y que desaparecieron con el desvío intencional del río durante la época colonial, con el propósito de saquear los tesoros que se supone contenía la Huaca.

La edificación piramidal de la Huaca del Sol habría tenido originalmente por lo menos unos 345 m de largo en su eje Norte –Sur y unos 160 m de ancho, con una altura que habría superado los 35 m en la cúspide de la pirámide al sur del conjunto. El monumento lamentablemente se encuentra reducido probablemente a un tercio de su volumen original, ya que durante la época colonial —a inicios del siglo XVII— se desvío el cauce del río Moche con el propósito de saquear la Huaca. Si bien esta acción destruyó todo el sector noroeste, felizmente se conservaron los frentes de los flancos Sur y Este del monumento, lo que permite reconstruir hipotéticamente su forma original. Se puede suponer así que esta grandiosa edificación estuvo conformada por una larga plataforma rectangular, en cuya sección central se desarrollaba la intersección de una plataforma transversal, que daría lugar —asumiendo que el planteamiento fuera simétrico— a una planta en forma de cruz de brazos cortos. En cuanto a su volumetría, presenta su menor altura en la sección norteña y —si se siguieron los cánones usuales de la tradición arquitectónica Moche— posiblemente al extremo de esta plataforma baja y adosada a la misma, se debió disponer de una rampa de acceso, cuyo trazo quizás estuvo inscrito en el marco de una plaza proyectada hacia el norte, tal como recurrentemente se aprecia en algunos de los principales monumentos moche. La sección media, conformada por la plataforma transversal, y aparentemente también la estrecha sección del extremo Sur del monumento, tuvieron una altura algo mayor e intermedia; mientras que al Sur de la sección transversal se erigió una imponente mole piramidal, en cuya plataforma superior debieron ubicarse los espacios arquitectónicos principales del edificio y de los cuales lamentablemente se ha perdido todo rastro.[55]

Los flancos Sur y Este de las plataformas que constituían el volumen de la edificación piramidal, muestran claras evidencias de un tratamiento escalonado en su acabado final. Es decir el escalonamiento no es resultante de un proceso constructivo, sino más bien el acabado intencional de las plataformas, para lo cual el tratamiento escalonado fue elaborado a posteriori, a modo de revestimiento del talud de estos volúmenes, tal como se aprecia claramente en aquellas zonas del edificio que han sufrido su desprendimiento por efecto de la erosión. Aparentemente el volumen de las plataformas escalonadas de la Huaca del Sol se encontraba pintado con rojo y amarillo ocre. Sin embargo, es importante destacar que Uhle en sus investigaciones pioneras reportó en este monumento algunos fragmentos de relieves policromos, los que permiten suponer que ciertos espacios arquitec-

Fig. 190. Plano de la Huaca del Sol, con reconstrucción hipotética del sector destruido por el saqueo colonial a inicios del siglo XVII (redibujado de Moseley 1973 en Canziani 1989).

Fig. 191. Reconstrucción hipotética de la volumetría de la Huaca del Sol (Canziani 1989).

tónicos ubicados sobre las plataformas de la pirámide hubieran tenido este especial tratamiento, manifestando el alto nivel de las funciones que estos desempeñaron (Morales 2000: 235, 245).

Fig. 192. Huaca del Sol. Vista del acabado escalonado en la esquina sur este de la pirámide (Canziani).

El gran corte generado por la erosión del río en el flanco Oeste del monumento, al dejar expuesto el núcleo interior del montículo, permite examinar sus características constructivas, como también observar la presencia de una serie de superposiciones arquitectónicas, que revelan la existencia de una secuencia de distintas fases en la historia de su edificación. En el corte inicialmente estudiado por Chauchat en la sección norteña de la Huaca del Sol y en una reciente ampliación del mismo, se ha podido observar que esta área en épocas tempranas estaba ocupada por estructuras habitacionales posiblemente de quincha, lo cual demuestra que la Huaca del Sol tenía entonces una extensión bastante menor en su eje mayor.[56] Posteriormente, en esta misma área se sobreponen estructuras con gruesos muros de adobe enlucidos y en algunos casos dotados de banquetas, por lo que se sugiere que podrían haber correspondido a viviendas de elite, aunque pensamos que no es de descartar que pudieran constituir edificios públicos menores ubicados en un área de importancia por su proximidad a la sección que entonces correspondía a la zona de acceso a la Huaca del Sol. Finalmente a todas estas estructuras se superponen rellenos masivos con bloques de adobes tramados de gran altura, por lo queda establecido que recién en ese

Fig. 193. Bloques constructivos de adobes tramados en el corte al suroeste de la Huaca del Sol (Canziani).

momento esta sección norteña fue incorporada tardíamente a la edificación de la Huaca del Sol, representando una notable expansión del área de la planta y volumen de la edificación. Este evento constructivo posiblemente fue parte de otras importantes intervenciones tardías, como las que se registran en la sección sur de la Huaca, y que en conjunto definieron la forma que hoy en día parcialmente conocemos (Herrera y Chauchat 2003).

En cuanto a las características constructivas de la Huaca del Sol, se aprecia que el volumen de la pirámide ha sido construido íntegramente con adobes paralelepípedos elaborados con moldes llanos, posiblemente gaveras de madera labrada. Se estima que en la construcción de este gigantesco montículo se emplearon algo más de 100 millones de adobes. Pero, para tener una mejor idea de la enorme inversión de trabajo comprometida en esta edificación, también es importante notar que los adobes que conforman los rellenos constructivos están dispuestos en un aparejo trabado, en cuya ejecución se aplicó abundante mortero de barro. A su vez, los rellenos constructivos están estructurados formando bloques verticales, adosados unos a otros.

El examen de estos distintos bloques o secciones constructivas de los rellenos, llevó a los investigadores a observar la existencia de distintas marcas en los adobes, identificándose cerca de cien marcas que fueron aplicadas en una de las caras de estos. Lo notable del caso, es que se advirtió que estas distintas marcas, correspondían exclusivamente a los diferentes bloques examinados, observándose además que todos los adobes que

Fig. 194. Adobes marcados en un bloque constructivo de la Huaca del Sol (Canziani).

constituían cada una de estas secciones presentaban una similar composición de los suelos empleados en su elaboración. La existencia de secciones constructivas que tenían la misma marca en sus adobes y el mismo tipo de suelo en su fabricación, ha llevado a plantear sugerentes hipótesis acerca de la posible organización laboral presente entre los constructores del monumento Moche. Estas supondrían la presencia de diferentes grupos de trabajadores —posiblemente afiliados a distintas comunidades del valle o aun de otros valles tributarios— que elaboraron adobes en varias canteras próximas a la obra en edificación, para luego emplearlos en la construcción de diferentes secciones (Hasting y Moseley 1975; Moseley 1978, 1992).

Este tipo de análisis, demuestra que el estudio arqueológico de la arquitectura puede, más allá de las observaciones estrictamente constructivas, aportar valiosos enfoques para aproximarnos a la

organización social de la producción; a la probable existencia de formas de tributación en fuerza de trabajo para la erección de estas emblemáticas obras públicas e, inclusive, imaginarnos el estado anímico de estos grupos de trabajadores, al asumir que participaban de la privilegiada labor de edificar uno de sus más trascendentes monumentos ceremoniales.

Con referencia a las fases arquitectónicas presentes en la Huaca del Sol, en el gran corte del flanco Oeste del montículo se puede observar claramente una secuencia de superposiciones constructivas correspondientes a las distintas fases de funcionamiento del edificio. En este sentido, se aprecian restos de pisos de plataformas y muros que corresponden a restos de ambientes arquitectónicos, muchas veces asociados a gruesos depósitos de deshechos de ocupación, los que fueron recurrentemente cubiertos con rellenos constructivos. Es preciso señalar aquí dos características importantes observadas en las superposiciones de la Huaca del Sol. En primer lugar, como se ha mencionado y a diferencia de lo registrado en la Huaca de la Luna, se observa la presencia intercalada de gruesas capas de restos de basura y deshechos alimenticios, lo que ha planteado la suposición de que en este monumento, como parte de sus funciones, posiblemente tenían lugar actividades con una amplia participación pública y que habrían incluido festines o banquetes, en el marco de ceremonias propiciadas por las clases dirigentes, para afianzar su poder y reforzar la vigencia de los vínculos de dependencia y reciprocidad con las autoridades provinciales o locales.[57]

Fig. 195. Adobes de la Huaca del Sol fuera de contexto, mostrando la aplicación de marcas (Canziani).

En segundo lugar, se puede observar que en los estratos inferiores de la Huaca del Sol la secuencia de superposiciones es bastante densa y constante, mientras que en la parte superior —que corresponde prácticamente a la mitad de la altura de la pirámide— se aprecia un voluminoso relleno que corresponde a un solo gran evento constructivo. Estos datos revelarían que la edificación durante sus épocas tempranas habría tenido una altura relativamente discreta y posiblemente menor que la Huaca de la Luna; mientras que —aparentemente durante la fase Moche IV— se habría dado curso, compulsivamente, a la extraordinaria elevación del monumento, duplicando o triplicando su altura original mediante la erección de enormes rellenos constructivos, hasta alcanzar la notable elevación y volumen que hasta el día de hoy parcialmente conserva.

La Huaca de la Luna

Este complejo monumental se asienta en la ladera que se encuentra al pie del Cerro Blanco. El conjunto tiene una extensión de más de 6 Ha con 300 m de Norte a Sur y 220 m de Este a Oeste y está dominado por la voluminosa Plataforma Principal que se ubica al suroeste del sitio (Uceda et al. 1994). Esta Plataforma Principal (o Plataforma

I), tiene una planta cuadrangular de unos 100 m de lado y más de 25 m de altura. con relación a la planicie, y posiblemente alcanzó una altura de hasta unos 32 m considerando la elevación de las estructuras del último edificio (A), del cual actualmente tan sólo se conservan algunas bases de sus muros (Uceda et al. 1994, Uceda y Canziani 1998).

Tanto la Plataforma Principal de la Huaca de la Luna como las diferentes estructuras del conjunto, al igual que la Huaca del Sol, están construidas mayormente con adobes paralelepípedos hechos con moldes llanos. Sin embargo, es preciso destacar dos notables diferencias que señalan que en el caso de la Huaca de la Luna, los edificios de las épocas tempranas —como es el caso del Edificio D— tendrían en sus rellenos una proporción similar entre adobes con marca de caña y adobes con molde llano (Montoya 1998: 23); de otro lado, los adobes que presentan marcas constituyen un porcentaje menor, sino irrelevante con relación a la totalidad, lo que llevaría a suponer que el marcado de los adobes pudiera ser una tradición moche que se manifiesta algo tardíamente en esta región[58] y que, por lo tanto, no habría incidido mayormente en la Huaca de la Luna, aparentemente algo más temprana que la Huaca del Sol. De esto se puede concluir que la tradición de marcar los adobes sería algo tardía en el complejo

Fig. 196. Vista aérea oblicua desde el oeste de la Huaca de la Luna antes del inicio de las excavaciones arqueológicas (Bridges 1991).

Fig. 197. Huaca de la Luna: Vista desde el oeste del complejo al pie de las laderas del Cerro Blanco (Canziani 1989).

arqueológico de Moche, tal como se comprueba en la Plataforma Principal de la Huaca de la Luna, donde en el último edificio (A) se nota un incremento de la proporción de adobes marcados, si bien estos representan tan sólo un 15% de los que conformaron sus rellenos constructivos (Uceda et al. 1997: 12).

La Plaza Ceremonial y el Frontis Norte

Al Norte de la Plataforma Principal se ubica una larga y extensa Plaza Ceremonial que mide unos 175 m a lo largo de su eje norte-sur y unos 90 m de ancho. Está cercada por gruesos muros de adobe y presenta un acceso en su lado norte, el que permite el ingreso a la plaza mediante un corredor laberíntico (Uceda y Tufinio 2003: figs. 20.1, 20.2, 20.3). La sección norte de esta plaza registra un ancho menor por la presencia de recintos y plataformas que se desarrollaron en su esquina noreste. Estos recintos presentan rampas adosadas mediante las cuales se resolvía el ascenso hacia las plataformas que se desarrollaban en el lado este de la plaza, permitiendo la circulación y el acceso hacia las Plazas 2 y 3 y sus respectivas subdivisiones, como también a la rampa principal que permitía el ascenso hacia la Plataforma Principal (ibid: 20.3, 20.5, 20.8).

Las recientes excavaciones arqueológicas en la esquina sureste de la plaza han expuesto la presencia de una larga rampa flanqueada por parapetos. El desarrollo norte sur de esta rampa principal resolvía el ascenso desde la plaza hacia los niveles superiores de la pirámide. Es de desatacar que esta rampa no arrancaba desde el piso de la plaza, sino desde el nivel de la segunda terraza escalonada que se desarrollan en el flanco este de la plaza. Para culminar el ascenso a la Plataforma Principal, luego del primer tramo de la rampa y a partir del adosamiento de esta con la plataforma, se diseñó su continuación mediante el desarrollo transversal de un segundo tramo, construido sobre el mismo flanco norte de la plataforma, integrándolo de modo especial al tratamiento escalonado que este frente presentaba.[59]

Una vez culminado el ascenso mediante el desarrollo de las rampas, el ingreso a la Plataforma Principal se resolvía mediante un vano de acceso asociado a corredores, pequeñas rampas y escalinatas, que permitían internarse hacia los espacios arquitectónicos interiores de la misma, como son el Patio Ceremonial con relieves al sureste o hacia la Plataforma Superior al noreste (Tufinio 2000).

Fig. 198. Plano general de Huaca de la Luna (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Es evidente que el flanco norte de la Plataforma Principal corresponde al frontis principal de la edificación, tanto por su espectacular acabado con relieves y representaciones realizadas con pintura policroma (Morales 2003); como por ser la fachada del edificio asociada a la Plaza Ceremonial, que debió constituir el espacio de congregación y de acceso principal al complejo. De esta manera, el eje mayor de la plaza y su conexión espacial con la Plataforma Principal establecen claramente una direccionalidad —no solamente arquitectónica sino también cosmológica— cuya orientación se desarrollaba de Norte a Sur.[60]

Fig. 199. Reconstrucción de los escalones con relieves del Frontis Norte de Huaca de la Luna (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

El especial acabado del frontis norte de Huaca de la Luna, con sus escalones profusamente decorados con relieves, revela la notable relevancia ritual de la actividades que se desarrollaban en la Plaza Ceremonial; mientras que la organización de los motivos representados en los relieves de los distintos escalones, expresa el desarrollo de un complejo discurso iconográfico. El primer escalón representa el desfile de guerreros triunfantes conduciendo a los prisioneros; el segundo a los oferentes o danzantes; el tercero paneles con la imagen de la Araña decapitadora; el cuarto al dios conocido como el ‘mellizo marino’ con atributos de pescador; el quinto con el ‘ser lunar’; el sexto comprende la rampa adosada a la pirámide, decorada con el movimiento ondulante de una gigantesca serpiente, mientras su continuación presenta paneles con el rostro del dios Ai Apaec con extremidades de aves rapaces; finalmente, el séptimo escalón representa al “dios de las montañas” con apéndices que rematan en cabezas de cóndores.

Fig. 200. Detalle del Recinto Esquinero en la esquina sureste de la Plaza Ceremonial de Huaca de la Luna, que exhibe relieves policromos con motivos de alta significación simbólica (Canziani).

Los relieves del primer escalón con la escena de los prisioneros se interrumpe en la esquina sureste de la Plaza Ceremonial, donde se ubica un Recinto Esquinero cuyos muros presentan relieves

policromos, con extraordinarias escenas realizadas con gran maestría artística. La edificación está construida sobre una pequeña plataforma a la cual se ascendía por medio de una pequeña rampa y presenta dos ambientes techados a dos aguas. El primer ambiente era abierto hacia la plaza, donde el techo estaba soportado mediante postes, y habría funcionado a modo de vestíbulo o antesala del segundo ambiente cerrado, al que se ingresaba por la puerta ubicada en la esquina. El Recinto Esquinero revela su rol destacado ya que sus muros exteriores lucen extraordinarios relieves policromos, con motivos de notable elaboración y belleza. Estos representan en el muro lateral hacia el oeste escenas de combate entre guerreros, y en los dos murales que forman el ambiente abierto hacia la plaza, un conjunto de motivos y escenas cuya composición y tratamiento revelan su notable significación simbólica.

Como hemos ya mencionado, la Plaza Ceremonial de la Huaca de la Luna se conecta por medio de rampas con otras amplias terrazas y plazas menores hacia el Este y Sureste (Plazas 2, 3 y 4), conforme el conjunto asciende manejando la pendiente natural de la ladera, para rematar en dos plataformas algo menores, una al noreste (Plataforma III) aparentemente exenta y otra al sureste (Plataforma II) totalmente integrada al complejo. En estos espacios y plataformas, es evidente que se establece un eje de orientación secundario en dirección Oeste – Este –por lo tanto transversal al eje principal- y que debió privilegiar la visión de fondo hacia el Cerro Blanco, en sus condición de cerro tutelar. La importancia de éste eje lateral orientado hacia el este se manifiesta también en el tratamiento con decoraciones murales y la presencia de galerías techadas en los paramentos del lado Este de la Plaza 2, lo que le otorga un carácter bastante significativo (Uceda et al.1997: 20-21; Uceda y Tufinio 2003).

Cerrando del lado Sur el complejo de la Huaca de la Luna se encuentra un ancho y alto muro que corre por 180 m. paralelo a las Plataformas I y II, para proseguir hasta los contrafuertes rocosos del Cerro Blanco con un trayecto total de más de 300 m. de largo. Si bien este muro forma con el

Fig. 201. Detalle de la gran rampa con parapetos que permitía el ascenso desde la Plaza ceremonial a la Plataforma Principal (Canziani).

flanco Sur de la Plataforma Principal (I) y la Plataforma II una suerte de corredor perimétrico, aún no está del todo claro si operó como un elemento secundario de acceso y circulación del complejo, a partir de la esquina suroeste de la Plataforma Principal, o si simplemente constituyó un elemento que demarcaba física y simbólicamente la separación del complejo ceremonial respecto a los sectores del centro urbano próximos a éste. En todo caso, es importante notar que la proyección del lado sur de la Plataforma I como del muro perimétrico sur, tiene continuidad en el trazo de una gran calzada o avenida (Avenida 2) orientada Este–Oeste, que corre al sur del Conjunto Arquitectónico n. 8 y que se prolonga luego en pasajes menores. Este dato permite suponer que la directriz generada por el flanco Sur de la Huaca de la Luna, constituyó uno de los principales ejes de organización de la trama urbana de la ciudad de Moche. La Regeneración del Templo en Huaca de la Luna

Fig. 202. Corte Norte-Sur y Este-Oeste de la Plataforma Principal de Huaca de la Luna, con el registro de los edificios superpuestos correspondientes a diferentes épocas (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Los trabajos de investigación arqueológica y de puesta en valor desarrollados desde 1991 por el Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna, han revelado gran parte de los extraordinarios atributos arquitectónicos de las estructuras que conformaban la Plataforma Principal (I) de la Huaca de la Luna (Uceda et al. 1994). En esta colosal edificación se ha documentado científicamente una extraordinaria secuencia de superposiciones arquitectónicas, correspondientes a las distintas épocas en que se renovó sucesivamente su vigencia funcional. Este notable conjunto de datos, inéditos hasta hace unos años, ha proyectado una renovada visión acerca de las características de la arquitectura monumental moche y una aproximación extraordinaria acerca de los aspectos morfológicos, constructivos y funcionales de la misma. Sobre esta base, podemos introducirnos al conocimiento del rol especial que desempeñó la principal edificación del mundo moche, en la esfera del poder político y religioso emanado de su vigorosa organización estatal.

Este es el caso notable de la Plataforma Principal, donde se ha documentado por lo menos seis grandes eventos de remodelación, lo que ha permitido revelar el desarrollo de una compleja secuencia arquitectónica en la que se superponen no solamente una serie de edificios, cada uno de ellos con una identidad y vigencia propias, sino que en estos se reconoce una continuidad establecida por la reiterada replica –con ciertos cambios y variantes- de la concepción idealizada del edificio, que va desde el nivel general de su organización espacial; la forma y distribución de los ambientes; los sistemas de acceso y circulación; hasta los detalles del tratamiento de los acabados, propios de los relieves representados en los paramentos de sus principales ambientes o recintos (Uceda y Canziani 1998: 140).

De la forma recurrente de organización espacial que presentan estos edificios superpuestos, se puede deducir la continuidad de sus atributos funcionales, manifiesta en la continuidad y reiteración de las formas arquitectónicas. Perpetuándose así, a lo largo de un considerable período de tiempo, un modelo conceptual y un ordenamiento del espacio arquitectónico plenamente interiorizado a lo largo de muchas generaciones (ibid: 157).

A partir de los registros de las excavaciones arqueológicas realizadas en distintos sectores del monumento y de la limpieza de los cortes generados por los grandes forados de la huaquería iniciada desde época colonial, se puede deducir que el conjunto de los distintos ambientes y espacios arquitectónicos que conformaron cada una de estas sucesivas edificaciones, estuvieron vigentes y en pleno funcionamiento durante un determinado período de tiempo. Concluido este lapso temporal, del cual aún no se ha podido establecer con precisión su duración, los moche procedieron —luego de desmontar los techos de los ambientes que tuvieran coberturas— a trazar, con un instrumento que produjo una incisión cortante en los pisos, la cuadrícula donde debían de ubicarse los múltiples bloques constructivos que servirían para rellenar todos los espacios afectados por el evento de remodelación.

Fig. 203. Plano de la Plataforma Principal de Huaca de la Luna, con sus diferentes sectores (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Una vez alcanzado con estos rellenos constructivos el nuevo nivel de la plataforma, que en algunos casos creció más de 3.50 m de altura, además de proyectarse con ampliaciones horizontales hacia los flancos, se ha observado que se procedía a realizar un grueso piso de nivelación y luego un piso de barro fino. Resulta fascinante el hallazgo de improntas de soguillas sobre estos pisos, ya que fueron empleadas por sus constructores para trazar las líneas que demarcarían la posición de los muros que estaban por erigir (Montoya 1998: 23). De estas evidencias se puede deducir que el delineado del trazo de los muros se realizó tensando una cuerda entre dos extremos previamente establecidos —de modo similar al que utilizan aún hoy nuestros constructores contemporáneos— si bien es de notar la singularidad de realizar este proceso cuando el barro del piso se encontraba aún fresco. Esta modalidad que obviamente genera cierta dificultad, quizás está expresando la posible búsqueda de ligar físicamente la continuidad del proceso de relleno del edificio en vía de ser enterrado y, especialmente, entre los pisos de sello de estos rellenos —que pudieron marcar metafóricamente la “muerte” del antiguo espacio ritual— con los fundamentos de los muros del edificio que se regenera, para construir el espacio renovado que inaugura un nuevo ciclo vital.

Estas remodelaciones y las evidencias asociadas, dan sustento a pensar que en estos eventos lo

sustancial y determinante es la regeneración de la arquitectura del edificio, lo que trae como consecuencia necesaria el enterramiento de su antecedente. De esta manera, se propone como hipótesis explicativa de la regeneración del templo la periódica renovación del ciclo ritual, dada la especial calidad del edificio, en cuanto sede privilegiada de las principales actividades ceremoniales de la sociedad Moche. La envergadura de estos procesos, que incorporan ingentes cantidades de materiales de construcción, el despliegue de una numerosa fuerza de trabajo, que además convocan la participación de distintos especialistas y que, por último comprometen el propio funcionamiento del edificio o de sectores de este mientras se realizan las obras de remodelación, nos conducen a proponer la hipótesis de que estos eventos no respondían a causas circunstanciales o al desencadenamiento de fenómenos naturales (por ejemplo un evento de “El Niño”), sino que debieron responder a ciclos de carácter calendárico-ritual donde el desarrollo y ejecución de esta magnífica obra pública estaba previamente planificado[61]

Fig. 204. Reconstrucción hipotética de la Plataforma Superior de Huaca de la Luna, correspondiente a la época del Edificio B (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

(Uceda y Canziani 1993: 340-342; 1998: 157158; Canziani 2003a).

La Plataforma Principal de Huaca de la Luna

En las épocas intermedias de la Plataforma Principal, correspondientes a los edificios B/C y D en una secuencia que va de arriba hacia abajo,[62] sobre la superficie de su cima se habría desarrollado un planeamiento aparentemente cuatripartito con distintos sectores o cuadrantes. En el caso del cuadrante noreste, se ubicaría recurrentemente una Plataforma Superior, más elevada, conectada con el acceso principal de la rampa y los demás sectores por medio de un sistema de circulación con corredores y rampas. Sobre esta Plataforma Superior y del lado Este se ubicaban recintos que —en sus distintas y superpuestas versiones— presentan decoración con pintura mural (Morales 2003: fig. 14.13); mientras que en la esquina noreste se ha revelado la presencia de un estrado o altar escalonado y techado, el que estaba expuesto visualmente hacia la Plaza Ceremonial, por lo que se puede presumir que estaba destinado a determinados eventos rituales, especialmente dirigidos a quienes los presenciaban desde esta ubicación, como los representados en el arte Moche en la célebre escena del sacrificio o de la presentación (Uceda 2001).

A este cuadrante noreste, en el que se ubica la plataforma superior, se le contrapone otro al noroeste que aún constituye una interrogante, pues es el menos investigado hasta la fecha. Sin embargo,

Fig. 205. Reconstrucción hipotética de la secuencia de remodelaciones de la Plataforma Superior de Huaca de la Luna, y las pinturas murales asociadas (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Fig. 207. Plano del Patio Ceremonial y su recinto esquinero, correspondiente a la época del Edificio B/C de Huaca de la Luna (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

en recientes investigaciones en la Huaca de Cao, en el complejo de El Brujo, se habría comenzado a definir recintos que ocupan la esquina noroeste de este cuadrante y que se caracterizan por presentar relieves y pilares decorados propios de salas techadas.

El Patio Ceremonial

Una significación especial debió de tener en este ordenamiento el cuadrante del sector sureste, ya que en la secuencia de edificios registrada en este sector se desarrolló recurrentemente un gran Patio Ceremonial[63] decorado con relieves policromos, que tienen como motivo central la repetida representación del rostro de Ai apaec o dios degollador, enmarcado en paneles romboidales. Frente a estos paramentos con los relieves se hallaron hoyos de postes, a unos 3 m de los muros y espaciados cada 2 m. revelando la existencia de una galería techada de protección de los mismos. Sintomáticamente, el desarrollo de los relieves del Patio Ceremonial fue también recurrentemente interrumpido por la presencia de un recinto esquinero, ubicado en el ángulo sureste del Patio. Este tipo de estructuras esquineras estuvieron subdivididas interiormente y presentan evidencias de nichos y techos a dos aguas, y es notable apreciar que el acabado de sus paramentos exteriores (en

Fig. 208. Detalle del relieve con el dios Ai apaec, del Patio Ceremonial de la época del Edificio D de Huaca de la Luna (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Fig. 209. Detalle de los relieves del Recinto Esquinero del Patio Ceremonial del Edificio B/C de Huaca de la Luna (Canziani).

las versiones conocidas correspondientes a los Edificios B/C y D) presenta relieves con una sofisticada composición de paneles rectangulares con motivos de exquisita modulación y simetría, cuya alternancia cromática genera bandas diagonales.

Esta ubicación privilegiada y las características especiales de su arquitectura y acabados, expresarían el rol de especial importancia que debieron tener estos recintos esquineros en las actividades ceremoniales desarrolladas en el gran patio.

Sin embargo, en una versión más tempranas del patio (Edificio E) se halló evidencias de un “altar”, constituido por una pequeña plataforma de 3.75 cm de lado y 72 cm de alto decorada horizontalmente con bandas alternas de pintura (amarillo, blanco, rojo al Oeste y rojo, blanco al Este). Al lado Este esta pequeña plataforma presentaba el adosamiento de una pequeña rampa lateral de 63 cm de ancho. Este altar fue posteriormente remodelado y crece a 90 cm de alto con 4.20 m de lado, se refacciona la pintura y se superpone a la anterior una nueva rampa lateral

Fig. 210. Detalle de los relieves del Recinto Esquinero del Patio Ceremonial del Edificio D de Huaca de la Luna

(Canziani).

de 90 cm de ancho. Los muros que cerraban en ese entonces el patio estuvieron enlucidos y pintados de blanco hacia el interior y rojo hacia el exterior, es decir una diferencia significativa con relación a los edificios posteriores, en cuanto se deduciría que los paramentos interiores de esta versión temprana del patio no incorporaban aún el sofisticado acabado con relieves policromos. Dado lo limitado de las excavaciones conducidas en el patio del Edificio E, no es posible conocer si en este estuvo presente alguna estructura esquinera y, de otro lado, tampoco se puede descartar que los patios de los Edificios A, B/C y D pudieran haber contenido algún tipo de pequeña plataforma o altar como la registrada en el espacio del patio del Edificio E, si bien por el momento no se ha hallado alguna evidencia al respecto.

Las Salas con Pilares

Finalmente el cuadrante suroeste, es por demás interesante ya que aquí se ha documentado la existencia de recintos rectangulares techados a dos aguas, cuyas estructuras de cobertura fueron soportadas mediante pilares y pilastras. Estos recintos acabados con pintura blanca, además de los vanos de acceso, presentan el desarrollo de ventanas altas y de grandes hornacinas que se disponen de manera modular en los paramentos interiores. Las características morfológicas de estos ambientes, sus accesos relativamente restringidos y lo intrincado de su circulación, sugieren que debieron de estar destinados a resolver una función posiblemente reservada a los oficiantes del culto, ya que estas salas manifiestan un marcado nivel de aislamiento del resto de actividades desarrolladas en los demás espacios de la edificación.

Del examen de las excavaciones arqueológicas y de los cortes existentes en la Plataforma Principal, queda claro que las fachadas que presentaba esta edificación en sus diferentes momentos de su larga historia tuvieron un tratamiento escalonado. En algunos casos, estos escalonamientos sirvieron para resolver el sistema de circulación por el perímetro de los distintos edificios. Esto es evidente a partir del registro de la existencia de parapetos en algunos de estos escalonamientos —dando a entender que operaron como pasarelas o rondas— o también porqué se conectan con niveles de pisos y accesos de determinados ambientes o recintos. En cuanto a los acabados, si el frontis principal hacia el norte tuvo un tratamiento especial con relieves y motivos elaborados con pintura policroma, los otros frentes tuvieron un acabado más sencillo, aunque siempre enlucidos y pinta-

Fig. 206. Reconstrucción isométrica de las Salas con pilares en el sector al sur oeste de la Plataforma Principal de la Huaca de la Luna (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

dos de color. Existiendo evidencias en el frente oeste de la Plataforma Principal de la aplicación de rojo y blanco, posiblemente de forma alterna (Uceda com. pers. 2003).

La Roca Sagrada y los Recintos de los Sacrificios

Las investigaciones arqueológicas desarrolladas en el sector de la Plataforma II ofrecen una revelación ciertamente sobrecogedora, como es que frente esta estructura se sacrificaron o, en todo caso, se dispusieron los cuerpos de quienes fueron víctimas de eventos asociados a rituales de sacrificios humanos.[64] Como ya manifestamos anteriormente, la Plataforma II presenta un rasgo muy significativo, en el sentido de que su construcción se diseñó de tal forma que incorporara parcialmente en su volumen un afloramiento de roca natural de granodiorita, que asemeja en pequeña escala la imagen del Cerro Blanco. De esta manera el frontis de la plataforma presenta la roca emergiendo de su volumen, a la vez que este la envuelve. Aparentemente, todos los espacios abiertos relacionados con el frontis de la Plataforma II y que la conectaban con la Plataforma Principal, estuvieron asociados con eventos de sacrificios humanos, especialmente el recinto 3A ubicado frente a la Plataforma II, donde se dispusieron los cuerpos de los sacrificados concentrándolos al pie de la roca sagrada. Más al oeste los recintos 3B y 3C tienen al centro edificios techados de planta rectangular, que parece también tuvieron una especial participación en este tipo de rituales, dado el hallazgo de restos óseos humanos como de vasijas de barro crudo representando prisioneros, las que significativamente también fueron “sacrificadas” al presentar evidencias de haber sido destrozadas con piedras o con golpes de porra (Bourget 1997, Montoya 1997, Orbegoso 1998, Bourget y

Fig. 211. Huaca de la Luna.

Plano del sector de la Roca

Sagrada, con la Plataforma II

y los Recintos de los Sacrifi-

cios (Proyecto Arqueológico

de las Huacas del Sol y la

Luna).

Millaire 2000).

Los datos disponibles indicarían que la Plataforma II fue construida en un único momento constructivo, que se presume corresponde a la vigencia del Edificio B/C de la Plataforma Principal,

Fig. 212. Reconstrucción hipotética del sector de la Roca Sagrada, con la Plataforma II y los Recintos de los Sacrificios (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

dado que las últimas intervenciones en esta serían contemporáneas con el Edificio A (Bourget y Millaire 2000). Sobre el piso de la Plataforma II no se hallaron restos de muros sino hoyos de postes, lo que permite suponer que por lo menos una parte de su superficie fue cubierta con techos. Intruyendo en el relleno constructivo se dispusieron algunas tumbas que se concentraron también del lado norte de la plataforma (Bourget 1998: 60-61).

Finalmente, los trabajos de Bourget (1997, 1998) revelaron claramente que la mayoría de los cuerpos de los sacrificados hallados en el recinto frente a la Roca Sagrada, fueron depositados sobre limo aluvial aún fresco —que se habría generado como consecuencia de un posible evento de El Niño— mientras que otro grupo menor lo fue sobre depósitos eólicos de arena que no habían cubierto aún los cuerpos de los primeros. Es sumamente revelador que todos los cuerpos de los distintos eventos de sacrificios fueran depositados en una zona inmediatamente al pie de la roca sagrada de la Plataforma II, y que se hallaran en estos contextos estatuillas de barro crudo representando prisioneros, que fueron rotas ex profeso a modo de sacrificio figurado.

En el extremo noreste del complejo de la Huaca de la Luna se encuentra la Plataforma III, la que también tiene un eje de orientación oeste – este y se asocia en su frente oeste con un atrio o plaza (Plaza 4). En esta edificación recientemente tan sólo se han realizado trabajos preliminares, los que han revelado que ésta sería una de las últimas estructuras en ser construidas antes del abandono del complejo. Esta hipótesis está en parte basada en que la construcción de ésta plataforma fue hecha en un 90% con adobes que presentan marcas que, como se ha visto, corresponde a una práctica tardía en las construcciones del sitio (Uceda y Mujica1997: 12). Finalmente, cabe señalar que

Fig. 213. Detalle del rostro de una vasija escultórica de arcilla cruda representando un prisionero proveniente de los Recintos de los Sacrificios del sector de la Roca Sagrada. En este sector fueron halladas frecuentes evidencias de vasijas rotas, a manera de sacrificio simbólico (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Fig. 213 b. Reconstrucción hipotética de la Huaca de la Luna vista desde el noroeste (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

en algunos paramentos de la plataforma se documentó hace unas décadas la presencia de pinturas murales, que representaban escenas que han sido dadas a conocer como el tema de la ‘rebelión de los artefactos’, donde una serie de objetos animados por rasgos antropomorfos persiguen, dan batalla y capturan a seres humanos (Bonavia 1974) .

En cuanto a su función, la Huaca de la Luna proclama su manifiesto carácter ceremonial. Eventos tan dramáticos como el sacrificio de prisioneros debieron ser de enorme trascendencia ritual (Bourget 2001, Verano 2001). Sin embargo, por lo mismo, estos debieron estar circunscritos a momentos definidos del calendario ceremonial o a conjurar eventos críticos como el desencadenamiento de fenómenos de El Niño. Por otra parte, no podemos perder de vista que, dada la complejidad espacial de la arquitectura de la Huaca, en ésta se debieron resolver también asuntos mundanos y los que imponía la propia rutina de la administración burocrática cotidiana, tales como: el manejo y regulación del sistema de irrigación; el registro calendárico; el intercambio y distribución de bienes; la administración de la tributación; y toda una serie de labores altamente especializadas que estuvieron consubstanciadas con la cosmovisión propia del orden social y político del Estado teocrático (Canziani 2004).

Los sectores urbanos y sus conjuntos arquitectónicos

Luego de los estudios iniciales de Uhle ([1913]1998), que señaló la existencia de muchas otras estructuras menores formando un “pueblo” o “ciudad” entre las dos colosales huacas, y de los trabajos de investigación desarrollados en los años ’70, que expusieron la presencia de complejos residenciales e indicios de la existencia de talleres (Topic 1982); en la última década se han desarrollado excavaciones arqueológicas extensivas, que se han concentrado en distintas áreas ubicadas en el sector sur de la planicie entre las dos grandes Huacas (Uceda y Armas 1997, Chapdelaine et al. 1997, Chapdelaine 1998, Tello 1998, Tello et al. 2003).

A la luz de estas recientes excavaciones, se está revelando un nuevo panorama sobre las zonas urbanas donde se concentró el grueso de las estructuras y población de la ciudad, definiéndose una serie de conjuntos habitacionales así como otros conjuntos caracterizados por su arquitectura pública. En cuanto a los conjuntos habitacionales, algunos datos indicarían que estos además de las actividades domésticas también incorporaron el desarrollo de actividades productivas o administrativas; mientras que los conjuntos que corresponden a arquitectura pública, estuvieron relacionados con actividades rituales o político-administrativas, así como con el desarrollo de actividades productivas de tipo especializado, cual es el caso de los talleres. Por su parte, este último tipo de arquitectura pública en muchos casos no excluye, si no más bien incorpora, ciertos espacios destinados al desarrollo de funciones domésticas o, simplemente, a la preparación y consumo de alimentos.

Fig. 214. Plano general de la posible extensión de la ciudad de Moche, con los sectores urbanos expuestos al sur oeste de la Huaca de la Luna, que permiten la definición preliminar de una trama urbana delineada por el trazo de avenidas, calles y pasajes

(Redibujado sobre el plano del Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Estas excavaciones, además de contribuir a establecer los patrones arquitectónicos y sus variantes tipológicas, están empezando a definir una trama urbana que exhibe ciertos niveles de planificación, como son la presencia de espacios públicos; un sistema de circulación por medio de avenidas y pasajes que, a su vez, definen ejes de articulación urbana y la posible delimitación entre sectores; así como la existencia de determinados servicios, cual es el caso de canales para el abastecimiento de agua. Es decir, conforme avanzan las investigaciones, nos estamos aproximando de manera progresiva a la definición de los atributos que permiten establecer la trascendencia de un centro urbano como el de Moche al nivel de ciudad (Canziani 2003a, 2004)

Si bien el porcentaje del área excavada es aún bastante reducido, con relación a la extensión total que abarcó la ciudad, los datos disponibles permiten percibir también otros atributos propios de este tipo de asentamientos. Este es el caso de la existencia de zonas o sectores urbanos con ciertos niveles de especialización, en cuanto se refiere a la función de las estructuras que se concentran en ellos, lo que en términos modernos se conoce como “zonificación”. De esta manera, podríamos tener ciertos sectores congregando estructuras habitacionales de bajo status; otros con residencias o palacios de la elite que se estarían agrupando en proximidad de la Huaca del Sol; mientras que en otras zonas se manifestaría la tendencia a concentrar actividades manufactureras (alfarería, metalurgia, orfebrería, textilería, elaboración de chicha, etc.) e, inclusive, de determinado tipo de manufactura, cual es el caso de la producción de cerámica fina en talleres ubicados en cercanía de la Huaca de la Luna (Uceda et al. 1997); o de sectores con complejos públicos de primer nivel, como es el que se encuentra asociado a la Plataforma Funeraria Uhle, que se ubica sintomáticamente al pie oeste de la Huaca de la Luna y que estuvo separado de los demás sectores de la ciudad por la gran calzada o avenida 1 (Pimentel y Álvarez 2000; Chauchat y Gutiérrez 2003).

Fig. 215. Plano de los sectores urbanos de la ciudad de Moche ubicados al sur oeste de la Huaca de la Luna, en el que se aprecian los conjuntos excavados delimitados por avenidas, calles y pasajes (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

La presencia de amplias calles o avenidas, que privilegian la orientación con los ejes cardinales, cual es el caso de las avenidas 1 y 2, parecen estar estableciendo no solamente ciertas directrices para la circulación de los habitantes de la ciudad, sino también la delimitación entre distintos sectores, además de reflejar la existencia de un programa de ordenamiento urbano.[65] En algunos de estos

sectores urbanos se ha establecido la presencia de pequeñas plazuelas, cuya escala reducida sugeriría que cumplieron diversas funciones asociadas directamente con la población que habitaba en los conjuntos próximos. Por su parte, las avenidas presentan la intersección de pequeñas calles o pasajes, que servían para dirigirse y acceder a los distintos conjuntos arquitectónicos. El acceso a estos conjuntos en algunos casos se realizaba directamente desde los pasajes, en otros mediante cortos corredores o pasadizos que introducían al interior de los conjuntos. Los ingresos a los conjuntos presentan vanos con umbrales elevados, sin embargo esta es una característica que también se observa frecuentemente en las puertas entre sus ambientes interiores (Tello 1998, Armas et al. 2000, Montoya et al. 2000)

En cuanto a los conjuntos de función habitacional, su carácter doméstico está evidenciado por una serie de rasgos característicos, entre ellos, la presencia de ambientes destinados a cocina, donde es típico hallar fogones hechos disponiendo dos hileras paralelas de abobes de canto, que servían para contener la brasa del fogón y apoyar las ollas durante la cocción de los alimentos. En estos mismos ambientes o en otros anexos a ellos, se realizaban otras tareas complementarias de la preparación de alimentos, como es la molienda documentada con la presencia de batanes y manos de moler. Asociados a este tipo de actividades domésticas se encuentran también algunos pequeños espacios, a modo de botaderos, que habrían sido destinados para la acumulación de los desperdicios generados dentro de la vivienda.

Los conjuntos habitacionales dispusieron también de facilidades destinadas al almacenamiento, tal es el caso de la existencia de pequeños cubículos que pudieron servir para depósito de granos u otro tipo de productos alimenticios, así como para determinados insumos destinados a la producción; contaron también con nichos y hornacinas útiles para disponer desde enseres hasta objetos de culto; además, se registra la recurrente presencia de tinajas semienterradas en los pisos, que parece sirvieron para disponer de agua. En otros casos, ciertos ambientes que presentan la singular disposición de una serie de tinajas o vasijas ordenadas en hilera y empotradas sobre poyos, sugieren el requerimiento de acumular abundantes cantidades de líquidos para alguna actividad en especial, cual es el caso del agua en los talleres de alfarería, o de la producción y/o almacenamiento de bebidas como la chicha. También se reporta que estas tinajas pudieran haber servido para el almacenamiento de granos u otros productos alimenticios (Tello, 1998, Armas et al. 2000).

Muchos de los ambientes de estas viviendas, debieron desarrollarse al aire libre, pudiendo estar provistos de algunos cobertizos o pequeñas áreas techadas para brindar sombra. Este es el caso de ciertos espacios abiertos o patios, que muchas veces disponen de poyos y que debieron de operar como lugares de desahogo de las viviendas, al mismo tiempo que servían para el desarrollo de actividades propias de la vida doméstica. Finalmente, algunos ambientes techados se reservaron para el descanso y servir como dormitorio, contando con amplias banquetas para el reposo de sus moradores. Dentro de las viviendas no se excluye que ciertos ambientes o, inclusive, algunos elementos arquitectónicos puntuales, pudieran haber estado destinados a prácticas cultistas dentro del hogar, como una suerte de altar votivo o ara familiar (Tello 1998: 121).

Fig. 216. Plano del Conjunto Arquitectónico 35, delimitado al este por la Avenida 1 y al sur por el Callejón Norte 30 (Proyecto Arqueológico de las Huacas del Sol y la Luna).

Es interesante notar que ciertas diferencias en las características arquitectónicas y constructivas de los conjuntos habitacionales también estarían reflejando diferencias en cuanto a la condición social de sus habitantes. Esto es evidente cuando se examinan comparativamente las dimensiones espaciales de los conjuntos habitacionales; los materiales y técnicas constructivas empleadas en ellos; la presencia y cantidad de estructuras de almacenamiento; así como los acabados de pisos, paredes e inclusive de los techos, donde se utilizó elementos formales que habrían destacado el prestigio o especial status de sus moradores.[66] Otros aspectos importantes, cual es la continuidad en el uso de las estructuras habitacionales, vinculan la arquitectura de mayor calidad con una mayor permanencia de la ocupación, aun cuando se advierte la presencia de superposiciones y remodelaciones; mientras que la arquitectura más modesta se relacionaría con una mayor precariedad de la permanencia, marcada por períodos de desocupación o inclusive por su abandono definitivo (Van Gijseghem 2001).

Fig. 217. Reconstrucción

isométrica del Conjunto Ar-

quitectónico 30, delimitado al

este por la Avenida 1 y al nor-

te por el Callejón Norte 30

(

Proyecto Arqueológico de las

Huacas del Sol y la Luna).

Algunas excavaciones han explorado recientemente en profundidad la evolución y el comportamiento de algunas unidades en los conjuntos arquitectónicos 30 y 35, resultando algunos datos preliminares que sugerirían un creciente proceso de complejización social, donde los habitantes de la ciudad o, por lo menos, de ciertos sectores de esta tendrían acceso a una mayor variedad de bienes como a una gama cada vez más amplia de recursos (Tello et al. 2003). Estos datos novedosos permiten establecer una especial correlación entre la dinámica que condujo al fortalecimiento de las estructuras de poder del estado Moche —manifiesto en el extraordinario despliegue de su arquitectura pública monumental— y, del otro, la dinámica de unidades familiares residentes en la ciudad, que accederían a una mejor calidad de vida y a una creciente sofisticación en sus patrones de consumo, lo que se manifestaría también en una mayor intensidad en el uso del suelo urbano y en una creciente especialización funcional de los espacios arquitectónicos.[67]

Entre las posibles unidades habitacionales del más alto status se ha registrado la estructura AA2, que al igual que AA1 y AA3 presentan fogones, piedras de moler y restos de alimentos. En particular, en el caso de AA2, la organización espacial de esta unidad, sus buenos acabados y calidad de los artefactos asociados, así como la presencia de nichos y de depósitos, sugerirían su correspondencia con una vivienda de elite (Topic 1982, Pozorski y Pozorski 2003). Sin embargo, ya hemos señalado que para el caso de AA2, el planteamiento arquitectónico y la notable cantidad de estructuras de almacenamiento que presenta, especialmente en su sector sur, y la forma definida por el ordenamiento espacial de estos depósitos, parece responder más a una función de tipo público, posiblemente de carácter político administrativo, lo que no excluye el uso doméstico que pudieron tener algunos de los ambientes. Este es el caso propio de las estructuras públicas del tipo “palacio”, que comprenden determinados espacios de uso residencial, en cuanto apéndices supeditados a la función eminentemente pública de estos edificios (Canziani 1989: 110-112).

En cuanto a la presencia de talleres dedicados al desarrollo de la producción especializada de manufacturas, es de señalar que muchos de estos pueden haber estado integrados dentro de viviendas, en cuanto “viviendas-taller” o, por el contrario, utilizando dentro de los talleres ciertos espacios para la preparación y consumo de alimentos por parte de quienes allí laboraban, lo que no necesariamente comporta el desarrollo de actividades “domésticas” a nivel familiar. Adicionalmente, hay que advertir que existe por parte de la arqueología un mayor grado de dificultad en identificar cierto tipo de actividades, como son aquellas que pueden no dejar mayores rastros —cual es el caso de la manufactura textil— más aún cuando se trata de ambientes que pudieron estar sujetos a una periódica limpieza. Sin embargo, en otros casos, la actividad manufacturera no solamente genera contextos tangibles, asociados a un conjunto de artefactos muy definidos, sino que, inclusive, incorpora o adapta la presencia de estos artefactos o de otros elementos a los espacios arquitectónicos dedicados a la producción.

Fig. 219. Estructuras de

depósito dispuestas a lo

largo de los muros de un

conjunto arquitectónico

(

Canziani

).

que dado lo limitado de la “muestra” estos indicios pueden estar sesgados por la evolución singular de la condición social de los habitantes de estas sendas unidades —lo cual no necesariamente puede corresponder a un comportamiento generalizable—, como también pueden ser distorsionados por determinados cambios de uso de los ambientes excavados, donde, por ejemplo, la instalación de una cocina o de un repositorio de desperdicios, podrían leerse como un “mayor acceso a una diversidad de recursos de subsistencia” durante estas fases. Por lo tanto, estas sugerentes hipótesis de trabajo deberían ser validadas con una muestra más amplia, desarrollando excavaciones similares en otras unidades.

Este es el caso de las excavaciones arqueológicas que han documentado talleres dedicados a la producción alfarera (Uceda y Armas 1997). Por ejemplo, en el conjunto denominado “taller alfarero” se ha registrado la superposición de hasta 8 pisos, lo que daría a entender que se trataría de una unidad de producción, aparentemente de carácter familiar, que se dedicó por varias generaciones a la producción de cerámica fina. En este

Fig. 220. Plano del Conjunto AA2 (Lange Topic 1982: 271).

taller se desarrollaron una serie de patios con evidencias de producción alfarera, tales como manos y batanes para la molienda de la arcilla y los temperantes, discos de alfarero (que hacían las veces de torno), matrices y moldes, cerámica cruda, además de los hornos de quema y de piezas de cerámica deformadas y descartadas por fallas de producción. Lo extraordinario de todas estas evidencias documentadas dentro de esta unidad, es que ilustran el desarrollo espacial de toda la secuencia propia de los procesos comprometidos en la producción alfarera en los tiempos de Moche.

Fig. 221. Representación en

una pictografía moche de línea

fina de un taller dedicado a la

producción textil (Donnan y

McClelland 1999).

También es de interés anotar, que la excavación del taller de alfarero registró la presencia de grandes tinajas empotradas en los pisos y dispuestas tanto aisladas como en grupos formando hileras. La ubicación de estas tinajas en relación con las zonas de trabajo, sugiere que estas sirvieron para abastecerse de agua durante la preparación de la arcilla y en otras fases de la producción cerámica. Algunos ambientes presentan evidencias de la preparación y consumo de alimentos, lo que podría indicar tanto el desarrollo de esta actividad para la alimentación de quienes laboraban en el taller, como también la presencia de un grupo familiar que habitaba en ellos.[68]

Si bien la gama de productos del taller de ceramistas es relativamente amplia, esta se concentra en artículos de carácter ritual y de elite, cuya producción fue masiva y seriada, tal como se puede inferir de la consistente presencia de moldes y matrices. Este dato, unido a la relativa proximidad del taller a la Huaca de la Luna, sugeriría a los investigadores que tanto este taller -como otros que pudieron encontrase en sus alrededores conformando quizás un barrio- pudieron estar supeditados al control de la elite sacerdotal y a la imposición de ciertos cánones y parámetros estéticos, ya que gran parte de la producción habría tenido consumo como parte de ofrendas funerarias (Uceda y Armas 1997).

Fig. 223. Ceramio moche con representación escultórica de dos personajes elaborando chicha (Museo Nacional Bruning, Lambayeque).

urbanos, cual es el caso de las figurinas que se encuentran recurrentemente entre los hallazgos de

Fig. 222. Representación escultórica de un taller de orfebres en el que se puede apreciar frente al horno de fundición a un maestro artesano en plena faena y a tres asistentes provistos de toberas oxigenando la combustión (Alva y Donnan 1993: fig. 12).

De otro lado, desde el punto del aprovisionamiento de materias primas para la elaboración de la cerámica, la arcilla parece de procedencia local y de canteras próximas al sitio. Sin embargo, otros elementos específicos pudieron venir de lugares distantes, como es el caso del caolín utilizado para los engobes blancos, que procedería de la serranía de Cajamarca (Chapdelaine et al. 1995).25 En cuanto a la distribución y consumo de los bienes producidos en los talleres, además de su disposición como parte de las ofrendas funerarias de los enterramientos, otros pudieron ser distribuidos y consumidos en el ámbito de los asentamientos

los conjuntos excavados. No es de descartar tampoco que buena parte de estos bienes estuviera destinado a la demanda de la población localizada en los asentamientos rurales. La profundización de este tipo de investigaciones es de suma importancia, ya que contribuirá a esclarecer la forma de articulación y circulación de bienes e insumos comprometidos con la producción urbana, tanto dentro de la propia ciudad, como con relación al entorno territorial, los asentamientos urbanos de menor jerarquía y las aldeas del ámbito rural.

