Ciudad y Territorio de los Andes

Con seguridad el aspecto más sobresaliente de este período, lo constituye el surgimiento y difusión de una arquitectura de carácter monumental en la mayoría de los valles y cuencas de las regiones tanto costeras como altoandinas del norte y centro del Perú, aunque este fenómeno se proyecta también a los valles de la Costa Sur Central. Estos impresionantes templos se presentan conformando extensos complejos ceremoniales de gran envergadura y alto nivel de planeamiento. Pero es evidente también que este fenómeno no se presenta aislado, ya que se encuentra estrechamente aso-

ciado a la consistente presencia de asentamientos aldeanos que registran un considerable incremento en su número y extensión, así como cambios sustanciales en su forma de organización espacial.

A su vez, como consecuencia de la afirmación de lo que se ha definido como Revolución Neolítica,[6] existen claras evidencias que señalan el inicio de uno de los procesos más trascendentes que implicarán la paulatina modificación del paisaje natural. Nos referimos a la transformación de las características naturales de los valles, para generar en ellos zonas de producción que llevarán a la conformación de los valles agrícolas. Los instrumentos fundamentales para el desarrollo de estas transformaciones territoriales, más evidente en el caso de los valles costeros, están relacionados con la generación y despliegue de tecnologías de irrigación artificial. Este proceso está bastante bien documentado con el desarrollo de tempranos sistemas de canalización y riego, tal como se observa o infiere en los casos de Cumbemayo en la cuenca de Cajamarca, los valles de Jequetepeque (Eling 1987), Moche (Billman 1999), Virú (Willey 1953), Santa (Wilson 1988), y Chincha (Canziani 1992, Canziani y Del Aguila 1994). Este proceso comprende la modificación de los suelos del piso de los valles o la habilitación de aquellos que se ubican en algunas de sus quebradas laterales, generando tierras agrícolas que son progresivamente incorporadas a la producción.

Este fenómeno está asociado a un nuevo panorama en la distribución y localización de los sitios de ocupación. En algunos casos, como es el de Virú, se aprecia que la gran mayoría de los asentamientos (70%) se concentra en el cuello del valle, dándonos a entender que el grueso de la población del valle depende y está comprometida con la producción agrícola, concentrándose en la zona que ofrece las mejores condiciones hídricas y topográficas para establecer un sistema de irrigación con una tecnología relativamente simple (Willey 1953). En otros casos bastante diferentes, como es el de Chincha, se aprecia una alta concentración de los asentamientos en la parte baja del valle, si bien también una concentración algo menor se da en la parte media alta del mismo, donde se han registrado testimonios de los primeros canales de irrigación (Canziani 1992). En todo caso, de estas evidencias que registran el aumento del número de sitios en los distintos valles, se puede inferir un notable incremento poblacional, que como sostenía Childe (1982), es uno de los mejores indicadores del progreso social, en este caso asociado a la exitosa afirmación de la nueva economía agrícola.

Aparentemente este proceso sería —en términos arqueológicos— relativamente rápido y por lo tanto, negaría que se hubiera producido un tránsito lento y gradual hacia la economía agrícola, lo que se hubiera reflejado en una progresiva dispersión de los asentamientos aldeanos, ocupando el territorio de los valles desde la orilla del litoral

Fig. 66. Mapa de ubicación de los principales sitios del período Formativo. 1 Huaca Lucía,

  1. Morro Eten,
  2. Pacopampa,
  3. Udima,
  4. Purulén,
  5. Montegrande,
  6. Kunturwasi, 8 Huacaloma, 9 Cupisnique,
  7. Caballo Muerto,
  8. Punkurí,
  9. Cerro Blanco,
  10. Sechín Alto, Cerro Sechín,
  11. Moxeke,
  12. Las Aldas,
  13. Chavín de Huantar,
  14. Garagay, 18 La Florida,
  15. Cardal,
  16. Santa Rosa, Soto, Partida,
  17. Chongos,
  18. Paracas,

23Carhua,

  1. Chuchio,
  2. Cerrillos,
  3. Animas Altas, 27 Jauranga.

hasta alcanzar la parte media y alta de estos.[7][8] Más bien, las evidencias apuntan en casos como el de Virú, hacia un desarrollo en el cual en un determinado momento es notorio que el grueso de la población aparece asentada en aldeas agrícolas, que se concentran en las partes medias y altas de los valles. Aun en casos como el de Chincha, donde los cambios aparentemente no son tan radicales, se hace evidente que asistimos a la afirmación de nuevos patrones de asentamiento, donde además de los sitios aldeanos —muchas veces difíciles de localizar o poco estudiados— sobresalen las monumentales construcciones piramidales, que atestiguan la generosa inversión de los excedentes productivos asegurados por la nueva economía agrícola en este tipo de obras públicas.

