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  1. La parte final de la aguda observación del cronista Cieza de León (1984: 253) a propósito de las ciudades y monumentos que observa ya arruinados, en este caso refiriéndose a la ciudad Inka de Vilcashuamán, nos propone un componente fundamental del quehacer arqueológico y en especial de la historiografía de la arquitectura y el urbanismo, donde debemos tanto deducir el grado de destrucción o alteración que estos han sufrido a partir de su condición actual —es decir lo que Cieza enuncia como “fue lo que no es”— y al mismo tiempo, como a partir de lo existente, debemos construir una serie de inferencias que nos permitan aproximarnos a propuestas reconstructivas de sus características originales, es decir “por lo que es juzgamos lo que fue” en palabras de Cieza.
  2. Para graficar estas relaciones de correspondencia, podemos utilizar como ejemplo la formación económico social de los cazadores recolectores, a la cual en términos generales corresponde como forma de asentamiento el establecimiento provisional o momentáneo, y el nomadismo o la trashumancia territorial. Mientras que, de manera concreta, esta formación social de cazadores recolectores se manifiesta en múltiples y diversos modos de vida, desde los Innuit o esquimales del Ártico, a los Selk’ nam, Yámana y Alacaluf del extremo austral de América (Chapman 1998), pasando por las comunidades nativas de la Amazonia, o de los bosquimanos del Kalahari en África, los Semang y Sakai de las selvas de Malasia, etc. si nos desplazamos a otros continentes (Forde 1966). Donde se puede comprobar como cada unos de estos modos de vida bastante distintos entre sí, a su vez manifiestan su singularidad en patrones de asentamiento con características propias que los hacen diferentes.
  3. Desde la antropología y la arqueología se ha reconocido en el Área Andina de Sur América distintas áreas de integración económico-social. Entre estas, el Área de los Andes Centrales corresponde a los territorios que van desde el desierto de Sechura y la sierra de Piura por el norte, hasta el nudo de Vilcanota y Arequipa por el sur (Lumbreras 1981).
  4. El Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO, comprende bajo el concepto de Paisajes Culturales una diversidad de obras que combinan el trabajo del hombre y la naturaleza. En un paisaje cultural se manifiesta de forma singular la interacción entre la sociedad y su ambiente natural, y su conservación contribuye a la biodiversidad y a la sostenibilidad del desarrollo territorial, destacando los valores naturales presentes en el paisaje.
  5. . Rick propone la tesis del sedentarismo o, en todo caso, la permanencia de las bandas por largas temporadas, al advertir que los recursos de caza en la puna estaban garantizados todo el año; respaldado también por las evidencias en las capas de ocupación del sitio de Pachamachay, donde además encuentra restos de estructuras a modo de rudimentarias viviendas. Esta hipótesis se sustenta también en la asunción que, para bandas numéricamente pequeñas y con un limitado nivel de desarrollo organizativo, es preferible una estrategia especializada en la apropiación de ciertos recursos, que una amplia y diversificada que implicaría una alta inversión en largos y dificultosos desplazamientos (Rick 1988: 40).
  6. Se entiende por Revolución Neolítica un proceso combinado en el que se transita hacia el desarrollo inicial de una economía en la que prima la capacidad social de reproducir las plantas y animales, asegurando las subsistencias sin depender de la provisión natural de recursos. En este proceso convergen de forma interdependiente la domesticación de plantas y animales, su adaptación a climas y suelos distintos de los originarios; la generación de los correspondientes instrumentos y medios de producción, además de la afirmación de nuevas relaciones sociales de producción. En términos territoriales, este proceso comporta sustanciales modificaciones en el paisaje natural (Childe 1982, Lumbreras 1987).
  7. Moseley (1975: 119) sostiene, por ejemplo, que la agricultura de irrigación sería una respuesta dada por parte de una “autoridad corporativa” a sus nuevos requerimientos de poder que le habrían sido negados por la economía marítima. Williams (1981: 375-380, fig. 1.4) por su parte, aplica una tesis en la que el crecimiento vegetativo de la población generaría la progresiva subdivisión de las aldeas localizadas en el litoral, produciéndose así un fenómeno en cadena que conduciría a la paulatina ocupación del territorio de los valles, desde las zonas próximas al mar hacia el interior de los mismos.
  8. Ver al respecto los cambios verificados en Cajamarca con relación a los patrones de subsistencia entre el período Huacaloma (alta incidencia de la caza de venados) y el período Layzón (creciente importancia de las llamas) (M. ShimadaShimada 1985: fig. 1).
  9. Como lo atestiguan casos como el de Las Aldas unos 20 km. al sur del valle de Casma; posiblemente Ancón unos 10 km al norte del valle de Chillón; El Chuchio y Carhua a decenas de kilómetros de Paracas o del valle de Ica, entre otros.
  10. Una importante evidencia a este propósito y para tiempos aun más tempranos, la proporciona el sitio precerámico de Los Gavilanes (ver Cap. 3), donde se documentó el empleo de hatos de llamas para el transporte de las cosechas de maíz a los depósitos localizados en los márgenes desérticos del valle de Huarmey (Bonavia 1982).
  11. Ver a este propósito Childe (1982), Frankfort (1951) y Redman (1990) para los casos de Egipto y Sumer; Piggot (1966) para el valle del Indo; Vaillant (1980), Blanton et al. (1997) para Mesoamérica; y Lumbreras (1981) para los Andes Centrales.
  12. Examinando las características procesales que en los Andes Centrales asume el tránsito de la forma de vida neolítica a la formación urbana y el estado, Lumbreras (1981: 169-96) propone la existencia de áreas o zonas de integración. Una probable zona de integración comprendería la costa y sierra norte, en la cual interactuarían transversalmente Cupisnique y Pacopampa / Cajamarca, recibiendo influencias tanto de la región del Guayas (Ecuador) por el curso del Marañón, como desde Chavín. Una zona de integración central relacionaría la vertiente oriental de los Andes (Kotosh-Mito), la Costa Norcentral (Casma y Nepeña) y Central (Ancón y Lima), teniendo como centro a Chavín. Mucho más al sur, una zona meridional de integración comprometería la región circumlacustre del Titicaca. Dentro de este esquema, podría plantearse la existencia de una zona de integración surcentral, en torno a Paracas y su relación con la serranía de Ayacucho y el Mantaro, que abría jugado un papel articulador entre la zona central y meridional (Ver gráfico).
  13. Es preciso advertir que la existencia de muchos sitios tempranos, especialmente de aquellos que se encuentran en la parte baja y en el piso de los valles, difícilmente puede ser detectada en superficie al encontrarse ocultos bajo depósitos aluviales posteriores o haber sido afectados por las labores agrícolas desarrolladas en estos suelos, sobre todo a partir de la introducción de la mecanización, tal como se señala en diversos estudios dedicados al análisis de los patrones de asentamiento (Willey 1953, Wilson 1988, Canziani 1993).
  14. Algunos estudiosos del tema plantean la correspondencia del Guañape Medio y Tardío, definido en Virú, con el Cupisnique definido por Larco en el valle de Chicama (Mujica 1984: 13)
  15. Este constituye uno de los rasgos característicos compartidos por los monumentos arquitectónicos formativos de la Sierra y Costa Norte y de la Costa Nor Central, es decir, desde Cajamarca y Lambayeque hasta Casma.
  16. Es status jerárquico de los ocupantes de las tumbas de Kuntur Wasi, sería corroborado también por la especial ubicación de estos enterramientos en la arquitectura ceremonial, cual es el atrio de la plataforma central correspondiente a la fase Idolo.
  17. De acuerdo a los datos de Huacaloma, en los períodos tempranos se tendría un alto consumo de cérvidos y escaso de camélidos, esta distancia aminoraría en el Huacaloma Tardío, para luego revertirse dramáticamente en el período Layzón, donde decaería sustancialmente el consumo de cérvidos y sería mayoritario el de camélidos (M. ShimadaShimada 1985). Esta tendencia es totalmente plausible si se supone que los camélidos domésticos fueron introducidos a la región desde la sierra central. Sin embargo, es preciso advertir que estas tendencias en la composición de las subsistencias podrían haber sido acentuadas por el cambio de función del sitio de Huacaloma de ceremonial a habitacional, si se diera el caso, por ejemplo, de que el consumo de cérvidos estuviera asociado a fines rituales durante las fases tempranas.
  18. Como se ha visto en el capítulo anterior, estos pozos ceremoniales hundidos presentan de manera recurrente dos escalinatas contrapuestas —alineadas con el eje principal de los complejos —cuyos lados son convergentes hacia el centro del circulo,
  19. Estos ejes son consistentes en su orientación, siendo dominante en los complejos del valle de Sechín (Sechín Alto, Taukachi, Sechín Bajo) de 32º NE; mientras que en los del Casma (Moxeke, La Cantina) es de 41º NE.
  20. En casos tan sobresalientes como Moxeke, se puede advertir que el manejo del lenguaje arquitectónico y urbanístico es bidireccional. Es decir no solamente la edificación piramidal estuvo diseñada para la exaltación de los rituales que sobre esta se desarrollaban y lograr un sobrecogedor impacto entre quienes eran convocados a asistir a estos desde las plazas y otros espacios públicos; también podemos colocarnos virtualmente en la posición de quienes desde lo alto de la pirámide oficiaban los rituales y contemplaban el orden establecido, plasmado en la espectacular perspectiva urbana de las enormes plazas alineadas y flanqueadas por los montículos y edificios públicos, y que culminaba a una considerable distancia en la imponente mole de la Huaca A. Esta impresionante visión por cierto debió contribuir a legitimar, ante sí mismas, el enorme poder ejercido por las clases dominantes, en cuanto debieron asumirse portadoras de una cosmología capaz de imponer un orden social, materializado en el ordenamiento urbano que se afirma en el paisaje y la naturaleza indómita del valle.
  21. El ordenamiento dual de Moxeke Pampa de las Llamas, donde se podría estar manifestando la configuración de una especial diferenciación y complementariedad, entre las actividades ceremoniales y seculares desplegadas por parte de la elite urbana, representaría así un temprano antecedente de la organización que se hipotetiza para asentamientos urbanos más tardíos, como es el caso de las Huacas del Sol y la Luna para Moche.
  22. Sobre la base de estas evidencias, que expresan una evidente diferenciación funcional, se ha propuesto que este sector del complejo operaba como un “palacio residencial”, con una zona dedicada a actividades públicas, posiblemente para el almacenamiento y la recepción de visitantes; mientras la sección al oeste habría estado destinada a funciones residenciales y a actividades domésticas (Pozorski y Pozorski 2000). Por cierto la hipótesis es muy sugerente, sin embargo debemos asumirla con cautela ya que la simple preparación de alimentos no es necesaria evidencia “domestica” o residencial y bien podría tratarse de ambientes dedicados a actividades de servicio de las desarrolladas en los ambientes principales, de lo que podría resultar un ámbito íntegramente público para la edificación.
  23. El enterramiento excavado por Tello en 1933, correspondía a un individuo de sexo femenino, cuyos huesos se encontraban cubiertos con pigmento rojo, y que estaba adornado con una gran cantidad de cuentas de turquesa, además de estar asociado a un mortero decorado con el estilo clásico de Chavín, un strombus, dos spondylus, caracoles terrestres y huesos de cuy y ave (Tello 1967: 68; Vega Centeno 1999: 6).
  24. Esta dimensiones aproximadas las hemos establecido tentativamente, a partir de las mediciones registradas para las portadas y el grosor de las murallas por Fung y Pimentel (1973: fig. 2), y proyectándolas a la escala de la planta de la edificación en las fotos aéreas disponibles.
