Ciudad y Territorio de los Andes

De esta propuesta resulta que así como en términos teóricos y generales establecemos las relaciones de correspondencia entre distintas formaciones sociales y sus correspondientes formas de asentamiento, al nivel de los procedimientos analíticos, debemos establecer la relación dialéctica de correspondencia entre los modos de vida y su concreción en específicos modelos o patrones de asentamiento (ver Cuadro 1).[2]

A lo largo de este trabajo examinaremos un conjunto de aspectos arquitectónicos y urbanísticos que consideramos diagnósticos y fundamentales para interpretar las características que asume en los Andes Centrales el proceso civilizatorio. Se ha sostenido con razón que si bien este proceso presenta singularidades y una identidad unitaria, que en términos generales permiten caracterizarlo como ‘andino’, también es necesario advertir que manifiesta una notable diversidad, como una marcada desigualdad en sus desarrollos de región a región y en el devenir de una época a otra, lo cual significa que este proceso no fue lineal ni continuo.

Bajo estas premisas, debemos notar una advertencia cautelar: tanto el ‘Estado’ como su correlato urbanístico, la ‘Ciudad’, no son, como muchas veces se supone equivocadamente, organismos únicos, creados por la humanidad en los inicios de la civilización y enriquecidos en el curso de los siglos. Por el contrario constituyen una serie de entidades diferentes, históricamente limitadas y determinadas por causas y circunstancias específicas (Staino y Canziani 1984).

Si asumimos la concepción del Estado, como la forma de organización política que regula las relaciones sociales, con el ejercicio del poder por parte de una clase social dominante, lo que aquí nos interesa no es tanto la ‘evolución’ del Estado en sí mismo, sino el cómo y el porqué se dan las condiciones sociales que hicieron y hacen posible su existencia, y cuales serían los elementos diagnósticos que nos pueden permitir inferir su presencia o ausencia. En este caso, utilizando los indicadores y las herramientas analíticas que nos proporciona la arquitectura y el urbanismo.

De los antecedentes historiográficos

Sin bien se dispone de una bibliografía relativamente amplia de estudios referidos al desarrollo de los procesos civilizatorios y su relación con la evolución de las formaciones urbanas, estos están mayormente concentrados en el examen de lo acontecido en el Viejo Mundo y, en especial, en el caso del Cercano Oriente (Egipto y Mesopotamia). Esta región cuenta con una amplia bibliografía que va desde los trabajos pioneros de Childe (1936, 1942) y Frankfort (1954), a estudios más recientes como los de Adams (1972), Manzanilla (1986) y Redman (1985).

Existen limitados estudios que examinan esta problemática en otras regiones donde se desarrollaron procesos civilizatorios originarios (India, China, Mesoamérica), así como existen trabajos de debate teórico con referencias comparativas a distintas regiones (Service 1984). Sin embargo, constatamos que en el caso de los Andes Centrales este tipo de trabajos es muy escaso.

Para el antiguo Perú, tenemos estudios que provienen mayormente del campo de la arqueología. Algunos con limitaciones teóricas y ya desactualizados en cuanto a documentación empírica (Rowe 1963; Schaedel 1966, 1972), otros con importantes aportes en cuanto a la evolución de los patrones de asentamiento en ciertos valles de la costa, entre los que destacan los de Willey (1953) en Virú y Wilson (1988) en el Santa. Algunas importantes contribuciones teóricas relacionadas con el examen de esta problemática se encuentran en Lumbreras (1981). En este panorama, que evidencia la ausencia de una visión temática de conjunto, desde el campo de la arquitectura y el urbanismo, disponemos de una primera aproximación general al tema de las formaciones urbanas en América en el clásico estudio sobre las ciudades precolombinas de Hardoy (1964); y de tan sólo una importante síntesis sobre la arquitectura y el urbanismo en el antiguo Perú en el trabajo publicado por Williams (1981) hace más de veinte años.

