Armas de metal en el Perú prehispánico

El peso, el gran esfuerzo en la elaboración y la poca resistencia de las láminas de oro o plata hace suponer que los tumis sólo cumplieron una función ritual destinadas a conformar parte del ajuar. En la tumba del señor de Sipán, Donnan encontró dos tumis en el pecho del difunto, uno de oro y otro de plata. La parte superior de los mismos estaba perforada y tenían un cordón formando un lazo probablemente para ser colgados. En la iconografía observamos como ios guerreros portan un tumi colgado de su cinturón. Muelle propone que en un principio estos tumis eran colocados en el vértice de los cascos protectores, «los golpes más eficaces se dirigían a la cabeza, …lo que determinó el invento de estos vistosos cascos realzantes de la marcial apariencia de los soldados muchik. La forma de estos cascos se debe al armazón cónico de cañitas que tiene; cuando esta forma se creó, el mejor sitio para colocar el cuchillo fue el vértice; pero justamente por que no era arma preferida ya que exige acercarse demasiado al enemigo perdió su importancia. Probablemente los que aparecen en los dibujos no son sino regazos decorativos, y confeccionados con metales preciosos» (Muelle 1936:74). Estos complicados cascos aparecen también representados en el arte rupestre mochica.

La estólica o propulsor fue otra de las armas moche que se han encontrado realizadas de cobre. Sin embargo si una estólica no es liviana no puede cumplir eficazmente su función, (en todas las sociedades las estólicas están realizadas de madera) por lo que suponemos que estas cumplirían únicamente una función ritual.

Fig. 5. Sonajero de cobre dorado encontrado en el yacimiento de Sipán.

Entre los objetos que portan los guerreros y que vemos representados en la cerámica encontramos unos objetos que Cisneros y Lumbreras han denominado arma psicológica ya que su carácter ruidoso tuvo como objetivo causar espanto al enemigo. Se trata de una sonaja muy grande de metal que los guerreros llevaban colgada en la parte posterior del cinturón. Sólo en escenas relacionadas con la guerra aparece representado este objeto. «De cualquier manera, la gran sonaja muchik, además de servir para marcar el ritmo de las danzas, tenía una finalidad guerrera; formaba parte del atavío de los soldados. Con tal bullero aditamento, la sorpresa era difícil, pero en cambio ganaba la carga de efectividad, y ésta era la táctica preferida, la que el equipo del muchik señala. En la lucha cuerpo a cuerpo el factor sicológico es de suma importancia; el valor y la sangre fría son cualidades decisivas; el contagioso temor, que puede engendrar pánico, es la desventaja mayor; a provocarlo en el enemigo tendía el muchik, y para conseguirlo recurría a la cosmética y el atavío terroríficos, pero nada tan eficiente como el estrépito» (Muelle 1936:83).

En las tumbas reales de Sipán se encontraron varios de estos objetos: «Esta pieza fue hecha de una lámina circular de cobre dorado con 16 semiesferas repujadas y ubicadas en el borde exterior. Dentro del círculo de semiesferas dos figuras idénticas del decapitador, conectadas por la parte superior del tocado. La lámina circular fue posteriormente doblada a lo largo de esta conexión, por lo que el objeto terminó con la forma de un semicírculo. Dentro de cada esfera se puso un perdigón de cobre, con lo que se creó un sonajero con 8 componentes. Colgados de la cintura de un guerrero, estos sonajeros habrían tintineado con cualquier movimiento» (Alva 1993:39) (Fig. 5). «Cerca del hombro izquierdo del individuo había tres pares de ornamentos de cobre dorado. Estos parecen haber sido otro tipo de sonajeras en miniatura, ya que estaban hechas como la gran sonajera en forma de luna creciente» (Alva 1993:100).

En otra tumba mochica, Donnan encontró un arma muy singular con aspecto de jabalina. Se trata de un objeto alargado de madera que fue parcialmente cubierto con placas de cobre. En una de sus extremidades tenía unos huecos que permitían insertar unos travesanos de madera a los que iba atada una cuerdecilla.