Otros datos de gran interés sobre las actividades productivas desarrolladas en los talleres de la ciudad, provienen de las excavaciones conducidas en el Conjunto 7, donde se halló en uno de sus ambientes un posible horno de fundición en forma de “chimenea”,26 asociado a un crisol con

investigadores la posibilidad de que algunos especialistas en la producción de manufacturas gozaran de cierto nivel de status, si no es que estaban adscritos como parte de la elite gobernante (Uceda y Armas 1997; Uceda et al. 2003).

  1. El análisis efectuado mediante activación neutrónica en cerámica proveniente del sitio de Moche (Chapdelaine, Kennedy y Uceda 1995), define la posibilidad de que las piezas correspondientes a la cerámica ritual estuvieran elaboradas con arcillas locales próximas al sitio, mientras que las de tipo utilitario arrojarían diversidad en los tipos de arcilla. Este dato confirmaría que la cerámica ritual producida en talleres especializados refleja un control sobre determinadas fuentes de materia prima y/o su empleo recurrente. para la elaboración de este tipo de cerámica; mientras que la variabilidad en las arcillas de la cerámica utilitaria, estaría señalando que estos productos posiblemente se elaboraron en distintos talleres del valle y aparentemente sin que para esto se requiriera la especialización propia de los talleres presentes en el centro urbano (Canziani 2003).
  2. Este horno presenta características y forma muy similares al que ilustra una pieza cerámica escultórica moche, la que representa a 4 metalurgistas dedicados a la elaboración de piezas de metal en torno a un horno (Moseley 1992: foto 66).

Fig. 224. Representación de una escena de intercambio o redistribución (Donnan y McClelland 1999).

restos de cobre. Lo que estaría indicando que un sector de este conjunto funcionó como un taller de metalurgistas u orfebres (Chapdelaine et al. 1997: 82).

Fig. 225. Pictografía moche de línea fina, con la representación de personajes míticos en una escena de intercambio, portando caracolas de Pututos

(Strombus) y Conos (Conus) provenientes de los mares del extremo norte del Perú y del Ecuador, transportados utilizando llamas como animales de carga (Donnan y McClelland 1999).

En cuanto a las evidencias relacionadas con las subsistencias, se registra un amplio manejo de distintos ecosistemas. Destacando el consumo de productos agrícolas, la ganadería de camélidos y el manejo de algunos recursos que provienen de los bosques y las lomas. En el consumo alimenticio también tienen una abundante participación los recursos marinos y, entre ellos, de una gran cantidad de peces de mar abierto como merluza (Merluccius gayi peruanus) y sardina (Sardinops sagax sagax), lo que revelaría la importancia que alcanzó en la sociedad moche la pesca en alta mar con embarcaciones (Vásquez y Rosales 1998). En la mayoría de los casos, estos datos estarían señalando que los pobladores de la ciudad eran abastecidos de una amplia gama de recursos y productos por parte de campesinos cuyas estancias o aldeas debieron asentarse en proximidad de los campos de cultivo del valle; así como por comunidades de pescadores especializados en la extracción de recursos marinos, cuyos asentamientos debería de rastrearse a lo largo del litoral.[69]

Como es que se articulaban estas relaciones de aprovisionamiento y cuales fueron los mecanismos de intercambio, son algunas de las muchas interrogantes que aún quedan por dilucidar, y cuyas respuestas necesariamente requieren del examen de los datos provenientes de los asentamientos del ámbito rural y del litoral marítimo. Resulta así evidente que sin la investigación de este tipo de asentamientos, que se constituyen en la contraparte de las economías urbanas, los datos reflejarán tan sólo una fracción de la realidad histórica y dificultarán nuestra visión general acerca del nivel de complejidad alcanzado por la sociedad moche. De otro lado, existe una notable evidencia de la presencia de muchos recursos exóticos provenientes de la Amazonia o de las costas de los mares ecuatoriales, que debieron circular a través de redes de intercambio a larga distancia. Obviamente, aquí también queda pendiente la interrogante acerca de la existencia de mercaderes o tratantes al servicio de la organización estatal moche, que se habrían movilizado mediante caravanas a lo largo de los valles y desiertos costeños y hacia las regiones altoandinas; o por medio de embarcaciones a lo largo del litoral y sus islas.

Finalmente cabe señalar el notable avance logrado en poco más de una década, con relación a la definición de las características de un centro urbano de primer nivel como es la ciudad de Moche. La relevancia de estas investigaciones deriva en una creciente comprensión de la naturaleza de esta urbe y, a través de esta lectura, del nivel de desarrollo económico alcanzado, así como de la condición y modo de vida de sus clases sociales. Además hay que considerar que esta nueva perspectiva en los estudios urbanos sobre Moche, presenta la ventaja adicional de permitir examinar la dinámica del proceso evolutivo del asentamiento, gracias al largo período de vigencia histórica documentado en este centro urbano.

Esta extraordinaria disponibilidad de datos ofrece la oportunidad única de examinar desde

un centro privilegiado la naturaleza de la organización estatal teocrática a la que dio cuerpo la sociedad moche, más aún cuando ésta constituye la forma más compleja de este tipo de Estado en el ámbito de los Andes Centrales (Canziani 2003a). Los estudios que se conducen sobre este tema permitirán además conocer la evolución y cambios registrados en la sociedad moche, a partir de sus inicios tempranos, su extraordinario apogeo y su posterior declinación, durante la época que inaugura el surgimiento de nuevas formaciones sociales en el Horizonte Medio.

Somos de la opinión que estos estudios expondrán los elementos causales de la declinación y posterior abandono de la ciudad de moche, a partir del examen de los factores económicos y sociales y de la dinámica de las contradicciones en el seno de esta formación social teocrática. Si en su momento tomamos distancia de las múltiples propuestas “catastrofistas” que estuvieron y se mantienen en boga entre muchos investigadores como explicación acerca del colapso moche,[70] hoy en día las recientes investigaciones han dejado en claro que eventos aluviales propios de El Niño, así como fenómenos de arenamiento eólico fueron frecuentes en el sitio de Moche (Uceda y Canziani 1993, Canziani 2003a, 2004). Está por demás comprobado que los basamentos de muchos de los muros y pisos de las estructuras de los distintos sectores urbanos, se asientan directamente sobre capas de arena; al igual que muchas de las remodelaciones y superposiciones revelan interfaces con depósitos de acarreo eólico, cuando el abandono temporal de ciertas estructuras generó su arenamiento (Chapdelaine et al. 1997, Tello et al. 2003). Un fenómeno similar se presenta con la observación estratigráfica de diferentes eventos asociados con la deposición de capas de material aluvial en las superposiciones de los conjuntos urbanos como en la propia arquitectura monumental.[71]

Como ya lo señaláramos en su oportunidad (Canziani 1989, 1991, 2004), los factores causales de la crisis de la sociedad Moche deben encontrar su explicación en el examen de las contradicciones que se generaron al interior de esta formación teocrática, las que finalmente habrían conducido a su manifiesta inviabilidad. En todo caso, cambios climáticos, como los generados por severos fenómenos de El Niño y por, lo general, otros desastres naturales, en esta perspectiva pudieron acelerar o precipitar situaciones de crisis, agudizando determinadas contradicciones sociales. Sin embargo, si estas condiciones no estaban dadas, causas “externas” como las antes señaladas, pudieron evidentemente afectar la economía de estas sociedades, pero sería de suponer que una vez recuperadas de este trance, retomaran sin mayores transformaciones el modo de vida que les resolvía la existencia y la reproducción del sistema.

Finalmente, debemos recordar que los moche, dada su secular vigencia, evidentemente no debieron ser ajenos al desarrollo de repetidos y periódicos eventos de cambio climático o al desencadenamiento de catástrofes naturales generadas por estos. Por lo tanto, es de suponer que supieron manejar y enfrentar estos fenómenos, desarrollando mecanismos que paliaran sus efectos negativos y sacaran el mejor partido de sus efectos benéficos. Para esto debieron de contar con la vasta experiencia histórica acumulada por su centenaria sociedad, la que a su vez debió nutrirse de los conocimientos milenarios heredados de las poblaciones norteñas que les antecedieron.[72]

La ocupación moche en el valle de Chicama

El valle de Chicama, aparentemente conformó con el de Moche lo que se ha reconocido como el ‘área nuclear’ del Estado Moche. Sin embargo, a diferencia de este último, que exhibe un marcado centralismo en la ciudad de Moche, el valle de Chicama presenta un patrón de asentamiento en el que se registran distintos e importantes centros urbanos. Como es el caso de El Brujo, Mocollope – Cerro Mayal y Licapa (Chauchat et al. 1998; Gálvez y Briceño 2001), y entre los cuales por el momento es difícil establecer relaciones de jerarquía. Este distinto patrón pudo haber obedecido a un ejercicio del poder político menos centralizado respecto al existente en el valle de Moche. Estas diferencias pueden haber derivado tanto de la mayor amplitud del valle de Chicama,[73] como de la presencia de distintas parcialidades asociadas a sus respectivas zonas de riego, con ciertos niveles de autonomía política resuelta mediante

Fig. 226. Mapa del valle de

Chicama con la ubicación de

los principales sitios Moche

(

Redibujado de Franco et al.

2001).

relaciones de complementariedad entre éstas (Netherly 1984; Russell y Jakson 2001).

El Complejo de El Brujo

En el valle de Chicama, unos 40 km al norte del valle de Moche, el complejo Arqueológico de El Brujo constituye un sitio moche de primer nivel. El complejo se ubica en la parte baja de la margen derecha del valle, en inmediata proximidad del litoral marino y unos kilómetros al norte de la desembocadura del río Chicama, localizándose sobre un tablazo eriazo que se eleva ligeramente por encima del nivel del valle, que en este sector está caracterizado por la presencia de humedales. Esta zona del valle tiene el privilegio de contar con una larga historia de ocupaciones, que tendría sus más tempranos antecedentes en la célebre Huaca Prieta, correspondiente al Precerámico Tardío, y que se encuentra a unos cientos de metros al sur del sitio moche.

El complejo de El Brujo está dominado por dos grandes montículos piramidales, la Huaca El Brujo o Cortada al noroeste y la Huaca Cao al sureste. Entre estos dos montículos, separados entre sí unos 500 m, se extiende un llano cubierto actualmente por miles de tumbas saqueadas, que corresponden mayormente a períodos posteriores a la ocupación moche del sitio. Esta severa alteración post ocupacional dificulta la observación de la presencia de otras estructuras menores que, además de la arquitectura monumental, debieron conformar la integridad del asentamiento. La configuración de este complejo, dominado por estas dos grandes estructuras piramidales, plantea aquí también el tema de la dualidad en la organización espacial del asentamiento y ciertas similitudes con el sitio de Moche. Sin embargo, una diferencia notable con las Huacas del Sol y la Luna y otros asentamientos moche, es que en este caso el sitio no está asociado con la presencia de un cerro tutelar, sino más bien con el mar y la especial ecología que presentan los valles costeños con sus característicos humedales en proximidad de la franja del litoral.

Las excavaciones arqueológicas, conducidas en el sitio se han concentrado en el examen del montículo de Huaca de Cao (Franco et al. 1994, 2001, 2003). Los resultados alcanzados permiten apreciar una estrecha analogía con el modelo expuesto en Huaca de la Luna, lo que nos permite establecer una serie de correlaciones y, mediante estu-

Fig. 227. Plano general del complejo de El Brujo, con al sureste la Huaca de Cao y al noroeste la Huaca de El Brujo (Redibujado de Franco et al. 2003).

dios comparativos, acceder al conocimiento de cuales fueron los elementos esenciales de la concepción o modelo asumidos por los moche en el diseño arquitectónico de los monumentos principales destinados al desarrollo de las actividades rituales de la más alta jerarquía.

Las excavaciones iniciales se centraron en la exposición del frontis norte de la pirámide, descubriendo la existencia de un tratamiento escalonado de la Plataforma Principal, cuyos paramentos sirvieron de soporte para el despliegue de relieves policromos con distintos motivos representativos. Al mismo tiempo, adosada al primer escalón del frontis, se registró la existencia de un recinto esquinero techado, ubicado sobre una plataforma baja en la esquina sureste de la plaza que se desarrolla al norte de la pirámide. Esta plaza estaba delimitada por el mismo frontis norte y por una plataforma baja ubicada al este (Anexo Este). Es interesante notar, que al igual que lo reportado para la Huaca de la Luna, se ha constatado también aquí que en ciertas fases los paramentos escalonados de los otros frentes fueron pintados alternadamente en rojo y blanco, tal como se ha observado en la esquina noroeste de la Plataforma Principal correspondiente al edificio de la fase D (Franco et al. 2003: 140, fig. 19.15).

Fig. 228. Reconstrucción del frontis norte de la Huaca de Cao con el Recinto Esquinero y los escalones con relieves policromos (Franco et al. 2003).

El primer escalón del frontis norte, correspondiente al edificio “A”, [74] así como su continuación en el frente de la plataforma Este, ilustra con relieves de gran naturalismo la escena del “desfile de prisioneros” capturados por guerreros victoriosos. El paramento del segundo escalón, presenta un friso con las figuras hieráticas de personajes que se toman de las manos y que lucen faldellines, orejeras y tocados en forma de corona. Finalmente, los restos conservados del tercer escalón, presentan un ser supranatural con los atributos del dios degollador, en su versión de araña, asiendo con la mano derecha un cuchillo o tumi ceremonial. Es interesante notar que este escalón y el motivo representado en el friso no presentan continuidad en el frente de la plataforma Este, más bien éste escalón en el límite este del frontis forma un ángulo ochavado, lo que permitiría suponer —si establecemos la analogía con el frontis norte de Huaca de la Luna y el ochavo que presenta en el encuentro con la rampa principal— que posiblemente en este punto de la Huaca de Cao también se habría ubicado el adosamiento

de una rampa hoy desaparecida y que debió desarrollarse hacia el norte sobre la plataforma Este.

Los relieves asociados a los paramentos exteriores del recinto esquinero y de su vestíbulo sobre la plataforma baja, presentan características muy singulares y es relevante observar que interrumpen la continuidad de los relieves del primer escalón que representa la escena de desfile de prisioneros. El Paramento oeste del recinto esquinero exhibe paneles definidos por franjas horizontales, en los que se representó escenas de combate entre parejas de guerreros; mientras que en los paramentos al norte del recinto y este del vestíbulo se desarrollaron relieves policromos con motivos de gran complejidad y, al mismo tiempo, de extraordinario naturalismo.

Un análisis reconstructivo de las estructuras presentes sobre la cima de la Plataforma Principal correspondiente al Edificio de la época A, permiten señalar la presencia de una Plataforma Superior en el sector noreste de la misma. [75] El ascenso a esta plataforma superior se realizaba mediante una rampa orientada oeste–este; mientras que la conexión con las rampas que ascendían de la plaza a la plataforma principal, se resolvía mediante un corredor orientado de norte a sur. La Plataforma Superior presentaba también un tratamiento escalonado y su paramento del lado sur presenta evidencias de relieves policromos con la imagen del degollador desplegada en campos romboidales y triangulares.[76] Si bien este aspecto no está suficientemente detallado, posiblemente por el grado de destrucción de las estructuras de este nivel, es factible suponer que estos relieves formaran parte de la decoración correspondiente al cierre del lado norte del Patio Principal, ya que motivos muy similares decoraron el espacio análogo de Huaca de la Luna, donde tuvo una persistente presencia durante la vigencia de los Edificios A, B/C y D. De igual manera, si aplicamos la analogía con lo expuesto en Huaca de la Luna (Uceda et al. 1994) y con lo documentado para la propia reconstrucción del Edificio D de Huaca de Cao, podemos suponer que en la esquina sureste del Patio Principal de esta época se debió también desarrollar la característica edificación del recinto esquinero.

En cuanto a las estructuras presentes sobre la Plataforma Principal correspondientes al Edificio de la época D, estas están mejor conservadas y han permitido una reconstrucción más completa del modelo de ordenamiento arquitectónico (Franco et al. 2001, 2003: fig. 19.12). En este caso, el sistema de rampas de acceso que se desarrollan en el frontis norte de la pirámide entregaban a un corredor que va de norte a sur, permitiendo el ascenso mediante rampas a los niveles altos de la Plataforma Superior, ubicada en el sector noreste de la Plataforma Principal. A su vez, el recorrido de este mismo corredor hacia el sur permitía el acceso hacia el Patio Ceremonial, ubicado en el sector sureste de la Plataforma Principal, profusamente decorado con relieves policromos, y en cuyo ángulo sureste se encontraba el clásico recinto esquinero, también decorado con relieves (Franco et al. 2003: fig. 19.16). De otro lado, en el sector suroeste de la Plataforma Principal, es también relevante apreciar la presencia de ambientes con hornacinas y pilares —de lo que se deduce que posiblemente estuvieron techados a dos aguas— de forma muy similar a las salas registradas en este mismo sector en la secuencia de edificios documentados en Huaca de la Luna. Finalmente, se reporta que las recientes investigaciones en el cuadrante noroeste de la Plataforma Principal de la Huaca de Cao, han expuesto también aquí estructuras asociadas a pilares de gran altura y donde tanto los paramentos de estos edi-

Fig. 229. Huaca de Cao. Re-

construcción isométrica corres-

pondiente a la época del Edifi-

cio D (Franco et al. 2003).

ficios como las caras de los pilares han sido decorados con relieves y pintura mural.

En resumen, si bien con algunas ligeras variantes, el modelo arquitectónico reiterado en las superposiciones de Huaca de Cao, presenta evidentes analogías arquitectónicas con lo documentado en Huaca de la Luna, desde el nivel general del ordenamiento y la distribución espacial de los distintos componentes del monumento; hasta las propias características esenciales de los elementos arquitectónicos que definen estos espacios; lo que es extensivo, inclusive, al nivel del detalle de algunos de los motivos iconográficos representados en los relieves de los más importantes espacios rituales. A lo que debemos agregar el análogo proceso de superposiciones arquitectónicas asociado a la tradición de regeneración del templo.

Evidentemente estas consistentes analogías no son casuales y debieron de originarse en la existencia una serie de correlaciones especiales entre estos dos sitios, las que se manifiestan claramente en la estrecha similitud de la arquitectura de ambos monumentos. La problemática planteada al respecto es por demás trascendente, ya que nos propone distintas hipótesis explicativas. Algunas hipótesis pueden privilegiar la presencia de un Estado Moche centralizado, en cuyo caso podríamos esperar que el modelo arquitectónico forjado en Huaca de la Luna, el principal complejo ceremonial de la sociedad moche, y en cuanto componente gravitante de la ciudad que habría constituido una suerte de “capital”, fuera replicado en Huaca de Cao en el marco del Complejo de El Brujo, en cuanto centro de mayor jerarquía ritual de un valle, como es el de Chicama, muy próximo al de Moche no solamente en términos de distancia física sino en el ámbito de las esferas socio culturales, conformando las poblaciones presentes en ambos valles lo que se reconoce como el “área nuclear” de la sociedad Moche.

Otras hipótesis alternativas podrían plantear la presencia —en determinado contexto histórico— de sendas formaciones estatales en cada uno de estos valles. Cuyas estrechas correlaciones podrían verse plasmadas en el modelo arquitectónico común, asumido en el desarrollo de sus respectivos centros ceremoniales principales. El tema por cierto es tan apasionante como complejo ya que, como hemos señalado anteriormente, toca el problema clave referente al tipo de organización estatal presente en el área nuclear Moche, y su posible manifestación en testimonios arqueológicos de primera importancia, cuales son los centros urbanos de mayor jerarquía y la arquitectura monumental presente en ellos. La dilucidación de estas interrogantes queda supeditada al desarrollo de mayores investigaciones, para lo cual es importante estructurar el análisis de estos aspectos, con la finalidad de poner a prueba y afinar las hipótesis de trabajo que se construyan acerca de esta problemática (Canziani 2003, 2004).

Fig. 230. Detalle de los relieves policromos del Patio Ceremonial sobre la Plataforma Principal de Huaca de Cao (Canziani).

Finalmente, es relevante al análisis de los aspectos funcionales de esta arquitectura monumental, apreciar que el primer escalón de las pirámides de Huaca de la Luna, como de la Huaca de Cao, representa una escena de desfile de prisioneros. Esta escena en la iconografía moche está ligada a otras que la conectan con representaciones de combate y captura de prisioneros, y de sacrificios que culminan en la denominada ‘escena del sacrificio’ o de ‘la presentación’ (Alva y Donnan 1993, Hocquenghem 1987, Castillo 1989). De esta manera, es factible también suponer que estas expresiones estuvieran representando rituales que acontecían en la vida real, y que debieron de desarrollarse en el marco de la Plaza Ceremonial al norte, para luego alcanzar su clímax en los espacios rituales más restringidos, dentro de las estructuras ubicadas en la cima de la pirámide. Esta es otra esfera, la ideológica y superestructural, donde se establecen estrechas analogías entre Huaca de la Luna y Huaca de Cao, confirmando que el paralelismo en la común afiliación a un mismo modelo arquitectónico corresponde a un ordenamiento cosmológico compartido, el que debió de ser sancionado por medio de los cánones establecidos por el culto vigente y el ejercicio de la autoridad máxima por parte de quienes eran sus supremos oficiantes.

Mocollope y Cerro Mayal

El complejo de Mocollope se ubica en una posición central con relación a la extensión agrícola del valle de Chicama y en un punto intermedio entre el valle medio y el bajo. Representa un sitio de gran extensión que se localiza al pie de la falda sur del cerro Mocollope y, como ya hemos mencionado, corresponde a una de las típicas localizaciones de sitios moche al amparo de cerros tutelares. El sitio ha sido duramente afectado por la erosión, la huaquería y por movimientos de tierra, lo que dificulta enormemente tener una idea de su configuración original. En la fotografía aérea publicada por Kososk (1965: fig. 28), se aprecia al norte del sitio y en una posición central, lo que aparentemente fue una gran estructura piramidal de plataformas escalonadas. Esta estructura, que por sus características monumentales debió constituir la edificación principal del sitio, parece que fue construida incorporando en su volumen un promontorio de la falda del cerro. Esta edificación piramidal pudo complementarse con una plaza o explanada al sur, mientras que más al sur y al este se aprecian otros montículos o plataformas, coronados por grandes recintos de planta rectangular.

A una distancia de 1.5 km y al noroeste del complejo de Mocollope se encuentra el sitio de Cerro Mayal, que corresponde a un extenso centro de producción alfarera. Localizado sobre un promontorio rocoso que se eleva por encima de los campos de cultivo, Cerro Mayal estuvo aparentemente asociado al complejo de Mocollope, no sólo por la escasa distancia que los separa, sino también por el tipo de producción intensiva destinada a la elaboración de cerámica mayormente fina (Russel et al. 1994).

El área del taller abarca una extensión oblonga de 185 x 50 m y presenta una alta concentración de evidencias de hornos y quema, así como deshechos de cerámica, moldes, fragmentos de tornos y pulidores. En el sitio los investigadores han podido reconocer una distribución espacial de las actividades productivas, con áreas destinadas a la quema; otras de apoyo a la producción, donde

Fig. 231. Mocollope. Foto aérea en la que se aprecian construcciones piramidales, plataformas y posibles plazas (Servicio Aerofotográfico Nacional. Kosok 1965: 108, fig. 28).

posiblemente se preparaba la arcilla, se modelaba las piezas, se les decoraba y pulía; algunas áreas menores presumiblemente estuvieron destinadas a habitación, pero a la fecha de la investigación aún no habían sido exploradas. En las áreas de apoyo a la producción existen evidencias de preparación y consumo de alimentos, pero es interesante advertir que los investigadores señalan que esta actividad no se habría dado en contextos de tipo doméstico, sino más bien para atender la alimentación de los trabajadores del taller (op. cit: 199-200).

La filiación estilística de la cerámica, correspondiente a la fase Moche IV, indicaría que fue mayormente durante esta época que el taller sostuvo su producción. De otro lado, la enorme cantidad de deshechos de producción y el tipo de artefactos registrados en las áreas de actividad del taller, indicarían que la producción de cerámica fue muy intensa y de carácter especializado, posiblemente por parte de artesanos que trabajaban en él a dedicación exclusiva. Estos datos plantean algunas importantes cuestiones, acerca del tipo de relación establecida con relación a la elite urbana residente en el complejo de Mocollope. Una posible interpretación, sería que la producción de este taller de ceramistas estuvo destinada a satisfacer los encargos (la demanda) de la elite la que, a su vez, regulaba e intermediaba su consumo por parte de los pobladores del valle, en el marco de las actividades rituales que tenían como centro al complejo de Mocollope. Evidentemente, esta como otras interpretaciones requieren de mayores estudios y, en especial, de su comprobación mediante el examen de la distribución que tuvo la cerámica producida en el taller en los asentamientos moche del valle.

La expansión Moche a los valles sureños

Como ya sostuvimos en la introducción de este capítulo, muchos autores que han trabajado la problemática de las formaciones sociales presentes en la Costa Norte durante este período, coinciden en señalar que en cuanto a la región sureña de los Moche, estos en un determinado momento histórico —aparentemente coincidente con el dominio estilístico que caracterizó la fase IV— desarrollaron a partir de los valles nucleares de Moche y Chicama una expansión hacia el Sur, dominando los valles de esta región hasta Nepeña, con posibles proyecciones hacia el valle de Huarmey. Esta hipótesis supone la conformación de una entidad estatal centralizada y de carácter expansivo, que se anexó nuevos territorios y poblaciones mediante la conquista militar de los valles al sur de Moche (Willey 1953, Lumbreras 1969, Moseley 1992, Castillo y Donnan 1994, Canziani 1989, 2003).

De acuerdo a esta información, Moche constituiría el primer caso de un Estado del Área Central Andina en desarrollar un proceso de expansión que debió comprometer novedosas formas de control territorial y poblacional en las regiones anexadas a su dominio. En esta dirección se ha sostenido que el Estado Moche habría desarrollado determinadas estrategias que comprendían modificaciones sustanciales en los patrones de asentamiento de los valles ocupados y, especialmente, la implantación de enclaves urbanos que habrían desempeñado el rol de “capitales provinciales”. Este es un tema de sumo interés para comprender la naturaleza del Estado Moche y del tipo de dominación instaurado en los territorios conquistados y que abordaremos examinando, en cada caso, las características principales que asume la presencia Moche en los valles de Virú, Chao, Santa, Nepeña, Casma y Huarmey, de acuerdo a las evidencias conocidas y los estudios disponibles.

Otro aspecto relevante tiene que ver con el análisis de los factores causales que habrían impulsado este fenómeno expansivo. Entre estos podemos considerar el requerimiento por parte de la organización del Estado de nuevos y mayores recursos, que le permitieran satisfacer la creciente demanda del mantenimiento de las poblaciones urbanas y el abastecimiento de insumos para su producción manufacturera; así como la disponibilidad de mayores excedentes que permitieran el desarrollo y mantenimiento de obras públicas, entre las cuales debemos de considerar la inversión destinada al desarrollo de la fastuosa arquitectura monumental. Igualmente debe de considerarse los excedentes productivos destinados al intercambio y a la adquisición de bienes exóticos, al igual que a la elaboración de joyas y otras regalías propias de la pompa de la clase dominante, de cuya manifiesta acumulación de riqueza dan testimonio las espectaculares ofrendas funerarias depositadas en las cámaras mortuorias de la elite moche.

De esta manera, tendríamos una serie de causales que se adscribirían a una dinámica económica, donde fundamentalmente la creciente demanda de recursos agrarios moverían el Estado hacia la conquista o control de otros valles oasis con potencial agrícola; mientras que la demanda de materias primas por parte de la actividad manufacturera especializada en fuerte expansión, como es el caso de la metalurgia y orfebrería, la textilería, la alfarería y otras, llevarían a la búsqueda y apropiación de las fuentes de los recursos necesarios para el desarrollo de estos procesos productivos, tales como minas, canteras, bosques, pesquerías, etc. A su vez, la disponibilidad de este “capital” económico permitiría solventar caravanas o viajes de mercaderes para la adquisición de bienes exóticos provenientes de regiones relativamente lejanas, así también el disponer de bienes preciados y con un alto valor para fines de intercambio.

Hemos señalado en un trabajo anterior (Canziani 1989: 130-133), que unido a estos aspectos hay que valorar también un aspecto clave en el mundo andino, cual es el control y la apropiación de la fuerza de trabajo de las poblaciones locales, cuya participación es esencial para posibilitar la ampliación de la capacidad productiva presente en cada valle y elevar su potencial en la generación de excedentes. Sin embargo, no debemos de olvidar que estos aspectos económicos van aparejados con lo que podríamos llamar la dinámica del poder, es decir, la búsqueda por parte de la entidad estatal centralizada de ejercer una creciente dominación poblacional y territorial en la que debieron de entremezclarse aspectos relacionados con el prestigio de la clase dominante; los requerimientos de una ideología religiosa avasalladora como debió ser ciertamente la moche; y el ejercicio de la fuerza mediante el despliegue de la guerra y el arte militar.[77]

La ocupación Moche en el valle de Virú

Fig. 232. Ocupación del período Huancaco en el valle de Virú (redibujado de Willey 1953 en Canziani 1989)

Con relación a la expansión moche hacia los valles del sur, el valle de Virú constituía hasta hace poco un caso paradigmático, en cuanto representaba el más importante valle inmediatamente al sur de Trujillo, donde los moche habrían sentado sus reales, modificado el patrón de asentamiento local y establecido un centro en el complejo de Huancaco (V-88-89), que habría asumido la condición de “capital provincial”. Sin embargo, las recientes excavaciones de Bourget (2003) especial-

mente en el sector correspondiente al “palacio” (V-88), y donde resulta que los materiales moche no serían los dominantes, han puesto en discusión algunas de las hipótesis construidas anteriormente.[78]

Evidentemente estos nuevos datos plantean una serie de cuestiones que obligan a la revisión de las hipótesis anteriores y, al mismo tiempo, ponen sobre la mesa una interesante problemática, en cuanto se refiere a la interpretación acerca de la naturaleza que habría tenido entonces la ocupación moche en el valle de Virú. Para ingresar a esta discusión es necesario resumir cuales eran hasta hace poco los antecedentes previos de la cuestión.

En cuanto a la secuencia histórica del valle de Virú, se sostenía que el desarrollo de la cultura Gallinazo se habría interrumpido con la ocupación Moche del mismo, dando lugar al período conocido como Huancaco. Esta lectura se derivaba del aparente reemplazo de los estilos cerámicos locales, por aquellos propios de los moche, señalándose como posible causa de este fenómeno la ocupación violenta del valle y la instauración de un sistema político que conllevaría para el valle de Virú una condición provincial, impuesta en el marco de la dominación multivalles del Estado Moche. Esta interpretación habría sido corroborada por la presencia de un sitio impresionante como Huancaco que fue afiliado a moche y que habría reunido las características para ser asumido como la posible “capital” provincial durante el período de la ocupación moche.[79] A esta situación se sumaba también la constatación del abandono del antiguo gran centro urbano teocrático del Grupo Gallinazo (Willey 1953: 382, 397). De esta manera, en el contexto del conjunto de datos disponibles en ese entonces, estas hipótesis acerca de las repercusiones generadas por el impacto de la ocupación moche y la nueva configuración política instaurada en el valle de Virú, eran las más coherentes y confiables, y como tales fueron asumidas por muchos investigadores, entre los

cuales por cierto nos incluimos (Canziani 1989: 133-134).

Es cierto que ya habían algunas advertencias cautelares, como las señaladas por Bennett (1950: 117-118), acerca de la dificultad de separar nítidamente lo moche de lo gallinazo, al observar influencias de Moche, como de Recuay, en la esfera local durante el período Gallinazo; así como al advertir pervivencias gallinazo en los estilos cerámicos presentes en el valle durante el período Huancaco y aún después. A este propósito, es prudente recordar que no necesariamente calzan mecánicamente estilos cerámicos con “culturas”, especialmente cuando se pretende que estos rasgos culturales necesariamente representen a determinadas formaciones sociales y, más aún, el evento de determinados procesos sociales (Lumbreras 1984, 2002).

En cuanto al tema de la modificación del patrón de asentamiento durante la ocupación Moche del valle de Virú y, especialmente, con relación al abandono del Grupo Gallinazo, es importante señalar que Bennett (1950: 118) también había planteado la posibilidad que el abandono de este centro urbano se hubiera dado antes de la culminación del período Gallinazo Tardío y que, para ese entonces, el eje del poder político se hubiera trasladado hacia el cuello del valle. Este argumento también fue sopesado por el propio Willey (1953: 382) que consideró, entre otras alternativas, que este desplazamiento del Gallinazo Tardío, hacia estas zonas estratégicamente más protegidas y nucleadas en torno a los “castillos” fortificados, pudiera ser consecuencia de la creciente presión e incursiones desde el norte por parte del Estado Moche, que culminaría finalmente con la ocupación del Virú. En nuestro propio caso (Canziani 1989: 193), advertíamos ciertas diferencias entre la ocupación Moche en el valle de Virú y los valles que se encuentran más al sur, señalando que debió de ser muy diferente el impacto causado por los moche en un valle donde existía una sociedad con un desarrollo bastante similar, como pudo ser Gallinazo, con relación al territorio de otros valles con formaciones que aparentemente tenían un distinto nivel de desarrollo y organización.

Nos parece sugerente replantear la interpretación de lo sucedido en Virú en el marco de este último argumento. Si estamos convencidos de que se mantiene incuestionable el punto de partida, es decir, que la ocupación de los valles al sur de Moche efectivamente se produjo; y si consideramos el conjunto de evidencias presentes en el valle de Virú para argumentar acerca de la ocupación moche en el mismo; es evidente que debemos esforzarnos en estructurar nuevas hipótesis de trabajo, que orienten los estudios que se desarrollen en el valle para dilucidar la problemática sobre el período denominado Huancaco.

A este propósito, a la luz de las recientes investigaciones en el sitio de Huancaco (Bourget 2003), sería interesante sopesar la posibilidad de que en el caso de Virú el Estado Moche concediera un cierto margen de autonomía política —o cuanto menos “cultural”— a las elites locales, tratándose de una formación con un nivel de desarrollo y estructura similar. Mientras que muy distinta debió ser la situación en los valles más al sur, donde Moche aparentemente se habría encontrado con la ausencia de entidades políticas unificadas y frente a un conjunto disperso de comunidades aldeanas. Esta diferenciación en las estrategias de control aplicadas, que responderían a las distintas condiciones locales, acercaría mucho más de lo que se supondría a Moche de las estrategias de integración panandinas desplegadas posteriormente por los wari y los incas.[80]

Huancaco

En nuestro trabajo anterior hicimos una extensa descripción del complejo de Huancaco (Canziani 1989: 134-140), en esta oportunidad nos interesa reseñar las características más relevantes del sitio y, especialmente, sopesar los resultados de las recientes excavaciones arqueológicas desarrolladas durante estos últimos años (Bourget 2003).

El complejo de Huancaco tiene una extensión de unas 35 ha y está ubicado en una zona central de la margen sur del valle bajo, al pie del gran cerro Compositán. A escasos metros de la base de las edificaciones monumentales se encuentran los vestigios del canal principal de la margen sur que irrigaba todo este sector del valle. Las estructuras con arquitectura monumental del complejo presentan una volumetría de tipo piramidal, generada por el desarrollo de grandes plataformas escalonadas, que ascienden incorporando el declive de la ladera del cerro. De esta manera, sus constructores lograron una impresión de impactante grandiosidad para quienes se aproximaban al complejo desde el norte o lo contemplaban desde el valle, aún a considerable distancia.

Fig. 233. Vista panorámica del

complejo de Huancaco desde

las laderas al sur oeste del sitio.

En primer plano las edificacio-

nes correspondientes al ‘Pala-

cio’ (V-88) y al fondo a la de-

recha el volumen de la edifica-

ción piramidal V-89 (Canziani

1989)

El sector monumental tiene en su eje mayor 270 m. de noreste a suroeste y unos 200 m. de ancho en su eje menor. El conjunto se encuentra protegido por grandes murallas que ascienden por las laderas del cerro, y en él destacan dos sectores principales: al sur el sector denominado “palacio” (V-88); y al norte el sector dominado por una edificación piramidal escalonada (V-89). El sector del “palacio” presenta ciertas similitudes morfológicas con el “palacio” de Sarraque y, en menor grado, con la propia Huaca de la Luna.

Las recientes excavaciones de Bourget (2003) en el sector del palacio V-88 han permitido definir la forma y características arquitectónicas de los distintos ambientes que lo constituían, así como recuperar contextos y materiales culturales que le permiten proponer hipótesis sobre su posible función. Los ambientes ubicados sobre las plataformas más bajas, en el extremo noroeste de V88 (ibid: figs. 8.3, 8.4), como son A1, A2 y A3, presentan evidencias de molienda, abundantes fogones y otros numerosos restos asociados a la preparación de alimentos. Estos ambientes de cocina estaban a su vez conectados, mediante corredores y rampas, con otros más elevados como A4, que se encuentra en un segundo nivel y que al parecer fueron utilizados para el servicio de las viandas o su presentación. Es notable que este ambiente alargado estuviera dominado en uno de sus extremos por una estructura formada por una plataforma elevada, a la que se ascendía por medio de escalinatas, la cual presentaba evidencias de haber estado provista de un techo decorado con porras de cerámica. Por lo que en estos espacios se puede reconstruir imaginariamente el desarrollo de escenas similares a las representadas en la cerámica moche, donde personajes principales de la elite presiden desde una estructura prominente y dotada de un techo decorado con porras, el despliegue de una generosa variedad de viandas y bebidas, que les son ofrecidas y servidas por personajes de menor rango (Larco 2001: fig. 212).

En un nivel superior se encuentra A6, el ambiente más amplio de V-88 con un área de 35 m. de largo y 17 m. de ancho, donde se hallaron una serie de tinajas alineadas y dispuestas regularmente a lo largo de los muros sur y norte del recinto. Estas evidencias y otros contextos asociados, permiten suponer que este amplio espacio fue dedicado al consumo de alimentos y a libaciones.

Finalmente en el nivel más alto de V-88 se encuentran otros importantes recintos que muestran notables evidencias de haber sido decorados con pintura mural, como son A10, A13, A26 y A42 (Bourget 2003: lám. 8.1 a). Estos ambientes pudieron ser reservados como residencia para los habitantes del edificio. Sin embargo, algunos de estos no habrían excluido ciertas actividades productivas o administrativas, como es el caso de A10, donde se hallaron incrustadas en el piso 15 vasijas, aparentemente empleadas para el almacenamiento de frijoles, así como sendas acumulaciones de fibras de lana de camélidos y de algodón a ambos extremos de este ambiente.

Según concluye Bourget (2003:266-267), tanto las características arquitectónicas de V-88, como el conjunto de evidencias que permiten establecer la naturaleza de las actividades que se desarrollaron en sus distintos ambientes, confirmarían que la denominación de “palacio” señalada en su momento por Willey (1953: 359) era bastante acertada.

Al extremo norte del sitio se encuentra el sector V-89, dominado por el volumen de una pirámide escalonada conformada por cuatro a cinco plataformas sucesivas. Esta edificación piramidal, con una base de 54 x 42 m. y 17 m. de alto, está conectada con el sector del palacio al sur mediante algunas plataformas con recintos, separados e intercomunicados entre sí por largos corredores. En uno de estos recintos, se encontraron adosados en su lado sur, una hilera de cubículos aparentemente de depósito de 2 x 3 m. cada uno. Las excavaciones realizadas en el recinto definieron un piso, restos de una escalinata y evidencias de un poste que parece correspondía al soporte de los techos del ambiente (Willey 1953: 208-209).

En cuanto a la pirámide escalonada, esta es desde el punto de vista morfológico la edificación que expresa una mayor semejanza en su tratamiento con otros monumentos moche, si bien de mucho mayor envergadura, como la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna. Advirtiendo que esta semejanza no la observamos en su configuración general, sino más bien en el similar acabado escalonado que presentan sus frentes. Este tipo de tratamiento, por lo que conocemos, no tendría antecedentes en la arquitectura Gallinazo, donde la mayoría de las plataformas lucen frentes llanos en su talud.

Fig. 234. Plano del sector monumental del complejo de Huancaco (Bourget 2003: fig:

8.3).

En la pirámide escalonada Willey (1953: 207) exploró un forado de huaquería en el lado sureste, observando la presencia de por lo menos 4 superposiciones arquitectónicas en la misma, con paramentos sucesivos que fueron pintados de rojo o de blanco. Lamentablemente este sector del complejo ha tenido escasa intervención durante las recientes excavaciones, lo que impide dilucidar si es que este sector respondería a la influencia moche que parece reflejar su arquitectura.

Es importante destacar que prácticamente en toda el área del sitio rodeada por amurallamientos, se encuentran múltiples zonas con evidencias de ocupación habitacional e inclusive de la presencia de talleres, especialmente en los alrededores de la arquitectura monumental y en la propia ladera del cerro.[81] Estos rasgos y los abundantes restos de estructuras, permiten suponer la presencia de una relativa concentración poblacional y el desarrollo en el sitio de algunas actividades productivas

de carácter especializado. En todo caso, es evidente que esta concentración poblacional debió ser comparativamente algo menor que la que anteriormente pudo concentrarse en el Grupo Gallinazo.

En conclusión, de estos datos y de las nuevas evidencias proporcionadas por las recientes investigaciones arqueológicas, se podría plantear la hipótesis que el complejo de Huancaco, y especialmente el “palacio”, estuvo conducido y fue sede de una elite local, posiblemente sometida al poder moche, pero es evidente que manteniendo ciertos márgenes de autonomía, sino política por lo menos desde el punto de vista cultural, por ejemplo, conservando lazos estilísticos con las raíces tradicionales de la cerámica Gallinazo, aun con ciertas evoluciones singulares que manifestarían un cierto sesgo epigonal (Bourget 2002: com.pers.; Bourget 2003).

Fig. 235. Huancaco. Pintura mural en el ambiente A-10 del sector correspondiente al ‘Palacio’ V-88 (Bourget 2003: lam. 8.1.b).

Las características del patrón de asentamiento durante el período Huancaco

A continuación hacemos una descripción somera de la las características que presenta según Willey el patrón de asentamiento durante el período Huancaco, tomando en cuenta, obviamente, los datos que han sido puestos en cuestión por las recientes investigaciones arqueológicas en el valle. En cuanto a la distribución de los sitios en el valle, se notaría que esta es mucho más intensa y homogénea de la que se daba durante Gallinazo, donde se advertía una fuerte concentración en la parte baja del valle y otra, relativamente menor, en el cuello del mismo.

Los tipos de sitios presentes en el período Huancaco serían básicamente los mismos que durante Gallinazo, si bien algunos presentan ciertas evoluciones o la tendencia a hacerse más populares, cual es el caso de los complejos con cercados rectangulares o el de los cementerios. En cuanto a los centros ceremoniales, se registran a lo largo del valle una serie de complejos con montículos piramidales asociados a viviendas, en otros casos estos se presentan aislados o cercados por muros perimetrales. Gran parte de estos montículos exhiben antecedentes Gallinazo, de lo que se infiere que fueron reocupados y sujetos a algunas remodelaciones durante la ocupación Moche. En el caso de la parte alta del valle, ante la relativa escasez de montículos Gallinazo, se habrían también remodelado edificaciones de épocas más tempranas. Entre este tipo de sitios dominados por montículos piramidales, destacan algunos que parecen corresponder a complejos de función administrativa y ceremonial, como V-149 en la quebrada de Huacapongo; y V-280 un extenso complejo al norte del valle bajo relacionado con una serie de sitios localizados en esta zona, especialmente importantes cementerios como los que se encuentran en los alrededores del médano de Purpur. En cuanto a los “castillos fortificados” estos se mantienen, aunque no con toda la importancia que alcanzaron durante el Gallinazo tardío en la parte alta del valle. Este es el caso del Castillo de San Juan (V-62) y del de Tomaval (V51), como del Castillo de Santa Clara (V-67) al sur del valle medio.

Es importante advertir que estos sitios no compiten, ni por asomo, con la extensión y complejidad del Grupo Gallinazo y, en todo caso, corresponden a una jerarquía bastante menor frente a un sitio como Huancaco (V-88-89). Por lo que, si se descarta la hipótesis de que Huancaco correspondería a la posible “capital provincial” moche durante la ocupación del valle de Virú, es evidente que nos encontraríamos frente a un dilema, al no existir algún otro sitio que pudiera haber asumido esta función, dado que ninguno de los conocidos reuniría las condiciones necesarias para absolverla.

En cuanto a las aldeas, se mantienen prácticamente inalterados los patrones propios de la época anterior, si bien se advierte un incremento y extensión de las del tipo definido como “regular” (V-39, 53,14,19) por su ordenamiento y la observación de ciertos niveles de planificación. Estos rasgos nos llevaron a advertir la posibilidad de que algunos de estos asentamientos, inclusive algunos definidos como aldeas “irregulares” por Willey, pudieran haber correspondido a determinadas instalaciones administrativas, más aún cuando se observa su asociación con sistemas de distribución de riego, canales y amurallamientos (ver V53, Willey 1953: fig. 39), localizándose en zonas estratégicas para la administración de la producción agrícola del valle (Canziani 1989: 140-144).

Existen otros sitios, relativamente novedosos, definidos como “complejos con cercados rectangulares”, en los cuales se aprecian subdivisiones y otras estructuras en su interior. Este sería el caso de V-10, 51, 20 y 28, ubicados mayormente en la parte media y media alta del valle. Este tipo de sitios, por sus características y localización, parecen estar asociadas a resolver funciones de carácter público, relacionadas con el manejo y organización de la producción agrícola. También se mantienen y están presentes las grandes casas semiaisladas (V-41, 42, 143, 150, 178) aumentando ligeramente sus dimensiones con relación a las de la época anterior.

Finalmente, es de destacar que durante el período Huancaco aparecerían por primera vez espacios abiertos y aislados, específicamente destinados a servir como cementerios, generalmente ubicados en áreas eriazas al margen de las tierras de cultivo. Uno de los cementerios más importantes del valle fue el de Purpur (V-98), localizado en el límite norte de la parte baja del valle. Sin embargo, es de notar que también algunos sitios habitacionales conservaron la tradición de servir como lugar de enterramiento. Este es el caso de la célebre Huaca de la Cruz (V-162), donde Strong y Evans (1952) hallaron un enterramiento de un personaje de alto status correspondiente a un anciano, cuya parafernalia indicaría que pudo tratarse de un guerrero – sacerdote, que no solamente estaba dotado de un rico ajuar funerario sino también asociado a la presencia de otros cuatro acompañantes, aparentemente sacrificados en el momento de su enterramiento.[82]

De todos estos datos reseñados queda claro que la problemática de la ocupación Moche en el valle de Virú, conocido como período Huancaco, está abierta a la investigación y al debate. En resumen, desde nuestro punto de vista, nos plantearíamos dos hipótesis alternativas. La primera podría postular la presencia de una elite local subordinada al poder central de los moche, pero con la concesión de ciertos márgenes de autonomía en el ámbito local. En cuyo caso el sitio de Huancaco podía haber operado como una “capital provincial” con características singulares, al no estar necesariamente asimilada a los cánones y paradigmas supuestamente sancionados por el Estado Moche. La segunda hipótesis alternativa, plantearía que la inexistencia de una “capital provincial” podría explicarse dada la relativa proximidad existente entre los dos valles (aprox. 30 km.) y especialmente con relación a la capital del Estado en Moche, lo que podría haber hecho superfluo la instalación por parte de moche de un centro equivalente a nivel provincial. En este caso Huancaco, que ya tenía antecedentes como un importante centro urbano Gallinazo, podría haber continuado en operación en cuanto sede de uno de los grupos de la elite local disgregados por el advenimiento de la expansión moche. Ambas hipótesis tendrían como supuesto necesario la presencia

local de una formación social equivalente a la de los ocupantes, lo que habría permitido la incorporación de Virú a la esfera Moche sin cambios muy dramáticos, más allá de la desactivación de un complejo urbano como el del Grupo Gallinazo que, al perder su hegemonía en el ejercicio del poder en el valle, habría quedado sin base de sustento y sin razón de ser.

En todo caso, enterramientos como el hallado en Huaca de La Cruz (Strong y Evans 1952: 150156) dejan en claro la presencia en el valle de Virú de una elite con un marcado ejercicio de poder y estrechamente afiliada a la esfera del mundo moche. ¿Fueron estos funcionarios destacados en el valle por el Estado central moche, o fueron personajes de la elite local adscritos a la estructura de poder del Estado multivalles? Difícil encontrar la respuesta en el estado actual de nuestros conocimientos. Sin embargo podemos subrayar un detalle, en el sentido de que en el modus vivendi de estos personajes empoderados, no se percibe como imprescindible el enterramiento y muy posiblemente tampoco la residencia en complejos asociados a arquitectura monumental, sino que posiblemente también se integraron y tuvieron como lugar de residencia asentamientos que podríamos definir de segundo o tercer orden, como parece ser el caso de Huaca de la Cruz o algún otro sitio huancaco relativamente próximo.

La ocupación Moche en el valle del Santa

La ocupación Moche en el valle del Santa, al igual que en otros valles de la costa norte, estaría antecedida por un período afiliado culturalmente a Gallinazo y concluiría con el evento de Wari correspondiente al Horizonte Medio (Donnan 1973, Wilson 1988).

Fig. 237. Mapa del valle bajo del Santa con la ubicación de los sitios Moche (Redibujado de Donnan 1973).

A este propósito, Wilson (1988: 151-198) aprecia una marcada tendencia de las poblaciones gallinazo a concentrarse mayormente en la parte media alta del valle, si bien allí las tierras de aptitud agrícola son bastante limitadas, mientras que estas presentan su mayor extensión en el valle bajo. Por lo tanto, esta preferencia en localizar los asentamientos en la parte media alta del valle durante el período Gallinazo, parecería condicionada por determinados niveles de conflicto con poblaciones externas al valle, ya que la geografía de esta zona la hace más protegida frente a eventuales incursiones, lo que sería corroborado por la importante presencia de sitios de carácter defensivo.

Este patrón de asentamiento se modificaría sustancialmente con la ocupación Moche, donde el grueso de los sitios se concentran en la parte baja del valle del Santa —la zona que presenta el mayor potencial para la producción agrícola— y donde sintomáticamente ya no tendrían mayor relevancia los sitios con rasgos defensivos. También llama la atención de los investigadores que en el registro de sitios la mayoría corresponda a cementerios, mientras que es algo menor la cantidad total de asentamientos.

Entre los diferentes tipos de sitios correspondientes a la ocupación Moche, además de los sitios habitacionales y los cementerios, existen otros que responden a funciones de carácter público, entre los que destacan: centros que tiene como elemento dominante montículos piramidales; recintos rectangulares con plataformas o montículos piramidales en su interior; recintos rectangulares con subdivisiones; y edificaciones que parecen corresponder a fortificaciones.

Pampa de Los Incas

Entre los sitios del primer tipo, Pampa de Los Incas se ubica en la margen norte del valle y a poco menos de 4 km. del litoral. A todas luces representa el sitio principal y todos los atributos que reúne evidencian que cumplió la destacada función de centro provincial durante la ocupación moche en el valle del Santa. En este imponente centro urbano ceremonial destacan dos grandes Huacas o montículos piramidales de grandes dimensiones, además de otros montículos menores, grandes murallas de adobe, antiguos caminos y varios sectores con evidencias habitacionales, de talleres de producción de manufacturas y cementerios.

El núcleo principal del sitio parece haber correspondido a la Huaca mayor,[83] tanto porqué está en una posición central y presenta las mayores dimensiones con 132 x 110 m de base y unos 16 m de altura, lo que la convierte en la mayor edificación del período en el valle. Además, el hecho de que un camino que proviene del noreste termine su recorrido en la base de la pirámide y que éste se proyecte en una serie de rampas que permiten el ascenso hacia las plataformas superiores, llevan a suponer que constituía el eje del ordenamiento urbano del asentamiento (Wilson 1988: 207-212, fig. 108). Sobre la cima de este montículo construido con adobes, se hallaron algunos de estos que presentaban marcas.

Fig. 238. Plano general del

complejo de Pampa de Los

Incas (Wilson 1988: fig. 108).

Unos 125 m al este de la Huaca mayor se encuentra otra Huaca con un área menor de 90 x 75 m. pero con una altura que alcanza cerca de 19

m. Este montículo piramidal parece que también está asociado a un camino orientado hacia el noreste que parte de su flanco sureste.

La presunción de que Pampas de Los Incas corresponda al principal centro administrativo y ceremonial Moche en el valle se vería también reforzada por la presencia de una alta concentración poblacional, la que estuvo mayormente asentada sobre terrazas que se ubican en las faldas del lado sur y este de un cerro rocoso que se encuentra al suroeste del sitio. Estas terrazas presentan evidencias de estructuras habitacionales construidas tanto en piedra como en adobe (Donnan

1973: 36-37); igualmente relevante es el dato de que en estas laderas se hallaran rastros de la presencia de talleres dedicados a la fabricación especializada de cerámica (Wilson 1988: 211).

