Ciudad y Territorio de los Andes

para los frisos y relieves policromos que adornaban los paramentos del atrio, formando paneles con motivos correspondientes a seres supranaturales con rasgos zoomorfos y antropomorfos modelados en barro (ibid).

Es importante notar que las excavaciones en el atrio revelaron la existencia de por lo menos 3 fases de superposición arquitectónica, asociadas con sendas remodelaciones de este espacio ritual y que comprometieron el desmontaje parcial de los muros del atrio, el relleno sucesivo del área con la consiguiente superposición de nuevos pisos, muros decorados con relieves policromos e, inclusive, de las escalinatas laterales.

En cuanto a las características constructivas, los muros fueron realizados con piedra y mortero de barro y los rellenos constructivos con piedras sueltas cascajo y barro dispuestos en capas alternas. Para las fases tardías se añade la presencia de pequeños adobes hemiesféricos. En el caso de las plataformas, se aprecia en algunos sectores un tratamiento escalonado de los volúmenes, logrado mediante la construcción de muros de contención de piedra de escasa altura (Ibid: 258-259, fig. 12). estribaciones de los cerros que limitan el valle en este sector. Si bien hoy en día los montículos del sitio se encuentran rodeados por campos de cultivo, en la época de su ocupación esta habría sido una zona eriaza, ubicada bastante por encima de las tierras que habrían estado bajo riego en ese entonces. Los trabajos arqueológicos desarrollados en el sitio han puesto al descubierto algunos de sus rasgos más destacados, contribuyendo así al mejor conocimiento de las peculiares características de los complejos en ‘U’ de la región de Lima (Burger y Salazar Burger 1992; Burger 1993).

En el caso de Cardal, el complejo se orienta 17º nor este y el cuerpo central mide 130 m de largo, 45 m de ancho y alcanza un altura máxima de 12 m.. A diferencia de La Florida y Garagay el cuerpo central de Cardal no presenta en su volumetría los rasgos marcados de estos, con una pirámide elevada al centro, ya que en este caso la parte más elevada está notoriamente desplazada hacia la esquina sur este y, por lo tanto, no corresponde al eje del atrio y del complejo. Este cuerpo central se encuentra unido en su esquina sur este

Fig. 142. Mapa del valle de Lurín con la ubicación de los principales complejos del período Formativo (Burger y Salazar 1992: fig. 1).

Cardal

Se trata de uno de los principales y mejor conservados complejos en ‘U’ del valle de Lurín. El sitio se ubica sobre la margen izquierda del valle bajo a unos 13 km del mar y a menos de un kilómetro del río. Se localiza en una ladera al pie de las

con el brazo oriental, que tiene la notable particularidad de ser el más voluminoso del conjunto, con unos 240 m de largo, unos 70 m de ancho y una altura de unos 15 m. Mientras tanto, el brazo occidental está separado de la plataforma central por una abertura de 75 m, siendo algo menor en sus dimensiones, con unos 100 m de largo, 50 m de ancho y 8 m de altura. La construcción de estas plataformas fue realizada en base a piedras irregulares, mortero de barro y cascajo.

Fig. 143. Cardal. Plano general del templo en U (Burger y Salazar 1992: fig. 2).

La planta en ‘U’ del complejo encierra una amplia plaza, pero en este caso se ha comprobado que este espacio estuvo compuesto de varios arreglos y estructuras especiales. Una plaza central de planta rectangular y algo elevada con relación al nivel del terreno se dispuso al sur, inmediatamente frente al cuerpo central y los brazos oriental y occidental. Para nivelar este espacio se conformó una terraza, mediante la construcción de muros bajos de contención y la disposición de rellenos compuestos por piedras de campo, para luego ser sellados con un piso, al que luego se le superpuso otro en una aparente remodelación posterior.[30]Al norte de la plaza, en el extremo de la planta en ‘U’ del complejo, se dispusieron simétricamente y a ambos lados de un posible camino ceremonial, dos patios circulares hundidos inscritos en plataformas cuadrangulares y, algo más al norte, dos recintos cuadrangulares. Estas intervenciones corresponderían a las fases tardías del complejo, al igual que otros pozos circulares que se dispusieron al pie de la plataforma central y sobre la plataforma oriental (Burger y Salazar Burger 1992, fig. 2).