El autor, en colaboración con Sergio Staino, publicó un ensayo acerca de los orígenes de la ciudad y su rol en el proceso civilizatorio, en el que se examinaba comparativamente los casos de Sumer, Egipto y el Antiguo Perú (Staino y Canziani 1984). Posteriormente, publicó un estudio centrado en el examen de las formas de asentamiento en la costa norte, relacionado con la evolución de las formaciones sociales en dicha región, durante los períodos tempranos de la época prehispánica (Canziani 1989). A continuación, ha publicado una serie de artículos en revistas especializadas acerca de este tema, con referencia a determinados valles y épocas (Canziani 1992a, 1993, 2000, 2003a, 2003b), al manejo del espacio territorial en el área andina y en determinadas regiones de esta (Canziani 1991, 1995, 2002), o centrados en los monumentos que integran complejos urbanos (Canziani 1987, 1992a, 1992b, 2000, 2003a, 2004).

En estas dos últimas décadas en nuestro país se han desarrollado muchos proyectos arqueológicos, centrados tanto en el análisis de complejos urbanos como de los monumentos arquitectónicos que los integran. En muchos casos, los resultados de estas investigaciones han enriquecido y alterado sustancialmente la información preexistente, basada muchas veces en el examen superficial de los sitios. Justamente, uno de los propósitos de este trabajo ha sido revisar esta vasta bibliografía dispersa y especializada, sistematizar y articular la información documental pertinente, y divulgar sus nuevos alcances.

LOS ANDES CENTRALES[3]Geografía y medio ambiente

El área de los Andes Centrales, en cuanto a geografía y características medioambientales, constituye una de las áreas mundiales con mayor diversidad climática y biológica. Esto se debe, en primer lugar, a la presencia de la cordillera de los Andes la que asciende desde el nivel del mar, en el litoral de la costa del Océano Pacífico, hasta llegar al nivel de las montañas de nieves perpetuas, con nevados como el Huascarán cuya cumbre alcanza los 6,768 msnm, para luego descender nuevamente hacia las planicies de las selvas tropicales de la cuenca amazónica. De modo que el sólo factor altitud en un área que se encuentra en una zona tropical, genera múltiples y distintos pisos ecológicos, con las consiguientes variaciones climáticas, topográficas e hidrográficas. Por otro lado, el litoral marino de nuestras costas al Océano Pacífico se ve afectado por el fenómeno de enfriamiento de sus aguas por la corriente de Humboldt y el afloramiento de aguas frías provenientes de las profundas fosas marinas. De esta manera, el mar actúa como un condicionante que altera sustancialmente las características climáticas de nuestras regiones costeras.

En los territorios de la cordillera de los Andes Centrales se desarrollan una serie de valles, algunos corren transversales a esta como los valles costeños, descendiendo desde sus flancos occidentales hacia la costa, generando verdes oasis en esta zona desértica. Otros se desarrollan al interior, limitados por los pliegues y flancos de las estribaciones de la cordillera, formando los denominados valles interandinos, que se localizan mayormente en las zonas quechua, si bien algunos sectores de su trayecto pueden también ubicarse en la zonas correspondientes a las denominadas yungas orientales.

La presencia de la corriente fría de Humboldt frente a las costas peruanas y la riqueza de nutrientes que esta genera, favorece la existencia de altas concentraciones de plancton, que constituyen la base de una vasta cadena trófica que se caracteriza por una impresionante diversidad de especies y una alta densidad de la biomasa marina, constituida por centenares de especies de peces, moluscos, crustáceos, así como aves y mamíferos marinos.

Fig. 1. Mapa geográfico de los paisajes de los Andes Centrales (redibujado de Troll 1958).

Esta extraordinaria riqueza de recursos marinos —que hasta el día de hoy tiene una importancia fundamental en la economía de nuestro país— desempeñó un papel de enorme relevancia en cuanto fuente privilegiada de recursos alimenticios y productivos desde los tiempos de los primeros pobladores del litoral y a todo lo largo de las distintas épocas del proceso civilizatorio andino.

Pero la corriente fría de Humboldt también desempeña un papel clave con relación a las condiciones climáticas, especialmente en el caso de las regiones costeras, generando una serie de fenómenos que determinan sus condiciones desérticas,

Fig. 2. Paisaje de litoral marino en la caleta de Jihuay, Atiquipa (foto: Canziani).