Otros posibles centros urbano ceremoniales

En la extensa área que interesó la ocupación moche del Santa, que comprendió el valle bajo y se internó más de 40 km. en el valle medio alto, existen indicios de que se habrían desarrollado otros centros de carácter secundario con la finalidad de cumplir funciones ceremoniales y administrativas en sectores claves del territorio ocupado en el valle.

Este es el caso de los sitios 98, 161 y 127 que se localizan en la margen izquierda del valle bajo y que se encuentran distanciados de 5 a 8 km. entre sí. Esta distribución espacial podría expresar un determinado patrón de localización de los centros secundarios, destinado a resolver el desarrollo de las funciones y servicios propios de este tipo de asentamientos, nucleando a las agrupaciones poblacionales comprendidas en sus respectivos radios de acción en este sector sur del valle.

Posiblemente el más emblemático de este tipo de centros secundarios es el sitio 161 (Donnan 1973: 39-41) denominado “El Castillo” y que está

Fig. 239. Plano del sitio El Castillo (Wilson 1988: fig. 106).

Fig. 240.El Castillo. Detalle de pintura mural con porras y escudos propia de la parafernalia de los guerreros Moche (Wilson 1988: fig. 107).

ubicado en una posición estratégica en cuanto correspondería a un lugar central para el manejo del valle bajo en la margen sur. Según Wilson (1988: 206-207, fig. 100 y 106) en el sitio destacan dos grandes construcciones con plataformas escalonadas de adobe, edificadas sobre la cima y la ladera norte de un gran cerro que emerge unos 70 m por encima de los campos de cultivo. Esta posición sobreelevada de las huacas debió resaltar el carácter prominente de las mismas en el paisaje aledaño, lo que se vería refrendado por la presencia de restos de pintura mural policroma en el paramento de una de las plataformas del edificio que se ubica en la parte baja de la ladera del cerro, y que está orientada hacia el norte. Resulta emblemático que el motivo representado en esta pintura mural corresponda a un conjunto de porras y escudos, típicos de la panoplia guerrera de los moche (ibid: fig. 107), de lo que a su vez se puede deducir que este paramento formaría parte del frontis principal del edificio.

Además de estas edificaciones de evidente función pública, en las laderas del propio cerro como también unos cientos de metros al este, en los suelos desérticos que se ubican a partir del límite de las tierras de cultivo del valle, existen una serie de zonas con evidencias correspondientes a concentraciones habitacionales, incluyendo un complejo con recinto rectangular (PV.28-91) y algunos cementerios, lo cual puede dar idea de que las edificaciones principales de función ceremonial y administrativa, concentraban en su entorno una importante población y quizás el desarrollo de otras actividades productivas complementarias a su operación en este sector del valle.

Otro centro importante correspondería al sitio 98 al sureste del valle bajo, que presenta también evidencias habitacionales y algunos montículos menores dominados por una imponente edificación denominada Huaca Ursias que tiene un área de 110 x 90 m. y una altura de unos 11 m. (Wilson 1988: 212, fig.112). Esta Huaca presenta plataformas escalonadas con una plaza hundida del lado norte y una serie de rampas que permitían el ascenso hacia las plataformas más elevada que se encontraban del lado sur. Otros complejos dominados por montículos piramidales se encuentran distribuidos también en la parte media alta del valle y pudieron cumplir funciones de carácter administrativo y ceremonial propias de la organización del Estado con relación a las poblaciones asentadas en estos sectores del valle.

Wilson (ibid: 207) registra otro importante centro local al sur del valle, al oeste de la quebrada de Lacramarca, en el sitio GUAD-192 que alcanza la notable extensión de cerca de 30 Ha. y donde convergen dos antiguos caminos que aparentemente lo conectaban con otros sitios moche ubicados más al norte, en la margen izquierda del valle bajo del Santa, como también con los asentamientos moche instalados en los valles al sur del Santa, como es el caso de los localizados en el valle de Nepeña que, como veremos más adelante, presenta importantes evidencias de la ocupación Moche.

Interesantes avances sobre la ocupación Moche en el valle bajo del Santa se vienen desarrollando con las investigaciones conducidas por Chapdelaine (2004), las que estamos seguros nos darán mayores luces tanto sobre la naturaleza como sobre la dinámica de la evolución de esta ocupación. Al respecto, nos parece de sumo interés la hipótesis planteada acerca de una importante ampliación de la frontera agrícola de la margen sur del valle, con el establecimiento en esta zona de nuevos asentamientos moche. De comprobarse este tipo de eventos podríamos no sólo ponderar mejor la naturaleza de las complejas interrelaciones con el poder de los señores locales, sino también disponer de alcances acerca de las causas que explicarían la expansión moche, entre las cuales se ha esgrimido la necesidad de contar con nuevas fuentes de provisión de excedentes productivos. Por otra parte, la aplicación de recursos técnicos y la movilización de fuerza de trabajo para la ejecución de grandes obras de irrigación, se habría constituido en una de las principales formas desplegadas por el Estado Moche para hacerse de tierras que le permitieran disponer de rentas, vía la institución de tributación de trabajo en éstas por parte de la población local (Canziani 1989:130-133; 2004).

Sitios con recintos Rectangulares

Especialmente en la margen sur del valle bajo, donde parece que se concentró la explotación agrícola durante la ocupación Moche, se registra la presencia de una serie de sitios cuyo rasgo más destacado consiste en la presencia de estructuras que se caracterizan por estar enmarcadas dentro de recintos rectangulares, los que presentan subdivisiones interiores o contienen plataformas y montículos piramidales. Es posible que este patrón de ordenamiento espacial, que implica ciertos niveles de planificación, corresponda al desarrollo de determinadas intervenciones por parte de la entidad estatal en lugares estratégicos del valle. Esta hipótesis encuentra también sustento en el hecho de que estas edificaciones han sido construidas con adobe, un material mayormente empleado por los moche en sus edificios públicos y donde, además, se aprecia el empleo de adobes hechos con molde con una marcada tendencia a estandarizar sus dimensiones con un promedio de 32 x 22 x 14 cm. (Donnan 1973, Canziani 1989: 149-151)

Entre los recintos rectangulares que presentan subdivisiones formando recintos menores o patios, Donnan (ibid.) registra los sitios 88, 91, mientras que entre los que contienen plataformas o montículos piramidales al interior de los recintos rectangulares se registran los sitios 89, 130, 133, 186. Por su parte también Wilson (1988: 219-220) hace mención al registro de por lo menos 3 estructuras con recintos rectangulares, si bien las define gruesamente como “corrales”, a partir de su posible asociación con antiguos caminos que articulaban el valle en sentido transversal –conectándolos con las rutas intervalles- como también longitudinal, comunicando los sitios que se encontraban hacia el interior del valle, con una posible proyección hacia las partes altas y la serranía. Las características de algunos de estos complejos con recintos rectangulares y su asociación con redes de caminos, podría también haber correspondido a establecimientos del tipo tampu (Canziani 1989: 196), tal como se sugiere más adelante a propósito de estructuras similares instaladas por los Moche en el valle de Nepeña. Un posible sitio Fortificado

Fig. 241.Huaca China (88). Vista aérea oblicua en la que se aprecia las murallas concéntricas. (Bridges 1991).

Finalmente, en una posición estratégica en la margen sur del valle bajo se encuentra el sitio denominado Huaca China (84) que parece corresponder a una estructura fortificada. Este sitio está localizado sobre el promontorio de un cerro que aflora en el piso del valle, y se caracteriza por presentar en el sector más alto dos murallas concéntricas que encierran la cima del cerro, donde se encuentran restos de una plataforma con algunos muros o recintos. Las murallas tiene una base de aproximadamente un metro mientras que debieron de alcanzar más de 3 m. de altura. Todas estas estructuras fueron construidas empleando adobes hechos con molde, cuyas dimensiones presentan las medidas propias de los estándares moche.

El amurallamiento exterior presenta un diámetro aproximado de unos 75 m mientras que la muralla interior corre paralela a esta a unos 5 m de distancia. No está del todo clara la forma de acceso y los vanos que permitieran la circulación hacia el interior del conjunto, sin embargo las características que presenta un recinto adosado al norte de la muralla exterior, con muros formando un corredor laberíntico, podría suponerse que formaba parte de los mecanismo para restringir y controlar el acceso principal al edificio (Donnan 1973: 16-18, fig. 1; Wilson 1988: 212-213, fig. 113).

Resumiendo las características centrales del patrón de asentamiento establecido durante la ocupación moche del valle del Santa, podríamos señalar que ésta privilegia la explotación agrícola del valle bajo, lo que se manifiesta claramente con la notoria concentración de la mayoría de sitios y la localización de los asentamientos principales en este sector del valle.

Otro elemento saltante que se observa es el establecimiento de dos centros gravitantes en ambas márgenes del valle. El primero, en la margen norte entorno al complejo de Pampa de los Incas, que correspondería a la “capital” provincial moche en el valle; y el segundo, en la margen sur y al este de la hacienda Tambo Real, con un conjunto de sitios que pudo tener como centro el sitio de El Castillo (161). Esta organización dual del sistema de asentamiento, respondería a los requerimientos planteados por el manejo agrícola en ambas márgenes del valle bajo, como también a la necesidad de localizar los sitios principales en directa conexión con los caminos que respectivamente permitían la comunicación con los valles al sur y al norte del Santa. De otro lado, el hecho de que el Santa sea un río de fuerte caudal y de evidentes dificultades para su vado, pudo también contribuir a generar esta organización bipartita del territorio del valle bajo.

El complejo de Pampa de los Incas, correspondería al principal centro político, religioso y administrativo Moche en el valle, presentando la arquitectura monumental de mayor dimensión y representatividad, concentrando posiblemente la mayor población urbana dedicada a actividades de carácter especializado y, entre estas, de la producción de cierto tipo de manufacturas.

Especialmente en la margen sur, se aprecia la presencia de sitios con montículos piramidales, cuya distribución regular permitiría suponer que resolvían principalmente funciones de índole ceremonial con relación a la población asentada a lo largo de este sector del valle. Mientras tanto, la presencia de sitios caracterizados por presentar recintos rectangulares, podría haber estado destinada a cubrir funciones de carácter mayormente administrativo, algunas de ellas posiblemente asociadas con la operación del sistema de caminos y la movilización de las caravanas de transporte, similar a las que tuvieron los tambos tardíos (Hyslop 1984, Canziani 1989: 196). Esto no excluye que algunos de estos complejos con recintos rectangulares incorporaran alguna actividad ceremonial, dado que algunos de ellos incluyen también pequeños montículos piramidales.

En este esquema reconstructivo la presencia de una posible fortificación en Huaca China (84), podría haber respondido a una función defensiva de la parte baja de la margen sur del valle, como también, en su momento, pudo haber correspondido a un punto de avanzada de alguna de las campañas de la conflictiva expansión Moche hacia el sur. Una vez impuesta la dominación moche, esta edificación podría haber sido destinada a otros usos. En todo caso, resulta sintomática la ausencia de otras estructuras fortificadas en el valle, lo que demostraría que una vez resueltos los conflictivos que ciertamente generó el inicio de la ocupación moche del Santa, e impuesta por el poderío Moche la pacificación forzada de estos territorios, este tipo de estructuras habrían sido totalmente prescindibles.[84]

La ocupación Moche en el valle de Nepeña

Fig. 242. Mapa del valle de Nepeña con la ubicación de los sitios Moche (Redibujado de Proulx 1985).

Luego del importante desarrollo que se registra en este valle durante el período Formativo, manifiesto en el registro de arquitectura monumental de sitios extraordinarios como Punkurí y Cerro Blanco (ver Cap. 4), se desarrollan otros sitios aparentemente más tardíos como Kushipampa, Motocachy, Quisque y Paradones, que se localizan principalmente en la parte alta del valle (Proulx 1985). Sin embargo, llama la atención el que durante las fases tempranas del periodo de los Desa-

rrollos Regionales se verifique una aparente ausencia de centros ceremoniales y de poder con arquitectura monumental de cierta relevancia. Este fenómeno podría estar señalando un singular contexto histórico en el cual —luego del notable exordio expresado con el desarrollo extraordinario de la arquitectura monumental y de los centros ceremoniales formativos— no se habría configurado el consecuente surgimiento de una entidad política centralizada. Lo que representaría un caso típico de desarrollo discontinuo en el cual —contradiciendo lo que normalmente se asume por supuesto— no se presenta una evolución lineal ni tampoco un crecimiento continuo en el nivel de desarrollo de las formaciones sociales. Esta problemática merecería una investigación específica, más si se considera que un fenómeno similar también interesa al vecino valle de Casma, donde los desarrollos alcanzados durante el Formativo fueron aún más impresionantes.

En cuanto al valle de Nepeña, la concentración de la ocupación formativa en la parte alta del valle —al igual que en el valle de Virú— podría explicarse en función del despliegue inicial del manejo de la irrigación artificial en aquellas zonas cuya conformación favorecía la aplicación de tecnologías hidráulicas aún incipientes y cuyo funcionamiento posiblemente no requirió de formas demasiado complejas de administración y de organización de la fuerza de trabajo comprometida en la construcción y operación de estas obras públicas. En todo caso, este desarrollo inicial impulsado por la afirmación de la economía agrícola en el valle, no habría trascendido hacia la constitución de una organización estatal de rango mayor, pero inclusive tampoco habría logrado continuidad en el sostenimiento de formaciones estatales quizás aún incipientes.

De acuerdo a estos antecedentes, se podría suponer que la ocupación Moche en el valle de Nepeña se instalaría sobre una suerte de “vacío” de poder, ante la aparente ausencia de una organización política y la inexistencia de una entidad urbana local al momento de producirse la ocupación Moche. Esta situación lleva a suponer que la anexión o dominación Moche del valle de Nepeña se dio en condiciones bastante diferentes a las existentes en el caso de Virú.

En todo caso, los datos revelan que cuando se produjo la ocupación Moche del valle de Nepeña se modificó sustancialmente el patrón de localización de los asentamientos. La mayoría de los sitios se concentraron en la parte media del valle, nucleándose en los alrededores del complejo de Pañamarca que representó el principal centro del poder Moche en el valle. De otro lado, se ha destacado un dato relevante, cual es el registro de la contemporánea presencia de gentes afiliadas a la cultura Recuay que se localizan en las cabeceras de la parte alta del valle (Proulx 1985: 275-288).

Los sitios representativos de la ocupación Moche en el valle no son numerosos, ya que en total serían tan sólo 37 (ibid: 276). Son escasos los sitios que se localizan en la zona superior del valle medio o en la parte alta del mismo. Inclusive, entre los que se encuentran en este sector, algunos presentan como único indicador pocos tiestos moche, que bien podrían corresponder a piezas de intercambio. Al igual que en el caso del Santa, se advierten en Nepeña ciertas dificultades en identificar claramente los posibles sitios de habitación de este período, que se revelan relativamente escasos frente a la mayoría de los sitios representados por complejos con montículos piramidales y los cementerios.

El Complejo de Pañamarca

Pañamarca se localiza en el piso del valle de Nepeña, en su margen derecha y en una zona de transición entre la parte baja y media del mismo. El sitio se ubica a unos cientos de metros del cauce del río que transcurre al sur del mismo, y a unos 15 km. del litoral. En la elección de este emplazamiento -además de su localización estratégica para el manejo agrícola y las comunicaciones- parece haber primado también la presencia de unos singulares afloramientos rocosos, que fueron especialmente incorporados al diseño arquitectónico por sus sugerentes formas, lo cual –como ya se ha visto- confirma la reiterada predilección de los Moche por estas formaciones naturales para el establecimiento de sus sedes principales.

Este complejo representa el núcleo central de la ocupación Moche en el valle de Nepeña, ya que en sus alrededores se encuentran concentrados los restos de otros montículos de menor tamaño correspondientes a esta misma época. El monumento principal de este sitio, que tiene una extensión de unos 250 x 200 m. está constituido por una gran pirámide con una base de cuadrangular de unos 50 m. de lado que se yergue sobre un promontorio rocoso, lo que eleva su cúspide unos 40 m. por encima del nivel del valle. La edificación piramidal está aparentemente constituida por plataformas escalonadas, construidas masivamente con adobes paralelepípedos rectangulares hechos

Fig. 243. Panorámica desde el norte del complejo de

Pañamarca, en la que destaca la pirámide escalonada (Canziani).

con molde llano, si bien se observan también adobes elaborados con molde de caña.[85]

Esta pirámide principal en su frente noroeste, presenta los restos de un rampa con un singular desarrollo zigzagueante, que asciende conectando los escalones que presenta este flanco de la pirámide. Del lado noreste, la pirámide se encuentra asociada a una plaza, desde la cual se habría desarrollado una posible rampa que iniciaba el ascenso hacia la pirámide. Esto significaría que en el ordenamiento espacial de la edificación principal de Pañamarca se reiterarían algunos de los rasgos típicos, propios de la configuración de los principales complejos ceremoniales Moche, como han sido documentados en Huaca de la Luna y Huaca de Cao.

La cúspide de la pirámide y gran parte de su frente sureste presentan una gran cámara abierta, lo que llevó a Kosok (1965: 206) a suponer que se trataba de una estructura en forma de “U”, sin embargo no está del todo claro si esta conformación podría haber sido generada por algún forado realizado antiguamente por buscadores de tesoros.[86]

Lamentablemente no se han realizado investigaciones arqueológicas sistemáticas que examinen las características del complejo, conociéndose tan

sólo la descripción y el plano publicado por Schaedel y los estudios que concentraron su atención en las extraordinarias pinturas murales (Schaedel 1951b, Bonavia 1959, 1974). Algunas de estas notables pinturas policromas se registraron en uno de los recintos ubicados sobre las plataformas que se desarrollan en la base de la pirámide en el eje central del lado noroeste de esta. Estas pinturas representaban escenas de combate y seres supranaturales; mientras que en el paramento interior del muro que cierra la plaza del lado noroeste, se registró la representación de una larga escena con personajes con atributos de guerreros y sacerdotes. Finalmente, un fragmento de una impresionante pintura mural correspondiente a la denominada “escena del sacrificio” fue estudiada y documentada por Bonavia (1959, 1974).

Fig. 244. Plano del complejo de Pañamarca (Schaedel 1951).

La presencia de estas pinturas murales tiene una especial relevancia, ya que ilustran la especial importancia asignada por los moche a este edificio y a las actividades de primer orden que en él debieron desarrollarse. Esto es especialmente significativo en el caso de la escena que ilustra escenas de sacrificio de prisioneros y el ofrecimiento ritual de su sangre a las divinidades centrales del panteón moche,[87] ya que reitera los eventos rituales registrados o plasmados en los relieves policromos de los edificios ceremoniales de Huaca de Cao y Huaca de la Luna.

Es relevante notar que el complejo de Pañamarca presenta en el sector norte una gran plataforma escalonada, que pudo desempeñar el rol de una pirámide secundaria. De modo que también en este sitio se propondría una eventual dualidad, donde la pirámide al sur del complejo podría haber concentrado las funciones de carácter ceremonial, mientras que las plataformas y recintos al norte podrían haber privilegiado las actividades de índole política y administrativa. Además, entre los volúmenes de estas dos edificaciones mayores, se registra el desarrollo de otras plataformas menores y de amplios recintos cercados por altas murallas también construidas con adobes.46

Si bien en diversos sectores del sitio se observa una serie de evidencias que señalarían la superpo-

asociados podían reconocerse como correspondientes a los personajes que aparecen en las representaciones. Así, el Señor de Sipán fue identificado como una de las divinidades centrales que aparece recibiendo una copa con la sangre de los prisioneros sacrificados; mientras que la sacerdotisa de San José de Moro, aparece entregando la copa ceremonial. La “ceremonia del sacrificio”, consistía en un complejo ritual de sacrificios humanos de guerreros derrotados en combate y la posterior ofrenda de su sangre a una divinidad suprema. Hoy sabemos que este ritual comprendió todo el territorio Moche y se desarrolló a lo largo de los siglos de su larga vigencia. Sin embargo, es de gran significación notar que los personajes de la elite encarnaran a estos personajes míticos o divinos en la vida terrenal, lo cual da una dimensión del extraordinario nivel de poder que concentraban en sus manos y que era refrendado por el áurea que los divinizaba ante su pueblo. Es de destacar también que este ejercicio del poder y de los rituales que lo magnificaban se concentraba en los espacios arquitectónicos de los monumentos aquí reseñados.

46 A esto propósito, Schaedel (1951: 106) observa que la alta muralla que cierra el complejo en su lado noroeste, además de alcanzar como otras una altura de unos 7 m. presenta la peculiaridad de desarrollar un tratamiento almenado en la coronación del muro, lo cual sería otro rasgo propio de los edificios moche de especial importancia.

Fig. 245. Pintura mural hallada en el flanco oeste de la pirámide de Pañamarca, en la que se apreciaba un fragmento de la conocida escena del sacrificio (Reproducción de F. Caycho en Alva y Donnan 1993: fig 249).

sición de estructuras arquitectónicas —cuyos sellos aparentemente permitieron la conservación de los murales policromos antes de su reciente y lamentable destrucción— estas no han sido aún estudiadas, lo que podría permitir la posible identificación de las distintas fases que pudo tener la edificación en su historia. Si bien algunas de estas superposiciones fueron observadas en su momento por Schaedel (op. cit.), este supuso que las remodelaciones serían posteriores a época Moche y consecuencia de una supuesta ocupación “tiahuanacoide”. Esta hipótesis nos parece poco plausible, más aún si se establecen las analogías del caso con las características remodelaciones periódicas que se han documentado en las principales edificaciones moche.

Además de las estructuras principales con arquitectura monumental, que evidentemente habrían conformado el núcleo central del complejo, no está claro tampoco si es que en el entorno inmediato de éste se erigieron otro tipo de estructuras menores. Esta es otra de las interrogantes que las futuras excavaciones arqueológicas en el sitio deberían despejar, definiendo así que tipo de ocupación se habría dado en el sitio y que activi-

dades se habrían desarrollado en sus distintos sectores, en cuanto centro provincial moche en el valle. Es más, este tipo de investigaciones es de especial interés ya que, a partir del examen superficial del sitio y de los escasos restos de ocupación habitacional, Schaedel (1951: 110) planteó que este tipo de sitios no tendrían un auténtico carácter urbano, extendiendo erróneamente esta apreciación a otros centros moche de primer nivel como el de las Huacas del Sol y la Luna.[88]

En cuanto al emplazamiento territorial de Pañamarca, su ubicación es desde luego estratégica, ya que se encuentra en una posición central entre el valle bajo y el medio, es decir, del área que concentraba la mayor extensión de tierras con vocación agrícola. A este propósito, si consideramos que durante el Formativo la concentración poblacional se ubicaba en la parte alta, se puede deducir que el Estado Moche debió de introducir mejoras sustanciales en los sectores del valle bajo y medio, con miras a posibilitar la producción agrícola de estas tierras o por lo menos impulsando su extensión e intensificación en esta zona.

Fig. 246. Representación de la escena del sacrificio en una pictografía de línea fina (Donnan y Mc Clelland 1999).

Posiblemente la ubicación de Pañamarca respondió también a la necesidad de localizar el más importante centro urbano del valle en un punto que, si bien se encontraba relativamente alejado del litoral, ofrecía la ventaja de ser fácilmente accesible desde los valles vecinos, especialmente desde el norte. Hasta el día de hoy existen caminos de herradura que corren por el desierto a unos 10 a 15 km. del mar, para ingresar al valle por estas entradas naturales que se localizan en proximidad de Pañamarca.[89]

Otros tipos de sitios en el valle de Nepeña

Coincidentemente con lo visto para el valle bajo del Santa, tampoco existen en el valle de Nepeña claras evidencias respecto a la presencia de sitios que se pudieran tipificarse como fortificaciones. El único caso con estas características es el sitio PV 31-60, que se localiza en la zona de acceso a la parte alta del valle (Proulx 1985: 95-99). Esta fortificación presenta un doble amurallamiento de planta rectangular algo irregular que encierra una plataforma baja. En todo caso, es de notar que también se registraron en este sitio evidencias de ocupación Recuay que, como se ha señalado, presenta una marcada presencia en esta parte alta del valle.

Se presentan también sitios con recintos rectangulares. El más importante parece corresponder a los complejos de recinto rectangular con montículo piramidal. Se trata del sitio denominado Huambacho Viejo (PV 31-103) ubicado en la margen sur del valle bajo. Se trata de un gran

recinto de unos 150 x 260 m con divisiones transversales por sectores y subdivisiones menores al interior de estos. El sector central presenta al sureste una plataforma piramidal de pequeñas proporciones, enfrentada a un patio hundido que se ubica al noroeste (ibid: 107-136). Otro complejo conformado por estructuras cercadas por 4 recintos rectangulares es el sitio PV 31-121(ibid: 141146), se localiza unos kilómetros al sureste de Pañamarca, del otro lado del río, en la margen sur del valle medio.

Se reporta que en el valle de Nepeña los sitios de vivienda correspondientes al período de ocupación Moche -o en todo caso aquellos con materiales afiliados a esta cultura- son notoriamente escasos, identificándose tan sólo cuatro, tres en la margen sur de la parte media y uno en la parte media (ibid: 278). Considerando las dimensiones del valle y su relativamente amplia disponibilidad de tierras agrícolas, así como la importante presencia de un centro de poder Moche de primer nivel en el valle como Pañamarca, sería impensable suponer que estos hallan sido los únicos sitios habitacionales del período. Es posible que la dificultad en identificarlos se pueda haber generado por problemas de conservación de los restos de muchos de ellos; pero quizás también por sesgos metodológicos en su registro, por ejemplo, al excluir sitios contemporáneos que no necesariamente pueden manifestar vestigios Moche sino más bien artefactos de factura local.

El valle de Nepeña y los límites sureños de Moche

Para comprender de modo cabal la presencia Moche en el valle de Nepeña, así como el patrón de asentamiento establecido y, especialmente, el rol de un centro urbano ceremonial de primera importancia como Pañamarca, debemos hacerlo en el contexto de la política de anexión y dominación territorial desarrollada por el Estado Moche en esta región de la costa norte. Este es el caso de Pañamarca, que si bien expresa de manera patente un carácter eminentemente ceremonial, no nos debe hacer perder de vista posibles funciones de índole político administrativa que pudieron desarrollarse en su entorno inmediato o dentro del propio complejo, como podrían estarlo indicando el despliegue de una serie de espacios asociados a la pirámide, como son los grandes cuartos, patios, plazas y otros recintos amurallados que componen el núcleo central del complejo. Esta suposición se sustenta en el hecho de que Pañamarca representó el principal sitio Moche en sus dominios sureños y, por lo tanto, en su condición de enclave provincial, debió de concentrar y resolver una serie de funciones propias de la administración no solamente del valle de Nepeña sino de sus relaciones con los territorios aún más al sur, especialmente con los próximos valles de Casma y Huarmey, que no contaron con un centro de esta naturaleza.

Existen por demás indicios crecientes de que la presencia Moche en los valles de Casma, donde anteriormente se adujo que no habría evidencias en tal sentido (Collier 1960: 415, Thompson 1962a: 198, citados por Proulx 1973: 40), no habría sido tan intrascendente, si bien no se presenta ningún centro local o arquitectura que pudiera ser afiliada a moche (Wilson 1995). Esta apreciación toma aún más cuerpo si se considera que se ha documentado en el valle de Huarmey una presencia Moche mucho más importante de lo que se había supuesto, si bien pareciera que esta no estuvo asociada al desarrollo de complejos con arquitectura monumental. Este es el caso del registro de por lo menos una decena de sitios, ubicados mayormente en la parte media y media alta del valle, y que corresponden tanto a estructuras con evidencias de ocupación moche o a cementerios y enterramientos consistentemente asociados con cerámica de este estilo (Bonavia 1982: 415-447).

Esta proyección de Moche hacia los valles del sur, tomando como punto de partida el valle de Nepeña y Pañamarca, podría también ser sugerida por la presencia de sitios Moche con recintos rectangulares como PV 31-121 y 103, cuyas características parecen corresponder al desarrollo de funciones de tipo administrativo, más aún cuando estos se encuentran localizados en la margen izquierda, en lugares de acceso natural al valle desde el sur y donde existen vestigios de antiguos caminos. Si estos intercambios y desplazamientos se dieron además con la conducción de caravanas de llamas, es factible analizar si este tipo de sitios pudo resolver tempranamente funciones algo similares a las que desempeñarían mucho más tarde los tampu de la red vial inca (Hyslop 1984).

La ocupación Moche en los valles norteños

Hasta hace unas décadas se postulaba, al igual que para los valles sureños de la región, una expansión del Estado Moche desde los valles nucleares de Moche y Chicama hacia los valles norteños de Lambayeque e inclusive, aún más al norte, en el valle de Piura. En el caso de los valles de Jequetepeque y Lambayeque, esta suposición estaba basada en datos dispersos y no sistematizados, que daban cuenta de la presencia en estos valles de algunos sitios con ocupación moche tardía (Shimada 1985), así como en las evidentes influencias de Moche en la cerámica de la cultura Vicús, dando lugar al estilo conocido como Moche-Vicús (Lumbreras 1987c).

El hallazgo en 1987 de las tumbas reales de Sipán en el sitio de Huaca Rajada por parte del equipo conducido por Walter Alva (Alva y Donnan 1993, Alva 2001), no solamente dio un impresionante giro acerca de la complejidad de la organización social moche y los extraordinarios niveles de poder concentrados en sus personajes principales, sino que también dio cuenta de una importante ocupación temprana en los valles de Lambayeque, a juzgar por los rasgos estilísticos de los múltiples artefactos que constituían los fastuosos ajuares funerarios de las tumbas.

Fig. 247. La Mina. Reconstrucción de la tumba Moche de elite hallada en el valle bajo del Jequetepeque (Narvaez 1994: fig. 2.5).

De modo que la investigación arqueológica de las tumbas de los señores de Sipán dio un primer y relevante indicio de la temprana y consistente presencia de Moche en Lambayeque, demostrando que esta se sustentaba en la existencia de una sólida estructura de poder social y económico local, cuya conducción debió corresponder a los señores principales enterrados en la plataforma funeraria de Sipán. De esta manera, las hipótesis que planteaban la posibilidad de desarrollos locales fuertemente emparentados con los moche de los valles de Trujillo al sur (Lumbreras 1988: com. pers.) asumieron mayor fuerza, planteando la posible presencia de entidades políticas moche en los valles de la región norteña, con determinados márgenes de autonomía e integradas entre sí por una serie de aspectos étnicos y culturales (Donnan y Castillo 1994). Las investigaciones en esta dirección se vieron reforzadas con el hallazgo en Jequetepeque de una temprana tumba Moche de elite en el sitio de La Mina, finamente decorada en su interior con pintura mural policroma y asociada a un conjunto excepcional de ceramios Moche (Narváez 1994: fig. 2.5). Posteriormente, se ha producido en el complejo de Dos Cabezas el hallazgo de una importante ocupación, también del Moche Temprano, en este caso asociada a un asentamiento con arquitectura monumental y tumbas de elite (Donnan 2001, 2003).

Además de Sipán en Lambayeque, de La Mina y Dos cabezas en Jequetepeque, en este último valle también se reportan algunos hallazgos puntuales del Moche temprano, mayormente asociados con enterramientos y cementerios, en Pacatnamú y Tolón, uno de los pocos sitios moche reportados en el valle medio (Donnan y Castillo 1994: 162-169).

Si bien en la región norte la información acerca de la naturaleza de la ocupación moche es aún fragmentaria, y aún más escasa tratándose de la evolución de los patrones de asentamiento en sus distintas fases, a continuación resumimos la información disponible que documenta el tipo de asentamientos correspondientes al Moche Temprano, entre los que destacan Sipán y Dos Cabezas, en los valles de Lambayeque y Jequetepeque respectivamente, para posteriormente hacerlo con los que corresponden al Moche Medio y Tardío. Este último período nos introduce a la problemática de las grandes transformaciones que se verificaron en el modelo de asentamiento moche durante su fase V, y especialmente en dos centros urbanos de primera importancia, como son Pampa Grande en el valle de Lambayeque y Galindo en el valle de Moche. Se hace también antes una breve referencia al sitio de San José de Moro, en el valle de Jequetepeque, por presentar algunos aspectos trascendentes acerca de la estructura social y los cambios que se producen en el ámbito cultural moche durante este período de transición. Si bien la ubicación cronológica de estos últimos sitios corresponde al Horizonte Medio, es decir la época del evento de Wari, preferimos tratar sobre estos en este mismo capítulo, con la finalidad de brindar mas coherencia y continuidad al texto, al examinar la evolución de los patrones de asentamiento en la región, como culminación del desarrollo de la sociedad Moche.

El Complejo de Sipán

El complejo monumental de Sipán o Huaca Rajada se localiza a uno 40 km del litoral, en la margen izquierda del valle medio de Lambayeque y está conformado por dos colosales construcciones de forma troncopiramidal, la mayor de ellas al oeste del sitio y una intermedia en una posición central, mientras que al este del sitio se localiza una plataforma de menores dimensiones. Las dos edificaciones piramidales, no obstante su intensa erosión conservan vestigios del adosamiento de plataformas bajas y sistemas de rampas que permitían el ascenso a sus respectivas cimas, sin embargo aún no han sido objeto de mayores estudios.

Es más bien la plataforma de menor tamaño —donde en 1987 se produjo el descubrimiento de las tumbas reales por el equipo de arqueólogos dirigidos por Walter Alva— la que ha concentrado la mayor atención de los estudiosos, dada la enorme trascendencia de los hallazgos para el conocimiento del mundo Moche. Las excavaciones arqueológicas conducidas en esta última edificación, indicarían que constituyó una plataforma funeraria de características muy especiales, dado que fue destinada al enterramiento de los personajes de la más alta jerarquía de la sociedad moche local. Los estudios de Susana Meneses revelaron la existencia de por lo menos 6 superposiciones arquitectónicas en la historia de la evolución del edificio construido masivamente con adobes, con secciones constructivas que presentan de modo consistente marcas de fabricante. Dado que las tumbas fueron construidas intruyendo en el nivel que presentaba la plataforma en el momento del enterramiento, se ha podido establecer una estrecha correlación entre cada una de las fases de la secuencia arquitectónica y la respectiva antigüedad de los diversos enterramientos (Alva y Donnan 1993: fig. 38 y 39).

Al parecer, en su fase temprana, la plataforma se inicia como una estructura baja de planta rectangular, con dos largos escalonamientos que se desarrollaban hacia su lado norte, mientras que al sur se encontraba la parte más elevada de la misma. Esta parece que fue una constante en todas sus fases, donde siempre el sector sur de la plataforma mantuvo la mayor altura y la mayor elaboración arquitectónica; mientras que el lado norte siempre más bajo pudiera haber correspondido a los atrios conectados con rampas de acceso (ibid: 43-44, fig. 40).

Fig. 248. Sipán. Reconstrucción hipotética de las edificaciones del complejo, con en primer plano la plataforma funeraria (Alva y Donnan 1993: fig. 39).

Fig. 249. Sipán. Superposiciones arquitectónicas correspondientes a las distintas fases de la plataforma funeraria (Alva y Donnan 1993: fig. 40).

Las cámaras funerarias fueron realizadas retirando los adobes que conformaban los rellenos constructivos de la plataforma, en el lugar elegido para dar forma a una estructura de planta rectangular con nichos en los paramentos laterales y que, luego de la disposición del sarcófago del señor principal y de quienes le servirían de acompañantes en el mundo de los difuntos, así como de las múltiples y valiosas ofrendas, sería cubierta por un techo constituido por gruesas vigas de algarrobo, destinado a soportar los rellenos del posterior sello de la tumba de cámara, que quedaba así encapsulada al interior de la plataforma.

Si bien al este del complejo se encuentran evidencias de cementerios, de posibles conjuntos habitacionales y de canales que pudieron servir para el manejo del riego de la margen sur del valle, es poco lo que se ha investigado al respecto. Es evidente que está aún pendiente un análisis de la ocupación Moche, tanto en el entorno inmediato del complejo piramidal, como con relación a otros asentamientos contemporáneos en el ámbito del valle, al igual que el examen de las propias características de las estructuras piramidales mayores a las cuales está asociada la plataforma funeraria. Estos estudios permitirán no solamente comprender en que marco monumental se inscribía la presencia de la plataforma funeraria de Sipán, sino también cual pudo ser la naturaleza del complejo urbano teocrático que, a todas luces, sirvió de privilegiado centro de poder a la nobleza moche enterrada en la plataforma funeraria. Igualmente, el estudio de los sitios moche contemporáneos al poderío de Sipán, permitiría definir los patrones de asentamiento establecidos en el valle y aproximarnos así al conocimiento de como pudo ser en ese entonces el manejo del territorio, especialmente desde el punto de vista de la producción agrícola. Esta perspectiva de análisis, en su conjunto, podría ilustrarnos acerca de las bases sociales y económicas en los que se sustentaba la innegable concentración de riqueza y poder que personificaron estos señores principales. Dos Cabezas

Este sería uno de los pocos sitios Moche Temprano en el valle de Jequetepeque, que permite una aproximación al tipo de arquitectura monumental desarrollada durante esta fase, así también a las excepcionales evidencias funerarias reportadas de reciente en el sitio (Donnan 2001, 2003). Igualmente, son de interés las características de otras estructuras menores presentes en proximidad de la arquitectura monumental y que pueden brindar importante información acerca de la población y naturaleza de las actividades desarrolladas en el asentamiento.

Dos Cabezas se ubica en la margen sur del valle bajo y en estrecha proximidad del litoral marino. El sitio se localiza sobre una planicie desértica ligeramente elevada, en un entorno de humedales desde el cual se divisa la playa y el mar. El asentamiento, que alcanzaría una extensión de unas 100 ha. y que está conformado por pirámides y estructuras habitacionales, tiene como componente más destacado una gran edificación piramidal. Esta pirámide ha sido afectada por un profundo corte en la parte central, provocado en época colonial para el saqueo de sus tesoros, por lo que actualmente da la falsa impresión de tratarse de dos montículos, cuyas siluetas parecen haber dado origen al nombre del sitio. En la base de la esquina sur oeste del montículo se han desarrollado recientes excavaciones arqueológicas que documentan la presencia de algunos notables enterramientos de elite, con un singular y rico ajuar funerario (Donnan 2001, 2003).

La pirámide de Dos Cabezas, tiene una planta de unos 115 m de este a oeste y unos 95 m de norte a sur y alcanza unos 25 m de altura. La pirámide, a su vez, se emplaza en la esquina sur oeste de una gran plataforma baja de unos 5 m de altura, con unos 240 m a lo largo de su eje de norte-sur y unos 180 m de ancho. La explanada

Fig. 250. Dos Cabezas. Plano de la pirámide principal y de la plaza ceremonial (Donnan 2003: fig. 2.3).

de la plataforma al norte de la pirámide habría absuelto la función de una amplia plaza, cumpliendo con los cánones arquitectónicos tradicionales para los edificios moche de primera importancia, que asocian el desarrollo de plazas al norte de las principales edificaciones ceremoniales.

Esta plaza presenta a lo largo de todo su flanco oeste un largo muro que, además de delimitar este lado de la plaza, parece haber definido también una plataforma alargada y ligeramente más elevada. Este muro y la plataforma alargada se adosan sobre la esquina noroeste del frontis de la pirámide, por lo que la plaza se restringe espacialmente en este sector, mientras que se proyecta hacia el sur a lo largo del flanco este de la pirámide (Donnan 2003: fig. 2.3.).

Las excavaciones arqueológicas conducidas en la esquina noroeste de la plaza, revelaron que el muro oeste presentaba en su paramento orientado hacia la plaza un acabado en relieve, con bandas diagonales pintadas de blanco formando rombos de fondo negro. Posteriormente, en una siguiente fase, se superpuso un relleno de adobes que cubrió el paramento y se le substituyó por uno nuevo, cuyo acabado ya no era en relieve sino llano, aun cuando es de notar que se le decoró con pintura mural en blanco y negro, que también reprodujo el antiguo patrón romboidal (Donnan y Cock 1997: figs. 7 y 8).

En cuanto a la pirámide, resulta del todo evidente el tratamiento escalonado de los flancos de su volumen, el que además se reitera a lo largo de una secuencia de superposiciones, tal como se aprecia en diversos cortes de la edificación. Por otra parte, el frontis norte de la pirámide, asociado a la amplia plaza ceremonial, no presenta rampas perpendiculares sino mas bien escalinatas adosadas con un singular desarrollo contrapuesto y zigzagueante, muy similar al que con frecuencia exhiben ciertas representaciones moche en cerámica referidas a arquitectura monumental de carácter ceremonial (Donnan: com. pers. 2004).

La profundización de las excavaciones en la esquina suroeste de la pirámide, donde se hallaron las tumbas de elite (Donnan 2001, 2003), permitieron conocer una interesante secuencia de superposiciones arquitectónicos, así como notables cambios de función de las estructuras de este sector, antes y durante el proceso de expansión constructiva de la pirámide. En una primera fase, se construyó sobre la plataforma al suroeste de la Huaca dos muros paralelos, orientados de norte a sur, que formaron un recinto alargado cuyo piso estaba cubierto por 6 hileras de cubículos cuadrangulares de 90 cm de lado y de 46 cm de profundidad, separados entre sí por muretes de 20 cm de grosor. Todos estos cubículos o depósitos estaban bien enlucidos y pintados de blanco. Adicionalmente se halló la evidencia de la presencia de postes, lo que permite suponer que este recinto estaba techado. Los postes se disponían cada 2 m y alineados entre la cuarta y quinta hilera de los cubículos, es decir a unos 4 m del muro del lado este y a sólo 2 m del muro del lado oeste. Aparentemente estas estructuras podrían haber servido para funciones de almacenaje o depósito, si bien no se ha hallado evidencia al respecto (Donnan y Cock 2000: fig. 14).

Fig. 251. Dos Cabezas. Detalle de los compartimientos cuadrangulares en la esquina sur oeste de la pirámide (Donnan y Cock 2000: fig. 14).

Luego de algunas remodelaciones menores, este sector fue finalmente comprometido por la ampliación de la pirámide, para lo cual se desmontaron los postes y los muretes que conformaban los cubículos y se procedió a sellar estos ambientes con rellenos constructivos de adobes. La plataforma resultante fue utilizada luego como lugar de enterramiento, excavándose en la plataforma las cámaras funerarias y los repositorios de ofrendas de las tumbas de elite ya mencionadas. Finalmente, sobre los enterramientos se continuó con los rellenos de adobes, elevando aún más la altura de la plataforma al suroeste de la pirámide, quedando las tumbas encapsuladas dentro de esta.

Aparentemente, la pirámide y el complejo ceremonial de Dos Cabezas habrían nucleado una cierta concentración urbana. Las exploraciones arqueológicas del sitio han registrado una importante ocupación del Moche Temprano, que se concentra en los sectores al sur del asentamiento, aun cuando existen indicios de que esta se habría extendido también hacia los sectores al norte del sitio. Todas estas estructuras, al igual que la arquitectura monumental de las Huacas, fue construida utilizando los característicos adobes producidos con gaveras de caña. Algunas estructuras corresponden a funciones públicas, como es el caso de la Huaca E, si bien la mayoría corresponde a unidades domésticas y talleres, donde se hallaron una serie de implementos muy bien conservados, gracias al enterramiento por acarreo eólico luego de su abandono. De estas evidencias se puede deducir cierto nivel de especialización de sus habitantes, como es el caso del sector D, donde el ha-

Fig. 252. Dos Cabezas. Detalle de la decoración romboidal en relieve del muro oeste de la plaza ceremonial de la pirámide (Donnan y Cock 2000: fig. 7 y 8).

llazgo de redes, pesas, anzuelos de cobre y malleros para tejer redes, revelan la posible existencia de un barrio de pescadores (Donnan y Cock 1995). Pacatnamú

Fig. 253. Pacatnamú. Foto aérea del sector central de la ciudad en la que destaca el volumen de la Huaca 31, donde se registraron evidencias de ocupación Moche. Nótese los vestigios de la rampa central en su lado norte que se proyecta hacia la primera muralla interior del asentamiento (Servicio Aerofotográfico Nacional).

Este imponente sitio se ubica en el valle de Jequetepeque, al norte de la desembocadura del río del mismo nombre. El asentamiento se localiza sobre una terraza natural que termina en una suerte de península, limitada por los acantilados generados por la erosión del río por el lado este y

del mar por el lado oeste. Este especial emplazamiento con un dominio visual sobre el paisaje circundante, y con los acantilados que dificultan acceder al sitio desde el flanco del litoral o desde el valle, fue aprovechado hábilmente para limitar el acceso al sitio, mientras que del lado norte — por donde se conecta con la planicie— se construyeron sucesivamente y conforme la ciudad se expandía, líneas de gruesas murallas con portadas para controlar el ingreso.

Si bien el grueso de la ocupación más importante corresponde a la época Lambayeque y Chimú, las investigaciones realizadas en el sitio señalan evidencias de una ocupación más temprana correspondiente a la época Moche. De acuerdo a los trabajos conducidos por el equipo conducido por Donnan (Donnan y Cock 1986,

1997), existirían consistentes evidencias que indicarían que la construcción de las primeras pirámides y de otras estructuras, se habría iniciado por lo menos a partir de finales de la fase IV e inicios de la fase V de Moche. Se encontraron también en el sitio numerosos cementerios de la fase Moche Medio, lo que indicarían la presencia de una importante población moche, si no residente en el sitio, por lo menos afiliada a las actividades del aparente centro ceremonial como para ser enterrada en este. De otro lado, la presencia de muchas tumbas de elite correspondientes a esta fase, excavadas durante la década del 30 por

Ubbelohde-Doering, permitirían inferir la presencia de una clase social de alto status conduciendo alguna forma de entidad política en el valle, con sede principal en Pacatnamú (Castillo y Donnan 1994: 169).

Lamentablemente no tenemos una idea clara de cual pudo ser la configuración urbana y arquitectónica de Pacatnamú durante la ocupación Moche, la que puede subyacer oculta bajo las sucesivas ocupaciones posteriores, y que en su momento fue desdibujada por estas intervenciones más tardías. Una de las escasas evidencias de arquitectura monumental del periodo Moche está representada por la Huaca 31. Se trata de uno de los complejos con pirámide de mayor tamaño y con una posición destacada en el sector central del sitio (Hecker y Hecker 1985: Plano NR.III), donde las excavaciones pusieron al descubierto una serie de sectores en los cuales las construcciones chimú se habían realizado reutilizando otras anteriores de época Moche. También en la rampa, ubicada al norte de la pirámide, se registraron evidencias que demostrarían su remodelación tardía a partir de la estructura originaria construida por los moche (Donnan y Cock 1985: 70-74). Estas superposiciones son claramente definidas ya que las construcciones moche se caracterizan por el empleo de adobes paralelepípedos rectangulares, hechos con molde plano, mientras que los adobes más tardíos presentan la singularidad de haber sido hechos de formas diversas y sin la utilización de molde (ibid: 99).

Existen otros elementos en el ordenamiento espacial del sitio que podrían presumir antecedentes tempranos originados en la ocupación moche. Como se verá más adelante con detalle en el capítulo correspondiente, los complejos típicos de Pacatnamú presentan recurrentemente un patrón definido por la ubicación y orientación de sus componentes básicos (pirámide con rampa, patio frontal, plataformas laterales con rampa, altares y recintos amurallados). Pues bien, si advertimos que la rampa de época Moche de la Huaca 31 está orientada al norte y que debió conectar la plataforma con un patio en la misma dirección, se puede suponer que algunos de los rasgos típicos de los complejos podrían haberse establecido tempranamente durante la ocupación moche. De otro lado, estos rasgos se enmarcan en los patrones de ordenamiento espacial característicos de la arquitectura monumental moche que, como se ha visto, por lo general ubican las edificaciones piramidales al sur, conectándolas con plazas o patios ubicados al norte. De modo que los frontis principales de las edificaciones piramidales se desarrollan orientados al norte, al igual que las rampas que descienden de estas a las plazas. Este mismo modelo de ordenamiento podía haber sido implantado tempranamente por los moche en Pacatnamú y perpetuado con variantes en las ocupaciones posteriores del sitio.

San José de Moro

San José de Moro representa uno de los sitios más destacados del Moche Tardío en el valle de Jequetepeque. Las recientes excavaciones conducidas por Castillo y Donnan han planteado la presencia de un complejo de aparente función ceremonial, donde se revela una intensa actividad funeraria. En el sitio se define la presencia de una serie de montículos arqueológicos de escasa altura, algunos de estos corresponderían a funciones ceremoniales, mientras que otros podrían haber estado asociados a fines habitacionales por parte de la población congregada en el lugar. Lamentablemente la erosión, el huaqueo y las construcciones modernas impiden en la actualidad tener

Fig. 254. San José de Moro. La tumba M-U30, que correspondería a un niño o niña de la elite Moche. Nótese la disposición de los cuerpos de dos mujeres jóvenes a los pies del sarcófago y la especial ubicación de ‘maquetas’ arquitectónicas en las hornacinas de la cámara funeraria (Donnan y Castillo 1994: Lam. XIII).

una idea clara acerca de la forma que asumieron estos montículos y la configuración original del sitio. En todo caso, el examen de los perfiles estratigráficos permite suponer que algunos de estos montículos aparentemente ceremoniales, elaborados con muros de contención de adobe, estuvieron asociados a pisos correspondientes a patios o plataformas bajas en los cuales se excavaron las tumbas y se procedió a su enterramiento (Castillo y Donnan 1994a). En algunas zonas del sitio se han registrado áreas de planta rectangular delimitadas por muros de adobe que presentan apisonados, en los cuales se observan hoyos de postes y tinajas semienterradas aparentemente destinadas a contener chicha. Se sugiere que estas áreas podrían haber sido utilizadas para

la producción, almacenamiento y reparto posiblemente de chicha, asociadas a las ceremonias que se desarrollaban como parte de los rituales funerarios en el sitio (Rucabado y Castillo 2003).

Entre los enterramientos de la fase que nos ocupa, destacan aquellos correspondientes a personajes de elite que fueron sepultados en cámaras con un rico ajuar funerario. El mayor interés de estos hallazgos reside en la extraordinaria revelación de que algunas de estas tumbas correspondían a mujeres de alto rango, cuyo ajuar y parafernalia revela que fueron sacerdotisas, al exhibir los mismos atributos y rasgos que corresponden a los personajes femeninos representados recurrentemente en la denominada “escena del sacrificio” (Donnan y Castillo 1994). [90]

Estos datos tienen un valor extraordinario, al revelar que los personajes míticos recurrentemente representados con rasgos supranaturales y divinizados en la iconografía del arte moche, eran personificados en determinados rituales y ceremonias por seres de carne y hueso, por cierto miembros de la elite social moche. La encarnación divina por parte de personajes de la nobleza moche, como es el caso de las sacerdotisas sepultadas en San José de Moro, revela en toda su magnitud el enorme peso que tuvo la dimensión ideológica y ritual en el mundo moche y, en particular, el avasallador sustento que esta ofrecía al poder y autoridad ejercidos por los integrantes de la elite gobernante, a lo largo de los siglos y de las múltiples regiones que integraron su vasto territorio.

Las tumbas de elite moche en San José de Moro se caracterizan por presentar una planta rectangular, por estar recurrentemente orientadas de norte a sur, y por presentar en la cara interior de los muros este, oeste y sur la ordenada disposición de hornacinas.[91] Se ha podido reconstruir que una vez dispuestos el cuerpo del personaje principal y de los otros acompañantes posiblemente sacrificados, así como las múltiples ofrendas, se cubría el foso de la tumba con un relleno que era soportado por el techo de la cámara, que estaba construido con postes y vigas de algarrobo. Entre las diversas ofrendas presentes en las cámaras funerarias de elite, nos interesa en particular destacar dos aspectos notables: la presencia de “maquetas” arquitectónicas y el hallazgo de cerámica y otros elementos exóticos al mundo moche como parte del ajuar funerario.