  25. Hay que destacar que además de los recorridos laberínticos, se explotó los sucesivos e intensos contrastes lumínicos entre los soleados paramentos exteriores, las oscuras galerías techadas de los accesos, que terminaban enfrentadas nuevamente a la luminosidad de los muros de cierre, aumentando la sensación de desconcierto y temor de quienes se atrevieran a transponerlos. Este efecto debió ser acentuado al encontrarse los accesos en posiciones desfasadas, y al variar sus formas de recorrido laberíntico de muralla a muralla.
  26. Entre estos podríamos citar el desarrollo de plataformas piramidales, el ordenamiento axial y el manejo de la planta en “U”, el despliegue espacial de terrazas, plazas circulares y cuadrangulares hundidas, conectadas mediante escalinatas que demarcan los ejes de la organización espacial, la conformación de atrios con portadas integradas por columnatas y dinteles, la decoración de los paramentos con motivos escultóricos y relieves, etc.
  27. Recientes excavaciones conducidas por J. Rick han documentado en esta galería un conjunto de caracolas de Strombus, modificadas para servir de instrumentos de viento conocidos como pututo y que, en algunos casos, exhiben decoración grabada en sus superficies. Este conjunto de artefactos , depositados en esta galería, aparentemente representaron el elemento central de una ofrenda ritual que debió de tener una connotación muy especial (Rick com. verbal 2001).
  28. La existencia de superposiciones arquitectónicas fue inicialmente advertida por el Dr. Julio C Tello (1960), luego fueron sistematizadas en una interesante propuesta por John H. Rowe (1962, 1967) quien las relacionó con la secuencia planteada para la evolución estilística de las piedras labradas. Recientemente, esta secuencia ha sido revisada y puesta en discusión por el equipo de investigadores dirigido por John Rick (Rick et al. 1998).
  29. Esta configuración en “U” del Templo Nuevo donde la plataforma (E) al sureste es exenta, es decir que se dispone libre de adosamientos con relación al cuerpo central o a las terrazas asociadas a este, es bastante semejante a la organización de muchos complejos costeños de la época (tales como Cerro Blanco en Nepeña, Huacoy, Garagay y Cardal en la comarca de Lima).
  30. Las evidencias de estructuras presentes en la plaza, como las propias características estratigráficas de sus suelos y la ausencia de restos de canales, descartarían la hipótesis de Williams (1980) que proponía que estos espacios estuvieran dedicados al cultivo, constituyendo una suerte de “chacras sagradas”.
  31. Resulta pertinente notar que ciertos estudiosos se han centrado en la concepción del “enterramiento ritual”, sin asumir éste como una consecuencia lógica de la regeneración del templo, en cuanto actividad sustancial y determinante en estos singulares eventos de remodelación (Uceda y Canziani 1998). Esta diferente concepción –que puede parecer intrascendente a primera vistase percibe en toda su magnitud cuando se llama la atención de que la construcción final de Cardal (el templo tardío) “…no fue enterrada ritualmente” y este argumento se trae a colación para reforzar la idea de “…una gran desarticulación en la organización social que se produjo a fines del Período Inicial” (Burger y Salazar Burger 1992: 130, 134). En todo caso cabe señalar que, al finalizar su larga historia, lo que se abandona no es la tradición de “enterrarlo ritualmente” sino al templo como tal, en la expresión última de sus recurrentes renovaciones.
  32. Al respecto se señalan una serie de aspectos inexistentes: “…una capital con su propio territorio; …la multitud de asentamientos pequeños y medianos que son la base de la economía estatal, tales como sitios administrativos de nivel inferior; …la ausencia de artefactos que hubieran servido de indicadores de jerarquías.” (Burger 1993: 100). Evidentemente, algunos de estos rasgos podrían expresar la plena y definida presencia de una organización estatal, sin embargo en este caso deberíamos esforzarnos por entender que la problemática que se nos presenta está referida mas bien al incipiente proceso de formación de la organización estatal y, al hacerlo, estamos obligados a ampliar nuestro espectro de evidencias a las manifestaciones de acelerados y profundos cambios que se advierten durante el período en los Andes Centrales, especialmente en sus regiones Norte y Central, y a partir de los cuales se puede inferir la presencia de entidades políticas.
  33. Muchos estudiosos, siguiendo la secuencia establecida por Rowe, adscriben cronológicamente el período Cavernas al Horizonte Temprano y el Necrópolis con las primeras fases del Intermedio Temprano, si bien los fechados al respecto siguen siendo discutibles (Paul 1991). Pero aun si se corrobora que el fenómeno Paracas presenta este desfase temporal, con relación a los procesos que se desarrollaron en la Costa Norte y Central, pensamos que es preferible para su mejor comprensión considerar que este en su integridad corresponde al período Formativo, por las características que asume el proceso y la formación social presente (Lumbreras 1969, 1981).
  34. Esta especialización productiva no solamente se expresa con el florecimiento de las ricas tradiciones del arte textil y la cerámica, si no que también trasciende de la evidencia del tráfico de recursos exóticos como la obsidiana, pieles de vicuña, conchas de Spondylus, plumas de aves amazónicas (Tello y Mejía 1979); el aparente manejo de conocimientos de hidráulica para el desarrollo de la irrigación artificial, la planificación y construcción de los complejos monumentales, por citar tan sólo algunos aspectos que se pueden inferir a partir del examen de sus restos materiales.
  35. Posteriormente, investigadores norteamericanos identificaron una cultura que denominaron como “Topará” (Lanning 1967). Si bien esto significó un aporte apreciable —con el planteamiento de una secuencia fina de distintas fases en sus estilos cerámicos— al corresponder esta cultura en gran parte con lo que Tello definió como Necrópolis, también ha contribuido a dificultar nuestra comprensión de lo Paracas, especialmente cuando se considera a Topará un fenómeno distinto e inclusive una formación social diferente que, supuestamente, habría introducido desde el norte de la región la arquitectura monumental en el valle de Chincha (Silverman 1991, Wallace 1985, 1986).
  36. No es casual que los sitios de Wari Kayan y Arena Blanca o Cabezas Largas, fueran denominados por Tello como Núcleos Habitacionales (Tello y Mejía 1959).
  37. Además de la mejor conservación, que podría ser un factor circunstancial, estos complejos presentan generalmente adobes en forma de “grano de maíz” o de “cuña” moldeados a mano con formas y aparejos relativamente regulares (Canziani 1992); mientras que las edificaciones piramidales que podrían ser más tempranas (Cavernas) —además de que aparentemente no conformaron complejos— combinan el empleo de los adobes con el de cantos rodados y de “terrones” de barro. De otro lado, la cerámica de superficie puede en algunos casos ser consistente con determinado período de ocupación (Cavernas en Huaca Santa Rosa y La Cumbe); pero en otros es sumamente escasa para, por sí sola, constituir un diagnóstico confiable (Huaca Alvarado, Huaca Limay, Huaca Partida); además algunos sitios, presumiblemente Necrópolis o Topará (como Soto) no excluyen entre los escasos tiestos de superficie la presencia de cerámica Cavernas. Evidentemente, la problemática relacionada con la evolución de esta tradición arquitectónica y la ubicación cronológica de sus principales expresiones, no podrá ser del todo resuelta mientras no se realicen excavaciones estratigráficas en los sitios mencionados.
  38. Estos datos desvirtúan el planteamiento de Wallace (1985, 1986) en el sentido que esta tradición arquitectónica correspondería a Topará y sería introducida desde valles al Norte de Chincha como Cañete. Los antecedentes tempranos de esta tradición, aunque no necesariamente los iniciales, se encuentran en los sitios aparentemente afiliados a Paracas Cavernas, y en su posterior evolución mantendría los rasgos característicos observados en los complejos aparentemente más tardíos (Necrópolis o Topará). De otro lado, no se conocen casos publicados de arquitectura monumental formativa en el valle de Cañete y sus posibles similitudes con la reportada en el valle de Chincha.
  39. En estos sitios se ha documentado la presencia de algunos montículos pequeños, aparentemente afiliados a Paracas Cavernas, mientras que la cerámica de superficie señalaría una continuidad de ocupación durante las fases finales del Formativo (Necrópolis o Topará), hasta las fases iniciales de los Desarrollos Regionales (fase Carmen).
  40. Anteriormente, hemos discutido críticamente el planteamiento de que este tipo de asentamientos pudiera corresponder a un “desarrollo temprano del urbanismo” propio de la Costa Sur (Rowe 1963, Wallace 1971, 1986) dado que, a nuestro entender, sería más bien en los complejos piramidales del valle bajo donde se encontraría la expresión inicial del surgimiento del urbanismo en el valle (Canziani 1992: 113-116).
  41. La evidencia en cuestión lleva a plantear claramente la existencia de una superposición cultural, si bien Peters (1988) no descarta una posible coexistencia “horizontal” entre las gentes de Paracas (Cavernas) y Topará (Necrópolis) entendidas -siguiendo los discutibles planteamientos de Lanning y Wallace- como dos tradiciones distintas, donde supuestamente la segunda sería intrusiva desde el norte de la región.
  42. Pareciera que la concentración de estudios arqueológicos sobre lo Paracas en el valle de Ica —donde destaca su corpus cerámico- ha conducido a muchos investigadores a traducir la innegable importancia de este componente de la cultura material, con sus posibles implicancias en los términos de las formaciones sociales, llevándolos a sobredimensionar los niveles de organización social existentes, planteando la presencia de entidades políticas unificadoras en Ica que habrían ejercido su autoridad central a partir de sitios como Animas Altas, considerados como “capitales” regionales (Massey 1991). En contra partida, esto parece haber conducido a sub valuar la relevancia del valle de Chincha, el único donde se aprecia el desarrollo de asentamientos Paracas conformados por grandes complejos, que revelan el despliegue de una formidable arquitectura pública monumental. Si consideramos que la formación estatal va aparejada desde sus inicios con el desarrollo del urbanismo, suponemos que la principal expresión de esta forma de organización social debería de haber tenido lugar en este último valle (Canziani 1992, 1993).
  43. Las hoyas de Villacurí y de Lanchas, recónditos oasis en los áridos llanos entre los valles de Ica y Pisco (Soldi 1982: 49-66), podrían haber servido como puntos de escala en estas tempranas travesías por el desierto. Se puede suponer, inclusive, que en algunas de estas hoyas se hubiese iniciado su manejo con fines agrícolas, mediante el aprovechamiento de la napa freática relativamente superficial presente en estas pampas.
  44. En el sitio de Chuchio se puede apreciar montículos formados cuasi exclusivamente por enormes acumulaciones de conchas de macha (Mesodesma donacium), prácticamente libres de ceniza o cualquier otro material de deshecho, lo que señalaría el consumo compulsivo de estos moluscos, propio del proceso destinado a su secado y salado para su conservación. Este dato apunta a señalar la actividad intensamente especializada de estos pescadores y sus estrechos nexos con el grueso de la población asentada en los valles, lo que habría posibilitado tanto la vital provisión de sus subsistencias, como la articulación de la distribución de los productos marinos para su consumo dentro de los mismos valles o inclusive, en el marco de un intercambio de mayor escala, hacia las regiones altoandinas de Ayacucho y Huancavelica, desde donde proviene –es preciso recordarlo- la lana de camélidos para la industria textil y la obsidiana frecuentemente empleada por los paracas, inclusive en los sitios del litoral.
  45. Los camélidos sudamericanos no fueron ajenos a los Paracas, como se puede comprobar del manejo de sus fibras, cueros y otros elementos incorporados en las ofrendas funerarias de las necrópolis, al igual que de su representación relativamente frecuente en la decoración de sus textiles (Tello 1959: fig. 68, Tello y Mejía 1979, Peters 1991: 280).