La cultura Recuay se localiza en el Callejón de Huaylas, situado en la sierra Norte. No se conocen hasta el momento trabajos de metal realizados por las gentes Recuay, a excepción de pequeños objetos de cobre como los tupus (alfileres para sujetar vestimentas). Sin embargo, tanto la cerámica como la litoescultura representa unos personajes denominados «Héroes-Guerreros» (Kauffmann 1977:417), los cuales portan porras, escudos y sofisticados tocados. No sabemos si éstas representaban la realidad o sólo se trata de ídolos míticos. Estas esculturas no estuvieron ligadas a ningún edificio arquitectónico tipo fortaleza, sino que parece que fueron objetos de culto emplazados en lugares estratégicos en el paisaje.

Fig. 6. Porras vaciadas en forma de piñones (±6 cm.).

Ya en el Horizonte Medio se originó el Imperio Wari en Ayacucho qué se extendió por el norte hasta la sierra de la Libertad, por la costa central hasta Supe y por el sur hasta Arequipa y Cuzco. El estudio del carácter del tamaño y distribución de los edificios Wari y sus colonias nos indica que la guerra no sólo había alcanzado un nivel de guerra ofensiva con fines de conquista, sino que se trataba ya de una institución con especialistas en la actividad bélica lo que supone por tanto la fabricación a gran escala de armas. Aunque los textiles muestran en su iconografía el uso de arcos y flechas, únicamente se han encontrado en metal gran cantidad de porras muy macizas vaciadas de cobre en forma de piñones, algunas de las cuales fueron recubiertas con un baño de oro (Fig. 6).

En el asentamiento Wari de Cerro Baúl, en Moquegua, se encontraron muchas cabezas de porra, las cuales, por su composición y tecnología parecen haber sido fabricadas por artesanos Tiwanaku.
La cultura Tiwanaku integró todo el altiplano, norte y sur, bajo una unidad política desde el 600 al 1200 d.C. en que colapso totalmente. A pesar de que colonizaron los valles de la vertiente oriental y occidental de los Andes de la zona sur, no se les conoce como una sociedad guerrera.

Fig. 7. Hachas-T de influencia altiplánica

Tanto en Bolivia como en el norte de Chile y en el Noroeste argentino se han encontrado hachas en forma de «T» que Mayer separara en dos categorías: «hachas-T con hoja delgada» y «hachas-T con cuerpo grueso». Fueron de bronce estañífero y arsenical y se han encontrado tanto en contextos domésticos como en tumbas. (Fig. 7) Letchman refiriéndose a los hallazgos encontrados en San Pedro de Atacama (Chile), nos dice que «estas hachas se encuentran predominantemente en tumbas con tablillas talladas de rapé, como las que están estrechamente asociadas a la religión y a la iconografía Tiwanaku del horizonte medio» (Letchman 1997:167). Escalante(1997) afirma que estas hachas cumplían la función de instrumental de trabajo en labores de construcción, para la extracción y el corte de materiales duros.

La sociedad Sicán se desarrollo en los valles de La Leche y Lambayeque en la costa septentrional. Los tesoros de oro y plata más famosos del Perú proceden indudablemente de los talleres de Sicán, en concreto, los grandes tumis de carácter ceremonial, rematados por una figura que porta un tocado en forma semicircular. En estos tumis vemos una colección de elementos notables y materiales ostentosos. Se emplean diferentes posibilidades técnicas del metal, casi como para dar una demostración; alambre angulado y torcido, enhebrado de cuentas y bordes repujados para resaltar piedras incrustadas etc.. El rasgo más notable de estos tumis es la representación constante de una divinidad con el rostro rectangular y la mandíbula curva y redondeada, con los ojos en forma de coma con las comisuras externas puntiagudas, con orejas rectangulares con orejeras grandes circulares y con un complicado tocado en forma de media luna. (Fig. 8). Culturalmente estos tumis de oro eran prerrogativas de las élites gobernantes y su uso principal se daba en contextos funerarios.

Fig. 8. Tumi de oro y crísocola Sicán.