Las maquetas arquitectónicas fueron dispuestas tanto dentro de las hornacinas como sobre el piso de las tumbas. Fueron realizadas con barro crudo y claramente constituyen representaciones ideales de complejos arquitectónicos de un cierto status. Si bien todas las maquetas son distintas, tienen en común el representar como modelo complejos de planta rectangular cercados por una muralla perimétrica con un acceso central. En el interior presentan un patio o plaza rodeada por banquetas y al frente del acceso una plataforma más elevada, sobre la que se emplazan estrados o podios. Algunas zonas de estos espacios, especialmente la plataforma elevada, se representan cubiertos por techos soportados por columnas o postes. A partir de los patios y en la parte posterior de estos, se desarrollan vanos y corredores que dan acceso a la representación de cuartos o recintos menores (Castillo et al. 1997). Nos parece sintomático que estas representaciones arquitectónicas —bastante próximas a la configuración de espacios reales, como son algunos de los complejos presentes en Galindo o Pampa Grande— sean depositadas en las tumbas de elite, como si se quisiera dotar simbólicamente a los difuntos de sus espacios naturales de actividad, donde estos ejercían su poder y autoridad.[92]

En cuanto a la inclusión de ofrendas “exóticas” en las tumbas de elite, nos parece relevante destacar la presencia de ceramios afiliados a las tradiciones estilísticas e iconográficas de Cajamarca (Sierra Norte), Nievería y Pachacamac (Costa Central) así como de Wari, además de piezas de cuchillos de obsidiana provenientes de la sierra sur central, lo que estaría indicando interacciones e intercambio a grandes distancias, e igualmente una notable inversión por parte de la elite en adquirir este tipo de bienes suntuarios y de alto prestigio, que habrían estado restringidos a su uso exclusivo (Castillo y Donnan 1994: 135-136). Pero también nos parece importante destacar que la inclusión de este tipo de objetos exóticos -como bienes personales y luego como parte del ajuar funerario- estaría evidenciando una crisis en los fundamentos ideológicos y religiosos, hasta ese entonces rígidos y excluyentes de lo foráneo. Esto reviste un grado aún más sintomático si se considera que algunos de los personajes enterrados eran no sólo miembros destacados de la elite, sino además oficiantes de los principales cultos y ceremoniales moche. Bajo este punto de vista, habría que considerar la posibilidad de que mediante esta singular apertura a elementos revestidos con una innegable carga ideológica extraña —pero con un creciente prestigio en regiones que alcanzaban un predominio seguramente amenazador del orden reinante— estos objetos de prestigio expresaran de modo subliminal la nece-

Fig. 255. San José de Moro. Maqueta arquitectónica de arcilla no cocida (Castillo 2001: fig. 8).

sidad de apuntalar el edificio social moche, seriamente afectado por una crisis que comprometía sus propios cimientos.

Por otra parte, el análisis de los patrones de asentamiento durante el período Moche tardío en los valles de Jequetepeque y Zaña, estaría señalando una inusitada presencia de asentamientos protegidos por fortificaciones o, en todo caso, muy próximos a reductos fortificados en la cima de una serie de cerros. Entre estos destacan Cerro Chepén y Cerro Cañoncillo en el valle de Jequetepeque y Cerro Corvacho en el de Zaña (Dillehay 2001: figs. 1 y 2). De otro lado, los posibles sitios de carácter urbano no presentarían una ocupación continua y en ellos no se registraría una mayor inversión en la construcción de ar-

quitectura pública prominente, tal como la que se aprecia en otros valles con ocupación Moche V. Esta novedosa información permitiría suponer que en ciertos valles de la costa norte, durante el Moche tardío, no sería factible asumir la presencia de entidades políticas centralizadas, con base en asentamientos urbanos del tipo ciudad y en una posición de dominio sobre un ordenamiento jerárquico de asentamientos de menor nivel. Más bien podría ser factible suponer una organización social fragmentada, derivada de la inexistencia de una autoridad estatal que permitiera regular las contradicciones y conflictos por el acceso y apropiación de recursos de vital importancia, como las tierras de cultivo y las aguas de regadío (Dillehay 2001; Castillo 2004).

La profundización de este tipo de estudios es de sumo interés ya que nos aproxima a la naturaleza de los posibles conflictos que se procesaron en un período de crisis y de cambios profundos, como fue la etapa final de la sociedad moche. En este contexto, pudieron exacerbarse las contradicciones entre “ciudad y campo” —vale decir, entre las elites de base urbana y las comunidades campesinas de base aldeana— como también los conflictos de intereses entre facciones de la propia elite Moche por conservar o legitimar su poder, en un momento histórico que sabemos derivaría finalmente en la debacle y colapso de su vieja estructura de poder (Dillehay 2001: 274-278).

Las transformaciones del modelo de asentamiento durante la fase Moche V

La crisis que afectó a la sociedad moche durante su fase V, que como hemos visto es claramente manifiesto en las esferas de la superestructura, también se percibe en el ámbito territorial y en las notables modificaciones que se verifican en el modelo de asentamiento, especialmente con el abandono de los antiguos centros urbano teocráticos y con el paralelo surgimiento de nuevos modelos de ordenamiento urbano, que se aprecian en importantes centros como Pampa Grande en Lambayeque y Galindo en el valle de Moche (Canziani 1989: 169-171).

Durante esta época es patente el ocaso de la ciudad de Moche dominada por las Huacas del Sol y la Luna. Los edificios monumentales son abandonados progresivamente, al igual que las estructuras públicas y habitacionales que conformaban los barrios urbanos. Las ocupaciones posteriores del sitio están referidas mayormente a evidencias de enterramientos tardíos, para los que posiblemente se elige este lugar por el áurea sagrada que debió perdurar entre las comunidades del valle.

Otro dato sintomático está dado por el contemporáneo abandono de la ocupación de los valles al sur de Moche, como son el de Virú, Santa, y Nepeña, en los cuales se había verificado una consistente presencia Moche asociada a las fase III y IV, y donde se habían desarrollado importantes modificaciones territoriales, con la imposición de un modelo de asentamiento presidido por la instalación de importantes centros provinciales. Los escasos vestigios que se encuentran en estos valles correspondientes al Moche V, mayormente asociadas a ofrendas funerarias, parecen más bien piezas de intercambio. movilizadas en la intensa articulación interregional generada por el fenómeno Wari.

Tanto en el caso de Galindo en el valle de Moche, como en el de Pampa Grande en el de Lambayeque, se puede apreciar luna clara tendencia a establecer los principales asentamientos Moche tardío en el cuello de sus respectivos valles. Esta localización podría estar significando tanto la búsqueda de emplazamientos más protegidos y, por lo tanto mejores condiciones de defensa; como también de una ubicación estratégica para un control más estrecho de las bocatomas y los sistemas de irrigación de los valles; sin excluir las posibles ventajas de esta localización al tener un acceso más directo para el tráfico de intercambio —que se intensifica con creces durante el Horizonte Medio— con las poblaciones altoandinas de estas regiones.

En cuanto al nuevo modelo de ordenamiento urbano, los sitios de esta época manifiestan una acentuada zonificación de las distintas áreas que integran el espacio urbano. Se aprecia así una marcada diferenciación funcional entre los sectores urbanos donde se concentran las estructuras ceremoniales y político administrativas, de aquellos destinados a albergar las estructuras productivas y habitacionales. Una característica saltante de los asentamientos urbanos del período es la existencia de grandes recintos rectangulares en los que se inscriben los espacios y estructuras de carácter ceremonial y político administrativas; así mismo, la presencia de una notable población organizada por sectores o barrios, en los cuales además de las unidades habitacionales se encuentran talleres que resuelven el desarrollo de una serie de actividades especializadas. Además, algunos centros urbanos de primer nivel que corresponden al nivel de ciudad —como Pampa Grande y Galindo— manifiestan de manera tangible la existencia de algunos servicios urbanos, como son el trazado de calles y pasajes para la circulación urbana, y la presencia de almacenes y depósitos; mientras que otros servicios pueden ser inferidos a partir de las evidencias, como es el caso del abastecimiento de agua y de las subsistencias, al igual que la provisión de insumos para las manufacturas urbanas que se desarrollaban en estas ciudades, así como la redistribución de determinados bienes entre la población residente en la urbe e, inclusive, la posible recolección y disposición de la basura.[93]

Otro importante aspecto cualitativo, que se manifiesta en la morfología de algunos de los centros urbanos Moche V, es el redimensionamiento de los montículos piramidales cuyas majestuosas moles anteriormente dominaban el espacio urbano. Este rasgo es notorio en el examen comparativo entre la ciudad de las Huacas del Sol y la Luna y Galindo. Sin embargo, en un trabajo anterior advertíamos que este no era el caso de Pampa Grande, donde las dimensiones de la pirámide principal, siguieron siendo significativamente colosales. Pero aún en este caso la configuración de la pirámide es distinta, ya que se encuentra inscrita dentro de un gran recinto que comprende un conjunto de estructuras de carácter público (Canziani 1989: 170).

La persistencia en Pampa Grande del peculiar énfasis en la construcción piramidal de dimensiones monumentales, podría explicarse en la necesidad de magnificar el poder político de las clase urbanas, con una edificación emblemática que lo representara de forma espectacular hacia la población, tanto del valle como del propio centro urbano. De otro lado, considerando que las construcciones piramidales constituyeron la sede tradicional de las principales actividades ceremoniales, no sería de descartar que la perpetuación de este tipo de proyectos urbanos estuviera, al mismo tiempo, vinculada con la readecuación por parte de las elites urbanas del aparato religioso y

ceremonial, que hasta ese entonces había sustentado exitosamente el ejercicio del poder del Estado. A este propósito, la perpetuación de las construcciones piramidales en la región de Lambayeque durante los períodos tardíos, podría sugerir que en este proceso de transición este tipo de edificaciones continuaron sirviendo como elementos emblemáticos del poder, sin que por esto hayan necesariamente correspondido a funciones de tipo ceremonial, sino más bien en cuanto soporte de complejos político administrativos o residencias palaciegas de la elite urbana.[94]

Pampa Grande

Este importante sitio se ubica en la margen izquierda y en el vértice del extenso cono aluvial del valle de Lambayeque, a unos 58 km del litoral. Esta ubicación parece haber tomado en cuenta la posición estratégica que este sector presenta para el manejo del sistema hidráulico, ya que en él se encuentran ubicadas las bocatomas de los principales canales de irrigación, como son hasta el día de hoy las que abastecen los canales de Taymi y Collique, dos de los canales principales que integran el extenso sistema intervalles que irriga Lambayeque.

El área de la ciudad, con una extensión cercana a las 250 Ha[95] ocupa una amplia y árida planicie aluvial lateral al valle, que se extiende hasta las faldas del cerro Pampa Grande. En el ordenamiento del sitio destacan grandes recintos amurallados, tanto rectangulares como trapezoidales, que comprenden en su interior diversos tipos de estructuras. Entre estos sobresalen los dos recintos principales (A y B) construidos con murallas de adobe y que conforman los ejes y núcleo central del asentamiento, alojando en su interior a las principales edificaciones de carácter ceremonial y político administrativo, como son la gran Huaca Fortaleza y la Huaca 2, y las demás estructuras anexas a estas.

Fig. 256. Pampa Grande. Plano general de la ciudad (Shimada 1994: fig. 7.1

El recinto principal (A), presenta una planta ligeramente trapezoidal con 600 m de sureste a noroeste y 400 m de noreste a suroeste. La Huaca Fortaleza se emplaza en el sector sur, mientras que su extensa rampa, que se proyecta como eje del recinto principal unos 300 m hacia el noroeste, divide este sector en dos. Los dos grandes sectores resultantes presentan, a su vez, subdivisiones en recintos menores que incluyen complejos con estructuras de almacenamiento y plataformas con columnatas. Por su parte, el recinto B, que mide 430 x 180 m, se encuentra inmediatamente al norte del recinto principal, e igualmente presenta subdivisiones con recintos menores que incluyen la plataforma de la Huaca 2 y una serie de complejos con edificaciones de aparente función pública.

Alrededor de estos dos recintos mayores se aglutinan otros de menores dimensiones, siempre con cercados de planta rectangular o trapezoidal. Estos recintos menores corresponden a complejos de diferente tipo y función y presentan una marcada variación en su ordenamiento y orientación, lo que aparentemente respondió al crecimiento progresivo de la ciudad, y a la necesidad de amoldarse a la topografía de los terrenos disponibles, así como a la presencia de escorrentías aluviales que en su descenso atraviesan la pampa en varías direcciones. Mientras tanto, los denominados “barrios populares”, con su característica aglomeración de unidades habitacionales y productivas, se concentran en la periferia oeste y norte de la ciudad, pero también se encuentran entre los complejos menores e, inclusive, inmediatamente próximos a los recintos principales, como es el caso de los sectores D y H (Shimada 1994: 140145).

Fig. 257. Pampa Grande. Plano del sector central con la Huaca Fortaleza y los complejos asociados (Shimada 1994: fig. 7.3).

Fig. 258. Pampa Grande. Plano y elevaciones de la Huaca Fortaleza (Shimada 1994: fig.

7.7).

La Huaca Fortaleza, la pirámide principal, constituye el más destacado hito visual del asentamiento y se localiza, como acontece en otros sitios Moche, teniendo como telón de fondo la mole imponente y tutelar del Cerro Pampa Grande. La pirámide tiene una planta de unos 250 x 180 m mientras que su cima supera los 30 m de altura. El cuerpo principal, donde alcanza la mayor altura se desarrolla al sur del monumento, mientras que hacia el norte presenta dos terrazas de nivel descendente, conectadas entre sí mediante rampas que permiten el ascenso hasta la cima de la pirámide. Desde el nivel de la primera terraza, al norte, se desarrolla la extensa rampa que desciende al nivel del recinto principal, dividiéndolo en dos mitades.

Si bien el volumen de la pirámide rememora las características de las Huacas de Moche, hay que advertir que su configuración es algo diferente.[96] En primer lugar, no se encuentra enfrentada a una gran plaza, como es el caso de la Huaca de la Luna o en Cao, sino integrada a un enorme recinto con una nutrida presencia de complejos político administrativos, que se ubican al pie de la propia pirámide y ambos lados de la extensa rampa. Ante la notoria ausencia de este amplio espacio público, se podría inferir una mayor restricción en el acceso y participación de la población a los eventos ceremoniales y políticos, asociados a las actividades desarrolladas en la pirámide. A diferencia de lo que debió acontecer en las pirámides del Moche Temprano y Medio de la región sureña, que expresan con sus grandes plazas anexas una vasta convocatoria.

En todo caso, otros espacios sobre las plataformas inferiores del volumen escalonado de la pirámide y sobre su propia cima, podrían haber cubierto parcialmente y de manera mucho más restringida y reservada estas funciones. En este sentido, las excavaciones de Haas (1985) en el nivel de la primera plataforma expusieron allí la presencia de un espacio, a manera de patio al que se accedía desde el suroeste mediante la rampa principal, y que presentaba en el otro extremo, al noreste, una columnata que se desarrollaba sobre dos plataformas bajas escalonadas, con rampas centrales (Shimada 1994: fig. 7.15). Que se trataba de espacios de especial representatividad, podría deducirse por la presencia de pintura mural, la que decoraba los paramentos de las plataformas sobre las que debió levantarse una estructura techada. Esta estructura sirvió, a su vez, de obligada antesala que se debía trasponer para proseguir desde allí, mediante el arranque de un nuevo tramo de rampa, el ascenso hacia la segunda terraza y luego hacia la cima de la pirámide.

Fig. 259. Pampa Grande. Plano de las estructuras sobre la primera plataforma de la Huaca Fortaleza (Redibujado de Hass en Shimada 1994: fig: 7.15).

En este último nivel, las excavaciones en la plataforma más elevada de la pirámide, revelaron el desarrollo de un amplio espacio, a modo de plaza elevada, y al sur de esta la presencia de una edificación alargada, compuesta por una serie de aposentos dispuestos en hilera (Shimada 1994: fig. 7.16) que Hass supone pudo cumplir la función de un complejo de carácter palaciego, dada su localización emblemática y la presencia en su frontis de pintura mural, formando un friso representando felinos, así como por el hallazgo de una serie de ofrendas depositadas en lugares significativos de la edificación.

Fig. 260. Pampa Grande. Plano de las edificaciones palaciegas sobre la cima de la Huaca Fortaleza (Redibujado de Hass en Shimada 1994: fig: 7.16).

En cuanto a las características constructivas de la pirámide, se puede sostener en términos generales que estas están afiliadas a las tecnologías constructivas empleadas tradicionalmente por los moche para la edificación monumental de plataformas y volúmenes piramidales. La construcción fue realizada utilizando adobes paralelepípedos rectangulares, algunos de los cuales exhiben marcas. La mayor parte de los volúmenes de la pirámide fueron construidos masivamente con adobes, mediante la disposición de estos en bloques constructivos compactos (Canziani 1989: 173174). Mientras tanto, el empleo de la técnica constructiva de cámaras de relleno[97](Hass 1985; Shimada y Shimada 1981; Shimada 1994), estaría restringido a las últimas fases constructivas de la pirámide, es decir se limitaría a los niveles superiores de las plataformas, superpuestos a los volúmenes construidos masivamente con adobes.

En cuanto a los aspectos innovadores que exhibe Pampa Grande, es de gran relevancia la presencia de complejos asociados al manejo de estructuras de almacenamiento y depósito Anders (1977, 1981). Este nuevo tipo de complejos en el seno de la entidad urbana, estarían anticipando la creciente importancia que adquirirán los sistemas de redistribución en las formaciones estatales más tardías. Tanto la localización preeminente de algunos de estos complejos arquitectónicos, donde se privilegia su asociación directa con los recintos y pirámides principales, como su elaborado modelo de organización espacial y esmerada construcción, permiten inferir que estos sistemas redistributivos fueron institucionalizados y formaron parte de la política implementada por la organización estatal, en cuanto debieron constituir uno de los puntales principales para la afirmación y ejercicio del poder de la elite urbana. En este sentido, la especial localización de algunos de estos complejos de almacenamiento (U-26, 27, 28) —próxima al acceso

Fig. 258b. Pampa Grande.

Vista de la esquina oeste de

la Huaca Fortaleza, en la

que se aprecia su edificación

masiva

con

adobes

(

Canziani

1989).

principal del recinto mayor y en directa relación con la rampa que asciende hacia la pirámide— manifiesta que desempeñaban un rol especial en la articulación de las actividades que se desarrollaban en el recinto, y entre estas con las que tenían lugar en los niveles elevados de la pirámide.

Un primer tipo de estos complejos de almacenamiento (U-26, 27 y 28), se caracteriza por desarrollarse dentro de una unidad cercada por muros y estar compuestos por un gran patio; en uno de cuyos lados se ubica una plataforma con rampa y columnatas, evidenciando que fueron edificios techados; mientras que del otro extremo del patio se localiza una estructura con una hilera ordenada de 5 a 7 cubículos de depósito, con una regular capacidad total de almacenamiento (115, 235 y 132 m.3 respectivamente) (Anders 1981: 399-400). Esta especial configuración sugiere la presencia de funcionarios de cierto rango, ubicados en una posición prominente sobre las plataformas techadas, supervisando o administrando el movimiento de los bienes almacenados en los depósitos por parte del personal dependiente.

Significativamente, estos tres complejos de almacenamiento se localizan a ambos lados del tramo final de la gran rampa que desciende de la pirámide principal y en proximidad del acceso central del gran recinto, lo que revela su obvia relación con las actividades destacadas que en esta se desarrollaban. Si a esto agregamos las dimensiones relativamente contenidas y el número reducido de cubículos que las componen, se puede Fig. 261. Pampa Grande. Plano de los complejos de depósito U- suponer justificadamente que estas estructuras 26, 27 y 28 (Redibujado de Anders 1981: 399-400). debieron de estar destinadas al almacenamiento

de bienes de prestigio o de carácter suntuario, posiblemente relacionadas con actividades rituales o destinadas a su consumo ceremonial, aun cuando se puede contemplar también un manejo redistributivo de estos bienes, en el marco de las relaciones de reciprocidad asimétrica establecidos por la elite dominante para afianzar la estructura de poder impuesta a la población del valle y de la propia ciudad.

Un segundo tipo de complejos de almacenamiento (U-25, 29, 30) se caracteriza siempre por estar enmarcado dentro de un recinto, pero en este caso los cubículos de depósito están dispuestos simétricamente en doble hilera y está ausente la presencia de la plataforma con columnata y rampa. Estos presentan una mayor cantidad de cubículos (24, 20 y 30 respectivamente) y destacan por su notable capacidad total de almacena-

Fig. 262. Pampa Grande. Plano de los complejos de depósito U-25, 29 y 30 (Redibujado de Anders 1981: 395-396).

miento (1,344, 570 y 487 m3) (Anders 1981: 395396). De estos complejos, dos se encuentran dentro de los recintos mayores, U-25 al sur del recinto de la Huaca 2; y U-29 dentro del recinto principal y al pie de la esquina oeste de la base de la pirámide de la Huaca Fortaleza; mientras que U30 se localiza unos 700 m al sur de la pirámide principal sobre una plataforma escalonada. Este último edificio, no obstante su aparente lejanía con relación al núcleo central del asentamiento, sintomáticamente se emplaza a lo largo del eje principal de la ciudad y fue construido también con adobe, revelando así su carácter de obra pública dentro del centro urbano, y su relación aparente con los sistemas de acumulación y redistribución implementados por la elite urbana.

Un tercer y último tipo de estructuras de almacenamiento (U-32, 51) (Anders 1975: 52), se caracteriza más bien por localizarse en zonas estratégicas de los barrios con unidades de carácter residencial y de producción manufacturera. Estos depósitos presentan un número limitado de cubículos (5 y 3 respectivamente) y una capacidad variable de almacenamiento (153 y 27 m3). Estos depósitos fueron los únicos en los que los arqueólogos hallaron algún indicio de su posible contenido, con la presencia de maíz y frijol (Anders 1975, 1981). Estas evidencias y el tipo de contexto urbano asociado a estas estructuras, permite inferir una posible función destinada al almacenamiento de productos alimenticios para el abastecimiento de los pobladores de estos barrios, aún cuando no se puede excluir que algunos de estos estuvieran destinados también a almacenar materias primas o productos relacionados con la actividad de los talleres. Sin embargo el que fueran construidos con adobe y que en algunos casos, como U-51, se inscribieran dentro de una unidad que presenta plataformas escalonadas con rampas y estrados, permitiría suponer que su manejo correspondía a personajes en una posición prominente de control y administración dentro de estos barrios, quizás en cuanto funcionarios del aparato centralizado de la entidad estatal (Shimada 1994: fig. 7.18).

Fig. 263. Pampa Grande. Estructura de depósito U-51 adscrita a un barrio con unidades residenciales (Redibujado de Anders 1981).

A este propósito, es importante destacar que en Pampa Grande todos los complejos y estructuras principales fueron construidos con adobe. Este es el caso de los recintos principales A y B, las plataformas piramidales, los complejos político administrativos, los depósitos y las posibles estructuras residenciales de la elite gobernante; a diferencia de las estructuras de los barrios ocupados por los sectores populares o, inclusive, de ciertas unidades residenciales de segundo o tercer orden,[98] cuyos muros generalmente están construidos con mampostería de piedra y quincha. Esta marcada diferenciación estaría evidenciando una selección discriminatoria, tanto de los materiales como de las técnicas constructivas a emplearse en las construcciones que formaron parte de las obras públicas realizadas por la entidad estatal.

Dada su gran extensión y la densidad de estructuras urbanas, Pampa Grande debió albergar una notable población. Esta habría estado compuesta mayormente por especialistas dedicados a la textilería, cerámica, metalurgia, la confección de abalorios de conchas e inclusive de la elaboración a gran escala de chicha. De esto dan testimonio las consistentes evidencias de talleres dedicados a la elaboración de estos productos (ibid: 191216). Algunas de estas estructuras de producción especializada, configuran típicas viviendas taller, como es el caso de la unidad 38 en el sector H (ibid: 169-171, fig. 7.30), a la que se llega desde una plaza circulando por un largo pasaje que termina en su único y estrecho acceso. Una vez traspuesto el acceso, se ingresa a un área irregular que debió operar como patio, asociada a la cual se encuentra un espacio que contiene banquetas, como si se tratara de un espacio destinado a las relaciones públicas y quizás a la supervisión del acarreo y transporte de los productos con el ingreso de llamas al patio. Un corredor central, que parte desde esta área de ingreso, divide todo el conjunto en dos, permitiendo la circulación a lo largo de los cuartos y recintos que se ordenan a ambos lados del corredor. Las excavaciones arqueológicas realizadas en estos espacios permiten reconstruir el tipo de función y las actividades que en ellos se realizaron, como es la preparación y fermentación de chicha, el almacenamiento,[99] la elaboración y consumo de alimentos, así como la disposición de cuartos destinados a la vida familiar (Shimada y Shimada 1981).

Se puede percibir que estos barrios o sectores estuvieron articulados entre sí mediante calles, pasajes e inclusive senderos que aprovecharon el curso de las escorrentías que atraviesan la ciudad. Estas vías parten o confluyen en algunas áreas amplias y abiertas, a modo de plazas, que debieron configurar espacios públicos para la interrelación de los habitantes de las distintas unidades y complejos, como de los distintos barrios y sectores de la ciudad.

Fig. 264. Pampa Grande. Plano del Sector H (Shimada

1994: fig: 7.17).

Fig. 265. Pampa Grande. Plano del Conjunto 38 del Sector H (Shimada 1994: fig:

7.30).

Finalmente, se puede apreciar claramente que el ordenamiento urbano general muestra la inexistencia de una planificación rígida y global del asentamiento, aún cuando se manifiesta la existencia de una planificación sectorial, con mayor énfasis en los principales recintos que conformaron el núcleo ceremonial y político administrativo de la ciudad, alrededor del cual se aglutinan los demás sectores un tanto desordenadamente, como posible fruto de la adaptación a la topografía del lugar y del sucesivo crecimiento de la ciudad, por agregación, de los diferentes conjuntos y sectores habitacionales y productivos.

Galindo

Durante las fase finales del sitio de Moche, que conducirán a su progresivo abandono, habría surgido Galindo, un asentamiento emblemático del urbanismo del período Moche V en la región sureña de los dominios moche. El sitio se ubica en la margen derecha del valle de Moche, a poco más de 20 km del litoral, localizándose por encima del canal principal que limita las tierras de cultivo, sobre las laderas eriazas que se desarrollan al oeste del cerro Galindo, que forman un

amplio llano cortado por un cauce aluvial que desciende de la quebrada de Caballo Muerto.

Se trata de un asentamiento bastante extenso que ocupa un área de unos 250 Ha[100] en el que destacan largos amurallamientos, grandes recintos rectangulares y montículos de plataformas, que se localizan en el llano, al igual que otras estructuras correspondientes a viviendas y talleres (Bawden 1982: 290). En el llano, los sectores (B y A1) al sur y norte del cauce de la quebrada, concentran importantes complejos de carácter público. Estos sectores se encuentran separados de las laderas del lado oeste del cerro Galindo —que sintomáticamente registran una ocupación habitacional correspondiente a sectores sociales de carácter popular— por una gruesa y extensa muralla de unos 800 m de largo.

En el sitio es notoria la ausencia de plataformas o montículos piramidales que sobresalgan en el paisaje urbano, más bien la arquitectura pública dominante está constituida por complejos conformados por recintos amurallados rectangulares. Algunos de estos incluyen plataformas, como es el caso de la Plataforma A en el Sector B, que se encuentra enmarcada dentro del mayor de este tipo de complejos,[101] que se caracteriza por presentar un

Fig. 266. Galindo. Plano general (Bawden 1982: 291)

recinto amurallado rectangular de 250 x 130 m entre el modesto tamaño de la mayor de las platacon un sólo acceso en el lado noreste. La platafor- formas de este centro urbano, en comparación con ma, que se emplaza al suroeste del recinto tiene las colosales dimensiones que alcanzaban los mon50 m por lado y 8 m de alto. Este último dato, tículos piramidales de las fases anteriores, como nos permite medir la notable diferencia existente las Huacas del Sol y la Luna en el sitio de Moche.

Fig. 267. Galindo. Reconstrucción isométrica del Complejo correspondiente a la Plataforma A (Bawden 1982: 294).

cias de elite” (Bawden 1982: 296) (lo que, como veremos en el capítulo respectivo, está en cuestión para el propio caso de Chanchán) y un supuesto carácter funerario a la plataforma, sin la exposición de mayores argumentos empíricos de sustento. (Bawden 1999: 288-289).

Fig. 268. Galindo. Vista panorámica del Complejo correspondiente a la Plataforma A (Canziani 1989).

El recinto que comprende la Plataforma A está dividido interiormente en distintos subsectores por muros paralelos y por el propio emplazamiento de la plataforma. El mayor de estos espacios conforma una plaza en la esquina noreste, con banquetas perimetrales y a la que se ingresa desde el exterior mediante el único acceso del recinto; mientras que la circulación hacia la plataforma se resolvía mediante el desarrollo de rampas y banquetas laterales (Bawden 1982: 295, fig. 12.2). La configuración general de este recinto sugiere una posible función palaciega de carácter político administrativo y quizás también ceremonial, con la plaza como espacio para el despliegue de paradas, banquetes o festividades. Actividades que debieron ser presididas por quienes se ubicaban sobre el espacio elevado de la plataforma.

En la parte más elevada del llano que se extiende al norte del cauce (sector A1), destacan 3 grandes recintos (A, B y C) que se localizan en zonas libres de otras construcciones, a excepción de algunas unidades residenciales bastante elaboradas que se encuentran en sus inmediaciones. Estos complejos se caracterizan por presentar grandes recintos rectangulares, con muros perimétricos de adobe en el caso de A y B y que presentan divisiones en su interior mediante muros del mismo material (Bawden 1982: 297-302). El más representativo de estos es el Complejo A (ibid: fig. 12.3), con un recinto de 170 x 135 m cuyo único ingreso se ubica también en el lado noreste, dando acceso a una plaza con banquetas y rampa lateral. Al sur se encuentran otros sectores con restos de pequeños recintos con evidencias de la preparación de alimentos, lo que podría estar señalando una posible función residencial de estos. Mientras tanto, en el cuadrante norte del complejo se presenta una secuencia de plataformas escalonadas conectadas mediante una serie de rampas alineadas, en cuya cima se ubica un estrado o trono con una rampa adosada. De acuerdo a estos rasgos,

Fig. 269. Galindo. Reconstrucción isométrica del Conjunto A (Bawden 1982: 298).

este sector parece haber sido destinado a servir de marco a determinadas actividades presididas por personajes de alto rango posicionados sobre los estrados, tal como se ilustra ampliamente en las representaciones de la iconografía moche.

La recurrente relación de proximidad espacial entre los complejos con recinto rectangular y algunas estructuras residenciales de elite, amplias y muy bien elaboradas, que comprenden cuartos con banquetas, numerosos espacios de almacenamiento, grandes cocinas y ambientes formales dotados con banquetas y estrados, permite establecer hipótesis en el sentido que estas estructuras residenciales habrían albergado a personajes de alto status con un rol protagónico en las actividades que tenían lugar dentro de los complejos vecinos (Bawden 1982: 299-300).

Estas estructuras residenciales representarían en Galindo las unidades de más alta jerarquía, coronando una marcada diferenciación en lo que se refiere a dimensiones, niveles de complejidad en la organización espacial y tipo de acabados, y tienen como contraparte, en el otro extremo, a las unidades habitacionales más modestas localizadas en las laderas del Cerro Galindo. No obstante la diversidad de categorías de viviendas presentes, aún en las más sencillas se puede percibir la distribución de las actividades domésticas, especialmente la identificación de aquellos espacios que resolvían la preparación de alimentos y que proporcionaban facilidades de almacenamiento. Entre las estructuras ubicadas en el llano, es de destacar la presencia de un gran número de unidades de vivienda que están asociadas a espacios cercados, utilizados como corrales para llamas y que se configuran como apéndices de las mismas. Algunos de estos corrales estuvieron también asociados a talleres. Este es el caso significativo de un

Fig. 270. Galindo. Vista de los cimientos de muros y banquetas correspondientes a una edificación de vivienda (Canziani 1989).

taller de ceramistas, donde se puede suponer que su producción pudo ser distribuida, como también abastecida de insumos, mediante el transporte de las llamas, cuyo corral adicionalmente brindó la posibilidad de contar con una abundante provisión de estiércol, utilizado como combustible para la quema de la cerámica.

Fig. 271. Galindo. Plano de una unidad residencial en la que se aprecia la presencia de depósitos y a la que se asocia un corral de llamas(Bawden 1982: 315).

En Galindo también se encuentran estructuras aparentemente destinadas a fines de almacenamiento público, pero a diferencia de Pampa Grande en este caso no se dio en estructuras formalizadas e integradas a los complejos, sino en sectores específicos del asentamiento que habrían sido especialmente seleccionados para este fin. Se trata, según Bawden (1982: 304-307), de dos quebradas ubicadas entre los cerros al norte del sitio y en cuyas laderas se observan múltiples estructuras de piedra, formando recintos de pequeñas dimensiones dispuestos en terrazas. Dentro de estos se registró una abundante presencia de tiestos correspondientes a grandes tinajas de almacenamiento, que al parecer estuvieron dispuestas en hileras y encajadas sobre banquetas existentes dentro de estos recintos. Si bien el acceso hacia estas zonas de almacenamiento estaba limitado por la propia topografía de las quebradas, parece que los complejos C y B, localizados en las inmediaciones del ingreso natural a estas, habrían podido servir de elemento de control para el acceso y manejo de los bienes allí depositados.

Galindo constituye así un centro urbano de notable complejidad y extensión, destacando en el sitio los recintos de aparente función político administrativa, cuya presencia revelaría la creciente importancia que asumen sectores civiles de la población en los centros urbanos de la época. Mientras tanto, las dimensiones reducidas de las plataformas, expresarían la declinación de las actividades ceremoniales o, por lo menos, del enorme peso que anteriormente tuvo la religión en todas las esferas de la actividad social. Se trata de un centro urbano en cuyos talleres se resolvía la producción especializada de una amplia gama de bienes, como textiles, cerámica y artículos de metal, buena parte de los cuales estuvo destinada al consumo por parte de la mayoría de la propia población urbana, tal como se puede deducir en el caso de la cerámica, con el consistente hallazgo de vajilla fina en las estructuras de vivienda (Bawden 1982: 310).

Evidentemente la población urbana se encontraba fuertemente estratificada en clases sociales distintas, de lo que da testimonio tanto la segregación física que separó a los habitantes del área llana de quienes estaban asentados en las laderas del cerro; al igual que las diferencias marcadas en cuanto a la calidad de las viviendas; como también el acceso diferenciado al consumo de bienes y subsistencias e, inclusive, en las mayores dificultades para contar con servicios básicos, como debió ser el esforzado acarreo de agua para los que habitaban las zonas escarpadas de las laderas. Mientras tanto, todo indicaría que las zonas urbanas destinadas al almacenamiento —y por lo tanto los bienes depositados en ellas, en cuanto base de poder económico— habrían estado bajo el manejo y la administración de las elites urbanas que desarrollaban su actividad en los complejos con recintos amurallados y que residían en las unidades residenciales de mayor jerarquía.

Los frecuentes corrales de llamas, su asociación con los talleres, y la concentración poblacional de este asentamiento, sugieren la existencia y articulación de sistemas de intercambio que interesaban cuanto menos el ámbito regional. Mediante estas redes de intercambio debieron de asegurarse la provisión de los insumos y productos necesarios para el desarrollo de la producción urbana y el sustento de su numerosa población; como también debieron de establecerse los necesarios nexos con la población rural, para garantizar el abastecimiento sostenido de la ciudad, posiblemente a cambio de la provisión de productos y servicios de base urbana. Por su parte, la existencia de corrales y hatos de llamas, permitirían suponer la presencia de grupos de “mercaderes” o tratantes que podría haber extendido este intercambio y tráfico de bienes a un ámbito muchos más amplio, posiblemente con poblaciones de la sierra norte, para lo cual la localización geográfica de Galindo ofrece innegables ventajas logísticas. Estas hipótesis pueden resultar bastante sugerentes, pero es evidente que la arqueología debe proveer aún de mayores datos para su definición, especialmente con un mayor estudio referido a la contraparte rural de estos centros urbanos.

Finalmente, el tipo de configuración y ordenamiento urbano de Galindo, donde no se aprecian ejes directrices que pudieran expresar ciertos niveles de planificación del asentamiento, ni la presencia de un núcleo urbano claramente definido y articulado; así como la relativa ausencia de una arquitectura representativa de carácter emblemático y sobresaliente en el paisaje urbano, manifiestan en conjunto una organización urbana que posiblemente no respondía a una autoridad urbana central. Más bien este tipo de rasgos —en el contexto histórico de la época— podrían estar manifestando ciertos niveles de desagregación de la elite urbana, propios de una sociedad en fase de transición hacia la generación de nuevas formas de organización política, que conducirán a la gestación de nuevos sistemas de poder y a la reestructuración del aparato estatal. Aspectos que serán tratados en el Capítulo 7, con el análisis de los correspondientes modelos urbanos presentes en la Costa Norte durante la época de los Estados y Señoríos Tardíos.

La sociedad Lima y el urbanismo en la Costa Central

Como vimos en el capítulo anterior, los valles de la comarca de Lima conforman naturalmente una unidad geográfica, dado que los conos aluviales de la parte baja de los valles del Chillón, Rimac y Lurín, prácticamente se unen generando una amplia extensión de tierras aptas para el desarrollo de la agricultura de irrigación. Sin embargo, es preciso considerar que a esta área debe de incorporarse el valle de Chancay, donde se registraron importantes evidencias de ocupación de la época. Los antecedentes históricos de esta región, que conoció un importante desarrollo durante el Formativo y que dio lugar a un incipiente urbanismo con el surgimiento de importantes complejos monumentales con planta en ‘U’, habría dado sustento a un desarrollo ulterior durante el Intermedio Temprano, teniendo como protago-

Fig. 272. Mapa de la Costa Central con los principales sitios del período de los Desarrollos Regionales Tempranos (Patterson 1966)

nista a una formación social que conocemos como Lima o Maranga.

El impulso que alcanza el urbanismo en esta época y los patrones de asentamiento, permiten algunas inferencias que señalarían una importante expansión de los sistemas de irrigación, que interesan mayormente los sectores medios y bajos de los valles, proporcionando una amplia extensión de tierras agrícolas como base del desarrollo económico. Unido a la elevación de la capacidad de producción agraria, se habría dado una mayor apropiación de los ricos recursos marítimos presentes en el litoral de la Costa Central. Adicionalmente, la producción manufacturera habría compartido con otras regiones de los Andes Centrales una sustantiva elevación de nivel.

Si bien los estudios desarrollados en la Costa Central por lo general no se condicen -en cuanto a número y nivel de profundidad- con la importancia de los sitios arqueológicos correspondientes a este período, intentaremos reseñar la información disponible para presentar un cuadro que ilustre someramente el proceso que en ella se desarrollaba y nos permita establecer las conexiones comparativas del caso con las regiones al norte y al sur de la comarca de Lima.

Desde las primeras informaciones arqueológicas acerca de este período (Middendorf [1874] 1973, Uhle [1903] 2003, [1910] 1970 a las que le siguieron otras posteriores (Jijón y Caamaño 1949, Stumer 1954, Patterson y Lanning 1964, 1969, Patterson 1966) aflora una realidad compleja en la que se advierte ciertas diferenciaciones entre valle y valle o entre grupos de valles. Si bien estas diferenciaciones han sido advertidas casi exclusivamente con relación a los rasgos estilísticos de la cerámica y sus respectivas fases, podremos constatar más adelante que estas variaciones son también extensivas al ordenamiento de los asentamientos de aparente carácter urbano y a las propias características de la arquitectura monumental que se desarrolla en ellos. Estas diferenciaciones urbanísticas y arquitectónicas no solamente son evidentes entre valle y valle, sino inclusive entre sitios de un mismo valle. Sin embargo, dado lo limitado de la información disponible, no estamos en grado de conocer si estas variaciones son fruto de diferencias funcionales o

si también son producto de aspectos temporales. La interpretación de esta interesante problemática, con información relativamente dispersa y ante la ausencia de estudios que presenten con cierta profundidad un marco general de la situación, es sumamente difícil y hace extrañar la cantidad y consistencia de los estudios disponibles para la Costa Norte. Esto es especialmente cierto cuando se trata de abordar la problemática relativa a las características que habría asumido el posible desarrollo de una entidad estatal Lima en la Costa

Central.[102]

Entre los sitios más importantes del período destacan Cerro Trinidad en el valle bajo de Chancay, testimoniando que el desarrollo de la sociedad Lima también interesó algunos de los valles inmediatamente al norte de Lima; Cerro Culebra en el valle bajo del Chillón; Maranga y Pucllana en el valle bajo del Rimac, y

Cajamarquilla y Vista Alegre (o Catalina Huanca) en la parte media del mismo; así como

Pachacamac en el valle bajo del Lurín.

Cerro Trinidad y otros sitios Lima en Chancay

Este sitio fue investigado por Uhle [1910] 1970 cuando la construcción de la vía férrea hacia el puerto de Chancay, ubicado unos 500 m. al oeste, puso al descubierto en 1904 un conjunto de restos arqueológicos en las faldas del cerro Trinidad. Entre estos restos Uhle identificó una zona, el sitio “E”, con materiales tempranos correspondientes al período, asociados a los estilos cerámicos conocidos como “Blanco sobre Rojo” e

Interlooking” o Playa Grande, caracterizado este último por presentar motivos decorativos con un tratamiento geométrico semejante al del arte textil, basados en diseños entrelazados de peces o serpientes. Entre las estructuras excavadas por Uhle, un hallazgo relevante fue el de un gran muro hecho con terrones y pequeños adobes modelados a mano, cuyo paramento presentaba una pintura mural con el clásico motivo de los peces entrelazados, similar a los diseños propios de la decoración cerámica, y en cuya ejecución se había utilizado pintura blanca, roja, negra y amarilla (ibid.).

Fig. 273. Cerro Trinidad. Fotografía aérea del Servicio Aerofotográfico Nacional en la que aún se aprecia, además del gran recinto cuadrangular, una serie de complejos cercados, plataformas y montículos organizados a lo largo de un eje norte sur (Kosok 1965: 232, fig. 16).

Posteriormente el sitio fue excavado por Willey (1943) confirmando en todos los pozos de excavación la filiación cultural temprana del sitio “E” y comprobando la ocupación relativamente densa del área. Las estructuras registradas en algunos pozos evidenciaban la presencia de superposiciones de pisos y de muros hechos de piedra rústica y otros construidos en doble hilera con pequeños adobes “odontiformes” o “hemiesféricos” propios del período Lima, así como uno realizado con una suerte de tapia de barro amasado de 85 cm de espesor (ibid: 134, fig. 2). En un caso, dos pozos de excavación intervinieron un montículo de planta rectangular de 25 x 18 m revelando que correspondía a una plataforma piramidal realizada mediante un relleno constructivo también de adobes pequeños. En algunos casos se registran capas con acumulaciones de piedras colocadas en la base de las estructuras, lo que permite suponer que fueron empleadas como cimentaciones de los muros, como base de los pisos de barro y, como veremos más adelante, de los sucesivos rellenos constructivos de adobe en la construcción de ciertas plataformas.

Fig. 274. Cerro Trinidad. Estructuras de adobe con evidencias de pintura mural, representando el clásico motivo Lima de las serpientes entrelazadas (Bonavia 1990: fig. 329).

Sobre la base de estos datos y de la posterior interpretación de Willey (1953: 406), donde sostiene que Cerro Trinidad constituiría un asentamiento aglutinado con estructuras concentradas en la falda oeste del cerro, ocupando un área de unos 200 por 300 m. (unas 6 Ha), se puede suponer que Cerro Trinidad no solamente concentró un importante número de población, sino que también contó con una arquitectura pública de cierta relevancia, manifiesta en la presencia de plataformas y montículos piramidales (Lanning 1967: 119, foto 3). Estructuras que en algunos casos evidenciaron tener paramentos especialmente acabados con pintura mural, como la hallada por Uhle. El conjunto de estos datos podrían señalarnos a Cerro Trinidad como uno de los principales centros urbano ceremoniales de la época Lima en el valle de Chancay. Lamentablemente no es posible ir mas allá de estos datos y no contamos con otros elementos que nos aproximen a la posible conformación del sitio y sus características, ya que las excavaciones conducidas en él resienten haber sido realizadas en una época en la que el interés arqueológico se focalizaba en la búsqueda de secuencias culturales, sobre la base del examen estratigráfico de la cerámica y la variación de sus atributos estilísticos y, por lo tanto, era relativamente escasa la atención que se prestaba al examen del asentamiento y su arquitectura. [103]

Sin embargo, Kosok (1965: fig. 16) publica una foto de los años 40 del Servicio Aerofotográfico Nacional de Cerro Trinidad, cuando aún la antigua Panamericana norte pasaba al oeste del sitio. En esta fotografía aérea se aprecia el gran recinto cuadrangular, que aún hoy se conserva, construido en las faldas al sur del cerro; mientras que hacia el sur en un sector ahora intensamente urbanizado, se distinguen una serie de plataformas y montículos organizados a lo largo de un eje norte sur. Si bien desdibujados por la erosión, se observa claramente entre estos la presencia de por lo menos tres complejos cercados por murallas, los que incorporaban en su interior importantes edificaciones con plataformas, además de otros muros que subdividían los complejos en sectores y recintos menores.

Como se verá más adelante, la conformación que presentan estos complejos se advierte bastante similar a la que luce el complejo principal de Cerro Culebra en el valle bajo del Chillón. La extensión de este sector del asentamiento de Cerro Trinidad, así como la traza general y densidad de sus edificaciones expresaría la notoria calidad urbana de este centro de época Lima. Se puede

también apreciar que para la localización del asentamiento se aprovechó el límite de un tablazo desértico, orillado por los campos del valle bajo que se despliegan en un nivel ligeramente inferior, lo que otorgaba al asentamiento control visual sobre la zona agrícola y el litoral marino al oeste.

En Chancay otro sitio de importancia de la época Lima, e inclusive algo más temprano, parece haber sido Baños de Boza, en el extremo sur del valle bajo a unos 7 km del mar. El sitio se localiza al pie de la falda norte del cerro Pasamayo, en los márgenes del piso del valle, donde el afloramiento de aguas subterráneas genera totorales y pozas de agua que en los años 40 estuvieron en boga como baños de aguas minerales, dando lugar al nombre del sitio. En el área próxima a los humedales se presentaban una serie de montículos bajos de apariencia arenosa, donde se registraron evidencias de ocupación correspondientes al período (Willey 1943).

Excavaciones realizadas en el mayor de estos montículos revelaron muros hechos con adobes pequeños similares a los registrados en Cerro Trinidad, es decir, con los adobes dispuestos con mortero de barro en hiladas simples o dobles, y colocados con la parte plana de la base hacia abajo. La excavación conducida en la cima de este montículo, además de la existencia de estructuras con muros de adobes que evidenciaban un trazo ortogonal, revelaron que la edificación correspondía a una plataforma constituida por rellenos constructivos también de adobes pequeños. En la base de estos rellenos masivos de adobe se habían dispuesto capas de piedras que habrían operado como basamento de este tipo de construcción.

Es relevante destacar que de la descripción de la excavación realizada por Willey en esta plataforma, se desprende claramente la existencia de una serie de superposiciones arquitectónicas, donde se suceden en dos niveles distintos capas de piedras empleadas como niveles de cimentación de cada evento de relleno; seguidos en cada caso por los rellenos constructivos de adobe de la plataforma; a los que les siguen pisos y estructuras con muros de adobe, que aparentemente fueron también rellenados en una secuencia que habría conducido a la sucesiva elevación del nivel de la plataforma (ibid: 185-186).

En base a estos datos es posible suponer que Baños de Boza representaría un sitio de menor jerarquía con relación a Cerro Trinidad, ubicado unos 9 km al noroeste. Sin embargo la existencia de estructuras que parecen haber correspondido a edificios públicos y su ubicación algo más temprana en la secuencia cronológica que comparten ambos sitios, podrían proporcionar elementos de especial interés para conocer la dinámica propia de los procesos que se verificaron en el valle de Chancay durante la época.

La ocupación Lima en el valle del Chillón

Entre los múltiples sitios correspondientes a la ocupación Lima del valle del Chillón como del litoral al norte de este, destacan algunos que podrían haber estado adscritos a una aparente condición urbana. Este tipo de asentamientos se localiza preferentemente en el valle bajo y en la margen derecha del Chillón, como es el caso de Cerro Culebra, La Uva y Copacabana. La ubicación de estos importantes sitios en los márgenes de las tierras de cultivo y a lo largo del curso de los principales canales de irrigación, permitiría suponer que estuvieron asociados al desarrollo de la producción agrícola en este sector del valle y a la administración del correspondiente sistema de riego. Otros sitios menores que se encuentran asociados a las tierras del valle bajo como Media Luna (Quilter 1986), o inclusive un sitio principal como Cerro Culebra, pudieron también estar ligados a la explotación complementaria de los recursos del litoral marino relativamente próximo a su emplazamiento. De otro lado, resulta evidente que sitios de rango intermedio como Playa Grande, en el actual balneario de Santa Rosa, y los sitios de Ancón, localizados en zonas desérticas y bastante alejados de las áreas agrícolas, se relacionan con un sector del litoral cuya diversidad de zonas ecológicas favorecía la pesca y el marisqueo, dis-

Fig. 275. Mapa de la zona del litoral de Ancón y valle bajo del Chillón, con los stios arqueológicos del período Lima (redibujado de Paredes 2000: fig. 1).

poniendo de una abundante y variada presencia de recursos marinos.[104]

Se ha sugerido que los asentamientos de cada una de estas zonas de importancia económica localizadas en el valle bajo y el litoral habría tenido como referente por lo menos un centro urbano: Playa Grande habría cumplido esta función para la población asentada en los sectores del litoral al norte del valle del Chillón; mientras que Cerro Culebra lo habría sido para los que se encontraban en su desembocadura y próximos al litoral; mientras que Copacabana y La Uva lo serían del sector agrícola de la margen derecha del valle bajo (Paredes 2000).

En estos asentamientos de aparente carácter urbano se registra la presencia de arquitectura monumental, como también de algunas estructuras menores de posible carácter público, lo que expresaría diferencias funcionales entre estas edificaciones y la existencia de ciertos niveles de especialización entre sus habitantes; mientras que la abundante presencia de estructuras habitacionales y de áreas de actividad domestica, darían indicios para suponer que en estos asentamientos se dio una importante concentración poblacional. De otro lado, estos centros urbanos principales nuclearían en su respectiva área de influencia a otros asentamientos menores, entre ellos establecimientos aldeanos o caseríos de agricultores y pescadores. Es relevante destacar que este patrón de asentamiento no se reproduce en el valle medio ni en la parte alta del mismo, donde estarían ausentes los centros urbanos o en todo caso los sitios con arquitectura monumental. Este fenómeno estaría señalando que durante la época Lima las elites del valle bajo del Chillón habrían tenido el predominio político en el territorio del valle, cuyo poder se habría sustentado en la gravitante importancia económica de las zonas agrícolas del valle bajo y del litoral (ibid.).

Sin embargo, como se apreciará de la descripción de los sitios principales, la diversidad manifiesta en las distintas formas de organización urbana de los asentamientos de este tipo y la ausencia de un sitio que sobresalga frente a los demás por su preeminente jerarquía, plantearía interrogantes acerca de la centralización del po-

der político en el valle. Al respecto es de notar que, si bien estos sitios comparten una serie de rasgos tanto en los materiales culturales asociados, como en las técnicas constructivas, también es apreciable la notable variación existente en el ordenamiento urbano y los ejes de orientación de las principales estructuras que los conforman, así como en los patrones arquitectónicos documentados en cada uno de los sitios.[105]

Cerro Culebra

Se trata del sitio más destacado, tanto por su extensión, como por la sobresaliente importancia del edificio principal que constituyó el núcleo del asentamiento. El sitio ocupa un área de unas 40 Ha y está localizado sobre una planicie ligeramente elevada sobre la margen derecha del río Chillón, en un tramo en que este se encañona a 1 km. de su desembocadura en el mar. El edificio principal está rodeado por otros menores al sureste y noreste cuya construcción se realizó con adobe, tapia y piedra canteada. En los alrededores del sitio también se registra una gran cantidad de restos de estructuras de aparente función doméstica, construidas mayormente con quincha y otros materiales perecederos (Paredes 1992, 2000).

El edificio principal está conformado por una pirámide de planta trapezoidal que alcanza en el eje mayor (orientado unos 45º al noroeste) 65 m de sureste a noroeste, mientras que en sus extremos tiene 40 y 30 m respectivamente. Adosada al norte y oeste de esta estructura piramidal, se desarrolla una plataforma sobre la que se encuentran vestigios de recintos. Esta edificación, a su vez, fue rodeada por muros de tapia que reproducen a una mayor escala la planta trapezoidal, ampliándola a 250 m en el eje principal de sureste a noroeste y a 160 y 125 m en sus extremos. Aparentemente el ingreso principal a este complejo se ubicaba en el lado suroeste del cercado trapezoidal, desde donde se accedía a un corredor orientado hacia el noreste que, luego de un quiebre en su trayecto, culminaba en una escalinata que permitía el ascenso hacia los niveles superiores de la pirámide (Paredes 1992: 54 y fig. 3).