Paralelamente, estos cambios sustantivos en los patrones de asentamiento vienen aparejados con una serie de importantes avances tecnológicos, como son aquellos relacionados con el manejo de los recursos agrícolas, la cerámica, el arte textil, la metalurgia, y el desarrollo de las técnicas constructivas. La afirmación y propagación de este novedoso e importante equipamiento técnico, revela en toda su amplitud el ejercicio de un creciente dominio sobre la naturaleza por parte de las poblaciones de las regiones involucradas, en mayor o menor grado, en este proceso.

Los avances registrados en el proceso de domesticación, con la extensión de los cultivos ya conocidos durante el Precerámico Tardío, la incorporación adicional de nuevos cultígenos y especialmente las evidencias de la difusión y adaptación de estos a distintos pisos ecológicos, dan una idea aproximada de la intensa propagación de recursos y conocimientos que se da entre distintas regiones durante esta época (Lumbreras 1981: 133-152). Dentro de este mismo proceso, los camélidos como la llama, cuyo aparente centro de domesticación se ubicaría entre la sierra

central y sur, comienzan a ser introducidos en la sierra norte, donde no habría mayores antecedentes acerca de la presencia de camélidos,3 y desde donde son aparentemente trasladados y adaptados a la vida en los territorios de las regiones costeras, es decir a un habitat radicalmente distinto del originario.

En cuanto se refiere a las manufacturas, la introducción de la cerámica (ca. 1800 a.C.) marca el inicio del período Formativo y es utilizada por consenso como un indicador fundamental en este sentido. La cerámica representa una importante innovación en cuanto se refiere a los patrones alimenticios, de almacenamiento e inclusive en los funerarios (Lanning 1967: 80). Efectivamente, la cerámica modifica y mejora sustancialmente los procesos de preparación de alimentos e inclusive de bebidas como la chicha, permitiendo además su empleo como vajilla para el consumo de estos; puede ser utilizada para almacenar agua u otros líquidos, granos o alimentos procesados para su conservación. Además de sus obvias repercusiones en la salubridad y mejora alimenticia, que debieron redundar en la calidad de vida y el crecimiento poblacional, debió tener también importantes implicancias en los patrones de asentamiento. Este es el caso de la localización de sitios que, por determinadas circunstancias o por los requerimientos del manejo de ciertos recursos, debieran establecerse relativamente lejanos de fuentes de agua, ya sea dentro de los valles o inclusive a decenas de kilómetros de estos, en zonas absolutamente desérticas,[9] ya que gracias a la cerámica dispusieron de facilidades para almacenar y transportar hasta allí los recursos vitales para la subsistencia de sus ocupantes y el desarrollo de sus diversas actividades, para lo cual la creciente disponibilidad de la llama como animal de carga debió ser un factor nada despreciable. [10]

Fig. 67. Valle hipotético con el inicio de la transformación agrícola mediante el desarrollo de sistemas de irrigación en el cuello del valle

(Canziani).

A su vez la cerámica, más allá de los requerimientos funcionales que dan lugar al desarrollo de una amplia gama de formas, representará en los Andes Centrales un medio extraordinario para la expresión artística, constituyendo con los textiles el soporte privilegiado para la representación estilizada de elementos de la naturaleza y, especialmente, de los dioses y seres mitológicos sobrenaturales que poblaban el universo ritual y religioso de estas sociedades. Esta vajilla fina que manifiesta una gran variedad de estilos decorativos, aparentemente será de uso reservado para los grupos sociales de cierto status o estará relacionada con actividades rituales, encontrándose asociada recurrentemente a ofrendas o en calidad de ajuar funerario.

Algo similar acontece con los textiles, donde la innovación representada por la introducción del telar se impone, permitiendo no solamente una intensificación de la producción, sino también desplegar nuevas tecnologías y recursos estéticos. En cuanto a la metalurgia, prácticamente desconocida durante el Precerámico, también presenta importantes avances con la presencia de pequeños utensilios o adornos de cobre y la aparición de extraordinarios ornamentos de oro, mayormente trabajados con la técnica del laminado y repujado, como son los hallados en Chongoyape, Lambayeque (Lechtman et al. 1976) y recientemente en Kunturwasi, Cajamarca (Kato 1994), donde formaban parte de un extraordinario ajuar funerario de personajes sepultados en las tumbas halladas en este templo.