  46. Se les denomina centros urbano teocráticos, porque en ellos se expresa claramente el ejercicio del poder por parte de los sacerdotes, lo que se manifiesta de modo patente en el volumen dominante de las principales edificaciones ceremoniales con relación a las demás estructuras urbanas.
  47. La evolución de la forma de los adobes, que culmina con la generación de adobes paralelepípedos rectangulares elaborados con molde, permite inferir la mejora de una serie de aspectos de la tecnología constructiva, entre los que destacan: la masificación y aceleración de la producción de los materiales constructivos; la estandarización de las dimensiones de los adobes permite, a su vez, el cálculo y la estimación de los materiales y de la mano de obra requeridos para un determinado volumen o segmento de la obra a ejecutar; así como una mayor solidez estructural, lograda mediante el desarrollo de aparejos trabados.
  48. Como se verá más adelante, esta situación solamente de revierte durante aquellos períodos donde la presencia de Estados expansivos de carácter imperial —como Wari y el de los Incas— implantan el desarrollo urbano en extensas regiones e, inclusive, aplican la planificación urbana como una estrategia fundamental para el control territorial y poblacional.
  49. Ver al respecto, las tesis esgrimidas con diferentes matices por Service (1984); Wallace (1986); Bonavia (1991, 1998); Shimada (1994); y Bawden (1999).
  50. El área de mayor concentración de montículos, y que reúne a aquellos que presentan edificios piramidales y evidencias de arquitectura monumental, ocupa una extensión de unas 200 Ha. Sin embargo, no está del todo claro si la ocupación poblacional estuvo limitada exclusivamente al área de los montículos —de lo que resultaría una baja densidad de ocupación— o si es que también comprometió las áreas anexas a estos hoy cubierta por campos de cultivo.
  51. Diversos autores han citado la estimación de Bennett (1950: 68) acerca de la existencia de unos 30,000 cuartos en el Grupo Gallinazo durante la fase tardía de su ocupación, sin advertir que esta es el resultado de una discutible proyección, en la cual se ha procedido a dividir el área total de los 8 principales sitios del complejo (126,700 m2) entre el área promedio de los cuartos excavados (2.5 x 1.65 m. = 4.12 m2). No subestimamos la posible población concentrada en el Grupo Gallinazo, pero es bueno señalar que en esta estimación es particularmente discutible la asunción de que todas las estructuras corresponderían a “cuartos”, dejando tácitamente implícito que tuvieran una función habitacional, cuando buena parte de estas estructuras también correspondieron a corredores, patios o terrazas. Además, el evidente carácter público de muchos de estos recintos, excluiría o limitaría su hipotético uso residencial.
  52. El Proyecto Chavimochic, ha permitido derivar aguas del generoso río Santa, el de mayor caudal de la costa peruana, y con ellas irrigar grandes extensiones eriazas e incrementar sustancialmente la disponibilidad de agua de regadío en los valles que interconecta, como son los de Chao, Virú, Moche y Chicama. Creemos que, a diferencia de otras obras modernas -como las represas y embalses que han demostrado una discutible utilidad y una seria limitación en la proyección de su tiempo de operatividaden este caso se ha sabido retomar la esencia de una antigua tecnología de irrigación artificial, que ha dado amplias muestras de su probado éxito en cuanto a eficiencia y sostenibilidad.
  53. Tal como se expresa ampliamente en las representaciones iconográficas y se constata en una serie de hallazgos arqueológicos, todo indicaría que los Moche habrían innovado y desarrollado nuevas armas y otros instrumentos de combate, revolucionando las técnicas propias del arte de la guerra en el contexto histórico de la época. Este fenómeno se manifiesta con la presencia de un conjunto de efectivas armas de ataque, como son: porras, cuchillos, lanzas o jabalinas, estólicas y dardos; así como de eficaces elementos de defensa cuales son: escudos, cascos, protectores coxales y petos.
  54. Muchos de los principales sitios Moche están estrechamente relacionados con grandes cerros y emplazados bajo la silueta protectora de los mismos, tal es el caso de Pampa Grande en Lambayeque, Mocollope en Chicama, el propio sitio de Moche, Huancaco en el valle de Virú e inclusive el sitio de Pañamarca en Nepeña, que se asienta sobre un afloramiento rocoso existente en el piso del valle, presentando un manejo especial de este entorno. De otro lado, la cultura moche documenta un amplio repertorio iconográfico relacionado con representaciones que parecen corresponder al sacrificio por despeñamiento desde la cima de determinados cerros.
  55. Esta observación es cierta considerando la destrucción de la plataforma superior de la edificación piramidal de la última fase, y de la cual tan sólo se conserva parte del flanco del lado Este. Sin embargo, haciendo una analogía con los métodos de investigación empleados en las superposiciones arquitectónicas de Huaca de la Luna, no es de descartar que en el futuro se puedan dar a conocer estructuras de edificaciones de las fases previas en correspondencia con este sector, al igual que en otros sectores del monumento, lo que permitiría aproximarnos a las características formales y funcionales que habrían tenido estos espacios arquitectónicos de la Huaca del Sol en las fase tempranas.
  56. El fechado temprano de estas estructuras estaría confirmado por su asociación con el hallazgo de una tumba de cámara, correspondiente a un personaje de elite con un importante ajuar funerario de la fase Moche II (Herrera y Chauchat 2003).
  57. Actividades de esta naturaleza se han documentado para la Costa Norte en complejos tardíos, como es el caso de las llamadas “ciudadelas” de Chanchán, donde las plazas y los patios principales –que tenían ambientes anexos de cocina- eran aparentemente espacios donde se realizaban rituales de distinta índole, inclusive funerarios, y donde se consumía chicha y posiblemente algunos alimentos.
  58. Lo contrario acontecería con relación al moche norteño, ya que en la plataforma funeraria de Sipán (Lambayeque) aparentemente asociada al Moche Medio, se aprecia una consistente práctica de la tradición del marcado de los adobes, donde sistemáticamente casi todos los adobes son signados en las distintas secciones con sendas marcas, disponiéndose los adobes en el aparejo de relleno con la cara marcada hacia arriba. (Susana Meneses 1987: com. pers.; Alva y Donnan 1993: 43-44).
  59. En este caso, el escalonado horizontal del frontis da paso a un volumen de sección triangular, cuya hipotenusa corresponde a la superficie ascendente de la rampa adosada a la plataforma. Por lo tanto, en vez de los paneles rectangulares que decoran los escalones horizontales, en este sector el tratamiento del paramento ha sido resuelto magistralmente dentro de un largo panel triangular, inscribiendo en él la representación ondulante de una serpiente (boa?), cuyo cuerpo sinuoso ajusta la dimensión de sus ondulaciones a la progresiva ampliación de la superficie triangular, iniciándose por la cola en proximidad del vértice, para culminar con la representación de la cabeza del ser en proximidad del acceso principal de la plataforma (Morales 2003: fig. 14.16).
  60. Se observa que la orientación y dirección Norte–Sur de las conexiones espaciales: ingreso / plaza / frontis principal, es recurrente y dominante no solamente en la Huaca de la Luna -donde se aprecia también en espacios interiores de la misma, como es el caso del patio de los relieves – sino también en muchos de los principales monumentos moche. Esta orientación “sacra” con evidentes connotaciones rituales es inclusive asumida en la mayoría de los enterramientos, desde los más modestos hasta las magníficas cámaras funerarias de elite, donde generalmente la cabeza del difunto está dispuesta hacia el Sur y donde se concentran las principales ofrendas del ajuar funerario, o se dispone en las cámaras de elementos arquitectónicos como nichos u hornacinas.
  61. Para tener una idea de la envergadura de estas remodelaciones, bastaría señalar que en algunas de ellas hemos estimado que se requirió fabricar y luego disponer en los aparejos de los rellenos constructivos, entre 3 a 4 millones de adobes, sin considerar la erección de muros y otras estructuras correspondientes a los distintos espacios arquitectónicos. Este sólo dato puede ilustrar la extraordinaria dimensión de la fuerza de trabajo necesaria para su ejecución y, por cierto, de la imprescindible disponibilidad de abundantes excedentes productivos para la ejecución de este tipo de obras públicas. Evidentemente, es difícil imaginar que estas condiciones se dieran en una situación de crisis, como la que habría generado alguna severa catástrofe natural, donde más bien el capital social disponible debió ser destinado a reparar los daños sufridos por la infraestructura agraria y a paliar las consecuencias de la crisis .
  62. Es importante advertir que esta secuencia corresponde al ordenamiento propio de la estratigrafía arqueológica, que parte del examen de los niveles superiores o superficiales para ir abordando la sucesión de niveles inferiores. De esta manera, el orden de esta secuencia —que va de lo más reciente a lo más antiguo— es necesariamente inversa a la que se dio en términos históricos. Por lo tanto, en este caso, el último edificio corresponde a “A”, mientras que las evidencias más antiguas hasta el momento corresponden al edificio “E”.
  63. El Patio Ceremonial correspondiente al Edificio de la época B/C tuvo unos 60 m. de este a oeste y unos 47 m. de norte a sur, con un área de más de 2,800 m2.
  64. Los análisis de antropología forense revelan que se trató de hombres jóvenes de buena contextura, en los que se observó evidencias de fracturas soldadas o regeneradas, dando a entender que en su vida fueron protagonistas de actos violentos interpersonales (en cuanto soldados o guerreros) y que antes de su muerte fueron sometidos a ciertos actos de tortura (Verano 1998). La asociación de los cuerpos con la deposición de limo aluvial daría cuerpo a la interpretación de que estos rituales estuvieron asociados a eventos críticos como El Niño, donde los sacrificios humanos habrían servido de preciada ofrenda para conjurar sus efectos muchas veces catastróficos en términos económicos y sociales (Bourget 1997, 1998). De otro lado, la escena conocida como la “presentación” o “ceremonia del sacrificio”, ampliamente representada en la pictografía de la cerámica moche, como también en la pintura mural de algunos de sus principales monumentos (véase Pañamarca), ilustra el desarrollo de rituales que incluyeron el sacrificio de prisioneros, cuya sangre era aparentemente presentada en copas para su libación u ofrenda por parte de personajes divinizados (Ver Donnan y Castillo 1994).
  65. Mientras la Avenida 1, de 11 m de ancho, que corre de norte a sur unos 100 m al oeste de la Huaca de la Luna, parece separar los conjuntos y arquitectura pública ubicada al pie de la Huaca, como es el caso del extraordinario complejo conocido como Plataforma Funeraria Uhle (Pimentel y Álvarez 2000, Chauchat y Gutiérrez 2003 ); los tramos explorados de la Avenida 2, que corre de este a oeste, parecen delimitar el lado sur de estos conjuntos y, al mismo tiempo, proyectar en la trama urbana el eje delineado por el flanco sur de la Plataforma Principal de la Huaca de la Luna (Tello 1998, Armas et al. 2000). Evidencias notables de que la planificación de esta trama urbana sería temprana y que se habrían conservado sus ejes de ordenamiento y circulación hasta las épocas tardías de la ciudad, se han documentado en algunas excavaciones (Tello et al. 2003), donde resulta que el pasaje (Callejón N-30) limítrofe entre los conjuntos 30 y 35 y que se desarrolla de este a oeste, mantuvo sin mayores variaciones su trazo desde fases tempranas.