Fig. 275b. Cerro Culebra. Fotografía aérea del complejo arqueológico en el valle bajo del río Chillón, que en ese tramo corre encañonado antes de su desembocadura al mar (Servicio Aerofotográfico Nacional 1945; Agurto 1984).

El edificio principal presenta evidencias de 3 o 4 fases constructivas (Silva et al. 1988). La más temprana se caracterizaría por el empleo de adobes cúbicos, mientras que las subsiguientes que sellaron este primer edificio lo son por el empleo de la tapia. Precisamente, en uno de los muros de tapia correspondiente a la segunda fase de remodelación, se halló una pintura mural con un motivo decorativo entrelazado afiliado al estilo conocido como Playa Grande. La pintura mural descubierta por Stumer (1954) durante sus trabajos en el sitio tenía una extensión de unos 28 m de largo y presentaba 6 paneles organizados por temas iconográficos (Bonavia 1974). La Uva y Copacabana

Estos dos sitios se localizan en la margen derecha del valle bajo y estarían asociados al manejo de la amplia extensión de tierras agrícolas que dispone este sector del valle. En el caso de La Uva el asentamiento se ubica en una pequeña quebrada, ocupando un área de unas 15 Ha. y estaba conformado por 12 estructuras o montículos piramidales de los cuales dos parecen haber sido los principales. Los montículos presentan un patrón aglutinado y en ellos es dominante una orientación de 70º al noroeste. La construcción de estas estructuras se realizó mayormente con tapia y piedras canteadas (Paredes 2000: 141-143, fig. 5).

En el caso de Copacabana, el sector central donde se concentran las estructuras correspondiente al período, ocuparía unas 12 Ha. y en él destacan 8 edificaciones construidas sobre promontorios naturales. Estos promontorios se presentan como estribaciones del cerro Campana que domina este sector, por lo que la orientación del complejo y sus edificaciones, 35º al noroeste, pareciera resultar de la adaptación del asentamiento a las peculiares características topográficas de la localidad (ibid: fig. 6). En este caso las edificaciones habrían sido construidas con pequeños adobes de forma cúbica en las fases tempranas y luego con tapia. Existe también al este del sitio otro amplio sector de unas 30 Ha. con evidencias de edificaciones, montículos menores y restos de estructuras habitacionales, todas consistentemente asociadas a materiales culturales de la época Lima.

Si asumimos en conjunto la notable extensión de estos dos sectores, Copacabana se nos presenta sin lugar a dudas como uno de los asentamientos Lima más importante del valle de Chillón. Este hecho fue advertido tempranamente por Uhle (1970: 388), quien menciona a Copacabana entre los sitios principales de la región que presentaban grandes “colinas” hechas con pequeños adobes.

Fig. 276. Cerro Culebra. Reconstrucción planimétrica (Paredes 1992: fig. 3).

Playa Grande

Finalmente, entre los sitios intermedios asociados al manejo de los recursos del litoral destaca Playa Grande. Localizado en el moderno balneario de Santa Rosa, el sitio tiene una extensión de unas 30 Ha. si es que solamente se considera el área nuclear del asentamiento, donde se concentran los montículos mayores, pero que si hace extensiva a los alrededores que presentan restos de conchales y evidencias de ocupación doméstica podría haber alcanzado hasta 110 ha. De los siete montículos de planta rectangular que se registran en el centro del asentamiento, cuatro sobresalen por ser los de mayores dimensiones. Estos montículos comparten un eje de orientación 40º al noreste y se ordenan en el sitio de este a oeste, reportándose que fueron construidos tanto con pequeños adobes[106] como con piedra canteada (Tabio 1965, Paredes 2000).

Fig. 277. Plano del conjunto arqueológico de Playa Grande (Paredes 2000: fig. 3).

Sobre la base de esta información, que da cuenta de la importante extensión del sitio y de la probable presencia de algún tipo de arquitectura pública, puede suponerse que Playa Grande haya constituido un complejo urbano de carácter intermedio, que habría servido de núcleo de referencia para los demás asentamientos ubicados en este sector del litoral al norte del valle del Chillón —entre ellos los sitios documentados en Ancón (Tabio 1965)— al mismo tiempo que debió estar interrelacionado con los sitios del valle bajo del Chillón,[107] y quizás supeditado a uno de mayor jerarquía como Cerro Culebra. Sin embargo, es evidente también que los pobladores de Playa Grande y los sitios de Ancón estuvieron en contacto frecuente con quienes moraban en el valle de Chancay, contando con la ventaja de ser los lugares más próximos a los valles del norte de la región. Al examinar esta perspectiva y las condiciones de la ruta debemos hacerlo en el contexto histórico de la época, considerando que en la antigüedad el cerro de Pasamayo, conocido también como Cerro de La Arena, contaba con amplias zonas de Lomas (Rostworowski 1981), las cuales no solamente debieron de facilitar el tránsito en este tramo mayormente desértico, sino que ellas mismas debieron ser meta frecuente para la apropiación de ciertos recursos propios de su ecología por parte de los pobladores que habitaban al sur o al norte de las mismas.

La ocupación Lima en el valle del Rimac

El valle del Rimac es el mayor de los tres valles (Chillón, Rimac y Lurín) que integran el complejo agrícola de la comarca de Lima, según ONERN (19XX) este valle disponía en sus sectores bajo y medio bajo de unas 00,000 ha. de tierras agrícolas. Podríamos tener una aproximación a la extensión agrícola que habría alcanzado el valle del Rimac en la época Lima sobre la base de la localización de sus principales asentamientos ur-

banos,[108] cuales son: Maranga, Pucllana, Vista Alegre (Catalina Huanca) y Cajamarquilla.[109] La localización de estos sitios demostraría que además de una notable extensión agrícola en el valle bajo, también se habría ocupado y manejado durante el período buena parte del valle medio bajo.

Al respecto, se ha sostenido que en esta época se habría producido una sustancial ampliación de las tierras bajo cultivo y que la localización de Maranga y Pucllana estaría asociada a dos canales principales que culminarían su trayecto en la cercanía de estos complejos (Patterson y Lanning 1970: 399-400), lo que permitiría suponer que su emplazamiento en el valle pudo también estar relacionado con el manejo y administración de las correspondientes zonas de riego. De otro lado, ya antes Uhle [1910] (1970: 388-389) había planteado la acertada deducción de que las monumentales edificaciones piramidales Lima, no podrían haber sido ejecutadas sino por una población ya densa gracias a una activa agricultura.

Fig. 278. El valle del Rímac con los principales sitios de la época Lima y su asociación con el sistema de canales de irrigación (Canziani).

Efectivamente, si observamos los antiguos planos de Lima e inclusive los correspondientes a la expansión de la ciudad en el valle del Rimac durante las primeras décadas del siglo XX (Gunter 1983), se puede constatar que el canal principal llamado Río Huatica permitía irrigar una importante porción de la margen izquierda (sur) del valle bajo, constituyendo posiblemente en aquella época el canal con el curso más alto en este sector antes de que se emprendiera la construcción del gran canal llamado Río Surco, aparentemente más tardío. El canal de Huatica debió tener su bocatoma en el río Rímac, a la altura de lo que es hoy el distrito de El Agustino, para luego atravesar el centro histórico de la ciudad, y los actuales distritos de La Victoria, Lince, San Isidro y Miraflores. El curso del canal de Huatica debió tener su trayecto final al oeste de la Huaca Pucllana y se puede suponer que desaguaba sus excedentes al mar en lo que hoy es la Bajada Balta de Miraflores,

con un trayecto total de más de 10 km desde su bocatoma. Es interesante notar que el curso del canal de Huatica bordeaba también el flanco oeste de las Huacas de Limatambo, totalmente destruidas entre los años 30 y 40,[110] y que estaban ubicadas en Lince donde hoy se encuentra la Gran Unidad Escolar Melitón Carbajal, y que si bien presentaban estructuras tardías de adobones y en sus secciones inferiores muros de adobes rectangulares (Tello 1999: 77-79), por su especial emplazamiento bien pudo haber tenido edificaciones tempranas asociadas al desarrollo y manejo del canal de Huatica durante la época Lima.

De otro lado, los canales de Maranga y una serie de canales subsidiarios de distribución del riego de este sector de la margen izquierda del valle bajo,[111] se presentan asociados espacialmente a los sitios del complejo de Maranga y Makat-tampu.

Mientras tanto, se puede suponer que la parte baja de la margen derecha del Rimac no debió representar en ese entonces un entorno muy favorable a la agricultura, posiblemente por la gran cantidad de puquiales que evidencian una napa freática relativamente superficial, así como suelos sujetos a periódicas inundaciones o desbordes del río Rimac. Esta condición es compartida con la colindante margen izquierda o sur del Chillón, y podría ayudar a explicar la aparente inexistencia de sitios urbanos o con arquitectura monumental en esta zona entre ambos valles, la que además pudo funcionar como una suerte de “frontera”, en el supuesto que durante el período Lima en los valles del Chillón y el Rímac operaran entidades políticas independientes entre sí.

El Centro Urbano Ceremonial de Maranga

En una posición central con relación al valle bajo se encuentra el complejo de Maranga, que se ubica en la margen izquierda del valle del Rimac, unos 2.5 km al sur del río y a una distancia de unos 3.5 km del mar. Su localización en el piso aluvial del valle, en suelos con vocación agrícola pone en cuestión el paradigma que sostiene que todos los sitios prehispánicos siempre se localizaron al margen de las tierras agrícolas.[112]

Dentro del extenso complejo de Maranga, que fue testigo de una larga historia de ocupaciones y cuyas estructuras y vestigios corresponden tanto a períodos tempranos como a formaciones tardías (Canziani 1987), sobresale un conjunto de grandes edificaciones piramidales y montículos menores, que se caracterizan por exhibir como material constructivo adobes paralelepípedos o cúbicos de pequeñas dimensiones y moldeados a

mano, conocidos popularmente como adobitos. Middendorf [1894] (1973: 56-69), quien visitó el sitio a fines del siglo XIX, en su descripción observa la notable diferenciación existente entre el conjunto de montículos de adobe y, por otra parte, los cercados amurallados, las estructuras y montículos de plataformas elaborados con la técnica más tardía del tapial o adobón y que corresponden a la posterior ocupación que conocemos como Maranga-Chayavilca.

El conjunto de pirámides y montículos hechos con pequeños adobes corresponden al centro urbano ceremonial de Maranga, el complejo urbano más importante de la cultura Lima en el valle del Rimac y de los demás valles de la Costa Central. Esta constatación se fundamenta tanto en la monumentalidad de sus principales edificaciones, así como en la extensión del sitio y el ordenamiento urbano que expresa todo el conjunto.

Es notable observar que el eje principal del complejo, orientado 25º al noreste resulta perfectamente perpendicular a la línea del litoral, demarcada por los acantilados que se encuentran a unos 3 km al suroeste del sitio. A lo largo de este eje que se desarrolla de norte a sur por lo menos 1.5 km y que se encuentra ligeramente desplazado hacia el oeste del asentamiento, se alinean las pirámides principales que comparten esta misma orientación en la conformación de su estructura arquitectónica.[113] La singular disposición de las pirámides y de otros montículos menores definen una serie de explanadas o posibles grandes plazas, así como otros espacios longitudinales que podrían haber conformado vías de circulación o calzadas ceremoniales (Canziani 1987: 10).[114] En cuanto a la extensión de este centro urbano, considerando las estructuras que se registran en superficie a lo

Fig. 279. Maranga. Fotografía aérea del sector central donde destaca la Huaca San Marcos y se observa, arriba, la destrucción iniciada en la Huaca Concha con las obras del estadio. La línea diagonal que atraviesa el sitio es la avenida Venezuela (Servicio Aerofotográfico Nacional 1944; Kosok 1965: 35, fig. 26).

largo de los 1.5 a 2 km que podría alcanzar el eje principal[115] y abarcando una franja de por lo menos 1 km de ancho, resultaría un área notable de 150 a 200 Ha. Lamentablemente durante las úl-

timas décadas este notable asentamiento ha sido objeto de una bárbara y acelerada destrucción.[116]

Fig. 280. Maranga. Plano general de las edificaciones monumentales correspondientes al centro urbano teocrático de la época Lima (Canziani 1987).

Algunos de los montículos piramidales son de gran tamaño y comparables a las edificaciones piramidales de la Costa Norte. Este es el caso de la pirámide principal (13) denominada Huaca Aramburú o San Marcos, cuyo eje mayor orientado de noreste a suroeste alcanza más de 300 m de largo, con un ancho que varía de 180 hasta 250 m en la sección más ancha en su extremo suroeste. Esta pirámide es una de las mejor conservadas, y su conformación revela el desarrollo de plataformas escalonadas que ascienden desde el extremo del lado norte hacia el sur donde alcanza la mayor altura con unos 30 m de elevación. Al extremo suroeste también se presenta el mayor ensancha-

investigaciones arqueológicas sostenidas y de políticas de puesta en valor. Sin embargo, la ignorancia y el consumado desprecio de estos monumentos por parte de las más altas autoridades han resultado en su grosera mutilación y lamentable desaparición. Podría señalarse aquí tan sólo unos cuantos datos de la crónica de esta aberrante y penosa destrucción. La construcción en los años 20 de la avenida Venezuela, en ese entonces bautizada irónicamente “Progreso”, mutila severamente el sector suroeste de la Huaca Aramburú (13) y atraviesa cortando en dos la ciudad prehispánica. En los años 40 el gobierno de Prado construye un estadio, cuyas obras se emprenden utilizando la Huaca Concha (12) como cantera de material de relleno para las graderías, el que además se adosa y superpone al mismo montículo. En los años 50, se instala en el sitio el campus de la ciudad universitaria de San Marcos, donde la construcción de los pabellones educativos arrasa con todos los montículos menores del sector norte del sitio. En los 60 el Parque de Las Leyendas ocupa con sus instalaciones gran parte del sector sur del complejo arqueológico. En la segunda mitad de los 80, el gobierno del Dr. García otorga títulos de propiedad a los ilegales ocupantes de áreas arqueológicas (intangibles) de propiedad del estado, desatando la urbanización en gran parte del complejo. Finalmente (?), el Ministerio de la Presidencia del Ing. Fujimori realiza en los años 90 obras de ampliación del estadio de San Marcos, acometiendo —50 años después— nuevamente contra los escasos vestigios arqueológicos de la Huaca Concha, impidiendo trabajos de rescate arqueológico ante la impostergable inauguración de una obra de evidente carácter propagandístico.

Fig. 281. Maranga. Vista de un corte al sur de la Huaca San Marcos, que exhibe las características constructivas de las plataformas macizas, conformadas por aparejos de pequeños adobes modelados a mano (Canziani).

miento del montículo, lo que se genera por el desarrollo de plataformas más bajas, a modo de apéndices, que se proyectaban hacia el oeste y sur. La acuciosa observación de Middendorf (1973: 63) lo lleva a señalar que no se trataba tan sólo del desarrollo de plataformas escalonadas y ascendentes, ya que la cima de estas también sirvió de base para la erección de una serie de estructuras arquitectónicas que las coronaban y cuyos muros de adobe evidencian enlucidos de barro y acabados con pintura amarilla (Tello 1999: 85). Recientemente la Universidad de San Marcos ha emprendido trabajos de investigación arqueológica que están revelando la naturaleza y complejidad de estas estructuras arquitectónicas y su probable función.

En cuanto a los materiales y técnicas constructivas, se aprecia el empleo de estructuras de relleno masivo de pequeños adobes paralelepípedos moldeados a mano, conformando bloques constructivos que sirvieron para la erección de las plataformas constitutivas del volumen piramidal. Parece que también esta técnica constructiva se combinó con la de las cámaras rellenas con basura, tierra, ripio e inclusive cantos rodados (Tello 1999: 38).

Al extremo norte del complejo se encontraba el segundo montículo en importancia, que es conocido como Huaca Concha (12), sin embargo esta fue destruida casi en su totalidad con la construcción del estadio de la Universidad de San Marcos. A partir de las antiguas aerofotografías del sitio (SAN 1944) se puede apreciar que esta edificación se desarrolló también con el eje mayor coincidiendo con el eje principal del sitio, e igualmente presentaba su mayor ancho en el extremo suroeste, pero en este caso por la presencia de una plataforma baja que se proyectaba hacia el sureste. Middendorf (1973: 63) registra que este montículo habría sido el más alto del conjunto, midiendo 210 m de largo y 105 m de ancho en el extremo norte, no pudiendo medir el extremo que presentaba el ancho mayor. También alcanza un dato sumamente significativo, al señalar que este montículo se diferencia de los anteriormente observados, por cuanto no exhibe rastro alguno de los pequeños adobes utilizados usualmente como material constructivo, de lo que deduce que en este caso singular se habría empleado tan sólo tierra y piedras (ibid.). Sin embargo, posteriormente en algunos trechos del montículo se observó estructuras hechas con adobes semicúbicos hechos a mano, al igual que celdas constructivas rellenadas con cantos rodados, especialmente en la cúspide, lo que explicaría su abundancia en la superficie de la Huaca (Tello 1999: 84).

Fig. 282. Makat Tampu. Plano del sitio según Julio C. Tello (1999).

Mientras tanto, al sur de la Huaca Aramburú se encuentra la Huaca 21, a la que Tello (ibid) hace varías referencias mencionándola como la “reniforme”, por la singular forma arriñonada de su planta. Anteriormente, el montículo fue también descrito por Middendorf (1973: 61-63 y plano pág. 57), quien observa a que la parte más alta del montículo se encontraba al sur este alcanzando unos 25 m de altura. Hace referencia también a un corte vertical en el sector, en el que se aprecia la estructura construida con pequeños adobes cúbicos (Canziani 1987: fig. 3).

En varios sectores del centro urbano se ha documentado una serie de evidencias que permiten suponer que las edificaciones piramidales y los demás montículos menores que sobresalen en la superficie del sitio no estaban aislados sino más bien rodeados por la concentración de otras estructuras de posible carácter residencial y público. Así lo demuestran los hallazgos de recintos o cuartos de aparente función doméstica en sectores al sureste del complejo; al igual que el hallazgo casual, en las excavaciones para la construcción de lo que iba a ser la sede del Museo Nacional, de un gran muro hecho de pequeños adobes y enlucido por ambas caras, que media en corte más de 1 m de espesor y unos 2 m de alto, cuya base se encontraba a 2.5 m del nivel actual del terreno y que se ubica a unos 600 m. al este del eje principal del sitio, entre los montículos 20 y 31. Estos datos demuestran claramente que lo que se aprecia en la superficie del sitio es tan sólo la “punta del iceberg” y que la ausencia de excavaciones arqueológicas sistemáticas en sitios estratégicos de tan vasta área han impedido hasta la fecha conocer la trama urbana subyacente y la naturaleza de la población y actividades que en ella tuvieron lugar. Como ya lo señaláramos en los resultados del que fue uno de nuestros primeros trabajos de campo, el centro urbano ceremonial de Maranga debió ocupar en los Andes Centrales un lugar de primer orden durante el período de los Desarrollos Regionales, si bien las investigaciones sobre el sitio no correspondan a esta realidad (Canziani 1987: 11).

Finalmente, es importante señalar que si bien el complejo de Makat-tampu, ubicado unos 1,500 m al sur del río Rímac y a unos 2 km al norte del complejo de Maranga, posiblemente no formó parte integrante del centro urbano principal, aunque pudo estar alineado con su eje, debió de estar asociado a este en el manejo del sistema de riego y en la administración de la producción agrícola de este sector del valle bajo. Igualmente Makattampu, debió de conectarse con el complejo de Maranga, mediante un sistema de caminos que debió de articular a los sitios principales del valle además de comunicarlos con los que se encontraban en los valles inmediatamente próximos. En todo caso, dada la escala menor de las edificaciones de época Lima registradas en Makat-tampu, podemos presumir que este asentamiento jugó un rol secundario y jerárquicamente dependiente del centro principal de Maranga.

En Makat-tampu el Dr. Tello reportó la presencia de dos montículos (A y A’) y de un recinto (C) ubicados al suroeste del sitio que presentaban evidencias de arquitectura Lima. En el caso de ambos montículos, estos presentaban muros de adobón presumiblemente tardíos en superficie, los que se superponían a núcleos constituidos por muros y rellenos constructivos de adobitos tanto rectangulares como cúbicos. En el caso del recinto, en su interior se observó vestigios de algunos muros construidos con adobes pequeños rectangulares. Estos importantes datos evidencian la presencia de estructuras originarias de época Lima en este sector del sitio (Tello 1999: 118-119). El complejo de la Huaca Pucllana

Este importante complejo de la época Lima se ubica en el sector sur del valle bajo del Rimac, en lo que hoy día corresponde al distrito de Miraflores, y está emplazado en un terreno llano propio del piso aluvial del valle con clara vocación agrícola. Dada su importancia fue destacado como uno de los sitios principales de la ocupación temprana del valle desde las primeras exploraciones y estudios arqueológicos desarrollados por Middendorf (1973) y Uhle (1970: 388). Este último reporta a la “Huaca Juliana” junto con Aramburú (Maranga) como los dos principales sitios con edificaciones piramidales tempranas en el Rimac. Posteriormente este monumento también fue afectado severamente por el proceso de urbanización de la zona desde inicios de los 40, si bien felizmente se ha logrado conservar el montículo principal y algo de las áreas adyacentes, desarrollándose en las recientes décadas investigaciones arqueológicas y programas dirigidos a la puesta en valor del complejo.

Fig. 283. Huaca Pucllana. Fotografía aérea del complejo arqueológico ya afectado por la expansión urbana. Nótese al sur y sur oeste (abajo de la fotografía) una serie de plataformas y montículos que constituían parte del complejo hoy desparecidos. (Servicio Aerofotográfico Nacional 1944; Agurto 1984).

A diferencia de Maranga, donde el complejo urbano se organiza sobre la base del ordenamiento axial de los montículos principales, aparentemente en Pucllana la organización del sitio estuvo nucleada entorno a un gran montículo

piramidal, alrededor del cual se desarrollaron grandes plazas y recintos de función ritual y administrativa, además de plataformas y montículos bajos, de los cuales ya no se perciben rastros debido a la urbanización de estas áreas, lo que de paso ha impedido conocer de la posible existencia de estructuras residenciales y, como consecuencia, de los datos que pudieran proporcionarnos algunos alcances acerca de la composición y niveles de concentración de la población que habitaba en este tipo de complejos.

Sin embargo, Julio C. Tello (1999: 67) describe la presencia no solamente de la Huaca Pucllana sino también de otra menor que se ubicaba unos 50 m, al sur y que presentaba planta cuadrangular y unos 10 m de altura, con la superficie cubierta de cantos rodados. Este montículo o plataforma se podía observar aún en la aerofoto de 1944 ya afectada por el proceso de urbanización, al igual que otro pequeño montículo al sur oeste ya parcialmente destruido en ese entonces y que el Dr. Tello intentó proteger de su inminente destrucción total (ibid: 70-72). Igualmente, del lado Oeste de la pirámide podía todavía observarse en las aerofotos de 1944 un gran muro que corría paralelo al eje de la Huaca principal, a unos 80 a 100 m de su base, y que posiblemente correspondía al cercado de una gran plaza observada por Middendorf durante su visita al sitio, cuando señalaba que … “Esta colina artificial es muy larga, pero relativamente poco ancha. En el lado orientado hacia el mar, hay un campo rectangular cercado por un muro de 480 pasos de largo y 70 de ancho, ostensiblemente un patio extraordinariamente largo, en uno de cuyos lados se halla una fortaleza construida del modo ya indicado. La base de la colina es tan larga como el campo cercado de muros” (Middendorf 1973: 71-72). En el archivo del Dr. Tello (1999: 72) también se menciona la presencia de por lo menos un muro que “…es de adobitos rectangulares, como los de Aramburú, y se halla revestido con barro”.

El montículo principal de la Huaca Pucllana presenta una orientación de unos 20º noreste, lo que permite establecer ciertas analogías con la orientación del complejo urbano de Maranga que resulta bastante similar. En cuanto a las dimensiones de planta del montículo, este alcanza unos 275 m a lo largo del eje mayor con un ancho variable que va incrementando hacia el sur, desde unos 75 m en el extremo norte, a 100 m en el sector central, hasta unos 120 m en el extremo sur. También la Huaca Pucllana comparte con las pirámi-

Fig. 284. Huaca Pucllana. Reconstrucción isométrica de un patio con estructuras escalonadas y evidencia de postes de una aparente estructura techada (Vásquez 1984: fig. 3).

des de Maranga, especialmente con la Huaca Aramburú o San Marcos, una planta de corte subrectangular a la que se adicionan plataformas o volúmenes, a modo de apéndices, en la esquina suroeste del montículo. Otro rasgo de similitud es que el volumen del montículo presenta el desarrollo de plataformas escalonadas que ascienden progresivamente desde el extremo norte hacia el sur, donde también la Huaca Pucllana alcanza su mayor elevación con una altura de unos 20 m. Igualmente, en la Huaca Pucllana se registran evidencias de recintos y otras estructuras arquitectónicas que se edificaron sobre la cima de las plataformas.

En la construcción de la pirámide se ha empleado los típicos pequeños adobes, si bien parece que la construcción de los volúmenes de sus plataformas no fue realizada masivamente con adobe, ya que hay evidencia de grandes muros de contención o rellenos constructivos de adobe que contenían rellenos de tierra y material suelto, lo que ya fuera observado por Middendorf (1973: 72) en ciertos cortes que presentaba el montículo. La Huaca Pucllana igualmente presenta evidencias de superposiciones arquitectónicas, tanto en el cuerpo del propio montículo como en el caso de las estructuras anexas que se desarrollaron en su entorno.

Las excavaciones desarrolladas en las áreas al noreste de la base de la pirámide han revelado un complejo sistema de plataformas, patios y recintos (Flores 1981, Vásquez 1984). Algunas de estas estructuras parecen corresponder a espacios de acceso al edificio mayor, donde las plataformas escalonadas y sus desniveles fueron conectados mediante rampas que resolvían el ascenso inicial hacia los niveles altos de la pirámide. Algunos de los espacios expuestos por las excavaciones arqueológicas corresponden a dos grandes patios consecutivos, delimitados por gruesos murallones de adobe que corren paralelos en dirección este-oeste y que organizan con sus ejes el planeamiento de este sector. El primer patio, ubicado al este, presenta un muro transversal que lo separa del segundo patio e incluye una plataforma baja a la cual se adosa una rampa que conduce al acceso que da paso al segundo patio. El segundo patio, ubicado al oeste y más próximo a la base de la pirámide, presenta en el extremo oeste dos ban-

quetas escalonadas adosadas a un gran muro de 1.6 m de espesor, en cuya esquina noroeste se interrumpen las banquetas y se define un vano que daba acceso a una rampa de ascenso hacia una plataforma de nivel superior. Es de gran relevancia el hallazgo de evidencias de una doble hilera de postes de madera, que se dispusieron regularmente frente a las banquetas a 2.9 m entre sí y a 2.6 m de distancia entre las dos hileras. La presencia de estos elementos de soporte vertical permite inferir la existencia de una zona techada en el extremo oeste del patio, proporcionando una cobertura especial del frontis del patio caracterizado por el despliegue de las banquetas escalonadas (Vásquez 1984: fig. 3 y 6).[117]

Las analogías en cuanto a la recurrencia de ciertos patrones urbanísticos y arquitectónicos, así como la relativa proximidad (8 km) entre los dos sitios principales Lima de la margen izquierda del valle bajo del Rimac, plantean una evidente interrelación entre el complejo de Maranga y Pucllana. Por otra parte, las evidentes diferencias de magnitud entre los dos sitios pudieran haber expresado una determinada diferenciación jerárquica y una posible dependencia de Pucllana con relación a Maranga. Cuestiones que son de gran interés para comprender las características del urbanismo de esta época y la aparente existencia de una entidad política —por lo menos en este sector del valle— que esperamos las investigaciones arqueológicas que se desarrollan en estos complejos arqueológicos ayuden a dilucidar.

La ocupación Lima en el valle medio del Rimac

Cajamarquilla y Vista Alegre

La ocupación Lima interesó también de manera importante el sector del valle medio del Rimac, la que debió estar asociada al manejo de estas amplias zonas que presentan tierras con una excelente vocación agrícola. Para el manejo de este sector del valle fue imprescindible también que los Lima desarrollaran, mantuvieran y administraran un sistema de irrigación que asegurara la productividad en ambas márgenes de este sector. Coincidentemente los sistemas de canales que dan lugar en la margen derecha al llamado “valle” de Huachipa, como en la margen sur al de Ate, podrían haber tenido origen en estos tiempos, ya que los cursos de estos canales parecen haber estado relacionados con la presencia estratégica de dos importantes asentamientos Lima en las respectivas márgenes del valle medio: Cajamarquilla y Vista Alegre (o Catalina Huanca).

En el caso de Cajamarquilla, las investigaciones arqueológicas en esta ciudad dominada por las construcciones del Intermedio Tardío han reportado la abundante presencia de materiales culturales del período Lima, al igual que distintas evidencias de estructuras de esta época con los típicos adobitos bajo las estructuras tardías (Tello 1999). Antes de esto ya Uhle [1910] (1970) había reportado la existencia de un extenso cementerio asociado al centro urbano y que correspondía mayormente al Lima tardío o Nievería. Unos 2 km al oeste de Cajamarquilla se encuentra también una pirámide Lima de menor tamaño conocida como Huaca

Trujillo, la que se encuentra aislada, si bien con evidencias de estructuras menores en su entorno, lo que permite suponer que podría haber correspondido a un centro ceremonial de menor nivel que los examinados anteriormente (Stumer 1954: 133). El hecho de que Cajamarquilla haya tenido una ocupación con aparente continuidad hasta épocas bastante más tardías, con la consecuente superposición de estructuras e intervenciones urbanísticas, dificulta la definición clara de las características que pudo tener este asentamiento durante la época Lima.

En el caso de Vista Alegre o Catalina Huanca, se ha reportado que esta tenía como núcleo central una pirámide masiva con una rampa central principal la que estaba rodeada por 5 montículos menores (ibid: 132-133), además de la presencia de grandes complejos amurallados con recintos menores en su interior, que podrían recordarnos los de Cerro Culebra. Lamentablemente no sabemos si estas edificaciones fueron contemporáneas a la pirámide o si fueron remodelaciones más tardías de la misma. En cuanto a las técnicas y materiales constructivos se señala que si bien en la mayoría de los casos las edificaciones privilegiaron la construcción masiva con los pequeños adobes modelados a mano, también está presente esporádicamente la tapia. Sin embargo en Vista Alegre la situación se invertiría: el edificio estaría construido mayormente con tapia y la presencia de los adobes sería limitada (ibid: 133).

Evidencias de la ocupación Lima en Pachacamac y Lurín

En el célebre complejo arqueológico de Pachacamac existen importantes vestigios de una temprana ocupación correspondiente a la época Lima, que presenta como un elemento relevante la presencia de montículos piramidales con plataformas escalonadas construidas con los pequeños adobes de esta época. Tres de estas edificaciones se concentrarían sobre los promontorios que dominan el sector sur del complejo arqueológico, compartiendo al menos dos una orientación noreste suroeste: el denominado Templo Viejo de Pachacamac y el que luego se convertiría en el Templo Pintado con los agregados y remodelaciones tardías; mientras que un tercer montículo, de planta y orientación hoy desconocida pero posiblemente similar a los anteriores, se encontraría bajo las estructuras del Templo del Sol de época inca. Adicionalmente, existe otro montículo en el sector noroeste, que presenta la misma orientación aun cuando se encuentra bastante deformado por la erosión y al cual Tello denominó Templo de Urpay Huachac. Así mismo existen restos de edificaciones menores con muros de adobitos que se localizan en la proximidad del Museo de Sitio de Pachacamac. Esto último daría idea de la posible existencia de otras estructuras de menor envergadura, tanto públicas como domésticas, aglutinadas en torno a las edificaciones monumentales conformando un centro urbano teocrático que luego fue desdibujado por las sucesivas ocupaciones tardías.

El primero en registrar estos indicios tempranos en Pachacamac fue Uhle [1903]

(2003), quien a finales del siglo XIX encontró que en los niveles inferiores de la secuencia estratigráfica que culminaba con la ocupación inca, se hallaban materiales culturales tempranos que los antecedían, incluyendo estructuras con los típicos pequeños adobes Lima. Uhle reporta estos hallazgos principalmente en la base norte del viejo Templo de Pachacamac y en los alrededores y bases del Templo del Sol. En el corte de Uhle (2003: fig.3) publicado también por Strong y Corbett (1943: fig. 2) se aprecia claramente, bajo las estructuras de las plataformas escalonadas del viejo templo de Pachacamac, el hallazgo de pisos y muros de contención asociados a la época Lima, los que pudieron formar parte de plataformas escalonadas de este antiguo templo.

Fig. 285. Pachacamac. Foto aérea en al que se ha resaltado los posibles edificios monumentales de época Lima. Al sureste el Viejo Templo de Pachacamac, con las plataformas hacia el noroeste, cuyas remodelaciones tardías corresponden al Templo Pintado. Al sur oeste, los indicios de otra edificación piramidal de la época Lima a la que se le superpuso el Templo del Sol durante la ocupación Inka. Al noroeste el montículo conocido como Urpi Wachac.

Posteriormente, los trabajos de Strong y Corbett (1943) corroboraron esta información, al desarrollar excavaciones que intervienen la base del Templo del Sol en el flanco Este, confirmando la presencia de estructuras construidas con pequeños adobes y asociaciones culturales que corresponden a la época en cuestión y a las que se les superpuso tardíamente la edificación Inca. De igual manera, observan en un gran corte que desciende del lado noreste de la terraza más alta del templo, la presencia de estructuras de adobes moldeados a mano asociados con material cerámico de época Lima, justo debajo del piso existente en la terraza superior del templo inca (ibid: 39). Conjugando estos datos, provenientes tanto del examen de la base como de los niveles superiores del Templo del Sol, y que revelan la recurrente presencia de estructuras arquitectónicas de época Lima, se puede inferir que el edificio inca fue construido incorporando bajo sus plataformas las de un antiguo templo piramidal que debió tener un notable volumen.

Además de este montículo de forma y volumen desconocido cubierto por el Templo del Sol, tendríamos al Este el montículo llamado Templo Viejo o Templo de Pachacamac que presenta una planta rectangular orientada noreste–suroeste y que tiene un ensanchamiento en su extremo noreste. A estos dos montículos se agrega uno más al norte conocido como el Templo Pintado, por sus plataformas escalonadas con evidencias de pintura mural, que corresponderían a remodelaciones de las fases finales del período (Nievería) y al Horizonte Medio. A esta misma época también podría corresponder el gran recinto cuadrangular que rodeó estas pirámides y estructuras, destacando el espacio de mayor significación ceremonial.

Es relevante notar como en esta época temprana el emplazamiento de las principales edificaciones ceremoniales de Pachacamac privilegia el promontorio elevado que se encuentra al sur del sitio. Este es un lugar con un paisaje muy especial, desde el cual se contempla el árido desierto bordeando el verdor del valle bajo, como también hacia el este y sur el río que corre a su desembocadura en el mar, mientras que hacia el sur y oeste se dominan los humedales que anteceden a las playas y el horizonte marino, del cual emerge la enigmática silueta de la isla de Pachacamac y su séquito de islotes.[118]

En resumen, si además de este importante núcleo de montículos emplazados en el sector sur del sitio, consideramos el montículo de Urpay Huachac y algunas otras evidencias de edificaciones menores en el sector norte, podemos suponer que el centro urbano teocrático de época Lima debió de alcanzar una extensión de unas 40 Ha manifestando ciertos rasgos similares en su ordenamiento y configuración respecto a Maranga (Canziani 1987). Si bien Pachacamac durante esta época debió ser un centro algo menor con relación a Maranga en el Rímac, es evidente que constituyó el sitio principal Lima en el valle de Lurín.

No está claro cual fue la relación del centro ceremonial Lima de Pachacamac con otros sitios Lima asentados en el valle de Lurín, ni tampoco lo está cual pudo ser el patrón de asentamiento en el valle durante este período. En los trabajos de Earle (1972) así como en los de Patterson et al. (1982), se propone un modelo de desarrollo expansivo de la entidad política Lima desde el valle bajo, para desde allí incursionar en el valle medio y medio alto. De acuerdo a estas propuestas, esta expansión implicaría el desarrollo de obras de irrigación que posibilitaron la intensificación de la producción agrícola en estos sectores del valle. De otro lado, el que muchos sitios Lima en el valle de Lurín se emplacen en las cimas de los cerros y que evidencien rasgos de fortificación, daría a entender que esta expansión no estuvo exenta de conflictos con las poblaciones locales del valle o con las que presionaban sobre sus importantes recursos desde las zonas altas del mismo. En todo caso, la posible esfera de control político del centro ceremonial Lima de Pachacamac habría estado restringida a los sectores bajo y medio del valle de Lurín, ya que Earle (ibid: 476) señala la inexistencia de algún sitio con rasgos monumentales en todas las secciones examinadas en la parte alta del valle, lo que estaría indicando que las poblaciones de estos sectores habrán mantenido un alto margen de autosuficiencia.

El valle de Chincha y los asentamientos de la época Carmen y Estrella

Durante el período se manifiestan en el valle de Chincha dos fases: una temprana denominada Carmen que sucede al Paracas Necrópolis o Topará, y otra más tardía conocida como Estrella, identificadas principalmente por los correspondientes estilos cerámicos, así como por los patrones constructivos asociados a su arquitectura (Wallace 1971).

Si examinamos el patrón de asentamiento en términos generales, como parte de una sola época, en la distribución de los sitios se aprecia una cierta continuidad con relación a la precedente época Paracas, si bien se advierte una tendencia al incremento del número de sitios localizados en la margen sur del valle, especialmente en el sector medio. Al mismo tiempo, se observa una distribución más homogénea de los asentamientos, con muchos de ellos localizados en el piso del valle, ocupándose zonas que no registrarían antecedentes en las fases precedentes. Este es el caso de sitios importantes como Huaca Santa Inés (PV.575) y de la agrupación de montículos del complejo Estrella (PV.57-53, 54, 55 y 160). Por el contrario, en la zona norte del valle bajo, se observa una ocupación escasa, si bien con una tendencia creciente con relación a las fases anteriores en la zona de transición del valle bajo al medio de la misma margen, con la presencia de sitios como PV.57134, Cruz de La Molina (PV.57-132), Huallanca (PV.57-133) y Condorillo (PV.57-121), y en el valle medio con sitios como La Esclusa (PV.57100, 102) (Canziani 1993: fig. 4).

En cuanto al tipo de sitios, estos son bastante similares a los de la época Paracas, es decir montículos piramidales o montículos de plataformas bajas; sitios habitacionales; y obras de infraestructura agraria; a los que se agrega un nuevo tipo de sitios, cuales son los cementerios (Ibid: 102).

Fig. 286. Sitios del período de los Desarrollos Regionales Tempranos en el valle de Chincha (Canziani 1993).

En cuanto a los montículos, en términos generales, llama la atención la drástica reducción de la inversión en la construcción de arquitectura monumental durante el período. En la mayoría de los casos se verifica la reocupación de montículos piramidales construidos durante la época Paracas, donde aparentemente las intervenciones son también puntuales o, inclusive, irrelevantes. Esto se verifica especialmente en el sector sur del valle bajo, como es el caso del complejo San Pablo (PV.57-8, 9, 37 y 44) y de las Huacas Campana (PV.57-51), Mensías (PV.57-50) y de otros sitios que se localizan en proximidad del viejo cauce del río. Mientras tanto, los sectores central y norte del valle bajo no presentan una mayor continuidad de ocupación, donde presumiblemente se abandonan importantes complejos de épocas anteriores como la Huaca Santa Rosa (PV.57-87), Alvarado (PV.57-10) y La Cumbe (PV.57-3).

Solamente en contados casos se aprecia la construcción ex novo de montículos. Sintomáticamente estos corresponden mayoritariamente a los sitios que aparentemente ocupan por primera vez la parte media del piso del valle, lo que se manifestaría especialmente durante la fase tardía Estrella con la erección de las Huacas Santa Inés (PV.575), Monserrate (PV.57-117), Ronceros (PV.5739), y de los montículos del complejo Estrella (PV.57-53, 54, 55 y 160). Sin embargo, es de notar que de estos solamente la Huaca Santa Inés habría alcanzado un volumen de cierta envergadura, lo que daría a entender que tuvo una posición jerárquica privilegiada con relación a los otros asentamientos que tan sólo presentan montículos pequeños o vestigios de plataformas bajas, como es el caso del Complejo Estrella. Lamentablemente la Huaca Santa Inés ha sido seriamente afectada por el trazo de la carretera que se dirige a El Carmen y el puente sobre el río Matagente, lo que ha provocado el corte de lo que debió ser la parte principal y más alta del montículo y la mutilación o desaparición de las plataformas más bajas. Estas penosas condiciones impiden actualmente conocer cual pudo ser la orientación y conformación original de esta edificación, que constituiría el principal monumento construido durante esta época.

Fig. 287. Huaca Santa Inés. Corte de las estructuras construidas con adobes hemicilíndricos, en las que se aprecia superposiciones arquitectónicas (Canziani 1993).

Aparentemente los edificios monumentales del período mantienen ciertos cánones arquitectónicos propios de las épocas tempranas, como es el caso de la planta rectangular y de la orientación en dirección este-oeste, si bien no está claro si se mantuvo la volumetría escalonada que exhiben los montículos Paracas, dado que lamentablemente no se conservan edificaciones que hayan mantenido su fisonomía original a causa de las posteriores reocupaciones y, mayormente, debido a las destrucciones modernas.

Sin embargo, para este período se han registrado por lo menos dos casos que rompen inusualmente con esta constate en la orientación. Se trata de montículos conformados por plataformas bajas de planta rectangular orientados de norte a sur. Dos de estos se registraron en el sitio PV.57-134, del que lamentablemente se constató su destrucción en 1990, y uno al oeste del sitio de Condorillo (PV.57-121) también afectado por un intenso proceso de destrucción al haber sido invadido por pobladores. Sintomáticamente en ambos casos se documentó la singular existencia de pilares cuadrangulares, así como de muros y otras estructuras construidas con distintos tipos de adobes, desde los hemiesféricos a los hemicilíndricos.

A propósito de los materiales constructivos, tenemos durante el período una notable variedad de tipos de adobes con formas distintas. Los adobes continúan siendo elaborados a mano y sin molde y presentan durante la fase Carmen formas de tipo hemisférico —que son los más populares— mientras que otros con forma de disco cilíndrico son menos comunes. Durante la fase Estrella se afirma un adobe singular de forma hemicilíndrica, con una ligera combadura o adelgazamiento en la sección central del lomo curvo. En este último caso, se aprecia su empleo tanto para la elaboración de muros simples como de doble cara, disponiéndose los adobes en un aparejo alterno con las bases planas rectangulares hacia abajo. También es de notar que para la ejecución de los rellenos constructivos de las plataformas, se realizaron muros de contención formando cámaras de relleno. Es decir, que a diferencia de los rellenos masivos con adobes propios de la época Paracas, en este caso las plataformas que conformaron los montículos se construyeron mediante pequeñas cámaras con muros de adobes hemicilíndricos que fueron rellenadas con tierra suelta, cascajo y piedras, tal como se observa en Huaca Santa Inés y en plataformas del complejo Estrella.

Además de los sitios que tuvieron como eje edificios de aparente carácter público, también se verifica un notable incremento y desarrollo de asentamientos habitacionales de características aparentemente aldeanas. Este tipo de sitios son relativamente extensos y se localizan preferentemente en los márgenes del valle, sobre terrazas naturales áridas y elevadas con relación al fondo del valle, lo que les otorga una posición de dominio visual sobre los campos agrícolas de los alrededores y los canales de riego que los bordean. Este es el caso de Pampa del Gentil (PV:57-64) y del sitio PV.57-140, que se localizan en la margen sur del sector medio del valle, y en los que se registra una continuidad de ocupación que se remontaría hasta la época Paracas Cavernas.

El sitio de Pampa del Gentil (PV:57-64), presenta una notable concentración de estructuras formadas por recintos de distintos tamaños, en un área de por lo menos 3.5 ha. y cuyo trazo, si bien tiende a la ortogonalidad, no evidencia planificación si no mas bien la progresiva agregación, adosamiento y superposición de estructuras. En el borde de la terraza que domina el valle se ubican pequeños montículos orientados este-oeste, cuya morfología y materiales constructivos indicarían su filiación temprana (Paracas). La configuración de sitios como Pampa del Gentil y del sitio PV.57-140 en el valle de Chincha, cuya ocupación correspondería mayormente a la fase Carmen, es bastante similar a la de otros sitios contemporáneos de la región, como es el caso de Dos Palmas en el vecino valle de Pisco (Rowe 1963, Wallace 1971: 83-84).

En este tipo de asentamientos son dominantes las estructuras habitacionales y sólo comprenden un número limitado de pequeños montículos —como se registra en el borde norte de Pampa del Gentil (PV:57-64)[119]— mientras que en otros como Condorillo (PV.57-121) se presentan agrupaciones de pequeños montículos asociados a algunas áreas que parecen corresponder a una ocupación habitacional. Queda por investigar las características y el rol de esta arquitectura pública menor en este tipo de asentamientos, sea que se trate de edificios de función comunal o ceremonial en asentamientos donde la función habitacional parece primar, en mayor o menor grado.

Concluyendo esta breve reseña sobre la ocupación del valle de Chincha durante este período, nos parece importante advertir la lectura de una posible ampliación del área agrícola del territorio del valle, especialmente en el sector medio —donde se ubican los principales asentamientos Estrella— al igual que en el sector sur del valle bajo. A este propósito se observa que los sitios Estrella jalonan el curso medio del río Matagente y el curso del viejo cauce en el valle bajo, lo que podría estar indicando el desarrollo de sistemas de irri-

gación a partir de estos cursos de agua. Así mismo, es también factible que se iniciara la irrigación de la margen norte del valle ya que —delineando lo que pudo ser el trazo de un canal principal y límite de los campos de cultivo en ese entonces— se encuentran los sitios 134, Cruz de La Molina (132), Huallanca (133) y Condorillo (121); y se localizan sitios como La Esclusa (100, 102), que se ubican estratégicamente en puntos donde hasta la fecha se encuentran las bocatomas de los canales que irrigan la margen norte del valle (Canziani 1993: 106).

De otro lado, la evidente limitación de la inversión en el desarrollo de arquitectura pública monumental y la aparente ausencia de sitios con una clara identidad urbana, podrían estar señalando un cierto estancamiento en los niveles de acumulación de excedentes productivos o la alteración de los mecanismos de apropiación de estos excedentes, que anteriormente habrían posibilitado el desarrollo de una elite y de entidades políticas de tipo teocrático durante la época Paracas. Parece resultar de estas restricciones una serie de limitaciones en la consolidación de una elite sacerdotal y del cuerpo de especialistas que opera con ella,[120]así también en la conformación y consolidación de la organización estatal, a diferencia de lo que hemos visto acontece en otras regiones de la costa peruana al norte de Chincha (Canziani 1993: 106).

Estos aspectos evidentemente requieren de mayores investigaciones, que permitan ahondar el estudio de un interesante caso que indicaría la contemporánea vigencia durante el período en cuestión de formas de desarrollo “desiguales”, donde la necesidad prioritaria de concentrar la inversión social en el desarrollo de la infraestructura agraria, podría haber resultado en formas de desarrollo que no pasaban necesariamente por el establecimiento de organizaciones políticas estatales, asociadas al desarrollo de complejos urbano teocráticos, donde se manifiesta de manera patente una colosal inversión en la arquitectura pública monumental, propia de Gallinazo, Moche o Lima.

Algunos asentamientos Carmen en el valle de Pisco

En el cuello del valle de Pisco y en su margen derecha se ubica el sitio Carmen de Dos Palmas. Este sitio tiene gran relevancia porqué fue citado por el Dr. Rowe (1963: 302-303) como un claro ejemplo del urbanismo temprano que surgía en la Costa Sur,[121] posiblemente esta apreciación fue acentuada por el gran impacto visual de una fotografía aérea tomada por Shippe y Johnson a inicios de los años 30 (ibid) en la que se aprecia una alta concentración de estructuras en el flanco de una terraza árida. El asentamiento habría tenido una extensión de unas 15 ha y las estructuras que lo conformaban tendían a presentar plantas ortogonales, así como algunos muros perimétricos entre conjuntos o en los límites de ciertos sectores del asentamiento. Igualmente, entre la trama de las estructuras aglutinadas, se observa claramente la presencia de algunos espacios abiertos a manera de pequeñas plazas.

Sin embargo, en el conjunto no se percibe una traza planificada sino más bien algo irregular. Tampoco se observan indicios de edificios prominentes que pudieran haber cumplido funciones públicas, y análogos a los documentados ampliamente en sitios urbanos contemporáneos. Wallace (1971: 83-84) informa que estas estructuras estaban construidas con paredes de piedras y que correspondían a cuartos contiguos de diferentes tamaños y formas. Lamentablemente informa también de la acelerada destrucción del sitio, que ya se encontraba cortado por un camino y en gran parte afectado por la expansión agrícola, lo que ha imposibilitado su deseable investigación.

Fig. 288. Dos Palmas. Vista aérea oblicua tomada en 1931 del extenso asentamiento, ya desaparecido, en la que se aprecia su extensión y notable aglutinación de estructuras (Rowe 1963).

Sobre la base de las características que exhibía Dos Palmas y dada su fuerte similitud con las que presentan sitios contemporáneos, como Pampa del Gentil y PV.57-140 en el valle de Chincha, podemos suponer que las estructuras de este asentamiento correspondían a los cimientos de conjuntos de viviendas que fueron mayormente construidas con quincha. Pensamos también que Dos

Palmas pudo ser el resultado de un proceso de agregación y superposición de estructuras, similar al que presentan los sitios chinchanos antes mencionados, con un carácter presumiblemente rural y de aparente función habitacional.

Además de compartir la ubicación en el cuello de los valles, estratégica con relación al manejo del sistema de irrigación y de las tierras agrícolas, la fuerte similitud entre los sitios del valle de Chincha y Dos Palmas en el de Pisco, debió ser también resultado de una estrecha interrelación de sus respectivas poblaciones. Efectivamente, tanto Dos Palmas como (PV.58-2) otro sitio Carmen de características al parecer similares (ibid: 82-83), se encuentran en la margen de la Pampa Cabeza de Toro, una gran quebrada lateral del valle de Pisco que se proyecta hacia el norte y el valle de Chincha, mientras que los sitios Pampa del Gentil y PV.57-140 se encuentran próximos a la Pampa del Carmen y a la Quebrada de Arrieros, que se extienden al sur este del valle de Chincha. De modo que la convergencia de estas dos grandes quebradas forma una vía natural, utilizada en época prehispánica y hasta la fecha para comunicar los cuellos de ambos valles, mediando entre ellos una distancia de tan sólo 20 km.

Por su parte Silverman (1997) documenta con sus excavaciones en Alto del Molino, un sitio Carmen en la margen izquierda del valle bajo de Pisco. El sitio presenta varios montículos bajos cuya estratigrafía reveló una ocupación temprana correspondiente a Paracas Necrópolis (fase Chongos) de carácter doméstico, a la que se superpuso la ocupación Carmen. Esta última fase se caracterizaría por ciertos rasgos arquitectónicos que podrían indicar una función pública, si bien las edificaciones no alcanzarían características monumentales.

Efectivamente, en el montículo de la Huaca 2 se registraron tanto una escalinata central con corredores, orientados de norte a sur, como otra escalinata lateral que asciende de oeste a este. La escalinata central estuvo finamente enlucida y conservaba trazas de pintura amarilla y roja, al igual que el corredor que la antecede que estuvo pintado de rojo. Entre los escombros de esta área, se encontraron también fragmentos de pintura mural con diseños geométricos policromos, que recuerdan los que luce la cerámica. Los muros

fueron construidos mayormente con cantos rodados unidos con mortero de barro y se registró también la técnica de las cámaras de relleno para la edificación de las plataformas. Adicionalmente, en uno de los recintos excavados se expuso una hilera de 3 pequeños cubículos cuadrangulares de 1 m. de lado (ibid: 450, fig. 11), cuya configuración permitiría suponer una posible función destinada al depósito.

La sociedad Nasca y la cuestión de sus posibles formas de urbanismo

Durante el presente período se desarrolló en la costa sur del Perú la sociedad que conocemos como Nasca.[122] Su desarrollo tuvo como área nuclear los valles de Nazca, sin embargo comprometió al valle de Ica y posiblemente también al de Pisco, al norte de la región, mientras que hacia el sur su presencia se registra de modo consistente hasta Acarí, si bien su influencia pudo alcanzar localidades como Yauca, Chala y otras aún más al sur (Silverman y Proulx 2002: fig. 4.3).