Nos parece relevante apreciar que, así como en el complejo de Cardal se pueden percibir ejes transversales (ibid.: 131), uno de los cuales estaría asociado a la evidente depresión correspondiente a un gran atrio en el brazo oriental, esta pirámide —que supera en altura y volumen al propio cuerpo central— se orienta mirando hacia el río y se “opone” al complejo de Manchay Bajo, ubicado en la margen opuesta. Coincidentemente también este último complejo presenta, en sentido contrapuesto, el brazo occidental con un volumen notablemente mayor, orientado hacia el río y el centro del valle y, por lo tanto, mirando hacia Cardal.

Si bien se han señalado similitudes y diferencias de Cardal con relación a los complejos en ‘U’ de los valles del Rímac y Chillón (ibid.), debemos advertir que en este caso notoriamente no existen rastros de estructuras correspondientes al vestíbulo cuadrangular, que tanta relevancia formal presenta en Garagay o La Florida, anteponiéndose a la escalinata central que conduce al atrio, y como elemento de transición entre la plaza y el atrio sobre la pirámide. Aparentemente, en este caso se accedía al atrio de la plataforma central directamente desde el nivel de la plaza, mediante una amplia y empinada escalinata de 6.5 m de ancho. El muro del frontis del atrio estaba antecedido por un rellano y, a ambos lados del vano de acceso central, presentaba simétricamente frisos en relieve con evidencias de pintura roja y blanca, formando bandas horizontales representando fauces con dientes entrecruzados y colmillos protuberantes, que remataban en labios abiertos hacia el acceso central. Este sería otro caso notable en que la arquitectura formativa de los espacios sagrados recibió un tratamiento zoomorfizado, al exhibir los atributos de un ser supranatural, tal como se observó anteriormente en el templo de Cerro Blanco de Nepeña.

Fig. 144. Cardal. Corte estratigráfico en el eje del atrio, con el registro de las superposiciones arquitectónicas (Burger y Salazar 1992: fig. 3).

A diferencia de Garagay, el interior del atrio de Cardal no presenta evidencias de decoración mural, ni pisos escalonados y su tratamiento es bastante austero, destacando además de las 3 escalinatas que debieron conducir hacia la cima y otros espacios rituales, la presencia de una cornisa sobresaliente y redondeada, que recorría el remate superior de los muros que delimitaban el atrio (ibid. fig.5). Una marcada semejanza con los demás complejos en ‘U’ estudiados, reside en la existencia de una serie de superposiciones arquitectónicas. En este caso se constató procesos sucesivos de relleno, asociados con la renovación de la arquitectura que comprometieron el recinto del atrio, el rellano de su frontis y la escalinata central de acceso. De esta manera se ha documentado la existencia de 4 escalinatas superpuestas, la superior asociada al atrio tardío, dos intermedias con el atrio medio y una escalinata en un nivel inferior aparentemente relacionada con un atrio de una fase temprana, sin que esto excluya la posibilidad de la presencia de un mayor número de remodelaciones arquitectónicas de fases más tempranas (ibid.: 127, fig.3).[31] Este proceso de sucesivas remodelaciones arquitectónicas también caracterizó al complejo de Mina Perdida, tal como se puede observar en el corte del montículo central, en la zona correspondiente al atrio y que permite constatar una secuencia de rellenos constructivos y de escalinatas superpuestas.

En Cardal, especial importancia tiene el hallazgo en las inmediaciones del lado sur del montículo central, es decir en la parte posterior del complejo, de construcciones rústicas asociadas a la deposición de basura que contenía restos de mariscos, pescados, mamíferos marinos, venados y aves, así como de ollas llanas y fragmentos de figurinas, lo que hace presumir que se trataría de estructuras domésticas. Estas presentan muros bajos de piedra, que pudieron ser complementados con construcciones elaboradas con materiales perecederos, a modo de quincha. Algunas de estas estructuras pudieron funcionar como viviendas, otras para facilitar el almacenamiento, o como espacios libres, a modo de patios, para desarrollar la preparación de los alimentos y otras actividades

productivas asociadas a las unidades domésticas. La ampliación en área de este tipo de excavaciones y el examen de otros posibles sectores anexos al complejo, podrían profundizar aún más el cono-

Fig. 145. Cardal. Vista de las excavaciones con la exposición de las escalinatas superpuestas que conducían hacia el atrio (Burger 1995: fig. 51).