  66. En la pictografía moche, como también en su cerámica escultórica, las representaciones de arquitectura ceremonial así como de viviendas de elite, presentan una profusa decoración mural, con techos de formas complejas que incluyen ornamentaciones y su coronación con adornos en forma de porras. Coincidentemente, estas porras decorativas de gran tamaño hechas en cerámica, han sido halladas en las excavaciones de algunos conjuntos que se presume pudieron ser habitados por personajes de la elite moche (Tello 1998: 128, Fig. 127), como también en sus templos (Franco et al. 1999).
  67. Este proceso se desprendería del análisis de los siguientes datos: el progresivo incremento de la cantidad de cerámica, como de la variedad de formas que esta expresa; la creciente presencia de artefactos de metal, como de material lítico y de otros abalorios asociados al prestigio social; el creciente acceso a una mayor diversidad de recursos de subsistencia; mientras que en las unidades arquitectónicas se observarían eventos de remodelación más frecuentes; una mayor subdivisión espacial de los ambientes; así como una mayor y más definida gama de funciones que estos habrían absuelto (Tello et al. 2003). Sin embargo, debemos advertir
  68. Si bien es relativamente común el hallazgo de enterramientos bajo los pisos de los conjuntos, en el caso del taller alfarero es significativa la presencia de dos tumbas con un ajuar funerario sofisticado y de alta calidad. Estas evidencias plantean a los
  69. Otra importante innovación de la sociedad Moche se verifica en el campo de la navegación, con el desarrollo de nuevos medios como son las embarcaciones —hasta hoy populares— conocidas como “caballitos” y las balsas de totora. Gracias a estas embarcaciones se mejoró sustancialmente las condiciones de pesca, tanto de litoral como en mar abierto, así como el transporte de bienes y de gentes mediante la navegación de altura. Los hallazgos de artefactos moche en las islas norteñas de Guañape, Macabí y Lobos —algunas como Lobos de Afuera a más de 80 km de la costa— testimonian los extraordinarios derroteros de estos navegantes que tenían como destino estos puntos remotos, tanto para la deposición de ofrendas y la realización de sacrificios a estas “Huacas” del mar (Rostworowski 1981), como también para el aprovisionamiento del guano de las islas, en cuanto excelente fertilizante para la agricultura. Sin embargo, es totalmente discutible la aseveración, reiterada por muchos autores, de que los moche navegaron hasta las islas Chincha para proveerse de guano, lo que hubiera implicado una ardua navegación contra corriente y los vientos dominantes por más de 750 km para obtener lo que tenían abundantemente en sus propias costas. Este malentendido parece originarse en la confusión de la fuente de proveniencia de artefactos moche hallados en la época de la extracción del guano de islas en el siglo XIX, y que fueran finalmente entregados por los capitanes de los navíos a coleccionistas y museos europeos, reportándose equivocadamente que algunos de estos eran originarios de Chincha (ver a este propósito Huchinson [1873 4] en Kubler [1948: figs. 38 y 39], donde se reporta esculturas de madera moche como provenientes de Chincha, las mismas piezas que Wiener [1880] (1993: 619) ilustra como hallazgos de la Isla Lobos de la costa norte).
  70. Ver a este propósito Nials et al. (1979), Moseley (1992), Shimada (1994), Bawden (1999), quienes sugirieron tanto Niños aluviónicos, como prolongadas sequías y arenamientos, además de movimientos tectónicos, como posibles causas del colapso del Estado moche y del abandono de su ciudad capital en Moche e, inclusive, un inverosímil traslado de su corte a la ciudad de Pampa Grande en Lambayeque, a cientos de kilómetros de distancia (T. Topic 1982). De otro lado, esta supuesta crisis estaría fechándose alrededor del 600 d.C. mientras que los fechados tardíos del sitio se remontan al 700 d.C. o inclusive son aún más recientes (Chapdelaine et al. 1997: 90-92).
  71. También en las excavaciones de rellenos constructivos en el nivel superior de la Plataforma Principal, pudimos observar personalmente la presencia de algunas capas de arena acumuladas entre las hiladas de los adobes. La observación de este hecho singular, permite suponer que al abandonar momentáneamente los constructores el trabajo, se hubiera desatado una fuerte ventisca (o viceversa), con la consecuente acumulación de arena, sobre la que posteriormente se siguió disponiendo adobes al retomarse los trabajos de relleno, resultando así la inclusión de algunas capas de arena entre los adobes de los respectivos bloques de relleno constructivo.
  72. A este propósito, resulta muy ilustrativa la lectura de las Probanzas de indios y españoles referentes a las catastróficas lluvias de 1578 (Huertas 1987), donde se aprecia como las comunidades indígenas norteñas enfrentan la crisis, echando mano a una serie de sabios recursos e, inclusive, desplegando energías en la reparación de la infraestructura agraria dañada. Sintomáticamente, aquí la auténtica crisis deriva de la inmisericorde exacción de tributos por parte de la imperturbable administración colonial.
  73. El valle de Chicama tiene una extensión cultivable de 44,000. ha. mientras el valle de Moche cuenta con 19,000. ha. (Collin Delavaud 1984: 85)
  74. Los investigadores de este monumento plantean una secuencia de superposiciones que comprende 7 edificios, que van desde el más reciente “A” –que correspondería a la última etapa de ocupación Moche- hasta los rastros de una de las versiones más tempranas del edificio en “G” (Franco, Gálvez y Vásquez 2001).
  75. Hay que advertir que los investigadores de Huaca de Cao (Franco et al. 2001, 2003), utilizan en sentido inverso al nuestro los términos Plataforma Principal y Plataforma Superior. En este trabajo, siguiendo la propia lógica conceptual, denominamos en términos generales Plataforma Principal a la estructura correspondiente a la plataforma mayor del monumento, mientras que como Plataforma Superior, entendemos aquella que se desarrolla en un nivel más elevado sobre la cima de la Plataforma Principal. De modo que, tanto en la descripción de la arquitectura de Huaca de la Luna como de la Huaca de Cao, mantenemos los conceptos antes señalados a fin de evitar confusiones.
  76. Este motivo es muy similar a los relieves documentados en el Patio Principal de la Huaca de la Luna, especialmente al fragmento conservado correspondiente al edificio A -el más tardío de todos- donde el diseño de las serpientes que decoran las franjas de los rombos es también de corte naturalista. Este hecho permitiría establecer, desde el punto de vista estilístico, una posible contemporaneidad en la vigencia de los respectivos edificios.
  77. Sintomáticamente, en la iconografía moche son ampliamente representadas escenas de batalla entre guerreros y de captura de prisioneros, así como del sacrificio de los mismos, lo que expresa hasta que punto están estrechamente ligados aspectos de índole militar o bélico, con otros de carácter ritual. Significativamente, centros urbano teocráticos periféricos al territorio Moche, como Pañamarca en el sureño valle de Nepeña, muestran paramentos del templo decorados con escenas de esta naturaleza (Bonavia 1959, 1974).
  78. En Huancaco los materiales cerámicos Moche aparentemente no se presentan como dominantes sino unidos a otros que mayormente responden a estilos locales (lo cual puede resultar totalmente lógico si pensamos en determinados márgenes de autonomía regional). Sin embargo, otros rasgos arquitectónicos son muy similares a los Moche, como las estructuras con techos decorados con porras de cerámica; mientras que los diseños de algunas pinturas murales podrían ser perfectamente adscritas a esta cultura (ver por ejemplo Bourget 2003: lám. 8.1 a.)
  79. Este puede ser un caso representativo de que la metodología de los estudios sobre patrones de asentamiento y en especial de los indicadores utilizados para afiliar la pertenencia cultural de un sitio, están sujetos tanto a los criterios asumidos por los investigadores, así como a determinados márgenes de error, al tratarse de un examen limitado mayormente al nivel superficial. Por lo tanto, las interpretaciones acerca de los procesos -construidas a partir de estos datos y del planteamiento de una serie de hipótesis de trabajo- demuestran que son exactamente eso: hipótesis y, en cuanto tales, sujetas a su corroboración, afinamiento, corrección o descarte, en el proceso de profundización de la investigación científica.
  80. Durante su expansión, los Estados Wari e Inka habrían aplicado una política en la cual la dominación estaba hábilmente sustentada tanto en el abierto ejercicio de la fuerza, como en el despliegue de la persuasión y la tratativa, con miras a establecer alianzas estratégicas y relaciones de reciprocidad, para lo cual fue usual la concesión de determinadas prerrogativas y privilegios, así como de ciertos márgenes de autonomía en el ejercicio del poder por parte de las entidades locales o regionales.
  81. Bourget (2003: 250) registra un área (V-316) unos 150 m. al oeste de V-88, que podría corresponder a un taller de fundición de metales, donde reporta una serie de fogones de quema y pequeñas estructuras, posiblemente destinadas al depósito.
  82. Antes del hallazgo de las tumbas reales de Sipán por Walter Alva en 1987 (Alva y Donnan 1993), la tumba de Huaca de la Cruz constituía uno de los pocos casos conocidos de tumbas de elite moche, donde se documentó arqueológicamente no solamente la existencia de un rico ajuar funerario asociado al sarcófago del viejo señor, sino también la extraordinaria presencia de un niño colocado a su costado; de dos mujeres jóvenes dispuestas a los pies y a la cabeza del difunto; y del cuerpo de un joven de fuerte contextura, que se depositó encima de todos ellos y que debió cumplir el rol de guardián de la tumba. De lo que se puede deducir que estas cuatro personas fueron sacrificadas a la muerte de este personaje principal, o durante su enterramiento, con la finalidad de que lo sirvieran en “el otro mundo” (Lumbreras 1969:156-158).
  83. Esta es registrada como PV28-158 por Donnan (1973) y como estructura 19 del sitio SVP-GUAD 111 por Wilson (1988). Lamentablemente, llama la atención la práctica de denominar con diferentes nombres o códigos los mismos sitios por parte de distintos arqueólogos, lo que dificulta cotejar la información disponible por parte de quienes estamos interesados en su estudio. En este trabajo y en el mapa respectivo, mantenemos la numeración señalada precedentemente por Donnan, incluyendo los nuevos sitios registrados por Wilson con su correspondiente señalamiento.
  84. Esta situación sería posible gracias también a que la imposición de la ocupación moche en la región, garantizaba el control de los posibles conflictos entre las poblaciones de valles aledaños. Esta paz bajo la esfera del poder Moche, contrasta radicalmente con el registro del período Formativo, que como hemos visto anteriormente (pag. xx ), vio el inusitado énfasis de la arquitectura fortificada en el valle del Santa como expresión, tanto de los posibles conflictos presentes dentro del valle, como de los generados a partir de las incursiones provenientes de territorios fronterizos.
  85. Según Proulx (1985: 239) las dimensiones de los adobes tendrían un promedio de 43 x 27 x 17 cm. y a diferencia de otras edificaciones Moche, en ellos no se registrarían marcas.
  86. Esta posibilidad es señalada por Schaedel (1951b), quien presume que el relleno central de la cúspide podría haber sido de material suelto, al observar que los muros laterales de su interior presentaban un acabado enlucido.