Como se ha señalado ya en el Capitulo 1, esta región sureña de la costa se caracteriza por su acentuada aridez, dado que las cuencas altas de sus valles son comparativamente más reducidas que los de la costa central y norte, y son también más escasas las precipitaciones pluviales que se producen estacionalmente en ellas. De modo que los ríos de la región presentan un limitado caudal, por lo que usualmente se agotan en los tablazos del desierto y no llegan a desembocar sus aguas al mar.

Es de notar que los valles de esta región no desarrollan en sus zonas bajas los característicos deltas aluviales propios de los valles que hemos visto en las regiones del norte y centro de la costa peruana. Por el contrario, los ríos de esta región sur generan oasis con vocación agrícola en zonas relativamente alejadas del litoral y en proximidad de las estribaciones de la cordillera occidental de los Andes. Así, por ejemplo, el valle de Ica luego de su curso descendente hacia el oeste desde la parte alta del valle, al ingresar al tablazo desértico modifica su curso en dirección sur, donde se desarrolla una importante área agrícola. Mientras que, luego de Ocucaje y Callango, se encañona y

Fig. 289. Mapa de los valles de Ica y Nazca con los principales sitios del período (Redibujado de Reindel et al. 1999: fig. 1).

no ofrece mayores áreas con posibilidades agrícolas hasta su desembocadura en el litoral.

En el caso del río Grande de Nazca, se produce la singular confluencia de varios ríos tributarios, encajados en una serie de quebradas, que al unirse forman pequeños valles agrícolas que se desarrollan a unos 60 a 40 km del mar y a una altitud entre 600 a 300 msnm., como son Palpa, Ingenio y Nazca, antes de confluir en el río Grande, con una extensión relativamente limitada de tierras de cultivo que tan sólo alcanza unas 13,000 ha (ONERN 1971). En el subsiguiente tramo de su curso hacia el oeste, luego del oasis de Coyungo a unos 30 km del mar, el río Grande tiende a encañonarse en el tablazo y ya no ofrece mayores tierras de cultivo en esta última parte de su recorrido.

Si bien los valles de Nazca y Palpa están separados del de Ica por extensas pampas áridas propias del tablazo desértico, es de notar que la desviación del curso del río Ica hacia el sur lo aproxima progresivamente al río Grande de Nazca, especialmente en la parte baja de ambos valles, donde resulta que sus respectivas desembocaduras al mar se encuentren a poco menos de 20 km de distancia entre sí. Esta singular característica geográfica debió dar lugar a un intercambio relativamente fluido entre ambos valles, favoreciendo la constitución de esta “área nuclear” Nasca que se aprecia con fuerza en la cultura material que comparten las poblaciones de Nazca e Ica durante el período.

En cuanto a la economía de los Nasca, sabemos que en un medio de extremada aridez sus posibilidades de desarrollo agrícola debieron de enfrentar condiciones adversas, como la ya mencionada limitación de tierras con vocación agrícola, unida a la severa escasez del recurso agua y la consecuente restricción para desarrollar amplios sistemas de irrigación (Kososk 1965, Silverman 1993a, Silverman y Proulx 2002). Sin embargo, es de resaltar aquí que, en el esfuerzo por revertir estas condiciones, se construyeron ingeniosos sistemas de puquiales y de galerías filtrantes, que tenían por objeto captar el agua subterránea y aprovecharla para el cultivo (Schereiber y Lancho 1988). De esta forma y aplicando esta técnica singular en zonas donde el agua no se presenta en superficie, se logró el riego que diera sustento a algunos oasis agrícolas.

Al parecer no fue ajena a los Nasca la ganadería de camélidos, dado que su presencia es registrada con frecuencia en enterramientos rituales en sus centros ceremoniales, donde se ha documentado el aparente sacrificio de decenas de ejemplares. Igualmente se registra un importante consumo para fines de alimentación de la población, siendo común el hallazgo de restos óseos de camélidos en contextos domésticos y de basurales. También el estiércol de las llamas fue utilizado ampliamente como una fuente complementaria de combustible. El manejo de los hatos de llamas habría permitido una mayor movilidad de la población y el transporte de una serie de productos entre distintas localidades, al igual que lo documentado para otras sociedades andinas. Para el sostenimiento de esta ganadería pudieron aprovechar los pastos presentes en la cabeceras y partes altas de los valles, como también los rastrojos de los campos agrícolas luego de su cosecha (Isla 2003: com. pers.).

Pero resulta del todo evidentemente que la base económica agrícola y la dotación de recursos generada por esta, debió ser bastante más limitada de la que disponían las sociedades de la costa central y norte, y por lo tanto también la posibilidad de contar con la generosa acumulación de excedentes productivos que estas habrían tenido.[123] Estas diferentes condiciones de desarrollo económico podrían ayudar a explicar el contexto en que se verifica un desarrollo urbano bastante más contenido y una diferenciación social aparentemente menos acentuada. Justamente, el examen de estos aspectos plantea la problemática mayor acerca de la posibilidad de la presencia de organización estatal en la sociedad Nasca y, en todo caso, sobre el tipo de organización política que pudieron haber desarrollado. Temática en la que se postulan distintas posiciones que se encuentran en un interesante debate, como veremos más adelante.

Antes de entrar en mérito a las características del urbanismo y la arquitectura Nasca, nos pare-

ce oportuno reseñar algunos aspectos relacionados con el modo de vida de su población y, en especial, con relación a la producción de sus manufacturas, sus niveles de especialización y desarrollo de sistemas de intercambio. Somos de la opinión que el estudio de estos aspectos, referidos a los procesos productivos y al modo de vida de los Nasca, pueden brindar la clave para definir mejor las características de esta formación social y, a su vez, proporcionar elementos fundamentales para el análisis de sus patrones de asentamiento y arquitectura.

En el desarrollo de sus manufacturas los nasca destacan por su sobresaliente arte textil, pero es en la cerámica donde posiblemente alcanzaron el más alto nivel de expresión cultural. De otro lado, no se registraría un desarrollo mayor en la metalurgia y orfebrería; mientras que los sistemas de intercambio con otras regiones parecen haber sido bastante reducidos o limitados mayormente a cierto tipo de recursos y bienes exóticos.

En la textilería nasca se empleó tanto el algodón como la lana de camélidos, con un amplio manejo de tintes que permitían a sus artesanos desarrollar motivos decorativos policromos, realizados principalmente mediante la técnica del tapiz o el brocado. Muchos de los diseños decorativos de los textiles fueron similares a los que se desplegaban en la cerámica (Lumbreras 1969: 206). Se puede suponer que la calidad de este tipo de manufacturas estaría demandando determinados niveles de especialización, tanto en los aspectos técnicos de su producción como en el manejo de los códigos y patrones iconográficos de los diseños decorativos (Silverman y Proulx 2002: 6164 y 152-155). Una expresión de este tipo de especialización productiva estaría documentada con el hallazgo de evidencias asociadas al funcionamiento de un taller textil en la Unidad 7 excavada por Strong (1957: 28) en el complejo de Cahuachi y que correspondería a la fase temprana Nasca 2. En resumen, se puede considerar que ciertos rubros de la actividad textil proporcionan buenos indicadores de los niveles de especialización productiva presentes en la sociedad Nasca.[124]

En cuanto a la cerámica Nasca —cuya manufactura es la que mayores indicadores de especialización productiva presenta— se puede apreciar desde sus fases tempranas la transición con relación a las tradiciones Paracas, cuando la cerámica se decora aún con incisiones finas, pero la pintura ya no es aplicada post-cocción, sino mediante pigmentos aplicados previamente a la cocción de las vasijas. Este sólo dato revela una importante innovación tecnológica, que implicó un amplio conocimiento sobre los colores y tonos que producirá la aplicación de ciertos pigmentos y engobes al ser sometidas las piezas a determinadas temperaturas en el proceso de quema, lo que representa también un avance notable en el control de las temperaturas y en el dominio de las condiciones ideales de cocción por parte de los alfareros nasca. La forma más común de las vasijas finas es la globular con dos picos unidos por un asa puente. El modelado de las vasijas es frecuente y los colores comúnmente utilizados fueron una variada gama de tonos del rojo, rojo púrpura, blanco, negro, naranja, amarillo, marrón y gris (Silverman y Proulx 2002: 149-152). Al igual que en el arte textil, en la manufactura de la cerámica decorada con motivos iconográficos complejos, puede argumentarse el requerimiento de especialistas como también ciertos niveles de control sobre los patrones de diseño ejecutados, por parte de la elite que conducía el sistema de culto.

Llama también la atención de los estudiosos la presencia de una extraordinaria diversidad de instrumentos musicales, que incluye antaras, quenas, ocarinas, trompetas, tambores y sonajas, la mayoría de ellos realizados por medio de la cerámica. Entre las ofrendas enterradas en contextos propios de la arquitectura ceremonial es bastante frecuente el hallazgo de instrumentos musi-

cales, especialmente de antaras, lo que sugiere su empleo para el acompañamiento musical de las festividades y eventos rituales que se desarrollaban en los complejos ceremoniales.[125]

A partir de la sofisticada y exquisita cerámica Nasca se puede deducir un elevado nivel de especialización productiva. Sin embargo, aun cuando en los sitios nasca es relativamente común el hallazgo de artefactos e insumos asociados a su producción, como son platos de alfarero, espátulas, pigmentos y pinceles (Isla 1992; Silverman y Proulx 2002: 59-61), el hecho de que estos aún no se hayan encontrado asociados en contextos de áreas de actividad aparente, es decir que aún no se haya documentado arqueológicamente talleres de producción alfarera en asentamientos nasca, ha llevado a algunos investigadores a sugerir que quizás este tipo de producción alfarera no requería necesariamente de una especialización productiva (Silverman 1993a: 302 y 335; Silverman y Proulx 2002: 59-61 y 149).[126] Sin embargo, nos parece prematuro especular con esta presunción mientras no se documenten casos de áreas de actividad asociadas a algunos de los procesos productivos propios de la elaboración cerámica, especialmente de la emblemática vajilla fina nasca.

La metalurgia del oro no estuvo del todo ausente, si bien no conoció el desarrollo espectacular de las culturas norteñas, mientras que existen dudas si es que desarrollaron la del cobre dada su escasa representación. En cuanto al intercambio, este se concentró en algunos recursos e insumos, tales como plumas de aves de la Amazonia, obsidiana proveniente de las alturas de Ayacucho; mientras que otros bienes exóticos —con un creciente movimiento desde épocas tempranas en otras regiones— como el mullo (Spondylus), registrarían una presencia bastante restringida.

Los principales asentamientos Nasca

Entre los asentamientos Nasca más representativos destaca Cahuachi, un extenso sitio en el valle de Nazca, donde también se encuentran otros sitios importantes como Cantalloc, El Quemado, Jumana y Monte Grande en la parte baja del mismo y Taruga al sur, en la quebrada del mismo nombre. Además en el valle de Ingenio se encuentra el sitio de Ventilla; mientras que en el de Palpa La Muña, Los Molinos y Puente Gentil (Isla 2003: com. pers.; Reindel et al. 1999, Reindel e Isla 2001; Silverman 1993a: fig.1.3, 1993b; Silverman y Proulx 2002: fig. 5.1).

Cahuachi

Cahuachi se ubica en la margen izquierda del valle de Nazca a unos 40 km en línea recta del litoral y a unos 20 km al este de la ciudad de Nazca. El sitio se desarrolla a lo largo de la margen sur del valle, que en ese tramo presenta una franja agrícola de tan sólo unos cientos de metros de ancho entre ambas márgenes. El desarrollo en dirección este–oeste del asentamiento tiene en su zona central —donde se presenta la mayor densidad de estructuras— unos 3 km de extensión, pero que si se incorporan otras estructuras más dispersas, podría alcanzar hasta unos 5.5 km llegando a colindar hacia el oeste con el sitio más tardío de Estaquería, de lo que resultaría una extensión con un área total de unas 150 ha (Silverman 1993a: figs. 2.3 a 2.6), bastante más amplia y con mayor número de estructuras que las que fueron reportadas originalmente en el conocido plano publicado por Strong (1957: fig.4).

En la conformación del asentamiento destacan una serie de plataformas y montículos piramidales. Estos han sido construidos aprovechando en gran medida la topografía y configuración natural de los cerros, ya sea incorporándolos al volumen de los montículos o mas bien modelándolos mediante terrazas niveladas que sugieren el desarrollo de plataformas o de pirámides escalonadas.

Sintomáticamente estas modificaciones privilegian el flanco norte de las colinas, lo que revela claramente la intención de presentar hacia ese frente, que se aprecia desde el pequeño valle, la impresión correspondiente a una arquitectura monumental. Muchos de los montículos y plataformas de perfil piramidal se encuentran enfrentados a explanadas que fueron niveladas, a modo de plazas a veces delimitadas por otras plataformas o cercadas por muros bajos (Strong 1957, Silverman 1993a).

Fig. 290. Cahuachi. Plano general según Strong (1957: fig.4).

Fig. 291. Cahuachi. Foto aérea oblicua del Templo Mayor (Bridges 1991).

Este tipo de estructuras (montículos y plataformas) se encuentran separadas entre sí no solamente por explanadas y plazas, sino también por amplias extensiones de terreno que se encuentran totalmente libres de estructuras y que frecuentemente fueron utilizadas masivamente para fines de enterramiento. En total, estas áreas libres de estructuras representarían unas 125 ha de modo que las ocupadas por montículos y otras estructuras se verían reducidas tan sólo a unas 25 ha es decir poco más del 15% del área total. Estos datos y la aparente ausencia de concentraciones habitacionales y de otras estructuras arquitectónicas menores, conducen a Silverman a discutir la reiterada aseveración de muchos autores en cuanto a la supuesta condición urbana -y mas aún de Cahuachi, en cuanto ciudad “capital” de un supuesto estado expansivo Nasca (Rowe 1963)considerando que mas bien debería de caracterizarse a Cahuachi como “centro ceremonial”, para lo cual encontraría sustento en las recurrentes evidencias de ofrendas y otras actividades rituales, incluyendo las de carácter mortuorio (Silverman 1993a, Silverman y Proulx 2002).

Sin embargo, otros estudiosos de esta misma temática plantean algunas advertencias cautelares al respecto. La primera estaría referida a la reducida extensión de las excavaciones realizadas en Cahuachi, lo que puede representar una seria limitación para disponer de una visión más completa de las características del asentamiento y de sus estructuras arquitectónicas. Una segunda, se refiere a la dificultad advertida por distintos investigadores, de hallar evidencias de contextos propios de áreas de actividad en espacios arquitectónicos claramente definidos, lo que lleva a pensar en una modalidad de limpieza frecuente de estos espacios; lo que, a su vez, calzaría con el alto contenido de basura —doméstica o no— que se detecta de manera recurrente en los rellenos constructivos y cuyos volúmenes excederían ampliamente los deshechos que podrían haber generado actividades esporádicas, propias del modelo de peregrinaje sugerido por Silverman (Silverman 1993a, Silverman y Proulx 2002). Desde esta vertiente, se sostiene que la presencia de arquitectura con espacios limpios, no podría ser asignada a priori a una función exclusivamente ceremonial, pudiendo haber respondido tanto a funciones de tipo público en el ámbito productivo (talleres) y de servicios; como a funciones de tipo residencial y carácter doméstico (Isla 2003: com. pers.).

En cuanto a las características de las técnicas y materiales constructivos, ya hemos señalado la recurrente modificación de los montículos naturales, mediante nivelaciones y rellenos que generan terrazamientos con muros de contención. Los adobes empleados en estas estructuras y en los muros de las edificaciones tienen formas cónicas o semicónicas de base circular y superficie estriada, siendo los más comunes, aunque los hay también en forma de cuña alta, rectangulares convexos e irregulares, a modo de terrones (Strong 1957: 31). En algunos muros los adobes utilizados fueron todos del mismo tipo, si bien en otros se incorporó más de un tipo de adobe (Silverman 1993a:

88-99). Es de notar que no se verifica el empleo men, mientras que la mayor parte estaba constide moldes para la elaboración de los adobes y lla- tuida por trozos de mortero de barro y terrones. ma la atención —por representar una suerte de Los muros generalmente son de escasa altura y arcaísmo— la adopción en las construcciones raramente sobrepasan el metro de altura, lo que nasca de los adobes cónicos, utilizados otrora en permite suponer que la parte superior de los misla costa norte. mos se desarrollaba con el empleo de quincha. La

Los muros raras veces tienen evidencias de pin- quincha también se utilizó para el desarrollo de tura y parece que en ellos el empleo formal de paredes estructuradas con postes y horcones de materiales constructivos fue bastante limitado. En algarrobo. Postes de algarrobo se utilizaron tameste sentido se ha observado que muchas veces los bién para soportar techos o cobertizos (ibid). adobes incorporados en la construcción de los Este es el caso de algunas estructuras excavadas muros tan sólo representan un tercio de su volu- por Strong (1957: 28, fig 5b y c) que exhibían

Fig. 292. Cahuachi. Plano del sector central según Silverman (1993: fig. 2.4).

paredes de quincha muy bien acabadas. Se aprecia en las ilustraciones que el entramado de las cañas de la quincha estaba dispuesto al centro de las paredes, y que este elemento estructural fue luego recubierto con gruesas capas de barro por ambas caras, alcanzando finalmente unos 15 cm de espesor. La estructura central de quincha estaba reforzada cada tanto con delgados postes de algarrobo y se puede presumir que estos se proyectaban en la parte superior de las paredes para servir de soporte a las áreas de los ambientes que estuvieron parcialmente techadas. La calidad de esta arquitectura y la consistente presencia de finos textiles en sus ambientes, sirvieron de sustento para que Strong postulara que se trataría de un taller textil correspondiente a la ocupación Nasca Temprano de Cahuachi (ibid.).

Los rellenos de las plataformas fueron realizados utilizando diferentes materiales sueltos, tales como arena, tierra, vegetales, basura y cascotes de adobe, dispuestos tanto por capas gruesas como entremezclados. En algunos casos se ha observado la presencia de postes de huarango que fueron incorporados en los rellenos y colocados verticalmente, como si hubieran servido para resolver la estabilidad y controlar las fuerzas laterales generadas por el volumen de estos rellenos. También se ha documentado el empleo de rollizos de huarango como terminación de las gradas de escalinatas construidas con adobe y barro (Silverman 1993a: 122-124).

En términos generales, se puede advertir de los datos reseñados que las edificaciones de Cahuachi manifiestan un modesto nivel de especialización, así como una limitada inversión en la construcción. Esta realidad, confirmaría la percepción de que una base económica agrícola con manifiestas dificultades para lograr generosos excedentes productivos, evidentemente pesó también sobre la necesidad de contener la inversión y el consumo de recursos orientados a la erección de arquitectura monumental.

Otros sitios Nasca

Fig. 293. Ventilla. Vista aérea del sitio (Servicio Aerofotográfico Nacional 1947; Silverman 2002: fig. 4.1).

Otros sitios nasca de interés son: Ventilla en el valle medio de Ingenio, La Muña y Los Molinos en Palpa. De estos Ventilla, ubicado en la margen izquierda del valle medio de Ingenio, es el más impresionante ya que en las antiguas fotos aéreas de 1944 y 1947 aparece como un gran sitio con cientos de estructuras aglutinadas, terrazas con evidencias de ocupación habitacional, complejos cercados por muros y varios montículos artificiales, alcanzando una extensión de por lo menos 200 ha. Desde este punto de vista, representaría el mayor sitio Nasca superando inclusive a Cahuachi (Silverman 1993a: 324-327). Lamentablemente el sitio ha sido seriamente afectado por intervenciones posteriores dirigidas a expandir el área agrícola del valle. Por lo demás no conocemos de trabajos con excavaciones arqueológicas en tan importante sitio, las que serían de gran relevancia para el conocimiento de las características del desarrollo urbano y los patrones de asentamiento Nasca. Más aún si se propone que Ventilla pudo constituir el centro urbano que Cahuachi no habría llegado a ser (Silverman 1993a: 326; 1993b: 120).

De los trabajos sobre patrones de asentamiento conducidos por Silverman (1993b, 2002) en el valle de Ingenio y en el valle medio del Grande, se desprende en términos generales que en todos los sitios clasificados como “cívico ceremoniales” la inversión en arquitectura monumental fue relativamente escasa o en otros estuvo literalmente ausente. Mayormente se trata de terrazas o de recintos cercados, para los cuales se presume una función comunal, productiva o ritual. Los montículos, cuando se presentan, son bajos o elaborados modificando el relieve natural de los cerros, de una forma y factura similar a la ilustrada en Cahuachi.

Esta escasa monumentalidad de la arquitectura pública nasca por cierto no invalida la posible existencia de determinados niveles de complejidad social. En este sentido, llama la atención una apreciable diferenciación formal de las estructuras presentes en los asentamientos, inclusive tratándose de sitios pequeños, lo cual podría estar manifestando el desarrollo de diferentes funciones por parte de estas distintas estructuras (Silverman 2002: 149). Sin embargo, nuevamente se deja extrañar una mayor profundidad de las investigaciones, dado que las escasas excavaciones desarrolladas en asentamientos nasca, dificultan la interpretación de los procesos que se dieron en el curso de su evolución social (ibid: 143).[127]

Un novedoso e importante aporte en esta dirección viene de las investigaciones arqueológicas conducidas por Reindel e Isla (2001) en el valle de Palpa, ya que sus excavaciones en Los Molinos y La Muña revelaron la existencia de asentamientos que en su momento pudieron representar sendos centros regionales. En estos no solamente se registró importantes concentraciones habitacionales,

sino también la presencia de una notable arquitectura pública y de grandes tumbas de alto status. Se postula así que durante sus correspondientes períodos de vigencia estos sitios prominentes —en cuanto aparentes centros regionales— formarían parte de una estructura jerarquizada de los asentamientos en Palpa, que comprendería sitios menores como caseríos y poblados. Como se puede apreciar, se trata de datos e interpretaciones relevantes, que al expresar niveles de organización y de complejidad social, aportan elementos sustantivos a la discusión acerca de la organización social de los Nasca.

Los Molinos está ubicado cerca de la confluencia del valle del río Grande con los ríos Palpa y Viscas, lo que da lugar a una de las áreas de cultivo más amplias de la región. Esta condición favorable, unida a la disponibilidad de agua durante todo el año, habría incidido en la elección de esta zona del valle para el establecimiento de un asentamiento destinado a trascender las funciones habitacionales propias de otros sitios menores. [128]

Fig. 294. Mapa del valle bajo de Palpa con la ubicación de los sitios Los Molinos y La Muña (Reindel e Isla 2001: fig. 1).

Destaca en la zona central de Los Molinos la presencia de grandes recintos que se desarrollan sobre plataformas escalonadas, las que fueron niveladas con el apoyo de muros de contención que alcanzan hasta 2 m de altura. Los recintos son bastante amplios y están delimitados por gruesos muros de adobe. El planeamiento es definidamente ortogonal y la circulación se resuelve mediante pasadizos y accesos con planta en forma de “L”, donde los desniveles se superan mediante escalinatas y rampas (Reindel e Isla 2001: fig. 3 y 5). Los adobes empleados en estas edificaciones, que corresponderían al Nasca Temprano (fase 3), tienen la base ovalada y un cuerpo convexo y son conocidos como “paniformes”. En el interior de los recintos se efectuaron en algunos casos subdivisiones mediante la construcción de paredes de quincha. También se documentaron en los pisos hileras de postes, lo que permite reconstruir que varios de estos ambientes estuvieron techados.

En el sector norte del sitio, se reveló la presencia de dos plataformas en cuyos pisos se encontraron también postes de madera, pero en este caso revestidos con cañas y barro. Las dimensiones de los postes y este tratamiento especial daría lugar a suponer que habrían servido para soportar techos de mayor envergadura que los anteriores. Al igual que los grandes recintos, estas plataformas estuvieron conectadas mediante un pasadizo y tuvieron ingresos similares con los característicos accesos en “L” con escalinatas (Reindel e Isla 2001: fig. 10).

Fig. 295. Los Molinos. Vista aérea oblicua del asentamiento (Reindel e Isla 2001: fig. 37).

Se propone para los grandes recintos de Los Molinos una posible función de tipo público o en todo caso residencial de elite, así lo sugeriría la amplitud y calidad arquitectónica de estas estructuras que fueron construidas de forma planificada, como también la limpieza de los ambientes, a excepción de un espacio que habría funcionado como cocina, posiblemente para brindar servicio a las actividades que se desarrollaban en los recintos colaterales. Mientras que las plataformas del sector norte podrían haber servido para el desarrollo de actividades ceremoniales, dada su conexión con los geoglifos que se encuentran en proximidad del sitio.

Los Molinos también presenta importantes evidencias de viviendas sencillas construidas, con postes de madera y paredes de quincha, donde se reportan abundantes contextos de basura y evidencias de actividad doméstica. Estas estructuras de vivienda corresponderían tanto a la época de funcionamiento pleno de la arquitectura pública, como también al paulatino abandono de esta en fases posteriores (ibid.). Es de notar que este proceso de abandono de la arquitectura pública de Los Molinos, sería coincidente con el abandono de Cahuachi, luego de su apogeo durante la fase Nasca 3 (Silverman 1993a, Reindel et al. 1990, Reindel e Isla 2001).

Fig. 295. Los Molinos. Plano de edificaciones del sector central (Reindel e Isla 2001: fig. 5).

La Muña es un sitio también asociado a geoglifos y bastante próximo a Los Molinos, pero que corresponde al Nasca Medio, una fase de recomposición de la sociedad Nasca luego del abandono de Cahuachi, donde se configuraría un nuevo ordenamiento político y social (Reindel et al. 1990). La Muña se ubica en la confluencia de los ríos Grande y Palpa. La presencia de arquitectura pública, de grandes tumbas de elite y la concentración de viviendas, permite a los investigadores del sitio plantear la hipótesis de que debió constituir el centro administrativo regional correspondiente a esta época (Reindel e Isla 2001: 302; fig. 23).

En el sitio se registraron muros de adobes cónicos y paredes de quincha asentadas en plataformas bajas y escalonadas, asociadas a abundantes evidencias de actividad doméstica, por lo que se presume que amplios sectores del sito correspondieron a zonas de vivienda. Sin embargo, destaca en la parte central del asentamiento la concentración de tumbas que, por sus dimensiones extraordinarias y niveles de elaboración, debieron de haber correspondido al enterramiento de personajes de elevado status.

La arquitectura funeraria de La Muña revela patrones complejos de organización. Las tumbas estaban constituidas —al nivel de la superficie— por una antecámara, formada por un recinto de planta cuadrangular, en cuyo centro se inscribía una plataforma baja con banquetas perimétricas. Esta plataforma central en la antecámara servía a su vez de sello del pozo y de la cámara funeraria subyacente. Las cámaras funerarias presentan muros enlucidos y nichos en algunos casos, siendo techadas con vigas de huarango cubiertas con una gruesa capa de piedras y barro. Estos techos sirvieron de soporte al gran volumen de arena y cascajo con el que fueron rellenados posteriormen-

Fig. 297. La Muña. Plano de planta y corte del complejo funerario correspondiente a la tumba 3 (Reindel e Isla 2001: figs. 28 y 29).

te los pozos, antes de sellarlos finalmente con las plataformas. La presencia de postes de madera en los muros de contención de estas plataformas, permite suponer la presencia de techos sobre estas (Reindel e Isla 2001: 303-306; fig. 25, 29). Las características formales de esta arquitectura funeraria, y especialmente la dotación de plataformas techadas en las antecámaras, sugieren la periódica realización de ceremonias posiblemente vinculadas con el culto a los ancestros.

Las excepcionales características de esta arquitectura funeraria y del ajuar funerario de las tumbas estudiadas en La Muña, en el ámbito de un complejo que asume los rasgos propios de una necrópolis destinada al enterramiento de personajes que habrían tenido el más alto nivel social dentro de la población Nasca, aportan argumentos de peso que contradicen las hipótesis que plantean la supuesta inexistencia de marcadas diferencias en la sociedad Nasca (ibid: 312).

Como conclusión de estas investigaciones y de sus estudios acerca de los patrones de asentamiento (Reindel et al. 1999), los investigadores proponen una estructura jerarquizada de los sitios Nasca en Palpa, la que habría tenido sucesivamente como centros principales a Los Molinos (Nasca Temprano) y a La Muña (Nasca Medio). Desde estos sitios se habría administrado el manejo el sistema de irrigación que hacía posible el cultivo de una de las zonas agrícolas más promisorias del valle, además de concentrar actividades productivas y ceremoniales del más alto nivel asociadas al culto de los ancestros y a los geoglifos de las pampas.

Se sugiere también que esta estructura jerarquizada de los asentamientos Nasca podría replicarse en otros valles de la cuenca, con posibles centros

Fig. 300. Geoglifo de las pampas de Nazca representando la figura de una araña (Loayza)

regionales como referentes en cada uno de estos. Se menciona en el marco de esta sugerente propuesta a Puente Gentil en el valle de Santa Cruz, Ventilla en el de Ingenio, Jumana en el valle bajo y Cantayoq en el valle medio del Nazca. Proponiendo que esta posible estructura de organización jerarquizada, a su vez, podría haber tenido como referente supraregional el prominente sitio de Cahuachi (Reindel e Isla 2001: 314).

Finalmente, es de relevancia la apreciación acerca de la evolución en la realización de los célebres geoglifos en las pampas y laderas de los valles de la región, estableciéndose su estrecha relación con los asentamientos de la población Nasca. Los estudios recientes conducidos en Palpa (Reindel et al. 1999, Reindel e Isla 2001), proponen una evolución temporal a partir de los geoglifos más tempranos de época Paracas, dedicados a la representación de motivos figurativos que privilegian las faldas de las laderas, de modo que podrían haber sido apreciados directamente por la población desde los valles. Posteriormente, durante el Nasca Temprano, los geoglifos con motivos figurativos afiliados a la iconografía de esta cultura, se desplazan hacia las elevaciones de las pampas, lo que los desvincula de su apreciación visual desde los valles oasis. Finalmente, en las fases más tardías las representaciones privilegiarán motivos geométricos generados por líneas o los llamados “campos barridos”.

De esta manera se constituyó un extraordinario palimpsesto cuya percepción visual no era directa, por lo que debió responder a la construcción de un enigmático paisaje ritual, en cuanto vasto espacio para el despliegue de actividades ceremoniales de la mayor relevancia por parte de la sociedad Nasca. Podríamos así suponer que en el mundo Nasca las restricciones observadas en la edificación de arquitectura ceremonial de envergadura monumental, se vieron compensadas con creces con la generación de un inconmensurable espacio ritual, mediante la imposición del signo de los geoglifos al espectacular paisaje de las pampas desérticas.

6

LA PRIMERA FORMACIÓN IMPERIAL ANDINA

Wari: la planificación urbana como política de Estado

Introducción

En los Andes Centrales durante el período denominado Época Wari (Lumbreras 1981a) o también como Horizonte Medio (Rowe 1962), que cronológicamente se ubica entre el 600 y el 1000 d.C., se asiste a la progresiva declinación de las formaciones regionales, como también a una serie de cambios que afectan la esfera de la cultura material e imponen modificaciones sustanciales en los patrones de asentamiento.

Este fenómeno, por una parte, está manifestando la crisis de las viejas formaciones teocráticas y, del otro, el surgimiento de nuevas formaciones sociales y, entre ellas, de un estado que conocemos como Wari, que expresan nuevas formas de organización económica y social. Se inaugura así una nueva época caracterizada por la presencia de sociedades con una impronta de corte más civil o seglar y de mayor relevancia política, donde el enorme peso que antes tuvieron la religión y la arquitectura pública ceremonial, fueron dando paso a formaciones, que estuvieron sustentadas por un eficiente aparato político administrativo, que les permitió ampliar la base productiva mediante obras públicas e instaurar una economía de mayor énfasis redistributivo, sin olvidar por esto la organización del ejercicio de la guerra como un importante componente del poder.

Estas nuevas formaciones económico sociales se verían expresadas —en términos del modelo de asentamiento— en ciudades o asentamientos urbanos donde lo central y sobresaliente ya no será el templo, en la forma de colosales montículos piramidales, sino más bien los complejos palaciegos de carácter político administrativo. Esta nueva época y sus modelos de urbanismo, que inicia con el fenómeno Wari, se proyectará luego durante el desarrollo de los estados tardíos, especialmente en aquellos asentados en la costa norte y central del Perú.

Sin embargo, con referencia a esta época y a las que le suceden, es importante hacer algunas precisiones ya que muchas veces se ha sugerido que a partir de este momento se impondría el urbanismo en los Andes Centrales. Este es un equívoco frecuente, que puede dar a entender que antes de esta época no existieron formas de vida urbana o ciudades, lo cual, como ya hemos visto ampliamente, es totalmente inexacto. De la misma manera, para ser más precisos, este nuevo tipo de urbanismo evidentemente no excluyó tampoco la presencia de aldeas y otros poblados como necesaria contraparte en el ámbito rural. Este un tema de relevancia, sobre todo si se pretende examinar el modelo de asentamiento impuesto por una formación imperial en sus dominios provinciales, donde históricamente y a nivel universal es recurrente documentar el urbanismo implantado por el poder imperial, coexistiendo con poblados de carácter rural, que mayormente presentan formas de organización «espontánea», como también repertorios culturales fuertemente teñidos por su filiación étnica y las matrices que definen los componentes locales.

Los antecedentes

Los antecedentes de Wari tienen sus raíces en Ayacucho, una región hasta ese entonces algo marginal dentro del proceso civilizatorio de los Andes Centrales, donde la cultura regional Huarpa procesaría en sus fases tardías algunas innovaciones trascendentes. Se ha señalado la importancia que habría tenido en el proceso de surgimiento del fenómeno Wari, los tradicionales contactos de la región ayacuchana con la costa de Ica y Nazca, así como con la sierra sur y el altiplano del Titicaca, desde donde recibiría respectivamente notables influencias de Nasca y Tiahuanaco (Menzel 1964, 1967).

Según Lumbreras (1981b: 24) las influencias de Nasca se darían en las fases tempranas del Horizonte Medio, con estilos como Okros y

Chakipampa, y serían evidentes inclusive en tipos cerámicos tardíos de Huarpa, donde ya se aprecia la incorporación de la policromía; mientras que las influencias de Tiahuanaco serían algo posteriores y se manifestarían con el despliegue de algunos de sus íconos más destacados tanto en la cerámica decorada como en el arte textil. Bajo estas influencias y contactos, la sociedad Huarpa habría procesado una creciente especialización manufacturera en el campo de la cerámica y los textiles, complementando con estas industrias sus capacidades productivas, en vista de las limitaciones que presentaba la agricultura en una región donde son predominantes las condiciones de aridez y escasos los suelos con vocación agrícola.

Fig. 301. Mapa con los principales sitios del período: 1 Viracochapampa

  1. Pampa Grande
  2. San José de Moro
  3. Galindo
  4. Honqo Pampa
  5. Villkawain 7 Wariwillka
  6. Wari
  7. Conchopata
  8. Azángaro
  9. Jincamoqo12 Maymi?

13 Cerro del Loro? 14 Pikillacta

15 Cerro Baúl (Canziani)

Efectivamente, no obstante las limitaciones para lograr una agricultura excedentaria, la zona presenta condiciones favorables para la producción de manufacturas, en especial cerámica y textiles. En el primer caso, son abundantes las canteras con arcillas de excelente calidad, así como la presencia de pigmentos y recursos combustibles; en el segundo caso, el valle de Ayacucho está rodeado de zonas de puna y praderas elevadas que son propicias para la crianza de camélidos (llamas y alpacas) y el manejo de manadas silvestres de vicuñas, igualmente se encuentran en la zona ex-

Fig. 302. Mapa de la región de Ayacucho con la localización de Wari, Conchopata, Azángaro y otros sitios arqueológicos de la época

(Isbell 2001: fig. 3)

celentes recursos tintóreos orgánicos como la cochinilla (Dactylopius confusus) que proporciona tonos rojos, y botánicos como la tara (Caesalpina tara) que brinda negros y marrones, el molle (Schinus molle) los amarillos, mientras el añil (Indigofera suffructiosa) los azules, y el aliso (Alnus jurullensis) los naranjas y amarillos, entre otras plantas que sería largo enumerar (ibid: 50-55).

En el marco de este proceso de creciente especialización manufacturera, se presentarían ciertos indicios que permiten suponer que la sociedad Huarpa en sus fases tardías, estaba transitando hacia ciertas formas de urbanismo, cuyos avances podrían haberse plasmado inicialmente con la constitución de dos conspicuos centros urbanos: Conchopata y el propio sitio de Wari, que testimoçnian una importante evolución posterior (ibid: 42, 60).

Es interesante notar que en Conchopata se ha reportado una alta densidad de ocupación, presentándose una organización de las estructuras arquitectónicas con patrones rectangulares, con una red de vías de circulación y sistemas de canalización del agua. En los sectores excavados los conjuntos arquitectónicos presentan patios, alrededor de los cuales se desarrollaban los recintos que servían como lugar de residencia y producción a los artesanos, mayormente especializados en la elaboración de cerámica policroma. En todo caso, de estos dos posibles núcleos urbanos primigenios, sólo Wari alcanzaría un desarrollo mayor, mientras que Conchopata habría asumido un rol secundario y quizás dependiente del centro principal (ibid: 31, 61-62).

Fig. 303. Plano de un sector de Conchopata con indicación de las estructuras con planta en forma de “D” (Isbell 2001: fig. 10).

Se ha sugerido que Conchopata podría haber constituido el antecesor del modelo de organización urbana que evolucionaría a formas rígidamente planificadas en otras ciudades Wari, como Pikillacta y Viracochapampa (Pozzi Escot 1991: 91). Sin embargo, también se afirma que su ocupación es contemporánea con la ciudad de Wari, por lo que parece más apropiado explicarnos las diferencias no tanto a partir de una lógica evolucionista, sino más bien desde el punto de vista funcional. A nuestro entender, la afirmación de las unidades modulares con patio central se daría en Wari en el marco de los lineamientos de las políticas de planificación estatal, que tiene por objeto generar una trama urbana que resuelva las actividades administrativas, productivas, ceremoniales y residenciales, de acuerdo con el modelo conceptual de organización del espacio urbano liderado por la elite política. Mientras tanto, en Conchopata habrían continuado vigentes los patrones mayormente «espontáneos», donde las edificaciones se construían en una constante agregación, de lo que resultaría su trazado algo irregular.

Desde el punto de vista funcional, Conchopata revela un fuerte énfasis en los aspectos residenciales y productivos de sus habitantes, mayormente especialistas alfareros dedicados a la producción masiva de cerámica fina. Por lo tanto, nos parece factible explicarnos las diferencias a partir de estos aspectos, que otorgarían a Conchopata un mayor peso comunal y productivo, donde su larga tradición como centro manufacturero de eximios ceramistas, le podría también haber conferido cierto margen de autonomía con relación a la autoridades políticas que sentaron sus reales en la ciudad de Wari.

La extensión de este importante asentamiento, ubicado sobre una terraza elevada en proximidad de la ciudad de Ayacucho, se estima en algo más de 20 ha. En Conchopata, además de las notables evidencias de talleres de alfareros, se han registrado importantes hallazgos de ofrendas de cerámica destruida ritualmente; así como la presencia de por lo menos dos estructuras con planta en forma de «D» asociadas a una aparente función ceremonial. Sin embargo, la construcción del aeropuerto de la ciudad y una expansión urbana irresponsable han conducido en las últimas décadas a la progresiva destrucción de la mayor parte del sitio, haciendo peligrar las escasas áreas arqueológicas conservadas (Isbell 2001, Pozzi Escot 1991).

La capital Wari en la cuenca de Ayacucho

El sitio arqueológico de Wari se encuentra enclavado en la región de Ayacucho, y se sitúa a

unos 2,700 msnm localizándose en una planicie elevada que separa las cuencas de Huanta al norte y la de Huamanga al sur. Lumbreras (1981b) hace referencia a una región oriental relativamente húmeda y otra occidental más árida. Esta posición especial debió ser elegida por su ubicación estratégica con relación a los recursos agrícolas de los valles inmediatos y a la población que estos albergaban. Rodeando estas cuencas se despliegan extensas zonas de puna donde los cultivos y la ganadería de altura, debieron de ampliar la gama de recursos alimenticios y productivos disponibles. La presencia de terrazas agrícolas abandonadas en los alrededores del sitio, podrían corresponder a los esfuerzos realizados para ampliar el acceso de los habitantes de la ciudad a mayores recursos alimenticios.

Se presume que el área general del sitio de Wari tendría una extensión de alrededor de 1,500 ha. si bien el área nuclear ocupada por la ciudad correspondería a unas 250 ha[129] donde se advierte dos sectores principales, uno ubicado al norte del sitio y el otro al sur. Las diferencias en el estado de conservación y en ciertos rasgos arquitectónicos presentes en uno y otro sector permiten suponer que la ciudad hubiera podido estar dividida en dos mitades (Isbell et al. 1991: 20-24).

Podría parecer una paradoja que la ciudad capital de una organización imperial, que impulsa e impone un urbanismo altamente planificado en muchas de sus lejanas provincias, no presente evidencias de un ordenamiento urbano integral. Sin embargo, este fenómeno es totalmente coherente con la dinámica de su larga evolución histórica, ya que Wari —al igual que otros centros de formaciones imperiales— debió surgir aceleradamente a partir de un núcleo urbano temprano, cuyo crecimiento y expansión a lo más pudo ser planificado tan sólo al nivel de algunos de sus complejos o de determinados sectores urbanos que, en todo caso, tuvieron que implantarse ajustándose al tejido urbano preexistente.

Fig. 304. Fotografía aérea de la ciudad de Wari (Servicio Aerofotográfico Nacional).

La ciudad de Wari por esta razón no presenta en su conjunto evidencias de un ordenamiento urbano planificado, su plano más bien revela ser producto de un largo proceso de crecimiento generado por el ascenso poblacional y el de sus actividades productivas (Lumbreras 1981b: 57). Este proceso además fue bastante complejo ya que no solamente se trata de crecimiento, en términos de expansión urbana, ya que también existen evidencias de grandes obras de remodelación que afectaron determinados sectores urbanos, en los que se reemplazó o se superpusieron nuevas estructuras y complejos arquitectónicos, sobre los preexistentes (Isbell et al. 1991: 19).

Se podría afirmar que la revolución urbana llega algo tarde a la región de Ayacucho. Es decir, sin que se presenten en ella los complejos antecedentes que se encuentran ya desde el Formativo, si no antes, especialmente en las regiones costeñas del norte y centro de los Andes. Sin embargo, mientras el urbanismo de los majestuosos centros urbanos teocráticos de estas regiones se precipitaba en una irremediable crisis —acompañando la debacle de las formaciones sociales que les dieron origen— en la región de Ayacucho surgía un nuevo tipo de urbanismo, cuya base social y económica no habría tenido un sustento inmediato en la capacidades productivas de la agricultura local, que aparentemente no habría alcanzado condiciones para ser ampliamente excedentaria.

Fig. 305. Plano general de la ciudad de Wari (Williams 2001: fig. 3).

En todo caso, dado que el sustento del desarrollo urbano requiere necesariamente de la generosa disponibilidad de recursos agrícolas, debemos pensar que este requerimiento pudo ser resuelto ampliando la apropiación de estos en la escala territorial, para lograr así el acopio de los excedentes necesarios para sostener la economía urbana. Esta escala ampliada de la base territorial de apropiación pudo ser lograda mediante distintas vías. Entre estas, la notable especialización manufacturera instalada en los asentamientos Wari, permitiría pensar en el posible intercambio de productos urbanos, como cerámica o textiles finos u otros artículos de prestigio, a cambio de productos agropecuarios; el establecimiento de una dinámica de intercambio que pudo ser impuesta con mecanismos ideológicos y el uso de la fuerza, funcionales a los propósitos de anexión territorial; así como el impulso a la articulación e intercambio de recursos diversos entre distintas regiones; y la capacidad organizativa del Estado para establecer sistemas de tributación y movilización de la fuerza de trabajo, emprendiendo el

desarrollo de obras públicas (canales, sistemas de andenería) de escala supracomunal, que redundaran en la ampliación e intensificación de la producción. En este contexto, la ciudad de Wari se habría constituido no sólo en un centro de poder, sino también en el centro articulador de una novedosa propuesta de integración macrorregional, inédita hasta ese entonces en los Andes

Centrales.2

2 Este podría ser otro aspecto que ligaría la evolución de Wari con la influencia Tiahuanaco desde los Andes Centro Sur. Mayormente se ha hecho énfasis en determinados elementos culturales e iconográficos compartidos —como el célebre dios de los báculos posiblemente derivados del prestigio de la cosmogonía religiosa altiplánica; al igual que en ciertos aspectos relacionados con la lítica arquitectónica, funeraria y escultórica. Sin embargo, no es de descartar el intercambio de otros aspectos menos tangibles, pero no por esto menos importantes, como es el caso de las sofisticadas estrategias de integración y colonización desplegadas por Tiahuanaco en el sur andino, articulando los valles occidentales y el litoral de la Costa, con el altiplano circumlacustre y las yungas orientales de Bolivia. Si está probada la coexistencia Wari con poblaciones afiliadas a Tiahuanaco en el valle de Moquegua, no hay razones para descartar esta hipótesis, mas si este contacto se daba en una de las regiones donde esta estrategia era implementada de manera privilegiada por los tiahuanaco.

Fig. 306. Plano de los principales sectores al norte de la ciudad de Wari (Isbell et al. 1991: plano 1).

Las excavaciones arqueológicas desarrolladas en Wari han permitido establecer que en las capas más profundas de la ciudad se encuentran evidencias de una temprana ocupación del período de los Desarrollos Regionales, afiliados a la sociedad Huarpa que dominaba la región de Ayacucho durante esa época. Sin embargo, dado lo limitado de estas excavaciones, no ha sido posible establecer el tipo de asentamiento presente durante esta época, que bien podría haber correspondido a un poblado extenso como también a un asentamiento en el que ya se afirmaban determinados rasgos urbanos. En todo caso, la relativa abundancia de estas evidencias tempranas permiten inferir la presencia de una población bastante importante, la que podría haber constituido una sólida base para el desarrollo inicial de la ciudad en ese emplazamiento (ibid: 25).

La transición hacia la conformación de la ciudad se habría dado durante el Huarpa tardío y la fase temprana del Horizonte Medio I, asociada al estilo cerámico Chakipampa, tal como lo documentan las excavaciones realizadas en el sector de Wari conocido como Moraduchayuq, donde se presenta una compleja estratigrafía y algunos aspectos fundamentales para el entendimiento de la ciudad, desde sus tempranos orígenes y su posterior evolución, a través del notable testimonio de una secuencia de remodelaciones (ibid).

Las excavaciones en el sector de Moraduchayuq

Fig. 307. Plano del sector de Moraduchayuq (Isbell et al. 1991: fig. 6).

En Moraduchayuq, un sector al suroeste de la ciudad de Wari, las excavaciones expusieron un posible templo, caracterizado por presentar un patio o recinto semisubterráneo de planta perfectamente cuadrangular y cuyos lados de 24 m de largo estaban orientados con los ejes cardinales. El piso de este recinto estuvo cuidadosamente enlucido, mientras que sus muros alcanzaban una altura de 3.80 m y presentaban un fino aparejo de piedra labrada. En oposición a los paramentos lisos del interior del recinto, la cara posterior de los muros es marcadamente irregular, como resultado de las diferencias de espesor de los bloques de piedra que conforman su aparejo. Esta evidencia permite establecer que estos muros cumplieron la función estructural de contener los rellenos que rodean el recinto y que, por lo tanto, éste fue construido ex profesamente como un espacio hundido o semisubterráneo (Isbell et al. 1991: fig. 10).

Este posible recinto ceremonial fue integrado dentro de un complejo cercado, dado que al Este del mismo se ubicaron vestigios de dos murallas paralelas que definían un pasaje entre ellas. Estos datos permiten a los investigadores suponer que ya desde esta época se estaban desarrollando en la ciudad una serie de complejos cercados, los que comenzaban a definir una trama urbana con el establecimiento de determinados ejes de circulación que, por lo menos en este sector, tendían a orientarse con los puntos cardinales (ibid: 28-32).

El recinto de Moraduchayuq fue objeto de algunas remodelaciones, con eventos de relleno que estuvieron asociados a la elaboración de nuevos pisos cada vez más elevados. Algunos de estos pisos presentaban evidencias de enlucido con arcilla blanca y uno de ellos de la aplicación adicional de pintura roja o rosada. En una de las últimas remodelaciones del recinto, el piso fue recubierto con lajas de piedra. Finalmente, durante la época I B, este posible espacio ceremonial fue rellenado y sellado para posibilitar la construcción de nuevas edificaciones, cuyos patrones arquitectónicos fueron definitivamente distintos.

Con el desarrollo de este nuevo tipo de estructuras arquitectónicas, se percibe que comenzarían a imponerse en la ciudad de Wari, al igual que en sus principales enclaves urbanos, patrones ortogonales, que tienden a ordenarse generando unidades modulares. Estas unidades, que en términos generales definen la tipología del urbanismo de Wari y que denominamos como kanchas wari, se caracterizan por presentar como rasgo recurrente un patio central rodeado por estructuras en galería. A su vez, los muros perimétricos que delimitan estas unidades definían pasajes de circulación, conformando la trama urbana de los distintos sectores de la ciudad.

Los altos muros de estas estructuras presentan cimientos profundos y fueron elaborados con piedras rústicas y mortero de barro. La técnica constructiva empleada se denomina de «doble cara», es decir que las piedras fueron dispuestas con sus caras planas hacia ambos paramentos, mientras que el interior de los muros era rellenado progresivamente con piedras y barro. Tanto en las estructuras de las unidades como en los pasajes que las articulaban, se verificó que los paramentos de los muros, e inclusive los propios pisos, fueron terminados aplicándoles un enlucido de arcilla blanca.

La extraordinaria altura de los muros de las kanchas wari, no habría derivado sólo de la necesidad de aislamiento de estas unidades arquitectónicas, sino que respondería a la exigencia del diseño de estructuras que se desarrollaran en más de un nivel, lo que expresa en sus patrones arquitectónicos y urbanísticos la búsqueda por parte de los constructores wari de un alto coeficiente de edificación (Williams 2001: 90-94). [130]

Volviendo a Moraduchayuq, es también relevante señalar que las excavaciones arqueológicas registraron en los complejos arquitectónicos la presencia de varios canales subterráneos revestidos y cubiertos superiormente con lajas de piedra, por medio de los cuales se aseguraba tanto la provisión de agua como también el drenaje de la misma. El registro de la evidencia del abastecimiento de agua en determinados complejos es muy significativo, ya que podemos inferir que este no era un elemento aislado o limitado a algunos de estos complejos, sino más bien parte de una compleja y extensa red de alcantarillado, diseñada para resolver este imprescindible servicio urbano en los distintos sectores de la ciudad.[131]

Las excavaciones en las unidades expusieron también una serie de interesantes elementos arquitectónicos, como puertas que permitían el acceso y la conexión entre los recintos que los conformaban, así como la comunicación de estos con pasajes y patios. Igualmente se documentaron nichos en las paredes de algunos recintos y, menos frecuentemente, estrechas ventanas. En ciertos recintos se hallaron ménsulas corridas o cornisamientos

Fig. 308. Plano de detalle de un sector del piso y paramentos de la esquina sur oeste del patio hundido de Moraduchayuq (Isbell et al. 1991: fig. 10).

proyectados con relación a la cara de los muros, logrados mediante piedras empotradas en los muros y alineadas entre 2 a 2.30 m del piso. Este recurso técnico se utilizó para resolver el apoyo de las vigas y de la armadura de madera que descansaba sobre estas y que servía de soporte para asentar finalmente pisos de barro, lo que evidencia el desarrollo de edificios con dos o más pisos de altura en las kanchas (Isbell et al. 1991: 38-40).[132]Por su parte, los patios de las kanchas presentaron en su perímetro evidencias de banquetas corridas, a manera de una vereda que bordeaba sus cuatro lados. Estas tenían de 14 a 23 cm de alto sobre el nivel del patio y de 1.20 a 1.40 m de ancho. Aparentemente estuvieron cubiertas por la proyección de los aleros de los techos, proporcionando un espacio protegido del sol, la lluvia y de la eventual inundación del patio. De manera que estas banquetas pudieron constituirse en un lugar abierto y de expansión de los recintos laterales, bien iluminado y muy adecuado para el desarrollo de labores y actividades diarias (ibid: 40).[133]

Fig. 309. Croquis ilustrativo de

las 3 posibles formas de estruc-

turar los entrepisos en las edifi-

caciones wari de más de un ni-

vel. A.- Mediante un receso en

los gruesos muros que delimi-

tan los recintos de las

kanchas

;

B.- Mediante ménsulas corridas

generadas por piedras empo-

tradas en los muros; C.- Me-

diante nichos para el empotra-

miento de las vigas (Canziani).