Fig. 146. Reconstrucción hipotética del atrio correspondiente al Templo Medio (Burger y Salazar 1992: fig. 5).

cimiento de las características y modo de vida de los pobladores que estuvieron estrechamente vinculados con las actividades desplegabas en estos complejos (Burger 1993: 95-6; 1995: 72)

En el caso del valle de Lurín llama la atención la concentración de los complejos en ‘U’ en un sector del valle bajo y su aparente contemporaneidad. Así entre Cardal y Mina Perdida media una distancia de 5 km mientras que Manchay Bajo se encuentra frente y a la vista de Cardal, en la margen opuesta del valle, a poco más de 1 km de distancia (Burger 1992: 99). No entraremos aquí en mérito a las hipótesis que plantean la correspondencia de estos complejos con la presencia de distintas organizaciones comunales y la dificultad de adscribirlos a la presencia de una organización estatal.[32] A este propósito, distintos autores (Burger 1995, Ravines e Isbell 1975, Silva 1992) han planteado la dificultad de detectar en los valles la presencia de sitios formativos correspondientes a asentamientos aldeanos. Sin embargo,

esta realidad puede estar obliterada a causa tanto del posible empleo de materiales perecederos en este tipo de asentamientos, como por la ocurrencia de posteriores depósitos aluviales, el laboreo agrícola y la reciente expansión urbana. Una reveladora muestra, en este sentido, la proporciona el acucioso y metódico trabajo de rescate desarrollado en las excavaciones de las ladrilleras de Huachipa, una llanura aluvial en la margen derecha del Rímac y a unos 25 km del litoral. Lo que permitió a Palacios (1988) registrar en la zona la consistente presencia de asentamientos aldeanos e inclusive plantear su evidente relación con la edificación del cercano complejo en ‘U’ de San Antonio, a partir de la recurrente asociación de los materiales cerámicos registrados en ellos.

Por otra parte, en los tres valles de la comarca de Lima existe el registro de sitios tanto monumentales como no, que están ubicados en la parte media de estos y relativamente alejados del litoral, si bien algunos revelan importantes evidencias de la incorporación de recursos marinos en el consumo de las subsistencias. Tal es el caso de Huanchipuquio, Cocayalta, Pucará y Checta en el Chillón, entre 60 a 80 km del mar (Silva 1992, 1998); y de Malpaso, Chillaco y Palma en el de Lurín, a más de 50 km del mar (Burguer 1993, 1995). De otro lado, sitios formativos ubicados en el litoral, como Ancón y Curayacu, exhiben un amplio consumo de productos agrícolas provenientes de los valles. Estos datos permiten reconstruir un patrón de intercambio y articulación entre los asentamientos relacionados con la explotación de los recursos marinos, aquellos del valle bajo y los demás ubicados en el valle medio o chaupi yunga, ligados al desarrollo de la producción agrícola en distintas zonas ecológicas. Un marco sugerente para ahondar la investigación en torno a esta problemática, lo presenta Rostworowski (1989) documentando la existencia, en tiempos prehispánicos tardíos, de una aparente articulación y complementariedad “horizontal” existente entre comunidades de agricultores y pescadores en el territorio de los valles de la Costa Central peruana. Estos mecanismos de articulación y complementariedad, que supusieron determinados niveles de especialización productiva, pudieron tener sus tempranos antecedentes durante esta época.

Nos parece plausible suponer que en este sistema de articulación, los complejos en ‘U’ —ubicados preponderantemente en la parte baja de los valles hubieran tenido un papel clave, estableciéndose en zonas estratégicas de estos territorios, tanto por su posición intermedia entre el litoral y la parte media de los valles; como por su localización central respecto a las áreas agrícolas habilitadas en ese entonces, con el desarrollo inicial de sistemas de irrigación artificial. Así mismo, las actividades ceremoniales desplegadas en los complejos en ‘U’ debieron jugar un importante rol integrador y de cohesión social, imprescindible para la operación de estos mecanismos de articulación; al igual que debieron constituirse en un elemento dinamizador de la convocatoria y movilización social, tan necesaria para la realización de las obras públicas comprometidas con la producción agrícola o de las que correspondían a la propia erección de los centros ceremoniales.

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