  87. Los estudiosos de la iconografía Moche han observado que los principales personajes míticos o divinidades representadas ampliamente en la cerámica y arte mural moche, en lo que se conoce como “ceremonia del sacrificio” o “escena de la presentación”, están estrechamente relacionadas con los personajes enterrados en las tumbas de elite, cuyos ornamentos y elementos
  88. Schaedel (1951: 110) sostenía comparando Pañamarca con el sitio Moche de las Huacas del Sol y la Luna que este último “…es más grande y tal vez más extenso en su organización, pero tiene los mismos componentes arquitectónicos. La inferencia es inevitable, en el sentido de que no fueron principalmente sitios habitacionales. La escasez de restos habitacionales indica que, en el mejor de los casos, tan sólo pocos sacerdotes o personas de importancia vivieron en el centro, junto con sus asistentes y algunos artesanos”. “…Centros ceremoniales como estos contrastan fuertemente con los sitios tardíos que presentan un auténtico carácter urbano, y donde el énfasis está puesto en los barrios de vivienda a expensas de los elegantes templos piramidales:” Para una revisión crítica de estos argumentos –que luego de esta versión inicial daría paso a la que se ha denominado “tesis de los centros ceremoniales vacíos”- y de los postulados teóricos que de ellos se desprenden, ver Canziani 2003a.
  89. La posibilidad de la existencia de estos caminos tempranos, se refuerza por la manifiesta tendencia de los caminos tardíos de la costa norte a tener un trazo relativamente alejado del litoral (Hyslop 1984: 259-263).
  90. El personaje femenino, o sacerdotisa, correspondería al personaje “C “ de la escena del sacrificio; mientras que los personajes “A” y “B” corresponderían —de acuerdo con los atributos, adornos e indumentaria de su ajuar funerario— a los señores principales sepultados en las cámaras de las tumbas reales de Sipán (Alva y Donnan 1993).
  91. Tanto la disposición del cuerpo del personaje principal, con la cabeza hacia el sur, como la distribución de las hornacinas y su notaria ausencia en el muro norte, revelan que en esta región también las edificaciones funerarias reflejaban la organización del espacio de acuerdo a la orientación sacra dirigida hacia el sur.
  92. Podría parecer contradictorio que en la tumba M-U30, correspondiente a un niño o niña de 5 a 7 años, se dispusieran nada menos que siete maquetas, sin embargo parece ser que la condición social y la pertenencia de clase fueron refrendados por los moche sin importar el factor edad, lo que se reflejaría en los rituales fúnebres reservados a la elite, ya que en el caso del niño o niña en cuestión, aparte de una menor dimensión de la cámara, igualmente se dispuso de seis acompañantes, dos mujeres jóvenes colocadas a sus pies y cuatro niños enterrados con el relleno de la tumba, todos ellos aparentemente sacrificados (Castillo y Donnan 1994: 138-144).
  93. En el caso de Pampa Grande se advierte la disposición de basura y otros deshechos, incorporados en el relleno durante la construcción de plataformas y edificios públicos (Shimada 1994: 181). Al respecto, parece lógico suponer que la administración de la ciudad haya dispuesto durante la ejecución de estas obras de concentraciones de deshechos, como resultado de una labor de “baja policía” en el centro urbano. Este señalamiento nos parece importante, porqué estaría ligado a la presencia de botaderos, en determinadas áreas o recintos destinados a la acumulación de desperdicios, cuyo registro arqueológico podría corroborar el ejercicio de este servicio urbano.
  94. Ver a este propósito en el Capítulo 6, el complejo de Batán Grande y especialmente Túcume, donde se excavó un complejo político administrativo sobre Huaca Larga y una estructura aparentemente residencial sobre la cima de la Huaca 1, una de las pirámides principales del sitio (Narváez 1996).
  95. Shimada (1994: 140) señala para Pampa Grande una extensión de 4.5 a 6 km2 (es decir entre 450 y 600 Ha.). Sin embargo, nuestras mediciones y la estimación del área sobre la base de la escala gráfica de sus propios planos (ibid: figs. 7.1 y 7.3) revelan que esta extensión, en uno u otro caso, resulta bastante sobredimensionada.
  96. Algunos autores han observado que la Huaca Fortaleza, presenta un talud llano y no el escalonamiento que tradicionalmente se encuentra en las pirámides de la región sureña de Moche, y han asumido como consecuencia que esto podría estar reflejando un único episodio constructivo (Shimada 1994: 162). Argumento que no es válido, ya que el escalonamiento no necesariamente expresa superposiciones arquitectónicas. Por su parte Reindel (1997) advierte que los edificios piramidales al norte de Chicama se caracterizan por sus fachadas llanas, mientras los del sur por tenerlas escalonadas. Sin embargo, no concordamos con él cuando en su clasificación regional sostiene que los edificios sureños no presentan rampas perpendiculares a las fachadas —que como hemos visto han demostrado tener una relevante presencia— o cuando indica que el escalonamiento respondió necesariamente a razones estructurales o a la superposición de plataformas(ibid: 98). Tal como señalamos previamente, en el caso de las Huacas del Sol y la Luna el escalonamiento de sus fachadas fue frecuentemente un tratamiento de acabado y no respondió necesariamente a razones estructurales ni a al desarrollo de superposiciones constructivas.
  97. Esta técnica constructiva consiste en conformar, mediante muros perimétricos de adobe, una serie de cámaras destinadas a contener rellenos con piedras, arena o materiales de deshecho. El adosamiento horizontal de estas cámaras y su alineamiento ortogonal, generaba una retícula o emparrillado. Una vez rellenadas las cámaras, éstas eran selladas con un piso, dando lugar a un nuevo nivel de las plataformas en construcción.
  98. Este es el caso del Complejo 3 (Shimada 1994: 177, fig. 7.37), que corresponde aparentemente a una unidad residencial de cierto status, construida con mampostería de piedra y que dispone en una posición central de un patio enfrentado a una plataforma con rampa. La asociación y especial configuración de estos rasgos arquitectónicos permiten inferir actividades con ciertos personajes situados en una posición prominente, acentuado así su autoridad o posición de poder. Este mismo tipo de configuración se puede apreciar en algunos de los complejos principales de Galindo, e inclusive en la representación de estos en las maquetas halladas en las tumbas de elite de San José de Moro (Castillo y Donnan 1994; Castillo et al. 1997).
  99. Al igual que lo documentado para la ciudad de Moche, muchas de las unidades tanto habitacionales como productivas contaron con facilidades para el almacenamiento y depósito, para lo cual dispusieron de pequeños recintos o cubículos, como también de grandes tinajas dispuestas sobre banquetas o semienterradas en los pisos.
  100. En este caso también se señala áreas por cierto sobredimensionadas. Bawden (1982: 289; 1999: 286) le asigna una extensión de cerca de 6 km2 (600 Ha.) cuando la estimación del área en base a su propio plano (Bawden 1982: fig. 12.1) resulta evidentemente bastante menor.
  101. Bawden, haciendo uso de una lícita analogía, plantea que este tipo de complejos pudo representar un modelo antecedente de los complejos político administrativos conocidos como “ciudadelas” en la ciudad de Chanchán de época Chimú. Sin embargo, parece discutible que a estos complejos se les asigne —como forzado retorno de la analogía en cuestión— la función de “residen-
  102. Al respecto, algunos estudiosos del tema han establecido de forma genérica analogías con el proceso documentado para la Costa Norte, especialmente con el desarrollo expansivo de Moche, hipotetizando el desarrollo inicial en el valle bajo del Rimac de un Estado Lima, proyectando su supuesta expansión a los valles vecinos del norte y sur, y luego desde la parte baja de estos hacia sus sectores medios y altos (Earle 1972, Patterson et al. 1982).
  103. Como ejemplo de lo que era común y corriente en los métodos de excavación de esta época, las excavaciones del joven Gordon Willey (1943), orientadas a la búsqueda de la secuencia cultural del sitio, sintomáticamente se realizaron mediante siete pozos de prueba de 3 x 3 m. excavados por niveles arbitrarios de 50 o 25 cm. de profundidad, obviándose el examen en área de las estructuras arquitectónicas detectadas y su correlación con los contextos asociados.
  104. Con relación a la importancia del aprovechamiento de los recursos marinos en esta zona durante la época Lima, se habría documentado en Ventanilla y Ancón el desarrollo de terrazas próximas al litoral utilizadas como tendales para el secado del pescado (Lanning y Patterson 1970: 400; Lanning 1967: 120)
  105. Con referencia a la orientación del eje principal de los sitos Lima del Chillón, podría señalarse que en estos se presentan las variaciones siguientes: Cerro Culebra (45º NE); Playa Grande (40º NE); Copacabana (35º NW); La Uva (70º NW).
  106. El hecho de incluir el empleo de adobes en la construcción de estas edificaciones, en un lugar alejado de fuentes de agua, es sumamente significativo ya que implicaría que estos materiales constructivos debieron ser confeccionados en los lugares más próximos del valle del Chillón y desde allí transportados hasta Playa Grande. Este dato es relevante ya que daría elementos para valorar que este importante despliegue de energía no fue generado por una necesidad estrictamente constructiva -la que pudo ser cubierta, al igual que en otras construcciones del sitio, con la piedra rústica abundante en las inmediaciones- sino más bien por la especial significación y prestigio que el empleo del adobe debió de tener en la construcción de la arquitectura de carácter publico para las gentes de la sociedad Lima.
  107. Esta interrelación debe de haberse sustentado principalmente en el intercambio de productos marinos por parte de los pescadores de los asentamientos del litoral, con productos agrícolas de los pobladores del valle. En el caso de Playa Grande las excavaciones de Tabio (1965) registraron además de restos de productos marinos, abundantes evidencias del consumo de maíz, algodón, mates o calabazas, así también de frutales como lúcuma y pacae, los que junto con otros productos agrícolas e insumos vegetales debieron de provenir mayormente del vecino valle de Chillón. A estos productos agrícolas de intercambio se habrían sumado productos manufacturados como cerámica, textiles y otros artefactos presentes en Playa Grande.
  108. Evidentemente sería mucho mas fiable contar con la ubicación no solamente de los centros urbanos aparentes sino también con la de otros sitios de ocupación de la época, pero lamentablemente la información está limitada a estos a raíz de la escasa investigación de los patrones de asentamiento en el valle y de la acelerada destrucción de sitios arqueológicos, especialmente de los no monumentales, con la incontenible expansión urbana de la ciudad de Lima en las últimas décadas.
  109. Además de estos sitios principales, existen evidencias de la presencia de estructuras construidas con pequeños adobes —el típico material constructivo de la época Lima— en otros sitios del valle del Rimac con arquitectura monumental, como en algunos de los montículos de Makat-tampu (Mirones) hoy lamentablemente desaparecido; en el hallazgo puntual de algunas estructuras construidas con este material en Mateo Salado, o su reveladora presencia en escombros de tumbas en Mangomarca (Zarate), posiblemente provenientes de alguna estructura del propio sitio o de un lugar cercano (Tello 1999).
  110. Es indescriptible la cantidad de Huacas con arquitectura monumental que fueron destruidas, algunas totalmente, durante las décadas de los 30 y 40 a raíz de la expansión urbana y su utilización bárbara como canteras de arcilla para fabricar ladrillos. Una idea de este crimen cultural lo brinda la documentación e informes del Archivo del Dr. Julio C. Tello, quien se opuso tenazmente a esta acelerada e infame destrucción. Entre los sitios totalmente destruidos por estas causas figuran: Makat-tampu (Mirones); Limatambo (Lince); Huaca Santa Beatriz o de La Universidad (Jesús María); Huantille (Magdalena) y otras en proximidad de la Av. Brasil; Huaca Chacra Puente (La Legua), etc. Mientras que entre las que fueron parcial y severamente afectadas por la actividad de las ladrilleras y la demolición de estructuras se puede citar a las Huacas de Maranga, Mateo Salado y Pucllana (Tello 1999).
  111. Entre estas se enumeran las acequias de Conde de las Torres, La Legua o Mirones, Rosario, Santo Domingo o Chacra Alta. (ver Gunter 1983: Plano n. 22 de 1907).