Fig. 3. Paisaje de dunas en el desierto cerca de la playa Gramadal, Huarmey (foto: Canziani).

no obstante que estos territorios se encuentren en latitudes próximas a la línea ecuatorial y, por lo tanto, en un área propia de zonas lluviosas y de bosques húmedos tropicales. En nuestro caso, las grandes masas de aire húmedo transportadas por los vientos alisios entran en contacto con las aguas frías del mar, formando bancos bajos de niebla que se ubican entre los 200 a 600 metros de altura, provocando el fenómeno conocido como inversión térmica. Este fenómeno se produce porque por encima de la niebla está despejado y el sol calienta

Fig. 4. Paisaje de bosques de lomas y acumulación de niebla, en el cerro Cahuamarca, Atiquipa (foto: Canziani).

el aire, mientras que por debajo de las nubes y en proximidad del suelo las temperaturas son bastante más bajas. De esta manera se inhibe la precipitación de lluvias en las zonas costeras, de lo que deriva sus predominantes características desérticas.

Sin embargo, estas nubosidades típicas y persistentes en las regiones costeras durante el invierno (de junio a setiembre), producen ligeras precipitaciones de lluvia fina conocida como garúa. Estas precipitaciones son más frecuentes en zonas próximas al litoral y algo más elevadas o con barreras de cerros, donde dan origen a un fenómeno muy especial y único de la costa peruana: las lomas. Se trata de la formación de pastos y vegetación arbustiva en zonas normalmente desérticas y que se dan gracias a estas garúas, pero también debido a la propia condensación de la humedad contenida en las nubes, al entrar estas en contacto con la superficie fría de los suelos. En algunos casos, donde las condiciones son más propicias, se forman grandes extensiones de lomas que incluyen el desarrollo de áreas de bosques. En el desarrollo y reproducción de este fenómeno la vegetación desempeña un papel crucial, ya que las hojas y ramas de las plantas se convierten en elementos que multiplican el fenómeno de condensación, incrementando notablemente la precipitación del agua, además de disminuir su evaporación y favorecer su acumulación infiltrándola entre sus raíces.

Estas lomas con su abundante vegetación dan vida a una abundante fauna, entre la que se encuentran mamíferos como el guanaco, el venado, el zorro; aves como palomas, pericos, halcones y gavilanes; además de caracoles de tierra y muchos insectos. Este hecho, hizo de las lomas una zona especialmente rica en recursos y por lo tanto un lugar particularmente frecuentado por el hombre desde los tiempos de los primeros cazadores y recolectores. Sin embargo, hoy en día su frágil ecología está a punto de desaparecer debido a la persistencia de la deforestación y el sobre pastoreo iniciados en época colonial.

Según Pulgar Vidal (1996), en el territorio de los Andes Centrales tienen lugar ocho regiones naturales a las que asigna los nombres que asumen en la toponimia indígena: Chala, corresponde a las regiones del litoral costero; Yunga, al territorio de las zonas altas y cálidas de los valles occidentales, como también a ciertas zonas bajas y cálidas de los valles de las vertientes orientales entre los 500 y 2,300 msnm; Quechua, a las quebradas y valles interandinos que se localizan entre los 2,300 y 3,500 msnm; Suni o Jalca, a las estribaciones cordilleranas entre los 3,500 a 4,000 msnm; la Puna, a los territorios altoandinos y altiplánicos entre 3,500 y 4,500 msnm, ricos en pastos naturales; la Janca, a las zonas de glaciales y nieves eternas entre los 4,000 y 6,768 msnm; la Ruparupa o Ceja de Selva, a los flancos orientales de los Andes; y la Omagua, o Selva Baja, correspondiente a los bosques húmedos y tropicales de nuestra Amazonía. Sin embargo, otros estudiosos de nuestra geografía proponen la presencia, no solamente de las ocho regiones ya señaladas —que corresponderían mayormente a un corte transversal en las regiones centrales de este territorio— sino a muchas más subdivisiones ecológicas o ecorregiones (Brack 1986; Brack y Mendiola 2000).

Al respecto, algunos estudios geográficos destacan las marcadas diferencias territoriales y medio ambientales existentes en los Andes Centrales entre las regiones del norte, con aquellas del centro, como con las del sur. Las diferentes condiciones geográficas, orográficas y climáticas, que se presentan en estas distintas latitudes fueron graficadas en sendos cortes transversales tanto por Troll (1958) para los Andes en Sur América, como por Pulgar Vidal (1996) en cinco perfiles transversales, que atraviesan regiones del norte, centro y sur del

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