Aun cuando examinaremos este aspecto al tratar los monumentos arquitectónicos más representativos, es importante señalar aquí las innovaciones en el campo de la tecnología de la construcción, ya que tanto en el manejo de la piedra como en el del barro —los materiales mayormente empleados en las construcciones del mundo andino— se registran importantes avances. En las edificaciones de piedra se aprecia entre los materiales constructivos la presencia de piedras canteadas y labradas, lo que indica que determinadas canteras fueron seleccionadas por el tipo y calidad de sus materiales, aunque algunas de estas se encontraran relativamente lejanas con relación a las obras de construcción, para extraer desde allí bloques de grandes dimensiones y notable peso. También se trabajaron bloques aplicando decoración escultórica en relieve en sus caras, cuando estos se destinaban al acabado de los paramentos de los templos, bajo la forma de estelas, zócalos o cornisas; así también en ciertos elementos arquitectónicos que componían portadas monumentales, tales como columnas, pilares y dinteles, o en otros componentes que constituían hitos o rasgos relevantes de la arquitectura ceremonial, con el tratamiento de formas escultóricas tridimensionales, como son las huancas, los obeliscos, las cabezas clavas, o esculturas sobrecogedoras como el célebre “Lanzón” de Chavín, enclavado en el núcleo central de las galerías subterráneas del Viejo Templo.

Si bien, como se verá, el manejo de la piedra no es ajeno a la arquitectura monumental costeña, evidentemente el barro tuvo desde esta época un papel privilegiado en las edificaciones de carácter público de estas regiones. Efectivamente, la incorporación del barro en cuanto material constructivo se presenta dando forma inicial a distintos tipos de adobes. A su vez, estos tipos de adobes se disponían en diversas formas de aparejo, para resolver tanto el relleno de los colosales volúmenes masivos de las plataformas de los montículos piramidales; la construcción de los muros de contención de las plataformas o los muros portantes de las edificaciones; e inclusive para conformar extraordinarias columnas y pilares. Pero el barro también fue utilizado magistralmente para modelar frisos, relieves figurativos o para dar vida a sorprendentes representaciones escultóricas con imágenes de bulto, tales como las descubiertas por el Dr. Julio C. Tello (1956) en los templos de Moxeke, Cerro Blanco y Punkurí en los valles de Casma y Nepeña.

Además de las sobresalientes técnicas constructivas que se despliegan para erigir las edificaciones monumentales, las propias características funcionales y formales hablan claramente de un proceso de especialización que debió involucrar también a quienes se desempeñaban como arquitectos y planificadores de estas imponentes obras públicas, además de aquellos operarios y artistas especializados en el desempeño de una serie de oficios y artes comprometidas con los distintos rubros de la construcción, acabado y decoración de este tipo de edificaciones.

Fig. 68. Mapa de distribución de sitios del Formativo superior en el valle de Virú (redibujado de Willey 1953 en Canziani 1989).

En resumen, el período Formativo representa una época en la que se inicia un intenso proceso de especialización productiva, que concierne fundamentalmente la solución de una serie de retos planteados simultáneamente por la afirmación de la nueva economía agrícola y los nuevos requerimientos sociales. En el consecuente proceso de división social del trabajo, se sustenta una emergente diferenciación social que tiene como protagonistas centrales a aquellos especialistas que resuelven los aspectos críticos para la reproducción del sistema económico y social, como son, la conducción del desarrollo, mantenimiento y administración de los sistemas de irrigación; la planificación y construcción de las obras públicas; la convocatoria y organización de la fuerza de trabajo participante en la ejecución de estas; la calendarización de las actividades agrícolas y el desarrollo de las actividades rituales que aseguraban el sustento ideológico del sistema en sí, y especialmente de las relaciones de reciprocidad asimétrica que se sustentaban en la autoridad y el ejercicio del poder por parte de este sector social que asumiría un dominio de tipo teocrático (Lumbreras 1987, 1994). Si además de estos argumentos, se aprecia el proceso en la perspectiva de su futura evolución, con la indudable presencia de los estados teocráticos que dominarán la escena de la posterior época de los Desarrollos Regionales Tempranos, es factible suponer que ya durante el Formativo se produjera la aparición de formaciones sociales de un incipiente carácter estatal.

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