  112. Esta localización al margen de las tierras con vocación agrícola es ciertamente una constatación frecuente en la mayoría de sitios, sin embargo esto no excluye que algunos asentamientos, inclusive de notables magnitudes como Maranga y otros como el Grupo Gallinazo y Chanchán, se hayan instalado en suelos con vocación agrícola, aún cuando se pudiera argumentar que en ese contexto histórico haya podido tratarse de tierras marginales o de menor productividad. Lo que si debe de destacarse es que -aun en estos casos limitados que parecen contradecir la regla- el desarrollo urbano no se desarrolla a expensas del rural, ya que se puede comprobar que éste generalmente va acompañado de la expansión agrícola como de la introducción de técnicas que habrían permitido la intensificación de la producción agraria.
  113. Este tipo de ordenamiento recuerda el que exhiben los tempranos complejos piramidales Paracas en Chincha (ver Cap. IV) y también muestra ciertas similitudes con lo observado en el Grupo Gallinazo en Virú. Esto podría estar expresando que las influencias que recibe la costa central desde el sur y norte no se circunscriben a lo documentado para ciertas esferas de la cultura material, sino que también podrían haber sido extensivas a la difusión de determinados modelos urbanos y arquitectónicos.
  114. Estas apreciaciones reconstructivas fueron posibles a partir del examen de las antiguas aerofotografías del sitio (SAN 1944) y del mapeo de los montículos correspondientes al período Lima, identificados a partir de los rasgos constructivos y los materiales culturales registrados en ellos. Investigación que se realizó en el marco del Taller de Arqueología Urbana desarrollado en 1983 por el Instituto Andino de Estudios Arqueológicos (INDEA) y dirigido por Luis G. Lumbreras.
  115. El eje principal del centro urbano ceremonial de Maranga podría haber alcanzado unos 2 km de extensión si se comprende en su extremo sur a la Huaca La Palma (48). Si bien esta edificación muestra en superficie una arquitectura de tapial correspondiente a las fases tardías (Maranga Chayavilca), tanto su emplazamiento y su orientación coincidente con el eje principal del complejo Maranga (Canziani 1987: fig. 1), así como el hallazgo de cerámica temprana, alguna con rasgos inclusive formativos, en cortes de excavaciones y movimientos de terreno realizadas en los alrededores por personal del Parque de Las Leyendas, podría estar indicando la presencia de una edificación de época Lima con posteriores remodelaciones tardías. Confirmando estos supuestos, en las recientes publicaciones del Archivo Tello, se señala la existencia de un pequeño montículo de adobitos “…a pocos pasos hacia el Norte de la Huaca de La Palma” (Tello 1999: 89).
  116. Como ya lo advertía Middendorf (1973: 56) hace más de un siglo, los limeños no tenían la menor idea de que apenas a una legua del centro de la capital se encontraban los vestigios de una antigua ciudad. Esta creemos podría haber sido comparable a otras urbes de enorme relevancia, como Chanchán, Túcume o Pacatnamú, y como tal Maranga podría haber sido objeto de
  117. Podría anotarse como un aspecto de interés en cuanto a los antecedentes formales, que la composición de estos elementos arquitectónicos: patio / atrio, con banquetas adosadas a un muro o plataforma, y asociadas con el acceso a los niveles altos de la edificación; así como el dominio de un eje visual y de recorrido orientado de este a oeste, es bastante similar a la que exhibieron tempranamente los patios o atrios de montículos piramidales correspondientes a la tradición Paracas (Canziani 1992)
  118. No es casual que en esta localización se hayan concentrado algunas de las principales intervenciones arquitectónicas posteriores y especialmente la Inca, al igual que no es casual que las tradiciones míticas que perduraron hasta nosotros se hayan nutrido con la magia de un escenario tan atractivo (Rostworowski 1992; Taylor 1987).
  119. Los montículos presentes en Pampa del Gentil (PV.57-64) se localizan en el borde norte del asentamiento, desde donde se domina el valle agrícola y son también visibles desde los campos de cultivo del sector. Esta es una típica localización de los montículos del período Paracas Cavernas en esta zona del valle de Chincha, como es el caso de Cerro del Gentil (PV.57-59) y Chococota (PV.57-63). Precisamente, los materiales constructivos expuestos en algunos cortes y la propia forma de los montículos de Pampa del Gentil, estarían confirmando su correspondencia a este período temprano. Queda por establecer si estos montículos fueron reutilizados durante las fases de ocupación Carmen, si se les asignó otra función o si para entonces ya se encontraban en abandono.
  120. Nos parece sintomático que las manufacturas, especialmente la cerámica de las fases Carmen y Estrella, muestren una factura que no necesariamente exigió una elevada especialización; como tampoco revelan la existencia de un arte oficial o emblemático que sirviera de soporte de expresión ideológica a una eventual entidad política.
  121. Rowe (1963: 302) sostenía en ese entonces que “…Durante el Período Intermedio Temprano muchos sitios que representan grandes ciudades se conocen para el sur y el centro del Perú, pero ninguno ha sido reportado en el norte” (nuestra traducción). Y es luego de esta discutible introducción, que presenta como primer caso de un “gran asentamiento urbano” del período en laCosta Sur a Dos Palmas. (Para una revisión crítica al respecto ver: Canziani 1992: 113-116)
  122. Concordamos con la propuesta de Silverman (1993: ix) de establecer la convención ortográfica para denominar con el término Nasca (con s) a la sociedad o cultura prehispánica, diferenciándola del término Nazca (con z) empleado para referirse al área geográfica, río y población moderna.
  123. Hay que considerar también que la relativa lejanía del mar de estos oasis agrícolas, debió incidir en una menor presencia de los recursos marinos en el sostenimiento de las poblaciones asentadas en estos, o por lo menos un mayor consumo de energías para lograr su aprovisionamiento y transporte desde lugares del litoral distantes decenas de kilómetros.
  124. Según los estudios de Sawyer, se pueden identificar ejemplares de textiles Nasca cuya fina manufactura permite inferir tanto la presencia de talleres organizados, como diferencias de status en la sociedad nasca; al mismo tiempo que la uniformidad en el tratamiento de los motivos iconográficos en el diseño de las imágenes, indicaría que este tipo de producción habría estado bajo el control de una jerarquía religiosa (citado por Silverman 2002: 154).
  125. Ver reproducción de una pieza escultórica nasca descrita por Julio C. Tello, que representa un cortejo de un grupo de personajes tocando y portando antaras, acompañados de perros y guacamayos (Silverman 93: fig. 2.3).
  126. El problema de la supuesta ausencia de talleres nasca especializados en la producción de cerámica, difícilmente encontrará una explicación consistente en analogías etnográficas con comunidades que muestran una “especialización a tiempo parcial” ya que esta responde a contextos históricos bastante diferentes. De otro lado, estas posibles explicaciones podrían conducir a evadir prematuramente una problemática que, por el contrario, exige un estudio más intensivo, mas cuando algunos sitios Nasca de presumibles rasgos urbanos -como Ventilla en el valle de Ingenio- aún no han sido intervenidos arqueológicamente. Este tipo de estudios reviste una especial importancia ya que tiene un evidente compromiso para caracterizar la calidad urbana atribuible a algunos asentamientos Nasca. De otro lado, es necesario acotar que por el momento tampoco se han documentado talleres dedicados a la producción de cerámica utilitaria, lo que estaría indicando en términos generales que este tipo de contextos pueden ser menos formalizados de lo que se supone, como también que los sitios nasca no han sido objeto aún de excavaciones más intensivas, como las que por ejemplo se han dado recientemente en algunos de sitios moche y que han permitido documentar ampliamente este tipo de contextos (Russell et al. 1994; Uceda y Armas 1997).
  127. Otra dificultad que advertimos es que la secuencia de las fases cerámicas propuestas por la escuela de Berkeley para la cultura Nasca, sea asumida como equivalente de supuestos estadios evolutivos de la sociedad Nasca (Silverman 2002), no obstante los reparos planteados acerca de su propia validación estratigráfica (Silverman 1993a: 37; 2002: 43 y 175). Quizás como consecuencia de esta metodología, en la evolución de los patrones de asentamiento nasca se tiene la lectura que muchos sitios de la fase 3 “colapsan” durante la fase 4, para luego ser “reocupados” durante la fase 5 (ibid 2002: 167), cuando podría tratarse de una ausencia estilística que bien pudo no afectar la continuidad de la población en algunos de estos asentamientos (Silverman 1993a: 324-327).
  128. Esta ubicación estratégica —compartida sucesivamente por el sitio de Los Molinos y luego por la Muña— les permite no sólo acceder a la mayor concentración de tierras con riego (Reindel et al. 1990), sino también enfrentar en las mejores condiciones los riesgos generados por eventuales sequías, al tener la incomparable ventaja de tener acceso simultáneo a los caudales de agua de estos tres cauces. Podemos anotar además que la elección de esta ubicación estratégica para los asentamientos de primer nivel, en este caso debió verse especialmente reforzada por las connotaciones rituales y animísticas que entrañan los tinkuy (o tingo), es decir el aura especial que rodea en la tradición andina a los lugares de encuentro entre ríos, y que habría tenido una especial importancia en una región árida como Nazca, caracterizada por la generación de oasis de vida y producción en la confluencia de los distintos cauces tributarios de su sistema hídrico (Silverman 2002).
  129. Lumbreras (1981b: 63 y 75) estima una extensión de la ciudad entre 120 a 150 ha que parece más ajustada a la realidad y de acuerdo a las mediciones de los planos publicados (Williams 2001: fig. 3).
  130. En urbanismo se define como ‘coeficiente de edificación’ la relación existente entre el total del área edificada (o techada) y los m2 del terreno ocupado por la edificación. Este coeficiente se estima habría sido superior a 2 para ciudades wari como Pikillacta (Williams 2001: 90-94).
  131. Este es otro de los rasgos característicos del urbanismo wari , ya que en la mayoría de sus asentamientos se ha reportado la presencia de acueductos subterráneos. La naturaleza del trazo y construcción de estos canales indica que se trató de un sistema incorporado a la planificación y desarrollado previamente a la erección de las edificaciones.
  132. Los constructores wari recurrieron por lo menos a tres formas distintas para resolver estructuralmente los entrepisos y el apoyo de las vigas de soporte: 1) mediante los cornisamientos o ménsulas ya descritos; 2) con un receso o grada, generado por el
  133. Esta es una costumbre muy difundida y que se conserva hasta hoy en las poblaciones de las zonas alto andinas, donde muchas actividades asociadas a las labores y vida doméstica se desarrollan en el entorno de los patios o, en todo caso, en espacios exteriores de las viviendas, generalmente oscuras debido a las limitadas fenestraciones impuestas por la frigidez del clima.
  134. Es interesante señalar que uno de estos fogones, dispuesto en el extremo de un recinto en galería (R-179) en un lugar aparentemente mal iluminado, presentaba sobre él un pequeño nicho cuyo dintel estaba impregnado de hollín, dando a entender que había servido para alojar un candil e iluminar esa parte del ambiente mientras se cocinaba (Isbell et al. 1991: 41 y fig. 21).
  135. Esta es una constatación que estamos obligados a ubicar en el contexto histórico de la época, donde la admirable localización de esta urbe debió resolverse sin el auxilio de la información a que estamos acostumbrados hoy con la moderna cartografía y la fotografía satelital.
  136. McEwan (1991: fig. 7) denomina estos mismos sectores como 1, 2 y 3, mientras que el sector 4 corresponde al que aquí designamos como Sector Norte.
  137. Al respecto, el arquitecto Carlos Williams (2001) plantea algunas interesantes hipótesis que podrían servir de pista para resolver el necesario sistema de circulación, más cuando se trata de una urbe donde se manifiesta un exigente nivel de planificación.