«En las tumbas de Sican se Pian encontrado tumis de cobre por centenares en los ajuares funerarios. Normalmente son bronces arsenicales formados sólo por el brazo vertical y la semicircunferencia sin representación de figura alguna. Estos varían mucho en tamaño y se hallan formando paquetes de docenas, a veces formando atados con cuerdas de algodón o envueltos en telas sin huellas de aparente uso.» (Carcedo 1999:216).

El llamado Reino Chimú ocupó un área muy limitada de la costa norte que, por el norte se extiende hasta Piura y por el sur hasta Huarmey, durante los años 1100 al 1470 d.C. Hay miles de objetos de metal supuestamente chimús en colecciones de todo el mundo, pero su procedencia es vaga y sus atribuciones dudosas. Encontramos tumis realizados en cobre mediante vaciado en moldes o mediante la técnica de cera perdida, tan sofisticados que no podrían imaginarse como parte de la parafernalia militar.

Lechtman nos comenta como entre los artefactos norteños de bronce arsenical por lo menos entre los valles de Moche y Lambayeque, en el período Intermedio Tardío, existen puntas de lanza que junto a implementos agrícolas fueron encontrados por centenares en tumbas Chimú Medio. Asegura que tanto las puntas de lanza como el resto de los implementos no cumplen una función utilitaria, es decir ni las puntas sirvieron para la guerra o la caza, ni las herramientas agrícolas para ser utilizadas en el campo, si no que «parecen ser depósitos o concentraciones de metal.

Parece evidente, por su peso, por haber sido enterrados en gran número, por el burdo acabado de algunos, por la apariencia de lingotes de otros, que en sí el bronce era considerado valioso y como tal acumulado» (Lechtman 1978:508).

El Tahuantinsuyo o imperio de los Incas duró apenas un siglo, sin embargo su expansión territorial fue la mayor hasta la llegada de los españoles. El armamento incaico, así como otros muchos aspectos de su cultura, fueron ampliamente descritos y representados por los cronistas del siglo XVI. Huamán Poma de Ayala dibujó innumerables escenas de la vida cotidiana, la guerra, la realeza, los rituales en definitiva de todas las manifestaciones culturales incaicas. Cieza de León nos dice «…en los depósitos habla grandísima cantidad de oro en tejuelos y de plata en pasta…En fin sus atambores y asentamientos y estrumentos de música y armas para ellos eran deste metal» (Cieza de León 1967:44). «Y cada capitanía llevaba su bandera y unos eran onderos y otros lanceros y otros peleaban con macanas y otros con ayllos y dardos y algunos con porras» (Cieza de León 1967:81). Fray Bartolomé de las Casas también hace referencia a las armas en sus textos diciendo: «…y peleaban con porras que traían ceñidas y eran de piedras horadadas y otras de metal o cobre a manera de estrella con astil que les pasaba por medio de cuatro palmos» (Carcedo 1999: 526), así como el Inca Garcilaso de la Vega, «…por ultima dibisa real davan al principe un hacha de armas que llamaban Champí, con un asta de mas de una braza en largo. El hierro tenia una cuchilla de la una parte y una punta de diamante de la otra, que para ser partesana no le faltaba mas que una punta» (Carcedo 1999:526).

Fig. 9. Hacha-piquete enmangada a un palo de madera.

Los queros son vasos de madera en cuyas superficies se representaron escenas de acontecimientos y las representaciones de escenas bélicas también están presentes.

Las estólicas eran de madera, las hondas o huaracas de cuero o lana de camélido, las lanzas o chuquis de madera muy dura y las boleadoras, lihuis o ayllus de piedra, sin embargo, encontramos también entre los implementos ofensivos bélicos objetos de metal, como las porras o macanas que fueron realizadas en piedra o en metal, sujetas a un mango de madera, las lanzas con puntas de madera o de metal y las hachas de combate.

Los incas sin embargo no inventaron nada sino que éstas ya venían formando parte del bagaje cultural de las sociedades preincaicas. La mena de estaño procedente del sur del lago Titicaca, se transportaba a todos los puntos del imperio inca para ser mezclado con el cobre local, es así como el bronce con estaño.

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