Bajo los pisos enlucidos de algunos recintos se registró la presencia de cistas o cavidades subte-

Fig. 310. Planta de 4 unidades patio o kanchas de Moraduchayuq, donde se aprecia los sectores excavados y la exposición de rasgos arquitectónicos de interés como puertas, ventanas, nichos, ménsulas, fogones, y banquetas bordeando el perímetro de los patios (Isbell et al. 1991: fig. 21).

rráneas, cuyo interior estaba cuidadosamente enlucido con arcilla blanca y selladas superiormente con lajas. Esta suerte de escondrijos habrían contenido vasijas finas, abalorios de crisocola o de mullu, objetos de metales preciosos, así como algunos huesos humanos, lo que podría corresponder tanto a contextos de ofrendas y entierros secundarios, como también a su posible uso como compartimientos ocultos, donde sus habitantes atesoraban sus más preciadas pertenencias (ibid: 41-42; figs. 18 y 19).

Finalmente, la presencia de fogones[134] y mesas de piedra, ilustran aspectos propios de la vida doméstica en ciertas áreas de las kanchas. En el caso específico de Moraduchayuq, parece que la preparación de alimentos fue una actividad relativamente puntual y restringida a ciertos ambientes. Esto permite suponer que si bien las unidades de este complejo tuvieron una función predominantemente residencial, no se excluye que otros espacios de las mismas pudieron resolver otras funciones de tipo administrativo o productivo. Esta posibilidad se ve reforzada por la variada gama de recursos consumidos, y también por el predominio de tiestos correspondientes a vajilla para el servicio de bebidas y alimentos, así como para la conservación y consumo de bebidas como la chicha. Estos rasgos testimonian que sus habitantes gozaban de ciertas prerrogativas y atribuciones de status, que debieron corresponder a clases urbanas de un nivel social intermedio relacionadas con el desempeño de actividades especializadas (Brewster-Wray 1989; Isbell et al. 1991: 41-45).

Cheqo Wasi constituye uno de los sectores localizado al suroeste de la ciudad de Wari, especialmente caracterizado por la notable presencia de complejos y recintos que contienen una serie de estructuras líticas semisubterráneas. Aparentemente estas habrían servido de cámaras funerarias, en cuanto mausoleos destinados a personajes pertenecientes a la más alta jerarquía social.

adelgazamiento del tramo superior de los muros; 3) mediante pequeños nichos dispuestos horizontalmente para empotrar en ellos los extremos de las vigas. Es importante notar que si bien en sus edificios de más de un piso se utiliza uno u otro sistema, en algunos casos también se observa el empleo combinado de dos sistemas distintos en los muros de un mismo recinto.

La mayor parte de estas cámaras presentan dos y hasta tres niveles y están elaboradas con grandes bloques monolíticos finamente labrados. Muchas presentan grandes losas horizontales haciendo las

veces de pisos, en cuyos lados se apoyaron los bloques que operaban como paredes perimétricas, mientras otros bloques sirvieron como tabiques divisorios de los distintos compartimientos en que estaban divididas la cámaras. Así mismo, otros grandes bloques horizontales sirvieron de entrepisos en las que tuvieron más de un nivel, o como techo cubriendo la parte superior de las cámaras.

Un detalle notable es la presencia recurrente, en uno de los lados interiores de las cámaras, de sendas ranuras de sección semicilíndrica y que recorren verticalmente las cámaras en sus diferentes niveles, desde el piso hasta el techo, donde en el mismo eje de la ranura, las losas presentan coincidentemente una perforación cilíndrica. Las características tan peculiares de estos rasgos, podría estar sugiriendo rituales asociados a ofrendas destinadas a los difuntos depositados en estos mausoleos, ya que su diseño excede supuestos requerimientos de ventilación que, además, no se ajustan a la función funeraria de las cámaras.

Las excavaciones desarrolladas en el sector de Vegachayoq Moqo, expusieron un recinto de aparente función ceremonial con una peculiar planta en forma de «D», es decir con un trazo semicircular que presenta un frente rectilíneo (Gonzáles Carré y Bragayrac 1986; Bragayrac 1991). Hoy se conoce la presencia de una serie de edificios con este tipo de planta en un muchos de los sitios principales con ocupación Wari, como son Mongachayoc y Cheqo Wasi en el propio sitio de Wari (Benavides 1991); Conchopata (Pozzi-Escot 1991); Honqo Pampa (Isbell 1989) y en el lejano enclave de Cerro Baúl (Williams e Isla 2002). Las características singulares del diseño de planta de este tipo de edificaciones, la convierte en un elemento diagnóstico de la presencia Wari, al igual que otros rasgos propios de los patrones arquitectónicos impuestos por la organización imperial.

En el el caso de Vegachayoc Moqo, se trataría de la mayor estructura de este tipo conocida hasta ahora, con unos 20 m de diámetro. El frente rectilíneo de la estructura semicircular con planta en «D» se orienta al norte, donde presenta un único vano de acceso de 1.55 m en el eje central. Los muros, que alcanzan 1.65 m de espesor, contenían nichos en los paramentos interiores, con excepción del interior del muro norte donde se ubica el acceso. Estos nichos tiene la particularidad de presentar un planta trapezoidal, siendo más anchos en el fondo y ligeramente restringidos en el frente. Una característica similar presentan también los nichos que se ubican en los recintos en galería que se encuentran a los lados de la estructura principal con planta en D. Estas edificaciones laterales, plataformas y grandes murallas definieron un espacio de planta trapezoidal que sirvió de marco para el edificio principal de aparente función ceremonial (Bragayrac 1991: fig. 3 y 4).

Todos los muros de estos edificios, revelando su importancia y su posible función ceremonial, estuvieron enlucidos con barro y luego con una fina capa de arcilla blanca. Existe evidencia de que adicionalmente se aplicó pintura de color en tonos crema, rojo ocre y negro cenizo (ibid: 79).

En cuanto al sustento y caracterización económica de la ciudad de Wari, a la ya señalada importancia de las manufacturas de cerámica y textilería, y a la necesaria presencia de un sistema de distribución e intercambio (manufacturas / alimentos)

Fig. 311. Vista de una cámara lítica en el sector de Cheqo Wasi (Canziani).

Fig. 312. Vegachayoc Moqo. Isometría del complejo

(Bragayrac 1991: fig. 3).

que garantizara el sustento alimenticio de sus habitantes, Lumbreras (1981b: 68, 74) señala la posible existencia de un importante componente rural de la población concentrada en la ciudad, estableciendo analogías con las referencias acerca de las formas de organización de la fuerza de trabajo en el estado Inka. Este señalamiento podría conectarse con otro (ibid: 73), donde advierte que las características climáticas y ecológicas de la cuenca ayacuchana en la que se encuentra la ciudad de Wari, presenta tradicionalmente entre 3 a 5 meses del año libres de laboreo agrícola, con el período mayor en las zonas bajas, que en contrapartida ofrecen abundantes recursos para la elaboración de los productos manufacturados. Se plantea así, implícitamente, una forma de manejo de los ciclos de ocupación laboral que buscaría la maximización del empleo de la fuerza de trabajo, como la que señala Golte (1980) en su trabajo sobre la racionalidad de la organización andina.

Fig. 313. Vegachayoc Moqo. Edificaciones en el perímetro del templo que muestran evidencias de nichos y de sistemas constructivos de dos pisos, sostenidos alternativamente por ménsulas (derecha) o salientes en los muros (izquierda) para el soporte de las vigas que estructuraban los entrepisos (Canziani).

Cuadro de analogías Wari e Inka

En cuanto al establecimiento de analogías entre ciertos patrones de Wari y los Inka, limitándonos tan sólo a aquellos aspectos más importantes que se relacionan con los temas territoriales, urbanos y arquitectónicos, se puede señalar los siguientes:

  1. En el ámbito territorial: una expansión progresiva, que seguiría una estrategia combinada de sucesivas avanzadas con fases de consolidación, siguiendo directrices longitudinales a lo largo de la cordillera de los Andes.
  2. Ubicación estratégica de los centros urbanos en los territorios provinciales alto andinos: control territorial con acceso a las «despensas agrícolas», control poblacional, y su articulación mediante vías de comunicación;
  3. Realización de obras de infraestructura agraria que sirvieran de soporte económico a la instalación de los enclaves urbanos;
  4. Un sistema vial que enlazó la red de ciudades y establecimientos y que articuló los territorios regionales con vías de comunicación e intercambio, fundamentales para el movimiento de recursos y productos, la movilización de tropas y fuerza laboral, constituyéndose en un instrumento fundamental para el manejo administrativo de la organización imperial;
  5. Patrones urbanísticos planificados que responden a formas de desarrollo urbano preconcebidas, con la aplicación de determinados modelos, tanto desde el nivel de las ciudades hasta el de centros secundarios o instalaciones menores;
  6. Organización de tramas urbanas que se generan y conforman por unidades modulares cercadas (kanchas), que definen una red de calles y pasajes que resuelven la circulación urbana y la articulación de sus distintos sectores;
  7. Patrones arquitectónicos, donde las estructuras se organizan espacialmente de acuerdo a patrones establecidos (kanchas), que permiten resolver múltiples y variadas funciones, para lo cual se desarrollan distintos sistemas formales adecuados a su desenvolvimiento;
  8. Formas arquitectónicas singulares, diseñadas y estandarizadas para resolver funciones específicas;
  9. Patrones constructivos recurrentes con una definida tipología de elementos arquitectónicos y acabados;
  10. Servicios urbanos, entre ellos los sistemas de canalización para el abastecimiento y drenaje del agua, así como posibles servicios de recojo y disposición de la basura;
  11. Sistemas asociados al registro contable como a la conmemoración de eventos (para la época Wari se registran antecedentes de los quipu tan difundidos durante la época Inka);
  12. Otras evidencias de orden cultural (cerámica, textiles, figurinas, etc.) asociadas recurrentemente a la presencia u ocupación imperial.

Esta hipótesis es sumamente sugerente, más si se propone con relación al análisis de la composición de la población urbana o semiurbana concentrada en la ciudad, en el marco general de la articulación de las relaciones ciudad-campo.

La dinámica de la expansión territorial Wari

Aún no es posible definir claramente las causas que derivaron en el proceso de expansión del Estado Wari, así como los momentos en que este fenómeno interesó progresivamente diferentes regiones de los Andes Centrales. Sin embargo, algunas evidencias apuntan a sugerir que la expansión y consolidación de la dominación Wari podría haber tenido avances sucesivos a lo largo del espinazo andino y, desde estas regiones alto andinas, su consecuente proyección hacia los valles occidentales de la costa. De esta manera, se puede suponer que la expansión Wari habría podido tener un comportamiento análogo al que siglos después protagonizarán los inka en su expansión a lo largo de los Andes. A este propósito, es muy sugerente el planteamiento de Menzel (1977) cuando señala que los patrones de las evidencias que corresponden a una época del Horizonte Medio, son muy similares a los de la época Inka, en el sentido de inferir que estos también reflejarían la existencia de una entidad imperial (véase Cuadro).

La primera época de expansión se daría hacia la segunda mitad del siglo VI d.C. y correspondería al período Horizonte Medio 1A y 1B (Menzel 1964) e involucraría, además de la región de Ayacucho, la costa sur de Nazca e Ica y la central hasta el valle del Santa; mientras que a lo largo de los Andes llegaría hasta el Callejón de Huaylas (Lumbreras 1981b: 42, 79-81).

Una segunda época de expansión se daría alrededor de los siglos VII al X d.C. durante el Horizonte Medio 2A y 2B, donde se alcanzaría en la sierra norte las cuencas de Huamachuco y Cajamarca, con proyecciones hacia la costa norte de los valles de Trujillo y Lambayeque; mientras se proyecta al sur de las regiones del Cusco, Sicuani y Arequipa, e inclusive con una sorprendente presencia en el valle alto de Moquegua, que tiene por centro al emblemático sitio de Cerro Baúl.

Sin embargo, investigaciones más recientes están señalando que la mayor expansión de Wari podría haberse dado más tempranamente, durante la época 1B. Esta hipótesis está sustentada con la consistente presencia de cerámica asociada estilísticamente a esta época en importantes sitios

como Viracochapampa (Topic 1991), Pikillacta (McEwan 1991); y Cerro Baúl (Williams e Isla 2002) que, como es conocido, se localizan en algunas de las regiones territorialmente más alejadas con relación a la ciudad capital de Wari. Corroboraría esta hipótesis, el hecho sintomático que durante esta misma época 1B en la ciudad de Wari se inicie la construcción de las unidades modulares, dando paso a un nuevo ordenamiento de la trama urbana de la ciudad, que habría respondido a los requerimientos del poder político responsable de la conducción del estado y de sus estrategias expansivas (Isbell et al. 1991).

Finalmente, se daría alrededor del siglo XI d.C. una época caracterizada por la descomposición y declinación del estado Wari, que se presentaría asociada al paralelo surgimiento de tradiciones culturales definidas como «epigonales» y que testimonian el tránsito hacia la constitución y surgimiento de las formaciones tardías en los Andes Centrales (Lumbreras 1981b: 79).

Tal como se ha señalado, lo que parece traducirse de estos datos, es una posible analogía con la estrategia desarrollada por los Inka durante su expansión a lo largo y ancho de los Andes Centrales. Es decir, que el eje de las avanzadas de esta expansión habría privilegiado una directriz a lo largo de los valles interandinos hacia el norte, anexando el valle del Mantaro, luego el del Callejón de Huaylas, para proyectarse finalmente hacia la sierra norte y los valles de la cuenca de Cajamarca, que señalarían su límite norte. Hacia el sur esta expansión interesaría los valles de Apurímac y los del Cusco, proyectándose hacia Sicuani y el Altiplano.

La planificación urbana como política de Estado

De manera similar a la posterior expansión Inka, los Wari habrían fundado ciudades y enclaves urbanos a lo largo del eje longitudinal conformado por los valles interandinos. Estas instalaciones debieron formar parte fundamental de una estrategia aún más amplia, dirigida a la consolidación de sus sucesivas avanzadas en el dominio territorial. Sintomáticamente algunas de las principales ciudades fundadas en estos valles exhiben patrones planificados, como se verá en los casos de Pikillacta y Viracochapampa.

En este aspecto también se puede establecer ciertas analogías con el urbanismo Inka que fundará ciudades planificadas, como Pumpu o Huánuco Pampa, tanto por la necesidad de establecer enclaves de acuerdo a sus propios modelos urbanos, como también por la evidente ausencia en estas regiones de asentamientos urbanos previos y vigentes que les hubieran podido servir de soporte. Una analogía similar podría plantearse con relación a un posible control o presión sobre los valles costeños desde la serranía, cuya influencia podría leerse en las modificaciones o acondicionamientos que los asentamientos urbanos costeños manifiestan, tanto durante esta época como durante la ocupación Inka. Este fenómeno se explicaría con la preexistencia en la costa de ciudades y centros urbanos en plena actividad, y con la consistente presencia tanto de elites urbanas como de sus correspondientes organizaciones políticas locales. Entidades que eran mucho más funcionales, una vez adscritas o supeditadas al poder del estado expansivo. De lo que resultaría lo innecesario de fundar nuevas ciudades o asentamientos donde ya los había de gran valía.

En este contexto, la imposición de la planificación urbana por parte del Estado Wari responde a la necesidad de establecer en sus provincias un modelo de asentamiento que sea funcional al establecimiento de su presencia en los territorios ocupados y a la organización de su administración. Dentro de este concepto, la ausencia de asentamientos urbanos vigentes en las regiones alto andinas comprometidas de forma directa por su expansión, fortalece el requerimiento de la implantación de enclaves urbanos en estas regiones por parte de Wari. Este fenómeno, como la realización de su edificación en un determinado lapso de tiempo, explicaría la forma nítida en que se puede percibir en estas regiones la imposición de determinados modelos de planificación urbana, especialmente al comparar las plantas de ciudades como Pikillacta y Viracochapampa, más aún cuando se toma nota de que estas se encuentran separadas por más de 1,000 km de distancia en línea recta.

En el urbanismo planificado de Wari, especialmente en el caso de sus principales ciudades, se puede leer la búsqueda de un modelo relativamente sencillo en su concepción y en su propio proceso de fundación. Un modelo urbano definido por parámetros básicos y fáciles de implantar; que permita resolver de forma orgánica la estructura de los edificios neurálgicos, para que opere en ellos el sistema de poder, y donde el desarrollo de un tejido urbano organizado sobre la base de las kanchas, permita su adecuación a los distintos requerimientos funcionales, sean estos administrativos (tributación, acumulación, redistribución, etc.), ceremoniales, productivos, así como habitacionales de la población concentrada en la entidad urbana, o de la que residiera momentáneamente en ella, en el caso de tropas, de tratantes o en cuanto población movilizada en el marco de sistemas de desplazamiento poblacional similar al de los mitmaq Inka.

El urbanismo impuesto por Wari se habría convertido así en uno de los ejes fundamentales del desarrollo de la estructura de poder económico, político y de las estrategias de control territorial y poblacional. La estructura urbana generada responde a la división social del trabajo, propia de la intensificación de la especialización productiva y de la prestación de diversos servicios, pero donde también es manifiesto que se utilizó el propio urbanismo como una herramienta imprescindible para el ejercicio e imposición del poder político por parte del Estado.

Evidentemente no se trata sólo de ciudades de las dimensiones e importancia estratégica de Pikillacta y Viracochapampa, otros asentamientos menores —como Jincamocco, Azángaro o Jargampata— expresan la presencia de asentamientos de menor orden jerárquico, como también de apreciables diferencias funcionales, cual es el caso del enigmático enclave de Cerro Baúl, establecido en las lejanas fronteras de la región de Moquegua. Finalmente, es de destacar las múltiples evidencias acerca de la articulación territorial de estas ciudades y enclaves Wari mediante un sistema de caminos que debió servir de antecedente al Qhapaqñan de los Inka (Lumbreras 1969: 250251; Hyslop 1984,1992). Como se podrá apreciar en la descripción de los principales asentamientos Wari, no solamente existen antiguos caminos asociados a estos establecimientos, sino que en los casos más destacados, como Pikillacta y Viracochapampa, el trazo de los propios caminos ingresa a la trama urbana, la atraviesa y se convierte en un elemento ordenador de su organización espacial.

La ciudad de Pikillacta en la región del Cusco

El emplazamiento de Pikillacta revela claramente la localización estratégica de la ciudad. Esta se ubica en la confluencia de las cuencas del Huatanay con la de Lucre, las que a su vez confluyen hacia la del Vilcanota a través de un paso natural de unos 4 km de largo. De manera que desde esta posición privilegiada se tuvo acceso directo

Fig. 314. Planos comparativos de Pikillacta y Viracochapampa, elaborados por Carlos Williams (2001: figs. 12 y 13) para proponer que estas dos ciudades, además de un mismo modelo urbano, compartieron un sistema similar de trazado y de unidades de medida.

a tierras fértiles y a los recursos variados del entorno, en el cual se debe incluir la laguna de Huacarpay.

Fig. 315. Mapa con la localización de la ciudad de Pikillacta (McEwan 1991: fig. 1).

Por otra parte, su ubicación se encuentra en una encrucijada de caminos que tienen continuidad hasta hoy. Hacia el noroeste, remontando el Huatanay, se encuentran los territorios de los valles del Cusco; hacia el suroeste la cuenca del Lucre; al noreste la conexión natural hacia el Vilcanota y el valle del Urubamba; mientras que hacia el sureste transitan los caminos hacia Sicuani, el altiplano puneño y el Titicaca. Estos datos son sumamente significativos, ya que estarían señalando que los funcionarios Wari que tuvieron a su cargo la fundación de la ciudad debieron de tener un conocimiento muy detallado, no solamente de los recursos de la región, sino también de las rutas principales de acceso y conexión hacia las regiones vecinas.[135]

Es importante también notar que el emplazamiento de Pikillacta no es un hecho aislado, ya que estaría asociado a la instalación de otros sitios menores de filiación Wari, como también con relación a otros poblados locales en los cuales se registra su presencia. Algunos de estos sitios en los alrededores de Pikillacta están ubicados en lugares que permiten el control de las rutas de acceso a la zona y están asociados a obras defensivas y de control de la circulación, con murallas de fortificación como las de Rumiqolqa que fueran posteriormente reutilizadas en época Inka (McEwan 1991: 99).

La ciudad, que se localiza en las faldas al oeste del cerro Huchuy Balcón a unos 3,250 msnm tiene una extensión general de unas 200 ha. que comprende, además de su núcleo central, grandes áreas cercadas donde no se perciben en superficie ma-

yores restos arquitectónicos. Su núcleo central, donde se concentran y son claramente perceptibles sus principales edificaciones, presenta una planta de 745 m de noroeste a sureste por 630 m de suroeste a noreste, con una extensión de cerca de 47 ha. Si consideramos los sectores al noroeste del sitio como posibles agregados adicionales al plano original del núcleo central, tendríamos como base una planta prácticamente cuadrada de unos 630 m de lado, de acuerdo al modelo de ciudad wari compartido con Viracochapampa en Huamachuco.

La planta cuadrangular de la ciudad fue nítidamente dividida en 3 sectores que, simplificando su orientación, denominaremos Sector Este, Sector Central y Sector Oeste.[136] El Sector Este, el más elevado topográficamente, presenta una trama generada por su subdivisión en 6 líneas con 14 hileras, de modo tal que se definen 84 módulos o bloques espaciales cuadrangulares de 35 a 40 m de lado. Estas unidades modulares presentan distintos arreglos arquitectónicos interiores propios de las kanchas wari, con el clásico patio central y las estructuras en galería en el perímetro, como se verá más adelante. Se advierte también que los alineamientos de las kanchas ubicadas a ambos extremos del Sector Este presentan una disposición alterna en cuanto a los tipos de módulos arquitectónicos que se edificaron en ellas (ibid: 100101). Dado que este sector no presenta buenas condiciones de conservación, no ha sido posible definir si es que la cuadrícula generada por la trama urbana presentaba pasajes o calles como sistema de circulación entre las kanchas, tal como se aprecia en algunas zonas del Sector Central.[137]

El Sector Central está separado del Sector Este por una calle que corre de norte a sur. Este sector concentra la arquitectura más importante de la ciudad y su planeamiento revela también una mayor complejidad. Si bien comparte, en términos generales, la traza en cuadrícula y la modulación por hileras y líneas, de forma semejante al sector Este, en este caso se advierte algunas variantes importantes. Una de las más saltantes es la presencia de módulos de mayores dimensiones, uno de los cuales en posición central presenta una plaza central de más de 70 x 50 m enmarcada por un gran complejo cuyos lados presentan estructuras en galería con múltiples crujías y algunos amplios edificios abiertos hacia la plaza. Al norte de esta plaza existen por lo menos otros dos complejos que encierran grandes patios. Mientras que

Fig. 316. Pikillacta: foto aérea

de la ciudad (Servicio Aero-

fotográfico Nacional, McEwan

1991:

fig.

3).

Fig. 317. Pikillacta: plano general de la ciudad (McEwan 1991: plano 2).

a lo largo de su límite oeste se presenta un alineamiento de módulos rectangulares que parecen resultantes de la subdivisión por la mitad de los módulos estándar.

A diferencia del Sector Este, el Sector Central presenta un mejor grado de conservación y en él se ha podido identificar la presencia de avenidas o calles. Dos de ellas corren paralelas de norte a sur y separan este sector de los otros dos. Así mismo, se ha registrado la presencia de por lo menos 4 calles transversales. Sin embargo, se puede constatar que estas calles no permiten el acceso directo a la mayor parte de las kanchas. Por lo tanto, la problemática del cómo se resolvía la circulación en la ciudad no está aún del todo resuelta.

El Sector Oeste está separado del anterior por una larga avenida que se conectaba con los caminos que ingresaban a la ciudad desde el norte y el sur. Se diferencia claramente de los dos sectores anteriores por cuanto presenta una gran explanada abierta, que estaba limitada en sus extremos norte y sur por grandes recintos con una modulación espacial cuadrangular. Por sus características espaciales y grandes dimensiones, que alcanzan 410 m de norte a sur y 180 m de este a oeste, esta explanada debe de haber correspondido funcionalmente a una gran plaza. La posibilidad de que esta explanada constituyera uno de los principales espacios públicos de la ciudad se refuerza si se considera también sus facilidades de acceso, así como su inmediata conexión con el Sector Central, donde tenían sede las principales edificaciones de la ciudad.

11 Es preciso notar que Topic (1991: 144) advierte que estas mediciones se estimaron a partir de las aerofotografías del sitio y podrían presentar algunas distorsiones. Aun si esto fuera así, es conveniente señalar que una desviación del alineamiento del 1.3 al 2.6% en los lados orientados de norte a sur y del 0.8 al 1.7% en los lados orientados de este a oeste, no sería de extrañar considerando que este trazo fue realizado sin instrumentos muy sofisticados.

Finalmente, se desarrolla un Sector Norte donde, además de la presencia de grandes recintos abiertos, destaca la concentración de estructuras organizadas rígidamente en hileras separadas por largos corredores. Las dimensiones relativamente menores de estas edificaciones y su ordenamiento llevaron anteriormente a sostener que se trataría de qollqas, es decir de un área de almacenamiento de la ciudad (Harth Terré 1959; Sanders 1973). Sin embargo, las excavaciones conducidas en algunas de estas estructuras del sector por McEwan (1991) y otros investigadores, registraron contextos con fogones, ollas con hollín y cerámica utilitaria, además de basura con restos de alimentación, lo que daría pie a sostener que en estas se desarrollaron actividades domésticas o, por lo menos, asociadas a la preparación y consumo de alimentos, descartándose así su función como depósitos.

De estas evidencias, tomaría fuerza la hipótesis de que este sector hubiera estado destinado a albergar gente, posiblemente de modo temporal. Si se examina la rígida organización de estos cuartos, se notará que están ordenados por hileras paralelas, de forma semejante a las celdas de una colmena, con las puertas enfrentadas a largos pasajes, y donde cada uno de estos conjuntos se encuentran segmentados al interior de complejos cercados que limitan drásticamente la circulación y expresan el rígido control de los pocos accesos. Las características de estos conjuntos arquitectónicos, llevan a suponer que la gente que los ocupó estuvo sujeta a un severo control y segregación en este sector de la ciudad. Lo que podría sugerir que pudieron haber sido destinados a acuartelar tropas, como también a albergar momentáneamente a poblaciones desplazadas de sus territorios o convocadas por el poder estatal para la realización de obras públicas de importancia. Al respecto, puede ser útil establecer posibles analogías con el sistema de los mitmaq establecido durante el Tawantinsuyu (Murra 1975, 1980, 2002; Rostworowski 1988), más si existe consenso en relación a que muchos de los sistemas desarrollados por los Inka tuvieron antecedentes previos en los Wari.

Las investigaciones conducidas en Pikillacta hasta el momento no han podido establecer con claridad cual pudo ser el sistema de depósitos que debió existir para sostenimiento no sólo de la población congregada en ella, sino también para la implementación de los sistemas de redistribución económica que sustentan el poder político de este tipo de estados, así como para los propios procesos productivos que se desarrollaban en la urbe. Una interesante propuesta al respecto ha sido formulada por Williams (2001: 90-94), sugiriendo que las kanchas que contaban con tres o cuatro crujías perimetrales y con un similar nivel de pisos podrían haber absuelto esta función de almacenamiento. Esta hipótesis se sustenta en la constatación de que la mayoría de los ambientes, al encontrarse en las crujías más alejadas de los patios y en los niveles más altos, no contaban con la iluminación y ventilación necesaria para resolver funciones habitacionales, mientras que estas condiciones si habrían sido adecuadas para su uso como depósitos. Abona a favor de esta hipótesis el hecho de que este tipo de kanchas se concentren alrededor de las plazas que se encuentran en el sector central, es decir en el sector neurálgico de la ciudad, y que estas kanchas integren grandes salas con nichos de aparente función administrativa y ceremonial.

Fig. 318. Pikillacta: Vista hacia el noreste de la Calle 5 y las murallas que delimitan el Sector Central (derecha) del Sector Norte (izquierda) de la ciudad (Canziani).

Fig. 319. Pikillacta: plano del Sector Norte de la ciudad (McEwan 1991: fig. 24).

En cuanto a las tipologías arquitectónicas presentes en la estructura modular de las kanchas de la ciudad de Pikillacta, McEwan (1991: fig. 5) registra el despliegue de una serie de variantes, que parten desde el elemental cercado cuadrangular (tipo D), a la subsecuente definición de diferentes configuraciones que se obtienen con la disposición de las crujías en todo el perímetro (tipo C); en dos o más crujías paralelas (tipo A); o en sólo 3 de sus lados (tipo B) a las que se integra en un extremo una sala con esquinas redondeadas (E). Estas diferentes configuraciones modulares demuestran, como se ha ya señalado, la capacidad de la estructura de la trama urbana de las ciudades Wari de irse adecuando a las diferentes funciones que debían de absolverse, más allá de las que podrían haber sido preestablecidas en el momento de la fundación de la ciudad.

Finalmente, en cuanto a los servicios urbanos, además de los sistemas de alcantarillado reportados recurrentemente en la mayoría de los asentamientos wari, en el caso de Pikillacta destaca el hallazgo de una enorme acumulación de basura, en la esquina de uno de los grandes canchones que bordean el lado sur del núcleo de la ciudad (McEwan 1991: 110-111). Este dato contrasta con la evidencia de otros ambientes de la ciudad que se encuentran limpios y sin asociación con desperdicios, permitiendo suponer que debió existir un sistema para mantener la limpieza de la ciudad y sus recintos, para luego disponer los residuos en espacios especialmente destinados para tal fin. De

Fig. 320. Pikillacta: esquema de los distintos módulos arquitectónicos que podían desarrollarse al interior de las kancha y sus posibles variantes

(McEwan 1991: fig. 4 y 5).

comprobarse la presencia de este tipo de servicios, tendríamos valiosos elementos adicionales para el conocimiento del modo de vida urbano que se desarrollaba en las ciudades andinas de la época.

La ciudad de Viracochapampa en la región de Huamachuco

En los territorios de la sierra norte comprometidos por la expansión Wari, se encuentra otra importante ciudad emplazada estratégicamente por este estado en la región de Huamachuco. Viracochapampa concita un alto grado de interés, ya que su planta manifiesta claramente que fue concebida de acuerdo a un diseño planificado, en el que se aplicaron esencialmente los mismos criterios establecidos en el modelo de ordenamiento urbano presente en Pikillacta.

La ciudad fue ubicada en la serranía de Huamachuco por encima de los 3,000 msnm y se encuentra relativamente próxima al sitio de Marca Huamachuco, un importante asentamiento regional que registra ocupación desde finales del período Intermedio Temprano y que muestra evidencias de haber coexistido con la presencia Wari en la región (Topic 1991: fig. 1).

Viracochapampa se asienta sobre un llano y en conexión con un camino que transitaba de sur a norte por esta región cordillerana. La planta de la ciudad es definidamente cuadrangular, aún cuando una medición más precisa indicaría que presenta una cierta deformación trapezoidal,11 que parece resultado de la adaptación a ciertos accidentes topográficos. De esta manera, el lado norte mediría 566 m mientras que el sur 581 m y el lado este 564 m mientras que el oeste 574 m (ibid: 144), resultando un área de cerca de 33 Ha. Este dato nos permite notar que la planta de Viracochapampa presentaba una extensión 30% menor que el área nuclear de Pikillacta.

Si bien se presume que la ciudad no fue del todo terminada y que por lo tanto algunas zonas de esta presentan escasos vestigios arquitectónicos, se puede apreciar claramente que, a semejanza de Pikillacta, la planta cuadrangular de la ciudad fue subdividida en 3 sectores, y al igual que en ésta, el Sector Oeste presenta un ancho algo menor que los otros dos sectores y está separado de estos por una avenida que atravesaba la ciudad de norte a sur, a partir de las correspondientes portadas que le conectaban con el sistema de caminos. Sobre la base de analogías con Pikillacta, se puede presumir que este Sector Oeste, además de la presencia de algunos recintos y edificaciones, estuviera destinado a alojar una gran plaza o explanada.

Fig. 321. Viracochapampa: plano general de la ciudad (Topic 1991: fig. 2).

El Sector Central, también aquí concentra la más alta densidad de construcciones, lo que expresa que estaba proyectado para reunir las más importantes edificaciones de la ciudad. La plaza central de este sector tiene también una posición central con relación a la planta de la ciudad. En los lados norte y sur de la plaza se construyeron dos grandes edificios de planta rectangular, con esquinas redondeadas y nichos en su interior. Este ordenamiento asemeja al de la plaza secundaria (33-2B) del sector central de Pikillacta (MacEwan 1991: plano 2). Sin embargo, las demás construcciones que delimitan la plaza presentan algunas importantes variantes. Entre estas destaca un edificio con nichos al centro del lado este, y que presenta dos ambientes adosados a ambos extremos. Mientras que al centro del lado oeste de la plaza, se desarrolló un montículo rectangular, de unos 2 a 3 m de alto, y cuyo eje de orientación este oeste coincide con el eje principal de la ciudad en esta dirección (Topic 1991: 146-147, fig. 2).

El Sector Central, donde se aprecia que se concentró el mayor esfuerzo de los constructores y que conserva la mayor parte de sus edificaciones, permite observar el desarrollo de la trama urbana en cuadrícula, generada por la definición de unidades modulares o kanchas de planta cuadrangular o rectangular. La mayoría de estas presenta la configuración de los módulos definidos como tipo «B» por McEwan (1991: fig. 4), donde destaca un edificio rectangular dispuesto a un lado del recinto, contrapuesto a edificaciones en galería que se desarrollan en el perímetro de los otros tres lados. De esta configuración resulta al centro del recinto un espacio abierto a modo de patio. En Viracochapampa los edificios rectangulares que se ubican en este tipo de kanchas se caracterizan por presentar una planta con esquinas redondeadas y nichos en su interior. Es de notar que las kanchas del tipo «B» que se encuentran al sur de la plaza central, presentan un mayor tamaño en todos sus componentes, mientras que las esquinas de sus edificios en galería presentan los singulares muros en diagonal, tan característicos de la edilicia wari.

El Sector Este presenta escasas evidencias de edificación, más allá de advertirse que tuvo prácticamente las mismas dimensiones y extensión del sector central. En todo caso, sí se aprecia que se dispuso su subdivisión en tres subsectores, y que en el que está ubicado al sur se erigieron algunas kanchas en las que se edificaron dos de los clásicos

Fig. 322. Viracochapampa: plano del conjunto con las Unidades A, que presentan un ordenamiento arquitectónico similar a las kanchas del tipo “B” de McEwan (1991: fig. 4 y 5), en las que destacan las grandes salas con nichos (Topic 1991: fig. 3).

edificios de planta rectangular, esquinas redondeadas y nichos en su interior.

Se encuentran en Viracochapampa una serie de rasgos arquitectónicos que son compartidos con otros sitios principales Wari. Entre estos podemos mencionar las técnicas constructivas de los muros a doble cara, con profundos cimientos y evidencias de haber sido parte de edificaciones de dos o más niveles de altura, mediante el empleo de ménsulas corridas, recesos formando gradas en los muros, o mediante nichos, que tuvieron en uno u otro caso la función de soportar o alojar las vigas de los entrepisos. Además de otros elementos arquitectónicos característicos, como los nichos de planta trapezoidal con el frente restringido hacia el paramento, así como la presencia de pequeños nichos a los lados de las jambas de las puertas, posiblemente destinados a facilitar algún sistema de cerramiento. También están presentes en la ciudad de Viracochapampa algunas evidencias de la implementación de los servicios urbanos propios de los principales asentamientos Wari, como es el caso de canales subterráneos destinados a la provisión o al drenaje del agua (ibid.: 144-151).

Los estudios de Topic en el sitio revelarían que la edificación de la ciudad habría quedado inconclusa y que esta no habría tenido una mayor ocupación durante la presencia Wari en la región de Huamachuco. Sin embargo, las gentes wari también habrían utilizado otros sitios de la zona como lugar de residencia y de actividad, entre los que se cuentan Cerro Amaru, con un conjunto de depósitos; el gran acueducto de La Cuchilla, aparentemente construido para proveer de agua a la ciudad de Viracochapampa; y un posible mausoleo en Marca Huamachuco (ibid.: 151-152).

Las razones por las cuales la ciudad de Viracochapampa habría quedado inconclusa por el momento constituyen un enigma. Sin embargo, pensamos que lo fundamental aquí es sopesar el conjunto de evidencias, en cuanto constituyen un testimonio ineludible de la voluntad impuesta por los designios del estado expansivo, con miras a establecer una ciudad enclave como posible cabecera de región. De esta voluntad fundacional son testimonio no sólo las edificaciones que se yerguen sobre la superficie del sitio, sino también la colosal energía impuesta en la realización de las profundas cimentaciones de muchos edificios cuyos muros no llegaron a construirse y que, aun así, se excavaron entre 1 a 3 m de profundidad en su agreste suelo, implicando un movimiento de tierra de decenas de miles de metros cúbicos (ibid.: 160-161). De otro lado, no es éste el primer testimonio —ni el último— de proyectos iniciados con el empuje arrollador de una férrea decisión estatal, y que aún así no logran culminarse o estuvieron destinados al fracaso, sea porqué se modificaron las correlaciones de fuerzas o se debilitó la capacidad de imponer políticas de dominio en provincias por demás bastante alejadas de los centros del poder de ese entonces.

Otros asentamientos Wari en los valles interandinos

Con el propósito de ilustrar la variedad de planteamientos formales y la aparente diversidad funcional que muestran algunos importantes asentamientos Wari, ubicados tanto en valles interandinos de notable importancia económica como el del Mantaro y el Callejón de Huaylas, como en otros puntos posiblemente estratégicos para el control territorial ejercido por el estado Wari, haremos una breve reseña de algunos de estos asentamientos, en la medida que lo permite la información disponible ya que en otros casos de no menor importancia (caso Wariwillca y Vilcawain) ésta lamentablemente resulta bastante limitada. En primer lugar, trataremos de los sitios de Jincamocco en Lucanas y de Azángaro en Huanta, dos sitios importantes aun cuando no son de gran extensión, que se localizan en la región de Ayacucho y relativamente próximos con relación a la capital de Wari. En segundo lugar, examinaremos el caso de Honco Pampa en cuanto importante asentamiento Wari enclavado en el Callejón de Huaylas; y finalmente el apasionante caso de Cerro Baúl en el extremo sur de la expansión Wari.

Fig. 323. Jincamocco: plano de

ubicación (Schereiber 1991:

fig. 2).

Jincamocco

El sitio de Jincamocco, ubicado en la provincia de Lucanas en el departamento de Ayacucho, proporciona una interesante información para conocer cual pudo ser la naturaleza de asentamientos de segundo o tercer orden jerárquico, en el marco del sistema de asentamientos impuesto por los wari en determinadas regiones y localidades.[138]

El valle de Carhuarazo, en el que se centra la ocupación Wari, se localiza en una zona que comunica el sur de Ayacucho con los valles costeños de Nazca. La ocupación de la zona por los wari habría estado acompañada por la reubicación de los asentamientos aldeanos, privilegiando zonas algo más bajas donde es posible el cultivo tanto de tubérculos como de granos, revelando la mayor importancia asignada a la producción de maíz. Coincidentemente, durante esta época se registra en el valle el despliegue de obras públicas orientadas a la construcción de terrazas agrícolas

Fig. 324. Jincamocco: plano del subsector al noroeste del sitio (Schereiber 1991: fig. 5).

para favorecer el incremento de este cultivo (Schereiber 1991: 210-211).

Además de Jincamocco, otros tres complejos cercados afiliados a Wari se establecen en el valle. Dos de ellos adyacentes a zonas favorables para el cultivo del maíz, que pudieron servir para el almacenamiento y ciertas actividades administrativas asociadas a la actividad agrícola; y el tercero en un sitio de altura asociado a un posible camino principal de la época, y que podría haber operado como un tambo (ibid: 212).

El asentamiento de Jincamocco, cuya ocupación se remontaría a la época 1B y que aparentemente se abandonaría a fines de la 2B con el colapso de Wari, se localiza a 3,350 msnm sobre la cima plana de un promontorio elevado flanqueado por una quebrada. En el sitio destaca un gran complejo cercado de planta rectangular de 260 por 130 m dividido en dos sectores, la mitad suroeste que presenta subdivisiones en unos 24 recintos; y la mitad noreste que aparentemente no presentaría construcciones.

Sin embargo, además del complejo cercado, existen evidencias de restos de otras edificaciones dispersas en una área mayor que alcanzaría unas 17.5 Ha. aun cuando ésta pudo ser más extensa, dado que el poblado moderno de Cabana se encuentra asentado al sureste de esta misma área (ibid: 199, fig. 2).

Las investigaciones arqueológicas desarrolladas por Schereiber en el sector suroeste del complejo, revelaron su forma de planeamiento mediante su división en 4 subsectores, en los que se organizaron hileras de recintos de similares dimensiones (ibid: fig. 4). La mayoría de estos recintos presentan internamente la arquitectura propia de las kanchas wari, también conocidas como «unidades patio», con cuartos, corredores y ambientes en galería alrededor de un patio central. Los patios evidencian haber contado con banquetas perimétricas de unos 0.80 a 2.2 m de ancho y elevadas de 30 a 40 cm sobre el nivel del piso de los patios. Los contextos recuperados en los patios permiten inferir el desarrollo tanto de actividades domésticas como de otras relacionadas con la elaboración de productos manufacturados (ibid: 202-203).

Es interesante notar aquí que las características constructivas de Jincamocco corresponden también a los patrones tradicionales de la arquitectura propia de los asentamientos Wari. Por ejemplo, los muros tienen cimientos en casi todos los casos, alcanzando en los muros exteriores del cercado 1.5 m de profundidad, mientras que los interiores tienen unos 80 cm y solamente los que sirven de tabiques o forman pequeñas divisiones carecen de cimientos. También la secuencia constructiva es similar, en primer lugar se construyeron los muros exteriores del cercado, luego los muros de los recintos interiores y, finalmente, algunos pequeños muros de cierre o división de corredores o ambientes en galería. Se recuperaron también evidencias del enlucido de muros y acabado de pisos aplicando arcilla blanca, otro rasgo común en la arquitectura Wari. De manera análoga las excavaciones revelaron la presencia de canales subterráneos que corrían por debajo de los pisos atravesando los recintos y sus patios, demostrando que también este tipo de asentamientos Wari contó con servicios de abastecimiento y drenaje de agua (ibid.).

Azángaro

Este sitio, de evidente orden menor con relación a los principales asentamientos urbanos wari, se ubica en la región de Huanta (Ayacucho), a unos 15 km al noroeste de la ciudad de Wari. El complejo se localiza en un llano elevado con relación al río Cachi a unos 2,390 msnm en una zona bien dotada de agua lo que posibilita su cultivo, contrastando con la relativa aridez del entorno. Precisamente, la disponibilidad de agua permanente para riego y la vocación de la zona para el cultivo del maíz, podría explicar la instalación de este complejo Wari que parece corresponder a un centro administrativo asociado al manejo agrícola desarrollado en la localidad (Anders 1991).

Fig. 325. Azángaro: plano de ubicación (Anders 1991: fig. 2).

A unos 1,600 m al noreste del complejo, se encuentra un manantial que fue dotado de dos reservorios, desde los cuales se tendieron dos canales paralelos provistos de canales de distribución que habrían permitido irrigar los campos de cultivo instalados en el llano. Pero es de notar que uno de los canales se convierte en subterráneo a unos 50 m del muro exterior del complejo, para atravesar el sector sur del mismo abasteciéndolo de agua (ibid.: fig. 2).

El complejo, cuya ocupación se iniciaría en la Época 1B y que mayormente correspondería a la Época 2, presenta una planta rectangular orientada de noroeste a sureste, que mide 447 x 175 m y está dividido transversalmente en tres sectores. El sector sur, que sirvió de acceso al complejo, se encuentra relativamente libre de estructuras, aunque las excavaciones de Anders (ibid) detectaron estructuras irregulares que parecen corresponder tanto al momento inicial de construcción, como a la finalización de la ocupación del sitio; sin embargo, también estas presentan algunas divisiones en subsectores con los clásicos ordenamientos en galería. El sector central presenta una nutrida y rígida organización celular del espacio, con un corredor central que lo divide en dos. Finalmente, el sector norte está dividido en tres subsectores y presenta algunas subdivisiones que parecen haber estado conformadas por las clásicas kanchas wari, con recintos en galería y patio central (ibid.: fig. 3).

El sector central a nuestro criterio es el de mayor interés, ya que no sólo tiene la mayor extensión y concentró la mayor inversión constructiva del complejo, sino que también por su posición central y rígida planificación, encierra la clave para la interpretación de la función del complejo. Este se ordena a partir del corredor central que lo divide en dos, y desde el cual se desarrollan transversalmente hacia ambos lados 20 hileras, 19 de ellas conformadas por cubículos alargados que miden unos 9.20 x 2.50 m y una de ellas por cubículos pequeños que miden unos 3.6 x 2.4 m Estas hileras están separadas entre sí por medio de corredores que habrían permitido el acceso a los cubículos y que, a su vez, se conectaban con dos corredores paralelos al central, que bordeaban los extremos de los lados Este y Oeste del sector central (ibid.: fig. 3b).

Este sector central parece haber correspondido a funciones de almacenamiento, aun cuando Anders propuso que estuviera destinado a una discutible y poco probable función residencial (ibid.: 191-192). A nuestro entender algunas importantes evidencias documentadas en el sector central apuntarían a la posible función de depósito de sus estructuras. Este el caso del hallazgo de ménsulas corridas de piedras empotradas en sus

Fig. 326. Azángaro: plano del complejo (Anders 1991: fig. 3).

paramentos interiores, las que se dispusieron a unos 100 cm del suelo, lo que indicaría que habrían servido para el soporte de pisos algo elevados del suelo, dejando el espacio inferior libre para la circulación del aire. A estos detalles, propios de las estructuras destinadas al depósito, se suma la presencia de pequeñas entradas de 60 cm de ancho y tan sólo 80 cm de alto (ibid: 174, fig.19), que bien podrían haber servido de aberturas para la ventilación por debajo de los pisos de los eventuales depósitos. Otro dato significativo, es que en este sector central se halló una red de canales organizados en una trama ordenada, donde se dispuso los canales en el eje central de los corredores, lo que permite deducir que habrían servido para el drenaje de la descarga pluvial de las estructuras techadas ya que, de lo contrario, esta podría haber inundado los corredores generando una indeseable humedad en el área de posible almacenamiento.

La gran cantidad de estos cubículos ordenados en 19 hileras, que reunen un total de 340 unidades alargadas (9.2 x 2.4 m), además de 36 cubículos más pequeños (3.6 x 2.4 m) en la última hilera al sur, llegan a sumar más de 8,000 m2 de área edificada. Si consideramos factible que estas estructuras tuvieran por lo menos unos 2 m de altura, tendríamos como resultado un posible volumen total de almacenamiento superior a los 16,000 m3, es decir una capacidad de depósito extraordinaria, que podría explicarse en la apremiante necesidad del Estado Wari de proveerse de excedentes agrícolas para sostener los requerimientos alimenticios de la población concentrada en su relativamente próxima capital.

Finalmente, algunos detalles constructivos documentados en Azángaro son de relevancia, como es el caso de la evidencia de pisos revestidos con lajas de piedra, algunos de ellos se encuentran en los cubículos aparentemente destinados al almacenamiento, lo que podría responder a la necesidad de asegurar que tuvieran un mejor aislamiento de la humedad del suelo. Así mismo, el desarrollo de un extraordinaria red de canales subterráneos, permitiría suponer que algunos habrían operado como un sistema de drenaje al estar provistos de sumideros perforados en los pisos (ibid: figs. 9, 11 y 21). Por último, es notable la presencia de elementos de cierre del lado interior de las portadas de acceso principal al corredor central, constituidos por pequeños nichos dispuestos a ambos lados de las jambas con al interior un vástago de piedra, lo que habría permitido trabar con cuerdas algún tipo de cerramiento horizontal (ibid.: figs. 13, 17 y 18).

Fig. 327. Azángaro: excavación en el cubículo 8 de la primera hilera del sector central del complejo, donde se observa el piso revestido con lajas, las ménsulas corridas a poco más de 1 m de altura con relación al piso, y una pequeña abertura en el centro del lado derecho (Anders 1991: fig. 19).

Honqopampa

En el Callejón de Huaylas (Ancash) destacan dos sitios con ocupación Wari: Wilkawaín y Honqopampa, ambos localizados sobre las fértiles laderas occidentales de la Cordillera Blanca. Acerca del primero, existe escasa información arqueológica sobre las características y organización del sitio, donde sobresale la arquitectura monumental de aparente función funeraria o chullpas. Se trata de edificios de planta rectangular construidos con piedra, cuyos volúmenes macizos contienen cámaras y galerías subterráneas, que se desarrollan en más de un nivel, en los que se utilizó la técnica de la falsa bóveda mediante el empleo de grandes vigas de piedra (Lumbreras 1974: 171, fig. 180). Algo más de información se dispone para Honqopampa, donde el ordenamiento del sitio y los diferentes tipos de estructuras arquitectónicas allí documentadas son especialmente relevantes para conocer el impacto de la ocupación Wari en esta región (Isbell 1989).

Fig. 328. Honqopampa: Plano del sector Purushmonte, donde se aprecian conjuntos de kanchas y al sur dos estructuras con planta en forma de “D” (Isbell 1989: fig. 5).

El sitio de Honqopampa, se ubica sobre los 3,500 msnm en una ladera próxima a una serie de quebradas que descienden de la Cordillera Blanca, como Quebrada Honda, que constituye un paso natural hacia el Callejón de Conchucos. Éste factor, que facilita la articulación espacial con otros importantes territorios regionales, podría haber incidido en la elección de este lugar para la localización del asentamiento. Otro factor que debe de haber intervenido en la elección del lugar, es que las laderas que descienden de la Cordillera Blanca están dotadas generosamente de agua, dado que abundan los torrentes que descienden de los nevados, glaciares y lagunas de altura, lo que hace de esta margen del Callejón de Huaylas una zona reconocida por su notable fertilidad agrícola.

El reconocimiento y las excavaciones de Isbell (1989) se concentraron en el sector norte del sitio, conocido como Purushmonte. Allí se identificaron tres tipos distintos de arquitectura: las chullpas, los edificios con planta en forma de «D», y los conjuntos conformados por unidades con patio central o kanchas. Las chullpas se encuentran dispersas o formando pequeños conjuntos en las laderas o en pequeños promontorios más elevados, están construidas con piedra y se encuentran seriamente afectadas por la destrucción y el saqueo de sus restos, dada su función funeraria. Estas estructuras presentan plantas rectangulares, con un promedio de 2 a 5 m de lado, aunque existe una de dimensiones sobresalientes que mide 12 por 16 m Muchas de ellas presentan evidencias de haber tenido más de un nivel, con pequeños accesos dotados de dinteles megalíticos que permitían el ingreso a galerías y cámaras techadas con grandes vigas de piedra (ibid: 103-104).

Los edificios con planta en forma de «D» se ubican en la parte baja al sur del asentamiento, en el que son dominantes los conjuntos de ordenamiento ortogonal propios de las unidades con patio central (ibid: fig. 4). Se han registrado dos edificaciones con planta en «D», ambas con el frente recto orientado hacia el sur. La mayor de ellas (AC-13) muestra claramente el acceso central, mientras que la menor (AC-14) conserva los característicos nichos al interior del muro curvo. Existen evidencias de restos de otras estructuras adosadas a las edificaciones con planta en «D», por lo que se puede presumir que estas se encontraban enmarcadas dentro de conjuntos con una relativa complejidad arquitectónica. Un dato interesante es que el paramento interior de uno de los muros de una estructura asociada a los edificios en «D» presentaba una línea horizontal de piedras sobresalidas, indicando el posible desarrollo de un piso en un segundo nivel.