  138. Schereiber (1991: 212), señala que mientras determinadas localidades recibieron una especial atención por parte de los wari, posiblemente por los recursos productivos y poblacionales presentes, o por su ubicación estratégica en rutas que conectaban distintas regiones; otras aún siendo próximas o similares en ubicación y recursos, sin embargo no presentan evidencias de una presencia significativa.
  139. Si traducimos estas extraordinarias distancias en línea recta a recorridos pedestres por la accidentada geografía andina las distancias reales se incrementan de manera notable. En este caso, la distancia de recorrido desde Wari correspondería por lo menos a unos 1,000 km lo que tomaría más de 30 días de travesía de realizarse con marchas forzadas de unos 30 km diarios.
  140. En un hallazgo reciente en la Huaca de La Luna, correspondiente a una tardía tumba Chimú, fueron recuperadas dos maquetas representando recintos ceremoniales con escenas complejas relacionadas con rituales funerarios, además de otras escenas que muestran procesiones con distintos personajes, a veces acompañados de monos o conduciendo llamas con su carga a cuestas (Uceda 1999).
  141. A la cultura Lambayeque actualmente se le conoce también como Sicán, sin embargo, para evitar confusiones, preferimos mantener la denominación original, de acuerdo con las normas establecidas por la arqueología, que asigna el nombre de las culturas según el lugar donde fueron inicialmente identificadas o con el término tradicional con el cual han sido usualmente nombradas.
  142. Las columnas presentan una particular forma de cimentación. Sus basamentos fueron encajados en celdas cuadrangulares rellenas de arena, en cuyo fondo se dispuso piedras planas sobre la cuales apoyaban las bases de las columnas de madera. La sección del tronco de la columna por encima del nivel del piso estaba enmarcada en un dado cuadrangular —a modo de basa— a partir del cual el fuste de las columnas era revestido y enlucido con barro y pintado (Shimada 1985: fig. 17).
  143. En los citados trabajos de Shimada (1985: 92, 100, 105; 1990: 339, 346, 369) se reitera que Batán Grande estaría con-formado por el agrupamiento de ‘estructuras religiosas monumentales’ y habría constituido la ‘capital política y religiosa’ del estado Sicán Medio. Pareciera que esta caracterización de la arquitectura monumental y, por ende, de la entidad urbana en su conjunto y de la propia naturaleza del estado, derivan de la presunción que las formas arquitectónicas piramidales se asociarían exclusivamente con funciones religiosas. Las posteriores excavaciones desarrolladas en la arquitectura monumental de la vecina Túcume, documentan una realidad distinta y bastante más compleja, donde edificaciones piramidales como Huaca Larga o la Huaca 1 evidencian actividades político administrativas y residenciales de elite, además de aquellas de posible orden ceremonial. En contrapartida, otras edificaciones no piramidales, como el Templo de la Piedra Sagrada, revelan una notable e insospechada importancia ritual.
  144. En la publicación de los Hecker (1985) como en la primera de Donnan y Cock (1986), se hace referencia a la ocupación Chimú, cuando en realidad esta está mayormente asociada a lo que se define como Lambayeque, tal como ha sido advertido en la posterior publicación de Donnan y Cock (1997: 11-12).
  145. Algo similar se aprecia en el santuario de Pachacamac en la costa central, que presenta por lo menos tres grandes cintas de murallas y que tampoco parecen haber correspondido a funciones defensivas.
  146. A diferencia de los clásicos nichos u hornacinas, que constituyen una cavidad en el paramento de los muros, en este caso estas estructuras fueron adosadas posteriormente a los muros, construyendo primero su base, a manera de poyo elevado entre 65 a 110 cm del piso, para luego construir sobre esta los muros que constituían sus separaciones laterales. Dada la erosión que presentan estos muros no es posible conocer las características y forma de los techos con que evidentemente contaban (Donnan y Cock 1997: 77-78, Fig. 15).
  147. Llapchiluli, el fabricante de telas de plumas de la corte de Naymlap, habría fundado Jayanca (Rowe 1970: 331), lo que indicaría que además de la nobleza por lazos de parentesco, estos funcionarios de la corte quizás habrían sido también nobles o, en todo caso, personajes de alto estatus que gozaban de similares privilegios.
  148. Una primera versión de este texto, aquí revisado, apareció en el artículo “Chanchán: Arquitectura y Urbanismo de la Ciudad”, publicado en la Revista Arquitectura Panamericana, órgano de la Federación Panamericana de las Asociaciones de Arquitectos (Canziani 1992).
  149. Estas extraordinarias características han conducido a su reconocimiento por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1986.
  150. De la enorme capacidad de almacenamiento, resultante del predominio de éste tipo de estructuras en relación al área techada de estos complejos, se puede deducir la importancia que estos tenían en la estructuración del poder económico establecido por la elite chimú. Desde esta perspectiva, se puede apreciar la función de los complejos político administrativos o ‘ciudadelas’, en cuanto instrumentos de acumulación de distinto tipo de bienes, que debieron servir de base tanto para las inversiones en obras públicas del Estado que la elite conducía, como para la operación de los sistemas redistributivos que le garantizaban a ésta el acceso a la fuerza de trabajo.
  151. Además de la enorme envergadura constructiva, una obra hidráulica de esta naturaleza implica un reto mayor de ingeniería, ya que en el diseño del canal es preciso ubicar el punto de la bocatoma y definir el trazo y sección del canal, de forma tal que el caudal de agua transcurra con la pendiente ideal en todo este complicado recorrido. A lo que hay que agregar un factor condicionante a resolver, cual fue trasponer la cota del nivel del abra o divisoria entre el valle del Chicama y el de Moche en el sector que se ubica al noreste del Cerro Campana (Ortloff 1981).
  152. Si bien en la literatura arqueológica se encuentran innumerables referencias a Paramonga como un sitio afiliado a la expansión sureña del estado Chimú, no conocemos estudios detallados que definan tanto la naturaleza de esta ocupación en el sitio, como tampoco la extensión y características generales del asentamiento más allá de la evidente presencia del complejo monumental (Langlois 1938).
  153. Este modelo arquitectónico, recurrente en los principales sitios Chancay, tiene una estrecha semejanza con las pirámides con rampa presentes en Pachacamac y en otros sitios de la comarca de Lima.
  154. Por una deformación colonial, y que quizás deriva del desconocimiento de la importancia de estas obras públicas prehispánicas, confundiéndolas con cursos naturales, se les ha venido denominando como “ríos”, figurando este antiguo canal en la cartografía como “Río Surco”.
  155. Todavía en tiempos coloniales por esta quebrada grupos de arrieros transportaban hielo desde los nevados de altura, que era requerido por los heladeros de la ciudad de Lima de ese entonces. Del lugar donde hacían pascana antes de continuar su camino hacia la ciudad, derivaría precisamente el nombre de la hacienda Nievería (Villar Córdoba 1935: 184).
  156. Esta sección corresponde a una versión abreviada y actualizada del artículo “Análisis del Complejo Urbano Maranga Chayavilca, publicado en la Gaceta Arqueológica Andina n. 14 (Canziani 1987).
  157. Un tramo de este camino, con los muros de tapia que lo delimitan, se conserva aún dentro de lo que es hoy el campus de la Universidad Católica.
  158. La forma singular de este recinto rodeado en su perímetro por un corredor, unido a la presencia de pequeños cubículos con ingreso laberíntico, llevó a Middendorf (1973: 59) a describirlo como una “prisión”, denominación que mantuvo Tello (1999: 92) en su plano del sector que señala al grupo como “Las Prisiones”.
  159. Afortunadamente la posterior publicación de los archivos del Dr. Julio C. Tello sobre la arqueología de Lima, proporciona una descripción de Maranga en su estado de conservación a mediados de los años 30, y presenta un plano del sector denominado entonces Watika Marka (Tello 1999: Plano pag. 91), donde se reporta la presencia de algunos de estos edificios con planta en U, señalándolos como “casas principales”, y ubicando con mayor precisión la localización del palacio con decoración mural en bajo relieve fotografiado antes por Middendorf, lo que permite establecer que se encontraba bastante más al sur de lo que habíamos supuesto (Canziani 1987) e, inclusive, al exterior de las murallas del gran recinto.
  160. El cronista Cobo describe la sede de este señorío como “…muy grande población; vénse las casas del cacique con las paredes pintadas de varias figuras una muy suntuosa guaca o templo y otros muchos edificios que todavía están en pie sin faltarles mas que la cubierta…” (Citado por Rostworowski 1978: 56-57).
  161. Los estudios de María Rostworowski (2004), han dado a conocer el manejo de distintas especies de plantas propias del piso ecológico correspondiente a la chaupiyunga, entre ellas de una variedad muy apreciada de coca costeña (Erytroxilum Novogranatense). La posibilidad de desarrollar cocales en una zona relativamente próxima al litoral, sin tener que recurrir al distante abastecimiento en la vertiente oriental del los Andes, otorgaron una importancia estratégica a esta zona y no pocos conflictos por su control (Rostworowski 1999: 10).
  162. En estas quebradas y asociados a estos ecosistemas de lomas, se han documentado excepcionales evidencias de asentamientos aldeanos, como es el caso de Malanche (Mujica 1987; Mujica et al. 1992).
  163. Una primera versión de este texto, aquí revisado, apareció en el artículo “Arquitectura y Urbanismo de la Cultura Chincha”, publicado en la Revista Arkinka (Canziani 2000).
  164. Los caminos ceremoniales que irradian en distintas direcciones desde el complejo Centinela de Tambo de Mora y La Cumbe, podría por lo tanto no ser una organización del espacio del valle de época tardía, sino que podría remontarse a esta época temprana donde son comunes los geoglifos como los documentados en asociación con el sitio Paracas de Cerro del Gentil. Al respecto Hyslop (com. pers. 1990) observó que algunas de estas líneas de caminos convergían en La Cumbe y no en la Centinela, que fue asumida como el centro generador del sistema radial (Wallace: 1977).
  165. Al respecto Narváez (1988: 140) propone con razón abandonar la designación popular de ‘Fortaleza’, pero para dar paso a la de ‘Ciudad Fortificada’, lo que explicita y además acentúa una caracterización urbana que, desde nuestro punto de vista, no está comprobada.
  166. Lavallée establece estimaciones sobre la cantidad de estructuras circulares y las unidades que conformaron los distintos poblados investigados, proyectando sus posibles densidades por hectárea y la población resultante en cada caso (Lavallée y Julien 1983: 115-120).
  167. Por ejemplo, la cerámica Chanka se caracteriza por ser bastante rudimentaria. Sus materias primas, técnicas de manufactura y decoración son elementales, no obstante haber tenido como antecedente la producida por los eximios ceramistas Wari (González Carré 1992: 53).
  168. En las provincias de Vilcas, Huamanga y Huanta, correspondientes al núcleo central del territorio chanka, casi toda la población era de condición mitmaq. Este impresionante mosaico poblacional estaba conformado por diversas etnias provenientes de diferentes y lejanos territorios, como los cayampi, cañaris y quitos del Ecuador; xauxas y huancas del valle del Mantaro; quiguares y canas del Cusco; etnias de Cajamarca; aymaraes del altiplano; yauyos de la serranía de Lima; e inclusive de algunas comunidades yungas muchic desplazadas desde la costa norte (Urrutia 1985: 37-51).
  169. Estas formas de movilización de la población a grandes distancias, debieron tener un soporte importante en el sistema vial, al igual que en la red de tambos y las kallanka, los grandes recintos techados de los asentamientos inka, que se supone también fueron utilizados para albergar tropas y poblaciones transitorias como los mitmaq.
  170. La mayoría de estudiosos del tema concuerda en que Pachacutec, con participación de Capac Yupanqui y Tupac Yupanqui, realizó una expansión muy grande que comprometió gran parte del territorio peruano, llegando hasta el sur del Ecuador y el sur de Bolivia; luego Tupac Yupanqui habría completado el dominio sobre los valles de la costa y las vertientes orientales del Perú, expandiendo las conquistas hasta la región central de Chile y el noroeste de Argentina y llegando hasta Quito en Ecuador; posteriormente Huayna Capac consolidó estos dominios, pacificando a los Chachapoya y los extendió más al norte hasta los territorios de los indómitos Pasto, mientras aseguraba las fronteras sur orientales frente a las incursiones de los Guaraníes (D’ Altroy 2003: fig. 4.1; Rostworowski 1988; Rowe 1946: Mapa 4).
  171. A unos 10 km. al sureste de la ciudad del Cusco aún se conservan evidencias de la canalización del Huatanay (Gasparini y Margolies 1977: 60, fig. 51).
  172. Gran parte de la actual Plaza de Armas de la ciudad colonial del Cusco correspondió a la Plaza Haucaypata, mientras que la Plaza Cusipata fue mayormente ocupada por el reparto de solares. Esta última plaza pudo extenderse hasta lo que es hoy el convento de San Francisco o, por lo menos, hasta el límite definido por la casa de Garcilaso (Gasparini y Margolies 1977: 57-58, figs. 49 y 50).
  173. Para las kallanka del Cusco, Garcilaso (1959: 297) informa que estas representaban un lugar de refugio frente a eventuales lluvias y cuyos amplios espacios permitían acoger a un enorme número de personas, asegurando así la celebración de los rituales y festividades de no poderse realizar estos en el espacio abierto de la plaza. A éste propósito refiere que: “En muchas casas de las del Inca había galpones muy grandes de a doscientos pasos de largo y de cincuenta y sesenta de ancho, todo de una pieza, que servían de plaza, en los cuales hacían sus fiestas y bailes cuando el tiempo con aguas no les permitía estar en la plaza al descubierto. En la ciudad del Cozco alcancé a ver cuatro galpones destos que aún estaban en pie en mi niñez”.
  174. Por ser un aspecto menos notorio en la traza urbana del Cusco, hay que destacar que para superar las marcadas pendientes del área central de la ciudad Inka, sus urbanistas recurrieron también en este sector a la construcción de terrazas, en este caso para erigir sobre ellas sus edificaciones.
  175. Los distintos grupos étnicos que residían momentánea o permanentemente en los alrededores de la ciudad, se habrían ubicado en los barrios cuya orientación con relación al centro de la misma reproducía la posición que sus respectivas provincias y regiones de origen tenían con relación al Cusco, como si el micro cosmos étnico así conformado alrededor de la ciudad capital replicara el universo poblacional adscrito al Tawantinsuyu (D’Altroy 2003: 119; Hyslop 1990: 64; Rowe 1967).
  176. Desde los primeros testimonios de los cronistas que trasmiten el enorme impacto que les causó la visión de Saqsaywaman, se reporta también el desmantelamiento de sus edificaciones al utilizárseles como cantera para las construcciones del Cusco colonial, inclusive de la propia catedral. A este propósito, con su reconocida lucidez, Cieza (1984: 257) lamenta su progresiva destrucción: “Tiene la ciudad a la parte del norte en el cerro más alto y más cercano a ella vna fuerza, la qual por su grandeza y fortaleza fue excellente edificio, y lo es en este tiempo: aunque lo más della está deshecha, pero todauía están en pie los grandes y fuertes cimientos con los cubos principales.” En otra parte de su obra Cieza (1985: 149) lanza un temprano reclamo conservacionista, al sostener que “…Lo que desta fortaleza y de la de Guarco an quedado, sería justo mandar conservar para memoria de la grandeza desta tierra…”.
  177. Entre estas estancias reales, se asigna Pisac, Ollantaytambo y Machu Picchu a Pachacutec; Chinchero a Tupac Yupanqui; y Yucay a Huayna Capac (Rostworowski 1988).
  178. Está comprobado que los colosales bloques de riolita rosada que conformaron el muro megalítico del templo, provienen de la cantera de Kachiqhata, ubicada en la otra margen del Urubamba entre 3,200 y 3,600 msnm. y a unos 5 km. del sitio, donde fueron parcialmente labrados y luego hechos descender por la ladera, para después cruzar el río y hacerlos ascender mediante una enorme rampa hasta el lugar de la obra, empleando arneses bastante elementales y seguramente un formidable despliegue de fuerza de trabajo (Bengtsson 1998; Protzen 2005).
  179. Algo similar se aprecia en las dos kallanka que se encuentran del lado este de la plaza de Huánuco Pampa, cuyo corredor central que las separa hace parte de la secuencia de portadas del conjunto IIB, el único conjunto además del ushnu que exhibe cantería fina de tipo imperial, evidenciando su carácter palaciego (Morris y Thompson 1985: 83).
  180. Hay que destacar que en Ollantaytambo, como en muchos otros asentamientos Inka, existieron fuentes de abastecimiento de agua netamente diferenciadas. Unas servían a la población del asentamiento en general y constituían un sistema de alcantarillado independiente de los exclusivos sistemas de canales que abastecían las fuentes y baños de orden ritual o residencial, asociados a los complejos ceremoniales o palaciegos de la elite.
  181. Pedro Cieza de León viene al Perú desde Popayán (Colombia) en 1547, con las tropas del adelantado Sebastián de Belalcázar, quien fuera convocado por el “pacificador” Pedro de la Gasca para combatir la rebelión de Gonzalo Pizarro (Pease 1984).
  182. Cieza se refiere a la presencia de funcionarios principales Inka en las ciudades que eran cabeza de importantes provincias, refiriéndose a Quito y Tomebamba (Ecuador), Cajamarca en la sierra norte, Jauja y Vilcas Huamán en la sierra central, y a Paria (Bolivia) ubicada unos 200 km. al sureste del Lago Titicaca (Hyslop 1990: fig. 10.4).
  183. Hyslop (1990: 264-265) llama la atención sobre el hecho de que Tomebamba antes de la ocupación colonial habría sido severamente destruida por los enfrentamientos generados por la guerra civil entre los bandos de las panaqa de Huáscar y Atahualpa (Rostworowski 1988: 148-178); y cita los trabajos del arqueólogo Idrovo que documentan el desmontaje intencional de una gran cantidad de bloques de piedra correspondientes a las edificaciones Inka.
  184. Estas medidas sugerirían que la planta oval del edificio se construyó a partir del diseño formado por el adosamiento lineal de tres círculos con un módulo de 12.35 m. de diámetro (Gasparini y Margolies 1977: fig. 314).
  185. Los españoles fundaron La Muy Noble y Real Ciudad de los Caballeros de León de Huánuco en 1539, ocupando para ello la extensa plaza de la ciudad Inka. Felizmente esta fundación no tuvo éxito y al poco tiempo (1541) la mudaron con todos sus títulos a las tierras más templadas del valle del Huallaga donde hoy día se ubica, unos 60 km. al este en línea de aire del lugar de su fundación original (Gasparini y Margolies 1977: 113-114, fig. 102; Morris y Thompson 1985: 50, 57) .
  186. Troll (1958) destaca que en los Andes de puna los límites de los cultivos de tubérculos coinciden con las zonas de heladas nocturnas regulares, mientras que la situación es totalmente diferente en los norteños Andes de páramo, donde ya no se dan estas condiciones y, por lo tanto, tampoco es factible desarrollar estos procesos de deshidratación de los tubérculos. Al respecto, nos
  187. Es notable constatar que las características de tinkuy que están presentes en la traza urbana del Cusco, con la confluencia de los ríos Huatanay, Tullumayo y Chunchulmayo (Agurto 1980, 1987; Gasparini y Margolies 1977); fueron aparentemente repropuestas en el diseño urbano de otros establecimientos Inka de primer nivel como Tomebamba (Hyslop 1990), Huánuco Pampa (Morris y Thompson 1985) y Pumpu (Matos 1994), entre otros.
  188. Según Matos (1994: 255) “El contraste entre el frío nocturno y la radiación solar diurna, fue hábilmente aprovechado para transformar los productos frescos en alimentos deshidratados, posibles de ser conservados por uno o más años, como la papa en forma de chuño, cocopa, moraya, tokush; la mashua en caya; el maíz en chochoca; el olluco en kotush; y la carne en charki, con todas sus variantes.”
  189. El hecho de que Inkawasi se construyera con la técnica de pirca, propia de las tradiciones constructivas preincas de las poblaciones rurales de la chaupiyunga y no con la técnica del tapial o adobón, empleada ampliamente en la construcción de los edificios públicos y residenciales de los valles costeños, podría señalar que las poblaciones convocadas para la edificación de Inkawasi habrían provenido de las partes correspondientes a la chaupiyunga de estos valles.
  190. Además de las evidencias que señalan una breve ocupación del sitio, estas puertas tapiadas podrían representar uno de los escasos testimonios de lo señalado en las crónicas, cuando refieren que luego de la victoria sobre los Huarco el Inca “…mandó ruynar el nuevo Cuzco que se avía hecho y con toda su jente dio la buelta para la ciudad del Cuzco…” (Cieza 1985: 175).
  191. A propósito de la severa destrucción de la que ha sido objeto el sitio de Cerro Azul desde época colonial hasta años recientes, podría citarse en Cieza (1984: 218) una temprana y lúcida proclama conservacionista: “Y donde es esta fortaleza y lo que ha quedado de la del Cuzco (aquí se refiere a Saqsaywaman) me paresce a mí que se deuía mandar so graues penas, que los Españoles ni los Indios no acabassen de deshazerlos. Porque estos dos edificios son los que en todo el Perú parescen fuertes y más de ver: y aun andando los tiempos, podrían aprouechar para algunos efectos”.
  192. Si bien muchas veces se asume erradamente que los Inka sustituyen la piedra por el adobe en sus construcciones en la costa, es ampliamente conocido que los Inka construyeron, tanto en la sierra como en la costa, con ambos materiales de forma integral. En la sierra se presentan construcciones Inka que combinan la parte baja de muros y columnas en piedra, con la parte superior de estos y los hastiales construidos con adobe, como se puede apreciar en Huaytará, Ollantaytambo, o en el monumental templo de Wiraqocha de Raqchi, entre otros (Gasparini y Margolies 1977; Hyslop 1990; Moorehead 1978). Por otra parte, en la costa existen algunos singulares vestigios de construcciones de adobe con basamentos o muros de cantería fina, como son los documentados en Pachacamac (Lurín), Cerro Azul (Cañete) y Paredones (Nazca).
  193. Hyslop (1985: 224) asume que el estimado de 23,000 km para la extensión de los tramos principales y secundarios del Qhapaqñan puede resultar conservador y, basándose en su amplia experiencia como investigador del tema, señala que no sería sorprendente que futuros trabajos de exploración arqueológica e investigación histórica, proyecten la red de caminos del sistema vial incaico a unos 40,000 km.
  194. Buena parte del camino en la ruta que atraviesa el desierto de Atacama transcurre por decenas de kilómetros a una altitud que oscila entre 3,000 a 3,500 msnm. donde llama la atención la presencia de pequeños sitios con cerámica Inka asociados al camino, en lugares que sin embargo están muy alejados de fuentes de agua (Hyslop 1984: 150-167).

 

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