Los conjuntos arquitectónicos con patio central, las denominadas kanchas wari, se localizan en la parte más elevada del asentamiento y constituyen el tipo mayoritario de estructuras en el sitio. Estos conjuntos se ordenan en alineamientos que parecen seguir los ejes cardinales pero que, al mismo tiempo, se acomodan al relieve de la pendiente siguiendo las curvas de nivel (ibid: figs. 4 y 5). Los rasgos arquitectónicos de este tipo de conjuntos son básicamente los mismos que fueron reseñados para los conjuntos de la capital en Ayacucho, como de otros sitios Wari documentados en los Andes Centrales. Estos conjuntos presentan recintos dispuestos en galería rodeando un patio central, con sus respectivos accesos orientados hacia éste espacio abierto. Los patios presentan en su perímetro una banqueta elevada unos 20 a 30 cm sobre el nivel del piso de los patios. En algunos de los recintos en galería se halló la típicas ménsulas corridas para el soporte de pisos en un segundo nivel. Además de manos de moler ubicadas en los patios, las excavaciones reportaron en estas unidades consistentes acumulaciones de basura, lo que daría pie a suponer que este tipo de estructuras absolvieron en el sitio funciones mayormente residenciales (ibid: 105-108; figs. 7-11).

Las estructuras de los diferentes tipos arquitectónicos reseñados aquí presentan similares características constructivas y están asociados a materiales culturales Wari y otras manifestaciones regionales propias de esta época, lo que permite suponer que Honqopampa representa una clara expresión de la ocupación Wari en la región. Por otra parte, la forma de sus estructuras arquitectónicas, especialmente los edificios con planta en «D» y los conjuntos con patio central, no tienen antecedentes locales y nos remiten a sus símiles de la capital Wari o de otros asentamientos provinciales Wari. De modo que el conjunto de estas evidencias —a los que se pueden añadir los rasgos característicos de la edilicia Wari que exhiben las diferentes

estructuras arquitectónicas— confirmarían la consistente filiación de éste sitio que parece haberse implantado en la región durante la primera época de expansión del estado Wari (época 1) y que habría mantenido su vigencia durante la época 2.

Las investigaciones preliminares desarrolladas en Honqopampa evidencian que no se trata de una capital provincial, pero sí de un importante asentamiento de jerarquía menor, donde las kanchas habrían estado destinadas mayormente a fines residenciales, mientras los otros tipos de edificios resolvían aspectos rituales y funerarios. Por consiguiente, se trata de un asentamiento de sumo interés para el conocimiento, tanto del ordenamiento jerárquico de los establecimientos provinciales Wari, como de las funciones específicas que éste cumplía en un ámbito regional de importancia estratégica como es el Callejón de Huaylas.

Cerro Baúl

Se trata de un sitio extraordinario que permite aproximarnos desde diferentes facetas a la extensión y características de la expansión Wari y su evolución en los Andes Centrales. En primer lugar, se trata de un sitio principal de un conjunto de otros sitios que los wari instalaron en el valle alto de Moquegua, constituyendo el punto más meridional donde se ha documentado su presencia directa. Efectivamente, Cerro Baúl se encuentra a unos 600 km en línea de aire al sureste de la ciudad capital de Wari en Ayacucho y a unos 400 km al sur de Pikillacta en el Cusco. Lo considerable de estas distancias[139] plantea interrogantes sobre la forma en que se resolvieron los problemas logísticos para poder articular centros urbanos tan lejanos, aun cuando se puede suponer la presencia de centros intermedios a lo largo de estos recorridos.

Fig. 329. Mapa del valle alto de Moquegua con la localización de Cerro Baúl (3) y otros sitios wari como Cerro Mejía (2), Cerro Petroglifo (1), Cerro Baulcito (4) y Pampa del Arrastrado (5); así como de importantes sitios Tiwanaku como Chen Chen (8) y Omo (9)

(Williams e Isla 2002: fig. 3).

Por otra parte, la necesaria conexión de Cerro Baúl con la ciudad de Wari y otros sitios dependientes de esta, nos plantea la problemática de la «territorialidad» en un contexto histórico donde aparentemente no se trata de establecer límites y fronteras precisas, sino más bien una compleja red de relaciones —impuestas o negociadas— con las comunidades establecidas en los territorios alejados que el Estado recorre con sus caravanas, o donde es preciso establecer asentamientos y enclaves, especialmente cuando estos territorios no sólo se encuentran ocupados por población local sino también por colonias de otro estado expansivo, cual es el caso de Tiwanaku en el mismo valle de Moquegua. Lo que nos aproximaría a condiciones similares a las propuestas con los conceptos de «territorialidad salpicada» o de los «archipiélagos territoriales» planteados a partir de los documentos de la etnohistoria andina tanto por Murra (2002) como por Rostworowski (1981, 1988, 2004).

Otro tema de especial interés en esta perspectiva, es conocer qué tipo de planeamiento y qué componentes arquitectónicos comparte con la capital y otros centros Wari un sitio como Cerro Baúl, que evidentemente no correspondía al nivel y modelo de las principales ciudades provinciales como Pikillacta. A continuación examinaremos estos aspectos a partir de la especial localización de los sitios Wari en la región moqueguana, que en el caso de Cerro Baúl asume características también espectaculares.

Fig. 330. Vista de Cerro Baúl cuya silueta destaca en el valle alto de Moquegua, el sitio arqueológico se ubica sobre la meseta de la cima (foto: Adriana Von Hagen, Morris y Von Hagen 1993: fig. 109).

En la parte alta del valle de Moquegua, en el punto donde confluyen los ríos Torata y Tumilaca, destaca en el paisaje una formación geológica impresionante conformada por un gran macizo rocoso, cuyos flancos están recortados por un pronunciado acantilado. La silueta de la impresionante mole de Cerro Baúl se eleva unos 600 m por encima del nivel del valle y está coronada por una meseta que fue elegida por los wari para emplazar su principal sitio en la región. Al hacer esta elección es evidente que se tuvo muy en cuenta las extraordinarias características defensivas del lugar, que lo hacen prácticamente inexpugnable. Esta posición estratégica desde el punto de vista defensivo indicaría que la presencia Wari en la región no fue precisamente pacífica o que por lo menos no estuvo libre de tensiones, tanto frente a la población local como con relación a la posible rivalidad con el estado Tiwanaku. Las ventajas que otorga este emplazamiento estratégico, sobre la cima de la meseta, evidentemente comprometieron un costo relativamente alto para resolver la provisión de todos sus abastecimientos, como de la necesaria dotación de agua para sus habitantes, lo que debió exigir su permanente acarreo desde el valle por porteadores o con el auxilio de hatos de llamas.

Se ha registrado que el sitio de Cerro Baúl no estuvo aislado, constituyendo el sitio principal y central de un conjunto de otros asentamientos menores de ocupación Wari, como Cerro Mejía, Cerro Petroglifo, Cerro Baulcito y Pampa del Arrastrado, todos concentrados en la parte alta del valle, mientras significativamente los Tiwanaku tenían sus sitios emplazados en el valle medio (Moseley et al. 1991; Williams e Isla 2002: fig. 3). Otros hallazgos recientes reportan el desarrollo de importantes obras de infraestructura agrícola en ésta zona por parte de los wari. Este es el caso de canales de riego asociados a terrazas agrícolas, que habrían permitido el desarrollo de cul-

Fig. 331. Cerro Baúl. Croquis general del asentamiento (Moseley et al. 1991: fig. 12).

tivos en las laderas de Cerro Baúl y Cerro Mejía. Se puede deducir de esta intervención territorial, que los wari habrían buscado la forma de asegurar la provisión de alimentos para los pobladores de sus asentamientos en la zona, garantizando así la sostenibilidad económica de su presencia en una región tan alejada de su capital (Williams et al 2002: 78-80, fig. 10).

Fig. 332. Cerro Baúl. Plano de los sectores concentrados en las zonas este y central del asentamiento (Williams et al. 2002: fig. 4).

El asentamiento de Cerro Baúl se desarrolla sobre la meseta que tiene unos 1,000 m de Este a Oeste por unos 500 m de ancho (Moseley et al. 1991), concentrándose las estructuras mayormente en la zona central y especialmente al Este, ocupando las edificaciones una extensión de aproximadamente 10 ha. En el ordenamiento de la zona Este del asentamiento se perciben por lo menos tres sectores, al parecer demarcados entre sí por medio de pasajes o pequeñas plazas, y cuyas edificaciones exhiben diferencias formales y contextuales que estarían expresando su asignación a funciones diferenciadas de orden habitacional, productivo, administrativo y ceremonial (Williams e Isla 2002: fig. 4).

Las excavaciones conducidas en el sitio por Feldman y luego por Williams e Isla (ibid.) han puesto en evidencia la presencia de conjuntos organizados bajo el modelo de las kanchas o «unidades patio», con un espacio libre al centro y edificaciones en galería en sus lados. Estas construcciones estuvieron dotadas ya sea de una o de dos crujías, como es el caso de la Unidad 1 (ibid: fig. 5). En otras unidades se encontraron evidencias de construcciones de más de un nivel, como es el caso de la Unidad 3 donde en un gran patio de unos 26 m de lado se encuentra un edificio compuesto por 4 ambientes de la misma medida (1.8 x 5 m) y similares características, que se disponen por pares a ambos lados de un muro medianero, con sus accesos independientes, y en los cuales se registró la presencia de estructuras diseñadas para el soporte de un piso elevado 70 cm sobre el suelo, como para permitir la ventilación inferior de posibles depósitos dispuestos sobre el piso superior (ibid: 96-99, fig. 7). Algo similar parece ser el caso de la Unidad 6, con 3 ambientes alargados (3.5 x 10 m) dispuestos en galería en el lado sur de un gran patio, donde las excavaciones registraron no solamente la presencia de dobles muros longitudinales, formando el

Fig. 333. Cerro Baúl. Plano del Complejo de la Unidad 3 (Williams e Isla 2002: fig. 7).

típico escalón interior para el apoyo de los maderos de la estructura del entrepiso, sino también el valioso testimonio de las vigas caídas sobre el piso, al igual que las viguetas separadas de 20 a 25 cm entre las que se hallaron dispuestas lajas de piedra cubiertas de barro para formar el piso del segundo nivel (ibid: 104-105, figs. 13 y 14).

En el sector central se excavó una estructura (Unidad 5) con planta en «D» de unos 10 m de diámetro, muy similar en dimensiones a las halladas en otros sitios Wari, como Conchopata y Honqopampa, y al igual que éstas presenta un muro recto en su fachada, donde se ubica en posición central un único acceso. La base de este muro presenta la proyección de una especie de vereda revestida en piedra. Este rasgo, que buscó destacar el tratamiento del frontis de la edificación, como los finos acabados de sus interior con pintura mural y el hallazgo de ofrendas, expresan su destacada función ceremonial en el sitio (ibid: 100104, fig. 9). Al respecto, existe por lo menos otra estructura, aún no excavada, que parece corresponder a la tipología de las edificaciones en «D», que se ubica en posición central y al extremo oeste del sector este del asentamiento (ibid.: fig. 4).

Finalmente, las excavaciones arqueológicas desarrolladas en Cerro Baúl también aportan datos interesantes acerca de la cronología del sitio, dando alcances preliminares sobre su posible fecha de fundación, la duración de la ocupación Wari y la evolución de esta a lo largo del tiempo. De acuerdo a estas evidencias, el inicio de la ocupación Wari en Cerro Baúl sería más temprana de lo hasta ahora se había supuesto, remontándose a los 600 a 675 d.C. mientras que su duración también se prolongaría hasta el 850 d.C. es decir que estaría abarcando un período de ocupación desde finales de la época 1 hasta la época 2 del

Fig. 334. Cerro Baúl. Plano del Complejo de la Unidad 6 (Williams e Isla 2002: fig. 13).

Fig. 335. Cerro Baúl. Corte de la estructura B de la Unidad 6, donde se observa los muros con los apoyos laterales para la estructura del entrepiso, así como la evidencia de las vigas caídas sobre el piso (Williams e Isla 2002: fig. 14).

Horizonte Medio. Es interesante destacar que en el transcurso de esta ocupación relativamente larga, se habrían producido eventos —aparentemente simultáneos— de remodelaciones en una serie de conjuntos, comprometiendo el reordenamiento de sus edificaciones (ibid.), lo que plantea la hipótesis de que este proceso fuera producto de la reconfiguración general de las funciones asignadas al sitio por parte del estado Wari, adecuándolas a un nuevo contexto regional. A menos que se tratara de un fenómeno aún más amplio y complejo, que expresara algún tipo de reforma en el sistema administrativo del estado que, de ser así, podría percibirse tanto en las remodelaciones que interesarían a la propia capital, como a Cerro Baúl y otros centros provinciales.

Fig. 336. Cerro Baúl. Plano de las estructuras del Complejo de la Unidad 5, donde destaca el edificio ceremonial con planta en forma de “D” (Williams e Isla 2002: fig. 9).

Las influencias Wari en el urbanismo costeño

En la perspectiva de la hipótesis señaladas anteriormente, a propósito de la posible dinámica de la expansión Wari, en el sentido de una posible influencia o presencia Wari en las regiones costeras a partir de sus enclaves alto andinos, un campo que requiere mayor exploración a futuro, es el que está referido a las posibles influencias o intervenciones Wari con relación al urbanismo costeño. Este es el caso de sitios de primer nivel, como Pachacamac o Cajamarquilla en la Costa Central, donde además de una serie de contextos arqueológicos que ilustran vínculos y relaciones evidentes, se ha sugerido que el trazo de ciertos complejos o sectores urbanos de estos asentamientos, donde se aprecia un planeamiento ortogonal o trapezoidal, podrían haber sido el resultado de una posible influencia Wari. Obviamente estos planteamientos han sido siempre sugerentes, pero requieren de programas de investigación arqueológica que los comprueben. Este tipo de investigaciones podría definir mejor no sólo el tipo de relaciones, influencias o préstamos en las formas de desarrollo urbano, sino también entre las correspondientes tipologías arquitectónicas, que pudieron darse entre las distintas formaciones regionales de la costa y la serranía durante el período.

Por otra parte, en las últimas décadas se ha multiplicado la documentación acerca de la presencia Wari en los valles de la costa peruana. En algunos casos con el registro de bienes de prestigio Wari incorporados al ajuar funerario de personajes de elite de sociedades norteñas, como las de San José de Moro en Jequetepeque (Castillo 2001); en otros casos asociada al desarrollo de rituales que incluyeron el ‘sacrificio’ de bellas piezas de cerámica Wari, tal como se ha documentado con los extraordinarios hallazgos de Maymi en Pisco (Anders 1990). Si bien en los casos citados esta evidente presencia no está asociada a asentamientos o edificaciones que se puedan adjudicar a Wari, en otros valles si se ha establecido la presencia de algunos asentamientos de aparente filiación wari en las cabeceras de los valles costeños. Éste es el caso de nuevos sitios que se agregan a otros ya conocidos, como Pacheco y Cerro del Loro en Nazca (Strong 1957), tales como Socos en el valle del Chillón (Isla y Guerrero 1987), o La Cantera en el valle de Chincha donde se desarrollan trabajos preliminares. Se trata de asentamientos relativamente menores, pero no por esto menos importantes ya que proporcionan valiosa información acerca de la presencia wari en zonas estratégicas, desde los cuales se pudo ejercer cierto tipo de control sobre los valles costeños; así como sobre el tipo de interrelaciones que se desarrollaron con las sociedades costeñas y sus elites urbanas.

7

ESTADOS Y SEÑORIOS TARDÍOS

Ciudades costeñas y poblados rurales altoandinos:

Modos de vida distintos y formas de asentamiento

diferenciadas

Introducción

En los Andes Centrales, esta época se ubica cronológicamente entre los años 1000 y 1400 d.C. y es conocida como el período de los Estados Regionales Tardíos (Lumbreras 1981) o como Intermedio Tardío (Rowe 1962). Los inicios de esta época se caracterizarían por la declinación del fenómeno Wari, lo que va acompañado por el progresivo resurgimiento de las formaciones regionales. En este contexto histórico se produciría una reformulación de los modos de vida y de las formas de organización social, proceso que se manifiesta en las diferentes expresiones que presentan los patrones de asentamiento y arquitectura en los distintos ámbitos regionales. Sin embargo, dentro de la diversidad de casos documentados al respecto, se puede advertir una notable y marcada diferenciación entre las regiones costeñas y aquellas altoandinas.

Efectivamente, en el caso de la costa norte y central y aparentemente también en parte de la Costa Sur, se asistiría a la recuperación del vigor de las autonomías regionales, con el surgimiento de formaciones estatales o reinos, de diferente magnitud y nivel de complejidad política. Este proceso va aparejado con la revitalización de un desarrollo urbano renovado, cuyos testimonios sobresalientes corresponden a un notable conjunto de ciudades e importantes centros urbanos. Mientras tanto, en el caso de las regiones altoandinas en este nuevo contexto histórico, se acentuarían condiciones propias de desarrollos de tipo autárquico, con un fuerte énfasis en economías rurales de carácter agropecuario, que se manifiestan en la dominante proliferación de aldeas y poblados rurales; lo que va en desmedro de la posibilidad de generar desarrollos de tipo urbano, o de mantener la continuidad de los centros preexistentes que, huérfanos del precedente soporte estatal Wari, declinan o se convierten rápidamente en ruinas.

Entre los principales estados que surgen en la costa destacan Chimú y Lambayeque, en la costa norte. Mientras que en la costa central y nor central, se presentan formaciones como Chancay, Ychsma o Pachacamac, en la comarca de Lima; Huarco en el valle de Cañete, y Chincha en los valles de la región sur central. En el extremo de la costa sur, tendríamos formaciones culturales como Chiribaya, poco definidas aún en cuanto se refiere a su forma de organización social y patrones de asentamiento.

De otro lado, en las regiones altoandinas tendríamos señoríos en la sierra norte como Cuismancu (Cajamarca) y Huamachuco; en la vertiente oriental de la región a los Chachapoya (Amazonas y San Martín); los Chupachu y Huamalíes en la región de Huánuco; Huaylas en el Callejón de Huaylas; Xauxas y Huancas en el valle del Mantaro; los Chancas en la región ocupada por los departamentos de Huancavelica, Ayacucho y Apurímac; Churajón (Arequipa) y Killke o Cusco en la sierra Sur; y en los Andes Centro Sur los señoríos altiplánicos, como los Lupaca, los Colla y los Pacaje, que surgirían de la declinación de Tiwanaku.

Contexto histórico, económico y territorial

Fig. 1. Mapa con la ubicación de los principales sitios del período. 1 Batán Grande

  1. Túcume
  2. Pacatnamú
  3. Farfán
  4. Kuelap
  5. Chanchán
  6. Manchán
  7. Chancay 9 Maranga
  8. Cajamarquilla
  9. Armatambo 12 Pachacamac

13 Huarco 14 Chincha; así como de los principales señoríos altoandinos (Canziani).

Durante esta época las economía de las sociedades costeñas habrían ampliado su base en la producción agrícola. Al respecto, es notable constatar una expansión sustantiva de la frontera agrícola lograda por medio de la ejecución de obras públicas, entre las cuales destaca el desarrollo de grandes canales de irrigación que superan el límite natural de los valles e incorporan al cultivo tierras eriazas que se encontraban por encima del nivel de estos. En el caso de los valles de Lambayeque, con el desarrollo de canales como el Taymi y el Racarumi, se interconectaron los valles de la región, conformando un enorme complejo hidráulico que constituye, hasta el día de hoy, la mayor área agrícola de la costa peruana.

Un caso aún más espectacular, por las dificultades que entraña la naturaleza de la obra, corresponde al canal de la Cumbre, que con un extraordinario recorrido de más de 80 km tomaba aguas del río Chicama para, superando la divisoria entre ambas cuencas, trasvasarlas al sistema de canales del valle de Moche (Ortloff 1981). Esta notable obra de ingeniería demuestra el conocimiento desarrollado por los Chimú en topografía e ingeniería hidráulica; al igual que la amplia capacidad de convocatoria que tenía su clase gobernante sobre la población, para disponer de la mano de obra necesaria para su colosal ejecución y mantenimiento.

Otros casos de ulterior desarrollo hidráulico comprometidos con la ampliación de la frontera agrícola, se verificarían también más al sur en la costa central. Este es el caso del valle del Rímac con la construcción del canal de Surco, cuya bocatoma se ubica en Ate e irrigaba las tierras al sureste del valle, que formaban las amplias zonas de riego de Monterrico y Surco, hasta llegar al límite sur del valle en Villa. Otro caso similar es el del valle de Chincha, donde un nuevo canal más elevado en la margen norte habría permitido durante esta época incorporar las pampas que se encuentran por encima del valle y que se conocen como Chincha Alta.

Fig. 2. Valle hipotético con canal intervalle (Canziani).

En el campo de las actividades manufactureras se conocen nuevos niveles de desarrollo. Este es el caso de la actividad textil con de la aparición de nuevas técnicas como el tapiz, la gasa y el brocado. En la producción de cerámica se aprecia que esta era mayormente hecha en molde, lo que permite inferir su elaboración en serie y con menos refinamientos en los acabados. En cuanto a la célebre metalurgia y orfebrería de las sociedades norteñas, se puede resumir el tema mencionando que desarrollaron técnicas como la del dorado del cobre, el enchapado, el soldado, el estampado, la filigrana y el vaciado a la cera perdida. La orfebrería de Chimú y especialmente la de Lambayeque, fue ampliamente conocida fuera de su contexto original como producto del intenso saqueo de sus tumbas y monumentos arqueológicos. Hoy en día sabemos que gran parte de estas piezas espectaculares como máscaras, tumis, pectorales, narigueras, orejeras, etc., provienen de tumbas de personajes de alto rango, que contenían una increíble cantidad de objetos que conformaban el ajuar funerario. Las piezas son trabajadas tanto en cobre, como en oro y plata; presentándose también las técnicas del cobre dorado y aleaciones como la tumbaga, que combinan cobre con oro, y una aleación especial del cobre con arsénico, de la cual se obtuvo un bronce arsenical.

Al respecto, los integrantes del Proyecto Arqueológico Sicán, han documentado la intensa actividad minera y metalúrgica desplegaba en la región por la sociedad Lambayeque. En especial, se ha registrado la existencia de grandes batanes y manos de moler que servían para la preparación de los minerales, que luego eran fundidos en talleres que disponían de hileras de pequeños hornos, en los que se utilizaba carbón como combustible, mientras los trabajadores empleaban toberas para soplar a pulmón y oxigenar la combustión. Para el proceso de fundición se emplearon también crisoles y moldes que servían para que el metal, ya en forma de lingotes, fuera transportado a los centros urbanos en calidad de materia prima para el sucesivo trabajo de los orfebres (Shimada 1987).

Especialmente en la costa norte se desarrolló también la talla en maderas duras como el algarrobo, representando personajes de cuerpo entero en diferentes actitudes, cuyos rasgos estaban destacados con la incrustación de conchas en la órbita de los ojos y resaltando el atuendo y ciertos ornamentos corporales. Algunas tallas de pequeño formato formaban parte de escenas completas referentes a desfiles ceremoniales o a rituales funerarios.[140] Es importante también destacar que algunas esculturas de madera de gran formato, re-

podrían haber correspondido a residencias de los mercaderes a cargo de este tipo de intercambio (Topic 1990). Al respecto, muchos de los procesos productivos documentados arqueológicamente permiten inferir no sólo la distribución espacial de estos en el territorio de los valles, sino también su necesaria articulación mediante los sistemas de transporte. Este es el caso de la antes citada producción metalúrgica (Shimada 1987), donde los sitios donde se emplazaban los hornos de fundición debían ser abastecidos de los insumos minerales desde las minas, al igual que del combustible desde los bosques. Los lingotes del mineral refinado y fundido fueron a su vez conducidos a los talleres de los orfebres emplazados en las ciudades y centros urbanos para, finalmente, ser distribuidos como productos metálicos en un determinado ámbito local o regional.

El urbanismo Lambayeque[141]

El estado Lambayeque se desarrolló en los valles

Fig. 4. Balsa navegando a vela en la costa norte en una imagen de la región de Lambayeque y tuvo como centros fotográfica de Brüning de fines del siglo XIX (Schaedel 1989: 82).

a dos importantes asentamientos urbanos, Batán

Grande y Túcume, que recientemente han sido

presentando personajes antropomorfos en actitud objeto de estudios por parte de sendos proyectos hierática, fueron hallados en asociación con los de investigación arqueológica. Estas investigacioelementos arquitectónicos que conformaban las nes han proporcionado en los últimos años importadas de los complejos político administrati- portante información científica, sobre una cultuvos de Chanchán. ra que hasta hace unas décadas era mayormente

El intercambio fue una importante actividad, conocida solamente por ciertas espectaculares pieposiblemente organizada bajo el control de los zas de oro, provenientes del saqueo de sus tumestados, como los norteños Chimú y Lambayeque bas. Nos referimos en particular a los famosos o el sureño de Chincha. Este se desarrollaba a gran- tumis o cuchillos ceremoniales, las máscaras y otros des distancias a través de la navegación por mar, objetos de ajuar funerario. Sin embargo, no obsempleando para esto balsas de gran tamaño he- tante la extraordinaria belleza de estas piezas, eran chas con gruesos troncos de “palo balsa” prove- tan sólo objetos aislados de su contexto histórico nientes de los remotos bosques ecuatoriales, y y social, de modo que poco ayudaban a la comdotadas de velas hechas de algodón. De otro lado, prensión de la formación social y modo de vida las llamas —en ese entonces animales habituales de sus creadores lambayecanos. en el paisaje de la costa norte— eran empleadas Además de Batán Grande y Túcume, emplapara formar caravanas que servían para desplazar zados en el valle del río La Leche, otros sitios prinbienes y productos de valle en valle, atravesando cipales contemporáneos son La Viña en la zona para esto extensos territorios desérticos, o inter- de Jayanca y Apurlec, ambos en la cuenca del río nándose por los valles para alcanzar las alturas de Motupe; Chotuna y Chornancap en la parte baja la serranía. De hecho, en la ciudad de Chanchán del valle de Lambayeque, y Colluz internándose se han hallado en los barrios populares evidencias hacia el valle medio; mientras que en la zona donde conjuntos asociados a corrales para llamas, que de el valle comienza a angostarse se encuentran

Fig. 5. Batán Grande: plano general del complejo (Shimada 1990: fig. 5).

Pátapo al norte y Saltur al sur, donde además de las típicas edificaciones de adobe, se aprecia el empleo también de la piedra en las laderas más elevadas de estos sitios (Heyerdahl et al. 1996: fig. 2; Sandweiss 1996: 64; Shimada 1985, 1990).

Batán Grande

Este extenso sitio se ubica en el valle del río La Leche, en el extremo norte del complejo de valles de Lambayeque, a unos 40 km del mar. La presencia de una decena de pirámides monumentales y otros montículos menores se despliega en un área mayormente llana, cubierta por una densa vegetación de bosque seco tropical. Esta área de unas 350 ha. sobre la margen derecha del río La Leche, se extiende unos 2,500 m de este a oeste y unos 1,400 m de norte a sur. Las construcciones piramidales de adobe adoptan un patrón relativamente disperso, sobresaliendo sus colosales moles por sobre las copas de los algarrobales del extenso bosque de Poma (Shimada 1990: fig. 5).

Fig. 6. Batán Grande: planos de la Huaca Rodillona (izquierda) y de la Huaca Oro (derecha) (Shimada 1985: fig. 17).

Las principales pirámides (Huacas Corte, La Merced, Las Ventanas, Oro y Rodillona) se caracterizan por presentar plataformas superpuestas conectadas por rampas, y a las que se accedía desde el nivel del terreno por medio de grandes rampas que generalmente desarrollan un característico trazo zigzagueante (Shimada 1985: fig. 17). Estas características formales y otros rasgos constructivos que señalaremos más adelante, plantean semejanzas y evidentes continuidades con monumentos arquitectónicos más tempranos, como la Huaca Fortaleza en la ciudad de Pampa Grande, correspondiente al Moche tardío y que podría haber servido de referente para estas nuevas edificaciones.

La mayoría de estos edificios ha sido construida con adobes plano convexos que usualmente exhiben marcas de fabricante. Los rellenos constructivos de las plataformas fueron construidos mediante la técnica de las cámaras de relleno, cuyos muros de adobe contenían los rellenos de material suelto, compuesto por arena, tierra y deshechos, que luego eran sellados por las capas superiores de adobe y barro que conformaban los pisos de las plataformas. Precisamente en los pisos de las plataformas se ha hallado evidencia del desarrollo de grandes espacios cubiertos por columnatas.[142]

Este es el caso de la Huaca Corte, cuya plataforma superior muy alargada (7 x 40 m.) contenía 48 columnas cuadradas y pintadas, dispuestas en 12 filas de 4 columnas cada una, lo que permite suponer que esta área estaba techada. Esta plataforma presentaba una rampa central del lado oeste, mientras del lado este se desarrollaba un largo muro con pintura mural, que debió servir de cierre de fondo a este espacio de posible función ceremonial abierto por tres de sus lados. En contrapartida a estas plataformas de posible función pública, otras como Huaca Las Ventanas presentaban espacios mucho más amplios y ambientes cerrados, que podrían haber alojado actividades político administrativas o residenciales de elite (ibid.: 102-103).

Fig. 6A. Batán Grande: plano

de la cima la Huaca Corte

(

Shimada 1985: fig.

16).

Fastuosas tumbas de elite han sido halladas en proximidad de la Huacas, especialmente alrededor de sus bases e inclusive en las esquinas formadas por el encuentro de las rampas con el cuerpo de las pirámides. Las características de estas tumbas de cámara y el notable ajuar funerario contenido en ellas, especialmente la calidad y cantidad de objetos suntuarios de metal, da cuenta de la riqueza y poder concentrados en las clases dominantes, cuyo prestigio se manifiesta además con la especial disposición de la arquitectura funeraria en estrecha relación con las construcciones piramidales.

Precisamente, la presencia de estos personajes de elite y la notable acumulación de parafernalia de objetos elaborados con metales preciosos, textiles y cerámica fina, además de otros bienes exóticos como conchas de Spondylus y Conus provenientes de mares ecuatoriales y piedras semipreciosas, posiblemente obtenidas por intercambio a grandes distancias, da cuenta de la existencia de una sociedad con marcadas diferencias de clase en su estructura social, y con una notable especialización en sus distintos procesos productivos. Por lo general, el correlato a este tipo de formación social

corresponde a entidades urbanas bien establecidas, donde se resuelva espacialmente estas actividades especializadas en la esfera de la producción y los servicios, además de los componentes residenciales correspondientes a la elite y a la población subordinada congregada en la urbe.

Sin embargo, en los trabajos desarrollados en Batán Grande, llama la atención la escasa mención acerca de la presencia de otras estructuras menores que pudieran haber resuelto estas actividades productivas de base urbana y aquellas de índole residencial (ibid.: 102). Pareciera que el evidente énfasis de los investigadores en la caracterización ceremonial del complejo hubiera impedido explorar su aparente naturaleza urbana.[143] Evidentemente las difíciles condiciones de conservación, en una zona sujeta a eventos de lluvias intensas, continuos eventos aluviales, como la presencia de una densa cobertura forestal —a lo que hay que agregar la intensa huaquería desarrollada por décadas durante el siglo pasado— no ayudan en esto. Pero no por esto la caracterización del complejo como un ‘recinto religioso-funerario’ (ibid.: 100) podría asumirse como satisfactoria, más aún cuando se advierte que este período sucede a la crisis de los viejos estados teocráticos e inaugura el desarrollo de formaciones sociales de mayor peso seglar.

Esto no se contradice con la advertencia señalada por distintos estudiosos en el sentido que las construcciones piramidales tienen un mayor aliento y continuidad en la región, y que el urbanismo de la sociedad Lambayeque habría sido algo contenido hasta antes de la conquista Chimú, como bien lo ilustra el documentado caso de Túcume, que conoce su apogeo urbano precisamente a partir de la época en la que se advierte la llegada del sureño estado Chimú (Sandweiss y Narváez 1996).

Túcume

Este extenso e impresionante complejo urbano se ubica en la zona norte de los valles de la región de Lambayeque, teniendo como centro la zona agrícola tributaria del río La Leche y del canal de

Taymy, que desde el río Chancay tiene su trazo orientado hacia el norte, donde se ubica precisamente Túcume, unos 30 km al este del mar

(Heyerdahl et al. 1996: fig. 2).

La ocupación de Túcume se iniciaría posiblemente a fines del Horizonte Medio e inicios del Intermedio Tardío, es decir de 1050 a 1100 d.C. —lo que coincidiría con el progresivo abandono de Batán Grande (Shimada 1990)— convirtiéndose en el principal centro de poder regional. Luego, a partir de 1350 d.C. la ciudad y la elite residente en ella se encontrarían bajo la dependencia del estado Chimú, cuando la expansión de éste hacia el norte interesó los valles de Lambayeque. Finalmente, con la conquista Inca de las regiones norteñas de Cajamarca y Lambayeque, alrededor de 1470, Túcume se convirtió en el principal centro de poder provincial inca en la región de Lambayeque hasta el evento de la conquista de 1532 (Sandweiss 1996).

La ciudad, que alcanza una extensión de aproximadamente 220 ha, se desarrolla teniendo como centro al Cerro La Raya, cuya silueta destaca en el paisaje de las planicies del valle, al elevarse unos 140 m. sobre el nivel del terreno circundante. Alrededor de este notable hito paisajístico se desarrollan una serie de complejos y edificaciones, entre las que sobresalen 26 pirámides principales hechas de adobe, a cuyas plataformas superiores se ascendía por medio de largas rampas. Sobre las plataformas de las pirámides se ha hallado tanto evidencias de estructuras residenciales de tipo palaciego, como complejos de carácter político administrativo (Heyerdahl et al. 1996: fig. 34).

Dentro del sector monumental, que se encuentra concentrado al norte y noroeste de Túcume, destaca la mayor edificación que corresponde a la llamada Huaca Larga. Este complejo se ubica al norte del Cerro de La Raya y presenta una planta rectangular, orientada de norte a sur, que mide cerca de 600 m de largo y unos 140 m de ancho, elevándose unos 20 m sobre el nivel del terreno y posiblemente unos 30 m en las plataformas 1 y 2 que la coronan. La cima de esta extensa edificación presenta una serie de subdivisiones. En el extremo

Fig. 7. Túcume: ubicación del sitio en el valle de Lambayeque (Heyerdahl et al. 1996: fig. 2).

Fig. 8. Túcume: foto aérea oblicua (SAN, Kosok 1965).

Fig. 9. Túcume: plano general con los principales complejos. 1 Huaca Larga, 2 Templo de la Piedra Sagrada, 3 Huaca Las Estacas, 4 Huaca 1, 6 Huaca Las Balsas (Heyerdahl et al. 1996).

norte, se encontrarían algunos recintos que regulaban el acceso al complejo elevado, que se realizaba ascendiendo por medio de una extensa rampa orientada hacia el norte, y que conducía hacia la Plataforma 1, una construcción de planta rectangular construida sobre el flanco oeste de la Huaca Larga y que contaba con una ancha rampa orientada hacia el este. En el sector central se desarrollan otros espacios, entre los que destaca un gran patio con nichos y más al sur, del lado oeste, un gran patio hundido, al este del cual se encuentra la Plataforma 2, que contó en sus inmediaciones con un área de cocina. Al sur de la Plataforma 2 se registró otro gran patio con nichos, flanqueado por conjuntos divididos en recintos aún más pequeños. Finalmente, en el sector sur, donde la Huaca Larga se adosa a las laderas del Cerro La Raya, las subdivisiones de los recintos son bastante difíciles de discernir (Narváez 1996a: 84, fig. 35).

Fig. 10. Túcume: foto aérea de Huaca Larga (SAN, Kosok 1965).

La primera época de la edificación se remontaría al período Lambayeque, de la cual no se tiene una buena definición debido a las remodelaciones posteriores que se le superpusieron, si bien se puede presumir que en ese momento el extremo sur de la edificación no habría estado aún adosado al Cerro La Raya. Durante la época Chimú, se habría producido una remodelación de gran envergadura, donde se unió el sur de la plataforma de la Huaca con las laderas del cerro en un sólo evento constructivo, y se habría definido la forma general de la Huaca, sobre la cual se desarrollaron grandes patios, conjuntos con recintos y las dos plataformas. La decoración de las edificaciones de esta época se caracteriza por presentar relieves y pintura mural con la aplicación de rojo, negro y blanco, por lo que a esta época también se le denomina ‘fase tricolor’. Al sur de la plataforma 2 se excavaron recintos con corredores paralelos, flanqueados por banquetas que estuvieron dotadas de columnas, lo que lleva a suponer que estas estuvieron techadas, no así los corredores que permitían la

Fig. 11. Túcume: vista panorámica de Huaca Larga desde el suroeste (Canziani).

Fig. 12. Túcume: decoración mural en relieve y pintura mural en escaques en un sector de Huaca Larga correspondiente a la fase “tricolor” de la ocupación Chimú (Canziani).

Fig. 13. Túcume: remodelación de época Inka en un ambiente de la Plataforma 2 de Huaca Larga (Canziani).

ventilación y el ingreso de la luz. Para estos espacios se ha sugerido alguna función productiva, que bien podría haber sido la textilería (ibid.: 89-96).

Un dato de gran relevancia para el conocimiento de las características de la ocupación Inka en las urbes costeñas y en especial de la costa norte, fue la revelación de que en un contexto cultural netamente costeño y lambayecano, como es el que exhibe Túcume en sus rasgos urbanísticos y arquitectónicos, los incas no sólo se instalaron en la ciudad, sino que hicieron de esta su principal centro de poder político en la región. Sin embargo, es notable apreciar que la mayoría de los edificios de la época anterior siguieron en función, mientras que las remodelaciones se limitaron a algunas de las edificaciones donde se realizaron intervenciones puntuales. Este es el caso de la plataforma 2 de Huaca Larga, donde los recintos que exhibían pinturas murales con motivos de aves, fueron cubiertos por gruesos muros de piedra con mortero de barro, mientras que en la remodelación de las partes exteriores de la edificación se utilizó el tradicional adobe. Con esta intervención los amplios recintos preexistentes fueron segregados en cuatro ambientes de menor tamaño, que se conectaban entre sí mediante corredores.

Si bien los rasgos de estas intervenciones no manifiestan los cánones propios de la arquitectura Inka, en contrapartida, los contextos arqueológicos asociados son contundentes acerca de la presencia Inka en el lugar, revelando además la notable jerarquía y alto nivel social de los personajes Inka que residían en Túcume. Este es el caso del hallazgo en la Plataforma 2 de enterramientos que parecen corresponder a dos funcionarios y a un orejón, cuyo atuendo y adorno personal corresponderían a un personaje de alto rango, posiblemente el gobernador Inka de la región; así como el enterramiento de un grupo de 19 mujeres que aparentemente conformaba un grupo de aqllas, posiblemente tejedoras especializadas residentes en este complejo político administrativo. Adicionalmente, se puede mencionar la extraordinaria calidad de ofrendas de carácter Inka imperial reportadas en el templo de la Piedra Sagrada.

En cuanto a las funciones de Huaca Larga, si bien no se puede excluir las de carácter ritual, la mayoría de los espacios arquitectónicos y los contextos asociados, expresarían que estos estuvieron destinados al desarrollo de actividades político administrativas, posiblemente complementadas por otros espacios destinados a residencias de la elite, a manera de un palacio. Esta caracterización funcional que se percibe en la edificación de la fase de época Chimú, aparentemente no fue sustancialmente alterada por las remodelaciones puntuales de época inka.

La reconstrucción de las características de los distintos espacios arquitectónicos presentes sobre la plataforma de Huaca Larga, como de las edificaciones que se encuentran en sus inmediaciones, permite inferir esta caracterización funcional. El acceso a Huaca Larga desde otros sectores del asentamiento, parece haberse relacionado con el camino flanqueado por murallas, cuyo trazo paralelo al lado este del complejo, habría conducido hacia la rampa ubicada al norte de la Huaca. Precisamente, sobre el sector norte de Huaca Larga se ubican la Plataforma 1 y los patios y recintos anexos, que podrían haber tenido un rol marcadamente público, resolviendo actividades de recepción y representación. De otro lado, el sector central, con la Plataforma 2, el área de cocina y sus recintos anexos, sugieren espacios más privados con posibles ambientes residenciales, correspondientes a una estructura del tipo ‘palacio’; mientras que los recintos del sector sur podrían haber resuelto tanto actividades productivas como administrativas.

Retomando el camino que flanquea de norte a sur el lado este de Huaca Larga, su trazo antes de girar hacia el este produce un quiebre escalonado, generando así un espacio en esquina donde se ubica una edificación relativamente pequeña, pero de gran trascendencia denominada Templo de la Piedra Sagrada. Dejando atrás Túcume, el camino habría proseguido su dirección hacia el este, para intersectar a unos 14 km de distancia y en proximidad del establecimiento inca de Tambo Real, el camino principal que recorría los valles de Lambayeque de norte a sur.

El Templo de la Piedra Sagrada

Esta pequeña estructura presenta una planta en U y se ubica dentro de un recinto delimitado por muros de escasa altura. En el centro de la edificación se encuentra enclavada verticalmente una gran piedra sin trabajar o huanca, que parece haber sido objeto de culto y gran reverencia, a juzgar tanto por la edificación que la alojaba como por la cantidad y calidad sobresaliente de las ofrendas depositadas en su entorno.

La planta del templo mide 7.5 x 8 m y sus muros, que están hechos con adobes plano convexos, siguen los ejes cardinales. La puerta se ubicaba al centro del frontis orientado hacia el norte. El techo de la estructura fue soportado por 16 columnas de madera revestidas con cañas y enlucidas con barro, que se dispusieron ordenadamente a distancias equivalentes. En el interior del edificio se dispuso banquetas laterales que enmarcaron el espacio donde estaba enclavada la piedra sagrada (Narváez 1996a: 113-132, fig. 77).

Las excavaciones arqueológicas desarrolladas en el edificio permiten sostener que antes que esta edificación tuviera esta forma, hubo una primera versión que se habría limitado al muro sur, que presenta una sección adelgazada hacia la parte superior, donde podría haberse dado la característica coronación que exhiben las representaciones de edificios en la cerámica Lambayeque. Durante esta primera época la piedra sagrada habría estado expuesta frente a este muro sur y protegida por un techo sostenido por las columnas (ibid.: fig. 79). Posteriormente, en una segunda época, se añadirían los muros laterales y el frontal con el vano de la puerta. Finalmente, en una de las últimas remodelaciones, se añadirían hacia el exterior dos anchas banquetas que se despliegan diagonalmente a partir de la portada del templo (ibid.: fig. 83).

En las inmediaciones del templo se hallaron evidencias de ofrendas, compuestas por conchas de mullu (Spondylus) en estado natural o labradas, figurinas y otros artefactos en miniatura hechos de cobre y plata. En el caso de las ofrendas de época inka, sobresalen las figurinas de spondylus y plata, algunas de estas cubiertas por finos atuendos textiles sujetados por tupus y adornadas con tocados de plumas, muy similares a las halladas en otros contextos de ofrendas imperiales inka, como los reportados en Cerro El Plomo (Chile) y Pachacamac. Adicionalmente se reportó la presencia de enterramientos de cuerpos humanos y de llamas (ibid.: 118-129).

Fig. 14 A y B. Túcume: el templo de la Piedra Sagrada en una primera fase y luego en una remodelación posterior (Narváez 1996a: figs. 79 y 83).

La Huaca 1

Se ubica al noroeste del sector monumental de Túcume. Constituye la pirámide más alta de la ciudad, alcanzando una altura de unos 30 m con relación al nivel del terreno. La edificación construida con adobes plano convexos, presenta una planta orientada de este a oeste con unos 80 m de largo y unos 60 m de ancho; mientras que la larga rampa que se proyecta hacia el oeste alcanzaría la extraordinaria extensión de unos 160 m es decir, el doble del eje mayor de la planta de la pirámide (ibid.: fig. 98).

Al este de la pirámide, se desarrolla una plataforma menos elevada y orientada de norte a sur, con una rampa que se proyecta desde su esquina noreste. De modo que la pirámide y ésta plataforma baja, definen un conjunto con planta en forma de “L”. Al sur del conjunto se definió una Plaza Sur, cercada por un muro de adobe, en la que se encontraba inscrito el Anexo 3 que albergaba unas singulares estructuras que mencionaremos más adelante.

Sobre la cima de la pirámide se desarrollaban plataformas, cuartos y ambientes más amplios dotados de banquetas y nichos, los que se comunicaban entre sí por medio de corredores y rampas. Estos rasgos arquitectónicos, el tipo de material cerámico, y el hallazgo de fogones y deshechos asociados a la preparación y consumo de alimentos, sugerirían una función de tipo residencial para las edificaciones construidas en la cima de la pirámide

Fig. 15. Túcume: figurina Inka de plata con manto policromo, pren- (ibid.: fig. 101).

dedor (tupu) y tocado de plumas rojas de aves amazónicas, hallada como ofrenda en el templo de la Piedra Sagrada (Narváez 1996a: fig. 88).

Fig. 16. Túcume: plano de la Huaca 1 (Narváez 1996a: fig. 98).

Fig. 16 A. Túcume: reconstrucción isométrica de la cima de la Huaca

Otros sectores y edificaciones de Túcume

Las excavaciones desarrolladas en otros sectores, al suroeste y sur de Túcume, revelaron tanto evidencias de estructuras destinadas a fines habitacionales, como también de otras destinadas a actividades productivas, comprometidas con la producción cerámica, metalúrgica e, inclusive, de abalorios y cuentas de collares hechos de conchas. Estos conjuntos incluirían corrales de llamas, las que debieron se ampliamente utilizadas como medio de transporte, además de ser consumidas como parte importante de la dieta alimenticia (Sandweiss 1996b).

1 entre las fases de ocupación Lambayeque y Chimú (Narváez 1996a: fig. 101).

El Anexo 3 estaba conformado por un recinto en cuyo interior se dispusieron ordenadamente singulares estructuras con plataformas bajas, a veces escalonadas, que alojan cubículos, grandes nichos o alacenas, que se desarrollan en algunos casos en 2 o 3 niveles superpuestos. La presencia de postes en estas estructuras, permite deducir que estuvieron dotadas de techos, no así los corredores ubicados entre estas. Las excavaciones en una de estas estructuras revelaron que presentaba una forma singular de sección acampanada, ya que sus muros exteriores se curvaban engrosándose en sus bases, donde un zócalo recesado producía un saliente en voladizo (ibid.: figs. 103-105). Si bien no tenemos alcances sobre la posible función de estas estructuras, su forma y contexto podría sugerir el almacenamiento de bienes de cierta valía.

Fig. 17. Túcume: reconstrucción hipotética del Anexo 3 al lado sur de la Huaca 1 (Narváez 1996a: fig. 105).

Fig. 18. Túcume: reproducción reconstructiva de un mural con relieves, posiblemente del período Lambayeque, hallado en Huaca Las Balsas y que representa personajes navegando sobre balsas con redes (Foto Canziani).

Otros sectores y montículos del sitio habrían funcionado como cementerios para enterramiento, tanto de la gente común como de la elite. Algunas edificaciones, como la denominada Huaca Las Balsas, revelan que en éste sector ‘no monumental’ algunas edificaciones contaron también con extraordinarios acabados, que incluyeron paramentos con relieves de gran calidad relacionados, con la representación de motivos marinos (Narváez 1996b).

Pacatnamú

Como ya lo manifestamos en el capítulo 5 refiriéndonos a la temprana ocupación Moche del valle de Jequetepeque, este importante sitio se ubica al norte de la desembocadura del río Jequetepeque, localizándose sobre una terraza natural cortada por los acantilados generados por la erosión del río por el lado este y del mar por el lado oeste. Los estudiosos del sitio coinciden en afirmar que la mayor ocupación del mismo co-

Fig. 19. Pacatnamú: foto aérea (SAN 170-35, Kosok 1965).

rrespondería al período Lambayeque y declinaría al final de la ocupación Chimú (Donnan y Cock 1986, 1997; Hecker y Hecker 1985). [144]

La ocupación Lambayeque, además de superponerse a sectores que evidencian ocupación Moche en el área central de la ciudad, también reutilizó las pirámides monumentales construidas en esta época, como es el caso de las Huacas 1 y 31 (Donnan y Cock 1997: 12, fig. 4). Precisamente para limitar el acceso o proteger este sector central del asentamiento, se habría construido una primera muralla o ‘muralla interior’, cuyo trazo de este a oeste, inicia desde los acantilados al este del sitio y conforma el lado norte de una serie de complejos, entre ellos el de las Huacas 1 y 31; mientras que más hacia el oeste su trazo se desdibuja y la muralla es menos consistente, lo que indicaría una menor inversión constructiva en este sector. Esta muralla interior, construida con la técnica de cámaras de adobe y relleno, tiene su tramo más formal en el sector este, especialmente frente al complejo de la Huaca 1, donde

constituye el muro de cierre norte del mismo complejo. En este tramo la muralla tiene unos 6.5 m de base y unos 3 m de alto, aunque bien podría haber alcanzado originalmente unos 5 m de altura. Si consideramos que inmediatamente del lado norte de la muralla se excavó una zanja de unos 3 m. de ancho y 2.4 m de profundidad, podemos tener idea de como mediante este recurso se acrecentó el impedimento de acceso y, al mismo tiempo, se magnificó el impacto visual de las murallas con el incremento resultante en su altura. Para trasponer formalmente la muralla interior y la zanja, se construyeron tres portadas de ingreso con sus respectivos terraplenes que cruzaban la zanja. Entre estas portadas de la muralla interior, sobresale la que se encuentra en el eje central de la Huaca 1 y que se caracteriza por constituir el ingreso monumental a este complejo (Donnan y Cock

1986: 51, fig. 5).

Fig. 21. Pacatnamú: foto aérea oblicua en la que destaca el complejo de la Huaca 1 ( a la izquierda) y la muralla interior (al centro) con su correspondiente foso (Kosok 1965).

Aparentemente la ciudad habría tenido posteriormente una expansión hacia el norte, de lo que habría derivado la necesidad de construir una segunda muralla o ‘muralla exterior’. Esta igualmente tuvo un trayecto de este a oeste, sin embargo la zanja que la flanqueaba fue algo más ancha y al mismo tiempo menos profunda. La muralla fue también construida con la técnica de cámaras de relleno y alcanzó unos 9 m. de grosor con una altura de 4.5 m. que pudo haber sido originalmente de unos 7 m. Esta segunda muralla tiene la peculiaridad de bifurcarse en dos ramales a partir de la parte media de su trayecto hacia el oeste. Estas extensiones mayormente corresponden a las zanjas excavadas y sólo en un caso existe un tramo parcial de muro de adobe. En el sector este de la muralla exterior se registraron 4 portadas de acceso que, a diferencia de la muralla interior, no presentan terraplenes para atravesar la zanja, ya que en este caso simplemente se optó por interrumpir la excavación de la zanja frente a las portadas (ibid.: 52, fig. 9).

Finalmente se habría emprendido el proyecto de una tercera muralla aún más al norte, también con un trazo de este a oeste casi paralelo a la muralla exterior. Sin embargo, su construcción quedó inconclusa ya que no hay vestigio alguno de muralla y se aprecia solamente la excavación de la zanja en los tramos correspondientes a los sectores este y central, mientras que hacia el oeste su trazo concluye y se pierde en un cauce de escorrentía que termina en una pequeña quebrada que corta el acantilado hacia la playa.

Existen varias interrogantes sobre la posible función defensiva de estas murallas. Si bien la

muralla interior como la exterior, con sus respectivas zanjas, constituyen un obstáculo que debió ser difícil de superar, esta característica se reduce tan sólo a sus tramos del lado este. Hacia el lado oeste, donde tan sólo se encuentra la zanja o muros de baja altura, o inclusive solamente los cauces de erosión natural, es evidentemente que la dificultad de acceso fue menor o nula (ibid.: 52-59). Sobre la posible función de estas murallas, en nuestra opinión debieron existir otros componentes que hoy desconocemos y que podrían ofrecer alternativas a las convencionales explicaciones defensivas.

Desde esta perspectiva, las murallas de Pacatnamú pudieron significar un límite físico de exclusión, que sancionaba el privilegio o no de ciertos sectores de la población para acceder al interior de la ciudad y a los espacios reservados de esta; como también la posible demarcación de los distintos espacios de ‘pasaje ritual’ que se condicen con el aparente carácter ceremonial de buena parte de su arquitectura monumental.[145] Esta hipótesis se refuerza si tomamos en cuenta que la principal entrada dispuesta en el sector central de la muralla interior, corresponde a la portada de ingreso central de la Huaca 1 y que esta, a su vez, constituye el único acceso al complejo en la que se encuentra. Igualmente abona en esta dirección la constatación de que los sectores más formales de las murallas se localicen en sus tramos del lado este, lo que coincide con la concentración de los principales complejos con arquitectura monumental en los sectores de la zona este de la ciudad.

La mayoría de los complejos monumentales de Pacatnamú se caracterizan por presentar un patrón típico, cuyo modelo se reitera con ligeras variantes formales en su planeamiento, no obstante las notables diferencias de tamaño que puedan existir entre estos. Estos rasgos se pueden resumir en las siguiente características principales: a